Capítulo 36-40



Capítulo 36

Aena cuidaba de Ivan con esmero. Fuera cual fuera su objetivo, sus atenciones estaban dando resultado y Ivan se iba recuperando poco a poco. Un día, recibió la visita de un caballero que andaba investigando los alrededores.

Toc, toc.

Aena ya se había dado cuenta de que los caballeros merodeaban por el pueblo desde temprano en la mañana y sabía que terminarían buscando en su casa. Por esa razón, desde el momento en que abrió los ojos, se dedicó a teñirle el cabello de castaño.

“P-Pero ¿qué estás haciendo?”

“Los caballeros imperiales están a un paso de aquí.”

“E-Entonces, entregarme a ellos…….”

“No tienes ni idea de nada.”

“D-De qué hablas.”

“Tu familia ya ha caído. No sé por qué razón, pero el hecho de que los caballeros imperiales estén buscando significa que en el momento en que te atrapen irás directo a los calabozos subterráneos.”

Al oír eso, Ivan abrió los ojos de par en par. Sin embargo, eran tantas las cosas que tenía pendientes.

“P-Por qué, además, cómo es que nuestra familia……!”

“Porque hay retratos de tu familia colgados por las calles. Si no quieres que te capturen, haz exactamente lo que te diga.”

Aena le tiñó el cabello, le vendió la mitad del rostro y volvió a envolver con vendas sus extremidades en proceso de recuperación, acostándolo en la planta baja. Luego, al escuchar los golpes violentos que hacían temblar la puerta, se apresuró a abrir.

“¿Qué se le ofrece?”

La mujer interpretó a la perfección el papel de una persona aterrorizada, ya que era completamente natural que una joven temiera la visita de unos extraños caballeros. Ellos entraron sin pedir permiso, empujándola a un lado mientras echaban un vistazo al interior.

“Estamos buscando al hijo mayor de la familia que provocó el atentado contra el campanario y el caso de envenenamiento de la realeza. ¿Has visto a un hombre con este aspecto?”

Allí estaba el retrato de Ivan, pero existía una gran diferencia entre la imagen dibujada en su época de mayor esplendor y el estado actual de él. En ese momento, uno de los caballeros descubrió a un hombre acostado en un rincón de la planta baja y se le acercó.

“¿Quién es este sujeto?”

Aena le respondió:

“Es mi hermano mayor. Hace poco fue a buscar hierbas medicinales y rodó por un sendero empinado, sufriendo heridas graves, por lo que aún se está recuperando.”

“¿Rodó por un sendero empinado? Tiene heridas bastante grandes para ser solo eso.”

“Justo se puso a llover y…….”

Ella mezcló hábilmente la mentira con la verdad, añadiendo un detalle que sabía que les interesaría:

“Ah, y recuerdo que por entonces vi a un hombre de cabello rubio dirigirse hacia el oeste del bosque.”

“¿Hacia el oeste del bosque?”

“Sí, así es. En ese momento me pareció algo extraño, pero al ver ese retrato lo recordé.”

Aena les hizo una profunda reverencia. Los caballeros miraron a Ivan, quien parecía al borde de la muerte. Ocultando el terror que le temblaba en el pecho, Ivan tuvo que fingir lo mejor posible ser un enfermo lastimoso que apenas podía respirar. Al ver su cabello castaño y sucio, los caballeros dieron media vuelta sin considerar necesario seguir inspeccionando y salieron de la casa de Aena, alejándose al galope de inmediato.

“Dada la situación, tienes que venir conmigo a un lugar mucho más seguro.”

“¿Acaso existe un lugar más seguro?”

“Sí, por supuesto.”

Aena le sonrió radiantemente y le dijo:

“Un lugar donde nadie jamás podrá encontrarte.”

Diciendo eso, le entregó su desayuno de ese día, al cual ya le había mezclado previamente hierbas para inducir el sueño. Una vez que él se durmiera, todo habría terminado. Sin embargo, un ignorante de esto, Ivan aceptó la papilla que le daba Aena y se quedó dormido en silencio. Aena lo observó con una sonrisa y enseguida mandó a llamar un carruaje y hombres para trasladar discretamente a Ivan hacia la mansión de los Damian.

“Todo esto es para reconfortar el corazón de esa persona.”

Porque Aena deseaba fervientemente que su musa de la infancia pudiera salir por fin de aquella profunda oscuridad.

* * *

Jade, a quien le habían entregado a Ivan mediante el carruaje enviado por Aena, soltó una risa seca al ver el estado deplorable en el que se encontraba. Era un verdadero milagro que siguiera con vida después de todo aquello. Mandaron a limpiar una habitación del sótano que jamás había sido utilizada. Un espacio en el que solo se amontonaban herramientas y trastos viejos, sin imaginar jamás que meterían a una persona allí; tras reacondicionarlo, lograron habilitar un sitio para que alguien pudiera acostarse. Acostaron a Ivan allí y le encargaron su cuidado a Aena, quien había llegado poco después. Aena asintió con la cabeza.

“Me encargaré de hacerlo bien.”

En el rostro de ella, mientras sonreía de esa manera, se filtraba un aura lúgubre. Jade le preguntó a Aena, que le hablaba en ese tono:

“¿De verdad no hace falta que te encuentres con Caleb?”

“……Él no querrá verme. Además, creé una imagen de él basándome solo en mi capricho.”

Aena esbozó una sonrisa amarga. Lo había hecho con la intención de reencontrarse con él, pero había sido un método demasiado violento para con su persona. De hecho, había llegado a perturbar excesivamente a Caleb. Aena le había dicho que, una vez que todo esto terminara, se buscaría otro oficio en silencio.

“Me duele un poco pensar que ya no podré volver a dibujar al joven amo.”

“¿Qué te parece convertirte en la pintora oficial de nuestra familia?”

“……Agradezco el gesto.”

Su tono parecía tentado por la propuesta, pero ella se resistió con todas sus fuerzas y negó con la cabeza. Al verla, Jade le asignó una habitación para que fuera a descansar por el momento. Y el lugar al que se dirigió él después de eso fue su propia habitación, donde se encontraba Caleb. Caleb había permanecido allí plácidamente todo ese tiempo, tan en silencio que era imposible adivinar si estaba insatisfecho o no.

Clic, clac.

Al abrir la cerradura desde el exterior y entrar, vio que Caleb lo estaba esperando. Él se encontraba leyendo un libro en el interior, y como para colmo era un documento antiguo, a Jade le dio tanta risa por lo absurdo que le preguntó:

“¿Ya estás empezando a entusiasmarte con esto?”

“En la academia no te enseñaban esta clase de cosas.”

“Aprendiste lo básico.”

“Lo básico era solo eso.”

Caleb cerró el libro y se puso de pie. Luego se acercó a Jade y le preguntó:

“Vienes de esta manera, supongo que significa que conseguiste algo, ¿no?”

“Eso también, pero hay algo que quiero preguntarte.”

“¿Qué cosa?”

“¿Tienes alguna intención de ver a la pintora que te dibujó?”

“…….”

“La otra vez dijiste que no, pero tampoco te negaste del todo.”

“……Ahora mismo.”

Caleb reflexionó en silencio. Se preguntó a sí mismo si tendría el valor de volver a verla. ¿Podría mirar a los ojos a la persona que había presenciado todo cuando él se encontraba en lo más hondo de la miseria? ¿Sería capaz de no mostrarle ningún rencor ahora que Aena lo había sacado todo a la luz con sus propias palabras? Tras sopesarlo todo, Caleb asintió.

“Supongamos que quiero verla.”

“Vaya, sabía que dirías eso.”

Tras decirle aquello, Jade guio a Caleb hacia la sala de recibidores. Luego envió a un sirviente a transmitirle la noticia a Aena, quien descansaba en su habitación. Al recibir el recado, el rostro de Aena se descompuso y se puso pálido como el papel.

“¿Q-Que quiere verme a mí?”

“Así es. Permítame escoltarla a la sala de recibidores.”

“P-Pero yo…….”

“No hizo ningún comentario adicional al respecto.”

“……Yo.”

Aena entrelazó las manos con fuerza y se puso a temblar levemente. Luego inhaló aire despacio y exhaló. Cierto, esto era parte de lo que tanto ella como él tenían que afrontar. Pensaba que, para que él pudiera salir de la oscuridad, tendría que pisotear al menos una vez ese peldaño llamado ella. Armándose de valor por su cuenta, dio el paso al frente. Así fue como, acompañada por un sirviente, se paró frente a la puerta de la sala de recibidores.

Toc, toc.

En medio de un silencio absoluto, la puerta de la sala se abrió, y a través de ella Aena vio aquellos brillantes ojos verdes que tanto conocía. Sin poder evitarlo, cayó de rodillas frente a esa mirada.

“J-Joven amo.”

“…….”

Caleb la miraba en silencio. ¿Cómo debía contemplar a aquella mujer que, como si hubiera cometido un pecado imperdonable, se había arrodillado de inmediato frente a él? En aquel entonces, para poder sobrevivir, él había gastado todas sus fuerzas sin siquiera recordar el nombre de la criada.

“¿Cómo dijiste que te llamabas?”

“Aena, me llamo Aena.”

“Sí, Aena…….”

Caleb rumiaba aquel nombre.

“Al menos era inusual.”

“¿Disculpe?”

“Porque en ese sótano oscuro y húmedo, al menos la comida siempre me llegaba caliente.”

“…….”

“Tanto el pan como la sopa siempre mostraban señales de que alguien se había esmerado.”

“……Yo, yo.”

“Supongo que de nada sirve reconocer esto ahora que ha pasado el tiempo.”

“¡Si lo reconoce ahora, incluso ahora……!”

Aena rompió a llorar, dejando caer las lágrimas una tras otra. Ella llevaba mucho tiempo hechizada por su mirada. Incluso si pensaba que no era extraño que hubiera quedado cautivada desde aquel preciso instante en que cruzó miradas con esos ojos verdes en el sótano oscuro, no le parecía descabellado.

“Me alegro. Sí, seguramente es algo muy alegre.”

“……Te lo agradezco. Pero que hayas divulgado mis asuntos a un tercero por capricho no es algo que me resulte muy agradable.”

Aena bajó la cabeza.

“Aceptaré con gusto cualquier castigo por ello.”

“¿Castigo? Qué podría darte yo.”

“Y-Ya no, ¡juro que ya no volveré a dibujar al joven amo jamás!”

“¿Ya no?”

“Sé que será como romperme los pinceles, sé que será algo doloroso, pero de verdad, nunca más…….”

“Qué interesante.”

Caleb miraba a Aena con absoluta frialdad, mientras Jade pensaba con alivio que al menos esa mirada no iba dirigida hacia él. Aena... jamás se había detenido a pensar en la condición de la casta de ella, pero con seguridad no era una beta. Aunque no sabía si estaba tomando supresores o qué, el instinto de Jade se lo decía con claridad. Probablemente no fuera alfa; sería una omega. Que alguien así le suplicara tanto interés a él no era algo normal. Por eso era tan...

'Seguramente tiene ganas de devorarlo a mordiscos'.

Caleb meditó en silencio antes de hablar:

“Escuché que te encargarás de cuidar a Ivan por un tiempo.”

Caleb repitió lo que le había contado Jade.

“Sí, sí. Así es.”

“Si logras cumplir con eso sin problemas, no me importará si agarras los pinceles o no.”

“¿Eh?”

“Que no me importa si vuelves a dibujarme o no.”

“J-Joven amo.”

Ella abrió los ojos de par en par.

“Pero tendrás que hacerlo bien.”

“Sí, sí. Me encargaré de que salga bien como sea.”

“Intenta recordar muy bien cómo viví yo en su momento.”

“¡Sí……!”

Aena asintió con la cabeza y se puso de pie. Luego se secó las lágrimas del rostro y dejó que sus ojos brillaran con intensidad. El destello de esperanza de poder volver a dibujar a su musa inundaba su mirada. A Jade le resultaba bastante molesto, pero como era un permiso otorgado por el propio Caleb, no podía intervenir. Dicho eso, Aena salió de la sala de recibidores en compañía de la criada, y la estancia quedó en silencio por unos momentos. Fue entonces cuando Caleb abrió la boca:

“¿Te molesta que Aena me dibuje?”

“……¿Se me notaba?”

“Con la cara que pusiste, cómo no se iba a notar. Seguro que hasta Aena se dio cuenta.”

“¿Ya empezaste a llamarla con tanta confianza? Aena, dice.”

“Tampoco es que tuviera un apellido desde un principio, ¿cómo querías que la llamara?”

Caleb chasqueó la lengua. Jade le rodeó los hombros con los brazos y lo atrajo hacia sí. Caleb se dejó arrastrar por el tirón y se acurrucó en su pecho.

“Espera solo un poco más. Ivan está aquí, en este sótano.”

“……Lo sé.”

“Primero haré que esté un poco más entero, y luego te lo entregaré.”

“……Tengo paciencia para eso.”

“Sí. Supongo que sí.”

Mientras decía aquello, Jade le plantó un breve beso, y Caleb no hizo nada por apartar los labios de los suyos.

