Capítulo 41-45

 


Capítulo 41

Ambos regresaron juntos a la familia Damian. Caleb dijo que necesitaba un tiempo a solas para pensar. Jade no tenía idea de qué clase de pensamientos pasaban por su mente. Si se trataba de lo ocurrido con su madre o de alguna otra cosa, su interior era completamente indescifrable. Caleb, sigo sin entenderte en lo absoluto. Pensando de ese modo, Jade le cedió su propia habitación a Caleb y se sentó en el sofá de la sala a tomar té.

Poco después, Caleb salió de la habitación y se dirigió a la sala del segundo piso, donde Jade lo estaba esperando. Al verlo aparecer, Jade se puso de pie para recibirlo. Caleb le tomó la mano que le tendía y, tras vacilar un instante, le dijo:

“Quiero alejarme por un tiempo.”

“……¿Dices que quieres irte lejos?”

“No he dicho que me vaya para siempre. Cálmate y escucha.”

“Bien sabes que esa palabra me hace enloquecer.”

“Sería un idiota si no lo supiera.”

Diciendo esto, Caleb hizo que Jade tomaras asiento y se sentó frente a él. Luego, mirándolo fijamente, le dijo:

“Quiero ir a la zona fronteriza.”

“¿Qué?”

Ante esas palabras, el rostro de Jade se tornó pálido. La zona fronteriza era un lugar donde libraban batallas grandes y pequeñas; era, en el sentido literal de la palabra, la «línea de fuego». Aunque en el presente no había grandes contiendas, seguía siendo una zona de alto riesgo donde los enfrentamientos menores podían estallar en cualquier momento. Por esa razón, Jade negó con la cabeza de inmediato.

“No.”

“Jade.”

“……”

“No puedo seguir a tu lado en este estado.”

“¿Qué demonios es lo que está mal?”

“¿Esperas que permanezca a tu lado siendo un simple plebeyo? Eso no puede ser.”

“¿Qué es exactamente lo que no puede ser?”

“Quiero decir que deseo estar a tu altura, sin que me falte nada.”

“A ti no te falta nada. Todo el mundo lo sabe.”

“Me refiero a que no quiero ser recordado como el sujeto que traicionó a su familia, sino como alguien que se ganó sus méritos con esfuerzo.”

Jade se llevó una mano a la frente ante aquel comentario y replicó:

“Lo sé, por eso te lo digo. Caleb, quédate quieto. Es lo mejor para los dos. ¿Hasta qué punto planeas consumirme por completo?”

Sin embargo, Caleb no mostraba la menor intención de ceder. Mirando a Jade, le aseguró:

“Tu padre también estará de acuerdo.”

“¡¿Y a qué viene mencionar a mi padre de repente?!”

“Ahora que mi estatus ha quedado arruinado, tu flanco está prácticamente vacío. Que un plebeyo sin nada, y encima alguien a quien borraron de los registros nobiliarios para rebajarlo a plebeyo, permanezca a tu lado no representará ningún impedimento para los demás nobles.”

“……¿Y si no quiero?”

“Eso no es precisamente lo más importante.”

Caleb soltó una risa seca. Probablemente el padre de Jade pensaría de forma muy similar. No obstante, por esa misma razón consideraría aún más necesario que él obtuviera méritos propios, todo con el fin de proteger los sentimientos de Jade. Por eso mismo Caleb estaba decidido a dar un paso al frente. Quería defender su lugar con su propia fuerza, sin depender del poder de Jade.

“Regresaré a salvo.”

“¡Yo no pedí nada de esto!”

“Lo sé, Jade. Lo sé.”

Caleb se acercó y lo envolvió en un abrazo. Jade le correspondió con la misma intensidad, como si temiera que fuera a desaparecer, aferrándose a él con tanta fuerza que su cuerpo temblaba al borde de las lágrimas. Acariciándolo con suavidad, Caleb le murmuró:

“Si fueras tú quien se marcha, yo también iría.”

“Eso no tiene sentido, Jade.”

“¿Por qué dices que no tiene sentido?”

“Tengo que lograrlo únicamente con mis propias fuerzas.”

“……¿Por qué tienes que ponérmelo tan difícil?”

“Ya lo sabes. Así es la mayor parte de la alta sociedad.”

Caleb soltó una nueva risa seca. A Jade, en cambio, no le hacía ninguna gracia. Aunque le costaba asimilar que tuviera que enviar a su prometido al peligro con tal de permanecer a su lado, su orgullo como aristócrata terminaba justificando las razones por las cuales debía hacerlo. No le desagradaba la idea de que Caleb viviera bajo su protección para siempre; es más, de cierto modo le habría gustado. Pero si eso ocurría, el que terminaría desdichado sería el propio Caleb. Sabía perfectamente que dejarlo marchar ahora y recibirlo de vuelta con la frente en alto era lo mejor para ambos. No obstante, si algo llegaba a salir mal...

“¿Y si te pierdo en el proceso?”

“Eso no va a pasar.”

“Las suposiciones nunca se cumplen por completo.”

“No necesito ninguna clase de suposiciones.”

“……”

“Voy a regresar, y estaré a tu lado cuando lo haga.”

“……Caleb.”

“Sí. Jade, déjame ir.”

“……¿Por qué tienes que ser tan cruel conmigo?”

“¿No podrías tomarlo simplemente como el castigo por haber sido tan arisco conmigo al principio?”

Jade arrugó la nariz con fuerza ante aquellas palabras.

“No estoy de humor para bromas.”

Caleb esbozó una sonrisa sutil y acarició el cabello de Jade una y otra vez antes de decirle:

“Iré como soldado raso. Aunque al haber cursado la academia no seré tratado exactamente igual que un plebeyo común. No necesitaré cartas de recomendación ni favores de nadie. Lo conseguiré con mi propio esfuerzo.”

“……¿Era necesario llegar a tanto?”

“Solo así se evitarán los murmullos y habladurías.”

“Eres demasiado implacable.”

“Por algo me llamaban la víbora.”

Dijo Caleb, trayendo a la memoria el apodo que le habían dado en la academia. Jade frunció el ceño con frustración. Inclinándose hacia él, Caleb depositó un beso en su entrecejo y le prometió:

“Ya vuelvo.”

“……Sigo sin entenderlo.”

“Aun así, sabes que tengo que hacerlo, ¿verdad?”

“……Sí.”

De ese modo se fundieron en un beso. Un brillo húmedo parpadeó en los confines de los ojos de Jade. Caleb, por el contrario, cerró los labios con las pestañas secas, y mientras acariciaba los párpados mojados de Jade, le susurró:

“Todo va a estar bien.”

Repitiéndoselo una y otra vez, como si con ello pudiera asegurar que nada malo pasaría.

* * *

El día en que Caleb partió no estaba muy lejano. No fue difícil incluirlo entre el grupo del ejército que se dirigía a la frontera. A Caleb no le hacía mucha gracia saber que se había utilizado influencia para facilitar su traslado, pero si no aceptaba de ese modo, tendría que esperar a otra oportunidad, así que no le quedó más remedio que tragar orgullo. Desde ese mismo instante, el rostro de Jade se puso del color de la ceniza, aunque Caleb se encargó de reiterarle una y otra vez que regresaría a su lado. Jade se dedicaría a soñar y volver a soñar, una y otra vez, con el regreso a salvo de su prometido.

“De todos modos, no habrá grandes batallas.”

“Eso es lo que hay que esperar.”

Mientras consolaba a Jade, Caleb terminó de preparar sus cosas para el viaje. Como todo lo necesario sería abastecido directamente en el destino, lo único que se vio obligado a llevar consigo fue un pequeño retrato de Jade. Caleb soltó una risita divertida al pensar que terminaría guardando algo así. Tras guardarlo en el bolsillo de su pecho y enfundarse en el uniforme de la academia, la marquesa rompió en llanto.

“Cariño, ¿por qué lloras de esa manera?”

“Pues cómo no voy a hacerlo, si nuestro querido novio se nos va a la frontera……”

“¿Nov…… Qué?”

Caleb se mostró desconcertado, como si hubiera escuchado mal, pero a nadie a su alrededor le pareció extraño. Con una risa seca, Caleb se subió por fin a ese famoso carruaje sin caballos. El vehículo, que el propio Jade conducía, contaba con un techo en condiciones y se tambaleaba mucho menos que un carruaje común. Resultaba incomprensible por qué la gente le temía a algo así. Durante todo el trayecto en el automóvil no se cruzó una sola palabra. Caleb se limitó a mirar silenciosamente a través de la ventanilla, mientras Jade guardaba discreto silencio para ajustarse a su estado de ánimo. Aunque lo lógico habría sido que ocurriera lo contrario, Caleb prefería que Jade actuara así si eso era lo que deseaba.

¡Creee, tas!

El vehículo se detuvo frente a las puertas del campo de entrenamiento. Caleb descendió ligeramente y se inclinó para besar los labios de Jade.

“Volveré.”

“……Vuelve bien.”

Caleb ingresó solo al recinto militar. A partir de ese momento, dejaba de ser Caleb Enders para dar comienzo a sus días estrictamente como ‘Caleb’. Era imposible prever cuán hostil sería aquel lugar, pero él ya iba mentalizado para lo peor.

Lo primero que hizo Caleb al pisar el campo de entrenamiento fue observar a los reclutas, que aguardaban de pie en formación bajo un sol abrasador. Entre todos ellos, era el único que vestía el uniforme de la academia. Y era lógico; no existía ningún plebeyo en el imperio que tuviera el privilegio de portar semejantes prendas. Por esa misma razón, Caleb resaltaba más que nadie.

Sin embargo, eso no significaba que pretendiera recibir un trato preferencial. Aunque destacaba de inmediato entre las decenas de hileras formadas, Caleb fijó toda su atención en los labios del cabo al mando. El oficial barrió con la mirada a los presentes hasta que sus ojos se cruzaron con los de Caleb; de inmediato, abrió la boca para ordenarles que dieran vuelta a la inmensa pista de carreras.

“¡Grupos de quince como máximo! ¡Veinte vueltas! ¡A correr!”

“¡Sí, señor!”

Caleb echó a correr en cuanto terminó la orden. Al principio parecía que iba al mismo ritmo desbocado que los demás, pero poco a poco las distancias comenzaron a acortarse. En las primeras fases no convenía gastar todas las energías de golpe; lo importante era ir alcanzándolos de manera progresiva. A pesar de los jadeos ajenos que resonaban por todas partes, Caleb mantuvo una respiración perfectamente controlada. Y así, logró colarse entre los primeros tres puestos. Todo gracias a aquel vistoso pero inútil uniforme de la academia. Caleb chasqueó la lengua con fastidio, aunque sabía perfectamente que no era el momento para ponerse a protestar por pequeñeces.

“¡Los quince primeros, formen en línea!”

“¡Sí, señor!”

Los quince reclutas se alinearon y, de ellos, Caleb —que ocupaba el tercer lugar— respiraba de forma notablemente más calmada que el resto. El cabo los inspeccionó con la mirada y, deteniéndose ante Caleb por llevar todavía la casaca de gala de la academia, le preguntó:

“¿Cuál es tu especialidad?”

“Tiro con pistola, señor.”

El oficial pareció anotar algo en un registro, antes de girarse y berrear a pleno pulmón hacia los que seguían dando vueltas a la pista:

“¡bola de inútiles! ¡Apresúrense a correr, maldita sea!”

“¡Sí, señor!”

Caleb pensó que si la academia ya tenía lo suyo, el ejército no se quedaba atrás. Una vez que todos terminaron de dar las veinte vueltas reglamentarias, se procedió a la entrega de suministros.

Las palabras del cabo fueron tajantes: debían cuidar la mochila de unos treinta kilos como si fuera su propia vida.

“¡El que pierda su equipo, muere! ¡No hay más explicaciones!”

“¡Sí, señor!”

Caleb se echó la carga a la espalda. Dentro llevaba bengalas de todo tipo, raciones de comida y rústicos kits de supervivencia; con razón advertían que valía más que la propia vida. Caleb ajustó las correas firmemente a la medida de su cuerpo. A su alrededor, los demás reclutas hacían lo propio con torpeza. Varios lo miraban de reojo de vez en cuando, pero Caleb avanzaba con la vista fija al frente, ignorándolos por completo. Esa era también una de las principales diferencias entre alguien que había recibido entrenamiento formal y alguien que no. Al parecer, el cabo decidió no darle un trato especial a pesar de su procedencia y lo metió de inmediato en uno de aquellos barracones mugrientos. Aunque por dentro estaban limpios, carecían de cualquier atisbo de orden. Lejos de desanimarse, Caleb se quedó de pie en silencio hasta que le asignaron su sitio.

“¡Tercer recluta! ¡Vete a la cama catorce!”

“¡Sí, señor!”

Caleb se dirigió hacia la litera señalada. Para su buena suerte, la cama inferior no parecía tener ratas. Dejó caer su pesado equipaje y abrió el casillero metálico, que estaba completamente vacío. Consciente de que, a diferencia de los demás, él debía guardar allí su uniforme de gala, sacó la indumentaria de la mochila. Acto seguido, se puso el uniforme militar reglamentario. En cuanto se lo acomodó, comenzó a desprenderse un olor característico a aura alfa. Caleb frunció el entrecejo y se apresuró a sofocar aquel rastro nocivo de feromonas. Su olor natural solía generar sensaciones desagradables en los demás, lo que facilitaba los pleitos innecesarios. Por ello, procuró suprimirlas al máximo, guardó su uniforme de la academia junto con el resto de los pertrechos y cerró el compartimento.

