3. Voy a ganar dinero, dinero, dinero.
3. Voy a ganar dinero, dinero, dinero.
Tras
salir del Orfanato Estrella Fugaz, Mumyeong llevó a Yuseong directamente al
hospital. Todo era por las huellas de violencia que presentaba.
Cuando
un hombre con traje negro entró con un niño pequeño a la cabeza, todas las
miradas en el hospital se dirigieron hacia ellos.
¿Un
gánster y un niño? Al ver esa combinación, sentían curiosidad, pero Yuseong,
como si estuviera dando un servicio a sus fans, comenzó a inclinar la cabeza
saludando a cada persona uno por uno. Era una actitud en la que la servidumbre
estaba grabada en el cuerpo. Mumyeong agarró la coronilla de Yuseong como si
fuera una pelota de baloncesto para evitar que saludara a cualquiera.
Luego,
al llegar a la recepción, dijo de sopetón:
“Algún
hijo de puta le ha dado una paliza al crío. He venido a que lo curen. Voy a
dejar fotos como prueba y también a denunciarlo a la policía. ¿En qué piso está
el médico especializado en niños?”
“¿S-sí,
perdón?”
La
recepción se quedó congelada al instante. Todos parecían querer preguntar: «¿No
será usted mismo ese hijo de puta?».
“El
niño se llama Ha Yuseong.”
“¡Sí!
¡Mi nombre es Ha! Yu! Seong! ¡Un placer!”
Yuseong
gritó de repente como si le hubieran apretado un botón. Al escuchar la voz
inocente del niño, el ambiente en la recepción se relajó un poco.
Al
menos, el tipo que le había dado la paliza no parecía ser ese apuesto gánster.
“E-espere
un momento. El, el número de identificación del paciente es…”
La
mirada de Mumyeong bajó bruscamente. Unos ojos inocentes y un tanto bobos lo
miraban fijamente hacia arriba.
“Mocoso.
¿Te sabes tu número de identificación?”
“¿Qué
es eso?”
Yuseong,
que nunca había podido ir al hospital sin importar si estaba enfermo o herido,
preguntó alegremente. Ante esa pura ignorancia, la expresión de Mumyeong se
ensombreció.
“…….”
“…….”
“Solo
proceda con la admisión.”
Al
dirigirse a pediatría, Mumyeong tuvo que emplear toda su energía en evitar que
Yuseong le hablara a cualquier extraño. Yuseong no paraba de querer presentarse
y saludar a los demás. En el momento en que Mumyeong descuidaba la vista, el
niño se apartaba de su lado para saludar a algún perfecto desconocido.
Un
sentimiento nuevo llegó al mundo insensible de Mumyeong.
Era
la vergüenza ajena.
Mumyeong
sentía ganas de atar a Yuseong con una cuerda.
Finalmente,
se sentó en el rincón más alejado de la sala de espera y sentó a Yuseong sobre
su muslo. Primero pensaba convencerlo, y si no funcionaba, estaba dispuesto a
taparle la boca o incluso irrumpir en la consulta del médico.
“A
ver. Ha Yuseong.”
“¡Sí!”
“Ese
hábito extraño de hablarle a cualquiera no es bueno. Primero, porque me da
vergüenza, y segundo, porque en este mundo hay muchos tipos peligrosos. Como
eres lindo, algún malnacido podría intentar llevarte.”
“¡Sí!”
“No
respondas sin pensar.”
Mumyeong
presionó las mejillas de Yuseong con ambas manos. El niño, con boca de pez,
sacudió la cabeza frenéticamente. Cuando Mumyeong soltó las manos, Yuseong, con
los ojos brillantes, replicó:
“¡Pero!
¡Aumentar los fans es algo muy importante! Así que no tenía otra opción.”
“¿Fans?”
¿Qué
fans ni qué niño muerto? Cuando Mumyeong preguntó extrañado, Yuseong explicó su
filosofía con entusiasmo.
“¡Fans
que escuchen mis canciones! Por supuesto, sé muy bien que ahora soy el cantante
exclusivo del señor. Pero en cualquier momento…”
Yuseong
continuó hablando mientras vigilaba de reojo la expresión de Mumyeong.
“En
cualquier momento usted puede cansarse de mí, ¿verdad? Me dijeron que vivir de
lo que te da un solo fan es ser un mantenido. Para no ser eso, necesito muchos
fans. Así, en el futuro, si algún día usted quiere abandonarme, al menos no me
moriré de hambre.”
“…….”
Mumyeong
se masajeó la frente, que le latía de dolor. Era un cúmulo de tonterías y no
sabía por dónde empezar a corregirlo.
“Por
el amor de Dios… ¿quién te enseñó esa palabra de ‘mantenido’? ¿Eh? A un niño de
diez años.”
“La
abuela.”
“…….”
“Dijo
que si termino como el mantenido del edificio de al lado sería un desastre, que
hay que conocer a mucha gente y que para ser cantante hay que tener muchísimos
fans.”
“Bueno,
digamos que tu abuela te dijo eso.”
Mumyeong
acomodó a Yuseong entre sus brazos. El niño, aferrado a él, tenía los ojos brillantes
de ansiedad. Como si Mumyeong fuera a decirle en cualquier momento: «Me he
cansado de ti, así que arréglatelas solo».
“Cachorro.
¿Por qué piensas tanto en ser abandonado?”
“…….”
“Responde.”
“Es
que…”
Yuseong
continuó con vacilación:
“Papá
dijo eso. Que si no era útil, me abandonaría. Que si no ganaba dinero, me
abandonaría. Incluso la abuela decía que no me abandonaba solo porque, si me
convertía en alfa, podría salvar las raíces de la familia.”
“…….”
“Como
todavía soy un niño, si me abandonan no puedo vivir solo. No sé si seré un
alfa, un omega o si me quedaré como un beta… En fin, ahora mismo necesito que
haya al menos un adulto a mi lado… Y aunque sea así, cuando cumpla diecinueve
años, seré un adulto, ¿no?”
Yuseong
empezó a hacer cálculos complejos contando con los dedos.
“Si
aguanto unos nueve o diez años, no, incluso solo hasta la edad en la que pueda
trabajar a tiempo parcial. Si aguanto solo hasta entonces…”
“¿Si
aguantas?”
“…….”
Yuseong
no encontró más palabras y hundió su rostro en el pecho de Mumyeong.
“No
lo sé.”
Murmuró
Yuseong contra la ropa de Mumyeong.
“…….”
Mumyeong
no sabía si consolar a este desafortunado niño o enfurecerse con la familia que
le había dado semejante destino, así que simplemente bajó la mano y acarició
suavemente la nuca de Yuseong.
“…….”
“Cachorro.”
“Sí.”
“Es
verdad. Como eres un niño, necesitas tener al menos un adulto a tu lado.”
“...
Sí.”
“Por
eso estoy aquí ahora.”
“¿El
señor?”
“No
te voy a abandonar. ¿Para qué iba a hacerlo? Si nunca te he poseído.”
Yuseong
inclinó la cabeza ante esas palabras ambiguas.
