3. ¿Quién es Pyeong-hwa?


 

3. ¿Quién es Pyeong-hwa?

 

Hae-seong se relamió los labios con un deje de nostalgia. En ese preciso instante, un chocolate cuadrado del tamaño de dos falanges apareció frente a sus ojos.

Con los ojos como platos, Hae-seong contempló el chocolate y la mano que se lo ofrecía. Al levantar la vista hacia el dueño de esa mano, Pyeong-hwa se sobresaltó, desvió la mirada e intentó disimular mirando hacia otra parte.

“¿Es para mí?”.

“¿Y para quién más? Ni que se lo estuviera dando a un fantasma”.

Lo que Pyeong-hwa le estaba extendiendo era un chocolate ya sin envoltura. Hae-seong lo recibió un tanto desconcertado y le dio las gracias, asegurando que lo disfrutaría.

“Tampoco es que lo haya comprado yo, así que da igual”.

Aunque respondió con un tono un tanto seco, Pyeong-hwa parecía estar de buen humor en el fondo. ¿En qué otro lugar iba a encontrar a un chico tan atractivo y tierno que fuera un deleite para la vista, y que además tuviera tanto dinero como para consentirle el paladar?

Hae-seong se llevó el chocolate a la boca mientras contemplaba las mejillas infladas del joven. Tal como había dicho el empleado, al tratarse de un producto costoso, resultó ser el chocolate más delicioso que había probado en su vida.

“Mmm”.

Qué dulce. Por desgracia, a Hae-seong no le agradaban mucho las cosas dulces. Esto estaba tan empalagoso que sentía que le picaría los dientes. En cualquier otra circunstancia, lo más probable es que lo hubiera escupido, pero Hae-seong hizo el esfuerzo por pasarse el chocolate.

“Está muy bueno. ¿Será porque me lo diste tú, Pyeong-hwa?”.

“Es porque está hecho con ingredientes de calidad. No tiene nada que ver con que te lo haya dado yo”.

“Es un decir, hombre, un decir”.

No le quedaba de otra más que decir eso. Durante todo el tiempo que estuvo comiéndose el chocolate, Pyeong-hwa lo había observado con una expresión llena de ilusión, idéntica a la de un niño pequeño. No quería desilusionar a un Pyeong-hwa que lo miraba con ojos fijos y brillantes.

“¿Siempre le hablas así a cualquiera?”.

Ante la pregunta de Pyeong-hwa, quien lo miraba con una expresión de reproche, Hae-seong no pudo contener una carcajada. Le daban unas ganas inmensas de tocar las orejas enrojecidas del joven.

Poco después, el empleado regresó empujando un perchero con varios sacos de muestra del mismo tejido pero con diferentes cortes. Tras comentar que por iniciativa propia también había traído muestras de otra línea textil que consideraba que le sentaría bien, el empleado envió primero a Hae-seong al probador.

“Para ser algo que dicen que cuesta una fortuna, debo admitir que sí es de muy buena calidad”.

Hae-seong abrió la puerta del probador vistiendo un saco que le encajaba bien de hombros pero le quedaba un poco holgado del torso, junto con un pantalón de talla ajustable. Al escucharlo, Pyeong-hwa, que estaba concentrado en su teléfono con la cabeza baja, levantó la vista de inmediato.

“¿Qué tal me veo?”.

Preguntó Hae-seong extendiendo ambos brazos hacia los lados. Pyeong-hwa adoptó una expresión extraña por un instante y parpadeó repetidamente mientras observaba con fijeza a Hae-seong, quien se aproximaba hacia él. En cuanto Hae-seong se colocó frente al espejo, el empleado se acercó a asistirlo de inmediato.

“Como posee una excelente presencia, estoy seguro de que cualquier estilo que elija le sentará de maravilla”.

Comentó el empleado con entusiasmo mientras le sacudía los hombros y le acomodaba los puños de la camisa. Hae-seong se observó en el espejo, sonrió ante el cumplido y le hizo una leve inclinación de cabeza al trabajador en señal de agradecimiento.

“No te queda bien”.

Sin embargo, el ambiente tan ameno que se había formado se enfrió de golpe ante ese comentario negativo y tajante. Hae-seong, sorprendido, se giró para verlo, pero Pyeong-hwa apartó la cabeza con brusquedad.

“Vaya...”.

¿Que no me queda bien?

Hae-seong se sintió bastante consternado por aquellas palabras, una crítica que jamás en su vida había escuchado. Al fin y al cabo, siempre le habían dicho que lucía como un modelo incluso si se ponía un trapo viejo encima. Hae-seong frunció el entrecejo y fulminó a Pyeong-hwa con la mirada.

Tras mantener la posición por un momento, Pyeong-hwa finalmente levantó la vista y sus miradas se cruzaron.

“¿De verdad crees que no me sienta bien? A mí me parece que luce bastante aceptable”.

En una situación normal, simplemente habría pedido probarse otra opción, pero esta vez le dio un arranque de orgullo. Pyeong-hwa lo contempló por un instante y contrajo el entrecejo.

“Está feo”.

Soltó aquella crítica mordaz y de inmediato bajó la mirada para evadirlo. La atención de Hae-seong se desvió hacia las piernas de Pyeong-hwa, las cuales no dejaban de temblar con fuerza. Al notar ese lenguaje corporal que denotaba una inmensa ansiedad e inquietud, Hae-seong se limitó a sacudir la cabeza y se dio la vuelta.

“Me probaré otro. Traiga ese de color beige, por favor”.

“Si gusta pasar al probador para desvestirse, le prepararé la prenda y se la alcanzaré en un momento”.

“De acuerdo”.

Al fin y al cabo, el dinero venía de la familia de Pyeong-hwa. Como sería el padre del joven quien pagaría por la vestimenta, Hae-seong estaba decidido a acoplarse lo más posible a las exigencias de Pyeong-hwa. Mientras caminaba de regreso al probador, Hae-seong le clavó una mirada fija.

Pyeong-hwa, percatándose de ese escrutinio tan evidente, levantó un poco la cabeza y sus miradas se cruzaron una vez más. Hae-seong le dedicó una sonrisa de oreja a oreja antes de escabullirse dentro del probador. A pesar de haber notado cómo el rostro del joven se ensombrecía por completo justo antes de girarse, prefirió no mirar atrás.

Una vez dentro, Hae-seong se despojó de las prendas sin dudarlo. Se quedó únicamente con la camisa que debía mantener puesta y en ropa interior a la espera del empleado.

Toc, toc.

Poco después, alguien llamó a la puerta del probador. Hae-seong abrió de inmediato sin pensarlo dos veces. Sin embargo, se quedó completamente helado al ver la alta silueta que se proyectaba por encima de su cabeza.

“Sabía que estarías así”.

La persona que sostenía la ropa no era otra que Tae Pyeong-hwa. Hae-seong, desconcertado por la inesperada aparición del joven, frunció el entrecejo ante su comentario. ¿Cómo que sabías que estaría así?. Sin embargo, no tuvo tiempo de pedir explicaciones.

Pyeong-hwa apoyó una mano en el pecho de Hae-seong para empujarlo hacia el interior y cerró la puerta de un portazo. Le arrojó las prendas con brusquedad y se dio la vuelta con evidente mal humor.

Hae-seong, estupefacto, se colocó la ropa como pudo y salió del probador. Al salir mientras se acomodaba el saco, cruzó miradas de inmediato con Pyeong-hwa, quien permanecía sentado con las piernas largas cruzadas y los brazos entrelazados en una postura arrogante. Pyeong-hwa lo examinó de arriba abajo con una mirada analítica.

Su expresión lucía tan intimidante que los empleados de los alrededores sudaban frío sin saber qué hacer. Hae-seong soltó un ligero chasquido con la lengua ante la tensión del ambiente, se colocó frente al espejo e hizo una seña con los ojos al empleado.

¿Se puede saber qué le pasa a este tipo? Me dijeron que viene seguido por aquí.

Hae-seong miró fijamente a Pyeong-hwa mientras le hacía señas al empleado exigiendo una explicación, a lo que el trabajador se limitó a sacudir la cabeza con los labios apretados. Su rostro, lleno de apuro, indicaba claramente que ellos tampoco tenían idea del motivo de su actitud.

“¿Qué tanto miras?”.

En medio de esa comunicación visual tan frustrante con el empleado, una voz gélida resonó a sus espaldas. Hae-seong soltó un leve quejido, forzó una sonrisa y se giró. Pyeong-hwa, que se había mudado a un asiento un poco más cercano, lo miraba con severidad y un rostro inexpresivo.

“Solo intentaba ver si me queda bien”.

“¿Y por qué le preguntas a esa persona? Deberías preguntarme a mí”.

“Pues porque es un empleado del lugar y se supone que tiene más experiencia en esto”.

“¿Y a mí qué me importa si esa persona sabe más o no? ¿Qué tiene que ver eso?”.

El empleado, que tenía la intención de dar su sugerencia, cerró la boca de inmediato ante el reclamo de Pyeong-hwa. Hae-seong abrió de par en par los ojos, asombrado por una respuesta tan sumamente descortés que jamás habría esperado. A pesar de todo, a Pyeong-hwa pareció importarle muy poco.

Con total indiferencia, Pyeong-hwa apoyó el codo en la mesa, descansó la barbilla en su mano y comenzó a mover la pierna cruzada de arriba abajo. Levantó el mentón con arrogancia y, manteniendo la vista baja, continuó diciendo.

“¿Acaso he dicho alguna mentira? ¿Por qué me miras de esa forma?”.

Hae-seong se quedó completamente sin palabras. Sin importar lo que el joven pensara de sí mismo, su comportamiento era idéntico al de un niño de cinco años a punto de hacer un berrinche por no salirse con la suya. Aunque, pensándolo bien, verle quejarse con tanta insistencia mientras le daba sorbos a su chocolate con leche resultaba tan cómico que no lograba despertar su enojo.

“Bueno, a fin de cuentas me voy a casar contigo, así que solo necesito darte una buena impresión a ti. ¿Qué opinas, Pyeong-hwa?”.

A Hae-seong también le preocupaba el hecho de encontrarse en un establecimiento público. Sin más opción que darle la razón para calmar los ánimos, forzó una sonrisa. Al escucharlo, Pyeong-hwa se sobresaltó notablemente. Soltó el chocolate con leche que estaba tomando y comenzó a toser con fuerza. Hae-seong, alarmado, se acercó y le tendió un pañuelo desechable. Pyeong-hwa recibió el pañuelo, se limpió la comisura de los labios y murmuró en un susurro.

“Está horrible”.

¿Qué le pasa a este mocoso?

El entrecejo de Hae-seong se contrajo. Sin embargo, Pyeong-hwa no mostró la menor intención de retractarse de su grosería. Con total descaro, le entregó a Hae-seong el pañuelo con el que se había limpiado, lo obligó a sostenerlo y se metió un chocolate a la boca.

“Nada de este lugar me agrada”.

“Pero si me dijeron que te mandaste a hacer un traje aquí hace apenas unos días”.

“¿Acaso andas investigando mi vida privada?”.

“¿Quién...?”.

Hae-seong apretó el puño con el que sostenía el pañuelo desechable. De no haber gente presente, le habría acomodado un buen golpe. No alcanzaba a comprender por qué, si hace un momento se estaba comportando de forma tan dócil, de repente le daba por actuar de una manera tan insoportable.

“Me lo comentó tu padre. Por eso sugerí que viniéramos aquí”.

“Mi papá me lo compró porque tenía un evento al que asistir”.

“¿Entonces a ti no te gustó?”.

“...”.

“Vaya. O sea que sí te gustó”.

A pesar de ser muy propenso a los berrinches, Pyeong-hwa era incapaz de mentir, por lo que su rostro se tornó pálido de inmediato. Con el ceño fruncido y una aparente sensación de náuseas, se mordió los labios. Hae-seong acarició con el dorso de la mano la mejilla pálida de Pyeong-hwa. Al tacto, notó que su temperatura corporal se sentía un tanto baja.

“Parece que ahora ya dejó de gustarte”.

Pyeong-hwa no emitió respuesta alguna. Mantuvo la boca cerrada con terquedad y se limitó a juguetear con el borde del saco que vestía Hae-seong.

“¿Quieres que nos vayamos entonces? De nada sirve que sigas probándote ropa si solo vas a terminar exhausto, Pyeong-hwa”.

“¿Podemos hacer eso?”.

“¿Y por qué no?”.

Al fin y al cabo, es tu familia la que va a pagar por todo esto, Pyeong-hwa. Si tú eres el dueño del dinero, qué más da.

“¿Solo porque dije que no me gustaba?”.

Ante ese tono de voz que se había suavizado de repente, Hae-seong soltó una ligera risa. No sabía con certeza qué había hecho bien, pero parecía que sus palabras habían sido del total agrado de Pyeong-hwa.

“Si a ti no te agrada, a mí tampoco me interesa”.

Sintiéndose contagiado por el buen humor, Hae-seong arrugó la nariz y habló con un tono aún más afectuoso. Pyeong-hwa apretó los labios, parpadeó profundamente y finalmente asintió con lentitud.

“Me quiero ir...”.

“De acuerdo, vámonos entonces”.

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Hae-seong, que sostenía la mirada de Pyeong-hwa, levantó la cabeza. Le explicó la situación al empleado y se encaminó hacia el probador. En ese instante, Pyeong-hwa se levantó de un salto y comenzó a seguirlo muy de cerca, como si fuera su sombra.

“¿Eh? ¿Qué pasa?”.

“...No quiero quedarme solo”.

“Ah...”.

El rostro de Pyeong-hwa lucía compungido. Hae-seong echó un vistazo a la sastrería por encima del hombro del joven. Debido a la repentina cancelación de la prueba por el capricho de Pyeong-hwa, el interior del local era un caos de empleados dedicados a recoger todo. Aunque no parecía que nadie estuviera prestando especial atención a Pyeong-hwa, lograba comprender su sentir.

Al fin y al cabo, como había sido él quien arruinó la cita, debía resultarle sumamente incómodo quedarse ahí sentado por su cuenta.

“¿Quieres pasar?”.

“¿Puedo?”.

“Está un poco reducido, pero me cambiaré rápido”.

Hae-seong se hizo a un lado para cederle el paso. Pyeong-hwa, que vacilaba un poco, se sobresaltó al escuchar que alguien llamaba desde el exterior y se escabullió rápidamente al interior del probador.

“A ver...”.

“...”.

“Creo que te había...”.

Sobrevalorado por completo.

“¿Me habías qué?”.

Sinceramente, hasta ese momento había pensado que Pyeong-hwa era un maleducado al que le importaba un comino la opinión de los demás. La actitud que había mostrado durante su primer encuentro respaldaba esa idea. Pensó que era del tipo de personas que no se fijaban en su entorno.

Sin embargo, parecía que había sobreestimado a Pyeong-hwa. Sentado en el interior en una postura un tanto incómoda por la falta de espacio, Pyeong-hwa miraba a Hae-seong con el ceño fruncido. Hae-seong tuvo que contener la risa al verlo; lucía idéntico a un gato gordo que se había metido a la fuerza en una caja demasiado pequeña para él.

“No es nada. Debe ser incómodo, ¿verdad? Me cambiaré enseguida”.

“¿Le pusiste el seguro a la puerta?”.

“¿No? De todas formas ya saben que entramos aquí”.

“Ponle el seguro”.

A excepción de los empleados de la sastrería, no había nadie más en el lugar. No había motivo alguno para que el personal abriera la puerta del probador por cuenta propia. Aunque pensaba que no era necesario llegar a tal extremo, la expresión de Pyeong-hwa lucía alarmante. Con los ojos abiertos de par en par como si presintiera una catástrofe inminente, el joven señaló el picaporte una vez más con el dedo.

“Que le pongas el seguro”.

“Está bien, está bien”.

Sin más remedio, Hae-seong echó el cerrojo a la puerta y procedió a bajarse el cierre. Al tratarse de un Alfa, la imponente silueta de Pyeong-hwa abarcaba gran parte del espacio, lo cual resultaba bastante incómodo.

Tal vez debió insistir en que esperara afuera. Dispuesto a quitarse el pantalón, Hae-seong soltó un profundo suspiro con la mirada fija en el techo. Por más que le daba vueltas al asunto, no lograba descifrar cuál era la mejor posición para acomodarse.

Si se quitaba el pantalón de frente a Pyeong-hwa, terminaría exhibiendo sus partes íntimas directo a los ojos del joven. Por el contrario, si se giraba de espaldas, terminaría plantándole el trasero justo en la cara...

Cualquiera de las dos opciones resultaba igual de bochornosa. Aunque procedió a desvestirse, Hae-seong se vio envuelto en una batalla interna sumamente incómoda y llena de frustración.

¿Acaso no terminaré demandado por Taepyung Group si sigo así?

Lleno de temor, Hae-seong terminó pegando el rostro contra una de las paredes del probador. Ni por un segundo se le cruzó por la mente que aquella postura resultaba aún más extravagante y ridícula.

Pero maldita sea, no puedo quedarme en esta posición para siempre.

A medida que el frío del ambiente comenzaba a calarle en la piel, Hae-seong prefirió no complicarse más. Al fin y al cabo, el probador era un espacio diseñado específicamente para cambiarse de ropa, y había sido Tae Pyeong-hwa quien decidió entrar por su propia voluntad.

Recuperando la seguridad, Hae-seong sujetó el pantalón que tenía a medio quitar y echó un vistazo de reojo hacia atrás. Pyeong-hwa se encontraba revisando su teléfono móvil con total tranquilidad, haciendo honor a su nombre. El rostro despavorido de hace unos momentos había desaparecido por completo.

¿Acaso este infeliz estuvo actuando todo el tiempo?

Sin embargo, a diferencia de él mismo, Pyeong-hwa no tenía motivo alguno para montar semejante farsa. Sacudiendo la cabeza para alejar esos pensamientos, Hae-seong se bajó el pantalón por completo. Tras meditarlo por un instante, observó a Pyeong-hwa. Aprovechando la cercanía, espió la pantalla del teléfono que el joven sostenía en sus manos.

 

Yeon-je♥♥

¿Por qué no contestas el teléfono?

 

Vaya, vaya, ¿así que incluso en una situación como esta sigue en contacto con su pareja?

 Al distinguir el mensaje que presumiblemente provenía de Yeon-je, una expresión de malicia se dibujó en el rostro de Hae-seong.

Qué más da, a mí qué me importa.

Girándose de espaldas, Hae-seong inclinó un poco el torso hacia adelante para sacar las piernas del pantalón. Debido a la flexión del cuerpo, su trasero quedó inevitablemente muy cerca del rostro de Pyeong-hwa.

Plof.

Mientras se reía para sus adentros y buscaba su propio pantalón del perchero para ponérselo, se escuchó el sonido de algo cayendo al suelo. Al bajar la vista, notó que el teléfono de Pyeong-hwa yacía tirado en el piso del probador.

Hae-seong contuvo la risa y se giró para ver a Pyeong-hwa. Este tenía los ojos desorbitados, fijos en el trasero de Hae-seong, con una expresión de absoluto desconcierto. Sus pupilas, que parecían rozar las lágrimas, temblaban sin control.

¿Acaso fui demasiado lejos? ¿Habrá sido una situación demasiado fuerte para un tierno bebé? Aunque bueno, si tiene pareja, se supone que ya debe conocer de estas cosas.

“¿Quieres que te levante el teléfono?”.

“¡No!”.

En cuanto Hae-seong hizo el amago de volver a inclinarse, Pyeong-hwa soltó un grito, completamente horrorizado. Hae-seong, que apenas había doblado un poco el torso, parpadeó repetidamente e intentó tantear la situación. Pyeong-hwa, pasándose una mano temblorosa por el rostro, sacudió la cabeza con vehemencia.

“Solo... solo vístete rápido”.

“No, bueno, es que como eso me queda más cerca...”.

“¡La ropa!”.

“¿Eh?”.

“Que te pongas la ropa ya”.

Su voz sonaba tan sofocada que parecía el último aliento de alguien a punto de morir, por lo que Hae-seong comenzó a vestirse a toda prisa. Sintiendo una atmósfera tan apremiante como si le hubieran asignado una misión contrarreloj, se apresuró a colocarse sus prendas a paso veloz.

En el preciso instante en que Hae-seong terminó de cambiarse hasta los zapatos, Pyeong-hwa tomó su teléfono como una exhalación y se puso de pie.

