2. Un Pyeong-hwa vulnerable

 


2. Un Pyeong-hwa vulnerable

 

El joven Pyeong-hwa ha sido hospitalizado. El presidente me ha pedido que le comunique que la reunión programada para el sábado deberá posponerse, por lo que me pongo en contacto con usted”.

 

“¿Eh?”.

Hae-seong ladreó la cabeza al recibir el mensaje justo antes de llegar al lugar del encuentro.

Al revisar la conversación de mensajes directos donde había acordado la cita con Woo Yeon-je, notó que no había ningún aviso por su parte.

¿Acaso este imbécil pretende jugarme una mala pasada?

Hae-seong se propuso vengarse severamente en caso de que Woo Yeon-je no se presentara y le hiciera perder el tiempo.

Si eso ocurría, recurriría a cualquier artimaña para seducir a Tae Pyeong-hwa de inmediato. Después de todo, engatusar a un chico tan dulce y blando como un algodón de azúcar no representaría mayor dificultad para él.

Hae-seong le envió un mensaje a Woo Yeon-je para preguntarle si estaba en camino. Su intención era marcharse de inmediato si no recibía una respuesta. Por fortuna, Yeon-je respondió que ya se dirigía al lugar.

¿Entonces vendrá solo? No parece la mejor opción.

Rascándose el tabique de la nariz, Hae-seong mantuvo una expresión neutra y respondió al mensaje sobre la hospitalización de Pyeong-hwa:

Vaya, qué lástima. ¿Debería ir a visitarlo al hospital? Después de todo, pronto compartiremos la misma cama, así que me encuentro preocupado.

Sinceramente, no albergaba la menor intención de asistir; se trataba únicamente de un comentario cortés formulado con el propósito de mantener las apariencias ante Pyeong-hwa.

Al ingresar al establecimiento, el aire acondicionado se sentía tan intenso que parecía calarle hasta los huesos. Frotándose los brazos ante la gélida sensación que le erizaba la piel, Hae-seong recorrió el interior con la mirada en busca de un lugar disponible.

A pesar de ser un día laborable, el recinto registraba una considerable cantidad de personas debido a la hora del almuerzo. Hae-seong admiró la elección de Yeon-je, quien había seleccionado una cafetería tan expuesta para sostener una conversación de carácter serio.

Seguramente lo hizo porque considera que su postura es intachable. Cuanto más actúe de esa forma, mayores son mis ganas de hacerlo llorar.

Hae-seong intentó reprimir los pensamientos maliciosos que surgían en su mente como puntas afiladas.

Tras localizar un sitio libre, Hae-seong consultó la hora nuevamente.

Vaya, veo que ha decidido llegar tarde a propósito.

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Dado que la hora acordada ya había pasado y Yeon-je no aparecía por ningún lado, dirigió la mirada hacia el exterior del establecimiento.

Sin embargo, en ese instante, un elemento llamativo capturó su atención. Hae-seong entornó los ojos para observar con detenimiento una silueta que semejaba un bulto negro.

...¿Eres tú, Pyeong-hwa?

Cerrando los ojos con fuerza, Hae-seong se frotó el ojo derecho con el borde de la mano. Al enfocar la mirada nuevamente, el resplandor que emanaba de aquella silueta oscura permanecía intacto. La situación le resultó tan inverosímil que se quedó sin palabras.

Pyeong-hwa, ¿acaso te has escapado?

Al observar con mayor atención, notó que por debajo de la sudadera negra sobresalía el borde de una prenda. Se trataba del uniforme hospitalario con el nombre del centro médico impreso en diversas secciones. De manera instintiva, Hae-seong se llevó una mano a la frente.

Aunque debo admitir que el atuendo de paciente le sienta bien, transitar por la calle con esa vestimenta es propicio para generar malentendidos.

Con semblante serio, Hae-seong se dispuso a utilizar su teléfono para solicitar informes sobre Pyeong-hwa al abogado del Grupo Taepyeong. No obstante, fue el abogado quien se comunicó primero con él.

 

¿Por casualidad tenía planeado reunirse con el joven? Ha colocado unas almohadas para simular su presencia y se ha escapado del hospital.

[Fotografía]

 

“Jajaja, esto es increíble”.

El mensaje, recibido hacía apenas un minuto, notificaba la huida de Pyeong-hwa. El joven había alineado las almohadas en la cama hospitalaria y las había cubierto con la manta antes de emprender la fuga.

Lo que más le sorprendía era que el personal adulto se hubiera dejado engañar por una estratagema tan rudimentaria. A simple vista se notaba que el volumen no correspondía en lo absoluto a la estatura de Tae Pyeong-hwa.

 

Sí, en efecto se encuentra aquí, aunque desconozco si la intención era reunirse conmigo. Mi cita es con Woo Yeon-je.

[Fotografía]

 

Hae-seong envió la imagen tras aplicar un zoom de ocho aumentos que captaba a Pyeong-hwa completamente inclinado sobre la mesa con la capucha de la sudadera puesta. Acto seguido, dejó el teléfono a un lado y actuó como si ignorara la situación.

Pyeong-hwa, yo no te he visto. Quizá tu resplandor me ha dejado ciego, pero en verdad no te he visto. Por cierto, la prenda que llevas es de edición limitada...

Hae-seong se esforzó por ignorar la mirada fija que Pyeong-hwa mantenía sobre él. Incluso exclamó en voz alta: “Ah, qué sitio tan tranquilo y libre de conocidos”, a pesar de encontrarse en una cafetería ruidosa donde las mesas estaban saturadas y la música apenas se percibía debido al bullicio.

Tras mantener el simulacro de no haber visto a Tae Pyeong-hwa durante diez minutos, la demora de Woo Yeon-je comenzó a generarle fastidio.

“A ver, ¿cómo es posible que tarde tanto?”.

Aunque solo habían transcurrido diez minutos, no estaba dispuesto a tolerarlo. Le desagradaba aún más porque la intención detrás de la tardanza resultaba evidente.

¿Pretendes medir fuerzas conmigo recurriendo a una niñería como esta?

Lo había intuido al revisar el perfil de Instagram, pero el chico poseía una arrogancia desmedida.

Transcurrieron veinte minutos.

Hae-seong optó por modificar parcialmente su estrategia inicial. Consideró que una actitud tan altiva justificaba una respuesta de la misma naturaleza. Con personas de ese perfil, resultaba mejor...

“Disculpe, cliente”.

Se encontraba sumido en sus reflexiones cuando un empleado que portaba un delantal con el logotipo del establecimiento dio unos pequeños golpes sobre la mesa. Solo entonces Hae-seong fue consciente de que había permanecido sentado durante un largo periodo sin realizar consumo alguno, por lo que se reincorporó de golpe.

“Ah, lo lamento. Me encuentro esperando a alguien, ordenaré en este...”.

“No, no se trata de eso...”.

Al prestar atención, notó que el empleado depositaba un chocolate frío sobre la mesa. Ante la aparición de una bebida que no había ordenado, Hae-seong abrió los ojos con sorpresa.

La situación resultaba desconcertante, pero al mismo tiempo le resultaba familiar. Al ser alguien que se exponía con frecuencia a este tipo de atenciones, Hae-seong esbozó su sonrisa más agradable y sostuvo la mirada del empleado. Las facciones de este último denotaron sorpresa y sus mejillas se tiñeron de rojo de inmediato.

Manteniendo una expresión serena, Hae-seong acercó la bebida hacia su posición.

“Yo no he ordenado esto”.

“Ah...”.

“¿Está bien que me lo entregue? ¿No tendrá inconvenientes con el encargado?”.

Al formular la pregunta con un deje de timidez aparente, el empleado se mostró cohibido. Llevándose una mano a la mejilla sonrojada, se mordió el labio y se retiró apresuradamente. Momentos después, regresó portando una galleta de gran tamaño y una porción de tarta.

Tras deslizar ambos productos junto al chocolate frío, el empleado adoptó una postura tímida.

“En realidad, el chocolate frío ha sido pagado por aquella persona de allá. Esto otro corre por mi cuenta...”.

“¿Ah...?”.

Al dirigir la mirada hacia la dirección señalada por el empleado, localizó a Tae Pyeong-hwa.

¿Llevando a cabo una acción tan astuta?

Vaya, este chico empieza a resultarme tierno.

Hae-seong observó a Tae Pyeong-hwa de reojo con discreción. Ignorando por completo que había sido descubierto, la mirada de Tae Pyeong-hwa permanecía fija en el chocolate frío.

Siguiendo la dirección de su mirada, Hae-seong observó el recipiente. Al rozar el vaso con los dedos a propósito, Tae Pyeong-hwa experimentó un leve estremecimiento, reaccionando de forma exagerada como si el contacto físico hubiera sido hacia su propia persona. Hae-seong se mordió los labios con fuerza para reprimir la carcajada.

“Esa persona me solicitó expresamente que no revelara su identidad. No debe preocuparse, la bebida no contiene ningún elemento extraño y ha sido elaborada siguiendo nuestra receta habitual, de modo que puede consumirla con confianza. Lo mismo aplica para la galleta y la tarta”.

Dado que Hae-seong no pertenecía a la clase de personas que rechazan los obsequios ajenos, correspondió a la atención del empleado con una sonrisa afable. Justo cuando el joven se retiraba con el rostro encendido, Woo Yeon-je hizo su ingreso al establecimiento.

Poseedor de una visión limitada que le impidió percatarse de la presencia de Pyeong-hwa, Yeon-je identificó a Hae-seong de inmediato y se dirigió a paso firme hacia su mesa.

“Teníamos planeado sostener una conversación seria, pero veo que albergaba un gran apetito”.

Tras jalar la silla para sentarse, Woo Yeon-je examinó con desdén los productos dispuestos sobre la mesa y dejó escapar una sonrisa de superioridad. Hae-seong, asegurándose de que Pyeong-hwa lo observara, dio un sorbo prolongado al chocolate frío a través del popote y sonrió con dulzura.

“Siempre me han enseñado que ante situaciones complejas es indispensable alimentarse de forma adecuada. Por cierto, ha llegado con un retraso considerable, ¿no le parece?”.

“El tráfico se encontraba pesado...”.

En realidad, Yeon-je había permanecido en las inmediaciones desde hacía una hora, ingresando al recinto únicamente tras confirmar la llegada de Hae-seong, por lo que se mostró desconcertado ante el señalamiento. Por lo general, las personas no suelen resaltar la tardanza de forma tan directa antes de escuchar los motivos. Yeon-je, quien anticipaba la respuesta habitual de ‘No se preocupe, yo también acabo de llegar’ tras argumentar complicaciones con el tráfico, se vio descolocado ante este ataque inicial.

“Le ofrezco una disculpa. Salí con el tiempo debido, pero las vialidades se encontraban muy saturadas”.

Yeon-je se vio obligado a formular una justificación insincera. No obstante, la expresión de Hae-seong no denotaba conformidad. La mirada de lástima con la que era observado hirió el orgullo de Yeon-je.

¡Maldito chocolate frío!

Yeon-je fulminó con la mirada a Hae-seong, quien continuaba absorbiendo la bebida de manera inverosímil.

“Por mi parte no genera inconveniente, pero esa conducta sería severamente juzgada en otros ámbitos. Es indispensable mostrar formalidad con los horarios. Si uno valora su propio tiempo, debe asumir que el tiempo de los demás posee el mismo valor, ¿no cree?”.

Mostrando un desinterés absoluto por la molestia ajena, Hae-seong omitió el hecho de su propia llegada tardía y procedió a reprenderlo con total cinismo. La acción le generó una sensación de desahogo que consideró muy afín a su personalidad.

Concluyendo que la modificación de su estrategia había sido la opción idónea, Hae-seong dio un nuevo sorbo prolongado a la bebida.

Se aseguró de realizar la acción de forma sumamente ruidosa y apetitosa para que el sonido fuera percibido con claridad por Tae Pyeong-hwa, quien se encontraba encogido a una distancia de dos mesas. Inclinó la cabeza en un ángulo de 45 grados y bajó la mirada con desdén a propósito para que Pyeong-hwa apreciara la escena.

A la distancia, alcanzaba a percibir cómo el joven se sobresaltaba y reaccionaba con asombro de forma constante. Asimismo, cada vez que Hae-seong amagaba con dirigir la mirada hacia su posición, el chico recurría a cualquier objeto cercano para ocultar su rostro, ofreciendo un espectáculo que rayaba en lo lamentable. Por ello, optó por mantener el simulacro de ignorar su presencia hasta el final.

A ver, si el niño ha venido con la intención de jugar de esa manera, lo mínimo que puedo hacer es seguirle la corriente, ¿no?

Se disponía a continuar con la dinámica cuando la intervención de Woo Yeon-je interrumpió su entretenimiento.

Adoptando nuevamente una mirada inexpresiva, Hae-seong observó a Yeon-je con desinterés. Tras dar un sorbo al café americano que traía consigo, Yeon-je dio inicio a la conversación.

“Asumo que comprende el motivo por el cual he solicitado esta reunión, ¿es correcto?”.

Formulando la pregunta con un tono de suficiencia, Yeon-je se mordió el labio y bajó la mirada.

Su tono altivo asemejaba la actitud de una concubina que hubiera dado a luz a dos varones para el imperio. Ante tal despliegue, el temperamento de Hae-seong se tornó hostil, por lo que fijó la mirada en el vacío con absoluta indiferencia.

Siento deseos de tratarlo con hostilidad. Deseo generarle un profundo fastidio. Me encantaría burlarme de él diciéndole que, independientemente de si concibe dos, tres o una docena de hijos, todos ellos legalmente serán considerados míos.

“¿No?”.

Conteniendo los impulsos de generar un altercado gracias a un mínimo porcentaje de sensatez, Hae-seong ofreció la mejor respuesta posible.

Aunque el motivo de la reunión resultaba evidente, no tenía la menor intención de facilitarle las cosas admitiéndolo.

Al menos se ha abstenido de armar un escándalo.

Utilizando el tenedor, Hae-seong tomó una porción generosa de la tarta que le había entregado el empleado y comenzó a masticar mientras respondía de forma vaga.

Abrió la boca de par en par para introducir un segundo bocado. Los ojos de Yeon-je se abrieron con sorpresa ante la escena, denotando una profunda indignación que solo sirvió para incrementar el apetito de Hae-seong.

A pesar de que el exceso de dulce comenzaba a resultarle intolerable, Hae-seong dio un nuevo sorbo al chocolate frío con el propósito de que Pyeong-hwa lo presenciara.

Posteriormente, limpió la comisura de sus labios con una servilleta mostrando satisfacción y desvió la mirada hacia Tae Pyeong-hwa de reojo una vez más.

Olvidando la necesidad de mantener su rostro oculto, Pyeong-hwa permanecía con la espalda erguida como un suricato mientras fulminaba a Hae-seong con la mirada.

Su semblante reflejaba una profunda conmoción y una palidez extrema.

Considerando que estuvo bajo cuidado médico, verdaderamente carece de color en el rostro.

Hae-seong sintió una leve lástima al observar esas facciones blancas y hermosas.

Quizá debido a que lo observó con excesiva fijeza, Pyeong-hwa se percató de la acción, por lo que encogió el cuello de inmediato para ocultarse nuevamente.

Por mucho que lo intente, su complexión física impide que pase desapercibido. ¿Cuál será su estatura exacta? Posee una espalda tan formidable que resulta difícil calcular su talla....

De manera inconsciente, Hae-seong se lamió los labios.

“Disculpe”.

La interrupción de esa voz le provocó un profundo suspiro.

Anticipaba que esto resultaría entretenido, pero este chico es sumamente tedioso.

Al dirigirle una mirada carente de entusiasmo, Yeon-je respondió con los ojos entornados en un gesto hostil.

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Hae-seong adoptó una expresión severa. Sus ojos carecían por completo de brillo, proyectando una mirada tan sombría que superaría la de un pescado congelado.

