capítulo 26-30

 


capítulo 26

"Ugh, ah. Ah……."

Al ser la primera vez que Caleb aceptaba explícitamente una relación por voluntad propia, los gemidos que escapaban de sus labios sonaban mucho más suaves. Sintiéndose aún más dolorido de la zona baja debido a aquellos sonidos, Jade siguió succionando hasta que el tierno pezón se puso completamente rígido. Cada vez que pasaba la punta de la lengua por el extremo o lo mordisqueaba ligeramente, notaba cómo el cuerpo ajeno se estremecía con sorpresa.

"No lo... muerdas. ¡Ugh!"

"¿Hm?"

Con el pezón todavía atrapado entre los labios, Jade soltó una risa divertida. Acto seguido, tiró de él con los dedos como si pretendiera estirarlo con fuerza. ¡Augh! Un gemido brotó de su garganta y el pene de Caleb se puso al límite, completamente rígido y erecto. Dejando escapar una risa burlona, Jade apartó los labios y los dedos para acariciar directamente la erección de Caleb.

"Parece que no te disgusta tanto……."

"Porque tú... lo has hecho... demasiado sensible."

"Aha."

Ante las palabras de Caleb, Jade inclinó la cabeza con una sonrisa. Su mirada brillaba con intensidad. Vaya, así que fui yo quien volvió sensible este cuerpo, parecía decir aquella expresión. Las feromonas brotaron de su cuerpo de forma violenta. Por un instante, Caleb contuvo el aliento con un jadeo. Fue el momento exacto en que, entre las feromonas de ambos que se enredaban caóticamente, las de Caleb terminaron siendo devoradas por las de Jade. Inhalando profundamente sobre el cuello del jadeante Caleb, Jade le susurró al oído:

"Hay olor a mí en tu cuerpo, Caleb……."

¿Supongo que esto también es algo que te he hecho yo?

Diciendo aquello, comenzó a masturbar lentamente el pene de Caleb. La lengua que había estado lamiendo su cuello descendió con parsimonia para volver a tomar entre sus labios el pezón que él mismo se había encargado de enrojecer. Al sentirlo, Caleb soltó un gemido mientras se retorcía, pero Jade no se detuvo y continuó moviendo la mano sobre su pene sin alterarse.

Con el cuerpo crispado, Caleb miró a Jade, quien se ocupaba de estimularlo. Entonces, estirando la mano, agarró con firmeza la endurecida erección de Jade. En ese preciso instante, Jade sintió como si una chispa de fuego le estallara en la cabeza.

"¿Qué? ¿También quieres... tocar el mío?"

"……."

Caleb optó por el silencio en lugar de responder, pero era innegable que su pálida mano estaba aferrando el pene de Jade. Soltando una risa salvaje, Jade unió ambas erecciones bajo el mismo agarre junto a la mano que lo sujetaba, y comenzó a agitarlas con fuerza. Ugh, hic. Ah. Al sacudir los penes con rudeza, empezó a resonar un sonido húmedo y viscoso. El líquido preseminal que escurría por la punta generaba un ruido espeso. Ambos se frotaron las erecciones de forma frenética, y no tardaron en alcanzar la cúspide de aquella ola de calor.

"¡Ugh……!"

"Fuuu……."

Jade soltó una risa al contemplar el doble chorro de semen que manchaba las manos de los dos. Pudo ver cómo los ojos de Caleb, tumbado justo debajo de él, brillaban con un tono verdoso. Era una mirada de innegable súplica. Por primera vez, Caleb lo estaba deseando de verdad. Un sentimiento de satisfacción tan abrumador que amenazaba con fundirle el cerebro lo invadió por completo, y eso que la verdadera acción ni siquiera había comenzado. Jade embarró su mano, empapada de semen, sobre la entrada de Caleb. El líquido había escurrido hasta allí, dando a la zona una textura extrañamente húmeda.

"Estás empapado…… Parece como si lo hubieras fabricado tú mismo."

"Cierra... la boca……."

Jade soltó una carcajada sonora. Al principio, a Caleb le pareció tan extraña la sensación de aquellos dedos rozando su intimidad que intentó juntar las piernas, pero en cuanto Jade apartó una de sus extremidades con la otra mano libre, se vio obligado a abrirlas de nuevo. Ante la sensación del semen resbalando y frotando con suavidad la superficie de su abertura, Caleb apretó los dientes con fuerza. Aunque poseía el cuerpo de un alfa, su organismo ya tenía grabado a fuego el dolor y el placer que solían seguir a semejante acto. Caleb sabía perfectamente lo que ocurriría en cuanto esos dedos se introdujeran en su interior y lo que vendría después.

"Solo... hazlo rápido……."

"No me hagas ser violento contigo. No quiero lastimarte, ya lo sabes."

Diciendo aquello, Jade inclinó la cintura para depositar un beso en la punta de su barbilla mientras introducía con lentitud un dedo bañado en semen. En cuanto el primer dedo se abrió paso a la fuerza, una de las piernas de Caleb tembló de manera incontrolable. Frunciendo el ceño, sintió una vez más esa molesta sensación de cuerpo extraño a la que jamás lograba acostumbrarse. Al ver aquel ceño fruncido que le pareció adorable, Jade inclinó los labios y luego enderezó el torso para contemplar la apretada abertura que devoraba su dedo. Era la primera vez que Caleb se entregaba a él por voluntad propia. Tan solo ese pensamiento le encendía la cabeza con un calor febril, y no tenía la menor intención de dejar que un día así transcurriera con prisa.

Comenzó a curvar y agitar lentamente el dedo dentro de su cavidad.

"Hnnng, ah……."

Al notar el movimiento lento en su interior, Caleb emitió un quejido lastimero. Jade estaba decidido a prepararlo de la forma más profunda y empapada posible. Quería convertirlo en un cuerpo que no pudiera funcionar sin él. Incluso tratándose de la constitución de un alfa, deseaba que le perteneciera al punto de volverse insustituible. Pensando en ello, presionó suavemente la zona del periné con la otra mano mientras introducía un segundo dedo.

"¡Ugh……!"

Al presionar el periné y forzar la entrada de un segundo dedo, la cintura de Caleb se sacudió con espasmos. Ocultándose el rostro con ambos brazos, agitaba las piernas abiertas en el aire sin saber qué hacer con ellas. Su aspecto resultaba tan arrebatador que Jade tenía unas ganas irrefrenables de clavarle lo suyo de inmediato. Su pene, grotescamente erecto y perdiendo hilos de líquido preseminal, aguardaba impaciente su turno. Sin embargo, Jade se contuvo. Aguantó mientras ensanchaba la abertura usando ambos dedos a modo de tijeras, y comenzó a embestir lentamente el interior con ellos.

¡Plop, plop, plop, plop!

A medida que introducía los dedos hasta la base y presionaba los puntos más sensibles, la cintura de Caleb se alzaba y caía repetidas veces en un frenesí involuntario. Se escuchaban los jadeos entrecortados de Caleb. Jade oía cómo su pareja mascullaba insultos entre dientes antes de terminar por soltar un gemido. Verlo perdido, incapaz de lidiar con el placer que le otorgaba, le resultaba indescriptiblemente extasiado.

Sus piernas abiertas temblaban sin poder siquiera recuperar algo de cierre. Jadeando sin parar, cada vez que los dedos presionaban y rozaban su próstata, Caleb expelía pequeños chorros de líquido por la punta de su pene. Excitado al límite por aquella escena tan indecorosa, Jade cambió de postura para recostarse a su lado, elevando a tres la cantidad de dedos que perforaban su interior. Al mismo tiempo, atrapó uno de sus encendidos pezones entre los labios para succionarlo con fuerza mientras seguía arremetiendo el fondo con rudeza.

¡Plaf! ¡Shk-shk, shk-shk, chof!

"¡Augh! ¡Ah! ¡A-Augh!"

Al ser penetrado una y otra vez con tres dedos, las piernas de Caleb no solo temblaban, sino que los músculos de sus muslos comenzaron a sufrir espasmos. Para colmo, el tormentoso estímulo de su pezón, hinchado hasta doler, hizo que una sensación inminente de clímax lo atropellara de golpe.

"¡S-Siento que voy... a... Mierda, basta...!"

Al final, Caleb experimentó un nuevo orgasmo bajo los dedos de Jade, y un chorro de semen brotó por la punta de su pene, manchando una vez más su propia piel. Sin soltar el pezón de su boca, Jade soltó una risa ahogada. Luego, separándose con un chasquido húmedo, miró al jadeante Caleb y le dijo:

"Caleb, esta noche va a ser muy larga."

"……."

"Todo lo larga que me has permitido."

Jade volvió a enderezar la cintura, y por primera vez, Caleb sintió algo parecido a los nervios ante él. A fin de cuentas, tratándose de otro alfa, no debería haber ninguna diferencia. Pero pensar que no habría diferencias era su más grande y absoluta equivocación.

* * *

"¡Augh, ah! ¡A-Auregh……!"

¡Chof, chof, plop, shk-chof!

Cuatro dedos se movían a toda velocidad dentro de su cavidad. Caleb aferró las sábanas con fuerza, sacudiendo la cabeza mientras los gemidos se le escapaban de los labios. Tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas y la saliva se le escurría por la comisura de la boca sin que pudiera contenerla. Era una escena que jamás se habría imaginado presenciar. Ya había perdido la cuenta de las horas que llevaban así, ni de cuántas veces había alcanzado el clímax. Una y otra vez intentaba apartarlo agitando las piernas, pero los hombros de Jade seguían firmes como bloques de piedra. ¡Plop, plop! Tras haberlo llevado a su quinto orgasmo usando solo los dedos, Jade se pasó la lengua por los labios resecos y le susurró:

"Yo también lo estoy pasando mal, Caleb……."

Sobre todo teniendo que contenerme para no clavártelo tras ver este espectáculo. Con voz ronca, dobló los dedos para raspar con insistencia el punto exacto de la próstata. Caleb dejó escapar un grito ahogado y arqueó el cuello hacia atrás. Jade contempló cómo sus cuerpo blanco y tembloroso, manchado por el propio semen que él mismo había eyaculado, se estremecía aferrado a las sábanas, orgulloso de su obra como si de una pieza de arte se tratara.

"P-Por favor... ya... es hora de que pares……."

Mientras Caleb le suplicaba piedad entre jadeos, Jade le respondió con la voz impregnada de fiebre:

"Quiero que me desees un poco más, Caleb."

"¡Ah, ah... ¡ugh!"

Al ver que Jade volvía a curvar los dedos para raspar el interior con más fuerza, Caleb se retorció entero y curvó la cintura en el aire. Sus caderas flotaban y temblaban sin control. Tratando de poner en marcha su cerebro, al borde del colapso por el calor sofocante, buscó desesperadamente la forma de calmar a un Jade excesivamente excitado. Tenía que poner fin a esa sesión obsesiva. Y entonces, dio con una sola solución. Caleb le tendió los brazos.

"Jade... lo tuyo... mételo, por favor……."

Ante su petición, los dedos que presionaban con firmeza las paredes internas se detuvieron de golpe. Con los ojos dorados brillando intensamente, le preguntó:

"¿Qué has dicho, Caleb?"

"¡Que metas tu pene... ah, ugh!"

Antes siquiera de que terminara la frase, Jade le sujetó ambas piernas y, aprovechando la blandura de la entrada dilatada, empujó con fuerza su pene grotescamente erecto hacia el interior. Un hipo ahogado se le escapó de la garganta, y Caleb comenzó a temblar tanto que perdió por completo el aliento. Aquella vara, de un grosor y una longitud incomparables a los dedos, penetró hasta el fondo y se encajó de golpe en la curvatura más recóndita. Sin darle el menor respiro para prepararse, le sujetó las caderas y comenzó a embestirlo con fuerza, haciendo resonar palmadas secas en la habitación.

"Por mucho que intente... ir despacio……."

"¡Augh! ¡Ah! ¡A-Auregh! ¡Ah!"

"¿Por qué sigues... provocándome así?"

Mascullando las palabras entre dientes, Jade le apretó la cintura con tanta fuerza que estuvo a punto de dejarle marcas, mientras se alzaba para arremeter con fiereza. Los golpes secos de la carne resonaban sin descanso mientras el semen salpicaba por todas partes y los gritos disfrazados de gemidos se sucedían uno tras otro. Estando ambos alfas, resultaba abrumador asimilar las feromonas del otro, pero como Caleb ya tenía sus terminaciones nerviosas hiperestimuladas tras haber corrido al menos cinco veces, sentía cada roce con una intensidad punzante que casi le provocaba náuseas. Sin embargo, su organismo parecía haber reconocido por fin el aroma de su pareja, aceptándolo de forma natural.

