7. La guinda del pastel
7. La guinda del pastel
El
intento de asesinato ocurrido en la familia Goodnight sacudió a todo Estados
Unidos durante más de un mes. El impacto fue especialmente tremendo en Boston,
donde se habían establecido como figuras influyentes de la región. Los rostros
de Joseph Goodnight —quien había contratado a una banda criminal para masacrar
a su familia y pretendía ser el único sobreviviente del accidente— y el de su
padre, Jackson Goodnight, aparecían en las noticias día tras día.
En
las redes sociales llovían las críticas en su contra, y los medios dedicados a
cubrir sucesos y crímenes calmaban a los suscriptores, ansiosos por conocer el
final de los malvados adinerados, prometiendo informar tan pronto como se
programara su juicio.
La
noticia también se extendió ampliamente por Canadá. No era para menos, ya que
se había revelado que Chariot Goodnight, el querido ala de los Red Maple, había
tenido que hacer una pausa en su temporada debido a este incidente y casi había
perdido la vida. Si bien algunas personas se centraron en la magnitud del
fideicomiso de Chariot que salió a la luz con este caso, la gran mayoría rezaba
para que Goodnight se recuperara rápidamente de su trauma y regresara a su
lado.
Sin
embargo, Chariot en realidad no estaba tan herido. Gracias a la persona que
descubrió las intenciones de Jackson y Joseph y trazó un plan, fueron pocos los
que resultaron heridos aquel día.
De
hecho, solo una persona salió lastimada.
Chariot
abrió lentamente la ventana con el rostro pálido y carente de expresión. Desde
la casa de dos plantas ubicada junto al mar, en las afueras de Boston, que sus
padres habían usado como nido de amor, se podía ver el mar azul de un solo
vistazo.
Un
viento mezclado con salitre barrió con fiereza sus mejillas. La temperatura
descendía día a día, como si el otoño estuviera a punto de llegar. No tardaría
en llegar una época en la que sería difícil hacer surf. El invierno en Boston
no era tan frío, pero tampoco cálido.
Tras
abrir la ventana para ventilar, giró lentamente y se dirigió hacia la cama
colocada en la habitación. Su sombra, alargada y sin fuerzas, se proyectó sobre
el cuerpo del hombre que yacía acostado en la cama. Chariot se quedó de pie,
mirando atónito y sin descanso al hombre que dormía profundamente.
El
nombre de aquel apuesto hombre sin indicios de despertar es Yuri Kiselyov.
Tiene
treinta y dos años, y sus padres emigraron desde la Unión Soviética para
establecerse en Estados Unidos. Apenas terminó la escuela primaria y, como no
tuvo más oportunidades de aprender después de eso, decían que tanto su inglés
como su ruso eran un poco confusos. Por eso Chariot le había prometido que él
mismo le leería libros.
“Wolfie.”
Chariot
lo llamó en voz baja con una voz que se iba marchitando. Toda la vitalidad que
siempre lo caracterizaba había desaparecido, y solo una melancolía teñida de
desesperación llenaba su voz.
Durante
más del último mes, sin faltar ni un solo día, mañana, tarde, noche o de
madrugada, sin importar la hora, apenas abría los ojos lo primero que hacía era
llamar a Yuri. Por temor a perder el momento en que despertara, dormía a ratos
en esta habitación y no en su propia recámara.
Y
ni siquiera lograba dormir profundamente. El motivo era el mismo que el
anterior. Aunque la gente a su alrededor sentía lástima al verlo despertar
sobresaltado y aterrorizado cada vez que intentaba dormir hondo, Chariot no
quería que nadie lo mirara con compasión.
Porque
él era el responsable de haber dejado a Yuri en ese estado.
Apenas
pensó en eso, una lágrima cayó de golpe sobre su mejilla seca. Quizás de tanto
llorar, ahora hasta las lágrimas se sentían secas. Dos o tres gotas se
acumularon consecutivamente en el suelo, convirtiéndose en una mancha oscura
debido a Chariot, quien las pisó al dirigirse hacia la cama.