* * *

Cuando Ivan abrió los ojos, se encontraba en un sótano oscuro y lúgubre. Moviendo su pierna adolorida, arrastró su cuerpo hasta la puerta. No era un lugar que conociera, lo que significaba que no se trataba de los sótanos de la mansión Enders. Comenzó a golpear la puerta con fuerza mientras gritaba:

“¡Que no hay nadie! ¡He dicho si no hay nadie!”

Fue entonces cuando apareció Aena.

“Shh, joven amo, guarde silencio.”

“¿Aena? E-Eres tú. ¿Dónde demonios estamos?”

“Logré coladorlo aquí rogándole un favor a una familia noble que conozco muy bien.”

“¿Una familia noble, dices?”

“Verá, en realidad yo soy una pintora que dibuja y suministra obras a familias nobles. Le inventé una situación falsa a una familia noble de provincia y así pude traerlo aquí.”

“¡P-Pero qué clase de trato es este! ¡Un cuarto en el sótano...!”

Al escuchar eso, Aena ocultó una sonrisa en su interior. ¿Tanto le espantaba estar en un sótano? Si Caleb había pasado allí decenas, cientos, miles de noches durante su infancia.

“Para poder ocultarlo, no hay otro lugar más que este. Así que aguanté un poco.”

“¿Hasta cuándo demonios...!”

“Vaya, ahora tengo que irme. Vendré a buscarlo más tarde a la hora de la comida.”

“¡Aena...!”

Él la llamó con desesperación, pero los pasos de Aena se escucharon alejándose más allá de la puerta de hierro, hasta perderse. Ivan se sumió en la desesperación. Su familia se había derrumbado. En una situación en la que se había descubierto el intento de envenenamiento con chocolate, lo acusaban además de cargos de terrorismo. Eso era algo de lo que él ni siquiera estaba al tanto. ¿Qué demonios se había estado dedicando a hacer su padre? Hundido en la miseria, arrastró su cuerpo por el suelo hasta encontrar el sitio donde podía acostarse, acurrucándose en él. Como Aena le había dicho que sería solo por un momento, decidió confiar en ello y esperar. Sería solo un rato. Su estancia en un lugar así no duraría más que un momento. Eso era lo que pensaba.

* * *

Ha pasado un mes desde que el rastro de Ivan desapareció. La condesa se encontraba medio demacrada, marchitándose poco a poco. Aunque su vientre estaba abultado, el estado en el que estaba hacía temer si el niño llegaría a nacer de forma adecuada. Mientras tanto, exaristócratas arruinados irrumpieron en su mansión.

“¡Dijeron con seguridad que si invertíamos en ese barco, el dinero regresaría multiplicado……!”

“¡Ese sujeto, ese sujeto se largó llevándose todo el capital de inversión!”

“¡Cómo se supone que pasó esto!”

Como la condesa no sabía absolutamente nada al respecto, se aferró al vientre abultado y gritó:

“¡Yo, yo no sé nada de esto! ¡De los asuntos de inversión se encargaba mi esposo……!”

“¡El conde ya está muerto! ¡Para colmo, involucrado en el caso de envenenamiento de la realeza y en el de terrorismo……!”

“¡Exigimos que nos devuelvan nuestro dinero!”

“¡Eso no es culpa nuestra!”

La condesa se esforzaba por defender la mansión en solitario, pero los inversores arruinados, como si los trataran de simples estafadores, empezaron a rebuscar a la fuerza por toda la casa en busca de cualquier cosa de valor que pudieran saquear. No obstante, las cajas fuertes —tanto las inversiones del conde como las de Ivan— estaban completamente vacías tras haber fracasado por completo, por lo que terminaron marchándose a empujones y chasqueando la lengua.

“¡La familia Enders ha llegado a su fin!”

“Ah, ah…….”

Auxiliada por una criada, la condesa se acostó en su dormitorio —que apenas conservaba algo de su forma original— a la espera de su primogénito, quien no regresaba. Su esposo había muerto, pero le habían dicho que el hijo mayor aún no había sido capturado. En cuanto ese niño apareciera, todo se solucionaría. Al fin y al cabo, siempre había sido un hijo portador de buena fortuna. Por eso…….

En su mente cruzó de pronto la imagen de otro niño.

'A Caleb……'.

¿Debería pedirle ayuda a ese muchacho?

De inmediato, sacudió la cabeza. Pedirle ayuda a él era algo que prefería antes que morir. ¿Cómo lo había criado ella? Si a Ivan lo había criado rodeado de afecto y amor, a ese niño lo había criado a base de rencor y desprecio. No era alguien que fuera a escucharla tan solo porque le pidiera auxilio. Estaba más que segura de que, aunque le suplicara ayuda, lo único que recibiría de vuelta serían burlas. Apretando los dientes, se repitió que Ivan tenía que regresar, pero ignoraba por completo un hecho: él también se encontraba ya atrapado firmemente en las redes de otros.

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“¡Yo, qué demonios he hecho mal!”

Yacía en la cama mientras comenzaba a desvariar. Ella se había casado con la familia Enders y había resistido con firmeza hasta el día de hoy. Había soportado las infidelidades de su esposo mirándola a él, y había traído al mundo tanto al primogénito como al segundo. Aunque le había dado la espalda al segundo, ¿acaso no había terminado creciendo por su propia cuenta?

'¿El segundo?'.

La condesa comenzó a culpar de todo a Caleb. Si ese segundo hijo no se hubiera marchado a la familia Damian, nada de esto habría sucedido.

“¡Ese muchacho no debió haber salido jamás de ese sótano!”

Gritaba la condesa, comportándose como una lunática. Aunque los sirvientes que aún quedaban intentaban calmarla debido a su embarazo, su locura se tornaba cada vez más grave con el paso de los días. Y aquella noticia llegó incluso a oídos de los Damian.

Disfrutando de una comida juntos por primera vez en mucho tiempo, Jade y Caleb se encontraban en el comedor. Como los marqueses habían salido a cenar fuera ese día, podían comer a solas.

“Corren rumores de que tu madre ha perdido la cabeza.”

“¿De verdad? Es que, por culpa de cierta persona, no tengo forma de enterarme de lo que pasa afuera.”

“……Bueno, quédate con solo saber eso.”

“Por qué, ¿estaba soltando tonterías sobre mí otra vez?”

“……No son cosas que te convenga escuchar.”

“Es obvio. Seguro que dirá que todo esto pasa porque alguien como yo vino al mundo.”

“……A pesar de lo mucho que odias a tu familia, la conoces demasiado bien.”

“La conozco bien precisamente porque los odio, Jade.”

Al fin y al cabo, el amor y el odio están separados por una sola hoja de papel. Caleb esbozó una sonrisa tenue.

 

 

Capítulo 37

Ivan pasó varios días en aquel sótano. Al principio parecía esforzarse por aguantar con paciencia, pero tras unos diez días comenzó a descargar su mal genio contra Aena.

“¡A qué diablos juegas, dime dónde estamos!”

“Es difícil de explicar. Son personas que amablemente accedieron a recibir al joven amo.”

“¿Me has traído a un lugar cuya identidad ni siquiera conozco?”

“Pero nadie imaginará que el joven amo se encuentra aquí. De eso sí puedo asegurarle.”

“¡Dime al menos dónde estamos!”

Por más que Ivan montara en cólera, Aena jamás reveló que aquel lugar era la mansión de los Damian. Como ese sufrimiento no era algo que ella debiera experimentar, mantuvo la boca cerrada y guardó el secreto de forma absoluta. Mientras tanto, Aena continuaba cuidando de Ivan con esmero, hasta el punto de que sus brazos y piernas estaban casi completamente curados. Ivan estaba esperando el momento oportuno. Tenía la firme intención de escapar de allí en cuanto sus extremidades sanaran por completo.

“¿Quién demonios es el dueño de este lugar como para atreverse a desafiar a la autoridad imperial y ocultarme? ¿La facción de la vieja aristocracia? No puede ser…….”

Tal como habían dicho los caballeros aquel día, si se descubría que habían enviado chocolates envenenados a la realeza y que estaban implicados en cargos de terrorismo, la familia Enders estaba acabada. Sinceramente, no se le ocurría ninguna familia dispuesta a mantener la lealtad hacia ellos en una situación así, a menos que fuera un modesto clan noble asentado en alguna provincia lejana.

Sin embargo, si poseían un sótano de semejantes dimensiones, el tamaño de la mansión no debía ser precisamente pequeño. Ivan empezó a poner a trabajar una cabeza que en toda su vida apenas había tenido que esforzarse. No obstante, aquello duró poco, ya que Aena bajó corriendo al sótano con aire de urgencia.

“¡Joven amo!”

“¡Qu-Qué pasa!”

“¡Los caballeros imperiales han venido hasta aquí! ¡Tiene que esconderse!”

“¿Esconderse, a dónde!”

Justo en ese momento, detrás de ella aparecieron varios sirvientes varones cargando una caja lo suficientemente grande como para que un hombre adulto cupiera en su interior hecho un ovillo. Al verla, el rostro de Ivan se puso completamente pálido.

“¿Me estás diciendo que me meta ahí dentro?”

“Es la única forma de sobrevivir. Apúrese y entre. Cubriremos la caja con otros objetos para que no se note.”

“No pienso entrar. Cómo se supone que una persona va a caber…….”

En ese instante, la expresión de Aena se endureció de golpe con frialdad.

“Claro que puede entrar.”

Los hombres comenzaron a arrastrar el cuerpo demacrado de Ivan y a forzarlo para meterlo dentro de la caja. Al doblar las rodillas y encoger los hombros, el espacio se ajustó milimétricamente a su cuerpo. Aena cerró la tapa, echó el cerrojo desde el exterior y le dijo:

“Le abriré en cuanto los caballeros se hayan marchado. Hasta entonces, mantenga la boca cerrada y aguante sin hacer ruido. ¿Entendido?”

“¡Cómo esperas que soporte algo así en un sitio……!”

“Shh.”

Sin escuchar más, Aena se marchó y lo dejó sumido en el silencio. Si lo que decía era cierto, significaba que los caballeros imperiales habían venido a buscarlo hasta allí, por lo que no podía permitirse emitir ni el más leve suspiro. Fue en ese momento cuando, debido a las reducidas dimensiones de la caja, la falta de aire comenzó a cortarle la respiración.

Clinc, clinc.

Logró distinguir el sonido metálico de las armaduras que llevaban los caballeros. Contuvo el aliento tragando saliva a la fuerza. Sentía que en cualquier momento se desmayaba por falta de aire, pero aun así prefería eso a ser capturado. Si los caballeros imperiales lo atrapaban ahora, lo más probable es que terminara directo en la horca. Clinc, clinc, el sonido continuaba recorriendo sin prisa aquel oscuro sótano, como si intentara presionarlo. Sintió que perdía la cabeza. El poco oxígeno que le quedaba ya le estaba bloqueando por completo la respiración.

“Ugh…….”

Cuando finalmente no pudo aguantar más y se le escapó aquel sonido, el tintineo metálico cesó de golpe. Ivan boqueó intentando recuperar aire de forma apresurada, pero los pasos parecían haberse detenido justo frente a la caja que lo contenía, y un silencio absoluto lo invadió todo. Vencido por la presión psicológica y la escasez de oxígeno, terminó perdiendo el conocimiento con los ojos en blanco.

Un rato después, el sonido de los pasos de los caballeros se alejó por completo, y fue entonces cuando Aena regresó. Tras unos golpecitos secos, comenzó a golpear la caja.

“¿Joven amo?”

“…….”

No obtuvo ninguna respuesta. Con una mueca de fastidio, Aena abrió la tapa. De inmediato, el cuerpo de Ivan cayó pesadamente hacia afuera, completamente inconsciente y echando espuma por la boca. Dedicándole una mirada de profunda repulsión, la joven alzó la vista hacia Jade, quien todavía aguardaba en la entrada.

“Desmayarse por algo así. Se nota que lo criaron entre algodones.”

“Comparado con el joven amo Caleb, cualquiera diría que ha crecido rodeado de lujos.”

—dijo Aena con un tono sarcástico. Luego le dio una ligera patada en la pierna. Las extremidades de él estaban ya casi sanadas del todo—.

“Sus brazos y piernas casi han sanado por completo. Así que avísele que falta poco.”

“Entendido.”

“Sí.”

Tras arrastrar el cuerpo de Ivan para dejarlo tendido en el suelo, Aena ordenó que dejaran la caja tal como estaba en ese mismo lugar, argumentando que mantener esa presión psicológica —sabiendo que podía volver a ser encerrado allí en cualquier momento— era lo mejor.

“Llevas veneno en la sangre.”

“¿Acaso hay alguien aquí que no lo lleve?”

“Tienes razón.”

Con una sonrisa en los labios, Aena dejó que Jade —quien se había puesto una armadura solo para la ocasión— subiera de vuelta, mientras ella se dedicaba a limpiar con esmero el rostro de Ivan. Las ofrendas debían estar impecables. Especialmente aquellas destinadas a ser entregadas a su propio dios.

