3. Cereza y Humo (Parte 1)
3.
Cereza y Humo
En
la carretera había multitud de pequeñas piedras. Durante las cuarenta millas
que llevaba recorridas, al observar las marcas que dejaban las piedrecitas al
chocar contra el parabrisas y desaparecer, Yuri por fin comprendió por qué los
vehículos de sus clientes solían venir con tantas muescas diminutas en el
cristal delantero. Era porque se dedicaban a viajar.
Comprobando
de primera mano un hecho que hasta entonces solo conocía de oídas gracias a su
padre, se dio cuenta de que su progenitor tampoco lo había experimentado jamás,
sino que seguramente se lo habría oído contar a alguien más. Al fin y al menos,
los Kiselyov jamás habían tenido tiempo para andarse de viaje.
Aunque
tenía una amplia experiencia conduciendo largas distancias, aquello no se le
podía llamar viajar. No le sobraba el margen ni la tranquilidad como para andar
fijándose en las piedras que rebotaban contra los cristales, y como solía
desplazarse principalmente durante la noche, el paisaje era lo de menos. Quien
se embarca en un viaje donde la probabilidad de morir acecha en cada esquina no
tiene tiempo de detenerse en nimiedades.
Conducir
por la autopista número uno en pleno día le enfrentaba a Yuri con una estampa
digna de película. La vía, esculpida en plenas cumbres montañosas de gran altitud,
serpenteaba aproximándose y alejándose de las cimas en un vaivén constante,
dejando ver picos salpicados de glaciares por todas partes. A lo largo del
trayecto también avistó un par de veces ríos transparentes de un tono azul casi
verde turquesa. Era un color de postal.
Justo
en el momento en que la autopista número uno terminaba para dar paso a la
noventa y tres, Chariot —quien había permanecido en silencio durante un buen
rato— abrió la boca.
“Por
aquí cerca hay un lago precioso. Lleva el nombre de una princesa británica. ¿Lo
has visto?”.
Yuri
desvió brevemente la mirada para observarlo. Por mucho que le gustara hablar
por los codos, había pensado que ni siquiera él aguantaría todo el día de
cháchara; sin embargo, al mirarle la cara, se dio cuenta de que tenía aspecto
de acabarse de despertar. Como se había quedado quieto mirando hacia la
ventanilla, dio por hecho que ya estaba desvelado.
“Vuelve
a dormirte”.
Por
supuesto, Yuri jamás había visto lugar hermoso alguno de los que mencionaba. El
espectáculo más bello que recordaba haber contemplado era la sonrisa de sus
amigos y la de su padre, seguido de la paz que le transmitió Vancouver al
escapar del infierno de Sarátov. Con eso le bastaba y le sobraba, por lo que,
antes que andar de viaje solo para contemplar paisajes idílicos, prefería mil
veces seguir trabajando.
“Vaya,
¿se nota que me había quedado dormido? Perdón. Me he quedado frito sin darme
cuenta”.
“¿Por
qué pides perdón?”.
Aunque
se había propuesto evitar a toda costa alargar las conversaciones, la
incomprensión le obligó a preguntar. ¿Qué razón tenía para disculparse ante un
tipo como él?
Evidentemente,
lo de haberle agarrado la muñeca a la fuerza sí era motivo de disculpa, pero
como ya había decidido dejar pasar eso, lo demás sobraba.
“Cuando
se viaja en coche durante trayectos largos, el papel de la persona que va en el
asiento del copiloto es fundamental. Darle charla para que no le entre sueño,
ofrecerle algo de comer... esas son las normas básicas de educación”.
Era
la primera vez que oía algo semejante. A su entender, en lugar de perder el
tiempo charlando y atendiendo al otro, resultaba infinitamente más eficiente
aprovechar para echar una cabezada y turnarse después al volante, por lo que
las supuestas normas de cortesía de Chariot le sonaban a pura pérdida de
tiempo.
“Es
la primera vez en mi vida que oigo semejante estupidez”.
Chariot
escuchó el murmullo incrédulo que Yuri soltó para sí mismo. Estirándose
perezosamente, bajó la ventanilla por completo, sacó los dedos a través de la
ráfaga de aire y alzó la voz:
“Reglas
básicas para ir de copiloto: los gastos de gasolina corren por cuenta de quien
gorrea el coche. El pasajero de al lado debe alimentar al conductor con bebidas
y snacks para facilitarle las cosas. Hay que hablarle para que no se duerma y,
de vez en cuando, cantarle alguna canción para alegrarle el día”.
Tras
recitar las normas con un tono claro y melodioso, Chariot giró el rostro para
mirar a Yuri. Al cruzarse sus miradas, le dedicó una sonrisa radiante, curvando
coquetamente sus ojos verdes.
“Son
las reglas especiales de la familia Goodnight. Dicho esto, ¿quieres que te
cante algo?”.
La
sonrisa de Chariot, a juego con sus facciones, era sumamente luminosa. Su
cabello rubio cobrizo se alborotaba impulsado por el viento y la luz del sol,
que seguía brillando con fuerza. Aquel cuadro, que parecía el mismísimo viento
esculpido en color, hizo que Yuri frunciera el ceño y apartara la vista. Había
apartado demasiado tiempo los ojos de la carretera.
“Si
lo que buscas es facilitarle las cosas al conductor, lo mejor que puedes hacer
es mantener la boca cerrada”.
“Hombre,
con el día tan bueno que hace, eso es imposible”.
Chariot
dejó escapar una risita ahogada y volvió a centrar el tema en el lago del que
había hablado antes.
“El
lago Louise se forma con el deshielo de un glaciar, así que el agua está
heladísima. Una vez me tiré sin pensarlo y estuve a punto de sufrir un infarto.
Por aquí, cerca de Banff, hay un montón de lagos bonitos, pero ninguno tiene
ese tono esmeralda tan característico del Louise. Por eso se llena de gente,
pero te aseguro que vale la pena visitarlo al menos una vez en la vida”.
Yuri
guardó silencio mientras miraba al frente, imaginándose vagamente lo que
Chariot describía. El río que había visto antes ya le había parecido
extraordinariamente hermoso, y consideraba que haber presenciado algo así era
ya un lujo excesivo para él.
Hacer
un viaje únicamente con el propósito de contemplar paisajes era un privilegio
reservado a unos pocos elegidos. En este mundo había demasiada gente que perdía
la vida de manera absurda sin haber tenido jamás la oportunidad de contemplar
ninguna maravilla natural. Su madre había sido una de ellas.
“A
partir de aquí empieza la Icefields Parkway. Si seguimos todo recto por esta
ruta, llegaremos al Paraíso del que te hablé. El lago Louise es precioso, no te
digo que no, pero no le llega a la suela de los zapatos al Paraíso. Seguro que
te encantará”.
Cuanto
más conversaba con Chariot, más evidente se le hacía a Yuri que su lógica jamás
llegaría a comprender ninguna de las palabras que salían de su boca. Las
disculpas, los agradecimientos, cada uno de los términos que utilizaba le
resultaban completamente ajenos. Las palabras de Chariot eran redondas y de
colores variados, como guijarros de cristal esparcidos por la arena de una
playa.
“Me
importa un bledo que me encante o no”.
“Hombre,
cuando uno ve un paisaje bonito, lo suyo es compartirlo con los demás, ¿no
crees?”.
Pues va a ser que no. Yuri era incapaz de sintonizar con esa clase de sentimientos.
Al igual que le había ocurrido un momento antes al escuchar sobre la gente que
viajaba largas distancias solo para contemplar vistas panorámicas, sentía como
si intentara avanzar a tientas a través de una espesa capa de niebla.
“Cuando
lleguemos, ¿qué es lo primero que te apetece hacer? Al fin y al cabo llevamos
más de diez horas conduciendo seguidas”.
Curiosamente,
quien se había pasado la noche entera al volante había sido él, pero Chariot
soltaba esa pregunta con total tranquilidad. Yuri amagó con corregirle el dato,
pero prefirió dejarlo correr para ahorrarse tener que escuchar alguna
cursilería innecesaria.
“Lo
primero será contactar con Alexei para evaluar la situación. Por los mensajes
que dejó, supongo que ya habrá trazado un plan”.
Como
las llamadas perdidas y los recados le traían de cabeza, su intención era
ponerse en contacto con él en cuanto llegaran al pueblo y recuperaran
cobertura. Seguro que a lo largo de la noche Alexei se había movido lo
suficiente como para acumular un montón de novedades que contarle.
Pero... ¿cómo debía explicarle a Alexei lo ocurrido durante la
madrugada?
Alexei
era de los que no paraban hasta llevar a cabo sus encargos. En su época bajo
las órdenes de Ígor, todos le temían por su cabezonería a la hora de aferrarse
a un objetivo, y tras convertirse en un reparador, esa misma responsabilidad le
había ganado la confianza de los clientes.
Por
esa razón, cabía la posibilidad de que, incluso si le confesaba que se había
metido con un tipo de mala calaña y que debía abandonar el encargo a medias, él
se negara en redondo a aceptarlo.
Aun
así, Yuri deseaba que se desvinculara del contrato de Chariot. A diferencia de
él, Alexei era alguien valioso, rodeado de gente que sufriría si le pasaba
algo, por lo que prefería que no volviera a jugarse el tipo como en los viejos
tiempos.
“No,
no me refería a eso”.
Al
ver que Yuri lo fulminaba con el ceño fruncido, Chariot metió la mano en la
bolsa de snacks que seguía reposando sobre sus muslos. Tras sacar un paquete de
gominolas y desgarrarlo por el medio para abrirlo, extrajo una pequeña golosina
con forma de osito amarillo y se la echó a la boca.
“Yo
lo que quiero es pegarme un baño en el lago, tumbarme al sol y beberme una
cerveza bien fría. Y luego, en cuanto me entre el sueño, ¡dormir a pierna
suelta hasta la mañana siguiente!”.
Chariot
se empeñaba en obligarle a contemplar escenarios que a Yuri ni le iban ni le
venían. Para alguien habituado a comer, dormir y moverse únicamente cuando las
circunstancias de supervivencia lo exigían, pararse a reflexionar sobre
caprichos tan mundanos carecía por completo de sentido.
...Aunque,
bien pensado, lo que sí le apetecía era pegarse una buena ducha. Llevaba más de
veinticuatro horas sin asearse como Dios manda, y un baño caliente seguro que
le despejaba.
Era
lo único remotamente parecido a un deseo que Yuri lograba concebir.
“Haz
lo que te plazca, pero ni se te ocurra alejarte de mi vista a solas. Aunque
digan que por aquí hay poca gente, nunca se sabe cuándo puede torcerse la
situación”.
“Entendido,
míster Wolfie”.
Ante
aquel apodo, Yuri arqueó una ceja con hastío.
“Deja
de llamarme así”.
“¿Acaso
no lo habíamos hablado? Yo soy Cherry y tú eres Wolfie”.
“A
mí con que me llames Campbell me sobra”.
“¡Si
hasta 'Cherry' es un diminutivo cariñoso, lo lógico es que yo también use uno
contigo!”.
Mientras
Yuri endurecía el rictus, Chariot volvió a sacar otro osito de gelatina y se lo
extendió justo enfrente de sus labios. En un santiamén, la mano de Chariot le
rozó la mejilla.
“Aquí
tienes una ofrenda para la caza, cálmate un poco, míster Wolfie”.
Aquel
gesto de proximidad, como si pretendiera darle de comer en la boca, le produjo
un rechazo visceral. Girando la cabeza con brusquedad, Yuri le lanzó una
advertencia con voz cavernosa:
“Quita
esa mano de ahí”.
“bueno,
bueno. A la próxima buscaré algo que de verdad le guste a los lobos”.
Chariot
se lanzó a la boca la pequeña gominola con forma de osito que pretendía
regalarle. Junto al sonido silencioso de los dulces al ser masticados, se
esparció un aroma artificial a fruta. Haber comprado chucherías había sido una
buena decisión; Chariot ya se había zampado no solo la gominola, sino también
dos barritas de chocolate enteras.
A
juzgar por cómo se había calmado tras meterle algo de comer en la boca, Yuri
pensó que se mantendría en silencio al menos por un rato, pero Chariot
interrumpió su tarea de rebuscar entre las golosinas para volver a hablar.
“¡Ah,
se me olvidaba una cosa importantísima!”.
“Suelta”.
“Tenemos
que pasar a hacer compras antes de llegar. Como aquello es un pueblo pequeño,
no hay tiendas de licores ni grandes superficies, así que hay que pillar lo que
necesite por el camino en cuanto veamos un sitio abierto. Es un incordio, pero
no queda otra”.
“¿En
una situación así lo único que se te pasa por la cabeza es beber? Qué vida tan
relajada te traes”.
“Bueno,
ya que hemos llegado hasta un sitio con semejantes vistas, tampoco es plan de
pasarse el día entero con el alma en vilo de puro miedo. Ah, por cierto,
también tenemos que parar en una farmacia”.
“¿En
una farmacia?”.
Confiaba
en que descartara la absurda idea de que fuera por culpa de sus heridas, y por
suerte, Chariot lo desmintió al instante.
“Lo
mencioné un poco de pasada, pero se me acerca el celo. Como va a estar
complicado encontrar a alguien con quien acostarme, tendré que comprar
inhibidores. Aunque... si no te molesta escuchar ruidos ajenos, podríamos
buscar a alguien en el pueblo para pasar juntos el celo”.
Tan
explícita y descaradamente obscena le resultó la explicación que Yuri se quedó
mudo. Con lo elegante y aristocrático que parecía a simple vista cuando se
quedaba callado, no se cortaba un pelo en soltar semejantes ordinarieces.
Ya
lo había notado antes: a Chariot le importaba un bledo el decoro. Tanto lo de
exhibirle su cuerpo desnudo sin el menor recato como la facilidad con la que
soltaba comentarios subidos de tono...
Y
sin embargo, no le provocaba un rechazo visceral ni repulsión. A lo largo de su
vida, Yuri se había visto obligado a tratar con sujetos cuya alma entera estaba
podrida, y aquellos tipos solían exhalar una inmundicia verbal que dejaba a
Chariot a la altura de un aficionado. Comparado con semejantes alimañas, lo de
Chariot parecía poco más que las habladurías de un chiquillo inmaduro.
El
celo...
Desde
luego, era un verdadero fastidio.
A
ningún alfa le hacía gracia tener a otro de su mismo rasgo merodeando por los
alrededores con las hormonas revolucionadas, por lo que, en los tiempos en que
Yuri formaba parte de la organización, existía la norma implícita de esfumarse
discretamente en cuanto llegaba esa época. Tanto Ígor como su hijo Iván
aborrecían profundamente las feromonas de los alfas, y no era raro que pagaran
su frustración con cualquiera que no supiera mantenerlas debidamente
reprimidas.
Por
esa razón, en el mundo de Yuri el periodo de celo era un secreto vergonzoso que
jamás se aireaba en público, un asunto que debía resolverse en la más absoluta
soledad. No existía el menor margen para tomárselo a la ligera ni para
plantearlo abiertamente ante los demás, como hacía Chariot.
“Empecemos
por la farmacia”.
Imaginar
un cambio en las feromonas de Chariot le produjo una sensación extraña. Un
rechazo instintivo brotó en su interior, seguido de inmediato por la inoportuna
imagen de Chariot cambiándose de ropa en la habitación del hotel. Quizás porque
aquella desnudez imprevista se le había grabado a fuego en la retina.
Menudo suplicio debió de ser para cualquiera tener que lidiar
con eso, pensó con un matiz
de compasión tan inútil como fuera de lugar.
El
atributo de Chariot tenía un tamaño espeluznante. Tratándose de un deportista
con semejante planta, entraba dentro de lo lógico que sus partes estuvieran
acordes a su envergadura, pero aun así, lo que había visto superaba con creces
los límites de lo razonable. Si ya en reposo previo a la erección alcanzaba
esas proporciones, costaba imaginarse quién demonios sería capaz de soportarlo
una vez excitado de verdad.
Yuri
acumulaba bastante experiencia tratando con omegas, por lo que sabía de sobra
que un tamaño desmesurado no garantizaba el disfrute de la otra parte, ni mucho
menos. Aunque sin llegar al extremo absurdo de Chariot, el propio Yuri tampoco
se quedaba corto y superaba holgadamente la media. Como solía ser bastante
grande, no era raro que los omegas acabaran doloridos, en cuyo caso él se limitaba
a satisfacerlos manualmente antes de despedirlos.
Dedicar
el tiempo necesario a preparar el cuerpo con suficiente lubricación permitía el
acoplamiento, pero a Yuri le daban asco los preliminares. Antes de andarse con
tonterías para mantener relaciones, prefería tragarse las pastillas inhibidoras
y pasar el celo a solas.
Los
preliminares no eran más que una farsa. Aunque al final el único propósito
fuera descargar la tensión acumulada, fingir que existían sentimientos de por
medio besando y recorriendo el cuerpo ajeno le resultaba repulsivo.
Pero...
por lo que intuía, Chariot era de los que disfrutaban regodeándose en el placer
de derretir a su pareja, y con creces. Viendo cómo era capaz de soltar lindezas
azucaradas sin inmutarse, estaba seguro de que en la cama actuaría exactamente
igual. ¿Estará también parando la boca todo el rato mientras lo hace? No
había nada que arruinara más el momento.
De
pronto, Yuri cayó en la cuenta del nivel de detalle enfermizo con el que
acababa de recrear las intimidades de Chariot. Sentía que el simple hecho de
haber albergado semejantes pensamientos era una profanación, así que frunció el
ceño con contrariedad y torció los labios. Al percatarse de su gesto, Chariot
le preguntó:
“¿Te
encuentras bien?”.
La
mano que aferraba el volante se tensó con fuerza. Una ola de vergüenza lo
recorrió de arriba abajo ante el temor de que le hubieran adivinado las sucias
elucubraciones, y sintió cómo las mejillas le ardían allí donde les daba la
luz.
“¿A
qué te refieres?”.
“Has
puesto cara de circunstancias. Como te he visto conducir todo este rato sin
gafas de sol a pesar de lo fuerte que pega la luz, llevo un buen rato
observándote. Ya que vamos a parar a la farmacia, compremos unas. Si dejas tus
ojos expuestos así, acabarás jodiéndote la vista”.
La
respuesta, que no guardaba la menor relación con lo que él temía, lo dejó
descolocado. Mientras pensaba que el otro se preocupaba por tonterías, una
profunda autocragación lo invadió al recordar que se había montado una película
mental tan absurda sobre un alfa. Temió por un momento que se le estuviera
zafando un tornillo.
“No
las necesito”.
“¿Cómo
que no? Las gafas de sol son un artículo de primera necesidad. Vas a terminar
con los ojos hechos polvo”.
Yuri
sopesó durante unos segundos la mejor manera de cerrarle la boca a aquel energúmeno.
Como le había pedido expresamente que no le diera miedo, se contuvo de volver a
amenazarlo recordándole quién era en realidad, así que optó por otra vía.
“¿Siempre
eres tan bocazas? Un alfa que no para de parlotear por los codos resulta poco
menos que repulsivo; no me explico cómo demonios se las ha apañado para ligar
hasta ahora”.
Un
reproche de ese calibre no mataba a nadie. No era un insulto directo ni una
ofensa personal, así que ya sabría encajarlo.
“Espera
un momento”.
¿Habría
surtido efecto? Chariot incorporó de golpe el torso, que llevaba apoyado contra
el respaldo, y se inclinó hacia él.
“Por
cómo suena eso... ¿quieres decir que te resultaría atractivo si me callara la
boca?”.
Evidentemente,
no había surtido ningún efecto.
“No.
Simplemente pretendía decirte que te calles”.
“¿De
verdad te parezco un pesado? Bueno, tampoco es que hable por los codos todo el
tiempo. Pero tengo una imagen pública que mantener, así que no voy soltándome
con cualquiera, que conste. Si me lo propongo de verdad, ligar no me cuesta lo
más mínimo”.
No
mostraba la más mínima intención de guardar silencio. Exhalando un suspiro
profundo, Yuri se dispuso a rebatir sus majaderías:
“Viendo
el numerito infantil que montaste la primera vez que me viste, no me da la
impresión de que seas tan hábil”.
“Incluso
un hombre con tanta labia como yo comete a veces torpezas de crío cuando se
cruza con alguien que de verdad le gusta”.
Recostándose
de nuevo contra el asiento, Chariot apartó la vista hacia el exterior con una
sonrisa ligera teñida de añoranza.
“Jamás
había creído en eso del amor a primera vista, pero tú fuiste algo completamente
distinto desde el primer segundo”.
Aquel
murmullo, más propio de un soliloquio, dejó a Yuri completamente petrificado.
Le costaba creer que las tácticas de seducción que aquel chalado le había
estado tirando entre risas tuvieran una base de verdad tan sincera. El día
anterior había creído que era una broma, y hoy directamente no lo entendía.
