Extra 3. Tantas como las luces que brillan en Navidad
Extra
3. Tantas como las luces que brillan en Navidad
“¿Y
qué, tengo que ir directo?”
Ji-in
salió por la puerta principal del hotel en Nueva York con el teléfono pegado a
la oreja. Justo enfrente se encontraba Central Park.
Yu-han
y Ji-in habían viajado a Nueva York para pasar las vacaciones de Navidad. A
Ji-in le costaba adaptarse al desfase horario, así que se había despertado
pasado ya el mediodía, encontrando una nota junto a su cama: el mensaje de
Yu-han pidiéndole que lo llamara en cuanto abriera los ojos.
Ji-in
hizo tal como se le indicó. Se vistió con elegancia para poder ir a un
restaurante magnífico por la noche y ahora se dirigía al punto señalado por
Yu-han.
“¿Habíamos
entrado aquí antes?”
—Quién
sabe. Han pasado más de seis años.
“Me
resulta tan familiar…”
Ji-in
entró por la entrada de Central Park haciendo memoria.
El
parque que habían visitado seis años atrás estaba cubierto de un verde
frondoso, mientras que ahora era un bosque blanco con la nieve acumulada sobre
las ramas desnudas, pero a Ji-in le parecía extrañamente acogedor.
“Nos
divertimos mucho… Supongo que ya no podríamos seguirles el ritmo, ¿verdad?”
Dijo
Ji-in con un deje de nostalgia.
En
el viaje a Nueva York que hicieron tras reconciliarse, ambos se lo habían
pasado en grande con una energía desbordante. Salían todos los días a ver obras
de teatro y musicales diferentes, recorrían cada rincón de Nueva York probando
toda clase de comida y observando a la gente. Alojados en el hotel solo se
duchaban y dormían; prácticamente se pasaban despiertas todas las horas que
tenían los ojos abiertos.
Sin
embargo, en aquel entonces Ji-in tenía veinticinco años y ahora tenía treinta y
uno. Es más, en una semana cumpliría treinta y dos. Al parecer Yu-han opinaba
igual, pues respondió sin titubear.
—Claro
que no, acabarías en el hospital.
“En
Estados Unidos la sanidad es carísima.”
—Seo
Ji-in se arruinaría.
“¿No
se supone que me mantienes tú?”
—Tú
también ganas lo tuyo.
“Cierto.
Ahora este hyung ya se gana la vida. ¿Qué te apetece comer, Yu-han?”
—¿Me
va a invitar el hyung?
“Por
supuesto, por supuesto. Solo pídeme lo que quieras.”
Ji-in
conversaba con Yu-han siguiendo el hilo de sus pensamientos de manera
distendida.
Tres
años atrás, Ji-in había participado en un programa de citas y, cumpliendo con
el propósito original de darse a conocer, logró dar el salto a la actuación en
televisión. Se había convertido en un actor especializado en papeles de jóvenes
directores apuestos que tanto gustaban a los espectadores de mediana edad.
Si
se comparaba con Yu-han, quien se había consolidado indiscutiblemente como una
estrella de primera línea, uno podría pensar que su situación era
insignificante, pero Ji-in se sentía sumamente satisfecho. Tan solo tres años
antes sus ingresos estaban en números rojos, y ahora ganaba bastante más que la
mayoría de los chicos de su edad.
Además,
para disimular su aspecto eternamente juvenil, ante las cámaras solía adoptar
un estilo señorial, lo que provocaba que en su vida diaria casi nadie lo
reconociera. Seguía usando el transporte público y llevaba una vida libre en la
que disfrutaba charlando con señoras y abuelos por la calle.
Sobre
todo, Ji-in había entrado en la facultad de teatro y cine con el deseo de
convertirse en una de esas personas que aparecían en los dramas diarios que
veía su abuela. Ahora, convertido en todo un especialista en papeles de
directores apuestos, de algún modo estaba cumpliendo la promesa hecha a su
abuela y alcanzando su sueño. No tenía ni una sola razón para no estar
satisfecho.
—Y
ahora dobla a la izquierda.
“…Ya
te veo.”
Siguiendo
las indicaciones de la voz de Yu-han, Ji-in caminó un poco más hasta
descubrirlo y esbozó una amplia sonrisa. Yu-han estaba sentado en un banco
frente a un gran estanque.
