Capítulo 36-40
Capítulo 36
Aena cuidaba de Ivan con esmero. Fuera
cual fuera su objetivo, sus atenciones estaban dando resultado y Ivan se iba
recuperando poco a poco. Un día, recibió la visita de un caballero que andaba
investigando los alrededores.
Toc, toc.
Aena ya se había dado cuenta de que los
caballeros merodeaban por el pueblo desde temprano en la mañana y sabía que
terminarían buscando en su casa. Por esa razón, desde el momento en que abrió
los ojos, se dedicó a teñirle el cabello de castaño.
“P-Pero ¿qué estás haciendo?”
“Los caballeros imperiales están a un
paso de aquí.”
“E-Entonces, entregarme a ellos…….”
“No tienes ni idea de nada.”
“D-De qué hablas.”
“Tu familia ya ha caído. No sé por qué
razón, pero el hecho de que los caballeros imperiales estén buscando significa
que en el momento en que te atrapen irás directo a los calabozos subterráneos.”
Al oír eso, Ivan abrió los ojos de par
en par. Sin embargo, eran tantas las cosas que tenía pendientes.
“P-Por qué, además, cómo es que nuestra
familia……!”
“Porque hay retratos de tu familia
colgados por las calles. Si no quieres que te capturen, haz exactamente lo que
te diga.”
Aena le tiñó el cabello, le vendió la
mitad del rostro y volvió a envolver con vendas sus extremidades en proceso de
recuperación, acostándolo en la planta baja. Luego, al escuchar los golpes
violentos que hacían temblar la puerta, se apresuró a abrir.
“¿Qué se le ofrece?”
La mujer interpretó a la perfección el
papel de una persona aterrorizada, ya que era completamente natural que una
joven temiera la visita de unos extraños caballeros. Ellos entraron sin pedir
permiso, empujándola a un lado mientras echaban un vistazo al interior.
“Estamos buscando al hijo mayor de la
familia que provocó el atentado contra el campanario y el caso de envenenamiento
de la realeza. ¿Has visto a un hombre con este aspecto?”
Allí estaba el retrato de Ivan, pero
existía una gran diferencia entre la imagen dibujada en su época de mayor
esplendor y el estado actual de él. En ese momento, uno de los caballeros descubrió
a un hombre acostado en un rincón de la planta baja y se le acercó.
“¿Quién es este sujeto?”
Aena le respondió:
“Es mi hermano mayor. Hace poco fue a
buscar hierbas medicinales y rodó por un sendero empinado, sufriendo heridas
graves, por lo que aún se está recuperando.”
“¿Rodó por un sendero empinado? Tiene
heridas bastante grandes para ser solo eso.”
“Justo se puso a llover y…….”
Ella mezcló hábilmente la mentira con la
verdad, añadiendo un detalle que sabía que les interesaría:
“Ah, y recuerdo que por entonces vi a un
hombre de cabello rubio dirigirse hacia el oeste del bosque.”
“¿Hacia el oeste del bosque?”
“Sí, así es. En ese momento me pareció
algo extraño, pero al ver ese retrato lo recordé.”
Aena les hizo una profunda reverencia.
Los caballeros miraron a Ivan, quien parecía al borde de la muerte. Ocultando
el terror que le temblaba en el pecho, Ivan tuvo que fingir lo mejor posible
ser un enfermo lastimoso que apenas podía respirar. Al ver su cabello castaño y
sucio, los caballeros dieron media vuelta sin considerar necesario seguir
inspeccionando y salieron de la casa de Aena, alejándose al galope de
inmediato.
“Dada la situación, tienes que venir
conmigo a un lugar mucho más seguro.”
“¿Acaso existe un lugar más seguro?”
“Sí, por supuesto.”
Aena le sonrió radiantemente y le dijo:
“Un lugar donde nadie jamás podrá
encontrarte.”
Diciendo eso, le entregó su desayuno de
ese día, al cual ya le había mezclado previamente hierbas para inducir el sueño.
Una vez que él se durmiera, todo habría terminado. Sin embargo, un ignorante de
esto, Ivan aceptó la papilla que le daba Aena y se quedó dormido en silencio.
Aena lo observó con una sonrisa y enseguida mandó a llamar un carruaje y
hombres para trasladar discretamente a Ivan hacia la mansión de los Damian.
“Todo esto es para reconfortar el
corazón de esa persona.”
Porque Aena deseaba fervientemente que
su musa de la infancia pudiera salir por fin de aquella profunda oscuridad.
* * *
Jade, a quien le habían entregado a Ivan
mediante el carruaje enviado por Aena, soltó una risa seca al ver el estado
deplorable en el que se encontraba. Era un verdadero milagro que siguiera con
vida después de todo aquello. Mandaron a limpiar una habitación del sótano que
jamás había sido utilizada. Un espacio en el que solo se amontonaban
herramientas y trastos viejos, sin imaginar jamás que meterían a una persona
allí; tras reacondicionarlo, lograron habilitar un sitio para que alguien
pudiera acostarse. Acostaron a Ivan allí y le encargaron su cuidado a Aena,
quien había llegado poco después. Aena asintió con la cabeza.
“Me encargaré de hacerlo bien.”
En el rostro de ella, mientras sonreía
de esa manera, se filtraba un aura lúgubre. Jade le preguntó a Aena, que le
hablaba en ese tono:
“¿De verdad no hace falta que te
encuentres con Caleb?”
“……Él no querrá verme. Además, creé una
imagen de él basándome solo en mi capricho.”
Aena esbozó una sonrisa amarga. Lo había
hecho con la intención de reencontrarse con él, pero había sido un método
demasiado violento para con su persona. De hecho, había llegado a perturbar
excesivamente a Caleb. Aena le había dicho que, una vez que todo esto
terminara, se buscaría otro oficio en silencio.
“Me duele un poco pensar que ya no podré
volver a dibujar al joven amo.”
“¿Qué te parece convertirte en la
pintora oficial de nuestra familia?”
“……Agradezco el gesto.”
Su tono parecía tentado por la
propuesta, pero ella se resistió con todas sus fuerzas y negó con la cabeza. Al
verla, Jade le asignó una habitación para que fuera a descansar por el momento.
Y el lugar al que se dirigió él después de eso fue su propia habitación, donde
se encontraba Caleb. Caleb había permanecido allí plácidamente todo ese tiempo,
tan en silencio que era imposible adivinar si estaba insatisfecho o no.
Clic, clac.
Al abrir la cerradura desde el exterior
y entrar, vio que Caleb lo estaba esperando. Él se encontraba leyendo un libro
en el interior, y como para colmo era un documento antiguo, a Jade le dio tanta
risa por lo absurdo que le preguntó:
“¿Ya estás empezando a entusiasmarte con
esto?”
“En la academia no te enseñaban esta
clase de cosas.”
“Aprendiste lo básico.”
“Lo básico era solo eso.”
Caleb cerró el libro y se puso de pie.
Luego se acercó a Jade y le preguntó:
“Vienes de esta manera, supongo que
significa que conseguiste algo, ¿no?”
“Eso también, pero hay algo que quiero
preguntarte.”
“¿Qué cosa?”
“¿Tienes alguna intención de ver a la
pintora que te dibujó?”
“…….”
“La otra vez dijiste que no, pero
tampoco te negaste del todo.”
“……Ahora mismo.”
Caleb reflexionó en silencio. Se
preguntó a sí mismo si tendría el valor de volver a verla. ¿Podría mirar a los
ojos a la persona que había presenciado todo cuando él se encontraba en lo más
hondo de la miseria? ¿Sería capaz de no mostrarle ningún rencor ahora que Aena
lo había sacado todo a la luz con sus propias palabras? Tras sopesarlo todo,
Caleb asintió.
“Supongamos que quiero verla.”
“Vaya, sabía que dirías eso.”
Tras decirle aquello, Jade guio a Caleb
hacia la sala de recibidores. Luego envió a un sirviente a transmitirle la
noticia a Aena, quien descansaba en su habitación. Al recibir el recado, el
rostro de Aena se descompuso y se puso pálido como el papel.
“¿Q-Que quiere verme a mí?”
“Así es. Permítame escoltarla a la sala
de recibidores.”
“P-Pero yo…….”
“No hizo ningún comentario adicional al
respecto.”
“……Yo.”
Aena entrelazó las manos con fuerza y se
puso a temblar levemente. Luego inhaló aire despacio y exhaló. Cierto, esto era
parte de lo que tanto ella como él tenían que afrontar. Pensaba que, para que
él pudiera salir de la oscuridad, tendría que pisotear al menos una vez ese
peldaño llamado ella. Armándose de valor por su cuenta, dio el paso al frente.
Así fue como, acompañada por un sirviente, se paró frente a la puerta de la
sala de recibidores.
Toc, toc.
En medio de un silencio absoluto, la
puerta de la sala se abrió, y a través de ella Aena vio aquellos brillantes
ojos verdes que tanto conocía. Sin poder evitarlo, cayó de rodillas frente a
esa mirada.
“J-Joven amo.”
“…….”
Caleb la miraba en silencio. ¿Cómo debía
contemplar a aquella mujer que, como si hubiera cometido un pecado
imperdonable, se había arrodillado de inmediato frente a él? En aquel entonces,
para poder sobrevivir, él había gastado todas sus fuerzas sin siquiera recordar
el nombre de la criada.
“¿Cómo dijiste que te llamabas?”
“Aena, me llamo Aena.”
“Sí, Aena…….”
Caleb rumiaba aquel nombre.
“Al menos era inusual.”
“¿Disculpe?”
“Porque en ese sótano oscuro y húmedo,
al menos la comida siempre me llegaba caliente.”
“…….”
“Tanto el pan como la sopa siempre
mostraban señales de que alguien se había esmerado.”
“……Yo, yo.”
“Supongo que de nada sirve reconocer
esto ahora que ha pasado el tiempo.”
“¡Si lo reconoce ahora, incluso
ahora……!”
Aena rompió a llorar, dejando caer las lágrimas
una tras otra. Ella llevaba mucho tiempo hechizada por su mirada. Incluso si
pensaba que no era extraño que hubiera quedado cautivada desde aquel preciso
instante en que cruzó miradas con esos ojos verdes en el sótano oscuro, no le
parecía descabellado.
“Me alegro. Sí, seguramente es algo muy
alegre.”
“……Te lo agradezco. Pero que hayas
divulgado mis asuntos a un tercero por capricho no es algo que me resulte muy
agradable.”
Aena bajó la cabeza.
“Aceptaré con gusto cualquier castigo
por ello.”
“¿Castigo? Qué podría darte yo.”
“Y-Ya no, ¡juro que ya no volveré a
dibujar al joven amo jamás!”
“¿Ya no?”
“Sé que será como romperme los pinceles,
sé que será algo doloroso, pero de verdad, nunca más…….”
“Qué interesante.”
Caleb miraba a Aena con absoluta
frialdad, mientras Jade pensaba con alivio que al menos esa mirada no iba
dirigida hacia él. Aena... jamás se había detenido a pensar en la condición de
la casta de ella, pero con seguridad no era una beta. Aunque no sabía si estaba
tomando supresores o qué, el instinto de Jade se lo decía con claridad.
Probablemente no fuera alfa; sería una omega. Que alguien así le suplicara
tanto interés a él no era algo normal. Por eso era tan...
'Seguramente tiene ganas de
devorarlo a mordiscos'.
Caleb meditó en silencio antes de
hablar:
“Escuché que te encargarás de cuidar a
Ivan por un tiempo.”
Caleb repitió lo que le había contado
Jade.
“Sí, sí. Así es.”
“Si logras cumplir con eso sin
problemas, no me importará si agarras los pinceles o no.”
“¿Eh?”
“Que no me importa si vuelves a
dibujarme o no.”
“J-Joven amo.”
Ella abrió los ojos de par en par.
“Pero tendrás que hacerlo bien.”
“Sí, sí. Me encargaré de que salga bien
como sea.”
“Intenta recordar muy bien cómo viví yo
en su momento.”
“¡Sí……!”
Aena asintió con la cabeza y se puso de
pie. Luego se secó las lágrimas del rostro y dejó que sus ojos brillaran con
intensidad. El destello de esperanza de poder volver a dibujar a su musa
inundaba su mirada. A Jade le resultaba bastante molesto, pero como era un
permiso otorgado por el propio Caleb, no podía intervenir. Dicho eso, Aena
salió de la sala de recibidores en compañía de la criada, y la estancia quedó
en silencio por unos momentos. Fue entonces cuando Caleb abrió la boca:
“¿Te molesta que Aena me dibuje?”
“……¿Se me notaba?”
“Con la cara que pusiste, cómo no se iba
a notar. Seguro que hasta Aena se dio cuenta.”
“¿Ya empezaste a llamarla con tanta
confianza? Aena, dice.”
“Tampoco es que tuviera un apellido
desde un principio, ¿cómo querías que la llamara?”
Caleb chasqueó la lengua. Jade le rodeó
los hombros con los brazos y lo atrajo hacia sí. Caleb se dejó arrastrar por el
tirón y se acurrucó en su pecho.
“Espera solo un poco más. Ivan está
aquí, en este sótano.”
“……Lo sé.”
“Primero haré que esté un poco más
entero, y luego te lo entregaré.”
“……Tengo paciencia para eso.”
“Sí. Supongo que sí.”
Mientras decía aquello, Jade le plantó
un breve beso, y Caleb no hizo nada por apartar los labios de los suyos.
