2. Whiskey Sour de cereza

 


2. Whiskey Sour de cereza

A diferencia de Sarátov, donde había lugares abiertos incluso pasada la medianoche, el centro de Vancouver se quedaba en silencio apenas daban las diez. La mayoría de los comercios cerraban y no circulaba ningún vehículo por las calles. A excepción de algún que otro vagabundo enganchado a las drogas o un borracho escandaloso, todos se habían retirado a sus madrigueras, dejando el Vancouver nocturno sumido en una absoluta quietud.

Mientras Chariot se duchaba, Yuri había salido un momento del hotel para fumarse un cigarro. Aunque ya era junio y se acercaba el verano, en aquel país el contraste térmico era tan fuerte que, antes de que llegara julio, el aire nocturno seguía siendo bastante fresco.

El humo del tabaco se dispersaba siguiendo la corriente del viento frío y seco que le rozaba las mejillas. A Yuri le gustaba ese aire helado. Odiaba el pequeño pueblo fronterizo donde había nacido, pero le encantaba el clima frío, con nieve durante más de la mitad del año. Los amigos de Yuri, incluido Alexei, solían quejarse a la menor ocasión de lo harto que les tenía el frío... pero, por extrañas razones, él prefería el invierno.

Cada vez que el viento cortante como cuchillas le rozaba la piel, el dolor le devolvía la sensación de estar vivo, y también le resultaba cómodo llevar una ropa que no le obligaba a ir mostrando un cuerpo plagado de cicatrices.

Mientras contemplaba en silencio la hilera de tiendas cerradas, el cigarro se consumió por completo. Y mientras se lo pensaba si encendía otro, vio que un coche se detenía justo enfrente del hotel. Era un vehículo conocido. Al parecer, Alexei había registrado de arriba abajo la casa de Chariot.

Incapaz de perder los viejos hábitos adquiridos en Sarátov, Alexei aparcó el coche torcido, abrió la puerta de un golpe seco y bajó de un salto. Yuri esbozó una ligera sonrisa al presenciar la escena. Luego, arrojó la colilla en la papelera situada en la entrada del hotel.

“¿Sabías que venía a pesar de que no te avisé?”

Nada más bajar del coche, Alexei lo descubrió al instante y se puso a agitar la mano. Ignorando por completo el paso de peatones y cruzando la calzada en diagonal, Alexei llevaba una maleta de viaje en la mano. Yuri, que vigilaba si venía algún coche en lugar de su amigo, gritó brevemente:

“Alyosha, el coche.”

Aun viendo el automóvil que se acercaba con los faros encendidos, Alexei mantenía la calma. Cuando dio el paso resuelto hacia la acera, Alexei se adelantó y le tendió directamente la maleta.

“El equipaje de tu admirador. Como pedía de todo, a mitad del camino paré de empacar. No pienso tocar la ropa interior de un alfa, así que dile que se la compre él. La cartera y el móvil también están ahí dentro.”

“¿Qué admirador ni qué ocho cuartos?”

“No te quitaba los ojos de encima ni un solo segundo, con eso basta para llamarlo admirador.”

Yuri soltó una risa seca mientras aceptaba la maleta. Haberse perdido la escena en la que Chariot se dedicaba a ligar con un omega durante aquel breve lapso de ausencia era una pena que Alexei no llegaba a imaginar.

“¿Y bien? ¿Algún novedad en el camino?”

“Todavía no. Tendremos que empezar a averiguar a partir de ahora.”

En cuanto terminó con el recado, Alexei dio media vuelta de inmediato, dispuesto a cruzar la calle, pero se detuvo un instante para revelarle un detalle más a Yuri.

“Heather va a pasar por aquí un rato. Le dije que estabas por esta zona y comentó que le apetecía venir a saludar a Chariot. Dice que tiene información investigada sobre ese dichoso grupito, así que escúchala tú de mi parte.”

Yuri asintió con un breve movimiento de cabeza.

“¿A qué hora llega?”

“A ver.”

Alexei sacó el teléfono del bolsillo.

“Calculo que en unos minutos.”

“Entonces esperaré aquí mismo.”

“¿Puedo darle tu número? Por si acaso nos cruzamos y nos despistamos.”

Desde que rescatara a Heather en el pasado, Alexei había mantenido el contacto con ella, mientras que Yuri se comunicaba indirectamente a través de su amigo. Para alguien que rehuía ampliar sus círculos sociales, los números de teléfono no eran algo que se entregara a la ligera.

Ante la pregunta de Alexei, lo primero que sintió fue un rechazo inmediato, pero Yuri terminó cediendo en silencio. Dado que este asunto guardaba cierta relación con Heather, la situación lo volvía necesario. Tampoco parecía ser del tipo de persona que se dedicara a importunarlo por capricho.

“Me voy. Llámame mañana.”

En lugar de señalarle que la fecha ya había cambiado, Yuri le preguntó otra cosa:

“Come algo primero. Aparte de aquel trago y el chocolate, no has probado bocado en todo el día.”

“Tratándose de un regaño tuyo, casi que se agradece. Pero no te preocupes, cuando llegue a casa Valerie me habrá preparado la cena.”

Ah. Es verdad. Con una pareja que se desvivía por cuidarlo de formas que él jamás conocería, resultaba estúpido preocuparse. Tras devolverle el comentario con una sonrisa burlona, Alexei se despidió con una seña y se marchó sin mirar atrás.

Solo cuando vio cómo Alexei arrancaba y se alejaba por la calle, Yuri entró de nuevo al hotel. Cargar con una maleta en plena calle de noche llamaba demasiado la atención, así que resultaba más sensato aguardar en el interior.

El vestíbulo estaba mucho más tranquilo que antes. Con la llegada de la medianoche, el bar del hotel también había cerrado, dejando el lugar desierto a excepción del empleado en la recepción. Envuelto en aquel silencio solemne, Yuri se sentó en un sofá y cerró los ojos por un instante. Llevaba despierto desde las cinco de la madrugada cumpliendo con sus rutinas, de modo que acumulaba casi un día entero en pie. Notaba los globos oculares secos y la fatiga pesándole encima.

Bien pensado, el sitio para dormir era un fastidio. Como no podía separarse de Chariot, tal vez debería haber reservado dos habitaciones desde el principio. Aunque no, el coste del hospedaje en un sitio así era demasiado elevado para meterlo en los gastos de la misión.

Como era su primera vez con un trabajo de esta índole, había calculado mal las cosas. Cierto era que ya había hecho de guardaespaldas para cabecillas de organizaciones en numerosas ocasiones, pero en esos casos el dispositivo se organizaba para montar turnos de vigilancia durmiendo fuera de las puertas o en el vestíbulo del hotel. Jamás se había visto en una situación donde tuviera que marchar pegado a su cliente las veinticuatro horas, por lo que no había tenido tiempo de planificar su propia estancia.

Mientras meditaba con los ojos cerrados sobre cómo resolverlo, el sopor comenzó a deslizarse sigilosamente. Justo cuando se masajeaba la nuca, debatiéndose si debía comprar un café antes de subir, escuchó que lo llamaban desde atrás.

“¿Señor Yuri?”

La voz de una mujer grabada en su memoria. Aunque no la escuchaba a menudo, la familiaridad bastaba para identificarla al instante, permitiéndole deducir que la visita esperada por fin había llegado. Al levantarse del sofá, vio a la mujer acercándose. Misma melena castaña recogida en un moño y las gafas redondas de montura fina que le daban ese aire de intelectual discreta, tal y como la recordaba la última vez. Heather Parsons. La periodista de la CTV.

“Has llegado.”

Intentó modular el tono para que sonara lo menos intimidante posible. Con las mujeres o los omegas solía esforzarse por mostrarse más afable de lo que era con los alfas, aunque por su propia naturaleza la amabilidad forzada le costaba un mundo. A fin de cuentas, consideraba que no había razones de peso para desgastarse emocionalmente.

“¡Sí! ¿Lleva mucho esperando? Siento haberle tardado tanto.”

“No te preocupes. Más importante aún, ¿es seguro que andes por la calle a estas horas?”

“Vine en coche, así que no hay problema. Por fin me libré de la supervisión de los runners y aprobé el examen, ¡así que ya puedo moverme sola por todas partes!”

A pesar de que no se habían visto en casi dos años, Heather retomó la charla con naturalidad, sin asomo de timidez. Aunque no era información que le interesara en lo más mínimo, Yuri se limitó a asentir.

“Me alegro.”

“Gracias por decirlo.”

Heather lucía bastante distinta a la primera vez que se cruzaron. En aquella época, investigando tramas ilegales e infiltrándose a solas en sitios peligrosos, destilaba una desesperación y un veneno latente cada vez que acudía a ellos pidiendo ayuda. Le parecía encomiable el valor que desprendía aquella mujer beta a pesar de su complexión menuda, pero en su día a día parecía una persona alegre y vivaracha.

“Pero dígame, ¿por qué está Yuri solo por aquí abajo?”

“Ya ves. Al cliente le dio por querer ducharse.”

“Vaya... ¿esperamos un poco más, entonces?”

“No. Ya podemos subir.”

Llevaba cerca de treinta minutos fuera, así que ya habría terminado de sobra. Dicho esto, Yuri tomó la delantera y se encaminó hacia los ascensores. Al escuchar los pasitos rápidos de Heather siguiéndole los talones, aminoró la marcha hasta igualar el paso con ella. Al poco rato caminaban al mismo ritmo.

“Seguro que se quedó asustado cuando le presenté a Chariot de la nada. Lo siento mucho. De todas las personas que he conocido en la vida, ustedes dos son los únicos que se meten en líos peligrosos sin pedir nada a cambio. Por eso supuse que sería la clase de persona que Chariot estaba buscando. Además, a Chariot le sobra el dinero, así que pensé que la paga generosa le vendría bien.”

Mientras escuchaba en silencio las explicaciones de Heather y presionaba el botón del ascensor, Yuri decidió plantearle la duda que le carcomía desde el principio. Era algo que le había estado molestando en la cabeza desde el momento en que aceptó el encargo.

“Uno puede ayudar a los demás sin necesidad de ser una persona buena. Pensar que alguien es bondadoso solo por eso me parece una ingenuidad imperdonable.”

“¡Pero si yo tengo muy buen ojo para la gente! Será porque me toca tratar con toda clase de especímenes. Hay personas con unos modales impecables y palabras preciosas que desprenden un aura turbia, y en cambio hay otras de trato tosco que resultan ser sinceras y bondadosas por dentro. Aunque no se puede juzgar solo por las apariencias, confío plenamente en mi instinto. ¡Para algo soy periodista!”

Cuanto más escuchaba los argumentos de Heather, más incómodo se sentía Yuri por dentro.

“¿Sabes siquiera a qué me dedicaba antes de decir semejantes cosas?”

“Eso es privacidad, así que no se puede saber. Pero, ¿acaso es necesario saberlo?”.

“Sí”.

La respuesta de Yuri fue tajante.

“Cuando buscas a alguien a quien confiarle la vida de otra persona, comprobar los antecedentes no se hace por capricho. Es fundamental investigar desde su historial delictivo hasta qué clase de pasado ha arrastrado. No se puede saber a simple vista si es el tipo de persona que traicionaría al cliente en cuanto le ofrezcan más dinero, o si sería capaz de abandonarlo para salvar su propia vida”.

“Pero ¿acaso alguien puede saberlo antes de que se presente esa situación?”.

Ante la refutación de Heather, Yuri se quedó sin palabras por un instante. Justo en ese momento el ascensor llegó, y Yuri se quedó petrificado incluso al ver las puertas abiertas. Heather entró primero y, haciéndole un gesto con la mano, le dijo:

“Puede que pienses que soy una optimista, pero creo que hay muchas cosas que no se pueden averiguar solo con un pasado escrito en papel. Cuando entrevisto a la gente, descubro que ocultan muchísimas historias, y hasta las personas que siempre han actuado de una manera coherente terminan tomando decisiones distintas por motivos emocionales debido a algún detonante. Por eso confío en lo que yo misma veo. ¡Para algo soy periodista!”.

Heather le dio una respuesta clara a su pregunta. Sin embargo, a pesar de escuchar su explicación, la duda de Yuri lejos de disiparse se transformó en escepticismo y rechazo, dejándonos aún más intranquilo.

“¿Estás diciendo que puedes juzgarme con solo haberme visto un par de veces hace dos años?”.

“A ti solo te vi un poco en aquella ocasión, pero al señor Alexei lo he seguido viendo de vez en cuando. Además, es bastante conocido en comunidades como Reddit que el señor Alexei resuelve los problemas de la gente necesitada cobrando una miseria absurda. Sé de sobra que no haces este trabajo de mercenario por dinero. Y tú eres amigo de alguien así. Un amigo de toda la vida, además”.

Sintiendo que seguir hablando solo le complicaría más la cabeza, Yuri cerró la boca. Acto seguido, marcó el piso 12 y, al ver que el botón no se iluminaba, metió la mano en el bolsillo de su abrigo. Sus dedos rozaron la tarjeta de acceso. Tal como le había enseñado hacía un momento, acercó la tarjeta al lector inferior y pulsó el botón, logrando que se encendiera. De repente, la imagen de Chariot estirando el brazo por detrás de él cruzó fugazmente por su mente. Un eco visual de lo más extraño.

“¿Te he molestado?”.

“En absoluto”.

Le entraron ganas de decirle que, a diferencia de Alexei, él no pertenecía a esa clase de personas, pero pensó que ponerse a hacer una confesión tan patética ante una perfecta desconocida era una locura.

“Solo sigo pensando que, más que una persona bondadosa, alguien con verdadera destreza le resultaría mucho más útil para la seguridad del señor Goodnight”.

“Puede ser. Pero Chariot...”.

Heather se detuvo a mitad de la frase y se quedó pensativa. Yuri la dejó estar en silencio. Justo antes de que el ascensor llegara al piso 12, pareció tomar una decisión y habló con cautela:

“Detesta profundamente a la gente de mal vivir. Por lo que tengo entendido, su situación familiar es bastante complicada. Entre los guardaespaldas suele haber gente que ha trabajado como mercenario, es decir, delincuentes y compañía”.

Cuanto más escuchaba las palabras de Heather, más se le helaba el pecho. Las puntas de los dedos se le enfriaron y la garganta se le contrajo. Los latidos inestables de su corazón repiqueteaban a destiempo en sus oídos, provocándole un mareo repentino, a pesar de tener los dos pies bien firmes sobre el suelo inalterable del ascensor.

“Vaya, ya hemos llegado. ¿Bajamos?”.

Las puertas del ascensor, que había alcanzado su destino, se abrieron de par en par. La quietud del hotel se coló a través de la abertura como un fantasma dispuesto a estrangular a Yuri. El espectro del pasado rondaba bajo sus sombras, susurrándole que aquel no era un lugar para alguien como él.

Tenía que rechazar este encargo ahora mismo, sin demora. Si buscaba bien, seguro que encontraría a otra persona a quien recomendar. Aquel requisito que había considerado un simple rasgo de carácter resultó tener un criterio muy claro y estricto. Chariot no buscaba a una persona “buena” en términos generales, sino a alguien que no fuera un “delincuente”. Y Yuri encarnaba exactamente lo opuesto a esa condición.

“Heather, un segundo...”.

Yuri detuvo con urgencia a Heather justo cuando se disponía a salir del ascensor. Aunque jamás solía tocar a una mujer sin su consentimiento, tenía la cabeza tan revuelta que la mano se le movió sola. Frente a las muñecas de Heather, la mano de Yuri era inmensamente grande y firme, por lo que el simple gesto de sujetarla hizo que ella tambaleara.

“Ah, ¿sí?”.

“Tengo algo que decirte. Antes de entrar a la habitación”.

Heather lo miró con los ojos muy abiertos. Con una expresión desconcertada, bajó la mirada un instante hacia su muñeca y enseguida se le tiñeron de un rojo inexplicable los lóbulos de las orejas. Justo cuando ella abría los labios para responder y se disponía a retroceder hacia el interior del ascensor, un seco chasquido rompió el silencio del pasillo: la puerta de la habitación se acababa de abrir.

“¿Heather?”.

Al escuchar la voz del hombre que ya se le había vuelto demasiado familiar, Yuri frunció el ceño. Al oír que la llamaban, Heather giró la cabeza hacia un lado y saludó con una sonrisa radiante:

“¡Chariot!”.

“¿Qué haces por aquí a estas horas de la noche?”.

“¡Vine a ver cómo estabas porque me tenías preocupada! ¡Me enteré de que hoy se metió gente extraña hasta el condominio! Me lo contó el señor Alexei”.

“Estoy bien por ahora. Pero venir en persona... Heather, como siempre, eres un encanto”.

El crujido leve de unas zapatillas de estar por casa resonó sobre la moqueta del pasillo. En cuestión de segundos, Chariot se acercó a Heather y, ladeando levemente el torso, descubrió a Yuri dentro del ascensor.

“¿Qué haces ahí dentro sin bajar, Yuri?”.

Chariot solo llevaba puesta una bata de baño del hotel. Con el cabello rubio ligeramente húmedo y oscurecido, pegado a sus pálidas mejillas y a la frente, desprendía un aire de lo más singular; y a través del cuello abierto de la bata se asomaban sus pectorales firmes, dándole por completo el aspecto de alguien que acababa de salir de la cama tras mantener relaciones.

“Te dije claramente que te quedaras en la habitación”.

Indignado al ver que se había atrevido a salir al pasillo de esa guisa, Yuri se quedó en blanco por un segundo y se lo reprochó de inmediato.

“Escuché que llegaba el ascensor y solo vine a comprobar si eras tú. Es que me habías dejado solo demasiado rato”.

“Entendido, pero métete dentro de una vez. Todavía tengo que hablar con Heather”.

Entonces la mirada de Chariot se desvió. Al fijar los ojos descaradamente en la mano con la que Yuri seguía sujetando a Heather, arqueó las comisuras de los labios y preguntó:

“Me pregunto de qué estarán hablando para que se agarren así de las manos”.

“¿Eh? Oye, Chariot, suena a que insinúas algo raro”.

“Es que”.

Chariot continuó hablando sin apartar los ojos de la mano de Yuri.

“Pensaba que a Yuri no le gustaba que los demás lo tocaran por mucho tiempo”.

En el preciso instante en que las mejillas de Heather se ruborizaron de vergüenza y desconcierto, Yuri soltó su muñeca. No tenía la menor idea de qué tonterías pretendía inventar el tipo ese, pero llegados a este punto, casi prefería aclararlo todo con los dos delante.

“Se acabó, entremos a la habitación. Hablaremos allí dentro”.

“¿Estás seguro de que no pasa nada, Yuri?”.

Aún con dudas y visiblemente preocupada, Heather quiso reconfirmar su decisión, pero Chariot, como si estuviera esperando justo eso, rodeó con suavidad los hombros de la mujer para guiarla hacia la estancia.

“Mejor no hableteemos aquí fuera y pasemos adentro. Aunque luzca así, acabo de pasar por una situación de peligro”.

“Ya veo. Pero para alguien que lo ha pasado tan mal, ¿no tienes mejor cara de la cuenta, Chariot?”.

“En cuanto te cuente lo que me pasó, vas a cambiar de opinión”.

Desviando con habilidad la atención de Heather, Chariot entró primero a la habitación charlando con ella amigablemente. Mientras los seguía de cerca, Yuri echó una ojeada a los alrededores por si alguien hubiera estado escuchando a escondidas. No había rastro de puertas cerrándose ni de personas agazapadas, pero...

Mirando por última vez la cámara de seguridad frente al ascensor, Yuri contuvo un suspiro y dio media vuelta. Le molestaba enormemente que su rostro hubiera quedado tan expuesto de esa manera, pero con cambiar de alojamiento al día siguiente bastaría.

Al abrir la puerta y entrar, vio que Chariot había hecho sentar a Heather en una zona separada que hacía las veces de sala de recepción, mientras sacaba botellas de alcohol del minibar. De camino hacia allí, echó un vistazo de reojo al mueble, descubriendo botellitas en miniatura y aperitivos que jamás había visto en los hostales de mala muerte de la carretera. Los precios debían ser desorbitados; al fin y al cabo, solo el coste de una noche en este hotel superaba con creces el alquiler mensual que Yuri solía apañar con tanto esfuerzo en el pasado.

“Aunque pasé por un buen susto, estoy bien, Heather. Más te vale no arriesgarte a estas horas y marcharte a casa. ¿Quieres que te acompañe?”.

“No te preocupes, vine en mi propio coche. Aunque con el trabajo de mañana debería irme a dormir ya, antes quería contarte una cosa. He averiguado varias cosas sobre el grupo que te persigue”.

“¿De verdad? Es una información de lo más oportuna”.

Respondiendo con una sonrisa radiante, Chariot le colocó un vaso delante a Heather y le sirvió whisky. Ella, al ver el vaso lleno, soltó una carcajada incrédula.

“Y yo que pensaba que estarías muerto de miedo, ¡pero veo que hasta tienes ganas de beber!”.

“Hombre, faltaría más, teniendo a este guardaespaldas tan competente y apuesto que me recomendaste tú misma”.

Solo entonces las miradas de ambos se dirigieron hacia Yuri. Tal vez todavía cohibida por lo ocurrido antes, Heather se sonrojó de repente y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.

“El señor Yuri es increíblemente competente, eso es verdad. ¿Te acuerdas de lo que te conté aquella vez? Le cayeron encima varios matones a la vez y los liquidó tal cual escena de película de acción”.

