capítulo 26-30
capítulo
26
"Ugh,
ah. Ah……."
Al
ser la primera vez que Caleb aceptaba explícitamente una relación por voluntad
propia, los gemidos que escapaban de sus labios sonaban mucho más suaves.
Sintiéndose aún más dolorido de la zona baja debido a aquellos sonidos, Jade
siguió succionando hasta que el tierno pezón se puso completamente rígido. Cada
vez que pasaba la punta de la lengua por el extremo o lo mordisqueaba
ligeramente, notaba cómo el cuerpo ajeno se estremecía con sorpresa.
"No
lo... muerdas. ¡Ugh!"
"¿Hm?"
Con
el pezón todavía atrapado entre los labios, Jade soltó una risa divertida. Acto
seguido, tiró de él con los dedos como si pretendiera estirarlo con fuerza.
¡Augh! Un gemido brotó de su garganta y el pene de Caleb se puso al límite,
completamente rígido y erecto. Dejando escapar una risa burlona, Jade apartó
los labios y los dedos para acariciar directamente la erección de Caleb.
"Parece
que no te disgusta tanto……."
"Porque
tú... lo has hecho... demasiado sensible."
"Aha."
Ante
las palabras de Caleb, Jade inclinó la cabeza con una sonrisa. Su mirada
brillaba con intensidad. Vaya, así que fui yo quien volvió sensible este
cuerpo, parecía decir aquella expresión. Las feromonas brotaron de su
cuerpo de forma violenta. Por un instante, Caleb contuvo el aliento con un
jadeo. Fue el momento exacto en que, entre las feromonas de ambos que se
enredaban caóticamente, las de Caleb terminaron siendo devoradas por las de
Jade. Inhalando profundamente sobre el cuello del jadeante Caleb, Jade le
susurró al oído:
"Hay
olor a mí en tu cuerpo, Caleb……."
¿Supongo que esto también es algo que te he hecho yo?
Diciendo
aquello, comenzó a masturbar lentamente el pene de Caleb. La lengua que había
estado lamiendo su cuello descendió con parsimonia para volver a tomar entre
sus labios el pezón que él mismo se había encargado de enrojecer. Al sentirlo,
Caleb soltó un gemido mientras se retorcía, pero Jade no se detuvo y continuó
moviendo la mano sobre su pene sin alterarse.
Con
el cuerpo crispado, Caleb miró a Jade, quien se ocupaba de estimularlo.
Entonces, estirando la mano, agarró con firmeza la endurecida erección de Jade.
En ese preciso instante, Jade sintió como si una chispa de fuego le estallara
en la cabeza.
"¿Qué?
¿También quieres... tocar el mío?"
"……."
Caleb
optó por el silencio en lugar de responder, pero era innegable que su pálida
mano estaba aferrando el pene de Jade. Soltando una risa salvaje, Jade unió
ambas erecciones bajo el mismo agarre junto a la mano que lo sujetaba, y
comenzó a agitarlas con fuerza. Ugh, hic. Ah. Al sacudir los penes con
rudeza, empezó a resonar un sonido húmedo y viscoso. El líquido preseminal que
escurría por la punta generaba un ruido espeso. Ambos se frotaron las
erecciones de forma frenética, y no tardaron en alcanzar la cúspide de aquella
ola de calor.
"¡Ugh……!"
"Fuuu……."
Jade
soltó una risa al contemplar el doble chorro de semen que manchaba las manos de
los dos. Pudo ver cómo los ojos de Caleb, tumbado justo debajo de él, brillaban
con un tono verdoso. Era una mirada de innegable súplica. Por primera vez,
Caleb lo estaba deseando de verdad. Un sentimiento de satisfacción tan
abrumador que amenazaba con fundirle el cerebro lo invadió por completo, y eso
que la verdadera acción ni siquiera había comenzado. Jade embarró su mano,
empapada de semen, sobre la entrada de Caleb. El líquido había escurrido hasta
allí, dando a la zona una textura extrañamente húmeda.
"Estás
empapado…… Parece como si lo hubieras fabricado tú mismo."
"Cierra...
la boca……."
Jade
soltó una carcajada sonora. Al principio, a Caleb le pareció tan extraña la
sensación de aquellos dedos rozando su intimidad que intentó juntar las
piernas, pero en cuanto Jade apartó una de sus extremidades con la otra mano
libre, se vio obligado a abrirlas de nuevo. Ante la sensación del semen
resbalando y frotando con suavidad la superficie de su abertura, Caleb apretó
los dientes con fuerza. Aunque poseía el cuerpo de un alfa, su organismo ya
tenía grabado a fuego el dolor y el placer que solían seguir a semejante acto.
Caleb sabía perfectamente lo que ocurriría en cuanto esos dedos se introdujeran
en su interior y lo que vendría después.
"Solo...
hazlo rápido……."
"No
me hagas ser violento contigo. No quiero lastimarte, ya lo sabes."
Diciendo
aquello, Jade inclinó la cintura para depositar un beso en la punta de su barbilla
mientras introducía con lentitud un dedo bañado en semen. En cuanto el primer
dedo se abrió paso a la fuerza, una de las piernas de Caleb tembló de manera
incontrolable. Frunciendo el ceño, sintió una vez más esa molesta sensación de
cuerpo extraño a la que jamás lograba acostumbrarse. Al ver aquel ceño fruncido
que le pareció adorable, Jade inclinó los labios y luego enderezó el torso para
contemplar la apretada abertura que devoraba su dedo. Era la primera vez que
Caleb se entregaba a él por voluntad propia. Tan solo ese pensamiento le
encendía la cabeza con un calor febril, y no tenía la menor intención de dejar
que un día así transcurriera con prisa.
Comenzó
a curvar y agitar lentamente el dedo dentro de su cavidad.
"Hnnng,
ah……."
Al
notar el movimiento lento en su interior, Caleb emitió un quejido lastimero.
Jade estaba decidido a prepararlo de la forma más profunda y empapada posible.
Quería convertirlo en un cuerpo que no pudiera funcionar sin él. Incluso
tratándose de la constitución de un alfa, deseaba que le perteneciera al punto
de volverse insustituible. Pensando en ello, presionó suavemente la zona del
periné con la otra mano mientras introducía un segundo dedo.
"¡Ugh……!"
Al
presionar el periné y forzar la entrada de un segundo dedo, la cintura de Caleb
se sacudió con espasmos. Ocultándose el rostro con ambos brazos, agitaba las
piernas abiertas en el aire sin saber qué hacer con ellas. Su aspecto resultaba
tan arrebatador que Jade tenía unas ganas irrefrenables de clavarle lo suyo de
inmediato. Su pene, grotescamente erecto y perdiendo hilos de líquido
preseminal, aguardaba impaciente su turno. Sin embargo, Jade se contuvo.
Aguantó mientras ensanchaba la abertura usando ambos dedos a modo de tijeras, y
comenzó a embestir lentamente el interior con ellos.
¡Plop, plop, plop, plop!
A
medida que introducía los dedos hasta la base y presionaba los puntos más
sensibles, la cintura de Caleb se alzaba y caía repetidas veces en un frenesí
involuntario. Se escuchaban los jadeos entrecortados de Caleb. Jade oía cómo su
pareja mascullaba insultos entre dientes antes de terminar por soltar un
gemido. Verlo perdido, incapaz de lidiar con el placer que le otorgaba, le
resultaba indescriptiblemente extasiado.
Sus
piernas abiertas temblaban sin poder siquiera recuperar algo de cierre.
Jadeando sin parar, cada vez que los dedos presionaban y rozaban su próstata,
Caleb expelía pequeños chorros de líquido por la punta de su pene. Excitado al
límite por aquella escena tan indecorosa, Jade cambió de postura para
recostarse a su lado, elevando a tres la cantidad de dedos que perforaban su
interior. Al mismo tiempo, atrapó uno de sus encendidos pezones entre los
labios para succionarlo con fuerza mientras seguía arremetiendo el fondo con
rudeza.
¡Plaf!
¡Shk-shk, shk-shk, chof!
"¡Augh!
¡Ah! ¡A-Augh!"
Al
ser penetrado una y otra vez con tres dedos, las piernas de Caleb no solo
temblaban, sino que los músculos de sus muslos comenzaron a sufrir espasmos. Para
colmo, el tormentoso estímulo de su pezón, hinchado hasta doler, hizo que una
sensación inminente de clímax lo atropellara de golpe.
"¡S-Siento
que voy... a... Mierda, basta...!"
Al
final, Caleb experimentó un nuevo orgasmo bajo los dedos de Jade, y un chorro
de semen brotó por la punta de su pene, manchando una vez más su propia piel.
Sin soltar el pezón de su boca, Jade soltó una risa ahogada. Luego, separándose
con un chasquido húmedo, miró al jadeante Caleb y le dijo:
"Caleb,
esta noche va a ser muy larga."
"……."
"Todo
lo larga que me has permitido."
Jade
volvió a enderezar la cintura, y por primera vez, Caleb sintió algo parecido a
los nervios ante él. A fin de cuentas, tratándose de otro alfa, no debería
haber ninguna diferencia. Pero pensar que no habría diferencias era su más
grande y absoluta equivocación.
*
* *
"¡Augh,
ah! ¡A-Auregh……!"
¡Chof, chof, plop, shk-chof!
Cuatro
dedos se movían a toda velocidad dentro de su cavidad. Caleb aferró las sábanas
con fuerza, sacudiendo la cabeza mientras los gemidos se le escapaban de los
labios. Tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas y la saliva se le escurría
por la comisura de la boca sin que pudiera contenerla. Era una escena que jamás
se habría imaginado presenciar. Ya había perdido la cuenta de las horas que
llevaban así, ni de cuántas veces había alcanzado el clímax. Una y otra vez
intentaba apartarlo agitando las piernas, pero los hombros de Jade seguían
firmes como bloques de piedra. ¡Plop, plop! Tras haberlo llevado a su
quinto orgasmo usando solo los dedos, Jade se pasó la lengua por los labios
resecos y le susurró:
"Yo
también lo estoy pasando mal, Caleb……."
Sobre
todo teniendo que contenerme para no clavártelo tras ver este espectáculo. Con
voz ronca, dobló los dedos para raspar con insistencia el punto exacto de la
próstata. Caleb dejó escapar un grito ahogado y arqueó el cuello hacia atrás.
Jade contempló cómo sus cuerpo blanco y tembloroso, manchado por el propio
semen que él mismo había eyaculado, se estremecía aferrado a las sábanas, orgulloso
de su obra como si de una pieza de arte se tratara.
"P-Por
favor... ya... es hora de que pares……."
Mientras
Caleb le suplicaba piedad entre jadeos, Jade le respondió con la voz impregnada
de fiebre:
"Quiero
que me desees un poco más, Caleb."
"¡Ah,
ah... ¡ugh!"
Al
ver que Jade volvía a curvar los dedos para raspar el interior con más fuerza,
Caleb se retorció entero y curvó la cintura en el aire. Sus caderas flotaban y
temblaban sin control. Tratando de poner en marcha su cerebro, al borde del
colapso por el calor sofocante, buscó desesperadamente la forma de calmar a un
Jade excesivamente excitado. Tenía que poner fin a esa sesión obsesiva. Y
entonces, dio con una sola solución. Caleb le tendió los brazos.
"Jade...
lo tuyo... mételo, por favor……."
Ante
su petición, los dedos que presionaban con firmeza las paredes internas se
detuvieron de golpe. Con los ojos dorados brillando intensamente, le preguntó:
"¿Qué
has dicho, Caleb?"
"¡Que
metas tu pene... ah, ugh!"
Antes
siquiera de que terminara la frase, Jade le sujetó ambas piernas y,
aprovechando la blandura de la entrada dilatada, empujó con fuerza su pene
grotescamente erecto hacia el interior. Un hipo ahogado se le escapó de la
garganta, y Caleb comenzó a temblar tanto que perdió por completo el aliento.
Aquella vara, de un grosor y una longitud incomparables a los dedos, penetró
hasta el fondo y se encajó de golpe en la curvatura más recóndita. Sin darle el
menor respiro para prepararse, le sujetó las caderas y comenzó a embestirlo con
fuerza, haciendo resonar palmadas secas en la habitación.
"Por
mucho que intente... ir despacio……."
"¡Augh!
¡Ah! ¡A-Auregh! ¡Ah!"
"¿Por
qué sigues... provocándome así?"
Mascullando
las palabras entre dientes, Jade le apretó la cintura con tanta fuerza que
estuvo a punto de dejarle marcas, mientras se alzaba para arremeter con
fiereza. Los golpes secos de la carne resonaban sin descanso mientras el semen
salpicaba por todas partes y los gritos disfrazados de gemidos se sucedían uno
tras otro. Estando ambos alfas, resultaba abrumador asimilar las feromonas del
otro, pero como Caleb ya tenía sus terminaciones nerviosas hiperestimuladas
tras haber corrido al menos cinco veces, sentía cada roce con una intensidad
punzante que casi le provocaba náuseas. Sin embargo, su organismo parecía haber
reconocido por fin el aroma de su pareja, aceptándolo de forma natural.