* * *
Cuando Ivan abrió los ojos, se encontraba
en un sótano oscuro y lúgubre. Moviendo su pierna adolorida, arrastró su cuerpo
hasta la puerta. No era un lugar que conociera, lo que significaba que no se
trataba de los sótanos de la mansión Enders. Comenzó a golpear la puerta con
fuerza mientras gritaba:
“¡Que no hay nadie! ¡He dicho si no hay
nadie!”
Fue entonces cuando apareció Aena.
“Shh, joven amo, guarde silencio.”
“¿Aena? E-Eres tú. ¿Dónde demonios
estamos?”
“Logré coladorlo aquí rogándole un favor
a una familia noble que conozco muy bien.”
“¿Una familia noble, dices?”
“Verá, en realidad yo soy una pintora
que dibuja y suministra obras a familias nobles. Le inventé una situación falsa
a una familia noble de provincia y así pude traerlo aquí.”
“¡P-Pero qué clase de trato es este! ¡Un
cuarto en el sótano...!”
Al escuchar eso, Aena ocultó una sonrisa
en su interior. ¿Tanto le espantaba estar en un sótano? Si Caleb había pasado
allí decenas, cientos, miles de noches durante su infancia.
“Para poder ocultarlo, no hay otro lugar
más que este. Así que aguanté un poco.”
“¿Hasta cuándo demonios...!”
“Vaya, ahora tengo que irme. Vendré a
buscarlo más tarde a la hora de la comida.”
“¡Aena...!”
Él la llamó con desesperación, pero los
pasos de Aena se escucharon alejándose más allá de la puerta de hierro, hasta
perderse. Ivan se sumió en la desesperación. Su familia se había derrumbado. En
una situación en la que se había descubierto el intento de envenenamiento con
chocolate, lo acusaban además de cargos de terrorismo. Eso era algo de lo que
él ni siquiera estaba al tanto. ¿Qué demonios se había estado dedicando a hacer
su padre? Hundido en la miseria, arrastró su cuerpo por el suelo hasta
encontrar el sitio donde podía acostarse, acurrucándose en él. Como Aena le
había dicho que sería solo por un momento, decidió confiar en ello y esperar.
Sería solo un rato. Su estancia en un lugar así no duraría más que un momento.
Eso era lo que pensaba.
* * *
Ha pasado un mes desde que el rastro de
Ivan desapareció. La condesa se encontraba medio demacrada, marchitándose poco
a poco. Aunque su vientre estaba abultado, el estado en el que estaba hacía
temer si el niño llegaría a nacer de forma adecuada. Mientras tanto,
exaristócratas arruinados irrumpieron en su mansión.
“¡Dijeron con seguridad que si
invertíamos en ese barco, el dinero regresaría multiplicado……!”
“¡Ese sujeto, ese sujeto se largó
llevándose todo el capital de inversión!”
“¡Cómo se supone que pasó esto!”
Como la condesa no sabía absolutamente
nada al respecto, se aferró al vientre abultado y gritó:
“¡Yo, yo no sé nada de esto! ¡De los
asuntos de inversión se encargaba mi esposo……!”
“¡El conde ya está muerto! ¡Para colmo,
involucrado en el caso de envenenamiento de la realeza y en el de terrorismo……!”
“¡Exigimos que nos devuelvan nuestro
dinero!”
“¡Eso no es culpa nuestra!”
La condesa se esforzaba por defender la
mansión en solitario, pero los inversores arruinados, como si los trataran de
simples estafadores, empezaron a rebuscar a la fuerza por toda la casa en busca
de cualquier cosa de valor que pudieran saquear. No obstante, las cajas fuertes
—tanto las inversiones del conde como las de Ivan— estaban completamente vacías
tras haber fracasado por completo, por lo que terminaron marchándose a empujones
y chasqueando la lengua.
“¡La familia Enders ha llegado a su
fin!”
“Ah, ah…….”
Auxiliada por una criada, la condesa se
acostó en su dormitorio —que apenas conservaba algo de su forma original— a la
espera de su primogénito, quien no regresaba. Su esposo había muerto, pero le
habían dicho que el hijo mayor aún no había sido capturado. En cuanto ese niño
apareciera, todo se solucionaría. Al fin y al cabo, siempre había sido un hijo
portador de buena fortuna. Por eso…….
En su mente cruzó de pronto la imagen de
otro niño.
'A Caleb……'.
¿Debería pedirle ayuda a ese muchacho?
De inmediato, sacudió la cabeza. Pedirle
ayuda a él era algo que prefería antes que morir. ¿Cómo lo había criado ella?
Si a Ivan lo había criado rodeado de afecto y amor, a ese niño lo había criado
a base de rencor y desprecio. No era alguien que fuera a escucharla tan solo
porque le pidiera auxilio. Estaba más que segura de que, aunque le suplicara
ayuda, lo único que recibiría de vuelta serían burlas. Apretando los dientes,
se repitió que Ivan tenía que regresar, pero ignoraba por completo un hecho: él
también se encontraba ya atrapado firmemente en las redes de otros.
NO HACER PDF
SIGUENOS EN INTAGRAM AOMINE5BL
“¡Yo, qué demonios he hecho mal!”
Yacía en la cama mientras comenzaba a
desvariar. Ella se había casado con la familia Enders y había resistido con
firmeza hasta el día de hoy. Había soportado las infidelidades de su esposo
mirándola a él, y había traído al mundo tanto al primogénito como al segundo.
Aunque le había dado la espalda al segundo, ¿acaso no había terminado creciendo
por su propia cuenta?
'¿El segundo?'.
La condesa comenzó a culpar de todo a
Caleb. Si ese segundo hijo no se hubiera marchado a la familia Damian, nada de
esto habría sucedido.
“¡Ese muchacho no debió haber salido
jamás de ese sótano!”
Gritaba la condesa, comportándose como
una lunática. Aunque los sirvientes que aún quedaban intentaban calmarla debido
a su embarazo, su locura se tornaba cada vez más grave con el paso de los días.
Y aquella noticia llegó incluso a oídos de los Damian.
Disfrutando de una comida juntos por
primera vez en mucho tiempo, Jade y Caleb se encontraban en el comedor. Como
los marqueses habían salido a cenar fuera ese día, podían comer a solas.
“Corren rumores de que tu madre ha
perdido la cabeza.”
“¿De verdad? Es que, por culpa de cierta
persona, no tengo forma de enterarme de lo que pasa afuera.”
“……Bueno, quédate con solo saber eso.”
“Por qué, ¿estaba soltando tonterías
sobre mí otra vez?”
“……No son cosas que te convenga
escuchar.”
“Es obvio. Seguro que dirá que todo esto
pasa porque alguien como yo vino al mundo.”
“……A pesar de lo mucho que odias a tu
familia, la conoces demasiado bien.”
“La conozco bien precisamente porque los
odio, Jade.”
Al fin y al cabo, el amor y el odio
están separados por una sola hoja de papel. Caleb esbozó una sonrisa tenue.
Capítulo 37
Ivan pasó varios días en aquel sótano.
Al principio parecía esforzarse por aguantar con paciencia, pero tras unos diez
días comenzó a descargar su mal genio contra Aena.
“¡A qué diablos juegas, dime dónde
estamos!”
“Es difícil de explicar. Son personas
que amablemente accedieron a recibir al joven amo.”
“¿Me has traído a un lugar cuya
identidad ni siquiera conozco?”
“Pero nadie imaginará que el joven amo
se encuentra aquí. De eso sí puedo asegurarle.”
“¡Dime al menos dónde estamos!”
Por más que Ivan montara en cólera, Aena
jamás reveló que aquel lugar era la mansión de los Damian. Como ese sufrimiento
no era algo que ella debiera experimentar, mantuvo la boca cerrada y guardó el
secreto de forma absoluta. Mientras tanto, Aena continuaba cuidando de Ivan con
esmero, hasta el punto de que sus brazos y piernas estaban casi completamente
curados. Ivan estaba esperando el momento oportuno. Tenía la firme intención de
escapar de allí en cuanto sus extremidades sanaran por completo.
“¿Quién demonios es el dueño de este
lugar como para atreverse a desafiar a la autoridad imperial y ocultarme? ¿La
facción de la vieja aristocracia? No puede ser…….”
Tal como habían dicho los caballeros
aquel día, si se descubría que habían enviado chocolates envenenados a la
realeza y que estaban implicados en cargos de terrorismo, la familia Enders
estaba acabada. Sinceramente, no se le ocurría ninguna familia dispuesta a
mantener la lealtad hacia ellos en una situación así, a menos que fuera un
modesto clan noble asentado en alguna provincia lejana.
Sin embargo, si poseían un sótano de
semejantes dimensiones, el tamaño de la mansión no debía ser precisamente pequeño.
Ivan empezó a poner a trabajar una cabeza que en toda su vida apenas había
tenido que esforzarse. No obstante, aquello duró poco, ya que Aena bajó
corriendo al sótano con aire de urgencia.
“¡Joven amo!”
“¡Qu-Qué pasa!”
“¡Los caballeros imperiales han venido
hasta aquí! ¡Tiene que esconderse!”
“¿Esconderse, a dónde!”
Justo en ese momento, detrás de ella
aparecieron varios sirvientes varones cargando una caja lo suficientemente
grande como para que un hombre adulto cupiera en su interior hecho un ovillo.
Al verla, el rostro de Ivan se puso completamente pálido.
“¿Me estás diciendo que me meta ahí
dentro?”
“Es la única forma de sobrevivir.
Apúrese y entre. Cubriremos la caja con otros objetos para que no se note.”
“No pienso entrar. Cómo se supone que
una persona va a caber…….”
En ese instante, la expresión de Aena se
endureció de golpe con frialdad.
“Claro que puede entrar.”
Los hombres comenzaron a arrastrar el
cuerpo demacrado de Ivan y a forzarlo para meterlo dentro de la caja. Al doblar
las rodillas y encoger los hombros, el espacio se ajustó milimétricamente a su
cuerpo. Aena cerró la tapa, echó el cerrojo desde el exterior y le dijo:
“Le abriré en cuanto los caballeros se
hayan marchado. Hasta entonces, mantenga la boca cerrada y aguante sin hacer
ruido. ¿Entendido?”
“¡Cómo esperas que soporte algo así en
un sitio……!”
“Shh.”
Sin escuchar más, Aena se marchó y lo
dejó sumido en el silencio. Si lo que decía era cierto, significaba que los
caballeros imperiales habían venido a buscarlo hasta allí, por lo que no podía
permitirse emitir ni el más leve suspiro. Fue en ese momento cuando, debido a
las reducidas dimensiones de la caja, la falta de aire comenzó a cortarle la
respiración.
Clinc, clinc.
Logró distinguir el sonido metálico de
las armaduras que llevaban los caballeros. Contuvo el aliento tragando saliva a
la fuerza. Sentía que en cualquier momento se desmayaba por falta de aire, pero
aun así prefería eso a ser capturado. Si los caballeros imperiales lo atrapaban
ahora, lo más probable es que terminara directo en la horca. Clinc, clinc,
el sonido continuaba recorriendo sin prisa aquel oscuro sótano, como si
intentara presionarlo. Sintió que perdía la cabeza. El poco oxígeno que le
quedaba ya le estaba bloqueando por completo la respiración.
“Ugh…….”
Cuando finalmente no pudo aguantar más y
se le escapó aquel sonido, el tintineo metálico cesó de golpe. Ivan boqueó
intentando recuperar aire de forma apresurada, pero los pasos parecían haberse
detenido justo frente a la caja que lo contenía, y un silencio absoluto lo
invadió todo. Vencido por la presión psicológica y la escasez de oxígeno,
terminó perdiendo el conocimiento con los ojos en blanco.
Un rato después, el sonido de los pasos
de los caballeros se alejó por completo, y fue entonces cuando Aena regresó.
Tras unos golpecitos secos, comenzó a golpear la caja.
“¿Joven amo?”
“…….”
No obtuvo ninguna respuesta. Con una
mueca de fastidio, Aena abrió la tapa. De inmediato, el cuerpo de Ivan cayó
pesadamente hacia afuera, completamente inconsciente y echando espuma por la
boca. Dedicándole una mirada de profunda repulsión, la joven alzó la vista
hacia Jade, quien todavía aguardaba en la entrada.
“Desmayarse por algo así. Se nota que lo
criaron entre algodones.”
“Comparado con el joven amo Caleb,
cualquiera diría que ha crecido rodeado de lujos.”
—dijo Aena con un tono sarcástico. Luego
le dio una ligera patada en la pierna. Las extremidades de él estaban ya casi
sanadas del todo—.
“Sus brazos y piernas casi han sanado
por completo. Así que avísele que falta poco.”
“Entendido.”
“Sí.”
Tras arrastrar el cuerpo de Ivan para
dejarlo tendido en el suelo, Aena ordenó que dejaran la caja tal como estaba en
ese mismo lugar, argumentando que mantener esa presión psicológica —sabiendo
que podía volver a ser encerrado allí en cualquier momento— era lo mejor.
“Llevas veneno en la sangre.”
“¿Acaso hay alguien aquí que no lo
lleve?”
“Tienes razón.”
Con una sonrisa en los labios, Aena dejó
que Jade —quien se había puesto una armadura solo para la ocasión— subiera de
vuelta, mientras ella se dedicaba a limpiar con esmero el rostro de Ivan. Las
ofrendas debían estar impecables. Especialmente aquellas destinadas a ser
entregadas a su propio dios.
* * *
“¡Aaaah!”
