Capítulo 41-45
Capítulo
41
Ambos
regresaron juntos a la familia Damian. Caleb dijo que necesitaba un tiempo a
solas para pensar. Jade no tenía idea de qué clase de pensamientos pasaban por
su mente. Si se trataba de lo ocurrido con su madre o de alguna otra cosa, su
interior era completamente indescifrable. Caleb, sigo sin entenderte en lo
absoluto. Pensando de ese modo, Jade le cedió su propia habitación a Caleb
y se sentó en el sofá de la sala a tomar té.
Poco
después, Caleb salió de la habitación y se dirigió a la sala del segundo piso,
donde Jade lo estaba esperando. Al verlo aparecer, Jade se puso de pie para
recibirlo. Caleb le tomó la mano que le tendía y, tras vacilar un instante, le
dijo:
“Quiero
alejarme por un tiempo.”
“……¿Dices
que quieres irte lejos?”
“No
he dicho que me vaya para siempre. Cálmate y escucha.”
“Bien
sabes que esa palabra me hace enloquecer.”
“Sería
un idiota si no lo supiera.”
Diciendo
esto, Caleb hizo que Jade tomaras asiento y se sentó frente a él. Luego,
mirándolo fijamente, le dijo:
“Quiero
ir a la zona fronteriza.”
“¿Qué?”
Ante
esas palabras, el rostro de Jade se tornó pálido. La zona fronteriza era un
lugar donde libraban batallas grandes y pequeñas; era, en el sentido literal de
la palabra, la «línea de fuego». Aunque en el presente no había grandes contiendas,
seguía siendo una zona de alto riesgo donde los enfrentamientos menores podían
estallar en cualquier momento. Por esa razón, Jade negó con la cabeza de
inmediato.
“No.”
“Jade.”
“……”
“No
puedo seguir a tu lado en este estado.”
“¿Qué
demonios es lo que está mal?”
“¿Esperas
que permanezca a tu lado siendo un simple plebeyo? Eso no puede ser.”
“¿Qué
es exactamente lo que no puede ser?”
“Quiero
decir que deseo estar a tu altura, sin que me falte nada.”
“A
ti no te falta nada. Todo el mundo lo sabe.”
“Me
refiero a que no quiero ser recordado como el sujeto que traicionó a su
familia, sino como alguien que se ganó sus méritos con esfuerzo.”
Jade
se llevó una mano a la frente ante aquel comentario y replicó:
“Lo
sé, por eso te lo digo. Caleb, quédate quieto. Es lo mejor para los dos. ¿Hasta
qué punto planeas consumirme por completo?”
Sin
embargo, Caleb no mostraba la menor intención de ceder. Mirando a Jade, le
aseguró:
“Tu
padre también estará de acuerdo.”
“¡¿Y
a qué viene mencionar a mi padre de repente?!”
“Ahora
que mi estatus ha quedado arruinado, tu flanco está prácticamente vacío. Que un
plebeyo sin nada, y encima alguien a quien borraron de los registros
nobiliarios para rebajarlo a plebeyo, permanezca a tu lado no representará
ningún impedimento para los demás nobles.”
“……¿Y
si no quiero?”
“Eso
no es precisamente lo más importante.”
Caleb
soltó una risa seca. Probablemente el padre de Jade pensaría de forma muy
similar. No obstante, por esa misma razón consideraría aún más necesario que él
obtuviera méritos propios, todo con el fin de proteger los sentimientos de
Jade. Por eso mismo Caleb estaba decidido a dar un paso al frente. Quería
defender su lugar con su propia fuerza, sin depender del poder de Jade.
“Regresaré
a salvo.”
“¡Yo
no pedí nada de esto!”
“Lo
sé, Jade. Lo sé.”
Caleb
se acercó y lo envolvió en un abrazo. Jade le correspondió con la misma
intensidad, como si temiera que fuera a desaparecer, aferrándose a él con tanta
fuerza que su cuerpo temblaba al borde de las lágrimas. Acariciándolo con suavidad,
Caleb le murmuró:
“Si
fueras tú quien se marcha, yo también iría.”
“Eso
no tiene sentido, Jade.”
“¿Por
qué dices que no tiene sentido?”
“Tengo
que lograrlo únicamente con mis propias fuerzas.”
“……¿Por
qué tienes que ponérmelo tan difícil?”
“Ya
lo sabes. Así es la mayor parte de la alta sociedad.”
Caleb
soltó una nueva risa seca. A Jade, en cambio, no le hacía ninguna gracia.
Aunque le costaba asimilar que tuviera que enviar a su prometido al peligro con
tal de permanecer a su lado, su orgullo como aristócrata terminaba justificando
las razones por las cuales debía hacerlo. No le desagradaba la idea de que
Caleb viviera bajo su protección para siempre; es más, de cierto modo le habría
gustado. Pero si eso ocurría, el que terminaría desdichado sería el propio
Caleb. Sabía perfectamente que dejarlo marchar ahora y recibirlo de vuelta con
la frente en alto era lo mejor para ambos. No obstante, si algo llegaba a salir
mal...
“¿Y
si te pierdo en el proceso?”
“Eso
no va a pasar.”
“Las
suposiciones nunca se cumplen por completo.”
“No
necesito ninguna clase de suposiciones.”
“……”
“Voy
a regresar, y estaré a tu lado cuando lo haga.”
“……Caleb.”
“Sí.
Jade, déjame ir.”
“……¿Por
qué tienes que ser tan cruel conmigo?”
“¿No
podrías tomarlo simplemente como el castigo por haber sido tan arisco conmigo
al principio?”
Jade
arrugó la nariz con fuerza ante aquellas palabras.
“No
estoy de humor para bromas.”
Caleb
esbozó una sonrisa sutil y acarició el cabello de Jade una y otra vez antes de
decirle:
“Iré
como soldado raso. Aunque al haber cursado la academia no seré tratado
exactamente igual que un plebeyo común. No necesitaré cartas de recomendación
ni favores de nadie. Lo conseguiré con mi propio esfuerzo.”
“……¿Era
necesario llegar a tanto?”
“Solo
así se evitarán los murmullos y habladurías.”
“Eres
demasiado implacable.”
“Por
algo me llamaban la víbora.”
Dijo
Caleb, trayendo a la memoria el apodo que le habían dado en la academia. Jade
frunció el ceño con frustración. Inclinándose hacia él, Caleb depositó un beso
en su entrecejo y le prometió:
“Ya
vuelvo.”
“……Sigo
sin entenderlo.”
“Aun
así, sabes que tengo que hacerlo, ¿verdad?”
“……Sí.”
De
ese modo se fundieron en un beso. Un brillo húmedo parpadeó en los confines de
los ojos de Jade. Caleb, por el contrario, cerró los labios con las pestañas
secas, y mientras acariciaba los párpados mojados de Jade, le susurró:
“Todo
va a estar bien.”
Repitiéndoselo
una y otra vez, como si con ello pudiera asegurar que nada malo pasaría.
*
* *
El
día en que Caleb partió no estaba muy lejano. No fue difícil incluirlo entre el
grupo del ejército que se dirigía a la frontera. A Caleb no le hacía mucha
gracia saber que se había utilizado influencia para facilitar su traslado, pero
si no aceptaba de ese modo, tendría que esperar a otra oportunidad, así que no
le quedó más remedio que tragar orgullo. Desde ese mismo instante, el rostro de
Jade se puso del color de la ceniza, aunque Caleb se encargó de reiterarle una
y otra vez que regresaría a su lado. Jade se dedicaría a soñar y volver a
soñar, una y otra vez, con el regreso a salvo de su prometido.
“De
todos modos, no habrá grandes batallas.”
“Eso
es lo que hay que esperar.”
Mientras
consolaba a Jade, Caleb terminó de preparar sus cosas para el viaje. Como todo
lo necesario sería abastecido directamente en el destino, lo único que se vio
obligado a llevar consigo fue un pequeño retrato de Jade. Caleb soltó una
risita divertida al pensar que terminaría guardando algo así. Tras guardarlo en
el bolsillo de su pecho y enfundarse en el uniforme de la academia, la marquesa
rompió en llanto.
“Cariño,
¿por qué lloras de esa manera?”
“Pues
cómo no voy a hacerlo, si nuestro querido novio se nos va a la frontera……”
“¿Nov……
Qué?”
Caleb
se mostró desconcertado, como si hubiera escuchado mal, pero a nadie a su
alrededor le pareció extraño. Con una risa seca, Caleb se subió por fin a ese
famoso carruaje sin caballos. El vehículo, que el propio Jade conducía, contaba
con un techo en condiciones y se tambaleaba mucho menos que un carruaje común.
Resultaba incomprensible por qué la gente le temía a algo así. Durante todo el
trayecto en el automóvil no se cruzó una sola palabra. Caleb se limitó a mirar
silenciosamente a través de la ventanilla, mientras Jade guardaba discreto
silencio para ajustarse a su estado de ánimo. Aunque lo lógico habría sido que
ocurriera lo contrario, Caleb prefería que Jade actuara así si eso era lo que
deseaba.
¡Creee, tas!
El
vehículo se detuvo frente a las puertas del campo de entrenamiento. Caleb
descendió ligeramente y se inclinó para besar los labios de Jade.
“Volveré.”
“……Vuelve
bien.”
Caleb
ingresó solo al recinto militar. A partir de ese momento, dejaba de ser Caleb
Enders para dar comienzo a sus días estrictamente como ‘Caleb’. Era imposible
prever cuán hostil sería aquel lugar, pero él ya iba mentalizado para lo peor.
Lo
primero que hizo Caleb al pisar el campo de entrenamiento fue observar a los
reclutas, que aguardaban de pie en formación bajo un sol abrasador. Entre todos
ellos, era el único que vestía el uniforme de la academia. Y era lógico; no
existía ningún plebeyo en el imperio que tuviera el privilegio de portar
semejantes prendas. Por esa misma razón, Caleb resaltaba más que nadie.
Sin
embargo, eso no significaba que pretendiera recibir un trato preferencial.
Aunque destacaba de inmediato entre las decenas de hileras formadas, Caleb fijó
toda su atención en los labios del cabo al mando. El oficial barrió con la
mirada a los presentes hasta que sus ojos se cruzaron con los de Caleb; de
inmediato, abrió la boca para ordenarles que dieran vuelta a la inmensa pista de
carreras.
“¡Grupos
de quince como máximo! ¡Veinte vueltas! ¡A correr!”
“¡Sí,
señor!”
Caleb
echó a correr en cuanto terminó la orden. Al principio parecía que iba al mismo
ritmo desbocado que los demás, pero poco a poco las distancias comenzaron a
acortarse. En las primeras fases no convenía gastar todas las energías de
golpe; lo importante era ir alcanzándolos de manera progresiva. A pesar de los
jadeos ajenos que resonaban por todas partes, Caleb mantuvo una respiración
perfectamente controlada. Y así, logró colarse entre los primeros tres puestos.
Todo gracias a aquel vistoso pero inútil uniforme de la academia. Caleb
chasqueó la lengua con fastidio, aunque sabía perfectamente que no era el
momento para ponerse a protestar por pequeñeces.
“¡Los
quince primeros, formen en línea!”
“¡Sí,
señor!”
Los
quince reclutas se alinearon y, de ellos, Caleb —que ocupaba el tercer lugar—
respiraba de forma notablemente más calmada que el resto. El cabo los
inspeccionó con la mirada y, deteniéndose ante Caleb por llevar todavía la
casaca de gala de la academia, le preguntó:
“¿Cuál
es tu especialidad?”
“Tiro
con pistola, señor.”
El
oficial pareció anotar algo en un registro, antes de girarse y berrear a pleno
pulmón hacia los que seguían dando vueltas a la pista:
“¡bola
de inútiles! ¡Apresúrense a correr, maldita sea!”
“¡Sí,
señor!”
Caleb
pensó que si la academia ya tenía lo suyo, el ejército no se quedaba atrás. Una
vez que todos terminaron de dar las veinte vueltas reglamentarias, se procedió
a la entrega de suministros.
Las
palabras del cabo fueron tajantes: debían cuidar la mochila de unos treinta
kilos como si fuera su propia vida.
“¡El
que pierda su equipo, muere! ¡No hay más explicaciones!”
“¡Sí,
señor!”
Caleb
se echó la carga a la espalda. Dentro llevaba bengalas de todo tipo, raciones
de comida y rústicos kits de supervivencia; con razón advertían que valía más
que la propia vida. Caleb ajustó las correas firmemente a la medida de su
cuerpo. A su alrededor, los demás reclutas hacían lo propio con torpeza. Varios
lo miraban de reojo de vez en cuando, pero Caleb avanzaba con la vista fija al
frente, ignorándolos por completo. Esa era también una de las principales
diferencias entre alguien que había recibido entrenamiento formal y alguien que
no. Al parecer, el cabo decidió no darle un trato especial a pesar de su
procedencia y lo metió de inmediato en uno de aquellos barracones mugrientos.
Aunque por dentro estaban limpios, carecían de cualquier atisbo de orden. Lejos
de desanimarse, Caleb se quedó de pie en silencio hasta que le asignaron su
sitio.
“¡Tercer
recluta! ¡Vete a la cama catorce!”
“¡Sí,
señor!”
Caleb
se dirigió hacia la litera señalada. Para su buena suerte, la cama inferior no
parecía tener ratas. Dejó caer su pesado equipaje y abrió el casillero
metálico, que estaba completamente vacío. Consciente de que, a diferencia de
los demás, él debía guardar allí su uniforme de gala, sacó la indumentaria de
la mochila. Acto seguido, se puso el uniforme militar reglamentario. En cuanto
se lo acomodó, comenzó a desprenderse un olor característico a aura alfa. Caleb
frunció el entrecejo y se apresuró a sofocar aquel rastro nocivo de feromonas.
