Capítulo 9: Confesión

 


Capítulo  9: Confesión

“Leonhart Albert William”.

Aquel día, hace tres años, Leon había sido llamado repentinamente por la Reina, como en esta ocasión, y se encontró frente a ella en el salón de recepciones, bajo su mirada severa. Que ella lo llamara por su nombre completo significaba que estaba profundamente enfadada.

Leon se inclinó profundamente ante la Reina y permaneció de pie frente a ella con las manos juntas. Lo hacía tanto por cortesía como para ocultar una herida en la mano.

Sin embargo, no era suficiente para engañar los ojos agudos de la soberana. La Reina, ignorando su saludo, bajó su mirada gélida hacia las manos de Leon y confirmó el vendaje en su mano izquierda. Su voz, al chasquear la lengua, cortaba como un cuchillo.

“Accedí a que viajaras durante un largo periodo bajo tu petición de ampliar tus horizontes, pero… la desenfrenada conducta que muestras últimamente ya no puedo pasarla por alto”.

En momentos así, lo más inteligente sería bajar la cabeza y escuchar en silencio, pero si Leon hubiera tenido esa clase de carácter, jamás habría estado vagando fuera del palacio en primer lugar. Él se encogió de hombros y respondió a la Reina con audacia.

“¿Desenfrenada? Qué palabras tan dolorosas. ¿Acaso no sabe cuánto me he esforzado por cumplir con las misiones que usted me encomendó? Recientemente, he estado cuidando de los halcones en la frontera y supervisando las arduas zonas de colonización; he cumplido fielmente con mis deberes”.

“Ja”.

Para la Reina, aquello era indignante. Si bien a veces le asignaba tareas, lo hacía únicamente para darle un pretexto adecuado a un príncipe que, en edad de contraer matrimonio, prefería descuidar los eventos palaciegos para deambular por el mundo de manera vergonzosa.

Si Leon decía que se iba de paseo a la costa sur, ella le ordenaba supervisar el tráfico marítimo y la aduana; si le llegaban noticias de que se escondía en la biblioteca de alguna universidad, le enviaba a investigar antiguos documentos reales.

Por supuesto, fiel a su naturaleza de detestar todo lo inútil, la Reina siempre buscaba tareas genuinamente necesarias para el Estado, y Leon, a su vez, cumplía con ellas con eficacia, aportando valor a la corona.

Aun así, nada de eso cambiaba el hecho de que Leon fuera un vagabundo irresponsable. La Reina sabía perfectamente que la razón por la que él obedecía sus órdenes no era por lealtad a la corona, sino porque las tareas que ella le asignaba resultaban perfectas para saciar su propia curiosidad y espíritu aventurero.

“Entonces, ¿me dirás que ese altercado reciente también fue un asunto que yo te encomendé?”.

“Eso es…”.

“Habla si tienes boca. ¿No sabes que un pequeño derramamiento de sangre en la frontera puede desencadenar un conflicto a gran escala entre naciones?”.

Leon, consciente de su culpa, titubeó por un momento, pero intentando apelar a los lazos de sangre, de repente se quejó como si estuviera herido.

“Madre, ¿ni siquiera ve lo herido que estoy por culpa de ese incidente? Por poco pierdo mi mano izquierda”.

“Eres un exagerado. Me informaron que solo fue un corte superficial. Además, ¿acaso sabes en qué estado quedó el hijo mayor de la familia del duque de Rochefort? Casi pierde la vida”.

Al ver que sus quejas no funcionaban, Leon cambió de táctica y respondió con mayor descaro.

“En un duelo entre caballeros, los heridos o muertos deben quedar fuera de cualquier disputa, madre”.

“¡No te estoy preguntando por qué hiciste un duelo, sino por qué diablos te batiste en duelo con el hijo de un noble extranjero en la frontera!”.

Finalmente, el rugido de la Reina cayó sobre él. Leon, quien desde niño prefería enfrentar los regaños con audacia antes que con excusas —razón por la cual tanto sus tutores como la Reina lo castigaban a menudo—, se vio obligado a explicar la situación.

“Ese sujeto estaba acosando y tratando de humillar a una maestra frente a los estudiantes. No podía quedarme de brazos cruzados”.

Aquel día, Leon se había enfurecido tanto que, sin pensarlo, le arrojó su guante directamente a la cara. Poco después de darle una paliza a aquel hombre despreciable, recibió el telegrama para regresar a la capital, pero resultó que el tipo era hijo de un duque de un país vecino.

Afortunadamente, la explicación pareció suavizar la ira de la Reina. Era una situación difícil de soportar para cualquiera. Al notar el cambio de humor, Leon aprovechó para decir algo que pudiera apaciguar a su madre.

