Capítulo 21- 25
Capítulo 21
Caleb
apretó los dientes y se apoyó en la cama con los brazos temblorosos. De todos
modos, él mismo había decidido elogiar a ese sujeto y dejar que lo tomara esa
noche. Algo hinchado de manera amenazante, como si fuera increíble que ya se
hubiera venido varias veces, se frotaba contra el pliegue de sus nalgas.
Aquello, que ya había llenado su interior por completo en un par de ocasiones,
se abrió paso suavemente entre su abertura.
"¡ugh...!"
"Con
lo que te gusta que te saquen una vez, y ahora aprietas más..."
Jade
relamiéndose los labios agarró con fuerza la cadera de Caleb y volvió a
embestir su cintura de manera que se escuchó un golpe seco. Cada vez que Jade
clavaba lo suyo en su interior, los jadeos se derramaban apresuradamente y los
gemidos de Caleb quedaban reprimidos entre sus dientes. Jade quería que él
gritara sus gemidos a placer, pero aquello parecía ser cuestión de orgullo para
Caleb.
‘¿Debería
ponerle una mordaza...?‘
Pensando
en algo que haría enojar a Caleb si llegaba a oírlo, Jade presionó con fuerza
la punta de su pene contra la zona curva de su interior.
"¡Agh...!"
Caleb
se estremeció ante la sensación de presionar firmemente su interior mientras
rascaba su próstata. La gruesa columna de su pene presionaba la próstata y el
acto de hurgar profundamente en la curva interior era suficiente para dejar su
vientre hecho un desastre. Al final, Caleb terminó con los brazos doblados y la
postura indecente de levantar solo sus nalgas, y Jade, relamiéndose los labios,
agarró y abrió sus glúteos para contemplar la abertura que se tragaba su pene.
Se veía cómo la abertura teñida de rojo tragaba el pene con avidez.
"Bonito,
bonito, Caleb."
"Mier...,
cáll..., ¡ah...!"
Jade
retiró lentamente su pene y volvió a clavar su pene con un golpe seco. Caleb
casi se mordió la lengua. Su cuerpo, temblando con un sobresalto, se encogía
sobre las sábanas. Como le gustaba su cintura estirada en curva, Jade acarició
cada una de sus vértebras como si las contara. Aquel roce le causaba
cosquillas. Caleb torció la cintura y dijo.
"No
me... toques... así."
"Por
qué, si es porque estás bonito."
"Ni
digas... esas cosas..."
"Tienes
demasiadas cosas que prohíbes..."
Jade
comenzó de nuevo a embestir con fuerza su cintura. ¡Chof, slop, slop! El sonido
de las carnes húmedas chocando comenzó a escucharse ruidosamente de nuevo. Jade
sonrió al ver que Caleb, que había cerrado la boca apresuradamente, se tragaba
los gemidos en el fondo de su garganta.
"Así,
aceptándome con tu entrada de abajo, ¿verdad?"
"¡Ah,
ugh, hik!"
Cada
vez que el pene de gran grosor rascaba firmemente sobre su próstata, Caleb se
estremecía ante el placer que ascendía. Las feromonas del alfa iban y venían
tambaleándose entre el rechazo y el placer. Gracias a eso, las feromonas
continuaban hundiéndose en el suelo, y ahora en su cuerpo no exhalaba más que
el dulzor de Jade. Como un omega que hubiera sufrido una ducha de feromonas.
Caleb parecía no haberse dado cuenta todavía del hecho de que de su propio
cuerpo no emanaba más que el aroma de Jade. Como si estuviera satisfecho con la
situación actual, Jade introdujo a empujones su pene, empujó el glande hasta la
zona curva más profunda que él sentía y lo agitó con fuerza.
"¡ugh...!"
Caleb,
con las nalgas levantadas firmemente, se estremeció con un temblor y escupió
semen sobre las sábanas. Cuando la pared interna que mordía el miembro se
contrajo con espasmos una vez más, Jade apretó los dientes y dio unas cuantas
embestidas más antes de terminar derramando semen en lo más profundo de su
interior, siguiéndole el paso. Ha, ha. Los sonidos de la respiración de ambos
continuaron apresuradamente.
"Si
dices que... vamos a hacerlo otra vez, te juro que te... mato..."
"Ja,
ja."
Jade
reprimió el deseo de seguir haciéndolo, acomodó a Caleb boca arriba y lo
abrazó. Todo su cuerpo estaba resbaladizo, pero gracias a eso sintió la
impresión de que ambos cuerpos se pegaban firmemente, empapados. Caleb quería
bañarse, pero como Jade parecía tener ganas de quedarse acostado así un
momento, no lo soltó.
Caleb
decidió dejarlo tranquilo un rato al verlo acostado de manera satisfecha
mientras lo sostenía entre sus brazos. Predominaba el pensamiento de que estaba
demasiado cansado para entablar una discusión ahora mismo. Cuando Caleb cerró
los ojos como si quisiera descansar un momento, Jade bajó la voz. Unos minutos
después de eso, Caleb se quedó dormido sin darse cuenta. Jade sonrió en
silencio, como si ya se lo esperara, y tras llamar en voz baja a los sirvientes
para ordenar que le prepararan el agua de baño, lo cargó y se dirigió al baño.
Tampoco
olvidó darle un beso en la mejilla mientras dormía.
*
* *
Estos
últimos días, el estado de ánimo de Jade no era malo. No, la verdad era que era
bueno. Caleb no se mostraba a la defensiva y, aunque Jade se deslizaba
sigilosamente en su cama, él no lo rechazaba. Por supuesto, si intentaba
tocarlo, lo apartaba de inmediato, pero pensaba que ya era bastante con poder
dormir en la misma cama. Aun así, lo único que lamentaba era que, como
últimamente estaba muy ocupado practicando para heredar los asuntos de su
padre, apenas podía verle la cara excepto cuando dormían.
"¿Estás
ocupado?"
"No,
pasa."
A
veces, Caleb solía detenerse en su despacho, aunque tampoco era muy frecuente.
Caleb se paraba a su espalda y se limitaba a observar en silencio los
documentos que él organizaba, cruzado de brazos. A los ayudantes parecía no gustarles
eso, pero Jade los calmaba.
"¿Se
supone que debe mostrarle este tipo de documentos?”
"Estamos
comprometidos. ¿Cuál es el problema?"
"Aun
así, ¿y si se los lleva a su familia de origen?"
"Que
lo haga."
"Ay,
Dios mío, joven amo..."
Conversaciones
como esa solían darse cuando Caleb no estaba. Los ayudantes sabían que el joven
amo estaba perdidamente enamorado de su prometido alfa. Por eso, al ver que a
él no le importaba regalarle todo lo que había en la casa, solían suspirar. Sin
embargo, Caleb se limitaba a mirar un rato la espalda de Jade mientras
trabajaba, sin la menor intención de hacer tal cosa, y luego desaparecía.
Aun
así, el propio Jade, diciendo eso, no lograba concentrarse bien mientras Caleb
estaba a su espalda. La propia velocidad con la que pasaban las hojas de los
documentos lo demostraba. Cuando Caleb observaba un rato la situación y
desaparecía dando a entender que ya era suficiente, Jade exhalaba un suspiro de
alivio y reanudaba su trabajo.
"¿Acaso
le hace tan feliz?"
"Todos
ustedes están casados, así que ya deberían saberlo."
"Yo,
al menos, le temo a mi esposa."
"Yo
también le temo a Caleb. Temo que se vaya de mi lado."
"...No
me refería a eso."
"Entonces,
¿a qué le temes?"
"...Olvídelo."
El
ayudante habló con expresión de hastío. Jade miró al ayudante como si no
entendiera cuál era el problema. Sabiendo muy bien que sus palabras eran
sinceras, los ayudantes suspiraron, pero Jade sonrió al poco tiempo y les dijo
como si realmente no le importara.
"Si
digo que no me importa, es que realmente no me importa."
"...Sí,
sí. Claro que no."
Jade
inclinó la cabeza al ver las caras de preocupación de los ayudantes. Luego,
agitando la mano para indicar que ya no se preocuparan más, continuó firmando
los documentos. Los papeles verdaderamente importantes aún no habían llegado a
sus manos, pero él estaba listo para entregarle cualquier cosa. Ah, por
supuesto, debía conservar el suficiente poder como para retenerlo a su lado.
"Con
eso bastará."
Diciendo
eso, comenzó a terminar de organizar los documentos.
Por
otro lado, Caleb, tras pasar por el despacho de Jade, había regresado a su
habitación y se encontraba revisando las cartas que le habían llegado. Cartas
que, a fin de cuentas, eran las de su familia, las de Orkan y además...
"Vienen
a tantear el terreno inútilmente."
Eran
solo invitaciones a fiestas de las viejas y las nuevas facciones aristocráticas
que sentían curiosidad por su existencia. Al parecer, querían saber qué trato
recibía en esa casa. ¡Y todavía no lo entendían después de haber visto esa
ceremonia de compromiso! Aquella fastuosa boda había sido, la mirase quien la
mirase, un banquete de compromiso en el que se había invertido un gran
esfuerzo. ¿Y aún así no lograban descifrarlo?
"Banda
de imbéciles sin cerebro."
Caleb
se burló de ellas como si le doliera hasta suspirar y estuvo a punto de
quemarlas, pero enseguida, como si hubiera cambiado de opinión de repente, dejó
aquellas cartas sobre la mesa.
"No,
espera..."
Pensó
detenidamente. ¿Qué debía hacer para resultar aún más 'útil' para su propia
familia? ¿Cómo hacer para que su familia brillara aún más? Estando, además,
dentro del territorio de la familia enemiga.
¿O
debía mostrar una imagen aristocrática mucho más elegante y perfecta? ¿O debía
comportarse como un lunático arrogante y descarado? Caleb lo pensó durante
mucho tiempo. No quería arruinar la familia de Jade. Lo que él deseaba no era
algo así.
TIN.
"Sí,
me llamó."
"Asistiré
a la fiesta de la familia del conde Brute hoy, así que prepárate."
"Entendido."
Caleb
fijó su rumbo y comenzó a prepararse para asistir a la fiesta que tendría lugar
hoy. Mientras se arreglaba después de bañarse, la puerta de la habitación de
Caleb se abrió de par en par. La única persona capaz de entrar así de improviso
sin llamar a la puerta era una sola.
"Caleb."
"Llama
antes de entrar."
"¿Que
vas a la fiesta de hoy? Yo también iré."
"Tú
todavía no has terminado tu trabajo."
"Eso
lo puedo hacer mañana."
"No
postergues el trabajo. Lo detesto profundamente."
"Caleeeeb..."
Jade
dijo eso con tono suplicante, pero Caleb se mostró firme.
"En
su lugar, puedes venir cuando lo termines."
"¿Cuando
lo termine?"
"Sí.
De todos modos, me quedaré allí bastante tiempo."
Al
escuchar esas palabras, Jade apretó los dientes y, con los ojos encendidos,
salió corriendo casi a saltos hacia su despacho. Al parecer, tenía la intención
de resolver el trabajo de ese día lo más rápido posible. A ese ritmo,
probablemente aparecería por allí justo cuando él lo había previsto.
"Entonces,
pongámonos en marcha."
Habiendo
terminado de arreglarse, dijo Caleb. Tomó un carruaje con un criado varón que
Jade le había asignado en la primera planta. Antes de subir al carruaje, al
mirar hacia arriba desde la mansión, pudo ver que Jade lo observaba desde la
ventana de su despacho. Vaya. Caleb esbozó una sonrisa sardónica y subió al
carruaje, el cual comenzó a avanzar lentamente.
Clanc, clanc.
Por
más que el camino estuviera bien pavimentado, era inevitable que el carruaje se
sacudiera un poco. Pensó que habría sido mejor pedirle que le enseñara a montar
en lo que fuese esa máquina en lugar de andar con sus gustos y tonterías.
El
trayecto no era muy largo, pero la cabeza de Caleb daba vueltas a toda
velocidad. Aunque no se podía saber qué clase de sucesos ocurrirían en el salón
de la fiesta, con seguridad no sería tranquilo. Sobre todo porque habría mucha
gente que le guardaba aversión. Cualquier crisis que se le presentara, si él la
utilizaba a la inversa, serviría de alguna forma para beneficiar a su familia.
Eso pensaba Caleb.
‘Incluso
si eso llega a ser algo que a Jade le desagrade.’
Sí,
sin duda Caleb pensaba así en aquel momento. Que el estado de ánimo de Jade le
importaba un bledo.
Así,
el carruaje avanzó un poco más hasta llegar a la mansión del conde Brute. Al
ver detenerse el carruaje de la familia del marqués Damian, todos miraron el
vehículo con el mismo propósito.
¡Creek, clack!
Y
comprobaron quién bajaba de su interior.
"Ha
venido solo."
"Vine
solo."
"Con
qué valor..."
El
conde Brute pertenecía a la facción de los nuevos aristócratas. Que el conde
Brute le hubiera enviado una invitación a Caleb se debía a la curiosidad.
Quería saber si él, siendo de la familia Enders, era capaz de moverse por
solitario dentro de la familia Damian. Y ahora, allí mismo, pudo constatar que
Caleb se movía con total soltura y por cuenta propia en aquella familia. Aunque
no sabía si aquello era dejadez por parte de ellos o un reconocimiento.