Los demás soldados, desorientados por la situación, copiaban torpemente sus movimientos.

Con eso concluyeron las actividades del primer día. El ambiente empezó a distenderse un poco y los reclutas comenzaron a charlar entre ellos. Como en aquella sección todos ostentaban el rango raso de soldados de segunda, no había superiores rondando. Caleb no tenía la menor intención de socializar, así que optó por guardar silencio, hasta que alguien se le acercó de la nada.

“¡Me llamo Philip! ¿Y tú quién eres? ¡Se nota a leguas que la ropa que trajiste es de otra categoría!”

“……Caleb.”

“¿Caleb? ¿No serás de familia noble o algo así?”

“Si fuera de la nobleza, ¿crees que habría venido a parar aquí?”

“No, bueno, lo decía por decir……”

El muchacho se rascó la nuca con torpeza, visiblemente avergonzado. Sin embargo, lejos de desanimarse, continuó acosando a Caleb con preguntas. Por desgracia para este último, resultó ser el compañero que le había tocado en la litera de arriba. Mostrando un interés excesivo, el chico no paraba de indagar:

“¿Cómo sabías tanto de la milicia desde el inicio? ¿Acaso ya habías estado aquí antes?”

“¿A qué te refieres con volver a estar aquí?”

“No sé, ¿quizás te retiraste por una lesión y ahora regresas?”

“¿Crees que eso es posible?”

“Bueno, visto así no……”

“Si vas a seguir diciendo tonterías, mejor guárdatelo y déjame en paz.”

“Qué repelente eres.”

“¿Qué... dijiste?”

“Vengo de un pueblito de provincias, y en mi tierra a la gente como tú les llaman ‘repelentes de la capital’.”

“Ja……”

¡Ja, ja, ja! Alguien que escuchó la escena rompió a reír a carcajadas hasta irse de espaldas. A Caleb le estalló una cefalea repentina y se llevó una mano a la sien. Desde ese preciso instante, se convirtió oficialmente en el «repelente de la capital» de aquel barracón. Le parecía el colmo del absurdo, pero la culpa era enteramente de ese sujeto llamado ‘Philip’ o ‘Palep’, o como se llamara. Como había gritado su nuevo mote a voz en cuello durante la hora de la comida, ahora hasta los soldados de los otros barracones lo sabían.

“La comida de aquí hasta parece mejor que la que comíamos en casa.”

“Totalmente. Los entrenamientos son brutales, pero la comida es mil veces mejor.”

“Oye, Caleb, ¿tú qué opinas?”

“Es indiferente.”

Caleb miró de reojo a los tres hombres que, a esas alturas, ya lo seguían a todas partes como patitos. Eran Philip, Nathan y Bane. Los tres procedían de la misma región rural y se habían empecinado en perseguirlo a donde fuera, como si lo tomaran por su madre nodriza.

“Por más que me sigan, no van a sacar nada.”

“¿Qué dices? ¡Si desde el primer día has sido el jodido as del grupo!”

“¿En qué momento me convertí en el as?”

“¡Desde que el cabo te preguntó cuáles eran tus habilidades!”

“Claro, porque fue al único a quien se lo preguntó……”

“Eso fue porque traías puesta la casaca de la academia……”

“¿Y qué se supone que significa eso?”

“No, por nada…… hay cosas que es mejor callar.”

Como Caleb no tenía el menor deseo de ventilar sus complicados antecedentes familiares, optó por evadir el tema con evasivas, y los otros tres, asumiendo que él también cargaba con un pasado turbio, dejaron de insistir. Eso sí, como la casaca de gala les había parecido imponente, terminaron tratándolo prácticamente como a su líder indiscutible.

Las actividades de la jornada llegaron a su fin y cayó la noche. El cabo de guardia hizo su ronda habitual por los dormitorios, inspeccionando a los reclutas con mirada severa para comprobar que nadie hubiera desertado —algo bastante común entre quienes no soportaban el rigor del entrenamiento inicial—. Por suerte, en esa habitación no faltaba nadie; tras pasar lista sin novedad, el dormitorio comenzó a prepararse para dormir.

“Caleb, Caleb.”

“Qué.”

“Oye, hace un rato me topé con alguien muy importante.”

“¿Quién?”

“¿O, Orkan?”

“¿Qué?”

“Creo que así se llamaba.”

Caleb frunció el ceño con fuerza. ¿Por qué diablos sale ese nombre a relucir aquí? Con el rostro contraído por la contrariedad, le tapó la boca con la mano para callarlo. Aquel no era un nombre que se pudiera pronunciar a la ligera en cualquier sitio, y menos estando en el ejército. Le hizo una seña de silencio antes de retirarle la mano. Philip asintió con la cabeza, comprendiendo la gravedad.

“No vuelvas a mencionar ese nombre por ahí.”

“Entendido.”

“Y bien.”

“Parece que tiene muchas ganas de verte en cuanto pueda.”

“Si me necesita, ya sabrá buscarme. No te metas en eso.”

“Oye…… ¿tienes nervios de acero o eres un arrogante de primera? Ya no sé qué pensar.”

“Significa que te calles y te pongas a dormir.”

“……De acuerdo, entendido.”

Caleb cerró los ojos e intentó conciliar el sueño. Aunque ignoraba por completo los motivos que habían llevado a Orkan a enrolarse en el ejército destinado a la frontera, su presencia allí solo significaba que las cosas se complicarían más de la cuenta. Era imposible que Jade se quedara de brazos cruzados viendo semejante panorama... o bueno, el verdadero reto consistiría precisamente en ocultárselo para evitar un desastre. Rezando para que Orkan decidiera no cruzar su camino, Caleb se dispuso a descansar.

Scritch, scritch.

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Afuera del barracón se escuchaban pisadas sigilosas, presumiblemente de algún animal salvaje. Con sus agudos sentidos alerta, Caleb abrió los ojos en la oscuridad, pero prefirió no levantarse; mantener los ojos cerrados era vital para recuperar fuerzas. Aquel era un truco que solía aplicar durante las duras exigencias de la academia. En cambio, los demás reclutas, carentes de ese entrenamiento, comenzaron a dar vueltas en sus lechos, irritados por los ruidos nocturnos. Contrario a los deseos de Caleb, que solo quería dormir en paz, algunos de ellos decidieron levantarse por iniciativa propia para cazar a la supuesta alimaña.

Más les vale no salir a buscar que les vuelen la cabeza.

Pensó con fastidio, y tal como lo predijo, uno de los incautos que salió a patrullar regresó con un buen chichón tras tropezar en la oscuridad. Por más que les advierten, nunca hacen caso. Al ver al compañero lamentándose con la cabeza gacha, Philip volvió a acostarse en silencio. Caleb sintió que por fin podría descansar y volvió a cerrar los ojos, bloqueando por completo el olor a mantas sucias y los susurros inútiles de Philip. De ese modo, y evocando por un instante la vieja nostalgia de la academia, Caleb se entregó al sueño.

 

 

Capítulo 42

Philip vio a Orkan por primera vez en el comedor. Para ser exactos, fue mientras regresaba tras haber terminado de almorzar. Aquel hombre, de llamativa melena rubia y ojos grises, lo había interceptado para hacerle preguntas sobre Caleb. A pesar de notar a simple vista que portaba un rango elevado, Philip le había respondido con energía tras saludarlo militarmente, y él se había presentado como Orkan. A todo esto, ¿cuál se supone que era su rango exacto? No lograba recordarlo con claridad. No pasó mucho tiempo desde que Philip se despertó de ese sueño hasta que el clarín de diana comenzó a sonar.

“¡A levantarse! ¡Arriba todo el mundo!”

Philip se secó la baba de la comisura de los labios y se incorporó a tropezones, pero en la litera de abajo, Caleb ya estaba completamente despierto, sentado en posición militar estricta. Por más que lo pensaba, Caleb no parecía encajar en un lugar así; de hecho, en algún momento se le había cruzado por la cabeza la absurda idea de que tal vez era un inspector encubierto enviado para vigilar a los reclutas, pero descartó esa teoría por completo en cuanto comenzaron los entrenamientos. El acondicionamiento físico básico abarcaba desde carreras y arrastre de troncos hasta flexiones, abdominales y circuitos de obstáculos; en resumen, todo lo necesario para adquirir la resistencia indispensable en el terreno de operaciones.

“Uf, juff…….”

A todos los reclutas aquel entrenamiento los dejaba hechos polvo, con unas irrefrenables ganas de desplomarse y rodar por el suelo, pero Caleb era el único que se mantenía activo, trotando con ligereza para relajar los músculos. Aunque a cualquiera le habría encantado fardar de su destreza, el único que demostraba una superioridad real en el campo era Caleb. Y eso a pesar de que ya había pasado por un entrenamiento riguroso en el pasado.

Caleb se topó con Orkan durante el breve descanso concedido tras la sesión matutina de acondicionamiento físico. Al escuchar que alguien lo reclamaba, levantó la mirada y chocó de frente con los ojos de Orkan. Caleb tragó el trago de agua que tenía en la boca y bajó la vista, pero Orkan acortó la distancia de inmediato.

“Soldado raso Caleb.”

“Sí, mi sargento Orkan.”

“Sígueme afuera.”

“Entendido.”

A su alrededor no hubo murmullos audibles, pero sí se percibió el intercambio silencioso de miradas entre ambos. Caleb lo siguió en silencio hasta la parte posterior de los barracones, un rincón libre de miradas indiscretas. Apenas se aseguró de que estaban solos, Orkan esbozó una sonrisa y lo llamó:

“Caleb.”

“No es adecuado que me llame así aquí, mi sargento Orkan.”

“Ya sabía que dirías algo así, pero…….”

“Sí.”

“No se supone que debas estar rodando por el barro en un sitio como este, ¿o sí?”

“No tengo idea de a qué se refiere.”

“Dentro de poco, todos nosotros, incluidos los reclutas, marcharemos hacia la zona fronteriza.”

“¿Se avecina un combate?”

“Así es, y allí nos encargaremos de eliminar a un coronel.”

Al oír aquello, los ojos de Caleb se abrieron de par en par. Bajando aún más la voz, replicó:

“No puedes ir contándome cosas así. Orkan, por mucho que yo…….”

“Tengo pensado recomendarte como el francotirador de la misión.”

“¿Qué?”

“Por supuesto, habrá pruebas previas.”

Caleb se quedó en silencio. Que un coronel en persona se desplazas-se a la zona fronteriza significaba, sin lugar a dudas, que se libraría un enfrentamiento de gran envergadura. Y esa clase de información confidencial jamás se le revelaba a un simple soldado raso. Sin embargo, los términos cambiaban por completo si le ofrecían un puesto de tirador selecto.

“Tus calificaciones de la academia ya han sido actualizadas, Caleb.”

“…….”

“Desconozco las razones que te empujaron a alistarte en el ejército, pero…….”

“Eso no te incumbe. Y menos ahora que mi familia ha caído en desgracia.”

“……Sí, de eso también me enteré en los cuarteles.”

“A todo esto, ¿en qué momento te alistaste tú?”

“Poco después de que terminaste aquel encargo que te pedí. Me rechazaste, ¿recuerdas?”

“…….”

“No hay mejor remedio para superar las penas de un amor no correspondido que castigar el propio cuerpo a base de fatiga.”

“……Podrías ahorrarte ese tipo de bromas.”

“Ja, ja.”

Caleb soltó un suspiro, realizó un saludo militar formal y regresó al barracón donde descansaban los demás soldados rasos, fingiendo que no había escuchado una sola palabra. Tras observarlo marchar, Orkan giró sobre sus talones y enfrió el semblante para dirigirse al lugar que le correspondía.

Orkan cruzó la zona de los alojamientos e ingresó al edificio de mando principal, encaminándose directamente hacia el piso más alto. Era de esperar que ella hubiera estado vigilando cada detalle de su conversación con Caleb. Al llamar a la puerta con dos golpes secos, una voz al otro lado le indicó que pasara.

La mujer que había contemplado toda la escena a través de los cristales era Raio de Bruck. Perteneciente a una ilustre familia de duques, había ingresado a las fuerzas armadas desde el rango más bajo de soldado raso hasta alcanzar el grado de coronel, ganándose el apodo de la «Leona del Imperio». Consentida de la princesa imperial, la coronel lo recibió con un rostro radiante que desentonaba por completo con la ferocidad de su reputación.

“A ver, ¿qué tal te pareció? ¿Sirve para algo?”

“Siempre se mantiene a punto.”

“Parece que te encanta presumir de él en cualquier ocasión.”

“……Jamás he hecho tal cosa.”

“Oh, vamos, cada vez que bebes de más te la pasas alabándolo……”

“Le agradecería que olvidara eso.”

“Que un sargento se ponga a lloriquear borracho frente a una coronel es un espectáculo bastante divertido, ¿no te parece?”

