3. ¿Quién es Pyeong-hwa?
3. ¿Quién es Pyeong-hwa?
Hae-seong se relamió los labios con un deje de
nostalgia. En ese preciso instante, un chocolate cuadrado del tamaño de dos
falanges apareció frente a sus ojos.
Con los ojos como platos, Hae-seong contempló
el chocolate y la mano que se lo ofrecía. Al levantar la vista hacia el dueño
de esa mano, Pyeong-hwa se sobresaltó, desvió la mirada e intentó disimular
mirando hacia otra parte.
“¿Es para mí?”.
“¿Y para quién más? Ni que se lo estuviera
dando a un fantasma”.
Lo que Pyeong-hwa le estaba extendiendo era un
chocolate ya sin envoltura. Hae-seong lo recibió un tanto desconcertado y le
dio las gracias, asegurando que lo disfrutaría.
“Tampoco es que lo haya comprado yo, así que
da igual”.
Aunque respondió con un tono un tanto seco,
Pyeong-hwa parecía estar de buen humor en el fondo. ¿En qué otro lugar iba a
encontrar a un chico tan atractivo y tierno que fuera un deleite para la vista,
y que además tuviera tanto dinero como para consentirle el paladar?
Hae-seong se llevó el chocolate a la boca
mientras contemplaba las mejillas infladas del joven. Tal como había dicho el
empleado, al tratarse de un producto costoso, resultó ser el chocolate más
delicioso que había probado en su vida.
“Mmm”.
Qué dulce. Por desgracia, a Hae-seong no le
agradaban mucho las cosas dulces. Esto estaba tan empalagoso que sentía que le
picaría los dientes. En cualquier otra circunstancia, lo más probable es que lo
hubiera escupido, pero Hae-seong hizo el esfuerzo por pasarse el chocolate.
“Está muy bueno. ¿Será porque me lo diste tú,
Pyeong-hwa?”.
“Es porque está hecho con ingredientes de
calidad. No tiene nada que ver con que te lo haya dado yo”.
“Es un decir, hombre, un decir”.
No le quedaba de otra más que decir eso.
Durante todo el tiempo que estuvo comiéndose el chocolate, Pyeong-hwa lo había
observado con una expresión llena de ilusión, idéntica a la de un niño pequeño.
No quería desilusionar a un Pyeong-hwa que lo miraba con ojos fijos y
brillantes.
“¿Siempre le hablas así a cualquiera?”.
Ante la pregunta de Pyeong-hwa, quien lo
miraba con una expresión de reproche, Hae-seong no pudo contener una carcajada.
Le daban unas ganas inmensas de tocar las orejas enrojecidas del joven.
Poco después, el empleado regresó empujando un
perchero con varios sacos de muestra del mismo tejido pero con diferentes
cortes. Tras comentar que por iniciativa propia también había traído muestras
de otra línea textil que consideraba que le sentaría bien, el empleado envió primero
a Hae-seong al probador.
“Para ser algo que dicen que cuesta una
fortuna, debo admitir que sí es de muy buena calidad”.
Hae-seong abrió la puerta del probador
vistiendo un saco que le encajaba bien de hombros pero le quedaba un poco
holgado del torso, junto con un pantalón de talla ajustable. Al escucharlo,
Pyeong-hwa, que estaba concentrado en su teléfono con la cabeza baja, levantó
la vista de inmediato.
“¿Qué tal me veo?”.
Preguntó Hae-seong extendiendo ambos brazos
hacia los lados. Pyeong-hwa adoptó una expresión extraña por un instante y
parpadeó repetidamente mientras observaba con fijeza a Hae-seong, quien se
aproximaba hacia él. En cuanto Hae-seong se colocó frente al espejo, el
empleado se acercó a asistirlo de inmediato.
“Como posee una excelente presencia, estoy
seguro de que cualquier estilo que elija le sentará de maravilla”.
Comentó el empleado con entusiasmo mientras le
sacudía los hombros y le acomodaba los puños de la camisa. Hae-seong se observó
en el espejo, sonrió ante el cumplido y le hizo una leve inclinación de cabeza
al trabajador en señal de agradecimiento.
“No te queda bien”.
Sin embargo, el ambiente tan ameno que se
había formado se enfrió de golpe ante ese comentario negativo y tajante. Hae-seong,
sorprendido, se giró para verlo, pero Pyeong-hwa apartó la cabeza con
brusquedad.
“Vaya...”.
¿Que no me queda bien?
Hae-seong se sintió bastante consternado por
aquellas palabras, una crítica que jamás en su vida había escuchado. Al fin y
al cabo, siempre le habían dicho que lucía como un modelo incluso si se ponía
un trapo viejo encima. Hae-seong frunció el entrecejo y fulminó a Pyeong-hwa
con la mirada.
Tras mantener la posición por un momento,
Pyeong-hwa finalmente levantó la vista y sus miradas se cruzaron.
“¿De verdad crees que no me sienta bien? A mí
me parece que luce bastante aceptable”.
En una situación normal, simplemente habría
pedido probarse otra opción, pero esta vez le dio un arranque de orgullo.
Pyeong-hwa lo contempló por un instante y contrajo el entrecejo.
“Está feo”.
Soltó aquella crítica mordaz y de inmediato
bajó la mirada para evadirlo. La atención de Hae-seong se desvió hacia las
piernas de Pyeong-hwa, las cuales no dejaban de temblar con fuerza. Al notar
ese lenguaje corporal que denotaba una inmensa ansiedad e inquietud, Hae-seong
se limitó a sacudir la cabeza y se dio la vuelta.
“Me probaré otro. Traiga ese de color beige,
por favor”.
“Si gusta pasar al probador para desvestirse,
le prepararé la prenda y se la alcanzaré en un momento”.
“De acuerdo”.
Al fin y al cabo, el dinero venía de la
familia de Pyeong-hwa. Como sería el padre del joven quien pagaría por la
vestimenta, Hae-seong estaba decidido a acoplarse lo más posible a las
exigencias de Pyeong-hwa. Mientras caminaba de regreso al probador, Hae-seong
le clavó una mirada fija.
Pyeong-hwa, percatándose de ese escrutinio tan
evidente, levantó un poco la cabeza y sus miradas se cruzaron una vez más. Hae-seong
le dedicó una sonrisa de oreja a oreja antes de escabullirse dentro del
probador. A pesar de haber notado cómo el rostro del joven se ensombrecía por
completo justo antes de girarse, prefirió no mirar atrás.
Una vez dentro, Hae-seong se despojó de las
prendas sin dudarlo. Se quedó únicamente con la camisa que debía mantener
puesta y en ropa interior a la espera del empleado.
Toc, toc.
Poco después, alguien llamó a la puerta del
probador. Hae-seong abrió de inmediato sin pensarlo dos veces. Sin embargo, se
quedó completamente helado al ver la alta silueta que se proyectaba por encima
de su cabeza.
“Sabía que estarías así”.
La persona que sostenía la ropa no era otra
que Tae Pyeong-hwa. Hae-seong, desconcertado por la inesperada aparición del
joven, frunció el entrecejo ante su comentario. ¿Cómo que sabías que estaría
así?. Sin embargo, no tuvo tiempo de pedir explicaciones.
Pyeong-hwa apoyó una mano en el pecho de Hae-seong
para empujarlo hacia el interior y cerró la puerta de un portazo. Le arrojó las
prendas con brusquedad y se dio la vuelta con evidente mal humor.
Hae-seong, estupefacto, se colocó la ropa como
pudo y salió del probador. Al salir mientras se acomodaba el saco, cruzó
miradas de inmediato con Pyeong-hwa, quien permanecía sentado con las piernas
largas cruzadas y los brazos entrelazados en una postura arrogante. Pyeong-hwa
lo examinó de arriba abajo con una mirada analítica.
Su expresión lucía tan intimidante que los
empleados de los alrededores sudaban frío sin saber qué hacer. Hae-seong soltó
un ligero chasquido con la lengua ante la tensión del ambiente, se colocó
frente al espejo e hizo una seña con los ojos al empleado.
¿Se puede saber qué le pasa a este
tipo? Me dijeron que viene seguido por aquí.
Hae-seong miró fijamente a Pyeong-hwa mientras
le hacía señas al empleado exigiendo una explicación, a lo que el trabajador se
limitó a sacudir la cabeza con los labios apretados. Su rostro, lleno de apuro,
indicaba claramente que ellos tampoco tenían idea del motivo de su actitud.
“¿Qué tanto miras?”.
En medio de esa comunicación visual tan
frustrante con el empleado, una voz gélida resonó a sus espaldas. Hae-seong
soltó un leve quejido, forzó una sonrisa y se giró. Pyeong-hwa, que se había
mudado a un asiento un poco más cercano, lo miraba con severidad y un rostro
inexpresivo.
“Solo intentaba ver si me queda bien”.
“¿Y por qué le preguntas a esa persona?
Deberías preguntarme a mí”.
“Pues porque es un empleado del lugar y se
supone que tiene más experiencia en esto”.
“¿Y a mí qué me importa si esa persona sabe
más o no? ¿Qué tiene que ver eso?”.
El empleado, que tenía la intención de dar su
sugerencia, cerró la boca de inmediato ante el reclamo de Pyeong-hwa. Hae-seong
abrió de par en par los ojos, asombrado por una respuesta tan sumamente
descortés que jamás habría esperado. A pesar de todo, a Pyeong-hwa pareció
importarle muy poco.
Con total indiferencia, Pyeong-hwa apoyó el
codo en la mesa, descansó la barbilla en su mano y comenzó a mover la pierna
cruzada de arriba abajo. Levantó el mentón con arrogancia y, manteniendo la
vista baja, continuó diciendo.
“¿Acaso he dicho alguna mentira? ¿Por qué me
miras de esa forma?”.
Hae-seong se quedó completamente sin palabras.
Sin importar lo que el joven pensara de sí mismo, su comportamiento era
idéntico al de un niño de cinco años a punto de hacer un berrinche por no
salirse con la suya. Aunque, pensándolo bien, verle quejarse con tanta
insistencia mientras le daba sorbos a su chocolate con leche resultaba tan
cómico que no lograba despertar su enojo.
“Bueno, a fin de cuentas me voy a casar
contigo, así que solo necesito darte una buena impresión a ti. ¿Qué opinas,
Pyeong-hwa?”.
A Hae-seong también le preocupaba el hecho de
encontrarse en un establecimiento público. Sin más opción que darle la razón
para calmar los ánimos, forzó una sonrisa. Al escucharlo, Pyeong-hwa se
sobresaltó notablemente. Soltó el chocolate con leche que estaba tomando y
comenzó a toser con fuerza. Hae-seong, alarmado, se acercó y le tendió un
pañuelo desechable. Pyeong-hwa recibió el pañuelo, se limpió la comisura de los
labios y murmuró en un susurro.
“Está horrible”.
¿Qué le pasa a este mocoso?
El entrecejo de Hae-seong se contrajo. Sin
embargo, Pyeong-hwa no mostró la menor intención de retractarse de su grosería.
Con total descaro, le entregó a Hae-seong el pañuelo con el que se había
limpiado, lo obligó a sostenerlo y se metió un chocolate a la boca.
“Nada de este lugar me agrada”.
“Pero si me dijeron que te mandaste a hacer un
traje aquí hace apenas unos días”.
“¿Acaso andas investigando mi vida privada?”.
“¿Quién...?”.
Hae-seong apretó el puño con el que sostenía
el pañuelo desechable. De no haber gente presente, le habría acomodado un buen
golpe. No alcanzaba a comprender por qué, si hace un momento se estaba
comportando de forma tan dócil, de repente le daba por actuar de una manera tan
insoportable.
“Me lo comentó tu padre. Por eso sugerí que
viniéramos aquí”.
“Mi papá me lo compró porque tenía un evento
al que asistir”.
“¿Entonces a ti no te gustó?”.
“...”.
“Vaya. O sea que sí te gustó”.
A pesar de ser muy propenso a los berrinches,
Pyeong-hwa era incapaz de mentir, por lo que su rostro se tornó pálido de
inmediato. Con el ceño fruncido y una aparente sensación de náuseas, se mordió
los labios. Hae-seong acarició con el dorso de la mano la mejilla pálida de
Pyeong-hwa. Al tacto, notó que su temperatura corporal se sentía un tanto baja.
“Parece que ahora ya dejó de gustarte”.
Pyeong-hwa no emitió respuesta alguna. Mantuvo
la boca cerrada con terquedad y se limitó a juguetear con el borde del saco que
vestía Hae-seong.
“¿Quieres que nos vayamos entonces? De nada
sirve que sigas probándote ropa si solo vas a terminar exhausto, Pyeong-hwa”.
“¿Podemos hacer eso?”.
“¿Y por qué no?”.
Al fin y al cabo, es tu familia la que
va a pagar por todo esto, Pyeong-hwa. Si tú eres el dueño del dinero, qué más
da.
“¿Solo porque dije que no me gustaba?”.
Ante ese tono de voz que se había suavizado de
repente, Hae-seong soltó una ligera risa. No sabía con certeza qué había hecho
bien, pero parecía que sus palabras habían sido del total agrado de Pyeong-hwa.
“Si a ti no te agrada, a mí tampoco me
interesa”.
Sintiéndose contagiado por el buen humor, Hae-seong
arrugó la nariz y habló con un tono aún más afectuoso. Pyeong-hwa apretó los
labios, parpadeó profundamente y finalmente asintió con lentitud.
“Me quiero ir...”.
“De acuerdo, vámonos entonces”.
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Hae-seong, que sostenía la mirada de
Pyeong-hwa, levantó la cabeza. Le explicó la situación al empleado y se
encaminó hacia el probador. En ese instante, Pyeong-hwa se levantó de un salto
y comenzó a seguirlo muy de cerca, como si fuera su sombra.
“¿Eh? ¿Qué pasa?”.
“...No quiero quedarme solo”.
“Ah...”.
El rostro de Pyeong-hwa lucía compungido. Hae-seong
echó un vistazo a la sastrería por encima del hombro del joven. Debido a la
repentina cancelación de la prueba por el capricho de Pyeong-hwa, el interior
del local era un caos de empleados dedicados a recoger todo. Aunque no parecía
que nadie estuviera prestando especial atención a Pyeong-hwa, lograba
comprender su sentir.
Al fin y al cabo, como había sido él quien
arruinó la cita, debía resultarle sumamente incómodo quedarse ahí sentado por
su cuenta.
“¿Quieres pasar?”.
“¿Puedo?”.
“Está un poco reducido, pero me cambiaré
rápido”.
Hae-seong se hizo a un lado para cederle el
paso. Pyeong-hwa, que vacilaba un poco, se sobresaltó al escuchar que alguien
llamaba desde el exterior y se escabullió rápidamente al interior del probador.
“A ver...”.
“...”.
“Creo que te había...”.
Sobrevalorado por completo.
“¿Me habías qué?”.
Sinceramente, hasta ese momento había pensado
que Pyeong-hwa era un maleducado al que le importaba un comino la opinión de
los demás. La actitud que había mostrado durante su primer encuentro respaldaba
esa idea. Pensó que era del tipo de personas que no se fijaban en su entorno.
Sin embargo, parecía que había sobreestimado a
Pyeong-hwa. Sentado en el interior en una postura un tanto incómoda por la
falta de espacio, Pyeong-hwa miraba a Hae-seong con el ceño fruncido. Hae-seong
tuvo que contener la risa al verlo; lucía idéntico a un gato gordo que se había
metido a la fuerza en una caja demasiado pequeña para él.
“No es nada. Debe ser incómodo, ¿verdad? Me
cambiaré enseguida”.
“¿Le pusiste el seguro a la puerta?”.
“¿No? De todas formas ya saben que entramos
aquí”.
“Ponle el seguro”.
A excepción de los empleados de la sastrería,
no había nadie más en el lugar. No había motivo alguno para que el personal
abriera la puerta del probador por cuenta propia. Aunque pensaba que no era
necesario llegar a tal extremo, la expresión de Pyeong-hwa lucía alarmante. Con
los ojos abiertos de par en par como si presintiera una catástrofe inminente,
el joven señaló el picaporte una vez más con el dedo.
“Que le pongas el seguro”.
“Está bien, está bien”.
Sin más remedio, Hae-seong echó el cerrojo a
la puerta y procedió a bajarse el cierre. Al tratarse de un Alfa, la imponente
silueta de Pyeong-hwa abarcaba gran parte del espacio, lo cual resultaba
bastante incómodo.
Tal vez debió insistir en que esperara afuera.
Dispuesto a quitarse el pantalón, Hae-seong soltó un profundo suspiro con la
mirada fija en el techo. Por más que le daba vueltas al asunto, no lograba
descifrar cuál era la mejor posición para acomodarse.
Si se quitaba el pantalón de frente a
Pyeong-hwa, terminaría exhibiendo sus partes íntimas directo a los ojos del
joven. Por el contrario, si se giraba de espaldas, terminaría plantándole el trasero
justo en la cara...
Cualquiera de las dos opciones resultaba igual
de bochornosa. Aunque procedió a desvestirse, Hae-seong se vio envuelto en una
batalla interna sumamente incómoda y llena de frustración.
¿Acaso no terminaré demandado por Taepyung
Group si sigo así?
Lleno de temor, Hae-seong terminó pegando el
rostro contra una de las paredes del probador. Ni por un segundo se le cruzó
por la mente que aquella postura resultaba aún más extravagante y ridícula.
Pero maldita sea, no puedo quedarme en
esta posición para siempre.
A medida que el frío del ambiente comenzaba a
calarle en la piel, Hae-seong prefirió no complicarse más. Al fin y al cabo, el
probador era un espacio diseñado específicamente para cambiarse de ropa, y
había sido Tae Pyeong-hwa quien decidió entrar por su propia voluntad.
Recuperando la seguridad, Hae-seong sujetó el
pantalón que tenía a medio quitar y echó un vistazo de reojo hacia atrás.
Pyeong-hwa se encontraba revisando su teléfono móvil con total tranquilidad,
haciendo honor a su nombre. El rostro despavorido de hace unos momentos había
desaparecido por completo.
¿Acaso este infeliz estuvo actuando
todo el tiempo?
Sin embargo, a diferencia de él mismo,
Pyeong-hwa no tenía motivo alguno para montar semejante farsa. Sacudiendo la
cabeza para alejar esos pensamientos, Hae-seong se bajó el pantalón por
completo. Tras meditarlo por un instante, observó a Pyeong-hwa. Aprovechando la
cercanía, espió la pantalla del teléfono que el joven sostenía en sus manos.
Yeon-je♥♥
¿Por qué no contestas el teléfono?
Vaya, vaya, ¿así que incluso en una
situación como esta sigue en contacto con su pareja?
Al
distinguir el mensaje que presumiblemente provenía de Yeon-je, una expresión de
malicia se dibujó en el rostro de Hae-seong.
Qué más da, a mí qué me importa.
Girándose de espaldas, Hae-seong inclinó un
poco el torso hacia adelante para sacar las piernas del pantalón. Debido a la
flexión del cuerpo, su trasero quedó inevitablemente muy cerca del rostro de
Pyeong-hwa.
Plof.
Mientras se reía para sus adentros y buscaba
su propio pantalón del perchero para ponérselo, se escuchó el sonido de algo
cayendo al suelo. Al bajar la vista, notó que el teléfono de Pyeong-hwa yacía tirado
en el piso del probador.
Hae-seong contuvo la risa y se giró para ver a
Pyeong-hwa. Este tenía los ojos desorbitados, fijos en el trasero de Hae-seong,
con una expresión de absoluto desconcierto. Sus pupilas, que parecían rozar las
lágrimas, temblaban sin control.
¿Acaso fui demasiado lejos? ¿Habrá
sido una situación demasiado fuerte para un tierno bebé? Aunque bueno, si tiene
pareja, se supone que ya debe conocer de estas cosas.
“¿Quieres que te levante el teléfono?”.
“¡No!”.
En cuanto Hae-seong hizo el amago de volver a
inclinarse, Pyeong-hwa soltó un grito, completamente horrorizado. Hae-seong,
que apenas había doblado un poco el torso, parpadeó repetidamente e intentó
tantear la situación. Pyeong-hwa, pasándose una mano temblorosa por el rostro,
sacudió la cabeza con vehemencia.
“Solo... solo vístete rápido”.
“No, bueno, es que como eso me queda más
cerca...”.
“¡La ropa!”.
“¿Eh?”.
“Que te pongas la ropa ya”.
Su voz sonaba tan sofocada que parecía el
último aliento de alguien a punto de morir, por lo que Hae-seong comenzó a
vestirse a toda prisa. Sintiendo una atmósfera tan apremiante como si le
hubieran asignado una misión contrarreloj, se apresuró a colocarse sus prendas
a paso veloz.
En el preciso instante en que Hae-seong
terminó de cambiarse hasta los zapatos, Pyeong-hwa tomó su teléfono como una
exhalación y se puso de pie.