“Wolfie….”
Sentándose
lentamente en la silla ubicada al lado de la cama, Chariot tomó la mano
izquierda del hombre pálido. Debido a la gran cantidad de peso que había
perdido en el transcurso de un mes, los huesos se le marcaban sobre el dorso de
la mano. Los hermosos músculos de todo su cuerpo, en los que Chariot había
dejado marcas repletas, también habían perdido vitalidad y se habían encogido
un poco. A pesar de todo, Yuri seguía conservando aquella hermosa apariencia de
la época en que se enamoró de él a primera vista, con una sola excepción.
No
podía ver aquellos profundos ojos azules en los que se había precipitado en el
instante en que cruzaron miradas.
Mirando
los párpados firmemente cerrados sin el menor atisbo de abrirse, Chariot abrió
la boca en silencio, luego frunció ambos ojos y aferró su mano con fuerza.
“¿Es
porque te disgusta que te llame por tu apodo? ¿Por eso no te despiertas?
Entonces no lo haré más. Lo que le desagrada a Wolfie, jamás lo volveré a
hacer.”
Con
mano temblorosa, introdujo su propia mano bajo la palma de Yuri, dobló uno a
uno los dedos sin fuerza para que se superpusieran a los suyos y luego
entrelazó los dedos como lo hacía en el pasado. Como a veces sentía su frialdad
corporal tan inquietante que parecía la de un cadáver, Chariot le tomaba la
mano todos los días.
“Lo
siento, Yuri.”
No
debí haberte inventado un apodo porque quise.
Chariot
murmuraba de esa forma mientras enterraba la frente sobre las manos que tenía
entrelazadas. Sabía que parecía una persona fuera de sí, pero no podía
detenerse. En realidad, Chariot pensaba que se estaba volviendo medio loco.
Todos los días, a solas, recordaba las cosas que no había podido hacer por Yuri
y por las que sentía que le debía una disculpa, murmurando para pedirle perdón.
Tenía
decenas de cosas por las cuales disculparse, pero de todas ellas, la que más le
pesaba y de la que más se arrepentía era solo una.
“Me
arrepiento hasta la muerte de no haberte dicho en ese mismo momento que quería
ser tu novio.”
Nuevamente
rodaron lágrimas por sus ojos enrojecidos. Con una sensación punzante y
adolorida que le llegaba hasta la parte posterior de los globos oculares,
Chariot deseaba morir allí mismo. Aunque se esforzaba por no pensar de esa
manera al recordar que Yuri le había salvado la vida a cambio de tanto
esfuerzo, cada vez que lo rozaba la inquietud de pensar que tal vez jamás
volvería a ver sus ojos azules, los malos pensamientos venían por sí solos.
Benji
le había dicho que la tristeza de Chariot era solo culpa. Le consolaba —si es
que se le podía llamar consuelo— diciéndole que no podía albergar sentimientos
tan profundos por alguien con quien apenas había estado unos días, y que el
tiempo lo curaría todo. Ese día, Chariot se enojó por primera vez con su amado
primo hermano. Las lágrimas brotaban con tanta fuerza que no lograba calmarse,
al punto de que Benji terminó pidiéndole disculpas casi suplicándole.
Nadie sabe nada.
Me he enamorado tan profundamente que, si esta persona tan solo
me mirara una vez más, sería capaz de hacer cualquier payasada con tal de
complacerla.
El
día que vio a Yuri por primera vez.
Aquella
tarde en que, asustado por los hombres que irrumpieron de repente en su casa,
salió apresuradamente tras haberse arreglado la ropa, Chariot se quedó sin
aliento sin poder evitarlo en cuanto vio el rostro del hombre que se cruzó con
él en el camino. Era la primera vez que le ocurría algo así. Había conocido a
hombres, mujeres, omegas y alfas hermosos y apuestos por igual, pero esa fue la
única vez que se sintió arrastrado por una presencia de esa manera.