“Así
que, pensándolo bien, casi me alegro de que no seas la clase de persona que
imaginaba. De lo contrario, no quiero ni pensar en las estupideces que se me
habrían ocurrido hoy para seguir intentando engatusarte”.
Por
suerte, Chariot recondujo la conversación para evitar que Yuri siguiera dándole
vueltas al asunto. Al cabo de un instante guardó silencio, y el coche quedó
sumido en la paz que tanto había ansiado.
En
medio de aquel ambiente sosegado, Yuri pensó que, a fin de cuentas, era una
suerte no ser una persona bondadosa como las demás. Estaba demasiado habituado
a que lo ignoraran o lo pisotearan en lugar de recibir cuidados y atenciones
minuciosas, y esa clase de trato frío era, al fin y al cabo, el único con el
que se sentía a gusto.
*
* *
A
medida que escuchaba las tonterías de Chariot, sin darse cuenta ya se iban
acercando al destino. El navegador indicaba que faltaban apenas diez minutos
para llegar, y poco después, a la derecha de la autopista, apareció un gran
cartel de madera con la inscripción ‘Big Fox’ tallada. Tal como había dicho
Chariot, por los alrededores no parecía haber riesgo de que los descubrieran. Y
con razón, pues los edificios visibles se podían contar literalmente con los
dedos de una mano.
Menos
mal, aunque... también tenía su cara B.
En
un sitio tan silencioso, por lo normal no había con quién cruzarse, lo cual no
estaba nada mal; sin embargo, en los lugares con poca población, los
restaurantes y tiendas de comestibles escaseaban, por lo que un extranjero
desconocido salía demasiado a la reojo. Y un tipo como Chariot destacaba con
facilidad. ¿Habría que plantearse teñirle el pelo o algo?
Lo
sopesó brevemente, pero como Chariot no era ningún fugitivo perseguido por la
policía, decidió descartar semejante medida, al menos de momento. Al fin y al
cabo, de las compras ya se encargaría él.
Yuri
dio por zanjado el asunto. Cuando apartó la mirada del entorno y volvió a
enfocar el frente con indiferencia, Chariot —que había estado guardando un
respetuoso silencio— soltó de repente:
“Eh,
eh, eh, esa cara no vale”.
“¿Qué?”.
“Eso
de ‘para ser el paraíso, menuda birria’, ¿no era eso lo que estabas pensando?”.
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Tampoco
es que hubiese estado pensando exactamente en eso, pero ahora que lo mencionaba,
algo de razón tenía. A diferencia de las expectativas que el término ‘paraíso’
podía evocar, la estampa que se desplegaba ante sus ojos no difería demasiado
de todo lo que llevaban contemplando en la autopista. Sin embargo, Yuri era un
hombre carente de imaginación, y el dichoso paraíso del que hablaba Chariot le
importaba un bledo.
El
paraíso recibe ese nombre precisamente porque no existe en la tierra.
Un
lugar exento de sufrimientos y desdichas no puede materializarse en el plano
terrenal; solo era posible en el mundo que aguardaba tras la muerte. Pero como
Yuri era de los que acabarían en el infierno incluso después de expirar, jamás
pisaría el edén.
Así
pues, por muy hermoso o grandioso que fuera el lugar, jamás se convertiría en
un paraíso para él. De modo que se limitó a seguirle el juego al entusiasmo
exagerado de Chariot con desgana:
“Piénsalo
como quieras”.
“Pero
esa cara de decepción va a cambiar en unos ocho minutos exactos”.
Chariot
anunció el pronóstico con tono de presentador de televisión, y Yuri torció una
comisura de los labios en una mueca escéptica. Tras pasarse casi un día entero
pegados el uno al otro, su cerebro parecía empezar a habituarse al flujo
incesante de palabrería del alfa, de modo que aquella payasada ya no lo ponía
tan al límite como al principio. Se ve que uno termina volviéndose inmune a las
tonterías, pensó para sus adentros, justo antes de que Chariot volviera a la
carga con otro aspaviento:
“¡Hombre,
esa cara que pones delata que mi broma te ha hecho gracia!”.
“Para
nada”.
“¿Cómo
que para nada? Si te acaba de escapar una sonrisa”.
Qué
valor tenía. Yuri dejó escapar una risa ahogada ante la desfachatez con la que
Chariot se le subía a las barbas. En Sarátov, a nadie se le habría ocurrido
jamás atreverse a gastarle bromas de ese pelo.
Aunque
los sujetos de su mismo rango solían soltar chascarrillos de mal gusto entre
ellos, cuando alguien cruzaba la línea de esa manera, Yuri jamás lo dejaba
pasar. Golpear la cabeza de alguien al pasar como burla o tantear el terreno
eran dinámicas empleadas por aquella chusma para establecer jerarquías, y si
uno se quedaba de brazos cruzados, los demás terminaban imponiendo el orden a
su antojo.
Y,
además, como la gente corriente solía tenerle pánico, jamás se les habría
ocurrido dirigirle la palabra los primeros.
A
diferencia de Alexei, que conservaba un lado juguetón, él era incapaz de
esbozar una sonrisa y desprendía una sequedad tal que resultaba imposible
mezclarse con la gente normal.
Aunque
las cosas habían cambiado desde que se instaló en Vancouver, como Yuri no
pisaba ningún sitio donde hubiera aglomeraciones, no solía verse en estas
situaciones. La sola idea de que un tipo como él rondara entre gente pacífica
era una aberración.
En
lugar de rebatir rotundamente la acusación de Chariot, Yuri optó por callarse.
Al fin y al cabo, cuanto más tranquilo estuviera Chariot, mejor para todos; así
que decidió dejar pasar aquel pequeño equívoco por el bien del joven asustado.
A decir verdad, si había sonreído o no era un detalle carente de importancia.
Entre
bromas y bromas que no lo eran tanto, por fin abandonaron la autopista.
Siguiendo las señales de tráfico a través de una carretera sinuosa y llena de
curvas, el espeso bosque los devoró por completo. Mientras avanzaban bajo la
bóveda de gigantescos árboles que flanqueaban ambos lados del camino,
rememorando la atmósfera de Stanley Park, una brisa fresca e impregnada de
naturaleza colmaba el habitáculo a través de la ventanilla abierta.
Olor
a tierra mojada. Aroma a corteza húmeda. El susurro de las hojas jóvenes
brillando con un verde intenso.
Guiado
por los estímulos que asaltaban su olfato y su oído al final del trayecto, Yuri
se topó de bruces con un lago descomunal que destellaba bajo la luz del sol. Un
cuerpo de agua teñido de un azul intenso y profundo.
El
reflejo del sol sobre el oleaje ondulante parpadeaba con la intensidad del
azúcar glas. Quizás debido al chisporroteo de la superficie, aquel lago azulado
desprendía una calidez inesperada, flanqueado por altos abetos y salpicado de
hermosas casas de campo aquí y allá.
Al
cabo de un instante, Yuri cayó en la cuenta de que aquello no era un río, sino
un lago. Los lagos canadienses eran tan inmensos que a menudo semejaban ríos o
mares abiertos, pero la orografía del terreno disipaba cualquier duda. Sin
embargo, al ser tan colosal que el otro extremo quedaba fuera del alcance de la
vista, daba la sensación de que una pequeña porción de mar había quedado
atrapada en el corazón de aquel pueblo.
“Te
doy la bienvenida a Big Fox”.
Chariot
le susurró en voz baja desde el asiento de al lado, dejándole contemplar el
impresionante espectáculo paisajístico. El pueblo, fiel a su nombre, evocaba la
imagen de un zorro de pelaje rojizo correteando libremente por el bosque; era
un rincón apacible y hermoso. Empezaba a entender un poco el porqué de la
metáfora del paraíso.
“...Ya
veo”.
Yuri
respondió con la voz ensombrecida y apartó la vista del río —no, del lago— que
reclamaba su atención de manera insistente.
“Aun
así, a diferencia de lo que parecía desde fuera, esto tiene toda la pinta de un
complejo vacacional. Teniendo en cuenta que ya estamos en julio, lo normal es
que esto se llene de turistas”.
“Bueno,
aunque el turismo es la principal fuente de ingresos, por lo general aquí solo
vienen los dueños de casas de verano o algún que otro pescador despistado.
Hacer el viaje arrastrando un barco hasta este rincón no sale a cuenta, así que
lo habitual es que solo se pasen los vecinos de la zona”.
“Da
igual que sean extranjeros o locales. De hecho, los locales son peores.
¿Cuántos canadienses crees que hay que no reconozcan tu cara?”.
“Ah,
es verdad. Había olvidado que soy toda una celebridad. Con lo poco que me
valoras tú, se me había pasado por completo”.
El
coche avanzaba con suavidad por el asfalto bien asfaltado. Las variopintas
mansiones levantadas a la orilla del lago impedían ver con claridad lo que
ocurría en el centro del agua. En el camino se cruzaron con una pequeña
iglesia, un café que parecía prepararse para echar el cierre y un bar que, por
el contrario, empezaba a avistar los preparativos para abrir. No era
precisamente una localidad con una gran actividad comercial.
“Jamás
te he tratado con desprecio. ¿No fuiste tú el primero que me cogió tirria nada
más verme?”.
Soltó
la frase con la única intención de rectificar los hechos, pero Chariot se frotó
la mejilla y guardó silencio. Un silencio incómodo se instaló en el habitáculo,
y Yuri se preguntó si con aquello habría vuelto a intimidarlo. Le costaba
horrores gastar energía intentando adivinar y cuidar los sentimientos ajenos;
hacía demasiado tiempo que no se veía en una tesitura así. Las únicas personas
que le rodeaban desde hacía años eran tan íntimas que le bastaba una mirada
para saber qué pensaban, y en cuanto a alguien con la sensibilidad suficiente
como para calibrar los estados de ánimo ajenos, su madre había sido la última.
Ahora
empezaba a entender por qué a Alexei le había costado tanto criar a Valeri.
Alexei tenía una pareja, alguien a quien había arrastrado consigo como si fuera
de su propia familia durante toda su vida. En una época en la que él mismo
apenas sabía cuidarse, Alexei se había matado a trabajar día y noche con el
único propósito de sacar adelante a un niño mucho menor que él de forma
íntegra. Ambos pertenecían a mundos totalmente opuestos, lo que inevitablemente
generaba un sinfín de roces.
Tras
divagar un instante con aquellos pensamientos, Yuri regresó a la realidad y
decidió apaciguar la incomodidad que intuía en Chariot. Aunque resultaba un
tanto absurdo esforzarse de esa manera por alguien que ni siquiera era de su
familia, al tratarse de su cliente actual, no le quedaba más remedio que ceder
un poco.
“Tampoco
era mi intención hacerte sentir incómodo. Te he contestado tal cual porque me
ha salido natural decir la verdad”.
Llegar
al punto de pedir disculpas ya rebasaba los límites de la educación que había
recibido, pero al menos explicarle el motivo de sus palabras bastó para que el
semblante de Chariot se relajara.
“No
pretendía recordarte a cada paso que soy un mal bicho”.
“...¿Podrías
contarme qué clase de cosas has hecho?”.
Chariot
abrió la boca tras dudar unos segundos. Ahora que lo pensaba, ya en la
habitación del hotel había mostrado un extraño interés por conocer los detalles
de los crímenes que había cometido. Como en su cabeza asumir los hechos
equivalía a una autoinculpación, jamás se le habría pasado por la cabeza
contárselo, pero viéndolo ahora, parecía más bien que su actitud respondía a un
intento genuino de comprenderlo.
Sin
embargo, que alguien intentara comprenderlo era precisamente lo último que Yuri
deseaba.
“No”.
Ante
aquella respuesta tan tajante y fría, Chariot también apartó la mirada. A
diferencia del hotel, no parecía enfadado, sino más bien contrariado.
“Los
seres humanos somos verdaderamente mezquinos. Con solo ver la apariencia y los
modales de alguien, uno insiste en querer creer que es buena persona. Y yo
estoy cayendo en lo mismo”.
Chariot
se pasó una mano por el flequillo, alborotado por el viento. Tras unos
instantes de silencio, volvió a esbozar una sonrisa y se encogió de hombros.
“En
fin, ya me ha quedado claro tu punto. Y supongo que debo asumir que es verdad
que me detestas, y que tú sabes que lo sé”.
“...Sí”.
Con
eso bastaba si no le había tomado miedo. Yuri respondió con lentitud, aunque se
le quedó la sensación de querer decir algo más, haciendo que sus labios se
abrieran ligeramente.
¿Por qué demonios has llegado a aborrecer tanto a los
criminales?
La
pregunta se asomó a su mente, pero la respuesta implícita en ella misma le
arrancó una amarga sonrisa irónica. ¿Acaso existe alguien en este mundo que
adore a los criminales, Yuri?
Si
hasta tú mismo te detestas a semejante nivel.
Ahogando
aquel interrogante desolador que jamás podría pronunciar en voz alta, Yuri
volvió a centrar la vista al frente. El asfalto pavimentado dio paso a un
camino de tierra que serpenteaba a través de un espeso bosque. Tras adentrarse
por una pista tan estrecha que apenas cabía un coche y avanzar durante un
minuto, por fin apareció el destino de aquel largo viaje. Al final del camino,
a la orilla misma del lago, se alzaba una pequeña casa construida de ladrillo. A
diferencia de las lujosas mansiones que habían visto por el camino, aquella
tenía un aspecto bastante austero, rayando casi en lo descuidado a primera
vista.
“Hemos
llegado. Bajemos”.
“...Espera.
¿Has reservado un alojamiento?”.
“No.
Este es uno de los sitios que voy a heredar”.
Al
oír la mención a una herencia, Yuri cayó en la cuenta de que el tipo pertenecía
a una de esas familias con patrimonio. Teniendo en cuenta que con su propio
sueldo ya ganaba una auténtica fortuna, si a eso se le sumaba una cuna acomodada,
Chariot resultaba indudablemente alguien muy importante bajo los parámetros
mundanos. Aunque no tenía la menor intención de tratarlo con especial
deferencia...
Dándole
vueltas a aquello de haberlo tratado con desprecio, Yuri decidió que, si se presentaba
la ocasión, le preguntaría más adelante qué clase de trato prefería recibir.
Como le pagaban por un trabajo de escolta y había decidido aguantarle un poco
las excentricidades, al menos podía concederle ese detalle. Al fin y al menos,
tras asimilar que disparar y querer matar a alguien era algo lo suficientemente
aterrador como para dejarle un trauma a una persona normal, le había empezado a
dar un cierto punto de lástima.
“Mi
madre es canadiense. Nació y creció aquí. Al parecer conoció a mi padre en este
lugar: el flechazo entre un adinerado hombre de negocios estadounidense de
vacaciones y una chica de un pueblo rural de Canadá. Parece sacado de una
película de Hollywood”.
Murmurando
aquello, Chariot abrió la puerta del copiloto y saltó al exterior de un brinco.
Estirándose lánguidamente como una bestia enjaulada, echó a andar a grandes
zancadas hacia la cabaña. Yuri apagó el motor, echó el seguro y fue tras él.
“Tengo
que comprobar el perímetro primero, así que detente”.
“¿Qué?
¿De verdad crees que se ha colado alguien por aquí?”.
“Nunca
se sabe. Si han conseguido dar con la dirección de tu casa, no me extrañaría
que localicen esta”.
“Lo
de aquella vez seguramente fue por culpa de Sam. Nos veíamos mucho por allí”.
Sam...
¿se refería a Samuel?
“Cuesta
creer que alguien le guarde tanto apego a una pareja infiel como para seguir
llamándola con un mote cariñoso”.
A
Yuri le molestó un poco, sintiendo que Chariot utilizaba apodos afectuosos con
demasiada ligereza. Le irritaba la idea de ser tratado con la misma
condescendencia que un amante adúltero y delictivo. Bien mirado, tenía lógica
que un omega con el que llevaba meses acostándose le resultara mucho más
cercano que el propio Yuri, pero él no comulgaba en absoluto con la
infidelidad. Aunque, siendo un delincuente, resultaba bastante ridículo ir por
la vida exigiendo principios morales.
“Ah,
se me ha pegado por costumbre. Bien pensado, tienes toda la razón”.
Chariot
se detuvo en seco y masculló:
“Al
fin y al cabo, todo esto se ha liado porque Samuel me mintió en la cara, ¿no? Y
yo que ni siquiera tenía pensado meterme en una relación de adulterio...”.
“Es
admirable que te des cuenta de eso ahora mismo”.
Lleno
de un genuino asombro, Yuri se acercó al costado de Chariot para echar un
vistazo al interior de la vivienda. Como las cortinas estaban echadas, no se
distinguía gran cosa, pero al menos no se percibía ningún indicio de movimiento
ni siluetas sospechosas. Aunque, si alguien sabía esconderse bien, eso no
bastaba para descartar nada...
Yuri
comenzó a dar la vuelta a la casa. No había huellas recientes sobre la tierra
que no fueran las suyas. Tampoco distinguió ramas rotas, hierba aplastada ni
indicios de actividad extraña a simple vista.
“¿Esto
suele encargarse alguien de mantenerlo?”.
“Qué
va. Así que lo más seguro es que esté lleno de polvo”.
“Si
lleva tanto tiempo abandonado, cabe la posibilidad de que hayan entrado a
robar”.
“Para
evitar sorpresas tengo instaladas cámaras de seguridad y las ventanas cuentan
con pestillos de seguridad. ¿Puedo abrir ya?”.
Chariot
le pidió permiso en un tono suave, y Yuri asintió con la cabeza, conteniendo un
leve recelo. Chariot sacó un llavero del bolsillo de su chaqueta y seleccionó
una llave redonda con un característico tono rojizo. Tenía el aspecto clásico
de las que aparecían en las películas, propio de una cerradura antigua.
ClIC,
el pestillo encajó y la puerta cedió con un chirrido. El polvo acumulado
durante años por la acción del sol se levantó en una densa nube hacia el aire.
Abriéndose paso entre las partículas flotantes, Chariot descorrió la ventana
del salón, que comunicaba directamente con la cocina. Desde allí se contemplaba
el lago de inmediato. Mientras contemplaba el brillo parpadeante del agua, Yuri
desvió la mirada para analizar la distribución del interior.
Tal
como parecía desde fuera, la estructura era sumamente sencilla: al cruzar la
puerta se accedía directamente al salón, con la cocina dispuesta hacia la
izquierda. A la derecha se veían dos puertas, de las cuales una debía de ser el
baño.
¿Tendré que dormir en el suelo?, pensó Yuri, evaluando las opciones mientras
volvía a examinar la sala de estar. El sofá colocado longitudinalmente frente a
la puerta del dormitorio se veía demasiado pequeño para un hombre de su
envergadura.
“¿Solo
hay una habitación?”.
“No,
si rodeas la cocina hay otro dormitorio más. Yo me quedaré con ese”.
Chariot
parecía entusiasmado. Dejándolo curiosear por la casa con una expresión
visiblemente más relajada, Yuri decidió abrir primero una de las puertas
cerradas. Tal como vaticinaba, era el cuarto de baño. El suelo estaba cubierto
de unos azulejos de un cálido tono verde azulado, y tanto el lavabo como la
ducha y el retrete se veían impecables, a excepción de una fina capa de polvo.
Al
ver el cuarto de baño, el deseo de asearse se tornó imperioso. Se acercó a la
cabina de ducha y abrió la llave; un chirrido metálico fue incrementando su
volumen hasta que el chorro de agua comenzó a precipitarse con fuerza. Que
tanto las tuberías como la caldera funcionaran con normalidad significaba que
alguien se pasaba por allí de forma periódica.
¿Vendrán en familia...?
Hacía
ya demasiado tiempo que las dinámicas familiares le resultaban ajenas —a pesar
de conservar a su padre—, así que, tras divagar un instante en recuerdos
lejanos, salió de nuevo al pasillo. Chariot parecía haber salido al exterior
dejando la puerta principal abierta de par en par. Le urgía inculcarle un poco
más de conciencia sobre la seguridad.
Mientras
sopesaba qué hacer, Yuri decidió al menos quitarse algo de calor de encima. A
diferencia de Chariot, él no llevaba encima ni una sola muda, por lo que darse
una ducha completa estaba descartado por el momento, pero la temperatura había
subido bastante y el bochorno era intenso. Aunque no era propenso a sudar en
exceso y dudaba que despidiera mal olor, quería refrescarse para espabilarse
del todo.
Yuri
se quitó el abrigo negro y la camiseta de manga corta de algodón que llevaba
debajo, colocándolas ordenadamente sobre el respaldo del sofá. Iba a
encaminarse directamente al baño cuando se detuvo a sopesar una duda: ¿debía
llevar consigo el cuchillo que guardaba en el bolsillo del abrigo o dejarlo
allí? ¿El simple hecho de portarlo todo el tiempo resultaría intimidante para
Chariot?