Su olor natural solía generar sensaciones desagradables en los demás, lo que
facilitaba los pleitos innecesarios. Por ello, procuró suprimirlas al máximo,
guardó su uniforme de la academia junto con el resto de los pertrechos y cerró
el compartimento.
Los
demás soldados, desorientados por la situación, copiaban torpemente sus
movimientos.
Con
eso concluyeron las actividades del primer día. El ambiente empezó a
distenderse un poco y los reclutas comenzaron a charlar entre ellos. Como en
aquella sección todos ostentaban el rango raso de soldados de segunda, no había
superiores rondando. Caleb no tenía la menor intención de socializar, así que
optó por guardar silencio, hasta que alguien se le acercó de la nada.
“¡Me
llamo Philip! ¿Y tú quién eres? ¡Se nota a leguas que la ropa que trajiste es
de otra categoría!”
“……Caleb.”
“¿Caleb?
¿No serás de familia noble o algo así?”
“Si
fuera de la nobleza, ¿crees que habría venido a parar aquí?”
“No,
bueno, lo decía por decir……”
El
muchacho se rascó la nuca con torpeza, visiblemente avergonzado. Sin embargo,
lejos de desanimarse, continuó acosando a Caleb con preguntas. Por desgracia
para este último, resultó ser el compañero que le había tocado en la litera de
arriba. Mostrando un interés excesivo, el chico no paraba de indagar:
“¿Cómo
sabías tanto de la milicia desde el inicio? ¿Acaso ya habías estado aquí
antes?”
“¿A
qué te refieres con volver a estar aquí?”
“No
sé, ¿quizás te retiraste por una lesión y ahora regresas?”
“¿Crees
que eso es posible?”
“Bueno,
visto así no……”
“Si
vas a seguir diciendo tonterías, mejor guárdatelo y déjame en paz.”
“Qué
repelente eres.”
“¿Qué...
dijiste?”
“Vengo
de un pueblito de provincias, y en mi tierra a la gente como tú les llaman
‘repelentes de la capital’.”
“Ja……”
¡Ja,
ja, ja! Alguien que escuchó la escena rompió a reír a carcajadas hasta irse de
espaldas. A Caleb le estalló una cefalea repentina y se llevó una mano a la
sien. Desde ese preciso instante, se convirtió oficialmente en el «repelente de
la capital» de aquel barracón. Le parecía el colmo del absurdo, pero la culpa
era enteramente de ese sujeto llamado ‘Philip’ o ‘Palep’, o como se llamara.
Como había gritado su nuevo mote a voz en cuello durante la hora de la comida,
ahora hasta los soldados de los otros barracones lo sabían.
“La
comida de aquí hasta parece mejor que la que comíamos en casa.”
“Totalmente.
Los entrenamientos son brutales, pero la comida es mil veces mejor.”
“Oye,
Caleb, ¿tú qué opinas?”
“Es
indiferente.”
Caleb
miró de reojo a los tres hombres que, a esas alturas, ya lo seguían a todas
partes como patitos. Eran Philip, Nathan y Bane. Los tres procedían de la misma
región rural y se habían empecinado en perseguirlo a donde fuera, como si lo
tomaran por su madre nodriza.
“Por
más que me sigan, no van a sacar nada.”
“¿Qué
dices? ¡Si desde el primer día has sido el jodido as del grupo!”
“¿En
qué momento me convertí en el as?”
“¡Desde
que el cabo te preguntó cuáles eran tus habilidades!”
“Claro,
porque fue al único a quien se lo preguntó……”
“Eso
fue porque traías puesta la casaca de la academia……”
“¿Y
qué se supone que significa eso?”
“No,
por nada…… hay cosas que es mejor callar.”
Como
Caleb no tenía el menor deseo de ventilar sus complicados antecedentes
familiares, optó por evadir el tema con evasivas, y los otros tres, asumiendo
que él también cargaba con un pasado turbio, dejaron de insistir. Eso sí, como
la casaca de gala les había parecido imponente, terminaron tratándolo
prácticamente como a su líder indiscutible.
Las
actividades de la jornada llegaron a su fin y cayó la noche. El cabo de guardia
hizo su ronda habitual por los dormitorios, inspeccionando a los reclutas con
mirada severa para comprobar que nadie hubiera desertado —algo bastante común
entre quienes no soportaban el rigor del entrenamiento inicial—. Por suerte, en
esa habitación no faltaba nadie; tras pasar lista sin novedad, el dormitorio
comenzó a prepararse para dormir.
“Caleb,
Caleb.”
“Qué.”
“Oye,
hace un rato me topé con alguien muy importante.”
“¿Quién?”
“¿O,
Orkan?”
“¿Qué?”
“Creo
que así se llamaba.”
Caleb
frunció el ceño con fuerza. ¿Por qué diablos sale ese nombre a relucir aquí?
Con el rostro contraído por la contrariedad, le tapó la boca con la mano para
callarlo. Aquel no era un nombre que se pudiera pronunciar a la ligera en
cualquier sitio, y menos estando en el ejército. Le hizo una seña de silencio
antes de retirarle la mano. Philip asintió con la cabeza, comprendiendo la
gravedad.
“No
vuelvas a mencionar ese nombre por ahí.”
“Entendido.”
“Y
bien.”
“Parece
que tiene muchas ganas de verte en cuanto pueda.”
“Si
me necesita, ya sabrá buscarme. No te metas en eso.”
“Oye……
¿tienes nervios de acero o eres un arrogante de primera? Ya no sé qué pensar.”
“Significa
que te calles y te pongas a dormir.”
“……De
acuerdo, entendido.”
Caleb
cerró los ojos e intentó conciliar el sueño. Aunque ignoraba por completo los
motivos que habían llevado a Orkan a enrolarse en el ejército destinado a la
frontera, su presencia allí solo significaba que las cosas se complicarían más
de la cuenta. Era imposible que Jade se quedara de brazos cruzados viendo
semejante panorama... o bueno, el verdadero reto consistiría precisamente en
ocultárselo para evitar un desastre. Rezando para que Orkan decidiera no cruzar
su camino, Caleb se dispuso a descansar.
Scritch, scritch.
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AOMINE5BL
Afuera
del barracón se escuchaban pisadas sigilosas, presumiblemente de algún animal
salvaje. Con sus agudos sentidos alerta, Caleb abrió los ojos en la oscuridad,
pero prefirió no levantarse; mantener los ojos cerrados era vital para
recuperar fuerzas. Aquel era un truco que solía aplicar durante las duras
exigencias de la academia. En cambio, los demás reclutas, carentes de ese
entrenamiento, comenzaron a dar vueltas en sus lechos, irritados por los ruidos
nocturnos. Contrario a los deseos de Caleb, que solo quería dormir en paz,
algunos de ellos decidieron levantarse por iniciativa propia para cazar a la
supuesta alimaña.
Más les vale no salir a buscar que les vuelen la cabeza.
Pensó
con fastidio, y tal como lo predijo, uno de los incautos que salió a patrullar
regresó con un buen chichón tras tropezar en la oscuridad. Por más que les
advierten, nunca hacen caso. Al ver al compañero lamentándose con la cabeza
gacha, Philip volvió a acostarse en silencio. Caleb sintió que por fin podría
descansar y volvió a cerrar los ojos, bloqueando por completo el olor a mantas
sucias y los susurros inútiles de Philip. De ese modo, y evocando por un
instante la vieja nostalgia de la academia, Caleb se entregó al sueño.
Capítulo 42
Philip
vio a Orkan por primera vez en el comedor. Para ser exactos, fue mientras
regresaba tras haber terminado de almorzar. Aquel hombre, de llamativa melena
rubia y ojos grises, lo había interceptado para hacerle preguntas sobre Caleb.
A pesar de notar a simple vista que portaba un rango elevado, Philip le había
respondido con energía tras saludarlo militarmente, y él se había presentado
como Orkan. A todo esto, ¿cuál se supone que era su rango exacto? No lograba
recordarlo con claridad. No pasó mucho tiempo desde que Philip se despertó de
ese sueño hasta que el clarín de diana comenzó a sonar.
“¡A
levantarse! ¡Arriba todo el mundo!”
Philip
se secó la baba de la comisura de los labios y se incorporó a tropezones, pero
en la litera de abajo, Caleb ya estaba completamente despierto, sentado en
posición militar estricta. Por más que lo pensaba, Caleb no parecía encajar en
un lugar así; de hecho, en algún momento se le había cruzado por la cabeza la
absurda idea de que tal vez era un inspector encubierto enviado para vigilar a
los reclutas, pero descartó esa teoría por completo en cuanto comenzaron los
entrenamientos. El acondicionamiento físico básico abarcaba desde carreras y
arrastre de troncos hasta flexiones, abdominales y circuitos de obstáculos; en
resumen, todo lo necesario para adquirir la resistencia indispensable en el
terreno de operaciones.
“Uf,
juff…….”
A
todos los reclutas aquel entrenamiento los dejaba hechos polvo, con unas
irrefrenables ganas de desplomarse y rodar por el suelo, pero Caleb era el
único que se mantenía activo, trotando con ligereza para relajar los músculos.
Aunque a cualquiera le habría encantado fardar de su destreza, el único que
demostraba una superioridad real en el campo era Caleb. Y eso a pesar de que ya
había pasado por un entrenamiento riguroso en el pasado.
Caleb
se topó con Orkan durante el breve descanso concedido tras la sesión matutina
de acondicionamiento físico. Al escuchar que alguien lo reclamaba, levantó la
mirada y chocó de frente con los ojos de Orkan. Caleb tragó el trago de agua
que tenía en la boca y bajó la vista, pero Orkan acortó la distancia de
inmediato.
“Soldado
raso Caleb.”
“Sí,
mi sargento Orkan.”
“Sígueme
afuera.”
“Entendido.”
A
su alrededor no hubo murmullos audibles, pero sí se percibió el intercambio
silencioso de miradas entre ambos. Caleb lo siguió en silencio hasta la parte
posterior de los barracones, un rincón libre de miradas indiscretas. Apenas se
aseguró de que estaban solos, Orkan esbozó una sonrisa y lo llamó:
“Caleb.”
“No
es adecuado que me llame así aquí, mi sargento Orkan.”
“Ya
sabía que dirías algo así, pero…….”
“Sí.”
“No
se supone que debas estar rodando por el barro en un sitio como este, ¿o sí?”
“No
tengo idea de a qué se refiere.”
“Dentro
de poco, todos nosotros, incluidos los reclutas, marcharemos hacia la zona
fronteriza.”
“¿Se
avecina un combate?”
“Así
es, y allí nos encargaremos de eliminar a un coronel.”
Al
oír aquello, los ojos de Caleb se abrieron de par en par. Bajando aún más la
voz, replicó:
“No
puedes ir contándome cosas así. Orkan, por mucho que yo…….”
“Tengo
pensado recomendarte como el francotirador de la misión.”
“¿Qué?”
“Por
supuesto, habrá pruebas previas.”
Caleb
se quedó en silencio. Que un coronel en persona se desplazas-se a la zona
fronteriza significaba, sin lugar a dudas, que se libraría un enfrentamiento de
gran envergadura. Y esa clase de información confidencial jamás se le revelaba
a un simple soldado raso. Sin embargo, los términos cambiaban por completo si
le ofrecían un puesto de tirador selecto.
“Tus
calificaciones de la academia ya han sido actualizadas, Caleb.”
“…….”
“Desconozco
las razones que te empujaron a alistarte en el ejército, pero…….”
“Eso
no te incumbe. Y menos ahora que mi familia ha caído en desgracia.”
“……Sí,
de eso también me enteré en los cuarteles.”
“A
todo esto, ¿en qué momento te alistaste tú?”
“Poco
después de que terminaste aquel encargo que te pedí. Me rechazaste,
¿recuerdas?”
“…….”
“No
hay mejor remedio para superar las penas de un amor no correspondido que
castigar el propio cuerpo a base de fatiga.”
“……Podrías
ahorrarte ese tipo de bromas.”
“Ja,
ja.”
Caleb
soltó un suspiro, realizó un saludo militar formal y regresó al barracón donde
descansaban los demás soldados rasos, fingiendo que no había escuchado una sola
palabra. Tras observarlo marchar, Orkan giró sobre sus talones y enfrió el
semblante para dirigirse al lugar que le correspondía.
Orkan
cruzó la zona de los alojamientos e ingresó al edificio de mando principal,
encaminándose directamente hacia el piso más alto. Era de esperar que ella
hubiera estado vigilando cada detalle de su conversación con Caleb. Al llamar a
la puerta con dos golpes secos, una voz al otro lado le indicó que pasara.
La
mujer que había contemplado toda la escena a través de los cristales era Raio
de Bruck. Perteneciente a una ilustre familia de duques, había ingresado a las
fuerzas armadas desde el rango más bajo de soldado raso hasta alcanzar el grado
de coronel, ganándose el apodo de la «Leona del Imperio». Consentida de la
princesa imperial, la coronel lo recibió con un rostro radiante que desentonaba
por completo con la ferocidad de su reputación.
“A
ver, ¿qué tal te pareció? ¿Sirve para algo?”
“Siempre
se mantiene a punto.”
“Parece
que te encanta presumir de él en cualquier ocasión.”
“……Jamás
he hecho tal cosa.”
“Oh,
vamos, cada vez que bebes de más te la pasas alabándolo……”
“Le
agradecería que olvidara eso.”
“Que
un sargento se ponga a lloriquear borracho frente a una coronel es un
espectáculo bastante divertido, ¿no te parece?”