El
conde Brute dio un paso al frente para recibirlo.
"Bienvenido.
Vaya, supongo que por ahora sigues siendo el lord Caleb Enders."
"Sí,
así es. Gracias por la invitación."
"Entonces,
¿dónde está tu prometido...?"
"Parece
que vendrá un poco más tarde. Tiene mucho trabajo."
"Ya
veo. Vendrá a su debido tiempo, entonces."
Caleb
esbozó una ligera sonrisa. Sintió que estaba como un soldado de pie en
territorio enemigo mientras observaba los alrededores. Eran todos nuevos
aristócratas. Hmm, la sensación de que se habían reunido puramente para
ver un espectáculo era fuerte. Era como meter un magnífico pez de exhibición en
una gran pecera y contemplarlo. Pero seguro que no sabían que aquel pez de
exhibición era en realidad una bestia con dientes feroces.
‘Qué
debería hacer con ellos.’
Dejando
atrás el saludo del conde Brute, Caleb se dirigió hacia el interior del salón
de banquetes. Cada vez que pasaba, las miradas de la gente lo seguían. Su
espalda recta, sus mejillas pálidas pero tersas, sus vívidos ojos verdes y su
impecable atuendo. No daba la impresión en absoluto de estar siendo marginado
por la familia con la que estaba comprometido. No, para empezar, casi nunca se
daba el caso de que alguien se mudara a vivir a la casa del prometido antes de
tiempo solo por estar comprometidos.
"¿Será
verdad que en la familia Damian aprecian al segundo hijo de la familia
Enders?"
"Ni
lo sueñes. Dicen que lo tienen casi como a un rehén."
"Tengo
entendido que el hijo único de por allí está totalmente obsesionado con
él..."
"Pero
que hay algún tipo de trato de por medio, eso es seguro..."
La
gente comenzó a cuchichear a espaldas de Caleb a su antojo. No le interesaba en
lo más mínimo que aquellos que ignoraban la verdad hablaran por hablar. Caleb
tomó una copa de champaña de la bandeja de un camarero que pasaba y se dirigió
hacia la pared para detenerse allí. Las miradas de la gente seguían pendientes
de él, pero de momento esperó en silencio el momento oportuno. Los nuevos
aristócratas intercambiaban miradas, observándolo. Parecían dudar sobre quién
se acercaría a tantearlo primero. Sin embargo, como todos habían logrado
sobrevivir en la alta sociedad, ninguno se le acercaba a la ligera. Ante la
menor posibilidad de que la familia Damian apreciara a aquel prometido de los
Enders, temían ofender su sensibilidad y ser reprendidos. Aunque, por supuesto,
en todas partes hay algún desvergonzado.
"Vaya,
miren quién está aquí."
Era
una voz estridente. Y Caleb conocía esa voz. Era la voz de un individuo que
solía ir detrás de Jade durante sus días en la academia. Medi Eium. Era una
familia de advenedizos cuyo negocio había despegado de repente y se habían
emparentado con una familia de conde en decadencia para poner un pie en la
facción de los nuevos aristócratas. Quizás por eso, incluso dentro de su propia
facción, había quienes lo desdeñaban bajo el pretexto de que no sabía
comportarse según su posición.
‘Y
tienen razón.’
Aunque
fuera un puesto obtenido de la nada, si uno iba a sentarse en él, lo correcto
era comportarse a la altura. Pero si aun así no lograba adaptarse a ese sitio y
se comportaba como un matón callejero, era perfectamente digno de desprecio. Y
a Jade tampoco le agradaba demasiado ese sujeto. Aunque no lo demostraba
abiertamente, cada vez que lo veía en sus días en la academia, sus ojos no
sonreían.
"Cuánto
tiempo sin vernos."
"No
me parece que haya pasado tanto tiempo, lo vi en la ceremonia de
compromiso."
"Pues
me parece que no te vi en mi compromiso. Qué lástima."
Caleb
dijo eso dando un sorbo a su champaña. Ante esas palabras, el otro torció los
labios. Parecía herido en su orgullo al escuchar que no le prestaba la menor
atención en absoluto. Por supuesto, en aquel lugar había figuras mucho más
importantes que él. Era un evento con demasiados asuntos importantes que
atender como para prestarle atención a un advenedizo desvergonzado. Además de
que había ocurrido algún que otro contratiempo.
‘Orkan
estará haciéndolo bien, supongo.’
Probablemente
estaría pegado al lado de su padre, ayudándole bien con las inversiones gracias
a lo que él mismo le había enseñado. E iría esparciendo toda clase de
información a los viejos aristócratas de los alrededores, diciendo que era
información proporcionada por su padre. Con eso, el prestigio de su padre iría
en aumento. Tal como lo había planeado.
"¿Es
que no escuchas lo que digo?"
"Ah,
estaba pensando en otra cosa."
Mientras
estaba distraído con esos pensamientos, el otro al parecer le había dicho algo.
Caleb respondió con franqueza, como si no tuviera la menor importancia. Como
dando a entender que lo que él dijera carecía de relevancia. El otro torció el
gesto y enseguida soltó una sonrisa torcida.
"Parece
que celebraste tu compromiso como si te estuvieras vendiendo, ¿y aún así vives
en esa casa sin poder alzar la voz ni un poco?"
"Ajá."
Con
qué clase de tonterías saldría...
Caleb
exhaló un suspiro y dio otro sorbo a su champaña. Y continuó hablando con total
naturalidad.
"Comparado
con la familia de ustedes, que ni siquiera se atreve a respirar entre la
facción de los nuevos aristócratas, me parece que yo no lo estoy pasando tan
mal."
"¿Qué?"
"Te
lo digo de manera directa porque pensé que no lo entenderías si te lo decía con
rodeos, pero ¿acaso esto también te resulta difícil?"
Caleb
empleó un tono inusualmente agresivo. Él era un viejo aristócrata, y a ellos no
les gustaba llevar espadas en la lengua. Consideraban correcto dar sutiles
insultos que el otro solo pudiera comprender tras masticarlos bien. Sin
embargo, el Caleb de ahora lo estaba provocando de forma directa.
"......¿Con
que un alfa vendido a otro alfa y aun así andas con la cabeza bien alta,
eh?"
"Aunque
tenga esa clase de situación, no tengo ningún motivo para inclinar ante ti la
cabeza."
Caleb
dejó la copa de champaña vacía en una mesa cercana y se cruzó de brazos. No
creía que el nivel de este tipo fuera tan bajo; la expresión de Jade parecía
decir ‘cómo demonios pudo andar con alguien así’. Mientras lo miraba desde lo
alto con esa actitud, Medi Eium miró a Caleb con el rostro completamente rojo.
Parecía furioso. Sin embargo, al ser un autodenominado aristócrata, al parecer
no tenía la intención de armar un escándalo allí mismo. Y las palabras que
salieron a continuación demostraron que había pensado un poco las cosas antes
de hablar.
"¿Cuánto
crees que te va a durar algo así? Ahora mismo te necesitan porque necesitan una
herramienta para atrapar del cuello a la familia Enders, pero ¿qué crees que
pasará cuando ya dejes de ser útil?"
"Me
importa un bledo si me botan o si acabo hecho pedazos."
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Caleb
lo miró con cara de estar aburrido a más no poder. Al ver aquello, el sujeto
sonrió de lado y extendió un brazo. Y con ese brazo, audazmente, rodeó la
cintura de Caleb. Al ver semejante escena, los nuevos aristócratas contuvieron
el aliento. Aquello era definitivamente cruzar la raya.
"Si
no te importa, yo puedo aceptarte. De todos modos, el submarqués Jade seguro
que no te tiene por amor. ¿Cuánto puede gustarle un alfa? Pero tú... tienes
algo que incita a pisotearte."
"Ah,
ten cuidado."
"De
quien tienes que cuidarte es de ti......"
¡Zas!
¡Pum!
"¡Kyaaaa!"
Caleb
estaba observando cómo la gente se alborotaba desde el momento en que aquel
sujeto lo había atraído tomándolas de la cintura. Y entonces descubrió que,
viniendo desde el fondo con los ojos en llamas, se acercaba Jade.
‘Vaya
que terminó su trabajo rápido.’
Había
querido advertirle al imbécil que no se enteraba de nada, pero por desgracia,
las cosas habían terminado así. Medi Eium rodó por los suelos tras ser empujado
por Jade, y este último aprovechó la oportunidad para atraer a Caleb hacia el
interior de su propio pecho.
"¡¿Qué
demonios le hacías a mi pareja?!"
Sus
feromonas se desbocaban salvajemente y la emoción que asomaba entre sus dientes
era, sin lugar a dudas, furia.
Capítulo 22
Medi,
quien había caído torpemente al suelo, se levantó a toda prisa con el rostro
aturdido. Y dirigiéndose hacia él, quien despedía feromonas afiladas debido a
la furia, exclamó a modo de excusa:
"¡Jade,
es un malentendido, todo es un malentendido!"
"¿Un
malentendido? ¿Qué clase de malentendido he tenido aquí?"
Medi
Eium, dándole vueltas a la cabeza por su cuenta, dio la peor respuesta posible.
"¡E-Es
que ese maldito de la vieja facción aristocrática se acercó primero! Sí,
¿verdad que fue así?"
Dijo
mirando a su alrededor. Sin embargo, los demás miembros de la nueva facción
aristocrática se cubrieron el rostro con abanicos o le dieron la espalda,
negándose por completo a respaldarlo. Y Jade, con el ceño fruncido, soltó una
risa seca, como si hubiera escuchado la mayor estupidez del mundo. No podía
haber disparate más grande que ese. Decir que Caleb Enders, un hombre al que ni
siquiera él se atrevía a tocar a la ligera, se había acercado primero. ¿Tenía
eso algún sentido? Ese imbécil seguía siendo igual de estúpido aun después de
graduarse de la academia. Jade llevó la mano a su muñeca con la intención de
quitarse los guantes. Pero en ese preciso instante, alguien lo detuvo.
"¿Caleb?"
"De
esto me encargo yo, Jade."
Tras
decir aquello, Caleb se quitó uno de sus guantes y se lo arrojó directamente al
rostro a Medi.
¡Zas!
Se
escuchó un sonido seco y violento, como si le hubieran propinado una bofetada.
Quien había lanzado el guantazo no era otro que Caleb. Con el entendimiento
nublado por la sorpresa, Medi se quedó allí plantado como un pasmarote hasta
que el guante adherido a su mejilla terminó por desprenderse y caer al suelo.
Jade miró a Caleb. Este esbozaba una sonrisa torcida. Jade conocía muy bien qué
clase de sucesos solían desatarse cada vez que Caleb ponía esa clase de
sonrisa.
"Caleb."
"Cierra
la boca."
"No
iba a detenerte."
Jade
le sujetó el hombro y le susurró en voz baja al oído. De todos modos, aquel
sujeto era un desperdicio. Tanto en el plano político como en el personal.
"Mátalo."
"Ja,
ja."
Menos
mal que estamos en sintonía. Por su parte, Medi, al comprender que acababa de
recibir un desafío formal de duelo, se puso pálido como un cadáver al asimilar
lo que le había ocurrido. Miró frenéticamente a su alrededor en busca de
alguien que pudiera echarle una mano. Sin embargo, todos se mantenían a
distancia y se ocupaban de ignorarlo por completo. Para empezar, el que había
cruzado la línea era él.
"El
duelo será pasado mañana. Puedes elegir el lugar."
"¡N-No
puedes hacerme esto!"
"¿Qué
es exactamente lo que no se puede hacer?"
"Yo...
yo solo... ¡Jade...!"
Clamó
llamando a Jade. A lo que este respondió con frialdad:
"¿Por
qué me llamas?"
"Yo
solo quería serte útil..."
Ante
semejantes palabras, Jade soltó una carcajada burlona.
"¿Queriendo
serme útil te dedicaste a acosar a mi pareja?"
Los
ojos dorados de Jade brillaban con una intensidad feroz y cortante.
"Lo
que lamento es que no tengas dos vidas."
Si
no fuera así, primero habrías muerto a manos de Caleb para luego morir otra vez
en las mías. Dijo Jade con voz rencorosa. El rostro de Medi temblaba con
fuerza. Farfullando incoherencias, salió huyendo del salón de banquetes a toda
prisa. Los nobles le abrían paso, deseosos de no rozarse siquiera con él. Al
presenciarlo, Caleb adoptó una expresión de total aburrimiento.
"No
hay más diversión que ver aquí. Vámonos."
"Entonces
yo también."
"¿Por
qué? Quédate un rato más."
"Solo
vine porque tú viniste."
"Entonces
ve a saludar un momento al conde. Es cuestión de educación."
"Está
bien, como digas."
Dicho
esto, Jade se marchó un instante en busca del conde, el anfitrión de la fiesta,
mientras Caleb se dirigía hacia la entrada a esperarlo. A lo lejos, se podía
ver a Jade manteniendo una charla de lo más cordial con el conde. Al parecer el
conde le estaba ofreciendo disculpas, y aunque Jade mostraba un semblante
ligeramente fastidiado, no parecía estar armando un escándalo mayúsculo al
respecto.
‘Tiene
sentido. Al fin y al cabo, el conde que organizó esta fiesta conserva una
posición bastante respetable dentro de la nueva facción aristocrática.’