Mientras
cavilaba brevemente, escuchó los pasos de Chariot aproximándose. Al oír el
repiqueteo ligero de las suelas contra el suelo, Yuri giró la cabeza
sobresaltado hacia la entrada y agarró su ropa.
Su
cuerpo estaba surcado de tal cantidad de cicatrices espantosas que alguien como
Chariot...
“¿Eh?”.
Pero
Chariot jamás hacía lo que uno esperaba, y se plantó en la estancia antes de
que le diera tiempo a ponerse la camisa. Cargando con una maleta de viaje
bastante pesada como si fuera un simple bolso, el joven se quedó paralizado en
el umbral al ver el torso pálido y desnudo de Yuri. Al cruzarse sus miradas por
sorpresa, Yuri pudo ver cómo los ojos del alfa se abrían de par en par.
Tratando
de ocultar la enorme cicatriz de quemadura que le surcaba la espalda, Yuri le
dio la espalda de inmediato. Y justo cuando abría la boca para disculparse por
semejante espectáculo...
“¡M-mierda,
perdona!”.
La
maleta resbaló de sus manos y golpeó el suelo con un ruido seco.
“¡Yo
no... no es que estuviera intentando mirar, de verdad!”.
Cubriéndose
el rostro con las manos enormes, Chariot retrocedió a tropezones, salió al
pasillo, dio un portazo estruendoso y masculló desde el otro lado:
“Oye,
¿se puede saber qué clase de costumbre es esa de enseñarle el torso a la gente
así como así?”.
Con
la voz ligeramente alzada, el dorso de las manos de Chariot se veía
intensamente enrojecido.
“¿...Qué?”.
Ahora
el desconcertado era Yuri, pero por un motivo completamente distinto. La
urgencia por esconder su aspecto áspero se esfumó, dejando paso a una profunda
perplejidad. Intentó descifrar las palabras de Chariot, pero ninguna cobraba
sentido en su cabeza. Por la reacción, más que repulsión o espanto, parecía...
estuviera avergonzado.
“Si
vas a desnudarte, hazlo en una habitación o... al menos avisa antes”.
Mientras
Yuri fruncía el ceño con total incomprensión, Chariot seguía sin calmarse,
apoyando la espalda con fuerza contra la puerta principal y manteniendo las
manos firmemente plantadas sobre la cara.
“¡Quédate
ahí con los ojos cerrados hasta que me meta en mi cuarto! ¡Avisame la próxima
vez que te cambies de ropa, joder!”.
Con
que... ¿se había puesto así de alterado solo por haberlo visto sin camiseta? A
Yuri aquello le pareció tan absurdo como cómico. El mismo tipo que se había
paseado desnudo sin importarle un bledo y soltando bromas subidas de tono ahora
montaba semejante numerito ridículo por un trozo de piel al descubierto.
Cuando
le convenía se comportaba como un sinvergüenza descarado y malhablado, pero en
momentos así reaccionaba como un crío inexperto. Las personas con las que Yuri
se había cruzado a lo largo de su vida jamás mostraban semejantes
contradicciones; solían mantener una línea de conducta previsible y constante.
Bueno, es verdad que Alexei era un caso aparte por su capacidad de
improvisación y su desparpajo, pero aquello no era algo que uno viera a diario.
“¿Acaso
no te pasaste la noche entera cambiando de ropa sin importarte quién estuviera
mirando?”.
Incapaz
de catalogar aquella reacción como producto de una supuesta inocencia, Yuri
soltó el comentario sin poder evitarlo. Lo más sensato habría sido dejarlo
pasar, pero le resultaba cómico ver aquel grado de sobreactuación. No de una
forma despectiva, sino con cierta ligereza divertida.
“Eso
es muy diferente a verle el cuerpo a otro”.
“A
mí me parece exactamente lo mismo”.
“Mi
cuerpo es prácticamente como una obra de arte esculpida, así que quien lo mira
sale ganando. Pero el cuerpo de otra persona es... bueno, algo íntimo”.
Los
dedos de Chariot, que le cubrían parcialmente la cara, se separaron un ápice. A
través de la rendija resultante, le echó un fugaz vistazo al torso de Yuri
antes de apartar la vista a toda velocidad y urgirle con impunidad:
“Vístete
de una vez”.
“Me
temo que eso va a estar complicado. A diferencia de ti, no he traído nada de
repuesto, así que tendré que comprar algo de ropa por el camino”.
Aunque
le daba repeluzno volver a enfundarse las prendas que llevaba puestas todo el
día, se acordó de aquellas épocas en las que se arrastraba por el fango sin
importarle las horas ni los cambios, y pensó que se estaba volviendo demasiado
quisquilloso. Burlándose mentalmente de su propia exigencia, amagó con ponerse
la camiseta, pero Chariot intervino:
“Entonces...
ponte una de las mías”.
Chariot
volvió a abrir una rendija entre sus dedos. Al fijar la vista en los ojos
verdes que asomaban por el hueco, este los juntó al instante de nuevo. Si iba a
dedicarse a espiarle de esa forma cada dos por tres, casi le salía más a cuenta
mirar de frente; no lograba comprender por qué se empeñaba en seguir tapándose.
“La
talla te irá bien. Te quedará un poco ancha, pero te la puedo prestar sin problema”.
Yuri
se lo pensó unos segundos. Si la propuesta hubiera venido de parte de T-Mac o
Alexei, la habría aceptado sin pensarlo, pero por algún motivo, ponerse las
prendas de un tipo como Chariot le parecía una línea que no debía cruzar. Era
evidente que su ropa costaría una pasta o estaría confeccionada con tejidos de
alta calidad, y le incomodaba la idea de que pudiera ensuciarla con el trajín
del día.
Al
ver que Yuri guardaba silencio, Chariot bajó por fin las manos. Esforzándose
ostensiblemente por no dirigir la mirada hacia el torso ajeno, empezó a
inspeccionar el entorno hasta que recordó que había abandonado la maleta fuera,
momento en el cual se apresuró a abrir la puerta. En lugar de arrastrar el
equipaje hacia el interior, se limitó a abrirlo desde el umbral para sacar la
ropa.
Con
un destello de escepticismo en los ojos, Yuri observó aquella excentricidad en
silencio. Llevaba todo el día abriendo y cerrando puertas sin ton ni son;
estaba claro que hoy tendría que darle un par de lecciones básicas sobre
seguridad.
“Toma,
ponte esta”.
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Chariot
se le acercó blandiendo una camiseta blanca de manga corta. Al ver que se
aproximaba interponiendo la prenda a modo de biombo para cortarle la visión, a
Yuri se le escapó una risita ahogada. Era un exceso de celo completamente
ridículo.
“Al
fin y al menos compartimos rasgo, deja ya el numerito. Si a ti no te revuelve el
estómago ver esto, a mí me da igual”.
Dicho
esto, Yuri estiró qla mano hacia la camiseta que le tendía. Rechazar aquella
muestra de buena voluntad solo serviría para enturbiar el ambiente... y admitía
que, al tener una prenda limpia tan cerca, le apetecía ponérsela. Le resultaba
curioso descubrir en sí mismo un ápice de codicia tan absurdo.
Cuando
hizo amparo de la tela para arrebatársela, se cruzó con la mirada de Chariot,
que seguía parapetado tras la camiseta. Los ojos de un verde claro que asomaban
por el borde lo examinaban con fijeza, como si no hubieran apartado la vista de
él ni un solo segundo. Aquellas pupilas oscuras enmarcadas por la claridad de
su iris parecían querer traspasarle el alma, y Yuri apretó los dedos con fuerza
sobre la tela.
En
aquella mirada latía un claro destello de deseo.
Tenía
el mismo cariz que la urgencia que un alfa sentía de manera instintiva al
toparse con un omega. Esa agudeza al codiciar lo que se quiere poseer, el
impulso salvaje de abalanzarse sobre el otro; una mezcla cruda de apetito y
fascinación a través de la cual Yuri comprendió de golpe que aquel hombre lo
percibía como un objeto de deseo sexual.
Las
referencias a lo apuesto que era desde el primer instante, los halagos sobre su
físico, los murmullos de que le gustaba y la insistencia en repetir que
encajaba en su tipo ideal... Todo aquello, que hasta entonces le había entrado
por un oído y salido por el otro, se le materializó de repente bajo la piel.
Atrapado
en aquella atmósfera espesa y pegajosa, Yuri tiró de la camiseta por puro
reflejo. Sin embargo, Chariot no se la soltó. Una tensión repentina se apoderó
de sus dedos, y al sentir la resistencia en la fuerza con la que ambos tiraban
en direcciones opuestas, un escalofrío le recorrió los lomos. Una sensación
desasosegante le erizó la columna.
Un
maldito alfa atreviéndose a mirarle de ese modo.
Cualquier
otra persona en su lugar habría sentido una repulsión inmediata y un rechazo
visceral cargado de instinto homicida.
Pero
en lugar de eso, el cuerpo de Yuri se inundó de una tensión extraña. Todos sus
nervios se dispararon y las feromonas de Chariot se volvieron insoportablemente
nítidas en el ambiente. Al percatarse de ello, la sensación se tornó tan
extraña que Yuri soltó la camiseta de golpe. Chariot hizo lo propio al mismo
instante.
Tup,
la prenda cayó al suelo con un leve roce sordo. Al desvanecerse la fina barrera
de algodón que los separaba, el torso desnudo de Yuri quedó por completo a la
vista de Chariot. Su piel estaba surcada por una maraña de cicatrices de todo
tipo, destacando las marcas blanquecinas que cubrían especialmente la parte superior
del cuerpo.
Aquellos
restos de traumas acumulados durante años no tenían nada de estéticos. Había
zonas donde la carne nueva había cerrado de forma desigual, dejando parches
pálidos que semejaban retazos de piel cosidos a la fuerza. Como su tez era extremadamente
clara, a cierta distancia podían pasar desapercibidas, pero teniéndolo enfrente
resultaba imposible ignorarlas.
Eran
la prueba irrefutable de que su existencia no había sido más que una sucesión
de prórrogas arrancadas a la fuerza.
Exponer
de aquel modo los vestigios de una vida que jamás le había mostrado a nadie
ajeno a su mundo activó un profundo sentimiento de vulnerabilidad. Y, sin
embargo, de manera incomprensible, también experimentó una extraña y
desconcertante liberación. A fin de cuentas, Chariot ya intuía de sobra qué
clase de alimaña era, por lo que aquel espectáculo no iba a depararle ninguna
decepción nueva.
“...Se
ha ensuciado. Te daré otra”.
Mientras
Yuri asumía con total pasividad el asco que el otro pudiera llegar a sentir, Chariot
rompió el silencio. Su voz, habitualmente de un registro grave y bien modulado,
sonaba ahora inusualmente apagada, muy lejos del tono ligeramente elevado de
hacía un momento. Aquel matiz ronco e íntimo hizo que Yuri parpadeara
desconcertado, reviviendo la intensidad de la mirada que le había lanzado
segundos antes.
“No,
me pondré esta”.
“Que
no. Te busco otra limpia”.
Para
cortar de raíz aquel intercambio innecesario, Yuri se inclinó hacia adelante.
Al incorporarse tras recoger la prenda, notó que el campo visual de Chariot se
había posado directamente sobre su espalda arqueada. Las marcas que asemejaban
quemaduras habían sido producidas en su día por el contacto directo con un
metal candente, y las líneas en forma de cruz sobre los omóplatos delataban los
cortes profundos propinados por un machete. Eran los recuerdos que Ígor y e
Iván se habían encargado de tallar en su piel como tributo a las absurdas
creencias de sus progenitores.
La
sangre pareció enfriársele en las manos de golpe. Ni siquiera Alexei había
visto jamás su espalda. Desde el día en que perdió a su madre y su piel quedó
marcada de aquel modo, Yuri se había negado a exhibir su cuerpo desnudo ante
nadie. Como los recuerdos asociados a aquellas cicatrices se le atragantaban en
la garganta como una bola de estopa, hacía muchísimo tiempo que evitaba
contemplarlas incluso a solas en el espejo.
Pero
Yuri apretó los dientes. Una oleada de sangre caliente le golpeó las sienes con
tanta fuerza que los capilares de sus ojos amenazaban con estallar; afortunadamente,
no era lo bastante imbécil como para dejarse arrastrar por el pasado y mostrar
sus emociones ante un extraño. Cuanto más se dejaba dominar por la agitación,
mayor debilidad demostraba. Apretó la mandíbula hasta que le dolió y se irguió
con parsimonia, preparado para encontrarse con la expresión de espanto que
supondría reflejada en el rostro de Chariot.
“Vamos
a hacer la compra, entonces”.
En
cuanto enderezó la postura por completo, descubrió que la cara de Chariot no
reflejaba lo que él había imaginado. Su semblante denotaba una honda turbación,
como si acabara de presenciar algo trágico e imperdonable. Y, sin embargo, en
los labios con los que le proponía salir a comprar se dibujaba una suave
sonrisa cargada de una extraña calma.
Durante
unos instantes, Yuri se quedó sin saber qué decir. A diferencia de la absoluta
imperturbabilidad que mostraba Chariot, presintiendo que era él quien iba a terminar
torciendo el gesto, cerró la boca con fuerza para borrar cualquier atisbo de
debilidad. Aquella mezcla de compasión y algo más profundo que no lograba
catalogar era un matiz que jamás había visto en nadie.
“De
acuerdo”.
“Son
las dos de la tarde, así que más nos vale darnos prisa si queremos pillar ropa
y provisiones. Por estos lares a las cuatro en punto bajan las persianas de
todo”.
“...Entendido”.
Lejos
de apartarse, Chariot se mantuvo firme allí de pie, repasando las tareas
pendientes mientras lo miraba desde su altura. Yuri se limitó a asentir en
silencio, incapaz de articular palabra. Sentía la garganta reseca y áspera,
probablemente a causa de la sequedad del ambiente en el interior de la cabaña.
“Arranco
el coche y lo dejo listo. Tómate tu tiempo para cambiarte y sal cuando
quieras”.
Tras
dedicarle una última sonrisa, Chariot lo dejó a solas. Solo cuando le oyó
cerrar el equipaje que había dejado en la entrada y arrojarlo con cuidado hacia
el interior para darle su espacio, Yuri permitió que la tensión abandonara por
fin sus músculos.
Exhaló
un suspiro contenido. Miró con desconcierto la camiseta ajena que sostenía
entre las manos, y como su mente se negaba a procesar el cúmulo de sensaciones
que lo abrumaban, apretó los ojos con fuerza.
Creí que saldría huyendo.
Había
ocurrido más o menos un año después de que las heridas de aquel castigo
terminaran de cicatrizar. Era verano, y hacía un calor inusual que superaba los
ochenta y cinco grados, algo poco propio de Sarátov. Al regresar de un encargo,
llevaba la ropa manchada de sangre. Abrumado por el pestazo denso que inundaba
el habitáculo, Yuri había decidido detener el coche junto a la orilla de un
pequeño río de camino a la base. Tras quitarse la camisa y enjuagarla un par de
veces en el agua, la sangre fue diluyéndose con la corriente.
Aunque
las manchas en la tela y en su piel se fueron desvaneciendo poco a poco hasta
desaparecer, el olor a hierro oxidado parecía haberse incrustado de forma
permanente en su olfato. Mientras sopesaba la urgencia de retomar la marcha,
oyó unos pasos amortiguados resonando muy cerca. Al parecer, unos chavales del
pueblo vecino habían bajado a darse un chapuzón.
Al
detenerse y girar el rostro, las caras con las que se cruzó eran todas
increíblemente juveniles. Echando la vista atrás, debían de tener una edad
similar a la de Yuri cuando acababa de cumplir los veinte años, aunque en aquel
entonces a él le pareció que los chicos que habían aparecido junto al río eran
mucho más jóvenes que él. Probablemente se debiera a que ninguno de ellos
parecía arrastrar la menor sombra de preocupación o inquietud en el semblante.
Aunque, bien mirado, ¿quién en este mundo carece de dificultades?
Al
divisar a Yuri, los muchachos se le habían acercado al principio con expresión
risueña, pero al poco tiempo una de las chicas se detuvo en seco. La alegría
inicial por encontrarse con alguien de su misma quinta se desvaneció de golpe,
dejando paso a una palidez de terror en el rostro de la joven. El miedo se
contagió al instante, y los demás se detuvieron de inmediato antes de
alcanzarlo. Todas las miradas convergieron unánimemente en la espalda de Yuri.
Mientras
él permanecía allí plantado, contemplándolos en silencio, los jóvenes dieron
media vuelta y huyeron. Con el torso al descubierto a causa del calor, las
espaldas de aquellos chicos —a diferencia de la de Yuri— lucían lisas,
impecables y sin una sola cicatriz. La luz del sol se reflejaba sobre su piel
humedecida por el agua, brillando como destellos en la superficie de un lago.
Yuri
se quedó inmóvil, contemplando aquella espalda inmaculada hasta que los chicos
desaparecieron por completo de su vista. Pasó tanto tiempo allí de pie que el
sol abrasador terminó mareándote.
El
olor a sangre seguía flotando densamente en el ambiente, y Yuri caminó en
silencio hacia el vehículo que había dejado aparcado, poniendo rumbo de nuevo
hacia la ciudad a la que pertenecía.
*
* *
Como
conocía bien la zona, Chariot condujo hasta el destino sin necesidad de mirar
el navegador. Con una alegre tarareo en los labios, apoyó el brazo izquierdo en
el marco de la ventanilla abierta mientras manejaba, adoptando una postura
relajada que encajaba a la perfección con el paisaje que se extendía a su
izquierda.
“Por
estos lares no hay servicios de entrega a domicilio como DoorDash o Skip, así
que toca cocinar. Además, a la hora de cenar cierra todo, por lo que hasta los
tragos hay que comprarlos antes para tomarlos en casa. Todo está muy bien, pero
esas pequeñas cosas a veces se echan en falta”.
Al
ver que Yuri no abría la boca, Chariot siguió hablando por su cuenta. Por
primera vez, pensó que al menos era una suerte que fuera tan parlanchín. Ver su
propio cuerpo marcado por las cicatrices le había revuelto las entrañas más de
lo previsto, dejándole el ánimo bastante tocado.
“Oye,
Wolfie, ¿tienes idea de cocinar?”.
Chariot
le soltó la pregunta de la nada, acompañada de aquel apodo cariñoso. Ante el
apelativo, Yuri frunció ligeramente el ceño, aunque no estaba de humor para
andar corrigiéndole las formas.
“Lo
básico”.
“Mjum...
Como el listón de cada cual es distinto, con eso no me hago a la idea. Nómbrame
algún plato que sepas preparar”.
“Sándwiches”.
Tras
su escueta respuesta, se hizo un breve silencio.
“¿Aparte
de eso?”.
Inquirió
de nuevo al cabo de un instante.
“Con
saber calentar comida precocinada debería bastar, ¿no?”.
Por
lo general, lo suyo se limitaba a comprar platos preparados, hacerse un
emparedado con jamón y lechuga, o tirar de crema de cacahuete con mermelada. Su
padre no tenía la menor maña para los fogones, así que cuando comían juntos
solían pedir comida fuera, y solo probaba platos rusos de vez en cuando si
Alexei le traía algo que Valeri había preparado, como si se tratara de una
limosna.
Aunque,
bien pensado, había una sola cosa más que sabía hacer. Todavía recordaba a la
perfección la receta del pastel Medovik que solía preparar con su madre, a
pesar de los años transcurridos, de modo que si se lo proponía, podría hacerlo.
Sin embargo, los postres requerían horas de elaboración, y el Medovik en concreto
era tan sumamente delicado que estaba lejos de ser un plato rápido.
“Vaya,
al final me va a tocar pringar a mí con los menús. Esto es un problema serio”.
“¿Un
sándwich te parece poco?”.
“¡A
eso le faltan nutrientes por todas partes!”.
“¿Acaso
no es suficiente con que lleve carbohidratos, proteínas y fibra?”.
Chariot
soltó una risita despectiva. En fin, comer era lo de menos para Yuri, así que
decidió dejarle el asunto culinario a su compañero para que hiciera lo que le
viniera en gana. En esas estaban cuando llegaron al núcleo comercial que
agrupaba el supermercado y la licorería. Como quedaba a unos veinte minutos en
coche de la cabaña, el trayecto había sido algo largo.
“Bueno,
ya hemos llegado. Bajemos”.
“Espera”.
Yuri
lo retuvo justo cuando Chariot se disponía a saltar del coche nada más
detenerse. Al tirar con firmeza del cinturón de seguridad, el joven se inclinó
hacia atrás con un respingo. Viéndolo volcado a medias sobre el asiento y
mirándolo al revés, Yuri arrugó el entrecejo. Le exasperaba la absoluta
despreocupación con la que parpadeaba, luciendo unas pestañas largas y un aire
de total inocencia.