Acto seguido, abrió la puerta de par en par y salió corriendo del lugar. Hae-seong, estático en su sitio, se limitó a observar a lo lejos cómo Pyeong-hwa se metía corriendo al sanitario. Los empleados se les quedaron viendo con cierta sospecha al verlos salir en esas condiciones, pero a él no le importó lo más mínimo.

Cuando Pyeong-hwa regresó un buen rato después, traía un rostro sumamente exhausto. Hae-seong, sintiéndose un tanto culpable por lo que había provocado, intentó ser considerado y midió sus acciones.

Tras despedirse de los empleados prometiendo volver, una cortesía que sonaba a mentira, pues era evidente que jamás pisarían de nuevo esa sastrería, ambos salieron del local. En el estacionamiento trasero aguardaba un vehículo que parecía ser el que había transportado al joven.

“Bueno... yo me voy a ir en taxi. Tú te vas en ese auto, ¿verdad, Pyeong-hwa?”.

Pyeong-hwa, que venía caminando a rastras y sin energías al lado de Hae-seong, se detuvo en seco. Luego, se giró hacia él con un rostro completamente desanimado. Al ver que sus labios volvían a temblar ligeramente, Hae-seong dedujo que tenía algo que decir.

“¿Qué pasa? ¿Quieres decirme algo?”.

Para cuando se dio cuenta, Pyeong-hwa ya sostenía con firmeza el puño de la camisa de Hae-seong. Este lo miró con extrañeza, pero el joven solo se mordió los labios en silencio. Sin embargo, al notar esa mirada tan inquieta y evasiva, Hae-seong se convenció por completo de que el chico guardaba un mensaje.

“¿Mmm? Sí quieres decirme algo, ¿a que sí?”.

Hae-seong acarició con suavidad la mano que sujetaba su manga. Ante el gesto, la mirada melancólica que el joven mantenía clavada en el suelo regresó hacia él. Pyeong-hwa, parpadeando con sus largas pestañas, abrió la boca despacio.

“Cuando terminemos...”.

Murmuraba con un esfuerzo tal que parecía estar a punto de escupir veneno. Su rostro lucía tan pálido que daba lástima, por lo que Hae-seong se adelantó a completar la frase.

“¿Cuando terminemos?”.

“Que vayas a comer...”.

“Ah, ¿me estás diciendo que vaya a comer algo para cuidarme?”.

Pyeong-hwa frunció el entrecejo de inmediato. Su mirada parecía reclamarle por qué, si normalmente era tan astuto, en ese momento se comportaba de una manera tan tonta. Hae-seong soltó una risa ligera.

Pues claro, ¡es porque no quiero darte el gusto tan fácil!

Hae-seong había captado la intención de Pyeong-hwa desde el primer momento. Lo más seguro era que los adultos de su familia lo hubieran presionado para que fueran a comer juntos. Después de todo, ellos deseaban que se volvieran cercanos lo antes posible.

Dado que las oportunidades de verse antes de la boda eran contadas, una cita como esta representaba una pequeña oportunidad que los mayores no iban a desperdiciar. Y Pyeong-hwa, a pesar de su carácter tan afilado, resultaba ser un hijo y nieto bastante obediente con su padre y su abuelo.

Verlo intentar cumplir con las órdenes que le habían programado los adultos le pareció un gesto encomiable. Justo cuando el corazón de Hae-seong se ablandaba y se disponía a aceptar la invitación formalmente...

“¡No! ¿Por qué habría de preocuparme por lo que comes? Mi papá me dijo que fuéramos a comer juntos antes de volver”.

Pyeong-hwa soltó aquellas palabras como una ráfaga, con el entrecejo levemente contraído. Sus mejillas lucían completamente encendidas, probablemente por la agitación del momento.

“Ah, ya veo. ¿Así que fue tu padre?”.

Hae-seong se mordió los labios, adoptando una postura burlona y maliciosa.

“Vaya, con razón dicen que el amor del suegro hacia la nuera es el más grande”.

“¿Quién es la nuera aquí?”.

Pyeong-hwa mostró un profundo rechazo ante la actitud conmovida de Hae-seong.

“Ah, ¿entonces yo soy el novio? Pensé que tú eras el que quería llevar los pantalones”.

Hae-seong flexionó el brazo creando un espacio en forma de triángulo y simuló el gesto de caminar del brazo de alguien. Pyeong-hwa lo recorrió de arriba abajo con la mirada, observándolo como si estuviera frente a un demente. Sus ojos, llenos de consternación, temblaban sin parar.

“Bueno, de acuerdo entonces. Hoy me toca a mí invitarte algo delicioso”.

Comentó Hae-seong con entusiasmo tras detener su parodia. Al fin y al cabo, pronto recibiría los tres millones de wones de su asignación. Pensó que sería una excelente idea usar ese dinero para consentir a Pyeong-hwa por una vez, así que la situación resultaba ideal.

“¿Tú?”.

Sin embargo, la reacción de Pyeong-hwa no fue tan positiva como esperaba. El joven ladeó la cabeza y contrajo el entrecejo, mostrando una genuina confusión.

“¿Mmm? Pues claro, la vez pasada fuiste tú quien me invitó la comida”.

“Yo no pagué por eso”.

“Como sea, el hecho es que recibí una invitación, ¿no?”.

“Olvídalo”.

Sin importar de quién fuera el dinero, el hecho de que hubiera salido de los fondos de su acompañante no cambiaba. Sin embargo, Pyeong-hwa parecía tener una perspectiva muy distinta.

“Aun así, yo...”.

“¿Acaso estoy en posición de aceptar que alguien como tú me invite una comida?”.

“Bueno... puede que tengas razón en eso, pero yo también tengo modales”.

A decir verdad, Hae-seong no se consideraba un hombre tan educado, pero ver el rechazo del joven despertaba aún más sus ganas de gastar dinero a la fuerza. Total, ni siquiera era dinero suyo.

“Si vas a hablarme de etiqueta, hazlo bien, o si no, háblame con confianza. No estés cambiando a cada rato... ¿Acaso alguien te está presionando?”.

Ante ese reclamo tan cortante, Hae-seong sonrió solo con los labios.

El único que me está presionando aquí eres tú, Pyeong-hwa.

“Entonces, ¿puedo hablarte con confianza?”.

“Haz lo que quieras”.

Hae-seong forzó los músculos de su rostro para deshacer el ceño fruncido. De no ser por ese rostro tan atractivo, ya le habría acomodado un buen golpe hace tiempo. Sin embargo, al ver esas mejillas infladas por el berrinche, se limitó a sacudir levemente la cabeza. Esa tez tan pulcra y hermosa lo hacía perder toda intención de pelear.

“Entonces voy a pedir un montón de cosas deliciosas para comer en grande. ¿Te acuerdas de que te prometí mostrarte lo mucho que puedo comer?”.

En cuanto terminó de hablar, un sedán de color negro se detuvo frente a ellos.

“Vámonos, vámonos”.

Antes de que el chofer pudiera bajar a abrirles la puerta, Hae-seong abrió la parte trasera e introdujo a Pyeong-hwa. El joven, que subió de manera imprevista, se le quedó viendo con rostro atónito mientras Hae-seong se acomodaba a su lado.

“¿De verdad puedo comer todo lo que quiera? Mira que como muchísimo”.

Preguntó Hae-seong con una sonrisa tras cerrar la puerta. Acto seguido, le indicó al chofer con total naturalidad que ya podían ponerse en marcha. Pyeong-hwa, acomodándose en su asiento, respondió en un murmullo.

“¿Quién te está diciendo que no? Haz lo que quieras”.

“Si es a mi antojo, ¿puedo gastar hasta sobrepasar el límite de la tarjeta? ¿Ya revisaste el saldo disponible?”.

Hae-seong continuó soltando comentarios triviales en un intento por aligerar el ambiente. Por mucho que comiera, su estómago no tendría la capacidad de agotar el límite de un crédito bancario. Sin embargo, la sutil curiosidad que Pyeong-hwa mostraba ante su apetito lo motivaba a seguir hablando.

“¿Y qué pasa si no tiene límite?”.

Pyeong-hwa finalmente giró la cabeza para encararlo. Con un rostro un tanto pálido y una expresión de absoluta seriedad, contempló a Hae-seong mientras parpadeaba con rapidez a la espera de una respuesta.

“¿Cómo que no tiene límite? ¿Por qué?”.

“Pues porque no lo tiene y ya, ¿por qué más habría de ser? ...No tiene. Si no tiene esa tarjeta, ¿entonces qué se supone que deba hacer?”.

Pyeong-hwa sacó la tarjeta que guardaba en la funda de su teléfono y la extendió sobre la palma de su mano. Al mismo tiempo, su rostro se descompuso en un gesto de angustia y comenzó a temblar, luciendo idéntico a un niño que temía haber hecho una travesura con un amigo.

Con la mirada titubeante, examinó a Hae-seong con insistencia. Hae-seong, cuyos procesos mentales se detuvieron por un instante, señaló la tarjeta que le ofrecían con total desconcierto.

“Ah... ¿esta tarjeta no tiene límite de crédito?”.

Pyeong-hwa cerró los ojos con fuerza y asintió con vehemencia. El corazón de Hae-seong comenzó a latir desbocado. Sintiéndose como si el corazón fuera a salírsele por la boca, se cubrió el rostro con las manos y contempló a Pyeong-hwa con absoluta admiración.

Pyeong-hwa... ¿acaso esto es una propuesta de matrimonio?

***

Durante todo el trayecto hacia el restaurante reservado, Pyeong-hwa no dejó de quejarse por el asunto del límite de la tarjeta, pero en cuanto vio que Hae-seong se limitaba a consumir únicamente los platillos del menú previamente establecido, su rostro reflejó un gran alivio.

“Tu padre tiene un paladar muy refinado”.

“¿A qué viene mi papá en todo esto?”.

“Pues este es el lugar que él reservó, ¿no?”.

“Mi papá solo hizo la reservación, pero el lugar lo elegí yo...”.

Pyeong-hwa, cuya voz se había elevado un tanto por la indignación, interrumpió su propia frase y se limitó a mover los labios en silencio. Hae-seong, que en ese momento tomaba un rollo de vegetales con carne de res, abrió los ojos de par en par y lo miró fijamente. Al notar ese escrutinio pausado, Pyeong-hwa optó por bajar la mirada.

“Ah... ¿así que este lugar lo elegiste tú, Pyeong-hwa?”.

Preguntó Hae-seong con malicia, examinando minuciosamente el rostro avergonzado del joven. Pyeong-hwa, cuyas mejillas se tiñeron de un leve tono rojizo por la pena, parpadeó despacio sin levantar la vista.

“Con razón todo está tan delicioso”.

Hae-seong exageró el cumplido a propósito. Pyeong-hwa, que parecía tener las orejas atentas a cada palabra, movió los labios con disimulo delatando el agrado que le causaba el elogio. Al ver al joven intentar contener la risa, Hae-seong se llevó un gran trozo de carne a la boca y procedió a devorar el arroz como si fuera un obrero hambriento.

“Vaya, es la primera vez en mi vida que pruebo algo tan exquisito. ¿De quién será esposo este chico que sabe organizar tan bien las citas, eh?”.

“Deja de decir tonterías y concéntrate en comer”.

“Come tú también. Esto es una maravilla, de verdad. Pruébalo”.

Hae-seong colocó un rollo de carne en el plato de Pyeong-hwa. Aunque esperaba que el joven protestara exigiendo que no se metiera en sus asuntos, para su sorpresa, este tomó los palillos de forma pacífica. Se llevó a la boca el trozo de carne que le habían ofrecido y procedió a limpiarse con delicadeza utilizando una servilleta.

Qué niño tan fino...

Hae-seong se tragó ese tierno pensamiento junto con un bocado de arroz. Cada vez que lo observaba, era evidente que Pyeong-hwa había recibido una educación de etiqueta impecable en la mesa. La duda era cómo su forma de hablar había terminado siendo tan descortés.

“¿Qué tanto me miras?”.

Parecía que lo había estado observando fijamente sin darse cuenta. Hae-seong, percatándose de su indiscreción, estiró los labios con incomodidad para disimular el apuro.

“Es que eres demasiado atractivo, no pude evitarlo”.

Soltó aquellas palabras con total desparpajo, sabiendo de antemano el rechazo que causarían en el joven, mientras esbozaba una amplia sonrisa que le cerraba los ojos.

“Prometo tener más cuidado en el futuro, ¿de acuerdo?”.

“¿Y cómo piensas hacerlo?”.

“¿Eh?”.

“¿Cómo se supone que vayas a tener cuidado? No es como si fueras a dejar de mirarme por completo”.

Tras lanzar la pregunta, Pyeong-hwa tomó una porción moderada de arroz con los palillos y se la llevó a la boca. Verlo masticar con los labios firmemente cerrados resultaba una escena bastante agradable. Acto seguido, el joven tomó una pieza de champiñón sazonado de un plato cercano.

Y, clavando la mirada fija en Hae-seong, se la metió a la boca con total parsimonia. Casi como si quisiera cerciorarse de que Hae-seong lo estuviera viendo. Como diciendo: ‘A ver si eres capaz de quitarme los ojos de encima’.

“¿Entonces prefieres que sea más discreto para que no te des cuenta cuando te mire?”.

Hae-seong descifró de inmediato la astuta intención del joven y habló con un tono de fingida súplica. Pyeong-hwa dejó los palillos sobre la mesa, dio un breve sorbo a su vaso de agua y soltó un ligero suspiro. Hae-seong tuvo que morderse la lengua para contener la risa que amenazaba con escapársele.

No vayas a arruinar el ambiente ahora, Wi Hae-seong.

“Ten cuidado, por favor”.

Ante esa respuesta tan dócil, Hae-seong cerró los ojos con fuerza. Inclinó la cabeza por completo y se cubrió la zona de los ojos con una mano para recuperar el aliento. Era evidente que el joven poseía la naturaleza de un príncipe consentido desde la cuna.

Esa actitud de asumir como algo completamente natural el ser el centro de atención casi le provoca lágrimas a Hae-seong.

Vaya, estoy seguro de que tener a alguien así al lado garantizaría una vida libre de aburrimiento.

“Sí, sí. Tendré cuidado”.

“De acuerdo”.

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Hae-seong procedió a actuar tal como Pyeong-hwa se lo había solicitado. Fingía observar el entorno con discreción, pero se aseguraba de clavarle miradas tan evidentes que sus ojos terminaban encontrándose de forma inevitable. Cada vez que esto ocurría, Hae-seong simulaba un gesto de sorpresa y apuro, pidiendo disculpas falsas para luego volver a echarle vistazos de reojo, lo cual consideró que le daba un aire bastante considerado.

Durante ese lapso, Pyeong-hwa consumió una cantidad de alimento superior a la habitual. Alardeando de su impecable técnica con los palillos, idéntica a la de un niño que presume haber aprendido a comer solo, terminó vaciando por completo su cuenco de arroz. Se trataba de la primera vez que el joven lograba comer de esa forma desde que alcanzó la edad adulta, tras volverse sumamente sensible a los olores debido a la influencia de sus feromonas.

Gracias al esmero que Hae-seong puso en su actuación, la comida concluyó en total armonía. Una vez que la mesa fue despejada, el personal sirvió los bocadillos y postres tradicionales, ante lo cual Hae-seong abrió los ojos de par en par y elogió al joven.

“¡Vaya, resulta que es un servicio de tres tiempos completo! ¿Cómo lograste dar con un sitio así, Pyeong-hwa?”.

“No exageres”.

“No estoy exagerando, es la verdad. Esto luce tan hermoso que da pena comérselo”.

Según les habían explicado, se trataba de repostería artesanal elaborada por uno de los pocos maestros culinarios que quedaban en el país. Hae-seong sacó su teléfono y comenzó a capturar fotografías a diestra y siniestra, ingeniándoselas para que la mano o el hombro de Pyeong-hwa aparecieran sutilmente en las esquinas de las imágenes.

“¿Y por qué habría de dar pena comerlo si es hermoso?”.

Pyeong-hwa ladeó la cabeza mientras contemplaba el Gaeseong Juak (bocadillo tradicional de arroz frito) que habían colocado en su plato. La pieza, redonda y con un glaseado brillante, lucía sumamente apetecible. No alcanzaba a comprender la lógica detrás de las palabras de Hae-seong. Con semblante serio, Pyeong-hwa tocó ligeramente la parte superior del postre con el tenedor.

“Es solo una forma de hablar, hombre. Por muy bonito que sea, si está delicioso hay que comerlo”.

Tal como dicta el dicho, lo que es agradable a la vista también lo es al paladar. Hae-seong se llevó un trozo entero a la boca y comenzó a masticarlo. La textura masticable combinada con el dulzor tenue del postre le generó una inmensa sensación de bienestar. Al acompañarlo con el refrescante Danhabak Sikhe (bebida dulce de calabaza y arroz), su felicidad alcanzó niveles indescriptibles.

Cuando su padre desapareció sin dejar rastro y los fondos económicos se agotaron, Hae-seong llegó a ver el panorama completamente negro. Por fortuna, no heredó deudas directas a su nombre, pero debido a que tras graduarse se había limitado a disfrutar de una vida ociosa gastando a manos llenas bajo el concepto de que el ahorro era algo propio del segundo año laboral, se había quedado sin un solo centavo en los bolsillos.

Habiéndose visto de pronto sin personas en quienes confiar y sin dinero suficiente para garantizar su comida diaria, Hae-seong sentía una inmensa gratitud por cada uno de los lujos que se desplegaban ante sus ojos en la actualidad.

Pyeong-hwa, este hermano mayor se va a encargar de curar tu padecimiento. Te entrenaré para que logres un control perfecto de tus feromonas y puedas desempeñarte como un Alfa dominante con todas las de la ley. Te daré la fuerza necesaria para que te conviertas en un conquistador de primera.

Te obsequiaré una resistencia física tal que ni un periodo de celo intenso logre doblegarte. Pyeong-hwa, mi acaudalado salvador que vino a rescatar mi existencia... te prometo que me haré cargo de ti pase lo que pase.

“¿De verdad te parece tan delicioso?”.

Pyeong-hwa observó con desconfianza a Hae-seong, quien se encontraba sumido en sus propios pensamientos y soltaba ligeros suspiros de conmoción por cuenta propia. Hae-seong asintió con vehemencia, ante lo cual el joven empujó el plato de postres por completo hacia su lado.

“No, no. Hay que comerlo juntos”.

“Olvídalo. A mí lo dulce me empalaga muy rápido, así que no me interesa...”.

“Ah...”.

“¿Acaso es la primera vez que pruebas algo así?”.

Pyeong-hwa lo miró con un deje de lástima. Hae-seong, que se había quedado helado ante ese ataque tan inocente del joven, se limitó a asentir con la cabeza.

“Sí, es la primera vez que como algo de este nivel. Gracias a ti he podido probar este manjar, Pyeong-hwa. Me siento sumamente dichoso”.

A decir verdad, Hae-seong nunca había tenido un interés particular por la repostería tradicional coreana. De haber querido, habría podido comprarla en cualquier momento, pero los alimentos dulces y cubiertos de azúcar no eran de su agrado.

Sin embargo, poseyendo un instinto de percepción superior al de un sabueso, Hae-seong notó que el joven se compadecía de su situación, por lo que optó por bajar la mirada adoptando un semblante afligido. Tal como lo anticipó, Pyeong-hwa comenzó a mostrarse sumamente inquieto y procedió a servirle porciones en su plato individual exigiendo que se lo comiera todo.

Vaya, con que esta estrategia sí funciona, ¿eh?

Hae-seong fingía una inmensa conmoción con cada pieza que Pyeong-hwa le colocaba en el plato. El joven, que para ese momento se había convertido prácticamente en su servidor, reflejó un deje de nostalgia en cuanto los platos quedaron vacíos.

“¿Quieres que pida más?”.

“No, con esto es más que suficiente”.

“Podemos pedir más si gustas...”.

“Me siento un tanto apenado contigo, Pyeong-hwa; me lo terminé comiendo todo por desconsiderado y tú no probaste ni un solo bocado”.

En cuanto Hae-seong forzó ese tono de disculpa con total descaro, Pyeong-hwa sacudió la cabeza con fuerza.

“Tienes un corazón tan hermoso como tu rostro, Pyeong-hwa. Debo admitir que me saqué la lotería con este matrimonio, ¿verdad?”.

“No entiendo a qué viene eso de repente...”.

“Es solo que me siento sumamente agradecido contigo”.

“Olvídalo”.

