27 de diciembre
27 de diciembre
Nueva
York, tras la Navidad, había comenzado a cambiar sus decoraciones una a una,
como si mudara de piel. Ethan, que al principio pensó que era una impresión
suya, se convenció del todo al encontrarse con la decoración de la puerta justo
antes de entrar en la cafetería situada enfrente del apartamento de Luke. Feliz
año nuevo. El adorno de la puerta principal, donde hasta el día antes pendía un
reno de nariz roja, había sido reemplazado de la noche a la mañana por un
letrero de bienvenida al año nuevo decorado con purpurina dorada.
Qué
rápido se da prisa. Con una risita burlona, Ethan empujó la puerta y entró,
acercándose al mostrador. El empleado del mostrador, con quien ya había cogido
confianza tras un par de visitas, lo saludó con una sonrisa amable.
“Hey.
¿Cómo va el día?”.
“Parece
que los saludos de Navidad ya se acabaron”.
“Es
que ahora toca el feliz año nuevo”.
“Pues
sí. Dame dos cacaos, para llevar”.
“¿Calientes?”.
“Sí”.
“Espera
un momento”.
Ante
la espalda de la camarera, que se dio la vuelta agitando su largo cabello, la
mirada de Ethan se dirigió de manera natural hacia el interior de la cafetería.
Había pasado incluso el momento de un almuerzo tardío, y entre las mesas
ocupadas de forma dispersa, la luz densa del invierno se filtraba a pedazos.
Definitivamente,
en Estados Unidos había mucha menos gente que lo reconociera en comparación con
Europa. Cuando Ethan dio un leve golpecito con la punta de los dedos en la
visera de la gorra de béisbol que llevaba descuidadamente, un sonido similar
sonó a su espalda. Toc, toc. Al volverse, la camarera, que estaba dejando dos
vasos de cacao, le sonrió a Ethan.
“Aquí
está. ¿Te lo puedes llevar así?”.
“No
hay problema. Está justo enfrente”.
“Lo
sé. ¿En ese edificio de ahí, verdad? Se ve desde que sales. A través del
cristal”.
Siguiendo
el gesto de su mano, la mirada de Ethan, bajando un poco la barbilla, se
dirigió hacia el otro lado, que estaba completamente despejado. Desde la gran
puerta principal que imitaba la de un castillo europeo hasta el portero que
merodeaba frente a ella. Ethan asintió y replicó:
“Pues
sí”.
“¿Te
has mudado?”.
“No.
No es mi casa. Solo me estoy quedando un tiempo”.
“¿Cuánto
tiempo?”.
“Hasta
fin de año”.
“¿La
casa de tu pareja?”.
Aunque
llevaba los cacaos en ambas manos, las preguntas continuaban. La sonrisa en los
ojos de la camarera, que ladeaba la cabeza apoyando un brazo en la mesa, era
bastante atractiva. Le parecía curioso que, a pesar de pensar eso con claridad,
no sintiera ningún tipo de alteración emocional. Ethan la miró fijamente un
instante. Luego levantó la mano derecha de entre las dos con las que sostenía
el cacao.
“Es
la casa del dueño de este cacao”.
“Ah”.
La
camarera no preguntó más y retiró el brazo con el que se apoyaba. Su tono al
despedirse seguía siendo cercano.
“Feliz
año nuevo”.
“Gracias”.
Justo
cuando Ethan se dirigía hacia la puerta tras los saludos, resonaron unas voces
a sus oídos. Al volverse, vio que dos hombres sentados cara a cara en una mesa
junto a la entrada lo miraban de reojo mientras murmuraban algo entre ellos.
Todavía albergaban ciertos aires de duda.
Pasó
de largo fingiendo deliberadamente no darse cuenta y abrió la puerta. Con el
tintineo del cascabel colgado en lo alto, un viento helado como una plancha de
hielo le dio de lleno en la cara. El viento gélido de pleno invierno en Nueva
York era tan feroz que hasta sacudía la gorra de béisbol.
Justo
antes de que la puerta se cerrara, Ethan se volvió y esbozó una leve sonrisa
hacia los hombres que estaban sentados. Vio con total claridad cómo los ojos
del hombre con el que cruzó la mirada a través de la rendija se abrían de par
en par.
La
puerta se cerró. Por suerte, no parecía que nadie fuera a salir corriendo tras
él. Ethan levantó la mano para sujetar la gorra que el viento sacudía y torció
el cuerpo en dirección a la entrada principal del apartamento. Una silueta
alargada se distinguió de pie frente a ella. Luke, con el cuello del abrigo
Balmacaan levantado hasta la barbilla y una bufanda envuelta al cuello, lo
esperaba con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, mirando hacia allí.
Decía
que hacía frío. Murmurando para sus adentros sin poder evitarlo, Ethan cruzó el
corto paso de cebra y se acercó a él. Luke, que había avanzado hasta el borde
del bordillo, aceptó el cacao y frunció ligeramente el ceño.
“Tienes
que cruzar mirando bien la calle”.
“Si
no hay nada”.
“Aun
así”.