Acto seguido, abrió la puerta de par en par y
salió corriendo del lugar. Hae-seong, estático en su sitio, se limitó a
observar a lo lejos cómo Pyeong-hwa se metía corriendo al sanitario. Los
empleados se les quedaron viendo con cierta sospecha al verlos salir en esas
condiciones, pero a él no le importó lo más mínimo.
Cuando Pyeong-hwa regresó un buen rato
después, traía un rostro sumamente exhausto. Hae-seong, sintiéndose un tanto
culpable por lo que había provocado, intentó ser considerado y midió sus
acciones.
Tras despedirse de los empleados prometiendo
volver, una cortesía que sonaba a mentira, pues era evidente que jamás pisarían
de nuevo esa sastrería, ambos salieron del local. En el estacionamiento trasero
aguardaba un vehículo que parecía ser el que había transportado al joven.
“Bueno... yo me voy a ir en taxi. Tú te vas en
ese auto, ¿verdad, Pyeong-hwa?”.
Pyeong-hwa, que venía caminando a rastras y
sin energías al lado de Hae-seong, se detuvo en seco. Luego, se giró hacia él
con un rostro completamente desanimado. Al ver que sus labios volvían a temblar
ligeramente, Hae-seong dedujo que tenía algo que decir.
“¿Qué pasa? ¿Quieres decirme algo?”.
Para cuando se dio cuenta, Pyeong-hwa ya
sostenía con firmeza el puño de la camisa de Hae-seong. Este lo miró con
extrañeza, pero el joven solo se mordió los labios en silencio. Sin embargo, al
notar esa mirada tan inquieta y evasiva, Hae-seong se convenció por completo de
que el chico guardaba un mensaje.
“¿Mmm? Sí quieres decirme algo, ¿a que sí?”.
Hae-seong acarició con suavidad la mano que
sujetaba su manga. Ante el gesto, la mirada melancólica que el joven mantenía
clavada en el suelo regresó hacia él. Pyeong-hwa, parpadeando con sus largas
pestañas, abrió la boca despacio.
“Cuando terminemos...”.
Murmuraba con un esfuerzo tal que parecía
estar a punto de escupir veneno. Su rostro lucía tan pálido que daba lástima,
por lo que Hae-seong se adelantó a completar la frase.
“¿Cuando terminemos?”.
“Que vayas a comer...”.
“Ah, ¿me estás diciendo que vaya a comer algo
para cuidarme?”.
Pyeong-hwa frunció el entrecejo de inmediato.
Su mirada parecía reclamarle por qué, si normalmente era tan astuto, en ese
momento se comportaba de una manera tan tonta. Hae-seong soltó una risa ligera.
Pues claro, ¡es porque no quiero darte
el gusto tan fácil!
Hae-seong había captado la intención de
Pyeong-hwa desde el primer momento. Lo más seguro era que los adultos de su
familia lo hubieran presionado para que fueran a comer juntos. Después de todo,
ellos deseaban que se volvieran cercanos lo antes posible.
Dado que las oportunidades de verse antes de
la boda eran contadas, una cita como esta representaba una pequeña oportunidad
que los mayores no iban a desperdiciar. Y Pyeong-hwa, a pesar de su carácter
tan afilado, resultaba ser un hijo y nieto bastante obediente con su padre y su
abuelo.
Verlo intentar cumplir con las órdenes que le
habían programado los adultos le pareció un gesto encomiable. Justo cuando el
corazón de Hae-seong se ablandaba y se disponía a aceptar la invitación
formalmente...
“¡No! ¿Por qué habría de preocuparme por lo
que comes? Mi papá me dijo que fuéramos a comer juntos antes de volver”.
Pyeong-hwa soltó aquellas palabras como una
ráfaga, con el entrecejo levemente contraído. Sus mejillas lucían completamente
encendidas, probablemente por la agitación del momento.
“Ah, ya veo. ¿Así que fue tu padre?”.
Hae-seong se mordió los labios, adoptando una
postura burlona y maliciosa.
“Vaya, con razón dicen que el amor del suegro
hacia la nuera es el más grande”.
“¿Quién es la nuera aquí?”.
Pyeong-hwa mostró un profundo rechazo ante la
actitud conmovida de Hae-seong.
“Ah, ¿entonces yo soy el novio? Pensé que tú
eras el que quería llevar los pantalones”.
Hae-seong flexionó el brazo creando un espacio
en forma de triángulo y simuló el gesto de caminar del brazo de alguien.
Pyeong-hwa lo recorrió de arriba abajo con la mirada, observándolo como si
estuviera frente a un demente. Sus ojos, llenos de consternación, temblaban sin
parar.
“Bueno, de acuerdo entonces. Hoy me toca a mí
invitarte algo delicioso”.
Comentó Hae-seong con entusiasmo tras detener
su parodia. Al fin y al cabo, pronto recibiría los tres millones de wones de su
asignación. Pensó que sería una excelente idea usar ese dinero para consentir a
Pyeong-hwa por una vez, así que la situación resultaba ideal.
“¿Tú?”.
Sin embargo, la reacción de Pyeong-hwa no fue
tan positiva como esperaba. El joven ladeó la cabeza y contrajo el entrecejo,
mostrando una genuina confusión.
“¿Mmm? Pues claro, la vez pasada fuiste tú
quien me invitó la comida”.
“Yo no pagué por eso”.
“Como sea, el hecho es que recibí una
invitación, ¿no?”.
“Olvídalo”.
Sin importar de quién fuera el dinero, el
hecho de que hubiera salido de los fondos de su acompañante no cambiaba. Sin
embargo, Pyeong-hwa parecía tener una perspectiva muy distinta.
“Aun así, yo...”.
“¿Acaso estoy en posición de aceptar que
alguien como tú me invite una comida?”.
“Bueno... puede que tengas razón en eso, pero
yo también tengo modales”.
A decir verdad, Hae-seong no se consideraba un
hombre tan educado, pero ver el rechazo del joven despertaba aún más sus ganas
de gastar dinero a la fuerza. Total, ni siquiera era dinero suyo.
“Si vas a hablarme de etiqueta, hazlo bien, o
si no, háblame con confianza. No estés cambiando a cada rato... ¿Acaso alguien
te está presionando?”.
Ante ese reclamo tan cortante, Hae-seong
sonrió solo con los labios.
El único que me está presionando aquí
eres tú, Pyeong-hwa.
“Entonces, ¿puedo hablarte con confianza?”.
“Haz lo que quieras”.
Hae-seong forzó los músculos de su rostro para
deshacer el ceño fruncido. De no ser por ese rostro tan atractivo, ya le habría
acomodado un buen golpe hace tiempo. Sin embargo, al ver esas mejillas infladas
por el berrinche, se limitó a sacudir levemente la cabeza. Esa tez tan pulcra y
hermosa lo hacía perder toda intención de pelear.
“Entonces voy a pedir un montón de cosas
deliciosas para comer en grande. ¿Te acuerdas de que te prometí mostrarte lo
mucho que puedo comer?”.
En cuanto terminó de hablar, un sedán de color
negro se detuvo frente a ellos.
“Vámonos, vámonos”.
Antes de que el chofer pudiera bajar a
abrirles la puerta, Hae-seong abrió la parte trasera e introdujo a Pyeong-hwa.
El joven, que subió de manera imprevista, se le quedó viendo con rostro atónito
mientras Hae-seong se acomodaba a su lado.
“¿De verdad puedo comer todo lo que quiera?
Mira que como muchísimo”.
Preguntó Hae-seong con una sonrisa tras cerrar
la puerta. Acto seguido, le indicó al chofer con total naturalidad que ya
podían ponerse en marcha. Pyeong-hwa, acomodándose en su asiento, respondió en
un murmullo.
“¿Quién te está diciendo que no? Haz lo que
quieras”.
“Si es a mi antojo, ¿puedo gastar hasta
sobrepasar el límite de la tarjeta? ¿Ya revisaste el saldo disponible?”.
Hae-seong continuó soltando comentarios
triviales en un intento por aligerar el ambiente. Por mucho que comiera, su
estómago no tendría la capacidad de agotar el límite de un crédito bancario.
Sin embargo, la sutil curiosidad que Pyeong-hwa mostraba ante su apetito lo
motivaba a seguir hablando.
“¿Y qué pasa si no tiene límite?”.
Pyeong-hwa finalmente giró la cabeza para
encararlo. Con un rostro un tanto pálido y una expresión de absoluta seriedad,
contempló a Hae-seong mientras parpadeaba con rapidez a la espera de una
respuesta.
“¿Cómo que no tiene límite? ¿Por qué?”.
“Pues porque no lo tiene y ya, ¿por qué más
habría de ser? ...No tiene. Si no tiene esa tarjeta, ¿entonces qué se supone
que deba hacer?”.
Pyeong-hwa sacó la tarjeta que guardaba en la
funda de su teléfono y la extendió sobre la palma de su mano. Al mismo tiempo,
su rostro se descompuso en un gesto de angustia y comenzó a temblar, luciendo
idéntico a un niño que temía haber hecho una travesura con un amigo.
Con la mirada titubeante, examinó a Hae-seong
con insistencia. Hae-seong, cuyos procesos mentales se detuvieron por un
instante, señaló la tarjeta que le ofrecían con total desconcierto.
“Ah... ¿esta tarjeta no tiene límite de
crédito?”.
Pyeong-hwa cerró los ojos con fuerza y asintió
con vehemencia. El corazón de Hae-seong comenzó a latir desbocado. Sintiéndose
como si el corazón fuera a salírsele por la boca, se cubrió el rostro con las
manos y contempló a Pyeong-hwa con absoluta admiración.
Pyeong-hwa... ¿acaso esto es una
propuesta de matrimonio?
***
Durante todo el trayecto hacia el restaurante
reservado, Pyeong-hwa no dejó de quejarse por el asunto del límite de la
tarjeta, pero en cuanto vio que Hae-seong se limitaba a consumir únicamente los
platillos del menú previamente establecido, su rostro reflejó un gran alivio.
“Tu padre tiene un paladar muy refinado”.
“¿A qué viene mi papá en todo esto?”.
“Pues este es el lugar que él reservó, ¿no?”.
“Mi papá solo hizo la reservación, pero el
lugar lo elegí yo...”.
Pyeong-hwa, cuya voz se había elevado un tanto
por la indignación, interrumpió su propia frase y se limitó a mover los labios
en silencio. Hae-seong, que en ese momento tomaba un rollo de vegetales con
carne de res, abrió los ojos de par en par y lo miró fijamente. Al notar ese
escrutinio pausado, Pyeong-hwa optó por bajar la mirada.
“Ah... ¿así que este lugar lo elegiste tú,
Pyeong-hwa?”.
Preguntó Hae-seong con malicia, examinando
minuciosamente el rostro avergonzado del joven. Pyeong-hwa, cuyas mejillas se
tiñeron de un leve tono rojizo por la pena, parpadeó despacio sin levantar la
vista.
“Con razón todo está tan delicioso”.
Hae-seong exageró el cumplido a propósito.
Pyeong-hwa, que parecía tener las orejas atentas a cada palabra, movió los
labios con disimulo delatando el agrado que le causaba el elogio. Al ver al
joven intentar contener la risa, Hae-seong se llevó un gran trozo de carne a la
boca y procedió a devorar el arroz como si fuera un obrero hambriento.
“Vaya, es la primera vez en mi vida que pruebo
algo tan exquisito. ¿De quién será esposo este chico que sabe organizar tan
bien las citas, eh?”.
“Deja de decir tonterías y concéntrate en
comer”.
“Come tú también. Esto es una maravilla, de
verdad. Pruébalo”.
Hae-seong colocó un rollo de carne en el plato
de Pyeong-hwa. Aunque esperaba que el joven protestara exigiendo que no se
metiera en sus asuntos, para su sorpresa, este tomó los palillos de forma
pacífica. Se llevó a la boca el trozo de carne que le habían ofrecido y
procedió a limpiarse con delicadeza utilizando una servilleta.
Qué niño tan fino...
Hae-seong se tragó ese tierno pensamiento
junto con un bocado de arroz. Cada vez que lo observaba, era evidente que
Pyeong-hwa había recibido una educación de etiqueta impecable en la mesa. La
duda era cómo su forma de hablar había terminado siendo tan descortés.
“¿Qué tanto me miras?”.
Parecía que lo había estado observando
fijamente sin darse cuenta. Hae-seong, percatándose de su indiscreción, estiró
los labios con incomodidad para disimular el apuro.
“Es que eres demasiado atractivo, no pude
evitarlo”.
Soltó aquellas palabras con total desparpajo,
sabiendo de antemano el rechazo que causarían en el joven, mientras esbozaba
una amplia sonrisa que le cerraba los ojos.
“Prometo tener más cuidado en el futuro, ¿de
acuerdo?”.
“¿Y cómo piensas hacerlo?”.
“¿Eh?”.
“¿Cómo se supone que vayas a tener cuidado? No
es como si fueras a dejar de mirarme por completo”.
Tras lanzar la pregunta, Pyeong-hwa tomó una
porción moderada de arroz con los palillos y se la llevó a la boca. Verlo
masticar con los labios firmemente cerrados resultaba una escena bastante
agradable. Acto seguido, el joven tomó una pieza de champiñón sazonado de un
plato cercano.
Y, clavando la mirada fija en Hae-seong, se la
metió a la boca con total parsimonia. Casi como si quisiera cerciorarse de que Hae-seong
lo estuviera viendo. Como diciendo: ‘A ver si eres capaz de quitarme los ojos
de encima’.
“¿Entonces prefieres que sea más discreto para
que no te des cuenta cuando te mire?”.
Hae-seong descifró de inmediato la astuta
intención del joven y habló con un tono de fingida súplica. Pyeong-hwa dejó los
palillos sobre la mesa, dio un breve sorbo a su vaso de agua y soltó un ligero
suspiro. Hae-seong tuvo que morderse la lengua para contener la risa que
amenazaba con escapársele.
No vayas a arruinar el ambiente ahora,
Wi Hae-seong.
“Ten cuidado, por favor”.
Ante esa respuesta tan dócil, Hae-seong cerró
los ojos con fuerza. Inclinó la cabeza por completo y se cubrió la zona de los
ojos con una mano para recuperar el aliento. Era evidente que el joven poseía
la naturaleza de un príncipe consentido desde la cuna.
Esa actitud de asumir como algo completamente
natural el ser el centro de atención casi le provoca lágrimas a Hae-seong.
Vaya, estoy seguro de que tener a
alguien así al lado garantizaría una vida libre de aburrimiento.
“Sí, sí. Tendré cuidado”.
“De acuerdo”.
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Hae-seong procedió a actuar tal como
Pyeong-hwa se lo había solicitado. Fingía observar el entorno con discreción,
pero se aseguraba de clavarle miradas tan evidentes que sus ojos terminaban
encontrándose de forma inevitable. Cada vez que esto ocurría, Hae-seong
simulaba un gesto de sorpresa y apuro, pidiendo disculpas falsas para luego
volver a echarle vistazos de reojo, lo cual consideró que le daba un aire
bastante considerado.
Durante ese lapso, Pyeong-hwa consumió una
cantidad de alimento superior a la habitual. Alardeando de su impecable técnica
con los palillos, idéntica a la de un niño que presume haber aprendido a comer
solo, terminó vaciando por completo su cuenco de arroz. Se trataba de la
primera vez que el joven lograba comer de esa forma desde que alcanzó la edad
adulta, tras volverse sumamente sensible a los olores debido a la influencia de
sus feromonas.
Gracias al esmero que Hae-seong puso en su
actuación, la comida concluyó en total armonía. Una vez que la mesa fue
despejada, el personal sirvió los bocadillos y postres tradicionales, ante lo
cual Hae-seong abrió los ojos de par en par y elogió al joven.
“¡Vaya, resulta que es un servicio de tres
tiempos completo! ¿Cómo lograste dar con un sitio así, Pyeong-hwa?”.
“No exageres”.
“No estoy exagerando, es la verdad. Esto luce
tan hermoso que da pena comérselo”.
Según les habían explicado, se trataba de
repostería artesanal elaborada por uno de los pocos maestros culinarios que
quedaban en el país. Hae-seong sacó su teléfono y comenzó a capturar
fotografías a diestra y siniestra, ingeniándoselas para que la mano o el hombro
de Pyeong-hwa aparecieran sutilmente en las esquinas de las imágenes.
“¿Y por qué habría de dar pena comerlo si es
hermoso?”.
Pyeong-hwa ladeó la cabeza mientras
contemplaba el Gaeseong Juak (bocadillo tradicional de arroz frito) que habían
colocado en su plato. La pieza, redonda y con un glaseado brillante, lucía
sumamente apetecible. No alcanzaba a comprender la lógica detrás de las palabras
de Hae-seong. Con semblante serio, Pyeong-hwa tocó ligeramente la parte superior
del postre con el tenedor.
“Es solo una forma de hablar, hombre. Por muy
bonito que sea, si está delicioso hay que comerlo”.
Tal como dicta el dicho, lo que es agradable a
la vista también lo es al paladar. Hae-seong se llevó un trozo entero a la boca
y comenzó a masticarlo. La textura masticable combinada con el dulzor tenue del
postre le generó una inmensa sensación de bienestar. Al acompañarlo con el
refrescante Danhabak Sikhe (bebida dulce de calabaza y arroz), su felicidad
alcanzó niveles indescriptibles.
Cuando su padre desapareció sin dejar rastro y
los fondos económicos se agotaron, Hae-seong llegó a ver el panorama completamente
negro. Por fortuna, no heredó deudas directas a su nombre, pero debido a que
tras graduarse se había limitado a disfrutar de una vida ociosa gastando a
manos llenas bajo el concepto de que el ahorro era algo propio del segundo año
laboral, se había quedado sin un solo centavo en los bolsillos.
Habiéndose visto de pronto sin personas en
quienes confiar y sin dinero suficiente para garantizar su comida diaria, Hae-seong
sentía una inmensa gratitud por cada uno de los lujos que se desplegaban ante
sus ojos en la actualidad.
Pyeong-hwa, este hermano mayor se va a
encargar de curar tu padecimiento. Te entrenaré para que logres un control
perfecto de tus feromonas y puedas desempeñarte como un Alfa dominante con
todas las de la ley. Te daré la fuerza necesaria para que te conviertas en un
conquistador de primera.
Te obsequiaré una resistencia física tal que
ni un periodo de celo intenso logre doblegarte. Pyeong-hwa, mi acaudalado
salvador que vino a rescatar mi existencia... te prometo que me haré cargo de
ti pase lo que pase.
“¿De verdad te parece tan delicioso?”.
Pyeong-hwa observó con desconfianza a Hae-seong,
quien se encontraba sumido en sus propios pensamientos y soltaba ligeros
suspiros de conmoción por cuenta propia. Hae-seong asintió con vehemencia, ante
lo cual el joven empujó el plato de postres por completo hacia su lado.
“No, no. Hay que comerlo juntos”.
“Olvídalo. A mí lo dulce me empalaga muy rápido,
así que no me interesa...”.
“Ah...”.
“¿Acaso es la primera vez que pruebas algo
así?”.
Pyeong-hwa lo miró con un deje de lástima. Hae-seong,
que se había quedado helado ante ese ataque tan inocente del joven, se limitó a
asentir con la cabeza.
“Sí, es la primera vez que como algo de este
nivel. Gracias a ti he podido probar este manjar, Pyeong-hwa. Me siento
sumamente dichoso”.
A decir verdad, Hae-seong nunca había tenido
un interés particular por la repostería tradicional coreana. De haber querido,
habría podido comprarla en cualquier momento, pero los alimentos dulces y
cubiertos de azúcar no eran de su agrado.
Sin embargo, poseyendo un instinto de
percepción superior al de un sabueso, Hae-seong notó que el joven se compadecía
de su situación, por lo que optó por bajar la mirada adoptando un semblante
afligido. Tal como lo anticipó, Pyeong-hwa comenzó a mostrarse sumamente
inquieto y procedió a servirle porciones en su plato individual exigiendo que
se lo comiera todo.
Vaya, con que esta estrategia sí
funciona, ¿eh?
Hae-seong fingía una inmensa conmoción con
cada pieza que Pyeong-hwa le colocaba en el plato. El joven, que para ese
momento se había convertido prácticamente en su servidor, reflejó un deje de
nostalgia en cuanto los platos quedaron vacíos.
“¿Quieres que pida más?”.
“No, con esto es más que suficiente”.
“Podemos pedir más si gustas...”.
“Me siento un tanto apenado contigo,
Pyeong-hwa; me lo terminé comiendo todo por desconsiderado y tú no probaste ni
un solo bocado”.
En cuanto Hae-seong forzó ese tono de disculpa
con total descaro, Pyeong-hwa sacudió la cabeza con fuerza.
“Tienes un corazón tan hermoso como tu rostro,
Pyeong-hwa. Debo admitir que me saqué la lotería con este matrimonio,
¿verdad?”.
“No entiendo a qué viene eso de repente...”.
“Es solo que me siento sumamente agradecido
contigo”.
“Olvídalo”.
