VOLUMEN UNICO

 


PRÓLOGO

—Ugh, por… por favor, más despacio, es demasiado… Maldito bastardo… Uff…

Las puertas de metal alineadas en el corredor mostraban claras marcas de varias capas de pintura. No importaba cuántas veces se repintaran los barrotes oxidados y deteriorados, la atmósfera gris y lúgubre seguía impregnando el pasillo.

Desde hacía algún tiempo, solo un sonido resonaba en este corredor después del apagón de luces.

A las 9 p.m., hora de dormir, comenzaban los gemidos de un hombre que, sin falta, llenaban el pasillo noche tras noche.

—¡No empujes tan fuerte, por favor! ¡Ugh!

—Relaja el culo, vas a arrancarme el pene.

Maldita sea, aunque eso lo hace más excitante.

Detrás de esas nalgas redondas y firmes, un hombre de 190 cm de estatura se aferraba con fuerza. Su enorme miembro, tan grande como su cuerpo, penetraba con dificultad el estrecho espacio entre las nalgas de Jihoon, quien estaba pegado a la pared, ofreciendo solo su trasero.

Cada vez que empujaba contra la piel delicada, la loción aplicada entre el pene y el orificio se esparcía y volvía a entrar en un ciclo repetitivo.

—Baek Heon, maldito bastardo… Cuando salga de aquí… ¡Ugh!

—¿Extrañarás el sabor de mi verga?

—¡Loco de mier…!¡Ugh! ¡No empujes así!

—Fiscal, saca más la cintura. ¡Mierda! ¿Por qué estás tan estrecho?

Sin darse cuenta, Jihoon tensaba los músculos de sus nalgas y trataba de enderezarse. Su cintura inclinada comenzaba a doler, y cada embestida contra la fría pared hacía que su pene rozara la superficie helada, provocándole escalofríos.

Cuando el frío lo hacía contraer inconscientemente el ano, el ritmo del hombre que lo penetraba se volvía un poco más lento. Entonces, se escuchaba el crujir de dientes apretados.

Al voltear ligeramente la cabeza, Jihoon vio a Heon con las venas del cuello marcadas, la cabeza inclinada hacia atrás.

—Joder. ¿Los fiscales solo estudian sentados? Tu culo sabe a “alumno ejemplar”.

Heon le lanzó una sonrisa burlona a Jihoon, satisfecho. Luego, volvió a clavar su miembro dentro de él.

—Por esto me encanta nuestro fiscal, huele a virginidad. Maldita sea, cómo aprietas, más que una puta virgen.

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

Jihoon, con la cara pegada a la pared, golpeaba la cabeza al ritmo de las embestidas. Le dolía el estómago y veía estrellas, pero los movimientos pistón del hombre no mostraban señales de detenerse.

Cada vez que la cabeza del pene rozaba las paredes internas, Jihoon tenía que morder con fuerza para contener el escalofrío de asco que lo recorría.

Contra su voluntad, su propio pene, erecto y lleno de sangre, manchaba la pared con líquido preseminal. Y cada vez que el miembro entraba y salía, el aire frío se colaba rápidamente dentro de él.

—Ugh… Maldito… ¿Crees que saldrás ileso cuando yo salga?

Pero Jihoon no podía aceptar lo que ocurría: ser violado noche tras noche por un criminal al que él mismo había encarcelado, ni mucho menos lo que sentía al respecto.

El orgasmo que su cuerpo experimentaba, o el semen que eyaculaba después del acto, le parecían ajenos, como si no fueran suyos.

—¿Cuántos años me impuso nuestro honorable fiscal? ¿Qué es más vil? ¿Instigar a un asesinato o un fiscal bonito que acepta sobornos y hace la vista gorda?

—¿Eh? ¿Quién crees que sobrevivirá más aquí, fiscal?

A pesar de sus palabras, Heon sentía un escalofrío de placer al notar cómo el ano de Jihoon se ajustaba obedientemente alrededor de su miembro.

—¡Maldita sea, yo no hice eso! ¡Es un maldito… Ugh! ¡Ugh!

Pero cada vez que Jihoon negaba desesperadamente las acusaciones, las embestidas de Heon se volvían más violentas y molestas.

Entonces, Heon cubría su boca con una mano grande y soplaba en su oído, haciendo que Jihoon se retorciera de asco.

—¿Cuántas veces dije que yo tampoco lo hice?

—¡Ugh!¡No mientas!

—Joder… Qué rápido captas las indirectas, ojalá nuestro fiscal fuera tan inocente como su trasero.

Una risa burlona resonó detrás de él.

—Afloja las piernas. ¿Quieres cortarle el pene a un hombre que ni siquiera se ha casado?

—¡Ugh! ¡Ugh!

El ritmo y la presión aumentaron, Jihoon ya no gemía, sino que gruñía como si lo estuvieran golpeando, mientras su cuerpo seguía chocando contra la pared.

Heon agarró con fuerza sus pechos con ambas manos.

—¡Ah!

Jihoon cruzó las piernas y retorció la cintura. Entonces, Heon pellizcó y retorció sus pequeños pezones hasta que se hincharon.

—¡Déjame…! ¡Maldito…!

Sus pezones, ahora sensibles e hinchados, solo aumentaban el calor en su entrepierna, haciendo que siguiera emitiendo sonidos vergonzosos.

Este asqueroso cuerpo…

Jihoon maldecía en silencio su propia reacción, deseando que este infierno terminara pronto.

—Uff… Me vuelves loco. Desde la primera vez que te vi, maldita sea, me mirabas como si quisieras devorarme.

Heon susurró palabras irritantes mientras su aliento caliente rozaba la nuca de Jihoon, haciéndolo estremecer. Sabía que esa era su zona débil después de tantas veces.

Esa reacción hacía que Heon sintiera que estaba violando a un animal inocente. La forma en que su interior apretaba con fuerza su miembro, o cómo maldecía mientras su cuerpo respondía, le resultaba despreciable y adorable.

Sabía que era el orgullo de lo que alguna vez fue un fiscal que perseguía criminales, y eso lo hacía irresistible.

Heon agarró su cintura y la empujó hacia atrás, exponiendo aún más su ano enrojecido. Luego, levantó su muslo robusto y lo golpeó desde abajo.

¡Slap! ¡Slap!

—¡Ah! ¡Ugh!

Las manos brutales apretaron su cintura con fuerza. Jihoon intentó quitárselas, pero solo sintió los tendones marcados bajo su piel.

Un sonido húmedo se escuchó cuando su ano se abrió, seguido del flujo constante de líquido espeso mezclado con loción y fluido preseminal.

—¡Ah! ¡Ahhh!

Sentía como si sus entrañas estuvieran siendo empujadas hacia adentro. El grueso y largo miembro de Heon estiraba las paredes internas, llegando a una profundidad insoportable.

¡Schlick! ¡Slap!

La cabeza puntiaguda del pene golpeaba su interior con tanta fuerza que Jihoon no pudo evitar sacar la lengua.

—Mierda… Esto es tan bueno que me vuelve loco.

El sudor resbalaba por el torso de Heon mientras su cuerpo temblaba, liberando más humedad.

¡Splash! ¡Slap! ¡Bang!

Heon movía sus caderas con fuerza, como si pretendiera embadurnar hasta las paredes más profundas de Jihoon con su semen. Cada vez que las paredes internas eran presionadas por su miembro, la visión de Jihoon se nublaba y sus pupilas se volvían blancas.

—Hh, a-ah, basta, es demasiado… Hh. Lo siento demasiado…

Jihoon apenas logró separar los labios, que temblaban sin control. Pero Heon levantó una de sus piernas, abriendo aún más su entrada, y desde abajo, volvió a empujar hacia arriba con su verga.

—¡Aah! ¡Demasiado profundo! ¡Demasiado abierto! ¡Se, se rompe, me estoy rompiendo!

—No te preocupes, ¿crees que las clases particulares que recibí fueron en vano?

Heon rozó sus labios contra la coronilla de Jihoon, inhalando su aroma a jabón. En esa habitación empapada del olor metálico del semen, solo la fragancia del cabello de Jihoon lograba refrescar su ánimo.

Mientras besaba la sien de Jihoon, Heon seguía azotando sus nalgas. Cada impacto hacía temblar esa carne suave y compacta, que cabía perfectamente en sus manos.

Así que, agarrando una nalga con fuerza, la separó, levantó su pierna y siguió golpeando. La sensación de clavarse en él era enloquecedora.

El agujero de Jihoon se estremeció en espasmos, apretando la gruesa vara como si quisiera estrangularla. Heon, con los músculos tensos, abofeteó esas nalgas húmedas.

¡Slap!

—¡Aah!

Heon siguió azotando las mejillas de Jihoon con su palma, cada vibración que transmitía lo hacía sentir tan bien que parecía que su miembro explotaría.

—Mierda, total ya te quitaron la toga, ¿por qué no vendes ese agujero? Es lo único para lo que sirves.

—C-cierra la boca, maldito bastardo.

—Cásate conmigo. Yo te mantendré, ¿eh?

Heon rio entre dientes mientras mordisqueaba el rojizo y ardiente lóbulo de Jihoon. Cuando este intentó apartarlo encogiendo los hombros, Heon, por pura terquedad, lo mordió con más fuerza. Jihoon, exasperado, le golpeó el rostro, pero Heon lo levantó de la cintura, aún empalado.

—¡Aaah! ¡Duele! ¿No vas a sacarlo?

Ignorándolo, Heon alzó ambas piernas de Jihoon. Con las piernas abiertas de par en par, Jihoon solo quería morderse la lengua y desaparecer de la vergüenza. Cada embestida de Baek Heon desde atrás hacía que su pene y testículos se sacudieran violentamente. Cada vez que sus bolas golpeaban el perineo, sentía como si su cerebro se derritiera y sus ojos saltaran de sus órbitas.

Mientras seguía azotando esas nalgas, Heon avanzó unos pasos. La celda de 4.3 metros cuadrados -apenas 1.3  era tan pequeña que bastaban unos pasos para llegar al futón. Heon tumbó a Jihoon sobre la delgada manta.

Al principio, cuando llegó, el suelo duro y la áspera tela le impedían dormir. Ahora, aunque se había acostumbrado un poco, cada vez que lo hacían en ese lugar, sentía que su espalda y omóplatos se astillaban y su cintura se desprendía.

—D-detente, ¿cuántas veces más… Hhng!

No había forma de llevar la cuenta, Heon solo paraba cuando estaba satisfecho. No iba a dejar escapar así como así al fiscal que tanto le había costado traer.

Heon separó las piernas de Jihoon sin miramientos. Temblaban como si fueran a desprenderse, revelando entre ellas un rojo y húmedo interior que palpitaba, esperando la siguiente penetración.

Jihoon giró la cabeza hacia un lado, clavando la mirada en la nada. Sus pupilas, ya sin enfoque, reflejaban un resentimiento autodespreciativo, como si realmente se hubiera convertido en un prostituto.

Agarrándolo por las rodillas, Heon comenzó a mover sus caderas de nuevo. El agujero, ya dilatado al máximo, aceptaba sin resistencia su grueso miembro para luego expulsarlo.

Jihoon, sacudido bajo él, miró hacia la luz fluorescente del techo. Era demasiado brillante para mantener los ojos abiertos, pero aun así, como si fuera un desafío, los abrió con fuerza y la miró fijamente.

—Te encanta esto, ¿verdad? Esa mirada altiva que parece querer matarme… Joder, quiero cubrir esos ojos de semen y lamerlos.

Heon sonrió satisfecho. Mientras Jihoon seguía desafiando al techo, levantó sus piernas por los huecos poplíteos, colocándolo en posición casi vertical, y comenzó a empujar hacia abajo con más fuerza, como si quisiera perforarlo.

—…Hhng.

El miembro de Heon atravesó sin piedad el vientre de Jihoon. Bajo la piel abdominal, se veía claramente el contorno del pene moviéndose. El bajo vientre de Jihoon comenzó a agitarse, como si estuviera hirviendo. Esa comezón se convirtió en placer, y cuando ese placer comenzó a acumularse hacia el clímax, Jihoon, sin poder evitarlo, sacudió el cuello y acabó.

Mientras los fluidos de Jihoon salpicaban al aire, Heon también tensó su cintura, retorciendo el rostro. Sus músculos abdominales se endurecieron por un momento.

—Tss.

Incluso después de vaciarse dentro de Jihoon, Heon siguió bombeando unas cuantas veces más para expulsar hasta la última gota.

—Haa.

Luego, como siempre, abrió las piernas de Jihoon y observó con una sonrisa cruel cómo su semen fluía entre ese valle. Hoy, cuántas veces habría que llenarlo. ¿Eh?

Habría que follarlo hasta que su vientre reviente de tanto semen. ¿Te gusta, fiscal?

Jihoon intentó seguir mirando fijamente la luz, pero hasta ese resplandor que antes le atravesaba los ojos comenzó a difuminarse.

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

Afuera, se escuchó el golpeteo de una porra contra los barrotes.

—Celda 15, dense un descanso.

Al escuchar la voz familiar del guardia, Jihoon cerró los ojos, que apenas podía mantener abiertos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2. La serpiente negra

El fiscal Seol Jihoon, de la tercera división de delitos penales de la Fiscalía del Sur de Seúl, conoció por primera vez a Baek Heon en la sala de interrogatorios de la fiscalía. Baek Heon era el jefe de la organización criminal Cheongsanpa y el director ejecutivo de la empresa Yusu, una corporación con estructura de organización criminal.

La primera impresión que Jihoon tuvo de Baek Heon cuando abrió la puerta de la sala de interrogatorios no fue tan mala. A pesar de su gran complexión, su cuerpo se veía ágil. Su traje de tela fina y costosa resaltaba aún más su figura esbelta y bien proporcionada, gracias a sus largas extremidades.

Desde el principio, él era diferente. No tenía la imagen típica de un mafioso, con un cuerpo cubierto de grasa, tatuajes burdos o un corte de cabello rapado. Al contrario, Baek Heon lucía pulcro, e incluso tenía un aire caballeroso.

Su primera impresión era la de un hombre educado y refinado, lo suficientemente distinguido como para parecer un profesional de alto nivel necesario para la sociedad. Además, sus rasgos bien definidos, combinados con una línea facial un tanto rígida, le otorgaban una belleza impresionante.

Hasta que abrió la boca.

Durante toda la comparecencia, Baek Heon mostró una actitud extremadamente rebelde y desafiante. Y, sobre todo, su lenguaje era grosero y vulgar. Finalmente, Jihoon asintió para sí mismo, confirmando los prejuicios que tenía sobre este tipo de personas.

Sabía que sería así

—Ya hemos obtenido el testimonio de los miembros de Cheongsanpa. Y tenemos pruebas de sobra que lo respaldan.

Jihoon, en lugar de dar explicaciones, desplegó los documentos con las pruebas frente a Baek Heon, quien estaba reclinado en su silla con indiferencia. Entre ellas había imágenes de la irrupción en la residencia del congresista Kim Seokin, grabaciones de CCTV del intento de asesinato y testimonios que confirmaban que el jefe de Cheongsanpa, Baek Heon, estaba detrás de un sicario contratado.

Baek Heon echó un vistazo superficial a los documentos y, tras cruzarse de brazos, habló con desinterés.

—Por cierto, ¿cómo te llamas, fiscal?

—Ya debió haberlo sabido cuando recibió la orden de comparecencia. Soy Seol Jihoon, fiscal de la tercera división de delitos penales de la Fiscalía del Sur de Seúl.

—¿Desde cuándo hay fiscales tan guapos en la fiscalía?

—… Responda solo a las preguntas, se está grabando en video.

Jihoon señaló con la mirada la cámara de vigilancia con la luz roja encendida en la sala de interrogatorios.

—Vaya… Eso solo me excita más.

De repente, Baek Heon abrió ampliamente sus largas piernas y comenzó a sujetarse la cinturilla del pantalón, deslizándola hacia arriba de manera vulgar y deliberadamente obscena.

Jihoon solo respondió con una sonrisa burlona, ya había visto a muchos imbéciles hacer estas cosas para provocarlo.

—Fiscal, pero yo no he hecho nada, ¿de verdad pueden traer a un hombre inocente así como así?

—No es inocente, por eso ha comparecido personalmente.

—¿Y si no fui yo? ¿Cómo se disculparán los fiscales si se equivocan?

—No nos disculpamos, los organismos de investigación actúan según el principio de prueba legal.

—Pues deberían, su única prueba es el testimonio de ese cabrón. Hasta un perro callejero podría fabricar algo así.

Bajo la mesa, el movimiento inquieto de sus manos se hacía cada vez más evidente.

Baek Heon sonrió mirando fijamente a Jihoon, como si estuviera masturbándose frente a él. Entreabrió los labios y lamió su labio inferior de forma vulgar.

—¿Qué está haciendo?

Nunca había visto a un bastardo tan descarado como para masturbarse mientras miraba a un fiscal. Aunque no había sacado su miembro, seguía frotando la entrepierna sobre el pantalón, lo que le revolvía el estómago a Jihoon. Un desperdicio de buen físico para semejante comportamiento.

—¿Quieres que te sume un cargo por obstrucción a la justicia?

—¿Sabes cuál es mi deseo?

Baek Heon se relamió una vez más.

—¿Cómo voy a saberlo?

—Follarme a un fiscal, y que sea uno tan bonito como tú.

—……

—Joder… Con esa piel tan blanca, pareces una mujer, seguro que es un placer follarte. ¿Alguna vez has sido montado por un hombre tan guapo como yo?

Era humillante, burlarse de un funcionario judicial era un desafío contra la autoridad pública. Jihoon comprendía que así manifestaba su frustración, pero no tenía intención de tratarlo con respeto.

Finalmente, recogió los documentos y los guardó en la carpeta. Luego, ajustó con firmeza el nudo de su corbata y golpeó la mesa con el archivador.

¡Bang!

—Si quieres follarme, entonces arrástrame hasta donde estás. Aunque dudo que puedas hacerlo.

Jihoon no apartó la mirada de los ojos persistentes de Baek Heon y sonrió con burla. Solo entonces Baek Heon dejó de tocarse, cruzó los brazos y se echó a reír.

—Hueles a carne podrida… Y ese olor te queda de maravilla, sé de un lugar donde ese aroma encaja perfectamente. Es ahí donde deberías estar.

Mientras observaba a Jihoon con fiereza, Baek Heon sintió una punzada de deseo en su entrepierna. Esos ojos desafiantes lo atraían aún más, quería tumbarlo y follarlo hasta que vomitara.

—Definitivamente, ese lugar te queda mejor.

Baek Heon palmeó su lado como si ya hubiera preparado un asiento cómodo en el infierno.

—No solo para mí, sino también para ti.

—Número 3506, inclínate.

Jihoon dejó en el suelo la canasta con su ropa de prisión, toallas y otros enseres, y se agarró los tobillos.

—… Ngh.

El guardia, con guantes de plástico puestos, le metió los dedos sin piedad en el ano, revisándolo para asegurarse de que no ocultara drogas u otros objetos. Solo cuando los dedos se retiraron, Jihoon pudo exhalar el aliento que había estado conteniendo.

El guardia se quitó los guantes y los arrojó a la basura. Luego, con su habitual rostro inexpresivo, le indicó su celda.

—Sígueme.

Celda 15. La puerta con barrotes pequeños se abrió, era una celda para dos personas, conocida como "sala de estar". Si dos hombres se acostaban estirando las piernas, no quedaba ni un centímetro de espacio libre. Parecía un lugar sin aire para respirar.

¡Clang!

La puerta se cerró, los pasos del guardia se fueron alejando por el pasillo. Jihoon miró a su alrededor y, de repente, se quedó petrificado. Su mandíbula se aflojó del impacto.

Reclinado contra el estante de la celda, con los brazos cruzados y una sonrisa burlona en los labios, estaba Baek Heon, observándolo con desdén.

—¿Se supone que debo decir que me alegro de verte?

Baek Heon ni siquiera se molestó en enderezarse y le habló con aire de burla. A pesar del tiempo transcurrido, su tono sarcástico mostraba más desprecio que alegría.

—¿Cómo llegaste tú aquí…?

—¿Me lo preguntas a mí, después de que me encerraste?

Habían pasado cinco meses desde que Baek Heon fue condenado a cinco años de prisión por instigación al homicidio y enviado a este penal. Seol Ji-hoon, por su parte, había sido arrestado bajo acusaciones de colusión con líderes de organizaciones criminales: encubrir sus irregularidades, lavar dinero y aceptar sobornos por miles de millones de wones. Claro que era una falsa acusación. Protestó con vehemencia y se defendió, pero en un sistema donde hasta un maldito perro callejero podía ser incriminado con pruebas falsas, caer al infierno era terriblemente fácil. 

—Vi tu carita bonita en las noticias. Pensé que eras de los tiesos, pero joder… Si hubiera sabido, también te habría untado con dinero para que me dejaras probar ese culo.

—……

Ji-hoon retrocedió dos pasos, la respiración atascada en la garganta. La sonrisa lasciva de Heon dejó claro que aquel comentario de “quiero probarte” no había sido una broma. Cada vez que se le curvaban los labios, Ji-hoon sentía un escalofrío, como si su virtud estuviera amenazada. 

—Fiscal.

—No te acerques.

Mientras Ji-hoon retrocedía, Heon avanzó; la distancia entre ellos se redujo hasta que Heon apoyó la barbilla en la coronilla de Ji-hoon. Su altura lo volvía intimidante. Sin bajar la mirada, Heon habló lentamente, como si conversara con alguien en el aire: 

—Un viejo que soborné una vez me dijo algo: ‘El día se mueve con el poder de la ley, pero la noche se mueve con el poder de la fuerza’.

—……

—Parece que ahora mismo, fiscal, estás en la noche más oscura.

Ji-hoon tragó saliva para humedecer su garganta ardiente, pero seguía sintiéndose reseco. Heon le agarró la mandíbula con fuerza, obligándolo a levantar la cabeza. Ji-hoon resistió, pero en un lugar donde mandaba la fuerza bruta, su resistencia física no servía de nada. La mano del hombre, con músculos tensos como una armadura, era implacable; ni siquiera un adulto podría zafarse.

—¿Q-qué estás haciendo?

Jihoon forcejeó con la lengua dentro de su boca apretada. Su pronunciación sonaba ridícula, pero no dejó de clavar los ojos en Baek Heon. 

—Y aquí las cosas se mueven como a mí me da la gana.

—¿Qué?

—Afuera, yo era tu presa. Pero aquí, los papeles se invierten.

En ese momento, el terror recorrió todo el cuerpo de Jihoon con una oleada de escalofríos. Heon le agarró las nalgas con brutalidad. 

—¡Aaah! ¡Qué haces! ¡Suéltame!

El grito de Jihoon surgió más del shock que del dolor. Pero Heon ya le había bajado los pantalones de la prisión y los holgados calzoncillos, que cayeron hasta los tobillos. En el penal, solo se permitía ropa interior que dificultara esconder objetos, pero ahora esa misma holgura lo dejaba expuesto. 

—¡Déjame, maldito bastardo! ¡Basta!

Cuando Heon le sujetó las manos con rudeza, Jihoon forcejeó, pero cada vez que el otro fruncía el ceño y lo zarandeaba, Jihoon se tambaleaba de manera humillante. Un dedo grueso y largo se abrió paso hacia su entrada. 

—¡Ugh! ¡Ugh! 

Ji-hoon contuvo la respiración y se quedó rígido mientras el dedo exploraba las paredes internas. La humillación y el dolor superaban incluso el registro corporal de los guardias. Pateó el suelo. 

—¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! 

Los golpes resonaron en la celda, pero ningún guardia apareció. 

—¡Basta! ¡Detente! 

Esta vez golpeó los barrotes de la celda. Alguien debió oírlo, pero el pasillo permaneció en silencio, como si ni siquiera un ratón merodeara. La placa amarilla en la puerta se balanceó violentamente, pero nada más. Esa placa, reservada para reclusos peligrosos o bajo vigilancia especial, indicaba que alguien debía estar observando. Pero ahora, nadie vigilaba a Baek Heon. Actuaba como si toda la prisión fuera su territorio. 

—Si te mueves así, te lastimarás. Por dentro eres muy sensible.

—¡Maldito psicópata! ¿Sabes siquiera lo que estás haciendo?

—Claro, solo estoy viendo si el agujero del fiscal está listo para recibirme.

—¿Qué?

—No quiero pensar que otro cabrón se me adelantó. Eso sí me daría rabia, tendría que ajustar cuentas con él primero.

¡Slap! 

El sonido del golpe en la mejilla de Heon fue tan fuerte que Jihoon arqueó las cejas. Al ver la marca roja en el rostro de Heon, casi le pareció que sus músculos se hinchaban aún más. 

—¡Ugh!

De pronto, Heon le enredó los dedos en el cabello y lo sacudió violentamente, Ji-hoon gritó de dolor mientras era zarandeado sin piedad. 

—¡Aaah! 

Ji-hoon cayó al suelo, golpeando la cabeza contra el piso frío. Antes de poder levantarse, Heon lo obligó a arrodillarse. 

—Fiscal.

—Hah… Ugh…

—Chúpalo.

—¿Q-qué?

—Lo tienes frente a ti, es algo que tú y yo vamos a compartir mucho de ahora en adelante.

Algo emergió sobre la ropa interior que ya había sido apartada. 

—Esto… esto es…

Jihoon olvidó el dolor en el cuero cabelludo y abrió los ojos desmesuradamente. Aquello que se alzaba frente a él era lo más grotesco, monstruoso y aterrador que había visto en su vida. Un escalofrío lo recorrió mientras intentaba arrastrarse hacia atrás, tratando de cubrirse con la ropa. Pero la celda era pequeña; pronto su espalda chocó contra la pared fría. 

El miembro de Heon se abrió paso entre sus labios, invadiendo su boca. Jihoon vomitó varias veces, pero cada vez que escupía, Heon lo obligaba a volver a chupar. Cuanto más se resistía, más veces tenía que hacerlo. 