Gruñendo
hasta el final, Luke abrió la tapa del vaso cerrado y dio un sorbo. Ethan hizo
lo mismo y bebió otro trago. Una bebida cálida, dulce y con un toque amargo
llenó por completo su interior antes de deslizarse calentando el esófago.
Mientras se quedaba embobado por un instante con aquel dulzor, ante la mirada
fija con la que Luke lo escrutaba, Ethan preguntó:
“¿Qué
pasa?”.
“Nada”.
“¿No
está rico?”.
“Está
rico”.
A
pesar de haber respondido eso, el vaso para llevar que Luke sostenía en la mano
no volvió a acercarse a sus labios. Ni siquiera después de cruzar el paso de
cebra para adentrarse en Central Park.
La
mirada de Ethan, que miraba al frente, barrió a Luke. Notó que tenía una
expresión tan aburrida y caprichosa que no pegaba nada con su corpulencia. De
repente, acompañado de una sonrisa estudiada, volvió a llevarse el vaso a los
labios y soltó:
“Cariño”.
Pronunció
un apelativo que, más que afectuoso, resultaba empalagoso.
¿Lo
sabrá Luke? Que cada vez que tiene alguna queja lo llama con ese mote exacto.
Si lo hace a propósito, sería de lo más irritante, pero si le sale sin pensar,
es algo que ya trae de serie. Ethan le respondió fingiendo demencia:
“¿Qué?”.
“¿De
qué hablabais esa mujer y tú?”.
Seguro
que no había instalado cámaras de circuito cerrado en la cafetería ni nada por
el estilo. Mientras imaginaba conjeturas sin ningún fundamento, Ethan miró de
reojo hacia atrás. Al otro lado de la esquina, el letrero de la cafetería,
pintado de un rojo intenso, desapareció de golpe al quedar oculto por los
árboles apenas entraron en Central Park.
Decir
que desde el interior del local se veía con claridad el exterior equivalía a
decir que Luke, de pie frente al apartamento, también podía ver perfectamente
el interior de la tienda. Seguramente también había visto el momento en que
recibió el cacao y se pusieron a hablar.
“¿Qué
mujer?”.
Al
hacerse el sueco con total descaro, los ojos de Luke se curvaron un instante.
“La
camarera”.
“Quién
sabe quién será”.
“H-hmmm…”.
Soltando
algo parecido a un gemido, Luke, que se había quedado plantado, enseguida
esbozó una sonrisa benévola. Aunque decía que no le hacía ninguna gracia,
sostenía el vaso de cacao con firmeza en ambas manos, sin soltarlo ni por
asomo.
“Bien.
Aprobado”.
El
comienzo de Central Park en persona hizo que Ethan se arrepintiera de su propia
y terca decisión de querer caminar por allí. El suelo, donde la nieve empezaba
a derretirse, estaba fangoso y la humedad que salpicaba sin parar le helaba la
punta de los pies. Sobre todo, cada vez que soplaba un viento cortante y
amenazante, su cuerpo se encogía por puro instinto.
Él
iba embutido en un plumífero, así que bueno, pero le preocupaba Luke, que solo
llevaba un abrigo. Luke, que sostenía con delicadeza el cacao y lo bebió con
expresión inexpresiva, encestó el vaso en una papelera con la que se cruzó.
El
contenedor, helado y frío, produjo un sonido ruidoso.
“Strike”.
Murmurando
Luke para sí mismo, se volvió hacia Ethan y preguntó:
“¿Tienes
frío?”.
“Lo
que yo te iba a preguntar”.
“Yo
estoy bien”.
“Tampoco
es que haya gran cosa que ver. ¿Por qué no me detuviste cuando dije que quería
caminar?”.
En
pleno invierno, Central Park, donde apenas transitaba gente de pasada,
resultaba de lo más desolador. Solo las exclamaciones de los niños que bajaban
en trineo desde lo lejos, allá en la colina, estallaban de golpe. Hasta los
cisnes, que volaban desde las ramas desnudas para aterrizar en la orilla del
lago completamente congelada, resbalaban y terminaban patas arriba. Ante la
absurda escena de los patos, que se habían quedado sentados tan panchos,
graznando sin parar, a Ethan se le escapó una risa.
“Jajaja”.
Ethan,
que se había hartado de reír, dejó de hacerlo en cuanto sintió la mirada de
Luke clavada en él. ¿Qué te hace gracia de eso? En lugar de burlarse, Luke
simplemente curvó las comisuras de los labios y echó a andar despacio por la
orilla del estanque.
“Hay
mucho que ver”.
Con
ese murmullo.
A
medida que dos huellas quedaban impresas en paralelo sobre el sendero de nieve
blanca, aquel paisaje pacífico pareció alejarse. Los cisnes. Los patos. También
la imagen de los niños inocentes que corrían y retozaban de arriba a abajo
envueltos por completo en colores de lo más variados.
El
viento sopló con fuerza y la nieve acumulada en las ramas caídas se dispersó
sobre la cabeza de Luke. Los dos tuvieron que detenerse un momento mientras
Luke se sacudía a pequeños golpecitos la nieve que se le había metido en el
cabello rubio, siguiendo la raya. La fría nieve, apenas tocó su frente, se
convirtió en gotas de agua que resbalaron por sus párpados.