Al recibir un elogio tan directo, el joven adoptó de inmediato una postura esquiva. Pyeong-hwa enderezó el torso regresando a su posición inicial en el asiento y se rascó la zona detrás de la oreja. Parecía sumamente abochornado, moviendo los labios con timidez sin saber qué hacer.

“¿Te parece si nos retiramos entonces?”.

Preguntó Hae-seong tras percatarse de que el exterior se había oscurecido por completo una vez que terminaron con los postres. Pyeong-hwa, que se había mantenido tranquilo, se sobresaltó notablemente ante la propuesta. Hae-seong contrajo el entrecejo y ladeó la cabeza ante esa extraña reacción.

“Tienes algo que decirme, ¿verdad?”.

Era evidente que el motivo de la cena no se limitaba a una simple cita de pareja. Hae-seong, que ya se disponía a levantarse, se acomodó de nuevo en su asiento, apoyó los brazos en la mesa y descansó la barbilla en su mano. Ante esa postura desafiante que lo invitaba a hablar de una vez por todas, las pupilas de Pyeong-hwa comenzaron a moverse con total agitación de un lado a otro.

“Yo... a mí la verdad me parece que está bien, pero...”.

“Sí, sí. Pyeong-hwa está bien con eso, pero seguro que tu padre te ordenó algo, ¿verdad?”.

Al ver que Hae-seong no solo completaba su frase sino que descifraba a la perfección lo que venía a continuación, los ojos de Pyeong-hwa se abrieron de par en par. Conteniendo la risa, Hae-seong le hizo un gesto con la barbilla para que continuara.

“Es que... hay una reunión este fin de semana, y me dijo que sería bueno que fuéramos juntos”.

“¿Una reunión?”.

“Sí. Es solo un compromiso entre familias vinculadas por negocios. Por mí de verdad no habría problema, pero mi papá...”.

Pyeong-hwa apagó la voz al final y miró a Hae-seong de reojo. Sin poder terminar la frase por completo, apretó los labios con fuerza y se limitó a parpadear, haciendo revolotear sus largas pestañas.

“Si tu padre lo dijo, entonces tenemos que ir”.

Hae-seong respondió con total naturalidad y sin darle muchas vueltas. Los ojos de Pyeong-hwa, que hasta ese momento se habían mantenido fijos obstinadamente en el suelo, se clavaron en él. Sus pupilas dilatadas expresaban una total incredulidad. Sin embargo, para Hae-seong, aquello era algo que bajo ninguna circunstancia podía rechazar.

Al fin y al cabo, era trabajo en el sentido estricto. Recordó la cláusula del acuerdo que estipulaba: ‘El cónyuge deberá asistir a todos los eventos que puedan tener un impacto en el matrimonio’. Además de la cláusula vinculada que mencionaba que habría una bonificación adicional por ello.

Como compensación por haberle devuelto la estabilidad económica a su vida, asistir a una reunión de ese tipo no representaba el menor esfuerzo. Para alguien como Hae-seong, que solía disfrutar de toda clase de eventos sociales, esto era prácticamente dinero regalado. Por si fuera poco, ¿su acompañante sería Tae Pyeong-hwa? Aunque le hubieran prohibido ir, se habría escabullido en secreto para asistir.

“El problema es que hoy no pudimos mandar a hacer el traje, ¿qué hacemos ahora?”.

“Pues compramos uno hecho y ya”.

Pyeong-hwa, quien era el causante directo de no haber podido realizar la prueba de vestuario programada, mostró un leve gesto de culpa, como si estuviera consciente de su error. Sin atreverse siquiera a mirar a Hae-seong a los ojos, vaciló por un instante y luego le extendió la tarjeta que sostenía en la mano.

“Con esto...”.

“¿Con esto?”.

Hae-seong contempló la tarjeta de color negro que le acercaban como si estuviera bajo un hechizo.

“¿Acaso esta no es la tarjeta de tu padre?”.

La tarjeta que Pyeong-hwa le ofrecía era esa misma tarjeta mágica que, según él, no tenía límite de crédito.

Hae-seong controló de inmediato sus impulsos antes de que se le dibujara una enorme sonrisa de oreja a oreja y tomó la tarjeta con presteza.

“¿Me estás diciendo que... me la quede para gastar?”.

Ay, un momento, siento que me va a sangrar la nariz.

Hae-seong se cubrió rápidamente la nariz con una mano mientras alternaba la mirada entre Pyeong-hwa y el plástico negro.

Sin percatarse de que los labios de Pyeong-hwa comenzaban a abultarse de forma un tanto hosca, Hae-seong levantó la tarjeta por lo alto haciendo un gran alboroto.

“¿Y para qué más te la habría dado? ¿Acaso pensaste que era solo para que la miraras?”.

El tono de voz de Pyeong-hwa sonó sumamente seco. Su intención original al entregársela era causarle una buena impresión, pero ver a Hae-seong reaccionar con semejante nivel de euforia terminó por arruinarle el humor.

Sin entender del todo el motivo de su propio descontento, Pyeong-hwa frunció el entrecejo y estiró los labios con fastidio. Sintiéndose extrañamente irritado por dentro, comenzó a rascarse la palma de la mano con las uñas de forma repetitiva.

“Bueno, pero como es de tu padre...”.

Hae-seong, que colocaba la tarjeta a contraluz como si intentara verificar que no se tratara de un billete falso, preguntó con un rostro iluminado por la emoción.

“Sí, es de mi papá”.

Hae-seong asintió con vehemencia. Pyeong-hwa contrajo la mirada con fuerza y respondió de manera tajante.

“Pero también es mi tarjeta”.

“... ¿Eh?”.

“Es la tarjeta de mi papá, pero es lo mismo que si fuera mía. Yo tengo otras tarjetas conmigo, y como fue por mi culpa que no pudiste mandar a hacer el traje... solo úsala y ya”.

Qué insistencia con su padre, su padre.

Pyeong-hwa no lograba comprender por qué Hae-seong le guardaba tanta gratitud a su progenitor si él mismo le estaba entregando ese beneficio. Su padre ni siquiera era un hombre tan considerado con los demás. No entendía por qué le agradaba tanto ese señor mayor.

“Entonces la usaré con mucho agradecimiento”.

Hae-seong sacó su billetera y guardó la tarjeta que Pyeong-hwa le había entregado en una de las ranuras vacías. La mirada de Pyeong-hwa se posó sobre la delgada cartera.

Hae-seong siempre había sido del tipo de personas que preferían pagar todo con tarjeta en lugar de cargar dinero en efectivo. Pyeong-hwa, desconociendo por completo esa situación, contempló fijamente la billetera tan delgada por un momento. Sintió una opresión en el pecho.

“No esperaba que fueras tan considerado conmigo”.

“Yo también tengo algo de conciencia”.

“¿Conciencia?”.

“Es que...”.

Sintiéndose culpable por haber arruinado la sesión en la sastrería sin motivo aparente, Pyeong-hwa desvió la mirada con timidez. Hae-seong interpretó esa reacción a su propia conveniencia.

¿Será por el asunto de Woo Yeon-je?

Desde la perspectiva de Hae-seong, el único motivo lógico por el cual Pyeong-hwa podría sentir culpa hacia él era la existencia de su pareja.

“No tienes por qué sentirte tan culpable conmigo”.

A decir verdad, a Hae-seong no le importaba en absoluto ni lo consideraba un agravio, pero prefirió actuar como si así fuera. Bajo términos generales y habituales, por mucho que se tratara de un matrimonio por conveniencia y carente de afecto, era normal sentir remordimiento si se mantenía una relación amorosa externa.

Sin embargo, a Hae-seong le resultaba un tanto incómodo que Pyeong-hwa continuara guardando esa culpa hacia él de forma constante. Después de todo, él tampoco estaba entrando a ese matrimonio con las manos limpias.

Hae-seong había tomado la decisión de casarse basándose únicamente en el dinero, sin que la existencia de una tercera persona representara un impedimento. De no haber mediado un beneficio económico, ¿habría accedido siquiera a conocer a Pyeong-hwa?

...Seguro que sí.

Poseyendo una excelente capacidad de autocrítica, Hae-seong soltó una risa amarga y autocomplaciente. ¿En qué cabeza cabía que alguien con sus antecedentes pudiera aspirar a una oportunidad de ese calibre? Como sea, Hae-seong prefería que Pyeong-hwa no se sintiera abrumado ni cohibido por el asunto de su pareja.

Deseaba llevar una buena relación con el joven. Aunque estuviera consciente de que jamás llegarían a amarse, aspiraba al menos a forjar un lazo de amistad o compañerismo en el campo de batalla. A pesar de que a veces se comportaba de forma sumamente grosera, el trasfondo noble de Pyeong-hwa no le desagradaba en absoluto.

“Para que no te sientas tan culpable, ¿qué tal si yo también me busco una pareja? ¿Así quedamos a mano?”.

Hae-seong intentó cambiar el rumbo de la conversación con un comentario bromista. Lo soltó como una tontería al verlo tan agobiado, pensando que tal vez eso aliviaría un poco la carga del joven.

A decir verdad, se trataba de algo imposible para él. El contrato matrimonial estipulaba cláusulas muy estrictas con respecto a la fidelidad de Hae-seong.

Ahora que lo pienso, resulta bastante irónico.

Mientras que el hijo de la familia mantenía una relación formal y de conocimiento público desde hacía tiempo, a él se le prohibía estrictamente frecuentar a cualquier persona. La familia Tae exigía de forma descarada una fidelidad absoluta de su parte durante la vigencia del matrimonio.

Aquello no era más que un abuso de poder. Sin embargo, como la urgencia económica no le permitía ponerse exigente en ese momento, Hae-seong había firmado el documento sin darle mayor importancia.

Qué más da, ya me las arreglaré solo.

Además, el acuerdo incluía el suministro de medicamentos de alto costo para regular sus periodos de celo, por lo que las condiciones no resultaban del todo desfavorables.

Dejando de lado esos pensamientos triviales, Hae-seong observó al joven con una sonrisa juguetona.

“... ¿Mmm?”.

“Siento que voy a vomitar...”.

De pronto, Pyeong-hwa se cubrió la boca con las manos. Se había estado comportando de forma normal hasta hace un instante, ¿qué le pasaba de repente? Asegurando que tenía náuseas insoportables, comenzó a tener arcadas violentas.

“¡Es-Espera un momento!”.

Pyeong-hwa presionaba sus labios con el dorso de la mano en un intento por contener el vómito. Espantado al ver cómo el rostro del joven se tornaba completamente pálido, Hae-seong se levantó de un salto. Sin pensarlo, juntó ambas manos formando un cuenco y las colocó directo frente a la boca de Pyeong-hwa.

“¿Acaso te cayó pesada la comida? Si tienes que vomitar, hazlo aquí. ¿De acuerdo? ¡Primero...!”.

Preso del pánico, Hae-seong insistió en colocar sus manos debajo de su rostro. Los ojos de Pyeong-hwa, que mantenía su propia boca cubierta con la mano, se abrieron de par en par por la sorpresa. Tras soltar una arcada más, el joven empujó a Hae-seong lejos de sí con fuerza.

Hae-seong terminó cayendo de sentón en el suelo; Pyeong-hwa se sobresaltó un poco al verlo caer, pero no hizo el menor intento por ayudarlo a levantarse. En su lugar, se giró y salió corriendo a toda prisa del privado del restaurante.

“... ¿Pyeong-hwa?”.

No me digas que de verdad te vas a ir.

Sin embargo, Pyeong-hwa realmente se marchó directo a su hogar. A pesar del caos, se las había ingeniado para dejar la cuenta saldada antes de retirarse. Hae-seong, de pie en medio del estacionamiento completamente vacío, soltó una risa incrédula.

Pyeong-hwa... si te vas de esa forma, ¿cómo se supone que regrese yo? Ni siquiera pasan taxis por esta zona.

***

A pesar de haber despedido a Pyeong-hwa en esas condiciones, los tres millones de wones de su asignación fueron depositados puntualmente en su cuenta. Con un semblante desinteresado, Hae-seong revisó el saldo actualizado en su pantalla mientras se rascaba la frente.

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El hecho de que Pyeong-hwa hubiera cortado toda comunicación tras marcharse de esa manera aquel día lo mantenía un tanto consternado.

 

Se encuentra descansando en su hogar bajo tratamiento de soluciones intravenosas. No hay motivo para que se alarme a ese extremo.

 

Hae-seong releía una y otra vez la respuesta del abogado, con quien mantenía una comunicación mucho más frecuente que con el propio Pyeong-hwa. No lograba descifrar el motivo de su malestar. El chico había alegado náuseas, pero los alimentos que consumieron se encontraban en perfectas condiciones.

Recostado cuan largo era en el sofá, Hae-seong repasaba minuciosamente los acontecimientos de ese día en su cabeza. ¿Qué pudo haberle provocado tanto asco a Pyeong-hwa?

No me digas que fue por ver mi rostro. Si es por eso, estás muerto, Tae Pyeong-hwa. Te haré probar un trago mucho más amargo que tus propios jugos gástricos.

“¿Acaso estás muerto?”.

Gil-ju se sentó justo frente a un Hae-seong que permanecía recostado bocarriba mostrando el abdomen.

Ah, es verdad, estos infelices estaban aquí.

Hae-seong dirigió una mirada indiferente a su viejo amigo. Utilizando el sofá como respaldo desde el suelo, Gil-ju se las había ingeniado para encontrar un melón en la cocina y se lo estaba comiendo a trozos.

“¿Está bueno?”.

“Dos tres”.

“¿Te quieres morir?”.

“El que parece estar a punto de morir eres tú. ¿A qué viene esa cara de tragedia?”.

Gil-ju, que sostenía un trozo de melón con los palillos como si fuera una paleta de helado, movió la mano de arriba abajo.

“Es que mi prometido está enfermo y eso me tiene un tanto preocupado”.

“¿Tu qué...? ¿Tu qué dijiste?”.

“Mi prometido”.

“¡Pfff!”.

Gil-ju escupió el trozo de melón que estaba masticando de vuelta en la bandeja. Tosiendo con fuerza y con el rostro enrojecido por haberse atragantado, comenzó a golpear el suelo con el puño. En ese momento, Hee-min, quien se había ido directo al sanitario en cuanto llegó, apareció en la estancia. Se trataba de otro amigo de la infancia, al igual que Gil-ju. Hee-min observó a Gil-ju con una expresión de profundo desagrado.

“¿Qué le pasa a este tipo?”.

“Está demente”.

“Ah, ya veo. ¿Y?”.

“¿Cómo que '¿Y?'? ¡Maldita sea! Si hubieras escuchado la atrocidad que este infeliz acaba de soltar, te juro que te habrías tragado lo que acabas de ir a hacer al baño”.

Ante tan desagradable comentario, Hae-seong hizo un gesto de náusea. Al hacerlo, la imagen de Pyeong-hwa huyendo tras alegar que iba a vomitar regresó a su mente.

Tal vez sí sería buena idea llamarle por teléfono.

Ese rostro que recordaba al de un ciervo indefenso no dejaba de rondar por su cabeza.

“¿Pues qué fue lo que dijo?”.

“Maldita sea, dice que su supuesto prometido está enfermo. Que está tan preocupado por él que ni el melón le pasa”.

Gil-ju agitó el trozo de melón justo frente al rostro de Hee-min. Este, fastidiado, apartó el brazo de Gil-ju y se giró hacia Hae-seong. Clavó la mirada en un Hae-seong que permanecía recostado plácidamente soltando incoherencias y le lanzó un grito.

“¿De verdad es en serio todo ese asunto?”.

“¿Qué es en serio? ¡¿De qué hablan?! ¡¿Por qué siempre me dejan fuera de los chismes, par de infelices?!”.

“¿Acaso te la pasas pegado al teléfono todo el día y ni siquiera eres capaz de revisar las noticias?”.

“¿Y para qué maldita sea querría ver las noticias? Solo sirven para amargarte el día”.

Tras lanzar la pregunta a Hae-seong, Hee-min y Gil-ju comenzaron a discutir entre ellos. Acostumbrado a sus constantes disputas, Hae-seong se desentendió de la situación, colocó el teléfono sobre su rostro y abrió la aplicación de la cámara.

Click.

Al escucharse el sonido del obturador, Hee-min y Gil-ju interrumpieron su pelea y se giraron hacia él. Hae-seong manipulaba su teléfono con una amplia sonrisa que lo hacía lucir como un demente. Tras concluir lo que estaba haciendo, dejó el dispositivo a un lado, extendió ambos brazos por encima de su cabeza y estiró el cuerpo con fuerza.

“¡Aaaah!”.

Mostrando una tranquilidad absoluta que contrastaba con su supuesta preocupación por la salud de su prometido de hace unos momentos, Hae-seong se incorporó en el asiento.

“Este maldito infeliz acaba de subir una publicación a Insta”.

Tal como Hee-min había señalado, Gil-ju, quien tampoco se despegaba de las redes sociales, soltó una risa de total incredulidad.

Hee-min revisó la pantalla que Gil-ju le ponía enfrente y luego clavó la mirada en Hae-seong. Este demente de verdad perdió la cabeza. Se quedó tan estupefacto que ni siquiera pudo articular palabra.

La publicación que Hae-seong había subido consistía en una fotografía donde solo se apreciaba la mitad de su rostro. En el pie de foto había redactado el siguiente texto: ‘Estoy tan preocupado que ni el sueño me concilia. ¿Ya se habrá aliviado su malestar estomacal?’.

¿A qué vienen todas estas cursilerías? Aunque Hae-seong siempre se había caracterizado por sus excentricidades, jamás había recurrido a ese tipo de publicaciones tan vergonzosas. Ante las miradas de desaprobación por su insólita conducta, Hae-seong se limitó a encogerse de hombros.

“Es solo un anzuelo para hacer que mi prometido se ponga en contacto conmigo”.

“Qué loco estás...”.

“Tengo hambre. ¿Qué quieren comer? Yo invito”.

“¿Acaso tienes dinero?”.

Gil-ju, que conocía a grandes rasgos la precaria situación económica de Hae-seong, preguntó con desconfianza. Ahora que lo pensaba, ¿cómo había conseguido ese melón? Además, hace un momento notó un par de zapatos nuevos en la entrada... ¿Qué estaba pasando aquí? Gil-ju ladeó la cabeza con el trozo de melón en la boca.

“Pues para que lo sepan, me voy a casar con el heredero de la tercera generación de Taepyung Group”.

Hae-seong cruzó las piernas sobre el sofá adoptando una postura de superioridad. Al parecer, estaba consciente de que su actual estilo de vida no reflejaba precisamente la opulencia de la que presumía. Hee-min se cubrió la frente con una mano y soltó un chasquido con la lengua.

“Explícanos a detalle qué demonios está pasando aquí. ¡¿Cómo que te vas a casar de la noche a la mañana?!”.

Sintiéndose abrumado por una intensa jaqueca, Hee-min lanzó un grito con el rostro desencajado. Aunque Hae-seong les había comentado que se había quedado sin fondos, era evidente que este infeliz se había metido en un problema mayúsculo.

Hae-seong se cubrió ambos oídos con los dedos índices de forma pacífica.

A ver, ya les dije que soy un Omega.

No alcanzaba a comprender por qué les sorprendía tanto la noticia de su matrimonio, Hae-seong miró a Hee-min como si el extraño fuera él.

Por lo general, al tratarse de un linaje poco común, los Omegas solían buscar pareja a temprana edad. Así lo dictaba la norma social. A pesar de los avances de la ciencia médica y las reformas legales que garantizaban un entorno más seguro, seguía siendo un género expuesto a múltiples riesgos.

Por tal motivo, incluso fuera de los círculos de la alta sociedad, era habitual que buscaran un compañero adecuado para consolidar el lazo lo antes posible.

En realidad, el caso de Hae-seong, quien había llegado a esa edad sin un compromiso formal ni una pareja establecida, era el que resultaba excepcional. Todo se debía a una firme resolución de su padre, quien aseguraba que no debía arruinarle la vida al hijo de otra familia mandando a un Alfa respetable a un vástago tan interesado y desconsiderado como él.

Su padre le prometió que él mismo se haría cargo de su futuro. Aunque el resultado de esa promesa... terminó siendo este.

“A ver, ¿acaso creen que lo tengo secuestrado en contra de su voluntad o que lo amenacé para obligarlo a casarse conmigo?”.

Hae-seong se golpeó el pecho con insistencia, asegurando que todo se había realizado bajo el total consentimiento de la otra parte. Intentó apelar a su inocencia manifestando que sus intenciones estaban libres de cualquier malicia.

