3. Cereza y Humo (Parte 2)
Observando
las pestañas rojizas proyectadas sobre sus pálidas mejillas y la perfilada
línea de su nariz, Yuri examinó los alrededores con cautela. Tras pensárselo un
poco, entró en la habitación que le habían asignado y buscó una manta. Con
pasos amortiguados para evitar despertar a Chariot, se acercó, le echó la manta
por encima y luego cerró y aseguró la ventana por donde se colaba el aire
helado. Incluso al echar el cerrojo de la puerta principal, giró el mecanismo
con el máximo sigilo posible.
Al
regresar, Chariot continuaba profundamente dormido, sin dar señales de
despertar. Viendo que la postura en la que dormía sentado parecía incómoda,
hizo el amago de agarrarlo por el hombro para tumbarlo, pero por alguna razón
le costó tanto atreverse a tocarlo que acabó dejándolo estar. Temiendo
sobresaltarle con su contacto, se abstuvo de moverlo, limitándose a retirar con
sumo cuidado el libro que el joven seguía aferrando torpemente entre las manos.
Yuri
dejó caer su cuerpo fatigado en una de las sillas de la mesa del comedor. Las
agujas del reloj de pared de la cocina se aproximaban al número doce. En el
interior de la casa solo resonaba el zumbido tenue del filamento de la
bombilla. Había pasado innumerables noches en total silencio, pero jamás había
experimentado una sensación semejante. Aquella noche era distinta.
Apoyando
la barbilla en la mano, Yuri se quedó mirando a Chariot en silencio. Aunque se
preguntó qué beneficio podía sacarse de contemplar a un alfa durmiendo,
observarlo le disipó la tensión de un modo extrañamente eficaz. Al cabo de un
rato de mirarlo fijamente, sintió los ojos irritados y los cerró por un
instante, momento en el que acudió a su mente un recuerdo de aspecto añejo,
similar a una vieja fotografía.
Su
madre sentada en el sofá con un chal sobre los hombros, leyendo un libro, y su
padre apresurándose de cualquier manera para volver a casa al saberla allí.
Cuando el padre llamaba a la puerta con discreción para no despertar al niño
dormido, Katia, que aguardaba al otro lado, se ponía de puntillas y caminaba de
puntillas hacia la entrada para recibir a su marido.
Si
Yuri se quedaba tendido en la cama fingiendo estar dormido mientras aguardaba
la llegada de su padre y afinaba el oído, por debajo de la rendija de la puerta
se filtraba el murmullo de la afectuosa charla que ambos cónyuges compartían.
En cuanto escuchaba al padre preguntar por su bienestar con ternura y a la
madre reprimir una risa ahogada, Yuri por fin se quedaba dormido con el corazón
tranquilo.
Más
que el cansancio, empezó a invadirle una profunda somnolencia. Para evitar caer
en los brazos del sueño, Yuri cerró los ojos y trató de encadenar pensamientos
diversos. Se preguntó qué clase de locura estaría cometiendo Alexei en ese
preciso instante, si debería avisar a Valeri para impedirlo, o por qué demonios
el Guardián del Infierno quería matar a Chariot... Y de esas cavilaciones, su
mente acabó derivando inevitablemente de nuevo hacia Chariot.
A diferencia de la primera impresión, no es un mal tipo.
Aquel
primer encuentro en el que se le había insinuado siendo ambos alfas le pareció
en su momento de una frivolidad insoportable, y el hecho de que se hubiera
enredado con la pareja del jefe de una organización le había hecho colgarle la
etiqueta de absoluta escoria; sin embargo, tras pasar más de un día entero
pegado a él, pudo comprobar que Chariot poseía una faceta de una inocencia
rayano en la estupidez y una bondad innecesaria.
Cierto
era que su comportamiento resultaba bastante liviano, pero teniendo en cuenta
que jamás había buscado provocar un adulterio de forma premeditada, tampoco
parecía ser de esas personas que van sembrando el dolor por donde pasan. Es
más, para la fama que cargaba, demostraba ser lo bastante humilde como para
pedir perdón o dar las gracias con total naturalidad, y quizás por eso estar a
su lado ya no le resultaba tan incómodo como al principio. Aunque tuviera
momentos en los que se mostraba de lo más agobiante, la verdad es que esa
faceta suya terminaba resultándole incluso divertida.
¿Es posible que la impresión que uno tiene de alguien cambie
tanto en apenas veinticuatro horas?
Yuri
se quedó pensativo. Toda su vida había construido las relaciones
interpersonales como puentes cuyos cimientos se levantan a lo largo de los
años, así que era la primera vez que experimentaba un vuelco tan radical en sus
sentimientos hacia alguien en un lapso de tiempo tan breve.
Abriendo
los ojos de nuevo, Yuri contempló al plácido Chariot durante unos minutos más
antes de abrir el libro. El ejemplar, que había leído y releído infinidad de
veces, tenía los bordes desgastados delatoras de tantas manos que lo habían
hojeado, y su cubierta delgada lucía descolorida. Con la yema del dedo,
acarició las letras doradas grabadas en relieve sobre la portada.
“¿En
qué vive la gente?”
El
rostro de su madre recitando el título del libro con voz suave y dicción clara
acudió fugazmente a su memoria. Al percatarse de que su hijo mostraba signos de
aburrimiento mientras aprendía ruso, su madre había dejado de lado los manuales
para traer aquel libro, leer el título y mirarlo desde arriba con una sonrisa
traviesa de chiquilla:
—Este libro fue el primer regalo que me dio tu padre. Yuri, esto
es un secreto que solo comparto contigo... La verdad es que mamá ya lo había
leído antes, pero mentí porque no quería decepcionar a tu padre. Le dije que
jamás lo había abierto y acepté el regalo con ilusión. Mentir está mal, por
supuesto, pero en ese momento no me quedó más remedio. Es que el rostro de
Vasha al escucharme sonreír era tan hermoso...
De
niño, Yuri respetaba a su padre, pero también era consciente de que se dedicaba
a negocios turbios. A diferencia de este, su madre se dedicaba a salvar vidas,
por lo que a Yuri a menudo le costaba comprender cómo había podido enamorarse
de alguien así. Para evitar entristecerla con preguntas demasiado directas,
optó por limitarse a inquirir lo siguiente:
—Madre, ¿por qué te gustó papá?
Ante
aquella duda sobre su primer encuentro, su madre esbozó una amplia sonrisa.
Pensándolo ahora, por aquel entonces Katia apenas rozaba los treinta años.
Descubrir que sus padres, a quienes siempre había visto como adultos hechos y
derechos, también habían tenido su época de juventud supuso para él una
revelación tan insólita como impactante. Yuri dibujó sobre la portada del libro
el rostro radiante de su madre. Tal y como si estuviera rememorando algo
ocurrido ayer mismo, Katia sonreía mostrando sus dientes blancos con absoluta
felicidad.
—Vasha me tendió la mano cuando tropecé en mitad de la calle.
Los
brazos de Katia, que sostenían a Yuri, se cerraron con fuerza a su alrededor.
Una calidez hogareña se expandió por el ambiente.
—En el instante en que vi esos ojos azules mirándome desde
arriba, lo supe de inmediato. Comprendí que esos ojos azules eran el río
caudaloso en cuyas aguas estaba predestinada a ahogarme.
Inclinando
la cabeza, Katia sonrió mientras contemplaba las pupilas azuladas de Yuri,
idénticas a las de su padre.
—El amor llega en un parpadeo, mi pequeña cuenca. Algún día tú
también comprenderás esta sensación.
La
atmósfera en el pequeño chalet era lo suficientemente fresca y acogedora como
para inducir al sueño por sí sola. Apartando los dedos de la cubierta del
libro, Yuri volvió a dirigir su atención hacia Chariot, tendido en el sofá. Al
desaparecerle las ganas de leer, se puso en pie con lentitud y apagó las luces
de la sala de estar.
Clic. Una vez extinguida la luz, Yuri caminó a través de las sombras
y volvió a sentarse en la cocina sumida en la penumbra. La luz de la luna se
filtraba por la ventana, bañando la figura de Chariot. La piel de este, blanca
como la seda, retenía un sutil resplandor azulado, lo que hacía que pareciera
una criatura salida directamente de la mitología.
Sentado
en la mesa de la cocina envuelta en un silencio sepulcral, Yuri continuó
observando a Chariot. La presencia de aquel huésped colado de improvisado en la
noche que solía pasar en solitario cobraba una magnitud inmensa. Yuri repasó en
su mente las extrañas experiencias y los paisajes compartidos con él a lo largo
de aquel día, y pensó que el sándwich que habían cenado estaba realmente
delicioso.
Ver
el rostro de Chariot no le cansaba en absoluto, resultaba de lo más extraño.
Mientras se perdía divagando una y otra vez entre los recuerdos que su cara
evocaba de forma incesante, Yuri acabó cerrando los ojos casi sin darse cuenta.
*
* *
El
sonido de los platos chocando entre sí llegó hasta sus oídos. Con el ceño
fruncido ligeramente, Yuri abrió los párpados de forma pausada. La luz del sol,
que atravesaba las cortinas de rayas verdes, se extendía por la habitación y se
posaba en forma de rectángulo sobre la cama donde había estado durmiendo.
¿Será
porque durante los últimos dos días había estado pensando en su madre con más
frecuencia de la necesaria? Se sentía despejado, con la extraña sensación de
haberse despertado tras un sueño profundo, como si hubiera vuelto a ser un
niño. A diferencia de esos despertares desagradables en los que parecía que le
tiraban del pelo para arrancarlo del fondo de aguas estancadas y devolverle la
conciencia, esta vez había abierto los ojos de manera natural, y eso
probablemente era lo que marcaba la diferencia.
...Pero
si él se había quedado dormido sentado en la cocina.
Esa
agradable sensación de haber disfrutado de un sueño reparador tras casi veinte
años duró apenas un instante. Yuri se preguntó de inmediato por qué demonios se
había despertado en una habitación y echó un vistazo rápido a su alrededor.
Aunque era un escenario desconocido, tampoco se trataba de algo que le pillara
por completo de sorpresa; al fin y al cabo, el día anterior había entrado un rato
a esa recámara para dejar la ropa que llevaba cambiada y la que acababa de
comprar.
Haciendo
memoria de los acontecimientos del día anterior, Yuri desvió la mirada con
rapidez hacia el escritorio de madera adosado a la pared, justo al lado de la
cama, y por suerte allí seguía su modesto equipaje. Eso significaba que no
había amanecido en ningún paraje extraño.
De
verdad que debía de haberse vuelto loco. ¿Cuánto tiempo se había quedado
dormido tan plácidamente?
Yuri
sintió una estupefacción similar a la de la víspera, cuando despertó en el
coche. Aquello no era simplemente haberse tomado un descanso necesario; había
bajado la guardia como un estúpido de forma lamentable. La autocrítica y el
desprecio por su propia negligencia le atravesaron la mente por un segundo,
seguidos de inmediato por una duda fundamental: ¿por qué narices había
despertado en ese lugar?
Mirando
de reojo la manta que le cubría el torso de manera impecable, Yuri la apartó de
un movimiento y se levantó de la cama. Llevaba la misma ropa del día anterior y
no tenía los tobillos atados ni nada por el estilo. Tras comprobar que todo
estaba en orden, palpó con sigilo debajo de la almohada. Por fortuna, el
cuchillo militar que había guardado allí seguía en su sitio.
Con
el arma ya guardada en el bolsillo, Yuri se acercó con cuidado a la puerta.
Aguzando el oído e intentando girar el pomo sin hacer ruido, un leve murmullo
melódico traspasó la madera.
Y cada noche soñaré con alguna versión de ti.
Puede que no lo haya logrado, pero no perdí.
La
voz de un hombre con un registro medio-bajo, con ese matiz rasposo tan
particular, y una melodía acompañada por una guitarra acústica. Parecía alegre,
pero la letra que se filtraba de soslayo tenía un matiz agridulce. Al evocar el
estilo de la música country, Yuri pensó de inmediato que Chariot debía de estar
escuchando algo así. Un repentino destello de alivio lo recorrió, llevándole a
abrir la puerta un poco para espiar el exterior a través de la rendija.
Su
corazonada era correcta.
Tú eras mi otra mitad; espero que este dolor sea pasajero, pero
lo dudo.
Más
allá de la puerta entreabierta, se veía el perfil de Chariot de pie en la
cocina, cocinando mientras tarareaba la canción. Aunque estaba solo, llevaba
una sonrisa dibujada en las comisuras de los labios y tarareaba con una voz
sumamente agradable. Cuando sacudió con un giro la sartén que sujetaba, una
tortita dio una vuelta en el aire antes de caer de nuevo con absoluta precisión
en el centro. El aroma dulzón de la masa dorada, el olor tostado del tocino en
su punto y la fragancia de los huevos llegaron un instante después.
Solo
al comprobar que Chariot seguía en pie y de una pieza, Yuri tuvo la certeza de
que nada malo había ocurrido mientras dormía. Por supuesto, tendría que
inspeccionar los alrededores para estar seguro, pero al menos no se había
desencadenado ninguna tragedia inmediata. Y aun así, no podía perdonarse a sí
mismo por haberse quedado dormido como un idiota, pero al menos aquello era un
alivio.
Mientras
sopesaba si debía salir a darle los buenos días, Yuri continuó contemplando en
silencio a Chariot un momento más. Incluso estando solo, Chariot irradiaba una
frescura natural. Tarareando la melodía, se movía de un lado a otro por la
cocina colocando las tortitas en un plato para decorarlas. Recordó fugazmente
los desayunos que le preparaba su madre, pero pensó que ver a Chariot
concentrado en sus cosas de aquella manera era mucho más agradable, mientras se
apoyaba de costado contra el marco de la puerta. Tenía la certeza de que podría
pasarse el día entero observándolo sin cansarse lo más mínimo.
Parece
que ya había terminado con los preparativos, porque Chariot dirigió la mirada
hacia la habitación donde estaba Yuri. Al descubrirlo asomado a medias por el
umbral, su rostro se iluminó con una sonrisa radiante y exclamó con dulzura:
“¡Buenos
días!”.
No
sabía qué le causaba tanta alegría, pero Chariot tiró el paño de cocina que
tenía en la mano y caminó a grandes zancadas hacia él. En lugar de retroceder,
Yuri se quedó esperándolo con tranquilidad.
“¿Has
dormido bien, Wolfie?”.
Al
llegar junto a la puerta, Chariot lo saludó con aire jovial mientras le
sostenía la mirada. Yuri devolvió la fijeza a esos alegres ojos verdes y
replicó con voz queda:
“Sí”.
“¿No
te pareció incómoda la cama?”.
Exacto,
esa era la cuestión. Yuri necesitaba resolver aquella incógnita.
“¿Por
qué estaba durmiendo en la habitación?”.
Ante
la retahíla de preguntas de Yuri, que incluía implícitamente el de si había
sido él, Chariot soltó una carcajada baja. Con una expresión divertida, acortó
la distancia hasta que sus zapatillas casi se rozaban y le susurró al oído:
“¿Por
quién me tomas, Yuri? Agarrarte en brazos y cargarte no es ningún problema para
mí. Los jugadores de hockey no solo sabemos pelear, también tenemos buena
fuerza”.
Yuri
lo escrutó con desconfianza. Ya sabía que el físico del otro era superior al
suyo y que tenía fuerza, pero el peso de Yuri no era precisamente algo que se
pudiera calificar de ligero, ni siquiera de broma. Entre ambos apenas había
medio palmo de diferencia en estatura y él mismo estaba musculado, así que
ningún adulto corriente habría podido levantarle y trasladarle con tanta
facilidad hasta el dormitorio. A menos que lo hubiera arrastrado por el suelo.
“Supongo
que me habrás arrastrado por el suelo”.
“Ni
hablar”.
Chariot
esbozó una sonrisa cargada de intenciones y, soltando una risita, comenzó a
explicarse:
“Pesabas
lo mismo que un oso, así que no fuiste precisamente fácil de llevar, pero
parecías la Bella Durmiente del bosque y daba gusto verte. Estaba tan cansado
que creo que ni aunque te hubiera besado te habrías despertado”.
“¿...Besado?”.
El
entrecejo de Yuri se arrugó de forma amenazante. Sencillamente no podía creer
que se hubiera quedado dormido mientras le hacían semejante locura. Por un
segundo estuvo a punto de llevarse la mano a los labios para tocárselos, pero
consiguió reprimir el impulso por los pelos, justo cuando Chariot soltaba una
carcajada divertida.
“Era
broma, era broma. Por mucho que sea yo, no voy por ahí besando a nadie sin su
consentimiento”.
Desde
primera hora de la mañana, Chariot se empeñaba en dejarle patidifuso de mil
maneras distintas. Aquello le produjo cierta irritación, pero no era el mismo
sentimiento que experimentó la primera vez que le oyó soltar un coqueteo. ¿Cómo
decirlo...?
Más
que disgusto, era otra cosa.
“¿De
verdad te dan ganas de gastarle bromas a alguien que te ha dicho que le da
miedo?”.
Tenía
curiosidad por saber por qué Chariot soltaba semejantes sandeces. A pesar de
saber que no eran más que tonterías, quería averiguar el motivo por el cual
seguía erre que erre con lo mismo. Aunque, la verdad, eso tampoco fuera tan
importante.
Ante
la pregunta de Yuri, Chariot guardó silencio por unos instantes y se quedó
mirándolo fijamente. Soportar esos ojos verdes que le recorrían de la frente a
la barbilla, como si su mirada fuera una caricia sobre su piel, le provocó una
tensión extraña. Conteniendo la respiración de forma inconsciente, Yuri exhaló
el aire en silencio justo en el momento en que Chariot abrió los labios:
“Sí”.
Para
lo mucho que se lo había pensado, la respuesta de Chariot fue bastante
peligrosa.
“Porque
eres mi tipo”.
“¿Y
si soy tu tipo, tu vida corre peligro, eso te da igual?”.
“Hombre,
tanto como eso no...”.
Tras
girarse con agilidad, Chariot echó la cabeza hacia atrás y le guiñó un ojo.
“Pero
al final hoy he amanecido vivo, ¿no? Así que tan peligroso no debe de ser”.
Era
una verdad a medias. Los seres humanos cambiaban según las circunstancias,
incluso después de actuar así, y las intenciones reales de una persona eran un
completo misterio... Y aun así, parecía que Chariot de verdad había depositado
una confianza considerable en él tras apenas veinticuatro horas.
Por
supuesto, aquello también podía ser una simple equivocación suya. Yuri no tenía
el don de leer las mentes de la gente normal.
“De
todos modos, te has despertado en el momento perfecto. Acabo de terminar el
desayuno. Un desayuno firmado por Chariot Goodnight que en el mercado superaría
los cien dólares”.
Dicho
esto, Chariot caminó hacia la cocina y trasladó los platos que había preparado
a la barra americana. Sobre la superficie, situada a poca distancia de la
encimera de la cocina, había un bol de madera con ensalada y dos platos hondos
y grandes. Parecía comida para dos personas. A simple vista.
“¿Vas
a comer conmigo?”.
Por
si acaso, Yuri se lo preguntó, y Chariot lo miró con cara de incredulidad
absoluta.
“¿Y
con quién si no?”.
“Podrías
comértelo todo tú solo”.
“Como
soy experto en repostería, las comidas principales no me van tan pesadas. No me
comería todo esto yo solo ni harto de vino”.
Señalando
los platos, Chariot preguntó:
“¿No
tienes hambre?”.
Al
ver la expresión de genuina perplejidad mezclada con una pizca de ilusión en
sus ojos, Yuri se tragó el comentario de que él solía saltarse el desayuno. No
se esperaba que el otro cocinase también su ración aquel día.
“...No”.
Murmurando
una respuesta apenas perceptible, Yuri se aproximó despacio a la cocina. De camino,
echó un vistazo a su alrededor, pero no apreció ningún cambio en la disposición
de los objetos ni indicios de un allanamiento. Quizá por el sentimiento de
culpa de haberse dormido plácidamente, sus ojos no paraban de inspeccionar el
entorno una y otra vez.
Al
acercarse a la mesa, Chariot apartó la silla de Yuri como si lo estuviera
esperando. Ante aquella atención inmerecida, el rostro de Yuri se tensó
levemente. Como no sabía cómo reaccionar, se quedó de pie junto al asiento y
dijo con voz queda:
“Gracias”.
Tenía
que decir esas palabras. Hacía tanto tiempo que no escuchaba un cumplido tan
suave y cotidiano que se le había cerrado la garganta, pero Chariot pareció
escucharle con absoluta claridad.
“Para
alguien tan apuesto, este pequeño esfuerzo no es nada”.
Lo
que añadió a continuación le molestó un poco, pero no lo suficiente como para
rebatirlo. Optando por ignorarlo, Yuri se sentó en la silla que el otro le
había preparado. Chariot apartó con un chirrido la silla situada a su lado y
comenzó a desayunar como si lo estuviera aguardando. Aquel desayuno consistía
en tostadas cubiertas de aguacate, tocino y un huevo estrellado con la yema
tierna, dispuestos como si los sirvieran en un restaurante. De guarnición había
ensalada César.
“Tenemos
mucho que hacer después de comer. Hoy el tiempo está mucho más cálido que ayer,
así que es perfecto para salir a pasear y divertirse”.
Al
ver el perfil de Chariot cortando la tostada con entusiasmo, a Yuri le invadió
la sensación de que debería darle el visto bueno, pero apartó la mirada para
ignorarlo y replicó con firmeza:
“De
eso nada”.
Jamás
se habría imaginado comiendo algo tan propio de gente de ciudad. Yuri miró
fijamente el aguacate verde y sopesó si debía apartarlo o no. Como era caro,
nunca lo había comprado por iniciativa propia, pero Alexei le había dicho que
el aguacate sabía a mantequilla. A Valeria le gustaba comerlo, aunque Alexei
solía añadir que aquello no era más que el producto de la explotación,
rematando con que la gente era idiota.
“¿Cómo
dices?”.
Mientras
Yuri cavilaba, Chariot dejó caer el tenedor y el cuchillo, y exclamó:
“¡No
hemos venido aquí a hacer turismo!”.
Sin
dejar de fulminar con la mirada al aguacate, Yuri suavizó el tono en lugar de
llamarlo estúpido y continuó con su explicación:
“¡Con
lo que brilla el sol ahí fuera!”.