Al recibir un elogio tan directo, el joven
adoptó de inmediato una postura esquiva. Pyeong-hwa enderezó el torso
regresando a su posición inicial en el asiento y se rascó la zona detrás de la
oreja. Parecía sumamente abochornado, moviendo los labios con timidez sin saber
qué hacer.
“¿Te parece si nos retiramos entonces?”.
Preguntó Hae-seong tras percatarse de que el
exterior se había oscurecido por completo una vez que terminaron con los
postres. Pyeong-hwa, que se había mantenido tranquilo, se sobresaltó
notablemente ante la propuesta. Hae-seong contrajo el entrecejo y ladeó la
cabeza ante esa extraña reacción.
“Tienes algo que decirme, ¿verdad?”.
Era evidente que el motivo de la cena no se
limitaba a una simple cita de pareja. Hae-seong, que ya se disponía a
levantarse, se acomodó de nuevo en su asiento, apoyó los brazos en la mesa y
descansó la barbilla en su mano. Ante esa postura desafiante que lo invitaba a
hablar de una vez por todas, las pupilas de Pyeong-hwa comenzaron a moverse con
total agitación de un lado a otro.
“Yo... a mí la verdad me parece que está bien,
pero...”.
“Sí, sí. Pyeong-hwa está bien con eso, pero
seguro que tu padre te ordenó algo, ¿verdad?”.
Al ver que Hae-seong no solo completaba su
frase sino que descifraba a la perfección lo que venía a continuación, los ojos
de Pyeong-hwa se abrieron de par en par. Conteniendo la risa, Hae-seong le hizo
un gesto con la barbilla para que continuara.
“Es que... hay una reunión este fin de semana,
y me dijo que sería bueno que fuéramos juntos”.
“¿Una reunión?”.
“Sí. Es solo un compromiso entre familias
vinculadas por negocios. Por mí de verdad no habría problema, pero mi papá...”.
Pyeong-hwa apagó la voz al final y miró a Hae-seong
de reojo. Sin poder terminar la frase por completo, apretó los labios con
fuerza y se limitó a parpadear, haciendo revolotear sus largas pestañas.
“Si tu padre lo dijo, entonces tenemos que
ir”.
Hae-seong respondió con total naturalidad y
sin darle muchas vueltas. Los ojos de Pyeong-hwa, que hasta ese momento se
habían mantenido fijos obstinadamente en el suelo, se clavaron en él. Sus
pupilas dilatadas expresaban una total incredulidad. Sin embargo, para Hae-seong,
aquello era algo que bajo ninguna circunstancia podía rechazar.
Al fin y al cabo, era trabajo en el sentido
estricto. Recordó la cláusula del acuerdo que estipulaba: ‘El cónyuge deberá
asistir a todos los eventos que puedan tener un impacto en el matrimonio’.
Además de la cláusula vinculada que mencionaba que habría una bonificación
adicional por ello.
Como compensación por haberle devuelto la estabilidad
económica a su vida, asistir a una reunión de ese tipo no representaba el menor
esfuerzo. Para alguien como Hae-seong, que solía disfrutar de toda clase de
eventos sociales, esto era prácticamente dinero regalado. Por si fuera poco,
¿su acompañante sería Tae Pyeong-hwa? Aunque le hubieran prohibido ir, se
habría escabullido en secreto para asistir.
“El problema es que hoy no pudimos mandar a
hacer el traje, ¿qué hacemos ahora?”.
“Pues compramos uno hecho y ya”.
Pyeong-hwa, quien era el causante directo de
no haber podido realizar la prueba de vestuario programada, mostró un leve
gesto de culpa, como si estuviera consciente de su error. Sin atreverse
siquiera a mirar a Hae-seong a los ojos, vaciló por un instante y luego le
extendió la tarjeta que sostenía en la mano.
“Con esto...”.
“¿Con esto?”.
Hae-seong contempló la tarjeta de color negro
que le acercaban como si estuviera bajo un hechizo.
“¿Acaso esta no es la tarjeta de tu padre?”.
La tarjeta que Pyeong-hwa le ofrecía era esa
misma tarjeta mágica que, según él, no tenía límite de crédito.
Hae-seong controló de inmediato sus impulsos
antes de que se le dibujara una enorme sonrisa de oreja a oreja y tomó la
tarjeta con presteza.
“¿Me estás diciendo que... me la quede para
gastar?”.
Ay, un momento, siento que me va a
sangrar la nariz.
Hae-seong se cubrió rápidamente la nariz con
una mano mientras alternaba la mirada entre Pyeong-hwa y el plástico negro.
Sin percatarse de que los labios de Pyeong-hwa
comenzaban a abultarse de forma un tanto hosca, Hae-seong levantó la tarjeta
por lo alto haciendo un gran alboroto.
“¿Y para qué más te la habría dado? ¿Acaso
pensaste que era solo para que la miraras?”.
El tono de voz de Pyeong-hwa sonó sumamente
seco. Su intención original al entregársela era causarle una buena impresión,
pero ver a Hae-seong reaccionar con semejante nivel de euforia terminó por
arruinarle el humor.
Sin entender del todo el motivo de su propio
descontento, Pyeong-hwa frunció el entrecejo y estiró los labios con fastidio.
Sintiéndose extrañamente irritado por dentro, comenzó a rascarse la palma de la
mano con las uñas de forma repetitiva.
“Bueno, pero como es de tu padre...”.
Hae-seong, que colocaba la tarjeta a contraluz
como si intentara verificar que no se tratara de un billete falso, preguntó con
un rostro iluminado por la emoción.
“Sí, es de mi papá”.
Hae-seong asintió con vehemencia. Pyeong-hwa
contrajo la mirada con fuerza y respondió de manera tajante.
“Pero también es mi tarjeta”.
“... ¿Eh?”.
“Es la tarjeta de mi papá, pero es lo mismo
que si fuera mía. Yo tengo otras tarjetas conmigo, y como fue por mi culpa que
no pudiste mandar a hacer el traje... solo úsala y ya”.
Qué insistencia con su padre, su padre.
Pyeong-hwa no lograba comprender por qué Hae-seong
le guardaba tanta gratitud a su progenitor si él mismo le estaba entregando ese
beneficio. Su padre ni siquiera era un hombre tan considerado con los demás. No
entendía por qué le agradaba tanto ese señor mayor.
“Entonces la usaré con mucho agradecimiento”.
Hae-seong sacó su billetera y guardó la
tarjeta que Pyeong-hwa le había entregado en una de las ranuras vacías. La
mirada de Pyeong-hwa se posó sobre la delgada cartera.
Hae-seong siempre había sido del tipo de personas
que preferían pagar todo con tarjeta en lugar de cargar dinero en efectivo.
Pyeong-hwa, desconociendo por completo esa situación, contempló fijamente la
billetera tan delgada por un momento. Sintió una opresión en el pecho.
“No esperaba que fueras tan considerado
conmigo”.
“Yo también tengo algo de conciencia”.
“¿Conciencia?”.
“Es que...”.
Sintiéndose culpable por haber arruinado la
sesión en la sastrería sin motivo aparente, Pyeong-hwa desvió la mirada con
timidez. Hae-seong interpretó esa reacción a su propia conveniencia.
¿Será por el asunto de Woo Yeon-je?
Desde la perspectiva de Hae-seong, el único
motivo lógico por el cual Pyeong-hwa podría sentir culpa hacia él era la
existencia de su pareja.
“No tienes por qué sentirte tan culpable
conmigo”.
A decir verdad, a Hae-seong no le importaba en
absoluto ni lo consideraba un agravio, pero prefirió actuar como si así fuera.
Bajo términos generales y habituales, por mucho que se tratara de un matrimonio
por conveniencia y carente de afecto, era normal sentir remordimiento si se
mantenía una relación amorosa externa.
Sin embargo, a Hae-seong le resultaba un tanto
incómodo que Pyeong-hwa continuara guardando esa culpa hacia él de forma
constante. Después de todo, él tampoco estaba entrando a ese matrimonio con las
manos limpias.
Hae-seong había tomado la decisión de casarse
basándose únicamente en el dinero, sin que la existencia de una tercera persona
representara un impedimento. De no haber mediado un beneficio económico,
¿habría accedido siquiera a conocer a Pyeong-hwa?
...Seguro que sí.
Poseyendo una excelente capacidad de
autocrítica, Hae-seong soltó una risa amarga y autocomplaciente. ¿En qué cabeza
cabía que alguien con sus antecedentes pudiera aspirar a una oportunidad de ese
calibre? Como sea, Hae-seong prefería que Pyeong-hwa no se sintiera abrumado ni
cohibido por el asunto de su pareja.
Deseaba llevar una buena relación con el
joven. Aunque estuviera consciente de que jamás llegarían a amarse, aspiraba al
menos a forjar un lazo de amistad o compañerismo en el campo de batalla. A
pesar de que a veces se comportaba de forma sumamente grosera, el trasfondo
noble de Pyeong-hwa no le desagradaba en absoluto.
“Para que no te sientas tan culpable, ¿qué tal
si yo también me busco una pareja? ¿Así quedamos a mano?”.
Hae-seong intentó cambiar el rumbo de la
conversación con un comentario bromista. Lo soltó como una tontería al verlo
tan agobiado, pensando que tal vez eso aliviaría un poco la carga del joven.
A decir verdad, se trataba de algo imposible
para él. El contrato matrimonial estipulaba cláusulas muy estrictas con
respecto a la fidelidad de Hae-seong.
Ahora que lo pienso, resulta bastante
irónico.
Mientras que el hijo de la familia mantenía
una relación formal y de conocimiento público desde hacía tiempo, a él se le
prohibía estrictamente frecuentar a cualquier persona. La familia Tae exigía de
forma descarada una fidelidad absoluta de su parte durante la vigencia del
matrimonio.
Aquello no era más que un abuso de poder. Sin
embargo, como la urgencia económica no le permitía ponerse exigente en ese
momento, Hae-seong había firmado el documento sin darle mayor importancia.
Qué más da, ya me las arreglaré solo.
Además, el acuerdo incluía el suministro de
medicamentos de alto costo para regular sus periodos de celo, por lo que las
condiciones no resultaban del todo desfavorables.
Dejando de lado esos pensamientos triviales, Hae-seong
observó al joven con una sonrisa juguetona.
“... ¿Mmm?”.
“Siento que voy a vomitar...”.
De pronto, Pyeong-hwa se cubrió la boca con
las manos. Se había estado comportando de forma normal hasta hace un instante,
¿qué le pasaba de repente? Asegurando que tenía náuseas insoportables, comenzó
a tener arcadas violentas.
“¡Es-Espera un momento!”.
Pyeong-hwa presionaba sus labios con el dorso
de la mano en un intento por contener el vómito. Espantado al ver cómo el
rostro del joven se tornaba completamente pálido, Hae-seong se levantó de un
salto. Sin pensarlo, juntó ambas manos formando un cuenco y las colocó directo frente
a la boca de Pyeong-hwa.
“¿Acaso te cayó pesada la comida? Si tienes
que vomitar, hazlo aquí. ¿De acuerdo? ¡Primero...!”.
Preso del pánico, Hae-seong insistió en
colocar sus manos debajo de su rostro. Los ojos de Pyeong-hwa, que mantenía su
propia boca cubierta con la mano, se abrieron de par en par por la sorpresa.
Tras soltar una arcada más, el joven empujó a Hae-seong lejos de sí con fuerza.
Hae-seong terminó cayendo de sentón en el
suelo; Pyeong-hwa se sobresaltó un poco al verlo caer, pero no hizo el menor
intento por ayudarlo a levantarse. En su lugar, se giró y salió corriendo a
toda prisa del privado del restaurante.
“... ¿Pyeong-hwa?”.
No me digas que de verdad te vas a ir.
Sin embargo, Pyeong-hwa realmente se marchó
directo a su hogar. A pesar del caos, se las había ingeniado para dejar la
cuenta saldada antes de retirarse. Hae-seong, de pie en medio del
estacionamiento completamente vacío, soltó una risa incrédula.
Pyeong-hwa... si te vas de esa forma,
¿cómo se supone que regrese yo? Ni siquiera pasan taxis por esta zona.
***
A pesar de haber despedido a Pyeong-hwa en
esas condiciones, los tres millones de wones de su asignación fueron
depositados puntualmente en su cuenta. Con un semblante desinteresado, Hae-seong
revisó el saldo actualizado en su pantalla mientras se rascaba la frente.
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El hecho de que Pyeong-hwa hubiera cortado
toda comunicación tras marcharse de esa manera aquel día lo mantenía un tanto
consternado.
Se encuentra descansando en su hogar bajo tratamiento
de soluciones intravenosas. No hay motivo para que se alarme a ese extremo.
Hae-seong releía una y otra vez la respuesta
del abogado, con quien mantenía una comunicación mucho más frecuente que con el
propio Pyeong-hwa. No lograba descifrar el motivo de su malestar. El chico
había alegado náuseas, pero los alimentos que consumieron se encontraban en
perfectas condiciones.
Recostado cuan largo era en el sofá, Hae-seong
repasaba minuciosamente los acontecimientos de ese día en su cabeza. ¿Qué pudo
haberle provocado tanto asco a Pyeong-hwa?
No me digas que fue por ver mi rostro.
Si es por eso, estás muerto, Tae Pyeong-hwa. Te haré probar un trago mucho más
amargo que tus propios jugos gástricos.
“¿Acaso estás muerto?”.
Gil-ju se sentó justo frente a un Hae-seong
que permanecía recostado bocarriba mostrando el abdomen.
Ah, es verdad, estos infelices estaban
aquí.
Hae-seong dirigió una mirada indiferente a su
viejo amigo. Utilizando el sofá como respaldo desde el suelo, Gil-ju se las
había ingeniado para encontrar un melón en la cocina y se lo estaba comiendo a
trozos.
“¿Está bueno?”.
“Dos tres”.
“¿Te quieres morir?”.
“El que parece estar a punto de morir eres tú.
¿A qué viene esa cara de tragedia?”.
Gil-ju, que sostenía un trozo de melón con los
palillos como si fuera una paleta de helado, movió la mano de arriba abajo.
“Es que mi prometido está enfermo y eso me
tiene un tanto preocupado”.
“¿Tu qué...? ¿Tu qué dijiste?”.
“Mi prometido”.
“¡Pfff!”.
Gil-ju escupió el trozo de melón que estaba
masticando de vuelta en la bandeja. Tosiendo con fuerza y con el rostro
enrojecido por haberse atragantado, comenzó a golpear el suelo con el puño. En
ese momento, Hee-min, quien se había ido directo al sanitario en cuanto llegó,
apareció en la estancia. Se trataba de otro amigo de la infancia, al igual que
Gil-ju. Hee-min observó a Gil-ju con una expresión de profundo desagrado.
“¿Qué le pasa a este tipo?”.
“Está demente”.
“Ah, ya veo. ¿Y?”.
“¿Cómo que '¿Y?'? ¡Maldita sea! Si hubieras escuchado
la atrocidad que este infeliz acaba de soltar, te juro que te habrías tragado
lo que acabas de ir a hacer al baño”.
Ante tan desagradable comentario, Hae-seong
hizo un gesto de náusea. Al hacerlo, la imagen de Pyeong-hwa huyendo tras
alegar que iba a vomitar regresó a su mente.
Tal vez sí sería buena idea llamarle
por teléfono.
Ese rostro que recordaba al de un ciervo
indefenso no dejaba de rondar por su cabeza.
“¿Pues qué fue lo que dijo?”.
“Maldita sea, dice que su supuesto prometido
está enfermo. Que está tan preocupado por él que ni el melón le pasa”.
Gil-ju agitó el trozo de melón justo frente al
rostro de Hee-min. Este, fastidiado, apartó el brazo de Gil-ju y se giró hacia Hae-seong.
Clavó la mirada en un Hae-seong que permanecía recostado plácidamente soltando
incoherencias y le lanzó un grito.
“¿De verdad es en serio todo ese asunto?”.
“¿Qué es en serio? ¡¿De qué hablan?! ¡¿Por qué
siempre me dejan fuera de los chismes, par de infelices?!”.
“¿Acaso te la pasas pegado al teléfono todo el
día y ni siquiera eres capaz de revisar las noticias?”.
“¿Y para qué maldita sea querría ver las
noticias? Solo sirven para amargarte el día”.
Tras lanzar la pregunta a Hae-seong, Hee-min y
Gil-ju comenzaron a discutir entre ellos. Acostumbrado a sus constantes
disputas, Hae-seong se desentendió de la situación, colocó el teléfono sobre su
rostro y abrió la aplicación de la cámara.
Click.
Al escucharse el sonido del obturador, Hee-min
y Gil-ju interrumpieron su pelea y se giraron hacia él. Hae-seong manipulaba su
teléfono con una amplia sonrisa que lo hacía lucir como un demente. Tras
concluir lo que estaba haciendo, dejó el dispositivo a un lado, extendió ambos
brazos por encima de su cabeza y estiró el cuerpo con fuerza.
“¡Aaaah!”.
Mostrando una tranquilidad absoluta que
contrastaba con su supuesta preocupación por la salud de su prometido de hace
unos momentos, Hae-seong se incorporó en el asiento.
“Este maldito infeliz acaba de subir una
publicación a Insta”.
Tal como Hee-min había señalado, Gil-ju, quien
tampoco se despegaba de las redes sociales, soltó una risa de total
incredulidad.
Hee-min revisó la pantalla que Gil-ju le ponía
enfrente y luego clavó la mirada en Hae-seong. Este demente de verdad perdió la
cabeza. Se quedó tan estupefacto que ni siquiera pudo articular palabra.
La publicación que Hae-seong había subido
consistía en una fotografía donde solo se apreciaba la mitad de su rostro. En
el pie de foto había redactado el siguiente texto: ‘Estoy tan preocupado que ni
el sueño me concilia. ¿Ya se habrá aliviado su malestar estomacal?’.
¿A qué vienen todas estas cursilerías? Aunque Hae-seong
siempre se había caracterizado por sus excentricidades, jamás había recurrido a
ese tipo de publicaciones tan vergonzosas. Ante las miradas de desaprobación
por su insólita conducta, Hae-seong se limitó a encogerse de hombros.
“Es solo un anzuelo para hacer que mi
prometido se ponga en contacto conmigo”.
“Qué loco estás...”.
“Tengo hambre. ¿Qué quieren comer? Yo invito”.
“¿Acaso tienes dinero?”.
Gil-ju, que conocía a grandes rasgos la
precaria situación económica de Hae-seong, preguntó con desconfianza. Ahora que
lo pensaba, ¿cómo había conseguido ese melón? Además, hace un momento notó un
par de zapatos nuevos en la entrada... ¿Qué estaba pasando aquí? Gil-ju ladeó
la cabeza con el trozo de melón en la boca.
“Pues para que lo sepan, me voy a casar con el
heredero de la tercera generación de Taepyung Group”.
Hae-seong cruzó las piernas sobre el sofá
adoptando una postura de superioridad. Al parecer, estaba consciente de que su
actual estilo de vida no reflejaba precisamente la opulencia de la que
presumía. Hee-min se cubrió la frente con una mano y soltó un chasquido con la
lengua.
“Explícanos a detalle qué demonios está
pasando aquí. ¡¿Cómo que te vas a casar de la noche a la mañana?!”.
Sintiéndose abrumado por una intensa jaqueca,
Hee-min lanzó un grito con el rostro desencajado. Aunque Hae-seong les había
comentado que se había quedado sin fondos, era evidente que este infeliz se
había metido en un problema mayúsculo.
Hae-seong se cubrió ambos oídos con los dedos
índices de forma pacífica.
A ver, ya les dije que soy un Omega.
No alcanzaba a comprender por qué les
sorprendía tanto la noticia de su matrimonio, Hae-seong miró a Hee-min como si
el extraño fuera él.
Por lo general, al tratarse de un linaje poco
común, los Omegas solían buscar pareja a temprana edad. Así lo dictaba la norma
social. A pesar de los avances de la ciencia médica y las reformas legales que
garantizaban un entorno más seguro, seguía siendo un género expuesto a
múltiples riesgos.
Por tal motivo, incluso fuera de los círculos
de la alta sociedad, era habitual que buscaran un compañero adecuado para consolidar
el lazo lo antes posible.
En realidad, el caso de Hae-seong, quien había
llegado a esa edad sin un compromiso formal ni una pareja establecida, era el
que resultaba excepcional. Todo se debía a una firme resolución de su padre,
quien aseguraba que no debía arruinarle la vida al hijo de otra familia
mandando a un Alfa respetable a un vástago tan interesado y desconsiderado como
él.
Su padre le prometió que él mismo se haría
cargo de su futuro. Aunque el resultado de esa promesa... terminó siendo este.
“A ver, ¿acaso creen que lo tengo secuestrado
en contra de su voluntad o que lo amenacé para obligarlo a casarse conmigo?”.
Hae-seong se golpeó el pecho con insistencia,
asegurando que todo se había realizado bajo el total consentimiento de la otra
parte. Intentó apelar a su inocencia manifestando que sus intenciones estaban
libres de cualquier malicia.
“Maldita sea, ¿no tendrás a alguien encerrado
por aquí?”.