A
su alrededor había muchos extranjeros altos y de extremidades largas, pero
Ji-in fue capaz de reconocer a su pareja de inmediato, incluso a la distancia.
Para él, encontrarlo era tan fácil como hallar una rosa en medio de un campo de
césped.
“Toma,
cógelo.”
“¿Qué
es esto?”
Preguntó
Ji-in, sorprendido al ver que le extendían un ramo de rosas justo enfrente.
Había
corrido alegremente hacia él al verlo, pero Yu-han le había encasquetado un
ramo de flores de la nada.
“Las
vendían ahí al lado.”
Dijo
Yu-han con indiferencia, señalando con la barbilla más allá de la verja del
parque. Explicó que, mientras Ji-in dormía, había salido a hacer ejercicio y a
dar una vuelta por el centro de Manhattan, y terminó comprando las flores sin
pensarlo mucho.
“Gracias.”
Ji-in
acercó las rosas a su rostro para inhalar su fragancia. Y sonrió en secreto
detrás del ramo. Conocía demasiado bien a Yu-han como para saber que siempre
decía aquello de «las compré sin pensar».
En
ese instante, una sensación fría rozó su piel.
“¿Eh?
Yu-han, está nevando.”
Dijo
Ji-in mirando hacia el cielo.
Del
cielo invernal, que comenzaba a oscurecerse, empezaban a caer diminutos copos
de nieve parecidos al polvo. Como si les diera reparo posarse sobre la tierra,
aquellos gránulos de hielo, más pequeños que la uña de un dedo, descendían
despacio para regalarles una blanca Navidad.
Ji-in
sonrió con suavidad al sentir el frescor en su piel. Sentir que estaba
recibiendo flores de manos de Yu-han en Nueva York durante una Navidad nevada
le parecía sacado de un sueño. Se sentía como el protagonista de una película;
de haber tenido un escenario a mano, juraría que se habría puesto a bailar tap
dance.
“Vaya…
y yo que pensaba que caminaríamos por aquí.”
Por
el contrario, Yu-han frunció el ceño con pesar. Suspiró levemente mientras le
quitaba de la cabeza y de los hombros los copos de nieve que se habían
acumulado.
“Caminemos.
Pasear por Central Park mientras nieva es de lo más romántico.”
“Te
vas a enfermar. Vámonos rápido a ver el árbol y a cenar.”
Yu-han
soltó una risita y le abrochó bien el cuello del abrigo.
Aunque
le resultaba adorable ver a Ji-in tan emocionado, hacía demasiado frío como
para dar un paseo por Central Park y luego ir a ver el árbol del Rockefeller
Center. En Manhattan, el tráfico en Nochebuena era caótico, por lo que casi
obligatoriamente había que ir a pie; si pasaban demasiado tiempo a la
intemperie, las probabilidades de que Ji-in terminara en cama con fiebre se
disparaban.
Aunque
Ji-in miró hacia atrás con una mezcla de morriña y pesar, no insistió más de la
cuenta.
“Vaya,
el ambiente es increíble—”
Al
descender hacia Midtown, Ji-in recuperó la alegría de inmediato, como si jamás
se hubiera entristecido.
Las
calles de Manhattan estaban adornadas con ostentosas decoraciones navideñas en
cada fachada y bombillas de mil colores titilaban por todas partes. De fondo
sonaban villancicos alegres sin parar, creando un ambiente festivo con solo dar
unos pasos.
Aunque
no era una canción de trot, Ji-in empezó a marcar el ritmo del
villancico moviendo el cuerpo con gracia, y Yu-han lo miraba desde arriba con
una sonrisa silenciosa. A su alrededor, los copos de nieve danzaban con
suavidad mientras caían.
“Oye,
mira cuánta gente…”
Habían
llegado a la manzana situada justo al lado del Rockefeller Center. Yu-han dejó
escapar un breve suspiro al ver la marea humana que bloqueaba el paso.
Una
muchedumbre inmensa se agolpaba para contemplar el árbol de Navidad más famoso
del mundo: el imponente abeto del Rockefeller. Aunque el avance no estaba
completamente detenido, se movían a paso de tortuga —apenas un paso cada tres
segundos—, por lo que tocaba armarse de paciencia para poder ver el árbol de
cerca.
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“Pero
ya que hemos llegado hasta aquí, hay que verlo.”
Dijo
Ji-in con total tranquilidad, todavía contagiado por la emoción.
