2. Whiskey Sour de cereza
2. Whiskey Sour de cereza
A
diferencia de Sarátov, donde había lugares abiertos incluso pasada la
medianoche, el centro de Vancouver se quedaba en silencio apenas daban las
diez. La mayoría de los comercios cerraban y no circulaba ningún vehículo por
las calles. A excepción de algún que otro vagabundo enganchado a las drogas o
un borracho escandaloso, todos se habían retirado a sus madrigueras, dejando el
Vancouver nocturno sumido en una absoluta quietud.
Mientras
Chariot se duchaba, Yuri había salido un momento del hotel para fumarse un
cigarro. Aunque ya era junio y se acercaba el verano, en aquel país el
contraste térmico era tan fuerte que, antes de que llegara julio, el aire
nocturno seguía siendo bastante fresco.
El
humo del tabaco se dispersaba siguiendo la corriente del viento frío y seco que
le rozaba las mejillas. A Yuri le gustaba ese aire helado. Odiaba el pequeño
pueblo fronterizo donde había nacido, pero le encantaba el clima frío, con
nieve durante más de la mitad del año. Los amigos de Yuri, incluido Alexei,
solían quejarse a la menor ocasión de lo harto que les tenía el frío... pero,
por extrañas razones, él prefería el invierno.
Cada
vez que el viento cortante como cuchillas le rozaba la piel, el dolor le
devolvía la sensación de estar vivo, y también le resultaba cómodo llevar una
ropa que no le obligaba a ir mostrando un cuerpo plagado de cicatrices.
Mientras
contemplaba en silencio la hilera de tiendas cerradas, el cigarro se consumió
por completo. Y mientras se lo pensaba si encendía otro, vio que un coche se
detenía justo enfrente del hotel. Era un vehículo conocido. Al parecer, Alexei
había registrado de arriba abajo la casa de Chariot.
Incapaz
de perder los viejos hábitos adquiridos en Sarátov, Alexei aparcó el coche
torcido, abrió la puerta de un golpe seco y bajó de un salto. Yuri esbozó una
ligera sonrisa al presenciar la escena. Luego, arrojó la colilla en la papelera
situada en la entrada del hotel.
“¿Sabías
que venía a pesar de que no te avisé?”
Nada
más bajar del coche, Alexei lo descubrió al instante y se puso a agitar la
mano. Ignorando por completo el paso de peatones y cruzando la calzada en
diagonal, Alexei llevaba una maleta de viaje en la mano. Yuri, que vigilaba si
venía algún coche en lugar de su amigo, gritó brevemente:
“Alyosha,
el coche.”
Aun
viendo el automóvil que se acercaba con los faros encendidos, Alexei mantenía
la calma. Cuando dio el paso resuelto hacia la acera, Alexei se adelantó y le
tendió directamente la maleta.
“El
equipaje de tu admirador. Como pedía de todo, a mitad del camino paré de
empacar. No pienso tocar la ropa interior de un alfa, así que dile que se la
compre él. La cartera y el móvil también están ahí dentro.”
“¿Qué
admirador ni qué ocho cuartos?”
“No
te quitaba los ojos de encima ni un solo segundo, con eso basta para llamarlo
admirador.”
Yuri
soltó una risa seca mientras aceptaba la maleta. Haberse perdido la escena en
la que Chariot se dedicaba a ligar con un omega durante aquel breve lapso de
ausencia era una pena que Alexei no llegaba a imaginar.
“¿Y
bien? ¿Algún novedad en el camino?”
“Todavía
no. Tendremos que empezar a averiguar a partir de ahora.”
En
cuanto terminó con el recado, Alexei dio media vuelta de inmediato, dispuesto a
cruzar la calle, pero se detuvo un instante para revelarle un detalle más a
Yuri.
“Heather
va a pasar por aquí un rato. Le dije que estabas por esta zona y comentó que le
apetecía venir a saludar a Chariot. Dice que tiene información investigada
sobre ese dichoso grupito, así que escúchala tú de mi parte.”
Yuri
asintió con un breve movimiento de cabeza.
“¿A
qué hora llega?”
“A
ver.”
Alexei
sacó el teléfono del bolsillo.
“Calculo
que en unos minutos.”
“Entonces
esperaré aquí mismo.”
“¿Puedo
darle tu número? Por si acaso nos cruzamos y nos despistamos.”
Desde
que rescatara a Heather en el pasado, Alexei había mantenido el contacto con
ella, mientras que Yuri se comunicaba indirectamente a través de su amigo. Para
alguien que rehuía ampliar sus círculos sociales, los números de teléfono no
eran algo que se entregara a la ligera.
Ante
la pregunta de Alexei, lo primero que sintió fue un rechazo inmediato, pero
Yuri terminó cediendo en silencio. Dado que este asunto guardaba cierta
relación con Heather, la situación lo volvía necesario. Tampoco parecía ser del
tipo de persona que se dedicara a importunarlo por capricho.
“Me
voy. Llámame mañana.”
En
lugar de señalarle que la fecha ya había cambiado, Yuri le preguntó otra cosa:
“Come
algo primero. Aparte de aquel trago y el chocolate, no has probado bocado en
todo el día.”
“Tratándose
de un regaño tuyo, casi que se agradece. Pero no te preocupes, cuando llegue a
casa Valerie me habrá preparado la cena.”
Ah. Es verdad. Con una pareja que se desvivía por cuidarlo de formas que él
jamás conocería, resultaba estúpido preocuparse. Tras devolverle el comentario
con una sonrisa burlona, Alexei se despidió con una seña y se marchó sin mirar
atrás.
Solo
cuando vio cómo Alexei arrancaba y se alejaba por la calle, Yuri entró de nuevo
al hotel. Cargar con una maleta en plena calle de noche llamaba demasiado la
atención, así que resultaba más sensato aguardar en el interior.
El
vestíbulo estaba mucho más tranquilo que antes. Con la llegada de la
medianoche, el bar del hotel también había cerrado, dejando el lugar desierto a
excepción del empleado en la recepción. Envuelto en aquel silencio solemne,
Yuri se sentó en un sofá y cerró los ojos por un instante. Llevaba despierto
desde las cinco de la madrugada cumpliendo con sus rutinas, de modo que
acumulaba casi un día entero en pie. Notaba los globos oculares secos y la
fatiga pesándole encima.
Bien
pensado, el sitio para dormir era un fastidio. Como no podía separarse de
Chariot, tal vez debería haber reservado dos habitaciones desde el principio.
Aunque no, el coste del hospedaje en un sitio así era demasiado elevado para
meterlo en los gastos de la misión.
Como
era su primera vez con un trabajo de esta índole, había calculado mal las
cosas. Cierto era que ya había hecho de guardaespaldas para cabecillas de
organizaciones en numerosas ocasiones, pero en esos casos el dispositivo se
organizaba para montar turnos de vigilancia durmiendo fuera de las puertas o en
el vestíbulo del hotel. Jamás se había visto en una situación donde tuviera que
marchar pegado a su cliente las veinticuatro horas, por lo que no había tenido
tiempo de planificar su propia estancia.
Mientras
meditaba con los ojos cerrados sobre cómo resolverlo, el sopor comenzó a
deslizarse sigilosamente. Justo cuando se masajeaba la nuca, debatiéndose si
debía comprar un café antes de subir, escuchó que lo llamaban desde atrás.
“¿Señor
Yuri?”
La
voz de una mujer grabada en su memoria. Aunque no la escuchaba a menudo, la
familiaridad bastaba para identificarla al instante, permitiéndole deducir que
la visita esperada por fin había llegado. Al levantarse del sofá, vio a la
mujer acercándose. Misma melena castaña recogida en un moño y las gafas
redondas de montura fina que le daban ese aire de intelectual discreta, tal y
como la recordaba la última vez. Heather Parsons. La periodista de la CTV.
“Has
llegado.”
Intentó
modular el tono para que sonara lo menos intimidante posible. Con las mujeres o
los omegas solía esforzarse por mostrarse más afable de lo que era con los
alfas, aunque por su propia naturaleza la amabilidad forzada le costaba un
mundo. A fin de cuentas, consideraba que no había razones de peso para
desgastarse emocionalmente.
“¡Sí!
¿Lleva mucho esperando? Siento haberle tardado tanto.”
“No
te preocupes. Más importante aún, ¿es seguro que andes por la calle a estas
horas?”
“Vine
en coche, así que no hay problema. Por fin me libré de la supervisión de los
runners y aprobé el examen, ¡así que ya puedo moverme sola por todas partes!”
A
pesar de que no se habían visto en casi dos años, Heather retomó la charla con
naturalidad, sin asomo de timidez. Aunque no era información que le interesara
en lo más mínimo, Yuri se limitó a asentir.
“Me
alegro.”
“Gracias
por decirlo.”
Heather
lucía bastante distinta a la primera vez que se cruzaron. En aquella época,
investigando tramas ilegales e infiltrándose a solas en sitios peligrosos,
destilaba una desesperación y un veneno latente cada vez que acudía a ellos
pidiendo ayuda. Le parecía encomiable el valor que desprendía aquella mujer
beta a pesar de su complexión menuda, pero en su día a día parecía una persona
alegre y vivaracha.
“Pero
dígame, ¿por qué está Yuri solo por aquí abajo?”
“Ya
ves. Al cliente le dio por querer ducharse.”
“Vaya...
¿esperamos un poco más, entonces?”
“No.
Ya podemos subir.”
Llevaba
cerca de treinta minutos fuera, así que ya habría terminado de sobra. Dicho
esto, Yuri tomó la delantera y se encaminó hacia los ascensores. Al escuchar
los pasitos rápidos de Heather siguiéndole los talones, aminoró la marcha hasta
igualar el paso con ella. Al poco rato caminaban al mismo ritmo.
“Seguro
que se quedó asustado cuando le presenté a Chariot de la nada. Lo siento mucho.
De todas las personas que he conocido en la vida, ustedes dos son los únicos
que se meten en líos peligrosos sin pedir nada a cambio. Por eso supuse que
sería la clase de persona que Chariot estaba buscando. Además, a Chariot le
sobra el dinero, así que pensé que la paga generosa le vendría bien.”
Mientras
escuchaba en silencio las explicaciones de Heather y presionaba el botón del
ascensor, Yuri decidió plantearle la duda que le carcomía desde el principio.
Era algo que le había estado molestando en la cabeza desde el momento en que
aceptó el encargo.
“Uno
puede ayudar a los demás sin necesidad de ser una persona buena. Pensar que
alguien es bondadoso solo por eso me parece una ingenuidad imperdonable.”
“¡Pero
si yo tengo muy buen ojo para la gente! Será porque me toca tratar con toda
clase de especímenes. Hay personas con unos modales impecables y palabras
preciosas que desprenden un aura turbia, y en cambio hay otras de trato tosco
que resultan ser sinceras y bondadosas por dentro. Aunque no se puede juzgar
solo por las apariencias, confío plenamente en mi instinto. ¡Para algo soy
periodista!”
Cuanto
más escuchaba los argumentos de Heather, más incómodo se sentía Yuri por
dentro.
“¿Sabes
siquiera a qué me dedicaba antes de decir semejantes cosas?”
“Eso
es privacidad, así que no se puede saber. Pero, ¿acaso es necesario saberlo?”.
“Sí”.
La
respuesta de Yuri fue tajante.
“Cuando
buscas a alguien a quien confiarle la vida de otra persona, comprobar los
antecedentes no se hace por capricho. Es fundamental investigar desde su
historial delictivo hasta qué clase de pasado ha arrastrado. No se puede saber
a simple vista si es el tipo de persona que traicionaría al cliente en cuanto
le ofrezcan más dinero, o si sería capaz de abandonarlo para salvar su propia
vida”.
“Pero
¿acaso alguien puede saberlo antes de que se presente esa situación?”.
Ante
la refutación de Heather, Yuri se quedó sin palabras por un instante. Justo en
ese momento el ascensor llegó, y Yuri se quedó petrificado incluso al ver las
puertas abiertas. Heather entró primero y, haciéndole un gesto con la mano, le
dijo:
“Puede
que pienses que soy una optimista, pero creo que hay muchas cosas que no se
pueden averiguar solo con un pasado escrito en papel. Cuando entrevisto a la
gente, descubro que ocultan muchísimas historias, y hasta las personas que
siempre han actuado de una manera coherente terminan tomando decisiones
distintas por motivos emocionales debido a algún detonante. Por eso confío en
lo que yo misma veo. ¡Para algo soy periodista!”.
Heather
le dio una respuesta clara a su pregunta. Sin embargo, a pesar de escuchar su
explicación, la duda de Yuri lejos de disiparse se transformó en escepticismo y
rechazo, dejándonos aún más intranquilo.
“¿Estás
diciendo que puedes juzgarme con solo haberme visto un par de veces hace dos
años?”.
“A
ti solo te vi un poco en aquella ocasión, pero al señor Alexei lo he seguido
viendo de vez en cuando. Además, es bastante conocido en comunidades como
Reddit que el señor Alexei resuelve los problemas de la gente necesitada
cobrando una miseria absurda. Sé de sobra que no haces este trabajo de
mercenario por dinero. Y tú eres amigo de alguien así. Un amigo de toda la
vida, además”.
Sintiendo
que seguir hablando solo le complicaría más la cabeza, Yuri cerró la boca. Acto
seguido, marcó el piso 12 y, al ver que el botón no se iluminaba, metió la mano
en el bolsillo de su abrigo. Sus dedos rozaron la tarjeta de acceso. Tal como
le había enseñado hacía un momento, acercó la tarjeta al lector inferior y
pulsó el botón, logrando que se encendiera. De repente, la imagen de Chariot
estirando el brazo por detrás de él cruzó fugazmente por su mente. Un eco
visual de lo más extraño.
“¿Te
he molestado?”.
“En
absoluto”.
Le
entraron ganas de decirle que, a diferencia de Alexei, él no pertenecía a esa
clase de personas, pero pensó que ponerse a hacer una confesión tan patética
ante una perfecta desconocida era una locura.
“Solo
sigo pensando que, más que una persona bondadosa, alguien con verdadera
destreza le resultaría mucho más útil para la seguridad del señor Goodnight”.
“Puede
ser. Pero Chariot...”.
Heather
se detuvo a mitad de la frase y se quedó pensativa. Yuri la dejó estar en
silencio. Justo antes de que el ascensor llegara al piso 12, pareció tomar una
decisión y habló con cautela:
“Detesta
profundamente a la gente de mal vivir. Por lo que tengo entendido, su situación
familiar es bastante complicada. Entre los guardaespaldas suele haber gente que
ha trabajado como mercenario, es decir, delincuentes y compañía”.
Cuanto
más escuchaba las palabras de Heather, más se le helaba el pecho. Las puntas de
los dedos se le enfriaron y la garganta se le contrajo. Los latidos inestables
de su corazón repiqueteaban a destiempo en sus oídos, provocándole un mareo
repentino, a pesar de tener los dos pies bien firmes sobre el suelo inalterable
del ascensor.
“Vaya,
ya hemos llegado. ¿Bajamos?”.
Las
puertas del ascensor, que había alcanzado su destino, se abrieron de par en
par. La quietud del hotel se coló a través de la abertura como un fantasma
dispuesto a estrangular a Yuri. El espectro del pasado rondaba bajo sus
sombras, susurrándole que aquel no era un lugar para alguien como él.
Tenía
que rechazar este encargo ahora mismo, sin demora. Si buscaba bien, seguro que
encontraría a otra persona a quien recomendar. Aquel requisito que había
considerado un simple rasgo de carácter resultó tener un criterio muy claro y
estricto. Chariot no buscaba a una persona “buena” en términos generales, sino
a alguien que no fuera un “delincuente”. Y Yuri encarnaba exactamente lo
opuesto a esa condición.
“Heather,
un segundo...”.
Yuri
detuvo con urgencia a Heather justo cuando se disponía a salir del ascensor.
Aunque jamás solía tocar a una mujer sin su consentimiento, tenía la cabeza tan
revuelta que la mano se le movió sola. Frente a las muñecas de Heather, la mano
de Yuri era inmensamente grande y firme, por lo que el simple gesto de
sujetarla hizo que ella tambaleara.
“Ah,
¿sí?”.
“Tengo
algo que decirte. Antes de entrar a la habitación”.
Heather
lo miró con los ojos muy abiertos. Con una expresión desconcertada, bajó la
mirada un instante hacia su muñeca y enseguida se le tiñeron de un rojo
inexplicable los lóbulos de las orejas. Justo cuando ella abría los labios para
responder y se disponía a retroceder hacia el interior del ascensor, un seco
chasquido rompió el silencio del pasillo: la puerta de la habitación se acababa
de abrir.
“¿Heather?”.
Al
escuchar la voz del hombre que ya se le había vuelto demasiado familiar, Yuri
frunció el ceño. Al oír que la llamaban, Heather giró la cabeza hacia un lado y
saludó con una sonrisa radiante:
“¡Chariot!”.
“¿Qué
haces por aquí a estas horas de la noche?”.
“¡Vine
a ver cómo estabas porque me tenías preocupada! ¡Me enteré de que hoy se metió
gente extraña hasta el condominio! Me lo contó el señor Alexei”.
“Estoy
bien por ahora. Pero venir en persona... Heather, como siempre, eres un
encanto”.
El
crujido leve de unas zapatillas de estar por casa resonó sobre la moqueta del
pasillo. En cuestión de segundos, Chariot se acercó a Heather y, ladeando
levemente el torso, descubrió a Yuri dentro del ascensor.
“¿Qué
haces ahí dentro sin bajar, Yuri?”.
Chariot
solo llevaba puesta una bata de baño del hotel. Con el cabello rubio
ligeramente húmedo y oscurecido, pegado a sus pálidas mejillas y a la frente,
desprendía un aire de lo más singular; y a través del cuello abierto de la bata
se asomaban sus pectorales firmes, dándole por completo el aspecto de alguien
que acababa de salir de la cama tras mantener relaciones.
“Te
dije claramente que te quedaras en la habitación”.
Indignado
al ver que se había atrevido a salir al pasillo de esa guisa, Yuri se quedó en
blanco por un segundo y se lo reprochó de inmediato.
“Escuché
que llegaba el ascensor y solo vine a comprobar si eras tú. Es que me habías
dejado solo demasiado rato”.
“Entendido,
pero métete dentro de una vez. Todavía tengo que hablar con Heather”.
Entonces
la mirada de Chariot se desvió. Al fijar los ojos descaradamente en la mano con
la que Yuri seguía sujetando a Heather, arqueó las comisuras de los labios y
preguntó:
“Me
pregunto de qué estarán hablando para que se agarren así de las manos”.
“¿Eh?
Oye, Chariot, suena a que insinúas algo raro”.
“Es
que”.
Chariot
continuó hablando sin apartar los ojos de la mano de Yuri.
“Pensaba
que a Yuri no le gustaba que los demás lo tocaran por mucho tiempo”.
En
el preciso instante en que las mejillas de Heather se ruborizaron de vergüenza
y desconcierto, Yuri soltó su muñeca. No tenía la menor idea de qué tonterías
pretendía inventar el tipo ese, pero llegados a este punto, casi prefería
aclararlo todo con los dos delante.
“Se
acabó, entremos a la habitación. Hablaremos allí dentro”.
“¿Estás
seguro de que no pasa nada, Yuri?”.
Aún
con dudas y visiblemente preocupada, Heather quiso reconfirmar su decisión,
pero Chariot, como si estuviera esperando justo eso, rodeó con suavidad los
hombros de la mujer para guiarla hacia la estancia.
“Mejor
no hableteemos aquí fuera y pasemos adentro. Aunque luzca así, acabo de pasar
por una situación de peligro”.
“Ya
veo. Pero para alguien que lo ha pasado tan mal, ¿no tienes mejor cara de la
cuenta, Chariot?”.
“En
cuanto te cuente lo que me pasó, vas a cambiar de opinión”.
Desviando
con habilidad la atención de Heather, Chariot entró primero a la habitación
charlando con ella amigablemente. Mientras los seguía de cerca, Yuri echó una
ojeada a los alrededores por si alguien hubiera estado escuchando a escondidas.
No había rastro de puertas cerrándose ni de personas agazapadas, pero...
Mirando
por última vez la cámara de seguridad frente al ascensor, Yuri contuvo un
suspiro y dio media vuelta. Le molestaba enormemente que su rostro hubiera
quedado tan expuesto de esa manera, pero con cambiar de alojamiento al día
siguiente bastaría.
Al
abrir la puerta y entrar, vio que Chariot había hecho sentar a Heather en una
zona separada que hacía las veces de sala de recepción, mientras sacaba
botellas de alcohol del minibar. De camino hacia allí, echó un vistazo de reojo
al mueble, descubriendo botellitas en miniatura y aperitivos que jamás había
visto en los hostales de mala muerte de la carretera. Los precios debían ser
desorbitados; al fin y al cabo, solo el coste de una noche en este hotel
superaba con creces el alquiler mensual que Yuri solía apañar con tanto
esfuerzo en el pasado.
“Aunque
pasé por un buen susto, estoy bien, Heather. Más te vale no arriesgarte a estas
horas y marcharte a casa. ¿Quieres que te acompañe?”.
“No
te preocupes, vine en mi propio coche. Aunque con el trabajo de mañana debería
irme a dormir ya, antes quería contarte una cosa. He averiguado varias cosas
sobre el grupo que te persigue”.
“¿De
verdad? Es una información de lo más oportuna”.
Respondiendo
con una sonrisa radiante, Chariot le colocó un vaso delante a Heather y le
sirvió whisky. Ella, al ver el vaso lleno, soltó una carcajada incrédula.
“Y
yo que pensaba que estarías muerto de miedo, ¡pero veo que hasta tienes ganas
de beber!”.
“Hombre,
faltaría más, teniendo a este guardaespaldas tan competente y apuesto que me recomendaste
tú misma”.
Solo
entonces las miradas de ambos se dirigieron hacia Yuri. Tal vez todavía
cohibida por lo ocurrido antes, Heather se sonrojó de repente y se colocó un
mechón de pelo detrás de la oreja.
“El
señor Yuri es increíblemente competente, eso es verdad. ¿Te acuerdas de lo que
te conté aquella vez? Le cayeron encima varios matones a la vez y los liquidó
tal cual escena de película de acción”.