Mumyeong
abrió la boca, pensando que se le trababa la garganta por decir algo tan
impropio de él:
“Una
persona no puede abandonar a otra. Porque las personas no pueden poseerse. Es
un concepto que no tiene sentido. Así que yo, ni el hijo de puta de tu padre…
ni tu abuela pueden abandonarte. No hay nadie en el mundo capaz de abandonarte.
En todo caso, habrá personas con las que quieras estar.”
“…….”
“Ya
sea un adulto, otro niño o un perro. Haz lo que quieras. Yo te ayudaré.”
“¿Hasta
cuándo?”
“¿Hasta
cuándo quieres? Dijiste que querías que te criara hasta que termines la
secundaria. ¿Quieres que te críe realmente hasta entonces?”
Yuseong
movió los ojos y luego asintió vigorosamente.
“¡Ja!”
En
el instante en que soltó una carcajada, Mumyeong se dio cuenta. Que la
existencia de este tal Ha Yuseong, aparecido de la nada, dejaría una gran
huella en su vida. Una huella que duraría para siempre.
Tal
como lo hizo la maestra.
“Está
bien. Hagámoslo hasta que tú quieras.”
Dijo
Mumyeong, esforzándose por contener un suspiro.
Era
algo para lo que debió prepararse desde el principio. Hubiera sido mejor si no
le importara lo que le pasara a este sujeto.
¿Será
por pena? ¿O será porque la gratitud hacia la maestra es demasiado profunda? No
podía dejar solo a este pobre perrito.
El
sentimiento que Mumyeong sintió hoy, después de la vergüenza ajena, fue
compasión. Era una emoción poco familiar para él, pero aun así, era mejor que
la vergüenza.
“Mhm…”
Yuseong
masticó las palabras de Mumyeong en silencio.
“Entonces,
entonces.”
“Sí.”
“¿Cree
que mamá tampoco me abandonó?”
La
expresión de Mumyeong se endureció al instante.
“Solo
recuerdo un poquito a mi mamá, pero era una buena persona. Pero papá dice que
mamá me abandonó. Que no era útil, que no me parecía a mamá ni a papá, así que
me abandonó porque no le gustaba…”
“Ha
Yuseong.”
“Sí.”
“Ese
hijo de pu—”
Justo
cuando Mumyeong estaba a punto de soltar una maldición que ni un adulto de
veinte años podría soportar, mucho menos un niño de diez:
“¡Ha
Yuseong, puede pasar!”
Había
llegado el turno de Yuseong.
*
* *
"Hay
claras evidencias de maltrato infantil."
El
médico le mostró a la policía las radiografías y las fotos de la piel. Explicó
que las lesiones eran producto de golpes de alguien o de haber sido golpeado
con algún objeto.
"Ese...
el señor de allá. ¿Qué relación tiene con el menor víctima?"
Uno
de los policías, que había llegado tras el reporte del hospital, bajó la cabeza
hacia Mumyeong. Este, que estaba sentado intentando contener sus ganas de
fumar, levantó la mirada con ferocidad.
"Kwon
Mumyeong. Soy quien rescató al niño... ¿Eh? ¿Detective Kim Hyuk-soo?"
"¿Ah?
Representante Kwon. ¿Qué hace usted aquí?"
Uno
de los policías que atendía el reporte de maltrato infantil era alguien a quien
Mumyeong conocía bien: el detective Kim Hyuk-soo, de la unidad de delitos
mayores. Era un hombre con el que colaboraba cuando era necesario, alguien que
solía caminar por la delgada línea entre la legalidad y la ilegalidad.
"Eso
mismo me pregunto yo. ¿Por qué un detective de la unidad de delitos mayores viene
a un caso como este?"
"Es
secreto, secreto."
"¿No
será que lo degradaron?"
"Ay,
este hombre..."
El
detective Kim se alegró bastante al ver a Mumyeong. Sin embargo, quizás debido
al aspecto amenazante de este, Yuseong, que normalmente se presentaría ante
cualquiera, estaba aterrado.
"¡Vaya!
Qué pequeño caballero más adorable. Me enteré de que pasaste por un mal
momento, ay... cuánto lo siento, pequeño príncipe."
El
detective Kim intentó hacerse el simpático, pero fue contraproducente. Yuseong
se puso pálido y, agarrándose de la ropa de Mumyeong, retrocedió. Parecía un
mapache frente a un oso gigante.
"Uf...
ejem. Bueno, no soy precisamente un tipo que le guste a los niños.
Representante Kwon, ¿dejamos al niño aquí y vamos a fumar un cigarrillo? Hace
tiempo que no hablamos."
El
detective Kim hizo el gesto de llevarse un cigarrillo a la boca y señaló con la
barbilla. Mumyeong tenía unas ganas terribles de fumar, pero al ver a Yuseong
aferrado a su ropa temblando, no pudo dar un paso.
Parecía
que los efectos de la compasión que había sentido antes seguían presentes. ¿O
sería ira? Ese perro que decía ser su padre...
"No
hace falta."
Mumyeong
mantuvo la calma como pudo y tomó la mano de Yuseong. Al sentirla en la suya,
se sorprendió.
'¿Cómo
puede tener la mano tan pequeña? Ni que fuera una patita de perro.'
Mumyeong
acarició la pequeña mano, que estaba fría por el miedo. Yuseong, por su parte,
se aferraba a la mano de Mumyeong como si fuera una cuerda de salvamento, sin
dejar de temblar.
De
sus diez años de vida, llevaba cinco en el mundo de las apuestas. Por
experiencia, sabía que la llegada de la policía nunca traía nada bueno. Siempre
terminaba en gritos y mesas volteadas. Se hablaba de sobornos, de muertes y de
amenazas.
Yuseong
no se había quedado paralizado por la apariencia imponente del detective, sino
por la mera presencia de la policía.
"Vaya,
parece que el pequeño se asustó."
El
detective Kim no era tan mala persona como para torturar a un niño así. Se
inclinó hacia Mumyeong y le susurró:
"Ese
tipo que sueles traer de vez en cuando... ya sabes. Song Jae-yeol. Ese
estafador que se hace pasar por pastor."
El
detective bajó la voz para que nadie más escuchara.
"Huele
mal. Todo eso huele muy mal."
"Ah,
claro. Tan mal que hasta usted ha tenido que salir a atender un reporte de
maltrato infantil. Vaya, parece que ha vendido más de lo que yo pensaba."
Mumyeong
soltó una carcajada seca. Ya sabía que Song Jae-yeol estaba sacando gente de
las casas de apuestas, pero creía que apenas los vendía a clubes o bares para
sacar comisión. No pensó que fuera algo tan grave como para afectar al negocio.
Había
decidido ignorarlo, pero parece que el asunto se le estaba yendo de las manos
si hasta los detectives de la unidad de delitos mayores estaban empezando a
intervenir.
En
cualquier otro momento habría soltado un torrente de insultos, pero al sentir
la mano pequeña y suave que sostenía, prefirió medir sus palabras. Tener esa
mano cálida en la suya parecía apaciguar un poco su ira.
"Gracias
por el aviso. Te enviaré algún 'bocadillo' de vez en cuando."
"No
es necesario, pero sírvase, representante Kwon."