¡Chof, plaf, plaf! ¡Shk-chof, plop!

"¡Augh! ¡ugh! ¡A-Ah! ¡A-Ahregh!"

Al borde de la inconsciencia, Caleb clavó la mirada en los ojos de Jade, que lo observaban con una obsesión enfermiza. Unos ojos que gritaban que jamás lo dejaría ir, que le pertenecía por completo. ¿Había sido pura negligencia de su parte no haberse dado cuenta de aquella mirada desde los tiempos de la academia? O mejor dicho, desde el preciso instante en que lo vio por primera vez. Mientras profería gemidos con la voz destrozada, un escalofrío recorrió la espalda de Caleb. ¿Acaso todo el problema había empezado en el momento en que llamó la atención de semejante monstruo?

"Haa……."

Al notar que el clímax se le venía encima, Jade se detuvo un instante y, dejando el glande encajado en lo más profundo de sus entrañas, comenzó a balancear la cintura con suavidad. Ante aquel leve movimiento, Caleb retorció el cuerpo tratando de huir, pero Jade le presionó el bajo vientre a propósito para impedírselo.

"¡Ugh……!"

"Aquí es hasta donde llega."

Jade acarició la silueta de su pene que se marcaba bajo el vientre plano de Caleb y comenzó a masajearlo con la palma de la mano. Incapaz de emitir sonido alguno, Caleb tuvo que soportar de nuevo el embate de su pene. Disfrutando de la tortura de hacerlo llorar sin retirarse de su interior, Jade continuaba embistiéndolo sin piedad. Sentir su propia erección atrapada dentro de aquellas paredes que se contraían y lo ordeñaban con desesperación le daba la inebriante sensación de poseerlo por completo. Caleb se debatía entre una mezcla de dolor y placer que le blanqueaba la mente, pero cada vez que el cuerpo de Jade y sus feromonas lo aplastaban contra el colchón, perdía la capacidad de pensar.

Cuando volvieron a colisionar con fuerza y su pene se clavó en el rincón más íntimo, Caleb experimentó una ola de placer tan abrasadora como ninguna otra. Su pene se puso rígido y comenzó a temblar, pero de la punta no salió absolutamente nada. Al percatarse de aquella inusitada sequedad, Caleb exhaló con dificultad mientras le arañaba la espalda. Desconcertado al no ver líquido alguno, Jade bajó la mirada para examinar su erección, pero al segundo esbozó una amplia sonrisa y comenzó a juguetear con su pene hiperestesiado.

"No... ah, me... toques…….

"¿Estás muy sensible? Pero si..."

...si estás tan incitante. Jade recorrió con un dedo su pene, que temblaba por la eyaculación seca. A pesar de los jadeos, Caleb intentó apartarle la mano. Acto seguido, se arrastró hacia el cabecero de la cama y bajó la vista para contemplar su propio cuerpo, cubierto de pies a cabeza por una mezcla de semen y feromonas de Jade. Aquello era un completo desastre, por mucho que él mismo hubiera dado su consentimiento. Sus piernas carecían de fuerza y el remanente de placer lo tenía al borde del desmayo.

"Hoy... ya no... puedo más. Mierda…….

Con los párpados a punto de cerrarse por completo, Caleb se desvanecía. Había llegado al límite físico y mental. Al oírlo, Jade soltó una risa leve, le agarró los tobillos y lo arrastró suavemente hacia él. Frotando su pene contra la entrada de Caleb, murmuró:

"Pero Caleb, a mí solo me falta una vez."

"Mierda, eso es problema tuyo."

"Una vez más, solo una vez más y terminamos."

"……."

Al ver que Jade se restregaba contra su pecho como si fuera una bestia mansa, Caleb apretó los dientes y terminó por asentir con resignación.

"Solo una vez, ¿eh?"

"Ajá."

"Como vuelvas a alargarlo como antes, te juro que te mato."

Aunque Jade adoptó una expresión ligeramente cabizbaja ante la amenaza, asintió con docilidad. Y tan pronto como cerró la boca, su enorme pene volvió a abrirse paso a la fuerza en su interior. Por más que lo intentara, jamás lograría acostumbrarse a semejante tamaño. Con un gemido ahogado, Caleb abrió las piernas para recibirlo, mientras Jade le sujetaba los muslos y reanudaba los movimientos de forma pausada al principio. El sonido de la piel chocando contra la piel y la fricción profunda en su interior dispararon nuevamente el placer. Caleb soltaba pequeños quejidos, jadeando bajo los estragos del orgasmo seco. Jade, por su parte, lo devoraba con la mirada, como si quisiera grabar cada segundo en su memoria.

¡Plop, plop, plop, chof!

Las embestidas comenzaron a acelerarse, impulsadas por la impaciencia. Los gemidos de Caleb se hicieron más constantes ante el ritmo furioso.

"¡Augh, ah, aaah, argh!"

Las feromonas de ambos llevaban tiempo inundando la habitación, pero a estas alturas el aire se había vuelto irrespirable. La extraña combinación de aromas había terminado por crear una fragancia densa, similar al tabaco dulce. Jade machacaba sin piedad la zona curvada dentro de su cavidad, extrayéndose casi por completo para volver a hundirse de un solo golpe en las paredes que se estrechaban a su paso.

"¡Augh-!"

"Esta zona te encanta, ¿verdad?"

Jade le susurró con el rostro encendido por la lujuria mientras presionaba con saña aquel punto exacto. Caleb se estremeció y le propinó una patada en el hombro para apartarlo. Lejos de molestarse, Jade le capturó el tobillo y le dejó una marca de dientes bien visible. Tras lamer la piel donde había impreso su mordisco, se quedó contemplándola con una sonrisa de satisfacción al saber que era una marca que solo él podía ver, antes de volver a masajear la zona y reanudar los movimientos con violencia.

Fue entonces cuando el chirrido de la cama, el golpeteo de los cuerpos y los gemidos que habían estado llenando el espacio se detuvieron de golpe.

"¡Jaaah……!"

"Fuuu…….

Mientras Jade, tras eyacular, se demoraba rematando con estocadas superficiales para saborear los restos del clímax, Caleb perdió el conocimiento y se quedó profundamente dormido. O más bien, había quedado completamente desmayado. Jade lo llamó con cautela:

"¿Caleb?"

No hubo respuesta. Jade esbozó una expresión un tanto apesadumbrada. Le habría gustado seguir conversando un rato más, pero era evidente que lo había forzado demasiado. Aun así, ¿cuándo se le volvería a presentar una oportunidad así? Con la idea de ir con calma a partir de entonces, se dedicó a toquetear el cuerpo inconsciente de Caleb aquí y allá. Volvió a juguetear con los pezones inflamados por sus mordiscos, empujó de nuevo hacia adentro el semen que había escurrido fuera de su cavidad y, para colmo, se entretuvo sembrando nuevas marcas arbitrarias en su pálido cuello, su pecho y su vientre. Satisfecho al fin al ver el cuerpo ajeno cubierto de manchas rojizas, Jade lo tomó en brazos y se dirigió hacia el baño.

Pensando que esa noche tendría que dormir en su propia habitación, sobre todo porque a los sirvientes les llevaría un buen rato limpiar semejante desastre.

 

Capítulo 27

Caleb abrió los ojos en la habitación de Jade. Más allá de la rigidez, le dolía todo el cuerpo y apenas podía sostenerse sobre las piernas. Era de esperarse después de que aquel lunático se hubiera dedicado a embestirlo sin la menor moderación durante toda la noche. Sin pensarlo dos veces, Caleb le propinó un golpe en la cabeza a Jade, quien aún seguía durmiendo a su lado.

"¿Qué, qué pasa?"

Jade se despertó con un sobresalto. Al mirar el reloj, vio que ya era la hora del almuerzo.

"Levántate."

"Ah, Caleb, ¿ya despertaste? Me habría gustado que me despertaras de forma un poco más cariñosa."

"Ve a trabajar ya. ¿Acaso crees que este es momento para jugar?"

"Pero si tú todavía no te habías despertado..."

"……Pues ya estoy despierto, así que vete a trabajar."

"¿Y el almuerzo?"

"Ya me apañaré algo por mi cuenta."

"Almorzaré contigo y luego empezaré."

"……Haz lo que quieras."

A estas alturas, Caleb ya no le respondía a Jade con tanta hostilidad. No sabía si se debía a aquel día en que destruyó el cuadro o al afecto que Jade le había estado derrochando desde entonces. Pero había algo de lo que estaba completamente seguro. Caleb había decidido admitirlo. En toda su vida, el único que le había entregado semejante cantidad de afecto era ese maldito de Jade Damian.

Una vez que aceptó la realidad, se sintió extrañamente en paz. Al principio se había mostrado a la defensiva porque los sentimientos que el otro le ofrecía le parecían absurdos, le molestaban o sencillamente porque nunca antes los había experimentado y sentía que no iban con él. Sin embargo, puesto que el otro estaba dispuesto a dárselos por voluntad propia, decidió aceptarlos.

Caleb contempló la cicatriz de su mano lastimada el día anterior. Apenas quedaba una diminuta marca que ya casi ni se distinguía. Tras cerrar y abrir el puño un par de veces, almorzó junto a Jade.

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"¿Tienes algún plan para hoy?"

"Había pensado en ir a ver a mi hyung después de tanto tiempo."

"¿A tu hyung?"

"Sí."

"……Bueno, si vas a visitarlo tú."

Sobrentendía perfectamente lo que no se atrevía a decir en voz alta. Supuestamente, incluso para los ojos de Jade, su propio hermano era un sujeto bastante mediocre. Caleb esbozó una sonrisa pulcra.

"Solo tengo algo de qué hablar con él."

Tras terminar de comer, Caleb subió a un carruaje rumbo a la mansión Engers. En cuanto el vehículo que transportaba a Caleb se alejó lo suficiente, Jade se dirigió a sus ayudantes:

"Contacta al pintor llamado Eana."

"¿A Eana?"

Los asistentes lo miraron desconcertados, hasta que uno de ellos, que entendía bastante de arte, preguntó:

"¿Te refieres al nuevo artista que ha ganado notoriedad recientemente tras llamar la atención de la princesa?"

"Sí, dile que quiero verle."

"Pero, tratándose de alguien que incluso ha rechazado los llamados de la familia real, ¿cómo se supone que..."

"Vendrá."

Jade esbozó una mirada brillante con sus ojos dorados y contestó:

"Le enviaremos la invitación bajo el nombre de Caleb."

* * *

Caleb bajó del carruaje y contempló la mansión Engers. Era un paisaje al que, por mucho que lo viera, jamás terminaba de acostumbrarse. Una familia Engers rebosante de dinero... Definitivamente, no encajaba con él.

"Ha llegado, joven amo."

El mayordomo lo recibió. Caleb hizo un gesto con la mano restándole importancia y preguntó:

"¿Dónde están los demás?"

"Solo se encuentra el joven amo Ivan."

"Menos mal. Haz que venga a verme."

"……Sí, entiendo."

Diciendo aquello, Caleb entró en la mansión y esperó en la sala de estar del segundo piso, el lugar donde la familia solía reunirse. No pasó mucho tiempo antes de que Ivan hiciera acto de presencia en la sala con un atuendo bastante descuidado, seguramente por haber estado bebiendo a más no poder la noche anterior. Caleb frunció el ceño por un instante, pero enseguida esbozó una sonrisa para recibirlo.

"Le convendría beber con más moderación, hyung."

"Desde cuándo te ha importado a ti algo así."

"A mí siempre me preocupa."

"……Vaya, sí que se agradece que te preocupes por mí. Sobre todo después de la información que me diste la última vez."

"Con que lo sepa, es suficiente."

Mientras conversaban, los sirvientes trajeron té en silencio, pero Caleb ni siquiera lo rozó. Tan solo Ivan, que aún conservaba los estragos del alcohol, se tragó el té a grandes sorpresas de forma poco propia de un aristócrata.

"Entonces, ¿cómo utilizaste la información que te di?"

"De eso ya me encargué yo mismo."

"Bueno, supongo que el hyung sabrá apañárselas bien."

Como si no le importara en absoluto, Caleb dejó de indagar y cambió de tema con naturalidad. Ivan lo miró con extrañeza ante semejante reacción, pero la expresión de Caleb se mantuvo inalterable. Sin embargo, la mano que sostenía la taza de té temblaba ligeramente. A Ivan siempre le había exasperado ese rostro imperturbable. A pesar de ser el hermano menor que supuestamente debía estar por debajo de él.