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Mientras
observaba fijamente a Heather, que jugueteaba nerviosa con la montura de sus
gafas, Chariot se dejó caer en el sillón de en frente. Con las piernas largas
estiradas y adoptando una postura relajada, alzó la vista hacia Yuri con
expresión divertida.
“Parece
que eres muy amable con las mujeres, ¿eh, Yuri? A mí me torciste el brazo desde
el primer segundo que me viste”.
“Vaya,
¿de verdad?”.
Heather,
con cara de asombrado estupor, miró alternativamente a ambos antes de señalar
directamente a Chariot con el dedo.
“Parece
que habrías empezado asustándolo tú a él”.
“¿Ahora
te pones del lado de Yuri en vez del mío?”.
“Te
conozco desde hace tanto que sé perfectamente cómo eres, por eso lo digo”.
Ambos
parecían llevarse mucho mejor de lo que cabría esperar. Heather, que no
mostraba el menor reparo en dejar al descubierto su pecho a través de la bata
de baño abierta, y Chariot, que protestaba con un puchero porque ella no le
daba la razón, se comportaban como si estuvieran demasiado acostumbrados a esa
clase de dinámicas.
“...Ya
es bastante tarde, así que ¿qué tal si nos centramos cada uno en nuestros
asuntos?”.
Tras
dirigirle a Heather una recomendación respetuosa, Yuri dejó caer con un golpe
seco sobre el suelo la maleta que le había entregado Alexei.
“Tus
cosas están aquí. Heather, tengo entendido que has investigado al grupo que va
tras este tipo. Sería de gran ayuda si pudieras compartir los detalles de forma
resumida”.
“¡Ah,
es verdad! Con Chariot cerca una se desconcentra y pasa lo que pasa. Lo siento
mucho”.
“No
te preocupes”.
Heather
se recompuso y se disculpó, mientras Yuri negaba con la cabeza. Por su parte,
Chariot escuchaba la conversación adoptando una postura desgarbada y chulesca,
con las largas piernas estiradas, y en cuanto Yuri terminó de hablar, soltó su
queja:
“¿Qué
es eso de «ese tipo»? Deberías llamarme Cherry como antes”.
“Eso
fue porque no me quedó de otra”.
“Dado
que de aquí en adelante se van a dar muchas situaciones similares, creo que te
vendría bien ir acostumbrándote desde ya”.
Seguramente
tendría razón. Pero con él no iba a darse el caso. Guardando silencio por un
instante y decidiendo no perder el tiempo alargando la situación, Yuri
determinó que era mejor revelar su verdadera identidad de inmediato. Con el
propósito firme, movió los labios, sopesando las palabras adecuadas.
Lo siento, pero...
No,
tampoco hacía falta disculparse. Al fin y al cabo, jamás había tenido la
intención de aceptar un encargo de esta índole. Sin embargo, con Heather la
cosa cambiaba; con ella sí sentía que debía una disculpa. Después de todo, ella
lo había recomendado creyendo firmemente que era una buena persona. Aunque no
hubiera buscado ganarse esa confianza a propósito, si le había transmitido esa
clase de impresión, él también cargaba con su parte de responsabilidad.
Al
ver que Yuri no respondía, las miradas de ambos convergieron en él. Sostener la
vista de los inteligentes ojos castaños de Heather —que delataban una crianza
honesta y sin sombras— o la de los transparentes ojos verdes de Chariot —en los
que parecía no haber nada oculto— le provocó de repente una punzada de
angustia. Aquella misma vergüenza que lo embargaba cada vez que se cruzaba con
ciudadanos «normales», ajenos por completo al mundo en el que le había tocado
sobrevivir, volvió a abalanzarse sobre él. El estómago le ardía.
“Heather,
lo dijiste hace un momento en el ascensor. Que Chariot detesta a la gente de
mal vivir”.
“Ah,
sí”.
Heather
respondió con expresión desconcertada. Ante el brusco cambio de tema, Chariot
ladeó la cabeza, aunque conservó una sonrisa con los ojos semicerrados.
“¿Estaban
hablando de mí a mis espaldas? Si querían saber algo, habérmelo preguntado
directamente”.
“No.
Pensé que el señor Yuri se sentiría incómodo, así que saqué el tema yo
primero”.
“¿De
verdad? Heather, como siempre, eres muy considerada”.
Sí,
parecía ser así. Por esa misma razón, antes de terminar perjudicando a una
persona genuinamente buena como ella, debía aclararlo con su propia voz y sin
rodeos.
“Si
ese es el motivo por el que me recomendaste, me temo que yo no soy la persona
adecuada”.
Yuri
juzgó prudente no mencionar nada referente a Alexei. Eso era un asunto
exclusivo entre Alexei y Heather, y el verdadero problema recaía en que él
mismo estaba parado al lado de Chariot en ese preciso instante. Además, la
situación de Alexei era... radicalmente distinta a la suya.
Yuri
se había visto obligado a tolerar los trabajos más sucios con tal de
sobrevivir, mientras que Alexei había quedado atrapado y encadenado a una
organización siniestra por la fuerza, tras ser chantajeado. Los padres de
Alexei habían intentado desertar del clan para no seguir masacrando a
inocentes, y terminaron siendo ejecutados por ello. Y fue el propio Alexei
quien acabó desmantelando el grupo con sus propias manos. El motivo por el cual
Yuri podía pisar esta tierra hoy en día se lo debía por completo a su amigo. Le
acumulaba una deuda inmensa.
“¿Qué?
¿Qué quieres decir con eso?”.
“Yuri,
ya habías decidido hace un rato que aceptarías el encargo. En lugar de estar
siempre empujándome para alejarme, tendrías que tirar de mí un poco de vez en
cuando; así al menos no saldría tan lastimado”.
Tomándose
las palabras a la ligera y sin darles la seriedad que merecían, Chariot soltó
otra de sus tonterías. Heather mostraba un matiz de inquietud, aunque más que
preocupada por la identidad real de Yuri, parecía pensar que este se estaba
ahogando en un mar de remordimientos infundados. Para evitar que volvieran a
hacerse falsas ideas, Yuri decidió definirse a sí mismo con total crudeza y sin
ambigüedades.
“Soy
un criminal. En el pasado cometí toda clase de atrocidades deleznables”.
Su
propia voz resonándole en los oídos le resultó tan extraña y espeluznante que
Yuri cerró los puños con fuerza. Escuchar su pasado pronunciado en voz alta
bastaba para revolverle las tripas.
Un
silencio espeso se adueñó de la estancia. Heather se llevó las manos a la boca
en un gesto de estupefaciente desconcierto, mientras Chariot se limitaba a
parpadear, conservando aún en el rostro los restos de la sonrisa con la que lo
había estado mirando. Soportando con aplomo la asfixia de aquel silencio que le
oprimía el cuello, Yuri tomó aire muy despacio, de forma tan leve que ni él
mismo era capaz de escuchar su propia respiración.
“...¿Es
una broma?”.
Tras
una pausa tan corta como eterna, Chariot abrió los labios. Seguía manteniendo
una expresión relajada, pero, a diferencia de antes, el contorno de sus ojos se
había endurecido con frialdad.
“Aunque
pensándolo bien... no pareces el tipo de persona que hace bromas. Mmh...”.
Murmurando
para sus adentros, Chariot estiró la mano hacia el vaso de licor que reposaba
sobre la mesa. Heather, por su parte, examinaba el rostro de Yuri intentando
descifrar el alcance de sus palabras. Yuri aguardó en silencio a que ambos
asimilaran la situación.
Acercando
a sus labios un tono rosado mucho más intenso que el de un alfa corriente,
Chariot humedeció los bordes del vaso con el líquido sin llegar a beber. Tras
meditarlo unos segundos, dejó escapar una risa seca.
“Qué
situación tan incómoda”.
El
tono juguetón y plagado de ligereza que lo caracterizaba se había desvanecido
por completo, dando paso a una voz desprovista de matices. Dicho aquello, dejó
deslizar con calma un sorbo de whisky entre sus labios. La nuez de Adán,
situada en el centro de su pálido cuello, subió y bajó, haciendo resonar el
sonido del líquido al ser tragado.
Heather
seguía sin poder articular palabra. A Yuri le pesaba una profunda culpa por
haberla arrastrado a semejante embrollo, pero se impuso la norma de no abrir la
boca para ofrecerle un consuelo estúpido. Fingir educación, fingir bondad,
fingir que le importaban los demás... todas esas fachadas perdían sentido desde
el instante en que confesaba la clase de escoria que era.
“¿Es
un delito menor? Ya sabes, algo como... conducir ebrio... No es que esté bien,
pero algo de ese estilo. ¿O tal vez un robo con violencia?”.
Quizá
intentando encontrarle algún sentido a la situación o comprender a Yuri,
Chariot se atrevió a interrogarlo sobre la gravedad de sus crímenes. Al escuchar
la pregunta acerca de su pasado, Yuri rememoró en silencio los actos que había
cometido.
A la gente común... jamás la había tocado.
Si
bien era cierto que su organización se dedicaba a suministrar narcóticos a
civiles y a sumirlos en deudas asfixiantes, Yuri jamás había desempeñado un
papel activo en esa clase de inmundicias. Todo se había torcido a raíz de
ciertos sucesos desatados cuando su madre cometió el error de indisponerse con
Igor Volkov, el capo supremo, provocando que Yuri quedara marcado con un
estigma imborrable. Aunque resultaba absurdo que la peor escoria situada en lo
más hondo del fango humano tuviera ínfulas de establecer jerarquías, Yuri había
terminado convirtiéndose en el más prescindible y despreciable de todos ellos.
Igor
jamás le había confiado el manejo de dinero. En su lugar, lo destinaba a toda
clase de trabajos sucios. Si hubiera que definir su función exacta, la de él
era la de un perro de presa: arrojarse al combate en nombre de su amo a cambio
de un mendrugo de carne podrida. Por lo tanto, Yuri no había delinquido con el
objetivo de enriquecerse; lo único que había hecho era obedecer a la cuerda con
la que lo tenían sujeto.
Los
blancos habituales de Yuri solían ser bandas rivales que amenazaban los
intereses económicos de su clan. O bien se quedaba haciendo guardia en el
perímetro exterior durante las reuniones de negociación. En los ratos libres
que le dejaban esas labores, se encargaba de administrar el club nocturno
propiedad del jefe y de echar a patadas a los idiotas que perdían el juicio con
el alcohol y montaban escándalos.
Nadie
le ganaba usando la fuerza física, pero a diferencia de los demás, al arrastrar
la sangre de un traidor, Yuri siempre había cargado con el estigma de recibir
el peor trato. Había vivido en la miseria perpetua, subsistiendo únicamente
gracias a las limosnas que Igor le arrojaba de vez en cuando como si se tratara
de caridad. Ni siquiera Alexei conocía los detalles de aquel pasado. Aunque
eran camaradas y amigos entrañables, jamás se habían permitido compartir sus
miserias más absolutas, conscientes de que remover las heridas solo servía para
hacerlas supurar de nuevo.
Aun
así, todo eso no eran más que patéticas excusas.
La
sola idea de verse a sí mismo buscando coartadas le resultaba tan hipócrita y
repulsiva que le daban ganas de reírse a carcajadas. Cuando algo le parecía
demasiado nauseabundo, Yuri solía reaccionar emitiendo una risa seca en lugar
de enfadarse. A menudo se descubría a sí mismo poniendo esa misma mueca frente
al espejo.
“No”.
Frenando
en seco aquel bucle de recuerdos sin sentido, Yuri lo negó con rotundidad. La
única ocasión en que se permitía probar el alcohol era cuando debía montar
guardia inmóvil durante horas bajo un frío insoportable, y aun así lo tenía
estrictamente prohibido si le tocaba conducir durante una misión. Había habido
épocas de tanta penuria en las que tuvo que rebuscar comida en los cubos de
basura, pero jamás había robado a mano armada.
Y
sin embargo, lo que había hecho era infinitamente peor que eso.
“¿...Es
algo todavía peor que eso?”.
La
voz de Chariot fue perdiendo intensidad poco a poco. El rastro de benevolencia
con el que había intentado mirarlo con buenos ojos se había esfumado por
completo, dejando paso en sus facciones a una expresión tan distante como
conocida. Una repulsiva sensación de barrera invisible. De aquel tipo que
suplicaba que lo llamara por un apodo cariñoso y soltaba bromas absurdas ya no
quedaba nada; Chariot lo miraba con el ceño fruncido y los rasgos tensos por el
desagrado.
“No
tengo motivos para dártelas explicaciones”.
La
respuesta de Yuri puso punto final a la conversación. Con un tono tan gélido
que descartaba cualquier confesión susceptible de convertirse en prueba
incriminatoria, Chariot cerró la boca.
El
aire dentro de la habitación cambió de golpe. Tal como había ocurrido antes
cuando hablaban de sus corazonadas, las feromonas de Chariot se volvieron
infinitamente densas y pesadas. Aunque su rostro permanecía inexpresivo, la
agudeza punzante de su aroma dejaba patente que su estado de ánimo se
encontraba por los suelos. Heather, al ser beta, era incapaz de percibir las
feromonas y parecía ajena a la tensión, pero a Yuri la hostilidad y el rechazo
que impregnaban el ambiente de repente le revolvían el estómago hasta
provocarle náuseas.
Claro.
Entre alfas puros, lo normal era experimentar esta clase de sensaciones. Lo
antinatural no era esto, sino ir por ahí sonriendo alegremente y arrastrándose
con falsas muestras de afecto.
A
pesar de que nadie se movía, Chariot dejó caer con un golpe seco la copa que
sostenía sobre la mesa. Siguiendo la onda de aquel impacto, las feromonas se
propagaron con violencia, acorralando a Yuri. Un reproche silencioso resonó en
el ambiente.
“Ya
veo”.
Recogiendo
las piernas que llevaba estiradas, Chariot se acomodó con la espalda recta.
Alisar discretamente su bata de baño abierta le tomó un segundo antes de
incorporarse apoyándose con calma en los reposabrazos de la silla. Siguiendo la
altura que se elevó de inmediato, Yuri levantó ligeramente la barbilla. Dando
unos pasos firmes, rítmicos, Chariot se plantó frente a él y lo miró desde
arriba. Las sombras acentuaban el puente de su perfilado tabique, y sus ojos
verdes, ocultos bajo unas pestañas doradas, clavaban una mirada penetrante en
Yuri.
Tras
unos segundos de silencio...
“Yuri,
de modo que eres una basura”.
De
aquellos labios delicados, de los que jamás se esperaría escuchar una maldad,
brotó un término tan mordaz. No era precisamente una frase agradable, pero, al
ser bastante más blanda de lo que había llegado a temer, en ese instante a Yuri
se le secaron los labios. Un leve atisbo de pánico se cernió sobre él antes de
disiparse.
Siempre le pasaba lo mismo.
Las
recriminaciones provenientes de gente limpia, libre de inmundicia, lograban
hacerle sentir una profunda vergüenza. Aquella intensa presión emocional que lo
aplastaba desde todos los frentes le resultaba mucho más insoportable que el
miedo o el terror. Había aprendido innumerables métodos para dominar el miedo,
pero jamás había hallado la forma de inmunizarse contra la vergüenza.
Llegados
a este punto, solo le quedaba una opción: soportar en silencio los reproches de
Chariot. Aunque no consideraba haber cometido ninguna falta concreta hacia el
otro, aceptar los insultos meramente por el hecho de que su verdadera
naturaleza fuera así resultaba de lo más lógico.
“¡Chariot!”.
Sin
embargo, Heather salió en su defensa. Intentando sopesar la situación y
eligiendo cuidadosamente las palabras, se puso de pie en cuanto escuchó el
comentario de Chariot. Acercándose con una expresión donde el desconcierto era
más que evidente, agarró a Chariot del brazo y tiró de él hacia atrás.
“¿Cómo
se te ocurre soltar algo así de repente? Por mucho que sea, el señor Yuri...”.
Heather
titubeó y cruzó la mirada con Yuri. Ver que los ojos de ella, mientras
calculaban qué decirle, destilaban semejante apuro le encogió el corazón de
incomodidad. Había decidido hablar antes de tiempo precisamente para evitar que
una persona como Heather cargara con incomodidades por culpa de un tipo como
él, pero al final todo había desembocado en esto.
“Lo
siento, Heather. No pretendía asustarte. Pero si Yuri de verdad es un criminal,
¿no te parece una maldita pesadilla desde mi punto de vista? Precisamente tomé
un camino lleno de complicaciones para evitar cruzarme con esta clase de
escoria”.
Con
un rostro completamente en blanco, desprovisto de expresión alguna, Chariot le
pidió disculpas con total serenidad y aplomo a Heather.
“Eso
lo entiendo. Pero seguro que el señor Yuri tiene sus motivos”.
“¿Quién
en este mundo no los tiene?”.
Ante
las palabras de Heather, que intentaba disculparlo con cautela, una mueca de
burla asomó a los labios de Chariot.
“Eso
no es más que una excusa barata”.
Como
si lo retara a rebatirle, Chariot clavó los ojos en Yuri. Aquellos cálidos
orbes verdes que hasta hace un momento destilaban sonrisas se habían vuelto
gélidos por completo. La furia contenida en su mirada inquisitiva se
intensificaba con el paso de los segundos. Yuri juzgó que ya era suficiente y
decidió apartarse de allí.
En
el preciso instante en que, con esa resolución tomada, se disponía a ofrecerle
a Heather una despedida y sus respectivas disculpas, Chariot volvió a abrir la
boca. Al parecer, la estampa de Yuri plantado allí sin decir nada le resultaba
profundamente irritante. Frunciendo los extremos de sus bellos ojos, Chariot se
abalanzó de nuevo sobre él. Inclinando su fornido torso para acercarle el
rostro, le espetó con tono amenazante:
“¿Me
estás escuchando? No me importa en absoluto cuáles sean tus motivos, así que
lárgate de una vez. Si tuvieras un mínimo de luces te habrías marchado antes,
¿qué esperas todavía para quedarte aquí?”.
Sin
darle siquiera la oportunidad de articular respuesta, Chariot añadió una pulla
cargada de sorna:
“No
me digas que esperas que te dé las gracias por haberte sincerado al fin”.
Habiendo
llegado a este punto, las cosas ya pintaban claras. Antes de que aquel joven
arrogante e insolente armara un escándalo innecesario, Yuri decidió concederle
la respuesta que deseaba escuchar.
“Ni
lo soñues”.
“Pues
vete. Deja de estorbar aquí”.
Yuri
giró sobre sus talones con total frialdad. Tenía la intención de despedirse
formalmente de Heather, pero considerar siquiera la idea de pronunciar esas
palabras ante semejante cuadro le pareció una falta de tacto innecesaria, por
lo que sepultó cualquier impulso personal. Al disponerse a cruzar el umbral de
la habitación para marcharse, Chariot lo detuvo en seco:
“Espera”.
Aunque
no sentía el menor deseo de darle el gusto, Yuri reprimió su repugnancia y se
detuvo con el único fin de evitar problemas mayores. Chariot lo observó cruzado
de brazos un instante antes de dar media vuelta y agarrar de golpe la maleta
que Yuri había dejado junto a la mesita. A juzgar por el peso que llevaba
dentro, parecía que iba a costarle levantarla, pero la alzó con tanta ligereza
como si se tratara de una simple bolsa de papel.
“Casi
olvidaba saldar cuentas”.
Acto
seguido, un golpe seco y sordo resonó en la estancia. Mientras Heather
contemplaba la escena agitando las manos con nerviosismo, Chariot abrió la
cremallera de la maleta y extrajo una cartera. Tras abrir una billetera de piel
que denotaba una calidad incuestionable, sacó de su interior un buen fajo de
billetes.
“Toma.
Cógela. Es lo del hotel”.
Vaya,
con que a eso se refería con saldo pendiente; estaba hablando del dinero del
alojamiento que él mismo había cubierto antes. Yuri contempló despacio el
montón de billetes que Chariot le tendía. Aquellos cien dólares en billetes de
tonos marrones y translúcidos superaban con creces las veinte unidades a simple
vista. Era una suma que rebasaba con creces el importe exacto que había pagado
por la habitación.
Haber
notado su mirada pareció divertir a Chariot, cuyos finos dedos —por los que
asomaban tenues venas azuladas— agitaron los billetes de un lado a otro como
instándole a arrebatárselos de inmediato.
Contemplando
con fijeza aquella actitud burlona, Yuri comprendió en carne propia lo que
Heather le había advertido: cuando alguien le tenía tirria a la gentuza de mal
vivir, lo hacía hasta el punto de la náusea. Aunque se trataba de un individuo
sin noción del espacio personal y con una ligereza pasmosa para todo, jamás se
había comportado de un modo tan zafio.
Comprobar
que, en cuanto supo qué clase de alimaña era, su anterior simpatía se esfumaba
para dar paso a una hostilidad visceral, demostraba que debía de guardar algún
rencor o aversión personal muy profunda. Bueno, tampoco era una reacción fuera
de lo común. Lo antinatural habría sido que una persona normal no sintiera
repulsión hacia él.
De
ahí que el calificativo de ’basura’ tampoco le resultara una novedad.
Un
engendro que no valía ni para servir de alimento a los perros. Una estirpe
maldita que debió haber muerto en el mismo instante de nacer. Un malnacido al
que habrían hecho un favor cortándole el cuello y arrojándolo al bosque para
que sirviera de pasto a las bestias. Un demonio. Un monstruo despiadado. Un ser
cruel y helado incapaz de derramar una sola lágrima.
Alguien
a quien ni siquiera merecía la pena llamar ser humano.
A
lo largo de su existencia, Yuri había respondido a innumerables apelativos de
esa índole. Dentro del catálogo de insultos que había soportado, el término
«basura» podía considerarse casi un cumplido cortés.
“Muchas
gracias por la propina”.
Como
jamás había recibido un trato digno de una persona, las provocaciones
destinadas a menospreciarlo le resbalaban por completo. Yuri aceptó el dinero
que le ofrecía Chariot con total indiferencia. Apartando la vista de los
gélidos orbes verdes que lo miraban con sorna —como si esperaran exactamente
ese comportamiento—, se puso a contar los billetes con calma.