Los
'bocadillos' de los que hablaban eran personas como Song Jae-yeol. Aquellos que
causaban problemas en los negocios o que habían sido desechados por la
organización.
Era
un tipo de soborno: a cambio de entregar a estos 'bocadillos' a la policía,
pedía que no tocaran el cuerpo central de la organización.
'Si
vas a traficar con personas, al menos hazlo con estilo'. Mumyeong sentía
desprecio por el Pastor Song, incapaz de ver el panorama general por unas
cuantas monedas.
"Por
cierto, tengo que entrevistar a la víctima, pero... ¿será que me tiene
demasiado miedo?"
"Ha
Yuseong."
"Señor,
quiero seguir con usted."
Ante
la voz aterrorizada de Yuseong, el detective Kim se apresuró a consolarlo.
"Está
bien, está bien. Quédate pegado al representante Kwon. Aunque este tipo tenga
aspecto de aterrador, tiene una lealtad inquebrantable."
"El
señor no da miedo. Es guapo."
"¡Jajaja!
¡Este pequeño ya sabe lo que es la lealtad!"
A
medida que avanzaba la entrevista sobre el maltrato, el miedo de Yuseong se fue
disipando.
Al
final, terminó mostrando gran interés por los policías, cantó un par de
canciones, tocó los chalecos policiales e incluso se tomó una foto
conmemorativa con ellos.
Mumyeong
sintió que este proceso legal para quedarse con Yuseong era complicado, molesto
y ruidoso, pero, a su vez, que era algo soportable.
"¡Señor!
¡Señor! Cuando sea grande, quiero ser policía."
"¿Hace
un momento no querías ser cantante?"
"Ah,
entonces seré un policía que canta."
La
expresión de Yuseong, saltando de alegría, se veía más radiante que nunca.
Sentía que, al menos, lo había sacado de un lugar peligroso.
'Maestra.
¿Se sentía usted así en momentos como este?'
Se
hizo a sí mismo una pregunta a la que sabía que nunca recibiría respuesta.
*
* *
¿Acaso
ahora debería llamarlo ‘mi casa’? Yuseong entró en el vestíbulo siguiendo a
Mumyeong, moviéndose con timidez. Mumyeong, sin prestar la menor atención a si
el niño entraba o no, estaba ocupado en una llamada telefónica. Una
conversación que, además, tenía todo que ver con Yuseong.
“No
puedo llevar al crío conmigo todo el día. Además, no es bueno que ese viejo lo
vea. ¡Ja! ¿Has visto alguna vez a ese viejo tratar bien a un niño fuera de las
cámaras?”
Yuseong
seguía a Mumyeong a todas partes, allá donde fuera. Incluso se coló detrás de
él hasta el vestidor, pero nadie le impidió el paso. Mumyeong parecía no darle
ninguna importancia a su presencia.
“Ese
asunto deberías haberlo resuelto en su momento. Convoca una reunión mañana
mismo y contacta con el director general de HW.”
Mumyeong
se desató la corbata con brusquedad y la lanzó al aire. Yuseong, que había
aprendido a doblarlas gracias a los hombres de traje en las salas de apuestas,
la atrapó al vuelo. La dobló con cuidado y la dejó en un rincón del vestidor.
Lo
siguiente fue la chaqueta. Cuando Mumyeong se la quitó con irritación y buscó
una percha, Yuseong se puso de puntillas, alcanzó una percha que colgaba en lo
alto y se la ofreció. Mumyeong, sin dejar de hablar por teléfono y sin la menor
sospecha, la arrebató y colgó la chaqueta. Luego, soltó la prenda esperando que
alguien la sujetara por el otro lado.
Yuseong
estiró los brazos rápidamente para alcanzarla, pero…. no llegó.
¡Plaf!
La chaqueta aleteó y cayó al suelo.
¿Eh?
¿Qué fue eso?
Mumyeong
giró la cabeza. No había nadie a su lado.
Su
mirada bajó lentamente. Quien estaba allí no era Won-jun, sino el pequeño
Yuseong, cuya cabeza estaba enterrada bajo la chaqueta que Mumyeong acababa de
lanzar.
“Espera
un segundo.”
Mumyeong
hizo una pausa en su llamada y apartó la chaqueta que cubría la cabeza del
niño. El fino cabello castaño de Yuseong estaba alborotado por la electricidad
estática. El pequeño arrugó la nariz conteniendo un estornudo.
“Cachorro.”
“Sí.”
“Ve
a jugar a la habitación pequeña.”
Mumyeong
se dio la vuelta sin más y reanudó su conversación.
Yuseong,
sabiendo que no era bienvenido allí, salió del vestidor de inmediato.
Sin
embargo.
“¿Dónde
estará la habitación pequeña?”
Yuseong
recorrió la casa de Mumyeong de un lado a otro. Aunque sus piernas cortas
revolotearon por todas partes, no logró encontrar la habitación que Mumyeong
mencionaba.
“Todas
las habitaciones son demasiado grandes. Son habitaciones gigantes.”
Yuseong
frunció el ceño y apretó los labios. No se sentía bien al llevarle la contraria
al señor, pero no tenía otra opción. Para Yuseong, todas las habitaciones eran
‘grandes’ si las comparaba con su casa anterior, que era tan minúscula y estaba
tan abarrotada de trastos que no había ni un palmo donde pisar.
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Al
final, Yuseong regresó junto a Mumyeong. Se acercó con cautela y le dio un
pequeño tirón a la solapa de su ropa.
“Señor,
señor….”
Mumyeong
bajó la cabeza sin ocultar su molestia. Yuseong tiró de su ropa y dijo:
“Señor,
señor. En esta casa no hay ninguna habitación ‘pequeña’.”
Mumyeong
no respondió con palabras, sino que señaló hacia la izquierda con el dedo. La
‘conversación’ terminó tan rápido como empezó; él le dio la espalda de nuevo.
“Sigue
hablando. Sí. No lo enfoques de esa manera….”
Yuseong
hizo un puchero y se dirigió a la habitación de la izquierda. Como las
distancias entre las estancias eran enormes, el camino se le hizo largo.
Al
llegar, abrió la puerta de par en par. Se encontró con un espacio amplio y
vacío, que solo contenía una cama más grande que la puerta. El tono marfil, sin
un solo estampado, era casi cegador.
“El
señor es un tonto. No se ha fijado en que no hay ninguna habitación pequeña.”
Mientras
refunfuñaba para sí mismo, entró en la habitación y descubrió una bolsa de
compras colocada cuidadosamente sobre la cama.
“¿Eh?”
Al
revisarla por si acaso, encontró que estaba llena de ropa. Todas las prendas
eran exactamente de su talla. En realidad, eran mudas de ropa que Won-jun había
encargado a uno de sus subordinados.
El
único problema era….
“¿Por
qué solo hay dos colores?”
La
ropa preparada para Yuseong solo venía en dos tonos: blanco y negro.
Yuseong
dio vueltas observando las prendas y soltó un suspiro al darse cuenta de que en
esa habitación ni siquiera había un espejo. Hasta en aquel cuchitril de
semisótano donde vivía tenía uno, aunque estuviera recogido de la calle y
tuviera una esquina rota.