Con
una cercanía tal que las puntas de sus zapatos casi se rozaban, Ethan levantó
una mano. Al contrario de lo que esperaba —que se quejara o se molestara aunque
fuera jugando—, Luke cerró los ojos con inusual docilidad y dejó su rostro a
merced de él.
“¿Ya
está?”.
“Casi”.
La
mano de Ethan, que se había detenido un instante, volvió a moverse. Los ojos de
Luke, que los tenía cerrados, se abrieron, y ambos volvieron a caminar codo con
codo por el sendero nevado de Central Park. Al escuchar el crujido de la nieve
hundiéndose a cada paso, Ethan pensó:
Qué
buena idea haber salido.
Al
otro lado, cruzando Central Park desde el West Side, el East Side mostraba la
estampa típica de los barrios adinerados de Manhattan. Con un cacao en la mano
frente al Metropolitan, que a pesar del frío acumulaba una larga fila de gente,
ambos se dirigieron hacia la sastrería que Luke solía visitar de vez en cuando.
Aunque habían avisado de su visita con antelación, al parecer jamás imaginaron
que llegarían a pie. El empleado, que estaba de puerta y los vio acercarse a
paso firme, bajó las escaleras a toda prisa.
Al
toparse de bruces, sobre todo, con el cacao que Luke sostenía en la mano y con
su cabello rubio, ligeramente húmedo y rizado por el contacto con la nieve, los
ojos del dependiente empezaron a temblar sin control al alternar la mirada
entre ambos.
“Nos
habían avisado de su visita, pero no imaginábamos que vendrían caminando. De
haberlo sabido, habríamos enviado un coche”.
“No
se preocupe. Veníamos cruzando a propósito para despejarnos un poco”.
“Eso
que lleva en la mano...”.
“¿No
se puede entrar con esto? Un momento”.
Luke,
que se giró soltando una risita, dio un buen bocado al perrito caliente
mientras miraba a Ethan.
“Me
parece que vamos a tener que comernos esto antes de entrar”.
“Tómatelo
con calma”.
Mientras
masticaban por turnos, el dependiente, situado extrañamente a su espalda,
empezó a mostrarse de lo más inquieto. Hasta el punto de que acabó soltando un
“pueden pasar sin problema”. Sin embargo, Luke y Ethan terminaron de liquidar
la comida, se limpiaron las manos y entraron por fin en la sastrería.
Al
abrirse las clásicas puertas dobles de madera, el interior destilaba un
ambiente de lo más clásico. Inspirando el aroma a tela limpia y el pesado
perfume, Ethan pensó: ¿Que não se podía entrar con qué? Faltó poco para que se
le quitara el apetito a mitad del perrito caliente.
Las
decoraciones navideñas del amplio salón principal se veían mucho más sobrias
que el día que fue a tomarse las medidas, pocos días atrás. Acompañado por las
indicaciones de los dependientes, Ethan se probó la ropa en un reservado
individual. El traje de un solo botón, que le sentaba como un guante, era de un
tono gris oscuro casi negro. Tras comprobar la movilidad en brazos y piernas,
Ethan le asintió al sastre.
“Perfecto.
No me molesta en absoluto”.
“Así
debe ser. Nosotros siempre ofrecemos lo mejor”.
Cada
vez que le hacían alguna pregunta, Ethan se limitaba a asentir dando a entender
que todo iba bien. Gracias a eso, terminó antes y le tocó esperar a Luke. Sobre
el sillón de orejas del salón le sirvieron té caliente y unas galletas. El
empleado que se los trajo le preguntó con delicadeza sobre sus preferencias:
“También
podemos ofrecerle una copa de whisky. Si prefiere fumar, hay un espacio
habilitado en la terraza”.
“No
hace falta, gracias”.
“Es
un honor para nuestra sastrería que un doble campeón de Fórmula 1 se haga sus
trajes aquí”.
Como
antes no había dado señales de reconocerlo, creyó que no tenía ni idea, pero al
parecer solo había sido una muestra de educación. El empleado se retiró tras
dejar un cumplido de lo más neutral, pero Ethan, que estaba medio tumbado y
apoyado con desgana, se enderezó en el asiento. Empezó a mirar alrededor,
sintiéndose de pronto observado sin motivo, y levantó la taza de té.
A
saber cómo habían infusionado aquel té caliente, pero un aroma exquisito llenó
por completo su boca antes de desvanecerse. Cuando la taza se vació y el
líquido templado le calentó el cuerpo, la incomodidad se calmó un poco. Y,
sobre todo, estaba la voz de Luke que se filtraba de vez en cuando a través de
aquella puerta. Verle exigir con precisión y detalle una serie de preferencias
tan distintas a las suyas hizo que a Ethan se le dibujara una ligera sonrisa en
los labios.
¿Y
si salgo a que me dé un poco el aire? Justo cuando lo pensaba, la puerta se
abrió de par en par. Tras haber expuesto con tanto ahínco sus exigencias, la
cara de Luke relucía por completo. Los ojos azules, que inspeccionaban el
lugar, se clavaron de inmediato en Ethan, sentado ya en su sitio. Luego se
detuvieron con fijeza en la taza de té, que ya iba por la mitad, y en las migas
de las galletas.