Claro que Jihoon no lo aceptó de buena gana al principio. Pero Heon conocía métodos efectivos. Bastaba con mencionar uno a uno a ciertas personas que Ji-hoon conocía para que este finalmente abriera la boca. 

—Los instruidos sí que aprenden rápido, por esto da tanto gusto reventar a los que tienen estudios.

Baek Heon tenía ojos en el exterior. Podía mover a sus subordinados cuando quisiera, y hasta un simple fiscal como Jihoon podía ser despellejado vivo sin siquiera tener tiempo de gritar. Irónicamente, los únicos que podían proteger a Jihoon ahora eran los criminales que él mismo había metido en prisión, mientras calmaba a los miembros de la organización que rechinaban los dientes de rabia.

Jihoon sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos, el dolor era tan intenso que creyó que su mandíbula se dislocaría.

—No lo levantes, aprieta el paladar mientras lo chupas. Llénalo todo en la boca y succiona fuerte... Joder, fiscal, ¿es tu primera vez chupando una polla?

—¡Ugh!

Cada vez que Heon lo obligaba a moverse hacia adelante y atrás, agarrándolo por la nuca, Jihoon se retorcía por el dolor, como si le estuvieran clavando un palo en la garganta. Era su primera vez chupando un pene, y la repulsión de tener algo tan monstruoso en la boca, aplastándolo con su lengua, era insoportable.

Su cuerpo se encogía de humillación, pero Jihoon levantaba la cabeza y movía la lengua.

Tenía algo que hacer.

Tan pronto como salga de aquí, limpiaré mi nombre.

Demostraré que no soy un fiscal corrupto que hace cosas sucias a escondidas. Recuperaré el sentido de justicia que defendí con mi vida, el orgullo de mis padres, mi lugar como su hijo ejemplar.

Soportaría esta vergüenza solo por ese objetivo.

—Lame alrededor con la lengua... como si fuera un caramelo. Así... Mierda, me vas a derretir la polla...

Heon acarició la cabeza de Jihoon con satisfacción. Jihoon, conteniendo las ganas de morderle el miembro y pisotearlo hasta hacerlo sangrar, apretó su garganta alrededor de él.

Cada vez que lo hacía, Heon arqueaba el cuello y dejaba escapar gemidos llenos de lujuria.

De nuevo, un líquido con olor a lejía bajó por su garganta. El sabor asqueroso y amargo casi lo hizo vomitar, pero tragó el semen con todas sus fuerzas.

Pero el problema vino después.

—¿Q-qué? Ya te lo he chupado...

Jihoon miró a Heon, que lo empujó contra el suelo y se subió encima, con una expresión de absoluta traición. Su orgullo herido lo hizo temer que su rostro mostrara que estaba a punto de Ilorar, pero solo se encogió, tratando de defenderse.

—¿Y?

—¿Qué...?

—¿Solo tienes una boca arriba? ¿La de abajo no juega?

—¡Maldito seas, qué mierda dices!

Intentó agarrar su ropa con desesperación, pero las costuras ya estaban rotas y rasgadas.

—¡Basta, hijo de puta! ¡Para! ¡Te mataré! ¡¡Aaah!!

Era completamente diferente al hombre sereno y refinado que había visto en la sala de interrogatorios. El caballero de traje elegante y pelo impecable ahora parecía una bestia con los ojos nublados por el deseo.

Pupilas dilatadas, venas rojas en los ojos, líneas de sangre hinchadas en su miembro...

—¿Es... es venganza porque yo te encerré?

—¡Ja! ¿Cómo me ves, fiscal?

Heon movió los labios, herido en su orgullo.

—Si vas a decir obviedades, mejor cállate.

Agachó la cabeza y rio, su pelo negro cayendo sobre su rostro. Cada hebra parecía burlarse de Jihoon.

Ahora, como entonces, este hijo de puta gasta toda su energía en humillarme.

—Hijo de perra…

Jihoon apenas podía respirar bajo el peso de Heon. Intentó recuperar el aliento, recordando lo que estaba a punto de sufrir: una violación.

Necesitaba pedir ayuda.

—¡Ayuda! ¡Por favor, alguien ayúdeme!

Pero, por alguna razón, el pasillo estaba desierto.

Baek Heon, un criminal peligroso bajo vigilancia, parecía estar fuera del alcance de la ley aquí.

¿Acaso tienen su propio cártel, sus propias reglas?

Jihoon entendió por qué nadie vendría a salvarlo.

—¡Grita más fuerte! ¡Que todos afuera te escuchen! ¿Así de débil eres?

Heon soltó una carcajada, como si le pareciera ridículo, y abrazó el torso de Jihoon con fuerza, acercando sus labios a su oído.

Era una risa forzada, cruel.

—Ugh…

El hombro de Heon presionó el de Jihoon, tan delgado que le dio asco. Jihoon se retorció, pero su resistencia solo provocó más violencia.

Heon parecía disfrutarlo.

—¡Más fuerte!

Se incorporó y abofeteó a Jihoon.

—¡Ayuda!

Jihoon no se rendía.

—¡Más fuerte!

¡Slap! Esta vez en la otra mejilla.

—¡AYUDENME, MALDITOS! ¡HIJOS DE PUTA, TODOS SON COMPLICES!

Su voz resonó en el pasillo, pero nadie vino.

—¿CREEN QUE SALDRÁN IMPUNES? ¡CUANDO SALGA, LOS MATARÉ A TODOS!

Jihoon gritó sin parar durante treinta minutos. Su ropa estaba hecha jirones, pero se aferró a su ropa interior, temblando.

—Ah… Mi lindo fiscal, lo odioso puede ser atractivo, pero lo repulsivo da asco. Aunque quizá por eso me enamoré de ti.

—¡Ptooey!

El “halago” de Heon fue respondido con un escupitajo lleno de odio.

La saliva resbaló por su mejilla.

—¿Eh?

—¡Ptooey!

Esta vez le cayó en el párpado. Heon no dijo nada, solo se limpió, pero las venas de su mano se tensaron.

—…Qué tierno eres, fiscal. Tan tierno que quiero matarte ahora mismo.

Inclinó la cabeza, jugueteando con sus cejas.

—Prefiero morir antes que abrirte las piernas.

Fue un error, la imagen de Jihoon abriéndose con sus propios dedos hizo que la sangre de Heon hirviera de excitación.

—¿Y qué harías para abrírtelas, eh?

—Muérete, perro.

Heon lamió la saliva de su mano.

—Qué poco aprendes. ¿Aún no entiendes por qué caíste en este infierno?

—Desaparece.

Heon sonrió.

Quien no entienda el error de su lengua, debe pagar con ella.

 

 

 

 

—¡Grupo A, hora de ejercicio! ¡Todos al patio!

Jihoon tuvo que aferrarse a su destrozada cordura. Cuando el guardia le entregó un nuevo uniforme de prisionero, Jihoon lo fulminó con la mirada, pero el guardia evitó hacer contacto visual. Que le trajera ropa nueva sin haberla pedido solo podía significar una cosa: sabía exactamente lo que había ocurrido en la celda 15, era una omisión intencionada.

Los subordinados de Baek Heon estaban incluso aquí. Hasta en este lugar, los insectos que se postraban ante él en busca de su propia seguridad estaban por todas partes.

Malditos bastardos.

Jihoon se dio cuenta de que, en tan solo unas horas, se había vuelto increíblemente bueno maldiciendo.

Los prisioneros comenzaron a marchar por el pasillo en dos filas. Al ver a los parásitos asomarse por cada celda, supo que todos se habían quedado en silencio mientras disfrutaban del sonido de él siendo humillado por Baek Heon.

Algunos reclusos lo miraban de reojo, sus ojos inyectados en sangre, debían de estar curiosos por ver el rostro del hombre que había estado gritando. Sin embargo, tan pronto como sus miradas se cruzaban, apartaban los ojos de inmediato. Sus mejillas enrojecidas revelaban su sorpresa al notar que el recién llegado era más atractivo de lo esperado.

¿Cuántos de estos bastardos fueron metidos aquí por mí?

Por un momento, la idea de haber caído al mismo abismo que estos insectos lo llenó de una ira insoportable.

Fue entonces cuando el brazo de Heon se posó sobre su hombro, el contacto le resultó tan repulsivo que aceleró el paso. Pero no tardó en ser sujetado por la nuca, y con el brazo de Heon rodeándole el cuello, tuvo que soportar cómo, frente a todos, aquel hombre mordía el borde de su oreja.

—Maldita sea. ¿Vas a parar de una vez?

Heon se echó a reír, el guardia ni siquiera giró la cabeza, y por supuesto, no dijo nada. Los prisioneros también miraban fijamente el suelo, como si sus cuellos estuvieran clavados en él. Era como una especie de rito de iniciación. Como si le estuvieran marcando la frente con un hierro candente, su “dueño” lo estaba dejando en claro frente a todos.

La sensación era tan asquerosa que sentía que podría morir.

Aún tenía en la boca el sabor salado del miembro que había tenido que succionar de rodillas. Ni siquiera cabía entero, así que solo había podido rozarlo torpemente con los labios hasta que, obligándose a abrir bien la boca, finalmente logró engullirlo. Recordaba la risa burlona que se escuchaba sobre su cabeza en ese momento.

Cuando me deshaga de esta humillación y recupere mi honor, tú serás el siguiente. Haré que la vergüenza te carcoma tanto que termines clavándote un cuchillo en el vientre con tus propias manos. Te destruiré por completo, hasta el punto de que me resultes repulsivo.

Jihoon rechinó los dientes con fuerza.

En el patio, los prisioneros se agrupaban en pequeños grupos y caminaban en círculos. Algunos se ejercitaban con dedicación, pero la mayoría solo pasaba el rato bajo el sol, matando el tiempo con aburrimiento.

Jihoon estaba sentado solo. La sombría energía que irradiaba era idéntica a la que mostraban los prisioneros condenados cuando llegaban aquí por primera vez. La mayoría de ellos pasaban por tres etapas: indignación, desesperación o ansias de venganza. Jihoon era del tipo que sentía indignación y juraba venganza.

Pero su caso era diferente. A diferencia de otros, su rabia no era solo emocional. Su acusación había sido una absoluta injusticia. Ni siquiera tenía conexión con la organización con la que lo habían vinculado, ni siquiera su contacto.

¿Dónde debía empezar para desentrañar todo esto?

Sin embargo, mientras reflexionaba, un grupo se acercó a él con pasos torpes.

Otra molestia.

Había visto esta escena demasiadas veces en películas.

Jihoon optó por marcharse rápidamente. Lo más probable era que solo quisieran hacer alguna tontería para “poner en su sitio” al novato.

A lo lejos, Heon reía y charlaba con otros prisioneros. Los reclusos lo rodeaban como si fuera el centro de su mundo, masajeándole los hombros o limpiándole las zapatillas con un trapo.

Es prácticamente un rey aquí.

Contrario a lo que había pensado, Heon no parecía estar vigilándolo demasiado de cerca.

Más que su indiferencia, lo que realmente le molestaba era lo que podrían estar hablando.

¿Estarían contando que le había practicado sexo oral? ¿O que había intentado resistirse a la violación y por eso solo se había quedado en un intento fallido?

Todo era repugnante.

Jihoon se alejó del grupo, buscando un lugar donde pudiera esconderse y pensar en una forma de salir de esta situación de mierda.

—Oye. ¿Por qué eres tan rápido para captar las cosas? ¿Entraste por fraude?

Pero, como siempre, la situación que más quería evitar terminó por alcanzarlo.

Se encontró acorralado contra un muro alto, sintiéndose impotente. Pero no pensaba quedarse de brazos cruzados como antes.

Cerró los puños y los miró con fiereza.

Uno de ellos sonrió con una mueca burlona, mostrando sus dientes amarillentos.

—Mira su cara. ¿Ese es el rostro de un estafador? Parece más bien un puto de lujo, seguro que su trasero ya está bien desgastado de tanto uso.

Se acarició el brazo mientras hablaba, como si estuviera describiendo la tersura de la piel de Jihoon.

—Oye, ¿puedes evaluar el tamaño de nuestro paquete? ¿Qué opinas? ¿Cuánto podríamos ganar con esto?

Uno de los hombres bajó su pantalón y ropa interior de un tirón, sacando su miembro erecto. Estaba hinchado y de un tono rojizo oscuro, como un pedazo de carne podrida.

—No es lo que piensan, así que lárguense.

—¿Ah, no? Pero con esa cara bonita, pensé que vendías tu trasero.

Las risas llenaron el aire. Eran como las carcajadas de hienas, desagradables y sucias.

Entonces, un hombre empujó a los demás y se adelantó con una sonrisa cínica.

—Ah, ¿de verdad no saben quién es? Este es el fiscal, ¿no lo recuerdan? El que se desvivía por meternos a todos en la cárcel.

Jihoon no recordaba su rostro.

No recordaba a ninguno de los delincuentes que había encerrado, para él, no valían la pena.

Solo el maldito rostro de Baek Heon seguía grabado en su mente.

—Un tipo en mi celda me lo dijo, dijo que fue él quien lo atrapó. Que suplicó por su vida, pero ni siquiera lo escuchó.

—Pero ese tipo era un estafador, ¿no? ¿Quién coño le cree a un estafador?

Las risas se intensificaron.

Ya sabían quién era. Y si lo habían descubierto, estaba claro lo que querían hacer.

Jihoon no tenía intenciones de rebajarse al nivel de esos criminales. Trató de abrirse paso rápidamente, pero lo sujetaron por los hombros.

—Dicen que nuestro querido fiscal es un experto en mamadas, que el “rey” se la metió tan duro que tenía el tamaño de mi brazo.

—¿En serio? Oye, fiscal, ¿te gustaría probar la mía también?

El hombre que había mostrado su miembro se acercó con una sonrisa sádica.

—Si no quieres que te arranque la polla y los huevos de un mordisco, será mejor que te largues ahora mismo.

Al terminar de hablar, Jihoon apretó la boca con fuerza y los miró con una expresión que parecía decir que, si era necesario, los mordería hasta cortar. 

Ellos, desconcertados por sus palabras, se miraron entre sí. 

—…Mierda. Esto apesta. ¿Este maldito hijo de puta quiere convertirme en una 'preciosidad'?

—Oye, este hermano tiene los pies tan planos que por más que le arranquen el pito, nunca será una 'preciosidad'.

—Además, este hermano solo tiene un huevo. ¿Qué va a hacer si le arrancan el otro? Patético. 

El tigre tatuado y arrugado y el tipo con panza intercambiaron comentarios amigablemente. Las amenazas de Jihoon no solo no funcionaron, sino que parecieron avivar su innecesario espíritu de desafío. 

—¡Ugh! 

Uno del grupo agarró a Jihoon por la nuca y lo jaló hacia atrás bruscamente. Cuando su boca se abrió forzosamente, el pedazo de carne intentó meterse de nuevo, pero Jihoon apretó la mandíbula y mordió con fuerza. 

Aunque lo mataran a golpes aquí mismo, no tenía intención de morder el pene de nadie. Calculó cuánta fuerza necesitaría para arrancarlo de un mordisco. ¿Mierda, cálculos? Solo había que morder y sacudir hasta que se desprendiera. 

Como Jihoon no abría la boca, ellos, como si lo hubieran esperado, comenzaron a golpearlo en la cara. ¡Paf! ¡Pum! ¡Paf! Los sonidos de los golpes contra su rostro y cuerpo resonaron más allá de los altos muros de la prisión, pero nadie vino a ayudarlo. 

Aun así, Jihoon no abrió la boca. Aunque la sangre brotó de sus labios, solo cerró los ojos con determinación. 

—¿Eh? ¿Todavía no abre la boca? 

—¡Joder, mamá, creo que triunfé! ¡En toda mi vida nunca pensé que golpearía la cara de un fiscal! 

Los comentarios burlones siguieron. Después de golpearlo un buen rato sin que Jihoon cediera, sus puños comenzaron a dolerles, así que, irritados, le dieron un golpe en la cabeza. 

Desde el principio, debieron haber planeado golpearlo por resentimiento hacia su condición de fiscal. Lo de morderle el pene solo era una excusa para divertirse o justificar los golpes. Era el insulto perfecto. 

—Maldito escroto, oye, tráeme eso. 

Alguien sacó una cuchara del bolsillo. Sin duda la habían robado del comedor, donde los objetos metálicos estaban prohibidos. La deslizaron entre los labios de Jihoon y comenzaron a girarla violentamente. 

—¡Hmmmph! ¡Mmmph! 

El chirrido de la cuchara raspando sus encías era espantoso. En segundos, la sangre tiñó sus dientes de rojo. 

—¡Pah! 

Finalmente, Jihoon no pudo soportar el dolor y abrió la boca. Los matones, como si hubieran esperado ese momento, se abalanzaron sobre él con sus penes erectos. 

Sacaron otra cuchara para proteger sus miembros de los dientes. Hacer que los prisioneros de menor rango mordieran penes era un entretenimiento común aquí, y ellos eran expertos en proteger su frágil masculinidad. 

Colocaron las dos cucharas entre sus molares, impidiendo que cerrara la boca. Jihoon gritó hasta que sus ojos parecieron reventar, pero solo salió una voz destrozada y desesperada. 

—¡Mierda, señor fiscal, cuide bien mi pene! Ugh, estoy tan excitado que ya voy a venirme. 

Un pene repugnante y goteante de líquido preseminal comenzó a frotarse contra sus labios. Jihoon sintió náuseas y tragó saliva, lo que provocó carcajadas del grupo. 

—¿Eh? ¿Ya se está preparando para chupar? 

—Oigan, ¿estaban buscando al señor fiscal? Parece que ya se estaban divirtiendo sin mí. 

Una voz masculina interrumpió las burlas, y el grupo se separó para dejar pasar a un hombre que caminaba con las manos en los bolsillos del pantalón, era Baek Heon. 

Nadie pareció sorprendido. Como si lo hubieran estado esperando, todos se inclinaron ante él al unísono. 

—Mierda, les dije que no me saludaran así. Somos todos criminales, es vergonzoso. 

Heon, visiblemente molesto, golpeó la cabeza del más cercano. 

Jihoon entendió la situación. Estos tipos no tenían el valor de tocar a un exfiscal que compartía celda con Baek Heon. Todo esto había sido planeado por él. 

—¡Aaah, aaaah! 

Jihoon maldijo a Heon, pero este solo movió la cabeza como si no entendiera.

Heon se agachó frente a Jihoon, apoyándose en las puntas de los pies, y le acarició la mejilla con calma. 

—¿No tienes nada que decirme? 

—……. 

Jihoon lo miró con tanta intensidad que sus ojos dolieron, Heon casi sintió que su pene sería mordido por lo lindo que se veían esos ojos azules llenos de odio. 

—Joder, es tan lindo que me mata. ¿A quién salió nuestro fiscal para ser tan hermoso? 

—¡Aaah, aaaah! 

—Ah, cierto. Oigan, saquen las cucharas. 

Las dos cucharas salieron con saliva. Jihoon, con la mandíbula adolorida, escupió el exceso de saliva al suelo y tosió. 

—Ahora habla, con esa lengüeta tan linda. ¿Nada que decirme? 

—……. 

—¿"Sálvame"? ¿"Ayúdame"? Seguro tienes algo que decir. 

—……. 

—O llorar y lamer mis pies, o prometer montarme todas las noches y mover esa cintura… 

—¡Pfu! 

Jihoon juntó el resto de saliva y la escupió en la cara de Heon, dando justo en su ojo derecho. 

…Ah, mierda. 

Heon se limpió la cara con gesto exasperado, una de sus cejas tembló como loca. 

—Todo esto lo ordenaste tú, ¿verdad? 

Jihoon no tenía intención de darle lo que quería. 

—¿Quién más sería capaz de una mierda tan baja como esta, aparte de ti, maldito criminal? 

—Ah. 

—Solo a un cerebro tan retrasado como el tuyo se le ocurriría algo así. 

—Ah, duele. 

Heon se tocó el pecho como si lo hubieran herido, sus músculos marcados se tensaron bajo el uniforme gris de prisionero. 

—Ojalá la lengua del fiscal fuera tan linda como su cara. 

Los matones, en lugar de reír, observaban el humor de Heon. De él dependía si sus órganos sobrevivirían el día. 

Heon se levantó lentamente, haciendo ruido con las rodillas. Cuando su cuerpo alto se estiró por completo, Jihoon, aún arrodillado, pareció más pequeño y miserable. 

—Fiscal, ¿sabes qué aprenden primero los nuevos aquí?

—….

—Clases particulares de cuerpo. Si lo aprenden bien, pueden ganarse el cariño de todos aquí.

—….

—No me decepciones más. Ningún cabrón que lo haya hecho ha terminado bien.

La cuchara volvió a ser empujada en la boca de Jihoon. Sus manos atadas tras la espalda hacían inútil cualquier forcejeo; solo lograba profundizar las heridas dentro de su boca.

—¡Ugh! ¡Ughhh!

Frente a Jihoon, una fila de hombres se formó. Sudorosos, se turnaban para empujar sus miembros dentro de la boca del mismo hombre. Las venas inflamadas y palpables se sentían repugnantes al tacto.

Los más grandes entraban solos; los inseguros de su tamaño lo hacían en pareja, pistoneando dentro del estrecho espacio. Los gemidos excitados avivaban las peleas entre los que esperaban, empujándose para avanzar en la fila. Jihoon sentía que las mejillas le estallarían, entre el dolor y las arcadas que le nublaban la visión.

¡Basta! ¡Deténganse!

Pero detrás esperaban más, una hilera de pollas negruzcas y putrefactas. Cada vez que el fétido glande rozaba su paladar o aplastaba su lengua, Jihoon deseaba desmayarse.

Jadeos, sollozos

Cada vez que su lengua se retorcía al borde del colapso, los empujones se aceleraban. Los hombres, entre gemidos asquerosos, acababan escupiendo sus fluidos dentro de su boca.

—¡Gag! ¡Cof!

Incapaz de cerrar la boca, el semen acumulado se deslizó garganta abajo.

—¡Ughhh!

Jihoon se agarró el cuello y vomitó todo en el suelo. Lo que había retenido y lo que había tragado se mezcló con saliva, esparciéndose sobre la tierra.

—Ey. ¿Qué mierda haces? Debiste tragártelo.

Heon acarició el pelo de Jihoon y chasqueó la lengua, fingiendo decepción.

—Nunca dije que lo escupieras, ya me has decepcionado dos veces.

Jihoon seguía tosiendo y con náuseas.

Su orgullo lo mantenía consciente, obligándolo a soportar cada humillación.

—No soy muy listo, solo cuento hasta tres. Es tu última oportunidad.

Heon susurró en su oído. La ilusión de una lengua de serpiente hurgando su canal auditivo hizo que Jihoon lo mirara con desprecio.

La cuchara regresó, y otra polla gastada fue empujada dentro. Heon pasó una mano sobre su entrepierna y lamió su labio inferior.

 

 

 

Tragué el semen de esos escarabajos hasta que mi estómago estuvo al borde de reventar. Cuando ya no pude más, lo esparcieron sobre mi cara. Jugaron con sus vergas como si fueran mangueras, “dibujando” en mi rostro entre risas.

Jihoon estaba pagando por los que los habían encarcelado. Ahora era su juguete, el blanco de su frustración. Claro, todo bajo el consentimiento tácito de Baek Heon. Seguramente hubo algún trato para que lo asignaran a su misma celda.

Dijo que me siguió en las noticias… Sabía que acabaría aquí.

Un soborno habría sido suficiente para compartir espacio, ni siquiera necesitaba su influencia.

Solo pudo regresar a su celda cuando terminó el tiempo de recreo. El guardia, ausente durante todo el incidente, apareció al final y le entregó un pañuelo al ver su boca ensangrentada y manchada.

—Número 3506, vamos a la enfermería.

Nervioso por posibles testigos, el guardia intentó limpiarle la boca, pero Jihoon lo rechazó. “Cómplice pasivo.” Arrebató el pañuelo y se frotó los labios con rabia antes de tirarlo al suelo.

Los que lo habían violado observaban desde atrás. Baek Heon, sentado con las piernas cruzadas, le hizo un gesto de despedida.

—… Hijo de perra.

Jihoon ignoró su voz y siguió al guardia, la humillación le corroía las entrañas; cada respiración le quemaba los pulmones.

No olvidaré esto.

 

 

 

La enfermería estaba vacía, parecía que el médico de salud pública había salido un momento. Pero, mientras el guardia también se ausentaba brevemente para buscarlo, desde detrás de una cortina se oyó un crujido de una cama, seguido de los gemidos de dolor de un hombre. 

Así que no estaba vacía después de todo. 

—¡Uaaah! 

No se sabía si era dolor de estómago o alguna otra molestia, pero el hombre tras la cortina gemía tan fuerte que su voz se quebraba, como si no entendiera lo que le pasaba. Antes no se escuchaba nada, pero al oír salir al guardia, debió pensar que no había nadie más. 

—¡Hyung, hyung! ¡Haaah! ¡Sí, dale más fuerte! ¡Eeeh, hyung, tu polla pica mucho! ¡Pero es deliciosa! 

—¡Clap! ¡Clap! ¡Haaak! ¡Hah-hah-hah! 

El sonido de la cama de metal crujiendo con violencia, mezclado con el chapoteo de dos cuerpos enredados, le dio asco. Esas cabezas de animal, incapaces de distinguir sexos, solo buscaban cualquier agujero para metérsela. 

Jihoon, repelido por el asco, sin darse cuenta apartó bruscamente la cortina y los miró con odio mortal. 

Ellos estaban en pleno acto. Un hombre pequeño y pálido estaba boca abajo, con el trasero al aire y llorando, mientras el otro, encima de él, empujando su cadera contra su agujero, giró la cabeza hacia Jihoon. 

—¿Qué mierda miras, hijo de puta? ¿Por qué no te largas? 