“¡Me pareció escuchar un ruido extraño
proveniente del cuarto de servicio hace un momento!”.
En cuanto terminó de hablar, Hee-min y Gil-ju
comenzaron a alterarse de inmediato. Hae-seong contempló con total apatía a sus
dos amigos de la infancia, quienes hacían el amago de correr hacia el cuarto de
servicio en una muestra de sus diez años de amistad.
Hae-seong procedió a resumirles la situación
de forma concisa. Taepyung Group lo había seleccionado y se había establecido
el acuerdo matrimonial. Hee-min y Gil-ju no lograron procesar una explicación
tan simple. O más bien, prefirieron no hacerlo.
“¿A ti...? ¿Por qué?”.
“¿Por qué una familia de ese nivel querría a
un tipo como tú?”.
“Par de infelices. Se suponen que son mis
amigos. Me exigieron que les contara todo porque éramos amigos”.
A pesar del lazo que los unía, era evidente
que Hae-seong no poseía el perfil adecuado para integrarse a una familia de la
alta sociedad. Sus amigos sabían de antemano que Wi Hae-seong era un hombre
sumamente interesado, descortés y con un historial un tanto cuestionable en sus
relaciones...
“Oye, pero escuché un rumor de que ese
supuesto prometido tuyo ya tiene pareja, ¿qué hay de eso?”.
Gil-ju, que en ese momento devoraba una pieza
del pollo frito que Hae-seong había ordenado, abrió los ojos de par en par ante
las palabras de Hee-min. ¿De qué se trataba todo esto? Aquella revelación
resultó aún más impactante para Gil-ju que la noticia de la supuesta
abstinencia de Hae-seong, al grado de dejar la comida a un lado.
“¿Es en serio? ¿Se va a casar contigo a pesar
de tener pareja?”.
“Ah... bueno. Así se dieron las cosas”.
A pesar de los gritos de asombro de sus
amigos, Hae-seong se limitó a rascarse la cabeza con total desinterés.
“Solo serán un par de años. Es un matrimonio
por formalidad, acordamos que podemos divorciarnos después de ese lapso”.
“¿Acaso estás alucinando?”.
Hee-min mostró un rostro de absoluta
incredulidad.
“No lo creo”.
Hae-seong tomó una pieza de rábano encurtido
con los palillos y se la llevó a la boca. Ante esa actitud tan desapegada,
Hee-min entornó los ojos.
“¿O sea que aceptaste casarte con un tipo que
tiene pareja solo para convertirte en un divorciado dentro de dos años?”.
“No seré un divorciado cualquiera, sino uno
con los bolsillos bastante llenos, lo cual me parece un excelente trato.
Además, seguiré siendo joven cuando se cumpla el plazo”.
Hablaba con total ligereza sobre haber vendido
dos años de su vida a cambio de un beneficio económico. Mientras Hee-min y
Gil-ju permanecían estupefactos, Hae-seong dio un largo trago a su vaso de
refresco.
“¡Pero si te acaban de decir que el tipo tiene
pareja!”.
Gil-ju le arrebató el vaso de refresco de las
manos mientras le lanzaba un grito. Hae-seong se limpió la barbilla de las
salpicaduras y se limitó a encogerse de hombros.
“Me comentaron que llevan cerca de dos años de
relación, pero se conocen desde hace muchísimo tiempo. Eran amigos de la
infancia antes de volverse pareja. Podríamos decir que es el típico cliché
romántico”.
“¿Acaso estás demente?”.
Hee-min comenzó a girar su dedo índice
derecho, aún manchado de grasa, alrededor de su sien en círculos.
“Por mí no hay problema. Si este es mi
destino, no me queda más que aceptarlo”.
“¿De qué demonios estás hablando? ¿Quién te
preguntó si a ti te parecía bien?”.
“¡Exacto! ¡El problema aquí no eres tú, sino
la pareja de ese tipo! ¡Maldita sea! ¡Por tu culpa, ese pobre infeliz se quedó
como el perro de las dos tortas! ¡Eres una basura de persona...!”.
Hee-min y Gil-ju comenzaron a alterarse de
forma desmedida. En especial Gil-ju, un Beta que recientemente había sufrido la
traición de su pareja Omega, quien lo había dejado por un Alfa; él era el que
reaccionaba con mayor violencia. Hae-seong, cubriéndose el rostro con una mano
por temor a que las salpicaduras de comida de Gil-ju le cayeran en la cara,
soltó un profundo suspiro.
“¿De verdad creen que la basura aquí soy yo?”.
“Pues claro que eres tú. No hay otra opción”.
Sentenció Hee-min con total firmeza.
“¿Y por qué tendría que ser yo? El que se va a
casar sin haber terminado con su pareja es mi prometido, y el que sigue
subiendo fotos de amor a sus redes sociales sin intenciones de romper, a pesar
de que su novio ya tiene un compromiso matrimonial, es el amante. ¿O me
equivoco?”.
Hae-seong expuso sus argumentos punto por
punto. Ahora que lo expresaba en voz alta, caía en la cuenta de que ese par se
comportaba de una manera mucho más vil de lo que pensaba. El ligero
remordimiento que había albergado en su interior se desvaneció por completo.
Sintió una inmensa satisfacción en el pecho, similar a la frescura de un buen
trago de refresco tras haber consumido alimentos grasosos.
“¡Pero si ellos estaban juntos desde antes!”.
“¡Sí, maldita sea! ¡Ellos llegaron primero!”.
Gil-ju, quien se había tomado la situación de
manera sumamente personal, exclamó a todo pulmón con los ojos al borde de las
lágrimas. Hae-seong, con total parsimonia, le metió una bolita de queso en la boca
para callarlo. Como si le hubieran suministrado un calmante, Gil-ju se
tranquilizó al instante. Hee-min, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no
perder los estribos, clavó la mirada en Hae-seong.
“¿Acaso importa mucho saber qué fue primero,
si el huevo o la gallina?”.
“Dime la verdad”.
“¿Qué cosa?”.
“Tú tienes la firme intención de seducir a tu
prometido, ¿verdad? ¡Maldita sea, estás confiado en ese rostro tuyo y asumiste
este compromiso porque crees que serás capaz de ganártelo!”.
Hee-min, pasándose las manos por el rostro con
frustración, bufó de la indignación. Hae-seong, tras limpiarse las comisuras de
los labios con un pañuelo de papel, soltó una risa burlona ante la ocurrencia.
“Para nada. De hecho, considero que la
existencia de su pareja facilita mucho las cosas para mí. Yo solo me limitaré a
brindarle asistencia con el tratamiento para el control de sus feromonas”.
“¿Y qué otra cosa se supone que pueden hacer
un Alfa y un Omega mediante el uso de feromonas? ¡Maldita sea, aparte del
delicioso, qué otra cosa podría ser!”.
Gil-ju, que había permanecido en calma por
unos instantes, volvió a lanzar un grito. Hee-min le propinó unas palmadas
afectuosas en el hombro al tembloroso Gil-ju mientras fulminaba a Hae-seong con
la mirada.
“¿Están conscientes de que ese comentario
atenta contra la equidad de géneros secundarios?”.
“Tu sola existencia ya es un atentado contra
la equidad”.
“Hee-min, ¿acaso es culpa mía que a Sung-ki le
gustara yo?”.
“Hijo de...”.
Hae-seong trajo a colación a propósito un
nombre que representaba un tema tabú para Hee-min. Se trataba del Alfa del cual
Hee-min había estado enamorado. Por desgracia, Hee-min, siendo un Beta
homosexual, guardaba un profundo afecto por Sung-ki.
Lo más lamentable de la situación era que Sung-ki,
poseyendo un orgullo de Alfa que le rebasaba la cabeza, mantenía la firme
convicción de que únicamente un Omega dominante poseía el estatus para ser su
compañero de vida.
Y para su mala fortuna, Hae-seong resultaba
ser un Omega dominante.
“Además, ya te había advertido que ese tipo
tenía una reputación bastante dudosa en sus salidas. Él no te convenía, mi
querido Hee-min”.
Hae-seong consoló a Hee-min haciendo un ademán
de llanto fingido. Hee-min, que parecía haberse calmado un poco tras el berrinche,
tomó una pieza de pollo. La sumergió por completo en la salsa que venía de
acompañamiento y se la metió a la boca.
“Dejando de lado eso, en el pasado tú
también... ¿cómo se llamaba ese sujeto? Como sea, ya habías seducido a la
pareja de otro Alfa antes”.
“¿Yo?”.
Hae-seong abrió los ojos de par en par,
fingiendo demencia absoluta. Ese gesto de ladear la cabeza simulando inocencia
resultó sumamente repulsivo ante los ojos de Hee-min y Gil-ju.
“Aquel Alfa que intentó propasarse contigo en
esa ocasión. Su apellido era... Park... Park...”.
“¿Park-park dirara?”.
“¿De qué hablas, demente?”.
“Lo siento”.
“Ay, maldita sea, pero sí dio algo de risa.
Park-park dirara, qué tontería”.
Hee-min frunció el entrecejo en su intento por
recordar el nombre de aquel Alfa con el que Hae-seong había tenido un altercado
en el pasado. Gil-ju, que hasta hace un momento se lamentaba por el recuerdo de
su exnovia, comenzó a soltar carcajadas contagiado por la gracia del momento.
“¡Ah, Park
Sang-hyun!”.
“¿Ah...?”.
Hae-seong logró evocar la imagen de aquel
desagradable Alfa únicamente tras escuchar el nombre completo. Desde aquel
incidente, se había encargado de borrarlo de su mente de forma tan meticulosa
que, para fines prácticos, ese hombre ya no existía en este planeta.
En el pasado, ese sujeto intentó
menospreciarlo por el simple hecho de ser un Omega. Se trataba de un tipo de lo
más nefasto. Hizo toda clase de ridiculeces con tal de cortejarlo, pero como
sus facciones distaban mucho de sus gustos personales, Hae-seong lo rechazó sin
miramientos.
Sin embargo, el tipo aprovechó un descuido
durante su periodo de celo para arrimarse a él, rebasando los límites y
cometiendo acoso. Hae-seong, enfurecido por el agravio, optó por seducir al
Omega que todos conocían como la pareja de este sujeto.
El hecho de que un Omega cortejara a otro de
su mismo género era un acontecimiento insólito, y representaba una humillación
desastrosa para el Alfa en cuestión, por lo que Park Sang-hyun armó un
escándalo monumental.
A decir verdad, ni siquiera se esforzó en
seducirlo. Le bastó con saludarlo un par de veces con una sonrisa amable y
mostrarse atento durante las comidas para que el Omega tomara la resolución de
terminar su noviazgo. Por supuesto, el Omega estaba consciente de que las
intenciones de Hae-seong no eran serias.
Sin embargo, argumentó que tras haber
presenciado semejante despliegue de atractivo visual por parte de Hae-seong, le
resultaba imposible continuar al lado de Park Sang-hyun, a quien catalogó como
un individuo de lo más inferior.
A raíz de ese suceso, Park Sang-hyun, quien
previamente se lanzaba a sus pies para cortejarlo e intentar sobrepasarse, lo
amenazó de muerte con una actitud agresiva. Hae-seong, que había estado
esperando pacientemente una oportunidad así, le propinó una paliza memorable
que lo dejó en mil pedazos. Si mal no recordaba, el tipo había terminado emigrando
del país poco después...
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Hae-seong regresó de sus recuerdos cuando
Hee-min propinó un fuerte golpe sobre la mesa en medio de un arranque.
“No hay punto de comparación entre ese sujeto
y tu actual prometido”.
“Como sea, al final el resultado viene siendo
el mismo”.
Hae-seong carecía casi por completo de valores
morales o de un sentido de legalidad desde un principio. Sabiendo el tipo de
persona que era, el hecho de que hubiera accedido a un matrimonio tan
descabellado despertaba en Hee-min el temor legítimo de que su amigo, quien
poseía una facilidad innata para ganarse el odio ajeno terminara siendo
apuñalado por alguien en la calle. Aunque, a decir verdad, Hae-seong no era del
tipo de personas que se dejarían agredir sin defenderse...
“Yo nunca dije que tuviera la intención de
separarlos. De hecho, le di mi autorización para que continuaran
frecuentándose, ¿sabes? ¿Acaso existe una resolución más benévola que la mía?”.
Hae-seong extendió ambos brazos hacia abajo,
imitando la postura de un santo bondadoso.
“Demente, una persona con un juicio sano
simplemente no accede a un matrimonio de esa índole”.
Hee-min, que finalmente había ido a la cocina
por una cerveza, la destapó y le dio un gran trago. Al mismo tiempo, comenzó a
hacer cuentas del dinero que traía consigo. Si su situación económica se lo
permitía, estaba dispuesto a obsequiarle algunos billetes a Hae-seong. Pensaba
que la falta de recursos debía ser extrema para que su amigo hubiera perdido la
cabeza a ese grado.
Asimismo, le generaba una inmensa frustración
ver la ligereza con la que Hae-seong asumía todo el asunto. Siendo un fiel
espectador del melodrama televisivo ‘¿Cómo te atreves a tocar a mi esposo?’,
Hee-min se tomó la situación con extrema seriedad.
En dicha producción, la cual gozaba de una
excelente aceptación por su apego a la realidad, la antagonista secundaria, quien,
cegada por la ambición, insistió en contraer matrimonio con el protagonista a
sabiendas de la existencia de su pareja formal, terminó sus días tras las
rejas.
Para el episodio de la mañana siguiente,
estaba programada la escena donde el protagonista acudía a suplicarle de
rodillas a su verdadero amor. A Hee-min le aterraba la idea de que Hae-seong
hubiera tomado el lugar de esa antagonista de la historia.
Por mucho que mediara un contrato de por
medio, se trataba de una familia de magnates; la probabilidad de que las cosas
resultaran a favor de Hae-seong era un misterio. ¿Qué pasaría si utilizaban el
acuerdo como una artimaña para mantenerlo sometido?
¿Qué pasaría si ese sujeto continuaba
frecuentando a su pareja mientras Hae-seong permanecía encerrado en una casa
enorme derramando lágrimas de soledad? Y si en medio de esa desesperación, a Wi
Hae-seong se le ocurría cometer una locura... existía el riesgo real de que
terminara en prisión, tal como en el melodrama.
A Hee-min le causaba mucho más pavor la idea
de que Hae-seong desatara un caos absoluto que destruyera a esa familia antes
de que llegara a sufrir una vejez solitaria por el abandono.
“El matrimonio no es para tanto”.
“¡Claro que lo es!”.
“¿Qué? ¿Que soy un mantenido? ¿Me estás
diciendo que ahora soy un mantenido?”.
Ignorando por completo las tribulaciones de su
amigo, Hae-seong continuaba soltando comentarios triviales. Hee-min, con el
pecho oprimido por la angustia, comenzó a jalarse la ropa con desesperación. De
pronto, Gil-ju se propinó una palmada en la frente y lo señaló con el dedo
acusador.
“Maldito infeliz, el matrimonio representa una
institución sagrada. ¿Cómo te atreves a profanar un ritual tan hermoso
valiéndote únicamente de tu atractivo visual?”.
“Gil-ju, precisamente por esa actitud tuya es
que todas tus parejas terminan abandonándote. Te pones demasiado intenso de la
nada”.
“Ay, por favor”.
Careciendo de experiencia en relaciones
formales exitosas, Gil-ju optó por asentir sumisamente ante las palabras de Hae-seong,
a quien consideraba un maestro en las artes del romance.
Hee-min, compartiendo la misma opinión que Hae-seong
en ese punto en específico, asintió en silencio. Sin embargo, percatándose de
que se habían desviado del tema principal, apretó los puños con fuerza.
“¡Tú de verdad...!”.
“Ah, ya me llegó su respuesta”.
“¿Qué?”.
“Mi prometido. Había estado ignorando todos
mis mensajes, pero bastó con que subiera la fotografía para que se pusiera en
contacto de inmediato”.
El semblante apático que Hae-seong había
mantenido durante la tarde se iluminó un poco. Al verlo sonreír frente a la
pantalla por la llegada del mensaje directo, Hee-min y Gil-ju se aproximaron a
él para husmear el contenido.
Ahora que lo pienso mejor, no creo tener
motivos para sentirme culpable contigo.
Así que te pido que dejes de malinterpretar
mis intenciones a tu conveniencia.
Que te quede claro que no guardo el menor
remordimiento hacia ti, ¿entendido?
Hae-seong, cuya sonrisa inicial se debía al
simple hecho de haber recibido señales de vida del joven, mostró una mirada
fría como la de un pez muerto tras leer detenidamente las palabras. ¿A qué
venía todo esto de repente? ¿Cómo que ya no sentía culpa?
Los mensajes que continuaban apareciendo de
forma consecutiva en la pantalla denotaban una actitud sumamente desafiante.
Hee-min y Gil-ju, enfocándose únicamente en la insistencia del término ‘culpa’,
comenzaron a alterarse de inmediato.
“¿Qué significa esto? ¿A qué viene eso de que
no siente culpa? ¿Acaso ese infeliz te hizo algo?”.
“¿Para nada? De hecho, me invitó a comer a un
sitio exclusivo... Ah, ¿será por el asunto del traje? Pero si él mismo me
entregó su tarjeta para que me comprara lo que quisiera”.
Por más vueltas que le daba al asunto, no
lograba comprender el motivo detrás de semejante rabieta. Hae-seong se limitó a
encogerse de hombros mientras sus dedos se movían a toda velocidad sobre el
teclado.
Está bien, Pyeong-hwa, no tienes por qué
sentirte culpable para nada~ 😉
En cuanto envió la respuesta, la réplica de
Pyeong-hwa llegó como una exhalación.
Que de verdad no siento culpa.
Así que te pido que recuperes la cordura de
una buena vez, por favor.
Verlo reaccionar con la misma agitación de un
perrito chihuahua le causó a Hae-seong una inmensa gracia. Le mostró a sus
amigos la velocidad con la que el joven contestaba a sus provocaciones.
“¿Verdad que es un encanto?”.
Hae-seong agitó el dispositivo frente a ellos
con un semblante de orgullo, como un padre que presume las gracias de su hijo.
“A mí me parece que ese sujeto solo tiene unas
ganas inmensas de armarte un pleito”.
Murmuró Gil-ju con una expresión de total apatía.
“Es evidente que está haciendo un berrinche
monumental con tal de alejarte de su vida”.
“¿Que recuperes la cordura? Maldita sea, ese
tipo ya se dio cuenta de lo demente que estás. ¿No será que mandó investigar
tus antecedentes?”.
Gil-ju comenzó a alterarse nuevamente como un
dragón escupiendo fuego. Hee-min asintió en señal de conformidad con las
sospechas de Gil-ju, flexionando los dedos en un gesto de afirmación.
“Es verdad. ¡A juzgar únicamente por tu
apariencia, nadie se imaginaría la clase de loco que eres! ¡Maldita sea, es
cierto! Ese tipo ya te investigó de arriba abajo. ¡Ya sabe perfectamente que
eres un demente!”.
Acto seguido, le arrebató el teléfono a Hae-seong
de las manos. Murmurando que deseaba ver el rostro de ese heredero millonario
tan descarado, accedió al perfil vinculado a la conversación.
“No tiene publicaciones”.
“¿Qué? ¿De verdad no hay nada?”.
El perfil de Pyeong-hwa continuaba mostrando
la pantalla en blanco con la leyenda de ‘sin publicaciones’.
“Sí. Me comentó que no acostumbra subir fotos
suyas. Al parecer, le disgusta exponer su vida privada”.
“¿Acaso tendrá un rostro poco agraciado?”.
“¿No habías mencionado que era un dominante?
¿Es posible que alguien con esa genética sea feo?”.
Hee-min ladeó la cabeza con duda. Gil-ju
entornó la mirada hacia el techo frunciendo los labios con fijeza. De pronto,
como si hubiera recordado un detalle crucial, se propinó una fuerte palmada en
el muslo.
“Park Sang-hyun era un tipo de lo más
horroroso. Tenía un aspecto nefasto”.
Soltó una carcajada con un semblante de
orgullo por haber evocado ese dato. La expresión de Hee-min se tornó gélida.
“Ese sujeto no era un dominante, idiota”.
“Ah, es verdad. Era un Alfa de lo más
mediocre”.
Hae-seong recuperó discretamente su teléfono
de las manos de Hee-min y abrió la galería de imágenes. Ahí guardaba un par de
fotografías que le había tomado a Pyeong-hwa a escondidas. Con una sonrisa
enigmática, colocó la pantalla directo frente a los ojos de sus dos amigos.
“¿Qué es esto?”.
“Mi prometido. Mi futura esposa”.
“...Estás mintiendo”.
Hee-min soltó una risa incrédula ante la
imagen. Gil-ju, entornando los ojos, sacudió la cabeza con desaprobación.
“Es totalmente real”.
“Sí, claro, buena mentira. Se nota a leguas
que es una imagen generada por ChatGPT”.
“Revisa si tiene seis dedos en la mano”.