Aquel
era uno de sus peores hábitos. Cada vez que recibía a un subordinado nuevo bajo
su mando, lo obligaba a beber para descubrir sus vergüenzas etílicas. Y en el
caso de Orkan, su alistamiento se había debido —para sorpresa de nadie— a un
patético amor no correspondido. Era un blanco perfecto del que ella se burlaba
constantemente.
“En
fin, dejando de lado tus penas de amor, ¿me confirmas que su rendimiento
militar está a la altura?”
“Sí,
es tal como digo. Supongo que ya habrá revisado sus expedientes de la
academia.”
“Claro
que sí, es impresionante que se haya graduado con honores en esa institución
tan estricta.”
“…….”
“Aun
así, tendré que comprobar si todavía conserva ese toque letal.”
“¿De
qué forma planea ponerlo a prueba, mi coronel?”
“¿Cómo
va a ser? Asignándoles armas de fuego individuales a los soldados de segunda.
Quiero ver con mis propios ojos el nivel general de la compañía.”
“Entendido,
mi coronel.”
*
* *
Y
no pasó mucho tiempo antes de que se les entregaran las armas personales a los
soldados de segunda.
“¡Esta
es el arma personal que deben conservar hasta el día de su baja! ¡No deben
perder ni dañar ninguna de sus piezas!”
“¡Sí,
señor!”
Caleb
acarició el fusil que le habían asignado y dejó que los recuerdos del pasado
acudieran a su mente. Una memoria lejana se cruzó por su cabeza. En la
academia, había habido un tipo que se había volado la barbilla con una de
estas, si mal no recordaba. De ese calibre era la importancia y el peligro que
conllevaba portar un arma personal.
“¡Tras
recibir la instrucción básica, pasaremos de inmediato a las prácticas de tiro!”
“¡Sí,
señor!”
Aunque
todos respondieron al unísono, los reclutas que tocaban un arma de fuego por
primera vez se mostraban visiblemente nerviosos y sin saber qué hacer.
Únicamente Caleb manipulaba el fusil con total tranquilidad. Al fin y al cabo,
no iba a dispararse por accidente siempre y cuando tuviera el debido cuidado.
De ese modo, todos se congregaron en el campo de tiro para recibir el
entrenamiento básico de puntería.
Tras
memorizar toda clase de posturas como «fuego de pie», «fuego a tierra» y «fuego
de rodillas», parecía que ninguno tenía la menor idea de si lo estaba haciendo
bien. Mientras una infinidad de soldados rasos deambulaban confundidos, los
gritos de los cabos encargados de instruirlos resonaron con aún más fuerza.
“¡Abran
bien los ojos, idiotas!”
“¿Acaso
necesitan volarse la tapa de los suyos para reaccionar?”
“¡No,
señor!”
Entre
todos ellos, Caleb destacó de forma indiscutible como el número uno. A fin de
cuentas, era un entrenamiento que ya había realizado con anterioridad. El cabo
seleccionó a los diez reclutas con mejores resultados entre los novatos y los
llamó al frente.
“Se
los repito una vez más: coloquen la mira sobre el torso y ajusten la culata
firmemente contra el hombro. Abran la recámara posterior, introduzcan la
munición metálica, ciérrenla y aprieten el gatillo.”
“¡Entendido!”
“¡Comiencen!”
¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!
A
la orden del cabo, los fusiles comenzaron a disparar de forma consecutiva. La
munición metálica de retrocarga, capaz de realizar fuego rápido, incrementaba
notablemente la velocidad y la precisión, permitiendo ráfagas continuas sin
mayor problema. Alineando sus ojos verdes con total precisión en la mira, Caleb
abrió fuego de manera ininterrumpida.
“¡Alto
el fuego!”
Ante
aquella voz, todos cesaron los disparos. Acto seguido, cada uno procedió a
recoger personalmente los blancos que les habían asignado. Incluso entre los
diez mejores seleccionados, nadie había obtenido calificaciones sobresalientes
debido a que era su primera experiencia disparando, pero en el caso de Caleb,
los diez impactos se hallaban perfectamente agrupados en el mismísimo centro de
la diana. Al verlo, el cabo le dio unas palmadas amistosas en el hombro.
“Buen
trabajo.”
Caleb
respondió con un saludo militar, provocando que los demás lo miraran con una
mezcla de asombro y curiosidad. Dicha jornada de entrenamiento concluyó con
aquel ejercicio.
Raio
recibió la hoja con los resultados y esbozó una sonrisa de satisfacción.
“Para
ser un blanco estático, al menos se espera que muestren este nivel.”
“¿Tiene
planeado enviarlos al frente de inmediato, mi coronel?”
“Así
es. Solo así se puede separar rápidamente a los útiles de los inútiles.”
“Entendido.”
Orkan
se había convertido en su mano derecha. Aunque para un simple sargento ser la
mano derecha de una coronel debería considerarse un gran honor, él no lo
encontraba precisamente motivo de alegría. Al fin y al cabo, ella era una
auténtica entusiasta de los combates, dispuesta a lanzarse a cualquier refriega
sin importar cuál fuera, por lo que la sola idea de verse arrastrado a sus
locuras le resultaba sumamente agotadora.
“Supongo
que no debería empezar a quejarte de que estás cansado desde ya.”
“Debería
saber que el simple hecho de que pueda hablarle de esta manera es un
privilegio, mi coronel.”
“Lo
sé. Vaya que lo sé.”
Diciendo
esto, Orkan dobló cuidadosamente el blanco perforado por Caleb y lo guardó en
el bolsillo de su casaca. Al verlo, ella soltó una carcajada cristalina.
“Vaya,
vaya. ¿Acaso hasta el blanco de prácticas disparado por tu amor no
correspondido te parece un tesoro?”
“¡Le
ruego que se calle!”
¡Jajaja!
*
* *
Y
al caer la tarde, Caleb recibió de repente la orden del cabo de escribir una
carta. Se les había mandado a todos los soldados de segunda que redactaran una
misiva dirigida a sus familias. Probablemente la directriz respondía a que,
tras recibir la instrucción formal, serían enviados directamente a la zona
fronteriza. Desde algún rincón del barracón se escuchaban sollozos ahogados.
Caleb pensó que debía enviarle una carta a Jade.
No
escribió nada extraordinario. Le relató que no difería mucho de la academia,
que se había encontrado con Orkan, que había participado en el entrenamiento de
tiro y que las condiciones eran más llevaderas de lo que había imaginado.
Al
releer lo que había escrito, se dio cuenta de que solo eran asuntos cotidianos,
y aunque por un momento pensó que con eso bastaba, al final decidió añadir que
lo extrañaba. Dudó un buen rato sobre si debía incluirlo o no, sin saber cómo
reaccionaría Jade, pero terminó por estampar la frase. Mientras doblaba la
carta, Philip, que ocupaba la litera superior, le preguntó:
“¿A
quién le escribes? Yo a mi familia.”
“A
mi prometido.”
“¿Qué?
¡¿Prometido!?”
Ante
su exclamación, todos los presentes volvieron a mirar hacia allí. Caleb dejó
escapar un suspiro.
“Sí,
¿algún problema? Mi prometido. ¿Acaso no puedo tener uno?”
“No,
bueno... ¿Un prometido? ¿Acaso es algún omega encantador?”
“No.
Es un alfa.”
“¿Eh?
Ah, ¿un alfa?”
“Sí,
¿algún problema con eso?”
“B-bueno,
es que normalmente se supone que debe ser un omega……”
“Al
principio era un compromiso pactado por la familia.”
“En
ese caso, ¿no se supone que debería ser un omega con más razón?”
“Es
una historia un poco complicada.”
“Oye,
pero espera... ¿Tú no eras un plebeyo?”
“Llevas
puesta la casaca de gala de la academia y sales con eso; vaya que eres libre de
prejuicios.”
Caleb
chasqueó la lengua mientras miraba a Philip. Todos en la habitación tuvieron
que admitir que era cierto. Philip era brillante y alegre, pero carecía por
completo de tacto. Caleb metió su carta en el sobre y escribió la dirección del
destinatario. Al ver que el lugar de destino era la residencia del marqués
Damian, el barracón volvió a armar alboroto.
“¡¿La
residencia del marqués Damian!?”
“Oye,
tú... tú, entonces, ¿qué diablos haces aquí?”
“Cállense.”
Caleb
zanjó el asunto con esa sola palabra y se recostó en la cama, dando a entender
que se iba a dormir temprano. Los demás soldados rasos, con la curiosidad
insatisfecha, se quedaron mirando el sobre de la carta. ¿Qué clase de contenido
iría escrito ahí dentro? Dándole vueltas a esa sola pregunta, parecía que iban
a pasarse la noche entera en vela. Al final, terminaron entregando sus propias
cartas y se fueron a dormir.
*
* *
“¡Joven
amo! ¡El señor Caleb ha enviado una carta!”
Una
joven criada corrió hacia Jade. Este detuvo lo que estaba haciendo, se puso de
pie de un salto y corrió hacia ella. Ya habían pasado varias semanas desde que
Caleb se había marchado. Al principio parecía languidecer deprimido, pero ahora
se había concentrado en su trabajo y seguía adelante. Su razonamiento era que,
si Caleb se esforzaba tanto, él no podía permitirse quedarse cruzado de brazos.
“Caleb,
no me has olvidado.”
“Tsk,
tsk, eso ya es una enfermedad, Joven amo.”
La
criada extendió un dedo y lo agitó de lado a lado.
“Mire
que el señor Caleb lo ama muchísimo.”
“¿Qué?”
“¿Acaso
no se fue precisamente para convertirse en alguien digno de estar a su lado,
Joven amo?”
“……¿También
se podía interpretar de esa manera?”
“Mi
mamá decía que todos los hombres son iguales.”
“Empiezo
a sentir mucha curiosidad por saber quién es tu madre……”
Jade
decidió abrir primero la carta que le había enviado Caleb. Al repasar los
acontecimientos cotidianos que narraba en ella, sus cejas se contrajeron de
repente al toparse con un nombre familiar que le causaba urticaria.
“¿Orkan?”
¿Acaso
era ese mismo Orkan? ¿Ese maldito? ¿Ese maldito imbécil estaba allí?
“Pero
qué demonios……”
Conteniéndose
para no arrugar la preciada carta que le había mandado Caleb mientras le
temblaban las manos de la furia, sus ojos cayeron de repente sobre la última
línea del papel. Te extraño. Esa única frase bastó para que el corazón
de Jade se ablandara en un instante.
“A
mí también me matan las ganas de verte……”
Jade
soltó un suspiro y regresó a regañadientes a su despacho. Entonces, de pronto,
su entrecejo se frunció al recordar la solicitud de raciones para la zona
fronteriza que la familia imperial le había exigido. ¿Acaso no se suponía que
no había grandes batallas en la frontera? En ese preciso instante, uno de sus
ayudantes comentó:
“Ahora
que el gran duque ha quedado fuera de juego y la situación interna se ha
estabilizado, es lógico que su alteza la princesa esté buscando expandir el
territorio.”
“¿Expandir
el territorio?”
“Si
observa la región que limita con nuestros dominios, se dará cuenta de que se
trata de un pequeño país con el que hemos estado discutiendo y rozándonos desde
hace años. Es comprensible que quiera aprovechar la oportunidad para absorberlo.”
“……Eso
significa que podría haber una batalla a gran escala.”
“Bueno,
no al nivel de una guerra total, pero sí.”
“Cierra
la boca.”
“……”
“Por
ahora, acepta esta solicitud.”
“Entendido.”
En
lugar de responderle a la carta de Caleb, Jade solicitó una audiencia directa
con la princesa. Tras enviarle un mensaje, obtuvo una respuesta exactamente una
semana después. Ahora que su posición como heredera se había consolidado por
completo, la cantidad de cartas y obsequios que recibía debía de superar
cualquier cálculo imaginable; que hubieran seleccionado precisamente la misiva
proveniente de los Damian ya era un milagro por el cual dar las gracias.
“Así
que te intriga saber si se desatará una guerra en la zona fronteriza, ¿me
equivoco?”
“Para
ser sincero, ya lo doy casi por hecho.”
“Así
es, habrá un enfrentamiento.”
“……”
“El
coronel de ese país ya viene en camino hacia la frontera.”
“¿El
coronel de ese país? ¿No se supone que el Imperio era el que debía avanzar a la
ofensiva?”
“No
tengo intenciones de seguir extendiendo el territorio más allá de esto. Pero
parece que ellos opinan lo contrario.”
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La
princesa soltó una risa burlona, como si le pareciera el colmo del absurdo, y
dio un golpe seco con la taza sobre el platillo. Un poco de té salpicó los
bordes.
“Mi
prometido se encuentra actualmente en ese lugar.”
“Ya
me enteré de eso. ¿Que se alistó por voluntad propia, verdad? Me parece que no
fue una mala elección. Por supuesto, haberse quedado a tu lado viviendo como la
consorte de un marqués tampoco habría estado mal, pero en ese caso su voz y su
peso político habrían disminuido.”
“¿Me
está insinuando que necesita cosechar méritos y honores en medio de un campo de
batalla?”
“Entiendes
las cosas a la perfección. El verdadero problema aquí es si realmente será
capaz de regresar con esos honores……”
La
princesa dio un sorbo ligero al té y continuó:
“Caleb...
ya he visto sus calificaciones de la academia. No por nada se graduó como el
número uno. No me extraña que haya llamado la atención de Raio.”
“¿Te
refieres a Raio……?”
“Una
coronel a la que aprecio mucho. Es una mujer verdaderamente tenaz e
implacable.”