Uno,
dos, tres... veinte.
Para
tratarse de una compensación por haberle alterado los ánimos, la cifra era
desproporcionada. La estancia apenas rondaba los setecientos dólares.
Deslizando los billetes con un suave crujido entre los dedos, Yuri se guardó en
el bolsillo interior los siete que le correspondían legítimamente. Al ver
aquello, Chariot arqueó una ceja con suspicacia, como si intentara descifrar
qué clase de jugada se traía entre manos. Verlo así le provocó una leve chispa
de gracia. Por muy groseras que fueran sus palabras, hasta hace un segundo el
tipo no se había inmutado por nada, y ahora bastaba con que él respirara para que
pusiera esa cara.
“Para
ser tan ducho en el deporte, parece que las sumas se te resisten. Te dejo el
cambio de propina”.
Si
hubiera sido otro cualquiera, le habría arrojado los billetes a la cara, pero
por consideración a la presencia de Heather, Yuri decidió tragarse el orgullo.
En su lugar, pasó de largo junto a Chariot —quien desde luego no tenía ninguna
intención de aceptar nada— y depositó el dinero restante sobre la mesa. Con un
leve golpecito seco que resonó en el silencio, se dio por zanjado cualquier
posible vínculo con Chariot Goodnight.
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Sin
mirar atrás al notar la brizna de odio con la que Chariot lo taladraba con la
mirada, Yuri salió de la habitación. Al quedarse a solas frente al ascensor,
por fin se permitió exhalar el aire contenida. Sintió un ardor punzante en lo
más hondo del pecho, como si le acabaran de arrancar una costra mal cicatrizada
justo encima del corazón.
Qué manera de arruinar el día.
Y
aquella repulsión no nacía ni de Chariot ni de Heather, sino pura y
exclusivamente de su propia persona. Un persistente e intenso complejo de
inferioridad, de esos que lograba mantener a raya durante sus estancias lejos
de la gente corriente, comenzó a reptar de nuevo desde el fondo de sus
entrañas. Eran como sanguijuelas imposibles de sacudirse; en cuanto se
presentaba una ocasión así, se adherían a su conciencia para atormentarlo sin
tregua.
Le
entraron unas irrefrenables ganas de volver a casa y vaciar un par de botellas
de alcohol de golpe. Con el ánimo acelerado por una repentina urgencia, Yuri
pulsó el botón de llamada del ascensor. En el preciso instante en que las
puertas del habitáculo, que se había mantenido detenido en el mismo piso,
comenzaron a abrirse, la puerta de la habitación de al lado se abrió de par en
par. Era Heather.
“Yuri,
bajemos al vestíbulo un momento a hablar”.
Avanzando
a paso rápido y sin darle siquiera la oportunidad de rechazar la oferta,
Heather se metió rauda en el ascensor. Tras sopesarlo un segundo sin saber muy
qué hacer, Yuri terminó cediendo y entró tras ella en silencio. En cuanto las
puertas se cerraron herméticamente, Heather rompió el hielo:
“Lo
de antes ha sido una bomba de relojería, Yuri. Una situación así no hay quien
la enderece de buenas a primeras”.
Acomodándose
la montura de las gafas con un movimiento decidido, Heather lo miró de hito en
hito mientras le hablaba en un tono bajo y confidencial. A diferencia de la
actitud cohibida que había mantenido entre Chariot y él hacía un momento,
desprendía una inesperada firmeza.
“No
hace falta que me disculpes, Heather. Si no lo había mencionado antes era
simplemente porque no teníamos motivos para cruzarnos, pero te pido disculpas
por haberte ocultado la verdad”.
“No,
o sea... lo que quiero decir es que no tienes por qué disculparte. Al
contrario, me dijiste la verdad... a raíz de mis propias palabras. ¡Pero aun
así!”.
Agitándose
el cabello con un gesto frustrado que delataba un torbellino de pensamientos
complejos, Heather terminó por descolocarse la impecable coleta que llevaba
atada.
“El
Yuri que yo conocí jamás le haría daño a alguien como Chariot...”.
Murmuró
con voz apagada mientras seguía revolviéndose los mechones. Al contemplarla,
Yuri curvó los labios en una sonrisa invisible que borró al instante.
“El
primer día que nos conocimos, debiste verme peleando. Una persona capaz de
someter a alguien de esa manera no suele tener un pasado corriente”.
Yuri
recordó aquel día, dos años atrás, cuando conoció a Heather. Por entonces, él
ayudaba a su padre, Vasili. La tienda de un benefactor que había facilitado el
asentamiento de Vasili en Vancouver estaba siendo amenazada por unos matones, y
al ir tras los responsables junto con Alexei, se toparon con Heather, quien se
encontraba en apuros. Resultó que ella estaba investigando a la persona que
había contratado a los pandilleros, y ellos terminaron rescatándola cuando, por
su imprudencia, se había metido demasiado en la boca del lobo.
Aquel
día, lejos de asustarse al verlos propinar golpes, Heather se limitó a dar las
gracias por la ayuda y, acto seguido, les preguntó si podían echarle una mano
un poco más. Por esa razón, él había llegado a pensar en secreto que tal vez
ella ya intuía con qué clase de personas trataba.
“Pues...
yo creí que eras algo así como un exmilitar. O quizás alguien que aspiraba a
entrar en la policía”.
Para
los ojos de un ciudadano corriente, distinguir el origen de ciertas técnicas de
combate resultaba imposible, así que su suposición tenía sentido. Con una
sonrisa mental ante un mundo tan lejano al suyo, Yuri guardó silencio.
“Dime,
Yuri... No estarás en busca y captura, ¿verdad?”.
Al
ver que no contestaba, Heather le formuló la pregunta con cautela.
“Si
fuera así, por mi deber como ciudadana me vería obligada a denunciarte. Te lo
pregunto cruzando los dedos para que la respuesta sea que no”.
“No
tengo ninguna orden de búsqueda activa. Llegué a un acuerdo con la policía”.
No
le hacía falta darle explicaciones detalladas sobre su historial a Heather, así
que zanjó el asunto con eso. Al escuchar que no era un prófugo, el semblante de
la muchacha se despejó de inmediato, visiblemente aliviada.
“Entonces,
Yuri, tú también debes de tener tus razones. Si me explicas aunque sea por
encima la situación, volveré a hablar con Chariot para interceder por ti”.
“Como
la confianza ya está rota, eso será imposible. Y tampoco es que yo lo desee.
Hay montones de mercenarios con excelentes aptitudes, no hay ninguna necesidad
de recurrir a mí”.
“Es
verdad. Pero no hay ninguna garantía de que esa gente no acabe vendiendo la
información de Chariot”.
“En
mi caso, tampoco la hay”.
Heather
seguía insistiendo en retenerlo con un tema que ya no daba para más. Mientras
conversaban, el ascensor llegó a la planta baja, y Yuri, decidido a no seguir
perdiendo el tiempo de ambos, le habló con firmeza:
“Heather,
necesitas afinar un poco más tu instinto para juzgar a la gente. El hecho de
que yo, en quien confiabas como en una buena persona, haya resultado ser un
criminal, lo demuestra de sobra. Así que entra ya. ¿No habías venido hasta aquí
precisamente para traerle la información necesaria a Chariot?”.
Dicho
esto, Yuri dejó atrás a Heather y se adentró en el vestíbulo. El cansancio y el
hambre, que había mantenido relegados, lo golpearon de golpe, acrecentando sus
ansias de descansar de una vez por todas y largarse de allí cuanto antes.
Pero
entonces.
Justo
cuando se disponía a cruzar el vestíbulo, la recepción captó su atención. Allí
había un hombre de cabello rubio y corto, ataviado con una cazadora de tonos
neutros, que parecía haber hecho salir al empleado nocturno para hablar de algo
con él. Aunque bien podría haberlo ignorado y seguir de largo, por pura
costumbre Yuri escudriñó la cintura y las manos del sujeto.
La
mano derecha del hombre estaba metida en el bolsillo de su cazadora. Llevaba
unas botas de suela rígida y, en cuanto a su cintura... el corte de la ropa
impedía ver una silueta clara.
Frenando
en seco, Yuri inclinó la cabeza simulando rebuscar algo en los bolsillos
interiores de su abrigo. Al girarse con rapidez para ojear el perímetro,
descubrió a otro individuo sentado en uno de los sofás del vestíbulo. Se trataba
de un hombre castaño, con una gorra negra y una chaqueta color caqui, que
parecía trastear tranquilamente con su teléfono móvil apoyado en el respaldo
del asiento, aunque su atención estaba fija en la recepción.
Al
notar la mirada de Yuri, el hombre alzó despacio la cabeza para mirarlo.
Fingiendo no haberse percatado de ello, Yuri dio media vuelta en dirección al
ascensor y le dijo a Heather, que aún lo observaba desde la cabina:
“Chelsea,
¿te di acaso las llaves de mi coche?”.
Heather
abrió los ojos de par en par, desconcertada por el repentino apodo con el que
la había llamado de la nada. Antes de que pudiera articular réplica alguna,
Yuri acortó la distancia a zancadas, se interpuso para que nadie en el
vestíbulo pudiera verla y, agachándose ligeramente, le susurró al oído:
“A
partir de este momento, haz exactamente lo que te diga. Te lo explicaré todo en
cuanto salgamos”.
“¿Eh?
Ah... sí, entendido”.
Por
suerte, Heather captaba las cosas al vuelo. A pesar de la sorpresa, lo miró con
unos ojos que suplicaban instrucciones sobre qué debía hacer, y Yuri le dedicó
una leve sonrisa. Acto seguido, extendió la mano y tiró de la cinta que
sujetaba el cabello de la muchacha, desatándolo. Su melena castaña cayó
desordenada sobre sus hombros.
“¡Ah!”.
Incomodada
por el inesperado roce, Heather se sonrojó y encogió los hombros. Le pesaba
haber asustado a la persona que se supone debía proteger, pero no le quedaba
otra alternativa.
“Disculpa
la molestia”.
Sin
darle tiempo a reaccionar, Yuri le pasó un brazo alrededor de la cintura. Con
los ojos muy abiertos por la impresión, Heather dio un respingo y se pegó a su
costado. Sin perder un instante, Yuri reemprendió la marcha hacia la salida del
hotel por el mismo camino por el que había venido.
Heather
caminaba a su lado con rigidez. Como la diferencia de altura entre ambos era
considerable, Yuri prácticamente la llevaba arropada contra su cuerpo, y al
marchar a zancadas sin ajustar el ritmo, la pobre mujer avanzaba a tropezones,
intentando no perderle el paso.
A
propósito, Yuri revolvió con los dedos el cabello despeinado de Heather
mientras pasaban de largo frente al sofá del vestíbulo. El individuo que lo
había estado vigilantes instantes antes los observó con fijeza, pero al cabo de
unos segundos apartó la vista, perdiendo todo interés.
Sin
detenerse un solo segundo, llegaron hasta la calle. Aún manteniendo a Heather
medio abrazada para disimular la tensión, Yuri le preguntó:
“¿Dónde
tienes aparcado el coche?”.
Incapaz
de articular palabra y con los labios sellados por el nerviosismo, Heather
señaló con el dedo índice hacia el extremo izquierdo de la avenida, cerca de un
paso de peatones.
“¡E-este...
por allí!”.
“Te
acompañaré hasta allí”.
Caminaron
unos minutos en absoluto silencio. Una vez frente al automóvil de Heather,
estacionado junto al cruce, Yuri por fin relajó el brazo que la ceñía. Echó un
disimulado vistazo hacia atrás, comprobando que nadie los venía siguiendo.
“Dime,
Yuri... ¿Qué ha sido todo eso hace un momento?”.
“Había
gente sospechosa en el vestíbulo. Está claro que no eran clientes, y si es así,
lo más probable es que hayan venido a buscar a Chariot. Ojalá estuvieran
buscando a otro tipo, pero más vale prevenir que curar”.
“Ah...”.
Heather
lo miró con expresión boba y asintió lentamente. Tras dar un nuevo repaso
visual al entorno, Yuri le indicó:
“Sube
al coche”.
Siguiendo
su instrucción, Heather dio un respingo como un cervatillo asustado y abrió la
puerta a toda prisa. Aturdida por los acontecimientos, se sentó primero en el
asiento del copiloto, pero al darse cuenta salió del vehículo con torpeza y dio
la vuelta al coche para abrir la puerta del conductor. Tras dudar unos
instantes, le preguntó a Yuri:
“P-pero...
¿Por qué me pusiste la mano en la cintura?”.
“Si
los dos hubiéramos salido por separado, habríamos llamado la atención, pero si
parecemos una pareja que vuelve tras pasar la noche juntos, nadie se fija en
esos detalles. Además, como tú eres conocida de Chariot, si te hubieran
reconocido habrías quedado en mitad del lío”.
Al
haberla sacado prácticamente oculta bajo su cuerpo, las probabilidades de que
la hubieran identificado eran mínimas. Y aunque era una conocida de Chariot, no
era alguien con quien se le viera a menudo, por lo que mientras no volviera a
implicarse, estaría a salvo.
Yuri
se quedó pensativo un momento, intentando deducir la verdadera identidad de los
hombres del vestíbulo. Desde luego, policías no eran; distaban mucho de ser
agentes en una operación encubierta, y encajaban mucho más en el perfil de
mercenarios.
Y
precisamente eso era lo extraño. ¿Acaso los que perseguían a Chariot no se
supone que eran miembros de una banda de moteros?
La
forma en que esa clase de gentuza solía buscar a alguien era mucho más burda y
evidente. Los miembros de organizaciones criminales solían llevar tatuajes u
otros rasgos distintivos, y no se movían con la discreción de pasar
desapercibidos al acercarse a un sitio. Sin embargo, el tipo que andaba
preguntando en recepción parecía dominar a la perfección el arte de no llamar
la atención, ya fuera por su indumentaria neutral o por lo difícil que
resultaba adivinar si iba armado.
“Ah,
ya veo. Conque era por eso. Menos mal, me había hecho una idea equivocada...”.
Murmurando
para sus adentros, Heather se apresuró a acomodarse en el asiento del conductor.
Se escuchó el rugido del motor al arrancar, mientras Yuri se quedaba meditando
sobre cuál debía ser su siguiente paso. Como no tenía ninguna obligación de
autoinvitarse a proteger a un cliente que lo había rechazado, marcharse sin más
era una opción perfectamente válida, pero...
“Yuri,
vas a ir a ayudar a Chariot, ¿verdad? Encontrar a alguien que lo defienda ahora
mismo es imposible”.
Al
escuchar la voz de Heather asomada por la ventanilla que acababa de bajar,
halló la respuesta. Como no había ninguna garantía de que los tipos de abajo se
guardaran la información, lo correcto era ir a sacar a Chariot de allí.
Apartando a un lado sus reticencias, Yuri se inclinó hacia la ventanilla del
coche. Heather, con medio cuerpo inclinado desde el asiento del conductor hacia
el lado del copiloto, lo miraba con una expresión suplicante.
“¿Tienes
problemas graves de vista?”.
“¿Eh?
¿De vista? No los tengo graves, pero sufro de astigmatismo, así que suelo
llevarlas puestas”.
“¿Te
defiendes al conducir sin ellas por la noche?”.
“Pues
con cuidado... supongo?”.
Yuri
asintió para sí mismo y, bajo la atónita mirada de la joven, extendió la mano
con decisión. Al ver que se abalanzaba sobre ella, Heather amagó con echarse
atrás, pero se detuvo de golpe cuando Yuri le retiró con sumo cuidado las gafas
del rostro.
“Entonces
déjame tomar prestado esto”.
“¿Eh...?”
“Si
salí recién voy a llamar la atención si vuelvo a entrar. Digamos que es un
disfraz”.
Los
ojos de Heather se abrieron de par en par con sorpresa. Con el entusiasmo de un
espectador disfrutando de una película en el cine, exclamó en voz baja:
“¡Señor
Yuri, ahora mismo parece el protagonista de una película!”.
“Guárdese
las bromas para después y váyase a casa ya. Por si acaso, no tome la ruta de
siempre, dé un rodeo, y si alguien puede venir a recogerla, pídale que lo haga.
En cuanto saque a Chariot de aquí, me pondré en contacto con usted. Entre
tanto, haría bien en ir buscando otra agencia de seguridad que los sustituya”.
Heather
asintió repetidas veces, escuchando con atención las indicaciones de Yuri.
Justo cuando se disponía a arrancar tal como él le había ordenado, exclamó un
«¡ah!» y lo detuvo justo cuando Yuri comenzaba a apartarse de la ventanilla.
“Yuri,
a decir verdad, quería comentarte esto. El grupo que persigue a Chariot es una
banda llamada Los Guardianes del Infierno. Es una pandilla de moteros cuya
principal fuente de ingresos es el contrabando y el tráfico de drogas. Han
matado a mucha gente, llevan años asentados en todo Vancouver y se dice que
tienen contactos con las altas esferas. A pesar de ese nombre tan ridículo, es
una banda aterradora, así que recuérdale a Chariot que tenga muchísimo cuidado.
Yo también seguiré investigando por mi cuenta”.
Tras
cambiar de marcha, Heather añadió una última advertencia antes de partir:
“Hace
diez años mataron a un jugador de hockey muy famoso. Así que... parece que no
les importa perdonarle la vida a alguien solo por ser una celebridad”.
Dejando
atrás un consejo que habría sido ideal que ella misma le hubiera transmitido
antes, Heather se marchó. Yuri reprimió el pensamiento de que Chariot jamás
prestaría atención a sus advertencias y se mantuvo firme en el sitio hasta que
el coche de Heather se desvaneció en la distancia.
Al
cabo de un momento, Yuri emprendió el camino de regreso. Caminando a zancadas y
con paso firme, se detuvo en el punto donde había dejado estacionado su
automóvil, ubicado en una avenida trasera a una manzana del hotel. Echó un
rápido vistazo a su alrededor de soslayo y abrió el maletero. Allí, bien
ordenado, reposaba el abrigo que llevaba siempre como provisión de emergencia.
Tras
quitarse la chaqueta negra y enfundarse el abrigo, Yuri se quedó contemplando
fijamente el fondo del maletero. Bajo aquella alfombrilla que a simple vista
parecía de lo más común, se escondía un maletín pequeño. Al recordar el
cartucho de munición y la pistola que albergaba en su interior, sopesó si la
situación actual ameritaba llegar a ese extremo.
¿Un arma de fuego en pleno centro de la ciudad...? Mala idea.
En
Canadá, y más aún en una ciudad tranquila como Vancouver, un tiroteo llamaría
la atención de inmediato. Ojalá los tales Guardianes del Infierno o como se
llamasen tuvieran la decencia de conservar la cordura y evitar semejantes
escándalos en plena zona urbana.
Tras
una breve reflexión, Yuri optó por coger únicamente el abrigo. Después de todo,
el escenario ideal consistía en sacar a Chariot del hotel sin levantar
sospechas, por lo que lo más prudente era esquivar cualquier confrontación. En
el proceso, debía evitar a toda costa crearse la necesidad de usar un arma.
Cerró
y aseguró el maletero, y antes de enfilar hacia el hotel, se puso el abrigo en
la esquina de un callejón que quedaba fuera del campo de visión de las cámaras
de seguridad que había fichado antes. Metió la mano en el bolsillo interior
para extraer el cuchillo militar que guardaba allí y lo deslizó dentro de su
manga; acto seguido, se colocó las gafas que le había pedido prestadas a
Heather. Aunque no carecían por completo de graduación y le causaban una ligera
molestia, no suponían ningún impedimento para moverse.
Tras
exhalar una corta y profunda respiración, Yuri alborotó su flequillo, que
llevaba normalmente despeinado hacia arriba, dejándolo caer sobre su frente.
Habría venido de perlas un spray desodorante neutralizador de feromonas, pero
como no era el tipo de artículo que solía llevar encima, tendría que
apañárselas sin él. En un lugar de tránsito constante como un hotel, los olores
corporales se mezclaban y difuminaban con facilidad, así que con eso bastaría.
Los
preparativos habían concluido. Decidido a recuperar el tiempo perdido, Yuri
aceleró el paso. Al regresar al hotel, las puertas automáticas se abrieron y
barrió el vestíbulo con la mirada de inmediato. Por fortuna y desgracia a la
vez, el hombre que ocupaba los sofás seguía allí, pero el sujeto apostado en la
recepción ya no estaba.
Un
presentimiento helado le recorrió la espalda. Evitando mirar deliberadamente
hacia los asientos del vestíbulo, Yuri se encaminó directo a los ascensores. La
mirada del individuo solitario que vigilaba en la noche se clavó en él. A
diferencia de hacía un rato, notó que sus ojos se detenían sobre su figura
durante unos instantes más. Tensando los nervios ante la posibilidad de que lo
estuvieran siguiendo, caminó con cautela, cuando en ese preciso momento una
pareja de turistas bajó del ascensor tras haber descendido al vestíbulo.
“Oye,
cariño, ¿sabes qué? Elizabeth acaba de compartir una historia diciendo que un
famoso jugador de hockey se está hospedando aquí mismo”.
“¿Chariot
Goodnight?”.
“¡Vaya,
cómo lo adivinaste!”.
“Si
se trata de un deportista lo suficientemente famoso como para que Elizabeth lo
suba a sus historias, en Canadá solo puede ser Chariot Goodnight. Además, juega
para el equipo de Vancouver. Y recuerdo perfectamente que tú misma lo
mencionaste un par de veces diciendo que era muy apuesto”.
“¡Jo,
jo! ¿Estás celoso? No tienes de qué preocuparte, ¡si para mí solo existes tú!
De todas formas, si nos lo cruzamos por casualidad, ¿te importaría sacarnos un
selfi juntos? ¡Ojalá podamos verlo a la hora del desayuno!”.
“Ese
tipo de celebridades no bajan a desayunar, seguro que piden servicio a la
habitación”.
Aquellas
personas, que pasaron de largo riendo a carcajadas, no solo sirvieron para
disipar momentáneamente la atención de los vigilantes, sino que además le soltaron
información de gran valor. Aunque albergaba la esperanza de que el visitante
nocturno no tuviera como blanco a Chariot, al escuchar aquello se quedó del
todo convencido. Era evidente que habían acudido al lugar tras enterarse de la
filtración sobre su paradero.