Chariot
protestó con gritos ahogados, tal y como lo haría un adolescente castigado sin
salir de casa.
“De
eso nada”.
Por
mucho que le diera pena, ya habría tiempo para callejear cuando Chariot se
fuera de vacaciones de verdad. A diferencia de Yuri, él tendría toda una vida
por delante para disfrutar de momentos así.
Al
final, tras apartar el aguacate a un lado en silencio, Yuri probó el desayuno
al estilo Chariot. Tal como había notado el día anterior, Chariot cocinaba
verdaderamente bien. Aunque había preparado algo sencillo, se notaba que tenía
buena mano para la cocina, ya que el punto de sal era el correcto y los
ingredientes estaban cocinados en su justa medida.
“Escúchame,
Yuri. Big Fox es un pueblo con un montón de cosas que ver. Es pequeño, pero
tiene de todo”.
Durante
toda la comida, Chariot no dejó de soltar un sinfín de maravillas sobre lo
estupendo que sería salir a la calle. Como repetía el patrón de dar un bocado y
decir una frase, para cuando Yuri terminó de comer, Chariot apenas iba por la
mitad de su plato.
Habló
de una tienda que vendía cecina fabulosa elaborada con carne de res, una
especialidad de Alberta; de una heladería de textura suave y gran profundidad
de sabor hecha con leche de granja; y de una barbacoa callejera donde asaban el
maíz a la par.
También
mencionó el comercio que funcionaba extrañamente como librería y cafetería para
tratarse de un pueblo pequeño, la hermosa iglesia donde oficiaban los servicios
los domingos, el parque de diseño clásico en pleno centro y aquel mirador junto
al lago conocido como Paraíso Playero.
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Cualquier
persona normal habría encontrado todo aquello de lo más interesante, pero a
Yuri no le despertó el menor entusiasmo. Aunque en el fondo le hubiera atraído,
carecía de sentido ya que la situación de Chariot no era segura; en cualquier
caso, esa clase de planes turísticos nunca le habían estado permitidos a él.
Acostumbrado a ver siempre las cosas como algo ajeno, Yuri era incapaz de
albergar ninguna expectativa ante actividades catalogadas como «divertidas».
“Además,
Big Fox es famoso por su gente guapa”.
Mientras
trataba de convencerlo sin descanso, Chariot dijo aquello con aire solemne
mientras pinchaba el último trozo de tortita con el tenedor. Al escuchar de
repente la palabra «guapa», Yuri le echó un vistazo de soslayo.
“Si
salimos, seguro que te encuentras con omegas preciosos. Como parece que tu tipo
son los omegas, ¿qué tal si aprovechamos para echar un vistazo?”.
A
ver... ese tipo de comentarios ya los había escuchado Yuri unas cuantas veces a
lo largo de su vida.
Quizás
debido a un absurdo instinto de reproducción de la especie, el centro de
interés de los alfas solía girar casi siempre en torno a omegas atractivos.
Abundaban los alfas que ansiaban dinero y poder para conquistar bellezas,
situando el propósito de su existencia en esa clase de éxitos mundanos. A
veces, entre los tipos que se acercaban a hacerle la pelota, no faltaba quien
mencionaba a los omegas como si fueran una moneda de cambio.
Lo
bello, desde luego, es agradable a la vista.
Sin
embargo, Yuri no necesitaba un omega a menos que estuviera sufriendo el rut, y
ni siquiera en esos casos había vuelto a ver a nadie desde que llegó a
Vancouver. Los omegas con los que se había cruzado en Sarátov ni por asomo podían
considerarse gente decente.
Aquellos
a los que Yuri solía enfrentarse eran o bien sujetos que se presentaban
dispuestos a vender drogas por su cuenta con tal de ganar dinero, o bien
intermediarios encargados de engatusar a personas de vida normal para que
compraran la mercancía de Igor. Así pues, Yuri estaba harto de ver rostros
hermosos que ocultaban un interior corrompido. Al final, la belleza exterior no
era más que algo efímero.
Y,
por otra parte... ¿Acaso era normal decirle semejante estupides a alguien que
supuestamente te interesaba?
Mientras
rumiaba la propuesta de un Chariot que seguía sin despertarle ningún interés, a
Yuri le asaltó de pronto un pensamiento. A pesar de haber soltado un sinfín de
cursilerías azucaradas sobre que era su tipo o que casi lo besa, que ahora le
viniera con semejantes insinuaciones con tal de que saliera a la calle le
pareció extrañamente desagradable.
No
obstante, Yuri se percató enseguida de lo contradictorio de su reacción. Si
desde un principio no le había otorgado la menor credibilidad a las palabras de
Chariot, ¿a qué venía recuperar ahora sus frases anteriores para tomárselas a
mal?
Contrólate, Yuri. Te dé igual o no lo que Chariot haya querido
decir, no es asunto tuyo.
Con
los pensamientos ya en orden, apartó la vista de Chariot, que lo observaba con
ojos suplicantes. Era evidente que este le había soltado aquello para intentar
convencerlo, pero, para su desgracia, el interés de Yuri se había esfumado
todavía más que antes. Una propuesta que de por sí no le apetecía lo más mínimo
se le antojava ahora insoportable.
A fin de cuentas, el que montó todo el lío por ir a ligar con un
omega fuiste tú, Chariot.
Yuri
estuvo a punto de echarle en cara lo ocurrido en el hotel, pero cerró la boca a
tiempo. Andar sacando a relucir reproches de ese tipo tampoco era precisamente
una conducta propia de él.
“De
eso nada”.
Quizás
porque había interpretado el prolongado silencio como una señal positiva, en
cuanto Yuri soltó aquella breve negativa de nuevo, el rostro de Chariot se
ensombreció de decepción. Frunciendo el ceño con gesto bonito, Chariot se le
pegó aún más al costado y preguntó:
“¿Lo
dices en serio?”.
“Sí”.
“Te
doy otra oportunidad. Piénsatelo bien”.
“Me
niego”.
Chariot
insistía con la cabezonería de un niño chico; albergaba el temor de que, si
seguía escuchándole, terminaría accediendo a una salida tan absurda como
innecesaria. Si se hubiera comportado como Alexei, largándose a patadas
haciendo lo que le viniera en gana o dando órdenes con aire impertinente, le
habría resultando infinitamente más sencillo ignorarlo, pero Chariot seguía
consultándole cada decisión como si la aprobación de Yuri fuera lo más
importante del mundo.
Y
eso que, al fin y al cabo, encontrándose en calidad de empleado, si Chariot
decidía salir, a Yuri no le quedaría más remedio que acompañarlo.
No
sabía si pecaba de exceso de educación o de una franqueza desconcertante. A
juzgar por el tono de su cabello o su rostro agraciado, lo lógico habría sido
que se comportara como un zorro astuto.
“¿Esa
es toda la recompensa que me das por semejante desayuno de categoría?”.
Al
ver que Yuri no mostraba la menor intención de ceder, Chariot le soltó el
reproche con tono mordaz. No obstante, ahí quedó toda su capacidad de rebeldía.
“¿Quieres
que te pida perdón?”.
“Déjalo”.
Tras
llevarse el tenedor a la boca para zamparse el último bocado, Chariot reparó en
el trozo de aguacate que aún reposaba en el plato de Yuri y lo señaló con la
mirada.
“Pero
por educación hacia quien te lo ha preparado, eso te lo vas a terminar, ¿no?”.
...Qué nivel de desfachatez.
Aquel
repentino empeño de Chariot con el maldito aguacate logró alterar la expresión
de Yuri. Al ver que este rompía su habitual fachada de total indiferencia para
dejar escapar una mueca sutil, Chariot esbozó una sonrisa burlona.
“No
me digas que... ¿no comes de todo? ¿Como los niños chicos?”.
Por
haberle tolerado tanta pamema, parecía que en apenas dos días el otro se había
tomado demasiadas confianzas. Ante semejante comentario, que rozaba la pérdida
total del miedo, Yuri frunció sus oscuras cejas y le devolvió una mirada
asesina. Sin acobardarse lo más mínimo ante aquella expresión tan sanguinaria,
Chariot continuó tomando el pelo:
“Vaya,
vaya, parece que sí”.
El
improperio de que se fuera a la mierda se le quedó grabado en la punta de la
lengua, pero reaccionar a sus burlas habría equivalido a admitir que le había
provocado. Ocultando su absoluta desgana, Yuri cogió el tenedor con lentitud.
Las miradas de Chariot se posaron sobre el dorso de su mano. Tratando de fingir
que le importaba un bledo tener a un cliente tan descarado vigilándole, Yuri
ensartó el aguacate y se lo llevó a la boca de un solo bocado.
Aquel
fruto tenía el sabor más extraño que jamás había probado en su vida.
A
juzgar por la descripción de Alexei sobre que sabía a mantequilla y por ese
aspecto verde y pastoso que tanto rechazo le producía, era de esas cosas que
habría pasado el resto de sus días sin probar; sin embargo, para su sorpresa,
no resultaba ni empalagoso ni repugnante. Tenía un toque sutilmente untuoso,
una textura fresca y un dulzor muy tenue. Justo el nivel de dulzor exacto para
que a Yuri no le resultara desagradable.
Tras
masticar y tragar el aguacate en silencio, Yuri bajó la vista hacia el plato,
donde solo quedaban los restos de la pulpa, y se sorprendió un poco a sí mismo.
¿Sería acaso porque había evitado a ultranza cualquier intento de probar cosas
nuevas? Hacía muchísimo tiempo que no experimentaba un estímulo sensorial tan
diferente.
“¿Ves
como sí te gusta?”.
Pensando
que pondría cara de decepción, Chariot se veía sorprendentemente bien. Apoyando
la barbilla en la mano, lo observó comer un rato y, al cruzar la mirada con él,
soltó una risita:
“Te
guardas lo que más te gusta para el final, ¿eh, Wolfie?”.
“…Tonterías”.
“Tendré
que recordarlo. No me iré a comer tu parte por error”.
Mientras
Yuri alzaba una ceja, Chariot le devolvió el gesto con un parpadeo lento.
“Yo
prefiero comerme lo que me gusta primero. Si no, corre el riesgo de
desaparecer”.
Tras
dejar en el aire aquellas enigmáticas palabras, recogió los dos platos, que ya
habían quedado completamente limpios, y volvió a adoptar el papel de un
adolescente lleno de quejas.
“Ay,
qué aburrimiento, a lavar los platos y hacer las tareas del hogar mientras se
me va el día. Con lo que es el inicio del verano, que he estado esperando
durante todo un año, y lo único que consigo son amenazas de muerte y estar a
punto de recibir un balazo de verdad. Pobre Chariot...”.
Sin
importarle parecer desvergonzado, Chariot se compadecía de sí mismo mientras
murmuraba sin energía. Sintiendo un remordimiento punzante, como si estuviera
sentado sobre un cojín lleno de agujas, Yuri lo siguió hasta el fregadero.
“Yo
lavo los platos. Vete a la habitación”.
“Ni
hablar. Tienes el brazo herido”.
“No
hace falta armar tanto escándalo por una herida tan insignificante”.
Entonces,
Chariot dejó los platos en el fregadero y se dio la vuelta para mirarlo. Tal
vez por la mañana, sus ojos verdes, de un tono inusualmente claro y fresco, lo
examinaron en silencio.
“Descansa,
Wolfie”.
Aunque
Chariot no dijo gran cosa más, Yuri tuvo la extraña sensación de estar siendo
regañado por alguien bastante más joven que él. Por un instante le rozó un leve
fastidio al pensar que, por haberle permitido tomarse confianza, el otro se
estaba propasando demasiado, pero predominaba en él una sensación mucho más
extraña.
Se
supone que el que necesita protección soy yo.
Aun
con esos pensamientos en la cabeza, Yuri no pudo seguir insistiendo ante
Chariot. Al verse de repente sin nada que hacer, se quedó en silencio y
desconcertado por un momento, hasta que decidió salir de la cocina en busca de
una tarea útil. Abrió la puerta de la entrada con la intención de salir un
instante a comprobar las trampas, cuando Chariot le gritó desde atrás:
“¡Como
te largues y me dejes solo, ya verás cómo me pongo a rodar por el suelo y te
monto un berrinche!”.
Vaya
estupidez de amenaza.
Dejando
atrás la extravagante advertencia de aquel joven de veintiocho años, Yuri cerró
la puerta. No pudo evitar que se le escaparan un par de risitas por lo bajo,
preguntándose cómo se podía amenazar a alguien de una forma tan absurda.
Al
salir al exterior, la luz del sol brillaba con tanta intensidad al reflejarse
sobre el lago que los destellos danzaban por todas partes. Las ramas de los
árboles se mecían al compás de una brisa suave; las zonas de sombra resultaban
frescas, mientras que bajo los rayos del sol el calor era de lo más agradable.
Yuri
inspeccionó los alrededores de la casa en busca de indicios de algún intruso y,
tras cerciorarse de que no había nadie rondando la zona, estiró la espalda. Al
contemplar el lago desde el mismo ventanal donde la noche anterior había
instalado las trampas, comprendió por fin el significado de lo que había dicho
Chariot.
El
lago era de un azul deslumbrante. Tanto que daban ganas de lanzarse a él de
inmediato.
A
lo lejos se divisaba la estela de agua que dejaba una lancha de motor al surcar
el lago. Desde lo que parecía ser la zona comercial del pueblo, incluso se
alcanzaba a percibir un tenue eco de risas.
Aunque
a Yuri seguía sin importarle lo más mínimo lo que ocurriera más allá de aquel
horizonte, sentía una ligera curiosidad por saber cómo sonaría la risa de
Chariot si estuviera allí divirtiéndose a su antojo.
Tras
quedarse contemplando el exterior del lago durante unos minutos, Yuri sacó
despacio su teléfono y le dejó un mensaje a Alexei. Le indicó que le devolviera
la llamada en cuanto lo leyera y, mientras volvía a adentrarse en la casa,
dirigió la mirada un par de veces más hacia el lado donde estaba la gente antes
de apartarla por completo.
*
* *
El
turno de la mañana transcurrió sin novedad alguna. La falta de noticias por
parte de Alexei le provocaba cierta inquietud, pero eso no cambiaba el hecho de
que Yuri no podía hacer nada desde allí. Custodiar a un civil era una labor
mucho más desalentadora de lo que parecía. Incluso desempeñando el papel
crucial de proteger a la persona encargada del encargo, el hecho de no contar
con una amenaza inminente obligaba a mantenerse en tensión constante sin más
alternativa de respuesta, y esa circunstancia resultaba especialmente
frustrante.
Chariot
se mantuvo calmado durante unas cuatro horas. Tras salir de la habitación, se
dedicó a merodear por los alrededores de Yuri antes de traer una computadora
portátil con el logotipo de una manzana blanca grabado en la carcasa,
reproduciendo toda clase de videos en su pantalla. Entre video y video, Chariot
dejaba escapar la palabra aburrimiento casi como si se tratara de un hábito
arraigado, y no solo lo expresaba mediante palabras, sino que hasta la postura
con la que se encorvaba en el sofá reflejaba exactamente ese estado de ánimo.
Desde
el lugar donde estaba sentado, Yuri no alcanzaba a distinguir las imágenes de
la pantalla, pero el sonido llegaba con absoluta claridad. Chariot era incapaz
de concentrarse de verdad en cualquiera de las grabaciones y repetía una y otra
vez la acción de cambiar de contenido de forma incesante. Yuri era un hombre
dotado de una paciencia excepcional, pero escuchar durante cerca de cuatro
horas cómo Chariot cambiaba de video cada diez minutos terminó por generarle
una ligera irritación.
O no para de hablar, o tiene que buscar otra manera de
comportarse de forma hiperactiva.
Sin
embargo, lo que le molestaba no era la inquietud constante de Chariot. Más bien
se trataba de una sensación de escepticismo sobre si mantener encerrado en una
casa a un hombre que necesitaba moverse con energía era realmente lo mejor para
él. Yendo un paso más allá, se trataba también de una molestia dirigida hacia
sí mismo por haber sopesado por un instante si lo correcto no sería llevárselo
a dar una vuelta para que le aireara un poco la cara.
Hundido
de espaldas en el sillón individual, Yuri contemplaba fijamente a Chariot con
el rostro inexpresivo. Si antes había estado sosteniendo la pesada laptop en
horizontal como si se tratara de un teléfono móvil, ahora había cambiado de
postura y la miraba tumbado boca abajo sobre el sofá. A pesar de que el sofá de
tres plazas era bastante amplio, a Chariot parecía quedarle pequeño, y en ese
espacio reducido, recostado boca abajo mientras repasaba videos sin sentido, su
pálido rostro carecía de la vitalidad que había mostrado el día anterior.
...Vaya.
Yuri
apartó el libro que sostenía entre las manos y desvió momentáneamente la mirada
hacia la ventana. Debido a que habían comenzado la jornada muy temprano, el
mediodía acababa de quedar atrás, y el sol proyectaba su fulgor sobre todo lo
que había en la superficie terrestre como si reclamara la estación como suya
propia. El lago brillaba con unos destellos tan intensos que parecía de color
blanco, transmitiendo una sensación sumamente refrescante.
Dos horas más o menos no deberían suponer un problema.
Aun
sabiendo perfectamente que el razonamiento que estaba haciendo era de lo más
irracional, Yuri ya se encontraba sopesando la posibilidad de salir al
exterior. En ese momento no existía ninguna amenaza directa, y atrincherarse en
la casa tampoco garantizaba esquivar un peligro si este decidía presentarse.
Por supuesto, tenía claro que quedarse quieto constituía la alternativa más
segura e idónea. En una cacería de gato y ratón, los factores que deciden quién
se alza con la victoria son la paciencia para aguardar conteniendo la
respiración y la determinación implacable para no desaprovechar la oportunidad.
Sin embargo, lo que me toca hacer a mí es...
En
medio del pensamiento de que bastaba con limitarse a proteger a aquel tipo, se
coló de pronto el impulso repentino de querer ver el rostro de Chariot aliviado
y lleno de alegría. Yuri frunció ligeramente el ceño pálido y entrecerró los
ojos. Se escuchó el pequeño golpeteo de su dedo índice golpeando rítmicamente
la cubierta del libro que tenía en la mano. Las dudas se prolongaron durante
varios minutos.
Mientras
los pensamientos en torno a Chariot revoloteaban por el interior de la mente de
Yuri como semillas de diente de león traídas por el viento desde un lugar
desconocido, Chariot encontró por fin algo capaz de retener su atención. Puso
la grabación de la final de la Copa Stanley de esa temporada y apoyó la
barbilla en la mano. Al escuchar el nombre del equipo Red Maple, Yuri aguzó el
oído de manera inconsciente. Él también conservaba ciertos recuerdos de aquel
encuentro, puesto que el nombre de los Red Maple había resonado por todo
Vancouver a lo largo de los playoffs.
Y
en el epicentro de todo aquello siempre estaba Chariot Goodnight.
Habiendo
debutado en la NHL con los Florida Panthers, Chariot fue traspasado
posteriormente a los Chicago Blackhawks, hasta que dos años atrás cruzó por
primera vez la frontera hacia Canadá para afianzarse como capitán de los Red
Maple. Recordaba cómo las expectativas de que el fichaje de Chariot Goodnight
permitiera a los Red Maple aspirar a su primera victoria en la Copa Stanley en
una década se habían extendido por toda la ciudad.
Hasta
ahí llegaban exactamente los conocimientos de Yuri sobre el jugador de hockey
Chariot Goodnight. Ah, y también había visto su rostro alguna vez en los
carteles publicitarios. Cuando Alexei le comentó que aquel hombre de aspecto
digno de confundirse con un actor o un modelo era el capitán de los famosos Red
Maple, Yuri calculó con escepticismo cuán fácil debía de ser la vida para
alguien así, justo antes de pasar de largo junto a un escaparate donde colgaba
su fotografía.
El
video de momentos destacados repasaba primero la trayectoria de cada equipo en
la historia de la Copa Stanley para continuar después con una descripción de
los jugadores más comentados. El número de veces que había liderado la liga en
anotación, el trofeo Maurice Richard, el trofeo Memorial Hart, sus puntos
fuertes como centro... El comentarista recitaba a gran velocidad los elogios
dirigidos a Goodnight, hasta mencionar que la Copa Stanley era el único
galardón que se le resistía.
Yuri
se percató de que, sin darse cuenta, prestaba una atención considerable a las
explicaciones del comentarista. Desde la lejanía que imponía escuchar la voz de
un desconocido, Chariot era una figura tan extraordinaria que jamás se habría
cruzado en el camino de alguien como Yuri. El ajetreo de la situación provocada
por los acosos que sufría Chariot se lo había hecho olvidar, pero se trataba de
un hombre capaz de gastar alegremente cientos de miles de dólares en honorarios
de protección y que además contaba con el afecto del mundo entero. Lejos de
parecerle imponente compartir espacio con un individuo así, la situación se le
antojava contradictoria e irreal. Tal era el grado de extrañeza que sintió, que
por un instante se le revolvió el estómago y le invadió una melancolía
asfixiante, como si fuera a morir.
Yuri
buscó el origen de aquella sensación atroz. Alrededor de los catorce años,
mientras caminaba junto a Alexei por los callejones de Sarátov y levantaba la
vista para contemplar el cartel de una compañía de ballet que acababan de
descubrir, presenció por primera vez un mundo ajeno al círculo al que él
pertenecía.
Con
más faltas que asistencias a la escuela, Alexei y Yuri se desplazaban siempre
juntos para colaborar en los recados de Igor. En aquella época, la posición de
Yuri no era mala, gracias sobre todo a su padre, quien trabajaba con fidelidad
ciega bajo las órdenes de Igor. Fue precisamente la intercesión de su padre —al
pedir que se perdonara la vida a Alexei, hijo de un traidor, para ponerlo a
trabajar— lo que permitió sobrevivir a este último; sin embargo, Igor no
albergaba la menor intención de mostrar clemencia con los padres de Alexei,
quienes habían osado intentar huir de Sarátov. Si le había perdonado la vida a
Alexei no respondía a los argumentos de su subordinado, sino al deseo de
infligirle una desesperación mucho mayor a la descendencia de un traidor.