Sonrió
con una gracia radiante. Al escucharla hablar así, resultaba inevitable pensar
que ambas se parecían en algo. Guardando silencio para no pronunciar ese
pensamiento en voz alta, Jade preguntó:
“¿Qué
significa exactamente que haya llamado la atención de la coronel Raio?”
“La
coronel Raio no se mueve por capricho. Aunque ese pequeño principado haya
enviado a un coronel al frente, ¿acaso una potencia como la nuestra va a
rebajarse a jugar al mismo nivel? Sin embargo, la unidad de operaciones
especiales bajo su mando se encargará de lidiar con ellos. Y Caleb ha resultado
ser del agrado de la coronel.”
“……¿Caleb
le llamó la atención a ella?”
“Así
es. Teniendo a un soldado que ya cuenta con un entrenamiento impecable, ¿qué
razón habría para no aprovecharlo? Por supuesto, está por verse cómo se
desempeñará cuando le toque pisar el terreno real, pero a mi modo de ver, Caleb
es alguien hecho para sobrevivir en combate. El único factor anómalo en su
contra eres tú.”
“¿Disfruta
burlándose?”
Jade
torció el gesto con fastidio.
“La
mayor parte de los movimientos que hizo Caleb Enders en el pasado tuvieron como
fin último destruir a su propia familia. Y casi lo logra, o estuvo muy cerca de
conseguirlo. Pero tú, Jade, te encargaste de arruinarlo todo. Desde el
principio hasta el final. Gracias a eso, claro está, el tal Caleb sigue con
vida hoy en día.”
“……Voy
a fingir que no escuché esa última parte.”
“Qué
terco eres. En fin.”
La
princesa hizo un gesto displicente con la mano, indicándole que bebiera un poco
de té. A Jade le quemaba la garganta, así que hizo caso y tomó un sorbo. El
retrogusto amargo no era de su agrado.
“Tu
prometido va a regresar de ese lugar mucho más grande de lo que imaginas. Sobre
todo con Raio involucrada; jamás permite que un asunto en el que pone atención
termine en fracaso.”
Clac.
Mientras
dejaba la taza sobre la mesa, Jade replicó:
“Los
logros que consiga Caleb deberán pertenecerle única y exclusivamente a él. Me
da igual si se trata de la coronel Raio o de quien sea.”
Ante
su osadía, la princesa soltó una risa divertida.
“¿Acaso
te da la impresión de que a ella le gusta apropiarse de lo ajeno? Para nada.
Sabe reconocer el valor de las cosas cuando lo ve.”
“……Comprendido.
Me retiraré por hoy.”
Dicho
esto, Jade se puso de pie, hizo una reverencia protocolar y se marchó. La
princesa se reclinó sobre el sofá soltando una carcajada sonora.
“Vaya
que Raio se ha buscado a un tipo de lo más problemático.”
Capítulo
43
La
princesa inclinó ligeramente la taza de té, contemplando el espacio vacío como
si tuviera a alguien al frente. Si aquel hombre llamado Caleb llegaba a morir
en esta batalla, es muy probable que le guardara un profundo rencor. Por
supuesto, no era una casa noble incapaz de separar los asuntos personales de
los profesionales, pero aun así.
“Y
a Raio no le importaría lo más mínimo algo así.”
La
princesa recordó a Raio, con quien solía jugar en la mansión del duque cuando
eran niñas. Peculiar desde su infancia, Raio había puesto rumbo directo al
ejército apenas cumplió la mayoría de edad, algo que la princesa ya daba por
sentado. Al fin y al gracia, la alta sociedad era un lugar demasiado estrecho
para contener a alguien como ella.
“Lo
hará bien. Confío plenamente en el criterio de Raio.”
“Seguro
que sí, alteza.”
La
sirvienta le siguió la corriente en voz baja. Aunque sabía que las palabras de
la criada no eran más que adulación, la princesa tenía muy claro que esas
mismas palabras terminarían volviéndose realidad.
Y
por esa misma época, Caleb se encontraba almorzando. Las horas de comida eran
prácticamente raciones de combate: el tiempo era ajustado y el hambre
apremiaba. Caleb conocía perfectamente el método para engullir los víveres de
la manera más eficiente posible. Gracias a eso, en comparación con los sujetos
que devoraban su comida como si estuvieran en un chiquero, él conservaba un
aire relativamente elegante —si es que a aquello se le podía llamar elegancia—,
algo que a ciertos individuos les resultaba sumamente irritante.
Una
vez terminada la hora de comer —un lapso de por sí escaso—, durante el
descanso, esos sujetos lo interceptaron y lo arrastraron a la parte trasera de
la cantina. Todos eran cabos, lo que significaba que, para la jerarquía de
Caleb, se trataban de superiores a los que no debía enfrentar. Al percibir una
atmósfera nada amistosa en las voces que lo llamaban, Caleb se acercó a ellos.
Luego, ocultándose a espaldas de la barraca, los observó con seriedad.
“Me
enteré de que eres de origen noble, ¿eh?”
“Ah,
¿en serio? Entonces, ¿cómo le haces para sobrevivir entre chusma como
nosotros?”
Aquella
provocación era tan burda que a Caleb le entraron unas ganas inmensas de perder
la motivación por completo; sabía de sobra que si les contestaba de más
terminaría ligándose una golpiza, pero guardar total silencio también traería
problemas, así que respondió de forma cortante:
“No
es para tanto.”
“¿Cómo
que no es para tanto?”
“Mientras
todos tragan como desesperados, tú te la pasas comiendo con una elegancia de
novela.”
“No
es para tanto.”
Cuando
Caleb repitió la misma respuesta por tercera vez consecutiva, los cabos
parecieron percatarse de que él no tenía la más mínima intención de seguirles
el juego. Con el rostro teñido de un rojo furioso, uno de ellos le propinó un
rodillazo directo en el abdomen. Con un sonido sordo, el torso de Caleb se
dobló hacia adelante, mientras su mente se preguntaba brevemente si aquello se
suponía que debía ser un golpe respetable. Sin embargo, como tampoco podía
quedarse tirado fingiendo normalidad, se encorvó tambaleándose y se aferró al
vientre, haciendo el esfuerzo de mantenerse en pie.
“Ya
veremos qué tal te va.”
“Sí,
señor.”
“Lárgate
a tu barraca.”
Caleb
solo pudo regresar a su alojamiento una vez que su tiempo de descanso se había
desvanecido por completo. Apenas cruzó la puerta, Philip —que se la pasaba
correteando de un lado a otro por cualquier nimiedad— notó su presencia y
comenzó a armar un escándalo preguntándole si se encontraba bien.
“¿Estás
bien?”
“Sí.”
“Dicen
que esos tipos son famosos por ir en bola molestando a los reclutas de segundo
año que les caen mal.”
“¿De
verdad? Pues para ser tan famosos……”
No es gran cosa. Caleb se guardó el pensamiento para sí mismo. En silencio, se
dispuso a preparar lo necesario para el próximo entrenamiento. A juzgar por lo
que le había dicho Orkan, ese tipo de acoso terminaría disolviéndose por sí
solo en poco tiempo; al fin y al cabo, cuando la propia supervivencia se vuelve
la máxima prioridad en el horizonte, hay que estar muy loco para andar buscando
a quién molestar. Se puso de pie dispuesto a incorporarse al entrenamiento
colectivo, cuando alguien apartó la lona de la entrada y llamó a gritos a
Caleb:
“¡Caleb!
¡¿Está por aquí Caleb?!”
“¡Sí,
soy yo!”
“Tienes
entrenamiento individual. Toma tu arma personal y preséntate en el campo de
tiro.”
“¿Entrenamiento
individual, dice?”
“Así
es. Órdenes de la coronel.”
La
mención de la palabra «coronel» dejó el ambiente congelado por un instante.
Caleb tomó su fusil en silencio y se encaminó hacia el campo de tiro; en la
barraca que acababa de abandonar reinó un silencio sepulcral durante unos
segundos, hasta que alguien se atrevió a romperlo:
“¿Acaba
de decir «coronel»? ¿Escuché mal o qué?”
“No,
creo que yo escuché lo mismo.”
“Que
yo sepa, la única coronel por estos lares es……”
Philip,
célebre por meter las narices en todos lados, se rascó la cabeza visiblemente
preocupado por su compañero. Había oído que la coronel de ese lugar era de las
que, una vez que clavaban los colmillos en alguien, no lo soltaban jamás; no
sabía si Caleb lograría salir bien librado de esa. Sin embargo, sacudiendo la
cabeza, pensó que ya tenía suficientes problemas con los suyos y se puso de pie
para sumarse al entrenamiento grupal.
*
* *
Caleb
tomó su fusil personal y siguió al cabo hasta el campo de tiro. No había nadie
más allí, y Caleb se mantenía firme con un semblante tan gélido que parecía
incapaz de inmutarse ante cualquier cosa que pudiera suceder. El cabo se detuvo
para decirle:
“Se
han dado órdenes de realizar una práctica de tiro individual.”
“Entendido.”
En
el ejército no cabían preguntas del tipo «¿Por qué razón?». Solo existía la
sumisión incondicional. Tras escuchar su respuesta, el cabo asintió con la
cabeza y señaló los blancos que emergían de forma consecutiva al otro lado.
“Si
logras derribar todos esos objetivos, te verás cara a cara con una persona de
alta jerarquía a la que normalmente no tendrías acceso.”
“……Entendido.”
Un
destello cruzó los ojos verdes de Caleb antes de que procediera a cargar su
arma. Las distancias variaban de un blanco a otro, y las siluetas se mecían
ligeramente a merced del viento. Más que concentrarse en exceso, Caleb era de
los que confiaban en la velocidad para resolver las cosas. Poco después, se
escucharon cinco detonaciones en rápida sucesión.
“¡Alto
el fuego!”
Tras
la orden, se pudo comprobar que cada uno de los cinco blancos presentaba un
único e impecable impacto de bala exactamente en el centro. No había el menor
margen de error. La distancia y el viento no habían representado ningún
impedimento para él. Al presenciar aquello, el cabo observó en silencio las
dianas perforadas por Caleb antes de indicarle:
“Sígueme.
Y procura medir bien tus palabras frente a su señoría.”
“Sí,
señor.”
De
ese modo, ingresó al interior de los edificios del complejo militar. Entre el
constante ir y venir de los soldados, no había rastro de ningún otro soldado
raso como él; todos los que pasaban a su lado se quedaban mirando al recluta de
segunda con curiosidad. Caleb mantuvo los labios cerrados y la vista fija al
frente, limitándose a seguir los pasos del cabo que lo guiaba. No tardó mucho
en llegar el momento en que su guía lo entregó a otro superior.
El
hombre hizo un saludo militar y reportó:
“Tal
como ordenó, he completado las pruebas y se lo traigo.”
“Muy
bien, excelente trabajo.”
No
era otro que Orkan. Caleb estuvo a punto de fruncir el ceño, pero se contuvo a
tiempo para conservar una expresión completamente inexpresiva. En ese lugar no
le convenía en absoluto evidenciar que se conocían. Pareciendo anticipar esa
reacción, Orkan mantuvo un semblante severo y comenzó a guiarlo hacia los pisos
superiores. Cada vez más arriba, sin detenerse.
“…….”
“…….”
No
cruzaron ni una sola palabra durante el trayecto, pero Caleb ya intuía a dónde
se dirigían, puesto que Orkan le había dado ciertas pistas con anterioridad.
Aunque cabía preguntarse si estaba bien soltar información de esa índole con
tanta ligereza, prefirió guardar silencio, asumiendo que el propio Orkan ya habría
calculado los riesgos de hablar de más.
“Adelante.”
“Sí,
señor.”
Toc, toc.
Orkan
golpeó la puerta del despacho de la coronel y, de inmediato, se escuchó una
autorización para pasar desde el interior. La voz sonaba enérgica y dotada de
un tono alegre. Sin embargo, él sabía perfectamente a qué atenerse: la coronel
Raio del Imperio era una auténtica fanática de las contiendas, célebre por
haber sobrevivido a las campañas más despiadadas. Tragando saliva con sequedad,
Caleb se presentó ante ella.
Caleb
le dedicó un saludo militar formal mientras Raio lo observaba con calma desde
su escritorio.
“Vaya,
al final sí que tienes cara de merecer lo que dicen de ti.”
“¿Disculpe?”
“Nada,
es que nuestro sargento no paraba de decir maravillas de ti y tenía curiosidad
por ver qué tan apuesto eras.”
“¿Perdón……?”
¿Acaso
le había dicho semejantes cosas?
Al
ver que Caleb fruncía el ceño, Raio soltó una risita agitando una mano.
“No
creas que lo escuché a escondidas; digamos que es uno de mis pasatiempos
secretos. En fin, toma asiento, soldado raso Caleb.”
“Sí,
mi coronel.”
Con
la autorización de la oficial, Caleb tomó asiento en un sofá, y ella hizo lo
propio justo enfrente. Con el uniforme impecable y las piernas cruzadas, Raio
llevó la taza de té que otro suboficial acababa de servirle a los labios.
“Por
lo que veo, tu técnica de tiro no tiene ninguna falla.”
“Me
gustaría decir que aún me falta práctica, pero habiéndome graduado como el número
uno de la academia, modestias aparte, sería fingir demasiada falsa humildad.”
¡Pff!
Ante
esa respuesta, Raio escupió el té que estaba tomando. Caleb se limitó a mirarla
con total serenidad. La coronel estalló en una carcajada, golpeando la mesa con
la palma de la mano, y asintió dándole la razón.
“Es
verdad. He puesto a prueba a muchísima gente, pero eres el único que ha logrado
perforar tantos blancos, y para colmo, todos exactamente en el centro. Bien
hecho, Caleb.”