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Mientras observaba fijamente a Heather, que jugueteaba nerviosa con la montura de sus gafas, Chariot se dejó caer en el sillón de en frente. Con las piernas largas estiradas y adoptando una postura relajada, alzó la vista hacia Yuri con expresión divertida.

“Parece que eres muy amable con las mujeres, ¿eh, Yuri? A mí me torciste el brazo desde el primer segundo que me viste”.

“Vaya, ¿de verdad?”.

Heather, con cara de asombrado estupor, miró alternativamente a ambos antes de señalar directamente a Chariot con el dedo.

“Parece que habrías empezado asustándolo tú a él”.

“¿Ahora te pones del lado de Yuri en vez del mío?”.

“Te conozco desde hace tanto que sé perfectamente cómo eres, por eso lo digo”.

Ambos parecían llevarse mucho mejor de lo que cabría esperar. Heather, que no mostraba el menor reparo en dejar al descubierto su pecho a través de la bata de baño abierta, y Chariot, que protestaba con un puchero porque ella no le daba la razón, se comportaban como si estuvieran demasiado acostumbrados a esa clase de dinámicas.

“...Ya es bastante tarde, así que ¿qué tal si nos centramos cada uno en nuestros asuntos?”.

Tras dirigirle a Heather una recomendación respetuosa, Yuri dejó caer con un golpe seco sobre el suelo la maleta que le había entregado Alexei.

“Tus cosas están aquí. Heather, tengo entendido que has investigado al grupo que va tras este tipo. Sería de gran ayuda si pudieras compartir los detalles de forma resumida”.

“¡Ah, es verdad! Con Chariot cerca una se desconcentra y pasa lo que pasa. Lo siento mucho”.

“No te preocupes”.

Heather se recompuso y se disculpó, mientras Yuri negaba con la cabeza. Por su parte, Chariot escuchaba la conversación adoptando una postura desgarbada y chulesca, con las largas piernas estiradas, y en cuanto Yuri terminó de hablar, soltó su queja:

“¿Qué es eso de «ese tipo»? Deberías llamarme Cherry como antes”.

“Eso fue porque no me quedó de otra”.

“Dado que de aquí en adelante se van a dar muchas situaciones similares, creo que te vendría bien ir acostumbrándote desde ya”.

Seguramente tendría razón. Pero con él no iba a darse el caso. Guardando silencio por un instante y decidiendo no perder el tiempo alargando la situación, Yuri determinó que era mejor revelar su verdadera identidad de inmediato. Con el propósito firme, movió los labios, sopesando las palabras adecuadas.

Lo siento, pero...

No, tampoco hacía falta disculparse. Al fin y al cabo, jamás había tenido la intención de aceptar un encargo de esta índole. Sin embargo, con Heather la cosa cambiaba; con ella sí sentía que debía una disculpa. Después de todo, ella lo había recomendado creyendo firmemente que era una buena persona. Aunque no hubiera buscado ganarse esa confianza a propósito, si le había transmitido esa clase de impresión, él también cargaba con su parte de responsabilidad.

Al ver que Yuri no respondía, las miradas de ambos convergieron en él. Sostener la vista de los inteligentes ojos castaños de Heather —que delataban una crianza honesta y sin sombras— o la de los transparentes ojos verdes de Chariot —en los que parecía no haber nada oculto— le provocó de repente una punzada de angustia. Aquella misma vergüenza que lo embargaba cada vez que se cruzaba con ciudadanos «normales», ajenos por completo al mundo en el que le había tocado sobrevivir, volvió a abalanzarse sobre él. El estómago le ardía.

“Heather, lo dijiste hace un momento en el ascensor. Que Chariot detesta a la gente de mal vivir”.

“Ah, sí”.

Heather respondió con expresión desconcertada. Ante el brusco cambio de tema, Chariot ladeó la cabeza, aunque conservó una sonrisa con los ojos semicerrados.

“¿Estaban hablando de mí a mis espaldas? Si querían saber algo, habérmelo preguntado directamente”.

“No. Pensé que el señor Yuri se sentiría incómodo, así que saqué el tema yo primero”.

“¿De verdad? Heather, como siempre, eres muy considerada”.

Sí, parecía ser así. Por esa misma razón, antes de terminar perjudicando a una persona genuinamente buena como ella, debía aclararlo con su propia voz y sin rodeos.

“Si ese es el motivo por el que me recomendaste, me temo que yo no soy la persona adecuada”.

Yuri juzgó prudente no mencionar nada referente a Alexei. Eso era un asunto exclusivo entre Alexei y Heather, y el verdadero problema recaía en que él mismo estaba parado al lado de Chariot en ese preciso instante. Además, la situación de Alexei era... radicalmente distinta a la suya.

Yuri se había visto obligado a tolerar los trabajos más sucios con tal de sobrevivir, mientras que Alexei había quedado atrapado y encadenado a una organización siniestra por la fuerza, tras ser chantajeado. Los padres de Alexei habían intentado desertar del clan para no seguir masacrando a inocentes, y terminaron siendo ejecutados por ello. Y fue el propio Alexei quien acabó desmantelando el grupo con sus propias manos. El motivo por el cual Yuri podía pisar esta tierra hoy en día se lo debía por completo a su amigo. Le acumulaba una deuda inmensa.

“¿Qué? ¿Qué quieres decir con eso?”.

“Yuri, ya habías decidido hace un rato que aceptarías el encargo. En lugar de estar siempre empujándome para alejarme, tendrías que tirar de mí un poco de vez en cuando; así al menos no saldría tan lastimado”.

Tomándose las palabras a la ligera y sin darles la seriedad que merecían, Chariot soltó otra de sus tonterías. Heather mostraba un matiz de inquietud, aunque más que preocupada por la identidad real de Yuri, parecía pensar que este se estaba ahogando en un mar de remordimientos infundados. Para evitar que volvieran a hacerse falsas ideas, Yuri decidió definirse a sí mismo con total crudeza y sin ambigüedades.

“Soy un criminal. En el pasado cometí toda clase de atrocidades deleznables”.

Su propia voz resonándole en los oídos le resultó tan extraña y espeluznante que Yuri cerró los puños con fuerza. Escuchar su pasado pronunciado en voz alta bastaba para revolverle las tripas.

Un silencio espeso se adueñó de la estancia. Heather se llevó las manos a la boca en un gesto de estupefaciente desconcierto, mientras Chariot se limitaba a parpadear, conservando aún en el rostro los restos de la sonrisa con la que lo había estado mirando. Soportando con aplomo la asfixia de aquel silencio que le oprimía el cuello, Yuri tomó aire muy despacio, de forma tan leve que ni él mismo era capaz de escuchar su propia respiración.

“...¿Es una broma?”.

Tras una pausa tan corta como eterna, Chariot abrió los labios. Seguía manteniendo una expresión relajada, pero, a diferencia de antes, el contorno de sus ojos se había endurecido con frialdad.

“Aunque pensándolo bien... no pareces el tipo de persona que hace bromas. Mmh...”.

Murmurando para sus adentros, Chariot estiró la mano hacia el vaso de licor que reposaba sobre la mesa. Heather, por su parte, examinaba el rostro de Yuri intentando descifrar el alcance de sus palabras. Yuri aguardó en silencio a que ambos asimilaran la situación.

Acercando a sus labios un tono rosado mucho más intenso que el de un alfa corriente, Chariot humedeció los bordes del vaso con el líquido sin llegar a beber. Tras meditarlo unos segundos, dejó escapar una risa seca.

“Qué situación tan incómoda”.

El tono juguetón y plagado de ligereza que lo caracterizaba se había desvanecido por completo, dando paso a una voz desprovista de matices. Dicho aquello, dejó deslizar con calma un sorbo de whisky entre sus labios. La nuez de Adán, situada en el centro de su pálido cuello, subió y bajó, haciendo resonar el sonido del líquido al ser tragado.

Heather seguía sin poder articular palabra. A Yuri le pesaba una profunda culpa por haberla arrastrado a semejante embrollo, pero se impuso la norma de no abrir la boca para ofrecerle un consuelo estúpido. Fingir educación, fingir bondad, fingir que le importaban los demás... todas esas fachadas perdían sentido desde el instante en que confesaba la clase de escoria que era.

“¿Es un delito menor? Ya sabes, algo como... conducir ebrio... No es que esté bien, pero algo de ese estilo. ¿O tal vez un robo con violencia?”.

Quizá intentando encontrarle algún sentido a la situación o comprender a Yuri, Chariot se atrevió a interrogarlo sobre la gravedad de sus crímenes. Al escuchar la pregunta acerca de su pasado, Yuri rememoró en silencio los actos que había cometido.

A la gente común... jamás la había tocado.

Si bien era cierto que su organización se dedicaba a suministrar narcóticos a civiles y a sumirlos en deudas asfixiantes, Yuri jamás había desempeñado un papel activo en esa clase de inmundicias. Todo se había torcido a raíz de ciertos sucesos desatados cuando su madre cometió el error de indisponerse con Igor Volkov, el capo supremo, provocando que Yuri quedara marcado con un estigma imborrable. Aunque resultaba absurdo que la peor escoria situada en lo más hondo del fango humano tuviera ínfulas de establecer jerarquías, Yuri había terminado convirtiéndose en el más prescindible y despreciable de todos ellos.

Igor jamás le había confiado el manejo de dinero. En su lugar, lo destinaba a toda clase de trabajos sucios. Si hubiera que definir su función exacta, la de él era la de un perro de presa: arrojarse al combate en nombre de su amo a cambio de un mendrugo de carne podrida. Por lo tanto, Yuri no había delinquido con el objetivo de enriquecerse; lo único que había hecho era obedecer a la cuerda con la que lo tenían sujeto.

Los blancos habituales de Yuri solían ser bandas rivales que amenazaban los intereses económicos de su clan. O bien se quedaba haciendo guardia en el perímetro exterior durante las reuniones de negociación. En los ratos libres que le dejaban esas labores, se encargaba de administrar el club nocturno propiedad del jefe y de echar a patadas a los idiotas que perdían el juicio con el alcohol y montaban escándalos.

Nadie le ganaba usando la fuerza física, pero a diferencia de los demás, al arrastrar la sangre de un traidor, Yuri siempre había cargado con el estigma de recibir el peor trato. Había vivido en la miseria perpetua, subsistiendo únicamente gracias a las limosnas que Igor le arrojaba de vez en cuando como si se tratara de caridad. Ni siquiera Alexei conocía los detalles de aquel pasado. Aunque eran camaradas y amigos entrañables, jamás se habían permitido compartir sus miserias más absolutas, conscientes de que remover las heridas solo servía para hacerlas supurar de nuevo.

Aun así, todo eso no eran más que patéticas excusas.

La sola idea de verse a sí mismo buscando coartadas le resultaba tan hipócrita y repulsiva que le daban ganas de reírse a carcajadas. Cuando algo le parecía demasiado nauseabundo, Yuri solía reaccionar emitiendo una risa seca en lugar de enfadarse. A menudo se descubría a sí mismo poniendo esa misma mueca frente al espejo.

“No”.

Frenando en seco aquel bucle de recuerdos sin sentido, Yuri lo negó con rotundidad. La única ocasión en que se permitía probar el alcohol era cuando debía montar guardia inmóvil durante horas bajo un frío insoportable, y aun así lo tenía estrictamente prohibido si le tocaba conducir durante una misión. Había habido épocas de tanta penuria en las que tuvo que rebuscar comida en los cubos de basura, pero jamás había robado a mano armada.

Y sin embargo, lo que había hecho era infinitamente peor que eso.

“¿...Es algo todavía peor que eso?”.

La voz de Chariot fue perdiendo intensidad poco a poco. El rastro de benevolencia con el que había intentado mirarlo con buenos ojos se había esfumado por completo, dejando paso en sus facciones a una expresión tan distante como conocida. Una repulsiva sensación de barrera invisible. De aquel tipo que suplicaba que lo llamara por un apodo cariñoso y soltaba bromas absurdas ya no quedaba nada; Chariot lo miraba con el ceño fruncido y los rasgos tensos por el desagrado.

“No tengo motivos para dártelas explicaciones”.

La respuesta de Yuri puso punto final a la conversación. Con un tono tan gélido que descartaba cualquier confesión susceptible de convertirse en prueba incriminatoria, Chariot cerró la boca.

El aire dentro de la habitación cambió de golpe. Tal como había ocurrido antes cuando hablaban de sus corazonadas, las feromonas de Chariot se volvieron infinitamente densas y pesadas. Aunque su rostro permanecía inexpresivo, la agudeza punzante de su aroma dejaba patente que su estado de ánimo se encontraba por los suelos. Heather, al ser beta, era incapaz de percibir las feromonas y parecía ajena a la tensión, pero a Yuri la hostilidad y el rechazo que impregnaban el ambiente de repente le revolvían el estómago hasta provocarle náuseas.

Claro. Entre alfas puros, lo normal era experimentar esta clase de sensaciones. Lo antinatural no era esto, sino ir por ahí sonriendo alegremente y arrastrándose con falsas muestras de afecto.

A pesar de que nadie se movía, Chariot dejó caer con un golpe seco la copa que sostenía sobre la mesa. Siguiendo la onda de aquel impacto, las feromonas se propagaron con violencia, acorralando a Yuri. Un reproche silencioso resonó en el ambiente.

“Ya veo”.

Recogiendo las piernas que llevaba estiradas, Chariot se acomodó con la espalda recta. Alisar discretamente su bata de baño abierta le tomó un segundo antes de incorporarse apoyándose con calma en los reposabrazos de la silla. Siguiendo la altura que se elevó de inmediato, Yuri levantó ligeramente la barbilla. Dando unos pasos firmes, rítmicos, Chariot se plantó frente a él y lo miró desde arriba. Las sombras acentuaban el puente de su perfilado tabique, y sus ojos verdes, ocultos bajo unas pestañas doradas, clavaban una mirada penetrante en Yuri.

Tras unos segundos de silencio...

“Yuri, de modo que eres una basura”.

De aquellos labios delicados, de los que jamás se esperaría escuchar una maldad, brotó un término tan mordaz. No era precisamente una frase agradable, pero, al ser bastante más blanda de lo que había llegado a temer, en ese instante a Yuri se le secaron los labios. Un leve atisbo de pánico se cernió sobre él antes de disiparse.

Siempre le pasaba lo mismo.

Las recriminaciones provenientes de gente limpia, libre de inmundicia, lograban hacerle sentir una profunda vergüenza. Aquella intensa presión emocional que lo aplastaba desde todos los frentes le resultaba mucho más insoportable que el miedo o el terror. Había aprendido innumerables métodos para dominar el miedo, pero jamás había hallado la forma de inmunizarse contra la vergüenza.

Llegados a este punto, solo le quedaba una opción: soportar en silencio los reproches de Chariot. Aunque no consideraba haber cometido ninguna falta concreta hacia el otro, aceptar los insultos meramente por el hecho de que su verdadera naturaleza fuera así resultaba de lo más lógico.

“¡Chariot!”.

Sin embargo, Heather salió en su defensa. Intentando sopesar la situación y eligiendo cuidadosamente las palabras, se puso de pie en cuanto escuchó el comentario de Chariot. Acercándose con una expresión donde el desconcierto era más que evidente, agarró a Chariot del brazo y tiró de él hacia atrás.

“¿Cómo se te ocurre soltar algo así de repente? Por mucho que sea, el señor Yuri...”.

Heather titubeó y cruzó la mirada con Yuri. Ver que los ojos de ella, mientras calculaban qué decirle, destilaban semejante apuro le encogió el corazón de incomodidad. Había decidido hablar antes de tiempo precisamente para evitar que una persona como Heather cargara con incomodidades por culpa de un tipo como él, pero al final todo había desembocado en esto.

“Lo siento, Heather. No pretendía asustarte. Pero si Yuri de verdad es un criminal, ¿no te parece una maldita pesadilla desde mi punto de vista? Precisamente tomé un camino lleno de complicaciones para evitar cruzarme con esta clase de escoria”.

Con un rostro completamente en blanco, desprovisto de expresión alguna, Chariot le pidió disculpas con total serenidad y aplomo a Heather.

“Eso lo entiendo. Pero seguro que el señor Yuri tiene sus motivos”.

“¿Quién en este mundo no los tiene?”.

Ante las palabras de Heather, que intentaba disculparlo con cautela, una mueca de burla asomó a los labios de Chariot.

“Eso no es más que una excusa barata”.

Como si lo retara a rebatirle, Chariot clavó los ojos en Yuri. Aquellos cálidos orbes verdes que hasta hace un momento destilaban sonrisas se habían vuelto gélidos por completo. La furia contenida en su mirada inquisitiva se intensificaba con el paso de los segundos. Yuri juzgó que ya era suficiente y decidió apartarse de allí.

En el preciso instante en que, con esa resolución tomada, se disponía a ofrecerle a Heather una despedida y sus respectivas disculpas, Chariot volvió a abrir la boca. Al parecer, la estampa de Yuri plantado allí sin decir nada le resultaba profundamente irritante. Frunciendo los extremos de sus bellos ojos, Chariot se abalanzó de nuevo sobre él. Inclinando su fornido torso para acercarle el rostro, le espetó con tono amenazante:

“¿Me estás escuchando? No me importa en absoluto cuáles sean tus motivos, así que lárgate de una vez. Si tuvieras un mínimo de luces te habrías marchado antes, ¿qué esperas todavía para quedarte aquí?”.

Sin darle siquiera la oportunidad de articular respuesta, Chariot añadió una pulla cargada de sorna:

“No me digas que esperas que te dé las gracias por haberte sincerado al fin”.

Habiendo llegado a este punto, las cosas ya pintaban claras. Antes de que aquel joven arrogante e insolente armara un escándalo innecesario, Yuri decidió concederle la respuesta que deseaba escuchar.

“Ni lo soñues”.

“Pues vete. Deja de estorbar aquí”.

Yuri giró sobre sus talones con total frialdad. Tenía la intención de despedirse formalmente de Heather, pero considerar siquiera la idea de pronunciar esas palabras ante semejante cuadro le pareció una falta de tacto innecesaria, por lo que sepultó cualquier impulso personal. Al disponerse a cruzar el umbral de la habitación para marcharse, Chariot lo detuvo en seco:

“Espera”.

Aunque no sentía el menor deseo de darle el gusto, Yuri reprimió su repugnancia y se detuvo con el único fin de evitar problemas mayores. Chariot lo observó cruzado de brazos un instante antes de dar media vuelta y agarrar de golpe la maleta que Yuri había dejado junto a la mesita. A juzgar por el peso que llevaba dentro, parecía que iba a costarle levantarla, pero la alzó con tanta ligereza como si se tratara de una simple bolsa de papel.

“Casi olvidaba saldar cuentas”.

Acto seguido, un golpe seco y sordo resonó en la estancia. Mientras Heather contemplaba la escena agitando las manos con nerviosismo, Chariot abrió la cremallera de la maleta y extrajo una cartera. Tras abrir una billetera de piel que denotaba una calidad incuestionable, sacó de su interior un buen fajo de billetes.

“Toma. Cógela. Es lo del hotel”.

Vaya, con que a eso se refería con saldo pendiente; estaba hablando del dinero del alojamiento que él mismo había cubierto antes. Yuri contempló despacio el montón de billetes que Chariot le tendía. Aquellos cien dólares en billetes de tonos marrones y translúcidos superaban con creces las veinte unidades a simple vista. Era una suma que rebasaba con creces el importe exacto que había pagado por la habitación.

Haber notado su mirada pareció divertir a Chariot, cuyos finos dedos —por los que asomaban tenues venas azuladas— agitaron los billetes de un lado a otro como instándole a arrebatárselos de inmediato.

Contemplando con fijeza aquella actitud burlona, Yuri comprendió en carne propia lo que Heather le había advertido: cuando alguien le tenía tirria a la gentuza de mal vivir, lo hacía hasta el punto de la náusea. Aunque se trataba de un individuo sin noción del espacio personal y con una ligereza pasmosa para todo, jamás se había comportado de un modo tan zafio.

Comprobar que, en cuanto supo qué clase de alimaña era, su anterior simpatía se esfumaba para dar paso a una hostilidad visceral, demostraba que debía de guardar algún rencor o aversión personal muy profunda. Bueno, tampoco era una reacción fuera de lo común. Lo antinatural habría sido que una persona normal no sintiera repulsión hacia él.

De ahí que el calificativo de ’basura’ tampoco le resultara una novedad.

Un engendro que no valía ni para servir de alimento a los perros. Una estirpe maldita que debió haber muerto en el mismo instante de nacer. Un malnacido al que habrían hecho un favor cortándole el cuello y arrojándolo al bosque para que sirviera de pasto a las bestias. Un demonio. Un monstruo despiadado. Un ser cruel y helado incapaz de derramar una sola lágrima.

Alguien a quien ni siquiera merecía la pena llamar ser humano.

A lo largo de su existencia, Yuri había respondido a innumerables apelativos de esa índole. Dentro del catálogo de insultos que había soportado, el término «basura» podía considerarse casi un cumplido cortés.

“Muchas gracias por la propina”.

Como jamás había recibido un trato digno de una persona, las provocaciones destinadas a menospreciarlo le resbalaban por completo. Yuri aceptó el dinero que le ofrecía Chariot con total indiferencia. Apartando la vista de los gélidos orbes verdes que lo miraban con sorna —como si esperaran exactamente ese comportamiento—, se puso a contar los billetes con calma.

Uno, dos, tres... veinte.