* * *

“¡Aaaah!”

Ivan se incorporó dando un grito desgarrador. Por suerte, ya no se encontraba dentro de aquella espantosa caja. Sin embargo, como si la pesadilla de haber estado en ese espacio claustrofóbico hubiera sido completamente real, la caja continuaba allí, tirada al otro lado de la habitación donde él yacía.

“¿Ya despertó?”

Aena estaba a su lado. Ivan la abrazó de inmediato. Necesitaba el calor de otra persona. Requería la suavidad de la piel humana y no el frío y la dureza del interior de aquella caja. Aena lo envolvió con suavidad entre sus brazos y comenzó a consolarlo.

“¿Lo pasó mal, verdad? Pero no había otra opción. A cambio, los caballeros imperiales se marcharon tal cual.”

“A-Ahora, ya no volverán, ¿verdad? ¿Verdad que no?”

“Habrá que rezar para que sea así.”

Diciendo eso, ella masticó unas hierbas medicinales de sabor amarguísimo y liberó por primera vez su propia feromona, una faceta que jamás le había mostrado a nadie. Semejante al aroma de unas flores mecidas por el viento, su feromona hizo que el cuerpo de él, un alfa, fuera relajándose poco a poco. Más que provocarle celo, el debilitado organismo de Ivan encontró un profundo alivio en aquella esencia, dejándose caer con lentitud sobre el lecho para descansar. Aunque desde siempre había detestado su propia feromona, si al menos servía de ayuda en un momento así, no le importaba en absoluto utilizarla.

“Descanse profundamente por un tiempo. Sus brazos y piernas sanarán por completo muy pronto.”

Para entonces, podrá irse a cualquier lugar que desee.

Aena lo consoló con esas palabras. Embriagado por el efecto de su feromona, Ivan asintió con la cabeza y cerró los ojos. Así, cayó en un sueño apacible y profundo que desentonaba por completo con la oscuridad de aquel sótano. Con una mirada cargada de repulsión hacia él, la joven se marchó del lugar, no sin antes encargarse de contener y disipar por completo su rastro de feromonas.

* * *

“¿Aún no han encontrado al primogénito de los Enders?”

La primera princesa chasqueó la lengua con irritación al enterarse de que Ivan seguía en paradero desconocido. El motivo era que su rastro, del cual creía que daría cuenta muy pronto, se había vuelto completamente invisible. Aquello no dejaba otro resultado posible que alguien lo estuviera ocultando. Pero, ¿quién demonios sería?

“¿Quién se atrevería a esconder al primogénito de una familia que ya está totalmente arruinada?”

“Eso mismo digo, alteza.”

Una doncella le sirvió té en silencio en su taza. Ignorando toda etiqueta de la realeza, la princesa se lo tragó de un solo golpe. Luego, con un gruñido, ordenó que ampliaran drásticamente el número de hombres dedicados a buscarlo de inmediato. Ahora que el conde había muerto, todas las confesiones debían arrancárselas al hijo mayor, por lo que su ausencia era una verdadera calamidad.

“Y pensar que la condesa está embarazada justamente ahora…….”

Según las leyes del imperio, estaba prohibido torturar o ejecutar a una mujer embarazada hasta que diera a luz. Por esa razón, todavía podía permanecer en aquella mansión mugrienta recibiendo cuidados. Como a la princesa eso tampoco le agradaba en absoluto, dio una nueva orden:

“Emitan una orden de arresto domiciliario también para la condesa. Tráiganla directamente a mi palacio. A fin de cuentas, de esa mansión ya han escapado casi todos los sirvientes, ¿no? Es mejor asegurarme de que dé a luz en condiciones estables para sacarle el resto de las confesiones después.”

“Entendido.”

A una sola palabra suya, los caballeros imperiales partieron de inmediato hacia la familia Enders. La princesa, por su parte, tenía que prepararse para zanjarlo todo antes de que terminara el confinamiento del príncipe, su rival político. Tenía que derribarlo antes de que él pudiera idear otra jugada, solo así lograría ascender con seguridad al trono.

“Me encargaré de que ese tipo jamás vuelva a codiciar mi puesto.”

“Así será, alteza.”

Las doncellas asintieron al unísono. En ese momento, el invitado que compartía la hora del té con ella esbozó una ligera sonrisa y comentó:

“Su determinación es admirable.”

“Por supuesto, joven marqués Damian.”

Jade le devolvió una sonrisa amable. Luego, tras dar un sorbo a su té, añadió:

“¿Qué le parecería si alguien le delatara todo con pelos y señales?”

“¿Una delación? ¿Te refieres al segundo de los Enders?”

“Sí, así es.”

“Pero con eso solo no basta. La opinión general es que el segundo hijo ha estado marginado de todos los asuntos de la familia, sin ser reconocido por los suyos. Por eso se salvó de esta situación. Si no hubiera filtrado lo del chocolate, seguramente ya estaría en los calabozos subterráneos desde hace mucho.”

“¿Y si encontramos al primogénito y le arrancamos una confesión completa?”

“¿El segundo haría eso?”

La princesa arqueó una ceja.

“Al fin y al cabo son familia, así que supongo que confesará con más detalle.”

“……Si me sirve de ojos para hacer algo así, podría garantizarte aún más seguridad.”

“Ya veo. Se lo agradezco.”

“Harías cualquier cosa con tal de asegurar el bienestar de tu pareja, ¿verdad?”

“Por supuesto.”

Jade sonrió ampliamente. Aquella expresión era tan pura que, irónicamente, desprendía un aire de profunda locura. Al ver esa sonrisa, la princesa pensó que él estaba completamente demente. En verdad, los alfas que perdían la cabeza por sus destinados eran increíbles. Aunque ella misma era un alfa, no pudo evitar pensarlo y sonreír.

'Espero no volverme jamás como él'.

Qué afortunada era de que los miembros de la realeza se casaran por conveniencia política. Pensando en aquello, la princesa se limitó a devolverle una sonrisa al gesto de la doncella que rellenaba su taza de té.

Por otro lado, los caballeros que habían irrumpido en la mansión de los Enders siguiendo las órdenes de la princesa capturaron a la condesa y la subieron a un carruaje. Los pocos sirvientes y mayordomos ancianos que quedaban les suplicaron:

“¡No pueden hacer esto!”

“¡Ella es la condesa de los Enders!”

“Tenemos órdenes de la princesa de llevarla al palacio imperial por su propia seguridad.”

Los caballeros subieron al carruaje a la condesa, cuyo vientre ya estaba abultado, y pusieron rumbo al palacio imperial. Ella se quedó sentada con el cuerpo desmayado, acariciándose el abdomen y mirando con la mirada perdida a través de la ventanilla mientras la trasladaban a la fuerza.

No ofreció ninguna resistencia digna de mención. Lo único que pasaba por su mente era si acaso iba a morir en un lugar como aquel. Mientras tanto, en lo más hondo de sus entrañas, un sentimiento de rencor visceral hacia su segundo hijo hervía sin cesar. No debió haberlo dado a luz. Debería haberlo dejado morir en aquel sótano. ¿Por qué lo había parido, por qué lo había dejado con vida para permitir que arruinara a toda la familia? Vivía cada maldito día torturándose con esos pensamientos.

De ese modo, la condesa fue confinada en una de las habitaciones de invitados de un palacio secundario de la residencia de la princesa. Ella sabía perfectamente que el único motivo por el cual seguía prolongando su vida era gracias al niño que llevaba en el vientre. Por eso, optó por mantener la boca cerrada y se dedicó a contar en silencio cuánto tiempo le quedaba. Ya habían transcurrido seis meses, por lo que solo le restaban cuatro.

'¿Qué puedo hacer en este tiempo?'.

La condesa comenzó a meditar en silencio sobre qué opciones tenía a su alcance. Y, al cabo de un rato, se le vino a la cabeza una única cosa que sí podía hacer. Eso, sin duda alguna, era posible.

* * *

Mientras tanto, los brazos y piernas de Ivan habían estado sanando adecuadamente. Sabiendo perfectamente que su cuerpo se estaba recuperando, Ivan comenzó a caminar de un lado a otro dentro del estrecho sótano. Sus extremidades se habían soldado de forma correcta gracias a Aena. En particular, la feromona de ella le aportaba una gran estabilidad, reduciendo drásticamente la ansiedad que solía sentir últimamente. Empezó a abrigar un sentimiento singular hacia Aena.

‘……Jamás había conocido a un omega con una feromona así.’

Siempre se había cruzado únicamente con omegas de feromonas seductoras, pero nunca con una que poseyera una esencia tan silvestre como una flor de campo. Ivan deseaba que ella liberara su feromona con mayor frecuencia, sin embargo, Aena solo desprendía lo justo y necesario para que él pudiera conciliar el sueño con tranquilidad. Y tan pronto como él caía dormido, se esfumaba en completo silencio.

“Joven amo, aquí tiene su comida de hoy.”

Aquel día, Aena volvió a presentarse con los alimentos. Ivan le mostró los brazos y las piernas ya curados para demostrarle que ahora era capaz de moverse por sí mismo.

“Ya puedo moverme con más libertad. Creo que ya no tengo que seguir escondiéndome solo en este lugar.”

“Pero, joven amo, por ahora no hay ningún sitio más seguro que este.”

“¡Los caballeros imperiales vinieron hasta aquí……!”

“Por eso mismo. Es muy poco probable que vuelvan a registrar un lugar que ya han inspeccionado.”

Sin argumentos ante sus palabras, Ivan se dispuso a comer los alimentos que ella le había entregado. Ella también había comprobado la noche anterior que las extremidades de Ivan ya habían sanado del todo. Es decir, que ya se encontraba lo suficientemente fuerte como para ser entregado al cazador.

“Es una comida preparada con mucha atención.”

“Sí, parece que tiene más especias de lo habitual. ¿Quién es el dueño de esta mansión? Creo que debería ir a saludarle y agradecerle.”

“De todos modos, pronto tendrá la oportunidad de verle.”

“¿De verdad?”

“Sí.”

Aena liberó su feromona. Mientras comía, Ivan sintió cómo su cuerpo se relajaba por completo ante el influjo de la esencia de ella. Estaba convencido de que ella también albergaba sentimientos románticos hacia él. De lo contrario, no tenía sentido que lo hubiera ocultado de esa manera y se hubiera encargado personalmente de atenderlo.

“Si... si logramos huir al extranjero…….”

En medio de la comida, Ivan sintió de pronto que todo le daba vueltas. Aena lo observaba fijamente sin inmutarse. Ivan notó que algo marchaba mal, pero fue incapaz de decir una sola palabra antes de desplomarse por completo. Aena soltó una risa seca y se puso de pie.

“Vaya clase de ilusiones se hacía.”

Se levantó, subió a la superficie y, dirigiéndose a Jade que la aguardaba pacientemente al pie de las escaleras, le anunció:

“Todo está listo.”

“Bien, has hecho un gran trabajo.”

“Sí.”

“Asegúrate de disipar por completo tu feromona.”

“Por supuesto.”

Al ver a Jade mostrarse tan receloso hasta del más mínimo rastro de su feromona, Aena soltó una risa interior. ¿Lo hacía por temor a que Caleb pudiera dedicarle siquiera una mirada? Como si eso fuera a suceder. Sintiendo una amarga punzada en el pecho, se alejó del lugar. Su papel había terminado. A partir de ese momento, el destino dictaría el curso de los acontecimientos. Caleb, su musa, su joven amo. Que se hiciera su voluntad. Pensando en ello, comenzó a prepararse para el final.

* * *

Golpe.

Golpe.

Golpe.

Golpe.

Ivan volvió a abrir los ojos, pero seguía en el interior de la habitación del sótano. Sin embargo, la única diferencia era que su cuerpo se encontraba atado a una silla de metal. Al percatarse de ello, Ivan comenzó a agitarse y a sacudir el cuerpo con fuerza.

“¡Qué es esto! ¡Aena! ¡Aena!”

Como un cachorro que busca a su madre, empezó a llamar a la mujer que lo había estado cuidando hasta ese momento. Crr, crr. En ese instante se escuchó el sonido de una bandeja al ser arrastrada. La bandeja comenzó a acercarse poco a poco, y la persona que la empujaba no era otra que Aena.

“¡Aena……!”

“¿Ya se ha despertado?”

Aena le dedicó una sonrisa amable mientras detenía la bandeja a su lado. Ivan percibió una atmósfera siniestra, pero se esforzó por ignorarla y le reclamó por el estado en el que estaba atado.

“Esto, ¿qué es esto? ¿Cómo es que ha pasado esto?”

“Ah, es que por fin podrá conocer a la persona que se encargó de protegerlo.”

“¿La persona que me protegió? Pero entonces por qué estoy en este estado…….”

“Pues vera……”

Aena retiró el paño blanco que cubría la bandeja. Sobre ella descansaban diversos instrumentos de tortura. Al verlos, el rostro de Ivan se descompuso y se puso pálido.

“Esto es……!”

“Porque hoy tiene que confesar absolutamente todo aquí y ser arrastrado directo al palacio imperial.”

