Capítulo 11-15

 


Capítulo 11

Mientras Jade escuchaba aquellas palabras en silencio, bajó sus dorados ojos, meditando con cuidado sus siguientes palabras. Parecía esforzarse en dar con la forma de hacerle comprender su sinceridad, a pesar de saber perfectamente que, dijera lo que dijese, un hombre como Caleb jamás se abriría a él. Pero así era Jade Damian: un hombre convencido de que toda verdad expresada con franqueza termina por calar hondo. Alguien criado en un entorno radicalmente opuesto al de Caleb Enders. Y era precisamente esa diferencia insalvable la que provocaba el rechazo visceral de Caleb hacia él. Pasados unos segundos de silencio, los labios de Jade se movieron al fin:

“No me gustas porque seas brillante o sobresaliente.”

“¿Y bien?”

“Simplemente fue así desde el primer instante en que te vi.”

“¿Pretendes salir con el cliché de que fue amor a primera vista?”

“Pero no tengo otra manera de explicártelo, Caleb.”

El tono de Jade rezumaba una seriedad inquebrantable. Aquellas pupilas doradas y abatidas lo observaban con una quietud pasmosa. No, más bien ardían con la intensidad abrasadora del sol. Caleb sintió que se convertía en una mala hierba marchitándose bajo el rigor de ese astro rey; después de todo, el verde de su mirada no pertenecía a un bosque lozano y bañado por la luz, sino al lodo espeso de una ciénaga asfixiante. Y él no albergaba el menor deseo de ser arrancado de su propio lodazal. Sin embargo, aquel hombre lo había conseguido. Aquel hombre, Jade Damian, había tenido la osadía de sacarlo a rastras de su rincón húmedo y umbrío hacia la claridad del sol.

“Si seguimos atados el uno al otro, solo nos aguarda un único destino.”

Caleb lo dijo de forma autocompasiva.

“¿Cuál?”

Preguntó Jade, y Caleb respondió con absoluta convicción:

“Que termine secándome hasta morir.”

Caleb le propinó un seco golpecito con el dedo en el centro del pecho mientras hablaba. Sus rostros se hallaban peligrosamente cerca. Jade atrapó con firmeza la mano que lo había tocado, la arrastró hacia su rostro y depositó un beso profundo y ardiente en la palma. Acto seguido, decidido a ignorar la indiferencia que Caleb pretendía proyectar, buscó su barbilla para alzarle el mentón y estrelló sus labios contra los suyos. Forzó la comisura cerrada con la lengua para colarse en su cavidad bucal, inclinando el rostro para profundizar el contacto. Mientras enredaba su lengua con la ajena y recorría el paladar, Caleb fruncía el entrecejo, pero aun así acababa tragando la saliva compartida. Aunque el ceño fruncido delataba su aversión, Jade sabía perfectamente que la familia de Caleb pendía de un hilo en sus manos, y eso mismo aplicaba para Caleb. Esa era la única razón de su docilidad.

Por primera vez, una punzada de amargo desdoro asaltó a Jade, pero la embriaguez de tenerlo así, besándolo en plena noche, superaba con creces cualquier atisbo de conciencia, impidiéndole detenerse. El sonido húmedo de las carnes rozándose y las lenguas danzando en una fricción continua resonaba en el silencio. Cuanto más se prolongaba el beso, más notaba Jade cómo la sangre se precipitaba hacia su entrepierna.

Sin embargo, era consciente de que volver a esgrimir la carta de su familia para forzar la intimidad en ese preciso instante constituiría un error estratégico imperdonable. Por esa razón, rompió el voraz contacto que amenazaba con devorarlo por completo y exhaló una bocanada de aire caliente. Caleb hizo otro tanto, respirando con dificultad mientras se frotaba los labios con el dorso de la mano. Con el rostro contraído en una mueca de fastidio, bajó la vista hacia la entrepierna de Jade; al comprobar el bulto prominente que delataba una erección pétrea, le parecía incomprensible que se detuviera de repente. Frustrado e irritado, soltó:

“Si vas a actuar como una sabandija, hazlo hasta el final. No vengas con medias buscando afecto barato.”

“……Caleb, es que yo...”

“No me salgas con tonterías de querer vivir una vida feliz conmigo. Es una maldita imposibilidad desde el principio.”

“……”

La estocada dio de lleno en el blanco, descolocando a Jade por completo. Era verdad que su deseo primordial consistía en llevarse bien con Caleb, lo cual, bien mirado, venía a ser sinónimo de una vida apacible y feliz a su lado. No obstante, en la estricta planificación que havia trazado, la voluntad y el consentimiento del otro habían sido sistemáticamente ignorados, por lo que el ánimo de Caleb debía de encontrarse por los suelos.

“……De acuerdo por ahora. Pero grábate algo en la cabeza, Caleb: tendrás que aprender a convivir con la realidad.”

“……De eso ya me encargo yo.”

“Habrá varias recepciones y banquetes próximamente. Con dejarnos ver por allí será suficiente para empezar.”

Un suspiro pesado escapó de los labios de Caleb ante la perspectiva. Le dolía la cabeza solo de pensar en cómo los buitres de la alta sociedad rasgarían su reputación en esos saraos. A estas alturas, los dimes y diretes sobre la casa del vizconde Enders y el marquesado Damian debían de correr como la pólvora. El estado en el que quedara su orgullo pisoteado le importaba un bledo a Jade; al fin y al cabo, él no era más que un ‘objeto’ de su propiedad. ¿Qué clase de amo se detiene a mimar la dignidad de un objeto?

“……Ya me ha quedado claro, así que desaparece de mi vista de una vez.”

El aroma de las feromonas de Caleb, espeso pero afilado por el rencor, rozó de forma molesta los sentidos de Jade. Consciente de que su pareja se encontraba al límite de la irritación, recogió su propia esencia y la apaciguó antes de dedicarle una última recomendación de descanso y emprender el camino de regreso, abandonando el jardín. Aquel paraje, que momentos antes parecía impregnado de una serena quietud, comenzó a resultarle extraño e inhóspito tras la marcha de Jade. O tal vez era que el entorno siempre había sido ajeno, y él se había empeñado en considerarlo familiar solo por el simple hecho de estar a solas. Maldiciendo su mala suerte por arruinar lo poco que le quedaba de paz, Caleb se incorporó y encaminó sus pasos hacia la habitación que le habían asignado. Aunque, bien mirado, no era más que la puerta contigua a la de Jade Damian.

“Ha……”

Caleb se quitó el cárdigan sin miramientos, lo arrojó sobre una silla y se despojó del resto de la ropa para enfundarse en un ligero camisón de dormir. De inmediato, se deslizó bajo las sábanas de la cama. Cerrar los ojos de este modo ofrecía un efímero refugio donde suspender temporalmente la cruda realidad. La textura desconocida del colchón, el tacto del edredón, la cantidad de luz que filtraban sus propios párpados cerrados... no había ni un solo detalle que no le gritara la ajenidad del lugar, y aun así, obligó a su organismo a conciliar el sueño.

A fin de cuentas, tras dar vueltas durante un par de horas interminables, logró sumirse en un sopor ligero. Transcurrió un lapso indeterminado hasta que la puerta de su alcoba se abrió con sigilo. Era Jade. Las palabras intercambiadas en el jardín le habían dejado un rastro de inquietud, empujándolo a buscarlo en la profundidad de la madrugada. Al comprobar que Caleb yacía profundamente dormido, se aproximó con pasitos de plomo y se sentó al borde del lecho.

“Caleb, ¿estás dormido?”

Ninguna voz rompió el silencio. Agotado tras tantas tensiones, el muchacho mostraba un semblante vulnerable. Con una sonrisa amarga, Jade estiró la mano para apartarle unos mechones revueltos de la frente con extrema delicadeza. Sus dedos recorrieron con suavidad los finos rasgos de su rostro. Al advertir cómo el ceño de Caleb se contraía por puro reflejo defensivo, se le escapó una risita contenida. ¿Qué iba a hacer con un prometido tan susceptible?

Jade se detuvo a pensar mientras apartaba la mano. El deseo de tocarlo un poco más chocaba con el miedo a despertarlo. Bastaba con mantener los ojos cerrados para que aquel semblante adoptara una placidez absoluta, muy distinta al veneno que solía destilar cada vez que los abría. Aunque, claro, motivos no le faltaban. Aquello era un matrimonio arreglado a punta de chequera. Sin embargo, criado en el afecto incondicional, Jade albergaba la firme convicción de que, tarde o temprano, el otro terminaría cediendo y abriéndole el corazón. Estaba dispuesto a soportar cualquier prueba, por difícil que fuera el trayecto.

“Mi querido Caleb.”

Cada vez que lo llamaba así en la academia, la respuesta invariable era un fruncir de cejas. Si se atrevía a confesarle la cantidad de veces que había deseado acariciar ese entrecejo y besarlo en esos mismos momentos, lo tacharía de loco de remate. Quizá, de haber hecho tales locuras en los pasillos de la academia, lo habrían considerado un lunático sin remedio. Aunque viéndolo en retrospectiva, tal vez no habría sido una mala idea; así, al menos, habría acaparado mucho más su atención. Inmerso en la nostalgia de aquellos recuerdos, Jade reprimió el impulso de besarlo una vez más y se limitó a rozarle la mejilla con la palma seca antes de ponerse en pie. Abandonó la estancia en silencio, cuidando de cerrar la puerta sin emitir un solo ruido antes de retirarse a su propio cuarto. En el preciso instante en que el pestillo encajó, Caleb abrió los ojos con lentitud, manteniendo una rendija fina mientras contemplaba el vano por donde Jade había desaparecido.

‘……’

Una actitud desconcertante, un equilibrio enfermizo entre la impaciencia y la paciencia absoluta. Era imposible descifrar si semejante persistencia nacía de un genuino desvelo por Caleb o de una retorcida satisfacción propia de Jade Damian.

* * *

La convivencia en la mansión de los Damian transcurrió con total tranquilidad y sin imprevistos. La casa solariega era amplia, y Caleb no albergaba la menor intención de deambular por el exterior a la ligera. Bañadas por el descontento, las habladurías debían de correr como la pólvora en el exterior; al fin y al cabo, tratándose del segundo hijo de los condes Enders —quienes antaño lideraban la antigua facción aristocrática—, su matrimonio por conveniencia con los Damian, estandarte del nuevo bando noble, resultaba un plato de buen gusto para las peores lenguas.

Caleb no tenía la menor gana de convertirse en el protagonista de semejantes chismes. Por ese motivo, solía pasar las horas en la vasta biblioteca de los Damian, un refugio repleto de volúmenes fascinantes, aunque interrumpido a menudo por las propuestas de Jade para disputar un combate de esgrima. Y, para su propia sorpresa, los marcadores se mantenían equilibrados en un empate constante.

“……¿No te cansas?”

“Es un muro que debo superar tarde o temprano.”

“¿A mí?”

“Exacto.”

Aquel día, Caleb volvió a arrebatarle una victoria a Jade. En el duelo de la semana anterior, las tornas se habían invertido y Caleb había terminado perdiendo tras dejar caer la espada. La diferencia de nivel entre ambos era milimétrica. Y precisamente por medirse con alguien de sus mismas capacidades, los dos progresaban a pasos agigantados. Tanto Jade como Caleb. Los caballeros de la casa Damian observaban ya aquellos entrenamientos como si de manuales de táctica se trataran. Si se trataba de doblegar al rival a base de pura fuerza bruta, Jade llevaba la delantera; pero si el objetivo era deslumbrar la vista del oponente mediante la velocidad, Caleb superaba al marqués. Ver chocar estilos tan contrapuestos resultaba equiparable a leer una obra maestra imperdible para cualquier espadachín.

“Acompáñame la próxima vez también.”

“Ya veré.”

Caleb sentía el cuerpo pegajoso por culpa del sudor que le cubría de arriba abajo. Mientras se secaba las gotas que le resbalaban por la barbilla, Jade dio orden a un sirviente de preparar el baño. Ante la indicación, Caleb frunció el entrecejo de inmediato.

“No voy a bañarme contigo.”

Jade soltó una carcajada abierta ante su respuesta. Aunque no solía carecer de perspicacia, le resultaba imposible descifrar el propósito oculto tras aquella risa. Sin darle más vueltas, Caleb devolvió su espada al armero, regresó a sus aposentos y se despojó de las ropas. Al adentrarse en la bañera provista de agua caliente humeante, la puerta del lado opuesto se abrió de par en par. La aparición de Jade provocó que el ceño de Caleb se contrajera con fuerza.

“Veo que tu risa solo significaba que ibas a ignorar por completo mis palabras.”

“Me alegra que por fin te hayas dado cuenta.”

“Al menos ten la decencia de dejar que me atiendan los sirvientes cuando tú no estés.”

“De nada de eso, prefiero encargarme yo mismo de atenderte.”

“Ha……”

Exhalando un suspiro de resignación, Caleb hizo un gesto displicente con la mano y se reclinó contra la pared de la bañera, concediéndole hacer lo que le viniera en gana. Jade se quitó la bata de baño y entró en el agua completamente desnudo. Con su peso, el nivel del agua, que ya estaba al límite, rebosó salpicando con estrépito las baldosas. Y sin detenerse ahí, avanzó directamente hacia Caleb. Este frunció el entrecejo con desconfianza.

“No pretendo tocarte con malas intenciones.”

“¿Entonces?”

“Solo quería estar un poco cerca de ti.”

Caleb alzó una ceja, limitándose a observar en silencio sus movimientos. Jade lo atrajo hacia su pecho, acomodándose contra el respaldo de la bañera. De este modo, la espalda de Caleb quedó apoyada de manera natural contra el torso de Jade. El muchacho se preguntó en qué estaría pensando el noble para perpetrar semejante imbecilidad. Mientras tanto, al parecer satisfecho con la postura, Jade comenzó a restregarse contra la nuca del contrario mientras emitía un sonido gutural de satisfacción. ¿Acaso se creía una maldita bestia de carga?

