3. Cereza y Humo (Parte 1)

 


3. Cereza y Humo

En la carretera había multitud de pequeñas piedras. Durante las cuarenta millas que llevaba recorridas, al observar las marcas que dejaban las piedrecitas al chocar contra el parabrisas y desaparecer, Yuri por fin comprendió por qué los vehículos de sus clientes solían venir con tantas muescas diminutas en el cristal delantero. Era porque se dedicaban a viajar.

Comprobando de primera mano un hecho que hasta entonces solo conocía de oídas gracias a su padre, se dio cuenta de que su progenitor tampoco lo había experimentado jamás, sino que seguramente se lo habría oído contar a alguien más. Al fin y al menos, los Kiselyov jamás habían tenido tiempo para andarse de viaje.

Aunque tenía una amplia experiencia conduciendo largas distancias, aquello no se le podía llamar viajar. No le sobraba el margen ni la tranquilidad como para andar fijándose en las piedras que rebotaban contra los cristales, y como solía desplazarse principalmente durante la noche, el paisaje era lo de menos. Quien se embarca en un viaje donde la probabilidad de morir acecha en cada esquina no tiene tiempo de detenerse en nimiedades.

Conducir por la autopista número uno en pleno día le enfrentaba a Yuri con una estampa digna de película. La vía, esculpida en plenas cumbres montañosas de gran altitud, serpenteaba aproximándose y alejándose de las cimas en un vaivén constante, dejando ver picos salpicados de glaciares por todas partes. A lo largo del trayecto también avistó un par de veces ríos transparentes de un tono azul casi verde turquesa. Era un color de postal.

Justo en el momento en que la autopista número uno terminaba para dar paso a la noventa y tres, Chariot —quien había permanecido en silencio durante un buen rato— abrió la boca.

“Por aquí cerca hay un lago precioso. Lleva el nombre de una princesa británica. ¿Lo has visto?”.

Yuri desvió brevemente la mirada para observarlo. Por mucho que le gustara hablar por los codos, había pensado que ni siquiera él aguantaría todo el día de cháchara; sin embargo, al mirarle la cara, se dio cuenta de que tenía aspecto de acabarse de despertar. Como se había quedado quieto mirando hacia la ventanilla, dio por hecho que ya estaba desvelado.

“Vuelve a dormirte”.

Por supuesto, Yuri jamás había visto lugar hermoso alguno de los que mencionaba. El espectáculo más bello que recordaba haber contemplado era la sonrisa de sus amigos y la de su padre, seguido de la paz que le transmitió Vancouver al escapar del infierno de Sarátov. Con eso le bastaba y le sobraba, por lo que, antes que andar de viaje solo para contemplar paisajes idílicos, prefería mil veces seguir trabajando.

“Vaya, ¿se nota que me había quedado dormido? Perdón. Me he quedado frito sin darme cuenta”.

“¿Por qué pides perdón?”.

Aunque se había propuesto evitar a toda costa alargar las conversaciones, la incomprensión le obligó a preguntar. ¿Qué razón tenía para disculparse ante un tipo como él?

Evidentemente, lo de haberle agarrado la muñeca a la fuerza sí era motivo de disculpa, pero como ya había decidido dejar pasar eso, lo demás sobraba.

“Cuando se viaja en coche durante trayectos largos, el papel de la persona que va en el asiento del copiloto es fundamental. Darle charla para que no le entre sueño, ofrecerle algo de comer... esas son las normas básicas de educación”.

Era la primera vez que oía algo semejante. A su entender, en lugar de perder el tiempo charlando y atendiendo al otro, resultaba infinitamente más eficiente aprovechar para echar una cabezada y turnarse después al volante, por lo que las supuestas normas de cortesía de Chariot le sonaban a pura pérdida de tiempo.

“Es la primera vez en mi vida que oigo semejante estupidez”.

Chariot escuchó el murmullo incrédulo que Yuri soltó para sí mismo. Estirándose perezosamente, bajó la ventanilla por completo, sacó los dedos a través de la ráfaga de aire y alzó la voz:

“Reglas básicas para ir de copiloto: los gastos de gasolina corren por cuenta de quien gorrea el coche. El pasajero de al lado debe alimentar al conductor con bebidas y snacks para facilitarle las cosas. Hay que hablarle para que no se duerma y, de vez en cuando, cantarle alguna canción para alegrarle el día”.

Tras recitar las normas con un tono claro y melodioso, Chariot giró el rostro para mirar a Yuri. Al cruzarse sus miradas, le dedicó una sonrisa radiante, curvando coquetamente sus ojos verdes.

“Son las reglas especiales de la familia Goodnight. Dicho esto, ¿quieres que te cante algo?”.

La sonrisa de Chariot, a juego con sus facciones, era sumamente luminosa. Su cabello rubio cobrizo se alborotaba impulsado por el viento y la luz del sol, que seguía brillando con fuerza. Aquel cuadro, que parecía el mismísimo viento esculpido en color, hizo que Yuri frunciera el ceño y apartara la vista. Había apartado demasiado tiempo los ojos de la carretera.

“Si lo que buscas es facilitarle las cosas al conductor, lo mejor que puedes hacer es mantener la boca cerrada”.

“Hombre, con el día tan bueno que hace, eso es imposible”.

Chariot dejó escapar una risita ahogada y volvió a centrar el tema en el lago del que había hablado antes.

“El lago Louise se forma con el deshielo de un glaciar, así que el agua está heladísima. Una vez me tiré sin pensarlo y estuve a punto de sufrir un infarto. Por aquí, cerca de Banff, hay un montón de lagos bonitos, pero ninguno tiene ese tono esmeralda tan característico del Louise. Por eso se llena de gente, pero te aseguro que vale la pena visitarlo al menos una vez en la vida”.

Yuri guardó silencio mientras miraba al frente, imaginándose vagamente lo que Chariot describía. El río que había visto antes ya le había parecido extraordinariamente hermoso, y consideraba que haber presenciado algo así era ya un lujo excesivo para él.

Hacer un viaje únicamente con el propósito de contemplar paisajes era un privilegio reservado a unos pocos elegidos. En este mundo había demasiada gente que perdía la vida de manera absurda sin haber tenido jamás la oportunidad de contemplar ninguna maravilla natural. Su madre había sido una de ellas.

“A partir de aquí empieza la Icefields Parkway. Si seguimos todo recto por esta ruta, llegaremos al Paraíso del que te hablé. El lago Louise es precioso, no te digo que no, pero no le llega a la suela de los zapatos al Paraíso. Seguro que te encantará”.

Cuanto más conversaba con Chariot, más evidente se le hacía a Yuri que su lógica jamás llegaría a comprender ninguna de las palabras que salían de su boca. Las disculpas, los agradecimientos, cada uno de los términos que utilizaba le resultaban completamente ajenos. Las palabras de Chariot eran redondas y de colores variados, como guijarros de cristal esparcidos por la arena de una playa.

“Me importa un bledo que me encante o no”.

“Hombre, cuando uno ve un paisaje bonito, lo suyo es compartirlo con los demás, ¿no crees?”.

Pues va a ser que no. Yuri era incapaz de sintonizar con esa clase de sentimientos. Al igual que le había ocurrido un momento antes al escuchar sobre la gente que viajaba largas distancias solo para contemplar vistas panorámicas, sentía como si intentara avanzar a tientas a través de una espesa capa de niebla.

“Cuando lleguemos, ¿qué es lo primero que te apetece hacer? Al fin y al cabo llevamos más de diez horas conduciendo seguidas”.

Curiosamente, quien se había pasado la noche entera al volante había sido él, pero Chariot soltaba esa pregunta con total tranquilidad. Yuri amagó con corregirle el dato, pero prefirió dejarlo correr para ahorrarse tener que escuchar alguna cursilería innecesaria.

“Lo primero será contactar con Alexei para evaluar la situación. Por los mensajes que dejó, supongo que ya habrá trazado un plan”.

Como las llamadas perdidas y los recados le traían de cabeza, su intención era ponerse en contacto con él en cuanto llegaran al pueblo y recuperaran cobertura. Seguro que a lo largo de la noche Alexei se había movido lo suficiente como para acumular un montón de novedades que contarle.

Pero... ¿cómo debía explicarle a Alexei lo ocurrido durante la madrugada?

Alexei era de los que no paraban hasta llevar a cabo sus encargos. En su época bajo las órdenes de Ígor, todos le temían por su cabezonería a la hora de aferrarse a un objetivo, y tras convertirse en un reparador, esa misma responsabilidad le había ganado la confianza de los clientes.

Por esa razón, cabía la posibilidad de que, incluso si le confesaba que se había metido con un tipo de mala calaña y que debía abandonar el encargo a medias, él se negara en redondo a aceptarlo.

Aun así, Yuri deseaba que se desvinculara del contrato de Chariot. A diferencia de él, Alexei era alguien valioso, rodeado de gente que sufriría si le pasaba algo, por lo que prefería que no volviera a jugarse el tipo como en los viejos tiempos.

“No, no me refería a eso”.

Al ver que Yuri lo fulminaba con el ceño fruncido, Chariot metió la mano en la bolsa de snacks que seguía reposando sobre sus muslos. Tras sacar un paquete de gominolas y desgarrarlo por el medio para abrirlo, extrajo una pequeña golosina con forma de osito amarillo y se la echó a la boca.

“Yo lo que quiero es pegarme un baño en el lago, tumbarme al sol y beberme una cerveza bien fría. Y luego, en cuanto me entre el sueño, ¡dormir a pierna suelta hasta la mañana siguiente!”.

Chariot se empeñaba en obligarle a contemplar escenarios que a Yuri ni le iban ni le venían. Para alguien habituado a comer, dormir y moverse únicamente cuando las circunstancias de supervivencia lo exigían, pararse a reflexionar sobre caprichos tan mundanos carecía por completo de sentido.

...Aunque, bien pensado, lo que sí le apetecía era pegarse una buena ducha. Llevaba más de veinticuatro horas sin asearse como Dios manda, y un baño caliente seguro que le despejaba.

Era lo único remotamente parecido a un deseo que Yuri lograba concebir.

“Haz lo que te plazca, pero ni se te ocurra alejarte de mi vista a solas. Aunque digan que por aquí hay poca gente, nunca se sabe cuándo puede torcerse la situación”.

“Entendido, míster Wolfie”.

Ante aquel apodo, Yuri arqueó una ceja con hastío.

“Deja de llamarme así”.

“¿Acaso no lo habíamos hablado? Yo soy Cherry y tú eres Wolfie”.

“A mí con que me llames Campbell me sobra”.

“¡Si hasta 'Cherry' es un diminutivo cariñoso, lo lógico es que yo también use uno contigo!”.

Mientras Yuri endurecía el rictus, Chariot volvió a sacar otro osito de gelatina y se lo extendió justo enfrente de sus labios. En un santiamén, la mano de Chariot le rozó la mejilla.

“Aquí tienes una ofrenda para la caza, cálmate un poco, míster Wolfie”.

Aquel gesto de proximidad, como si pretendiera darle de comer en la boca, le produjo un rechazo visceral. Girando la cabeza con brusquedad, Yuri le lanzó una advertencia con voz cavernosa:

“Quita esa mano de ahí”.

“bueno, bueno. A la próxima buscaré algo que de verdad le guste a los lobos”.

Chariot se lanzó a la boca la pequeña gominola con forma de osito que pretendía regalarle. Junto al sonido silencioso de los dulces al ser masticados, se esparció un aroma artificial a fruta. Haber comprado chucherías había sido una buena decisión; Chariot ya se había zampado no solo la gominola, sino también dos barritas de chocolate enteras.

A juzgar por cómo se había calmado tras meterle algo de comer en la boca, Yuri pensó que se mantendría en silencio al menos por un rato, pero Chariot interrumpió su tarea de rebuscar entre las golosinas para volver a hablar.

“¡Ah, se me olvidaba una cosa importantísima!”.

“Suelta”.

“Tenemos que pasar a hacer compras antes de llegar. Como aquello es un pueblo pequeño, no hay tiendas de licores ni grandes superficies, así que hay que pillar lo que necesite por el camino en cuanto veamos un sitio abierto. Es un incordio, pero no queda otra”.

“¿En una situación así lo único que se te pasa por la cabeza es beber? Qué vida tan relajada te traes”.

“Bueno, ya que hemos llegado hasta un sitio con semejantes vistas, tampoco es plan de pasarse el día entero con el alma en vilo de puro miedo. Ah, por cierto, también tenemos que parar en una farmacia”.

“¿En una farmacia?”.

Confiaba en que descartara la absurda idea de que fuera por culpa de sus heridas, y por suerte, Chariot lo desmintió al instante.

“Lo mencioné un poco de pasada, pero se me acerca el celo. Como va a estar complicado encontrar a alguien con quien acostarme, tendré que comprar inhibidores. Aunque... si no te molesta escuchar ruidos ajenos, podríamos buscar a alguien en el pueblo para pasar juntos el celo”.

Tan explícita y descaradamente obscena le resultó la explicación que Yuri se quedó mudo. Con lo elegante y aristocrático que parecía a simple vista cuando se quedaba callado, no se cortaba un pelo en soltar semejantes ordinarieces.

Ya lo había notado antes: a Chariot le importaba un bledo el decoro. Tanto lo de exhibirle su cuerpo desnudo sin el menor recato como la facilidad con la que soltaba comentarios subidos de tono...

Y sin embargo, no le provocaba un rechazo visceral ni repulsión. A lo largo de su vida, Yuri se había visto obligado a tratar con sujetos cuya alma entera estaba podrida, y aquellos tipos solían exhalar una inmundicia verbal que dejaba a Chariot a la altura de un aficionado. Comparado con semejantes alimañas, lo de Chariot parecía poco más que las habladurías de un chiquillo inmaduro.

El celo...

Desde luego, era un verdadero fastidio.

A ningún alfa le hacía gracia tener a otro de su mismo rasgo merodeando por los alrededores con las hormonas revolucionadas, por lo que, en los tiempos en que Yuri formaba parte de la organización, existía la norma implícita de esfumarse discretamente en cuanto llegaba esa época. Tanto Ígor como su hijo Iván aborrecían profundamente las feromonas de los alfas, y no era raro que pagaran su frustración con cualquiera que no supiera mantenerlas debidamente reprimidas.

Por esa razón, en el mundo de Yuri el periodo de celo era un secreto vergonzoso que jamás se aireaba en público, un asunto que debía resolverse en la más absoluta soledad. No existía el menor margen para tomárselo a la ligera ni para plantearlo abiertamente ante los demás, como hacía Chariot.

“Empecemos por la farmacia”.

Imaginar un cambio en las feromonas de Chariot le produjo una sensación extraña. Un rechazo instintivo brotó en su interior, seguido de inmediato por la inoportuna imagen de Chariot cambiándose de ropa en la habitación del hotel. Quizás porque aquella desnudez imprevista se le había grabado a fuego en la retina.

Menudo suplicio debió de ser para cualquiera tener que lidiar con eso, pensó con un matiz de compasión tan inútil como fuera de lugar.

El atributo de Chariot tenía un tamaño espeluznante. Tratándose de un deportista con semejante planta, entraba dentro de lo lógico que sus partes estuvieran acordes a su envergadura, pero aun así, lo que había visto superaba con creces los límites de lo razonable. Si ya en reposo previo a la erección alcanzaba esas proporciones, costaba imaginarse quién demonios sería capaz de soportarlo una vez excitado de verdad.

Yuri acumulaba bastante experiencia tratando con omegas, por lo que sabía de sobra que un tamaño desmesurado no garantizaba el disfrute de la otra parte, ni mucho menos. Aunque sin llegar al extremo absurdo de Chariot, el propio Yuri tampoco se quedaba corto y superaba holgadamente la media. Como solía ser bastante grande, no era raro que los omegas acabaran doloridos, en cuyo caso él se limitaba a satisfacerlos manualmente antes de despedirlos.

Dedicar el tiempo necesario a preparar el cuerpo con suficiente lubricación permitía el acoplamiento, pero a Yuri le daban asco los preliminares. Antes de andarse con tonterías para mantener relaciones, prefería tragarse las pastillas inhibidoras y pasar el celo a solas.

Los preliminares no eran más que una farsa. Aunque al final el único propósito fuera descargar la tensión acumulada, fingir que existían sentimientos de por medio besando y recorriendo el cuerpo ajeno le resultaba repulsivo.

Pero... por lo que intuía, Chariot era de los que disfrutaban regodeándose en el placer de derretir a su pareja, y con creces. Viendo cómo era capaz de soltar lindezas azucaradas sin inmutarse, estaba seguro de que en la cama actuaría exactamente igual. ¿Estará también parando la boca todo el rato mientras lo hace? No había nada que arruinara más el momento.

De pronto, Yuri cayó en la cuenta del nivel de detalle enfermizo con el que acababa de recrear las intimidades de Chariot. Sentía que el simple hecho de haber albergado semejantes pensamientos era una profanación, así que frunció el ceño con contrariedad y torció los labios. Al percatarse de su gesto, Chariot le preguntó:

“¿Te encuentras bien?”.

La mano que aferraba el volante se tensó con fuerza. Una ola de vergüenza lo recorrió de arriba abajo ante el temor de que le hubieran adivinado las sucias elucubraciones, y sintió cómo las mejillas le ardían allí donde les daba la luz.

“¿A qué te refieres?”.

“Has puesto cara de circunstancias. Como te he visto conducir todo este rato sin gafas de sol a pesar de lo fuerte que pega la luz, llevo un buen rato observándote. Ya que vamos a parar a la farmacia, compremos unas. Si dejas tus ojos expuestos así, acabarás jodiéndote la vista”.

La respuesta, que no guardaba la menor relación con lo que él temía, lo dejó descolocado. Mientras pensaba que el otro se preocupaba por tonterías, una profunda autocragación lo invadió al recordar que se había montado una película mental tan absurda sobre un alfa. Temió por un momento que se le estuviera zafando un tornillo.

“No las necesito”.

“¿Cómo que no? Las gafas de sol son un artículo de primera necesidad. Vas a terminar con los ojos hechos polvo”.

Yuri sopesó durante unos segundos la mejor manera de cerrarle la boca a aquel energúmeno. Como le había pedido expresamente que no le diera miedo, se contuvo de volver a amenazarlo recordándole quién era en realidad, así que optó por otra vía.

“¿Siempre eres tan bocazas? Un alfa que no para de parlotear por los codos resulta poco menos que repulsivo; no me explico cómo demonios se las ha apañado para ligar hasta ahora”.

Un reproche de ese calibre no mataba a nadie. No era un insulto directo ni una ofensa personal, así que ya sabría encajarlo.

“Espera un momento”.

¿Habría surtido efecto? Chariot incorporó de golpe el torso, que llevaba apoyado contra el respaldo, y se inclinó hacia él.

“Por cómo suena eso... ¿quieres decir que te resultaría atractivo si me callara la boca?”.

Evidentemente, no había surtido ningún efecto.

“No. Simplemente pretendía decirte que te calles”.

“¿De verdad te parezco un pesado? Bueno, tampoco es que hable por los codos todo el tiempo. Pero tengo una imagen pública que mantener, así que no voy soltándome con cualquiera, que conste. Si me lo propongo de verdad, ligar no me cuesta lo más mínimo”.

No mostraba la más mínima intención de guardar silencio. Exhalando un suspiro profundo, Yuri se dispuso a rebatir sus majaderías:

“Viendo el numerito infantil que montaste la primera vez que me viste, no me da la impresión de que seas tan hábil”.

“Incluso un hombre con tanta labia como yo comete a veces torpezas de crío cuando se cruza con alguien que de verdad le gusta”.

Recostándose de nuevo contra el asiento, Chariot apartó la vista hacia el exterior con una sonrisa ligera teñida de añoranza.

“Jamás había creído en eso del amor a primera vista, pero tú fuiste algo completamente distinto desde el primer segundo”.

Aquel murmullo, más propio de un soliloquio, dejó a Yuri completamente petrificado. Le costaba creer que las tácticas de seducción que aquel chalado le había estado tirando entre risas tuvieran una base de verdad tan sincera. El día anterior había creído que era una broma, y hoy directamente no lo entendía.