“Hoy en día esa tecnología ha avanzado tanto
que el número de dedos sale exacto”.
Gil-ju extendió ambas manos frente a sí de
forma seria mientras agitaba los dedos en el aire.
“¿A ese grado ha llegado?”.
Hae-seong contrajo el entrecejo juntando los
labios con la mirada perdida en el espacio.
“Maldita sea, ¿qué está pasando? ¿Me estás
diciendo que este sujeto es real?”.
Espantado ante la seriedad de Hae-seong,
Hee-min le arrebató el teléfono nuevamente y comenzó a deslizar las imágenes de
la galería una a una. En ellas se apreciaba a Pyeong-hwa mostrando un semblante
hosco, una expresión esquiva, un gesto de fastidio y un rostro abochornado en
igual proporción.
Gil-ju y Hee-min, presos del pánico, arrojaron
el dispositivo sobre el sofá como si hubieran entrado en contacto con un objeto
sagrado que les estuviera prohibido tocar.
“Es un ser humano de carne y hueso que camina
por este mundo”.
“Incluso su estatura supera la mía por mucho.
Posee una espalda sumamente amplia. Se nota la presencia de su herencia
dominante”.
“...Y asumo que debe poseer una fortuna
inmensa”.
“Una cantidad ridícula de dinero”.
Hee-min murmuró con desolación que la justicia
divina no existía en este mundo. Gil-ju dejó caer los hombros sumido en la frustración
por la inequidad de la vida.
“Por muy atractivo que sea, el hecho de que
mantenga una relación amorosa con otra persona es un impedimento enorme para
este matrimonio, ¿no crees?”.
Hee-min, recobrando un poco la cordura,
planteó la interrogante con seriedad.
“Es verdad. Además, es evidente que ese tipo
te profesa un odio profundo”.
Gil-ju se sumó de inmediato a las conclusiones
de su amigo.
“¿Quién? ¿Pyeong-hwa?”.
“¿Quién se supone que sea ese?”.
“Él es Pyeong-hwa”.
Hae-seong les mostró nuevamente la fotografía
donde el joven lucía un rostro avergonzado.
“Tanto él como su pareja. Ambos deben tenerte
un rencor inmenso”.
Hee-min soltó un suspiro tras responder,
observando a Hae-seong como si estuviera frente a un demente. Ante el
comentario, Hae-seong se limitó a dar un trago a su refresco.
“Por mucho que la pareja de Pyeong-hwa me
deteste, estoy seguro de que el padre de Pyeong-hwa lo aborrece aún más a él.
Aunque debo admitir que me causaría cierta nostalgia que Pyeong-hwa me tomara
desprecio”.
“Si se supone que no albergas sentimientos
afectivos por él, ¿a qué viene esa nostalgia?”.
“¿En qué momento dije que no me gustaba? Me
fascina”.
Ante tan inesperada declaración, Hee-min y
Gil-ju intercambiaron miradas de asombro antes de fijar la atención en Hae-seong.
Frente al escrutinio colectivo, Hae-seong soltó una risa burlona y les puso
enfrente la imagen del Pyeong-hwa de semblante esquivo.
“¿Acaso no lo están viendo?”.
“Lo tenemos justo enfrente”.
Hee-min retrocedió un poco el torso,
sintiéndose intimidado por la intensidad que comenzaba a reflejarse en la
mirada de Hae-seong.
“No me refiero a eso. Les estoy preguntando si
alguna vez en sus vidas han visto a alguien con estas facciones cuya fortuna en
efectivo ascienda a decenas de miles de millones de wones. ¿Tienen una remota
idea de la cantidad de acciones que posee bajo su nombre? ¿Eh?”.
“De qué demonios estás hablando...”.
Hae-seong, con su desmedida ambición económica
desatada al máximo, comenzó a hablar a grito pelado con las venas del cuello
inflamadas. Gil-ju, pálido por el susto, sujetó el brazo de Hee-min con manos
temblorosas.
“¿Acaso han tenido la oportunidad de
presenciar en persona a un ángel celestial que carga consigo una tarjeta de
crédito sin límite de fondos? ¿Han visto de cerca el aura de un ser divino
cuyos accesorios diarios superan los diez millones de wones de valor?”.
“A Wi Hae-seong ya se le zafó un tornillo por
completo”.
Hae-seong comenzó a parlotear una sarta de
disparates tras otra, como un líder de una secta que insiste fervientemente en
que su dios es el único y verdadero. Hee-min, completamente intimidado, se
encogió en su sitio mientras temblaba. Ya sabía que su amigo estaba loco, pero
nunca imaginó que llegaría a tal extremo. Definitivamente, el dinero transforma
a las personas...
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Chasqueando la lengua con severidad, Hee-min
sacó su billetera. Por fortuna, aún conservaba cuatro billetes de cincuenta mil
wones que su padre había repartido la noche anterior en medio de una tremenda
borrachera. Sintiendo un cálido alivio en el alma, Hee-min extrajo dos de los
billetes y los colocó con cuidado sobre la mesa.
“Hae-seong, ya me di cuenta de que estás
pasando por un momento muy difícil. Primero, usemos esto para ir a comer algo
delicioso y luego pensemos juntos en una solución. Yo invito, así que...”.
Hee-min había hecho ese ofrecimiento con la
mejor de las intenciones, desprendiéndose de una suma considerable para él. Sin
embargo, a diferencia de otras ocasiones, la mirada de Hae-seong se posó sobre
los billetes amarillos sin el menor entusiasmo. Tras un breve y desolador
silencio, Hae-seong soltó una risa burlona.
“Para decir que vas a invitar, ¿no crees que
deberías poner sobre la mesa una tarjeta de crédito sin límite de fondos en
lugar de esto? Es un privilegio que no le corresponde a alguien como tú, que
depende de una tarjeta de débito sujeta al saldo de su cuenta bancaria. Un
comentario así solo es propio de una persona que lleva consigo una tarjeta
ejecutiva negra, por mucho que esté a nombre de su futuro suegro”.
Hae-seong sacó de quién sabe dónde una
reluciente tarjeta negra y la exhibió ante los ojos de sus dos amigos, imitando
los ademanes de un presentador de televisión en un canal de compras.
Hee-min y Gil-ju optaron por no emitir una
sola palabra más. Incluso hicieron la promesa silenciosa de no volver a
criticar al prometido de su amigo, ese tipo despreocupado cuyo nombre parecía
ser Tae Pyeong-hwa.
En el fondo, comenzaron a sentir un poco de
lástima por aquel chaebol, ya fuera el novio o la novia de Hae-seong.
De entre tantas personas en el mundo, qué mala
fortuna la suya al haber caído en las garras de semejante demente...
***
El tiempo transcurrió de la misma forma en que
fluye el agua. Finalmente, llegó el día de la gala anual que Pyeong-hwa le
había pedido organizar valiéndose del nombre de su padre. La hora de inicio
estaba programada para las siete de la noche.
Aunque Hae-seong planeaba arreglarse con total
tranquilidad, su mañana se volvió un caos absoluto debido a la llegada temprana
de los empleados del Grupo Taeseong, quienes acudieron a recogerlo.
Pasó el día entero siendo llevado de un lado a
otro por el personal, hasta que a las seis de la tarde por fin emprendieron el
viaje hacia el lugar del evento. Según las indicaciones del abogado, la
recepción tendría lugar en una residencia ubicada a las afueras de la provincia
de Gyeonggi. El mismo abogado no pudo evitar chasquear la lengua al mencionar
que el primogénito de cierto conglomerado, el anfitrión de la noche, había
adquirido esa villa recientemente como una donación. Añadió que el sujeto había
convocado a tanta gente con el único propósito de presumir su nueva propiedad.
Al ser su primera vez en un evento de esta
índole, a Hae-seong no le importó el motivo subyacente. Sin embargo, cuando
divisó a lo lejos la imponente residencia iluminada por un despliegue de luces
resplandecientes, en el fondo logró comprender el orgullo de aquel primogénito.
Poco después, el automóvil se detuvo frente al
acceso principal, donde se apreciaba una hilera de guardias de seguridad. Uno
de los elementos se aproximó a la ventanilla del conductor y dio unos ligeros
golpes en el cristal, por lo que el chofer procedió a bajar la ventana.
“Por favor, permítame verificar su
invitación”.
El conductor sacó su teléfono celular y mostró
la pantalla donde se apreciaba un código de barras. En cuanto el guardia acercó
el lector digital, se escuchó un agudo pitido. Tras corroborar los datos en el
dispositivo, el guardia dirigió la mirada hacia el asiento trasero a través del
espacio de la ventanilla abierta, fijando la atención en Hae-seong.
“A partir del acceso principal de la
residencia, únicamente se permite el ingreso al titular de la invitación. El
área de estacionamiento se localiza a mano izquierda”.
Era un despliegue fascinante. Las estrictas
medidas de seguridad, que hasta entonces Hae-seong solo había presenciado en
producciones televisivas, hicieron que su corazón diera un vuelco de emoción.
En cuanto el guardia se retiró, las enormes
puertas principales se abrieron de par en par. Con el camino despejado, el
sedán que transportaba a Hae-seong se adentró de inmediato en la propiedad. A
ambos lados del extenso sendero que conducía a la edificación principal, se
extendía un jardín decorado de forma espléndida.
Hae-seong contemplaba embelesado las
esculturas de las que brotaban hilos de agua, pero en cuanto el sonido de la
música y la intensidad de las luces se hicieron más evidentes, procedió a
acomodarse la vestimenta con esmero. Por fortuna, el atuendo que llevaba puesto
era el traje formal que el padre de Pyeong-hwa le había enviado especialmente
para la ocasión.
El traje negro, confeccionado con un textil de
excelente calidad y acompañado por un moño de terciopelo en tonalidad azul
marino, se ajustaba a la silueta de Hae-seong a la perfección sin necesidad de
arreglo alguno. Por no hablar del impecable trabajo de maquillaje y peinado que
le habían realizado en un exclusivo salón del distrito de Cheongdam.
Hae-seong se tocó los labios ligeramente
humectados por el brillo mientras observaba el panorama exterior. El sedán se
detuvo finalmente frente a la entrada principal del recinto.
El conductor, tras pedirle cortésmente que
permaneciera en su asiento por un momento, descendió del vehículo para abrirle
la puerta. Hae-seong salió del automóvil un tanto desconcertado, quedando con
la boca abierta ante el maravilloso espectáculo que se desplegaba ante sus
ojos.
“Permaneceré en el área de espera exterior. En
cuanto se encuentre listo, puede enviarme un mensaje y vendré por usted de
inmediato”.
Hae-seong asintió con una reverencia tímida.
Antes de que tuviera la oportunidad de expresar su agradecimiento, el chofer ya
se había subido de vuelta al automóvil, comportándose de una manera tan
sistemática que parecía un personaje no jugable de un videojuego. Mientras
contemplaba fijamente la parte trasera del sedán que se alejaba, sintió un
ligero toque en el hombro por la espalda.
“Dado que el flujo de vehículos es constante,
le pido que me acompañe al interior, por favor”.
“Ah, de acuerdo”.
Hae-seong comenzó a subir la escalinata
siguiendo las indicaciones del empleado del lugar. En ese preciso instante, la
atmósfera circundante comenzó a tornarse sumamente agitada. Se percibía una
tensión muy distinta a la que se respiraba cuando el automóvil de Hae-seong
hizo su arribo. Dando un paso hacia atrás, Hae-seong observó con curiosidad el
vehículo que se aproximaba.
Un imponente sedán de color negro se deslizó
de forma silenciosa hasta detenerse justo frente al acceso principal donde él
se encontraba. Los empleados que permanecían rezagados en la parte posterior se
aproximaron de inmediato, distribuyéndose en dos hileras a lo largo de las
puertas traseras del vehículo con una postura rígida y formal.
En cuanto el motor se apagó, la puerta del
conductor se abrió. Hae-seong dirigió la mirada de forma instintiva hacia el
chofer que descendía, abriendo los ojos de par en par por la sorpresa.
El conductor, pareciendo no percatarse de la
presencia de Hae-seong, se dirigió directo a la puerta trasera. En ese momento,
un hombre vestido con un esmoquin blanco emergió del interior de la residencia
mientras se abotonaba el saco. Se trataba de un atuendo tan llamativo que
resultaría intolerable en cualquiera que no fuera el anfitrión del evento.
Hae-seong sintió una inmensa curiosidad por
descubrir la identidad del individuo que ameritaba semejante comitiva de
bienvenida, por lo que optó por permanecer en su sitio con la mirada fija en la
portezuela trasera. En cuanto el chofer abrió la puerta, los empleados hicieron
una reverencia al unísono.
Por debajo de la puerta abierta asomó un
calzado de piel impecablemente lustrado. Acto seguido, se hizo visible un traje
de etiqueta negro. Hae-seong fue elevando la mirada con lentitud. El hombre,
tras inclinar sutilmente el torso para evitar golpearse con el techo del
automóvil, enderezó la postura sobre el suelo mientras se abotonaba el saco.
“¿Eh...?”.
El hombre, que llevaba el cabello peinado
hacia atrás con pomada dejando su frente al descubierto, era Pyeong-hwa. Por
debajo de esa cabellera que lucía una densidad envidiable gracias al esmero del
peinado, se apreciaban unas cejas de curvatura elegante, unos ojos de
proporciones perfectas y un perfil nasal tan prominente que resultaba de una
belleza deslumbrante, capaz de dejar a cualquiera sin aliento.
Por no mencionar la impecable caída del traje
sobre sus hombros imponentes. Hae-seong contempló a Pyeong-hwa completamente
absorto, perdiendo la noción de su entorno. Ni el majestuoso despliegue de
luces de la recepción lograba rivalizar con el atractivo del joven.
“¡Vaya, Tae Pyeong-hwa! ¡Qué gusto que hayas
podido venir!”.
Tal como se lo había imaginado, el hombre del
esmoquin blanco era el anfitrión de la gala, quien se aproximó a Pyeong-hwa
extendiéndole la mano en señal de saludo. Pyeong-hwa dirigió una mirada esquiva
y sutil hacia la mano extendida antes de asentir levemente con la cabeza.
El anfitrión, pareciendo habituado a ese tipo
de desaires, no mostró incomodidad alguna y se limitó a soltar una carcajada
llena de entusiasmo.
“¿Has venido solo? ¿Dónde está tu prometido?”.
“...Ah”.
Al escuchar la mención sobre el compromiso
matrimonial, Hae-seong fijó la atención en Pyeong-hwa. Ahora que lo pensaba, la
gran mayoría de los asistentes acudían en pareja. Desconociendo la naturaleza
de sus vínculos, las personas ingresaban a la recepción tomadas del brazo con
total naturalidad.
De haber sabido que la situación sería de esa
forma, habría sido mejor proponerle que viajaran juntos. Hae-seong experimentó
un tardío sentimiento de remordimiento. Después de todo, el propósito del
evento era presentarse formalmente ante los demás como acompañantes, por lo que
haber viajado por separado resultaba un trámite innecesario. Hae-seong comenzó
a debatirse internamente: ¿debería aproximarse en este instante para saludarlo?
Conociendo el temperamento de Pyeong-hwa, era
evidente que el joven se mantendría al margen sin emitir comentario alguno. En
efecto, Pyeong-hwa permanecía con los labios firmemente apretados mostrando un
semblante de evidente incomodidad.
Hae-seong soltó una ligera sonrisa al
reconocer ese característico gesto de fastidio mientras se acomodaba el moño
del cuello. Decidió que aprovecharía la oportunidad para adelantarse y
presentarse primero. Sin embargo, tras dar el primer paso, se quedó
completamente inmóvil en su sitio.
Por debajo de la portezuela que aún permanecía
abierta ocultando el torso de Pyeong-hwa, se alcanzaba a distinguir el calzado
de punta redondeada de otra persona. Acto seguido, se hizo visible la bastilla
de un pantalón de etiqueta color blanco. Pyeong-hwa, tras echar un vistazo
discreto a su costado, se mordió los labios y se hizo a un lado para dejar
libre el espacio.
Los ojos del anfitrión, quien se encontraba
justo enfrente, se abrieron de par en par. Su mirada dejó de enfocarse en
Pyeong-hwa para dirigirse a un punto situado justo detrás de él, mostrando un
semblante de evidente desconcierto, como si presenciara un acontecimiento
sumamente inusual.
Hae-seong, atento a las reacciones del
anfitrión, desvió la mirada de vuelta hacia el atuendo blanco. Finalmente, una
silueta vestida con un traje impecablemente blanco se plantó con firmeza sobre
el suelo. Como si se tratara de una señal de que la comitiva de acompañantes se
limitaba a esas dos personas, la portezuela trasera del automóvil se cerró por
fin.
En el instante en que la puerta se cerró
revelando el espacio, el rostro del hombre que descendió del automóvil quedó al
descubierto. El sujeto, quien asumió su lugar al costado de Pyeong-hwa con
total naturalidad, era un viejo conocido para Hae-seong.
“...Pero qué demonios, maldita sea”.
El hombre que lucía una cabellera teñida en
una tonalidad castaña clara en contraste con Pyeong-hwa, con el flequillo
pulcramente asentado sobre un rostro pequeño, una piel tan pálida como el traje
blanco que portaba y unos labios resaltados por un llamativo tono rosa pastel
debido al exceso de maquillaje, era Woo Yeon-je.
La mirada de Hae-seong se tornó glacial en un
abrir y cerrar de ojos. Woo Yeon-je le dedicó una sonrisa resplandeciente al
anfitrión de la gala antes de entrelazar su brazo con el de Pyeong-hwa.
Toda la escena se desarrolló ante los ojos de Hae-seong
como si el tiempo transcurriera en cámara lenta.
***
La mañana del día en que se había comprometido
a acompañar a Kwak Tae-oh a la recepción, Pyeong-hwa despertó mucho más
temprano de lo habitual por alguna extraña razón.
Como si se tratara de la víspera de un ansiado
día de campo, se incorporó de golpe en la cama, provocando que las sábanas se
deslizaran suavemente por sus hombros.
El fino textil de la ropa de cama estuvo a
punto de caer directo al suelo, pero Pyeong-hwa, sobresaltado, se apresuró a
enrollar la sábana entre sus brazos para estrecharla contra su pecho.
Se trataba de la misma ropa de cama sobre la
cual Hae-seong se había recostado descuidadamente en días pasados. Debido a la
persistencia de las fragancias de las feromonas, Pyeong-hwa acostumbraba lavar
las sábanas cada dos días o reemplazarlas por completo. Sin embargo, a pesar de
que Hae-seong había realizado un acto que iba mucho más allá de un simple roce,
optó por no cambiarlas.
Evitó dar explicaciones a quienes mostraron
extrañeza por su proceder. A decir verdad, la razón principal era que ni él
mismo encontraba las palabras idóneas para justificarlo. Pyeong-hwa se
encontraba sumido en la confusión ante ese repentino e incomprensible arranque
de su propia voluntad.
Tras recostarse de lado sobre el colchón
manteniendo la sábana enrollada entre sus brazos, Pyeong-hwa tomó su teléfono
celular. El dispositivo se sentía un tanto cálido al tacto, posiblemente debido
a que lo había mantenido sujeto con firmeza durante el transcurso de la noche.
Los extravagantes contenidos que Hae-seong
acostumbraba publicar en sus redes sociales resultaban un entretenimiento bastante
ameno para él. Pyeong-hwa accedió nuevamente a la sección de mensajes directos
para repasar la conversación que habían sostenido recientemente. Por mucho que
deslizara la pantalla hacia abajo para actualizar el contenido, la ventana de
chat permanecía inalterada, manteniéndose en silencio tras el último mensaje
enviado por Hae-seong.
Su rostro, aún cálido por los remanentes del
sueño, se ensombreció de inmediato. Soltando un profundo suspiro, Pyeong-hwa
asumió que su estado de ánimo se debía a la tensión provocada por el compromiso
de esa noche, por lo que finalmente procedió a levantarse de la cama.
Al salir a la estancia principal, se encontró
con una escena habitual de disputas entre su padre y su abuelo. El patriarca,
instalado en el asiento de honor, terminó por arrojarle a la cara el periódico
que sostenía entre las manos a su hijo.
Su padre, habiendo recibido el impacto directo
en el rostro, se levantó de la silla de golpe. Sin embargo, en cuanto percató
la presencia de Pyeong-hwa, la expresión de severidad de sus facciones se
transformó instantáneamente en un gesto de inmensa calidez.
“Pyeong-hwa, ¿cómo es que te has levantado tan
temprano?”.
Tae Ki-ho se dirigió a su hijo de veintidós
años y un metro noventa de estatura con un tono sumamente afectuoso.
Pyeong-hwa, mostrando un semblante hosco debido a que aún no lograba
espabilarse por completo, tomó asiento justo enfrente de Ki-ho.
“Vaya, pero si es nuestro querido Pyeong-hwa.
Dime, ¿acaso has tenido una pesadilla?”.