“Esto
no es ropa de escenario y los colores son muy aburridos. ¿Qué es esto?”
Por
dentro, se sintió decepcionado. Quizás era porque el señor había sido tan
amable que, sin darse cuenta, había empezado a esperar que le comprara un
montón de ropa lujosa y deslumbrante. Al ser consciente de su propia avaricia,
sacudió la cabeza con fuerza.
“No.
No debo ser codicioso. Si empiezo a querer más, no tendré nunca suficiente.”
Aun
así, sin poder dejar de lado su curiosidad, empezó a examinar la ropa con
detalle. Cuanto más miraba, más confundido se sentía. No comprendía por qué el
señor habría elegido esas prendas.
“¿Acaso
esto no es un traje de hombre?”
El
señor claramente le dijo que lo enviaría a la escuela primaria. ¿Por qué le
compró trajes? Y encima, trajes negros como el carbón.
“Esto
me resulta familiar…. ¡Ah!”
De
repente, una revelación golpeó a Yuseong y sus mejillas se tiñeron de un rojo
suave. Una sonrisa boba se dibujó en su rostro.
Todas
las prendas aquí presentes se parecen muchísimo a la ropa de Mumyeong.
“¿Qué
pasa? ¿No me digas que…?”
Yuseong
levantó la vista hacia donde estaba Mumyeong. Aunque la pared se lo impedía, se
sintió conmovido al imaginar al señor avergonzado en aquel momento.
¿Seguro
que piensa que ya habré descubierto la ropa y estará muerto de vergüenza?
“¡El
señor es un tonto! ¿Es que quería vestirme igual que él?”
¿Y
si el motivo por el que lo envió a esta habitación —fingiendo indiferencia— era
en realidad para que viera esto? ¿No sería este su estilo rudo y tímido,
incapaz de admitir que había preparado ropa a juego para los dos?
Yuseong
abrazó con fuerza los trajes recibidos de forma inesperada. La consideración de
Mumyeong le pareció tierna y agradecida. No es una ilusión que también él se
sienta un poco tímido.
“Ay,
ay. Como soy muy maduro, haré como si no me hubiera dado cuenta. A veces, los
adultos parecen más niños que los niños.”
No
sabe si le quedarán bien, y la verdad es que no le entusiasman demasiado, pero
Yuseong decidió que usaría esos trajes negros con estilo. También se aseguró a
sí mismo que le diría lo contento que estaba por llevar la misma ropa que el
señor. Ya que había recibido un ‘tributo’, es lógico ofrecer un servicio a sus
fans.
Mientras
Yuseong se divertía probándose los trajes frente a su cuerpo….
Mumyeong
no tenía ni la menor idea de que Yuseong había recibido varios trajes negros.
Él solo le había ordenado a Won-jun que preparara ropa para un niño.
Won-jun
transmitió la orden al equipo de secretarios, quienes, a su vez, la pasaron a
los subordinados de menor rango.
Pero,
al tratar el asunto de Yuseong como algo confidencial, la tarea terminó cayendo
en manos de los subordinados conocidos como ‘los matones’.
‘Preparen
ropa para un misterioso joven maestro’. Era el primer recado de este tipo que
recibían en su vida. ¿Cómo que hacer compras? ¿Y encima de ropa?
No
tenían ninguna información sobre el niño, salvo que tenía diez años y una
constitución pequeña. La imaginación de aquellos gánsteres se desbocó,
alejándose infinitamente de la realidad. ¿Acaso el solitario representante Kwon
tenía un hermano menor oculto? ¿O sería el hijo de un cliente? ¿O el propio
cliente?
Si
era un joven maestro relacionado con Mumyeong, el estilo era obvio.
Negro.
Todo negro. Ropa interior, pijamas, trajes; todo tenía que ser negro.
¡Solo
las camisas blancas! ¡Si es caro, está bien!
“¡Mmm!
¡Me gusta cuanto más lo miro! ¡Es muy elegante!”
Yuseong,
imitando el tono de voz de su abuela, asintió repetidamente.
Fuera
cual fuera el resultado, la persona que recibió el regalo estaba más que
satisfecha.
*
* *
Aquella
noche, Mumyeong sentó al niño en el sofá de la sala y le hizo arremangarse el
pijama. Era para aplicarle la pomada que le habían recetado en el hospital
durante el día. Si aprendía a aplicársela hoy, a partir de mañana tendría que
hacerlo él solo.
Mumyeong
pensó para sus adentros:
‘¿Por
qué la ropa de este mocoso es tan lúgubre? ¿No suelen traer dibujos o cosas
así?’
Al
subirle la manga holgada hasta por encima del codo, quedaron al descubierto los
brazos llenos de heridas. La expresión de Mumyeong se tensó ligeramente.
“¿Por
qué te pegaban?”
“Porque
no ganaba suficiente dinero.”
“Ja.”
Fue
lo que más le hirvió la sangre de todo lo que había escuchado ese año. ¿Golpear
a un niño de diez años porque no ganaba dinero?
El
niño, que lo observaba de reojo mientras Mumyeong mantenía el rostro rígido,
abrió la boca con cautela:
“¿Cuánto
piensa usted que gano?”
Mumyeong,
mientras apretaba el tubo de crema sobre el brazo lastimado, levantó la mirada
con desdén.
Yuseong,
a pesar de estar midiendo la situación, no se guardó lo que quería decir:
“¿Cuánto
quería ganar usted cuando me compró? Se supone que debería ganar más que el
dinero que usted me dio, ¿no? Porque así es como le pago la deuda. ¿Verdad?”
Yuseong
recordó el dinero que Mumyeong le había metido en el bolsillo. Se arrepintió
tardíamente de no haber contado la cantidad exacta. No es que el señor tuviera
que ser ese tipo de persona, pero existía la posibilidad de que intentara
estafarlo ahora.
¿Cuánto
habría sido? Era un fajo grueso, y el color amarillento de los billetes
indicaba que no era una cifra cualquiera.
“Cachorro.”
“Sí.”
“¿Tienes
algún bocadillo que te guste?”
Mumyeong
cambió de tema de repente. Su tacto al aplicar la pomada sobre los brazos
heridos era brusco, pero meticuloso.
Yuseong
cayó de inmediato en su juego. En lugar de pensar en cuánto debía pagarle o
cuándo tendría que volver a la casa de apuestas, empezó a imaginar sus galletas
favoritas, dulces y saladas. Aunque la mayoría de las veces solo las había
probado gracias a que alguien las dejaba olvidadas en la mesa de juego, aun
así…
“Hay
un bocadillo que me gusta. Está rico.”
“¿Cuánto
cuesta?”
“El
precio al consumidor es de 1,500 wones, pero si hay oferta en el mercado se
puede comprar por 1,380. Pero la abuela casi nunca me lo compra, así que yo las
propinas…”
“Olvídate.
Digamos que son 1,500. ¿Quieres que te enseñe cómo ganar esos 1,500 wones?”
Yuseong
levantó la vista y miró a Mumyeong como si fuera patético.
“Señor,
¿quién se conforma con 1,500 wones?”
Se
lo dijo como si lo estuviera regañando. Yuseong tenía su orgullo.