Aquel era uno de sus peores hábitos. Cada vez que recibía a un subordinado nuevo bajo su mando, lo obligaba a beber para descubrir sus vergüenzas etílicas. Y en el caso de Orkan, su alistamiento se había debido —para sorpresa de nadie— a un patético amor no correspondido. Era un blanco perfecto del que ella se burlaba constantemente.

“En fin, dejando de lado tus penas de amor, ¿me confirmas que su rendimiento militar está a la altura?”

“Sí, es tal como digo. Supongo que ya habrá revisado sus expedientes de la academia.”

“Claro que sí, es impresionante que se haya graduado con honores en esa institución tan estricta.”

“…….”

“Aun así, tendré que comprobar si todavía conserva ese toque letal.”

“¿De qué forma planea ponerlo a prueba, mi coronel?”

“¿Cómo va a ser? Asignándoles armas de fuego individuales a los soldados de segunda. Quiero ver con mis propios ojos el nivel general de la compañía.”

“Entendido, mi coronel.”

* * *

Y no pasó mucho tiempo antes de que se les entregaran las armas personales a los soldados de segunda.

“¡Esta es el arma personal que deben conservar hasta el día de su baja! ¡No deben perder ni dañar ninguna de sus piezas!”

“¡Sí, señor!”

Caleb acarició el fusil que le habían asignado y dejó que los recuerdos del pasado acudieran a su mente. Una memoria lejana se cruzó por su cabeza. En la academia, había habido un tipo que se había volado la barbilla con una de estas, si mal no recordaba. De ese calibre era la importancia y el peligro que conllevaba portar un arma personal.

“¡Tras recibir la instrucción básica, pasaremos de inmediato a las prácticas de tiro!”

“¡Sí, señor!”

Aunque todos respondieron al unísono, los reclutas que tocaban un arma de fuego por primera vez se mostraban visiblemente nerviosos y sin saber qué hacer. Únicamente Caleb manipulaba el fusil con total tranquilidad. Al fin y al cabo, no iba a dispararse por accidente siempre y cuando tuviera el debido cuidado. De ese modo, todos se congregaron en el campo de tiro para recibir el entrenamiento básico de puntería.

Tras memorizar toda clase de posturas como «fuego de pie», «fuego a tierra» y «fuego de rodillas», parecía que ninguno tenía la menor idea de si lo estaba haciendo bien. Mientras una infinidad de soldados rasos deambulaban confundidos, los gritos de los cabos encargados de instruirlos resonaron con aún más fuerza.

“¡Abran bien los ojos, idiotas!”

“¿Acaso necesitan volarse la tapa de los suyos para reaccionar?”

“¡No, señor!”

Entre todos ellos, Caleb destacó de forma indiscutible como el número uno. A fin de cuentas, era un entrenamiento que ya había realizado con anterioridad. El cabo seleccionó a los diez reclutas con mejores resultados entre los novatos y los llamó al frente.

“Se los repito una vez más: coloquen la mira sobre el torso y ajusten la culata firmemente contra el hombro. Abran la recámara posterior, introduzcan la munición metálica, ciérrenla y aprieten el gatillo.”

“¡Entendido!”

“¡Comiencen!”

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

A la orden del cabo, los fusiles comenzaron a disparar de forma consecutiva. La munición metálica de retrocarga, capaz de realizar fuego rápido, incrementaba notablemente la velocidad y la precisión, permitiendo ráfagas continuas sin mayor problema. Alineando sus ojos verdes con total precisión en la mira, Caleb abrió fuego de manera ininterrumpida.

“¡Alto el fuego!”

Ante aquella voz, todos cesaron los disparos. Acto seguido, cada uno procedió a recoger personalmente los blancos que les habían asignado. Incluso entre los diez mejores seleccionados, nadie había obtenido calificaciones sobresalientes debido a que era su primera experiencia disparando, pero en el caso de Caleb, los diez impactos se hallaban perfectamente agrupados en el mismísimo centro de la diana. Al verlo, el cabo le dio unas palmadas amistosas en el hombro.

“Buen trabajo.”

Caleb respondió con un saludo militar, provocando que los demás lo miraran con una mezcla de asombro y curiosidad. Dicha jornada de entrenamiento concluyó con aquel ejercicio.

Raio recibió la hoja con los resultados y esbozó una sonrisa de satisfacción.

“Para ser un blanco estático, al menos se espera que muestren este nivel.”

“¿Tiene planeado enviarlos al frente de inmediato, mi coronel?”

“Así es. Solo así se puede separar rápidamente a los útiles de los inútiles.”

“Entendido.”

Orkan se había convertido en su mano derecha. Aunque para un simple sargento ser la mano derecha de una coronel debería considerarse un gran honor, él no lo encontraba precisamente motivo de alegría. Al fin y al cabo, ella era una auténtica entusiasta de los combates, dispuesta a lanzarse a cualquier refriega sin importar cuál fuera, por lo que la sola idea de verse arrastrado a sus locuras le resultaba sumamente agotadora.

“Supongo que no debería empezar a quejarte de que estás cansado desde ya.”

“Debería saber que el simple hecho de que pueda hablarle de esta manera es un privilegio, mi coronel.”

“Lo sé. Vaya que lo sé.”

Diciendo esto, Orkan dobló cuidadosamente el blanco perforado por Caleb y lo guardó en el bolsillo de su casaca. Al verlo, ella soltó una carcajada cristalina.

“Vaya, vaya. ¿Acaso hasta el blanco de prácticas disparado por tu amor no correspondido te parece un tesoro?”

“¡Le ruego que se calle!”

¡Jajaja!

* * *

Y al caer la tarde, Caleb recibió de repente la orden del cabo de escribir una carta. Se les había mandado a todos los soldados de segunda que redactaran una misiva dirigida a sus familias. Probablemente la directriz respondía a que, tras recibir la instrucción formal, serían enviados directamente a la zona fronteriza. Desde algún rincón del barracón se escuchaban sollozos ahogados. Caleb pensó que debía enviarle una carta a Jade.

No escribió nada extraordinario. Le relató que no difería mucho de la academia, que se había encontrado con Orkan, que había participado en el entrenamiento de tiro y que las condiciones eran más llevaderas de lo que había imaginado.

Al releer lo que había escrito, se dio cuenta de que solo eran asuntos cotidianos, y aunque por un momento pensó que con eso bastaba, al final decidió añadir que lo extrañaba. Dudó un buen rato sobre si debía incluirlo o no, sin saber cómo reaccionaría Jade, pero terminó por estampar la frase. Mientras doblaba la carta, Philip, que ocupaba la litera superior, le preguntó:

“¿A quién le escribes? Yo a mi familia.”

“A mi prometido.”

“¿Qué? ¡¿Prometido!?”

Ante su exclamación, todos los presentes volvieron a mirar hacia allí. Caleb dejó escapar un suspiro.

“Sí, ¿algún problema? Mi prometido. ¿Acaso no puedo tener uno?”

“No, bueno... ¿Un prometido? ¿Acaso es algún omega encantador?”

“No. Es un alfa.”

“¿Eh? Ah, ¿un alfa?”

“Sí, ¿algún problema con eso?”

“B-bueno, es que normalmente se supone que debe ser un omega……”

“Al principio era un compromiso pactado por la familia.”

“En ese caso, ¿no se supone que debería ser un omega con más razón?”

“Es una historia un poco complicada.”

“Oye, pero espera... ¿Tú no eras un plebeyo?”

“Llevas puesta la casaca de gala de la academia y sales con eso; vaya que eres libre de prejuicios.”

Caleb chasqueó la lengua mientras miraba a Philip. Todos en la habitación tuvieron que admitir que era cierto. Philip era brillante y alegre, pero carecía por completo de tacto. Caleb metió su carta en el sobre y escribió la dirección del destinatario. Al ver que el lugar de destino era la residencia del marqués Damian, el barracón volvió a armar alboroto.

“¡¿La residencia del marqués Damian!?”

“Oye, tú... tú, entonces, ¿qué diablos haces aquí?”

“Cállense.”

Caleb zanjó el asunto con esa sola palabra y se recostó en la cama, dando a entender que se iba a dormir temprano. Los demás soldados rasos, con la curiosidad insatisfecha, se quedaron mirando el sobre de la carta. ¿Qué clase de contenido iría escrito ahí dentro? Dándole vueltas a esa sola pregunta, parecía que iban a pasarse la noche entera en vela. Al final, terminaron entregando sus propias cartas y se fueron a dormir.

* * *

“¡Joven amo! ¡El señor Caleb ha enviado una carta!”

Una joven criada corrió hacia Jade. Este detuvo lo que estaba haciendo, se puso de pie de un salto y corrió hacia ella. Ya habían pasado varias semanas desde que Caleb se había marchado. Al principio parecía languidecer deprimido, pero ahora se había concentrado en su trabajo y seguía adelante. Su razonamiento era que, si Caleb se esforzaba tanto, él no podía permitirse quedarse cruzado de brazos.

“Caleb, no me has olvidado.”

“Tsk, tsk, eso ya es una enfermedad, Joven amo.”

La criada extendió un dedo y lo agitó de lado a lado.

“Mire que el señor Caleb lo ama muchísimo.”

“¿Qué?”

“¿Acaso no se fue precisamente para convertirse en alguien digno de estar a su lado, Joven amo?”

“……¿También se podía interpretar de esa manera?”

“Mi mamá decía que todos los hombres son iguales.”

“Empiezo a sentir mucha curiosidad por saber quién es tu madre……”

Jade decidió abrir primero la carta que le había enviado Caleb. Al repasar los acontecimientos cotidianos que narraba en ella, sus cejas se contrajeron de repente al toparse con un nombre familiar que le causaba urticaria.

“¿Orkan?”

¿Acaso era ese mismo Orkan? ¿Ese maldito? ¿Ese maldito imbécil estaba allí?

“Pero qué demonios……”

Conteniéndose para no arrugar la preciada carta que le había mandado Caleb mientras le temblaban las manos de la furia, sus ojos cayeron de repente sobre la última línea del papel. Te extraño. Esa única frase bastó para que el corazón de Jade se ablandara en un instante.

“A mí también me matan las ganas de verte……”

Jade soltó un suspiro y regresó a regañadientes a su despacho. Entonces, de pronto, su entrecejo se frunció al recordar la solicitud de raciones para la zona fronteriza que la familia imperial le había exigido. ¿Acaso no se suponía que no había grandes batallas en la frontera? En ese preciso instante, uno de sus ayudantes comentó:

“Ahora que el gran duque ha quedado fuera de juego y la situación interna se ha estabilizado, es lógico que su alteza la princesa esté buscando expandir el territorio.”

“¿Expandir el territorio?”

“Si observa la región que limita con nuestros dominios, se dará cuenta de que se trata de un pequeño país con el que hemos estado discutiendo y rozándonos desde hace años. Es comprensible que quiera aprovechar la oportunidad para absorberlo.”

“……Eso significa que podría haber una batalla a gran escala.”

“Bueno, no al nivel de una guerra total, pero sí.”

“Cierra la boca.”

“……”

“Por ahora, acepta esta solicitud.”

“Entendido.”

En lugar de responderle a la carta de Caleb, Jade solicitó una audiencia directa con la princesa. Tras enviarle un mensaje, obtuvo una respuesta exactamente una semana después. Ahora que su posición como heredera se había consolidado por completo, la cantidad de cartas y obsequios que recibía debía de superar cualquier cálculo imaginable; que hubieran seleccionado precisamente la misiva proveniente de los Damian ya era un milagro por el cual dar las gracias.

“Así que te intriga saber si se desatará una guerra en la zona fronteriza, ¿me equivoco?”

“Para ser sincero, ya lo doy casi por hecho.”

“Así es, habrá un enfrentamiento.”

“……”

“El coronel de ese país ya viene en camino hacia la frontera.”

“¿El coronel de ese país? ¿No se supone que el Imperio era el que debía avanzar a la ofensiva?”

“No tengo intenciones de seguir extendiendo el territorio más allá de esto. Pero parece que ellos opinan lo contrario.”

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La princesa soltó una risa burlona, como si le pareciera el colmo del absurdo, y dio un golpe seco con la taza sobre el platillo. Un poco de té salpicó los bordes.

“Mi prometido se encuentra actualmente en ese lugar.”

“Ya me enteré de eso. ¿Que se alistó por voluntad propia, verdad? Me parece que no fue una mala elección. Por supuesto, haberse quedado a tu lado viviendo como la consorte de un marqués tampoco habría estado mal, pero en ese caso su voz y su peso político habrían disminuido.”

“¿Me está insinuando que necesita cosechar méritos y honores en medio de un campo de batalla?”

“Entiendes las cosas a la perfección. El verdadero problema aquí es si realmente será capaz de regresar con esos honores……”

La princesa dio un sorbo ligero al té y continuó:

“Caleb... ya he visto sus calificaciones de la academia. No por nada se graduó como el número uno. No me extraña que haya llamado la atención de Raio.”

“¿Te refieres a Raio……?”

“Una coronel a la que aprecio mucho. Es una mujer verdaderamente tenaz e implacable.”