Tras pasar unos instantes frotando los labios contra su nuca, Jade alargó el brazo para alcanzar la pastilla de jabón depositada en el borde de la bañera. Tras generar una abundante capa de espuma entre sus manos, comenzó a pasarlas con suavidad por el cuerpo de Caleb. En pocas palabras, había decidido ponerse a lavarlo como si tal cosa. Caleb lo contempló boquiabierto, incapaz de dar crédito a la escena.

“¿Hm? ¿Qué pasa?”

No era, desde luego, la clase de tarea propia de un aristócrata. Pese a ello, Jade preguntó con total naturalidad, como si no hubiera nada extraño en su proceder. Caleb se quedó mudo. No sabía si debía sentirse impresionado por semejante despliegue de devoción o asumir de una vez que el susodicho carecía de todo orgullo nobiliario. Las manos enjabonadas y suaves recorrieron los firmes antebrazos de Caleb para deslizarse de inmediato hacia su pecho. En un reflejo defensivo, Caleb atrapó su muñeca. Con una expresión genuinamente despistada, Jade parpadeó.

“¿Por qué?”

“……Por nada.”

Caleb lo examinó con recelo, pero aquellas pupilas doradas carecían por completo de rastro alguno de deseo. Cuando el marqués albergaba intenciones lascivas con él, la lujuria solía reflejarse sin tapujos en su mirada, por lo que resultaba seguro deducir que esta vez no era el caso. Las manos expertas continuaron masajeando su pecho mientras esparcían la espuma.

“Ugh……”

“Caleb, si no estoy haciendo nada.”

Desde luego, no era una frase muy coherente mientras le manoseaba los pectorales. Cada vez que los dedos de Jade aprisionaban ligeramente sus pezones entre su tacto, el cuerpo de Caleb daba un respingo involuntario. Al mirarlo de nuevo, los ojos de Jade seguían brillando con una limpidez desconcertante. Había algo en todo aquello que no encajaba. Convencido de que la exploración de su pecho ya había durado demasiado, Caleb giró los hombros para apartarse. Sin mostrar mayor terquedad, Jade obedeció y descendió las manos hacia su abdomen, recorriendo la parte alta del vientre para luego bajar hasta el ombligo y delinear, uno a uno, los relieves de sus músculos abdominales bien definidos. La espuma del jabón flotaba a la deriva sobre la superficie del agua.

Llegados a este punto, las manos de Jade ya no necesitaban coartadas; se movían desnudas de artificios. Sin embargo, sus dedos se abrieron paso entre las piernas de Caleb, masajeando con parsimonia la cara interna de sus muslos. El cuerpo de Caleb, adormilado por el calor del agua, descansaba lánguidamente contra el pecho del otro.

“……Tú, estás rozando donde no debes.”

El instante en que Caleb comprendió el motivo de su incomodidad fue cuando sintió la sólida erección de Jade presionando directamente contra la base de su columna. Un sonido ronco y divertido brotó de la garganta del noble.

“Cada vez que te toco, me pongo así. Es algo que no puedo evitar.”

“……”

Caleb seguía sin entenderlo en absoluto. Teniendo a su entera disposición a un sinfín de omegas de alta cuna merodeando por los alrededores, ¿qué clase de obsesión lo empujaba a comportarse de este modo con un alfa semejante? De haber preferido a un omega en condiciones en lugar de enredarse con otro alfa, se habría ahorrado semejante maraña de complicaciones, por no hablar de sus propios planes originales…….

“¡Ugh……!”

Interrumpiendo sus cavilaciones, los dedos de Jade envolvieron su pene con firmeza.

“¡Hasta ahí podíamos llegar……!”

“No pasa nada. Solo un poco.”

Con un ritmo pausado, como si estuviera enjabonándole una extremidad más, Jade comenzó a acariciarlo, provocando que una oleada de sangre caliente descendiera de golpe hacia la entrepierna de Caleb. Las feromonas de ambos comenzaron a exhalarse e impregnar el baño por completo, densas y entrelazadas como la última vez. El ambiente se cargó con un aroma pesado que recordaba a un tabaco agridulce y embriagador. Aquella mano áspera friccionando su pene avivaba una urgencia desesperante. Su respiración se volvió pesada y irregular. Al notar el jadeo contenido de Caleb, Jade le susurró directo al lóbulo de la oreja:

“¿Qué pasa, te sabe a poco?”

“Maldito seas…….”

No iba a dejarlo pasar simplemente haciéndose el inocente. Mientras en la academia se dedicaba a sonreír con segundas intenciones ocultas, ahora que se encontraba bajo su mismo techo adoptaba una fachada de santurrón, ¡maldito seas, Jade Damian! Apretando los dientes con rabia, Caleb apartó la mano del otro a empujones, aunque no había mucho que pudiera hacer para remediar su propia erección, ya consolidada. Tampoco pensaba masturbarse a solas en su presencia; al fin y al cabo, cualquier decisión que tomara terminaría beneficiando de un modo u otro a Jade.

Caleb se incorporó de golpe. El agua salpicó con fuerza mientras intentaba salir de la bañera a toda prisa. Resolver el asunto uno mismo en la privacidad de su habitación parecía una alternativa mucho más digna. No obstante, en el preciso instante de la huida, Jade le aferró la muñeca sin brusquedad pero con firmeza.

“¿A dónde vas?”

“A cualquier lugar donde no estés tú.”

“Eso me parece un poco problemático. Todavía no has terminado de bañarte.”

“……”

¿Y de quién demonios era la culpa? Al volverse para fulminarlo con la mirada llena de irritación, Jade le dedicó una sonrisa boba, lo ayudó a salir y lo sentó directamente sobre el reborde de la bañera. Sin previo aviso, comenzó a masajearle con mimo las zonas que habían quedado sin jabón: los muslos, las rodillas, las pantorrillas y los pies. Caleb lo miraba con una expresión de absoluta perplejidad, incapaz de procesar el esperpento de situación que estaba protagonizando. Verlo entrelazar los dedos de sus manos con los de sus pies para frotarle la piel rayaba en lo grotesco.

Por mucho que formara parte de la nueva aristocracia emergente, seguro que había crecido rodeado de lujos y comodidades. ¿Dónde demonios se había educado para aprender semejantes costumbres? Con los ojos medio cerrados por la incredulidad, Caleb lo observó mientras Jade le regalaba otra de esas sonrisas capaces de engatusar a cualquiera. Tenía una luminosidad impropia de este mundo, parecía un maldito rayo de sol. Muy al contrario que él. Caleb exhaló un suspiro de derrota.

“Ya estoy limpio, así que enjuágame y me voy.”

“De acuerdo. Te buscaré en cuanto termine.”

“Estaré en la biblioteca. No se te ocurra buscarme.”

“Ah, ¿en la biblioteca?”

“Exacto.”

Tras asearse por completo, Caleb abandonó el cuarto de baño, dejando que Jade asintiera satisfecho ante la mención del estudio. Una vez de regreso en su alcoba, se secó el cuerpo de cualquier manera y frotó sus cabellos húmedos con desgana. Habría sido un auténtico milagro que el marqués no hubiera decidido irrumpir en su habitación nada más terminar su propio baño con la excusa de secarle el pelo. Desgraciadamente, secarle los cabellos parecía haberse convertido en otra de las obligaciones ineludibles asignadas al propio Jade.

capítulo 12

“¿Si lo hubiera sabido, habríamos compartido habitación, ¿no crees?”

“¿Eso es lo que piensas?”

“No, joder.”

Caleb, sentado frente al tocador en la silla del dormitorio, le soltó aquellas palabras a Jade, quien se encontraba detrás de él secándole los cabellos con una toalla. Jade le había respondido sin tacto alguno y se había ganado una buena reprimenda. Caleb chasqueó la lengua con fastidio antes de contemplar la melena a medio secar. Habiendo crecido entre lujos desde la cuna, sus torpes movimientos denotaban falta de práctica, pero verlo esforzarse con semejante empeño resultaba casi cómico. ¿Es que no tenía nada mejor que hacer? Aunque, bien mirado, seguro que sí.

Habiendo terminado la academia, lo lógico era que le aguardaran un sinfín de obligaciones. Tenía que aprender a gestionar los asuntos de la casa como es debido y labrarse una posición sólida tanto en la política como en los círculos de la alta sociedad. Por supuesto, dado que el marquesado ya contaba con un estatus consolidado, le bastaría con ocupar el puesto preestablecido; aun así, el futuro cabeza de familia no podía permitirse mostrar debilidad ni dar pie a que los demás lo subestimaran.

‘Al menos debería demostrar que es un tipo competente.’

Y, en ese mismo sentido, la situación de la propia familia de Caleb, la casa Enders, se hallaba en un punto verdaderamente crítico.

‘Caer en desgracia y terminar siendo rescatado por las manos de tu peor enemigo lo dice todo.’

Por si fuera poco, habían enviado al hijo menor como si de un rehén político se tratara para casarlo con la familia de su archienemigo. Las habladurías debían de ser insoportables. Más aún cuando se trataba de un matrimonio concertado entre dos alfas. Sin duda, los corrillos debían de hervir debatiendo sobre la capacidad del actual patriarca y del heredero. Con gesto indiferente, Caleb apartó la mano de Jade a empujones, indicando que su cabello ya estaba prácticamente seco y que con eso bastaba. Con una expresión de genuino pesar, Jade rozó una última vez las puntas de sus mechones antes de retirarse.

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“Te lo repito por última vez: voy a cambiarme de ropa y me iré a la biblioteca. Búscate algo útil que hacer, yo ya me entretendré solo.”

“Mis deberes……”

“Decir que no tienes ninguno es una mentira evidente.”

“……”

Jade se quedó en silencio, sintiendo que la había dado de lleno en el blanco. Caleb exhaló un suspiro pesado y agitó la mano en señal de despedida. Tras deshacerse de la bata de baño, percibió la intensa mirada de Jade clavada directamente en su espalda. Aquel escrutinio tan denso, que parecía recorrer cada una de sus vértebras como si pudiera palparlas físicamente, lo incitó a vestirse por sí mismo con las prendas que los sirvientes habían dejado preparadas. Para Jade, aquello supuso una pequeña decepción.

“Deberías dejar que los sirvientes se encarguen de esto con normalidad. ¿Acaso crees que necesito que me vistas tú con tus propias manos?”

“……Pero es que.”

“Vas a estar mucho más ocupado de ahora en adelante. Más que nunca.”

“……Aun así.”

“¿Por qué te empeñas en hacer berrinches como un niño? Al fin y al cabo, mi cuerpo es perfectamente accesible para ti siempre que se te antoje.”

“……”

Ante sus palabras, Jade guardó silencio por un momento. Cuando Caleb terminó de abrocharse la ropa y se giró, se encontró con que el marqués ostentaba una expresión indescifrable. Resultaba imposible averiguar si estaba de buen o mal humor; era un semblante verdaderamente extrañado. En aquel rostro, Caleb distinguió al mismo tiempo un atisbo de júbilo y la expresión torpe de un niño que acababa de acertar por pura chiripa en una respuesta incorrecta. Caleb le dedicó una sonrisa de mofa.

“¿Y qué más da que ahora resulte que estabas equivocado en algo, Jade Damian?”

Dicho esto, Caleb abandonó aquel lugar que ahora hacía las veces de su propia habitación. Acto seguido, echó a andar con la intención de localizar la biblioteca, el único sitio del que le habían indicado la ubicación. No tenía la menor intención de patearse toda la mansión a ciegas; a fin de cuentas, a diferencia de la casa Enders, allí pululaban numerosos criados, así que bastaría con preguntarle a cualquiera de ellos por el camino correcto.

Y justo en el momento en que sopesaba esa idea, alguien apareció al doblar la esquina del pasillo. Era un rostro que ya había visto antes: el mayordomo de la mansión. La misma persona que lo había recibido el día de su llegada. Caleb no dudó en llamarlo.

“¿Mayordomo?”

“Ah, es usted, el prometido del joven amo. ¿Se le ofrece algo?”

“Verá, estoy buscando la biblioteca. ¿Podría indicarme cómo llegar?”

“No supone ninguna molestia. Sígame, por favor.”

“¿No estabas ocupado con otras tareas?”

“No hay labor más importante que atender al prometido del joven amo. No se preocupe por eso.”

Con un tono afable, el mayordomo comenzó a guiarlo. Siguiendo sus pasos, Caleb descendió un tramo de escaleras y recorrió un par de pasillos más hasta dar con el acceso a la biblioteca. Las puertas dobles eran de unas dimensiones imponentes, lo que sugería que el fondo bibliográfico superaba con creces sus expectativas iniciales. Para alguien que no tenía absolutamente nada que hacer, aquello constituía una excelente noticia.

“Dejaré a un criado a su disposición por si requiere algo; solo tiene que tocar la campanilla. Encontrará una sobre la mesa del interior.”

“Entendido.”

Tras abrir las puertas personalmente, el mayordomo lo invitó a pasar al interior de la biblioteca. Una vez que el pesado portal se cerró con un chasquido a sus espaldas, los pasos del empleado se fueron desvaneciendo por el pasillo. Caleb echó un vistazo general a la estancia. Las únicas fuentes de luz natural provenían de los ventanales situados junto a los escritorios de lectura, y el ambiente se percibía agradablemente seco. Acercándose a una de las interminables hileras de estanterías, comenzó a examinar los lomos de los libros.