“Maldita sea, ¿no tendrás a alguien encerrado por aquí?”.

“¡Me pareció escuchar un ruido extraño proveniente del cuarto de servicio hace un momento!”.

En cuanto terminó de hablar, Hee-min y Gil-ju comenzaron a alterarse de inmediato. Hae-seong contempló con total apatía a sus dos amigos de la infancia, quienes hacían el amago de correr hacia el cuarto de servicio en una muestra de sus diez años de amistad.

Hae-seong procedió a resumirles la situación de forma concisa. Taepyung Group lo había seleccionado y se había establecido el acuerdo matrimonial. Hee-min y Gil-ju no lograron procesar una explicación tan simple. O más bien, prefirieron no hacerlo.

“¿A ti...? ¿Por qué?”.

“¿Por qué una familia de ese nivel querría a un tipo como tú?”.

“Par de infelices. Se suponen que son mis amigos. Me exigieron que les contara todo porque éramos amigos”.

A pesar del lazo que los unía, era evidente que Hae-seong no poseía el perfil adecuado para integrarse a una familia de la alta sociedad. Sus amigos sabían de antemano que Wi Hae-seong era un hombre sumamente interesado, descortés y con un historial un tanto cuestionable en sus relaciones...

“Oye, pero escuché un rumor de que ese supuesto prometido tuyo ya tiene pareja, ¿qué hay de eso?”.

Gil-ju, que en ese momento devoraba una pieza del pollo frito que Hae-seong había ordenado, abrió los ojos de par en par ante las palabras de Hee-min. ¿De qué se trataba todo esto? Aquella revelación resultó aún más impactante para Gil-ju que la noticia de la supuesta abstinencia de Hae-seong, al grado de dejar la comida a un lado.

“¿Es en serio? ¿Se va a casar contigo a pesar de tener pareja?”.

“Ah... bueno. Así se dieron las cosas”.

A pesar de los gritos de asombro de sus amigos, Hae-seong se limitó a rascarse la cabeza con total desinterés.

“Solo serán un par de años. Es un matrimonio por formalidad, acordamos que podemos divorciarnos después de ese lapso”.

“¿Acaso estás alucinando?”.

Hee-min mostró un rostro de absoluta incredulidad.

“No lo creo”.

Hae-seong tomó una pieza de rábano encurtido con los palillos y se la llevó a la boca. Ante esa actitud tan desapegada, Hee-min entornó los ojos.

“¿O sea que aceptaste casarte con un tipo que tiene pareja solo para convertirte en un divorciado dentro de dos años?”.

“No seré un divorciado cualquiera, sino uno con los bolsillos bastante llenos, lo cual me parece un excelente trato. Además, seguiré siendo joven cuando se cumpla el plazo”.

Hablaba con total ligereza sobre haber vendido dos años de su vida a cambio de un beneficio económico. Mientras Hee-min y Gil-ju permanecían estupefactos, Hae-seong dio un largo trago a su vaso de refresco.

“¡Pero si te acaban de decir que el tipo tiene pareja!”.

Gil-ju le arrebató el vaso de refresco de las manos mientras le lanzaba un grito. Hae-seong se limpió la barbilla de las salpicaduras y se limitó a encogerse de hombros.

“Me comentaron que llevan cerca de dos años de relación, pero se conocen desde hace muchísimo tiempo. Eran amigos de la infancia antes de volverse pareja. Podríamos decir que es el típico cliché romántico”.

“¿Acaso estás demente?”.

Hee-min comenzó a girar su dedo índice derecho, aún manchado de grasa, alrededor de su sien en círculos.

“Por mí no hay problema. Si este es mi destino, no me queda más que aceptarlo”.

“¿De qué demonios estás hablando? ¿Quién te preguntó si a ti te parecía bien?”.

“¡Exacto! ¡El problema aquí no eres tú, sino la pareja de ese tipo! ¡Maldita sea! ¡Por tu culpa, ese pobre infeliz se quedó como el perro de las dos tortas! ¡Eres una basura de persona...!”.

Hee-min y Gil-ju comenzaron a alterarse de forma desmedida. En especial Gil-ju, un Beta que recientemente había sufrido la traición de su pareja Omega, quien lo había dejado por un Alfa; él era el que reaccionaba con mayor violencia. Hae-seong, cubriéndose el rostro con una mano por temor a que las salpicaduras de comida de Gil-ju le cayeran en la cara, soltó un profundo suspiro.

“¿De verdad creen que la basura aquí soy yo?”.

“Pues claro que eres tú. No hay otra opción”.

Sentenció Hee-min con total firmeza.

“¿Y por qué tendría que ser yo? El que se va a casar sin haber terminado con su pareja es mi prometido, y el que sigue subiendo fotos de amor a sus redes sociales sin intenciones de romper, a pesar de que su novio ya tiene un compromiso matrimonial, es el amante. ¿O me equivoco?”.

Hae-seong expuso sus argumentos punto por punto. Ahora que lo expresaba en voz alta, caía en la cuenta de que ese par se comportaba de una manera mucho más vil de lo que pensaba. El ligero remordimiento que había albergado en su interior se desvaneció por completo. Sintió una inmensa satisfacción en el pecho, similar a la frescura de un buen trago de refresco tras haber consumido alimentos grasosos.

“¡Pero si ellos estaban juntos desde antes!”.

“¡Sí, maldita sea! ¡Ellos llegaron primero!”.

Gil-ju, quien se había tomado la situación de manera sumamente personal, exclamó a todo pulmón con los ojos al borde de las lágrimas. Hae-seong, con total parsimonia, le metió una bolita de queso en la boca para callarlo. Como si le hubieran suministrado un calmante, Gil-ju se tranquilizó al instante. Hee-min, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no perder los estribos, clavó la mirada en Hae-seong.

“¿Acaso importa mucho saber qué fue primero, si el huevo o la gallina?”.

“Dime la verdad”.

“¿Qué cosa?”.

“Tú tienes la firme intención de seducir a tu prometido, ¿verdad? ¡Maldita sea, estás confiado en ese rostro tuyo y asumiste este compromiso porque crees que serás capaz de ganártelo!”.

Hee-min, pasándose las manos por el rostro con frustración, bufó de la indignación. Hae-seong, tras limpiarse las comisuras de los labios con un pañuelo de papel, soltó una risa burlona ante la ocurrencia.

“Para nada. De hecho, considero que la existencia de su pareja facilita mucho las cosas para mí. Yo solo me limitaré a brindarle asistencia con el tratamiento para el control de sus feromonas”.

“¿Y qué otra cosa se supone que pueden hacer un Alfa y un Omega mediante el uso de feromonas? ¡Maldita sea, aparte del delicioso, qué otra cosa podría ser!”.

Gil-ju, que había permanecido en calma por unos instantes, volvió a lanzar un grito. Hee-min le propinó unas palmadas afectuosas en el hombro al tembloroso Gil-ju mientras fulminaba a Hae-seong con la mirada.

“¿Están conscientes de que ese comentario atenta contra la equidad de géneros secundarios?”.

“Tu sola existencia ya es un atentado contra la equidad”.

“Hee-min, ¿acaso es culpa mía que a Sung-ki le gustara yo?”.

“Hijo de...”.

Hae-seong trajo a colación a propósito un nombre que representaba un tema tabú para Hee-min. Se trataba del Alfa del cual Hee-min había estado enamorado. Por desgracia, Hee-min, siendo un Beta homosexual, guardaba un profundo afecto por Sung-ki.

Lo más lamentable de la situación era que Sung-ki, poseyendo un orgullo de Alfa que le rebasaba la cabeza, mantenía la firme convicción de que únicamente un Omega dominante poseía el estatus para ser su compañero de vida.

Y para su mala fortuna, Hae-seong resultaba ser un Omega dominante.

“Además, ya te había advertido que ese tipo tenía una reputación bastante dudosa en sus salidas. Él no te convenía, mi querido Hee-min”.

Hae-seong consoló a Hee-min haciendo un ademán de llanto fingido. Hee-min, que parecía haberse calmado un poco tras el berrinche, tomó una pieza de pollo. La sumergió por completo en la salsa que venía de acompañamiento y se la metió a la boca.

“Dejando de lado eso, en el pasado tú también... ¿cómo se llamaba ese sujeto? Como sea, ya habías seducido a la pareja de otro Alfa antes”.

“¿Yo?”.

Hae-seong abrió los ojos de par en par, fingiendo demencia absoluta. Ese gesto de ladear la cabeza simulando inocencia resultó sumamente repulsivo ante los ojos de Hee-min y Gil-ju.

“Aquel Alfa que intentó propasarse contigo en esa ocasión. Su apellido era... Park... Park...”.

“¿Park-park dirara?”.

“¿De qué hablas, demente?”.

“Lo siento”.

“Ay, maldita sea, pero sí dio algo de risa. Park-park dirara, qué tontería”.

Hee-min frunció el entrecejo en su intento por recordar el nombre de aquel Alfa con el que Hae-seong había tenido un altercado en el pasado. Gil-ju, que hasta hace un momento se lamentaba por el recuerdo de su exnovia, comenzó a soltar carcajadas contagiado por la gracia del momento.

“¡Ah, Park Sang-hyun!”.

“¿Ah...?”.

Hae-seong logró evocar la imagen de aquel desagradable Alfa únicamente tras escuchar el nombre completo. Desde aquel incidente, se había encargado de borrarlo de su mente de forma tan meticulosa que, para fines prácticos, ese hombre ya no existía en este planeta.

En el pasado, ese sujeto intentó menospreciarlo por el simple hecho de ser un Omega. Se trataba de un tipo de lo más nefasto. Hizo toda clase de ridiculeces con tal de cortejarlo, pero como sus facciones distaban mucho de sus gustos personales, Hae-seong lo rechazó sin miramientos.

Sin embargo, el tipo aprovechó un descuido durante su periodo de celo para arrimarse a él, rebasando los límites y cometiendo acoso. Hae-seong, enfurecido por el agravio, optó por seducir al Omega que todos conocían como la pareja de este sujeto.

El hecho de que un Omega cortejara a otro de su mismo género era un acontecimiento insólito, y representaba una humillación desastrosa para el Alfa en cuestión, por lo que Park Sang-hyun armó un escándalo monumental.

A decir verdad, ni siquiera se esforzó en seducirlo. Le bastó con saludarlo un par de veces con una sonrisa amable y mostrarse atento durante las comidas para que el Omega tomara la resolución de terminar su noviazgo. Por supuesto, el Omega estaba consciente de que las intenciones de Hae-seong no eran serias.

Sin embargo, argumentó que tras haber presenciado semejante despliegue de atractivo visual por parte de Hae-seong, le resultaba imposible continuar al lado de Park Sang-hyun, a quien catalogó como un individuo de lo más inferior.

A raíz de ese suceso, Park Sang-hyun, quien previamente se lanzaba a sus pies para cortejarlo e intentar sobrepasarse, lo amenazó de muerte con una actitud agresiva. Hae-seong, que había estado esperando pacientemente una oportunidad así, le propinó una paliza memorable que lo dejó en mil pedazos. Si mal no recordaba, el tipo había terminado emigrando del país poco después...

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Hae-seong regresó de sus recuerdos cuando Hee-min propinó un fuerte golpe sobre la mesa en medio de un arranque.

“No hay punto de comparación entre ese sujeto y tu actual prometido”.

“Como sea, al final el resultado viene siendo el mismo”.

Hae-seong carecía casi por completo de valores morales o de un sentido de legalidad desde un principio. Sabiendo el tipo de persona que era, el hecho de que hubiera accedido a un matrimonio tan descabellado despertaba en Hee-min el temor legítimo de que su amigo, quien poseía una facilidad innata para ganarse el odio ajeno terminara siendo apuñalado por alguien en la calle. Aunque, a decir verdad, Hae-seong no era del tipo de personas que se dejarían agredir sin defenderse...

“Yo nunca dije que tuviera la intención de separarlos. De hecho, le di mi autorización para que continuaran frecuentándose, ¿sabes? ¿Acaso existe una resolución más benévola que la mía?”.

Hae-seong extendió ambos brazos hacia abajo, imitando la postura de un santo bondadoso.

“Demente, una persona con un juicio sano simplemente no accede a un matrimonio de esa índole”.

Hee-min, que finalmente había ido a la cocina por una cerveza, la destapó y le dio un gran trago. Al mismo tiempo, comenzó a hacer cuentas del dinero que traía consigo. Si su situación económica se lo permitía, estaba dispuesto a obsequiarle algunos billetes a Hae-seong. Pensaba que la falta de recursos debía ser extrema para que su amigo hubiera perdido la cabeza a ese grado.

Asimismo, le generaba una inmensa frustración ver la ligereza con la que Hae-seong asumía todo el asunto. Siendo un fiel espectador del melodrama televisivo ‘¿Cómo te atreves a tocar a mi esposo?’, Hee-min se tomó la situación con extrema seriedad.

En dicha producción, la cual gozaba de una excelente aceptación por su apego a la realidad, la antagonista secundaria, quien, cegada por la ambición, insistió en contraer matrimonio con el protagonista a sabiendas de la existencia de su pareja formal, terminó sus días tras las rejas.

Para el episodio de la mañana siguiente, estaba programada la escena donde el protagonista acudía a suplicarle de rodillas a su verdadero amor. A Hee-min le aterraba la idea de que Hae-seong hubiera tomado el lugar de esa antagonista de la historia.

Por mucho que mediara un contrato de por medio, se trataba de una familia de magnates; la probabilidad de que las cosas resultaran a favor de Hae-seong era un misterio. ¿Qué pasaría si utilizaban el acuerdo como una artimaña para mantenerlo sometido?

¿Qué pasaría si ese sujeto continuaba frecuentando a su pareja mientras Hae-seong permanecía encerrado en una casa enorme derramando lágrimas de soledad? Y si en medio de esa desesperación, a Wi Hae-seong se le ocurría cometer una locura... existía el riesgo real de que terminara en prisión, tal como en el melodrama.

A Hee-min le causaba mucho más pavor la idea de que Hae-seong desatara un caos absoluto que destruyera a esa familia antes de que llegara a sufrir una vejez solitaria por el abandono.

“El matrimonio no es para tanto”.

“¡Claro que lo es!”.

“¿Qué? ¿Que soy un mantenido? ¿Me estás diciendo que ahora soy un mantenido?”.

Ignorando por completo las tribulaciones de su amigo, Hae-seong continuaba soltando comentarios triviales. Hee-min, con el pecho oprimido por la angustia, comenzó a jalarse la ropa con desesperación. De pronto, Gil-ju se propinó una palmada en la frente y lo señaló con el dedo acusador.

“Maldito infeliz, el matrimonio representa una institución sagrada. ¿Cómo te atreves a profanar un ritual tan hermoso valiéndote únicamente de tu atractivo visual?”.

“Gil-ju, precisamente por esa actitud tuya es que todas tus parejas terminan abandonándote. Te pones demasiado intenso de la nada”.

“Ay, por favor”.

Careciendo de experiencia en relaciones formales exitosas, Gil-ju optó por asentir sumisamente ante las palabras de Hae-seong, a quien consideraba un maestro en las artes del romance.

Hee-min, compartiendo la misma opinión que Hae-seong en ese punto en específico, asintió en silencio. Sin embargo, percatándose de que se habían desviado del tema principal, apretó los puños con fuerza.

“¡Tú de verdad...!”.

“Ah, ya me llegó su respuesta”.

“¿Qué?”.

“Mi prometido. Había estado ignorando todos mis mensajes, pero bastó con que subiera la fotografía para que se pusiera en contacto de inmediato”.

El semblante apático que Hae-seong había mantenido durante la tarde se iluminó un poco. Al verlo sonreír frente a la pantalla por la llegada del mensaje directo, Hee-min y Gil-ju se aproximaron a él para husmear el contenido.

 

Ahora que lo pienso mejor, no creo tener motivos para sentirme culpable contigo.

Así que te pido que dejes de malinterpretar mis intenciones a tu conveniencia.

Que te quede claro que no guardo el menor remordimiento hacia ti, ¿entendido?

 

Hae-seong, cuya sonrisa inicial se debía al simple hecho de haber recibido señales de vida del joven, mostró una mirada fría como la de un pez muerto tras leer detenidamente las palabras. ¿A qué venía todo esto de repente? ¿Cómo que ya no sentía culpa?

Los mensajes que continuaban apareciendo de forma consecutiva en la pantalla denotaban una actitud sumamente desafiante. Hee-min y Gil-ju, enfocándose únicamente en la insistencia del término ‘culpa’, comenzaron a alterarse de inmediato.

“¿Qué significa esto? ¿A qué viene eso de que no siente culpa? ¿Acaso ese infeliz te hizo algo?”.

“¿Para nada? De hecho, me invitó a comer a un sitio exclusivo... Ah, ¿será por el asunto del traje? Pero si él mismo me entregó su tarjeta para que me comprara lo que quisiera”.

Por más vueltas que le daba al asunto, no lograba comprender el motivo detrás de semejante rabieta. Hae-seong se limitó a encogerse de hombros mientras sus dedos se movían a toda velocidad sobre el teclado.

 

Está bien, Pyeong-hwa, no tienes por qué sentirte culpable para nada~ 😉

 

En cuanto envió la respuesta, la réplica de Pyeong-hwa llegó como una exhalación.

 

Que de verdad no siento culpa.

Así que te pido que recuperes la cordura de una buena vez, por favor.

 

Verlo reaccionar con la misma agitación de un perrito chihuahua le causó a Hae-seong una inmensa gracia. Le mostró a sus amigos la velocidad con la que el joven contestaba a sus provocaciones.

“¿Verdad que es un encanto?”.

Hae-seong agitó el dispositivo frente a ellos con un semblante de orgullo, como un padre que presume las gracias de su hijo.

“A mí me parece que ese sujeto solo tiene unas ganas inmensas de armarte un pleito”.

Murmuró Gil-ju con una expresión de total apatía.

“Es evidente que está haciendo un berrinche monumental con tal de alejarte de su vida”.

“¿Que recuperes la cordura? Maldita sea, ese tipo ya se dio cuenta de lo demente que estás. ¿No será que mandó investigar tus antecedentes?”.

Gil-ju comenzó a alterarse nuevamente como un dragón escupiendo fuego. Hee-min asintió en señal de conformidad con las sospechas de Gil-ju, flexionando los dedos en un gesto de afirmación.

“Es verdad. ¡A juzgar únicamente por tu apariencia, nadie se imaginaría la clase de loco que eres! ¡Maldita sea, es cierto! Ese tipo ya te investigó de arriba abajo. ¡Ya sabe perfectamente que eres un demente!”.

Acto seguido, le arrebató el teléfono a Hae-seong de las manos. Murmurando que deseaba ver el rostro de ese heredero millonario tan descarado, accedió al perfil vinculado a la conversación.

“No tiene publicaciones”.

“¿Qué? ¿De verdad no hay nada?”.

El perfil de Pyeong-hwa continuaba mostrando la pantalla en blanco con la leyenda de ‘sin publicaciones’.

“Sí. Me comentó que no acostumbra subir fotos suyas. Al parecer, le disgusta exponer su vida privada”.

“¿Acaso tendrá un rostro poco agraciado?”.

“¿No habías mencionado que era un dominante? ¿Es posible que alguien con esa genética sea feo?”.

Hee-min ladeó la cabeza con duda. Gil-ju entornó la mirada hacia el techo frunciendo los labios con fijeza. De pronto, como si hubiera recordado un detalle crucial, se propinó una fuerte palmada en el muslo.

“Park Sang-hyun era un tipo de lo más horroroso. Tenía un aspecto nefasto”.

Soltó una carcajada con un semblante de orgullo por haber evocado ese dato. La expresión de Hee-min se tornó gélida.

“Ese sujeto no era un dominante, idiota”.

“Ah, es verdad. Era un Alfa de lo más mediocre”.

Hae-seong recuperó discretamente su teléfono de las manos de Hee-min y abrió la galería de imágenes. Ahí guardaba un par de fotografías que le había tomado a Pyeong-hwa a escondidas. Con una sonrisa enigmática, colocó la pantalla directo frente a los ojos de sus dos amigos.

“¿Qué es esto?”.

“Mi prometido. Mi futura esposa”.

“...Estás mintiendo”.

Hee-min soltó una risa incrédula ante la imagen. Gil-ju, entornando los ojos, sacudió la cabeza con desaprobación.

“Es totalmente real”.

“Sí, claro, buena mentira. Se nota a leguas que es una imagen generada por ChatGPT”.