Desconcertado ante la reacción, Yeon-je echó la cabeza hacia atrás mostrando inseguridad. Hae-seong dejó escapar una burla silenciosa y dio un nuevo sorbo a la bebida.

“¿Verdaderamente tiene la intención de contraer matrimonio con Pyeong-hwa?”.

Concluyendo que las tácticas de intimidación resultaban ineficaces, Woo Yeon-je expuso finalmente el tema central.

Tras observar detenidamente ese semblante que denotaba una evidente inseguridad, Hae-seong asintió con firmeza.

Fue un movimiento decidido, ejecutado como si pretendiera manifestar su determinación no ante la persona que tenía enfrente, sino ante un tercero.

“Sí, en efecto lo haré”.

La respuesta, exenta de cualquier asomo de culpa o vacilación, provocó una mueca de desagrado en el rostro de Yeon-je.

“Me parece que usted no se encuentra al tanto de mi identidad”.

Ante la voz temblorosa del joven, Hae-seong ladeó levemente la cabeza.

¿Acaso consideras que posees alguna relevancia?

Reprimiendo las expresiones severas que amenazaban con salir de su boca, esbozó una sonrisa.

Aunque estaba al tanto de quién se trataba, su falta de interés era tal que incluso había olvidado su nombre, por lo que no sintió el menor deseo de rebatir la afirmación de Yeon-je.

Si admito que lo conozco, procederá a interrogarme sobre cómo obtuve la información. Me resulta sumamente tedioso tener que responder a sus cuestionamientos.

No obstante, Yeon-je interpretó el silencio y la expresión absorta de Hae-seong a su conveniencia, recuperando la seguridad.

“Yo soy la persona que sostiene una relación sentimental con Pyeong-hwa”.

Su voz se elevó un poco más. Yeon-je se jactó con total arrogancia al ver que Hae-seong se limitaba a escuchar en silencio.

Con una mirada cargada de superioridad, presumió sutilmente y con presunción, pretendiendo dejar en claro que lo suyo era una relación extraordinaria, incomparable con alguien como Hae-seong, a quien los adultos simplemente habían impuesto por conveniencia.

“Ah... Ya veo”.

Yeon-je, quien en el fondo esperaba una reacción de aflicción por parte de Hae-seong, apretó los dientes ante esa respuesta indolente que no mostraba el menor impacto, denotando un claro: ¿Y a mí qué me importa?

El rostro de Yeon-je se encendió en un instante. Más que la indiferencia de su respuesta, lo que le enfureció al extremo fue esa mirada vacía y carente de enfoque.

No, no debo. Si me enojo, pierdo. Yeon-je se secó el sudor frío de la frente con el dorso de la mano mientras regulaba su respiración.

“¿Eso es todo lo que va a decir? Le estoy diciendo que soy el novio de Pyeong-hwa”.

Pues yo soy el esposo, el cónyuge y el compañero legal de Pyeong-hwa. Aunque bueno, en términos futuros, claro.

“Su. No. Vio”.

“Siiií... Bueno... Eso es algo que ya todos sabíamos”.

Era una información tan conocida que resultaba tediosa. Los ojos de Hae-seong brillaron de una manera extraña mientras fruncía el ceño, deseando que el otro dejara de repetir lo mismo.

Yeon-je se estremeció ante esa expresión que denotaba un ligero desquicie. Intimidado y sin palabras, se limitó a abrir y cerrar la boca de forma torpe.

Algo andaba mal.

El instinto de Yeon-je, que rara vez fallaba, se activó. Su corazón comenzó a latir con un presentimiento funesto y su respiración se tornó sutilmente temblorosa.

“¿Lo sabe... y aun así insiste en casarse?”.

A pesar de todo, no podía dar marcha atrás de esa manera. Él estaba firmemente al lado de Pyeong-hwa. ¿Cómo podía ese hombre insistir en el matrimonio incluso después de que le aclarara que era su novio?

Yeon-je rememoró a los numerosos omegas de los que se había deshecho en el pasado.

Alguien seleccionado para ser la pareja de Tae Pyeong-hwa debía provenir de un entorno influyente, y el orgullo de esa clase de personas jamás les permitiría tolerar una situación semejante. Yeon-je recompuso su postura debilitada.

Si lo expresaba con total claridad una vez más...

“Si yo le pido que nos separemos, ¿acaso es una relación que terminaría por eso?”.

Los labios de Yeon-je, que pretendían enfatizar con audacia el sólido vínculo que mantenía con Pyeong-hwa, se cerraron de golpe como una almeja ante la repentina pregunta de Hae-seong. Acto seguido, respondió con un evidente temblor en la boca.

“Por supuesto que no”.

Hae-seong sintió una leve lástima que duró apenas tres segundos al ver el esfuerzo de Yeon-je por no mostrarse intimidado.

Sin embargo, una cosa era la lástima y otra la realidad.

En este momento no disponía del lujo de ceder ante Yeon-je. Bajo la premisa de que para cada ser humano su propia desdicha es la más grave, su situación actual resultaba mucho más lamentable.

¿Acaso tú comprendes lo que siento al tener que casarme por dinero con un bebé que aún conserva el vello facial? ¿Tienes idea de lo que sufro al convertirme en el esposo de un ángel sin alas por cuestiones financieras?

De inmediato, Hae-seong adoptó la expresión de alguien que acaba de recibir un diagnóstico terminal.

Con un semblante sombrío que reflejaba desesperación, desánimo y resignación, inclinó el cuerpo y se aproximó hacia el frente de modo que Pyeong-hwa pudiera apreciarlo con claridad.

Se presionó el lagrimal con el dedo índice como si contuviera el llanto, al tiempo que dejaba escapar un suspiro tan prolongado como un globo desinflándose.

Por encima del hombro de Yeon-je, alcanzó a percibir un leve sobresalto por parte de Pyeong-hwa.

Aprovechando el impulso, Hae-seong relajó los hombros por completo y exhibió una actitud melancólica, asumiendo a la perfección el rol de la esposa legítima que se siente intimidada.

Dado que poseía una apariencia pulcra y pura capaz de conmover a cualquiera con solo permanecer inmóvil, la actuación no le demandó el menor esfuerzo.

Le bastaba con ladear ligeramente la cabeza y bajar la mirada para que la estrategia surtiera efecto en la mayoría de las ocasiones.

Y al parecer, el recurso no solo funcionó con Pyeong-hwa, sino también con Yeon-je.

“Pyeong-hwa y yo jamás nos separaremos”.

Yeon-je malinterpretó la postura decaída de Hae-seong, concluyendo que este se encontraba intimidado. Una total confianza se reflejó en el rostro de Yeon-je, quien carecía por completo de perspicacia. Su voz adquirió mayor firmeza.

Hae-seong se mofó para sus adentros. Si tanta certeza tienes, ¿cuál es la razón para citar en privado a alguien que consideras insignificante?

“Yo no voy a renunciar a Pyeong-hwa. Por lo tanto, ¿no podría ser usted quien desista?”.

No quiero, no quiero, ¡no quierooo! El labio superior de Hae-seong experimentó un leve tic ante esa petición tan impertinente y carente de modales, activando su sentido de la inflexibilidad.

Ni siquiera sus propios padres se atrevían a imponerle órdenes. Asimismo, le parecía incorrecto que Woo Yeon-je exigiera la renuncia ajena cuando él mismo se negaba a ceder.

Qué doble moral. La actitud tan desagradable y carente de educación por parte de Yeon-je le generó una gran interrogante a Hae-seong: ¿qué defecto poseía Pyeong-hwa para profesarle tanto afecto a un tipo como este?

No parecía ser alguien que poseyera el valor suficiente como para armar semejante berrinche con tal de no perderlo.

¿Acaso será que a Pyeong-hwa solo le importa el físico? Hae-seong admitió que, en efecto, el rostro del chico era agraciado. Aunque, por supuesto, no tanto como el suyo.

Dejando de lado su apariencia llamativa, Yeon-je poseía un carácter que no parecía ser el mejor; en pocas palabras, no tenía nada rescatable. Aunque bueno, lo mismo aplicaba para él.

Hae-seong, quien personificaba esa misma doble moral que tanto le desagradaba, se sumió en sus pensamientos.

Todo parecía indicar que Tae Pyeong-hwa, en efecto, se dejaba llevar por las apariencias. Al llegar a esa conclusión, su corazón experimentó un vuelco.

Ah, si es así, seducirlo resultará sumamente sencillo...

“¡¿Por qué insiste en casarse a pesar de estar plenamente consciente de mi existencia?! ¡Si me han dicho que solo se han visto en una ocasión!”.

Mientras Hae-seong se perdía en esas reflexiones banales, Yeon-je soltó un grito estridente. Al no obtener la respuesta deseada, terminó por mostrar su verdadera naturaleza.

Sorprendido por el repentino arrebato de Yeon-je, Hae-seong examinó los alrededores con discreción. Por fortuna, nadie parecía prestarles atención, con excepción de Tae Pyeong-hwa.

Bueno, ¿y qué más da? Lo fundamental es que Tae Pyeong-hwa lo está presenciando, ¿no?

Hae-seong dirigió una mirada de lástima al alterado Yeon-je antes de bajar la cabeza.

“¿Acaso la cantidad de encuentros posee alguna relevancia?”.

Después de todo, los grandes acontecimientos de la historia siempre dan inicio con un primer suceso.

“Yo experimenté el amor desde ese primer instante”.

En realidad, el afecto había surgido desde el momento en que plasmó su firma en el contrato, antes de conocer a Tae Pyeong-hwa en persona.

Sin embargo, no había necesidad de revelar ese detalle. Hae-seong modificó el origen de su enamoramiento a su conveniencia.

“¿Cómo sería posible no amarlo?”.

Dejando a un Yeon-je tan enfurecido que fue incapaz de emitir palabra alguna, Hae-seong pronunció una frase que jamás en su vida imaginó que diría.

Le brotó con tanta naturalidad que él mismo se sorprendió.

Vaya, resulta que poseo talento para la actuación. Debería considerar la carrera de actor.

No obstante, concluyó rápidamente que casarse con Tae Pyeong-hwa representaba menor esfuerzo que dedicarse a una labor tan demandante.

Hae-seong se dejó embargar de tal manera por la expectativa de la generosa compensación económica que incluso sus ojos se humedecieron.

Mientras se secaba las lágrimas que se deslizaban por su mejilla, divisó a lo lejos cómo a Tae Pyeong-hwa se le caía el vaso de las manos. Hae-seong saboreó ese semblante de absoluta conmoción como si se tratara de un dulce oculto.

Fue entonces cuando, impulsado por un repentino arrebato, se puso de pie abruptamente.

“Sin embargo, si el hecho de mantener su relación con usted es lo que hace feliz a Pyeong-hwa, por mi parte estoy conforme. Para mí, la felicidad de Pyeong-hwa es lo más importante, por encima de cualquier otra consideración”.

Y aquello guardaba una relación directa con su propio beneficio económico. Hae-seong tenía la firme intención de respaldarlo si Pyeong-hwa manifestaba el deseo genuino de continuar con Yeon-je.

Aunque la pérdida de los incentivos adicionales resultaba lamentable, era un sacrificio que estaba dispuesto a asumir.

Por supuesto, si la propuesta implicaba la cancelación total del matrimonio, aquello afectaría sus intereses personales, por lo que se encargaría de separarlos a como diera lugar; pero el escenario actual no era ese.

Evocando ese rostro pulcro y hermoso, Hae-seong reforzó su determinación y exclamó con una fuerza que hizo eco en todo el establecimiento.

Al presenciarlo gritar con audacia y con ambos puños cerrados, los clientes de las mesas colindantes irrumpieron en aplausos.

Tras asegurar un desenlace memorable, Hae-seong abandonó la cafetería a toda prisa antes de que Yeon-je pudiera arruinar el momento.

Caminó con paso veloz para alejarse del sitio, previniendo que alguien intentara seguirlo y le generara contratiempos.

Fue en ese trayecto cuando se percató de que la transferencia de tres millones de wones, la tarifa correspondiente por encontrarse con Tae Pyeong-hwa ya había sido depositada.

Vaya, de modo que esta modalidad también califica como un encuentro válido. Le resultó imposible no conmoverse ante la grandeza del Grupo Taepyeong, la cual comparó con la inmensidad del océano.

Hae-seong realizó una reverencia en dirección a la sede corporativa del Grupo Taepyeong. Formuló votos para que la empresa registrara ventas extraordinarias con cada inhalación, y para que el valor de sus acciones se incrementara con cada exhalación.

Continuó verificando el saldo de su cuenta, el cual aumentaba de forma similar a los puntos gratuitos que se obtienen en un videojuego tedioso. Al contemplar la cifra en crecimiento, el afecto hacia Pyeong-hwa, quien había desafiado su enfermedad para asistir como espectador, se incrementó notablemente.

No experimentaba el menor remordimiento por la determinación que había tomado momentos antes. Se sentía sumamente complacido por la audaz falsedad que había proclamado públicamente a pesar de la vergüenza.

Mientras contabilizaba los ceros de la cifra con fascinación, la imagen de Pyeong-hwa observándolo de manera furtiva acudió a su mente. Ese rostro pequeño, matizado en tonos blancos y rojizos, permanecía suspendido en sus pensamientos.

Era una fisionomía tan agraciada que resultaba deslumbrante incluso a la distancia. ¿Qué nivel de inquietud habrá experimentado para abandonar el hospital en ese estado de salud con tal de asistir?

Resultaba natural que se encontrara consternado al enterarse su pareja de un matrimonio impuesto. Hae-seong elogió enormemente su intervención de este día. Consideró un acierto haber exhibido una consideración tan generosa al mostrarse tolerante ante la existencia del amante.

Se cuestionó si Pyeong-hwa habría alcanzado a escuchar sus palabras de benevolencia. De ser así, seguramente habría experimentado un gran alivio.

Aunque Pyeong-hwa no podría evitar ser catalogado de mala manera, el hecho de que se le hubiera planteado a su pareja la posibilidad de una reconciliación futura debió proporcionarle cierta tranquilidad.

Tras asumir la reacción de Pyeong-hwa a su conveniencia basándose en sus propias consideraciones, experimentó una gran ligereza. La sensación de desahogo fue tal que sintió la imperiosa necesidad de gastar los tres millones de wones recién percibidos.

¡A aligerar el saldo de la cuenta en la misma medida en que se había aligerado el espíritu!

Con los puños cerrados, Hae-seong extendió el brazo para solicitar los servicios de un taxi.

“A Gala, por favor”.

Su destino eran las tiendas departamentales.

***

El reencuentro entre Hae-seong y Pyeong-hwa se produjo una semana después. Se trataba de la reunión formal de presentación entre ambas familias, organizada bajo el auspicio de Tae Yang-ho.

Al carecer de familiares que lo respaldaran, Hae-seong ingresó a la residencia de la familia Taepyeong completamente solo.

Si bien su progenitor se encontraba con vida, la ausencia de comunicación desde hacía largo tiempo lo convertía en una figura irrelevante. E incluso si lograra localizarlo, dudaba que pudiera aportarle algún beneficio.

Existía un gran temor de que, al enterarse de su incorporación a la familia Taepyeong, realizara alguna acción perjudicial, por lo que prefería mantener la distancia. No había garantías de que no fuera a arruinar un asunto que ya se encontraba resuelto.

Incluso para mí, un suegro de ese perfil resultaría intolerable.

Si su padre llegaba a enterarse en el futuro, ya se encargaría de resolverlo en su momento. Hae-seong estaba plenamente decidido a cortar de raíz todo vínculo si aquel hombre insistía en no reconocer su falta de aptitud y persistía en su adicción por firmar avales financieros.

Después de todo, había sido su padre quien lo abandonó primero para emprender la huida, de modo que no experimentaba el menor remordimiento por albergar tales pensamientos.