Sonrió con una gracia radiante. Al escucharla hablar así, resultaba inevitable pensar que ambas se parecían en algo. Guardando silencio para no pronunciar ese pensamiento en voz alta, Jade preguntó:

“¿Qué significa exactamente que haya llamado la atención de la coronel Raio?”

“La coronel Raio no se mueve por capricho. Aunque ese pequeño principado haya enviado a un coronel al frente, ¿acaso una potencia como la nuestra va a rebajarse a jugar al mismo nivel? Sin embargo, la unidad de operaciones especiales bajo su mando se encargará de lidiar con ellos. Y Caleb ha resultado ser del agrado de la coronel.”

“……¿Caleb le llamó la atención a ella?”

“Así es. Teniendo a un soldado que ya cuenta con un entrenamiento impecable, ¿qué razón habría para no aprovecharlo? Por supuesto, está por verse cómo se desempeñará cuando le toque pisar el terreno real, pero a mi modo de ver, Caleb es alguien hecho para sobrevivir en combate. El único factor anómalo en su contra eres tú.”

“¿Disfruta burlándose?”

Jade torció el gesto con fastidio.

“La mayor parte de los movimientos que hizo Caleb Enders en el pasado tuvieron como fin último destruir a su propia familia. Y casi lo logra, o estuvo muy cerca de conseguirlo. Pero tú, Jade, te encargaste de arruinarlo todo. Desde el principio hasta el final. Gracias a eso, claro está, el tal Caleb sigue con vida hoy en día.”

“……Voy a fingir que no escuché esa última parte.”

“Qué terco eres. En fin.”

La princesa hizo un gesto displicente con la mano, indicándole que bebiera un poco de té. A Jade le quemaba la garganta, así que hizo caso y tomó un sorbo. El retrogusto amargo no era de su agrado.

“Tu prometido va a regresar de ese lugar mucho más grande de lo que imaginas. Sobre todo con Raio involucrada; jamás permite que un asunto en el que pone atención termine en fracaso.”

Clac.

Mientras dejaba la taza sobre la mesa, Jade replicó:

“Los logros que consiga Caleb deberán pertenecerle única y exclusivamente a él. Me da igual si se trata de la coronel Raio o de quien sea.”

Ante su osadía, la princesa soltó una risa divertida.

“¿Acaso te da la impresión de que a ella le gusta apropiarse de lo ajeno? Para nada. Sabe reconocer el valor de las cosas cuando lo ve.”

“……Comprendido. Me retiraré por hoy.”

Dicho esto, Jade se puso de pie, hizo una reverencia protocolar y se marchó. La princesa se reclinó sobre el sofá soltando una carcajada sonora.

“Vaya que Raio se ha buscado a un tipo de lo más problemático.”

 

 

Capítulo 43

La princesa inclinó ligeramente la taza de té, contemplando el espacio vacío como si tuviera a alguien al frente. Si aquel hombre llamado Caleb llegaba a morir en esta batalla, es muy probable que le guardara un profundo rencor. Por supuesto, no era una casa noble incapaz de separar los asuntos personales de los profesionales, pero aun así.

“Y a Raio no le importaría lo más mínimo algo así.”

La princesa recordó a Raio, con quien solía jugar en la mansión del duque cuando eran niñas. Peculiar desde su infancia, Raio había puesto rumbo directo al ejército apenas cumplió la mayoría de edad, algo que la princesa ya daba por sentado. Al fin y al gracia, la alta sociedad era un lugar demasiado estrecho para contener a alguien como ella.

“Lo hará bien. Confío plenamente en el criterio de Raio.”

“Seguro que sí, alteza.”

La sirvienta le siguió la corriente en voz baja. Aunque sabía que las palabras de la criada no eran más que adulación, la princesa tenía muy claro que esas mismas palabras terminarían volviéndose realidad.

Y por esa misma época, Caleb se encontraba almorzando. Las horas de comida eran prácticamente raciones de combate: el tiempo era ajustado y el hambre apremiaba. Caleb conocía perfectamente el método para engullir los víveres de la manera más eficiente posible. Gracias a eso, en comparación con los sujetos que devoraban su comida como si estuvieran en un chiquero, él conservaba un aire relativamente elegante —si es que a aquello se le podía llamar elegancia—, algo que a ciertos individuos les resultaba sumamente irritante.

Una vez terminada la hora de comer —un lapso de por sí escaso—, durante el descanso, esos sujetos lo interceptaron y lo arrastraron a la parte trasera de la cantina. Todos eran cabos, lo que significaba que, para la jerarquía de Caleb, se trataban de superiores a los que no debía enfrentar. Al percibir una atmósfera nada amistosa en las voces que lo llamaban, Caleb se acercó a ellos. Luego, ocultándose a espaldas de la barraca, los observó con seriedad.

“Me enteré de que eres de origen noble, ¿eh?”

“Ah, ¿en serio? Entonces, ¿cómo le haces para sobrevivir entre chusma como nosotros?”

Aquella provocación era tan burda que a Caleb le entraron unas ganas inmensas de perder la motivación por completo; sabía de sobra que si les contestaba de más terminaría ligándose una golpiza, pero guardar total silencio también traería problemas, así que respondió de forma cortante:

“No es para tanto.”

“¿Cómo que no es para tanto?”

“Mientras todos tragan como desesperados, tú te la pasas comiendo con una elegancia de novela.”

“No es para tanto.”

Cuando Caleb repitió la misma respuesta por tercera vez consecutiva, los cabos parecieron percatarse de que él no tenía la más mínima intención de seguirles el juego. Con el rostro teñido de un rojo furioso, uno de ellos le propinó un rodillazo directo en el abdomen. Con un sonido sordo, el torso de Caleb se dobló hacia adelante, mientras su mente se preguntaba brevemente si aquello se suponía que debía ser un golpe respetable. Sin embargo, como tampoco podía quedarse tirado fingiendo normalidad, se encorvó tambaleándose y se aferró al vientre, haciendo el esfuerzo de mantenerse en pie.

“Ya veremos qué tal te va.”

“Sí, señor.”

“Lárgate a tu barraca.”

Caleb solo pudo regresar a su alojamiento una vez que su tiempo de descanso se había desvanecido por completo. Apenas cruzó la puerta, Philip —que se la pasaba correteando de un lado a otro por cualquier nimiedad— notó su presencia y comenzó a armar un escándalo preguntándole si se encontraba bien.

“¿Estás bien?”

“Sí.”

“Dicen que esos tipos son famosos por ir en bola molestando a los reclutas de segundo año que les caen mal.”

“¿De verdad? Pues para ser tan famosos……”

No es gran cosa. Caleb se guardó el pensamiento para sí mismo. En silencio, se dispuso a preparar lo necesario para el próximo entrenamiento. A juzgar por lo que le había dicho Orkan, ese tipo de acoso terminaría disolviéndose por sí solo en poco tiempo; al fin y al cabo, cuando la propia supervivencia se vuelve la máxima prioridad en el horizonte, hay que estar muy loco para andar buscando a quién molestar. Se puso de pie dispuesto a incorporarse al entrenamiento colectivo, cuando alguien apartó la lona de la entrada y llamó a gritos a Caleb:

“¡Caleb! ¡¿Está por aquí Caleb?!”

“¡Sí, soy yo!”

“Tienes entrenamiento individual. Toma tu arma personal y preséntate en el campo de tiro.”

“¿Entrenamiento individual, dice?”

“Así es. Órdenes de la coronel.”

La mención de la palabra «coronel» dejó el ambiente congelado por un instante. Caleb tomó su fusil en silencio y se encaminó hacia el campo de tiro; en la barraca que acababa de abandonar reinó un silencio sepulcral durante unos segundos, hasta que alguien se atrevió a romperlo:

“¿Acaba de decir «coronel»? ¿Escuché mal o qué?”

“No, creo que yo escuché lo mismo.”

“Que yo sepa, la única coronel por estos lares es……”

Philip, célebre por meter las narices en todos lados, se rascó la cabeza visiblemente preocupado por su compañero. Había oído que la coronel de ese lugar era de las que, una vez que clavaban los colmillos en alguien, no lo soltaban jamás; no sabía si Caleb lograría salir bien librado de esa. Sin embargo, sacudiendo la cabeza, pensó que ya tenía suficientes problemas con los suyos y se puso de pie para sumarse al entrenamiento grupal.

* * *

Caleb tomó su fusil personal y siguió al cabo hasta el campo de tiro. No había nadie más allí, y Caleb se mantenía firme con un semblante tan gélido que parecía incapaz de inmutarse ante cualquier cosa que pudiera suceder. El cabo se detuvo para decirle:

“Se han dado órdenes de realizar una práctica de tiro individual.”

“Entendido.”

En el ejército no cabían preguntas del tipo «¿Por qué razón?». Solo existía la sumisión incondicional. Tras escuchar su respuesta, el cabo asintió con la cabeza y señaló los blancos que emergían de forma consecutiva al otro lado.

“Si logras derribar todos esos objetivos, te verás cara a cara con una persona de alta jerarquía a la que normalmente no tendrías acceso.”

“……Entendido.”

Un destello cruzó los ojos verdes de Caleb antes de que procediera a cargar su arma. Las distancias variaban de un blanco a otro, y las siluetas se mecían ligeramente a merced del viento. Más que concentrarse en exceso, Caleb era de los que confiaban en la velocidad para resolver las cosas. Poco después, se escucharon cinco detonaciones en rápida sucesión.

“¡Alto el fuego!”

Tras la orden, se pudo comprobar que cada uno de los cinco blancos presentaba un único e impecable impacto de bala exactamente en el centro. No había el menor margen de error. La distancia y el viento no habían representado ningún impedimento para él. Al presenciar aquello, el cabo observó en silencio las dianas perforadas por Caleb antes de indicarle:

“Sígueme. Y procura medir bien tus palabras frente a su señoría.”

“Sí, señor.”

De ese modo, ingresó al interior de los edificios del complejo militar. Entre el constante ir y venir de los soldados, no había rastro de ningún otro soldado raso como él; todos los que pasaban a su lado se quedaban mirando al recluta de segunda con curiosidad. Caleb mantuvo los labios cerrados y la vista fija al frente, limitándose a seguir los pasos del cabo que lo guiaba. No tardó mucho en llegar el momento en que su guía lo entregó a otro superior.

El hombre hizo un saludo militar y reportó:

“Tal como ordenó, he completado las pruebas y se lo traigo.”

“Muy bien, excelente trabajo.”

No era otro que Orkan. Caleb estuvo a punto de fruncir el ceño, pero se contuvo a tiempo para conservar una expresión completamente inexpresiva. En ese lugar no le convenía en absoluto evidenciar que se conocían. Pareciendo anticipar esa reacción, Orkan mantuvo un semblante severo y comenzó a guiarlo hacia los pisos superiores. Cada vez más arriba, sin detenerse.

“…….”

“…….”

No cruzaron ni una sola palabra durante el trayecto, pero Caleb ya intuía a dónde se dirigían, puesto que Orkan le había dado ciertas pistas con anterioridad. Aunque cabía preguntarse si estaba bien soltar información de esa índole con tanta ligereza, prefirió guardar silencio, asumiendo que el propio Orkan ya habría calculado los riesgos de hablar de más.

“Adelante.”

“Sí, señor.”

Toc, toc.

Orkan golpeó la puerta del despacho de la coronel y, de inmediato, se escuchó una autorización para pasar desde el interior. La voz sonaba enérgica y dotada de un tono alegre. Sin embargo, él sabía perfectamente a qué atenerse: la coronel Raio del Imperio era una auténtica fanática de las contiendas, célebre por haber sobrevivido a las campañas más despiadadas. Tragando saliva con sequedad, Caleb se presentó ante ella.

Caleb le dedicó un saludo militar formal mientras Raio lo observaba con calma desde su escritorio.

“Vaya, al final sí que tienes cara de merecer lo que dicen de ti.”

“¿Disculpe?”

“Nada, es que nuestro sargento no paraba de decir maravillas de ti y tenía curiosidad por ver qué tan apuesto eras.”

“¿Perdón……?”

¿Acaso le había dicho semejantes cosas?

Al ver que Caleb fruncía el ceño, Raio soltó una risita agitando una mano.

“No creas que lo escuché a escondidas; digamos que es uno de mis pasatiempos secretos. En fin, toma asiento, soldado raso Caleb.”

“Sí, mi coronel.”

Con la autorización de la oficial, Caleb tomó asiento en un sofá, y ella hizo lo propio justo enfrente. Con el uniforme impecable y las piernas cruzadas, Raio llevó la taza de té que otro suboficial acababa de servirle a los labios.

“Por lo que veo, tu técnica de tiro no tiene ninguna falla.”

“Me gustaría decir que aún me falta práctica, pero habiéndome graduado como el número uno de la academia, modestias aparte, sería fingir demasiada falsa humildad.”

¡Pff!

Ante esa respuesta, Raio escupió el té que estaba tomando. Caleb se limitó a mirarla con total serenidad. La coronel estalló en una carcajada, golpeando la mesa con la palma de la mano, y asintió dándole la razón.

“Es verdad. He puesto a prueba a muchísima gente, pero eres el único que ha logrado perforar tantos blancos, y para colmo, todos exactamente en el centro. Bien hecho, Caleb.”