El presidente Tae Yang-ho, quien hasta hace
unos instantes profería toda clase de insultos y arrojaba objetos en contra de
Tae Ki-ho, moduló su voz a un tono sumamente sumiso buscando atraer la atención
de su nieto. Pyeong-hwa observó con evidente fastidio a los dos hombres, quienes
estiraban el cuello hacia adelante como un par de Mamenchisaurus en su afán por
congraciarse con él.
“Simplemente me desperté. No armen un
escándalo por eso, es vergonzoso que el servicio los vea comportarse de esa
forma”.
“Está bien, es solo que a tu abuelo le causa
una inmensa alegría verte por las mañanas”.
“¿Qué te apetecería desayunar hoy, Pyeong-hwa?
Si no tienes mucho apetito, puedo pedir que te preparen un tazón de leche con
cereal de chocolate”.
“No quiero nada”.
La expresión de Ki-ho, quien se había estado
removiendo en su asiento ansioso por ofrecerle algún alimento a su hijo, se
tornó desoladora. ‘Pyeong-hwa dice que no quiere comer nada’. Tae Ki-ho dirigió
una mirada al borde de las lágrimas hacia Tae Yang-ho.
Limítate a guardar silencio. Tae Yang-ho
sacudió la cabeza mientras fulminaba a Ki-ho con la mirada, como si deseara
atravesarlo con los ojos.
“No tengo mucho apetito debido al compromiso
que tengo programado para hoy”.
“Ah, es verdad. La gala es hoy, ¿cierto?”.
“Sí”.
“Pero si el evento es por la noche. ¿Piensas
permanecer todo el día sin probar alimento alguno?”.
La reacción de su padre fue de tal magnitud
que parecía haber recibido la noticia de un desplome catastrófico en las
acciones de la compañía. Pyeong-hwa se limitó a soltar un suspiro ante la
evidente falta de tacto de su progenitor.
“Debo prepararme con el vestuario. ¿A qué hora
está programada la llegada del personal?”.
“¡Ah, es verdad! ¡Qué descuidado de mi
parte!”.
Ki-ho se propinó una palmada en la frente y
tomó el teléfono que se encontraba sobre la mesa. De inmediato, le dio
instrucciones a su secretario para que el equipo encargado del arreglo de
Pyeong-hwa se presentara en la residencia antes del mediodía.
“...Y, ¿qué hay de la otra persona?”.
“¿La otra persona?”.
“Me refiero a mi acompañante para el evento de
hoy”.
“Ah, ¿te refieres al joven Hae-seong?”.
Al escuchar la mención del nombre de Hae-seong,
Pyeong-hwa bajó la mirada de forma instintiva. Contemplando con inmenso orgullo
la timidez con la que su hijo intentaba disimular su interés, Ki-ho comenzó a
parlotear lleno de entusiasmo.
“¡Por supuesto! ¡He dado instrucciones
específicas para asegurarme de que el joven Hae-seong sea el centro de todas
las miradas esta noche! ¡Pedí que lo arreglaran de una forma verdaderamente
espectacular!”.
“¿Espectacular...?”.
Sin embargo, en la opinión de Pyeong-hwa, el
calificativo idóneo para Hae-seong era ‘atractivo’ en lugar de espectacular. Le
resultaba un tanto inquietante la idea de que alguien que poseía semejante
atractivo físico destacara aún más en un sitio concurrido por tantas personas.
Sabiendo que sus bellas facciones no cambiarían por el vestuario, comenzó a
experimentar un sentimiento de agitación y zozobra en su interior.
“Sin embargo...”.
“¿Dime?”.
“Considerando que se trata de un adulto con la
capacidad de tomar sus propias decisiones, ¿no creen que resulta un tanto
impertinente que mi padre se involucre de esa forma en su vestimenta?”.
“... ¿Eh?”.
“No me refiero a que debas cancelar las
órdenes. Si ese es tu deseo, puedes continuar con los planes, pero esa es mi
opinión al respecto. Después de todo, es muy probable que él prefiera un estilo
en particular, ¿no es así?”.
Con el semblante completamente espabilado,
Pyeong-hwa expuso sus argumentos con total claridad. Ki-ho estuvo a punto de
sufrir un desmayo en ese mismo instante.
Era la primera vez en su vida que Pyeong-hwa
lo miraba fijamente a los ojos para entablar una conversación que excediera las
dos frases consecutivas. La emoción de Ki-ho fue de tal magnitud que sintió
perder el conocimiento por el impacto.
Tras concluir el almuerzo, Pyeong-hwa se
dirigió a la estancia principal, donde ya se encontraba instalado un perchero
con diversos trajes de etiqueta, una amplia selección de corbatas y un
despliegue de productos cosméticos y de peluquería.
A pesar de su timidez intrínseca ante la
presencia de desconocidos, Pyeong-hwa se mantuvo sereno, pues se trataba de un
procedimiento habitual en cada uno de los eventos a los que asistía. El equipo
de estilistas, integrado exclusivamente por Betas, se había encargado de su
arreglo personal durante los últimos diez años.
Mientras se probaba las distintas opciones de
vestuario, evocó el traje que le había enviado como obsequio a Hae-seong. Todas
las prendas que debían ser entregadas ese mismo día bajo el nombre de su padre
habían sido seleccionadas por él de forma minuciosa.
Optó por mantener en secreto el hecho de que
había acudido personalmente al taller de alta costura para elegir incluso el
diseño de la caja de empaque, temiendo que Hae-seong malinterpretara sus
intenciones y la situación se tornara incómoda para ambos.
Para su propio vestuario, Pyeong-hwa eligió un
traje que compartía la misma tonalidad, el mismo textil y el mismo diseño que
el obsequiado a Hae-seong. Dado que a Hae-seong le correspondía portar el moño
de etiqueta, determinó que para él sería idóneo lucir una corbata confeccionada
con la misma tela. Pyeong-hwa concluyó las pruebas tras indicar detalladamente
cada una de sus preferencias al personal de costura.
Tras varias horas de ardua preparación,
finalmente llegó el momento de emprender el viaje. Al recibir la notificación
de que el vehículo se encontraba listo en el acceso, Pyeong-hwa tomó sus
supresores de feromonas y se dirigió al exterior.
Al cruzar el portón principal de la
residencia, divisó el automóvil que aguardaba por él en la entrada. Sin
embargo, se percató de la ausencia del chofer que habitualmente lo acompañaba
en sus traslados. Con un gesto de extrañeza, se aproximó con la intención de
echar un vistazo al interior del vehículo.
En ese instante, a escasos metros de distancia
de donde se encontraba estacionado el automóvil, percibió el eco de unas voces
que parecían sostener una acalorada discusión. Pyeong-hwa, que había inclinado
el torso para observar a través de la ventanilla, enderezó la postura de golpe.
“¡Vaya! ¡Pyeong-hwa!”.
En ese preciso momento, sus ojos se cruzaron
con los de Yeon-je, un individuo cuya presencia resultaba del todo inesperada
en esas circunstancias.
“...”.
A pesar de los años que llevaban de conocerse,
era la primera vez que lo veía con un arreglo de esa índole. Vestía un traje de
etiqueta completamente blanco, con el cabello perfectamente estilizado, un
calzado que denotaba un alto valor económico y un rostro que evidenciaba un
minucioso trabajo de maquillaje.
Yeon-je, luciendo una preparación impecable de
pies a cabeza, agitó la mano con entusiasmo al descubrir la presencia de
Pyeong-hwa. Acto seguido, se zafó con brusquedad del brazo del chofer que
intentaba retenerlo y corrió en dirección al joven. El conductor, visiblemente
consternado por la situación, se apresuró a seguirlo por detrás sin saber cómo
proceder.
“¡Sorpresa!”.
Al aproximarse al desconcertado Pyeong-hwa,
Yeon-je extendió ambos brazos de par en par. Ante la resplandeciente sonrisa de
su amigo, Pyeong-hwa se quedó sin palabras y retrocedió un paso de forma
instintiva, moviendo los pies casi sin darse cuenta.
“¿Cómo es que...?”.
Pyeong-hwa, para quien este escenario
resultaba completamente inimaginable, contempló a Yeon-je con un semblante de
evidente incomodidad. Sin embargo, ignorando por completo la confusión que
reflejaba su mirada, Yeon-je continuó hablando a toda velocidad con una sonrisa
descarada mientras se sujetaba de él.
“Me enteré de que el evento es organizado por
Kwak Tae-oh. Sé lo difícil que ha sido para ti asistir en solitario a estas
reuniones en ocasiones anteriores. Siempre me quedé con la inquietud, así que
esta vez tomé la resolución de acompañarte”.
Era un ofrecimiento que nadie le había
solicitado. Pyeong-hwa sintió una opresión en el pecho, como si se enfrentara a
una situación de lo más desagradable, provocando que su rostro se tornara
pálido por la angustia. No obstante, tal como acostumbraba hacer, Yeon-je pasó
por alto el sentir de Pyeong-hwa. Se empeñó en presentar sus acciones como un
acto de extrema benevolencia realizado exclusivamente por el bienestar de su
amigo. Incluso se mostró jactancioso, insinuando que poseía la agudeza
necesaria para descifrar los deseos más íntimos de Pyeong-hwa, aquellos que el
joven no se atrevía a expresar en voz alta. Ante la familiaridad de la
situación, el semblante de Pyeong-hwa se ensombreció sutilmente.
De continuar por ese camino, era un hecho que
Yeon-je terminaría imponiendo su voluntad como siempre lo hacía. Apretando los
labios con fijeza, Pyeong-hwa intentó mediar las palabras con cautela, mientras
el sudor comenzaba a acumularse en sus puños cerrados por la tensión.
“Verás, Yeon-je... El inconveniente con la
gala de esta noche es que... se trata de una recepción de carácter privado, por
lo que el acceso está restringido únicamente a las personas que confirmaron su
asistencia previamente...”.
“¿Acaso crees que no lo sé? Sin embargo, sabes
perfectamente que una restricción de esa índole no representa obstáculo alguno
cuando se trata de ti”.
Yeon-je le propinó un ligero golpe en el brazo
a Pyeong-hwa con un simpático gesto en la nariz.
“El asunto es que... en esta ocasión la
situación es un tanto distinta”.
A pesar de estar consciente de que bastaba con
sostener una negativa firme para dar por concluido el asunto, las palabras se
rehusaban a salir de su boca. Como ocurría en cada oportunidad, el proceso de
rechazar a Yeon-je y hacer que desistiera de sus planes representaba una
experiencia sumamente dolorosa para Pyeong-hwa.
Tal como lo había previsto, la expresión en el
rostro de Yeon-je se tornó gélida en un instante. Tras dirigirle una mirada
cargada de hostilidad, soltó un profundo suspiro que provocó un nudo en la
garganta de Pyeong-hwa.
“¿Me estás diciendo que debo dar media vuelta
y marcharme? ¿Después de todo el esmero que puse en prepararme únicamente por
ti?”.
“...”.
“¿Acaso crees que hice todo esto por un
beneficio personal? Me tomé todas estas molestias con el único propósito de
evitarte una humillación... ¿Y ahora pretendes que me retire sin más?”.
Yeon-je presionó a Pyeong-hwa con la clara
intención de bloquear por completo cualquier cosa que estuviera pensando. Sin
embargo, al ver que Pyeong-hwa no le daba la respuesta que deseaba, empezó a
ponerse ansioso.
No pienso retroceder en absoluto.
Durante un breve instante, tras haber estado
enfrentando a Pyeong-hwa de espaldas al coche, Yeon-je se subió repentinamente
al vehículo. No hubo tiempo de detenerlo ni de agarrarlo. Aprovechando la
puerta que se había quedado abierta para Pyeong-hwa, se coló descaradamente por
su cuenta. Además, se adentró tanto en el asiento que resultaba difícil
alcanzarlo.
Sentado casi pegado a la puerta del lado
opuesto, Yeon-je giró levemente el rostro. Luego, con una expresión descarada
que dejaba claro que no tenía intenciones de bajarse, le hizo una seña a
Pyeong-hwa. Sus labios fuertemente apretados y su mirada eran aún más tercos
que de costumbre.
“Sube rápido, que se nos va a hacer tarde”.
Dijo Yeon-je con ligereza.
En ese momento, de repente, a Pyeong-hwa se le
cruzó por la mente el terrible pensamiento de sacarlo a la fuerza. Era un mal
pensamiento del mismo tipo que había tenido en el instante en que vio a
Yeon-je. Pyeong-hwa se sintió confundido ante una emoción tan negativa que
jamás había experimentado hasta entonces.
El simple hecho de haber pensado algo así le
provocó sudor frío y una intensa sensación de náuseas.
No debo ser así. No se supone que haga esto.
Si lo hago...
‘Eso es, así serás un buen chico. A Pyeong-hwa
le gusta ser un buen chico, ¿verdad?’.
Al recordar de golpe esa voz espantosa, sintió
un mareo. El chofer, que había estado observando en silencio, se acercó a
Pyeong-hwa. Obligó al agobiado joven a subir al coche y cerró la puerta.
Habiendo terminado dentro del coche casi sin
querer, Pyeong-hwa simplemente cerró los ojos. No quería pensar en nada. La voz
que solía consolarlo y disciplinarlo no dejaba de resonar en su cabeza,
impidiéndole concentrarse en otra cosa.
Yeon-je notó de inmediato la agitación
emocional de Pyeong-hwa. Tomó suavemente las mejillas de Pyeong-hwa entre sus
manos y lo obligó a mirarlo. Al encontrarse con sus ojos llorosos, Yeon-je
acarició su mejilla y susurró suavemente.
“Todo esto es por tu bien. No puedes ponerte
así. Lo sabes, ¿verdad?”.
Ante aquellas palabras susurradas, el rostro
de Pyeong-hwa se marchitó lentamente. Desgarrando la oscuridad que cubría sus
ojos, el recuerdo de aquel día volvió a asomar la cabeza.
***
Quiero irme a casa.
En cuanto se confirmó su nombre y se abrió la
enorme barricada, Pyeong-hwa sintió que era tan aterradora como las puertas del
mismísimo infierno. El coche pasó a una velocidad suave por el jardín
espléndidamente diseñado y, antes de darse cuenta, se detuvo.
El chofer, que miraba a Pyeong-hwa con
preocupación, no tuvo más remedio que dejar el asiento del conductor debido a
la prisa que metían desde el exterior.
Ojalá la puerta no se abriera.
Pero, como siempre, sus deseos no se
cumplieron.
Cuando la puerta del coche se abrió, las luces
brillantes le lastimaron los ojos y el ruido de la música estridente golpeó sus
oídos.
“¿Qué haces? Están esperando. Baja rápido”.
Yeon-je, que había estado sentado separado de
él, ya se había pegado al brazo de Pyeong-hwa.
Fue en ese momento cuando tuvo una sensación
extraña. De repente, el calor corporal que tocaba su brazo se sintió tan
ardiente como la lava. Sorprendido, Pyeong-hwa empujó el brazo de Yeon-je.
El hermoso entrecejo del desconcertado Yeon-je
se frunció por un instante. Pyeong-hwa sabía que debía pedir disculpas. Sin
embargo, en su cabeza solo estaba grabada la palabra ‘escapar’ como un mantra,
lo que le impedía actuar de otra manera. Pyeong-hwa bajó del coche como si
huyera.
Kwak Tae-oh se acercó con su desagradable
rostro resplandeciente.
“¿Viniste solo? ¿Y tu prometido?”.
¿A ti qué carajos te importa?
Un sentimiento infantil floreció en su
interior. Como no quería ni responderle, desvió la mirada, pero en ese breve
lapso olvidó que Yeon-je también estaba bajando del coche.
Se notaba que el humor de Kwak Tae-oh se había
arruinado. No era para menos, al ver que Yeon-je llevaba un traje blanco igual
al suyo, era predecible lo mucho que le irritaría esa actitud de querer llamar
la atención.
Pyeong-hwa solo quería ignorarlo todo. Su
cabeza estaba tan llena de una persona en particular, evocada por la palabra ‘prometido’,
que no tenía espacio para preocuparse por el estado de ánimo de los demás.
Después de eso, la conversación que
mantuvieron Yeon-je y Kwak Tae-oh ni siquiera le entró por los oídos. Sin
embargo, al oír que Hae-seong había llegado hacía un momento, recuperó la
lucidez de golpe.
Por instinto, empezó a mirar a su alrededor. Y
pronto, Pyeong-hwa localizó a Hae-seong. Tal como dictaba su certeza de que no
sería difícil encontrarlo, Hae-seong destacaba notablemente incluso en medio de
la multitud.
La ropa que le había regalado le entallaba a
la perfección, tal como lo había imaginado. Sus facciones, reveladas bajo el
cabello peinado hacia arriba, hacían que incluso las deslumbrantes luces
parecieran opacas. ¿Debería saludarlo? ¿Cómo se suponía que iba a explicar lo
de Yeon-je? En el momento en que dudaba, sus ojos se encontraron con los de Hae-seong.
Sin embargo, no recibió el saludo cálido de
siempre. Esto se debió a que Hae-seong, tras mirarlo con ojos gélidos, se dio
la vuelta primero. En el instante en que Hae-seong le dio la espalda,
Pyeong-hwa sintió que el aire se le cortaba de golpe, como si alguien lo
estuviera asfixiando.
No hubo la sonrisa radiante que siempre le
mostraba. Hae-seong lo miró con ojos carentes de cualquier emoción y luego se
marchó. Su rostro parecía inexpresivo, pero la comisura de sus labios estaba
claramente rígida.
***
Hae-seong, que se había quedado maravillado al
ver a Pyeong-hwa salir del coche, se quedó sin palabras al enfrentarse al
extraño fenómeno de que el ruido que lo rodeaba pareció apagarse en un solo
instante. Woo Yeon-je, que bajó del mismo coche que Pyeong-hwa, vestía un traje
de un blanco tan puro que resultaba vergonzoso para el propio anfitrión de la
fiesta.
Esa vestimenta, que recordaba a un traje de
bodas, fue suficiente para dejar sin palabras incluso a Hae-seong.
“¿Señor Yeon-je? ¿La persona con la que te
ibas a comprometer era el señor Yeon-je?”.
Parecía que el anfitrión ya conocía a Woo
Yeon-je. Hae-seong, que para entonces ya se había apoyado sobre una sola pierna
con aire despreocupado, observó con interés a las tres personas que subían las
escaleras del vestíbulo.
“Bueno, en realidad no es así...”.
Al parecer, la actitud arisca que había
mostrado el día que se conocieron era algo que se podía quitar y poner a
voluntad. Un Yeon-je recatado, e incluso de aspecto desvalido, bajó la mirada.
A su lado, Pyeong-hwa estaba ocupado mirando a su alrededor con un rostro que
denotaba cierta ansiedad.
“¿Entonces qué? Tae Pyeong-hwa, ¿no dijiste
que tu prometido también vendría? Me acaban de informar que el coche registrado
a nombre de tu casa ya ingresó”.
El anfitrión ladeó la cabeza una y otra vez.
El paso de Pyeong-hwa, que caminaba al lado de Yeon-je, se detuvo en seco. Con
los ojos abiertos de par en par, Pyeong-hwa tragó saliva mientras miraba al
anfitrión. Lo hizo con tanta fuerza que incluso Hae-seong pudo ver cómo se
movía su nuez de Adán.
“¿Que... vino?”.
“Sí. El coche en el que viniste estaba justo
detrás del suyo”.
Pyeong-hwa, detenido en su lugar, comenzó a
examinar los alrededores. Hae-seong, que observaba la escena de pie a cierta
distancia con una postura inclinada y los brazos cruzados, se limitó a
contemplar. Al poco tiempo, Pyeong-hwa, que recorría el vestíbulo con la
mirada, giró su cuerpo hacia la dirección en la que se encontraba Hae-seong y
se quedó congelado.
Hae-seong soltó una burla al ver cómo los ojos
de Pyeong-hwa se agrandaban y su rostro palidecía al descubrirlo. Le dio un
ataque de rabia al verlo temblar como un ciervo atrapado en una trampa.
Desde el momento en que descubrió a Hae-seong,
Pyeong-hwa empezó a moverse con torpeza, como un robot averiado.
Su rostro, que se descompuso como si alguien lo
estuviera asfixiando, reflejaba desesperación. Hae-seong estuvo a punto de
tocarse el cabello por hábito, pero al recordar que estaba peinado, solo apretó
los puños.
Al igual que el otro, él también se encontraba
en un estado impecable gracias a las manos de varias personas. Hae-seong pensó
en el esfuerzo de sus hermanas mayores, quienes se habían esmerado en
arreglarlo como si fuera un muñeco.
Con lo mucho que sufrieron, no puedo echarlo a
perder y quedar en ridículo.
Hae-seong disfrutó de la mirada fija de
Pyeong-hwa simulando indiferencia.
¿Qué vas a hacer si me miras así?
Cuando Hae-seong frunció el ceño con fuerza,
Pyeong-hwa volvió a desestabilizarse.
Hae-seong quería reclamarle a Pyeong-hwa por
qué ponía esa cara cuando él mismo había sido quien lo había dejado en
ridículo. Pero, ¿de qué serviría eso? Solo daría pie a que la gente hablara de
un escándalo innecesario.