¿Cómo
se había colado esa información? Si Chariot llevara algún tipo de dispositivo
de rastreo integrado, le habrían seguido la pista mucho antes, y hasta hacía
poco no había rastro de persecución. La única conclusión lógica era que la
verdadera identidad del joven había quedado al descubierto justo después de
instalarse allí.
El
registro lo había hecho él mismo, y Chariot llevaba el rostro cubierto. La
única vez que se había quitado la mascarilla había sido justo antes de entrar a
la habitación... cuando recibió y se dispuso a beber un cóctel en el bar del
hotel. Había sido un instante fugaz, pero más que suficiente para que alguien
lo reconociera.
Ja.
Haberse
puesto a tontear con un omega sin saber esperar ni unos minutos le iba a
acarrear un buen problema; con un rostro tan llamativo que ni una simple gorra
bastaba para disimularlo, era lógico que aquel omega también lo hubiera
identificado. Tragándose la frustración, Yuri se metió en el mismo ascensor que
acababa de dejar libre la pareja. Mientras pulsaba el botón de cierre con total
discreción, nadie más se coló en el habitáculo. Al parecer, había conseguido
despistar al vigilante por los pelos.
En
cuanto las puertas se cerraron, se dispuso a presionar el piso 12, pero cayó en
la cuenta de que necesitaba la tarjeta de acceso. Frunciendo el ceño, palpó sus
bolsillos y soltó un suspiro de alivio al notar que la conservaba allí. Tras
marcar el piso correcto, Yuri introdujo la mano derecha en el abrigo y aferró
la empuñadura del cuchillo que ocultaba en la manga. Un pequeño clic
resonó amortiguado en el interior de su bolsillo al desplegarse la hoja.
Mientras
observaba cómo cambiaba el indicador de los pisos, Yuri rezaba en silencio para
que Chariot no hubiera tenido la imbecilidad de abrirle la puerta de par en par
a un desconocido. Sin embargo, la gran mayoría de los hombres caucásicos, y en
especial los alfas, carecían por completo de instinto de supervivencia. Un alfa
engreído que jamás había saboreado la miseria raramente tenía la oportunidad de
aprender qué significaba desconfiar de los demás.
Las
puertas del ascensor se abrieron de golpe. Antes de apearse, inspeccionó el
pasillo de reojo, pero no se percibía ni un alma. Un escalofrío de mal augurio
lo envolvió por completo.
Avanzando
con paso felino y amortiguando al máximo el sonido de sus pisadas, se dirigió a
toda prisa hacia la habitación de Chariot. Pegó la oreja a la madera de la
puerta, pero no se filtraba ni el más mínimo ruido. Por un instante fugaz, a
Yuri se le vino a la mente la imagen de Chariot Goodnight con la vida segada. A
pesar de que apenas lo conocía de hacía unas horas y de que el tipo se había
comportado con él de forma insolente, sintió que las yemas de los dedos se le
enfriaban de golpe.
No
deseaba contemplar la muerte de nadie.
Por
mucho que la parca hubiera estado presente en incontables escenas a lo largo de
su existencia, Yuri jamás logró habituarse a ese espectáculo. Quienes lo
rodeaban solían ser escoria que merecía expiar sus culpas —incluyéndose a sí
mismo en ese saco—, pero el hedor dulzón de la sangre derramada y el tufo a
descomposición que exhalaban los cadáveres al poco tiempo eran cosas imposibles
de borrar de la memoria.
La
vida era un bien irrepetible concedido a cada cual una sola vez. No importaba
cuán abyecta fuera una sabandija; al nacer, todo ser albergaba el destello
milagroso de la existencia. Aunque estaba firmemente convencido de que existían
individuos cuya trayectoria los hacía merecedores de perecer, el preciso
instante en que la luz de un alma con aliento se apagaba guardaba una miseria
indescriptible.
Y
no deseaba presenciar semejante desdicha en alguien de la naturaleza de
Chariot.
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Apartando
de un tajo aquella lúgubre premonición, Yuri entró en acción. Al deslizar la
tarjeta magnética por la cerradura, un pitido seco resonó en el pasillo.
Aferrando el pomo con la mano izquierda que acababa de pasar la tarjeta, abrió
la rendija con sigilo y se deslizó tras el umbral sin hacer ruido. Tras
comprobar que ningún proyectil venía directo hacia él, se adentró raudo en la
estancia.
“¿Heather?
¿Eres tú, Heather?”.
Al
escuchar aquella voz tan familiar buscando a la mujer, Yuri cerró la puerta con
sumo cuidado, conteniendo el aliento. Por lo visto, Chariot no había tenido la
estupidez de abrirle la puerta a un extraño. Aliviado por ese detalle, sacó la
mano del bolsillo y dejó que la hoja del cuchillo volviera a ocultarse.
“Parecía
que solo ibas a hablar un segundo, pero has tardado una eternidad. ¿Qué
demonios tenías que charlar con semejante elemento para dejarme tirado aquí
solo? Aunque, bien pensado... casi ha sido mejor. De hecho, mientras no estabas
ha ocurrido algo bastante curioso. Por poco te llevas un buen susto tú
también”.
Pese
a no recibir respuesta alguna, Chariot salió parmodiando a solas desde la zona
de la salita. Preguntándose qué clase de imprevisto podría haberle sacado un
susto semejante, Yuri avanzó hacia allí. En el preciso instante en que las
trayectorias de ambos se cruzaron y sus pasos se detuvieron, sendas
exclamaciones brotaron al unísono:
“¿Qué
haces tú aquí?”.
“¿Qué
hace este tipo metido aquí?”.
Al
toparse de frente en el umbral de la sala de recepción, ambos fruncieron el
ceño con hostilidad mutua. En cuanto distinguió a Yuri, Chariot mudó el
semblante, interrogándolo con voz gélida, mientras Yuri clavaba la mirada en el
suelo con el entrecejo marcado por la tensión. Sobre la moqueta de la salita
yacía un hombre boca abajo, con el torso inmóvil. Al no advertir el menor
atisbo de movimiento, era evidente que se encontraba inconsciente o muerto.
“Fui
yo quien preguntó primero. ¿Qué haces tú aquí? ¿Y Heather? ¿A qué viene esa
pinta? ¿Esas no son las gafas de Heather?”.
Chariot
se le vinoencima, acortando la distancia con aire amenazante. Yuri lo escudriñó
de arriba abajo con rapidez; la bata de baño que antes llevaba pulcramente
anudada lucía desabrochada, y sobre su piel pálida se marcaban tenues rojeces
por fricción. Todo indicaba que se acababa de librar un forcejeo.
“¿Lo
has matado?”.
“¿Acaso
me tomas por alguien de tu calaña?”.
Sin
decir una palabra, Yuri pasó de largo junto a él y se acercó al cuerpo del
hombre tendido en el suelo. Al agacharse y rebuscar en los bolsillos de la
cintura, en lugar de una pistola halló un taser. Menos mal que los matones de
los llamados Guardianes del Infierno conservaban la suficiente cordura como
para no armar un escándalo en un hotel de cadena de gran categoría. ¿Acaso su
intención era llevárselo secuestrado en vez de eliminarlo allí mismo?
“Responde.
¿Qué estás haciendo aquí?”.
En
ese instante, Chariot le arrebató el brazo a Yuri, que observaba al sujeto en
silencio. A pesar de no encontrarse desprevenido, la fuerza con la que lo tiró
lo hizo tambalearse, sorprendiéndole un poco. No parecía que su condición de
jugador de hockey fuera un título regalado; la potencia física de Chariot
superaba con creces la de cualquier alfa común.
Al
volverse hacia él sintiéndose retenido, se encontró con sus pupilas contraídas.
De inmediato percibió también la temperatura corporal, tan elevada que
irradiaba calor incluso a través del abrigo, y unas feromonas que fluctuaban de
manera inestable. Aunque ignoraba los detalles exactos de lo ocurrido, era evidente
que el forcejeo lo había alterado.
“Hay
otro tipo en el vestíbulo que parece ser cómplice de este. Por seguridad, mandé
a Heather lejos. No creas que vine aquí por gusto; lo hice por petición suya”.
“¡Lárgate
de una vez, que yo solo basto para arreglármelas! Con solo verle la cara a esta
persona ya te haces una idea”.
Mostrando
un rechazo visceral a la presencia de Yuri en ese lugar, Chariot no disimulaba
su hostilidad. Yuri lo observó con el rostro inexpresivo y le espetó:
“¿Seguirías
diciendo lo mismo si este sujeto hubiera llevado un arma de fuego?”.
Chariot
se quedó de una pieza. En sus ojos verdes, que se habían oscurecido perdiendo
la razón, asomó un atisbo de duda.
“Para
empezar, abrir la puerta y dejar entrar a un desconocido fue tu error”.
Aprovechando
la brecha, Yuri le señaló su equivocación. Aunque era cierto, como no le
apetecía admitirlo a la brava, Chariot replicó a la defensiva:
“Tampoco
es que pudiera llamar a la policía. ¿Acaso has olvidado de qué me estoy
escondiendo?”.
“Si
no te hubieras dedicado a coquetear con omegas, nada de esto habría pasado”.
“¿Qué?”.
Chariot,
que seguía replicando sin ceder un ápice, parpadeó desconcertado por un
segundo. Yuri solo pretendía que él mismo cayera en la cuenta de su propia
torpeza, pero la respuesta de Chariot resultó de lo más disparatada.
“¿Todavía
sigues dándole vueltas a eso? ¡Con lo mucho que me apartabas diciendo que no me
soportabas, al final va a resultar que mis coqueteos te gustaban en secreto!”.
Tras
soltar una risa seca, Chariot retiró la mano con la que lo sostenía y dio un
paso atrás.
“Aunque
tienes una cara que es jodidamente de mi gusto, yo no mezclo mi vida con
criminales. Si hubiera sabido que Samuel estaba metido en movidas de mafias,
jamás me habría acercado a él”.
Yuri
se quedó sin palabras contemplándolo; en vez de perder el tiempo en corregir
semejantes estupideces, decidió que lo mejor era largarse de allí de inmediato.
“Cámbiate
de ropa y recoge la maleta. Por si nos rastrean, nos desharemos de las tarjetas
en cuanto retiremos efectivo en el camino. Será mejor que también cambiemos de
teléfono”.
“Espera,
¡que yo no tengo ninguna intención de contratarte!”.
“¿Prefieres
seguir perdiendo el tiempo innecesariamente aquí, o largarte de una vez para
contratar a quien te dé la gana?”.
Por
suerte, Chariot no era el colmo de la estupidez. A pesar de fruncir el ceño con
fastidio ante sus palabras, se dispuso a empaquetar de nuevo la maleta sin
rechistar. Entretanto, Yuri registró los bolsillos del tipo inconsciente hasta
dar con un teléfono de tarjeta prepago. No portaba ninguna identificación que
revelara su estatus.
Lamentablemente,
el aparato tenía contraseña, lo que imposibilitaba que Yuri extrajera
información por su cuenta. Decidió ocultar el dispositivo en un rincón donde
Alexei pudiera recuperarlo más tarde durante el trayecto, y dio media vuelta
para urgir a Chariot. Como debió de meterse al dormitorio, el joven ya no estaba
a la vista; en su lugar, le llamaron la atención la maleta cerrada y los mil
trescientos dólares que reposaban sobre la mesa.
Por
poco se le quedan olvidados.
Yuri
chasqueó la lengua, irritado por aquella despreocupación al gastar, y se guardó
el dinero. Con esa suma le bastaría para solventar el combustible o el
alojamiento de inmediato. Ya solo restaba salir de allí a toda prisa.
Al
cargar con la maleta y salir de la recepción para adentrarse en la estancia que
hacía de dormitorio, la vista de Yuri chocó frontalmente con una estampa de
piel blanca y desnuda. Desde unas pantorrillas firmes y alargadas que ascendían
por unos muslos macizos, pasando por unas nalgas tersas y una espalda ancha que
desprendía una intensa sensación de presión, no llevaba absolutamente nada
puesto.
Mierda.
Chariot
estaba completamente desnudo. Al presenciar de manera involuntaria un cuerpo
desprovisto incluso de ropa interior, Yuri dio un traspiés hacia atrás,
abrumado por la sorpresa. La maleta que sostenía chocó contra la pared con un
golpe sordo. Guiado por el ruido, Chariot giró bruscamente el torso, obligando
a Yuri a contemplar a continuación algo que preferiría no haber visto jamás.
Algo
de unas proporciones desmedidas se balanceaba bajo la cintura de Chariot.
Aquella pesada silueta que proyectaba sombra entre sus muslos acaparó su
atención sin que pudiera evitarlo, y Yuri profirió una maldición mental
mientras desviaba la vista de golpe.
Menudo espectáculo para la vista.
El
cuerpo de otro alfa no era precisamente algo que deseara contemplar ni aunque
le pagaran, y menos aún le hacía gracia haberse topado con el de ese sujeto. La
escena, presenciada contra su voluntad, resultó tan impactante que lo dejó
mudo.
“¿Acaso
te ha dado por espiarme?”.
A
pesar de verse expuesto en pelotas ante un extraño de la nada, Chariot parecía
mucho menos alterado que el propio Yuri. Aunque no podía leerle el rostro, el
tono de su pregunta sonó inusualmente calmado, como si estuviera habituado a
semejantes situaciones.
“...Vístete
de una vez. No tenemos tiempo para esto”.
Superando
el aturdimiento y abriendo la boca a duras penas, masculló Yuri con la garganta
seca. Notaba cómo Chariot lo miraba fijamente mientras él respondía con la
vista clavada obstinadamente a un lado. Ignorando aquella mirada punzante, oyó
al joven replicar con un deje de humor en la voz:
“Si
ya lo has visto prácticamente todo, ¿a qué viene apartar la mirada? Tampoco es
que parezcas tan inocente”.
Aquel
comentario teñido de ligera broma distendió la atmósfera que se había tornado
tan tensa. Al relajarse, Yuri recuperó la compostura que el nerviosismo le
había arrebatado. Quizá fuera porque Chariot se había comportado de ese modo
desde el instante en que se conocieron, pero ya empezaba a acostumbrarse a esa
faceta desenfadada. Aunque bien sabía que esa no sería la actitud habitual que
el joven adoptaría con él de ahí en adelante.
“Vámonos.
Tenemos que salir zumbando si quieres que te quite de encima a esos tipos”.
Chariot
se cambió de ropa a velocidad de vértigo. Al parecer lo había meditado un poco,
pues su indumentaria difería de la que llevaba al entrar en el hotel: una
sencilla sudadera gris sin capucha, pantalones negros y un gorro de punto
oscuro. Pese a tratarse de tonos sobrios, daban la sensación de desentonar con
su figura, volviéndolo incluso más llamativo. Quizá se debiera a que era un
individuo de rasgos sumamente luminosos; recordaba que cuando vestía la
chaqueta y el gorro blancos, lograba fundirse mucho mejor con el entorno.
“¿Y
la mascarilla?”.
“La
tiré, así que no tengo”.
“Ve
a buscarla y póntela de nuevo”.
“Es
tarde. Se me echó cola encima en la papelera de la entrada y quedó asquerosa”.
Una
razón tan absurda como echarle refresco a la basura, digna de un crío.
“¿No
llevas ninguna de repuesto?”.
“Hasta
antes de hoy no tenía ninguna necesidad de ocultar mi cara”.
Chariot
se encogió de hombros con desparpajo. A juzgar por la soltura con la que se
citaba con gente en los bares, parecía importarle bien poco que lo reconocieran
por la calle. Algo completamente incomprensible desde la perspectiva de Yuri,
quien abogaba porque nadie supiera jamás de su existencia.
En
lugar de enfrascarse en una discusión estéril, Yuri abrió la puerta de la
habitación. Chariot lo siguió de cerca. Al acortarse la distancia, las
feromonas del joven volvieron a filtrarse por encima de su hombro. El aroma era
intenso, fruto sin duda de haber permanecido alterado durante demasiado tiempo.
Olía a un licor fuerte mezclado con notas dulzonas, semejante a un whisky de
calidad a la que le hubieran extirpado los matices desagradables del alcohol.
Una fragancia inconfundible.
Al
percatarse de que se encontraba analizando el rastro aromático de otro alfa,
Yuri frunció ligeramente el ceño y obligó a su mente a cambiar de rumbo. Lo
mejor sería ocultar el teléfono del asaltante en un contenedor cercano al hotel
de camino al aparcamiento y conducir directo hacia una zona despoblada.
Ignoraba
la magnitud de la red con la que contaban los Guardianes del Infierno, pero al
menos debía evitar ciudades lo suficientemente grandes como para que alguien
pudiera movilizar a sus hombres en cuanto revisara las redes sociales. Sería
ideal un sitio donde la gente pasara olímpicamente del hockey sobre hielo...
aunque, por desgracia, un lugar así no existía en Canadá.
Inmerso
en sus cavilaciones, llegó al ascensor. Al ver que Chariot se disponía a pasar
por su lado para colarse el primero, Yuri lo detuvo por puro reflejo adquirido.
Justo en el instante en que Chariot se giraba con gesto contrariado, las
puertas se abrieron. A través de la rendija que se ensanchaba con lentitud,
Yuri distinguió a alguien. Sus miradas se cruzaron de inmediato. Era el hombre
que había estado vigilando desde los sofás del vestíbulo.
Los
ojos del sujeto, ataviado con una gorra de béisbol, desviaron su atención de
Yuri para clavarse con rapidez en Chariot. En cuanto reconoció el rostro del
deportista, el individuo metió la mano a la espalda. Al percatarse del
movimiento, Yuri empujó a Chariot a un lado sin pensarlo. Todo lo que vino
después transcurrió en apenas tres segundos.
¡Bang!
Un proyectil disparado desde un arma provista de silenciador zumbó a escasa
distancia de donde estaba Chariot y se empotró contra el suelo. Al ver que el
joven abría los ojos de par en par, tambaleándose por el empujón, Yuri le
arrojó la maleta al agresor sin dudarlo.
¡Un
golpe seco! El hombre logró frenar el impacto de la maleta con el antebrazo.
Abalanzándose sobre él para irrumpir en el habitáculo del ascensor, Yuri le
ladró a Chariot:
“¡Baja
de una vez, ahora mismo!”.
Dándole
una patada a la maleta que había caído al suelo para enviársela de nuevo hacia
las piernas al atacante, Yuri aporreó el botón de cierre de puertas. Entre
tanto, el hombre alzó el brazo dispuesto a encañonarlo otra vez. Con un
movimiento rápido, Yuri levantó el pie y le propinó una patada certera en la
muñeca, haciendo que el arma saliera volando en un giro por el aire hasta
estrellarse contra el suelo. Sus miradas volvieron a encontrarse y, sin mediar
palabra ni concederse un respiro, se lanzaron el uno contra el otro.
Tras
esquivar un puñetazo directo al esternón, Yuri respondió encajándole un codazo
en pleno rostro. Un ruido sordo resonó en la articulación de su brazo. Lejos de
venirse abajo, el sujeto retrocedió tambaleándose, se apoyó contra la pared del
ascensor y volvió a la carga.
Aplastando
a Yuri con la parte superior de su cuerpo, el hombre le propinó un puñetazo
directo al pómulo mientras este intentaba recuperar el equilibrio. Con el
impacto, la montura de las gafas que llevaba puestas se partió y cayó al suelo.
Aprovechando que Yuri se tambaleaba momentáneamente por la ráfaga de golpes, el
sujeto le aferró la cintura con ambos brazos y, con una fuerza despiadada, le
asestó un rodillazo o un golpe seco en las costillas.
Apretando
los dientes para soportar el dolor sin vacilar, Yuri no intentó zafarse; en su
lugar, torció con fuerza la oreja del individuo con los dedos. ¡Agh! Al ser
atacado en una zona tan vulnerable, el atacante flaqueó y aflojó el agarre,
dejando una brecha abierta. Sin desaprovechar la oportunidad, Yuri le recetó un
golpe seco directo al rostro y, cuando el hombre agachó la cabeza, lo atrapó
desde atrás. Con sus robustos brazos aprisionándole el cuello, Yuri pegó su
propio cuerpo contra la pared del ascensor.
Las
pulsaciones se le disparaban de forma enloquecida debido al violento
intercambio que había tenido lugar en cuestión de segundos. Sintiendo la
sequedad en los labios y el corazón latiéndole desbocado en el pecho, Yuri
aplicó aún más presión en los brazos. El asaltante forcejeaba con
desesperación, golpeándole el abdomen con los codos con fuerza, pero él no
cedió ni un ápice.
¿Debería matarlo?
Yuri
sopesó la idea mientras pensaba en el cuchillo que ocultaba en la manga. Aquel
hombre le había disparado directamente a Chariot; su intención de eliminarlo
era más que evidente.
Sin
embargo...
Lo
que Chariot buscaba no era algo así. Había afirmado que su motivo para buscar a
Alexei era precisamente evitarse problemas innecesarios.
Si
dejaba a ese sujeto con vida, era seguro que sus compinches no tardarían en dar
con ellos. Al haberle visto el rostro, si regresaba con los suyos, contaría lo
sucedido. Eso impondría restricciones a sus futuras acciones para proteger a
Chariot, puesto que cualquiera podría identificarlo.
Su
dilatada experiencia le había enseñado que perdonarle la vida a alguien y huir
era infinitamente más difícil que acabar con él. Sobre todo cuando el
adversario disparaba armas de fuego con total soltura, elevando el nivel de
peligro a cotas insospechadas. Salir herido de una refriega no le importaba en
absoluto. Lo verdaderamente problemático era el hecho de que las personas a las
que uno decidía perdonar rara vez sabían mostrar agradecimiento después.
Mientras
Yuri meditaba sobre qué hacer, el hombre terminó por desmayarse. Al aflojar
gradualmente la fuerza de sus antebrazos, el cuerpo del sujeto se desplomó
pesadamente contra el suelo con un golpe seco. Tragándose la respiración
agitada que amenazaba con escapársele de los labios, Yuri lo observó un
instante antes de registrarle los bolsillos en busca de su teléfono, tal como
había hecho antes en la habitación.