Por
esa razón, Yuri procuraba pasar todavía más tiempo con Alexei por iniciativa
propia. Para cuidar de aquel muchacho que no lograba integrarse con el resto de
niños de su edad criados bajo la tutela de los hombres de Igor, Yuri aceptaba a
propósito las tareas ingratas que le encomendaban a su compañero. Tenía que
hacerlo. Aquel amigo de la infancia a quien conocía desde los primeros años era
prácticamente parte de su propia familia, y Yuri estaba dispuesto a realizar
con gusto cualquier trabajo sucio con tal de proteger a alguien valioso para
él.
Aquel
día en que descubrieron por primera vez el cartel del ballet también huían de
una situación maldita. Ninguno de los dos muchachos había sufrido todavía el
cambio de voz cuando cumplían con las órdenes de recaudación impuestas por
Igor. No se trataba de ir a buscar a grandes deudores, sino de utilizar a niños
pequeños como Yuri para presionar a personas con situaciones modestas pero
sumidas en un impago crónico.
Por
entonces, Igor se mostraba especialmente implacable con Alexei. Mijaíl Sorokin,
el padre de este, había sido uno de los subordinados más apreciados por Igor, y
este último montaba en cólera al recordar que un tirador tan competente y
silencioso se hubiera atrevido a desafiarlo intentando abandonar Sarátov.
La
cohesión de aquella organización criminal se sustentaba en el terror y la
violencia, de modo que, para dar un escarmiento ejemplar, Igor dio caza a los
padres de Alexei en el preciso instante de su huida y los masacró a la vista de
todos. Afortunadamente, Alexei no llegó a presenciar el momento de la
ejecución, pero sí contempló los cadáveres de sus progenitores con los cuerpos
cubiertos de sangre y perforados por múltiples impactos de bala.
Aunque
reconocía y al mismo tiempo despreciaba la fortaleza mental de Alexei por no
venirse abajo tras presenciar semejante carnicería, Igor le obligaba a realizar
a esa edad tareas que rebasaban las capacidades de un adulto, con el fin de
domar a un perro que se negaba a temerle. Exigirle que consiguiera
obligatoriamente Diez mil dólares en medio día formaba parte de ese método de
adoctrinamiento.
Ignorando
la orden de Igor de actuar en solitario, Yuri acompañó a Alexei. Ambos se
dirigieron hacia la barriada de tiendas de campaña situada en el rincón más
apartado de Sarátov. Aquellas calles emanaban un hedor nauseabundo a orina
incluso antes de adentrarse en ellas.
En
aquel asentamiento residían individuos demacrados que vagaban como zombis a
causa de la drogadicción, mujeres enloquecidas que mascaban mechones de cabello
enmarañado y lleno de caspa mientras proferían gritos intermitentes, ancianos
con las extremidades inferiores hinchadas que defecaban en plena vía pública
sin importarles las miradas ajenas... Esa clase de personas habitaban allí.
Cualquier
observador ajeno habría sentido estupefacción y horror ante semejante
escenario, pero tanto Yuri como Alexei estaban acostumbrados a convivir con esa
clase de paisajes. Las personas libres de adicciones y de deudas se
concentraban por completo en la zona oeste de Sarátov, y salvo ese pequeño
sector, el resto de la ciudad padecía una desgracia idéntica y constante
jornada tras jornada. Por ese motivo, a Yuri no le atemorizaba adentrarse en
aquel lugar.
Los
dos, que poseían una complexión robusta y una gran resistencia en comparación
con los de su edad, se adentraron en la barriada de tiendas de campaña. Tras
esquivar a los drogadictos que vagaban sin voluntad ni lucidez, conservando
únicamente el cuerpo, y de pisar con indiferencia los charcos de orina que
empezaban a secarse sobre el suelo de tierra, localizaron al polaco que buscaba
colillas tiradas en los cubos de basura para prenderles fuego y apurar lo que
quedaba.
Igor
llamaba Borís a aquel hombre. En realidad se llamaba Wojciech, pero lo que le
importaba a Igor no era su identidad, sino la cantidad de dinero que podía
extraer.
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Al
principio, Wojciech se había gastado todo lo que ganaba reparando vías de tren
para comprar droga, pero más tarde empezó a fiarla. El método de Igor consistía
en conceder créditos con generosidad a quienes empezaban a engancharse para
convertirlos en adictos totales, y una vez que ya no les quedaba ninguna vía de
escape, exprimirles hasta el último recurso y arrancarles el alma.
Normalmente,
Wojciech tenía la mirada turbia y apagada de un pez muerto, completamente
sumido en los estupefacientes, pero aquel día sus ojos mostraban un brillo
inusual. Mientras encendía con destreza un filtro manchado de saliva ajena,
ceniza y restos de bebidas mezcladas, descubrió a los dos muchachos que se
acercaban.
‘Ustedes
son los niños de Volkov, ¿no?’
‘Si
ya nos viste la otra vez, ¿cómo es que te acuerdas ahora? Ya que te acuerdas,
trae también el dinero que nos debes.’
Alexei
fue directo al grano. Tras perder a sus padres y quedarse solo, el muchacho
tenía que cuidar los ánimos de Igor como fuera para proteger a su hermano
menor. Alexei debía conseguir ese dinero hoy sin falta.
Yuri
vigilaba el entorno en silencio, flanqueando a Alexei. Aunque ellos entraban en
ese lugar como si nada, se trataba originalmente de uno de esos sitios
peligrosos a los que los adultos advertían tajantemente que los niños no debían
ir jamás. Quienes no tenían nada que perder eran capaces de hacer muchísimas
cosas. Para preservar su vida de ese día, cometían de forma impulsiva actos
peores que los de una bestia, imposibles de imaginar desde una perspectiva
moral.
Y
Wojciech era también un hombre acorralado hasta ese punto.
‘Por
culpa de criminales como ustedes he terminado así. Dijeron que si pagaba aunque
fuera un poco, seguirían dándome más. Seguir, seguir, seguir, dijeron que
seguirían, seguir...’
Más
tarde, Yuri supo que su mirada despejada era en realidad un síntoma de la
abstinencia. El rostro de Wojciech se tiñó de una ira equivocada, como una vela
que se derrite, y se abalanzó sobre Alexei gritando.
A
fin de cuentas, los dos tenían apenas catorce años.
Por
mucho que superaran a sus coetáneos en estatura, complexión y fuerza, no tenían
la edad para someter a un hombre polaco de unos veinticinco años que realizaba
trabajos pesados. Todavía no habían aprendido tales recursos ni contaban con la
experiencia para anticiparse con facilidad a una emboscada.
Wojciech,
con la mente perturbada y fuera de sí, se abalanzó sobre Alexei agarrándole del
cuello. Un juicio irracional lo impulsaba como un fantasma, haciéndole creer
que si mataba a los niños y huía, ya no tendría que pagar el dinero. Lejos de
asustarse o entrar en pánico, Alexei gritó con fuerza para quitarle las manos
de encima, y Yuri agarró de inmediato cualquier objeto cercano para arrojárselo
al hombre.
Nadie
los ayudó ni intervino. En esa calle solo había cadáveres vivientes que
conservaban únicamente el cuerpo, y en ese espacio donde el hedor a inmundicia
impregnaba el aire, los dos muchachos luchaban a duras penas para sobrevivir.
El rostro de Alexei perdió color rápidamente. Al ver el rostro de su querido
amigo volviéndose pálido, la mente de Yuri se congeló por un instante, y se
abalanzó sobre Wojciech para salvar a Alexei.
Le
arrancó la oreja de un mordisco.
Ante
los gritos de dolor de Wojciech, que echaba la cabeza hacia atrás, Yuri lo
mordió hasta casi arrancarle la mitad de la carne, lo que hizo que el hombre
soltara las manos. Con la oreja izquierda chorreando sangre, el hombre giró la
cabeza de golpe y sus ojos brillaron intensamente en la penumbra. Para matar al
niño que se había atrevido a morderle la oreja, el hombre se abalanzó lanzando un
grito bestial. Una mano pesada golpeó la mejilla de Yuri, y pisoteó con una
bota gruesa su vientre blando, donde los músculos aún no se habían desarrollado
por completo. Sintió un dolor como si sus entrañas fueran a estallar,
acompañado del sabor de la sangre.
Alexei,
recuperando el aliento, se abalanzó esta vez sobre Wojciech en lugar de Yuri.
Así, turnándose para recibir los golpes, salieron de allí cubiertos de sangre,
con la piel desgarrada y la nariz rota.
No
consiguieron el dinero.
Hicieron
el máximo esfuerzo para obligar al hombre a retroceder, pero al ver a ese
hombre tendido en el suelo con la sangre brotando a chorros de la oreja, ya no
pudieron hacer nada más. Sencillamente no podían decir nada.
‘Vámonos.’
Dijo
Alexei con voz entrecortada al cabo de un largo silencio, escupiendo sangre.
Yuri asintió mientras tragaba la sangre que le entraba por los labios. Quizá
era sangre de su propia boca. Fuera lo que fuese, ya no importaba.
Tras
caminar un largo trecho, ambos regresaron al lugar de trabajo para informar a
su fracaso a Igor. Durante todo el camino, nadie ofreció ayuda al ver a los
muchachos cubiertos de sangre. Sabían que los únicos que andaban de esa manera
eran los subordinados de Igor Volkov.
Llegaron
a un callejón lleno de enormes contenedores de basura y desechos. Pasando solo
eso, se abría una amplia avenida, y a lo largo de ella, con fábricas y
edificios abandonados alineados como mansiones, se encontraba uno de los
talleres de Igor.
Mientras
caminaba calculando qué clase de castigo recibiría al regresar, Yuri miró a
Alexei al ver que este se había detenido. Alexei estaba mirando hacia arriba,
contemplando un cartel pegado en la pared. Yuri desvió la mirada hacia el
póster siguiendo su ejemplo. Aunque había pasado por ese camino decenas de
veces, era la primera vez que Yuri veía ese cartel.
En
el póster aparecían un bailarín y una bailarina con una iluminación elegante,
de pie en posturas que él veía por primera vez. La fecha, la hora y el título
estaban escritos con una tipografía llamativa.
Petrushka.
Una
bailarina con un tutú de encaje blanco puro, un bailarín con pantalones azules
y el torso descubierto, y detrás de ellos, niñas con faldas rojas decorando la
escena.
‘¿Sabías
eso? La mamá de Lerusha era bailarina.’
Alexei
sacó a relucir lo ocurrido dos años atrás. El día en que sus padres murieron,
había otras dos personas junto a ellos. Personas cultas y bondadosas que no
habían cometido ningún delito. Una pareja que trabajaba diligentemente sin
corromperse como el tal Wojciech de antes.
Maxim
Belov y Alisa Belova. Alexei estaba mencionando ahora a esas personas inocentes
que habían llegado un poco tarde desde Rusia a Estados Unidos y que, por mala
suerte, terminaron arrastradas hasta ese rincón. Personas que, a fin de
cuentas, eran la causa de la muerte de sus padres.
‘Sí.’
Sin
atreverse a adivinar los sentimientos de Alexei, Yuri respondió en silencio, y
Alexei continuó hablando:
‘Parece
que Lerusha se parece a su mamá, porque baila muy bien. La vi bailar antes y de
verdad era adorable.’
Y
Lerusha era el hijo de esa pareja. A Valeri Belov, a quien Alexei criaba
fingiendo que era su hermano menor, la gente lo conocía como Valeri Sorokin.
Para proteger a su hermano menor, Alexei había aprendido a no llorar a pesar de
pasar por días como aquel. A Yuri siempre le daba lástima un amigo así.
Sin
embargo, Alexei estaba sonriendo mientras miraba el cartel de la compañía de
ballet. El muchacho, con el rostro ensangrentado, apartó la vista del cartel de
ballet, cruzó su mirada con la de Yuri y arrugó la nariz.
‘Más
adelante, puede que Lerusha quiera bailar como su mamá, así que voy a ganar
mucho dinero. Por eso, definitivamente voy a largarme de esta maldita ciudad.’
A
pesar de tener marcas de golpes comenzando a florecer por su pálida piel,
Alexei no se veía miserable. Había algo parecido a una convicción en sus ojos.
Como si presenciara un alma ardiendo intensamente, Yuri sintió escalofríos por
un instante.
Al
ver al muchacho pronunciar directamente un pensamiento que él jamás había
tenido en su vida, y al ver el póster que tenía a sus espaldas, Yuri intuía con
certeza que Alexei lograría escapar de ese lugar. El amigo de la infancia con
el que respiraba en el mismo espacio le pareció de repente lejano. Daba la
sensación de que, en cuanto se presentara la oportunidad, Alexei subiría a un
coche y se iría muy, muy lejos, cruzando los límites de ese infierno.
Una
desolación insoportable se convirtió en ansiedad, haciendo que un susurro
surgiera en el interior de Yuri. Alyosha, no te vayas. Quédate en esta
ciudad conmigo. Tragándose a duras penas lo que deseaba decir, Yuri asintió
en silencio. Sin percatarse de que le faltaba un molar trasero y que la sangre
seguía fluyendo, Yuri tragó saliva en silencio y habló por su amigo:
‘Entonces
yo te ayudaré a mantenerte con vida.’
Alexei
sonrió. Una sonrisa impregnada de una tristeza desolada y vacía, impropia de un
muchacho.
‘Claro,
si no fuera por ti, yo habría muerto hace un momento.’
‘Así
es.’
‘Gracias,
Yuri.’
Alexei
le expresó su agradecimiento de corazón. Mirando fijamente a su querido amigo,
Yuri comprendió que la alegría de ver a Alexei correr libre por fin sería mucho
mayor que la soledad que sentiría cuando él lo dejara atrás.
Y
también comprendió que él y Alexei eran personas fundamentalmente diferentes.
Mientras Alexei tenía la convicción y la meta de ascender y avanzar hacia
adelante, Yuri no albergaba ningún otro deseo que no fuera proteger a su
familia.
Como
si alguien hubiera metido la mano bruscamente en el centro de su pecho, aquel
recuerdo del pasado sacado de golpe hizo que la garganta de Yuri se desgarrara
con ardor. Contuvo una pequeña tos seca y cerró los ojos con fuerza para no
mirar a Chariot. Al comprender que aquel joven inmaduro e hiperactivo era un
ser fundamentalmente diferente a Yuri, una sed seca se elevó en su interior.
Quería beber agua.
“¿Estás
bien?”
En
ese momento, Chariot, que había permanecido callado todo el tiempo, le habló.
Al abrir los ojos, vio que Chariot se había incorporado y lo estaba mirando. En
sus hermosos ojos verdes se reflejaba con ternura un matiz de preocupación.
“Sí.”
No
sabía a qué pregunta se refería, pero Yuri respondió que sí.
“¿Te
traigo agua?”
…Pero
qué cosa tan curiosa, Chariot preguntó como si supiera exactamente lo que Yuri
deseaba. Mientras lo observaba con los ojos entrecerrados, Chariot se levantó
del sofá y se dirigió a la cocina diciendo:
“¿Qué
libro estabas leyendo con tanta concentración? Leías tan intensamente que no me
atreví a interrumpirte.”
Chariot,
que sacó dos vasos de vidrio, recibió agua del grifo y regresó a la sala. Yuri
observó fijamente cómo colocaba los vasos sobre los posavasos situados en la
mesa de madera. Un pensamiento cruzó por su mente: se necesitaba un posavasos
para evitar que quedaran marcas de agua en la madera noble. Era la primera vez
que veía a alguien prestar atención a ese tipo de detalles.
Pensaba
que se había quedado callado por mera casualidad, pero resultaba que lo hacía
para no interrumpir su lectura.
Mirando
fijamente el agua acumulada en el vaso de cristal, Yuri rumió las palabras que
había dicho Chariot. La sensación era extraña. Al percatarse de que Chariot
había estado consciente de su presencia durante el tiempo en que no le había
dirigido la palabra, la punta de sus dedos sintió un ligero picor.
Tras
pensarlo un momento, Yuri extendió la mano hacia el vaso de agua y susurró en
voz baja con la voz ronca:
“Pensé
que estabas concentrado en el video de hockey.”
“¿Eh?
No. Solo lo dejé reproduciéndose. Como ya lo he visto cientos de veces, me lo
sé de memoria. He pensado cientos de veces en qué errores cometí y qué tipo de
jugada habría cambiado el resultado si hubiera tomado otra decisión. Pensé que
este año de verdad podríamos ganar la Copa Stanley, pero….”
Chariot
dio una respuesta que rozaba el soliloquio. Al rumiar las palabras cientos de
veces, Yuri calculó el esfuerzo que aquel hombre había invertido, un esfuerzo
que él no podía ni imaginar. Quizá por no poder comprenderlo en absoluto, a
Yuri le dio un poco de curiosidad saber cómo era Chariot jugando al hockey.
…En
realidad, parecía tener bastante curiosidad.
Mientras
daba un trago al agua que le había servido Chariot, Yuri desvió la mirada en
silencio hacia la pantalla de la computadora portátil. Como había bajado la
computadora al sofá, ahora podía ver el video incluso desde el lugar donde
estaba sentado. Aunque no alcanzaba a distinguir los uniformes ni los números,
en cuanto vio pasar una hermosa cabellera rojiza en las jugadas destacadas de
la pantalla, reconoció de inmediato que era Chariot.
Juro
que no tenía intención de ver el video, pero al ver a Chariot vistiendo un
uniforme azul y casco, cruzando la pista de hielo con agilidad y lanzando el
disco, la mirada se le fue por inercia. Tras la escena en la que esquivaba con
destreza a un jugador de complexión similar con su larga estatura y deslizaba
el stick con ligereza, aparecieron imágenes de Chariot con expresión
amenazante, chocando contra los jugadores contrarios y gritando con las venas
del cuello marcadas.
El
rostro que normalmente parecía tan pálido se encendió de rojo por la emoción, y
la mirada de Yuri quedó fija en aquella estampa tan furiosa, con venas tan
marcadas en su cuello largo y firme que parecía a punto de estallar. Mostrando
los dientes como una bestia y protestando por algo, Chariot lucía intimidante
de una forma que no iba con él. Resultaba sorprendente que un hombre tan
inocente y radiante como Chariot pudiera poner esa cara.
“¿Qué
miras?”
En
ese instante, la voz resonó justo al lado de Yuri.
“¿Te
has dado cuenta de pronto de lo guapo que soy y hasta te has enamorado?”
Un
aliento cálido le hizo cosquillas en el pabellón auricular, lo que hizo que
Yuri girara la cabeza de golpe y, por un segundo, las puntas de sus narices se
rozaran.
“¿Qué
estás haciendo ahora mismo?”
A
saber en qué momento se había desplazado hacia atrás, Chariot estaba inclinado
sobre la espalda de Yuri, demasiado cerca, a una distancia innecesaria. Al
hallarse tan cerca como si fuera a susurrarle al oído, la cercanía entre ambos
era tal que podían verse reflejados en los ojos del otro.
Chariot
no retrocedió a pesar de que Yuri le dirigió una mirada severa. De haber sido
en otro momento, habría dicho ‘está bien, está bien’ y se habría apartado, pero
esta vez lo observaba descaradamente.
Sus
respiraciones se mezclaron. Una respiración entrecortada resonaba débilmente en
el aire. Ya no sabía si era él quien respiraba o si era Chariot. Al sentir que
sus alientos se entrelazaban en uno solo, Yuri dirigió inconsciente su mirada
hacia los labios de Chariot. Aunque ya lo había notado la primera vez, aquellos
labios con un tono rojizo, como si llevaran pintura, hacían honor a su nombre.
“Wolfie.”
Chariot
lo llamó con un tono grave que parecía resonar desde el pecho. Al escuchar la
voz de Chariot, notablemente más baja que de costumbre, sintió un
estremecimiento inexplicable en el interior de su cuerpo.
Lo
único que tenía que hacer era mandarle a volar o apartarlo, pero una extraña
sensación de rigidez invadió su cuerpo, haciendo que Yuri apretara con fuerza
la mano con la que sostenía el vaso. Tanto que los nudillos de sus pálidos
dedos se volvieron nítidos.
“¿Qué…?”
Temiendo
que, si se quedaba así sin responder nada, acabaría sintiendo algo sumamente
extraño, Yuri aclaró su garganta a duras penas para contestar. Chariot continuó
observándolo a pocos centímetros sin retroceder un ápice, hasta que apartó lentamente
los labios.
“¿Sabes
que hace un segundo nuestros labios se rozaron?”
Ni
hablar. Yuri frunció el ceño mientras apretaba aún más el vaso.
“Decís
tonterías.”
“Es
la verdad.”
“Solo
se rozaron las narices, no los labios.”
Entonces,
Chariot curvó los ojos con picardía, como si hubiera escuchado la respuesta que
tanto esperaba.
“¿Te
disgustó?”
“Para
empezar, eso fue un accidente….”
Yuri
intentó corregir su disparate, pero se calló. Siguió ejerciendo presión sobre
el vaso.
“Deja
de hacer estupideces y vete a tu sitio. ¿A qué se debe que me hables desde
atrás? ¿Qué habrías hecho si te hubieras roto la nariz?”
“Mjum.”
Chariot
por fin le dio un respiro a Yuri. Tras poner los ojos en blanco como si
estuviera meditando algo, Chariot enderezó la postura. Luego, bajando la vista
hacia Yuri, le preguntó:
“Wolfie,
creo que me pasa algo un poco extraño.”
“Tú
siempre eres extraño.”
Yuri
soltó esa respuesta sin pensarlo, y Chariot se echó a reír a pesar de haberse
ganado un insulto.
“¿Así
que Wolfie también sabe hacer bromas?”
“No
es una broma, hablo en serio.”
“Yo
también hablo en serio. Desde hace un rato me siento un poco raro.”
Yuri
entrecerró los ojos para mirar a Chariot desde abajo. Aunque no tenía la menor
idea de por qué saldría con algo así, dado lo que había estado insistiendo por
la mañana, era muy probable que estuviera rogando por salir a la calle. Con la
firme intención de negarse de inmediato con un rotundo no, Yuri replicó:
“¿En
qué sentido?”
Sin
embargo, Chariot soltó una respuesta que jamás habría podido deducir con el
sentido común de Yuri.
“Hace
un momento tenía unas ganas reales de besarte.”