“Gracias,
mi coronel.”
“Por
esa razón, quiero hacerte una propuesta.”
Zas.
Uno
de los suboficiales se acercó discretamente y le ofreció una taza de té a
Caleb, quien la recibió con ambas manos en respetuoso silencio. Raio lo observó
con una sonrisa divertida antes de continuar en un tono pausado:
“Conoces
de sobra a Alber.”
“¿No
se trata de uno de los dos reinos con los que compartimos frontera
actualmente?”
“Así
es. Y últimamente han dado señales muy extrañas por aquellos lares.”
“¿En
serio?”
“Sí.
Parece que al rey de ese lugar se le ha zafado un tornillo tras asumir el
trono, porque en los últimos tiempos la frontera ha empezado a ponerse bastante
tensa.”
“Ya
veo.”
“Exacto.
Por eso tenemos pensado eliminar a su coronel y avanzar para ganar terreno.”
“¿Eliminar
al coronel y avanzar……?”
Ante
su desconcierto, Raio soltó una risa ligera y lo señaló con el dedo índice.
“Claro
que sí. Te necesitamos para esa misión.”
Caleb
pareció meditarlo por un instante, pero no tardó en asentir con la cabeza.
“Acepto.”
“Vaya,
ni un solo segundo de duda.”
“Tengo
mis razones para hacerlo.”
“Ya
veo. Quien tiene motivaciones claras suele ser de gran utilidad.”
Diciendo
esto, Raio se puso de pie y levantó la barbilla.
“Te
doy la bienvenida a mi unidad de operaciones especiales.”
La
coronel extendió la mano y Caleb se levantó para estrecharla brevemente. Aquel
encargo podía convertirse fácilmente en una línea divisoria entre la vida y la
muerte. No obstante, lo único que pasaba por la cabeza de Caleb era la firme
determinación de regresar victorioso para poder plantarse con la frente en alto
al lado de su prometido, Jade.
Tras
su encuentro con la coronel, Caleb regresó al barracón como cualquier soldado
raso. Todos sus compañeros se amontonaron a su alrededor con curiosidad. En
especial Philip, que no disimulaba su enorme interés, pero como Caleb se
mantuvo callado sin soltar una sola palabra, los demás se dispersaron
decepcionados ante la falta de jugadas interesantes. Poco después, una vez
concluida la cena, aquellos sujetos que lo habían acosado durante el día
aparecieron de nuevo frente a él.
“¿Me
estás diciendo que otra vez se lo llevaron a solas para entrenarlo?”
“¿Qué
rayos le ven de especial a este tipo?”
“¿Será
que a las mandamases les encantan las caras bonitas?”
Las
palabras provocaron que Caleb frunciera el ceño con disgusto. Estaban refiriéndose
a Raio de forma despectiva. Al ver su gesto de desaprobación, uno de los cabos
se acercó a darle golpecitos burlones en la mejilla.
“¿Qué
pasa? ¿Te molesta?”
“¿Cómo
es posible que una mujercita ostente el rango de coronel? Este ejército está
podrido hasta la médula.”
Al
escuchar semejante estupidez, Caleb soltó una risa seca y replicó:
“La
coronel Raio es una militar que ha demostrado su valía cruzando incontables
campos de batalla. No es alguien a quien imbéciles como ustedes deban mencionar
con tanta ligereza.”
“¿Qué
dijiste?”
“¡Maldito
mocoso……!”
Caleb
asumió que lo mejor era recibir un par de golpes y dejar que la situación se
zanjara ahí; al fin y al cabo, unos cuantos golpes no lo iban a matar. Sin
embargo, en ese preciso instante resonó la voz de alguien que ordenaba
apresuradamente hacer un saludo militar. Y a sus espaldas apareció la misma
mujer a la que acababan de insultar llamándola «mujercita»: Raio. Con los
sargentos flanqueándola, la coronel esbozó una sonrisa que denotaba que acababa
de escuchar algo sumamente divertido.
“Vaya,
así que el ejército donde está esa «mujercita» está podrido, ¿eh?”
El
color se le esfumó por completo del rostro a los cabos. En la práctica, era
casi impensable que un soldado raso se atreviera a denigrar a un superior del
rango de una coronel, pero los prejuicios alimentados por el hecho de que ella
fuera la única mujer ostentando ese cargo en la zona los habían hecho perder la
prudencia. Había sido el momento perfecto para dejar al descubierto el tipo de
acoso al que solían someterla a escondidas.
“Lleven
a todos estos a la prisión militar. Inmediatamente.”
“¡Entendido,
mi coronel!”
“¡Esperen,
mi coronel, podemos explicarlo!”
“¡Podemos
rectificar……!”
“Demasiado
tarde.”
Sin
mediar palabra, la oficial le propinó una tremenda patada en la espinilla al
cabo que tenía más cerca, y se escuchó un seco crujido seguido por un alarido
ensordecedor. Caleb calculó mentalmente que esa pierna probablemente tardaría
meses en sanar.
“A
todo esto, no tenía idea de que mi nuevo recluta pensara cosas tan halagadoras
de mí.”
“Solo
me he limitado a decir lo que es evidente, mi coronel.”
“No
cabe duda de que tengo muy buen ojo para elegir a mi gente. Mañana mismo se
celebra la ceremonia de ascenso, ¿verdad?”
“Así
es, mi coronel.”
“¿A
qué se debe esa cara de pocos amigos, sargento Orkan? A ti también te toca
ascender a sargento primero.”
“……Esto
parece más un espectáculo para la galería que otra cosa.”
“Si
el nuevo recluta es sargento y tú te quedas estancado en el mismo rango, no luciría
bien. Aunque nuestra unidad especial ya funciona de forma un tanto absurda, al
menos debemos cuidar las apariencias formales. Al fin y al cabo, es un graduado
de la academia, así que no habrá problemas con su desempeño.”
“……Sí,
mi coronel.”
Al
escuchar el intercambio, Caleb comprendió que a Orkan le esperaba una temporada
sumamente estresante con una superior de ese calibre. Y justo cuando pensaba
que a él no le afectaría demasiado, una inconfundible punzada le hizo dar
cuenta de que, a partir de ese momento, compartiría el sufrimiento en primera
fila.
*
* *
Al
día siguiente por la mañana, Caleb fue llamado a los edificios del ejército,
donde le informaron de su ascenso a sargento raso y le entregaron su nuevo
uniforme junto con los documentos correspondientes. Como todo se estaba
manejando en secreto, no hubo una ceremonia de ascenso propiamente tal. A Caleb
le importaba poco y nada ese detalle, así que se limitó a asentir en silencio y
se cambió de ropa sin perder tiempo.
“Aunque
todos te pregunten qué diablos pasó, lo más probable es que no puedas
responderles nada.”
“Ya
lo sé, mi sargento segundo.”
“……Entendido,
sargento Caleb. Contamos contigo.”
Orkan
lo trató con una expresión que denotaba total resignación, y a Caleb aquello no
le pareció mal del todo; le traía recuerdos de sus días en la academia. Si se
enteraba de esto, lo más seguro es que Jade armara otro berrinche monumental.
Quizás hasta saldría corriendo a retarlo a duelo. Aunque, haciendo memoria, la
puntería de Jade no era nada mala; si lo pusiera a competir contra Orkan, sería
imposible adivinar quién saldría victorioso.
Más vale que me asegure de que algo así no suceda.
Y
con seguridad no volvería a pasar. Al fin y al cabo, todo indicaba que Orkan
pensaba quedarse atornillado al ejército por el resto de sus días.
De
ese modo, dejó atrás el rango de soldado raso y comenzó a recibir el
entrenamiento especializado de la unidad de operaciones especiales. Aunque al
principio todos se mostraron extrañados por la repentina desaparición de Caleb,
al momento de partir hacia la zona fronteriza, al ver el distintivo de sargento
clavado en la gorra de Caleb montado a caballo, a más de uno se le cayó la
mandíbula del asombro.
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AOMINE5BL
Para
algunos podría parecer injusto, pero Caleb estaba jugándose literalmente la
vida en ese lugar. Podría tratarse tan solo del rango de sargento, pero su bala
estaba destinada a arrebatarle la vida al coronel del bando enemigo.
Se
había embarcado en una misión en la que, aun logrando el objetivo, no tenía la
absoluta certeza de regresar con vida. A pesar de ello, lo había apostado todo.
Y Caleb tenía confianza. No era porque confiara en la guerra, en los combates
ni en tonterías similares. Confiaba en Jade, su prometido. Tenía la absoluta
certeza de que regresaría a su lado. Se lo había dicho y se lo había prometido.
Con ese pensamiento en mente, Caleb abandonó la capital del Imperio ese mismo
día y puso rumbo a la frontera.
La
noticia no tardó en llegar a oídos de Jade. Para alcanzar a divisar a Caleb
aunque fuera desde la distancia, Jade había salido a las calles a bordo del
carruaje que solían compartir. Las avenidas estaban abrumadoramente
concurridas. Entre la multitud que vitoreaba para apoyar la victoria, logró
distinguir a lo lejos los ojos verdes de Caleb. Este giró el rostro y sus
miradas chocaron con un par de orbes dorados. Caleb descubrió a Jade
observándolo con desesperación y le dedicó una sonrisa. Al verla, Jade sintió
que las lágrimas amenazaban con desbordarse, por lo que se aferró con fuerza a
la tela de su ropa a la altura del corazón.
Dijiste que ibas a regresar a salvo.
Jade
tenía unas ganas inmensas de retenerlo. ¿De verdad necesitas ganarte el
derecho de estar a mi lado de esta manera? ¿No puedes simplemente quedarte
conmigo por el simple hecho de ser quien eres? Quería preguntárselo, pero
como Caleb se había marchado con la firme intención de volver convertido en un
hombre digno de pararse junto a él con la frente en alto, lo único que podía
hacer era confiar y esperar.
“¡Te
esperaré!”
El
grito de Jade se perdió entre el estruendo de la multitud. Ya fuera porque
logró escuchar su voz o por pura coincidencia, Caleb volvió la cabeza hacia
atrás. Ante aquello, Jade exclamó una vez más con todas sus fuerzas:
“¡Te
prometo que te esperaré hasta que regreses!”
Para
Jade, no existía nadie más que Caleb. Aunque el conflicto le arrebatara las
extremidades, si tan solo regresaba con un hilo de vida, no habría nada en el
mundo que lo hiciera más feliz. Jurando aquello, Jade lo dejó marchar.
Tragándose el impulso de correr a suplicarle que no se fuera, lo despidió, y la
columna militar terminó por abandonar los límites de la capital imperial. Jade
se quedó contemplando la estela del grupo mientras respiraba con dificultad. El
simple hecho de saber que Caleb ya no estaba allí hacía que la ausencia fuera
insoportable. Y, sin embargo, aguantaría. Porque se lo había prometido.
Porque
se lo había prometido.
Capitulo 43
El
avance de Caleb y los soldados rasos no se detuvo. Continuaron su trayecto a
bordo de camiones militares, sin que se registrara ningún tipo de accidente ni
contratiempo. Lo único que hacían al caer la tarde era montar el campamento
para pasar la noche. Para Caleb, la situación de haber pasado de ser un soldado
de segunda a un sargento de la noche a la mañana no le parecía tan mala. ¿Qué
había de malo en ello? Los verdaderos incómodos eran aquellos reclutas que, de
un momento a otro, habían pasado de ser sus compañeros de camaradería a
convertirse en sus subalternos. Los muchachos no sabían cómo dirigirse a él y
se mostraban sumamente nerviosos, aunque a decir verdad, tampoco tenían muchos
temas de conversación en común.
“¿No
tienes nada que hablar con tus antiguos camaradas?”
Orkan
se le acercó con un tono que sugería que estaba intentando bromear. Antaño
Orkan no era así, pero al parecer se le había pegado mucho del carácter de
Raio. Caleb se quedó mirándolo un momento antes de responder:
“Si
hubiera por aquí algún idiota que se hubiera alistado por sufrir de amor no
correspondido, iría a burlarme un rato, pero que yo sepa no hay ninguno.”
“……”
La
boca de Orkan se cerró de golpe. ¿A quién se le ocurre andar soltando
comentarios así? Si eso no era incurrir en insubordinación, poco le faltaba.
Caleb dejó volar su mente en pensamientos triviales para matar el tiempo. El
cielo estaba despejado. Su primera noche de campamento transcurrió en paz y las
estrellas brillaban con intensidad en la bóveda celeste. Aquel paisaje hacía
difícil creer que se encontraban en plena marcha hacia un campo de batalla.
“¿Tienes
tanta confianza en regresar con vida?”
“Me
da la impresión de que ya me han hecho una pregunta idéntica antes.”
“¿De
veras?”
Orkan
esbozó una sonrisa. Caleb le respondió con el rostro completamente inexpresivo.
Al fin y al cabo, él tenía un motivo imperativo por el cual estaba obligado a
volver.
“Yo
voy a regresar. Cueste lo que cueste.”
“……Decirlo
con tanta seguridad da escalofríos.”
Caleb
soltó una ligera sonrisa. Aquella firmeza no era exclusiva de él. Con toda
seguridad, cualquier soldado albergaba en su interior el mismo anhelo de
regresar junto a su pareja, su familia o alguien especial. Aquello era algo tan
ordinario como extraordinario a la vez. Por esa misma razón, afrontarían el
combate con una seriedad mayor que la de cualquiera.