Ivan se incorporó dando un grito
desgarrador. Por suerte, ya no se encontraba dentro de aquella espantosa caja.
Sin embargo, como si la pesadilla de haber estado en ese espacio claustrofóbico
hubiera sido completamente real, la caja continuaba allí, tirada al otro lado
de la habitación donde él yacía.
“¿Ya despertó?”
Aena estaba a su lado. Ivan la abrazó de
inmediato. Necesitaba el calor de otra persona. Requería la suavidad de la piel
humana y no el frío y la dureza del interior de aquella caja. Aena lo envolvió
con suavidad entre sus brazos y comenzó a consolarlo.
“¿Lo pasó mal, verdad? Pero no había
otra opción. A cambio, los caballeros imperiales se marcharon tal cual.”
“A-Ahora, ya no volverán, ¿verdad?
¿Verdad que no?”
“Habrá que rezar para que sea así.”
Diciendo eso, ella masticó unas hierbas
medicinales de sabor amarguísimo y liberó por primera vez su propia feromona,
una faceta que jamás le había mostrado a nadie. Semejante al aroma de unas
flores mecidas por el viento, su feromona hizo que el cuerpo de él, un alfa,
fuera relajándose poco a poco. Más que provocarle celo, el debilitado organismo
de Ivan encontró un profundo alivio en aquella esencia, dejándose caer con
lentitud sobre el lecho para descansar. Aunque desde siempre había detestado su
propia feromona, si al menos servía de ayuda en un momento así, no le importaba
en absoluto utilizarla.
“Descanse profundamente por un tiempo.
Sus brazos y piernas sanarán por completo muy pronto.”
Para entonces, podrá irse a
cualquier lugar que desee.
Aena lo consoló con esas palabras.
Embriagado por el efecto de su feromona, Ivan asintió con la cabeza y cerró los
ojos. Así, cayó en un sueño apacible y profundo que desentonaba por completo
con la oscuridad de aquel sótano. Con una mirada cargada de repulsión hacia él,
la joven se marchó del lugar, no sin antes encargarse de contener y disipar por
completo su rastro de feromonas.
* * *
“¿Aún no han encontrado al primogénito
de los Enders?”
La primera princesa chasqueó la lengua
con irritación al enterarse de que Ivan seguía en paradero desconocido. El
motivo era que su rastro, del cual creía que daría cuenta muy pronto, se había
vuelto completamente invisible. Aquello no dejaba otro resultado posible que
alguien lo estuviera ocultando. Pero, ¿quién demonios sería?
“¿Quién se atrevería a esconder al
primogénito de una familia que ya está totalmente arruinada?”
“Eso mismo digo, alteza.”
Una doncella le sirvió té en silencio en
su taza. Ignorando toda etiqueta de la realeza, la princesa se lo tragó de un
solo golpe. Luego, con un gruñido, ordenó que ampliaran drásticamente el número
de hombres dedicados a buscarlo de inmediato. Ahora que el conde había muerto,
todas las confesiones debían arrancárselas al hijo mayor, por lo que su
ausencia era una verdadera calamidad.
“Y pensar que la condesa está embarazada
justamente ahora…….”
Según las leyes del imperio, estaba
prohibido torturar o ejecutar a una mujer embarazada hasta que diera a luz. Por
esa razón, todavía podía permanecer en aquella mansión mugrienta recibiendo
cuidados. Como a la princesa eso tampoco le agradaba en absoluto, dio una nueva
orden:
“Emitan una orden de arresto
domiciliario también para la condesa. Tráiganla directamente a mi palacio. A
fin de cuentas, de esa mansión ya han escapado casi todos los sirvientes, ¿no?
Es mejor asegurarme de que dé a luz en condiciones estables para sacarle el resto
de las confesiones después.”
“Entendido.”
A una sola palabra suya, los caballeros
imperiales partieron de inmediato hacia la familia Enders. La princesa, por su
parte, tenía que prepararse para zanjarlo todo antes de que terminara el
confinamiento del príncipe, su rival político. Tenía que derribarlo antes de
que él pudiera idear otra jugada, solo así lograría ascender con seguridad al
trono.
“Me encargaré de que ese tipo jamás
vuelva a codiciar mi puesto.”
“Así será, alteza.”
Las doncellas asintieron al unísono. En
ese momento, el invitado que compartía la hora del té con ella esbozó una
ligera sonrisa y comentó:
“Su determinación es admirable.”
“Por supuesto, joven marqués Damian.”
Jade le devolvió una sonrisa amable.
Luego, tras dar un sorbo a su té, añadió:
“¿Qué le parecería si alguien le delatara
todo con pelos y señales?”
“¿Una delación? ¿Te refieres al segundo
de los Enders?”
“Sí, así es.”
“Pero con eso solo no basta. La opinión
general es que el segundo hijo ha estado marginado de todos los asuntos de la
familia, sin ser reconocido por los suyos. Por eso se salvó de esta situación.
Si no hubiera filtrado lo del chocolate, seguramente ya estaría en los
calabozos subterráneos desde hace mucho.”
“¿Y si encontramos al primogénito y le
arrancamos una confesión completa?”
“¿El segundo haría eso?”
La princesa arqueó una ceja.
“Al fin y al cabo son familia, así que
supongo que confesará con más detalle.”
“……Si me sirve de ojos para hacer algo
así, podría garantizarte aún más seguridad.”
“Ya veo. Se lo agradezco.”
“Harías cualquier cosa con tal de asegurar
el bienestar de tu pareja, ¿verdad?”
“Por supuesto.”
Jade sonrió ampliamente. Aquella
expresión era tan pura que, irónicamente, desprendía un aire de profunda
locura. Al ver esa sonrisa, la princesa pensó que él estaba completamente
demente. En verdad, los alfas que perdían la cabeza por sus destinados eran
increíbles. Aunque ella misma era un alfa, no pudo evitar pensarlo y sonreír.
'Espero no volverme jamás
como él'.
Qué afortunada era de que los miembros
de la realeza se casaran por conveniencia política. Pensando en aquello, la
princesa se limitó a devolverle una sonrisa al gesto de la doncella que
rellenaba su taza de té.
Por otro lado, los caballeros que habían
irrumpido en la mansión de los Enders siguiendo las órdenes de la princesa
capturaron a la condesa y la subieron a un carruaje. Los pocos sirvientes y
mayordomos ancianos que quedaban les suplicaron:
“¡No pueden hacer esto!”
“¡Ella es la condesa de los Enders!”
“Tenemos órdenes de la princesa de
llevarla al palacio imperial por su propia seguridad.”
Los caballeros subieron al carruaje a la
condesa, cuyo vientre ya estaba abultado, y pusieron rumbo al palacio imperial.
Ella se quedó sentada con el cuerpo desmayado, acariciándose el abdomen y
mirando con la mirada perdida a través de la ventanilla mientras la trasladaban
a la fuerza.
No ofreció ninguna resistencia digna de
mención. Lo único que pasaba por su mente era si acaso iba a morir en un lugar
como aquel. Mientras tanto, en lo más hondo de sus entrañas, un sentimiento de
rencor visceral hacia su segundo hijo hervía sin cesar. No debió haberlo dado a
luz. Debería haberlo dejado morir en aquel sótano. ¿Por qué lo había parido,
por qué lo había dejado con vida para permitir que arruinara a toda la familia?
Vivía cada maldito día torturándose con esos pensamientos.
De ese modo, la condesa fue confinada en
una de las habitaciones de invitados de un palacio secundario de la residencia
de la princesa. Ella sabía perfectamente que el único motivo por el cual seguía
prolongando su vida era gracias al niño que llevaba en el vientre. Por eso,
optó por mantener la boca cerrada y se dedicó a contar en silencio cuánto
tiempo le quedaba. Ya habían transcurrido seis meses, por lo que solo le
restaban cuatro.
'¿Qué puedo hacer en este
tiempo?'.
La condesa comenzó a meditar en silencio
sobre qué opciones tenía a su alcance. Y, al cabo de un rato, se le vino a la
cabeza una única cosa que sí podía hacer. Eso, sin duda alguna, era posible.
* * *
Mientras tanto, los brazos y piernas de
Ivan habían estado sanando adecuadamente. Sabiendo perfectamente que su cuerpo
se estaba recuperando, Ivan comenzó a caminar de un lado a otro dentro del
estrecho sótano. Sus extremidades se habían soldado de forma correcta gracias a
Aena. En particular, la feromona de ella le aportaba una gran estabilidad,
reduciendo drásticamente la ansiedad que solía sentir últimamente. Empezó a
abrigar un sentimiento singular hacia Aena.
‘……Jamás había conocido a un omega con
una feromona así.’
Siempre se había cruzado únicamente con
omegas de feromonas seductoras, pero nunca con una que poseyera una esencia tan
silvestre como una flor de campo. Ivan deseaba que ella liberara su feromona
con mayor frecuencia, sin embargo, Aena solo desprendía lo justo y necesario
para que él pudiera conciliar el sueño con tranquilidad. Y tan pronto como él
caía dormido, se esfumaba en completo silencio.
“Joven amo, aquí tiene su comida de
hoy.”
Aquel día, Aena volvió a presentarse con
los alimentos. Ivan le mostró los brazos y las piernas ya curados para
demostrarle que ahora era capaz de moverse por sí mismo.
“Ya puedo moverme con más libertad. Creo
que ya no tengo que seguir escondiéndome solo en este lugar.”
“Pero, joven amo, por ahora no hay
ningún sitio más seguro que este.”
“¡Los caballeros imperiales vinieron
hasta aquí……!”
“Por eso mismo. Es muy poco probable que
vuelvan a registrar un lugar que ya han inspeccionado.”
Sin argumentos ante sus palabras, Ivan
se dispuso a comer los alimentos que ella le había entregado. Ella también
había comprobado la noche anterior que las extremidades de Ivan ya habían
sanado del todo. Es decir, que ya se encontraba lo suficientemente fuerte como
para ser entregado al cazador.
“Es una comida preparada con mucha
atención.”
“Sí, parece que tiene más especias de lo
habitual. ¿Quién es el dueño de esta mansión? Creo que debería ir a saludarle y
agradecerle.”
“De todos modos, pronto tendrá la
oportunidad de verle.”
“¿De verdad?”
“Sí.”
Aena liberó su feromona. Mientras comía,
Ivan sintió cómo su cuerpo se relajaba por completo ante el influjo de la
esencia de ella. Estaba convencido de que ella también albergaba sentimientos
románticos hacia él. De lo contrario, no tenía sentido que lo hubiera ocultado
de esa manera y se hubiera encargado personalmente de atenderlo.
“Si... si logramos huir al
extranjero…….”
En medio de la comida, Ivan sintió de
pronto que todo le daba vueltas. Aena lo observaba fijamente sin inmutarse.
Ivan notó que algo marchaba mal, pero fue incapaz de decir una sola palabra
antes de desplomarse por completo. Aena soltó una risa seca y se puso de pie.
“Vaya clase de ilusiones se hacía.”
Se levantó, subió a la superficie y,
dirigiéndose a Jade que la aguardaba pacientemente al pie de las escaleras, le
anunció:
“Todo está listo.”
“Bien, has hecho un gran trabajo.”
“Sí.”
“Asegúrate de disipar por completo tu
feromona.”
“Por supuesto.”
Al ver a Jade mostrarse tan receloso
hasta del más mínimo rastro de su feromona, Aena soltó una risa interior. ¿Lo
hacía por temor a que Caleb pudiera dedicarle siquiera una mirada? Como si eso
fuera a suceder. Sintiendo una amarga punzada en el pecho, se alejó del lugar.
Su papel había terminado. A partir de ese momento, el destino dictaría el curso
de los acontecimientos. Caleb, su musa, su joven amo. Que se hiciera su
voluntad. Pensando en ello, comenzó a prepararse para el final.
* * *
Golpe.
Golpe.
Golpe.
Golpe.
Ivan volvió a abrir los ojos, pero
seguía en el interior de la habitación del sótano. Sin embargo, la única
diferencia era que su cuerpo se encontraba atado a una silla de metal. Al
percatarse de ello, Ivan comenzó a agitarse y a sacudir el cuerpo con fuerza.
“¡Qué es esto! ¡Aena! ¡Aena!”
Como un cachorro que busca a su madre,
empezó a llamar a la mujer que lo había estado cuidando hasta ese momento. Crr,
crr. En ese instante se escuchó el sonido de una bandeja al ser arrastrada.
La bandeja comenzó a acercarse poco a poco, y la persona que la empujaba no era
otra que Aena.
“¡Aena……!”
“¿Ya se ha despertado?”
Aena le dedicó una sonrisa amable
mientras detenía la bandeja a su lado. Ivan percibió una atmósfera siniestra,
pero se esforzó por ignorarla y le reclamó por el estado en el que estaba
atado.
“Esto, ¿qué es esto? ¿Cómo es que ha
pasado esto?”
“Ah, es que por fin podrá conocer a la
persona que se encargó de protegerlo.”
“¿La persona que me protegió? Pero
entonces por qué estoy en este estado…….”
“Pues vera……”
Aena retiró el paño blanco que cubría la
bandeja. Sobre ella descansaban diversos instrumentos de tortura. Al verlos, el
rostro de Ivan se descompuso y se puso pálido.
“Esto es……!”
“Porque hoy tiene que confesar
absolutamente todo aquí y ser arrastrado directo al palacio imperial.”