Un
hombre de piel pálida. Con solo ver su línea de mandíbula varonil combinada con
un tabique nasal afilado, parecía una persona sumamente fría, pero una leve
sonrisa se dibujaba en los labios de aquel hombre mientras pasaba junto a
Chariot. Su mirada se desvió por inercia hacia esa sonrisa pequeña y suave que
contrastaba con su semblante gélido.
…Sonríe bonito.
Le
pareció curioso que pudiera mostrar una expresión tan hermosa aun cuando sus
ojos no sonreían, así que lo siguió; y al ver que sus pasos jamás miraban
atrás, sintió el impulso irrefrenable de detenerlo. Un anhelo intenso de lograr
que aquel hombre se girara para mirarlo al menos una vez empujaba a Chariot.
En
realidad, Chariot no necesitaba pedir dinero en ese momento. Tenía un billete
de cien dólares guardado en el bolsillo por si acaso, y en la cartera MagSafe
adherida a su teléfono llevaba una tarjeta de débito. A pesar de parecer
descuidado y dejar que las cosas fluyeran por sí solas, aquel hombre era,
contrariamente a lo que aparentaba, una persona muy prevenida y de las que
jamás olvidan nada por descuido. Esa era una faceta poco visible que solo conocían
sus compañeros de equipo en el hielo.
Chariot
tenía, incluso, una memoria extraordinaria.
Su
retentiva era tal que recordaba acontecimientos de cuando era muy pequeño.
Recordaba a su madre y a su padre acostándolo en la cuna mientras se besaban
apasionadamente, el instante en que patinó sobre hielo por primera vez, todos
los días felices que compartió junto a sus padres y hasta la noche en que su
padre tuvo que morir de forma espantosa.
Por
lo tanto, a diferencia de la imagen despreocupada que proyectaba, Chariot era
un hombre que prestaba atención a los detalles. Eso significaba que no era del
tipo de sujeto que salía a la carrera de un apartamento olvidando qué cosas
había empacado. Odiaba profundamente depender de los demás, y antes de cometer
cualquier osadía, solía calcular con anticipación que todo saldría bien antes
de lanzarse a hacerlo.
Y,
sin embargo, solo con tal de retener a Yuri, Chariot cometió un acto grosero.
Detener de la nada a un transeúnte en la calle era algo que jamás se habría
atrevido a hacer ni siquiera de niño. No obstante, impulsado por el único
pensamiento de que tenía que atrapar a ese hombre como fuera, le agarró la
muñeca.
Y
en un parpadeo, acompañado de un dolor tremendo, su mano izquierda se torció.
Había experimentado dolores peores al recibir y dar golpes sobre la pista de
hockey, pero no tenía inmunidad alguna ante el dolor que le devolvió el haber
querido tocar algo hermoso llevado por la fascinación.
Lanzando
un grito exagerado por el dolor repentino y pensando a la vez que era una
persona aterradora, abrió los ojos con el deseo de verle la cara como se debía.
Sintió
como si estuviera cayendo a un río.
El
hombre lo miraba desde arriba con los ojos fijos en un tono azul profundo.
Chariot, que mantenía el torso encorvado e indeciso, se quedó mudo al instante
al encontrarse con aquellos ojos azules que parecían atravesarlo por completo.
La
sensación de ese momento era difícil de explicar con una sola palabra incluso
ahora, pero el hombre poseía la mirada más recta y honesta que Chariot jamás
había visto en su vida.
A
pesar de ver el rostro de Chariot, quien era prácticamente una celebridad en
Vancouver, el hombre parecía no tener idea de quién era. Muy lejos de mostrar
asombro o admiración, ponía una expresión de fastidio, como si estuviera viendo
al sujeto más maleducado del mundo. La comisura de sus labios estaba tan rígida
que hacía parecer que la sonrisa que había visto antes era solo una
alucinación.
Y
hablaba poquísimo.