“Así que, pensándolo bien, casi me alegro de que no seas la clase de persona que imaginaba. De lo contrario, no quiero ni pensar en las estupideces que se me habrían ocurrido hoy para seguir intentando engatusarte”.

Por suerte, Chariot recondujo la conversación para evitar que Yuri siguiera dándole vueltas al asunto. Al cabo de un instante guardó silencio, y el coche quedó sumido en la paz que tanto había ansiado.

En medio de aquel ambiente sosegado, Yuri pensó que, a fin de cuentas, era una suerte no ser una persona bondadosa como las demás. Estaba demasiado habituado a que lo ignoraran o lo pisotearan en lugar de recibir cuidados y atenciones minuciosas, y esa clase de trato frío era, al fin y al cabo, el único con el que se sentía a gusto.

* * *

A medida que escuchaba las tonterías de Chariot, sin darse cuenta ya se iban acercando al destino. El navegador indicaba que faltaban apenas diez minutos para llegar, y poco después, a la derecha de la autopista, apareció un gran cartel de madera con la inscripción ‘Big Fox’ tallada. Tal como había dicho Chariot, por los alrededores no parecía haber riesgo de que los descubrieran. Y con razón, pues los edificios visibles se podían contar literalmente con los dedos de una mano.

Menos mal, aunque... también tenía su cara B.

En un sitio tan silencioso, por lo normal no había con quién cruzarse, lo cual no estaba nada mal; sin embargo, en los lugares con poca población, los restaurantes y tiendas de comestibles escaseaban, por lo que un extranjero desconocido salía demasiado a la reojo. Y un tipo como Chariot destacaba con facilidad. ¿Habría que plantearse teñirle el pelo o algo?

Lo sopesó brevemente, pero como Chariot no era ningún fugitivo perseguido por la policía, decidió descartar semejante medida, al menos de momento. Al fin y al cabo, de las compras ya se encargaría él.

Yuri dio por zanjado el asunto. Cuando apartó la mirada del entorno y volvió a enfocar el frente con indiferencia, Chariot —que había estado guardando un respetuoso silencio— soltó de repente:

“Eh, eh, eh, esa cara no vale”.

“¿Qué?”.

“Eso de ‘para ser el paraíso, menuda birria’, ¿no era eso lo que estabas pensando?”.

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Tampoco es que hubiese estado pensando exactamente en eso, pero ahora que lo mencionaba, algo de razón tenía. A diferencia de las expectativas que el término ‘paraíso’ podía evocar, la estampa que se desplegaba ante sus ojos no difería demasiado de todo lo que llevaban contemplando en la autopista. Sin embargo, Yuri era un hombre carente de imaginación, y el dichoso paraíso del que hablaba Chariot le importaba un bledo.

El paraíso recibe ese nombre precisamente porque no existe en la tierra.

Un lugar exento de sufrimientos y desdichas no puede materializarse en el plano terrenal; solo era posible en el mundo que aguardaba tras la muerte. Pero como Yuri era de los que acabarían en el infierno incluso después de expirar, jamás pisaría el edén.

Así pues, por muy hermoso o grandioso que fuera el lugar, jamás se convertiría en un paraíso para él. De modo que se limitó a seguirle el juego al entusiasmo exagerado de Chariot con desgana:

“Piénsalo como quieras”.

“Pero esa cara de decepción va a cambiar en unos ocho minutos exactos”.

Chariot anunció el pronóstico con tono de presentador de televisión, y Yuri torció una comisura de los labios en una mueca escéptica. Tras pasarse casi un día entero pegados el uno al otro, su cerebro parecía empezar a habituarse al flujo incesante de palabrería del alfa, de modo que aquella payasada ya no lo ponía tan al límite como al principio. Se ve que uno termina volviéndose inmune a las tonterías, pensó para sus adentros, justo antes de que Chariot volviera a la carga con otro aspaviento:

“¡Hombre, esa cara que pones delata que mi broma te ha hecho gracia!”.

“Para nada”.

“¿Cómo que para nada? Si te acaba de escapar una sonrisa”.

Qué valor tenía. Yuri dejó escapar una risa ahogada ante la desfachatez con la que Chariot se le subía a las barbas. En Sarátov, a nadie se le habría ocurrido jamás atreverse a gastarle bromas de ese pelo.

Aunque los sujetos de su mismo rango solían soltar chascarrillos de mal gusto entre ellos, cuando alguien cruzaba la línea de esa manera, Yuri jamás lo dejaba pasar. Golpear la cabeza de alguien al pasar como burla o tantear el terreno eran dinámicas empleadas por aquella chusma para establecer jerarquías, y si uno se quedaba de brazos cruzados, los demás terminaban imponiendo el orden a su antojo.

Y, además, como la gente corriente solía tenerle pánico, jamás se les habría ocurrido dirigirle la palabra los primeros.

A diferencia de Alexei, que conservaba un lado juguetón, él era incapaz de esbozar una sonrisa y desprendía una sequedad tal que resultaba imposible mezclarse con la gente normal.

Aunque las cosas habían cambiado desde que se instaló en Vancouver, como Yuri no pisaba ningún sitio donde hubiera aglomeraciones, no solía verse en estas situaciones. La sola idea de que un tipo como él rondara entre gente pacífica era una aberración.

En lugar de rebatir rotundamente la acusación de Chariot, Yuri optó por callarse. Al fin y al cabo, cuanto más tranquilo estuviera Chariot, mejor para todos; así que decidió dejar pasar aquel pequeño equívoco por el bien del joven asustado. A decir verdad, si había sonreído o no era un detalle carente de importancia.

Entre bromas y bromas que no lo eran tanto, por fin abandonaron la autopista. Siguiendo las señales de tráfico a través de una carretera sinuosa y llena de curvas, el espeso bosque los devoró por completo. Mientras avanzaban bajo la bóveda de gigantescos árboles que flanqueaban ambos lados del camino, rememorando la atmósfera de Stanley Park, una brisa fresca e impregnada de naturaleza colmaba el habitáculo a través de la ventanilla abierta.

Olor a tierra mojada. Aroma a corteza húmeda. El susurro de las hojas jóvenes brillando con un verde intenso.

Guiado por los estímulos que asaltaban su olfato y su oído al final del trayecto, Yuri se topó de bruces con un lago descomunal que destellaba bajo la luz del sol. Un cuerpo de agua teñido de un azul intenso y profundo.

El reflejo del sol sobre el oleaje ondulante parpadeaba con la intensidad del azúcar glas. Quizás debido al chisporroteo de la superficie, aquel lago azulado desprendía una calidez inesperada, flanqueado por altos abetos y salpicado de hermosas casas de campo aquí y allá.

Al cabo de un instante, Yuri cayó en la cuenta de que aquello no era un río, sino un lago. Los lagos canadienses eran tan inmensos que a menudo semejaban ríos o mares abiertos, pero la orografía del terreno disipaba cualquier duda. Sin embargo, al ser tan colosal que el otro extremo quedaba fuera del alcance de la vista, daba la sensación de que una pequeña porción de mar había quedado atrapada en el corazón de aquel pueblo.

“Te doy la bienvenida a Big Fox”.

Chariot le susurró en voz baja desde el asiento de al lado, dejándole contemplar el impresionante espectáculo paisajístico. El pueblo, fiel a su nombre, evocaba la imagen de un zorro de pelaje rojizo correteando libremente por el bosque; era un rincón apacible y hermoso. Empezaba a entender un poco el porqué de la metáfora del paraíso.

“...Ya veo”.

Yuri respondió con la voz ensombrecida y apartó la vista del río —no, del lago— que reclamaba su atención de manera insistente.

“Aun así, a diferencia de lo que parecía desde fuera, esto tiene toda la pinta de un complejo vacacional. Teniendo en cuenta que ya estamos en julio, lo normal es que esto se llene de turistas”.

“Bueno, aunque el turismo es la principal fuente de ingresos, por lo general aquí solo vienen los dueños de casas de verano o algún que otro pescador despistado. Hacer el viaje arrastrando un barco hasta este rincón no sale a cuenta, así que lo habitual es que solo se pasen los vecinos de la zona”.

“Da igual que sean extranjeros o locales. De hecho, los locales son peores. ¿Cuántos canadienses crees que hay que no reconozcan tu cara?”.

“Ah, es verdad. Había olvidado que soy toda una celebridad. Con lo poco que me valoras tú, se me había pasado por completo”.

El coche avanzaba con suavidad por el asfalto bien asfaltado. Las variopintas mansiones levantadas a la orilla del lago impedían ver con claridad lo que ocurría en el centro del agua. En el camino se cruzaron con una pequeña iglesia, un café que parecía prepararse para echar el cierre y un bar que, por el contrario, empezaba a avistar los preparativos para abrir. No era precisamente una localidad con una gran actividad comercial.

“Jamás te he tratado con desprecio. ¿No fuiste tú el primero que me cogió tirria nada más verme?”.

Soltó la frase con la única intención de rectificar los hechos, pero Chariot se frotó la mejilla y guardó silencio. Un silencio incómodo se instaló en el habitáculo, y Yuri se preguntó si con aquello habría vuelto a intimidarlo. Le costaba horrores gastar energía intentando adivinar y cuidar los sentimientos ajenos; hacía demasiado tiempo que no se veía en una tesitura así. Las únicas personas que le rodeaban desde hacía años eran tan íntimas que le bastaba una mirada para saber qué pensaban, y en cuanto a alguien con la sensibilidad suficiente como para calibrar los estados de ánimo ajenos, su madre había sido la última.

Ahora empezaba a entender por qué a Alexei le había costado tanto criar a Valeri. Alexei tenía una pareja, alguien a quien había arrastrado consigo como si fuera de su propia familia durante toda su vida. En una época en la que él mismo apenas sabía cuidarse, Alexei se había matado a trabajar día y noche con el único propósito de sacar adelante a un niño mucho menor que él de forma íntegra. Ambos pertenecían a mundos totalmente opuestos, lo que inevitablemente generaba un sinfín de roces.

Tras divagar un instante con aquellos pensamientos, Yuri regresó a la realidad y decidió apaciguar la incomodidad que intuía en Chariot. Aunque resultaba un tanto absurdo esforzarse de esa manera por alguien que ni siquiera era de su familia, al tratarse de su cliente actual, no le quedaba más remedio que ceder un poco.

“Tampoco era mi intención hacerte sentir incómodo. Te he contestado tal cual porque me ha salido natural decir la verdad”.

Llegar al punto de pedir disculpas ya rebasaba los límites de la educación que había recibido, pero al menos explicarle el motivo de sus palabras bastó para que el semblante de Chariot se relajara.

“No pretendía recordarte a cada paso que soy un mal bicho”.

“...¿Podrías contarme qué clase de cosas has hecho?”.

Chariot abrió la boca tras dudar unos segundos. Ahora que lo pensaba, ya en la habitación del hotel había mostrado un extraño interés por conocer los detalles de los crímenes que había cometido. Como en su cabeza asumir los hechos equivalía a una autoinculpación, jamás se le habría pasado por la cabeza contárselo, pero viéndolo ahora, parecía más bien que su actitud respondía a un intento genuino de comprenderlo.

Sin embargo, que alguien intentara comprenderlo era precisamente lo último que Yuri deseaba.

“No”.

Ante aquella respuesta tan tajante y fría, Chariot también apartó la mirada. A diferencia del hotel, no parecía enfadado, sino más bien contrariado.

“Los seres humanos somos verdaderamente mezquinos. Con solo ver la apariencia y los modales de alguien, uno insiste en querer creer que es buena persona. Y yo estoy cayendo en lo mismo”.

Chariot se pasó una mano por el flequillo, alborotado por el viento. Tras unos instantes de silencio, volvió a esbozar una sonrisa y se encogió de hombros.

“En fin, ya me ha quedado claro tu punto. Y supongo que debo asumir que es verdad que me detestas, y que tú sabes que lo sé”.

“...Sí”.

Con eso bastaba si no le había tomado miedo. Yuri respondió con lentitud, aunque se le quedó la sensación de querer decir algo más, haciendo que sus labios se abrieran ligeramente.

¿Por qué demonios has llegado a aborrecer tanto a los criminales?

La pregunta se asomó a su mente, pero la respuesta implícita en ella misma le arrancó una amarga sonrisa irónica. ¿Acaso existe alguien en este mundo que adore a los criminales, Yuri?

Si hasta tú mismo te detestas a semejante nivel.

Ahogando aquel interrogante desolador que jamás podría pronunciar en voz alta, Yuri volvió a centrar la vista al frente. El asfalto pavimentado dio paso a un camino de tierra que serpenteaba a través de un espeso bosque. Tras adentrarse por una pista tan estrecha que apenas cabía un coche y avanzar durante un minuto, por fin apareció el destino de aquel largo viaje. Al final del camino, a la orilla misma del lago, se alzaba una pequeña casa construida de ladrillo. A diferencia de las lujosas mansiones que habían visto por el camino, aquella tenía un aspecto bastante austero, rayando casi en lo descuidado a primera vista.

“Hemos llegado. Bajemos”.

“...Espera. ¿Has reservado un alojamiento?”.

“No. Este es uno de los sitios que voy a heredar”.

Al oír la mención a una herencia, Yuri cayó en la cuenta de que el tipo pertenecía a una de esas familias con patrimonio. Teniendo en cuenta que con su propio sueldo ya ganaba una auténtica fortuna, si a eso se le sumaba una cuna acomodada, Chariot resultaba indudablemente alguien muy importante bajo los parámetros mundanos. Aunque no tenía la menor intención de tratarlo con especial deferencia...

Dándole vueltas a aquello de haberlo tratado con desprecio, Yuri decidió que, si se presentaba la ocasión, le preguntaría más adelante qué clase de trato prefería recibir. Como le pagaban por un trabajo de escolta y había decidido aguantarle un poco las excentricidades, al menos podía concederle ese detalle. Al fin y al menos, tras asimilar que disparar y querer matar a alguien era algo lo suficientemente aterrador como para dejarle un trauma a una persona normal, le había empezado a dar un cierto punto de lástima.

“Mi madre es canadiense. Nació y creció aquí. Al parecer conoció a mi padre en este lugar: el flechazo entre un adinerado hombre de negocios estadounidense de vacaciones y una chica de un pueblo rural de Canadá. Parece sacado de una película de Hollywood”.

Murmurando aquello, Chariot abrió la puerta del copiloto y saltó al exterior de un brinco. Estirándose lánguidamente como una bestia enjaulada, echó a andar a grandes zancadas hacia la cabaña. Yuri apagó el motor, echó el seguro y fue tras él.

“Tengo que comprobar el perímetro primero, así que detente”.

“¿Qué? ¿De verdad crees que se ha colado alguien por aquí?”.

“Nunca se sabe. Si han conseguido dar con la dirección de tu casa, no me extrañaría que localicen esta”.

“Lo de aquella vez seguramente fue por culpa de Sam. Nos veíamos mucho por allí”.

Sam... ¿se refería a Samuel?

“Cuesta creer que alguien le guarde tanto apego a una pareja infiel como para seguir llamándola con un mote cariñoso”.

A Yuri le molestó un poco, sintiendo que Chariot utilizaba apodos afectuosos con demasiada ligereza. Le irritaba la idea de ser tratado con la misma condescendencia que un amante adúltero y delictivo. Bien mirado, tenía lógica que un omega con el que llevaba meses acostándose le resultara mucho más cercano que el propio Yuri, pero él no comulgaba en absoluto con la infidelidad. Aunque, siendo un delincuente, resultaba bastante ridículo ir por la vida exigiendo principios morales.

“Ah, se me ha pegado por costumbre. Bien pensado, tienes toda la razón”.

Chariot se detuvo en seco y masculló:

“Al fin y al cabo, todo esto se ha liado porque Samuel me mintió en la cara, ¿no? Y yo que ni siquiera tenía pensado meterme en una relación de adulterio...”.

“Es admirable que te des cuenta de eso ahora mismo”.

Lleno de un genuino asombro, Yuri se acercó al costado de Chariot para echar un vistazo al interior de la vivienda. Como las cortinas estaban echadas, no se distinguía gran cosa, pero al menos no se percibía ningún indicio de movimiento ni siluetas sospechosas. Aunque, si alguien sabía esconderse bien, eso no bastaba para descartar nada...

Yuri comenzó a dar la vuelta a la casa. No había huellas recientes sobre la tierra que no fueran las suyas. Tampoco distinguió ramas rotas, hierba aplastada ni indicios de actividad extraña a simple vista.

“¿Esto suele encargarse alguien de mantenerlo?”.

“Qué va. Así que lo más seguro es que esté lleno de polvo”.

“Si lleva tanto tiempo abandonado, cabe la posibilidad de que hayan entrado a robar”.

“Para evitar sorpresas tengo instaladas cámaras de seguridad y las ventanas cuentan con pestillos de seguridad. ¿Puedo abrir ya?”.

Chariot le pidió permiso en un tono suave, y Yuri asintió con la cabeza, conteniendo un leve recelo. Chariot sacó un llavero del bolsillo de su chaqueta y seleccionó una llave redonda con un característico tono rojizo. Tenía el aspecto clásico de las que aparecían en las películas, propio de una cerradura antigua.

ClIC, el pestillo encajó y la puerta cedió con un chirrido. El polvo acumulado durante años por la acción del sol se levantó en una densa nube hacia el aire. Abriéndose paso entre las partículas flotantes, Chariot descorrió la ventana del salón, que comunicaba directamente con la cocina. Desde allí se contemplaba el lago de inmediato. Mientras contemplaba el brillo parpadeante del agua, Yuri desvió la mirada para analizar la distribución del interior.

Tal como parecía desde fuera, la estructura era sumamente sencilla: al cruzar la puerta se accedía directamente al salón, con la cocina dispuesta hacia la izquierda. A la derecha se veían dos puertas, de las cuales una debía de ser el baño.

¿Tendré que dormir en el suelo?, pensó Yuri, evaluando las opciones mientras volvía a examinar la sala de estar. El sofá colocado longitudinalmente frente a la puerta del dormitorio se veía demasiado pequeño para un hombre de su envergadura.

“¿Solo hay una habitación?”.

“No, si rodeas la cocina hay otro dormitorio más. Yo me quedaré con ese”.

Chariot parecía entusiasmado. Dejándolo curiosear por la casa con una expresión visiblemente más relajada, Yuri decidió abrir primero una de las puertas cerradas. Tal como vaticinaba, era el cuarto de baño. El suelo estaba cubierto de unos azulejos de un cálido tono verde azulado, y tanto el lavabo como la ducha y el retrete se veían impecables, a excepción de una fina capa de polvo.

Al ver el cuarto de baño, el deseo de asearse se tornó imperioso. Se acercó a la cabina de ducha y abrió la llave; un chirrido metálico fue incrementando su volumen hasta que el chorro de agua comenzó a precipitarse con fuerza. Que tanto las tuberías como la caldera funcionaran con normalidad significaba que alguien se pasaba por allí de forma periódica.

¿Vendrán en familia...?

Hacía ya demasiado tiempo que las dinámicas familiares le resultaban ajenas —a pesar de conservar a su padre—, así que, tras divagar un instante en recuerdos lejanos, salió de nuevo al pasillo. Chariot parecía haber salido al exterior dejando la puerta principal abierta de par en par. Le urgía inculcarle un poco más de conciencia sobre la seguridad.

Mientras sopesaba qué hacer, Yuri decidió al menos quitarse algo de calor de encima. A diferencia de Chariot, él no llevaba encima ni una sola muda, por lo que darse una ducha completa estaba descartado por el momento, pero la temperatura había subido bastante y el bochorno era intenso. Aunque no era propenso a sudar en exceso y dudaba que despidiera mal olor, quería refrescarse para espabilarse del todo.

Yuri se quitó el abrigo negro y la camiseta de manga corta de algodón que llevaba debajo, colocándolas ordenadamente sobre el respaldo del sofá. Iba a encaminarse directamente al baño cuando se detuvo a sopesar una duda: ¿debía llevar consigo el cuchillo que guardaba en el bolsillo del abrigo o dejarlo allí? ¿El simple hecho de portarlo todo el tiempo resultaría intimidante para Chariot?