“¿Sabe
cuánto me pagaban por canción cuando cantaba en la casa de apuestas? Me daban
mucho más de diez mil wones por cada una.”
“¿Y
te quedabas con todo ese dinero en tu bolsillo?”
“…….”
“1,500
wones ya es un precio generoso para ti.”
La
expresión del niño se volvió bastante seria. Mumyeong dio unos toquecitos sobre
los brazos ya medicados y bajó las mangas. Mientras arremangaba el otro lado,
continuó con indiferencia:
“Si
mañana te despiertas solo y te lavas los dientes, te daré 1,500 wones. Es
dinero que irá directo a tus manos.”
“…….”
“Así
podrás comprarte ese bocadillo desde temprano en la mañana.”
“¿Desde
temprano…?”
¿Comer
un bocadillo al despertar? Era una idea impactante. Lo habitual era que no
pudiera comer bocadillos porque era de mañana, ni porque era de día, ni porque
era de noche.
“¿Puedo…
comerlo apenas me despierte?”
“Como
quieras.”
“¡Haaa…!”
La
mandíbula de Yuseong se desencajó y no parecía capaz de cerrarse.
“Observa
y aprende cómo ponerte la pomada. Desde mañana hazlo solo. Solo por hoy te
ayudo.”
“E-entonces,
¿mañana vamos juntos a comprar el bocadillo?”
“…….”
La
mirada, que antes estaba fija en los brazos heridos, se trasladó a unos ojos
brillantes. Los ojos del pequeño resplandecían como estrellas.
Todo
por esa simple frase de que podía comer un bocadillo al despertar.
Mumyeong
sintió dos cosas. La primera fue una admiración al ver que los ojos del niño
eran de un color castaño brillante, como joyas transparentes; bastante bonitos,
de hecho.
‘Para
ser un mocoso, tiene una cara bonita.’
Entendía
por qué tenía tanta fama en las casas de apuestas. Era adorable. Tanto que
incluso dejaba una impresión en alguien tan duro como una piedra como Mumyeong.
La
segunda sensación fue el sentimiento suave que seguía a esa mirada de joya.
¿Cómo explicar este picor en la garganta? La pureza de la expectativa en esos
ojos inocentes le parecía ridícula, y a la vez un poco tierna, tanto que
Mumyeong estuvo a punto de soltar una carcajada.
Ya
que estaba siendo generoso, decidió lanzar un trozo de pastel extra al pobre
perro.
“Haré
que puedas comprarlo apenas despiertes mañana.”
“¡Guau!”
“Siéntate.
Mira y aprende a ponerte la medicina.”
“Sí.”
Yuseong,
con el trasero flotando de emoción, se sentó y escuchó dócilmente la voz grave
y calmada de Mumyeong.
“Desde
ahora, no volverás a pisar ninguna casa de apuestas. Mi cantante exclusivo solo
recibe mi dinero. Sea la cantidad que sea. ¿Entendido?”
“Sí.”
Yuseong
asintió y se acercó a Mumyeong. La distancia se acortó tanto que parecía que
iba a terminar en su regazo. Echó la cabeza hacia atrás y sostuvo la mirada de
Mumyeong.
“Pero,
¿por qué no me deja cantar?”
“…….”
Los
ojos de Mumyeong se desviaron hacia un lado con fastidio. Comenzó a buscar una
excusa a medias, sin esforzarse demasiado.
“Mmm.
Porque es de noche.”
“Tampoco
me deja de día.”
“Ya
terminé con la medicina.”
Mumyeong
levantó al niño sujetándolo por un costado.
“Ah.”
Yuseong
fue transportado hasta la habitación pequeña, suspendido como si fuera una
almohada. Aunque la llamaban habitación pequeña, era tan espaciosa que resultaba
vacía.
Por
suerte, allí al menos había una cama donde el niño podía tumbarse. Después de
decidir que esta casa sería su residencia principal, Mumyeong le había soltado
a Won-jun una orden vaga: ‘La habitación pequeña está vacía, es raro. Llena el
espacio con algo. Pon una cama o lo que sea’. Quién iba a decir que esa orden
improvisada sería útil en un momento así.
Mumyeong
tiró al niño sobre la cama y se dispuso a salir, pero Yuseong se levantó como
un muñeco tentetieso y lo llamó.
“¡Señor,
señor!”
“¿Qué?”
La
mano de Mumyeong estaba sobre el interruptor de la luz. Era evidente que quería
marcharse de allí de inmediato.
Sin
importarle eso, Yuseong lo miró con ojos brillantes y le dedicó una sonrisa
tímida.
“¡Gracias!”
“…….”
La
comisura de los labios de Mumyeong tembló ligeramente. Sentía la garganta
áspera. ¿Habrá fumado demasiado durante el día?
“De
verdad, le diré cosas buenas delante del juez. Le diré que usted fue un
secuestrador realmente bueno.”
“Duerme.”
¡Clac! La puerta se cerró.
Y
a la mañana siguiente.
Mumyeong
se despertó envuelto en una temperatura cálida. Sentía que se asfixiaba y le
faltaba el aire. Algo le presionaba el cuello, así que lo apartó con fuerza y
algo delgado salió volando. Era el brazo de Yuseong.
“¿Cuándo
se metió este…?”
Parecía
que se había infiltrado en la cama durante el rato que Mumyeong había dormido.
¿Con diez años y no sabe dormir solo?
¡Ronquido-¡puf! ¡Ronquido-¡puf! Yuseong dormía soltando ruidos extraños.
Incluso había una mancha de baba en la ropa de Mumyeong. Disgustado, Mumyeong
presionó las mejillas del niño con el índice y el corazón. A pesar de que la
piel blanda se deformaba bajo la presión, Yuseong seguía sumido en un sueño
profundo, sin moverse.
Quizás
porque estaba soñando, hacía ruidos de estar masticando, lo cual le recordaba a
cierto perro que había visto tiempo atrás.
Yuseong
se movía, agitando los brazos y piernas, y se enredaba en Mumyeong. Cuando
Mumyeong intentaba separarlo, el niño se volvía a pegar; si intentaba
levantarse, se agarraba a él. Lo zarandeó un poco pensando que quizás fingía
para gastarle una broma, pero la respiración del niño seguía siendo tranquila y
constante.
Mumyeong
envolvió al niño en el edredón como si fuera un rollo y salió de la cama.
Fue
una mañana confusa en muchos aspectos.
Se
sentía patético por no haberse dado cuenta de que ese mocoso se había metido en
su cama. No podía creerlo. ¿Cuántos años llevaba sufriendo de insomnio? Él, que
siempre reaccionaba como una fiera ante el más mínimo sonido o movimiento. ¿Y
no se dio cuenta de los pasos de ese niño entrando en la habitación?
Y
ni siquiera sabía qué hora era.
“¡Ja!”
Mumyeong
rió al ver la cantidad de llamadas perdidas de Won-jun. Fue una risa tan feroz
que su rostro, ya de por sí pálido, se veía casi afilado.
“A
ver quién de los dos está realmente loco, si yo o tú, pequeño demonio.”
Mumyeong
se quitó la ropa manchada de baba con irritación y salió de la habitación.