“La
gorra y la mascarilla”.
“Ah,
es verdad”.
Abriendo
los ojos de par en par como si acabara de recordarlo, Chariot lo examinó con fijeza
desde su postura incómoda y soltó:
“A
ti tampoco te vendría mal ponerte unas gafas de sol para disimular los
hematomas de la cara”.
“No
tengo de eso”.
“Yo
sí llevo, te las presto”.
Sin
darle tiempo a replicar, Chariot se estiró de inmediato hacia la guantera. Con
gesto receloso, Yuri lo vio rebuscar hasta extraer un estuche de gafas de sol.
Que él recordara, aquello jamás había estado guardado allí.
“¿Y
esto?”.
“Las
compré para cuando conduzco”.
“¿Y
se puede saber por qué demonios guardas eso en mi coche...?”.
Sintiendo
una punzada de fastidio ante aquella invasión descarada de su espacio personal,
Yuri frunció el ceño, pero Chariot le cortó las réplicas encasquillándole las
gafas de sol directamente sobre la nariz.
“Te
quedan de lujo. Está claro que con unos buenos ojos cualquier cosa pega”.
Dicho
esto, Chariot se colocó la mascarilla que llevaba a mano y se encasquetó una
gorra de béisbol, dejando escapar un par de mechones rubios con reflejos
cobrizos por la nuca. A simple vista era improbable que alguien lo reconociera,
pero como su mente ya asociaba el rojo de ese cabello a la inconfundible
estampa de Chariot, no pudo evitar la duda.
Supongo que bastará con que vaya pegado a su espalda.
A
juzgar por el tamaño de sus rostros, las gafas de Chariot le acoplaban a la
perfección. Aunque le irritaba que se las hubiera impuesto a la fuerza, tenía
razón en cuanto a la precaución, así que ambos salieron del vehículo. Tan
pronto pisaron el exterior, un rebosante Chariot se pegó a su costado con ganas
de apresurarse. Aquella actitud tan alegre, como si las aterradoras cicatrices
que le había visto hacía un momento no hubieran significado nada, dejó a Yuri
sin palabras.
Seguía
sintiéndose igual de desconcertado.
A
diferencia de su habitual pragmatismo —el de tomar decisiones rápidas y actuar
sin vacilar—, su mente era un hervidero de pensamientos inconexos que le
impedían dar el siguiente paso con soltura. Al notar que se retrasaba, Chariot
le agarró de la muñeca sin previo aviso. Ante el contacto repentino, Yuri le
lanzó una mirada afilada, aunque los cristales oscuros de las gafas impedían
ver sus ojos.
“Vamos,
date prisa, que tenemos mucho que hacer”.
“Ya
voy, pero suéltame la muñeca”.
“Si
estabas ahí plantado sin moverte”.
Sin
darle margen para rechazar el trato, Chariot tiró de él y echó a correr como un
crío, aferrándose a su brazo con fuerza. Yuri intentó zafarse, pero el agarre
era férreo. En apenas unos pasos alcanzaron la entrada del supermercado, donde
Chariot arrastró un carrito junto a las puertas automáticas antes de volverse
hacia él con una sonrisa:
“Se
me olvidaba comentarte una cosa”.
“¿Viene
a ser una disculpa por tu pésima manía de andar manoseando a la gente sin
permiso?”.
“Qué
va. Ya te dije que me gusta el contacto físico, de eso no pienso disculparme”.
Apoyando
el torso alargado contra el manillar del carrito, Chariot se inclinó hacia
adelante y lo miró desde abajo con picardía:
“Oye,
¿cómo es que tienes la piel tan pálida?”.
Lanzando
una risita cómplice, empujó el carrito con la actitud desenfadada propia de un
adolescente y remató con un último comentario:
“Mira
que mi ideal de chico desde pequeño siempre fueron los lobos blancos, y vas tú
y encajas a la perfección”.
Las
puertas automáticas del supermercado se cerraron de golpe frente a los ojos de
Yuri. Todo lo que hasta ese segundo le había estado crispando los nervios
—desde la excesiva confianza en el trato hasta el detalle de haber metido las
gafas en su coche sin permiso— se esfumó con el zafarrancho del cierre, dejando
que en su cabeza solo resonara una única palabra pronunciada por el joven.
Ideal.
No
era la primera vez que escuchaba algo así. Durante las épocas de celo, los
omegas con los que se cruzaba de manera casual solían arrimársele diciendo
babosadas sobre que su prototipo de hombre eran los malotes, y alguno que otro
con el que había repetido encuentro le había soltado que le ponían los tíos
guapos mientras le interrogaba sobre sus gustos.
Como
a lo largo de su vida había habido gente interesada en él a la que jamás le
había prestado la menor atención, Yuri siempre había dado por hecho que carecía
de un concepto claro de lo que significaba un ideal. Al fin y al cabo,
fantasear con una pareja perfecta no era más que otra ilusión tan efímera como
el paraíso, algo que terminaba evaporándose en cuanto uno rozaba la cruda
realidad de la naturaleza humana.
¿Pero
un lobo blanco?
Aquella
voz cargada de risa, atreviéndose a etiquetar de ese modo a alguien que distaba
mucho de ser una persona corriente, seguía repitiéndosele en los adentros. Con
esa ocurrencia, Chariot había zanjado el incómodo episodio que acababan de
vivir. No haber hecho mención alguna a las cicatrices, aun sabiendo
perfectamente que las había visto, le provocaba una sensación sumamente
extraña.
Habrá pensado que soy un monstruo.
O
tal vez aquello solo le había servido para confirmar con sus propios ojos lo
que ya presuponía.
Acordándose
de los ojos de Chariot —los de alguien que aborrecía a los criminales y al
mismo tiempo les temía—, Yuri se preguntó qué diablos pretendía con semejante
comentario. ¿Estaba intentando ser educado? No, aquello no encajaba con la
educación formal. Si hubiera empleado ese tono almibarado al principio, cuando
no hacía más que hablarle de usted con sumisión, lo habría tomado por simple
adulación barata.
¿De verdad no le da asco?
Yuri
seguía dándole vueltas al asunto. Ver una reacción tan poco convencional le
había dejado la cabeza colgada, haciendo que no pudiera apartar la atención de
los movimientos de Chariot. Cuando los omegas de Sarátov que sabían
perfectamente que él era de la mafia le veían el cuerpo desnudo por primera
vez, solían poner cara de espanto.
Aunque,
como eran avispados, se guardaban las palabras, no faltaba algún que otro
listillo que, armado de valor, estiraba la mano para tocarle la espalda antes
de retirar los dedos con el susto metido en el cuerpo. Alguna que otra vez,
atrapado en la resaca melancólica tras un encuentro, alguien se le había
quedado mirando medio embobado para soltarle «así que los rumores sobre tu vida
trepidante eran ciertos».
Yuri
sostenía metafóricamente todas aquellas reacciones que Chariot iba dejando a su
paso, sin saber muy qué hacer con ellas, plantado en el mismo sitio.
Descartarlo como una tontería y tirarlo a la basura sin más era imposible,
porque las palabras que le había soltado se antojaban tan frescas y jugosas
como una fruta recién cortada.
Mientras
él se había quedado petrificado, Chariot —que había empujado el carrito hacia
el interior del supermercado— regresó sobre sus pasos. Acercándose al ventanal
justo al lado de donde Yuri aguardaba, golpeó el cristal un par de veces con
los nudillos. Al percibir el ruido a su lado, dirigió la mirada hacia dentro y
vio a Chariot. Apoyando los brazos contra el carro, lo miraba desde allí con
una expresión casi infantil; bajándose la mascarilla un segundo, formó unas palabras
con los labios:
“Ven
rápido”.
Eso
fue lo que pareció leer.
“Estás
esperando”.
Aunque
a saber si acertaba.
“Wolfie”.
Tras
observar cómo los labios del joven articulaban aquel susurro, Yuri se adentró
lentamente en el supermercado. Las puertas automáticas se abrieron con
suavidad, como si lo hubieran estado aguardando.
“¿Te
has quedado de piedra porque mi coqueteo te ha gustado tanto?”.
Esperándolo
en la entrada, Chariot se subió la mascarilla en cuanto lo vio y le dirigió una
sonrisa con los ojos semicerrados. Ante semejante desfachatez bromista, a Yuri
se le escapó una risita por lo bajo. Más que ganas de reventarle la cara, lo
que sentía era perplejidad pura.
“Cuando
tengas confianza, no exageres”.
Por
si acaso, le soltó una advertencia; de lo contrario, aquel idiota era capaz de
subirle a la chepa. Chariot frunció los labios e hizo dar media vuelta al
carrito con un giro fluido y ruidoso.
“Cualquier
otra persona se habría sonrojado y se habría pegado a mi lado”.
“Tienes
tanta labia que arruinarías incluso lo que sale bien”.
“Como
ya he dicho antes, con los de fuera es diferente, ¿sabes?”.
Entre
aquella cháchara vacua, los dos empezaron a recorrer los pasillos. Chariot
redujo la marcha nada más llegar a la sección de frutas y verduras situada a la
extrema izquierda de la entrada. Contrariamente a la pinta de tiquismiquis
malcriado que se traía, se puso a examinar y meter en el carro aguacates y
tomates con una minuciosidad pasmosa. Acabaron acumulando coles de Bruselas,
cilantro y broccolini, ingredientes que Yuri jamás se habría planteado mirar en
su vida.
“¿Vas
a comer esto?”.
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“Te
enseñaré que hay otra comida además de los sándwiches, Wolfie”.
Parecía
seguir dándole vueltas al tema del sándwich de antes. Como Yuri consideraba que
su dieta no tenía el menor fallo, sintió un ramalazo de contrariedad y,
estirando la mano, cogió una lechuga romana larga para arrojarla al carro.
Luego le soltó en voz baja a Chariot:
“Cierra
la boca”.
“Oh,
¿te has avergonzado porque te he tomado el pelo?”.
“No,
te he dicho que te calles porque haces ruido”.
“Cuando
hacemos la compra, necesitamos discutir seriamente”.
Haciendo
caso omiso a la orden de callarse, Chariot continuó parmodéandose:
“Esto
no, la variedad iceberg es más crujiente y está más rica. Como también sirve
para ensaladas, compremos esa”.
“Hacer
tanto escándalo por una sola verdura...”.
Iba
a decirle que parara, pero la lechuga que Yuri había cogido al azar volvió a su
sitio y su lugar fue ocupado por una lechuga redonda y verde claro.
“¿Hay
algo más que quieras comer? Viendo cómo has elegido la lechuga hace un momento,
me temo que vas a necesitar mi ayuda. Si hay algo que quieras hacer, te elegiré
los ingredientes”.
“No
hay”.
Yuri
contestó con desinterés, y Chariot, mirando a su alrededor con aire de
decepción, finalmente movió el carro hacia otra sección.
A
juzgar por si era necesario tanta comida para pasar apenas diez días, Chariot
acumuló muchas cosas. Cereales Reese’s Puffs con sabor a crema de cacahuete,
granola, leche, huevos, beicon, lomo de ternera, galletas saladas, pan de
molde, bagels, refrescos y agua, entre otros.
Viendo
cómo, además de todo eso, cogía un limpiador y un trapo diciendo que tenía que
limpiar el polvo, Yuri, sintiéndose secretamente harto, abrió la boca al verle
detenerse en el pasillo de los snacks en lugar de ir a la caja:
“No
pensarás meter algo más aquí, ¿verdad?”.
“Las
gominolas y el chocolate son pequeños, así que lo harás bien, ¿a que sí?”.
Sosteniendo
una bolsa de patatas fritas con sabor a kétchup, Chariot se la mostró
preguntando. Yuri arrugó el entrecejo al mirar las patatas fritas rojas.
“¿De
verdad comes esa porquería? ¿No es eso lo que comen los que acaban de llegar a
Canadá?”.
“Esto
está buenísimo. Con comer solo tres al día es perfecto”.
A
continuación, Chariot cogió dos bolsitas pequeñas de ositos de gominola de las
que había estado comiendo en el coche, una de gusanos de gelatina y palomitas
de caramelo. Tras unos treinta minutos de agotar sus fuerzas mentales, Yuri
cerró la boca y decidió no prestar más atención.
“¿Cuánto
dinero en efectivo tienes? A simple vista, parece similar al costo de tu
habitación de hotel”.
“No
has hecho mucha compra, ¿verdad, Wolfie? A menos que vayas a Whole Foods o
Costco, no sale por tanto”.
Yuri
puso cara de escepticismo, y Chariot, empujando por fin el carro hacia la caja,
se mostró seguro:
“Yo
creo que pasa un poco de los 200 dólares”.
Para
los estándares de Yuri, que jamás se había gastado más de 50 dólares haciendo
la compra, lo que había en el carro parecía superar con creces los 500 dólares.
“Bueno,
me da que saldrá más”.
“Si
acierto, ¿tendrás que concederme un deseo?”.
Yuri
endureció el ceño.
“¿Por
qué tendría que hacer eso?”.
“Hemos
hecho una apuesta”.
“Yo
no he aceptado”.
Chariot
puso una sonrisa en los ojos sin decir nada. Aunque no se veía bien debido a la
mascarilla, seguro que sus labios se curvaban tanto que se le marcaban los
hoyuelos. En poco tiempo, Yuri había llegado a imaginarse cómo sonreía Chariot
incluso en su mente. Supongo que se debía a que lo había visto sonreír todo el
día sin parar.
Como
la imagen de Chariot con gorra y mascarilla y la de Yuri con gafas de sol
resultaban un tanto sospechosas para tratar con el cajero, se dirigieron a la
sección de autopago. La ingente compra de Chariot requirió seis bolsas de papel
grueso, y el precio fue...
$223
dólares.
Yuri
lo contempló con una expresión de incomprensión. A su lado, Chariot soltó una
risita ahogada, le tendió 300 dólares a Yuri y le pidió un favor:
“Ahora
que lo Pienso, olvidé comprar los inhibidores. Lo siento, ¿podrías pagar
primero y esperarme en la entrada?”.
“¿Quieres
moverte solo?”.
“No
había nadie sospechoso cuando andábamos juntos antes”.
Yuri
aceptó el dinero de entrada. Aunque era verdad, no había ninguna razón
particular para separarse.
“Esperaré
aquí”.
“Wolfie,
es la primera vez en mi vida que compro inhibidores”.
“¿Y
eso qué?”.
“No
quiero mostrar... una imagen en la que mi orgullo de alfa quede por los suelos
delante de ti”.
Menuda
tontería.
Ignorando
semejante memez que no merecía respuesta, Yuri comenzó a pagar en silencio.
Chariot se despidió con un agradecimiento y se dirigió a la farmacia situada al
otro extremo del supermercado, junto a la salida. Cerca de la sección de
medicamentos sin receta había un farmacéutico permanente; tras observar un
momento cómo Chariot se acercaba a preguntarle algo, Yuri salió del
supermercado.
Chariot
salió diez minutos después. Guardándose para sí el comentario de que tardar
tanto solo para comprar un inhibidor era exagerado, Yuri se incorporó de donde
estaba apoyado contra el cristal. Chariot, que se acercó balanceando una
pequeña bolsa de papel blanco en la mano, le tendió la mano.
Temiendo
que fuera a agarrarle la muñeca de nuevo, Yuri retrocedió con el ceño fruncido,
a lo que Chariot dijo:
“Dividamos
las bolsas”.
“...No
hace falta”.
Como
ya las llevaba él, no tenía intención de pasarlas por fastidio, pero Chariot se
acercó a grandes zancadas y se pegó a su lado. Pasadas las tres de la tarde, la
posición del sol había cambiado, y su sombra se proyectaba sobre Yuri.
“Te
has lastimado el brazo izquierdo”.
Ante
aquella salida tan abrupta, Yuri arrugó los ojos bajo las gafas de sol. Mientras
pensaba a qué demonios se refería, le vino a la cabeza la parte superior del
brazo por donde le había rozado la bala. Como el dolor que había sentido justo
después de recibir el disparo, mientras conducía, ya se había embotado con el
paso del tiempo, no le había prestado atención. Supuso que, al tratarse de una
sensación familiar, la había dejado atrás sin más.
“¿Cómo
es que...?”
Yuri
se calló a mitad de la pregunta. Al fin y al cabo, un momento antes le había
enseñado el torso de par en par, así que era lógico que lo hubiera visto
herido.
“¿Por
qué demonios estabas ocultando algo así? Visto lo curada que está la costra,
debió de sangrarte un montón”.
Chariot
le susurró aquello mirándote en silencio desde arriba. Aquellos ojos verdes,
despojados de la sonrisa jugosa que solía llevar, lo observaban con total
seriedad. Al sentir una leve sensación de regañina, Yuri alzó la vista por
encima de las gafas.
“No
es asunto tuyo”.
Hacía
tanto tiempo que nadie le decía nada sobre sus heridas que una incómoda sensación
afloró en su interior. Como lo único que había hecho antes era abochornarse al
verle el cuerpo, ni se le había pasado por la cabeza que se hubiera fijado en
el corte, pero ahora veía que lo sabía perfectamente y había estado
disimulando. Habituado a pensar que el otro expresaba sus emociones sin filtro,
descubrió que se le daba sorpresivamente bien ocultar las cosas.
“Como
te hiciste esto por mí culpa, es algo que sí me concierne”.
Tras
replicar con firmeza, Chariot le quitó las bolsas que Yuri sostenía con el
brazo izquierdo. Como sintió que lo trataban como a un pelele y no quería
dárselas, encogió los dedos, pero Chariot cubrió su mano con la suya, que era
mucho mayor.
Sobre
el dorso frío de su mano se percibió el tacto de la firme palma de Chariot. Siguiendo
aquella presión suave que abarcaba su mano, una temperatura abrasadora se
solapó con la suya, y un calor que se filtró bajo la piel se propagó a través
de las venas. En ese instante surgió una sensación extraña. Su corazón se
contrajo de forma desagradable y luego se relajó, acelerando brevemente sus
latidos.
Hacía
un calor espantoso.
“Si
no me las das, no te soltaré”.
El
murmullo que le sopló junto a la oreja le hizo cosquillas. Sin poder evitarlo,
Yuri arrugó los ojos y los cerró. La voz sonaba demasiado cerca.
“Voy
a quedarme así sin importarme que nos vea todo el mundo”.
Chariot
agachó la cabeza y le susurró a una distancia todavía más corta. ¿Cómo narices
se suponía que debía contestar a esta imbecilidad de amenaza? ¿Tenía que
enseñarle de una vez que, por mucho que le tuviera miedo y se le acercara con
tanta osadía, si bajaba la guardia podía acabar muerto? En circunstancias
normales, su método habría sido golpearle un punto vital y advertirle que se
apartara, pero se había propuesto tratar a aquel infeliz de cliente sin meterle
miedo.
Al
final, Yuri aflojó la fuerza con la que agarraba las bolsas. Al notar el
movimiento, Chariot —que seguía envolviendo el dorso de su mano— rodeó con
cuidado los dedos de Yuri. A diferencia del fuerte apretón con el que lo había
inmovilizado antes, el roce de sus dedos fue increíblemente cosquilleante.
“Las
otras bolsas también las llevo yo”.
Le
susurró Chariot, como si lo hubiera hecho muy bien. Al notar un ligero matiz de
risa en su voz antes tan seria, pareció que su estado de ánimo había mejorado
un poco. Consciente de que su corazón seguía latiendo de aquella forma tan
desagradable, Yuri exhaló el aire con lentitud. Estaba mareado, quizás por el
sofoco repentino.
“Déjalo”.
Aunque
se encontraba bajo la sombra de Chariot, Yuri no pudo soportar el calor y se
apartó de él. En cuanto le entregó las bolsas y retrocedió unos pasos, por fin
sintió que volvía a respirar. Quizá fuera porque el calor que irradiaba Chariot
era demasiado agobiante, pero al soplar la brisa se sintió bastante más fresco.
Con la mano izquierda, que ahora tenía libre, Yuri se acomodó las gafas de sol.
Como para poner distancia con Chariot.
No vuelvas a tratarme de esa manera.
Esas
palabras le llegaron a la punta de la lengua, pero Yuri se guardó de decirlas
en voz alta. Le parecía que estaba exagerando demasiado ante una acción que
quizá no tuviera ninguna importancia para Chariot, y sobre todo, temía que al
pronunciarlas fuera el primero en admitir que se había percatado de lo
ocurrido.
¿Se comporta así con todo el mundo con el que tiene confianza?