“¿No me dijo siempre que los miembros de la realeza deben tener un corazón que proteja a los débiles? Pensé que intervenir en ese momento era la manera de seguir sus enseñanzas”.

“……”.

“Pero, si hubiera conocido el estatus del oponente, habría juzgado con más cautela. Le pido perdón por haberle causado preocupación”.

La Reina pareció relajarse un poco ante esas palabras, pero enseguida recuperó su gesto severo para continuar la reprimenda.

“Está bien, Leon. Aun así, aunque las circunstancias fueran esas, debiste buscar otra forma de manejarlo que no fuera un duelo”.

“……Pero ¿no me dijo usted misma que, mientras estuviera vagando, no revelara mi identidad? ¿Qué otra opción tenía?”.

La Reina suspiró al ver que Leon, después de fingir humildad por un momento, le respondía al instante. Al ver su mirada fría, Leon sintió un mal presentimiento.

“Eso es algo que debiste pensar por ti mismo. Y parece que necesitas tiempo para reflexionar sobre la palabra ‘responsabilidad’. Te asignaré una nueva misión”.

“Misión… ¿de qué tipo?”.

“Sabrás que la familia real está abriendo una mina en Savar. Instálate allí durante un año e infórmame de la situación local”.

¿Instalarse un año entero en un pueblo minero? Solo pensarlo le causaba ansiedad. Era una intención clara de enviarlo al exilio. Ante el rostro sombrío de Leon, la Reina añadió con frialdad:

“Dado que la familia Rochefort está desesperada buscando al responsable del duelo, esta es la única forma de evitar un conflicto diplomático. Obedece sin rechistar”.

Como Leon tampoco deseaba una guerra por sus acciones, no tuvo más remedio que dirigirse a Savar. Sin embargo, conservando su espíritu rebelde, nada más cruzar el mar, pasó más de un mes deambulando de un lado a otro en lugar de inspeccionar la mina.

Solo cuando se cansó del paisaje exótico del continente, se dirigió finalmente a la zona minera, extrañado de que su madre no lo hubiera presionado a pesar de no haber enviado el informe de revisión solicitado.

“¿Qué dices? ¿Que ya enviaste el primer informe?”.

“Le ruego me disculpe. Como Su Majestad preguntaba por qué no llegaba el informe y dónde estaba Su Alteza, no sabíamos qué decir, así que lo organizamos nosotros mismos y lo enviamos”.

Al llegar al lugar, se encontró con que el funcionario real encargado de la supervisión ya había organizado todo. Incluso había llegado una carta de la Reina alabando el trabajo, creyendo que Leon lo había escrito.

Intrigado, Leon revisó los documentos que el supervisor decía haber enviado a la corte. El informe no solo contenía los datos de producción y costos, sino también un análisis exhaustivo y un plan de excavación eficiente basado en las características geográficas de la zona.

“……No parece que lo hayas escrito tú”.

“Básicamente lo escribí yo… pero, recibí un poco de ayuda”.

“¿De quién recibiste ayuda?”.

“Bueno… aunque es un extranjero, es alguien que conoce muy bien el tema de las minas…”.

Tras interrogar al supervisor, descubrió que quien ayudó a redactar el informe era un conde que estaba desarrollando una veta minera cerca de la mina real.

A los ojos de Leon, aquello era sospechoso. Aunque es cierto que algunos nobles invierten en negocios extranjeros, lo habitual es que solo aporten el capital y contraten a expertos para la gestión.

¿Por qué un conde se tomaría la molestia de salir personalmente a un lugar tan remoto solo para interferir en una mina vecina?

‘¿Estará aquí con la idea de intentar conseguir favores al saber que esto es propiedad real? O quizás sea alguien que intenta robar información de las minas reales. Debo verificarlo’.

Leon le dijo al supervisor con expresión seria:

“Yo también debo conocer a ese conde”.

Leon se desplazó hasta la oficina de la mina vecina siguiendo las indicaciones del supervisor. A diferencia del sólido edificio de ladrillos de la mina real, el lugar al que entró era una choza destartalada que parecía haber sido construida apresuradamente con troncos apilados. Allí, un hombre delgado que llevaba gafas le dio la bienvenida.

“Así que usted es quien preguntaba por mí. Sea bienvenido. Soy Rupert Ernest Heatherton, conde de Ravenwell”.

Ese fue el primer encuentro entre Leon y el padre de Elwin, el conde de Ravenwell.

En realidad, a Leon no le gustaba mucho la clase de los ‘nobles’. Aunque fingían ser elevados, muchos de ellos eran extravagantes e inmorales, y los valores que ellos llamaban ‘aristocráticos’ eran, en su mayoría, pomposas formalidades vacías y anticuadas.