"Y bien, ¿a qué se debe esta visita?"

"Ah, es verdad."

Caleb sacó un papel de su bolsillo. Se trataba de una reserva en una famosa tienda de chocolates, algo que, desde la perspectiva de Ivan, resultaba de lo más inoportuno. Al principio pensó que se trataba de una propuesta para invertir en el negocio, pero como esa tienda ya era el establecimiento más próspero de todo el imperio, quedó claro que no era eso.

"Lo he reservado bajo un nombre discreto. Te pido un favor: hay un lugar al que necesito que lo envíes."

"……¿Y qué razón hay para encargarme a mí una tarea tan insignificante?"

"No es una tarea insignificante, por eso te lo pido a ti, hyung."

"Si no es una tarea insignificante, entonces de qué se trata."

"Ya lo sabrás a su debido tiempo, pero si te resulta difícil esperar, te lo explicaré ahora mismo."

Caleb se puso de pie y se acercó a Ivan. Por un segundo, Ivan se encogió y tuvo que levantar la vista para mirarlo. Los ojos de su hermano brillaban con un tono verde intenso. Aquel verde de la envidia que toda la familia tildaba de funesto.

"Dicen que ese chocolate lleva miel dulce en su interior."

"S-Sí, así es."

"Pero, ¿es realmente necesario que contenga miel?"

"……."

"A fin de cuentas, la gente no notaría la diferencia si en lugar de miel llevara veneno."

"T-Tú... ¿de qué estás hablando?"

"Había pensado en enviárselo a la alteza imperial."

Al escuchar esas palabras, Ivan se puso de pie de un salto.

"¡Tú...! ¡No me digas que lo de la otra vez también...!"

"Lo siento, pero en aquel entonces yo estaba en la academia."

"……."

"¿No sería mejor preguntárselo al padre? Para saber si es verdad o mentira. Lo de la falsa acusación que nos colgaron."

"……Eso, pues sí."

"Sea como fuere, si haces que alguien lo busque o vas tú mismo a recogerlo, y logras colar este chocolate entre los regalos de la princesa... Si tienes la suerte de que ella lo pruebe, ¿acaso no serías completamente aceptado por la facción de la vieja aristocracia?"

"……."

Ivan se quedó mudo, con los labios apretados. En su mente comenzó a cobrar forma la imagen de sí mismo sacudiéndose el estatus de bueno para nada y siendo reconocido por fin como el legítimo heredero del conde. Los que ahora revoloteaban a su alrededor no eran más que abejorros atraídos por la miel de la información. En cuanto la miel se acabara, todos se marcharían sin mirar atrás.

"……¿Por qué compartes algo así conmigo?"

"¿Para qué están los hermanos?"

"……¿No sería mejor hablarlo con padre?"

"¿Por qué? ¿Acaso eres incapaz de dar un paso sin él?"

"¡Claro que no digo eso!"

"Sé de sobra que no. Pero ya va siendo hora de que camines por ti mismo. ¿Vas a pedirle permiso padre para cada mínimo movimiento? Piénsalo, ¿qué harás cuando padre ya no esté?"

"……."

Ivan cerró la boca con fuerza. No tenía réplica posible. Se quedó pensando profundamente. ¿Era verdad que su hermano menor le estaba diciendo todo aquello por su propio bien? Sí, tal vez era cierto que lo hacía para impulsarle a ser independiente.

Quizás había decidido dejar atrás lo ocurrido en el ‘pasado’ y tomar una decisión semejante por el bien de la familia. Al fin y al cabo, lo pasado, pisado. Pensándolo así, Ivan terminó por asentir con la cabeza.

"De acuerdo. Lo haré."

Al oírlo, Caleb sonrió.

"Entonces, cuento contigo."

Ivan le tendió la mano y estrechó la de Caleb. Sin sospechar siquiera que aquello era un abismo sin fondo.

* * *

Una mujer que aparentaba rondar los treinta años pintaba en lo que parecía un estudio de arte. La mayoría de sus obras eran oscuras y desprendían una atmósfera de profunda desesperación; predominaban las pinturas de seres humanos sufriendo. Sin embargo, ella pintaba como si estuviera enajenada, manchándose de pintura por todas partes. Su nombre era Eana, una artista emergente que últimamente se había ganado el favor de la princesa. Mientras pintaba en un gran lienzo, detuvo los movimientos al escuchar unos ligeros golpes en la puerta.

"Ya dije que no me molesten mientras pinto."

"Sí, lo sé. Bien que lo sé. Pero es que ha llegado una carta que podría interesarle, maestra."

"¿Qué clase de carta?"

"Hablo del cuadro que mandó la vez anterior."

Ante esas palabras, una chispa de interés brilló en los ojos de ella.

"¿Ah, sí? ¿Por qué?"

"Ha llegado una respuesta de esa persona."

"¿El joven amo Caleb Engers?"

"Sí, el remitente es efectivamente Caleb Engers."

Al oírlo, ella se abalanzó de inmediato.

"¡Dame la carta!"

"S-Sí, se la doy, se la doy."

Ella desplegó la carta que le había arrebatado a su discípulo principal. Aunque era un breve recado cuyo único contenido era la petición de verle la cara en la mansión de los Damian, ella habló conmovida:

"Él... ¡él quiere verme!"

"¿Quién diablos es ese sujeto para que tenga tantas ganas de verlo?"

"Mi musa."

Lo dijo con una voz que temblaba con rudeza, como si estuviera pronunciando un tabú.

"Mi sufrida musa."

Sus cabellos castaños cayeron desordenados a los costados de su rostro.

* * *

Por esos días, la familia imperial se encontraba envuelta en una atmósfera de tensión. Había informes de que las fuerzas antiimperiales estaban movilizándose. Aunque todavía no se registraban movimientos visibles, el hecho de que hubieran despertado significaba que en cualquier momento y lugar podía estallar un incidente.

Los miembros de la realeza y los ministros reunidos en la sala de juntas se devanaban los sesos. Se preocupaban por dónde diablos causarían problemas esta vez. Siempre atacaban por los flancos más inesperados.

"Siempre irrumpen sin previo aviso...".

"Si avisaran, no tendría nada de caballeroso".

"Entonces, ¿cómo planean actuar esta vez?".

Fue entonces cuando el príncipe tomó la palabra:

"¿Qué les parece si informamos a todos sobre esto para alertarlos y ofrecemos una recompensa a quien denuncie a cualquier sospechoso?".

Al oírlo, la princesa soltó una risa burlona.

"¿Acaso pretende decirnos de forma tan indirecta que la familia imperial es incapaz de atrapar a las fuerzas antiimperiales?".

El rostro del príncipe enrojeció de inmediato. Así fue como replicó:

"¿Acaso la princesa tiene algún método mejor?".

"Sería mucho más eficaz aumentar los guardias y registrar a los sospechosos. De todos modos, la temporada de festivales está a la vuelta de la esquina".

Todos asintieron ante las palabras de la princesa. Faltaba muy poco para el cumpleaños de la emperatriz. La princesa habló con una mirada brillante:

"Si esas personas van a dar el golpe, sin duda lo harán entonces".

"¿Cómo puede estar tan segura?".

El príncipe habló como si no quisiera perder:

"Porque es la manera de empañar la reputación de la familia imperial por encima de todo".

Al oír aquello, el emperador miró al príncipe y a la princesa. E insecutivamente abrió los labios. Su voz era baja y áspera. El actual emperador detestaba las conversaciones largas más que nadie. Por eso, tras escuchar al príncipe y a la princesa y sopesar cuál argumento era mejor, abrió los labios:

"De acuerdo con la propuesta de la princesa, aumenten los guardias y prepárense bajo la premisa de que el incidente estallará el día del cumpleaños de la emperatriz".

"¡Sí, su majestad!".

La princesa inclinó la cabeza en silencio. Al ver que su opinión no había sido adoptada, el príncipe apretó los dientes mientras inclinaba la cabeza en silencio. Por mucho que le doliera el orgullo, no podía mostrar su descontento a gritos frente al emperador.

Una vez terminada la reunión y tras retirarse el emperador primero, el príncipe se dirigió a la princesa con sarcasmo:

"Ya veremos si son capaces de proteger a los ciudadanos de las organizaciones antiimperiales".

"Su alteza imperial habla como si deseara que los ciudadanos salieran lastimados".

Ambos intercambiaron palabras impregnadas de veneno. E inmediatamente después, giraron sobre sus talones y salieron por puertas en direcciones distintas. Eran unos hermanos con una relación verdaderamente pésima.

El príncipe caminó por el corredor con el rostro lleno de ira. Allí había nobles que lo seguían, los cuales medían cautelosamente el humor del príncipe mientras soltaban palabras para congraciarse con él con cuidado:

"La princesa ha tenido mucha suerte esta vez".

"Sí, al fin y al cabo se trata del cumpleaños de la actual emperatriz...".

"Conde Engers".

"¡S-Sí, su alteza!".

El príncipe esbozó una sonrisa torcida. Era la expresión que ponía cuando tramaba algo. Al verlo, el conde Engers sintió una profunda tensión por dentro. Que lo señalara significaba que le encomendaría aquello. Era seguro que le encargaría algo sucio o peligroso.

"Las fuerzas antiimperiales sin duda harán estallar una bomba el último día del cumpleaños de la emperatriz. ¿A que sí?".

Eso equivalía a ordenar que lo hiciera de ese modo. El príncipe estaba diciendo que consiguieran explosivos por su cuenta para culpar de ello a las fuerzas antiimperiales. El conde Engers apretó los dientes. Pero lo único que podía hacer en ese momento era inclinar la cabeza.

"Así es, su alteza...".

"Claro que sí. Me gusta tratar con el conde Engers porque con él nos entendemos bien de esta manera".

El príncipe dijo eso y regresó a su palacio, mientras las facciones de nobles restantes se marchaban expresándole su compasión. Como si de todos modos no fuera su asunto. Si le iba a encargar el trabajo, al menos debió hablarle a solas. Había otros tres nobles juntos. Eso significaba que había tres pares de ojos y oídos para testificar si este asunto salía mal.

Una vez que el conde Engers regresó a la mansión para cumplir con la misión que se le había encomendado, mandó a investigar sigilosamente una forma de conseguir explosivos. Y comenzó a pensar en qué lugar iba a detonarlos con eso. En la plaza de la capital había una torre con una gran campana. Si las fuerzas antiimperiales apuntaban a algo, probablemente sería allí. Significaría que sería el primer lugar en estallar incluso sin que él interviniera.

‘Mejor hagamos volar ese lugar’.

Si era así, lo suyo se encubriría naturalmente.

Pensando en eso y con una sensación de opresión en el pecho, se durmió acompañado de alcohol.

* * *

Tras regresar de la reunión, el marqués de Damian mandó a reunir a su familia, incluido Caleb, para hablarles del asunto:

"El período de festivales será peligroso, así que quédense dentro de la mansión".

"¿A qué se debe esto?".

Preguntó la marquesa.

"Parece que las fuerzas antiimperiales están tramando algo".

"Habían estado tranquilos por un tiempo, pero otra vez...".

La marquesa suspiró. Caleb se limitaba a guardar silencio en su sitio, en aquella reunión familiar que se daba después de tanto tiempo. Las fuerzas antiimperiales. Eran una de las facciones que siempre existían dondequiera que hubiera miembros de la realeza. Aquella calaña que era incapaz de reconocer la existencia misma de la realeza. Caleb los encontraba bastante interesantes. Si anduviera diciendo algo así por ahí, terminaría muriendo en una mazmorra, pero mientras no lo dijera en voz alta, no habría ningún problema.

"Entendido. ¿Cómo planean lidiar con ello?".

Preguntó Jade en lugar de Caleb.

"Dijeron que reforzarán la guardia, capturarán a los sospechosos e intensificarán las búsquedas en los alrededores. Dicen que avisar a los ciudadanos solo crearía inquietud, eso es todo".

"Ya veo".

Jade pareció rumiar esas palabras. Caleb también puso una expresión extraña al escucharlas. Aumentar los guardias, apresar a los sospechosos o incrementar el personal de búsqueda estaba bien. Sin embargo, el hecho de no advertir a los ciudadanos le resultó desconcertante. Aun así, creía entender el motivo.

"¿Se refiere a que no avisan porque, si no hay ciudadanos, las fuerzas antiimperiales podrían cambiar la fecha?".

Caleb sacó a relucir una verdad incómoda de la que costaba hablar. Todos guardaron silencio por un momento. El marqués miró a Caleb durante unos instantes. Caleb contempló con sus ojos verdosos al padre de Jade, que se le parecía tanto. Al poco tiempo, el marqués asintió.