Al escuchar esas palabras, el semblante de Ivan se llenó de asombro y, de inmediato, se distorsionó por completo debido a la traición.

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“¡Aena, me has estado engañando……!”

“Sí. Desde el principio. Hasta el final.”

“¡Cómo has podido hacerme esto……!”

“Cuando era pequeña, lo vi una vez en la mansión. Aunque usted no lo recuerde.”

“¿Que me viste de pequeño?”

Tac, tac, tac.

En ese momento, desde la lejanía, comenzaron a escucharse los pasos de un hombre. Aena dirigió su mirada hacia allí y dijo:

“El protagonista de hoy ya ha llegado. Mi verdadero amo, el mismo que lo protegió y a la vez lo hará caer en el infierno.”

“¡Desátame de una vez……!”

Forcejeó con todo su cuerpo sacudiendo las cadenas, pero las extremidades sujetas por los grilletes metálicos no mostraban la menor intención de ceder. Aquellos pasos que se acercaban cada vez más se detuvieron al fin, y de inmediato se oyó un suspiro frente a la puerta. Y quien dejó su cuerpo al descubierto justo después fue...

“¿Caleb……?”

“Cuánto tiempo sin vernos, hyung.”

Caleb Enders, de rostro pálido. Era su propio hermano menor.

 

Capítulo 38

“¿Caleb……?”

Ivan lo miró como si no pudiera creer lo que veía. Al ver su expresión, Caleb soltó una carcajada. Tenía el rostro de un idiota. Era la cara de alguien incapaz de asimilar que la persona que lo había estado ocultando todo este tiempo fuera precisamente Caleb. Este se acercó lentamente a la silla donde su hermano estaba atado. El cuerpo de Ivan se sacudió una y otra vez.

“¡Esto, esto qué significa……!”

“Pensemos con calma. Por qué razón crees que te he estado ocultando hasta ahora.”

“…….”

“Recordemos bien nuestro viejo y rancio rencor.”

“……¿Vas a entregarme así como así a la familia imperial?”

“No, tu imaginación carece totalmente de ambición, hyung.”

Caleb tomó uno de los cuchillos que reposaban sobre la bandeja. Era una hoja afilada y delgada, ideal para rebanar la carne. Al verla, el rostro de Ivan se puso de un tono azulado y, con un retraso comprensible, terminó por comprenderlo.

“¿Vas a torturarme tú mismo……?”

“Puede que sea un poco aficionado, pero espero que te guste.”

“¡Estás, estás loco……!”

“¿Y quién crees que crio a alguien así, si no los Enders?”

Dijo Caleb que habían sido los Enders quienes habían criado a un demente en aquel oscuro sótano. Ivan comenzó a agitar el cuerpo de manera frenética, pero las extremidades fuertemente sujetas por el hierro no cedían en absoluto. De qué servía tener brazos y piernas sanos si estaba atado de aquel modo y no podía moverse. Ivan lanzó un grito furioso:

“¡Crees que vas a salir impune después de hacer algo así!”

“¿Yo?”

“¡Te pasará la vida entera cargando con el estigma de haber traicionado a tu propia familia!”

“Bueno, semejante nimiedad……”

Caleb soltó una risa ligera, agarró ambos apoyabrazos de la silla y acercó su rostro al de él para decirle:

“Si lo comparas con arriesgar mi propia vida al tramar el caso del envenenamiento de la primera princesa, es un estigma de lo más apacible.”

“P-Pero…… eso fue una trampa…….”

“Qué iba a ser una trampa. Me costó bastante esfuerzo encubrirlo todo en la academia. Aunque gracias a ciertos sujetos, arruinaron mis planes.”

En ese momento, la voz de Jade resonó desde la entrada:

“¿Acaso estás hablando de mí?”

“Sí, Jade.”

“¡Jade Damian……!”

Desde la aparición de Caleb, Ivan había comenzado a sospechar, al menos vagamente, que todo aquello formaba parte de las maquinaciones de la familia Damian, ya que era la casa que actualmente protegía a su hermano menor. Por esa razón, se armó de valor y decidió intentar convencer a Jade:

“¿Vas a permitir que las manos de tu prometido se manchen de esta manera……?”

“A mí tampoco me hace ninguna gracia, la verdad. Pero como ya le hice una promesa.”

“¿Una promesa?”

“Le prometí dejar en manos de Caleb tu bienestar y el de la condesa. A decir verdad, como el conde se murió, Caleb me armó un buen escándalo.”

“¡Tú……!”

“Jamás me imaginé que se iba a morir de esa forma tan abrupta.”

Jade se encogió de hombros, provocando que Ivan se retorciera en su asiento con la rabia contenida. El sonido metálico de la silla anclada al suelo rechinó de forma molesta. Evidentemente, el accidente de aquel día no había sido una simple coincidencia. De lo contrario, no había forma de que el carruaje hubiera volcado así como así. Ivan gritó con furia, aunque sus alaridos jamás atravesarían los muros del sótano.

“Vete ya afuera.”

“¿Ni siquiera me dejas quedarme a tu lado?”

“No quiero que veas esto.”

“……Está bien.”

Jade se acercó a Caleb, le plantó un beso en la mejilla y le estrechó la mano con fuerza antes de soltársela. Caleb se limitó a contemplar a su hermano mayor con el rostro pálido. Ivan los miraba a ambos con una inquina asesina. Un depravado que se albergaba en casa ajena y había arruinado su hogar. No paraba de proferir insultos de esa calaña sin cerrar la boca. A Caleb le importaba un bledo. A fin de cuentas, esa boca pronto se llenaría de gritos de dolor.

Caleb lo había meditado mucho antes de llegar a esta situación. Se preguntaba si lo que deseaba realmente se reducía a una simple tortura. Pero una vez plantado allí, lo supo con certeza. Su corazón latía con tanta fuerza que parecía a punto de estallar. Caleb apoyó la delgada hoja que acababa de empuñar contra la punta de los dedos del prisionero. La sensación de la cuchilla penetrando lentamente entre los espacios de las uñas y la carne comenzó a transmitirse a través de sus yemas.

“¡Aaaah!”

Aunque percibía cómo el otro se debatía en un frenesí, Caleb sujetó con firmeza la mano de su hermano y se concentró despacio en arrancarle una sola de aquellas pequeñas uñas. Al desgarrar la carne adherida en la base y levantarla con parsimonia, aquel pariente que siempre lo había mirado con desdén frente a él empezó a temblar de terror y dolor mientras lanzaba un alarido desgarrador.

Toc.

Al ver caer aquella uña al suelo, Caleb sintió una extraña y retorcida euforia. Ah, era esto lo que en el fondo estaba anhelando. Comprendiéndolo al fin, apretó con fuerza el cuchillo con la mano salpicada de sangre.

* * *

El sonido de los débiles gritos quedaba completamente sepultado tras la pesada y firmemente cerrada puerta de hierro. Por esa razón, aunque no se escuchara nada, Jade llevaba varias horas merodeando cerca de la escalera que conducía al sótano, aguardando a que Caleb subiera. Los sirvientes le habían pedido en repetidas ocasiones que fuera a esperar a su habitación, pero él se limitaba a negar con la cabeza.

“Caleb tampoco la tendrá fácil.”

La tortura era algo así. Terminaba carcomiendo también la mente de quien la ejecutaba, razón por la cual la mayoría de los verdugos solían perder la cabeza. Unas horas más tarde, se oyó el ruido de la puerta de hierro abriéndose. Jade se encaminó de inmediato hacia las escaleras del sótano y se cruzó allí con Caleb, quien estaba cubierto de sangre. Caleb lucía un rostro pálido como el yeso. La sangre salpicada por todo su cuerpo no le pertenecía, pero aun así estaba tan pálido como si fuera suya. Caleb sentía que su corazón latía de manera desbocada. Todo lo que había perpetrado allá adentro permanecía grabado a fuego en su mente y en la sensibilidad de las yemas de sus dedos. Y en el preciso instante en que cerró la puerta de hierro, lo vomitó todo sobre el suelo.

“¡Ugh……!”

“¡Caleb!”

Caleb escupió la bilis que le subía por la garganta y se frotó los labios. Su mente no era tan frágil como para venirse abajo por algo así. Sin embargo, todos los estímulos habían sido excesivamente intensos: la sensación de ver al fin resueltas las cosas que lo habían atormentado, y la culpa de destrozar con sus propias manos a su propia sangre. Todo eso lo acosaba, pero al mismo tiempo experimentaba una profunda sensación de liberación.

Jade sostuvo a Caleb, quien tambaleaba, y lo condujo hasta su propia habitación. El cerrojo exterior hacía tiempo que había sido retirado. Caleb se quitó la ropa manchada de sangre y se dirigió al cuarto de baño. Jade lo siguió arremangándose las camisas. Como ya había ordenado que prepararan el agua con antelación, la bañera estaba llena de agua caliente. Caleb se metió en ella y dejó caer su cuerpo abatido. Jade se dedicó a limpiar con sus propias manos la sangre adherida a la piel de su amado mientras le preguntaba:

“……¿Cómo te sientes?”

“……No está mal. De verdad.”

Caleb soltó una risita baja y ronca. Era una risa que no le pegaba en absoluto. A pesar de ello, con la mirada perdida en algún punto del aire, comenzó a trazar líneas imaginarias con un dedo, como si cortara la carne con un cuchillo diminuto. Al verlo, Jade le agarró la mano con fuerza.

“¿Crees que podrás seguir haciéndolo?”

“Sí. Lo haré.”

“……Está bien.”

Por más que el deseo de Jade fuera detener a Caleb de semejante atrocidad, la voluntad de este último era de hierro. Jade contempló cómo Caleb se iba sumiendo lentamente en el sueño dentro del agua. Al ver su piel completamente blanca, sin el menor rastro de rubor pese a estar en agua caliente, se dedicó a frotarla una y otra vez. Temía que, si cerraba los ojos en ese estado, tal vez no volviera a abrirlos jamás. Por esa razón lo hizo.

Tras terminar el baño, Jade secó minuciosamente el cuerpo de Caleb, lo llevó a la habitación y lo recostó en la cama. Aunque en los últimos tiempos se habían acostado juntos en varias ocasiones, jamás había sentido su lado tan gélido. Jade tiró del cuerpo de Caleb para abrigarlo y lo abrazó a la fuerza. Como Caleb estaba dormido, al apretarlo con insistencia contra él comenzó a percibir que su temperatura corporal recuperaba al menos un atisbo de tibieza. Abrazándolo con fuerza, le susurró al oído:

“Aunque llegues a enloquecer por completo, no voy a soltarte.”

Incluso si cruzas la línea y terminas perdiendo la razón para siempre. Yo nací para esto. Susurrando aquello, cerró los ojos mientras lo mantenía aprisionado contra su pecho.

Y, mientras tanto, Aena había bajado al sótano. Abriendo la puerta de hierro, contempló a Ivan, quien se había transformado en un ser lamentable. A pesar de tener todo su cuerpo con la carne desgarrada como si hubiera sido rebanada, ella se le acercó en silencio y le ofreció la comida.

“Debe comer.”

“……Maldita perra.”

La voz de Ivan sonaba áspera y destrozada. Le habían arrancado todas las uñas y lo único que se mantenía intacto era el rostro. Al menos le habían dejado la cara en paz. Quizá porque era lo único rescatable que le quedaba por ver. Aena esbozó una sonrisa fingida, tomó la sopa y se la forzó a tragar metiéndosela en la boca a la fuerza.

“Tiene que comer para resistir. Al menos un día más.”

“Ugh, cof.”

“¿No querrá aguantar la tortura ni un día más?”

“¡Cof, déjame……!”

“Aunque no quiera, no hay opción.”

Aena no retiró el plato hasta haberle metido a empujones la sopa en la boca con los ojos desorbitados. Aunque le había derramado la mitad por el rostro, parecía haber logrado que tragara al menos la otra mitad. Limpiándole la sopa de los bordes de las heridas con su propio pañuelo, le miró a los ojos y le sonrió con dulzura.

“Por fin está pagando sus pecados.”

“Yo, yo qué hice, qué tan mal…….”

“No saberlo es ya un pecado.”

Dicho eso con voz fría, recogió la bandeja y subió. A sus espaldas se escucharon los sollozos del llanto. Sin embargo, aquello duró poco; con un clic, pum, al cerrarse la pesada puerta de hierro, hasta esos gemidos dejaron de oírse. Caleb había pasado muchísimo tiempo en aquel sótano oscuro. Había intentado arañar las paredes dentro de una caja hasta arrancarse las uñas. Quien no conociera el significado de aquello merecía morir torturado en ese lugar. No obstante, ella debía esforzarse para que él no muriera. Porque su destino era ser ejecutado en la horca ante los ojos de todo el mundo.

“El mundo de la nobleza es un lugar verdaderamente difícil y enrevesado.”

Murmurando aquello, Aena emprendió el camino de regreso hacia la superficie.