Luke
se dejó caer pesadamente en el asiento de al lado y, pasando de las galletas
intactas que tenía enfrente, se metió en la boca la que Ethan había
mordisqueado.
“¿Por
qué has salido tan pronto?”.
“Si
ya había terminado todo, qué esperabas”.
Aunque
sus ojos entrecerrados rebosaban sospecha, al menos dejó de fastidiarlo. Al fin
y al cabo, el hecho de visitar aquella sastrería y tomarse las medidas ya era
todo un gran sacrificio por parte de Ethan. En su lugar, Luke bajó la mirada de
soslayo hacia sus pies.
“¿No
se te habrían mojado los zapatos antes?”.
“No
pasa nada. Ahora se están calentando”.
“Todavía
nos queda un buen cacho por andar. Tenemos que ir a la Quinta Avenida y hasta
Times Square”.
“Ya
se me habrán secado para entonces”.
Pero
Luke parecía no pensar lo mismo ni por asomo. En cuanto intercambió una seña
con el dependiente, este se apresuró a adentrarse en la parte trasera. Al poco
rato regresó sosteniendo una caja bien envuelta en ambas manos. Al abrirla,
aparecieron unos zapatos envueltos en papel de seda.
Luke
levantó unos mocasines negros de hombre, los giró un par de veces y los dejó
directamente a los pies de Ethan. Con el panorama ya montado de esa manera,
negarse era imposible. Ethan se descalzó con desgana. Tras agradecerle al
empleado que le trajo unos calcetines nuevos a toda velocidad, se quitó los
mojados y se puso unos limpios junto con el calzado. La sensación del cuero
envolviendo suavemente sus pies, ya sin rastro de humedad, era de lo más
cómoda. Al percibirlo, Luke esbozó una sonrisa de oreja a oreja y dijo:
“Tráeme
también los míos. Hazme otro par igual que estos para los que llevaba hoy”.
“¿Desea
que enviemos la ropa y el calzado que se acaba de quitar a su domicilio?”.
“¿Podría
ser?”.
Ethan,
que alternaba la mirada entre sus propios pies y los de Luke —ahora calzados
con el mismo modelo de mocasines—, pensó para sus adentros: Parecen zapatos de
pareja. Aunque los empleados de la sastrería probablemente pensarían que solo
habían coincidido en el diseño... Justo antes de levantarse con las manos
vacías y disponerse a salir, Luke, que se había colocado a su lado, lo miró de
reojo y abrió la boca.
“¿Qué
tal una bufanda?”.
“La
verdad es que lo había pensado, pero ahora no tenemos tiempo de ponernos a
medir nada. Si tenemos que ir a la avenida y luego ver un musical”.
Al
ver que Luke asentía con total docilidad, pensó que se había olvidado del tema,
pero de repente este se quitó la bufanda que llevaba puesta y se la enredó a
Ethan alrededor del cuello. Ethan, protestando, sacudió la cabeza.
“¿Qué
haces? Si yo llevo el plumífero. Y tú vas solo con el abrigo”.
“Pues
que me den una y listo. Jack, ¿tenéis por aquí alguna bufanda?”.
“Si
no les importa que no esté hecha a medida, por supuesto que tenemos stock”.
“Dame
una larga de color gris”.
El
empleado corrió de inmediato y volvió con una bufanda gris adornada con flecos.
Luke se puso la bufanda mientras dejaba pasar por alto las explicaciones sobre
la cachemira y no sé qué más, y luego hizo un gesto con la cabeza hacia la
salida. Ethan, que se había quedado con la nariz enterrada por inercia en la
bufanda impregnada del aroma corporal de Luke, reaccionó de golpe y echó a
andar apresuradamente tras él.
La
sensación de tener los pies secos y el calor acumulado en el cuello era de lo
más reconfortante. Como para caminar sin parar hasta el fin del mundo.
Caminando
y observando uno a uno los adornos cambiantes de las calles se convirtió en una
diversión propia. Aun así, había varias cosas que no habían cambiado. La
pastelería con los adornos colgados a montones. Los escaparates de las tiendas
de lujo que aún mantenían su brillo. Entre ellas, por ejemplo, el showroom de
Tiffany.
Los
pasos de Luke, que iba caminando, se detuvieron de golpe. Al ver su expresión
embelesada, era evidente que ni siquiera se había dado cuenta de que se había
parado. La brillante iluminación del escaparate iluminaba su pálido rostro.
“Mi
anillo…”.
“¿Qué
has dicho?”.
“Nada”.
Aun
así, como tenía algo de vergüenza, Luke reanudó la marcha rápidamente. Sin
embargo, al tratarse de un escaparate tan enorme, bastaba con dar un par de
pasos para que siguiera habiendo elementos dignos de robarle la atención,
brillando en plena exposición. Un anillo, o tal vez un anillo de diamante
amarillo gigantesco. Ethan, que observaba desde atrás aquellos ojos de los que
goteaba la añoranza, se quedó de una pieza. Aún no se le había bajado la
tontería.
“¿Qué?
¿Que estabas cotilleando pensando de verdad que me ibas a jubilar? ¿Y crees que
con esto te va a comprar hasta un anillo?”.