“Revisa si tiene seis dedos en la mano”.

“Hoy en día esa tecnología ha avanzado tanto que el número de dedos sale exacto”.

Gil-ju extendió ambas manos frente a sí de forma seria mientras agitaba los dedos en el aire.

“¿A ese grado ha llegado?”.

Hae-seong contrajo el entrecejo juntando los labios con la mirada perdida en el espacio.

“Maldita sea, ¿qué está pasando? ¿Me estás diciendo que este sujeto es real?”.

Espantado ante la seriedad de Hae-seong, Hee-min le arrebató el teléfono nuevamente y comenzó a deslizar las imágenes de la galería una a una. En ellas se apreciaba a Pyeong-hwa mostrando un semblante hosco, una expresión esquiva, un gesto de fastidio y un rostro abochornado en igual proporción.

Gil-ju y Hee-min, presos del pánico, arrojaron el dispositivo sobre el sofá como si hubieran entrado en contacto con un objeto sagrado que les estuviera prohibido tocar.

“Es un ser humano de carne y hueso que camina por este mundo”.

“Incluso su estatura supera la mía por mucho. Posee una espalda sumamente amplia. Se nota la presencia de su herencia dominante”.

“...Y asumo que debe poseer una fortuna inmensa”.

“Una cantidad ridícula de dinero”.

Hee-min murmuró con desolación que la justicia divina no existía en este mundo. Gil-ju dejó caer los hombros sumido en la frustración por la inequidad de la vida.

“Por muy atractivo que sea, el hecho de que mantenga una relación amorosa con otra persona es un impedimento enorme para este matrimonio, ¿no crees?”.

Hee-min, recobrando un poco la cordura, planteó la interrogante con seriedad.

“Es verdad. Además, es evidente que ese tipo te profesa un odio profundo”.

Gil-ju se sumó de inmediato a las conclusiones de su amigo.

“¿Quién? ¿Pyeong-hwa?”.

“¿Quién se supone que sea ese?”.

“Él es Pyeong-hwa”.

Hae-seong les mostró nuevamente la fotografía donde el joven lucía un rostro avergonzado.

“Tanto él como su pareja. Ambos deben tenerte un rencor inmenso”.

Hee-min soltó un suspiro tras responder, observando a Hae-seong como si estuviera frente a un demente. Ante el comentario, Hae-seong se limitó a dar un trago a su refresco.

“Por mucho que la pareja de Pyeong-hwa me deteste, estoy seguro de que el padre de Pyeong-hwa lo aborrece aún más a él. Aunque debo admitir que me causaría cierta nostalgia que Pyeong-hwa me tomara desprecio”.

“Si se supone que no albergas sentimientos afectivos por él, ¿a qué viene esa nostalgia?”.

“¿En qué momento dije que no me gustaba? Me fascina”.

Ante tan inesperada declaración, Hee-min y Gil-ju intercambiaron miradas de asombro antes de fijar la atención en Hae-seong. Frente al escrutinio colectivo, Hae-seong soltó una risa burlona y les puso enfrente la imagen del Pyeong-hwa de semblante esquivo.

“¿Acaso no lo están viendo?”.

“Lo tenemos justo enfrente”.

Hee-min retrocedió un poco el torso, sintiéndose intimidado por la intensidad que comenzaba a reflejarse en la mirada de Hae-seong.

“No me refiero a eso. Les estoy preguntando si alguna vez en sus vidas han visto a alguien con estas facciones cuya fortuna en efectivo ascienda a decenas de miles de millones de wones. ¿Tienen una remota idea de la cantidad de acciones que posee bajo su nombre? ¿Eh?”.

“De qué demonios estás hablando...”.

Hae-seong, con su desmedida ambición económica desatada al máximo, comenzó a hablar a grito pelado con las venas del cuello inflamadas. Gil-ju, pálido por el susto, sujetó el brazo de Hee-min con manos temblorosas.

“¿Acaso han tenido la oportunidad de presenciar en persona a un ángel celestial que carga consigo una tarjeta de crédito sin límite de fondos? ¿Han visto de cerca el aura de un ser divino cuyos accesorios diarios superan los diez millones de wones de valor?”.

“A Wi Hae-seong ya se le zafó un tornillo por completo”.

Hae-seong comenzó a parlotear una sarta de disparates tras otra, como un líder de una secta que insiste fervientemente en que su dios es el único y verdadero. Hee-min, completamente intimidado, se encogió en su sitio mientras temblaba. Ya sabía que su amigo estaba loco, pero nunca imaginó que llegaría a tal extremo. Definitivamente, el dinero transforma a las personas...

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Chasqueando la lengua con severidad, Hee-min sacó su billetera. Por fortuna, aún conservaba cuatro billetes de cincuenta mil wones que su padre había repartido la noche anterior en medio de una tremenda borrachera. Sintiendo un cálido alivio en el alma, Hee-min extrajo dos de los billetes y los colocó con cuidado sobre la mesa.

“Hae-seong, ya me di cuenta de que estás pasando por un momento muy difícil. Primero, usemos esto para ir a comer algo delicioso y luego pensemos juntos en una solución. Yo invito, así que...”.

Hee-min había hecho ese ofrecimiento con la mejor de las intenciones, desprendiéndose de una suma considerable para él. Sin embargo, a diferencia de otras ocasiones, la mirada de Hae-seong se posó sobre los billetes amarillos sin el menor entusiasmo. Tras un breve y desolador silencio, Hae-seong soltó una risa burlona.

“Para decir que vas a invitar, ¿no crees que deberías poner sobre la mesa una tarjeta de crédito sin límite de fondos en lugar de esto? Es un privilegio que no le corresponde a alguien como tú, que depende de una tarjeta de débito sujeta al saldo de su cuenta bancaria. Un comentario así solo es propio de una persona que lleva consigo una tarjeta ejecutiva negra, por mucho que esté a nombre de su futuro suegro”.

Hae-seong sacó de quién sabe dónde una reluciente tarjeta negra y la exhibió ante los ojos de sus dos amigos, imitando los ademanes de un presentador de televisión en un canal de compras.

Hee-min y Gil-ju optaron por no emitir una sola palabra más. Incluso hicieron la promesa silenciosa de no volver a criticar al prometido de su amigo, ese tipo despreocupado cuyo nombre parecía ser Tae Pyeong-hwa.

En el fondo, comenzaron a sentir un poco de lástima por aquel chaebol, ya fuera el novio o la novia de Hae-seong.

De entre tantas personas en el mundo, qué mala fortuna la suya al haber caído en las garras de semejante demente...

***

El tiempo transcurrió de la misma forma en que fluye el agua. Finalmente, llegó el día de la gala anual que Pyeong-hwa le había pedido organizar valiéndose del nombre de su padre. La hora de inicio estaba programada para las siete de la noche.

Aunque Hae-seong planeaba arreglarse con total tranquilidad, su mañana se volvió un caos absoluto debido a la llegada temprana de los empleados del Grupo Taeseong, quienes acudieron a recogerlo.

Pasó el día entero siendo llevado de un lado a otro por el personal, hasta que a las seis de la tarde por fin emprendieron el viaje hacia el lugar del evento. Según las indicaciones del abogado, la recepción tendría lugar en una residencia ubicada a las afueras de la provincia de Gyeonggi. El mismo abogado no pudo evitar chasquear la lengua al mencionar que el primogénito de cierto conglomerado, el anfitrión de la noche, había adquirido esa villa recientemente como una donación. Añadió que el sujeto había convocado a tanta gente con el único propósito de presumir su nueva propiedad.

Al ser su primera vez en un evento de esta índole, a Hae-seong no le importó el motivo subyacente. Sin embargo, cuando divisó a lo lejos la imponente residencia iluminada por un despliegue de luces resplandecientes, en el fondo logró comprender el orgullo de aquel primogénito.

Poco después, el automóvil se detuvo frente al acceso principal, donde se apreciaba una hilera de guardias de seguridad. Uno de los elementos se aproximó a la ventanilla del conductor y dio unos ligeros golpes en el cristal, por lo que el chofer procedió a bajar la ventana.

“Por favor, permítame verificar su invitación”.

El conductor sacó su teléfono celular y mostró la pantalla donde se apreciaba un código de barras. En cuanto el guardia acercó el lector digital, se escuchó un agudo pitido. Tras corroborar los datos en el dispositivo, el guardia dirigió la mirada hacia el asiento trasero a través del espacio de la ventanilla abierta, fijando la atención en Hae-seong.

“A partir del acceso principal de la residencia, únicamente se permite el ingreso al titular de la invitación. El área de estacionamiento se localiza a mano izquierda”.

Era un despliegue fascinante. Las estrictas medidas de seguridad, que hasta entonces Hae-seong solo había presenciado en producciones televisivas, hicieron que su corazón diera un vuelco de emoción.

En cuanto el guardia se retiró, las enormes puertas principales se abrieron de par en par. Con el camino despejado, el sedán que transportaba a Hae-seong se adentró de inmediato en la propiedad. A ambos lados del extenso sendero que conducía a la edificación principal, se extendía un jardín decorado de forma espléndida.

Hae-seong contemplaba embelesado las esculturas de las que brotaban hilos de agua, pero en cuanto el sonido de la música y la intensidad de las luces se hicieron más evidentes, procedió a acomodarse la vestimenta con esmero. Por fortuna, el atuendo que llevaba puesto era el traje formal que el padre de Pyeong-hwa le había enviado especialmente para la ocasión.

El traje negro, confeccionado con un textil de excelente calidad y acompañado por un moño de terciopelo en tonalidad azul marino, se ajustaba a la silueta de Hae-seong a la perfección sin necesidad de arreglo alguno. Por no hablar del impecable trabajo de maquillaje y peinado que le habían realizado en un exclusivo salón del distrito de Cheongdam.

Hae-seong se tocó los labios ligeramente humectados por el brillo mientras observaba el panorama exterior. El sedán se detuvo finalmente frente a la entrada principal del recinto.

El conductor, tras pedirle cortésmente que permaneciera en su asiento por un momento, descendió del vehículo para abrirle la puerta. Hae-seong salió del automóvil un tanto desconcertado, quedando con la boca abierta ante el maravilloso espectáculo que se desplegaba ante sus ojos.

“Permaneceré en el área de espera exterior. En cuanto se encuentre listo, puede enviarme un mensaje y vendré por usted de inmediato”.

Hae-seong asintió con una reverencia tímida. Antes de que tuviera la oportunidad de expresar su agradecimiento, el chofer ya se había subido de vuelta al automóvil, comportándose de una manera tan sistemática que parecía un personaje no jugable de un videojuego. Mientras contemplaba fijamente la parte trasera del sedán que se alejaba, sintió un ligero toque en el hombro por la espalda.

“Dado que el flujo de vehículos es constante, le pido que me acompañe al interior, por favor”.

“Ah, de acuerdo”.

Hae-seong comenzó a subir la escalinata siguiendo las indicaciones del empleado del lugar. En ese preciso instante, la atmósfera circundante comenzó a tornarse sumamente agitada. Se percibía una tensión muy distinta a la que se respiraba cuando el automóvil de Hae-seong hizo su arribo. Dando un paso hacia atrás, Hae-seong observó con curiosidad el vehículo que se aproximaba.

Un imponente sedán de color negro se deslizó de forma silenciosa hasta detenerse justo frente al acceso principal donde él se encontraba. Los empleados que permanecían rezagados en la parte posterior se aproximaron de inmediato, distribuyéndose en dos hileras a lo largo de las puertas traseras del vehículo con una postura rígida y formal.

En cuanto el motor se apagó, la puerta del conductor se abrió. Hae-seong dirigió la mirada de forma instintiva hacia el chofer que descendía, abriendo los ojos de par en par por la sorpresa.

El conductor, pareciendo no percatarse de la presencia de Hae-seong, se dirigió directo a la puerta trasera. En ese momento, un hombre vestido con un esmoquin blanco emergió del interior de la residencia mientras se abotonaba el saco. Se trataba de un atuendo tan llamativo que resultaría intolerable en cualquiera que no fuera el anfitrión del evento.

Hae-seong sintió una inmensa curiosidad por descubrir la identidad del individuo que ameritaba semejante comitiva de bienvenida, por lo que optó por permanecer en su sitio con la mirada fija en la portezuela trasera. En cuanto el chofer abrió la puerta, los empleados hicieron una reverencia al unísono.

Por debajo de la puerta abierta asomó un calzado de piel impecablemente lustrado. Acto seguido, se hizo visible un traje de etiqueta negro. Hae-seong fue elevando la mirada con lentitud. El hombre, tras inclinar sutilmente el torso para evitar golpearse con el techo del automóvil, enderezó la postura sobre el suelo mientras se abotonaba el saco.

“¿Eh...?”.

El hombre, que llevaba el cabello peinado hacia atrás con pomada dejando su frente al descubierto, era Pyeong-hwa. Por debajo de esa cabellera que lucía una densidad envidiable gracias al esmero del peinado, se apreciaban unas cejas de curvatura elegante, unos ojos de proporciones perfectas y un perfil nasal tan prominente que resultaba de una belleza deslumbrante, capaz de dejar a cualquiera sin aliento.

Por no mencionar la impecable caída del traje sobre sus hombros imponentes. Hae-seong contempló a Pyeong-hwa completamente absorto, perdiendo la noción de su entorno. Ni el majestuoso despliegue de luces de la recepción lograba rivalizar con el atractivo del joven.

“¡Vaya, Tae Pyeong-hwa! ¡Qué gusto que hayas podido venir!”.

Tal como se lo había imaginado, el hombre del esmoquin blanco era el anfitrión de la gala, quien se aproximó a Pyeong-hwa extendiéndole la mano en señal de saludo. Pyeong-hwa dirigió una mirada esquiva y sutil hacia la mano extendida antes de asentir levemente con la cabeza.

El anfitrión, pareciendo habituado a ese tipo de desaires, no mostró incomodidad alguna y se limitó a soltar una carcajada llena de entusiasmo.

“¿Has venido solo? ¿Dónde está tu prometido?”.

“...Ah”.

Al escuchar la mención sobre el compromiso matrimonial, Hae-seong fijó la atención en Pyeong-hwa. Ahora que lo pensaba, la gran mayoría de los asistentes acudían en pareja. Desconociendo la naturaleza de sus vínculos, las personas ingresaban a la recepción tomadas del brazo con total naturalidad.

De haber sabido que la situación sería de esa forma, habría sido mejor proponerle que viajaran juntos. Hae-seong experimentó un tardío sentimiento de remordimiento. Después de todo, el propósito del evento era presentarse formalmente ante los demás como acompañantes, por lo que haber viajado por separado resultaba un trámite innecesario. Hae-seong comenzó a debatirse internamente: ¿debería aproximarse en este instante para saludarlo?

Conociendo el temperamento de Pyeong-hwa, era evidente que el joven se mantendría al margen sin emitir comentario alguno. En efecto, Pyeong-hwa permanecía con los labios firmemente apretados mostrando un semblante de evidente incomodidad.

Hae-seong soltó una ligera sonrisa al reconocer ese característico gesto de fastidio mientras se acomodaba el moño del cuello. Decidió que aprovecharía la oportunidad para adelantarse y presentarse primero. Sin embargo, tras dar el primer paso, se quedó completamente inmóvil en su sitio.

Por debajo de la portezuela que aún permanecía abierta ocultando el torso de Pyeong-hwa, se alcanzaba a distinguir el calzado de punta redondeada de otra persona. Acto seguido, se hizo visible la bastilla de un pantalón de etiqueta color blanco. Pyeong-hwa, tras echar un vistazo discreto a su costado, se mordió los labios y se hizo a un lado para dejar libre el espacio.

Los ojos del anfitrión, quien se encontraba justo enfrente, se abrieron de par en par. Su mirada dejó de enfocarse en Pyeong-hwa para dirigirse a un punto situado justo detrás de él, mostrando un semblante de evidente desconcierto, como si presenciara un acontecimiento sumamente inusual.

Hae-seong, atento a las reacciones del anfitrión, desvió la mirada de vuelta hacia el atuendo blanco. Finalmente, una silueta vestida con un traje impecablemente blanco se plantó con firmeza sobre el suelo. Como si se tratara de una señal de que la comitiva de acompañantes se limitaba a esas dos personas, la portezuela trasera del automóvil se cerró por fin.

En el instante en que la puerta se cerró revelando el espacio, el rostro del hombre que descendió del automóvil quedó al descubierto. El sujeto, quien asumió su lugar al costado de Pyeong-hwa con total naturalidad, era un viejo conocido para Hae-seong.

“...Pero qué demonios, maldita sea”.

El hombre que lucía una cabellera teñida en una tonalidad castaña clara en contraste con Pyeong-hwa, con el flequillo pulcramente asentado sobre un rostro pequeño, una piel tan pálida como el traje blanco que portaba y unos labios resaltados por un llamativo tono rosa pastel debido al exceso de maquillaje, era Woo Yeon-je.

La mirada de Hae-seong se tornó glacial en un abrir y cerrar de ojos. Woo Yeon-je le dedicó una sonrisa resplandeciente al anfitrión de la gala antes de entrelazar su brazo con el de Pyeong-hwa.

Toda la escena se desarrolló ante los ojos de Hae-seong como si el tiempo transcurriera en cámara lenta.

***

La mañana del día en que se había comprometido a acompañar a Kwak Tae-oh a la recepción, Pyeong-hwa despertó mucho más temprano de lo habitual por alguna extraña razón.

Como si se tratara de la víspera de un ansiado día de campo, se incorporó de golpe en la cama, provocando que las sábanas se deslizaran suavemente por sus hombros.

El fino textil de la ropa de cama estuvo a punto de caer directo al suelo, pero Pyeong-hwa, sobresaltado, se apresuró a enrollar la sábana entre sus brazos para estrecharla contra su pecho.

Se trataba de la misma ropa de cama sobre la cual Hae-seong se había recostado descuidadamente en días pasados. Debido a la persistencia de las fragancias de las feromonas, Pyeong-hwa acostumbraba lavar las sábanas cada dos días o reemplazarlas por completo. Sin embargo, a pesar de que Hae-seong había realizado un acto que iba mucho más allá de un simple roce, optó por no cambiarlas.

Evitó dar explicaciones a quienes mostraron extrañeza por su proceder. A decir verdad, la razón principal era que ni él mismo encontraba las palabras idóneas para justificarlo. Pyeong-hwa se encontraba sumido en la confusión ante ese repentino e incomprensible arranque de su propia voluntad.

Tras recostarse de lado sobre el colchón manteniendo la sábana enrollada entre sus brazos, Pyeong-hwa tomó su teléfono celular. El dispositivo se sentía un tanto cálido al tacto, posiblemente debido a que lo había mantenido sujeto con firmeza durante el transcurso de la noche.

Los extravagantes contenidos que Hae-seong acostumbraba publicar en sus redes sociales resultaban un entretenimiento bastante ameno para él. Pyeong-hwa accedió nuevamente a la sección de mensajes directos para repasar la conversación que habían sostenido recientemente. Por mucho que deslizara la pantalla hacia abajo para actualizar el contenido, la ventana de chat permanecía inalterada, manteniéndose en silencio tras el último mensaje enviado por Hae-seong.

Su rostro, aún cálido por los remanentes del sueño, se ensombreció de inmediato. Soltando un profundo suspiro, Pyeong-hwa asumió que su estado de ánimo se debía a la tensión provocada por el compromiso de esa noche, por lo que finalmente procedió a levantarse de la cama.

Al salir a la estancia principal, se encontró con una escena habitual de disputas entre su padre y su abuelo. El patriarca, instalado en el asiento de honor, terminó por arrojarle a la cara el periódico que sostenía entre las manos a su hijo.

Su padre, habiendo recibido el impacto directo en el rostro, se levantó de la silla de golpe. Sin embargo, en cuanto percató la presencia de Pyeong-hwa, la expresión de severidad de sus facciones se transformó instantáneamente en un gesto de inmensa calidez.

“Pyeong-hwa, ¿cómo es que te has levantado tan temprano?”.

Tae Ki-ho se dirigió a su hijo de veintidós años y un metro noventa de estatura con un tono sumamente afectuoso. Pyeong-hwa, mostrando un semblante hosco debido a que aún no lograba espabilarse por completo, tomó asiento justo enfrente de Ki-ho.

“Vaya, pero si es nuestro querido Pyeong-hwa. Dime, ¿acaso has tenido una pesadilla?”.