Al
día siguiente, la marcha rumbo a la zona fronteriza continuó. No esperaban
mayores contratiempos hasta llegar a destino, dado que la retaguardia se
encontraba estable por el momento. Y en efecto, el trayecto transcurrió sin
novedad hasta que finalmente arribaron al sector fronterizo controlado por
Alber. Para ese entonces, la mayoría de los efectivos ya se había habituado por
completo a la unidad especial organizada por Raio. Aunque no faltaron algunos
que guardaban cierto recelo ante el hecho de que un antiguo soldado raso
ostentara ahora el rango de sargento, cada una de esas objeciones fue disuadida
a base de violencia implacable. O mejor dicho...
“¿No
crees que deberías moderarte un poco?”
“¿A
qué te refieres exactamente con moderarme?”
“A
proponerles un combate justo en lugar de darles una paliza mortal.”
“Si
solo los golpeas con suavidad, se llenan de arrogancia porque creen que pueden
ganarte.”
“……Bueno,
supongo que tienes razón en eso.”
Orkan
exhaló un suspiro mientras miraba de soslayo al sargento bajo su mando directo.
El susodicho hacía uso de su fuerza bruta con total libertad. Ya sumaban más de
veinte los sujetos que había mandado a la lona de esa manera, obligando a todos
a reconocer su autoridad por la fuerza. Por supuesto, cada vez que ocurría,
Caleb no se olvidaba de añadir que los otros debían dar gracias de que lo que
tenían clavado en la cabeza fuera un cráneo y no una bala.
Al
ver que su ex primer amor prefería repartir puñetazos en lugar de plomo entre
sus subordinados directos, Orkan optó por cerrar la boca y no decir nada más.
Cuando no había forma razonable de ganar una discusión, guardar silencio era la
mejor alternativa.
Tras
varias semanas de marcha, finalmente alcanzaron el área de frontera. La
incorporación de los refuerzos trajo consigo una atmósfera de marcada tensión
en el puesto. Era un hecho que en la región de Alber se estaban gestando
movimientos extraños, pero la llegada de tropas de apoyo significaba que el
estallido del conflicto era inminente. Probablemente, los militares
estacionados allí eran los más conscientes de esa realidad.
Caleb
y Orkan se dirigieron a presentar sus respetos al capitán a cargo de la
guarnición, un oficial llamado Osban. El capitán los aguardaba en su tienda; en
cuanto cruzaron la entrada, los recibió con seriedad:
“Ya
han llegado.”
척.
Tanto
Orkan como Caleb le rindieron un saludo militar impecable. Ante la precisión
del gesto, Osban asintió con aprobación y les dirigió la palabra. Varios
oficiales que fungían como sus ayudantes los observaban de hito en hito. Tras
examinarlos con la mirada, uno de ellos preguntó:
“¿Cómo
se encuentra la coronel Raio?”
“Goza
de excelente salud, mi capitán.”
“Me
alegra oírlo. Aunque casi preferiría decir que es una suerte que no haya venido
en persona.”
“La
coronel consideró que no era una misión que ameritara su presencia directa.”
“Si
hubiera decidido venir ella misma, este lugar ya se habría convertido en un mar
de fuego.”
Osban
soltó una broma que no tenía nada de graciosa. Lo dijo con un tono tan pétreo
que resultaba imposible discernir si hablaba en serio o no, sobre todo porque
su rostro carecía del menor rastro de sonrisa.
“Los
términos de la operación son los siguientes.”
El
capitán comenzó a explicar la estrategia:
“En
primer lugar, nos encargaremos de abatir a tiros al coronel enviado por Alber.
Ya tenemos confirmada su presencia en el frente.”
“Sí,
mi capitán.”
“Se
ha anunciado oficialmente que él mismo tomará parte activa en los combates para
elevar la moral de sus tropas.”
“Sí,
mi capitán.”
“Por
consiguiente, la misión de desplegarse como tirador selecto para eliminarlo ha
sido asignada al sargento Caleb, recién llegado en este destacamento.”
“Quedo
a sus órdenes.”
Caleb
aceptó la encomienda sin vacilar ni un solo instante. Al ver su inmediata
aquiescencia, los oficiales levantaron las cejas con sorpresa. Si bien a Orkan
le agradaba la seguridad que proyectaba el joven, el resto de los mandos
parecía albergar ciertas dudas respecto a su capacidad. No obstante, al haber
sido enviado directamente por recomendación personal de Raio, las reglas les impedían
poner en tela de juicio la decisión, ya que hacerlo equivaldría a cuestionar a
la propia coronel.
“El
tiempo apremia. Nos han llegado reportes de que Alber planea descender al
ataque en el transcurso de una semana.”
“¿En
una semana, mi capitán?”
“Así
es.”
“Es
un margen bastante ajustado, sin duda.”
“Efectivamente.
¿Cree que podrá lograrlo, sargento?”
“Me
encargaré de que sea posible.”
Caleb
inclinó ligeramente la cabeza y reafirmó su respuesta con un saludo militar. Al
ver su determinación, el oficial asintió convencido y le dio unas palmadas
amistosas en el hombro, dando por sentado que confiaba en su palabra. Caleb
estaba resuelto a cumplir con la tarea por todos los medios necesarios; después
de todo, tenía la firme intención de concluir aquel enfrentamiento y regresar a
casa cueste lo que cueste.
*
* *
«Alber»
era un reino antiguo. La razón por la cual había logrado conservar su nombre
incluso después de la fundación del Imperio se debía a que se había mantenido
lo más sumiso posible para sobrevivir; sin embargo, quien había ascendido al
trono en esta ocasión era diferente. Vivir de aquel modo no era muy distinto a
tener el comportamiento de bestias acorraladas dentro de un corral. Rendirle
tributo al Imperio equivalía a ser poco más que un estado vasallo, por lo que
el reino había decidido aprovechar la coyuntura para ensanchar, aunque fuera un
poco, sus propios dominios. A pesar de que muchos opinaban que no era el
momento adecuado, ahora que la pugna entre el príncipe heredero y la princesa
había concluido, el rey se había empeñado en seguir adelante con sus planes.
“¡¿Hasta
cuándo se supone que debemos seguir viviendo de esta manera?!”
“¡Su
Majestad!”
Con
la esperanza de que el territorio del reino se expandiera ligeramente, el rey
había enviado al frente a un coronel que respaldaba firmemente sus posturas. No
obstante, lo que le aguardaba en el destino no era otra cosa que un cuervo
negro llamado Caleb.
Caleb
exigió ser el primero en cruzar la frontera de Alber. Su objetivo era aniquilar
al coronel antes de que se desatara el combate formal. Aunque sobre el papel
era la mejor estrategia, resultaba sumamente difícil garantizar que Caleb
saldría con vida de una misión así. A Caleb, sin embargo, eso le importaba muy
poco.
“En
cuanto ese coronel desaparezca, lo más probable es que las filas enemigas se
desmoronen por sí solas.”
“Eso
es verdad……”
“Fabriquen
documentos de identidad falsos e introdúzcanme en Alber. Las armas de fuego las
recibiré directamente allá. No me diga que no hay nadie infiltrado en
territorio enemigo.”
“……Así
es.”
“En
ese caso, con eso basta.”
“Que
se haga como dices, entonces.”
Los
altos mandos asintieron ante la propuesta de Caleb. Tras obtener la
autorización pertinente, el joven salió de la barraca, solo para ser
interceptado de inmediato por Orkan, quien lo aguardaba afuera. Con un tono que
denotaba su desconcierto ante semejante locura, Orkan le reprochó:
“¿Qué
demonios crees que estás haciendo?”
“¿A
qué se refiere, mi sargento?”
“¿Pretendes
infiltrarte hasta el fondo de Alber? El riesgo es demasiado grande.”
“Aun
así, sigue siendo preferible a una guerra a gran escala. Si logramos
neutralizarlos justo cuando pierden la voluntad de luchar y ponemos fin a esto
lo antes posible, será el mayor beneficio para todos.”
“¡Eso
ya lo sé…!”
Caleb
se quedó mirándolo fijamente un instante antes de replicar:
“¿Acaso
te preocupas por mí?”
Ante
la pregunta, Orkan frunció el ceño y esbozó una sonrisa amarga, con el
semblante de alguien que aún no ha podido arrancarse a su primer amor del
corazón.
“Muchísimo……”
Caleb
miró a Orkan y exhaló un suspiro mental. Su corazón ya le pertenecía por
completo a Jade, por lo que no le quedaba nada que ofrecerle a Orkan.
“Voy
a salir bien librado de esta.”
“……Caleb.”
“Así
que tenme fe y espérame.”
Dicho
esto, Caleb dio media vuelta y se encaminó hacia su barraca.
Al
regresar al alojamiento, Caleb comprendió que tendría que compartir aquel
espacio con Orkan, razón por la cual había preferido mantenerse alejado un
rato. Su intención era esperar a que el otro se durmiera para entrar con
sigilo, pero para su sorpresa, Orkan aún no regresaba. Incluso en
circunstancias así, Orkan no dejaba de tener ciertos detalles considerados con
él, a pesar de que lo más sensato habría sido olvidar por completo a aquel
primer amor que había rechazado su confesión. Caleb dejó escapar un suspiro
mientras se recostaba en su lecho y cerró los ojos, deseando que Orkan volviera
lo antes posible.
No
pasó mucho tiempo desde que fingió quedarse dormido a la espera de Orkan cuando
este último regresó, comprobó que Caleb ya descansaba y se deslizó
silenciosamente hacia su propio catre. Fue una noche en la que el sueño tardó
demasiado en llegar.
Al
día siguiente por la mañana, Caleb recibió la documentación falsa elaborada
durante la madrugada. Tras enterarse de que se avecinaba un conflicto armado
cerca de la zona fronteriza, había adoptado la fachada de un buhonero imperial
que intentaba regresar a Alber antes del estallido. Con el documento bien
resguardado entre sus ropas, se cambió de atuendo. Aunque vestía prendas
notablemente desgastadas, era imposible disimular la inconfundible palidez de
su rostro.
“……¿Alguien
va a tragar Cuento semejante con esa cara?”
“Estará
bien.”
Aseguró
Orkan. Caleb tenía la habilidad innata de salir bien librado de cualquier
aprieto. En la academia, no habían sido pocas las ocasiones en las que,
recurriendo a su labia y astucia frente a los instructores, había logrado
esquivar castigos o enredos diplomándose con la facilidad de una serpiente
deslizándose entre la hierba.
“Ya
les hemos advertido a los puestos de control que no deben hostigar a los
civiles que regresan a Alber, así que solo tienes que unirte a esa fila.”
“Gracias.”
“En
ese caso, te deseo buena suerte.”
“Sí,
mi sargento.”
Ataviado
con ropas de civil y portando su falsa identidad, Caleb se sumó al grupo de
personas que aguardaban para cruzar la frontera hacia Alber. Al parecer, los
demás transeúntes interpretaron que su extrema palidez se debía al miedo ante
la inminencia de la guerra, lo que motivó que uno de ellos le dirigiera la
palabra de manera espontánea:
“Dime,
muchacho, ¿de qué pueblo vienes?”
“Estaba
comerciando en un poblado cercano cuando escuché que estallaría una guerra, así
que decidí regresar de prisa. Una guerra, ¡Dios mío!, ¿cómo es posible algo
así?”
“Ni
me lo digas. Mi familia, por ejemplo, tenía a una hija casada en el Imperio;
cruzó la frontera para vivir allá, y ahora nos estamos devolviendo a las carreras.”
Caleb
esbozó una sonrisa contenida ante el comentario y sacó uno de los bártulos que
le habían preparado con antelación.
“Esto
es jade traído de las tierras orientales; dicen que atrae la buena fortuna. ¿No
le gustaría adquirir uno para el camino?”
“¡Válgame
el cielo, muchacho! ¿Y todavía te pones a hacer negocios en medio de este
apuro?”
“Jaja,
¿qué le va a hacer? Los comerciantes somos así por naturaleza.”
Comentó
Caleb con una sonrisa, guardando de nuevo la pulsera de jade en el bolsillo de
su casaca mientras la fila avanzaba con lentitud. Podía percibirse la
rigurosidad con la que los guardias examinaban cada papel. El nombre que se le
había asignado en su nueva identidad era «Arma», un apelativo bastante común en
territorio de Alber, y se había encargado de memorizar a la perfección el
número de ciudadano correspondiente. Por supuesto, llegado el momento de
recitarlo, fingiría ciertas dudas y tropiezos en la pronunciación, puesto que
en la práctica eran muy pocos los ciudadanos comunes que se sabían su propio
número de memoria.
Tras
pasar toda una jornada aguardando en aquella columna, por fin le llegó el turno
a Caleb. Delante de él se encontraban guardias armados con fusiles; Caleb
fingió sentirse intimidado por las armas y les entregó sus documentos con manos
temblorosas. Al leer el nombre impreso, uno de los soldados le espetó:
“¿A
qué te dedicas, eh?”
“Me
gano la vida viajando por distintas regiones para vender mercancías.”
“¿Un
mercader?”
“Sí,
vera usted……”
Caleb
dispuso sobre la mesa los objetos que llevaba preparados: algunas piezas de
jade, adornos de baratija y accesorios que aparentaban haber sido importados de
ultramar. Los soldados de Alber abrieron desmesuradamente los ojos y comenzaron
a inspeccionar y apropiarse de los artículos uno por uno. Caleb esbozó una
sonrisa forzada, frotándose las manos con falsa sumisión.
“Son
artículos consagrados a atraer la buena suerte, seleccionados personalmente por
mí de entre los mejores……”
En
ese instante, un cañón de fusil se alzó para apuntarle directamente al rostro.
“¿Y
tu número de ciudadano?”