Chariot
decía diez palabras mientras el otro no pronunciaba ni una sola, al punto de
que por un instante llegó a pensar si acaso se trataba de una persona muda. Lo
lógico habría sido que le hiciera señas para que se largara o incluso que le
levantara el dedo del corazón, pero él se limitó a escuchar en silencio lo que
Chariot decía antes de dar media vuelta y marcharse de nuevo.
Se fue…
¿Habré herido mucho sus
sentimientos? Supongo que lo normal es que alguien huya si un completo
desconocido se le acerca de esa manera.
Mmm.
Lo correcto era dejarlo ir. Eso era lo correcto, pero...
Quería ver sus ojos, tan solo una vez más.
Eran unos ojos parecidos a un río.
A
Chariot siempre le habían gustado los ríos azules. El lago de Big Fox, donde
sus padres se habían conocido, era en realidad un río, pero la construcción de
una presa en las cercanías modificó el terreno y terminó convirtiéndolo en un
lago apartado del curso fluvial.
Criado
a la orilla de este hermoso río, Chariot aprendió a nadar gracias a su padre. Y
en el instante en que vio los ojos del hombre, a Chariot le vino a la memoria
el lago de Big Fox que tanto amaba. Tenían una profundidad y un azul idénticos.
Superpuesto con todos los preciosos recuerdos de su infancia que tanto quería,
Chariot sintió el impulso de volver a ver a aquel sujeto.
Habiendo
vuelto a seguir al hombre que de repente le recordaba a un padre al que ya no
podía ver por mucho que lo extrañara, Chariot dijo toda clase de tonterías con
tal de conseguir alguna reacción de su parte. Disparates tan estúpidos que le
hacían sentir que era un tonto salían disparados de su boca. ¿Habrá surtido
efecto este patético esfuerzo...?
"¿Qué
quieres?"
La
voz ronca y grave que escuchó con dificultad le arañó los oídos. La sensación
de sentir un escalofrío y, al mismo tiempo, una emoción intensa recorriéndole
la columna vertebral.
Ah, ¿cómo es posible que este hombre sea perfecto hasta en la
voz?
¿Es
esto lo que se siente al estar embrujado por un fantasma? Chariot se había
quedado completamente obnubilado ante un hombre cuya apariencia y voz le
gustaban con locura. Le entró una curiosidad inmensa por saber exactamente por
qué un sujeto tan taciturno y de aspecto tan feroz había esbozado una sonrisa
como la de antes.
¿Qué era lo que hacía sonreír a ese hombre?
¿Cómo se podía conseguir ver esa sonrisa otra vez? ¿Podría hacer
que me sonriera así también?
Sin
embargo, el hombre no le dio ninguna oportunidad a Chariot. A pesar de poner
una expresión aterrorizada, accedió a prestarle dinero y dejó a Chariot con el
corazón latiendo con fuerza, solo para luego abandonarlo sin mirar atrás.
Cuando le preguntó su número de teléfono, lo ignoró por completo.
Alejándose
de aquel modo del hombre a bordo de un taxi, Chariot se la pasó pensando sin
parar en si volvería a verlo algún día, e incluso buscó en internet si era
posible enamorarse a primera vista. Los científicos decían que sí. Al parecer,
bastaban apenas siete segundos para empezar a amar de verdad a alguien.
Aun
así, Chariot tenía la suficiente fuerza de voluntad como para no dar la vuelta
y regresar por el camino por el que había venido. Sabía que no volvería a
encontrarse con un apuesto desconocido de ojos azules y semejante presencia,
pero en ese momento pensó que el fideicomiso de su padre era mucho más
importante.
Ese
pensamiento patético de que un fideicomiso o cosas por el estilo importaban
habría debido desecharlo en el preciso instante en que descubrió que la casa a
la que había acudido para solicitar el encargo era, de hecho, la vivienda del
hombre del que se había enamorado a primera vista; pero debido a cierta
obligación que arrastraba desde toda la vida, Chariot tardó demasiado en
admitirlo.