Para tratarse de una compensación por haberle alterado los ánimos, la cifra era desproporcionada. La estancia apenas rondaba los setecientos dólares. Deslizando los billetes con un suave crujido entre los dedos, Yuri se guardó en el bolsillo interior los siete que le correspondían legítimamente. Al ver aquello, Chariot arqueó una ceja con suspicacia, como si intentara descifrar qué clase de jugada se traía entre manos. Verlo así le provocó una leve chispa de gracia. Por muy groseras que fueran sus palabras, hasta hace un segundo el tipo no se había inmutado por nada, y ahora bastaba con que él respirara para que pusiera esa cara.

“Para ser tan ducho en el deporte, parece que las sumas se te resisten. Te dejo el cambio de propina”.

Si hubiera sido otro cualquiera, le habría arrojado los billetes a la cara, pero por consideración a la presencia de Heather, Yuri decidió tragarse el orgullo. En su lugar, pasó de largo junto a Chariot —quien desde luego no tenía ninguna intención de aceptar nada— y depositó el dinero restante sobre la mesa. Con un leve golpecito seco que resonó en el silencio, se dio por zanjado cualquier posible vínculo con Chariot Goodnight.

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Sin mirar atrás al notar la brizna de odio con la que Chariot lo taladraba con la mirada, Yuri salió de la habitación. Al quedarse a solas frente al ascensor, por fin se permitió exhalar el aire contenida. Sintió un ardor punzante en lo más hondo del pecho, como si le acabaran de arrancar una costra mal cicatrizada justo encima del corazón.

Qué manera de arruinar el día.

Y aquella repulsión no nacía ni de Chariot ni de Heather, sino pura y exclusivamente de su propia persona. Un persistente e intenso complejo de inferioridad, de esos que lograba mantener a raya durante sus estancias lejos de la gente corriente, comenzó a reptar de nuevo desde el fondo de sus entrañas. Eran como sanguijuelas imposibles de sacudirse; en cuanto se presentaba una ocasión así, se adherían a su conciencia para atormentarlo sin tregua.

Le entraron unas irrefrenables ganas de volver a casa y vaciar un par de botellas de alcohol de golpe. Con el ánimo acelerado por una repentina urgencia, Yuri pulsó el botón de llamada del ascensor. En el preciso instante en que las puertas del habitáculo, que se había mantenido detenido en el mismo piso, comenzaron a abrirse, la puerta de la habitación de al lado se abrió de par en par. Era Heather.

“Yuri, bajemos al vestíbulo un momento a hablar”.

Avanzando a paso rápido y sin darle siquiera la oportunidad de rechazar la oferta, Heather se metió rauda en el ascensor. Tras sopesarlo un segundo sin saber muy qué hacer, Yuri terminó cediendo y entró tras ella en silencio. En cuanto las puertas se cerraron herméticamente, Heather rompió el hielo:

“Lo de antes ha sido una bomba de relojería, Yuri. Una situación así no hay quien la enderece de buenas a primeras”.

Acomodándose la montura de las gafas con un movimiento decidido, Heather lo miró de hito en hito mientras le hablaba en un tono bajo y confidencial. A diferencia de la actitud cohibida que había mantenido entre Chariot y él hacía un momento, desprendía una inesperada firmeza.

“No hace falta que me disculpes, Heather. Si no lo había mencionado antes era simplemente porque no teníamos motivos para cruzarnos, pero te pido disculpas por haberte ocultado la verdad”.

“No, o sea... lo que quiero decir es que no tienes por qué disculparte. Al contrario, me dijiste la verdad... a raíz de mis propias palabras. ¡Pero aun así!”.

Agitándose el cabello con un gesto frustrado que delataba un torbellino de pensamientos complejos, Heather terminó por descolocarse la impecable coleta que llevaba atada.

“El Yuri que yo conocí jamás le haría daño a alguien como Chariot...”.

Murmuró con voz apagada mientras seguía revolviéndose los mechones. Al contemplarla, Yuri curvó los labios en una sonrisa invisible que borró al instante.

“El primer día que nos conocimos, debiste verme peleando. Una persona capaz de someter a alguien de esa manera no suele tener un pasado corriente”.

Yuri recordó aquel día, dos años atrás, cuando conoció a Heather. Por entonces, él ayudaba a su padre, Vasili. La tienda de un benefactor que había facilitado el asentamiento de Vasili en Vancouver estaba siendo amenazada por unos matones, y al ir tras los responsables junto con Alexei, se toparon con Heather, quien se encontraba en apuros. Resultó que ella estaba investigando a la persona que había contratado a los pandilleros, y ellos terminaron rescatándola cuando, por su imprudencia, se había metido demasiado en la boca del lobo.

Aquel día, lejos de asustarse al verlos propinar golpes, Heather se limitó a dar las gracias por la ayuda y, acto seguido, les preguntó si podían echarle una mano un poco más. Por esa razón, él había llegado a pensar en secreto que tal vez ella ya intuía con qué clase de personas trataba.

“Pues... yo creí que eras algo así como un exmilitar. O quizás alguien que aspiraba a entrar en la policía”.

Para los ojos de un ciudadano corriente, distinguir el origen de ciertas técnicas de combate resultaba imposible, así que su suposición tenía sentido. Con una sonrisa mental ante un mundo tan lejano al suyo, Yuri guardó silencio.

“Dime, Yuri... No estarás en busca y captura, ¿verdad?”.

Al ver que no contestaba, Heather le formuló la pregunta con cautela.

“Si fuera así, por mi deber como ciudadana me vería obligada a denunciarte. Te lo pregunto cruzando los dedos para que la respuesta sea que no”.

“No tengo ninguna orden de búsqueda activa. Llegué a un acuerdo con la policía”.

No le hacía falta darle explicaciones detalladas sobre su historial a Heather, así que zanjó el asunto con eso. Al escuchar que no era un prófugo, el semblante de la muchacha se despejó de inmediato, visiblemente aliviada.

“Entonces, Yuri, tú también debes de tener tus razones. Si me explicas aunque sea por encima la situación, volveré a hablar con Chariot para interceder por ti”.

“Como la confianza ya está rota, eso será imposible. Y tampoco es que yo lo desee. Hay montones de mercenarios con excelentes aptitudes, no hay ninguna necesidad de recurrir a mí”.

“Es verdad. Pero no hay ninguna garantía de que esa gente no acabe vendiendo la información de Chariot”.

“En mi caso, tampoco la hay”.

Heather seguía insistiendo en retenerlo con un tema que ya no daba para más. Mientras conversaban, el ascensor llegó a la planta baja, y Yuri, decidido a no seguir perdiendo el tiempo de ambos, le habló con firmeza:

“Heather, necesitas afinar un poco más tu instinto para juzgar a la gente. El hecho de que yo, en quien confiabas como en una buena persona, haya resultado ser un criminal, lo demuestra de sobra. Así que entra ya. ¿No habías venido hasta aquí precisamente para traerle la información necesaria a Chariot?”.

Dicho esto, Yuri dejó atrás a Heather y se adentró en el vestíbulo. El cansancio y el hambre, que había mantenido relegados, lo golpearon de golpe, acrecentando sus ansias de descansar de una vez por todas y largarse de allí cuanto antes.

Pero entonces.

Justo cuando se disponía a cruzar el vestíbulo, la recepción captó su atención. Allí había un hombre de cabello rubio y corto, ataviado con una cazadora de tonos neutros, que parecía haber hecho salir al empleado nocturno para hablar de algo con él. Aunque bien podría haberlo ignorado y seguir de largo, por pura costumbre Yuri escudriñó la cintura y las manos del sujeto.

La mano derecha del hombre estaba metida en el bolsillo de su cazadora. Llevaba unas botas de suela rígida y, en cuanto a su cintura... el corte de la ropa impedía ver una silueta clara.

Frenando en seco, Yuri inclinó la cabeza simulando rebuscar algo en los bolsillos interiores de su abrigo. Al girarse con rapidez para ojear el perímetro, descubrió a otro individuo sentado en uno de los sofás del vestíbulo. Se trataba de un hombre castaño, con una gorra negra y una chaqueta color caqui, que parecía trastear tranquilamente con su teléfono móvil apoyado en el respaldo del asiento, aunque su atención estaba fija en la recepción.

Al notar la mirada de Yuri, el hombre alzó despacio la cabeza para mirarlo. Fingiendo no haberse percatado de ello, Yuri dio media vuelta en dirección al ascensor y le dijo a Heather, que aún lo observaba desde la cabina:

“Chelsea, ¿te di acaso las llaves de mi coche?”.

Heather abrió los ojos de par en par, desconcertada por el repentino apodo con el que la había llamado de la nada. Antes de que pudiera articular réplica alguna, Yuri acortó la distancia a zancadas, se interpuso para que nadie en el vestíbulo pudiera verla y, agachándose ligeramente, le susurró al oído:

“A partir de este momento, haz exactamente lo que te diga. Te lo explicaré todo en cuanto salgamos”.

“¿Eh? Ah... sí, entendido”.

Por suerte, Heather captaba las cosas al vuelo. A pesar de la sorpresa, lo miró con unos ojos que suplicaban instrucciones sobre qué debía hacer, y Yuri le dedicó una leve sonrisa. Acto seguido, extendió la mano y tiró de la cinta que sujetaba el cabello de la muchacha, desatándolo. Su melena castaña cayó desordenada sobre sus hombros.

“¡Ah!”.

Incomodada por el inesperado roce, Heather se sonrojó y encogió los hombros. Le pesaba haber asustado a la persona que se supone debía proteger, pero no le quedaba otra alternativa.

“Disculpa la molestia”.

Sin darle tiempo a reaccionar, Yuri le pasó un brazo alrededor de la cintura. Con los ojos muy abiertos por la impresión, Heather dio un respingo y se pegó a su costado. Sin perder un instante, Yuri reemprendió la marcha hacia la salida del hotel por el mismo camino por el que había venido.

Heather caminaba a su lado con rigidez. Como la diferencia de altura entre ambos era considerable, Yuri prácticamente la llevaba arropada contra su cuerpo, y al marchar a zancadas sin ajustar el ritmo, la pobre mujer avanzaba a tropezones, intentando no perderle el paso.

A propósito, Yuri revolvió con los dedos el cabello despeinado de Heather mientras pasaban de largo frente al sofá del vestíbulo. El individuo que lo había estado vigilantes instantes antes los observó con fijeza, pero al cabo de unos segundos apartó la vista, perdiendo todo interés.

Sin detenerse un solo segundo, llegaron hasta la calle. Aún manteniendo a Heather medio abrazada para disimular la tensión, Yuri le preguntó:

“¿Dónde tienes aparcado el coche?”.

Incapaz de articular palabra y con los labios sellados por el nerviosismo, Heather señaló con el dedo índice hacia el extremo izquierdo de la avenida, cerca de un paso de peatones.

“¡E-este... por allí!”.

“Te acompañaré hasta allí”.

Caminaron unos minutos en absoluto silencio. Una vez frente al automóvil de Heather, estacionado junto al cruce, Yuri por fin relajó el brazo que la ceñía. Echó un disimulado vistazo hacia atrás, comprobando que nadie los venía siguiendo.

“Dime, Yuri... ¿Qué ha sido todo eso hace un momento?”.

“Había gente sospechosa en el vestíbulo. Está claro que no eran clientes, y si es así, lo más probable es que hayan venido a buscar a Chariot. Ojalá estuvieran buscando a otro tipo, pero más vale prevenir que curar”.

“Ah...”.

Heather lo miró con expresión boba y asintió lentamente. Tras dar un nuevo repaso visual al entorno, Yuri le indicó:

“Sube al coche”.

Siguiendo su instrucción, Heather dio un respingo como un cervatillo asustado y abrió la puerta a toda prisa. Aturdida por los acontecimientos, se sentó primero en el asiento del copiloto, pero al darse cuenta salió del vehículo con torpeza y dio la vuelta al coche para abrir la puerta del conductor. Tras dudar unos instantes, le preguntó a Yuri:

“P-pero... ¿Por qué me pusiste la mano en la cintura?”.

“Si los dos hubiéramos salido por separado, habríamos llamado la atención, pero si parecemos una pareja que vuelve tras pasar la noche juntos, nadie se fija en esos detalles. Además, como tú eres conocida de Chariot, si te hubieran reconocido habrías quedado en mitad del lío”.

Al haberla sacado prácticamente oculta bajo su cuerpo, las probabilidades de que la hubieran identificado eran mínimas. Y aunque era una conocida de Chariot, no era alguien con quien se le viera a menudo, por lo que mientras no volviera a implicarse, estaría a salvo.

Yuri se quedó pensativo un momento, intentando deducir la verdadera identidad de los hombres del vestíbulo. Desde luego, policías no eran; distaban mucho de ser agentes en una operación encubierta, y encajaban mucho más en el perfil de mercenarios.

Y precisamente eso era lo extraño. ¿Acaso los que perseguían a Chariot no se supone que eran miembros de una banda de moteros?

La forma en que esa clase de gentuza solía buscar a alguien era mucho más burda y evidente. Los miembros de organizaciones criminales solían llevar tatuajes u otros rasgos distintivos, y no se movían con la discreción de pasar desapercibidos al acercarse a un sitio. Sin embargo, el tipo que andaba preguntando en recepción parecía dominar a la perfección el arte de no llamar la atención, ya fuera por su indumentaria neutral o por lo difícil que resultaba adivinar si iba armado.

“Ah, ya veo. Conque era por eso. Menos mal, me había hecho una idea equivocada...”.

Murmurando para sus adentros, Heather se apresuró a acomodarse en el asiento del conductor. Se escuchó el rugido del motor al arrancar, mientras Yuri se quedaba meditando sobre cuál debía ser su siguiente paso. Como no tenía ninguna obligación de autoinvitarse a proteger a un cliente que lo había rechazado, marcharse sin más era una opción perfectamente válida, pero...

“Yuri, vas a ir a ayudar a Chariot, ¿verdad? Encontrar a alguien que lo defienda ahora mismo es imposible”.

Al escuchar la voz de Heather asomada por la ventanilla que acababa de bajar, halló la respuesta. Como no había ninguna garantía de que los tipos de abajo se guardaran la información, lo correcto era ir a sacar a Chariot de allí. Apartando a un lado sus reticencias, Yuri se inclinó hacia la ventanilla del coche. Heather, con medio cuerpo inclinado desde el asiento del conductor hacia el lado del copiloto, lo miraba con una expresión suplicante.

“¿Tienes problemas graves de vista?”.

“¿Eh? ¿De vista? No los tengo graves, pero sufro de astigmatismo, así que suelo llevarlas puestas”.

“¿Te defiendes al conducir sin ellas por la noche?”.

“Pues con cuidado... supongo?”.

Yuri asintió para sí mismo y, bajo la atónita mirada de la joven, extendió la mano con decisión. Al ver que se abalanzaba sobre ella, Heather amagó con echarse atrás, pero se detuvo de golpe cuando Yuri le retiró con sumo cuidado las gafas del rostro.

“Entonces déjame tomar prestado esto”.

“¿Eh...?”

“Si salí recién voy a llamar la atención si vuelvo a entrar. Digamos que es un disfraz”.

Los ojos de Heather se abrieron de par en par con sorpresa. Con el entusiasmo de un espectador disfrutando de una película en el cine, exclamó en voz baja:

“¡Señor Yuri, ahora mismo parece el protagonista de una película!”.

“Guárdese las bromas para después y váyase a casa ya. Por si acaso, no tome la ruta de siempre, dé un rodeo, y si alguien puede venir a recogerla, pídale que lo haga. En cuanto saque a Chariot de aquí, me pondré en contacto con usted. Entre tanto, haría bien en ir buscando otra agencia de seguridad que los sustituya”.

Heather asintió repetidas veces, escuchando con atención las indicaciones de Yuri. Justo cuando se disponía a arrancar tal como él le había ordenado, exclamó un «¡ah!» y lo detuvo justo cuando Yuri comenzaba a apartarse de la ventanilla.

“Yuri, a decir verdad, quería comentarte esto. El grupo que persigue a Chariot es una banda llamada Los Guardianes del Infierno. Es una pandilla de moteros cuya principal fuente de ingresos es el contrabando y el tráfico de drogas. Han matado a mucha gente, llevan años asentados en todo Vancouver y se dice que tienen contactos con las altas esferas. A pesar de ese nombre tan ridículo, es una banda aterradora, así que recuérdale a Chariot que tenga muchísimo cuidado. Yo también seguiré investigando por mi cuenta”.

Tras cambiar de marcha, Heather añadió una última advertencia antes de partir:

“Hace diez años mataron a un jugador de hockey muy famoso. Así que... parece que no les importa perdonarle la vida a alguien solo por ser una celebridad”.

Dejando atrás un consejo que habría sido ideal que ella misma le hubiera transmitido antes, Heather se marchó. Yuri reprimió el pensamiento de que Chariot jamás prestaría atención a sus advertencias y se mantuvo firme en el sitio hasta que el coche de Heather se desvaneció en la distancia.

Al cabo de un momento, Yuri emprendió el camino de regreso. Caminando a zancadas y con paso firme, se detuvo en el punto donde había dejado estacionado su automóvil, ubicado en una avenida trasera a una manzana del hotel. Echó un rápido vistazo a su alrededor de soslayo y abrió el maletero. Allí, bien ordenado, reposaba el abrigo que llevaba siempre como provisión de emergencia.

Tras quitarse la chaqueta negra y enfundarse el abrigo, Yuri se quedó contemplando fijamente el fondo del maletero. Bajo aquella alfombrilla que a simple vista parecía de lo más común, se escondía un maletín pequeño. Al recordar el cartucho de munición y la pistola que albergaba en su interior, sopesó si la situación actual ameritaba llegar a ese extremo.

¿Un arma de fuego en pleno centro de la ciudad...? Mala idea.

En Canadá, y más aún en una ciudad tranquila como Vancouver, un tiroteo llamaría la atención de inmediato. Ojalá los tales Guardianes del Infierno o como se llamasen tuvieran la decencia de conservar la cordura y evitar semejantes escándalos en plena zona urbana.

Tras una breve reflexión, Yuri optó por coger únicamente el abrigo. Después de todo, el escenario ideal consistía en sacar a Chariot del hotel sin levantar sospechas, por lo que lo más prudente era esquivar cualquier confrontación. En el proceso, debía evitar a toda costa crearse la necesidad de usar un arma.

Cerró y aseguró el maletero, y antes de enfilar hacia el hotel, se puso el abrigo en la esquina de un callejón que quedaba fuera del campo de visión de las cámaras de seguridad que había fichado antes. Metió la mano en el bolsillo interior para extraer el cuchillo militar que guardaba allí y lo deslizó dentro de su manga; acto seguido, se colocó las gafas que le había pedido prestadas a Heather. Aunque no carecían por completo de graduación y le causaban una ligera molestia, no suponían ningún impedimento para moverse.

Tras exhalar una corta y profunda respiración, Yuri alborotó su flequillo, que llevaba normalmente despeinado hacia arriba, dejándolo caer sobre su frente. Habría venido de perlas un spray desodorante neutralizador de feromonas, pero como no era el tipo de artículo que solía llevar encima, tendría que apañárselas sin él. En un lugar de tránsito constante como un hotel, los olores corporales se mezclaban y difuminaban con facilidad, así que con eso bastaría.

Los preparativos habían concluido. Decidido a recuperar el tiempo perdido, Yuri aceleró el paso. Al regresar al hotel, las puertas automáticas se abrieron y barrió el vestíbulo con la mirada de inmediato. Por fortuna y desgracia a la vez, el hombre que ocupaba los sofás seguía allí, pero el sujeto apostado en la recepción ya no estaba.

Un presentimiento helado le recorrió la espalda. Evitando mirar deliberadamente hacia los asientos del vestíbulo, Yuri se encaminó directo a los ascensores. La mirada del individuo solitario que vigilaba en la noche se clavó en él. A diferencia de hacía un rato, notó que sus ojos se detenían sobre su figura durante unos instantes más. Tensando los nervios ante la posibilidad de que lo estuvieran siguiendo, caminó con cautela, cuando en ese preciso momento una pareja de turistas bajó del ascensor tras haber descendido al vestíbulo.

“Oye, cariño, ¿sabes qué? Elizabeth acaba de compartir una historia diciendo que un famoso jugador de hockey se está hospedando aquí mismo”.

“¿Chariot Goodnight?”.

“¡Vaya, cómo lo adivinaste!”.

“Si se trata de un deportista lo suficientemente famoso como para que Elizabeth lo suba a sus historias, en Canadá solo puede ser Chariot Goodnight. Además, juega para el equipo de Vancouver. Y recuerdo perfectamente que tú misma lo mencionaste un par de veces diciendo que era muy apuesto”.

“¡Jo, jo! ¿Estás celoso? No tienes de qué preocuparte, ¡si para mí solo existes tú! De todas formas, si nos lo cruzamos por casualidad, ¿te importaría sacarnos un selfi juntos? ¡Ojalá podamos verlo a la hora del desayuno!”.

“Ese tipo de celebridades no bajan a desayunar, seguro que piden servicio a la habitación”.

Aquellas personas, que pasaron de largo riendo a carcajadas, no solo sirvieron para disipar momentáneamente la atención de los vigilantes, sino que además le soltaron información de gran valor. Aunque albergaba la esperanza de que el visitante nocturno no tuviera como blanco a Chariot, al escuchar aquello se quedó del todo convencido. Era evidente que habían acudido al lugar tras enterarse de la filtración sobre su paradero.