¡Chof, plaf, plaf! ¡Shk-chof, plop!
"¡Augh!
¡ugh! ¡A-Ah! ¡A-Ahregh!"
Al
borde de la inconsciencia, Caleb clavó la mirada en los ojos de Jade, que lo
observaban con una obsesión enfermiza. Unos ojos que gritaban que jamás lo
dejaría ir, que le pertenecía por completo. ¿Había sido pura negligencia de su
parte no haberse dado cuenta de aquella mirada desde los tiempos de la academia?
O mejor dicho, desde el preciso instante en que lo vio por primera vez.
Mientras profería gemidos con la voz destrozada, un escalofrío recorrió la
espalda de Caleb. ¿Acaso todo el problema había empezado en el momento en que
llamó la atención de semejante monstruo?
"Haa……."
Al
notar que el clímax se le venía encima, Jade se detuvo un instante y, dejando
el glande encajado en lo más profundo de sus entrañas, comenzó a balancear la
cintura con suavidad. Ante aquel leve movimiento, Caleb retorció el cuerpo tratando
de huir, pero Jade le presionó el bajo vientre a propósito para impedírselo.
"¡Ugh……!"
"Aquí
es hasta donde llega."
Jade
acarició la silueta de su pene que se marcaba bajo el vientre plano de Caleb y
comenzó a masajearlo con la palma de la mano. Incapaz de emitir sonido alguno,
Caleb tuvo que soportar de nuevo el embate de su pene. Disfrutando de la
tortura de hacerlo llorar sin retirarse de su interior, Jade continuaba
embistiéndolo sin piedad. Sentir su propia erección atrapada dentro de aquellas
paredes que se contraían y lo ordeñaban con desesperación le daba la inebriante
sensación de poseerlo por completo. Caleb se debatía entre una mezcla de dolor
y placer que le blanqueaba la mente, pero cada vez que el cuerpo de Jade y sus
feromonas lo aplastaban contra el colchón, perdía la capacidad de pensar.
Cuando
volvieron a colisionar con fuerza y su pene se clavó en el rincón más íntimo,
Caleb experimentó una ola de placer tan abrasadora como ninguna otra. Su pene
se puso rígido y comenzó a temblar, pero de la punta no salió absolutamente
nada. Al percatarse de aquella inusitada sequedad, Caleb exhaló con dificultad
mientras le arañaba la espalda. Desconcertado al no ver líquido alguno, Jade
bajó la mirada para examinar su erección, pero al segundo esbozó una amplia
sonrisa y comenzó a juguetear con su pene hiperestesiado.
"No...
ah, me... toques…….
"¿Estás
muy sensible? Pero si..."
...si
estás tan incitante. Jade recorrió con un dedo su pene, que temblaba por la
eyaculación seca. A pesar de los jadeos, Caleb intentó apartarle la mano. Acto
seguido, se arrastró hacia el cabecero de la cama y bajó la vista para
contemplar su propio cuerpo, cubierto de pies a cabeza por una mezcla de semen
y feromonas de Jade. Aquello era un completo desastre, por mucho que él mismo
hubiera dado su consentimiento. Sus piernas carecían de fuerza y el remanente
de placer lo tenía al borde del desmayo.
"Hoy...
ya no... puedo más. Mierda…….
Con
los párpados a punto de cerrarse por completo, Caleb se desvanecía. Había
llegado al límite físico y mental. Al oírlo, Jade soltó una risa leve, le
agarró los tobillos y lo arrastró suavemente hacia él. Frotando su pene contra
la entrada de Caleb, murmuró:
"Pero
Caleb, a mí solo me falta una vez."
"Mierda,
eso es problema tuyo."
"Una
vez más, solo una vez más y terminamos."
"……."
Al
ver que Jade se restregaba contra su pecho como si fuera una bestia mansa,
Caleb apretó los dientes y terminó por asentir con resignación.
"Solo
una vez, ¿eh?"
"Ajá."
"Como
vuelvas a alargarlo como antes, te juro que te mato."
Aunque
Jade adoptó una expresión ligeramente cabizbaja ante la amenaza, asintió con
docilidad. Y tan pronto como cerró la boca, su enorme pene volvió a abrirse
paso a la fuerza en su interior. Por más que lo intentara, jamás lograría
acostumbrarse a semejante tamaño. Con un gemido ahogado, Caleb abrió las
piernas para recibirlo, mientras Jade le sujetaba los muslos y reanudaba los
movimientos de forma pausada al principio. El sonido de la piel chocando contra
la piel y la fricción profunda en su interior dispararon nuevamente el placer.
Caleb soltaba pequeños quejidos, jadeando bajo los estragos del orgasmo seco.
Jade, por su parte, lo devoraba con la mirada, como si quisiera grabar cada
segundo en su memoria.
¡Plop, plop, plop, chof!
Las
embestidas comenzaron a acelerarse, impulsadas por la impaciencia. Los gemidos
de Caleb se hicieron más constantes ante el ritmo furioso.
"¡Augh,
ah, aaah, argh!"
Las
feromonas de ambos llevaban tiempo inundando la habitación, pero a estas
alturas el aire se había vuelto irrespirable. La extraña combinación de aromas
había terminado por crear una fragancia densa, similar al tabaco dulce. Jade
machacaba sin piedad la zona curvada dentro de su cavidad, extrayéndose casi
por completo para volver a hundirse de un solo golpe en las paredes que se
estrechaban a su paso.
"¡Augh-!"
"Esta
zona te encanta, ¿verdad?"
Jade
le susurró con el rostro encendido por la lujuria mientras presionaba con saña
aquel punto exacto. Caleb se estremeció y le propinó una patada en el hombro
para apartarlo. Lejos de molestarse, Jade le capturó el tobillo y le dejó una
marca de dientes bien visible. Tras lamer la piel donde había impreso su
mordisco, se quedó contemplándola con una sonrisa de satisfacción al saber que
era una marca que solo él podía ver, antes de volver a masajear la zona y
reanudar los movimientos con violencia.
Fue
entonces cuando el chirrido de la cama, el golpeteo de los cuerpos y los
gemidos que habían estado llenando el espacio se detuvieron de golpe.
"¡Jaaah……!"
"Fuuu…….
Mientras
Jade, tras eyacular, se demoraba rematando con estocadas superficiales para
saborear los restos del clímax, Caleb perdió el conocimiento y se quedó
profundamente dormido. O más bien, había quedado completamente desmayado. Jade
lo llamó con cautela:
"¿Caleb?"
No
hubo respuesta. Jade esbozó una expresión un tanto apesadumbrada. Le habría
gustado seguir conversando un rato más, pero era evidente que lo había forzado
demasiado. Aun así, ¿cuándo se le volvería a presentar una oportunidad así? Con
la idea de ir con calma a partir de entonces, se dedicó a toquetear el cuerpo
inconsciente de Caleb aquí y allá. Volvió a juguetear con los pezones
inflamados por sus mordiscos, empujó de nuevo hacia adentro el semen que había
escurrido fuera de su cavidad y, para colmo, se entretuvo sembrando nuevas
marcas arbitrarias en su pálido cuello, su pecho y su vientre. Satisfecho al
fin al ver el cuerpo ajeno cubierto de manchas rojizas, Jade lo tomó en brazos
y se dirigió hacia el baño.
Pensando
que esa noche tendría que dormir en su propia habitación, sobre todo porque a
los sirvientes les llevaría un buen rato limpiar semejante desastre.
Capítulo 27
Caleb
abrió los ojos en la habitación de Jade. Más allá de la rigidez, le dolía todo
el cuerpo y apenas podía sostenerse sobre las piernas. Era de esperarse después
de que aquel lunático se hubiera dedicado a embestirlo sin la menor moderación
durante toda la noche. Sin pensarlo dos veces, Caleb le propinó un golpe en la
cabeza a Jade, quien aún seguía durmiendo a su lado.
"¿Qué,
qué pasa?"
Jade
se despertó con un sobresalto. Al mirar el reloj, vio que ya era la hora del
almuerzo.
"Levántate."
"Ah,
Caleb, ¿ya despertaste? Me habría gustado que me despertaras de forma un poco
más cariñosa."
"Ve
a trabajar ya. ¿Acaso crees que este es momento para jugar?"
"Pero
si tú todavía no te habías despertado..."
"……Pues
ya estoy despierto, así que vete a trabajar."
"¿Y
el almuerzo?"
"Ya
me apañaré algo por mi cuenta."
"Almorzaré
contigo y luego empezaré."
"……Haz
lo que quieras."
A
estas alturas, Caleb ya no le respondía a Jade con tanta hostilidad. No sabía
si se debía a aquel día en que destruyó el cuadro o al afecto que Jade le había
estado derrochando desde entonces. Pero había algo de lo que estaba
completamente seguro. Caleb había decidido admitirlo. En toda su vida, el único
que le había entregado semejante cantidad de afecto era ese maldito de Jade
Damian.
Una
vez que aceptó la realidad, se sintió extrañamente en paz. Al principio se
había mostrado a la defensiva porque los sentimientos que el otro le ofrecía le
parecían absurdos, le molestaban o sencillamente porque nunca antes los había
experimentado y sentía que no iban con él. Sin embargo, puesto que el otro
estaba dispuesto a dárselos por voluntad propia, decidió aceptarlos.
Caleb
contempló la cicatriz de su mano lastimada el día anterior. Apenas quedaba una
diminuta marca que ya casi ni se distinguía. Tras cerrar y abrir el puño un par
de veces, almorzó junto a Jade.
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AOMINE5BL
"¿Tienes
algún plan para hoy?"
"Había
pensado en ir a ver a mi hyung después de tanto tiempo."
"¿A
tu hyung?"
"Sí."
"……Bueno,
si vas a visitarlo tú."
Sobrentendía
perfectamente lo que no se atrevía a decir en voz alta. Supuestamente, incluso
para los ojos de Jade, su propio hermano era un sujeto bastante mediocre. Caleb
esbozó una sonrisa pulcra.
"Solo
tengo algo de qué hablar con él."
Tras
terminar de comer, Caleb subió a un carruaje rumbo a la mansión Engers. En
cuanto el vehículo que transportaba a Caleb se alejó lo suficiente, Jade se
dirigió a sus ayudantes:
"Contacta
al pintor llamado Eana."
"¿A
Eana?"
Los
asistentes lo miraron desconcertados, hasta que uno de ellos, que entendía
bastante de arte, preguntó:
"¿Te
refieres al nuevo artista que ha ganado notoriedad recientemente tras llamar la
atención de la princesa?"
"Sí,
dile que quiero verle."
"Pero,
tratándose de alguien que incluso ha rechazado los llamados de la familia real,
¿cómo se supone que..."
"Vendrá."
Jade
esbozó una mirada brillante con sus ojos dorados y contestó:
"Le
enviaremos la invitación bajo el nombre de Caleb."
* * *
Caleb
bajó del carruaje y contempló la mansión Engers. Era un paisaje al que, por
mucho que lo viera, jamás terminaba de acostumbrarse. Una familia Engers
rebosante de dinero... Definitivamente, no encajaba con él.
"Ha
llegado, joven amo."
El
mayordomo lo recibió. Caleb hizo un gesto con la mano restándole importancia y
preguntó:
"¿Dónde
están los demás?"
"Solo
se encuentra el joven amo Ivan."
"Menos
mal. Haz que venga a verme."
"……Sí,
entiendo."
Diciendo
aquello, Caleb entró en la mansión y esperó en la sala de estar del segundo
piso, el lugar donde la familia solía reunirse. No pasó mucho tiempo antes de
que Ivan hiciera acto de presencia en la sala con un atuendo bastante
descuidado, seguramente por haber estado bebiendo a más no poder la noche
anterior. Caleb frunció el ceño por un instante, pero enseguida esbozó una
sonrisa para recibirlo.
"Le
convendría beber con más moderación, hyung."
"Desde
cuándo te ha importado a ti algo así."
"A
mí siempre me preocupa."
"……Vaya,
sí que se agradece que te preocupes por mí. Sobre todo después de la
información que me diste la última vez."
"Con
que lo sepa, es suficiente."
Mientras
conversaban, los sirvientes trajeron té en silencio, pero Caleb ni siquiera lo
rozó. Tan solo Ivan, que aún conservaba los estragos del alcohol, se tragó el
té a grandes sorpresas de forma poco propia de un aristócrata.
"Entonces,
¿cómo utilizaste la información que te di?"
"De
eso ya me encargué yo mismo."
"Bueno,
supongo que el hyung sabrá apañárselas bien."
Como
si no le importara en absoluto, Caleb dejó de indagar y cambió de tema con
naturalidad. Ivan lo miró con extrañeza ante semejante reacción, pero la
expresión de Caleb se mantuvo inalterable. Sin embargo, la mano que sostenía la
taza de té temblaba ligeramente. A Ivan siempre le había exasperado ese rostro
imperturbable. A pesar de ser el hermano menor que supuestamente debía estar
por debajo de él.
"Y
bien, ¿a qué se debe esta visita?"
"Ah,
es verdad."