Los nobles, por su parte, tampoco solían valorar bien a Leon, quien ignoraba los eventos sociales y no daba señales de buscar una prometida a pesar de haber superado la edad adecuada; así que, en cierto modo, era una relación incómoda para ambas partes.

Leon, asumiendo que el conde de Ravenwell sería uno más del montón, lo saludó con una expresión bastante escéptica.

“Soy Leon. Estaré ayudando con las labores de administración en la mina vecina por un tiempo”.

“Ya veo. Es un gusto”.

Sin embargo, el conde, que sonreía ampliamente, irradiaba una sensación diferente a la de los aristócratas comunes. Empezando por su apariencia: dejando de lado que estuviera en una mina y vistiera ropa informal, tenía algo oscuro y manchado en una mejilla.

Cuando Leon miró aquel punto con expresión de duda, el conde se miró en un espejo y, como si no tuviera importancia, se frotó la mancha de hollín con la manga.

“Jaja, qué imagen tan vergonzosa. Debe habérseme pegado cuando estuve hace un momento en la galería de extracción”.

Resultaba fascinante ver a un hombre de mediana edad, un conde nada menos, sin la menor preocupación por guardar las apariencias. Otros podrían considerar esa actitud como una falta de respeto, pero como Leon tampoco era alguien que diera importancia al decoro, no le dio importancia y fue directo al grano.

“He oído que ayudó a redactar el informe de nuestra mina. Es un trabajo que debería haber hecho yo; le ruego disculpe las molestias”.

Ante las palabras de Leon, el conde se ajustó las gafas y respondió con una expresión de satisfacción.

“¿Molestias? Para nada. Me gusta mucho ordenar esta clase de información”.

En realidad, Leon solo había visitado la oficina del conde fingiendo hacer preguntas sobre las cifras del informe para tantear por qué había ayudado. Pero el conde, que al parecer disfrutaba genuinamente de la investigación, comenzó a explicarle el extenso informe pasando página tras página con entusiasmo. Gracias a su explicación, que aunque no era fluida, sí era lógica y precisa, Leon comprendió al instante los puntos clave del trabajo minero.

‘Sin duda, parece distinto a los demás aristócratas… Espera, ¿acaso este hombre era el que llamaban el conde excéntrico del sur? Parece ser de esos que saben mucho de libros y conocimientos teóricos, pero son ajenos a los asuntos del mundo’.

En el momento en que Leon pensaba aquello, el conde, que seguía pasando las hojas, llegó a la última. En cuanto se abrió esa página, Leon sintió un escalofrío.

En la parte inferior del último párrafo estaba escrita una frase corta que Leon solía usar cuando enviaba informes o cartas a la Reina. El supervisor de la mina real, queriendo simular que el documento había sido revisado por Leon, la había copiado.

“Esta frase no estaba cuando le ayudé con las correcciones del informe”.

Leon esperó que tal vez no se diera cuenta, pero el conde leyó la frase con voz baja.

“‘Bajo la sombra de los dos leones, envío esta humilde comunicación’…”.

Para un súbdito enviando documentos a la corona, lo normal era usar expresiones como ‘ofrezco mi lealtad a los dos leones’, por lo que alguien que conociera los estándares de los documentos reales podía identificar esto como una pista de que Leon era un miembro de la familia real.

“Leon… dijo que se llamaba, ¿cierto? Disculpe mi atrevimiento, ¿podría preguntarle de dónde viene?”.

El conde se enderezó un poco más y preguntó con cautela. Leon, sintiéndose atrapado, respondió a regañadientes.

“……Vengo de la casa real”.

Con esa simple respuesta, el conde pareció comprender casi por completo la verdadera identidad de Leon. Una breve conmoción pasó por su rostro, pero mantuvo una actitud serena y le dirigió un saludo lleno de cortesía.

“Ya veo. Como Savar tiene muchos depósitos de minerales importantes, creo que la gestión minera es de gran ayuda para la prosperidad del país y la familia real. Ha llegado una persona ilustre a un lugar distinguido”.

Eso fue todo. A diferencia de otros que, al conocer su identidad, cambiaban de actitud o mostraban un respeto exagerado, él no hizo tal cosa. Si bien lo pensaba bien, el conde lo había tratado con cortesía incluso desde antes de que revelara su estatus al entrar por primera vez. Parecía ser alguien que no andaría difundiendo su secreto ni tratando de aprovecharse de él.

‘Así es. Parece una buena persona’.

Comenzando por aquel primer encuentro favorable, durante los diez meses que Leon pasó en Savar, él y el conde de Ravenwell fueron forjando una amistad poco a poco.