Evitando
mirar en absoluto hacia la cámara de seguridad que se hayaba justo encima de su
cabeza, Yuri extrajo únicamente el cargador de la pistola que yacía en el suelo
y apartó el arma de una patada hacia un rincón. No quería dejar excusas ni
cabos sueltos por si las autoridades revisaban el caso tras recibir el aviso.
Unos
segundos más tarde, el ascensor llegó a la planta baja. Tragándose el
cansancio, enderezó la postura mientras aguzaba los sentidos para vigilar a
cualquiera que pudiera hallarse al otro lado de las puertas. Con un leve
zumbido, estas se abrieron, revelando a la pareja de turistas con la que se
había cruzado antes. Por las bolsas que llevaban en las manos, parecía que
acababan de regresar del 7-Eleven cercano.
“...¿Ah?”.
El
hombre y la mujer dieron un respingo de pura sorpresa, retrocediendo
aterrorizados. Yuri les dedicó una rápida ojeada de soslayo antes de levantar
con calma la maleta que reposaba en el suelo. Cruzando por encima del cuerpo
tendido del asaltante, les lanzó una advertencia al pasar:
“Harían
bien en llamar a la policía. Se puso a armar escándalo completamente borracho”.
De
cualquier forma, al haberse efectuado disparos en el interior de un hotel de
lujo, la intervención policial era inevitable. Si las llamadas procedían de
terceros ajenos a la situación, tanto mejor, y Yuri decidió sacar partido de
eso. El atónito matrimonio corrió despavorido en dirección a la recepción,
esquivándolo.
En
ese preciso instante, las puertas del otro ascensor se abrieron. Al ver salir a
Chariot con ademanes impacientes, Yuri sintió un profundo alivio. Por lo visto,
el muchacho tenía la suficiente cabeza como para no deambular por otros sitios.
“¿Qué
demonios ha pasado aquí?”.
Chariot
se le acercó a zancadas, preguntándole en un susurro.
“Lo
que ves. No tenemos tiempo para quedarnos aquí. Hay que largarse ya mismo”.
“Eso
ya lo sé, lo sé, pero...”.
Yuri
tiró de Chariot con la mano que tenía libre, alejándolo de allí. En el preciso
instante en que hizo fuerza, sintió un ardor punzante y abrasador en la parte
alta del brazo. Era una sensación que conocía de sobra; el roce de una bala solía
dejar exactamente ese rastro. Creía haberla esquivado por los pelos, pero al
parecer el proyectil disparado por aquel tipo le había rozado de pasada.
Avanzando
casi a la carrera por el vestíbulo, vio que la pareja que charlaba con el
empleado de recepción se giraba para decir algo. A pesar de haber cumplido su
deseo de toparse con Chariot tal como había comentado antes, la tensión del
momento les impedía prestarle la menor atención.
Acelerando
el paso en cuanto salieron al exterior del hotel, Yuri rodeó la esquina hasta
dar con el vehículo estacionado. Abrió la puerta trasera a toda prisa para
arrojar la maleta y abrió enseguida el asiento del copiloto. Chariot subió de
inmediato, y en cuanto Yuri abrió la puerta del conductor y se metió, arrancó
el motor sin perder un segundo.
Ni
Yuri ni Chariot pronunciaron una sola palabra durante un buen rato. Yuri
condujo a ciegas, imprimiendo al coche una velocidad moderada para no llamar la
atención. Consideró que lo más sensato era tomar la autopista 1 en dirección
norte, así que viró hacia el este de entrada. Tras casi una hora de trayecto en
absoluto silencio, la ciudad quedó atrás y el paisaje comenzó a poblarse
únicamente de frondosos bosques.
Vigilando
de forma constante por el retrovisor para cerciorarse de que nadie los venía
siguiendo, Yuri exhaló por fin un suspiro contenido. No llevaba cola. Al
parecer, los tipos que habían aparecido en el hotel eran todos los que había
por el momento, y aunque las autoridades se hubieran personado tras la llamada,
con detener al agresor armado en el acto ganarían un margen de tiempo
considerable. No había cámaras en el pasillo, y si solo revisaban las
grabaciones del ascensor, la presencia específica de Chariot no tendría por qué
quedar al descubierto.
“¿Te
fijaste en la cámara del ascensor?”.
Claro,
eso siempre y cuando no se le hubiera ocurrido mirar directamente hacia el
objetivo.
“¿Qué?”.
Chariot
rompió al fin el silencio que había mantenido todo el tiempo. Yuri le dedicó
una fugaz mirada de soslayo mientras el joven le preguntaba en voz baja y con
la garganta oprimida. No parecía tener heridas visibles.
“Que
si miraste hacia arriba en el ascensor”.
“...Claro
que no. Estaba intentando huir, ¿sabes? Se supone que uno sabe esquivar una
simple cámara”.
Siguiendo
la dirección de la mirada de Yuri, Chariot giró también la cabeza hacia él. Los
ojos verdes, que desde el momento en que había revelado su verdadera identidad
habían mantenido un brillo de animadversión constante, recobraban ahora la
placidez de cuando los vio por primera vez. Quizá reflejaban un atisbo de
miedo, o tal vez simple inquietud. Y era comprensible; para alguien corriente,
verse inmerso en una situación así no era algo cotidiano.
Mientras
meditaba por dónde empezar las explicaciones, dado que él tampoco contaba con
información clara, vio que Chariot fruncía el ceño. Desconcertado por el brusco
cambio en su expresión, Yuri se contuvo. ¿Qué demonios le vuelve a molestar
ahora?, se preguntó mentalmente un segundo antes de que Chariot se
inclinara bruscamente hacia delante.
¿Va a pegarme?
En
ocasiones, las personas empujadas a situaciones tan jodidas como aquella
reaccionaban de forma completamente irracional. Bien mirado, parte de la culpa
recaía sobre él; si desde el principio hubiera controlado mejor a Chariot, a
nadie se le habría ocurrido subir su ubicación actual a las redes sociales.
Sin
embargo, las palabras que brotaron de los labios del joven no se parecieron en
nada a lo que había imaginado.
“Estás
herido”.
Antes
de que Yuri pudiera reaccionar, los dedos de Chariot ya le rozaban el pómulo.
Al propagarse aquella cálida temperatura sobre su piel fría, el dolor punzante
hizo acto de presencia con retraso. No obstante, más que el dolor, fue el
propio contacto lo que desconcertó a Yuri, obligándole a aferrar el volante con
más fuerza.
Hacía
muchísimo tiempo que nadie lo tocaba de aquella manera. Desde hacía eones,
concretamente desde la trágica muerte de su madre —la única que solía
acariciarlo—, nadie se había tomado una licencia semejante con él.
...Vaya caricias tan ridículas entre alfas.
Para
alguien como Yuri, que otra persona le pusiera las manos en la cara constituía
una invasión de su espacio personal excesivamente íntima. Que un desconocido le
hubiera hecho algo así, cuando ni entre miembros de su propia familia se
prodigaban tales gestos, le resultó de lo más perturbador. Aunque el calor de
aquel tacto le transmitía un extraño sosiego, la novedad de la sensación tensó
cada músculo de su cuerpo. Con disimulo, Yuri apartó el rostro ligeramente y
retiró la mano de Chariot con un movimiento natural.
“No
hagas una tragedia por nada”.
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Bajo
los estándares de Yuri, considerarse herido implicaba sufrir lesiones de
gravedad. Si era capaz de sentarse y conducir sin mayores problemas, aquello
estaba lejísimos de ser algo grave, así que no tenía la menor intención de
darle importancia.
“Dedícate
a dormir. Tenemos un buen trecho por delante”.
Haciendo
un esfuerzo consciente por aflojar la tensión con la que aferraba el volante,
Yuri intentó concentrarse en la carretera. Pero Chariot no estaba dispuesto a
dejarlo en paz.
“Quien
va de copiloto no se dedica precisamente a dormir en estas circunstancias”.
Tras
soltar esa respuesta, Chariot se desabrochó el cinturón de seguridad sin previo
aviso. Encendiendo la luz interior del habitáculo con un toque en el panel, se
quedó inmovilizado al ver reflejado el rostro de Yuri bajo aquel haz de
claridad.
“¿Se
puede saber qué pintas llevas? Detén el coche. Te he dicho que pares”.
La
mano que acababa de apartar volvió a abalanzarse sobre él, aferrándole esta vez
la barbilla con firmeza. Ante aquella fuerza ineludible, Yuri frunció el
entrecejo con fastidio. Tal como venía comprobando desde antes, a diferencia de
su delicada fachada, Chariot poseía una potencia física descomunal. Pensando
que en un duelo de fuerza pura quizás terminaría cediendo, Yuri torció la
mandíbula.
“Déjate
de jueguitos y suéltame”.
“Si
vieras cómo tienes la cara, te tragarías esas palabras”.
Con
los dedos apretados contra su piel, Chariot ejerció presión cerca del pómulo
magullado. Un dolor sordo e intenso se irradió bajo los tejidos, provocando que
Yuri entrecerrara los ojos.
“Ves?
Si te duele”.
Aunque
no necesitara un espejo, sabía de sobra que la zona del golpe lucía un
desagradable cardenal violáceo. Le parecía un exceso armar tanto revuelo cuando
ni siquiera tenía la piel desgarrada, pero temiendo que tanta insistencia
terminara por provocar un accidente en plena vía, optó por ceder y detener la
marcha.
“De
acuerdo, ya puedes soltarme. Me detendré en cuanto aparezca un arcén”.
La
autopista 1 apenas disponía de carriles de emergencia y constaba en su mayor
parte de tramos esculpidos a golpe de talud en la falda de las montañas
escarpadas. Frunciendo los labios con evidente descontento, Chariot apartó la
mano, se cruzó de brazos y se quedó taladrándolo con la mirada fija. Incapaz de
ignorar aquel escrutinio tan punzante, Yuri condujo unos cinco minutos más
hasta divisar una explanada apartada donde finalmente estacionó el automóvil.
Apenas
apagó el motor, Chariot se pegó a Yuri. Observándolo con una mirada seria, le
preguntó:
“¿Llevas
encima algo parecido a un botiquín? Deberías aplicarte alguna pomada”.
Preocuparse
por una simple contusión hasta el punto de querer aplicarle crema le pareció de
lo más ridículo, así que Yuri torció los labios en una mueca de incredulidad.
“¿Has
terminado de revisar?”.
“No.
Seguramente tengas más golpes por el resto del cuerpo. Quítate el abrigo. Ese
imbécil de antes...”.
A
mitad de la frase, Chariot se detuvo de golpe. Al recordar el tiroteo, sus ojos
se ensombrecieron por un instante.
“...iba
armado y te disparó”.
Chariot
guardó silencio. Con una mirada pensativa clavada en Yuri, se mantuvo callado
durante unos minutos. Aprovechando aquella tregua y sintiéndose genuinamente
agotado, Yuri relajó los hombros. Al apoyar la espalda contra el asiento del
conductor, el cansancio se abalanzó sobre él. Echó un disimulado vistazo al
reloj del vehículo y comprobó que marcaban las tres de la madrugada.
Básicamente, llevaba el día entero sin pegar ojo.
Aunque
en el pasado se había pasado dos o tres días seguidos sin dormir, el cuerpo se
había desacostumbrado tras una temporada viviendo con algo más de comodidad.
Decidiendo que lo mejor sería descansar un par de horas antes de trazar un
rumbo definitivo, Yuri le dijo a Chariot:
“Volveremos
a ponernos en marcha. En cuanto aparezca una zona de descanso, sacaremos dinero
en efectivo y podrás buscar a la persona que querías. Me quedaré a tu lado
hasta que llegue el nuevo reemplazo. Al fin y al cabo, gran parte de esta
situación se debió a que no tomé las precauciones necesarias...”.
Tragándose
un suspiro de fatiga en silencio, Yuri se pasó la mano por el cabello. Tenía
los ojos pesados y resecos.
“Intentaré
que no se repitan momentos tan apurados como los del hotel”.
Estuvo
a punto de añadir que lamentaba que tuviera que pasar por algo así, pero al
percatarse de que sonaría a pura hipocresía, optó por cerrar la boca.
Escuchando las palabras de Yuri en completo silencio, Chariot replicó en cuanto
este terminó:
“¿Por
qué demonios va a ser culpa tuya?”.
Una
voz grave y contenida resonó con calma en el interior del habitáculo.
“La
culpa es de esa escoria que vino a buscarme para matarme”.
Exhalando
un sonoro suspiro, Chariot reclinó el asiento del copiloto hacia atrás y giró
el torso para rebuscar en la maleta que reposaba en los asientos traseros.
Debido a su envergadura, su hombro chocó contra el techo del coche con un golpe
sordo. Tras sacar una botella de agua y un pañuelo de tela, desenroscó el tapón
y humedeció el pañuelo con el líquido. Mientras lo observaba inmutabilidad
alguna, un extremo húmedo rozó de inmediato la piel del rostro de Yuri.
“El
que andaba pregonando que tenía pareja era su omega, pero el cabecilla de esa
banda que vino a por mi cabeza se lleva la palma. Creí que solo querían
extorsionarme con dinero, pero jamás imaginé que sacarían un arma a la primera
de cambio. No sé si lo hace por lo mucho que ama a esa persona o por mero
orgullo herido. Sinceramente, pasé miedo”.
Al
contrario de lo que había creído en un principio —que no tenía ninguna herida
abierta—, el pañuelo salió manchado de sangre al pasar por su piel. Frunciendo
el ceño no por el ardor, sino por aquel tacto tan inoportuno, Yuri apartó la
barbilla. Lejos de desistir o volver a aferrarle la barbilla como antes,
Chariot se inclinó hacia delante siguiendo el movimiento para acortar la
distancia.
“Gracias
por salvarme. Independientemente de que seas un tipo desagradable, lo correcto
es mostrar agradecimiento cuando toca”.
Justo
cuando iba a esquivar el gesto de Chariot, Yuri se quedó paralizado. Era un
agradecimiento que no esperaba. Además de que se trataba estrictamente de su
trabajo, le sorprendía enormemente que alguien como él se dignara a guardar
formas con un sujeto de su calaña.
Aprovechando
que había dejado de esquivarle, Chariot terminó de limpiarle el rostro. Quizá
por la propia temperatura corporal de Chariot, el pañuelo no estaba frío, sino
templado, y aquella textura húmeda resultó ser menos desagradable de lo que
pensaba.
El
olor a suavizante de ropa, las feromonas de Chariot y un sutil rastro de
loción. Ante la cercanía de aquel aroma ajeno, las pestañas de Yuri temblaron
brevemente. Una incomodidad innecesaria comenzó a flotar en el ambiente, volviéndole
torpe cualquier movimiento.
Si tengo sangre, lo lógico es limpiarla.
Pensando
que lo más práctico era dejar hacer a Chariot, optó por quedarse quieto. Sin
embargo, soportar que otro le limpiara la sangre era algo que rebasaba su
paciencia, por lo que acabó abriendo la boca:
“Supongo
que yo no debo de ser muy distinto de los tipos que te venían pisando los
talones”.
Chariot
se encogió de hombros con naturalidad.
“Ya
lo sé”.
Aquella
respuesta tan despreocupada dejó a Yuri descolocado.
“¿No
se supone que te repugna codearte con gentuza?”.
“Una
cosa es que me caigas mal y otra muy distinta que no te toque”.
Un
argumento completamente incomprensible. ¿Acaso la gente no aborrecía la
suciedad y por ende procuraba evitarla?
“Si
algo te da asco, no te dan ganas ni de rozarlo”.
“Como
estás dentro de mi tipo, no me importa”.
Chariot
volvió a sacar a relucir su extraña fijación con los gustos personales.
Aprovechando el momento, Yuri decidió interrogarlo al respecto:
“No
alcanzo a comprender por qué sigues hablándome en ese plan sabiendo que soy un
alfa”.
“Solo
estaba diciendo la verdad. ¿Acaso te molesta?”.
Ante
su pregunta, Chariot lo miró desde arriba con una leve sonrisa en los labios.
Su hostilidad parecía haberse difuminado un poco. Resultaba increíble que le
bajara la guardia solo por haberle salvado la vida; al fin y al cabo, los seres
humanos podían apuñalarte por la espalda en cualquier momento. Yuri lamentó
mentalmente tanta ingenuidad.
“No
es precisamente algo agradable de oír”.
“Es
un cumplido”.
“Te
lo pasaría si viniera de un omega, pero no me hace gracia escuchárselo decir a
otro alfa”.
Bien
mirado, tampoco es que deseara escuchar semejantes tonterías de boca de un
omega, pero que un alfa se expresara de esa manera salía por completo de los
parámetros de lo razonable para Yuri.
“Al
fin y al cabo, tanto si eres alfa como omega, sigues siendo una persona”.
“Los
alfas no nos andamos tocando de esta manera. Con un omega pase, pero entre
nosotros...”.
Al
escuchar aquella respuesta tan cerrada, Chariot retiró el pañuelo y soltó una
carcajada.
“Ja,
ja”.
El
sonido grave de su risa vibró tenuemente en el habitáculo. Con las comisuras de
los labios ligeramente curvadas, arrojó el pañuelo manchado de sangre a los
asientos traseros. Luego, abriendo la puerta del copiloto, comentó:
“Parece
que no tienes ni idea del tipo de experiencias alucinantes que pueden vivirse
entre alfas”.
Desconcertado
por aquella ocurrencia fuera de lugar, Yuri frunció el ceño y se incorporó.
Chariot salió al exterior y le hizo un gesto con la mano.
“Hagamos
un cambio. Conduciré yo. No pienso dejar que un tipo herido se ponga al
volante”.
“...No
digas tonterías. Vuelve a subir”.
Aunque
en los momentos de peligro le había hecho caso a regañadientes, Chariot había
recuperado su habitual actitud mandona en cuanto se vio a salvo. Caminando hasta
la puerta del conductor, se apoyó contra la carrocería e inclinó el torso para
mirarlo desde arriba. Dos golpecitos secos sobre el cristal hicieron que Yuri
bajara la ventanilla.
“Yo
al menos pude descansar un rato en el hotel, pero tú has estado en movimiento
continuo. Conducir con el nivel de agotamiento que llevas es mil veces más
peligroso. ¿A que sí?”.
Era
un argumento difícil de rebatir. Más que sueño, lo que sentía era un cansancio
demoledor, y la idea de cerrar los ojos aunque fuera unos minutos le había
asaltado con fuerza. Dudaba por orgullo, sintiendo que ceder equivalía a
rendirse ante el deseo de descansar, cuando Chariot añadió con voz calmada:
“Admite
que estás muerto de cansancio. No pasa nada por descansar”.
En
medio de una carretera de montaña solitaria, sin un solo coche a la vista, solo
la voz de Chariot resonaba con serenidad. Con las manos aferradas al volante,
Yuri abrió los labios para replicar, pero las palabras no salieron. Al final,
cedió y soltó el aro. Como si estuviera esperando ese preciso instante, Chariot
abrió la puerta del conductor.
Intercambiaron
los asientos sin mediar palabra. En cuanto cerró la puerta del copiloto,
Chariot puso el motor en marcha. Sacando el teléfono del bolsillo, le preguntó
a Yuri:
“Y
bien, ¿hacia dónde vamos?”.
Yuri
reclinó su fatigado cuerpo contra el respaldo y se frotó los párpados. Había
estado conduciendo a ciegas con el único objetivo de alejarse del centro
urbano, por lo que carecía por completo de destino. Rara vez se permitía
planificar cosas así.
“A
donde te apetezca”.
Algo
de lo que él carecía por completo. Algo que solo alguien como Chariot poseía.
“¿Kelowna?”.
“Hay
demasiada gente”.
—Tch.
—Chariot curvó los labios en un puchero. Apoyando el brazo en el volante, se
giró para mirarlo con fijeza—. ¿Entonces qué clase de lugar buscas?
“Uno
donde haya poca gente... y donde no ronden jóvenes imbéciles dispuestos a
subirte a las redes sociales en cuanto te reconozcan por la calle”.
“¿Todavía
quedan sitios así hoy en día?”.
La
conversación empezó a pesarle tanto que la fatiga lo arrastró a guardar
silencio. Al ver que se callaba, Chariot puso el coche en marcha sin insistir.
No
cerró del todo la ventanilla del copiloto, dejándola abierta apenas lo
suficiente para que se filtrara una brisa muy ligera mientras continuaba
conduciendo con notable soltura. Para estar preparado ante cualquier
imprevisto, Yuri se obligó a mantener los ojos abiertos y contemplar el
exterior.
Bajo
un cielo nocturno completamente negro, desprovisto de farolas y alumbrado
únicamente por los haces de los faros, se alzaban de vez en cuando siluetas de
árboles gigantescos a ambos lados de la vía. Al compás del siseo del viento que
mecía las ramas en una danza silenciosa, los párpados de Yuri comenzaron a
pesarle de manera insoportable. A través de su campo de visión, que se iba
oscureciendo gradualmente, logró escuchar cómo Chariot tarareaba una melodía en
voz baja.
Qué despreocupado
Justo
antes de quedarse dormido, pensó que resultaba asombroso lo rápido que un tipo
que acababa de librarse por los pelos de la muerte era capaz de cambiar de
humor. Cuando se ponía serio parecía maduro, en sus momentos insulsos daban
ganas de golpearlo, y a veces se pegaba de forma empalagosa para soltarle
palabras afectuosas; poseía una paleta de facetas tan variada que jamás había
visto en otra persona. Era como una de esas frutas de color rojo intenso que al
morderlas por primera vez te regalaban un estallido de sabores completamente
distintos.
*
* *
‘Yuri-ah,
mi pequeña cuenta de cristal.
La
madre de Yuri lo llamaba con diversos apodos cariñosos. Cuando lo llamaba,
abarcaba tantas palabras de una sola vez que, de pequeño, Yuri a menudo se
confundía sobre cuál era su nombre.
Los
miembros de la familia Kiselyov también tuvieron épocas en las que fueron
felices. Aunque la felicidad de ellos no era ostentosa ni materialmente
grandiosa como la que decía la sociedad, poseían el agradecimiento suficiente
como para que fuera motivo para vivir un día más. Eran felices porque tenían
una familia a la que amaban. Por más miserable y agotadora que fuera la vida
afuera, al regresar a casa la madre los recibía con calidez, lo que les daba
fuerzas para seguir viviendo.