La mirada hostil del macho encima duró solo un instante. Le daba igual o no que Jihoon los mirara, que hubiera gente o no, el hombre volvió a hundirse con fuerza. ¡Splash! 

—¡Haaah! ¡Splash! ¡Haaah! 

—¡Joder, qué buen culo! ¡El ano me está mordiendo la polla como loco! 

El hombre de atrás, con los ojos perdidos, agarraba las caderas del otro y las empujaba con fuerza. 

De pronto, algo en el estómago de Jihoon se retorció violentamente. ¡Uuueeeeh! Y entonces, vomitó todo su contenido directamente sobre la cama donde ellos estaban haciendo eso.

 

 

 

—Señor fiscal. ¿Qué clase de modales de mierda son esos, vomitar así sobre unos chicos que solo estaban divirtiéndose? 

Heon acarició la espalda de Jihoon. Este había encogido el cuerpo espaldas cochinilla, envuelto en la manta, y estaba de espaldas. 

—No me toques. 

—Fui yo quien detuvo a esos cabrones cuando se volvieron locos gritando que iban a matarte. ¿Ni siquiera me das las gracias? 

—Vete a la mierda. 

¡Zas! ¡Ugh!

—Señor fiscal. 

La cabeza de Jihoon, que había estado enterrada boca abajo, fue arrancada hacia atrás con fuerza. El cuero cabelludo le tiró tan fuerte que los blancos de sus ojos quedaron expuestos, dolorosamente visibles sobre sus pupilas. 

—Abre bien los ojos y mira, ahora es de noche. Esto no es ese lugar soleado donde te trataban como un señor. 

El sol se había puesto, era su primera noche en prisión. Pasadas las 9 p.m., hora de dormir, todas las luces estaban apagadas excepto los toscos fluorescentes del pasillo. 

Jihoon lo sabía. Este lugar era la sombra, donde nada de lo que funcionaba en la sociedad tenía valor. 

—…Lo sé. 

Jihoon parpadeó, pero esta vez no replicó con insolencia. 

Todo lo que había vivido en ese primer día tras su ingreso le dejó claro una cosa: debía renunciar a todo el estatus, poder y privilegios que había disfrutado en la luz. 

Aquí, la supervivencia era el mayor poder. Sobrevivir era la única autoridad. 

Jihoon tenía un objetivo. Una razón, un anhelo feroz por salir de allí. Por eso ahora estaba en una posición en la que, si le ordenaban arrastrarse y lamer botas, lo haría… y daría las gracias. 

—…Gracias. ¡Agh! 

Pero Jihoon no logró infundir suficiente gratitud en sus palabras. Antes de que terminara, su pelo fue jalado de nuevo, forzándolo a mirar brevemente a Baek Heon a los ojos… antes de ser arrojado violentamente al suelo. 

¡Thud! 

—¡”Muchas gracias”, carajo, eso es lo que debes decir! 

—…! 

—¿Ni siquiera sabes cómo dar las gracias, maldito imbécil? ¿Eh? 

—……. 

—¿Qué pretendes, todavía mirando por encima del hombro? Tu cuerpo ya está revolcándose en la mierda. 

—…Apártate. 

Baek Heon, montado sobre el torso de Jihoon, soltó una risa ácida. 

—Mira bien. Este lugar donde estás patas arriba… es donde yo estoy. 

“Si quieres devorarme, arrástrame hasta tu terreno. Aunque no sé si podrás.”

—Solo entonces Jihoon entendió el significado de las palabras de Heon y frunció el ceño con desdicha. 

Ahora los dos estaban en el mismo nivel, o más bien, Baek Heon estaba por encima de él. Estrictamente hablando, él era el único tirado en el suelo, despojado de toda dignidad. 

—Quítate los pantalones. 

Y Heon reinaba aquí como un emperador todopoderoso. Todo ese poder, capaz de hacer retroceder a cualquiera con solo un gesto, se reducía a algo tan mezquino como obligar a un compañero de celda a desnudarse. 

Jihoon volvió a agarrar con fuerza el dobladillo de sus pantalones mientras su mirada ardía de furia. 

Aunque se oyeron pasos en el pasillo, sabía que, si gritaba, esos sonidos desaparecerían al instante. Los otros reclusos solo aguzarían los oídos, se tocarían entre risas y murmurarían obscenidades. 

—Agradezco lo de antes, pero hasta aquí. 

Ante las palabras de Jihoon, Heon se apartó el cabello con gesto despreocupado. Su melena negra como el azabache aún conservaba ese impacto elegante de la primera vez que lo vio. 

—Un cabrón como tú no merece que le abran las piernas por voluntad propia. 

Jihoon reforzó su tono. Heon torció el rostro como si fuera a reír, pero en vez de eso, inclinó la cabeza con gesto burlón. Como si no lo entendiera, se quedó un momento pensativo antes de hablar: 

—¿Eso es orgullo? 

—¿Qué? 

—¿O es estupidez? 

—¿Qué? 

—Pórtate bien. Cuanto más te resistas, más ganas me dan de partirte en dos con mi palo, señor fiscal. 

Los dedos de Jihoon, aferrados al dobladillo de sus pantalones, palidecieron. Pero su rostro estaba aún más pálido, incapaz de apartar la mirada de Heon. 

 

 

 

—Hmmph… Hmpf… 

Lo que llenaba la boca de Jihoon era un calcetín gris barato. Alguien se lo había arrancado del pie y se lo había metido a la fuerza, al menos servía para amortiguar los sonidos. 

—Mételo más hondo, asegúrate de que nuestro señor fiscal lo sienta bien. 

Heon, sentado en una silla, bostezó aburrido. Cambió de postura, apoyando el mentón en la otra mano. Jihoon estaba atado, abrazado al respaldo de una silla invertida, con los pantalones caídos hasta los tobillos y las nalgas al descubierto. 

Detrás de él, un hombre con tatuajes de tigre se movía, hurgando con un consolador en su agujero. 

—Ah, maldita sea, ¿no relajas el culo? Ya me duele el brazo de tanto empujar, ¿tengo que desperdiciar más energía contigo? 

—¡Hmmph! ¡Mmph! 

—Vaya, los músculos de tu culo están bastante tensos. Esto debe sentirse increíble. Jajaja.

¡Slap! 

El hombre del tigre golpeó la nalga derecha de Jihoon, haciendo un sonido seco. 

—¡Este cabrón hasta suena bien cuando lo golpean! Seguro tu novio te pega mucho… 

¡Crash! 

Pero esta vez, el golpeado fue el tatuado. Una patada voladora le impactó en la nariz, tirándolo al suelo. 

—¡Aaaagh! 

El hombre se retorció, sujetándose la nariz sangrante, mientras los demás se reían. 

—Idiota, ¿quién te dijo que podías tocarle el cuerpo? Solo te dije que le abrieras el culo. 

Parecía que se había roto el tabique, la sangre goteaba entre sus dedos. 

Heon, con expresión aburrida, volvió a su asiento y bostezó. 

Jihoon llevaba ya treinta minutos con su agujero siendo penetrado por consoladores de distintos tamaños. 

—Hmpf… Mmph… 

El dolor era insoportable. Los juguetes no solo variaban en tamaño, sino también en forma: algunos con bolas que giraban, otros que vibraban o se retorcían como gusanos dentro de él. 

—¡Ugh! 

Uno en particular comenzó a moverse violentamente, como si quisiera perforarlo desde dentro. 

—¡Aagh! 

Era como si un gusano le royera las entrañas. Jihoon intentó zafarse, pero cada movimiento solo empeoraba el dolor. 

—Zzzrt, zzzrt. 

Cada vez que sonaba, Jihoon retorcía las costillas, intentando soportar aquella sensación desconocida. 

Pero el problema era que no era un simple shock eléctrico. Era como si le clavaran una aguja en la planta del pie, un dolor que picaba y ardía. Su vientre bajo ardía como si lo consumieran llamas, y sin embargo, con cada nueva sacudida, una extraña expectación lo invadía. Sus ojos se nublaban y su boca se abría involuntariamente. 

Era imposible no reconocerlo: eso era placer. 

—… 

Desde lejos, Heon observaba con una sonrisa burlona, rascándose la comisura del ojo. Al verlo, uno de los hombres a su lado —con una enorme cicatriz en la mejilla izquierda— se levantó. 

Avanzó hacia Jihoon, quien, con los ojos desorbitados, seguía abrazado a la silla. 

—Ugh… Uuugh…. 

Aun así, Jihoon intentó resistir. Pero sus manos atadas solo lograban aferrarse más al asiento, mientras su entrepierna desnuda comenzaba a gotear, empapada. 

—Tch. Mira cómo chorrea, como si no le costara trabajo.

El hombre chasqueó la lengua, como si le molestara desperdiciar cada gota. Rápidamente sacó de su bolsillo un anillo redondo. Era de goma negra, común, pero resultaba obvio que no estaba hecho para los dedos. 

Con práctica, lo deslizó desde la punta del pene de Jihoon hacia abajo. Pero al llegar a la base, más gruesa, el anillo se atascó. Jihoon gritó contra el calcetín que le llenaba la boca, la presión al borde de lo insoportable. 

El hombre, como para calmarlo, levantó las manos para tocarle las mejillas, pero se detuvo de golpe, mirando a Heon con cautela. 

Heon, que antes parecía aburrido, ahora observaba la escena en silencio, la barbilla apoyada en una mano. El hombre hizo un gesto de inocencia, levantando brevemente las palmas, antes de continuar. 

Jihoon ya sabía, por experiencia, que gritar era inútil. Así que, con los dientes clavados en el calcetín, aguantó aquella sensación imposible de definir: ¿placer o dolor? 

—Nggh… Uuugh…. 

El hombre miró con avidez los pezones rosados y erectos de Jihoon. Tragó saliva al ver su tono vivo, como si nadie los hubiera tocado antes. Ahora estaban tensos por la excitación, pero imaginó lo blandos que serían en otro momento. 

—Ah, así es como se hace… Cuando el cosquilleo llega, el culo se cierra solito, ¿eh?. 

Soltó una risa siniestra mientras hablaba en clave. 

—Esto va a apretar de verdad… 

Pinzas se cerraron sobre sus pezones. 

—Nngh…!

Las pinzas mordieron con fuerza, como si quisieran arrancarlos. La sangre dejó de circular al instante, y un hormigueo se expandió por las areolas. Jihoon retorció las manos atadas, desesperado por quitárselas, pero las ataduras —hechas con la tela de unos pantalones viejos— solo se tensaron más. 

—¡Oye! Métele otro calcetín, que el señor fiscal va a perder los dientes. 

Sin dudar, otro hombre le arrancó el calcetín del pie y lo empujó dentro de la boca de Jihoon, ahogando sus gemidos. 

Cuando ya no quedaba espacio, Heon, que sostenía el control remoto conectado a las pinzas, apareció a su lado, sonriendo. 

—Señor fiscal… ¿Nada que decirme?

Volvió a preguntar lo mismo.

Jihoon no podía recuperar la compostura debido al dildo que seguía estimulando su punto desde atrás y las pinzas que presionaban con fuerza sus pezones al frente.

Su nariz y su mente ardían por completo, y quería revolcarse por el suelo. Deseaba arrancarse todo de golpe y rascarse desesperadamente donde le picaba, pero no había ni una sola parte de su cuerpo que pudiera mover a voluntad. Jihoon, como atormentado por un dolor fantasma, sintió que su mente se vaciaba por el dolor extremo.

Heon, que estaba agachado a su lado con el control remoto en mano, puso una expresión decepcionada al ver que Jihoon no respondía. Luego, con indiferencia, apretó el botón.

—¡Zzzzzzzzz!

—¡Ugh! ¡Ah! ¡Uuugh!

La vibración recorrió los cables de las pinzas como una corriente enloquecida. Jihoon abrió desmesuradamente los ojos, como electrocutado, y su rostro se estremeció. La vibración también llegó intacta a su trasero. Su vientre ardía en un hervor insoportable, como si sus venas estuvieran ardiendo.

Juró que nunca había experimentado un estímulo tan intenso en su cuerpo, así que Jihoon no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas. No eran lágrimas de sumisión, sino de un instinto desesperado por aliviar el dolor.

Sin embargo, al ver esas enormes lágrimas temblar en sus ojos, Heon se conmovió visiblemente y abrió la boca.

—Guau, qué excitante.

Luego sacó los calcetines que bloqueaban la garganta de Jihoon.

—¡Cof! ¡Cof, cof!

Jihoon tosió violentamente, con los ojos aún más llenos de lágrimas, y Heon lo miró con curiosidad.

—Nuestro fiscal es tan lindo incluso cuando llora. Pero creo que sería aún más lindo cuando se corra. ¿Qué opinas?

—¡B-basta, maldito l-lo…! ¡Aaah! ¡Haaah!

Heon rio y aumentó la intensidad de la vibración. El pene de Jihoon estaba tan hinchado que parecía a punto de explotar junto con su semen. El anillo que lo estrangulaba le impedía liberar su deseo de eyacular, y solo podía derramar lágrimas y saliva en agonía.

—V-voy a correrme…

Una oleada de placer brutal lo embistió, como si una jauría de perros lamiera sus pezones. Dentro de su trasero, ya ni siquiera podía distinguir qué parte era su punto de placer; cada lugar presionado ardía con un dolor exquisito.

Quería correrse. Quería expulsar su semen. Quería eyacular.

Pero por culpa de ese maldito anillo de goma, no podía aliviar su deseo insoportable de liberarse y sentía que moriría en cualquier momento.

—¡Dije que me voy a correr! ¡Sácalo ya! ¡Quítalo! ¡Rápido!

—¿No tienes nada que decirme?

Heon volvió a ladear la cabeza. Con una expresión de genuina ignorancia, incluso inocente, Jihoon sintió ganas de escupirle de nuevo en la cara. 

Pero sabía que el precio a pagar sería aún mayor. Jihoon tragó saliva con fuerza y suavizó su tono, estaba tan furioso que sentía que la cabeza le iba a estallar. 

—Déjame terminar, por favor. ¿Sí? Te lo ruego, quítalo.

—¿Eso es todo lo que tienes que decirme?

—Solo esta vez… Por favor. ¿Es porque te convertí en un exconvicto? ¿Quieres escucharme decir que lo siento?

—…Pff.

La etiqueta de “exconvicto” era un estigma que lo perseguía desde que se tatuó aquellas serpientes negras en ambos hombros, independientemente de Seol Jihoon. Para Heon, eso no era ni vergonzoso ni algo que quisiera evitar. 

—Bueno, nuestro señor fiscal vivía de su orgullo, así que tal vez pedí demasiado desde el principio. Está bien, señor fiscal. Entonces solo te haré una pregunta. 

—¿Q-qué? ¡Ugh! 

—¿Soy guapo? 

—…¿Qué? 

—Que si soy guapo. 

Heon se rio mientras se rascaba la nuca. Luego, apretó el control blanco de nuevo. 

—¡Aaaah! ¡Ahhh! ¡S-sí, eres guapo! ¡Baek Heon! ¡Eres guapo! ¡Eres guapo, maldito hijo de puta! 

Jihoon empezó a temblar violentamente, su cuerpo sacudido por espasmos. Sus ojos rodaban hacia atrás, incapaz de soportar la intensidad del estímulo.

—Lo sé.

—Tíralo.

Con una sola orden de Heon, Jihoon fue derribado al suelo.

El pene de Jihoon palpitaba y se alzaba hacia el cielo. Heon inclinó el torso hacia adelante, abrió la boca y de un mordisco lo envolvió.

—¡Haaah!

Apretó los labios alrededor del miembro de Jihoon, tomó el anillo que lo estrangulaba y, deslizando suavemente los dientes, comenzó a sacarlo.

—¡Uagh! ¡Aah! ¡Haaah! ¡Uaaaah!

Jihoon, sin ser consciente de lo alto que gemía, retorcía la cintura con una resistencia casi violenta. Claro que, para los ojos y oídos de Heon, solo era una adorable rebeldía. En el momento en que Heon finalmente extrajo el anillo por completo, Jihoon eyaculó con fuerza.

Todo el semen se adhirió al rostro apuesto de Heon.

—Haa… Ha… Haa haa…

Jihoon jadeó, el pecho alzándose y cayendo con fuerza. Los presentes solo podían mirar boquiabiertos, paralizados ante el rostro de Heon completamente embadurnado de semen.

—Ah… Huele a flores, el líquido de nuestro querido fiscal le sale aroma floral.

Heon, como una mariposa atraída por el aroma, aleteó sus pestañas suavemente.

 

 

 

Después de eso, las "clases particulares" del cuerpo de Jihoon continuaron durante varios días. Tenía que sentarse en un frío y rígido dildo, ajustando el agujero de su trasero, y mover su cuerpo por sí mismo.

Incluso entonces, Heon no tocó un solo pelo del cuerpo de Jihoon.

Solo se sentaba en una silla, apoyaba la barbilla en la mano y bostezaba aburrido.

Un día, le insertaron un catéter en la uretra mientras lo penetraban. Jihoon, con el rostro empapado en lágrimas y mocos, no dejaba de maldecir. Otro día, lo azotaron con un vibrador adherido a su pecho. Le metieron un huevo vibrante en el trasero y lo obligaron a arrodillarse y chupar asquerosas pollas.

Con cada día que pasaba, el cuerpo de Jihoon se volvía más sensible. Todo lo que entraba en su trasero golpeaba sin excepción sus puntos débiles, ya hiperactivos, y ahora incluso el más mínimo estímulo lo hacía ponerse erecto y derramar líquido.

Su pecho reaccionaba al más mínimo roce del áspero uniforme carcelario, los pezones se ponían duros como piedras. El dolor punzante y la sensación de ser mordido lo atormentaban al mismo tiempo. Por eso, si no llevaba ropa interior o si accidentalmente se tocaba al ducharse, escapaban de su boca gemidos vergonzosos.

Jihoon sentía como si su propio cuerpo se hubiera convertido en una enorme polla. Cada vez que lo tocaban o rozaban, sus sentidos se agudizaban por completo. Cuanto más se resistía, cuanto más mostraba su disgusto, peor y más intenso se volvía todo.

No había lugar para el trato digno que un humano merece. Este no era un lugar para ese tipo de personas, y quienes los habían reunido aquí eran iguales a él, así que era aún más imposible esperar ser tratado como un ser humano.

Jihoon solo esperaba el día en que pudiera salir de allí. Imaginaba cómo se vengaría de los criminales que le habían infligido tales atrocidades, y así aguantaba esos momentos de agonía.

Los humanos son animales asquerosamente adaptables. Poco a poco, Jihoon se acostumbró a su cuerpo en llamas, a su trasero violado y a los objetos metálicos que le desgarraban la uretra. Pero lo único que no podía soportar era ser abierto, desgarrado y violado directamente por esos bastardos. Si al menos eso no ocurriera, pensaba, podría resistir.

Pero...

Bzzzz- Bzzzz-

Jihoon llevaba horas sin poder dormir, retorciendo su columna vertebral.

El huevo anal que le habían insertado justo después del toque de queda a las 9 pm no dejaba de vibrar incluso después de dos horas. Podría haberlo sacado de inmediato, pero detrás de él estaba Baek Heon, abrazándolo por la espalda, profundamente dormido.

Jihoon se encogió como un camarón, cubierto de sudor frío. Sentía que toda la humedad de su cuerpo se había secado, y el mareo no lo abandonaba. Su cuerpo, exhausto por los abusos de los últimos días, no dejaba de temblar levemente.

—Ugh... Ugh... Nngh...

Su cuerpo, tenso al máximo, comenzó a liberar dopamina en oleadas de placer no deseado.

Desde atrás, escuchó una respiración profunda. Baek Heon estaba dormido, intentó mover su brazo para sacar el huevo.

—...¿Qué pasa? ¿No puedes dormir? ¿Quieres que juegue contigo?

—......

Creía que Heon estaba dormido, pero este susurró suavemente al oído de Jihoon. Su voz era lánguida, aún cargada de somnolencia. A diferencia de su tono habitual, autoritario y cortante, esta vez llevaba una calidez que hizo que Jihoon se tensara. Probablemente era solo el arrastre del sueño, algo de lo que ni siquiera él era consciente. 

Pero Jihoon sí lo notó. Y lo odió tanto que apretó más fuerte, intentando apartar el brazo de Baek Heon. 

—¿Qué te parece si jugamos un rato? 

Sin embargo, Heon lo atrajo con más fuerza contra su pecho, pegando su parte inferior a Jihoon. 

—¿No piensas apartarte? 

Era el mismo hombre que lo había arrojado como un pedazo de carne a una jauría de perros y se había limitado a observar. Que ahora bajara la voz, fingiendo ternura, le daba náuseas. 

Pero lo que más asco le provocaba era notar que, recién despertado, el miembro de Heon había crecido de forma aterradora, presionando justo entre sus nalgas. 

—Sigue vibrando… Seguro tu agujero todavía está palpitando. 

—Cállate y aléjate. 

—¿Por qué está tan mojado? 

—¡Ugh! 

Heon frotó su entrepierna contra las nalgas de Jihoon. Cuanto más aumentaba la fricción, más le parecía a Jihoon que el huevo se hundía más adentro, haciendo que le temblara la mandíbula. 

—Aléjate, dije. 

—¿Quieres que te ayude si lo estás pasando mal? 

—¡Todo esto es tu culpa…! 

Jihoon esperaba que Heon sacara el huevo, pero sus gruesas manos se dirigieron a la entrepierna de Jihoon. 

—¿Q-qué estás haciendo? ¡Quita las manos! 

Pero antes de que pudiera detenerlo, Heon ya había tomado su erección con una mano y comenzó a masajearla. El calor de su palma se transmitió al miembro, haciendo que la visión de Jihoon se nublara, obligándolo a cerrar los ojos. 

Heon apretó con fuerza, como si quisiera reventarlo. 

—Hng… 

Pero más que el dolor, lo que lo repelía era la temperatura de esa mano enorme y la presión que ejercía.

—¡Quítala!

Jihoon intentó arrancársela, pero la diferencia de fuerza era evidente, haciendo que frunciera el ceño. Estaba tan furioso que le dieron ganas de llorar. 

El Jihoon de antes jamás habría pensado en llorar de esta manera. 

Frialdad en el pecho, y la mente aún más fría.

Esa había sido su convicción en el trabajo, actuar como un niño quejumbroso o perder el control no encajaba con su naturaleza racional. 

Pero su mente, arrinconada, reaccionó de la manera más primitiva. Era como si hubiera retrocedido a los tres años, estaba exhausto. 

Mientras Jihoon luchaba inútilmente, Heon movía su miembro con deliberada lentitud, como si disfrutara de su desesperación. 

Chof, chof.

El líquido preseminal brotaba con franqueza del glande. 

—¿Por qué estás tan caliente? ¿Ya estás excitado? 

—C-cállate, tus manos están frías. 

Jihoon aprendía rápido. Su cuerpo, ya adiestrado, se encendía por sí solo, preparándose para el placer aunque él no lo quisiera. Sabía demasiado bien qué clase de éxtasis lo dominaría cuando su miembro estuviera erecto y eyaculara en chorros. Ahora era como si su cuerpo absorbiera y aceptara el placer antes que su mente. 

Intentó concentrarse en otra cosa. Pero el enorme miembro de Heon seguía frotándose entre sus nalgas, y su mano azotaba el pene de Jihoon, desatando oleadas de placer. Sus labios se pegaban a la oreja, luego a la punta, después a la nuca, lamiendo y succionando cada centímetro de piel.

—Hng… Hmmm…

—Me pica… me pica el agujero…

El ano de Jihoon había sido penetrado y sacudido sin descanso, día tras día, por consoladores. Sus paredes, ya hipersensibles, enviaban señales eléctricas al menor roce. Y, como siempre, la sensación se extendía hasta lo más profundo, haciendo que el orificio se abriera obscenamente, tragándose el juguete.

Los bastardos susurraban que Jihoon era un puto de nacimiento.

Y aunque lo sabía, no podía controlar cómo su cuerpo se entregaba.

Su carne había aprendido a desechar las cicatrices del abuso.

Le venía a la mente, como un hábito, la sensación de ser rellenado hasta el tope. Y en ese instante, imaginó algo peor: la polla de Heon, más gruesa, dura y enorme que cualquier consolador, perforándolo.

—¡Hahk!

Jihoon lo empujó como si le hubiera caído un rayo y se arrastró hacia la esquina.

¿Qué demonios estoy pensando?

Pero pronto lo agarraron del tobillo y lo arrastraron de vuelta. Como parte de un ritual, le arrancaron los pantalones. Jihoon intentó sujetar su ropa interior, sacudiendo la cabeza, pero su fuerza ya no era la de antes.

—¿No quieres venirte?

Heon sonrió, mostrando el líquido preseminal pegajoso entre sus dedos. Era cierto: cada vez que su mano áspera frotaba su miembro, el placer lo hacía gemir sin control.

—No, así que vete al diablo.

Pero su boca lo traicionaba. Heon solo torció los labios, burlón, y con facilidad rasgó la ropa interior de Jihoon.

—Que te vayas al… ¡Hahp!

Heon mordió su pene como un perro que sujeta a su presa por el cuello, zarandeándolo. Pero no era un dolor desgarrador, sino un juego travieso, casi de cachorro.

Cada vez que el pelo de Heon rozaba su vientre, Jihoon sentía un cosquilleo insoportable. Cuando intentó rascarse, Heon atrapó sus manos y las inmovilizó.

—Ah… ah, no lo hagas… no me chupes… Ugh…

Los labios de Heon succionaban con fuerza, llevándolo al borde rápidamente. No quería correrse. Aunque la presión era monstruosa, la lengua que lamía alrededor era dulce como algodón de azúcar, haciendo que su cuerpo temblara sin permiso.

Me pica… Me pica tanto el culo que podría volverme loco.

¿Cuándo se había convertido en este cuerpo obsceno? ¿Cuándo se había vuelto tan bajo, tan sucio, que anhelaba ser rellenado?