No había nada que llamara especialmente su atención. La gran mayoría de los volúmenes trataban sobre materias impartidas en la academia o conocimientos propios de la alta alcurnia. Eran lecturas destinadas a la formación que el propio Jade habría recibido de haber tenido hermanos varones, o quizás alguna hermana, dado que la academia continuaba siendo un feudo exclusivamente masculino.

Caleb sopesó qué leer entre tanta variedad. En realidad, lo que de verdad le urgía en ese momento era comprender a fondo el funcionamiento de aquel clan. Pese a los constantes enfrentamientos, jamás se había molestado en indagar en los cimientos de la familia Damian. En el pasado había considerado innecesario estudiar la historia de una casa nobiliaria de trayectoria tan breve, pero ahora comprendía lo estúpido que había sido pensar así.

“Tratándose de alguien que ha amasado semejante poder en tan poco tiempo, con más razón debería conocer sus raíces.”

Murmuró para sus adentros mientras serpenteaba entre las estanterías, albergando la esperanza de hallar algún tratado genealógico o histórico sobre los orígenes de la familia, aunque dudaba que estuviera disponible en una sección de acceso general. Tras rebuscar en el rincón más recóndito, dio por fin con una sección dedicada a la historia familiar. El volumen que parecía contener los anales genealógicos de los Damian era considerablemente más delgado que un libro común, pero ostentaba una encuadernación de lujo. Por lo visto, habían redactado monografías individuales para cada figura clave en lugar de un único tomo mastodóntico, de modo que el archivo constaba de varios ejemplares, sin llegar a ser abrumador.

Caleb extrajo el primer tomo de la colección, centrado en el patriarca pionero. Aquello no parecía una autobiografía al uso, sino una crónica redactada por descendientes posteriores que ensalzaba la genialidad comercial de su antecesor. Incluso aplicando un margen generoso a la inevitable exageración familiar, las proezas logradas por aquel hombre resultaban colosales. A fin de cuentas, gracias a aquellos cimientos, los Damian habían logrado escalar posiciones hasta alcanzar el rango de marquesado.

“Así que compró el apellido y un título nobiliario en decadencia mediante su fortuna para acabar heredando el estatus de cabeza de familia.”

Era una práctica habitual entre los nuevos ricos de la aristocracia emergente. De hecho, existía la creencia popular de que ese método era mucho más ortodoxo que intentar ganarse el favor real mediante hazañas militares. ¿Un marquesado, nada menos? Una posición así no era algo a lo que pudiera aspirar a la ligera una familia como los Enders, que se había arrastrado como condes durante el último siglo.

Caleb devolvió el libro a su sitio y continuó hojeando otros ejemplares. Como era de esperar, todavía no existían volúmenes dedicados a Jade Damian ni a su progenitor, seguían con vida. Con un leve chasquido de lengua por la decepción, cogió un tomo cualquiera al azar y se encaminó hacia uno de los sofás bañados por la luz del sol para empezar a leer. Matar el tiempo con la lectura era el menor de sus problemas; no era más que puro aburrimiento.

* * *

Jade había sido expulsado prácticamente por Caleb y se encontraba sentado en su despacho para ocuparse del trabajo acumulado. Tal como había señalado Caleb, la carga laboral era considerable; o, mejor dicho, se había amontonado de forma alarmante. Aunque por el momento su padre se encargaba de la gestión práctica y todo marchaba sobre ruedas, eran responsabilidades que tarde o temprano recaerían íntegramente sobre sus hombros al asumir el título.

“Has venido antes de que el marqués decida venir a rompernos la cabeza.”

Comentó su ayudante, asistiéndolo de cerca. Jade revisó unos legajos con desgana, firmando los documentos mientras respondía:

“Yo también tenía pensado venir a estas horas.”

“Ya veo. Desde que llegó su prometido, ha estado tan embobado que temíamos que no volviera a pisar la oficina.”

“……Dije que pensaba venir.”

Ni el propio Jade era consciente de poseer semejante faceta. Del mismo modo que Caleb era implacable con sus obligaciones, Jade compartía esa misma exigencia; de lo contrario, no habría logrado mantener un nivel capaz de rivalizar con él durante toda la etapa en la academia. Sin embargo, el simple hecho de saber que aquel mismo Caleb se hallaba ahora bajo su mismo techo le hacía perder la chaveta por completo. Su mayor deseo era pasar el tiempo entero aferrado a su lado, pero la cruda realidad se lo impedía.

“Mi objetivo es dejar todo esto finiquitado antes de la cena.”

“¿Disculpe? ¿Todo este volumen?”

“Léanlo como si les fuera la vida en ello.”

Jade hablaba completamente en serio, y al percibir semejante determinación en su mirada, los ayudantes pusieron cara de consternación. ¿Acaso las cosas no habían sido bastante tensas entre ellos durante la academia? Si tanto deseaba estar con él, podría haberse esforzado en conquistarlo de otra manera en lugar de mantenerlo confinado en habitaciones separadas y andar con tantas exigencias. No obstante, al no atreverse a articular semejante reproche en voz alta, a los subordinados no les quedó más remedio que devorar los expedientes con una chispa de desesperación en los ojos.

Aunque Caleb le había advertido que se mantendría en la biblioteca y que no lo molestara, lo prudente sería ir a buscarlo a la hora de cenar. Los padres de Jade le habían sugerido que hicieran comidas separadas hasta que Caleb lograra familiarizarse por completo con la mansión. Jade comprendía los motivos de su familia y había dado su visto bueno a la propuesta. No cabía duda de que harían falta algunas apariciones sociales para que el muchacho fuera aceptado y dejara su impronta, pero no pretendía agobiarlo con presiones innecesarias desde el principio.

‘Terminaré el trabajo antes de la cena para comer juntos. Después lo acompañaré a su habitación y……’

Jade sopesaba las distintas formas de facilitar la adaptación de Caleb a su clan. No obstante, por mucho que se devanara los sesos, se antoja difícil imaginar que Caleb pudiera encariñarse jamás con los Damian. Él mismo lo sabía de sobra. Caleb era el tipo de hombre que necesitaba estar siempre y en todo lugar por encima de los demás; una realidad de la que ya se había percatado durante sus estancias en la casa Enders.

‘Ese imbécil de su hermano mayor jamás sería capaz de liderar a la familia.’

Por razones que se le escapaban, los Enders sentían una debilidad inexplicable hacia su primogénito, y al parecer pretendían empujar a la política a aquel alfa cuyo intelecto ni siquiera le llegaba a la suela de los zapatos a Caleb. Para Jade resultaba incomprensible. Por mucho que la tradición dictara ceder el testigo al hijo mayor, si este carecía por completo de aptitudes, lo sensato habría sido cederle el puesto al segundogénito.

‘Caleb debe de pensar que la familia no puede sobrevivir sin él……’

En la academia, Caleb se había mostrado infinitamente más activo que nadie. Más que una persona obsesionada con brillar por méritos propios, parecía entregado en cuerpo y alma a enaltecer el nombre de su estirpe. No era la actitud propia de un segundogénito abocado a vivir relegado al margen del marquesado.

‘Era más bien la conducta de alguien que pule con esmero lo que considera suyo.’

Mientras leía con agilidad y firmaba sin pausa, Jade detuvo el movimiento de la mano de repente. Caleb era un individuo de una tenacidad escalofriante. Aunque en esta ocasión había salido adelante con la ayuda de la princesa, en la academia le había tendido emboscadas de las que apenas había podido librarse en más de una ocasión.

“Si los nuevos ricos hemos logrado plantar cara a la vieja guardia con tanta fuerza en esta promoción, se debe única y exclusivamente a Caleb.”

Aunque las luchas de facciones dentro de la academia no se libraban de forma explícita, los enfrentamientos de poder a través de notas académicas y torneos oficiales eran constantes. En especial, las justas de esgrima celebradas de manera anual lo habían obligado a cruzarse con Caleb una y otra vez.

“Con solo ver eso, queda claro hasta qué punto le importa su familia.”

A pesar del juicio severo que le merecía el hermano mayor, los Enders terminarían sosteniendo su estatus únicamente gracias a las manos de Caleb.

‘¿Lo hace por afecto a los suyos?’

Recordó de pronto el profundo desconsuelo que el muchacho había manifestado al enterarse del nuevo embarazo de su madre. Quizá, en el fondo, lo único que deseaba Caleb era permanecer en un segundo plano, sosteniendo el peso de su casa de manera silenciosa.

‘Seguro que anhela regresar.’

Al albergar ese pensamiento, la mano que aferraba la pluma se tensó con fuerza.

‘……No, debo pensar con claridad. Al fin y al cabo, es un trato cerrado. No hay vuelta atrás, por mucho que lo intente.’

Pero tratándose de Caleb...

Quizá fuera capaz de hallar algún resquicio o método que él ni siquiera sospechaba. No confiando en la mera «buena suerte» que a él le había sonreído para atraparlo, sino tejiendo los hilos pacientemente, paso a paso. La sola idea le provocaba una rabia insoportable; un chasquido seco resonó en la estancia cuando el cuerpo de la pluma cedió a la presión de sus dedos y se partió en dos. El sonido sobresaltó a su ayudante, quien se apresuró a llamarlo:

“Joven amo, ¿se encuentra bien de la mano?”

“Ah, lo siento. Estaba distraído pensando en otras cosas.”

“¿No se habrá lastimado?”

“No me he hecho nada. ¿Podrías darme otra pluma?”

“Vaya, aquí tiene. Aunque, si se puede saber, qué le ronda la cabeza para...”

“No es nada.”

Jade agitó la mano con una sonrisa afable. Cuanto más abrumado se sentía por sus propias emociones, mejor se le daba ocultarlas; era una de sus grandes virtudes. Aunque con Caleb esa habilidad pareciera desmoronarse por completo. Volvió a concentrarse de inmediato en la montaña de expedientes que aguardaba sobre la mesa. Al fin y al cabo, Caleb despreciaba por encima de todo a los irresponsables que eludían sus deberes.

“Si quiero terminar de revisar todo esto antes de cenar, no tengo tiempo para distracciones.”

“……¿Lo decía en serio?”

“Por supuesto.”

Dicho aquello, ignorando al subordinado que se apresuraba a retirar los restos de la pluma rota, retomó la lectura con una herramienta nueva. Examinaba los documentos con la velocidad y rigor de quien rinde un examen definitivo, clasificando los aprobados a la derecha y aquellos que requerían un nuevo estudio a la izquierda, entregándose de lleno a su labor.

“A todo esto, ¿cómo van los preparativos para la ceremonia de compromiso?”

Inquirió Jade sin levantar la vista de los papeles. Uno de sus ayudantes le respondió al instante:

“Según las palabras de la señora, se está organizando con la mayor celeridad posible.”

“……Una respuesta un tanto ambigua tratándose de mi madre.”

“¿Acaso una ceremonia de compromiso se despacha de la noche a la mañana?”

Organizar un evento semejante requería al menos un mes de preparativos. Sin embargo, en los Damian preferían pecar de prudentes antes de precipitarse y arruinar la ocasión por culpa de las prisas.

De este modo, se sumergió de nuevo en sus obligaciones sin permitir que nada lo distrajera.

Transcurrió el tiempo. Cuando por fin dio por concluida la revisión del último legajo, los últimos rayos del sol ya se habían esfumado, tiñendo el horizonte de sombras. Tras trabajar de forma ininterrumpida, Jade apartó la pluma con los dedos agarrotados; los músculos de su mano protestaban tras horas de esfuerzo continuo. Se estiró despacio y dirigió una mirada a sus ayudantes, quienes mostraban un aspecto igualmente abatido.

“Han hecho un buen trabajo.”

“Sí……”

“Pueden retirarse a descansar. Yo también terminaré por hoy.”

Jade se puso en pie y abandonó el despacho sin demora, encaminándose directamente hacia la biblioteca donde Caleb debía de estar pasando las horas. A colación de aquello, le había dado instrucciones de asignarle un servicio propio de criados competentes. Aunque no le hiciera ninguna gracia que otros sirvientes rondaran su intimidad, el razonamiento de Caleb era incuestionable. Al pasar junto a uno de los criados que aguardaban en el pasillo, le ordenó:

“Selecciona a cuatro o cinco sirvientes diligentes y ponlos a disposición de Caleb. Procura que no hagan nada que pueda alterar su humor.”

“Comprendido.”

Con pasos firmes, recorrió el pasillo, descendió un nivel y se detuvo ante las puertas de la biblioteca. Cuando los empleados hicieron ademán de abrirlas, Jade los frenó con un gesto silencioso de la mano y empuñó el picaporte con sumo cuidado, procurando no emitir el menor ruido. Si el muchacho se hallaba inmerso en la lectura, prefería no importunarlo. Sin embargo, al cruzar el umbral, la escena que apareció ante sus ojos era bien distinta: Caleb reposaba recostado contra el respaldo del sofá con los ojos cerrados. Tenía un libro apoyado sobre el pecho y su semblante delataba cierto cansancio tras haber cedido al peso del sueño.

Dejando a los sirvientes al otro lado, Jade cerró la puerta con suavidad y se acercó sigilosamente, amortiguando sus pisadas hasta detenerse junto al durmiente. El volumen que descansaba sobre su torso trataba sobre los anales históricos del imperio; los mismos textos áridos que él mismo había tenido que memorizar para los exámenes de la academia. Al reparar en el detalle, una sonrisa agridulce brotó en sus labios. ¿Acaso se encontraba añorando aquellos tiempos en los que estudiar en la academia parecía un problema menor?

“……”

Estuvo a punto de llamarlo por su nombre, pero los labios de Jade se detuvieron a medio camino. Incapaz de pronunciarlo, alargó el brazo y rozó con el pulgar la línea de sus largas y oscuras pestañas. Pudo percibir cómo el pelo negro y denso se estremecía levemente al contacto con la yema de sus dedos. Aquel reflejo defensivo bastó para que el muchacho abriera los ojos de inmediato. Jade le dedicó una sonrisa cómplice.