“Gracias, mi coronel.”

“Por esa razón, quiero hacerte una propuesta.”

Zas.

Uno de los suboficiales se acercó discretamente y le ofreció una taza de té a Caleb, quien la recibió con ambas manos en respetuoso silencio. Raio lo observó con una sonrisa divertida antes de continuar en un tono pausado:

“Conoces de sobra a Alber.”

“¿No se trata de uno de los dos reinos con los que compartimos frontera actualmente?”

“Así es. Y últimamente han dado señales muy extrañas por aquellos lares.”

“¿En serio?”

“Sí. Parece que al rey de ese lugar se le ha zafado un tornillo tras asumir el trono, porque en los últimos tiempos la frontera ha empezado a ponerse bastante tensa.”

“Ya veo.”

“Exacto. Por eso tenemos pensado eliminar a su coronel y avanzar para ganar terreno.”

“¿Eliminar al coronel y avanzar……?”

Ante su desconcierto, Raio soltó una risa ligera y lo señaló con el dedo índice.

“Claro que sí. Te necesitamos para esa misión.”

Caleb pareció meditarlo por un instante, pero no tardó en asentir con la cabeza.

“Acepto.”

“Vaya, ni un solo segundo de duda.”

“Tengo mis razones para hacerlo.”

“Ya veo. Quien tiene motivaciones claras suele ser de gran utilidad.”

Diciendo esto, Raio se puso de pie y levantó la barbilla.

“Te doy la bienvenida a mi unidad de operaciones especiales.”

La coronel extendió la mano y Caleb se levantó para estrecharla brevemente. Aquel encargo podía convertirse fácilmente en una línea divisoria entre la vida y la muerte. No obstante, lo único que pasaba por la cabeza de Caleb era la firme determinación de regresar victorioso para poder plantarse con la frente en alto al lado de su prometido, Jade.

Tras su encuentro con la coronel, Caleb regresó al barracón como cualquier soldado raso. Todos sus compañeros se amontonaron a su alrededor con curiosidad. En especial Philip, que no disimulaba su enorme interés, pero como Caleb se mantuvo callado sin soltar una sola palabra, los demás se dispersaron decepcionados ante la falta de jugadas interesantes. Poco después, una vez concluida la cena, aquellos sujetos que lo habían acosado durante el día aparecieron de nuevo frente a él.

“¿Me estás diciendo que otra vez se lo llevaron a solas para entrenarlo?”

“¿Qué rayos le ven de especial a este tipo?”

“¿Será que a las mandamases les encantan las caras bonitas?”

Las palabras provocaron que Caleb frunciera el ceño con disgusto. Estaban refiriéndose a Raio de forma despectiva. Al ver su gesto de desaprobación, uno de los cabos se acercó a darle golpecitos burlones en la mejilla.

“¿Qué pasa? ¿Te molesta?”

“¿Cómo es posible que una mujercita ostente el rango de coronel? Este ejército está podrido hasta la médula.”

Al escuchar semejante estupidez, Caleb soltó una risa seca y replicó:

“La coronel Raio es una militar que ha demostrado su valía cruzando incontables campos de batalla. No es alguien a quien imbéciles como ustedes deban mencionar con tanta ligereza.”

“¿Qué dijiste?”

“¡Maldito mocoso……!”

Caleb asumió que lo mejor era recibir un par de golpes y dejar que la situación se zanjara ahí; al fin y al cabo, unos cuantos golpes no lo iban a matar. Sin embargo, en ese preciso instante resonó la voz de alguien que ordenaba apresuradamente hacer un saludo militar. Y a sus espaldas apareció la misma mujer a la que acababan de insultar llamándola «mujercita»: Raio. Con los sargentos flanqueándola, la coronel esbozó una sonrisa que denotaba que acababa de escuchar algo sumamente divertido.

“Vaya, así que el ejército donde está esa «mujercita» está podrido, ¿eh?”

El color se le esfumó por completo del rostro a los cabos. En la práctica, era casi impensable que un soldado raso se atreviera a denigrar a un superior del rango de una coronel, pero los prejuicios alimentados por el hecho de que ella fuera la única mujer ostentando ese cargo en la zona los habían hecho perder la prudencia. Había sido el momento perfecto para dejar al descubierto el tipo de acoso al que solían someterla a escondidas.

“Lleven a todos estos a la prisión militar. Inmediatamente.”

“¡Entendido, mi coronel!”

“¡Esperen, mi coronel, podemos explicarlo!”

“¡Podemos rectificar……!”

“Demasiado tarde.”

Sin mediar palabra, la oficial le propinó una tremenda patada en la espinilla al cabo que tenía más cerca, y se escuchó un seco crujido seguido por un alarido ensordecedor. Caleb calculó mentalmente que esa pierna probablemente tardaría meses en sanar.

“A todo esto, no tenía idea de que mi nuevo recluta pensara cosas tan halagadoras de mí.”

“Solo me he limitado a decir lo que es evidente, mi coronel.”

“No cabe duda de que tengo muy buen ojo para elegir a mi gente. Mañana mismo se celebra la ceremonia de ascenso, ¿verdad?”

“Así es, mi coronel.”

“¿A qué se debe esa cara de pocos amigos, sargento Orkan? A ti también te toca ascender a sargento primero.”

“……Esto parece más un espectáculo para la galería que otra cosa.”

“Si el nuevo recluta es sargento y tú te quedas estancado en el mismo rango, no luciría bien. Aunque nuestra unidad especial ya funciona de forma un tanto absurda, al menos debemos cuidar las apariencias formales. Al fin y al cabo, es un graduado de la academia, así que no habrá problemas con su desempeño.”

“……Sí, mi coronel.”

Al escuchar el intercambio, Caleb comprendió que a Orkan le esperaba una temporada sumamente estresante con una superior de ese calibre. Y justo cuando pensaba que a él no le afectaría demasiado, una inconfundible punzada le hizo dar cuenta de que, a partir de ese momento, compartiría el sufrimiento en primera fila.

* * *

Al día siguiente por la mañana, Caleb fue llamado a los edificios del ejército, donde le informaron de su ascenso a sargento raso y le entregaron su nuevo uniforme junto con los documentos correspondientes. Como todo se estaba manejando en secreto, no hubo una ceremonia de ascenso propiamente tal. A Caleb le importaba poco y nada ese detalle, así que se limitó a asentir en silencio y se cambió de ropa sin perder tiempo.

“Aunque todos te pregunten qué diablos pasó, lo más probable es que no puedas responderles nada.”

“Ya lo sé, mi sargento segundo.”

“……Entendido, sargento Caleb. Contamos contigo.”

Orkan lo trató con una expresión que denotaba total resignación, y a Caleb aquello no le pareció mal del todo; le traía recuerdos de sus días en la academia. Si se enteraba de esto, lo más seguro es que Jade armara otro berrinche monumental. Quizás hasta saldría corriendo a retarlo a duelo. Aunque, haciendo memoria, la puntería de Jade no era nada mala; si lo pusiera a competir contra Orkan, sería imposible adivinar quién saldría victorioso.

Más vale que me asegure de que algo así no suceda.

Y con seguridad no volvería a pasar. Al fin y al cabo, todo indicaba que Orkan pensaba quedarse atornillado al ejército por el resto de sus días.

De ese modo, dejó atrás el rango de soldado raso y comenzó a recibir el entrenamiento especializado de la unidad de operaciones especiales. Aunque al principio todos se mostraron extrañados por la repentina desaparición de Caleb, al momento de partir hacia la zona fronteriza, al ver el distintivo de sargento clavado en la gorra de Caleb montado a caballo, a más de uno se le cayó la mandíbula del asombro.

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Para algunos podría parecer injusto, pero Caleb estaba jugándose literalmente la vida en ese lugar. Podría tratarse tan solo del rango de sargento, pero su bala estaba destinada a arrebatarle la vida al coronel del bando enemigo.

Se había embarcado en una misión en la que, aun logrando el objetivo, no tenía la absoluta certeza de regresar con vida. A pesar de ello, lo había apostado todo. Y Caleb tenía confianza. No era porque confiara en la guerra, en los combates ni en tonterías similares. Confiaba en Jade, su prometido. Tenía la absoluta certeza de que regresaría a su lado. Se lo había dicho y se lo había prometido. Con ese pensamiento en mente, Caleb abandonó la capital del Imperio ese mismo día y puso rumbo a la frontera.

La noticia no tardó en llegar a oídos de Jade. Para alcanzar a divisar a Caleb aunque fuera desde la distancia, Jade había salido a las calles a bordo del carruaje que solían compartir. Las avenidas estaban abrumadoramente concurridas. Entre la multitud que vitoreaba para apoyar la victoria, logró distinguir a lo lejos los ojos verdes de Caleb. Este giró el rostro y sus miradas chocaron con un par de orbes dorados. Caleb descubrió a Jade observándolo con desesperación y le dedicó una sonrisa. Al verla, Jade sintió que las lágrimas amenazaban con desbordarse, por lo que se aferró con fuerza a la tela de su ropa a la altura del corazón.

Dijiste que ibas a regresar a salvo.

Jade tenía unas ganas inmensas de retenerlo. ¿De verdad necesitas ganarte el derecho de estar a mi lado de esta manera? ¿No puedes simplemente quedarte conmigo por el simple hecho de ser quien eres? Quería preguntárselo, pero como Caleb se había marchado con la firme intención de volver convertido en un hombre digno de pararse junto a él con la frente en alto, lo único que podía hacer era confiar y esperar.

“¡Te esperaré!”

El grito de Jade se perdió entre el estruendo de la multitud. Ya fuera porque logró escuchar su voz o por pura coincidencia, Caleb volvió la cabeza hacia atrás. Ante aquello, Jade exclamó una vez más con todas sus fuerzas:

“¡Te prometo que te esperaré hasta que regreses!”

Para Jade, no existía nadie más que Caleb. Aunque el conflicto le arrebatara las extremidades, si tan solo regresaba con un hilo de vida, no habría nada en el mundo que lo hiciera más feliz. Jurando aquello, Jade lo dejó marchar. Tragándose el impulso de correr a suplicarle que no se fuera, lo despidió, y la columna militar terminó por abandonar los límites de la capital imperial. Jade se quedó contemplando la estela del grupo mientras respiraba con dificultad. El simple hecho de saber que Caleb ya no estaba allí hacía que la ausencia fuera insoportable. Y, sin embargo, aguantaría. Porque se lo había prometido.

Porque se lo había prometido.

 

Capitulo 43

El avance de Caleb y los soldados rasos no se detuvo. Continuaron su trayecto a bordo de camiones militares, sin que se registrara ningún tipo de accidente ni contratiempo. Lo único que hacían al caer la tarde era montar el campamento para pasar la noche. Para Caleb, la situación de haber pasado de ser un soldado de segunda a un sargento de la noche a la mañana no le parecía tan mala. ¿Qué había de malo en ello? Los verdaderos incómodos eran aquellos reclutas que, de un momento a otro, habían pasado de ser sus compañeros de camaradería a convertirse en sus subalternos. Los muchachos no sabían cómo dirigirse a él y se mostraban sumamente nerviosos, aunque a decir verdad, tampoco tenían muchos temas de conversación en común.

“¿No tienes nada que hablar con tus antiguos camaradas?”

Orkan se le acercó con un tono que sugería que estaba intentando bromear. Antaño Orkan no era así, pero al parecer se le había pegado mucho del carácter de Raio. Caleb se quedó mirándolo un momento antes de responder:

“Si hubiera por aquí algún idiota que se hubiera alistado por sufrir de amor no correspondido, iría a burlarme un rato, pero que yo sepa no hay ninguno.”

“……”

La boca de Orkan se cerró de golpe. ¿A quién se le ocurre andar soltando comentarios así? Si eso no era incurrir en insubordinación, poco le faltaba. Caleb dejó volar su mente en pensamientos triviales para matar el tiempo. El cielo estaba despejado. Su primera noche de campamento transcurrió en paz y las estrellas brillaban con intensidad en la bóveda celeste. Aquel paisaje hacía difícil creer que se encontraban en plena marcha hacia un campo de batalla.

“¿Tienes tanta confianza en regresar con vida?”

“Me da la impresión de que ya me han hecho una pregunta idéntica antes.”

“¿De veras?”

Orkan esbozó una sonrisa. Caleb le respondió con el rostro completamente inexpresivo. Al fin y al cabo, él tenía un motivo imperativo por el cual estaba obligado a volver.

“Yo voy a regresar. Cueste lo que cueste.”

“……Decirlo con tanta seguridad da escalofríos.”

Caleb soltó una ligera sonrisa. Aquella firmeza no era exclusiva de él. Con toda seguridad, cualquier soldado albergaba en su interior el mismo anhelo de regresar junto a su pareja, su familia o alguien especial. Aquello era algo tan ordinario como extraordinario a la vez. Por esa misma razón, afrontarían el combate con una seriedad mayor que la de cualquiera.