“¿Es
en serio que sabías todo eso y aun así lo estabas disfrutando? ¿Acaso estabas
jugando conmigo?”.
Al
principio había intentado calmar su mente a la fuerza. Al final, Luke tampoco
tenía pensado dejarlo después de solo dos años. Aunque eso lo alegró por un
momento. Si era así, al menos podría habérselo contado. ¡Sabiendo lo nervioso
que estaba, se dedicaba a disfrutarlo…?!
Al
final, las emociones hicieron crisis la noche anterior. Que si la velocidad de
los coches de choque era de un máximo de 20 km por segundo o vete a saber qué.
Harto de escuchar aquel plan maestro que soltaba tan feliz y sabiendo de sobra
lo que había, el tenedor que Ethan clavó con fuerza fue a parar directo y en
vertical a la mesa.
“¡Me
enteré de que me vas a renovar el contrato!”.
“Ah,
¿te enteraste? ¿Cuándo?”.
“¿A
que ahora eso es lo que importa?”.
“¿Te
lo enteraste cuando llamaste a Sarah? Maldición. Todo esto es culpa de Sarah”.
“Sabiendo
perfectamente lo que siento… ¿estás jugando conmigo?”.
“No,
Ethan. No lo estaba viendo con esa intención”.
“¡Y
anoche casi me matas!”.
“Eso
ya es un poco exagerado. No era con la intención de matarte de esa forma. Si a
ti también te gustó. No, no, espera. Me rindo. Que me rindo, te digo”.
Con
la mesa de por medio, ¿cuán titánica no habrá sido la lucha para atrapar a
Luke? Solo después de propinarle una buena paliza a Luke, quien, a pesar de
haber sido atrapado, no paraba de soltar carcajadas, Ethan logró desahogarse
por fin.
Habiendo
recibido los golpes justos y necesarios como para sentirse de lo más audaz,
Luke se había acercado arrastrando los pies hasta la cama, pero las palabras
que soltó volvieron a hacer que la sangre le hirviera de nuevo.
“Oye.
Entonces, ¿qué pasa con mi anillo?”.
“Cómpratelo
tú mismo y póntelo”.
Aquella
cara de fingida desolación en ese preciso instante había sido una de las cosas
que consiguieron hacer sonreír a Ethan el día anterior.
Gracias
a que Luke se había andado con rodeos y tanteos el día anterior, hoy su estado
de físico era bastante bueno. Tiffany, Bvlgari, Chopard... Tras recorrer la
calle flanqueada por escaparates que atraían las miradas a diestro y siniestro,
llegaron al restaurante donde tenían reservada la cena. Este local,
especializado en mariscos, servía unos calamares fritos y una ensalada de
gambas bastante decentes.
Una
propietaria de origen italiano, tocada con un minivestido negro y unas gafas de
sol carmesí, no paraba de saludar a gritos a la gente en mil idiomas
diferentes. ¡Happy New Year! ¡Merry Christmas! ¡Grazie!.
Ethan,
que se había distraído un momento con aquel alboroto mientras degustaba el
calamar asado rociado con zumo de limón, comentó:
“¿Qué
tal?”.
“Está
rico. Los calamares salen buenos”.
“Parece
que en Manhattan el marisco es famoso. Como los oyster bars y todo eso”.
“Bueno,
al fin y al cabo da al mar”.
“Aunque
lo sepas, por alguna razón no te da esa impresión”.
“Eso
es verdad”.
El
servicio fue rápido y, por suerte, la cena terminó a su hora. Al salir del
restaurante, ambos retomaron el paseo. Por encima de sus cabezas, las bombillas
plateadas colgadas de las farolas se extendían sin fin. Parecía una escena
sacada de un sueño.
Tras
abrirse paso entre la multitud que contemplaba el espectáculo de luces frente a
los almacenes Saks, llegaron a una avenida principal que al menos permitía
caminar con algo más de desahogo. Poco después, empezaron a asomar las torres
de letreros tan deslumbrantes que hacían innecesarias las farolas. Era Times
Square.
Luke
se remangó la camisa y dio unos golpecitos en su reloj de pulsera.
“Todavía
nos queda un poco de tiempo, ¿qué hacemos?”.
“Pues
entonces a matar el tiempo un rato y...”.
Buscando
con la mirada algún sitio al que pudieran ir, a Ethan le llamó la atención la
tienda que estaba absorbiendo a la mayor cantidad de gente. Era una tienda de
recuerdos con personajes de chocolate de expresiones exageradas apiñados por
todas partes. Al ver el lugar hacia el que se dirigía la mirada de Ethan, Luke
dijo:
“Ah.
Esto sí que es Estados Unidos en estado puro. ¿A que sí?”.
“Ya
ves”.
“Pues
habrá que entrar, ¿no?”.
Leyendo
con agilidad la curiosidad de Ethan, Luke cambió de tercio al instante.
El
interior, al que accedieron haciendo fila, estaba ab abarrotado de chocolates
de todos los colores. Era un espacio que mostraba incluso la cabezonería propia
del culmen del capitalismo, empeñado en hacer que, de un modo u otro, siempre
vieras algo digno de comprar.