“Pues
vera usted……”
Caleb
respondió balbuceando y titubeando a propósito; al fin y al cabo, hablar con
total fluidez en una situación así habría resultado sospechoso. En cuanto logró
recitar la serie numérica de forma más o menos coherente, los soldados le
arrebataron sin ceremonia todo lo que llevaba consigo y le dieron el visto
bueno para cruzar. Sabiendo de antemano que las cosas terminarían así, Caleb se
inclinó respetuosamente y se apartó del puesto de control. Al presenciar la
escena, la pareja de ancianos con la que había conversado antes se le acercó
para compadecerse:
“Ay,
muchacho, qué desdicha que te hayan quitado toda tu mercancía.”
“No
se preocupe. Las cosas materiales se pueden volver a conseguir. Con conservar
la vida, lo demás importa poco.”
“¡Este
muchacho va a llegar lejos pase lo que pase!”
Ante
el comentario de los ancianos, Caleb dedicó una breve sonrisa y continuó su
camino. De ese modo, logró cruzar oficialmente la frontera de Alber. Una vez a
salvo al otro lado, extrajo un pequeño papel que llevaba oculto en el
dobladillo de la ropa. En él se indicaban las coordenadas exactas donde debía
recoger su arma personal. Como el punto de entrega se encontraba en una zona
montañosa, decidió integrarse temporalmente al grupo de civiles que se dirigía
hacia el pueblo para no levantar sospechas, desviándose hacia la falda de la
montaña en cuanto tuvo oportunidad.
Para conseguir el armamento, tendré que aguantar al menos un par
de días.
El
agente infiltrado en Alber necesitaba un margen de tiempo para localizar el
equipo y concretar el punto de encuentro. Por lo tanto, le tocaría pasar la
intemperie acampando en la montaña, lo cual no sería tarea fácil considerando
que iba prácticamente con las manos vacías. No obstante, confiaba en salir
adelante gracias al amplio poncho impermeable que había tenido la precaución de
llevar consigo.
Caleb
cavó un poco en la tierra para improvisar un refugio donde camuflarse y se
dispuso a cerrar los ojos por un momento. Consideró prudente conservar el poco
vigor físico que le quedaba, aunque solo fuera por unos minutos. Sin embargo,
no transcurrió demasiado tiempo antes de que un crujido sutil lo hiciera
despertar de golpe. Levantando raudo el poncho con el que había cubierto el
foso, descubrió que una pequeña criatura del bosque se había aproximado al
lugar. Exhalando un suspiro de alivio, intentó calmar los nervios.
“Uf……”
Aparentemente,
no había presencia militar en las inmediaciones. Caleb volvió a ocultarse bajo
el improvisado cobertizo y cerró los ojos de nuevo. De no racionar sus fuerzas
de esta manera, ignoraba por completo cómo terminaría respondiendo su cuerpo en
el momento de la verdad. Así pues, se aferró a la imagen de Jade para soportar
la penuria. Visualizaba el rostro radiante con el que su amado se encargaría de
recibirlo a su regreso.
Caleb
albergaba un deseo ferviente: poder volver al lado de Jade conservando cada
parte de su cuerpo intacta. Sabía perfectamente que, aun si perdía alguna
extremidad, Jade jamás lo rechazaría, pero se negaba rotundamente a ser el
motivo por el cual derramara lágrimas.
“Jade……”
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A
diferencia de su infancia, ahora que por fin conocía el significado de la
afectuosidad, la figura de Jade acudía a su mente cada vez que las cosas se
ponían difíciles. Murmurando su nombre en la oscuridad, Caleb volvió a cerrar
los ojos con suavidad. Con resistir dos días más en aquel páramo, las armas
estarían por fin en sus manos, y una vez cumplida la misión, podría emprender
el viaje de regreso al Imperio. Si lograba eso, tendría el derecho de presentarse
ante Jade con la frente en alto. Y entonces, tal vez por fin podrían conversar
sobre aquella boda de la que tanto solía hablar su prometido.
Ya
no como su prometido, sino convertido en su esposo. Casarse e intercambiar
alianzas. Era un futuro que Caleb jamás se había atrevido a imaginar en el
pasado, pero que ahora estaba decidido a materializar cueste lo que cueste.
“……Ojalá
pudiera pedirte que hicieras un poco menos de ruido.”
Aunque
en el fondo sabía que prefería la tranquilidad, si se trataba de Jade, lo más
probable es que organizara la ceremonia más estruendosa y ostentosa imaginable.
Una boda de esas en las que se entera hasta el último habitante del reino. Un
festejo donde todo el mundo supiera sin lugar a dudas que Caleb por fin le
pertenecía por entero. Lo más alarmante de todo es que, al pensarlo, se dio
cuenta de que si era eso lo que Jade deseaba, él probablemente sería capaz de
tolerarlo con paciencia. Si eso era lo que su amado anhelaba.
Si
tan solo era eso lo que él deseaba.
Capítulo
45
Tras
pasar una noche en lo profundo del bosque, Caleb despertó cubierto por el rocío
de la madrugada. Sacó el reloj de su bolsillo para comprobar la hora y,
decidiendo que era momento de ponerse en marcha, se volvió a cubrir con el
poncho para retomar el movimiento. El lugar acordado para su cita no quedaba
lejos.
Caleb
comenzó a ascender por la ladera de la montaña manteniendo el cuerpo agachado.
Con el poncho ajustado hasta cubrirle casi por completo, sus movimientos se
fundían de tal manera con la tierra y el follaje que apenas podían distinguirse
a simple vista. Con rapidez, se desvió de la zona montañosa y se dirigió hacia
un pueblo cercano a la frontera. Aún quedaban algunos habitantes allí, aunque
todos se afanaban en empaquetar sus pertenencias con la intención de evacuar.
Caleb se quitó el poncho, lo abultó con desgana dentro de la bolsa que llevaba
y se deslizó discretamente entre la multitud. Entre la gente comenzaron a
murmurarse comentarios llenos de inquietud.
“Una
guerra de la nada, ¿qué demonios se supone que significa esto.”
“¡Que
Su Majestad ha declarado la guerra al Imperio……!”
“¡¿Guerra
contra el Imperio……?!”
Al
parecer, el rey finalmente había lanzado una declaración formal de
hostilidades. Como ya lo tenían todo preparado a la espera de dar la orden, las
cosas se estaban moviendo con extrema rapidez. De hecho, ya se rumoreaba que el
mismísimo coronel al que debía eliminar venía en camino hacia esa misma zona.
Caleb
apretó los dientes con fuerza. Evitando a la gente, se escabulló de nuevo hacia
los callejones del pueblo para aguardar a su contacto. Sacó el pequeño mapa que
guardaba en el interior de sus ropas y lo revisó con atención. Según las
indicaciones, el punto de encuentro era exactamente allí. Tras aguardar de pie
ocultando su presencia por unos instantes, escuchó las pisadas firmes de un
hombre que se acercaba. Conteniendo la respiración, Caleb se abalanzó por la
espalda empuñando un cuchillo militar y se lo apoyó directamente contra la
garganta.
“La
cabeza del león.”
“Es
de la mujer.”
Al
escuchar la contraseña, Caleb retiró el cuchillo del cuello del individuo. Era
una frase que sin duda llevaba el sello inconfundible de Raio. Aquel hombre era
uno de los soldados infiltrados en la zona; llevaba tanto tiempo viviendo allí
que parecía un ciudadano común de Alber, desde su acento hasta su vestimenta.
El agente se quitó la mochila que llevaba a la espalda y le mostró a Caleb el
fusil que guardaba en su interior.
“Alber
va a lanzar un ataque preventivo. En circunstancias normales, el coronel debería
permanecer en el puesto de mando, pero durante la primera ofensiva saldrá en
persona para subir la moral de la tropa. Tendrás que cumplir tu misión en ese
preciso instante.”
Caleb
asintió en silencio ante la advertencia. Que un coronel se expusiera de esa
manera en primera línea para levantar el ánimo de los soldados rasos era, con
toda probabilidad, una medida tomada para contrarrestar a la propia Raio, quien
solía hacer exactamente lo mismo. Sin embargo, mientras que la actitud de Raio
provenía de una confianza absoluta en sus capacidades, la del coronel enemigo
no era más que pura soberanía y arrogancia. Calcular si el enemigo contaba o no
con un tirador selecto de su nivel era un factor crucial que habían pasado por
alto.
Caleb
volvió a guardar el fusil dentro de la bolsa y se la colgó del hombro. Le
dedicó una breve seña con la mirada al hombre y comenzó a alejarse del pueblo.
Como había soldados apostados en varios puntos, le tomó un tiempo sortear las
miradas indiscretas. Las fuerzas militares estaban obligando a marchar a todos
los civiles que quedaban; al parecer, planeaban utilizar el pueblo como base
para levantar sus barracas debido a sus proximidad con la zona de combate.
Logrando eludir los controles sin ser visto, Caleb regresó a la montaña. Igual
que el día anterior, cavó un foso en el suelo y pasó el tiempo allí dentro.
Todo formaba parte de la paciente espera necesaria para garantizar el éxito de
la operación.
* * *
Esta
batalla fue provocada por la notificación unilateral de Alber. En
circunstancias normales, un enfrentamiento de esta naturaleza jamás habría
tenido lugar; sin embargo, tras la muerte de su monarca, el príncipe que había
sido retenido como rehén en el Imperio durante su infancia ascendió al trono
del reino y emitió repentinamente el aviso de guerra. De no ser porque el
Imperio ya había colocado espías en el territorio con anterioridad, se habría
visto arrastrado al conflicto por la sorpresiva notificación de Alber. El
emperador lo consideró una ofensa imperdonable, motivo por el cual exigía una
victoria absoluta. Esa fue precisamente la razón principal por la cual deseaba
la muerte del coronel enviado por Alber para levantar la moral de sus tropas.
Si
el comandante encargado de dirigirlos caía abatido de inmediato, la moral se
vendría abajo, lo que permitiría asegurar una victoria rápida y sin
complicaciones en la primera fase. Por esa razón le había dado instrucciones
precisas a Raio.
Y
fue entonces cuando Raio sacó de su baraja la carta de Caleb. Un recluta
talentoso y seguro de sí mismo, pero a quien, en el fondo, su muerte le
importaba poco a la cúpula militar. Aunque tenía un prometido llamado Damian,
incluso si perecía en plena misión, su sacrificio sería considerado una especie
de honor. Claro que cabía dudar de si él pensaría lo mismo.
“No
sé si al final terminamos tocando algo que debíamos dejar en paz.”
Comentó
Raio desde el interior de su despacho. Otro suboficial, mientras le servía té
en la taza, le preguntó:
“¿Hay
algo que le preocupe, mi coronel?”
“No,
nada de gravedad. Imagino que el propio sargento Caleb es perfectamente
consciente del peligro que entraña la misión que se le ha encomendado. Al fin y
al cabo, se trata de infiltrarse en solitario y tener que regresar por sus
propios medios.”
Raio
levantó la taza y dio un sorbo a la infusión. En la práctica, una operación que
consistía en colarse de incógnito en territorio enemigo, aniquilar al
comandante de un disparo y volver con vida era una empresa prácticamente
suicida. Pese a ello, la mirada de Caleb no se había desestabilizado ni un
ápice. Eso era lo que hacía pensar a Raio, por alguna extraña razón, que el
muchacho no iba a morir fácilmente. Por lo general, incluso si lograba consumar
el asesinato del coronel de Alber, las posibilidades de elgrar el retorno con
vida eran ínfimas.
“Esperemos
a ver qué pasa.”
A
ver cómo se las arregla exactamente ese muchacho para regresar.
Diciendo
esto, posó la vista al otro lado de la ventana.
Por
su parte, a esa misma hora, Caleb contemplaba a los soldados de Alber que, tras
desalojar por completo a los habitantes del pueblo, se habían adueñado de sus
viviendas para utilizarlas como barracas improvisadas. Al tratarse de
construcciones endebles levantadas con tablones de madera en las inmediaciones
de la frontera, mal se les podía llamar casas propiamente dichas, pero al menos
les ofrecían un refugio aceptable a las tropas.
Observando
la escena, Caleb se desplazó silenciosamente bajo el amparo de las sombras.
“¿Me
estás diciendo que ese maldito de Erent te hizo eso?”
“Pues
tal cual te lo cuento. ¿Acaso crees que te mentiría? Por eso mismo su novio lo
mandó a volar.”
“Pobre
infeliz.”
Los
soldados de Alber departían a carcajadas entre ellos, ocupados en encender
cigarrillos y charlar de sus asuntos, prestando nula atención a los guantes y
las cajas de cerillas que habían dejado abandonadas sobre un cajón.
Aprovechando el momento, Caleb se deslizó en la oscuridad y se apoderó
discretamente de una cerilla. En el instante en que se disponía a retirarse con
el objeto en su poder, escuchó un crujido sospechoso muy cerca de allí.
“¡¿Quién
anda ahí?!”
Caleb
contuvo el aliento de inmediato y se tiró al suelo boca abajo. Al mismo tiempo,
los soldados desenfundaron los fusiles y avanzaron a toda prisa hacia la zona
de maleza. Detrás del poblado se extendía directamente el bosque, lo que
facilitaba el camuflaje, pero presentaba ese tipo de inconvenientes. Por
suerte, una ardilla salió disparada de entre los arbustos agitando las patas
con histeria, lo que provocó que los soldados de Alber soltaran un suspiro de
alivio y reanudaran sus burlas.
“¿Asustarnos
con una tontería así? ¿Están todos muertos de miedo o qué?”
“¿Miedo,
dices? ¿Acaso quieres que te enseñe lo que es el miedo?”