Aunque agradecía el hecho de haber crecido sin carencias, lo consideraba una obligación inherente a la paternidad; por su parte, el haber alcanzado la madurez de forma íntegra ya constituía un acto de piedad filial suficiente.

Hae-seong no deseaba generarle mayores contratiempos a Pyeong-hwa, quien asumiría el rol de un cónyuge dócil, ni tampoco a la familia de este, que lo trataba con gran distinción.

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Recibir más beneficios de los ya acordados resultaría inmoral para alguien que no comparte ningún lazo consanguíneo.

A pesar de sostener tales reflexiones sobre la moralidad, Hae-seong ingresó a la mansión tras haber aceptado la tarifa de tres millones de wones por cada encuentro con Pyeong-hwa, además de la futura adjudicación de un edificio y un departamento.

Para la ocasión, portaba las prendas que había adquirido con los tres millones de wones recibidos tras el peculiar encuentro fortuito con Pyeong-hwa.

Pyeong-hwa se presentó en la sala diez minutos después de la llegada de Hae-seong. Su rostro lucía tan deslumbrante y hermoso como de costumbre, realzado por una ropa de gran lujo. Vaya, de modo que también utiliza prendas de firmas exclusivas estando en casa.

“Hola, Pyeong-hwa. ¿Cómo estás?”.

Hae-seong formuló el saludo sin apartar la mirada de las prendas de última colección que portaba el joven. Su tono de voz denotó entusiasmo, ya que la alegria de volver a verlo era genuina. Desde aquel incidente, Pyeong-hwa se había abstenido de responder a sus mensajes directos.

Incluso durante el periodo en que Woo Yeon-je se dedicaba a publicar y eliminar de forma consecutiva dos o tres imágenes de Pyeong-hwa al día, o mientras los seguidores de Yeon-je registraba bajas masivas diarias de una docena de usuarios.

Pyeong-hwa se mantuvo firme en su postura de ignorar los mensajes de Hae-seong. Mostraba una gran obstinación al visualizarlos de manera inmediata apenas transcurría un segundo de haber sido enviados.

Hae-seong agitó la mano a propósito para captar la atención de Pyeong-hwa. La expresión de este último, quien lo observaba de reojo, comenzó a causarle extrañeza.

Mi cielo, realizo esto únicamente para confirmar si tus dedos sufrieron alguna fractura. Manteniendo el control de sus expresiones para no delatar sus pensamientos, Hae-seong sostuvo la mirada sobre Pyeong-hwa con insistencia.

Finalmente, Hae-seong obtuvo la victoria. Ante la persistencia de esa mirada tan evidente, Pyeong-hwa se vio obligado a levantar la cabeza mostrando un semblante cansado.

Apoyando la barbilla sobre la mesa y adoptando una postura inclinada, Hae-seong movió los dedos en el aire con suavidad, exhibiendo su mano.

Pyeong-hwa frunció el entrecejo como si presenciara un acto aberrante. Sus grandes y oscuras pupilas se movieron con rapidez, al tiempo que sus manos, dispuestas sobre sus muslos, realizaban un leve movimiento. Hae-seong dirigió la mirada hacia abajo.

Veo que sus diez hermosos dedos se encuentran intactos. De modo que en verdad decidió ignorar mis mensajes por pura desfachatez...

Ocultando sus verdaderos pensamientos, Hae-seong esbozó una sonrisa y murmuró.

“Vaya, ni siquiera te dignas a saludarme”.

Los hombros de Pyeong-hwa experimentaron un fuerte sobresalto.

Parpadeando de manera forzada, Pyeong-hwa dirigió la mirada hacia Hae-seong. Este sostuvo el contacto visual sin titubear. Tras mantener la mirada fija por unos instantes, Pyeong-hwa, cuyo rostro lucía pálido, articuló palabra.

“En realidad no…”.

Ofreció esa sutil respuesta con un hilo de voz apenas perceptible. Hae-seong curvó los labios hacia el frente y sacudió levemente la cabeza, imitando el gesto de forma silenciosa para denotar fastidio.

Tras mofarse abiertamente de él, esbozó una sonrisa radiante simulando que ignoraba que estaba siendo observado.

Este hombre está demente... Pyeong-hwa se estremeció de indignación, adoptando la postura de un niño que ha sido objeto de burlas.

Sin mostrar la menor consideración, Hae-seong aproximó su rostro de forma deliberada hacia el de Pyeong-hwa. Las facciones de este último se contrajeron notablemente. Incapaz de contenerse por más tiempo, exhaló con fuerza y habló.

“¿Le parece que el semblante que tengo en este momento es el de alguien que se encuentra bien?”.

¿Acaso está ciego? Las palabras ásperas continuaron brotando de la boca de Pyeong-hwa. Hae-seong lo observó con cierta estupefacción. ¿Qué es lo que acabo de escuchar?

En pocas palabras, Pyeong-hwa pretendía dejar en claro que su estado anímico no era el mejor y que, por ende, Hae-seong debía adoptar una postura sumisa.

A pesar de encontrarse frente a él con una apariencia celestial, exigía consideraciones especiales bajo el argumento de que su semblante no reflejaba bienestar.

El corazón de Hae-seong comenzó a latir con fuerza. Constató que su arraigado materialismo no solo se activaba ante los recursos financieros, sino que también cobraba vigor ante una fisonomía agraciada.

Si este es tu aspecto cuando te encuentras mal, no imagino cuán extraordinario debe ser cuando estás bien, Pyeong-hwa. ¿Acaso el contemplar ese rostro diariamente en el espejo es lo que te ha vuelto tan severo con los demás?

La mirada de Hae-seong adquirió nuevamente una expresión vacía, similar a la de un pescado. Ante ese semblante desconcertado que denotaba incomprensión, Pyeong-hwa dejó escapar un hondo suspiro.

Impedido de expresar libremente los pensamientos que rondaban su mente, Hae-seong se limitó a bajar la mano que sostenía en el aire de forma incómoda. La colocó sobre su propio muslo y comenzó a mover los dedos simulando la ejecución de un piano; fue entonces cuando experimentó un leve tirón en el dedo meñique.

Pyeong-hwa había sujetado su dedo con un leve apretón antes de soltarlo de inmediato. Hae-seong lo observó con gran sorpresa. Sin embargo, Pyeong-hwa mantuvo la cabeza girada hacia el lado opuesto con obstinación, negándose a regresar la mirada.

Permaneció inmóvil, actuando como si no hubiera realizado acción alguna.

A pesar de mostrar una actitud indiferente, sus orejas se habían teñido de un rojo tan intenso que parecían a punto de estallar. Tras una breve parálisis ante la desconcertante conducta, Hae-seong dejó escapar una ligera risa.

El sonido provocó un leve estremecimiento en los hombros de Pyeong-hwa. ¿Se deberá a la gran envergadura de su espalda? Cada una de sus mínimas reacciones resultaba tan evidente que le causaba cierta simpatía.

Ignorando por completo que sus acciones habían sido descubiertas, Pyeong-hwa persistió en su postura de no dirigirle la mirada. El deseo de continuar mofándose de él surgió con fuerza en Hae-seong. Esas pestañas tupidas que destacaban al bajar la mirada con desdén y el rubor excesivo de sus orejas generaban una constante sensación de ternura en su interior.

Posee una corpulencia imponente, pero sus acciones corresponden a las de un niño.

Hae-seong contuvo sus impulsos y optó por tolerar la travesura de ese gran niño. Bajo esa premisa, los desplantes que el joven le había mostrado hasta el momento comenzaron a resultarle sumamente gratos.

Considero que sería un excelente hermano menor. Incluso si llegamos a divorciarnos en el futuro, podríamos mantener un vínculo cercano, ¿no? El temperamento conflictivo de su pareja representa un inconveniente, pero una vez disuelto el compromiso, estimo que sería una situación perfectamente tolerable.

Tras apartar esos singulares pensamientos de su mente, Hae-seong dio unos leves toques en el muslo de Pyeong-hwa, quien se había distanciado sutilmente.

Sobresaltado, Pyeong-hwa lo observó con ojos llenos de consternación. Ante esa mirada de absoluto desconcierto que parecía reclamarle el atrevimiento del contacto, Hae-seong se rascó la mejilla.

“Es solo que... me da gusto verte”.

“¿Acaso el hecho de que le dé gusto ver a alguien le otorga el derecho de tocar a las personas de esa manera?”.

Las facciones de Pyeong-hwa se contrajeron por completo. Si tanto gusto le causa, ¿qué clase de acciones pretendía realizar? Su rostro adquirió un rubor tan intenso que parecía al borde del llanto.

Hae-seong, quien de pronto se vio catalogado en una posición inferior a la de un acosador de transporte público, contempló la palma de su mano. Observó sus dedos limpios y estilizados con una expresión de desánimo por unos instantes.

“A ver... No considero que te haya tocado de forma inapropiada”.

“Ha hecho contacto con el muslo de un hombre ajeno en dos ocasiones, ¡¿y sostiene que eso no es tocar de forma inapropiada?!”.

Qué sujeto tan inmoral. Esos grandes ojos abiertos de Pyeong-hwa lo juzgaban con severidad y sin el menor reparo.

Hae-seong se sentía injustamente tratado, no era como si le hubiera manoseado el muslo, solo le había dado dos palmaditas, y ya lo estaban pintando como a un desvergonzado.

Y además, Pyeong-hwa, yo no soy un extraño para ti, ¿o sí? ¿Acaso somos desconocidos? Bueno, técnicamente todavía lo somos, es verdad. Pero le parecía que estaba siendo demasiado fría para ser una pareja que pronto se casaría.

¿Será que todavía guardaba la esperanza de no casarse? Si era así, le daban ganas de destrozar esa ilusión de inmediato.

Sin embargo, sabía que si decía algo parecido, Pyeong-hwa saldría huyendo o se desmayaría del susto. Hae-seong reprimió su orgullo herido y simplemente se disculpó.

Cuando añadió que no volvería a hacerlo, el rostro de Pyeong-hwa se tensó visiblemente.

¿Y ahora qué no te gusta, Pyeong-hwa? ¿Quieres que me muera? Sí, mejor me muero.

“No es que no vuelvas a hacerlo, ese no es el problema...”.

Mientras Hae-seong se hundía en el desánimo, Pyeong-hwa, que no paraba de moverse incómodo en su asiento y de mirar de un lado a otro, habló finalmente en voz baja. Sin mirarlo en absoluto, murmuró con una voz tan diminuta como una hormiga:

“Pídeme permiso. En serio, ¿tengo que enseñarte incluso cosas como esta?”.

Pyeong-hwa refunfuñó, preguntándose qué clase de modales le habían enseñado a alguien mayor que él.

Hae-seong se limitó a contemplar con ojos vacíos aquel rostro hermoso que soltaba semejantes descaros. Justo cuando iba a responder, recordó que las personas que lo habían educado eran sus principales benefactores económicos, así que se mordió la lengua.

Bueno, puede que hayan fallado un poco en la educación de su hijo, pero no son malas personas. De hecho, para ser millonarios, parecen bastante inocentes.

“Ah, lo siento. Tienes razón. Debí pedirte permiso, fue un error mío”.

Aguanta. Si aguanto, gano tres millones de wones. Un edificio tan valioso como el costoso cuerpo de Pyeong-hwa... Un departamento... Mierda. Escupo en ello. No, no debo escupir. ¡¿Por qué crees que estoy haciendo esto?!

“Ya está bien”.

Hae-seong extendió la mano hacia el hombro de Pyeong-hwa, que estaba cerca, pero se detuvo en el aire. ¿También tengo que pedir permiso para esto? Pensé que tenía un aura brillante como el oro puro, pero de verdad que se cotiza caro, este Pyeong-hwa.

Hae-seong retiró el brazo con torpeza. Una mirada altiva siguió su movimiento, acompañada de una voz afilada.

“¿Qué hace?”.

“¿Eh?”.

“Esa mano de ahora, ¿qué significa?”.

Hae-seong miró de reojo la mano que Pyeong-hwa señalaba con la vista.

Vaya, la vio de inmediato...

Entornó un ojo ligeramente con expresión de apuro.

“Ah, no, el hombro. Iba a tocarlo sin darme cuenta”.

“...”.

“Tendré más cuidado en el futuro”.

Dudo que vuelva a pasar de todos modos. Como Hae-seong era propenso al contacto físico por naturaleza, preparó una advertencia con antelación por si volvía a cometer un error. Sin embargo, no sabía si esa burda excusa había funcionado.

Lenta, muy lentamente, el hombro de Pyeong-hwa se acercó. El extremo de ese hombro, tan ancho como el océano Pacífico, se aproximó tanto que Hae-seong tuvo que hacerse un lado.

¿Qué es esto? ¿Desde cuándo mi mano se convirtió en un imán?

Hae-seong contuvo el aliento y miró con extrañeza a Pyeong-hwa, que mantenía los ojos bajos, y luego a su propia mano. No entendía en absoluto la amabilidad que Pyeong-hwa le estaba mostrando.

Finalmente, impaciente por la espera, Pyeong-hwa estiró el brazo. Tomó la mano de Hae-seong, que aún flotaba torpemente en el aire, la colocó sobre su propio hombro y volvió a bajar la mirada.

“Puede tocarlo”.

“¿Qué?”.

“Me molesta, así que no me haga repetirlo. He dicho que puede tocarlo. Le doy permiso”.

La mirada fija que Pyeong-hwa le lanzó era bastante severa. Ay, qué miedo. Hae-seong fingió una expresión de asombro, pero no logró controlar las comisuras de sus labios.

Al notar el temblor en las mejillas y la boca de Hae-seong, Pyeong-hwa frunció el ceño y lo miró con resentimiento. Era una mirada coqueta que no intimidaba en absoluto. Hae-seong tuvo que recurrir a una fuerza sobrehumana para contener la risa que amenazaba con escapársele.

Ah, es bastante tierno.

Hae-seong miró de reojo a Pyeong-hwa, quien ya sacaba sus medicamentos con calma, como si nunca se hubiera enojado.

Si tuviera un hermano menor así, qué divertido sería.

Su aspecto físico era tan deslumbrante que, por muy mal que se portara, era imposible dejar de quererlo.

Pyeong-hwa sabía que Hae-seong lo observaba como si lo estuviera analizando, pero no le dirigió la mirada. Tampoco lo detuvo y continuó con lo que estaba haciendo en silencio. No quería portarse peor con alguien que ya debía estar pasándolo mal por su culpa.

Papá dijo que es una persona útil y que debía tratarlo bien. Así que seré un poco amable.

Pyeong-hwa consideró que dejar que Hae-seong contemplara su rostro era una forma de ser amable, mientras extraía las pastillas.

Sobre su mano blanca, de dedos largos y rectos, se posaron una pastilla ovalada y otra redonda.

Pyeong-hwa se las metió en la boca con un movimiento familiar. Justo en el momento en que la mano de Pyeong-hwa se apartó de sus labios, Hae-seong llenó un vaso con agua.

Y cuando Pyeong-hwa extendió la mano, le entregó el vaso lleno.

“Dime si no es suficiente. Te serviré más”.

A Pyeong-hwa le dio tanta vergüenza que sintió deseos de arrojar el vaso. Sin embargo, como todavía estaba en proceso de ser ‘un poco’ amable con Hae-seong, se limitó a juguetear con él.

Hae-seong no guardó la jarra de agua, sino que la dejó justo enfrente mientras observaba a Pyeong-hwa. Su rostro parecía el de un niño que ni siquiera podía tomarse una pastilla solo, así que pensó que necesitaría más agua.

Por suerte, Pyeong-hwa se tragó las dos pastillas de un tirón. Al ver lo familiarizado que estaba con ese proceso, Hae-seong cerró la boca con fuerza. Pyeong-hwa se bebió hasta la última gota del agua que Hae-seong le había servido. Tras dejar el vaso, tomó una servilleta y se limpió los labios.

Ese aire innegable de joven amo hizo que la expresión de Hae-seong se relajara con dulzura.

Es malditamente tierno.