* * *

Al día siguiente por la mañana, Caleb no probó bocado aparte del desayuno. Todo se debía a la tortura de Ivan, la cual se llevaba a cabo a partir de las cinco de la tarde. Como siempre terminaba devolviendo el estómago tras salir de torturarlo, prefería deliberadamente no comer nada. Jade se mostraba preocupado por eso, pero Caleb descartó su inquietud diciéndole que no se preocupara, ya que de todos modos aquello cesaría al poco tiempo.

Crec. Clinc.

“¡No te acerques, no te acerques!”

Crec, crac, crac.

En cuanto aparecía Caleb, él comenzaba a desvariar y a montar en cólera sentado en su silla de hierro. Su voz estaba completamente destrozada y aquellas extremidades antaño hermosas ya lucían cubiertas de sangre, pero Caleb seleccionaba siempre con esmero las herramientas con las que iba a infligirle dolor ese día. En esta ocasión, eligió un martillo de los que se usan para clavar clavos. Con un rostro inexpresivo, Caleb le soltó que, como ya había experimentado antes el dolor de unos huesos rotos, aquello no le importaría en absoluto.

“Para, ya para por favor. Cometí un error. ¡Me equivoqué……!”

“¿A qué error te refieres exactamente?”

Caleb alzó el martillo en alto y llovieron los golpes sobre el dorso de la mano del otro.

¡CRAC!

“¡Aaaah!”

Unido al grito desgarrador, se escuchó el crujido de los huesos del dorso de la mano rompiéndose. Caleb presionó firmemente el martillo sobre el dorso ensangrentado, donde la carne desgarrada aún no había terminado de sanar. Ivan puso los ojos en blanco presa de un ataque espasmódico y comenzó a echar espuma por la boca, pero Caleb no tenía la menor intención de detenerse allí.

“Comencemos discutiendo con calma lo que necesito saber primero. Lo que respecta a mi persona, eso ya no importa.”

A fin de cuentas, no tengo ninguna intención de perdonarte.

Caleb dijo eso mientras dejaba sobre la bandeja el papel y el lápiz que había traído consigo. Lo que tenía que arrancarle era una confesión sobre el envenenamiento y otra acerca de los cargos de terrorismo en la torre del campanario, un asunto del cual él mismo no tenía constancia. Daba igual que lo supiera o no. Estaba seguro de poder lavar el cerebro de Ivan para que, si alguien le preguntaba, repitiera exactamente las mismas palabras una y otra vez.

“Empecemos entonces con los cargos de terrorismo en la torre del campanario.”

Diciendo aquello, Caleb apretó con fuerza el martillo. Una vez más, el comienzo de la pesadilla.

Le tomó exactamente seis horas a Caleb lograr grabar a la fuerza en la mente de Ivan la ‘verdad’ de que tanto su padre como él habían urdido el envenenamiento y el atentado en la torre del campanario. Para ser exactos, tardó tanto porque tenía que despertarlo a golpes cada vez que perdía el conocimiento y obligarlo a repetir las cosas mientras balbuceaba, aunque memorizar el relato en sí mismo no le tomó mucho tiempo.

Caleb subió un día más cubierto de sangre. Y le tendió a Jade lo que había registrado aquella jornada. En el documento figuraban la confesión de Ivan sobre el caso del envenenamiento con chocolate y el relato que abordaba el atentado en la torre del campanario cometido por el conde. Asimismo, se detallaba con claridad que detrás de todo aquello había estado la instigación directa del príncipe. Con esto, la princesa podría consolidar firmemente su posición como heredera al trono.

“¿Con esto basta?”

“……Por ahora.”

“Caleb, tienes que descansar un poco.”

“……No lo voy a negar.”

Caleb lucía siempre pálido. Subía tan descolorido como si hubiera estado sangrando en lugar de la persona a quien torturaban. En especial, al llevar manchas de sangre encima, su piel blanquecina lo hacía parecer un auténtico cadáver. Jade era quien más se ocupaba de cuidarlo. Sin embargo, hoy no fue el caso. Caleb apartó a Jade con suavidad y le dijo:

“Hoy me encargaré de asearme yo mismo, así que ve de inmediato a informarle de este hecho a la alteza imperial.”

“¿Estás seguro de que estarás bien?”

“De todas formas, en cuanto me bañe, me iré a dormir directo.”

“Entendido…….”

Jade ordenó a los sirvientes que se hicieran cargo de Ivan, quien había quedado hecho un guiñapo. Luego, provisto de la confesión firmada, partió hacia el palacio imperial. Ivan fue abandonado en un rincón del carruaje con los brazos y las piernas atados. Además, llevaba los ojos y la boca vendados para impedirle emitir sonido alguno. Estaba prácticamente convertido en un guiñapo humano. La baba le caía a chorros por debajo de la barbilla y no dejaba de soltar balbuceos inconexos, como si mascullara una y otra vez que él lo había hecho.

“Nos dirigimos al palacio imperial.”

“Sí.”

Jade partió rumbo a palacio, y la princesa, tras recibir un aviso previo que había llegado antes que él, salió en persona a esperarlo a la entrada.

“Qué bueno que llegas. ¿Dónde están ese primogénito y la confesión?”

“Aquí los tiene.”

“……Vaya desastre.”

La princesa chasqueó la lengua al contemplar el estado deplorable en el que se encontraba Ivan. No obstante, asintió con la cabeza, dando a entender que era capaz de solucionar semejante lío por su cuenta.

“¿Dicen que tu prometido le guarda un profundo rencor a esa familia?”

“Preferiría no hablar demasiado sobre ese asunto.”

“Qué descarado.”

La princesa guardó personalmente la confesión y ordenó a los caballeros que trasladaran a Ivan a los calabozos subterráneos. Aunque el cuerpo entero de Ivan era un mar de heridas y se retorció gritando con furia, nadie le prestó la menor atención.

Una vez que la princesa ingresó al salón de recepción junto a Jade, examinó el documento de confesión. Y tuvo que admitir que se trataba de una confesión impecable y magnífica. Contenía declaraciones tan claras y coherentes que cualquiera habría jurado que habían sido redactadas por cuenta propia.

“Parece que el segundo hijo tiene una mente verdaderamente brillante.”

“Esa fue la gran tragedia de la familia Enders.”

“……Y por eso mismo terminaron cayendo de esta forma. Qué familia más idiota.”

De pronto, la princesa soltó una risita ligera y lanzó un comentario en tono de burla:

“Dime, ¿no será que el segundo hijo está metido de verdad en todo esto?”

“No hay forma de que sea así.”

Ante el tono serio y tajante de Jade, la princesa chasqueó la lengua con fastidio. Respondió con la expresión de quien de todos modos no esperaba otra cosa. Le resultaba sumamente aburrido que él se pusiera tan rígido cada vez que surgía el tema de su prometido. Bien mirado, por supuesto, aquello era cien veces mejor que esos tipos que se la pasan lanzando bromitas absurdas a costa de sus propios prometidos.

“Mañana mismo podré presentarle esto a mi padre.”

“Entonces, mañana…….”

“Así es, el primogénito de los Enders será ejecutado y al príncipe se le despojará por completo de la legitimidad sobre su derecho a la sucesión.”

La princesa esbozó una amplia sonrisa. Era lo que había estado anhelando todo este tiempo. Alguien podría llegar a preocuparse de si semejante monólogo auguraba la llegada de una tirana implacable, pero a los ojos de él, la princesa era demasiado racional como para convertirse en un tirano. Por esa razón, tras transmitirle la información, no pudo evitar plantear una duda que le vino a la mente de repente:

“¿Qué sucederá con la condesa, quien se encuentra bajo la protección de su alteza imperial?”

“Supongo que será ejecutada una vez que dé a luz. Aunque, en cuanto al paradero del niño…….”

“¿Nos permitiría a nosotros hacernos cargo de pensar en el destino de la criatura?”

“Vaya, ¿lo pides porque el segundo hijo está vinculado a eso?”

“Sí. Aunque tendré que preguntárselo directamente a él, si lo desea, tenemos la intención de traerlo con nosotros.”

“Eso si él lo desea, claro.”

“Así es, si no lo desea, supongo que tendremos que enviarlo a alguna institución educativa.”

“Ya veo. De acuerdo.”

Tras pronunciar esas palabras, Jade se puso de pie. De ese modo, regresó a su propia mansión. Caleb lo estaría esperando.

A la mañana siguiente, apenas transcurrido el tiempo estipulado para anunciar el desayuno del emperador, la princesa solicitó una audiencia formal, acompañada del informe de haber asegurado la confesión. El emperador, que ya se encontraba con graves dolores de cabeza a causa de ese mismo asunto, la recibió con los brazos abiertos.

“¡Has atrapado al primogénito de los Enders!”

“¡Hemos logrado arrancarle una confesión completa!”

Aunque el documento de confesión presentado por la princesa estaba manchado de sangre, al emperador le importó un bledo y se puso a leerlo de principio a fin. Luego exclamó a todo pulmón:

“¡Ejecútese al primogénito de la familia Enders! ¡Y concédase el indulto al segundo hijo de los Enders por habernos alertado con antelación y evitado el envenenamiento! ¡No obstante, debido al atentado terrorista en la torre del campanario, se determina que la familia Enders ha manchado gravemente el honor del nombre de la realeza, por lo que su apellido queda borrado permanentemente del registro de la nobleza!”

El emperador no se detuvo ahí.

“¡Asimismo, ordeno que se despoje de manera perpetua de sus derechos al trono al príncipe que instigó el caso del atentado terrorista en la torre del campanario!”

 

Capítulo 39

‘¡Listo!’

La princesa exclamó aquello en su interior, pero procuró no reflejarlo en su rostro. Se limitó a inclinar la cabeza frente al emperador y responder acatando sus órdenes. Le habría encantado ver la reacción del príncipe al enterarse de la noticia, pero lamentaba no poder presenciarla en persona. Probablemente lo confinarían a un feudo en los confines del imperio. La princesa esbozó una sonrisa radiante y levantó la cabeza.

“A todo esto, tengo entendido que el segundo de los Enders se encuentra en la casa Damian…….”

“Ese sujeto colaboró de manera decisiva en la obtención de las confesiones de la familia Enders. Por lo tanto, considero adecuado que el castigo se limite a despojarlo de su título nobiliario.”

“Ya veo…… En ese caso, ¿qué piensas hacer con la condesa que tienes bajo tu protección?”

“Tenía pensado ejecutarla en cuanto dé a luz, pero aún no he definido el paradero de la criatura.”

“Bien sabes que, por regla general, un niño nacido de tales circunstancias debe ser ejecutado junto con sus progenitores en el preciso instante en que alcance la mayoría de edad.”

“Lo sé perfectamente. Sin embargo, la familia Damian, que ha rendido un gran servicio en este asunto, está considerando qué hacer con el destino del infante.”

“¿La familia Damian ha rendido un servicio?”

“Sí, fueron ellos quienes dieron con su paradero, majestad.”

“Comprendo. En tal circunstancia, es perfectamente viable otorgarle la recompensa correspondiente. Evalúa la situación con acierto y dispón los premios y castigos debidos. Te delego por completo este asunto, hija mía.”

“Sí, padre.”

Para la princesa, que el emperador la llamara 'hija' en un escenario tan oficial le produjo una sensación electrizante. Al fin la reconocía formalmente como su única heredera. Apretando los puños con una sonrisa, hizo una reverencia protocolaria y comenzó a dar media vuelta para retirarse, seguida de cerca por los caballeros.

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Al ver marchar a la princesa junto a su escolta, el emperador se levantó de su asiento y regresó a su despacho privado. Acto seguido, redactó el decreto de despojo de los derechos sucesorios del príncipe, acompañado de la orden formal de confinarlo a un feudo de provincias. A pesar de su astucia, siempre se las había ingeniado para enfrentarse con soltura a la princesa; era incomprensible que hubiera cometido un error tan estúpido. El emperador chasqueó la lengua mientras entregaba el pliego a la guardia imperial.

Dicha orden fue transmitida de inmediato a la Primera Guardia del Palacio Imperial y entregada al príncipe, quien permanecía confinado en sus aposentos. Al enterarse de que sus maquinaciones habían quedado al descubierto, su rostro perdió todo vestigio de color.

“¡Quiero ver al emperador! ¡Permítanme ver a mi padre!”

“La orden de Su Majestad es que parta de inmediato hacia su feudo.”

“¡Esto no puede quedar así! ¡No pueden hacerme algo así!”

“Permítanos acompañarle.”

A pesar de las palabras formales de escolta, los caballeros lo sujetaron con firmeza de ambos brazos y prácticamente lo arrastraron hacia la salida. El príncipe rugía de furia. Sabía muy bien que, confinado en aquel apartado feudo de provincias, no le aguardaba un retiro pacífico y apacible. Con seguridad, aquella víbora con figura de mujer enviaría asesinos en cualquier momento para segar su vida.

“¡Esto no va a terminar de esta manera!”

Los gritos desesperados del príncipe resonaron por los pasillos.