Pero antes de que el auto-desprecio lo alcanzara, jadeó. Una lengua suave comenzó a lamer sus testículos con delicadeza. Era increíblemente cálida, húmeda, incluso cariñosa. O al menos, así lo sentía Jihoon. Heon los lamía desde abajo, luego los mordisqueaba con los labios.

—Hnnn…

Los trató como huevos frágiles, chupándolos y escupiéndolos lentamente.

Pronto brillaron bajo su saliva. Jihoon olvidó maldecir, olvidó empujarlo, y solo quedó con los ojos desorbitados, mirando al techo. Su pecho se agitaba, entregado al éxtasis que Heon le daba.

Entonces, Heon volvió a tomar su pene y movió la cabeza arriba y abajo. Se lo tragó entero, hasta la base, luego lo apretó y lo sacó. Jihoon se estremeció como si le diera un calambre.

Heon, que lo observaba con una sonrisa, aceleró el ritmo. La fuerza y la velocidad lo dejaron sin aliento, arqueándose sin control, sacudiendo las piernas.

—¡Hah! ¡Hah! ¡Ahh!

El semen se acumulaba en la punta. No quería correrse, pero sentía que moriría si no lo hacía. La comezón en su ano ahora era agonizante. Ni siquiera tener la polla siendo devorada era suficiente; su vientre ardía.

—¡Ugh! ¡Ah! ¡V-Voy a…!

Justo cuando Jihoon echó la cabeza hacia atrás, a punto de explotar, los movimientos se detuvieron.

—… Hah… Hah…

Jihoon, al borde del orgasmo, lo miró horrorizado. Un poco más… Pero se había quedado ahí.

—¿Q-Qué… qué mierda haces?

Sin querer, terminó reprochándole.

—Estoy cansado.

Con un rostro que no parecía cansado en absoluto, Heon torció los labios en una sonrisa. Luego, dio la espalda y dejó de moverse, como si hubiera caído dormido al instante.

—Jajaja.

Jihoon seguía suspirando, abrumado por la frustración. El deseo no satisfecho lo atenazaba por completo, dstaba al borde de la locura. Su agujero vacío se contraía con ansia, y su polla, goteando, parecía a punto de explotar.

Podría haberse masturbado para aliviarse, pero Jihoon ya había perdido la cabeza. No era suficiente. Su lujuria, arrinconada al borde del precipicio, le gritaba que solo eso no bastaría, que moriría si no obtenía más. Agarró el cuerpo de Heon, lo volteó bruscamente hacia él y se subió encima.

—…¿Qué estás haciendo?

Aunque Heon frunció el rostro con fastidio, Jihoon lo sabía: esa sonrisa burlona era la de un vencedor. A la mierda, ganar o perder no importaba ahora. Todo su ser ardía en el deseo de saciar su lujuria.

—¿Qué voy a hacer? Usarte como un maldito dildo humano. ¿No es para esto que has estado provocándome con tu cuerpo todo este tiempo?

Heon observó con calma cómo Jihoon le bajaba los pantalones. Su erección, imponente como siempre, era imposible de ignorar.

—Métemela ya, maldito.

—…¿Por qué habría de hacerlo?

—¡Mierda! ¡Es lo que quieres, ¿no?! ¡Ugh!

¡Bang!

Pero Jihoon fue lanzado hacia atrás por una patada de Heon en el bajo vientre, deteniéndose solo al chocar contra el armario. Jihoon se agarró el estómago, tosiendo con violencia.

—Maldito, sin modales ni educación. Con esa cara, al menos podrías hablar con respeto, ¿no?

Lo que Jihoon debía decirle a Heon no era una orden arrogante, sino una súplica humilde.

—¿No tienes nada que decirme?

El dolor en su vientre solo avivó su furia. Jihoon tuvo que renunciar a su dignidad. Ya no podía-ni quería-contener el deseo que lo consumía. Finalmente, cayó de rodillas ante Heon y escupió las palabras que este quería oír, como si escupiera sangre:

—Llé… lléname el culo.

—¿Con qué, maldito?

—…Con tu… tu polla…

—“Por favor” ¿Te lo comiste o qué?

—… Por favor.

Pero Heon, aún insatisfecho, agarró una almohada y la arrojó mientras gritaba:

—¡”¡Lléeeenamee el cuuulooo!” ¡Carajo! ¿Te cortaron la lengua?

—¡LI-Llé… llénemelo… p-por favor…!

Solo entonces, como si su ira hubiera menguado un poco, Heon se pasó una mano por la barbilla.

—Date la vuelta y ponte a cuatro patas, y abre bien ese agujero para que te lo tragues entero.

Las palabras de Jihoon de que jamás abriría las piernas por su cuenta no fueron más que bravuconadas inútiles. Una vana promesa rota en solo unos días.

Jihoon se dio la vuelta y, apoyado en cuatro patas, comenzó a separar sus nalgas con ambas manos. Pero su agujero era estrecho. Al ver que no se abría como esperaba, frunció el ceño, frustrado.

—¡Haaah!

—¡Cabrón, qué lento eres!

Jihoon apretó los dedos con más fuerza, forzando el agujero hasta casi desgarrarlo, y cerró los ojos con fuerza.

El aire frío que entró en su interior le erizó la piel. Cuando su rojizo orificio se contrajo, exponiendo su interior, Heon sonrió satisfecho.

—Como has obedecido, te daré un premio. Te abriré un agujero hasta la boca con mi polla.

Heon miró con avidez el orificio que pronto albergaría su miembro. En su vida, casi nunca había tenido que contenerse, y menos aún había tenido motivos para hacerlo.

Pero cuánto había tenido que aguantar para domar a Jihoon, que se comportaba con la altivez de un gato. ¿Había deseado algo tanto como esto?

Metió la mano en el interior rojizo que se abría lentamente y arrancó el huevo de un tirón. No tenía paciencia para observarlo como un sádico, relamiéndose.

¡Slurp! ¡Ugh!

La polla de Heon no se comparaba con ningún dildo que hubiera usado antes. ¡Plop! ¡Plop, plop! Cuando el glande abrió el agujero por primera vez, se escuchó un sonido desgarrador. Jihoon no pudo evitar temblar, con la lengua fuera. La sensación de que su agujero sangraba lo hizo volverse, horrorizado.

¡Splash! ¡Slap! ¡Slap!

¡Ugh! ¡Ah! ¡Ah! 

Antes de que pudiera girar la cabeza por completo, la penetración ya había comenzado. Los movimientos de cadera de Heon eran urgentes y frenéticos. Jihoon, quien lo recibía, ya había perdido la razón entre el dolor indescriptible y un placer aún mayor que lo inundaba de deleite. 

Al ver a Jihoon con los ojos en blanco y la lengua fuera, Heon no podía contener su satisfacción al tener bajo su dominio a aquel objetivo que antes se había comportado con tanta arrogancia, ahora gimiendo sumiso. 

¡Jadeo! ¡Ah! ¡Jadeo! 

No necesitaban lubricante para facilitar el movimiento entre sus cuerpos ya ardientes. El interior de Jihoon absorbía su miembro con avidez, como si estuviera sediento, y cada vez que las paredes se contraían alrededor de su erección, esta golpeaba con furia en lo más profundo. 

¡Chasquido! ¡Clap! ¡Clap! ¡Chasquido! 

—¡Hah! ¡D-demasiado profundo! ¡Si entras así…! 

La parte inferior de Heon se expandió aún más dentro de Jihoon. Cada vez que su miembro, enterrado hasta la base, golpeaba y rozaba cada rincón interior, Jihoon no podía evitar gemir sin control. 

Jihoon, boca abajo, apretó los puños y movió las caderas como si quisiera tragarse por completo su miembro. 

—¡Mmm! ¡Ugh! ¡Ah! 

¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! ¡Chasquido! 

Era la primera vez que el sexo lo hacía sentir al borde de la locura. Con cada embestida desde atrás, Jihoon sentía cómo su conciencia se desvanecía poco a poco. Arrastrado por las olas del placer, estaba seguro de que moriría ahogado en el mar del orgasmo antes de desmayarse. 

Jihoon miró hacia atrás. De pronto, sintió curiosidad por saber qué expresión tendría el hombre que lo estaba penetrando. 

—…….

Heon estaba semidesnudo. Sobre su torso, algo negro y vibrante se arrastraba sobre sus músculos. ¿Eran venas gruesas? No, eran serpientes. Las serpientes que descansaban sobre sus hombros y pecho movían sus lenguas como si estuvieran a punto de devorar a su dueño. 

Cada vez que sus músculos se tensaban de manera intimidante, las serpientes cobraban vida. El sudor corría por los valles de su torso marcado. Una serpiente negra se extendía sobre su pecho y su brazo izquierdo, donde florecían flores rojas como cicatrices. 

La luz de la luna que se filtraba por la pequeña ventana parecía iluminarlo solo a él. La luna blanca, las serpientes negras, las flores rojas y su respiración agitada se mezclaban con la noche. Jihoon quedó impactado una vez más por la belleza que emanaba de aquel chico peligroso. 

Ese impacto se transmitió directamente a las paredes de su interior, que masticaban el miembro de Heon con obscenidad. Como si no pudieran resistir el placer, lo devoraban con cada embestida y, cuando intentaba retirarse, lo apretaban con fuerza para impedírselo. 

—Ja, maldita sea. Con un agujero como este, ¿cómo es que no abres más las piernas? 

Heon se burló, pero incluso él sentía una intensidad en cada movimiento que nunca antes había experimentado. Una sensación de peligro surgió en él: si seguía así, solo querría este agujero y ningún otro. 

Todo había comenzado como un intento de dominar a ese chico arrogante. No había significado alguno, ni siquiera un deseo frenético por el cuerpo de ese maldito abogado. Solo había sido por fastidiarlo. 

Pero ahora, el interior de Jihoon era tan dulce y delicioso que, sin darse cuenta, movía sus caderas sin control. Cuanto más lo poseía, más lo deseaba, hasta el punto de la locura. 

Como si hubiera caído en su propia trampa, Heon apretó los dientes, confundido. Pero ni siquiera eso podía detener sus embestidas. 

Parecía que ninguno de los dos podría dormir esa noche. 

 

 

 

 

 

3. Tiempo de que el veneno se extienda

 

—Oye, cocina. Dale uno más a este.

Los miércoles se servía comida especial. El plato de hoy era pasta de tomate con kétchup y una mini hamburguesa con un filete del que circulaba el rumor de que se hacía con cabezas de pollo molidas. A diferencia de lo que decía, Heon tomó con sus grandes manos dos mini hamburguesas y las puso en la bandeja de Jihoon.

El prisionero que estaba sirviendo la comida no pudo decir nada y solo observó la cantidad que aquel tomaba. Si cada uno se llevaba uno o dos de más, los del grupo de cocina que comían lo que quedaba después del reparto se quedaban sin nada.

Era solo un filete de carne molida con kétchup, mayonesa, un poco de repollo rallado y unos pepinillos, pero como solo se servía en ocasiones especiales, los presos solían pelearse por una sola hamburguesa.

Jihoon no tenía el más mínimo deseo de comerse tres hamburguesas que sabían a cabeza de pollo.

—No necesito…

—Coño, si te digo que te lo tragues, solo trágatelo.

Jihoon iba a volver a dejar la hamburguesa sobre la bandeja, pero su mano se detuvo. Reprimió una maldición entre dientes.

Desde aquel día, muchas cosas habían cambiado. Desde el momento en que se ofreció por detrás y fue sometido por Heon, Jihoon se convirtió oficialmente en el amante, pareja, querido o incluso prostituto de Baek Heon.

El grupo que solía rodear a Heon ahora tenía que observarlos desde más lejos. Sooha, quien siempre estaba a la izquierda de Heon y tenía una cicatriz larga en la mejilla, ya no podía ocupar ese lugar. Mezclado entre el grupo apartado, se mordía los labios con fuerza. Cada vez que lo hacía, la cicatriz en su mejilla se deformaba aún más grotescamente.

El sabor del poder era dulce, pero el de la sumisión lo era aún más. Hasta entonces, Jihoon había estado por debajo incluso de los gusanos. Más exactamente, debajo de las uñas de los pies. Habiendo rodado humillantemente en esa posición, ascendió de golpe a estar al lado de Baek Heon.

Hasta ese momento, cualquiera podía usarlo como si fuera un juguete público. Pero ahora tenía dueño. Y si ese dueño era alguien sin enemigos en este lugar, el derecho de posesión se volvía aún más fuerte. Heon se encargó de redefinir su relación frente a todos los insectos.

Jihoon se sentía avergonzado por ocupar esa posición, sentía que había confesado su pecado de abrirse por voluntad propia frente a esa basura y no podía levantar la cabeza.

—Oye, cocina. Haz tres huevos fritos y tráelos, dos son para él.

Jihoon no podía alzar el rostro enrojecido y solo miraba su bandeja. Como resultado de haber entregado su cuerpo voluntariamente a Heon, ahora recibía esas pequeñas recompensas. Una humillación continua que sentía como si le estuvieran abriendo el trasero frente a la multitud.

—¿Cómo los prefieres?

—No los necesito.

—Te estoy preguntando si los quieres blandos o bien cocidos.

—He dicho que no los necesito.

—¿Ah, quieres que te reviente a golpes?

—…Blandos.

Hijo de puta. En cuanto Jihoon respondió, los cocineros presos se apresuraron a moverse. Jihoon reprimía la ira que lo invadía mientras le temblaban las manos. Heon lanzó una mirada fugaz a sus manos y luego habló con Sooha, que estaba de pie frente a Jihoon.

—Oye, cicatriz. Lleva su bandeja.

—¿Eh?

—¿Qué?

—Nuestro príncipe dice que la bandeja le pesa, imbécil.

El silencio se apoderó del lugar. Incluso los que ya estaban comiendo dejaron de mover los palillos y giraron los ojos hacia el lugar donde estaba el “príncipe”.

Baek Heon estaba siendo cruel a propósito, era su ceremonia de victoria y el botín que se había llevado. En un lugar donde lo material no tenía valor, el trofeo que se había adjudicado era el orgullo. El orgullo de un hombre que una vez se jactó de su nobleza por atrapar criminales.

El hombre con la cicatriz en la mejilla tomó la bandeja de Jihoon. Esta vez, Jihoon no logró detenerlo tampoco. Pero, en esta ocasión, al menos levantó la cabeza y fulminó a Heon con la mirada, aunque este solo hizo un movimiento de boca como si mascara chicle. Luego chasqueó la lengua con un solo ojo cerrado. Clack.

Jihoon, una vez más, estaba al lado de Heon. Hasta entonces, Heon no lo había tenido a su lado salvo cuando le daba clases “corporales”. No, incluso entonces, las manos sucias que lo tocaban eran siempre las de sus subordinados, mientras él permanecía lejos y solo movía un dedo.

Pero ahora, Jihoon tenía que disfrutar forzosamente de los privilegios que Heon le ofrecía.

Apenas se sentó, le trajeron una bandeja, cuchara y palillos preparados de antemano.

—Que aproveche, princesa.

—…Maldito bastardo.

Jihoon, convertido en la preciosa princesa de la prisión, se llevó la cuchara a la boca y empezó a tomar sopa en silencio. Parecía escuchar risas y susurros por todos lados, pero debía cerrar los oídos y aguantar. A su lado, Heon lo observaba con la barbilla apoyada en la mano, como si mirara un espectáculo.

—¿Está rico?

—Sabe horrible.

—¡Oigan, cocineros, salgan todos de aquí…!

—¡Dije que está rico, carajo!

Sentía que iba a vomitar. Todos en ese lugar estaban pendientes de lo que comía, lo que decía y qué expresión ponía. Todo era por culpa de Baek Heon, que reinaba como monarca en aquel sitio. Cada gesto del hombre que se convirtió de la noche a la mañana en la concubina del rey, era una fuente de entretenimiento en esa rutina monótona.

Durante la hora de ejercicio, Jihoon tenía que soportar la humillación de sentarse en el regazo de Heon. Bajo sus nalgas, el miembro de Baek Heon se movía sin descanso, como si en cualquier momento fuera a atravesar la tela y penetrarlo. Heon lo abrazaba por detrás, besando cada lugar que tocaban sus labios, dejando saliva por todas partes.

Después de calentarse así durante todo el ejercicio, volvían a la celda, lo tumbaba y se montaba encima. Cada día volvía a meterle su pesada porra en ese agujero ensanchado y lo movía con destreza. Como si no se cansara de hacerlo nunca, lo devoraba con una nueva sensación y un nuevo sabor cada vez.

Durante la hora de secado, otros presos se turnaban para encargarse de su ropa. Aunque él decía que podía hacerlo, nunca se lo permitían. Lo trataban como si fuera una princesa tan frágil que podrían romperla o que saldría volando con el viento, Jihoon no podía mover ni un dedo.

Su único deber era quitarse los pantalones a escondidas de los guardias y quedarse de pie en un rincón apartado. Mientras Heon volvía a empujarlo por detrás en ese agujero que acababa de ser usado, Jihoon se apoyaba en la pared y reprimía los gemidos.

Por dentro, solo esperaba el día en que pudiera hacer estallar esas dos bolas del malnacido.

 

 

 

 

 

 

—¿No crees que el hermano mayor Wang últimamente se está pasando?

El tigre tatuado y encogido sacudió una manta con fuerza antes de tenderla en el tendedero, mientras miraba alrededor. El tipo panzón sacó al mismo tiempo su barriga y su hocico, refunfuñando.

—Cállate, abuelo, te van a oír.

—Mierda, si quieren oír que oigan. Es un hecho que últimamente está obsesionado con el agujero de ese fiscal enclenque y nos está descuidando.

—Tienes razón, ese maldito fiscal de cara bonita... Ya era hora de que alguien se lo cogiera, joder.

—Yo también tengo cuentas pendientes con ese hijo de puta. Ni tres días y tres noches enteros follándomelo serían suficientes, pero en vez de eso solo se la pasa chupándole la polla, mierda.

El tipo que sacudía la manta de Jihoon, llena de semen, rechinó los dientes.

—Uff, al final hasta le va a chupar los calzoncillos a ese cabrón.

—Oye, si solo fueran los calzoncillos sería un alivio. Nosotros al menos podemos aceptarlo, pero el hermano Kalbbang, que siempre fue el brazo izquierdo, ahora tuvo que ceder su lugar a un prostituto y se la pasa vigilando mientras le mama la polla. Je, je, je.

—Ji, ji, ji. ¡Jía! Qué suerte tiene el hermano Kalbbang, vigilando y disfrutando del espectáculo de una mamada.

—Uuh.

El panzón, con una barriga del tamaño del monte Namsan, golpeó con el codo al tigre tatuado. Al otro lado, Kalbbang se acercaba con el ceño fruncido.

—Oye, chúpala.

Lo que cayó frente a ellos era, sin duda, una ropa interior empapada de semen pegajoso.

—H-Hermano, esto es...

Kalbbang, incapaz de contener su furia, se agachó y comenzó a tirarse de los pelos. Aunque era un matón que en el exterior se hacía respetar a puñetazos, aquí lo humillaban obligándolo a chupar la ropa interior de un prostituto.

—¡Hijo de puta! Después de todo lo que he vivido, ¿ahora tengo que chupar los calzoncillos llenos de semen de un maldito prostituto? ¡Todo por culpa de ese cabrón! ¡Arrggh!

Kalbbang golpeó el suelo con los puños. ¡Aaaah!

—¡Mierda! ¡Duele, joder!

Eso solo lo enfureció más. Saltaba como si le hubieran prendido fuego al trasero, con los ojos inyectados de sangre como un loco.

—¡Hijo de puta! ¡Enfermo mental, obsesionado con el culo de un hombre!

El panzón y el tigre tatuado miraron rápidamente a los lados, preocupados de que alguien los escuchara. No se atrevían a calmar a Kalbbang, que seguía despotricando fuera de control.

—Oye, maldita sea. ¿Ustedes no piensan lo mismo?

—¿Q-Qué cosa, hermano?

—Ese cabrón de la víbora.

—¡Hiik!

Por el enorme tatuaje de una serpiente que le cubría los hombros y el brazo izquierdo, Baek Heon era conocido en secreto como "la Víbora".

Baek Heon de la facción Cheongsan no era alguien cuyo nombre cualquier matón pudiera tomar a la ligera. Entre ellos, era una regla no escrita no mencionarlo así. Al ver que Kalbbang había cruzado esa línea tan fácilmente, los otros dos movieron los ojos nerviosos, sintiendo que ya eran cómplices solo por escuchar esos insultos.

—¿Cómo diablos vamos a mantener el respeto si el jefe actúa así?

—H-Hyung…

—¡Maldición! ¿No es patético que se deje manipular por un exfiscal de mierda y le entregue hasta el hígado y la vesícula?

La verdad era que ellos también tenían sus quejas. Seol Jihoon no era cualquier persona: era un fiscal conocido por su aversión hacia los criminales, tanto que muchos en la prisión esperaban con ansias su llegada.

Pero en vez de vengarse, ahora tenían que chupar su ropa interior, limpiar su celda, servirle comida cuando estaba enfermo… En lugar de venganza, se habían convertido en sus sirvientes.

Y lo peor era que su jefe, a quien respetaban, había perdido el juicio por el trasero de ese tipo. Para unos matones que vivían y morían por su orgullo, era una humillación insoportable.

—B-Bueno, es que si el hermano mayor Wang lo quiere tanto, ¿qué podemos hacer?

—¿Qué podemos hacer? Lo eliminamos y listo.

—¡H-Hyung!

Quedaron pasmados, como si hubieran descubierto a un traidor.

—¿Y q-qué pasa si nos descubren?

—¿Acaso soy idiota? Le echamos la culpa a otro. ¿O acaso sus cerebros son solo decoración?

—¿C-Cómo lo haría?

El panzón contuvo la respiración, nervioso. La manta manchada de semen se agitó con el viento, parecía un buen día para secar la ropa.

-—Park Pildoo saldrá pronto del calabozo.

—¿Ya olvidaste que entró por reventarle el culo a otro?

—Pero el fiscal está bajo la protección del hermano mayor Wang…

—¿Desde cuándo a ese imbécil le importa eso? Espérenme. Si lo planeamos bien, podemos mandar al prostituto al otro barrio.

El panzón y el tigre tatuado se miraron. Definitivamente, un tipo con cicatrices de cuchillo piensa diferente. No somos como esos gángsters callejeros, somos de otro nivel.

Tragaron saliva con un sonido seco. ¿Realmente podrían alterar la paz de este lugar, mantenida por una fuerza aplastante? Sus ojos brillaron, mitad curiosidad, mitad miedo.

 

 

Jihoon, que estaba doblando mascarillas y metiéndolas en bolsas de plástico transparentes, levantó la cabeza.

—¿Por qué me miras tanto?

Jihoon contuvo con dificultad un “maldita sea, este tipo otra vez” mientras miraba a su alrededor. Todos tenían la nariz pegada a sus escritorios, concentrados en el trabajo de la prisión. Jihoon se había apuntado al programa de trabajo externo de la fábrica. Hoy le tocaba empaquetar mascarillas, metiendo un número determinado en bolsas de plástico transparentes.

—Además, tú ni siquiera trabajas normalmente. ¿Para qué saliste?

—A partir de hoy me toca hacer esto, ¿no?

Heon agarró la punta de la cinta de una mascarilla y la dejó caer de golpe. Aunque nadie lo diría viéndolo, Heon llevaba 30 minutos sentado al lado de Jihoon, haciendo solo el amago de trabajar.

Si no salía al trabajo externo, Jihoon estaba condenado a pasar todo el día en su celda masticando amargura, así que cualquier tarea que le permitiera arrastrarse fuera de allí le parecía un alivio, por mínimo que fuera.

—¿No te aburres? Llevas 30 minutos haciendo solo esto.

Jihoon tuvo ganas de responder: ¿Y tú no te aburres de masticar amargura todos los días? Pero no quiso ni dejarle pensar en la palabra “masticar”, así que se mordió el labio e ignoró el comentario.

—Si te aburres, podrías no hacerlo.

—El trabajo es aburrido, pero mirar la cara de nuestro querido recluso no me cansa para nada.

—Vete a la mierda.

Heon, irritado por la respuesta de Jihoon, apoyó su hombro izquierdo en el respaldo de la silla y miró hacia atrás. Luego, le gritó a un hombre que estaba manipulando bolsas de plástico con ruido.

—¡Oye!

—¿Eh? ¿Sí?

—Termina tú esto.

—¿Cómo? Pero si ya estoy haciendo lo del señor…

—¡Joder, maldito parásito que no tiene nada más que tiempo! ¿Estás ocupado? ¿Eh? ¿Estás ocupado?

Un guardia de la prisión intentó asomarse para ver qué pasaba, pero al cruzarse con la mirada de Heon, retrocedió de inmediato.

—Uff. Yo lo haré todo, así que no toques nada, mi trabajo lo hago yo. Por favor, basta ya.

Corrían rumores de que Heon asignaba su propio trabajo a otros reclusos, generando un descontento generalizado.

Para alguien que había pasado gran parte de su vida dando órdenes, esas quejas probablemente ni le picaban los oídos, pero Jihoon era diferente.

Si no cumplía con su parte asignada, inevitablemente se sentía incómodo. Además, si su falta de trabajo aumentaba la carga de otros, le resultaba aún más difícil aceptarlo. Y esas quejas nunca iban dirigidas hacia arriba.

El trato injusto, alimentado por el resentimiento, siempre caería sobre él. Por ahora, el descontento reprimido bajo la protección de Heon permanecía contenido, pero el día que su favor desapareciera, estallaría de golpe.

Jihoon temía más a la jauría de perros astutos ocultando colmillos y garras afiladas bajo su fachada, que al león caprichoso que constantemente exigía satisfacción.

Heon se pasó la mano por su frente tan bien formada- varias veces antes de levantarse. Luego, con un movimiento del brazo, barrió las miles de mascarillas asignadas a Jihoon, esparciéndolas por el suelo.

—….

—Oye, ven a recogerlas.