Al escuchar esas palabras, el semblante
de Ivan se llenó de asombro y, de inmediato, se distorsionó por completo debido
a la traición.
NO HACER PDF
SIGUENOS EN INTAGRAM AOMINE5BL
“¡Aena, me has estado engañando……!”
“Sí. Desde el principio. Hasta el
final.”
“¡Cómo has podido hacerme esto……!”
“Cuando era pequeña, lo vi una vez en la
mansión. Aunque usted no lo recuerde.”
“¿Que me viste de pequeño?”
Tac, tac, tac.
En ese momento, desde la lejanía,
comenzaron a escucharse los pasos de un hombre. Aena dirigió su mirada hacia
allí y dijo:
“El protagonista de hoy ya ha llegado.
Mi verdadero amo, el mismo que lo protegió y a la vez lo hará caer en el
infierno.”
“¡Desátame de una vez……!”
Forcejeó con todo su cuerpo sacudiendo
las cadenas, pero las extremidades sujetas por los grilletes metálicos no
mostraban la menor intención de ceder. Aquellos pasos que se acercaban cada vez
más se detuvieron al fin, y de inmediato se oyó un suspiro frente a la puerta.
Y quien dejó su cuerpo al descubierto justo después fue...
“¿Caleb……?”
“Cuánto tiempo sin vernos, hyung.”
Caleb Enders, de rostro pálido. Era su
propio hermano menor.
Capítulo 38
“¿Caleb……?”
Ivan lo miró como si no pudiera creer lo
que veía. Al ver su expresión, Caleb soltó una carcajada. Tenía el rostro de un
idiota. Era la cara de alguien incapaz de asimilar que la persona que lo había
estado ocultando todo este tiempo fuera precisamente Caleb. Este se acercó
lentamente a la silla donde su hermano estaba atado. El cuerpo de Ivan se
sacudió una y otra vez.
“¡Esto, esto qué significa……!”
“Pensemos con calma. Por qué razón crees
que te he estado ocultando hasta ahora.”
“…….”
“Recordemos bien nuestro viejo y rancio
rencor.”
“……¿Vas a entregarme así como así a la
familia imperial?”
“No, tu imaginación carece totalmente de
ambición, hyung.”
Caleb tomó uno de los cuchillos que
reposaban sobre la bandeja. Era una hoja afilada y delgada, ideal para rebanar
la carne. Al verla, el rostro de Ivan se puso de un tono azulado y, con un
retraso comprensible, terminó por comprenderlo.
“¿Vas a torturarme tú mismo……?”
“Puede que sea un poco aficionado, pero
espero que te guste.”
“¡Estás, estás loco……!”
“¿Y quién crees que crio a alguien así,
si no los Enders?”
Dijo Caleb que habían sido los Enders
quienes habían criado a un demente en aquel oscuro sótano. Ivan comenzó a
agitar el cuerpo de manera frenética, pero las extremidades fuertemente sujetas
por el hierro no cedían en absoluto. De qué servía tener brazos y piernas sanos
si estaba atado de aquel modo y no podía moverse. Ivan lanzó un grito furioso:
“¡Crees que vas a salir impune después
de hacer algo así!”
“¿Yo?”
“¡Te pasará la vida entera cargando con
el estigma de haber traicionado a tu propia familia!”
“Bueno, semejante nimiedad……”
Caleb soltó una risa ligera, agarró
ambos apoyabrazos de la silla y acercó su rostro al de él para decirle:
“Si lo comparas con arriesgar mi propia
vida al tramar el caso del envenenamiento de la primera princesa, es un estigma
de lo más apacible.”
“P-Pero…… eso fue una trampa…….”
“Qué iba a ser una trampa. Me costó
bastante esfuerzo encubrirlo todo en la academia. Aunque gracias a ciertos
sujetos, arruinaron mis planes.”
En ese momento, la voz de Jade resonó
desde la entrada:
“¿Acaso estás hablando de mí?”
“Sí, Jade.”
“¡Jade Damian……!”
Desde la aparición de Caleb, Ivan había
comenzado a sospechar, al menos vagamente, que todo aquello formaba parte de
las maquinaciones de la familia Damian, ya que era la casa que actualmente
protegía a su hermano menor. Por esa razón, se armó de valor y decidió intentar
convencer a Jade:
“¿Vas a permitir que las manos de tu
prometido se manchen de esta manera……?”
“A mí tampoco me hace ninguna gracia, la
verdad. Pero como ya le hice una promesa.”
“¿Una promesa?”
“Le prometí dejar en manos de Caleb tu
bienestar y el de la condesa. A decir verdad, como el conde se murió, Caleb me
armó un buen escándalo.”
“¡Tú……!”
“Jamás me imaginé que se iba a morir de
esa forma tan abrupta.”
Jade se encogió de hombros, provocando
que Ivan se retorciera en su asiento con la rabia contenida. El sonido metálico
de la silla anclada al suelo rechinó de forma molesta. Evidentemente, el
accidente de aquel día no había sido una simple coincidencia. De lo contrario,
no había forma de que el carruaje hubiera volcado así como así. Ivan gritó con
furia, aunque sus alaridos jamás atravesarían los muros del sótano.
“Vete ya afuera.”
“¿Ni siquiera me dejas quedarme a tu
lado?”
“No quiero que veas esto.”
“……Está bien.”
Jade se acercó a Caleb, le plantó un
beso en la mejilla y le estrechó la mano con fuerza antes de soltársela. Caleb
se limitó a contemplar a su hermano mayor con el rostro pálido. Ivan los miraba
a ambos con una inquina asesina. Un depravado que se albergaba en casa ajena y
había arruinado su hogar. No paraba de proferir insultos de esa calaña sin
cerrar la boca. A Caleb le importaba un bledo. A fin de cuentas, esa boca
pronto se llenaría de gritos de dolor.
Caleb lo había meditado mucho antes de
llegar a esta situación. Se preguntaba si lo que deseaba realmente se reducía a
una simple tortura. Pero una vez plantado allí, lo supo con certeza. Su corazón
latía con tanta fuerza que parecía a punto de estallar. Caleb apoyó la delgada
hoja que acababa de empuñar contra la punta de los dedos del prisionero. La
sensación de la cuchilla penetrando lentamente entre los espacios de las uñas y
la carne comenzó a transmitirse a través de sus yemas.
“¡Aaaah!”
Aunque percibía cómo el otro se debatía
en un frenesí, Caleb sujetó con firmeza la mano de su hermano y se concentró
despacio en arrancarle una sola de aquellas pequeñas uñas. Al desgarrar la
carne adherida en la base y levantarla con parsimonia, aquel pariente que
siempre lo había mirado con desdén frente a él empezó a temblar de terror y
dolor mientras lanzaba un alarido desgarrador.
Toc.
Al ver caer aquella uña al suelo, Caleb
sintió una extraña y retorcida euforia. Ah, era esto lo que en el fondo estaba
anhelando. Comprendiéndolo al fin, apretó con fuerza el cuchillo con la mano
salpicada de sangre.
* * *
El sonido de los débiles gritos quedaba
completamente sepultado tras la pesada y firmemente cerrada puerta de hierro.
Por esa razón, aunque no se escuchara nada, Jade llevaba varias horas
merodeando cerca de la escalera que conducía al sótano, aguardando a que Caleb
subiera. Los sirvientes le habían pedido en repetidas ocasiones que fuera a
esperar a su habitación, pero él se limitaba a negar con la cabeza.
“Caleb tampoco la tendrá fácil.”
La tortura era algo así. Terminaba
carcomiendo también la mente de quien la ejecutaba, razón por la cual la
mayoría de los verdugos solían perder la cabeza. Unas horas más tarde, se oyó
el ruido de la puerta de hierro abriéndose. Jade se encaminó de inmediato hacia
las escaleras del sótano y se cruzó allí con Caleb, quien estaba cubierto de
sangre. Caleb lucía un rostro pálido como el yeso. La sangre salpicada por todo
su cuerpo no le pertenecía, pero aun así estaba tan pálido como si fuera suya.
Caleb sentía que su corazón latía de manera desbocada. Todo lo que había
perpetrado allá adentro permanecía grabado a fuego en su mente y en la
sensibilidad de las yemas de sus dedos. Y en el preciso instante en que cerró
la puerta de hierro, lo vomitó todo sobre el suelo.
“¡Ugh……!”
“¡Caleb!”
Caleb escupió la bilis que le subía por
la garganta y se frotó los labios. Su mente no era tan frágil como para venirse
abajo por algo así. Sin embargo, todos los estímulos habían sido excesivamente
intensos: la sensación de ver al fin resueltas las cosas que lo habían
atormentado, y la culpa de destrozar con sus propias manos a su propia sangre.
Todo eso lo acosaba, pero al mismo tiempo experimentaba una profunda sensación
de liberación.
Jade sostuvo a Caleb, quien tambaleaba,
y lo condujo hasta su propia habitación. El cerrojo exterior hacía tiempo que
había sido retirado. Caleb se quitó la ropa manchada de sangre y se dirigió al
cuarto de baño. Jade lo siguió arremangándose las camisas. Como ya había
ordenado que prepararan el agua con antelación, la bañera estaba llena de agua
caliente. Caleb se metió en ella y dejó caer su cuerpo abatido. Jade se dedicó
a limpiar con sus propias manos la sangre adherida a la piel de su amado
mientras le preguntaba:
“……¿Cómo te sientes?”
“……No está mal. De verdad.”
Caleb soltó una risita baja y ronca. Era
una risa que no le pegaba en absoluto. A pesar de ello, con la mirada perdida
en algún punto del aire, comenzó a trazar líneas imaginarias con un dedo, como
si cortara la carne con un cuchillo diminuto. Al verlo, Jade le agarró la mano
con fuerza.
“¿Crees que podrás seguir haciéndolo?”
“Sí. Lo haré.”
“……Está bien.”
Por más que el deseo de Jade fuera
detener a Caleb de semejante atrocidad, la voluntad de este último era de
hierro. Jade contempló cómo Caleb se iba sumiendo lentamente en el sueño dentro
del agua. Al ver su piel completamente blanca, sin el menor rastro de rubor
pese a estar en agua caliente, se dedicó a frotarla una y otra vez. Temía que,
si cerraba los ojos en ese estado, tal vez no volviera a abrirlos jamás. Por
esa razón lo hizo.
Tras terminar el baño, Jade secó
minuciosamente el cuerpo de Caleb, lo llevó a la habitación y lo recostó en la
cama. Aunque en los últimos tiempos se habían acostado juntos en varias
ocasiones, jamás había sentido su lado tan gélido. Jade tiró del cuerpo de
Caleb para abrigarlo y lo abrazó a la fuerza. Como Caleb estaba dormido, al
apretarlo con insistencia contra él comenzó a percibir que su temperatura
corporal recuperaba al menos un atisbo de tibieza. Abrazándolo con fuerza, le
susurró al oído:
“Aunque llegues a enloquecer por
completo, no voy a soltarte.”
Incluso si cruzas la línea y terminas
perdiendo la razón para siempre. Yo nací para esto. Susurrando aquello, cerró
los ojos mientras lo mantenía aprisionado contra su pecho.
Y, mientras tanto, Aena había bajado al
sótano. Abriendo la puerta de hierro, contempló a Ivan, quien se había
transformado en un ser lamentable. A pesar de tener todo su cuerpo con la carne
desgarrada como si hubiera sido rebanada, ella se le acercó en silencio y le
ofreció la comida.
“Debe comer.”
“……Maldita perra.”
La voz de Ivan sonaba áspera y
destrozada. Le habían arrancado todas las uñas y lo único que se mantenía
intacto era el rostro. Al menos le habían dejado la cara en paz. Quizá porque
era lo único rescatable que le quedaba por ver. Aena esbozó una sonrisa
fingida, tomó la sopa y se la forzó a tragar metiéndosela en la boca a la
fuerza.
“Tiene que comer para resistir. Al menos
un día más.”
“Ugh, cof.”
“¿No querrá aguantar la tortura ni un
día más?”
“¡Cof, déjame……!”
“Aunque no quiera, no hay opción.”
Aena no retiró el plato hasta haberle
metido a empujones la sopa en la boca con los ojos desorbitados. Aunque le
había derramado la mitad por el rostro, parecía haber logrado que tragara al
menos la otra mitad. Limpiándole la sopa de los bordes de las heridas con su
propio pañuelo, le miró a los ojos y le sonrió con dulzura.
“Por fin está pagando sus pecados.”
“Yo, yo qué hice, qué tan mal…….”
“No saberlo es ya un pecado.”
Dicho eso con voz fría, recogió la
bandeja y subió. A sus espaldas se escucharon los sollozos del llanto. Sin
embargo, aquello duró poco; con un clic, pum, al cerrarse la pesada
puerta de hierro, hasta esos gemidos dejaron de oírse. Caleb había pasado
muchísimo tiempo en aquel sótano oscuro. Había intentado arañar las paredes
dentro de una caja hasta arrancarse las uñas. Quien no conociera el significado
de aquello merecía morir torturado en ese lugar. No obstante, ella debía
esforzarse para que él no muriera. Porque su destino era ser ejecutado en la
horca ante los ojos de todo el mundo.
“El mundo de la nobleza es un lugar
verdaderamente difícil y enrevesado.”
Murmurando aquello, Aena emprendió el
camino de regreso hacia la superficie.