Yuri
ya no lograba comprender a Chariot. Aunque de por sí nunca lo había entendido,
lo de hacía un rato lo remataba del todo. Había admitido que le gustaba el
contacto físico y que solía toquetear a sus allegados, pero la caricia en el
dorso de la mano no era algo que uno le hiciera ni a sus mejores amigos.
Desdeluego, en el mundo de Yuri, jamás.
Si
alguien con quien te ves a menudo se comportara así todos los días, entonces...
¿No te estarás haciendo ilusiones?
Una
pregunta indeseada se coló, no en la cabeza de Yuri, sino directamente en lo
más hondo de su corazón.
Con razón solo se apaña con parejas ocasionales.
Siguiendo
al interrogante que lo había asaltado de repente, brotó una respuesta. Chariot
había tenido la desfachatez de soltarle a un completo desconocido el dato
innecesario de que prefería tener parejas estables de un rato y que no solía
salir formalmente con nadie. Como estaba harto de ver a hombres blancos
adinerados comportarse con esa ligereza porque no querían echar raíces, a Yuri
le había dado igual, pero ahora caía en la cuenta de que el propio
comportamiento de Chariot era parte del problema.
Si
uno anda tonteando de esta manera con la gente aun teniendo pareja, es obvio
que se van a armar líos.
Yuri
arrugó los ojos con un deje de desprecio. Luego, como si quisiera borrar de su
piel el tacto que Chariot le había dejado, frotó ásperamente el dorso de su
mano izquierda contra el pantalón y se quedó observando la ancha espalda de
Chariot, que caminaba hacia el coche balanceando las bolsas. A juzgar por el
hecho de que cada vez que lo veía llevaba algo colgando, parecía tener la manía
crónica de agitar cualquier cosa que tuviera en las manos.
Tiene malas mañas con las manos.
Añadió
un nuevo juicio a la lista sobre Chariot. Por mucho que él mismo hubiera
llevado siempre esa vida y siguiera sin intención de comprometerse con nadie,
tenía claro que, en las relaciones serias que conocía, lo normal era no dar
ningún tipo de margen a terceras personas. Como los sentimientos humanos no se
pueden ver, es muy fácil acabar maltratándolos sin querer, pero según cómo se
traten, podían obrar milagros o quemarlo todo como un fuego terrible.
Bueno... con el lío en el que está metido, supongo que él
también habrá aprendido la lección.
Yuri
recordó de pronto que Chariot estaba enredado en un culebrón de crímenes
pasionales, y tomó conciencia de que sus planes de llamar a Alexei en cuanto
llegaran se habían torcido por su culpa.
“Wolfie,
tenemos un montón de cosas que hacer. Aún tenemos que ir a comprarte ropa”.
Chariot
ya había llegado al coche y se había sentado en el borde del maletero. Tras
echar un vistazo a las bolsas de la compra ordenadas con pulcritud, Yuri
recordó la bolsa que había escondido justo debajo de ellas, en el suelo. Una
pistola. Una caja de cargadores. El cuchillo militar metido en el bolsillo de
su abrigo.
Chariot
estaba sentado encima de las mismas cosas que Yuri Kiselyov solía llevar
consigo desde siempre. Sin tener la menor idea de lo que había debajo.
Aquel
rastro que le recordaba su propia realidad, de la que casi se había olvidado
por un momento, devolvió a su interior una serena tranquilidad, como si le
hubieran echado agua fría a su mente revuelta por tantas situaciones cotidianas
y corrientes.
Tenía
que dejar de dejarse arrastrar. Seguirle la corriente y dejarse manipular eran
dos cosas muy distintas. Aunque le dejara pasar las bromas o los toqueteos, no
hacía falta que lo hiciera absolutamente todo junto a Chariot. Su único trabajo
consistía en protegerlo san y salvo durante diez días.
“Parece
que ya hemos comprado todo lo que necesitas, así que quédate en el coche. Lo
demás iré a buscarlo yo solo”.
Los
bonitos ojos verdes se abrieron de par en par, mostrando un claro tinte de
decepción.
“Yo
también quiero ir. Tienes el brazo izquierdo lastimado, así que se supone que
tengo que cargarlas yo”.
“No
voy a comprar tanta ropa como para necesitar las dos manos, así que quédate
aquí”.
“Pero
me voy a aburrir en el coche”.
Chariot,
que estaba sentado en el maletero abierto, se puso en pie y se acercó a Yuri.
Su sombra volvió a proyectarse sobre él al inclinar el torso para mirarle a los
ojos. Las pestañas doradas con un matiz rojizo parpadeaban siguiendo la suave
curva de sus párpados caídos.
“Vamos
juntos, ¿sí?”.
Con
aquel tonillo alargado y aniñado, Chariot parecía estar pidiéndolo con mimos.
El dorso de su mano izquierda le dio un picor repentino, y sintió una opresión
momentánea en la boca del estómago, como si se la hubieran bloqueado con una
bola de fuego. Yuri sintió una irritación incomprensible hacia aquel alfa que
se comportaba de ese modo con cualquiera.
“No
hemos venido a pasear”.
Dejando
en nada el esfuerzo que había hecho por contenerse y tratarlo con afecto
sabiendo que estaba asustado, la voz de Yuri salió gélida. Aun así, si seguía
con ese tío encima, sabía que no iba a poder trabajar en condiciones.
“Entiendo
que quieras sentirte en confianza conmigo y por eso actúes así porque te da la
gana, pero no hace falta que nos peguemos innecesariamente, ¿o me equivoco? No
olvides que no soy tu niñera”.
Ante
aquella advertencia fría, Chariot parpadeó. Sus ojos verdes temblaron
levemente, reflejando sus emociones con total transparencia. Al verlo, Yuri
sintió una punzada de agobio. No tenía la menor idea de cómo lidiar con este
individuo.
“Ya
veo”.
Sus
largas pestañas decayeron sin energía.
“Como
me has tratado con más cariño de lo que esperaba, supongo que se me había
olvidado por un momento”.
Chariot
enderezó la espalda despacio y dio un paso atrás con desgana. Aquella actitud
de perro regañado por su dueño dejó a Yuri un poco descolocado. Como hasta
entonces había contestado y replicado con soltura por mucho que lo regañara,
creía que le daba igual, pero jamás imaginó que reaccionaría así de repente.
“Tendré
que ir con más cuidado”.
Tras
aquel pequeño murmullo, un silencio espeso se cernió entre ambos. Aunque era la
medida que tocaba tomar, en cuanto Chariot le hizo caso de verdad, Yuri se sintió
todavía más incómodo que antes. Si tuviera que elegir entre la irritación que
le provocaba ver a Chariot haciendo lo que le apetecía y la incomodidad de
verlo ahora con la moral por los suelos y tan callado... por desgracia,
prefería lo primero.
Sin
embargo, debido a la sensación de alerta de que, si seguía cediendo a todo lo
que Chariot quería hacer, se vendría abajo alguna regla que había construido
durante toda su vida, Yuri en lugar de consolarlo fue directo al grano.
“Sería
mejor que les vuelvas a transmitir tu ubicación actual y la situación a tus
guardaespaldas. Mientras tanto, yo también iré a resolver mis asuntos y
regresaré”.
Aprovechando
esa brecha, Yuri sacó el teléfono para hablar con Alexei y se disponía a
alejarse cuando la pequeña voz de Chariot resonó a su espalda.
“¿Cuánto
vas a tardar?”.
Sus
pasos, con los que se disponía a marchar sin vacilar, se detuvieron en seco
ante su llamada. Cuando Yuri se giró en silencio, Chariot lo estaba mirando
mientras se bajaba un poco la mascarilla con el dedo índice.
“Dime
un tiempo, tal como hiciste en la gasolinera. Para que no me quede esperando
eternamente”.
Es
medio palmo más alto que él, tiene un físico similar y además posee una fuerza
imponente, pero al verlo dejar de hacer el tonto y hablar de esa manera,
Chariot parecía un muchacho frágil. Para Yuri, que solo sabía cómo romper y
apartar a empujones las cosas que trepaban agarrándose a sus tobillos, Chariot,
quien se acercaba a pedir que lo protegieran en lugar de huir, se le figuraba
de una ingenuidad desesperante.
Era
como ver a una bestia que, si se la dejaba sola, terminaría muriendo
acribillada por los disparos de un cazador.
Ígor
solía salir de caza acompañado de sus subordinados. A veces también convocaba a
Yuri al bosque de Sarátov que poseía, bajo el pretexto de enseñarle a su hijo
Iván cómo capturar bestias. Nadie de los que iban allí podía portar armas;
únicamente los Volkov daban inicio a la cacería armados.
La
cacería, que se celebraba tres veces al año a modo de ritual, servía tanto como
un día consagrado puramente a cazar animales como de jornada para liquidar a
algún cobarde que hubiera intentado huir o a un traidor. En el bosque de Ígor
había no menos de varias decenas de osamentas enterradas sin haber podido
soltar ni un solo grito. La madre de Yuri también yacía enterrada allí.
Cada
vez que atendía a Ígor mientras pisaba un suelo donde en alguna parte reposaba
su madre enterrada, Yuri contemplaba a un sinfín de animales que no lograban
vislumbrar la muerte. Cuando el cañón de un arma apuntaba a un ser vivo que,
tras sacudir las orejas con curiosidad, se confiaba y le daba la espalda, Yuri
sentía el impulso irrefrenable de gritar y espantarlo para alejarlo.
Una
sensación idéntica lo embargaba ahora.
Al
cerrar el puño con la mano izquierda, un dolor sordo subió lentamente por su
brazo lastimado. Esa punzada aguda que le perforaba los músculos le despejó la
mente. Cuanto más se le acercaba Chariot sin reservas, más ganas le daban a
Yuri de decirle que estaba actuando mal.
“Treinta
minutos”.
Pero
claro, si él mismo había dejado claro que lo detestaba.
Yuri
rememoró a Chariot en el hotel, cuando lo llamaba basura y se negaba a cruzar
palabra con él. También recordó lo que le había dicho: que aunque ahora le
hablaba con total naturalidad, en el fondo lo hacía por miedo, y que se
comportaba con tanta familiaridad solo para conseguir un respiro de
tranquilidad durante el tiempo que pasaran juntos.
Por
lo tanto, cada una de las acciones que Chariot le demostraba era una farsa. No
era más que algo que endulzaba los sentidos como el azúcar, pues el asco
arraigado hacia alguien de su ralea jamás iba a desaparecer. Al pensar que el
propio Chariot se estaba comportando así para autoengañarse, la cabeza se le
aclaró de golpe.
Tendría
que ser eso. Como él mismo tendría que fingir que estaba bien para sentir menos
miedo. Aunque con las personas de su entorno suela tratarles de ese modo, el
significado al hacerlo con él tenía que ser distinto. Ahora mismo se comportaba
así solo porque se había quedado sin un lugar en el que apoyarse.
Siendo
así, bastaba con mantener el equilibrio. Podía aguantarle el juego, pero no
hacía falta acercarse más de la cuenta. Una vez hecho eso, cada cual seguiría
su propio camino.
Yuri
le indicó el tiempo con una frialdad mayor que la de la gasolinera. Pasó por
alto el detalle de haber calculado de sobra para que no tuviera que aguardar de
más, y pasando de largo junto a Chariot, depositó el resto de las bolsas de la
compra en el maletero. El fondo negro quedó completamente cubierto. Solo Yuri
sabría lo que se escondía debajo.
“Quédate
dentro del coche”.
Chariot
jugueteó con las llaves del vehículo y presionó el botón de apertura. Tras
escucharse el pitido mecánico que anunciaba la apertura de las puertas, se
colocó bien la mascarilla. Al constatar que se metía en el asiento del
conductor, Yuri desvió la mirada y enfiló sus pasos hacia la zona comercial.
Ignoró por completo que la espalda de Chariot, captada por su campo de visión
justo antes de girarse, se le figuraba inusualmente desamparada.
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*
* *
Yuri
había llevado una vida casi en absoluta soledad, pero al dejar atrás a Chariot
y adentrarse en el centro comercial, por un instante tuvo la sensación de
quedarse solo de nuevo. No sabía si se debía a que las situaciones con las que
se había topado a lo largo de esos dos días eran experiencias insólitas, pero
desde luego no era un buen augurio. Ignorando aquella sensación de desolación a
pesar del bullicio del entorno, Yuri se apresuró a resolver sus asuntos con
eficiencia.
En
el arcade solo había una tienda de ropa. Para colmo, estaba enfocada a turistas
adinerados, por lo que se alejaba por completo del rango de precios al que Yuri
solía acudir.
Tras
comprar un par de camisas negras, pantalones y ropa interior, pasó por una
ferretería que estaba a punto de echar el cierre. Según Chariot, en la casa
había cámaras de seguridad. Sin embargo, dado que eso no bastaba para impedir
la entrada de un intruso, pensó que vendría bien fabricar algunas trampas
sencillas con clavos y alambre. Quería evitar el uso de armas de fuego en la
medida de lo posible. No solo por el miedo que le daba a Chariot, sino también
por lo que experimentaba él mismo cuando sostenía una pistola...
En
el preciso instante en que el pasado fugaz lo dejó paralizado y de pie, el
teléfono vibró en su bolsillo. Sacando el aparato con un sobresaltado regreso a
la realidad, vio un nombre familiar en la pantalla. Tan pronto como distinguió
la «A» que designaba a Alyosha, Yuri pulsó el botón de llamada.
—¡Kiselyov!
Nada
más descolgar, la voz furiosa de su compañero resonó con fuerza a través del
altavoz. Ante aquel tono gélido que le arañaba los tímpanos, Yuri arqueó las
cejas. Hacía mucho tiempo que Alexei no se enfadaba de verdad.
“Tranquilízate,
Alyosha”.
—¿Crees
que me pondría tranquilo si estuvieras en mi lugar? El teléfono está encendido,
pero si ignoras mis llamadas, es lógico pensar que ha pasado algo grave, ¿no
crees?
A
las réplicas cargadas de sarcasmo le siguió un taco en ruso y un suspiro por
parte de Alexei. Como solía ser él quien se preocupaba y montaba en cólera en
situaciones así, a Yuri toda aquella escena le resultaba extraña. Reanudando su
marcha, comenzó a seleccionar y recoger con cuidado las herramientas expuestas
en los estanterías.
“Como
no he parado de moverme, la señal no llegaba bien. Pensaba ponerme en contacto
contigo en cuanto llegara, así que ahórrate las energías”.
—¿Pero
es que este maldito país no es capaz de instalar cables en las autopistas? ¿En
qué demonios se gastan los impuestos?
Pareciendo
con ganas de seguir despotricando, Alexei se desahogó primero contra las
carreteras antes de formular su siguiente pregunta con un tono más sosegado:
—¿Tienes
alguna herida?
La
imagen de su propia cara reflejada en el espejo, junto al costado donde el
proyectil le había rozado y los hematomas recientes, cruzó por su mente, pero
Yuri contestó con total impasibilidad.
“Ninguna”.
Como
la regla entre ellos dictaba que no pasaba nada a menos que tuvieran un agujero
en el cuerpo o algún hueso roto, Alexei jamás habría insistido con esas cosas
de no ser por la situación.
—Viendo
que hablas con tanta soltura, supongo que es verdad.
“Así
que ya ves que no hacía falta ponerse furioso”.
—Pues
no. Tendré que cobrarme el precio por haberme hecho pasar este susto.
“Si
nos ponemos así, lo tuyo de antes no tiene punto de comparación con los errores
del pasado”.
Aunque
Alexei solía andar con pies de plomo por culpa de Valeri, hubo una época
crítica en la que estuvo a punto de jugarse la vida. Al aludir veladamente a
aquel momento, Alexei guardó un breve silencio antes de cambiar de tema con
descaro.
—Heather
me ha dicho que alguien sospechoso se dejó caer por el hotel. ¿Eran esos tíos
conocidos como los Vigilantes?
Tras
esbozar una ligera sonrisa con los labios, Yuri optó por seguirle el juego a
Alexei.
“Por
el contexto parecía que sí, pero no hay nada seguro. No llevaban tatuajes
visibles y, por la forma en que se organizaban por patrullas y vigilaban
ocultos, parecían más bien sicarios profesionales”.
—Mmm.
En
lugar de asustarse, Alexei emitió un sonido que denotaba profunda reflexión.
Dejando a su compañero sumido en sus pensamientos, Yuri compró un martillo, una
pistola de clavos, clavos y alambre de varios grosores. Al tratarse de
herramientas comunes, no despertaría sospechas.
—Estuve
rebuscando durante todo el día y hay algo que no encaja. En lugar de intentar
extorsionarnos pidiendo dinero como creíamos, se les ve demasiado atareados
buscando a Goodnight.
“Está
claro que no buscan cobrar ningún rescate”.
Yuri
se acercó a la caja registradora mientras explicaba con calma:
“Intentaron
matarlo en cuanto lo vieron”.
—¿Qué?
El
tono de Alexei, que apenas había conseguido serenarse, volvió a volverse áspero
y amenazante.
—¿Y
me lo dices ahora?
“Te
lo acabo de decir”.
De
nuevo, se escucharon maldiciones en ruso al otro lado de la línea. Mientras
pensaba que, de tanto convivir con civiles, a su amigo se le estaban pegando
los malos hábitos de tanto insultar, la voz de Alexei sonó mucho más próxima.
Daba la impresión de que había pegado el teléfono a la cara.
—¿De
verdad estás seguro de que no tienes ninguna herida?
“Sí”.
—Yuri,
tu vara de medir no es la misma que la de los demás, así que seguro que has
visto sangre.
Las
palabras de Alexei dejaron a Yuri sin palabras por un instante. Sentía una
profunda disonancia al escucharle decir que su baremo era «diferente», viniendo
precisamente de él. Alexei era el mismo hombre que, mientras se vendaba el
costado tras el roce de una bala, se reía de Yuri por armar tanto revuelo y
preocuparse por tonterías así.
Ver
sangre era el pan de cada día para ellos; no tenía nada de extraño. Es más, los
días en que salían ilesos los consideraban de buena suerte y lo celebraban
compartiendo un cigarro. Escuchar a Alexei hablar de aquel modo le hizo
sentirse repentinamente solo, a pesar de que él siempre había estado solo.
Dejando
la cesta con las herramientas sobre el mostrador de la caja, Yuri se frotó la
frente en silencio. Sentía la garganta como si le hubieran echado arena; las
palabras se negaban a salir. Lo que pretendía decir quedó sepultado en el fondo
de un esófago irritado y contraído por la opresión.
Ya veo.
Alexei ya no es una persona que pertenezca a mi mismo mundo.
Por
mucho que lo supiera de antemano, por mucho que se hubiera convencido de ello,
fue justo en ese momento —tres años después de cruzar la frontera desde
Sarátov— cuando Yuri terminó de asimilarlo.
Alexei
ahora tenía a alguien que lo amaba desesperadamente y se preocupaba por él. Ya
no era de los que contemplaban la sangre con indiferencia, y conocía
perfectamente los códigos de la gente corriente. Aquel vínculo que Yuri había
dado por sentado, creyendo que duraría eternamente porque ambos habían nacido
en el mismo lodazal y compartido la misma miseria, se había transformado en
otra cosa muy distinta.
Para
Alexei, él se había convertido poco menos que en un compañero de armas. Ya no
eran camaradas que compartían un mismo entorno.
El
dedo índice de Yuri, que se frotaba la frente contraída, descendió despacio por
su mejilla hasta posarse en sus labios resecos. Tras presionar con insistencia
su boca pálida y agrietada, se obligó a empujar las comisuras hacia arriba con
el pulgar antes de abrir la boca:
“Estoy
perfectamente”.
Para
tranquilizar a Alexei, barrió cualquier atisbo de alteración de su tono. Solo
tras escuchar una voz cargada de firmeza y serenidad, Alexei pareció disipar
por completo sus sospechas.
—A
partir de ahora, si pasa algo así, dímelo de inmediato. ¿Entendido?
“De
acuerdo”.
Yuri
soltó una risa seca. Luego, apartando la mano que se había quedado inmóvil,
comenzó a pasar los códigos de barra uno a uno por el escáner del cajero
automático. Tenía los ojos pesados y le sobrevino un cansancio repentino. Se ve
que las comidas de los últimos dos días habían sido demasiado escasas.
—Oyéndote
hablar, me queda claro una cosa. Los Vigilantes no buscan precisamente dinero
por parte de Goodnight. Por estos lares no hay ninguna organización tan radical
como para cometer un asesinato por venganza a raíz de un simple lío pasional.
Al menos, no si fuera por extorsión como imaginábamos.
“Heather
me comentó que en el pasado ya se encargaron de liquidar a un jugador de hockey
muy famoso”.
—Eso
también lo he oído. Pero aquel tipo llevaba ya mucho tiempo retirado y no tenía
el valor de Goodnight; además, murió metido en disputas internas, nada que ver
con los motivos por los que persiguen a Goodnight ahora.
