Capítulo 11-15
Capítulo
11
Mientras
Jade escuchaba aquellas palabras en silencio, bajó sus dorados ojos, meditando
con cuidado sus siguientes palabras. Parecía esforzarse en dar con la forma de
hacerle comprender su sinceridad, a pesar de saber perfectamente que, dijera lo
que dijese, un hombre como Caleb jamás se abriría a él. Pero así era Jade
Damian: un hombre convencido de que toda verdad expresada con franqueza termina
por calar hondo. Alguien criado en un entorno radicalmente opuesto al de Caleb
Enders. Y era precisamente esa diferencia insalvable la que provocaba el
rechazo visceral de Caleb hacia él. Pasados unos segundos de silencio, los
labios de Jade se movieron al fin:
“No
me gustas porque seas brillante o sobresaliente.”
“¿Y
bien?”
“Simplemente
fue así desde el primer instante en que te vi.”
“¿Pretendes
salir con el cliché de que fue amor a primera vista?”
“Pero
no tengo otra manera de explicártelo, Caleb.”
El
tono de Jade rezumaba una seriedad inquebrantable. Aquellas pupilas doradas y
abatidas lo observaban con una quietud pasmosa. No, más bien ardían con la
intensidad abrasadora del sol. Caleb sintió que se convertía en una mala hierba
marchitándose bajo el rigor de ese astro rey; después de todo, el verde de su
mirada no pertenecía a un bosque lozano y bañado por la luz, sino al lodo
espeso de una ciénaga asfixiante. Y él no albergaba el menor deseo de ser
arrancado de su propio lodazal. Sin embargo, aquel hombre lo había conseguido.
Aquel hombre, Jade Damian, había tenido la osadía de sacarlo a rastras de su
rincón húmedo y umbrío hacia la claridad del sol.
“Si
seguimos atados el uno al otro, solo nos aguarda un único destino.”
Caleb
lo dijo de forma autocompasiva.
“¿Cuál?”
Preguntó
Jade, y Caleb respondió con absoluta convicción:
“Que
termine secándome hasta morir.”
Caleb
le propinó un seco golpecito con el dedo en el centro del pecho mientras
hablaba. Sus rostros se hallaban peligrosamente cerca. Jade atrapó con firmeza
la mano que lo había tocado, la arrastró hacia su rostro y depositó un beso
profundo y ardiente en la palma. Acto seguido, decidido a ignorar la
indiferencia que Caleb pretendía proyectar, buscó su barbilla para alzarle el
mentón y estrelló sus labios contra los suyos. Forzó la comisura cerrada con la
lengua para colarse en su cavidad bucal, inclinando el rostro para profundizar
el contacto. Mientras enredaba su lengua con la ajena y recorría el paladar,
Caleb fruncía el entrecejo, pero aun así acababa tragando la saliva compartida.
Aunque el ceño fruncido delataba su aversión, Jade sabía perfectamente que la
familia de Caleb pendía de un hilo en sus manos, y eso mismo aplicaba para
Caleb. Esa era la única razón de su docilidad.
Por
primera vez, una punzada de amargo desdoro asaltó a Jade, pero la embriaguez de
tenerlo así, besándolo en plena noche, superaba con creces cualquier atisbo de
conciencia, impidiéndole detenerse. El sonido húmedo de las carnes rozándose y
las lenguas danzando en una fricción continua resonaba en el silencio. Cuanto
más se prolongaba el beso, más notaba Jade cómo la sangre se precipitaba hacia
su entrepierna.
Sin
embargo, era consciente de que volver a esgrimir la carta de su familia para
forzar la intimidad en ese preciso instante constituiría un error estratégico
imperdonable. Por esa razón, rompió el voraz contacto que amenazaba con
devorarlo por completo y exhaló una bocanada de aire caliente. Caleb hizo otro
tanto, respirando con dificultad mientras se frotaba los labios con el dorso de
la mano. Con el rostro contraído en una mueca de fastidio, bajó la vista hacia
la entrepierna de Jade; al comprobar el bulto prominente que delataba una
erección pétrea, le parecía incomprensible que se detuviera de repente.
Frustrado e irritado, soltó:
“Si
vas a actuar como una sabandija, hazlo hasta el final. No vengas con medias
buscando afecto barato.”
“……Caleb,
es que yo...”
“No
me salgas con tonterías de querer vivir una vida feliz conmigo. Es una maldita
imposibilidad desde el principio.”
“……”
La
estocada dio de lleno en el blanco, descolocando a Jade por completo. Era
verdad que su deseo primordial consistía en llevarse bien con Caleb, lo cual,
bien mirado, venía a ser sinónimo de una vida apacible y feliz a su lado. No
obstante, en la estricta planificación que havia trazado, la voluntad y el
consentimiento del otro habían sido sistemáticamente ignorados, por lo que el
ánimo de Caleb debía de encontrarse por los suelos.
“……De
acuerdo por ahora. Pero grábate algo en la cabeza, Caleb: tendrás que aprender
a convivir con la realidad.”
“……De
eso ya me encargo yo.”
“Habrá
varias recepciones y banquetes próximamente. Con dejarnos ver por allí será
suficiente para empezar.”
Un
suspiro pesado escapó de los labios de Caleb ante la perspectiva. Le dolía la
cabeza solo de pensar en cómo los buitres de la alta sociedad rasgarían su
reputación en esos saraos. A estas alturas, los dimes y diretes sobre la casa
del vizconde Enders y el marquesado Damian debían de correr como la pólvora. El
estado en el que quedara su orgullo pisoteado le importaba un bledo a Jade; al
fin y al cabo, él no era más que un ‘objeto’ de su propiedad. ¿Qué clase de amo
se detiene a mimar la dignidad de un objeto?
“……Ya
me ha quedado claro, así que desaparece de mi vista de una vez.”
El
aroma de las feromonas de Caleb, espeso pero afilado por el rencor, rozó de
forma molesta los sentidos de Jade. Consciente de que su pareja se encontraba
al límite de la irritación, recogió su propia esencia y la apaciguó antes de
dedicarle una última recomendación de descanso y emprender el camino de
regreso, abandonando el jardín. Aquel paraje, que momentos antes parecía
impregnado de una serena quietud, comenzó a resultarle extraño e inhóspito tras
la marcha de Jade. O tal vez era que el entorno siempre había sido ajeno, y él
se había empeñado en considerarlo familiar solo por el simple hecho de estar a
solas. Maldiciendo su mala suerte por arruinar lo poco que le quedaba de paz,
Caleb se incorporó y encaminó sus pasos hacia la habitación que le habían
asignado. Aunque, bien mirado, no era más que la puerta contigua a la de Jade
Damian.
“Ha……”
Caleb
se quitó el cárdigan sin miramientos, lo arrojó sobre una silla y se despojó
del resto de la ropa para enfundarse en un ligero camisón de dormir. De
inmediato, se deslizó bajo las sábanas de la cama. Cerrar los ojos de este modo
ofrecía un efímero refugio donde suspender temporalmente la cruda realidad. La
textura desconocida del colchón, el tacto del edredón, la cantidad de luz que
filtraban sus propios párpados cerrados... no había ni un solo detalle que no
le gritara la ajenidad del lugar, y aun así, obligó a su organismo a conciliar
el sueño.
A
fin de cuentas, tras dar vueltas durante un par de horas interminables, logró
sumirse en un sopor ligero. Transcurrió un lapso indeterminado hasta que la
puerta de su alcoba se abrió con sigilo. Era Jade. Las palabras intercambiadas
en el jardín le habían dejado un rastro de inquietud, empujándolo a buscarlo en
la profundidad de la madrugada. Al comprobar que Caleb yacía profundamente
dormido, se aproximó con pasitos de plomo y se sentó al borde del lecho.
“Caleb,
¿estás dormido?”
Ninguna
voz rompió el silencio. Agotado tras tantas tensiones, el muchacho mostraba un
semblante vulnerable. Con una sonrisa amarga, Jade estiró la mano para
apartarle unos mechones revueltos de la frente con extrema delicadeza. Sus dedos
recorrieron con suavidad los finos rasgos de su rostro. Al advertir cómo el
ceño de Caleb se contraía por puro reflejo defensivo, se le escapó una risita
contenida. ¿Qué iba a hacer con un prometido tan susceptible?
Jade
se detuvo a pensar mientras apartaba la mano. El deseo de tocarlo un poco más
chocaba con el miedo a despertarlo. Bastaba con mantener los ojos cerrados para
que aquel semblante adoptara una placidez absoluta, muy distinta al veneno que
solía destilar cada vez que los abría. Aunque, claro, motivos no le faltaban.
Aquello era un matrimonio arreglado a punta de chequera. Sin embargo, criado en
el afecto incondicional, Jade albergaba la firme convicción de que, tarde o
temprano, el otro terminaría cediendo y abriéndole el corazón. Estaba dispuesto
a soportar cualquier prueba, por difícil que fuera el trayecto.
“Mi
querido Caleb.”
Cada
vez que lo llamaba así en la academia, la respuesta invariable era un fruncir
de cejas. Si se atrevía a confesarle la cantidad de veces que había deseado acariciar
ese entrecejo y besarlo en esos mismos momentos, lo tacharía de loco de remate.
Quizá, de haber hecho tales locuras en los pasillos de la academia, lo habrían
considerado un lunático sin remedio. Aunque viéndolo en retrospectiva, tal vez
no habría sido una mala idea; así, al menos, habría acaparado mucho más su
atención. Inmerso en la nostalgia de aquellos recuerdos, Jade reprimió el
impulso de besarlo una vez más y se limitó a rozarle la mejilla con la palma
seca antes de ponerse en pie. Abandonó la estancia en silencio, cuidando de
cerrar la puerta sin emitir un solo ruido antes de retirarse a su propio
cuarto. En el preciso instante en que el pestillo encajó, Caleb abrió los ojos
con lentitud, manteniendo una rendija fina mientras contemplaba el vano por
donde Jade había desaparecido.
‘……’
Una
actitud desconcertante, un equilibrio enfermizo entre la impaciencia y la
paciencia absoluta. Era imposible descifrar si semejante persistencia nacía de
un genuino desvelo por Caleb o de una retorcida satisfacción propia de Jade
Damian.
*
* *
La
convivencia en la mansión de los Damian transcurrió con total tranquilidad y
sin imprevistos. La casa solariega era amplia, y Caleb no albergaba la menor
intención de deambular por el exterior a la ligera. Bañadas por el descontento,
las habladurías debían de correr como la pólvora en el exterior; al fin y al
cabo, tratándose del segundo hijo de los condes Enders —quienes antaño
lideraban la antigua facción aristocrática—, su matrimonio por conveniencia con
los Damian, estandarte del nuevo bando noble, resultaba un plato de buen gusto
para las peores lenguas.
Caleb
no tenía la menor gana de convertirse en el protagonista de semejantes chismes.
Por ese motivo, solía pasar las horas en la vasta biblioteca de los Damian, un
refugio repleto de volúmenes fascinantes, aunque interrumpido a menudo por las
propuestas de Jade para disputar un combate de esgrima. Y, para su propia
sorpresa, los marcadores se mantenían equilibrados en un empate constante.
“……¿No
te cansas?”
“Es
un muro que debo superar tarde o temprano.”
“¿A
mí?”
“Exacto.”
Aquel
día, Caleb volvió a arrebatarle una victoria a Jade. En el duelo de la semana
anterior, las tornas se habían invertido y Caleb había terminado perdiendo tras
dejar caer la espada. La diferencia de nivel entre ambos era milimétrica. Y
precisamente por medirse con alguien de sus mismas capacidades, los dos
progresaban a pasos agigantados. Tanto Jade como Caleb. Los caballeros de la
casa Damian observaban ya aquellos entrenamientos como si de manuales de
táctica se trataran. Si se trataba de doblegar al rival a base de pura fuerza
bruta, Jade llevaba la delantera; pero si el objetivo era deslumbrar la vista
del oponente mediante la velocidad, Caleb superaba al marqués. Ver chocar
estilos tan contrapuestos resultaba equiparable a leer una obra maestra
imperdible para cualquier espadachín.
“Acompáñame
la próxima vez también.”
“Ya
veré.”
Caleb
sentía el cuerpo pegajoso por culpa del sudor que le cubría de arriba abajo.
Mientras se secaba las gotas que le resbalaban por la barbilla, Jade dio orden
a un sirviente de preparar el baño. Ante la indicación, Caleb frunció el
entrecejo de inmediato.
“No
voy a bañarme contigo.”
Jade
soltó una carcajada abierta ante su respuesta. Aunque no solía carecer de
perspicacia, le resultaba imposible descifrar el propósito oculto tras aquella
risa. Sin darle más vueltas, Caleb devolvió su espada al armero, regresó a sus
aposentos y se despojó de las ropas. Al adentrarse en la bañera provista de
agua caliente humeante, la puerta del lado opuesto se abrió de par en par. La
aparición de Jade provocó que el ceño de Caleb se contrajera con fuerza.
“Veo
que tu risa solo significaba que ibas a ignorar por completo mis palabras.”
“Me
alegra que por fin te hayas dado cuenta.”
“Al
menos ten la decencia de dejar que me atiendan los sirvientes cuando tú no
estés.”
“De
nada de eso, prefiero encargarme yo mismo de atenderte.”
“Ha……”
Exhalando
un suspiro de resignación, Caleb hizo un gesto displicente con la mano y se
reclinó contra la pared de la bañera, concediéndole hacer lo que le viniera en
gana. Jade se quitó la bata de baño y entró en el agua completamente desnudo.
Con su peso, el nivel del agua, que ya estaba al límite, rebosó salpicando con
estrépito las baldosas. Y sin detenerse ahí, avanzó directamente hacia Caleb.
Este frunció el entrecejo con desconfianza.
“No
pretendo tocarte con malas intenciones.”
“¿Entonces?”
“Solo
quería estar un poco cerca de ti.”
Caleb
alzó una ceja, limitándose a observar en silencio sus movimientos. Jade lo
atrajo hacia su pecho, acomodándose contra el respaldo de la bañera. De este
modo, la espalda de Caleb quedó apoyada de manera natural contra el torso de
Jade. El muchacho se preguntó en qué estaría pensando el noble para perpetrar
semejante imbecilidad. Mientras tanto, al parecer satisfecho con la postura,
Jade comenzó a restregarse contra la nuca del contrario mientras emitía un
sonido gutural de satisfacción. ¿Acaso se creía una maldita bestia de carga?