Incluso
si uno se deshacía de lo inservible, debía saber conservar con maña aquello que
resultaba útil. Tras concluir los saludos, Jade regresó junto a Caleb a
zancadas presurosas. Caleb sopesó si debía o no apartar el brazo con el que
este le rodeaba la cintura. Al menos de cara al exterior debía aparentar que se
llevaban bien. Se contuvo unos segundos y subió al carruaje junto a él,
abandonando de inmediato el recinto del evento.
Y
apenas subieron al vehículo, Jade comenzó a tantear su cuerpo mientras lo
besaba con urgencia. Caleb frunció el entrecejo y le mordió el labio inferior.
Pese a poner cara de quejumbroso, Jade no se guardó lo que pensaba decir:
"¿Ese
maldito no te tocó en ninguna otra parte, verdad?"
"No
se atrevió a plantarme los labios a la fuerza como tú."
"¿De
verdad solo te tocó la cintura?"
"Así
que ya bájate de encima."
Al
oírlo, Jade frunció las cejas y exclamó:
"Tendré
que cortarle las muñecas..."
"¿Crees
que tiene sentido? De todos modos, va a morir en el duelo conmigo pasado
mañana. Déjalo en paz."
"Bueno...
supongo que sí."
Jade
pensó que si lo hubiera acompañado desde un principio, nada de aquello habría
pasado. ¿Debió haber insistido un poco más para traer a Caleb consigo? Bien
pensado, había pecado de ingenuo al permitir que Caleb asistiera solo a un
sitio poblado exclusivamente por miembros de la nueva facción aristocrática.
Mientras se masajeaba la frente con frustración, Caleb le dijo:
"No
le des tantas vueltas. Lo que tenga que pasar, pasará."
"Caleb..."
Aunque
Caleb se refería a que ese idiota habría hecho de las suyas con o sin su
presencia, Jade pareció interpretarlo como una clase de consuelo. Sus ojos se
humedecieron. Al notarlo, Caleb mostró un ligero gesto de fastidio y apartó el
brazo de Jade, que intentaba estrecharlo con más fuerza dentro del carruaje.
Jade emitió un quejido lastimero y frotó la cabeza contra su nuca. Y aunque
Caleb exhaló un suspiro dejándolo estar, Jade, mientras se desvivía en mimos,
hacía cuentas mentales en su interior.
‘Dentro
de la academia, nadie supera a Caleb con las armas de fuego.’
Eso
significaba que el imbécil que acababa de aceptar el duelo tendría que pasarse
las siguientes dos noches escondido en su habitación y temblando de miedo.
Nadie se vuelve un tirador de élite de la noche a la mañana en apenas dos días.
Había que ir encargando el ataúd para la familia de ese sujeto. Con semejante
pensamiento en mente, Jade se pegó plácidamente al costado de Caleb, quien de
momento optó por tolerarlo.
"Apártate."
"Sí."
No
le duró ni unos segundos, pero con poder soportarlo un instante ya se daba por
bien servido. Tras regresar a la mansión Damian y escoltar a Caleb hasta la
puerta de su habitación, Jade, al tropezarse otra vez con la mirada de hastío
del muchacho, se despidió con una sonrisa radiante y cerró la puerta con
extrema gentileza antes de retirarse a sus aposentos. El duelo le importaba un
bledo. Después de todo, se trataba de Caleb.
*
* *
Y
así pasaron los días y, dos días después, llegó el esperado día del duelo.
Caleb se levantó temprano por la mañana y fue a buscar a Jade. Las dudas de
este último, que se preguntaba qué querría Caleb a esas horas, se disiparon de
inmediato.
"No
tengo mi pistola monotiro reglamentaria."
"¿No
la tienes?"
"Claro,
como no traje ninguna de la familia..."
"Déjame
ver, creo que la tengo por aquí..."
"¿En
qué estado está?"
"No
la he usado, pero me he encargado de mantenerla en buen estado."
Con
el rostro aún adormilado, Jade les pidió a los sirvientes que trajeran su arma.
Poco después, en el interior de la caja que le entregaron, se encontraba una
pistola monotiro perfectamente conservada y limpia, tal como él había dicho.
Pensándolo bien, apenas había pasado un tiempo desde que se graduaron de la
academia, así que era lógico que no hubiera tenido oportunidad de usarla.
"Te
la daré, ya mandaré a hacer otra para mí."
"Está
bien, como quieras."
Al
ver que Caleb la aceptaba sin rechistar, Jade se mostró bastante complacido.
Quién sabe qué le alegraba tanto de compartir sus pertenencias. Con una
expresión de total indiferencia, Caleb aceptó tanto el arma como el cinturón
portapistolas. De todos modos, con usarla esta vez bastaba para volver a
olvidarla en algún rincón por un buen tiempo. Una experiencia así era más que
suficiente para toda la vida.
"¿El
lugar? ¿Llegó la carta?"
"En
su propia mansión. Será más cómodo para limpiar el cadáver."
"Tiene
sentido."
Para
Jade, la muerte de aquel miembro de la nueva facción aristocrática —alguien
que, para colmo, se había pasado toda la academia persiguiéndole los pasos—
parecía carecer de la más mínima importancia. ¿Acaso lo aborrecía tanto? Tras
compartir una comida después de mucho tiempo, Caleb subió al carruaje junto a
Jade con rumbo a la mansión de Medi Eium.
"Te
lo repito, los carruajes no son precisamente de mi agrado."
"¿De
verdad? A mí ya empezaron a gustarme."
Al
oírlo, Caleb frunció el ceño.
"¿Por
qué?"
"Porque
al estar este espacio completamente cerrado, me da la sensación de que estamos
tú y yo a solas."
"..."
Al
no encontrar réplica que valiera la pena, Caleb exhaló un suspiro y giró el
rostro hacia la ventanilla. Sin embargo, Jade, feliz de la vida, se quedó
sentado frente a él soltando risitas.
Clanc, clanc.
El
carruaje se detuvo frente a la mansión Eium. El cielo del día lucía
extrañamente lúgubre, con el aspecto idóneo para que alguien perdiera la vida.
Ambos hombres descendieron del vehículo, que se había detenido en la entrada
tras cruzar las puertas principales. Al bajar, se encontraron con que el conde
Eium, la condesa, el propio Medi Eium y hasta su hermano menor los estaban
esperando. Sus rostros reflejaban una patética desesperación; era más que obvio
qué clase de favor iban a suplicarles.
"Ver
a toda la familia reunida así... Me pregunto qué clase de asunto los trae por
aquí."
Habló
Jade con una sonrisa sarcástica, dejando en evidencia que les conocía las
intenciones. Ante esto, el conde Eium intervino:
"¿Es
necesario llegar tan lejos?"
"Hablas
como si yo estuviera cometiendo una injusticia."
Fue
entonces cuando la condesa dio un paso al frente.
"Reconocemos
que nuestro hijo se excedió e interfirió donde no debía. Por favor, retire la
solicitud de duelo."
"Jamás
en mi vida he oído de alguien que retire una petición de duelo una vez
hecha."
Un
desafío de esta naturaleza no era algo que se extendiera a la ligera ni mucho
menos se revocaba. Lo mismo aplicaba para quien lo recibía. Con la muerte de
uno o la de ambos, el desenlace exigía la caída de al menos una vida para poder
concluir. Por esa precisa razón, en la alta sociedad uno debía medir muy bien
cada palabra. Si bien con las espadas el riesgo era menor, tras la invención de
las armas de fuego las reglas se habían vuelto implacables.
Caleb
intervino con total serenidad:
"¿Quién
le mandó ir a importunar al prometido de los Damian?"
El
rostro de Medi Eium se puso tan pálido como el papel. Al escuchar semejantes
palabras, sus familiares se volvieron de golpe hacia él. Esa clase de
individuos solía ocultar la mitad de sus faltas, acomodando los hechos de la
forma que mejor les conviniera. Al enterarse por primera vez de la verdad, el
conde y la condesa comenzaron a interrogarlo de inmediato:
"¡¿Con
que te atreviste a molestar al prometido del submarqués Damian?!"
Gritó
primero la condesa con el rostro desencajado por el pánico. Y ante eso, Caleb
se ofreció a explicarle con suma amabilidad:
"Me
tomó de la cintura descaradamente frente a todos los presentes, diciendo que si
Jade se cansaba de mí, él sabría cómo acogerme."
"¡¿Qué...?!'"
El
conde estuvo a punto de desmayarse ahí mismo. Al parecer, ambos creían que Medi
había cometido un desliz insignificante. Por eso no lograban comprender cómo
una simple falta menor había escalado hasta un duelo a muerte, motivándolos a
presentarse con toda la familia para rogarle clemencia a Caleb y a Jade.
"Si
ya lo entendieron, dejen de estorbar y ábranse paso."
Dijo
Caleb. Para entonces, Medi Eium empezó a mostrar señales de miedo. Aunque
temblaba hasta la punta de los dedos, seguía fulminando a Caleb con la mirada.
Parecía pensar que, si bien el resto le infundía temor, él era la excepción.
Caleb dejó escapar una risa burlona:
"Ve
a por tu arma."
Pero
al escuchar eso, al ver que la cruda realidad lo golpeaba de frente, el terror
se apoderó de sus ojos. Aunque en la academia no solían obligarlos a dispararse
entre sí, era bien sabido que Caleb jamás había cedido el primer puesto en las
prácticas de tiro. Seguramente recordó que hasta el propio Jade solía cederle
un poco de ventaja en esa disciplina.
"Yo...
reconozco que me equivoqué en ese momento. Por favor, te lo ruego,
cancélalo."
"Esa
no es la actitud de alguien que está pidiendo un favor."
Medi
Eium se mordió el labio inferior con fuerza.
"Te
lo ruego."
"Bueno,
está bien."
Respondió
Caleb con una sonrisa bastante despreocupada. Por un instante, la mirada de
Medi brilló al albergar una chispa de esperanza. No obstante, las siguientes
palabras de Caleb fueron de una crueldad absoluta:
"Te
enviaré al otro mundo sin hacerte sufrir demasiado, así que ve por tu arma de
una vez."
"..."
Al
comprender que ya no había nada más que decir, los miembros de la familia Eium
bajaron la cabeza en silencio. Caleb los echó un vistazo con una leve sonrisa y
se encaminó hacia la parte trasera de la mansión, el terreno despejado
habilitado para el duelo. Si se tratara de una casa noble de abolengo, lo
lógico habría sido contar con un campo de entrenamiento para caballeros; sin
embargo, el conde Eium carecía de los fondos necesarios para mantener una
guardia propia. Presumir de riqueza como nuevos ricos era una cosa, pero
ostentar el prestigio suficiente para tener caballeros era otra muy distinta.
Pensando
en eso, Caleb aguardó en aquel descampado vacío que debería haber funcionado
como zona de prácticas. Como testigos bastaban los familiares de Medi Eium y el
prometido de Caleb, Jade Damian. Con eso era más que suficiente. Caleb ajustó
con los dedos la pistola monotiro que llevaba en el cinturón. No le resultaba
extraña en absoluto, pues la había manipulado infinidad de veces durante sus
días en la academia. Poco después, vio aparecer a Medi Eium, que avanzaba a
pasos lentos y pesados, como un animal camino al matadero. Con el rostro
completamente descompuesto y bañado en sudor frío, parecía un cadáver andante.
"¿Por
qué pones esa cara de muerto antes de tiempo?"
Aun
para Caleb, aquello no era un juego. La muerte no hacía excepciones con nadie.
En ese mismo instante, él también corría el riesgo de morir. Quién sabe: un
blanco de prácticas no se mueve igual que una persona real, por lo que cabía la
posibilidad de que fuera él quien recibiera el impacto y su oponente saliera
ileso. Tras intercambiar una rápida mirada, ambos se colocaron a una distancia
de veinte pasos. Con los nervios a flor de piel, se mantuvieron fijos el uno en
el otro, elevando la tensión al límite.
"En
cuanto caiga este pañuelo, comenzarán."
Jade
sacó un pañuelo de su bolsillo interior; se trataba de una pieza común y
corriente, sin bordados ni adornos. Ninguno de los dos emitió sonido alguno. En
medio de aquella atmósfera cargada de hostilidad, y dando a entender que no le
interesaba escuchar ninguna respuesta, Jade dejó caer el pañuelo directamente
entre ambos. La ligera tela descendió con lentitud. Y en el preciso instante en
que el pañuelo tocó el suelo...
¡Bang!
Un
disparo estalló sin dar tregua ni a un segundo de diferencia.
"¡Kyaaaah!"
Inmediatamente
después resonó un grito estridente. Quien cayó desplomado al suelo fue Medi
Eium. Una bala certera le atravesó el cráneo, desparramando sangre que comenzó
a esparcirse lentamente sobre la arena. Caleb chasqueó la lengua con fastidio.
El proyectil enemigo ni siquiera lo había rozado; su disparo había sido mucho
más rápido. En un duelo de armas de fuego, semejante diferencia dictaba con
absoluta claridad el destino del combate. Para cuando Medi Eium apenas
intentaba apretar el gatillo, la bala de Caleb ya había alcanzado su objetivo.
"¡Caleb!"
Sintió
cómo Jade se apresuraba a acercarse a su lado.
"¿Estás
herido?"
"Ni
un rasguño."