Mientras tanto, después de que Jade se llevara a Ivan a la capital, Caleb se había aseado y se había entregado al sueño. Torturar a alguien terminaba carcomiendo la propia mente. Incluso durmiendo, en sus sueños se reproducían con total nitidez los actos que había cometido: desgarrar la carne, arrancar uñas y pieles, fracturar huesos. Aunque Caleb no era un verdugo profesional y el tormento infligido estuvo muy por debajo de las técnicas habituales, las yemas de sus dedos conservaban intactas las marcas de aquello que había hecho sufrir al otro.

Caleb abrió los ojos. Y percibió la calidez que lo abrazaba desde la espalda. Era Jade. De algún modo había regresado y se había quedado dormido abrazándolo estrechamente. Caleb se incorporó con cautela para no despertarlo y lanzó un suspiro. Salió a la terraza y contempló el cielo matutino, donde el sol apenas comenzaba a despuntar. Al parecer, se había quedado dormido desde la tarde anterior hasta la mañana siguiente.

Sentía una extraña sensación de frescura. Una ligereza que jamás había experimentado en aquella casa. Aspirando el aroma del aire fresco de la mañana, Caleb disfrutó de una plenitud que nunca antes había conocido ni en la academia ni en la mansión de los Enders. De manera inexplicable, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. ¿Sería debido a la sensación de que todo había concluido? Aunque su madre aún seguía con vida, sentía que por fin todo había terminado. Su padre había muerto, y a su hermano lo había entregado tras torturarlo con sus propias manos. Su madre sería ejecutada en cuanto diera a luz, y en cuanto al niño…….

Caleb contempló el firmamento sin molestarse en secar las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Pensó que, si aquella criatura se le parecía en algo, tendría que llevársela consigo. Mientras miraba el cielo, una calidez familiar lo envolvió de nuevo. Era el cuerpo de Jade. Aunque este no podía percibir con exactitud todas las emociones de Caleb, estaba dispuesto a aceptarlas sea cual fuere su naturaleza.

“¿Sientes que todo ha terminado?”

“Aún no ha acabado del todo, y sin embargo te ríes.”

“No, es comprensible que te sientas así.”

Jade frotó sus labios contra la mejilla húmeda de lágrimas de Caleb mientras lo estrechaba contra su pecho. La dulzura de Jade había forjado al Caleb del presente. Si no hubiera contado con ese afecto, el Caleb actual jamás habría existido. Eso era lo que pensaba. Caleb unió sus labios a los de él en un beso y dejó caer el escote de su bata más allá de los hombros. Jade lo detuvo de inmediato con un gesto apresurado.

“Aquí alguien podría vernos.”

“¿Quién va a vernos?”

“No soporto la idea de que otra persona te mire.”

“Ja.”

Envuelto en la bata, Jade alzó a Caleb en brazos y entró con él a la habitación, recostándolo suavemente sobre la cama. Aunque a Caleb le parecía demasiado temprano para semejantes actos, al notar la dureza de la entrepierna de Jade presionando contra su cuerpo comprendió que la hora del día era lo de menos. Lo había sobreestimado demasiado desde las primeras horas de la mañana. Caleb terminó de quitarse la bata, que colgaba de cualquier manera. En el pasado, algo así le habría parecido totalmente impensable: desnudarse por voluntad propia frente a otra persona. Sin embargo, en ese momento deseaba hacerlo. Las innumerables acciones que Jade había llevado a cabo nacían, al fin y al cabo, de una profunda y protectora devoción hacia él. Caleb se había preguntado infinidad de veces si existiría en el mundo alguien capaz de tratarlo con tanta ternura. Y tuvo que admitir que él mismo había terminado embriagado por ese afecto.

Por esa razón, Caleb se desnudó gustoso ante él. Aunque llamarlo bata tal vez fuera más preciso. Despojándose de la prenda, liberó su fría ferocidad en forma de feromonas. Para cualquier otro alfa aquello habría sido tan solo un rastro acre y sofocante, pero para Jade constituía una clara señal. Ocupando el espacio sobre el cuerpo de Caleb, Jade hundió el rostro en la curva de su cuello. Inhaló profundamente y liberó su propia esencia, de un dulzor intenso, para mezclarla con la de él. La forma firme y erecta de su pene presionaba con claridad contra el espacio entre sus muslos separados. Mordisqueándose ligeramente el labio inferior, Caleb acarició con suavidad la cabeza de Jade. Este levantó la vista un instante para mirarlo, le propinó un suave mordisco en el cuello y descendió con la lengua hasta lamer y morder uno de sus pezones, que aún se mostraba frío por la baja temperatura.

“¡Ugh……!”

Siguiendo aferrado al pezón con los dientes, comenzó a succionarlo y lamerlo con delicadeza. La carne, antes blanda, se endureció al instante bajo el estímulo. Jade mordisqueó la punta mientras con la otra mano comenzaba a juguetear con el pezón opuesto. Caleb dejó escapar un leve gemido y arqueó el pecho hacia adelante. Al notar que Jade lo observaba con los ojos entornados, Caleb esbozó una sonrisa con los párpados ligeramente curvados. Con gesto posesivo, Jade apretó los dientes y mordió el pezón con mayor intensidad.

“¡Ah, ugh……!”

“Veo que te gusta provocar…….”

Murmurando aquello, Jade presionó su pene erecto contra el perineo de Caleb mientras continuaba mordisqueando los pezones con insistencia. Con aquella sensación en el pecho, Caleb sintió cómo la sangre se precipitaba con fuerza hacia su bajo vientre. En otras circunstancias jamás habría reaccionado de ese modo, pero tras las pocas veces que se habían entregado el uno al otro, su cuerpo respondía de forma dócil y predecible. Siguiendo aferrado al pezón con los labios, Jade lo frotó repetidamente con los dedos de su mano libre. Caleb emitió un quejido ahogado y aferró los cabellos de Jade.

“¡Duele……!”

“¿Ah, sí? Pero parece que te gusta que duela.”

Tras masajear el pene ya completamente rígido de Caleb, Jade tomó un frasco de aceite aromático de la mesita de noche y dejó caer una cantidad generosa sobre la vara erecta. Al notar el líquido frío resbalando por su piel, Caleb se estremeció y contrajo la cintura. Jade presionó esa misma zona con la mano y esparció el aceite con los dedos hasta impregnar el perineo. Con caricias suaves sobre la piel fría, separó un poco más las piernas de Caleb y comenzó a estimular la entrada, que ya se encontraba húmeda y deslizante. Soltando una risa queda, Jade le susurró:

“……¿Acaso tienes tanta prisa por que entre?”

“……Cierra la boca.”

“Qué poco sincero eres.”

Con los dedos aún impregnados de aceite, Jade volvió a masajear con esmero los pezones que él mismo se había encargado de morder y chupar. Ante el tacto que aplastaba y estiraba la piel, el cuerpo de Caleb tembló. Cuando Caleb estiró una mano con la intención de acariciar su propio pene, Jade se la apartó con suavidad.

“Hoy solo nos concentraremos en la parte de atrás, Caleb.”

“……¿Qué?”

“Puedes hacerlo.”

“De qué……”

“Siempre ha sido así. Hoy simplemente lo intentaremos con un poco más de iniciativa.”

“Maldición, qué rayos……”

Para lo que Caleb podía recordar, él siempre alcanzaba el clímax mediante la fricción y las embestidas del otro contra sus paredes internas. No tenía ningún recuerdo de haber sido estimulado por delante. Sin embargo, por lo que decía Jade, esta vez parecía tratarse de algo completamente distinto. Caleb intentó empujar las sábanas con los pies, pero de inmediato las manos de Jade lo sujetaron de la cadera y lo arrastraron hacia abajo. Con una sonrisa llena de ternura, Jade se inclinó para besarlo mientras el otro lo miraba con furia.

“Puedes hacerlo.”

Sonrió.

“Y lo haremos hasta que lo logres.”

Dicho esto, Jade impregnó sus dedos con abundante aceite aromático, los deslizó contra su entrada y empujó el primero hacia el interior. Enseguida comenzó a removerlos con un sonido húmedo y viscoso, frotando las paredes internas como si buscara algo. Al notar que Caleb se crispaba por aquella intrusión inesperada, Jade añadió un segundo dedo para ensanchar el pasaje con lentitud, como pidiéndole que no se preocupara demasiado.

“¡Ah, ugh, ah, ah……!”

“Un poco más, llora para mí, Caleb.”

Jade besó la mejilla de Caleb al tiempo que introducía un tercer dedo. Ante aquella acción apresurada que ensanchaba su abertura de forma tan tirante, Caleb sacudió la cabeza mientras sus piernas temblaban sin control. El estrecho y apretado orificio ya albergaba los tres dedos. Jade sentía la necesidad de llevarlo un poco más al límite. Con todo lo que había tenido que soportar últimamente, quería lograr que en ese preciso instante solo pudiera pensar en él.

Chof, chof, chof.

Caleb temblaba de pies a cabeza bajo la sensación de aquellas estocadas que hurgaban en su interior. Aquella imagen le resultaba tan sumamente adorable que Jade se detuvo un momento a lamer y chupar el pezón que tenía enfrente, observando cómo el otro negaba con la cabeza. Cada vez que los dedos rozaban el punto exacto que lo hacía enloquecer, el pene de Caleb, completamente rígido, comenzaba a gotear un líquido espeso. Era una estampa obscena y vulgar, aunque un poco distinta a lo que Jade verdaderamente deseaba.

“Esta faceta tuya me encanta, pero……”

Jade hizo girar un solo dedo alrededor de la abertura de su uretra. El cuerpo de Caleb dio un respingo repentino. Con una sonrisa cargada de afecto, Jade contempló esa reacción.

“Lo que busco es algo un poco diferente, Caleb.”

“Qué, ugh, qué es lo que bura- ah, ¡ugh……!”

Los tres dedos presionaron con fuerza el punto sensible de Caleb. Temblando de manera incontrolable, Caleb eyaculó de golpe, y Jade se sumió en un trance de puro éxtasis al presenciarlo. Verlo ahí, con las piernas abiertas y el cuerpo convulsionando al alcance de sus dedos, resultaba demasiado estimulante. A pesar de ello, retiró los dedos con calma y empujó su propio pene, que ya se encontraba duro y erecto.

“Esfuérzate un poco más.”

“Pero qué, maldito imbécil…….”

La idea inicial de Caleb de dejar que Jade hiciera lo que quisiera por ese día ya se había esfumado hacía rato. Y hasta ese pensamiento terminó por desvanecerse ante la pesada e implacable sensación de la vara abriéndose paso a través de su entrada.

“¡Ah, ah, ah, aaaaaah……!”

Al sentir aquel pene de gran tamaño abriéndose paso en lo más profundo, Caleb comenzó a retorcerse, frotando la nuca contra la almohada. Sujetándole el cuerpo, Jade introdujo su pene lentamente hasta el fondo. Y cuando apenas le faltaba un tramo por hundir, se detuvo para dejar que Caleb se tranquilizara poco a poco. Su abdomen plano mostraba un abultamiento visible, la prueba irrefutable de que ya albergaba el pene del otro en su interior.

“¡Haugh, ha, ah, ah……!”

“Todavía no lo he metido del todo.”

“Ya, ya no puedo más…….”

“Qué dices, si siempre lo recibes tan bien.”

Tras pronunciar esas palabras, Jade lo sujetó de las caderas y le propinó una embestida tan violenta que resonó con fuerza en la habitación. Con el pene enterrado hasta la empuñadura, Caleb echó la cabeza hacia atrás y se quedó temblando, incapaz siquiera de emitir un grito. El glande había alcanzado el rincón más recóndito de su interior. Sintiendo su propia hombría aprisionada en ese sitio, Jade exhaló un suspiro. Luego, soltando una risa queda, comenzó a mover las caderas de arriba abajo para empezar a ensancharlo por completo.

“¡Ah, no lo hagas, ah, ah, aaaaaah……!”

“Tranquilo, todo va bien. Mi querido Caleb.”

Caleb negaba con la cabeza de un lado a otro contra el estrecho y ardiente pasaje, pero Jade, sellando sus labios con un beso, retiró las caderas hacia atrás para volver a hundirse con tanta profundidad que a Caleb se le escapó un gemido ahogado en la garganta. Con las piernas aprisionadas por las manos del otro, Caleb engullía el pene en medio de ruidos húmedos y escandalosos.

“¡Ah, maldición! ¡Ah! ¡Ahrgh, ah! ¡Ah……!”

Caleb lanzaba gritos desgarradores mientras el pene, enterrado hasta los rincones más profundos y rozando cada curva de su interior, lo hacía sacudir la cabeza. Con aire consolador, Jade terminó de embutir su parte en lo más hondo y comenzó a lamer con delicadeza los pezones de Caleb, que no paraban de temblar. Los ojos de este último estaban teñidos de un rojo febril, y su boca, incapaz de cerrarse por completo, se ensuciaba con la saliva que resbalaba por las comisuras. Una faceta tan indecorosa como esa solo podía ser presenciada por él. Únicamente por él. Un instinto de posesión enfermizo bullía en sus entrañas. Chupando con devoción los pezones inflamados de Caleb, Jade aceleró el ritmo de sus caderas.

“¡Ugh, ugh, ugh, ugh, ugh!”