……
Por
un instante, Yuri se quedó sin palabras y abrió los labios. Quizá se debía a
que jamás se habría imaginado que saldría una declaración tan explícita de
deseo hacia su persona, tan alejada de los coqueteos habituales. Lejos de
sentir enojo, desagrado o la sensación de haber sido ofendido, lo primero que
acudió a su mente fue la suave sensación del roce de sus narices de hacía un
momento.
“Por
lo general me acerco sin reservas a las personas que me agradan, pero no soy un
desvergonzado que va besando a alguien apenas lo conoce. Solo que….”
La
luz del sol que entraba por la ventana atravesó las pestañas de Chariot e
iluminó el centro de sus ojos. Aquellos ojos verdes, con la pupila contraída,
pequeña y oscura más de lo habitual, lo observaban con persistencia. Parecía
una bestia acechándolo. Por un instante fugaz cruzó por su mente la imagen de
Chariot en la pista de hielo, mostrando los dientes mientras chocaba contra los
demás hombres.
“Desde
hace un rato no dejo de tener unas ganas locas de tocarte.”
Esa
confesión quedó flotando en voz baja. Tratándose del comportamiento
despreocupado de Chariot, aquello bien podría ser la continuación de sus bromas
anteriores, pero aquel suave susurro que resonaba en el aire se sentía con un
matiz muy distinto a sus habituales tonterías.
“Y
entonces miré tus ojos.”
O
bien.
“Pensé
que, en comparación, el lago de ahí afuera no es nada; tus ojos son
infinitamente más hermosos.”
Supongo
que habré sentito algo así.
“¿Me
habré vuelto loco?”
Por
fortuna, Chariot conservaba la suficiente lucidez mental como para reconducir
una atmósfera que amenazaba con volverse extraña. Apartando la mirada a duras penas
de Chariot, quien ladeaba la cabeza en señal de duda, Yuri exhaló débilmente el
aire que había estado reteniendo sin darse cuenta. Al parecer, todo su cuerpo
se había puesto tenso, dejándole los músculos rígidos. Una sed diferente a la
de antes comenzó a asaltarle, lo que hizo que Yuri volviera a tomar el vaso que
sostenía.
En
el preciso instante en que se disponía a beber un poco de agua para ordenar sus
pensamientos, Chariot soltó otra locura.
“Pero
de verdad, si seguimos estando en este mismo espacio, siento que voy a cometer
una locura. ¿Qué es esto? ¿El rut? No, no puede ser. Si ayer volví y tomé los
inhibidores antes de dormir, no hay forma de que….”
Yuri
apretó con fuerza el vaso. Al escuchar la palabra ‘locura’, una escena extraña
cruzó por su mente: la cercanía de hacía un momento en la que sus labios
habrían podido rozarse sin problemas, la imagen de la pista de pelea con las
venas del cuello marcadas, y el recuerdo de Chariot escrutando su torso con una
mirada penetrante antes de entregarle la camisa, todo ello se fundió en su
cabeza para moldear a un Chariot en una situación que Yuri jamás había
presenciado.
En
ese momento, el vaso de vidrio se rompió. Al sentir la sensación de que el
vidrio, moderadamente grueso, se fragmentaba y se desmoronaba en la palma de su
mano, Yuri desvió la mirada hacia el vaso con un sobresalto. El agua que estaba
contenida se salió del vaso, mojando su mano y escurriéndose hasta el empeine.
Chariot,
que hasta un momento antes soltaba tonterías desvergonzadas, también se quedó
mirándolo con sorpresa.
“¿Ah?
¿Wolfie, estás bien?”
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Más
asustado que el propio Yuri, Chariot acudió a su lado con prisa. Yuri frunció
el ceño y ahuyentó a Chariot con un gesto de la mano.
“Olvídalo.”
“¡Se
ha roto el vaso!”
“Olvídalo,
ya te dije que...”
Yuri
dijo esto apretando con fuerza los molares.
“Vete
a preparar para salir.”
Permanecer
juntos en un espacio tan estrecho y cerrado parecía mucho peor que salir a la
calle, por poco que fuera.
“¿Qué?
¿De repente? ¡Si esta mañana, cuando tanto insistía, me decías sin piedad que
no de ninguna manera!”
“Ya
te dije que te calles y te prepares.”
Incapaz
de seguir sosteniendo la mirada de Chariot, Yuri se levantó de su asiento. Por
suerte, el vaso no se había hecho añicos en pedazos diminutos, sino que se
había partido limpiamente en dos mitades, de modo que las esquirlas no habían
saltado ni resultaba molesto de limpiar. Sin embargo, fiel a su costumbre,
Chariot no iba a dejar a Yuri en paz por nada del mundo.
“De
acuerdo, pero enséñame la mano primero.”
“No
me he hecho daño.”
“¿De
verdad? ¿Y los trozos de vidrio?”
“No
hay.”
Cuando
Yuri dijo eso y se dispuso a levantarse, Chariot tiró de repente del sofá donde
estaba sentado hacia atrás con un movimiento firme. Mientras Yuri, todavía
sentado, era arrastrado hacia atrás y lo miraba con expresión de desconcierto,
Chariot señaló el suelo con rostro serio.
“Podría
haber algún trozo de vidrio, así que no pises ahí hasta que pase la
aspiradora.”
“Ya
te dije claramente que estoy bien.”
A
pesar de que no se le había caído al suelo sino que se había partido en dos
mitades exactas, Chariot exageraba su preocupación. No obstante, Chariot ignoró
obstinadamente su negativa, se dirigió junto a él hacia la cocina para tirar el
vaso roto y luego le extendió la mano a Yuri.
Yuri
lo miró fijamente con una expresión que preguntaba qué diablos pretendía hacer,
y Chariot le exigió con seguridad:
“La
mano.”
“¿Para
qué?”
“Tengo
que ver si te has lastimado. Por lo que veo, parece que te da igual hacerte
daño.”
Aquello
rozaba lo absurdo y le arrancó una risa floja.
Yuri
le dio la espalda como diciendo que se olvidara del asunto, pero Chariot lo
retuvo justo cuando iba a pasar de largo. Chariot atrapó con suavidad su mano
derecha mojada. Justo cuando Yuri pensaba regañarle al notar que su descaro iba
en aumento, Chariot presionó con cuidado el centro de la palma de Yuri con el
pulgar. Un calor tibio se expandió desde el centro y dejó al descubierto la
palma de su mano.
Al
igual que su torso, la palma de Yuri estaba cubierta de numerosas cicatrices
causadas por armas blancas. Sin embargo, Chariot acarició con suavidad la
cicatriz de su palma con el pulgar y, tras comprobar que no sangraba, sonrió
mientras le sostenía la mirada.
“Aprobado.”
Pareciendo
conservar un mínimo de prudencia, Chariot le soltó la mano por iniciativa
propia antes de que Yuri realmente le propinara un golpe. Luego cruzó la sala
con un brío y una energía notablemente distintos a los de antes, diciendo que
solo pasaría la aspiradora y saldrían.
Daba
la impresión de que tal vez había provocado toda esa situación a propósito para
tener una excusa con la que salir. Si de verdad había planeado algo así,
Chariot resultaría ser un tipo mucho más vil y astuto de lo que Yuri había
calculado.
Al
contemplar a Chariot, que se preparaba lleno de entusiasmo desmintiendo la
flojera con la que había estado tumbado toda la mañana, Yuri también entró en
su habitación. Sacó entonces el cuchillo militar que guardaba oculto bajo la
almohada, lo acomodó con discreción en el interior del bolsillo de su pantalón
y sacó el teléfono para revisar una vez más el mensaje que le había enviado
Alexei.
Por
suerte, había un mensaje nuevo.
[Infiltración
exitosa. Me están dando un trato de lo más increíble, así que no te preocupes.
¿Cómo está tu situación?]
Al
final, Alexei se había metido de infiltrado en la guarida de los guardianes del
infierno. Pensando en hablar antes con Heather antes de comunicarle esto a
Valeri, Yuri se quedó quieto con el teléfono en la mano, fijando la mirada en
la pantalla para responder a Alexei.
¿Cómo
está tu situación?
Para
su sorpresa, la compañía de un hombre que aborrecía a los de su misma calaña se
le estaba haciendo cada vez más cómoda. Es más, a medida que pasaba el tiempo,
se estaba acostumbrando a Chariot de forma alarmante, y contagiándose quizá de
él, el propio Yuri sentía que estaba cambiando de manera extraña.
Hace
un momento, que Chariot lo tocara no le había resultado desagradable.
Para
alguien que jamás había sentido el menor afecto hacia otro Alfa, aquello era
algo sumamente extraño. La característica de los Alfa era precisamente evitar
los contactos frecuentes, como abrazos o apretones de manos, incluso con amigos
de toda la vida, y en ese aspecto Yuri era un Alfa más conservador que nadie.
Yuri
observó fijamente la mano con la que sostenía el teléfono para redactar la
respuesta. Quizá por la humedad que aún conservaba, toda clase de sensaciones
se propagaban a lo largo de su mano derecha. El calor ascendía siguiendo el
rastro que había dejado el pulgar al presionar con firmeza el centro de la
palma. Yuri arqueó las cejas y cerró los ojos con fuerza como si sintiera
dolor, contemplando su mano derecha durante un buen rato, hasta que logró
enviarle la respuesta a Alexei.
[Aquí
no pasa nada.]
Yuri
volvió a repetirse a sí mismo que de verdad no pasaba nada.
Como
si tuviera que ser así por fuerza, aquella voz con la que se lo repetía sonaba
profunda y turbada.
*
* *
En
la bolsa deportiva negra de Chariot iban una toalla de playa grande, una
botella de agua y una bolsa de gominolas que Yuri le había comprado. Su bolsa
era de un material ligero de poliéster con tiras finas para los hombros, y se
cerraba adoptando una forma triangular al estirar la abertura. Aunque era un
diseño que veía por primera vez, le pegaba mucho a Chariot.
Al
salir, se puso unas gafas de sol Ray-Ban y una gorra de béisbol blanca. Con una
camiseta gris claro que dejaba al descubierto sus brazos blancos y firmes, y
unos pantalones vaqueros, su silueta al alejarse era exactamente la de un joven
de su edad. Al cruzar el umbral de la casa, su cabello rubio ceniza, teñido por
la luz del sol, revoloteaba como chispas doradas. Su rostro irradiaba
vitalidad, con una sonrisa en las comisuras de los labios mientras miraba al
cielo frunciendo el ceño.
“Es
un día en el que no sería raro enamorarse.”
Chariot
soltó una exclamación extraña mientras llevaba la bolsa colgada y alargada a la
espalda, balanceándola de un lado a otro. Tras cerrar la puerta y comprobar el
estado de la cerradura un par de veces más, Yuri se giró para mirarlo. Chariot
seguía mirando hacia el cielo. Con un sol tan intenso y deslumbrante que
costaba ver incluso con gafas de sol, él sonreía como si no le importara
quedarse ciego.
“¿Qué
se supone que significa eso?”
A
pesar de ser una pregunta que no hacía falta plantear, Yuri terminó por
formularla. Al fin y al cabo, aquello probablemente no fuera más que un
soliloquio sin sentido.
“Con
este tiempo tan maravilloso, con solo cruzar miradas uno podría enamorarse.”
No
obstante, como el perfil de Chariot contemplando el cielo atrapaba su atención
con excesiva fuerza, Yuri no tuvo más remedio que dejar salir la pregunta de
sus labios. Chariot parecía alguna clase de criatura sacada de la mitología. Un
brillo dorado resbalaba por su barbilla bien definida alzada hacia arriba y por
su cuello estirado y recto, y cada vez que exhalaba aire con ligereza, su ancho
tórax y la nuez de Adán se movían con belleza.
Mientras
se descubrió a sí mismo contemplando a Chariot sin proponérselo, Yuri se dio
cuenta tarde y desvió la mirada. Tras contener las ganas de volver a mirarlo
una vez más, comprobar que la puerta estaba bien cerrada y tantear las ventanas
para cerciorarse de que también estuvieran debidamente trancadas, giró el
cuerpo.
Chariot
no se había alejado mucho y lo esperaba a unos pocos pasos de distancia. Al
escuchar los movimientos de Yuri al acercarse, Chariot giró la cabeza. Como
llevaba puestas las gafas de sol, sus relucientes ojos verdes ya no se podían
ver. Yuri miró con desagrado las oscuras lentes de las gafas y dijo en voz
baja:
“Siguiendo
tu lógica, ese amor desaparecería en cuanto el tiempo empeore.”
“Pero
al menos será válido por tres meses.”
“¿Tres
meses?”
“El
periodo de validez mínimo del amor.”
Al
escuchar algo que oía por primera vez, Yuri arqueó las cejas. A diferencia de
Chariot, Yuri no llevaba gafas de sol, por lo que su expresión se reflejaba de
manera íntegra en el rostro de Chariot.
“Tienes
cara de no creérmelo.”
“Porque
la mayor parte de lo que dices no tiene ningún fundamento.”
“¡Es
un hecho científicamente demostrado!”
Chariot
se acercó a grandes zancadas con aire de indignación. ¿Sería por la claridad
del día y el viento que soplaba?, pero al mismo tiempo que Chariot se movía,
Yuri percibió su feromona y se quedó rígido de golpe. Una sensación de rechazo
instintivo brotó al notar el aroma denso y dulce acercándose con pesadez,
aunque enseguida se calmó al reconocer que el dueño de aquella fragancia era
Chariot.
Hoy
su aroma huele inusualmente intenso.
Durante
los últimos dos días no se había percatado de las feromonas de un modo tan
descarado, pero hoy, cada vez que él se movía, el olor lo arrollaba al unísono.
Era como si estuviera decidido a seducir al omega que se le pusiera enfrente,
exactamente igual que un alfa a punto de entrar en celo.
“Y
entonces, de verdad, si seguimos estando en este mismo espacio, siento que voy
a cometer una locura. ¿Qué es esto? ¿El rut? No, no puede ser. Si ayer volví y
tomé los inhibidores antes de dormir, no hay forma de que…”
El
soliloquio de Chariot cruzó brevemente por su mente. Rumiando de nuevo aquellas
palabras que lo habían empujado a salir a la calle a pesar del peligro, Yuri le
preguntó a Chariot para asegurarse de una vez por todas:
“Tú,
¿te has tomado los inhibidores, verdad?”
“Me
los tomé. Ayer por la tarde y hoy por la mañana.”
Aunque
el modo de administración variaba según la farmacéutica, cualquier medicamento
de ese tipo solía ser eficaz con tan solo tomarlo un día antes de que se
desatara el rut. Si su celo llegaba a presentarse justamente hoy, no habría
problema puesto que ya se había tomado la pastilla el día anterior.
Estuvo
a punto de preguntarle a Chariot cuándo le tocaba exactamente el rut, pero por
alguna razón hablar de semejante asunto le generó incomodidad y cerró la boca.
Le molestaba sentirse como un omega joven e ingenuo sintiendo vergüenza, pero
aun así no quería preguntar. Le temía a que sacar el tema terminara por
revolverle en la cabeza todo lo que había pasado por la mañana.
…Estar
a punto de besar a un alfa.
Aquello
no había sido un beso ni constituía en realidad intento alguno, pero era el
acto que más se asemejaba a un beso de todos los que Yuri había experimentado
en su vida. Le resultaba aún más incómodo debido a que se podían contar con los
dedos de las manos las veces que había visto la cara de alguien tan de cerca
como hacía un rato.
Pensándolo
bien, por muchos encuentros sexuales que Yuri hubiera tenido en cada uno de sus
ruts, las veces que se había besado con alguien eran excepcionales. Cuando la
pareja con la que se acostaba intentaba besarlo, le seguía el juego por
cortesía, pero jamás se había enredado profundamente en lenguas ni se había
concentrado en el beso. No le apetecía. Para él, besar era un acto dotado de
demasiada carga emocional como para hacerlo en una relación basada puramente en
un acuerdo mutuo para descargar necesidades físicas. Al resultarle incómodo y
desagradable, las experiencias de Yuri con los besos eran sumamente escasas.
Sus
encuentros íntimos solían ser directos, con un propósito de lo más claro.
Actuaba enfocado únicamente en la eyaculación, y los preliminares se reducían a
un mero trámite obligatorio para aflojar el cuerpo del omega, sin que él
encontrara verdadero disfrute en ello. Cierto era que resultaba agradable
contemplar cómo la otra persona se retorcía gimiendo cada vez que sus manos la
rozaban, pero aquello no dejaba de ser un estímulo primario.
Sea
como fuere, por todas estas razones Yuri prefería no tocar el tema del rut con
Chariot. Tenía la certeza de que, en cuanto abriera la boca al respecto, alguna
extraña emoción agazapada en su interior empezaría a agitarse y saldría a la
superficie.
“Pero
oye, ¿por qué sacas el tema de los inhibidores?”
Sin
embargo, Chariot insistió en machacar el mismo asunto del que Yuri ya no quería
seguir hablando. Con los labios bien cerrados, Yuri respondió al
cuestionamiento de Chariot con total silencio y echó a andar. Aunque no tenía
un destino claro, por lo menos quería poner distancia.
“¡Wolfie,
¿por qué has preguntado eso?!”
Mas,
por desgracia, Yuri no estaba en condiciones de dejar atrás a Chariot. Pegado
de inmediato a sus talones, Chariot no dio el brazo a torcer y volvió a
preguntar.
La
luz del sol era tan implacable que le deslumbraba. Tan punzante y seca
resultaba la intensidad de aquellos rayos que sus párpados se cerraron de
manera refleja. Yuri cerró los ojos con fuerza y replicó a regañadientes:
“Pregunté
porque empezaste a decir tonterías sobre enamorarte.”
Por
fortuna, Chariot tragó anzuelo y sedal con la excusa improvisada de Yuri.
“para,
¿qué tonterías ni qué ocho cuartos? ¡Si es un hecho científico!”
“Lo
prudente sería considerarlo una simple superstición.”
“Te
quedarías de una pieza si supieras la cantidad de estudios científicos que
existen sobre el amor.”
Que
piense lo que quiera. Yuri lo dejó hablar a su antojo. Como los párpados se le
cerraban una y otra vez para esquivar el sol en contra de su voluntad, se dijo
que definitivamente tendría que comprarse unas gafas de sol. Yuri comprendió
por primera vez que la gente no se ponía gafas de sol para ocultar su
identidad, sino para protegerse del sol. Hasta entonces lo ignoraba por
completo, ya que apenas salía a la calle durante el día.
“El
tiempo que toma enamorarse son apenas siete segundos. Los científicos han
demostrado que uno puede enamorarse perdidamente de alguien en menos de diez
segundos.”
Chariot
no cesaba de hablar de pseudociencias mientras caminaba pegado a su lado. De
repente, estiró una mano hacia el rostro de Yuri. Antes de que Yuri, ocupado en
fruncir el ceño por la luz, pudiera apartarse echando la cabeza hacia atrás,
Chariot ya le había apoyado la mano en la frente.
“Esa
es la primera fase del amor.”
Con
la palma de la mano completamente extendida, Chariot le hizo sombra sobre la
frente. En cuanto la sombra se proyectó siguiendo la forma de su mano, la luz
del sol quedó bloqueada. Al ver al fin el rostro de Chariot reflejado en su
campo de visión recuperado, Yuri se quedó rígido de un sobresalto.
Otra
vez.
Otra
vez estaba demasiado cerca.
Chariot
ladeaba la cabeza para examinar la cara de Yuri. Inclinando ligeramente el
torso para observarlo, aquellos ojos verdes albergaban una preocupación cariñosa.
En algún momento se había quitado las gafas de sol, y ahora se las tendía a
Yuri con la otra mano.
“No
va a poder ser. Ponte mis gafas.”
“No
las necesito…”
“No
es algo que deba decir alguien que apenas puede abrir los ojos. No actúes como
un lobo recién nacido.”
Ante
aquella comparación absurda, Yuri entornó los ojos. Aunque esta vez no lo hacía
por la molestia del sol, Chariot pareció malinterpretarlo; sujetando las gafas
con ambas manos, se las acercó con suavidad al rostro.
“Seguro
que hay alguien por ahí que te reconoce, así que no hagas estupideces y
llévatelas.”
Pese
a ser un rechazo rotundo, Chariot no dio un paso atrás.
“Con
la gorra puesta ya es suficiente por ahora. Ya que hemos salido, vamos a
comprarte unas gafas de sol. Las mías me las devuelves después.”
“A
ver si al final nos van a descubrir la identidad…”
Chariot
le tapó la boca poniéndole las gafas. Yuri se quedó paralizado ante el tacto
desconocido de las patillas al rozarle las sienes. Tanto la sensación de la
montura apoyada en el puente de la nariz como el tono oscuro de las lentes que
cubrían su campo de visión le resultaban completamente ajenos. Quizá por
haberlas estado usando él, desprendían un sutil rastro de su olor corporal. Era
como si todo su entorno estuviera rodeado por las feromonas de Chariot.
“Vaya,
te quedan muy bien. Como eres guapo, te sienta bien cualquier cosa.”
Al
ver que Yuri aceptaba las gafas dócilmente, Chariot esbozó una sonrisa de
satisfacción con los ojos semicerrados. Al comprobar que aquellos bonitos ojos
verdes, que antes quedaban ocultos, se curvaban alegremente, Yuri sintió
también una extraña satisfacción. Aunque para ocultar la identidad lo correcto
era llevar las gafas puestas, por alguna razón no quería ocultarle los ojos a
Chariot.
“…Lo
mejor será que vayamos primero a la tienda.”
Como
le gustaban los ojos verdes de Chariot bajo la luz del sol, Yuri decidió
tolerar por un momento aquel atrevimiento suyo. Sin saber que le estaba
concediendo semejante margen de generosidad, Chariot soltó una risa triunfante.
“Jaja,
¿a que con las gafas se está mucho más cómodo?”
Yuri
respondió con silencio. Aunque la montura bloqueaba los rayos ultravioleta y le
resultaba bastante más cómodo abrir los ojos, Yuri siempre se habíamanejado muy
bien sin ellas. Por muy cómodo que fuera, una vez pasado este periodo
probablemente no volvería a usar gafas de sol.
Pero
como tal vez sí las necesite durante los diez días que pasará con Chariot, lo
mejor será comprar unas, aunque sean baratas.