Al día siguiente, la marcha rumbo a la zona fronteriza continuó. No esperaban mayores contratiempos hasta llegar a destino, dado que la retaguardia se encontraba estable por el momento. Y en efecto, el trayecto transcurrió sin novedad hasta que finalmente arribaron al sector fronterizo controlado por Alber. Para ese entonces, la mayoría de los efectivos ya se había habituado por completo a la unidad especial organizada por Raio. Aunque no faltaron algunos que guardaban cierto recelo ante el hecho de que un antiguo soldado raso ostentara ahora el rango de sargento, cada una de esas objeciones fue disuadida a base de violencia implacable. O mejor dicho...

“¿No crees que deberías moderarte un poco?”

“¿A qué te refieres exactamente con moderarme?”

“A proponerles un combate justo en lugar de darles una paliza mortal.”

“Si solo los golpeas con suavidad, se llenan de arrogancia porque creen que pueden ganarte.”

“……Bueno, supongo que tienes razón en eso.”

Orkan exhaló un suspiro mientras miraba de soslayo al sargento bajo su mando directo. El susodicho hacía uso de su fuerza bruta con total libertad. Ya sumaban más de veinte los sujetos que había mandado a la lona de esa manera, obligando a todos a reconocer su autoridad por la fuerza. Por supuesto, cada vez que ocurría, Caleb no se olvidaba de añadir que los otros debían dar gracias de que lo que tenían clavado en la cabeza fuera un cráneo y no una bala.

Al ver que su ex primer amor prefería repartir puñetazos en lugar de plomo entre sus subordinados directos, Orkan optó por cerrar la boca y no decir nada más. Cuando no había forma razonable de ganar una discusión, guardar silencio era la mejor alternativa.

Tras varias semanas de marcha, finalmente alcanzaron el área de frontera. La incorporación de los refuerzos trajo consigo una atmósfera de marcada tensión en el puesto. Era un hecho que en la región de Alber se estaban gestando movimientos extraños, pero la llegada de tropas de apoyo significaba que el estallido del conflicto era inminente. Probablemente, los militares estacionados allí eran los más conscientes de esa realidad.

Caleb y Orkan se dirigieron a presentar sus respetos al capitán a cargo de la guarnición, un oficial llamado Osban. El capitán los aguardaba en su tienda; en cuanto cruzaron la entrada, los recibió con seriedad:

“Ya han llegado.”

.

Tanto Orkan como Caleb le rindieron un saludo militar impecable. Ante la precisión del gesto, Osban asintió con aprobación y les dirigió la palabra. Varios oficiales que fungían como sus ayudantes los observaban de hito en hito. Tras examinarlos con la mirada, uno de ellos preguntó:

“¿Cómo se encuentra la coronel Raio?”

“Goza de excelente salud, mi capitán.”

“Me alegra oírlo. Aunque casi preferiría decir que es una suerte que no haya venido en persona.”

“La coronel consideró que no era una misión que ameritara su presencia directa.”

“Si hubiera decidido venir ella misma, este lugar ya se habría convertido en un mar de fuego.”

Osban soltó una broma que no tenía nada de graciosa. Lo dijo con un tono tan pétreo que resultaba imposible discernir si hablaba en serio o no, sobre todo porque su rostro carecía del menor rastro de sonrisa.

“Los términos de la operación son los siguientes.”

El capitán comenzó a explicar la estrategia:

“En primer lugar, nos encargaremos de abatir a tiros al coronel enviado por Alber. Ya tenemos confirmada su presencia en el frente.”

“Sí, mi capitán.”

“Se ha anunciado oficialmente que él mismo tomará parte activa en los combates para elevar la moral de sus tropas.”

“Sí, mi capitán.”

“Por consiguiente, la misión de desplegarse como tirador selecto para eliminarlo ha sido asignada al sargento Caleb, recién llegado en este destacamento.”

“Quedo a sus órdenes.”

Caleb aceptó la encomienda sin vacilar ni un solo instante. Al ver su inmediata aquiescencia, los oficiales levantaron las cejas con sorpresa. Si bien a Orkan le agradaba la seguridad que proyectaba el joven, el resto de los mandos parecía albergar ciertas dudas respecto a su capacidad. No obstante, al haber sido enviado directamente por recomendación personal de Raio, las reglas les impedían poner en tela de juicio la decisión, ya que hacerlo equivaldría a cuestionar a la propia coronel.

“El tiempo apremia. Nos han llegado reportes de que Alber planea descender al ataque en el transcurso de una semana.”

“¿En una semana, mi capitán?”

“Así es.”

“Es un margen bastante ajustado, sin duda.”

“Efectivamente. ¿Cree que podrá lograrlo, sargento?”

“Me encargaré de que sea posible.”

Caleb inclinó ligeramente la cabeza y reafirmó su respuesta con un saludo militar. Al ver su determinación, el oficial asintió convencido y le dio unas palmadas amistosas en el hombro, dando por sentado que confiaba en su palabra. Caleb estaba resuelto a cumplir con la tarea por todos los medios necesarios; después de todo, tenía la firme intención de concluir aquel enfrentamiento y regresar a casa cueste lo que cueste.

* * *

«Alber» era un reino antiguo. La razón por la cual había logrado conservar su nombre incluso después de la fundación del Imperio se debía a que se había mantenido lo más sumiso posible para sobrevivir; sin embargo, quien había ascendido al trono en esta ocasión era diferente. Vivir de aquel modo no era muy distinto a tener el comportamiento de bestias acorraladas dentro de un corral. Rendirle tributo al Imperio equivalía a ser poco más que un estado vasallo, por lo que el reino había decidido aprovechar la coyuntura para ensanchar, aunque fuera un poco, sus propios dominios. A pesar de que muchos opinaban que no era el momento adecuado, ahora que la pugna entre el príncipe heredero y la princesa había concluido, el rey se había empeñado en seguir adelante con sus planes.

“¡¿Hasta cuándo se supone que debemos seguir viviendo de esta manera?!”

“¡Su Majestad!”

Con la esperanza de que el territorio del reino se expandiera ligeramente, el rey había enviado al frente a un coronel que respaldaba firmemente sus posturas. No obstante, lo que le aguardaba en el destino no era otra cosa que un cuervo negro llamado Caleb.

Caleb exigió ser el primero en cruzar la frontera de Alber. Su objetivo era aniquilar al coronel antes de que se desatara el combate formal. Aunque sobre el papel era la mejor estrategia, resultaba sumamente difícil garantizar que Caleb saldría con vida de una misión así. A Caleb, sin embargo, eso le importaba muy poco.

“En cuanto ese coronel desaparezca, lo más probable es que las filas enemigas se desmoronen por sí solas.”

“Eso es verdad……”

“Fabriquen documentos de identidad falsos e introdúzcanme en Alber. Las armas de fuego las recibiré directamente allá. No me diga que no hay nadie infiltrado en territorio enemigo.”

“……Así es.”

“En ese caso, con eso basta.”

“Que se haga como dices, entonces.”

Los altos mandos asintieron ante la propuesta de Caleb. Tras obtener la autorización pertinente, el joven salió de la barraca, solo para ser interceptado de inmediato por Orkan, quien lo aguardaba afuera. Con un tono que denotaba su desconcierto ante semejante locura, Orkan le reprochó:

“¿Qué demonios crees que estás haciendo?”

“¿A qué se refiere, mi sargento?”

“¿Pretendes infiltrarte hasta el fondo de Alber? El riesgo es demasiado grande.”

“Aun así, sigue siendo preferible a una guerra a gran escala. Si logramos neutralizarlos justo cuando pierden la voluntad de luchar y ponemos fin a esto lo antes posible, será el mayor beneficio para todos.”

“¡Eso ya lo sé…!”

Caleb se quedó mirándolo fijamente un instante antes de replicar:

“¿Acaso te preocupas por mí?”

Ante la pregunta, Orkan frunció el ceño y esbozó una sonrisa amarga, con el semblante de alguien que aún no ha podido arrancarse a su primer amor del corazón.

“Muchísimo……”

Caleb miró a Orkan y exhaló un suspiro mental. Su corazón ya le pertenecía por completo a Jade, por lo que no le quedaba nada que ofrecerle a Orkan.

“Voy a salir bien librado de esta.”

“……Caleb.”

“Así que tenme fe y espérame.”

Dicho esto, Caleb dio media vuelta y se encaminó hacia su barraca.

Al regresar al alojamiento, Caleb comprendió que tendría que compartir aquel espacio con Orkan, razón por la cual había preferido mantenerse alejado un rato. Su intención era esperar a que el otro se durmiera para entrar con sigilo, pero para su sorpresa, Orkan aún no regresaba. Incluso en circunstancias así, Orkan no dejaba de tener ciertos detalles considerados con él, a pesar de que lo más sensato habría sido olvidar por completo a aquel primer amor que había rechazado su confesión. Caleb dejó escapar un suspiro mientras se recostaba en su lecho y cerró los ojos, deseando que Orkan volviera lo antes posible.

No pasó mucho tiempo desde que fingió quedarse dormido a la espera de Orkan cuando este último regresó, comprobó que Caleb ya descansaba y se deslizó silenciosamente hacia su propio catre. Fue una noche en la que el sueño tardó demasiado en llegar.

Al día siguiente por la mañana, Caleb recibió la documentación falsa elaborada durante la madrugada. Tras enterarse de que se avecinaba un conflicto armado cerca de la zona fronteriza, había adoptado la fachada de un buhonero imperial que intentaba regresar a Alber antes del estallido. Con el documento bien resguardado entre sus ropas, se cambió de atuendo. Aunque vestía prendas notablemente desgastadas, era imposible disimular la inconfundible palidez de su rostro.

“……¿Alguien va a tragar Cuento semejante con esa cara?”

“Estará bien.”

Aseguró Orkan. Caleb tenía la habilidad innata de salir bien librado de cualquier aprieto. En la academia, no habían sido pocas las ocasiones en las que, recurriendo a su labia y astucia frente a los instructores, había logrado esquivar castigos o enredos diplomándose con la facilidad de una serpiente deslizándose entre la hierba.

“Ya les hemos advertido a los puestos de control que no deben hostigar a los civiles que regresan a Alber, así que solo tienes que unirte a esa fila.”

“Gracias.”

“En ese caso, te deseo buena suerte.”

“Sí, mi sargento.”

Ataviado con ropas de civil y portando su falsa identidad, Caleb se sumó al grupo de personas que aguardaban para cruzar la frontera hacia Alber. Al parecer, los demás transeúntes interpretaron que su extrema palidez se debía al miedo ante la inminencia de la guerra, lo que motivó que uno de ellos le dirigiera la palabra de manera espontánea:

“Dime, muchacho, ¿de qué pueblo vienes?”

“Estaba comerciando en un poblado cercano cuando escuché que estallaría una guerra, así que decidí regresar de prisa. Una guerra, ¡Dios mío!, ¿cómo es posible algo así?”

“Ni me lo digas. Mi familia, por ejemplo, tenía a una hija casada en el Imperio; cruzó la frontera para vivir allá, y ahora nos estamos devolviendo a las carreras.”

Caleb esbozó una sonrisa contenida ante el comentario y sacó uno de los bártulos que le habían preparado con antelación.

“Esto es jade traído de las tierras orientales; dicen que atrae la buena fortuna. ¿No le gustaría adquirir uno para el camino?”

“¡Válgame el cielo, muchacho! ¿Y todavía te pones a hacer negocios en medio de este apuro?”

“Jaja, ¿qué le va a hacer? Los comerciantes somos así por naturaleza.”

Comentó Caleb con una sonrisa, guardando de nuevo la pulsera de jade en el bolsillo de su casaca mientras la fila avanzaba con lentitud. Podía percibirse la rigurosidad con la que los guardias examinaban cada papel. El nombre que se le había asignado en su nueva identidad era «Arma», un apelativo bastante común en territorio de Alber, y se había encargado de memorizar a la perfección el número de ciudadano correspondiente. Por supuesto, llegado el momento de recitarlo, fingiría ciertas dudas y tropiezos en la pronunciación, puesto que en la práctica eran muy pocos los ciudadanos comunes que se sabían su propio número de memoria.

Tras pasar toda una jornada aguardando en aquella columna, por fin le llegó el turno a Caleb. Delante de él se encontraban guardias armados con fusiles; Caleb fingió sentirse intimidado por las armas y les entregó sus documentos con manos temblorosas. Al leer el nombre impreso, uno de los soldados le espetó:

“¿A qué te dedicas, eh?”

“Me gano la vida viajando por distintas regiones para vender mercancías.”

“¿Un mercader?”

“Sí, vera usted……”

Caleb dispuso sobre la mesa los objetos que llevaba preparados: algunas piezas de jade, adornos de baratija y accesorios que aparentaban haber sido importados de ultramar. Los soldados de Alber abrieron desmesuradamente los ojos y comenzaron a inspeccionar y apropiarse de los artículos uno por uno. Caleb esbozó una sonrisa forzada, frotándose las manos con falsa sumisión.

“Son artículos consagrados a atraer la buena suerte, seleccionados personalmente por mí de entre los mejores……”

En ese instante, un cañón de fusil se alzó para apuntarle directamente al rostro.

“¿Y tu número de ciudadano?”