Los
hombres se alejaron del lugar, y Caleb, aferrando firmemente la cerilla, se
escabulló sin hacer ruido. Internándose un poco más en la espesura del bosque,
sobrevivió un par de días más racionando sus raciones de combate. No tardó en
llegar el día señalado en el que el coronel de Alber haría su aparición.
Desde
las primeras horas de la mañana, los soldados se mostraban tan rígidos y tensos
como si hubieran medido cada postura con escuadra. La llegada de un coronel
portador de rango nobiliario y investido con órdenes directas del soberano
tenía a todos sumamente nerviosos. Como llevaba tiempo aguardando ese preciso
momento, Caleb se dedicó a repasar y limpiar minuciosamente su armamento
mientras esperaba la llegada del objetivo. Liquidarlos a todos de frente era
una tarea imposible; sin embargo, él tenía un plan en mente, y si las cosas
salían tal como lo había calculado, tal vez lograría salir con vida de allí de
inmediato. Cruzando los dedos para que su estrategia diera resultado, Caleb
dejó transcurrir las horas matando el tiempo.
“¿Se
puede saber cuándo diablos piensa llegar este sujeto?”
Masculló
por lo bajo uno de los soldados de Alber, ganándose un inmediato codazo y un
severo «¡shh!» por parte de su compañero de guardia. A lo lejos, un
convoy de vehículos militares comenzó a divisarse en el camino. Los soldados se
cuadraron a ambos lados de la vía de acceso para rendir el saludo reglamentario
al estilo de Alber, y el automóvil principal se deslizлся con naturalidad entre
ellos. Del vehículo descendió un noble de estampa impecable, dotado de
cabellera dorada y ojos azules, que procedió a examinar los alrededores con
aire displicente.
Como
el terreno era predominantemente plano, a lo lejos se alcanzaban a divisar las
alambradas del Imperio. El aristócrata chasqueó la lengua al reparar en ellas.
“Con
lo fácil que habría sido arrasar con todo de golpe si Su Majestad no se hubiera
empeñado en andar mandando notificaciones previas.”
Dicho
esto, el noble siguió las indicaciones del oficial al mando y se encaminó hacia
la que parecía ser la vivienda mejor acondicionada del lugar. Al fin y al cabo,
aunque no dejaba de ser una simple cabaña de madera, ahorrarse el esfuerzo de
levantar barracas desde cero suponía una ventaja considerable. Tras identificar
con precisión a qué edificio ingresaba el oficial, Caleb aguardó agazapado a
que llegara el anochecer. Necesitaba que cayera la noche para poder poner en
marcha su cometido.
“Uf……”
Para
llegar a ese punto en óptimas condiciones, Caleb pasó las horas previas
descansando en el interior de su foso con el fin de preservar sus energías, sin
descuidar por ello la tarea de asomar la cabeza de vez en cuando para vigilar
los movimientos del campamento. El sol fue declinando lentamente en el
horizonte, y Caleb esperó a que la oscuridad fuera absoluta antes de ponerse
finalmente en movimiento.
*
* *
Era
la hora de la ración. Los soldados de Alber hacían fila para recibir sus
porciones del día. Como el combate aún no había comenzado, intercambiaban
bromas y charlaban relajadamente para disipar la tensión previa a la batalla.
“Seguro
que el noble se está dando un banquete incluso aquí, ¿no?”
“No
lo sé, ¿alguien vio si le mandaron algo especial por separado?”
“Qué
va, no vi nada de eso.”
“Entonces
supongo que comeremos lo mismo que ellos, ¿no?”
Mientras
reían y bromeaban entre ellos, de repente escucharon los gritos de un soldado
que corría hacia allí con el rostro pálido.
“¡Fuego!
¡Hay un incendio!”
“¡¿Qué?!
¡¿Dónde?!”
“¡E-En
varios lugares a la vez!”
Todos
miraron con asombro cómo comenzaba a salir humo precisamente de las casas del
pueblo que estaban utilizando como barracas. Como en ese momento la tropa
entera se encontraba afuera tomando los alimentos, nadie se había percatado de
las llamas hasta que ya era demasiado tarde. Tenían que sofocar el fuego de
inmediato, pero el suministro de agua en el lugar era escasamente suficiente.
Por lo tanto, decidieron empezar a cubrir las llamas con arena, moviéndose con
la mayor rapidez posible para evitar un desastre.
¡Fuaaa-!
El
fuego se extendió con una furia inesperada. Las construcciones, hechas de
madera completamente seca y levantadas muy cerca unas de otras, hicieron que
las llamas devoraran el sector en cuestión de segundos. Antes de que siquiera
tuvieran tiempo de arrojar la primera palada de arena, el fuego ya había
alcanzado el almacén de provisiones y la tienda de campaña del coronel.
“¡Salven
las provisiones!”
“¡¿Dónde
está el coronel?!”
“¡¿Qué
significa todo este alboroto?!”
Por
fortuna, el coronel logró salir corriendo por su propia cuenta, salvando el
pellejo justo antes de que toda la estructura quedara sepultada bajo el mar de
fuego. Sin embargo, lo único que había conseguido salvar era su vida frente al
incendio. En el preciso instante en que emergió de las llamas, se escuchó una
detonación seca en el aire.
¡Pum!
Era
un disparo indiscutible. Y la figura que se desplomó al suelo tras el eco de
ese tiro no era otra que la del coronel de cabellera dorada.
“¡Mi
coronel!”
“¡Mi
coronel! ¡Maldita sea! ¡Son los enemigos!”
“¡Nos
han atacado! ¡Infiltrados en el campamento!”
“¡
búsquenlos ahora mismo!”
Habiendo
cumplido esa parte, Caleb contuvo los disparos por un momento para evitar que
su posición exacta fuera delatada, tomándose unos segundos para evaluar las
fuerzas del enemigo. Necesitaba ubicar a un individuo en específico: el soldado
que fungía como el conductor personal del coronel. Buscando con la mirada entre
la confusión, localizó de inmediato al hombre que se aferraba al cuerpo sin
vida del oficial con gritos de desesperación. Ese era el chófer.
“Lo
tengo.”
Caleb
alzó el fusil de inmediato y comenzó a abatir a los soldados que corrían por
los alredeor. Cada disparo equivalía a una baja segura. Con la mirada afilada,
el joven no permitía que ningún rival se salvara. Los soldados de Alber, al fin
conscientes de la dirección de donde provenían los proyectiles, respondieron
abriendo fuego hacia su sector; no obstante, como Caleb disparaba resguardado
desde el interior de un foso con la boca del cañón apenas asomando, logró
esquivar la mayor parte de la ofensiva. Aun así, era imposible evitar el roce
de todas las balas que surcaban el aire.
Y
entonces llegó el breve instante de oscuridad: el momento crítico para recargar
el cargador. Caleb expulsó el cartucho vacío, metió uno nuevo y se lanzó al
claro entre los enemigos, corriendo directamente hacia el conductor. Una lluvia
de plomo cruzó el espacio a su alrededor. En el trayecto, uno de los
proyectiles impactó de lleno en su hombro y brazo. Sintió un ardor punzante,
pero apretando los dientes con fuerza, se abalanzó sobre el chófer y le
encañonó la sien con el arma.
“¡Alto
el fuego todos ustedes!”
“¡C-Cesen
el fuego!”
Caleb
miró fijamente al rehén que tenía sometido. Para su sorpresa, llevaba el mismo
rango de sargento. Dejando escapar una risa seca, le advirtió:
“Mi
destino es cruzar hacia el Imperio. Si cooperas, te prometo que te dejaré
regresar con vida una vez que termine.”
“……¿Y
cómo demonios se supone que te crea?”
“Tendrás
que confiar en mí con el simple hecho de que todavía no te he volado los
sesos.”
Diciendo
esto, y manteniendo el cañón firmemente apoyado contra la cabeza del hombre,
Caleb comenzó a retroceder lentamente hacia el vehículo militar que el coronel
había utilizado para llegar. Los soldados de Alber, al ver a su compañero como
escudo humano, se limitaron a apuntar con sus fusiles sin atreverse a hacer
ningún movimiento en falso. En ese instante, una figura se deslizó
sigilosamente a espaldas de Caleb.
¡Pum!
“¡Argh!”
Como
si tuviera ojos en la nuca, Caleb giró el arma a una velocidad pasmosa y
disparó contra el atacante que intentaba emboscarlo. Al ver al sujeto rodar por
el suelo tras recibir el impacto, le lanzó una advertencia al rehén:
“Te
aconsejo que le des a tus camaradas la orden de no hacer estupideces.”
“……”
“Sargento,
¿cuál es tu nombre?”
“Joelpin
Ecliffe.”
“Si
te apellidas Ecliffe…….”
“El
coronel al que acabas de acribillar hace un momento era mi tío paterno.”
“Vaya,
qué lamentable coincidencia. Si no quieres perder a otro joven aristócrata de
la familia hoy, dile a todos que cooperen.”
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Con
esas palabras, empujó al hombre hacia el interior del vehículo militar y lo
obligó a sentarse en el asiento del conductor, mientras le seguía apuntando
directamente a la cabeza. Le ordenó pisar el acelerador a fondo en dirección
directa hacia las alambradas que marcaban la frontera con el Imperio.
“Como
intentes hacer alguna jugada rara, estás muerto.”
“……Entendido.
Ya entendí.”
Caleb
se mordió con fuerza el interior de las mejillas para mantenerse consciente. Ya
faltaba poco. A medida que se aproximaban a la línea divisoria, el rehén
preguntó con evidente nerviosismo:
“¿Q-Qué
hago ahora?”
“¡Atraviésala
sin frenar!”
En
ese mismo instante, el vehículo se estrelló violentamente contra el alambrado
fronterizo, deteniéndose de golpe del lado imperial con un chirrido
ensordecedor de neumáticos.
Caleb
descendió del automóvil junto al prisionero y se identificó ante la guardia:
“Sargento
Caleb. Misión cumplida, he regresado al Imperio trayendo a un rehén conmigo.”
Su
aspecto era absolutamente deplorable. Cualquiera lo habría tomado por un
mendigo callejero sin hogar. Los soldados imperiales, desconcertados y reacios
a creer las palabras de aquel sujeto en semejantes condiciones, mantuvieron los
fusiles en alto en una tensa guardia. No obstante, Orkan, que había acudido de
inmediato tras recibir el reporte de la situación, se encargó de disipar las
dudas.
“Su
identidad es legítima. Aseguren la zona de inmediato.”
“¡Sí,
mi sargento!”
De
ese modo, el rehén capturado en territorio del reino fue puesto bajo custodia.
Caleb dejó escapar un suspiro de alivio. Su visión comenzaba a nublarse por
completo; la tensión del combate era lo único que lo había mantenido en pie
hasta ese instante, operando puramente a base de pura fuerza de voluntad. Fue
en ese momento cuando Orkan reparó, con horror tardío, en que las ropas de
Caleb estaban empapadas de sangre que goteaba sin cesar. Era una herida de bala
indiscutible.
“¡Sargento
Caleb, estás herido de gravedad……!”
“Qué
rápi-, do para darte cuen-, ta……”
Tras
balbucear esas palabras, Caleb perdió el conocimiento por completo y se
desplomó.
Cuando
abrió los ojos nuevamente, se encontraba en una clínica militar ubicada en las
inmediaciones de la frontera; al parecer, lo habían trasladado allí tras
desmayarse. Al verse reflejado en un espejo, sintió una profunda impresión al
constatar su propio estado. Jamás imaginó que lucía de una manera tan
andrajosa. Tenía un fuerte deseo de asearse, pero debido a la gravedad de las
heridas de bala tuvo que conformarse con afeitarse la barba por lo menos. Cada
movimiento de sus brazos le provocaba punzadas de dolor, pero le era imposible
soportar verse en aquellas condiciones.
Al
verlo, Orkan chasqueó la lengua con incredulidad.
“Supongo
que hay que estar dispuesto a llegar a extremos así para tener éxito en una
misión de esta categoría, sargento.”
“Sí,
mi sargento. Supongo que así es.”
“Jamás
me imaginé que lograrías salir victorioso con tanta facilidad.”
“No
diría que fue fácil.”
“Cierto,
nada de esto tiene de fácil. Supongo que me he expresado mal.”
“Con
que lo sepa es suficiente.”
Recostado
en la camilla del hospital, Caleb escuchó de labios de su superior el resumen
de lo acontecido tras su partida:
“Poco
después de tu incursión, hubo un intento de ofensiva por parte de ellos, pero
como alguien se encargó de reducir a cenizas tanto su almacén de suministros
como el campamento principal, terminaron retirándose por falta de recursos.”
“Vaya,
quienquiera que haya sido, hizo un excelente trabajo.”
“……Ay,
por el amor de Dios.”
A
pesar de soltar una risa irónica, Orkan no pudo evitar exhalar un profundo
suspiro de alivio al verlo sano y salvo. Había sido una misión rozando lo
imposible. Pese a todo, él se había ofrecido y había vuelto con vida. Caleb
siempre había vivido al borde del abismo, rozando la muerte, pero aquella
ocasión había sido diferente: había entrado en la boca del lobo con el único
propósito imperativo de sobrevivir.
“¿Quién
es la persona que te da tantas ganas de vivir?”
“¿De
verdad tienes que obligarme a decirlo con mis propias palabras, Orkan?”
“Olvídalo,
ya basta de patéticas palabras por parte de un hombre al que rechazaron.”
“Con
eso basta, mi sargento.”
“Un
subordinado no debería subirse tanto a las barbas de sus superiores, sargento.”
“Entendido.
Bastará con que cierre la boca, supongo.”
Ambos
cruzaron una mirada cómplice y terminaron estallando en una carcajada.