Tras
pasar unos instantes frotando los labios contra su nuca, Jade alargó el brazo
para alcanzar la pastilla de jabón depositada en el borde de la bañera. Tras
generar una abundante capa de espuma entre sus manos, comenzó a pasarlas con
suavidad por el cuerpo de Caleb. En pocas palabras, había decidido ponerse a
lavarlo como si tal cosa. Caleb lo contempló boquiabierto, incapaz de dar
crédito a la escena.
“¿Hm?
¿Qué pasa?”
No
era, desde luego, la clase de tarea propia de un aristócrata. Pese a ello, Jade
preguntó con total naturalidad, como si no hubiera nada extraño en su proceder.
Caleb se quedó mudo. No sabía si debía sentirse impresionado por semejante
despliegue de devoción o asumir de una vez que el susodicho carecía de todo
orgullo nobiliario. Las manos enjabonadas y suaves recorrieron los firmes
antebrazos de Caleb para deslizarse de inmediato hacia su pecho. En un reflejo
defensivo, Caleb atrapó su muñeca. Con una expresión genuinamente despistada,
Jade parpadeó.
“¿Por
qué?”
“……Por
nada.”
Caleb
lo examinó con recelo, pero aquellas pupilas doradas carecían por completo de
rastro alguno de deseo. Cuando el marqués albergaba intenciones lascivas con
él, la lujuria solía reflejarse sin tapujos en su mirada, por lo que resultaba
seguro deducir que esta vez no era el caso. Las manos expertas continuaron
masajeando su pecho mientras esparcían la espuma.
“Ugh……”
“Caleb,
si no estoy haciendo nada.”
Desde
luego, no era una frase muy coherente mientras le manoseaba los pectorales.
Cada vez que los dedos de Jade aprisionaban ligeramente sus pezones entre su
tacto, el cuerpo de Caleb daba un respingo involuntario. Al mirarlo de nuevo,
los ojos de Jade seguían brillando con una limpidez desconcertante. Había algo
en todo aquello que no encajaba. Convencido de que la exploración de su pecho
ya había durado demasiado, Caleb giró los hombros para apartarse. Sin mostrar
mayor terquedad, Jade obedeció y descendió las manos hacia su abdomen,
recorriendo la parte alta del vientre para luego bajar hasta el ombligo y
delinear, uno a uno, los relieves de sus músculos abdominales bien definidos.
La espuma del jabón flotaba a la deriva sobre la superficie del agua.
Llegados
a este punto, las manos de Jade ya no necesitaban coartadas; se movían desnudas
de artificios. Sin embargo, sus dedos se abrieron paso entre las piernas de
Caleb, masajeando con parsimonia la cara interna de sus muslos. El cuerpo de
Caleb, adormilado por el calor del agua, descansaba lánguidamente contra el
pecho del otro.
“……Tú,
estás rozando donde no debes.”
El
instante en que Caleb comprendió el motivo de su incomodidad fue cuando sintió
la sólida erección de Jade presionando directamente contra la base de su
columna. Un sonido ronco y divertido brotó de la garganta del noble.
“Cada
vez que te toco, me pongo así. Es algo que no puedo evitar.”
“……”
Caleb
seguía sin entenderlo en absoluto. Teniendo a su entera disposición a un sinfín
de omegas de alta cuna merodeando por los alrededores, ¿qué clase de obsesión
lo empujaba a comportarse de este modo con un alfa semejante? De haber
preferido a un omega en condiciones en lugar de enredarse con otro alfa, se
habría ahorrado semejante maraña de complicaciones, por no hablar de sus
propios planes originales…….
“¡Ugh……!”
Interrumpiendo
sus cavilaciones, los dedos de Jade envolvieron su pene con firmeza.
“¡Hasta
ahí podíamos llegar……!”
“No
pasa nada. Solo un poco.”
Con
un ritmo pausado, como si estuviera enjabonándole una extremidad más, Jade
comenzó a acariciarlo, provocando que una oleada de sangre caliente descendiera
de golpe hacia la entrepierna de Caleb. Las feromonas de ambos comenzaron a
exhalarse e impregnar el baño por completo, densas y entrelazadas como la
última vez. El ambiente se cargó con un aroma pesado que recordaba a un tabaco
agridulce y embriagador. Aquella mano áspera friccionando su pene avivaba una
urgencia desesperante. Su respiración se volvió pesada y irregular. Al notar el
jadeo contenido de Caleb, Jade le susurró directo al lóbulo de la oreja:
“¿Qué
pasa, te sabe a poco?”
“Maldito
seas…….”
No
iba a dejarlo pasar simplemente haciéndose el inocente. Mientras en la academia
se dedicaba a sonreír con segundas intenciones ocultas, ahora que se encontraba
bajo su mismo techo adoptaba una fachada de santurrón, ¡maldito seas, Jade
Damian! Apretando los dientes con rabia, Caleb apartó la mano del otro a
empujones, aunque no había mucho que pudiera hacer para remediar su propia
erección, ya consolidada. Tampoco pensaba masturbarse a solas en su presencia;
al fin y al cabo, cualquier decisión que tomara terminaría beneficiando de un
modo u otro a Jade.
Caleb
se incorporó de golpe. El agua salpicó con fuerza mientras intentaba salir de
la bañera a toda prisa. Resolver el asunto uno mismo en la privacidad de su
habitación parecía una alternativa mucho más digna. No obstante, en el preciso
instante de la huida, Jade le aferró la muñeca sin brusquedad pero con firmeza.
“¿A
dónde vas?”
“A
cualquier lugar donde no estés tú.”
“Eso
me parece un poco problemático. Todavía no has terminado de bañarte.”
“……”
¿Y
de quién demonios era la culpa? Al volverse para fulminarlo con la mirada llena
de irritación, Jade le dedicó una sonrisa boba, lo ayudó a salir y lo sentó
directamente sobre el reborde de la bañera. Sin previo aviso, comenzó a
masajearle con mimo las zonas que habían quedado sin jabón: los muslos, las
rodillas, las pantorrillas y los pies. Caleb lo miraba con una expresión de
absoluta perplejidad, incapaz de procesar el esperpento de situación que estaba
protagonizando. Verlo entrelazar los dedos de sus manos con los de sus pies
para frotarle la piel rayaba en lo grotesco.
Por
mucho que formara parte de la nueva aristocracia emergente, seguro que había
crecido rodeado de lujos y comodidades. ¿Dónde demonios se había educado para
aprender semejantes costumbres? Con los ojos medio cerrados por la
incredulidad, Caleb lo observó mientras Jade le regalaba otra de esas sonrisas
capaces de engatusar a cualquiera. Tenía una luminosidad impropia de este
mundo, parecía un maldito rayo de sol. Muy al contrario que él. Caleb exhaló un
suspiro de derrota.
“Ya
estoy limpio, así que enjuágame y me voy.”
“De
acuerdo. Te buscaré en cuanto termine.”
“Estaré
en la biblioteca. No se te ocurra buscarme.”
“Ah,
¿en la biblioteca?”
“Exacto.”
Tras
asearse por completo, Caleb abandonó el cuarto de baño, dejando que Jade
asintiera satisfecho ante la mención del estudio. Una vez de regreso en su
alcoba, se secó el cuerpo de cualquier manera y frotó sus cabellos húmedos con
desgana. Habría sido un auténtico milagro que el marqués no hubiera decidido
irrumpir en su habitación nada más terminar su propio baño con la excusa de
secarle el pelo. Desgraciadamente, secarle los cabellos parecía haberse
convertido en otra de las obligaciones ineludibles asignadas al propio Jade.
capítulo
12
“¿Si
lo hubiera sabido, habríamos compartido habitación, ¿no crees?”
“¿Eso
es lo que piensas?”
“No,
joder.”
Caleb,
sentado frente al tocador en la silla del dormitorio, le soltó aquellas
palabras a Jade, quien se encontraba detrás de él secándole los cabellos con
una toalla. Jade le había respondido sin tacto alguno y se había ganado una
buena reprimenda. Caleb chasqueó la lengua con fastidio antes de contemplar la
melena a medio secar. Habiendo crecido entre lujos desde la cuna, sus torpes
movimientos denotaban falta de práctica, pero verlo esforzarse con semejante
empeño resultaba casi cómico. ¿Es que no tenía nada mejor que hacer? Aunque,
bien mirado, seguro que sí.
Habiendo
terminado la academia, lo lógico era que le aguardaran un sinfín de
obligaciones. Tenía que aprender a gestionar los asuntos de la casa como es
debido y labrarse una posición sólida tanto en la política como en los círculos
de la alta sociedad. Por supuesto, dado que el marquesado ya contaba con un
estatus consolidado, le bastaría con ocupar el puesto preestablecido; aun así,
el futuro cabeza de familia no podía permitirse mostrar debilidad ni dar pie a
que los demás lo subestimaran.
‘Al
menos debería demostrar que es un tipo competente.’
Y,
en ese mismo sentido, la situación de la propia familia de Caleb, la casa
Enders, se hallaba en un punto verdaderamente crítico.
‘Caer
en desgracia y terminar siendo rescatado por las manos de tu peor enemigo lo
dice todo.’
Por
si fuera poco, habían enviado al hijo menor como si de un rehén político se
tratara para casarlo con la familia de su archienemigo. Las habladurías debían
de ser insoportables. Más aún cuando se trataba de un matrimonio concertado
entre dos alfas. Sin duda, los corrillos debían de hervir debatiendo sobre la
capacidad del actual patriarca y del heredero. Con gesto indiferente, Caleb
apartó la mano de Jade a empujones, indicando que su cabello ya estaba
prácticamente seco y que con eso bastaba. Con una expresión de genuino pesar,
Jade rozó una última vez las puntas de sus mechones antes de retirarse.
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“Te
lo repito por última vez: voy a cambiarme de ropa y me iré a la biblioteca.
Búscate algo útil que hacer, yo ya me entretendré solo.”
“Mis
deberes……”
“Decir
que no tienes ninguno es una mentira evidente.”
“……”
Jade
se quedó en silencio, sintiendo que la había dado de lleno en el blanco. Caleb
exhaló un suspiro pesado y agitó la mano en señal de despedida. Tras deshacerse
de la bata de baño, percibió la intensa mirada de Jade clavada directamente en
su espalda. Aquel escrutinio tan denso, que parecía recorrer cada una de sus
vértebras como si pudiera palparlas físicamente, lo incitó a vestirse por sí
mismo con las prendas que los sirvientes habían dejado preparadas. Para Jade,
aquello supuso una pequeña decepción.
“Deberías
dejar que los sirvientes se encarguen de esto con normalidad. ¿Acaso crees que
necesito que me vistas tú con tus propias manos?”
“……Pero
es que.”
“Vas
a estar mucho más ocupado de ahora en adelante. Más que nunca.”
“……Aun
así.”
“¿Por
qué te empeñas en hacer berrinches como un niño? Al fin y al cabo, mi cuerpo es
perfectamente accesible para ti siempre que se te antoje.”
“……”
Ante
sus palabras, Jade guardó silencio por un momento. Cuando Caleb terminó de
abrocharse la ropa y se giró, se encontró con que el marqués ostentaba una
expresión indescifrable. Resultaba imposible averiguar si estaba de buen o mal
humor; era un semblante verdaderamente extrañado. En aquel rostro, Caleb
distinguió al mismo tiempo un atisbo de júbilo y la expresión torpe de un niño
que acababa de acertar por pura chiripa en una respuesta incorrecta. Caleb le
dedicó una sonrisa de mofa.
“¿Y
qué más da que ahora resulte que estabas equivocado en algo, Jade Damian?”
Dicho
esto, Caleb abandonó aquel lugar que ahora hacía las veces de su propia
habitación. Acto seguido, echó a andar con la intención de localizar la
biblioteca, el único sitio del que le habían indicado la ubicación. No tenía la
menor intención de patearse toda la mansión a ciegas; a fin de cuentas, a
diferencia de la casa Enders, allí pululaban numerosos criados, así que
bastaría con preguntarle a cualquiera de ellos por el camino correcto.
Y
justo en el momento en que sopesaba esa idea, alguien apareció al doblar la
esquina del pasillo. Era un rostro que ya había visto antes: el mayordomo de la
mansión. La misma persona que lo había recibido el día de su llegada. Caleb no
dudó en llamarlo.
“¿Mayordomo?”
“Ah,
es usted, el prometido del joven amo. ¿Se le ofrece algo?”
“Verá,
estoy buscando la biblioteca. ¿Podría indicarme cómo llegar?”
“No
supone ninguna molestia. Sígame, por favor.”
“¿No
estabas ocupado con otras tareas?”
“No
hay labor más importante que atender al prometido del joven amo. No se preocupe
por eso.”
Con
un tono afable, el mayordomo comenzó a guiarlo. Siguiendo sus pasos, Caleb
descendió un tramo de escaleras y recorrió un par de pasillos más hasta dar con
el acceso a la biblioteca. Las puertas dobles eran de unas dimensiones
imponentes, lo que sugería que el fondo bibliográfico superaba con creces sus
expectativas iniciales. Para alguien que no tenía absolutamente nada que hacer,
aquello constituía una excelente noticia.
“Dejaré
a un criado a su disposición por si requiere algo; solo tiene que tocar la
campanilla. Encontrará una sobre la mesa del interior.”
“Entendido.”
Tras
abrir las puertas personalmente, el mayordomo lo invitó a pasar al interior de
la biblioteca. Una vez que el pesado portal se cerró con un chasquido a sus
espaldas, los pasos del empleado se fueron desvaneciendo por el pasillo. Caleb
echó un vistazo general a la estancia. Las únicas fuentes de luz natural
provenían de los ventanales situados junto a los escritorios de lectura, y el
ambiente se percibía agradablemente seco. Acercándose a una de las
interminables hileras de estanterías, comenzó a examinar los lomos de los
libros.