“Deje de mirarme”.

La mirada, que se volvía cada vez más pícara, fue finalmente frenada por Pyeong-hwa, a quien se le había agotado la paciencia. Con las mejillas sonrojadas, frunció el ceño y miró fijamente a Hae-seong.

Avergonzado, Hae-seong se rascó la mejilla y giró la cabeza. No obstante, al sentir un leve roce en el dorso de su mano, no tuvo más remedio que volver a mirar hacia donde estaba sentado Pyeong-hwa. El vaso de agua de Pyeong-hwa estaba tocando su mano.

Al mirarlo con extrañeza, Pyeong-hwa giró la cabeza bruscamente, fingiendo que no había hecho nada. Se quedó sentado con recato, esperando a que Hae-seong reaccionara a la señal que le había enviado.

Ante la coquetería de Pyeong-hwa, que se negaba rotundamente a mirarlo mientras esperaba, Hae-seong apretó los dientes para contener la ternura. Respiró hondo y tomó la jarra de agua.

En cuanto Hae-seong se movió, las orejas de Pyeong-hwa se crisparon alerta. Aunque fingía no mirar, sus ojos entornados seguían el vaso. Hae-seong observó esto y sirvió el agua sin prisa.

Pensando que no bebería mucho, llenó solo la mitad del vaso y se lo acercó. Como si hubiera estado esperando ese momento, Pyeong-hwa tomó el vaso con arrogancia. Bebió el agua muy despacio, a pequeños sorbos.

No soltó el vaso y continuó bebiendo a sorbos hasta que Tae Yang-ho, que regresó tarde a la mesa, se burló de él llamándolo ‘conejo’.

***

El ambiente durante la comida fue agradable. Hae-seong se frotó las mejillas, que sentía tensas por haber estado sonriendo de forma falsa durante toda la cena.

“Estamos pensando en celebrar una boda íntima. Me gustaría saber qué opina el joven Hae-seong”.

Al reunirse en la sala tras la cena, la familia abordó de inmediato los planes de la boda. Hae-seong observó con empatía a los familiares, quienes, a pesar de asegurar que respetarían su opinión como prioridad absoluta, no dejaban de vigilar las reacciones de Pyeong-hwa.

“¿Y qué opina Pyeong-hwa?”.

“¿Eh? Ah... Pyeong-hwa. Pyeong-hwa...”.

Tae Ki-ho, que tenía una presencia imponente y una mirada fría que no encajaba con la situación, se secó el sudor frío. Pyeong-hwa solo había fulminado a Hae-seong con la mirada cuando este lo llamó ‘Pyeong-hwa’, pero no expresó ninguna opinión.

“Pueden organizarla como prefiera Pyeong-hwa. La boda en sí no es algo importante para mí, y tampoco tengo familia que se vaya a preocupar por eso”.

Su padre, que había huido de manera irresponsable dejándolo solo, ya no era familia para Hae-seong. Menos mal que al menos no le había dejado deudas; de lo contrario, familia o no, lo habría cazado y destruido.

Ah, de solo pensarlo me vuelvo a enojar…

Hae-seong apretó los dientes. Sin embargo, al ver su reacción, los ojos de la familia de Pyeong-hwa se humedecieron de emoción, malinterpretando el gesto.

La mirada compasiva de Tae Yang-ho se posó en el rostro de Hae-seong, que parecía no haber conocido las dificultades de la vida. Si el abuelo de Hae-seong estuviera vivo, el chico no habría pasado por tantas penurias.

Tae Yang-ho sentía una gran culpa hacia Hae-seong. Lo mismo le ocurría a Tae Ki-ho. Dejando a un lado los problemas personales de Hae-seong, sentían remordimiento por haber impuesto una boda que solo convenía a su lado. Y más sabiendo lo quisquilloso, grosero y egoísta que era Pyeong-hwa. Para colmo, este ya tenía pareja, lo que aumentaba su preocupación.

Por eso, querían concederle a Hae-seong cualquier deseo. Esa era la razón por la que no reparaban en gastos. No había nada que no estuvieran dispuestos a hacer por Hae-seong, quien, tras enterarse del motivo del matrimonio, se mostraba inesperadamente considerado con Pyeong-hwa.

Sin sospechar los emotivos pensamientos de la familia de Pyeong-hwa, Hae-seong se imaginaba cortándole el cuello a su propio padre.

Qué rápido huyó el viejo.

Su padre probablemente sabía que él reaccionaría así y por eso escapó. Hae-seong no era de los que se ablandaban por el simple hecho de compartir lazos de sangre.

La expresión de Hae-seong cambiaba a cada segundo. Pyeong-hwa observaba a hurtadillas ese rostro que parecía albergar todas las desgracias del mundo. Por alguna razón, su corazón latía con fuerza. Aunque decía que lo entendía y lo aceptaba todo, se sentía incómodo. Últimamente ni siquiera podía dormir.

Incluso cuando se veía con Yeon-je, no lo disfrutaba; no podía dejar de pensar en Hae-seong. Decía que lo entendía todo. Incluso le había dicho a Yeon-je que podían seguir viéndose. Entonces, ¿por qué...?

“Hagan lo que quieran”.

Pensándolo bien, era verdad que Hae-seong estaba sacrificando mucho. Aunque no era su culpa y era el resultado de la elección de Hae-seong, Pyeong-hwa decidió ser generoso.

“¿Puedo hacerlo como yo quiera?”.

La mirada desaprobadora de Pyeong-hwa se cruzó con el rostro sorprendido de Hae-seong. ¿Qué tanto quería hacer?

“De todos modos, la boda se está celebrando según la voluntad de otros, sin importar la mía. Así que haz la ceremonia como quieras”.

“¡Pyeong-hwa!”.

Ante la respuesta cortante de Pyeong-hwa, el rostro de Ki-ho se puso pálido. Ki-ho vigiló la reacción de Hae-seong, que se había quedado con los ojos abiertos de par en par.

¡Con lo que costó encontrar a un Omega dominante! ¡Si se molesta y decide cancelar todo...!

“Vaya, Pyeong-hwa de verdad es muy generoso”.

Sin embargo, había algo que Tae Ki-ho había pasado por alto.

“Abuelo, padre, entonces ¿puedo hacer una boda enorme?”.

Así es. Hae-seong era un adorador del dinero mucho más grande de lo que ellos jamás podrían imaginar. Se podría decir que era un caso incorregible. Un ser extravagante que perseguía el dinero por encima de todo y que jamás se vería afectado por la frialdad de Pyeong-hwa. Ellos no tenían idea de que Wi Hae-seong era esa clase de persona.

Dado que sus expectativas respecto a Pyeong-hwa eran prácticamente nulas desde el principio, Hae-seong no se sintió herido en lo absoluto por sus palabras. Con un rostro radiante, abrió los brazos formando un gran círculo sobre su cabeza, parpadeando emocionado.

Ki-ho, que temía que Hae-seong cambiara de opinión, lo miró estupefacto. Hae-seong miró a las tres personas que lo observaban y añadió con entusiasmo.

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“De ser posible, que sea uuuultra ostentosa”.

Para que la gente hablara del derroche multimillonario de una familia adinerada en su boda.

Para que todos sus conocidos murieran de envidia al ver a su hermoso novio (o tal vez novia) y a su increíblemente rica familia política. Hae-seong, entusiasmado, pidió una boda bañada en dinero.

Al terminar la desconcertante conversación, la familia empujó a Hae-seong hacia la habitación de Pyeong-hwa. Todavía les resultaba difícil asimilar las palabras que acababan de escuchar.

¿Esto está bien? ¿En serio?

Ki-ho, con la mente llena de dudas, apartó a Hae-seong de su vista.

Lo hizo con la buena intención de que conociera la habitación de Pyeong-hwa y pasaran un tiempo a solas. No fue, para nada, porque Hae-seong le resultara abrumador.

Sin embargo, Pyeong-hwa, que tendía a la evasión aún más que Ki-ho, huyó de inmediato. No podía quedarse a solas con Hae-seong después de escucharlo hablar de una boda tan grandiosa y espectacular.

No se sentía capaz de mirar a la cara a un Hae-seong que albergaba tales expectativas. Incapaz de soportar la angustia, Pyeong-hwa se escondió en un rincón del jardín, y la familia junto con los empleados salieron corriendo a buscarlo.

Al quedarse solo de repente en la habitación de Pyeong-hwa, Hae-seong pidió permiso al aire diciendo: ‘Voy a recostarme un momento en la cama’, y se dejó caer de espaldas.

“Ah... Qué bien...”.

El colchón de su propia casa era bueno, pero el de Pyeong-hwa era cien veces mejor. Lo mismo ocurría con las mantas. Se sentía como si estuviera cubierto por algo que no pesaba nada. Con el rostro hundido en las sábanas, Hae-seong aprovechó el silencio para recordar la cena.

No era la familia adinerada, severa y fría que había imaginado; parecía más bien la escena común de una casa vecina. No se respiraba en absoluto ese ambiente autoritario o intimidante de los dramas televisivos.

El presidente Tae Yang-ho, que en las noticias siempre aparecía gritándole a cualquiera, trataba a Pyeong-hwa como a un tierno conejo, y el vicepresidente Tae Ki-ho lo consentía como si fuera una joya valiosa de la que no quería desprenderse.

En esa casa, Pyeong-hwa era como una flor de invernadero. Una flor rara, criada con esmero y cariño. ¿Será por eso que tiene ese carácter?. Hae-seong sonrió con amargura al recordar a Pyeong-hwa temblando de rabia con una expresión de fastidio absoluto.

¿Tanto me odia? Yo tampoco soy alguien que se quede atrás...

Como lo odiaba tanto, le daban ganas de portarse mal con él. ¿Y si lo seducía de algún modo y lo convertía en un mal hombre que abandonara a su pareja?

No sería fácil, pero ya que la situación se había vuelto tan caótica, bien podría...

Hae-seong se retorcía sobre las sábanas mientras se perdía en fantasías maliciosas que no tenía intención de llevar a cabo.

¿A quién debería preguntarle dónde compraron esta manta? Tengo que comprar una igual.

Mientras se perdía en esos pensamientos triviales, se escuchó un golpe sordo en el suelo.

Al levantar la vista, se encontró con los ojos de Pyeong-hwa, que permanecía de pie con los labios firmemente apretados. Parecía que lo habían traído a la fuerza; tenía el cabello revuelto y las mejillas completamente encendidas. Mirando de cerca, la zona debajo de sus ojos estaba roja, como si hubiera estado llorando.

Hae-seong lo miró sin comprender la razón de esa mirada tan intensa. Era tan penetrante que, sintiéndose cohibido, optó por regalarle una sonrisa. No solo eso, sino que alisó con la mano las arrugas que su propio rostro había dejado en las sábanas y elogió lo cómodas que eran.

Sin embargo, a medida que Hae-seong intentaba ser amable, el rostro de Pyeong-hwa se ponía cada vez más pálido. Incluso se percibía un aire de indignación en su rostro.

¿Acaso no lo elogié lo suficiente?

Hae-seong se rascó la cabeza con expresión despistada. Pyeong-hwa parpadeó de forma antinatural y apretó los labios con tanta fuerza que casi desaparecieron.

Hae-seong no lograba descifrar la razón, pero desde la perspectiva de Pyeong-hwa, era lógico reaccionar así. La única razón por la que Pyeong-hwa, que rara vez se dejaba atrapar con facilidad, se había entregado voluntariamente era porque le preocupaba que Hae-seong se quedara solo. Tras huir y esconderse, no pudo evitar pensar en Hae-seong, abandonado en su habitación.

¿No sería extremadamente difícil quedarse solo en una casa ajena?

Si hubiera sido él, se habría desmayado del estrés.

Al pensar en eso, comenzó a sudar frío. Le invadió la ansiedad de haber cometido un grave error. Su corazón latía con tanta fuerza que le faltaba el aire y sentía la cabeza confundida.

Al final, Pyeong-hwa se acercó dócilmente al empleado que lo llamaba con desesperación. Regresó con una expresión de impotencia, fingiendo haber sido descubierto por casualidad por un empleado de vista aguda.

Sabía que si no lo hacía, nadie habría podido encontrarlo. Después de todo, el escondite era su especialidad.

Se había dejado atrapar a la fuerza con esa preocupación en mente, pero al ver a Hae-seong retozando en su cama como si nada, se sintió frustrado y molesto por su propia consideración. Pensó desde el principio que era un tipo extraño, pero realmente nunca había visto a alguien igual.

Mamá, dijiste que las personas viven de acuerdo a su apariencia. Entonces, ¿qué demonios pasa con ese tipo?

Hae-seong, con su aspecto pálido y melancólico, rompía todas las expectativas con cada acción. En lugar de mostrarse incómodo en un espacio ajeno, se dedicaba a nadar en la cama de otra persona. Un hombre con aspecto de ángel que no dejaba de enviarle mensajes extraños.

Pyeong-hwa se presionó suavemente el pecho, donde el corazón latía con una fuerza desbocada por la indignación. Pum-pum-pum-pum. Sentía las pulsaciones aceleradas directamente en la palma de su mano.

Hae-seong, recostado de lado, contemplaba con calma a Pyeong-hwa, que permanecía de pie como un niño al que le hubieran quitado un juguete. Ese rostro encendido como un tomate le parecía simplemente el de un muñeco hermoso.

Al quedarse inmóvil, parecía una estatua de cera perfectamente esculpida.

Hae-seong colocó mentalmente un velo de novia sobre la cabeza de Pyeong-hwa, que permanecía de pie con aire melancólico y la mano en el pecho. Por supuesto, solo en su imaginación. Pero incluso en su mente, Pyeong-hwa lucía increíblemente hermoso con el velo.

¿Cómo hago para seducirlo y ponerle ese velo? Seguro que se vería espectacular.

Hae-seong, cuya empatía flaqueaba tanto como la estabilidad emocional de Pyeong-hwa, se esforzó por controlar la sonrisa que amenazaba con dibujarse en su rostro.

Sin embargo, su mente ya estaba dominada por la imagen de Pyeong-hwa vestido con un esmoquin blanco y un velo, lo que le impedía mantener la compostura.

Sin más remedio, Hae-seong se cubrió la boca con la mano y presionó sus mejillas temblorosas con los dedos índice y pulgar. Luego, comenzó a incorporarse lentamente.

Mientras se arreglaba el cabello desordenado por haber estado frotándose contra la cama, miró con preocupación a Pyeong-hwa, que parecía haber sido teñido con pintura roja de pies a cabeza.

Pyeong-hwa, que se tensaba con cada movimiento de Hae-seong, lo sostuvo con la mirada frunciendo el ceño por un momento. Sus labios se movieron como si tuviera mucho que decir, hasta que finalmente se abrieron.

“¡Pedazo de pervertido...!”.

Para los oídos de Hae-seong, aquel grito fue tan inofensivo como el pío de un polluelo, sin causar el menor impacto.

***

¿Acaso recostarse un momento en la cama era algo tan terrible como para que le subiera la fiebre?

Hae-seong contempló con incredulidad a Pyeong-hwa, que yacía postrado frente a él.

“¿De qué te ríes?”.

Jajaja, ¿cómo no voy a reírme? Pyeong-hwa, mírate en el espejo. De verdad eres muy tierno.

Hae-seong mostró una expresión de disculpa hacia Pyeong-hwa, que estaba en la cama con un parche de gel refrigerante con un personaje animado pegado en la frente. No sentía ninguna culpa real, así que no sabía qué tan convincente resultaba, pero mostró tanto arrepentimiento como pudo. Al fin y al cabo, era cierto que la fiebre le había subido por su culpa.

“¿Te duele mucho? ¿Sueles tener fiebre con tanta facilidad?”.

“... ¿Por qué lo preguntas?”.

“¿Eh?”.

“Que para qué preguntas eso. Si me duele, ¿qué?”.