El
tono de Alexei denotaba sospecha, y Yuri tampoco podía quitarse de la cabeza
los cabos sueltos que le rondaban desde el tiroteo. Para colmo, como Chariot
solo se había mudado a Vancouver pero seguía teniendo nacionalidad
estadounidense, resultaba poco probable que existieran motivos triviales detrás
del empeño en cargarse a alguien tan célebre hasta el punto de implicar a una
organización por encima de la policía.
“¿Significa
eso que hay algo que Chariot nos está ocultando?”.
—Algo
mucho mayor que cualquier beneficio potencial que Goodnight pueda ofrecerles.
Esto se va a poner más complicado de lo que pensaba. Como este tipo de asuntos
no se pueden averiguar sin infiltrarse desde dentro, creo que al final tendré
que mover ficha yo mismo.
“Alyosha,
no corras semejantes riesgos”.
Yuri
intuyó que había llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa respecto
a lo que ocurría entre Chariot y él.
—¿De
qué hablas?
“Chariot
no tiene la menor intención de dejarnos este trabajo hasta el final. ¿Te
acuerdas? Nos dijo que el motivo por el que vino a buscarnos fue por
recomendación de Heather. Que nos contrató porque somos ‘buena gente’”.
Cuando
Yuri terminó de hablar, solo se escuchó la respiración de Alexei al otro lado
de la línea. Para evitar que su compañero se sintiera ofendido, Yuri volvió a
explicarle la situación con cuidado.
“Es
verdad que hemos llevado una vida de mierda, Alyosha, pero tú jamás has hecho
nada de lo que tengas que avergonzarte ante los demás. El problema soy yo.
Chariot dejó caer que no quería encargarle un trabajo así a un criminal...”.
La
parte posterior de sus párpados ardía con sequedad. Sus nervios se tensaron al
límite, dándole la fugaz sensación de que se le iban a romper los capilares.
Tras tragar saliva con dificultad, Yuri murmuró en un tono bajo:
“Yo
estoy podrido, Alyosha. Yo no soy como tú”.
El
silencio se prolongó antes de que Alexei replicara con aspereza.
—Tú
y yo hemos vivido una vida de mierda sin tener opciones, Yuri. No había otra
salida que matar o morir. ¿Por qué de repente te separas de mí? Los dos nos
hemos manchado las manos de sangre y hemos contribuido a que la familia Volkov
mantuviera su vida con dinero sucio. Es exactamente igual.
“No”.
Apenas
escuchó a Alexei decir que era lo mismo, Yuri lo negó con una voz que se hundía
hasta lo más hondo.
“Tú
y yo somos diferentes, Alyosha”.
Yo hice lo que tú no puedes hacer.
—¿Qué
clase de estupideces estás diciendo, Yuri?
Tú no sabes que somos fundamentalmente personas distintas. Y
ojalá nunca llegues a saberlo.
“…En
fin, por esta razón Chariot no quiere un contrato con nosotros. Aunque nos han
atacado y por ahora lo he sacado de allí, en un plazo de diez días vendrán
desde Estados Unidos personas de su confianza en las que él puede confiar.
Nuestro trabajo llega hasta entonces, así que no corras riesgos innecesarios”.
Porque si supieras lo monstruoso que soy, tanto tú como T-mac me
abandonarían.
La
mano que sujetaba el teléfono hizo tanta fuerza que el dorso se le quedó
pálido. El estómago se le retorció como si fuera a vomitar y sintió arcadas.
Repprimiendo las náuseas, terminó de pagar con los ojos inyectados en sangre.
Toda su vida de culpas, que había conseguido olvidar mientras estuvo con
Chariot, volvió a atormentarlo.
Me estaba equivocando.
Yuri
jamás había estado en paz. Lo único que hacía era reprimir la culpa que se
agitaba en su interior mientras fingía una falsa calma. Jamás había apartado la
mirada de sus propios pecados, y los ocultaba levantando un muro con la
esperanza de que quienes lo rodeaban no descubrieran su despreciable pecado
original.
—Tú...
estás raro.
“No
es verdad”.
—¿Ese
idiota de Goodnight te ha estado diciendo tonterías?
La
voz de Alexei destilaba una furia asesina. Al ver a su fiel amigo preocuparse
de verdad por él, a Yuri se le cortó la respiración bajo una melancolía
insoportable. Al salir del territorio en el que se había encerrado a sí mismo,
cobró plena conciencia de lo sumamente alejado que estaba de una vida normal.
“No”.
Respiró
hondo. Si exhalaba largamente y volvía a inhalar, sentía los latidos de su
corazón, y pensar que lo verdaderamente importante en ese instante era seguir
con vida solía bastarle para estabilizarse.
Sin
embargo, esta vez esa oscuridad y húmeda tristeza se negaban por completo a
desaparecer. Yuri se quedó mirando el clavos sin decir nada antes de desviar la
mirada hacia la pantalla de la caja registradora.
“Chariot
se está portando bien. Dijo que pagaría una compensación acorde al trabajo
realizado, aunque no sea tanto como al principio. Así que detente ahí”.
Alexei
guardó silencio con una respiración regular. Yuri también se quedó plantado,
contemplando fijamente la pantalla del mostrador con los números marcados. Como
se mantuvo inmóvil durante demasiado tiempo, la ventana de cierre en rojo
parpadeó en la pantalla; solo entonces, con retraso, sacó su propia tarjeta
para finalizar el pago. Tras sonar un pequeño pitido, Alexei volvió a hablar.
—Siempre
me dices que soy un terco de mierda, Yuri.
“Sí”.
—Pero
a veces tú eres todavía más implacable.
“…¿Qué?”.
—Yo
no soy alguien que necesite que tú lo protejas. Más te vale no pensar en
hacerte el héroe para terminar pudriéndote por ahí herido. ¿Entendido? Porque
pienso quedarme a ver hasta el día en que envejezcas, te dé demencia senil y
acabes embarrando de mierda las paredes.
“Alyosha,
tonterías las justas...”.
La
llamada se cortó de golpe. Frunciendo el ceño, Yuri volvió a marcar de
inmediato para llamarlo, pero Alexei rechazó la llamada de manera ostentosa
para dejar claro que iba a ignorarlo. Completamente perplejo, le escribió un
mensaje:
[¿Valeri
sabe que vas a hacer una locura?]
Y
contrariando lo de haberle colgado, la respuesta de Alexei llegó enseguida.
[Tú
no tienes el número de Lera.]
[Yo
se lo puedo pedir a su padre.]
[Si
llegas a abrir la boca, te juro que no respondo.]
[A
menos que quieras volver a ver llorar a tu novio, será mejor que lo dejes
estar.]
[¿Y
pretendes que me quede cruzado de brazos recibiendo mansamente el dinero que te
ganas arriesgando en sabe Dios qué rincón olvidado? Ni lo sueñes.]
Yuri
recordó que no le había dado su ubicación exacta. También le vino a la mente el
teléfono prepago del que se había olvidado por completo.
[He
escondido un teléfono de emergencia en el baño de hombres de la gasolinera
cerca del Parque Nacional Yoho, en el compartimento inferior de la papelera
junto al lavabo. Es de los tíos que nos tendieron la emboscada, a ver si
encuentras algo útil allí.]
[¿Dónde
estás tú?]
[Te
lo diré cuando estés preparado para escuchar llamadas.]
[Qué
gracioso te crees.]
A
través del intercambio rápido de mensajes, Alexei parecía haberse calmado un
poco. Tras enviarle una risa seca en mayúsculas a modo de burla —una broma que
de broma tenía poco—, añadió un mensaje insólito a continuación:
[Parece
que en apenas un día te has vuelto muy cercano a tu cliente, ¿eh? Hacía
muchísimo que no te oía llamar a nadie por su nombre de pila.]
Yuri,
que ya había terminado de guardar las cosas en las bolsas tras pagar, se quedó
fulminando con la mirada la pantalla del móvil. Mientras arrugaba los ojos
intentando descifrar a qué se refería, le llegó otro mensaje igual de
impertinente:
[Si
es tan guapo y tiene tanta pasta como para dejarse timar, tampoco está tan mal
tenerlo cerca.]
Yuri
no respondió y guardó el teléfono en el bolsillo. Al comprobar la hora, vio que
acababa de pasar de las cuatro de la tarde. Como había dejado solo a Chariot
antes de que pasaran los cuarenta minutos previstos, al final había superado
holgadamente el margen de tiempo que le había dado. Culpándose por haber roto
su palabra, se apresuró a acomodar las bolsas.
Al
salir tras cruzar las cajas, la ferretería ya tenía todo listo para cerrar. El
hombre que se disponía a bajar la persiana metálica miró a Yuri con expresión
de fastidio, pero este se levantó un poco las gafas de sol y le dedicó una
breve inclinación de cabeza en señal de saludo. Al verle el rostro descubierto,
el empleado borró de inmediato el gesto de molestia y le devolvió una amable
despedida deseándole un buen viaje.
Tal
como había advertido Chariot, a partir de las cuatro en punto todos los
comercios del centro comercial cerraban sus puertas. Lo mismo ocurría con la
licorería de al lado. Al percatarse de que tendría que posponer para el día
siguiente la compra de la cerveza que tanto quería el otro, Yuri sintió una
pizca de remordimiento. Aunque no tenía motivos reales para sentirse culpable,
al acordarse de su semblante cabizbajo le dio pena no poder llevársela.
El
aparcamiento se había quedado prácticamente vacío tras la marcha de los coches.
Al acercarse a su vehículo, aparcado apartado del resto, distinguió a Chariot
con los brazos apoyados en el volante y el rostro enterrado en ellos. Al notar
su proximidad al irse acercando, los ojos verdes se alzaron hacia él, y en
cuanto lo descubrió, su semblante se llenó por completo de reproche. Sin
embargo, no abrió la boca tal como solía hacer en la gasolinera.
Mantenía
los labios sellados mientras Yuri abría la puerta del copiloto, y notó cómo el
joven se enderezaba despacio para clavarle una mirada fija. Quizá por haberlo
llevado todo el día en el coche, el habitáculo conservaba una fuerte
impregnación de las feromonas de Chariot, lo que transmitía de forma inconfundible
la sensación de estar encerrados en el mismo espacio.
El
aroma dulzón que desprendía el envoltorio de la barrita de chocolate que se
había comido se mezclaba con el olor característico de Chariot, desprendiendo
una fragancia a whisky avainillado. Aunque no le dirigió la palabra de entrada
—probablemente por estar molesto—, nada más subir al coche el rastro de sus
feromonas le acarició la piel de tal modo que Yuri supo de inmediato que el
otro estaba pendiente de él. Sintió un cosquilleo semejante al movimiento de
una colita meneándose con timidez.
Yuri
giró despacio el rostro para mirarlo a los ojos. En el preciso instante en que
sostuvo aquellos orbes verdes rebosantes de agravio, toda la tensión que
atenazaba su cuerpo se desvaneció de golpe. En su interior, antes húmedo y
oscuro como un rincón cubierto de moho, brotó una calidez similar a los rayos
del sol abriéndose paso. Tuvo la misma sensación que si caminara descalzo sobre
un musgo suave.
Tengo que mantener el equilibrio.
Solo tengo que aguantarle el juego sin necesidad de acercarme en
absoluto.
“Me
temo que la cerveza tendremos que comprarla mañana”.
A
pesar de lo que decía Alexei sobre su tozudez inquebrantable, Yuri rompió la
promesa que se había hecho apenas treinta minutos antes y abrió la boca:
“Me
ha costado un poco más de lo previsto”.
Chariot,
visiblemente contrariado, aleteó con las pestañas, abrió los ojos de par en par
y se quedó fulminándolo en silencio. Su mutismo no duró ni unos pocos segundos.
Aunque tanto él como Alexei eran capaces de aguantar sin mediar palabra desde
unos minutos hasta jornadas enteras, Chariot jamás conseguía hacer algo así.
“¿Por
qué sigues mareándome?”.
Yuri
escuchó sus palabras en silencio. Como consideraba comprensible que Chariot se
sintiera descolocado, decidió tragarse las quejas y limitarse a aceptarlas con
paciencia.
“Si
vas a tratarme bien, hazlo siempre. No me alejes de repente como hace un rato”.
Tenía
razón. Con mantener la compostura y limitarse a aguantarle el juego bastaba,
pero en cuanto vio aquellos ojos cargados de reproche, se dio cuenta de que le
era imposible cerrar la boca. Al contemplar a aquel alfa tan ingenuo, cuya vida
difería por completo de la de Yuri Kiselyov, en lugar de sentirse deprimido
como le ocurría al hablar con Alexei, el dolor punzante que le taladraba los
ojos se le pasó por completo, arrebatándole cualquier posibilidad de mantenerse
indiferente.
Creía
que ver a una persona de su polo opuesto, habituada a una existencia
convencional, le recordaría de forma atroz cuán monstruosa y aberrante había
sido la suya propia...
Pero,
de manera extraña, su pasado se fue difuminando.
“De
acuerdo”.
Yuri
dejó las bolsas que traía en el suelo del asiento del copiloto y cerró la
puerta del coche. Sin pensar en arrancar todavía, se quedó mirando fijamente a
Chariot, que seguía con su actitud de enfado, y con cautela extendió la mano
para posarla sobre la cabeza del joven.
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Chariot
dio un respingo en los hombros y clavó la mirada en las yemas de los dedos de
Yuri.
Sintiendo
la intensidad de aquella mirada clavada en sus dedos, Yuri le quitó la gorra a
Chariot. Aquel cabello rubio rojizo que le había parecido hermoso desde el primer
momento que lo vio resultó ser todavía más suave de lo que había imaginado.
Procurando que sus dedos, llenos de callosidades, no dañaran sus cabellos, Yuri
lo acarició con extrema delicadeza y murmuró en voz baja:
“Lo
siento”.
Chariot
parpadeó, sumido en la sorpresa. Estaba tan impresionado que se quedó
completamente inmóvil hasta que Yuri retiró la mano y se abrochó el cinturón de
seguridad. Agobiado por el peso del pasado que había recordado durante su
conversación con Alexei, Yuri reclinó el cuerpo contra el asiento con un aire
ligeramente fatigado. Tras unos minutos de silencio, Chariot encendió el motor
con calma y, de repente, girándose de golpe hacia Yuri, le preguntó:
“¿A
qué se debe este cambio de actitud?”.
“No
es nada en particular”.
“Pero
si me has tocado tú primero”.
Inclinando
la cabeza hacia atrás mientras seguía apoyado en el asiento, Yuri bajó los ojos
para observar a Chariot. Ver al descubierto aquel cabello rubio rojizo que
antes ocultaba la gorra hacía que sus facciones lucieran mucho mejor, algo que
no le desagradaba del todo. Yuri entornó los ojos de manera imperceptible y
tragó un suspiro.
“¿No
dijiste que no querías sentir el terror de que te estaran a punto de
estrangular cada vez que te tocaba?”.
Estar
con Chariot le aturdía demasiado los oídos, pero al menos no le hacía sentir
como si fuera a morir.
“Solo
he decidido seguirle la corriente a tu entrenamiento de vez en cuando”.
“...¿Así,
sin previo aviso?”.
“Tocar
sin previo aviso es lo único que hace que funcione”.
Ante
aquello, el semblante de Chariot se iluminó de inmediato, muy distinto a como
estaba antes. Aunque el sol ya se escondía lentamente y el cielo empezaba a
oscurecerse, su rostro parecía irradiar luz constantemente.
“Entonces
tócame otra vez. Hace un segundo se sintió increíble”.
Inclinando
el torso hacia su lado, Chariot empezó a insistir para que volviera a
acariciarlo. Perplejo ante semejante descaro, Yuri echó la barbilla hacia atrás
y cerró los ojos. Dejó que la voz de Chariot, que soltaba algo incomprensible
sobre que aquello era hacer trampa, resonara de fondo como una emisora de
radio, mientras bajaba a medias la ventanilla del copiloto. Hacía muchísimo
tiempo que no abría el cristal sin motivo aparente, ya que por lo general lo llevaba
siempre cerrado salvo cuando necesitaba expulsar el humo del tabaco.
Al
poco rato, Chariot puso el coche en marcha. Empezó a tararear la misma canción
que había interrumpido en el área de servicio, y una agradable voz de barítono
inundó el habitáculo al compás de la melodía alegre. Quizá debido a que todo lo
que rodeaba a Chariot desprendía un dulzor empalagoso, le asaltó la ilusión de
que un sabor azucarado le inundaba por completo la lengua, exactamente igual
que la primera vez que probó el medovik.
De
pronto, Yuri creyó comprender por qué Alexei había intentado proteger a Valeri.
Aquel comportamiento, que antes se le figuraba un sacrificio absurdo, tal vez
fuera en realidad el motor que mantenía vivo a Alexei. Aunque los seres criados
en el fango se comprendieran los unos a los otros mejor que nadie, lo que los
impulsaba a salir de allí no era el asco que les provocaba el lodazal.
A
veces, la simple y apacible estampa que uno contemplaba desde la lejanía con
anhelo era suficiente para otorgar una razón por la cual seguir viviendo.
La
responsabilidad que Vasha sintió al conocer a Katia, y el constante esfuerzo de
ella por expiar los pecados de él en su lugar, seguramente nacían de esa misma
razón.
*
* *
Chariot
era tan propenso a hacer pucheros como rápido de reflejos a la hora de cambiar
de humor. Aunque la inquietud que latía en el fondo de su ser tal vez no
hubiera desaparecido por completo, parecía ser de esas personas capaces de
disfrutar del presente antes que aterrorizarse por desgracias que no se podían
resolver en el acto. Desde luego, era mucho mejor que verlo acurrucado de
miedo, aunque, viéndolo actuar, a veces se preguntaba si no sería demasiado
optimista.
“Wolfie,
el agua está más fría de lo que pensaba”.
Decidido
a nadar desde antes de llegar, Chariot apenas puso un pie en la casa cuando ya
había metido los dedos en el lago antes de volver a sacarlos. Yuri lo miró con
la inquietud propia de quien vigila a un crío cerca del agua, pero al comprobar
que no había rastro de morosidad ni visitas extrañas en los alrededores, optó
por dejarlo estar. Al fin y al cabo, ni que fuera un crío: era un adulto de más
de veinticinco años, por lo que se suponía que debía apañárselas para nadar por
su cuenta. Además, tratándose de un deportista de élite, existía la vaga
presunción de que todo lo que implicara esfuerzo físico se le daría bien.
“Pues
haberte quedado en casa tan agustito”.
“Pero
si el lago es precioso”.
Yuri
empezó a sacar de las bolsas la ingente cantidad de víveres que Chariot había
comprado. Como nunca solía hacer acopio de tantas cosas juntas, andaba algo
descolocado sobre cómo ordenarlas cuando Chariot se le pegó al costado.
“Me
muero de hambre, así que tendremos que comer algo ya. ¿Qué nos hacemos?”.
Yuri
contestó con un tono que dejaba entrever lo obvio:
“Sándwiches”.
“¿Lo
dices en serio?”.
Tal
como apuntaba Chariot, Yuri también tenía el estómago vacío, y no había plato
que exigiera menos tiempo de preparación que un sándwich. Yuri se encogió de
hombros y sacó el paquete de pan de molde. A continuación, cogió la lechuga
iceberg que Chariot se había empeñado en comprar y se dirigió al fregadero.
Chariot lo observó desde una postura ladeada, apoyando los antebrazos con todo
su peso sobre la isla de la cocina. Aunque tener aquella mirada encima le
resultaba un tanto incómoda, Yuri se dispuso a preparar la comida como solía
hacerlo siempre.
Por
lo general no era de comer mermeladas de frutas variadas, aunque a veces solía
mezclar mermelada de naranja amarga con crema de cacahuete; sin embargo, en ese
momento no parecía haber nada a la vista. Yuri sacó dos rebanadas de pan,
colocó encima la lechuga lavada, y tras sacar al azar cualquier plato de la
alacena y enjuagarlo con agua, depositó sobre él unas lonchas de bacón que fue
desgajando.
Tras
presenciar toda la secuencia, Chariot soltó un quejido de sufrimiento, y justo
cuando Yuri introducía el plato con el bacón en el microondas para cerrarlo, se
abalanzó sobre él con un grito ahogado.
“¿Cómo
vas a calentar el bacón en el microondas?”.
Al
volverse con el ceño fruncido, vio que Chariot tenía el rostro descompuesto por
el espanto. ¡Vaya forma de armar escándalo por nada!
“Con
un minuto y veinte segundos se hace perfectamente”.
“Eso
que sale de ahí no es comida”.
Se
iba a volver loco. Chariot sacó el plato de dentro del microondas y apartó a
empujones a Yuri de la cocina. Hambriento como estaba, Yuri estiró el brazo
para arrebatarle el plato.