Ah,
es verdad que ya no son diez días.
Como
ya ha pasado un día, quedan nueve. Después del fin de semana quedará una semana
entera. Aquel periodo de diez días, que al principio le había parecido tan
largo, de repente le daba la sensación de estar pasando deprisa.
Yuri
levantó la mano en silencio para acariciar la montura de las gafas que Chariot
le había colocado. El plástico bajo sus yemas se sentía templado debido al
calor del sol.
Como
si quisiera decir algo, una emoción volvió a agitarse en el interior de Yuri.
Tras tragarse aquella sensación incómoda y de inquietud que le barría la parte
interna de las costillas, echó a andar. Chariot lo siguió ajustando su paso al
suyo. Tal y como Yuri esperaba, Chariot caminaba a su lado dejando una
distancia de apenas un palmo. Con cada paso, las manos de ambos se rozaban de
vez en cuando, casi sin tocarse.
El
viento sopló con travesura, agitando por un momento el agua del lago antes de
alejarse. Los árboles se mecieron al compás de su rastro, y el aroma de las
feromonas de Chariot rozó la punta de su nariz. Era tan intenso que daba la
impresión de que el aire mismo se había impregnado de su fragancia. Tragándose
aquellas feromonas tan densas que mareaban, Yuri abrió la boca. Quedarse
callado era demasiado agobiante.
“…Y
bien.”
“¿Sí?”
“¿Cómo
era la segunda fase del amor?”
“¿Estás
creyéndote lo que digo?”
Chariot
sonrió radiante, con una alegría sincera. Yuri, que estuvo a punto de responder
que no era para tanto, cerró la boca en cuanto vio su sonrisa. No quería que
aquella expresión se desvaneciera.
Con
una sonrisa que iluminaba su rostro juguetón, Chariot señaló el lago al borde
del camino y dijo:
“No
tiene misterio. Es tan sencillo como lanzarse ahí dentro.”
Siguiendo
la línea de su brazo blanco y alargado, la mirada de Yuri también se dirigió
hacia el lago. Aunque el paisaje no debería cambiar de un día para otro, el
agua brillaba hoy con un azul todavía más cristalino que ayer. El lago, largo y
caudaloso como un río, tenía tanta profundidad que el fondo era invisible, pero
por algún motivo despertaba en quien lo miraba el impulso de arrojarse dentro.
Seguramente
sería por el buen tiempo.
Tal
como había dicho Chariot, el día era verdaderamente magnífico.
“Sumergirse
por completo. Hasta empaparse de cuerpo entero.”
Mientras
contemplaba el lago, aquel susurro resonó junto a su oído. Al notar que hablaba
como si supiera leer sus propios impulsos, Yuri levantó la vista para mirarlo.
Chariot
tenía la mirada fija en la lejanía mientras esbozaba una sonrisa silenciosa en
las comisuras de los labios. Aquel gesto de profunda reflexión lo hacía parecer
alguien que había regresado al pasado. El perfil de su padre recordando a su
madre solía tener exactamente esa misma expresión. Por alguna razón, aquel
perfil de Chariot no terminó de gustarle.
“Hablas
como alguien que ya se ha enamorado alguna vez.”
Al
pronunciar esas palabras sin saber muy bien qué pretendía, Yuri frunció el ceño
incluso con las gafas de sol puestas. Chariot soltó una risa ahogada y dio un
paso ligero con sus sandalias.
“¿Lo
parece?”
“Sí.”
Yuri
recuperó despacio su expresión habitual y guardó silencio. Ya había dicho que
no salía con nadie en serio. Que solo se juntaba con parejas ocasionales.
Y
con esas ínfulas, te pones a hablar de esto.
La
manera en que alguien que no practicaba el amor describía el proceso de
enamorarse era tan convincente que por un instante Yuri creyó que tal vez él sí
lo había experimentado alguna vez. Aunque aquella contradicción en Chariot le
generó un cierto desagrado.
“Por
desgracia, nunca ha sido el caso. El amor de verdad es algo reservado solo para
los valientes.”
Aquella
aclaración disipó su malentendido. La emoción que se le había enredado un
momento en el pecho, como la correa de una bolsa hecha un nudo, volvió a su
sitio. Daba igual que Chariot hubiera amado a alguien con dolor o no, eso era
algo que no le importaba en absoluto, pero…
“Aun
así, harías bien en tener cuidado.”
Yuri
añadió una leve advertencia.
“Si
llegaras a enamorarte a primera vista de cualquier omega por ahí, tendrías
problemas de sobra.”
Aunque
antes no hubiera ocurrido, a juzgar por lo que acababa de decir Chariot, en
cualquier momento podía estallar un problema. Ante el reproche de Yuri, Chariot
se dio unos golpecitos con el dedo índice en el ala de la gorra que llevaba
puesta. La visera se balanceó con ligereza siguiendo el compás de sus dedos.
“Entonces
tendrás que vigilarme bien para no ande mirando a otros.”
Yuri
soltó una risa seca. Aunque sabía de sobra que no había nada tan imposible de
controlar como los sentimientos ajenos, aquella actitud de pedirle que lo
cuidara no le desagradaba del todo.
“Con
tal de que hagas caso.”
“Qué
extraño. ¿Acaso no lo he estado haciendo bastante bien hasta ahora?”
“Quién
sabe.”
Ante
aquella respuesta descarada, Yuri se encogió de hombros.
“Me
da la impresión de que has hecho siempre lo que te ha venido en gana.”
“¿De
verdad?”
“Sí.”
“Entonces
debe ser que los dos hacemos buena pareja. Teniendo en cuenta que he hecho lo
que me ha dado la gana, los resultados no están siendo tan malos hasta ahora.”
No
se esperaba una contestación así. Los pasos de Yuri se ralentizaron por un
instante. Aunque ya se había hecho a la idea de que Chariot le temía cada vez
menos, consideraba que ese era estrictamente el límite de su relación. Incluso
si llegaba a convencerse de que Yuri Kiseľov no iba a matarlo, eso no convertía
a Chariot en alguien que dejara de aborrecer a su calaña.
Sin
embargo, Chariot estaba hablando como si su relación pudiera avanzar más allá
de un simple trato de no agresión.
“Vamos,
Wolfie. Hay un sitio al que quiero llevarte.”
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Unos
pasos más adelante, Chariot se giró y empezó a caminar de espaldas mientras lo
miraba. Ante aquella excentricidad de caminar hacia atrás, Yuri arqueó las
cejas, pero Chariot soltó una risita ahogada y le hizo señas con la mano.
“¡Date
prisa!”
Y
sin darle tiempo a seguir dándole vueltas al asunto, echó a correr como un
muchacho. Al ver que Chariot no dejaba de girarse para hacerle gestos, Yuri
terminó por ensanchar la zancada. Sus pasos firmes y largos se convirtieron en
un trote lento casi sin que se diera cuenta. Y, sin embargo, Yuri ni siquiera
era consciente de que estaba corriendo.
El
sábado por la tarde, Big Fox parecía de verdad un pueblo sacado de un cuento de
infantiles. Había gente por todas partes, pero sin el bullicio agobiante de los
sitios turísticos, y el aire desprendía un agradable aroma gracias a los
arbustos de lavanda y romero plantados en cada rincón. Se escuchaban las risas
cristalinas de los niños corriendo y el olor apetitoso que salía de una
panadería a punto de cerrar.
Chariot
no dejaba de parlotear sobre cada detalle que le señalaba a Yuri. Empezó
explicándole que el jardín de la iglesia —donde todavía se celebraban misas los
domingos— era un lugar estupendo para citas, continuó con el menú especial de
la mañana de aquella cafetería con la pintura azul medio descascarada, y
terminó hablando de los tomates que vendían en el mercado de agricultores de la
plaza; detalles tan insignificantes que rozaban lo trivial.
Tras
veinte minutos de caminata, ambos llegaron a la cafetería más grande de Big
Fox. En el trayecto ya habían pasado de largo otros dos establecimientos
similares, pero Chariot, a pesar de haber dicho que quería tomar café, insistió
en que tenían que venir precisamente hasta aquí en vez de entrar en uno más
cercano. Era una cabezonería carente de sentido, pero Yuri se limitó a seguirlo
en silencio.
El
café que Chariot tanto quería visitar estaba situado justo en primera línea del
lago. La terraza ya se encontraba repleta de gente que tomaba café o comía
mientras contemplaba el paisaje acuático.
“Espérame
aquí sentado un momento.”
El
interior de la cafetería era mucho más amplio de lo que parecía desde fuera. No
solo vendían café y postres, sino que al fondo albergaban un estante con
chucherías y libros, funcionando a modo de tienda de variedades.
“Supongo
que no tendrás pensado sentarte a tomar un café.”
“Eso
no..., pero ¿por qué? ¿Acaso está prohibido sentarse?”
A
pesar de que llevarlo encima resultaba sin duda una molestia, Yuri era incapaz
de imaginarse a sí mismo sentado plácidamente en un sitio así tomando café.
Además, tampoco le apetecía llamar la atención de nadie por quedarse allí
demasiado tiempo.
“Pensé
que íbamos a ir al lago.”
“Aha,
¡conque al final sí que estabas con expectativas, eh!”
Yuri
torció levemente las comisuras de los labios para burlarse de él, se quitó las
gafas de sol que había estado llevando todo el rato y se las tendió a Chariot.
“Si
vas a andar dando vueltas por una zona llena de gente, póntelas otra vez.”
“No,
no voy a estar mucho tiempo. Solo quiero ver si venden gafas de sol dentro.
Quédatelas tú.”
“¿No
se supone que si voy a comprar unas tengo que comprarlas yo?”
“Es
que quiero elegirlas yo.”
Chariot
hizo un berrinche como un niño chico. Cruzándose de brazos, Yuri lo miró con
expresión de incredulidad.
“¿Por
qué ibas a elegir tú mis gafas de sol?”
“Porque
si te las dejo a ti, acabarás comprando algo tan sombrío como la ropa que llevas
puesta. En fin, vuelvo enseguida. ¿Bueno?”
Con
la decisión ya tomada, Chariot se movió con rapidez. Tras recibir las gafas que
Yuri le tendía y volver a colocárselas sobre la cabeza, se adentró en el
establecimiento. Ante la repentina escena, Yuri frunció el ceño y se llevó una
mano a la cabeza. Si Alexei lo hubiera visto, se habría doblado de la risa al
verle llevar las gafas puestas de esa manera tan pintoresca.
Entornando
los ojos para examinar el interior, Yuri estudió la distribución del local. Al
parecer no había otra puerta de acceso y tampoco había mucha gente. Por el
momento no se veía a nadie que resultara sospechoso, pero con la firme
intención de ir a buscarlo si tardaba más de cinco minutos, Yuri desvió
despacio su atención hacia la terraza de la cafetería. Esta vez evaluó las
posibles amenazas externas, y por lo menos no había nadie parecido al asesino a
sueldo que se había cruzado en el hotel. Aunque un anciano de edad avanzada que
leía el periódico le pareció ligeramente dudoso, sus manos rellenitas se veían
suaves, sin rastro de haber empuñado un arma o un cuchillo.
Una
vez terminada la exploración, Yuri repasó por último su propia indumentaria.
Llevaba exactamente la misma ropa que solía usar: parte inferior negra, camisa
negra de manga larga y una camiseta blanca de manga corta por debajo.
¿Qué
se supone que tiene de malo esto?
Las
palabras que Chariot había dejado caer le rondaban un poco por la cabeza, pero
eso no cambiaba nada. Yuri prefería el negro porque disimulaba la suciedad.
Daba igual que se manchara de sangre o de grasa de motor, el negro lo ocultaba
todo.
Como
quedarse plantado allí esperando a Chariot sin hacer nada tampoco era plan,
Yuri decidió pedir el café por adelantado. Gracias a que Chariot había repetido
varias veces durante el camino que le apetecía tomar un café con leche estilo
español, no le costó adivinar cuál sería el menú que querría.
Al
acercarse al mostrador, Yuri estuvo a punto de pedirle al empleado, pero
recordó de pronto que todavía llevaba los rastros de los golpes en el rostro.
Aunque ya no lucían tan aparatosos como anteayer, aún conservaban un tinte
rojizo a modo de rasguños en los pómulos y las sienes.
Mientras
dudaba un instante, el empleado se le adelantó y le habló:
“¿Le
tomo su orden?”
El
dependiente encargado de atender los pedidos era un joven de una edad similar a
la de Chariot, o quizás algo menor. Con una camisa azul de manga corta y un
delantal marrón, el barista lo miró desde abajo con una sonrisa franca y
afable. Aunque sus feromonas no eran potentes, se trataba inequívocamente de un
omega. Su piel moderadamente tostada por el sol y su corto cabello castaño
dorado le conferían un aire fresco.
“…Un
café con leche español, por favor.”
“Ah,
ese no lo tenemos en la carta. Pero puedo intentarlo preparar lo más parecido
posible, ¿le parece bien?”
“Sí.”
“¿Lo
quiere caliente o frío?”
“Frío,
por favor.”
Tras
dar una respuesta breve, Yuri inclinó la cabeza por un momento. Justo cuando se
disponía a sacar los billetes que guardaba en el interior de la camisa, las
gafas se movieron un poco y se le cayeron. Al ver que se le iban a caer,
intentó sujetarlas, pero el empleado se adelantó y le ganó la mano atrapándolas
al vuelo. Como sus reflejos resultaron ser bastante buenos, Yuri lo miró fijamente.
Le preocupaba que no fuera de la zona y que pudiera tratarse de alguien enviado
por los guardianes del infierno.
“Atrapadas.”
El
barista soltó una risita juguetona, se inclinó invadiendo su espacio con total
confianza y le susurró en voz baja:
“Si
es un regalo de tu pareja, da pena que se rayen los cristales.”
“…¿Qué?”
Mientras
las oscuras cejas de Yuri se fruncían con desconcierto, el barista abrió los
ojos de par en par. Ahora que se fijaba bien, sus ojos también eran verdes.
Aunque el verde no dejaba de ser un tono común y no tenía nada de sorprendente,
al venir de ver los ojos de Chariot, aquel verde mezclado con matices marrones
no le parecía un verde auténtico.
“¿El
chico que estaba contigo hace un rato no es tu pareja?”
Vaya
tontería acababa de soltar; al parecer, había sacado conclusiones precipitadas
sobre la relación entre Chariot y él. Preguntándose cómo demonios se las
apañaban para dar esa impresión, Yuri replicó con un atisbo de sincera
perplejidad:
“No
sé de dónde has sacado esa idea.”
“No
es habitual ver a dos alfas tan pegados y que uno le ponga las gafas al otro.
Ah, lo digo sin ninguna mala intención, eh. En mi entorno hay muchos de tipo
libre. Solo decía que se veían muy cariñosos.”
“…Ah.”
Yuri
torció levemente las comisuras de los labios ante semejante disparate. La
palabra pareja sonaba demasiado efímera en sus oídos.
“No
somos esa clase de relación.”
Negando
de un plumazo un término que —con Chariot o sin él— jamás tendría nada que ver
con su vida, Yuri sacó los billetes. Quizás avergonzado por haber metido la
pata, el barista se rascó la cabeza y se disculpó:
“Disculpa.”
“No
pasa nada.”
“Son
cuatro dólares con cincuenta centavos. ¿Sería solo uno?”
Yuri
se lo pensó un instante. Con el calor que hacía, no le venía mal una bebida
fría. Aunque normalmente no solía gastar dinero en caprichos de este tipo… hoy,
habiendo salido de casa, ya se trataba de una excepción.
“Añade
un americano helado, por favor.”
“Entonces
son ocho dólares con veintisiete... no, con veinticinco.”
Cediendo
a un pequeño impulso que no iba con su forma de ser, terminó de hacer el pedido
y se disponía a sacar un billete de diez dólares cuando una mano surgió de la
nada y lo sujetó. Si hubiera sido en otro momento, la habría apartado por
instinto, pero Yuri supo quién era sin necesidad de mirar a la cara a la
persona que lo retenía.
En
lugar de sacudirse de encima al invitado inesperado que aparecía sin avisar,
Yuri desvió la mirada con total calma. ¿Sería que no aprendía la lección, o
quizás que su fuerza al apartarlo no le hacía daño? El caso es que Chariot
tenía la mala costumbre de agarrarlo con confianza y sin miedo a nada.
¿Se
habría acostumbrado tras repetirse tantas veces? Bastaba con la forma en que le
sujetaba la muñeca para saber que se trataba de él. Quizá era precisamente
porque sabía que era Chariot por lo que le permitía acercarse de ese modo.
“…¿Qué
haces?”
Justo
cuando iba a llamarlo por el apodo que usaba en la calle, Yuri recordó de
repente lo que el barista acababa de decir y cerró la boca. Llamarlo por un
diminutivo como Cherry sonaba inevitablemente a un trato cariñoso, y no quería
avivar malentendidos absurdos. Aunque lo ideal era que nadie descubriera quién
era Chariot, si llegaba a saberse que habían estado allí, al menos prefería
evitar que habladurías innecesarias salpicaran a Chariot. Al fin y al cabo,
alguien como él solo podía ser una mancha en la reputación de Chariot.
“Invito
yo.”
Al
mirar a un lado en silencio, pudo ver la barbilla de Chariot. Como llevaba la
gorra bajada hasta la frente, su rostro apenas era visible. Al ver que al menos
intentaba ocultarse con cierto criterio, Yuri decidió perdonarle aquel contacto
no autorizado y le siguió la corriente.
“¿Terminaste
de mirar?”
“Sí.”
Chariot
respondió con sequedad y tiró de Yuri hacia atrás. Colocándose de inmediato en
medio para interponerse entre el barista y él, Yuri arqueó las cejas por detrás
de su espalda. Las feromonas que emanaban de él a corta distancia vibraban con
inestabilidad, dejando patente que, por el motivo que fuera, el humor de
Chariot estaba bastante torcido.
“Quédese
con el cambio.”
Habiendo
zanjado el pago en su lugar, Chariot giró el rostro de soslayo para mirarlo
desde arriba. Cuando los ojos verdes asomaron levemente por debajo de la gorra,
Yuri pudo por fin examinar su expresión con claridad. En aquellas bonitas
pupilas verdes se acumulaba un evidente descontento.
¿A
qué viene esto de repente?
Incapaz
de adivinar qué cataclismo emocional había sufrido en cuestión de minutos
alguien que no había parado de sonreír desde que salieron, Yuri lo observó con
intriga. Chariot giró la cabeza con brusquedad, se bajó aún más la gorra y le
tendió la mano al barista.
“¿Me
da las gafas? Son mías.”
“Ah,
disculpa.”
Viendo
cómo solía comportarse habitualmente, lo normal habría sido que le dedicara al
menos una sonrisa amable al omega, pero Chariot se limitó a ir directo al grano
con tono inexpresivo y recuperó las gafas. A continuación, tras dedicarle una
mirada levemente hostil a Yuri —quien lo aguardaba en silencio—, pasó de largo
y se encaminó hacia la mesa situada al fondo del local. Acomodándose con un
deje de petulancia tras retirar la silla, cruzó las piernas y recostó la
espalda en el respaldo. Mientras observaba con desconcierto a un cliente que
manifestaba su enfado con todo el cuerpo, Yuri se acercó despacio hacia él.
A
causa de la gorra que le ocultaba la mitad de la cara no podía asegurarlo del
todo, pero Yuri tuvo la clara sensación de que lo estaba vigilando. Podría ser
una equivocación, sí, pero el pálpito era demasiado fuerte.
Al
acercarse a la mesa y retirar en silencio la silla de enfrente para sentarse,
Chariot soltó una frase de golpe, como si hubiera estado esperando el momento.
“Cuando
decía que hay muchos omegas bonitos, hacías como si no te interesara.”
“¿Qué?”
“Estabas
aceptando los coqueteos de ese barista de hace un rato, ¿no?”
¿Coqueteos?
Antes de que Yuri pudiera replicar, la pregunta continuó.
“¿Te
va ese tipo de persona? ¿No te importa con tal de que sea omega?”
“…Chariot.”
“mirame
bien, ¿no te parece que soy más guapo? Si nos ponemos a hablar de atractivo
físico, ¿no soy yo el que gana?”
“No
sé de dónde habrás sacado esa idea, pero ahí no pasó absolutamente nada.”
Chariot
negó enérgicamente con la cabeza y dejó caer las gafas de sol sobre la mesa con
un golpe seco.
“Entonces,
¿por qué tenía esa persona tus gafas de sol?”
“Solo
me ayudó a atraparlas porque se me iban a caer.”
“Pues
tendrías que habérselas pedido de inmediato.”
Cuanto
más hablaba, más crecía el descontento de Chariot. Pensar que apenas antes de
ayer decía que le daba miedo, y que con solo tres días de convivencia se
hubiera acostumbrado lo suficiente como para soltarle semejantes comentarios...
No sabía si calificarlo de adorable o de descarado.
Mientras
sopesaba si ceder ante aquel berrinche sin sentido formaba parte de las medidas
para mantenerlo tranquilo, Chariot volvió a insistir.
“¿Te
lo pasaste bien hablando con un omega guapo?”
La
sensación era extraña. Aunque jamás había mantenido una conversación de esa
índole con nadie, la imagen de Alexei discutiendo de temas similares con su pareja
cruzó fugazmente por su mente. Se sentía exactamente como si estuviera metido
en una situación así. Por mucho que Chariot y él no fueran nada de eso... el
contenido de la charla era de lo más absurdo.
“No.”
Independientemente
de la conversación que hubiera tenido con el barista, aquello no era asunto de
Chariot, pero Yuri respondió que no. Le pareció que actuar así era lo más
acertado en ese momento, y acertó de pleno. Con los brazos cruzados en una
postura algo desafiante, Chariot lo miró de soslayo y aflojó las piernas.
“Ya
no pienso volver a este café.”
“…Como
quieras.”
Hiciera
lo que quisiera. A pesar de la confusión que sentía, Yuri le siguió el juego.
Al notar cómo respondía de forma tan dócil, se percibía claramente que las
feromonas de Chariot se relajaban poco a poco. De algún modo, aquello le
pareció curioso, y para conseguir que el estado de ánimo de Chariot mejorara un
poco más, decidió cambiar de tema.
“Supongo
que habrás elegido bien mis gafas de sol.”
“Bueno,
eso sí.”