Pensándolo
ahora, el legado de su padre no era algo que realmente necesitara. Proteger la
herencia paterna conllevaba también la responsabilidad de cumplir con las
expectativas de quienes lo rodeaban, y en cierto punto, todas esas cargas
comenzaron a resultarle abrumadoras a Chariot. Cada vez que recordaba aquel
deber, el pecho se le oprimía como si estuviera sufriendo una indigestión, y
esa opresión no desaparecía ni teniendo relaciones ni yendo a fiestas.
Ojalá nadie esperara nada de mí.
Quiero que nadie sufriendo por mi culpa.
Aunque
llevaba mucho tiempo albergando esos pensamientos, temía que perder el
fideicomiso de su padre decepcionara por encima de todo a su madre, por lo que
logró mantener sus sentimientos bajo control como pudo. Incluso cuando sentía
un atisbo de simpatía hacia alguien, se limitaba a entregarle su cuerpo bajo el
pretexto de que no debía crear riesgos innecesarios.
Debido
a que había vivido de esa manera durante tanto tiempo, Chariot terminó
menospreciando cruelmente a Yuri tras escuchar de sus propias palabras que
tenía antecedentes penales. En realidad, esas palabras iban dirigidas al propio
Chariot.
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Que no te guste ese hombre.
Aunque te hayas enamorado a primera vista, aun así no debes
encariñarte con él.
Pero
el corazón seguía escabulléndose una y otra vez para seguir molestando a Yuri.
A pesar de que sus palabras debían resultarle fastidiosas, el hombre siempre
las escuchaba con atención y jamás lo interrumpía.
Contrariamente
a su actitud seca, el hombre demostraba ser sorprendentemente considerado y, a
partir de la vez en que Chariot le confesó que tenía miedo, procuraba no
dejarlo solo por mucho tiempo. No era mentira que le asustaran los criminales
ni que sintiera unas ganas locas de perder la cabeza al ver sangre, pero en
realidad recurrió a mentiras absurdas únicamente porque quería tocar a Yuri.
Diciendo que él por lo general solía tocar mucho a los demás.
Habiendo
recurrido a puras mentiras de ese modo, Chariot terminó perdiendo el momento en
que Yuri se le había acercado con sinceridad.
Tras
pasar una noche fascinante, como sacada de un sueño en pleno verano,
atormentado por la preocupación de pensar qué tal si solo a él le había
encantado, o qué tal si por culpa del rut había perdido la cabeza y había
maltratado demasiado a Yuri, había entrado con cara dura a verle. Y sin
embargo, Yuri le había regalado aquella misma expresión que él había visto en
la calle. No, lo había mirado con una expresión hermosa con la que ninguna otra
se podía comparar.
Yuri
le había entregado en sus propias manos ese momento que tanto había anhelado
ver.
Y
él lo había desaprovechado de forma patética.
Estaba
claramente en sus manos. Mirándolo con los ojos que a él tanto le gustaban,
aquel hombre que le había dicho con total claridad qué tipo de relación quería
tener con él...
Por
algo que no importaba en absoluto, lo había apartado.
Durante
todo el tiempo que Yuri llevaba estando en la cama, Chariot había repasado una
y otra vez aquella mañana en su cabeza. La respuesta había estado clara desde
el principio, pero, por ser un cobarde, su mente había actuado justo al revés
de lo que su corazón deseaba.
El fideicomiso, por supuesto, es importante. Pero más que eso,
tengo miedo de que sigas saliendo lastimado por mi culpa. Así que, más
adelante.
Cuando llegue el momento en que estas cosas dolorosas y filosas
adheridas a mí ya no puedan hacerte daño, te lo diré entonces. Ahora no.
Si
al menos le hubiera dicho algo así, ¿se habría sentido un poco mejor? Si le
hubiera dicho que no era porque no le gustara y no quisiera salir con él, sino
porque el momento no era el adecuado, ¿habría cambiado un poco la situación?
Seguro que no.