¿Cómo se había colado esa información? Si Chariot llevara algún tipo de dispositivo de rastreo integrado, le habrían seguido la pista mucho antes, y hasta hacía poco no había rastro de persecución. La única conclusión lógica era que la verdadera identidad del joven había quedado al descubierto justo después de instalarse allí.

El registro lo había hecho él mismo, y Chariot llevaba el rostro cubierto. La única vez que se había quitado la mascarilla había sido justo antes de entrar a la habitación... cuando recibió y se dispuso a beber un cóctel en el bar del hotel. Había sido un instante fugaz, pero más que suficiente para que alguien lo reconociera.

Ja.

Haberse puesto a tontear con un omega sin saber esperar ni unos minutos le iba a acarrear un buen problema; con un rostro tan llamativo que ni una simple gorra bastaba para disimularlo, era lógico que aquel omega también lo hubiera identificado. Tragándose la frustración, Yuri se metió en el mismo ascensor que acababa de dejar libre la pareja. Mientras pulsaba el botón de cierre con total discreción, nadie más se coló en el habitáculo. Al parecer, había conseguido despistar al vigilante por los pelos.

En cuanto las puertas se cerraron, se dispuso a presionar el piso 12, pero cayó en la cuenta de que necesitaba la tarjeta de acceso. Frunciendo el ceño, palpó sus bolsillos y soltó un suspiro de alivio al notar que la conservaba allí. Tras marcar el piso correcto, Yuri introdujo la mano derecha en el abrigo y aferró la empuñadura del cuchillo que ocultaba en la manga. Un pequeño clic resonó amortiguado en el interior de su bolsillo al desplegarse la hoja.

Mientras observaba cómo cambiaba el indicador de los pisos, Yuri rezaba en silencio para que Chariot no hubiera tenido la imbecilidad de abrirle la puerta de par en par a un desconocido. Sin embargo, la gran mayoría de los hombres caucásicos, y en especial los alfas, carecían por completo de instinto de supervivencia. Un alfa engreído que jamás había saboreado la miseria raramente tenía la oportunidad de aprender qué significaba desconfiar de los demás.

Las puertas del ascensor se abrieron de golpe. Antes de apearse, inspeccionó el pasillo de reojo, pero no se percibía ni un alma. Un escalofrío de mal augurio lo envolvió por completo.

Avanzando con paso felino y amortiguando al máximo el sonido de sus pisadas, se dirigió a toda prisa hacia la habitación de Chariot. Pegó la oreja a la madera de la puerta, pero no se filtraba ni el más mínimo ruido. Por un instante fugaz, a Yuri se le vino a la mente la imagen de Chariot Goodnight con la vida segada. A pesar de que apenas lo conocía de hacía unas horas y de que el tipo se había comportado con él de forma insolente, sintió que las yemas de los dedos se le enfriaban de golpe.

No deseaba contemplar la muerte de nadie.

Por mucho que la parca hubiera estado presente en incontables escenas a lo largo de su existencia, Yuri jamás logró habituarse a ese espectáculo. Quienes lo rodeaban solían ser escoria que merecía expiar sus culpas —incluyéndose a sí mismo en ese saco—, pero el hedor dulzón de la sangre derramada y el tufo a descomposición que exhalaban los cadáveres al poco tiempo eran cosas imposibles de borrar de la memoria.

La vida era un bien irrepetible concedido a cada cual una sola vez. No importaba cuán abyecta fuera una sabandija; al nacer, todo ser albergaba el destello milagroso de la existencia. Aunque estaba firmemente convencido de que existían individuos cuya trayectoria los hacía merecedores de perecer, el preciso instante en que la luz de un alma con aliento se apagaba guardaba una miseria indescriptible.

Y no deseaba presenciar semejante desdicha en alguien de la naturaleza de Chariot.

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Apartando de un tajo aquella lúgubre premonición, Yuri entró en acción. Al deslizar la tarjeta magnética por la cerradura, un pitido seco resonó en el pasillo. Aferrando el pomo con la mano izquierda que acababa de pasar la tarjeta, abrió la rendija con sigilo y se deslizó tras el umbral sin hacer ruido. Tras comprobar que ningún proyectil venía directo hacia él, se adentró raudo en la estancia.

“¿Heather? ¿Eres tú, Heather?”.

Al escuchar aquella voz tan familiar buscando a la mujer, Yuri cerró la puerta con sumo cuidado, conteniendo el aliento. Por lo visto, Chariot no había tenido la estupidez de abrirle la puerta a un extraño. Aliviado por ese detalle, sacó la mano del bolsillo y dejó que la hoja del cuchillo volviera a ocultarse.

“Parecía que solo ibas a hablar un segundo, pero has tardado una eternidad. ¿Qué demonios tenías que charlar con semejante elemento para dejarme tirado aquí solo? Aunque, bien pensado... casi ha sido mejor. De hecho, mientras no estabas ha ocurrido algo bastante curioso. Por poco te llevas un buen susto tú también”.

Pese a no recibir respuesta alguna, Chariot salió parmodiando a solas desde la zona de la salita. Preguntándose qué clase de imprevisto podría haberle sacado un susto semejante, Yuri avanzó hacia allí. En el preciso instante en que las trayectorias de ambos se cruzaron y sus pasos se detuvieron, sendas exclamaciones brotaron al unísono:

“¿Qué haces tú aquí?”.

“¿Qué hace este tipo metido aquí?”.

Al toparse de frente en el umbral de la sala de recepción, ambos fruncieron el ceño con hostilidad mutua. En cuanto distinguió a Yuri, Chariot mudó el semblante, interrogándolo con voz gélida, mientras Yuri clavaba la mirada en el suelo con el entrecejo marcado por la tensión. Sobre la moqueta de la salita yacía un hombre boca abajo, con el torso inmóvil. Al no advertir el menor atisbo de movimiento, era evidente que se encontraba inconsciente o muerto.

“Fui yo quien preguntó primero. ¿Qué haces tú aquí? ¿Y Heather? ¿A qué viene esa pinta? ¿Esas no son las gafas de Heather?”.

Chariot se le vinoencima, acortando la distancia con aire amenazante. Yuri lo escudriñó de arriba abajo con rapidez; la bata de baño que antes llevaba pulcramente anudada lucía desabrochada, y sobre su piel pálida se marcaban tenues rojeces por fricción. Todo indicaba que se acababa de librar un forcejeo.

“¿Lo has matado?”.

“¿Acaso me tomas por alguien de tu calaña?”.

Sin decir una palabra, Yuri pasó de largo junto a él y se acercó al cuerpo del hombre tendido en el suelo. Al agacharse y rebuscar en los bolsillos de la cintura, en lugar de una pistola halló un taser. Menos mal que los matones de los llamados Guardianes del Infierno conservaban la suficiente cordura como para no armar un escándalo en un hotel de cadena de gran categoría. ¿Acaso su intención era llevárselo secuestrado en vez de eliminarlo allí mismo?

“Responde. ¿Qué estás haciendo aquí?”.

En ese instante, Chariot le arrebató el brazo a Yuri, que observaba al sujeto en silencio. A pesar de no encontrarse desprevenido, la fuerza con la que lo tiró lo hizo tambalearse, sorprendiéndole un poco. No parecía que su condición de jugador de hockey fuera un título regalado; la potencia física de Chariot superaba con creces la de cualquier alfa común.

Al volverse hacia él sintiéndose retenido, se encontró con sus pupilas contraídas. De inmediato percibió también la temperatura corporal, tan elevada que irradiaba calor incluso a través del abrigo, y unas feromonas que fluctuaban de manera inestable. Aunque ignoraba los detalles exactos de lo ocurrido, era evidente que el forcejeo lo había alterado.

“Hay otro tipo en el vestíbulo que parece ser cómplice de este. Por seguridad, mandé a Heather lejos. No creas que vine aquí por gusto; lo hice por petición suya”.

“¡Lárgate de una vez, que yo solo basto para arreglármelas! Con solo verle la cara a esta persona ya te haces una idea”.

Mostrando un rechazo visceral a la presencia de Yuri en ese lugar, Chariot no disimulaba su hostilidad. Yuri lo observó con el rostro inexpresivo y le espetó:

“¿Seguirías diciendo lo mismo si este sujeto hubiera llevado un arma de fuego?”.

Chariot se quedó de una pieza. En sus ojos verdes, que se habían oscurecido perdiendo la razón, asomó un atisbo de duda.

“Para empezar, abrir la puerta y dejar entrar a un desconocido fue tu error”.

Aprovechando la brecha, Yuri le señaló su equivocación. Aunque era cierto, como no le apetecía admitirlo a la brava, Chariot replicó a la defensiva:

“Tampoco es que pudiera llamar a la policía. ¿Acaso has olvidado de qué me estoy escondiendo?”.

“Si no te hubieras dedicado a coquetear con omegas, nada de esto habría pasado”.

“¿Qué?”.

Chariot, que seguía replicando sin ceder un ápice, parpadeó desconcertado por un segundo. Yuri solo pretendía que él mismo cayera en la cuenta de su propia torpeza, pero la respuesta de Chariot resultó de lo más disparatada.

“¿Todavía sigues dándole vueltas a eso? ¡Con lo mucho que me apartabas diciendo que no me soportabas, al final va a resultar que mis coqueteos te gustaban en secreto!”.

Tras soltar una risa seca, Chariot retiró la mano con la que lo sostenía y dio un paso atrás.

“Aunque tienes una cara que es jodidamente de mi gusto, yo no mezclo mi vida con criminales. Si hubiera sabido que Samuel estaba metido en movidas de mafias, jamás me habría acercado a él”.

Yuri se quedó sin palabras contemplándolo; en vez de perder el tiempo en corregir semejantes estupideces, decidió que lo mejor era largarse de allí de inmediato.

“Cámbiate de ropa y recoge la maleta. Por si nos rastrean, nos desharemos de las tarjetas en cuanto retiremos efectivo en el camino. Será mejor que también cambiemos de teléfono”.

“Espera, ¡que yo no tengo ninguna intención de contratarte!”.

“¿Prefieres seguir perdiendo el tiempo innecesariamente aquí, o largarte de una vez para contratar a quien te dé la gana?”.

Por suerte, Chariot no era el colmo de la estupidez. A pesar de fruncir el ceño con fastidio ante sus palabras, se dispuso a empaquetar de nuevo la maleta sin rechistar. Entretanto, Yuri registró los bolsillos del tipo inconsciente hasta dar con un teléfono de tarjeta prepago. No portaba ninguna identificación que revelara su estatus.

Lamentablemente, el aparato tenía contraseña, lo que imposibilitaba que Yuri extrajera información por su cuenta. Decidió ocultar el dispositivo en un rincón donde Alexei pudiera recuperarlo más tarde durante el trayecto, y dio media vuelta para urgir a Chariot. Como debió de meterse al dormitorio, el joven ya no estaba a la vista; en su lugar, le llamaron la atención la maleta cerrada y los mil trescientos dólares que reposaban sobre la mesa.

Por poco se le quedan olvidados.

Yuri chasqueó la lengua, irritado por aquella despreocupación al gastar, y se guardó el dinero. Con esa suma le bastaría para solventar el combustible o el alojamiento de inmediato. Ya solo restaba salir de allí a toda prisa.

Al cargar con la maleta y salir de la recepción para adentrarse en la estancia que hacía de dormitorio, la vista de Yuri chocó frontalmente con una estampa de piel blanca y desnuda. Desde unas pantorrillas firmes y alargadas que ascendían por unos muslos macizos, pasando por unas nalgas tersas y una espalda ancha que desprendía una intensa sensación de presión, no llevaba absolutamente nada puesto.

Mierda.

Chariot estaba completamente desnudo. Al presenciar de manera involuntaria un cuerpo desprovisto incluso de ropa interior, Yuri dio un traspiés hacia atrás, abrumado por la sorpresa. La maleta que sostenía chocó contra la pared con un golpe sordo. Guiado por el ruido, Chariot giró bruscamente el torso, obligando a Yuri a contemplar a continuación algo que preferiría no haber visto jamás.

Algo de unas proporciones desmedidas se balanceaba bajo la cintura de Chariot. Aquella pesada silueta que proyectaba sombra entre sus muslos acaparó su atención sin que pudiera evitarlo, y Yuri profirió una maldición mental mientras desviaba la vista de golpe.

Menudo espectáculo para la vista.

El cuerpo de otro alfa no era precisamente algo que deseara contemplar ni aunque le pagaran, y menos aún le hacía gracia haberse topado con el de ese sujeto. La escena, presenciada contra su voluntad, resultó tan impactante que lo dejó mudo.

“¿Acaso te ha dado por espiarme?”.

A pesar de verse expuesto en pelotas ante un extraño de la nada, Chariot parecía mucho menos alterado que el propio Yuri. Aunque no podía leerle el rostro, el tono de su pregunta sonó inusualmente calmado, como si estuviera habituado a semejantes situaciones.

“...Vístete de una vez. No tenemos tiempo para esto”.

Superando el aturdimiento y abriendo la boca a duras penas, masculló Yuri con la garganta seca. Notaba cómo Chariot lo miraba fijamente mientras él respondía con la vista clavada obstinadamente a un lado. Ignorando aquella mirada punzante, oyó al joven replicar con un deje de humor en la voz:

“Si ya lo has visto prácticamente todo, ¿a qué viene apartar la mirada? Tampoco es que parezcas tan inocente”.

Aquel comentario teñido de ligera broma distendió la atmósfera que se había tornado tan tensa. Al relajarse, Yuri recuperó la compostura que el nerviosismo le había arrebatado. Quizá fuera porque Chariot se había comportado de ese modo desde el instante en que se conocieron, pero ya empezaba a acostumbrarse a esa faceta desenfadada. Aunque bien sabía que esa no sería la actitud habitual que el joven adoptaría con él de ahí en adelante.

“Vámonos. Tenemos que salir zumbando si quieres que te quite de encima a esos tipos”.

Chariot se cambió de ropa a velocidad de vértigo. Al parecer lo había meditado un poco, pues su indumentaria difería de la que llevaba al entrar en el hotel: una sencilla sudadera gris sin capucha, pantalones negros y un gorro de punto oscuro. Pese a tratarse de tonos sobrios, daban la sensación de desentonar con su figura, volviéndolo incluso más llamativo. Quizá se debiera a que era un individuo de rasgos sumamente luminosos; recordaba que cuando vestía la chaqueta y el gorro blancos, lograba fundirse mucho mejor con el entorno.

“¿Y la mascarilla?”.

“La tiré, así que no tengo”.

“Ve a buscarla y póntela de nuevo”.

“Es tarde. Se me echó cola encima en la papelera de la entrada y quedó asquerosa”.

Una razón tan absurda como echarle refresco a la basura, digna de un crío.

“¿No llevas ninguna de repuesto?”.

“Hasta antes de hoy no tenía ninguna necesidad de ocultar mi cara”.

Chariot se encogió de hombros con desparpajo. A juzgar por la soltura con la que se citaba con gente en los bares, parecía importarle bien poco que lo reconocieran por la calle. Algo completamente incomprensible desde la perspectiva de Yuri, quien abogaba porque nadie supiera jamás de su existencia.

En lugar de enfrascarse en una discusión estéril, Yuri abrió la puerta de la habitación. Chariot lo siguió de cerca. Al acortarse la distancia, las feromonas del joven volvieron a filtrarse por encima de su hombro. El aroma era intenso, fruto sin duda de haber permanecido alterado durante demasiado tiempo. Olía a un licor fuerte mezclado con notas dulzonas, semejante a un whisky de calidad a la que le hubieran extirpado los matices desagradables del alcohol. Una fragancia inconfundible.

Al percatarse de que se encontraba analizando el rastro aromático de otro alfa, Yuri frunció ligeramente el ceño y obligó a su mente a cambiar de rumbo. Lo mejor sería ocultar el teléfono del asaltante en un contenedor cercano al hotel de camino al aparcamiento y conducir directo hacia una zona despoblada.

Ignoraba la magnitud de la red con la que contaban los Guardianes del Infierno, pero al menos debía evitar ciudades lo suficientemente grandes como para que alguien pudiera movilizar a sus hombres en cuanto revisara las redes sociales. Sería ideal un sitio donde la gente pasara olímpicamente del hockey sobre hielo... aunque, por desgracia, un lugar así no existía en Canadá.

Inmerso en sus cavilaciones, llegó al ascensor. Al ver que Chariot se disponía a pasar por su lado para colarse el primero, Yuri lo detuvo por puro reflejo adquirido. Justo en el instante en que Chariot se giraba con gesto contrariado, las puertas se abrieron. A través de la rendija que se ensanchaba con lentitud, Yuri distinguió a alguien. Sus miradas se cruzaron de inmediato. Era el hombre que había estado vigilando desde los sofás del vestíbulo.

Los ojos del sujeto, ataviado con una gorra de béisbol, desviaron su atención de Yuri para clavarse con rapidez en Chariot. En cuanto reconoció el rostro del deportista, el individuo metió la mano a la espalda. Al percatarse del movimiento, Yuri empujó a Chariot a un lado sin pensarlo. Todo lo que vino después transcurrió en apenas tres segundos.

¡Bang! Un proyectil disparado desde un arma provista de silenciador zumbó a escasa distancia de donde estaba Chariot y se empotró contra el suelo. Al ver que el joven abría los ojos de par en par, tambaleándose por el empujón, Yuri le arrojó la maleta al agresor sin dudarlo.

¡Un golpe seco! El hombre logró frenar el impacto de la maleta con el antebrazo. Abalanzándose sobre él para irrumpir en el habitáculo del ascensor, Yuri le ladró a Chariot:

“¡Baja de una vez, ahora mismo!”.

Dándole una patada a la maleta que había caído al suelo para enviársela de nuevo hacia las piernas al atacante, Yuri aporreó el botón de cierre de puertas. Entre tanto, el hombre alzó el brazo dispuesto a encañonarlo otra vez. Con un movimiento rápido, Yuri levantó el pie y le propinó una patada certera en la muñeca, haciendo que el arma saliera volando en un giro por el aire hasta estrellarse contra el suelo. Sus miradas volvieron a encontrarse y, sin mediar palabra ni concederse un respiro, se lanzaron el uno contra el otro.

Tras esquivar un puñetazo directo al esternón, Yuri respondió encajándole un codazo en pleno rostro. Un ruido sordo resonó en la articulación de su brazo. Lejos de venirse abajo, el sujeto retrocedió tambaleándose, se apoyó contra la pared del ascensor y volvió a la carga.

Aplastando a Yuri con la parte superior de su cuerpo, el hombre le propinó un puñetazo directo al pómulo mientras este intentaba recuperar el equilibrio. Con el impacto, la montura de las gafas que llevaba puestas se partió y cayó al suelo. Aprovechando que Yuri se tambaleaba momentáneamente por la ráfaga de golpes, el sujeto le aferró la cintura con ambos brazos y, con una fuerza despiadada, le asestó un rodillazo o un golpe seco en las costillas.

Apretando los dientes para soportar el dolor sin vacilar, Yuri no intentó zafarse; en su lugar, torció con fuerza la oreja del individuo con los dedos. ¡Agh! Al ser atacado en una zona tan vulnerable, el atacante flaqueó y aflojó el agarre, dejando una brecha abierta. Sin desaprovechar la oportunidad, Yuri le recetó un golpe seco directo al rostro y, cuando el hombre agachó la cabeza, lo atrapó desde atrás. Con sus robustos brazos aprisionándole el cuello, Yuri pegó su propio cuerpo contra la pared del ascensor.

Las pulsaciones se le disparaban de forma enloquecida debido al violento intercambio que había tenido lugar en cuestión de segundos. Sintiendo la sequedad en los labios y el corazón latiéndole desbocado en el pecho, Yuri aplicó aún más presión en los brazos. El asaltante forcejeaba con desesperación, golpeándole el abdomen con los codos con fuerza, pero él no cedió ni un ápice.

¿Debería matarlo?

Yuri sopesó la idea mientras pensaba en el cuchillo que ocultaba en la manga. Aquel hombre le había disparado directamente a Chariot; su intención de eliminarlo era más que evidente.

Sin embargo...

Lo que Chariot buscaba no era algo así. Había afirmado que su motivo para buscar a Alexei era precisamente evitarse problemas innecesarios.

Si dejaba a ese sujeto con vida, era seguro que sus compinches no tardarían en dar con ellos. Al haberle visto el rostro, si regresaba con los suyos, contaría lo sucedido. Eso impondría restricciones a sus futuras acciones para proteger a Chariot, puesto que cualquiera podría identificarlo.

Su dilatada experiencia le había enseñado que perdonarle la vida a alguien y huir era infinitamente más difícil que acabar con él. Sobre todo cuando el adversario disparaba armas de fuego con total soltura, elevando el nivel de peligro a cotas insospechadas. Salir herido de una refriega no le importaba en absoluto. Lo verdaderamente problemático era el hecho de que las personas a las que uno decidía perdonar rara vez sabían mostrar agradecimiento después.

Mientras Yuri meditaba sobre qué hacer, el hombre terminó por desmayarse. Al aflojar gradualmente la fuerza de sus antebrazos, el cuerpo del sujeto se desplomó pesadamente contra el suelo con un golpe seco. Tragándose la respiración agitada que amenazaba con escapársele de los labios, Yuri lo observó un instante antes de registrarle los bolsillos en busca de su teléfono, tal como había hecho antes en la habitación.