Chariot
señaló las gafas que estaban sobre la mesa con un movimiento de barbilla.
“Ponte
las mías.”
“¿Hay
alguna razón para que haga eso?”
“Las
que venden aquí son poco más que juguetes, no protegen de verdad contra los
rayos ultravioleta.”
Deducía
que, siendo así, lo lógico era que Chariot usara las suyas propias, pero él se
las acercó con tozudez y se puso de pie. Siguiéndolo como si tuviera que
vigilar a un perro incapaz de estar quieto, Yuri se levantó también. Dejó
guardadas en el bolsillo, por si acaso, las gafas que Chariot había dejado
olvidadas por capricho. Visto lo visto, el café ya estaba listo.
Caminando
a grandes zancadas hacia el mostrador, Chariot tomó ambos cafés con las manos y
salió de la cafetería. Al cruzar la salida, se cruzó con la mirada del barista,
quien al ver a Yuri le dedicó una sonrisa radiante y simuló llevarse la palma
de la mano a la oreja. Frunciendo el ceño ante aquella seña cuyo significado no
lograba descifrar, salió al exterior para encontrarse con la espalda de
Chariot, que aguardaba de pie.
“Chariot,
di de una vez qué es lo que te molesta.”
Yuri
no tenía la menor intención de permitir que siguiera en ese estado. Ante su
pregunta directa, Chariot soltó un suspiro y replicó:
“Cuando
estés conmigo, céntrate solo en mí. Al fin y al cabo, eres mi escolta.”
“Me
parece que ya te estoy prestando bastante atención.”
Teniendo
en cuenta que sus pensamientos giraban en torno a él de manera casi excesiva, a
Yuri le invadió incluso una ligera sensación de injusticia. Ante su respuesta
desprovista de emoción, Chariot titubeó y, con un gesto mucho más relajado, le
levantó el vaso de café justo delante de la cara.
“Te
enteras de las cosas con una precisión pasmosa, ¿por qué para esto no te das
cuenta de nada?”
La
respuesta a aquel comentario indescifrable llegó de inmediato. Chariot había
alzado el vaso para que viera el número escrito en el portavasos. Era de
suponer que se trataba del número del barista de antes. Al comprender por fin
que el barista verdaderamente le estaba tirando los tejos, Yuri frunció el ceño
con apuro.
Había
pensado que preguntaba por su relación con Chariot por simple curiosidad, pero
al parecer tenía otro propósito en mente. Aun así, Yuri no estaba seguro de si
aquello era una indirecta dirigida a él.
“Podría
ser un número para ti y no para mí.”
“¿Recuerdas
que el que estuvo hablando con él fuiste tú y no yo?”
“Quién
sabe.”
Yuri
trajo de vuelta a su memoria las palabras que Chariot había pronunciado antes.
“Fuiste
tú quien dijo que bastaban unos cuantos segundos para enamorarse. Y como luego
se acercó a decirme que los había visto charlar a los dos, vete a saber.”
“Yo
llevaba la gorra puesta y no se me veía la cara.”
Replicó
Chariot agitando ligeramente el vaso. Estrictamente hablando no le faltaba
razón, pero la presencia de Chariot no iba a desvanecerse por el simple hecho
de cubrirse los ojos con una gorra. Durante el camino hasta allí, Yuri había
presenciado incontables veces cómo las miradas de la gente se desviaban de
forma natural hacia él.
El
atractivo no se limitaba simplemente al rostro. También se percibía en detalles
tan sutiles como unas piernas largas y bien formadas, una espalda ancha y
curva, una zancada enérgica o una sonrisa fresca colgada de los labios.
“Diría
que no hace falta verle la cara a alguien para notar que es guapo.”
Tal
como Psique se sintió atraída hacia Eros en medio de una oscuridad donde no se
veía un palmo, las apariencias visibles no eran lo único capaz de cautivar a
una persona.
En
el instante exacto en que Yuri pronunció en voz baja exactamente lo que sentía,
el café que se agitaba en el vaso se detuvo. Con los ojos muy abiertos, Chariot
parpadeó y movió los labios como alguien a quien acaban de pillar en falta.
Tras examinar con total aplomo a un Chariot que se había quedado congelado de
repente, Yuri alargó la mano hacia el café que este sostenía. Sus dedos se
deslizaron entre los de Chariot, que sujetaban el portavasos. La piel blanca,
repleta de sol, irradiaba calor. Aquella temperatura era tan intensa que el
propio calor tibio de Yuri le pareció frío en comparación.
Cuando
Yuri superpuso su mano, Chariot reaccionó con un respingo y aflojó tardíamente
la presión con la que sujetaba el vaso. Al recibir el café, Yuri echó un
vistazo indiferente al número escrito en el cartón. Aunque resultaba un tanto
significativo que el barista hubiera elegido precisamente un americano sin
saber qué bebida prefería cada uno, la curiosidad de Yuri llegaba hasta ahí.
Retiró el portavasos y, acercándose a un todavía paralizado Chariot, lo dejó
caer descuidadamente en el interior de la abertura de la mochila, que se
mantenía medio abierta.
Había
pensado en romperlo y tirarlo a la papelera, pero como el otro podría estar
mirando, tampoco hacía falta ser tan cruel.
“Vámonos.”
Yuri
le dio un leve toque en el hombro a Chariot y pasó de largo. Al ver que se
marchaba, Chariot —que se había quedado plantado sin decir palabra— reaccionó
al fin a toda prisa para seguirle los pasos.
“¿A
qué ha venido eso de hace un momento?”
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Chariot,
que se le había pegado de nuevo al lado en un santiamén, le preguntó. Al
abalanzarse con rapidez para colocarse a su altura, el brazo de Chariot rozó el
suyo por un instante. La sensación que transmitía aquella piel suave
superpuesta a unos músculos tan firmes que rayaban en lo pétreo era extraña.
Consciente del roce innecesario de sus brazos, Yuri desvió la mirada hacia allí
por un segundo antes de mirar al frente con el ceño fruncido.
“¿Por
casualidad me estabas tratando de ligar?”
“No
sé qué clase de estupideces estás diciendo.”
“Acabas
de decir que soy guapo.”
Yuri
cerró la boca de golpe. Pensándolo con retraso, comprendía que pudiera
interpretarse de ese modo, pero seguir alargando la conversación corría el
riesgo de hacer que salieran a relucir palabras innecesarias.
“Mierda,
y ahora qué hago. Como te pongas a ligar conmigo tan descaradamente, me vas a
dejar mareado de la emoción.”
¿Ligar?
Yuri
jamás le había hecho algo así a un alfa, ni se le habría pasado por la cabeza
hacerlo. Le parecía increíble cómo era capaz de interpretar y dotar de tanto
significado una simple frase.
“Jamás
haría algo así.”
“Con
que llevabas todo este tiempo pensando que soy guapo, ¿eh? No estaba seguro de
si mi físico le importaba a Wolfie, pero ahora ya me ha quedado claro.”
“Te
acabo de decir que no es así.”
“entonces,
Wolfie. Eres demasiado peligroso. Eres capaz de descolocarme y agitar mis
sentimientos con una sola frase.”
La
actitud de Chariot, que pasaba por alto lo que él decía para ponerse a
desvariar a su antojo, le pareció el colmo del descaro. Yuri lo contempló en
silencio y apresuró el paso para apartarse de su lado, añadiendo una pequeña
advertencia:
“Por
lo visto, ya has perdido el miedo que me tenías.”
Apenas
se había distanciado lo suficiente, Chariot lo alcanzó de inmediato. No
contento con eso, le sujetó la muñeca tal y como había hecho en la cafetería y
esbozó una sonrisa burlona.
“Por
ahí no es por donde tenemos que ir.”
A
diferencia de antes, cuando se limitaba a dejar que fuera Yuri quien abriera
camino, en esta ocasión Chariot tiró de él con firmeza, dejándole claro que por
ahí no pensaba ceder. Sin darle margen para sacudirse de encima su agarre,
Chariot comenzó a correr hacia un sendero rodeado de árboles altos que se
inclinaban sobre ellos.
“¡Qué
broma crees...!”
La
advertencia de Yuri quedó sepultada bajo el sonido de las pisadas al correr
sobre el suelo. Con el ceño fruncido de irritación y desconcierto, Yuri se vio
arrastrado a correr por la fuerza de Chariot.
¿Eso
de que hace caso a todo lo que se le dice era mentira?
Haciendo
lo que le daba la gana, y encima con el descaro de decir que había obedecido
dócilmente. Mientras contemplaba la espalda de Chariot, que corría a su antojo,
Yuri masculló maldiciones para sus adentros. No obstante, no tenía la menor
intención de sacudirse aquella mano de encima; le temía a la idea de que
hacerlo detuviera a un Chariot que corría rebosante de diversión.
El
viento soplaba siguiendo los pasos de Chariot, que serpenteaba sin tregua a
través del sendero. En el aire fresco que rozaba la piel de Yuri se mezclaban
el aroma del bosque y las feromonas de Chariot. A diferencia de cuando
permanecía atrapado en aquel espacio reducido, Chariot corriendo parecía
encarnar la libertad en estado puro.
Tras
dejar atrás decenas de árboles de formas dispares y cuando el suelo del sendero
comenzó a poblarse de hierba silvestre, el sol les salió al paso de forma
deslumbrante. Los rayos intensos, que se esparcían como punciones de luz, le
lastimaron los ojos y obligaron a Chariot a reducir la marcha. Deteniéndose de
manera gradual tal como lo hacía el joven, Yuri se paró también.
“¡Mira
esto, Yuri!”
El
sonido de la risa alegre de Chariot se esparció por el aire. Soltando la mano
de Yuri, Chariot avanzó unos pasos y dejó caer sin miramientos la bolsa que
llevaba al suelo. Tras entornar los ojos por un instante ante la luz cegadora,
Yuri alzó despacio los párpados para examinar el panorama que se desplegaba
frente a él.
…Ah.
Sobre
las pupilas azules de Yuri se superpuso un tono de un azul intenso. El agua de
un lago color cielo se ondulaba y se extendía ante ellos como si fuera el mar.
Enclavado en medio de un bosque deshabitado, aquel lago parecía un oasis
escondido por alguna criatura feérica.
Y
Chariot parecía el dueño indiscutible de aquel oasis.
Dejando
la bolsa sobre la hierba, Chariot se quitó la camiseta sin vacilar. Al
desaparecer la prenda de manga corta en tono gris claro que envolvía su torso,
quedó al descubierto un cuerpo deslumbrantemente musculoso. Reflejando la luz
del sol, la piel de Chariot adquiría un tono marfileño, y cada vez que se
movía, sus músculos perfectamente definidos se contraían con vitalidad.
Apenas
se hubo quitado la parte superior, Chariot se lanzó de cabeza al lago. Yuri no
tuvo tiempo ni de detenerlo. Dejando las sandalias en la orilla, se precipitó
al agua de un solo salto, con la intensidad justa como para refrescar a
cualquiera con solo verlo. Se sumergió por completo, hasta el punto de que el
cabello se le esfumó de la vista.
Detenido
en medio del bosque bajo la sombra de los árboles, Yuri se quedó plantado
contemplando el lago con la mirada perdida, como si intentara rastrear la
estampa de un Chariot que se había desvanecido en un parpadeo. Como todo lo que
había ocurrido al llegar había transcurrido en cuestión de segundos, le asaltó
la sensación momentánea de estar viviendo un sueño. Al desaparecer Chariot, que
no había parado de parlotear a su lado con alboroto, el bosque quedó en un
silencio casi melancólico. Aunque no reinaba una quietud absoluta —pues aún se
oía el canto de los pájaros y el viento mecía las ramas—, la impresión de
haberse quedado completamente solo era abrumadora.
Frunciendo
el ceño con gesto pálido, levantó una mano para pasársela por el cabello. Tras
apartarse los mechones de manera mecánica en repetidas ocasiones, terminó por
desviar la atención hacia el café que sostenía en la otra mano. A causa de la
carrera al ritmo de Chariot, la bebida se había desbordado a medias y el
contenido se había reducido en esa misma proporción.
……
En
lugar de llevarse a los labios aquel café que había comprado con ganas de
beberlo, Yuri apartó la vista y miró al frente. A pesar de haber transcurrido
varios segundos, Chariot seguía sin emerger del lago. Por mucho que escudriñara
la superficie del agua en busca de su meloba rubio-rojiza, no se veía nada.
Abandonando la zona de sombra, Yuri dio un paso hacia la orilla.
¿Se
habrá ahogado?
Ante
aquel pensamiento siniestro que le cruzó la mente de repente, Yuri frunció el
ceño. Le invadió la inquietud de que, tras lanzarse al agua con total
imprudencia y sin realizar ningún calentamiento previo, le hubiera dado un
calambre que lo obligara a patalear sin remedio, o que hubiera sufrido un
ataque al corazón. Aunque se trataba de un atleta con el cuerpo curtido en el
esfuerzo físico, la incertidumbre de no tenerlo a la vista lo ponía nervioso.
Titubeante,
Yuri dio al fin un segundo paso. Una vez que empezó a caminar, su cuerpo se
movió por inercia. Al abandonar el bosque cobijado bajo las sombras y llegar a
la orilla cubierta de guijarros, echó un vistazo fugaz a las sandalias que
reposaban sin dueño y abrió los labios con lentitud:
“¿Chariot?”
Su
voz se dispersó en el aire. No obtuvo ninguna respuesta.
“Chariot.”
Yuri
volvió a llamarlo. Su tono sonó un poco más alto que antes. El entorno
continuaba igual de silencioso y nada rompía la superficie del agua. Con el
ceño fruncido, apretó los labios con fuerza y exhaló un suspiro largo teñido de
impaciencia.
No
tiene ningún sentido que vayas a palmarla nadando después de todo lo que hice
para salvarte.
La
molestia y la inquietud se mezclaron para convertirse enseguida en una profunda
preocupación. Aunque intentaba convencerse de que era imposible, la sola
suposición de que Chariot pudiera estar pidiendo ayuda allá abajo le metía
prisa en el cuerpo. Tras dudar brevemente, él, que jamás en su vida se había
metido en el agua por propia voluntad, se encaminó hacia la orilla. Desató con
rapidez los cordones de sus botas militares negras que le cubrían los tobillos,
se quitó el calzado junto con la camisa oscura y sumergió los pies en el agua
del lago.
El
contacto con la temperatura de la orilla resultó más frío de lo que esperaba.
Un escalofrío le recorrió la columna vertebral y se le esparció por la piel.
Ignorando la temperatura del agua, que helaba el corazón de inmediato, Yuri se
adentró despacio. Contra todo pronóstico, el lago presentaba una corriente
agitada. Salir de la tierra firme a la que estaba acostumbrado para adentrarse
en el agua le dificultaba mantener el equilibrio mucho más de lo previsto. Daba
igual lo fuerte y resistente que fuera en su día a día.
“Chariot,
déjate de bromas y sal ya.”
Cuando
el agua le llegó por encima de las rodillas, Yuri volvió a llamarlo. La voz
grave resonando en el aire le resultó ajena, haciéndole pensar hacía cuánto
tiempo no gritaba el nombre de alguien con tanta fuerza.
Sin
embargo, Chariot seguía sin aparecer. A estas alturas le era imposible no dar
por sentado que algo malo había ocurrido, de modo que, apretando los molares
con fuerza, Yuri se adentró aún más en el lago con la intención de aproximarse
lo suficiente como para ver qué sucedía bajo el agua, aunque no pudiera
rescatarlo directamente al no saber nadar.
El
agua, que antes le mojaba los muslos, le llegó en un instante a la altura de la
cintura. Al ser un curso de agua de gran tamaño que fluía con fuerza semejante
a la de un río, la profundidad era lo bastante grande como para ahogarse sin
que hubiera nada de extraño en ello, y un miedo instintivo comenzó a crisparle
los nervios. Era la angustia ante un entorno desconocido e incontrolable donde
cualquier mínimo error le haría perder el equilibrio y caer al fondo. Si eso
pasaba, lejos de salvar a Chariot, lo más probable era que terminara muriendo
con él.
Sabiendo
que no se trataba de una decisión racional, Yuri inspiró hondo y, al exhalar,
se dejó caer hacia adelante. En el instante en que la totalidad de su cuerpo se
sumergió, un frío gélido lo envolvió. Mientras intentaba explorar el fondo sin
despegar los pies de los guijarros, Yuri descubrió un par de ojos verdes que lo
observaban desde abajo. Al verle la cara, el hombre que nadaba con gracia
abriendo los brazos para surcar el agua abrió los ojos de par en par con
expresión de sorpresa.
Por
suerte, Chariot estaba vivo.
Desmintiendo
por completo sus temores de que hubiera muerto, Chariot se veía sumamente
cómodo y libre bajo el agua. Verlo acercarse nadando con total soltura dejó a
Yuri estupefacto y, al mismo tiempo, lo inundó de un profundo alivio. A
consecuencia de esto, la tensión que había mantenido rígido todo su cuerpo se
desvaneció de golpe. Las plantas de sus pies, apoyadas sobre el suelo de
guijarros resbaladizos, pisaron el vacío por un segundo y perdió el equilibrio.
Sin
margen para enderezar la postura, Yuri se precipitó al agua. El líquido helado
se coló por sus labios abiertos y le hizo tragar saliva de golpe al atravesarle
la garganta. Intentó abrir la boca de nuevo para tomar aire, pero en lugar de
expulsarla, el agua no hacía más anegar sus vías. Los brazos, que se agitaban
desesperados en busca de algo a lo que aferrarse, solo cortaban el agua sin
encontrar nada sólido.
La
inundación de sus pulmones desató el pánico. Aunque sabía perfectamente que
mantener la calma ante cualquier adversidad era la única forma de sobrevivir,
un accidente tan inesperado lo dejó completamente descolocado.
Sus
pálidas mejillas adquirieron un tinte todavía más cadavérico. El terror a la
posibilidad de morir allí mismo se apoderó de él. Irónicamente, a pesar de
haber pensado que su vida ya había sido suficientemente larga como para morir
en cualquier momento, en ese instante Yuri no quería morir.
Alguien...
que alguien me saque, por favor.
Justo
cuando ese pensamiento cruzaba su mente, una fuerza firme le sujetó la cintura.
Las manos que manoteaban el aire a ciegas se aferraron con desesperación a la
figura que se le había acercado. Un cuerpo sólido y ardiente envolvió a Yuri en
un fuerte abrazo y tiró de él hacia la superficie.
“...
Ugh, ah!”
Apenas
emergió al exterior, Yuri rompió a toser. Una mano cálida le recorría las
mejillas con firmeza y suavidad mientras él escupía agua de forma descontrolada
en busca de aire.
“Yuri,
tranquilo. Shh, así se hace. Respira.”
La
voz de Chariot sonaba inusualmente serena al resonar junto a su oído. Siguiendo
aquellas indicaciones calmadas para apaciguarlo, Yuri respiraba de manera
entrecortada con el pecho agitado, tomando aire una y otra vez. Como tenía los
ojos irritados por el agua y le costaba abrirlos, Chariot se los frotó con
afecto usando el pulgar.
“¿Te
has asustado? No pasa nada. Te tengo sujeto.”
Gracias
al tacto que le limpiaba el rostro, Yuri recuperó un poco de la estabilidad
perdida. Su cuerpo, sacudido por las arcadas, dejó de hundirse gracias al
agarre firme de Chariot. A pesar de ello, quizá debido al terror de hacía un
momento, Yuri no olvidó aferrarse con fuerza a los hombros del otro. Chariot no
dijo nada más y se limitó a repetirle una y otra vez que estaba a salvo.
“Tranquilo,
Yuri.”
Aquel
susurro pausado fue calmando a Yuri de manera gradual. Al recuperar por fin la
lucidez, abrió despacio los ojos entrecerrados para evaluar la situación.
Chariot lo estaba sosteniendo por la cintura y las caderas. Al notar el
contacto firme y al mismo tiempo liso contra las plantas de sus pies, Yuri dio
un respingo de sorpresa y Chariot se apresuró a tranquilizarlo.
“Sigue
apoyándote ahí.”
Chariot
se mantenía a flote haciendo que Yuri pisara sobre sus propios muslos para
mantener el equilibrio. Con un brazo le ceñía la cintura y con el otro braceaba
para evitar que ambos se hundieran. Al tener los pies sobre los muslos de Chariot,
Yuri podía percibir con nitidez la textura de su cuerpo. El físico de Chariot
era lo suficientemente fuerte y macizo como para sostener el peso de Yuri sin
perder la estabilidad.
“…….”
Yuri
se quedó sin decir nada por un momento, limitándose a recuperar el aliento.
Debido a la cantidad de agua que había tragado, sentía el pecho revuelto y una
sensación similar a las náuseas.
La
piel de Chariot, en estrecho contacto con la suya, estaba tan cálida que rozaba
lo escalofriante de lo agradable que se sentía. Los músculos de los muslos que
sostenían sus pies eran duros como piedras, y el pecho que rozaba contra el
suyo se sentía resbaladizo. El tacto de las manos que rodeaban su cintura
también era extraño. Los dedos que le acariciaban la zona cóncava de la columna
le provocaban un cosquilleo y le llenaban la cabeza de calor.
“¿Ya
te has calmado un poco?”
Preguntó
Chariot con suavidad, tras comprobar que Yuri había regularizado su
respiración. Observando los ojos verdes que lo miraban desde abajo, Yuri abrió
los labios.
“...Sí.”
Chariot,
empapado por el agua, era peligrosamente hermoso. Con los cabellos rubio
rojizos pegados a la frente y las mejillas, su piel lucía aún más blanca, y sus
facciones, de por sí marcadas, adquirían sombras como si fueran de una escultura.
Cuando los ojos verdes bajo sus párpados húmedos lo miraron fijamente, repletos
de preocupación, sintió que las entrañas se le revolvían y estaban a punto de
espasmarse. Aunque había escupido toda el agua que tragó, los mareos seguían
acosándolo y lo dejaban aturdido.
“Si
ni siquiera sabes nadar, ¿por qué te metiste al agua, tonto?”
Lo
reprendió Chariot, quizás para intentar tranquilizarlo. Aunque a primera vista
se notaba que no hablaba en serio, Yuri se sintió momentáneamente indispuesto
debido a que Chariot soltaba semejantes comentarios sin percatarse de la
ansiedad que él mismo había sufrido durante varios minutos.