Debería
haber abrazado a Yuri en ese mismo lugar, haberlo besado y haberle dicho con
sinceridad que quería convertirse en su novio e ir a buscarlo. Si hubiera hecho
eso, es posible que Yuri hubiera regresado a Vancouver a esperarlo, o incluso
si hubieran venido juntos a Boston, habría estado a mi lado desde el principio.
No habría ocurrido que Yuri viniera solo a ese lugar peligroso con tal de
encontrarlo a él, quien había caído estúpidamente en una trampa.
Me odio tanto por no haber hecho eso... que quiero matarme.
Chariot
comprendió que no era que quisiera morir, sino que sentía tanto rencor hacia sí
mismo que deseaba destruirse. Al mismo tiempo, llegó a comprender, aunque fuera
un poco, qué clase de sentimientos habían motivado la decisión que su madre
había tomado en el pasado.
Había
dos razones por las que a él le costaba soportar ver heridas en los demás. Una
era debido a la muerte de su padre, y la otra era el asunto de su madre.
Tras
sufrir el trágico accidente en el que su amado esposo fue asesinado, la madre
se había vuelto mucho más callada. Sin embargo, pensando en Chariot, no
mostraba un exceso de llanto ni de sufrimiento, hasta que un día eso se desató
de una forma extrema.
Chariot,
que acababa de llegar de la escuela, escuchó el sonido del agua corriendo en el
baño. Pensando que su madre se estaba duchando, se fue un momento a comer
cereal y, al regresar, se dio cuenta tardíamente de que el agua seguía
fluyendo. Una premonición siniestra le cruzó la mente, y en el instante en que
Chariot abrió la puerta apresuradamente, vio la tina llena de sangre.
Ahora todo está bien, sí.
Chariot
a veces pensaba que su madre había colapsado de esa manera debido a la presión
constante de tener que protegerlo. A veces no, muchas. Bastante. A menudo. En
realidad, siempre.
Había
empezado a pensar que no quería causarle cargas a nadie a partir del momento en
que ese pensamiento se arraigó en su interior. Le costaba depositar grandes
expectativas en los demás y le preocupaba que su propio peso hiciera hundir a
la otra persona.
Mientras
pensaba todas estas cosas innecesarias y estúpidas, sin saber que Yuri se
estaba hundiendo de verdad, Chariot se había alejado muy orondo bajo la excusa
de considerarlo.
Si
pudiera retroceder el tiempo tan solo una vez, le diría a Yuri todos sus
verdaderos sentimientos en cada momento.
Pero
como Chariot no era un sabio, terminó dándose cuenta de las cosas importantes
demasiado tarde. Comprender que la decisión de su madre había nacido en
realidad de su incapacidad para soportar su propia culpa, o que la
consideración que se brinda sin conocer los sentimientos del otro resulta ser
un veneno, todas esas revelaciones servían absolutamente para nada en una
situación donde Yuri había quedado de esta manera.
“...Así
que, Yuri, por favor, tan solo despierta.”
Tras
pasar un buen rato sosteniendo la mano de Yuri y hablándole, Chariot se
incorporó con lentitud. Tenía pensado terminar de leer el siguiente capítulo
del libro que había dejado a medias el día anterior. Al girarse para dirigirse
al estudio, Yuri desapareció de su campo de visión. Sintiéndose repentinamente
inquieto, Chariot se giró a toda prisa para mirar a Yuri de nuevo. Yuri seguía
con los ojos cerrados.
“Regresaré
enseguida. No tardaré ni cinco minutos.”
Aun
tratándose de una ausencia breve, brevísima, tenía la sensación de que se
estaban despidiendo, por lo que Chariot sentía que estaba a punto de volverse
loco. Sin embargo, temiendo que Yuri se aburriera si solo le contaba historias
aburridas, tragó a la fuerza el arrepentimiento que le brotaba, abrió la puerta
y salió. Justo en ese momento, se cruzó con Dolly, que pasaba por el pasillo.