Caleb
sacó un papel de su bolsillo. Se trataba de una reserva en una famosa tienda de
chocolates, algo que, desde la perspectiva de Ivan, resultaba de lo más
inoportuno. Al principio pensó que se trataba de una propuesta para invertir en
el negocio, pero como esa tienda ya era el establecimiento más próspero de todo
el imperio, quedó claro que no era eso.
"Lo
he reservado bajo un nombre discreto. Te pido un favor: hay un lugar al que
necesito que lo envíes."
"……¿Y
qué razón hay para encargarme a mí una tarea tan insignificante?"
"No
es una tarea insignificante, por eso te lo pido a ti, hyung."
"Si
no es una tarea insignificante, entonces de qué se trata."
"Ya
lo sabrás a su debido tiempo, pero si te resulta difícil esperar, te lo
explicaré ahora mismo."
Caleb
se puso de pie y se acercó a Ivan. Por un segundo, Ivan se encogió y tuvo que
levantar la vista para mirarlo. Los ojos de su hermano brillaban con un tono
verde intenso. Aquel verde de la envidia que toda la familia tildaba de
funesto.
"Dicen
que ese chocolate lleva miel dulce en su interior."
"S-Sí,
así es."
"Pero,
¿es realmente necesario que contenga miel?"
"……."
"A
fin de cuentas, la gente no notaría la diferencia si en lugar de miel llevara
veneno."
"T-Tú...
¿de qué estás hablando?"
"Había
pensado en enviárselo a la alteza imperial."
Al
escuchar esas palabras, Ivan se puso de pie de un salto.
"¡Tú...!
¡No me digas que lo de la otra vez también...!"
"Lo
siento, pero en aquel entonces yo estaba en la academia."
"……."
"¿No
sería mejor preguntárselo al padre? Para saber si es verdad o mentira. Lo de la
falsa acusación que nos colgaron."
"……Eso,
pues sí."
"Sea
como fuere, si haces que alguien lo busque o vas tú mismo a recogerlo, y logras
colar este chocolate entre los regalos de la princesa... Si tienes la suerte de
que ella lo pruebe, ¿acaso no serías completamente aceptado por la facción de
la vieja aristocracia?"
"……."
Ivan
se quedó mudo, con los labios apretados. En su mente comenzó a cobrar forma la
imagen de sí mismo sacudiéndose el estatus de bueno para nada y siendo
reconocido por fin como el legítimo heredero del conde. Los que ahora
revoloteaban a su alrededor no eran más que abejorros atraídos por la miel de
la información. En cuanto la miel se acabara, todos se marcharían sin mirar
atrás.
"……¿Por
qué compartes algo así conmigo?"
"¿Para
qué están los hermanos?"
"……¿No
sería mejor hablarlo con padre?"
"¿Por
qué? ¿Acaso eres incapaz de dar un paso sin él?"
"¡Claro
que no digo eso!"
"Sé
de sobra que no. Pero ya va siendo hora de que camines por ti mismo. ¿Vas a
pedirle permiso padre para cada mínimo movimiento? Piénsalo, ¿qué harás cuando
padre ya no esté?"
"……."
Ivan
cerró la boca con fuerza. No tenía réplica posible. Se quedó pensando
profundamente. ¿Era verdad que su hermano menor le estaba diciendo todo aquello
por su propio bien? Sí, tal vez era cierto que lo hacía para impulsarle a ser
independiente.
Quizás
había decidido dejar atrás lo ocurrido en el ‘pasado’ y tomar una decisión
semejante por el bien de la familia. Al fin y al cabo, lo pasado, pisado.
Pensándolo así, Ivan terminó por asentir con la cabeza.
"De
acuerdo. Lo haré."
Al
oírlo, Caleb sonrió.
"Entonces,
cuento contigo."
Ivan
le tendió la mano y estrechó la de Caleb. Sin sospechar siquiera que aquello
era un abismo sin fondo.
* * *
Una
mujer que aparentaba rondar los treinta años pintaba en lo que parecía un
estudio de arte. La mayoría de sus obras eran oscuras y desprendían una
atmósfera de profunda desesperación; predominaban las pinturas de seres humanos
sufriendo. Sin embargo, ella pintaba como si estuviera enajenada, manchándose
de pintura por todas partes. Su nombre era Eana, una artista emergente que
últimamente se había ganado el favor de la princesa. Mientras pintaba en un
gran lienzo, detuvo los movimientos al escuchar unos ligeros golpes en la
puerta.
"Ya
dije que no me molesten mientras pinto."
"Sí,
lo sé. Bien que lo sé. Pero es que ha llegado una carta que podría interesarle,
maestra."
"¿Qué
clase de carta?"
"Hablo
del cuadro que mandó la vez anterior."
Ante
esas palabras, una chispa de interés brilló en los ojos de ella.
"¿Ah,
sí? ¿Por qué?"
"Ha
llegado una respuesta de esa persona."
"¿El
joven amo Caleb Engers?"
"Sí,
el remitente es efectivamente Caleb Engers."
Al
oírlo, ella se abalanzó de inmediato.
"¡Dame
la carta!"
"S-Sí,
se la doy, se la doy."
Ella
desplegó la carta que le había arrebatado a su discípulo principal. Aunque era
un breve recado cuyo único contenido era la petición de verle la cara en la
mansión de los Damian, ella habló conmovida:
"Él...
¡él quiere verme!"
"¿Quién
diablos es ese sujeto para que tenga tantas ganas de verlo?"
"Mi
musa."
Lo
dijo con una voz que temblaba con rudeza, como si estuviera pronunciando un
tabú.
"Mi
sufrida musa."
Sus
cabellos castaños cayeron desordenados a los costados de su rostro.
*
* *
Por
esos días, la familia imperial se encontraba envuelta en una atmósfera de
tensión. Había informes de que las fuerzas antiimperiales estaban
movilizándose. Aunque todavía no se registraban movimientos visibles, el hecho
de que hubieran despertado significaba que en cualquier momento y lugar podía
estallar un incidente.
Los
miembros de la realeza y los ministros reunidos en la sala de juntas se
devanaban los sesos. Se preocupaban por dónde diablos causarían problemas esta
vez. Siempre atacaban por los flancos más inesperados.
"Siempre
irrumpen sin previo aviso...".
"Si
avisaran, no tendría nada de caballeroso".
"Entonces,
¿cómo planean actuar esta vez?".
Fue
entonces cuando el príncipe tomó la palabra:
"¿Qué
les parece si informamos a todos sobre esto para alertarlos y ofrecemos una
recompensa a quien denuncie a cualquier sospechoso?".
Al
oírlo, la princesa soltó una risa burlona.
"¿Acaso
pretende decirnos de forma tan indirecta que la familia imperial es incapaz de
atrapar a las fuerzas antiimperiales?".
El
rostro del príncipe enrojeció de inmediato. Así fue como replicó:
"¿Acaso
la princesa tiene algún método mejor?".
"Sería
mucho más eficaz aumentar los guardias y registrar a los sospechosos. De todos modos,
la temporada de festivales está a la vuelta de la esquina".
Todos
asintieron ante las palabras de la princesa. Faltaba muy poco para el
cumpleaños de la emperatriz. La princesa habló con una mirada brillante:
"Si
esas personas van a dar el golpe, sin duda lo harán entonces".
"¿Cómo
puede estar tan segura?".
El
príncipe habló como si no quisiera perder:
"Porque
es la manera de empañar la reputación de la familia imperial por encima de
todo".
Al
oír aquello, el emperador miró al príncipe y a la princesa. E insecutivamente
abrió los labios. Su voz era baja y áspera. El actual emperador detestaba las
conversaciones largas más que nadie. Por eso, tras escuchar al príncipe y a la
princesa y sopesar cuál argumento era mejor, abrió los labios:
"De
acuerdo con la propuesta de la princesa, aumenten los guardias y prepárense
bajo la premisa de que el incidente estallará el día del cumpleaños de la
emperatriz".
"¡Sí,
su majestad!".
La
princesa inclinó la cabeza en silencio. Al ver que su opinión no había sido
adoptada, el príncipe apretó los dientes mientras inclinaba la cabeza en
silencio. Por mucho que le doliera el orgullo, no podía mostrar su descontento
a gritos frente al emperador.
Una
vez terminada la reunión y tras retirarse el emperador primero, el príncipe se
dirigió a la princesa con sarcasmo:
"Ya
veremos si son capaces de proteger a los ciudadanos de las organizaciones
antiimperiales".
"Su
alteza imperial habla como si deseara que los ciudadanos salieran
lastimados".
Ambos
intercambiaron palabras impregnadas de veneno. E inmediatamente después,
giraron sobre sus talones y salieron por puertas en direcciones distintas. Eran
unos hermanos con una relación verdaderamente pésima.
El
príncipe caminó por el corredor con el rostro lleno de ira. Allí había nobles
que lo seguían, los cuales medían cautelosamente el humor del príncipe mientras
soltaban palabras para congraciarse con él con cuidado:
"La
princesa ha tenido mucha suerte esta vez".
"Sí,
al fin y al cabo se trata del cumpleaños de la actual emperatriz...".
"Conde
Engers".
"¡S-Sí,
su alteza!".
El
príncipe esbozó una sonrisa torcida. Era la expresión que ponía cuando tramaba
algo. Al verlo, el conde Engers sintió una profunda tensión por dentro. Que lo
señalara significaba que le encomendaría aquello. Era seguro que le encargaría
algo sucio o peligroso.
"Las
fuerzas antiimperiales sin duda harán estallar una bomba el último día del
cumpleaños de la emperatriz. ¿A que sí?".
Eso
equivalía a ordenar que lo hiciera de ese modo. El príncipe estaba diciendo que
consiguieran explosivos por su cuenta para culpar de ello a las fuerzas
antiimperiales. El conde Engers apretó los dientes. Pero lo único que podía
hacer en ese momento era inclinar la cabeza.
"Así
es, su alteza...".
"Claro
que sí. Me gusta tratar con el conde Engers porque con él nos entendemos bien
de esta manera".
El
príncipe dijo eso y regresó a su palacio, mientras las facciones de nobles
restantes se marchaban expresándole su compasión. Como si de todos modos no
fuera su asunto. Si le iba a encargar el trabajo, al menos debió hablarle a
solas. Había otros tres nobles juntos. Eso significaba que había tres pares de
ojos y oídos para testificar si este asunto salía mal.
Una
vez que el conde Engers regresó a la mansión para cumplir con la misión que se
le había encomendado, mandó a investigar sigilosamente una forma de conseguir
explosivos. Y comenzó a pensar en qué lugar iba a detonarlos con eso. En la
plaza de la capital había una torre con una gran campana. Si las fuerzas
antiimperiales apuntaban a algo, probablemente sería allí. Significaría que
sería el primer lugar en estallar incluso sin que él interviniera.
‘Mejor hagamos volar ese lugar’.
Si
era así, lo suyo se encubriría naturalmente.
Pensando
en eso y con una sensación de opresión en el pecho, se durmió acompañado de
alcohol.
*
* *
Tras
regresar de la reunión, el marqués de Damian mandó a reunir a su familia,
incluido Caleb, para hablarles del asunto:
"El
período de festivales será peligroso, así que quédense dentro de la
mansión".
"¿A
qué se debe esto?".
Preguntó
la marquesa.
"Parece
que las fuerzas antiimperiales están tramando algo".
"Habían
estado tranquilos por un tiempo, pero otra vez...".
La
marquesa suspiró. Caleb se limitaba a guardar silencio en su sitio, en aquella
reunión familiar que se daba después de tanto tiempo. Las fuerzas
antiimperiales. Eran una de las facciones que siempre existían dondequiera que
hubiera miembros de la realeza. Aquella calaña que era incapaz de reconocer la
existencia misma de la realeza. Caleb los encontraba bastante interesantes. Si
anduviera diciendo algo así por ahí, terminaría muriendo en una mazmorra, pero
mientras no lo dijera en voz alta, no habría ningún problema.
"Entendido.
¿Cómo planean lidiar con ello?".
Preguntó
Jade en lugar de Caleb.
"Dijeron
que reforzarán la guardia, capturarán a los sospechosos e intensificarán las
búsquedas en los alrededores. Dicen que avisar a los ciudadanos solo crearía
inquietud, eso es todo".
"Ya
veo".
Jade
pareció rumiar esas palabras. Caleb también puso una expresión extraña al
escucharlas. Aumentar los guardias, apresar a los sospechosos o incrementar el
personal de búsqueda estaba bien. Sin embargo, el hecho de no advertir a los
ciudadanos le resultó desconcertante. Aun así, creía entender el motivo.
"¿Se
refiere a que no avisan porque, si no hay ciudadanos, las fuerzas
antiimperiales podrían cambiar la fecha?".
Caleb
sacó a relucir una verdad incómoda de la que costaba hablar. Todos guardaron
silencio por un momento. El marqués miró a Caleb durante unos instantes. Caleb
contempló con sus ojos verdosos al padre de Jade, que se le parecía tanto. Al
poco tiempo, el marqués asintió.