Aquella hermosa y melodiosa voz volvió a sonar afilada. Hae-seong contempló fijamente ese rostro pálido y bello, y luego sonrió.

Pues porque me das lástima y quiero tratarte mejor.

Con este sentimiento, que era completamente sincero, Hae-seong acercó el dorso de su mano a la mejilla de Pyeong-hwa. Sin embargo, justo antes de tocarlo, agitó la mano frente a él mientras este lo fulminaba con la mirada. Era un gesto para pedirle permiso.

Fue justo después cuando la mirada de Pyeong-hwa se suavizó. Bajó los ojos dócilmente y frunció los labios.

A los ojos de Hae-seong, las pestañas tupidas y ligeramente curvadas hacia arriba de Pyeong-hwa resultaban asombrosas. Olvidándose por completo de si le habían dado permiso o no, Hae-seong, hechizado, rozó la punta de las pestañas de Pyeong-hwa con la yema de sus dedos.

Los párpados de Pyeong-hwa temblaron levemente. Cuando el dedo de Hae-seong se alejó, unos ojos de par en par siguieron el movimiento de su mano.

“¿Quieres dormir un poco?”.

Su voz se volvió dulce sin darse cuenta. Aunque Pyeong-hwa no hacía más que quejarse y mostrarse fastidiado con él, su corazón se derretía a su antojo. ¿Sería por culpa de ese cuerpo propenso a arder en fiebre con tanta facilidad? Hae-seong, sintiendo una punzada de lástima, acarició con torpeza la frente de Pyeong-hwa, que estaba cubierta de sudor frío.

¡Zas!

Sin embargo, el dulce gesto de Hae-seong fue rechazado con brusquedad por Pyeong-hwa. Hae-seong se frotó con fuerza el dorso de la mano que acababa de recibir el golpe repentino.

“Lo siento, volví a tocarte sin permiso...”.

Sí, claro, tú eres el ombligo del mundo y tu cuerpo está hecho de oro.

Aunque se burlaba de él por dentro, Hae-seong se disculpó de dientes para afuera. Mientras refunfuñaba pensando en lo mucho que le había dolido el golpe, Pyeong-hwa se quedó en silencio.

Al frotarse el dorso de la mano y mirar de reojo, notó que el semblante de Pyeong-hwa había empeorado drásticamente. Hae-seong apretó los labios. ¿Tanto le había desagradado? Sintiéndose avergonzado ante ese rostro tan pálido que parecía a punto de desmayarse, Hae-seong soltó un breve suspiro.

Los hombros de Pyeong-hwa se tensaron notablemente. Evitaba hacer contacto visual, como un niño que presiente que va a recibir una fuerte reprimenda. Al verlo tan ansioso, Hae-seong le sujetó suavemente los hombros.

Pyeong-hwa volvió a sobresaltarse y miró a Hae-seong con ojos temblorosos. Para ser exactos, miraba el dorso de la mano de Hae-seong, que se había tornado ligeramente rojo.

“P-Por eso... Quién te manda tocarme...”.

Esa voz sumamente intimidada sonó lastimera. Hae-seong, temiendo que a Pyeong-hwa le pasara algo de verdad si seguía así, se apresuró a darle la razón. «Está bien, seré el pervertido de la historia».

“Tienes razón. Esta mano tiene la culpa”.

Hae-seong golpeó con aún más fuerza el dorso de la mano que Pyeong-hwa había azotado. ¡Zas! Un sonido seco y agudo resonó en la habitación, rompiendo el aire incómodo. Pyeong-hwa, sobresaltado, se levantó de golpe de la cama. Su gran cuerpo, antes cubierto por las mantas, se aproximó. Hae-seong, que hace un momento se mostraba imponente, se encogió un poco.

Vaya, pero qué hombros tiene.

“¿Por qué te pegas?”.

“Si alguien nos escuchara desde afuera, pensaría que yo te pegué a ti...”.

Hae-seong susurró mientras miraba de reojo hacia la puerta cerrada. El entrecejo de Pyeong-hwa se frunció severamente. Ocultando su rostro frío y sombrío, habló con una voz más baja de lo habitual:

“Se te puso rojo...”.

Pyeong-hwa no dejaba de mirar de reojo el dorso de la mano de Hae-seong, que había pasado de un tono rosado a un rojo vivo. Tenía una expresión de dolor, como si el golpe lo hubiera recibido él mismo. Sus ojos reflejaban una auténtica conmoción, como si no pudiera dar crédito a lo que veía.

Hae-seong se rascó la cabeza sin saber qué hacer. A él no le dolía en absoluto, pero le preocupaba la voz débil de Pyeong-hwa, que parecía al borde del colapso.

De verdad es alguien a quien no se puede dejar desatendido.

Hae-seong extendió la mano hacia las largas y temblorosas pestañas de Pyeong-hwa.

Al sentir el roce de las yemas de sus dedos, Pyeong-hwa se sobresaltó. Esta vez no apartó a Hae-seong ni se quejó. Simplemente dejó caer los hombros, como si no supiera cómo reaccionar y prefiriera perder las fuerzas.

Pyeong-hwa era como una mimosa que se marchita al menor contacto. Hae-seong contempló aquellos amplios hombros caídos con ojos risueños.

“No me duele nada. Esta mano traviesa se merecía el castigo”.

“Yo no dije que fuera mala”.

Pyeong-hwa movió los labios con una mirada llena de indignación.

“Tocar sin permiso es de mala educación. Pyeong-hwa, realmente recibiste una excelente educación familiar”.

“¿Te estás burlando de mí?”.

Pyeong-hwa terminó por apartar la mano de Hae-seong. A los ojos de este, Pyeong-hwa resultaba sumamente adorable: tan pronto se volvía suave como el algodón de azúcar como se ponía a la defensiva.

“Nooo. Lo digo en serio porque eres demasiado bueno, Pyeong-hwa”.

“Es mi cuerpo el que está enfermo, no he perdido el juicio. ¿Por quién me tomas?”.

Su capacidad de autocrítica era bastante aguda. Hae-seong soltó una risa incómoda ante la declaración de Pyeong-hwa, quien básicamente estaba admitiendo que era un dolor de cabeza. Si él mismo lo decía así, ya no le quedaba nada por agregar. Cuando Hae-seong se limitó a encogerse de hombros, el ceño de Pyeong-hwa se frunció de nuevo.

“¿Por qué no lo niegas?”.

“¿Eh?”.

“Si te pregunto por quién me tomas, deberías decir que no es lo que pienso. Por qué eres tan...”.

“Ah, ya”.

¿Qué se supone que debo hacer?

Hae-seong apenas logró atrapar el hilo de sus pensamientos, que se le escapaban por un momento. La mirada de Hae-seong, que se había nublado por un instante, volvió a aclararse.

“Es porque sé perfectamente que no eres tonto. ¡A la próxima te responderé absolutamente todo, ¿sí?!”.

“Absolutamente todo”.

“Sí. Todo, todito”.

“Siento que te estás burlando”.

El que está todo enredado eres tú, Pyeong-hwa.

Hae-seong esbozó una sonrisa vacía mientras contemplaba el aspecto físico de Pyeong-hwa, que le parecía casi artístico. Solo sonríe, sonriamos. Dejemos la mente en blanco y sonriamos. Es guapo. Como es guapo, sonriamos.

“¿Por qué me miras así...?”.

A pesar de que intentaba controlar su expresión, parecía que no lograba ocultarlo del todo. Hae-seong enarcó las cejas ante los ojos entrecerrados de Pyeong-hwa. Se frotó las mejillas para relajar los músculos tensos y movió la boca gesticulando las vocales para aflojar los labios.

“Solo te miraba porque eres guapo”.

“¿No te da vergüenza decir esas cosas?”.

“¿Acaso es algo vergonzoso? Solo estoy señalando un hecho”.

No era para tanto. Quizá porque Hae-seong estaba tan acostumbrado a escuchar que era guapo, no le parecía una frase difícil ni vergonzosa de pronunciar. Si hasta ahora había sido tacaño con los elogios, era simplemente porque no se había topado con alguien tan atractivo.

Pyeong-hwa se merecía esas palabras. Era la recompensa que legítimamente le correspondía a alguien con su apariencia.

¿Qué tan difícil habrá sido nacer así y crecer sin perder esa belleza?

Hae-seong le preguntó con la mirada qué tenía eso de malo, mientras que Pyeong-hwa lo miraba como si estuviera viendo a un viejo verde. O a un pervertido.

“¿Por casualidad no te gusta que te digan que eres guapo?”.

Incluso mientras lo decía, le parecía una pregunta absurda. ¿A quién podría disgustarle que le dijeran que es guapo? ¡Eso es mucho más difícil de lograr que ser simplemente atractivo!

Al ver que preguntaba con total seriedad, Pyeong-hwa se desconcertó. Hae-seong esperó pacientemente una respuesta. Pyeong-hwa terminó por desviar la mirada, con las comisuras de los ojos caídas.

Las comisuras de los labios de Hae-seong se elevaron levemente. Y es que las emociones y pensamientos de Pyeong-hwa se reflejaban con mucha claridad en su rostro.

“Así que no te disgusta. Entonces, ¿por qué reaccionas así...?”.

Pyeong-hwa solía responder a la defensiva ante cualquier comentario, como si prefiriera morir antes que ceder. A juzgar por esta reacción, realmente no parecía disgustarle que le dijeran que era guapo. Tras quedarse pensativo por un momento, los ojos de Hae-seong se entornaron.

“Ah. ¿Será que te disgusta porque te lo digo yo?”.

Los ojos de Pyeong-hwa se abrieron de par en par. Hae-seong observó en silencio sus grandes y cristalinas pupilas que temblaban. Sinceramente, aunque le disgustara, quería decirle que se aguantara. Para Hae-seong, contenerse de elogiar su belleza era mucho más tortuoso que tolerar al amante de su futuro esposo.

Haber nacido menos guapo entonces.

“Si es por eso, tendré cuidado. Si a ti, Tae Pyeong-hwa, no te gusta, no lo haré más”.

Aunque sus verdaderas intenciones eran distintas, ahora era el momento de ganar puntos con Pyeong-hwa. ¿Qué importaba contenerse un poco de hablar? Si Pyeong-hwa le prohibía terminantemente decírselo, Hae-seong estaba dispuesto a contenerse, pensando que cada vez que se le escapara el cumplido, perdería cien mil wones.

¿Cien mil wones es muy poco? Digamos que un millón. Con eso, seguro que me muerdo la lengua solo...

“Es Pyeong-hwa”.

“¿Eh?”.

“Que no es Tae Pyeong-hwa, sino Pyeong-hwa”.

Ante ese rostro triunfante, que recordaba al de un niño que acababa de adivinar su edad mostrando los dedos correctos, Hae-seong se quedó sin palabras. Su mente se detuvo por un instante, como si alguien hubiera presionado el botón de pausa. Parpadeó repetidamente. Hae-seong continuó parpadeando con una expresión de desconcierto.

Incapaz de captar la diferencia entre ‘Tae Pyeong-hwa’ y ‘Pyeong-hwa’, Hae-seong frunció levemente el ceño. ¿Cómo que de pronto no era Tae Pyeong-hwa? ¿Qué clase de provocación novedosa era esta?

¿Estará cansado nuestro Pyeong-hwa?

“Ah, claro. Sí, Pyeong-hwa. Pyeong-hwa”.

Tae Pyeong-hwa. ¡Tae! ¡Pyeong! ¡Hwa! El único Alfa dominante del Grupo Taepeong. Dueño de una apariencia excepcional y de una inmensa fortuna. El orgullo de la familia Tae. Tae. Pyeong. Hwa.

Hae-seong seguía sin entender la diferencia entre ambos nombres, pero hizo la corrección. Pyeong-hwa, ahora un poco más calmado, asintió con satisfacción.

Aunque no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando, al ver que el semblante de Pyeong-hwa se relajaba, Hae-seong también asintió con la cabeza. Fue en ese momento cuando se escuchó un crujido mecánico proveniente de alguna parte. Hae-seong giró la cabeza buscando el origen del sonido.

“Parece que está sonando tu teléfono”.

Hae-seong se levantó y se acercó al lugar de donde provenía el ruido, que iba en aumento. En efecto, se trataba del sonido de la vibración. El teléfono celular, colocado sobre el escritorio, daba vueltas sobre sí mismo mientras vibraba con insistencia.

¡Contesta! ¡Te digo que contestes! ¡¿Por qué no respondes?! ¡Contesta!

Parecía gritar de manera obstinada.

“Es Yeon-je”.

Con razón la vibración era tan escandalosa, ya me imaginaba que eras tú, infeliz.

Hae-seong descubrió el nombre en la pantalla y tomó el teléfono, pues estaba seguro de que era el de Pyeong-hwa. Hae-seong le llevó el aparato, que volvió a sonar justo después de que se cortara la primera llamada.

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Al recibir el teléfono, tal como había dicho Hae-seong, el nombre de Yeon-je apareció en la pantalla.

 

[Yeon-je♥♥]

 

Era el nombre que Yeon-je había cambiado tras arrebatarle el teléfono al descubrir que Pyeong-hwa lo tenía guardado simplemente como ‘Woo Yeon-je’. Pyeong-hwa se limitó a juguetear con el teléfono mientras miraba de reojo a Hae-seong, que permanecía a su lado.

Sabía que Yeon-je se enfadaría si no contestaba, pero no se atrevía a presionar el botón de llamada. Finalmente, el teléfono dejó de sonar. Pyeong-hwa contempló el aparato, ahora silencioso, con ojos llenos de temor.

“¿Por qué no contestas?”.

De repente, Hae-seong asomó el rostro justo al lado del de Pyeong-hwa. Sobresaltado, Pyeong-hwa se hizo a un lado para alejarse. Al mismo tiempo, pensó si no se habría alejado demasiado.

“¿Acaso no es Yeon-je?”.

“Es asunto mío”.

Por fortuna, Hae-seong no pareció darle mucha importancia. De hecho, ni siquiera se dio cuenta de que Pyeong-hwa lo estaba esquivando. Solo le sorprendía que no respondiera la llamada de Yeon-je.

“¿Es por mí?”.

Hae-seong preguntó señalándose a sí mismo con el dedo. Pyeong-hwa se mantuvo obstinadamente en silencio. Se limitó a bajar la mirada, abriendo y cerrando los puños una y otra vez.

“¿Me estás teniendo consideración?”.

Esto era realmente sorprendente. Pensó que Pyeong-hwa no sabía nada de esas cosas. Pyeong-hwa tampoco respondió esta vez. Sin embargo, bastaba con mirar sus orejas enrojecidas y sus ojos que parpadeaban continuamente para darse cuenta. Claramente se trataba de una muestra de consideración.

“Vaya, esto realmente me conmove. No pensé que llegarías a preocuparte tanto por mí”.

“¿Qué tan basura crees que soy?”.

Casarse teniendo pareja no es precisamente algo que te libre de ser una basura.

Sin embargo, como Hae-seong era igual de basura por no renunciar al matrimonio a pesar de saberlo todo, prefirió no ponerse a discutir.

¿Será que somos almas gemelas?

Hae-seong sonrió ante ese pensamiento absurdo.

“Pero de verdad estoy bien. Puedes contestar. Si no lo haces, tú serás el que se meta en problemas”.

Lo decía en serio. Pyeong-hwa levantó la vista. Esas tupidas pestañas suyas, que temblaban levemente, ablandaron por completo el corazón de Hae-seong. Le daba lástima ver a Pyeong-hwa tan abrumado.

“Si te resulta incómodo, puedo salir un momento”.

En ese instante, el teléfono volvió a sonar. Pyeong-hwa soltó el aparato como si de repente hubiera tocado algo ardiente. Ante su evidente desconcierto, Hae-seong se rascó la nariz y se puso de pie.

“Contesta tranquilo. Me llamas cuando termines. Esperaré aquí afuera”.