Pensándolo
bien, la familia de Yuri tampoco había sido infeliz desde el principio. Después
de que Katia y Vasha concluyeran sus votos el uno para el otro y se
convirtieran en marido y mujer, ambos albergaban esperanzas para su propio
hogar, tal como les ocurre a todas las parejas que recién empiezan.
El
matrimonio de ambos comenzó junto con la perestroika de Gorbachov. Dos jóvenes
que habían vivido cumpliendo calladamente con las tareas que se les asignaban
se vieron repentinamente arrastrados por una corriente cambiante. Se produjo un
golpe de estado que terminó, y mientras andaban zarandeados y aturdidos, el
mundo se convirtió en uno nuevo. Era un mundo despiadado para personas que,
como Katia y Vasha, habían vivido con honradez.
El
abastecimiento se había interrumpido por completo y con el dinero que poseían
no se podía comprar nada. Lo único que se podía adquirir, incluso vaciando
todos los ahorros en medio de una inflación que se había disparado varios
cientos de veces, era unos cuantos kilos de salchichas y pan. Las personas que
no poseían nada salieron a las calles para venderse a sí mismas, y mientras
tanto, solo los contrabandistas y una minoría de privilegiados se adueñaron de
la riqueza.
Ambos
no vislumbraban un futuro en este país. Se sucedían los días en que comer una
sola vez al día era motivo de suerte, y todo se conseguía a través de
influencias. En esas circunstancias, Katia concibió una preciosa vida.
Vasili
pensó que no se podía vivir allí por el bien de su esposa. Ayer mismo había
visto a un vagabundo ebrio acosar y cometer abusos contra una mujer que
caminaba por la calle, y en el orfanato del vecindario abundaban los niños
abandonados, al punto de correr el rumor de que un recién nacido se había
muerto de congelación. A él le aterraba una vida en la que, todas las noches al
volver a casa, temiera que su esposa pudiera sufrir una desgracia.
Y
eso no era todo. Un día sí y otro no llegaba la trágica noticia de que alguien
que vivía en el vecindario se había quitado la vida por no soportar el futuro
miserable, y no cesaban los reportes de que una nueva organización criminal
aparecía en la ciudad para explotar a la gente.
Vasili,
al pensar que no se podía vislumbrar esperanza en una tierra así, tomó la
decisión de abandonar el país. Por Katia y su hijo, para convertirse en un buen
padre.
Ambos
reflexionaron durante meses e investigaron lugares a los que ir. Juntaron
dinero y obtuvieron información para elegir la mejor opción por el bien del
niño. Según decían, muchos se iban a Estados Unidos. En ese lugar se ganaba
tanto como se trabajaba y se podía hacer lo que uno quisiera con libertad;
corría el rumor de que, entre los vecinos que habían cruzado, ya había quien se
había comprado una casa.
Katia
le agarró la mano a Vasha y le dijo que se fueran a Estados Unidos. Ella se
entusiasmaba ante la perspectiva de una vida en la que, en lugar de esperar
durante años su turno, pudiera trabajar duro y comprarse un coche; cantaba
sobre un futuro en el que comprarían su propia casa, plantarían flores en el
jardín trasero y harían mermelada junto a su hijo. Tan hermosa era aquella
mujer de cabello negro que sonreía mostrando sus blancos dientes, que Vasha le
juró a su alma que haría cualquier cosa por ella.
Soportando
bofetadas de su padre, Vasili consiguió el dinero. Los padres de Katia se
oponían a que ella se marchara, por lo que toda esta empresa tuvo que sacarla
adelante únicamente con las fuerzas de Vasili. El dinero que Katia había
ahorrado trabajando como enfermera iba a destinarse al fondo de
establecimiento. De ese modo se prepararon para la emigración y ambos llegaron
a Estados Unidos entregando todo su patrimonio.
Allí,
Vasili conoció a Mijaíl, el padre de Alexei. El matrimonio formado por Mijaíl y
Nina, que era unos años mayor que Vasili, tenía identidades falsas debido a que
se habían mudado allí antes de que la Unión Soviética colapsara, pero en
compensación, por haber entrado antes, conocían varios puestos de trabajo.
Gracias a haberlo conocido, Vasili consiguió empleo en una carnicería.
Casualmente,
Nina tenía un bebé recién nacido. Katia, cuya fecha de parto era inminente,
sintió afinidad de inmediato con Nina, que tenía un hijo de la misma edad, y
así ambas familias se volvieron amigas íntimas. Durante un tiempo, todo parecía
marchar bien. En la nueva tierra habían encontrado compatriotas de la patria, y
Mijaíl, que era mayor que Vasili, lo ayudaba como un hermano mayor. Si seguían
así, parecía que lograrían establecerse en Nueva York, formar una familia
normal capaz de pagar los suministros con dinero y vivir bien.
‘¿Ya
decidiste el nombre, Katia?’.
‘Aún
lo estoy pensando. No sé qué le gustará a mi pequeña cuenta’.
‘No
hay que ponerle al niño un nombre demasiado especial. Si no, Dios se fija en él
y no vive mucho tiempo’.
El
día que decidieron el nombre de Yuri, Katia estaba sentada frente a los
escalones de la casa de Nina. Debido a que la pareja de Katia ocupaba la
primera planta y el matrimonio de Nina la segunda de una pequeña casa de dos
pisos en Brooklyn que alquilaban, ambas se sentaban con frecuencia en las
escaleras a charlar.
La
casa, pegada a un camino abarcado de gente que pasaba, no permitía tener nada
parecido a un jardín. Al ver a Alexei, que reía a carcajadas acunado en los
brazos de Nina, Katia se quedó sumida en una larga meditación tras escuchar las
palabras de Nina. Katia, que miraba distraída hacia el exterior, dio una
palmada como si hubiera caído en la cuenta.
‘Quiero
ponerle Yuri. La familia de Vasha era agricultor en su origen’.
‘Vaya,
¿estás segura de que es varón?’.
‘Da
igual si es hija o hijo. En Estados Unidos no se distinguen tanto los nombres.
Si es niña la criaré fuerte para que nadie la trate con insolencia, y si es
varón lo criaré afectuoso para que sea amable con todos’.
A
Nina pareció extrañarle semejante planteamiento, pero no le puso grandes
objeciones a las palabras de Katia. Ella solo quería desearle puras bendiciones
a la parturienta que pronto daría a luz.
Katia
sonrió con dulzura y acarició con cuidado su vientre redondeado con la mano.
Aunque el niño se movía a menudo, jamás le había dado una patada violenta en la
panza. Katia le diría a Yuri en el futuro que él había sido un niño muy bueno.
Decía que no había sufrido ni los mareos habituales del embarazo y que el día
del parto había salido enseguida sin causarle molestias, siendo tan tranquilo y
dócil como cuando estaba en el vientre.
‘Yuri,
tú vas a ser la semilla que nos guíe para que podamos empezar una nueva vida en
esta tierra’.
Ekaterina
le transmitió esta noticia a Vasili, quien regresó a casa tras terminar su
jornada laboral. El hombre que pronto sería padre se alegró con una brillante
sonrisa ante el nombre del niño que le había contado su esposa. El hombre, que
se inclinó para besar el vientre de su esposa, le susurró al niño que iba a
nacer desde el fondo de su corazón:
Que
por él y por su madre, este padre haría cualquier cosa.
Unos
meses después de aquello, el gobierno estatal, que comenzó a reprimir a los
inmigrantes ilegales, hizo que todos los emigrados de los alrededores de
Brooklyn partieran hacia Sarátov bajo la guía de Ígor. Aquellos que le debían
favores a Ígor Volkov desde el momento en que cruzaron a Estados Unidos lo
siguieron aterrorizados para no ser deportados, y los aislados en Sarátov se
convirtieron pronto en esclavos de Ígor bajo el grillete del dinero.
Vasili,
que había conseguido empleo en la carnicería dirigida por Ígor gracias a la
mediación de Mijaíl, también se vio envuelto en fondos ilegales. Ígor le dijo
que, si él daba a conocer ese hecho, Vasili se convertiría en un delincuente, y
el hombre, de forma irónica, terminó ingresando bajo las órdenes de un criminal
con tal de no ser un delincuente.
Las
personas que tienen algo que proteger caen muy fácilmente en trampas. Vasili
era honrado pero carecía de agudeza, por lo que se adueñó de un camino erróneo.
Y lo mismo le ocurrió a Mijaíl. La sociedad trataba la falta de viveza como un
delito, y en la práctica así era.
Si
hubiera sido una persona con conciencia, se habría arriesgado con gusto a huir,
pero el hombre no podía hacer eso. Ahora a su lado estaban su hijo recién
nacido y su esposa que acababa de dar a luz, y sobre él recaía la obligación de
mantener con vida a ambos como fuera.
El
hombre cumplió la promesa que había hecho a solas con su hijo. Continuó
manteniendo su hilo vital manchándose las manos con sangre humana en lugar de
sangre de bestias. Para conservar su última conciencia, el hombre dijo que no
quería tratar con gente corriente, y a partir de entonces Vasili se convirtió
en el sabueso de Ígor.
Vasili
comenzó a combatir contra los criminales de otras agrupaciones que amenazaban a
Ígor. Los días en que él regresaba herido, Katia ocultaba bajo la sombra el
contorno de sus ojos enrojecidos y curaba a su esposo con la experiencia y los
conocimientos que había adquirido.
Desde
entonces fue cuando Ekaterina comenzó a curar a los heridos. En lugar de los
pecados de su esposo, ella salía a cuidar de los necesitados y pobres, y si
surgía alguien lesionado a causa de Ígor, visitaba sus casas a altas horas de
la noche para ayudar con sus curaciones. En una pequeña ciudad que ni siquiera
contaba con un hospital privado, Katia era la única persona que curaba sin
preguntar nada.
Cuando
alguna parte del mundo se iluminaba, la oscuridad caía sobre otra. Sarátov era
un vecindario que proyectaba sombra, y a medida que la oscuridad crecía, Katia
se ocupaba más. Cuando Yuri se quedaba solo en casa, tomando como iluminación
la luz de la luna que se filtraba a través de una ventana ruinosa, Katia solía
prepararle un medovik y dejárselo en la mesa.
Katia
abrazaba con fuerza al hijo que despedía a la madre que salía con un gorro de
lana puesto, le besaba la coronilla y le susurraba de este modo:
‘Si
te esfuerzas por vivir rectamente, Dios nos redimirá. Mi pequeña cuenta’.
De
los brazos de la madre emanaba el olor a la miel que se había usado para
preparar el medovik.
‘Duerme
bien, Yuri-ah.
Inhalando
aquel olor dulce y fragante que hacía olvidar todas las preocupaciones, Yuri
creía en las palabras de su madre. Que algún día Dios ayudaría a lavar la
tristeza que se posaba en los rostros del padre y de la madre.
También
hubo noches en las que Yuri rezaba y rezaba.
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En
lugar de quedarse dormido con facilidad, Yuri no solía tener sueños. Cada vez
que Alexei se quejaba de haber tenido un sueño desagradable, él sonreía con
calma y experimentaba vicariamente a través de los labios de su amigo lo que
era un sueño.
El
sueño desagradable de los que hablaba Alexei solía ser de contenido feliz.
Situaciones como reconciliarse con Valeri, el hermano menor que lo aborrecía a
muerte, y ponerse a construir un Napoleón juntos, o que Ígor fuera atrapado por
la policía y reventara, y cosas por el estilo.
Dado
que al oírlo no parecía un mal contenido, cuando Yuri por qué le resultaba
desagradable, Alexei encendía un cigarrillo y le soltaba una respuesta simple:
Al despertar, la realidad se vuelve miserable.
Era
verdad. A partir de entonces, Yuri no volvió a preguntar por los sueños de
Alexei, y este tampoco profería el futuro que anhelaba. De este modo, ambos se
convirtieron en el pilar del otro. En lugar de pronunciar vanas esperanzas,
optaron por comprender y respaldar la realidad que les había tocado vivir.
Y
a los demás, que no eran Alexei, tampoco es que tuviera ganas de explicarles
los pormenores de su vida. Al fin y al cabo, sabía de sobra que para un
extraño, Yuri no pasaba de ser un simple criminal.
Como
alguien que es arrastrado a la superficie tras sumergirse en el fondo del mar,
Yuri despertó de golpe. A continuación sintió la picadura de una luz solar
agresiva que le traspasaba los párpados, y los sonidos que habían estado
bloqueados volvieron a resonar en sus oídos. Escuchaba el trino de los pájaros
y, a lo lejos, el murmullo de gente charlando.
...¿A qué hora me habré dormido?
Hasta
hace un momento recordaba estar en una carretera oscura y solitaria, pero al
abrir los ojos lo que se extendía a su alrededor era una gasolinera iluminada
por todos lados. Enderezando el cuerpo con un respingo sobre el asiento, Yuri
escudriñó los alrededores a toda prisa. Era una estación de servicio con una
zona de aparcamiento lo bastante amplia para dar cabida a una decena de
camiones, y contaba con una tienda y un Tim Hortons adosados.
Tenía
la intención de cerrar los ojos solo un instante, por lo que le pareció absurdo
despertar y encontrarse con que ya era de día. Por lo general, aunque durmiera
profundamente, rara vez superaba las cuatro horas de sueño, pero al ver la
posición del sol, estaba claro que ya debían de ser más de las ocho de la
mañana. Sacó el teléfono para comprobarlo y, tal como sospechaba, marcaba justo
un poco más de las nueve.
A
causa de haber olvidado ponerlo a cargar, la batería estaba dando los últimos
coletazos. Al revisar el móvil justo antes de que se apagara, vio que tenía dos
llamadas perdidas de Alexei, mezcladas con varios mensajes de Heather y de él
mismo. Mirando con la vista fija la pantalla apagada, Yuri abrió la guantera
para buscar el cable, pero el que dejaba siempre allí no aparecía por ningún
lado.
Y Chariot tampoco.
Al
contemplar el asiento del conductor completamente vacío y la ventanilla bajada,
le empezó a dar vueltas la cabeza. El precio de haber dormido con tanta
profundidad fue toparse de bruces con una retahíla de incógnitas. Dónde se
encontraba exactamente, por qué habían desaparecido el cable y Chariot...
preguntas que exigían una respuesta inmediata se arremolinaron en su mente.
Lo
primero que hizo fue revisar los asientos traseros. El respaldo del copiloto
había sido reclinado casi por completo hasta los 180 grados, dejando la parte
posterior a la vista, y la maleta de Chariot seguía intacta justo detrás del
puesto de conducción. Tras deducir que al menos no había huido, distinguió una
chaqueta depositada sobre sus muslos. Era la prenda negra que llevaba Chariot.
¿Y esto ahora qué...
Si
lo que quería era quitarse la ropa, bastaba con dejarla en el asiento de atrás,
así que no entendía por qué demonios se había molestado en ponérsela encima de
su propio cuerpo. ¿Lo habría hecho para que quedara a la vista? Frunciendo el
ceño, Yuri se disponía a apartar la chaqueta cuando vio acercarse a lo lejos a
un tipo de complexión robusta. A pesar de llevar un gorro de lana encasquetado
y gafas de sol, bastaba un simple vistazo para reconocer a Chariot.
Chariot
avanzaba hacia el coche con pasos ligeros, como si fuera de paseo por el campo.
Sostenía sendos vasos de papel rojo en ambas manos, mientras una bolsa de papel
bastante grande pendía y se balanceaba de su muñeca. Era una actitud pasmosa y
demasiado despreocupada para alguien que, apenas nueve horas antes, había
estado a punto de morir acribillado a balazos, dejándolo sin palabras.
Al
percatarse de que Yuri se había incorporado, Chariot de repente le sacudió la
mano que sostenía el vaso a modo de saludo. Desde luego, no mantenían la clase
de relación que justificara un saludo semejante a esa distancia, pero por si
fuera poco, Chariot apresuró el paso. Tras dar unas cuantas zancadas con sus
largas piernas, se plantó en un santiamén frente al automóvil.
“¿Has
despertado, Bella Durmiente?”.
Saludó
Chariot, asomando bruscamente el torso por la ventanilla abierta del conductor.
Al estirar el brazo hacia el interior para tenderle el café, Yuri se vio
obligado a aceptarlo por reflejo. Aquel apelativo de Bella Durmiente hizo que Yuri
cayera en la cuenta de cuán profundamente se había dormido y de que Chariot lo
había estado contemplando en ese estado. El sentimiento de fracaso lo invadió
al pensar que había expuesto sus puntos débiles ante un perfecto desconocido, y
para colmo, alguien tan poco fiable como Chariot, y no ante amigos de toda la
vida.
“...Supongo
que no habrás olvidado que soy un criminal al que detestas profundamente,
¿no?”.
“A
fin de cuentas, la realeza siempre está plagada de criminales. En el pasado se
castigaba a la gente por cosas que ni siquiera eran delitos”.
Un
intenso y tostado aroma a granos de café desprendido del vaso impregnó el
ambiente. Tras el descanso, el olor le devolvió la vida al cuerpo, haciéndole
sentir que recuperaba las fuerzas. Yuri se contuvo de darle un trago inmediato
al café; aunque no era que desconfiara por completo de Chariot, tampoco podía
poner las manos en el fuego sobre lo que pudiera contener el líquido.
...Aunque
si hubiera querido matarme, ya lo habría hecho antes.
Al
ver que Yuri aceptaba el café con el entrecejo fruncido sin pronunciar palabra,
Chariot debió de malinterpretar su silencio y corrigió sus propias palabras:
“No
se puede hacer nada. Si no te gusta el príncipe, te pondré lobo”.
“¿Qué?”.
“Es
un apodo que se me ocurrió porque actúas como un lobo solitario. Pensándolo
bien, como solo tú andas por ahí llamándome por mis apodos, sentí que yo
también necesitaba buscarte uno”.
“Llámame
Campbell”.
Yuri
mencionó el apellido que constaba en su documento de identidad falso. Chariot
soltó una carcajada burlona mientras abría la puerta del vehículo para subirse.
“¡Pero
si te he dicho que hay que usar un apodo!”.
En
el preciso instante en que Chariot tomó asiento, el chasis del coche dio una
sacudida. El interior, hasta entonces desocupado, se llenó de golpe con la
imponente presencia de Chariot. Al mismo tiempo, el silencio circundante
comenzó a disiparse con la algarabía exterior.
“Wolfie
me parece perfecto. Da la casualidad de que mi cuento infantil favorito es
justo Wolfie el Conejo. Si tienes la oportunidad, deberías echarle un vistazo
alguna vez; es un libro verdaderamente magnífico”.
“Con
Campbell me basta y me sobra”.
“Wolfie,
aquí tienes el desayuno. Por desgracia no hay carne roja, así que por ahora
tendrás que conformarte con esto”.
Ignorando
la petición de Yuri, Chariot colocó su propio café en el posavasos y procedió a
sacar un panecillo y un bagel de la bolsa de papel.
“Por
la mañana lo único que venden en Tim Hortons es esto. He comprado un muffin y
un bagel. He pasado de pedir papel envolvente porque es un fastidio que se te
manche todo en las manos”.
Chariot
le extendió la comida, sosteniéndola de forma que eligiera la que prefiriera.
Yuri estuvo a punto de reiterar su rechazo ignorado, pero al percibir el olor
que desprendía, bajó la vista hacia la comida. Como le daba igual qué comer,
optó por preguntarle:
“...Me
da lo mismo, quédate con lo que quieras”.
“¿De
verdad? ¿Entonces me como el muffin de beicon?”.
“Sí”.
¿A
qué viene preguntar semejante cosa si luego hace lo que le da la gana con los
apodos? Con un sentimiento de profunda incredulidad, Yuri le arrebató el bagel
de las manos. Con una musiquita tarareada en voz baja, exactamente igual a
cuando conducía, Chariot recuperó el muffin y sacó primero una croqueta de
patata de la bolsa. La tenía tan grande que el hash brown parecía una diminuta
porción de patata rallada.
Mientras
observaba de reojo cómo Chariot liquidaba el hash brown en apenas dos bocados,
Yuri titubeó un momento antes de inclinarse primero por el café. Ah. Sintió que
volvía a la vida. Al notar que la bebida penetraba en su estómago, la zona que
había permanecido vacía durante tantas horas se le irritó levemente,
obligándole a dar un mordisco al bagel a continuación.
Creía
haberse habituado sobradamente a pasar hambre, pero al haber disfrutado de algo
más de comodidad en los últimos años, su umbral de tolerancia ante el sueño y
el ayuno parecía haberse ablandado. En cuanto probó el bocado, el hambre acumulada
lo asaltó con voracidad, devorando el bagel en un parpadeo. Al haber estado el
día entero a dos velas, un solo bollo no bastaba para aplacar semejante
apetito.
Ya
que habían hecho una parada en la gasolinera, Yuri decidió salir a comprar algo
más de sustento. Tomada la decisión, se dispuso a doblar con prolijidad el
envoltorio de papel del bagel para introducirlo en la bolsa de gran tamaño,
pero al levantar la vista se topó de bruces con la mirada fija de Chariot.
“¿Qué?”.
Su
voz, entorpecida por el sueño de la mañana, salió arrastrada y baja. En lugar
de responder, Chariot le tendió el muffin que sostenía en la mano.
“Te
lo doy a ti, de manera especial”.
“No
lo necesito”.
“Venga
ya, es que marcas baratas como Tim Hortons no van demasiado bien con mi
paladar”.
Y
sin embargo, por lo que había visto antes, se lo había tragado a la velocidad
de la luz. Exhalando una risa seca, Yuri volvió a empujar la mano del hombre.
“Olvídalo.
Si con ir a comprar más se arregla”.
A
fin de cuentas, para alfas de la envergadura física de ambos, un par de
miserables panecillos apenas servían para calmar el apetito.
“Ah,
claro, existía esa opción. Como mi prioridad era pasar el menor tiempo posible
a la intemperie, se me había pasado por alto”.