No
había nada que llamara especialmente su atención. La gran mayoría de los
volúmenes trataban sobre materias impartidas en la academia o conocimientos propios
de la alta alcurnia. Eran lecturas destinadas a la formación que el propio Jade
habría recibido de haber tenido hermanos varones, o quizás alguna hermana, dado
que la academia continuaba siendo un feudo exclusivamente masculino.
Caleb
sopesó qué leer entre tanta variedad. En realidad, lo que de verdad le urgía en
ese momento era comprender a fondo el funcionamiento de aquel clan. Pese a los
constantes enfrentamientos, jamás se había molestado en indagar en los
cimientos de la familia Damian. En el pasado había considerado innecesario
estudiar la historia de una casa nobiliaria de trayectoria tan breve, pero
ahora comprendía lo estúpido que había sido pensar así.
“Tratándose
de alguien que ha amasado semejante poder en tan poco tiempo, con más razón
debería conocer sus raíces.”
Murmuró
para sus adentros mientras serpenteaba entre las estanterías, albergando la
esperanza de hallar algún tratado genealógico o histórico sobre los orígenes de
la familia, aunque dudaba que estuviera disponible en una sección de acceso
general. Tras rebuscar en el rincón más recóndito, dio por fin con una sección
dedicada a la historia familiar. El volumen que parecía contener los anales
genealógicos de los Damian era considerablemente más delgado que un libro
común, pero ostentaba una encuadernación de lujo. Por lo visto, habían
redactado monografías individuales para cada figura clave en lugar de un único
tomo mastodóntico, de modo que el archivo constaba de varios ejemplares, sin
llegar a ser abrumador.
Caleb
extrajo el primer tomo de la colección, centrado en el patriarca pionero.
Aquello no parecía una autobiografía al uso, sino una crónica redactada por
descendientes posteriores que ensalzaba la genialidad comercial de su
antecesor. Incluso aplicando un margen generoso a la inevitable exageración
familiar, las proezas logradas por aquel hombre resultaban colosales. A fin de
cuentas, gracias a aquellos cimientos, los Damian habían logrado escalar
posiciones hasta alcanzar el rango de marquesado.
“Así
que compró el apellido y un título nobiliario en decadencia mediante su fortuna
para acabar heredando el estatus de cabeza de familia.”
Era
una práctica habitual entre los nuevos ricos de la aristocracia emergente. De
hecho, existía la creencia popular de que ese método era mucho más ortodoxo que
intentar ganarse el favor real mediante hazañas militares. ¿Un marquesado, nada
menos? Una posición así no era algo a lo que pudiera aspirar a la ligera una
familia como los Enders, que se había arrastrado como condes durante el último
siglo.
Caleb
devolvió el libro a su sitio y continuó hojeando otros ejemplares. Como era de
esperar, todavía no existían volúmenes dedicados a Jade Damian ni a su
progenitor, seguían con vida. Con un leve chasquido de lengua por la decepción,
cogió un tomo cualquiera al azar y se encaminó hacia uno de los sofás bañados
por la luz del sol para empezar a leer. Matar el tiempo con la lectura era el
menor de sus problemas; no era más que puro aburrimiento.
*
* *
Jade
había sido expulsado prácticamente por Caleb y se encontraba sentado en su
despacho para ocuparse del trabajo acumulado. Tal como había señalado Caleb, la
carga laboral era considerable; o, mejor dicho, se había amontonado de forma
alarmante. Aunque por el momento su padre se encargaba de la gestión práctica y
todo marchaba sobre ruedas, eran responsabilidades que tarde o temprano
recaerían íntegramente sobre sus hombros al asumir el título.
“Has
venido antes de que el marqués decida venir a rompernos la cabeza.”
Comentó
su ayudante, asistiéndolo de cerca. Jade revisó unos legajos con desgana,
firmando los documentos mientras respondía:
“Yo
también tenía pensado venir a estas horas.”
“Ya
veo. Desde que llegó su prometido, ha estado tan embobado que temíamos que no
volviera a pisar la oficina.”
“……Dije
que pensaba venir.”
Ni
el propio Jade era consciente de poseer semejante faceta. Del mismo modo que
Caleb era implacable con sus obligaciones, Jade compartía esa misma exigencia;
de lo contrario, no habría logrado mantener un nivel capaz de rivalizar con él
durante toda la etapa en la academia. Sin embargo, el simple hecho de saber que
aquel mismo Caleb se hallaba ahora bajo su mismo techo le hacía perder la
chaveta por completo. Su mayor deseo era pasar el tiempo entero aferrado a su
lado, pero la cruda realidad se lo impedía.
“Mi
objetivo es dejar todo esto finiquitado antes de la cena.”
“¿Disculpe?
¿Todo este volumen?”
“Léanlo
como si les fuera la vida en ello.”
Jade
hablaba completamente en serio, y al percibir semejante determinación en su
mirada, los ayudantes pusieron cara de consternación. ¿Acaso las cosas no
habían sido bastante tensas entre ellos durante la academia? Si tanto deseaba
estar con él, podría haberse esforzado en conquistarlo de otra manera en lugar
de mantenerlo confinado en habitaciones separadas y andar con tantas
exigencias. No obstante, al no atreverse a articular semejante reproche en voz
alta, a los subordinados no les quedó más remedio que devorar los expedientes
con una chispa de desesperación en los ojos.
Aunque
Caleb le había advertido que se mantendría en la biblioteca y que no lo
molestara, lo prudente sería ir a buscarlo a la hora de cenar. Los padres de
Jade le habían sugerido que hicieran comidas separadas hasta que Caleb lograra
familiarizarse por completo con la mansión. Jade comprendía los motivos de su
familia y había dado su visto bueno a la propuesta. No cabía duda de que harían
falta algunas apariciones sociales para que el muchacho fuera aceptado y dejara
su impronta, pero no pretendía agobiarlo con presiones innecesarias desde el
principio.
‘Terminaré
el trabajo antes de la cena para comer juntos. Después lo acompañaré a su habitación
y……’
Jade
sopesaba las distintas formas de facilitar la adaptación de Caleb a su clan. No
obstante, por mucho que se devanara los sesos, se antoja difícil imaginar que
Caleb pudiera encariñarse jamás con los Damian. Él mismo lo sabía de sobra. Caleb
era el tipo de hombre que necesitaba estar siempre y en todo lugar por encima
de los demás; una realidad de la que ya se había percatado durante sus
estancias en la casa Enders.
‘Ese
imbécil de su hermano mayor jamás sería capaz de liderar a la familia.’
Por
razones que se le escapaban, los Enders sentían una debilidad inexplicable
hacia su primogénito, y al parecer pretendían empujar a la política a aquel
alfa cuyo intelecto ni siquiera le llegaba a la suela de los zapatos a Caleb.
Para Jade resultaba incomprensible. Por mucho que la tradición dictara ceder el
testigo al hijo mayor, si este carecía por completo de aptitudes, lo sensato
habría sido cederle el puesto al segundogénito.
‘Caleb
debe de pensar que la familia no puede sobrevivir sin él……’
En
la academia, Caleb se había mostrado infinitamente más activo que nadie. Más
que una persona obsesionada con brillar por méritos propios, parecía entregado
en cuerpo y alma a enaltecer el nombre de su estirpe. No era la actitud propia
de un segundogénito abocado a vivir relegado al margen del marquesado.
‘Era
más bien la conducta de alguien que pule con esmero lo que considera suyo.’
Mientras
leía con agilidad y firmaba sin pausa, Jade detuvo el movimiento de la mano de
repente. Caleb era un individuo de una tenacidad escalofriante. Aunque en esta
ocasión había salido adelante con la ayuda de la princesa, en la academia le
había tendido emboscadas de las que apenas había podido librarse en más de una
ocasión.
“Si
los nuevos ricos hemos logrado plantar cara a la vieja guardia con tanta fuerza
en esta promoción, se debe única y exclusivamente a Caleb.”
Aunque
las luchas de facciones dentro de la academia no se libraban de forma
explícita, los enfrentamientos de poder a través de notas académicas y torneos
oficiales eran constantes. En especial, las justas de esgrima celebradas de
manera anual lo habían obligado a cruzarse con Caleb una y otra vez.
“Con
solo ver eso, queda claro hasta qué punto le importa su familia.”
A
pesar del juicio severo que le merecía el hermano mayor, los Enders terminarían
sosteniendo su estatus únicamente gracias a las manos de Caleb.
‘¿Lo
hace por afecto a los suyos?’
Recordó
de pronto el profundo desconsuelo que el muchacho había manifestado al
enterarse del nuevo embarazo de su madre. Quizá, en el fondo, lo único que
deseaba Caleb era permanecer en un segundo plano, sosteniendo el peso de su
casa de manera silenciosa.
‘Seguro
que anhela regresar.’
Al
albergar ese pensamiento, la mano que aferraba la pluma se tensó con fuerza.
‘……No,
debo pensar con claridad. Al fin y al cabo, es un trato cerrado. No hay vuelta
atrás, por mucho que lo intente.’
Pero
tratándose de Caleb...
Quizá
fuera capaz de hallar algún resquicio o método que él ni siquiera sospechaba.
No confiando en la mera «buena suerte» que a él le había sonreído para
atraparlo, sino tejiendo los hilos pacientemente, paso a paso. La sola idea le
provocaba una rabia insoportable; un chasquido seco resonó en la estancia
cuando el cuerpo de la pluma cedió a la presión de sus dedos y se partió en
dos. El sonido sobresaltó a su ayudante, quien se apresuró a llamarlo:
“Joven
amo, ¿se encuentra bien de la mano?”
“Ah,
lo siento. Estaba distraído pensando en otras cosas.”
“¿No
se habrá lastimado?”
“No
me he hecho nada. ¿Podrías darme otra pluma?”
“Vaya,
aquí tiene. Aunque, si se puede saber, qué le ronda la cabeza para...”
“No
es nada.”
Jade
agitó la mano con una sonrisa afable. Cuanto más abrumado se sentía por sus
propias emociones, mejor se le daba ocultarlas; era una de sus grandes
virtudes. Aunque con Caleb esa habilidad pareciera desmoronarse por completo.
Volvió a concentrarse de inmediato en la montaña de expedientes que aguardaba
sobre la mesa. Al fin y al cabo, Caleb despreciaba por encima de todo a los
irresponsables que eludían sus deberes.
“Si
quiero terminar de revisar todo esto antes de cenar, no tengo tiempo para
distracciones.”
“……¿Lo
decía en serio?”
“Por
supuesto.”
Dicho
aquello, ignorando al subordinado que se apresuraba a retirar los restos de la
pluma rota, retomó la lectura con una herramienta nueva. Examinaba los
documentos con la velocidad y rigor de quien rinde un examen definitivo,
clasificando los aprobados a la derecha y aquellos que requerían un nuevo
estudio a la izquierda, entregándose de lleno a su labor.
“A
todo esto, ¿cómo van los preparativos para la ceremonia de compromiso?”
Inquirió
Jade sin levantar la vista de los papeles. Uno de sus ayudantes le respondió al
instante:
“Según
las palabras de la señora, se está organizando con la mayor celeridad posible.”
“……Una
respuesta un tanto ambigua tratándose de mi madre.”
“¿Acaso
una ceremonia de compromiso se despacha de la noche a la mañana?”
Organizar
un evento semejante requería al menos un mes de preparativos. Sin embargo, en
los Damian preferían pecar de prudentes antes de precipitarse y arruinar la
ocasión por culpa de las prisas.
De
este modo, se sumergió de nuevo en sus obligaciones sin permitir que nada lo
distrajera.
Transcurrió
el tiempo. Cuando por fin dio por concluida la revisión del último legajo, los
últimos rayos del sol ya se habían esfumado, tiñendo el horizonte de sombras.
Tras trabajar de forma ininterrumpida, Jade apartó la pluma con los dedos
agarrotados; los músculos de su mano protestaban tras horas de esfuerzo
continuo. Se estiró despacio y dirigió una mirada a sus ayudantes, quienes
mostraban un aspecto igualmente abatido.
“Han
hecho un buen trabajo.”
“Sí……”
“Pueden
retirarse a descansar. Yo también terminaré por hoy.”
Jade
se puso en pie y abandonó el despacho sin demora, encaminándose directamente
hacia la biblioteca donde Caleb debía de estar pasando las horas. A colación de
aquello, le había dado instrucciones de asignarle un servicio propio de criados
competentes. Aunque no le hiciera ninguna gracia que otros sirvientes rondaran
su intimidad, el razonamiento de Caleb era incuestionable. Al pasar junto a uno
de los criados que aguardaban en el pasillo, le ordenó:
“Selecciona
a cuatro o cinco sirvientes diligentes y ponlos a disposición de Caleb. Procura
que no hagan nada que pueda alterar su humor.”
“Comprendido.”
Con
pasos firmes, recorrió el pasillo, descendió un nivel y se detuvo ante las
puertas de la biblioteca. Cuando los empleados hicieron ademán de abrirlas, Jade
los frenó con un gesto silencioso de la mano y empuñó el picaporte con sumo
cuidado, procurando no emitir el menor ruido. Si el muchacho se hallaba inmerso
en la lectura, prefería no importunarlo. Sin embargo, al cruzar el umbral, la
escena que apareció ante sus ojos era bien distinta: Caleb reposaba recostado
contra el respaldo del sofá con los ojos cerrados. Tenía un libro apoyado sobre
el pecho y su semblante delataba cierto cansancio tras haber cedido al peso del
sueño.
Dejando
a los sirvientes al otro lado, Jade cerró la puerta con suavidad y se acercó
sigilosamente, amortiguando sus pisadas hasta detenerse junto al durmiente. El
volumen que descansaba sobre su torso trataba sobre los anales históricos del
imperio; los mismos textos áridos que él mismo había tenido que memorizar para
los exámenes de la academia. Al reparar en el detalle, una sonrisa agridulce
brotó en sus labios. ¿Acaso se encontraba añorando aquellos tiempos en los que
estudiar en la academia parecía un problema menor?
“……”
Estuvo
a punto de llamarlo por su nombre, pero los labios de Jade se detuvieron a
medio camino. Incapaz de pronunciarlo, alargó el brazo y rozó con el pulgar la
línea de sus largas y oscuras pestañas. Pudo percibir cómo el pelo negro y
denso se estremecía levemente al contacto con la yema de sus dedos. Aquel
reflejo defensivo bastó para que el muchacho abriera los ojos de inmediato.