* * *
Al día siguiente por la mañana, Caleb no
probó bocado aparte del desayuno. Todo se debía a la tortura de Ivan, la cual
se llevaba a cabo a partir de las cinco de la tarde. Como siempre terminaba
devolviendo el estómago tras salir de torturarlo, prefería deliberadamente no
comer nada. Jade se mostraba preocupado por eso, pero Caleb descartó su
inquietud diciéndole que no se preocupara, ya que de todos modos aquello
cesaría al poco tiempo.
Crec. Clinc.
“¡No te acerques, no te acerques!”
Crec, crac, crac.
En cuanto aparecía Caleb, él comenzaba a
desvariar y a montar en cólera sentado en su silla de hierro. Su voz estaba
completamente destrozada y aquellas extremidades antaño hermosas ya lucían
cubiertas de sangre, pero Caleb seleccionaba siempre con esmero las
herramientas con las que iba a infligirle dolor ese día. En esta ocasión,
eligió un martillo de los que se usan para clavar clavos. Con un rostro
inexpresivo, Caleb le soltó que, como ya había experimentado antes el dolor de
unos huesos rotos, aquello no le importaría en absoluto.
“Para, ya para por favor. Cometí un
error. ¡Me equivoqué……!”
“¿A qué error te refieres exactamente?”
Caleb alzó el martillo en alto y
llovieron los golpes sobre el dorso de la mano del otro.
¡CRAC!
“¡Aaaah!”
Unido al grito desgarrador, se escuchó
el crujido de los huesos del dorso de la mano rompiéndose. Caleb presionó
firmemente el martillo sobre el dorso ensangrentado, donde la carne desgarrada
aún no había terminado de sanar. Ivan puso los ojos en blanco presa de un
ataque espasmódico y comenzó a echar espuma por la boca, pero Caleb no tenía la
menor intención de detenerse allí.
“Comencemos discutiendo con calma lo que
necesito saber primero. Lo que respecta a mi persona, eso ya no importa.”
A fin de cuentas, no tengo ninguna
intención de perdonarte.
Caleb dijo eso mientras dejaba sobre la
bandeja el papel y el lápiz que había traído consigo. Lo que tenía que
arrancarle era una confesión sobre el envenenamiento y otra acerca de los
cargos de terrorismo en la torre del campanario, un asunto del cual él mismo no
tenía constancia. Daba igual que lo supiera o no. Estaba seguro de poder lavar
el cerebro de Ivan para que, si alguien le preguntaba, repitiera exactamente
las mismas palabras una y otra vez.
“Empecemos entonces con los cargos de
terrorismo en la torre del campanario.”
Diciendo aquello, Caleb apretó con
fuerza el martillo. Una vez más, el comienzo de la pesadilla.
Le tomó exactamente seis horas a Caleb
lograr grabar a la fuerza en la mente de Ivan la ‘verdad’ de que tanto su padre
como él habían urdido el envenenamiento y el atentado en la torre del
campanario. Para ser exactos, tardó tanto porque tenía que despertarlo a golpes
cada vez que perdía el conocimiento y obligarlo a repetir las cosas mientras balbuceaba,
aunque memorizar el relato en sí mismo no le tomó mucho tiempo.
Caleb subió un día más cubierto de
sangre. Y le tendió a Jade lo que había registrado aquella jornada. En el
documento figuraban la confesión de Ivan sobre el caso del envenenamiento con
chocolate y el relato que abordaba el atentado en la torre del campanario
cometido por el conde. Asimismo, se detallaba con claridad que detrás de todo
aquello había estado la instigación directa del príncipe. Con esto, la princesa
podría consolidar firmemente su posición como heredera al trono.
“¿Con esto basta?”
“……Por ahora.”
“Caleb, tienes que descansar un poco.”
“……No lo voy a negar.”
Caleb lucía siempre pálido. Subía tan
descolorido como si hubiera estado sangrando en lugar de la persona a quien
torturaban. En especial, al llevar manchas de sangre encima, su piel
blanquecina lo hacía parecer un auténtico cadáver. Jade era quien más se ocupaba
de cuidarlo. Sin embargo, hoy no fue el caso. Caleb apartó a Jade con suavidad
y le dijo:
“Hoy me encargaré de asearme yo mismo,
así que ve de inmediato a informarle de este hecho a la alteza imperial.”
“¿Estás seguro de que estarás bien?”
“De todas formas, en cuanto me bañe, me
iré a dormir directo.”
“Entendido…….”
Jade ordenó a los sirvientes que se
hicieran cargo de Ivan, quien había quedado hecho un guiñapo. Luego, provisto
de la confesión firmada, partió hacia el palacio imperial. Ivan fue abandonado
en un rincón del carruaje con los brazos y las piernas atados. Además, llevaba
los ojos y la boca vendados para impedirle emitir sonido alguno. Estaba
prácticamente convertido en un guiñapo humano. La baba le caía a chorros por
debajo de la barbilla y no dejaba de soltar balbuceos inconexos, como si
mascullara una y otra vez que él lo había hecho.
“Nos dirigimos al palacio imperial.”
“Sí.”
Jade partió rumbo a palacio, y la
princesa, tras recibir un aviso previo que había llegado antes que él, salió en
persona a esperarlo a la entrada.
“Qué bueno que llegas. ¿Dónde están ese
primogénito y la confesión?”
“Aquí los tiene.”
“……Vaya desastre.”
La princesa chasqueó la lengua al
contemplar el estado deplorable en el que se encontraba Ivan. No obstante,
asintió con la cabeza, dando a entender que era capaz de solucionar semejante
lío por su cuenta.
“¿Dicen que tu prometido le guarda un
profundo rencor a esa familia?”
“Preferiría no hablar demasiado sobre
ese asunto.”
“Qué descarado.”
La princesa guardó personalmente la
confesión y ordenó a los caballeros que trasladaran a Ivan a los calabozos
subterráneos. Aunque el cuerpo entero de Ivan era un mar de heridas y se
retorció gritando con furia, nadie le prestó la menor atención.
Una vez que la princesa ingresó al salón
de recepción junto a Jade, examinó el documento de confesión. Y tuvo que
admitir que se trataba de una confesión impecable y magnífica. Contenía
declaraciones tan claras y coherentes que cualquiera habría jurado que habían
sido redactadas por cuenta propia.
“Parece que el segundo hijo tiene una
mente verdaderamente brillante.”
“Esa fue la gran tragedia de la familia
Enders.”
“……Y por eso mismo terminaron cayendo de
esta forma. Qué familia más idiota.”
De pronto, la princesa soltó una risita
ligera y lanzó un comentario en tono de burla:
“Dime, ¿no será que el segundo hijo está
metido de verdad en todo esto?”
“No hay forma de que sea así.”
Ante el tono serio y tajante de Jade, la
princesa chasqueó la lengua con fastidio. Respondió con la expresión de quien
de todos modos no esperaba otra cosa. Le resultaba sumamente aburrido que él se
pusiera tan rígido cada vez que surgía el tema de su prometido. Bien mirado,
por supuesto, aquello era cien veces mejor que esos tipos que se la pasan
lanzando bromitas absurdas a costa de sus propios prometidos.
“Mañana mismo podré presentarle esto a
mi padre.”
“Entonces, mañana…….”
“Así es, el primogénito de los Enders
será ejecutado y al príncipe se le despojará por completo de la legitimidad
sobre su derecho a la sucesión.”
La princesa esbozó una amplia sonrisa.
Era lo que había estado anhelando todo este tiempo. Alguien podría llegar a
preocuparse de si semejante monólogo auguraba la llegada de una tirana
implacable, pero a los ojos de él, la princesa era demasiado racional como para
convertirse en un tirano. Por esa razón, tras transmitirle la información, no
pudo evitar plantear una duda que le vino a la mente de repente:
“¿Qué sucederá con la condesa, quien se
encuentra bajo la protección de su alteza imperial?”
“Supongo que será ejecutada una vez que
dé a luz. Aunque, en cuanto al paradero del niño…….”
“¿Nos permitiría a nosotros hacernos
cargo de pensar en el destino de la criatura?”
“Vaya, ¿lo pides porque el segundo hijo
está vinculado a eso?”
“Sí. Aunque tendré que preguntárselo
directamente a él, si lo desea, tenemos la intención de traerlo con nosotros.”
“Eso si él lo desea, claro.”
“Así es, si no lo desea, supongo que
tendremos que enviarlo a alguna institución educativa.”
“Ya veo. De acuerdo.”
Tras pronunciar esas palabras, Jade se
puso de pie. De ese modo, regresó a su propia mansión. Caleb lo estaría esperando.
A la mañana siguiente, apenas
transcurrido el tiempo estipulado para anunciar el desayuno del emperador, la
princesa solicitó una audiencia formal, acompañada del informe de haber
asegurado la confesión. El emperador, que ya se encontraba con graves dolores
de cabeza a causa de ese mismo asunto, la recibió con los brazos abiertos.
“¡Has atrapado al primogénito de los
Enders!”
“¡Hemos logrado arrancarle una confesión
completa!”
Aunque el documento de confesión
presentado por la princesa estaba manchado de sangre, al emperador le importó
un bledo y se puso a leerlo de principio a fin. Luego exclamó a todo pulmón:
“¡Ejecútese al primogénito de la familia
Enders! ¡Y concédase el indulto al segundo hijo de los Enders por habernos
alertado con antelación y evitado el envenenamiento! ¡No obstante, debido al
atentado terrorista en la torre del campanario, se determina que la familia
Enders ha manchado gravemente el honor del nombre de la realeza, por lo que su
apellido queda borrado permanentemente del registro de la nobleza!”
El emperador no se detuvo ahí.
“¡Asimismo, ordeno que se despoje de
manera perpetua de sus derechos al trono al príncipe que instigó el caso del
atentado terrorista en la torre del campanario!”
Capítulo 39
‘¡Listo!’
La princesa exclamó aquello en su
interior, pero procuró no reflejarlo en su rostro. Se limitó a inclinar la
cabeza frente al emperador y responder acatando sus órdenes. Le habría
encantado ver la reacción del príncipe al enterarse de la noticia, pero
lamentaba no poder presenciarla en persona. Probablemente lo confinarían a un
feudo en los confines del imperio. La princesa esbozó una sonrisa radiante y
levantó la cabeza.
“A todo esto, tengo entendido que el
segundo de los Enders se encuentra en la casa Damian…….”
“Ese sujeto colaboró de manera decisiva
en la obtención de las confesiones de la familia Enders. Por lo tanto,
considero adecuado que el castigo se limite a despojarlo de su título
nobiliario.”
“Ya veo…… En ese caso, ¿qué piensas
hacer con la condesa que tienes bajo tu protección?”
“Tenía pensado ejecutarla en cuanto dé a
luz, pero aún no he definido el paradero de la criatura.”
“Bien sabes que, por regla general, un
niño nacido de tales circunstancias debe ser ejecutado junto con sus
progenitores en el preciso instante en que alcance la mayoría de edad.”
“Lo sé perfectamente. Sin embargo, la
familia Damian, que ha rendido un gran servicio en este asunto, está
considerando qué hacer con el destino del infante.”
“¿La familia Damian ha rendido un
servicio?”
“Sí, fueron ellos quienes dieron con su
paradero, majestad.”
“Comprendo. En tal circunstancia, es
perfectamente viable otorgarle la recompensa correspondiente. Evalúa la
situación con acierto y dispón los premios y castigos debidos. Te delego por
completo este asunto, hija mía.”
“Sí, padre.”
Para la princesa, que el emperador la
llamara 'hija' en un escenario tan oficial le produjo una sensación
electrizante. Al fin la reconocía formalmente como su única heredera. Apretando
los puños con una sonrisa, hizo una reverencia protocolaria y comenzó a dar
media vuelta para retirarse, seguida de cerca por los caballeros.
NO HACER PDF
SIGUENOS EN INTAGRAM AOMINE5BL
Al ver marchar a la princesa junto a su
escolta, el emperador se levantó de su asiento y regresó a su despacho privado.
Acto seguido, redactó el decreto de despojo de los derechos sucesorios del
príncipe, acompañado de la orden formal de confinarlo a un feudo de provincias.
A pesar de su astucia, siempre se las había ingeniado para enfrentarse con
soltura a la princesa; era incomprensible que hubiera cometido un error tan
estúpido. El emperador chasqueó la lengua mientras entregaba el pliego a la
guardia imperial.
Dicha orden fue transmitida de inmediato
a la Primera Guardia del Palacio Imperial y entregada al príncipe, quien
permanecía confinado en sus aposentos. Al enterarse de que sus maquinaciones
habían quedado al descubierto, su rostro perdió todo vestigio de color.
“¡Quiero ver al emperador! ¡Permítanme
ver a mi padre!”
“La orden de Su Majestad es que parta de
inmediato hacia su feudo.”
“¡Esto no puede quedar así! ¡No pueden
hacerme algo así!”
“Permítanos acompañarle.”
A pesar de las palabras formales de
escolta, los caballeros lo sujetaron con firmeza de ambos brazos y
prácticamente lo arrastraron hacia la salida. El príncipe rugía de furia. Sabía
muy bien que, confinado en aquel apartado feudo de provincias, no le aguardaba
un retiro pacífico y apacible. Con seguridad, aquella víbora con figura de
mujer enviaría asesinos en cualquier momento para segar su vida.
“¡Esto no va a terminar de esta manera!”
Los gritos desesperados del príncipe
resonaron por los pasillos.