"Vergüenza
me da decirlo, pero opino lo mismo".
"Ya
veo. Comprendido".
Las
fuerzas antiimperiales tendían a centrarse en provocar un gran incidente a toda
costa para ejercer su influencia. Eso significaba que no querrían arrojar una
bomba en un terreno baldío. En otras palabras, que debían tolerar cierto nivel
de sacrificios. Y esos serían los ciudadanos comunes, que no sabían nada, en
lugar de los nobles que recibían avisos de ese tipo. Caleb bajó la mirada en
silencio.
Dicho
aquello, los miembros de la familia regresaron a sus respectivas habitaciones
para descansar.
*
* *
El
tiempo pasó y faltaban pocos días para el cumpleaños de la emperatriz. Las
calles ya estaban contagiadas de un ambiente festivo. La gente reía alegremente
y las avenidas se adornaban con suntuosidad. Y, desentonando un poco con
semejante atmósfera, los caballeros de la guardia imperial vigilaban los
alrededores de forma estricta. La presencia de aquellos hombres les resultaba
un tanto incómoda a los transeúntes, quienes, cada vez que cruzaban miradas con
ellos, esbozaban una sonrisa forzada antes de seguir su camino.
En
ese momento, uno de los caballeros que había estado patrullando los alrededores
se acercó al que estaba inspeccionando el centro de la plaza y le dijo:
"No
hay personas sospechosas por los alrededores".
"Revisa
con más detalle. No se debe permitir que ocurra ningún incidente durante este
período festivo bajo ninguna circunstancia".
"Entendido".
"A
todos los tipos que parezcan sospechosos, arréstalos de inmediato".
"Sí".
Capítulo 28
El
tiempo pasó y los caballeros de mirada afilada empezaron a recorrer las calles,
lo que hizo que la gente también comenzara a andar con cuidado. Aunque no se
había anunciado nada oficialmente, el presentimiento de que algo grave iba a
suceder empezó a calar hondo. Los ciudadanos comenzaron a cuidar cada vez más
sus acciones. Debido a eso, los caballeros pasaban el tiempo rastreando los
alrededores sin obtener resultados concretos.
Fue
justo cuando las cosas se habían calmado un poco. Una mujer cargando una cesta
de fruta se acercaba al centro de la plaza. Llevaba un sombrero marrón hondo
que le cubría la cara, y a simple vista parecía de lo más corriente. Sin
embargo, lo que sacó de la cesta no tenía nada de ordinario.
"¡Deténganla!".
Una
bomba. Lo que salió de allí era una bomba. La mujer, de identidad desconocida,
sacó un cerillo deprisa e intentó prenderle fuego al explosivo, pero los
caballeros que vigilaban cerca se abalanzaron sobre ella sin demora.
"¡No!".
Y
lograron reducirla a tiempo, antes de que pudiera encajar la chispa. El cerillo
salió volando con la llama apagada mientras la mujer forcejeaba con los brazos
inmovilizados hacia atrás.
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"¡Suéltenme!
¡Perros de la familia imperial!".
"¡Lleven
a esta mujer a las mazmorras y enciérrenla!".
"¡Sí!".
"¿Creen
de verdad que esto se acaba aquí?".
"¿Qué?".
"¡Ahora!".
La
mujer gritó, pero los alrededores permanecieron extrañamente silenciosos. Al no
escuchar el estampido que esperaba, preguntó con voz desconcertada:
"¿Qué?
No me digan... ¿Los atraparon a todos?".
"Se
movilizaron cerca de cien caballeros para este día. ¿Pensaban que ustedes eran
los únicos que habían venido preparados?".
"……¡No
puede ser!".
"¡Arrastren
a esta maldita de una vez!".
"¡Sí!".
"¡Esto
no puede quedarse así!".
De
ese modo, el atentado con bomba planeado para ese día pudo evitarse sin
contratiempos. El emperador no escatimó en elogios hacia la princesa por haber
capturado a los cinco terroristas, y el príncipe tuvo que tragarse el trago
amargo fingiendo una sonrisa forzada. Pero aún guardaba un as bajo la manga. El
atentado del último día del festival. Esa vez, seguramente nadie podría
detenerlo.
'Ríete todo lo que quieras, mujercita'.
El
príncipe apretó los dientes mientras miraba a la princesa.
Pensando
en los terroristas que estarían siendo interrogados y torturados en las
mazmorras, la princesa les regaló a sus subordinados una botella de vino a cada
uno diciéndoles que ya podían descansar y disfrutar del festival, y el marqués
también llevó una de esas botellas de regreso a su mansión. Cuando el marqués
le entregó el vino a Caleb diciéndole que lo bebiera con él, Jade preguntó:
"¿Está
bien que me dé algo que le regaló la su alteza la princesa?".
"¿Qué
más da quién se lo beba?".
"Bueno,
supongo que sí".
Jade
lo aceptó con una sonrisa. Y, al enterarse de la noticia de que habían
capturado a los terroristas sin incidentes, preguntó:
"Entonces,
¿significa que no pasa nada si disfrutamos un poco del último día del
festival?".
"Supongo
que sí, aunque debes tener cuidado".
"Vaya,
¿qué podría pasar?".
Sonriendo,
Jade tomó el vino y se dirigió a la habitación de Caleb. Caleb estaba leyendo
un libro que había traído del estudio, y en cuanto vio a Jade aparecer con el
vino, señaló directamente la mesa. Jade inclinó la cabeza, desconcertado.
"¿Lo
dejo y me largo?".
"……Solo
déjalo ahí por ahora".
Era
el tipo de momentos en los que se preguntaba si de verdad había sido tan huraño
con Jade. De cualquier manera, Caleb se sentó junto a Jade y descorchó el vino.
Tratándose de un obsequio de la princesa, desprendía un aroma excelente. Caleb
saboreó el vino, que por un momento le hizo sentir de mejor ánimo, y preguntó:
"A
qué has venido".
"Ah,
mi padre dijo que la princesa atrapó a todos los terroristas esta vez. Así que
vine a proponerte que vayamos a disfrutar del último día del festival".
"De
todos modos ibas a insistir hasta que fuera contigo".
"Es
verdad. Te estás acostumbrando mucho a mí".
Ante
esas palabras, Caleb puso cara de pocos amigos y Jade soltó una carcajada.
Frotándose el entrecejo, Caleb terminó por asentir.
"Solo
un rato".
"Tú
no debiste ir a festivales de este tipo nunca".
"No
tenía motivos para ir".
"Los
festivales de la plebe tampoco están mal".
"Por
lo general uno ni se plantea esas cosas".
"¿De
verdad?".
Jade
le tendió la copa llena de vino y Caleb la chocó ligeramente con la suya. La
conversación que mantuvieron antes de que se acabara el vino no fue nada
desagradable.
Y
así, a la mañana siguiente, ambos salieron de la mansión con ropa ligera para
disfrutar del último día del festival. Tomaron un carruaje común para ocultar
que eran nobles. Si hubieran salido en un carruaje ostentoso, habrían atraído
todas las miradas y les habría costado disfrutarlo como debían. Caleb y Jade se
bajaron del carruaje y se dirigieron a la plaza, que no quedaba lejos. El
número de caballeros se había reducido y la gente disfrutaba del festival con
un espíritu mucho más alegre.
Caleb
y Jade bajaron del carruaje, le indicaron que esperara y se mezclaron entre la
multitud. Jade tomó de la mano a Caleb. Caleb miró la mano de Jade entrelazada
con la suya y al final la dejó estar. Así, ambos comenzaron a recorrer los
distintos puestos mientras se mezclaban con la gente.
"¡Caleb!
Mira esto".
"Qué
va a tener de especial lo que venden los buhoneros".
"Aun
así, es curioso".
Caleb
miró a un anciano que había desplegado una lona en el suelo y vendía objetos
cuyo uso ni siquiera lograba adivinar. Viejas espadas, accesorios de diseño
tosco hechos de vidrio y artículos de brujería que ya eran difíciles de
conseguir en cualquier parte. Jade los miraba con genuina curiosidad, pero a
los ojos de Caleb no eran más que trastos inútiles.
"¿Qué
tal esto?".
"¿Qué
es eso ahora?".
"Dicen
que es un brazalete que atrae la buena suerte".
"¿Y
cuándo escuchaste semejante explicación? ¿Acaso vas a comprarlo?".
"Sí".
Antes
de que Caleb pudiera detenerlo, Jade pagó por el objeto. Con la soltura de
alguien que solía frecuentar esos lugares, pagó con unas pocas monedas y
enseguida quiso colocárselo a Caleb en la muñeca.
"Por
qué demonios tengo que llevar eso puesto".
"Dicen
que trae buena suerte".
"No
creo en esas tonterías".
"Hazlo
por mí, anda".
"Ah...
De acuerdo".
Caleb
sabía muy bien que intentar convencerlo era una pérdida de tiempo y que era
mucho más rápido dejarse poner la pulsera de una vez, así que terminó por
extender la muñeca. Jade le colocó con cuidado el brazalete verde alrededor del
brazo. Satisfecho con el resultado, Jade volvió a tomarle la mano para seguir
caminando entre la gente mientras decía:
"De
pequeño solía venir a los festivales con mis padres".
"¿Hasta
con el marqués?".
"Mi
madre insistió en salir, así que a mi padre no le quedó de otra que arrastrarse
con nosotros. Tampoco es que él adore precisamente a mi madre".
"Eso
tiene sentido".
Caleb
y Jade caminaban así, hombro con hombro, con las manos entrelazadas. El
brazalete verde brillaba en la muñeca de Caleb. El cielo estaba despejado y el
sol brillaba con fuerza. Parecía el día perfecto. Justo en el momento en que
Jade miraba las manos unidas de ambos con una tenue sonrisa en los labios...
¡BUM!
Se
escuchó una explosión a lo lejos.
Ante
el estruendo repentino, Caleb y Jade se giraron al unísono. La torre del
campanario se desplomaba hacia el suelo acompañada de un estruendo
ensordecedor. Se escucharon gritos y la gente comenzó a huir en desbandada
hacia el lado contrario. Caleb y Jade se miraron un instante y, sin mediar
palabra ni esperar a ver quién daba el primer paso, corrieron hacia la torre.
‘¿Qué ha pasado? ¿Acaso quedó algún terrorista suelto?’.
Con
la respiración agitada, Caleb y Jade llegaron hasta el campanario. La enorme campana
yacía tirada en el suelo y se veían personas aplastadas bajo sus restos.
Además, debido a los estragos de la explosión que aún persistían, la estructura
de la torre parecía a punto de venirse abajo en cualquier momento. Caleb
escudriñó los alrededores. Tenía que evacuar a los supervivientes que aún
siguieran con vida.
"Ayúdenme,
por favor...".
Al
escuchar una vocecita, se dirigió hacia allí y encontró a una niña que no
parecía estar gravemente herida. Caleb la levantó en brazos y la llevó a un
lugar seguro. Luego regresó de inmediato hacia la zona del campanario. Pudo ver
que Jade también estaba rescatando a un herido no muy lejos de allí. Caleb
reprimió una maldición y alzó la vista.
La
torre, agrietada por la explosión, lucía peligrosamente inestable. Tenía que
alejarse de allí cuanto antes. De lo contrario, terminaría sepultado bajo los
escombros.
"¡Jade!
¡Tenemos que salir de aquí ya!".
"¡Entendido!".
Justo
cuando ambos intercambiaban esas palabras...
Crack. ¡BUM!
La
estructura no resistió más y terminó por derrumbarse por completo. Trozos y
pedazos de la torre se desprendieron y cayeron directamente sobre Caleb. Caleb
exclamó un leve '¡Ah!' e intentó hacerse hacia atrás, pero la velocidad
del derrumbe era demasiado vertiginosa.
"¡Caleb!".
Se
escuchó el grito desesperado de Jade. Y entonces, tras un dolor sordo y seco,
todo se sumió en una absoluta oscuridad.
*
* *
Tap.
Tap.
Tap.
Al
escuchar el sonido de unas gotas de agua cayendo, abrió los ojos, que le
costaba un mundo mantener abiertos. Caleb sintió que el lugar era sofocante y
caluroso. Cuando abrió los ojos emitiendo un quejido, pudo notar que se
encontraba en un sitio oscuro donde apenas se filtraba un leve haz de luz.
"Caleb,
¿despertaste?".
Se
escuchó la voz de Jade, tan casual como siempre, como si todo lo que acababan
de pasar no hubiera sido más que un sueño. Con los ojos ya bien abiertos, Caleb
pudo comprender de inmediato de dónde provenía el sonido de las gotas.
"Tú...".
La
sangre que brotaba a chorros de la cabeza de Jade estaba empapando el cabello
del lado de Caleb. Con los ojos muy abiertos, Caleb miró hacia arriba a Jade,
quien lo había protegido de los escombros. Jade lo estaba resguardando al
soportar los escombros más grandes con su propia espalda. Al parecer, tenía las
piernas atrapadas, ya que no podía moverse, y la pérdida de sangre parecía
considerable. Al no poder ver casi nada a su alrededor, parecía que habían
quedado sepultados bajo una enorme pila de restos. Temblando, Caleb miró el
rostro pálido de Jade. Ya no era ese semblante rebosante de salud y vitalidad
de siempre.