Heon no estaba enfadado con Jihoon. Cuando Jihoon no le obedecía, su ira caía sobre cualquiera que tuviera a mano. Agarrar a alguien por el cuello, gritar, ponerse violento… El chiste de que “el perro que pasaba por ahí era el más inocente” ya no daba gracia.

—….

Al final, el tipo sentado atrás se levantó y empezó a recoger las mascarillas del suelo. La cicatriz que le cruzaba la cara se contrajo. Al principio, Heon había metido a ese apuñalador en el trabajo externo precisamente para que hiciera el trabajo de Jihoon.

La nuca del apuñalador, cubierta de un vello inquietante, se veía espeluznante.

Jihoon no tuvo más remedio que quedarse sentado, inmóvil. Sabía que si empezaba a recoger las mascarillas, Heon, con su puto carácter, tiraría todas las mascarillas del taller.

—Tú, levántate y ven conmigo.

La norma de no abandonar el puesto de trabajo durante el turno siempre había tenido una excepción: una persona. Ahora había una más. Jihoon se levantó lentamente para seguir a Heon. El tiempo, que parecía no querer avanzar, y el deseo de Heon, que parecía no tener fin, le daban arcadas.

 

 

 

 

A diferencia de lo que uno pensaría al ser arrastrado de vuelta a la habitación, el lugar al que Heon llevó a Jihoon fue un invernadero de plástico para jardinería. Aunque era una estación fría, el interior del invernadero mantenía una temperatura constante, por lo que no hacía frío incluso vistiendo solo un uniforme delgado.

—…¿Qué es esto?

—Nuestro señor fiscal, siempre rodeado de tipos grises, debe tener los ojos cansados. Pensé en traerlo a un lugar bonito.

Era un jardín comunitario gestionado por la prisión. Parte de un programa terapéutico para la salud mental y la estabilidad emocional de los reclusos, este lugar también requería permisos especiales para acceder. Debido a la alta demanda, era casi imposible conseguir un turno, y las solicitudes adicionales ni siquiera se aceptaban.

Dentro del invernadero no había nadie. Seguramente lo habían vaciado a propósito, nada escapaba al control de Heon.

—Ver tu cara es lo que más me cansa.

—Mierda, menosprecias mi esfuerzo, ¿eh?

Heon, contrariado, se rascó la nuca con fastidio. ¿Acaso quería imitar algo parecido a una cita?

Jihoon solo estaba exhausto, podía ignorar por completo la supuesta “consideración” de traerlo aquí. Pero quedarse quieto no aliviaba su fatiga, así que giró lentamente la cabeza.

Era un invernadero modesto. Geranios en pequeños maceteros, con colores blancos, rosados y rojos, crecían bajo la luz, mientras las suculentas, plantadas en arena, lucían regordetas y llenas de agua.

Nunca había prestado atención a los nombres de las flores. Entre el trabajo diario, los documentos y los criminales, ni siquiera notaba cuándo las plantas de su ventana se secaban. Siempre en el mismo lugar, marchitas y amarillentas, hasta que algún funcionario las retiraba y las reemplazaba. Para Jihoon, las plantas eran solo objetos estáticos, mudos.

—Maldición, ¿no te gustan las flores?

Como si esperara que Jihoon se conmoviera al traerlo aquí, Heon refunfuñó y fingió patear una maceta de suculentas en el suelo. Que solo hiciera el gesto, sin llegar a hacerlo de verdad, fue una sorpresa.

—Nunca me han interesado mucho…

—¿Cómo puede no gustarte las flores si eres tan bonito como una?

Heon cruzó los brazos y golpeó el suelo de tierra con la punta del zapato.

—…¿Qué?

—Si solo te gusta lo bonito, ¿no es porque tú también lo eres?

—…Entonces, ¿qué miraste tú toda tu vida para terminar como un maldito salvaje?

Jihoon ni siquiera pudo reír, estupefacto.

—Yo nunca conocí lo bonito hasta ahora, por eso.

—¿Y por qué nunca lo conociste?

—Joder, si te hubiera conocido antes, ¿qué iba a hacer, eh?

—Quizá, solo quizá, si te hubiera visto un poco antes, no habría cometido crímenes.

—Si me hubieras visto antes, solo habrías cometido tus crímenes antes.

Jihoon frunció el ceño ante las palabras absurdas de Heon, como si hubiera comido algo raro. Heon, con los brazos aún cruzados, se inclinó hacia él, acercando su rostro hasta casi rozarle la nariz.

—Ah, mierda. Si te hubiera conocido antes, no te habría dejado ser fiscal. Te habría tomado como mi esposa.

—…Deja de decir estupideces y vete al diablo.

No había romance posible entre ellos, no después de que Heon lo hubiera arrastrado al abismo, obligándolo a abrirse de piernas en el fondo más bajo. Pero él tampoco hablaba en serio, limitándose a reír con frivolidad.

—No esperaba que te gustara, pero… muy propio de usted, señor fiscal.

—Si lo sabes, deja de decir tonterías.

—Aún así, es lo más romántico que puede ofrecer este infierno.

—¿Atarme, chuparme la verga y clavarme un dildo es tu idea de romance?

—Esa es mi forma de reclamar propiedad.

Jihoon ya no quería hablar con él. Eran de mundos distintos, incapaces de comunicarse incluso usando el mismo idioma. Todo era una pérdida de tiempo, y eso lo irritaba profundamente. Dio media vuelta y caminó hacia la entrada.

No valía la pena hablar con un maldito hijo de perra como él.

—¡Oye, fiscal! ¡Espera!

Oyó pasos apresurados detrás de él.

Heon se plantó frente a Jihoon con los brazos abiertos, llevando en la boca un geranio rojo recién arrancado.

Con descaro, lo colocó en la oreja izquierda de Jihoon. Era experto en sacar de quicio a la gente, y sus locuras no conocían la vergüenza.

—Malnacido de mierda.

Jihoon arrancó la flor y la tiró al suelo, no fue suficiente: la pisoteó hasta aplastarla por completo.

—¿Eh?

Entonces, Heon, que había estado observando en silencio, hurgó en el bolsillo de su uniforme de preso. De allí sacó una flor blanca de geranio. Volvió a colocarla detrás de la oreja derecha de Jihoon.

—Si hubieras cooperado desde el principio, habría sido mejor. A mí también casi se me parte el alma, joder.

Era algo para que hasta un perro que pasara se echara a reír.

—Hijo de puta, aun así hasta el final…

—Yo no pido disculpas.

—Se te nota.

—Es que nunca lo he hecho.

Nunca había tenido motivos para hacerlo. Baek Heon sonrió de forma enigmática, con un gesto cuya intención era difícil de descifrar.

Tenía sentido. Ese desgraciado, en lugar de pedirle perdón a alguien, seguramente preferiría matarlo.

Jihoon volvió a arrojar la flor con desprecio. Esta vez también intentó aplastarla con el pie, pero Heon se arrodilló de un solo lado y rescató la flor justo antes de que fuera pisada. Huhuhu. Sacudió la tierra que se había pegado a los pétalos y volvió a colocarla detrás de su oreja izquierda.

—Nuestro querido fiscal también dijo que no se disculpaba, ¿recuerdas?

—A ti ni te lo debo.

—Entonces espera otra cosa, ¿no hay nada que quieras recibir?

—No quiero recibir nada de ti.

—¿Por qué?

—Porque me repugnas.

No esperaba -ni quería esperar- cosas como recibir un chorro de semen, que le hiciera una mamada excepcional o que, mientras usaba a otros, le diera un poco de comodidad a su cuerpo.

Lo que más deseaba en ese momento era que Heon desapareciera de su vista. O, más que eso, salir de allí lo antes posible, limpiar su nombre y volver a ser Seol Jihoon en el mundo donde solía vivir.

Nada más le importaba.

—…Cuando el fiscal quiere algo, ¿qué hace para conseguirlo?

Como un perrito curioso, Heon ladeó la cabeza mientras preguntaba.

—Lo intento conseguir, y si no puedo, lo dejo ir.

—¿Por qué lo dejas?

—Porque las personas no pueden tenerlo todo, joder. A tipos como tú, que lo obtienen todo a la fuerza, golpeando o matando, se les llama criminales.

—Yo siempre he conseguido lo que quería de esa forma.

Baek Heon continuó con voz baja, en un tono mucho más sereno. El tono juguetón que había tenido antes se desvaneció junto con la expresión de su rostro.

—Nunca he pensado que estuviera mal.

—Se te nota.

—Por eso es raro.

—¿Qué es raro?

—Que tú me odies.

—…….

Heon acarició la flor blanca que llevaba en la oreja izquierda como si le acariciara el rostro. Aunque sus dedos eran cuidadosos al tocar los pétalos, no había duda ni vacilación en su gesto.

—Joder… ¿por qué no me quieres?

—…….

Jihoon pensaba que la forma torcida en que ese hombre entendía el amor era un defecto desde la raíz, algo deformado que no tenía arreglo. No tenía intención de corregirlo, y de hecho, pensaba que lo más adecuado sería que viviera así hasta el día que muriera.

Jihoon sacó la flor de su oreja y la puso en la palma de Heon. Luego, tomó su mano y apretó con fuerza. Los delicados pétalos se deformaron al instante, volviéndose grotescos.

—¿Una flor así, arruinada, tiene algún significado para ti?

—…….

Jihoon dejó caer al suelo la flor blanca arrugada en su palma. 

En sus ojos, lo que ahora rodaba por el suelo ya no era una flor. 

La pisoteó con el pie deliberadamente, como para demostrarlo, antes de dar media vuelta. 

—¡Ah! ¡Suéltame! ¡¿Qué estás haciendo?! 

Pero, en un instante, la altura de Jihoon se elevó abruptamente al ser levantado desde atrás. 

Heon lo agarró así, sin más, y lo arrojó con rudeza contra el suelo.

—Agárrate del pilar. 

Los pantalones de Jihoon siempre se deslizaban con facilidad. 

—Ugh, ugh… ugh. 

Lo único a lo que Jihoon podía aferrarse era al pilar del estante donde se colocaban los semilleros. 

Aunque fuera una delgada columna de metal, se aferró con fuerza, soportando el peso que lo empujaba desde atrás. 

—Maldita sea, para mí… 

—Ugh… ugh… 

—Mierda como esa también es jodidamente hermosa. 

—…… 

—Ya fuera vestido con un traje de abogado o con esa ropa de mierda en un sitio como este, para mí siempre eres jodidamente hermoso. 

—Ngh… hng… 

Mientras se aferraba al pilar y resistía, Jihoon miró lo que había quedado tirado en el suelo, lo que alguna vez fue una flor. 

…¿Eso también se considera una flor? 

¿Qué tiene de hermoso? 

Jihoon mordió su labio superior. 

¿Acaso las flores de geranio tenían espinas desde un principio? Sin razón alguna, su corazón se sintió aguijoneado.

 

 

 

 

 

 

—Ugh.

El tipo con el tatuaje de tigre, que estaba sentado frente a Jihoon, soltó un quejido al recibir una patada. Mientras rodaba por el suelo junto con su bandeja de comida, el que tomó su lugar era un tipo con la cabeza rapada, con una cara redonda como una castaña.

Por supuesto, en un lugar lleno solo de criminales peligrosos, su rostro, tan curiosamente tierno como el de un cachorro, destacaba. Pero si había acabado en este lugar, era porque, aunque solo fuera en una parte, ese tipo estaba completamente roto por dentro.

—…¿Qué es esto?

Jihoon, que había levantado la cuchara, se detuvo a medio camino y fulminó con la mirada al hombre que sonreía tontamente frente a él. A su lado, Kalppang intercambiaba discretas miradas con el de cara de castaña.

Heon estaba en visita familiar, los únicos diez minutos en los que no mantenía a Jihoon pegado a su lado. Diez minutos eran suficientes para que aquí se escribiera historia… o para que ocurrieran cosas peores.

—Dicen por ahí que eres tan lindo que tenía que venir a ver qué tan cierto era. Oye, cabrón, ¿tienes siquiera pene?

Parecía más joven que Jihoon, pero su lenguaje vulgar y la forma desenfadada en la que soltaba insultos explicaban con claridad por qué lo habían traído a ese lugar.

Era alto y delgado, tal vez llegaría a la altura de las cejas de Baek Heon. Además, tenía la clase de energía bruta que podría tumbar de un golpe a una masa de carne, y sus pupilas, dilatadas y desalineadas, mostraban que había cosas de las que uno se alejaba no por asco, sino por miedo.

Tenía una gran cicatriz en un lado del cráneo rapado, parecía alguien incapaz de pensar con normalidad.

Por miedo a que tipejos como ese se acercaran, Heon había dejado a Kalppang y al encogido tigre tatuado para vigilar. Pero extrañamente, ellos solo giraban los ojos de manera pasiva, sin intervenir.

…¿Qué pasa aquí?

Su actitud no parecía deberse al miedo que les infundía el rapado, sino más bien a que entre ellos estaban calculando algo. Como si midieran algún tipo de ventaja o riesgo. Justo cuando Heon no estaba a su lado… como si estuvieran preparando el escenario para algo. 

Mierda, algo se traen.

En estos casos, era más inteligente esquivar el problema y retirarse antes de que Heon volviera. Si esos perros habían decidido sacar las garras, la única opción era huir hacia la guarida del león que pudiera arrancárselas. 

Jihoon intentó levantarse rápidamente, pero el rapado le golpeó la muñeca contra la mesa. Sus labios partidos dejaban escapar hilos de saliva. 

—¿No me vas a soltar? 

—Estuve un mes en aislamiento y mi polla está hambrienta.

—Pero, puta madre— 

—La mía también tiene veneno, como una víbora. ¿Quieres verla, eh? ¿Eh? 

Mientras una mano aplastaba la muñeca de Jihoon, la otra bajó apresuradamente sus pantalones. Sin ropa interior, la tela ya empapada en el centro cayó con un sonido húmedo. Su miembro, grotescamente erecto, goteaba como una boca abierta. 

Jihoon apartó la mirada al ver el miembro erguido, de un azul oscuro como si estuviera pudriéndose. ¿Cuánto lo habría forzado para que el color estuviera tan ennegrecido? Las venas hinchadas a lo largo del pene estaban rotas en varios puntos, como si hubiera pasado un terremoto. Había bultos irregulares que sobresalían como quistes, casi vomita lo que tenía en el estómago del asco.

Parecía evidente que necesitaba tratamiento urgente, pero el desgraciado lo agitaba como si fuera una medalla de honor por una vida sexual promiscua, a pesar de tenerlo completamente destrozado.

—Eh, ¿qué tal, joder? ¿No es una bestia? ¿Sabes cuántos culos he abierto con esto? Mierda, te lo voy a clavar bien duro con esta verga envenenada, ¿eh?

Sus ojos brillaban con lujuria, y el golpeteo de sus dientes era señal de que estaba tan cegado por el deseo que ya no veía nada más.

—¿No vas a soltarme? Ve a un hospital, maldito. Esa cosa está a punto de necrosarse.

—¿Tú qué sabes? Incluso así, hay muchos con penes que se vienen solo con probar esta verga. Tú también deberías probarla por el culo, vas a acabar llorando y rogando por más mientras gritas “dámela otra vez”.

Haa… Ya parecía que había perdido el momento adecuado para recibir tratamiento, pero Jihoon pensó que si a ese idiota se le pudriera y se le cayera todo eso, probablemente sería de ayuda para mucha gente.

—Lárgate.

Jihoon volvió a soltarlo con firmeza mientras intentaba zafarse de su muñeca, pero el otro tipo ya la tenía bien sujeta, jadeando mientras agitaba su propio miembro.

—Jadeo… Mierda, quiero chuparte el culo, precio. Pruébame el jugo de mi verga. Vamos, déjame follarte una vez… ¿Eh?

—¡Tú, el número 3744! ¡A tu sitio!

¡Bang, bang, bang!

—¡Silencio!

El guardia golpeó la mesa con su porra. Aunque el rapado que jadeaba como un perro seguía sin intención de sentarse, Jihoon le apartó bruscamente la mano y liberó su muñeca.

—¡Siéntate y come! ¿O quieres volver a aislamiento?

Ante la amenaza del guardia, el rapado sacó la lengua larga y se rascó la nuca. Negaba con la cabeza, pero seguía cruzando miradas con Jihoon mientras movía las caderas de adelante hacia atrás. ¡Huff! ¡Huff!

La repulsión de Jihoon era tal que ni siquiera pudo soltar una maldición. Llamarlo “bestia” era halagarlo demasiado. Tapándose la boca con náuseas salió del comedor.

—Oye, Park Pildoo, ¿qué te pareció?

El que estaba sentado enfrente, el de la cicatriz, bajó la voz rápidamente y le preguntó a Park Pildoo. Este último aún parecía agitado, con los párpados bien abiertos y una risa idiota en la cara.

—¿Qué va a ser, joder? Mi verga está a punto de estallar. ¿Cuándo más en la vida voy a poder follarme a un fiscal tan lindo? Ji, ji…

Park Pildoo, aún más agitado por las palabras de Cicatriz, empezó a golpearse la cara. Se palmó la cabeza, se mordió los labios y repitió gestos grotescos.

Maldito loco, por eso lo elegí.

El de la cicatriz bajó aún más la voz, como si temiera que alguien alrededor pudiera oírlo.

—¿Estás drogado?

—¡Apenas salí, joder, cómo voy a conseguir droga tan rápido!

—Entonces escucha bien, ese tipo últimamente trabaja en el invernadero, ¿sabes? Normalmente la víbora se lo folla dos horas allí. Por eso hicimos que la víbora lo colocara en ese lugar a propósito.

—Folla, folla… al fiscal calentito, je, je, je.

Park Pildoo no tenía idea de a quién pertenecía Jihoon. Era el único loquito lo suficientemente demente como para tocar lo que era de la Víbora, por eso Kalbbang (Cicatriz) le había soltado la información.

—Pero mañana, cuando el fiscal salga, la Víbora tiene visita de su abogado. Las visitas normales son de 10 minutos, pero con el abogado son 30. Dicen que no es un abogado cualquiera, sino uno corporativo… algo de la empresa del tipo.

—Ji, ji, ji…

—¿Lo entendiste?

—¡Jijijiji!

Maldito idiota. El de la cicatriz recordó a los tipos que acabaron en el hospital con el recto reventado por culpa de ese loco. Cuando el fiscal acabara también en el hospital, lo trasladarían a otro centro penitenciario y no volvería jamás a este lugar, entonces, el orden se restauraría.

 Los gusanos viven comiendo hojas de morera o lo que sea que coman, y los fiscales deberían quedarse en sus escritorios, golpeando a delincuentes de cuello blanco. Un mafioso debe vivir como un mafioso, un jefe como un jefe, y los idiotas como idiotas. Por favor.

Joder, ojalá esta sea la última vez que tengo que lavar unos calzones llenos del semen de ese cabrón. A ver si se atraganta con tanto semen hasta reventar. Hijo de puta.

 

 

 

Sobre los estantes de metal estaban instaladas luces LED para controlar la temperatura y favorecer el crecimiento de las plantas. Al ver las flores de geranio completamente florecidas debajo de ellas, Jihoon sintió que su corazón se ablandaba un poco.

Podía considerarse un consuelo, después de todo.

Desde que llegó aquí, vivía con la sensación de tener un cuchillo clavado en la espalda. De hecho, cosas tan afiladas como cuchillas le habían hurgado el interior y lo habían desgarrado en pedazos, y muchas veces, mientras jadeaba tumbado en el suelo, su corazón era acuchillado por la miseria y el desprecio hacia sí mismo. Hubo días en los que parecía que la sangre jamás dejaría de brotar.

Y aun así, el consuelo que ofrecían aquellas pequeñas flores parecía aliviar un poco el dolor de esos días agotadores. Jihoon se recriminó por haber dicho que no le interesaban las flores ni quería participar en el trabajo de jardinería. Claro que la razón por la que fue asignado allí fue completamente por el interés personal de Heon, pero, a veces, disfrutar de estos pequeños lujos no era tan malo. Siempre y cuando pudiera disfrutarlos completamente solo.

Chic chic chic.

Al rociar agua con el pulverizador sobre las macetas, las gotas se posaron con claridad sobre los pétalos.

Se quedó observando largo rato cómo esas gotas rodaban hasta ser absorbidas por la tierra. Era el primer momento de paz que había experimentado desde que llegó aquí.

Pero esa paz no duró mucho.

—…¡Mierda!

Jihoon apartó rápidamente el rostro de la maceta y gritó hacia el hombre que estaba frente a él.

—¡¿Quién carajos eres?!

—Ihihihihi.

Al otro lado del estante de metal, Park Pildo se rascaba la cabeza rapada mientras intentaba meter la cabeza entre los estantes. Su cuello se doblaba en un ángulo extraño.

—¡Hermoso, cucú!

—¡Mierda! ¡Lárgate! ¡He dicho que te largues!

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, y Jihoon se abrazó con fuerza. Sentía que lo que tenía enfrente no era una persona, y su visión se oscureció. Recuperó la conciencia de inmediato y dio un paso atrás.

—Heh… heh… Hermoso, ¿no me extrañaste?

Los brazos de Park Pildo salieron de repente por entre los estantes. Movía los brazos de un lado a otro con desesperación, intentando agarrar a Jihoon del cabello o de la cara. De sus antebrazos cubiertos de marcas de agujas, se extendían unas venas grotescas como si fueran cuerdas que intentaban atraparlo. Park Pildo arañaba el estante con uñas negras y sucias, produciendo un sonido horrible.

Parecía un espíritu vengativo devorando personas vivas. Jihoon no pudo evitar que le temblara la garganta.

—Ihihihi, hermoso, ¿quieres hacerlo conmigo? ¿Sí? ¿Sí?

—¡Maldito enfermo mental! ¡Estás loco!

Tenía que escapar del invernadero cuanto antes. Sin pensarlo dos veces, Jihoon corrió hacia la entrada.

¡Chirrido! ¡Clac!

Pero la entrada del invernadero se cerró de golpe, como si alguien estuviera vigilando desde fuera. Un sudor frío le recorrió la espalda. No estaba solo, este maldito loco tenía un cómplice.

—¡¿Qué… qué es esto?! ¡¿Quién está ahí?! ¡Abran la puerta! ¡He dicho que abran!

¡Bang bang bang!

La puerta de entrada del invernadero era una estructura improvisada hecha de madera. Un hombre adulto podría abrirla con fuerza, pero no importaba cuánto empujara Jihoon, la puerta no se movía ni un poco.

Alguien la estaba sosteniendo desde afuera.

Mierda, ¿quién es?

No tenía sentido tratar de adivinar. Había demasiadas personas que podrían tenerle rencor a Jihoon. Ya fuera por culpa de Baek Heon o por los propios errores que había cometido… ¡no había forma de saberlo!

—¡Aaaah!

—Ihihihihi…

Las pupilas de Park Pildo eran como puntas de lápiz negras. El resto de sus ojos, desorbitados, estaban llenos de venas rojas y un tono amarillento por la ictericia. Corría hacia él babeando.

¡Crash!

Jihoon apenas logró girar el cuerpo a tiempo para esquivarlo. La entrepierna de Park Pildo, ya visiblemente hinchada, le dificultaba correr. Como un cerdo en celo, soltaba gemidos grotescos mientras intentaba atrapar a Jihoon. ¡Guik! ¡Guik!

—¡Hermoso! ¡Hermoso! ¡Heeek!

Jihoon corría como un loco, esquivando con desesperación. Lanzaba lo que tuviera a mano y derribaba estantes. Las flores de geranio y las suculentas salieron volando, estrellándose contra el suelo, y los pétalos eran aplastados y marchitaban bajo los pies de Park Pildo.

—¡Te dije que no te me acerques! ¡Maldito enfermo mental!

Cuando ya no tuvo nada más que lanzar ni dónde esconderse, Jihoon agarró una pequeña pala de jardinería y comenzó a blandirla en el aire con desesperación. Pero Park Pildo, como un toro rabioso, embistió su abdomen. Jihoon no pudo apuñalar a una persona con la pala, así que fue arrojado hacia atrás. Golpeó su cuello y espalda con los puños, e incluso lo golpeó con el codo, pero Park Pildo chillaba de placer, como si se hubiera convertido en un monstruo.

La fuerza de un loco poseído por la locura no era algo que un ser humano pudiera superar.

—¡Basta! ¡He dicho que pares! ¡Aaah!

Park Pildo se lanzó sobre Jihoon, luego comenzó a arrancarle la ropa como si quisiera devorarle la carne. Sus gemidos fantasmales llenaban el invernadero con una atmósfera aún más escalofriante.

Cuando el torso semidesnudo de Jihoon quedó al descubierto, Park Pildo se excitó aún más y ensanchó las fosas nasales.

De aquellos grandes orificios salía vapor caliente como si estuviera hirviendo. Ssssh, ssssh.

—¡Quédate quieto! ¡Déjame ponerte una inyección, maldito hijo de perra!

¡Pum! ¡Pum!

Los puños volaron hacia el rostro de Jihoon, era una violencia brutal. Jihoon perdía la conciencia sin siquiera tener tiempo de estabilizar su cabeza que giraba de un lado a otro. Lo único que le quedaba de conciencia era el asqueroso olor a sangre que venía de muy cerca.

Finalmente, el brazo de Jihoon, que aún ofrecía resistencia, cayó sin fuerzas sobre la tierra.

 

 

—¡Aaaahhh!

El grito, cargado de terror, se desgarraba en el aire. Park Pildo, encogido como un gusano, vomitaba sangre. 

—¡Glup! ¡Glup! 

Jihoon parpadeó, sacudido por el grito que estalló a su lado. A medida que la negra niebla en su visión se disipaba, lo primero que vio fue a Baek Heon mirándolo desde arriba. 

—¡B-Baek Heon! 

En ese momento, incluso ese rostro que siempre le había disgustado le resultó tan reconfortante que gritó su nombre como si lo estuviera invocando. Agarró los faldones de su pantalón, suplicando que lo salvara, y sintió que podía restregar su cara una y otra vez contra sus pies. 