“No esperaba despertarte.”

“……Me había propuesto solo cerrar los ojos un instante porque la vista me pesaba.”

Caleb enderezó la postura de golpe, retiró el libro de su regazo y lo depositó sobre la mesa baja frente al sofá.

“¿A qué viene releer de repente la historia imperial?”

“Por matar el tiempo. No encontraba nada más interesante a mano.”

“Tendré que encargar que traigan más variedad de volúmenes.”

Jade le tendió una mano invitándolo a levantarse.

“Vamos a cenar. Lo haremos a solas; mis padres se mantendrán al margen durante un tiempo.”

“Agradezco semejante derroche de consideración.”

“Posees una agudeza insoportable.”

“Ser un ignorante en mi situación sería un insulto a la inteligencia.”

“……¿Acaso tienes la costumbre de responder con semejante desparpajo a todo el mundo, pertenezcas a la vieja aristocracia o no?”

“¿Te molesta?”

“En absoluto.”

Caleb apartó la mano que le ofrecía y se levantó por su propio pie. A causa del sopor reciente, una atmósfera extraña y lánguida parecía envolverlo. Jade mordisqueó su labio inferior mientras reprimía una sonrisa.

‘Ruega a los dioses para que no la armemos durante la cena.’

Se repitió mentalmente en un ruego silencioso.

Capitulo 13

Tras una breve oración, Jade condujo a Caleb de regreso a sus propios aposentos. Ya había dado instrucciones previas para que la cena quedara dispuesta allí mismo. El comedor principal estaba reservado para sus padres, y lo de habilitar un comedor secundario no era más que una excusa barata. La auténtica razón era que prefería disfrutar de la intimidad con Caleb, a solas y en su propia habitación.

“No creo que hiciera falta cenar obligatoriamente en tu cuarto.”

“Tómalo como un capricho personal por mi parte.”

“Supongo que tendré que armarme de paciencia y tragar con esto.”

Ante esas palabras, Jade esbozó una sonrisa. La expresión de resignación en los labios del otro le resultó dolorosa. Era evidente que Caleb no albergaba ni la más mínima pizca de confianza en él. Al fin y al cabo, apenas había transcurrido un día desde su llegada, por lo que resultaba de lo más lógico. Jade retiró la silla de la izquierda, recién incorporada al mobiliario, y lo invitó a tomar asiento mientras le servía la comida. Caleb bufó con desdén, pero aun así obedeció y se sentó. Llegados a este punto, era preferible resignarse y acostumbrarse a la situación.

“Las invitaciones para nuestra ceremonia de compromiso se distribuirán lo antes posible.”

“Ya habías mencionado algo al respecto.”

“¿Te parece que nos estamos dando demasiada prisa? Descuida, no será un evento chapucero.”

“Si vuestra familia se lo propone, no hay nada que se resista. Lo que es de justicia es reconocerlo.”

“Jaja. Me resulta de lo más curioso recibir un cumplido de tu parte.”

Caleb era plenamente consciente del poderío económico y social que ostentaban los Damian. Tal como había descubierto en la biblioteca, sus antepasados habían sido auténticos genios de las finanzas, y esa estirpe comercial no había perdido fuelle con las generaciones. Sin ir más lejos, el actual patriarca —el padre de Jade— era considerado un virtuoso de las inversiones cuyos logros resonaban con fuerza tanto en los círculos aristocráticos como en la política. En contraste, los dominios de su propia familia se reducían al cobro de impuestos sobre unas tierras cada vez más empobrecidas. Jamás habían cosechado grandes glorias en los conflictos armados, y cualquier tentativa de inversión económica terminaba invariablemente en fracaso. Al comparar la pujanza de los Damian con la decadencia de los Enders, a Caleb se le escapó una risa amarga y prefirió no seguir rindiendo culto a la desgracia.

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‘Tengo que ingeniármelas para levantar a mi familia y ponerla, como mínimo, a su altura.’

Solo así conseguiría que su posición……

Mientras rumiaba esos pensamientos, Jade intervino:

“¿Te gustaría que ayudáramos a tu familia a salir a flote?”

“¿Qué?”

Caleb apartó de golpe sus cavilaciones y lo miró fijamente. Jade le devolvió la mirada con una sonrisa imperturbable en el rostro; exactamente la misma expresión que solía lucir durante sus años en la academia cada vez que intentaba medirle las fuerzas o ponerlo a prueba. Al recordarlo, los labios de Caleb se curvaron en una mueca cínica. Pretendía tantear el terreno una vez más, ¿no es cierto?

“No me parecería una mala idea.”

“Si estás dispuesto a aceptar, puedo facilitarte el acceso a opciones de inversión sumamente seguras. El margen de fracaso es prácticamente nulo.”

“Tratándose de las apuestas de vuestra casa, supongo que será así.”

“Aunque vuestra facción ha sufrido un revés considerable recientemente, si decidimos compartir con vosotros las rutas de inversión que manejamos, podríais recuperar vuestra estabilidad en poco tiempo.”

“……Supongo que sí.”

Caleb aceptó sin poner mayores trabas. Al fin y al cabo, los seres humanos eran presas fáciles de las ventajas inmediatas; y más aún si se trataba de una garantía de rentabilidad tan evidente. Asintió despacio con la cabeza. Era consciente de que, si lograba restaurar el estatus de su linaje sirviéndose de la información de Jade, su atadura a aquella casa se volvería aún más inquebrantable, pero en ese momento la prioridad absoluta era devolverle el brillo perdido a la reputación de los Enders.

“De acuerdo.”

“A cambio, por supuesto, habrá que fijar una contrapartida.”

“Ya me lo esperaba.”

“Jaja, a veces se me olvida que estamos formalmente comprometidos.”

“Los matrimonios de conveniencia funcionan exactamente así, Jade Damian. No lo olvides.”

“……Lo tengo presente. Claro que sí.”

Respondió el marqués sin perder un ápice de su sonrisa amable. Caleb conocía de sobra el trasfondo y los cálculos que se ocultaban tras aquella fachada afable. Pese a todo, prefirió fingir ignorancia y dio un golpecito a la campanilla para dar inicio al banquete. Al sonido del metal, los sirvientes hicieron su entrada portando las bandejas con los platos.

La cena estuvo a la altura de las expectativas, aunque Caleb fue incapaz de retener el sabor exacto de los manjares. Para él, lo que hubiera en la mesa y su respectivo gusto carecían de la menor importancia. Lo verdaderamente crucial era lo que ocurriría una vez finalizada la comida: el precio que Jade le cobraría por sus servicios. Sabía con dolorosa certeza en qué consistiría la exigencia, y esa certidumbre le revolvía las tripas. Al parecer, su desasosiego era tan evidente que terminó por filtrarse en el ambiente, provocando que Jade comentara con una ceja alzada:

“Aunque disfruto enormemente de tu aroma, ¿hasta qué punto te resulta insoportable nuestra compañía como para saturar el aire con tus feromonas durante toda la cena?”

“……Disculpa por ese detalle.”

“No te disculpes, no buscaba escuchar eso.”

Dicho esto, Jade ordenó a los criados que retiraran los platos y despejaran la mesa. En lugar de abrir las ventanas para ventilar, le tendió una mano. Caleb la contempló con hostilidad antes de dejarse asir y permitir que lo condujera de nuevo hacia el cuarto de baño. Pensó que el asedio comenzaría allí mismo.

Sin embargo, para su sorpresa, tras sumergirse juntos en la bañera provista de agua caliente, Jade se limitó a sentarlo sobre su regazo y rodear su cintura con los brazos en un abrazo silencioso, sin mostrar el menor atisbo de malicia o intención lasciva. Aquella moderación desconcertó a Caleb. Aunque, claro, seguro que cambiaría de actitud en cuanto terminaran el baño, o quizá cuando regresaran a la cama. Con esa idea fija en la cabeza, soportó el resto de la higiene, pero al volver al dormitorio, Jade se limitó a ajustarle con cuidado la bata de dormir y se tendió a su lado, atrayéndolo contra su pecho mientras cerraba los ojos. Caleb se quedó completamente mudo de incredulidad, se incorporó de un salto y lo encaró:

“¿Qué demonios crees que haces?”

“¿A qué te refieres?”

“Aún tienes pendiente cobrarte tu parte del trato.”

“Y estoy cumpliendo con mi parte. Hoy vas a dormir conmigo, aquí, en mi habitación.”

“……¿Qué?”

“Si no estuviéramos atados por este acuerdo, ¿acaso no habrías salido huyendo de mi cuarto al primer segundo?”

“……”

“Jamás había oído que compartir el lecho con el propio prometido supusiera semejante suplicio. Si mi prometido es tan quisquilloso, tendré que armarme de paciencia. Además, ayudar un poco a la familia de mi futuro esposo no tiene nada de extraordinario.”

“……”

‘Nuestras familias no están precisamente para andarse con esas confianzas.’ La réplica estuvo a punto de escapársele de los labios, pero Caleb prefirió guardársela; razonar con aquel sujeto solo le acarrearía dolor de cabeza, de modo que optó por dejarse caer pesadamente sobre el colchón. Al ver que se rendía, Jade lo acogió con satisfacción, estrechándolo contra su torso con un movimiento fluido. A pesar de haber tomado un baño minutos antes, la fragancia sutil de las feromonas del alfa seguía impregnando su piel, provocando un leve cosquilleo en las terminaciones nerviosas. A pesar de todo, Jade no aflojó el agarre. Si a él mismo le resultaba una situación tan extraña, para Jade debía de ser poco más o menos lo mismo.

“¿No te resulta incómodo?”

“¿A mí? Para nada.”

“……Eres un cínico de lo peor.”

“¿No es una frase que me has dedicado con bastante frecuencia?”

Caleb optó por el silencio y cerró los ojos. Dudaba seriamente que fuera capaz de conciliar el sueño con un individuo como Jade Damian tumbado a su lado, pero prefería mil veces intentar dormir que seguir enredado en una conversación estéril. Al notar que había decidido guardar silencio, Jade emitió una risita breve y le susurró al oído un buenas noches.

Solo el tic-tac constante del reloj de péndulo rompía el silencio de la estancia, acompañado por el compás a I compás de sus respiraciones entrelazadas. Al comprobar que el sueño no llegaba, Caleb mantuvo los párpados apretados en la oscuridad. Parecía que Jade, recostado a su lado, tampoco había logrado entregarse al descanso. Si iban a pasar la noche en vela de forma tan incómoda, casi habría preferido...

Caleb se enderezó de repente, proyectando su sombra sobre el rostro de Jade. Sin pensarlo demasiado, estiró los dedos y comenzó a rozar los contornos de los ojos del marqués, sabiendo perfectamente que seguía despierto.

“Sé perfectamente que no estás durmiendo.”

“Tienes una facilidad pasmosa para darte cuenta de todo.”

“¿Cómo pretendes que no lo note?”

“Podrías haber disimulado un poco y fingir que dormías.”

“No tengo la menor intención de seguirte el juego. Si vas a comportarte así, mejor hazlo de una vez y acaba con esto.”

“Caleb……”

Jade soltó una carcajada suave. A la luz tenue filtrada por la ventana, los hoyuelos de sus mejillas se marcaron con mayor profundidad. Con delicadeza, le tomó la mano a Caleb y la colocó directamente sobre su propio pecho. Al haber mantenido cierta distancia hasta ese momento, Caleb no lo había notado, pero al entrar en contacto directo con su torso percibió un ritmo frenético. Thump, thump, thump. Los latidos resonaban con una violencia impropia de alguien que supuestamente intentaba descansar.

“Estando así de cerca de ti, ¿cómo esperas que consiga dormir con tranquilidad?”

“…….”

Los dedos de Caleb se crisparon involuntariamente. El golpeteo acelerado que percibía a través de la palma de su mano le resultó de pronto extrañamente ajeno. Aquello no era el reflejo de un simple impulso carnal; la contundencia de aquellos latidos le transmitía una urgencia tan desmedida que amenazaba con desestabilizarlo por dentro.

“Tú…… ¿qué sabrás tú de lo que siento?”

La frase pugnaba por salir de su garganta, pero Caleb se tragó el reproche a tiempo. No tenía la menor intención de abrirle su corazón ni de confesarle sus verdaderos pensamientos. A fin de cuentas, todo aquello debió quedar atrás y desvanecerse como un sueño efímero la misma noche de su graduación. Sin embargo, Jade se había empeñado en arrastrar aquellos sentimientos hasta el presente. Un hombre tan exasperante como detestable por haberlo arrastrado hasta ese punto.

“……Si no tienes intención de hacer nada, déjalo estar.”

“Aunque sé de sobra lo mucho que te repugna esta situación.”

Jade estiró el brazo de nuevo y lo atrajo con firmeza, obligándolo a desplomarse sobre su pecho. Caleb se quedó inmóvil, apoyado contra él, prestando atención al sonido de su corazón. Continuaba latiendo desbocado, como el de un muchacho enamorado por primera vez. Un vértigo repentino invadió a Caleb, obligándolo a cerrar los ojos. Jade, temiendo tal vez que el muchacho se apartara de su lado, intensificó el abrazo rodeándolo con fuerza. A pesar de resultarle incómodo, el rastro dulzón de las feromonas de Jade terminó envolviéndolo, y para su propia sorpresa, Caleb acabó cayendo rendido ante el sueño. Era un auténtico misterio.

* * *

Al despertar a la mañana siguiente, Caleb se descubrió tendido plácidamente sobre el colchón. A su lado, extendido a lo largo, Jade lo observaba con una sonrisa radiante. Al ver que se incorporaba de golpe, el marqués dejó escapar una risa ahogada.