"Menos
mal que te compré ese brazalete".
"……No,
Jade. Creo que eso no viene al caso".
"Tranquilo,
la gente vendrá pronto. Como el campanario se vino abajo, seguro que mandarán a
alguien desde el palacio".
"No
hables".
Podía
sentir los brazos de Jade temblando con fuerza. Caleb sintió que el corazón le
latía desbocado. Jamás en su vida había experimentado unos latidos tan
frenéticos. Temblando de pies a cabeza, Caleb se dedicó a secarle la sangre a
Jade una y otra vez. No, las cosas no podían terminar así. Aquella clase de
situación no figuraba para nada en sus planes.
"Todo
va a estar bien, Caleb. Todo saldrá bien".
"¡Te
he dicho que no hables...!".
"Puedo
aguantar hasta que llegue alguien más".
"¡Por
favor...!".
Jade
se esforzaba por no perder la consciencia como fuera. Había perdido muchísima
sangre y no sentía las piernas, pero no importaba. Caleb seguía con vida, de
una u otra forma. Cuando aquel cúmulo de rocas se le vino encima, sintió
vértigo por un instante. Sin embargo, logró salvarlo a toda costa. Solo con
eso, Jade sentía como si él mismo hubiera sobrevivido. Así que todo estaba
bien.
"……Todo
va a estar bien".
"¡Jade...!".
Caleb
llamó a Jade, cuyos ojos empezaban a cerrarse poco a poco, y al poco rato
comenzaron a escucharse voces humanas en los alrededores. Sin duda, la gente
del palacio imperial había acudido debido a la repentina explosión. Para hacer
saber que había personas allí, Caleb empezó a gritar. Los rastros de presencia
humana se acercaban cada vez más. Caleb alzó la voz con todas sus fuerzas. Ni
siquiera recordaba si alguna vez en su vida había llamado a alguien con
semejante desesperación.
"¡Por
aquí! ¡He localizado a un superviviente!".
Al
son de aquella voz, Caleb comenzó a decirle a Jade:
"Jade,
aguanta un poco más. ¡No pierdas el conocimiento...!".
Parece
que la gente se había arremolinado, porque empezaron a retirar las piedras
grandes y los escombros. Al parecer al darse cuenta de que había logrado
aguantar hasta el final, el cuerpo de Jade se desplomó sobre Caleb. Abrazándolo
con fuerza, Caleb se puso a gritar:
"¡Este
es Jade Damian, del marquesado de Damian! ¡Si este hombre muere, el marqués de
Damian se va a enfurecer! ¡Necesitan atenderlo con mayor rapidez!
¡¿Entendido?!".
La
situación era tan apremiante que tuvo que recurrir a semejantes privilegios. Al
oírlo, los caballeros se quedaron desconcertados por un instante, pero
enseguida trajeron una camilla diciendo que lo trasladarían para recibir
atención médica de inmediato. Aunque Caleb también estaba herido, sus lesiones
eran menores en comparación con las de Jade, así que se apresuró a seguir el
rastro de Jade, quien era llevado a toda prisa rumbo a su casa.
Era
mucho mejor recibir tratamiento del médico de la familia que en aquel
improvisado puesto de auxilio.
Caleb
sintió que sus manos seguían temblando levemente y no lograba detenerlas. ¿Y si
con esto Jade sufría consecuencias graves? Si él llegaba a morir...
Si
a él le pasaba algo malo...
Tan
solo pensar en aquello le dificultaba la respiración.
Entre
tanto, la capital imperial estaba patas arriba. Creían que el terror de las
facciones antiimperiales había terminado, pero jamás imaginaron que volverían a
perpetrar un acto así precisamente el último día. El prestigio de la princesa
quedó por los suelos, y el príncipe sonreía por dentro disimuladamente.
Con
los puños apretados con fuerza tras disolverse la apresurada reunión que habían
mantenido, la princesa les dijo a sus subordinados:
"¡Registren
a fondo a los que están en la mazmorra! ¡Averigüen si es verdad que hoy iba a
haber otro intento!".
"¡Sí!".
La
princesa se mordía los labios con furia. La pólvora no era algo que pudiera
introducirse fácilmente en la capital. Por eso mismo creía al principio que
había atrapado a todos los terroristas, pero resultó que aquello no era todo.
'O se guardaron un último cartucho'.
Su
mirada brilló con fiereza.
'O ha sido obra de otros malditos'.
La
princesa tenía la intención de seguir conversando un poco más con los miembros
de su facción que aún quedaban allí, pero el marqués de Damian se le acercó con
unos pasos inusualmente apresurados para pedirle hablar. Tratándose de la
figura central de su facción, la princesa accedió a atenderlo con generosidad.
Él no tenía buena cara. Al preguntarle qué ocurría, se encontró con una
historia que jamás habría esperado.
"¿Qué
sucede, marqués?".
"Me
informan que mi hijo se ha visto envuelto en el atentado".
"Qué
dices".
Preguntó
la princesa con sorpresa.
"Entonces,
¿cuál es su estado?".
"Afortunadamente
salvó la vida, pero...".
"No
estamos para perder el tiempo, vaya a verlo de inmediato".
"¿De
verdad le parece bien?".
"Sí,
apresúrese. Los detalles se los haré llegar más tarde".
"Muchas
gracias".
Así,
el marqués de Damian regresó de urgencia a su mansión. La princesa le indicó a
su doncella:
"Averigua
exactamente qué fue lo que pasó".
"Sí,
su alteza".
Viendo
cómo se alejaba la espalda del marqués, la princesa mostró una expresión de
pesar. Por su parte, el marqués de Damian se dirigió directo a su mansión. Al
llegar a casa, notó que el ambiente era un hervidero de actividad. Todos los
médicos de la casa se habían congregado, y los sirvientes corrían de un lado a
otro asistiéndolos.
"Jade,
abre los ojos. Mírame, soy tu madre".
La
marquesa estaba sentada a su lado, acariciándole las mejillas mientras
derramaba lágrimas.
"¡Trigan
agua caliente!".
"¡Sí!".
El
marqués se encaminó hacia donde se aglomeraba la gente. Al parecer, habían
trasladado a Jade no a su propia habitación, sino a la enfermería dispuesta
para tratamientos. El marqués entró en la enfermería. Tres o cuatro médicos
estaban atendiendo a Jade. Al ver llegar al marqués, uno de ellos hizo una
reverencia, pero el marqués hizo un gesto con la mano para descartarla.
"¿Cómo
está Jade?".
"Afortunadamente
no tiene lesiones en zonas vitales. Si sigue recibiendo un buen tratamiento,
debería estar bien, pero como se dio un golpe muy fuerte en la cabeza, es
difícil saber cuándo despertará...".
"Ya
veo".
Diciendo
aquello, el jefe de la casa de Damian miró a su alrededor por un momento, como
si notara la ausencia de algo. Caleb no se encontraba por ninguna parte. Al
percatarse de ello, el marqués le preguntó a un sirviente que iba a buscar agua
caliente:
"¿Y
Caleb?".
"Ah,
el joven Caleb está recibiendo atención básica y descansando en su habitación.
¿Desea que lo mande llamar?".
"¿Estaba
con Jade?".
"Sí,
tengo entendido que estaban juntos".
"Entonces
iré yo mismo".
El
marqués dio media vuelta y se encaminó hacia la habitación de Caleb. Al llegar
frente a la puerta, dio unos cuantos golpes secos. No hubo respuesta, pero
supuso que estaría despierto. Con un chirrido, el marqués abrió la puerta y
adentró en la estancia. El interior estaba extrañamente tenebroso. Los ojos
verdes de Caleb brillaban con un fulgor extraño en medio de la penumbra.
"¿Te
atendieron bien las heridas?".
"……Fue
una lesión sin importancia".
"Incluso
las heridas pequeñas pueden empeorar si se descuidan".
"……¿Qué
pasó con Jade?".
"¿No
puedes ir a verlo tú mismo?".
Ante
esas palabras, se notó cómo Caleb contenía la respiración por un instante.
"Se
lesionó por mi culpa".
"……¿Por
qué piensas eso?".
"Si
me hubiera movido un poco más rápido, no habría quedado atrapado bajo esos
escombros".
"Caleb".
"Si
tan solo no me hubiera retrasado allí...".
"Caleb".
En
ese momento, se escuchó una voz desde el otro lado de la puerta que seguía
abierta. Era la de la marquesa.
"Me
preguntaba por qué tardabas en bajar a ver a Jade, y ¿estabas pensando en
semejantes cosas?".
"……Marquesa".
"Lo
único culpable aquí son las fuerzas antiimperiales. Toda la culpa la tienen
esos terroristas. Ustedes simplemente quedaron atrapados en medio de eso".
"……Pero".
La
marquesa se acercó y le tomó las manos. Las manos de Caleb estaban heladas.
Sobresaltada, la marquesa le pidió al marqués que llamara a uno de los médicos.
El marqués asintió y se retiró momentáneamente. La marquesa se puso a frotar
aquellas manos con suavidad mientras decía:
"Pronto
se casarán, ¿sabe?".
"……".
"No
me digas que no. Lo tercos que son los hombres de esta familia... Yo tampoco
sabía que terminaría casada con este".
Capítulo 29
La
marquesa sonrió. Era una sonrisa que intentaba forzar con dulzura frente a él
para aligerar la atmósfera, a pesar de lo difícil que debía ser su propio
corazón. Al verla, Caleb abrió los ojos de par en par. La marquesa le frotó con
suavidad las manos, que poco a poco iban perdiendo su frialdad, mientras le
decía:
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"Nosotros
ya somos prácticamente familia, Caleb".
"……Familia".
"Sí,
así que hazme el favor de quedarte al lado de Jade. No te quedes solo en una
habitación tan fría como esta".
Ante
esas palabras, Caleb dudó sobre cómo debería responder. ¿Acaso alguien como él,
que había lastimado a Jade, tenía derecho a permanecer a su lado? Sin embargo,
conociendo demasiado bien cuán decepcionado se sentiría Jade si despertaba y no
lo encontraba cerca, Caleb terminó por asentir con la cabeza.
"……Sí".
"Termina
de recibir atención médica y vayamos juntos a ver a Jade".
"……Sí".
La
marquesa contempló los ojos secos y desolados de Caleb. Y pensó para sus
adentros que aquel muchacho parecía no saber cómo llorar de verdad.
*
* *
Pasaron
varias semanas desde aquel día. Caleb comenzó a pasar todo el tiempo al lado de
Jade. A excepción de los momentos en que comía algo rápido o dormía, se la
pasaba leyendo y haciendo otras cosas junto a la cama de Jade. Según el
dictamen del médico, afortunadamente todos los huesos estaban intactos, por lo
que no habría problemas de movilidad una vez que despertara; sin embargo, el
problema era que, como se había golpeado la cabeza con mucha fuerza, nadie
sabía con exactitud cuándo volvería en sí.
Se
rumoreaba por ahí que en los periódicos se mencionaba que aquellos jóvenes
nobles habían actuado para rescatar a los plebeyos durante el atentado, pero
para Caleb eso no era algo importante en ese momento. Si hubiera sido en otra
época, ya se estaría devanando los sesos pensando en cómo sacarle provecho a
esa situación. Sin embargo, para el Caleb de ahora, lo único que importaba era
cuándo despertaría Jade. Mientras pasaba las páginas de un libro, llevaba
puesta la baratija de la pulsera verde en el brazo.
“Joven
amo, el médico dice que ya está bien si le quitamos las vendas.”
“De
acuerdo.”
Ahora
que sus heridas externas casi habían sanado por completo, era momento de
retirarle las vendas. Jade seguía sin recuperar la conciencia. Cuando el
sirviente le quitó las vendas a Jade y lo dejó recostado, parecía simplemente
estar durmiendo plácidamente. Al ver esa escena, Caleb sintió una punzada en el
fondo del pecho. No lograba comprender a qué se debía esa clase de emoción.
¿Acaso
era porque se había lastimado por protegerlo?
¿Era
él una persona tan sentimental?
Ahora,
con la habitación ya vacía tras la partida de los sirvientes, Caleb acarició
lentamente el rostro de Jade. Sus mejillas ásperas, sus labios resecos. Tras
recorrer con delicadeza sus pestañas cerradas, apartó los dedos con lentitud. Clack,
la pulsera verde que Jade le había regalado rozó ligeramente su mejilla antes
de caer a un lado.
Y
en ese breve instante, el brazo de Jade se levantó y le agarró la muñeca. De
forma muy ligera. Sin apenas fuerza.
“¡Jade...!”
“E-Esta
pulsera... ¿todavía la llevas puesta?”
“……¿Es
momento de andar con bromas? Espera, iré a buscar al médico.”