Jade le dedicó una sonrisa cómplice.
“No
esperaba despertarte.”
“……Me
había propuesto solo cerrar los ojos un instante porque la vista me pesaba.”
Caleb
enderezó la postura de golpe, retiró el libro de su regazo y lo depositó sobre
la mesa baja frente al sofá.
“¿A
qué viene releer de repente la historia imperial?”
“Por
matar el tiempo. No encontraba nada más interesante a mano.”
“Tendré
que encargar que traigan más variedad de volúmenes.”
Jade
le tendió una mano invitándolo a levantarse.
“Vamos
a cenar. Lo haremos a solas; mis padres se mantendrán al margen durante un
tiempo.”
“Agradezco
semejante derroche de consideración.”
“Posees
una agudeza insoportable.”
“Ser
un ignorante en mi situación sería un insulto a la inteligencia.”
“……¿Acaso
tienes la costumbre de responder con semejante desparpajo a todo el mundo,
pertenezcas a la vieja aristocracia o no?”
“¿Te
molesta?”
“En
absoluto.”
Caleb
apartó la mano que le ofrecía y se levantó por su propio pie. A causa del sopor
reciente, una atmósfera extraña y lánguida parecía envolverlo. Jade mordisqueó
su labio inferior mientras reprimía una sonrisa.
‘Ruega
a los dioses para que no la armemos durante la cena.’
Se
repitió mentalmente en un ruego silencioso.
Capitulo
13
Tras
una breve oración, Jade condujo a Caleb de regreso a sus propios aposentos. Ya
había dado instrucciones previas para que la cena quedara dispuesta allí mismo.
El comedor principal estaba reservado para sus padres, y lo de habilitar un
comedor secundario no era más que una excusa barata. La auténtica razón era que
prefería disfrutar de la intimidad con Caleb, a solas y en su propia
habitación.
“No
creo que hiciera falta cenar obligatoriamente en tu cuarto.”
“Tómalo
como un capricho personal por mi parte.”
“Supongo
que tendré que armarme de paciencia y tragar con esto.”
Ante
esas palabras, Jade esbozó una sonrisa. La expresión de resignación en los
labios del otro le resultó dolorosa. Era evidente que Caleb no albergaba ni la
más mínima pizca de confianza en él. Al fin y al cabo, apenas había
transcurrido un día desde su llegada, por lo que resultaba de lo más lógico.
Jade retiró la silla de la izquierda, recién incorporada al mobiliario, y lo
invitó a tomar asiento mientras le servía la comida. Caleb bufó con desdén,
pero aun así obedeció y se sentó. Llegados a este punto, era preferible
resignarse y acostumbrarse a la situación.
“Las
invitaciones para nuestra ceremonia de compromiso se distribuirán lo antes
posible.”
“Ya
habías mencionado algo al respecto.”
“¿Te
parece que nos estamos dando demasiada prisa? Descuida, no será un evento
chapucero.”
“Si
vuestra familia se lo propone, no hay nada que se resista. Lo que es de
justicia es reconocerlo.”
“Jaja.
Me resulta de lo más curioso recibir un cumplido de tu parte.”
Caleb
era plenamente consciente del poderío económico y social que ostentaban los
Damian. Tal como había descubierto en la biblioteca, sus antepasados habían
sido auténticos genios de las finanzas, y esa estirpe comercial no había
perdido fuelle con las generaciones. Sin ir más lejos, el actual patriarca —el
padre de Jade— era considerado un virtuoso de las inversiones cuyos logros
resonaban con fuerza tanto en los círculos aristocráticos como en la política.
En contraste, los dominios de su propia familia se reducían al cobro de
impuestos sobre unas tierras cada vez más empobrecidas. Jamás habían cosechado
grandes glorias en los conflictos armados, y cualquier tentativa de inversión
económica terminaba invariablemente en fracaso. Al comparar la pujanza de los
Damian con la decadencia de los Enders, a Caleb se le escapó una risa amarga y
prefirió no seguir rindiendo culto a la desgracia.
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‘Tengo
que ingeniármelas para levantar a mi familia y ponerla, como mínimo, a su
altura.’
Solo
así conseguiría que su posición……
Mientras
rumiaba esos pensamientos, Jade intervino:
“¿Te
gustaría que ayudáramos a tu familia a salir a flote?”
“¿Qué?”
Caleb
apartó de golpe sus cavilaciones y lo miró fijamente. Jade le devolvió la
mirada con una sonrisa imperturbable en el rostro; exactamente la misma
expresión que solía lucir durante sus años en la academia cada vez que
intentaba medirle las fuerzas o ponerlo a prueba. Al recordarlo, los labios de
Caleb se curvaron en una mueca cínica. Pretendía tantear el terreno una vez
más, ¿no es cierto?
“No
me parecería una mala idea.”
“Si
estás dispuesto a aceptar, puedo facilitarte el acceso a opciones de inversión
sumamente seguras. El margen de fracaso es prácticamente nulo.”
“Tratándose
de las apuestas de vuestra casa, supongo que será así.”
“Aunque
vuestra facción ha sufrido un revés considerable recientemente, si decidimos
compartir con vosotros las rutas de inversión que manejamos, podríais recuperar
vuestra estabilidad en poco tiempo.”
“……Supongo
que sí.”
Caleb
aceptó sin poner mayores trabas. Al fin y al cabo, los seres humanos eran
presas fáciles de las ventajas inmediatas; y más aún si se trataba de una
garantía de rentabilidad tan evidente. Asintió despacio con la cabeza. Era consciente
de que, si lograba restaurar el estatus de su linaje sirviéndose de la
información de Jade, su atadura a aquella casa se volvería aún más
inquebrantable, pero en ese momento la prioridad absoluta era devolverle el
brillo perdido a la reputación de los Enders.
“De
acuerdo.”
“A
cambio, por supuesto, habrá que fijar una contrapartida.”
“Ya
me lo esperaba.”
“Jaja,
a veces se me olvida que estamos formalmente comprometidos.”
“Los
matrimonios de conveniencia funcionan exactamente así, Jade Damian. No lo
olvides.”
“……Lo
tengo presente. Claro que sí.”
Respondió
el marqués sin perder un ápice de su sonrisa amable. Caleb conocía de sobra el
trasfondo y los cálculos que se ocultaban tras aquella fachada afable. Pese a
todo, prefirió fingir ignorancia y dio un golpecito a la campanilla para dar
inicio al banquete. Al sonido del metal, los sirvientes hicieron su entrada
portando las bandejas con los platos.
La
cena estuvo a la altura de las expectativas, aunque Caleb fue incapaz de
retener el sabor exacto de los manjares. Para él, lo que hubiera en la mesa y
su respectivo gusto carecían de la menor importancia. Lo verdaderamente crucial
era lo que ocurriría una vez finalizada la comida: el precio que Jade le
cobraría por sus servicios. Sabía con dolorosa certeza en qué consistiría la
exigencia, y esa certidumbre le revolvía las tripas. Al parecer, su desasosiego
era tan evidente que terminó por filtrarse en el ambiente, provocando que Jade
comentara con una ceja alzada:
“Aunque
disfruto enormemente de tu aroma, ¿hasta qué punto te resulta insoportable
nuestra compañía como para saturar el aire con tus feromonas durante toda la
cena?”
“……Disculpa
por ese detalle.”
“No
te disculpes, no buscaba escuchar eso.”
Dicho
esto, Jade ordenó a los criados que retiraran los platos y despejaran la mesa.
En lugar de abrir las ventanas para ventilar, le tendió una mano. Caleb la
contempló con hostilidad antes de dejarse asir y permitir que lo condujera de
nuevo hacia el cuarto de baño. Pensó que el asedio comenzaría allí mismo.
Sin
embargo, para su sorpresa, tras sumergirse juntos en la bañera provista de agua
caliente, Jade se limitó a sentarlo sobre su regazo y rodear su cintura con los
brazos en un abrazo silencioso, sin mostrar el menor atisbo de malicia o
intención lasciva. Aquella moderación desconcertó a Caleb. Aunque, claro,
seguro que cambiaría de actitud en cuanto terminaran el baño, o quizá cuando
regresaran a la cama. Con esa idea fija en la cabeza, soportó el resto de la
higiene, pero al volver al dormitorio, Jade se limitó a ajustarle con cuidado
la bata de dormir y se tendió a su lado, atrayéndolo contra su pecho mientras
cerraba los ojos. Caleb se quedó completamente mudo de incredulidad, se incorporó
de un salto y lo encaró:
“¿Qué
demonios crees que haces?”
“¿A
qué te refieres?”
“Aún
tienes pendiente cobrarte tu parte del trato.”
“Y
estoy cumpliendo con mi parte. Hoy vas a dormir conmigo, aquí, en mi
habitación.”
“……¿Qué?”
“Si
no estuviéramos atados por este acuerdo, ¿acaso no habrías salido huyendo de mi
cuarto al primer segundo?”
“……”
“Jamás
había oído que compartir el lecho con el propio prometido supusiera semejante
suplicio. Si mi prometido es tan quisquilloso, tendré que armarme de paciencia.
Además, ayudar un poco a la familia de mi futuro esposo no tiene nada de
extraordinario.”
“……”
‘Nuestras
familias no están precisamente para andarse con esas confianzas.’ La réplica
estuvo a punto de escapársele de los labios, pero Caleb prefirió guardársela;
razonar con aquel sujeto solo le acarrearía dolor de cabeza, de modo que optó
por dejarse caer pesadamente sobre el colchón. Al ver que se rendía, Jade lo
acogió con satisfacción, estrechándolo contra su torso con un movimiento
fluido. A pesar de haber tomado un baño minutos antes, la fragancia sutil de
las feromonas del alfa seguía impregnando su piel, provocando un leve
cosquilleo en las terminaciones nerviosas. A pesar de todo, Jade no aflojó el
agarre. Si a él mismo le resultaba una situación tan extraña, para Jade debía
de ser poco más o menos lo mismo.
“¿No
te resulta incómodo?”
“¿A
mí? Para nada.”
“……Eres
un cínico de lo peor.”
“¿No
es una frase que me has dedicado con bastante frecuencia?”
Caleb
optó por el silencio y cerró los ojos. Dudaba seriamente que fuera capaz de
conciliar el sueño con un individuo como Jade Damian tumbado a su lado, pero
prefería mil veces intentar dormir que seguir enredado en una conversación
estéril. Al notar que había decidido guardar silencio, Jade emitió una risita
breve y le susurró al oído un buenas noches.
Solo
el tic-tac constante del reloj de péndulo rompía el silencio de la estancia,
acompañado por el compás a I compás de sus respiraciones entrelazadas. Al
comprobar que el sueño no llegaba, Caleb mantuvo los párpados apretados en la
oscuridad. Parecía que Jade, recostado a su lado, tampoco había logrado
entregarse al descanso. Si iban a pasar la noche en vela de forma tan incómoda,
casi habría preferido...
Caleb
se enderezó de repente, proyectando su sombra sobre el rostro de Jade. Sin
pensarlo demasiado, estiró los dedos y comenzó a rozar los contornos de los
ojos del marqués, sabiendo perfectamente que seguía despierto.
“Sé
perfectamente que no estás durmiendo.”
“Tienes
una facilidad pasmosa para darte cuenta de todo.”
“¿Cómo
pretendes que no lo note?”
“Podrías
haber disimulado un poco y fingir que dormías.”
“No
tengo la menor intención de seguirte el juego. Si vas a comportarte así, mejor
hazlo de una vez y acaba con esto.”
“Caleb……”
Jade
soltó una carcajada suave. A la luz tenue filtrada por la ventana, los hoyuelos
de sus mejillas se marcaron con mayor profundidad. Con delicadeza, le tomó la
mano a Caleb y la colocó directamente sobre su propio pecho. Al haber mantenido
cierta distancia hasta ese momento, Caleb no lo había notado, pero al entrar en
contacto directo con su torso percibió un ritmo frenético. Thump, thump,
thump. Los latidos resonaban con una violencia impropia de alguien que
supuestamente intentaba descansar.
“Estando
así de cerca de ti, ¿cómo esperas que consiga dormir con tranquilidad?”
“…….”
Los
dedos de Caleb se crisparon involuntariamente. El golpeteo acelerado que
percibía a través de la palma de su mano le resultó de pronto extrañamente
ajeno. Aquello no era el reflejo de un simple impulso carnal; la contundencia
de aquellos latidos le transmitía una urgencia tan desmedida que amenazaba con
desestabilizarlo por dentro.
“Tú……
¿qué sabrás tú de lo que siento?”
La
frase pugnaba por salir de su garganta, pero Caleb se tragó el reproche a
tiempo. No tenía la menor intención de abrirle su corazón ni de confesarle sus
verdaderos pensamientos. A fin de cuentas, todo aquello debió quedar atrás y
desvanecerse como un sueño efímero la misma noche de su graduación. Sin
embargo, Jade se había empeñado en arrastrar aquellos sentimientos hasta el
presente. Un hombre tan exasperante como detestable por haberlo arrastrado
hasta ese punto.
“……Si
no tienes intención de hacer nada, déjalo estar.”
“Aunque
sé de sobra lo mucho que te repugna esta situación.”
Jade
estiró el brazo de nuevo y lo atrajo con firmeza, obligándolo a desplomarse
sobre su pecho. Caleb se quedó inmóvil, apoyado contra él, prestando atención
al sonido de su corazón. Continuaba latiendo desbocado, como el de un muchacho
enamorado por primera vez. Un vértigo repentino invadió a Caleb, obligándolo a
cerrar los ojos. Jade, temiendo tal vez que el muchacho se apartara de su lado,
intensificó el abrazo rodeándolo con fuerza. A pesar de resultarle incómodo, el
rastro dulzón de las feromonas de Jade terminó envolviéndolo, y para su propia
sorpresa, Caleb acabó cayendo rendido ante el sueño. Era un auténtico misterio.
*
* *
Al
despertar a la mañana siguiente, Caleb se descubrió tendido plácidamente sobre
el colchón. A su lado, extendido a lo largo, Jade lo observaba con una sonrisa
radiante. Al ver que se incorporaba de golpe, el marqués dejó escapar una risa
ahogada.