“Deja
de meterte en lo que no te importa y ponte a prepararte lo tuyo”.
“¿Pero
qué dices? ¡Si hay que cocinar para dos!”.
“Pues
entonces déjame hacer los sándwiches a mí”.
“Esto
no es un sándwich, es un atentado culinario perpetrado con pan sin tostar y
bacón crudo”.
“Si
el pan ya viene tostado de fábrica, no sé qué necesidad hay de volver a...”.
En
ese instante, Chariot le sujetó los hombros con ambas manos. Deteniéndolo con
firmeza, inclinó ligeramente la cabeza para cruzar la mirada con él y le lanzó
una advertencia de lo más seria:
“Por
favor, sal de la cocina diez minutos. Te lo preparo yo en ese tiempo”.
Vaya,
mira tú por dónde.
Debía
de estar ejerciendo bastante fuerza, porque la presión sobre sus hombros era
tal que le resultó imposible zafarse de él. Si insistía en apartarlo por la
fuerza las cosas corrían el riesgo de ponerse feas, así que Yuri se tragó un
suspiro y optó por negociar:
“Diez
minutos”.
“Y
mientras tanto ve a darte una ducha o algo. Te lo digo porque, a diferencia de
mí, parece que no has tenido oportunidad de asearte”.
Yuri
recordó el asunto que tenía pendiente. Era verdad que, nada más llegar, lo que
más le apetecía del mundo era ducharse, así que, aunque le chirriaba un poco la
idea de ceder ante las exigencias de Chariot, giró sobre sus talones rumbo al
cuarto de baño. Mientras intentaba recordar si había visto toallas cuando
inspeccionó el baño un rato antes, Chariot —como si le hubiera leído el
pensamiento— le soltó:
“Las
toallas que hay aquí dentro las van a lavar todas de una vez, así que usa la
que he dejado preparada. Está en el sofá”.
Al
oír aquello y desviar la mirada, descubrió una gran toalla de playa tendida en
el sofá. Aunque al principio dudó si la habría sacado expresamente para nadar
en el lago, la necesidad imperiosa de quitarse la suciedad pudo más, así que
terminó por cogerla.
Una
vez dentro del baño, lo primero que hizo Yuri fue quitarse la camisa que le
había prestado Chariot. Al tratarse de una prenda de buena calidad, había
estado pendiente de no estropearla en todo el día, pero al quitársela descubrió
que la manga izquierda estaba manchada de sangre. Aunque no había llegado a
trasudar hacia fuera, las manchas que se extendían por el forro interior daban
un aspecto bastante deplorable. Al verlo, fue cuando de verdad cobró conciencia
de la herida.
Al
mirarse en el espejo, distinguió a lo largo de su brazo el rastro longitudinal
por donde el proyectil le había abierto la carne. A juzgar por el estado de
cicatrización que mostraba tras pasar la noche, no parecía requerir puntos,
pero sí necesitaba ciertos cuidados. Dado que no le había subido la fiebre en
ningún momento, el riesgo de infección parecía descartado, así que Yuri, tras
pensárselo un poco, humedeció con agua templada la prenda de Chariot.
Como
la sangre ya se había secado durante el trayecto, el agua tibia no bastó para
limpiar la tela por completo. Con una mueca de apuro, contempló la camisa antes
de decidirse a entrar en la cabina de ducha. Aunque podía pagarle el coste de
la ropa sin problema, le pesaba haber estropeado algo que le habían prestado
con buena voluntad. Era como si hubiera conseguido ensuciar una parte de
Chariot.
Aunque,
bien mirado, todo aquello era culpa de Chariot por haberlo arrastrado a su
lío...
En
el momento en que el agua comenzó a empaparle desde los cabellos hasta la
planta de los pies, la sangre reseca de la herida se reblandeció y empezó a
gotear, acumulándose en el suelo de la ducha. Un escozor punzante que tenía
olvidado se despertó a lo largo de su antebrazo, y Yuri se limitó a lavar su
herida en silencio antes de proceder a enjabonarse.
Al
terminar de ducharse, Yuri enjuagó las paredes de la cabina un par de veces
más, por si acaso hubiera quedado algún rastro de su propia sangre. Intentó
frotar de nuevo con la mano la camisa de Chariot que había dejado colgada un
momento antes, pero lo único que consiguió fue extender aún más la mancha.
Que problema.
Él
solía vestir casi exclusivamente de negro, y si alguna vez se manchaba de
sangre vistiendo una camisa blanca de rigor, simplemente la quemaba y se
deshacía de ella. Por esa misma razón, no tenía ni idea de cómo eliminar
manchas de sangre en prendas claras.
Su
madre, en cambio, parecía saber de memoria cómo arreglárselas con esas cosas.
Mirando
fijamente la tela que apretaba entre los dedos, Yuri decidió dejar de perder el
tiempo en tonterías. Pensando que lo mejor sería tirarla y comprar otra, abrió
la puerta del baño, pero se llevó semejante sobresaltado al ver a Chariot
plantado justo enfrente que por poco le suelta un puñetazo sin pensarlo.
“...¿Se
puede saber qué haces plantado aquí en la puerta?”.
“Tardabas
tanto que pensé que te habías desmayado ahí dentro”.
Había
sido una broma, seguro. Tenía tan poco sentido que se disponía a pasar por alto
el comentario, pero al fijarse en el rostro de Chariot, lo vio
considerablemente más pálido que antes. Al adivinar en sus facciones un poso de
genuina preocupación, Yuri se sintió sumamente desconcertado. No lograba
atisbar qué diablos le había pasado por la cabeza a Chariot para llegar a
semejante conclusión.
“¿Tanto
he tardado? Creí que habrían sido unos quince minutos”.
“Has
estado veinte enteros”.
Chariot
se lo susurró con un tono de voz profundamente grave. Aquellos ojos verdes
fijos en él, que lo contemplaban inmóviles, no terminaban de disipar la
angustia. Descartar aquello como una simple exageración era imposible; en la
actitud de Chariot latía algo insólito. Del mismo modo que cuando le hablaba de
sus visiones proféticas, parecía haber una razón de peso detrás de todo
aquello. Yuri abrió y cerró los labios un par de veces antes de articular palabra:
“Estoy
bien”.
Chariot
le contestó sin hablar, limitándose a mirarlo fijamente. Sus pupilas
recorrieron la carne abierta alrededor del hombro izquierdo de Yuri sin mostrar
la menor intención de retirar la preocupación de su semblante, obligando a Yuri
a explicarse de una vez por todas sobre el verdadero motivo de su tardanza:
“Tu
camisa se ha manchado de sangre por culpa de la herida. He intentado limpiarla,
pero la marca ya se ha quedado fija. Si me dices cuánto te costó...”.
“¿Te
crees que eso es lo importante ahora mismo? ¡Si tienes la herida mucho peor de
lo que pensaba!”.
Antes
de que Yuri pudiera apartarse, Chariot le agarró de la muñeca. Viendo que
repetía la misma jugada de cogerle del brazo a pesar de haber estado a punto de
llevarse un golpe por ello en más de una ocasión, llegó a la conclusión de que
aquello debía de ser una mala costumbre suya. Justo cuando se planteaba si
debía advertirle que ese tipo de confianzas entre alfas resultaban de lo más
desagradable, sus ojos repararon en el rollo de gasas y el frasco de
desinfectante colocados sobre la mesita del sofá. Y pensar que lo había mandado
a por inhibidores... se ve que en el camino había aprovechado para pillar
semejante lote.
“Como
tenías la sangre seca, antes no pude examinarte bien la herida. Con lo abierta
que la tienes, ¿no deberías ir a un hospital? Es increíble que te hayas hecho
un destrozo así en el brazo y hayas sabido disimularlo como si nada”.
“Si
me ven una brecha de este calibre en el hospital, lo más probable es que avisen
a la policía”.
Ante
la réplica de Yuri, Chariot frunció el entrecejo y le devolvió una mirada de
reproche.
“¿Te
crees que te estaba preguntando eso?”.
“Entonces,
¿qué...”.
Chariot
guio a Yuri hacia el sofá con un gesto lleno de descontento. Sin soltarle la
muñeca y cruzando junto a la mesita, hizo que Yuri se sentara con cuidado en el
sofá para examinarle la herida una vez más. A Yuri le costaba comprender a qué
venía tantísimo revuelo por una lesión que ya había empezado a cicatrizar, así
que se limitó a observarlo en silencio.
Frunciendo
el ceño como si el dolor lo sintiera él mismo, Chariot se sentó a su lado con
el frasco de desinfectante y las vendas. La distancia era mucho menor que
cuando se habían sentado juntos en el coche. La textura del sofá al hundirse
bajo el peso de Chariot y la temperatura de su piel al tocarle el brazo desnudo
se propagaron con total nitidez.
De
repente, Yuri recayó en la cuenta de que volvía a tener el torso al descubierto
y lleno de cicatrices. Como Chariot no le había dado pie a pensar en las marcas
y solo se había centrado en la herida, se le había olvidado por completo. Visto
tan de cerca, aquello quedaba al descubierto de forma tan cruda que resultaba
comprensible que provocara rechazo; sin embargo, Chariot mantenía el ceño
fruncido con sus atractivas cejas, con la vista puesta única y exclusivamente
en la lesión.
“Aunque
te duela, aguanta un momento, ¿Bueno? Intentaré hacerlo con el mayor cuidado
posible”.
“...No
soy un niño”.
“Da
igual que seas adulto o niño, el dolor es el mismo”.
Respondiendo
con voz firme, Chariot abrió el envoltorio de un bastoncillo impregnado en
povidona y empezó a frotar con sumo cuidado alrededor de la herida de Yuri. A
pesar de lo mucho que detestaba ver lesiones, el tacto con el que le aplicaba
el desinfectante resultaba sorprendentemente habilidoso, lo que despertó la
curiosidad de Yuri acerca del motivo.
Hacía
muchísimo tiempo que no sentía curiosidad por nadie, así que, sin llegar a
formularlo en voz alta, se quedó observando a Chariot por un momento. Aunque no
era su intención mirarlo fijamente, la vista se le fue sola, y así fue como
acabó recreándose en el rostro del joven.
Vaya que es guapo.
Por
mucho atractivo que tuviera alguien, si era un alfa le daba igual; sin embargo,
eso era un prejuicio que se había hecho por no haber conocido antes a alguien
como Chariot. Ligeramente inclinado y concentrado en su tarea, Chariot poseía
una belleza tan irreal que parecía desvanecerse de la realidad. El alto puente
de la nariz que descendía desde su frente despejada resultaba inverosímil, y la
punta de la nariz, perfectamente perfilada y angulosa, tenía una forma imposible
de recrear de forma artificial.
A
diferencia del labio superior, que era fino, el inferior era un poco más
voluminoso, y la línea angulosa de su mandíbula formaba una combinación
impecable con su esbelto cuello, desprendiendo un aire muy varonil. Quizá
debido a esas facciones donde las líneas rectas se dibujaban con elegancia a
pesar de la finura de sus rasgos, Chariot encajaba más bien en el arquetipo de
un hombre apuesto de estilo clásico. De esos que parecerían sacados de una
fotografía en blanco y negro.
Aunque
el blanco y negro jamás lograría capturar con justicia el color de sus ojos y
de su pelo.
Justo
en el instante en que pensaba aquello, Chariot alzó la mirada. Al chocar de
manera inevitable contra aquellas pupilas que llevaban un buen rato concentradas
en aplicarle el desinfectante, Yuri dio un leve sobresaltado con el brazo.
Consciente de que se había quedado embobado mirando el rostro de un alfa, una
extraña sensación de vergüenza le invadió, y cuando se disponía a apartar la
mirada con retraso, le dirigieron una pregunta sumamente tierna:
“¿Te
duele mucho?”.
Una
suave voz de barítono acarició sus oídos al pronunciar las palabras. Como
Chariot lo examinaba con la cabeza ladeada y una expresión momentáneamente
rebosante de dulzura, a Yuri se le erizó el vello de la nuca. Un cosquilleo
recorrió todo su cuerpo, a punto estuvo de encoger hasta la punta de los pies.
“No”.
“Menos
mal. Ahora solo falta vendarlo”.
A
pesar de la arisca respuesta de Yuri, Chariot seguía mostrándose de lo más
afectuoso. Con suma cautela, colocó algodón y gasas sobre la herida de Yuri y
procedió a vendarla aplicando una presión firme y natural. Era la misma
destreza que le había notado hacía un rato.
¿Por qué una persona común maneja esto tan bien? Si no es médico ni enfermero.
Una
duda innecesaria volvió a brotar en su interior. No hacía falta preguntar ni le
serviría de nada saberlo, pero la cuestión se quedó dando vueltas en la punta
de su lengua hasta que, al margen de su propia voluntad, terminó por
escapársele de los labios:
“Tienes
la mano muy rota para esto, ¿no?”.
“Supongo
que un poco sí”.
Al
ver que Yuri lo miraba sin comprender, Chariot curvó los ojos en una sonrisa.
Parecía que el hecho de haber empezado a vendarlo le había mejorado el humor,
ya que mantenía las comisuras de los labios arqueadas en una sonrisa bonita y
amable.
“Los
jugadores de hockey nos solemos lesionar bastante”.
Aunque
aquella respuesta sonaba como si estuviera ocultando algo, la duda quedó
resuelta. Era lógico que un deportista famoso por la cantidad de lesiones que
acumulaba supiera apañárselas para curarse por sí mismo. Aunque siempre había
personal médico disponible, heridas de aquella índole se podían tratar
perfectamente en solitario.
“...Ya
veo”.
“¿Nunca
has visto un partido de hockey? Si lo único que hacemos todo el tiempo es
darnos golpes”.
Yuri
se encogió de hombros. Prefería dormir antes que gastar su tiempo en ver
deportes. Pareciendo no esperarse otra cosa, Chariot soltó una risa baja.
“Por
eso mismo a mí la sangre no me da miedo. Lo que asusta son las situaciones que
escapan a lo ordinario, pero las lesiones en sí me resultan de lo más
familiares”.
Entonces,
¿cuál era la razón por la que se había quedado esperando a que saliera del
baño?
¿Qué
clase de situación podría inquietar a un hombre tan acostumbrado a las heridas
y a la sangre?
Apenas
acababa de disipar una incógnita cuando le asaltó otra nueva. Mientras Yuri
guardaba silencio ante aquel fenómeno desconocido, Chariot terminó de vendarlo
con pulcritud. Al levantarse en busca de unas tijeras, la mirada de Yuri lo
acompañó. Observando cómo se encaminaba hacia la cocina, Yuri advirtió que un
aroma delicioso flotaba por toda la casa. Sin poder evitarlo, sus ojos se
desviaron hacia la isla de la cocina siguiendo el rastro del olor.
Como
si hubiera reparado en su mirada, Chariot sonrió mientras regresaba con unas
tijeras sacadas de un cajón de la cocina.
“Aguanta
unos segundos y ya estará lista la cena”.
Sintiendo
como si hubiera expuesto una debilidad, Yuri apartó bruscamente la vista de la
mesa. Chariot, volviendo a su actitud habitual, se acercó a su lado para cortar
el vendaje, colocarle un esparadrapo y soltarle una pregunta de lo más
irritante:
“¿Te
apetece probar un verdadero sándwich hecho por mí?”.
Ante
semejante pulla hacia su forma de preparar los sándwiches, Yuri lo fulminó con
una mirada inexpresiva. El sándwich desprendía un olor riquísimo, pero tampoco
es que tuviera una necesidad imperiosa de probarlo.
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“No”.
“Si
te he visto antes cotilleándolo todo”.
“Ya.
Te ha quedado apañado”.
Chariot
puso una expresión ambigua. Cruzándose de brazos ante aquella contestación que
sonaba a lo que quería oír pero con cierto desapego, lo miró desde arriba con
suficiencia.
“¿Y
aun así dices que no te apetece?”.
“Me
da igual lo que comer”.
“Ahora
que me fijo, tienes una cabeza que no hay quien la entienda”.
Que
Chariot le dijera lo mismo que Alexei le provocó una sensación extraña. Qué
sabría él, si apenas llevaban un día juntos como para hablar con tanta
propiedad.
“Pero
bueno, a lad personas guapas nunca se les conquista a la primera”.
Soltando
semejantes delirios que bien podría aplicarse a sí mismo, Chariot llevó el sándwich
en persona hasta el sofá. El plato depositado sobre la mesita lucía un aspecto
completamente diferente a los que Yuri solía preparar. Debajo de una superficie
dorada y crujiente se adivinaba un grosor considerable de lechuga apetitosa,
queso Gouda y bacón que asomaba por los cortes laterales. El bacón estaba bien
pasado por la sartén, crujiente, y el queso se había fundido de forma melosa
sobre la carne.
No
obstante, Yuri contuvo la paciencia y esperó sin estirar la mano hacia el
sándwich. Como no quería dar la impresión de que se moría por comer nada más
verlo, se quedó sentado guardando silencio hasta que Chariot se instaló en el
taburete al lado del sofá y le tendió el plato por delante.
“No
me voy a burlar, come tranquilo. Con lo que te has lastimado, necesitas
alimentarte bien”.
Siguiendo
el brazo que le tendía, Chariot inclinó el torso hacia delante. En aquellos
ojos verdes que lo contemplaban desde abajo había un brillo de profunda
preocupación. Aquella faceta madura, tan distinta a la actitud infantil que
solía arrastrar, pilló a Yuri tan desprevenido que por un instante le pareció
un desconocido.
Cuando
se le abalanzaba sin filtros, le resultaba muy fácil apartarlo sin darle
demasiadas vueltas, pero ante semejante actitud de cuidado genuino hacia un
paciente, le costaba horrores devolverle una bordería. Atrapado en aquella
incómoda torpeza que le impedía moverse con naturalidad, Yuri desvió
sigilosamente la mirada del plato. Temiendo que se le hiciera un nudo en el
estómago de solo mirarlo, optó por ofrecerle el primer bocado al dueño de la
comida.
“Prueba
tú primero”.
“¿Te
da miedo que le haya echado veneno?”.
Chariot
parecía preguntarlo de verdad, pero al oírlo, Yuri se sintió extrañamente
aliviado.
“Esa
clase de preguntas deberías reservarlas para cuando sea yo quien cocine algo”.
Viendo
la expresión indescifrable que se le quedó a Chariot, a Yuri no le quedó más
remedio que empezar a comer él mismo. Si no lo hacía, abrigaba el mal presagio
de que Chariot se plantaría allí plantado esperándolo indefinidamente. El
sándwich, que ya se había templado un poco, le llenaba la mano por completo.
La
mirada de Chariot se posó sobre él de manera agobiante. Incapaz de soportar
aquel escrutinio que seguía cada unos de sus movimientos, Yuri giró la cabeza
hacia la cocina y le dio un bocado al sándwich. Al notar el contraste entre la
textura crujiente y tostada y la frescura crujiente de la lechuga que estalló
en su paladar, Yuri comprendió por fin por qué Chariot se había empeñado tanto
en comprar esa variedad concreta. No se parecía en nada a la que consumía
habitualmente.
Valga
la pena masticar en silencio, Chariot seguía sin dar muestras de querer empezar
a comer. Intrigado por si de verdad le habría puesto algo raro, giró la cabeza
de golpe y se encontró con los ojos expectantes de Chariot fijos en él.
“¿Qué
tal? ¿Está bueno?”.
El
punto de sal era el adecuado y la mostaza a la antigua untada en el pan
combinaba a la perfección con el resto de ingredientes. Al resultarle imposible
sostenerle la mirada por más tiempo, Yuri volvió a desviar los ojos hacia el
exterior a través de la ventana. Sobre la superficie del lago, el sol ya
comenzaba a ocultarse mientras la puesta de sol teñía el horizonte. La luz
rojiza que se expandía siguiendo el brillo del agua titilaba con la frescura de
una naranja madura.
Tras
masticar con calma unas cuantas veces y tragar, Yuri por fin abrió la boca.
Pareciendo haber decidido cambiar de estrategia para incordiarlo, Chariot se
quedó mirándolo fijamente sin apartar los ojos hasta arrancarle la respuesta
que andaba buscando.
“Está
bueno”.
Sin
florituras ni añadidos, fue una única palabra seca y directa, pero Chariot
esbozó una sonrisa de satisfacción y se dispuso por fin a comer su propio
sándwich. Ambos intercambiaron una breve mirada antes de volver a dirigir la
vista simultáneamente hacia el lago. A diferencia de Yuri, que se sentaba con
la espalda recta en el sofá, Chariot contemplaba el paisaje con una postura
relajada, apoyando los brazos en los muslos.
“Tienes
prohibido nadar en el lago”.
Dijo
Chariot justo cuando estaba terminando la mitad de su sándwich.
“Tampoco
tenía la menor intención de hacerlo”.