Aunque no era de los que temían estar en boca
de los demás, no quería ser mencionado de esa manera.
Hae-seong intentó calmar su corazón. Sin
embargo, aun así, su pecho latía de una forma desagradable. Tras observar por
un momento a lo que parecía ser una pareja de revista, Hae-seong se dio la
vuelta.
Por supuesto, Hae-seong no vio cómo los ojos
de Pyeong-hwa, que solo atinaba a mirar sin saber qué hacer, se distorsionaban.
Hae-seong, que dio la espalda a Pyeong-hwa y
mantuvo una mirada desolada en el vacío por un momento, recuperó la compostura
y empezó a caminar. Entró al lugar a través de una entrada un tanto apartada de
la puerta donde se encontraban Pyeong-hwa, Woo Yeon-je y el esmoquin blanco.
Escuchó la voz de Woo Yeon-je preguntando a sus espaldas qué pasaba, pero no
miró atrás.
Después de todo, ¿acaso no había empezado esto
sabiendo que terminaría así? Él también buscaba una relación utilitaria y no
una de tipo emocional. Sin embargo, su estado de ánimo era bastante pésimo.
Me invitó, me entregó una tarjeta de una forma
tan linda diciendo que viniéramos juntos... Así que no me dijo que vendría a
buscarme para poder venir con Woo Yeon-je.
Hae-seong, sintiéndose un poco deprimido a
medida que lo pensaba, siguió los pasos de la multitud y entró al salón de
banquetes. Y entonces, sus ojos se abrieron de par en par ante el mundo de
fantasía que se desplegaba ante él.
“Vaya...”.
Está increíble.
Las dos mejillas de Hae-seong se encendieron.
Su corazón, que latía con melancolía, comenzó a palpitar con emoción al ritmo
de la música retumbante. El prometido que había venido con otra pareja se borró
de su mente en un instante.
Hae-seong se adentró en la multitud como
hipnotizado. Su destino era la mesa principal, donde se exhibían whiskis tan
caros que jamás se habría atrevido a comprar.
***
Hae-seong se sentó justo en el centro, rodeado
de personas que disfrutaban de la fiesta a su manera, y se dedicó a degustar
los licores costosos. Hacía mucho que había olvidado la razón por la que estaba
allí.
Ya que terminó así, lo consideraré como un
trabajo de medio tiempo de 3 millones de wones.
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Independientemente de la intención del
anfitrión, se lavó el cerebro para convencerse de que había sido contratado
voluntariamente para mantener el prestigio como un invitado más y hacer bulto.
Además, rebajó a todas las personas del lugar a la categoría de empleados o
NPCs (personajes no jugables).
Al pensarlo de ese modo, Hae-seong no se
sintió intimidado en absoluto, incluso estando entre los miembros de la tercera
generación de familias ricas que hacían gala de toda su opulencia. ¿Sería que
su corazón se había envalentonado gracias a la ropa cara? Hae-seong se volvió
audaz.
El hecho de que Hae-seong no se sintiera
intimidado también se debía a que ese grupo de cucarachas, que al principio
habían entrado en parejas, ahora se habían dispersado en su mayoría. A pesar de
haber sido tan cariñosos, ahora se daban la espalda como si fueran
desconocidos.
Mundo podrido...
Hae-seong, que se había puesto completamente
cínico, arrastró un whisky recién servido y lo colocó frente a él.
Está riquísimo.
Le pareció sentir un sabor dulce en el borde
de la copa. ¿O era salado? Hae-seong apoyó la copa de whisky contra sus
mejillas calientes para enfriarlas.
A decir verdad, a partir del tercer vaso, su
lengua se había entumecido un poco y ya no distinguía los sabores, pero la
sensación era esa. Beber alcohol en medio de un ambiente tan lujoso y ruidoso,
rodeado de toda clase de millonarios... Aunque nunca pudiera pertenecer a su
misma clase, en ese instante, el alcohol sabía de maravilla. Ni siquiera
necesitaba botana. Se sentía completamente embriagado por la pura atmósfera.
Hae-seong decidió no pensar a fondo en la
miseria que tenía enfrente. Por supuesto, no esperaba pasar por una situación
tan ridícula tan pronto, pero ¿acaso no era algo que tendría que seguir
soportando en el futuro?
“...”.
¡Pero aun así me siento de la patada, qué
quieren que haga, carajo!
Si no hubiera sido la fiesta de otra persona,
tal vez ya habría armado un escándalo y terminado en una patrulla. Hae-seong
estiró los brazos a lo largo de la mesa alargada. Luego, apoyó la mejilla sobre
ella y se recostó de lado.
“Es la primera vez que veo tu rostro, ¿con
quién viniste?”.
En ese momento, el maldito esmoquin blanco se
acercó justo frente a sus ojos. Debido a la luz que reflejaba, hasta tuvo que
fruncir el ceño. Los ojos desalmados de Hae-seong recorrieron lentamente el
rostro del anfitrión.
“Y si vine solo...”.
¿Qué vas a hacer? Hae-seong respondió con una
actitud desafiante y grosera. Como no esperaba una reacción así, la expresión
del anfitrión se distorsionó un poco.
“Entonces no deberías estar aquí...”.
“Échame si quieres”.
“Pero sería una lástima hacer eso con un
rostro tan atractivo. ¿De verdad viniste solo?”.
Hae-seong soltó una burla.
Y eso que andaba de arrastrado frente a
Pyeong-hwa.
Sintiendo un repentino fastidio, Hae-seong
levantó el torso de golpe. El anfitrión, sobresaltado, dio un paso atrás. Hae-seong
se acomodó el cabello revuelto y le dedicó una sonrisa fingida.
“Ah, ahora que lo pienso, me pareció que me
estabas buscando hace un momento, lamento haberme tardado en saludar”.
“¿Que yo te estaba buscando?”.
El anfitrión elevó las comisuras de los labios
como si le resultara divertido. Tras arrastrar una silla para sentarse justo a
su lado, el anfitrión levantó el dedo índice. Un whisky idéntico al que
Pyeong-hwa acababa de tomar fue colocado frente a él.
Maldita sea, qué presumido.
El labio superior de Hae-seong se crispó con
irritación.
“Viéndote de cerca, es cierto que tienes un
rostro que vale la pena buscar. Continúa”.
El anfitrión apoyó los brazos en la mesa,
sostuvo su barbilla con la mano y cruzó las piernas.
De verdad que este tipo hace todo el circo
completo.
Hae-seong miró con ojos gélidos la punta
afilada del zapato de este tipo, que rozaba sutilmente su pantorrilla.
“Digamos que fui yo quien te buscó. Te dije
que te presentaras y me dijeras quién eres”.
El hombre, que ni se imaginaba que Hae-seong
era el prometido de Pyeong-hwa, ordenó con arrogancia. La mejilla de Hae-seong
se infló levemente. Esto se debió a que Hae-seong, mirando hacia arriba, pasó
la lengua lentamente por el interior de su mejilla. A pesar de que su actitud
se volvía cada vez más descarada, el anfitrión solo sonreía con interés.
Hae-seong conocía bien a los de su clase. Era
el típico cobarde que se hace el fuerte con los débiles y se achica ante los
poderosos. Hae-seong miró de frente al anfitrión que se reía de él y elevó las
comisuras de los labios. Tras arrugar la nariz con picardía, abrió los labios
pausadamente. Tenía muchas ganas de ver el cambio en la actitud de ese sujeto.
“Tae Pyeong-hwa”.
“¿Eh?”.
Como era de esperarse, al mencionar un nombre
que no figuraba en sus planes, los ojos del hombre se abrieron de par en par.
Sus pupilas se movían con agitación mientras intentaba deducir algo. Hae-seong
sostuvo su barbilla con aire petulante, observando con indiferencia aquel
rostro que se ponía rígido como si pensara: ¿Acaso...? o ¿Será posible?.
“Su prometido”.
Soy yo, soy yo.
Hae-seong se apuntó a sí mismo con el pulgar y
sonrió con picardía.
“¿Qué?”.
“El prometido de Tae Pyeong-hwa por el que
tanta curiosidad tenías. Ese soy yo”.
Hae-seong tomó una cereza que estaba puesta
como botana, se la comió y le lanzó el rabo al hombre. El hombre, que se había
quedado helado analizándolo, ladeó la cabeza.
“Se lo escuché a mi padre, pero ¿de verdad se
va a casar? ¿Tae Pyeong-hwa?”.
“A juzgar por cómo te tomas las palabras de tu
padre, tú también estás perdido”.
“No, no es eso... Es que ya había escuchado
rumores así un par de veces antes, pero nunca se hicieron realidad”.
Era información de más que no le interesaba en
absoluto. Sus pupilas sin vida se clavaron en el lujoso candelabro.
O sea, ¿que yo no soy el primero con el que
Tae Pyeong-hwa intenta casarse?
Mientras apretaba los dientes con rabia, un hombre
con el cabello completamente empapado en gel llamó al anfitrión desde lejos.
Sin embargo, el anfitrión, que parecía estar complemente cautivado por la
distracción que tenía enfrente, le hizo una seña con la mano para que se fuera
y se quedó sentado.
Hae-seong miró de reojo y con fastidio al
hombre que se había pegado a él apoyando los brazos en la mesa.
“Soy Kwak Tae-oh. De Construcciones Minyang.
Si eres el futuro esposo de Pyeong-hwa, deberíamos presentarnos formalmente”.
Kwak Tae-oh, revelando su nombre y trasfondo
que a nadie le importaban, le extendió la mano. Hae-seong simplemente le puso
en la mano el tenedor en el que había pinchado un plátano.
“¿Pero por qué tendría que ser yo el esposo?”.
Hae-seong, que tomó un nuevo tenedor para
pinchar una uva Shine Muscat y metérsela a la boca, ladeó la cabeza.
“¿Entonces quieres ser la esposa?”.
No es como si le estuvieran pidiendo que se
cortara sus partes, y siendo un manifestado, qué más daba quién fuera el esposo
o la esposa. Como tampoco era de los que les importara tomar el rol pasivo, aunque
no era algo que fuera a pasar con Pyeong-hwa, Hae-seong respondió con tono
despreocupado.
“Si Pyeong-hwa quiere que sea así, tendré que
serlo”.
“Jeje”.
Kwak Tae-oh sonrió de manera maliciosa
mientras masticaba el plátano. Su mirada ruin lo recorrió con doble intención.
Ante esa mirada que parecía la de una chinche, Hae-seong frunció el ceño con
fuerza.
¿De qué te ríes con la nariz? Ya que ando de
mal humor, ¿y si le meto un buen trancazo?
“¿Sabes que el señor Ki-ho armó un alboroto
invitando tragos porque decía haber encontrado al manifestado perfecto para
Pyeong-hwa?”.
“¿Eh? El manifestado perfecto soy yo, ¿por qué
andaba invitando tragos en otros lados?”.
Hae-seong se quejó con sincero pesar. Si se
trataba de Ki-ho, seguro habría comprado licores mucho más caros y exclusivos
que los que estaban servidos aquí. Chasqueó los labios con decepción.
“Por eso tenía mucha curiosidad. Pero vaya...
¿Qué clase de bendición tiene Tae Pyeong-hwa? Cómo es posible que tanto...”.
“¿Acaso no basta con verle la cara a
Pyeong-hwa para saber la enorme bendición que recibió? No existe mayor
bendición que esa”.
“Jajaja. ¿Te gusta Pyeong-hwa?”.
“Desde pequeño me han gustado las cosas
hermosas. Y de entre todas, yo soy a quien él más ama”.
Hae-seong, que soltó semejante descaro con
total naturalidad, se comió otra cereza.
“¿Entonces eres completamente lo opuesto a
Pyeong-hwa?”.
“¿En qué?”.
Hae-seong frunció el ceño ante ese comentario
fuera de lugar que pretendía marcar una distancia entre Pyeong-hwa y él.
“Pyeong-hwa se odia a sí mismo más que a nada”.
“¿Eh? ¿Por qué?”.
“Bueno, ¿yo qué voy a saber? ¿Cómo podría
alguien como yo descifrar los pensamientos de un gran Alfa Dominante?”.
“Ah... Bueno, eso tiene sentido”.
Hae-seong miró de reojo a Kwak Tae-oh y
asintió sin contradecirlo. Kwak Tae-oh soltó una carcajada absurda. Había
estado soltando comentarios ofensivos desde hacía rato, pero extrañamente no le
daba coraje.
¿Será de verdad por culpa de este rostro?
“De todos modos, es sorprendente. Que Tae
Pyeong-hwa de verdad se vaya a casar...”.
“Sí que te sorprendes por cualquier cosa”.
“¿Sabes que él tiene a alguien con quien sale,
no? Ese chico que trabajaba en su casa antes, bueno... el hijo de alguien, creo”.
Pensar que hace un momento lo llamaba ‘Señor
Yeon-je~’ con tono empalagoso, y ahora que no estaba lo rebajaba llamándolo ‘ese
chico’, realmente dejaba ver la clase de calaña que era. Ya no solo le
desagradaba su ropa, que era un atentado visual, sino el tipo en sí. Hae-seong
ignoró las palabras de Kwak Tae-oh y miró hacia otra parte.
“Pensé que no se casaría precisamente por él”.
“Se casará porque su padre se lo ordenó. La
gente de su clase suele vivir así, ¿no?”.
“Ay, pero él es un poco diferente”.
“¿Qué diferencia hay? Desde tiempos antiguos
se dice que hay que hacer caso a los mayores. ¿Acaso no sabes que si escuchas a
tus mayores, hasta te lloverá pan del cielo?”.
Aunque, a decir verdad, el mayor de su propia
casa había quebrado el negocio familiar y se había dado a la fuga.
Y además, puede que en este matrimonio el
único beneficiado con ese ‘pan del cielo’ fuera él mismo.
...Pero, honestamente, ¿qué problema habría
con eso?
El hombre, que venía sonriendo de medio lado
divertido por las ocurrencias de Hae-seong, se congeló de repente. Abrió los
ojos de par en par, visiblemente sorprendido, y de inmediato miró a Hae-seong
para luego clavar la vista justo por encima de su hombro.
Ese sutil estremecimiento y el fruncimiento de
sus cejas resultaron molestos a los ojos de Hae-seong. Tras alternar la mirada
por unos instantes entre Hae-seong y lo que había detrás de él, el hombre
terminó por quedarse mirando fijamente hacia ese punto. Hae-seong, que había
estado a punto de volverse loco de aburrimiento, sintió curiosidad por ver qué
era lo que captaba tanto su atención.
“Parece que el ambiente de este lugar no es
muy bueno que diga...”.
Al ver aquel rostro que parecía haber visto a
un fantasma, Hae-seong soltó una risita burlona para mofarse de él, pero se calló
de golpe. Al girarse, se topó con un hombre tan blanco y pálido que bien podría
haber pasado por un espectro.
La mirada con la que lo contemplaba era
sumamente insolente. Era, por así decirlo, la misma mirada que un esposo le
lanzaría a su mujer en un cabaret tras llevar varios días sin regresar a casa.
Hae-seong se giró hacia Pyeong-hwa con tono
desafiante y arqueó una ceja. Ante ese movimiento insignificante, Pyeong-hwa
reaccionó de forma exagerada con un respingo. Poco a poco, los ojos de
Pyeong-hwa se tiñeron de una mezcla de indignación y profunda tristeza.
Al ver eso, a Hae-seong le hirvió aún más la
sangre y se levantó de golpe de su asiento. Sin siquiera escuchar la voz que lo
llamaba a sus espaldas, se dirigió hacia Pyeong-hwa casi a zancadas.
Hae-seong, que se había empachado de whisky
directo y sin rebajar, se encontraba honestamente en un estado en el que ya
nada le importaba. Sin importarle quién estuviera mirando, agarró a Pyeong-hwa
por la corbata. Debido a su fuerza bruta, la corbata salió disparada hacia
arriba como si arrancara un ginseng de raíz. Sosteniéndola con fuerza como si
fuera una correa, Hae-seong estaba completamente fuera de sí.
“¿Por qué me miras así?”.
Pyeong-hwa, ¿de verdad quieres que rompamos el
compromiso?
***
La vestimenta extravagante, la comida a juego,
la música, las luces... Pyeong-hwa observaba la indolencia de esa gente
acostumbrada a todo aquello mientras se mordía los labios ante la opresión que
comenzaba a florecer en su pecho.
Se había sentido mal desde el mismo instante
en que puso un pie dentro de la mansión. Un espacio donde se mezclaban toda
clase de olores era veneno puro para él. Debido a los diversos problemas que
padecía, este tipo de eventos nunca habían sido de su agrado.
Los mayores de su familia decían que este tipo
de reuniones también eran necesarias, pero eso era porque no tenían idea de lo
que hacían sus propios hijos en lugares como este.
Al reunirse en estos sitios, por lo general se
desbocaban. Era el momento en que aquellos que no tenían nada más que dinero,
agobiados por agendas asfixiantes día tras día, derrochaban su fortuna a manos
llenas en busca de libertad. Al final, todo terminaba volviéndose promiscuo,
ruidoso y peligroso.
Por esa razón había hecho todo lo posible por
evitar asistir a estos eventos, pero...
Con ojos melancólicos, Pyeong-hwa rememoró la
emoción que lo había embargado hasta apenas esa tarde. Al hacerlo, el rostro
severo de Hae-seong, que lo había fulminado con una mirada gélida, vino a su
mente de forma natural. El rostro frío de Hae-seong, que destacaba como si
fuera el verdadero protagonista de la fiesta vistiendo la ropa que él mismo le
había regalado.
Al fruncir el ceño por instinto, los
pensamientos de Pyeong-hwa se encadenaron de inmediato con la discusión que
acababa de tener con Yeon-je.
Aun sabiendo lo mucho que sufría en esta clase
de lugares, Yeon-je no lo había dejado libre. Como si temiera que fuera a
escapar, no disminuyó la fuerza con la que se aferraba a su brazo. Además, se
esmeraba por saludar a cada persona que hacía ademán de reconocerlo.
Sonreía e inclinaba la cabeza en un intento
casi lastimoso por hacer notar su presencia. Aunque hiciera eso, de todos modos
esa gente no lo aceptaría ni se alegraría de verlo.
La razón por la que terminó arrastrando a Yeon-je
hasta un rincón apartado de las miradas ajenas fue por los murmullos de burla
que se escucharon en alguna parte.
‘¿Escuchaste que vino el prometido de Tae
Pyeong-hwa?’.
‘Ay, no inventes. El Grupo Tae también tiene
su orgullo’.
En aquel rincón oculto de las miradas,
Pyeong-hwa le habló en tono de súplica a un Yeon-je que desbordaba furia. Su
rostro se había vuelto pálido en un intento por ahuyentar las alucinaciones
auditivas que no dejaban de resonar en su cabeza. Cada vez que abría la boca,
un nudo en la garganta hacía que su voz temblara.
‘Por favor, vámonos.
‘No quiero’.
‘Esto es una falta de respeto. Tanto para Kwak
Tae-oh como para esa persona...’.
‘¿Ah, sí? ¿Y acaso tu matrimonio es una
muestra de respeto hacia mí?’.
Ante ese reclamo tan afilado, no pudo
articular palabra. Quizá porque le había dado justo en el clavo.
Lo sabía perfectamente. Sabía que estaba
haciendo algo que no debía hacerles a ninguno de los dos. Por eso, al principio
se había negado. Había protestado cuestionando cómo podían pedirle algo así
sabiendo de la existencia de Yeon-je.
Sin embargo, le resultaba insoportable ver la
situación que se desató cuando su abuelo dejó de probar bocado y su padre se
negó a ir a trabajar. Ambos eran personas importantes y valiosas para Pyeong-hwa.
Cuando su padre, completamente ebrio, lloraba
a moco tendido diciendo: ‘¡Dicen que se cumplen los deseos de los muertos, pero
los deseos de los vivos...!’, era él quien sentía deseos de morir. Al final
terminó cediendo, pero su único propósito era disuadir a la otra parte.
Lo hizo para crear una justificación y lograr
que su familia dejara de ser tan terca. Su plan era conocer a la persona en
cuestión, revelarle que tenía pareja y pedirle que desistiera del compromiso.
Sin embargo, no pudo decirle nada de eso a Hae-seong.
Se debió a que olvidó por completo todo lo que
tenía planeado decir. Al principio, se quedó pasmado al ver a alguien tan
hermoso por primera vez en su vida; poco después, le pareció fascinante ver lo
bien que comía con ese rostro.
Y al final, terminó olvidándolo todo por estar
lidiando con la actitud juguetona de Hae-seong, que no dejaba de provocarlo
sutilmente. De que ese tiempo había sido placentero, se vino a dar cuenta justo
ahora, mientras Yeon-je desmenuzaba sus sentimientos.
Así como el hecho de que había estado
anhelando el momento de estar con Hae-seong.
‘Lamento lo que pasa contigo’.