"Vergüenza me da decirlo, pero opino lo mismo".

"Ya veo. Comprendido".

Las fuerzas antiimperiales tendían a centrarse en provocar un gran incidente a toda costa para ejercer su influencia. Eso significaba que no querrían arrojar una bomba en un terreno baldío. En otras palabras, que debían tolerar cierto nivel de sacrificios. Y esos serían los ciudadanos comunes, que no sabían nada, en lugar de los nobles que recibían avisos de ese tipo. Caleb bajó la mirada en silencio.

Dicho aquello, los miembros de la familia regresaron a sus respectivas habitaciones para descansar.

* * *

El tiempo pasó y faltaban pocos días para el cumpleaños de la emperatriz. Las calles ya estaban contagiadas de un ambiente festivo. La gente reía alegremente y las avenidas se adornaban con suntuosidad. Y, desentonando un poco con semejante atmósfera, los caballeros de la guardia imperial vigilaban los alrededores de forma estricta. La presencia de aquellos hombres les resultaba un tanto incómoda a los transeúntes, quienes, cada vez que cruzaban miradas con ellos, esbozaban una sonrisa forzada antes de seguir su camino.

En ese momento, uno de los caballeros que había estado patrullando los alrededores se acercó al que estaba inspeccionando el centro de la plaza y le dijo:

"No hay personas sospechosas por los alrededores".

"Revisa con más detalle. No se debe permitir que ocurra ningún incidente durante este período festivo bajo ninguna circunstancia".

"Entendido".

"A todos los tipos que parezcan sospechosos, arréstalos de inmediato".

"Sí".

 

Capítulo 28

El tiempo pasó y los caballeros de mirada afilada empezaron a recorrer las calles, lo que hizo que la gente también comenzara a andar con cuidado. Aunque no se había anunciado nada oficialmente, el presentimiento de que algo grave iba a suceder empezó a calar hondo. Los ciudadanos comenzaron a cuidar cada vez más sus acciones. Debido a eso, los caballeros pasaban el tiempo rastreando los alrededores sin obtener resultados concretos.

Fue justo cuando las cosas se habían calmado un poco. Una mujer cargando una cesta de fruta se acercaba al centro de la plaza. Llevaba un sombrero marrón hondo que le cubría la cara, y a simple vista parecía de lo más corriente. Sin embargo, lo que sacó de la cesta no tenía nada de ordinario.

"¡Deténganla!".

Una bomba. Lo que salió de allí era una bomba. La mujer, de identidad desconocida, sacó un cerillo deprisa e intentó prenderle fuego al explosivo, pero los caballeros que vigilaban cerca se abalanzaron sobre ella sin demora.

"¡No!".

Y lograron reducirla a tiempo, antes de que pudiera encajar la chispa. El cerillo salió volando con la llama apagada mientras la mujer forcejeaba con los brazos inmovilizados hacia atrás.

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"¡Suéltenme! ¡Perros de la familia imperial!".

"¡Lleven a esta mujer a las mazmorras y enciérrenla!".

"¡Sí!".

"¿Creen de verdad que esto se acaba aquí?".

"¿Qué?".

"¡Ahora!".

La mujer gritó, pero los alrededores permanecieron extrañamente silenciosos. Al no escuchar el estampido que esperaba, preguntó con voz desconcertada:

"¿Qué? No me digan... ¿Los atraparon a todos?".

"Se movilizaron cerca de cien caballeros para este día. ¿Pensaban que ustedes eran los únicos que habían venido preparados?".

"……¡No puede ser!".

"¡Arrastren a esta maldita de una vez!".

"¡Sí!".

"¡Esto no puede quedarse así!".

De ese modo, el atentado con bomba planeado para ese día pudo evitarse sin contratiempos. El emperador no escatimó en elogios hacia la princesa por haber capturado a los cinco terroristas, y el príncipe tuvo que tragarse el trago amargo fingiendo una sonrisa forzada. Pero aún guardaba un as bajo la manga. El atentado del último día del festival. Esa vez, seguramente nadie podría detenerlo.

'Ríete todo lo que quieras, mujercita'.

El príncipe apretó los dientes mientras miraba a la princesa.

Pensando en los terroristas que estarían siendo interrogados y torturados en las mazmorras, la princesa les regaló a sus subordinados una botella de vino a cada uno diciéndoles que ya podían descansar y disfrutar del festival, y el marqués también llevó una de esas botellas de regreso a su mansión. Cuando el marqués le entregó el vino a Caleb diciéndole que lo bebiera con él, Jade preguntó:

"¿Está bien que me dé algo que le regaló la su alteza la princesa?".

"¿Qué más da quién se lo beba?".

"Bueno, supongo que sí".

Jade lo aceptó con una sonrisa. Y, al enterarse de la noticia de que habían capturado a los terroristas sin incidentes, preguntó:

"Entonces, ¿significa que no pasa nada si disfrutamos un poco del último día del festival?".

"Supongo que sí, aunque debes tener cuidado".

"Vaya, ¿qué podría pasar?".

Sonriendo, Jade tomó el vino y se dirigió a la habitación de Caleb. Caleb estaba leyendo un libro que había traído del estudio, y en cuanto vio a Jade aparecer con el vino, señaló directamente la mesa. Jade inclinó la cabeza, desconcertado.

"¿Lo dejo y me largo?".

"……Solo déjalo ahí por ahora".

Era el tipo de momentos en los que se preguntaba si de verdad había sido tan huraño con Jade. De cualquier manera, Caleb se sentó junto a Jade y descorchó el vino. Tratándose de un obsequio de la princesa, desprendía un aroma excelente. Caleb saboreó el vino, que por un momento le hizo sentir de mejor ánimo, y preguntó:

"A qué has venido".

"Ah, mi padre dijo que la princesa atrapó a todos los terroristas esta vez. Así que vine a proponerte que vayamos a disfrutar del último día del festival".

"De todos modos ibas a insistir hasta que fuera contigo".

"Es verdad. Te estás acostumbrando mucho a mí".

Ante esas palabras, Caleb puso cara de pocos amigos y Jade soltó una carcajada. Frotándose el entrecejo, Caleb terminó por asentir.

"Solo un rato".

"Tú no debiste ir a festivales de este tipo nunca".

"No tenía motivos para ir".

"Los festivales de la plebe tampoco están mal".

"Por lo general uno ni se plantea esas cosas".

"¿De verdad?".

Jade le tendió la copa llena de vino y Caleb la chocó ligeramente con la suya. La conversación que mantuvieron antes de que se acabara el vino no fue nada desagradable.

Y así, a la mañana siguiente, ambos salieron de la mansión con ropa ligera para disfrutar del último día del festival. Tomaron un carruaje común para ocultar que eran nobles. Si hubieran salido en un carruaje ostentoso, habrían atraído todas las miradas y les habría costado disfrutarlo como debían. Caleb y Jade se bajaron del carruaje y se dirigieron a la plaza, que no quedaba lejos. El número de caballeros se había reducido y la gente disfrutaba del festival con un espíritu mucho más alegre.

Caleb y Jade bajaron del carruaje, le indicaron que esperara y se mezclaron entre la multitud. Jade tomó de la mano a Caleb. Caleb miró la mano de Jade entrelazada con la suya y al final la dejó estar. Así, ambos comenzaron a recorrer los distintos puestos mientras se mezclaban con la gente.

"¡Caleb! Mira esto".

"Qué va a tener de especial lo que venden los buhoneros".

"Aun así, es curioso".

Caleb miró a un anciano que había desplegado una lona en el suelo y vendía objetos cuyo uso ni siquiera lograba adivinar. Viejas espadas, accesorios de diseño tosco hechos de vidrio y artículos de brujería que ya eran difíciles de conseguir en cualquier parte. Jade los miraba con genuina curiosidad, pero a los ojos de Caleb no eran más que trastos inútiles.

"¿Qué tal esto?".

"¿Qué es eso ahora?".

"Dicen que es un brazalete que atrae la buena suerte".

"¿Y cuándo escuchaste semejante explicación? ¿Acaso vas a comprarlo?".

"Sí".

Antes de que Caleb pudiera detenerlo, Jade pagó por el objeto. Con la soltura de alguien que solía frecuentar esos lugares, pagó con unas pocas monedas y enseguida quiso colocárselo a Caleb en la muñeca.

"Por qué demonios tengo que llevar eso puesto".

"Dicen que trae buena suerte".

"No creo en esas tonterías".

"Hazlo por mí, anda".

"Ah... De acuerdo".

Caleb sabía muy bien que intentar convencerlo era una pérdida de tiempo y que era mucho más rápido dejarse poner la pulsera de una vez, así que terminó por extender la muñeca. Jade le colocó con cuidado el brazalete verde alrededor del brazo. Satisfecho con el resultado, Jade volvió a tomarle la mano para seguir caminando entre la gente mientras decía:

"De pequeño solía venir a los festivales con mis padres".

"¿Hasta con el marqués?".

"Mi madre insistió en salir, así que a mi padre no le quedó de otra que arrastrarse con nosotros. Tampoco es que él adore precisamente a mi madre".

"Eso tiene sentido".

Caleb y Jade caminaban así, hombro con hombro, con las manos entrelazadas. El brazalete verde brillaba en la muñeca de Caleb. El cielo estaba despejado y el sol brillaba con fuerza. Parecía el día perfecto. Justo en el momento en que Jade miraba las manos unidas de ambos con una tenue sonrisa en los labios...

¡BUM!

Se escuchó una explosión a lo lejos.

Ante el estruendo repentino, Caleb y Jade se giraron al unísono. La torre del campanario se desplomaba hacia el suelo acompañada de un estruendo ensordecedor. Se escucharon gritos y la gente comenzó a huir en desbandada hacia el lado contrario. Caleb y Jade se miraron un instante y, sin mediar palabra ni esperar a ver quién daba el primer paso, corrieron hacia la torre.

‘¿Qué ha pasado? ¿Acaso quedó algún terrorista suelto?’.

Con la respiración agitada, Caleb y Jade llegaron hasta el campanario. La enorme campana yacía tirada en el suelo y se veían personas aplastadas bajo sus restos. Además, debido a los estragos de la explosión que aún persistían, la estructura de la torre parecía a punto de venirse abajo en cualquier momento. Caleb escudriñó los alrededores. Tenía que evacuar a los supervivientes que aún siguieran con vida.

"Ayúdenme, por favor...".

Al escuchar una vocecita, se dirigió hacia allí y encontró a una niña que no parecía estar gravemente herida. Caleb la levantó en brazos y la llevó a un lugar seguro. Luego regresó de inmediato hacia la zona del campanario. Pudo ver que Jade también estaba rescatando a un herido no muy lejos de allí. Caleb reprimió una maldición y alzó la vista.

La torre, agrietada por la explosión, lucía peligrosamente inestable. Tenía que alejarse de allí cuanto antes. De lo contrario, terminaría sepultado bajo los escombros.

"¡Jade! ¡Tenemos que salir de aquí ya!".

"¡Entendido!".

Justo cuando ambos intercambiaban esas palabras...

Crack. ¡BUM!

La estructura no resistió más y terminó por derrumbarse por completo. Trozos y pedazos de la torre se desprendieron y cayeron directamente sobre Caleb. Caleb exclamó un leve '¡Ah!' e intentó hacerse hacia atrás, pero la velocidad del derrumbe era demasiado vertiginosa.

"¡Caleb!".

Se escuchó el grito desesperado de Jade. Y entonces, tras un dolor sordo y seco, todo se sumió en una absoluta oscuridad.

* * *

Tap.

Tap.

Tap.

Al escuchar el sonido de unas gotas de agua cayendo, abrió los ojos, que le costaba un mundo mantener abiertos. Caleb sintió que el lugar era sofocante y caluroso. Cuando abrió los ojos emitiendo un quejido, pudo notar que se encontraba en un sitio oscuro donde apenas se filtraba un leve haz de luz.

"Caleb, ¿despertaste?".

Se escuchó la voz de Jade, tan casual como siempre, como si todo lo que acababan de pasar no hubiera sido más que un sueño. Con los ojos ya bien abiertos, Caleb pudo comprender de inmediato de dónde provenía el sonido de las gotas.

"Tú...".

La sangre que brotaba a chorros de la cabeza de Jade estaba empapando el cabello del lado de Caleb. Con los ojos muy abiertos, Caleb miró hacia arriba a Jade, quien lo había protegido de los escombros. Jade lo estaba resguardando al soportar los escombros más grandes con su propia espalda. Al parecer, tenía las piernas atrapadas, ya que no podía moverse, y la pérdida de sangre parecía considerable. Al no poder ver casi nada a su alrededor, parecía que habían quedado sepultados bajo una enorme pila de restos. Temblando, Caleb miró el rostro pálido de Jade. Ya no era ese semblante rebosante de salud y vitalidad de siempre.