Como
solo era pura curiosidad, Ethan salió con apenas un solo chocolate en la mano.
Los chocolates de colores iban dentro de una bolsita de plástico cuyo extremo
estaba atado con un cordón dorado trenzado. Luke miró fijamente el chocolate
que Ethan sostenía y se puso al frente sin decir palabra. Se le notaba a leguas
que se había estado aguantando las ganas de burlarse de él por haber entrado
solo a comprar semejante bobería.
Tras
abrirse paso entre la muchedumbre, recoger las entradas en la taquilla y
regresar, Luke hizo un gesto con la cabeza.
“Es
por ahí”.
“Venga”.
Mientras
pasaban rozando a la gente y dejaban atrás un sinfín de puestos y vendedores
ambulantes, ah, otra vez no. Ethan ya pudo confirmarlo del todo.
De
la misma manera en que él se quedaba embobado ante escenas propias de la
cúspide del capitalismo estadounidense, Luke también tenía rincones que le
robaban la atención sin que pudiera evitarlo. Lo que al principio pensó que era
una pizzería o una tienda de souvenirs acababa de quedarle más que claro hacía
un instante.
Era
otro anillo. Para colmo, ahora ni siquiera se trataba de un objeto de gran
valor. Eran baratijas para turistas que vendían en un puesto callejero. De
plata barata, gruesos, y con la bandera de Estados Unidos o la Estatua de la
Libertad grabadas.
Mientras
seguía los pasos de Luke, Ethan se quedó mirando fijamente aquellos brillantes
anillos. Si le regalara algo así de verdad, pondría el grito en el cielo. Sí,
tal vez todo fuera pura actuación. O quizás solo lo miraba disimuladamente a
propósito para ver su reacción.
“¿Ethan?”.
“Vamos”.
“¿Qué
estás mirando?”.
Luke,
que iba delante, se dio la vuelta de repente y se acercó a su lado. Ethan tensó
los hombros por una fracción de segundo. Tras echar un vistazo rápido y
superficial, Luke le dio un toque suave en la mejilla a Ethan y soltó una
risita.
“¿La
Estatua de la Libertad?”.
“No”.
“No
pasa nada. Es normal que te apetezca comprar una. ¿Te compro una?”.
“Que
no he dicho que quiera nada. Date prisa y anda”.
La
palma de la mano que empujaba su espalda le permitió sentir con total nitidez
la vibración de las risas de Luke. Ambos se adentraron en un antiguo teatro de
la típica vieja escuela estadounidense, que iba devorando a la gente poco a
poco.
El
teatro, al ser viejo y tener solera, resultaba algo lúgubre y estrecho.
Teniendo en cuenta que Luke era bastante corpulento y que Ethan rondaba el
metro ochenta, sentarse en aquellas butacas no era precisamente cómodo.
Antes
de que se apagarán las luces, Ethan se detuvo a contemplar de nuevo a Luke con
cierta curiosidad. El cabello peinado hacia atrás con naturalidad, los botones
de la camisa abrochados hasta el cuello, el alfiler de corbata, los gemelos.
Hasta los zapatos de cuero.
Ahora
que se fijaba, era un atuendo que parecía sacado del manual del perfecto ligue.
Más que encajar en una sala de musicales tan cochambrosa de Times Square,
parecía sacado de un palco privado en cualquier ópera europea.
Él
tampoco iba mal vestido que digamos... Pero, desde luego, si lo comparaba con
un modelito de cita formal, se quedaba corto. Mientras Ethan reflexionaba un
instante sobre su propia ropa, Luke se inclinó hacia él y le preguntó:
“¿Estás
incómodo en el asiento?”.
“No.
¿Y tú? ¿A que estás incómodo?”.
“Para
nada”.
¿Sería
verdad? Justo en ese momento, las luces se apagaron de golpe. Un foco cenital
cayó sobre el escenario de enfrente y apareció un actor con movimientos felinos
y fluidos. Un “miau” sonó como si fuera el maullido de un gato de verdad.
El
musical resultó interesante. Al fin y al cabo, había sabido mantener su
prestigio en Broadway durante tanto tiempo atrayendo a turistas, por lo que la
historia no defraudó las expectativas.
Mientras
disfrutaba de la función con esos pensamientos ocasionales y dejaba caer
momentáneamente su peso contra el de Luke cuando sus hombros se rozaban, la
atención de Ethan se dispersó al oír un ruidito sospechoso dentro de su ropa.
Metió la mano en el abrigo y dio con el chocolate que había comprado antes. La
cinta dorada trenzada que cerraba la abertura estaba a punto de desatarse.
Cuando
iba a sacarlo instintivamente para volver a atarlo, los movimientos
sincronizados de los gatos en el número grupal le robaron la mirada. Al bajar
los ojos de nuevo, la cinta ya estaba hecha un nudo en su mano.
Ver
la mano alargada de Luke apoyada en el reposabrazos fue pura casualidad. El
gesto posterior, un simple impulso sin segundas intenciones. Ethan tanteó con
suavidad el dorso de la mano de Luke. Por un instante, una mirada azul se
dirigió hacia su propia mano. Por una vez, en lugar de agarrarla de vuelta, se
dejó atrapar quieto en su palma.