Ante
sus palabras, Chariot abrió los ojos de par en par, como si hubiera alcanzado
una iluminación repentina. Al contemplar aquella actitud tan pasmada, Yuri
experimentó de nuevo la misma sensación del día anterior. Viéndolo tararear tan
alegremente a pesar de haber rozado la muerte por un disparo, percibía en él
una ingenuidad tan radical que era imposible apartar la mirada. No sabía si
obedecía a su naturaleza de nacimiento o si la gente corriente era así por
regla general, pero Chariot parecía una persona incapaz de calibrar la gravedad
de la situación en la que estaba metido.
Aunque
habiendo admitido que tenía miedo, supongo que tampoco es eso...
Tampoco
era de los que carecían por completo de capacidad para leer el entorno, y
contaba con ciertos recursos de supervivencia, pero viéndolo actuar de ese modo
resultaba imposible emitir un juicio definitivo. Prefiriendo suspender sus
conclusiones por el momento, Yuri abrió la puerta del coche.
“Quédate
quieto dentro”.
Justo
cuando se disponía a cerrar la puerta para salir, se detuvo por un segundo y se
volvió hacia Chariot, quien lo seguía con la mirada. Los ojos verdes se
desplazaban ágilmente siguiendo cada uno de sus movimientos.
“Sube
la ventanilla. Dejarla así de abierta facilita demasiado las cosas a cualquiera
que quiera reducirte”.
“Pero
tengo calor. Además, nadie me ha reconocido”.
“Enciende
el aire acondicionado”.
“El
aire acondicionado echa un aire frío y no me gusta”.
Chariot
se quejó. Al observar cómo el tipo que lo llamaba escoria se ponía a regatear
con caprichos, Yuri pensó que tenía que volver a levantar un muro entre él y
aquel sujeto. Tratándose de alfas, establecer una jerarquía estricta hacía las
cosas mucho más fáciles de manejar.
“No
soy tu niñera. Si no quieres morir, hazme caso”.
Ante
esas palabras, Chariot arqueó las cejas.
“Aunque
no te pongas a hablar de esa manera tan propia de un criminal, sé perfectamente
qué clase de persona eres”.
“Entonces,
¿por qué no andas con más cuidado? Tu actitud actual es demasiado confusa”.
Chariot
miró fijamente a Yuri. Al ver aquellos ojos verdes que brillaban con intensidad
bajo la potente luz del sol, Yuri pensó que, incluso para evitar que Chariot
perdiera su esencia y la ingenuidad que lo caracterizaba, él tenía que adoptar
una postura firme.
“Te
fías demasiado de la gente. Lo que pasó en el hotel ocurrió precisamente porque
tu identidad quedó expuesta al charlar con ese omega. ¿Acaso sabías que habían
subido fotos tuyas a las historias de Instagram? No se debe aceptar comida de
extraños a la ligera, ni tampoco dejar la puerta del coche abierta de par en
par. La escoria dispuesta a encañonarte con un arma o a extorsionarte pulula
por todas partes, incluso aunque no seas una celebridad”.
Ante
la advertencia de Yuri, el aire de puchero infantil se esfumó de su rostro y
apretó los labios con fuerza. De tanto devorar el hash brown a toda prisa, un
pequeño fragmento de patata se le había quedado pegado justo debajo de los
labios. Tal vez por eso Chariot le pareció todavía más joven. Aunque, pensándolo
bien, era cinco años menor que él. No, ¿cuatro? Había oído que su edad oficial
en el ámbito público era un año menor que la real.
Sin
embargo, por mucho que Chariot fuera joven, eso no significaba que fuera un
crío. Yuri había empezado a codearse con adultos y a trabajar en medio de ellos
desde que cumplió los doce años, y en aquella época aprendió que los criminales
cometen delitos sin importarles en absoluto la clase de persona que tengan
enfrente. Para esa calaña, el peso de la vida de su víctima carecía de
importancia; lo único que contaba era el hecho de poder explotarla.
Por
lo tanto, a los matones que perseguían a Chariot les importaría un bledo quién
o qué era él. Para ellos, no era más que un blanco al que eliminar.
Yuri
quería que Chariot volviera a tomar conciencia de su situación. Creía que, si
ambos mantenían la guardia alta, conseguirían reducir al mínimo las situaciones
de peligro.
“Tú...
¿vas a matarme?”.
Apenas
terminó de hablar, Chariot soltó una pregunta totalmente inesperada.
“¿Qué
clase de tontería es esa de repente?”.
“Te
estoy preguntando si vas a matar”.
“...Estoy
aquí precisamente para protegerte”.
“Es
verdad. Eres mi guardaespaldas. Aunque cancelé el contrato inicial, estás aquí
por petición de Heather debido a mi situación. Ah, en cualquier caso, como
estás trabajando para mí, por supuesto que te daré tu paga”.
Chariot
se detuvo un instante. Su rostro pálido, que hasta entonces solo había mostrado
una actitud despreocupada, se quedó sin expresión mientras se sumía en
profundos pensamientos. Bajando la mirada que tenía clavada en Yuri, Chariot
abrió los labios en un murmullo:
“Tal
como dice Heather, detesto profundamente a los criminales, pero...”.
Los
rayos del sol proyectaban sobre las mejillas de Chariot la sombra de sus
propias pestañas.
“Al
mismo tiempo, les temo”.
Sus
largas y finas pestañas de tono cobrizo temblaron levemente. Al escuchar
aquella confesión de miedo, Yuri sintió un vuelco en el estómago.
“Esa
gente hace sin dudar ni un segundo lo que yo jamás podría hacer. Por muy fuerte
que sea y por mucho que sepa pelear, hay una línea que no soy capaz de cruzar”.
Todo
lo que decía Chariot era cierto. La frontera entre una persona común y un criminal
se reducía a una simple línea trazada en el suelo. Esforzarse por no cruzar esa
delgada línea o renunciar a todo para elegir el camino más fácil era lo que
separaba a un ser humano de una bestia.
“Así
que no te preocupes. Si te sermonéo sin parar es solo un intento de mantenerte
a tu lado, no porque me sientas atracción como la primera vez que nos vimos. Ya
que a ti y a mí no nos queda más remedio que viajar juntos, al menos me
gustaría que el tiempo que pasemos compartiendo camino fuera un poco más
cómodo”.
Chariot
disipó de un golpe las inútiles preocupaciones de Yuri. Chariot no es que no
estuviera tenso; llevaba el miedo por dentro, pero simplemente se negaba a
demostrarlo.
Se
había equivocado con él. Había creído que era un ingenuo tan inmaduro que ni
siquiera era capaz de calibrar el peligro, pero al parecer era él quien
resultaba lo suficientemente peligroso a los ojos de Chariot.
Si
las cosas eran así, al menos podía estar tranquilo.
“¿Qué?
¿Te parezco patético porque parezco un alfa incapaz de estar a la altura de su
propio tamaño?”.
Con
el nivel de lucidez que demostraba al ser consciente de la clase de tipo que
era Yuri, está claro que no se pondría a seguir alegremente a cualquier
peligroso sin rechistar. Al parecer, había cometido el error de juzgarlo
basándose únicamente en su fachada.
“No”.
A
pesar de que la vida le había enseñado a golpes que jamás debía juzgar a las
personas por las apariencias, había caído de pleno en ese mismo error con
Chariot. Sacudiendo la cabeza, Yuri le regaló una disculpa:
“Si
ese era el motivo, retiro lo dicho”.
El
hecho de que Chariot no siguiera al pie de la letra los estándares que Yuri
consideraba ideales no significaba que no estuviera dando lo mejor de sí mismo.
“Juzgué
tu situación basándome en mi propia vara de medir sin conocer realmente tu
punto de vista”.
Ya
no quedaba nada que reprocharle a alguien que lidiaba con una ansiedad
constante provocada por circunstancias que escapaban a toda lógica. Aunque es
verdad que Yuri tampoco había deseado verse metido en semejante entuerto, si se
trataba de medir el grado de incomodidad, lo de Chariot era infinitamente peor.
Yuri
decidió ceder un poco y amoldarse a él. Al fin y al cabo, no era una relación
que fuera a durar mucho tiempo, y complacer en cierta medida a Chariot tampoco
le iba a suponer ningún perjuicio.
Al
escuchar las disculpas de Yuri, Chariot alzó despacio la cabeza. El parpadeo de
sus largas pestañas denotaba un atisbo de sorpresa. Yuri buscó deliberadamente
su mirada. Recordaba haberle oído decir a su madre que cruzar las miradas
ayudaba a tranquilizar a la gente; y que cuanto más alterada estuviera la otra
persona, más calmada debía mantenerse la parte encargada de apaciguarla.
“Será
mejor que te limpies los labios”.
Tras
señalar con la cabeza la boca de Chariot, Yuri dio un par de golpes secos con
la palma de la mano sobre la carrocería.
“Deja
la ventanilla abierta solo un poco. Volveré antes de diez minutos, así que no
te muevas de aquí”.
Si
se suponía que iba a ocurrir una desgracia, lo lógico era que hubiera pasado ya
hacía rato. Habiendo dormido profundamente durante tanto tiempo sin vigilancia,
se habrían dado las condiciones perfectas para que estallara cualquier
incidente, pero al ver que seguía con vida, el juicio de Chariot no había
estado tan desencaminado. Con que uno de los dos mantuviera los nervios de
punta era más que suficiente.
Tras
finalizar sus indicaciones, Yuri dio media vuelta para dirigirse a la zona de
descanso. Mientras lo veía alejarse, Chariot levantó lentamente una mano para
rozarse los labios. Sobre su rostro, al contemplar el fragmento de hash brown
que se le había quedado adherido a la yema de los dedos, se dibujó un atisbo de
desconcierto indescifrable.
*
* *
Sorprendentemente,
a pesar de que ya había pasado su buen tiempo desde que se había mudado a
Canadá, Yuri jamás había puesto un pie en el famoso Tim Hortons. En alguna que
otra ocasión había probado lo que T-Mac o Alexei compraban, pero nada más.
Nunca había sentido curiosidad ni el menor deseo de experimentar algo que todo
el mundo daba por sentado.
Yuri
se limitaba a cumplir con el mínimo indispensable para sobrevivir. Por ejemplo,
solo iba al supermercado cuando las despensas estaban a punto de vaciarse, o
salía a la calle exclusivamente a recoger piezas para el coche.
Eran
sus amigos quienes solían arrastrar a Yuri hacia el exterior, pero como cada
uno tenía su propia vida, no se veían demasiado. Su única forma de
entretenimiento consistía en escuchar la voz de alguno por teléfono cuando la
distancia se hacía pesada. Vivía de manera estrictamente ascética.
No
había visto cadenas de tiendas como esa desde que llegó a las grandes ciudades.
Sarátov era una región extensa con una población sumamente reducida. Debido al
clima inclemente, donde los inviernos alcanzaban fácilmente los cuarenta grados
bajo cero, los inmigrantes no solían afincarse allí; y dado que el destino
quiso que un despiadado criminal procedente de la Unión Soviética echara raíces
en esa misma tierra, Sarátov se mantuvo sumida en el atraso durante mucho
tiempo, doblegada bajo el férreo control de Ígor.
Aunque,
pensándolo bien, justo antes de marcharte parecía que en Sarátov empezaban a
surgir cosas de ese estilo.
A
diferencia del mundo de Yuri, que siempre parecía estático, el exterior se
transformaba con rapidez. Algo que parecía destinado a no cambiar jamás se
alteraba de repente de forma drástica, y personas que uno daba por sentado que
estarían siempre ahí terminaban desvaneciéndose sin previo aviso.
Yuri
prefería mantenerse firme en su sitio, observando desde la barrera cómo el
mundo cambiaba a su alrededor mientras él permanecía inmóvil.
Los
muros que lo confinaban se habían levantado con la anchura justa para que sus
amigos pudieran descansar un momento antes de marchar. Él era una presencia
nociva que no debía rebasar los límites de aquel cerco, y él mismo hallaba
cierta paz en ese espacio reducido. Dentro de sus murallas contaba con las
obligaciones asignadas, la comida justa para aplacar el hambre, algún que otro
cigarrillo y los libros que su madre solía leerle.
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Viviendo
así… era la primera vez que acudía a un sitio semejante por voluntad propia.
En
el interior del Tim Hortons, donde jóvenes empleados de aspecto aniñado se
movían de un lado a otro con prisa, Yuri completó su primer y torpe pedido.
Como no le agradaba cruzar miradas con los demás, mantuvo la cabeza gacha
mientras recitaba con voz inexpresiva lo que necesitaba. Al verle la cara, el
dependiente esbozó un gesto de sorpresa, pero disimuló su desconcierto de
inmediato y se apresuró a preparar los alimentos. El aspecto maltrecho y con
huellas de pelea de Yuri pareció asustar al muchacho, lo que le provocó un
incómodo remordimiento.
Tras
pedir exactamente lo mismo que había comprado Chariot, Yuri pasó por una tienda
de conveniencia. Cuando se disponía a salir tras coger únicamente agua y
tabaco, le cruzó por la cabeza la idea de que tal vez le vendría bien comprar
algo de picar. ¿Habría sido por culpa de Chariot y su confesión de miedo? Sus
pasos se detuvieron de golpe frente al pasillo de los chocolates, un rincón que
de otro modo habría ignorado por completo.
Los
estantes rebosaban de chucherías. Gominolas de aspecto empalagoso, tiras de
Twizzlers, barritas de chocolate de todo tipo y caramelos desfilaban ante sus
ojos, abrumándole la vista.
No tengo la menor idea de qué es cada cosa.
Como
casi nunca había probado golosinas durante su crecimiento, Yuri era incapaz de
adivinar a qué sabía semejante acumulación de azúcar. De niño nunca le sobró
calderilla para gastar en tiendas, por lo que el medovik que su madre le
preparaba seguía siendo el único recuerdo claro que conservaba del sabor de un
postre.
A
partir del fallecimiento de su madre, hasta los dulces de tradición rusa habían
desaparecido de su dieta. El sabor azucarado se transformó en un recordatorio
constante de su madre, haciendo palpable la ausencia de una persona querida que
ya no estaba a su lado. De repente, la comida dulce dejó de ser un motivo de
alegría para convertirse en el símbolo de una pérdida incurable.
Incapaz
de calcular los gustos de una estrella del deporte cinco años menor que él,
Yuri terminó cogiendo al azar una bolsa de caramelos, unas patatas fritas y una
barrita de chocolate que anunciaba un extra de proteína. Mientras se preguntaba
si estaría bien meterle semejantes porquerías a un cuerpo de élite, terminó pasando
por caja.
Al
salir a la calle, el cielo brillaba con una intensidad deslumbrante. Soplaba
una brisa fresca, en su justa medida, impregnada del aroma de la vegetación.
Aquella mediodía a solas en una carretera desconocida, tras haberse
acostumbrado solo a alternar entre su casa y el taller mecánico, se antojaba
hermosa hasta el punto de resultar un tanto intimidante.
Apenas
pensó eso, Yuri apartó los ojos del cielo. Al bajar la cabeza, vio la bolsa de
papel de la tienda de conveniencia colgada de su mano con torpeza. Contemplando
el envoltorio con fastidio, metió la mano en el bolsillo izquierdo del abrigo
para regresar a la realidad. Sus dedos tropezaron con los dos teléfonos
desechables que había requisado la noche anterior a los intrusos.
Antes
de llamar a Alexei, Yuri sopesó dónde esconderlos. Sería mejor dejarlos en un
sitio donde Alexei pudiera encontrarlos antes de alejarse demasiado. Su plan
original era deshacerse de ellos al salir del hotel, pero...
El
recuerdo de los disparos devolvió su mente divagante al presente. Un presente
impregnado por el olor a pólvora mezclado con grasa y el rastro de sangre que
corría por su nariz, muy lejos del refrescante aroma de la hierba.
Tras
pensárselo mejor, Yuri apagó los teléfonos desechables y se dirigió al baño de
hombres. Situado entre el Tim Hortons y la gasolinera, el aseo estaba bastante
limpio, lo que delataba un buen mantenimiento. Comprobó en silencio que no
hubiera nadie y, tras rebuscar un momento en la papelera de las toallas de
papel, deslizó los móviles hasta el fondo.
Si
Alexei logra recuperarlos y rastrea los números de contacto, tal vez consigan
alguna pista.
Con
la tarea urgente resuelta, Yuri se detuvo frente al lavabo antes de marchar. El
hombre de piel pálida reflejado en el espejo vestía con la misma dejadez
taciturna que caracterizaba su existencia. El hematoma en el pómulo, recibido
durante la pelea, se había oscurecido mientras dormía hasta adquirir un tono
rojizo y negruzco. Y pensar que he estado paseándome con esta cara. Yuri
dejó escapar una leve risa sarcástica mientras depositaba la bolsa junto al
lavamanos. Al abrir la llave, brotó un chorro de agua helada. Cuando sumergió
los dedos con lentitud, un escalofrío le recorrió la espalda.
Tras
lavarse la cara con aquella agua fría que contrastaba con la calidez del
exterior, Yuri salió de los baños. Habrían pasado unos quince minutos, calculó.
Le preocupaba haberse pasado del cuarto de hora pactado, así que apresuró el
passo.
Para
su alivio, Chariot seguía sano y salvo dentro del coche. No había escapado ni
se había puesto a charlar con ningún desconocido. Por si fuera poco, y
portándose bien tal como le había pedido, había subido la ventanilla casi del
todo, dejando únicamente una rendija por la que apenas cabía un dedo.
Al
ver que Chariot lo fulminaba con la mirada desde el asiento, con una expresión
de morros que le resultaba tan extraña como cómica, una sensación
indescriptible se apoderó de él. No era una impresión que se pudiera explicar
con lógica, sino más bien la extrañeza de presenciar a un ser en un lugar al
que no pertenecía. Era como meter un león en un apartamento, o como si alguien
hubiera plantado un globo rosa en mitad de un bosque espeso. Aunque costaba
encontrar la palabra exacta, le parecía absurdo tener a alguien tan ajeno a su
mundo dentro de su propio coche.
Y,
pensándolo bien, parecía también un perro grande enfurruñado porque su dueño lo
había dejado solo.
En
cuanto Chariot distinguió a Yuri a lo lejos, no le apartó los ojos de encima.
Tan pronto como este abrió la puerta y se metió en el lado del copiloto,
Chariot adoptó un semblante mucho más alegre que antes y le habló con aquel
tono jovial y exasperante:
“Estaba
a punto de morir ahogado esperándote”.
Aunque
le encantaba exagerar, tampoco era para tanto. O tal vez ya se había habituado
al ritmo en cuestión de horas. Yuri encajó el comentario con total
indiferencia.
“Pero
si habías dejado la rendija abierta”.
“Tengo
una capacidad pulmonar enorme, con ese hilillo de aire no me llega”.
Claro
que sí. Yuri asintió con la cabeza en silencio antes de indicarle con un gesto:
“Pásate
al otro lado. A partir de aquí conduzco yo”.
“¿Y
se puede saber a dónde vamos?”.
“Dudo
que el navegador esté de adorno. Con solo decirle el destino, saldrá la ruta”.
Chariot
vaciló con un sonido dubitativo antes de salir del asiento del conductor. Al
comprobar que, a pesar de sus quejas, empezaba a obedecerle con bastante
docilidad, Yuri pensó que lidiar con él era un poco más sencillo que al
principio. Tras efectuar el cambio de puestos, Yuri le arrojó con displicencia
la bolsa de papel a Chariot, que ya ocupaba el asiento del copiloto. Al ver el
bulto caer sobre sus muslos, Chariot inclinó el torso hacia adelante.
“¿Eh?
¿Por qué hay tantas cosas?”.
La
voz de Chariot se iluminó mientras rebuscaba en el interior con la curiosidad
de un crío. Sin esperar a que Yuri le diera explicaciones, sacó una barrita de
chocolate de la bolsa y se quedó mirándolo fijamente.
“¿Tenías
tanta hambre?”.
Yuri
sopesó cómo explicárselo. Habría preferido arrancar sin decir una palabra, pero
comprendió que, además de tener que buscar el cable de carga, Chariot no
cerraría la boca hasta obtener una respuesta. Sin más remedio, Yuri le echó un
vistazo rápido a la bolsa, fijó de nuevo la vista al frente y masculló:
“Es
para ti”.
“¿Para
mí?”.
Chariot
hurgó entre los snacks con un desconcierto divertido antes de soltar una risita
ahogada.
“¿Tanto?
Me gusta comer, pero tampoco para tanto”.
¿Habría
comprado demasiado? Como jamás consumía tentempiés, Yuri no tenía la menor idea
de cuánta hambre lograba calmar una simple barrita de chocolate.
“No
me digas que... ¿como no sabías qué te gusta, has comprado de todo por si
acaso?”.
Preguntó
Chariot en tono de broma. Yuri aferró el volante y guardó silencio unos
segundos. Responderle que sí le resultaba un tanto incómodo, así que optó por
soltarle la verdad hasta donde le permitía su orgullo:
“Se
supone que lo dulce ayuda a calmar los nervios”.
En
otras palabras: cómetelo y cállate de una vez.
“...Vaya”.
Chariot
se quedó con los labios sellados, como una persona sorprendida por un regalo
inesperado, haciendo que el interior del coche quedara en un silencio incómodo.
En medio de aquella atmósfera cargada de estática, Yuri se quedó rígido
mientras fulminaba con la mirada el volante sin motivo alguno. Como el silencio
empezó a hacerse cada vez más espeso, sintió la necesidad de comprobar qué
demonios estaba haciendo Chariot, así que, titubeante, se volvió hacia un lado.
Y
sus miradas se cruzaron.
Chariot
lo observaba fijamente con sus ojos verdes. Quizás porque sus largas pestañas
de tono cobrizo cubrían como una alfombra aquella suave mirada, se veía
inusualmente dócil en comparación con su actitud habitual. Aquellos ojos
transparentes y brillantes, que reflejaban la luz, se movieron con lentitud en
cuanto Yuri le devolvió la mirada.
“Gracias”.
Al
contemplar la comisura de sus ojos curvada con suavidad, la sensación que había
experimentado un momento antes al mirar el cielo volvió a abalanzarse sobre él.
Como un paisaje demasiado hermoso pero que uno no se atreve a robar con la
mirada, la imagen de aquel hombre dándole las gracias se antojaba como un trozo
de otro mundo que no le estaba permitido a Yuri.