Evitando mirar en absoluto hacia la cámara de seguridad que se hayaba justo encima de su cabeza, Yuri extrajo únicamente el cargador de la pistola que yacía en el suelo y apartó el arma de una patada hacia un rincón. No quería dejar excusas ni cabos sueltos por si las autoridades revisaban el caso tras recibir el aviso.

Unos segundos más tarde, el ascensor llegó a la planta baja. Tragándose el cansancio, enderezó la postura mientras aguzaba los sentidos para vigilar a cualquiera que pudiera hallarse al otro lado de las puertas. Con un leve zumbido, estas se abrieron, revelando a la pareja de turistas con la que se había cruzado antes. Por las bolsas que llevaban en las manos, parecía que acababan de regresar del 7-Eleven cercano.

“...¿Ah?”.

El hombre y la mujer dieron un respingo de pura sorpresa, retrocediendo aterrorizados. Yuri les dedicó una rápida ojeada de soslayo antes de levantar con calma la maleta que reposaba en el suelo. Cruzando por encima del cuerpo tendido del asaltante, les lanzó una advertencia al pasar:

“Harían bien en llamar a la policía. Se puso a armar escándalo completamente borracho”.

De cualquier forma, al haberse efectuado disparos en el interior de un hotel de lujo, la intervención policial era inevitable. Si las llamadas procedían de terceros ajenos a la situación, tanto mejor, y Yuri decidió sacar partido de eso. El atónito matrimonio corrió despavorido en dirección a la recepción, esquivándolo.

En ese preciso instante, las puertas del otro ascensor se abrieron. Al ver salir a Chariot con ademanes impacientes, Yuri sintió un profundo alivio. Por lo visto, el muchacho tenía la suficiente cabeza como para no deambular por otros sitios.

“¿Qué demonios ha pasado aquí?”.

Chariot se le acercó a zancadas, preguntándole en un susurro.

“Lo que ves. No tenemos tiempo para quedarnos aquí. Hay que largarse ya mismo”.

“Eso ya lo sé, lo sé, pero...”.

Yuri tiró de Chariot con la mano que tenía libre, alejándolo de allí. En el preciso instante en que hizo fuerza, sintió un ardor punzante y abrasador en la parte alta del brazo. Era una sensación que conocía de sobra; el roce de una bala solía dejar exactamente ese rastro. Creía haberla esquivado por los pelos, pero al parecer el proyectil disparado por aquel tipo le había rozado de pasada.

Avanzando casi a la carrera por el vestíbulo, vio que la pareja que charlaba con el empleado de recepción se giraba para decir algo. A pesar de haber cumplido su deseo de toparse con Chariot tal como había comentado antes, la tensión del momento les impedía prestarle la menor atención.

Acelerando el paso en cuanto salieron al exterior del hotel, Yuri rodeó la esquina hasta dar con el vehículo estacionado. Abrió la puerta trasera a toda prisa para arrojar la maleta y abrió enseguida el asiento del copiloto. Chariot subió de inmediato, y en cuanto Yuri abrió la puerta del conductor y se metió, arrancó el motor sin perder un segundo.

Ni Yuri ni Chariot pronunciaron una sola palabra durante un buen rato. Yuri condujo a ciegas, imprimiendo al coche una velocidad moderada para no llamar la atención. Consideró que lo más sensato era tomar la autopista 1 en dirección norte, así que viró hacia el este de entrada. Tras casi una hora de trayecto en absoluto silencio, la ciudad quedó atrás y el paisaje comenzó a poblarse únicamente de frondosos bosques.

Vigilando de forma constante por el retrovisor para cerciorarse de que nadie los venía siguiendo, Yuri exhaló por fin un suspiro contenido. No llevaba cola. Al parecer, los tipos que habían aparecido en el hotel eran todos los que había por el momento, y aunque las autoridades se hubieran personado tras la llamada, con detener al agresor armado en el acto ganarían un margen de tiempo considerable. No había cámaras en el pasillo, y si solo revisaban las grabaciones del ascensor, la presencia específica de Chariot no tendría por qué quedar al descubierto.

“¿Te fijaste en la cámara del ascensor?”.

Claro, eso siempre y cuando no se le hubiera ocurrido mirar directamente hacia el objetivo.

“¿Qué?”.

Chariot rompió al fin el silencio que había mantenido todo el tiempo. Yuri le dedicó una fugaz mirada de soslayo mientras el joven le preguntaba en voz baja y con la garganta oprimida. No parecía tener heridas visibles.

“Que si miraste hacia arriba en el ascensor”.

“...Claro que no. Estaba intentando huir, ¿sabes? Se supone que uno sabe esquivar una simple cámara”.

Siguiendo la dirección de la mirada de Yuri, Chariot giró también la cabeza hacia él. Los ojos verdes, que desde el momento en que había revelado su verdadera identidad habían mantenido un brillo de animadversión constante, recobraban ahora la placidez de cuando los vio por primera vez. Quizá reflejaban un atisbo de miedo, o tal vez simple inquietud. Y era comprensible; para alguien corriente, verse inmerso en una situación así no era algo cotidiano.

Mientras meditaba por dónde empezar las explicaciones, dado que él tampoco contaba con información clara, vio que Chariot fruncía el ceño. Desconcertado por el brusco cambio en su expresión, Yuri se contuvo. ¿Qué demonios le vuelve a molestar ahora?, se preguntó mentalmente un segundo antes de que Chariot se inclinara bruscamente hacia delante.

¿Va a pegarme?

En ocasiones, las personas empujadas a situaciones tan jodidas como aquella reaccionaban de forma completamente irracional. Bien mirado, parte de la culpa recaía sobre él; si desde el principio hubiera controlado mejor a Chariot, a nadie se le habría ocurrido subir su ubicación actual a las redes sociales.

Sin embargo, las palabras que brotaron de los labios del joven no se parecieron en nada a lo que había imaginado.

“Estás herido”.

Antes de que Yuri pudiera reaccionar, los dedos de Chariot ya le rozaban el pómulo. Al propagarse aquella cálida temperatura sobre su piel fría, el dolor punzante hizo acto de presencia con retraso. No obstante, más que el dolor, fue el propio contacto lo que desconcertó a Yuri, obligándole a aferrar el volante con más fuerza.

Hacía muchísimo tiempo que nadie lo tocaba de aquella manera. Desde hacía eones, concretamente desde la trágica muerte de su madre —la única que solía acariciarlo—, nadie se había tomado una licencia semejante con él.

...Vaya caricias tan ridículas entre alfas.

Para alguien como Yuri, que otra persona le pusiera las manos en la cara constituía una invasión de su espacio personal excesivamente íntima. Que un desconocido le hubiera hecho algo así, cuando ni entre miembros de su propia familia se prodigaban tales gestos, le resultó de lo más perturbador. Aunque el calor de aquel tacto le transmitía un extraño sosiego, la novedad de la sensación tensó cada músculo de su cuerpo. Con disimulo, Yuri apartó el rostro ligeramente y retiró la mano de Chariot con un movimiento natural.

“No hagas una tragedia por nada”.

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Bajo los estándares de Yuri, considerarse herido implicaba sufrir lesiones de gravedad. Si era capaz de sentarse y conducir sin mayores problemas, aquello estaba lejísimos de ser algo grave, así que no tenía la menor intención de darle importancia.

“Dedícate a dormir. Tenemos un buen trecho por delante”.

Haciendo un esfuerzo consciente por aflojar la tensión con la que aferraba el volante, Yuri intentó concentrarse en la carretera. Pero Chariot no estaba dispuesto a dejarlo en paz.

“Quien va de copiloto no se dedica precisamente a dormir en estas circunstancias”.

Tras soltar esa respuesta, Chariot se desabrochó el cinturón de seguridad sin previo aviso. Encendiendo la luz interior del habitáculo con un toque en el panel, se quedó inmovilizado al ver reflejado el rostro de Yuri bajo aquel haz de claridad.

“¿Se puede saber qué pintas llevas? Detén el coche. Te he dicho que pares”.

La mano que acababa de apartar volvió a abalanzarse sobre él, aferrándole esta vez la barbilla con firmeza. Ante aquella fuerza ineludible, Yuri frunció el entrecejo con fastidio. Tal como venía comprobando desde antes, a diferencia de su delicada fachada, Chariot poseía una potencia física descomunal. Pensando que en un duelo de fuerza pura quizás terminaría cediendo, Yuri torció la mandíbula.

“Déjate de jueguitos y suéltame”.

“Si vieras cómo tienes la cara, te tragarías esas palabras”.

Con los dedos apretados contra su piel, Chariot ejerció presión cerca del pómulo magullado. Un dolor sordo e intenso se irradió bajo los tejidos, provocando que Yuri entrecerrara los ojos.

“Ves? Si te duele”.

Aunque no necesitara un espejo, sabía de sobra que la zona del golpe lucía un desagradable cardenal violáceo. Le parecía un exceso armar tanto revuelo cuando ni siquiera tenía la piel desgarrada, pero temiendo que tanta insistencia terminara por provocar un accidente en plena vía, optó por ceder y detener la marcha.

“De acuerdo, ya puedes soltarme. Me detendré en cuanto aparezca un arcén”.

La autopista 1 apenas disponía de carriles de emergencia y constaba en su mayor parte de tramos esculpidos a golpe de talud en la falda de las montañas escarpadas. Frunciendo los labios con evidente descontento, Chariot apartó la mano, se cruzó de brazos y se quedó taladrándolo con la mirada fija. Incapaz de ignorar aquel escrutinio tan punzante, Yuri condujo unos cinco minutos más hasta divisar una explanada apartada donde finalmente estacionó el automóvil.

Apenas apagó el motor, Chariot se pegó a Yuri. Observándolo con una mirada seria, le preguntó:

“¿Llevas encima algo parecido a un botiquín? Deberías aplicarte alguna pomada”.

Preocuparse por una simple contusión hasta el punto de querer aplicarle crema le pareció de lo más ridículo, así que Yuri torció los labios en una mueca de incredulidad.

“¿Has terminado de revisar?”.

“No. Seguramente tengas más golpes por el resto del cuerpo. Quítate el abrigo. Ese imbécil de antes...”.

A mitad de la frase, Chariot se detuvo de golpe. Al recordar el tiroteo, sus ojos se ensombrecieron por un instante.

“...iba armado y te disparó”.

Chariot guardó silencio. Con una mirada pensativa clavada en Yuri, se mantuvo callado durante unos minutos. Aprovechando aquella tregua y sintiéndose genuinamente agotado, Yuri relajó los hombros. Al apoyar la espalda contra el asiento del conductor, el cansancio se abalanzó sobre él. Echó un disimulado vistazo al reloj del vehículo y comprobó que marcaban las tres de la madrugada. Básicamente, llevaba el día entero sin pegar ojo.

Aunque en el pasado se había pasado dos o tres días seguidos sin dormir, el cuerpo se había desacostumbrado tras una temporada viviendo con algo más de comodidad. Decidiendo que lo mejor sería descansar un par de horas antes de trazar un rumbo definitivo, Yuri le dijo a Chariot:

“Volveremos a ponernos en marcha. En cuanto aparezca una zona de descanso, sacaremos dinero en efectivo y podrás buscar a la persona que querías. Me quedaré a tu lado hasta que llegue el nuevo reemplazo. Al fin y al cabo, gran parte de esta situación se debió a que no tomé las precauciones necesarias...”.

Tragándose un suspiro de fatiga en silencio, Yuri se pasó la mano por el cabello. Tenía los ojos pesados y resecos.

“Intentaré que no se repitan momentos tan apurados como los del hotel”.

Estuvo a punto de añadir que lamentaba que tuviera que pasar por algo así, pero al percatarse de que sonaría a pura hipocresía, optó por cerrar la boca. Escuchando las palabras de Yuri en completo silencio, Chariot replicó en cuanto este terminó:

“¿Por qué demonios va a ser culpa tuya?”.

Una voz grave y contenida resonó con calma en el interior del habitáculo.

“La culpa es de esa escoria que vino a buscarme para matarme”.

Exhalando un sonoro suspiro, Chariot reclinó el asiento del copiloto hacia atrás y giró el torso para rebuscar en la maleta que reposaba en los asientos traseros. Debido a su envergadura, su hombro chocó contra el techo del coche con un golpe sordo. Tras sacar una botella de agua y un pañuelo de tela, desenroscó el tapón y humedeció el pañuelo con el líquido. Mientras lo observaba inmutabilidad alguna, un extremo húmedo rozó de inmediato la piel del rostro de Yuri.

“El que andaba pregonando que tenía pareja era su omega, pero el cabecilla de esa banda que vino a por mi cabeza se lleva la palma. Creí que solo querían extorsionarme con dinero, pero jamás imaginé que sacarían un arma a la primera de cambio. No sé si lo hace por lo mucho que ama a esa persona o por mero orgullo herido. Sinceramente, pasé miedo”.

Al contrario de lo que había creído en un principio —que no tenía ninguna herida abierta—, el pañuelo salió manchado de sangre al pasar por su piel. Frunciendo el ceño no por el ardor, sino por aquel tacto tan inoportuno, Yuri apartó la barbilla. Lejos de desistir o volver a aferrarle la barbilla como antes, Chariot se inclinó hacia delante siguiendo el movimiento para acortar la distancia.

“Gracias por salvarme. Independientemente de que seas un tipo desagradable, lo correcto es mostrar agradecimiento cuando toca”.

Justo cuando iba a esquivar el gesto de Chariot, Yuri se quedó paralizado. Era un agradecimiento que no esperaba. Además de que se trataba estrictamente de su trabajo, le sorprendía enormemente que alguien como él se dignara a guardar formas con un sujeto de su calaña.

Aprovechando que había dejado de esquivarle, Chariot terminó de limpiarle el rostro. Quizá por la propia temperatura corporal de Chariot, el pañuelo no estaba frío, sino templado, y aquella textura húmeda resultó ser menos desagradable de lo que pensaba.

El olor a suavizante de ropa, las feromonas de Chariot y un sutil rastro de loción. Ante la cercanía de aquel aroma ajeno, las pestañas de Yuri temblaron brevemente. Una incomodidad innecesaria comenzó a flotar en el ambiente, volviéndole torpe cualquier movimiento.

Si tengo sangre, lo lógico es limpiarla.

Pensando que lo más práctico era dejar hacer a Chariot, optó por quedarse quieto. Sin embargo, soportar que otro le limpiara la sangre era algo que rebasaba su paciencia, por lo que acabó abriendo la boca:

“Supongo que yo no debo de ser muy distinto de los tipos que te venían pisando los talones”.

Chariot se encogió de hombros con naturalidad.

“Ya lo sé”.

Aquella respuesta tan despreocupada dejó a Yuri descolocado.

“¿No se supone que te repugna codearte con gentuza?”.

“Una cosa es que me caigas mal y otra muy distinta que no te toque”.

Un argumento completamente incomprensible. ¿Acaso la gente no aborrecía la suciedad y por ende procuraba evitarla?

“Si algo te da asco, no te dan ganas ni de rozarlo”.

“Como estás dentro de mi tipo, no me importa”.

Chariot volvió a sacar a relucir su extraña fijación con los gustos personales. Aprovechando el momento, Yuri decidió interrogarlo al respecto:

“No alcanzo a comprender por qué sigues hablándome en ese plan sabiendo que soy un alfa”.

“Solo estaba diciendo la verdad. ¿Acaso te molesta?”.

Ante su pregunta, Chariot lo miró desde arriba con una leve sonrisa en los labios. Su hostilidad parecía haberse difuminado un poco. Resultaba increíble que le bajara la guardia solo por haberle salvado la vida; al fin y al cabo, los seres humanos podían apuñalarte por la espalda en cualquier momento. Yuri lamentó mentalmente tanta ingenuidad.

“No es precisamente algo agradable de oír”.

“Es un cumplido”.

“Te lo pasaría si viniera de un omega, pero no me hace gracia escuchárselo decir a otro alfa”.

Bien mirado, tampoco es que deseara escuchar semejantes tonterías de boca de un omega, pero que un alfa se expresara de esa manera salía por completo de los parámetros de lo razonable para Yuri.

“Al fin y al cabo, tanto si eres alfa como omega, sigues siendo una persona”.

“Los alfas no nos andamos tocando de esta manera. Con un omega pase, pero entre nosotros...”.

Al escuchar aquella respuesta tan cerrada, Chariot retiró el pañuelo y soltó una carcajada.

“Ja, ja”.

El sonido grave de su risa vibró tenuemente en el habitáculo. Con las comisuras de los labios ligeramente curvadas, arrojó el pañuelo manchado de sangre a los asientos traseros. Luego, abriendo la puerta del copiloto, comentó:

“Parece que no tienes ni idea del tipo de experiencias alucinantes que pueden vivirse entre alfas”.

Desconcertado por aquella ocurrencia fuera de lugar, Yuri frunció el ceño y se incorporó. Chariot salió al exterior y le hizo un gesto con la mano.

“Hagamos un cambio. Conduciré yo. No pienso dejar que un tipo herido se ponga al volante”.

“...No digas tonterías. Vuelve a subir”.

Aunque en los momentos de peligro le había hecho caso a regañadientes, Chariot había recuperado su habitual actitud mandona en cuanto se vio a salvo. Caminando hasta la puerta del conductor, se apoyó contra la carrocería e inclinó el torso para mirarlo desde arriba. Dos golpecitos secos sobre el cristal hicieron que Yuri bajara la ventanilla.

“Yo al menos pude descansar un rato en el hotel, pero tú has estado en movimiento continuo. Conducir con el nivel de agotamiento que llevas es mil veces más peligroso. ¿A que sí?”.

Era un argumento difícil de rebatir. Más que sueño, lo que sentía era un cansancio demoledor, y la idea de cerrar los ojos aunque fuera unos minutos le había asaltado con fuerza. Dudaba por orgullo, sintiendo que ceder equivalía a rendirse ante el deseo de descansar, cuando Chariot añadió con voz calmada:

“Admite que estás muerto de cansancio. No pasa nada por descansar”.

En medio de una carretera de montaña solitaria, sin un solo coche a la vista, solo la voz de Chariot resonaba con serenidad. Con las manos aferradas al volante, Yuri abrió los labios para replicar, pero las palabras no salieron. Al final, cedió y soltó el aro. Como si estuviera esperando ese preciso instante, Chariot abrió la puerta del conductor.

Intercambiaron los asientos sin mediar palabra. En cuanto cerró la puerta del copiloto, Chariot puso el motor en marcha. Sacando el teléfono del bolsillo, le preguntó a Yuri:

“Y bien, ¿hacia dónde vamos?”.

Yuri reclinó su fatigado cuerpo contra el respaldo y se frotó los párpados. Había estado conduciendo a ciegas con el único objetivo de alejarse del centro urbano, por lo que carecía por completo de destino. Rara vez se permitía planificar cosas así.

“A donde te apetezca”.

Algo de lo que él carecía por completo. Algo que solo alguien como Chariot poseía.

“¿Kelowna?”.

“Hay demasiada gente”.

Tch. —Chariot curvó los labios en un puchero. Apoyando el brazo en el volante, se giró para mirarlo con fijeza—. ¿Entonces qué clase de lugar buscas?

“Uno donde haya poca gente... y donde no ronden jóvenes imbéciles dispuestos a subirte a las redes sociales en cuanto te reconozcan por la calle”.

“¿Todavía quedan sitios así hoy en día?”.

La conversación empezó a pesarle tanto que la fatiga lo arrastró a guardar silencio. Al ver que se callaba, Chariot puso el coche en marcha sin insistir.

No cerró del todo la ventanilla del copiloto, dejándola abierta apenas lo suficiente para que se filtrara una brisa muy ligera mientras continuaba conduciendo con notable soltura. Para estar preparado ante cualquier imprevisto, Yuri se obligó a mantener los ojos abiertos y contemplar el exterior.

Bajo un cielo nocturno completamente negro, desprovisto de farolas y alumbrado únicamente por los haces de los faros, se alzaban de vez en cuando siluetas de árboles gigantescos a ambos lados de la vía. Al compás del siseo del viento que mecía las ramas en una danza silenciosa, los párpados de Yuri comenzaron a pesarle de manera insoportable. A través de su campo de visión, que se iba oscureciendo gradualmente, logró escuchar cómo Chariot tarareaba una melodía en voz baja.

Qué despreocupado

Justo antes de quedarse dormido, pensó que resultaba asombroso lo rápido que un tipo que acababa de librarse por los pelos de la muerte era capaz de cambiar de humor. Cuando se ponía serio parecía maduro, en sus momentos insulsos daban ganas de golpearlo, y a veces se pegaba de forma empalagosa para soltarle palabras afectuosas; poseía una paleta de facetas tan variada que jamás había visto en otra persona. Era como una de esas frutas de color rojo intenso que al morderlas por primera vez te regalaban un estallido de sabores completamente distintos.

* * *

‘Yuri-ah, mi pequeña cuenta de cristal.

La madre de Yuri lo llamaba con diversos apodos cariñosos. Cuando lo llamaba, abarcaba tantas palabras de una sola vez que, de pequeño, Yuri a menudo se confundía sobre cuál era su nombre.

Los miembros de la familia Kiselyov también tuvieron épocas en las que fueron felices. Aunque la felicidad de ellos no era ostentosa ni materialmente grandiosa como la que decía la sociedad, poseían el agradecimiento suficiente como para que fuera motivo para vivir un día más. Eran felices porque tenían una familia a la que amaban. Por más miserable y agotadora que fuera la vida afuera, al regresar a casa la madre los recibía con calidez, lo que les daba fuerzas para seguir viviendo.