“¿Ya
has despertado?”
“¿Me
he quedado dormido?”
“Sí.
He procurado no hacer ruido para no despertarte.”
“……Tú
no has dormido nada.”
“Yo
he descansado de maravilla. Teniéndote entre mis brazos, ¿cómo iba a tener
razones para no dormir?”
“……Ya
veo.”
Caleb
replicó con un tono que denotaba cierto alivio, aunque la realidad era que Jade
no había pegado el ojo en toda la noche. Era tal como sonaba. Con Caleb
acurrucado contra su pecho, la idea de conciliar el sueño resultaba imposible.
Su corazón latía desbocado, las zonas bajas de su cuerpo se llenaban de una
tensa acumulación de sangre y su mente no paraba de dar vueltas; el entorno era
de todo menos propicio para descansar. Aun así, se había limitado a acomodar
con delicadeza al muchacho —que parecía profundamente dormido—, pasando las
horas muertas contemplando la sombra que proyectaban sus pestañas sobre su
piel. Y así, con la mirada, había dibujado y redibujado su rostro una y otra
vez hasta que el amanecer hizo acto de presencia.
“Esta
mañana haz tus cosas con tranquilidad. Me dirijo directo al despacho.”
“……Como
veas.”
“Ah,
por cierto, sobre lo que comentamos anoche en la cena……”
Jade
se puso en pie y comenzó a recibir la asistencia de los criados para
arreglarse.
“¿Te
refieres a lo del asunto de las inversiones?”
“Exacto.
Te lo facilitaré con antelación para que tú te encargues de hacérselo llegar.
Si partiéramos directamente desde nuestra casa, la situación podría resultar un
tanto incómoda o fuera de lugar, así que es mejor que seas tú el
intermediario.”
“……Te
agradezco el gesto.”
“Vaya,
es la primera vez que te oigo pronunciar la palabra gracias.”
Tras
pronunciar esas palabras y terminar de mudarse de ropa, Jade se acercó a Caleb
y le depositó un beso en la mejilla. Ante el gesto, Caleb lo fulminó con la
mirada como si se preguntara qué clase de locura era esa, pero el marqués se
limitó a responder con absoluta desvergüenza:
“Has
hecho méritos para recibir un reconocimiento, así que un detalle así entra
dentro de lo razonable.”
“……”
“En
fin, que pases una buena mañana.”
“Deducir
que volverás a aparecer por aquí por la tarde es lo lógico, supongo.”
“Exacto.”
Dicho
aquello, Jade se marchó rumbo a su oficina, dejando a Caleb a solas para llamar
a los sirvientes y concluir su aseo matutino. Una vez vestido, al encaminarse
de regreso a su estancia provisional, el mayordomo de la mansión lo aguardaba
con una misiva.
“Aquí
tiene las propuestas de inversión que el joven amo me pidió que le entregase.”
Caleb
tomó los folios y comenzó a examinarlos detenidamente. Todos los apartados
estaban meticulosamente clasificados para garantizar un rápido retorno de
beneficios en plazos cortos de tiempo. Eso sí, la envergadura de las
operaciones no era especialmente colosal; claro que, para empezar, era lógico
que no le confiaran de entrada los proyectos de mayor envergadura. Caleb se
ensimismó, sumido en cavilaciones mientras sostenía los papeles. Si transmitía
aquella información a la casa Enders, no cabía duda de que lo recibirían con
alborozo. No era una mala opción. Caleb experimentó un silencioso destello de
satisfacción. A fin de cuentas, aquello constituía indudablemente una de las
piezas angulares necesarias para devolverle el esplendor a su linaje. Así pues,
cuando llegara el momento oportuno……
“¿Podría
facilitarme papel y pluma para redactar una carta?”
“En
seguida, señor.”
Caleb
se sentó frente al escritorio, jugueteando distraído con la pluma nueva. Todo
aquello le resultaba profundamente ajeno, pero no le quedaba más remedio que
familiarizarse con su nueva realidad antes de encontrar el modo de marchar de
allí.
Poco
después, el mayordomo regresó con un juego de papelería de alta calidad, y
Caleb, sin titubear un instante, comenzó a redactar la misiva destinada a su
familia. Detalló con precisión quirúrgica dónde debían realizarse los próximos
movimientos financieros y cuáles eran los fundamentos que respaldaban tales
oportunidades. Al justificar que había logrado recabar información privilegiada
sobre las rutas comerciales y financieras de los Damian, su padre y su hermano
morderían el anzuelo sin cuestionar una sola palabra.
‘A
juzgar por las palabras de Jade, parece dispuesto a seguir facilitándome
información de forma constante.’
De
ser así, las perspectivas se volvían mucho más favorables. A fin de cambiar las
tornas, su propia casa necesitaba aferrarse con fuerza a su posición en la
cúpula de la vieja aristocracia. Escribió con firmeza, pensando únicamente en
el porvenir de los suyos.
La
carta voló hasta encontrar su destino en la mansión de los Enders. Desde hacía
semanas, la familia se había encerrado tras sus puertas, volviéndose sorda a
los comentarios malintencionados que circulaban extramuros. Tras el intento de
magnicidio contra la primera princesa y el consecuente rescate orquestado por
el clan enemigo —los Damian—, las burlas y habladurías se habían propagado sin
freno por los salones de la política y la alta sociedad, dejando al clan en una
situación de bochorno tan absoluta que apenas se atrevían a mostrar el rostro
en público.
“A
este paso, nuestra influencia quedará reducida a la nada.”
El
patriarca de los Enders paseaba por el salón devorado por la impaciencia. Su
primogénito, Ivan, intervino con voz contenida:
“De
todos modos, se ha demostrado oficialmente que todo aquello no era más que una
falsa acusación……”
“¡Eso
da igual! ¿Qué se supone que debemos hacer con el compromiso de Caleb……?!”
Haber
sido acorralados mediante chantaje político hasta el punto de entregar al
segundogénito en matrimonio a la familia de sus archienemigos constituía una
mancha indeleble en su honor. Sin embargo, en medio de aquel panorama
desolador, la carta enviada por el hijo al que habían sacrificado cayó como
agua de mayo sobre terreno seco.
“¿Que
ha llegado una carta de Caleb?”
“Sí,
mi señor, el remitente es sin duda el joven Caleb.”
“Dámela
aquí inmediatamente.”
El
conde de Enders arrebató el pliego y lo desdobló a toda prisa. A los pocos
segundos, una carcajada estridente retumbó en la estancia.
“¡Está
claro que corre por sus venas la auténtica sangre de los Enders! ¡Incluso
habiendo caído en las garras del enemigo, no olvida cuáles son sus obligaciones
con los suyos!”
“¿De
qué se trata, querido?”
Inquirió
la condesa de Enders, cuyo vientre ya empezaba a delatar un avanzado estado de
gestación. Ivan se apresuró a sostener a su madre para ayudarla a tomar asiento
en el sofá. El conde tendió el documento a sus familiares para que comprobaran
por sí mismos la información: los puntos exactos de inversión señalados por
Caleb, detallando pormenorizadamente los márgenes de rentabilidad y el volumen
de ganancias que podían extraer de cada operación respaldada por los Damian.
Tras leer los datos, Ivan experimentó una especie de sacudida interna; su
semblante se ensombreció de forma imperceptible.
“……Ese
chico siempre encuentra la manera de dar con la respuesta correcta sin importar
dónde se encuentre.”
“Así
es, al final ha resultado ser lo mejor. Siguiendo al pie de la letra estas
recomendaciones financieras, lograremos recuperar nuestro estatus en poco
tiempo.”
“¿De
verdad podemos confiar en esto?”
“Caleb
siempre ha sido un muchacho perspicaz y de mente fría. Lo conozco bien.”
Sentenció
el patriarca, ordenando de inmediato la presencia del mayordomo para movilizar
los fondos disponibles del clan y volcar los recursos en las plazas financieras
indicadas por su hijo menor. Mientras presenciaba toda la escena, las pupilas
azuladas de Ivan brillaban con una intensidad sombría, al tiempo que
mordisqueaba con saña el interior de su labio inferior. Al percatarse del
gesto, la madre dirigió su atención hacia él:
“Ivan,
es cierto que tu entrada en la política se ha visto retrasada por todo esto,
pero ten paciencia. Con Caleb allanándote el camino de esta manera, es
imposible que fracases.”
“……Supongo
que sí.”
“Por
supuesto que no.”
Ivan
forzó una sonrisa rígida para complacerla.
“Si
me disculpan, iré a descansar un momento a mis habitaciones.”
“Sí,
ve, hijo mío.”
Abandonando
el salón de la segunda planta, el joven enfilaron los pasillos hacia el ala
superior. O más bien, se dirigió hacia un lugar que ya no pertenecía a nadie:
la antigua habitación de Caleb. Aunque los aposentos del muchacho aún
conservaban sus pertenencias, no tardarían en ser desmantelados y vaciados por
completo. Era algo que el propio Caleb daría por sentado.
Con
la mirada teñida de una oscuridad insondable semejante a la de un abismo
marino, Ivan cruzó el umbral del cuarto de su hermano y cerró la puerta a sus
espaldas. Un segundo después, el estrépito de la vajilla y los ornamentos
estrellándose contra el suelo comenzó a filtrarse al exterior. Incapaz de
contener la furia, el estruendo de los objetos destrozados rompiendo en pedazos
resonaba sin disimulo alguno.
Los
criados que aguardaban en los pasillos se limitaron a exhalar suspiros de
resignación, mientras los señores, instalados en el piso inferior, permanecían
demasiado absortos en sus urgencias financieras como para prestar atención a lo
que ocurría arriba. Empuñando la espada decorativa que colgaba de la pared,
Ivan arremetió contra el lecho donde Caleb solía dormir, desgarrando los
tejidos una y otra vez hasta que, con el pecho agitado y jadeando con
violencia, detuvo su arrebato destructivo.
Cuando
por fin se inmovilizó, la estancia de Caleb era poco más que un vertedero de
escombros. Abrumado por la fiebre del coraje y los movimientos bruscos, Ivan se
llevó una mano a la sien, sintiendo cómo las sienes le latían con fuerza y un
dolor sordo le zumbaba en el cráneo.
“Se
las da de muy listo por haberse graduado con honores en la academia, pero al
final…….”
Por
más brillante que fuera Caleb o por muchos méritos académicos que acumulara, en
aquella casa el primogénito seguía siendo él, y el otro no era más que un
segundogénito destinado a servirle de sostén. No había motivo real para
inquietarse por el futuro. Ivan dejó aflorar, después de muchísimo tiempo, un
rencor viejo y enmohecido. Cada vez que llegaban a sus oídos noticias sobre los
triunfos de su hermano menor en la academia, el estómago se le revolvía de pura
bilis. Apretando los dientes con fuerza, dejó caer la espada ornamental al
suelo y, en cuestión de segundos, su postura recuperó la fachada frágil y
apacible que solía exhibir ante los demás.
Abrió
la puerta con suavidad y le indicó al servicio con tono afable:
“El
cuarto se ha desordenado un poco, por favor, encárguense de limpiarlo.”
“Comprendido,
joven amo.”
“Y
procuren que mis padres no se enteren de nada.”
“Sí,
señor.”
Dicho
aquello, Ivan regresó a su propia habitación como si nada hubiera ocurrido.
Capitulo
14
La
semana transcurrió en un abrir y cerrar de ojos. Caleb carecía de obligaciones
reales que atender. Su estatus como prometido resultaba extrañamente ambiguo;
al no haberse celebrado aún el enlace formal, le correspondía un papel
difuminado que le impedía inmiscuirse en las labores propias de la esposa del
marqués, y mucho menos intervenir en los asuntos internos de la casa Damian.
Por esa razón, se limitaba a deambular como una muñeca decorativa entre su
habitación y la biblioteca, limitándose a observar aquello que Jade le permitía
ver y consumiendo los días en una existencia tan plácida como exasperantemente
monótona. Para alguien de su temperamento, el tedio era una condena
insoportable. Y fue en medio de esa rutina gris cuando recibió el aviso definitivo.
“La
ceremonia de compromiso se celebrará esta misma semana. Al finalizar, habrá un
banquete de proporciones modestas. Conviene que empecemos a prepararnos en
consecuencia.”
Las
palabras brotaron durante una de sus habituales cenas con Jade, una dinámica a
la que ya había comenzado a acostumbrarse. Tras apurar el último bocado sin
demasiadas pretensiones, Caleb lo miró fijamente y le lanzó una pregunta
directa:
“¿Qué
clase de imagen esperas que proyecte ante los demás?”
“¿A
qué te refieres con qué clase de imagen?”
“Quiero
saber si prefieres que actúe como el típico prometido alfa arrastrado a la
fuerza o si, por el contrario, buscas que aparentemos una sintonía idílica y
perfecta.”
“……Pienso
que tal como estamos ahora mismo es más que suficiente.”
“Entendido.”
Caleb
asintió con un leve movimiento de cabeza, como si considerara insustancial
aquella respuesta. No cabía duda de que la afirmación de Jade escondía un
trasfondo distinto; probablemente significaba que no tenía intención de
imponerle restricciones excesivas en público.
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“Ya
me encargaré de manejarlo a mi manera.”
De
modo que optó por tomar las riendas por su cuenta. Pese a advertir una fugaz
sombra de inquietud en la mirada del marqués, Caleb no albergaba la menor
intención de dinamitar el compromiso ni de arruinar el banquete posterior. Al
fin y al cabo, ¿cuál era el propósito de soportar semejante encierro si no era
preservar lo poco que quedaba? Con una sonrisa imperceptible en los labios,
hizo un gesto para que retiraran los platos apenas tocados y se despidió de su
prometido:
“Adelántate.
Esta semana tendrás el despacho a rebosar de asuntos pendientes. Yo también
haré lo propio por mi parte.”
“……Como
quieras.”
Una
vez que Jade se marchó, Caleb mandó llamar al mayordomo tras concluir su aseo
diario y le formuló una consulta concreta:
“¿De
qué cantidad dispongo para gestionar los preparativos del banquete de
compromiso?”
“Su
presupuesto asciende a ochenta millones de oro, mi señor.”
“……Vaya,
parece que no escatiman en gastos.”