Mientras cavilaba brevemente, escuchó los pasos de Chariot aproximándose. Al oír el repiqueteo ligero de las suelas contra el suelo, Yuri giró la cabeza sobresaltado hacia la entrada y agarró su ropa.

Su cuerpo estaba surcado de tal cantidad de cicatrices espantosas que alguien como Chariot...

“¿Eh?”.

Pero Chariot jamás hacía lo que uno esperaba, y se plantó en la estancia antes de que le diera tiempo a ponerse la camisa. Cargando con una maleta de viaje bastante pesada como si fuera un simple bolso, el joven se quedó paralizado en el umbral al ver el torso pálido y desnudo de Yuri. Al cruzarse sus miradas por sorpresa, Yuri pudo ver cómo los ojos del alfa se abrían de par en par.

Tratando de ocultar la enorme cicatriz de quemadura que le surcaba la espalda, Yuri le dio la espalda de inmediato. Y justo cuando abría la boca para disculparse por semejante espectáculo...

“¡M-mierda, perdona!”.

La maleta resbaló de sus manos y golpeó el suelo con un ruido seco.

“¡Yo no... no es que estuviera intentando mirar, de verdad!”.

Cubriéndose el rostro con las manos enormes, Chariot retrocedió a tropezones, salió al pasillo, dio un portazo estruendoso y masculló desde el otro lado:

“Oye, ¿se puede saber qué clase de costumbre es esa de enseñarle el torso a la gente así como así?”.

Con la voz ligeramente alzada, el dorso de las manos de Chariot se veía intensamente enrojecido.

“¿...Qué?”.

Ahora el desconcertado era Yuri, pero por un motivo completamente distinto. La urgencia por esconder su aspecto áspero se esfumó, dejando paso a una profunda perplejidad. Intentó descifrar las palabras de Chariot, pero ninguna cobraba sentido en su cabeza. Por la reacción, más que repulsión o espanto, parecía... estuviera avergonzado.

“Si vas a desnudarte, hazlo en una habitación o... al menos avisa antes”.

Mientras Yuri fruncía el ceño con total incomprensión, Chariot seguía sin calmarse, apoyando la espalda con fuerza contra la puerta principal y manteniendo las manos firmemente plantadas sobre la cara.

“¡Quédate ahí con los ojos cerrados hasta que me meta en mi cuarto! ¡Avisame la próxima vez que te cambies de ropa, joder!”.

Con que... ¿se había puesto así de alterado solo por haberlo visto sin camiseta? A Yuri aquello le pareció tan absurdo como cómico. El mismo tipo que se había paseado desnudo sin importarle un bledo y soltando bromas subidas de tono ahora montaba semejante numerito ridículo por un trozo de piel al descubierto.

Cuando le convenía se comportaba como un sinvergüenza descarado y malhablado, pero en momentos así reaccionaba como un crío inexperto. Las personas con las que Yuri se había cruzado a lo largo de su vida jamás mostraban semejantes contradicciones; solían mantener una línea de conducta previsible y constante. Bueno, es verdad que Alexei era un caso aparte por su capacidad de improvisación y su desparpajo, pero aquello no era algo que uno viera a diario.

“¿Acaso no te pasaste la noche entera cambiando de ropa sin importarte quién estuviera mirando?”.

Incapaz de catalogar aquella reacción como producto de una supuesta inocencia, Yuri soltó el comentario sin poder evitarlo. Lo más sensato habría sido dejarlo pasar, pero le resultaba cómico ver aquel grado de sobreactuación. No de una forma despectiva, sino con cierta ligereza divertida.

“Eso es muy diferente a verle el cuerpo a otro”.

“A mí me parece exactamente lo mismo”.

“Mi cuerpo es prácticamente como una obra de arte esculpida, así que quien lo mira sale ganando. Pero el cuerpo de otra persona es... bueno, algo íntimo”.

Los dedos de Chariot, que le cubrían parcialmente la cara, se separaron un ápice. A través de la rendija resultante, le echó un fugaz vistazo al torso de Yuri antes de apartar la vista a toda velocidad y urgirle con impunidad:

“Vístete de una vez”.

“Me temo que eso va a estar complicado. A diferencia de ti, no he traído nada de repuesto, así que tendré que comprar algo de ropa por el camino”.

Aunque le daba repeluzno volver a enfundarse las prendas que llevaba puestas todo el día, se acordó de aquellas épocas en las que se arrastraba por el fango sin importarle las horas ni los cambios, y pensó que se estaba volviendo demasiado quisquilloso. Burlándose mentalmente de su propia exigencia, amagó con ponerse la camiseta, pero Chariot intervino:

“Entonces... ponte una de las mías”.

Chariot volvió a abrir una rendija entre sus dedos. Al fijar la vista en los ojos verdes que asomaban por el hueco, este los juntó al instante de nuevo. Si iba a dedicarse a espiarle de esa forma cada dos por tres, casi le salía más a cuenta mirar de frente; no lograba comprender por qué se empeñaba en seguir tapándose.

“La talla te irá bien. Te quedará un poco ancha, pero te la puedo prestar sin problema”.

Yuri se lo pensó unos segundos. Si la propuesta hubiera venido de parte de T-Mac o Alexei, la habría aceptado sin pensarlo, pero por algún motivo, ponerse las prendas de un tipo como Chariot le parecía una línea que no debía cruzar. Era evidente que su ropa costaría una pasta o estaría confeccionada con tejidos de alta calidad, y le incomodaba la idea de que pudiera ensuciarla con el trajín del día.

Al ver que Yuri guardaba silencio, Chariot bajó por fin las manos. Esforzándose ostensiblemente por no dirigir la mirada hacia el torso ajeno, empezó a inspeccionar el entorno hasta que recordó que había abandonado la maleta fuera, momento en el cual se apresuró a abrir la puerta. En lugar de arrastrar el equipaje hacia el interior, se limitó a abrirlo desde el umbral para sacar la ropa.

Con un destello de escepticismo en los ojos, Yuri observó aquella excentricidad en silencio. Llevaba todo el día abriendo y cerrando puertas sin ton ni son; estaba claro que hoy tendría que darle un par de lecciones básicas sobre seguridad.

“Toma, ponte esta”.

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Chariot se le acercó blandiendo una camiseta blanca de manga corta. Al ver que se aproximaba interponiendo la prenda a modo de biombo para cortarle la visión, a Yuri se le escapó una risita ahogada. Era un exceso de celo completamente ridículo.

“Al fin y al menos compartimos rasgo, deja ya el numerito. Si a ti no te revuelve el estómago ver esto, a mí me da igual”.

Dicho esto, Yuri estiró qla mano hacia la camiseta que le tendía. Rechazar aquella muestra de buena voluntad solo serviría para enturbiar el ambiente... y admitía que, al tener una prenda limpia tan cerca, le apetecía ponérsela. Le resultaba curioso descubrir en sí mismo un ápice de codicia tan absurdo.

Cuando hizo amparo de la tela para arrebatársela, se cruzó con la mirada de Chariot, que seguía parapetado tras la camiseta. Los ojos de un verde claro que asomaban por el borde lo examinaban con fijeza, como si no hubieran apartado la vista de él ni un solo segundo. Aquellas pupilas oscuras enmarcadas por la claridad de su iris parecían querer traspasarle el alma, y Yuri apretó los dedos con fuerza sobre la tela.

En aquella mirada latía un claro destello de deseo.

Tenía el mismo cariz que la urgencia que un alfa sentía de manera instintiva al toparse con un omega. Esa agudeza al codiciar lo que se quiere poseer, el impulso salvaje de abalanzarse sobre el otro; una mezcla cruda de apetito y fascinación a través de la cual Yuri comprendió de golpe que aquel hombre lo percibía como un objeto de deseo sexual.

Las referencias a lo apuesto que era desde el primer instante, los halagos sobre su físico, los murmullos de que le gustaba y la insistencia en repetir que encajaba en su tipo ideal... Todo aquello, que hasta entonces le había entrado por un oído y salido por el otro, se le materializó de repente bajo la piel.

Atrapado en aquella atmósfera espesa y pegajosa, Yuri tiró de la camiseta por puro reflejo. Sin embargo, Chariot no se la soltó. Una tensión repentina se apoderó de sus dedos, y al sentir la resistencia en la fuerza con la que ambos tiraban en direcciones opuestas, un escalofrío le recorrió los lomos. Una sensación desasosegante le erizó la columna.

Un maldito alfa atreviéndose a mirarle de ese modo.

Cualquier otra persona en su lugar habría sentido una repulsión inmediata y un rechazo visceral cargado de instinto homicida.

Pero en lugar de eso, el cuerpo de Yuri se inundó de una tensión extraña. Todos sus nervios se dispararon y las feromonas de Chariot se volvieron insoportablemente nítidas en el ambiente. Al percatarse de ello, la sensación se tornó tan extraña que Yuri soltó la camiseta de golpe. Chariot hizo lo propio al mismo instante.

Tup, la prenda cayó al suelo con un leve roce sordo. Al desvanecerse la fina barrera de algodón que los separaba, el torso desnudo de Yuri quedó por completo a la vista de Chariot. Su piel estaba surcada por una maraña de cicatrices de todo tipo, destacando las marcas blanquecinas que cubrían especialmente la parte superior del cuerpo.

Aquellos restos de traumas acumulados durante años no tenían nada de estéticos. Había zonas donde la carne nueva había cerrado de forma desigual, dejando parches pálidos que semejaban retazos de piel cosidos a la fuerza. Como su tez era extremadamente clara, a cierta distancia podían pasar desapercibidas, pero teniéndolo enfrente resultaba imposible ignorarlas.

Eran la prueba irrefutable de que su existencia no había sido más que una sucesión de prórrogas arrancadas a la fuerza.

Exponer de aquel modo los vestigios de una vida que jamás le había mostrado a nadie ajeno a su mundo activó un profundo sentimiento de vulnerabilidad. Y, sin embargo, de manera incomprensible, también experimentó una extraña y desconcertante liberación. A fin de cuentas, Chariot ya intuía de sobra qué clase de alimaña era, por lo que aquel espectáculo no iba a depararle ninguna decepción nueva.

“...Se ha ensuciado. Te daré otra”.

Mientras Yuri asumía con total pasividad el asco que el otro pudiera llegar a sentir, Chariot rompió el silencio. Su voz, habitualmente de un registro grave y bien modulado, sonaba ahora inusualmente apagada, muy lejos del tono ligeramente elevado de hacía un momento. Aquel matiz ronco e íntimo hizo que Yuri parpadeara desconcertado, reviviendo la intensidad de la mirada que le había lanzado segundos antes.

“No, me pondré esta”.

“Que no. Te busco otra limpia”.

Para cortar de raíz aquel intercambio innecesario, Yuri se inclinó hacia adelante. Al incorporarse tras recoger la prenda, notó que el campo visual de Chariot se había posado directamente sobre su espalda arqueada. Las marcas que asemejaban quemaduras habían sido producidas en su día por el contacto directo con un metal candente, y las líneas en forma de cruz sobre los omóplatos delataban los cortes profundos propinados por un machete. Eran los recuerdos que Ígor y e Iván se habían encargado de tallar en su piel como tributo a las absurdas creencias de sus progenitores.

La sangre pareció enfriársele en las manos de golpe. Ni siquiera Alexei había visto jamás su espalda. Desde el día en que perdió a su madre y su piel quedó marcada de aquel modo, Yuri se había negado a exhibir su cuerpo desnudo ante nadie. Como los recuerdos asociados a aquellas cicatrices se le atragantaban en la garganta como una bola de estopa, hacía muchísimo tiempo que evitaba contemplarlas incluso a solas en el espejo.

Pero Yuri apretó los dientes. Una oleada de sangre caliente le golpeó las sienes con tanta fuerza que los capilares de sus ojos amenazaban con estallar; afortunadamente, no era lo bastante imbécil como para dejarse arrastrar por el pasado y mostrar sus emociones ante un extraño. Cuanto más se dejaba dominar por la agitación, mayor debilidad demostraba. Apretó la mandíbula hasta que le dolió y se irguió con parsimonia, preparado para encontrarse con la expresión de espanto que supondría reflejada en el rostro de Chariot.

“Vamos a hacer la compra, entonces”.

En cuanto enderezó la postura por completo, descubrió que la cara de Chariot no reflejaba lo que él había imaginado. Su semblante denotaba una honda turbación, como si acabara de presenciar algo trágico e imperdonable. Y, sin embargo, en los labios con los que le proponía salir a comprar se dibujaba una suave sonrisa cargada de una extraña calma.

Durante unos instantes, Yuri se quedó sin saber qué decir. A diferencia de la absoluta imperturbabilidad que mostraba Chariot, presintiendo que era él quien iba a terminar torciendo el gesto, cerró la boca con fuerza para borrar cualquier atisbo de debilidad. Aquella mezcla de compasión y algo más profundo que no lograba catalogar era un matiz que jamás había visto en nadie.

“De acuerdo”.

“Son las dos de la tarde, así que más nos vale darnos prisa si queremos pillar ropa y provisiones. Por estos lares a las cuatro en punto bajan las persianas de todo”.

“...Entendido”.

Lejos de apartarse, Chariot se mantuvo firme allí de pie, repasando las tareas pendientes mientras lo miraba desde su altura. Yuri se limitó a asentir en silencio, incapaz de articular palabra. Sentía la garganta reseca y áspera, probablemente a causa de la sequedad del ambiente en el interior de la cabaña.

“Arranco el coche y lo dejo listo. Tómate tu tiempo para cambiarte y sal cuando quieras”.

Tras dedicarle una última sonrisa, Chariot lo dejó a solas. Solo cuando le oyó cerrar el equipaje que había dejado en la entrada y arrojarlo con cuidado hacia el interior para darle su espacio, Yuri permitió que la tensión abandonara por fin sus músculos.

Exhaló un suspiro contenido. Miró con desconcierto la camiseta ajena que sostenía entre las manos, y como su mente se negaba a procesar el cúmulo de sensaciones que lo abrumaban, apretó los ojos con fuerza.

Creí que saldría huyendo.

Había ocurrido más o menos un año después de que las heridas de aquel castigo terminaran de cicatrizar. Era verano, y hacía un calor inusual que superaba los ochenta y cinco grados, algo poco propio de Sarátov. Al regresar de un encargo, llevaba la ropa manchada de sangre. Abrumado por el pestazo denso que inundaba el habitáculo, Yuri había decidido detener el coche junto a la orilla de un pequeño río de camino a la base. Tras quitarse la camisa y enjuagarla un par de veces en el agua, la sangre fue diluyéndose con la corriente.

Aunque las manchas en la tela y en su piel se fueron desvaneciendo poco a poco hasta desaparecer, el olor a hierro oxidado parecía haberse incrustado de forma permanente en su olfato. Mientras sopesaba la urgencia de retomar la marcha, oyó unos pasos amortiguados resonando muy cerca. Al parecer, unos chavales del pueblo vecino habían bajado a darse un chapuzón.

Al detenerse y girar el rostro, las caras con las que se cruzó eran todas increíblemente juveniles. Echando la vista atrás, debían de tener una edad similar a la de Yuri cuando acababa de cumplir los veinte años, aunque en aquel entonces a él le pareció que los chicos que habían aparecido junto al río eran mucho más jóvenes que él. Probablemente se debiera a que ninguno de ellos parecía arrastrar la menor sombra de preocupación o inquietud en el semblante. Aunque, bien mirado, ¿quién en este mundo carece de dificultades?

Al divisar a Yuri, los muchachos se le habían acercado al principio con expresión risueña, pero al poco tiempo una de las chicas se detuvo en seco. La alegría inicial por encontrarse con alguien de su misma quinta se desvaneció de golpe, dejando paso a una palidez de terror en el rostro de la joven. El miedo se contagió al instante, y los demás se detuvieron de inmediato antes de alcanzarlo. Todas las miradas convergieron unánimemente en la espalda de Yuri.

Mientras él permanecía allí plantado, contemplándolos en silencio, los jóvenes dieron media vuelta y huyeron. Con el torso al descubierto a causa del calor, las espaldas de aquellos chicos —a diferencia de la de Yuri— lucían lisas, impecables y sin una sola cicatriz. La luz del sol se reflejaba sobre su piel humedecida por el agua, brillando como destellos en la superficie de un lago.

Yuri se quedó inmóvil, contemplando aquella espalda inmaculada hasta que los chicos desaparecieron por completo de su vista. Pasó tanto tiempo allí de pie que el sol abrasador terminó mareándote.

El olor a sangre seguía flotando densamente en el ambiente, y Yuri caminó en silencio hacia el vehículo que había dejado aparcado, poniendo rumbo de nuevo hacia la ciudad a la que pertenecía.

* * *

Como conocía bien la zona, Chariot condujo hasta el destino sin necesidad de mirar el navegador. Con una alegre tarareo en los labios, apoyó el brazo izquierdo en el marco de la ventanilla abierta mientras manejaba, adoptando una postura relajada que encajaba a la perfección con el paisaje que se extendía a su izquierda.

“Por estos lares no hay servicios de entrega a domicilio como DoorDash o Skip, así que toca cocinar. Además, a la hora de cenar cierra todo, por lo que hasta los tragos hay que comprarlos antes para tomarlos en casa. Todo está muy bien, pero esas pequeñas cosas a veces se echan en falta”.

Al ver que Yuri no abría la boca, Chariot siguió hablando por su cuenta. Por primera vez, pensó que al menos era una suerte que fuera tan parlanchín. Ver su propio cuerpo marcado por las cicatrices le había revuelto las entrañas más de lo previsto, dejándole el ánimo bastante tocado.

“Oye, Wolfie, ¿tienes idea de cocinar?”.

Chariot le soltó la pregunta de la nada, acompañada de aquel apodo cariñoso. Ante el apelativo, Yuri frunció ligeramente el ceño, aunque no estaba de humor para andar corrigiéndole las formas.

“Lo básico”.

“Mjum... Como el listón de cada cual es distinto, con eso no me hago a la idea. Nómbrame algún plato que sepas preparar”.

“Sándwiches”.

Tras su escueta respuesta, se hizo un breve silencio.

“¿Aparte de eso?”.

Inquirió de nuevo al cabo de un instante.

“Con saber calentar comida precocinada debería bastar, ¿no?”.

Por lo general, lo suyo se limitaba a comprar platos preparados, hacerse un emparedado con jamón y lechuga, o tirar de crema de cacahuete con mermelada. Su padre no tenía la menor maña para los fogones, así que cuando comían juntos solían pedir comida fuera, y solo probaba platos rusos de vez en cuando si Alexei le traía algo que Valeri había preparado, como si se tratara de una limosna.

Aunque, bien pensado, había una sola cosa más que sabía hacer. Todavía recordaba a la perfección la receta del pastel Medovik que solía preparar con su madre, a pesar de los años transcurridos, de modo que si se lo proponía, podría hacerlo. Sin embargo, los postres requerían horas de elaboración, y el Medovik en concreto era tan sumamente delicado que estaba lejos de ser un plato rápido.

“Vaya, al final me va a tocar pringar a mí con los menús. Esto es un problema serio”.

“¿Un sándwich te parece poco?”.

“¡A eso le faltan nutrientes por todas partes!”.

“¿Acaso no es suficiente con que lleve carbohidratos, proteínas y fibra?”.

Chariot soltó una risita despectiva. En fin, comer era lo de menos para Yuri, así que decidió dejarle el asunto culinario a su compañero para que hiciera lo que le viniera en gana. En esas estaban cuando llegaron al núcleo comercial que agrupaba el supermercado y la licorería. Como quedaba a unos veinte minutos en coche de la cabaña, el trayecto había sido algo largo.

“Bueno, ya hemos llegado. Bajemos”.

“Espera”.

Yuri lo retuvo justo cuando Chariot se disponía a saltar del coche nada más detenerse. Al tirar con firmeza del cinturón de seguridad, el joven se inclinó hacia atrás con un respingo. Viéndolo volcado a medias sobre el asiento y mirándolo al revés, Yuri arrugó el entrecejo. Le exasperaba la absoluta despreocupación con la que parpadeaba, luciendo unas pestañas largas y un aire de total inocencia.