"Menos mal que te compré ese brazalete".

"……No, Jade. Creo que eso no viene al caso".

"Tranquilo, la gente vendrá pronto. Como el campanario se vino abajo, seguro que mandarán a alguien desde el palacio".

"No hables".

Podía sentir los brazos de Jade temblando con fuerza. Caleb sintió que el corazón le latía desbocado. Jamás en su vida había experimentado unos latidos tan frenéticos. Temblando de pies a cabeza, Caleb se dedicó a secarle la sangre a Jade una y otra vez. No, las cosas no podían terminar así. Aquella clase de situación no figuraba para nada en sus planes.

"Todo va a estar bien, Caleb. Todo saldrá bien".

"¡Te he dicho que no hables...!".

"Puedo aguantar hasta que llegue alguien más".

"¡Por favor...!".

Jade se esforzaba por no perder la consciencia como fuera. Había perdido muchísima sangre y no sentía las piernas, pero no importaba. Caleb seguía con vida, de una u otra forma. Cuando aquel cúmulo de rocas se le vino encima, sintió vértigo por un instante. Sin embargo, logró salvarlo a toda costa. Solo con eso, Jade sentía como si él mismo hubiera sobrevivido. Así que todo estaba bien.

"……Todo va a estar bien".

"¡Jade...!".

Caleb llamó a Jade, cuyos ojos empezaban a cerrarse poco a poco, y al poco rato comenzaron a escucharse voces humanas en los alrededores. Sin duda, la gente del palacio imperial había acudido debido a la repentina explosión. Para hacer saber que había personas allí, Caleb empezó a gritar. Los rastros de presencia humana se acercaban cada vez más. Caleb alzó la voz con todas sus fuerzas. Ni siquiera recordaba si alguna vez en su vida había llamado a alguien con semejante desesperación.

"¡Por aquí! ¡He localizado a un superviviente!".

Al son de aquella voz, Caleb comenzó a decirle a Jade:

"Jade, aguanta un poco más. ¡No pierdas el conocimiento...!".

Parece que la gente se había arremolinado, porque empezaron a retirar las piedras grandes y los escombros. Al parecer al darse cuenta de que había logrado aguantar hasta el final, el cuerpo de Jade se desplomó sobre Caleb. Abrazándolo con fuerza, Caleb se puso a gritar:

"¡Este es Jade Damian, del marquesado de Damian! ¡Si este hombre muere, el marqués de Damian se va a enfurecer! ¡Necesitan atenderlo con mayor rapidez! ¡¿Entendido?!".

La situación era tan apremiante que tuvo que recurrir a semejantes privilegios. Al oírlo, los caballeros se quedaron desconcertados por un instante, pero enseguida trajeron una camilla diciendo que lo trasladarían para recibir atención médica de inmediato. Aunque Caleb también estaba herido, sus lesiones eran menores en comparación con las de Jade, así que se apresuró a seguir el rastro de Jade, quien era llevado a toda prisa rumbo a su casa.

Era mucho mejor recibir tratamiento del médico de la familia que en aquel improvisado puesto de auxilio.

Caleb sintió que sus manos seguían temblando levemente y no lograba detenerlas. ¿Y si con esto Jade sufría consecuencias graves? Si él llegaba a morir...

Si a él le pasaba algo malo...

Tan solo pensar en aquello le dificultaba la respiración.

Entre tanto, la capital imperial estaba patas arriba. Creían que el terror de las facciones antiimperiales había terminado, pero jamás imaginaron que volverían a perpetrar un acto así precisamente el último día. El prestigio de la princesa quedó por los suelos, y el príncipe sonreía por dentro disimuladamente.

Con los puños apretados con fuerza tras disolverse la apresurada reunión que habían mantenido, la princesa les dijo a sus subordinados:

"¡Registren a fondo a los que están en la mazmorra! ¡Averigüen si es verdad que hoy iba a haber otro intento!".

"¡Sí!".

La princesa se mordía los labios con furia. La pólvora no era algo que pudiera introducirse fácilmente en la capital. Por eso mismo creía al principio que había atrapado a todos los terroristas, pero resultó que aquello no era todo.

'O se guardaron un último cartucho'.

Su mirada brilló con fiereza.

'O ha sido obra de otros malditos'.

La princesa tenía la intención de seguir conversando un poco más con los miembros de su facción que aún quedaban allí, pero el marqués de Damian se le acercó con unos pasos inusualmente apresurados para pedirle hablar. Tratándose de la figura central de su facción, la princesa accedió a atenderlo con generosidad. Él no tenía buena cara. Al preguntarle qué ocurría, se encontró con una historia que jamás habría esperado.

"¿Qué sucede, marqués?".

"Me informan que mi hijo se ha visto envuelto en el atentado".

"Qué dices".

Preguntó la princesa con sorpresa.

"Entonces, ¿cuál es su estado?".

"Afortunadamente salvó la vida, pero...".

"No estamos para perder el tiempo, vaya a verlo de inmediato".

"¿De verdad le parece bien?".

"Sí, apresúrese. Los detalles se los haré llegar más tarde".

"Muchas gracias".

Así, el marqués de Damian regresó de urgencia a su mansión. La princesa le indicó a su doncella:

"Averigua exactamente qué fue lo que pasó".

"Sí, su alteza".

Viendo cómo se alejaba la espalda del marqués, la princesa mostró una expresión de pesar. Por su parte, el marqués de Damian se dirigió directo a su mansión. Al llegar a casa, notó que el ambiente era un hervidero de actividad. Todos los médicos de la casa se habían congregado, y los sirvientes corrían de un lado a otro asistiéndolos.

"Jade, abre los ojos. Mírame, soy tu madre".

La marquesa estaba sentada a su lado, acariciándole las mejillas mientras derramaba lágrimas.

"¡Trigan agua caliente!".

"¡Sí!".

El marqués se encaminó hacia donde se aglomeraba la gente. Al parecer, habían trasladado a Jade no a su propia habitación, sino a la enfermería dispuesta para tratamientos. El marqués entró en la enfermería. Tres o cuatro médicos estaban atendiendo a Jade. Al ver llegar al marqués, uno de ellos hizo una reverencia, pero el marqués hizo un gesto con la mano para descartarla.

"¿Cómo está Jade?".

"Afortunadamente no tiene lesiones en zonas vitales. Si sigue recibiendo un buen tratamiento, debería estar bien, pero como se dio un golpe muy fuerte en la cabeza, es difícil saber cuándo despertará...".

"Ya veo".

Diciendo aquello, el jefe de la casa de Damian miró a su alrededor por un momento, como si notara la ausencia de algo. Caleb no se encontraba por ninguna parte. Al percatarse de ello, el marqués le preguntó a un sirviente que iba a buscar agua caliente:

"¿Y Caleb?".

"Ah, el joven Caleb está recibiendo atención básica y descansando en su habitación. ¿Desea que lo mande llamar?".

"¿Estaba con Jade?".

"Sí, tengo entendido que estaban juntos".

"Entonces iré yo mismo".

El marqués dio media vuelta y se encaminó hacia la habitación de Caleb. Al llegar frente a la puerta, dio unos cuantos golpes secos. No hubo respuesta, pero supuso que estaría despierto. Con un chirrido, el marqués abrió la puerta y adentró en la estancia. El interior estaba extrañamente tenebroso. Los ojos verdes de Caleb brillaban con un fulgor extraño en medio de la penumbra.

"¿Te atendieron bien las heridas?".

"……Fue una lesión sin importancia".

"Incluso las heridas pequeñas pueden empeorar si se descuidan".

"……¿Qué pasó con Jade?".

"¿No puedes ir a verlo tú mismo?".

Ante esas palabras, se notó cómo Caleb contenía la respiración por un instante.

"Se lesionó por mi culpa".

"……¿Por qué piensas eso?".

"Si me hubiera movido un poco más rápido, no habría quedado atrapado bajo esos escombros".

"Caleb".

"Si tan solo no me hubiera retrasado allí...".

"Caleb".

En ese momento, se escuchó una voz desde el otro lado de la puerta que seguía abierta. Era la de la marquesa.

"Me preguntaba por qué tardabas en bajar a ver a Jade, y ¿estabas pensando en semejantes cosas?".

"……Marquesa".

"Lo único culpable aquí son las fuerzas antiimperiales. Toda la culpa la tienen esos terroristas. Ustedes simplemente quedaron atrapados en medio de eso".

"……Pero".

La marquesa se acercó y le tomó las manos. Las manos de Caleb estaban heladas. Sobresaltada, la marquesa le pidió al marqués que llamara a uno de los médicos. El marqués asintió y se retiró momentáneamente. La marquesa se puso a frotar aquellas manos con suavidad mientras decía:

"Pronto se casarán, ¿sabe?".

"……".

"No me digas que no. Lo tercos que son los hombres de esta familia... Yo tampoco sabía que terminaría casada con este".

 

 

Capítulo 29

La marquesa sonrió. Era una sonrisa que intentaba forzar con dulzura frente a él para aligerar la atmósfera, a pesar de lo difícil que debía ser su propio corazón. Al verla, Caleb abrió los ojos de par en par. La marquesa le frotó con suavidad las manos, que poco a poco iban perdiendo su frialdad, mientras le decía:

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"Nosotros ya somos prácticamente familia, Caleb".

"……Familia".

"Sí, así que hazme el favor de quedarte al lado de Jade. No te quedes solo en una habitación tan fría como esta".

Ante esas palabras, Caleb dudó sobre cómo debería responder. ¿Acaso alguien como él, que había lastimado a Jade, tenía derecho a permanecer a su lado? Sin embargo, conociendo demasiado bien cuán decepcionado se sentiría Jade si despertaba y no lo encontraba cerca, Caleb terminó por asentir con la cabeza.

"……Sí".

"Termina de recibir atención médica y vayamos juntos a ver a Jade".

"……Sí".

La marquesa contempló los ojos secos y desolados de Caleb. Y pensó para sus adentros que aquel muchacho parecía no saber cómo llorar de verdad.

* * *

Pasaron varias semanas desde aquel día. Caleb comenzó a pasar todo el tiempo al lado de Jade. A excepción de los momentos en que comía algo rápido o dormía, se la pasaba leyendo y haciendo otras cosas junto a la cama de Jade. Según el dictamen del médico, afortunadamente todos los huesos estaban intactos, por lo que no habría problemas de movilidad una vez que despertara; sin embargo, el problema era que, como se había golpeado la cabeza con mucha fuerza, nadie sabía con exactitud cuándo volvería en sí.

Se rumoreaba por ahí que en los periódicos se mencionaba que aquellos jóvenes nobles habían actuado para rescatar a los plebeyos durante el atentado, pero para Caleb eso no era algo importante en ese momento. Si hubiera sido en otra época, ya se estaría devanando los sesos pensando en cómo sacarle provecho a esa situación. Sin embargo, para el Caleb de ahora, lo único que importaba era cuándo despertaría Jade. Mientras pasaba las páginas de un libro, llevaba puesta la baratija de la pulsera verde en el brazo.

“Joven amo, el médico dice que ya está bien si le quitamos las vendas.”

“De acuerdo.”

Ahora que sus heridas externas casi habían sanado por completo, era momento de retirarle las vendas. Jade seguía sin recuperar la conciencia. Cuando el sirviente le quitó las vendas a Jade y lo dejó recostado, parecía simplemente estar durmiendo plácidamente. Al ver esa escena, Caleb sintió una punzada en el fondo del pecho. No lograba comprender a qué se debía esa clase de emoción.

¿Acaso era porque se había lastimado por protegerlo?

¿Era él una persona tan sentimental?

Ahora, con la habitación ya vacía tras la partida de los sirvientes, Caleb acarició lentamente el rostro de Jade. Sus mejillas ásperas, sus labios resecos. Tras recorrer con delicadeza sus pestañas cerradas, apartó los dedos con lentitud. Clack, la pulsera verde que Jade le había regalado rozó ligeramente su mejilla antes de caer a un lado.

Y en ese breve instante, el brazo de Jade se levantó y le agarró la muñeca. De forma muy ligera. Sin apenas fuerza.

“¡Jade...!”

“E-Esta pulsera... ¿todavía la llevas puesta?”

“……¿Es momento de andar con bromas? Espera, iré a buscar al médico.”