“Pues vera usted……”

Caleb respondió balbuceando y titubeando a propósito; al fin y al cabo, hablar con total fluidez en una situación así habría resultado sospechoso. En cuanto logró recitar la serie numérica de forma más o menos coherente, los soldados le arrebataron sin ceremonia todo lo que llevaba consigo y le dieron el visto bueno para cruzar. Sabiendo de antemano que las cosas terminarían así, Caleb se inclinó respetuosamente y se apartó del puesto de control. Al presenciar la escena, la pareja de ancianos con la que había conversado antes se le acercó para compadecerse:

“Ay, muchacho, qué desdicha que te hayan quitado toda tu mercancía.”

“No se preocupe. Las cosas materiales se pueden volver a conseguir. Con conservar la vida, lo demás importa poco.”

“¡Este muchacho va a llegar lejos pase lo que pase!”

Ante el comentario de los ancianos, Caleb dedicó una breve sonrisa y continuó su camino. De ese modo, logró cruzar oficialmente la frontera de Alber. Una vez a salvo al otro lado, extrajo un pequeño papel que llevaba oculto en el dobladillo de la ropa. En él se indicaban las coordenadas exactas donde debía recoger su arma personal. Como el punto de entrega se encontraba en una zona montañosa, decidió integrarse temporalmente al grupo de civiles que se dirigía hacia el pueblo para no levantar sospechas, desviándose hacia la falda de la montaña en cuanto tuvo oportunidad.

Para conseguir el armamento, tendré que aguantar al menos un par de días.

El agente infiltrado en Alber necesitaba un margen de tiempo para localizar el equipo y concretar el punto de encuentro. Por lo tanto, le tocaría pasar la intemperie acampando en la montaña, lo cual no sería tarea fácil considerando que iba prácticamente con las manos vacías. No obstante, confiaba en salir adelante gracias al amplio poncho impermeable que había tenido la precaución de llevar consigo.

Caleb cavó un poco en la tierra para improvisar un refugio donde camuflarse y se dispuso a cerrar los ojos por un momento. Consideró prudente conservar el poco vigor físico que le quedaba, aunque solo fuera por unos minutos. Sin embargo, no transcurrió demasiado tiempo antes de que un crujido sutil lo hiciera despertar de golpe. Levantando raudo el poncho con el que había cubierto el foso, descubrió que una pequeña criatura del bosque se había aproximado al lugar. Exhalando un suspiro de alivio, intentó calmar los nervios.

“Uf……”

Aparentemente, no había presencia militar en las inmediaciones. Caleb volvió a ocultarse bajo el improvisado cobertizo y cerró los ojos de nuevo. De no racionar sus fuerzas de esta manera, ignoraba por completo cómo terminaría respondiendo su cuerpo en el momento de la verdad. Así pues, se aferró a la imagen de Jade para soportar la penuria. Visualizaba el rostro radiante con el que su amado se encargaría de recibirlo a su regreso.

Caleb albergaba un deseo ferviente: poder volver al lado de Jade conservando cada parte de su cuerpo intacta. Sabía perfectamente que, aun si perdía alguna extremidad, Jade jamás lo rechazaría, pero se negaba rotundamente a ser el motivo por el cual derramara lágrimas.

“Jade……”

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A diferencia de su infancia, ahora que por fin conocía el significado de la afectuosidad, la figura de Jade acudía a su mente cada vez que las cosas se ponían difíciles. Murmurando su nombre en la oscuridad, Caleb volvió a cerrar los ojos con suavidad. Con resistir dos días más en aquel páramo, las armas estarían por fin en sus manos, y una vez cumplida la misión, podría emprender el viaje de regreso al Imperio. Si lograba eso, tendría el derecho de presentarse ante Jade con la frente en alto. Y entonces, tal vez por fin podrían conversar sobre aquella boda de la que tanto solía hablar su prometido.

Ya no como su prometido, sino convertido en su esposo. Casarse e intercambiar alianzas. Era un futuro que Caleb jamás se había atrevido a imaginar en el pasado, pero que ahora estaba decidido a materializar cueste lo que cueste.

“……Ojalá pudiera pedirte que hicieras un poco menos de ruido.”

Aunque en el fondo sabía que prefería la tranquilidad, si se trataba de Jade, lo más probable es que organizara la ceremonia más estruendosa y ostentosa imaginable. Una boda de esas en las que se entera hasta el último habitante del reino. Un festejo donde todo el mundo supiera sin lugar a dudas que Caleb por fin le pertenecía por entero. Lo más alarmante de todo es que, al pensarlo, se dio cuenta de que si era eso lo que Jade deseaba, él probablemente sería capaz de tolerarlo con paciencia. Si eso era lo que su amado anhelaba.

Si tan solo era eso lo que él deseaba.

 

Capítulo 45

Tras pasar una noche en lo profundo del bosque, Caleb despertó cubierto por el rocío de la madrugada. Sacó el reloj de su bolsillo para comprobar la hora y, decidiendo que era momento de ponerse en marcha, se volvió a cubrir con el poncho para retomar el movimiento. El lugar acordado para su cita no quedaba lejos.

Caleb comenzó a ascender por la ladera de la montaña manteniendo el cuerpo agachado. Con el poncho ajustado hasta cubrirle casi por completo, sus movimientos se fundían de tal manera con la tierra y el follaje que apenas podían distinguirse a simple vista. Con rapidez, se desvió de la zona montañosa y se dirigió hacia un pueblo cercano a la frontera. Aún quedaban algunos habitantes allí, aunque todos se afanaban en empaquetar sus pertenencias con la intención de evacuar. Caleb se quitó el poncho, lo abultó con desgana dentro de la bolsa que llevaba y se deslizó discretamente entre la multitud. Entre la gente comenzaron a murmurarse comentarios llenos de inquietud.

“Una guerra de la nada, ¿qué demonios se supone que significa esto.”

“¡Que Su Majestad ha declarado la guerra al Imperio……!”

“¡¿Guerra contra el Imperio……?!”

Al parecer, el rey finalmente había lanzado una declaración formal de hostilidades. Como ya lo tenían todo preparado a la espera de dar la orden, las cosas se estaban moviendo con extrema rapidez. De hecho, ya se rumoreaba que el mismísimo coronel al que debía eliminar venía en camino hacia esa misma zona.

Caleb apretó los dientes con fuerza. Evitando a la gente, se escabulló de nuevo hacia los callejones del pueblo para aguardar a su contacto. Sacó el pequeño mapa que guardaba en el interior de sus ropas y lo revisó con atención. Según las indicaciones, el punto de encuentro era exactamente allí. Tras aguardar de pie ocultando su presencia por unos instantes, escuchó las pisadas firmes de un hombre que se acercaba. Conteniendo la respiración, Caleb se abalanzó por la espalda empuñando un cuchillo militar y se lo apoyó directamente contra la garganta.

“La cabeza del león.”

“Es de la mujer.”

Al escuchar la contraseña, Caleb retiró el cuchillo del cuello del individuo. Era una frase que sin duda llevaba el sello inconfundible de Raio. Aquel hombre era uno de los soldados infiltrados en la zona; llevaba tanto tiempo viviendo allí que parecía un ciudadano común de Alber, desde su acento hasta su vestimenta. El agente se quitó la mochila que llevaba a la espalda y le mostró a Caleb el fusil que guardaba en su interior.

“Alber va a lanzar un ataque preventivo. En circunstancias normales, el coronel debería permanecer en el puesto de mando, pero durante la primera ofensiva saldrá en persona para subir la moral de la tropa. Tendrás que cumplir tu misión en ese preciso instante.”

Caleb asintió en silencio ante la advertencia. Que un coronel se expusiera de esa manera en primera línea para levantar el ánimo de los soldados rasos era, con toda probabilidad, una medida tomada para contrarrestar a la propia Raio, quien solía hacer exactamente lo mismo. Sin embargo, mientras que la actitud de Raio provenía de una confianza absoluta en sus capacidades, la del coronel enemigo no era más que pura soberanía y arrogancia. Calcular si el enemigo contaba o no con un tirador selecto de su nivel era un factor crucial que habían pasado por alto.

Caleb volvió a guardar el fusil dentro de la bolsa y se la colgó del hombro. Le dedicó una breve seña con la mirada al hombre y comenzó a alejarse del pueblo. Como había soldados apostados en varios puntos, le tomó un tiempo sortear las miradas indiscretas. Las fuerzas militares estaban obligando a marchar a todos los civiles que quedaban; al parecer, planeaban utilizar el pueblo como base para levantar sus barracas debido a sus proximidad con la zona de combate. Logrando eludir los controles sin ser visto, Caleb regresó a la montaña. Igual que el día anterior, cavó un foso en el suelo y pasó el tiempo allí dentro. Todo formaba parte de la paciente espera necesaria para garantizar el éxito de la operación.

* * *

Esta batalla fue provocada por la notificación unilateral de Alber. En circunstancias normales, un enfrentamiento de esta naturaleza jamás habría tenido lugar; sin embargo, tras la muerte de su monarca, el príncipe que había sido retenido como rehén en el Imperio durante su infancia ascendió al trono del reino y emitió repentinamente el aviso de guerra. De no ser porque el Imperio ya había colocado espías en el territorio con anterioridad, se habría visto arrastrado al conflicto por la sorpresiva notificación de Alber. El emperador lo consideró una ofensa imperdonable, motivo por el cual exigía una victoria absoluta. Esa fue precisamente la razón principal por la cual deseaba la muerte del coronel enviado por Alber para levantar la moral de sus tropas.

Si el comandante encargado de dirigirlos caía abatido de inmediato, la moral se vendría abajo, lo que permitiría asegurar una victoria rápida y sin complicaciones en la primera fase. Por esa razón le había dado instrucciones precisas a Raio.

Y fue entonces cuando Raio sacó de su baraja la carta de Caleb. Un recluta talentoso y seguro de sí mismo, pero a quien, en el fondo, su muerte le importaba poco a la cúpula militar. Aunque tenía un prometido llamado Damian, incluso si perecía en plena misión, su sacrificio sería considerado una especie de honor. Claro que cabía dudar de si él pensaría lo mismo.

“No sé si al final terminamos tocando algo que debíamos dejar en paz.”

Comentó Raio desde el interior de su despacho. Otro suboficial, mientras le servía té en la taza, le preguntó:

“¿Hay algo que le preocupe, mi coronel?”

“No, nada de gravedad. Imagino que el propio sargento Caleb es perfectamente consciente del peligro que entraña la misión que se le ha encomendado. Al fin y al cabo, se trata de infiltrarse en solitario y tener que regresar por sus propios medios.”

Raio levantó la taza y dio un sorbo a la infusión. En la práctica, una operación que consistía en colarse de incógnito en territorio enemigo, aniquilar al comandante de un disparo y volver con vida era una empresa prácticamente suicida. Pese a ello, la mirada de Caleb no se había desestabilizado ni un ápice. Eso era lo que hacía pensar a Raio, por alguna extraña razón, que el muchacho no iba a morir fácilmente. Por lo general, incluso si lograba consumar el asesinato del coronel de Alber, las posibilidades de elgrar el retorno con vida eran ínfimas.

“Esperemos a ver qué pasa.”

A ver cómo se las arregla exactamente ese muchacho para regresar.

Diciendo esto, posó la vista al otro lado de la ventana.

Por su parte, a esa misma hora, Caleb contemplaba a los soldados de Alber que, tras desalojar por completo a los habitantes del pueblo, se habían adueñado de sus viviendas para utilizarlas como barracas improvisadas. Al tratarse de construcciones endebles levantadas con tablones de madera en las inmediaciones de la frontera, mal se les podía llamar casas propiamente dichas, pero al menos les ofrecían un refugio aceptable a las tropas.

Observando la escena, Caleb se desplazó silenciosamente bajo el amparo de las sombras.

“¿Me estás diciendo que ese maldito de Erent te hizo eso?”

“Pues tal cual te lo cuento. ¿Acaso crees que te mentiría? Por eso mismo su novio lo mandó a volar.”

“Pobre infeliz.”

Los soldados de Alber departían a carcajadas entre ellos, ocupados en encender cigarrillos y charlar de sus asuntos, prestando nula atención a los guantes y las cajas de cerillas que habían dejado abandonadas sobre un cajón. Aprovechando el momento, Caleb se deslizó en la oscuridad y se apoderó discretamente de una cerilla. En el instante en que se disponía a retirarse con el objeto en su poder, escuchó un crujido sospechoso muy cerca de allí.

“¡¿Quién anda ahí?!”

Caleb contuvo el aliento de inmediato y se tiró al suelo boca abajo. Al mismo tiempo, los soldados desenfundaron los fusiles y avanzaron a toda prisa hacia la zona de maleza. Detrás del poblado se extendía directamente el bosque, lo que facilitaba el camuflaje, pero presentaba ese tipo de inconvenientes. Por suerte, una ardilla salió disparada de entre los arbustos agitando las patas con histeria, lo que provocó que los soldados de Alber soltaran un suspiro de alivio y reanudaran sus burlas.

“¿Asustarnos con una tontería así? ¿Están todos muertos de miedo o qué?”

“¿Miedo, dices? ¿Acaso quieres que te enseñe lo que es el miedo?”