Mientras tanto, después de que Jade se
llevara a Ivan a la capital, Caleb se había aseado y se había entregado al
sueño. Torturar a alguien terminaba carcomiendo la propia mente. Incluso
durmiendo, en sus sueños se reproducían con total nitidez los actos que había
cometido: desgarrar la carne, arrancar uñas y pieles, fracturar huesos. Aunque
Caleb no era un verdugo profesional y el tormento infligido estuvo muy por
debajo de las técnicas habituales, las yemas de sus dedos conservaban intactas
las marcas de aquello que había hecho sufrir al otro.
Caleb abrió los ojos. Y percibió la
calidez que lo abrazaba desde la espalda. Era Jade. De algún modo había
regresado y se había quedado dormido abrazándolo estrechamente. Caleb se
incorporó con cautela para no despertarlo y lanzó un suspiro. Salió a la
terraza y contempló el cielo matutino, donde el sol apenas comenzaba a
despuntar. Al parecer, se había quedado dormido desde la tarde anterior hasta
la mañana siguiente.
Sentía una extraña sensación de
frescura. Una ligereza que jamás había experimentado en aquella casa. Aspirando
el aroma del aire fresco de la mañana, Caleb disfrutó de una plenitud que nunca
antes había conocido ni en la academia ni en la mansión de los Enders. De
manera inexplicable, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. ¿Sería
debido a la sensación de que todo había concluido? Aunque su madre aún seguía
con vida, sentía que por fin todo había terminado. Su padre había muerto, y a
su hermano lo había entregado tras torturarlo con sus propias manos. Su madre
sería ejecutada en cuanto diera a luz, y en cuanto al niño…….
Caleb contempló el firmamento sin
molestarse en secar las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Pensó que, si
aquella criatura se le parecía en algo, tendría que llevársela consigo.
Mientras miraba el cielo, una calidez familiar lo envolvió de nuevo. Era el
cuerpo de Jade. Aunque este no podía percibir con exactitud todas las emociones
de Caleb, estaba dispuesto a aceptarlas sea cual fuere su naturaleza.
“¿Sientes que todo ha terminado?”
“Aún no ha acabado del todo, y sin
embargo te ríes.”
“No, es comprensible que te sientas
así.”
Jade frotó sus labios contra la mejilla
húmeda de lágrimas de Caleb mientras lo estrechaba contra su pecho. La dulzura
de Jade había forjado al Caleb del presente. Si no hubiera contado con ese
afecto, el Caleb actual jamás habría existido. Eso era lo que pensaba. Caleb
unió sus labios a los de él en un beso y dejó caer el escote de su bata más
allá de los hombros. Jade lo detuvo de inmediato con un gesto apresurado.
“Aquí alguien podría vernos.”
“¿Quién va a vernos?”
“No soporto la idea de que otra persona
te mire.”
“Ja.”
Envuelto en la bata, Jade alzó a Caleb
en brazos y entró con él a la habitación, recostándolo suavemente sobre la
cama. Aunque a Caleb le parecía demasiado temprano para semejantes actos, al
notar la dureza de la entrepierna de Jade presionando contra su cuerpo
comprendió que la hora del día era lo de menos. Lo había sobreestimado
demasiado desde las primeras horas de la mañana. Caleb terminó de quitarse la
bata, que colgaba de cualquier manera. En el pasado, algo así le habría
parecido totalmente impensable: desnudarse por voluntad propia frente a otra
persona. Sin embargo, en ese momento deseaba hacerlo. Las innumerables acciones
que Jade había llevado a cabo nacían, al fin y al cabo, de una profunda y
protectora devoción hacia él. Caleb se había preguntado infinidad de veces si
existiría en el mundo alguien capaz de tratarlo con tanta ternura. Y tuvo que
admitir que él mismo había terminado embriagado por ese afecto.
Por esa razón, Caleb se desnudó gustoso
ante él. Aunque llamarlo bata tal vez fuera más preciso. Despojándose de la
prenda, liberó su fría ferocidad en forma de feromonas. Para cualquier otro
alfa aquello habría sido tan solo un rastro acre y sofocante, pero para Jade
constituía una clara señal. Ocupando el espacio sobre el cuerpo de Caleb, Jade
hundió el rostro en la curva de su cuello. Inhaló profundamente y liberó su
propia esencia, de un dulzor intenso, para mezclarla con la de él. La forma
firme y erecta de su pene presionaba con claridad contra el espacio entre sus
muslos separados. Mordisqueándose ligeramente el labio inferior, Caleb acarició
con suavidad la cabeza de Jade. Este levantó la vista un instante para mirarlo,
le propinó un suave mordisco en el cuello y descendió con la lengua hasta lamer
y morder uno de sus pezones, que aún se mostraba frío por la baja temperatura.
“¡Ugh……!”
Siguiendo aferrado al pezón con los
dientes, comenzó a succionarlo y lamerlo con delicadeza. La carne, antes
blanda, se endureció al instante bajo el estímulo. Jade mordisqueó la punta
mientras con la otra mano comenzaba a juguetear con el pezón opuesto. Caleb
dejó escapar un leve gemido y arqueó el pecho hacia adelante. Al notar que Jade
lo observaba con los ojos entornados, Caleb esbozó una sonrisa con los párpados
ligeramente curvados. Con gesto posesivo, Jade apretó los dientes y mordió el
pezón con mayor intensidad.
“¡Ah, ugh……!”
“Veo que te gusta provocar…….”
Murmurando aquello, Jade presionó su
pene erecto contra el perineo de Caleb mientras continuaba mordisqueando los
pezones con insistencia. Con aquella sensación en el pecho, Caleb sintió cómo
la sangre se precipitaba con fuerza hacia su bajo vientre. En otras
circunstancias jamás habría reaccionado de ese modo, pero tras las pocas veces
que se habían entregado el uno al otro, su cuerpo respondía de forma dócil y
predecible. Siguiendo aferrado al pezón con los labios, Jade lo frotó
repetidamente con los dedos de su mano libre. Caleb emitió un quejido ahogado y
aferró los cabellos de Jade.
“¡Duele……!”
“¿Ah, sí? Pero parece que te gusta que
duela.”
Tras masajear el pene ya completamente
rígido de Caleb, Jade tomó un frasco de aceite aromático de la mesita de noche
y dejó caer una cantidad generosa sobre la vara erecta. Al notar el líquido
frío resbalando por su piel, Caleb se estremeció y contrajo la cintura. Jade
presionó esa misma zona con la mano y esparció el aceite con los dedos hasta
impregnar el perineo. Con caricias suaves sobre la piel fría, separó un poco
más las piernas de Caleb y comenzó a estimular la entrada, que ya se encontraba
húmeda y deslizante. Soltando una risa queda, Jade le susurró:
“……¿Acaso tienes tanta prisa por que
entre?”
“……Cierra la boca.”
“Qué poco sincero eres.”
Con los dedos aún impregnados de aceite,
Jade volvió a masajear con esmero los pezones que él mismo se había encargado
de morder y chupar. Ante el tacto que aplastaba y estiraba la piel, el cuerpo
de Caleb tembló. Cuando Caleb estiró una mano con la intención de acariciar su
propio pene, Jade se la apartó con suavidad.
“Hoy solo nos concentraremos en la parte
de atrás, Caleb.”
“……¿Qué?”
“Puedes hacerlo.”
“De qué……”
“Siempre ha sido así. Hoy simplemente lo
intentaremos con un poco más de iniciativa.”
“Maldición, qué rayos……”
Para lo que Caleb podía recordar, él
siempre alcanzaba el clímax mediante la fricción y las embestidas del otro
contra sus paredes internas. No tenía ningún recuerdo de haber sido estimulado
por delante. Sin embargo, por lo que decía Jade, esta vez parecía tratarse de
algo completamente distinto. Caleb intentó empujar las sábanas con los pies,
pero de inmediato las manos de Jade lo sujetaron de la cadera y lo arrastraron
hacia abajo. Con una sonrisa llena de ternura, Jade se inclinó para besarlo
mientras el otro lo miraba con furia.
“Puedes hacerlo.”
Sonrió.
“Y lo haremos hasta que lo logres.”
Dicho esto, Jade impregnó sus dedos con
abundante aceite aromático, los deslizó contra su entrada y empujó el primero
hacia el interior. Enseguida comenzó a removerlos con un sonido húmedo y
viscoso, frotando las paredes internas como si buscara algo. Al notar que Caleb
se crispaba por aquella intrusión inesperada, Jade añadió un segundo dedo para
ensanchar el pasaje con lentitud, como pidiéndole que no se preocupara
demasiado.
“¡Ah, ugh, ah, ah……!”
“Un poco más, llora para mí, Caleb.”
Jade besó la mejilla de Caleb al tiempo
que introducía un tercer dedo. Ante aquella acción apresurada que ensanchaba su
abertura de forma tan tirante, Caleb sacudió la cabeza mientras sus piernas
temblaban sin control. El estrecho y apretado orificio ya albergaba los tres
dedos. Jade sentía la necesidad de llevarlo un poco más al límite. Con todo lo
que había tenido que soportar últimamente, quería lograr que en ese preciso
instante solo pudiera pensar en él.
Chof, chof, chof.
Caleb temblaba de pies a cabeza bajo la
sensación de aquellas estocadas que hurgaban en su interior. Aquella imagen le
resultaba tan sumamente adorable que Jade se detuvo un momento a lamer y chupar
el pezón que tenía enfrente, observando cómo el otro negaba con la cabeza. Cada
vez que los dedos rozaban el punto exacto que lo hacía enloquecer, el pene de
Caleb, completamente rígido, comenzaba a gotear un líquido espeso. Era una
estampa obscena y vulgar, aunque un poco distinta a lo que Jade verdaderamente
deseaba.
“Esta faceta tuya me encanta, pero……”
Jade hizo girar un solo dedo alrededor
de la abertura de su uretra. El cuerpo de Caleb dio un respingo repentino. Con
una sonrisa cargada de afecto, Jade contempló esa reacción.
“Lo que busco es algo un poco diferente,
Caleb.”
“Qué, ugh, qué es lo que bura- ah,
¡ugh……!”
Los tres dedos presionaron con fuerza el
punto sensible de Caleb. Temblando de manera incontrolable, Caleb eyaculó de
golpe, y Jade se sumió en un trance de puro éxtasis al presenciarlo. Verlo ahí,
con las piernas abiertas y el cuerpo convulsionando al alcance de sus dedos,
resultaba demasiado estimulante. A pesar de ello, retiró los dedos con calma y
empujó su propio pene, que ya se encontraba duro y erecto.
“Esfuérzate un poco más.”
“Pero qué, maldito imbécil…….”
La idea inicial de Caleb de dejar que
Jade hiciera lo que quisiera por ese día ya se había esfumado hacía rato. Y
hasta ese pensamiento terminó por desvanecerse ante la pesada e implacable
sensación de la vara abriéndose paso a través de su entrada.
“¡Ah, ah, ah, aaaaaah……!”
Al sentir aquel pene de gran tamaño
abriéndose paso en lo más profundo, Caleb comenzó a retorcerse, frotando la
nuca contra la almohada. Sujetándole el cuerpo, Jade introdujo su pene
lentamente hasta el fondo. Y cuando apenas le faltaba un tramo por hundir, se
detuvo para dejar que Caleb se tranquilizara poco a poco. Su abdomen plano
mostraba un abultamiento visible, la prueba irrefutable de que ya albergaba el
pene del otro en su interior.
“¡Haugh, ha, ah, ah……!”
“Todavía no lo he metido del todo.”
“Ya, ya no puedo más…….”
“Qué dices, si siempre lo recibes tan
bien.”
Tras pronunciar esas palabras, Jade lo
sujetó de las caderas y le propinó una embestida tan violenta que resonó con
fuerza en la habitación. Con el pene enterrado hasta la empuñadura, Caleb echó
la cabeza hacia atrás y se quedó temblando, incapaz siquiera de emitir un
grito. El glande había alcanzado el rincón más recóndito de su interior.
Sintiendo su propia hombría aprisionada en ese sitio, Jade exhaló un suspiro.
Luego, soltando una risa queda, comenzó a mover las caderas de arriba abajo
para empezar a ensancharlo por completo.
“¡Ah, no lo hagas, ah, ah, aaaaaah……!”
“Tranquilo, todo va bien. Mi querido
Caleb.”
Caleb negaba con la cabeza de un lado a
otro contra el estrecho y ardiente pasaje, pero Jade, sellando sus labios con
un beso, retiró las caderas hacia atrás para volver a hundirse con tanta
profundidad que a Caleb se le escapó un gemido ahogado en la garganta. Con las
piernas aprisionadas por las manos del otro, Caleb engullía el pene en medio de
ruidos húmedos y escandalosos.
“¡Ah, maldición! ¡Ah! ¡Ahrgh, ah!
¡Ah……!”
Caleb lanzaba gritos desgarradores
mientras el pene, enterrado hasta los rincones más profundos y rozando cada
curva de su interior, lo hacía sacudir la cabeza. Con aire consolador, Jade
terminó de embutir su parte en lo más hondo y comenzó a lamer con delicadeza
los pezones de Caleb, que no paraban de temblar. Los ojos de este último
estaban teñidos de un rojo febril, y su boca, incapaz de cerrarse por completo,
se ensuciaba con la saliva que resbalaba por las comisuras. Una faceta tan
indecorosa como esa solo podía ser presenciada por él. Únicamente por él. Un
instinto de posesión enfermizo bullía en sus entrañas. Chupando con devoción
los pezones inflamados de Caleb, Jade aceleró el ritmo de sus caderas.
“¡Ugh, ugh, ugh, ugh, ugh!”