Sintiendo de pronto un nudo en la garganta, Caleb intentó apartarse, pero fue incapaz de soltarse de aquel débil agarre. Mucho menos pudo hacerlo cuando Jade abrió los ojos lentamente para dejar ver otra vez sus orbes dorados. Caleb sintió que el corazón le latía desbocado. Al final, no se atrevió a apartar aquel brazo; en su lugar, hizo sonar la campanilla para llamar a un sirviente, quien, al comprobar que Jade había despertado, salió corriendo despavorido en busca del galeno.

El médico que acudió al llamado realizó un breve examen y dio su veredicto:

“Se encuentra en perfecto estado de salud.”

“Ha, haaa…….”

La marquesa, que se encargaba de los asuntos internos, se llevó una mano al pecho conteniendo el aliento. ¿Acaso existía una noticia mejor que saber que su hijo estaba a salvo? Con el propio marqués bajando a constatar la situación, no era exagerado decir que absolutamente todos en la mansión habían estado preocupados por él.

“Supongo que también me ayudó el hecho de que lo primero que vi al abrir los ojos fuera a Caleb.”

“¡Muchacho desvergonzado! ¡Desagradecido!”

La marquesa le propinó un golpe en la espalda. Aunque Jade hizo muecas de dolor y fingió que era peor de lo que en realidad era para aguantar la mano firme de su madre, no borró la sonrisa de su rostro. La marquesa derramó lágrimas de alivio, y el marqués la envolvió en un abrazo silencioso. Al ver la escena, Jade también estiró los brazos para abrazar a sus padres. Caleb se hizo un poco hacia atrás para observar desde la distancia, convencido de que él no tenía cabida en ese cuadro familiar.

Sin embargo, una mano lo tiró de golpe hacia adelante.

“¿Y ahora qué se supone que haces?”

“¿Qué voy a hacer? La familia tiene que estar unida.”

Aunque Caleb le dedicó una mirada de reproche a Jade por haberlo jalado, al ver a los miembros de su familia reunidos como un grupo de ardillas, terminó por esbozar una suave sonrisa.

* * *

Tan solo un día después de que Jade despertara, Caleb abandonó la mansión de los Damian con la excusa de ir a visitar por un momento la mansión de los Engers. Como Jade lo dejó marchar con total naturalidad, Caleb se dirigió a la propiedad de los Engers en carruaje sin hacer ningún comentario. Y dado que aún era de pleno día, el mayordomo le informó que su padre se encontraba en casa.

“Se lo avisaré al cabeza de familia”.

“Sí, y de paso infórmale de otra cosa”.

“¿Qué le transmito?”.

“Dile que ya sé lo que ha estado tramando esta vez”.

“……Entendido”.

El mayordomo no tenía la menor idea de qué era exactamente lo que su señor había hecho, pero como se lo habían pedido de esa forma, se limitó a comunicárselo tal cual. Al enterarse, el jefe de los Engers —el padre de Caleb— lo mandó a llamar de inmediato. De no ser así, lo habría hecho esperar una eternidad debido a la pila de asuntos sobre inversiones y otros pendientes que lo abviaban. Caleb se arregló la ropa con prolijidad y subió al despacho del cabeza de familia.

Tras dar unos golpes secos en la puerta, Caleb la abrió y dio un paso hacia el costado. Algo pasó volando rozándole el lateral. Sin saber qué era, bajó la mirada y vio un tintero lanzado al suelo fuera de la habitación. Si le hubiera dado, le habría dolido bastante. Pensando en ello, Caleb dio finalmente un paso al frente.

“Solo era una pequeña provocación, pero si reacciona así, va a dejar al descubierto todas sus intenciones, padre”.

Ante esas palabras, el rostro del conde de los Engers mudó de color por segundos.

“¿Te atreves a provocarme?”.

“¿Y qué hay de malo en ello? Al fin y al cabo, somos de la misma familia”.

“¡Tú...!”.

“A pesar de haberme casado con la familia Damian, ¿quién sigue trayendo información de aquí para allá?”.

“……”.

“Así que no se preocupe, padre. Sé perfectamente cuáles son mis raíces”.

Al escuchar aquello, el cabeza de los Engers se dejó caer pesadamente en su asiento. Caleb cerró la puerta de la habitación. Y preguntó:

“Dígame, ¿el atentado contra el último campanario fue obra suya? O mejor dicho, ¿del primer príncipe?”.

“Sí, como se pusieron tan autoritarios con las exigencias, lo hice tal como me ordenaron”.

“Qué mala suerte le tocó cargar. Ha de haber sido un trabajo duro”.

“Claro que sí. Si no hubieras andado corriendo por ahí para salvar a los plebeyos, habrías levantado sospechas. Eso lo hiciste bien. Aunque no tengo idea de por qué demonios hiciste algo así”.

“Ya que Jade Damian estaba haciendo lo propio, yo no podía quedarme de brazos cruzados”.

“Ya veo. Supongo que tiene sentido. A propósito, hay un rumor de que ese tal Jade Damian está debatiéndose entre la vida y la muerte”.

Al oír eso, la expresión de Caleb se tornó ambigua por un instante antes de recuperar su habitual frialdad para responder:

“Lamentablemente, ya despertó”.

“Qué pena”.

“¿Por qué habría de ser una pena? Si el compromiso se hubiera roto así como así, los que habríamos vuelto a salir perdiendo seríamos nosotros”.

“También es verdad”.

Tras asentir con la cabeza, Caleb se marchó de la habitación del cabeza de familia. Su padre, dando a entender que tenía demasiado trabajo como para seguir perdiendo el tiempo con él, le hizo un gesto con la mano para que se fuera. Alejándose de su padre, Caleb se dirigió a ver a su hermano mayor. Ivan se encontraba en su habitación, y al ver entrar a Caleb tras tocar a la puerta, frunció el ceño con fastidio.

“¿Qué haces aquí?”.

“¿Acaso ni te avisaron que había venido?”.

“Como si tu llegada o partida fuera algo importante para mí”.

“Supongo que por eso no te enteraste. En fin, vine porque tengo algo de qué hablar contigo”.

“De qué se trata”.

“¿Cómo quedó lo de la inversión?”.

“……Usé dinero de la familia a espaldas de mi padre para invertirlo. Se supone que esto va a multiplicarse de verdad, ¿no?”.

Ante esa pregunta, Caleb esbozó una sonrisa.

“Por supuesto. La familia Damian también ha invertido”.

“Entonces no hay problema. Con eso basta”.

“¿Y qué pasó con aquel chocolate?”.

“Lo mandé a dar mil vueltas y lo envié bajo el nombre de otra persona”.

“Ya veo”.

Sabiendo que con eso era suficiente, Caleb apartó la mirada. Ivan interpretó aquello como una especie de rabieta de celos, pues desde pequeño Caleb había sido muy envidioso. Sin prestarle la más mínima atención mientras se giraba para marcharse, Ivan volvió a concentrarse en elegir y reelegir el atuendo que llevaría a la fiesta de esa misma noche.

Y Caleb pensó que por fin todo estaba listo. Estaba preparado para ponerle fin a absolutamente todo.

* * *

Tan pronto como terminó sus asuntos con tanta facilidad, Caleb regresó a la familia Damian. Jade lo recibió con alegría. Tras asearse y cambiarse de ropa con pulcritud, parecía tan perfectamente recuperado que costaba creer que hasta el día anterior hubiera estado postrado como un paciente.

“Caleb, ¿qué te parece si hoy damos un paseo por el jardín?”.

“Qué puede tener de especial un jardín que veo todos los días”.

“No es igual si caminas conmigo”.

“……De acuerdo”.

Llevado de la mano por Jade, Caleb salió al jardín. Tal como decía el otro, era el mismo jardín de siempre, pero recorrerlo a solas los dos le daba una sensación completamente distinta. A diferencia de cuando solo pasaba por allí mirando de pasada, Jade conocía a la perfección el motivo por el cual cada rincón había sido diseñado de ese modo.

“Esta flor le gustaba mucho a mi madre, así que mi padre la trajo del extranjero. Cuesta bastante dinero mantenerla y los jardineros se vuelven locos cuidándola”.

“Mjum”.

“Así que les callo las quejas a base de aumentos de sueldo”.

“Es un buen método”.

“¿A que sí?”.

Jade sonrió y tiró suavemente de su mano, y a Caleb no le pareció que eso fuera algo que le desagradara del todo. Se preguntó si, de haber nacido él también en aquella familia, habría crecido siendo una persona tan despreocupada como Jade. Mientras Jade le mostraba el jardín de esa manera, al notar el repentino silencio de Caleb, le preguntó:

“¿En qué piensas?”.

“Solo pensaba en cómo habría sido mi vida si hubiera nacido en esta familia”.

Apenas lo dijo, Caleb se arrepintió por un segundo. Se había dejado arrastrar por el ambiente que creaba Jade y había soltado tal cual lo que llevaba en el pensamiento. Por lo general, nunca le pasaba algo así. Jade Damian siempre lograba crear variables a su alrededor. Al mirarle el rostro, vio que este tenía una expresión de completo disgutro.

“Eso no habría estado bien”.

Ante esas palabras, Caleb sintió una punzada de amargura, pero Jade continuó hablando como si quisiera borrarla de un plumazo:

“Porque entonces no podría haberme casado contigo”.

“……¿Qué?”.

“Hay muchas formas de familia. Como naciste en una familia distinta, puedes unirte a mí y volverte parte de la mía a través del matrimonio”.

“……”.

“Caleb”.

“……Por qué”.

“Me da igual cómo seas”.

“……”.

“Estoy enamorado de ti, Caleb”.

“……”.

“Pensé muchas cosas bajo esos escombros. Pensé que jamás te había dicho que te amaba. Y que si no lo hacía en el momento, tal vez nunca llegaría la oportunidad de hacerlo”.

La brisa soplaba suavemente sobre aquel tono pausado. Su voz era delgada como un susurro, pero lo suficientemente firme como para que el viento no pudiera llevársela. Era la primera vez que Caleb recibía una carga emocional tan pesada, y las manos le temblaban. Jade tomó las manos trémulas de Caleb entre las suyas.

“No importa si no me amas. Me basta con que pienses que soy un buen compañero. Al fin y al cabo, en la alta sociedad abundan los matrimonios por conveniencia”.

A Caleb le daba vueltas la cabeza. No imaginaba que hubiera tanta diferencia entre saber que el otro lo amaba y escucharlo de sus propia boca. No, en realidad, ¿acaso sabía verdaderamente que lo amaba? ¿No había estado pensando todo este tiempo que era tan solo un capricho pasajero? Por primera vez ante la llegada de un sentimiento tan puro, Caleb sintió una náusea en el estómago, como si fuera a vomitar. Él era el único que sabía la magnitud de los planes que estaba poniendo en marcha en ese preciso instante. Y sabía perfectamente qué clase de estragos provocaría todo aquello cuando se consumara. En ese momento, ni lo que le pasara a esa familia ni lo que le sucediera a Jade Damian le importaban lo más anclado a la realidad.

Pero si las cosas llegaban a este punto, si él se atrevía a decirle algo así, ya no podía ser de ese modo.

Caleb pensó: En el fondo, me daba igual lo que les pasara a ustedes.

Llamó a Jade, que seguía sosteniéndole las manos en medio del jardín azotado por el viento, sintiendo que él mismo no sabía cómo lidiar con este cambio repentino de parecer. Antes creía que con tal de alcanzar su objetivo le daba igual si los demás salían lastimados o no, pero ahora sentía que las cosas ya no eran así.

“Jade”.

Por eso, Caleb pronunció su nombre con lentitud.

“Vamos a romper nuestro compromiso”.

Y soltó aquellas palabras destinadas a destruirlo. Todo para asegurarse de que ellos no salieran salpicados por la catástrofe de sus planes.

Apenas se oyó esa frase, las pupilas de Jade temblaron con violencia.

“……¿Qué se supone que significa eso? ¿He hecho algo mal?”.

“No has hecho nada malo”.

“Entonces por qué...”.

“Tengo un problema”.

“Por qué dices eso... Tú no tienes ningún problema, Caleb”.

“Sí lo tengo”.

“¿Cuál es? Yo lo resolveré. Sea lo que sea”.

“Prefiero que no lo sepas”.

Caleb apartó con cuidado las manos del otro.

“¡Caleb...!”.

“Sé que hablar con la princesa y formalizar el compromiso hace que sea difícil romperlo sin más, pero lo nuestro tiene que terminar aquí”.

“¿De qué estás hablando?”.

“Más adelante, cuando llegue el momento, lo sabrás todo”.

Diciendo eso, Caleb se encaminó hacia la mansión, pero Jade lo persiguió y lo alcanzó para sujetarlo firmemente del antebrazo. Jade exclamó con desesperación:

“¡Pero se puede saber qué pasa! ¡Cuál es ese maldito problema del que hablas para que...!”.