“La gorra y la mascarilla”.

“Ah, es verdad”.

Abriendo los ojos de par en par como si acabara de recordarlo, Chariot lo examinó con fijeza desde su postura incómoda y soltó:

“A ti tampoco te vendría mal ponerte unas gafas de sol para disimular los hematomas de la cara”.

“No tengo de eso”.

“Yo sí llevo, te las presto”.

Sin darle tiempo a replicar, Chariot se estiró de inmediato hacia la guantera. Con gesto receloso, Yuri lo vio rebuscar hasta extraer un estuche de gafas de sol. Que él recordara, aquello jamás había estado guardado allí.

“¿Y esto?”.

“Las compré para cuando conduzco”.

“¿Y se puede saber por qué demonios guardas eso en mi coche...?”.

Sintiendo una punzada de fastidio ante aquella invasión descarada de su espacio personal, Yuri frunció el ceño, pero Chariot le cortó las réplicas encasquillándole las gafas de sol directamente sobre la nariz.

“Te quedan de lujo. Está claro que con unos buenos ojos cualquier cosa pega”.

Dicho esto, Chariot se colocó la mascarilla que llevaba a mano y se encasquetó una gorra de béisbol, dejando escapar un par de mechones rubios con reflejos cobrizos por la nuca. A simple vista era improbable que alguien lo reconociera, pero como su mente ya asociaba el rojo de ese cabello a la inconfundible estampa de Chariot, no pudo evitar la duda.

Supongo que bastará con que vaya pegado a su espalda.

A juzgar por el tamaño de sus rostros, las gafas de Chariot le acoplaban a la perfección. Aunque le irritaba que se las hubiera impuesto a la fuerza, tenía razón en cuanto a la precaución, así que ambos salieron del vehículo. Tan pronto pisaron el exterior, un rebosante Chariot se pegó a su costado con ganas de apresurarse. Aquella actitud tan alegre, como si las aterradoras cicatrices que le había visto hacía un momento no hubieran significado nada, dejó a Yuri sin palabras.

Seguía sintiéndose igual de desconcertado.

A diferencia de su habitual pragmatismo —el de tomar decisiones rápidas y actuar sin vacilar—, su mente era un hervidero de pensamientos inconexos que le impedían dar el siguiente paso con soltura. Al notar que se retrasaba, Chariot le agarró de la muñeca sin previo aviso. Ante el contacto repentino, Yuri le lanzó una mirada afilada, aunque los cristales oscuros de las gafas impedían ver sus ojos.

“Vamos, date prisa, que tenemos mucho que hacer”.

“Ya voy, pero suéltame la muñeca”.

“Si estabas ahí plantado sin moverte”.

Sin darle margen para rechazar el trato, Chariot tiró de él y echó a correr como un crío, aferrándose a su brazo con fuerza. Yuri intentó zafarse, pero el agarre era férreo. En apenas unos pasos alcanzaron la entrada del supermercado, donde Chariot arrastró un carrito junto a las puertas automáticas antes de volverse hacia él con una sonrisa:

“Se me olvidaba comentarte una cosa”.

“¿Viene a ser una disculpa por tu pésima manía de andar manoseando a la gente sin permiso?”.

“Qué va. Ya te dije que me gusta el contacto físico, de eso no pienso disculparme”.

Apoyando el torso alargado contra el manillar del carrito, Chariot se inclinó hacia adelante y lo miró desde abajo con picardía:

“Oye, ¿cómo es que tienes la piel tan pálida?”.

Lanzando una risita cómplice, empujó el carrito con la actitud desenfadada propia de un adolescente y remató con un último comentario:

“Mira que mi ideal de chico desde pequeño siempre fueron los lobos blancos, y vas tú y encajas a la perfección”.

Las puertas automáticas del supermercado se cerraron de golpe frente a los ojos de Yuri. Todo lo que hasta ese segundo le había estado crispando los nervios —desde la excesiva confianza en el trato hasta el detalle de haber metido las gafas en su coche sin permiso— se esfumó con el zafarrancho del cierre, dejando que en su cabeza solo resonara una única palabra pronunciada por el joven.

Ideal.

No era la primera vez que escuchaba algo así. Durante las épocas de celo, los omegas con los que se cruzaba de manera casual solían arrimársele diciendo babosadas sobre que su prototipo de hombre eran los malotes, y alguno que otro con el que había repetido encuentro le había soltado que le ponían los tíos guapos mientras le interrogaba sobre sus gustos.

Como a lo largo de su vida había habido gente interesada en él a la que jamás le había prestado la menor atención, Yuri siempre había dado por hecho que carecía de un concepto claro de lo que significaba un ideal. Al fin y al cabo, fantasear con una pareja perfecta no era más que otra ilusión tan efímera como el paraíso, algo que terminaba evaporándose en cuanto uno rozaba la cruda realidad de la naturaleza humana.

¿Pero un lobo blanco?

Aquella voz cargada de risa, atreviéndose a etiquetar de ese modo a alguien que distaba mucho de ser una persona corriente, seguía repitiéndosele en los adentros. Con esa ocurrencia, Chariot había zanjado el incómodo episodio que acababan de vivir. No haber hecho mención alguna a las cicatrices, aun sabiendo perfectamente que las había visto, le provocaba una sensación sumamente extraña.

Habrá pensado que soy un monstruo.

O tal vez aquello solo le había servido para confirmar con sus propios ojos lo que ya presuponía.

Acordándose de los ojos de Chariot —los de alguien que aborrecía a los criminales y al mismo tiempo les temía—, Yuri se preguntó qué diablos pretendía con semejante comentario. ¿Estaba intentando ser educado? No, aquello no encajaba con la educación formal. Si hubiera empleado ese tono almibarado al principio, cuando no hacía más que hablarle de usted con sumisión, lo habría tomado por simple adulación barata.

¿De verdad no le da asco?

Yuri seguía dándole vueltas al asunto. Ver una reacción tan poco convencional le había dejado la cabeza colgada, haciendo que no pudiera apartar la atención de los movimientos de Chariot. Cuando los omegas de Sarátov que sabían perfectamente que él era de la mafia le veían el cuerpo desnudo por primera vez, solían poner cara de espanto.

Aunque, como eran avispados, se guardaban las palabras, no faltaba algún que otro listillo que, armado de valor, estiraba la mano para tocarle la espalda antes de retirar los dedos con el susto metido en el cuerpo. Alguna que otra vez, atrapado en la resaca melancólica tras un encuentro, alguien se le había quedado mirando medio embobado para soltarle «así que los rumores sobre tu vida trepidante eran ciertos».

Yuri sostenía metafóricamente todas aquellas reacciones que Chariot iba dejando a su paso, sin saber muy qué hacer con ellas, plantado en el mismo sitio. Descartarlo como una tontería y tirarlo a la basura sin más era imposible, porque las palabras que le había soltado se antojaban tan frescas y jugosas como una fruta recién cortada.

Mientras él se había quedado petrificado, Chariot —que había empujado el carrito hacia el interior del supermercado— regresó sobre sus pasos. Acercándose al ventanal justo al lado de donde Yuri aguardaba, golpeó el cristal un par de veces con los nudillos. Al percibir el ruido a su lado, dirigió la mirada hacia dentro y vio a Chariot. Apoyando los brazos contra el carro, lo miraba desde allí con una expresión casi infantil; bajándose la mascarilla un segundo, formó unas palabras con los labios:

“Ven rápido”.

Eso fue lo que pareció leer.

“Estás esperando”.

Aunque a saber si acertaba.

“Wolfie”.

Tras observar cómo los labios del joven articulaban aquel susurro, Yuri se adentró lentamente en el supermercado. Las puertas automáticas se abrieron con suavidad, como si lo hubieran estado aguardando.

“¿Te has quedado de piedra porque mi coqueteo te ha gustado tanto?”.

Esperándolo en la entrada, Chariot se subió la mascarilla en cuanto lo vio y le dirigió una sonrisa con los ojos semicerrados. Ante semejante desfachatez bromista, a Yuri se le escapó una risita por lo bajo. Más que ganas de reventarle la cara, lo que sentía era perplejidad pura.

“Cuando tengas confianza, no exageres”.

Por si acaso, le soltó una advertencia; de lo contrario, aquel idiota era capaz de subirle a la chepa. Chariot frunció los labios e hizo dar media vuelta al carrito con un giro fluido y ruidoso.

“Cualquier otra persona se habría sonrojado y se habría pegado a mi lado”.

“Tienes tanta labia que arruinarías incluso lo que sale bien”.

“Como ya he dicho antes, con los de fuera es diferente, ¿sabes?”.

Entre aquella cháchara vacua, los dos empezaron a recorrer los pasillos. Chariot redujo la marcha nada más llegar a la sección de frutas y verduras situada a la extrema izquierda de la entrada. Contrariamente a la pinta de tiquismiquis malcriado que se traía, se puso a examinar y meter en el carro aguacates y tomates con una minuciosidad pasmosa. Acabaron acumulando coles de Bruselas, cilantro y broccolini, ingredientes que Yuri jamás se habría planteado mirar en su vida.

“¿Vas a comer esto?”.

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“Te enseñaré que hay otra comida además de los sándwiches, Wolfie”.

Parecía seguir dándole vueltas al tema del sándwich de antes. Como Yuri consideraba que su dieta no tenía el menor fallo, sintió un ramalazo de contrariedad y, estirando la mano, cogió una lechuga romana larga para arrojarla al carro. Luego le soltó en voz baja a Chariot:

“Cierra la boca”.

“Oh, ¿te has avergonzado porque te he tomado el pelo?”.

“No, te he dicho que te calles porque haces ruido”.

“Cuando hacemos la compra, necesitamos discutir seriamente”.

Haciendo caso omiso a la orden de callarse, Chariot continuó parmodéandose:

“Esto no, la variedad iceberg es más crujiente y está más rica. Como también sirve para ensaladas, compremos esa”.

“Hacer tanto escándalo por una sola verdura...”.

Iba a decirle que parara, pero la lechuga que Yuri había cogido al azar volvió a su sitio y su lugar fue ocupado por una lechuga redonda y verde claro.

“¿Hay algo más que quieras comer? Viendo cómo has elegido la lechuga hace un momento, me temo que vas a necesitar mi ayuda. Si hay algo que quieras hacer, te elegiré los ingredientes”.

“No hay”.

Yuri contestó con desinterés, y Chariot, mirando a su alrededor con aire de decepción, finalmente movió el carro hacia otra sección.

A juzgar por si era necesario tanta comida para pasar apenas diez días, Chariot acumuló muchas cosas. Cereales Reese’s Puffs con sabor a crema de cacahuete, granola, leche, huevos, beicon, lomo de ternera, galletas saladas, pan de molde, bagels, refrescos y agua, entre otros.

Viendo cómo, además de todo eso, cogía un limpiador y un trapo diciendo que tenía que limpiar el polvo, Yuri, sintiéndose secretamente harto, abrió la boca al verle detenerse en el pasillo de los snacks en lugar de ir a la caja:

“No pensarás meter algo más aquí, ¿verdad?”.

“Las gominolas y el chocolate son pequeños, así que lo harás bien, ¿a que sí?”.

Sosteniendo una bolsa de patatas fritas con sabor a kétchup, Chariot se la mostró preguntando. Yuri arrugó el entrecejo al mirar las patatas fritas rojas.

“¿De verdad comes esa porquería? ¿No es eso lo que comen los que acaban de llegar a Canadá?”.

“Esto está buenísimo. Con comer solo tres al día es perfecto”.

A continuación, Chariot cogió dos bolsitas pequeñas de ositos de gominola de las que había estado comiendo en el coche, una de gusanos de gelatina y palomitas de caramelo. Tras unos treinta minutos de agotar sus fuerzas mentales, Yuri cerró la boca y decidió no prestar más atención.

“¿Cuánto dinero en efectivo tienes? A simple vista, parece similar al costo de tu habitación de hotel”.

“No has hecho mucha compra, ¿verdad, Wolfie? A menos que vayas a Whole Foods o Costco, no sale por tanto”.

Yuri puso cara de escepticismo, y Chariot, empujando por fin el carro hacia la caja, se mostró seguro:

“Yo creo que pasa un poco de los 200 dólares”.

Para los estándares de Yuri, que jamás se había gastado más de 50 dólares haciendo la compra, lo que había en el carro parecía superar con creces los 500 dólares.

“Bueno, me da que saldrá más”.

“Si acierto, ¿tendrás que concederme un deseo?”.

Yuri endureció el ceño.

“¿Por qué tendría que hacer eso?”.

“Hemos hecho una apuesta”.

“Yo no he aceptado”.

Chariot puso una sonrisa en los ojos sin decir nada. Aunque no se veía bien debido a la mascarilla, seguro que sus labios se curvaban tanto que se le marcaban los hoyuelos. En poco tiempo, Yuri había llegado a imaginarse cómo sonreía Chariot incluso en su mente. Supongo que se debía a que lo había visto sonreír todo el día sin parar.

Como la imagen de Chariot con gorra y mascarilla y la de Yuri con gafas de sol resultaban un tanto sospechosas para tratar con el cajero, se dirigieron a la sección de autopago. La ingente compra de Chariot requirió seis bolsas de papel grueso, y el precio fue...

$223 dólares.

Yuri lo contempló con una expresión de incomprensión. A su lado, Chariot soltó una risita ahogada, le tendió 300 dólares a Yuri y le pidió un favor:

“Ahora que lo Pienso, olvidé comprar los inhibidores. Lo siento, ¿podrías pagar primero y esperarme en la entrada?”.

“¿Quieres moverte solo?”.

“No había nadie sospechoso cuando andábamos juntos antes”.

Yuri aceptó el dinero de entrada. Aunque era verdad, no había ninguna razón particular para separarse.

“Esperaré aquí”.

“Wolfie, es la primera vez en mi vida que compro inhibidores”.

“¿Y eso qué?”.

“No quiero mostrar... una imagen en la que mi orgullo de alfa quede por los suelos delante de ti”.

Menuda tontería.

Ignorando semejante memez que no merecía respuesta, Yuri comenzó a pagar en silencio. Chariot se despidió con un agradecimiento y se dirigió a la farmacia situada al otro extremo del supermercado, junto a la salida. Cerca de la sección de medicamentos sin receta había un farmacéutico permanente; tras observar un momento cómo Chariot se acercaba a preguntarle algo, Yuri salió del supermercado.

Chariot salió diez minutos después. Guardándose para sí el comentario de que tardar tanto solo para comprar un inhibidor era exagerado, Yuri se incorporó de donde estaba apoyado contra el cristal. Chariot, que se acercó balanceando una pequeña bolsa de papel blanco en la mano, le tendió la mano.

Temiendo que fuera a agarrarle la muñeca de nuevo, Yuri retrocedió con el ceño fruncido, a lo que Chariot dijo:

“Dividamos las bolsas”.

“...No hace falta”.

Como ya las llevaba él, no tenía intención de pasarlas por fastidio, pero Chariot se acercó a grandes zancadas y se pegó a su lado. Pasadas las tres de la tarde, la posición del sol había cambiado, y su sombra se proyectaba sobre Yuri.

“Te has lastimado el brazo izquierdo”.

Ante aquella salida tan abrupta, Yuri arrugó los ojos bajo las gafas de sol. Mientras pensaba a qué demonios se refería, le vino a la cabeza la parte superior del brazo por donde le había rozado la bala. Como el dolor que había sentido justo después de recibir el disparo, mientras conducía, ya se había embotado con el paso del tiempo, no le había prestado atención. Supuso que, al tratarse de una sensación familiar, la había dejado atrás sin más.

“¿Cómo es que...?”

Yuri se calló a mitad de la pregunta. Al fin y al cabo, un momento antes le había enseñado el torso de par en par, así que era lógico que lo hubiera visto herido.

“¿Por qué demonios estabas ocultando algo así? Visto lo curada que está la costra, debió de sangrarte un montón”.

Chariot le susurró aquello mirándote en silencio desde arriba. Aquellos ojos verdes, despojados de la sonrisa jugosa que solía llevar, lo observaban con total seriedad. Al sentir una leve sensación de regañina, Yuri alzó la vista por encima de las gafas.

“No es asunto tuyo”.

Hacía tanto tiempo que nadie le decía nada sobre sus heridas que una incómoda sensación afloró en su interior. Como lo único que había hecho antes era abochornarse al verle el cuerpo, ni se le había pasado por la cabeza que se hubiera fijado en el corte, pero ahora veía que lo sabía perfectamente y había estado disimulando. Habituado a pensar que el otro expresaba sus emociones sin filtro, descubrió que se le daba sorpresivamente bien ocultar las cosas.

“Como te hiciste esto por mí culpa, es algo que sí me concierne”.

Tras replicar con firmeza, Chariot le quitó las bolsas que Yuri sostenía con el brazo izquierdo. Como sintió que lo trataban como a un pelele y no quería dárselas, encogió los dedos, pero Chariot cubrió su mano con la suya, que era mucho mayor.

Sobre el dorso frío de su mano se percibió el tacto de la firme palma de Chariot. Siguiendo aquella presión suave que abarcaba su mano, una temperatura abrasadora se solapó con la suya, y un calor que se filtró bajo la piel se propagó a través de las venas. En ese instante surgió una sensación extraña. Su corazón se contrajo de forma desagradable y luego se relajó, acelerando brevemente sus latidos.

Hacía un calor espantoso.

“Si no me las das, no te soltaré”.

El murmullo que le sopló junto a la oreja le hizo cosquillas. Sin poder evitarlo, Yuri arrugó los ojos y los cerró. La voz sonaba demasiado cerca.

“Voy a quedarme así sin importarme que nos vea todo el mundo”.

Chariot agachó la cabeza y le susurró a una distancia todavía más corta. ¿Cómo narices se suponía que debía contestar a esta imbecilidad de amenaza? ¿Tenía que enseñarle de una vez que, por mucho que le tuviera miedo y se le acercara con tanta osadía, si bajaba la guardia podía acabar muerto? En circunstancias normales, su método habría sido golpearle un punto vital y advertirle que se apartara, pero se había propuesto tratar a aquel infeliz de cliente sin meterle miedo.

Al final, Yuri aflojó la fuerza con la que agarraba las bolsas. Al notar el movimiento, Chariot —que seguía envolviendo el dorso de su mano— rodeó con cuidado los dedos de Yuri. A diferencia del fuerte apretón con el que lo había inmovilizado antes, el roce de sus dedos fue increíblemente cosquilleante.

“Las otras bolsas también las llevo yo”.

Le susurró Chariot, como si lo hubiera hecho muy bien. Al notar un ligero matiz de risa en su voz antes tan seria, pareció que su estado de ánimo había mejorado un poco. Consciente de que su corazón seguía latiendo de aquella forma tan desagradable, Yuri exhaló el aire con lentitud. Estaba mareado, quizás por el sofoco repentino.

“Déjalo”.

Aunque se encontraba bajo la sombra de Chariot, Yuri no pudo soportar el calor y se apartó de él. En cuanto le entregó las bolsas y retrocedió unos pasos, por fin sintió que volvía a respirar. Quizá fuera porque el calor que irradiaba Chariot era demasiado agobiante, pero al soplar la brisa se sintió bastante más fresco. Con la mano izquierda, que ahora tenía libre, Yuri se acomodó las gafas de sol. Como para poner distancia con Chariot.

No vuelvas a tratarme de esa manera.

Esas palabras le llegaron a la punta de la lengua, pero Yuri se guardó de decirlas en voz alta. Le parecía que estaba exagerando demasiado ante una acción que quizá no tuviera ninguna importancia para Chariot, y sobre todo, temía que al pronunciarlas fuera el primero en admitir que se había percatado de lo ocurrido.

¿Se comporta así con todo el mundo con el que tiene confianza?