Ethan
envolvió con torpeza el dedo de Luke con la cinta dorada trenzada formando un
círculo. Tras darle un par de vueltas más al extremo del nudo, quedó hecho un
anillo dorado a su medida.
“Listo”.
No
era más que una broma. Al alzar la vista con una sonrisita, se topó con el azul
intenso de los ojos de Luke. Sobrecogido por aquella mirada fija que lo
escrutaba, intentó deshacerlo al momento, pero el brazo de Luke se deslió con
rapidez por debajo de su palma. Y, como si se tratara de algo de un valor
incalculable, terminó cubriendo su mano con la otra. Aquel brazo jamás volvió
al reposabrazos.
Mientras
tanto, el ambiente del musical fue subiendo de intensidad de manera progresiva.
Pero
Ethan era incapaz de seguir el hilo de la historia. Las personas-gato maullando
en el escenario ya eran lo de menos. Aunque tanteaba con impaciencia el
reposabrazos y bajaba la mano para masajearle el muslo, este se ponía duro como
una roca, mientras la mano de Luke huía bien lejos. En medio de todo aquello,
al verle asomar los dedos y escapar pasito a pasito como si fuera una hormiga,
sintió tanta rabia que se quedó mirándolo fijamente.
“Ejem”.
Una
risa clara le hizo cosquillas entre los mechones de cabello. Con el brazo
estirado por completo, Ethan miró hacia arriba y le susurró directamente a
aquella mandíbula tan atractiva que tenía justo enfrente:
“¿Te
hace gracia ahora mismo?”.
“Es
imposible que no me haga gracia”.
Esta
vez soltó una carcajada abierta y sin disimulo. Cuando Ethan volvió a estirar
la mano y Luke detuvo su jueguecito de apartarla aún más lejos fue solo porque
un hombre negro sentado a su lado se giró para mirarlos de reojo. Murmurando
entre dientes, Ethan enderezó la postura y volvió a clavar los ojos en el
escenario. Los actores disfrazados de gatos brincando de un lado a otro se iban
acercando poco a poco al clímax.
Por
fin, el musical llegó a su fin y cayó el telón. Luke, que había estado
aplaudiendo con entusiasmo, se levantó y le dedicó a Ethan una sonrisa de lo
más socarrona.
“Ha
estado muy bien”.
“¿Qué
es lo que más te ha gustado?”.
“¿Los
saltitos de los gatos?”.
Al
menos parecía que el nivel de comprensión de la obra por parte de ambos era
bastante parecido. Luke cambió el anillo de mano, colocándosela en el lado
opuesto al que tenía Ethan, y se abrió paso el primero por el estrecho pasillo.
El
bullicio nocturno de Times Square era un auténtico mundo aparte. Persiguiendo a
Luke, que caminaba a zancadas atravesando una contaminación lumínica digna de
una carrera nocturna, Ethan intentó sacarle tema de conversación una y otra
vez. Por ejemplo:
“Luke”.
“¿Qué?”.
“Eso
que llevas en la mano...”.
“Ah.
Mira, ahí viene un taxi”.
“……”.
“¿Qué
pasa? ¿Quieres que volvamos andando también?”.
“...
No, súbete. Súbete ya”.
Como
si lo tuviera preparado de antemano, un taxi libre se detuvo justo delante, así
que se subió sin pensárselo dos veces. El timing era tan perfecto que parecía
que Luke lo había llamado y reservado con antelación. Sin embargo, el interior
del taxi era viejo y anticuado, con una mampara blanquecina y desgastada que
separaba las plazas traseras del asiento del conductor. Visto por donde se
viese, aquello no tenía nada que ver con los gustos de Luke.
El
clásico taxi amarillo de Nueva York empezó a avanzar con lentitud. Debido al
tráfico colapsado, el coche circulaba tan despacio que apenas iba a la par del
paso de los peatones. Entre tanto, al taxista parecía importarle un bledo lo
que hicieran aquellos dos hombres en el asiento de atrás.
Mientras
escuchaba tararear al taxista, Ethan volvió a la carga. Luke, que se había
encogido y acurrucado tanto intentando esquivarlo que parecía pegado a la
ventanilla, se rio entre dientes.
“Qué
cruel eres”.
Con
esa cara de santurrón, juntando las manos a la altura del pecho como si
estuviera rezando, resultaba de lo más detestable. El pecho de Ethan volvió a
agitarse, pero esta vez por motivos muy distintos.
“¿No
te parece demasiado dar algo para quitárselo al cabo de unas horas? ¡Y eso que
eres doble campeón mundial!”.
“¿A
qué viene lo del doble campeón mundial de la nada?”.
“¡Hay
una reputación que mantener, hombre!”.
“Eso
no tiene nada que ver. Mejor... Maldición”.
Titubeando
por la impaciencia, Ethan miró a su alrededor a toda velocidad. Por suerte, el
camino de vuelta también atravesaba la Quinta Avenida, repleta de tiendas de
lujo, y a su alrededor abundaban los letreros luminosos y los escaparates
llenos de anillos despampanantes.
Asumiendo
una ligera derrota, Ethan espetó:
“Prefiero
comprarte uno de verdad, así que quítate eso. Ya”.