Mientras
tanto, Yuseong seguía durmiendo plácidamente, babeando sin parar.
*
* *
Dormir
hasta tarde es una cosa, pero una promesa es una promesa. Mumyeong le entregó
1,500 wones en efectivo al niño, quien salió con restos de espuma de pasta de
dientes alrededor de la boca. En realidad, como Mumyeong nunca lleva dinero
encima, ese dinero salió de la billetera de Won-jun. Aun así, como era dinero
que luego le devolvería, en conclusión, seguía siendo dinero de Mumyeong.
“Haaaaaa.
1,500 wones.”
El
niño miró los 1,500 wones depositados en sus manos una, dos, tres, muchas
veces. Se quedó allí parado, con la espuma aún en la comisura de los labios,
durante unos quince minutos.
Mumyeong,
que se preparaba para salir a trabajar, empezó a sentirse molesto por la
presencia del niño. Evitarlo un par de veces estaba bien, pero al final, lo
agarró por la nuca y lo lanzó hacia el sofá.
El
niño rodó por el amplio sofá y, tras un momento, volvió en sí. Se incorporó de
un salto y le gritó a Mumyeong:
“¿1,500
wones?”
Mumyeong,
que acababa de salir del vestidor un rato después, preguntó de vuelta:
“¿Qué?”
“¿Puedo
comprar un bocadillo?”
“Vendrá
un secretario a llevarte a la escuela más tarde. Cómprate lo que quieras con él
o no.”
“¿Es
verdad?”
“Sí.”
El
niño giró alrededor del sofá sosteniendo sus 1,500 wones. Aunque había ganado
mucho dinero recorriendo las casas de apuestas, nunca había tenido la
experiencia de tener el dinero que había ganado en sus propias manos.
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¡Tan
solo por lavarse los dientes, tenía 1,500 wones en su poder!
¡Que
este dinero era suyo!
“¿De
verdad este dinero es mío?”
“Sí.”
Mumyeong
lo miró desde arriba mientras se ajustaba la corbata. Podía ver esa cabecita,
cuyo funcionamiento era un completo misterio, y el nido de pájaro que tenía en
el pelo.
Él
interpretaba la reacción inusual del niño a su propia manera:
‘Parece
que le falta dinero.’
Desde
hace rato estaba bloqueando el paso, mirando fijamente el dinero en sus
manos... Al ver que no dejaba de repetir “1,500 wones, 1,500 wones”, Mumyeong
dedujo que para el niño esa cantidad debía ser una miseria.
Ahora
que lo pensaba, el pequeño había dicho una tontería ayer: que ganaba más de
diez mil wones por canción. Era un prodigio de la mendicidad que recibía
propinas de diez mil o cincuenta mil wones. ¿Cómo iba a ver 1,500 wones como
dinero real?
‘¿Habré
sido demasiado tacaño?’
El
costo de vida ha subido mucho últimamente. Supongo que incluso los niños se dan
cuenta de eso.
A
Mumyeong le resultaba molesto que el niño estuviera protestando por falta de
dinero, pero por otro lado le daba un poco de lástima, así que añadió, como
quien le da una limosna a un mendigo:
“Si
quieres ganar más dinero, tienes que hacer un trabajo que esté a la altura.”
Mumyeong
también había escuchado algo por ahí: dizque educaba a los niños darles una
mesada a cambio de completar sus tareas diarias o hacer pequeños recados.
“¿Un
trabajo a la altura?”
La
expresión del niño se volvió seria al instante. Antes de que Mumyeong pudiera
añadir nada más, el pequeño asintió frenéticamente.
“Lo
haré. Yo lo haré. Puedo hacerlo.”
“Ni
siquiera sabes qué te voy a pedir.”
Mumyeong,
sin pensarlo, acarició el nido de pájaro que tenía el niño en la cabeza y se
dirigió a la entrada. Won-jun, que lo estaba esperando, se le acercó con
urgencia.
“Representante,
creo que deberíamos adelantar la reunión.”
“Sigue
adelante con el plan. No te preocupes por lo que piense la junta directiva.”
Mumyeong
salió por la puerta sin mirar atrás, como si hubiera olvidado la existencia del
niño.
“¡Se,
señor!”
El
niño asomó la cabeza y gritó:
“¡Que
le vaya bien!”
Quién
sabe si ese mensaje llegó a escucharse.
“Pequeño
maestro, le ayudaré a prepararse para la escuela.”
En
lugar de Won-jun, el secretario que se había quedado atrás sujetó al niño por
los hombros y lo hizo girar. Mientras era arrastrado hacia el baño, el niño
preguntó con urgencia:
“¡El
bocadillo! ¡¿Puedo comprar el bocadillo antes de ir a la escuela?!”
“Seremos
flexibles. Primero, tiene que lavarse la cara de nuevo. Todavía tiene espuma de
jabón. Y deje el dinero a un lado….”
“¡Ah!
¡No! ¡Los 1,500 wones! ¡No me los quite! ¡Son míos! ¡Son míos!”
“No
se los quito, es que se van a mojar… Si los aprieta así… No, no, no se los voy
a quitar. No, no se los quito, no se los quito. Está bien, quédeselos….”
El
niño abrazó los 1,500 wones contra su pecho con ambas manos. El secretario,
mientras tanto, le limpió enérgicamente la espuma de jabón de la cara.
Mientras
el secretario le arreglaba el cabello, la pequeña cabeza del niño no dejaba de
girar a toda velocidad:
‘El
señor dijo que, si hago un trabajo por el que valga la pena ganar dinero, me
dará dinero.’
No
era cuestión de conformarse con 1,500 wones. Si lo hacía bien, podría conseguir
3,000, 5,000... ¡o incluso 10,000 wones!
¡Esta
es mi oportunidad!
El
niño tomó una decisión:
‘¡Con
estos wones, ganaré mucho más dinero!’
Demostraré
mi valor con una fortuna mucho más grande.
*
* *
Pasado
el momento de más ajetreo, cuando apenas había pasado la una y media de la
tarde y por fin podía tomarse un respiro, Won-jun buscó a Mumyeong con
expresión de apuro.
“Representante,
¿tiene un momento?”
“No.
El representante necesita descansar, así que resuélvalo usted, jefe de sección
Park. Siento que voy a vomitar los libros de contabilidad por la garganta.”
“Ah….
Se trata de ese niño, Ha Yuseong. Si lo desea, seguiré resolviéndolo yo mismo
en el futuro.”
“¿Ha
Yuseong?”
Mumyeong,
con los pies cruzados sobre el escritorio, se quedó pensativo un momento.
Ha
Yuseong, Ha Yuseong. ¿Qué hacer con ese mocoso? Era una molestia tener que
intervenir en cada pequeña cosa, pero le incomodaba dejarlo todo en manos de
otros.
Si
hubiera sido ella, su maestra.
Si
hubiera sido aquella mujer tan entrometida que lo rescató del barro, ¿qué
habría hecho?
“Pásame
la llamada.”
Mumyeong
dijo con sequedad. Mantuvo su postura relajada, casi tumbado en la silla.