“Jade”.

Caleb estiró la mano, tomó el cuello de la camisa de Jade —el mismo que lo había sujetado del brazo— y lo atrajo hacia sí. Y posó sus labios sobre los de él. Un roce sumamente ligero, sin mezclar lenguas, pero cargado de una profunda seriedad que le transmitía todos sus sentimientos. Ante aquel beso, Jade se quedó completamente congelado. En el gesto se reflejaba con demasiada claridad la exigencia de que no volviera a retenerlo.

“Me voy a marchar ahora mismo. No intentes detenerme más”.

“……No puedes. Por qué me haces esto”.

“Te lo dije, no es por tu culpa”.

Caleb se dirigió directo a la mansión, mientras Jade se quedaba plantado en el mismo sitio, completamente paralizado.

Al llegar al despacho del cabeza de familia, Caleb llamó a la puerta y entró sin esperar más. Apenas pisó la estancia, le soltó al marqués de Damian sin rodeos:

“Me voy hoy mismo”.

“¿Tenía que ser de una forma tan precipitada?”.

“Si no lo hago así, la familia Damian saldrá lastimada”.

“……¿No piensas detener tu venganza?”.

“Qué cosas tan divertidas dice usted”.

“……Es verdad, he dicho una tontería”.

“No tengo apenas equipaje, así que me marcharé ahora mismo. Cumpliré con lo pactado”.

Dicho aquello, Caleb hizo una reverencia e hizo amago de abandonar el despacho. El cabeza de familia de los Damian le dijo a sus espaldas:

“Si alguna vez quieres volver, las puertas están abiertas”.

“……Eso no va a pasar. Ocúpese un poco más de Jade, se lo ruego”.

Con esas palabras, Caleb terminó de alistar los preparativos para abandonar la mansión Damian aquella misma noche. Hasta el último momento, Jade no dejó de llamarlo con angustia desesperada.

“¡Caleb, Caleb!”.

“¡Joven amo, por favor, cálmese!”.

“¡Caleb, por favor!”.

“¡Joven amo!”.

Apretando los dientes con fuerza e intentando ignorar aquellos gritos que le desgarraban el alma, Caleb subió al carruaje. Como no llevaba pertenencias, no había nada que empaquetar. Lo único que resonaba en sus oídos era la voz de Jade llamándolo. Caleb apretó con fuerza las manos que apoyaba sobre sus rodillas. En su cabeza solo se dibujaba la imagen de la voz quebrada de Jade y de los sirvientes intentando contenerlo. Cortar los lazos con la familia Damian y regresar a su propio clan era lo correcto. Si quería cumplir con su ansiado objetivo de tantos años.

¡RUM-RUM...!

Mientras el carruaje avanzaba, el cielo se fue tiñendo de un tono grisáceo y comenzó a llover. Mirando a través de la ventanilla por la que caían las gotas de lluvia, Caleb recordó su infancia con una mirada sombría. Aquellos tiempos en los que era incapaz de hacer nada. Aquella niñez que jamás habría querido que nadie descubriera, y que ahora, aunque se la revelara a todo el mundo, era lo único que jamás habría querido que supiera Jade.

'Es ridículo'.

Pensaba que era una persona de la que jamás querría que conociera sus debilidades, y sin embargo, ahora se había convertido en la única persona a la que deseaba ocultárselo a toda costa. Seguramente se debía a que sabía que su pasado se convertiría en una herida para él. Porque sabía que le dolería tanto como a él mismo.

Atravesando la lluvia, Caleb llegó finalmente a la mansión de los Engers. Al verlo aparecer, el mayordomo lo recibió con una expresión de genuina sorpresa. Su rostro parecía decir que qué hacía de vuelta si ya había estado allí por la mañana. Apenas cruzó la entrada de la mansión, Caleb se dirigió directo al despacho del cabeza de familia. Allí se encontraba el conde de los Engers, absorto y devanándose los sesos mientras revisaba los documentos sobre los lugares de inversión que le había facilitado. A ver qué saca de eso. Soltando una risa cínica para sus adentros, Caleb lo saludó:

“Padre, ya he vuelto”.

“Vaya, Caleb. Dijiste que venías por la mañana y ya estás aquí otra vez por la noche”.

“Es que tengo algo importante que decirle”.

“Habla, te escucho”.

Con un tono sumamente ligero, como si se tratara de la cosa más trivial del mundo, Caleb soltó:

“He roto mi compromiso”.

Ante esas palabras, la mano del cabeza de familia que hojeaba los papeles se detuvo en seco.

“……¿Qué has dicho?”.

“He roto mi compromiso con Jade Damian”.

 

Capítulo 30

¡Bang!

Ante aquellas palabras, el cabeza de familia de los Engers golpeó la mesa con fuerza, produciendo un estruendo.

“¡Qué demonios habrás hecho para que te devuelvan tras romper el compromiso!”.

“Pues sí. A saber qué clase de falta imperdonable habré cometido”.

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Caleb esbozó una leve sonrisa. Esa risa terminó por enfurecerlo. El conde de los Engers se puso de pie de un salto, se acercó a grandes zancadas hacia Caleb y le propinó una bofetada a mano abierta.

¡Plas!

Tras recibir un golpe en la mejilla después de tanto tiempo, Caleb pensó con ironía que últimamente le venían muy seguido a la memoria los recuerdos de su infancia. Sin embargo, antes de que siquiera terminara de pensarlo, otra bofetada volvió a estrellarse contra su rostro.

¡Plas!

¡Plas!

Los golpes de su mano se sucedieron una y otra vez, y Caleb los soportó todos en completo silencio. Aunque se le amoratara el rostro y se le rompiera la comisura de los labios al grado de brotarle sangre, el conde Engers no se detuvo. Era un comportamiento que no parecía en absoluto el de un padre. Fue solo después de que la espalda de Caleb chocara con un golpe seco contra la puerta que tenía a sus espaldas cuando comprendió que la lluvia de bofetadas por fin se había detenido.

“Es impensable que en esa familia hayan aceptado hablar de anular el compromiso así como así... ¿Acaso, viéndose muy muy alfita, te enredaste con otro omega?”.

“¿Quién demonios se va a enredar con un omega como yo? Si estoy completamente roto”.

“……Entonces, ¿fue del otro lado de donde se enamoraron de otro omega?”.

“De eso no estoy muy seguro”.

“¡Entonces qué demonios es el problema!”.

“A cambio, me dieron una pista sobre cierta información”.

“……¿Qué clase de información?”.

“Dicen que esta vez zarpará un gran barco”.

“¿Un gran barco?”.

“Sí, uno de gran envergadura que cruzará el océano Atlántico; su tamaño es descomunal. Comentan que con solo regresar, traerá todo tipo de oro y riquezas a bordo”.

“……¿Es seguro?”.

“Tratándose de información dada directamente por el jefe de la casa, debe ser cierta”.

Caleb soltó una mentira con total naturalidad. Como hasta entonces la información que les había suministrado había sido verídica, era sumamente probable que picara el anzuelo. Aqua embarcación comercial tenía altas probabilidades de ser una estafa, por lo que el marqués de Damian la había descartado desde un principio como opción de inversión.

Pareciendo caer en la tentación, el conde Engers se frotó el rostro con las manos secas antes de llamar inmediatamente a los sirvientes para ordenarles:

“Es la primera vez desde los catorce años. Lleven a Caleb al sótano”.

“Sí”.

Mientras se lo llevaban a rastras, Caleb pensó para sus adentros:

'A estas alturas ya estoy muy viejo para asustarme por algo así...'.

* * *

Jade estaba medio loco, o más bien, completamente de plenos. Caleb lo había abandonado. Como si fuera alguien que jamás iba a regresar. Fue a buscar a su padre para decirle que iría a recuperar a Caleb, pero lo único que recibió como respuesta fueron unas palabras mezcladas con un suspiro.

“Ese muchacho dijo que se iba, así que no nos queda de otra más que respetar su decisión.”

“¿Acaso no tenemos un trato hecho, padre?”

“Por mucho que intentes retenerlo a la fuerza, ¿de qué te servirá con él?”

“……”

“Mira bien en lo profundo de tu corazón, hijo mío.”

“……”

Si hubiera dependido de sus deseos, habría ido a traerlo de vuelta para encerrarlo en una habitación. Pero si lo retenía a su lado a la fuerza, Caleb terminaría por cerrar su corazón por completo. Jade sentía que iba a volverse loco en medio de ese abismo. El marqués de Damian frunció el entrecejo, dudando sobre qué debía decirle a su hijo. Se preguntó varias veces si debía contarle lo que él sabía.

“Jade……”

Pero antes de que el marqués de Damian pudiera abrir la boca, Jade salió corriendo de la habitación. El marqués volvió a cerrar los labios. No podía romper la promesa que le había hecho a Caleb, ese muchacho, con el fin de proteger los sentimientos de su propio hijo. Así que no le quedó más remedio que ver cómo la espalda de su hijo se alejaba.

Una vez que salió disparado del despacho de su padre, Jade sintió que la vista se le nublaba. Jamás en su vida había experimentado una tormenta emocional semejante, y comenzó a destrozar todo tipo de baratijas que había en su habitación. La escena era un caos tal que él mismo se enteró en ese instante de que albergaba semejante violencia en su interior.

¡Clash!

“¡Joven amo, por favor, cálmese!”

“¡Joven amo...!”

Como ya no quedaba nada por romper, Jade se dirigió a la habitación de Caleb. En el cuarto de Caleb aún persistía el rastro de su aroma a feromonas. Una lágrima resbaló de inmediato por los ojos de Jade. ¿Y si iba a rogarle ahora mismo que volviera prometiendo hacer lo que fuera? Como hacía poco que había llegado a la mansión de los Engers, tal vez si le rogaba las cosas saldrían de algún modo.

Recorrió con la mirada cada rincón de la habitación de Caleb. Y de pronto cayó en la cuenta. Caleb se había marchado con las manos vacías. No quedaba ni un solo objeto suyo en ese lugar. En aquella casa no había absolutamente nada que pudiera retener a Caleb. Nada. Ni siquiera él mismo.

“Caleb……”

Apretando contra su pecho las prendas de Caleb, Jade sollozó en silencio. Mientras lloraba ahogadamente, uno de los sirvientes se le acercó con cautela.

“Disculpe, joven amo……”

“……Qué.”

“Hay una visita.”

“Qué clase de visita.”

“Es el pintor que mandó una carta la otra vez……”

“¿El pintor?”

Al escuchar eso, Jade levantó la cabeza. El pintor de aquel cuadro ante el cual Caleb se mostraba tan sensible. Jade pensó que aquel artista debía de saber algo que Caleb no le había contado. Por esa razón, tras doblar rápidamente la ropa de Caleb y cerrar la puerta de la habitación, se encaminó hacia la sala de recibo.

“Háganlo pasar al salón de inmediato.”

“Sí, s-sí, entendido.”

A grandes zancadas se dirigió a su propia recámara para alisarse el cabello y lucir lo más presentable posible antes de ir al salón. Allí estaba sentada una mujer de unos treinta años.

“Hola, soy Aena. Estimado noble.”

“Siéntate.”

“¿Dónde está la persona que me mandó a llamar?”

“En realidad, fui yo quien te mandó a llamar.”

“……¿No fue el joven Caleb Engers?”

“……Él está comprometido conmigo. Por ahora se encuentra temporalmente en la mansión de los Engers.”

“¿Que ha regresado a esa mansión de los Engers?”

El tono de su voz se volvió ligeramente áspero.

“L-Leí los periódicos. Que la familia Engers envió a su segundo hijo a la familia Damian. Que los habían comprometido. Entonces, entonces, ¿no debería estar aquí? Se fue solo por un momento, ¿verdad? ¿No es así?”

La impaciencia se filtraba en su voz. Su timbre hizo que Jade albergara dudas. ¿Por qué razón aquella pintora estaba tan desesperada? Jade se acercó a grandes pasos hacia la artista y la agarró con brusquedad de los hombros.

“Quién eres tú. ¿Qué es lo que sabes?”

La mujer respondió sin vergüenza alguna:

“Tráigame de vuelta al joven amo y se lo diré todo.”

“……”

“¡Sáquelo de esa maldita familia que es un infierno...!” —dijo Aena, asiéndolo de las solapas.

Ante esas palabras, Jade se quedó paralizado. Una familia que era un infierno. Era verdad que el pasado de Caleb antes de los quince años era borroso, pero ¿hasta el punto de describirlo así? ¿A dónde habían ido a parar los registros de su vida previa a los quince años? Si aquella época anterior a los quince hubiera sido como un infierno...