Los hombres se alejaron del lugar, y Caleb, aferrando firmemente la cerilla, se escabulló sin hacer ruido. Internándose un poco más en la espesura del bosque, sobrevivió un par de días más racionando sus raciones de combate. No tardó en llegar el día señalado en el que el coronel de Alber haría su aparición.

Desde las primeras horas de la mañana, los soldados se mostraban tan rígidos y tensos como si hubieran medido cada postura con escuadra. La llegada de un coronel portador de rango nobiliario y investido con órdenes directas del soberano tenía a todos sumamente nerviosos. Como llevaba tiempo aguardando ese preciso momento, Caleb se dedicó a repasar y limpiar minuciosamente su armamento mientras esperaba la llegada del objetivo. Liquidarlos a todos de frente era una tarea imposible; sin embargo, él tenía un plan en mente, y si las cosas salían tal como lo había calculado, tal vez lograría salir con vida de allí de inmediato. Cruzando los dedos para que su estrategia diera resultado, Caleb dejó transcurrir las horas matando el tiempo.

“¿Se puede saber cuándo diablos piensa llegar este sujeto?”

Masculló por lo bajo uno de los soldados de Alber, ganándose un inmediato codazo y un severo «¡shh!» por parte de su compañero de guardia. A lo lejos, un convoy de vehículos militares comenzó a divisarse en el camino. Los soldados se cuadraron a ambos lados de la vía de acceso para rendir el saludo reglamentario al estilo de Alber, y el automóvil principal se deslizлся con naturalidad entre ellos. Del vehículo descendió un noble de estampa impecable, dotado de cabellera dorada y ojos azules, que procedió a examinar los alrededores con aire displicente.

Como el terreno era predominantemente plano, a lo lejos se alcanzaban a divisar las alambradas del Imperio. El aristócrata chasqueó la lengua al reparar en ellas.

“Con lo fácil que habría sido arrasar con todo de golpe si Su Majestad no se hubiera empeñado en andar mandando notificaciones previas.”

Dicho esto, el noble siguió las indicaciones del oficial al mando y se encaminó hacia la que parecía ser la vivienda mejor acondicionada del lugar. Al fin y al cabo, aunque no dejaba de ser una simple cabaña de madera, ahorrarse el esfuerzo de levantar barracas desde cero suponía una ventaja considerable. Tras identificar con precisión a qué edificio ingresaba el oficial, Caleb aguardó agazapado a que llegara el anochecer. Necesitaba que cayera la noche para poder poner en marcha su cometido.

“Uf……”

Para llegar a ese punto en óptimas condiciones, Caleb pasó las horas previas descansando en el interior de su foso con el fin de preservar sus energías, sin descuidar por ello la tarea de asomar la cabeza de vez en cuando para vigilar los movimientos del campamento. El sol fue declinando lentamente en el horizonte, y Caleb esperó a que la oscuridad fuera absoluta antes de ponerse finalmente en movimiento.

* * *

Era la hora de la ración. Los soldados de Alber hacían fila para recibir sus porciones del día. Como el combate aún no había comenzado, intercambiaban bromas y charlaban relajadamente para disipar la tensión previa a la batalla.

“Seguro que el noble se está dando un banquete incluso aquí, ¿no?”

“No lo sé, ¿alguien vio si le mandaron algo especial por separado?”

“Qué va, no vi nada de eso.”

“Entonces supongo que comeremos lo mismo que ellos, ¿no?”

Mientras reían y bromeaban entre ellos, de repente escucharon los gritos de un soldado que corría hacia allí con el rostro pálido.

“¡Fuego! ¡Hay un incendio!”

“¡¿Qué?! ¡¿Dónde?!”

“¡E-En varios lugares a la vez!”

Todos miraron con asombro cómo comenzaba a salir humo precisamente de las casas del pueblo que estaban utilizando como barracas. Como en ese momento la tropa entera se encontraba afuera tomando los alimentos, nadie se había percatado de las llamas hasta que ya era demasiado tarde. Tenían que sofocar el fuego de inmediato, pero el suministro de agua en el lugar era escasamente suficiente. Por lo tanto, decidieron empezar a cubrir las llamas con arena, moviéndose con la mayor rapidez posible para evitar un desastre.

¡Fuaaa-!

El fuego se extendió con una furia inesperada. Las construcciones, hechas de madera completamente seca y levantadas muy cerca unas de otras, hicieron que las llamas devoraran el sector en cuestión de segundos. Antes de que siquiera tuvieran tiempo de arrojar la primera palada de arena, el fuego ya había alcanzado el almacén de provisiones y la tienda de campaña del coronel.

“¡Salven las provisiones!”

“¡¿Dónde está el coronel?!”

“¡¿Qué significa todo este alboroto?!”

Por fortuna, el coronel logró salir corriendo por su propia cuenta, salvando el pellejo justo antes de que toda la estructura quedara sepultada bajo el mar de fuego. Sin embargo, lo único que había conseguido salvar era su vida frente al incendio. En el preciso instante en que emergió de las llamas, se escuchó una detonación seca en el aire.

¡Pum!

Era un disparo indiscutible. Y la figura que se desplomó al suelo tras el eco de ese tiro no era otra que la del coronel de cabellera dorada.

“¡Mi coronel!”

“¡Mi coronel! ¡Maldita sea! ¡Son los enemigos!”

“¡Nos han atacado! ¡Infiltrados en el campamento!”

“¡ búsquenlos ahora mismo!”

Habiendo cumplido esa parte, Caleb contuvo los disparos por un momento para evitar que su posición exacta fuera delatada, tomándose unos segundos para evaluar las fuerzas del enemigo. Necesitaba ubicar a un individuo en específico: el soldado que fungía como el conductor personal del coronel. Buscando con la mirada entre la confusión, localizó de inmediato al hombre que se aferraba al cuerpo sin vida del oficial con gritos de desesperación. Ese era el chófer.

“Lo tengo.”

Caleb alzó el fusil de inmediato y comenzó a abatir a los soldados que corrían por los alredeor. Cada disparo equivalía a una baja segura. Con la mirada afilada, el joven no permitía que ningún rival se salvara. Los soldados de Alber, al fin conscientes de la dirección de donde provenían los proyectiles, respondieron abriendo fuego hacia su sector; no obstante, como Caleb disparaba resguardado desde el interior de un foso con la boca del cañón apenas asomando, logró esquivar la mayor parte de la ofensiva. Aun así, era imposible evitar el roce de todas las balas que surcaban el aire.

Y entonces llegó el breve instante de oscuridad: el momento crítico para recargar el cargador. Caleb expulsó el cartucho vacío, metió uno nuevo y se lanzó al claro entre los enemigos, corriendo directamente hacia el conductor. Una lluvia de plomo cruzó el espacio a su alrededor. En el trayecto, uno de los proyectiles impactó de lleno en su hombro y brazo. Sintió un ardor punzante, pero apretando los dientes con fuerza, se abalanzó sobre el chófer y le encañonó la sien con el arma.

“¡Alto el fuego todos ustedes!”

“¡C-Cesen el fuego!”

Caleb miró fijamente al rehén que tenía sometido. Para su sorpresa, llevaba el mismo rango de sargento. Dejando escapar una risa seca, le advirtió:

“Mi destino es cruzar hacia el Imperio. Si cooperas, te prometo que te dejaré regresar con vida una vez que termine.”

“……¿Y cómo demonios se supone que te crea?”

“Tendrás que confiar en mí con el simple hecho de que todavía no te he volado los sesos.”

Diciendo esto, y manteniendo el cañón firmemente apoyado contra la cabeza del hombre, Caleb comenzó a retroceder lentamente hacia el vehículo militar que el coronel había utilizado para llegar. Los soldados de Alber, al ver a su compañero como escudo humano, se limitaron a apuntar con sus fusiles sin atreverse a hacer ningún movimiento en falso. En ese instante, una figura se deslizó sigilosamente a espaldas de Caleb.

¡Pum!

“¡Argh!”

Como si tuviera ojos en la nuca, Caleb giró el arma a una velocidad pasmosa y disparó contra el atacante que intentaba emboscarlo. Al ver al sujeto rodar por el suelo tras recibir el impacto, le lanzó una advertencia al rehén:

“Te aconsejo que le des a tus camaradas la orden de no hacer estupideces.”

“……”

“Sargento, ¿cuál es tu nombre?”

“Joelpin Ecliffe.”

“Si te apellidas Ecliffe…….”

“El coronel al que acabas de acribillar hace un momento era mi tío paterno.”

“Vaya, qué lamentable coincidencia. Si no quieres perder a otro joven aristócrata de la familia hoy, dile a todos que cooperen.”

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Con esas palabras, empujó al hombre hacia el interior del vehículo militar y lo obligó a sentarse en el asiento del conductor, mientras le seguía apuntando directamente a la cabeza. Le ordenó pisar el acelerador a fondo en dirección directa hacia las alambradas que marcaban la frontera con el Imperio.

“Como intentes hacer alguna jugada rara, estás muerto.”

“……Entendido. Ya entendí.”

Caleb se mordió con fuerza el interior de las mejillas para mantenerse consciente. Ya faltaba poco. A medida que se aproximaban a la línea divisoria, el rehén preguntó con evidente nerviosismo:

“¿Q-Qué hago ahora?”

“¡Atraviésala sin frenar!”

En ese mismo instante, el vehículo se estrelló violentamente contra el alambrado fronterizo, deteniéndose de golpe del lado imperial con un chirrido ensordecedor de neumáticos.

Caleb descendió del automóvil junto al prisionero y se identificó ante la guardia:

“Sargento Caleb. Misión cumplida, he regresado al Imperio trayendo a un rehén conmigo.”

Su aspecto era absolutamente deplorable. Cualquiera lo habría tomado por un mendigo callejero sin hogar. Los soldados imperiales, desconcertados y reacios a creer las palabras de aquel sujeto en semejantes condiciones, mantuvieron los fusiles en alto en una tensa guardia. No obstante, Orkan, que había acudido de inmediato tras recibir el reporte de la situación, se encargó de disipar las dudas.

“Su identidad es legítima. Aseguren la zona de inmediato.”

“¡Sí, mi sargento!”

De ese modo, el rehén capturado en territorio del reino fue puesto bajo custodia. Caleb dejó escapar un suspiro de alivio. Su visión comenzaba a nublarse por completo; la tensión del combate era lo único que lo había mantenido en pie hasta ese instante, operando puramente a base de pura fuerza de voluntad. Fue en ese momento cuando Orkan reparó, con horror tardío, en que las ropas de Caleb estaban empapadas de sangre que goteaba sin cesar. Era una herida de bala indiscutible.

“¡Sargento Caleb, estás herido de gravedad……!”

“Qué rápi-, do para darte cuen-, ta……”

Tras balbucear esas palabras, Caleb perdió el conocimiento por completo y se desplomó.

Cuando abrió los ojos nuevamente, se encontraba en una clínica militar ubicada en las inmediaciones de la frontera; al parecer, lo habían trasladado allí tras desmayarse. Al verse reflejado en un espejo, sintió una profunda impresión al constatar su propio estado. Jamás imaginó que lucía de una manera tan andrajosa. Tenía un fuerte deseo de asearse, pero debido a la gravedad de las heridas de bala tuvo que conformarse con afeitarse la barba por lo menos. Cada movimiento de sus brazos le provocaba punzadas de dolor, pero le era imposible soportar verse en aquellas condiciones.

Al verlo, Orkan chasqueó la lengua con incredulidad.

“Supongo que hay que estar dispuesto a llegar a extremos así para tener éxito en una misión de esta categoría, sargento.”

“Sí, mi sargento. Supongo que así es.”

“Jamás me imaginé que lograrías salir victorioso con tanta facilidad.”

“No diría que fue fácil.”

“Cierto, nada de esto tiene de fácil. Supongo que me he expresado mal.”

“Con que lo sepa es suficiente.”

Recostado en la camilla del hospital, Caleb escuchó de labios de su superior el resumen de lo acontecido tras su partida:

“Poco después de tu incursión, hubo un intento de ofensiva por parte de ellos, pero como alguien se encargó de reducir a cenizas tanto su almacén de suministros como el campamento principal, terminaron retirándose por falta de recursos.”

“Vaya, quienquiera que haya sido, hizo un excelente trabajo.”

“……Ay, por el amor de Dios.”

A pesar de soltar una risa irónica, Orkan no pudo evitar exhalar un profundo suspiro de alivio al verlo sano y salvo. Había sido una misión rozando lo imposible. Pese a todo, él se había ofrecido y había vuelto con vida. Caleb siempre había vivido al borde del abismo, rozando la muerte, pero aquella ocasión había sido diferente: había entrado en la boca del lobo con el único propósito imperativo de sobrevivir.

“¿Quién es la persona que te da tantas ganas de vivir?”

“¿De verdad tienes que obligarme a decirlo con mis propias palabras, Orkan?”

“Olvídalo, ya basta de patéticas palabras por parte de un hombre al que rechazaron.”

“Con eso basta, mi sargento.”

“Un subordinado no debería subirse tanto a las barbas de sus superiores, sargento.”

“Entendido. Bastará con que cierre la boca, supongo.”

Ambos cruzaron una mirada cómplice y terminaron estallando en una carcajada.