Mientras
mantenían esa charla casual, la condesa Eium irrumpió con desesperación:
"¡¿Era
necesario llegar a estos extremos?!"
Caleb
frunció el ceño con fastidio.
"Otra
vez con lo mismo..."
Murmuró
para sí mismo antes de dirigirle una fría advertencia:
"Si
hubiese estado dispuesto a vivir renunciando por completo a su honor como
caballero, las cosas habrían quedado pasar."
"¡Maldito
honor! ¡¿Qué importa semejante tontería?!"
"Si
tan poco le importaba, jamás debió haber pisado la alta sociedad."
Caleb
le dedicó una sonrisa, como recordándole la clase de lugar en el que habían
decidido involucrarse. Tras guardar el arma de nuevo en su funda, se encaminó
hacia el carruaje, dando por sentado que su labor había concluido y ya no tenía
nada más que hacer allí. Jade observó por un momento a la condesa, que se
aferraba al cuerpo sin vida de su hijo entre sollozos, antes de seguir los
pasos de Caleb.
"No
tenías por qué manchar tus manos con algo así."
"¿Y
qué esperabas? ¿Que me escondiera detrás de ti?"
"No
me refería a eso."
"Para
empezar, es mucho mejor que esto pase por mis manos a que lo resuelva la
familia principal de la nueva facción."
"..."
"Así
al menos tengo margen para defenderme. Sigo siendo un rehén, y aunque
públicamente no podamos afirmar que nuestras familias se llevan de
maravilla..."
"......Entiendo."
"Con
eso basta."
Ambos
guardaron silencio durante todo el trayecto de regreso a la mansión. Caleb
parecía sumido en profundos pensamientos, mientras Jade lo observaba de reojo
en todo momento. Cada vez que tenía un rato libre, Caleb solía entregarse a esa
clase de intensas cavilaciones. Aunque Jade siempre procuraba respetar sus
momentos de introspección, había ocasiones en las que sentía una enorme
curiosidad.
‘¿En
qué tanto piensas?’
O
más bien, lo que en verdad deseaba preguntarle era:
‘¿De
verdad tienes tantas ganas de volver con tu familia?’
Tan
solo imaginar una pregunta así en su mente le provocaba una punzada dolorosa en
el pecho. Le dolía tanto que parecía a punto de resquebrajarse. Había creído
que, aunque fuera un poco, Caleb lo había aceptado, pero detalles como ese le
hacían dudar.
‘¿Será
que la razón por la que intentas restaurar el prestigio de tu familia es para
poder regresar con ellos?’
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Pensarlo
de ese modo le enredaba los pensamientos por completo. Por supuesto, tras haber
encubierto el atentado contra la vida de la princesa, un divorcio formal no
sería sencillo, pero si se trataba de Caleb, seguro encontraría la forma de
lograrlo.
‘Por
eso, antes de que eso pase...’
Necesitaba
hallar una solución. Un método infalible que impidiera para siempre el regreso
de Caleb a su hogar.
Capítulo 23
Caleb
regresó a la mansión y pidió que le prepararan un baño. Para entonces, Jade ya
se había marchado a su despacho, como era de esperarse. Tras terminar de
asearse, se cambió de ropa y se dirigió a su propia familia, la casa Enders. La
mansión de los Enders, a la que llegó abordo del carruaje de los Damian, lucía
irreconocible. Para empezar, habían renovado por completo las puertas
principales, que ahora ostentaban un brillo plateado, y el jardín era
totalmente distinto al que recordaba.
‘Así
es como presumen que han ganado dinero.’
Caleb
esbozó una sonrisa sardónica para sus adentros mientras descendía en la entrada
principal. Como no había avisado de su visita, los sirvientes salieron a
recibirlo con prisa. Por suerte, todos se encontraban en el interior. Aunque
creía que estarían demasiado ocupados asistiendo a fiestas de un lado a otro,
al parecer no era el caso. Al enterarse de su llegada, se congregaron en tropel
en la sala de estar de la segunda planta. Seguramente al saber que él mismo se
había presentado se hacían grandes expectativas; tal vez esperaban alguna
fuente de inversión lucrativa que les trajera una fortuna. Mas, por desgracia,
Caleb no traía nada de eso.
"Cuánto
tiempo sin verle, padre."
"¡Vaya,
Caleb! ¡Cuánto tiempo! ¡Estás haciendo un trabajo magnífico!"
Su
madre asintió con la cabeza ante esas palabras.
"Así
es, los rumores de que el submarqués Jade Damian te adora circulan por todas
partes. Al principio te negabas tanto, pero qué alivio ver que ahora te trata
tan bien. Menos mal que accedimos a mandarte con él."
"..."
Caleb
se limitó a esbozar una leve sonrisa. Su hermano mayor, Ivan, parecía disfrutar
a pleno de la buena vida, pues su otrora agraciado rostro lucía radiante. Claro
que, con unas calificaciones mediocres en la academia y sin más méritos que su
fachada, solía ser blanco de constantes desprecios; sin embargo, por estos días
debía de estar muy ocupado pavoneándose gracias a la información sobre
inversiones que obtenía de su padre.
"El
motivo de mi visita hoy es otro."
"¿Otro
asunto? ¿De qué hablas?"
"Supongo
que ya se habrán enterado de que hace dos días me enfrenté en un duelo contra
el heredero de la familia del conde Eium."
"Sí,
nos enteramos. Precisamente estábamos preocupados por eso. ¿No será que con
esto indispusiste al marquesado?"
El
padre de Caleb, tan rápido para mostrarse beligerante contra la familia Damian
como fácilmente embelesado por la miel dulce que estos le ofrecían, lo miraba
con inquietud. Caleb tuvo que esforzarse al máximo para reprimir una mueca de
burla.
"Padre,
usted es la cabeza de la vieja facción aristocrática. En vez de inquietarse,
debería concentrarse en recuperar nuestra antigua gloria, mientras yo me
encargo de extraer la información."
"...E-Es
verdad."
"Pues
bien, hace poco le planté cara a un miembro de la nueva facción que tuvo la
audacia de faltarme al respeto, y esta misma mañana acabo de volarle los
sesos."
"¡Vaya,
Caleb!"
"Escuche
hasta el final."
Dijo
Caleb con expresión aburrida.
"¿Acaso
conviene que se mantenga la imagen de que sigo retenido como un simple rehén
incapaz de hacer nada? Siendo usted el líder de los viejos aristócratas."
"..."
Parecía
que el cerebro de su padre procesaba la información con dificultad. Tras unos
segundos de silencio, el hombre asintió.
"Tienes
razón. Por mucho dinero que hayamos ganado con la información que trajiste, no
podemos seguir agachando la cabeza ante esa familia por siempre."
"Solo
vine a demostrarles que puedo moverme con la frente en alto incluso dentro de
la casa enemiga, al punto de barrer con un par de advenedizos de la nueva
facción si es necesario."
"Claro,
claro."
Respondió
su padre antes de continuar:
"Valió
la pena la severidad con la que te crie de pequeño."
Ante
esa frase, los labios de Caleb se cerraron de golpe. Miró a su progenitor con
el rostro completamente inexpresivo. No era una mirada fría ni hostil;
simplemente observaba a su padre con la vacua inercia de un cadáver. Pero el
gesto se desvaneció con la misma rapidez con la que apareció, disimulado
enseguida bajo una falsa sonrisa.
"En
fin, esto beneficiará a la familia. Solo venía a informarles de ello."
"Ya
veo."
"Bien,
entonces me retiro."
"Haz
lo que debas."
Al
escuchar su despedida, sus familiares asintieron sin más, sin formular la menor
invitación para compartir los alimentos o extender su estancia. En el ambiente
solo flotaba una incomodidad palpable hacia su persona. Fue entonces cuando,
incorporándose de su asiento, Caleb preguntó:
"¿El
niño se está desarrollando bien?"
Su
madre, que en ese instante se acariciaba el vientre, dio un respingo antes de
responder:
"P-Pues...
claro que sí."
"Me
alegro. Cuiden que esta vez nazca sano."
Tras
pronunciar esas palabras, con el ánimo completamente arruinado, Caleb abandonó
la mansión de los Enders y volvió a subir al carruaje.
Durante
todo el trayecto de regreso a la mansión Damian, Caleb experimentó un profundo
agotamiento. Aunque llamarlo simplemente cansancio se quedaba corto; sentía una
opresión asfixiante en el pecho, como si las entrañas se le estuvieran
carbonizando.
‘¿Valió
la pena la severidad con la que me crió?’
Caleb
apretó las manos con fuerza dentro del carruaje, al punto de clavarse las uñas
en la piel. Creía haber sepultado y sellado al niño que fue en el fondo de una
caja. Aquel pasado ya no formaba parte de él. Pensaba que gracias a eso había
logrado sobrevivir hasta el presente. Exhaló un suspiro lento. Tenía que
soportarlo. Llevaba toda la vida soportándolo.
‘Por
lo tanto, ya no hay nada que no pueda resistir.’
El
carruaje de Caleb se detuvo al fin frente a la propiedad de los Damian.
Mientras bajaba, no pudo evitar reflexionar.
Con
solo poner un pie en el lugar que alguna vez llamó hogar, sus fuerzas se habían
esfumado por completo. Una familia incapaz de ocultar su incomodidad ante su
presencia, pero que aun así anhelaba exprimir los beneficios y las riquezas que
él podía proporcionarles. Todo aquello le producía una profunda repulsión. Sin
embargo, necesitaba elevar a su linaje hasta la cúspide más alta. Era el único
camino para alcanzar sus propios anhelos.
Caleb
se quitó las prendas opresivas y se arropó bajo las sábanas de su cama. En ese
preciso instante, lo único que deseaba era sumergirse en un sueño profundo y
apagar los pensamientos. Aunque aún era de día, anhelaba descansar sin siquiera
soñar. Por esa razón, pidió a los sirvientes que apagaran todas las luces y
cerraran las cortinas antes de quedarse dormido.
Sin
percatarse de que, muy a su pesar, los rastros de su infancia seguían
filtrándose a través de su fachada.
*
* *
Mientras
atendía sus asuntos en el despacho, Jade ladeó la cabeza al enterarse de que
Caleb se había dormido apenas regresar de su salida a la mansión Enders. ¿Acaso
le había agotado tanto ir al duelo por la mañana y pasarse luego por la
propiedad de los Enders? No es que subestimara su resistencia física, pero en
los encuentros nocturnos solía ser siempre Caleb quien pedía detenerse primero.
Aunque, si se atrevía a insinuar que tenía problemas de condición física,
probablemente se ganaría un buen golpe. Pensando en eso, Jade decidió que iría
a visitarlo cuando le llevaran los alimentos.
Y
así, con el paso de las horas, llegó la hora del almuerzo.
"Vayan
a almorzar por su cuenta."
En
lugar de sentarse a comer, Jade se dirigió directamente a la habitación de Caleb.
El interior estaba sumido en la oscuridad debido a las cortinas cerradas, y
sobre la cama se encontraba Caleb, dormido y dándole la espalda. Al percibir
que entre su débil respiración se filtraban sollozos ahogados, Jade se
sobresaltó, se acercó de inmediato y comenzó a examinarlo. Tenía el cuerpo
empapado en sudor frío y el ceño fruncido con fuerza.
"¿Caleb?
¡Caleb!"
¿Acaso
estaba teniendo una pesadilla? Era una palabra que difícilmente encajaba con
alguien como Caleb, pero su estado era claramente deplorable. Tras soltar un
gemido ahogado mientras luchaba por respirar, Caleb abrió los ojos con lentitud
ante las manos que lo sacudían con urgencia. Sus ojos verdes brillaban borrosos
en la penumbra. Y, sin vacilar, aferró con fuerza el brazo de quien lo sostenía
en la habitación oscura.
"La
luz..."
"¿Qué?"
Mientras
Jade titubeaba un instante por no haber comprendido, la voz de Caleb se elevó,
tensa y desesperada.
"¡...Enciende
la luz, te dije que enciendas la luz!"
"Espera,
la luz, la luz..."
Cuando
Jade intentó apartarse para correr las cortinas o encender una lámpara, Caleb
lo sujetó con más fuerza del brazo.
"No...
No me sueltes. No te vayas todavía."
"Caleb...
Entendido. Cálmate. No me voy a ir a ninguna parte."
Jade
llamó de inmediato a los sirvientes para que encendieran todas las lámparas de
la habitación y abrieran las cortinas de par en par. Mientras tanto, mantuvo a
Caleb estrechado contra su pecho, aguardando a que el lugar se iluminara por
completo. El cuerpo de Caleb seguía húmedo por el sudor frío y temblaba de
manera imperceptible. Jamás había visto a Caleb reaccionar de esa forma ante la
oscuridad. Sufrir un ataque de pánico así de repente...
‘¿Habrá
pasado algo que lo desencadenó?’
Lo
único que se le ocurría era el duelo de esa mañana o la visita a su familia en
casa de sus suegros. Tras transcurrir un rato desde que la luz inundó la
estancia, Caleb comenzó a estabilizarse poco a poco. Una vez recuperado el
control, se apartó de los brazos de Jade y se llevó una mano a la cabeza, con
expresión de avergonzarse por haber mostrado un espectáculo tan indigno. Su
rostro también reflejaba la duda sobre cómo lidiar con semejante situación.