—¿Cuánto te hirieron? 

Heon se agachó y, con el dorso de la mano, acarició con cuidado la mejilla de Jihoon. La sangre pegajosa que manaba de su rostro hizo que Heon frunciera el ceño. 

—…Mierda. 

Un suspiro vacío se mezcló con sus palabras. 

—Baek Heon, ¿qué… qué pas…? 

¡Glup! 

Un sonido de tos convulsiva volvió a escucharse a su lado. Era un ruido espeluznante, como si le hubieran degollado o estuviera a punto de ahogarse. Con cada tos, Park Pildo se agarraba el estómago, escupiendo desesperadamente un aliento entrecortado, como si sus pulmones hubieran reventado o sus costillas se hubieran fracturado. 

Su rostro estaba lívido. Jihoon notó los charcos rojos en sus labios y los dientes mezclados entre ellos. Park Pildo había sido golpeado brutalmente. Estaba al borde de la muerte, con el semblante de alguien que había sido pateado sin piedad por Baek Heon. 

Heon se levantó de nuevo y, como si estuviera pateando un balón, comenzó a golpear repetidamente el abdomen de Park Pildo. 

—Hoy vas a morir.

¡Paf! ¡Paf! Park Pildo abrió la boca como si fuera a vomitar y sus ojos se desorbitaron, pero no emitió ningún sonido. No se sabía si el dolor era tan insoportable que ni siquiera podía gritar o si sus pulmones estaban tan dañados que no podía producir sonido alguno. Se encogió como un globo desinflado. 

Si le pateaban el estómago así, sus entrañas se desgarrarían como un trapo y los fluidos intestinales se derramarían. Era exactamente lo que Baek Heon quería. 

Si Park Pildo cubría su estómago, Heon le pateaba la cabeza o la aplastaba con el pie; si protegía su cabeza, le destrozaba el estómago y la columna. La paliza bestial continuó. Park Pildo temblaba como un insecto quemado, en plena convulsión. Sus extremidades se tensaron rígidamente mientras babeaba. 

En una postura macabra, mirando al techo, Park Pildo comenzó a retorcerse. La sangre brotaba de su cuerpo, empapando el suelo de tierra.

Va a morir, pronto.

—¡Baek Heon! ¡Basta! ¡Detente! 

No había nadie que detuviera esta violencia espantosa. Jihoon miró alrededor: Kalppang, ya tan cadáver como Park Pildo, yacía en el suelo con las extremidades retorcidas, mientras el tigre tatuado y el panzón se abrazaban, temblando. 

Park Pildo tenía a Kalppang como cómplice.

Si el tigre tatuado y el panzón no lo hubieran traicionado al final para delatarlo ante Baek Heon, ahora Jihoon podría ser el que estuviera retorciéndose en el suelo.

Heon levantó la pierna de nuevo, apuntando directamente a la cabeza de Park Pildo. Si esa patada conectaba, su cuello se rompería o su cerebro saldría despedido. Jihoon se aferró a su pierna, colgándose de ella. 

—¡Basta! ¡Lo vas a matar! ¡Detente! 

Su corazón latía con fuerza, no quería ver morir a alguien frente a él. En el mundo en el que había vivido, eso no estaba permitido. 

—¡Suéltame, maldita sea! 

Heon, fuera de sí, parecía no reconocer quién lo sujetaba. 

Pip-pip-pip.

El sonido lejano de un silbato le mareó. Jihoon tragó saliva y siguió aferrado a la pierna de Heon, que tenía los ojos en blanco, la ira descontrolada. Su puño temblaba violentamente, como si no pudiera controlar los latidos de su corazón. 

—¡Número 3201! ¡Alto! ¡Apártense! 

Hasta que los guardias llegaron y lo esposaron, Jihoon no soltó su pierna. Si cometía un asesinato aquí, quizás nunca volvería a ver la luz del mundo exterior.

—¡Basta ya! ¡Baek Heon! ¡Por favor! 

Baek Heon está aquí por mí… ¿Por qué me preocupo por su condena?

Él mismo había maldecido a los tribunales podridos porque, al ser un intento de homicidio, Heon no había recibido ni dos tercios de la sentencia que él había solicitado. 

¿Por qué ahora me importa que su condena aumente?

Si Baek Heon no lo protegía, ¿sería porque tenía miedo de que los perros salvajes le arrancaran el cuello a mordidas?

—Joder, no lo sé…

Jihoon, que se había aferrado a su pierna, se deslizó lentamente cuando Heon fue completamente inmovilizado por los guardias.

—Joder… No puedo ni cuidar bien a mi mujer y termino dejándolo ser vejado por esos imbéciles retrasados… Haa… Me voy a volver loco.

—……

—¡Ah, déjenme! ¡Mierda! ¡Solo quiero ver si está herido o no, maldita sea!

Heon sacudió con fuerza los brazos de los guardias que lo sujetaban y volvió a agacharse. Se quitó la chaqueta y, con la ropa, limpió suavemente la cara de Jihoon, empezando por su nariz. La serpiente negra posada sobre su omóplato se movía lánguidamente, sin energía.

—…Fiscal, ¿estás bien?

Heon le peinó el cabello hacia atrás varias veces. Sus ojos, entrecerrados, eran tan fríos como el aliento que acababa de soltar.

—…Estoy bien, preocúpate por ti.

—Yo soy el que está más preocupado por ti.

—……

Heon, que parecía a punto de estallar de rabia, ahora recorría con la mirada el rostro de Jihoon con una dulzura inesperada. Era evidente para cualquiera que lo miraba con preocupación, y eso incomodó tanto a Jihoon que no pudo sostenerle la mirada y apartó su brazo.

¿Por qué dice esas estupideces? Qué molesto, si me sigue mirando así, no sé qué hacer.

Fingiendo limpiarse la sangre del rostro, Jihoon desvió la mirada. El tipo que pronto sería arrastrado a la celda de castigo, preocupándose por otros… Jihoon trató de ignorar su preocupación con una actitud arrogante.

Entonces Heon le sujetó el rostro con una mano y lo hizo volver hacia él.

Aunque el rostro de Jihoon mostraba evidente disgusto y lo fulminaba con la mirada, Heon lo inspeccionó detenidamente, girándole la cara de un lado a otro.

—…Una cara tan bonita, arruinada así.

—Suéltame.

—A los cabrones que me tocan, no los dejo terminar bonitos.

—……

Heon inclinó su cabeza hacia él, como si fuera a besarle la mejilla, y le susurró al oído con voz baja:

—A esos cerdos los voy a enterrar vivos.

—…¿Qué?

—Haré que su carne se pudra estando vivos.

De repente, Jihoon dejó de sentir el calor del hombre a su lado. El que sonreía con esa frialdad solo podía ser Baek Heon, el jefe de Cheongsanpa, con la misma temperatura gélida que solo un animal de sangre fría podía emitir.

...Así era él.

Un hombre que podía matar y enterrar a alguien con la misma frialdad con la que mueve la lengua venenosa de una víbora. Por eso mismo, Jihoon lo había enviado allí, para que pagara por sus crímenes. Pero se le había olvidado… por unas cuantas veces que compartieron el cuerpo.

Maldita sea.

—…Estás loco, hijo de puta.

—…¿Qué?

—¿Perdiste la cabeza, maldito lunático?

—……

El rostro de Heon se endureció completamente.

—¡Deja de hacer cosas que ni siquiera parecen humanas! ¡Era para que reflexionaras! ¡Te metí aquí para que te arrepintieras y pagaras por lo que hiciste! ¡Para que cuando salieras, no volvieras a hacer esa clase de cosas! ¿Sabes lo que pasa si matas a alguien aquí dentro? ¡Nunca más verás la luz del sol! ¡Te vas a pudrir aquí como prisionero de por vida!

—……

—¡El que se va a pudrir vivo no son esos cabrones, eres tú!

Jihoon gritó con todas sus fuerzas. Cada vez que abría la boca, sus labios rotos se abrían más y sangraban. Debería haberse detenido, pero no entendía por qué se estaba alterando tanto con lo que Heon decía.

¿Por qué le preocupaba?

¿O porque se había encariñado con un criminal irredimible después de acostarse con él? ¿Después de abrir las piernas, de chuparle, de subirse encima y mover la cintura, había terminado enamorándose?

¿O era porque ese hombre tenía su vida en sus manos?

No quería aceptarlo, pero Jihoon tenía que reconocerlo. Se había hundido al mismo abismo que Baek Heon, dependiendo de él, viviendo de su misericordia, como hoy.

Y eso lo enfurecía hasta el punto de volverse loco.

Había olvidado lo malvado que era al acostarse con él.

No debía haberlo olvidado, pero lo hizo.

Y esa cobardía lo enfurecía.

Y le desesperaba su debilidad al querer apoyarse en él.

—…Fiscal.

—¡¿Qué?!

Baek Heon le sonrió con una expresión de burla, mientras lo miraba con ojos llenos de reproche.

—Si no hago eso, yo soy el que se muere aquí dentro.

Desde el principio, el mundo en el que vivía Jihoon era distinto al de Heon.

Heon miraba a Jihoon como si fuera un niño puro que aún vivía en un mundo de sueños.

Eso le parecía tan hermoso que sentía que podía morir por ello, mientras que a Jihoon le repateaba el alma.

Por eso empezó a bajar la guardia, sin darse cuenta de que los ojos de Baek Heon ya no lo estaban mirando.

Y gritándole así, desahogando su rabia.

Fue en ese instante.

—¡Maldito hijo de puta! ¡Todo es por tu culpa!

Los ojos de Heon se desviaron al hombro de Jihoon.

Jihoon volteó al oír un grito que lo atravesó como un rayo.

Un rostro deformado por heridas de cuchillo se lanzaba hacia él.

Debería haber esquivado de inmediato, pero la escena le pareció tan irreal y ridícula que se quedó como un tonto mirando.

Apretando con una mano la muñeca desgarrada, la figura con el cuchillo mostró los dientes mientras se abalanzaba con un movimiento rápido.

Cuando su rostro estaba ya frente a la nariz de Jihoon, fue que su alarma interior empezó a sonar, demasiado tarde.

Solo entonces comprendió que en un lugar como ese, la compasión precipitada era como apretarse la propia soga al cuello.

¡Puc!

—¡!

La cabeza de Jihoon golpeó el suelo de tierra mientras caía hacia atrás.

Pero la tierra mullida absorbió el impacto, y Jihoon, por un momento, quedó atontado mirando el techo del invernadero.

El sol del mediodía estaba justo encima.

La luz que atravesaba el plástico transparente era tan intensa que no podía soportarla.

Pesaba.

El cuerpo que lo aplastaba era tan pesado que Jihoon sentía que iba a asfixiarse.

Intentó mover los brazos para empujarlo, pero la serpiente negra que colgaba de su hombro ya no se movía.

—……

—¡Atrapen a ese bastardo! ¡Está loco! ¡Tenía un arma escondida!

Los gritos y el sonido de palos golpeando al agresor eran ensordecedores.

La luz que perforaba sus ojos, el zumbido de la migraña, y el cuerpo pesado sobre su pecho no le permitían recuperar el sentido.

—……

El vientre de Jihoon comenzó a empaparse con un calor húmedo, pero no sentía dolor. Aunque no había dolor, su abdomen se estaba saturando rápidamente, y Jihoon notó que bajo la zona empapada corría un torrente de líquido. 

Al topar con el suelo de tierra, Jihoon levantó la mano con torpeza. 

La luz cegadora del sol se filtró entre sus dedos, haciendo que frunciera el entrecejo.

Lo sabía.

Sabía que no era agua. Era sangre: más viscosa que el agua, más espesa que cualquier fluido corporal, más escarlata que las flores que alguna vez florecieron sobre su cuerpo. 

—…Baek Heon, recupera el sentido, Baek Heon. 

Con ambas manos manchadas de sangre, agarró los hombros de Heon y los sacudió.

¿Acaso una serpiente negra había vomitado su veneno rojo?

Los hombros de Baek Heon se teñían de un rojo venenoso. 

—¡Baek Heon! ¡Despierta, maldita sea! ¡Baek Heon!¡Baek Heon! ¡Baek Heon! 

La punta del cuchillo que iba dirigido a Jihoon había atravesado la espalda de Heon, todo ocurrió en un instante. Cuando Baek Heon lo cubrió con su cuerpo, protegiéndolo del filo afilado, era el precio que debía pagarse. 

Jihoon tosió bajo él. La tos no cesaba, convirtiéndose en algo parecido a un llanto. Heon se estremeció, pero la serpiente ya no se movía. 

La serpiente negra, antes llena de vida y agilidad, había dejado de respirar y yacía inmóvil sobre su hombro. 

La sangre seguía extendiéndose. 

 

 

 

—Has pasado por mucho, ¿verdad?

Jung Haejin, fiscal de la tercera división penal de la Fiscalía del Sur de Seúl y excolega, le dirigió unas palabras de cortesía a Seol Jihoon, quien estaba sentado con el rostro demacrado. Jihoon miró el vaso de papel frente a él y negó con la cabeza sin fuerzas.

—Estoy bien, puedo soportarlo.

—…Ya veo.

Como si no se le ocurriera qué más preguntar, Haejin se rascó ligeramente la sien. Parecía no saber cómo actuar sin que sus palabras sonaran a compasión, y solo se rascaba incómodo.

—Eso…

—Ah, sí.

Pareciendo aliviado por ser Jihoon quien hablara primero, Haejin arrastró su silla y se sentó.

—¿Tienes algo que preguntar?

—Eso…

—Ajá.

—Baek Heon…

—……

—Está bien, ¿no?

Ah.

Y yo que pensaba que dirías otra cosa

Haejin esbozó una sonrisa seca y relajó un poco la postura, parecía haber estado algo tenso por lo que Jihoon pudiera decir.

—¿Crees que tipos como esos se van a morir solo por recibir una o dos puñaladas? Si fuera así, ya no quedarían pandilleros en este país.

—……

—Las armas que se pueden conseguir en la cárcel son todas rudimentarias. Los órganos importantes no fueron alcanzados.

—……

En realidad es peor quedar con una discapacidad permanente que morir. En lugares así, siempre devoran primero al más débil. El tendón de Aquiles, los ligamentos de las muñecas… cosas así.

—Por cierto, ¿cómo acabaste envuelto en esto? Escuché que Baek Heon fue apuñalado al intentar salvarte, ¿es cierto?

El caso fue transferido a la Fiscalía del Sur de Seúl, que tiene jurisdicción sobre la prisión. Las peleas entre reclusos son tan comunes que suelen tratarse con discreción para no escalar las cosas, pero por alguna razón, el fiscal Jung Haejin del departamento penal 3, al que pertenecía Seol Jihoon, decidió encargarse del caso formalmente.

—El implicado es Baek Heon, de la organización Cheongsan. Aunque queramos ignorarlo, no se puede. Si esto sigue así, correrá sangre en la prisión. Y con suerte, solo dentro. Baek Heon tiene brazos y piernas fuera también.

—……

—Y justo el fiscal que lo mandó a la cárcel está involucrado en este incidente. Si no tenemos cuidado, tú también podrías convertirte en objetivo de los Cheongsan.

¿Cómo se supone que debería explicar esto desde el principio? Jihoon se mordía las uñas, incapaz de llamar a esto un simple lío amoroso, ni tampoco una lucha de poder. Aunque fue citado como testigo, en realidad era la pieza clave del caso. Preferiría pudrirse un mes en confinamiento solitario antes que contarle la verdad a su excompañero.

—La verdad… no te cité por esto.

Haejin tomó el vaso de papel frente a él y bebió café. No parecía estar caliente, porque se lo tomó de un solo trago, luego comenzó a morder con los dientes el borde del vaso.

Jihoon dejó de morderse las uñas, atento a lo que Haejin iba a decir.

—El motivo por el que el fiscal Seol Jihoon terminó con un uniforme de preso fue porque tu nombre apareció en la lista de fiscales que recibían sobornos de la organización Parangpa.

—……

—Y no solo eso, figurabas como VIP especial. Según eso, no había soborno, agasajo ni favor que no hubieras recibido. El fiscal patrocinado perfecto. A cambio, habrías aceptado peticiones para manipular casos relacionados con Parangpa.

—……

Solo por esa lista, Seol Jihoon pasó en un abrir y cerrar de ojos de ser fiscal a convertirse en el preso número 3506.

Haejin se frotó la cara con sus dedos gruesos, siempre lo hacía antes de decir algo complicado.

—Recibimos información de que la lista fue manipulada por orden de los Cheongsan.

—¿Qué?

—Parangpa y Cheongsan son ramas del mismo árbol. Serían como empresas del mismo grupo, si fueran compañías.

—……

—Y Baek Heon de los Cheongsan y Son Cheolyeong de Parangpa tienen una relación de “hermanos” desde hace años. Se dice que crecieron juntos en la misma organización. Justo cinco meses después de que mandaras al jefe de los Cheongsan a prisión, explotó el escándalo de corrupción del fiscal.

—……

—¿Crees que fue coincidencia?

El cuerpo de Jihoon temblaba como una hoja, y apretaba el vaso de papel con fuerza. Como no lograba calmarse, volvió a morderse las uñas.

Jihoon podía ver su rostro reflejado en su mente, con esa expresión de cemento que había visto en el calvo. Cuando la sangre, que se había enfriado desde el rostro, bajó hasta su pecho, pensó por un instante que allí era donde comenzaba a arder.

Una llama caliente e inextinguible quemaba su corazón y, alimentada por él, se extendía hasta su cabeza.

—Entonces… ¿fue Baek Heon quien dio esa orden?

—Según la información, sí, él mismo. Pero por ahora es solo un dato, hay que investigarlo más. Por eso te llamé, fiscal Seol.

—……

—Esperaba que no estuvieras involucrado con Baek Heon en este caso de forma sucia.

—……

—Si piensas vengarte a título personal, desiste. Yo me encargaré de descubrir la verdad. Si te mueves, solo aumentarás las sospechas de que tú y los restos de su banda estaban aliados para atacarlo.

Ahora mismo, el abismo en el que estaba cayendo era uno gobernado por el poder de Baek Heon.

Jihoon pensaba que su relación con él era como dos serpientes entrelazadas, devorándose la cola del otro, compitiendo por ver cuál cuerpo desaparecería primero.

Yo lo mandé allí, él me arrastró de vuelta.

Como si devorarse el uno al otro fuera parte del plan desde el principio.

¿Entonces también fue por eso que me deseó? ¿Para devorarme más profundamente, de forma más miserable y destructiva?

Pero entonces, ¿por qué me salvó? ¿Por qué se lanzó delante de mí y recibió la puñalada por mí cuando ese tipo vino con el cuchillo?

¿También fue por puro placer personal? ¿Para hundirme más en el fango?

¿A tal punto que incluso sacrificó su cuerpo? ¿Acaso mi pantano… mi abismo, valía tanto la pena?

¿Fue… para hacer que me enamorara de él?

—Espera. El tiempo pasará, de alguna forma.

Haejin le dio unas palmaditas en el hombro a Jihoon. Estaba aún más delgado, más endurecido. Haejin se prometió quitarle pronto ese uniforme de preso a su honesto compañero fiscal. El hombro de Jihoon temblaba silenciosamente, Haejin pensó que era por el frío.

Colocó ambas manos sobre sus hombros para reconfortarlo una vez más. Porque la primavera, tarde o temprano, siempre llega.

 

 

 

—¿Solicitó una visita al hospital donde está internado Baek Heon antes de regresar?

Jihoon había solicitado una visita al hospital donde Baekheon estaba internado antes de volver. Aunque solo debía regresar después del interrogatorio como testigo, el funcionario penitenciario, valorando su trayectoria como fiscal, aceptó su solicitud.

—Park Pildo y Kang Donghoon fueron trasladados a otro hospital. Originalmente debían ir a celdas de aislamiento, pero no están en condiciones para eso. Dicen que si se recuperan sin quedar lisiados de por vida, ya sería una suerte.

Jihoon sabía que incluso si esos dos se recuperaban y regresaban a prisión, no podrían seguir viviendo con vida intacta. Siempre habría una fosa preparada para los cerdos, y ellos serían enterrados vivos en ella.

Abrió la puerta de la habitación del hospital.

En el suero conectado a Baek Heon había calmantes para inducir el sueño. Después de una cirugía mayor en la que le suturaron el abdomen y detuvieron la hemorragia, necesitaba descansar para recuperarse.

—……

Baek Heon parecía extremadamente indefenso y vulnerable. Incluso si Jihoon sacara ahora mismo la aguja del suero clavada en el dorso de su mano izquierda y la usara para apuñalarlo en el cuello, él no podría defenderse.

Jihoon acarició el dorso de su mano, sintió entre los dedos la aguja firmemente asegurada para que no se moviera. Su visión se nubló un instante. La adrenalina que brotó como una avalancha en su cabeza hizo que su mano comenzara a temblar.

¡Si pudiera sacarla ahora mismo! ¡Si pudiera clavarla una sola vez justo donde pasa su arteria principal!

—Es hora de regresar, el vehículo de traslado lo está esperando.

—…Sí.

Jihoon retiró su mano del dorso de la mano de Baek Heon. Si aquí mismo lo apuñalaba en el cuello por cuenta propia… Pero si esa información confidencial no era cierta, Baek Heon perdería la oportunidad de defenderse.

Por más atroz que fuera el criminal, el derecho a no ser injustamente acusado estaba garantizado por la constitución. Baek Heon debía tener la oportunidad de confesarlo por su propia boca.

“A los bastardos que me tocan no los dejo terminar bonito.”

“Voy a hacer que se pudran en vida.”

Por el crimen de haberlo tocado, Jihoon estaba pudriéndose junto a él en ese lugar.

Sí, yo también.

No tengo intención de dejar bonito al bastardo que me tocó.

Púdrete en vida, lento.

Jihoon giró sobre sus talones, lentamente.

 

 

 

Un mes después, Baek Heon fue dado de alta del hospital y regresó. No lo recluyeron en una celda de aislamiento, el informe médico que indicaba la necesidad de un seguimiento minucioso de sus heridas fue decisivo. Claro que, con unas cuantas amenazas y palabras persuasivas, ese tipo de cosas solían resolverse fácilmente. 

—Mmmh… Ugh…

—*Joder, nuestra “novia” sabe aún mejor después de tanto tiempo. ¿Tanto extrañabas mi polla que te mueves así, eh?* 

—C-cierra… la boca… Ah…

Jihoon abrazó el cuello de Baek Heon mientras empujaba sus caderas contra sus muslos.

¡Thud! ¡Thud! ¡Cruj! ¡Cruj!

Cada vez que Jihoon se movía, Heon agarraba sus nalgas con fuerza, dejando marcas de dedos, y lo seguía. Cada vez que el miembro de Heon se hundía en el agujero de Jihoon, sus nalgas suaves golpeaban sus muslos con un sonido elástico y adorable. 

Hoy, especialmente, el agujero de Jihoon parecía devorar la polla de Heon, masticándola y retorciéndose alrededor de ella. Aunque la cabeza del miembro, enterrada profundamente, era violenta al frotar, una vez dentro, se movía con una suavidad empapada, como acariciando las paredes internas.

—Ahh, ngh, ngh…

Heon estaba tan intoxicado de placer que, incluso si alguien entrara ahora mismo a cortarle el cuello, no se daría cuenta. Las paredes internas de Jihoon acariciaban su miembro antes de apretar con fuerza, dejándolo fuera de sí. Heon deseaba verter licor dentro de ese agujero y beberlo todo. Su garganta ardía, el agujero de Jihoon lo estaba volviendo loco de sed. 

—¿Por qué hoy te aferras tan bien? ¿Me extrañaste tanto, fiscal?

—Dije que… cerraras… la boca…

—¡Slap! ¡Slap! ¡Slap! ¡Slap!* 

En lugar de obedecer, Heon levantó sus caderas con fuerza, empujando su miembro hasta las membranas más profundas.

—¡Ah, ah, ah!

Cada vez que Heon lo levantaba, Jihoon gemía como un niño mimado y volvía a abrazar su cuello.

—Uuugh…

Mientras miraba al techo, apenas podía calmar el deseo carnal que lo consumía, tan intenso que casi dolía. 

Después de todo el tiempo que Heon lo había “devorado” con esmero, Jihoon se había convertido en un cuerpo que anhelaba su carne. Cada vez que su parte inferior era empalada, Jihoon abría la boca en un éxtasis animal. 

—……

Jihoon pasó los dedos por la cicatriz que quedaba en los abdominales de Heon. La herida, de apenas un mes, no estaba completamente curada; la piel apenas se mantenía unida, dejando una marca grotesca. Molesto por los dedos sobre la cicatriz, Heon tomó la mano de Jihoon y la devolvió a su cuello. 

—*¿Por qué tocas ahí? Es mi cicatriz gloriosa.

—…Tenía curiosidad.

—¿Por qué?

—Por qué te apuñalaron en mi lugar.

—Ja, ja, ja…

La risa de Heon resonó profundamente, llegando hasta el pecho de Jihoon.

—Hah…

Jihoon exhaló un aliento caliente. 

—¿Tan curioso estás?

Jihoon asintió, Heon lo miró directamente y sonrió con picardía. 

—Joder, qué vergüenza, ¿no? Si no puedo proteger a mi “novia”.

Jihoon, en silencio, volvió a trazar la cicatriz con los dedos. 

—Park Lang-pa, Son Cheol-yeong.

—……

—¿Quién lo mató?

—……

Jihoon agarró la cicatriz con una mano. Con la otra, tomó la mandíbula de Heon con fuerza y lo miró fijamente, sus ojos fríos como los de una serpiente. 

—Después de que llegó información sobre mí, Son Cheolyeong fue asesinado.

—…¿Y?

Heon apartó la mano de Jihoon de su rostro. Luego lo tumbó en el suelo y volvió a clavar su feroz miembro en su agujero. La polla, siempre abrumadora, se deslizó dentro de las paredes carnosas como una serpiente entrando en una cueva. El sonido húmedo no cesaba. Heon apretó los dientes y empujó con fuerza. 