Yuri ya no lograba comprender a Chariot. Aunque de por sí nunca lo había entendido, lo de hacía un rato lo remataba del todo. Había admitido que le gustaba el contacto físico y que solía toquetear a sus allegados, pero la caricia en el dorso de la mano no era algo que uno le hiciera ni a sus mejores amigos. Desdeluego, en el mundo de Yuri, jamás.

Si alguien con quien te ves a menudo se comportara así todos los días, entonces...

¿No te estarás haciendo ilusiones?

Una pregunta indeseada se coló, no en la cabeza de Yuri, sino directamente en lo más hondo de su corazón.

Con razón solo se apaña con parejas ocasionales.

Siguiendo al interrogante que lo había asaltado de repente, brotó una respuesta. Chariot había tenido la desfachatez de soltarle a un completo desconocido el dato innecesario de que prefería tener parejas estables de un rato y que no solía salir formalmente con nadie. Como estaba harto de ver a hombres blancos adinerados comportarse con esa ligereza porque no querían echar raíces, a Yuri le había dado igual, pero ahora caía en la cuenta de que el propio comportamiento de Chariot era parte del problema.

Si uno anda tonteando de esta manera con la gente aun teniendo pareja, es obvio que se van a armar líos.

Yuri arrugó los ojos con un deje de desprecio. Luego, como si quisiera borrar de su piel el tacto que Chariot le había dejado, frotó ásperamente el dorso de su mano izquierda contra el pantalón y se quedó observando la ancha espalda de Chariot, que caminaba hacia el coche balanceando las bolsas. A juzgar por el hecho de que cada vez que lo veía llevaba algo colgando, parecía tener la manía crónica de agitar cualquier cosa que tuviera en las manos.

Tiene malas mañas con las manos.

Añadió un nuevo juicio a la lista sobre Chariot. Por mucho que él mismo hubiera llevado siempre esa vida y siguiera sin intención de comprometerse con nadie, tenía claro que, en las relaciones serias que conocía, lo normal era no dar ningún tipo de margen a terceras personas. Como los sentimientos humanos no se pueden ver, es muy fácil acabar maltratándolos sin querer, pero según cómo se traten, podían obrar milagros o quemarlo todo como un fuego terrible.

Bueno... con el lío en el que está metido, supongo que él también habrá aprendido la lección.

Yuri recordó de pronto que Chariot estaba enredado en un culebrón de crímenes pasionales, y tomó conciencia de que sus planes de llamar a Alexei en cuanto llegaran se habían torcido por su culpa.

“Wolfie, tenemos un montón de cosas que hacer. Aún tenemos que ir a comprarte ropa”.

Chariot ya había llegado al coche y se había sentado en el borde del maletero. Tras echar un vistazo a las bolsas de la compra ordenadas con pulcritud, Yuri recordó la bolsa que había escondido justo debajo de ellas, en el suelo. Una pistola. Una caja de cargadores. El cuchillo militar metido en el bolsillo de su abrigo.

Chariot estaba sentado encima de las mismas cosas que Yuri Kiselyov solía llevar consigo desde siempre. Sin tener la menor idea de lo que había debajo.

Aquel rastro que le recordaba su propia realidad, de la que casi se había olvidado por un momento, devolvió a su interior una serena tranquilidad, como si le hubieran echado agua fría a su mente revuelta por tantas situaciones cotidianas y corrientes.

Tenía que dejar de dejarse arrastrar. Seguirle la corriente y dejarse manipular eran dos cosas muy distintas. Aunque le dejara pasar las bromas o los toqueteos, no hacía falta que lo hiciera absolutamente todo junto a Chariot. Su único trabajo consistía en protegerlo san y salvo durante diez días.

“Parece que ya hemos comprado todo lo que necesitas, así que quédate en el coche. Lo demás iré a buscarlo yo solo”.

Los bonitos ojos verdes se abrieron de par en par, mostrando un claro tinte de decepción.

“Yo también quiero ir. Tienes el brazo izquierdo lastimado, así que se supone que tengo que cargarlas yo”.

“No voy a comprar tanta ropa como para necesitar las dos manos, así que quédate aquí”.

“Pero me voy a aburrir en el coche”.

Chariot, que estaba sentado en el maletero abierto, se puso en pie y se acercó a Yuri. Su sombra volvió a proyectarse sobre él al inclinar el torso para mirarle a los ojos. Las pestañas doradas con un matiz rojizo parpadeaban siguiendo la suave curva de sus párpados caídos.

“Vamos juntos, ¿sí?”.

Con aquel tonillo alargado y aniñado, Chariot parecía estar pidiéndolo con mimos. El dorso de su mano izquierda le dio un picor repentino, y sintió una opresión momentánea en la boca del estómago, como si se la hubieran bloqueado con una bola de fuego. Yuri sintió una irritación incomprensible hacia aquel alfa que se comportaba de ese modo con cualquiera.

“No hemos venido a pasear”.

Dejando en nada el esfuerzo que había hecho por contenerse y tratarlo con afecto sabiendo que estaba asustado, la voz de Yuri salió gélida. Aun así, si seguía con ese tío encima, sabía que no iba a poder trabajar en condiciones.

“Entiendo que quieras sentirte en confianza conmigo y por eso actúes así porque te da la gana, pero no hace falta que nos peguemos innecesariamente, ¿o me equivoco? No olvides que no soy tu niñera”.

Ante aquella advertencia fría, Chariot parpadeó. Sus ojos verdes temblaron levemente, reflejando sus emociones con total transparencia. Al verlo, Yuri sintió una punzada de agobio. No tenía la menor idea de cómo lidiar con este individuo.

“Ya veo”.

Sus largas pestañas decayeron sin energía.

“Como me has tratado con más cariño de lo que esperaba, supongo que se me había olvidado por un momento”.

Chariot enderezó la espalda despacio y dio un paso atrás con desgana. Aquella actitud de perro regañado por su dueño dejó a Yuri un poco descolocado. Como hasta entonces había contestado y replicado con soltura por mucho que lo regañara, creía que le daba igual, pero jamás imaginó que reaccionaría así de repente.

“Tendré que ir con más cuidado”.

Tras aquel pequeño murmullo, un silencio espeso se cernió entre ambos. Aunque era la medida que tocaba tomar, en cuanto Chariot le hizo caso de verdad, Yuri se sintió todavía más incómodo que antes. Si tuviera que elegir entre la irritación que le provocaba ver a Chariot haciendo lo que le apetecía y la incomodidad de verlo ahora con la moral por los suelos y tan callado... por desgracia, prefería lo primero.

Sin embargo, debido a la sensación de alerta de que, si seguía cediendo a todo lo que Chariot quería hacer, se vendría abajo alguna regla que había construido durante toda su vida, Yuri en lugar de consolarlo fue directo al grano.

“Sería mejor que les vuelvas a transmitir tu ubicación actual y la situación a tus guardaespaldas. Mientras tanto, yo también iré a resolver mis asuntos y regresaré”.

Aprovechando esa brecha, Yuri sacó el teléfono para hablar con Alexei y se disponía a alejarse cuando la pequeña voz de Chariot resonó a su espalda.

“¿Cuánto vas a tardar?”.

Sus pasos, con los que se disponía a marchar sin vacilar, se detuvieron en seco ante su llamada. Cuando Yuri se giró en silencio, Chariot lo estaba mirando mientras se bajaba un poco la mascarilla con el dedo índice.

“Dime un tiempo, tal como hiciste en la gasolinera. Para que no me quede esperando eternamente”.

Es medio palmo más alto que él, tiene un físico similar y además posee una fuerza imponente, pero al verlo dejar de hacer el tonto y hablar de esa manera, Chariot parecía un muchacho frágil. Para Yuri, que solo sabía cómo romper y apartar a empujones las cosas que trepaban agarrándose a sus tobillos, Chariot, quien se acercaba a pedir que lo protegieran en lugar de huir, se le figuraba de una ingenuidad desesperante.

Era como ver a una bestia que, si se la dejaba sola, terminaría muriendo acribillada por los disparos de un cazador.

Ígor solía salir de caza acompañado de sus subordinados. A veces también convocaba a Yuri al bosque de Sarátov que poseía, bajo el pretexto de enseñarle a su hijo Iván cómo capturar bestias. Nadie de los que iban allí podía portar armas; únicamente los Volkov daban inicio a la cacería armados.

La cacería, que se celebraba tres veces al año a modo de ritual, servía tanto como un día consagrado puramente a cazar animales como de jornada para liquidar a algún cobarde que hubiera intentado huir o a un traidor. En el bosque de Ígor había no menos de varias decenas de osamentas enterradas sin haber podido soltar ni un solo grito. La madre de Yuri también yacía enterrada allí.

Cada vez que atendía a Ígor mientras pisaba un suelo donde en alguna parte reposaba su madre enterrada, Yuri contemplaba a un sinfín de animales que no lograban vislumbrar la muerte. Cuando el cañón de un arma apuntaba a un ser vivo que, tras sacudir las orejas con curiosidad, se confiaba y le daba la espalda, Yuri sentía el impulso irrefrenable de gritar y espantarlo para alejarlo.

Una sensación idéntica lo embargaba ahora.

Al cerrar el puño con la mano izquierda, un dolor sordo subió lentamente por su brazo lastimado. Esa punzada aguda que le perforaba los músculos le despejó la mente. Cuanto más se le acercaba Chariot sin reservas, más ganas le daban a Yuri de decirle que estaba actuando mal.

“Treinta minutos”.

Pero claro, si él mismo había dejado claro que lo detestaba.

Yuri rememoró a Chariot en el hotel, cuando lo llamaba basura y se negaba a cruzar palabra con él. También recordó lo que le había dicho: que aunque ahora le hablaba con total naturalidad, en el fondo lo hacía por miedo, y que se comportaba con tanta familiaridad solo para conseguir un respiro de tranquilidad durante el tiempo que pasaran juntos.

Por lo tanto, cada una de las acciones que Chariot le demostraba era una farsa. No era más que algo que endulzaba los sentidos como el azúcar, pues el asco arraigado hacia alguien de su ralea jamás iba a desaparecer. Al pensar que el propio Chariot se estaba comportando así para autoengañarse, la cabeza se le aclaró de golpe.

Tendría que ser eso. Como él mismo tendría que fingir que estaba bien para sentir menos miedo. Aunque con las personas de su entorno suela tratarles de ese modo, el significado al hacerlo con él tenía que ser distinto. Ahora mismo se comportaba así solo porque se había quedado sin un lugar en el que apoyarse.

Siendo así, bastaba con mantener el equilibrio. Podía aguantarle el juego, pero no hacía falta acercarse más de la cuenta. Una vez hecho eso, cada cual seguiría su propio camino.

Yuri le indicó el tiempo con una frialdad mayor que la de la gasolinera. Pasó por alto el detalle de haber calculado de sobra para que no tuviera que aguardar de más, y pasando de largo junto a Chariot, depositó el resto de las bolsas de la compra en el maletero. El fondo negro quedó completamente cubierto. Solo Yuri sabría lo que se escondía debajo.

“Quédate dentro del coche”.

Chariot jugueteó con las llaves del vehículo y presionó el botón de apertura. Tras escucharse el pitido mecánico que anunciaba la apertura de las puertas, se colocó bien la mascarilla. Al constatar que se metía en el asiento del conductor, Yuri desvió la mirada y enfiló sus pasos hacia la zona comercial. Ignoró por completo que la espalda de Chariot, captada por su campo de visión justo antes de girarse, se le figuraba inusualmente desamparada.

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* * *

Yuri había llevado una vida casi en absoluta soledad, pero al dejar atrás a Chariot y adentrarse en el centro comercial, por un instante tuvo la sensación de quedarse solo de nuevo. No sabía si se debía a que las situaciones con las que se había topado a lo largo de esos dos días eran experiencias insólitas, pero desde luego no era un buen augurio. Ignorando aquella sensación de desolación a pesar del bullicio del entorno, Yuri se apresuró a resolver sus asuntos con eficiencia.

En el arcade solo había una tienda de ropa. Para colmo, estaba enfocada a turistas adinerados, por lo que se alejaba por completo del rango de precios al que Yuri solía acudir.

Tras comprar un par de camisas negras, pantalones y ropa interior, pasó por una ferretería que estaba a punto de echar el cierre. Según Chariot, en la casa había cámaras de seguridad. Sin embargo, dado que eso no bastaba para impedir la entrada de un intruso, pensó que vendría bien fabricar algunas trampas sencillas con clavos y alambre. Quería evitar el uso de armas de fuego en la medida de lo posible. No solo por el miedo que le daba a Chariot, sino también por lo que experimentaba él mismo cuando sostenía una pistola...

En el preciso instante en que el pasado fugaz lo dejó paralizado y de pie, el teléfono vibró en su bolsillo. Sacando el aparato con un sobresaltado regreso a la realidad, vio un nombre familiar en la pantalla. Tan pronto como distinguió la «A» que designaba a Alyosha, Yuri pulsó el botón de llamada.

—¡Kiselyov!

Nada más descolgar, la voz furiosa de su compañero resonó con fuerza a través del altavoz. Ante aquel tono gélido que le arañaba los tímpanos, Yuri arqueó las cejas. Hacía mucho tiempo que Alexei no se enfadaba de verdad.

“Tranquilízate, Alyosha”.

—¿Crees que me pondría tranquilo si estuvieras en mi lugar? El teléfono está encendido, pero si ignoras mis llamadas, es lógico pensar que ha pasado algo grave, ¿no crees?

A las réplicas cargadas de sarcasmo le siguió un taco en ruso y un suspiro por parte de Alexei. Como solía ser él quien se preocupaba y montaba en cólera en situaciones así, a Yuri toda aquella escena le resultaba extraña. Reanudando su marcha, comenzó a seleccionar y recoger con cuidado las herramientas expuestas en los estanterías.

“Como no he parado de moverme, la señal no llegaba bien. Pensaba ponerme en contacto contigo en cuanto llegara, así que ahórrate las energías”.

—¿Pero es que este maldito país no es capaz de instalar cables en las autopistas? ¿En qué demonios se gastan los impuestos?

Pareciendo con ganas de seguir despotricando, Alexei se desahogó primero contra las carreteras antes de formular su siguiente pregunta con un tono más sosegado:

—¿Tienes alguna herida?

La imagen de su propia cara reflejada en el espejo, junto al costado donde el proyectil le había rozado y los hematomas recientes, cruzó por su mente, pero Yuri contestó con total impasibilidad.

“Ninguna”.

Como la regla entre ellos dictaba que no pasaba nada a menos que tuvieran un agujero en el cuerpo o algún hueso roto, Alexei jamás habría insistido con esas cosas de no ser por la situación.

—Viendo que hablas con tanta soltura, supongo que es verdad.

“Así que ya ves que no hacía falta ponerse furioso”.

—Pues no. Tendré que cobrarme el precio por haberme hecho pasar este susto.

“Si nos ponemos así, lo tuyo de antes no tiene punto de comparación con los errores del pasado”.

Aunque Alexei solía andar con pies de plomo por culpa de Valeri, hubo una época crítica en la que estuvo a punto de jugarse la vida. Al aludir veladamente a aquel momento, Alexei guardó un breve silencio antes de cambiar de tema con descaro.

—Heather me ha dicho que alguien sospechoso se dejó caer por el hotel. ¿Eran esos tíos conocidos como los Vigilantes?

Tras esbozar una ligera sonrisa con los labios, Yuri optó por seguirle el juego a Alexei.

“Por el contexto parecía que sí, pero no hay nada seguro. No llevaban tatuajes visibles y, por la forma en que se organizaban por patrullas y vigilaban ocultos, parecían más bien sicarios profesionales”.

—Mmm.

En lugar de asustarse, Alexei emitió un sonido que denotaba profunda reflexión. Dejando a su compañero sumido en sus pensamientos, Yuri compró un martillo, una pistola de clavos, clavos y alambre de varios grosores. Al tratarse de herramientas comunes, no despertaría sospechas.

—Estuve rebuscando durante todo el día y hay algo que no encaja. En lugar de intentar extorsionarnos pidiendo dinero como creíamos, se les ve demasiado atareados buscando a Goodnight.

“Está claro que no buscan cobrar ningún rescate”.

Yuri se acercó a la caja registradora mientras explicaba con calma:

“Intentaron matarlo en cuanto lo vieron”.

—¿Qué?

El tono de Alexei, que apenas había conseguido serenarse, volvió a volverse áspero y amenazante.

—¿Y me lo dices ahora?

“Te lo acabo de decir”.

De nuevo, se escucharon maldiciones en ruso al otro lado de la línea. Mientras pensaba que, de tanto convivir con civiles, a su amigo se le estaban pegando los malos hábitos de tanto insultar, la voz de Alexei sonó mucho más próxima. Daba la impresión de que había pegado el teléfono a la cara.

—¿De verdad estás seguro de que no tienes ninguna herida?

“Sí”.

—Yuri, tu vara de medir no es la misma que la de los demás, así que seguro que has visto sangre.

Las palabras de Alexei dejaron a Yuri sin palabras por un instante. Sentía una profunda disonancia al escucharle decir que su baremo era «diferente», viniendo precisamente de él. Alexei era el mismo hombre que, mientras se vendaba el costado tras el roce de una bala, se reía de Yuri por armar tanto revuelo y preocuparse por tonterías así.

Ver sangre era el pan de cada día para ellos; no tenía nada de extraño. Es más, los días en que salían ilesos los consideraban de buena suerte y lo celebraban compartiendo un cigarro. Escuchar a Alexei hablar de aquel modo le hizo sentirse repentinamente solo, a pesar de que él siempre había estado solo.

Dejando la cesta con las herramientas sobre el mostrador de la caja, Yuri se frotó la frente en silencio. Sentía la garganta como si le hubieran echado arena; las palabras se negaban a salir. Lo que pretendía decir quedó sepultado en el fondo de un esófago irritado y contraído por la opresión.

Ya veo.

Alexei ya no es una persona que pertenezca a mi mismo mundo.

Por mucho que lo supiera de antemano, por mucho que se hubiera convencido de ello, fue justo en ese momento —tres años después de cruzar la frontera desde Sarátov— cuando Yuri terminó de asimilarlo.

Alexei ahora tenía a alguien que lo amaba desesperadamente y se preocupaba por él. Ya no era de los que contemplaban la sangre con indiferencia, y conocía perfectamente los códigos de la gente corriente. Aquel vínculo que Yuri había dado por sentado, creyendo que duraría eternamente porque ambos habían nacido en el mismo lodazal y compartido la misma miseria, se había transformado en otra cosa muy distinta.

Para Alexei, él se había convertido poco menos que en un compañero de armas. Ya no eran camaradas que compartían un mismo entorno.

El dedo índice de Yuri, que se frotaba la frente contraída, descendió despacio por su mejilla hasta posarse en sus labios resecos. Tras presionar con insistencia su boca pálida y agrietada, se obligó a empujar las comisuras hacia arriba con el pulgar antes de abrir la boca:

“Estoy perfectamente”.

Para tranquilizar a Alexei, barrió cualquier atisbo de alteración de su tono. Solo tras escuchar una voz cargada de firmeza y serenidad, Alexei pareció disipar por completo sus sospechas.

—A partir de ahora, si pasa algo así, dímelo de inmediato. ¿Entendido?

“De acuerdo”.

Yuri soltó una risa seca. Luego, apartando la mano que se había quedado inmóvil, comenzó a pasar los códigos de barra uno a uno por el escáner del cajero automático. Tenía los ojos pesados y le sobrevino un cansancio repentino. Se ve que las comidas de los últimos dos días habían sido demasiado escasas.

—Oyéndote hablar, me queda claro una cosa. Los Vigilantes no buscan precisamente dinero por parte de Goodnight. Por estos lares no hay ninguna organización tan radical como para cometer un asesinato por venganza a raíz de un simple lío pasional. Al menos, no si fuera por extorsión como imaginábamos.

“Heather me comentó que en el pasado ya se encargaron de liquidar a un jugador de hockey muy famoso”.

—Eso también lo he oído. Pero aquel tipo llevaba ya mucho tiempo retirado y no tenía el valor de Goodnight; además, murió metido en disputas internas, nada que ver con los motivos por los que persiguen a Goodnight ahora.