Pensándolo bien, la familia de Yuri tampoco había sido infeliz desde el principio. Después de que Katia y Vasha concluyeran sus votos el uno para el otro y se convirtieran en marido y mujer, ambos albergaban esperanzas para su propio hogar, tal como les ocurre a todas las parejas que recién empiezan.

El matrimonio de ambos comenzó junto con la perestroika de Gorbachov. Dos jóvenes que habían vivido cumpliendo calladamente con las tareas que se les asignaban se vieron repentinamente arrastrados por una corriente cambiante. Se produjo un golpe de estado que terminó, y mientras andaban zarandeados y aturdidos, el mundo se convirtió en uno nuevo. Era un mundo despiadado para personas que, como Katia y Vasha, habían vivido con honradez.

El abastecimiento se había interrumpido por completo y con el dinero que poseían no se podía comprar nada. Lo único que se podía adquirir, incluso vaciando todos los ahorros en medio de una inflación que se había disparado varios cientos de veces, era unos cuantos kilos de salchichas y pan. Las personas que no poseían nada salieron a las calles para venderse a sí mismas, y mientras tanto, solo los contrabandistas y una minoría de privilegiados se adueñaron de la riqueza.

Ambos no vislumbraban un futuro en este país. Se sucedían los días en que comer una sola vez al día era motivo de suerte, y todo se conseguía a través de influencias. En esas circunstancias, Katia concibió una preciosa vida.

Vasili pensó que no se podía vivir allí por el bien de su esposa. Ayer mismo había visto a un vagabundo ebrio acosar y cometer abusos contra una mujer que caminaba por la calle, y en el orfanato del vecindario abundaban los niños abandonados, al punto de correr el rumor de que un recién nacido se había muerto de congelación. A él le aterraba una vida en la que, todas las noches al volver a casa, temiera que su esposa pudiera sufrir una desgracia.

Y eso no era todo. Un día sí y otro no llegaba la trágica noticia de que alguien que vivía en el vecindario se había quitado la vida por no soportar el futuro miserable, y no cesaban los reportes de que una nueva organización criminal aparecía en la ciudad para explotar a la gente.

Vasili, al pensar que no se podía vislumbrar esperanza en una tierra así, tomó la decisión de abandonar el país. Por Katia y su hijo, para convertirse en un buen padre.

Ambos reflexionaron durante meses e investigaron lugares a los que ir. Juntaron dinero y obtuvieron información para elegir la mejor opción por el bien del niño. Según decían, muchos se iban a Estados Unidos. En ese lugar se ganaba tanto como se trabajaba y se podía hacer lo que uno quisiera con libertad; corría el rumor de que, entre los vecinos que habían cruzado, ya había quien se había comprado una casa.

Katia le agarró la mano a Vasha y le dijo que se fueran a Estados Unidos. Ella se entusiasmaba ante la perspectiva de una vida en la que, en lugar de esperar durante años su turno, pudiera trabajar duro y comprarse un coche; cantaba sobre un futuro en el que comprarían su propia casa, plantarían flores en el jardín trasero y harían mermelada junto a su hijo. Tan hermosa era aquella mujer de cabello negro que sonreía mostrando sus blancos dientes, que Vasha le juró a su alma que haría cualquier cosa por ella.

Soportando bofetadas de su padre, Vasili consiguió el dinero. Los padres de Katia se oponían a que ella se marchara, por lo que toda esta empresa tuvo que sacarla adelante únicamente con las fuerzas de Vasili. El dinero que Katia había ahorrado trabajando como enfermera iba a destinarse al fondo de establecimiento. De ese modo se prepararon para la emigración y ambos llegaron a Estados Unidos entregando todo su patrimonio.

Allí, Vasili conoció a Mijaíl, el padre de Alexei. El matrimonio formado por Mijaíl y Nina, que era unos años mayor que Vasili, tenía identidades falsas debido a que se habían mudado allí antes de que la Unión Soviética colapsara, pero en compensación, por haber entrado antes, conocían varios puestos de trabajo. Gracias a haberlo conocido, Vasili consiguió empleo en una carnicería.

Casualmente, Nina tenía un bebé recién nacido. Katia, cuya fecha de parto era inminente, sintió afinidad de inmediato con Nina, que tenía un hijo de la misma edad, y así ambas familias se volvieron amigas íntimas. Durante un tiempo, todo parecía marchar bien. En la nueva tierra habían encontrado compatriotas de la patria, y Mijaíl, que era mayor que Vasili, lo ayudaba como un hermano mayor. Si seguían así, parecía que lograrían establecerse en Nueva York, formar una familia normal capaz de pagar los suministros con dinero y vivir bien.

‘¿Ya decidiste el nombre, Katia?’.

‘Aún lo estoy pensando. No sé qué le gustará a mi pequeña cuenta’.

‘No hay que ponerle al niño un nombre demasiado especial. Si no, Dios se fija en él y no vive mucho tiempo’.

El día que decidieron el nombre de Yuri, Katia estaba sentada frente a los escalones de la casa de Nina. Debido a que la pareja de Katia ocupaba la primera planta y el matrimonio de Nina la segunda de una pequeña casa de dos pisos en Brooklyn que alquilaban, ambas se sentaban con frecuencia en las escaleras a charlar.

La casa, pegada a un camino abarcado de gente que pasaba, no permitía tener nada parecido a un jardín. Al ver a Alexei, que reía a carcajadas acunado en los brazos de Nina, Katia se quedó sumida en una larga meditación tras escuchar las palabras de Nina. Katia, que miraba distraída hacia el exterior, dio una palmada como si hubiera caído en la cuenta.

‘Quiero ponerle Yuri. La familia de Vasha era agricultor en su origen’.

‘Vaya, ¿estás segura de que es varón?’.

‘Da igual si es hija o hijo. En Estados Unidos no se distinguen tanto los nombres. Si es niña la criaré fuerte para que nadie la trate con insolencia, y si es varón lo criaré afectuoso para que sea amable con todos’.

A Nina pareció extrañarle semejante planteamiento, pero no le puso grandes objeciones a las palabras de Katia. Ella solo quería desearle puras bendiciones a la parturienta que pronto daría a luz.

Katia sonrió con dulzura y acarició con cuidado su vientre redondeado con la mano. Aunque el niño se movía a menudo, jamás le había dado una patada violenta en la panza. Katia le diría a Yuri en el futuro que él había sido un niño muy bueno. Decía que no había sufrido ni los mareos habituales del embarazo y que el día del parto había salido enseguida sin causarle molestias, siendo tan tranquilo y dócil como cuando estaba en el vientre.

‘Yuri, tú vas a ser la semilla que nos guíe para que podamos empezar una nueva vida en esta tierra’.

Ekaterina le transmitió esta noticia a Vasili, quien regresó a casa tras terminar su jornada laboral. El hombre que pronto sería padre se alegró con una brillante sonrisa ante el nombre del niño que le había contado su esposa. El hombre, que se inclinó para besar el vientre de su esposa, le susurró al niño que iba a nacer desde el fondo de su corazón:

Que por él y por su madre, este padre haría cualquier cosa.

Unos meses después de aquello, el gobierno estatal, que comenzó a reprimir a los inmigrantes ilegales, hizo que todos los emigrados de los alrededores de Brooklyn partieran hacia Sarátov bajo la guía de Ígor. Aquellos que le debían favores a Ígor Volkov desde el momento en que cruzaron a Estados Unidos lo siguieron aterrorizados para no ser deportados, y los aislados en Sarátov se convirtieron pronto en esclavos de Ígor bajo el grillete del dinero.

Vasili, que había conseguido empleo en la carnicería dirigida por Ígor gracias a la mediación de Mijaíl, también se vio envuelto en fondos ilegales. Ígor le dijo que, si él daba a conocer ese hecho, Vasili se convertiría en un delincuente, y el hombre, de forma irónica, terminó ingresando bajo las órdenes de un criminal con tal de no ser un delincuente.

Las personas que tienen algo que proteger caen muy fácilmente en trampas. Vasili era honrado pero carecía de agudeza, por lo que se adueñó de un camino erróneo. Y lo mismo le ocurrió a Mijaíl. La sociedad trataba la falta de viveza como un delito, y en la práctica así era.

Si hubiera sido una persona con conciencia, se habría arriesgado con gusto a huir, pero el hombre no podía hacer eso. Ahora a su lado estaban su hijo recién nacido y su esposa que acababa de dar a luz, y sobre él recaía la obligación de mantener con vida a ambos como fuera.

El hombre cumplió la promesa que había hecho a solas con su hijo. Continuó manteniendo su hilo vital manchándose las manos con sangre humana en lugar de sangre de bestias. Para conservar su última conciencia, el hombre dijo que no quería tratar con gente corriente, y a partir de entonces Vasili se convirtió en el sabueso de Ígor.

Vasili comenzó a combatir contra los criminales de otras agrupaciones que amenazaban a Ígor. Los días en que él regresaba herido, Katia ocultaba bajo la sombra el contorno de sus ojos enrojecidos y curaba a su esposo con la experiencia y los conocimientos que había adquirido.

Desde entonces fue cuando Ekaterina comenzó a curar a los heridos. En lugar de los pecados de su esposo, ella salía a cuidar de los necesitados y pobres, y si surgía alguien lesionado a causa de Ígor, visitaba sus casas a altas horas de la noche para ayudar con sus curaciones. En una pequeña ciudad que ni siquiera contaba con un hospital privado, Katia era la única persona que curaba sin preguntar nada.

Cuando alguna parte del mundo se iluminaba, la oscuridad caía sobre otra. Sarátov era un vecindario que proyectaba sombra, y a medida que la oscuridad crecía, Katia se ocupaba más. Cuando Yuri se quedaba solo en casa, tomando como iluminación la luz de la luna que se filtraba a través de una ventana ruinosa, Katia solía prepararle un medovik y dejárselo en la mesa.

Katia abrazaba con fuerza al hijo que despedía a la madre que salía con un gorro de lana puesto, le besaba la coronilla y le susurraba de este modo:

‘Si te esfuerzas por vivir rectamente, Dios nos redimirá. Mi pequeña cuenta’.

De los brazos de la madre emanaba el olor a la miel que se había usado para preparar el medovik.

‘Duerme bien, Yuri-ah.

Inhalando aquel olor dulce y fragante que hacía olvidar todas las preocupaciones, Yuri creía en las palabras de su madre. Que algún día Dios ayudaría a lavar la tristeza que se posaba en los rostros del padre y de la madre.

También hubo noches en las que Yuri rezaba y rezaba.

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En lugar de quedarse dormido con facilidad, Yuri no solía tener sueños. Cada vez que Alexei se quejaba de haber tenido un sueño desagradable, él sonreía con calma y experimentaba vicariamente a través de los labios de su amigo lo que era un sueño.

El sueño desagradable de los que hablaba Alexei solía ser de contenido feliz. Situaciones como reconciliarse con Valeri, el hermano menor que lo aborrecía a muerte, y ponerse a construir un Napoleón juntos, o que Ígor fuera atrapado por la policía y reventara, y cosas por el estilo.

Dado que al oírlo no parecía un mal contenido, cuando Yuri por qué le resultaba desagradable, Alexei encendía un cigarrillo y le soltaba una respuesta simple:

Al despertar, la realidad se vuelve miserable.

Era verdad. A partir de entonces, Yuri no volvió a preguntar por los sueños de Alexei, y este tampoco profería el futuro que anhelaba. De este modo, ambos se convirtieron en el pilar del otro. En lugar de pronunciar vanas esperanzas, optaron por comprender y respaldar la realidad que les había tocado vivir.

Y a los demás, que no eran Alexei, tampoco es que tuviera ganas de explicarles los pormenores de su vida. Al fin y al cabo, sabía de sobra que para un extraño, Yuri no pasaba de ser un simple criminal.

Como alguien que es arrastrado a la superficie tras sumergirse en el fondo del mar, Yuri despertó de golpe. A continuación sintió la picadura de una luz solar agresiva que le traspasaba los párpados, y los sonidos que habían estado bloqueados volvieron a resonar en sus oídos. Escuchaba el trino de los pájaros y, a lo lejos, el murmullo de gente charlando.

...¿A qué hora me habré dormido?

Hasta hace un momento recordaba estar en una carretera oscura y solitaria, pero al abrir los ojos lo que se extendía a su alrededor era una gasolinera iluminada por todos lados. Enderezando el cuerpo con un respingo sobre el asiento, Yuri escudriñó los alrededores a toda prisa. Era una estación de servicio con una zona de aparcamiento lo bastante amplia para dar cabida a una decena de camiones, y contaba con una tienda y un Tim Hortons adosados.

Tenía la intención de cerrar los ojos solo un instante, por lo que le pareció absurdo despertar y encontrarse con que ya era de día. Por lo general, aunque durmiera profundamente, rara vez superaba las cuatro horas de sueño, pero al ver la posición del sol, estaba claro que ya debían de ser más de las ocho de la mañana. Sacó el teléfono para comprobarlo y, tal como sospechaba, marcaba justo un poco más de las nueve.

A causa de haber olvidado ponerlo a cargar, la batería estaba dando los últimos coletazos. Al revisar el móvil justo antes de que se apagara, vio que tenía dos llamadas perdidas de Alexei, mezcladas con varios mensajes de Heather y de él mismo. Mirando con la vista fija la pantalla apagada, Yuri abrió la guantera para buscar el cable, pero el que dejaba siempre allí no aparecía por ningún lado.

Y Chariot tampoco.

Al contemplar el asiento del conductor completamente vacío y la ventanilla bajada, le empezó a dar vueltas la cabeza. El precio de haber dormido con tanta profundidad fue toparse de bruces con una retahíla de incógnitas. Dónde se encontraba exactamente, por qué habían desaparecido el cable y Chariot... preguntas que exigían una respuesta inmediata se arremolinaron en su mente.

Lo primero que hizo fue revisar los asientos traseros. El respaldo del copiloto había sido reclinado casi por completo hasta los 180 grados, dejando la parte posterior a la vista, y la maleta de Chariot seguía intacta justo detrás del puesto de conducción. Tras deducir que al menos no había huido, distinguió una chaqueta depositada sobre sus muslos. Era la prenda negra que llevaba Chariot.

¿Y esto ahora qué...

Si lo que quería era quitarse la ropa, bastaba con dejarla en el asiento de atrás, así que no entendía por qué demonios se había molestado en ponérsela encima de su propio cuerpo. ¿Lo habría hecho para que quedara a la vista? Frunciendo el ceño, Yuri se disponía a apartar la chaqueta cuando vio acercarse a lo lejos a un tipo de complexión robusta. A pesar de llevar un gorro de lana encasquetado y gafas de sol, bastaba un simple vistazo para reconocer a Chariot.

Chariot avanzaba hacia el coche con pasos ligeros, como si fuera de paseo por el campo. Sostenía sendos vasos de papel rojo en ambas manos, mientras una bolsa de papel bastante grande pendía y se balanceaba de su muñeca. Era una actitud pasmosa y demasiado despreocupada para alguien que, apenas nueve horas antes, había estado a punto de morir acribillado a balazos, dejándolo sin palabras.

Al percatarse de que Yuri se había incorporado, Chariot de repente le sacudió la mano que sostenía el vaso a modo de saludo. Desde luego, no mantenían la clase de relación que justificara un saludo semejante a esa distancia, pero por si fuera poco, Chariot apresuró el paso. Tras dar unas cuantas zancadas con sus largas piernas, se plantó en un santiamén frente al automóvil.

“¿Has despertado, Bella Durmiente?”.

Saludó Chariot, asomando bruscamente el torso por la ventanilla abierta del conductor. Al estirar el brazo hacia el interior para tenderle el café, Yuri se vio obligado a aceptarlo por reflejo. Aquel apelativo de Bella Durmiente hizo que Yuri cayera en la cuenta de cuán profundamente se había dormido y de que Chariot lo había estado contemplando en ese estado. El sentimiento de fracaso lo invadió al pensar que había expuesto sus puntos débiles ante un perfecto desconocido, y para colmo, alguien tan poco fiable como Chariot, y no ante amigos de toda la vida.

“...Supongo que no habrás olvidado que soy un criminal al que detestas profundamente, ¿no?”.

“A fin de cuentas, la realeza siempre está plagada de criminales. En el pasado se castigaba a la gente por cosas que ni siquiera eran delitos”.

Un intenso y tostado aroma a granos de café desprendido del vaso impregnó el ambiente. Tras el descanso, el olor le devolvió la vida al cuerpo, haciéndole sentir que recuperaba las fuerzas. Yuri se contuvo de darle un trago inmediato al café; aunque no era que desconfiara por completo de Chariot, tampoco podía poner las manos en el fuego sobre lo que pudiera contener el líquido.

...Aunque si hubiera querido matarme, ya lo habría hecho antes.

Al ver que Yuri aceptaba el café con el entrecejo fruncido sin pronunciar palabra, Chariot debió de malinterpretar su silencio y corrigió sus propias palabras:

“No se puede hacer nada. Si no te gusta el príncipe, te pondré lobo”.

“¿Qué?”.

“Es un apodo que se me ocurrió porque actúas como un lobo solitario. Pensándolo bien, como solo tú andas por ahí llamándome por mis apodos, sentí que yo también necesitaba buscarte uno”.

“Llámame Campbell”.

Yuri mencionó el apellido que constaba en su documento de identidad falso. Chariot soltó una carcajada burlona mientras abría la puerta del vehículo para subirse.

“¡Pero si te he dicho que hay que usar un apodo!”.

En el preciso instante en que Chariot tomó asiento, el chasis del coche dio una sacudida. El interior, hasta entonces desocupado, se llenó de golpe con la imponente presencia de Chariot. Al mismo tiempo, el silencio circundante comenzó a disiparse con la algarabía exterior.

“Wolfie me parece perfecto. Da la casualidad de que mi cuento infantil favorito es justo Wolfie el Conejo. Si tienes la oportunidad, deberías echarle un vistazo alguna vez; es un libro verdaderamente magnífico”.

“Con Campbell me basta y me sobra”.

“Wolfie, aquí tienes el desayuno. Por desgracia no hay carne roja, así que por ahora tendrás que conformarte con esto”.

Ignorando la petición de Yuri, Chariot colocó su propio café en el posavasos y procedió a sacar un panecillo y un bagel de la bolsa de papel.

“Por la mañana lo único que venden en Tim Hortons es esto. He comprado un muffin y un bagel. He pasado de pedir papel envolvente porque es un fastidio que se te manche todo en las manos”.

Chariot le extendió la comida, sosteniéndola de forma que eligiera la que prefiriera. Yuri estuvo a punto de reiterar su rechazo ignorado, pero al percibir el olor que desprendía, bajó la vista hacia la comida. Como le daba igual qué comer, optó por preguntarle:

“...Me da lo mismo, quédate con lo que quieras”.

“¿De verdad? ¿Entonces me como el muffin de beicon?”.

“Sí”.

¿A qué viene preguntar semejante cosa si luego hace lo que le da la gana con los apodos? Con un sentimiento de profunda incredulidad, Yuri le arrebató el bagel de las manos. Con una musiquita tarareada en voz baja, exactamente igual a cuando conducía, Chariot recuperó el muffin y sacó primero una croqueta de patata de la bolsa. La tenía tan grande que el hash brown parecía una diminuta porción de patata rallada.

Mientras observaba de reojo cómo Chariot liquidaba el hash brown en apenas dos bocados, Yuri titubeó un momento antes de inclinarse primero por el café. Ah. Sintió que volvía a la vida. Al notar que la bebida penetraba en su estómago, la zona que había permanecido vacía durante tantas horas se le irritó levemente, obligándole a dar un mordisco al bagel a continuación.

Creía haberse habituado sobradamente a pasar hambre, pero al haber disfrutado de algo más de comodidad en los últimos años, su umbral de tolerancia ante el sueño y el ayuno parecía haberse ablandado. En cuanto probó el bocado, el hambre acumulada lo asaltó con voracidad, devorando el bagel en un parpadeo. Al haber estado el día entero a dos velas, un solo bollo no bastaba para aplacar semejante apetito.

Ya que habían hecho una parada en la gasolinera, Yuri decidió salir a comprar algo más de sustento. Tomada la decisión, se dispuso a doblar con prolijidad el envoltorio de papel del bagel para introducirlo en la bolsa de gran tamaño, pero al levantar la vista se topó de bruces con la mirada fija de Chariot.

“¿Qué?”.

Su voz, entorpecida por el sueño de la mañana, salió arrastrada y baja. En lugar de responder, Chariot le tendió el muffin que sostenía en la mano.

“Te lo doy a ti, de manera especial”.

“No lo necesito”.

“Venga ya, es que marcas baratas como Tim Hortons no van demasiado bien con mi paladar”.

Y sin embargo, por lo que había visto antes, se lo había tragado a la velocidad de la luz. Exhalando una risa seca, Yuri volvió a empujar la mano del hombre.

“Olvídalo. Si con ir a comprar más se arregla”.

A fin de cuentas, para alfas de la envergadura física de ambos, un par de miserables panecillos apenas servían para calmar el apetito.

“Ah, claro, existía esa opción. Como mi prioridad era pasar el menor tiempo posible a la intemperie, se me había pasado por alto”.