Los músculos de su mandíbula se tensaron, y su herida, apenas cerrada, comenzó a abrirse lentamente. La sangre brotó siguiendo el marcado camino de sus abdominales. 

—Ugh… ¿Por qué… me salvaste? Si al final… me harías vivir en este infierno.

—…Maldito.

—¿Por qué mataste… a Son Cheolyeong? ¿Tenías miedo de que la verdad saliera? ¿Por qué no te obedecía?

Jihoon miró los ojos oscuros de Heon, que ocultaban cualquier emoción, y pensó que se parecían a los de una serpiente. Las serpientes no muestran expresión. Tampoco él. Después de presenciar tanta matanza, parecía haber perdido incluso la capacidad de expresarse. 

—Fiscal. ¿De verdad necesitas hablar de esto ahora, justo cuando la follada está buena?

Heon levantó una de las piernas de Jihoon y tensó su abdomen. Arqueó la espalda y comenzó a empujar con tanta fuerza que el cuerpo de Jihoon se desplazaba hacia atrás con cada embestida.

¡Slap! ¡Slap! ¡Slap! ¡Slap!* 

—¡Ah! ¡Ugh! ¡Aaah!

Jihoon, asustado por la fuerza con la que Heon lo penetraba, instintivamente intentó arrastrarse hacia arriba, alejándose. Pero Heon lo jaló de vuelta, asegurándose de que su miembro y el agujero de Jihoon estuvieran aún más unidos, y continuó empujando sin piedad. 

Jihoon seguía forcejeando en el suelo. No sabía si era dolor o un placer abrumador, pero sus brazos se movían sin control. Heon, deliberadamente, se aferró más fuerte y aceleró el ritmo.

¡Slap! ¡Ugh! ¡Thud! ¡Slap!

Su polla parecía estar furiosa. 

—¡Joder, responde! ¿Por qué mataste a Son Cheolyeong? ¿Tenías miedo de que descubriera lo que hiciste?

—……

—¿Qué te asustaba tanto? ¿Qué no querías que supiera?

—……

—¡Al final, lo que descubrí… es el final del escenario que tú creaste, ¿verdad? ¡Como yo te encerré, tú me atrapaste aquí! ¡Y ahora te burlas de mí mientras domas este cuerpo insignificante! ¡Eso es lo que querías, ¿no?!

Jihoon gritó, tumbado boca abajo. Aunque su corazón estaba destrozado, su cuerpo, bien entrenado para el deseo, seguía gimiendo.

—Hah… Ah… Ngh…

Heon no respondió, pero tampoco lo soltó. Como siempre, reafirmando su posesión, destrozó el interior de Jihoon sin piedad. El sonido de sus pieles sudorosas chocando era obsceno. 

—¡Respóndeme, maldito bastardo!

En la habitación 15, solo se escuchaban los gritos de Jihoon, los gemidos ocasionales, suspiros ahogados y el sonido húmedo de sus cuerpos. Heon, como si ejerciera su derecho a guardar silencio, no decía nada. El mutismo se prolongó, y parecía que no tenía intención de responder. 

El silencio siempre era una afirmación. 

Heon lo levantó por la cintura desde atrás, alzándole el torso. Los dos seguían mirando en la misma dirección mientras continuaban follando. El agujero, ahora más estrecho por la posición, apretaba la polla de Heon como si lo estuviera interrogando.

Jadeando, Heon empujaba su miembro dentro del espacio ajustado, sacándolo y volviéndolo a clavar con esfuerzo.

—¿Quieres que te diga lo que esperas oír… o la verdad?

—La verdad.

Jihoon sabía que, sin la verdad, no podría hacer nada. Como si quisiera concederle ese deseo, Heon jadeó junto a su oído:

—Yo no maté a Son Cheol-yeong.

—…..

—Pero al fiscal… sí.

—…..

—Por eso te dije que a mí también me dolió.

Heon lo confesó con crudeza porque Jihoon lo necesitaba con desesperación. Y, por alguna razón, él quiso dársela. Fue una confesión demasiado fácil.

De pronto, Jihoon se lanzó hacia adelante. ¡Plop! El miembro de Heon salió de su interior, dejando un hilo de fluido entre ellos como una telaraña.

El vacío que dejó el cuerpo cálido de Jihoon lo heló de golpe. Solo bajó la cabeza un instante, pero fue suficiente para perderlo de vista. Y en ese momento, un filo afilado atravesó su tobillo.

¡Clac!

—… Fiscal.

Heon soltó una risa burlona, como si le diera lástima ver a Jihoon clavándole un cuchillo en el tobillo mientras lo miraba con odio.

—Así no vas a matarme.

—Lo sé.

Jihoon lo sabía. Una puñalada cutre en el tobillo no mataba a nadie.

—No puedes morir.

—Púdrete aquí para siempre, vivo.

Si seccionaba el tendón de Aquiles, lo condenaría a cojear de por vida. Una discapacidad irreversible, incluso si salía de allí. Le impediría vivir como antes.

En el mundo donde él vivía, los más débiles eran devorados primero. Quería que Heon supiera cómo se sentía volverse el más frágil en un lugar sin leyes que lo protegieran.

—Tú también deberías sentirlo.

—…..

Heon miró el cuchillo clavado en su tobillo. Era una venganza tan inocente que ni siquiera había logrado dañar el tendón del todo. Patético.

Lo sacó. La sangre, espesa y oscura, brotó al instante.

Aunque el arma estaba ahora en sus manos, Jihoon no mostró miedo ni arrepentimiento. Como si, ingenuamente, esperara que Heon reflexionara por lo que había hecho.

—-Fiscal.

—…..

—Así no es como se hace, si me dejas vivo… será tu perdición.

—…..

—Si no, tú serás el que muera.

Le devolvió el cuchillo, guiando la mano de Jihoon hacia su propio vientre. Jihoon no resistió. Pero el mango seguía en su puño, cubierto por la mano grande y cálida de Heon, que lo obligaba a sostenerlo con fuerza.

El amor destructivo de Heon siempre había sido distorsionado, así era él.

Quería vengarse de Jihoon por no haberlo amado… pero de una manera que valiera la pena. Que le cortaran el tendón y lo dejaran renqueando era demasiado simple. Prefería desplomarse ante él, escupiendo sangre. Eso sería una venganza digna.

—No voy a disculparme, por eso te dije que esperaras otra cosa.

Retorció la hoja en su abdomen. Así la herida sería más profunda, más sangrienta. Difícil de suturar.

—¡¿Q-qué mierda estás haciendo, idiota?!

Jihoon intentó liberar su brazo tembloroso, pero Heon lo inmovilizó, susurrándole al oído:

—No quería llegar a quererte tanto.

Al final, salvarlo del cuchillo… y clavárselo él mismo en el vientre por él… era, estúpidamente, su forma de amor.

Qué imbécil.

Sabía que Jihoon no le daría las gracias.

Las lágrimas que cayeron entonces no fueron decisión de Jihoon. Pero tampoco las detuvo. No sabía qué hacer, así que solo lloró. La sangre caliente seguía brotando del mango del cuchillo que sostenía, y su rostro ardía aún más por el llanto.

—Haría cualquier otra cosa por ti. 

—Estás loco, maldito… Ugh… 

—¿Cómo voy a resistirme si lloras así delante de mí? Joder, hasta llorando eres hermoso, no puedo evitar clavarte esto. 

Jihoon tampoco sabía lo que quería. Le había jurado que lo dejaría cojo de por vida, pero al final no llegó a cortarle del todo el tendón de Aquiles. Juró vengarse, pero cuando Heon hundió el cuchillo en su vientre, sus propios músculos temblaron sin control, como si se negaran a dejar que la hoja penetrara más. 

—¡A-ayúdenme! ¡Llamen a una ambulancia! ¡Por favor! 

—No llames a nadie, qué vergüenza… 

Heon dejó caer su cabeza sobre el hombro de Jihoon y rio entre dientes. 

—Joder, qué humillante. Que me haya apuñalado mi propia novia…

—…Así que diremos que fue automutilación. 

—…… 

—Si no, estás muerto. 

—¡Socorro! ¡Que alguien venga! ¡Me han apuñalado! ¡Un hombre apuñalado! ¡Malditos hijos de puta! ¡Siempre que pido ayuda, nadie viene! ¡Cabrones!

La sangre brotaba a borbotones de la herida, como si un bombeo invisible la expulsara.

—Si pierdes demasiada sangre, morirás de shock.

Jihoon gritaba, aún aferrado al cuchillo con fuerza. 

En el pasillo comenzaron a escucharse pasos apresurados. 

Heon, al notar que los gritos de Jihoon se perdían en la distancia, murmuró para sí mismo.

—Joder, qué patético, matón…

Restregó su mejilla contra el hombro de Jihoon y esbozó una sonrisa tenue. 

 

 

La nieve se había acumulado bastante.

—Mierda, también el clima…

Salió en libertad condicional tras cumplir 3 años de una condena de 5. De esos 3 años, vivió uno como un prisionero ejemplar. No pudo trabajar de inmediato debido a una herida profunda en el abdomen, pero en cuanto pudo moverse un poco, Heon se ofreció voluntariamente para el trabajo penitenciario.

Elegía solo las tareas que los demás no querían hacer, lo que le permitía pasar el tiempo solo, y eso le gustaba. Las personas se sentían incómodas con Heon, y mientras más incómodas se mostraban, más disfrutaba él de ello. Si nadie se le acercaba, no había peleas.

Detrás de él, la pesada puerta metálica se cerró con un chirrido oxidado y un golpe seco. Ese sonido, cargado de nerviosismo, parecía burlarse diciéndole que no volviera jamás.

Heon echó la cabeza hacia atrás y miró el cielo nublado. Las nubes cargadas de humedad parecían a punto de soltar otra nevada. En un día tan frío como este, lo mejor era fumar un cigarrillo y caminar despacio. Cuando hacía frío, la herida dolía aún más.

Fuera de los altos muros cubiertos de musgo negro no se percibía ni un alma. Heon no le había dicho a nadie la fecha de su liberación. De haberlo hecho, lo único que habría conseguido era la escena ridícula de hombres con trajes impecables inclinándose ante él en fila. Era una imagen lamentable.

Heon sacó una pequeña cajita metálica de su abrigo. Los cigarrillos estaban prohibidos, pero a los presos próximos a salir se les permitía uno en secreto. Era el cigarrillo que había guardado solo para este día.

Lo encendió. La punta del cigarrillo se tornó roja, y exhalando humo hacia el aire, volvió a mirar el cielo. Empezaba a nevar, copos bastante grandes cayeron sobre su rostro. Estaban fríos.

La nieve que había caído durante la noche ya se había acumulado bastante. Sus pies se hundían hasta los tobillos. Los músculos de su abdomen se tensaban con una punzada aguda. Metió las manos en los bolsillos del abrigo y comenzó a caminar despacio. Heon caminaba derecho, sin cojear.

Alguien se acercaba desde el otro lado. Un hombre alto, vestido con un abrigo negro, avanzaba con paso firme, cargando algo con ambas manos. Sobre la nieve virgen solo se veían sus huellas.

—Ni una sola visita hiciste.

Heon sonrió al verlo.

—¿Y por qué habría de ir?

Jihoon no le devolvió la sonrisa. Su rostro, congelado por el frío, era muy distinto al que solía ver en este lugar, pero así le quedaba mejor. La imagen rígida y solemne de un jurista que había visto por primera vez en la sala de interrogatorios. Esa parecía ser la verdadera figura de Seol Jihoon, le sentaba muy bien.

—Definitivamente al señor fiscal le sienta mejor el traje.

—Gracias a alguien, no pude usarlo por un buen tiempo.

Cuando fue trasladado en ambulancia, Heon confesó toda la verdad. La lista de fiscales que supuestamente habían recibido sobornos de Seol Jihoon era falsa, él mismo la había fabricado, y lo hizo por venganza.

Nadie se lo pidió, pero confesó todo como si fuera a morir. Intentaron impedirle que hablara debido a la cantidad de sangre que perdía, pero Heon se negó incluso a ponerse la mascarilla de oxígeno y repitió la misma historia una y otra vez, causando gran revuelo.

Tuvo que someterse a seis meses de rehabilitación en el hospital. Cuando volvió, Jihoon había sido trasladado a otra prisión, donde enfrentó juicio.

Gracias a su testimonio, Jihoon pudo apelar y finalmente fue declarado inocente.

Tan pronto fue absuelto y restituido como fiscal, algunos presos recibieron penas aún más largas por nuevos cargos.

—Gracias a ti, ahora yo soy el único pervertido. Un maldito pervertido que se desnudaba solo, se tocaba los tobillos, se hurgaba la panza y se excitaba.

—Te queda bien.

Heon lo sabía, Jihoon no lo denunció por calumnia. Y además presentó una carta pidiendo clemencia a su favor. Por eso no le aumentaron la condena, y también supo que Jihoon había ejercido su influencia en el comité de libertad condicional para que lo dejaran salir.

—Aun así, no pensé que vendrías a buscarme así.

Jihoon no respondió a sus palabras, solo extendió el plato que llevaba en las manos hacia Heon.

Era tofu, blanco como la nieve.

Heon solo lo observó en silencio. Sobre el tofu caían copos de nieve que se hacían cada vez más grandes. Parecía un pastel cubierto de crema blanca.

—No me gusta el tofu.

—Mierda, si te digo que lo comas, solo cómelo.

Heon dejó escapar una risa suave, con las manos hundidas en los bolsillos.

—Parece que en la cárcel solo aprendiste malas costumbres.

—Aprendí cosas peores, ¿quieres que te las muestre?

Antes de que Heon pudiera decir algo, Jihoon le estampó la cara contra el tofu.

—……

—Mierda, no quería que me gustaras tanto…

—……

—Estoy jodido, joder…

Los hombros de Heon, con la cara hundida en el tofu, empezaron a temblar. Jihoon levantó la vista hacia el cielo. La nevada ahora era intensa, con copos grandes cayendo sobre su rostro.

La comisura de los labios de Jihoon se curvaron en una sonrisa.

Curiosamente, los copos no se sentían fríos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

-Fin

Epílogo. Más hermoso que una flor.

—Disculpe, fiscal… hoy también, otra vez esto…

Una maceta con geranios rojos fue entregada nuevamente frente a la oficina del fiscal 417, en la tercera división de investigación criminal. Los geranios, con pétalos entre un rojo brillante y un escarlata encendido, colgaban voluptuosamente de sus tallos.

—…Haa.

Jihoon, que estaba apoyado sobre su frente y tamborileando con los dedos sobre la mesa, sintió un dolor de cabeza con la sola presencia de esa maceta, que solo venía a revolver aún más el caos en su mente. Había asumido recientemente un complicado caso relacionado con una banda criminal. Mucho trabajo, difícil de resolver, con la prensa acechando… nadie quería encargarse de algo así, pero por supuesto, fue asignado a Seol Jihoon.

Desde que volvió a ejercer como fiscal, había estado asumiendo casos con mucho entusiasmo, como si quisiera vengarse del pasado, pero también se había instalado la percepción de que alguien como él —que incluso había pasado por prisión— era el más adecuado para encargarse de casos criminales tan complejos.

No era un telépata, pero parecía que, por el simple hecho de haber convivido con criminales, la gente asumía que podía leer sus mentes. Malditos imbéciles.

Sin embargo, tal vez por haber atrapado uno a uno a esos bastardos que apenas rozaron su vida y haber alargado sus condenas con diligencia, acabó ganándose la imagen de “fiscal apasionado”.

Se decía que “el rapado” había perdido completamente la razón y esperaba la muerte atado a una cama en un pabellón psiquiátrico, mientras que “el apuñalador” se había afeitado la cabeza para evitar la venganza de los Chungsan y parecía estar siguiendo el mismo camino del primero. Era admirable ver cómo demostraban en carne propia lo que era vivir con el cuerpo pudriéndose en vida.

Jihoon se levantó de su asiento y cargó la maceta. La colocó en la ventana detrás de su escritorio, donde las flores de colores variados iluminaban el lugar.

—Antes no le interesaban las plantas, fiscal. ¿Ahora está coleccionando flores por colores?

El secretario Oh Chansik, al ver que ya eran cinco macetas, se ajustó las gafas y preguntó.

—Pues… sí, algo así.

Chansik parecía no poder imaginarse que él estuviera coleccionando flores por colores, pero lo cierto es que ni él mismo lo habría imaginado. No podía contarle la historia detrás, así que solo se rascó la nuca con torpeza. Y como siempre, llegó un mensaje.

—Fiscal, ¿cuándo vas a venir? Al final, el tteok se va a enfriar.

…Maldito loco.

Había pasado ya un mes desde que abrió la floristería. Si realmente fuera por el tteok de inauguración, ya habría repartido decenas de veces. Pero él sabía muy bien que ese “tteok” que tanto deseaba este tipo no era precisamente un dulce tradicional de apertura de negocios. Por eso había evitado ir. A pesar de haberlo ignorado durante un mes, el remitente seguía insistiéndole con visitas de felicitación por la inauguración.

—Te dije que no puedo ir por un tiempo porque estoy ocupado.

Ding.

Apenas había respondido cuando ya llegaba otro mensaje.

—¿Mi tteok no te parece rico?

Ni siquiera tenía una tienda de tteok, pero seguía insistiendo en que lo probara. Harto del deseo desesperado del tipo, ignoró el mensaje y volvió a revisar los registros de las declaraciones del caso. Un volumen épico de más de diez mil páginas. Solo el inicio ya lo hacía suspirar.

¡BANG!

¿Había pasado siquiera un minuto desde que ignoró el mensaje? Alguien abrió la puerta de golpe, sin siquiera tener la decencia de tocar, y gritó al fiscal que estaba sentado al otro lado de la oficina revisando documentos.

—¡Fiscal! ¡Llegó la entrega de tteok!

¿¡Acaso un tteok viviente había llegado caminando!? Jihoon se levantó sobresaltado, apoyándose sobre el escritorio. El secretario Oh y el asistente administrativo Lee retrocedieron con espanto al reconocer al repartidor: no era otro que el jefe de los Chungsan, sospechoso de intento de asesinato por encargo de un congresista y frecuente visitante de la fiscalía.

El jefe de los Chungsan se acercó con expresión seria y rostro impecable. Detrás de él, un tipo grande vestido de traje negro, con gafas oscuras y cabeza rapada —el clásico tipo fortachón— lo seguía cargando un maletín.

La oficina se sumió en el caos ante la aparición inesperada de los dos hombres.

Sin dirigirse a Jihoon, que estaba pálido, el jefe se acercó primero a los empleados de los escritorios vecinos, que lo miraban boquiabiertos.

Se plantó frente al secretario Oh, asintió levemente con la cabeza, y su subordinado abrió el maletín de golpe, metiendo la mano dentro.

—¡AAAAH!

El secretario Oh gritó y agitó una carpeta de documentos en defensa. Estaba seguro de que de esa maleta solo podía salir un cuchillo o un arma de contrabando.

—¡¿Por qué me ataca a mí primero y no al fiscal!?

—Parecía el más hambriento.

Pero en lugar de atacar al fiscal, lo que salió del maletín fue un humeante tteok recién hecho al vapor. Se veía deliciosamente apetitoso.

—Lo acaban de cocer en el molino de arroz.

Dijo el fortachón con voz seca.

—…….

Jihoon miró decepcionado al secretario Oh, que era tan flaco que realmente parecía estar hambriento.

—N-no, era para que el fiscal lo probara primero. Pensé que no había almorzado…

—Sí almorcé, comimos juntos.

—Ah… bueno, fue un almuerzo bastante pobre, ¿verdad?

Intentando desviar la atención, el secretario Oh hundió la cara en el monitor mientras Jihoon respondía sin interés. Hunsik colocó el tteok sobre el escritorio del avergonzado Oh con una sonrisa burlona.

—El fiscal está bien cuidado por mí, así que disfrute usted el tteok, señor Oh.

Aunque se conocían y Oh había ayudado bastante a convertir a Baek Heon en exconvicto, aún no podía evitar preguntarse si ese tipo no era del tipo que mataba gente con simpatía.

¿Y si el tteok tenía veneno?

Mientras examinaba el tteok de un lado a otro, el secretario Oh vio la etiqueta redonda pegada encima y abrió mucho los ojos.

—¿U-una… floristería?

—Sí, ahora debe llamarme el señor de la floristería.

—Vaya, eso sí que… no pega ni con cola, digo, qué sorpresa.

Oh no podía creer que un tipo que parecía conocer solo los crisantemos blancos de los funerales ahora fuera dueño de una floristería.

—Es que al envejecer, empiezan a gustarme las flores.

Baek Heon sacó una tarjeta de presentación de su bolsillo y se la entregó. Su nombre estaba impreso con orgullo junto al título de director general, como si realmente hubiera decidido empezar una nueva vida como dueño de floristería.

Era la primera vez que veía a un autónomo llamarse “director general”. ¿Había creado una empresa formal?

Además, tuvo el detalle de entregar un gran ramo de flores junto con el tteok al asistente administrativo. Un tipo considerado, sin duda.

Cuando la asistente, madre de dos hijos, se sonrojó, Baekheon curvó los labios con satisfacción.

—Entonces, ¿puedo tener una charla con nuestro fiscal, que también dice haber almorzado de manera ligera?

Baek Heon se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero. Con su traje de tres piezas gris oscuro ajustado, parecía realmente un apuesto dueño de floristería. Con la mano izquierda en el bolsillo, se acercó a Jihoon. Se sentó de medio lado sobre el escritorio de Jihoon y sonrió ampliamente.

—Come tteok.

Le acercó el pastel de arroz justo frente a la nariz, ladeando un poco la cabeza con actitud provocadora.

Jihoon lo fulminó con la mirada, pero igual tomó el pastel. Sin embargo, al notar el abultamiento en la cremallera del pantalón de Baek Heon, perdió por completo las ganas de comer.

Rápidamente dejó el pastel sobre el escritorio. Con urgencia, tomó una maceta de la ventana y la colocó sobre su regazo. O más bien, sobre aquello que palpitaba con impaciencia, intentando sofocar un poco su arrebato. 

—L-llévate esto, ya hay demasiadas macetas en la oficina. 

—¡Guau, mierda! Si lo presionas así, se pone más…—

Jihoon rápidamente le metió el pastel en la boca. Mientras masticaba, Baek Heon lo observaba de arriba abajo con una mirada cargada de deseo. Después de un mes de abstinencia, lo miraba como diciendo que su miembro merecía plenamente ser atendido.

Su cuerpo enorme necesitaba energía constantemente, y lo mismo pasaba con su entrepierna. Pero como Jihoon no se dejaba ver desde hacía un mes, Baek Heon, frustrado, tuvo que traer su amor, su pastel… y su urgencia hasta la oficina.

Solo con ponerle la maceta encima, esta ya empezaba a inclinarse peligrosamente.

—Fiscal, ¿por qué se hace tanto de rogar para venir a probar el tteok? ¿Dónde se ha visto que ni siquiera venga a felicitar por la inauguración?

La desfachatez del hombre, que exigía “ética profesional” en una industria completamente distinta, le oprimió el estómago a Jihoon.

Ajustó su corbata con frustración, pero la maceta se inclinó aún más y ¡plaf!, se cayó. Ahora nada cubría su erec—, su orgullo masculino. 

Suspiro. Jihoon necesitaba calmar la vitalidad de Baek Heon antes de que reventara de pura exaltación.

—Voy a salir un momento. Digan que estoy en una diligencia, por favor.

Le sacó el abrigo del perchero y se lo lanzó con fastidio sobre la entrepierna.

El rostro de Jihoon, mientras se colocaba la chaqueta, se veía extrañamente sombrío.

Suspiro. ¿Cuántas veces tendría que hacerlo esta vez?

 

 

—Ugh… 

Apenas subieron al auto, Heon agarró el rostro de Jihoon y le metió la lengua en la boca. Abriendo los labios de par en par, Heon los devoró con avidez, jadeando como un animal, tal y como se describiría en una escena lujuriosa. 

—B-basta. Aquí no podemos, vayamos al hotel o a casa, ¡ugh! 

—¿Estás loco? ¿Quieres casarte con un eunuco cuando mi polla está a punto de explotar? ¿Eh? 

—¡P-pero aquí es el estacionamiento subterráneo! ¡No podemos hacer esto aquí! 

El sedán de Baek Heon estaba estacionado en un rincón apartado, lejos de miradas indiscretas. Era un lugar incómodo para aparcar, por lo que nadie más lo usaba. Ahora Jihoon entendía por qué lo había elegido. 

—¿Quién mierda va a venir aquí? Si alguien nos ve, le arranco los ojos y lo entierro en un barril de cemento… 

—¡Cállate! No digas esas cosas, maldito psicópata criminal. 

Le irritaba que la única “solución” que se le ocurría a Baek Heon fuera algo tan extremo. Jihoon intentó apartar su rostro, pero él ya estaba desabrochando su cinturón y quitándole tanto la ropa interior como los pantalones de un tirón. 

Cuando se obsesionaba así, no había palabras que lo detuvieran. Jihoon, nervioso, miró alrededor y decidió ceder, levantando la cadera. Si lo satisfacía rápido, tal vez ese pervertido se calmaría antes de que llegara alguien. Solo cuando su polla estuviera flácida, su mente volvería a la normalidad. 

Al ver la expresión resignada de Jihoon, Heon sonrió y rápidamente bajó sus propios pantalones. Después de un mes de abstinencia, su erección era tan firme que parecía alcanzar el cielo. Líquido preseminal goteaba mientras su miembro palpitaba con impaciencia. 

Aunque la lubricación natural era suficiente para humedecerlo, el tamaño de Heon hacía que fuera insuficiente. Era obvio que rasgaría el orificio y causaría un dolor insoportable. Al ver la mirada temerosa de Jihoon, Heon escupió en su mano y untó su miembro para lubricarlo mejor. 