“Tú...”
Agitó
los labios, pero volvió a cerrarlos. La razón era que su voz temblaba de forma
extraña. Sintió que la garganta se le cerraba por la tensión, exactamente igual
que cuando era un niño y habló por primera vez con un omega.
“¿Yo?
¿Qué hice mal?”
Sin
embargo, Chariot ladeó la cabeza, instándolo a responder como si quisiera que
hablara. Notaba con excesiva claridad cómo la mano que sostenía su cintura
aplicaba más fuerza. Estaba mareado. Aquellos ojos verdes que no se apartaban
de él le impedían pensar en cualquier otra cosa.
“Tú
tardaste demasiado.”
“¿Mh?”
“En
el agua... te tardaste demasiado.”
Yuri
continuó hablando con muchísima dificultad. Cada vez que pronunciaba una sola
palabra sentía que se ahogaba, por lo que tenía que tomar aire una y otra vez.
En el preciso instante en que logró terminar la frase de esa manera, Chariot
abrió los ojos de par en par.
“¿Te
metiste por mí?”
Preguntó
Chariot en voz baja, con la mirada clavada en él. Al mirar hacia abajo al alfa
que lo observaba fijamente sin siquiera parpadear, Yuri pensó que le gustaba
cómo lo miraba. Esto era mucho mejor que haber estado solo en el bosque.
“Sí.”
Aunque
hablaba demasiado, dejar que parloteara a su lado era preferible a disfrutar de
un silencio absoluto. Como el entorno de Yuri siempre había sido solitario, esa
clase de silencio le resultaba aburrido hasta la saciedad. Yuri prefería
escuchar la voz de Chariot antes que el canto de los pájaros.
“Pensé
que te habías ahogado.”
Apenas
terminó de soltar esas palabras en un suspiro, impregnadas de sinceridad sin
que se diera cuenta, la mano que reposaba en su mejilla le sujetó el rostro.
Notaba con nitidez la fuerza que los dedos largos y gruesos estaban ejerciendo.
En
ese instante, lo comprendió.
En
el momento en que el antebrazo que sujetaba su cintura se puso rígido y los
muslos sobre los que se apoyaba también tensaron sus músculos, le resultó
imposible no adivinar lo que Chariot iba a hacer.
Las
pupilas verdes, oscurecidas al estar mojadas, rebosaban de ardor. Viendo aquel
rostro que se acercaba con la única intención de contemplarlo a él, Yuri intuyó
lo que iba a suceder a continuación. Por un instante cruzó por su mente la idea
de que debía impedirlo, pero su cuerpo no respondía. Si lo apartaba en ese
estado, terminaría cayendo al agua.
Cierto.
Terminaría
cayendo al agua.
Justo
mientras pensaba en eso, los labios se unieron. Chariot devoró los labios de
Yuri, quien exhalaba un suspiro que parecía un leve lamento. A causa de la
humedad y el apuro, el contacto inicial se deslizó brevemente hacia la mejilla,
pero regresó de inmediato a los labios tras rozar la piel.
Cuando
Yuri exhaló un suspiro tenso al compás de los labios perfectamente acoplados,
la respiración de Chariot se volvió áspera. Los dedos que sostenían su cintura
se curvaron y le arañaron la espalda. Desconocía qué era lo que había provocado
a Chariot, pero Yuri percibía con todo su cuerpo que el otro se encontraba
sumamente exaltado. Al ser consciente de ello, su cuerpo se contrajo aún más.
Era la primera vez en muchísimo tiempo que experimentaba a alguien deseándolo
de una forma tan abierta.
Tan...
“Wolfie.”
No
sabía cómo reaccionar.
“Tienes
que abrir la boca.”
Ante
el susurro candente que rozó sus labios, Yuri abrió la boca. Un leve espasmo
brotó en su interior, extendiéndose poco a poco hasta hacer que todo su cuerpo
sintiera un cosquilleo y comenzara a temblar. Tras devorar de un solo golpe los
labios que se abrían sin rumbo, Chariot deslizó su lengua hacia el interior. En
el momento en que aquella masa de carne caliente y blanda invadió su boca,
sintió un escalofrío en la coronilla.
A
través de la puerta que había abierto a sabiendas de lo que había al otro lado,
el agua del lago inundó sus sentidos.
Los
tímpanos le retumbaron con un dolor sordo. El sol que brillaba sobre su cabeza
hervía hasta marearle, y el agua que lo cercaba por todas partes presionaba a
Yuri sin dejarle un respiro. Al recibir a un Chariot que se abalanzaba sobre él
como si lo hubiera estado esperando, Yuri comprendió cuál había sido su error
de cálculo.
Aquello
no era el tipo de acción que él se había imaginado.
En
los recuerdos de Yuri, los besos no eran más que el preámbulo de la antesala
sexual y carecían de cualquier significado profundo, por lo que jamás habían
logrado sacudir con intensidad su árido corazón. Los rastros de extraños que
apenas humedecían sus labios secos se esfumaban a más tardar al día siguiente,
y los labios de Yuri siempre permanecían agrietados, resecos hasta el punto de
sangrar con frecuencia.
Solo
conocía eso y solo deseaba eso.
Yuri
jamás había imaginado algo como un beso capaz de poner su mundo patas arriba
hasta hacerle saltar el pecho. Y menos aún quería saberlo, pues había decidido
vivir albergando en su interior únicamente la culpa y el deber.
Sin
embargo, en ese preciso instante en que aceptaba a Chariot, Yuri intuyó con
claridad que su mundo ya no volvería a conservar el mismo color de antes.
El
beso de Chariot fue como una tormenta. Era tan arrollador que le costaba
exhalar el aire entre temblores y sentía que perdía la razón. Burlando sus
expectativas inconscientes de que se trataría apenas de un roce superficial de
lenguas, Chariot lo besó con una profundidad abrumadora. Era el tipo de beso
que se dan los amantes. Por esa misma razón, se trataba de un acto que Yuri
jamás había practicado.
Con
los ojos entrecerrados, Yuri rodeó con las manos los omóplatos de Chariot. La
lengua intrusa exploró a Yuri con rudeza, como una bestia hambrienta. En un
abrir y cerrar de ojos, Chariot le rodeó la lengua y succionó con fuerza
aquella carne que no tenía sabor alguno. La presión que sentía en toda la
superficie de la lengua hizo brotar en él un extraño placer.
Hut, ut.
Apenas
escuchó el leve gemido que se le escapó sin querer, la actitud de Chariot se
tornó todavía más audaz. Como si no le bastara con acorralarlo hasta acumular
saliva en un instante, el alfa barrió con su lengua, de manera viscosa, incluso
la mucosa bajo su delicada lengua.
Ante
algo que experimentaba por primera vez en su vida, Yuri aspiró el aire con
desesperación. Al no saber cómo responder a aquella locura, se quedó rígido
aferrándose con fuerza a sus hombros, hasta que Chariot comenzó a guiarlo con
destreza. Sus lenguas empezaron a enredarse y rozarse con suavidad y humedad.
La
sensación era... verdaderamente deliciosa hasta dar náuseas. Era casi
inconcebible que un roce de lenguas y una succión de labios pudieran provocar
semejante sensación.
Los
labios de Chariot, húmedos por el agua, resultaban tan dulces como había
imaginado alguna vez. Tal vez fuera porque le había puesto un apodo relacionado
con las cerezas, pero desprendían un dulzor real. Sabían a una pulpa madurada
en su punto justo, dispuesta a ser mordida mientras se aguardaba la llegada del
verano.
Anhelando
aquel sabor dulce que antes tanto aborrecía, Yuri terminó por entrelazar su
lengua al compás que marcaba Chariot. Ninguno de los dos albergaba la menor
intención de detenerse; se limitaban a apretar con más fuerza las manos que se
sostenían mutuamente para fundirse en un beso todavía más cercano.
El
roce de las puntas de sus narices, la respiración impregnada de un dulce aroma
a café, las feromonas de Chariot tan densas que lograban eclipsar el olor a
agua estancada... todo aquello se conjugaba para hacer enloquecer a Yuri.
Hacer
algo semejante con un hombre de su misma condición.
Cuando
la comprensión de que quizás estaba cometiendo un acto todavía más obsceno que
el sexo cruzó fugazmente por su mente, la razón que se había esfumado por un
instante regresó. Chariot notó cómo Yuri se estremecía en el preciso momento en
que estaba tan concentrado que no sabría decir si lo que le resbalaba por la
barbilla era saliva o agua.
Mirándolo
desde abajo con unos ojos verdes teñidos de sensualidad, Chariot reajustó el
brazo con el que sostenía la cintura de Yuri. Al sentir cómo aquel brazo largo
y firme comprimía su totalidad, experimentó la sensación de que se le cerraba
la garganta. Exhalando un suspiro cortado y ahogado —¡aj!—, Chariot
volvió a tirar de él hacia su cuerpo.
Tampoco es que puedas huir.
Parecía
estar diciéndole eso mismo. Y, en efecto, así era. Yuri no tenía la menor idea
de cómo salir de aquel lago sin la ayuda de Chariot.
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Habiéndole
bloqueado toda ruta de escape, Chariot lo persiguió y lo acorraló sin tregua.
No contento con mezclar su saliva de forma frenética, recorrió con la lengua
cada rincón de la boca de Yuri. La lengua que se internaba hasta el fondo de su
garganta le cortaba la respiración, provocando que se le escaparan gemidos
frágiles: mm, ah. El calor se le subió a la cabeza al percatarse de que
unos sonidos tan extraños escapaban de sus labios en contra de su voluntad. Le
parecía sumamente absurdo ser él mismo quien emitía semejantes ruidos.
Chariot
parecía empeñado en dejar sin aliento a Yuri, tragándose cada soplo de aire que
este exhalaba. Con la respiración tan agitada que sentía el rostro encendido de
rojo, Yuri apretó con fuerza las manos y aferró los omóplatos del otro. Chariot
amagó con retroceder un instante, pero tan pronto como Yuri exhaló un suspiro,
volvió a introducir la lengua y le frotó el plano del paladar con la punta
afilada.
“……!”
Ante
una sensación tan distinta a la experimentada antes, Yuri abrió los ojos de par
en par. El cosquilleo estremecedor que se propagó desde el paladar recorrió la
columna hasta llegar al bajo vientre, desatando al mismo tiempo una extraña
excitación. El abdomen se le endureció y la reacción se extendió hasta abajo.
Esto
no.
Por
muy placentero que fuera, ir más allá de ese punto era algo que definitivamente
no se debía hacer.
Al
percatarse de su evidente estado de excitación, Yuri recuperó la compostura por
los pelos antes de cometer una locura.
Es
decir, un beso se podía tolerar. Los alfa a veces tomaban decisiones estúpidas
en las que se dejaban llevar por el instinto en lugar de la razón, y esa era
exactamente la situación en la que se encontraban.
Pero
hasta ahí. Si no fuera así...
“¡Ja,
jep…!”
Pensando
que Chariot no debía notar cuán excitado estaba, justo cuando Yuri detuvo el
beso, Chariot volvió a rasparle el paladar con la lengua. El calor
cosquilleante y ardiente se intensificó aún más, sumiendo a Yuri en una
excitación desesperada. Ya no podía soportarlo más.
Haciendo
un esfuerzo repentino, empujó a Chariot con fuerza. Tomado por sorpresa en
medio de aquel momento arrebatador, el torso de Chariot perdió el equilibrio y
se inclinó hacia atrás; y como soltó las manos con las que lo sostenía de los
hombros, Yuri también se fue de lado. Ambos cayeron al agua al mismo tiempo. El
agua del lago volvió a colarse por la nariz y la boca, haciendo brotar
burbujas.
Mierda.
La
sorpresa y el pánico de haber caído al agua sin preparación lo invadieron de
inmediato, y Yuri se arrepintió. Temiendo perder el control por completo y
hundirse en el agua como antes, no le quedó más remedio que insultarse a sí
mismo por haber empujado a Chariot. Estúpido. Caer al agua tan pancho sin
siquiera saber nadar.
Por
suerte, Yuri no se hundió como la vez anterior. Como la mano de Chariot seguía
sosteniéndole la cintura, Yuri, recuperando apenas el juicio, usó el cuerpo de
Chariot como apoyo para subir. En cuanto Yuri emergió a la superficie, Chariot,
que lo había seguido de cerca, se impulsó hacia arriba de inmediato. Con un
sonido de agua abriéndose paso, resonó también la tos de Yuri.
“¿Qué
haces si ni siquiera sabes nadar, eh?”
Lo
regañó Chariot en voz baja mientras lo seguía. Emergiendo con placidez a la
superficie, volvió a rodear con un brazo la cintura de Yuri, quien era incapaz
de mantenerse en pie por sí mismo. Todo pensamiento de apartar a Chariot quedó
en el olvido, eclipsado por el alivio que sintió ante la fuerza con la que este
lo sujetaba. Apenas su cuerpo rozó aquella cálida temperatura y esa musculatura
firme, se sintió mejor.
“Nadie
habrá tragado tanta agua del lago Big Fox como tú.”
Susurró
Chariot con suavidad mientras esperaba a que Yuri recuperara el aliento. Quizás
debido a los estragos del beso intenso, la voz de Chariot sonaba ronca. Con un
tono dos niveles más bajo que su habitual registro medio-bajo, los pabellones
auditivos de Yuri sintieron un escalofrío. Al estremece de golpe, Chariot lo
estrechó con fuerza y preguntó:
“¿Tienes
frío?”
Al
encontrarse de nuevo tan cerca, a Yuri no le quedó más remedio que enfrentarse
a su rostro. Apenas contempló aquellos ojos verdes empapados, sintió algo tan
difícil de contener que desvió lentamente la mirada hacia un lado y respondió
con dificultad:
“...Sí.”
Resultaba
extrañamente incómodo intentar mirar a Chariot directamente a los ojos. Ante la
respuesta cohibida de Yuri, Chariot curvó las comisuras de los labios en una
sonrisa. Parecía absurdamente relajado, como si no hubiera estado besándolo sin
darle tregua hacía un instante.
“Vámonos,
entonces.”
Yuri
giró la cabeza para inspeccionar la orilla. No era una distancia tan lejana,
pero tenía que nadar hasta el punto donde hiciera pie. Al percatarse de su
mirada, Chariot aflojó el brazo con el que lo sostenía. Al desaparecer la
persona que lo había estado sosteniendo todo ese tiempo, Yuri volvió a
aferrarse por instinto a los hombros de Chariot. Viéndolo agarrarse a él
mientras fruncía las cejas mojadas, Chariot soltó una carcajada luminosa.
“¿No
se supone que eres demasiado adorable cuando te metes al agua?”
¿Y
por culpa de quién crees que es? Yuri masculló en voz baja mientras apretaba
con más fuerza las manos apoyadas en sus hombros.
“Cierra
la boca.”
“No
te enojes, Wolfie. Te lo digo de verdad.”
“Sea
de verdad o no, ahora mismo no tengo ganas de escuchar semejantes…”
Como
si una brisa juguetona hubiera decidido meterse en medio, la corriente del agua
se volvió más violenta. Ante un oleaje tan pronunciado, Yuri se tensó y su
cuerpo se hundió de golpe. Chariot lo pescó de inmediato antes de que estuviera
a punto de sumergirse hasta la nariz, nadó hacia su costado y lo abrazó por la
espalda.
“Tranquilo.”
Susurró
Chariot mientras acariciaba con suavidad el torso rígido. Al abrazarlo desde
atrás, los labios de Chariot rozaban justo por encima de su pabellón auditivo.
El sonido resonaba tan cerca que le hizo cosquillear la columna vertebral.
“Como
estoy yo aquí, no te vas a hundir.”
Metiendo
la mano a través del brazo derecho de Yuri, Chariot le sujetó la barbilla. Al
verse en otra situación igual de incómoda, Yuri se puso rígido por un instante,
pero al escuchar la voz de Chariot repitiendo que no pasaba nada, su tensión se
fue disipando de forma paulatina.
Al
notar que Yuri se había relajado, Chariot le sostuvo la barbilla con los dedos
con sumo cuidado para evitar que le entrara agua en la boca, y comenzó a surcar
el lago con soltura. Al quedar en una postura donde la espalda y el pecho
hacían contacto, Yuri fue testigo de un panorama que jamás había visto en su
vida.
El
cielo visto desde el interior del agua era muy diferente al que se apreciaba
desde tierra firme. Contemplar el sol sin tener los pies apoyados en el suelo
resultaba deslumbrante, y daba la sensación de estar flotando junto a las
nubes. La gravedad que le aplastaba los hombros había desaparecido, y tampoco
estaban las manos fantasmales que solían tirarle de los tobillos. Por fin pudo
respirar con libertad. Y entonces, fluyeron con retraso sensaciones que hasta
entonces no había alcanzado a percibir.
Por
ejemplo...
La
piel de Chariot presionando contra su espalda.
O
la respiración de Chariot rozando y apartándose de su oreja, sus largas piernas
braceando mientras sostenían su cuerpo flotante, y las ondas en el agua que
creaban sus movimientos.
Todo
aquello fluía con viveza a través de los cinco sentidos de Yuri. Y no solo eso;
también recordó el absurdo beso que se habían dado momentos antes, rumiando la
intensa euforia que lo había embargado. El calor seguía recorriendo alguna
parte de su torrente sanguíneo. Su corazón latía con fuerza.
…….
Yuri
contempló el cielo y abrió los labios ligeramente. Aunque le asaltaba el
impulso de hablar sobre aquellos minutos que se habían sentido eternos durante
su beso, al mismo tiempo experimentaba un rechazo visceral a mencionar el
asunto, como si tuviera prohibido hacerlo.
Al
fin y al cabo, ¿de qué servía hablar de ello? ¿Qué iba a cambiar con un simple
beso?
Tras
examinar su mente revuelta, Yuri concluyó que lo mejor para él era hacer como
si nada hubiera pasado. Mientras andaba sumido en sus pensamientos, vio que ya
habían llegado cerca de la orilla y sus pies tocaron el fondo. Chariot se puso de
pie primero y estiró los brazos para alzar a Yuri desde atrás. Aquellas
palabras que le había dicho sobre trasladarlo mientras dormía no eran mentira;
una fuerza firme lo impulsó a incorporarse y hacer pie.
Apenas
subió a tierra firme y logró sostenerse por sí mismo, Yuri intentó tomar
distancia de Chariot. Sin embargo, los guijarros pulidos por el roce de la
corriente resbalaban demasiado para apoyarse en ellos descalzo, y Yuri
trastabilló levemente. Aunque no era una situación lo suficientemente grave como
para caerse, Chariot le atrapó el antebrazo.
“Tienes
que tener cuidado, Yuri.”
Siguiendo
la voz que resonó con calma, Yuri también alzó la vista. Le molestaba
profundamente que un sujeto mucho menor que él lo tratara como si fuera un
adulto, pero semejante descontento se esfumó en cuanto sus miradas se cruzaron.
Los ojos verdes de Chariot, que lo contemplaban erguido y completamente
empapado, le robaron las palabras.
En
aquellas pupilas verdes, tan vívidas como los brotes nuevos del verano, Yuri
leyó un deseo evidente. No se trataba de una simple lascivia; parecía que el
fervor y el anhelo entrelazados se hubieran grabado en las pupilas de Chariot.
En el preciso instante en que presenció aquello, el cuerpo de Yuri también se
encendió. Una temperatura enloquecedora se expandió por sus venas, incitándolo
a actuar.
Bésame.
Sujetar
con firmeza aquella hermosa barbilla que lo miraba desde arriba, unir sus
labios y volver a mezclar las lenguas como lo habían hecho antes.
Un
grito mental resonó en su cabeza. Ya no había espacio para ninguna otra clase
de pensamiento. Una fuerza invisible lo empujaba con fuerza desde atrás. Quería
morderle los labios a Chariot para volver a saborear aquella dulce exquisitez
que acababa de probar.
Poder
averiguar qué es lo que el otro desea sin necesidad de cruzar una sola palabra
era algo tan extraño que rozaba lo aterrorizante.
No.
Yuri
se lo susurró a sí mismo por los pelos, pero Chariot fue más rápido. Como si
supiera a la perfección qué era lo que él quería, Chariot lo sujetó. En lugar
de apartarlo como había intentado antes, Yuri exhaló un suspiro en forma de
maldición y estiró la mano hacia la barbilla de Chariot.
Apenas
le sostuvo la mejilla, Chariot le rodeó la cintura con el brazo. Fundiéndose de
inmediato como si hubieran estado aguardando ese preciso instante, inclinaron
el rostro para besarse. Mordisqueando y succionando los labios ajenos, sus
lenguas no tardaron en enredarse. La saliva de Chariot, que tragó con avidez,
sabía tan dulce como su nombre lo indicaba.
Intercambiando
el aliento una y otra vez, solo cuando llegaron al límite de su resistencia
exhalaron unas respiraciones ásperas y entrecortadas. Clavando los dedos,
Chariot le arañó la espalda a un Yuri que respiraba con agitación. Ante el
cosquilleo eléctrico que le recorrió la columna, Yuri echó la cabeza hacia
atrás y Chariot hundió los dientes en la nuez de su garganta, dejándole una
marca.
“¡Ugh,
ah…!”
Un
leve resoplido de placer brotó de los labios de Yuri. Mientras él fruncía el
ceño y torcía la barbilla, Chariot lo estrechó entre sus brazos y le susurró:
“¿Qué
hacemos?”
Yuri
creía saber qué respuesta deseaba el otro. Lo difícil era no saberla. Sobre la
ropa mojada y adherida a sus cuerpos, la entrepierna de Chariot se marcaba con
nitidez, proyectando una sombra. Probablemente lo mismo sucedía con él. Con la
parte baja del cuerpo rozándose en el límite, bastaría con que Chariot moviera
un poco la cintura para que ambos sexos friccionaran bajo las telas. Y era
seguro que Chariot haría ese acto de maravilla.
“Tú
estás igual que yo ahora mismo.”
Si
recordaba los comentarios explícitos que había soltado entre broma y broma, era
evidente.
Por
lo general, Yuri solía tomar como exageraciones las fanfarronadas de los alfa
que se creían superiores, pero el caso de Chariot era distinto. Aquel muchacho
corpulento y de aspecto juvenil era tan innecesariamente sincero que
seguramente escupía los pensamientos tal y como le venían a la cabeza.