"Jade...
esto..."
"Hagamos
de cuenta que no vi nada."
"..."
Jade
pensaba que era exactamente eso lo que Caleb más deseaba escuchar.
"Cada
vez que te pase algo así, haré de cuenta que no lo vi. Así que úsame cuando lo
necesites, Caleb."
"..."
Caleb
pareció sumirse en una profunda reflexión durante unos segundos. Al fin,
respondió con un suspiro apenas audible:
"De
acuerdo... Gracias."
"No
hay de qué."
Diciendo
eso, Jade se puso de pie. Notaba que la presencia de su prometido le
incomodaba. ¿Quizás por haberle mostrado una faceta tan vulnerable? Al
percatarse de ello, optó por retirarse, por mucho que su deseo fuera quedarse a
su lado.
"Iré
a terminar con unos asuntos pendientes. Me aseguraré de avisar que no apaguen
las luces, así que duerme un poco más."
"Entendido."
"Nos
vemos."
Jade
salió de la habitación de Caleb y, mientras caminaba por el corredor, no dejó
de pensar en lo extraño que era el vínculo entre su prometido y la familia
Enders. ¿Habría sido ese el motivo por el cual su padre se dedicó a investigar
el pasado de Caleb? ¿Existiría alguna otra razón oculta detrás de la obsesión
de Caleb con su linaje? ¿Por qué anhelaba tanto recuperar el prestigio de su
familia? ¿Tan solo para regresar con ellos? Y si era así, ¿a qué se debía
semejante tormento? Sintió una extraña y desagradable opresión en el estómago.
Algo no encajaba, aunque no lograba precisar el qué. Consideró que lo mejor
sería seguir los pasos de su padre e investigar por cuenta propia.
‘¿Qué
es lo que pone a Caleb en ese estado?’
Esa
reacción de pavor ante la oscuridad que presenciaba por primera vez, unida a
esa fijación casi enfermiza por su apellido, revoloteaban caóticamente en su
mente. Tenía deseos de averiguar más, pero sabía de sobra que preguntarle
directamente a Caleb no le llevaría a ninguna respuesta. Él jamás le revelaba
todo. Jade esbozó una sonrisa amarga.
Decidido
a frenar esa espiral de conjeturas pesimistas, se propuso enfocarse en lo que
sí estaba en sus manos hacer.
‘Dudo
mucho que mi padre haya frenado sus investigaciones, tendré que ir a
consultarlo directamente.’
La
mirada de Jade se tornó fría y sombría.
Por
otro lado, en la penumbra de su habitación, Caleb se reía irónicamente de sí
mismo tras haber sufrido un ataque de pánico después de tanto tiempo. Ponerse
así por unas cuantas palabras... Qué debilidad la suya. Tras arreglarse la ropa
con pulcritud, pensó que lo más sensato sería salir a los jardines antes de que
cayera el sol.
‘Creí
que ya había superado el miedo a la oscuridad.’
Aunque
era bien sabido que los traumas podían resurgir sin previo aviso, jamás imaginó
que sucedería de esa forma, precisamente ese día y frente a Jade, de todas las
personas posibles. Salió al exterior para respirar aire fresco y tomarse un
respiro. La brisa templada que rozó sus mejillas pareció devolverle algo de
calma.
Fue
entonces cuando una voz lo interrumpió:
"¿Vaya?"
"Ah."
Se
trataba de la marquesa de Damian.
"¿Dando
un paseo?"
"Ah,
sí. Así es."
"Qué
oportuno. Justo me sentía un poco sola."
"Sí."
Caleb
se acercó despacio a su encuentro. Detrás de ella aguardaban dos damas de
compañía y cuatro sirvientas. Difícilmente se aburriría por falta de compañía
en una mansión así. Mientras lo pensaba, la marquesa, que sostenía una
sombrilla, continuó:
"Me
enteré de que fuiste a un duelo esta mañana."
"Ah,
sí."
"Y
que saliste victorioso."
"Sí..."
No
era precisamente el tipo de charla propia de una dama de la alta sociedad, pero
ella lo comentaba con un tono bastante divertido.
"Muy
bien hecho. Si uno se mete en un duelo, lo mínimo que puede hacer es
ganar."
"Sí..."
"No
te vayas a hacer ilusiones pensando que me agradas, que conste."
"Entendido."
"¿No
te da curiosidad saber cómo me enteré?"
Caleb
lo meditó un instante antes de responder:
"Aunque
seguramente no le faltarán personas dispuestas a llevarle noticias, supongo que
debió llegar una carta de la familia Eium."
"Vaya,
qué listo eres. Resulta entrañable verlos venir a quejarse de que fuimos
demasiado lejos."
"¿Acaso
causé algún problema?"
"En
absoluto. Ya me habían informado de lo ocurrido en el banquete. Te habían
ofendido, y era tu deber actuar para defender tu honor. Si te hubieras quedado
de brazos cruzados, la reputación de la familia Damian también habría quedado
manchada."
"Le
estoy muy agradecido."
"Oh,
no hay de qué."
Con
una risita ligera, la marquesa continuó su paseo junto a Caleb. Tras caminar
unos minutos en silencio, ella volvió a tomar la palabra:
"Si
tienes alguna dolencia, asegúrate de avisar con tiempo."
"Malestares
yo..."
Estaba
a punto de negar cualquier cosa cuando recordó lo que había sucedido poco antes
y cerró la boca. Eso significaba que cada mínimo detalle de su día era
reportado de inmediato. En pocas palabras, aquella mansión entera funcionaba
como una extensión de la voluntad de ella. Supuestamente, esas eran las
obligaciones de la anfitriona de la casa.
"No
tengo ningún problema en particular. Me solía pasar de niño cuando las cosas se
ponían difíciles, pero hoy solo amanecí con el cuerpo algo indispuesto."
"¿Y
se puede saber por qué te pasaba de niño?"
"..."
Caleb
vaciló, moviendo los labios con desconcierto ante la franqueza de la pregunta.
Con una sonrisa amable, la marquesa zanjó el tema:
"Si
te incomoda, déjalo así. No pretendía obligarte a hablar."
A
continuación, observando que el cielo comenzaba a teñirse de gris y presagiando
una tormenta, sugirió regresar al interior. Desde la mañana el clima había
estado pesadamente nublado. Asintiendo con la cabeza, Caleb acompañó a la
marquesa hasta la mansión y, tras despedirse con una reverencia, cada uno se
retiró a sus respectivas habitaciones.
‘Le
he enseñado demasiado a esta familia.’
Caleb
se mordió los labios con frustración mientras caminaba hacia su alcoba. Aunque,
pensándolo bien, no debía preocuparse demasiado. Gracias al trato que mantenía
con el marqués de Damian, el asunto quedaría sepultado en silencio. Al entrar a
su habitación, cerró la puerta de golpe y echó el cerrojo, necesitando un
momento de absoluta soledad.
"Uf..."
Tenía
la cabeza dando vueltas.
Mientras
Caleb disfrutaba de su aislamiento al atardecer, Jade solicitó una audiencia a
solas con su padre. El marqués solía trabajar hasta más tarde que su propio
hijo, pero a Jade le importó poco; se presentó en el despacho sin previo aviso
y abrió la puerta de par en par.
"¿Qué
ocurre?"
"Padre,
¿has descubierto algo más sobre Caleb?"
"Algo
hay."
"A
partir de ahora, de esto me encargo yo."
"¿Y
crees que tus capacidades bastarán para averiguar algo?"
"Tengo
que intentarlo. Soy su prometido."
"¿Acaso
olvidas a quién pertenece esta casa?"
"Seré
yo quien la herede muy pronto."
"Creo
que te he malcriado demasiado."
"Viene
a decirlo justo ahora."
El
marqués de Damian chasqueó la lengua con fastidio y le dedicó una seña a su
ayudante. En lugar de entregarle documentos, el ayudante tomó la palabra:
"Precisamente
intentamos rastrear su pasado, pero como en la casa Enders tienen la costumbre
de despedir al personal de servicio con frecuencia, nos está costando dar con
alguien."
"¿Con
frecuencia?"
"Así
es. Por eso su señoría ha estado investigando entre quienes trabajaban allí
antes de que él cumpliera quince años, aunque por ahora no hemos tenido
éxito."
"Ya
veo."
Jade
asimiló la información con un gesto grave.
"De
aquí en adelante, me encargaré yo mismo, padre."
"Haz
lo que te plazca."
"Bien."
Tras
una breve reverencia, Jade abandonó el despacho. Al ver cerrarse la puerta, el
ayudante comentó con cautela:
"Esperemos
que el joven amo no cometa ninguna locura."
"Claro
que la cometerá."
Afirmó
el marqués sin inmutarse.
"Cuando
se trata de proteger a su pareja, un alfa pierde completamente la cabeza."
"Pero...
el prometido del joven amo también es un alfa. ¿Aplica esa regla en este
caso?"
"Una
vez que se obsesionan, da igual el rasgo. Ya sea un omega o un alfa."
Dicho
esto, el marqués volvió a centrar su atención en los informes sobre su mesa.
*
* *
Caleb
pensaba que el pájaro que vuela más alto es el que experimenta el dolor más
intenso al caer. Una verdad tan lógica como evidente. Habiendo pasado todo el
día anterior durmiendo, y con la intención de aflojar su entumecido cuerpo,
Caleb se dirijió a la habitación de Jade para proponerle un entrenamiento de
combate. Jade, que al parecer acababa de despertar, se levantó tambaleándose y
lo abrazó por la cintura.
"Arriba.
Vamos a entrenar."
"¿Desde
por la mañana...?"
"Porque
es por la mañana."
"Ya
que es por la mañana, ¿no te gustaría quedarte acostado aquí conmigo?"
"No
digas estupideces y levántate, Jade."
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A
regañadientes, Jade tuvo que incorporarse, cambiarse de ropa y dejarse
arrastrar hasta el campo de entrenamiento. Y solo después de practicar a medias
y ganarse unas treinta y dos maldiciones de parte de Caleb, logró recuperar la
lucidez. Con la mirada perdida, Jade murmuró que creía haber reunido los
insultos de toda su vida en esa sola mañana, mientras Caleb regresaba a su
alcoba con expresión de absoluta insatisfacción. A Jade le habría gustado pasar
un poco más de tiempo con él, pero a Caleb parecía no importarle lo más mínimo.
De
vuelta en su habitación, Caleb tomó la pluma dispuesto a redactar por fin la
carta para su padre. Últimamente, los miembros de la vieja facción
aristocrática amasaban grandes fortunas apoyándose ciegamente en los consejos
del patriarca de los Enders. En especial, tras el retorno seguro del último
carguero comercial, el flujo de dinero había sido tan desorbitado que su
optimismo se disparó, ensanchando aún más la influencia de la familia. Por esa
razón, todos aguardaban con ansias cualquier palabra que saliera de los labios
de su padre.
"Supongo
que ya es el momento oportuno."
Apoyándose
en los datos proporcionados por el marqués, Caleb comenzó a escribir. Al
analizar la información mercantil del marqués, había empezado a discernir con
claridad bajo qué criterios realizaba sus inversiones y cuáles eran los riesgos
que evitaba a toda costa. Así que, a partir de ese momento...
"Esperen
solo un poco más, y sabrán lo amargo que sabe, padre."
Cuanto
más alto se vuela, más doloroso es el golpe de la caída.
Capítulo 24
Caleb
le confió la carta destinada a su padre a uno de los sirvientes y se quedó
sumido en profundos pensamientos. Con eso no bastaba. Comparado con lo que
había planeado originalmente, aquello era apenas una gota en el océano. Hacía
falta un golpe mucho más contundente. De repente, vino a su mente la imagen de
la primera princesa: aquella mujer que, confabulada con Jade, los había salvado
de su aprieto.
‘¿Qué
puedo hacer para evitar que ella intervino?’
Tras
darle muchas vueltas al asunto, Caleb abrió la puerta de su alcoba y se
encaminó hacia el despacho de Jade, calculando que a esa hora lo encontraría
allí. Al llegar al corredor y asomarse al despacho, Jade lo recibió con una
sonrisa radiante, como si su visita fuera la mejor noticia del día.
"¿Vienes
a verme otra vez hoy?"
Caleb
ignoró por completo el comentario de Jade, quien parecía interpretar que las
veces que se quedaba de pie tras él eran visitas con dedicatoria exclusiva, y
fue directo al grano:
"Jade."
"¿Hm?"
"Quiero
que me conciertes una cita con la primera princesa."
"...¿Con
la princesa?"
"Sí."
Jade
lo miró con auténtica sorpresa. Caleb mantenía un semblante de absoluta
tranquilidad. Inclinando ligeramente la cabeza, Jade preguntó:
"¿Puedo
saber el motivo?"
"Si
no es posible, olvídalo."
"No
es que sea imposible. Pero me sorprende, eso es todo."
"Quiero
hablar con ella a solas."
"...¿A
solas?"
El
rostro de Jade se contrajo con un matiz aún más indescifrable.
La
primera princesa. ¿Quién era ella sino la mujer que había agrupado a la nueva
facción aristocrática bajo su bando, relegando a los viejos nobles, y que además
disputaba encarnizadamente el trono con el primer príncipe? Para colmo, la
familia de Caleb había cargado con la ‘falsa acusación’ de haber envenenado la
copa de dicha princesa. ¿Por qué demonios querría reunirse con ella ahora? A
ojos de Jade, carecía por completo de sentido.
