Prólogo
Prólogo
Una
mañana en la que la suave luz del sol le hacía cosquillas en los párpados.
Mumyeong sintió una mano escabulléndose por dentro de su ropa interior.
Sin
mostrar sorpresa, agarró por el cuello a la persona responsable y la arrastró
fuera de la manta de un tirón. Todo el proceso fue fluido y hábil.
"Te
dije que te quedaras tranquilo en la habitación."
"Dijiste
que no saliera por la puerta, pero no dijiste nada sobre salir por la
ventana."
El
responsable de soltar esa excusa absurda era un cachorro al que aún le quedaba
pelusa, el único perrito que Mumyeong protegía y cuidaba: Ha Yuseong.
Tenía
una hoja pegada en su esponjoso cabello castaño. Mumyeong soltó un breve
suspiro, quitó la hoja, la lanzó a un lado y se levantó cargando a Yuseong bajo
su brazo.
"¿Cuál
es tu problema exactamente?"
"¿El
hecho de que seas un impotente?"
"No
soy un impotente."
"Entonces,
¿por qué no piensas en devorar a un omega tan bonito y joven como yo?"
"Modera
tu lenguaje."
El
lugar al que llevó a Yuseong caminando a paso firme fue una pequeña habitación
que quedaba cerca.
Mumyeong
arrojó a Yuseong sobre la cama y frunció el ceño.
"Ha
Yuseong. Por favor, intenta dormir tranquilo aunque sea un día."
"¿Acaso
eso significa que quieres dormir en mi cama...?"
¡Bang!
La
puerta de la habitación se cerró de golpe.
"Haa..."
Mumyeong
calmó su mente agotada frotándose el rostro. Su entrepierna se sentía pesada y
un calor palpitante comenzaba a subir.
Era
por haber estado expuesto desde temprano a las feromonas de algodón de azúcar
del omega que tanto apreciaba.
Es complicado. Mumyeong lo había criado con esmero desde que ese mocoso tenía
diez años. Como si fuera una flor de cerezo que cayó suavemente en sus manos,
lo valoró tanto que temía que se rompiera si lo apretaba con fuerza o que se
marchara volando si soplaba el viento.
Pero ahora...
"Impotente,
dice. Qué tontería."
Al
revisar la situación dentro de su ropa interior, la preocupación de Mumyeong se
volvió aún más profunda.
De
cualquier forma, todo esto era una semilla que el mismo Mumyeong había
sembrado.
Hace
diez años, en medio de una mesa de apuestas, fue cuando Yuseong, que brillaba,
cayó repentinamente en los brazos de Mumyeong.