Sintiendo
de pronto un nudo en la garganta, Caleb intentó apartarse, pero fue incapaz de
soltarse de aquel débil agarre. Mucho menos pudo hacerlo cuando Jade abrió los
ojos lentamente para dejar ver otra vez sus orbes dorados. Caleb sintió que el
corazón le latía desbocado. Al final, no se atrevió a apartar aquel brazo; en
su lugar, hizo sonar la campanilla para llamar a un sirviente, quien, al
comprobar que Jade había despertado, salió corriendo despavorido en busca del
galeno.
El
médico que acudió al llamado realizó un breve examen y dio su veredicto:
“Se
encuentra en perfecto estado de salud.”
“Ha,
haaa…….”
La
marquesa, que se encargaba de los asuntos internos, se llevó una mano al pecho
conteniendo el aliento. ¿Acaso existía una noticia mejor que saber que su hijo
estaba a salvo? Con el propio marqués bajando a constatar la situación, no era
exagerado decir que absolutamente todos en la mansión habían estado preocupados
por él.
“Supongo
que también me ayudó el hecho de que lo primero que vi al abrir los ojos fuera
a Caleb.”
“¡Muchacho
desvergonzado! ¡Desagradecido!”
La
marquesa le propinó un golpe en la espalda. Aunque Jade hizo muecas de dolor y
fingió que era peor de lo que en realidad era para aguantar la mano firme de su
madre, no borró la sonrisa de su rostro. La marquesa derramó lágrimas de
alivio, y el marqués la envolvió en un abrazo silencioso. Al ver la escena,
Jade también estiró los brazos para abrazar a sus padres. Caleb se hizo un poco
hacia atrás para observar desde la distancia, convencido de que él no tenía
cabida en ese cuadro familiar.
Sin
embargo, una mano lo tiró de golpe hacia adelante.
“¿Y
ahora qué se supone que haces?”
“¿Qué
voy a hacer? La familia tiene que estar unida.”
Aunque
Caleb le dedicó una mirada de reproche a Jade por haberlo jalado, al ver a los
miembros de su familia reunidos como un grupo de ardillas, terminó por esbozar
una suave sonrisa.
*
* *
Tan
solo un día después de que Jade despertara, Caleb abandonó la mansión de los
Damian con la excusa de ir a visitar por un momento la mansión de los Engers.
Como Jade lo dejó marchar con total naturalidad, Caleb se dirigió a la
propiedad de los Engers en carruaje sin hacer ningún comentario. Y dado que aún
era de pleno día, el mayordomo le informó que su padre se encontraba en casa.
“Se
lo avisaré al cabeza de familia”.
“Sí,
y de paso infórmale de otra cosa”.
“¿Qué
le transmito?”.
“Dile
que ya sé lo que ha estado tramando esta vez”.
“……Entendido”.
El
mayordomo no tenía la menor idea de qué era exactamente lo que su señor había
hecho, pero como se lo habían pedido de esa forma, se limitó a comunicárselo
tal cual. Al enterarse, el jefe de los Engers —el padre de Caleb— lo mandó a
llamar de inmediato. De no ser así, lo habría hecho esperar una eternidad
debido a la pila de asuntos sobre inversiones y otros pendientes que lo
abviaban. Caleb se arregló la ropa con prolijidad y subió al despacho del
cabeza de familia.
Tras
dar unos golpes secos en la puerta, Caleb la abrió y dio un paso hacia el
costado. Algo pasó volando rozándole el lateral. Sin saber qué era, bajó la
mirada y vio un tintero lanzado al suelo fuera de la habitación. Si le hubiera
dado, le habría dolido bastante. Pensando en ello, Caleb dio finalmente un paso
al frente.
“Solo
era una pequeña provocación, pero si reacciona así, va a dejar al descubierto
todas sus intenciones, padre”.
Ante
esas palabras, el rostro del conde de los Engers mudó de color por segundos.
“¿Te
atreves a provocarme?”.
“¿Y
qué hay de malo en ello? Al fin y al cabo, somos de la misma familia”.
“¡Tú...!”.
“A
pesar de haberme casado con la familia Damian, ¿quién sigue trayendo
información de aquí para allá?”.
“……”.
“Así
que no se preocupe, padre. Sé perfectamente cuáles son mis raíces”.
Al
escuchar aquello, el cabeza de los Engers se dejó caer pesadamente en su
asiento. Caleb cerró la puerta de la habitación. Y preguntó:
“Dígame,
¿el atentado contra el último campanario fue obra suya? O mejor dicho, ¿del
primer príncipe?”.
“Sí,
como se pusieron tan autoritarios con las exigencias, lo hice tal como me
ordenaron”.
“Qué
mala suerte le tocó cargar. Ha de haber sido un trabajo duro”.
“Claro
que sí. Si no hubieras andado corriendo por ahí para salvar a los plebeyos,
habrías levantado sospechas. Eso lo hiciste bien. Aunque no tengo idea de por
qué demonios hiciste algo así”.
“Ya
que Jade Damian estaba haciendo lo propio, yo no podía quedarme de brazos
cruzados”.
“Ya
veo. Supongo que tiene sentido. A propósito, hay un rumor de que ese tal Jade
Damian está debatiéndose entre la vida y la muerte”.
Al
oír eso, la expresión de Caleb se tornó ambigua por un instante antes de
recuperar su habitual frialdad para responder:
“Lamentablemente,
ya despertó”.
“Qué
pena”.
“¿Por
qué habría de ser una pena? Si el compromiso se hubiera roto así como así, los
que habríamos vuelto a salir perdiendo seríamos nosotros”.
“También
es verdad”.
Tras
asentir con la cabeza, Caleb se marchó de la habitación del cabeza de familia.
Su padre, dando a entender que tenía demasiado trabajo como para seguir
perdiendo el tiempo con él, le hizo un gesto con la mano para que se fuera.
Alejándose de su padre, Caleb se dirigió a ver a su hermano mayor. Ivan se
encontraba en su habitación, y al ver entrar a Caleb tras tocar a la puerta,
frunció el ceño con fastidio.
“¿Qué
haces aquí?”.
“¿Acaso
ni te avisaron que había venido?”.
“Como
si tu llegada o partida fuera algo importante para mí”.
“Supongo
que por eso no te enteraste. En fin, vine porque tengo algo de qué hablar
contigo”.
“De
qué se trata”.
“¿Cómo
quedó lo de la inversión?”.
“……Usé
dinero de la familia a espaldas de mi padre para invertirlo. Se supone que esto
va a multiplicarse de verdad, ¿no?”.
Ante
esa pregunta, Caleb esbozó una sonrisa.
“Por
supuesto. La familia Damian también ha invertido”.
“Entonces
no hay problema. Con eso basta”.
“¿Y
qué pasó con aquel chocolate?”.
“Lo
mandé a dar mil vueltas y lo envié bajo el nombre de otra persona”.
“Ya
veo”.
Sabiendo
que con eso era suficiente, Caleb apartó la mirada. Ivan interpretó aquello
como una especie de rabieta de celos, pues desde pequeño Caleb había sido muy
envidioso. Sin prestarle la más mínima atención mientras se giraba para
marcharse, Ivan volvió a concentrarse en elegir y reelegir el atuendo que
llevaría a la fiesta de esa misma noche.
Y
Caleb pensó que por fin todo estaba listo. Estaba preparado para ponerle fin a
absolutamente todo.
*
* *
Tan
pronto como terminó sus asuntos con tanta facilidad, Caleb regresó a la familia
Damian. Jade lo recibió con alegría. Tras asearse y cambiarse de ropa con
pulcritud, parecía tan perfectamente recuperado que costaba creer que hasta el
día anterior hubiera estado postrado como un paciente.
“Caleb,
¿qué te parece si hoy damos un paseo por el jardín?”.
“Qué
puede tener de especial un jardín que veo todos los días”.
“No
es igual si caminas conmigo”.
“……De
acuerdo”.
Llevado
de la mano por Jade, Caleb salió al jardín. Tal como decía el otro, era el
mismo jardín de siempre, pero recorrerlo a solas los dos le daba una sensación
completamente distinta. A diferencia de cuando solo pasaba por allí mirando de
pasada, Jade conocía a la perfección el motivo por el cual cada rincón había
sido diseñado de ese modo.
“Esta
flor le gustaba mucho a mi madre, así que mi padre la trajo del extranjero.
Cuesta bastante dinero mantenerla y los jardineros se vuelven locos
cuidándola”.
“Mjum”.
“Así
que les callo las quejas a base de aumentos de sueldo”.
“Es
un buen método”.
“¿A
que sí?”.
Jade
sonrió y tiró suavemente de su mano, y a Caleb no le pareció que eso fuera algo
que le desagradara del todo. Se preguntó si, de haber nacido él también en
aquella familia, habría crecido siendo una persona tan despreocupada como Jade.
Mientras Jade le mostraba el jardín de esa manera, al notar el repentino
silencio de Caleb, le preguntó:
“¿En
qué piensas?”.
“Solo
pensaba en cómo habría sido mi vida si hubiera nacido en esta familia”.
Apenas
lo dijo, Caleb se arrepintió por un segundo. Se había dejado arrastrar por el
ambiente que creaba Jade y había soltado tal cual lo que llevaba en el
pensamiento. Por lo general, nunca le pasaba algo así. Jade Damian siempre
lograba crear variables a su alrededor. Al mirarle el rostro, vio que este
tenía una expresión de completo disgutro.
“Eso
no habría estado bien”.
Ante
esas palabras, Caleb sintió una punzada de amargura, pero Jade continuó
hablando como si quisiera borrarla de un plumazo:
“Porque
entonces no podría haberme casado contigo”.
“……¿Qué?”.
“Hay
muchas formas de familia. Como naciste en una familia distinta, puedes unirte a
mí y volverte parte de la mía a través del matrimonio”.
“……”.
“Caleb”.
“……Por
qué”.
“Me
da igual cómo seas”.
“……”.
“Estoy
enamorado de ti, Caleb”.
“……”.
“Pensé
muchas cosas bajo esos escombros. Pensé que jamás te había dicho que te amaba.
Y que si no lo hacía en el momento, tal vez nunca llegaría la oportunidad de
hacerlo”.
La
brisa soplaba suavemente sobre aquel tono pausado. Su voz era delgada como un
susurro, pero lo suficientemente firme como para que el viento no pudiera
llevársela. Era la primera vez que Caleb recibía una carga emocional tan
pesada, y las manos le temblaban. Jade tomó las manos trémulas de Caleb entre
las suyas.
“No
importa si no me amas. Me basta con que pienses que soy un buen compañero. Al
fin y al cabo, en la alta sociedad abundan los matrimonios por conveniencia”.
A
Caleb le daba vueltas la cabeza. No imaginaba que hubiera tanta diferencia
entre saber que el otro lo amaba y escucharlo de sus propia boca. No, en
realidad, ¿acaso sabía verdaderamente que lo amaba? ¿No había estado pensando
todo este tiempo que era tan solo un capricho pasajero? Por primera vez ante la
llegada de un sentimiento tan puro, Caleb sintió una náusea en el estómago,
como si fuera a vomitar. Él era el único que sabía la magnitud de los planes
que estaba poniendo en marcha en ese preciso instante. Y sabía perfectamente
qué clase de estragos provocaría todo aquello cuando se consumara. En ese
momento, ni lo que le pasara a esa familia ni lo que le sucediera a Jade Damian
le importaban lo más anclado a la realidad.
Pero
si las cosas llegaban a este punto, si él se atrevía a decirle algo así, ya no
podía ser de ese modo.
Caleb
pensó: En el fondo, me daba igual lo que les pasara a ustedes.
Llamó
a Jade, que seguía sosteniéndole las manos en medio del jardín azotado por el
viento, sintiendo que él mismo no sabía cómo lidiar con este cambio repentino
de parecer. Antes creía que con tal de alcanzar su objetivo le daba igual si
los demás salían lastimados o no, pero ahora sentía que las cosas ya no eran
así.
“Jade”.
Por
eso, Caleb pronunció su nombre con lentitud.
“Vamos
a romper nuestro compromiso”.
Y
soltó aquellas palabras destinadas a destruirlo. Todo para asegurarse de que
ellos no salieran salpicados por la catástrofe de sus planes.
Apenas
se oyó esa frase, las pupilas de Jade temblaron con violencia.
“……¿Qué
se supone que significa eso? ¿He hecho algo mal?”.
“No
has hecho nada malo”.
“Entonces
por qué...”.
“Tengo
un problema”.
“Por
qué dices eso... Tú no tienes ningún problema, Caleb”.
“Sí
lo tengo”.
“¿Cuál
es? Yo lo resolveré. Sea lo que sea”.
“Prefiero
que no lo sepas”.
Caleb
apartó con cuidado las manos del otro.
“¡Caleb...!”.
“Sé
que hablar con la princesa y formalizar el compromiso hace que sea difícil
romperlo sin más, pero lo nuestro tiene que terminar aquí”.
“¿De
qué estás hablando?”.
“Más
adelante, cuando llegue el momento, lo sabrás todo”.
Diciendo
eso, Caleb se encaminó hacia la mansión, pero Jade lo persiguió y lo alcanzó
para sujetarlo firmemente del antebrazo. Jade exclamó con desesperación:
“¡Pero
se puede saber qué pasa! ¡Cuál es ese maldito problema del que hablas para
que...!”.