A decir verdad, tenía ganas de echarle un vistazo a la sala del segundo piso. Como contemplaba la posibilidad de mudarse juntos, sentía curiosidad por el interior de la casa. Pensó que podría curiosear por aquí y por allá mientras Pyeong-hwa hablaba por teléfono. Tras tomar el teléfono, que daba vueltas sobre las mantas como si estuviera bailando, y ponérselo en la mano a Pyeong-hwa, Hae-seong se dio la vuelta.

“Por qué...”.

Sin embargo, antes de que pudiera dar más de unos pasos, una voz diminuta lo detuvo. Al volverse, se encontró con los ojos de Pyeong-hwa, que se había puesto completamente pálido.

“¿Por qué no te enojas?”.

Hae-seong frunció el ceño.

¿Y ahora a qué viene eso? ¿Por qué habría de enojarme?

Era un reclamo del todo inesperado.

“Pues porque no estoy enojado”.

Respondió Hae-seong, desconcertado.

“¿No te molesta que me vaya a casar contigo sin haber terminado con Yeon-je?”.

El labio inferior de Pyeong-hwa temblaba levemente mientras hablaba. Hae-seong observó con atención a Pyeong-hwa, cuyo semblante empeoraba por momentos.

“Desde el principio decidí casarme sabiendo todo esto. Nadie me engañó. Te digo que estoy bien porque realmente lo estoy. ¿Crees que te estoy mintiendo?”.

“Aun así...”.

“¿Acaso parezco una persona tan buena?”.

“No, no es eso”.

Pyeong-hwa, incapaz de decir una mentira piadosa, lo interrumpió de inmediato. Acto seguido, lo miró con atención por si acaso lo había ofendido.

Si hubiera sido otra persona, Hae-seong ya le habría retirado la palabra, pero con Pyeong-hwa no sentía el menor resentimiento. Al contrario, sintió alivio al ver que recuperaba algo de color en el rostro gracias al enfado.

“Jaja, qué cruel. En momentos así deberías decir que sí”.

Comentó Hae-seong con una sonrisa ligera.

“Aún así, me alegra un poco ver que te preocupas tanto por mí. ¿Quieres mejor no contestar? Apaguemos el teléfono”.

Dando media vuelta, Hae-seong se acercó de nuevo a Pyeong-hwa y le quitó el teléfono. Los ojos de Pyeong-hwa se abrieron de par en par.

Hae-seong guardó el teléfono de Pyeong-hwa en su bolsillo a la vista de este. La mirada perdida de Pyeong-hwa se posó en el bolsillo abultado de Hae-seong.

“¿Te volviste loco? Devuélvemelo de inmediato”.

“Mmm, no quiero”.

Hae-seong tomó las mejillas del indignado Pyeong-hwa y las agitó levemente. Su piel tersa y sin un solo poro se adhirió a las palmas de Hae-seong.

Por suerte, sintió el calor en las mejillas de Pyeong-hwa. Hae-seong moldeó a su antojo aquellas mejillas suaves y cálidas que parecían pastel de arroz, mientras le susurraba con picardía:

“Con esto, realmente parece que somos nosotros los que estamos siendo infieles. Es más emocionante de lo que pensé, ¿verdad?”.

Hae-seong subió a la cama apoyando las rodillas donde Pyeong-hwa estaba sentado. La mirada de Pyeong-hwa bajó hacia las rodillas de Hae-seong que presionaban el colchón.

“Ya que estamos en esto, divirtámonos en grande. Qué tal si...”.

Hae-seong presionó con ambas manos las mejillas de Pyeong-hwa. Sus labios de un rosa pálido sobresalieron como los de un pato.

Por un instante, la mirada de Hae-seong se intensificó y se detuvo en aquellos labios carnosos. Mientras tragaba saliva sin darse cuenta, Pyeong-hwa apartó la mano de Hae-seong de un golpe.

“¿Cómo puede una persona...”.

Pyeong-hwa, que hasta hace un momento se mostraba dócil, comenzó a respirar agitadamente. Al verlo tan furioso, Hae-seong pensó que tal vez se había excedido con la broma.

Decidido a devolverle el teléfono, metió la mano en el bolsillo, pero Pyeong-hwa continuó hablando.

“¡¿Cómo puede una persona ser tan libertina?!”.

En ese instante, Hae-seong se tambaleó. Por fortuna, Pyeong-hwa reaccionó rápido y lo sujetó, evitándole una caída ridícula. Sin embargo, Hae-seong seguía estupefacto.

O sea, ¿me está diciendo que soy un libertino justo ahora?

Por supuesto, dado su pasado, tampoco podía negar del todo que hubiera llevado una vida activa.

Sin embargo, ya había pasado bastante tiempo desde que había dejado atrás ese estilo de vida, e incluso antes de eso, nunca había hecho nada como para ganarse el adjetivo de ‘libertino’.

Juraba que jamás había cometido una imprudencia. Es verdad que había tenido citas casuales, ¿pero acaso eso se consideraba libertinaje? Tratándose de un Alfa o un Omega, ¿no era algo que entraba dentro de lo normal?

A Hae-seong le dio dolor de cabeza de la pura indignación. Sobre todo, le parecía inaudito escuchar semejante comentario de parte de su futuro esposo, quien sí tenía una pareja formal.

“Qué fastidio, en serio...”.

Hae-seong estuvo a punto de replicar, pero cambió de opinión al escuchar la voz desanimada de Pyeong-hwa.

Está bien, si para Pyeong-hwa soy un libertino, pues lo soy. Cada quien tiene sus propios criterios, ¿no?

Viviré con recato y modestia durante nuestro matrimonio, Pyeong-hwa. Aunque tú tengas a esa pareja con la que llevas tanto tiempo, yo simplemente me quedaré solo en mi habitación, marchitándome en la más absoluta soledad.

“Está sonando otra vez”.

Hae-seong se sentía injustamente tratado, pero como a fin de cuentas ya lo habían tachado de ser un hombre con un pasado libertino, prefirió calmar los ánimos de Pyeong-hwa.

Por eso, le devolvió el teléfono que le había quitado para bromear. Pensó que, más que él mismo, sería Yeon-je quien ayudaría a que Pyeong-hwa se sintiera mejor.

“Me llamas cuando termines de hablar”.

Antes de que Pyeong-hwa pudiera replicar, Hae-seong salió de la habitación. Al quedarse solo de repente, Pyeong-hwa contempló el teléfono que ahora descansaba en su mano con ojos sombríos.

¿Por qué una llamada que solía durar dos o tres horas todos los días le resultaba hoy tan pesada y abrumadora?

Como Pyeong-hwa no se decidió a contestar, comenzaron a llegar los mensajes de texto. Era de esperarse. Revisó las alertas que inundaban la pantalla de bloqueo. Una serie de mensajes cortos, visibles en la vista previa, llenaron la pantalla por completo.

 

Yeon-je♥♥

Quedamos en vernos mañana, ¿por qué no contestas el teléfono?

Te aguanto solo porque soy yo quien te comprende.

Contéstame de inmediato.

 

Ese ánimo flotante que se había inflado como un globo hace unos momentos se desinfló de golpe, como si lo hubieran pinchado con una aguja.

Por alguna razón, su pecho palpitaba con una desagradable incomodidad. Pyeong-hwa se quedó helado por un instante y sacudió la cabeza con rapidez. Sentía una punzada de dolor en la sien y una sensación de náuseas que le revolvía el estómago.

¿Incomodidad? Eso era algo simplemente imposible. Sin embargo, por más que intentaba controlarse, no sabía qué hacer con ese corazón que no dejaba de agitarse.

De pronto, levantó la vista y miró la puerta cerrada con ojos melancólicos. Fue en ese preciso instante cuando la puerta, que parecía que jamás volvería a abrirse, se abrio.

“¿Ya terminaste de hablar?”.

Hae-seong asomó la cabeza por la pequeña rendija. No había pasado ni un minuto desde que había salido para dejarlo hablar a solas.

Pyeong-hwa soltó una risa de pura incredulidad. Al mismo tiempo, sin embargo, lo invadió una extraña sensación de alivio, como si por fin pudiera respirar, por lo que prefirió cerrar los ojos.

***

Desde el día en que Hae-seong se marchó, Pyeong-hwa no había dejado de desear morirse. Se sentía como una basura y no podía soportarlo.

“Tú no puedes vivir sin mí, ¿verdad?”.

Aquella frase que había escuchado sin cesar desde su infancia se clavó en su pecho como un punzón. Pyeong-hwa no pudo articular palabra. En algún momento, las cosas simplemente se habían vuelto así.

“Dime. ¿De verdad estarías bien sin mí?”.

No lo sé.

Eso fue lo primero que pensó Pyeong-hwa ante la insistente pregunta de Yeon-je. Realmente no lo sabía.

Completamente exhausto, Pyeong-hwa bajó la mirada hacia la pantalla de su teléfono, que se encendió de repente. Parecía que alguien había etiquetado su cuenta en una publicación. No había nadie en su entorno que hiciera algo así. Incluso Yeon-je, a quien le encantaba presumir de su relación subiendo fotos juntos, nunca llegaba al extremo de etiquetarlo.

Intrigado, Pyeong-hwa abrió Instagram y fue a revisar la publicación en la que aparecía etiquetado.

“Qué loco...”.

“¿Eh? ¿Qué dijiste?”.

Pyeong-hwa estaba tan sorprendido que se le escapó una palabrota. Al darse cuenta de lo que había dicho, se asombró aún más y se mordió la lengua. Como Pyeong-hwa casi nunca maldecía, Yeon-je también se quedó sorprendido.

“¿Qué has dicho?”.

“No, nada”.

Aunque Yeon-je insistió en preguntar, Pyeong-hwa cerró la boca con fuerza y sacudió la cabeza. Ocultó el teléfono debajo de la mesa, intentando controlar los latidos de su corazón, que parecía a punto de estallar.

Por fortuna, Yeon-je, que estaba absorto tomando fotos del interior del restaurante y de los platillos, no tardó en perder el interés en él. Pyeong-hwa aprovechó ese descuido para revisar la foto de nuevo por debajo de la mesa.

La persona que había publicado la foto era Hae-seong. Sabía que era un tipo un poco alocado, pero jamás imaginó que subiría una foto así a un lugar tan público.

El espacio de la imagen era un sitio sumamente familiar para Pyeong-hwa: la mesa de comedor de su propia casa. Los platillos que aparecían en la foto eran los que se habían servido hacía unos días, cuando Hae-seong fue de visita.

Al ver la foto, recordó con total claridad la imagen de Hae-seong aquel día. Aunque no era de baja estatura, tenía una complexión delgada, pero poseía un apetito sorprendentemente voraz.

Cualquiera se preguntaría a dónde iba a parar todo lo que ingería. Era la primera vez que veía a alguien comer tanto. Por supuesto, dado que su círculo social era muy reducido, no había convivido con mucha gente, pero estaba seguro de que no existía otra persona como Hae-seong.

Hae-seong se había comido dos tazones llenos de arroz mientras soltaba comentarios disparatados, diciendo que la comida estaba deliciosa y que ya podía morirse en paz. Una vez satisfecho, e irradiando una inmensa felicidad, llegó incluso a proponer que se mudaran juntos de inmediato. Si su padre no lo hubiera detenido, habría ido a hacer las maletas en ese mismo instante.

...Qué hombre tan loco.

 

wiHae-seong99

Sigo pensando en la comida que dejé y me dan ganas de llorar, y luego me acuerdo del bombón que estaba a mi lado y me dan más ganas de llorar.

 

[Comentarios]

Lee055 Hace 3 min

¿Quién es ese bombón? No me digas que estás hablando de ti mismo.

└ wiHae-seong99 Hace 3 min

Existe alguien así.

Ssignite0021 Hace 3 min

¿Tienes novia?

└ wiHae-seong99 Hace 3 min

Nop, esposo.

d_99sse Hace 4 min

Vete a la mierda.

└ wiHae-seong99 Hace 4 min

Jaja.

Tlqkf444 Hace 4 min

¿Te conseguiste novia?

└ wiHae-seong99 Hace 4 min

Ya dije que esposo, ¿acaso no sabes leer? Jaja.

└ Tlqkf444 Hace 4 min

¿Qué? Esposo, no manches. ¿Cómo que esposo? ¿Eres gay?

└ wiHae-seong99 Hace 3 min

Es que soy un Omega.

└ Tlqkf444 Hace 2 min

¿Qué? ¿Eras Omega?

└ d_99sse Hace 2 min

¿¿En serio??

└ cici_02 Hace 2 min

????????????

Tlqkf444 Hace 1 min

Qué fuerte; ¿desde cuándo?

└ wiHae-seong99 Hace 1 min

¿Cómo que desde cuándo? Jaja, desde el principio.

└ cici_02 Hace 1 min

????????????

└ wiHae-seong99 Hace 1 min

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Si nací siendo así.

└ cici_02 Hace 1 min

Te cae que estás loco, jajaja. Qué demente.

Dodaram4453 Hace 3 min

Ya me lo imaginaba.

└ wiHae-seong99 Hace 1 min

Sipi, gracias.

└ Dodaram4453

No era un cumplido, jaja.

└ wiHae-seong99 Hace 1 min

¿Y a mí qué?

kims_991 Hace 4 min

Esto es en serio? ¿Esposo? ¿Quién es?

└ wiHae-seong99 Hace 2 min

Es un secreto

└ kims_991 Hace 2 min

Que mentira.

└ wiHae-seong99 Hace 2 min

Qué malo.

└ kims_991 Hace 1 min

Piérdete.

└ wiHae-seong99 Hace 1 min

Ok.

aiiaa_297 Hace 2 min

¿Recesivo? ¿Dominante?

└ wiHae-seong99 Hace 2 min

Si tienes cerebro, úsalo un poco y piénsalo, ¿qué crees que sea?

└ aiiaa_297 Hace 2 min

¿Recesivo?

└ wiHae-seong99 Hace 1 min

Obvio no, por favor.

 

Es verdad que el mundo había mejorado mucho y los Omegas ya no sufrían la discriminación de antes. Gracias a los incansables esfuerzos de los Omegas, se habían aprobado leyes contra la discriminación y el odio hacia su condición, y el trato hacia ellos había mejorado notablemente tras aplicarse castigos severos en casos reales.

Sin embargo, apenas habían pasado cinco años desde que el mundo se había vuelto así. Aunque la gente fingiera lo contrario, seguía siendo un entorno donde aún existían el menosprecio, el odio y la discriminación sutiles. Incluso los Alfas preferían mantener estos temas bajo total discreción.

A pesar de ser un Omega dominante, resultaba peligroso exponer su segundo género de forma tan natural en una red social pública. Para la mentalidad de Pyeong-hwa, que siempre priorizaba la seguridad absoluta, era algo inconcebible. Habiendo crecido bajo la constante advertencia de ser siempre cauteloso, esto le resultaba incluso impactante.

Hae-seong, además, era un Omega dominante, una condición sumamente rara. No debía revelar un detalle tan íntimo en un espacio donde cualquier desconocido pudiera verlo.

Pyeong-hwa, que no comprendía la actitud despreocupada de Hae-seong a quien le importaba un comino lo que opinaran los demás, sintió de pronto una oleada de preocupación y, al mismo tiempo, de ansiedad.

¿Acaso no se le va a acercar demasiada gente si hace esto?

Dado que poseía un rostro fuera de lo común, era muy probable que todos los Alfas con algo de experiencia intentaran cortejarlo. No, no es que fuera probable, era una certeza absoluta. El ánimo de Pyeong-hwa decayó drásticamente de inmediato.

Al fin y al cabo, pronto se convertiría en un hombre casado, ¿es que acaso no tenía el más mínimo sentido de la prudencia? ¿Acaso no era consciente de que en poco tiempo tendría que hacerse cargo de un esposo Alfa menor que él?

Pyeong-hwa, que estaba sentado junto a su propia pareja, criticó ferozmente en su mente a Hae-seong, quien no había hecho más que subir una simple foto (y que, para colmo, había sido tomada en la casa de Pyeong-hwa). Lo catalogó de inmediato como un hombre libertino e inmoral.