A
Yu-han le preocupaba que los granizos de nieve empezaran a volverse más grandes
y a nevar con fuerza, pero al ver la ilusión de Ji-in, decidió no cortarle las
alas y accedió.
“Me
pregunto cómo habría sido mi vida si no te hubiera conocido.”
Mientras
avanzaban poco a poco, Yu-han soltó la pregunta de la nada. Al quedarse quieto
esperando en fila, los pensamientos más inesperados solían asaltarle.
Ji-in
parpadeó, mirándolo con desconcierto. Hasta las rodillas de Ji-in, que marcaban
el compás del villancico de forma disimulada, se detuvieron en seco.
“De
repente me pongo a pensar en eso. Si no te hubiera conocido, vete a saber si me
habría escapado de casa, si se me habría ocurrido trabajar duro para ganarme la
vida por mí mismo… o si seguiría sonriendo como lo hago ahora.”
Yu-han
le dedicó una sonrisa torcida mientras lo miraba desde arriba.
Era
una expresión muy atractiva, pero a Ji-in se le encogió el corazón; le sonó
extrañamente triste, como si sugiriera que la vida de Yu-han podría haber
terminado en tragedia.
“Claro
que habrías salido adelante.”
Dijo
Ji-in dándole un suave golpe en el pecho.
“Te
esforzabas muchísimo en la universidad. Habrías triunfado conmigo o sin mí.”
Ji-in
salió en defensa de Yu-han con tanta vehemencia que parecía que lo hubieran
ofendido a él mismo.
“Al
principio, tal vez. Pero no lo habría soportado y habría vuelto a ser el de
antes. ¿Cómo demonios iba a aguantar cuatro años así?”
Yu-han
replicó sin darle la razón. A pesar de haberlo pensado de improviso, la versión
de un «Woo Yu-han que no conoció a Seo Ji-in» se generó en su cabeza a la
velocidad de una imagen generada por IA.
“Habría
acabado volviéndome alcohólico, metido en peleas y siendo un macarra
descarriado. Aunque hubiera conseguido debutar como actor de chiripa, no habría
durado tanto como ahora en un mundillo lleno de hijos de puta… Si no fuera por
ti, no habría tenido ninguna razón por la que aguantar.”
“…”
“Gracias
a que me tratabas como a un abuelo cascarrabias y me hacías tus triquiñuelas de
pervertido, me convertí en lo que soy.”
“…¿Eso
ha sido un insulto o qué?”
“Un
cumplido. Vivo con metas gracias a Seo Ji-in.”
Yu-han
le sacudió los copos de nieve que se posaban en la cabeza a Ji-in. Su propio
cabello también se estaba mojando con la nieve, pero a él solo le importaba
cuidar de Ji-in.
“Y
además, gracias a ti vivo sonriendo.”
“¿Acaso
soy tu payaso?”
Ji-in
se quejó por la vergüenza. Pensaba que Yu-han iba a salir con algún comentario
autocrítico, pero al transformarse aquello en una confesión tan empalagosa,
sintió que el cuerpo se le retorcía de la pena.
Llevaban
más de seis años de relación, pero cada vez que Yu-han le soltaba cursilerías
de ese calibre, Ji-in seguía sin saber dónde meterse de la vergüenza.
“Prácticamente
sí.”
Respondió
Yu-han con una sonrisa apacible.
Para
evitar mirarlo a los ojos, Ji-in se limitó a juguetear con el ramo de flores
que llevaba en una mano.
Justo
en ese momento, la fila avanzó y ambos entraron por el pasillo del edificio que
ofrecía una vista directa de la pista de hielo y del árbol. Aunque todavía
estaban a cierta distancia, el gigantesco abeto de ochenta pies, iluminado por
más de cincuenta mil bombillas, se alzó imponente ante sus ojos. A su
alrededor, la gente comenzó a exclamar «¡Guau!» y a sacar fotos.
Yu-han
y Ji-in sacaron también sus teléfonos. Se hicieron fotos juntos, luego por
separado, disfrutando de la vista del árbol que ocupaba todo su campo visual.
“Yo
opino igual.”
Dijo
Ji-in al acercarse un poco más al árbol. Era su respuesta a la confesión tan
agridulce como conmovedora que Yu-han le había dedicado momentos antes.
En
circunstancias normales lo habría dejado pasar, pero al tratarse de Navidad
—una fecha tan especial—, Ji-in reunió valor.