Jamás
se habría imaginado escuchando un agradecimiento de labios de una persona
corriente. Y menos aún por segunda vez.
Podía
llegar a entender un gracias por haberlo salvado. Dado que se trataba de una
situación de vida o muerte, era lógico que un civil como Chariot experimentara
cierta sensación de deuda. Pero dar las gracias por unos simples snacks
insignificantes, viniendo de alguien que dejaba olvidados cientos de dólares
sobre la mesa como si nada, era un asunto completamente diferente.
Y
todo eso sabiendo perfectamente qué clase de criatura era él.
Quizás
por haber recibido una muestra de cortesía que jamás debería dirigirse a un
criminal, el interior de sus orejas le picaba y le quemaba de un modo
insoportable. Apartando el rostro con lentitud, como si rompiera a la fuerza el
contacto visual, Yuri le replicó con total desdén para restarle cualquier
atisbo de significado especial a las palabras de Chariot:
“A
fin de cuentas, ahora mismo soy tu empleado”.
Las
palabras de agradecimiento seguían repitiéndose una y otra vez en sus oídos, y
Yuri deseaba con toda el alma ahogarlas.
“A
partir de ahora, preferiría que te ahorres los agradecimientos”.
Conociendo
muy bien el vacío inmenso que deja aquello que estuvo presente y de pronto
desaparece, él no quería volver a permitir que nada semejante cruzara jamás el
umbral de su vida.
Aunque
el tono de Yuri adoptaba la forma de una sugerencia, sonaba a medias como una
amenaza implícita y coercitiva. Si se hubiera tratado de los miserables a los
que solía escarmentar en el pasado, le habría bastado con una única advertencia
antes de pasar a la acción física para doblegarlos; sin embargo, con Chariot,
lanzar aquella simple advertencia era lo máximo que podía permitirse. De por sí
ya le pasaba por alto ciertas actitudes precisamente por tratarse de un civil,
pero tras haberle visto aquellos ojos teñidos de miedo, a Yuri le resultaba un
poco más difícil lidiar con él.
A
Yuri le intimidaban los seres débiles. Por lo general, se suele decir que la
gente le teme a quienes son más fuertes que ellos, pero en su caso ocurría
exactamente lo contrario.
Del
mismo modo que bastaba un roce para hacer añicos las alas de una mariposa, la
gente corriente se quebraba con una facilidad pasmosa, y el propio entorno al
que Yuri estaba habituado le resultaba aterrador para alguien así. Su madre le
había enseñado desde niño que los acontecimientos habituales en su propia vida
solían resultar sumamente violentos e incómodos para una persona normal. Y
luego, Katia se lo repetía una y otra vez, día tras día:
‘Aunque
no todas las personas débiles necesiten de tu ayuda, siempre debes respetarlas.
Si puedes permitirte ser una persona fuerte no es porque seas superior a los
demás, sino porque, gracias a la gracia divina, tienes la fortuna de poder
mantenerte en pie sobre esta tierra’.
Aunque
Yuri hacía mucho tiempo que había dejado de creer en Dios y ya no compartía esa
fe ciega en las palabras de su madre, aquellas lecciones de antaño seguían
grabadas en lo más hondo de su pecho como si de un epitafio se trataran.
No
obstante, Chariot era un caso ambiguo. Se trataba de un alfa de complexión
imponente, un deportista dotado de unas condiciones físicas magníficas que no
necesitaba en absoluto de la ayuda de Yuri. Por lo tanto, Chariot no era en
absoluto un hombre débil en el plano físico, y además poseía la suficiente
sangre fría como para reducir él solito a los criminales que habían asaltado su
habitación de hotel.
Aun
así, la imagen de aquel hombre —alguien que había osado cruzar la línea del
mismo modo que él— confesando que sentía miedo se le había quedado grabada a
fuego en la memoria, impidiéndole mostrarle la hostilidad afilada con la que
solía tratar a los demás desde el principio.
“No
me da la gana”.
Y,
como si hubiera adivinado los recovecos de la mente de Yuri, Chariot replicó de
inmediato con una respuesta diametralmente opuesta a sus deseos. Ante aquella
réplica tajante, que no dejaba margen a la deliberación, el entrecejo de Yuri
se contrajo ligeramente.
“Como
bien has dicho tú mismo, soy tu jefe, así que haré lo que me plazca”.
Lejos
de conformarse con darle una contestación insatisfactoria, Chariot señaló de
nuevo las compras del Tim Hortons que Yuri acababa de traer y añadió una vez
más:
“Además,
pienso comerme el desayuno muy a gusto. Gracias”.
De
verdad que...
Una
sensación de picor irritante trepó desde el fondo de su esófago, como si
hubiera tragado pelusa. Convencido de que seguir discutiendo sobre este asunto
solo le acarrearía pérdidas, Yuri decidió reconducir la conversación hacia la
cruda realidad.
“Había
un cable cargador de móvil en la guantera. ¿Has sido tú quien lo ha cogido?”.
Tras
intercambiar lo estrictamente necesario, había tomado la firme decisión de
limitar al máximo cualquier otra charla trivial. Una cosa era andar con pies de
plomo para tratar a Chariot, y otra muy distinta tener que aguantarle los
caprichos a cada paso.
“Ah,
sí. Tu compañero se encargó de dejarme la batería externa, pero se olvidó del
cable. Como estabas durmiendo y me daba cosa despertarte, me puse a buscarlo y
lo encontré por mi cuenta”.
Con que me tiene miedo, ¿eh? Pero para registrar mi coche bien
que se apaña. A Yuri le pareció
algo absurdo, pero prefirió no señalarlo.
“Dámelo”.
Ante
la exigencia, Chariot asintió con la cabeza y, de repente, se inclinó hacia el
asiento del conductor invadiendo su espacio. La proximidad tan brusca de
Chariot hizo que Yuri se sobresaltara y le agarrara con firmeza de los hombros.
“¿Qué
se supone que haces?”.
La
distancia se acortó tanto que parecían a punto de fundirse en un abrazo, provocando
que Yuri frunciera el ceño con contrariedad. Chariot parpadeó lentamente con
sus largas pestañas mientras lo miraba fijamente y luego hizo un gesto con la
barbilla hacia su propio hombro.
“Había
dejado mi batería externa en el compartimento de la puerta, y el cable sigue
enchufado ahí. Intentaba sacarlo para dártelo en mano”.
Apenas
oyó la explicación, Yuri giró la cabeza de un golpe hacia la izquierda.
Efectivamente, la batería y el cable descansaban en el hueco inferior de la
puerta del copiloto. ¿Cómo demonios no lo había visto? Tras recriminarse
mentalmente su propia falta de atención, Yuri aumentó la presión de los dedos
sobre el hombro de Chariot, aplicándole una advertencia silenciosa para que se
apartara.
“Si
vas a hacer algo así, dilo antes en lugar de actuar de esta manera tan
extraña”.
“Ya
te lo dije antes. Quiero intentar que la situación de estar contigo sea lo más
cómoda posible”.
“¿A
qué te refieres con...”.
¿De
verdad llamaba a eso una forma cómoda? Al advertir la duda reflejada en los
ojos azules de Yuri, Chariot asintió con naturalidad.
“Es
que a mí me gusta el contacto físico con la gente. Mis amigos ya están más que
acostumbrados a esa manía mía; notar el calor corporal me hace sentir vivo y me
ayuda a conectar con los demás... Bueno, claro está, siempre y cuando no se
trate de alguien a quien le resulte desagradable”.
“A
mí me resulta sumamente desagradable”.
Sin
el menor atisbo de vacilación, Yuri dejó claro de inmediato que él formaba
parte del segundo grupo. Sin embargo, Chariot no retrocedió ni un centímetro.
“Contigo
es distinto. Quieres hacerme sentir seguro, ¿no es así?”.
“Cuándo
he dicho yo...”.
“¿Acaso
no fue por eso por lo que me compraste los snacks?”.
Yuri
se quedó momentáneamente sin palabras. Le resultaba francamente difícil negar
que el motivo por el cual se había detenido frente a los estantes de la tienda
era, en el fondo, por culpa de Chariot.
“Los
snacks están bien, pero prefiero el contacto físico”.
Apenas
la distancia de un par de dedos. Susurrando a esa escasa separación, la
cercanía extrema hizo que la mirada de Yuri se desviara por pura inercia hacia
los labios del otro. Contrariamente a lo que cabría esperar de un alfa,
aquellos labios lucían un tono rosado sorprendentemente vivo. El color era tan
inusual que a uno se le pasaba por la cabeza la idea de si llevarían algo
pintado; era una tonalidad que rompía por completo con cualquier asociación a
las palabras ‘hombre’ o ‘alfa’.
Y,
sin embargo, no le resultaba repulsivo. Al contrario, poseía un tono tan
curioso que incluso despertaba el fugaz impulso de querer tocarlo; al
percatarse de lo que estaba pensando, Yuri apartó la vista de golpe con el ceño
fruncido. ¿Qué demonios estoy haciendo? Cómo era posible que hubiera
permitido que un alfa al que conocía de apenas un día invadiera de esa manera
su espacio vital.
Era
una cercanía excesiva. Un margen que jamás le había concedido a nadie. Ni
siquiera a Aliosha, a quien conocía desde hacía tanto tiempo, se le había
presentado jamás la oportunidad de mirarlo tan de cerca.
¿Habían
sido aquellas palabras cargadas de una dulce insistencia las que le habían
restado firmeza a la mano con la que intentaba apartar el hombro de Chariot? Al
percibirlo, Chariot bajó la mirada para examinar con calma la mano de Yuri que
lo sostenía, y con lentitud, alzó su propio brazo para entrelazar sus dedos
sobre el dorso de la mano ajena. La palma de Chariot era cálida y firme. El
tacto de las callosidades forjadas tras años de esfuerzo físico parecía relatar
otra faceta totalmente distinta de su personalidad.
Acariciando
con suavidad el dorso de la mano, los dedos de Chariot descendieron poco a poco
hasta sujetarle la muñeca. A pesar de que la muñeca de Yuri no era precisamente
delgada, quedó atrapada sin esfuerzo bajo el agarre de Chariot.
Guiado
por Chariot sin saber cómo, Yuri se encontró de pronto con la mano apoyada
sobre el pecho del otro. A través de la gruesa tela de la sudadera, podía
percibir un calor intenso y unos músculos firmes. Aquel contacto corporal tan
evidente le produjo una sensación extraña. Le resultaba insólito tocar de ese
modo a otro alfa, y el hecho de estar haciéndolo justo en la zona donde se
albergaba el corazón hizo que Yuri se pusiera en tensión.
¿En
qué demonios confiaba para exponer así sus puntos vitales?
Al
advertir la mirada inquieta de Yuri, Chariot bajó despacio la cabeza.
Observando la pálida mano nudosa que reposaba contra su pecho, le susurró:
“Mi
corazón lleva latiendo a este ritmo desbocado desde anoche. Como si estuviera a
punto de empezar un partido. Ojalá fuera por ilusión, pero sé muy bien que no
es esa clase de sensación”.
El
aliento de Chariot rozó el dorso de su mano pálida y llena de cicatrices.
“Haz
que este pulso se calme. Haz que deje de asustarme estar a tu lado”.
¿Quién
en este mundo le pide a alguien que lo trate con dulzura para no tener miedo?
Chariot
parecía una bestia dispuesta a mostrar el vientre. Tenía la extraña impresión
de haber presenciado una escena en la que un león salvaje, desprovisto de su
ferocidad, decidía renunciar al combate para exponer voluntariamente sus
debilidades, pidiéndole que lo protegiera.
“Hazme
sentir la seguridad de que, en cualquier momento, cuando pongas las manos sobre
mi cuerpo, no vas a decidir estrangularme”.
Ante
una escena así, cualquiera habría aprovechado la ocasión para clavarle un puñal
en el vientre sin pensárselo dos veces.
Pero
a Yuri le desagradaba la caza, aborrecía la sangre y no soportaba presenciar el
sufrimiento ajeno.
Al
final, fue incapaz de apartar a Chariot. Entrecerrando los ojos con fuerza y
conteniendo la respiración mientras fulminaba con la mirada la mano apoyada en
aquel pecho, le pareció percibir los latidos resonando bajo la sólida
musculatura. Era un pulso encogido y tenso, como el de un niño aterrorizado.
Aquel
hombre, que llevaba una vida extraordinariamente superior a la de alguien como
Yuri, le inspiró de repente una profunda lástima. Es verdad, se había olvidado
por completo. Al fin y al menos, la gente normal le temía a las situaciones
donde salpicaba la sangre.
Por
muy imponente que fuera un alfa, una cosa era la fuerza física y otra muy
distinta la capacidad de convivir sin miedo con la maldad y la inmundicia.
“Solo
durante unos días”.
Tras
añadir esa última frase, Chariot lo liberó. Yuri retiró con lentitud la muñeca,
que por fin recobraba la libertad, y dándole la espalda a Chariot, sacó la
batería externa del borde de la puerta. Tras desenchufar el cable y entregarle
la batería, le habló sin llegar a cruzar su mirada con la suya:
“Cuando
dices unos días, ¿a cuánto tiempo te refieres exactamente?”.
“Como
mucho, diez días. Me puse en contacto con mi familia en Estados Unidos mientras
estabas durmiendo”.
“...¿No
se supone que, debido a la cláusula de confidencialidad, no debía filtrarse
nada de esto a tu familia?”.
Dañar
el buen nombre de la estirpe familiar estaba prohibido, y armar un escándalo
era una falta gravísima. Creía recordar que eso era lo que había dicho Chariot.
“Así
es para la gente del clan, pero la familia es otra cosa. Quise apañármelas por
mi cuenta para no preocupar a mi madre, pero... la cosa se ha desmadrado, así
que no me queda de otra”.
Al
escuchar la palabra «madre», Yuri guardó silencio por un instante. ¿Sería
porque Alexei, T-Mac y todos los que le rodeaban habían crecido huérfanos desde
pequeños? Hacía muchísimo tiempo que no oía pronunciar ese término.
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Por
suerte, el padre de Yuri seguía con vida, pero este siempre se refería a su
madre llamándola Katia... y evitaba hablar de ella en su presencia. Seguramente
porque el día en que ella falleció había dejado una cicatriz demasiado honda en
ambos.
Yuri
conectó el cable a la toma USB del vehículo, enlazó el teléfono y, tras abrir
la pantalla del navegador, volvió a hablar:
“A
diferencia de mí, supongo que será gente de fiar y con buenas intenciones,
¿no?”.
“Por
supuesto”.
Chariot
respondió con absoluta certeza, sin vacilar ni un segundo.
“Eran
mis guardaespaldas cuando era un niño, y siguen al pie del cañón custodiando a
mi madre desde que me vine a jugar a Canadá. Son como de la familia. Me fío
mucho más de ellos que de los parientes con los que comparto sangre”.
Yuri
no vio la necesidad de seguir interrogándole y se limitó a asentir. Había
escuchado por ahí que todas las familias son infelices a su manera; supongo que
cada cual cargaba con sus propios asuntos.
“De
acuerdo”.
Diez
días como máximo. No debería haber mayores problemas con eso.
“Durante
diez días procuraré seguirte un poco el juego. Pero te aconsejaría que tengas
cuidado con acercarte así de repente como hace un momento. A veces me cuesta
controlar la reacción refleja de prepararme para repeler un ataque sorpresa”.
“Ya
lo he vivido en propias carnes, así que lo sé de sobra”.
Pareciendo
mucho más tranquilo tras la respuesta afirmativa de Yuri, Chariot esbozó otra
vez aquella sonrisa radiante de cuando le había dado la bolsa de snacks y se dejó
caer pesadamente contra el respaldo del copiloto.
“Oye,
¿por qué va a tardar tanto? Con venir desde Estados Unidos con un día debería
bastar”.
“Cuestiones
de adultos”.
Obtuvo
una respuesta vaga. Tratándose de asuntos sobre los que uno prefería no dar explicaciones,
Yuri los conocía demasiado bien como para insistir, así que pasó página sin
indagar más.
“Será
mejor que nos pongamos en marcha. Dime el destino”.
Chariot
metió la mano en la bolsa de golosinas, sacó una barrita de chocolate, rasgó el
envoltorio con los dientes y replicó:
“Paraíso”.
“¿Qué?”.
“Vamos
a Paraíso”.
No
cabía la posibilidad de que existiera una ciudad con semejante nombre en este
mundo. Al quedarse mirándolo fijamente, Chariot dejó escapar una risita
ahogada.
“Pon
Big Fox. Por allí no pisan ni los turistas ni los vecinos meticones”.
Era
la primera vez que oía hablar de aquel sitio. Por el tono de Chariot, parecía
tratarse de un pueblo pequeño. Al introducir el nombre en el mapa, el indicador
marcó un trayecto de aproximadamente una hora y media. Ya no quedaba tanto para
llegar.
Una
vez fijado el destino, Yuri arrancó el motor y emprendió la marcha sin dudar.
En cuanto el coche se puso en movimiento, Chariot bajó la ventanilla por
completo como si estuviera esperando justo eso. Una ráfaga de aire fresco
barrió el interior del habitáculo, agitando su cabellera y dejando al
descubierto su blanca frente.
“Ah,
se me olvidaba. Hay otra cosa que tengo que comentarte”.
Como
ninguna de las noticias que le había dado Chariot hasta el momento había sido
buena, Yuri se limitó a responderle con un silencio sepulcral.
“He
sincronizado mi móvil con el Bluetooth de tu coche. ¿Te importa si pongo algo
de música para el camino?”.
“...¿Qué?”.
“Es
que conducir en silencio da sueño, no me ha quedado de otra. En plena autopista
casi no hay cobertura y la radio no sintoniza nada”.
Que
hubiera vuelto a manipular su coche por segunda vez a sus espaldas no le hacía
ninguna gracia, pero como parte de la culpa la tenía su propio sueño, podía
tragárselo por esta vez. Sin embargo, con la música no iba a pasar por el aro.
“Ni
hablar”.
“De
acuerdo”.
Sorprendentemente,
Chariot cedió sin rechistar.
“Bueno,
pues entonces ya me encargo yo de ir cantando todo el trayecto”.
Vaya...
Yuri
pisó el acelerador con más fuerza de la habitual. El coche dio un violundo
estirón hacia adelante, provocando que el cuerpo de Chariot se fuera hacia
atrás y golpeara la parte posterior de su cabeza contra el reposacabezas. Lejos
de quejarse, Chariot soltó una risa infantil y se arrancó a cantar:
Tiene
un sabor a fresa de una tarde de verano. Suena casi como una melodía.
Quiero
comer más fresas. Y sentir esa misma sensación estival.
Es
tan mágico y cálido.
Inálame,
exhálame.
Siento
que no puedo marcharte.
Solo
digo lo que pienso.
Parece
que jamás podré alejarme de ti.
Aunque
la voz le temblaba ligeramente por la risa y la afinación no era perfecta, el
canto que brotaba de los labios de Chariot sonaba suave y melancólico. Era la
primera vez que Yuri presenciaba a alguien cantando en directo de esa manera, y
el desconcierto lo asaltó de inmediato. Le parecía algo sumamente vergonzoso
que una persona real, y no un cantante en una pantalla, fuera capaz de
interpretar un tema con tanta dulzura.
Habría
preferido que fuera un desastre desafinado para poder soportarlo, pero verle
inclinado contra el asiento cantando con esa naturalidad hizo que le picara
todo el cuerpo. Sintiendo un picor insoportable que le trepaba hasta el fondo
de la garganta, tragó saliva con esfuerzo y abrió la boca para cortarle el tema
de tajo:
“Mejor
pon música. No pienso aguantar esto ni un minuto más”.
“¡Vaya,
qué pena! ¡Justo iba a empezar la mejor parte!”.
Yuri
giró el rostro para fulminarlo con una mirada de genuino fastidio, mientras Chariot
se encogía de hombros con una fingida expresión de lástima.
“En
fin, otra vez será. El concierto queda pospuesto para la próxima”.
Habiéndose
salido con la suya de una u otra forma, Chariot manipuló el teléfono un par de
veces y estiró el brazo hacia el control de volumen. Sus bonitos dedos giraron
la perilla y los acordes de una guitarra acústica comenzaron a llenar el
interior del vehículo. Aliviado al comprobar que no se trataba de otra
cancioncilla pop empalagosa como la de antes, escuchó los primeros compases de
una melodía apacible y animada.
Casi el paraíso, Virginia Occidental, montañas Blue Ridge, río
Shenandoah.
La vida allí es antigua: más vieja que los árboles, más joven
que las montañas, fluyendo como una brisa.
Era
una melodía que le sonaba de algo.
El
coche ya había dejado atrás la zona de descanso y se adentraba en una autopista
bañada por un sol resplandeciente. El paisaje de la autopista número uno
durante las horas diurnas mostraba un aspecto que Yuri jamás habría imaginado.
Montañas
inmensas y frondosas flanqueaban ambos lados de la carretera a modo de murallas
naturales. Tras superar los prados abiertos, los ab conifers se extendían hacia
el cielo desafiando el paso del tiempo, mientras que los gigantescos picos que
se alzaban a lo lejos mostraban crestas de roca esculpida tan blancas que
parecían cubiertas de nieve perpetua.
Caminos rurales, llevadme a casa, al lugar al que pertenezco.
Virginia Occidental, madre de las montañas, llevadme a casa,
caminos rurales.
Los
rayos del sol, proyectados bajo un cielo absolutamente despejado y de un azul
intenso, le laceraban la vista. Incapaz de mantener los ojos abiertos de par en
par debido al brillo cegador, Yuri los entrecerró por instinto. La brisa fresca
se colaba a raudales por la ventanilla que Chariot había dejado abierta. Las
notas musicales se entremezclaban con el aroma dulzón de las barritas de
chocolate que flotaba en el ambiente.
Diez días.
Yuri
contempló aquella inmensidad paisajística mientras murmuraba para sus adentros:
Con aguantar justo diez días, podré volver a ser yo mismo.
Mientras
se repetía esas palabras, los ojos azules de Yuri adoptaban un tono tan diáfano
y hermoso como el cielo sobre su cabeza, quizás a causa del reflejo del sol.
Era el color real de su mirada, ese que jamás se dejaba ver bajo las sombras.
Fin del volumen 1