Debí imaginarlo desde el momento en que intentó tocarme sin más.

Pyeong-hwa apretó los labios al recordar a Hae-seong sonriendo con calidez mientras decía que se sentía feliz de recibir sus atenciones.

Lo mismo iba para sus comentarios de que parecía que estaban siendo infieles o su propuesta de divertirse en grande.

Definitivamente, parecía que su abuelo se había equivocado por completo al elegir a su futuro esposo. Por más que ese matrimonio fuera necesario para su tratamiento médico, estaba claro que casarse con un hombre así solo arruinaría su vida.

“Pyeong-hwa...”.

Fue en medio de ese torbellino de conjeturas cuando Yeon-je, que se había acercado a su lado en algún momento, lo miró con un rostro lleno de agobio.

“¿Estás llorando ahora?”.

Pyeong-hwa se dio cuenta recién en ese instante de que estaba llorando. Como solía ser propenso al llanto, no era algo que lo asombrara del todo, pero el hecho de llorar así, en silencio y sin darse cuenta, sí le resultaba una experiencia nueva.

¿Por qué le brotaban las lágrimas? ¿Sería por pura frustración? ¿Por enterarse de que su futuro esposo era un hombre tan libertino e inmoral?

“Vaya, hombre. ¿Acaso estás llorando solo porque te llamé un poco la atención?”.

La mente de Pyeong-hwa estaba completamente ocupada por la imagen de Hae-seong sonriendo como un ángel. Sin embargo, Yeon-je, que estaba a su lado, hacía un escándalo aún mayor. Soltó un comentario incomprensible, diciendo que no podía con la culpa de que llorara por su causa.

Aunque Yeon-je solía decir cosas extrañas que no coincidían con sus verdaderos sentimientos, esta vez sí que resultó un comentario fuera de lugar. Pyeong-hwa parpadeó repetidamente para sacudirse las lágrimas de sus tupidas pestañas. Por instinto, ocultó el teléfono debajo del muslo y se limpió las lágrimas con las palmas y el dorso de las manos.

Ante los gestos torpes de Pyeong-hwa, Yeon-je soltó un suspiro tras otro y le tendió una servilleta.

“En serio, ¿qué voy a hacer contigo, eh? ¿Qué vas a hacer si te gusto tanto, de verdad?”.

Malinterpretando por completo las lágrimas de Pyeong-hwa, Yeon-je soltó varios suspiros profundos a propósito. Y es que le encantaba comprobar cómo los hombros de Pyeong-hwa se tensaban y sus grandes pupilas temblaban cada vez que lo hacía. Le daba una inmensa tranquilidad ver a Pyeong-hwa pendiente de sus reacciones y esforzándose por no arruinar su estado de ánimo.

Faltaba más.

Soltando una burla interna hacia Hae-seong, Yeon-je le limpió el rostro a Pyeong-hwa. Le plantó un beso en la mejilla a un Pyeong-hwa que se dejó consentir dócilmente, y luego le colocó el tenedor en la mano.

“No estoy enojado. Solo me sentí un poco herido. Ya conoces mis sentimientos, ¿verdad?”.

Dijo Yeon-je con un rostro radiante de entusiasmo. Pyeong-hwa no pronunció palabra. Lo curioso era que las palabras de Yeon-je, que no paraba de hablar, no le entraban en la cabeza en absoluto. Toda su atención estaba fija en el teléfono. El tiempo que pasaba sin poder revisarlo lo ponía tan ansioso y alterado que incluso le temblaban las piernas.

Aprovechando el momento en que Yeon-je fue al baño, Pyeong-hwa volvió a encender el teléfono.

La publicación de ese hombre mayor y libertino que se convertiría en su esposo ya superaba los cien comentarios y sumaba más de tres mil ‘me gusta’. ¿Cómo era posible algo así? ¡Si apenas había pasado una hora desde que subió la foto!

Absorto por la sorpresa, Pyeong-hwa no dejaba de deslizar la pantalla hacia arriba y hacia abajo, hasta que por error terminó presionando el botón de ‘me gusta’. Como no sabía que presionar la foto varias veces activaba el icono del corazón, se quedó completamente paralizado.

Sin tener idea de que bastaba con presionarlo de nuevo para borrarlo, se quedó pálido y comenzó a agitarse lleno de confusión. En medio de ese descuido, el teléfono emitió un sonido de alerta. Al revisar la ventana de notificaciones que apareció en la parte superior de la pantalla, el rostro de Pyeong-hwa pasó de la palidez a un tono completamente lívido.

 

Jajajajajajajajajajajajajajajaja

 

Antes de que el paralizado Pyeong-hwa pudiera enviar una respuesta, los mensajes continuaron llegando uno tras otro.

 

Pensé que me ibas a regañar por haberte etiquetado, pero me alegra ver que te gustó.

 

Pyeong-hwa frunció el ceño. ¿Cómo que le había gustado? Estuvo a punto de responderle con un reclamo afilado. Sin embargo, la captura de pantalla que llegó justo después le dejó la mente en blanco y le heló hasta la punta de los dedos.

 

[A taepyeong_hwa1 le gusta tu publicación.]

 

Era la notificación que Hae-seong le había enviado como prueba de que Pyeong-hwa le había dado ‘me gusta’ a su cuenta. Pyeong-hwa soltó un grito ahogado. ¡Qué hombre tan loco! Sintió que el calor le subía hasta los ojos. Pyeong-hwa miró fijamente la foto mientras respiraba con agitación.

Fue entonces cuando un detalle familiar captó su atención. Algo que veía todos los días, que lavaba todos los días y que llevaba consigo a todas partes.

Era su propio rostro.

No alcanzaba a imaginar cómo Hae-seong había conseguido esa imagen. Si su memoria no le fallaba, era una fotografía terrible que Yeon-je le había tomado tras colocarle repentinamente una diadema con orejas de conejo, plantándole un beso en la mejilla antes de que pudiera huir. ¡Y eso que le había prometido que jamás la publicaría!

A decir verdad, a Pyeong-hwa no le interesaba Instagram y solo se había creado una cuenta obligado por la insistencia de Yeon-je, por lo que nunca le había prestado atención. Sabía que a veces Yeon-je tomaba su teléfono para hacer cosas en su lugar, pero no le daba importancia. Tenía la total confianza de que jamás haría nada que pudiera perjudicarlo.

A pesar de su carácter caprichoso, creía ciegamente que Yeon-je era alguien que respetaba sus límites en las cosas que a él le desagradaban. Alguien que jamás haría algo si él le pedía que no lo hiciera. ¿Acaso había publicado la foto a sus espaldas? De lo contrario, no había forma de que Hae-seong tuviera esa imagen en su poder.

Incapaz de dar crédito a lo que veía, Pyeong-hwa guardó la foto e incluso la amplió para revisarla. Una imagen con un encuadre extraño, recortada para eliminar a Yeon-je y dejarlo solo a él en el centro.

Por más que la miraba, estaba seguro de que era la foto tomada en aquella ocasión. Al ampliarla al máximo, notó que la parte de su mejilla donde se suponía que debían estar los labios de Yeon-je aparecía recortada. A simple vista parecía una foto individual, pero si se observaba con atención, el recorte era del todo evidente.

Habiendo tantas fotos mías mucho más bonitas, ¿por qué demonios eligió precisamente esta para ponerla como fondo de pantalla?

Las pupilas oscuras de Pyeong-hwa temblaron con fuerza. En ese momento, un nuevo mensaje apareció en la pantalla, cubriendo la fotografía.

 

Pero, de hecho, era más divertido jugar con Pyeong-hwa que comer.

Apaga el teléfono a escondidas...

Jajajajajajajajajajajajajajajajajaja

 

Este loco de remate.

 

Era un hombre tan demente que ni siquiera podía calcular el nivel de su locura.

***

“Vaya... Me bloqueó”.

Tras subir la foto donde etiquetó a Pyeong-hwa y ver que sus mensajes eran ignorados, Hae-seong terminó bloqueado.

¿Tanto le había molestado como para llegar al bloqueo? ¡¿Entonces quién demonios fue el que le dio ‘me gusta’ al corazón?!

“Con que esas tenemos, ¿eh?”.

Sin embargo, como el impulsivo Hae-seong jamás había aprendido a rendirse, esa misma noche se creó una cuenta nueva de Instagram. En cuanto la abrió, lo primero que hizo fue seguir a Pyeong-hwa. Además, puso en la biografía una frase diseñada para hacer que Pyeong-hwa se muriera de coraje: ‘Nuestro propio mundo a solas’.

Pyeong-hwa, alarmado, lo bloqueó de nuevo, pero Hae-seong no se dio por vencido y continuó siguiéndolo una y otra vez. Al tercer intento, Pyeong-hwa finalmente se rindió y tiró la toalla.

 

Ya entendí, así que ya para.

 

El nombre de la nueva cuenta era ‘@great_peace’. En la biografía había dejado una frase críptica, casi como un código, que le robó el sueño a Pyeong-hwa: ‘Quiero casarme con T.P.H. jaja’.

Hae-seong permaneció incomunicado con Pyeong-hwa hasta el día en que debían probarse los trajes para la boda. Aunque ya no estaba bloqueado, todos sus mensajes eran ignorados y pasados por alto.

 

Se casa Tae Pyeong-hwa, la tercera generación de Taepyung Group  ¿Quién es su pareja?

 

Hae-seong incluso lo llamó por teléfono para celebrar que su matrimonio se había oficializado con un artículo de prensa bajo ese título, pero su llamada fue rechazada. Él solo quería forjar un poco de compañerismo antes de la boda, por lo que, al ver que todos sus intentos fracasaban, terminó sintiéndose un tanto irritado.

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Y es que, para colmo, en ese mismo lapso el perfil de Woo Yeon-je se actualizó con ocho publicaciones nuevas. Todas eran fotos y textos que presumían sutilmente su relación con Tae Pyeong-hwa.

El mismo día en que salió la noticia de la boda entre Hae-seong y Pyeong-hwa, Yeon-je llegó al extremo de subir una selfi donde aparecía con la mejilla apoyada sobre unos hombros anchos que presumiblemente eran los de Pyeong-hwa mostrando una expresión de absoluto idilio.

 

Yeon_je_PH

¿Qué es el amor?

 

Qué clase de tipo eres tú, en serio.

Aunque intentaba no verlas, Hae-seong le dedicó una seña obscena con el dedo a las publicaciones de Woo Yeon-je, que no dejaban de aparecer en su sección de inicio como una sanguijuela. Los empleados de la sastrería que estaban cerca lo miraron con cierta extrañeza, pero a él le importó un comino.

Normalmente, por mera decencia, habría preferido ignorarlo y seguir con su vida. Sin embargo, al ver que Woo Yeon-je se comportaba de una manera tan desafiante, le daban ganas de no quedarse de brazos cruzados.

Aunque hoy en día nadie le creería, el carácter de Hae-seong no siempre había sido tan terrible y convenenciero.

Durante sus primeros años de primaria, como era de baja estatura, Hae-seong era el blanco de las burlas de todos, tanto de sus compañeros de clase como de los alumnos de grados superiores. Y la situación no cambió al entrar a la secundaria.

En aquel entonces, medía apenas 1,60 metros, por lo que todos lo veían como un blanco fácil. En los casos más graves, llegó a ser víctima de acoso verbal de índole sexual. Aun así, hasta ese momento, Hae-seong seguía siendo alguien bastante sumiso.

Esto se debía a que nadie se atrevía a meterse con él de forma realmente severa. Tiempo después se enteró de que el líder de los vándalos de la escuela estaba interesado en él y andaba presumiendo a sus espaldas que era su ‘esposa’. Desde el momento en que supo que esa era la razón, el temperamento de Hae-seong comenzó a echarse a perder poco a poco.

Y, finalmente, la transformación definitiva que lo convirtió en el Wi Hae-seong actual ocurrió en su tercer año de secundaria. Todo fue por culpa de un Alfa recesivo que se dedicó a molestarlo justo cuando Hae-seong sufría por los dolores de su propia manifestación como Omega.

Tal vez porque estaba en su periodo de celo, ese compañero Alfa recesivo intentó propasarse con él; en respuesta, Hae-seong le destrozó la nariz por completo. Se la dejó tan pulverizada que incluso con cirugía estética resultaría difícil reconstruirla.

Se aseguró de que jamás pudiera volver a oler las feromonas. También tuvo la intención de romperle la boca por andar hablando de más, pero lo detuvieron.

No es que se hubiera contenido por voluntad propia, sino que el profesor entró justo a tiempo para frenarlo, algo que Hae-seong lamentó profundamente durante mucho tiempo.

Por fortuna, al descubrirse que el incidente se originó por la conducta ruda del otro chico, Hae-seong no recibió castigo alguno; sin embargo, a partir de ese día, muchas cosas cambiaron. Para empezar, nadie volvió a atreverse a tocarlo.

Aunque no formaba parte de ninguna pandilla, se ganó la reputación de ser un auténtico demente en todo el distrito escolar. Por si fuera poco, durante las vacaciones de invierno previas a su ingreso a la preparatoria, Hae-seong creció quince centímetros de golpe.

Esa fue la época en la que, tras sufrir unos dolores de crecimiento espantosos, renació como una persona nueva y dejó de verse involucrado en incidentes donde terminara golpeando Alfas.

Hae-seong adoptó una estatura considerable, combinada con un rostro tan hermoso que deslumbraba a cualquiera. Aunque nadie lo confundía con un Alfa debido a sus facciones, sí se convirtió en alguien con un aura difícil de abordar.

El rumor de que era un Omega dominante contribuyó a que los demás lo idealizaran. Aunque, claro, la fama de ser un completo demente también influyó en ello. En fin, a partir de ese momento, Hae-seong logró librarse del acoso que los Omegas solían padecer.

Además, una vez que se corrió la voz de que era un Omega alto, de mal genio, de rasgo dominante pero con un tornillo flojo, y excelente para los golpes, su vida escolar se volvió muy tranquila. Por esa misma época, los negocios de su padre comenzaron a prosperar; y cuando su estilo de vida empezó a reflejar cierta solvencia económica, el círculo en el que se movía también cambió.

Fue entonces cuando Hae-seong comprendió los grandes beneficios del dinero.

El dinero lo es todo. El dinero es lo único que me protege. Con dinero, no hay nada que temer.

Ese fue el momento exacto en el que terminó de forjarse el Wi Hae-seong interesado y materialista que era hoy.

Desde esa perspectiva, las provocaciones de Woo Yeon-je no le parecían a Hae-seong más que un juego de niños. El hecho de que el tipo anduviera deseando abiertamente que rompieran y haciéndose la víctima ante todo el mundo no le causaba mayor impacto.

A pesar de ello, el motivo por el cual Hae-seong no podía dejar de pensar en Woo Yeon-je era un asunto muy distinto.

¿Por qué me deja este mal sabor de boca?

Hae-seong observó con seriedad la silueta en Instagram, que bien podría ser el rastro de Pyeong-hwa, aunque ni siquiera se distinguía con claridad. ¿Por qué...? ¿Cuál era la verdadera razón por la que se sentía tan sumamente incómodo?

“Disculpe... El señor Tae Pyeong-hwa ya está aquí”.

En el preciso instante en que Hae-seong le daba ‘me gusta’ a la última publicación de Yeon-je, un empleado se le acercó. Hae-seong giró la cabeza y saludó con la mano a Pyeong-hwa, quien cruzaba la entrada de la sastrería.

“¡Hola, Pyeong-hwa!”.

Su voz, cargada de entusiasmo, resnó con fuerza en el tranquilo espacio. Pyeong-hwa, que estaba saludando a los empleados, se detuvo en seco. Sus ojos, llenos de un temor que parecía preguntar ¿acaso va a hacer una escena?, se fijaron en el sonriente Hae-seong.