Frotó la cabeza contra la entrada de Jihoon, masajeándolo con movimientos suaves pero insistentes. 

—D-deprisa, antes de que venga alguien. 

—¿Qué crees, que soy un conejo? ¡Me he aguantado todo este maldito mes mientras gemías como un perro en celo, y ahora me dices que me apure? 

Frustrado, Heon ignoró por completo la preparación y empujó solo la cabeza dentro. Luego, agarró con fuerza los hombros de Jihoon para evitar que escapara y embistió con toda su fuerza. 

¡Slap! 

—¡Ah! 

Jihoon abrió la boca en un grito ahogado. Aunque conocía el estilo salvaje de Heon, esta vez era demasiado: ni siquiera le daba tiempo para respirar antes de clavárselo y mover las caderas sin piedad. 

—¡Ugh! E-espera… demasiado rápido… demasiado profundo… ¡Aah! ¡Duele, maldito bastardo! 

Heon, tembloroso, abrazó a Jihoon con fuerza. El placer de estar dentro de él después de tanto tiempo lo sumió en un éxtasis animal. 

Mientras Jihoon lo golpeaba en la espalda por el dolor, su interior se ajustaba con fuerza alrededor del miembro de Heon, como si quisiera expulsarlo. Pero cuanto más se resistía, más bestial se volvía el movimiento de Heon. 

Su polla entraba y salía en embestidas cortas y rápidas, rozando cada rincón sensible. Las venas palpitantes del miembro golpeaban contra las paredes internas, amplificando el placer. Jihoon apenas podía respirar bajo el ritmo implacable. 

Chispas estallaban en su visión. Cada movimiento, por pequeño que fuera, estimulaba cada centímetro de su interior. Los músculos de sus piernas se tensaban, los dedos se entumecían. 

Aunque intentaba resistirse, su cuerpo ya estaba acostumbrado al tamaño de Heon. Sabía que no podía rechazarlo, que cada vez sería arrastrado al mismo abismo de placer. 

El auto se llenó de vapor, y desde fuera, el sedán negro parecía cobrar vida, moviéndose de forma obscena. 

Heon sentía que el espacio era demasiado estrecho. Quería follar a Jihoon sin restricciones, pero estaba atrapado como un pez en una pecera.

Heon se incorporó. Jihoon, que yacía debajo con un agujero perforado, lo miró con ojos vidriosos. Ver a Jihoon con el traje puesto pero los pantalones bajados, derramando fluido, lo volvió loco de lujuria. Heon se subió apresuradamente los pantalones, salió del coche y fue al otro lado para abrir la puerta y arrastrar a Jihoon, quien ni siquiera había logrado vestirse.

—¿Q-qué estás haciendo?

El cuerpo de Jihoon, aún ardiente, parecía no darse cuenta de que lo estaban arrastrando, intoxicado por la adrenalina del sexo. Heon lo llevó hacia atrás del coche y lo obligó a inclinarse sobre el maletero.

Al apoyarse, Heon le subió la camisa hasta el pecho, dejando al descubierto sus nalgas, y se mordió su propia camisa levantada.

Al empujar dentro de él, Jihoon frunció el ceño y gimió débilmente. Heon lo abrazó por detrás, retorciendo un pezón con una mano mientras recorría su esbelto torso, pellizcando y estirando la delgada piel de su abdomen.

Frustrado por no poder hacer todo lo que deseaba, mordió su nuca, chupó y luego mordisqueó su oreja.

—¡Hng! ¡Ngh! ¡Haah! ¡Mmm!

Jihoon, que antes había dicho que debían apurarse por si llegaba alguien, ahora solo temblaba, consumido por el placer. Heon contuvo el impulso de devorar sus redondas y pálidas nalgas.

El sonido de los impactos resonó en el estacionamiento subterráneo, repitiéndose contra las paredes. Heon, como si hirviera, embestía con fuerza. Fluidos indeterminables -¿líquido preseminal? ¿agua?- chorreaban alrededor del agujero.

Le vino la imagen absurda de la “boca de abajo” de Jihoon goteando.

El sonido húmedo de cada embestida le enrojecía la vista.

Giró a Jihoon y lo sentó en el maletero, tumbándolo hacia atrás y colocando sus pantorrillas sobre sus hombros. Jihoon, apoyado contra el vidrio frío del coche, contrajo su entrada.

—¡Ghk!

Estaba tan estrecho que Heon sintió que su miembro sería triturado.

—Joder, qué bien se siente… El culo del fiscal solo come mi verga, ¿lo sabías?

Era inimaginable compartir un agujero tan estrecho, delicioso y perfecto con otro. Si eso pasara, le arrancaría la piel, le rellenaría ojos, nariz, boca, orejas, ano y uretra con cemento, lo exhibiría en una plaza y lo azotaría.

—¿Por qué no respondes, eh? ¿Quieres otra verga en vez de la mía?

Si su “boca de abajo” gemía, ¿por qué la de arriba callaba? ¡¿Eh?!

¡Slap! ¡Thud! ¡Slap! ¡Slap! ¡Thud!

Heon embistió como si Jihoon hubiera mordido a otro, brutal y sin control. Jihoon, mordiéndose los labios, solo emitía sonidos entrecortados.

Deslizándose contra el vidrio del coche, Jihoon se contraía cada vez que el miembro de Heon lo atravesaba. Sus paredes internas se aferraban, como si protestaran al ser vaciadas, mientras las terminaciones nerviosas iluminaban su mente con destellos de placer.

Entre embestidas, Jihoon gimió como un moribundo. Sin señales de detenerse, Heon destrozaba su interior, llevándolo al borde del desmayo. Quería gritar, pedir más, abrazar su cuello.

¡Thump! ¡Thump! ¡Thump! ¡Thump!

Los movimientos rápidos se volvieron lentos pero profundos, precisos. Cada empuje los acercaba más a un éxtasis casi sobrenatural.

—¡Hng! ¡Ngh! ¡Uh! ¡Hah!

Heon, apretando los dientes, continuó. Jihoon, con la vista nublada por la dopamina, vio geranios florecer en el techo del estacionamiento: rojos, rosados, carmesí. ¿Eran siempre tan hermosos? Tras ellos, estallaron fuegos artificiales de luz.

—¡Haah!

En su clímax, el interior de Jihoon se convulsionó salvajemente. Heon, estremecido, casi se desmayó por la sensación de ese ano devorador.

—Joder, esto es lo que esperaba… Joder, esto…

Finalmente, ambos llegaron al orgasmo.

El semen caliente desbordó el espacio entre ellos.

—Haah… Quema…

Jihoon, derrumbado en el maletero, sintió que el líquido ardiente lo dejaba sin aliento. Así era siempre con él: intenso, abrumador, incómodo… inolvidable.

 

 

 

A pesar de que Heon le aseguró que por esa zona no había cámaras de seguridad, Jihoon no podía evitar mirar varias veces a su alrededor con desconfianza, buscando alguna.

—-Aparqué el coche justo donde no hay CCTV a propósito. Nada más quería ver a mi novio, y follarte una vez antes de irnos.

Heon soltó una risita burlona y recibió un golpe en la cabeza por parte de Jihoon.

—¿Una vez? ¡Qué chiste! Maldito bastardo.

—¿Y un fiscal puede hablar así de vulgar?

—También puedo putear, ¿no sabías que el que caza a los perros es siempre el más perro de todos?

Aun así, Jihoon no pudo calmar su enojo y golpeó repetidas veces el brazo de Heon mientras conducía. Por lo menos una vez debía desquitarse.

—¡Maldito seas!

Exclamó, recordando cómo había acabado follando en el maletero. Incluso después de subir al coche, Heon no lo soltó, abrazándolo con fuerza.

Al final, en el asiento trasero, lo sentó sobre sus muslos y lo penetró una vez, luego lo tumbó boca abajo y lo folló de nuevo mientras le masturbaba. Solo después de tres rondas, Heon pudo arrancar el coche, fresco como una lechuga. Pero Jihoon, rojo de vergüenza, no podía levantar la cara al pensar que acababan de follarse tres veces en el estacionamiento de la fiscalía donde él trabajaba. Además, el ardor en su entrepierna era tan intenso que deseaba meterse una bolsa de hielo allí.

—Tengo que volver a la oficina. ¿A dónde rayos vamos?

Pensaba quedarse con él medio día, pero en su estado actual no quería verlo ni un segundo más. Era un animal sin sentido, que no tenía la más mínima consideración por la persona que recibía sus embestidas.

—¿No vas a pasar por la tienda que abrí? Gracias a mi querido fiscal por fin me decidí a empezar de nuevo, ¿y vas a ignorarme así?

—¿Nuevo comienzo? No me hagas reír.

Jihoon murmuró con desconfianza. Sin embargo, en el fondo, deseaba que Baek Heon realmente dejara el mundo subterráneo, que subiera a la superficie y recibiera la bendición del sol. Que aprendiera el valor de ganar dinero honestamente, aunque fuera poco, y que comprendiera lo preciosa que es una simple billete de diez mil wones ganado con dignidad.

—…

Pero Baek Heon parecía no entender muy bien lo que significaba un “nuevo comienzo”. Cuando el sedán se detuvo, Jihoon abrió la boca sorprendido al mirar el edificio frente a él. La tienda de flores era tan grande, grotesca y excesiva, que parecía que hubieran trasladado todo el mercado de Yangjae hasta ahí.

No había otra forma de describirlo que no fuera “demasiado”. Todo un edificio de siete pisos convertido en floristería… eso ya no era una tienda, era una fábrica de flores.

—¿Estás loco?

Jihoon lanzó una feroz crítica contra ese empresario despiadado que claramente quería destruir a todos los pequeños negocios de la zona. Y luego ese mismo hombre venía a hablarle de ética comercial y moralidad… ¿acaso tenía conciencia?

—Estás entendiendo todo mal. El edificio es mío, sí, pero yo solo opero una tienda pequeña de 10 pyeong. Al resto se lo alquilé a otros comerciantes.

—…Ah.

Economía de aglomeración. Una ley que dice que es más eficiente concentrar los negocios similares en un mismo lugar que dispersarlos. Viendo que entendía ese tipo de principios, Jihoon admitió que el tipo tenía algo de inteligencia.

—El alquiler de los locales no me da ni una décima parte de lo que ganaba antes, pero igual, no es como si ese dinero fuera mío.

—¿Qué? ¿Entonces de quién es?

—Todo es de mi amorcito. Te voy a dejar chupar todo el dulzor del chicle, así que deja la fiscalía y vente conmigo. ¿Acaso los fiscales viven del aire? ¿Se alimentan de rocío?

¿Decía que había creado este reino floral preocupado por mis problemas financieros? Jihoon apretó los ojos, sin saber si reír o llorar.

—Ah, claro. Quizá por alimentarte solo de rocío es que eres tan lindo.

—Cállate, nadie puede vivir solo de eso.

—Joder, por solo comer rocío, hasta el semen me huele a flores.

—¡Te he dicho que te calles! Nunca he dicho algo así.

—¡Jefe! ¡Bienvenido!

Una vez más, Jihoon confirmó que Baek Heon no entendía ni mierda sobre lo que era un nuevo comienzo. Como si el Mar Rojo se abriera ante él, hombres trajeados de negro se alinearon a ambos lados, inclinando la cabeza y doblando ligeramente los hombros al verlo pasar.

Si realmente hubiera empezado de nuevo, lo primero que debía haber hecho era deshacerse de toda esa gente. Pero Baek Heon pasó orgullosamente entre ellos, con un brazo alrededor de los hombros de Jihoon.

Los hombres no se movieron ni un centímetro, ni siquiera cruzaron miradas con ellos mientras pasaban.

Dentro de la tienda de flores de apenas 10 pyeong, varios hombres trajeados con gafas oscuras y delantales estaban arreglando ramos y preparando envoltorios de flores.

—¿Así es como se supone que se atiende un negocio?

—Sí, aunque tengan los dedos gruesos, son bastante delicados con el trabajo.

Y era cierto, uno de ellos sonreía satisfecho mientras ataba una cinta con un mensaje de felicitación a una maceta.

—¡Jefe, bienvenido!

Los hombres dentro también se inclinaron en cuanto lo vieron. Jihoon notó una maceta de geranios rojos que aún no había sido envuelta. Si no hubiera venido hoy, esa misma maceta habría aparecido mañana en su ventana.

Estaba estupefacto.

Cerca de ahí, rondaban más tipos vestidos exactamente igual que el que había visto antes en la oficina.

Jihoon no pudo tragar el té verde que uno de los trajeados le había servido con esmero. Sabía que lo hacía con buena intención, pero el té estaba demasiado caliente. Y como si eso no fuera suficiente, hasta metió el pulgar en la taza para comprobar la temperatura antes de ofrecérsela. ¿Era eso una muestra extrema de consideración?

Sobre todo, ver a esos hombres corpulentos y musculosos ir y venir con pequeñas bandejas lo puso en alerta. Sentía que en cualquier momento uno le partiría la cabeza con una de ellas.

—¿Qué tal? ¿Está bien así?

—¿Qué cosa?

Presumían, además, de una decoración minimalista con madera blanca y luces empotradas, como si fuera la última moda. Pero ver a más de veinte matones vestidos de negro apiñándose en un local de apenas 30 metros cuadrados daba… ¿cómo decirlo? Escalofríos. 

—¿Qué te parece? ¿Ahora estás satisfecho?

—¿De qué hablas?

—Eres nada menos que el novio de un funcionario judicial que trabaja en la fiscalía, que representa la esencia del estado de derecho y protege la justicia. Al menos deberías comportarte decentemente si quieres casarte, ¿no crees?

—¿Qué?

—Estoy lavando mi identidad, como el dueño de una florería.

—……

Seguro que eso del “estado de derecho” y “protección de la justicia” lo aprendió de algún idiota y se lo está repitiendo palabra por palabra. Sin duda alguien le aconsejó que montara una florería para cuidar su imagen.

¿Pensará que si pone una tienda de flores parecerá automáticamente una buena persona solo porque las flores son bonitas? El estratega unidimensional que ideó esa idea merece ser despedido.

—Haa…

Jihoon comenzó con un suspiro.

—Una organización criminal no es un club escolar, ¿crees que lavar tu historial con esto va a funcionar? Cheongsanpa es la organización más poderosa de Corea del Sur. En cuanto se sepa que me he reunido con el jefe de Cheongsanpa, perderé mi carrera como fiscal y ni siquiera podré abrir una firma de abogados después, ¿quién confiaría en un exfiscal que salía con un mafioso?

—¿De verdad crees que puedes lavar todo tu largo historial ilegal con una simple florería?—.respondió Jihoon con seriedad.

—Por eso estoy haciendo todo esto para proteger el trabajo que mi querido fiscal valora como su vida. Ya lo verás, pronto voy a cambiar a todos en mi empresa y la convertiré en una corporación legal y registrada.

¿Realmente pensará que puede lavar todo, incluso la empresa Yusu —creada para lavar dinero ilegal y formar fondos imposibles de rastrear— con esta florería de diez pyeong? Claramente había pasado demasiado tiempo con la cabeza dura como una piedra.

—¡Jefe! ¿Qué le parece este ramo? ¡Es una obra maestra que hice durante cinco horas, hasta que me dolía la cabeza!

Un matón que llevaba un delantal blanco y se esmeraba en los arreglos florales extendió de repente un ramo.

—Lo organicé con ese aire rosado y romántico de “cherry blossom” como usted me dijo, para que el amor floreciera.

—……

Era un ramo vulgar y sobrecargado, como si hubiera reunido todas las flores rosadas del mundo. Su subordinado, que parecía pensar que todo lo rosa representaba amor y flores de cerezo, se rascaba la nuca mientras esperaba una evaluación, con una expresión ilusionada.

Heon tomó el ramo que le ofrecía el musculoso hombre. Lo examinó de arriba abajo y luego le preguntó a Jihoon:

—Amor, ¿qué te parece?

—…Si esperas una evaluación, diría que no se puede vender ni por dinero.

Heon le estampó el ramo directamente en la cara.

—¡Maldito! ¿Y esto lo llamas un ramo? ¡Te dije que lo hicieras bonito porque es para mi fiscal! ¿Y vienes con esta mierda que ni se puede vender?

—¡N-No dijiste que era para él!

El hombre que recibió el ramo en la cara solo pudo agachar la cabeza respetuosamente.

—¡Lo siento!

Jihoon miró con lástima el ramo destrozado y aplastado con los pies por su culpa. Si hubiera sabido que lo iba a destrozar así, no habría dicho nada. Su idealismo romántico de que “una flor sigue siendo una flor aunque esté pisoteada” resultó ser voluble.

—Ey, tráemelo.

El tipo que recibió el ramo en la cara fue corriendo a traer un delantal blanco. Era igual al que llevaban los otros matones, pero con su nombre bordado en la parte inferior. Qué ridículo.

Sin embargo, Jihoon no se esperaba que el espectáculo fuera a ponerse peor. Baek Heon se colocó el delantal sobre su traje, tomó unas tijeras de jardinería y comenzó a cortar los tallos de las flores en una maceta con una expresión seria. Era sorprendentemente hábil con las tijeras.

¿Acaso estudió esto en algún momento?

Después de cortar las flores necesarias, extendió los tallos sobre la mesa y los fue arreglando. Luego cortó las bases para igualar la longitud, las acomodó a un lado y chasqueó los dedos.

Entonces, uno de los hombres que lo asistía le ofreció papel celofán translúcido. Los tonos lavanda y gris claro combinaban muy bien.

—Normalmente habría que dejarlas en agua durante una hora para que revivan bien, pero estas están recién cortadas, así que están frescas.

—¿Aprendiste esto en algún momento?

Jihoon, que sin darse cuenta se había agachado junto a él con las manos sobre las rodillas, lo observaba con atención.

—Mi amor siempre anda ocupado. Solo me deja el agua y desaparece volando, así que no me queda otra cosa que hacer.

No debería haber preguntado.

—Soy el dueño de una florería, así que esto es lo mínimo. Hasta saqué la licencia de florista.

—¿…Una licencia?

—¿Qué harías si de repente libero a todos mis chicos en la sociedad diciendo que quiero empezar de nuevo? Harían de todo para sobrevivir. Si me esperas un poco más, los voy a limpiar y convertir en hombres que no te den vergüenza, así que solo espérame un poco, ¿sí?

—……

Solo entonces Jihoon notó a los tipos que estaban arreglando flores y haciendo ramos con esmero sobre el mostrador. Aunque se pinchaban con las espinas o se cortaban con las tijeras, apenas fruncían el ceño y seguían trabajando en silencio.

—Toma.

Heon se movía rápido, el ramo que acababa de terminar estaba compuesto de flores que incluso a los ojos de Jihoon resultaban familiares.

—Normalmente no se hacen ramos con geranios, se marchitan rápido.

Jihoon tomó el ramo y bajó la mirada hacia las flores. No quería recordarlo, pero eran las únicas flores en su memoria que alguna vez le habían dado descanso y consuelo.

—Mi amor solo sonríe un poco cuando está con estas flores. Por eso lo decidí aquel entonces. Que si salía, abriría una florería y se la regalaría.

—…Un fiscal no puede tener actividades lucrativas.

—Mierda, si ni siquiera pagan bien el puto sueldo de funcionario.

Jihoon no pudo evitar reír, pensaba que ese tipo de bromas solo se hacían entre fiscales.

Con un sueldo miserable, había tenido que lidiar con cosas increíbles. Lo más increíble de todo fue que terminó encontrándose y saliendo con Baek Heon, el jefe de la organización criminal más grande del país, a quien él mismo había metido entre rejas.

—Está bonito.

—¿Qué?

—Dije que el ramo está bonito, no le falta nada como florista.

Jihoon elogió sinceramente su habilidad. Las flores ya eran bellas por sí solas, así que al combinarlas resultaban aún más hermosas, pero lo que realmente le pareció bonito fue su esfuerzo por convertirse en un novio digno, incluso sacando un certificado de florista sin que nadie lo notara.

—¡Le queda perfecto, cuñado!

El grandulón al lado soltó eso con una voz temblorosa, al borde del llanto, como si no pudiera contener la emoción.

—Aunque usted haya metido preso a nuestro jefe, ¡después de todo lo que han pasado, han logrado consolidar su amor! Aunque ese loco juró que le cortaría el cuello al fiscal que lo metió en la cárcel, ¡yo los apoyo a ambos!

—¡Hiiik!

Desde el fondo alguien lanzó unas tijeras y soltó un grito como si estuviera a punto de morir, debía ser ese loco. Heon le dio la espalda a su mano derecha, ese tal loco, y le arrojó unas tijeras de podar.

¡Crash!

—Haa…

Jihoon se frotó la frente y exhaló un suspiro, su cabeza hervía como si sufriera un golpe de calor en pleno verano.

—Todo bien, pero por favor, no me llames “cuñado”, ¿sí?

Reprimiendo su enfado, Jihoon salió del local rápidamente. Aunque el tintinear de la campana sonó adorable, su estado de ánimo no lo era en absoluto. Más que la amenaza de que ese loco le cortaría el cuello, lo que realmente lo molestaba era que lo reconocieran públicamente como “cuñado”.

—¡Fiscal! ¡Cariño!

Pero Heon lo siguió de inmediato, lo tomó del brazo y lo obligó a subirse de nuevo al auto. Aunque Jihoon intentó resistirse, al final fue arrojado dentro del vehículo y se cubrió el rostro con resignación.

El sedán negro los engulló y se dirigió hacia algún lugar. Jihoon, ya bastante agotado, ni siquiera pensó en regresar a la oficina; solo quería irse a casa. Pero el auto se detuvo frente a un complejo de apartamentos recién construido, donde parecía que acababan de terminar el paisajismo. Los árboles y la hierba aún eran jóvenes.

—¿Dónde estamos?

—Solo sígueme.

Heon le guiñó un ojo y tiró de su muñeca. Al llegar, los recibió una casa ya completamente amueblada y lista para vivir.

—…¿Qué es este lugar?

—¡Tarán! ¿Qué te parece? ¿No está increíble? Este es nuestro nidito de amor.

—Estás loco.

Jihoon dio media vuelta sin pensarlo, pero Heon se colgó de su brazo y comenzó a arrastrarlo por la casa, mostrándole a la fuerza cada rincón.

—Esta es la habitación principal, este es el estudio, aquí la cocina… y esta habitación pequeña es para el niño, por si algún día adoptamos.

Le explicó todo, aunque no venía al caso.

—¡Ah, en serio, ¿por qué haces esto?!

—¿Qué pasa, fiscal?

El mismo que hablaba del “espíritu gánster”, que decía que los matones vivían y morían por su honor, ahora era el que más ridículamente se revolcaba en una fantasía de cuento de hadas.

—¿De verdad piensas casarte? ¡¿Nosotros qué matrimonio ni qué mierda?! ¡A duras penas podemos salir escondiéndonos de la mirada de los demás!

—…¿Y qué tiene el matrimonio de especial? Solo encendemos unas velas, secuestramos a un cura y le pedimos que nos tome los votos, ¿no?

—¡¿Por qué secuestraríamos a alguien?! ¡Y no es ese el punto! ¡¿Acaso estamos en condiciones de poder vernos abiertamente?!

Las palabras de Jihoon eran una realidad obvia. Pero para un hombre que había reinado durante tanto tiempo en el mundo subterráneo, la realidad era simplemente lo que él decidía crear, por eso soltó una risa desdeñosa.

—Convencemos a unos viejos del gobierno para que legalicen el matrimonio entre personas del mismo sexo. Y si no hacen caso, les rompemos una muñeca o un tobillo…

—Dijiste que querías empezar de nuevo.

—……

Incluso el hombre que se burlaba de esa realidad tan evidente, no podía hacer nada ante la voz decepcionada de su pareja.

Decía querer vivir sin volver a cometer delitos, pero cada palabra que salía de su boca implicaba sacrificios ajenos.

Eso era lo que se llamaba un crimen, pero tras haber permanecido tanto tiempo en las sombras, llevaba demasiado tiempo usando esa máscara.

—Era una broma, una broma. Fiscal, de verdad, era solo una broma.

Heon abrazó a Jihoon por detrás, justo cuando este iba a marcharse furioso, y le susurró como tratando de calmarlo.

—Era una broma de verdad, ya no voy a hacer cosas malas. Solo voy a hacer las cosas malas que tú me permitas.

—Estás loco, ¿qué clase de cosas malas te he permitido yo?

—¿No sabes que ahora está de moda atrapar delincuentes usando otros delincuentes? Todos los dramas y películas tratan de eso. Si tú me das la orden, estoy listo para ir a partirles la cara a esos cabrones.

—Eso es en dramas, en películas.

—Pues si no podemos hacer una serie, al menos escribamos una novela. ¿Quién sabe? A lo mejor un escritor desempleado sin nada que hacer escribe nuestra historia. Con estas caras, de sobra damos la talla.

Baek Heon le mostró su cara bonita y le hizo cosquillas en la cintura. Jihoon, que estaba conteniéndose con todas sus fuerzas, terminó soltando una carcajada.

Un novio como una flor de geranio completamente abierta.

De pronto, Baek Heon sintió una extraña cosquilla en la cicatriz que tenía grabada en el abdomen como si fuera una medalla. Aunque era una marca torcida, como una lombriz pegada a su carne, nunca la había visto como algo feo.

Era la primera vez que se sacrificaba por alguien. Y también la primera vez que deseaba tanto a alguien, incluso a costa de ese sacrificio.

Su primera herida estaba firmemente remendada con su primer amor.

—Fiscal, ¿sabes cuál es la mejor parte de esta casa?

—¿Cuál?

—El dormitorio.

Heon alzó a Jihoon en brazos de golpe y se dirigió con él hacia la habitación. Al ver el rostro de Jihoon más rojo que una flor de geranio, volvió a decidirse a vivir junto a su preciosa pareja, más bonita que cualquier flor, bajo la luz del sol.

Porque las flores solo pueden vivir si tienen luz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Fin.