El tono de Alexei denotaba sospecha, y Yuri tampoco podía quitarse de la cabeza los cabos sueltos que le rondaban desde el tiroteo. Para colmo, como Chariot solo se había mudado a Vancouver pero seguía teniendo nacionalidad estadounidense, resultaba poco probable que existieran motivos triviales detrás del empeño en cargarse a alguien tan célebre hasta el punto de implicar a una organización por encima de la policía.

“¿Significa eso que hay algo que Chariot nos está ocultando?”.

—Algo mucho mayor que cualquier beneficio potencial que Goodnight pueda ofrecerles. Esto se va a poner más complicado de lo que pensaba. Como este tipo de asuntos no se pueden averiguar sin infiltrarse desde dentro, creo que al final tendré que mover ficha yo mismo.

“Alyosha, no corras semejantes riesgos”.

Yuri intuyó que había llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa respecto a lo que ocurría entre Chariot y él.

—¿De qué hablas?

“Chariot no tiene la menor intención de dejarnos este trabajo hasta el final. ¿Te acuerdas? Nos dijo que el motivo por el que vino a buscarnos fue por recomendación de Heather. Que nos contrató porque somos ‘buena gente’”.

Cuando Yuri terminó de hablar, solo se escuchó la respiración de Alexei al otro lado de la línea. Para evitar que su compañero se sintiera ofendido, Yuri volvió a explicarle la situación con cuidado.

“Es verdad que hemos llevado una vida de mierda, Alyosha, pero tú jamás has hecho nada de lo que tengas que avergonzarte ante los demás. El problema soy yo. Chariot dejó caer que no quería encargarle un trabajo así a un criminal...”.

La parte posterior de sus párpados ardía con sequedad. Sus nervios se tensaron al límite, dándole la fugaz sensación de que se le iban a romper los capilares. Tras tragar saliva con dificultad, Yuri murmuró en un tono bajo:

“Yo estoy podrido, Alyosha. Yo no soy como tú”.

El silencio se prolongó antes de que Alexei replicara con aspereza.

—Tú y yo hemos vivido una vida de mierda sin tener opciones, Yuri. No había otra salida que matar o morir. ¿Por qué de repente te separas de mí? Los dos nos hemos manchado las manos de sangre y hemos contribuido a que la familia Volkov mantuviera su vida con dinero sucio. Es exactamente igual.

“No”.

Apenas escuchó a Alexei decir que era lo mismo, Yuri lo negó con una voz que se hundía hasta lo más hondo.

“Tú y yo somos diferentes, Alyosha”.

Yo hice lo que tú no puedes hacer.

—¿Qué clase de estupideces estás diciendo, Yuri?

Tú no sabes que somos fundamentalmente personas distintas. Y ojalá nunca llegues a saberlo.

“…En fin, por esta razón Chariot no quiere un contrato con nosotros. Aunque nos han atacado y por ahora lo he sacado de allí, en un plazo de diez días vendrán desde Estados Unidos personas de su confianza en las que él puede confiar. Nuestro trabajo llega hasta entonces, así que no corras riesgos innecesarios”.

Porque si supieras lo monstruoso que soy, tanto tú como T-mac me abandonarían.

La mano que sujetaba el teléfono hizo tanta fuerza que el dorso se le quedó pálido. El estómago se le retorció como si fuera a vomitar y sintió arcadas. Repprimiendo las náuseas, terminó de pagar con los ojos inyectados en sangre. Toda su vida de culpas, que había conseguido olvidar mientras estuvo con Chariot, volvió a atormentarlo.

Me estaba equivocando.

Yuri jamás había estado en paz. Lo único que hacía era reprimir la culpa que se agitaba en su interior mientras fingía una falsa calma. Jamás había apartado la mirada de sus propios pecados, y los ocultaba levantando un muro con la esperanza de que quienes lo rodeaban no descubrieran su despreciable pecado original.

—Tú... estás raro.

“No es verdad”.

—¿Ese idiota de Goodnight te ha estado diciendo tonterías?

La voz de Alexei destilaba una furia asesina. Al ver a su fiel amigo preocuparse de verdad por él, a Yuri se le cortó la respiración bajo una melancolía insoportable. Al salir del territorio en el que se había encerrado a sí mismo, cobró plena conciencia de lo sumamente alejado que estaba de una vida normal.

“No”.

Respiró hondo. Si exhalaba largamente y volvía a inhalar, sentía los latidos de su corazón, y pensar que lo verdaderamente importante en ese instante era seguir con vida solía bastarle para estabilizarse.

Sin embargo, esta vez esa oscuridad y húmeda tristeza se negaban por completo a desaparecer. Yuri se quedó mirando el clavos sin decir nada antes de desviar la mirada hacia la pantalla de la caja registradora.

“Chariot se está portando bien. Dijo que pagaría una compensación acorde al trabajo realizado, aunque no sea tanto como al principio. Así que detente ahí”.

Alexei guardó silencio con una respiración regular. Yuri también se quedó plantado, contemplando fijamente la pantalla del mostrador con los números marcados. Como se mantuvo inmóvil durante demasiado tiempo, la ventana de cierre en rojo parpadeó en la pantalla; solo entonces, con retraso, sacó su propia tarjeta para finalizar el pago. Tras sonar un pequeño pitido, Alexei volvió a hablar.

—Siempre me dices que soy un terco de mierda, Yuri.

“Sí”.

—Pero a veces tú eres todavía más implacable.

“…¿Qué?”.

—Yo no soy alguien que necesite que tú lo protejas. Más te vale no pensar en hacerte el héroe para terminar pudriéndote por ahí herido. ¿Entendido? Porque pienso quedarme a ver hasta el día en que envejezcas, te dé demencia senil y acabes embarrando de mierda las paredes.

“Alyosha, tonterías las justas...”.

La llamada se cortó de golpe. Frunciendo el ceño, Yuri volvió a marcar de inmediato para llamarlo, pero Alexei rechazó la llamada de manera ostentosa para dejar claro que iba a ignorarlo. Completamente perplejo, le escribió un mensaje:

[¿Valeri sabe que vas a hacer una locura?]

Y contrariando lo de haberle colgado, la respuesta de Alexei llegó enseguida.

[Tú no tienes el número de Lera.]

[Yo se lo puedo pedir a su padre.]

[Si llegas a abrir la boca, te juro que no respondo.]

[A menos que quieras volver a ver llorar a tu novio, será mejor que lo dejes estar.]

[¿Y pretendes que me quede cruzado de brazos recibiendo mansamente el dinero que te ganas arriesgando en sabe Dios qué rincón olvidado? Ni lo sueñes.]

Yuri recordó que no le había dado su ubicación exacta. También le vino a la mente el teléfono prepago del que se había olvidado por completo.

[He escondido un teléfono de emergencia en el baño de hombres de la gasolinera cerca del Parque Nacional Yoho, en el compartimento inferior de la papelera junto al lavabo. Es de los tíos que nos tendieron la emboscada, a ver si encuentras algo útil allí.]

[¿Dónde estás tú?]

[Te lo diré cuando estés preparado para escuchar llamadas.]

[Qué gracioso te crees.]

A través del intercambio rápido de mensajes, Alexei parecía haberse calmado un poco. Tras enviarle una risa seca en mayúsculas a modo de burla —una broma que de broma tenía poco—, añadió un mensaje insólito a continuación:

[Parece que en apenas un día te has vuelto muy cercano a tu cliente, ¿eh? Hacía muchísimo que no te oía llamar a nadie por su nombre de pila.]

Yuri, que ya había terminado de guardar las cosas en las bolsas tras pagar, se quedó fulminando con la mirada la pantalla del móvil. Mientras arrugaba los ojos intentando descifrar a qué se refería, le llegó otro mensaje igual de impertinente:

[Si es tan guapo y tiene tanta pasta como para dejarse timar, tampoco está tan mal tenerlo cerca.]

Yuri no respondió y guardó el teléfono en el bolsillo. Al comprobar la hora, vio que acababa de pasar de las cuatro de la tarde. Como había dejado solo a Chariot antes de que pasaran los cuarenta minutos previstos, al final había superado holgadamente el margen de tiempo que le había dado. Culpándose por haber roto su palabra, se apresuró a acomodar las bolsas.

Al salir tras cruzar las cajas, la ferretería ya tenía todo listo para cerrar. El hombre que se disponía a bajar la persiana metálica miró a Yuri con expresión de fastidio, pero este se levantó un poco las gafas de sol y le dedicó una breve inclinación de cabeza en señal de saludo. Al verle el rostro descubierto, el empleado borró de inmediato el gesto de molestia y le devolvió una amable despedida deseándole un buen viaje.

Tal como había advertido Chariot, a partir de las cuatro en punto todos los comercios del centro comercial cerraban sus puertas. Lo mismo ocurría con la licorería de al lado. Al percatarse de que tendría que posponer para el día siguiente la compra de la cerveza que tanto quería el otro, Yuri sintió una pizca de remordimiento. Aunque no tenía motivos reales para sentirse culpable, al acordarse de su semblante cabizbajo le dio pena no poder llevársela.

El aparcamiento se había quedado prácticamente vacío tras la marcha de los coches. Al acercarse a su vehículo, aparcado apartado del resto, distinguió a Chariot con los brazos apoyados en el volante y el rostro enterrado en ellos. Al notar su proximidad al irse acercando, los ojos verdes se alzaron hacia él, y en cuanto lo descubrió, su semblante se llenó por completo de reproche. Sin embargo, no abrió la boca tal como solía hacer en la gasolinera.

Mantenía los labios sellados mientras Yuri abría la puerta del copiloto, y notó cómo el joven se enderezaba despacio para clavarle una mirada fija. Quizá por haberlo llevado todo el día en el coche, el habitáculo conservaba una fuerte impregnación de las feromonas de Chariot, lo que transmitía de forma inconfundible la sensación de estar encerrados en el mismo espacio.

El aroma dulzón que desprendía el envoltorio de la barrita de chocolate que se había comido se mezclaba con el olor característico de Chariot, desprendiendo una fragancia a whisky avainillado. Aunque no le dirigió la palabra de entrada —probablemente por estar molesto—, nada más subir al coche el rastro de sus feromonas le acarició la piel de tal modo que Yuri supo de inmediato que el otro estaba pendiente de él. Sintió un cosquilleo semejante al movimiento de una colita meneándose con timidez.

Yuri giró despacio el rostro para mirarlo a los ojos. En el preciso instante en que sostuvo aquellos orbes verdes rebosantes de agravio, toda la tensión que atenazaba su cuerpo se desvaneció de golpe. En su interior, antes húmedo y oscuro como un rincón cubierto de moho, brotó una calidez similar a los rayos del sol abriéndose paso. Tuvo la misma sensación que si caminara descalzo sobre un musgo suave.

Tengo que mantener el equilibrio.

Solo tengo que aguantarle el juego sin necesidad de acercarme en absoluto.

“Me temo que la cerveza tendremos que comprarla mañana”.

A pesar de lo que decía Alexei sobre su tozudez inquebrantable, Yuri rompió la promesa que se había hecho apenas treinta minutos antes y abrió la boca:

“Me ha costado un poco más de lo previsto”.

Chariot, visiblemente contrariado, aleteó con las pestañas, abrió los ojos de par en par y se quedó fulminándolo en silencio. Su mutismo no duró ni unos pocos segundos. Aunque tanto él como Alexei eran capaces de aguantar sin mediar palabra desde unos minutos hasta jornadas enteras, Chariot jamás conseguía hacer algo así.

“¿Por qué sigues mareándome?”.

Yuri escuchó sus palabras en silencio. Como consideraba comprensible que Chariot se sintiera descolocado, decidió tragarse las quejas y limitarse a aceptarlas con paciencia.

“Si vas a tratarme bien, hazlo siempre. No me alejes de repente como hace un rato”.

Tenía razón. Con mantener la compostura y limitarse a aguantarle el juego bastaba, pero en cuanto vio aquellos ojos cargados de reproche, se dio cuenta de que le era imposible cerrar la boca. Al contemplar a aquel alfa tan ingenuo, cuya vida difería por completo de la de Yuri Kiselyov, en lugar de sentirse deprimido como le ocurría al hablar con Alexei, el dolor punzante que le taladraba los ojos se le pasó por completo, arrebatándole cualquier posibilidad de mantenerse indiferente.

Creía que ver a una persona de su polo opuesto, habituada a una existencia convencional, le recordaría de forma atroz cuán monstruosa y aberrante había sido la suya propia...

Pero, de manera extraña, su pasado se fue difuminando.

“De acuerdo”.

Yuri dejó las bolsas que traía en el suelo del asiento del copiloto y cerró la puerta del coche. Sin pensar en arrancar todavía, se quedó mirando fijamente a Chariot, que seguía con su actitud de enfado, y con cautela extendió la mano para posarla sobre la cabeza del joven.

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Chariot dio un respingo en los hombros y clavó la mirada en las yemas de los dedos de Yuri.

Sintiendo la intensidad de aquella mirada clavada en sus dedos, Yuri le quitó la gorra a Chariot. Aquel cabello rubio rojizo que le había parecido hermoso desde el primer momento que lo vio resultó ser todavía más suave de lo que había imaginado. Procurando que sus dedos, llenos de callosidades, no dañaran sus cabellos, Yuri lo acarició con extrema delicadeza y murmuró en voz baja:

“Lo siento”.

Chariot parpadeó, sumido en la sorpresa. Estaba tan impresionado que se quedó completamente inmóvil hasta que Yuri retiró la mano y se abrochó el cinturón de seguridad. Agobiado por el peso del pasado que había recordado durante su conversación con Alexei, Yuri reclinó el cuerpo contra el asiento con un aire ligeramente fatigado. Tras unos minutos de silencio, Chariot encendió el motor con calma y, de repente, girándose de golpe hacia Yuri, le preguntó:

“¿A qué se debe este cambio de actitud?”.

“No es nada en particular”.

“Pero si me has tocado tú primero”.

Inclinando la cabeza hacia atrás mientras seguía apoyado en el asiento, Yuri bajó los ojos para observar a Chariot. Ver al descubierto aquel cabello rubio rojizo que antes ocultaba la gorra hacía que sus facciones lucieran mucho mejor, algo que no le desagradaba del todo. Yuri entornó los ojos de manera imperceptible y tragó un suspiro.

“¿No dijiste que no querías sentir el terror de que te estaran a punto de estrangular cada vez que te tocaba?”.

Estar con Chariot le aturdía demasiado los oídos, pero al menos no le hacía sentir como si fuera a morir.

“Solo he decidido seguirle la corriente a tu entrenamiento de vez en cuando”.

“...¿Así, sin previo aviso?”.

“Tocar sin previo aviso es lo único que hace que funcione”.

Ante aquello, el semblante de Chariot se iluminó de inmediato, muy distinto a como estaba antes. Aunque el sol ya se escondía lentamente y el cielo empezaba a oscurecerse, su rostro parecía irradiar luz constantemente.

“Entonces tócame otra vez. Hace un segundo se sintió increíble”.

Inclinando el torso hacia su lado, Chariot empezó a insistir para que volviera a acariciarlo. Perplejo ante semejante descaro, Yuri echó la barbilla hacia atrás y cerró los ojos. Dejó que la voz de Chariot, que soltaba algo incomprensible sobre que aquello era hacer trampa, resonara de fondo como una emisora de radio, mientras bajaba a medias la ventanilla del copiloto. Hacía muchísimo tiempo que no abría el cristal sin motivo aparente, ya que por lo general lo llevaba siempre cerrado salvo cuando necesitaba expulsar el humo del tabaco.

Al poco rato, Chariot puso el coche en marcha. Empezó a tararear la misma canción que había interrumpido en el área de servicio, y una agradable voz de barítono inundó el habitáculo al compás de la melodía alegre. Quizá debido a que todo lo que rodeaba a Chariot desprendía un dulzor empalagoso, le asaltó la ilusión de que un sabor azucarado le inundaba por completo la lengua, exactamente igual que la primera vez que probó el medovik.

De pronto, Yuri creyó comprender por qué Alexei había intentado proteger a Valeri. Aquel comportamiento, que antes se le figuraba un sacrificio absurdo, tal vez fuera en realidad el motor que mantenía vivo a Alexei. Aunque los seres criados en el fango se comprendieran los unos a los otros mejor que nadie, lo que los impulsaba a salir de allí no era el asco que les provocaba el lodazal.

A veces, la simple y apacible estampa que uno contemplaba desde la lejanía con anhelo era suficiente para otorgar una razón por la cual seguir viviendo.

La responsabilidad que Vasha sintió al conocer a Katia, y el constante esfuerzo de ella por expiar los pecados de él en su lugar, seguramente nacían de esa misma razón.

* * *

Chariot era tan propenso a hacer pucheros como rápido de reflejos a la hora de cambiar de humor. Aunque la inquietud que latía en el fondo de su ser tal vez no hubiera desaparecido por completo, parecía ser de esas personas capaces de disfrutar del presente antes que aterrorizarse por desgracias que no se podían resolver en el acto. Desde luego, era mucho mejor que verlo acurrucado de miedo, aunque, viéndolo actuar, a veces se preguntaba si no sería demasiado optimista.

“Wolfie, el agua está más fría de lo que pensaba”.

Decidido a nadar desde antes de llegar, Chariot apenas puso un pie en la casa cuando ya había metido los dedos en el lago antes de volver a sacarlos. Yuri lo miró con la inquietud propia de quien vigila a un crío cerca del agua, pero al comprobar que no había rastro de morosidad ni visitas extrañas en los alrededores, optó por dejarlo estar. Al fin y al cabo, ni que fuera un crío: era un adulto de más de veinticinco años, por lo que se suponía que debía apañárselas para nadar por su cuenta. Además, tratándose de un deportista de élite, existía la vaga presunción de que todo lo que implicara esfuerzo físico se le daría bien.

“Pues haberte quedado en casa tan agustito”.

“Pero si el lago es precioso”.

Yuri empezó a sacar de las bolsas la ingente cantidad de víveres que Chariot había comprado. Como nunca solía hacer acopio de tantas cosas juntas, andaba algo descolocado sobre cómo ordenarlas cuando Chariot se le pegó al costado.

“Me muero de hambre, así que tendremos que comer algo ya. ¿Qué nos hacemos?”.

Yuri contestó con un tono que dejaba entrever lo obvio:

“Sándwiches”.

“¿Lo dices en serio?”.

Tal como apuntaba Chariot, Yuri también tenía el estómago vacío, y no había plato que exigiera menos tiempo de preparación que un sándwich. Yuri se encogió de hombros y sacó el paquete de pan de molde. A continuación, cogió la lechuga iceberg que Chariot se había empeñado en comprar y se dirigió al fregadero. Chariot lo observó desde una postura ladeada, apoyando los antebrazos con todo su peso sobre la isla de la cocina. Aunque tener aquella mirada encima le resultaba un tanto incómoda, Yuri se dispuso a preparar la comida como solía hacerlo siempre.

Por lo general no era de comer mermeladas de frutas variadas, aunque a veces solía mezclar mermelada de naranja amarga con crema de cacahuete; sin embargo, en ese momento no parecía haber nada a la vista. Yuri sacó dos rebanadas de pan, colocó encima la lechuga lavada, y tras sacar al azar cualquier plato de la alacena y enjuagarlo con agua, depositó sobre él unas lonchas de bacón que fue desgajando.

Tras presenciar toda la secuencia, Chariot soltó un quejido de sufrimiento, y justo cuando Yuri introducía el plato con el bacón en el microondas para cerrarlo, se abalanzó sobre él con un grito ahogado.

“¿Cómo vas a calentar el bacón en el microondas?”.

Al volverse con el ceño fruncido, vio que Chariot tenía el rostro descompuesto por el espanto. ¡Vaya forma de armar escándalo por nada!

“Con un minuto y veinte segundos se hace perfectamente”.

“Eso que sale de ahí no es comida”.

Se iba a volver loco. Chariot sacó el plato de dentro del microondas y apartó a empujones a Yuri de la cocina. Hambriento como estaba, Yuri estiró el brazo para arrebatarle el plato.

“Deja de meterte en lo que no te importa y ponte a prepararte lo tuyo”.