Puso
el teléfono en modo altavoz y dejó caer la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos y
abrió sus labios resecos. Estaba simplemente cansado y decidió tratar esto como
una tarea más de su trabajo.
“Habla
Kwon Mumyeong.”
―Ah,
¿es usted el padre del alumno Ha Yuseong? Es su tutor….
“No
soy su padre. Su tutor temporal. Algo así.”
La
llamada provenía de la escuela de Yuseong.
Mumyeong
se masajeó con el dedo índice el entrecejo fruncido y se arrepintió al
instante. Pensó que no sería nada grave. Era el primer día que enviaba al niño
a la escuela. No sería raro que fuera una llamada de cortesía para decirle que
se estaba adaptando bien o algo así. Debí dejárselo a Won-jun.
―Es
que….
Mientras
escuchaba las palabras cautelosas del tutor entrar por un oído y salir por el
otro, Mumyeong miró a través de los cristales del ventanal. Al caer la noche,
tenía que reunir a los intermediarios de las casas de apuestas en Incheon. No
había ni un segundo de descanso.
De
día, tenía que dirigir la empresa fingiendo que era una compañía legítima de
construcción y finanzas; de noche, tenía que gestionar varios casinos legales y
garitos de apuestas ilegales. Aunque tenía a muchos jefes de sección e
intermediarios a su cargo, todas las decisiones importantes tenían que pasar
por sus manos.
Ese
maldito viejo, el presidente Kwon. Si iba a darle algo, ¿no podría haber sido
solo una cosa? ¿Qué pretendía pasándole tanto los negocios legales como los
ilegales?
¿Acaso
esto era para intentar joderlo de verdad?
―Robar
vasos de la cafetería es algo por lo que hay que regañarlo, pero el hecho de
que se haya puesto a organizar un juego de cubiletes para cobrar dinero
requiere una educación en casa urgente, padre. O mejor dicho, tutor.
“…Espere
un momento.”
Los
ojos de Mumyeong, que divagaban, parpadearon lentamente. Levantó la mano, se
presionó la sien donde palpitaba un dolor sordo y preguntó:
“¿Qué
acaba de decir?”
―Necesita
educación en casa.
“Antes
de eso, ¿qué hizo el niño, Ha Yuseong?”
―Robó
tres vasos de la cafetería y montó un juego de cubiletes. Formaba una especie
de sistema donde cobraba dinero y les daba los bocadillos de la merienda como
premio a quienes acertaran…. Ya le hemos confiscado los vasos y los
bocadillos….
“…….”
Mumyeong
se quedó sin palabras y miró fijamente el aparato telefónico. Era el teléfono
de la oficina que veía todos los días, pero no entendía por qué le resultaba
tan extraño.
Antes
de que pudiera siquiera dudar de sus oídos, el bombardeo del tutor continuó.
―Además,
parece que durante la clase de música organizó algún tipo de evento con
apuestas y premios, fue descubierto y castigado. Aunque el niño está muy
decaído y da mucha lástima, no debe dejarse llevar por la compasión y debe
disciplinarlo adecuadamente. No sé dónde habrá aprendido eso, pero debe
enseñarle que son comportamientos muy malos.
“Dónde
lo aprendió….”
Era
fácil de imaginar. Mumyeong se frotó el rostro y recordó aquella pensión cutre
en un rincón del campo. El mundo de las apuestas era el patio de recreo de
Yuseong.
―Y….
“¿Hay
algo más?”
Todo
esto había ocurrido en el primer día de escuela. No en la primera semana, sino
el primer día.
Y,
de hecho, el primer día ni siquiera había terminado.
―No,
esto no es que Yuseong haya cometido ninguna falta grave.
El
tutor añadió con cautela:
―Sé
que hay aspectos del vestuario en los que los niños son testarudos, pero a
partir de mañana, le agradecería que lo enviara con ropa normal y cómoda para
las actividades. La ropa que llevaba Yuseong se rompió hoy. Desde mi punto de
vista como tutor, no creo que sea ropa adecuada para un niño tan activo como
él. Es muy, realmente muy activo.
“Lo
comprobaré.”
Tras
colgar, Mumyeong soltó un largo suspiro, algo poco habitual en él. Sentía un
cansancio diferente al agotamiento físico.
Después
de suspirar profundamente, sintió que era irónico. Su horario, absurdamente
ocupado, y ese mocoso que, a pesar de haberlo sacado del mundo de las apuestas,
no podía evitar seguir con sus viejas mañas.
“Won-jun.”
“Sí,
representante.”
“Voy
a salir ahora, así que ajusta mi agenda.”
Fue
como un trueno en un día despejado.
“Re-representante….”
Mumyeong
se levantó y se puso la chaqueta del traje.
“Tengo
que ir a ver a Ha Yuseong. Quiero ver qué demonios ha estado haciendo. La
curiosidad me mata.”
Mientras
decía esto, una pequeña sonrisa se dibujaba en los labios de Mumyeong.
*
* *
“Lo
siento. Como los vasos de la cafetería son de acero inoxidable, el sonido de
las canicas era demasiado fuerte y me descubrieron. Debería haber puesto algo
debajo para amortiguar el sonido….”
Yuseong
se disculpó con el rostro completamente rojo. Su posición, arrodillado en el
suelo, parecía a la vez solemne y lamentable.
“…….”
Quizás
interpretando el silencio de Mumyeong como algo ominoso, Yuseong comenzó a
hurgar en su pecho. De su chaqueta negra, que se había desgastado en solo un
día, cayeron monedas haciendo un ruido metálico.
Sus
pequeñas manos contaron una a una las monedas que habían rodado por el suelo de
mármol. Eran 2,250 wones.
“Esto
es lo único que el profesor no me quitó.”
Mumyeong
se masajeó la frente mientras miraba al niño desde arriba. Obligó a sus labios,
que se negaban a despegarse, a abrirse para preguntar:
“¿Por
qué tienes esa ropa hecha un asco?”
“Me
caí mientras jugaba al fútbol….”
Yuseong
bajó la cabeza, tratando de ocultar el dobladillo roto de su ropa.
“De
verdad….”
Mumyeong
lo pensó un buen rato antes de decir:
“Es
increíble.”
No
había otra palabra para expresarlo. Cuando salió de la empresa, Mumyeong no
tenía nada que decirle a Yuseong. Ni siquiera tenía expectativas.
Después
de todo, era un mocoso que había crecido en las casas de apuestas. Organizar
una timba en la escuela era una táctica muy anticuada, pero no sorprendente.
Pensaba
decirle una sola cosa: que no lo llamaran nunca más por ese tipo de asuntos
vergonzosos. Yuseong no era más que una excusa para salir antes del trabajo.
Pero….
Al
ver a Yuseong, sentimientos innecesarios lo invadían una y otra vez.
Como
el desconcierto, la incredulidad, cosas así.
“¿Por
qué el niño va vestido así? ¿Lo envías a un funeral? ¿Quieres publicitar que lo
cría un gángster? ¿Qué idiota lo ha vestido así?”
Mumyeong
suspiró y agarró a Yuseong por la nuca. El niño fue levantado sin fuerzas, como
un gatito. Era tan ligero que, cuando Mumyeong lo agitaba, se dejaba llevar por
el movimiento.