“Si
no me hubiera enamorado de ti, si no me hubieras tendido esa trampa amorosa,
hoy yo no estaría aquí. Con lo cerrado que tenía el corazón, habría acabado
volviendo con mi abuela.”
“…”
“Gracias…
por hacerme feliz.”
Yu-han
leyó en los labios de Ji-in las últimas palabras que este había pronunciado en
un susurro.
Sintió
un impulso irrefrenable de besar a su pareja allí mismo, pero se contuvo
sabiendo que, por mucho que hubieran volado al otro lado del planeta, a Ji-in
le daba reparo besarlo delante de tanta gente.
Y
justamente al pararse justo debajo del árbol, Yu-han le tomó la mano izquierda.
“…¿Qué
haces?”
Preguntó
Ji-in, sorprendido al mirar hacia su propia mano.
En
su dedo anular lucía un anillo de plata con un diamante. Las pequeñas piedras
preciosas que rodeaban la sortija brillaban con intensidad bajo el reflejo de
las luces de los alrededores, mientras unos tiernos copos de nieve se fundían
con suavidad sobre su piel.
“¿También
lo compraste ahí al lado?”
Dijo
Ji-in levantando la vista hacia Yu-han. Intentó bromear tanto para disimular la
sorpresa por aquella sucesión de regalos sorpresa como para lidiar con el
límite de su vergüenza.
“Para
celebrar que hemos vuelto a Nueva York.”
Yu-han
soltó una carcajada antes de responder. Estuvo a punto de añadir un «gracias
por estar a mi lado», pero se contuvo. Notaba que Ji-in estaba demasiado
abrumado por la timidez, y él mismo pensaba que era un poco empalagoso.
Tras
tomarse una foto más bajo el árbol, ambos se alejaron de la plaza del
Rockefeller. Como tenían reservado un restaurante estupendo en las
inmediaciones, cenarían un poco temprano.
“El
árbol de aquí también es precioso.”
Comentó
Ji-in al llegar frente al hotel donde se encontraba el restaurante.
En
la entrada del hotel también habían colocado un abeto descomunal.
Esta
vez Ji-in se abstuvo de sacar fotos y se limitó a grabarlo en su memoria con
los ojos. Pensó que hasta el asfalto mojado brillando bajo la luz del árbol era
hermoso, y decidió grabar aquel instante en lo más hondo de su mente.
“Ji-in.”
Lo
llamó Yu-han en ese instante.
“¿Mande?”
“Te
amo tanto como la cantidad de bombillas que brillan ahora mismo en Nueva York.”
Dijo
Yu-han sin apartar los ojos del árbol. Aunque le daba corte y prefería
evitarlo, al tratarse de un día tan especial, Yu-han descubrió que no podía
contener sus muestras de afecto.
Ante
semejante confesión, Ji-in se quedó genuinamente impresionado. Se nota que de
tanto rodar dramas románticos, sus habilidades para soltar frases de novela
habían mejorado notablemente.
Decidiendo
que no pensaba quedarse atrás, Ji-in imitó la jugada con rapidez.
“Pues
yo te amo tanto como la cantidad de estrellas que brillan en todo el mundo.”
“…¿Tú
eres un maton o qué?”
Yu-han
se olvidó por completo de la vergüenza y lo miró desde arriba. Una de sus
cejas, oscuras y bien definidas, se sacudió con desconcierto.
Ji-in
estalló en carcajadas. Sabía perfectamente que había dado una respuesta
bastante descarada y sinvergüenza, pero sobre todo le hacía gracia que Yu-han
lo llamara macarra. Fue como si le hubieran pulsado un botón y comenzó a reírse
sin control.
Yu-han
lo miró con incredulidad durante unos segundos, pero poco a poco la risa de
Ji-in acabó contagiándolo. Al cabo de nada, Yu-han también se echó a reír a
carcajadas.
Así,
ante la mirada extrañada de los botones del hotel, ambos amantes se quedaron un
buen rato riendo con alegría y felicidad frente al abeto. Sus rostros se veían
hermosamente teñidos por el resplandor de las luces navideñas.
La
nieve no dejaba de caer del cielo. Era una Navidad en la que el mundo entero
quedaba cubierto de un blanco inmaculado, tanto que ni siquiera las estrellas
lograban asomarse.
<Te daré su merecido, sunbae> - Fin de los extras