“Eres tan hermoso, Caleb…….”

Al ver que Caleb no lograba contener los gritos ante la sensación de verse ensanchado de esa manera, Jade soltó una risa y, manteniendo la erección al límite, rozó con un dedo su pene, que no paraba de segregar líquido. Caleb dio un respingo. Su pene, aunque sumamente sensible, se encontraba en un estado de frustración al no haber recibido atención. Sin embargo, ignorándolo por completo, Jade empujó sus muslos hacia arriba, retiró la vara casi por completo y volvió a introducirla de un golpe seco.

“¡Ugh!”

“Ah, ¿podrías llorar un poco más para mí, Caleb?”

“¡Se siente, demasiado, caliente……!”

“Mmm, es algo completamente natural.”

“¡Ugh, ugh, ah!”

Jade arremetió contra él con estocadas que hacían eco en la estancia, y al notar que aquella gruesa vara rozaba una y otra vez su próstata, Caleb comenzó a temblar con violencia y volvió a vomitar un chorro de semen. Jadeando con desesperación, intentó apartar a Jade con los pies, queriendo exigirle que se detuviera.

“¿Eh? Pero si aún no has alcanzado el clímax con la parte de atrás.”

“Qué, de qué otra estupidez hablas…….”

Con una sonrisa radiante, Jade se inclinó para fundir su cuerpo contra el de Caleb y, pellizcándole los pezones que ya estaban doloridos de tanto ser lamidos y chupados, le murmuró:

“No vas a correrte por delante, solo lo harás por atrás.”

“¡Eso, eso es imposible……!”

“Lo harás. Caleb, tienes talento para ello.”

Sin darle tregua, Jade se negó a soltar su cuerpo. Caleb trató de zafarse, pero contuvo el aliento de inmediato cuando una nueva y profunda embestida volvió a vaciarlo por dentro. Comprendió a la fuerza que Jade no lo dejaría ir hasta haber llegado al final. Sabía muy bien que su obsesión no se detendría jamás hasta verla cumplida.

“Jade, eso es imposible……”

“No digas tonterías si ni siquiera lo has intentado.”

Jade le dio un giro juguetón y firme a su pezón entre los dedos.

“¡Ugh, ah, ah……!”

Acariciándole con los labios el lóbulo de la oreja, Jade le susurró:

“Estoy seguro de que puedes lograrlo, Caleb.”

Porque me encargaré de que así sea. Al pensar que jamás había sentido tanto miedo ante la voz de Jade, Caleb sencillamente dejó de pensar.

 

Capítulo 40

Chof, chof, chof, chof, chof.

Se escuchaban sonidos húmedos de manera ininterrumpida. Caleb apretó los dientes ante los ruidos vulgares que salían de la parte baja de su cuerpo. La sensación de ser penetrado en lo más hondo hacía que su cabeza pareciera arder. El placer que ascendía por su columna vertebral lo dejaba completamente inmóvil, incapaz de dar un solo paso. Caleb se aferró a las sábanas con fuerza para resistir, pero de inmediato Jade le tomó los brazos y se los pasó alrededor del cuello. Tras besarlo con suavidad y pedirle que se sostuviera de su cuerpo para aguantar, comenzó a embestirle la cintura con mayor intensidad.

¡Chof! ¡Crac, chof!

La sensación de la carne rozando y desgarrando el interior al entrar y salir hizo que sus extremidades temblaran con violencia. Con las piernas abiertas de par en par y sacudiéndose de pies a cabeza, Caleb sentía cómo un líquido seguía fluyendo sin parar por la punta de su pene. Pretender que con esto lograría correrse solo por atrás... ¿Acaso tenía eso algún sentido? Sin embargo, como si fuera algo totalmente posible, Jade continuó hurgando con insistencia en la parte trasera de Caleb, quien ya se había corrido varias veces. Jade mismo se había venido unas cuatro veces dentro de él, haciendo que se formara espuma fuera de la abertura. Aparentemente incansable, Jade volvió a introducir su pene en su interior con una sonrisa en los labios.

“¿Qué tal, jadeo, se siente bien?”

“Estúpido, ¡ugh……!”

Caleb no pudo responderle de forma adecuada a la pregunta y se limitó a lanzar un gemido ahogado. Únicamente los sonidos obscenos y húmedos flotaban sobre el aroma de sus feromonas. Como el olor impregnaba todo el ambiente y se filtraba fuera de la habitación, los sirvientes ni siquiera se acercaban por los alrededores. Todos sabían perfectamente qué clase de cosas estaban haciendo los jóvenes amos desde la mañana.

“Caleb……”

Jade frotó su cabeza contra el pecho de Caleb y, sujetándole las piernas bien abiertas, comenzó a clavarle las caderas con fuerza y rapidez. Las pálidas nalgas se golpeaban con tanta potencia que se tornaron rojizas, haciendo que un líquido blanquecino salpicara con fuerza en todas direcciones por culpa de las embestidas. Una punzada electrizante hizo que Caleb volviera a alcanzar el clímax una vez más, pero al ver que el pene de Caleb seguía supurando un hilo de semen, Jade frotó y masajeó la punta con la yema del dedo, como si todavía no fuera suficiente.

“¡Ah, aaah……!”

“Shh, todos van a oírnos.”

“Ahí, no lo toques, ¡Ugh……!”

“Mmm, de acuerdo.”

A pesar de hablar con un tono suave, Jade comenzó a masajear con los dedos el orificio que apresaba con tirantez su pene. Cuando Caleb intentó retirar las caderas con desesperación, Jade le sujetó los tobillos y se los bajó. Luego, emitiendo un sonido tranquilizador para que no se asustara y asegurándole que no metería nada más, besó el contorno de sus ojos, que estaban enrojecidos y derramaban lágrimas en silencio.

“No intento... asustarte. Haah……”

“Cállate, idiota……”

“El que está haciendo más ruido aquí eres tú.”

Jade esbozó una sonrisa traviesa. Con el rostro completamente sonrojado, Caleb apretó los dientes. Jade tomó la mano de Caleb y la guió para que tocara el orificio que aprisionaba su pene. Se podía percibir claramente en la yema de los dedos cómo la abertura, dilatada al límite para retenerlo, se contraía y se relajaba con pequeños espasmos. El rostro de Caleb se puso de un rojo carmesí. Jade soltó una risita suave y contempló con ternura la cara ruborizada de aquel que siempre lucía tan intocable; le llenaba de orgullo saber que era él quien lo había llevado a ese estado.

“Tu interior... parece quererme demasiado……”

“No es... verdad……”

“Claro que sí……”

Jade retiró su pene con un movimiento largo y deslizante. Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Caleb al sentir cómo las paredes internas eran arrastradas junto con la salida. Pero aquello duró poco; en cuanto Jade volvió a hundir la vara de un golpe seco en el punto exacto de su interior, Caleb arqueó la cintura de inmediato y se sacudió con un temblor. Los dedos de sus pies se encogieron y, con la boca abierta, fue incapaz de emitir ni un solo gemido por un instante. Abrumado por una sensación abrasadora, Caleb abrió los ojos de par en par mientras su cuerpo entero se estremecía. Por la punta de su pene ya no salía absolutamente nada. Al verlo, Jade sonrió con los ojos curvados en una línea.

“Vives, ¿ves que sí podías hacerlo?”

“Ah, ugh, ah, aaaaaah……”

¡Chof, crac, chof, chof!

Como si no quisiera perderse ni un solo instante de este momento, Jade comenzó a embestir su interior de forma frenética. Atrapado en una vorágine de placer que le blanqueaba la mente como un rayo, el cuerpo de Caleb comenzó a contorsionarse. Aunque aquella estampa resultaba bastante conmovedora, Jade se limitaba a mirarlo con una mirada sombría y consumida por el deseo, concentrándose únicamente en hundir su pene en lo más hondo. Ignorando por completo los gemidos que sonaban casi como llantos, se regocijaba en el modo en que las paredes internas succionaban y mordían su vara, apurándose a clavar su hombría una y otra vez en aquel interior que no paraba de contraerse con espasmos. Y una vez más, vació todo su contenido en lo más profundo. Era su quinta eyaculación. Sin embargo, Caleb quedó tendido sobre la cama, jadeando y sin fuerzas ni siquiera para correrse o tocar el pene que seguía completamente erecto.

Satisfecho por haber conseguido lo que quería, Jade tomó con la mano el pene rígido de Caleb.

“¡Hic……”

“Tranquilo.”

“Las manos, ¡no lo toques……!”

Caleb se estremeció de pies a cabeza al sentir el contacto sobre su pene, que se encontraba extremadamente sensible. A pesar de ello, Jade le sujetó los dos brazos contra la cama y comenzó a deslizar una mano a lo largo de su vara con un sonido húmedo. Sin fuerzas en el cuerpo, Caleb no pudo reprimir los gemidos y se echó a llorar mientras su pene quedaba a merced de la mano ajena. Al poco rato, un líquido comenzó a gotear sin parar por la punta, manchando el cuerpo de Jade. Al ver que algunas gotas le habían salpicado el rostro, Jade sonrió y se pasó la lengua por los labios.

“Tampoco es que hubiera planeado llegar hasta este extremo……”

“Ah, ah, ya, detente……”

“Muy bien, es hora de descansar, Caleb.”

Jade se recostó a su lado y abrazó su cuerpo, que había quedado completamente hecho un desastre y resbaladizo. Agotado desde las primeras horas de la mañana, Caleb cayó dormido al instante. Jade se quedó contemplando su cuerpo desplomado como si se hubiera desmayado, le dio unos cuantos besos rápidos por todas partes, lo cubrió con las sábanas y llamó a los sirvientes para ordenarles que prepararan el agua del baño.

“Sí, lo prepararemos de inmediato.”

Los sirvientes dispusieron el baño sin demora, y Jade se encargó de lavar a Caleb con sus propias manos. Mientras tanto, el personal se ocupó de cambiar las sábanas, de modo que al terminar el baño pudo recostar a Caleb sobre un lecho completamente limpio. Ya en la cama, Jade comenzó a examinar con calma el cuerpo de Caleb y los cambios que él mismo había provocado en él: las marcas de sus manos, las huellas de sus mordiscos y sus pezones, inflamados y de un rojo intenso debido a tanto chupar y morder.

Jade dio unos ligeros golpecitos con el dedo en uno de esos pezones y observó cómo el dormido Caleb se crispaba con un respingo. Le habría encantado volver a poseerlo mientras dormía. Tenía ganas de verlo despertar y escuchar sus reclamos sobre qué tipo de locura era esa, pero se contuvo a duras penas por miedo a ganarse una bofetada de verdad.

Mientras dedicaba un tiempo a acariciar su cuerpo, uno de los sirvientes llamó a la puerta para transmitirle un recado.

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“Los señores marqueses preguntan si le gustaría acompañarlos a almorzar.”

“Caleb está indispuesto, pero yo iré.”

“Entendido.”

Tras ordenar que se le preparara la comida a Caleb en cuanto despertara, Jade se cambió de ropa y se encaminó hacia el comedor, donde recibió un par de regaños por parte de su madre y su padre.

“¿Cómo se te ocurre exigirle tanto a alguien que acaba de terminar una tarea tan pesada?”

“¿Acaso estoy en una edad en la que necesito que me regañen por cosas así?”

La marquesa replicó con un gesto de incomodidad, como si le diera vergüenza ajena.

“No se trata de eso, sino de que tengas un poco de autocontrol.”

“Entendido. Probablemente.”

“Mira nada más a este chico.”

Al ver que su hijo no tenía la menor intención de escuchar sus palabras, la marquesa dirigió la mirada hacia el marqués. Este, por alguna razón, se mantenía en silencio, limitándose a comer. Si no fuera por la enorme cantidad de asuntos pendientes acumulados, seguramente al marqués también le habría encantado tomar a su esposa y huir a una villa en algún lugar agradable para no salir jamás del dormitorio. Al fin y al cabo, los hombres de esa familia solían ser todos iguales.

Comprendiendo perfectamente ese sentimiento, Jade soltó una risita burlona. Vaya, nuestra madre también puede ser de lo más implacable.

“A propósito, ha llegado una carta.”

“¿Una carta?”

“Sí. De la condesa... bueno, en realidad ya ni siquiera es condesa, pero en fin... De esa mujer ha llegado una carta. Dice que quiere ver a Caleb por última vez.”

“¿De verdad es necesario que la vea?”

“Yo opino lo mismo, pero supongo que deberíamos escuchar lo que él tiene que decir al respecto, ¿no crees?”

“Supongo que sí.”

Por un instante, a Jade la carne que estaba masticando le supo a arena. Había creído que todo había terminado, pero es verdad. Todavía quedaba eso pendiente. Jade respondió:

“Se lo preguntaré.”

“Sí, hazlo. Pero con delicadeza.”

“Sí.”

Mientras Jade almorzaba, Caleb logró despertar por fin. Tras recibir asistencia para vestirse y devorar una comida apresurada, se puso de pie. Su cuerpo carecía por completo de fuerzas debido a la sesión de aquella mañana; las piernas le temblaban y las zonas de piel más fina le escocían y dolían con el roce. Maldito Jade. No debió haberlo dejado hacer lo que le viniera en gana.