Era
una suma equivalente al presupuesto anual de una matrona de la alta alcurnia;
un dispendio desproporcionado para alguien que, técnicamente, aún no formaba
parte oficial de la familia. En cualquier caso, una vez constatada la liquidez
de la que disponía, Caleb decidió ponerse manos a la obra con la organización
del evento. Daba por sentado que los preparativos de la ceremonia principal
corrían por cuenta de la marquesa, lo que significaba que la ingente suma de
ochenta millones estaba destinada de forma íntegra a los festejos posteriores.
‘Ya
que han depositado semejante voto de confianza, lo mínimo que puedo hacer es
estar a la altura de sus expectativas.’
Para
sorpresa de cualquiera que observara la situación desde fuera, su adaptación a
la casa Damian estaba resultando inusualmente dócil. Nadie era capaz de
adivinar qué se cocía realmente en su cabeza, ni siquiera Jade, que lo
custodiaba desde la cercanía. Era imposible saber si se había resignado a su
suerte o si se limitaba a agachar la cabeza mientras aguardaba agazapado el
momento oportuno.
Lo
único indudable era que la naturaleza de Caleb no encajaba con la quietud de un
recluso. Sin embargo, arruinar la ceremonia estaba fuera de sus planes; hacerlo
no haría más que abrir una brecha irreparable y estampar una nueva mancha de
deshonor sobre su propia estirpe. Y eso era precisamente lo que trataba de
evitar. Lo urgente era encontrar el modo de suturar las heridas del clan
Enders.
‘Aunque
depender exclusivamente de mis propias fuerzas para lograrlo se antoja
complicado……’
Tras
sopesarlo detenidamente, tomó una decisión y recurrió de nuevo al mayordomo:
“¿Me
sería posible conceder una audiencia con el cabeza de familia?”
“¿Se
refiere al señor marquesado?”
“Exactamente.”
“Transmitiré
su petición de inmediato.”
“Te
lo agradezco.”
“No
hay de qué……, señor.”
La
naturalidad y el tono cortés con el que Caleb le había agradecido el gesto
descolocaron por completo al mayordomo, que tardó unos segundos en
recomponerse. Corría el rumor de que los miembros de la casa Enders trataban a
la servidumbre poco menos que como a ganado, pero el comportamiento del joven
distaba mucho de esa arrogancia. Tras la marcha del sirviente, Caleb se acomodó
en silencio junto a la mesa del estudio, aguardando con paciencia. Al notar el
mutismo de la estancia, uno de los criados apostados en las inmediaciones se
atrevió a preguntar:
“¿Desea
que le prepare una taza de té, mi señor?”
“Sí,
por favor. Lo que sea, no te preocupes demasiado.”
“Comprendido.”
Los
empleados de aquella casa tenían la delicadeza de estar pendientes del estado
de ánimo de los amos; una atmósfera cálida que contrastaba radicalmente con la
fría indiferencia de los Enders, donde nadie se movía a menos que mediara una
orden directa. Aquella sutil calidez le hizo reflexionar sobre lo ajeno que se
sentía en aquel lugar.
Un
leve sonido metálico resonó en la habitación.
“Aquí
tiene, mi señor.”
El
criado depositó una tetera humeante junto a una taza de porcelana y sirvió la
infusión. Caleb se llevó el recipiente a los labios de forma automática,
cruzándose fugazmente por la mente la idea de si alguien se atrevería a poner
veneno en su bebida. No obstante, descartó la sospecha de inmediato. Sin duda,
en el seno de la familia principal habría quienes miraban con recelo su llegada
como prometido; una hostilidad contenida que evidenciaba cuán férreo era el
control del patriarca. A fin de cuentas, el poder del núcleo familiar era
inmenso, y los parientes de las ramas secundarias no tenían margen alguno para
desafiar el orden establecido.
‘Cuanto
mayor es el poder central, más autoridad directa concentra el cabeza de familia
en sus manos.’
Aunque
asumía la perspectiva de aguardar horas enteras una respuesta, el mayordomo
regresó a los pocos aposentos mucho antes de lo previsto.
“El
señor ha dado su aprobación. Puede acudir a su despacho en este momento.”
“……¿Ahora
mismo?”
“Así
es.”
Los
tiempos se habían cumplido con una agilidad sorprendente; conseguir una cita
inmediata con un patriarca de su jerarquía solía ser tarea titánica. Sin
embargo, si la oportunidad se presentaba, no cabía dudar. Caleb ajustó los
pliegues de sus ropas con presteza y le indicó al criado:
“Pongámonos
en marcha.”
Siguiendo
los pasos del mayordomo, recorrió los pasillos en dirección a las oficinas
principales. Por el camino, divisó la puerta del despacho de Jade. Aunque se
hallaba cerrada, la entrada y salida intermitente de los ayudantes dejó la
rendija entreabierta el tiempo suficiente para permitirle vislumbrar el
interior. Jade aparecía inclinado sobre los expedientes con un gesto de
absoluta concentración, una estampa que le retrotraía de inmediato a sus años
en la academia y que le arrancó una involuntaria y efímera sonrisa. No tardó,
sin embargo, en borrarla del rostro para recuperar la compostura. Tras subir un
tramo adicional de escaleras, llegaron por fin frente a los pesados portales
del despacho del marqués.
“Hemos
llegado.”
Toc, toc.
Ante
los nudillos discretos del mayordomo, una voz grave y rotunda resonó desde el
otro lado:
“Adelante.”
“Ya
puede pasar, mi señor.”
Creeec—.
En
cuanto los criados abrieron las hojas de la puerta, Caleb cruzó el umbral con
el semblante pétreo. El ambiente del interior era denso y solemne, impregnado
de una autoridad pesada. A ambos lados de la sala, varios ayudantes alineados
con rigidez guardaban silencio, custodiando rumas de documentos apilados con
pulcritud sobre los escritorios, como si su mera presencia allí respondiera
exclusivamente al aviso de su visita.
“No
era necesario llegar a estos extremos por mi presencia, señor.”
“Retírense
todos un momento.”
“…….”
Caleb
experimentó un destello de genuina sorpresa al comprobar la rapidez con la que
el patriarca había calado sus intenciones. No cabía duda de que la proverbial
perspicacia de Jade era un rasgo de familia; al fin y al cabo, su deseo era
mantener una conversación a solas, sin testigos de por medio. Obedientes, los
subordinados y el personal abandonaron la estancia en silencio. Con las manos
cruzadas a la espalda y manteniendo una distancia prudente, Caleb se detuvo
frente al imponente escritorio del líder de los Damian.
“He
solicitado esta audiencia porque necesito plantearle una petición.”
“Te
escucho.”
“Concédame
información privilegiada que me permita manipular a mi antojo a la facción de
la vieja aristocracia.”
Ante
semejante solicitud, el marqués levantó la vista de los legajos que examinaba.
El rostro del veterano alfa permanecía esculpido en un hielo absoluto, pero en
los ojos de Caleb no asomaba ni el más mínimo rastro de temblor. Se limitó a
cerrar los labios, consciente de haber expuesto su propuesta con la precisión
de quien cumple un trámite, y aguardó la réplica.
“¿Y
qué razones tengo yo para acceder a algo así?”
“Porque
a cambio obtendrá un beneficio mayor.”
“¿Un
beneficio mayor?”
“Exacto.”
Por
primera vez desde su llegada, Caleb le regaló una sonrisa directa.
Clack.
El
patriarca depositó la pluma sobre la superficie de la mesa. La propuesta no
dejaba de ser fascinante. En un principio, había aceptado acoger al
segundogénito de los molestos Enders como una suerte de rehén encubierto para
mantenerlos a raya, jamás imaginando que el muchacho se plantaría ante su mesa
con semejante oferta en los labios. Tal como aseguraba su hijo, aquel chico
poseía un espíritu indomable. No obstante, resultaba insólito que alguien
dispuesto a negociar con los intereses de su propia sangre le tendiera la mano
de ese modo a la casa Damian.
“Explícate
con detalle.”
Sin
borrar la curva de sus labios, Caleb comenzó a hablar. Y las palabras
pronunciadas en aquella estancia quedaron selladas bajo un pacto estricto de
absoluto secreto entre ambos.
*
* *
El
rumor sobre el compromiso entre la casa Enders y la casa Damian, del que hasta
entonces solo se hablaba en susurros, se desató de golpe y sacudió a la alta
sociedad por completo. Así que la alianza entre ambas familias era real. Los
nobles hacían lo imposible por conseguir una invitación a la ceremonia, y
quienes lograban hacerse con una eran objeto de envidia generalizada. Por
supuesto, los cotilleos y las especulaciones no tardaron en multiplicarse como
la pólvora.
“Así
que el atentado de envenenamiento contra la primera princesa fue obra de los
Enders……”
“Hay
quienes dicen que se trató de una falsa acusación.”
“¿Y
de verdad te crees eso?”
“Corre
el rumor de que fue la casa Damian la que intercedió para encubrirlo todo tras
ser descubiertos.”
“¿Cómo
va a lograr un simple noble encubrir un intento de regicidio contra la familia
imperial?”
“Según
las malas lenguas, hubo un acuerdo secreto de por medio con la propia primera
princesa.”
“¿Pero
exactamente qué demonios está pasando aquí?”
Entre
suposiciones y conjeturas, los aristócratas revisaban una y otra vez el nombre
impreso junto al de los Damian. Caleb Enders. No cabía duda de que se trataba
del segundogénito recién graduado de la academia. Claro que, puestos a
sacrificar a un hijo, entregar al menor era una opción mucho más lógica que
arriesgar al heredero. Sin embargo, no todos compartían esa fría lectura de los
hechos.
“Caleb……”
Orkan,
el joven conde de la casa Veser, contemplaba la invitación que reposaba sobre
su mesa con un rostro profundamente ensimismado. Caleb Enders; ¿quién era aquel
hombre para él? A pesar de pertenecer ambos al mismo rango de condes, se
trataba de un individuo de una competencia tan deslumbrante que el propio Orkan
le había cedido el primer puesto de manera voluntaria. Y ahora, un hombre de su
calibre había sido vendido a otra familia meramente como moneda de cambio
político.
“Esto
es inaceptable.”
Orkan
sentía como si el ultraje recayera directamente sobre su propia persona. El
hombre al que él mismo había reconocido, al que había admirado desde la
distancia y al que……
“Al
fin y al cabo, ambos son alfas.”
Tal
como lo era él mismo. Orkan conocía bien el rastro de las feromonas que Caleb
desprendía de vez en cuando; aquel aroma denso a ceniza y humo que cortaba la
respiración de cualquiera. Una fragancia que transmitía la sensación de que el
interior de su alma se hallaba completamente calcinado y en ruinas. A menudo,
al percibirlo, Orkan se decía a sí mismo que nadie sería jamás capaz de
adentrarse en aquel páramo desolado para ocupar un sitio a su lado. Por esa
razón él también se había mantenido al margen, consolándose con la idea de que,
puesto que aquel trono estaba destinado a quedar vacante para todos, a él
tampoco le correspondía intentarlo.
“Tengo
que ir y comprobarlo con mis propios ojos.”
Con
esa resolución, Orkan comenzó a ultimar los preparativos para asistir a la
ceremonia. La fecha del evento estaba a la vuelta de la esquina, y el momento
de reencontrarse con él se acercaba inexorablemente. Dedicó varios días enteros
a alistar su asistencia. Aunque sus padres lo miraban con extrañeza y le
recriminaban que se comportara con tanta obsesión por un compromiso ajeno, para
Orkan aquello constituía un asunto de máxima prioridad. Al fin y al cabo, sería
la primera vez que vería a Caleb desde su graduación en la academia.
*
* *
El
tiempo siguió su curso hasta llegar al ansiado día de la ceremonia de
compromiso.
Orkan
se subió al carruaje luciendo una apariencia impecable, sin un solo detalle
fuera de lugar. Al pertenecer a una de las familias principales de la vieja
guardia aristocrática, concedía una enorme importancia a la tradición. De ahí
que se negara por completo a utilizar esos automóviles modernos que tanto
fascinaban a los advenedizos de la nueva nobleza.
El
carruaje avanzó con paso firme hasta adentrarse en los dominios de la mansión
de los Enders. A medida que se aproximaban al destino, Orkan sintió que los
latidos de su corazón se aceleraban con violencia en el pecho. Había dado por
sentado que volvería a encontrarse con él de manera natural en los círculos
políticos o sociales más adelante, pero jamás imaginó un escenario semejante.
Desde que se supo que la familia de su compañero había sido detenida bajo la
acusación de intentar envenenar a la familia imperial, jamás había experimentado
semejante taquicardia.
Durante
todo el trayecto, Orkan guardó un silencio absoluto, incluso cuando el vehículo
atravesó los extensos jardines de la propiedad hasta detenerse frente a la
entrada principal. Al descender con la invitación firmemente sujeta entre los
dedos, se adentró en el imponente salón de banquetes.
El
ambiente estaba inundado por un murmullo incesante de conversaciones y risas
contenidas. Multitud de invitados se habían congregado allí con el doble
propósito de comprobar la veracidad de los rumores y disfrutar del despliegue
social. Tratándose de un compromiso y no de una boda propiamente dicha, el
formato era relativamente simple: anunciar formalmente el enlace ante la alta
sociedad y dar paso inmediato al banquete.
“Por
eso mismo, es un vínculo fácil de romper.”
Entre
la aristocracia, los compromisos matrimoniales se contraían con ligereza y se
disolvían con la misma facilidad. Si había algo de lo que alegrarse, era
precisamente de que aquello fuera una promesa de compromiso y no una unión
definitiva.
“Todavía
tengo una oportunidad.”
Con
ese pensamiento repiqueteándole en la mente, Orkan abrió paso entre la multitud
en dirección al centro de la sala. Los protagonistas de la ceremonia aún no
habían hecho su aparición. Fue en ese momento cuando un par de voces familiares
lo interceptaron:
“¡Orkan!”
“¡Vaya,
Orkan, cuánto tiempo!”
“¡Coache,
Velern!”
Eran
sus antiguos compañeros de la academia. Ambos intercambiaron una mirada
cómplice; estaba claro que habían acudido movidos por la misma curiosidad
insaciable. Decidieron apartarse del bullicio central y buscar refugio en uno
de los extremos del salón.