Quizás se lo había pedido su madre, quien se quedaba en la planta baja, ya que
Dolly llevaba un sándwich para él.
“Charry,
¿tampoco vas a comer hoy?”
Dolly
le ofreció la bandeja y le preguntó. Su voz estaba llena de preocupación, aun
sabiendo que Chariot no la iba a aceptar. Tal como ella lo había previsto,
Chariot no estaba en condiciones de comer nada.
“...Lo
comeré más tarde. Ahora no tengo apetito.”
Los
ojos azules de Dolly se curvaron como si le doliera. Sentía mucha pena por
hacerla preocuparse, pero su mente, repleta de Yuri, no tenía el menor espacio
para prestarle atención a otra persona.
Para
ser sinceros, había habido ocasiones en las que le reprochaba a Dolly su
decisión de haber apartado a Yuri de su lado. Aunque sabía que había sido la
mejor opción que ella podía tomar en ese momento, se debía a que pensaba que,
si Yuri se hubiera quedado a su lado todo el tiempo, no habrían tenido que pasar
por esto.
Sin
embargo, no quería volverse tan mezquino como para culpar a alguien que no
había hecho nada malo. Yuri no habría querido que se comportara así. Era
seguro, tratándose de alguien que se había arrojado con gusto por alguien como
él, que no le había dado nada a cambio.
Te extraño, Yuri. Aunque estás a mi lado, te siento demasiado
lejos.
Tras
superponer el azul de Yuri sobre los ojos de ella, Chariot pensó que no existía
en todo el mundo un color azul semejante al de Yuri. En el momento en que una
profunda melancolía se cernía sobre el rostro de Chariot, volviéndolo a
asemejar a un árbol sin vida, Dolly incluyó la cabeza ligeramente hacia un
lado.
Imitándola,
Chariot también se dio la vuelta a toda prisa. Pero el milagro que tanto
anhelaba no ocurrió de inmediato. Ambos se quedaron mirando en silencio al
apuesto hombre que yacía inmóvil como una estatua. Unos minutos de silencio
transcurrieron.
Dolly
entró primero a la habitación y caminó hacia la ventana. Chariot, quien entró a
la habitación siguiéndola, terminó por renunciar a ir por el libro y se aferró
de nuevo a su lado como un imán. El cielo, que había estado nublado un buen
rato, comenzó a moverse poco a poco y la luz del sol entró suavemente en la
habitación.
Chariot,
quien tras el colapso de Yuri no había sentido la menor emoción ante nada,
dirigió de repente su mirada hacia la luz que llenaba la habitación. Por alguna
razón que no lograba comprender, pensó que aquella luz amarilla que teñía el
interior de la habitación era tan hermosa que daban ganas de llorar, igual que
los rayos de sol que se posaban en el rostro de Yuri cuando se acercaba al lago
donde él estaba.
Luego,
en el instante en que la luz del sol rozó la pálida y blanca mano de Yuri,
Chariot sintió la impresión de que algo estaba regresando.
“...Wolfie?”
¿O
no? ¿Será solo una ilusión mía? Parecía seguro que había venido.
“Llámalo
más.”
Dolly,
de pie junto a la ventana, habló de repente.
“Se
dice que la voz de los vivos puede traer de vuelta incluso a los que están por
morir.”
Chariot,
que la escuchaba atónito, volvió a pronunciar su nombre lenta y sinceramente.
“Yuri.”
La
luz del sol resplandeciente se extendió poco a poco sobre el dorso de la mano
de Yuri, y sus dedos, que habían permanecido rígidos sin el menor movimiento,
comenzaron a moverse lentamente.
Definitivamente, se movieron.
Dolly,
que había vuelto a desviar la mirada hacia el exterior, no logró verlo, pero
Chariot lo vio con total claridad. En el instante en que Chariot,
incorporándose de un salto, se quedó sin palabras y le aferró la mano con
desesperación.
El
río azul que tanto había deseado volver a ver con la fuerza de morir reflejó a
Chariot.
Fin