“Qué clase de escándalo es este.”

“Padre.”

En ese momento, alertado por el alboroto en el salón, el marqués de Damian abrió la puerta y dejó ver su presencia. Mirando a su padre, Jade le soltó:

“¡Tengo que ir a buscar a Caleb... A traerlo de vuelta!”

“……Ese muchacho probablemente no te siga.”

Al oír eso, Jade sintió como si hubiera recibido un golpe directo en la cabeza.

“……¿Usted lo sabía, padre?”

“……”

“¿Sabía acaso que Caleb iba a hacer algo así?”

Tras un largo silencio, el marqués de Damian asintió con la cabeza.

“Así es. Aunque no lo sé todo, ese muchacho me propuso un trato.”

“¿Un trato?”

“A cambio de dejarle caer información sobre lugares de inversión……”

Una breve pausa para respirar y luego continuó:

“Me prometió que borraría a la familia Engers del registro nobiliario.”

* * *

Eso ocurrió cuando Caleb pisó por primera vez la mansión de los Damian. Al encontrarse cara a cara con el marqués de Damian por primera vez, Caleb Engers le propuso una oferta inesperada.

“Quisiera que me facilitara algunos lugares en los que su familia planea invertir. Si son buenas opciones, mucho mejor”.

“¿Y qué razón tendrías para hacerme semejante petición?”.

Al principio, el marqués de Damian pensó que no tenía ningún motivo para aceptar dicha solicitud. Aunque estuvieran comprometidos, no albergaba la menor intención de mostrarle favoritismo a una familia que ellos mismos habían sacado a flote. Sin embargo, Caleb esbozó una leve sonrisa y le dio una respuesta imprevista.

“He venido a hacer un trato”.

“¿……Un trato?”.

“Sí. Yo-”.

Y lo que siguió a continuación fue:

“Haré que la familia Engers sea borrada del registro nobiliario”.

Los ojos del marqués de Damian se abrieron de par in par. Era algo en lo que ya había fracasado una vez antes. Aquello a lo que había renunciado por el bien de su propio hijo, ahora el hijo del conde se ofrecía a hacerlo por él. Qué cosa tan extraña. No obstante, si lograba no solo la ruina de la familia, sino borrarla por completo de los registros de la nobleza, la facción de la vieja nobleza quedaría no solo tambaleándose, sino totalmente desarticulada. De ese modo, las fuerzas que respaldaban al príncipe perderían todo su poder, facilitando enormemente que el bando de la princesa —al que apoyaba la familia Damian— alcanzara el trono imperial.

“¿……Por qué me haces esta propuesta?”.

“No necesita saberlo. Lo único que debe decidir es si acepta el trato o no”.

“¿……Y cómo se supone que deba confiar en tu palabra?”.

“¿Acaso mi vida no está ya en manos de la familia Damian?”.

“……”.

“Tómese su tiempo para pensarlo”.

Ante esas palabras, el jefe de la casa de Damian golpeó un par de veces la superficie del papel con la punta de su pluma. Aunque era imposible adivinar qué pasaba por la cabeza de ese mocoso, su mirada destilaba una frialdad siniestra. Albergaba un veneno tan ponzoñoso y antiguo como el de una serpiente viperina. El problema era que ese veneno no iba dirigido contra ellos, sino que apuntaba directamente contra su propia familia. Por esa razón, aceptó el trato.

“Trato hecho”.

“Se lo agradezco”.

“Entonces, ¿cómo piensas utilizar los lugares de inversión?”.

“Primero hay que darles información correcta para que se amontonen como moscas a la miel”.

“¿Y luego, darles información falsa para hacerlos caer?”.

“Exacto, y cuando estén desesperados, ofrecerles algo podrido como si fuera una cuerda de salvación”.

“……Qué impaciente eres, muy impaciente”.

“Todo porque alguien arruinó mis planes”.

Caleb soltó una risa indescifrable, hizo una reverencia inclinando el torso tras pronunciar un breve 'con su permiso' y abandonó la habitación.

Enterado de la conversación entre su padre y Caleb, Jade se encontraba sentado en el sofá con la cabeza gacha. No podía culpar a su padre ni tampoco a reprocharle nada a Caleb. El único que había creído erróneamente que Caleb estaba a su lado, el único que no sabía absolutamente nada de él, era él mismo. Por esa razón, en lugar de ponerse a llorar, se puso de pie con paso tambaleante.

“Voy a ir a buscar a Caleb”.

“Te he dicho que ese muchacho no va a volver”.

“¡Aun así!”.

Exclamó Jade con los ojos inyectados en sangre, con las venas de la esclerótica totalmente reventadas.

“Tengo que traerlo a la fuerza. Dicen que es una familia que parece un infierno. No sé qué demonios habrá pasado allí, pero es una familia a la que quiere borrar hasta del registro nobiliario...”.

Diciendo eso, Jade se dirigió a su habitación. No podía presentarse con el aspecto de un piltrafa. Debía arreglarse con la mayor pulcritud posible antes de marchar a la mansión de los Engers. Al fin y al cabo, tratándose de un compromiso tramitado a través de un trato con la princesa, no era algo que pudiera romperse tan fácilmente solo porque ellos dos decidieran disolverlo por su cuenta. Así que pensó que bastaría con decir que habían tenido una discusión pasajera y sacaría a Caleb de allí como fuera, mientras se terminaba de arreglar.

Justo antes de dirigirse a la planta baja, pasó por el salón de recibo y le dijo a la mujer llamada Aena, que seguía allí:

“Cuando regrese, tendrás que contarme absolutamente todo lo que sabes”.

“Por supuesto”.

Aena asentía en silencio con la cabeza. Apretando los dientes con fuerza, Jade decidió dirigirse a la familia Engers acompañado de un carruaje para traer de vuelta a Caleb.

“Y trae eso”.

“¿A qué se refiere exactamente?”.

“El documento del feudo que esté más cerca de aquí”.

“Entendido”.

Mientras decía aquello, los ojos de Jade brillaban con un brillo febril.

* * *

Caleb estaba sentado en la oscura habitación, abriendo y cerrando los ojos con lentitud. Era el cuartito donde solían encerrarlo cada vez que contrariaba a su familia, sin importar si había cometido un error de verdad o no cuando era niño. Bueno, para ser exactos, era dentro de aquella pequeña caja.

'Ya no soy lo suficientemente pequeño como para caber encerrado en esa caja'.

Caleb se puso de pie y rozó con la mano la pequeña caja en la que lo encerraban de pequeño. Era mucho más diminuta de lo que recordaba en su mente. ¿Tan pequeño había sido él de niño? Mientras pensaba en eso, la puerta del sótano se abrió. A continuación, entró su hermano mayor, Ivan. Este lo miraba desde arriba con una expresión despectiva mientras Caleb estaba sentado en un rincón de la estancia. De niño le tenía pánico a esa mirada, pero para el ya crecido Caleb, aquello resultaba simplemente patético. Caleb se levantó.

“Qué, ¿viniste a ver a tu hermanito?”.

“……Veo que ya no tiemblas de miedo como cuando eras niño”.

“Ya tengo otra edad, esa época quedó atrás”.

“……Qué insolente”.

“Hermano, te pones así solo conmigo”.

Caleb miró las puntas de sus dedos bien cuidadas mientras decía:

“Frente a los demás, en cambio, ni una sola palabra eres capaz de decir como se debe”.

¡Pum!

En ese instante, un puñetazo voló hacia él. Recibió el golpe de lleno en la cabeza, sintiendo una punzada de dolor intenso. Sin embargo, a diferencia de su infancia, en la que terminaba por los suelos, ahora que era un adulto hecho y derecho se limitó a inclinar un poco la cabeza hacia un lado. Mirando a Ivan, que respiraba agitado por la rabia, Caleb le preguntó:

“¿Ya terminaste?”.

“……Tú”.

“¿Cuál es el problema? Si ya te lo di todo servido en bandeja. ¿Ni siquiera masticado puedes tragarlo?”.

“Debiste quedarte aferrado a esa familia y acaparar hasta el último recurso que le sirviera al clan. ¿Vuelves aquí con la excusa de que rompiste el compromiso solo porque no pudiste controlar tus caprichos?”.

“Ah, sobre eso……”.

Caleb esbozó una leve sonrisa.

“Tampoco sabía que iba a terminar haciendo algo así”.

Tampoco imaginé que llegaría a preocuparme por si Jade salía lastimado. Caleb se tragó el resto de las palabras sin pronunciarlas. Al final, Ivan le propinó una fuerte patada en el abdomen. Se oyó un ruido seco y Caleb cayó al suelo. Pudo haberla esquivado si lo hubiera intentado, pero en ese momento no tenía la menor gana de hacerlo. Habría preferido que al menos ese dolor borrara sus pensamientos por un instante. Sin embargo, incluso mientras era pisoteado bajo los pies de su hermano, los recuerdos de Jade se negaban por completo a desvanecerse de su mente, así que simplemente cerró los ojos.

* * *

Mientras tanto, la lluvia caía de manera persistente. El carruaje avanzó a gran velocidad, llegando a la mansión de los Engers mucho más rápido de lo habitual. Ignorando por completo al mayordomo que salió apresurado a recibirlo, Jade abrió de par en par las puertas principales de la propiedad por su propia cuenta.

Al ver irrumpir a Jade, los sirvientes se apresuraron a subir hacia los pisos superiores. Su actitud dejaba claro que su llegada no era bienvenida. Al parecer, corrían de prisa para informarle al cabeza de familia sobre su visita. Tras permanecer unos cuantos minutos de pie en el vestíbulo de la entrada, se escucharon pasos apresurados. El conde Engers y Ivan, el hermano mayor de Caleb, comenzaron a bajar por las escaleras.

“Joven marqués Jade, v-vaya, ¿a qué se debe su visita?”.

Jade forzó una sonrisa, reuniendo hasta la última pizca de paciencia que le quedaba.

“Tuve una pequeña discusión con Caleb por un asunto sin importancia. Supongo que por eso ha venido hasta aquí, así que he venido a buscarlo”.

“¿Una…… pequeña discusión?”.

“Sí, parece que se enojó bastante. Por eso vine a buscarlo en persona. ¿Dónde está Caleb en este momento?”.

“……Caleb está descansando en su habitación en este instante”.

“Iré a buscarlo. Supongo que ya se le habrá bajado un poco el enojo para este momento”.

Mientras decía esto y se acercaba hacia las escaleras, Ivan le bloqueó el paso con prisa. Derramando sudor frío por la frente, Ivan le dijo:

“Tome una taza de té antes de retirarse. Parece que el enojo de Caleb aún no se le pasa del todo. Deje que se calme con tranquilidad por aquí, nosotros lo consolaremos y se lo mandaremos de vuelta debidamente”.

“……¿A ese grado se enojó?”.

“……Sí”.

“¿Qué fue lo que dijo?”.

“¿Disculpe?”.

“¿Qué dijo Caleb? ¿Por qué motivo aseguró que estaba enojado?”.

“……Eso es que……”.

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Mientras Ivan titubeaba sin saber qué responder, la mirada de Jade comenzó a enfriarse lentamente. Quien interrumpió en medio de ese silencio fue el cabeza de familia de los Engers, respondiendo con aparente calma:

“No nos dio una respuesta clara. Solo se limitó a decir que habían roto el compromiso y se encerró en su habitación sin querer salir. Nosotros también estamos muy preocupados, joven marqués”.

“……Ya veo”.

“Por lo tanto, le sugeriría que por hoy regrese a su casa……”.

“Ah, si vine de esta manera no es solo por Caleb, sino también porque tengo otro asunto que tratar. Es algo de lo que debo hablar con el cabeza de familia”.

Ante esas palabras, el conde Engers puso una expresión de desconcierto.

“¿De qué se trata?”.

“Es sobre un feudo ubicado a poca distancia de la capital”.

“Si está cerca de la capital, entonces……”.

“Sí, hablo de Millean”.

“¡Si se trata de Millean……!”.

Jade sacó de entre sus ropas los documentos de propiedad del feudo y los sostuvo en alto.

“Pensé que Caleb debió pasar por un mal rato debido a mí, así que traje esto a modo de disculpa”.

“¡V-Vaya, no era necesario llegar a tanto con algo así……!”.

“Lastimó el corazón de mi prometido, ¿no creía que al menos debía hacer esto?”.

“E-Entremos al despacho para hablarlo con calma”.

Incapaz de contener su codicia, el cabeza de la familia Engers lo hizo pasar a su oficina.