“A
todo esto, ¿es verdad que esos dos se van a comprometer?”
“¿Cómo
demonios han llegado a esto?”
“Por
mucho que los Enders hayan estado en el punto de mira por el intento de
regicidio, ¿de verdad la casa Damian iba a tenderles la mano de esta manera tan
repentina?”
“¿Habrá
habido algún interés oculto desde el principio?”
Ante
el comentario, Orkan intervino con una expresión ensimismada, como si cargara
con una sospecha constante:
“Jade
Damian siempre ha mirado a Caleb con una extraña intensidad.”
Coache
y Velern arquearon las cejas con desconcierto ante la afirmación.
“Pero,
Orkan, los dos son alfas. Una cosa sería si uno de ellos fuera omega...”
“Si
nos ponemos así, ¿cómo explicas este compromiso?”
“Bueno,
eso es verdad, pero……”
“¿Estás
insinuando que Jade tramó una trampa para estar con Caleb?”
“Quién
sabe, a lo mejor hasta pactó en secreto con la primera princesa.”
“No
digas tonterías, ¡si hemos estudiado en la academia! ¿Cómo van a pactar algo
así?”
“Solo
digo que la situación es extraña.”
“Es
evidente que suena raro porque ambos son alfas, pero si te paras a pensar en la
clase de obsesión de la que son capaces los de nuestro rasgo, deja de parecer
tan descabellado. Orkan, tú eres alfa, por eso piensas en esa posibilidad,
¿verdad?”
“Sí.”
Los
otros dos asintieron en silencio. Al fin y al cabo, ambos eran betas; jamás
llegarían a comprender el rasgo de ese impulso. Durante años, Orkan se había
mantenido discretamente a la sombra de Caleb, ejerciendo prácticamente como su
mano derecha. Había soportado en riguroso silencio el tormento de saberse
incapaz de traspasar sus murallas, de adentrarse jamás en aquel páramo desolado
que era su interior.
“¿Pretenden
que se lo arrebaten así de fácil?”
No
estaba dispuesto a consentirlo.
Mientras
los tres continuaban discutiendo en la zona de la terraza, una oleada repentina
de aplausos estalló en el interior del salón. Al girarse hacia el estrado
principal, vislumbraron las cortinas corridas y a los protagonistas de la noche
de pie sobre la tarima. Allí se encontraba Jade Damian —a quien le costaba
mirar sin sentir repulsión— junto a un pálido Caleb Enders. Era el rostro que
Orkan tanto había ansiado contemplar.
“Caleb……”
Y
para su sorpresa, aquel rostro esbozaba una sonrisa. Era leve, quizás un tanto
forzada, pero transmitía una fingida tranquilidad. Esa estampa le revolvió las
entrañas. A su lado, Coache y Velern comentaron con expresión dubitativa:
“Verlos
juntos resulta de lo más desconcertante, considerando lo mucho que se
detestaban en la academia.”
“¿Habrá
algún tipo de acuerdo comercial oculto entre ambas casas?”
“¿Cuál
es exactamente el estatus de su relación ahora?”
“Yo,
yo no puedo aceptarlo.”
Musitó
Orkan para sus adentros, aunque sus palabras se perdieron en el murmullo
general. En ese instante, Jade y Caleb alzaron sendas copas de champán para
oficializar la noticia ante la concurrencia, y los invitados,
independientemente de lo que pensaran en realidad, rompieron en vítores para
celebrar el punto álgido del compromiso.
“Les
agradecemos sinceramente a todos su presencia en nuestra ceremonia.”
Jade
tomó la palabra con soltura y una sonrisa impecable, mientras Caleb se limitaba
a guardar silencio, escrutando con la mirada a los asistentes. Sus ojos verdes
conservaban intacto su brillo incisivo. Aquella mirada afilada hizo que varios
nobles comentaran por lo bajo que la casa Enders «todavía» conservaba algo de
orgullo.
“Por
favor, disfruten de la velada.”
En
cuanto Jade brindó con la copa y dio por inaugurado el banquete, Orkan
aprovechó la confusión para deslizarse hacia las sombras de la terraza. Mirando
a sus acompañantes, les hizo una petición directa:
“¿Podrían
conseguir que Caleb venga hacia aquí un momento?”
Los
dos amigos se miraron antes de asentir con cautela.
“De
acuerdo. Pero calmarte un poco te vendría bien, Orkan.”
“Ya
me encargo yo de mis asuntos.”
“Bien,
confiamos en que no harás ninguna locura.”
Dejándole
solo, Orkan se apoyó contra la barandilla exterior, recibiendo el aire frío de
la noche mientras se cubría el rostro con ambas manos. El brazo de Jade había
estado ceñido a la cintura de Caleb. Un lugar que él jamás se había atrevido a
tocar, ni siquiera en sueños. Si aquel sujeto se había valido de métodos
mezquinos para usurpar ese puesto y se atrevía a sonreír con tanta frescura,
Orkan juraba que no se lo perdonaría jamás. Y si Caleb había caído en aquella
trampa por desesperación...
“Quizá
todavía esté a tiempo de ayudarlo.”
Pensó
con firmeza. Ya idearía un plan sobre la marcha; a fin de cuentas, la propia
familia de Caleb lo había vendido al mejor postor. Sacarlo de allí y buscar una
vía de escape era algo que, con los recursos que manejaba, al menos podía
intentar. Con esos pensamientos cruzándole la cabeza, Orkan alzó la vista hacia
el cielo nocturno y aguardó en la terraza durante unos diez minutos.
Transcurrido ese lapso, percibió unos pasos acercándose con sigilo.
Tup,
tup.
Un
andar firme pero perfectamente equilibrado. Bastaba con escuchar el sonido de
aquellas pisadas para reconocer al dueño sin necesidad de girarse. ¿Cómo iba a
olvidar jamás aquel ritmo? Con una sonrisa amarga en los labios, Orkan se giró
hacia la figura recortada tras las cortinas y murmuró:
“Estaba
esperándote.”
“No
imaginé que tuviera el capricho de citarme a solas, Orkan.”
Era
la misma voz de siempre, el mismo tono de Caleb. No quedaba ni rastro del
extraño y forzado semblante con el que había sonreído junto a Jade unos minutos
antes.
Capitulo
15
Ante
las palabras, Orkan replicó:
“No
es verdad que no lo supieras.”
Caleb
guardó silencio. En lugar de dar una respuesta, descorrió la cortina y se
adentró en el interior de la terraza. Aquel gesto indicaba que estaban a punto
de cruzar la línea y pronunciar conversaciones que jamás debieron tener lugar
al aire libre. Resultaba de lo más absurdo que el mismísimo protagonista de una
ceremonia de compromiso celebrada ese mismo día se encerrara a solas con otro
alfa en un balcón. Si hubiese sido un omega, la situación habría resultado
todavía más escandalosa; por fortuna, él era un alfa. Y, dado que el
interlocutor no era otro que un camarada de confianza de sus tiempos en la academia,
su encuentro difícilmente desataría un revuelo mayúsculo, o al menos eso
pensaba él.
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Aunque
era muy probable que Jade no opinara lo mismo.
Y
mucho menos si se trataba de Orkan, cuya mirada destellaba con esa peculiar
intensidad.
“¿Cómo
ha ocurrido esto exactamente?”
“Supongo
que la mayor parte de los detalles ya circulan por ahí en forma de cotilleo.”
“¿Y
pretendes que me crea todo lo que dicen?”
“Lamentablemente,
casi nada de lo que se cuenta es mentira. Nuestra casa intentó envenenar a la
primera princesa y fuimos descubiertos. La única razón por la que seguimos aquí
es porque la familia Damian intervino para sacarnos del atolladero, aunque desconozco
qué tipo de acuerdo secreto pactaron con la alteza.”
“¿Tu
familia cometió semejante estupidez? ¿Y justo cuando acababas de graduarte de
la academia?”
Caleb
soltó una risa seca ante el comentario.
“Me
halaga que tengas una opinión tan elevada de nosotros, pero lo cierto es que
los miembros de mi familia no destacan precisamente por su brillantez.”
“……”
Orkan
enmudeció. Los pocos parientes de Caleb con los que se había cruzado alguna vez
parecían la encarnación misma de la soberbia. Y, sin embargo, lo único que
atesoraban en las manos era un puñado de cáscaras vacías. Todavía no lograba
comprender cómo de un linaje semejante había podido nacer alguien como Caleb.
Con una sonrisa tenue en los labios, el muchacho se aproximó a su antiguo
compañero.
“Orkan,
nuestra casa hizo todo lo que estuvo en sus manos.”
“¿Hacer
todo lo que estuvo en sus manos, dices?”
“Tal
como suena. Hicimos lo indecible por sobrevivir. Sobrevivimos, aunque para ello
tuvieran que entregar al segundogénito a la familia de nuestros archienemigos.”
“……¿Y
te parece que eso es……?”
“Considero
que fue la decisión correcta.”
“¡Caleb……!”
“Orkan,
si no hubiera intervenido nuestra familia —o mejor dicho, si la primera
princesa no hubiera dado el visto bueno—, esto jamás se habría podido
encubrir.”
“……”
“Por
mucho que hubieras intervenido tú, o cualquier otro miembro de nuestra facción
de la vieja guardia, nadie habría sido capaz de resolverlo.”
Orkan
contuvo el aliento. No le faltaba razón. Si el asunto concernía directamente a
la primera princesa, solo ella tenía el poder político para enterrarlo. Y
convencer a una figura tan influyente exigía el respaldo de la facción de la
nueva nobleza, que la apoyaba incondicionalmente. De no haber mediado la
intervención de los Damian, el clan Enders habría terminado desvaneciéndose en
el patíbulo.
“Así
que será mejor que disfrutemos de esta tregua temporal.”
“……¿Piensas
mantener este compromiso de verdad?”
“Al
menos durante un tiempo.”
“Durante
un tiempo……”
“Orkan,
doy por sentado que el interés que Jade Damian ha puesto en mí no durará más de
un par de años.”
“……¿Por
qué estás tan seguro de eso?”
Ante
la pregunta, Caleb arrugó ligeramente el tabique nasal, reflejando un atisbo de
fastidio, como si le estuvieran repitiendo un interrogante al que ya se había
enfrentado antes. No le costó demasiado deducir que la misma duda se la había
planteado el propio Jade en su momento.
“Los
alfas terminan por inclinarse de forma natural hacia los omegas. Así que deja
de rondarme y de causarme molestias innecesarias.”
“¿Y
si esta vez las cosas son distintas?”
“No
va a ser el caso.”
Con
esa rotunda negativa, Caleb le dio la espalda a la terraza.
“No
creo que vuelva a presentarse una ocasión en la que la nueva y la vieja guardia
se reúnan bajo el mismo techo. Aprovecharé para ver a mis padres un momento.
Tengo asuntos pendientes que atender antes de que termine el día, así que debo
marcharme.”
Justo
cuando Caleb se disponía a cruzar el umbral para abandonar el balcón, Orkan lo
envolvió repentinamente por la espalda, rodeándole el torso con los brazos. El
cuerpo de Caleb se encorsetó al instante. Una oleada de feromonas lo inundó de
golpe; un aroma gélido pero punzante que se instaló en su garganta. Caleb
frunció el ceño con profunda repulsión.
“Orkan,
¿qué clase de locura crees que estás haciendo?”
“……No
pienso quedarme de brazos cruzados viendo cómo soportas este compromiso.”
“¿Y
qué pretendes lograr tú solo?”
“Encontraremos
la manera, cueste lo que cueste.”
“Orkan,
te lo ruego como advertencia: por mi bien, no muevas un solo dedo.”
“……¿Pretendes
aceptar vivir atado a Jade Damian para siempre?”
“¿Acaso
no me has escuchado? Te acabo de decir que Jade Damian se cansará de mí más
pronto que tarde.”
“¿Y
si resulta que no se cansa?”
“Incluso
en ese escenario, ya tengo planeadas mis propias alternativas.”
“……Caleb.”
Con
el rostro apoyado contra la nuca del muchacho, Orkan murmuró su nombre con la
desesperación contenida de un antiguo amante suplicando clemencia. Caleb volvió
a contraer los músculos de la cara. Había decidido mantener a Orkan como su
mano derecha precisamente porque este solía mantener una compostura impecable y
distante. Sin embargo, aquel barniz profesional acababa de resquebrajarse por
completo. Vaya, pensó, ahora tendré que lidiar con este inconveniente.
Sintiéndose agobiado por un dolor de cabeza inminente y una irritación sorda
que trepaba por su nuca, replicó:
“Más
te vale portarte con decencia mientras me quede algo de paciencia.”
“……Sí,
supongo que siempre has sabido cómo tratarme.”
Con
lentitud, Orkan aflojó los brazos y lo liberó del abrazo. Acto seguido, sacudió
los pliegues de su traje para devolverle la pulcritud y adoptó una postura
distante, cruzando las manos a la espalda como si nada hubiera ocurrido. Cuando
Caleb se giró para mirarlo, frente a él volvía a estar el competente y racional
Orkan de siempre.
“……¿Puedo
confiar en ti? ¿Me garantizas que tus sentimientos personales no van a arruinar
el plan?”
“Precisamente
porque se trata de lo que siento, te garantizo que jamás permitiré que caiga en
manos de otro.”
“Sigues
teniendo una facilidad insoportable para las palabras.”
“¿A
quién crees que se las aprendí?”
Ambos
intercambiaron una sonrisa cómplice, replicando la dinámica que solían mantener
en los pasillos de la academia. Orkan se dio por satisfecho; sabía que
presionar más allá de ese punto no le reportaría ningún beneficio, por lo que
decidió conformarse con lo obtenido. Y en ese instante, sabiéndose al menos
escuchado, la idea de que Jade Damian merodeara cerca de su amado dejó de
importarle tanto, sobre todo si las predicciones de Caleb se cumplían y el
compromiso terminaba desvaneciéndose en el aire.
“¿Qué
se supone que debo hacer yo a partir de ahora?”
“Voy
a reunir a los líderes de la vieja aristocracia para filtrar cierta información
clave. Tu tarea consistirá en encargarte de que corra entre los círculos
adecuados.”