Como
jamás se había sentido tan excitado sin estar atravesando el rut, las palabras
de Chariot sacudieron a Yuri con fuerza. Bastaba con el beso para sentir que
perdía la cabeza, así que era inevitable preguntarse instintivamente cómo sería
lo que vendría después.
Sin
embargo...
Por
su mente cruzaron toda clase de pensamientos. Desde la certeza de que no podía
realizar una custodia adecuada si se enredaba en asuntos personales con el
protegido, hasta la evidente realidad de que una persona como Chariot no
encajaba con él.
No
obstante, lo que más hacía dudar a Yuri entre todo aquello era el hecho de ser
incapaz de prever cómo cambiarían sus sentimientos si llegaba a hacer algo más
grave que un beso. Si, en la situación en la que ya se dejaba guiar por los
impulsos de Chariot, terminaba además mezclando sus cuerpos...
“Seguro
que haríamos una gran pareja.”
Lo
que sacó a Yuri del trance de su angustiosa y ansiosa reflexión fue aquella
frase de Chariot. Desafiando el prudente dilema que Yuri acababa de contemplar,
Chariot zanjó con pulcritud el desenlace de la situación bajo la etiqueta de «pareja».
Sintió como si le hubieran arrojado un balde de agua fría, devolviéndole la
lucidez de golpe.
Ya veo. Una pareja...
Independientemente de lo que hubiera estado esperando, una amargura de origen
desconocido le rozó el pecho. Su cuerpo se enfrió de inmediato. En la práctica,
la temperatura corporal de Yuri estaba descendiendo debido a que el agua del
lago se secaba por obra del viento y le robaba el calor. Con cada ráfaga, su
corazón se hundía con frialdad. Yuri bajó despacio la mirada y contempló aquel
hermoso rostro que apoyaba los labios contra su cuello. Aquellas pestañas
parpadeantes resultaban entrañables hasta el punto de la irritación.
“Dejemos
las cosas hasta aquí.”
Intentó
sonar lo más gélido posible, pero aquello era difícil. Al tenerlo enfrente, no
le apetecía mostrarse cruel.
“...¿Qué?”
A
juzgar por su reacción, parecía desear con intensidad continuar avanzando, de
modo que Chariot abrió los ojos de par en par con genuino asombro. Aunque al
fin y al cabo las posibles desilusiones del otro no eran responsabilidad suya,
Yuri no pudo evitar inquietarse un poco. Como le resultaba cada vez más difícil
seguir hablando cara a cara, enderezó el cuerpo y apartó a Chariot ejerciendo
una fuerza moderada.
“Esto
ha sido un error. Ya lo dije desde el principio: no me interesan los alfa.”
Chariot
frunció el entrecejo con una expresión de absoluta incredulidad. Su pálido
rostro, humedecido y reluciente bajo los rayos del sol, lo hacía lucir todavía
más hermoso.
“¿No
te interesan los alfa y aun así me has besado?”
Al
escuchar las palabras de Chariot, que señalaban con exactitud lo que acababan
de hacer, su corazón se contrajo con fuerza. ¿Cómo describirlo? Era la misma
sensación de ver un secreto convertido de pronto en un hecho público e
indiscutible.
Seguramente
Chariot habría vivido momentos así docenas de veces y, en comparación con sus
parejas del pasado, aquel beso no significaría nada... aun así, pensar que al
menos permanecería en su memoria le brindó un leve consuelo.
Aunque
seguía sin saber qué era exactamente lo que había estado esperando.
De
todos modos, un hombre como Yuri no tenía derecho a albergar expectativas de
ninguna clase.
“Por
eso dije que fue un error.”
Yuri
cabeceó brevemente y pasó de largo junto a Chariot. En cuanto comenzó a caminar
hacia el sitio donde se había quitado la camisa y las botas, Chariot lo siguió
de inmediato. Pensando que aquel sujeto era como un gran cachorro del que no se
podía despegar dijera lo que dijese, Yuri neutralizó su expresión.
Qué ironía.
Mientras
dejaba escapar una risa burlona impregnada de autocompasión, rememoró cómo
había terminado metido en semejante lío. ¿Qué mosca le habría picado para que él,
que se había pasado la vida entera dando por sentado que los alfa solo debían
relacionarse con omegas, acabara besando repentinamente a un alfa? Al
principio, aquel sujeto le había parecido tan impertinente y frívolo que bien
podría haber estado loco.
En
qué momento exacto aquel intrusivo personaje, que se había colado en su vida
sin previo aviso, había comenzado a resultarle tan hermoso.
¿Acaso era por soledad?
Si
fuera por eso, Yuri se había encargado en el pasado de cortar sin un ápice de
remordimiento a cualquiera que intentara acercársele. Ni siquiera sentía
nostalgia. Chariot no era más que otro individuo de esa misma clase, así que
¿por qué...?
“Yuri.”
¿Por
qué terminaba dándose la vuelta cada vez que aquel hombre lo llamaba?
Ante
la voz que lo reclamaba a sus espaldas, Yuri no tuvo más remedio que detener el
paso. No podía abandonar a Chariot allí, y además se le antojaba sumamente
difícil ignorar esa voz. Los asustados ojos verdes que le habían pedido un
trato afectuoso y su sonrisa cristalina y radiante cruzaron con naturalidad por
su mente, debilitándolo por completo.
Girando
el cuerpo despacio para mirar hacia atrás, Yuri tensó los labios en un esfuerzo
por mantener su habitual fachada inexpresiva. Haría lo de siempre. Mostraría,
tal como acostumbraba, un rostro al que nada le importaba.
“Mírame.”
Sin
embargo, en cuanto contempló el rostro empapado de Chariot que lo miraba desde
arriba, la dureza del semblante de Yuri se suavizó en silencio. Sus ojos
azules, que a simple vista transmitían frialdad, se clavaron con exclusividad
en Chariot. Empleando cada uno de sus sentidos —el oído, el olfato, la vista—,
Yuri lo observó por completo.
Aunque
desde el exterior su expresión parecía la de siempre, por dentro las cosas eran
muy distintas. Frente a Chariot le resultaba imposible comportarse «como
antes». Y la razón era que sus sentimientos ya no eran los mismos. No podía
ignorarlo ni pensar que era un fastidio como lo había hecho al conocerlo.
Había
cambiado en algún momento. En el transcurso de apenas tres días escasos.
Aquella
condición suya, tan incomprensible, lo tenía desconcertado; no obstante, al
percibir el ardor que habitaba en el rostro de Chariot, las dudas anteriores
perdieron sentido. Lo que ya había ocurrido no se podía cambiar. A menos que un
giro inesperado del destino lo alterara con el tiempo, Yuri ya no sería capaz
de apartar a Chariot con crueldad.
“A
partir de la segunda vez ya no es un error.”
Chariot
mostraba una expresión convencida. Sin embargo, bajo aquella mirada seria, Yuri
adivinó la inquietud nacida del miedo a ser rechazado. Aunque se acercaba con
audacia porque conocía de sobra sus propios atractivos, parecía inexperto ante
una situación que jamás le había tocado vivir. Tras morderse ligeramente el
labio inferior para luego soltarlo, Yuri contempló con suavidad a Chariot y
abrió la boca tras un breve silencio.
“Claro
que fue un error.”
Como
aquello no era verdad, las palabras de Yuri carecían de convicción, y Chariot
se coló por esa grieta con agudeza.
“Entonces,
¿qué significa la cara que estás poniendo ahora mismo?”
Sin
concederle oportunidad de retroceder, Chariot lo arrinconó. Estirando los
brazos, se acercó para rodarle ambas mejillas con sus manos grandes. La presión
firme pero delicada que ejerció sobre su mandíbula hizo que el mentón de Yuri
se alzó un poco. Y a causa de ello, la pálida garganta dejó al descubierto la
marca rojiza que Chariot le había impreso momentos antes.
Al
descubrir el chupetón que él mismo había dejado, Chariot recorrió la zona con
unos ojos encendidos. Su mirada, que examinaba la garganta de Yuri con total
descaro, volvió a ascender. A diferencia de lo habitual, los labios de Yuri
presentaban un tono rosado y encendido, humedecidos por el agua y el calor.
“Tienes
toda la cara de alguien que me desea.”
Moviendo
la mano derecha con la que le sostenía la mejilla, Chariot presionó los labios
de Yuri con el pulgar. Ante la fuerza ejercida sobre su delicada piel, las
pestañas de Yuri parpadearon sobresaltadas. Antes de que tuviera tiempo de
tildarlo de insolente, el sensual beso que venían compartiendo desde el lago
cruzó de nuevo por su mente.
Eso
hizo que le apeteciera pasar por alto las normas que se había impuesto hasta
entonces.
Tal
vez por haber estado sumergido en el agua, Yuri sentía como si todavía
continuara dentro del lago. Resultaba poco realista que una persona criada
entre mimos deseara a alguien como él, y los feromonas de Chariot, que se
expandían como la bruma del ambiente, le mareaban la cabeza. Sentía que iba a
embriagarse con su presencia.
Aquello
iba a ser intenso, de eso no cabía duda. Si llegaba a presenciar los momentos
más íntimos de Chariot —esos que no estaban al alcance de cualquiera— y se
enredaba con él de una forma todavía más personal, se abriría ante sus ojos un
mundo nuevo que jamás había experimentado.
Pero
Yuri era alguien obligado a pensar en el después. Chariot no tardaría en
marcharse para regresar a su propio mundo y cubriría el vacío con otra persona,
pero en cuanto a su propio universo... una vez que Chariot se hubiera ido…
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¿Se
quedaría estancado sin poder retroceder como antes ni dar un paso hacia el
frente?
Yuri
conocía de sobra, con un hastío insoportable, la magnitud del vacío que dejaba
el amor tras instalarse y partir, así como lo desolador y punzante que resultaba
esa ausencia imposible de llenar. No le quedaban fuerzas para soportar de nuevo
el dolor de ver su mente hecha añicos y su cuerpo retorciéndose como si lo
hubieran lanzado desde un precipicio para estrellarlo contra un suelo macizo.
Habría
preferido mil veces ser interrogado y golpeado. Le resultaba preferible que le
arrancaran las uñas de manos y pies o que le reabrieran las heridas con un
cuchillo antes que enfrentarse otra vez a la soledad del abandono.
Por
esa razón, lo correcto era frenar mientras todavía tuviera la capacidad de
resistirlo.
“Eres
innegablemente hermoso, Chariot.”
Sosteniéndole
la mirada a aquellos deslumbrantes ojos verdes, Yuri lo admitió con franqueza.
Al escuchar sus palabras, los pabellones auditivos de Chariot se tiñeron de un
rojo instantáneo. Yuri pensó que el cuerpo de Chariot era tan honesto como su
dueño.
“Cualquiera
que pase tiempo contigo terminará cayendo rendido a tus pies.”
“...¿A
qué viene esto de la nada? ¿Has cambiado de estrategia?”
Ante
los halagos empalagosos que Yuri le dedicaba con una serenidad inusual hasta
ese momento, Chariot replicó con timidez. A pesar de la vergüenza, intentaba
reprimir con fuerza las comisuras de los labios que se le curvaban de puro
gusto, y aquello lo hacía ver adorable.
“Pero
yo tengo mis propias normas. Solo me relaciono con personas de mi misma clase.”
Las
comisuras que pretendían elevarse se endurecieron a causa de la decepción.
Chariot arqueó las cejas y replicó:
“¿De
verdad existe una regla así?”
“¿Por
qué no? ¿Acaso tú tampoco tenías tus propias normas? Me pareció escuchar que no
te comprometes en citas y que prefieres limitarte a tener parejas.”
Ese
último comentario sobraba por completo. En cuanto Yuri cerró la boca con el
entrecejo fruncido por haber soltado aquellas palabras de forma espontánea sin
poder evitarlo, Chariot parpadeó como si le hubieran dado donde más le duele y
aflojó la presión de las manos que le sostenían las mejillas. Aunque todavía no
las había retirado del todo.
“No
me esperaba escuchar eso viniendo de ti.”
Mientras
se quedaba contemplando aquellos ojos teñidos de desconcierto, Chariot se
apresuró a añadir una suerte de excusa:
“O
sea, tienes razón, Wolfie. Pero yo también tuve mis motivos.”
Era
una frase demasiado escuchada. Por mucho que Chariot le pareciera adorable,
oírlo expresarse de esa forma dejaba al descubierto su estilo de vida. Sus
argumentos eran los típicos pretextos que utilizaban quienes solo mantenían
vínculos superficiales. Y con más razón si se trataba de un joven alfa apuesto
y sin carencias.
Quizás
por lo desastrosa que había sido su primera impresión, a Yuri no le pareció
algo especialmente decepcionante. Lo único que pensaba era que su reacción de
desconcierto resultaba entrañable.
“¿No
me crees?”
“Tampoco
tengo motivos para no creerte.”
Como
aquello debió de sonarle a una negativa rotunda, Chariot continuó explicando
con prisa:
“De
verdad. Cuando era más joven, los asuntos familiares no me dejaban tiempo para
salir con nadie, y después la agenda entre torneos y compromisos se volvió una
locura... y al final acabé limitándome a buscar parejas.”
—Al
percatarse de que hasta su explicación sobre lo atareado que estaba sonaba a
pretexto de manual, la voz de Chariot fue apagándose poco a poco. Con las cejas
caídas y los hombros encorvados como los de un cachorro desganado, bajó la mano
con la que le había estado acariciando la mejilla.
Un
intenso sentimiento de vacío le sobrevino a Yuri al desaparecer el calor que
rozaba su piel. No obstante, tampoco era plan de quedarse así eternamente.
Alejando
todo rastro de indecisión, Yuri exhaló un suspiro pausado. Al malinterpretarlo
como una muestra de desilusión, Chariot se apresuró a añadir algo más:
“Pero
te aseguro que hasta ahora no había habido nadie con quien de verdad me
apeteciera salir.”
Yuri
se sobresaltó ligeramente ante la voz tensa con la que Chariot lo exclamó en
voz baja. Parecía que, al intentar marcar la línea que debían respetar por el
bien de ambos, hubiera terminado arrinconando a Chariot en una especie de
interrogatorio. Seguramente todo era culpa suya por andar soltando comentarios
inútiles, pero ver a Chariot reaccionar de aquel modo también lo dejó un poco
descolocado.
El
silencio se instaló entre ambos. Desvió la mirada hacia la orilla del lago para
disimular y, al volver a enfocar el frente al cabo de un instante, se topó de
lleno con los ojos de Chariot. Como si lo hubieran pillado infraganti
cotilleando, Chariot dio un pequeño sobresalto y bajó la vista hacia el suelo
con torpeza, lo que llevó a Yuri a dar la situación por zanjada.
“En
fin... yo no juego con fuego. Y menos aún con un civil como tú.”
Al
remarcar con énfasis la palabra «civil», Chariot se detuvo y lo miró fijamente.
Yuri le devolvió la mirada con seriedad, soportando aquellos confusos ojos
verdes.
“Es
verdad. Eres una mala persona. Pero por mucho que lo intento, no consigo verte
de esa manera.”
Chariot
murmuró aquello en voz baja mientras movía los labios. No era precisamente un
comentario desagradable de escuchar. En su niñez, Yuri Kiselyov había deseado
en secreto que hubiera alguien capaz de decirle que no era una mala persona.
Sin embargo, por mucho que su propia naturaleza innata fuera bondadosa, un
delito seguía siendo un delito.
El
dios en el que creían sus padres pregonaba que, con un arrepentimiento sincero,
las culpas serían perdonadas, pero Yuri no quería nada semejante. Él deseaba
que tipos como Ígor Vólkov, que habían dado una muerte atroz a su madre y a
tanta otra gente, sufrieran incluso después de muertos.
Por
consiguiente, el pecado de Yuri tampoco podía desvanecerse sin más.
“He
cometido cosas que ni siquiera puedes llegar a imaginar.”
Quizás,
a raíz de esto, terminara haciéndose una idea de cómo era en realidad. Podría
llegar a aborrecerlo todavía más que cuando lo llamaba simple escoria.
Una
sensación de frustración inédita hasta entonces tiñó el interior de Yuri. Por
primera vez, se vio incapaz de sostenerle la mirada a Chariot.
“Harías
bien en afinar un poco más tu criterio a la hora de juzgar a la gente,
Chariot.”
Añadiendo
aquel consejo pretencioso, Yuri forzó a sus ojos a volver a encontrarse con los
de Chariot. Afrontar la mirada que condenaba sus culpas y sentir vergüenza
formaba parte de los deberes de cualquier pecador, y tenía que cumplir con
ello. Justo antes de desviar despacio el rostro para mirarlo a la cara, Yuri
pensó que tal vez lo estaría observando con repulsión, o que tal vez pondría
aquella misma expresión que le había visto en el hotel.
Pero
en el rostro de Chariot no había ni rastro de asco ni de desprecio. En lugar de
interceder por él o dedicarle palabras de consuelo, exhaló un suspiro ronco y
dio unos pasos hacia atrás. Estirando los brazos hacia arriba todo lo que daban
de sí mientras entrelazaba los dedos, hizo un gesto de estiramiento y giró el
cuerpo hacia el lago.
“Entendido.”
El
tono de Chariot era sosegado e imparcial, lo que hacía imposible descifrar qué
emociones albergaba en su interior. Mientras observaba de perfil al joven que
contemplaba fijamente el agua, Yuri sintió un intenso anhelo por descubrir qué
sentía Chariot y qué rondaba por su cabeza. Si hubiera tenido más experiencia
en este tipo de situaciones, tal vez se habría atrevido a conjeturar algo, pero
en ese momento era incapaz de adivinar absolutamente nada.
¿Se
habrá llevado una gran desilusión conmigo? Al fin y al cabo, es posible que el
desencanto sea tal que ni siquiera le queden ganas de enfadarse.
Irónicamente,
y a pesar de haber sido él mismo quien le había exigido que pusiera distancia,
Yuri se sentía ahora presa del nerviosismo. Para aquietar aquella vaga
inquietud, recurrió a la realidad. La realidad, sí. Tenía que ponerse en
contacto con Alexei. Averiguar cómo marchaban las cosas con la infiltración en
la organización...
Tomar
consciencia de que había pasado por alto semejante asunto aunque fuera por un
instante hizo que Yuri sintiera una punzada de culpa hacia su camarada.
Tratando de apartar la mente de aquellos pensamientos, estiró el brazo para
sacar el teléfono, pero Chariot se le adelantó caminando en su dirección.
Por
un segundo pensó que iba a acercarse a él otra vez, pero Chariot lo pasó de
largo en cuanto llegó a la orilla y se encaminó directo hacia la mochila que
había dejado tirada. Aunque no se trataba de nada extraño, una extraña
sensación de vacío le dio un vuelco en el fondo del pecho. Probablemente se
había acostumbrado demasiado a tenerlo pegado a su lado.
Al
percatarse de lo patético que se veía plantado allí como un pasmarote y
contemplando la espalda de Chariot, Yuri se recriminó a sí mismo. ¿Sería porque
desde su llegada a Vancouver había tenido que reprimir su rut o apañárselas con
inhibidores? Está claro que un simple beso le había frito el cerebro.
Mientras
tanto, tras recoger la mochila, Chariot emprendió el camino de regreso. Al
verlo avanzar descalzo sobre el césped con la estampa de alguien nacido en el
bosque, Yuri no pudo evitar mirarlo de nuevo, y Chariot se giró hacia él.
Desenroscando la cuerda que cerraba la abertura de la bolsa, sacó de su
interior una toalla de playa del tamaño de su propio torso y se la tendió. Yuri
dudó un instante antes de alargar la mano para recibirla, lo que hizo que
Chariot arrugara la nariz y sonriera.
“Yo
necesito que se me baje un poco la temperatura, así que me quedaré un rato más.
Si puedes esperar, extiéndela para sentarte encima; con tanta hierba húmeda vas
a ensuciarte la ropa.”
Yuri
no pronunció palabra. Una repentina sensación de ahogo le cerró la garganta,
impidiéndole emitir el menor sonido. Dejando atrás aquel detalle tan
desprovisto de malicia, Chariot caminó a zancadas hasta la orilla y se arrojó
al agua sin vacilar ni un instante.
Un
chapoteo de sonido limpio y fresco resonó en círculos por todo el lago. Con la
toalla en la mano y sin atreverse siquiera a desplegarla, Yuri se quedó mirando
el agua. Atrapado por una aprensión infundada, siguió contemplando el lago
hasta que, al cabo de un momento, Chariot volvió a emerger a la superficie. Las
gotas de agua dispersas en el aire que volvían a caer parecían una fina
llovizna.
Al
ver que lo estaba mirando, Chariot cruzó su mirada con la suya, extendió los
brazos para saludarlo con la mano como diciéndole que no se preocupara, y
siguió avanzando con brazadas fluidas sobre el azul intenso de las olas.
Contemplando
aquella escena con la mirada perdida, Yuri bajó la vista. Al contrario de lo
que sugería su aspecto de gustos refinados, la toalla tenía impreso un estampado
de alegres animalitos luciendo gafas de sol y recostados en la playa. El dibujo
mostraba a un lobo gris enfundado en un pijama de conejito rosa, rodeado por
varios conejos blancos y marrones que se apiñaban a su alrededor.
Al
apartar los pliegues de aquel diseño de aspecto añejo y colores desgastados,
emanó una fragancia que combinaba el aroma limpio del suavizante con las
feromonas de Chariot. Incapaz de cansarse de aquel olor por mucho que lo
respirara, Yuri lo acarició con la yema de los dedos y se quedó abstraído
durante un buen rato.
La
tarde se alargaba. El cielo lucía de un azul tonalidad tan diáfana que
encandilaba, y el aire del bosque se sentía fresco. En lugar de usar la toalla
para sentarse como le había sugerido, Yuri se la colocó sobre las rodillas y
volvió a fijar la vista en el lago. Se quedó grabando en la memoria, durante un
largo tiempo, la estampa de aquel hombre de cabellos rojizos abriéndose paso
con soltura a través del agua en absoluta soledad.
Muy
profundamente, deseaba retener aquel instante en la memoria para siempre, por
si acaso jamás volvía a verlo.