"Caleb,
si no me explicas la razón, me temo que no podré ayudarte con esto."
Habló
Jade con un tono ligeramente tenso. Era la primera vez que Caleb le pedía algo
de ese modo, por lo que temía sentirse decepcionado si la respuesta era
esquiva. Sin embargo, Caleb se limitó a asentir con total naturalidad,
restándole importancia.
"Si
no se puede, no pasa nada."
"...¿De
verdad?"
"Sí."
"Solo
lo mencionaba por probar, no le des tantas vueltas. Siento haber interrumpido
tu trabajo, ya me voy."
Con
esas palabras, Caleb dio media vuelta y abandonó el despacho. Jade se quedó sin
fuerzas para detenerlo, limitándose a observar su partida en silencio. Un
instante después, se frotó el puente de la nariz. ¿Qué demonios significaba esa
petición? Jugando distraído con la pluma entre los dedos, le indicó a su
ayudante:
"Despeja
mi agenda para mañana."
"¿Perdón?
¿Se refiere a mañana?"
"Sí."
"...Entendido."
Le
urgía averiguar qué maquinaba su prometido. Decidido a llevárselo de paseo para
sondear sus intenciones, Jade volvió a aferrar la pluma con firmeza. Caleb
guardaba demasiados secretos. ¿Acaso sentía que él no era digno de confianza, o
existía otro trasfondo? Cualquiera fuera el caso, le dejaba un sabor amargo en
la boca. La tinta comenzó a filtrarse en el papel, pero Jade fue incapaz de
levantar la pluma a tiempo.
Esa
misma tarde, tras concluir sus deberes un poco más temprano de lo habitual,
Jade aprovechó la hora de la cena para proponerle una salida al día siguiente
de manera casual.
"Mañana
tengo el día libre. ¿Qué te parece si salimos a dar un paseo?"
"¿Mañana?"
"Sí,
a menos que tengas algún compromiso."
Caleb
soltó una risa leve. A decir verdad, en esa casa él no tenía ninguna obligación
que cumplir. Claro que era más bien el resultado de evitar asignarle tareas a
propósito, por lo que no había motivo para andarse con reproches. Así pues,
asintió sin reparos. Teniendo en cuenta todo lo que le estaba exprimiendo a
esta familia, lo mínimo que podía hacer era aceptar semejante nimiedad.
"De
acuerdo."
"¿De
verdad?"
Jade
abrió los ojos de par en par, como si le costara creer que su invitación
hubiera sido aceptada tan fácilmente, y enseguida esbozó una sonrisa de oreja a
oreja. Su expresión era tan luminosa que uno de los sirvientes que pasaba por
allí tuvo que entrecerrar los ojos ante el brillo. Por el contrario, Caleb lo
miró con total indiferencia, con la sonrisa del alfa plantada justo frente a sus
narices. ¿Acaso le hacía tanta ilusión?
"¿Tienes
algún plan?"
"No
hay nada fijado, solo pensaba que nos vendría bien respirar aire fresco."
"Mjum..."
Qué
persona más impulsiva. Caleb lo observó un momento. Jade lucía de excelente
humor gracias a su aceptación. Pudo haberse arrepentido y retirado el sí para
arruinarle el entusiasmo, pero por alguna razón no le apetecía hacerlo, así que
se limitó a confirmar.
"Si
me aburro, regresaré de inmediato."
"Como
digas."
Ni
siquiera ese comentario logró borrarle la sonrisa del rostro. Caleb pensó que
esa clase de expresiones ya habían dejado de resultarle insoportables. ¿Será
que uno termina acostumbrándose incluso a lo que le desagrada? Se frotó las
sienes con frustración al reflexionar en ello. Sentía que se le iba a zafar un
tornillo en la cabeza.
*
* *
Por
estos días, el conde Enders se sentía literalmente en la gloria. Las arcas de
la familia rebosaban de oro, y los viejos aristócratas del entorno lo trataban
con absoluta veneración. Para conseguir información sobre las próximas
inversiones que él pudiera revelar, se le arrastraban y adulaban de todas las
maneras posibles. Hoy también había sido invitado a la fiesta de cierto
vizconde, donde libaba copas sin parar. El vizconde Osen le servía licor una y
otra vez mientras escuchaba con atención cada una de sus palabras.
"Esos
advenedizos de la nueva facción se creen los únicos capaces de hacer dinero.
Piensan que nosotros somos incapaces, vaya estupidez."
"Así
es, conde."
"¡Pero
mírame a mí! ¡Nosotros no es que no podamos, es que simplemente no nos da la
gana!"
"Claro
que sí, tiene toda la razón."
"Tsk,
van por ahí pavoneándose solo por hacer unos cuantos negocios sin tener idea de
nada."
"Sí,
sí, tal cual."
A
pesar de hablar así, los miembros de la vieja facción no lograban disimular su
impaciencia. Estaban pendientes de cualquier palabra que pudiera salir de su
boca. ¿Acaso no recordaban las ganancias que habían obtenido invirtiendo en el
carguero que regresó a salvo la última vez? Había dejado tal cantidad de
beneficios que los nobles que invirtieron sumas menores se daban de cabezazos
contra el suelo de puro arrepentimiento.
"Por
eso, conde... ¿Cuál será la próxima inversión...?"
"¡Ejem!"
El
conde no ocultó su desagrado ante semejante intromisión.
"Hombre,
en los negocios no se puede ir con tanta prisa."
"¿D-De
verdad? Le pido disculpas, me dejé llevar por la ansiedad."
"Hay
que saber esperar el momento adecuado con paciencia."
Sin
embargo, por dentro el conde estaba al borde de los nervios. Todavía no había
recibido de parte de Caleb los datos sobre el siguiente movimiento financiero.
Por ese motivo, no podía hablar más de la cuenta ni arriesgarse a decir algo
incorrecto. Aclarando la garganta con un par de toses disimuladas, zanjó el
asunto:
"¿A
acaso creen que, teniendo a mano una oportunidad de inversión excelente, se las
iba a ocultar a ustedes?"
"¡Por
supuesto que no! Claro que no."
"En
fin, creo que hoy me retiraré temprano."
"¡Entendido!
¡Vaya con cuidado!"
"Sí,
sí."
Abandonó
el salón de la fiesta mucho antes de lo habitual. Si hubiera contado con
información fresca sobre inversiones, se habría quedado a disfrutar del
ambiente hasta el amanecer, por lo que no pudo evitar sentir una profunda
frustración. Ojalá Caleb le hubiera conseguido los datos un poco antes. El
fastidio comenzó a transformarse en recelo. Él, como padre, se esforzaba al
máximo para levantar de nuevo a la familia, mientras que aquel hijo suyo se
daba la gran vida en la otra mansión sin ser capaz de sacarle un simple dato
con rapidez.
"...Tsk,
¿tendré que ir a buscarlo yo mismo?"
"¿Se
encuentra bien, mi señor?"
"No
es nada, volvamos a la mansión."
"Como
ordene."
El
sirviente que aguardaba en el exterior para atenderlo lo subió al carruaje y
emprendieron el regreso a la residencia de los Enders. La única persona que
quedaba habitando la casa era su esposa, la condesa Enders, quien se cuidaba
con especial atención debido a su actual embarazo. El conde solía dejarla
desatendida en manos del servicio mientras él se iba por ahí a disfrutar de
fiestas y banquetes. Y con el hijo mayor ocurría exactamente lo mismo. Ivan
tampoco pasaba por la casa, dedicándose a las mismas frivolidades que su padre.
Al carecer por completo de criterio propio, el joven Enders se dejaba arrastrar
con facilidad por ese ambiente superficial.
"¿Y
los demás?"
Preguntó
el conde al ver al mayordomo.
"La
señora descansa en su alcoba, y el joven Ivan aún no ha regresado."
"Tsk,
tsk. En cuanto vuelva Ivan, dile que modere sus salidas. Su madre está
embarazada, al menos uno de los miembros de la familia debería quedarse a
cuidar la casa."
"Entendido."
Pasaron
varias horas desde que el conde se encerró en sus habitaciones hasta que Ivan
regresó a la mansión envuelto en una fuerte peste a alcohol. Había estado
divirtiéndose con tanta intensidad que su cuerpo desprendía capas y capas de
feromonas de omega. El mayordomo tuvo que llamar a los sirvientes betas para
que lo ayudaran a tomar un baño.
Por
estos días, el estado de ánimo de Ivan estaba por las nubes. A diferencia de
antaño, ya nadie se atrevía a despreciarlo. En la academia ya no se escuchaban
aquellos comentarios hirientes que lo comparaban desfavorablemente con su
hermano ausente. Todo el mundo se dedicaba a criticar a su hermano menor.
'¿No
te parece un poco repugnante que un alfa se comprometa con otro alfa?'
'Me
pregunto cómo diablos se apañarán en la cama.'
'Ya
te digo. Debe de ser bastante asqueroso.'
Recordó
las burlas y risitas cómplices de sus supuestos amigos al decir esas palabras.
Al recordarlo, Ivan soltó una carcajada solitaria. Claro, después de haber sido
prácticamente vendido de esa manera, era obvio el trato que recibiría. Pensarlo
le producía una extraña satisfacción. Le daba cierta lástima que su hermano
menor tuviera que arrastrarse para conseguir información y así intentar ayudar
a la familia y evitar ser olvidado. Aunque, claro, eso lo pensaba solo de la
boca para afuera.
Toc, toc.
En
ese instante, alguien llamó a la puerta de su habitación justo cuando terminaba
de asearse y se disponía a descansar. Ivan frunció el ceño con extrañeza, pero
dio su autorización.
"Adelante."
"Joven
amo, el segundo joven le ha enviado una carta."
"¿Para
mí?"
Ivan
contrajo el ceño al oír aquello. Sin embargo, saber que ese sujeto se había
molestado en escribirle le despertó cierta curiosidad. ¿Acaso venía a pedir
ayuda? Tomó el sobre e hizo un gesto con la mano para que el sirviente se
retirara. El hombre hizo una profunda reverencia y salió de la estancia. Ivan
rompió el sello y comenzó a leer el contenido.
La
misiva comenzaba con un formal Para el hermano Ivan, y revelaba asuntos
bastante inesperados.
"..."
Ivan
empezó a recorrer las líneas con atención. Decía que había descubierto una
excelente oportunidad de inversión, pero que había decidido no informarle a su
padre todavía. Sugería que él, como hermano mayor, debía dar el primer paso
saliendo de la sombra del patriarca para demostrar su valía y perfilarse como
el próximo cabeza de familia.
A
continuación, se detallaban los nombres de varias casas comerciales sumamente
prometedoras para invertir. Al leerlo, Ivan pensó que Caleb debía estar
desesperado. La vida en aquella mansión debía de ser mucho más dura de lo que
imaginaba. De lo contrario, jamás le habría enviado semejante información en
secreto.
'¿Salir
de la sombra de mi padre...?'
Y
era verdad. Los privilegios de los que disfrutaba actualmente se debían
enteramente a los datos que brotaban de la boca de su padre, no a un mérito
propio. No obstante, si lograba generar ganancias por iniciativa propia, su
estatus y el trato que recibiría mejorarían de manera indiscutible. Ivan
memorizó los nombres de las casas comerciales mencionadas y quemó la carta en
la chimenea.
'Si
quiero consolidar mi nombre como el próximo heredero, tengo que hacerlo así.'
Pensándolo
de ese modo, se chupó los labios con codicia. Se dirigió de inmediato a su
escritorio con la intención de enviar invitaciones a sus nuevos y bien
posicionados amigos, pero se detuvo a mitad de camino. Hasta el momento, los
datos que Caleb facilitaba nunca habían fallado. Pero, ¿y si esta vez algo
salía mal y terminaba perdiendo su dinero?
¿No
tendría que cargar él solo con toda la responsabilidad?
Ivan
se mordió las uñas con nerviosismo, hasta que decidió poner a prueba la jugada
utilizando primero su propio capital privado. Una vez comprobado que los
resultados eran favorables, ya tendría tiempo de compartirlos con los demás. De
todos modos, el oro sobraba en la casa, así que destinar una parte a título
personal no era una mala idea.
'Eso
es, haré una prueba primero y luego se lo diré a los demás.'
Dejo
a un lado las cartas para sus amigos y comenzó a redactar un recado dirigido
directamente a las casas comerciales. En los negocios, la velocidad era clave.
Tras entregar la nota al sirviente para que la despachara de inmediato, se
acostó a dormir. Sin imaginar en absoluto el enorme revuelo que desencadenaría
aquella decisión.
*
* *
A
la mañana siguiente, Caleb y Jade disfrutaron de una mañana tranquila mientras
se preparaban para salir. Tras terminar de asearse y ponerse a punto para la
salida, dieron con el momento justo antes del almuerzo. Mientras iba en busca
de Caleb, Jade les indicó a los sirvientes:
"Almorzaremos
fuera."
"Entendido,
joven amo."