“¿Ya has despertado?”

“¿Me he quedado dormido?”

“Sí. He procurado no hacer ruido para no despertarte.”

“……Tú no has dormido nada.”

“Yo he descansado de maravilla. Teniéndote entre mis brazos, ¿cómo iba a tener razones para no dormir?”

“……Ya veo.”

Caleb replicó con un tono que denotaba cierto alivio, aunque la realidad era que Jade no había pegado el ojo en toda la noche. Era tal como sonaba. Con Caleb acurrucado contra su pecho, la idea de conciliar el sueño resultaba imposible. Su corazón latía desbocado, las zonas bajas de su cuerpo se llenaban de una tensa acumulación de sangre y su mente no paraba de dar vueltas; el entorno era de todo menos propicio para descansar. Aun así, se había limitado a acomodar con delicadeza al muchacho —que parecía profundamente dormido—, pasando las horas muertas contemplando la sombra que proyectaban sus pestañas sobre su piel. Y así, con la mirada, había dibujado y redibujado su rostro una y otra vez hasta que el amanecer hizo acto de presencia.

“Esta mañana haz tus cosas con tranquilidad. Me dirijo directo al despacho.”

“……Como veas.”

“Ah, por cierto, sobre lo que comentamos anoche en la cena……”

Jade se puso en pie y comenzó a recibir la asistencia de los criados para arreglarse.

“¿Te refieres a lo del asunto de las inversiones?”

“Exacto. Te lo facilitaré con antelación para que tú te encargues de hacérselo llegar. Si partiéramos directamente desde nuestra casa, la situación podría resultar un tanto incómoda o fuera de lugar, así que es mejor que seas tú el intermediario.”

“……Te agradezco el gesto.”

“Vaya, es la primera vez que te oigo pronunciar la palabra gracias.”

Tras pronunciar esas palabras y terminar de mudarse de ropa, Jade se acercó a Caleb y le depositó un beso en la mejilla. Ante el gesto, Caleb lo fulminó con la mirada como si se preguntara qué clase de locura era esa, pero el marqués se limitó a responder con absoluta desvergüenza:

“Has hecho méritos para recibir un reconocimiento, así que un detalle así entra dentro de lo razonable.”

“……”

“En fin, que pases una buena mañana.”

“Deducir que volverás a aparecer por aquí por la tarde es lo lógico, supongo.”

“Exacto.”

Dicho aquello, Jade se marchó rumbo a su oficina, dejando a Caleb a solas para llamar a los sirvientes y concluir su aseo matutino. Una vez vestido, al encaminarse de regreso a su estancia provisional, el mayordomo de la mansión lo aguardaba con una misiva.

“Aquí tiene las propuestas de inversión que el joven amo me pidió que le entregase.”

Caleb tomó los folios y comenzó a examinarlos detenidamente. Todos los apartados estaban meticulosamente clasificados para garantizar un rápido retorno de beneficios en plazos cortos de tiempo. Eso sí, la envergadura de las operaciones no era especialmente colosal; claro que, para empezar, era lógico que no le confiaran de entrada los proyectos de mayor envergadura. Caleb se ensimismó, sumido en cavilaciones mientras sostenía los papeles. Si transmitía aquella información a la casa Enders, no cabía duda de que lo recibirían con alborozo. No era una mala opción. Caleb experimentó un silencioso destello de satisfacción. A fin de cuentas, aquello constituía indudablemente una de las piezas angulares necesarias para devolverle el esplendor a su linaje. Así pues, cuando llegara el momento oportuno……

“¿Podría facilitarme papel y pluma para redactar una carta?”

“En seguida, señor.”

Caleb se sentó frente al escritorio, jugueteando distraído con la pluma nueva. Todo aquello le resultaba profundamente ajeno, pero no le quedaba más remedio que familiarizarse con su nueva realidad antes de encontrar el modo de marchar de allí.

Poco después, el mayordomo regresó con un juego de papelería de alta calidad, y Caleb, sin titubear un instante, comenzó a redactar la misiva destinada a su familia. Detalló con precisión quirúrgica dónde debían realizarse los próximos movimientos financieros y cuáles eran los fundamentos que respaldaban tales oportunidades. Al justificar que había logrado recabar información privilegiada sobre las rutas comerciales y financieras de los Damian, su padre y su hermano morderían el anzuelo sin cuestionar una sola palabra.

‘A juzgar por las palabras de Jade, parece dispuesto a seguir facilitándome información de forma constante.’

De ser así, las perspectivas se volvían mucho más favorables. A fin de cambiar las tornas, su propia casa necesitaba aferrarse con fuerza a su posición en la cúpula de la vieja aristocracia. Escribió con firmeza, pensando únicamente en el porvenir de los suyos.

La carta voló hasta encontrar su destino en la mansión de los Enders. Desde hacía semanas, la familia se había encerrado tras sus puertas, volviéndose sorda a los comentarios malintencionados que circulaban extramuros. Tras el intento de magnicidio contra la primera princesa y el consecuente rescate orquestado por el clan enemigo —los Damian—, las burlas y habladurías se habían propagado sin freno por los salones de la política y la alta sociedad, dejando al clan en una situación de bochorno tan absoluta que apenas se atrevían a mostrar el rostro en público.

“A este paso, nuestra influencia quedará reducida a la nada.”

El patriarca de los Enders paseaba por el salón devorado por la impaciencia. Su primogénito, Ivan, intervino con voz contenida:

“De todos modos, se ha demostrado oficialmente que todo aquello no era más que una falsa acusación……”

“¡Eso da igual! ¿Qué se supone que debemos hacer con el compromiso de Caleb……?!”

Haber sido acorralados mediante chantaje político hasta el punto de entregar al segundogénito en matrimonio a la familia de sus archienemigos constituía una mancha indeleble en su honor. Sin embargo, en medio de aquel panorama desolador, la carta enviada por el hijo al que habían sacrificado cayó como agua de mayo sobre terreno seco.

“¿Que ha llegado una carta de Caleb?”

“Sí, mi señor, el remitente es sin duda el joven Caleb.”

“Dámela aquí inmediatamente.”

El conde de Enders arrebató el pliego y lo desdobló a toda prisa. A los pocos segundos, una carcajada estridente retumbó en la estancia.

“¡Está claro que corre por sus venas la auténtica sangre de los Enders! ¡Incluso habiendo caído en las garras del enemigo, no olvida cuáles son sus obligaciones con los suyos!”

“¿De qué se trata, querido?”

Inquirió la condesa de Enders, cuyo vientre ya empezaba a delatar un avanzado estado de gestación. Ivan se apresuró a sostener a su madre para ayudarla a tomar asiento en el sofá. El conde tendió el documento a sus familiares para que comprobaran por sí mismos la información: los puntos exactos de inversión señalados por Caleb, detallando pormenorizadamente los márgenes de rentabilidad y el volumen de ganancias que podían extraer de cada operación respaldada por los Damian. Tras leer los datos, Ivan experimentó una especie de sacudida interna; su semblante se ensombreció de forma imperceptible.

“……Ese chico siempre encuentra la manera de dar con la respuesta correcta sin importar dónde se encuentre.”

“Así es, al final ha resultado ser lo mejor. Siguiendo al pie de la letra estas recomendaciones financieras, lograremos recuperar nuestro estatus en poco tiempo.”

“¿De verdad podemos confiar en esto?”

“Caleb siempre ha sido un muchacho perspicaz y de mente fría. Lo conozco bien.”

Sentenció el patriarca, ordenando de inmediato la presencia del mayordomo para movilizar los fondos disponibles del clan y volcar los recursos en las plazas financieras indicadas por su hijo menor. Mientras presenciaba toda la escena, las pupilas azuladas de Ivan brillaban con una intensidad sombría, al tiempo que mordisqueaba con saña el interior de su labio inferior. Al percatarse del gesto, la madre dirigió su atención hacia él:

“Ivan, es cierto que tu entrada en la política se ha visto retrasada por todo esto, pero ten paciencia. Con Caleb allanándote el camino de esta manera, es imposible que fracases.”

“……Supongo que sí.”

“Por supuesto que no.”

Ivan forzó una sonrisa rígida para complacerla.

“Si me disculpan, iré a descansar un momento a mis habitaciones.”

“Sí, ve, hijo mío.”

Abandonando el salón de la segunda planta, el joven enfilaron los pasillos hacia el ala superior. O más bien, se dirigió hacia un lugar que ya no pertenecía a nadie: la antigua habitación de Caleb. Aunque los aposentos del muchacho aún conservaban sus pertenencias, no tardarían en ser desmantelados y vaciados por completo. Era algo que el propio Caleb daría por sentado.

Con la mirada teñida de una oscuridad insondable semejante a la de un abismo marino, Ivan cruzó el umbral del cuarto de su hermano y cerró la puerta a sus espaldas. Un segundo después, el estrépito de la vajilla y los ornamentos estrellándose contra el suelo comenzó a filtrarse al exterior. Incapaz de contener la furia, el estruendo de los objetos destrozados rompiendo en pedazos resonaba sin disimulo alguno.

Los criados que aguardaban en los pasillos se limitaron a exhalar suspiros de resignación, mientras los señores, instalados en el piso inferior, permanecían demasiado absortos en sus urgencias financieras como para prestar atención a lo que ocurría arriba. Empuñando la espada decorativa que colgaba de la pared, Ivan arremetió contra el lecho donde Caleb solía dormir, desgarrando los tejidos una y otra vez hasta que, con el pecho agitado y jadeando con violencia, detuvo su arrebato destructivo.

Cuando por fin se inmovilizó, la estancia de Caleb era poco más que un vertedero de escombros. Abrumado por la fiebre del coraje y los movimientos bruscos, Ivan se llevó una mano a la sien, sintiendo cómo las sienes le latían con fuerza y un dolor sordo le zumbaba en el cráneo.

“Se las da de muy listo por haberse graduado con honores en la academia, pero al final…….”

Por más brillante que fuera Caleb o por muchos méritos académicos que acumulara, en aquella casa el primogénito seguía siendo él, y el otro no era más que un segundogénito destinado a servirle de sostén. No había motivo real para inquietarse por el futuro. Ivan dejó aflorar, después de muchísimo tiempo, un rencor viejo y enmohecido. Cada vez que llegaban a sus oídos noticias sobre los triunfos de su hermano menor en la academia, el estómago se le revolvía de pura bilis. Apretando los dientes con fuerza, dejó caer la espada ornamental al suelo y, en cuestión de segundos, su postura recuperó la fachada frágil y apacible que solía exhibir ante los demás.

Abrió la puerta con suavidad y le indicó al servicio con tono afable:

“El cuarto se ha desordenado un poco, por favor, encárguense de limpiarlo.”

“Comprendido, joven amo.”

“Y procuren que mis padres no se enteren de nada.”

“Sí, señor.”

Dicho aquello, Ivan regresó a su propia habitación como si nada hubiera ocurrido.

Capitulo 14

La semana transcurrió en un abrir y cerrar de ojos. Caleb carecía de obligaciones reales que atender. Su estatus como prometido resultaba extrañamente ambiguo; al no haberse celebrado aún el enlace formal, le correspondía un papel difuminado que le impedía inmiscuirse en las labores propias de la esposa del marqués, y mucho menos intervenir en los asuntos internos de la casa Damian. Por esa razón, se limitaba a deambular como una muñeca decorativa entre su habitación y la biblioteca, limitándose a observar aquello que Jade le permitía ver y consumiendo los días en una existencia tan plácida como exasperantemente monótona. Para alguien de su temperamento, el tedio era una condena insoportable. Y fue en medio de esa rutina gris cuando recibió el aviso definitivo.

“La ceremonia de compromiso se celebrará esta misma semana. Al finalizar, habrá un banquete de proporciones modestas. Conviene que empecemos a prepararnos en consecuencia.”

Las palabras brotaron durante una de sus habituales cenas con Jade, una dinámica a la que ya había comenzado a acostumbrarse. Tras apurar el último bocado sin demasiadas pretensiones, Caleb lo miró fijamente y le lanzó una pregunta directa:

“¿Qué clase de imagen esperas que proyecte ante los demás?”

“¿A qué te refieres con qué clase de imagen?”

“Quiero saber si prefieres que actúe como el típico prometido alfa arrastrado a la fuerza o si, por el contrario, buscas que aparentemos una sintonía idílica y perfecta.”

“……Pienso que tal como estamos ahora mismo es más que suficiente.”

“Entendido.”

Caleb asintió con un leve movimiento de cabeza, como si considerara insustancial aquella respuesta. No cabía duda de que la afirmación de Jade escondía un trasfondo distinto; probablemente significaba que no tenía intención de imponerle restricciones excesivas en público.

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“Ya me encargaré de manejarlo a mi manera.”

De modo que optó por tomar las riendas por su cuenta. Pese a advertir una fugaz sombra de inquietud en la mirada del marqués, Caleb no albergaba la menor intención de dinamitar el compromiso ni de arruinar el banquete posterior. Al fin y al cabo, ¿cuál era el propósito de soportar semejante encierro si no era preservar lo poco que quedaba? Con una sonrisa imperceptible en los labios, hizo un gesto para que retiraran los platos apenas tocados y se despidió de su prometido:

“Adelántate. Esta semana tendrás el despacho a rebosar de asuntos pendientes. Yo también haré lo propio por mi parte.”

“……Como quieras.”

Una vez que Jade se marchó, Caleb mandó llamar al mayordomo tras concluir su aseo diario y le formuló una consulta concreta:

“¿De qué cantidad dispongo para gestionar los preparativos del banquete de compromiso?”

“Su presupuesto asciende a ochenta millones de oro, mi señor.”