Fue en ese instante cuando las palabras
salieron de su boca sin pasar por su cabeza. Dejando atrás a un Yeon-je que
fruncía el entrecejo sin comprender a qué se refería, huyó del lugar a toda
prisa.
Yeon-je lo siguió por un breve tramo, pero al
percatarse de las miradas de los alrededores, no pudo armar un alboroto mayor.
Ya era bastante que lo ignoraran como para encima darles de qué hablar a los demás.
Controlando su expresión, Yeon-je apretó los
dientes y se limitó a contemplar la espalda de Pyeong-hwa a medida que se
alejaba.
NO
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Fue un momento después cuando el pecho de
Yeon-je comenzó a latir con ansiedad. De pronto, cayó en la cuenta de que era
la primera vez que veía a Pyeong-hwa abrirse paso entre la multitud por
iniciativa propia con tanta determinación.
Lo mismo iba para esa silueta de espaldas,
algo que no había vuelto a ver desde el incidente de aquel día hasta la fecha.
Aun sabiendo que debía detener a Pyeong-hwa,
Yeon-je permaneció en su lugar fingiendo indiferencia. Sus labios, fuertemente
mordidos, ya ni siquiera le dolían, como si hubieran perdido la sensibilidad.
Tras escapar de ese modo, Pyeong-hwa se ocultó
en el baño por un buen rato. ¿Habría sido por tener malos pensamientos? Su
respiración se desbocó de forma inestable. Sintió una sensación extraña en la
mucosa bucal, como si se le hubiera inflamado. Debido al calor sofocante que
ascendía por su cuerpo, su visión también se volvió borrosa.
Al final, salió corriendo del cubículo del
baño donde se escondía. Tras toparse con un empleado que se lavaba las manos,
Pyeong-hwa no tuvo más remedio que regresar al salón de banquetes. Se dedicó a
deambular buscando un rincón que quedara fuera del alcance de la vista de
cualquiera.
Ojalá pudiera desvanecerme como el humo en
este mismo instante...
Mientras evitaba a la gente de ese modo, una
gran carcajada resonó desde la zona de la mesa principal. Era una risa tan
alegre que atrajo su mirada de forma natural.
El andar de Pyeong-hwa se detuvo en seco. Se
debió a que, incluso sin verle el rostro, reconoció de inmediato esa silueta de
espaldas.
Al mismo tiempo, vio a Kwak Tae-oh, quien se
reía a carcajadas con el rostro encendido mientras miraba a Hae-seong. Una
desagradable sensación de impaciencia floreció de golpe.
Pyeong-hwa se desplazó hasta un punto desde
donde podía ver el perfil de Hae-seong. Esperó fijamente esa escena, con la
firme convicción de que Hae-seong mandaría a volar a Kwak Tae-oh en cualquier
momento.
Sin embargo, Hae-seong prolongó la
conversación con Kwak Tae-oh por bastante tiempo. El rostro de Pyeong-hwa se
descompuso en un gesto de desolación al contemplar a los dos.
Fue entonces cuando le vino a la mente la
razón por la que Hae-seong no podía rechazar a Kwak Tae-oh. Seguramente era por
su culpa. Era muy probable que Kwak Tae-oh, siendo el anfitrión, supiera que Hae-seong
era su prometido.
Al llegar a esa conclusión, Pyeong-hwa avanzó
con determinación por puro impulso. Aunque no había sido su intención, de todos
modos ya lo había hecho enojar por el asunto de Yeon-je. No es que pudiera
evadir su responsabilidad, pero al menos no quería causarle más inconvenientes.
Era su deber rescatar a Hae-seong, quien
claramente aguantaba estar ahí por su culpa. Pyeong-hwa cruzó entre la multitud
con pasos largos y firmes.
A medida que se acercaba, el rostro de Kwak
Tae-oh, que se reía a más no poder, se hacía más evidente. Al ver la risa de
Kwak Tae-oh, sintió una oleada de náuseas. Quizá por la repugnancia, sintió que
el rostro le ardía.
En ese momento, sus ojos se cruzaron con los
de Kwak Tae-oh. Pyeong-hwa parpadeó profundamente al sentir que hasta los ojos
le ardían, como si se le fueran a pudrir las pupilas. También le pareció
percibir un sabor ferroso proveniente de su boca inflamada...
Entonces, sus ojos se encontraron también con
los de Hae-seong, quien se giró a mirarlo. A diferencia de lo que Pyeong-hwa
temía, Hae-seong tenía una sonrisa en el rostro. No se apreciaba en él ningún
gesto de incomodidad o sufrimiento. Al contrario, sus mejillas sutilmente
encendidas hacían que se viera bastante animado.
Al toparse con un rostro tan sereno y
completamente inesperado, Pyeong-hwa se hundió en la desesperación sin siquiera
ser consciente de ello. Apretó los dientes para contener las palabras crueles
que rugían en su interior y amenazaban con salir. Mordió su lengua inflamada y
tragó una saliva que se sentía como lava.
Pero...
¿Por qué demonios le sonríe de esa manera a un
tipo como ese? ¿Por qué no me busca a mí, por qué no viene a reclamarme, por
qué no escucha mi versión? ¿Por qué se divierte con un sujeto así?
¿Acaso de verdad planea aplicar eso de quedar
a mano? Pero Kwak Tae-oh es...
¡Feo!
El simple hecho de imaginar a Hae-seong
haciendo algo con Kwak Tae-oh lo torturaba. Sin ser consciente de la expresión
que tenía, Pyeong-hwa ya había casado a Hae-seong con Kwak Tae-oh en su mente.
Una irritación y una furia de origen desconocido
brotaron en su interior. ¿Acaso pretendía exigirle fidelidad o castidad a Hae-seong
cuando él mismo tenía pareja? Era un absurdo total. Pero, aun así, Kwak Tae-oh
era verdaderamente... feo.
¿Cómo se suponía que iba a quedar a mano con
algo como eso? Las cavilaciones de Pyeong-hwa, que se había dedicado a pisotear
el orgullo de Kwak Tae-oh, quien en realidad gozaba de bastante popularidad
como un tipo bien parecido, se cortaron de golpe.
En el momento en que los pasos que sentía
aproximarse se detuvieron en seco frente a él, volvió en sí y descubrió a Hae-seong
a escasos centímetros. Ese rostro angelical al que la ropa que le regaló le
sentaba de maravilla y que, definitivamente, no pegaba ni un poco con Kwak
Tae-oh...
“¡Ah!”.
Antes de que Pyeong-hwa pudiera siquiera
alegrarse de verlo, Hae-seong lo tomó por el cuello de la ropa. La corbata, que
estaba sujeta junto con la camisa, se deslizó entre las manos de Hae-seong. Con
la cabeza inclinada hacia abajo, Pyeong-hwa contempló a Hae-seong
desconcertado. La zona de los ojos de Hae-seong, quien lo había atraído a una
distancia donde casi rozaban sus narices, lucía extrañamente enrojecida.
Al aspirar un poco de aire, percibió un
intenso olor a alcohol que resultaba imposible de ignorar. Pyeong-hwa, para quien
el simple aroma del alcohol ya representaba un grave peligro, intentó apartarse
de inmediato, pero Hae-seong tiró de la corbata con aún más fuerza bruta.
“¿Por qué me miras así?”.
Y justo después, un fresco aroma a bosque
inundó sus fosas nasales. En un abrir y cerrar de ojos, su corazón comenzó a
galopar desbocado.
***
Las palabras pronunciadas con tanta frialdad
congelaron el ambiente a su alrededor. De pronto, comenzaron a escucharse
murmullos y cuchicheos por doquier: ‘¿Tae Pyeong-hwa?’, ‘¿Tae Pyeong-hwa del
Grupo Tae?’, ‘¿Acaso no es Tae Pyeong-hwa?’.
¡Mierda! ¿Acaso hay otro chico con piel de
bebé como Tae Pyeong-hwa? ¡¿Hay algún otro chico tan angelical y hermoso?! ¡Es
obvio que este Tae Pyeong-hwa tan guapo es el único, así que quién carajos es
el idiota que pregunta si no es Tae Pyeong-hwa!.
Hae-seong movió su mirada desafiante para
examinar minuciosamente los alrededores. Era como si sus ojos dispararan rayos
láser de color rojo.
Y no era para menos, ya que sus ojos empañados
por el alcohol estaban tan encendidos que, a simple vista, parecían rojos.
Sin embargo, a Hae-seong no le importaba en
absoluto el aspecto que tuviera. Con el ceño fruncido agresivamente y poseído
por el espíritu de Medusa, fulminó a los malditos hijos de papi millonarios.
‘Es guapo, pero sus modales son...’, ‘¿Pyeong-hwa
se va a casar con un gángster?’, ‘Al Grupo Tae no le falta nada, aunque bueno,
el tipo sí está guapo’, ‘Parece que a Tae Pyeong-hwa solo le importa el físico,
no me lo esperaba de él’.
Murmullos. El salón, que se había sumido en un
breve silencio ante la osadía de Hae-seong, volvió a llenarse de alboroto.
“Ah, mierda... Me estalla la cabeza”.
“¿Qué le pasa a tu cabeza?”.
Pyeong-hwa, que temblaba como un ciervo
acorralado por un cazador, preguntó con preocupación. Hae-seong, sintiendo el
golpe repentino de la borrachera, se llevó las manos a la cabeza adolorida.
Tras sacudir el rostro, se detuvo en seco.
Clavó sus ojos muy abiertos para fulminar a Pyeong-hwa con la mirada.
“¿Por qué eres tan guapo?”.
Hae-seong soltó una risita boba como si fuera
un viejo verde borracho. Aunque no veía un carajo debido a la ebriedad, el
hermoso rostro de Tae Pyeong-hwa se recortaba con total nitidez. Visto bajo los
efectos del alcohol, le pareció aún más guapo.
A leguas se notaba que vestía un traje de
excelente calidad y costoso; tenía el cabello un tanto revuelto y el rostro
parecía habérselo limpiado así nada más. Pero, aun así, era el más guapo de
todos los presentes y también el más alto.
“Ah, siento que se me va a romper la cabeza”.
“¿Bebió demasiado?”.
“Es que ese imbécil...”.
Era mucho mejor beber alcohol que hablar con
ese infeliz, y además, en cuanto llegó ese sujeto, sirvieron un whisky aún más
caro, lo que hizo que terminara tomando de más sin darse cuenta. Era una
lástima que su resistencia al alcohol fuera tan baja. Ya que las cosas habían
terminado así, ¿no podría simplemente llevarse una botella a casa?
Hae-seong omitió los detalles importantes y se
limitó a señalar a Kwak Tae-oh. Al instante, la mirada de Pyeong-hwa se volvió
afilada y se clavó en un Kwak Tae-oh que no salía de su asombro.
“¿Yo qué? Yo no lo obligué a beber”.
“No mientas. Conozco perfectamente tu
reputación”.
Sentenció Pyeong-hwa, quien seguía con el
torso inclinado en una postura incómoda debido a que Hae-seong lo mantenía
sujeto de la corbata. Kwak Tae-oh no tenía la menor idea de cómo reaccionar
ante semejante comedia.
“¿Qué tiene mi reputación?”.
“He escuchado perfectamente lo que haces:
cuando te gusta alguien, emborrachas a esa persona para aprovecharte”.
Dijo Pyeong-hwa, alzando la voz como muy pocas
veces lo hacía. Fue en ese momento cuando el ruidoso salón volvió a quedar en
silencio. Un alarmado Kwak Tae-oh se levantó de golpe de su asiento y comenzó a
agitar las manos con desesperación.
“¿Yo? ¡¿Por qué habría de hacer yo algo así?!
¡Eso es absurdo, es mentira! ¡¿Por qué iba a rebajarme a hacer algo tan ruin?!”.
Se sentía sinceramente indignado. Para alguien
como Kwak Tae-oh, que valoraba enormemente su estatus social y su reputación,
era impensable cometer un acto semejante.
Por fortuna, gracias a su rostro medianamente
atractivo, nunca le faltaba compañía en la cama. Jamás habría recurrido a una
bajeza de ese tipo.
“Porque eres feo”.
Sentenció Pyeong-hwa con una voz seria y
severa. El salón, que se había tornado sumamente gélido, volvió a alborotarse
con el eco de varias risitas ahogadas. Kwak Tae-oh se quedó tan impactado que
ni siquiera pudo replicar.
“¡Ja, ja, ja!”.
El que se rió con más fuerza no fue otro que Hae-seong.
Soltó la corbata que había estado sosteniendo todo este tiempo y comenzó a
darle palmaditas en el pecho a Pyeong-hwa mientras se doblaba de la risa
agarrándose el estómago.
Ah, con que era por eso. Por eso me caía tan
gordo.
Hae-seong no dejaba de repetir esas palabras.
“Mierda... ¿De verdad se volvieron locos?”.
Kwak Tae-oh temblaba de rabia ante la osadía
de ese par que parecía una pareja de cucarachas. Era una fiesta que le había
tomado meses preparar. Y de entre tanta gente, había venido a quedar en
ridículo precisamente frente a Tae Pyeong-hwa y su prometido. ¡Y de paso,
frente a un infeliz como Tae Pyeong-hwa...!
“Y eso que tú eres un maldito impotente de
feromonas”.
Ante el contraataque de Kwak Tae-oh, el rostro
de Pyeong-hwa se tornó completamente rígido. Hae-seong, que parpadeaba
lentamente con los ojos nublados por la borrachera, también interrumpió sus
movimientos por completo.
La gente, que hasta hace un momento murmuraba
y le daba la razón a los comentarios ingeniosos cuando Kwak Tae-oh quedaba en
ridículo, se calló al unísono. Al notar cómo el ambiente se tornaba denso, Kwak
Tae-oh se desconcertó por completo y la seguridad de su rostro se resquebrajó
un poco.
“No, bueno, lo que quise decir fue...”.
Y en ese preciso instante.
—Tengo paz como un río, tengo paz como un río,
tengo paz como un río en mi ser. ¡Aleluya!—
El tono de llamada, que enfrió aún más el de
por sí gélido ambiente del lugar, comenzó a sonar desde el bolsillo de Hae-seong.
Pyeong-hwa, que se había quedado pálido y rígido, bajó la cabeza lentamente
para clavar la mirada en Hae-seong.
Hae-seong, evitando los ojos de Pyeong-hwa,
bajó la vista de inmediato y metió la mano al bolsillo a toda prisa.
—Tengo paz como un rí...—
Fue entonces cuando el tono de llamada que
había incomodado a todos los presentes se apagó. Hae-seong sonrió con picardía
entornando los ojos. El rostro de Pyeong-hwa pareció encenderse gradualmente
hasta ponerse completamente rojo, incluso por debajo del cuello.
Mierda, me descubrió.
Antes de que pudiera planear algo para
engatusarlo, Pyeong-hwa se dio a la fuga a toda velocidad. Fue una rapidez
digna de aplausos y admiración.
Hae-seong se quedó contemplando la silueta de
Pyeong-hwa, que se alejaba a pasos agigantados en un abrir y cerrar de ojos, y
se revolvió el cabello.
¡Ay, no! ¡Este no es momento para estar
haciendo esto!
Por quedarse contemplando a ese conejo astuto,
estuvo a punto de olvidar lo que estaba haciendo. Hae-seong, con un rostro del
que la borrachera se había esfumado por completo, se giró hacia Kwak Tae-oh,
quien permanecía inmóvil como una estatua de piedra.
Tras soltar un profundo suspiro, Hae-seong se
colocó las manos en la cadera y fijó la mirada en el vacío por un breve
instante.
Una vez que Pyeong-hwa desapareció, el salón
recuperó su atmósfera habitual. Era como si existiera una regla implícita que
prohibiera seguir hablando de Pyeong-hwa. Sin embargo, en medio de esa extraña
normalidad, Hae-seong se percató de un hecho sumamente incómodo.
“Oye”.
La expresión de Hae-seong, quien se echó el
cabello completamente hacia atrás, cambió a una mueca gélida. Con la cabeza
ligeramente inclinada, se giró hacia un Kwak Tae-oh que se había quedado
completamente solo. Ante esa mirada tan severa, Kwak Tae-oh retrocedió un paso
por puro instinto.
“Eso que acabas de decir”.
“...”.
“¿A quién se lo escuchaste?”.
Hae-seong inclinó la cabeza aún más de lado de
forma pausada. Como si presintiera el peligro, Kwak Tae-oh dio otro paso atrás.
Sin embargo, ante esa mirada que parecía arder en llamas, no pudo moverse más.
“Te estoy preguntando que a quién le
escuchaste semejante estupidez”.
Tae Ki-ho le había asegurado que nadie sabía
sobre la condición de Pyeong-hwa. Dado que era imposible que él lo hubiera
engañado, todo apuntaba a que alguien había estado divulgando ese secreto a
espaldas de Tae Ki-ho y de Pyeong-hwa.
Kwak Tae-oh se mordió los labios con fuerza y
miró de un lado a otro con nerviosismo.
¿Acaso intenta pasarse de listo?
“¿No vas a hablar rápido?”.
“¡Oye!”.
Hae-seong se acercó de manera amenazante.
“¡Todo! Lo sé todo”.
“¿Qué?”.
“Sinceramente, no sé si es un rumor falso o
no, pero de todos modos, ya se corrió el rumor de que Tae Pyeong-hwa solo es un
dominante de palabra, porque ni siquiera puede controlar sus feromonas”.
La expresión de Hae-seong se congeló por
completo.
¿El secreto de Pyeong-hwa, el que
supuestamente nadie sabía, en realidad lo sabían todos?
Nadie sabía quién lo había dicho primero ni
cuál era el origen del rumor, pero se decía que cualquiera que hubiera asistido
a las reuniones lo había escuchado al menos una vez. Kwak Tae-oh se excusó de
su error de esa manera.
Después de todo, era una historia que todos ya
conocían. Por lo tanto, sus palabras de hoy no tenían ninguna importancia.
Hae-seong, con el rostro pálido y rígido, miró
a su alrededor. Se veían caras desconcertadas por todas partes. Llevándose una
mano a la frente, Hae-seong soltó una risa irónica.
En resumen, la gente de aquí usaba a
Pyeong-hwa como botana para socializar, consolarse mutuamente y fortalecer su
amistad. Mientras tanto, dejaban al verdadero protagonista de lado, solo y
abandonado como si fuera un muñeco que no sabía nada.
“¿El señor Tae Ki-ho no sabe de esto, verdad?2.
“…… ¿Qué?”.
Cuando Hae-seong mencionó a Ki-ho, el rostro
de Kwak Tae-oh se volvió pálido como el papel. Hae-seong se rió con
incredulidad al ver esa cara que de repente se llenó de pánico.
“Te pregunto si el padre de Pyeong-hwa sabe
que ustedes se divierten de esta manera”.
Aunque sabía perfectamente que era obvio que
no lo sabía, preguntó a propósito para que todos escucharan. Hae-seong notó que
no solo Kwak Tae-oh, sino también los demás se pusieron nerviosos.
Hae-seong sabía muy bien a qué le tenían más
miedo estos perdedores buenos para nada que solo confiaban en la riqueza, el
poder y el honor de sus padres.
Porque él solía ser igual. Aunque no había
sido tan rico como ellos, Hae-seong siempre se preocupaba por su padre y los
empresarios relacionados con él. Deseaba más que nadie que su relación fuera
sólida. Sabía que solo así podría mantener las cosas de las que disfrutaba.
Además, como Hae-seong ya había experimentado
la ruina total después de que esa relación se rompiera, se burló abiertamente
de Kwak Tae-oh.
“No, eso es……. Espera, te pido disculpas. Fue
un error”.
“No es a mí a quien debes pedírselas. Ah, Pyeong-hwa huyó.
Rayos……. Tengo que ir a
buscarlo”.
Hae-seong, al recordar a Pyeong-hwa, a quien
había olvidado por un momento debido a la ira que le subía, se dio la vuelta. Kwak
Tae-oh se acercó apresuradamente y lo sujetó por el hombro.
Hae-seong miró de reojo la mano que tocaba su
hombro y volvió a levantar la vista hacia Kwak Tae-oh. Su rostro, que hasta
hace un momento mostraba emoción, se había vuelto frío y calmado como si nada
hubiera pasado.
“Dile a Pyeong-hwa, dile que fue mi error, que
yo arreglaré todo, así que no se preocupe. Solo dile eso por ahora. A ti
también te conviene más que yo arregle las cosas aquí, ¿no?”.
Kwak Tae-oh soltó palabras sin sentido de
manera incoherente. Hae-seong apartó la mano de su hombro con un fuerte golpe.
“No me jodas”.
Luego, sonrió solo con los labios y susurró
con frialdad. El rostro de Kwak Tae-oh se oscureció en un instante.
“El señor Tae Ki-ho, mi suegro, se encargará
de arreglarlo”.
Después de asustarlo ligeramente, Hae-seong se
dio la vuelta y caminó a grandes zancadas hacia la dirección por la que
Pyeong-hwa había salido corriendo. No se olvidó de levantar el dedo medio hacia
un Kwak Tae-oh que se había quedado estupefacto por un momento.