Jade
se había encargado de adquirir varias prendas que encajaran a la medida con la
complexión de Caleb. Como las había calculado a ojo, pensó que no vendría mal
aprovechar la salida para ajustarlas mejor de ser necesario. Al llegar frente a
la habitación de Caleb, tocó a la puerta y entró. Allí lo vio: Caleb lucía el
cabello recogido con desdén y vestía un traje de un azul marino profundo,
complementado por una corbata con bordados plateados y unos zapatos impecables
que acentuaban la rectitud de sus piernas. Arrollado por un impulso repentino
que no pudo contener, Jade se le acercó a grandes zancadas y le sujetó la
cintura. En respuesta, Caleb soltó un suspiro y le tapó los labios con ambas
manos.
"No."
Aunque
Jade le lanzó una mirada de evidente frustración al verse impedido de besarlo
tras haberlo asido de la cintura, lo que no se podía, no se podía. A pesar de
todo, Jade besó la palma de la mano que lo bloqueaba, provocando un sonido
húmedo y empalagoso. Era una muestra de afecto bastante cursi. Con el ceño
fruncido, Caleb le espetó:
"Basta."
Al
oírlo, Jade apartó los labios con una expresión de fingida lástima mientras le
dedicaba una sonrisa con los ojos sobre la misma palma de la mano.
"Me
alegra ver que la ropa te queda tan bien, a pesar de habérsela medido al
ojo."
"Podrías
dedicarte a la sastrería."
"No
me parecería una mala opción si es para ti."
"Tsk."
A
Caleb le resultaba exasperante que el tipo fuera incapaz de tomarse nada como
una ofensa. Decidido a poner fin a la escena, apartó los brazos que aún lo
rodeaban por la cintura y se acomodó la ropa con prolijidad antes de mirar a
Jade.
"Dijiste
que íbamos a salir."
"Sí,
vámonos."
Ambos
hombres bajaron juntos al primer piso y subieron al carruaje.
"A
este paso, acabaré prendiéndole fuego a este maldito carruaje..."
"No
seas así, lo mandé a hacer pensando en ti."
"¿Y
te satisface la idea de volver a estar a solas conmigo?"
"Pues
claro. ¿Ves que sí te acuerdas?"
"Cierra
la boca."
Aunque
obedeció guardando silencio, Jade se sentó bien pegado a él y recostó la cabeza
en su hombro. Parecía una bestia de gran tamaño frotándose contra el humano de
su preferencia. Caleb exhaló un suspiro resignado, permitiéndoselo mientras
deseaba que el carruaje llegara de una vez por todas a las calles comerciales.
El
primer destino fue un restaurante. Como había observado los hábitos
alimenticios de Caleb, Jade sabía de sobra que prefería el pescado y las
verduras antes que la carne roja. Al ver los platos reservados sobre la mesa,
Caleb lo comprendió de inmediato, aunque se guardó cualquier comentario
elogioso. No pensaba darle el gusto de alabar su nivel de atención ni
satisfacer las expectativas que brillaban en sus ojos.
"¿No
te gusta?"
"...Sí
me gusta."
Sin
embargo, ante el tono repentinamente cabizbajo de Jade, Caleb terminó por
admitir que el menú era de su agrado. Viendo cómo el rostro de su acompañante
se iluminaba, cortó con un punto de fastidio un trozo pequeño del filete de
salmón.
Terminado
el almuerzo, cuando ambos volvieron a subir al carruaje, Jade propuso:
"Hay
una galería de arte cerca, ¿te apetece ir?"
"¿Una
galería?"
"Un
artista bastante prometedor ha inaugurado una exposición por estos días."
"Bueno,
me parece bien."
"Espero
que sea de tu agrado."
"No
tengo demasiada sensibilidad para esas cosas, pero veamos."
El
carruaje enfiló hacia la galería. Al llegar, se encontraron con una
aglomeración inusual de gente bloqueando la entrada. Extrañados por la
multitud, comprobaron que el motivo no era otro que la presencia de los
carruajes de la familia imperial. Jade soltó un gesto de contrariedad y miró a
Caleb. Con los miembros de la realeza de visita, las normas dictaban que el
recinto quedaba cerrado al público general hasta su partida.
"Vaya,
tal vez deberíamos buscar otro sitio."
"Me
da igual."
Mientras
parlamentaban detenidos frente al edificio, alguien se acercó a tocar la puerta
del carruaje.
"¿Se
encuentra a bordo el joven marqués de Damian?"
"Así
es. ¿De qué se trata?"
Al
abrirse la ventanilla, quedó a la vista un hombre enfundado en la armadura de
los caballeros imperiales. Evidentemente, se trataba de un emisario de la
realeza.
"La
princesa requiere su presencia."
"Ya
veo."
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AOMINE5BL
Era
evidente que la princesa, desde el interior, había recibido el aviso de que el
carruaje de los Damian aguardaba afuera. Ambos hombres cruzaron una mirada.
Jade frunció el ceño con incomodidad antes de asentir, recordando de pronto que
la víspera Caleb le había pedido que le concertara un encuentro con ella.
Y
pensar que se cruzarían con ella por pura casualidad.
"Iremos
de inmediato."
Pero
desatender una orden directa de esa magnitud estaba fuera de discusión. Los dos
descendieron del carruaje y se adentraron en el recinto. En el centro de la
pulcra y blanca sala de exposiciones, de pie frente a un lienzo de proporciones
colosales, se hallaba la princesa acompañada por un niño de unos diez años. Al
percibir las pisadas, ella giró sobre sus talones. En cuanto sus miradas se
cruzaron, ambos jóvenes se hincaron sobre una rodilla para rendirle reverencia.
Capítulo 25
"Es
un honor ver a Su Alteza Imperial."
"Levántense
los dos. No hace falta que sean tan formales."
La
princesa los recibió con una sonrisa. Los observaba con especial interés, sobre
todo a Caleb, a quien sin duda le resultaba fascinante ver convertido en la
pareja de Jade, considerando que este último incluso había llegado a hacer
tratos con ella para conseguirlo.
"Vaya,
¿así que este es el compañero del joven marqués Jade Damian?"
"Aún
me queda mucho para merecer el título de compañero."
La
corrección de Caleb hizo que Jade pusiera una expresión agridulce. Al verlo, la
princesa soltó una risa divertida, como si le hiciera gracia que, tras haber
movido cielo y tierra para traerlo a su lado, Jade aún no hubiera logrado
ganarse su corazón.
"En
fin. Ya que estamos en la galería de arte, ¿por qué no recorremos la exposición
juntos?"
"Sí,
Alteza."
Los
tres comenzaron a caminar para recorrer el recinto. En ese momento, el niño que
iba aferrado al dobladillo del vestido de la princesa se quejó:
"¡Oye,
hermana, esto es aburrido! ¿No podemos ir a otro lado?"
"Romion,
los miembros de la familia imperial necesitamos cultivar el sentido de la vista
desde una edad temprana."
"A
mí me parece que todos son iguales..."
"Mjum,
¿qué te parece esto? Mira todas las obras que hay aquí y escoge la que más te
guste; si lo haces, te daré tu chocolate favorito."
"¿De
verdad?"
"Claro
que sí, palabra de princesa."
Inclinándose hasta su altura, la princesa logró calmar al niño.
El pequeño se llamaba Romion van Adol라이 (Romion van Adolilai), el único hermano menor
de la princesa Erzebeht van Adolilai y el familiar al que ella más adoraba.
Aunque el niño hacía berrinches, ella siempre lo trataba con paciencia y una
sonrisa, y en cuanto le prometió el chocolate, él empezó a recorrer el lugar
observando los cuadros con docilidad. La princesa Erzebeht reanudó el recorrido
junto a él con total tranquilidad.
Tras
caminar un buen rato, la princesa se detuvo frente a un lienzo en particular.
Lo observó con una mirada afilada antes de hablar:
"Eana,
el nuevo artista que ha estado causando sensación últimamente. Ya se imaginarán
lo extraordinario que es que un novato consiga una galería de esta magnitud
para él solo."
"Así
es, Alteza."
"Como
cultiva el misterio, nadie conoce su rostro. No se sabe si es hombre o mujer.
Incluso corre el rumor de que el nombre es femenino porque usa el de su
amante."
"Ya
veo."
Jade
asintió mientras contemplaba la obra. Hay que decir que él carecía por completo
de talento para estas cosas. Tenía las nociones básicas de cualquier noble,
pero ningún tipo de sensibilidad artística. Por su parte, Caleb se limitaba a
seguirlos en silencio, recorriendo los cuadros con la mirada. Las pinceladas
eran toscas, pero el nivel de detalle resultaba asombroso. De cerca se
apreciaban los trazos de pintura, pero al tomar distancia, el conjunto cobraba
una claridad y definición impecables. La mayoría de las obras eran oscuras; se
alejaban por completo de la moda actual, que solía inclinarse hacia paisajes
idílicos y retratos de damas elegantes.
"Es
todo un logro que haya conseguido abrir una exposición."
Ante
el comentario de Caleb, la princesa esbozó una sonrisa.
"Tuve
que mover algunos hilos para hacerlo posible. ¿Se nota?"
"Sí,
sobre todo porque no va acorde con las tendencias actuales."
"Yo
misma aún no he podido verle la cara. Es más difícil coincidir con él que con
mi propio padre."
Soltando
una risa ligera, la princesa dio un rodeo alrededor del cuadro y se detuvo
frente a una obra específica, haciendo una seña a los dos hombres para que se
acercaran.
"¿Qué
opinan de este?"
Caleb
y Jade se plantaron frente a la pintura señalada.
En
ese instante, Caleb contuvo la respiración.
El
lienzo estaba bañado por completo en tonos oscuros, y en él aparecía una figura
humana encogida sobre el suelo. La persona, en un estado deplorable, alzaba la
cabeza, pero lo único que destacaba eran sus ojos, que brillaban con un fulgor
verdoso y afilado. En una de las esquinas del cuadro, una única fuente de luz
titilaba tenuemente, a punto de extinguirse. La obra no tenía título; en su
lugar, se leía una breve frase en la parte inferior:
Por favor, escriban el título que consideren
adecuado.
"¿No
les parece interesante?"
"…Ciertamente
lo es."
"Es
un artista fascinante."
Dicho
esto, Erzebeht sacó una pluma que había sobre un pedestal cercano y escribió
una palabra:
Esperanza.
"¿Por
qué ha elegido ese título, Alteza?"
"Porque
lo único capaz de poner en movimiento a alguien sumido en la desesperación es
una esperanza muy débil."
Tras
responder, le tendió la pluma a Jade. Este la tomó y se quedó pensativo durante
unos segundos. Si le hubieran preguntado si alguna vez había sentido odio hacia
alguien, habría respondido que jamás llegó a experimentar semejante nivel de
rencor. Había sentido fastidio por algunas personas, pero nada más allá de eso.
Si tuviera que plasmar la emoción más intensa que había albergado en su
interior, sin duda se trataría de aquello que tanto había anhelado poseer.
Anhelo.
"¿Mjum?"
La
princesa Erzebeht soltó una risa suave.
¿Anhelo? Supongo que eso significa que has
llegado a desear algo o a alguien con desesperación, ¿me equivoco?
"Jaja,
me temo que no puedo responder a eso."
"Muy
bien, entonces..."
La
mirada de Erzebeht se desvió hacia Caleb. Sin embargo, este sacudió la cabeza
con lentitud. Sus ojos verdes contemplaban el cuadro con una mezcla de frialdad
y pesadez. Aunque una tormenta de emociones turbulentas cruzaba por su mirada,
la voz con la que respondió resultó ser de una sequedad absoluta:
"A
mí no se me ocurre nada. Carezco por completo de sensibilidad artística."
"¿De
verdad? Qué hombre tan desprovisto de emociones."
"Mis
disculpas."
"Tampoco
es para tanto."
Dando
a entender que ya había visto suficiente, la princesa dio media vuelta y se
encaminó de regreso hacia su carruaje. Jade la siguió de inmediato, pero Caleb,
quien había afirmado que no tenía nada que escribir, se quedó inmóvil frente al
cuadro durante un largo rato. Jade se apartó un momento con la intención de
despedir a la princesa y volver a buscarlo enseguida; sin embargo, en ese breve
lapso, Caleb tomó la pluma, escribió algo al pie del lienzo y se retiró en
silencio.
*
* *
Para
cuando Jade fue a buscarlo, Caleb ya había salido a la entrada principal de la
galería. Como los miembros de la realeza se habían marchado, la gente comenzaba
a entrar de nuevo poco a poco. Al final, decidieron regresar juntos a la
mansión; el paseo de la mañana y la tarde había sido más que suficiente. Jade,
habiéndose tomado el día libre por completo, se dedicó a holgazanear en la
habitación de Caleb. A este último pareció importarle poco, ya que se sentó en
su escritorio y se puso a redactar las cartas destinadas a su padre y a Ivan.
"¿Qué
es lo que tanto envías todos los días?"
"La
ruta de inversión que me dio tu padre."
"¿Mi
padre te ha estado dando ese tipo de información?"
"Sí."
"Podrías
habérmelo preguntado a mí, ¿sabes?"
"La
información de tu padre es más precisa."
"Bueno,
supongo que sí..."
Mientras
Jade fruncía los labios con despecho, alguien tocó a la puerta. Toc, toc.
Ante el sonido, Caleb frunció el ceño e indicó:
"Adelante."