“……Vaya, parece que no escatiman en gastos.”

Era una suma equivalente al presupuesto anual de una matrona de la alta alcurnia; un dispendio desproporcionado para alguien que, técnicamente, aún no formaba parte oficial de la familia. En cualquier caso, una vez constatada la liquidez de la que disponía, Caleb decidió ponerse manos a la obra con la organización del evento. Daba por sentado que los preparativos de la ceremonia principal corrían por cuenta de la marquesa, lo que significaba que la ingente suma de ochenta millones estaba destinada de forma íntegra a los festejos posteriores.

‘Ya que han depositado semejante voto de confianza, lo mínimo que puedo hacer es estar a la altura de sus expectativas.’

Para sorpresa de cualquiera que observara la situación desde fuera, su adaptación a la casa Damian estaba resultando inusualmente dócil. Nadie era capaz de adivinar qué se cocía realmente en su cabeza, ni siquiera Jade, que lo custodiaba desde la cercanía. Era imposible saber si se había resignado a su suerte o si se limitaba a agachar la cabeza mientras aguardaba agazapado el momento oportuno.

Lo único indudable era que la naturaleza de Caleb no encajaba con la quietud de un recluso. Sin embargo, arruinar la ceremonia estaba fuera de sus planes; hacerlo no haría más que abrir una brecha irreparable y estampar una nueva mancha de deshonor sobre su propia estirpe. Y eso era precisamente lo que trataba de evitar. Lo urgente era encontrar el modo de suturar las heridas del clan Enders.

‘Aunque depender exclusivamente de mis propias fuerzas para lograrlo se antoja complicado……’

Tras sopesarlo detenidamente, tomó una decisión y recurrió de nuevo al mayordomo:

“¿Me sería posible conceder una audiencia con el cabeza de familia?”

“¿Se refiere al señor marquesado?”

“Exactamente.”

“Transmitiré su petición de inmediato.”

“Te lo agradezco.”

“No hay de qué……, señor.”

La naturalidad y el tono cortés con el que Caleb le había agradecido el gesto descolocaron por completo al mayordomo, que tardó unos segundos en recomponerse. Corría el rumor de que los miembros de la casa Enders trataban a la servidumbre poco menos que como a ganado, pero el comportamiento del joven distaba mucho de esa arrogancia. Tras la marcha del sirviente, Caleb se acomodó en silencio junto a la mesa del estudio, aguardando con paciencia. Al notar el mutismo de la estancia, uno de los criados apostados en las inmediaciones se atrevió a preguntar:

“¿Desea que le prepare una taza de té, mi señor?”

“Sí, por favor. Lo que sea, no te preocupes demasiado.”

“Comprendido.”

Los empleados de aquella casa tenían la delicadeza de estar pendientes del estado de ánimo de los amos; una atmósfera cálida que contrastaba radicalmente con la fría indiferencia de los Enders, donde nadie se movía a menos que mediara una orden directa. Aquella sutil calidez le hizo reflexionar sobre lo ajeno que se sentía en aquel lugar.

Un leve sonido metálico resonó en la habitación.

“Aquí tiene, mi señor.”

El criado depositó una tetera humeante junto a una taza de porcelana y sirvió la infusión. Caleb se llevó el recipiente a los labios de forma automática, cruzándose fugazmente por la mente la idea de si alguien se atrevería a poner veneno en su bebida. No obstante, descartó la sospecha de inmediato. Sin duda, en el seno de la familia principal habría quienes miraban con recelo su llegada como prometido; una hostilidad contenida que evidenciaba cuán férreo era el control del patriarca. A fin de cuentas, el poder del núcleo familiar era inmenso, y los parientes de las ramas secundarias no tenían margen alguno para desafiar el orden establecido.

‘Cuanto mayor es el poder central, más autoridad directa concentra el cabeza de familia en sus manos.’

Aunque asumía la perspectiva de aguardar horas enteras una respuesta, el mayordomo regresó a los pocos aposentos mucho antes de lo previsto.

“El señor ha dado su aprobación. Puede acudir a su despacho en este momento.”

“……¿Ahora mismo?”

“Así es.”

Los tiempos se habían cumplido con una agilidad sorprendente; conseguir una cita inmediata con un patriarca de su jerarquía solía ser tarea titánica. Sin embargo, si la oportunidad se presentaba, no cabía dudar. Caleb ajustó los pliegues de sus ropas con presteza y le indicó al criado:

“Pongámonos en marcha.”

Siguiendo los pasos del mayordomo, recorrió los pasillos en dirección a las oficinas principales. Por el camino, divisó la puerta del despacho de Jade. Aunque se hallaba cerrada, la entrada y salida intermitente de los ayudantes dejó la rendija entreabierta el tiempo suficiente para permitirle vislumbrar el interior. Jade aparecía inclinado sobre los expedientes con un gesto de absoluta concentración, una estampa que le retrotraía de inmediato a sus años en la academia y que le arrancó una involuntaria y efímera sonrisa. No tardó, sin embargo, en borrarla del rostro para recuperar la compostura. Tras subir un tramo adicional de escaleras, llegaron por fin frente a los pesados portales del despacho del marqués.

“Hemos llegado.”

Toc, toc.

Ante los nudillos discretos del mayordomo, una voz grave y rotunda resonó desde el otro lado:

“Adelante.”

“Ya puede pasar, mi señor.”

Creeec—.

En cuanto los criados abrieron las hojas de la puerta, Caleb cruzó el umbral con el semblante pétreo. El ambiente del interior era denso y solemne, impregnado de una autoridad pesada. A ambos lados de la sala, varios ayudantes alineados con rigidez guardaban silencio, custodiando rumas de documentos apilados con pulcritud sobre los escritorios, como si su mera presencia allí respondiera exclusivamente al aviso de su visita.

“No era necesario llegar a estos extremos por mi presencia, señor.”

“Retírense todos un momento.”

“…….”

Caleb experimentó un destello de genuina sorpresa al comprobar la rapidez con la que el patriarca había calado sus intenciones. No cabía duda de que la proverbial perspicacia de Jade era un rasgo de familia; al fin y al cabo, su deseo era mantener una conversación a solas, sin testigos de por medio. Obedientes, los subordinados y el personal abandonaron la estancia en silencio. Con las manos cruzadas a la espalda y manteniendo una distancia prudente, Caleb se detuvo frente al imponente escritorio del líder de los Damian.

“He solicitado esta audiencia porque necesito plantearle una petición.”

“Te escucho.”

“Concédame información privilegiada que me permita manipular a mi antojo a la facción de la vieja aristocracia.”

Ante semejante solicitud, el marqués levantó la vista de los legajos que examinaba. El rostro del veterano alfa permanecía esculpido en un hielo absoluto, pero en los ojos de Caleb no asomaba ni el más mínimo rastro de temblor. Se limitó a cerrar los labios, consciente de haber expuesto su propuesta con la precisión de quien cumple un trámite, y aguardó la réplica.

“¿Y qué razones tengo yo para acceder a algo así?”

“Porque a cambio obtendrá un beneficio mayor.”

“¿Un beneficio mayor?”

“Exacto.”

Por primera vez desde su llegada, Caleb le regaló una sonrisa directa.

Clack.

El patriarca depositó la pluma sobre la superficie de la mesa. La propuesta no dejaba de ser fascinante. En un principio, había aceptado acoger al segundogénito de los molestos Enders como una suerte de rehén encubierto para mantenerlos a raya, jamás imaginando que el muchacho se plantaría ante su mesa con semejante oferta en los labios. Tal como aseguraba su hijo, aquel chico poseía un espíritu indomable. No obstante, resultaba insólito que alguien dispuesto a negociar con los intereses de su propia sangre le tendiera la mano de ese modo a la casa Damian.

“Explícate con detalle.”

Sin borrar la curva de sus labios, Caleb comenzó a hablar. Y las palabras pronunciadas en aquella estancia quedaron selladas bajo un pacto estricto de absoluto secreto entre ambos.

* * *

El rumor sobre el compromiso entre la casa Enders y la casa Damian, del que hasta entonces solo se hablaba en susurros, se desató de golpe y sacudió a la alta sociedad por completo. Así que la alianza entre ambas familias era real. Los nobles hacían lo imposible por conseguir una invitación a la ceremonia, y quienes lograban hacerse con una eran objeto de envidia generalizada. Por supuesto, los cotilleos y las especulaciones no tardaron en multiplicarse como la pólvora.

“Así que el atentado de envenenamiento contra la primera princesa fue obra de los Enders……”

“Hay quienes dicen que se trató de una falsa acusación.”

“¿Y de verdad te crees eso?”

“Corre el rumor de que fue la casa Damian la que intercedió para encubrirlo todo tras ser descubiertos.”

“¿Cómo va a lograr un simple noble encubrir un intento de regicidio contra la familia imperial?”

“Según las malas lenguas, hubo un acuerdo secreto de por medio con la propia primera princesa.”

“¿Pero exactamente qué demonios está pasando aquí?”

Entre suposiciones y conjeturas, los aristócratas revisaban una y otra vez el nombre impreso junto al de los Damian. Caleb Enders. No cabía duda de que se trataba del segundogénito recién graduado de la academia. Claro que, puestos a sacrificar a un hijo, entregar al menor era una opción mucho más lógica que arriesgar al heredero. Sin embargo, no todos compartían esa fría lectura de los hechos.

“Caleb……”

Orkan, el joven conde de la casa Veser, contemplaba la invitación que reposaba sobre su mesa con un rostro profundamente ensimismado. Caleb Enders; ¿quién era aquel hombre para él? A pesar de pertenecer ambos al mismo rango de condes, se trataba de un individuo de una competencia tan deslumbrante que el propio Orkan le había cedido el primer puesto de manera voluntaria. Y ahora, un hombre de su calibre había sido vendido a otra familia meramente como moneda de cambio político.

“Esto es inaceptable.”

Orkan sentía como si el ultraje recayera directamente sobre su propia persona. El hombre al que él mismo había reconocido, al que había admirado desde la distancia y al que……

“Al fin y al cabo, ambos son alfas.”

Tal como lo era él mismo. Orkan conocía bien el rastro de las feromonas que Caleb desprendía de vez en cuando; aquel aroma denso a ceniza y humo que cortaba la respiración de cualquiera. Una fragancia que transmitía la sensación de que el interior de su alma se hallaba completamente calcinado y en ruinas. A menudo, al percibirlo, Orkan se decía a sí mismo que nadie sería jamás capaz de adentrarse en aquel páramo desolado para ocupar un sitio a su lado. Por esa razón él también se había mantenido al margen, consolándose con la idea de que, puesto que aquel trono estaba destinado a quedar vacante para todos, a él tampoco le correspondía intentarlo.

“Tengo que ir y comprobarlo con mis propios ojos.”

Con esa resolución, Orkan comenzó a ultimar los preparativos para asistir a la ceremonia. La fecha del evento estaba a la vuelta de la esquina, y el momento de reencontrarse con él se acercaba inexorablemente. Dedicó varios días enteros a alistar su asistencia. Aunque sus padres lo miraban con extrañeza y le recriminaban que se comportara con tanta obsesión por un compromiso ajeno, para Orkan aquello constituía un asunto de máxima prioridad. Al fin y al cabo, sería la primera vez que vería a Caleb desde su graduación en la academia.

* * *

El tiempo siguió su curso hasta llegar al ansiado día de la ceremonia de compromiso.

Orkan se subió al carruaje luciendo una apariencia impecable, sin un solo detalle fuera de lugar. Al pertenecer a una de las familias principales de la vieja guardia aristocrática, concedía una enorme importancia a la tradición. De ahí que se negara por completo a utilizar esos automóviles modernos que tanto fascinaban a los advenedizos de la nueva nobleza.

El carruaje avanzó con paso firme hasta adentrarse en los dominios de la mansión de los Enders. A medida que se aproximaban al destino, Orkan sintió que los latidos de su corazón se aceleraban con violencia en el pecho. Había dado por sentado que volvería a encontrarse con él de manera natural en los círculos políticos o sociales más adelante, pero jamás imaginó un escenario semejante. Desde que se supo que la familia de su compañero había sido detenida bajo la acusación de intentar envenenar a la familia imperial, jamás había experimentado semejante taquicardia.

Durante todo el trayecto, Orkan guardó un silencio absoluto, incluso cuando el vehículo atravesó los extensos jardines de la propiedad hasta detenerse frente a la entrada principal. Al descender con la invitación firmemente sujeta entre los dedos, se adentró en el imponente salón de banquetes.

El ambiente estaba inundado por un murmullo incesante de conversaciones y risas contenidas. Multitud de invitados se habían congregado allí con el doble propósito de comprobar la veracidad de los rumores y disfrutar del despliegue social. Tratándose de un compromiso y no de una boda propiamente dicha, el formato era relativamente simple: anunciar formalmente el enlace ante la alta sociedad y dar paso inmediato al banquete.

“Por eso mismo, es un vínculo fácil de romper.”

Entre la aristocracia, los compromisos matrimoniales se contraían con ligereza y se disolvían con la misma facilidad. Si había algo de lo que alegrarse, era precisamente de que aquello fuera una promesa de compromiso y no una unión definitiva.

“Todavía tengo una oportunidad.”

Con ese pensamiento repiqueteándole en la mente, Orkan abrió paso entre la multitud en dirección al centro de la sala. Los protagonistas de la ceremonia aún no habían hecho su aparición. Fue en ese momento cuando un par de voces familiares lo interceptaron:

“¡Orkan!”

“¡Vaya, Orkan, cuánto tiempo!”

“¡Coache, Velern!”

Eran sus antiguos compañeros de la academia. Ambos intercambiaron una mirada cómplice; estaba claro que habían acudido movidos por la misma curiosidad insaciable. Decidieron apartarse del bullicio central y buscar refugio en uno de los extremos del salón.