Ante sus palabras, Chariot abrió los ojos de par en par, como si hubiera alcanzado una iluminación repentina. Al contemplar aquella actitud tan pasmada, Yuri experimentó de nuevo la misma sensación del día anterior. Viéndolo tararear tan alegremente a pesar de haber rozado la muerte por un disparo, percibía en él una ingenuidad tan radical que era imposible apartar la mirada. No sabía si obedecía a su naturaleza de nacimiento o si la gente corriente era así por regla general, pero Chariot parecía una persona incapaz de calibrar la gravedad de la situación en la que estaba metido.

Aunque habiendo admitido que tenía miedo, supongo que tampoco es eso...

Tampoco era de los que carecían por completo de capacidad para leer el entorno, y contaba con ciertos recursos de supervivencia, pero viéndolo actuar de ese modo resultaba imposible emitir un juicio definitivo. Prefiriendo suspender sus conclusiones por el momento, Yuri abrió la puerta del coche.

“Quédate quieto dentro”.

Justo cuando se disponía a cerrar la puerta para salir, se detuvo por un segundo y se volvió hacia Chariot, quien lo seguía con la mirada. Los ojos verdes se desplazaban ágilmente siguiendo cada uno de sus movimientos.

“Sube la ventanilla. Dejarla así de abierta facilita demasiado las cosas a cualquiera que quiera reducirte”.

“Pero tengo calor. Además, nadie me ha reconocido”.

“Enciende el aire acondicionado”.

“El aire acondicionado echa un aire frío y no me gusta”.

Chariot se quejó. Al observar cómo el tipo que lo llamaba escoria se ponía a regatear con caprichos, Yuri pensó que tenía que volver a levantar un muro entre él y aquel sujeto. Tratándose de alfas, establecer una jerarquía estricta hacía las cosas mucho más fáciles de manejar.

“No soy tu niñera. Si no quieres morir, hazme caso”.

Ante esas palabras, Chariot arqueó las cejas.

“Aunque no te pongas a hablar de esa manera tan propia de un criminal, sé perfectamente qué clase de persona eres”.

“Entonces, ¿por qué no andas con más cuidado? Tu actitud actual es demasiado confusa”.

Chariot miró fijamente a Yuri. Al ver aquellos ojos verdes que brillaban con intensidad bajo la potente luz del sol, Yuri pensó que, incluso para evitar que Chariot perdiera su esencia y la ingenuidad que lo caracterizaba, él tenía que adoptar una postura firme.

“Te fías demasiado de la gente. Lo que pasó en el hotel ocurrió precisamente porque tu identidad quedó expuesta al charlar con ese omega. ¿Acaso sabías que habían subido fotos tuyas a las historias de Instagram? No se debe aceptar comida de extraños a la ligera, ni tampoco dejar la puerta del coche abierta de par en par. La escoria dispuesta a encañonarte con un arma o a extorsionarte pulula por todas partes, incluso aunque no seas una celebridad”.

Ante la advertencia de Yuri, el aire de puchero infantil se esfumó de su rostro y apretó los labios con fuerza. De tanto devorar el hash brown a toda prisa, un pequeño fragmento de patata se le había quedado pegado justo debajo de los labios. Tal vez por eso Chariot le pareció todavía más joven. Aunque, pensándolo bien, era cinco años menor que él. No, ¿cuatro? Había oído que su edad oficial en el ámbito público era un año menor que la real.

Sin embargo, por mucho que Chariot fuera joven, eso no significaba que fuera un crío. Yuri había empezado a codearse con adultos y a trabajar en medio de ellos desde que cumplió los doce años, y en aquella época aprendió que los criminales cometen delitos sin importarles en absoluto la clase de persona que tengan enfrente. Para esa calaña, el peso de la vida de su víctima carecía de importancia; lo único que contaba era el hecho de poder explotarla.

Por lo tanto, a los matones que perseguían a Chariot les importaría un bledo quién o qué era él. Para ellos, no era más que un blanco al que eliminar.

Yuri quería que Chariot volviera a tomar conciencia de su situación. Creía que, si ambos mantenían la guardia alta, conseguirían reducir al mínimo las situaciones de peligro.

“Tú... ¿vas a matarme?”.

Apenas terminó de hablar, Chariot soltó una pregunta totalmente inesperada.

“¿Qué clase de tontería es esa de repente?”.

“Te estoy preguntando si vas a matar”.

“...Estoy aquí precisamente para protegerte”.

“Es verdad. Eres mi guardaespaldas. Aunque cancelé el contrato inicial, estás aquí por petición de Heather debido a mi situación. Ah, en cualquier caso, como estás trabajando para mí, por supuesto que te daré tu paga”.

Chariot se detuvo un instante. Su rostro pálido, que hasta entonces solo había mostrado una actitud despreocupada, se quedó sin expresión mientras se sumía en profundos pensamientos. Bajando la mirada que tenía clavada en Yuri, Chariot abrió los labios en un murmullo:

“Tal como dice Heather, detesto profundamente a los criminales, pero...”.

Los rayos del sol proyectaban sobre las mejillas de Chariot la sombra de sus propias pestañas.

“Al mismo tiempo, les temo”.

Sus largas y finas pestañas de tono cobrizo temblaron levemente. Al escuchar aquella confesión de miedo, Yuri sintió un vuelco en el estómago.

“Esa gente hace sin dudar ni un segundo lo que yo jamás podría hacer. Por muy fuerte que sea y por mucho que sepa pelear, hay una línea que no soy capaz de cruzar”.

Todo lo que decía Chariot era cierto. La frontera entre una persona común y un criminal se reducía a una simple línea trazada en el suelo. Esforzarse por no cruzar esa delgada línea o renunciar a todo para elegir el camino más fácil era lo que separaba a un ser humano de una bestia.

“Así que no te preocupes. Si te sermonéo sin parar es solo un intento de mantenerte a tu lado, no porque me sientas atracción como la primera vez que nos vimos. Ya que a ti y a mí no nos queda más remedio que viajar juntos, al menos me gustaría que el tiempo que pasemos compartiendo camino fuera un poco más cómodo”.

Chariot disipó de un golpe las inútiles preocupaciones de Yuri. Chariot no es que no estuviera tenso; llevaba el miedo por dentro, pero simplemente se negaba a demostrarlo.

Se había equivocado con él. Había creído que era un ingenuo tan inmaduro que ni siquiera era capaz de calibrar el peligro, pero al parecer era él quien resultaba lo suficientemente peligroso a los ojos de Chariot.

Si las cosas eran así, al menos podía estar tranquilo.

“¿Qué? ¿Te parezco patético porque parezco un alfa incapaz de estar a la altura de su propio tamaño?”.

Con el nivel de lucidez que demostraba al ser consciente de la clase de tipo que era Yuri, está claro que no se pondría a seguir alegremente a cualquier peligroso sin rechistar. Al parecer, había cometido el error de juzgarlo basándose únicamente en su fachada.

“No”.

A pesar de que la vida le había enseñado a golpes que jamás debía juzgar a las personas por las apariencias, había caído de pleno en ese mismo error con Chariot. Sacudiendo la cabeza, Yuri le regaló una disculpa:

“Si ese era el motivo, retiro lo dicho”.

El hecho de que Chariot no siguiera al pie de la letra los estándares que Yuri consideraba ideales no significaba que no estuviera dando lo mejor de sí mismo.

“Juzgué tu situación basándome en mi propia vara de medir sin conocer realmente tu punto de vista”.

Ya no quedaba nada que reprocharle a alguien que lidiaba con una ansiedad constante provocada por circunstancias que escapaban a toda lógica. Aunque es verdad que Yuri tampoco había deseado verse metido en semejante entuerto, si se trataba de medir el grado de incomodidad, lo de Chariot era infinitamente peor.

Yuri decidió ceder un poco y amoldarse a él. Al fin y al cabo, no era una relación que fuera a durar mucho tiempo, y complacer en cierta medida a Chariot tampoco le iba a suponer ningún perjuicio.

Al escuchar las disculpas de Yuri, Chariot alzó despacio la cabeza. El parpadeo de sus largas pestañas denotaba un atisbo de sorpresa. Yuri buscó deliberadamente su mirada. Recordaba haberle oído decir a su madre que cruzar las miradas ayudaba a tranquilizar a la gente; y que cuanto más alterada estuviera la otra persona, más calmada debía mantenerse la parte encargada de apaciguarla.

“Será mejor que te limpies los labios”.

Tras señalar con la cabeza la boca de Chariot, Yuri dio un par de golpes secos con la palma de la mano sobre la carrocería.

“Deja la ventanilla abierta solo un poco. Volveré antes de diez minutos, así que no te muevas de aquí”.

Si se suponía que iba a ocurrir una desgracia, lo lógico era que hubiera pasado ya hacía rato. Habiendo dormido profundamente durante tanto tiempo sin vigilancia, se habrían dado las condiciones perfectas para que estallara cualquier incidente, pero al ver que seguía con vida, el juicio de Chariot no había estado tan desencaminado. Con que uno de los dos mantuviera los nervios de punta era más que suficiente.

Tras finalizar sus indicaciones, Yuri dio media vuelta para dirigirse a la zona de descanso. Mientras lo veía alejarse, Chariot levantó lentamente una mano para rozarse los labios. Sobre su rostro, al contemplar el fragmento de hash brown que se le había quedado adherido a la yema de los dedos, se dibujó un atisbo de desconcierto indescifrable.

* * *

Sorprendentemente, a pesar de que ya había pasado su buen tiempo desde que se había mudado a Canadá, Yuri jamás había puesto un pie en el famoso Tim Hortons. En alguna que otra ocasión había probado lo que T-Mac o Alexei compraban, pero nada más. Nunca había sentido curiosidad ni el menor deseo de experimentar algo que todo el mundo daba por sentado.

Yuri se limitaba a cumplir con el mínimo indispensable para sobrevivir. Por ejemplo, solo iba al supermercado cuando las despensas estaban a punto de vaciarse, o salía a la calle exclusivamente a recoger piezas para el coche.

Eran sus amigos quienes solían arrastrar a Yuri hacia el exterior, pero como cada uno tenía su propia vida, no se veían demasiado. Su única forma de entretenimiento consistía en escuchar la voz de alguno por teléfono cuando la distancia se hacía pesada. Vivía de manera estrictamente ascética.

No había visto cadenas de tiendas como esa desde que llegó a las grandes ciudades. Sarátov era una región extensa con una población sumamente reducida. Debido al clima inclemente, donde los inviernos alcanzaban fácilmente los cuarenta grados bajo cero, los inmigrantes no solían afincarse allí; y dado que el destino quiso que un despiadado criminal procedente de la Unión Soviética echara raíces en esa misma tierra, Sarátov se mantuvo sumida en el atraso durante mucho tiempo, doblegada bajo el férreo control de Ígor.

Aunque, pensándolo bien, justo antes de marcharte parecía que en Sarátov empezaban a surgir cosas de ese estilo.

A diferencia del mundo de Yuri, que siempre parecía estático, el exterior se transformaba con rapidez. Algo que parecía destinado a no cambiar jamás se alteraba de repente de forma drástica, y personas que uno daba por sentado que estarían siempre ahí terminaban desvaneciéndose sin previo aviso.

Yuri prefería mantenerse firme en su sitio, observando desde la barrera cómo el mundo cambiaba a su alrededor mientras él permanecía inmóvil.

Los muros que lo confinaban se habían levantado con la anchura justa para que sus amigos pudieran descansar un momento antes de marchar. Él era una presencia nociva que no debía rebasar los límites de aquel cerco, y él mismo hallaba cierta paz en ese espacio reducido. Dentro de sus murallas contaba con las obligaciones asignadas, la comida justa para aplacar el hambre, algún que otro cigarrillo y los libros que su madre solía leerle.

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Viviendo así… era la primera vez que acudía a un sitio semejante por voluntad propia.

En el interior del Tim Hortons, donde jóvenes empleados de aspecto aniñado se movían de un lado a otro con prisa, Yuri completó su primer y torpe pedido. Como no le agradaba cruzar miradas con los demás, mantuvo la cabeza gacha mientras recitaba con voz inexpresiva lo que necesitaba. Al verle la cara, el dependiente esbozó un gesto de sorpresa, pero disimuló su desconcierto de inmediato y se apresuró a preparar los alimentos. El aspecto maltrecho y con huellas de pelea de Yuri pareció asustar al muchacho, lo que le provocó un incómodo remordimiento.

Tras pedir exactamente lo mismo que había comprado Chariot, Yuri pasó por una tienda de conveniencia. Cuando se disponía a salir tras coger únicamente agua y tabaco, le cruzó por la cabeza la idea de que tal vez le vendría bien comprar algo de picar. ¿Habría sido por culpa de Chariot y su confesión de miedo? Sus pasos se detuvieron de golpe frente al pasillo de los chocolates, un rincón que de otro modo habría ignorado por completo.

Los estantes rebosaban de chucherías. Gominolas de aspecto empalagoso, tiras de Twizzlers, barritas de chocolate de todo tipo y caramelos desfilaban ante sus ojos, abrumándole la vista.

No tengo la menor idea de qué es cada cosa.

Como casi nunca había probado golosinas durante su crecimiento, Yuri era incapaz de adivinar a qué sabía semejante acumulación de azúcar. De niño nunca le sobró calderilla para gastar en tiendas, por lo que el medovik que su madre le preparaba seguía siendo el único recuerdo claro que conservaba del sabor de un postre.

A partir del fallecimiento de su madre, hasta los dulces de tradición rusa habían desaparecido de su dieta. El sabor azucarado se transformó en un recordatorio constante de su madre, haciendo palpable la ausencia de una persona querida que ya no estaba a su lado. De repente, la comida dulce dejó de ser un motivo de alegría para convertirse en el símbolo de una pérdida incurable.

Incapaz de calcular los gustos de una estrella del deporte cinco años menor que él, Yuri terminó cogiendo al azar una bolsa de caramelos, unas patatas fritas y una barrita de chocolate que anunciaba un extra de proteína. Mientras se preguntaba si estaría bien meterle semejantes porquerías a un cuerpo de élite, terminó pasando por caja.

Al salir a la calle, el cielo brillaba con una intensidad deslumbrante. Soplaba una brisa fresca, en su justa medida, impregnada del aroma de la vegetación. Aquella mediodía a solas en una carretera desconocida, tras haberse acostumbrado solo a alternar entre su casa y el taller mecánico, se antojaba hermosa hasta el punto de resultar un tanto intimidante.

Apenas pensó eso, Yuri apartó los ojos del cielo. Al bajar la cabeza, vio la bolsa de papel de la tienda de conveniencia colgada de su mano con torpeza. Contemplando el envoltorio con fastidio, metió la mano en el bolsillo izquierdo del abrigo para regresar a la realidad. Sus dedos tropezaron con los dos teléfonos desechables que había requisado la noche anterior a los intrusos.

Antes de llamar a Alexei, Yuri sopesó dónde esconderlos. Sería mejor dejarlos en un sitio donde Alexei pudiera encontrarlos antes de alejarse demasiado. Su plan original era deshacerse de ellos al salir del hotel, pero...

El recuerdo de los disparos devolvió su mente divagante al presente. Un presente impregnado por el olor a pólvora mezclado con grasa y el rastro de sangre que corría por su nariz, muy lejos del refrescante aroma de la hierba.

Tras pensárselo mejor, Yuri apagó los teléfonos desechables y se dirigió al baño de hombres. Situado entre el Tim Hortons y la gasolinera, el aseo estaba bastante limpio, lo que delataba un buen mantenimiento. Comprobó en silencio que no hubiera nadie y, tras rebuscar un momento en la papelera de las toallas de papel, deslizó los móviles hasta el fondo.

Si Alexei logra recuperarlos y rastrea los números de contacto, tal vez consigan alguna pista.

Con la tarea urgente resuelta, Yuri se detuvo frente al lavabo antes de marchar. El hombre de piel pálida reflejado en el espejo vestía con la misma dejadez taciturna que caracterizaba su existencia. El hematoma en el pómulo, recibido durante la pelea, se había oscurecido mientras dormía hasta adquirir un tono rojizo y negruzco. Y pensar que he estado paseándome con esta cara. Yuri dejó escapar una leve risa sarcástica mientras depositaba la bolsa junto al lavamanos. Al abrir la llave, brotó un chorro de agua helada. Cuando sumergió los dedos con lentitud, un escalofrío le recorrió la espalda.

Tras lavarse la cara con aquella agua fría que contrastaba con la calidez del exterior, Yuri salió de los baños. Habrían pasado unos quince minutos, calculó. Le preocupaba haberse pasado del cuarto de hora pactado, así que apresuró el passo.

Para su alivio, Chariot seguía sano y salvo dentro del coche. No había escapado ni se había puesto a charlar con ningún desconocido. Por si fuera poco, y portándose bien tal como le había pedido, había subido la ventanilla casi del todo, dejando únicamente una rendija por la que apenas cabía un dedo.

Al ver que Chariot lo fulminaba con la mirada desde el asiento, con una expresión de morros que le resultaba tan extraña como cómica, una sensación indescriptible se apoderó de él. No era una impresión que se pudiera explicar con lógica, sino más bien la extrañeza de presenciar a un ser en un lugar al que no pertenecía. Era como meter un león en un apartamento, o como si alguien hubiera plantado un globo rosa en mitad de un bosque espeso. Aunque costaba encontrar la palabra exacta, le parecía absurdo tener a alguien tan ajeno a su mundo dentro de su propio coche.

Y, pensándolo bien, parecía también un perro grande enfurruñado porque su dueño lo había dejado solo.

En cuanto Chariot distinguió a Yuri a lo lejos, no le apartó los ojos de encima. Tan pronto como este abrió la puerta y se metió en el lado del copiloto, Chariot adoptó un semblante mucho más alegre que antes y le habló con aquel tono jovial y exasperante:

“Estaba a punto de morir ahogado esperándote”.

Aunque le encantaba exagerar, tampoco era para tanto. O tal vez ya se había habituado al ritmo en cuestión de horas. Yuri encajó el comentario con total indiferencia.

“Pero si habías dejado la rendija abierta”.

“Tengo una capacidad pulmonar enorme, con ese hilillo de aire no me llega”.

Claro que sí. Yuri asintió con la cabeza en silencio antes de indicarle con un gesto:

“Pásate al otro lado. A partir de aquí conduzco yo”.

“¿Y se puede saber a dónde vamos?”.

“Dudo que el navegador esté de adorno. Con solo decirle el destino, saldrá la ruta”.

Chariot vaciló con un sonido dubitativo antes de salir del asiento del conductor. Al comprobar que, a pesar de sus quejas, empezaba a obedecerle con bastante docilidad, Yuri pensó que lidiar con él era un poco más sencillo que al principio. Tras efectuar el cambio de puestos, Yuri le arrojó con displicencia la bolsa de papel a Chariot, que ya ocupaba el asiento del copiloto. Al ver el bulto caer sobre sus muslos, Chariot inclinó el torso hacia adelante.

“¿Eh? ¿Por qué hay tantas cosas?”.

La voz de Chariot se iluminó mientras rebuscaba en el interior con la curiosidad de un crío. Sin esperar a que Yuri le diera explicaciones, sacó una barrita de chocolate de la bolsa y se quedó mirándolo fijamente.

“¿Tenías tanta hambre?”.

Yuri sopesó cómo explicárselo. Habría preferido arrancar sin decir una palabra, pero comprendió que, además de tener que buscar el cable de carga, Chariot no cerraría la boca hasta obtener una respuesta. Sin más remedio, Yuri le echó un vistazo rápido a la bolsa, fijó de nuevo la vista al frente y masculló:

“Es para ti”.

“¿Para mí?”.

Chariot hurgó entre los snacks con un desconcierto divertido antes de soltar una risita ahogada.

“¿Tanto? Me gusta comer, pero tampoco para tanto”.

¿Habría comprado demasiado? Como jamás consumía tentempiés, Yuri no tenía la menor idea de cuánta hambre lograba calmar una simple barrita de chocolate.

“No me digas que... ¿como no sabías qué te gusta, has comprado de todo por si acaso?”.

Preguntó Chariot en tono de broma. Yuri aferró el volante y guardó silencio unos segundos. Responderle que sí le resultaba un tanto incómodo, así que optó por soltarle la verdad hasta donde le permitía su orgullo:

“Se supone que lo dulce ayuda a calmar los nervios”.

En otras palabras: cómetelo y cállate de una vez.

“...Vaya”.

Chariot se quedó con los labios sellados, como una persona sorprendida por un regalo inesperado, haciendo que el interior del coche quedara en un silencio incómodo. En medio de aquella atmósfera cargada de estática, Yuri se quedó rígido mientras fulminaba con la mirada el volante sin motivo alguno. Como el silencio empezó a hacerse cada vez más espeso, sintió la necesidad de comprobar qué demonios estaba haciendo Chariot, así que, titubeante, se volvió hacia un lado.

Y sus miradas se cruzaron.

Chariot lo observaba fijamente con sus ojos verdes. Quizás porque sus largas pestañas de tono cobrizo cubrían como una alfombra aquella suave mirada, se veía inusualmente dócil en comparación con su actitud habitual. Aquellos ojos transparentes y brillantes, que reflejaban la luz, se movieron con lentitud en cuanto Yuri le devolvió la mirada.

“Gracias”.

Al contemplar la comisura de sus ojos curvada con suavidad, la sensación que había experimentado un momento antes al mirar el cielo volvió a abalanzarse sobre él. Como un paisaje demasiado hermoso pero que uno no se atreve a robar con la mirada, la imagen de aquel hombre dándole las gracias se antojaba como un trozo de otro mundo que no le estaba permitido a Yuri.