“Y
si me lo das, ¿qué vas a hacer con él?”.
“Pues
no sé, atar una bolsa de chocolate o tirarlo a la basura”.
“¿Cómo
voy a dejar que mi primer anillo acabe así?”.
“¡Qué
clase de anillo va a ser eso!”.
“Cuidado
que el niño escucha, no seas tan cruel”.
Al
ver a Luke acariciar con tanta devoción y cuidado su propia mano, a Ethan le
hervían las tripas. Lo del taxista era para darle un premio por no haberse
girado ni una sola vez en medio de aquella conversación. ¿Acaso no hablaba
inglés ni por asomo? O eso, o de verdad lo había contratado a propósito.
A
altas horas de la noche, una fuerte nevada comenzó a caer en el West Side,
junto a Central Park. Gracias a eso, hasta aquellos neoyorquinos que corrían
todas las noches sin importarles el frío habían desaparecido sin dejar rastro.
La gran mayoría de la gente caminaba a paso corto, con la cabeza bien agachada
para esquivar la ventisca.
Ethan,
que fue el primero en bajar del taxi, abrió la puerta y esperó a que Luke
saliera como si le estuviera haciendo de escolta. Primero asomaron sus largas
piernas y, tras agachar la cabeza, los copos de nieve empezaron a posarse sobre
su melena rubia y alborotada.
El
taxi reemprendió la marcha de inmediato, avanzando a paso muy lento mientras
cortaba la calle cubierta de nieve. Una vez que aquella silueta se esfumó por
completo tras la intensa nevada, Ethan le cortó el paso a Luke.
“¿De
verdad no me lo vas a dar?”.
“……”.
“No
sé qué clase de cara de desgraciado llevas puesta, pero conmigo eso no cuela”.
Aunque,
a juzgar por lo mal que se sentía él mismo al soltar semejantes palabras,
parecía que con él sí que había colado un poco. Soltando un suspiro profundo,
Ethan acabó por hacerle un gesto con la mano.
Luke
dio el paso que le faltaba y se plantó frente a él. La nieve que caía con
fuerza cubría el entorno de un profundo silencio. El portero había salido a
abrir la puerta, pero al ver a los dos quietos como estatuas prefirió no
meterse y volvió a adentrarse en el edificio hacía un momento. Por la calle no
se veía ni a un alma caminando a paso ligero. A lo lejos, apenas se vislumbraba
alguna silueta. Sin coches. Y probablemente sin paparazis. O eso esperaba.
Hasta
la cafetería donde habían comprado el cacao por la mañana estaba completamente
a oscuras, sin una sola luz encendida. Aunque a lo mejor todavía quedaba algún
empleado dentro terminando de cerrar.
Aun
así, le daba igual.
Agarró
con una mano la barbilla de Luke, que se había acercado más. Bajo la luz tenue
de una farola que apenas alcanzaba a iluminar aquel rincón, unieron sus labios.
Con sumo cuidado. Al acercarlos del todo, presionó con firmeza sus labios, que
se habían quedado ligeramente tensos.
Las
dudas duraron un segundo. Su lengua caliente le abrió paso entre los labios.
Pero el embeleso duró poco; deslizó la mano que le sujetaba la barbilla hacia
su pecho, bajándola hasta entrelazar los dedos con los suyos. Le arrebató el
anillo de la palma.
Los
movimientos de Luke, que seguía moviendo la mandíbula, se congelaron de golpe.
Ethan, sosteniendo entre su dedo pulgar e índice el anillo que acababa de pasar
a su poder, esbozó una sonrisa burlona. No se olvidó de dejarle un breve beso
en los labios justo antes de apartarse. Luke lo miró con cara de atónito antes
de soltar una risita.
“Ay.
Qué cruel eres, de verdad”.
“Con
esto no me basta”.
“Pero
si no me vas a dar nada más”.
“Haberlo
aceptado cuando te lo ofrecí hace un rato, por listo”.
“Pues
también es verdad”.
El
rastro de añoranza que destilaban aquellos ojos azules al responderle hizo que
a Ethan le diera un vuelco el corazón. ¿Y todo este drama por una tontería así?
Al final, en lugar de arrugarlo con fuerza como pensaba hacer, terminó
guardando el anillo en el bolsillo delantero de su plumífero.
En
serio, qué absurdo. Con lo fácil que le era conseguir cualquier capricho.
Pudiendo comprar lo que quisiera recorriendo este continente o cruzando el
Atlántico entero.
“Subamos
ya”.
Haciendo
un gesto con la cabeza hacia la entrada del edificio, Ethan le presionó un
instante el labio inferior con el pulgar. En el fondo de aquellos ojos azules,
donde antes se acumulaba la pena, empezó a palpitar un calor tenue y febril. En
circunstancias normales, le habría hecho pagar sus jueguecitos dejándole dormir
a los pies de la cama durante un par de días seguidos sin rechistar.
“Vamos”.
Pero
se lo perdonaba gracias a lo adorable que se había puesto, andándose con rodeos
y agobiándose por un simple anillo.
Aunque,
pensándolo bien, lo de ir a Filadelfia al día siguiente ya podía ir
olvidándolo.
〈Fin〉