“A todo esto, ¿es verdad que esos dos se van a comprometer?”

“¿Cómo demonios han llegado a esto?”

“Por mucho que los Enders hayan estado en el punto de mira por el intento de regicidio, ¿de verdad la casa Damian iba a tenderles la mano de esta manera tan repentina?”

“¿Habrá habido algún interés oculto desde el principio?”

Ante el comentario, Orkan intervino con una expresión ensimismada, como si cargara con una sospecha constante:

“Jade Damian siempre ha mirado a Caleb con una extraña intensidad.”

Coache y Velern arquearon las cejas con desconcierto ante la afirmación.

“Pero, Orkan, los dos son alfas. Una cosa sería si uno de ellos fuera omega...”

“Si nos ponemos así, ¿cómo explicas este compromiso?”

“Bueno, eso es verdad, pero……”

“¿Estás insinuando que Jade tramó una trampa para estar con Caleb?”

“Quién sabe, a lo mejor hasta pactó en secreto con la primera princesa.”

“No digas tonterías, ¡si hemos estudiado en la academia! ¿Cómo van a pactar algo así?”

“Solo digo que la situación es extraña.”

“Es evidente que suena raro porque ambos son alfas, pero si te paras a pensar en la clase de obsesión de la que son capaces los de nuestro rasgo, deja de parecer tan descabellado. Orkan, tú eres alfa, por eso piensas en esa posibilidad, ¿verdad?”

“Sí.”

Los otros dos asintieron en silencio. Al fin y al cabo, ambos eran betas; jamás llegarían a comprender el rasgo de ese impulso. Durante años, Orkan se había mantenido discretamente a la sombra de Caleb, ejerciendo prácticamente como su mano derecha. Había soportado en riguroso silencio el tormento de saberse incapaz de traspasar sus murallas, de adentrarse jamás en aquel páramo desolado que era su interior.

“¿Pretenden que se lo arrebaten así de fácil?”

No estaba dispuesto a consentirlo.

Mientras los tres continuaban discutiendo en la zona de la terraza, una oleada repentina de aplausos estalló en el interior del salón. Al girarse hacia el estrado principal, vislumbraron las cortinas corridas y a los protagonistas de la noche de pie sobre la tarima. Allí se encontraba Jade Damian —a quien le costaba mirar sin sentir repulsión— junto a un pálido Caleb Enders. Era el rostro que Orkan tanto había ansiado contemplar.

“Caleb……”

Y para su sorpresa, aquel rostro esbozaba una sonrisa. Era leve, quizás un tanto forzada, pero transmitía una fingida tranquilidad. Esa estampa le revolvió las entrañas. A su lado, Coache y Velern comentaron con expresión dubitativa:

“Verlos juntos resulta de lo más desconcertante, considerando lo mucho que se detestaban en la academia.”

“¿Habrá algún tipo de acuerdo comercial oculto entre ambas casas?”

“¿Cuál es exactamente el estatus de su relación ahora?”

“Yo, yo no puedo aceptarlo.”

Musitó Orkan para sus adentros, aunque sus palabras se perdieron en el murmullo general. En ese instante, Jade y Caleb alzaron sendas copas de champán para oficializar la noticia ante la concurrencia, y los invitados, independientemente de lo que pensaran en realidad, rompieron en vítores para celebrar el punto álgido del compromiso.

“Les agradecemos sinceramente a todos su presencia en nuestra ceremonia.”

Jade tomó la palabra con soltura y una sonrisa impecable, mientras Caleb se limitaba a guardar silencio, escrutando con la mirada a los asistentes. Sus ojos verdes conservaban intacto su brillo incisivo. Aquella mirada afilada hizo que varios nobles comentaran por lo bajo que la casa Enders «todavía» conservaba algo de orgullo.

“Por favor, disfruten de la velada.”

En cuanto Jade brindó con la copa y dio por inaugurado el banquete, Orkan aprovechó la confusión para deslizarse hacia las sombras de la terraza. Mirando a sus acompañantes, les hizo una petición directa:

“¿Podrían conseguir que Caleb venga hacia aquí un momento?”

Los dos amigos se miraron antes de asentir con cautela.

“De acuerdo. Pero calmarte un poco te vendría bien, Orkan.”

“Ya me encargo yo de mis asuntos.”

“Bien, confiamos en que no harás ninguna locura.”

Dejándole solo, Orkan se apoyó contra la barandilla exterior, recibiendo el aire frío de la noche mientras se cubría el rostro con ambas manos. El brazo de Jade había estado ceñido a la cintura de Caleb. Un lugar que él jamás se había atrevido a tocar, ni siquiera en sueños. Si aquel sujeto se había valido de métodos mezquinos para usurpar ese puesto y se atrevía a sonreír con tanta frescura, Orkan juraba que no se lo perdonaría jamás. Y si Caleb había caído en aquella trampa por desesperación...

“Quizá todavía esté a tiempo de ayudarlo.”

Pensó con firmeza. Ya idearía un plan sobre la marcha; a fin de cuentas, la propia familia de Caleb lo había vendido al mejor postor. Sacarlo de allí y buscar una vía de escape era algo que, con los recursos que manejaba, al menos podía intentar. Con esos pensamientos cruzándole la cabeza, Orkan alzó la vista hacia el cielo nocturno y aguardó en la terraza durante unos diez minutos. Transcurrido ese lapso, percibió unos pasos acercándose con sigilo.

Tup, tup.

Un andar firme pero perfectamente equilibrado. Bastaba con escuchar el sonido de aquellas pisadas para reconocer al dueño sin necesidad de girarse. ¿Cómo iba a olvidar jamás aquel ritmo? Con una sonrisa amarga en los labios, Orkan se giró hacia la figura recortada tras las cortinas y murmuró:

“Estaba esperándote.”

“No imaginé que tuviera el capricho de citarme a solas, Orkan.”

Era la misma voz de siempre, el mismo tono de Caleb. No quedaba ni rastro del extraño y forzado semblante con el que había sonreído junto a Jade unos minutos antes.

Capitulo 15

Ante las palabras, Orkan replicó:

“No es verdad que no lo supieras.”

Caleb guardó silencio. En lugar de dar una respuesta, descorrió la cortina y se adentró en el interior de la terraza. Aquel gesto indicaba que estaban a punto de cruzar la línea y pronunciar conversaciones que jamás debieron tener lugar al aire libre. Resultaba de lo más absurdo que el mismísimo protagonista de una ceremonia de compromiso celebrada ese mismo día se encerrara a solas con otro alfa en un balcón. Si hubiese sido un omega, la situación habría resultado todavía más escandalosa; por fortuna, él era un alfa. Y, dado que el interlocutor no era otro que un camarada de confianza de sus tiempos en la academia, su encuentro difícilmente desataría un revuelo mayúsculo, o al menos eso pensaba él.

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Aunque era muy probable que Jade no opinara lo mismo.

Y mucho menos si se trataba de Orkan, cuya mirada destellaba con esa peculiar intensidad.

“¿Cómo ha ocurrido esto exactamente?”

“Supongo que la mayor parte de los detalles ya circulan por ahí en forma de cotilleo.”

“¿Y pretendes que me crea todo lo que dicen?”

“Lamentablemente, casi nada de lo que se cuenta es mentira. Nuestra casa intentó envenenar a la primera princesa y fuimos descubiertos. La única razón por la que seguimos aquí es porque la familia Damian intervino para sacarnos del atolladero, aunque desconozco qué tipo de acuerdo secreto pactaron con la alteza.”

“¿Tu familia cometió semejante estupidez? ¿Y justo cuando acababas de graduarte de la academia?”

Caleb soltó una risa seca ante el comentario.

“Me halaga que tengas una opinión tan elevada de nosotros, pero lo cierto es que los miembros de mi familia no destacan precisamente por su brillantez.”

“……”

Orkan enmudeció. Los pocos parientes de Caleb con los que se había cruzado alguna vez parecían la encarnación misma de la soberbia. Y, sin embargo, lo único que atesoraban en las manos era un puñado de cáscaras vacías. Todavía no lograba comprender cómo de un linaje semejante había podido nacer alguien como Caleb. Con una sonrisa tenue en los labios, el muchacho se aproximó a su antiguo compañero.

“Orkan, nuestra casa hizo todo lo que estuvo en sus manos.”

“¿Hacer todo lo que estuvo en sus manos, dices?”

“Tal como suena. Hicimos lo indecible por sobrevivir. Sobrevivimos, aunque para ello tuvieran que entregar al segundogénito a la familia de nuestros archienemigos.”

“……¿Y te parece que eso es……?”

“Considero que fue la decisión correcta.”

“¡Caleb……!”

“Orkan, si no hubiera intervenido nuestra familia —o mejor dicho, si la primera princesa no hubiera dado el visto bueno—, esto jamás se habría podido encubrir.”

“……”

“Por mucho que hubieras intervenido tú, o cualquier otro miembro de nuestra facción de la vieja guardia, nadie habría sido capaz de resolverlo.”

Orkan contuvo el aliento. No le faltaba razón. Si el asunto concernía directamente a la primera princesa, solo ella tenía el poder político para enterrarlo. Y convencer a una figura tan influyente exigía el respaldo de la facción de la nueva nobleza, que la apoyaba incondicionalmente. De no haber mediado la intervención de los Damian, el clan Enders habría terminado desvaneciéndose en el patíbulo.

“Así que será mejor que disfrutemos de esta tregua temporal.”

“……¿Piensas mantener este compromiso de verdad?”

“Al menos durante un tiempo.”

“Durante un tiempo……”

“Orkan, doy por sentado que el interés que Jade Damian ha puesto en mí no durará más de un par de años.”

“……¿Por qué estás tan seguro de eso?”

Ante la pregunta, Caleb arrugó ligeramente el tabique nasal, reflejando un atisbo de fastidio, como si le estuvieran repitiendo un interrogante al que ya se había enfrentado antes. No le costó demasiado deducir que la misma duda se la había planteado el propio Jade en su momento.

“Los alfas terminan por inclinarse de forma natural hacia los omegas. Así que deja de rondarme y de causarme molestias innecesarias.”

“¿Y si esta vez las cosas son distintas?”

“No va a ser el caso.”

Con esa rotunda negativa, Caleb le dio la espalda a la terraza.

“No creo que vuelva a presentarse una ocasión en la que la nueva y la vieja guardia se reúnan bajo el mismo techo. Aprovecharé para ver a mis padres un momento. Tengo asuntos pendientes que atender antes de que termine el día, así que debo marcharme.”

Justo cuando Caleb se disponía a cruzar el umbral para abandonar el balcón, Orkan lo envolvió repentinamente por la espalda, rodeándole el torso con los brazos. El cuerpo de Caleb se encorsetó al instante. Una oleada de feromonas lo inundó de golpe; un aroma gélido pero punzante que se instaló en su garganta. Caleb frunció el ceño con profunda repulsión.

“Orkan, ¿qué clase de locura crees que estás haciendo?”

“……No pienso quedarme de brazos cruzados viendo cómo soportas este compromiso.”

“¿Y qué pretendes lograr tú solo?”

“Encontraremos la manera, cueste lo que cueste.”

“Orkan, te lo ruego como advertencia: por mi bien, no muevas un solo dedo.”

“……¿Pretendes aceptar vivir atado a Jade Damian para siempre?”

“¿Acaso no me has escuchado? Te acabo de decir que Jade Damian se cansará de mí más pronto que tarde.”

“¿Y si resulta que no se cansa?”

“Incluso en ese escenario, ya tengo planeadas mis propias alternativas.”

“……Caleb.”

Con el rostro apoyado contra la nuca del muchacho, Orkan murmuró su nombre con la desesperación contenida de un antiguo amante suplicando clemencia. Caleb volvió a contraer los músculos de la cara. Había decidido mantener a Orkan como su mano derecha precisamente porque este solía mantener una compostura impecable y distante. Sin embargo, aquel barniz profesional acababa de resquebrajarse por completo. Vaya, pensó, ahora tendré que lidiar con este inconveniente. Sintiéndose agobiado por un dolor de cabeza inminente y una irritación sorda que trepaba por su nuca, replicó:

“Más te vale portarte con decencia mientras me quede algo de paciencia.”

“……Sí, supongo que siempre has sabido cómo tratarme.”

Con lentitud, Orkan aflojó los brazos y lo liberó del abrazo. Acto seguido, sacudió los pliegues de su traje para devolverle la pulcritud y adoptó una postura distante, cruzando las manos a la espalda como si nada hubiera ocurrido. Cuando Caleb se giró para mirarlo, frente a él volvía a estar el competente y racional Orkan de siempre.

“……¿Puedo confiar en ti? ¿Me garantizas que tus sentimientos personales no van a arruinar el plan?”

“Precisamente porque se trata de lo que siento, te garantizo que jamás permitiré que caiga en manos de otro.”

“Sigues teniendo una facilidad insoportable para las palabras.”

“¿A quién crees que se las aprendí?”

Ambos intercambiaron una sonrisa cómplice, replicando la dinámica que solían mantener en los pasillos de la academia. Orkan se dio por satisfecho; sabía que presionar más allá de ese punto no le reportaría ningún beneficio, por lo que decidió conformarse con lo obtenido. Y en ese instante, sabiéndose al menos escuchado, la idea de que Jade Damian merodeara cerca de su amado dejó de importarle tanto, sobre todo si las predicciones de Caleb se cumplían y el compromiso terminaba desvaneciéndose en el aire.

“¿Qué se supone que debo hacer yo a partir de ahora?”

“Voy a reunir a los líderes de la vieja aristocracia para filtrar cierta información clave. Tu tarea consistirá en encargarte de que corra entre los círculos adecuados.”