Estoy aquí. Mírame. Apoyando un brazo en el respaldo del sofá, Hae-seong se giró para agitar la otra mano y le hizo una seña a Pyeong-hwa. Dio unos golpecitos en el asiento junto a él, invitándolo a acercarse.

Pyeong-hwa, que caminaba despacio bajo la guía del empleado, frunció el ceño. Sus ojos parecían reclamarle si de verdad estaba loco, lo cual le causó gracia a Hae-seong. Pues claro, ¿quién te manda a ignorar mis mensajes directos?

“¿Hoy también vienes muy guapo, eh?”.

Hae-seong examinó con rapidez la vestimenta de Pyeong-hwa. Como poseía una excelente percha, cualquier prenda le sentaba bien, pero Pyeong-hwa demostraba, además, un buen gusto para combinar su ropa. De pronto, sintió curiosidad por saber si el joven elegía su ropa por sí mismo o si alguien más le preparaba cada conjunto detalladamente.

“¿Te peinaste diferente? ¿Acaso es para darme una buena impresión?”.

“Solo lo hice porque tenía que probarme el traje”.

“Ah, ya”.

“Es la verdad. No lo hice para impresionarte, sino porque no me quedaba de otra... Además, tampoco es que me haya quedado tan bien”.

Pyeong-hwa se acomodó el cabello con evidente insatisfacción. Por su expresión, parecía que no lo decía porque Hae-seong se estuviera burlando, sino porque realmente no le gustaba el resultado.

Vaya, resulta que Pyeong-hwa tiene estándares muy altos con respecto a su propia apariencia.

A los ojos de Hae-seong, con la frente descubierta, lucía como un auténtico ángel. Un rostro que bajo ninguna circunstancia podría verse mal, y que resplandecía aún más en medio de ese ambiente sereno.

“Debí haberme arreglado el cabello yo también. No sabía que era necesario llegar a ese extremo y vine con lo primero que encontré”.

Con la intención de animar al silencioso Pyeong-hwa, Hae-seong soltó una serie de palabras que ni él mismo se creía. Sinceramente, era muy consciente del nivel de su propio atractivo físico. Al fin y al cabo, acababa de escuchar a los empleados murmurar sobre él en cuanto puso un pie en la sastrería.

A pesar de que sus palabras no contenían ni un gramo de sinceridad, logró atraer la mirada de Pyeong-hwa. Este lo recorrió con la mirada de arriba abajo de forma minuciosa, como si lo estuviera evaluando. Hae-seong llegó a pensar por un momento si debía posar para él.

Por fortuna, antes de que Hae-seong se levantara de su asiento para cometer alguna locura, Pyeong-hwa tomó la palabra. Eso sí, sin apartar esa mirada con la que parecía estar analizándolo miembro por miembro.

“No hacía falta...”.

“¿Eh?”.

“Digo que da igual de todas formas. ¿Por qué siempre me haces repetir las cosas? ¿Lo haces a propósito?”.

El tono de voz, que antes era suave, se volvió afilado ante la pregunta de Hae-seong. Resultaba asombroso ver cómo su estado de ánimo cambiaba cada tres segundos.

Hae-seong frunció los labios mientras miraba a su alrededor. Pyeong-hwa pareció darse cuenta en ese instante del lugar en el que se encontraban y también revisó el entorno.

Vaya, parece que después de todo sí le importa mantener las apariencias sociales.

Ver a Pyeong-hwa ladear la cabeza y soltar un suspiro tras otro le causó un poco de lástima. Si su abuelo era Tae Yang-ho y su padre Tae Ki-ho, ¿por qué tenía que estar tan pendiente de las miradas ajenas?

Pyeong-hwa, que analizaba con recelo el ambiente que lo rodeaba, le recordaba al gato que solía rondar su automóvil. Era un felino que aparecía de vez en cuando en el complejo de departamentos donde vivía Hae-seong y siempre terminaba echado justo debajo de su vehículo. ¿Cuántas veces habrá tenido que tomar un taxi por no poder sacar su auto a causa de ese animal?

Como sea, ese gato también tenía un temperamento de los mil demonios. Aguantándose la risa, Hae-seong le guiñó un ojo.

“Me descubriste. ¿Se notó mucho que lo hice a propósito solo para escuchar tu voz una vez más?”.

Hae-seong rozó ligeramente el lóbulo de la oreja de Pyeong-hwa, el cual parecía a punto de ponerse rojo. Pyeong-hwa se sobresaltó y se cubrió la oreja de inmediato. Al ver cómo sus ojos recuperaban esa mirada alerta, dejando atrás la sumisión de antes, Hae-seong sintió una extraña satisfacción.

“Ah, es verdad. No te pedí permiso”.

Hae-seong levantó de forma exagerada la mano con la que le había tocado la oreja y le dedicó una sonrisa traviesa. Ante esa expresión tan divertida, el entrecejo de Pyeong-hwa se contrajo con fuerza.

“Lo estás haciendo a propósito”.

“¿Eh? ¿A propósito qué?”.

“Como... Como no dejo de quejarme, lo haces para hacerme enojar más”.

La mirada de Pyeong-hwa se tornó sombría con rapidez. Hae-seong se acercó a él, apoyando una mano sobre los hombros caídos de Pyeong-hwa de manera atrevida.

“Solo lo hago porque quiero que nos llevemos mejor. ¿De verdad te agrado tan poco?”.

Pyeong-hwa se hizo a un lado para alejarse del rostro de Hae-seong. Como su expresión denotaba un claro deseo de salir huyendo, Hae-seong se limitó a sonreír con timidez. De todos modos, no era como si pudiera escapar de esa situación.

“Está bien. Te prometo que ya no lo haré más. Ven aquí, terminemos con esto lo más rápido posible”.

Hae-seong volvió a dar unos golpecitos en el asiento que Pyeong-hwa había ocupado antes. Tras mirarlo fijamente por un instante, Pyeong-hwa comenzó a mover el cuerpo poco a poco para aproximarse.

A Hae-seong le pareció muy tierno ver que, a pesar de demostrar tanto descontento, Pyeong-hwa terminaba haciendo todo lo que se le pedía.

“Disculpe, ¿podría mostrarnos los muestrarios?”.

Hae-seong levantó la mano hacia el empleado que aguardaba a un lado. Solo entonces el empleado, que había estado esperando a que terminaran de hablar, se acercó a la mesa. El hombre colocó varios libros con muestras de telas.

“Para empezar, he seleccionado las marcas de telas y la calidad que suelen utilizar con mayor frecuencia”.

El empleado acomodó los muestrarios con destreza. Incluso dentro de la misma marca, clasificó las telas según la diferencia de peso y textura, mostrándoles además una amplia variedad de colores detallados.

“Oh, creo que esta le quedaría perfecta a Pyeong-hwa. ¿Qué te parece este color?”.

“No me desagrada”.

La respuesta llegó de inmediato y con un tono de voz apresurado. Al notar un deje de ansiedad en sus palabras, Hae-seong abrió de par en par los ojos.

“O sea, lo que quiero decir...”.

Al ver que Hae-seong lo miraba en silencio, Pyeong-hwa desvió la mirada con nerviosismo y apretó los labios con fuerza. Ante esa actitud tan firme que indicaba que no pensaba decir una palabra más, Hae-seong se limitó a encogerse de hombros.

“¿Escuchó lo que dijo?”.

“Muy bien, entonces traeré un traje de muestra confeccionado con esta tela”.

El empleado hizo una reverencia respetuosa y se retiró.

“Mientras esperan, nos gustaría ofrecerles algunos bocadillos y bebidas. Pueden elegir su opción de este menú y se las traeré de inmediato”.

Acto seguido, otro empleado que aguardaba detrás se acercó y les extendió una especie de menú.

“A ver... Yo quiero un café americano helado. ¿Y tú, Pyeong-hwa? ¿Quieres un café?”.

“No consumo nada que tenga cafeína”.

“Ah, ¿por eso?”.

Hae-seong recordó el chocolate con leche que Pyeong-hwa había elegido en aquella ocasión, una opción que en su momento le había parecido un tanto inusual. Dado que normalmente se le ofrece un café americano a alguien cuyos gustos se desconocen, en aquel entonces no le dio mayor importancia; pero ahora que sabía que Pyeong-hwa era sensible a la cafeína, el detalle le pareció de lo más tierno.

“¿A qué viene eso de 'por eso'?”.

Hae-seong, que se reía para sus adentros al recordar el día en que se encontró a solas con Woo Yeon-je y Pyeong-hwa, contuvo la risa de inmediato. Pyeong-hwa lo observaba con una expresión de desconcierto y sospecha.

“¿Eh? ¿Dije algo malo? Entonces, ¿prefieres un jugo, Pyeong-hwa? Dice aquí que es cien por ciento natural”.

“Ahí está el chocolate con leche”.

Vaya, resulta que tampoco es que cuide su salud de forma tan estricta.

Hae-seong se mordió los labios con fuerza al ver el dedo índice de Pyeong-hwa posado firmemente sobre la opción del menú que decía.

Chocolate con leche elaborado con cacao suizo de primera calidad.

“Entonces, ¿nos trae un café americano helado y un chocolate con leche helado, por favor?”.

“¿Le ponemos crema batida al chocolate con leche?”.

“Pyeong-hwa, ¿quieres con crema batida?”.

“Yo también puedo escuchar”.

Hae-seong, dándose cuenta de que había tratado a Pyeong-hwa como a un bebé sin querer, soltó una risa tímida mientras pensaba: Ah, es verdad. Después de todo, aunque fuera menor que él, ya era un adulto de veintidós años. Un tierno bebé de casi un metro noventa de estatura... Pyeong-hwa fulminó con la mirada al abochornado Hae-seong antes de bajar la vista de repente.

“Sin crema batida, por favor”.

Dijo entonces en un murmullo suave, manteniendo la vista fija en algún punto del suelo.

“¿Cómo?”.

Como Hae-seong no logró escucharlo bien, acercó la oreja hacia él, provocando que Pyeong-hwa se sobresaltara un poco antes de repetir con brusquedad:

“Que no quiero crema batida. No me gusta esa sensación grasosa que deja en la boca”.

“Ah, entiendo... Sí. Sin crema batida, por favor”.

¿Acaso decir que él también podía escuchar no significaba que él mismo se encargaría de ordenar?

Hae-seong, un tanto desconcertado, le transmitió el pedido de Pyeong-hwa al empleado. El trabajador, que esbozaba una ligera sonrisa por la situación, les preguntó si necesitaban algo más.

Pyeong-hwa, que hasta ese momento permanecía sentado con la mirada baja y un aire esquivo, levantó la cabeza. Miró fijamente a Hae-seong, ignorando por completo la presencia del empleado que estaba a su lado. Hae-seong miró con incomodidad al empleado que aguardaba detrás y luego sostuvo la mirada de Pyeong-hwa.

“¿Necesitas algo más?”.

En cuanto el empleado terminó de hablar, Pyeong-hwa adoptó una postura que transmitía con todo el cuerpo el siguiente mensaje: Pregúntame ya mismo qué es lo que me hace falta. Hazlo en mi lugar y comunícaselo al empleado, ese es tu deber. Lo miraba con una fijeza absoluta y llena de seguridad.

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A estas alturas, Hae-seong comenzó a preguntarse si Pyeong-hwa no lo estaría viendo como una especie de niñera o mayordomo encargado de criarlo y cuidarlo, en lugar de la persona con la que iba a contraer matrimonio.

“Dígale que le ponga poco hielo, y que los chocolates sean los mismos que me dieron la vez pasada. No quiero galletas”.

“Póngale poco hielo al chocolate con leche, y al café americano póngale bastante, por favor. Respecto a los chocolates, parece que Pyeong-hwa ya ha probado unos aquí antes y quiere de esos mismos... Las galletas no hacen falta”.

Mientras Hae-seong le comunicaba las especificaciones al empleado, la distancia entre él y Pyeong-hwa se redujo un poco. Hae-seong se había mantenido en su sitio, por lo que fue Pyeong-hwa quien se había deslizado sutilmente en su asiento para acercarse. Hae-seong se percató de la situación recién cuando sus hombros llegaron a rozarse.

“¿Hay algo más que quieras?”.

“No”.

“Si necesitas algo, me avisas”.

“...Sí”.

Su respuesta sonó más bien como un consentido ‘está bien’. Hae-seong se sintió confundido ante los inexplicables cambios de humor de Pyeong-hwa, pero no pudo evitar sonreír ante su dócil reacción.

Hae-seong comenzó a atender a Pyeong-hwa con un esmero exagerado. Volvió a limpiar con una toallita húmeda la superficie de la mesa, la cual seguramente ya había sido aseada por el personal, y continuó preguntándole si le faltaba algo. Para ese momento, la expresión de Pyeong-hwa lucía mucho más relajada que al principio.

Parecía que su estado de ánimo había mejorado, ya que respondía de buena gana a las palabras de Hae-seong y no mostraba signos de irritación. Hae-seong, encontrando divertida la situación, tomó la mano de Pyeong-hwa a la fuerza para limpiársela con la toallita, y Pyeong-hwa se quedó completamente quieto.

Es más, en cuanto terminó de limpiarle una mano, Pyeong-hwa le extendió la otra mientras parpadeaba con sus grandes ojos.

“Aquí tienen sus bebidas”.

La peculiar escena que protagonizaban ambos no pasó desapercibida para los ojos y oídos de los empleados de la sastrería. Sin embargo, a los dos pareció importarles muy poco la atención ajena y continuaron con sus mimos excesivos.

“Te voy a poner el popote”.

Hae-seong colocó el popote en el chocolate con leche de Pyeong-hwa y se lo acercó. Pyeong-hwa contempló en silencio la bebida que había sido dispuesta frente a él para su comodidad. Luego, desvió la mirada hacia el café americano de Hae-seong. Hae-seong tomó su vaso de café y le dio varios tragos largos.

Pyeong-hwa observó con desgana a Hae-seong, quien charlaba animadamente con el empleado elogiando el café y comentando que parecía de grano costoso.

“El café no es bueno para la salud”.

Soltó aquello de repente. Hae-seong, que se había tomado casi la mitad del vaso en apenas dos tragos, detuvo su movimiento a medias y se giró hacia Pyeong-hwa. Este miraba fijamente el café americano en su mano como si se tratara de veneno purificado.

“¿Eh? Ah, una taza no hace daño. A mí la cafeína casi no me afecta”.

“...”.

“¿Prefieres que no me lo tome?”.

En cuanto Hae-seong dejó el café sobre la mesa, la expresión de Pyeong-hwa finalmente se relajó. ‘Como quieras’, murmuró este con voz queda antes de dar un sorbo a su chocolate con leche. Sus mejillas, que se hundían levemente con cada trago, lucían un tanto sonrojadas.

Qué más da.

Aunque le supo un poco mal con el empleado que lo había preparado con tanto esmero, Hae-seong decidió hacerle caso.

Al fin y al cabo, el niño me está pidiendo que no lo tome.

Una sonrisa boba se le escapaba sin poder evitarlo.

Cada vez que veía a Pyeong-hwa comportarse de esa manera, a Hae-seong le daban ganas sinceras de adoptarlo como un hermano menor. Pensaba que sería buena idea tenerlo cerca, verse seguido y llevarse bien. A pesar de tener una personalidad a la que le fastidiaba sobremanera cuidar o estar al pendiente de los demás, con Pyeong-hwa la situación era muy distinta.

Le resultaba tierno tanto si le pedía un favor como si le prohibía algo. Aunque su forma de hablar era un tanto grosera, la verdadera naturaleza de una persona nunca se puede ocultar; la nobleza de Pyeong-hwa resplandecía ante los ojos de Hae-seong.

Si le propongo que seamos como hermanos, capaz que me mata...

Aún así, ¿valdría la pena intentarlo al menos una vez? Preguntarle si, incluso después de divorciarse, podrían seguir frecuentándose como hermanos.