Won-jun
y el resto del personal, alineados, bajaron la cabeza ante la reprimenda de
Mumyeong.
“¿Les
parece que este es el aspecto de un estudiante de primaria? Le ponen pantalones
de traje y por eso el niño se cae cuando intenta jugar al fútbol. ¿Por qué le
enviaron una chaqueta negra con este tiempo? ¿Le pusieron corbata también? ¿Por
qué? Mejor haberlo enviado a trabajar a la oficina.”
Mumyeong
soltó a Yuseong, dejándolo de nuevo en el suelo. El niño se arrodilló con
delicadeza. Mumyeong golpeó el muslo de Yuseong con la punta de su zapato y le
espetó con frialdad:
“No
te arrodilles así como así.”
“Sí.”
Al
notar el cambio de ambiente, Yuseong se levantó rápidamente.
“A
partir de ahora, cuando compren algo para Ha Yuseong, pidan confirmación
directa a él. Y desde el principio, asegúrense de comprar cosas que sean
adecuadas para un niño.”
“Entendido.”
“Y
tú, cachorro, si no te gusta algo, dilo. No tienes por qué aceptar todo lo que
te den como un idiota.”
“¡Sí!”
Yuseong
asintió con los ojos brillantes. Luego, puso a la fuerza las monedas que había
ganado en la mano de Mumyeong y gritó:
“¡Señor!
¡Aunque yo! ¡Hoy solo he podido preparar esto como tributo!”
“…….”
“De
los fondos de inversión que me dio hoy, argg.”
Mumyeong
lo levantó en vilo. Yuseong se quedó quieto, colgando como un gato empapado.
Las
monedas que Yuseong le había entregado estaban húmedas y calientes por el sudor
y la temperatura del niño, y esa sensación le resultó sumamente desagradable.
Mumyeong guardó las preciadas monedas de Yuseong en el bolsillo de su traje
desgastado, haciendo que tintinearan.
“¿Te
parezco un explotador que le roba el dinero sudado a los niños?”
“Sí.”
“Cachorro.
Creo que deberías aprender a guardar silencio a veces.”
“Síii….”
Yuseong
no dijo nada más y se limitó a observar la reacción de Mumyeong.
Hubo
un momento, tras un duelo de miradas, en el que Yuseong pareció tener una idea.
De repente, retorció su cuerpo, se movió con agilidad como una rana y se aferró
a Mumyeong.
“¡Representante!”
Los
que se sorprendieron fueron Won-jun y los secretarios detrás de él. Sin
embargo, Mumyeong y Yuseong parecían no inmutarse.
Mumyeong
contuvo suavemente a Won-jun, que estaba a punto de apartar al niño. Los
hombres, que bajo su fachada de secretarios parecían luchadores de judo,
bajaron las manos.
Mumyeong
tomó a Yuseong, que se había pegado a él como una ardilla, y lo alzó. Al
sostenerlo por las axilas, Yuseong se abrazó a él.
Mumyeong
le sostuvo la espalda para que el niño pudiera acomodarse. Yuseong apoyó el
cuerpo en él y levantó la cabeza con entusiasmo.
“¿Por
qué te abrazas a mí si no has hecho nada bueno?”
Aunque
su voz sonaba molesta, no parecía tener intención de apartarlo de inmediato.
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Yuseong
era como un animal que sabe dónde encontrar un lugar seguro para dormir. Tenía
instinto y era rápido para leer la situación.
En
ese momento, Yuseong vio su lugar. Aquí, en un rincón del abrazo de ese gran
tigre llamado Mumyeong, había un espacio pequeño donde podía refugiarse. Por
eso se lanzó sin dudarlo.
Porque
Yuseong era muy frágil y su vida había sido una lucha constante.
Yuseong
miró fijamente a Mumyeong y le preguntó:
“¿No
acepta el tributo?”
Mumyeong
presionó el entrecejo del niño con el dedo índice y lo regañó:
“¿Qué
gano yo con recibir mil o dos mil wones?”
“¿No
me dio el dinero para que lo hiciera crecer?”
“Dijiste
que comprarías un bocadillo.”
“Eso
es una excusa, pensé que era capital de inversión.”
“¿De
dónde sacaste esas palabras?”
“Soy
bastante inteligente.”
“Entonces,
usa eso para estudiar.”
Al
mirarlo con atención, era un niño bastante adorable. Mumyeong soltó una risita.
“De
ahora en adelante, no hagas tonterías ni montes timbas en la escuela. Me da
vergüenza cuando me llaman.”
“¿Y
qué pasa con el tributo?”
“No
lo necesito.”
Yuseong
parecía no creerle.
“Entonces
eso no tiene sentido.”
Yuseong
agarró su propia chaqueta y su camisa, sacudiéndolas.
“Esto,
¿me está diciendo que me da todo esto gratis? ¿Me mantiene gratis? No puede
ser.”
“¿Por
qué no puede ser?”
“…….”
Esta
vez, quien se quedó sin palabras fue Yuseong.
Se
quedó mirando a Mumyeong durante unos segundos, con la mente en blanco, y luego
hundió la cabeza en el pecho del hombre.
“¿De
verdad…?”
“Sí.”
“¿De
verdad no lo acepta…?”
“Sí.”
“¿Me
cría… gratis?”
“Sí.
¿Cuántas veces quieres que lo repita?”
“¿Y
no me abandonará?”
“Sí.”
Mumyeong
sintió que su pecho se humedecía un poco. Aunque pensó que era molesto, no pudo
evitar que se le escapara una risita. Era absurdo. Se sorprendió a sí mismo
consintiendo los caprichos de este pequeño ser.
Y
pensó en el peso de la vida que este pequeño había tenido que soportar solo.
“¿Compraste
el bocadillo esta mañana?”
“…No.”
“Como
era de esperar.”
Mumyeong
le dio un par de palmaditas en la espalda y luego lo apartó, agarrándolo como
si fuera un gato callejero. La expresión, que había sido amable por un momento,
volvió a ser indiferente, como si nunca lo hubiera abrazado.
Mumyeong
revisó su camisa con los dedos. Tenía marcas de lágrimas y moco con la forma de
la cara de Yuseong.
Sin
decir nada, Mumyeong se quitó la ropa y la lanzó lejos. Una empleada del hogar
que esperaba cerca recogió la prenda.
Yuseong
le gritó a la espalda del hombre, bien formada y cubierta de cicatrices:
“¿Por
qué se quita la ropa de repente? ¿Es usted un pervertido?”
Mumyeong
respondió con irritación:
“Has
dejado baba en mi ropa.”
“No
he dejado baba….”
“Deja
de decir tonterías y cámbiate de ropa. Vamos a salir a comprar esas galletas.
Esos 1,500 wones o lo que sea.”
“¡Wow!
¡Wow! ¡De verdad!”
“Y
de paso, tiremos ese traje de luto que llevas.”
“¿Qué
es un traje de luto?”
“¡Jefe
de sección Park! Cámbiele la ropa al niño.”
Desde
aquel día, el vestuario de Yuseong se convirtió en una tarea importante bajo la
responsabilidad directa del jefe de sección Park Won-jun.