“¿Basta con eso?”

“¿Acaso crees que podrán resistirse al cebo? Los miembros de la vieja guardia tienen una debilidad insaciable por los negocios. Esta ruta será el faro que sigan a ciegas.”

Orkan parpadeó, estupefacto ante la revelación.

“No me digas que has conseguido esos datos directamente de la casa Damian.”

“Más que conseguirlos, diría que los he intercambiado.”

Al oír aquello, Orkan se devanó los sesos intentando adivinar qué clase de información habría entregado Caleb a cambio, aunque concluyó que el verdadero valor de la jugada residía en que solo él conocía los términos del trato. Por su parte, tras permanecer unos minutos más en la terraza para permitir que el viento disipara cualquier rastro de las feromonas ajenas adheridas a su ropa, la conversación derivó de forma natural hacia otro asunto espinoso.

“¿Y qué hay del primer príncipe?”

“Montó en cólera cuando se enteró de lo sucedido con vuestra familia.”

“¿Y luego?”

“Nada relevante. Se pasó el rato gritando y pataleando como un crío hasta que se quedó sin voz de tanto berrear; creo que repitió el numerito unas tres veces.”

“Vaya.”

Caleb chasqueó la lengua con desdén. Si la nueva nobleza apostaba firmemente por la primera princesa, los sectores más recalcitrantes de la vieja guardia respaldaban al primer príncipe. Ambos compartían el linaje imperial y eran los principales contendientes al trono. No obstante, si le hubieran obligado a elegir al más competente de los dos, Caleb habría seleccionado a la princesa sin vacilar un segundo; el príncipe padecía de un temperamento excesivamente volátil e incapaz de contener sus emociones.

“A este paso, lo mejor que puedo hacer es buscarme un buen partido, casarme y pasarme al bando de la nueva nobleza.”

“Da un poco de vértigo oírte decir algo así con tanta naturalidad.”

“Así que más te vale tratarme con un poco más de respeto a partir de ahora.”

“¿Tratarte con respeto? Si tú te mudas de bando, yo me mudo contigo y santaspasuas.”

“¿Qué?”

Por primera vez desde aquella noche, Caleb emitió una risa sincera y abierta. Y cuando comprobó que el rastro del olor extraño se había esfumado por completo, aferró el borde de la cortina y le indicó:

“Sal tú un poco después que yo. No me apetece atraer miradas indiscretas.”

“Como ordenes.”

“Y en cuanto a tus sentimientos… me los tomo como un cumplido, nada más.”

“……Supongo que debo dar las gracias por no haberme echado a patadas.”

“Nos vemos dentro.”

Dicho aquello, Caleb regresó al interior del salón de banquetes. No tardó en divisar a Jade rodeado por un grupo de asistentes; el alfa conversaba con una sonrisa afable mientras atendía a los invitados de la nueva facción, aunque la sala seguía dividida por una línea invisible que impedía a los nobles de ambos bandos mezclarse, semejando la frontera insalvable entre el agua de un río y el mar.

‘Era de esperar, supongo.’

A poca distancia, distinguió a su propio padre asumiendo el rol central entre los miembros de su bando, mientras su madre y su hermano permanecían ausentes, supuestamente guardando reposo en la residencia principal. Sin dudarlo, se encaminó hacia el patriarca de los Enders, provocando que las conversaciones a su alrededor se cortaran de inmediato.

“Te has dignado a aparecer.”

“Sí, padre.”

“No tienes muy buen aspecto que digamos.”

“El bullicio todavía me resulta un tanto abrumador.”

A pesar de haber recurrido a él para salvarlos del cadalso, el patriarca no perdía la oportunidad de soltar pullas veladas contra los Damian a las primeras de cambio; Caleb esbozó una sonrisa interior cargada de cinismo ante tanta falsedad. Se acercó un paso más y le susurró:

“Padre, necesito hablar con usted de un asunto privado.”

“¿De qué clase de asunto se trata?”

“Es una cuestión delicada que requiere discreción, por lo que este no es el lugar adecuado.”……

“Sígueme, vayamos a uno de los salones privados.”

El conde de Enders se adelantó, conduciéndolo hasta una estancia reservada. En cuanto cerraron los dos batientes de la puerta tras de sí, el patriarca le exigió respuestas con un tono que delataba una urgencia apenas disimulada:

“Habla de una vez. ¿A qué viene tanto misterio?”

Caleb percibió la vibración de la avaricia en la voz del conde; era evidente que las inversiones sugeridas en su anterior misiva ya habían empezado a arrojar beneficios jugosos.

“Se trata de una nueva oportunidad de inversión a gran escala.”

“¡Sabía que no te equivocabas! ¡Enviarte a esa casa fue la mejor decisión que hemos tomado!”

“……”

La sonrisa de Caleb se tensó por una milésima de segundo, pero el conde, cegado por la perspectiva de enriquecerse, ignoró cualquier matiz y lo apremió:

“Bien, explícate. ¿Dónde está el truco esta vez?”

“Hay un factor de riesgo considerable que debemos sopesar. El proyecto consiste en una ruta comercial marítima de travesía oceánica; es extremadamente peligrosa y, si las naves naufragan, todo el capital se perderá en el fondo del mar. Sin embargo, si logran retornar con éxito, las ganancias serán astronómicas. De hecho, el marqués Damian ha apostado una cifra colosal en la empresa.”

“Vaya… ¿Y de cuánto estamos hablando?”

“Tres mil millones de oro.”

“¡Tr-tres mil millones……!”

“Evidentemente, nuestra casa no dispone de semejante liquidez, pero podríamos tantear el terreno arriesgando una fracción razonable. Y, por supuesto, deslizar la pista de forma discreta a los demás aliados de la vieja guardia para que se sumen a la apuesta.”

El conde de Enders se quedó meditando profundamente. Las rutas de navegación transoceánica eran una auténtica ruleta rusa para el capital; si una tormenta o un desastre marino devoraba los barcos, la ruina era absoluta. No obstante, si los Damian arriesgaban una cantidad tan desorbitada, significaba que contaban con información privilegiada de absoluta fiabilidad.

“Me arriesgaré. Lo pondré en marcha.”

“Como ve, padre.”

Caleb esbozó una sonrisa fría. No necesitaba pregonar la noticia con su propia voz; una vez que su progenitor se encargara de filtrarla a los cuatro vientos, el rumor correría como la pólvora entre los suyos. Da igual que la iniciativa partiera del conde o del primogénito ausente; el objetivo de beneficiar indirectamente a su estirpe se cumpliría de todos modos. Asintiendo levemente, dirigió la mirada hacia la puerta de salida.

“Parece que mi querido prometido ha comenzado a buscarme con la mirada, así que debo regresar.”

“Ah, tu prometido. Cierto, el muchacho no te quita ojo de encima.”

“¿De verdad?”

“Sí. Aunque entre alfas es un tanto grotesco ver tanta dependencia……”

Ignorando el comentario despectivo del conde, Caleb giró sobre sus talones y abandonó la sala privada sin dignarse a responder. Retornó al salón principal y caminó directamente hacia el sector donde Jade interactuaba con los invitados. El marqués lucía una fachada encantadora, repartiendo sonrisas y atenciones a diestro y siniestro. Sin embargo, Caleb era capaz de leer entre líneas: aquellas orbes doradas destellaban con una inquietante y retorcida tensión.

‘Tiene pinta de que algo le ha estado picando los sesos todo este tiempo.’

Caleb maldijo mentalmente su maldito hábito de sobreanalizar cada detalle del entorno, pero su naturaleza no le permitía mirar hacia otro lado. Exhalando un suspiro resignado, acortó la distancia entre ambos, interceptó una copa de champán de la bandeja de un camarero que pasaba por allí y se plantó a su lado.

“Jade.”

“Ah, Caleb.”

El simple sonido de su nombre pronunciado por sus labios hizo que las cabezas de los aristócratas de la nueva nobleza giraran al unísono hacia ellos. Soportar el peso de decenas de miradas inquisitivas de golpe constituía una presión considerable, pero Caleb mantuvo la compostura y dedicó una expresión neutral. Su melena oscura y sus ojos verdes, firmes y desprovistos de cualquier atisbo de sumisión, proyectaban una imagen de absoluta seguridad en sí mismo. Lejos de parecer insolente, su actitud desprendía una dignidad imponente, incluso ante los ojos de los detractores de la vieja guardia.

“……Vaya, hacen una pareja sorprendentemente armoniosa.”

Comentó alguien entre los asistentes con genuina perplejidad.

“¿De verdad lo cree? Le agradezco enormemente el cumplido.”

Respondió Jade con voz meliflua. Aunque las palabras de su prometido sonaban suaves, Caleb percibió con absoluta claridad el filo oculto tras su tono, sus pupilas y la rigidez de sus gestos. Una espina clavada que, sin lugar a dudas, no iba dirigida a los invitados que los rodeaban, sino exclusivamente a él.

‘No me digas que……’

¿Acaso nos había visto?

¿Había presenciado su encuentro a solas con Orkan en la terraza?

De ser así, todo encajaba a la perfección. Los alfas sufrían de una posesividad patológica e insoportable. Caleb contuvo un nuevo suspiro de desesperación. Tendría que ingeniárselas para apaciguar a la fiera en cuanto terminara el evento. El pequeño inconveniente era que jamás en su vida se había visto en la necesidad de mimar o calmar a un alfa celoso.

La profundidad de su suspiro interior no hizo más que aumentar.

* * *

A medida que la noche avanzaba, los invitados comenzaron a retirarse uno a uno hacia sus aposentos o a las habitaciones preparadas para la ocasión. Unos se dirigían acompañados de sus amantes, otros en familia y algunos más con alguien con quien habían cruzado una mirada cómplice. Y Jade, sujetando la mano de Caleb, caminaba con brusquedad por los pasillos. Caleb ya se hacía una idea de cómo se sentía el marqués, por lo que se limitó a seguir el paso en silencio.

“Jade.”

“……”

“Al menos dime qué es lo que crees haber visto.”

“……”

“No he hecho nada de lo que deba avergonzarme.”

“……”

“Jade.”

Como si no hubiera escuchado nada, en cuanto llegaron a su habitación, Jade lo empujó hacia el interior y cerró la puerta de un golpe seco. De inmediato, lo acorraló contra la pared y hundió el rostro en su cuello. Al percibir el rastro tenue de aquel aroma punzante, un gruñido bajo brotó de su garganta.

Lo que Jade había presenciado no había sido planeado. Hasta cierto punto, entendía que Caleb se hubiera ausentado un momento. Con la alta sociedad y la vieja guardia mezcladas en un entorno tan complejo, era natural que necesitara un respiro tras saludar a sus antiguos camaradas y familiares.

Había salido a la terraza buscando exactamente lo mismo: un poco de aire fresco. Como sus padres no estaban, todas las responsabilidades habían recaído sobre él, provocándole jaqueca. Pensaba descansar unos minutos y regresar, pero a pocos metros distinguió un aroma que reconoció enseguida.

“……¿Caleb?”

Y allí estaban. Orkan, el emisor de ese aroma, aferrando a Caleb por la espalda en un abrazo urgente, y Caleb marcando distancias de inmediato. Sí, resultaba evidente que el muchacho lo estaba rechazando, pues había dejado claro su desinterés. Pero aun así.

“Jade.”

La voz de Caleb interrumpió sus cortos pensamientos. A pesar de ser un alfa, Caleb no terminaba de comprender la posesividad característica de su casta. Le acarició el cabello con calma y le dijo:

“Ya me encargué de rechazarlo.”

“¿Desde cuándo?”

“¿El qué?”

“Desde cuándo ese maldito te guarda intenciones.”

“No lo sé. Jamás me ha interesado averiguarlo.”

“……¿Me vas a hacer creer que alguien tan observador como tú no se había dado cuenta?”

“Tampoco me dejas margen para mentir.”

“……”

“Hace tiempo. Pero te aseguro que jamás le presté atención.”

“Siempre encuentras la forma de sacarme de quicio.”

“¿Te pones así de inseguro incluso después de haber celebrado el compromiso?”

“¿Qué importa un simple compromiso?”

“……Jamás imaginé que te oiría decir algo así.”

Ante la respuesta, Jade soltó una risa contra su piel, un sonido áspero que le provocó un leve escalofrío.

“Caleb, sé perfectamente que en cualquier momento podrías marcharte a cualquier parte.”

“……”

“Sé muy bien que un compromiso o una boda no significan nada.”

“……Jade, yo no……”

“Por eso estoy tan inquieto.”

Un chasquido seco resonó cuando el elegante chaleco y la camisa de Caleb cedieron de golpe, desgarrando los botones y dejando el torso del muchacho al descubierto. Caleb frunció el ceño, pero contuvo la respiración al sentir los labios del alfa rozar de nuevo su cuello. Aunque era un escenario que ya había anticipado, el impacto seguía tensando su cuerpo. Jade abrió ligeramente la boca y mordió con fuerza la piel pálida.

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“¡Ugh……!”

Karch, un sonido sordo acompañó la mordida, dejando una marca profunda que amenazaba con convertirse en un hematoma. Caleb tembló de pies a cabeza mientras soportaba el castigo en silencio. Tras recrearse devorando esa zona, Jade despegó los labios, se inclinó hacia su rostro y presionó su boca contra la de un Caleb que apretaba los dientes.

“Abre la boca.”

Con las pupilas oscurecidas en un tono verde sombrío, el muchacho lo miró fijamente y separó los labios con lentitud. Satisfecho, Jade introdujo la lengua en su cavidad bucal, invadiéndola con una voracidad absoluta. Las lenguas chocaron y se enredaron en un baile húmedo, mientras la punta blanda recorría el paladar y presionaba cada rincón, robándole el aliento por completo.