“¿Pero qué dices? ¡Si hay que cocinar para dos!”.

“Pues entonces déjame hacer los sándwiches a mí”.

“Esto no es un sándwich, es un atentado culinario perpetrado con pan sin tostar y bacón crudo”.

“Si el pan ya viene tostado de fábrica, no sé qué necesidad hay de volver a...”.

En ese instante, Chariot le sujetó los hombros con ambas manos. Deteniéndolo con firmeza, inclinó ligeramente la cabeza para cruzar la mirada con él y le lanzó una advertencia de lo más seria:

“Por favor, sal de la cocina diez minutos. Te lo preparo yo en ese tiempo”.

Vaya, mira tú por dónde.

Debía de estar ejerciendo bastante fuerza, porque la presión sobre sus hombros era tal que le resultó imposible zafarse de él. Si insistía en apartarlo por la fuerza las cosas corrían el riesgo de ponerse feas, así que Yuri se tragó un suspiro y optó por negociar:

“Diez minutos”.

“Y mientras tanto ve a darte una ducha o algo. Te lo digo porque, a diferencia de mí, parece que no has tenido oportunidad de asearte”.

Yuri recordó el asunto que tenía pendiente. Era verdad que, nada más llegar, lo que más le apetecía del mundo era ducharse, así que, aunque le chirriaba un poco la idea de ceder ante las exigencias de Chariot, giró sobre sus talones rumbo al cuarto de baño. Mientras intentaba recordar si había visto toallas cuando inspeccionó el baño un rato antes, Chariot —como si le hubiera leído el pensamiento— le soltó:

“Las toallas que hay aquí dentro las van a lavar todas de una vez, así que usa la que he dejado preparada. Está en el sofá”.

Al oír aquello y desviar la mirada, descubrió una gran toalla de playa tendida en el sofá. Aunque al principio dudó si la habría sacado expresamente para nadar en el lago, la necesidad imperiosa de quitarse la suciedad pudo más, así que terminó por cogerla.

Una vez dentro del baño, lo primero que hizo Yuri fue quitarse la camisa que le había prestado Chariot. Al tratarse de una prenda de buena calidad, había estado pendiente de no estropearla en todo el día, pero al quitársela descubrió que la manga izquierda estaba manchada de sangre. Aunque no había llegado a trasudar hacia fuera, las manchas que se extendían por el forro interior daban un aspecto bastante deplorable. Al verlo, fue cuando de verdad cobró conciencia de la herida.

Al mirarse en el espejo, distinguió a lo largo de su brazo el rastro longitudinal por donde el proyectil le había abierto la carne. A juzgar por el estado de cicatrización que mostraba tras pasar la noche, no parecía requerir puntos, pero sí necesitaba ciertos cuidados. Dado que no le había subido la fiebre en ningún momento, el riesgo de infección parecía descartado, así que Yuri, tras pensárselo un poco, humedeció con agua templada la prenda de Chariot.

Como la sangre ya se había secado durante el trayecto, el agua tibia no bastó para limpiar la tela por completo. Con una mueca de apuro, contempló la camisa antes de decidirse a entrar en la cabina de ducha. Aunque podía pagarle el coste de la ropa sin problema, le pesaba haber estropeado algo que le habían prestado con buena voluntad. Era como si hubiera conseguido ensuciar una parte de Chariot.

Aunque, bien mirado, todo aquello era culpa de Chariot por haberlo arrastrado a su lío...

En el momento en que el agua comenzó a empaparle desde los cabellos hasta la planta de los pies, la sangre reseca de la herida se reblandeció y empezó a gotear, acumulándose en el suelo de la ducha. Un escozor punzante que tenía olvidado se despertó a lo largo de su antebrazo, y Yuri se limitó a lavar su herida en silencio antes de proceder a enjabonarse.

Al terminar de ducharse, Yuri enjuagó las paredes de la cabina un par de veces más, por si acaso hubiera quedado algún rastro de su propia sangre. Intentó frotar de nuevo con la mano la camisa de Chariot que había dejado colgada un momento antes, pero lo único que consiguió fue extender aún más la mancha.

Que problema.

Él solía vestir casi exclusivamente de negro, y si alguna vez se manchaba de sangre vistiendo una camisa blanca de rigor, simplemente la quemaba y se deshacía de ella. Por esa misma razón, no tenía ni idea de cómo eliminar manchas de sangre en prendas claras.

Su madre, en cambio, parecía saber de memoria cómo arreglárselas con esas cosas.

Mirando fijamente la tela que apretaba entre los dedos, Yuri decidió dejar de perder el tiempo en tonterías. Pensando que lo mejor sería tirarla y comprar otra, abrió la puerta del baño, pero se llevó semejante sobresaltado al ver a Chariot plantado justo enfrente que por poco le suelta un puñetazo sin pensarlo.

“...¿Se puede saber qué haces plantado aquí en la puerta?”.

“Tardabas tanto que pensé que te habías desmayado ahí dentro”.

Había sido una broma, seguro. Tenía tan poco sentido que se disponía a pasar por alto el comentario, pero al fijarse en el rostro de Chariot, lo vio considerablemente más pálido que antes. Al adivinar en sus facciones un poso de genuina preocupación, Yuri se sintió sumamente desconcertado. No lograba atisbar qué diablos le había pasado por la cabeza a Chariot para llegar a semejante conclusión.

“¿Tanto he tardado? Creí que habrían sido unos quince minutos”.

“Has estado veinte enteros”.

Chariot se lo susurró con un tono de voz profundamente grave. Aquellos ojos verdes fijos en él, que lo contemplaban inmóviles, no terminaban de disipar la angustia. Descartar aquello como una simple exageración era imposible; en la actitud de Chariot latía algo insólito. Del mismo modo que cuando le hablaba de sus visiones proféticas, parecía haber una razón de peso detrás de todo aquello. Yuri abrió y cerró los labios un par de veces antes de articular palabra:

“Estoy bien”.

Chariot le contestó sin hablar, limitándose a mirarlo fijamente. Sus pupilas recorrieron la carne abierta alrededor del hombro izquierdo de Yuri sin mostrar la menor intención de retirar la preocupación de su semblante, obligando a Yuri a explicarse de una vez por todas sobre el verdadero motivo de su tardanza:

“Tu camisa se ha manchado de sangre por culpa de la herida. He intentado limpiarla, pero la marca ya se ha quedado fija. Si me dices cuánto te costó...”.

“¿Te crees que eso es lo importante ahora mismo? ¡Si tienes la herida mucho peor de lo que pensaba!”.

Antes de que Yuri pudiera apartarse, Chariot le agarró de la muñeca. Viendo que repetía la misma jugada de cogerle del brazo a pesar de haber estado a punto de llevarse un golpe por ello en más de una ocasión, llegó a la conclusión de que aquello debía de ser una mala costumbre suya. Justo cuando se planteaba si debía advertirle que ese tipo de confianzas entre alfas resultaban de lo más desagradable, sus ojos repararon en el rollo de gasas y el frasco de desinfectante colocados sobre la mesita del sofá. Y pensar que lo había mandado a por inhibidores... se ve que en el camino había aprovechado para pillar semejante lote.

“Como tenías la sangre seca, antes no pude examinarte bien la herida. Con lo abierta que la tienes, ¿no deberías ir a un hospital? Es increíble que te hayas hecho un destrozo así en el brazo y hayas sabido disimularlo como si nada”.

“Si me ven una brecha de este calibre en el hospital, lo más probable es que avisen a la policía”.

Ante la réplica de Yuri, Chariot frunció el entrecejo y le devolvió una mirada de reproche.

“¿Te crees que te estaba preguntando eso?”.

“Entonces, ¿qué...”.

Chariot guio a Yuri hacia el sofá con un gesto lleno de descontento. Sin soltarle la muñeca y cruzando junto a la mesita, hizo que Yuri se sentara con cuidado en el sofá para examinarle la herida una vez más. A Yuri le costaba comprender a qué venía tantísimo revuelo por una lesión que ya había empezado a cicatrizar, así que se limitó a observarlo en silencio.

Frunciendo el ceño como si el dolor lo sintiera él mismo, Chariot se sentó a su lado con el frasco de desinfectante y las vendas. La distancia era mucho menor que cuando se habían sentado juntos en el coche. La textura del sofá al hundirse bajo el peso de Chariot y la temperatura de su piel al tocarle el brazo desnudo se propagaron con total nitidez.

De repente, Yuri recayó en la cuenta de que volvía a tener el torso al descubierto y lleno de cicatrices. Como Chariot no le había dado pie a pensar en las marcas y solo se había centrado en la herida, se le había olvidado por completo. Visto tan de cerca, aquello quedaba al descubierto de forma tan cruda que resultaba comprensible que provocara rechazo; sin embargo, Chariot mantenía el ceño fruncido con sus atractivas cejas, con la vista puesta única y exclusivamente en la lesión.

“Aunque te duela, aguanta un momento, ¿Bueno? Intentaré hacerlo con el mayor cuidado posible”.

“...No soy un niño”.

“Da igual que seas adulto o niño, el dolor es el mismo”.

Respondiendo con voz firme, Chariot abrió el envoltorio de un bastoncillo impregnado en povidona y empezó a frotar con sumo cuidado alrededor de la herida de Yuri. A pesar de lo mucho que detestaba ver lesiones, el tacto con el que le aplicaba el desinfectante resultaba sorprendentemente habilidoso, lo que despertó la curiosidad de Yuri acerca del motivo.

Hacía muchísimo tiempo que no sentía curiosidad por nadie, así que, sin llegar a formularlo en voz alta, se quedó observando a Chariot por un momento. Aunque no era su intención mirarlo fijamente, la vista se le fue sola, y así fue como acabó recreándose en el rostro del joven.

Vaya que es guapo.

Por mucho atractivo que tuviera alguien, si era un alfa le daba igual; sin embargo, eso era un prejuicio que se había hecho por no haber conocido antes a alguien como Chariot. Ligeramente inclinado y concentrado en su tarea, Chariot poseía una belleza tan irreal que parecía desvanecerse de la realidad. El alto puente de la nariz que descendía desde su frente despejada resultaba inverosímil, y la punta de la nariz, perfectamente perfilada y angulosa, tenía una forma imposible de recrear de forma artificial.

A diferencia del labio superior, que era fino, el inferior era un poco más voluminoso, y la línea angulosa de su mandíbula formaba una combinación impecable con su esbelto cuello, desprendiendo un aire muy varonil. Quizá debido a esas facciones donde las líneas rectas se dibujaban con elegancia a pesar de la finura de sus rasgos, Chariot encajaba más bien en el arquetipo de un hombre apuesto de estilo clásico. De esos que parecerían sacados de una fotografía en blanco y negro.

Aunque el blanco y negro jamás lograría capturar con justicia el color de sus ojos y de su pelo.

Justo en el instante en que pensaba aquello, Chariot alzó la mirada. Al chocar de manera inevitable contra aquellas pupilas que llevaban un buen rato concentradas en aplicarle el desinfectante, Yuri dio un leve sobresaltado con el brazo. Consciente de que se había quedado embobado mirando el rostro de un alfa, una extraña sensación de vergüenza le invadió, y cuando se disponía a apartar la mirada con retraso, le dirigieron una pregunta sumamente tierna:

“¿Te duele mucho?”.

Una suave voz de barítono acarició sus oídos al pronunciar las palabras. Como Chariot lo examinaba con la cabeza ladeada y una expresión momentáneamente rebosante de dulzura, a Yuri se le erizó el vello de la nuca. Un cosquilleo recorrió todo su cuerpo, a punto estuvo de encoger hasta la punta de los pies.

“No”.

“Menos mal. Ahora solo falta vendarlo”.

A pesar de la arisca respuesta de Yuri, Chariot seguía mostrándose de lo más afectuoso. Con suma cautela, colocó algodón y gasas sobre la herida de Yuri y procedió a vendarla aplicando una presión firme y natural. Era la misma destreza que le había notado hacía un rato.

¿Por qué una persona común maneja esto tan bien? Si no es médico ni enfermero.

Una duda innecesaria volvió a brotar en su interior. No hacía falta preguntar ni le serviría de nada saberlo, pero la cuestión se quedó dando vueltas en la punta de su lengua hasta que, al margen de su propia voluntad, terminó por escapársele de los labios:

“Tienes la mano muy rota para esto, ¿no?”.

“Supongo que un poco sí”.

Al ver que Yuri lo miraba sin comprender, Chariot curvó los ojos en una sonrisa. Parecía que el hecho de haber empezado a vendarlo le había mejorado el humor, ya que mantenía las comisuras de los labios arqueadas en una sonrisa bonita y amable.

“Los jugadores de hockey nos solemos lesionar bastante”.

Aunque aquella respuesta sonaba como si estuviera ocultando algo, la duda quedó resuelta. Era lógico que un deportista famoso por la cantidad de lesiones que acumulaba supiera apañárselas para curarse por sí mismo. Aunque siempre había personal médico disponible, heridas de aquella índole se podían tratar perfectamente en solitario.

“...Ya veo”.

“¿Nunca has visto un partido de hockey? Si lo único que hacemos todo el tiempo es darnos golpes”.

Yuri se encogió de hombros. Prefería dormir antes que gastar su tiempo en ver deportes. Pareciendo no esperarse otra cosa, Chariot soltó una risa baja.

“Por eso mismo a mí la sangre no me da miedo. Lo que asusta son las situaciones que escapan a lo ordinario, pero las lesiones en sí me resultan de lo más familiares”.

Entonces, ¿cuál era la razón por la que se había quedado esperando a que saliera del baño?

¿Qué clase de situación podría inquietar a un hombre tan acostumbrado a las heridas y a la sangre?

Apenas acababa de disipar una incógnita cuando le asaltó otra nueva. Mientras Yuri guardaba silencio ante aquel fenómeno desconocido, Chariot terminó de vendarlo con pulcritud. Al levantarse en busca de unas tijeras, la mirada de Yuri lo acompañó. Observando cómo se encaminaba hacia la cocina, Yuri advirtió que un aroma delicioso flotaba por toda la casa. Sin poder evitarlo, sus ojos se desviaron hacia la isla de la cocina siguiendo el rastro del olor.

Como si hubiera reparado en su mirada, Chariot sonrió mientras regresaba con unas tijeras sacadas de un cajón de la cocina.

“Aguanta unos segundos y ya estará lista la cena”.

Sintiendo como si hubiera expuesto una debilidad, Yuri apartó bruscamente la vista de la mesa. Chariot, volviendo a su actitud habitual, se acercó a su lado para cortar el vendaje, colocarle un esparadrapo y soltarle una pregunta de lo más irritante:

“¿Te apetece probar un verdadero sándwich hecho por mí?”.

Ante semejante pulla hacia su forma de preparar los sándwiches, Yuri lo fulminó con una mirada inexpresiva. El sándwich desprendía un olor riquísimo, pero tampoco es que tuviera una necesidad imperiosa de probarlo.

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“No”.

“Si te he visto antes cotilleándolo todo”.

“Ya. Te ha quedado apañado”.

Chariot puso una expresión ambigua. Cruzándose de brazos ante aquella contestación que sonaba a lo que quería oír pero con cierto desapego, lo miró desde arriba con suficiencia.

“¿Y aun así dices que no te apetece?”.

“Me da igual lo que comer”.

“Ahora que me fijo, tienes una cabeza que no hay quien la entienda”.

Que Chariot le dijera lo mismo que Alexei le provocó una sensación extraña. Qué sabría él, si apenas llevaban un día juntos como para hablar con tanta propiedad.

“Pero bueno, a lad personas guapas nunca se les conquista a la primera”.

Soltando semejantes delirios que bien podría aplicarse a sí mismo, Chariot llevó el sándwich en persona hasta el sofá. El plato depositado sobre la mesita lucía un aspecto completamente diferente a los que Yuri solía preparar. Debajo de una superficie dorada y crujiente se adivinaba un grosor considerable de lechuga apetitosa, queso Gouda y bacón que asomaba por los cortes laterales. El bacón estaba bien pasado por la sartén, crujiente, y el queso se había fundido de forma melosa sobre la carne.

No obstante, Yuri contuvo la paciencia y esperó sin estirar la mano hacia el sándwich. Como no quería dar la impresión de que se moría por comer nada más verlo, se quedó sentado guardando silencio hasta que Chariot se instaló en el taburete al lado del sofá y le tendió el plato por delante.

“No me voy a burlar, come tranquilo. Con lo que te has lastimado, necesitas alimentarte bien”.

Siguiendo el brazo que le tendía, Chariot inclinó el torso hacia delante. En aquellos ojos verdes que lo contemplaban desde abajo había un brillo de profunda preocupación. Aquella faceta madura, tan distinta a la actitud infantil que solía arrastrar, pilló a Yuri tan desprevenido que por un instante le pareció un desconocido.

Cuando se le abalanzaba sin filtros, le resultaba muy fácil apartarlo sin darle demasiadas vueltas, pero ante semejante actitud de cuidado genuino hacia un paciente, le costaba horrores devolverle una bordería. Atrapado en aquella incómoda torpeza que le impedía moverse con naturalidad, Yuri desvió sigilosamente la mirada del plato. Temiendo que se le hiciera un nudo en el estómago de solo mirarlo, optó por ofrecerle el primer bocado al dueño de la comida.

“Prueba tú primero”.

“¿Te da miedo que le haya echado veneno?”.

Chariot parecía preguntarlo de verdad, pero al oírlo, Yuri se sintió extrañamente aliviado.

“Esa clase de preguntas deberías reservarlas para cuando sea yo quien cocine algo”.

Viendo la expresión indescifrable que se le quedó a Chariot, a Yuri no le quedó más remedio que empezar a comer él mismo. Si no lo hacía, abrigaba el mal presagio de que Chariot se plantaría allí plantado esperándolo indefinidamente. El sándwich, que ya se había templado un poco, le llenaba la mano por completo.

La mirada de Chariot se posó sobre él de manera agobiante. Incapaz de soportar aquel escrutinio que seguía cada unos de sus movimientos, Yuri giró la cabeza hacia la cocina y le dio un bocado al sándwich. Al notar el contraste entre la textura crujiente y tostada y la frescura crujiente de la lechuga que estalló en su paladar, Yuri comprendió por fin por qué Chariot se había empeñado tanto en comprar esa variedad concreta. No se parecía en nada a la que consumía habitualmente.

Valga la pena masticar en silencio, Chariot seguía sin dar muestras de querer empezar a comer. Intrigado por si de verdad le habría puesto algo raro, giró la cabeza de golpe y se encontró con los ojos expectantes de Chariot fijos en él.

“¿Qué tal? ¿Está bueno?”.

El punto de sal era el adecuado y la mostaza a la antigua untada en el pan combinaba a la perfección con el resto de ingredientes. Al resultarle imposible sostenerle la mirada por más tiempo, Yuri volvió a desviar los ojos hacia el exterior a través de la ventana. Sobre la superficie del lago, el sol ya comenzaba a ocultarse mientras la puesta de sol teñía el horizonte. La luz rojiza que se expandía siguiendo el brillo del agua titilaba con la frescura de una naranja madura.

Tras masticar con calma unas cuantas veces y tragar, Yuri por fin abrió la boca. Pareciendo haber decidido cambiar de estrategia para incordiarlo, Chariot se quedó mirándolo fijamente sin apartar los ojos hasta arrancarle la respuesta que andaba buscando.

“Está bueno”.

Sin florituras ni añadidos, fue una única palabra seca y directa, pero Chariot esbozó una sonrisa de satisfacción y se dispuso por fin a comer su propio sándwich. Ambos intercambiaron una breve mirada antes de volver a dirigir la vista simultáneamente hacia el lago. A diferencia de Yuri, que se sentaba con la espalda recta en el sofá, Chariot contemplaba el paisaje con una postura relajada, apoyando los brazos en los muslos.

“Tienes prohibido nadar en el lago”.

Dijo Chariot justo cuando estaba terminando la mitad de su sándwich.

“Tampoco tenía la menor intención de hacerlo”.