En
ese instante, uno de los sirvientes ingresó a la habitación cargando un objeto
voluminoso envuelto en papel de embalaje, similar a un cuadro enmarcado. Tanto
Caleb como Jade lo miraron con desconcierto. El sirviente explicó:
"Es
un envío que llegó desde la galería de arte. Viene acompañado de una
nota."
Al
oírlo, ambos cruzaron miradas. Era evidente que procedía del mismo lugar que
habían visitado por la mañana. Jade le dijo:
"Léela."
"Dice:
Para la persona que supo comprender la verdadera esencia de la pintura."
"...?"
"...?"
Al
escuchar las palabras, Caleb se puso de pie de un salto y desgarró con
brusquedad el papel de embalaje del paquete. Lo que había en su interior era,
sin lugar a dudas, el cuadro sin título que habían visto horas antes. Caleb se
quedó petrificado en el acto. Al notar una turbación inusual en su rostro, Jade
se apresuró a preguntar:
"Entonces...
supongo que me lo enviaron a mí, ¿verdad? Sí, debe ser eso, Caleb."
Caleb
había escrito algo en él. Por esa razón se lo habían enviado a su dirección.
Jade lo dedujo por instinto. Sin embargo, Caleb contemplaba el lienzo con la
respiración suspendida, como si hubiera recibido una puñalada. Sus ojos oscuros
giraban en una vorágine sombría, al borde del colapso. Un repentino sentimiento
de profunda inquietud se apoderó de Jade, quien le arrebató el cuadro de las
manos de inmediato y se lo entregó al sirviente.
"Llévate
esto de aquí. Tíralo al almacén del primer piso o haz lo que quieras con él,
pero que no vuelva a estar a la vista."
"¡S-Sí,
entendido!"
Jade
giró con suavidad los hombros de Caleb para obligarlo a mirarlo a los ojos.
"Caleb,
mírame. Tranquilo. No es más que un simple cuadro sin importancia."
"...?"
Las
pupilas de Caleb se habían teñido de un tono negruzco. Apartó el rostro hacia un
lado, se cubrió los ojos con una mano, frunció las cejas con violencia, miró
hacia otro punto y finalmente bajó la cabeza. Jamás lo había visto en un estado
de descontrol emocional semejante; al no estar acostumbrado a ver a Caleb así,
Jade terminó por abrazarlo con fuerza. La respiración del otro era áspera e
irregular.
"No
sé qué significa todo esto, pero no pasa nada. Sea lo que sea que haya tocado
dentro de ti, no deja de ser un cuadro, y jamás volverá a aparecer ante tus
ojos."
"...?"
"¿Entendido?
¿Alguna vez te he mentido?"
"...Sí,
claro que sí."
"...Bueno,
quitando lo que pasa en la cama..."
"...Aparte
de eso, no."
"¿Ves?
Así que este cuadro no va a volver a asomarse por aquí."
"...Está
bien."
Las
palabras de Jade parecieron calmarlo un poco, lo que le permitió exhalar un
suspiro de alivio. A partir de ese momento, pensó que lo mejor sería acelerar
la búsqueda de información sobre la vida de Caleb antes de los quince años.
Asimismo, no dejaba de preguntarse qué diablos habría escrito Caleb al pie del
lienzo para que el artista decidiera enviárselo como obsequio. Conocer ese
detalle tal vez lo acercaría un poco más a la verdad.
"Descansaré
un poco más temprano hoy."
"Sí,
ve a descansar."
Pensando
en eso, Jade se aseguró de arropar a Caleb hasta que se durmió antes de
regresar a sus propios aposentos. No obstante, aún no había dado con ningún
antiguo sirviente que hubiera trabajado en la mansión Enders, y el cuadro
tampoco ofrecía pistas adicionales, ya que no incluía ningún título rotulado.
Frotándose las sienes con frustración, Jade decidió posponerlo hasta el día
siguiente y se metió en la cama. Creyendo, inocentemente, que aquella noche
había llegado a su fin.
*
* *
Con
la habitación a oscuras y tumbado en la cama, a Caleb le costaba mucho
conciliar el sueño; su mente no dejaba de evocar aquella pintura una y otra
vez. Se sentía patético por permitir que un simple cuadro fuera capaz de
removerle de esa manera un pasado que intentaba sepultar, aunque al mismo
tiempo pensaba que no era su culpa no poder contener la furia hirviendo en sus
entrañas.
Quienquiera
que hubiese pintado aquello lo conocía bien. De lo contrario, le habría sido
imposible plasmar algo así. Caleb extendió la mano y tomó el cortapapeles que
descansaba sobre su escritorio. Era lo único afilado que tenía a la mano y
podía empuñar en ese instante. Saliendo de su alcoba, recorrió los pasillos
oscuros con un semblante tan pálido que parecía un espectro.
"Dijo
que estaba en el almacén del primer piso."
Caleb
recordaba perfectamente las palabras de Jade.
Que
lo tiraran al almacén del primer piso, había dicho. Era poco probable que los
sirvientes se hubieran atrevido a desobedecer su orden llevándolo a otro lado,
por lo que el cuadro debía estar allí. Caleb sabía exactamente dónde quedaba el
almacén de la planta baja.
Al
lado de las escaleras del primer piso había un cuarto donde los sirvientes
guardaban los utensilios de limpieza y los objetos en desuso. Caminó directo
hacia ese lugar.
¡Criiic!
Al
abrir la puerta del almacén, lo primero que lo recibió fue el olor a polvo.
Caleb ingresó escudriñando el interior con la mirada y, tal como suponía, vio
la obra que había llegado ese mismo día apoyada contra la pared de la derecha.
El fondo oscuro, la figura humana encogida, la luz tenue. Aquellos ojos que
brillaban con un destello verdoso. Unas pupilas en las que no se sabía si había
llanto, furia o súplica. Caleb se mordió el labio inferior con tanta fuerza que
comenzó a sangrar, abriendo los ojos de par en par hasta que las venas rojas se
le marcaron en las blancas.
"¿Qué
clase de maldito... hijo de puta...?"
Tomó
el lienzo con una mano y, valiéndose del cortapapeles que sostenía con la otra,
comenzó a desgarrarlo. ¡Zzzris! ¡Raaaj! ¡Prrrt! El cortapapeles era un
objeto frágil, pero bastaba y sobraba para destrozar la tela. Hundía la hoja
una y otra vez en un frenesí de tajos hasta que el cuadro quedó irreconocible,
hecho jirones. Con cada corte, sentía como si una parte de sus propios pechos
se desprendiera junto con la tela. Ya no tenía cabeza para juzgar si eso era
bueno o malo; al fin y al cabo, era algo que llevaba queriendo arrancarse desde
hacía mucho tiempo.
¡Krrrak!
¡Clanc!
Tras
destrozar por completo la pintura, incluso el marco de madera cedió y cayó al
suelo hecho pedazos. Al mismo tiempo, la fuerza excesiva con la que había
rasgado el lienzo hizo que el cortapapeles se rompiera, abriéndole una herida
en la palma de la mano. Sin importarle lo más mínimo que el filo le hubiera
lastimado la piel, Caleb apretó con fuerza los restos destrozados de la obra,
salió del almacén y caminó directamente hacia el exterior de la mansión.
Arrojó
los restos del cuadro hecho jirones junto con su marco roto al suelo, a las afueras
de la propiedad. Poco le importaba quién lo hubiera enviado. Un regalo tan
desagradable no lo quería recibir, ni aunque viniera de la propia realeza. Dio
media vuelta con la intención de regresar a su habitación, pero al girar se
encontró con Jade de pie, esperándolo.
"¿Caleb?"
"……¿Qué
haces despierto a estas horas?"
Caleb
preguntó frunciendo el ceño.
"Eso
debería preguntarlo yo. Y a todo esto... ¿te has lastimado la mano?"
"Es
solo un rasguño."
"No
digas tonterías. Ven aquí."
Sin
mostrar la más mínima curiosidad por saber qué acababa de hacer Caleb, Jade se
concentró únicamente en su herida. Caleb no terminaba de entender por qué ese
sujeto se empeñaba en tratarlo con tanta devoción. ¿Qué demonios había hecho él
para merecerlo? Al acercarse y examinar el corte profundo provocado por el
cortapapeles roto, Jade chasqueó la lengua con fastidio.
"Volvamos
a la habitación para curarte eso como se debe."
"Esto
no es para tanto……."
"Vamos."
"……De
acuerdo."
Caleb
exhaló un suspiro resignado por dentro.
Tuvo
que despertar al médico de la residencia en plena madrugada para que le
desinfectara y vendara la mano, y solo después de eso pudo mantener una
conversación con Jade. O, para ser más exactos, Jade se abstuvo por completo de
interrogarlo sobre lo que había pasado.
"Habrás
hecho lo que querías hacer, supongo."
"……."
"¿Qué?
¿Te sorprende que no te esté preguntando nada?"
"……Sí."
"Tengo
muchas dudas, créeme. Quiero saber qué demonios tocó ese cuadro dentro de ti,
por qué tuviste un ataque de pánico el otro día y qué es todo lo que me estás
ocultando."
Con
una sonrisa amarga, Jade le tomó la mano lastimada con sumo cuidado.
"Pero
sé que no quieres hablar de ello."
"……."
"Para
ser sincero, y seguro que ya te lo esperas, estuve investigando por mi cuenta
un poco. Aunque no saqué nada en claro."
"……Era
de esperarse."
"Tengo
curiosidad por tu pasado. Me vuelve loco querer saber qué es lo que te
atormenta tanto. Cada vez que siento que hay cosas tuyas que se me escapan, y
que por eso no te tengo completamente entre mis manos, siento que me muero de
la ansiedad."
Caleb
movió los labios levemente antes de responder con un tono algo más apagado:
"……Eso
no es algo que debas saber."
No
sonaba como si estuviera levantando un muro para alejarlo. Más bien parecía un
tono de advertencia, de genuina preocupación. Jade experimentó una sensación
extraña. Que Caleb hablara de esa manera para protegerlo de alguna forma
representaba un avance monumental si comparaba el presente con el pasado.
Arrugando las cejas en una sonrisa socarrona, replicó:
"Ya
sabes que no suelo hacerte caso cuando me pides cosas así, ¿verdad?"
"……Ja."
Caleb
soltó un suspiro y asintió con la cabeza. Sonriendo con suavidad, Jade lo
condujo hacia la cama y lo hizo recostarse. Cuando iba a dar media vuelta para
marcharse, Caleb lo agarró del cuello de la ropa.
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"Quédate
a dormir."
"¿Hm?"
"……Dije
que te quedes a dormir."
"……¿De
verdad me lo pides?"
"……Es
que siento que esta noche voy a tener pesadillas."
"……."
Jade
subió a la cama con cautela. Se acomodó recostado de lado, con pulcritud, y
atrajo a Caleb hacia el interior de sus brazos. No era exactamente así como
había planeado recostarse junto a él, pero Caleb giró el rostro hacia su
dirección. El rostro de Jade quedó demasiado cerca. Aunque era un semblante al
que estaba acostumbrado, tenerlo tan cerca sobre las sienes de una cama —justo
frente al hombre con el que solía entrelazar su cuerpo— hizo que sus feromonas
reaccionaran de inmediato.
Incluso
tratándose de dos alfas, al tener tan cerca el cuerpo que tantas veces le había
procurado placer, un rastro de feromonas comenzó a filtrarse lentamente,
estimulando al contrario. Jade esbozó una sonrisa divertida mientras jugueteaba
con el borde de la bata de Caleb.
"¿Me
pediste que me quedara solo para esto?"
"……Mierda,
claro que no."
Jade
se inclinó y unió sus labios a los de él. Caleb abrió la boca ante el contacto
y no puso resistencia cuando Jade se deslizó lentamente para colocarse sobre su
cuerpo. Sabía que la noche sería turbulenta, que los fantasmas de sus
pesadillas volverían con seguridad y que no le apetecía en absoluto quedarse
solo en la oscuridad. Con esa ristra de excusas baratas justificando su propia
debilidad, decidió aceptarlo en su primera noche de tregua.
Las
lenguas se entrelazaron con lentitud en el espacio entre sus labios. Tragando
con dificultad la saliva que se acumulaba mientras sentía que el aire le faltaba,
Caleb jadeó levemente; al notarlo, Jade apartó un instante los labios y soltó
una risa suave. Acto seguido, deshizo los lazos de la bata de Caleb para dejar
su torso al descubierto. Su cuerpo desnudo parecía tallado en marfil,
perfectamente equilibrado y esculpido de una forma tan perfecta que resultaba
obscena, avivando de inmediato sus deseos más oscuros. Jade le cubrió el pecho
con ambas manos y comenzó a masajearlo. Aunque Caleb pensaba que no tenía
ningún sentido andar sobándole los pezones como si se tratara del cuerpo de una
mujer, para Jade era uno de seus mayores pasatiempos ver cómo el rostro de
Caleb se contraía y su cuerpo se estremecía cada vez que sus dedos rozaban
aquellas pequeñas protuberancias. En ese preciso instante, tal como esperaba,
cada roce de sus dedos hacía que los pezones de Caleb se endurecieran y su ceño
se frunciera con fastidio.
Jade
bajó la cintura, introdujo uno de los pezones de Caleb en su boca y comenzó a
succionarlo con un sonido húmedo, mientras con los dedos de la otra mano
jugueteaba y retorcía el otro extremo.