El presidente Tae Yang-ho, quien hasta hace unos instantes profería toda clase de insultos y arrojaba objetos en contra de Tae Ki-ho, moduló su voz a un tono sumamente sumiso buscando atraer la atención de su nieto. Pyeong-hwa observó con evidente fastidio a los dos hombres, quienes estiraban el cuello hacia adelante como un par de Mamenchisaurus en su afán por congraciarse con él.

“Simplemente me desperté. No armen un escándalo por eso, es vergonzoso que el servicio los vea comportarse de esa forma”.

“Está bien, es solo que a tu abuelo le causa una inmensa alegría verte por las mañanas”.

“¿Qué te apetecería desayunar hoy, Pyeong-hwa? Si no tienes mucho apetito, puedo pedir que te preparen un tazón de leche con cereal de chocolate”.

“No quiero nada”.

La expresión de Ki-ho, quien se había estado removiendo en su asiento ansioso por ofrecerle algún alimento a su hijo, se tornó desoladora. ‘Pyeong-hwa dice que no quiere comer nada’. Tae Ki-ho dirigió una mirada al borde de las lágrimas hacia Tae Yang-ho.

Limítate a guardar silencio. Tae Yang-ho sacudió la cabeza mientras fulminaba a Ki-ho con la mirada, como si deseara atravesarlo con los ojos.

“No tengo mucho apetito debido al compromiso que tengo programado para hoy”.

“Ah, es verdad. La gala es hoy, ¿cierto?”.

“Sí”.

“Pero si el evento es por la noche. ¿Piensas permanecer todo el día sin probar alimento alguno?”.

La reacción de su padre fue de tal magnitud que parecía haber recibido la noticia de un desplome catastrófico en las acciones de la compañía. Pyeong-hwa se limitó a soltar un suspiro ante la evidente falta de tacto de su progenitor.

“Debo prepararme con el vestuario. ¿A qué hora está programada la llegada del personal?”.

“¡Ah, es verdad! ¡Qué descuidado de mi parte!”.

Ki-ho se propinó una palmada en la frente y tomó el teléfono que se encontraba sobre la mesa. De inmediato, le dio instrucciones a su secretario para que el equipo encargado del arreglo de Pyeong-hwa se presentara en la residencia antes del mediodía.

“...Y, ¿qué hay de la otra persona?”.

“¿La otra persona?”.

“Me refiero a mi acompañante para el evento de hoy”.

“Ah, ¿te refieres al joven Hae-seong?”.

Al escuchar la mención del nombre de Hae-seong, Pyeong-hwa bajó la mirada de forma instintiva. Contemplando con inmenso orgullo la timidez con la que su hijo intentaba disimular su interés, Ki-ho comenzó a parlotear lleno de entusiasmo.

“¡Por supuesto! ¡He dado instrucciones específicas para asegurarme de que el joven Hae-seong sea el centro de todas las miradas esta noche! ¡Pedí que lo arreglaran de una forma verdaderamente espectacular!”.

“¿Espectacular...?”.

Sin embargo, en la opinión de Pyeong-hwa, el calificativo idóneo para Hae-seong era ‘atractivo’ en lugar de espectacular. Le resultaba un tanto inquietante la idea de que alguien que poseía semejante atractivo físico destacara aún más en un sitio concurrido por tantas personas. Sabiendo que sus bellas facciones no cambiarían por el vestuario, comenzó a experimentar un sentimiento de agitación y zozobra en su interior.

“Sin embargo...”.

“¿Dime?”.

“Considerando que se trata de un adulto con la capacidad de tomar sus propias decisiones, ¿no creen que resulta un tanto impertinente que mi padre se involucre de esa forma en su vestimenta?”.

“... ¿Eh?”.

“No me refiero a que debas cancelar las órdenes. Si ese es tu deseo, puedes continuar con los planes, pero esa es mi opinión al respecto. Después de todo, es muy probable que él prefiera un estilo en particular, ¿no es así?”.

Con el semblante completamente espabilado, Pyeong-hwa expuso sus argumentos con total claridad. Ki-ho estuvo a punto de sufrir un desmayo en ese mismo instante.

Era la primera vez en su vida que Pyeong-hwa lo miraba fijamente a los ojos para entablar una conversación que excediera las dos frases consecutivas. La emoción de Ki-ho fue de tal magnitud que sintió perder el conocimiento por el impacto.

 

Tras concluir el almuerzo, Pyeong-hwa se dirigió a la estancia principal, donde ya se encontraba instalado un perchero con diversos trajes de etiqueta, una amplia selección de corbatas y un despliegue de productos cosméticos y de peluquería.

A pesar de su timidez intrínseca ante la presencia de desconocidos, Pyeong-hwa se mantuvo sereno, pues se trataba de un procedimiento habitual en cada uno de los eventos a los que asistía. El equipo de estilistas, integrado exclusivamente por Betas, se había encargado de su arreglo personal durante los últimos diez años.

Mientras se probaba las distintas opciones de vestuario, evocó el traje que le había enviado como obsequio a Hae-seong. Todas las prendas que debían ser entregadas ese mismo día bajo el nombre de su padre habían sido seleccionadas por él de forma minuciosa.

Optó por mantener en secreto el hecho de que había acudido personalmente al taller de alta costura para elegir incluso el diseño de la caja de empaque, temiendo que Hae-seong malinterpretara sus intenciones y la situación se tornara incómoda para ambos.

Para su propio vestuario, Pyeong-hwa eligió un traje que compartía la misma tonalidad, el mismo textil y el mismo diseño que el obsequiado a Hae-seong. Dado que a Hae-seong le correspondía portar el moño de etiqueta, determinó que para él sería idóneo lucir una corbata confeccionada con la misma tela. Pyeong-hwa concluyó las pruebas tras indicar detalladamente cada una de sus preferencias al personal de costura.

Tras varias horas de ardua preparación, finalmente llegó el momento de emprender el viaje. Al recibir la notificación de que el vehículo se encontraba listo en el acceso, Pyeong-hwa tomó sus supresores de feromonas y se dirigió al exterior.

Al cruzar el portón principal de la residencia, divisó el automóvil que aguardaba por él en la entrada. Sin embargo, se percató de la ausencia del chofer que habitualmente lo acompañaba en sus traslados. Con un gesto de extrañeza, se aproximó con la intención de echar un vistazo al interior del vehículo.

En ese instante, a escasos metros de distancia de donde se encontraba estacionado el automóvil, percibió el eco de unas voces que parecían sostener una acalorada discusión. Pyeong-hwa, que había inclinado el torso para observar a través de la ventanilla, enderezó la postura de golpe.

“¡Vaya! ¡Pyeong-hwa!”.

En ese preciso momento, sus ojos se cruzaron con los de Yeon-je, un individuo cuya presencia resultaba del todo inesperada en esas circunstancias.

“...”.

A pesar de los años que llevaban de conocerse, era la primera vez que lo veía con un arreglo de esa índole. Vestía un traje de etiqueta completamente blanco, con el cabello perfectamente estilizado, un calzado que denotaba un alto valor económico y un rostro que evidenciaba un minucioso trabajo de maquillaje.

Yeon-je, luciendo una preparación impecable de pies a cabeza, agitó la mano con entusiasmo al descubrir la presencia de Pyeong-hwa. Acto seguido, se zafó con brusquedad del brazo del chofer que intentaba retenerlo y corrió en dirección al joven. El conductor, visiblemente consternado por la situación, se apresuró a seguirlo por detrás sin saber cómo proceder.

“¡Sorpresa!”.

Al aproximarse al desconcertado Pyeong-hwa, Yeon-je extendió ambos brazos de par en par. Ante la resplandeciente sonrisa de su amigo, Pyeong-hwa se quedó sin palabras y retrocedió un paso de forma instintiva, moviendo los pies casi sin darse cuenta.

“¿Cómo es que...?”.

Pyeong-hwa, para quien este escenario resultaba completamente inimaginable, contempló a Yeon-je con un semblante de evidente incomodidad. Sin embargo, ignorando por completo la confusión que reflejaba su mirada, Yeon-je continuó hablando a toda velocidad con una sonrisa descarada mientras se sujetaba de él.

“Me enteré de que el evento es organizado por Kwak Tae-oh. Sé lo difícil que ha sido para ti asistir en solitario a estas reuniones en ocasiones anteriores. Siempre me quedé con la inquietud, así que esta vez tomé la resolución de acompañarte”.

Era un ofrecimiento que nadie le había solicitado. Pyeong-hwa sintió una opresión en el pecho, como si se enfrentara a una situación de lo más desagradable, provocando que su rostro se tornara pálido por la angustia. No obstante, tal como acostumbraba hacer, Yeon-je pasó por alto el sentir de Pyeong-hwa. Se empeñó en presentar sus acciones como un acto de extrema benevolencia realizado exclusivamente por el bienestar de su amigo. Incluso se mostró jactancioso, insinuando que poseía la agudeza necesaria para descifrar los deseos más íntimos de Pyeong-hwa, aquellos que el joven no se atrevía a expresar en voz alta. Ante la familiaridad de la situación, el semblante de Pyeong-hwa se ensombreció sutilmente.

De continuar por ese camino, era un hecho que Yeon-je terminaría imponiendo su voluntad como siempre lo hacía. Apretando los labios con fijeza, Pyeong-hwa intentó mediar las palabras con cautela, mientras el sudor comenzaba a acumularse en sus puños cerrados por la tensión.

“Verás, Yeon-je... El inconveniente con la gala de esta noche es que... se trata de una recepción de carácter privado, por lo que el acceso está restringido únicamente a las personas que confirmaron su asistencia previamente...”.

“¿Acaso crees que no lo sé? Sin embargo, sabes perfectamente que una restricción de esa índole no representa obstáculo alguno cuando se trata de ti”.

Yeon-je le propinó un ligero golpe en el brazo a Pyeong-hwa con un simpático gesto en la nariz.

“El asunto es que... en esta ocasión la situación es un tanto distinta”.

A pesar de estar consciente de que bastaba con sostener una negativa firme para dar por concluido el asunto, las palabras se rehusaban a salir de su boca. Como ocurría en cada oportunidad, el proceso de rechazar a Yeon-je y hacer que desistiera de sus planes representaba una experiencia sumamente dolorosa para Pyeong-hwa.

Tal como lo había previsto, la expresión en el rostro de Yeon-je se tornó gélida en un instante. Tras dirigirle una mirada cargada de hostilidad, soltó un profundo suspiro que provocó un nudo en la garganta de Pyeong-hwa.

“¿Me estás diciendo que debo dar media vuelta y marcharme? ¿Después de todo el esmero que puse en prepararme únicamente por ti?”.

“...”.

“¿Acaso crees que hice todo esto por un beneficio personal? Me tomé todas estas molestias con el único propósito de evitarte una humillación... ¿Y ahora pretendes que me retire sin más?”.

Yeon-je presionó a Pyeong-hwa con la clara intención de bloquear por completo cualquier cosa que estuviera pensando. Sin embargo, al ver que Pyeong-hwa no le daba la respuesta que deseaba, empezó a ponerse ansioso.

No pienso retroceder en absoluto.

Durante un breve instante, tras haber estado enfrentando a Pyeong-hwa de espaldas al coche, Yeon-je se subió repentinamente al vehículo. No hubo tiempo de detenerlo ni de agarrarlo. Aprovechando la puerta que se había quedado abierta para Pyeong-hwa, se coló descaradamente por su cuenta. Además, se adentró tanto en el asiento que resultaba difícil alcanzarlo.

Sentado casi pegado a la puerta del lado opuesto, Yeon-je giró levemente el rostro. Luego, con una expresión descarada que dejaba claro que no tenía intenciones de bajarse, le hizo una seña a Pyeong-hwa. Sus labios fuertemente apretados y su mirada eran aún más tercos que de costumbre.

“Sube rápido, que se nos va a hacer tarde”.

Dijo Yeon-je con ligereza.

En ese momento, de repente, a Pyeong-hwa se le cruzó por la mente el terrible pensamiento de sacarlo a la fuerza. Era un mal pensamiento del mismo tipo que había tenido en el instante en que vio a Yeon-je. Pyeong-hwa se sintió confundido ante una emoción tan negativa que jamás había experimentado hasta entonces.

El simple hecho de haber pensado algo así le provocó sudor frío y una intensa sensación de náuseas.

No debo ser así. No se supone que haga esto. Si lo hago...

‘Eso es, así serás un buen chico. A Pyeong-hwa le gusta ser un buen chico, ¿verdad?’.

Al recordar de golpe esa voz espantosa, sintió un mareo. El chofer, que había estado observando en silencio, se acercó a Pyeong-hwa. Obligó al agobiado joven a subir al coche y cerró la puerta.

Habiendo terminado dentro del coche casi sin querer, Pyeong-hwa simplemente cerró los ojos. No quería pensar en nada. La voz que solía consolarlo y disciplinarlo no dejaba de resonar en su cabeza, impidiéndole concentrarse en otra cosa.

Yeon-je notó de inmediato la agitación emocional de Pyeong-hwa. Tomó suavemente las mejillas de Pyeong-hwa entre sus manos y lo obligó a mirarlo. Al encontrarse con sus ojos llorosos, Yeon-je acarició su mejilla y susurró suavemente.

“Todo esto es por tu bien. No puedes ponerte así. Lo sabes, ¿verdad?”.

Ante aquellas palabras susurradas, el rostro de Pyeong-hwa se marchitó lentamente. Desgarrando la oscuridad que cubría sus ojos, el recuerdo de aquel día volvió a asomar la cabeza.

***

Quiero irme a casa.

En cuanto se confirmó su nombre y se abrió la enorme barricada, Pyeong-hwa sintió que era tan aterradora como las puertas del mismísimo infierno. El coche pasó a una velocidad suave por el jardín espléndidamente diseñado y, antes de darse cuenta, se detuvo.

El chofer, que miraba a Pyeong-hwa con preocupación, no tuvo más remedio que dejar el asiento del conductor debido a la prisa que metían desde el exterior.

Ojalá la puerta no se abriera.

Pero, como siempre, sus deseos no se cumplieron.

Cuando la puerta del coche se abrió, las luces brillantes le lastimaron los ojos y el ruido de la música estridente golpeó sus oídos.

“¿Qué haces? Están esperando. Baja rápido”.

Yeon-je, que había estado sentado separado de él, ya se había pegado al brazo de Pyeong-hwa.

Fue en ese momento cuando tuvo una sensación extraña. De repente, el calor corporal que tocaba su brazo se sintió tan ardiente como la lava. Sorprendido, Pyeong-hwa empujó el brazo de Yeon-je.

El hermoso entrecejo del desconcertado Yeon-je se frunció por un instante. Pyeong-hwa sabía que debía pedir disculpas. Sin embargo, en su cabeza solo estaba grabada la palabra ‘escapar’ como un mantra, lo que le impedía actuar de otra manera. Pyeong-hwa bajó del coche como si huyera.

Kwak Tae-oh se acercó con su desagradable rostro resplandeciente.

“¿Viniste solo? ¿Y tu prometido?”.

¿A ti qué carajos te importa?

Un sentimiento infantil floreció en su interior. Como no quería ni responderle, desvió la mirada, pero en ese breve lapso olvidó que Yeon-je también estaba bajando del coche.

Se notaba que el humor de Kwak Tae-oh se había arruinado. No era para menos, al ver que Yeon-je llevaba un traje blanco igual al suyo, era predecible lo mucho que le irritaría esa actitud de querer llamar la atención.

Pyeong-hwa solo quería ignorarlo todo. Su cabeza estaba tan llena de una persona en particular, evocada por la palabra ‘prometido’, que no tenía espacio para preocuparse por el estado de ánimo de los demás.

Después de eso, la conversación que mantuvieron Yeon-je y Kwak Tae-oh ni siquiera le entró por los oídos. Sin embargo, al oír que Hae-seong había llegado hacía un momento, recuperó la lucidez de golpe.

Por instinto, empezó a mirar a su alrededor. Y pronto, Pyeong-hwa localizó a Hae-seong. Tal como dictaba su certeza de que no sería difícil encontrarlo, Hae-seong destacaba notablemente incluso en medio de la multitud.

La ropa que le había regalado le entallaba a la perfección, tal como lo había imaginado. Sus facciones, reveladas bajo el cabello peinado hacia arriba, hacían que incluso las deslumbrantes luces parecieran opacas. ¿Debería saludarlo? ¿Cómo se suponía que iba a explicar lo de Yeon-je? En el momento en que dudaba, sus ojos se encontraron con los de Hae-seong.

Sin embargo, no recibió el saludo cálido de siempre. Esto se debió a que Hae-seong, tras mirarlo con ojos gélidos, se dio la vuelta primero. En el instante en que Hae-seong le dio la espalda, Pyeong-hwa sintió que el aire se le cortaba de golpe, como si alguien lo estuviera asfixiando.

No hubo la sonrisa radiante que siempre le mostraba. Hae-seong lo miró con ojos carentes de cualquier emoción y luego se marchó. Su rostro parecía inexpresivo, pero la comisura de sus labios estaba claramente rígida.

***

Hae-seong, que se había quedado maravillado al ver a Pyeong-hwa salir del coche, se quedó sin palabras al enfrentarse al extraño fenómeno de que el ruido que lo rodeaba pareció apagarse en un solo instante. Woo Yeon-je, que bajó del mismo coche que Pyeong-hwa, vestía un traje de un blanco tan puro que resultaba vergonzoso para el propio anfitrión de la fiesta.

Esa vestimenta, que recordaba a un traje de bodas, fue suficiente para dejar sin palabras incluso a Hae-seong.

“¿Señor Yeon-je? ¿La persona con la que te ibas a comprometer era el señor Yeon-je?”.

Parecía que el anfitrión ya conocía a Woo Yeon-je. Hae-seong, que para entonces ya se había apoyado sobre una sola pierna con aire despreocupado, observó con interés a las tres personas que subían las escaleras del vestíbulo.

“Bueno, en realidad no es así...”.

Al parecer, la actitud arisca que había mostrado el día que se conocieron era algo que se podía quitar y poner a voluntad. Un Yeon-je recatado, e incluso de aspecto desvalido, bajó la mirada. A su lado, Pyeong-hwa estaba ocupado mirando a su alrededor con un rostro que denotaba cierta ansiedad.

“¿Entonces qué? Tae Pyeong-hwa, ¿no dijiste que tu prometido también vendría? Me acaban de informar que el coche registrado a nombre de tu casa ya ingresó”.

El anfitrión ladeó la cabeza una y otra vez. El paso de Pyeong-hwa, que caminaba al lado de Yeon-je, se detuvo en seco. Con los ojos abiertos de par en par, Pyeong-hwa tragó saliva mientras miraba al anfitrión. Lo hizo con tanta fuerza que incluso Hae-seong pudo ver cómo se movía su nuez de Adán.

“¿Que... vino?”.

“Sí. El coche en el que viniste estaba justo detrás del suyo”.

Pyeong-hwa, detenido en su lugar, comenzó a examinar los alrededores. Hae-seong, que observaba la escena de pie a cierta distancia con una postura inclinada y los brazos cruzados, se limitó a contemplar. Al poco tiempo, Pyeong-hwa, que recorría el vestíbulo con la mirada, giró su cuerpo hacia la dirección en la que se encontraba Hae-seong y se quedó congelado.

Hae-seong soltó una burla al ver cómo los ojos de Pyeong-hwa se agrandaban y su rostro palidecía al descubrirlo. Le dio un ataque de rabia al verlo temblar como un ciervo atrapado en una trampa.

Desde el momento en que descubrió a Hae-seong, Pyeong-hwa empezó a moverse con torpeza, como un robot averiado.

Su rostro, que se descompuso como si alguien lo estuviera asfixiando, reflejaba desesperación. Hae-seong estuvo a punto de tocarse el cabello por hábito, pero al recordar que estaba peinado, solo apretó los puños.

Al igual que el otro, él también se encontraba en un estado impecable gracias a las manos de varias personas. Hae-seong pensó en el esfuerzo de sus hermanas mayores, quienes se habían esmerado en arreglarlo como si fuera un muñeco.

Con lo mucho que sufrieron, no puedo echarlo a perder y quedar en ridículo.

Hae-seong disfrutó de la mirada fija de Pyeong-hwa simulando indiferencia.

¿Qué vas a hacer si me miras así?

Cuando Hae-seong frunció el ceño con fuerza, Pyeong-hwa volvió a desestabilizarse.

Hae-seong quería reclamarle a Pyeong-hwa por qué ponía esa cara cuando él mismo había sido quien lo había dejado en ridículo. Pero, ¿de qué serviría eso? Solo daría pie a que la gente hablara de un escándalo innecesario.