“Jade”.
Caleb
estiró la mano, tomó el cuello de la camisa de Jade —el mismo que lo había
sujetado del brazo— y lo atrajo hacia sí. Y posó sus labios sobre los de él. Un
roce sumamente ligero, sin mezclar lenguas, pero cargado de una profunda
seriedad que le transmitía todos sus sentimientos. Ante aquel beso, Jade se
quedó completamente congelado. En el gesto se reflejaba con demasiada claridad
la exigencia de que no volviera a retenerlo.
“Me
voy a marchar ahora mismo. No intentes detenerme más”.
“……No
puedes. Por qué me haces esto”.
“Te
lo dije, no es por tu culpa”.
Caleb
se dirigió directo a la mansión, mientras Jade se quedaba plantado en el mismo
sitio, completamente paralizado.
Al
llegar al despacho del cabeza de familia, Caleb llamó a la puerta y entró sin
esperar más. Apenas pisó la estancia, le soltó al marqués de Damian sin rodeos:
“Me
voy hoy mismo”.
“¿Tenía
que ser de una forma tan precipitada?”.
“Si
no lo hago así, la familia Damian saldrá lastimada”.
“……¿No
piensas detener tu venganza?”.
“Qué
cosas tan divertidas dice usted”.
“……Es
verdad, he dicho una tontería”.
“No
tengo apenas equipaje, así que me marcharé ahora mismo. Cumpliré con lo
pactado”.
Dicho
aquello, Caleb hizo una reverencia e hizo amago de abandonar el despacho. El
cabeza de familia de los Damian le dijo a sus espaldas:
“Si
alguna vez quieres volver, las puertas están abiertas”.
“……Eso
no va a pasar. Ocúpese un poco más de Jade, se lo ruego”.
Con
esas palabras, Caleb terminó de alistar los preparativos para abandonar la
mansión Damian aquella misma noche. Hasta el último momento, Jade no dejó de
llamarlo con angustia desesperada.
“¡Caleb,
Caleb!”.
“¡Joven
amo, por favor, cálmese!”.
“¡Caleb,
por favor!”.
“¡Joven
amo!”.
Apretando
los dientes con fuerza e intentando ignorar aquellos gritos que le desgarraban
el alma, Caleb subió al carruaje. Como no llevaba pertenencias, no había nada
que empaquetar. Lo único que resonaba en sus oídos era la voz de Jade
llamándolo. Caleb apretó con fuerza las manos que apoyaba sobre sus rodillas.
En su cabeza solo se dibujaba la imagen de la voz quebrada de Jade y de los
sirvientes intentando contenerlo. Cortar los lazos con la familia Damian y
regresar a su propio clan era lo correcto. Si quería cumplir con su ansiado
objetivo de tantos años.
¡RUM-RUM...!
Mientras
el carruaje avanzaba, el cielo se fue tiñendo de un tono grisáceo y comenzó a
llover. Mirando a través de la ventanilla por la que caían las gotas de lluvia,
Caleb recordó su infancia con una mirada sombría. Aquellos tiempos en los que
era incapaz de hacer nada. Aquella niñez que jamás habría querido que nadie
descubriera, y que ahora, aunque se la revelara a todo el mundo, era lo único
que jamás habría querido que supiera Jade.
'Es ridículo'.
Pensaba
que era una persona de la que jamás querría que conociera sus debilidades, y
sin embargo, ahora se había convertido en la única persona a la que deseaba
ocultárselo a toda costa. Seguramente se debía a que sabía que su pasado se
convertiría en una herida para él. Porque sabía que le dolería tanto como a él
mismo.
Atravesando
la lluvia, Caleb llegó finalmente a la mansión de los Engers. Al verlo
aparecer, el mayordomo lo recibió con una expresión de genuina sorpresa. Su
rostro parecía decir que qué hacía de vuelta si ya había estado allí por la
mañana. Apenas cruzó la entrada de la mansión, Caleb se dirigió directo al
despacho del cabeza de familia. Allí se encontraba el conde de los Engers,
absorto y devanándose los sesos mientras revisaba los documentos sobre los
lugares de inversión que le había facilitado. A ver qué saca de eso.
Soltando una risa cínica para sus adentros, Caleb lo saludó:
“Padre,
ya he vuelto”.
“Vaya,
Caleb. Dijiste que venías por la mañana y ya estás aquí otra vez por la noche”.
“Es
que tengo algo importante que decirle”.
“Habla,
te escucho”.
Con
un tono sumamente ligero, como si se tratara de la cosa más trivial del mundo,
Caleb soltó:
“He
roto mi compromiso”.
Ante
esas palabras, la mano del cabeza de familia que hojeaba los papeles se detuvo
en seco.
“……¿Qué
has dicho?”.
“He
roto mi compromiso con Jade Damian”.
Capítulo 30
¡Bang!
Ante
aquellas palabras, el cabeza de familia de los Engers golpeó la mesa con
fuerza, produciendo un estruendo.
“¡Qué
demonios habrás hecho para que te devuelvan tras romper el compromiso!”.
“Pues
sí. A saber qué clase de falta imperdonable habré cometido”.
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AOMINE5BL
Caleb
esbozó una leve sonrisa. Esa risa terminó por enfurecerlo. El conde de los
Engers se puso de pie de un salto, se acercó a grandes zancadas hacia Caleb y
le propinó una bofetada a mano abierta.
¡Plas!
Tras
recibir un golpe en la mejilla después de tanto tiempo, Caleb pensó con ironía
que últimamente le venían muy seguido a la memoria los recuerdos de su
infancia. Sin embargo, antes de que siquiera terminara de pensarlo, otra
bofetada volvió a estrellarse contra su rostro.
¡Plas!
¡Plas!
Los
golpes de su mano se sucedieron una y otra vez, y Caleb los soportó todos en
completo silencio. Aunque se le amoratara el rostro y se le rompiera la
comisura de los labios al grado de brotarle sangre, el conde Engers no se
detuvo. Era un comportamiento que no parecía en absoluto el de un padre. Fue
solo después de que la espalda de Caleb chocara con un golpe seco contra la
puerta que tenía a sus espaldas cuando comprendió que la lluvia de bofetadas
por fin se había detenido.
“Es
impensable que en esa familia hayan aceptado hablar de anular el compromiso así
como así... ¿Acaso, viéndose muy muy alfita, te enredaste con otro omega?”.
“¿Quién
demonios se va a enredar con un omega como yo? Si estoy completamente roto”.
“……Entonces,
¿fue del otro lado de donde se enamoraron de otro omega?”.
“De
eso no estoy muy seguro”.
“¡Entonces
qué demonios es el problema!”.
“A
cambio, me dieron una pista sobre cierta información”.
“……¿Qué
clase de información?”.
“Dicen
que esta vez zarpará un gran barco”.
“¿Un
gran barco?”.
“Sí,
uno de gran envergadura que cruzará el océano Atlántico; su tamaño es
descomunal. Comentan que con solo regresar, traerá todo tipo de oro y riquezas
a bordo”.
“……¿Es
seguro?”.
“Tratándose
de información dada directamente por el jefe de la casa, debe ser cierta”.
Caleb
soltó una mentira con total naturalidad. Como hasta entonces la información que
les había suministrado había sido verídica, era sumamente probable que picara
el anzuelo. Aqua embarcación comercial tenía altas probabilidades de ser una
estafa, por lo que el marqués de Damian la había descartado desde un principio
como opción de inversión.
Pareciendo
caer en la tentación, el conde Engers se frotó el rostro con las manos secas
antes de llamar inmediatamente a los sirvientes para ordenarles:
“Es
la primera vez desde los catorce años. Lleven a Caleb al sótano”.
“Sí”.
Mientras
se lo llevaban a rastras, Caleb pensó para sus adentros:
'A estas alturas ya estoy muy viejo para asustarme por algo
así...'.
*
* *
Jade
estaba medio loco, o más bien, completamente de plenos. Caleb lo había
abandonado. Como si fuera alguien que jamás iba a regresar. Fue a buscar a su
padre para decirle que iría a recuperar a Caleb, pero lo único que recibió como
respuesta fueron unas palabras mezcladas con un suspiro.
“Ese
muchacho dijo que se iba, así que no nos queda de otra más que respetar su
decisión.”
“¿Acaso
no tenemos un trato hecho, padre?”
“Por
mucho que intentes retenerlo a la fuerza, ¿de qué te servirá con él?”
“……”
“Mira
bien en lo profundo de tu corazón, hijo mío.”
“……”
Si
hubiera dependido de sus deseos, habría ido a traerlo de vuelta para encerrarlo
en una habitación. Pero si lo retenía a su lado a la fuerza, Caleb terminaría
por cerrar su corazón por completo. Jade sentía que iba a volverse loco en
medio de ese abismo. El marqués de Damian frunció el entrecejo, dudando sobre
qué debía decirle a su hijo. Se preguntó varias veces si debía contarle lo que
él sabía.
“Jade……”
Pero
antes de que el marqués de Damian pudiera abrir la boca, Jade salió corriendo
de la habitación. El marqués volvió a cerrar los labios. No podía romper la
promesa que le había hecho a Caleb, ese muchacho, con el fin de proteger los
sentimientos de su propio hijo. Así que no le quedó más remedio que ver cómo la
espalda de su hijo se alejaba.
Una
vez que salió disparado del despacho de su padre, Jade sintió que la vista se
le nublaba. Jamás en su vida había experimentado una tormenta emocional
semejante, y comenzó a destrozar todo tipo de baratijas que había en su
habitación. La escena era un caos tal que él mismo se enteró en ese instante de
que albergaba semejante violencia en su interior.
¡Clash!
“¡Joven
amo, por favor, cálmese!”
“¡Joven
amo...!”
Como
ya no quedaba nada por romper, Jade se dirigió a la habitación de Caleb. En el
cuarto de Caleb aún persistía el rastro de su aroma a feromonas. Una lágrima
resbaló de inmediato por los ojos de Jade. ¿Y si iba a rogarle ahora mismo que
volviera prometiendo hacer lo que fuera? Como hacía poco que había llegado a la
mansión de los Engers, tal vez si le rogaba las cosas saldrían de algún modo.
Recorrió
con la mirada cada rincón de la habitación de Caleb. Y de pronto cayó en la
cuenta. Caleb se había marchado con las manos vacías. No quedaba ni un solo
objeto suyo en ese lugar. En aquella casa no había absolutamente nada que
pudiera retener a Caleb. Nada. Ni siquiera él mismo.
“Caleb……”
Apretando
contra su pecho las prendas de Caleb, Jade sollozó en silencio. Mientras
lloraba ahogadamente, uno de los sirvientes se le acercó con cautela.
“Disculpe,
joven amo……”
“……Qué.”
“Hay
una visita.”
“Qué
clase de visita.”
“Es
el pintor que mandó una carta la otra vez……”
“¿El
pintor?”
Al
escuchar eso, Jade levantó la cabeza. El pintor de aquel cuadro ante el cual
Caleb se mostraba tan sensible. Jade pensó que aquel artista debía de saber
algo que Caleb no le había contado. Por esa razón, tras doblar rápidamente la
ropa de Caleb y cerrar la puerta de la habitación, se encaminó hacia la sala de
recibo.
“Háganlo
pasar al salón de inmediato.”
“Sí,
s-sí, entendido.”
A
grandes zancadas se dirigió a su propia recámara para alisarse el cabello y
lucir lo más presentable posible antes de ir al salón. Allí estaba sentada una
mujer de unos treinta años.
“Hola,
soy Aena. Estimado noble.”
“Siéntate.”
“¿Dónde
está la persona que me mandó a llamar?”
“En
realidad, fui yo quien te mandó a llamar.”
“……¿No
fue el joven Caleb Engers?”
“……Él
está comprometido conmigo. Por ahora se encuentra temporalmente en la mansión
de los Engers.”
“¿Que
ha regresado a esa mansión de los Engers?”
El
tono de su voz se volvió ligeramente áspero.
“L-Leí
los periódicos. Que la familia Engers envió a su segundo hijo a la familia
Damian. Que los habían comprometido. Entonces, entonces, ¿no debería estar
aquí? Se fue solo por un momento, ¿verdad? ¿No es así?”
La
impaciencia se filtraba en su voz. Su timbre hizo que Jade albergara dudas.
¿Por qué razón aquella pintora estaba tan desesperada? Jade se acercó a grandes
pasos hacia la artista y la agarró con brusquedad de los hombros.
“Quién
eres tú. ¿Qué es lo que sabes?”
La
mujer respondió sin vergüenza alguna:
“Tráigame
de vuelta al joven amo y se lo diré todo.”
“……”
“¡Sáquelo
de esa maldita familia que es un infierno...!” —dijo Aena, asiéndolo de las
solapas.
Ante
esas palabras, Jade se quedó paralizado. Una familia que era un infierno. Era
verdad que el pasado de Caleb antes de los quince años era borroso, pero ¿hasta
el punto de describirlo así? ¿A dónde habían ido a parar los registros de su
vida previa a los quince años? Si aquella época anterior a los quince hubiera
sido como un infierno...