“¿Basta
con eso?”
“¿Acaso
crees que podrán resistirse al cebo? Los miembros de la vieja guardia tienen
una debilidad insaciable por los negocios. Esta ruta será el faro que sigan a
ciegas.”
Orkan
parpadeó, estupefacto ante la revelación.
“No
me digas que has conseguido esos datos directamente de la casa Damian.”
“Más
que conseguirlos, diría que los he intercambiado.”
Al
oír aquello, Orkan se devanó los sesos intentando adivinar qué clase de
información habría entregado Caleb a cambio, aunque concluyó que el verdadero
valor de la jugada residía en que solo él conocía los términos del trato. Por
su parte, tras permanecer unos minutos más en la terraza para permitir que el
viento disipara cualquier rastro de las feromonas ajenas adheridas a su ropa,
la conversación derivó de forma natural hacia otro asunto espinoso.
“¿Y
qué hay del primer príncipe?”
“Montó
en cólera cuando se enteró de lo sucedido con vuestra familia.”
“¿Y
luego?”
“Nada
relevante. Se pasó el rato gritando y pataleando como un crío hasta que se
quedó sin voz de tanto berrear; creo que repitió el numerito unas tres veces.”
“Vaya.”
Caleb
chasqueó la lengua con desdén. Si la nueva nobleza apostaba firmemente por la
primera princesa, los sectores más recalcitrantes de la vieja guardia
respaldaban al primer príncipe. Ambos compartían el linaje imperial y eran los
principales contendientes al trono. No obstante, si le hubieran obligado a
elegir al más competente de los dos, Caleb habría seleccionado a la princesa
sin vacilar un segundo; el príncipe padecía de un temperamento excesivamente
volátil e incapaz de contener sus emociones.
“A
este paso, lo mejor que puedo hacer es buscarme un buen partido, casarme y
pasarme al bando de la nueva nobleza.”
“Da
un poco de vértigo oírte decir algo así con tanta naturalidad.”
“Así
que más te vale tratarme con un poco más de respeto a partir de ahora.”
“¿Tratarte
con respeto? Si tú te mudas de bando, yo me mudo contigo y santaspasuas.”
“¿Qué?”
Por
primera vez desde aquella noche, Caleb emitió una risa sincera y abierta. Y
cuando comprobó que el rastro del olor extraño se había esfumado por completo,
aferró el borde de la cortina y le indicó:
“Sal
tú un poco después que yo. No me apetece atraer miradas indiscretas.”
“Como
ordenes.”
“Y
en cuanto a tus sentimientos… me los tomo como un cumplido, nada más.”
“……Supongo
que debo dar las gracias por no haberme echado a patadas.”
“Nos
vemos dentro.”
Dicho
aquello, Caleb regresó al interior del salón de banquetes. No tardó en divisar
a Jade rodeado por un grupo de asistentes; el alfa conversaba con una sonrisa
afable mientras atendía a los invitados de la nueva facción, aunque la sala
seguía dividida por una línea invisible que impedía a los nobles de ambos
bandos mezclarse, semejando la frontera insalvable entre el agua de un río y el
mar.
‘Era de esperar, supongo.’
A
poca distancia, distinguió a su propio padre asumiendo el rol central entre los
miembros de su bando, mientras su madre y su hermano permanecían ausentes,
supuestamente guardando reposo en la residencia principal. Sin dudarlo, se
encaminó hacia el patriarca de los Enders, provocando que las conversaciones a
su alrededor se cortaran de inmediato.
“Te
has dignado a aparecer.”
“Sí,
padre.”
“No
tienes muy buen aspecto que digamos.”
“El
bullicio todavía me resulta un tanto abrumador.”
A
pesar de haber recurrido a él para salvarlos del cadalso, el patriarca no
perdía la oportunidad de soltar pullas veladas contra los Damian a las primeras
de cambio; Caleb esbozó una sonrisa interior cargada de cinismo ante tanta
falsedad. Se acercó un paso más y le susurró:
“Padre,
necesito hablar con usted de un asunto privado.”
“¿De
qué clase de asunto se trata?”
“Es
una cuestión delicada que requiere discreción, por lo que este no es el lugar
adecuado.”……
“Sígueme,
vayamos a uno de los salones privados.”
El
conde de Enders se adelantó, conduciéndolo hasta una estancia reservada. En
cuanto cerraron los dos batientes de la puerta tras de sí, el patriarca le
exigió respuestas con un tono que delataba una urgencia apenas disimulada:
“Habla
de una vez. ¿A qué viene tanto misterio?”
Caleb
percibió la vibración de la avaricia en la voz del conde; era evidente que las
inversiones sugeridas en su anterior misiva ya habían empezado a arrojar
beneficios jugosos.
“Se
trata de una nueva oportunidad de inversión a gran escala.”
“¡Sabía
que no te equivocabas! ¡Enviarte a esa casa fue la mejor decisión que hemos
tomado!”
“……”
La
sonrisa de Caleb se tensó por una milésima de segundo, pero el conde, cegado
por la perspectiva de enriquecerse, ignoró cualquier matiz y lo apremió:
“Bien,
explícate. ¿Dónde está el truco esta vez?”
“Hay
un factor de riesgo considerable que debemos sopesar. El proyecto consiste en
una ruta comercial marítima de travesía oceánica; es extremadamente peligrosa
y, si las naves naufragan, todo el capital se perderá en el fondo del mar. Sin
embargo, si logran retornar con éxito, las ganancias serán astronómicas. De
hecho, el marqués Damian ha apostado una cifra colosal en la empresa.”
“Vaya…
¿Y de cuánto estamos hablando?”
“Tres
mil millones de oro.”
“¡Tr-tres
mil millones……!”
“Evidentemente,
nuestra casa no dispone de semejante liquidez, pero podríamos tantear el
terreno arriesgando una fracción razonable. Y, por supuesto, deslizar la pista
de forma discreta a los demás aliados de la vieja guardia para que se sumen a
la apuesta.”
El
conde de Enders se quedó meditando profundamente. Las rutas de navegación
transoceánica eran una auténtica ruleta rusa para el capital; si una tormenta o
un desastre marino devoraba los barcos, la ruina era absoluta. No obstante, si
los Damian arriesgaban una cantidad tan desorbitada, significaba que contaban
con información privilegiada de absoluta fiabilidad.
“Me
arriesgaré. Lo pondré en marcha.”
“Como
ve, padre.”
Caleb
esbozó una sonrisa fría. No necesitaba pregonar la noticia con su propia voz;
una vez que su progenitor se encargara de filtrarla a los cuatro vientos, el
rumor correría como la pólvora entre los suyos. Da igual que la iniciativa
partiera del conde o del primogénito ausente; el objetivo de beneficiar
indirectamente a su estirpe se cumpliría de todos modos. Asintiendo levemente,
dirigió la mirada hacia la puerta de salida.
“Parece
que mi querido prometido ha comenzado a buscarme con la mirada, así que debo
regresar.”
“Ah,
tu prometido. Cierto, el muchacho no te quita ojo de encima.”
“¿De
verdad?”
“Sí.
Aunque entre alfas es un tanto grotesco ver tanta dependencia……”
Ignorando
el comentario despectivo del conde, Caleb giró sobre sus talones y abandonó la
sala privada sin dignarse a responder. Retornó al salón principal y caminó
directamente hacia el sector donde Jade interactuaba con los invitados. El
marqués lucía una fachada encantadora, repartiendo sonrisas y atenciones a
diestro y siniestro. Sin embargo, Caleb era capaz de leer entre líneas:
aquellas orbes doradas destellaban con una inquietante y retorcida tensión.
‘Tiene pinta de que algo le ha estado picando los sesos todo
este tiempo.’
Caleb
maldijo mentalmente su maldito hábito de sobreanalizar cada detalle del entorno,
pero su naturaleza no le permitía mirar hacia otro lado. Exhalando un suspiro
resignado, acortó la distancia entre ambos, interceptó una copa de champán de
la bandeja de un camarero que pasaba por allí y se plantó a su lado.
“Jade.”
“Ah,
Caleb.”
El
simple sonido de su nombre pronunciado por sus labios hizo que las cabezas de
los aristócratas de la nueva nobleza giraran al unísono hacia ellos. Soportar
el peso de decenas de miradas inquisitivas de golpe constituía una presión
considerable, pero Caleb mantuvo la compostura y dedicó una expresión neutral.
Su melena oscura y sus ojos verdes, firmes y desprovistos de cualquier atisbo
de sumisión, proyectaban una imagen de absoluta seguridad en sí mismo. Lejos de
parecer insolente, su actitud desprendía una dignidad imponente, incluso ante
los ojos de los detractores de la vieja guardia.
“……Vaya,
hacen una pareja sorprendentemente armoniosa.”
Comentó
alguien entre los asistentes con genuina perplejidad.
“¿De
verdad lo cree? Le agradezco enormemente el cumplido.”
Respondió
Jade con voz meliflua. Aunque las palabras de su prometido sonaban suaves,
Caleb percibió con absoluta claridad el filo oculto tras su tono, sus pupilas y
la rigidez de sus gestos. Una espina clavada que, sin lugar a dudas, no iba
dirigida a los invitados que los rodeaban, sino exclusivamente a él.
‘No me digas que……’
¿Acaso nos había visto?
¿Había
presenciado su encuentro a solas con Orkan en la terraza?
De
ser así, todo encajaba a la perfección. Los alfas sufrían de una posesividad
patológica e insoportable. Caleb contuvo un nuevo suspiro de desesperación.
Tendría que ingeniárselas para apaciguar a la fiera en cuanto terminara el
evento. El pequeño inconveniente era que jamás en su vida se había visto en la
necesidad de mimar o calmar a un alfa celoso.
La
profundidad de su suspiro interior no hizo más que aumentar.
*
* *
A
medida que la noche avanzaba, los invitados comenzaron a retirarse uno a uno
hacia sus aposentos o a las habitaciones preparadas para la ocasión. Unos se
dirigían acompañados de sus amantes, otros en familia y algunos más con alguien
con quien habían cruzado una mirada cómplice. Y Jade, sujetando la mano de
Caleb, caminaba con brusquedad por los pasillos. Caleb ya se hacía una idea de
cómo se sentía el marqués, por lo que se limitó a seguir el paso en silencio.
“Jade.”
“……”
“Al
menos dime qué es lo que crees haber visto.”
“……”
“No
he hecho nada de lo que deba avergonzarme.”
“……”
“Jade.”
Como
si no hubiera escuchado nada, en cuanto llegaron a su habitación, Jade lo
empujó hacia el interior y cerró la puerta de un golpe seco. De inmediato, lo
acorraló contra la pared y hundió el rostro en su cuello. Al percibir el rastro
tenue de aquel aroma punzante, un gruñido bajo brotó de su garganta.
Lo
que Jade había presenciado no había sido planeado. Hasta cierto punto, entendía
que Caleb se hubiera ausentado un momento. Con la alta sociedad y la vieja
guardia mezcladas en un entorno tan complejo, era natural que necesitara un
respiro tras saludar a sus antiguos camaradas y familiares.
Había
salido a la terraza buscando exactamente lo mismo: un poco de aire fresco. Como
sus padres no estaban, todas las responsabilidades habían recaído sobre él,
provocándole jaqueca. Pensaba descansar unos minutos y regresar, pero a pocos
metros distinguió un aroma que reconoció enseguida.
“……¿Caleb?”
Y
allí estaban. Orkan, el emisor de ese aroma, aferrando a Caleb por la espalda
en un abrazo urgente, y Caleb marcando distancias de inmediato. Sí, resultaba
evidente que el muchacho lo estaba rechazando, pues había dejado claro su
desinterés. Pero aun así.
“Jade.”
La
voz de Caleb interrumpió sus cortos pensamientos. A pesar de ser un alfa, Caleb
no terminaba de comprender la posesividad característica de su casta. Le
acarició el cabello con calma y le dijo:
“Ya
me encargué de rechazarlo.”
“¿Desde
cuándo?”
“¿El
qué?”
“Desde
cuándo ese maldito te guarda intenciones.”
“No
lo sé. Jamás me ha interesado averiguarlo.”
“……¿Me
vas a hacer creer que alguien tan observador como tú no se había dado cuenta?”
“Tampoco
me dejas margen para mentir.”
“……”
“Hace
tiempo. Pero te aseguro que jamás le presté atención.”
“Siempre
encuentras la forma de sacarme de quicio.”
“¿Te
pones así de inseguro incluso después de haber celebrado el compromiso?”
“¿Qué
importa un simple compromiso?”
“……Jamás
imaginé que te oiría decir algo así.”
Ante
la respuesta, Jade soltó una risa contra su piel, un sonido áspero que le
provocó un leve escalofrío.
“Caleb,
sé perfectamente que en cualquier momento podrías marcharte a cualquier parte.”
“……”
“Sé
muy bien que un compromiso o una boda no significan nada.”
“……Jade,
yo no……”
“Por
eso estoy tan inquieto.”
Un
chasquido seco resonó cuando el elegante chaleco y la camisa de Caleb cedieron
de golpe, desgarrando los botones y dejando el torso del muchacho al
descubierto. Caleb frunció el ceño, pero contuvo la respiración al sentir los
labios del alfa rozar de nuevo su cuello. Aunque era un escenario que ya había
anticipado, el impacto seguía tensando su cuerpo. Jade abrió ligeramente la
boca y mordió con fuerza la piel pálida.
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“¡Ugh……!”
Karch, un sonido sordo acompañó la mordida, dejando una marca profunda
que amenazaba con convertirse en un hematoma. Caleb tembló de pies a cabeza
mientras soportaba el castigo en silencio. Tras recrearse devorando esa zona,
Jade despegó los labios, se inclinó hacia su rostro y presionó su boca contra
la de un Caleb que apretaba los dientes.
“Abre
la boca.”
Con
las pupilas oscurecidas en un tono verde sombrío, el muchacho lo miró fijamente
y separó los labios con lentitud. Satisfecho, Jade introdujo la lengua en su
cavidad bucal, invadiéndola con una voracidad absoluta. Las lenguas chocaron y
se enredaron en un baile húmedo, mientras la punta blanda recorría el paladar y
presionaba cada rincón, robándole el aliento por completo.