Jamás se habría imaginado escuchando un agradecimiento de labios de una persona corriente. Y menos aún por segunda vez.

Podía llegar a entender un gracias por haberlo salvado. Dado que se trataba de una situación de vida o muerte, era lógico que un civil como Chariot experimentara cierta sensación de deuda. Pero dar las gracias por unos simples snacks insignificantes, viniendo de alguien que dejaba olvidados cientos de dólares sobre la mesa como si nada, era un asunto completamente diferente.

Y todo eso sabiendo perfectamente qué clase de criatura era él.

Quizás por haber recibido una muestra de cortesía que jamás debería dirigirse a un criminal, el interior de sus orejas le picaba y le quemaba de un modo insoportable. Apartando el rostro con lentitud, como si rompiera a la fuerza el contacto visual, Yuri le replicó con total desdén para restarle cualquier atisbo de significado especial a las palabras de Chariot:

“A fin de cuentas, ahora mismo soy tu empleado”.

Las palabras de agradecimiento seguían repitiéndose una y otra vez en sus oídos, y Yuri deseaba con toda el alma ahogarlas.

“A partir de ahora, preferiría que te ahorres los agradecimientos”.

Conociendo muy bien el vacío inmenso que deja aquello que estuvo presente y de pronto desaparece, él no quería volver a permitir que nada semejante cruzara jamás el umbral de su vida.

Aunque el tono de Yuri adoptaba la forma de una sugerencia, sonaba a medias como una amenaza implícita y coercitiva. Si se hubiera tratado de los miserables a los que solía escarmentar en el pasado, le habría bastado con una única advertencia antes de pasar a la acción física para doblegarlos; sin embargo, con Chariot, lanzar aquella simple advertencia era lo máximo que podía permitirse. De por sí ya le pasaba por alto ciertas actitudes precisamente por tratarse de un civil, pero tras haberle visto aquellos ojos teñidos de miedo, a Yuri le resultaba un poco más difícil lidiar con él.

A Yuri le intimidaban los seres débiles. Por lo general, se suele decir que la gente le teme a quienes son más fuertes que ellos, pero en su caso ocurría exactamente lo contrario.

Del mismo modo que bastaba un roce para hacer añicos las alas de una mariposa, la gente corriente se quebraba con una facilidad pasmosa, y el propio entorno al que Yuri estaba habituado le resultaba aterrador para alguien así. Su madre le había enseñado desde niño que los acontecimientos habituales en su propia vida solían resultar sumamente violentos e incómodos para una persona normal. Y luego, Katia se lo repetía una y otra vez, día tras día:

‘Aunque no todas las personas débiles necesiten de tu ayuda, siempre debes respetarlas. Si puedes permitirte ser una persona fuerte no es porque seas superior a los demás, sino porque, gracias a la gracia divina, tienes la fortuna de poder mantenerte en pie sobre esta tierra’.

Aunque Yuri hacía mucho tiempo que había dejado de creer en Dios y ya no compartía esa fe ciega en las palabras de su madre, aquellas lecciones de antaño seguían grabadas en lo más hondo de su pecho como si de un epitafio se trataran.

No obstante, Chariot era un caso ambiguo. Se trataba de un alfa de complexión imponente, un deportista dotado de unas condiciones físicas magníficas que no necesitaba en absoluto de la ayuda de Yuri. Por lo tanto, Chariot no era en absoluto un hombre débil en el plano físico, y además poseía la suficiente sangre fría como para reducir él solito a los criminales que habían asaltado su habitación de hotel.

Aun así, la imagen de aquel hombre —alguien que había osado cruzar la línea del mismo modo que él— confesando que sentía miedo se le había quedado grabada a fuego en la memoria, impidiéndole mostrarle la hostilidad afilada con la que solía tratar a los demás desde el principio.

“No me da la gana”.

Y, como si hubiera adivinado los recovecos de la mente de Yuri, Chariot replicó de inmediato con una respuesta diametralmente opuesta a sus deseos. Ante aquella réplica tajante, que no dejaba margen a la deliberación, el entrecejo de Yuri se contrajo ligeramente.

“Como bien has dicho tú mismo, soy tu jefe, así que haré lo que me plazca”.

Lejos de conformarse con darle una contestación insatisfactoria, Chariot señaló de nuevo las compras del Tim Hortons que Yuri acababa de traer y añadió una vez más:

“Además, pienso comerme el desayuno muy a gusto. Gracias”.

De verdad que...

Una sensación de picor irritante trepó desde el fondo de su esófago, como si hubiera tragado pelusa. Convencido de que seguir discutiendo sobre este asunto solo le acarrearía pérdidas, Yuri decidió reconducir la conversación hacia la cruda realidad.

“Había un cable cargador de móvil en la guantera. ¿Has sido tú quien lo ha cogido?”.

Tras intercambiar lo estrictamente necesario, había tomado la firme decisión de limitar al máximo cualquier otra charla trivial. Una cosa era andar con pies de plomo para tratar a Chariot, y otra muy distinta tener que aguantarle los caprichos a cada paso.

“Ah, sí. Tu compañero se encargó de dejarme la batería externa, pero se olvidó del cable. Como estabas durmiendo y me daba cosa despertarte, me puse a buscarlo y lo encontré por mi cuenta”.

Con que me tiene miedo, ¿eh? Pero para registrar mi coche bien que se apaña. A Yuri le pareció algo absurdo, pero prefirió no señalarlo.

“Dámelo”.

Ante la exigencia, Chariot asintió con la cabeza y, de repente, se inclinó hacia el asiento del conductor invadiendo su espacio. La proximidad tan brusca de Chariot hizo que Yuri se sobresaltara y le agarrara con firmeza de los hombros.

“¿Qué se supone que haces?”.

La distancia se acortó tanto que parecían a punto de fundirse en un abrazo, provocando que Yuri frunciera el ceño con contrariedad. Chariot parpadeó lentamente con sus largas pestañas mientras lo miraba fijamente y luego hizo un gesto con la barbilla hacia su propio hombro.

“Había dejado mi batería externa en el compartimento de la puerta, y el cable sigue enchufado ahí. Intentaba sacarlo para dártelo en mano”.

Apenas oyó la explicación, Yuri giró la cabeza de un golpe hacia la izquierda. Efectivamente, la batería y el cable descansaban en el hueco inferior de la puerta del copiloto. ¿Cómo demonios no lo había visto? Tras recriminarse mentalmente su propia falta de atención, Yuri aumentó la presión de los dedos sobre el hombro de Chariot, aplicándole una advertencia silenciosa para que se apartara.

“Si vas a hacer algo así, dilo antes en lugar de actuar de esta manera tan extraña”.

“Ya te lo dije antes. Quiero intentar que la situación de estar contigo sea lo más cómoda posible”.

“¿A qué te refieres con...”.

¿De verdad llamaba a eso una forma cómoda? Al advertir la duda reflejada en los ojos azules de Yuri, Chariot asintió con naturalidad.

“Es que a mí me gusta el contacto físico con la gente. Mis amigos ya están más que acostumbrados a esa manía mía; notar el calor corporal me hace sentir vivo y me ayuda a conectar con los demás... Bueno, claro está, siempre y cuando no se trate de alguien a quien le resulte desagradable”.

“A mí me resulta sumamente desagradable”.

Sin el menor atisbo de vacilación, Yuri dejó claro de inmediato que él formaba parte del segundo grupo. Sin embargo, Chariot no retrocedió ni un centímetro.

“Contigo es distinto. Quieres hacerme sentir seguro, ¿no es así?”.

“Cuándo he dicho yo...”.

“¿Acaso no fue por eso por lo que me compraste los snacks?”.

Yuri se quedó momentáneamente sin palabras. Le resultaba francamente difícil negar que el motivo por el cual se había detenido frente a los estantes de la tienda era, en el fondo, por culpa de Chariot.

“Los snacks están bien, pero prefiero el contacto físico”.

Apenas la distancia de un par de dedos. Susurrando a esa escasa separación, la cercanía extrema hizo que la mirada de Yuri se desviara por pura inercia hacia los labios del otro. Contrariamente a lo que cabría esperar de un alfa, aquellos labios lucían un tono rosado sorprendentemente vivo. El color era tan inusual que a uno se le pasaba por la cabeza la idea de si llevarían algo pintado; era una tonalidad que rompía por completo con cualquier asociación a las palabras ‘hombre’ o ‘alfa’.

Y, sin embargo, no le resultaba repulsivo. Al contrario, poseía un tono tan curioso que incluso despertaba el fugaz impulso de querer tocarlo; al percatarse de lo que estaba pensando, Yuri apartó la vista de golpe con el ceño fruncido. ¿Qué demonios estoy haciendo? Cómo era posible que hubiera permitido que un alfa al que conocía de apenas un día invadiera de esa manera su espacio vital.

Era una cercanía excesiva. Un margen que jamás le había concedido a nadie. Ni siquiera a Aliosha, a quien conocía desde hacía tanto tiempo, se le había presentado jamás la oportunidad de mirarlo tan de cerca.

¿Habían sido aquellas palabras cargadas de una dulce insistencia las que le habían restado firmeza a la mano con la que intentaba apartar el hombro de Chariot? Al percibirlo, Chariot bajó la mirada para examinar con calma la mano de Yuri que lo sostenía, y con lentitud, alzó su propio brazo para entrelazar sus dedos sobre el dorso de la mano ajena. La palma de Chariot era cálida y firme. El tacto de las callosidades forjadas tras años de esfuerzo físico parecía relatar otra faceta totalmente distinta de su personalidad.

Acariciando con suavidad el dorso de la mano, los dedos de Chariot descendieron poco a poco hasta sujetarle la muñeca. A pesar de que la muñeca de Yuri no era precisamente delgada, quedó atrapada sin esfuerzo bajo el agarre de Chariot.

Guiado por Chariot sin saber cómo, Yuri se encontró de pronto con la mano apoyada sobre el pecho del otro. A través de la gruesa tela de la sudadera, podía percibir un calor intenso y unos músculos firmes. Aquel contacto corporal tan evidente le produjo una sensación extraña. Le resultaba insólito tocar de ese modo a otro alfa, y el hecho de estar haciéndolo justo en la zona donde se albergaba el corazón hizo que Yuri se pusiera en tensión.

¿En qué demonios confiaba para exponer así sus puntos vitales?

Al advertir la mirada inquieta de Yuri, Chariot bajó despacio la cabeza. Observando la pálida mano nudosa que reposaba contra su pecho, le susurró:

“Mi corazón lleva latiendo a este ritmo desbocado desde anoche. Como si estuviera a punto de empezar un partido. Ojalá fuera por ilusión, pero sé muy bien que no es esa clase de sensación”.

El aliento de Chariot rozó el dorso de su mano pálida y llena de cicatrices.

“Haz que este pulso se calme. Haz que deje de asustarme estar a tu lado”.

¿Quién en este mundo le pide a alguien que lo trate con dulzura para no tener miedo?

Chariot parecía una bestia dispuesta a mostrar el vientre. Tenía la extraña impresión de haber presenciado una escena en la que un león salvaje, desprovisto de su ferocidad, decidía renunciar al combate para exponer voluntariamente sus debilidades, pidiéndole que lo protegiera.

“Hazme sentir la seguridad de que, en cualquier momento, cuando pongas las manos sobre mi cuerpo, no vas a decidir estrangularme”.

Ante una escena así, cualquiera habría aprovechado la ocasión para clavarle un puñal en el vientre sin pensárselo dos veces.

Pero a Yuri le desagradaba la caza, aborrecía la sangre y no soportaba presenciar el sufrimiento ajeno.

Al final, fue incapaz de apartar a Chariot. Entrecerrando los ojos con fuerza y conteniendo la respiración mientras fulminaba con la mirada la mano apoyada en aquel pecho, le pareció percibir los latidos resonando bajo la sólida musculatura. Era un pulso encogido y tenso, como el de un niño aterrorizado.

Aquel hombre, que llevaba una vida extraordinariamente superior a la de alguien como Yuri, le inspiró de repente una profunda lástima. Es verdad, se había olvidado por completo. Al fin y al menos, la gente normal le temía a las situaciones donde salpicaba la sangre.

Por muy imponente que fuera un alfa, una cosa era la fuerza física y otra muy distinta la capacidad de convivir sin miedo con la maldad y la inmundicia.

“Solo durante unos días”.

Tras añadir esa última frase, Chariot lo liberó. Yuri retiró con lentitud la muñeca, que por fin recobraba la libertad, y dándole la espalda a Chariot, sacó la batería externa del borde de la puerta. Tras desenchufar el cable y entregarle la batería, le habló sin llegar a cruzar su mirada con la suya:

“Cuando dices unos días, ¿a cuánto tiempo te refieres exactamente?”.

“Como mucho, diez días. Me puse en contacto con mi familia en Estados Unidos mientras estabas durmiendo”.

“...¿No se supone que, debido a la cláusula de confidencialidad, no debía filtrarse nada de esto a tu familia?”.

Dañar el buen nombre de la estirpe familiar estaba prohibido, y armar un escándalo era una falta gravísima. Creía recordar que eso era lo que había dicho Chariot.

“Así es para la gente del clan, pero la familia es otra cosa. Quise apañármelas por mi cuenta para no preocupar a mi madre, pero... la cosa se ha desmadrado, así que no me queda de otra”.

Al escuchar la palabra «madre», Yuri guardó silencio por un instante. ¿Sería porque Alexei, T-Mac y todos los que le rodeaban habían crecido huérfanos desde pequeños? Hacía muchísimo tiempo que no oía pronunciar ese término.

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Por suerte, el padre de Yuri seguía con vida, pero este siempre se refería a su madre llamándola Katia... y evitaba hablar de ella en su presencia. Seguramente porque el día en que ella falleció había dejado una cicatriz demasiado honda en ambos.

Yuri conectó el cable a la toma USB del vehículo, enlazó el teléfono y, tras abrir la pantalla del navegador, volvió a hablar:

“A diferencia de mí, supongo que será gente de fiar y con buenas intenciones, ¿no?”.

“Por supuesto”.

Chariot respondió con absoluta certeza, sin vacilar ni un segundo.

“Eran mis guardaespaldas cuando era un niño, y siguen al pie del cañón custodiando a mi madre desde que me vine a jugar a Canadá. Son como de la familia. Me fío mucho más de ellos que de los parientes con los que comparto sangre”.

Yuri no vio la necesidad de seguir interrogándole y se limitó a asentir. Había escuchado por ahí que todas las familias son infelices a su manera; supongo que cada cual cargaba con sus propios asuntos.

“De acuerdo”.

Diez días como máximo. No debería haber mayores problemas con eso.

“Durante diez días procuraré seguirte un poco el juego. Pero te aconsejaría que tengas cuidado con acercarte así de repente como hace un momento. A veces me cuesta controlar la reacción refleja de prepararme para repeler un ataque sorpresa”.

“Ya lo he vivido en propias carnes, así que lo sé de sobra”.

Pareciendo mucho más tranquilo tras la respuesta afirmativa de Yuri, Chariot esbozó otra vez aquella sonrisa radiante de cuando le había dado la bolsa de snacks y se dejó caer pesadamente contra el respaldo del copiloto.

“Oye, ¿por qué va a tardar tanto? Con venir desde Estados Unidos con un día debería bastar”.

“Cuestiones de adultos”.

Obtuvo una respuesta vaga. Tratándose de asuntos sobre los que uno prefería no dar explicaciones, Yuri los conocía demasiado bien como para insistir, así que pasó página sin indagar más.

“Será mejor que nos pongamos en marcha. Dime el destino”.

Chariot metió la mano en la bolsa de golosinas, sacó una barrita de chocolate, rasgó el envoltorio con los dientes y replicó:

“Paraíso”.

“¿Qué?”.

“Vamos a Paraíso”.

No cabía la posibilidad de que existiera una ciudad con semejante nombre en este mundo. Al quedarse mirándolo fijamente, Chariot dejó escapar una risita ahogada.

“Pon Big Fox. Por allí no pisan ni los turistas ni los vecinos meticones”.

Era la primera vez que oía hablar de aquel sitio. Por el tono de Chariot, parecía tratarse de un pueblo pequeño. Al introducir el nombre en el mapa, el indicador marcó un trayecto de aproximadamente una hora y media. Ya no quedaba tanto para llegar.

Una vez fijado el destino, Yuri arrancó el motor y emprendió la marcha sin dudar. En cuanto el coche se puso en movimiento, Chariot bajó la ventanilla por completo como si estuviera esperando justo eso. Una ráfaga de aire fresco barrió el interior del habitáculo, agitando su cabellera y dejando al descubierto su blanca frente.

“Ah, se me olvidaba. Hay otra cosa que tengo que comentarte”.

Como ninguna de las noticias que le había dado Chariot hasta el momento había sido buena, Yuri se limitó a responderle con un silencio sepulcral.

“He sincronizado mi móvil con el Bluetooth de tu coche. ¿Te importa si pongo algo de música para el camino?”.

“...¿Qué?”.

“Es que conducir en silencio da sueño, no me ha quedado de otra. En plena autopista casi no hay cobertura y la radio no sintoniza nada”.

Que hubiera vuelto a manipular su coche por segunda vez a sus espaldas no le hacía ninguna gracia, pero como parte de la culpa la tenía su propio sueño, podía tragárselo por esta vez. Sin embargo, con la música no iba a pasar por el aro.

“Ni hablar”.

“De acuerdo”.

Sorprendentemente, Chariot cedió sin rechistar.

“Bueno, pues entonces ya me encargo yo de ir cantando todo el trayecto”.

Vaya...

Yuri pisó el acelerador con más fuerza de la habitual. El coche dio un violundo estirón hacia adelante, provocando que el cuerpo de Chariot se fuera hacia atrás y golpeara la parte posterior de su cabeza contra el reposacabezas. Lejos de quejarse, Chariot soltó una risa infantil y se arrancó a cantar:

Tiene un sabor a fresa de una tarde de verano. Suena casi como una melodía.

Quiero comer más fresas. Y sentir esa misma sensación estival.

Es tan mágico y cálido.

Inálame, exhálame.

Siento que no puedo marcharte.

Solo digo lo que pienso.

Parece que jamás podré alejarme de ti.

Aunque la voz le temblaba ligeramente por la risa y la afinación no era perfecta, el canto que brotaba de los labios de Chariot sonaba suave y melancólico. Era la primera vez que Yuri presenciaba a alguien cantando en directo de esa manera, y el desconcierto lo asaltó de inmediato. Le parecía algo sumamente vergonzoso que una persona real, y no un cantante en una pantalla, fuera capaz de interpretar un tema con tanta dulzura.

Habría preferido que fuera un desastre desafinado para poder soportarlo, pero verle inclinado contra el asiento cantando con esa naturalidad hizo que le picara todo el cuerpo. Sintiendo un picor insoportable que le trepaba hasta el fondo de la garganta, tragó saliva con esfuerzo y abrió la boca para cortarle el tema de tajo:

“Mejor pon música. No pienso aguantar esto ni un minuto más”.

“¡Vaya, qué pena! ¡Justo iba a empezar la mejor parte!”.

Yuri giró el rostro para fulminarlo con una mirada de genuino fastidio, mientras Chariot se encogía de hombros con una fingida expresión de lástima.

“En fin, otra vez será. El concierto queda pospuesto para la próxima”.

Habiéndose salido con la suya de una u otra forma, Chariot manipuló el teléfono un par de veces y estiró el brazo hacia el control de volumen. Sus bonitos dedos giraron la perilla y los acordes de una guitarra acústica comenzaron a llenar el interior del vehículo. Aliviado al comprobar que no se trataba de otra cancioncilla pop empalagosa como la de antes, escuchó los primeros compases de una melodía apacible y animada.

Casi el paraíso, Virginia Occidental, montañas Blue Ridge, río Shenandoah.

La vida allí es antigua: más vieja que los árboles, más joven que las montañas, fluyendo como una brisa.

Era una melodía que le sonaba de algo.

El coche ya había dejado atrás la zona de descanso y se adentraba en una autopista bañada por un sol resplandeciente. El paisaje de la autopista número uno durante las horas diurnas mostraba un aspecto que Yuri jamás habría imaginado.

Montañas inmensas y frondosas flanqueaban ambos lados de la carretera a modo de murallas naturales. Tras superar los prados abiertos, los ab conifers se extendían hacia el cielo desafiando el paso del tiempo, mientras que los gigantescos picos que se alzaban a lo lejos mostraban crestas de roca esculpida tan blancas que parecían cubiertas de nieve perpetua.

Caminos rurales, llevadme a casa, al lugar al que pertenezco.

Virginia Occidental, madre de las montañas, llevadme a casa, caminos rurales.

Los rayos del sol, proyectados bajo un cielo absolutamente despejado y de un azul intenso, le laceraban la vista. Incapaz de mantener los ojos abiertos de par en par debido al brillo cegador, Yuri los entrecerró por instinto. La brisa fresca se colaba a raudales por la ventanilla que Chariot había dejado abierta. Las notas musicales se entremezclaban con el aroma dulzón de las barritas de chocolate que flotaba en el ambiente.

Diez días.

Yuri contempló aquella inmensidad paisajística mientras murmuraba para sus adentros:

Con aguantar justo diez días, podré volver a ser yo mismo.

Mientras se repetía esas palabras, los ojos azules de Yuri adoptaban un tono tan diáfano y hermoso como el cielo sobre su cabeza, quizás a causa del reflejo del sol. Era el color real de su mirada, ese que jamás se dejaba ver bajo las sombras.

Fin del volumen 1