Le
replicó Yuri mientras soltataba una risa seca por dentro, y Chariot continuó
hablando sin apartar los ojos de la ventana:
“Si
me vieras nadar, te entrarían ganas de imitarme”.
Aunque
se trataba de una preocupación innecesaria, Yuri no pudo evitar pensar que
probablemente tuviera esa sensación. Del mismo modo que Chariot le parecía
mucho más atractivo en movimiento que cuando estaba encerrado en el estrecho
habitáculo del coche, tenía la certeza de que verle desenvolverse con soltura
en aquella inmensidad resultaría de lo más irritante a la vista. Yuri fantaseó
un segundo con presenciar esa escena, pero de inmediato barrió el pensamiento
de su cabeza.
Cuanto
más se presencia una libertad que uno no puede poseer, más grande se hace la
sed de alcanzarla.
“Oye,
¿sabes nadar?”.
Yuri
frunció el entrecejo al ver a Chariot plantearle una pregunta de lo más tardía
que bien podría haber hecho antes. Aguantando las ganas de soltar una risa que
amenazaba con escaparse, sacudió la cabeza.
“No.
Así que no tienes por qué preocuparte por tonterías así”.
“¿Que
no sabes nadar?”.
“Exacto”.
El
único curso de agua que cruzaba Sarátov era el río Rojo, y aquel caudal
profundo y de corrientes rapidísimas solo se atrevía a cruzarlo quien tuviera
un pie en la tumba. A nadie se le ocurría la locura de querer meterse a nadar
allí por diversión.
Unos
recuerdos poco gratos comenzaron a aflorar en su memoria de forma difusa. A
quienes le debían dinero a Igor los vigilaba siempre una sombra pisándoles los
talones para controlar cada uno de sus movimientos, y en cuanto ponían un pie
fuera en coche, se lo informaban de inmediato a Igor. La única manera de huir
esquivando aquellas miradas consistía en remontar el río Rojo para cruzar a
Canadá. Los muchos que lo intentaron acabaron atrapados y muriendo en vano.
“Pues
tendré que enseñarte yo en cuanto se te cure la herida”.
La
voz alegre de Chariot cortó de tajo el pasado que acudía a su mente de forma
reflejada, sin que él siquiera pretendiera evocarlo. Devolviendo los pies a la
realidad, Yuri cogió la otra mitad del sándwich y se negó en seco:
“No
hace falta”.
“¿Sabes
que no hay nada más refrescante que nadar en verano? Ni un ventilador ni el
aire acondicionado se comparan con meterse al agua”.
Yuri
guardó silencio. Más allá de no haber aprendido a nadar, no tenía la menor
intención de exponer su cuerpo en un espacio donde pudiera ser contemplado por
otros. Chariot era una excepción extravagante por no haber reaccionado de forma
exagerada al verle el cuerpo; cualquier persona normal se habría espantado sin
duda.
“¿Cuándo
crees que será un buen momento? Supongo que la herida tardará en cerrar, ¿no?”.
“Sí.
Probablemente cicatrice para когда tú y yo ya no volvamos a vernos en la vida”.
“Dicho
así, da un poco de pena”.
Chariot
soltó una frivolidad. Como Yuri lo contempló fijamente con cara de no
entenderle en absoluto, el joven se encogió de hombros con aire cómplice.
“Ya
lo sé. Yuri Campbell es un tipo malo y yo tampoco tengo intención de hacerme
amiguito tuyo”.
“Entonces,
¿a qué viene decir semejantes tonterías?”.
“Las
despedidas siempre dan pena”.
Él
miraba hacia el exterior a través de los cristales. El perfil ensombrecido de
Chariot desprendía una extraña y solitaria melancolía.
“Al
final, separarse y no volver a verse es prácticamente igual a morir”.
Las
palabras de Chariot no carecían de razón. Sin embargo, desde su niñez, cuando
comprendió en qué clase de situación se encontraban sus padres, Yuri ya daba
por sentada la inminencia de cualquier despedida futura, y desde entonces había
vivido arrastrando esa misma premisa.
“Todo
vínculo deja una huella”.
Chariot,
que miraba hacia la calle, volvió la cabeza con lentitud. Yuri habló sin llegar
a cruzar la mirada con él, pero tampoco sin apartarla, fijando los ojos al
frente:
“Aunque
no vuelvas a ver a alguien, ese tiempo sigue existiendo dentro de ti. Lo que
existe no es la muerte; la muerte es la aniquilación”.
Aunque
su madre se hubiera marchado a un lugar donde jamás volvería a verla, tanto su
padre como el propio Yuri seguían buscando la huella de ella desde el fondo de
sus corazones. Es posible que el rostro de su madre se fuera difuminando en el
recuerdo y que ya no fuera capaz de evocar con exactitud su calidez ni el tacto
de sus manos, pero los recuerdos compartidos con ella constituían el pilar que
sostenía la existencia de los dos hombres de la familia Kiselyov.
Quizá
por no esperarse una respuesta semejante, Chariot se quedó observándolo un buen
rato. Arropado por el sonido de su respiración pausada y tenue, Yuri reanudó la
comida del sándwich. Cenar tan cerca de un perfecto desconocido le resultaba
inédito y extraño, pero el sándwich, aunque frío, sabía bien y la temperatura
exterior era agradable. Así que podía soportarlo.
Incluso
cabía la posibilidad de que fuera algo medianamente ameno.
“No
lo había pensado de esa manera”.
Supongamos
que cada cual se aferraba a sus propias creencias. Sin añadir comentario
alguno, Yuri terminó de comer su sándwich mientras Chariot lo observaba en
silencio. Aquella cercanía que al principio le incomodaba tanto se había vuelto
un poco más llevadera a base de aguantarla. No es que fuera cómoda, pero al
menos ya resultaba tolerable como para dejarla estar.
“Entonces,
tu rastro también se quedará grabado en alguna parte”.
Dijo
Chariot tras pasarse un buen rato estudiándolo. Yuri se levantó despacio con el
plato vacío en la mano y bajó la vista hacia él. Bañado por los tonos rojizos
del crepúsculo que se filtraban a través de la ventana, Chariot parecía teñido
por unos colores que le venían como anillo al dedo. Como si huyera de aquella
luz cegadora, Yuri giró el cuerpo y zanjó:
“Alguien
como yo se borra enseguida”.
Y
se guardó para sí la idea de que borrarlo por completo sería lo mejor para la
vida de Chariot. Aunque se preguntó si constituiría un consejo necesario, llegó
a la conclusión de que no valía la pena abrir la boca para decir algo así.
Sencillamente, carecía de valor.
*
* *
La
noche en Big Fox no se parecía a ninguna de las que Yuri había vivido hasta
entonces. Aquel día algo era distinto. No sentía esa sensación de estar pisando
un lodazal como en Sarátov, ni tampoco era esa noche indiferente en la que,
desde su huida, había vivido como si le hubieran cercenado todos los sentidos.
Yuri
contempló el inmenso lago que se agitaba con calma al otro lado de la ventana.
A través de la rendija abierta, el aire frío de la noche se coló trayendo
consigo el aroma del bosque. El olor de la naturaleza, desprendido de la tierra
húmeda y los árboles, llenó la estancia, y al borde del silencio resonó un
débil sonido de agua. Era el rumor del lago ondulando y el sonido de la ducha
que se filtraba desde el baño.
Chariot,
que incluso se había ofrecido a lavar los platos, siguió moviéndose sin
descansar después de eso. Sacó todas las toallas guardadas en el estante para
meterlas en el lavadero, luego pasó la aspiradora y deshizo las maletas, sin
quedarse quieto ni un solo segundo. Ante aquella actitud tan atareada que
resultaba agotadora de ver, Yuri salió un momento al exterior. Aprovechó que
iba a buscar las herramientas compradas en la ferretería para ojear los
alrededores, pero solo reinaba un silencio absoluto.
A
pesar de la conciencia de que no debía bajar la guardia, el entorno que lo
rodeaba era tan tranquilo que, sin darse cuenta, su mente se calmó al unísono.
Contemplando en silencio aquella atmósfera sosegada que incluso transmitía
cierto consuelo, Yuri sopesó si sacar el libro que había dejado en la guantera
del coche. Aunque le invadía cierto sentimiento de culpabilidad por parecer que
estaba disfrutando demasiado de unas vacaciones, se decidió a cogerlo al pensar
que necesitaría un libro si iba a pasar la noche en vela haciendo la guardia.
El
libro que traía era una obra de Tolstói, igual que los de la feria. A
diferencia de su padre, que se había criado sin leer un solo libro en su vida,
su madre era una mujer culta y le gustaban Tolstói y Pushkin. Todos los libros
que poseía Yuri los había heredado de su madre.
Los
libros que leía su madre estaban en ruso. Yuri podía conversar en ruso o
escribir textos sencillos, pero jamás llegó al nivel de poder leer un poema de
Pushkin o una novela larga de Tolstói.
Aun
así, deberle el poder hablar ruso hasta ese punto era gracias a su madre. El
hombre que cortaba y vendía carne en la carnicería era casi analfabeto y no se
atrevía ni a soñar con leer obras literarias.
Quizá
debido a haber heredado la sangre de ese padre, Yuri sabía cómo reducir a
alguien con las manos desnudas o cómo hacer arrancar un coche roto, pero era
incapaz de memorizar palabras difíciles. Apenas terminó la escuela primaria y,
desde la secundaria, hizo todo tipo de recados y tareas menores bajo las
órdenes de Igor. Aprendió a pelear a base de golpes y salió adelante esquivando
peligros de muerte.
Si
su madre no le hubiera enseñado la gramática básica, Yuri ni siquiera habría
podido aprender inglés correctamente. Aquella mujer inteligente había cruzado a
un país extraño, aprendido inglés de manera autodidacta y se lo había enseñado
a su marido y a su hijo. Si su madre hubiera vivido un poco más, tal vez habría
alcanzado el nivel de poder leer libros difíciles, por mucho que llevase esta
clase de vida.
Sin
embargo, el nivel educativo de Yuri se había detenido justo en la etapa
secundaria. No tuvo tiempo de aprender conocimientos culturales o historia como
los que la gente común consideraba sentido común. Obligado a mover el cuerpo
sin descanso para sobrevivir, Yuri se conformaba con el hecho de no haber olvidado
lo aprendido en su infancia.
Los
que no tienen nada deben aprender a conformarse con las pequeñas cosas. Ya
fuera una comida insípida o una habitación fría, tenía que estar agradecido
solo con el hecho de que aquello le permitiera seguir con vida.
Por
eso Yuri agradecía poder leer y comprender a trozos los relatos cortos de su
madre. Por suerte, todos los libros de su madre eran recopilaciones de relatos
breves y de poco grosor, lo que le permitía llegar hasta el final si se
aferraba al diccionario. Pero no se atrevía a ir más allá. El ruso era un
idioma bastante complejo y difícil, así que, a pesar de que ambos padres eran
rusos, Yuri no lograba comprender los textos cargados de metáforas y alusiones.
Con
el inglés pasaba algo parecido. En cuanto la gramática empezaba a complicarse,
Yuri se quedaba atascado línea por línea alternando con el diccionario, hasta
que cerraba el libro sintiendo una ligera frustración.
A
veces le venían ganas de estudiar, pero semejante acción le parecía un lujo.
¿Acaso no se trataba de un acto hecho por su propio disfrute?
Por
lo tanto, con los libros que ya leía tenía suficiente.
Dejó
a El idiota en el taller, y en el coche guardó el relato corto que más
le gustaba a su madre. Aquellos libros gastados, leídos más de cientos de veces
hasta el punto de poder devorarlos sin necesidad de diccionario, eran todo lo
que Yuri se permitía como único y pequeño placer.
Sentado
en el sofá y mirando por la ventana, Yuri contempló el libro desgastado sobre
la mesa. Tras observar fijamente el texto en ruso, sopesó la idea de leer, pero
se levantó del sofá sintiendo que estaba holgazaneando demasiado. Entonces,
cogió las herramientas que había traído, salió al exterior y comenzó a fabricar
una trampa.
Las
trampas que instalaba no eran de esa clase espantosa que te cortan el tobillo
al pisarlas como en las películas, sino que se asemejaban más a un dispositivo
simple donde, si un intruso rondaba la ventana, un clavo fijado caía
permitiendo ver las huellas de su paso. Si era necesario podía construir algo
peor, pero tratándose de la casa ajena, decidió conformarse con aquello por el
momento.
Suu-uu, el sonido del agua del lago resonaba a sus espaldas,
abriéndose paso y retirándose como si de una pequeña playa se tratase. Mientras
fabricaba la trampa con bastante concentración y estiraba la espalda un
momento, vio a través del interior de la ventana que Chariot, justo habiendo
terminado de ducharse, abría la puerta para salir. Al descubrir la larga sombra
proyectada en el suelo, Yuri bajó rápidamente la cabeza y fingió no haberlo
visto.
No
sabía por qué había hecho aquello. Probablemente se debía a que la conversación
mantenida instantes antes le había revuelto las entrañas sin motivo.
Sin
embargo, Chariot no parecía tener la menor intención de dejarlo a solas.
“¿Wolfie?
¿Dónde estás?”.
Como
Yuri colocaba el alambre sin responder, Chariot dio vueltas por el interior de
la casa antes de dar con él al otro lado de la ventana en un instante.
“¿Qué
haces ahí?”.
Al
acercarse al ventanal y llamarlo, le pareció mal ignorarlo, así que levantó la
mirada de soslayo y se encontró con un Chariot que presumía de cuerpo luciendo
una toalla únicamente ceñida a la cintura. Aquella indumentaria equivalía
prácticamente a ir desnudo. Tanto en el hotel como allí, parecía que a Chariot
le entusiasmaba la exposición pública.
¿Será porque ambos somos alfas y no le da importancia? Bueno. Al fin y al cabo comparten género y
rasgo, así que tampoco había necesidad de avergonzarse.
Al
pensar hasta ahí, Yuri recordó de manera natural lo ocurrido durante el día. A
pesar de no ser dado a la vergüenza, cuando Chariot vio su torso reaccionó con
un pudor excesivo, hasta el punto de sonrojarse. La imagen de él tapándose los
ojos con las manos y sus ojos intensos examinando fijamente a Yuri mientras le
prestaba la camisa cruzaron fugazmente por su mente.
Tras
aquello, a él mismo le costaba de repente mantener la vista fija en el cuerpo
de Chariot. Como si la reacción fuera contagiosa, y con el fin de evitar esa
sensación extraña que empezaba a invadirlo, Yuri agachó la cintura y replicó:
“Estoy
fabricando una trampa para darme cuenta si ronda alguien por la ventana, así
que vete a dormir primero. Y tú tampoco te acerques por la zona del cristal”.
A
pesar de que le había pedido que no se acercara, Chariot se aproximó aún más.
Se alcanzaba a distinguir el cabello rubio y rojizo del que goteaba agua.
“¿No
estás cansado después de moverte todo el día? Vámonos a descansar ya”.
Yuri
alzó la vista de soslayo hacia aquel empleador tan benevolente que le decía a
su guardaespaldas que descansara. Al contemplar su rostro mojado mirándolo
desde arriba, la extraña sensación que acababa de sentir resurgió con fuerza y
sus ojos se desviaron solos hacia Chariot.
Era
solo cuestión de mirar a un alfa recién salido de la ducha, pero de algún modo
se generó una tensión semejante a la de espiar una escena obscena. Sin darse
cuenta, Yuri se quedó mirando fijamente la piel brillante y húmeda de Chariot y
la esculpida nuez situada en el centro de su firme cuello, hasta que reaccionó
tarde y se aclaró la garganta con sequedad.
No sé qué me pasa de repente. ¿Será porque Chariot ha mencionado lo del
rut de camino hasta aquí?
“Mi
trabajo consiste en evitar que ocurra cualquier contratiempo mientras duermes.
No tienes por qué preocuparte por mí, así que más te vale irte a descansar tú”.
“¿No
pasa nada porque en todo el camino no ha ocurrido nada? Al menos por hoy,
digo”.
“Eso
nunca se sabe”.
Yuri
también había albergado ese pensamiento por un momento, pero bajar la guardia
estaba prohibido.
“De
todos modos, hubo gente que intentó matarte, y la organización que te persigue
es una red a gran escala extendida por toda Norteamérica”.
No
pretendía asustar a Chariot a propósito, pero una vez soltadas las palabras,
pensó de manera tardía que aquello podía inquietarle. Preocupado por si había
metido la pata, examinó a Chariot con cautela, pero por suerte no parecía
aterrorizado.
Ya
que sus palabras no lo habían asustado en absoluto, bastaba con dejarlo estar;
sin embargo, Yuri sintió el impulso de dirigirle cualquier clase de comentario.
Es decir… para ser exactos, quería tranquilizarlo.
“Pero
no parece que hayan descubierto todavía que estamos aquí”.
Como
jamás había consolado a nadie con palabras, Yuri organizó y seleccionó una gran
cantidad de pensamientos en su cabeza durante esos escasos segundos antes de
continuar:
“Así
que puedes dormir tranquilo”.
Albergando
una sensación que a él mismo le parecía sonrojante, Yuri se puso ligeramente
tenso. Se preguntó si estaba bien que dos alfas intercambiaran palabras de esa
índole, y también le sobrevoló el temor de que Chariot lo tomara a risa o lo
encontrara molesto.
Era
una preocupación innecesaria.
Nada
más terminar de hablar Yuri, Chariot inclinó el torso hacia delante. Con la
cabeza ladeada bajo la rendija entreabierta de la ventana, alineó su mirada de
manera aproximada con la de Yuri, que seguía sentado debido a la instalación de
la trampa, y le sonrió mirándole a través del hueco abierto. Sus labios rosados
se curvaron con gracia, y de ellos brotaron palabras tan tiernas como la forma
que dibujaba su boca:
“Gracias
por decir eso”.
Ante
aquella sonrisa dócil y desprovista de hostilidad, a Yuri le invadió la duda de
si no se estaría bajando la guardia con demasiada rapidez. Confiarse de alguien
como él, una auténtica escoria, tras apenas un día de conocerlo era una jugada
verdaderamente peligrosa. Sin embargo, aquel día Yuri ya le había lanzado
varias advertencias a Chariot, y pensó que ir recordándole una y otra vez qué
clase de tipo era tampoco iba a servir para tranquilizarlo.
“…Vete
a dormir”.
“Lo
que estás haciendo ahora, ¿te va a llevar mucho rato?”.
“¿A
qué viene esa pregunta?”.
“En
cuanto entres, me iré a acostar”.
Si no estás tú, no me entra el sueño.
De
repente, una voz fantasmal del pasado resonó en la cabeza de Yuri. La imagen de
su madre, a quien guardaba siempre en lo más hondo del corazón, cruzó su mente,
evocando la estampa de aquella noche lejana en la que salía a recibir a su
padre mientras esperaba su regreso hasta altas horas.
Al
mismo tiempo, un leve escalofrío recorrió la piel de Yuri. Quizá por el frío de
la noche, de pronto le picaron los brazos. Frotándose los antebrazos con las
manos manchadas de tierra, replicó con brusquedad:
“Haz
lo que te dé la gana”.
En
lugar de reprenderlo diciéndole que se dejara de tonterías y se fuera a la
cama, Yuri decidió dejarlo estar. Y es que aquellas palabras, a pesar de saber
que no eran más que cumplidos vacíos, escondían la promesa de esperarle, y lo
cierto es que eso no le desagradaba del todo.
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Le
tomó unos cincuenta minutos fijar los alambres por toda la casa y colgar clavos
en puntos ocultos para que sirvieran de marca. Absorto en la tarea, el tiempo
pasó volando, y para cuando terminó, la piel de Yuri se había enfriado empapada
por el aire nocturno. Tras exhalar un suspiro contenido, abrió la puerta para
entrar en la casa y se encontró con la espalda de Chariot, que seguía sentado
en el sofá.
Al
verlo, una pequeña risa seca se le escapó por lo bajo.
Inconsciente
de su propia sonrisa, Yuri caminó hacia el sofá. Aunque avanzaba con pasos
firmes y audibles, Chariot no se giró. La curiosidad por saber qué estaría
haciendo le picó un instante, pero en lugar de preguntarlo en voz alta, se
acercó a su lado en silencio.
Chariot
se había quedado dormido con los ojos cerrados mientras sostenía entre las
manos el libro viejo que Yuri había dejado sobre la mesa. Aunque tratándose de
un texto en ruso no tenía la menor idea de para qué se había puesto a
examinarlo, parecía que, tras echarle un vistazo a las primeras páginas, se
había quedado frito al instante. El pecho de Chariot subía y bajaba al compás
de una respiración pausada. Yuri se detuvo a contemplar fijamente su rostro
dormido, inmóvil. Dormía con una belleza tal que resultaba casi pecaminoso
cubrirlo con su propia sombra.