“Eres tan hermoso, Caleb…….”
Al ver que Caleb no lograba contener los
gritos ante la sensación de verse ensanchado de esa manera, Jade soltó una risa
y, manteniendo la erección al límite, rozó con un dedo su pene, que no paraba
de segregar líquido. Caleb dio un respingo. Su pene, aunque sumamente sensible,
se encontraba en un estado de frustración al no haber recibido atención. Sin
embargo, ignorándolo por completo, Jade empujó sus muslos hacia arriba, retiró
la vara casi por completo y volvió a introducirla de un golpe seco.
“¡Ugh!”
“Ah, ¿podrías llorar un poco más para
mí, Caleb?”
“¡Se siente, demasiado, caliente……!”
“Mmm, es algo completamente natural.”
“¡Ugh, ugh, ah!”
Jade arremetió contra él con estocadas
que hacían eco en la estancia, y al notar que aquella gruesa vara rozaba una y
otra vez su próstata, Caleb comenzó a temblar con violencia y volvió a vomitar
un chorro de semen. Jadeando con desesperación, intentó apartar a Jade con los
pies, queriendo exigirle que se detuviera.
“¿Eh? Pero si aún no has alcanzado el
clímax con la parte de atrás.”
“Qué, de qué otra estupidez hablas…….”
Con una sonrisa radiante, Jade se
inclinó para fundir su cuerpo contra el de Caleb y, pellizcándole los pezones
que ya estaban doloridos de tanto ser lamidos y chupados, le murmuró:
“No vas a correrte por delante, solo lo
harás por atrás.”
“¡Eso, eso es imposible……!”
“Lo harás. Caleb, tienes talento para
ello.”
Sin darle tregua, Jade se negó a soltar
su cuerpo. Caleb trató de zafarse, pero contuvo el aliento de inmediato cuando
una nueva y profunda embestida volvió a vaciarlo por dentro. Comprendió a la
fuerza que Jade no lo dejaría ir hasta haber llegado al final. Sabía muy bien
que su obsesión no se detendría jamás hasta verla cumplida.
“Jade, eso es imposible……”
“No digas tonterías si ni siquiera lo
has intentado.”
Jade le dio un giro juguetón y firme a
su pezón entre los dedos.
“¡Ugh, ah, ah……!”
Acariciándole con los labios el lóbulo
de la oreja, Jade le susurró:
“Estoy seguro de que puedes lograrlo,
Caleb.”
Porque me encargaré de que así sea. Al
pensar que jamás había sentido tanto miedo ante la voz de Jade, Caleb
sencillamente dejó de pensar.
Capítulo 40
Chof, chof, chof, chof, chof.
Se escuchaban sonidos húmedos de manera
ininterrumpida. Caleb apretó los dientes ante los ruidos vulgares que salían de
la parte baja de su cuerpo. La sensación de ser penetrado en lo más hondo hacía
que su cabeza pareciera arder. El placer que ascendía por su columna vertebral
lo dejaba completamente inmóvil, incapaz de dar un solo paso. Caleb se aferró a
las sábanas con fuerza para resistir, pero de inmediato Jade le tomó los brazos
y se los pasó alrededor del cuello. Tras besarlo con suavidad y pedirle que se
sostuviera de su cuerpo para aguantar, comenzó a embestirle la cintura con
mayor intensidad.
¡Chof! ¡Crac, chof!
La sensación de la carne rozando y
desgarrando el interior al entrar y salir hizo que sus extremidades temblaran
con violencia. Con las piernas abiertas de par en par y sacudiéndose de pies a
cabeza, Caleb sentía cómo un líquido seguía fluyendo sin parar por la punta de
su pene. Pretender que con esto lograría correrse solo por atrás... ¿Acaso
tenía eso algún sentido? Sin embargo, como si fuera algo totalmente posible,
Jade continuó hurgando con insistencia en la parte trasera de Caleb, quien ya
se había corrido varias veces. Jade mismo se había venido unas cuatro veces
dentro de él, haciendo que se formara espuma fuera de la abertura.
Aparentemente incansable, Jade volvió a introducir su pene en su interior con
una sonrisa en los labios.
“¿Qué tal, jadeo, se siente bien?”
“Estúpido, ¡ugh……!”
Caleb no pudo responderle de forma
adecuada a la pregunta y se limitó a lanzar un gemido ahogado. Únicamente los
sonidos obscenos y húmedos flotaban sobre el aroma de sus feromonas. Como el
olor impregnaba todo el ambiente y se filtraba fuera de la habitación, los
sirvientes ni siquiera se acercaban por los alrededores. Todos sabían perfectamente
qué clase de cosas estaban haciendo los jóvenes amos desde la mañana.
“Caleb……”
Jade frotó su cabeza contra el pecho de
Caleb y, sujetándole las piernas bien abiertas, comenzó a clavarle las caderas
con fuerza y rapidez. Las pálidas nalgas se golpeaban con tanta potencia que se
tornaron rojizas, haciendo que un líquido blanquecino salpicara con fuerza en
todas direcciones por culpa de las embestidas. Una punzada electrizante hizo
que Caleb volviera a alcanzar el clímax una vez más, pero al ver que el pene de
Caleb seguía supurando un hilo de semen, Jade frotó y masajeó la punta con la yema
del dedo, como si todavía no fuera suficiente.
“¡Ah, aaah……!”
“Shh, todos van a oírnos.”
“Ahí, no lo toques, ¡Ugh……!”
“Mmm, de acuerdo.”
A pesar de hablar con un tono suave,
Jade comenzó a masajear con los dedos el orificio que apresaba con tirantez su
pene. Cuando Caleb intentó retirar las caderas con desesperación, Jade le
sujetó los tobillos y se los bajó. Luego, emitiendo un sonido tranquilizador
para que no se asustara y asegurándole que no metería nada más, besó el
contorno de sus ojos, que estaban enrojecidos y derramaban lágrimas en
silencio.
“No intento... asustarte. Haah……”
“Cállate, idiota……”
“El que está haciendo más ruido aquí eres
tú.”
Jade esbozó una sonrisa traviesa. Con el
rostro completamente sonrojado, Caleb apretó los dientes. Jade tomó la mano de
Caleb y la guió para que tocara el orificio que aprisionaba su pene. Se podía
percibir claramente en la yema de los dedos cómo la abertura, dilatada al
límite para retenerlo, se contraía y se relajaba con pequeños espasmos. El
rostro de Caleb se puso de un rojo carmesí. Jade soltó una risita suave y
contempló con ternura la cara ruborizada de aquel que siempre lucía tan
intocable; le llenaba de orgullo saber que era él quien lo había llevado a ese
estado.
“Tu interior... parece quererme
demasiado……”
“No es... verdad……”
“Claro que sí……”
Jade retiró su pene con un movimiento
largo y deslizante. Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Caleb al sentir
cómo las paredes internas eran arrastradas junto con la salida. Pero aquello
duró poco; en cuanto Jade volvió a hundir la vara de un golpe seco en el punto
exacto de su interior, Caleb arqueó la cintura de inmediato y se sacudió con un
temblor. Los dedos de sus pies se encogieron y, con la boca abierta, fue
incapaz de emitir ni un solo gemido por un instante. Abrumado por una sensación
abrasadora, Caleb abrió los ojos de par en par mientras su cuerpo entero se
estremecía. Por la punta de su pene ya no salía absolutamente nada. Al verlo,
Jade sonrió con los ojos curvados en una línea.
“Vives, ¿ves que sí podías hacerlo?”
“Ah, ugh, ah, aaaaaah……”
¡Chof, crac, chof, chof!
Como si no quisiera perderse ni un solo
instante de este momento, Jade comenzó a embestir su interior de forma
frenética. Atrapado en una vorágine de placer que le blanqueaba la mente como
un rayo, el cuerpo de Caleb comenzó a contorsionarse. Aunque aquella estampa
resultaba bastante conmovedora, Jade se limitaba a mirarlo con una mirada
sombría y consumida por el deseo, concentrándose únicamente en hundir su pene
en lo más hondo. Ignorando por completo los gemidos que sonaban casi como
llantos, se regocijaba en el modo en que las paredes internas succionaban y
mordían su vara, apurándose a clavar su hombría una y otra vez en aquel
interior que no paraba de contraerse con espasmos. Y una vez más, vació todo su
contenido en lo más profundo. Era su quinta eyaculación. Sin embargo, Caleb
quedó tendido sobre la cama, jadeando y sin fuerzas ni siquiera para correrse o
tocar el pene que seguía completamente erecto.
Satisfecho por haber conseguido lo que
quería, Jade tomó con la mano el pene rígido de Caleb.
“¡Hic……”
“Tranquilo.”
“Las manos, ¡no lo toques……!”
Caleb se estremeció de pies a cabeza al
sentir el contacto sobre su pene, que se encontraba extremadamente sensible. A
pesar de ello, Jade le sujetó los dos brazos contra la cama y comenzó a
deslizar una mano a lo largo de su vara con un sonido húmedo. Sin fuerzas en el
cuerpo, Caleb no pudo reprimir los gemidos y se echó a llorar mientras su pene
quedaba a merced de la mano ajena. Al poco rato, un líquido comenzó a gotear
sin parar por la punta, manchando el cuerpo de Jade. Al ver que algunas gotas
le habían salpicado el rostro, Jade sonrió y se pasó la lengua por los labios.
“Tampoco es que hubiera planeado llegar
hasta este extremo……”
“Ah, ah, ya, detente……”
“Muy bien, es hora de descansar, Caleb.”
Jade se recostó a su lado y abrazó su
cuerpo, que había quedado completamente hecho un desastre y resbaladizo.
Agotado desde las primeras horas de la mañana, Caleb cayó dormido al instante.
Jade se quedó contemplando su cuerpo desplomado como si se hubiera desmayado,
le dio unos cuantos besos rápidos por todas partes, lo cubrió con las sábanas y
llamó a los sirvientes para ordenarles que prepararan el agua del baño.
“Sí, lo prepararemos de inmediato.”
Los sirvientes dispusieron el baño sin
demora, y Jade se encargó de lavar a Caleb con sus propias manos. Mientras
tanto, el personal se ocupó de cambiar las sábanas, de modo que al terminar el
baño pudo recostar a Caleb sobre un lecho completamente limpio. Ya en la cama,
Jade comenzó a examinar con calma el cuerpo de Caleb y los cambios que él mismo
había provocado en él: las marcas de sus manos, las huellas de sus mordiscos y
sus pezones, inflamados y de un rojo intenso debido a tanto chupar y morder.
Jade dio unos ligeros golpecitos con el
dedo en uno de esos pezones y observó cómo el dormido Caleb se crispaba con un
respingo. Le habría encantado volver a poseerlo mientras dormía. Tenía ganas de
verlo despertar y escuchar sus reclamos sobre qué tipo de locura era esa, pero
se contuvo a duras penas por miedo a ganarse una bofetada de verdad.
Mientras dedicaba un tiempo a acariciar
su cuerpo, uno de los sirvientes llamó a la puerta para transmitirle un recado.
NO HACER PDF
SIGUENOS EN INTAGRAM AOMINE5BL
“Los señores marqueses preguntan si le
gustaría acompañarlos a almorzar.”
“Caleb está indispuesto, pero yo iré.”
“Entendido.”
Tras ordenar que se le preparara la
comida a Caleb en cuanto despertara, Jade se cambió de ropa y se encaminó hacia
el comedor, donde recibió un par de regaños por parte de su madre y su padre.
“¿Cómo se te ocurre exigirle tanto a
alguien que acaba de terminar una tarea tan pesada?”
“¿Acaso estoy en una edad en la que
necesito que me regañen por cosas así?”
La marquesa replicó con un gesto de
incomodidad, como si le diera vergüenza ajena.
“No se trata de eso, sino de que tengas
un poco de autocontrol.”
“Entendido. Probablemente.”
“Mira nada más a este chico.”
Al ver que su hijo no tenía la menor
intención de escuchar sus palabras, la marquesa dirigió la mirada hacia el
marqués. Este, por alguna razón, se mantenía en silencio, limitándose a comer.
Si no fuera por la enorme cantidad de asuntos pendientes acumulados,
seguramente al marqués también le habría encantado tomar a su esposa y huir a
una villa en algún lugar agradable para no salir jamás del dormitorio. Al fin y
al cabo, los hombres de esa familia solían ser todos iguales.
Comprendiendo perfectamente ese
sentimiento, Jade soltó una risita burlona. Vaya, nuestra madre también puede
ser de lo más implacable.
“A propósito, ha llegado una carta.”
“¿Una carta?”
“Sí. De la condesa... bueno, en realidad
ya ni siquiera es condesa, pero en fin... De esa mujer ha llegado una carta.
Dice que quiere ver a Caleb por última vez.”
“¿De verdad es necesario que la vea?”
“Yo opino lo mismo, pero supongo que
deberíamos escuchar lo que él tiene que decir al respecto, ¿no crees?”
“Supongo que sí.”
Por un instante, a Jade la carne que
estaba masticando le supo a arena. Había creído que todo había terminado, pero
es verdad. Todavía quedaba eso pendiente. Jade respondió:
“Se lo preguntaré.”
“Sí, hazlo. Pero con delicadeza.”
“Sí.”
Mientras Jade almorzaba, Caleb logró
despertar por fin. Tras recibir asistencia para vestirse y devorar una comida
apresurada, se puso de pie. Su cuerpo carecía por completo de fuerzas debido a
la sesión de aquella mañana; las piernas le temblaban y las zonas de piel más
fina le escocían y dolían con el roce. Maldito Jade. No debió haberlo dejado
hacer lo que le viniera en gana.