“Qué
clase de escándalo es este.”
“Padre.”
En
ese momento, alertado por el alboroto en el salón, el marqués de Damian abrió
la puerta y dejó ver su presencia. Mirando a su padre, Jade le soltó:
“¡Tengo
que ir a buscar a Caleb... A traerlo de vuelta!”
“……Ese
muchacho probablemente no te siga.”
Al
oír eso, Jade sintió como si hubiera recibido un golpe directo en la cabeza.
“……¿Usted
lo sabía, padre?”
“……”
“¿Sabía
acaso que Caleb iba a hacer algo así?”
Tras
un largo silencio, el marqués de Damian asintió con la cabeza.
“Así
es. Aunque no lo sé todo, ese muchacho me propuso un trato.”
“¿Un
trato?”
“A
cambio de dejarle caer información sobre lugares de inversión……”
Una
breve pausa para respirar y luego continuó:
“Me
prometió que borraría a la familia Engers del registro nobiliario.”
*
* *
Eso
ocurrió cuando Caleb pisó por primera vez la mansión de los Damian. Al
encontrarse cara a cara con el marqués de Damian por primera vez, Caleb Engers
le propuso una oferta inesperada.
“Quisiera
que me facilitara algunos lugares en los que su familia planea invertir. Si son
buenas opciones, mucho mejor”.
“¿Y
qué razón tendrías para hacerme semejante petición?”.
Al
principio, el marqués de Damian pensó que no tenía ningún motivo para aceptar
dicha solicitud. Aunque estuvieran comprometidos, no albergaba la menor
intención de mostrarle favoritismo a una familia que ellos mismos habían sacado
a flote. Sin embargo, Caleb esbozó una leve sonrisa y le dio una respuesta
imprevista.
“He
venido a hacer un trato”.
“¿……Un
trato?”.
“Sí.
Yo-”.
Y
lo que siguió a continuación fue:
“Haré
que la familia Engers sea borrada del registro nobiliario”.
Los
ojos del marqués de Damian se abrieron de par in par. Era algo en lo que ya
había fracasado una vez antes. Aquello a lo que había renunciado por el bien de
su propio hijo, ahora el hijo del conde se ofrecía a hacerlo por él. Qué cosa
tan extraña. No obstante, si lograba no solo la ruina de la familia, sino
borrarla por completo de los registros de la nobleza, la facción de la vieja
nobleza quedaría no solo tambaleándose, sino totalmente desarticulada. De ese
modo, las fuerzas que respaldaban al príncipe perderían todo su poder,
facilitando enormemente que el bando de la princesa —al que apoyaba la familia
Damian— alcanzara el trono imperial.
“¿……Por
qué me haces esta propuesta?”.
“No
necesita saberlo. Lo único que debe decidir es si acepta el trato o no”.
“¿……Y
cómo se supone que deba confiar en tu palabra?”.
“¿Acaso
mi vida no está ya en manos de la familia Damian?”.
“……”.
“Tómese
su tiempo para pensarlo”.
Ante
esas palabras, el jefe de la casa de Damian golpeó un par de veces la
superficie del papel con la punta de su pluma. Aunque era imposible adivinar
qué pasaba por la cabeza de ese mocoso, su mirada destilaba una frialdad
siniestra. Albergaba un veneno tan ponzoñoso y antiguo como el de una serpiente
viperina. El problema era que ese veneno no iba dirigido contra ellos, sino que
apuntaba directamente contra su propia familia. Por esa razón, aceptó el trato.
“Trato
hecho”.
“Se
lo agradezco”.
“Entonces,
¿cómo piensas utilizar los lugares de inversión?”.
“Primero
hay que darles información correcta para que se amontonen como moscas a la
miel”.
“¿Y
luego, darles información falsa para hacerlos caer?”.
“Exacto,
y cuando estén desesperados, ofrecerles algo podrido como si fuera una cuerda
de salvación”.
“……Qué
impaciente eres, muy impaciente”.
“Todo
porque alguien arruinó mis planes”.
Caleb
soltó una risa indescifrable, hizo una reverencia inclinando el torso tras
pronunciar un breve 'con su permiso' y abandonó la habitación.
Enterado
de la conversación entre su padre y Caleb, Jade se encontraba sentado en el sofá
con la cabeza gacha. No podía culpar a su padre ni tampoco a reprocharle nada a
Caleb. El único que había creído erróneamente que Caleb estaba a su lado, el
único que no sabía absolutamente nada de él, era él mismo. Por esa razón, en
lugar de ponerse a llorar, se puso de pie con paso tambaleante.
“Voy
a ir a buscar a Caleb”.
“Te
he dicho que ese muchacho no va a volver”.
“¡Aun
así!”.
Exclamó
Jade con los ojos inyectados en sangre, con las venas de la esclerótica
totalmente reventadas.
“Tengo
que traerlo a la fuerza. Dicen que es una familia que parece un infierno. No sé
qué demonios habrá pasado allí, pero es una familia a la que quiere borrar
hasta del registro nobiliario...”.
Diciendo
eso, Jade se dirigió a su habitación. No podía presentarse con el aspecto de un
piltrafa. Debía arreglarse con la mayor pulcritud posible antes de marchar a la
mansión de los Engers. Al fin y al cabo, tratándose de un compromiso tramitado
a través de un trato con la princesa, no era algo que pudiera romperse tan
fácilmente solo porque ellos dos decidieran disolverlo por su cuenta. Así que
pensó que bastaría con decir que habían tenido una discusión pasajera y sacaría
a Caleb de allí como fuera, mientras se terminaba de arreglar.
Justo
antes de dirigirse a la planta baja, pasó por el salón de recibo y le dijo a la
mujer llamada Aena, que seguía allí:
“Cuando
regrese, tendrás que contarme absolutamente todo lo que sabes”.
“Por
supuesto”.
Aena
asentía en silencio con la cabeza. Apretando los dientes con fuerza, Jade
decidió dirigirse a la familia Engers acompañado de un carruaje para traer de
vuelta a Caleb.
“Y
trae eso”.
“¿A
qué se refiere exactamente?”.
“El
documento del feudo que esté más cerca de aquí”.
“Entendido”.
Mientras
decía aquello, los ojos de Jade brillaban con un brillo febril.
*
* *
Caleb
estaba sentado en la oscura habitación, abriendo y cerrando los ojos con
lentitud. Era el cuartito donde solían encerrarlo cada vez que contrariaba a su
familia, sin importar si había cometido un error de verdad o no cuando era
niño. Bueno, para ser exactos, era dentro de aquella pequeña caja.
'Ya
no soy lo suficientemente pequeño como para caber encerrado en esa caja'.
Caleb
se puso de pie y rozó con la mano la pequeña caja en la que lo encerraban de
pequeño. Era mucho más diminuta de lo que recordaba en su mente. ¿Tan pequeño
había sido él de niño? Mientras pensaba en eso, la puerta del sótano se abrió.
A continuación, entró su hermano mayor, Ivan. Este lo miraba desde arriba con
una expresión despectiva mientras Caleb estaba sentado en un rincón de la
estancia. De niño le tenía pánico a esa mirada, pero para el ya crecido Caleb,
aquello resultaba simplemente patético. Caleb se levantó.
“Qué,
¿viniste a ver a tu hermanito?”.
“……Veo
que ya no tiemblas de miedo como cuando eras niño”.
“Ya
tengo otra edad, esa época quedó atrás”.
“……Qué
insolente”.
“Hermano,
te pones así solo conmigo”.
Caleb
miró las puntas de sus dedos bien cuidadas mientras decía:
“Frente
a los demás, en cambio, ni una sola palabra eres capaz de decir como se debe”.
¡Pum!
En
ese instante, un puñetazo voló hacia él. Recibió el golpe de lleno en la
cabeza, sintiendo una punzada de dolor intenso. Sin embargo, a diferencia de su
infancia, en la que terminaba por los suelos, ahora que era un adulto hecho y
derecho se limitó a inclinar un poco la cabeza hacia un lado. Mirando a Ivan,
que respiraba agitado por la rabia, Caleb le preguntó:
“¿Ya
terminaste?”.
“……Tú”.
“¿Cuál
es el problema? Si ya te lo di todo servido en bandeja. ¿Ni siquiera masticado
puedes tragarlo?”.
“Debiste
quedarte aferrado a esa familia y acaparar hasta el último recurso que le
sirviera al clan. ¿Vuelves aquí con la excusa de que rompiste el compromiso
solo porque no pudiste controlar tus caprichos?”.
“Ah,
sobre eso……”.
Caleb
esbozó una leve sonrisa.
“Tampoco
sabía que iba a terminar haciendo algo así”.
Tampoco imaginé que llegaría a preocuparme por si Jade salía
lastimado. Caleb se tragó el
resto de las palabras sin pronunciarlas. Al final, Ivan le propinó una fuerte
patada en el abdomen. Se oyó un ruido seco y Caleb cayó al suelo. Pudo haberla
esquivado si lo hubiera intentado, pero en ese momento no tenía la menor gana de
hacerlo. Habría preferido que al menos ese dolor borrara sus pensamientos por
un instante. Sin embargo, incluso mientras era pisoteado bajo los pies de su
hermano, los recuerdos de Jade se negaban por completo a desvanecerse de su
mente, así que simplemente cerró los ojos.
*
* *
Mientras
tanto, la lluvia caía de manera persistente. El carruaje avanzó a gran
velocidad, llegando a la mansión de los Engers mucho más rápido de lo habitual.
Ignorando por completo al mayordomo que salió apresurado a recibirlo, Jade
abrió de par en par las puertas principales de la propiedad por su propia
cuenta.
Al
ver irrumpir a Jade, los sirvientes se apresuraron a subir hacia los pisos
superiores. Su actitud dejaba claro que su llegada no era bienvenida. Al
parecer, corrían de prisa para informarle al cabeza de familia sobre su visita.
Tras permanecer unos cuantos minutos de pie en el vestíbulo de la entrada, se
escucharon pasos apresurados. El conde Engers y Ivan, el hermano mayor de
Caleb, comenzaron a bajar por las escaleras.
“Joven
marqués Jade, v-vaya, ¿a qué se debe su visita?”.
Jade
forzó una sonrisa, reuniendo hasta la última pizca de paciencia que le quedaba.
“Tuve
una pequeña discusión con Caleb por un asunto sin importancia. Supongo que por
eso ha venido hasta aquí, así que he venido a buscarlo”.
“¿Una……
pequeña discusión?”.
“Sí,
parece que se enojó bastante. Por eso vine a buscarlo en persona. ¿Dónde está
Caleb en este momento?”.
“……Caleb
está descansando en su habitación en este instante”.
“Iré
a buscarlo. Supongo que ya se le habrá bajado un poco el enojo para este
momento”.
Mientras
decía esto y se acercaba hacia las escaleras, Ivan le bloqueó el paso con
prisa. Derramando sudor frío por la frente, Ivan le dijo:
“Tome
una taza de té antes de retirarse. Parece que el enojo de Caleb aún no se le
pasa del todo. Deje que se calme con tranquilidad por aquí, nosotros lo
consolaremos y se lo mandaremos de vuelta debidamente”.
“……¿A
ese grado se enojó?”.
“……Sí”.
“¿Qué
fue lo que dijo?”.
“¿Disculpe?”.
“¿Qué
dijo Caleb? ¿Por qué motivo aseguró que estaba enojado?”.
“……Eso
es que……”.
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Mientras
Ivan titubeaba sin saber qué responder, la mirada de Jade comenzó a enfriarse
lentamente. Quien interrumpió en medio de ese silencio fue el cabeza de familia
de los Engers, respondiendo con aparente calma:
“No
nos dio una respuesta clara. Solo se limitó a decir que habían roto el
compromiso y se encerró en su habitación sin querer salir. Nosotros también
estamos muy preocupados, joven marqués”.
“……Ya
veo”.
“Por
lo tanto, le sugeriría que por hoy regrese a su casa……”.
“Ah,
si vine de esta manera no es solo por Caleb, sino también porque tengo otro
asunto que tratar. Es algo de lo que debo hablar con el cabeza de familia”.
Ante
esas palabras, el conde Engers puso una expresión de desconcierto.
“¿De
qué se trata?”.
“Es
sobre un feudo ubicado a poca distancia de la capital”.
“Si
está cerca de la capital, entonces……”.
“Sí,
hablo de Millean”.
“¡Si
se trata de Millean……!”.
Jade
sacó de entre sus ropas los documentos de propiedad del feudo y los sostuvo en
alto.
“Pensé
que Caleb debió pasar por un mal rato debido a mí, así que traje esto a modo de
disculpa”.
“¡V-Vaya,
no era necesario llegar a tanto con algo así……!”.
“Lastimó
el corazón de mi prometido, ¿no creía que al menos debía hacer esto?”.
“E-Entremos
al despacho para hablarlo con calma”.
Incapaz
de contener su codicia, el cabeza de la familia Engers lo hizo pasar a su
oficina.