Le replicó Yuri mientras soltataba una risa seca por dentro, y Chariot continuó hablando sin apartar los ojos de la ventana:

“Si me vieras nadar, te entrarían ganas de imitarme”.

Aunque se trataba de una preocupación innecesaria, Yuri no pudo evitar pensar que probablemente tuviera esa sensación. Del mismo modo que Chariot le parecía mucho más atractivo en movimiento que cuando estaba encerrado en el estrecho habitáculo del coche, tenía la certeza de que verle desenvolverse con soltura en aquella inmensidad resultaría de lo más irritante a la vista. Yuri fantaseó un segundo con presenciar esa escena, pero de inmediato barrió el pensamiento de su cabeza.

Cuanto más se presencia una libertad que uno no puede poseer, más grande se hace la sed de alcanzarla.

“Oye, ¿sabes nadar?”.

Yuri frunció el entrecejo al ver a Chariot plantearle una pregunta de lo más tardía que bien podría haber hecho antes. Aguantando las ganas de soltar una risa que amenazaba con escaparse, sacudió la cabeza.

“No. Así que no tienes por qué preocuparte por tonterías así”.

“¿Que no sabes nadar?”.

“Exacto”.

El único curso de agua que cruzaba Sarátov era el río Rojo, y aquel caudal profundo y de corrientes rapidísimas solo se atrevía a cruzarlo quien tuviera un pie en la tumba. A nadie se le ocurría la locura de querer meterse a nadar allí por diversión.

Unos recuerdos poco gratos comenzaron a aflorar en su memoria de forma difusa. A quienes le debían dinero a Igor los vigilaba siempre una sombra pisándoles los talones para controlar cada uno de sus movimientos, y en cuanto ponían un pie fuera en coche, se lo informaban de inmediato a Igor. La única manera de huir esquivando aquellas miradas consistía en remontar el río Rojo para cruzar a Canadá. Los muchos que lo intentaron acabaron atrapados y muriendo en vano.

“Pues tendré que enseñarte yo en cuanto se te cure la herida”.

La voz alegre de Chariot cortó de tajo el pasado que acudía a su mente de forma reflejada, sin que él siquiera pretendiera evocarlo. Devolviendo los pies a la realidad, Yuri cogió la otra mitad del sándwich y se negó en seco:

“No hace falta”.

“¿Sabes que no hay nada más refrescante que nadar en verano? Ni un ventilador ni el aire acondicionado se comparan con meterse al agua”.

Yuri guardó silencio. Más allá de no haber aprendido a nadar, no tenía la menor intención de exponer su cuerpo en un espacio donde pudiera ser contemplado por otros. Chariot era una excepción extravagante por no haber reaccionado de forma exagerada al verle el cuerpo; cualquier persona normal se habría espantado sin duda.

“¿Cuándo crees que será un buen momento? Supongo que la herida tardará en cerrar, ¿no?”.

“Sí. Probablemente cicatrice para когда tú y yo ya no volvamos a vernos en la vida”.

“Dicho así, da un poco de pena”.

Chariot soltó una frivolidad. Como Yuri lo contempló fijamente con cara de no entenderle en absoluto, el joven se encogió de hombros con aire cómplice.

“Ya lo sé. Yuri Campbell es un tipo malo y yo tampoco tengo intención de hacerme amiguito tuyo”.

“Entonces, ¿a qué viene decir semejantes tonterías?”.

“Las despedidas siempre dan pena”.

Él miraba hacia el exterior a través de los cristales. El perfil ensombrecido de Chariot desprendía una extraña y solitaria melancolía.

“Al final, separarse y no volver a verse es prácticamente igual a morir”.

Las palabras de Chariot no carecían de razón. Sin embargo, desde su niñez, cuando comprendió en qué clase de situación se encontraban sus padres, Yuri ya daba por sentada la inminencia de cualquier despedida futura, y desde entonces había vivido arrastrando esa misma premisa.

“Todo vínculo deja una huella”.

Chariot, que miraba hacia la calle, volvió la cabeza con lentitud. Yuri habló sin llegar a cruzar la mirada con él, pero tampoco sin apartarla, fijando los ojos al frente:

“Aunque no vuelvas a ver a alguien, ese tiempo sigue existiendo dentro de ti. Lo que existe no es la muerte; la muerte es la aniquilación”.

Aunque su madre se hubiera marchado a un lugar donde jamás volvería a verla, tanto su padre como el propio Yuri seguían buscando la huella de ella desde el fondo de sus corazones. Es posible que el rostro de su madre se fuera difuminando en el recuerdo y que ya no fuera capaz de evocar con exactitud su calidez ni el tacto de sus manos, pero los recuerdos compartidos con ella constituían el pilar que sostenía la existencia de los dos hombres de la familia Kiselyov.

Quizá por no esperarse una respuesta semejante, Chariot se quedó observándolo un buen rato. Arropado por el sonido de su respiración pausada y tenue, Yuri reanudó la comida del sándwich. Cenar tan cerca de un perfecto desconocido le resultaba inédito y extraño, pero el sándwich, aunque frío, sabía bien y la temperatura exterior era agradable. Así que podía soportarlo.

Incluso cabía la posibilidad de que fuera algo medianamente ameno.

“No lo había pensado de esa manera”.

Supongamos que cada cual se aferraba a sus propias creencias. Sin añadir comentario alguno, Yuri terminó de comer su sándwich mientras Chariot lo observaba en silencio. Aquella cercanía que al principio le incomodaba tanto se había vuelto un poco más llevadera a base de aguantarla. No es que fuera cómoda, pero al menos ya resultaba tolerable como para dejarla estar.

“Entonces, tu rastro también se quedará grabado en alguna parte”.

Dijo Chariot tras pasarse un buen rato estudiándolo. Yuri se levantó despacio con el plato vacío en la mano y bajó la vista hacia él. Bañado por los tonos rojizos del crepúsculo que se filtraban a través de la ventana, Chariot parecía teñido por unos colores que le venían como anillo al dedo. Como si huyera de aquella luz cegadora, Yuri giró el cuerpo y zanjó:

“Alguien como yo se borra enseguida”.

Y se guardó para sí la idea de que borrarlo por completo sería lo mejor para la vida de Chariot. Aunque se preguntó si constituiría un consejo necesario, llegó a la conclusión de que no valía la pena abrir la boca para decir algo así. Sencillamente, carecía de valor.

* * *

La noche en Big Fox no se parecía a ninguna de las que Yuri había vivido hasta entonces. Aquel día algo era distinto. No sentía esa sensación de estar pisando un lodazal como en Sarátov, ni tampoco era esa noche indiferente en la que, desde su huida, había vivido como si le hubieran cercenado todos los sentidos.

Yuri contempló el inmenso lago que se agitaba con calma al otro lado de la ventana. A través de la rendija abierta, el aire frío de la noche se coló trayendo consigo el aroma del bosque. El olor de la naturaleza, desprendido de la tierra húmeda y los árboles, llenó la estancia, y al borde del silencio resonó un débil sonido de agua. Era el rumor del lago ondulando y el sonido de la ducha que se filtraba desde el baño.

Chariot, que incluso se había ofrecido a lavar los platos, siguió moviéndose sin descansar después de eso. Sacó todas las toallas guardadas en el estante para meterlas en el lavadero, luego pasó la aspiradora y deshizo las maletas, sin quedarse quieto ni un solo segundo. Ante aquella actitud tan atareada que resultaba agotadora de ver, Yuri salió un momento al exterior. Aprovechó que iba a buscar las herramientas compradas en la ferretería para ojear los alrededores, pero solo reinaba un silencio absoluto.

A pesar de la conciencia de que no debía bajar la guardia, el entorno que lo rodeaba era tan tranquilo que, sin darse cuenta, su mente se calmó al unísono. Contemplando en silencio aquella atmósfera sosegada que incluso transmitía cierto consuelo, Yuri sopesó si sacar el libro que había dejado en la guantera del coche. Aunque le invadía cierto sentimiento de culpabilidad por parecer que estaba disfrutando demasiado de unas vacaciones, se decidió a cogerlo al pensar que necesitaría un libro si iba a pasar la noche en vela haciendo la guardia.

El libro que traía era una obra de Tolstói, igual que los de la feria. A diferencia de su padre, que se había criado sin leer un solo libro en su vida, su madre era una mujer culta y le gustaban Tolstói y Pushkin. Todos los libros que poseía Yuri los había heredado de su madre.

Los libros que leía su madre estaban en ruso. Yuri podía conversar en ruso o escribir textos sencillos, pero jamás llegó al nivel de poder leer un poema de Pushkin o una novela larga de Tolstói.

Aun así, deberle el poder hablar ruso hasta ese punto era gracias a su madre. El hombre que cortaba y vendía carne en la carnicería era casi analfabeto y no se atrevía ni a soñar con leer obras literarias.

Quizá debido a haber heredado la sangre de ese padre, Yuri sabía cómo reducir a alguien con las manos desnudas o cómo hacer arrancar un coche roto, pero era incapaz de memorizar palabras difíciles. Apenas terminó la escuela primaria y, desde la secundaria, hizo todo tipo de recados y tareas menores bajo las órdenes de Igor. Aprendió a pelear a base de golpes y salió adelante esquivando peligros de muerte.

Si su madre no le hubiera enseñado la gramática básica, Yuri ni siquiera habría podido aprender inglés correctamente. Aquella mujer inteligente había cruzado a un país extraño, aprendido inglés de manera autodidacta y se lo había enseñado a su marido y a su hijo. Si su madre hubiera vivido un poco más, tal vez habría alcanzado el nivel de poder leer libros difíciles, por mucho que llevase esta clase de vida.

Sin embargo, el nivel educativo de Yuri se había detenido justo en la etapa secundaria. No tuvo tiempo de aprender conocimientos culturales o historia como los que la gente común consideraba sentido común. Obligado a mover el cuerpo sin descanso para sobrevivir, Yuri se conformaba con el hecho de no haber olvidado lo aprendido en su infancia.

Los que no tienen nada deben aprender a conformarse con las pequeñas cosas. Ya fuera una comida insípida o una habitación fría, tenía que estar agradecido solo con el hecho de que aquello le permitiera seguir con vida.

Por eso Yuri agradecía poder leer y comprender a trozos los relatos cortos de su madre. Por suerte, todos los libros de su madre eran recopilaciones de relatos breves y de poco grosor, lo que le permitía llegar hasta el final si se aferraba al diccionario. Pero no se atrevía a ir más allá. El ruso era un idioma bastante complejo y difícil, así que, a pesar de que ambos padres eran rusos, Yuri no lograba comprender los textos cargados de metáforas y alusiones.

Con el inglés pasaba algo parecido. En cuanto la gramática empezaba a complicarse, Yuri se quedaba atascado línea por línea alternando con el diccionario, hasta que cerraba el libro sintiendo una ligera frustración.

A veces le venían ganas de estudiar, pero semejante acción le parecía un lujo. ¿Acaso no se trataba de un acto hecho por su propio disfrute?

Por lo tanto, con los libros que ya leía tenía suficiente.

Dejó a El idiota en el taller, y en el coche guardó el relato corto que más le gustaba a su madre. Aquellos libros gastados, leídos más de cientos de veces hasta el punto de poder devorarlos sin necesidad de diccionario, eran todo lo que Yuri se permitía como único y pequeño placer.

Sentado en el sofá y mirando por la ventana, Yuri contempló el libro desgastado sobre la mesa. Tras observar fijamente el texto en ruso, sopesó la idea de leer, pero se levantó del sofá sintiendo que estaba holgazaneando demasiado. Entonces, cogió las herramientas que había traído, salió al exterior y comenzó a fabricar una trampa.

Las trampas que instalaba no eran de esa clase espantosa que te cortan el tobillo al pisarlas como en las películas, sino que se asemejaban más a un dispositivo simple donde, si un intruso rondaba la ventana, un clavo fijado caía permitiendo ver las huellas de su paso. Si era necesario podía construir algo peor, pero tratándose de la casa ajena, decidió conformarse con aquello por el momento.

Suu-uu, el sonido del agua del lago resonaba a sus espaldas, abriéndose paso y retirándose como si de una pequeña playa se tratase. Mientras fabricaba la trampa con bastante concentración y estiraba la espalda un momento, vio a través del interior de la ventana que Chariot, justo habiendo terminado de ducharse, abría la puerta para salir. Al descubrir la larga sombra proyectada en el suelo, Yuri bajó rápidamente la cabeza y fingió no haberlo visto.

No sabía por qué había hecho aquello. Probablemente se debía a que la conversación mantenida instantes antes le había revuelto las entrañas sin motivo.

Sin embargo, Chariot no parecía tener la menor intención de dejarlo a solas.

“¿Wolfie? ¿Dónde estás?”.

Como Yuri colocaba el alambre sin responder, Chariot dio vueltas por el interior de la casa antes de dar con él al otro lado de la ventana en un instante.

“¿Qué haces ahí?”.

Al acercarse al ventanal y llamarlo, le pareció mal ignorarlo, así que levantó la mirada de soslayo y se encontró con un Chariot que presumía de cuerpo luciendo una toalla únicamente ceñida a la cintura. Aquella indumentaria equivalía prácticamente a ir desnudo. Tanto en el hotel como allí, parecía que a Chariot le entusiasmaba la exposición pública.

¿Será porque ambos somos alfas y no le da importancia? Bueno. Al fin y al cabo comparten género y rasgo, así que tampoco había necesidad de avergonzarse.

Al pensar hasta ahí, Yuri recordó de manera natural lo ocurrido durante el día. A pesar de no ser dado a la vergüenza, cuando Chariot vio su torso reaccionó con un pudor excesivo, hasta el punto de sonrojarse. La imagen de él tapándose los ojos con las manos y sus ojos intensos examinando fijamente a Yuri mientras le prestaba la camisa cruzaron fugazmente por su mente.

Tras aquello, a él mismo le costaba de repente mantener la vista fija en el cuerpo de Chariot. Como si la reacción fuera contagiosa, y con el fin de evitar esa sensación extraña que empezaba a invadirlo, Yuri agachó la cintura y replicó:

“Estoy fabricando una trampa para darme cuenta si ronda alguien por la ventana, así que vete a dormir primero. Y tú tampoco te acerques por la zona del cristal”.

A pesar de que le había pedido que no se acercara, Chariot se aproximó aún más. Se alcanzaba a distinguir el cabello rubio y rojizo del que goteaba agua.

“¿No estás cansado después de moverte todo el día? Vámonos a descansar ya”.

Yuri alzó la vista de soslayo hacia aquel empleador tan benevolente que le decía a su guardaespaldas que descansara. Al contemplar su rostro mojado mirándolo desde arriba, la extraña sensación que acababa de sentir resurgió con fuerza y sus ojos se desviaron solos hacia Chariot.

Era solo cuestión de mirar a un alfa recién salido de la ducha, pero de algún modo se generó una tensión semejante a la de espiar una escena obscena. Sin darse cuenta, Yuri se quedó mirando fijamente la piel brillante y húmeda de Chariot y la esculpida nuez situada en el centro de su firme cuello, hasta que reaccionó tarde y se aclaró la garganta con sequedad.

No sé qué me pasa de repente. ¿Será porque Chariot ha mencionado lo del rut de camino hasta aquí?

“Mi trabajo consiste en evitar que ocurra cualquier contratiempo mientras duermes. No tienes por qué preocuparte por mí, así que más te vale irte a descansar tú”.

“¿No pasa nada porque en todo el camino no ha ocurrido nada? Al menos por hoy, digo”.

“Eso nunca se sabe”.

Yuri también había albergado ese pensamiento por un momento, pero bajar la guardia estaba prohibido.

“De todos modos, hubo gente que intentó matarte, y la organización que te persigue es una red a gran escala extendida por toda Norteamérica”.

No pretendía asustar a Chariot a propósito, pero una vez soltadas las palabras, pensó de manera tardía que aquello podía inquietarle. Preocupado por si había metido la pata, examinó a Chariot con cautela, pero por suerte no parecía aterrorizado.

Ya que sus palabras no lo habían asustado en absoluto, bastaba con dejarlo estar; sin embargo, Yuri sintió el impulso de dirigirle cualquier clase de comentario. Es decir… para ser exactos, quería tranquilizarlo.

“Pero no parece que hayan descubierto todavía que estamos aquí”.

Como jamás había consolado a nadie con palabras, Yuri organizó y seleccionó una gran cantidad de pensamientos en su cabeza durante esos escasos segundos antes de continuar:

“Así que puedes dormir tranquilo”.

Albergando una sensación que a él mismo le parecía sonrojante, Yuri se puso ligeramente tenso. Se preguntó si estaba bien que dos alfas intercambiaran palabras de esa índole, y también le sobrevoló el temor de que Chariot lo tomara a risa o lo encontrara molesto.

Era una preocupación innecesaria.

Nada más terminar de hablar Yuri, Chariot inclinó el torso hacia delante. Con la cabeza ladeada bajo la rendija entreabierta de la ventana, alineó su mirada de manera aproximada con la de Yuri, que seguía sentado debido a la instalación de la trampa, y le sonrió mirándole a través del hueco abierto. Sus labios rosados se curvaron con gracia, y de ellos brotaron palabras tan tiernas como la forma que dibujaba su boca:

“Gracias por decir eso”.

Ante aquella sonrisa dócil y desprovista de hostilidad, a Yuri le invadió la duda de si no se estaría bajando la guardia con demasiada rapidez. Confiarse de alguien como él, una auténtica escoria, tras apenas un día de conocerlo era una jugada verdaderamente peligrosa. Sin embargo, aquel día Yuri ya le había lanzado varias advertencias a Chariot, y pensó que ir recordándole una y otra vez qué clase de tipo era tampoco iba a servir para tranquilizarlo.

“…Vete a dormir”.

“Lo que estás haciendo ahora, ¿te va a llevar mucho rato?”.

“¿A qué viene esa pregunta?”.

“En cuanto entres, me iré a acostar”.

Si no estás tú, no me entra el sueño.

De repente, una voz fantasmal del pasado resonó en la cabeza de Yuri. La imagen de su madre, a quien guardaba siempre en lo más hondo del corazón, cruzó su mente, evocando la estampa de aquella noche lejana en la que salía a recibir a su padre mientras esperaba su regreso hasta altas horas.

Al mismo tiempo, un leve escalofrío recorrió la piel de Yuri. Quizá por el frío de la noche, de pronto le picaron los brazos. Frotándose los antebrazos con las manos manchadas de tierra, replicó con brusquedad:

“Haz lo que te dé la gana”.

En lugar de reprenderlo diciéndole que se dejara de tonterías y se fuera a la cama, Yuri decidió dejarlo estar. Y es que aquellas palabras, a pesar de saber que no eran más que cumplidos vacíos, escondían la promesa de esperarle, y lo cierto es que eso no le desagradaba del todo.

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Le tomó unos cincuenta minutos fijar los alambres por toda la casa y colgar clavos en puntos ocultos para que sirvieran de marca. Absorto en la tarea, el tiempo pasó volando, y para cuando terminó, la piel de Yuri se había enfriado empapada por el aire nocturno. Tras exhalar un suspiro contenido, abrió la puerta para entrar en la casa y se encontró con la espalda de Chariot, que seguía sentado en el sofá.

Al verlo, una pequeña risa seca se le escapó por lo bajo.

Inconsciente de su propia sonrisa, Yuri caminó hacia el sofá. Aunque avanzaba con pasos firmes y audibles, Chariot no se giró. La curiosidad por saber qué estaría haciendo le picó un instante, pero en lugar de preguntarlo en voz alta, se acercó a su lado en silencio.

Chariot se había quedado dormido con los ojos cerrados mientras sostenía entre las manos el libro viejo que Yuri había dejado sobre la mesa. Aunque tratándose de un texto en ruso no tenía la menor idea de para qué se había puesto a examinarlo, parecía que, tras echarle un vistazo a las primeras páginas, se había quedado frito al instante. El pecho de Chariot subía y bajaba al compás de una respiración pausada. Yuri se detuvo a contemplar fijamente su rostro dormido, inmóvil. Dormía con una belleza tal que resultaba casi pecaminoso cubrirlo con su propia sombra.