Aunque no era de los que temían estar en boca de los demás, no quería ser mencionado de esa manera.

Hae-seong intentó calmar su corazón. Sin embargo, aun así, su pecho latía de una forma desagradable. Tras observar por un momento a lo que parecía ser una pareja de revista, Hae-seong se dio la vuelta.

Por supuesto, Hae-seong no vio cómo los ojos de Pyeong-hwa, que solo atinaba a mirar sin saber qué hacer, se distorsionaban.

Hae-seong, que dio la espalda a Pyeong-hwa y mantuvo una mirada desolada en el vacío por un momento, recuperó la compostura y empezó a caminar. Entró al lugar a través de una entrada un tanto apartada de la puerta donde se encontraban Pyeong-hwa, Woo Yeon-je y el esmoquin blanco. Escuchó la voz de Woo Yeon-je preguntando a sus espaldas qué pasaba, pero no miró atrás.

Después de todo, ¿acaso no había empezado esto sabiendo que terminaría así? Él también buscaba una relación utilitaria y no una de tipo emocional. Sin embargo, su estado de ánimo era bastante pésimo.

Me invitó, me entregó una tarjeta de una forma tan linda diciendo que viniéramos juntos... Así que no me dijo que vendría a buscarme para poder venir con Woo Yeon-je.

Hae-seong, sintiéndose un poco deprimido a medida que lo pensaba, siguió los pasos de la multitud y entró al salón de banquetes. Y entonces, sus ojos se abrieron de par en par ante el mundo de fantasía que se desplegaba ante él.

“Vaya...”.

Está increíble.

Las dos mejillas de Hae-seong se encendieron. Su corazón, que latía con melancolía, comenzó a palpitar con emoción al ritmo de la música retumbante. El prometido que había venido con otra pareja se borró de su mente en un instante.

Hae-seong se adentró en la multitud como hipnotizado. Su destino era la mesa principal, donde se exhibían whiskis tan caros que jamás se habría atrevido a comprar.

***

Hae-seong se sentó justo en el centro, rodeado de personas que disfrutaban de la fiesta a su manera, y se dedicó a degustar los licores costosos. Hacía mucho que había olvidado la razón por la que estaba allí.

Ya que terminó así, lo consideraré como un trabajo de medio tiempo de 3 millones de wones.

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Independientemente de la intención del anfitrión, se lavó el cerebro para convencerse de que había sido contratado voluntariamente para mantener el prestigio como un invitado más y hacer bulto. Además, rebajó a todas las personas del lugar a la categoría de empleados o NPCs (personajes no jugables).

Al pensarlo de ese modo, Hae-seong no se sintió intimidado en absoluto, incluso estando entre los miembros de la tercera generación de familias ricas que hacían gala de toda su opulencia. ¿Sería que su corazón se había envalentonado gracias a la ropa cara? Hae-seong se volvió audaz.

El hecho de que Hae-seong no se sintiera intimidado también se debía a que ese grupo de cucarachas, que al principio habían entrado en parejas, ahora se habían dispersado en su mayoría. A pesar de haber sido tan cariñosos, ahora se daban la espalda como si fueran desconocidos.

Mundo podrido...

Hae-seong, que se había puesto completamente cínico, arrastró un whisky recién servido y lo colocó frente a él.

Está riquísimo.

Le pareció sentir un sabor dulce en el borde de la copa. ¿O era salado? Hae-seong apoyó la copa de whisky contra sus mejillas calientes para enfriarlas.

A decir verdad, a partir del tercer vaso, su lengua se había entumecido un poco y ya no distinguía los sabores, pero la sensación era esa. Beber alcohol en medio de un ambiente tan lujoso y ruidoso, rodeado de toda clase de millonarios... Aunque nunca pudiera pertenecer a su misma clase, en ese instante, el alcohol sabía de maravilla. Ni siquiera necesitaba botana. Se sentía completamente embriagado por la pura atmósfera.

Hae-seong decidió no pensar a fondo en la miseria que tenía enfrente. Por supuesto, no esperaba pasar por una situación tan ridícula tan pronto, pero ¿acaso no era algo que tendría que seguir soportando en el futuro?

“...”.

¡Pero aun así me siento de la patada, qué quieren que haga, carajo!

Si no hubiera sido la fiesta de otra persona, tal vez ya habría armado un escándalo y terminado en una patrulla. Hae-seong estiró los brazos a lo largo de la mesa alargada. Luego, apoyó la mejilla sobre ella y se recostó de lado.

“Es la primera vez que veo tu rostro, ¿con quién viniste?”.

En ese momento, el maldito esmoquin blanco se acercó justo frente a sus ojos. Debido a la luz que reflejaba, hasta tuvo que fruncir el ceño. Los ojos desalmados de Hae-seong recorrieron lentamente el rostro del anfitrión.

“Y si vine solo...”.

¿Qué vas a hacer? Hae-seong respondió con una actitud desafiante y grosera. Como no esperaba una reacción así, la expresión del anfitrión se distorsionó un poco.

“Entonces no deberías estar aquí...”.

“Échame si quieres”.

“Pero sería una lástima hacer eso con un rostro tan atractivo. ¿De verdad viniste solo?”.

Hae-seong soltó una burla.

Y eso que andaba de arrastrado frente a Pyeong-hwa.

Sintiendo un repentino fastidio, Hae-seong levantó el torso de golpe. El anfitrión, sobresaltado, dio un paso atrás. Hae-seong se acomodó el cabello revuelto y le dedicó una sonrisa fingida.

“Ah, ahora que lo pienso, me pareció que me estabas buscando hace un momento, lamento haberme tardado en saludar”.

“¿Que yo te estaba buscando?”.

El anfitrión elevó las comisuras de los labios como si le resultara divertido. Tras arrastrar una silla para sentarse justo a su lado, el anfitrión levantó el dedo índice. Un whisky idéntico al que Pyeong-hwa acababa de tomar fue colocado frente a él.

Maldita sea, qué presumido.

El labio superior de Hae-seong se crispó con irritación.

“Viéndote de cerca, es cierto que tienes un rostro que vale la pena buscar. Continúa”.

El anfitrión apoyó los brazos en la mesa, sostuvo su barbilla con la mano y cruzó las piernas.

De verdad que este tipo hace todo el circo completo.

Hae-seong miró con ojos gélidos la punta afilada del zapato de este tipo, que rozaba sutilmente su pantorrilla.

“Digamos que fui yo quien te buscó. Te dije que te presentaras y me dijeras quién eres”.

El hombre, que ni se imaginaba que Hae-seong era el prometido de Pyeong-hwa, ordenó con arrogancia. La mejilla de Hae-seong se infló levemente. Esto se debió a que Hae-seong, mirando hacia arriba, pasó la lengua lentamente por el interior de su mejilla. A pesar de que su actitud se volvía cada vez más descarada, el anfitrión solo sonreía con interés.

Hae-seong conocía bien a los de su clase. Era el típico cobarde que se hace el fuerte con los débiles y se achica ante los poderosos. Hae-seong miró de frente al anfitrión que se reía de él y elevó las comisuras de los labios. Tras arrugar la nariz con picardía, abrió los labios pausadamente. Tenía muchas ganas de ver el cambio en la actitud de ese sujeto.

“Tae Pyeong-hwa”.

“¿Eh?”.

Como era de esperarse, al mencionar un nombre que no figuraba en sus planes, los ojos del hombre se abrieron de par en par. Sus pupilas se movían con agitación mientras intentaba deducir algo. Hae-seong sostuvo su barbilla con aire petulante, observando con indiferencia aquel rostro que se ponía rígido como si pensara:  ¿Acaso...? o ¿Será posible?.

“Su prometido”.

Soy yo, soy yo.

Hae-seong se apuntó a sí mismo con el pulgar y sonrió con picardía.

“¿Qué?”.

“El prometido de Tae Pyeong-hwa por el que tanta curiosidad tenías. Ese soy yo”.

Hae-seong tomó una cereza que estaba puesta como botana, se la comió y le lanzó el rabo al hombre. El hombre, que se había quedado helado analizándolo, ladeó la cabeza.

“Se lo escuché a mi padre, pero ¿de verdad se va a casar? ¿Tae Pyeong-hwa?”.

“A juzgar por cómo te tomas las palabras de tu padre, tú también estás perdido”.

“No, no es eso... Es que ya había escuchado rumores así un par de veces antes, pero nunca se hicieron realidad”.

Era información de más que no le interesaba en absoluto. Sus pupilas sin vida se clavaron en el lujoso candelabro.

O sea, ¿que yo no soy el primero con el que Tae Pyeong-hwa intenta casarse?

Mientras apretaba los dientes con rabia, un hombre con el cabello completamente empapado en gel llamó al anfitrión desde lejos. Sin embargo, el anfitrión, que parecía estar complemente cautivado por la distracción que tenía enfrente, le hizo una seña con la mano para que se fuera y se quedó sentado.

Hae-seong miró de reojo y con fastidio al hombre que se había pegado a él apoyando los brazos en la mesa.

“Soy Kwak Tae-oh. De Construcciones Minyang. Si eres el futuro esposo de Pyeong-hwa, deberíamos presentarnos formalmente”.

Kwak Tae-oh, revelando su nombre y trasfondo que a nadie le importaban, le extendió la mano. Hae-seong simplemente le puso en la mano el tenedor en el que había pinchado un plátano.

“¿Pero por qué tendría que ser yo el esposo?”.

Hae-seong, que tomó un nuevo tenedor para pinchar una uva Shine Muscat y metérsela a la boca, ladeó la cabeza.

“¿Entonces quieres ser la esposa?”.

No es como si le estuvieran pidiendo que se cortara sus partes, y siendo un manifestado, qué más daba quién fuera el esposo o la esposa. Como tampoco era de los que les importara tomar el rol pasivo, aunque no era algo que fuera a pasar con Pyeong-hwa, Hae-seong respondió con tono despreocupado.

“Si Pyeong-hwa quiere que sea así, tendré que serlo”.

“Jeje”.

Kwak Tae-oh sonrió de manera maliciosa mientras masticaba el plátano. Su mirada ruin lo recorrió con doble intención. Ante esa mirada que parecía la de una chinche, Hae-seong frunció el ceño con fuerza.

¿De qué te ríes con la nariz? Ya que ando de mal humor, ¿y si le meto un buen trancazo?

“¿Sabes que el señor Ki-ho armó un alboroto invitando tragos porque decía haber encontrado al manifestado perfecto para Pyeong-hwa?”.

“¿Eh? El manifestado perfecto soy yo, ¿por qué andaba invitando tragos en otros lados?”.

Hae-seong se quejó con sincero pesar. Si se trataba de Ki-ho, seguro habría comprado licores mucho más caros y exclusivos que los que estaban servidos aquí. Chasqueó los labios con decepción.

“Por eso tenía mucha curiosidad. Pero vaya... ¿Qué clase de bendición tiene Tae Pyeong-hwa? Cómo es posible que tanto...”.

“¿Acaso no basta con verle la cara a Pyeong-hwa para saber la enorme bendición que recibió? No existe mayor bendición que esa”.

“Jajaja. ¿Te gusta Pyeong-hwa?”.

“Desde pequeño me han gustado las cosas hermosas. Y de entre todas, yo soy a quien él más ama”.

Hae-seong, que soltó semejante descaro con total naturalidad, se comió otra cereza.

“¿Entonces eres completamente lo opuesto a Pyeong-hwa?”.

“¿En qué?”.

Hae-seong frunció el ceño ante ese comentario fuera de lugar que pretendía marcar una distancia entre Pyeong-hwa y él.

“Pyeong-hwa se odia a sí mismo más que a nada”.

“¿Eh? ¿Por qué?”.

“Bueno, ¿yo qué voy a saber? ¿Cómo podría alguien como yo descifrar los pensamientos de un gran Alfa Dominante?”.

“Ah... Bueno, eso tiene sentido”.

Hae-seong miró de reojo a Kwak Tae-oh y asintió sin contradecirlo. Kwak Tae-oh soltó una carcajada absurda. Había estado soltando comentarios ofensivos desde hacía rato, pero extrañamente no le daba coraje.

¿Será de verdad por culpa de este rostro?

“De todos modos, es sorprendente. Que Tae Pyeong-hwa de verdad se vaya a casar...”.

“Sí que te sorprendes por cualquier cosa”.

“¿Sabes que él tiene a alguien con quien sale, no? Ese chico que trabajaba en su casa antes, bueno... el hijo de alguien, creo”.

Pensar que hace un momento lo llamaba ‘Señor Yeon-je~’ con tono empalagoso, y ahora que no estaba lo rebajaba llamándolo ‘ese chico’, realmente dejaba ver la clase de calaña que era. Ya no solo le desagradaba su ropa, que era un atentado visual, sino el tipo en sí. Hae-seong ignoró las palabras de Kwak Tae-oh y miró hacia otra parte.

“Pensé que no se casaría precisamente por él”.

“Se casará porque su padre se lo ordenó. La gente de su clase suele vivir así, ¿no?”.

“Ay, pero él es un poco diferente”.

“¿Qué diferencia hay? Desde tiempos antiguos se dice que hay que hacer caso a los mayores. ¿Acaso no sabes que si escuchas a tus mayores, hasta te lloverá pan del cielo?”.

Aunque, a decir verdad, el mayor de su propia casa había quebrado el negocio familiar y se había dado a la fuga.

Y además, puede que en este matrimonio el único beneficiado con ese ‘pan del cielo’ fuera él mismo.

...Pero, honestamente, ¿qué problema habría con eso?

El hombre, que venía sonriendo de medio lado divertido por las ocurrencias de Hae-seong, se congeló de repente. Abrió los ojos de par en par, visiblemente sorprendido, y de inmediato miró a Hae-seong para luego clavar la vista justo por encima de su hombro.

Ese sutil estremecimiento y el fruncimiento de sus cejas resultaron molestos a los ojos de Hae-seong. Tras alternar la mirada por unos instantes entre Hae-seong y lo que había detrás de él, el hombre terminó por quedarse mirando fijamente hacia ese punto. Hae-seong, que había estado a punto de volverse loco de aburrimiento, sintió curiosidad por ver qué era lo que captaba tanto su atención.

“Parece que el ambiente de este lugar no es muy bueno que diga...”.

Al ver aquel rostro que parecía haber visto a un fantasma, Hae-seong soltó una risita burlona para mofarse de él, pero se calló de golpe. Al girarse, se topó con un hombre tan blanco y pálido que bien podría haber pasado por un espectro.

La mirada con la que lo contemplaba era sumamente insolente. Era, por así decirlo, la misma mirada que un esposo le lanzaría a su mujer en un cabaret tras llevar varios días sin regresar a casa.

Hae-seong se giró hacia Pyeong-hwa con tono desafiante y arqueó una ceja. Ante ese movimiento insignificante, Pyeong-hwa reaccionó de forma exagerada con un respingo. Poco a poco, los ojos de Pyeong-hwa se tiñeron de una mezcla de indignación y profunda tristeza.

Al ver eso, a Hae-seong le hirvió aún más la sangre y se levantó de golpe de su asiento. Sin siquiera escuchar la voz que lo llamaba a sus espaldas, se dirigió hacia Pyeong-hwa casi a zancadas.

Hae-seong, que se había empachado de whisky directo y sin rebajar, se encontraba honestamente en un estado en el que ya nada le importaba. Sin importarle quién estuviera mirando, agarró a Pyeong-hwa por la corbata. Debido a su fuerza bruta, la corbata salió disparada hacia arriba como si arrancara un ginseng de raíz. Sosteniéndola con fuerza como si fuera una correa, Hae-seong estaba completamente fuera de sí.

“¿Por qué me miras así?”.

Pyeong-hwa, ¿de verdad quieres que rompamos el compromiso?

***

La vestimenta extravagante, la comida a juego, la música, las luces... Pyeong-hwa observaba la indolencia de esa gente acostumbrada a todo aquello mientras se mordía los labios ante la opresión que comenzaba a florecer en su pecho.

Se había sentido mal desde el mismo instante en que puso un pie dentro de la mansión. Un espacio donde se mezclaban toda clase de olores era veneno puro para él. Debido a los diversos problemas que padecía, este tipo de eventos nunca habían sido de su agrado.

Los mayores de su familia decían que este tipo de reuniones también eran necesarias, pero eso era porque no tenían idea de lo que hacían sus propios hijos en lugares como este.

Al reunirse en estos sitios, por lo general se desbocaban. Era el momento en que aquellos que no tenían nada más que dinero, agobiados por agendas asfixiantes día tras día, derrochaban su fortuna a manos llenas en busca de libertad. Al final, todo terminaba volviéndose promiscuo, ruidoso y peligroso.

Por esa razón había hecho todo lo posible por evitar asistir a estos eventos, pero...

Con ojos melancólicos, Pyeong-hwa rememoró la emoción que lo había embargado hasta apenas esa tarde. Al hacerlo, el rostro severo de Hae-seong, que lo había fulminado con una mirada gélida, vino a su mente de forma natural. El rostro frío de Hae-seong, que destacaba como si fuera el verdadero protagonista de la fiesta vistiendo la ropa que él mismo le había regalado.

Al fruncir el ceño por instinto, los pensamientos de Pyeong-hwa se encadenaron de inmediato con la discusión que acababa de tener con Yeon-je.

Aun sabiendo lo mucho que sufría en esta clase de lugares, Yeon-je no lo había dejado libre. Como si temiera que fuera a escapar, no disminuyó la fuerza con la que se aferraba a su brazo. Además, se esmeraba por saludar a cada persona que hacía ademán de reconocerlo.

Sonreía e inclinaba la cabeza en un intento casi lastimoso por hacer notar su presencia. Aunque hiciera eso, de todos modos esa gente no lo aceptaría ni se alegraría de verlo.

La razón por la que terminó arrastrando a Yeon-je hasta un rincón apartado de las miradas ajenas fue por los murmullos de burla que se escucharon en alguna parte.

‘¿Escuchaste que vino el prometido de Tae Pyeong-hwa?’.

‘Ay, no inventes. El Grupo Tae también tiene su orgullo’.

En aquel rincón oculto de las miradas, Pyeong-hwa le habló en tono de súplica a un Yeon-je que desbordaba furia. Su rostro se había vuelto pálido en un intento por ahuyentar las alucinaciones auditivas que no dejaban de resonar en su cabeza. Cada vez que abría la boca, un nudo en la garganta hacía que su voz temblara.

‘Por favor, vámonos.

‘No quiero’.

‘Esto es una falta de respeto. Tanto para Kwak Tae-oh como para esa persona...’.

‘¿Ah, sí? ¿Y acaso tu matrimonio es una muestra de respeto hacia mí?’.

Ante ese reclamo tan afilado, no pudo articular palabra. Quizá porque le había dado justo en el clavo.

Lo sabía perfectamente. Sabía que estaba haciendo algo que no debía hacerles a ninguno de los dos. Por eso, al principio se había negado. Había protestado cuestionando cómo podían pedirle algo así sabiendo de la existencia de Yeon-je.

Sin embargo, le resultaba insoportable ver la situación que se desató cuando su abuelo dejó de probar bocado y su padre se negó a ir a trabajar. Ambos eran personas importantes y valiosas para Pyeong-hwa.

Cuando su padre, completamente ebrio, lloraba a moco tendido diciendo: ‘¡Dicen que se cumplen los deseos de los muertos, pero los deseos de los vivos...!’, era él quien sentía deseos de morir. Al final terminó cediendo, pero su único propósito era disuadir a la otra parte.

Lo hizo para crear una justificación y lograr que su familia dejara de ser tan terca. Su plan era conocer a la persona en cuestión, revelarle que tenía pareja y pedirle que desistiera del compromiso. Sin embargo, no pudo decirle nada de eso a Hae-seong.

Se debió a que olvidó por completo todo lo que tenía planeado decir. Al principio, se quedó pasmado al ver a alguien tan hermoso por primera vez en su vida; poco después, le pareció fascinante ver lo bien que comía con ese rostro.

Y al final, terminó olvidándolo todo por estar lidiando con la actitud juguetona de Hae-seong, que no dejaba de provocarlo sutilmente. De que ese tiempo había sido placentero, se vino a dar cuenta justo ahora, mientras Yeon-je desmenuzaba sus sentimientos.

Así como el hecho de que había estado anhelando el momento de estar con Hae-seong.

‘Lamento lo que pasa contigo’.