Pensando en eso, Caleb se sentó a
esperar el regreso de Jade. Aunque hacía mucho que los cerrojos en la parte
exterior de la puerta habían desaparecido, Caleb ya se había acostumbrado a
esperarlo. Consideraba que era mejor eso que salir por su cuenta y terminar
cruzándose en los pasillos de forma incómoda. De hecho, no tuvo que aguardar
demasiado tiempo antes de que Jade ingresara a la habitación.
“Caleb, ¿ya te despertaste?”
“Dormí lo suficiente desde el principio.
Si no me hubieras atormentado tanto, ni siquiera habría necesitado seguir
durmiendo.”
“Jaja.”
Jade se acercó y frotó su mejilla contra
la de Caleb. Este lo apartó con frialdad y le dijo:
“Parece que tienes algo que decirme.”
“¿Por qué lo dices?”
“Porque cada vez que actúas así es
porque traes entre manos algo que prefieres no decir.”
“……Mjum.”
Con una expresión que admitía lo difícil
que le era ocultarlo, Jade abrió la boca:
“Tu madre quiere verte.”
“¿Mi madre?”
“Sí, la que ya ni siquiera es condesa,
tu madre.”
“Ya veo……”
Caleb se quedó pensativo por un momento.
Al fin y al cabo, su madre sería ejecutada en cuanto diera a luz. Tras
meditarlo unos segundos, Caleb terminó asintiendo con la cabeza.
“Iré a verla una vez.”
“No hace falta que vayas, sabes.”
“Por esa misma razón voy a ir.”
“¿Vas a ir precisamente porque no hace
falta que vayas?”
“Sí, tengo curiosidad por saber qué
clase de estupideces va a decirme.”
“……A veces tengo la impresión de que
disfrutas torturándote a ti mismo.”
“Supongo que nací así.”
Caleb respondió con una sonrisa torcida,
dejando a Jade sin palabras por unos instantes.
* * *
A pesar de no ser tratada como una
prisionera común y estar recluida en la habitación de invitados de la alteza
imperial, la condesa viuda se encontraba sumida en profundos pensamientos ante
el hecho de que Caleb hubiera aceptado encontrarse con ella. Sabía que sería
ejecutada en cuanto diera a luz, pero seguía con vida únicamente por el hecho
de estar encinta. Había que preguntarse si aquello era una bendición o, por el
contrario, una maldición. Con el fin de garantizar el reposo absoluto que
requería su embarazo, se le había impedido presenciar incluso la ejecución de
su primogénito. A diferencia de Caleb, de ese maldito.
“……La maldición de nuestra familia.”
Murmuró la condesa viuda para sus
adentros. Todo había comenzado a marchar mal desde el instante en que dio a luz
a ese chico. Así transcurría sus días, rumiando el mismo pensamiento. Aquella
jornada le sirvieron una comida consistente en un pequeño pan y una sopa de
carne. Ocultó subrepticiamente el cuchillo destinado a cortar la comida y, acto
seguido, volcó el plato.
“¡Permítanme ver al menos el cadáver de
mi primer hijo……!”
Armó un escándalo a propósito. Los
sirvientes, atareados limpiando el desastre, no repararon en que el cuchillo de
carnicero había desaparecido. Puesto que al día siguiente tendría lugar la
ejecución de su amado primogénito, a nadie se le pasó por la cabeza albergar
sospechas.
Al día siguiente, Caleb se encaminó
hacia las puertas del palacio imperial junto a Jade para presenciar la
ejecución de su propia sangre. Frente a la entrada se alzaba una enorme
guillotina; al mirarla, pensó que, para Ivan, tras haber soportado tantas torturas,
aquello tal vez resultaría ser una muerte extraordinariamente apacible.
“¿De verdad estás bien?”
“¿Con qué?”
Caleb contemplaba la escena desde la
primera fila con un aire de total indiferencia. Aquellos que sabían que era el
segundo hijo de los Enders se iban apartando discretamente, guardando
distancia. El segundo vástago que había logrado sobrevivir de la familia
Enders. Quienes conocían este trasfondo eran conscientes de que se trataba de
una persona peligrosa, sin importar por qué camino. Ya fuera porque había
traicionado a su familia o porque se la había devorado por completo.
“Mmh, mmh.”
Ivan avanzaba arrastrando los pies, con
la boca amordazada. Vestía ropas sucias y su cuerpo entero estaba cubierto de
sangre. Al parecer, lo habían sometido a sesiones de tortura adicionales. Vaya,
qué lamentable. En lugar de burlarse, Caleb se limitó a observarlo en silencio.
Cuando le cubrieron la cabeza con una capucha, Ivan comenzó a sacudir la cabeza
frenéticamente de un lado a otro. Poco después, fue tendido sobre la plancha de
la guillotina. Aunque se habría esperado que forcejeara de manera
descontrolada, Ivan se limitó a sollozar. Lloraba con tanta desconsolación que
cualquiera habría jurado que estaban a punto de ajusticiar a un inocente.
Bueno, en parte era un delito inexistente, pero ¿qué se le iba a hacer?
“¡El primogénito de la familia Enders,
Ivan Enders, ha mancillado profundamente el honor de la familia imperial al
intentar envenenar a miembros de la realeza y perpetrar actos terroristas, por
lo que es condenado a morir en la guillotina!”
“¡Mmh!”
Justo cuando intentaba articular
palabra, los verdugos situados a ambos lados inmovilizaron su cabeza sin
dudarlo y soltaron la cuerda que sostenía la afilada cuchilla. Un seco sonido
de corte precedió a la caída de la cabeza, que fue a parar al recipiente
dispuesto debajo. Mientras todos aplaudían aliviados ante la desaparición de
quien había amenazado a la realeza, Caleb permanecía de pie, observando la
escena en silencio y con los brazos cruzados. Sus ojos verdes brillaban de un
modo extraño.
“¿Caleb?”
“¿Qué pasa?”
“Te ves indispuesto.”
“No siento ni bien ni mal.”
Caleb consideraba que simplemente había
cumplido con su deber. La sensación de liberación que le correspondía
experimentar ya la había sentido por completo aquella misma mañana. Aunque un
recuerdo bastante pegajoso se le hubiera sumado por culpa de cierta persona. En
ese preciso instante, una doncella se acercó a ellos. Con un vestido impecable
y una postura recatada, era indudablemente una sirvienta de la alteza imperial.
“Por favor, síganme. Es un favor
solicitado por su alteza imperial.”
Como ya le habían adelantado que debía
ver a la condesa viuda, Caleb y Jade asintieron con la cabeza.
Siguiendo a la doncella, ambos subieron
a un carruaje que los condujo al interior del palacio de la princesa. Los
dominios imperiales eran inmensos, y el lugar donde residía la condesa viuda se
hallaba en el ala más recóndita destinada a los invitados.
Guiados por la criada, avanzaron hacia
las habitaciones del fondo. A pesar de encontrarse en el palacio imperial, se
percibía una atmósfera extrañamente gélida. Paso a paso. Parecían ser
los únicos en movimiento, ya que apenas se advertía presencia humana. Al llegar
al extremo del pasillo, la doncella se detuvo frente a una puerta.
“Es aquí.”
“……”
“Abriré en cuanto estén listos.”
Caleb respondió con indiferencia y el
rostro inexpresivo.
“Entraremos de inmediato.”
Tras un breve compás de espera, la
doncella abrió la puerta. Con un leve chirrido, lo primero que se encontró ante
su vista fue una mirada familiar.
Aunque los sirvientes se encargaban de
su cuidado, sus ojos brillaban con un fulgor salvaje que delataba un evidente
desequilibrio mental. Caleb dejó escapar una suave risa, pues aquella estampa
le recordó a su propio reflejo en el pasado.
“El próximo hijo que nazca se parecerá a
ti.”
“¿Qué dices?”
Gritó la condesa viuda ante las palabras
de Caleb.
“Estando en este estado, es lógico que
se parezca a mí. Del mismo modo en que tus ojos de ahora son idénticos a los
míos.”
“……Aun sabiendo que estoy a punto de
morir, eres capaz de decir semejantes crueldades.”
“¿Existe acaso alguna otra palabra
necesaria entre nosotros?”
Silenciada por la respuesta, la condesa
viuda cerró la boca por un momento. Si la familia Enders debía perecer, lo
correcto era arrastrar a aquel demonio con ellos. Con ese pensamiento, la mujer
reprimió el rencor acumulado en su pecho. La mano con la que aferraba el objeto
oculto temblaba con fuerza, pero al segundo siguiente recompuso el gesto y
habló con aparente naturalidad.
“Ven aquí……”
La condesa viuda le hizo una seña lenta
con la mano y añadió, como si tuviera algo que revelarle:
“Tengo algo que decirte. Acércate, no
tengo fuerzas.”
Caleb dirigió una rápida mirada a Jade,
quien, aunque ladeó la cabeza con desconcierto, terminó por asentir. Al
tratarse de una mujer embarazada y demacrada, no parecía representar un peligro
real. No obstante, en el preciso instante en que Caleb se aproximó y bajó la
cabeza:
¡Fliich!
Algo atravesó de lado a lado la zona de
su cintura.
Gota a gota.
“¡Caleb!”
La sangre comenzó a manar a borbotones
de la herida abierta en su costado, y Caleb retrocedió tambaleándose un par de
pasos. Acto seguido, sujetó la hoja con ambas manos para impedir que penetrara
más y miró fijamente a su propia madre. Ella lo había apuñalado. Incluso en una
situación tan apremiante, estuvo a punto de sonreír, dado lo poco que le sorprendía.
Sin embargo, al parecer los demás no lo tomaban con la misma calma. Jade corrió
despavorido y tiró del cuerpo de Caleb para apartarlo. Girándose rápidamente,
lo puso a resguardo a su espalda y fulminó a la desquiciada condesa con una
mirada cargada de hostilidad. ¡Atentar contra su propio hijo a pesar de haber
perdido la razón!
“¡Estás completamente demente……!”
A pesar de los gritos de reproche de
Jade, la condesa viuda lo miró fijamente con un brillo febril en los ojos y le
vociferó a Caleb:
“¡Si tan solo no hubieras nacido,
nuestra familia no habría acabado así!”
“¡Guardaespaldas!”
Ante el grito de Jade, los guardias
irrumpieron a la carrera y, al contemplar la escena, palidecieron de terror. La
dominaron con rapidez; aparte de aquella arma blanca, la mujer, consumida y
demacrada, ya no poseía fuerzas para resistirse. Sometida en el suelo, su
mirada seguía reflejando un hondo pesar por no haber podido hundir la hoja con
mayor profundidad.
“¡Iremos de inmediato por el médico
personal!”
“¡Por aquí, por favor!”
“¡Caleb!”
Al ver la sangre brotar sin cesar de su
costado, las manos de Jade comenzaron a temblar. Tratándose de una herida de
esa naturaleza, no se debía extraer el arma de inmediato, por lo que se mordía
el labio inferior sin atreverse a tocarla, presa de una evidente desesperación.
Aunque sentía punzadas de dolor en la cintura, Caleb le habló para
tranquilizarlo al ver que el otro parecía sufrir más que él mismo:
“Estoy bien. De todos modos, no entró
demasiado hondo.”
Caleb apretó los dientes y volvió a
mirar a su madre. Al comprobar que ella se negaba a reconocer su existencia
hasta el último aliento, tuvo la absoluta certeza de que el vínculo entre
padres e hijos terminaba allí. Ya no albergaba ningún sentimiento hacia ella.
'Con esto, todo ha terminado por fin,
madre.'
Apoyándose en el brazo de Jade, Caleb se
dirigió a recibir atención médica por parte del galeno del palacio imperial.
“Parece que has perdido demasiada
sangre. ¿Cómo te sientes? ¿No te mareas?”
“Necesitas calmarte, Jade. Ya te lo
dije, no fue una herida profunda.”
Por fortuna, el diagnóstico del médico
imperial confirmó que no revestía gravedad. Las fuerzas de la condesa viuda
eran escasas, mientras que el cuerpo de Caleb se hallaba sólidamente musculado.
Por esa razón el corte no había sido letal. Aun así, al enterarse de que un
invitado había resultado herido a manos de una prisionera bajo su custodia, la
propia princesa se presentó en persona para expresarle sus sinceras disculpas.
“Lamento mucho este incidente, Caleb
Enders. O bueno, supongo que ahora eres simplemente Caleb. Te has convertido en
un plebeyo.”
“Así es, alteza imperial.”
“Supongo que la situación debe ser un
tanto desafortunada para la familia Damian.”
“De ningún modo.”
Damian esbozó una ligera sonrisa.
“Aun así, te reitero mis disculpas.
Jamás imaginé que llegaría a cometer semejante acto. Después de todo, es el
hijo que llevó en sus entrañas, llegar a este extremo……”
Supuso que lo trataría de otra manera.
Caleb replicó:
“Es natural que en toda mano haya dedos
que duelan más que otros.”
Ante esas palabras, la princesa esbozó
una sonrisa amarga.
“Supongo que sí. Vuelve a descansar
temprano hoy. Me encargaré personalmente de que este asunto con la ex condesa
quede resuelto hasta el final.”
“Se lo…… agradezco.”
Tras realizar una reverencia ante la
princesa, ambos se retiraron del lugar.