Pensando en eso, Caleb se sentó a esperar el regreso de Jade. Aunque hacía mucho que los cerrojos en la parte exterior de la puerta habían desaparecido, Caleb ya se había acostumbrado a esperarlo. Consideraba que era mejor eso que salir por su cuenta y terminar cruzándose en los pasillos de forma incómoda. De hecho, no tuvo que aguardar demasiado tiempo antes de que Jade ingresara a la habitación.

“Caleb, ¿ya te despertaste?”

“Dormí lo suficiente desde el principio. Si no me hubieras atormentado tanto, ni siquiera habría necesitado seguir durmiendo.”

“Jaja.”

Jade se acercó y frotó su mejilla contra la de Caleb. Este lo apartó con frialdad y le dijo:

“Parece que tienes algo que decirme.”

“¿Por qué lo dices?”

“Porque cada vez que actúas así es porque traes entre manos algo que prefieres no decir.”

“……Mjum.”

Con una expresión que admitía lo difícil que le era ocultarlo, Jade abrió la boca:

“Tu madre quiere verte.”

“¿Mi madre?”

“Sí, la que ya ni siquiera es condesa, tu madre.”

“Ya veo……”

Caleb se quedó pensativo por un momento. Al fin y al cabo, su madre sería ejecutada en cuanto diera a luz. Tras meditarlo unos segundos, Caleb terminó asintiendo con la cabeza.

“Iré a verla una vez.”

“No hace falta que vayas, sabes.”

“Por esa misma razón voy a ir.”

“¿Vas a ir precisamente porque no hace falta que vayas?”

“Sí, tengo curiosidad por saber qué clase de estupideces va a decirme.”

“……A veces tengo la impresión de que disfrutas torturándote a ti mismo.”

“Supongo que nací así.”

Caleb respondió con una sonrisa torcida, dejando a Jade sin palabras por unos instantes.

* * *

A pesar de no ser tratada como una prisionera común y estar recluida en la habitación de invitados de la alteza imperial, la condesa viuda se encontraba sumida en profundos pensamientos ante el hecho de que Caleb hubiera aceptado encontrarse con ella. Sabía que sería ejecutada en cuanto diera a luz, pero seguía con vida únicamente por el hecho de estar encinta. Había que preguntarse si aquello era una bendición o, por el contrario, una maldición. Con el fin de garantizar el reposo absoluto que requería su embarazo, se le había impedido presenciar incluso la ejecución de su primogénito. A diferencia de Caleb, de ese maldito.

“……La maldición de nuestra familia.”

Murmuró la condesa viuda para sus adentros. Todo había comenzado a marchar mal desde el instante en que dio a luz a ese chico. Así transcurría sus días, rumiando el mismo pensamiento. Aquella jornada le sirvieron una comida consistente en un pequeño pan y una sopa de carne. Ocultó subrepticiamente el cuchillo destinado a cortar la comida y, acto seguido, volcó el plato.

“¡Permítanme ver al menos el cadáver de mi primer hijo……!”

Armó un escándalo a propósito. Los sirvientes, atareados limpiando el desastre, no repararon en que el cuchillo de carnicero había desaparecido. Puesto que al día siguiente tendría lugar la ejecución de su amado primogénito, a nadie se le pasó por la cabeza albergar sospechas.

Al día siguiente, Caleb se encaminó hacia las puertas del palacio imperial junto a Jade para presenciar la ejecución de su propia sangre. Frente a la entrada se alzaba una enorme guillotina; al mirarla, pensó que, para Ivan, tras haber soportado tantas torturas, aquello tal vez resultaría ser una muerte extraordinariamente apacible.

“¿De verdad estás bien?”

“¿Con qué?”

Caleb contemplaba la escena desde la primera fila con un aire de total indiferencia. Aquellos que sabían que era el segundo hijo de los Enders se iban apartando discretamente, guardando distancia. El segundo vástago que había logrado sobrevivir de la familia Enders. Quienes conocían este trasfondo eran conscientes de que se trataba de una persona peligrosa, sin importar por qué camino. Ya fuera porque había traicionado a su familia o porque se la había devorado por completo.

“Mmh, mmh.”

Ivan avanzaba arrastrando los pies, con la boca amordazada. Vestía ropas sucias y su cuerpo entero estaba cubierto de sangre. Al parecer, lo habían sometido a sesiones de tortura adicionales. Vaya, qué lamentable. En lugar de burlarse, Caleb se limitó a observarlo en silencio. Cuando le cubrieron la cabeza con una capucha, Ivan comenzó a sacudir la cabeza frenéticamente de un lado a otro. Poco después, fue tendido sobre la plancha de la guillotina. Aunque se habría esperado que forcejeara de manera descontrolada, Ivan se limitó a sollozar. Lloraba con tanta desconsolación que cualquiera habría jurado que estaban a punto de ajusticiar a un inocente. Bueno, en parte era un delito inexistente, pero ¿qué se le iba a hacer?

“¡El primogénito de la familia Enders, Ivan Enders, ha mancillado profundamente el honor de la familia imperial al intentar envenenar a miembros de la realeza y perpetrar actos terroristas, por lo que es condenado a morir en la guillotina!”

“¡Mmh!”

Justo cuando intentaba articular palabra, los verdugos situados a ambos lados inmovilizaron su cabeza sin dudarlo y soltaron la cuerda que sostenía la afilada cuchilla. Un seco sonido de corte precedió a la caída de la cabeza, que fue a parar al recipiente dispuesto debajo. Mientras todos aplaudían aliviados ante la desaparición de quien había amenazado a la realeza, Caleb permanecía de pie, observando la escena en silencio y con los brazos cruzados. Sus ojos verdes brillaban de un modo extraño.

“¿Caleb?”

“¿Qué pasa?”

“Te ves indispuesto.”

“No siento ni bien ni mal.”

Caleb consideraba que simplemente había cumplido con su deber. La sensación de liberación que le correspondía experimentar ya la había sentido por completo aquella misma mañana. Aunque un recuerdo bastante pegajoso se le hubiera sumado por culpa de cierta persona. En ese preciso instante, una doncella se acercó a ellos. Con un vestido impecable y una postura recatada, era indudablemente una sirvienta de la alteza imperial.

“Por favor, síganme. Es un favor solicitado por su alteza imperial.”

Como ya le habían adelantado que debía ver a la condesa viuda, Caleb y Jade asintieron con la cabeza.

Siguiendo a la doncella, ambos subieron a un carruaje que los condujo al interior del palacio de la princesa. Los dominios imperiales eran inmensos, y el lugar donde residía la condesa viuda se hallaba en el ala más recóndita destinada a los invitados.

Guiados por la criada, avanzaron hacia las habitaciones del fondo. A pesar de encontrarse en el palacio imperial, se percibía una atmósfera extrañamente gélida. Paso a paso. Parecían ser los únicos en movimiento, ya que apenas se advertía presencia humana. Al llegar al extremo del pasillo, la doncella se detuvo frente a una puerta.

“Es aquí.”

“……”

“Abriré en cuanto estén listos.”

Caleb respondió con indiferencia y el rostro inexpresivo.

“Entraremos de inmediato.”

Tras un breve compás de espera, la doncella abrió la puerta. Con un leve chirrido, lo primero que se encontró ante su vista fue una mirada familiar.

Aunque los sirvientes se encargaban de su cuidado, sus ojos brillaban con un fulgor salvaje que delataba un evidente desequilibrio mental. Caleb dejó escapar una suave risa, pues aquella estampa le recordó a su propio reflejo en el pasado.

“El próximo hijo que nazca se parecerá a ti.”

“¿Qué dices?”

Gritó la condesa viuda ante las palabras de Caleb.

“Estando en este estado, es lógico que se parezca a mí. Del mismo modo en que tus ojos de ahora son idénticos a los míos.”

“……Aun sabiendo que estoy a punto de morir, eres capaz de decir semejantes crueldades.”

“¿Existe acaso alguna otra palabra necesaria entre nosotros?”

Silenciada por la respuesta, la condesa viuda cerró la boca por un momento. Si la familia Enders debía perecer, lo correcto era arrastrar a aquel demonio con ellos. Con ese pensamiento, la mujer reprimió el rencor acumulado en su pecho. La mano con la que aferraba el objeto oculto temblaba con fuerza, pero al segundo siguiente recompuso el gesto y habló con aparente naturalidad.

“Ven aquí……”

La condesa viuda le hizo una seña lenta con la mano y añadió, como si tuviera algo que revelarle:

“Tengo algo que decirte. Acércate, no tengo fuerzas.”

Caleb dirigió una rápida mirada a Jade, quien, aunque ladeó la cabeza con desconcierto, terminó por asentir. Al tratarse de una mujer embarazada y demacrada, no parecía representar un peligro real. No obstante, en el preciso instante en que Caleb se aproximó y bajó la cabeza:

¡Fliich!

Algo atravesó de lado a lado la zona de su cintura.

Gota a gota.

“¡Caleb!”

La sangre comenzó a manar a borbotones de la herida abierta en su costado, y Caleb retrocedió tambaleándose un par de pasos. Acto seguido, sujetó la hoja con ambas manos para impedir que penetrara más y miró fijamente a su propia madre. Ella lo había apuñalado. Incluso en una situación tan apremiante, estuvo a punto de sonreír, dado lo poco que le sorprendía. Sin embargo, al parecer los demás no lo tomaban con la misma calma. Jade corrió despavorido y tiró del cuerpo de Caleb para apartarlo. Girándose rápidamente, lo puso a resguardo a su espalda y fulminó a la desquiciada condesa con una mirada cargada de hostilidad. ¡Atentar contra su propio hijo a pesar de haber perdido la razón!

“¡Estás completamente demente……!”

A pesar de los gritos de reproche de Jade, la condesa viuda lo miró fijamente con un brillo febril en los ojos y le vociferó a Caleb:

“¡Si tan solo no hubieras nacido, nuestra familia no habría acabado así!”

“¡Guardaespaldas!”

Ante el grito de Jade, los guardias irrumpieron a la carrera y, al contemplar la escena, palidecieron de terror. La dominaron con rapidez; aparte de aquella arma blanca, la mujer, consumida y demacrada, ya no poseía fuerzas para resistirse. Sometida en el suelo, su mirada seguía reflejando un hondo pesar por no haber podido hundir la hoja con mayor profundidad.

“¡Iremos de inmediato por el médico personal!”

“¡Por aquí, por favor!”

“¡Caleb!”

Al ver la sangre brotar sin cesar de su costado, las manos de Jade comenzaron a temblar. Tratándose de una herida de esa naturaleza, no se debía extraer el arma de inmediato, por lo que se mordía el labio inferior sin atreverse a tocarla, presa de una evidente desesperación. Aunque sentía punzadas de dolor en la cintura, Caleb le habló para tranquilizarlo al ver que el otro parecía sufrir más que él mismo:

“Estoy bien. De todos modos, no entró demasiado hondo.”

Caleb apretó los dientes y volvió a mirar a su madre. Al comprobar que ella se negaba a reconocer su existencia hasta el último aliento, tuvo la absoluta certeza de que el vínculo entre padres e hijos terminaba allí. Ya no albergaba ningún sentimiento hacia ella.

'Con esto, todo ha terminado por fin, madre.'

Apoyándose en el brazo de Jade, Caleb se dirigió a recibir atención médica por parte del galeno del palacio imperial.

“Parece que has perdido demasiada sangre. ¿Cómo te sientes? ¿No te mareas?”

“Necesitas calmarte, Jade. Ya te lo dije, no fue una herida profunda.”

Por fortuna, el diagnóstico del médico imperial confirmó que no revestía gravedad. Las fuerzas de la condesa viuda eran escasas, mientras que el cuerpo de Caleb se hallaba sólidamente musculado. Por esa razón el corte no había sido letal. Aun así, al enterarse de que un invitado había resultado herido a manos de una prisionera bajo su custodia, la propia princesa se presentó en persona para expresarle sus sinceras disculpas.

“Lamento mucho este incidente, Caleb Enders. O bueno, supongo que ahora eres simplemente Caleb. Te has convertido en un plebeyo.”

“Así es, alteza imperial.”

“Supongo que la situación debe ser un tanto desafortunada para la familia Damian.”

“De ningún modo.”

Damian esbozó una ligera sonrisa.

“Aun así, te reitero mis disculpas. Jamás imaginé que llegaría a cometer semejante acto. Después de todo, es el hijo que llevó en sus entrañas, llegar a este extremo……”

Supuso que lo trataría de otra manera. Caleb replicó:

“Es natural que en toda mano haya dedos que duelan más que otros.”

Ante esas palabras, la princesa esbozó una sonrisa amarga.

“Supongo que sí. Vuelve a descansar temprano hoy. Me encargaré personalmente de que este asunto con la ex condesa quede resuelto hasta el final.”

“Se lo…… agradezco.”

Tras realizar una reverencia ante la princesa, ambos se retiraron del lugar.