Fue en ese instante cuando las palabras salieron de su boca sin pasar por su cabeza. Dejando atrás a un Yeon-je que fruncía el entrecejo sin comprender a qué se refería, huyó del lugar a toda prisa.

Yeon-je lo siguió por un breve tramo, pero al percatarse de las miradas de los alrededores, no pudo armar un alboroto mayor. Ya era bastante que lo ignoraran como para encima darles de qué hablar a los demás.

Controlando su expresión, Yeon-je apretó los dientes y se limitó a contemplar la espalda de Pyeong-hwa a medida que se alejaba.

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Fue un momento después cuando el pecho de Yeon-je comenzó a latir con ansiedad. De pronto, cayó en la cuenta de que era la primera vez que veía a Pyeong-hwa abrirse paso entre la multitud por iniciativa propia con tanta determinación.

Lo mismo iba para esa silueta de espaldas, algo que no había vuelto a ver desde el incidente de aquel día hasta la fecha.

Aun sabiendo que debía detener a Pyeong-hwa, Yeon-je permaneció en su lugar fingiendo indiferencia. Sus labios, fuertemente mordidos, ya ni siquiera le dolían, como si hubieran perdido la sensibilidad.

 

Tras escapar de ese modo, Pyeong-hwa se ocultó en el baño por un buen rato. ¿Habría sido por tener malos pensamientos? Su respiración se desbocó de forma inestable. Sintió una sensación extraña en la mucosa bucal, como si se le hubiera inflamado. Debido al calor sofocante que ascendía por su cuerpo, su visión también se volvió borrosa.

Al final, salió corriendo del cubículo del baño donde se escondía. Tras toparse con un empleado que se lavaba las manos, Pyeong-hwa no tuvo más remedio que regresar al salón de banquetes. Se dedicó a deambular buscando un rincón que quedara fuera del alcance de la vista de cualquiera.

Ojalá pudiera desvanecerme como el humo en este mismo instante...

Mientras evitaba a la gente de ese modo, una gran carcajada resonó desde la zona de la mesa principal. Era una risa tan alegre que atrajo su mirada de forma natural.

El andar de Pyeong-hwa se detuvo en seco. Se debió a que, incluso sin verle el rostro, reconoció de inmediato esa silueta de espaldas.

Al mismo tiempo, vio a Kwak Tae-oh, quien se reía a carcajadas con el rostro encendido mientras miraba a Hae-seong. Una desagradable sensación de impaciencia floreció de golpe.

Pyeong-hwa se desplazó hasta un punto desde donde podía ver el perfil de Hae-seong. Esperó fijamente esa escena, con la firme convicción de que Hae-seong mandaría a volar a Kwak Tae-oh en cualquier momento.

Sin embargo, Hae-seong prolongó la conversación con Kwak Tae-oh por bastante tiempo. El rostro de Pyeong-hwa se descompuso en un gesto de desolación al contemplar a los dos.

Fue entonces cuando le vino a la mente la razón por la que Hae-seong no podía rechazar a Kwak Tae-oh. Seguramente era por su culpa. Era muy probable que Kwak Tae-oh, siendo el anfitrión, supiera que Hae-seong era su prometido.

Al llegar a esa conclusión, Pyeong-hwa avanzó con determinación por puro impulso. Aunque no había sido su intención, de todos modos ya lo había hecho enojar por el asunto de Yeon-je. No es que pudiera evadir su responsabilidad, pero al menos no quería causarle más inconvenientes.

Era su deber rescatar a Hae-seong, quien claramente aguantaba estar ahí por su culpa. Pyeong-hwa cruzó entre la multitud con pasos largos y firmes.

A medida que se acercaba, el rostro de Kwak Tae-oh, que se reía a más no poder, se hacía más evidente. Al ver la risa de Kwak Tae-oh, sintió una oleada de náuseas. Quizá por la repugnancia, sintió que el rostro le ardía.

En ese momento, sus ojos se cruzaron con los de Kwak Tae-oh. Pyeong-hwa parpadeó profundamente al sentir que hasta los ojos le ardían, como si se le fueran a pudrir las pupilas. También le pareció percibir un sabor ferroso proveniente de su boca inflamada...

Entonces, sus ojos se encontraron también con los de Hae-seong, quien se giró a mirarlo. A diferencia de lo que Pyeong-hwa temía, Hae-seong tenía una sonrisa en el rostro. No se apreciaba en él ningún gesto de incomodidad o sufrimiento. Al contrario, sus mejillas sutilmente encendidas hacían que se viera bastante animado.

Al toparse con un rostro tan sereno y completamente inesperado, Pyeong-hwa se hundió en la desesperación sin siquiera ser consciente de ello. Apretó los dientes para contener las palabras crueles que rugían en su interior y amenazaban con salir. Mordió su lengua inflamada y tragó una saliva que se sentía como lava.

Pero...

¿Por qué demonios le sonríe de esa manera a un tipo como ese? ¿Por qué no me busca a mí, por qué no viene a reclamarme, por qué no escucha mi versión? ¿Por qué se divierte con un sujeto así?

¿Acaso de verdad planea aplicar eso de quedar a mano? Pero Kwak Tae-oh es...

¡Feo!

El simple hecho de imaginar a Hae-seong haciendo algo con Kwak Tae-oh lo torturaba. Sin ser consciente de la expresión que tenía, Pyeong-hwa ya había casado a Hae-seong con Kwak Tae-oh en su mente.

Una irritación y una furia de origen desconocido brotaron en su interior. ¿Acaso pretendía exigirle fidelidad o castidad a Hae-seong cuando él mismo tenía pareja? Era un absurdo total. Pero, aun así, Kwak Tae-oh era verdaderamente... feo.

¿Cómo se suponía que iba a quedar a mano con algo como eso? Las cavilaciones de Pyeong-hwa, que se había dedicado a pisotear el orgullo de Kwak Tae-oh, quien en realidad gozaba de bastante popularidad como un tipo bien parecido, se cortaron de golpe.

En el momento en que los pasos que sentía aproximarse se detuvieron en seco frente a él, volvió en sí y descubrió a Hae-seong a escasos centímetros. Ese rostro angelical al que la ropa que le regaló le sentaba de maravilla y que, definitivamente, no pegaba ni un poco con Kwak Tae-oh...

“¡Ah!”.

Antes de que Pyeong-hwa pudiera siquiera alegrarse de verlo, Hae-seong lo tomó por el cuello de la ropa. La corbata, que estaba sujeta junto con la camisa, se deslizó entre las manos de Hae-seong. Con la cabeza inclinada hacia abajo, Pyeong-hwa contempló a Hae-seong desconcertado. La zona de los ojos de Hae-seong, quien lo había atraído a una distancia donde casi rozaban sus narices, lucía extrañamente enrojecida.

Al aspirar un poco de aire, percibió un intenso olor a alcohol que resultaba imposible de ignorar. Pyeong-hwa, para quien el simple aroma del alcohol ya representaba un grave peligro, intentó apartarse de inmediato, pero Hae-seong tiró de la corbata con aún más fuerza bruta.

“¿Por qué me miras así?”.

Y justo después, un fresco aroma a bosque inundó sus fosas nasales. En un abrir y cerrar de ojos, su corazón comenzó a galopar desbocado.

***

Las palabras pronunciadas con tanta frialdad congelaron el ambiente a su alrededor. De pronto, comenzaron a escucharse murmullos y cuchicheos por doquier: ‘¿Tae Pyeong-hwa?’, ‘¿Tae Pyeong-hwa del Grupo Tae?’, ‘¿Acaso no es Tae Pyeong-hwa?’.

¡Mierda! ¿Acaso hay otro chico con piel de bebé como Tae Pyeong-hwa? ¡¿Hay algún otro chico tan angelical y hermoso?! ¡Es obvio que este Tae Pyeong-hwa tan guapo es el único, así que quién carajos es el idiota que pregunta si no es Tae Pyeong-hwa!.

Hae-seong movió su mirada desafiante para examinar minuciosamente los alrededores. Era como si sus ojos dispararan rayos láser de color rojo.

Y no era para menos, ya que sus ojos empañados por el alcohol estaban tan encendidos que, a simple vista, parecían rojos.

Sin embargo, a Hae-seong no le importaba en absoluto el aspecto que tuviera. Con el ceño fruncido agresivamente y poseído por el espíritu de Medusa, fulminó a los malditos hijos de papi millonarios.

‘Es guapo, pero sus modales son...’, ‘¿Pyeong-hwa se va a casar con un gángster?’, ‘Al Grupo Tae no le falta nada, aunque bueno, el tipo sí está guapo’, ‘Parece que a Tae Pyeong-hwa solo le importa el físico, no me lo esperaba de él’.

Murmullos. El salón, que se había sumido en un breve silencio ante la osadía de Hae-seong, volvió a llenarse de alboroto.

“Ah, mierda... Me estalla la cabeza”.

“¿Qué le pasa a tu cabeza?”.

Pyeong-hwa, que temblaba como un ciervo acorralado por un cazador, preguntó con preocupación. Hae-seong, sintiendo el golpe repentino de la borrachera, se llevó las manos a la cabeza adolorida.

Tras sacudir el rostro, se detuvo en seco. Clavó sus ojos muy abiertos para fulminar a Pyeong-hwa con la mirada.

“¿Por qué eres tan guapo?”.

Hae-seong soltó una risita boba como si fuera un viejo verde borracho. Aunque no veía un carajo debido a la ebriedad, el hermoso rostro de Tae Pyeong-hwa se recortaba con total nitidez. Visto bajo los efectos del alcohol, le pareció aún más guapo.

A leguas se notaba que vestía un traje de excelente calidad y costoso; tenía el cabello un tanto revuelto y el rostro parecía habérselo limpiado así nada más. Pero, aun así, era el más guapo de todos los presentes y también el más alto.

“Ah, siento que se me va a romper la cabeza”.

“¿Bebió demasiado?”.

“Es que ese imbécil...”.

Era mucho mejor beber alcohol que hablar con ese infeliz, y además, en cuanto llegó ese sujeto, sirvieron un whisky aún más caro, lo que hizo que terminara tomando de más sin darse cuenta. Era una lástima que su resistencia al alcohol fuera tan baja. Ya que las cosas habían terminado así, ¿no podría simplemente llevarse una botella a casa?

Hae-seong omitió los detalles importantes y se limitó a señalar a Kwak Tae-oh. Al instante, la mirada de Pyeong-hwa se volvió afilada y se clavó en un Kwak Tae-oh que no salía de su asombro.

“¿Yo qué? Yo no lo obligué a beber”.

“No mientas. Conozco perfectamente tu reputación”.

Sentenció Pyeong-hwa, quien seguía con el torso inclinado en una postura incómoda debido a que Hae-seong lo mantenía sujeto de la corbata. Kwak Tae-oh no tenía la menor idea de cómo reaccionar ante semejante comedia.

“¿Qué tiene mi reputación?”.

“He escuchado perfectamente lo que haces: cuando te gusta alguien, emborrachas a esa persona para aprovecharte”.

Dijo Pyeong-hwa, alzando la voz como muy pocas veces lo hacía. Fue en ese momento cuando el ruidoso salón volvió a quedar en silencio. Un alarmado Kwak Tae-oh se levantó de golpe de su asiento y comenzó a agitar las manos con desesperación.

“¿Yo? ¡¿Por qué habría de hacer yo algo así?! ¡Eso es absurdo, es mentira! ¡¿Por qué iba a rebajarme a hacer algo tan ruin?!”.

Se sentía sinceramente indignado. Para alguien como Kwak Tae-oh, que valoraba enormemente su estatus social y su reputación, era impensable cometer un acto semejante.

Por fortuna, gracias a su rostro medianamente atractivo, nunca le faltaba compañía en la cama. Jamás habría recurrido a una bajeza de ese tipo.

“Porque eres feo”.

Sentenció Pyeong-hwa con una voz seria y severa. El salón, que se había tornado sumamente gélido, volvió a alborotarse con el eco de varias risitas ahogadas. Kwak Tae-oh se quedó tan impactado que ni siquiera pudo replicar.

“¡Ja, ja, ja!”.

El que se rió con más fuerza no fue otro que Hae-seong. Soltó la corbata que había estado sosteniendo todo este tiempo y comenzó a darle palmaditas en el pecho a Pyeong-hwa mientras se doblaba de la risa agarrándose el estómago.

Ah, con que era por eso. Por eso me caía tan gordo.

Hae-seong no dejaba de repetir esas palabras.

“Mierda... ¿De verdad se volvieron locos?”.

Kwak Tae-oh temblaba de rabia ante la osadía de ese par que parecía una pareja de cucarachas. Era una fiesta que le había tomado meses preparar. Y de entre tanta gente, había venido a quedar en ridículo precisamente frente a Tae Pyeong-hwa y su prometido. ¡Y de paso, frente a un infeliz como Tae Pyeong-hwa...!

“Y eso que tú eres un maldito impotente de feromonas”.

Ante el contraataque de Kwak Tae-oh, el rostro de Pyeong-hwa se tornó completamente rígido. Hae-seong, que parpadeaba lentamente con los ojos nublados por la borrachera, también interrumpió sus movimientos por completo.

La gente, que hasta hace un momento murmuraba y le daba la razón a los comentarios ingeniosos cuando Kwak Tae-oh quedaba en ridículo, se calló al unísono. Al notar cómo el ambiente se tornaba denso, Kwak Tae-oh se desconcertó por completo y la seguridad de su rostro se resquebrajó un poco.

“No, bueno, lo que quise decir fue...”.

Y en ese preciso instante.

—Tengo paz como un río, tengo paz como un río, tengo paz como un río en mi ser. ¡Aleluya!—

El tono de llamada, que enfrió aún más el de por sí gélido ambiente del lugar, comenzó a sonar desde el bolsillo de Hae-seong. Pyeong-hwa, que se había quedado pálido y rígido, bajó la cabeza lentamente para clavar la mirada en Hae-seong.

Hae-seong, evitando los ojos de Pyeong-hwa, bajó la vista de inmediato y metió la mano al bolsillo a toda prisa.

—Tengo paz como un rí...—

Fue entonces cuando el tono de llamada que había incomodado a todos los presentes se apagó. Hae-seong sonrió con picardía entornando los ojos. El rostro de Pyeong-hwa pareció encenderse gradualmente hasta ponerse completamente rojo, incluso por debajo del cuello.

Mierda, me descubrió.

Antes de que pudiera planear algo para engatusarlo, Pyeong-hwa se dio a la fuga a toda velocidad. Fue una rapidez digna de aplausos y admiración.

Hae-seong se quedó contemplando la silueta de Pyeong-hwa, que se alejaba a pasos agigantados en un abrir y cerrar de ojos, y se revolvió el cabello.

¡Ay, no! ¡Este no es momento para estar haciendo esto!

Por quedarse contemplando a ese conejo astuto, estuvo a punto de olvidar lo que estaba haciendo. Hae-seong, con un rostro del que la borrachera se había esfumado por completo, se giró hacia Kwak Tae-oh, quien permanecía inmóvil como una estatua de piedra.

Tras soltar un profundo suspiro, Hae-seong se colocó las manos en la cadera y fijó la mirada en el vacío por un breve instante.

Una vez que Pyeong-hwa desapareció, el salón recuperó su atmósfera habitual. Era como si existiera una regla implícita que prohibiera seguir hablando de Pyeong-hwa. Sin embargo, en medio de esa extraña normalidad, Hae-seong se percató de un hecho sumamente incómodo.

“Oye”.

La expresión de Hae-seong, quien se echó el cabello completamente hacia atrás, cambió a una mueca gélida. Con la cabeza ligeramente inclinada, se giró hacia un Kwak Tae-oh que se había quedado completamente solo. Ante esa mirada tan severa, Kwak Tae-oh retrocedió un paso por puro instinto.

“Eso que acabas de decir”.

“...”.

“¿A quién se lo escuchaste?”.

Hae-seong inclinó la cabeza aún más de lado de forma pausada. Como si presintiera el peligro, Kwak Tae-oh dio otro paso atrás. Sin embargo, ante esa mirada que parecía arder en llamas, no pudo moverse más.

“Te estoy preguntando que a quién le escuchaste semejante estupidez”.

Tae Ki-ho le había asegurado que nadie sabía sobre la condición de Pyeong-hwa. Dado que era imposible que él lo hubiera engañado, todo apuntaba a que alguien había estado divulgando ese secreto a espaldas de Tae Ki-ho y de Pyeong-hwa.

Kwak Tae-oh se mordió los labios con fuerza y miró de un lado a otro con nerviosismo.

¿Acaso intenta pasarse de listo?

“¿No vas a hablar rápido?”.

“¡Oye!”.

Hae-seong se acercó de manera amenazante.

“¡Todo! Lo sé todo”.

“¿Qué?”.

“Sinceramente, no sé si es un rumor falso o no, pero de todos modos, ya se corrió el rumor de que Tae Pyeong-hwa solo es un dominante de palabra, porque ni siquiera puede controlar sus feromonas”.

La expresión de Hae-seong se congeló por completo.

¿El secreto de Pyeong-hwa, el que supuestamente nadie sabía, en realidad lo sabían todos?

Nadie sabía quién lo había dicho primero ni cuál era el origen del rumor, pero se decía que cualquiera que hubiera asistido a las reuniones lo había escuchado al menos una vez. Kwak Tae-oh se excusó de su error de esa manera.

Después de todo, era una historia que todos ya conocían. Por lo tanto, sus palabras de hoy no tenían ninguna importancia.

Hae-seong, con el rostro pálido y rígido, miró a su alrededor. Se veían caras desconcertadas por todas partes. Llevándose una mano a la frente, Hae-seong soltó una risa irónica.

En resumen, la gente de aquí usaba a Pyeong-hwa como botana para socializar, consolarse mutuamente y fortalecer su amistad. Mientras tanto, dejaban al verdadero protagonista de lado, solo y abandonado como si fuera un muñeco que no sabía nada.

“¿El señor Tae Ki-ho no sabe de esto, verdad?2.

“…… ¿Qué?”.

Cuando Hae-seong mencionó a Ki-ho, el rostro de Kwak Tae-oh se volvió pálido como el papel. Hae-seong se rió con incredulidad al ver esa cara que de repente se llenó de pánico.

“Te pregunto si el padre de Pyeong-hwa sabe que ustedes se divierten de esta manera”.

Aunque sabía perfectamente que era obvio que no lo sabía, preguntó a propósito para que todos escucharan. Hae-seong notó que no solo Kwak Tae-oh, sino también los demás se pusieron nerviosos.

Hae-seong sabía muy bien a qué le tenían más miedo estos perdedores buenos para nada que solo confiaban en la riqueza, el poder y el honor de sus padres.

Porque él solía ser igual. Aunque no había sido tan rico como ellos, Hae-seong siempre se preocupaba por su padre y los empresarios relacionados con él. Deseaba más que nadie que su relación fuera sólida. Sabía que solo así podría mantener las cosas de las que disfrutaba.

Además, como Hae-seong ya había experimentado la ruina total después de que esa relación se rompiera, se burló abiertamente de Kwak Tae-oh.

“No, eso es……. Espera, te pido disculpas. Fue un error”.

“No es a mí a quien debes pedírselas. Ah, Pyeong-hwa huyó. Rayos……. Tengo que ir a buscarlo”.

Hae-seong, al recordar a Pyeong-hwa, a quien había olvidado por un momento debido a la ira que le subía, se dio la vuelta. Kwak Tae-oh se acercó apresuradamente y lo sujetó por el hombro.

Hae-seong miró de reojo la mano que tocaba su hombro y volvió a levantar la vista hacia Kwak Tae-oh. Su rostro, que hasta hace un momento mostraba emoción, se había vuelto frío y calmado como si nada hubiera pasado.

“Dile a Pyeong-hwa, dile que fue mi error, que yo arreglaré todo, así que no se preocupe. Solo dile eso por ahora. A ti también te conviene más que yo arregle las cosas aquí, ¿no?”.

Kwak Tae-oh soltó palabras sin sentido de manera incoherente. Hae-seong apartó la mano de su hombro con un fuerte golpe.

“No me jodas”.

Luego, sonrió solo con los labios y susurró con frialdad. El rostro de Kwak Tae-oh se oscureció en un instante.

“El señor Tae Ki-ho, mi suegro, se encargará de arreglarlo”.

Después de asustarlo ligeramente, Hae-seong se dio la vuelta y caminó a grandes zancadas hacia la dirección por la que Pyeong-hwa había salido corriendo. No se olvidó de levantar el dedo medio hacia un Kwak Tae-oh que se había quedado estupefacto por un momento.