El conde era un hombre que, a pesar de su rango, tenía una sencillez natural y una moralidad verdaderamente aristocrática. Eso quedaba claro por el simple hecho de que la identidad de Leon no se hubiera convertido en un rumor en todo Savar. Además, a menudo mostraba una actitud tan cercana que Leon olvidaba por momentos que era un príncipe, y ese detalle en particular lo hacía sentir muy cómodo.

El conde tenía un vasto conocimiento sobre vetas y herramientas de excavación, pero como no llevaban ni dos años desde que iniciaron el desarrollo, se enfrentaba a constantes dificultades. Cuanto más cercano se volvía al conde, más le compadecía al ver cómo se las veía con diversos accidentes y problemas en tierras extranjeras.

En particular, debido a sus problemas financieros, vivía con tanta austeridad que escatimaba incluso en artículos de primera necesidad. Al verlo comportarse de forma tan poco aristocrática, la gente susurraba extraños rumores.

Decían que ‘el conde de Ravenwell está ahorrando la dote para casar a su hijo mayor, un omega, con una familia noble de gran estatus’. Se preguntaban qué familia tan importante buscaba, pues se decía que el hijo mayor rechazaba todas las propuestas de matrimonio de los adinerados de la región.

Como el conde ya era conocido como un excéntrico, la gente se burlaba y chasqueaba la lengua: ‘Si dejara de obsesionarse con el título y lo casara con un hombre rico, podría sacar provecho, pero así son estos nobles…’, ‘¿Qué acaso busca un príncipe como esposo?’.

‘¿El conde de Ravenwell insiste en un matrimonio de alto nivel? No parece propio de él. Pero, por otro lado, si no fuera esa la razón, no tendría sentido que se esforzara tanto en sacar adelante el negocio…’.

Leon tenía sus dudas en su interior. Sin embargo, prestar oídos a chismes era algo insignificante y meterse en asuntos ajenos era una falta de respeto, así que nunca le preguntó directamente al conde. Pensó que, con el tiempo, la verdad saldría a la luz de forma natural.

Sin embargo, el tiempo que le quedaba al conde resultó ser más corto de lo que Leon imaginaba. Quizás debido a que la larga vida en el extranjero no le sentaba bien, su salud fue empeorando. Al principio, Leon pensó que era una tos de invierno que pronto pasaría, pero la dolencia no hacía más que agravarse.

Cuando llegó la primavera, la mina del conde finalmente encontró una veta decisiva tras un largo periodo de prueba y error. Pero incluso en ese día glorioso, el conde permanecía descansando en su habitación. Leon fue a visitarlo lleno de preocupación.

“Conde. Se le ve mucho más demacrado últimamente. Como parece que la excavación ya va por buen camino, ¿por qué no regresa a casa a descansar bien? Puede volver una vez se haya recuperado”.

A pesar de la insistencia de Leon, el conde sacudió lentamente su rostro pálido.

“Este es el momento más importante. Si me ausento ahora, todo el esfuerzo anterior se irá a la basura. Además, estoy bien. Solo me he quedado dormido hasta tarde hoy”.

“……¿Sus familiares no lo extrañan? ¿Dijo que tiene un hijo mayor y una hija?”.

“Así es. Ambos son inteligentes y bondadosos. En especial el mayor; no hay nada que no sepa, y es tan astuto y capaz que incluso se hace cargo de la administración del condado y me envía fondos para invertir. Ah, ¿le gustaría ver una foto?”.

Cuando Leon lanzó la pregunta con cautela, el conde sacó del pecho, como si estuviera esperando el momento, dos fotografías con las esquinas desgastadas. En una se veía al conde con un niño con gafas y una bebé en brazos; en la otra, a un joven de cabello rubio y una niña de unos diez años. Leon se sorprendió al verlas.

‘……¿Qué? No había rumores de que ese hijo mayor fuera tan hermoso’.

Parecía que los chismosos habían omitido lo más importante. Leon nunca había visto a alguien tan hermoso, ni en el palacio real, donde se reunían las personas de todas partes, ni durante sus viajes por todo el mundo.

Aunque de niño se veía adorable con sus gafas y expresión seria, en su apariencia adulta, vestido impecablemente, parecía irradiar una elegancia delicada y refinada. Tenía una frente suave, una nariz perfilada, unos ojos claros y unos labios seductores, como si fueran pétalos de flor.

‘Si es tan bello, es natural que tenga las exigencias muy altas y se esfuerce por conseguir un buen matrimonio. Pero, ¿es motivo suficiente para que el conde se consuma en esta tierra extranjera tan lejana?’

Gobernado por la risa que le provocaba su propio asombro ante una simple fotografía, Leon sintió, en cambio, una punzada de cautela. Incapaz de apartar la vista de la imagen, Leon mantenía una expresión sospechosa, como quien observa una rosa llena de espinas. Mientras tanto, sus palabras salían como una excusa disfrazada de preocupación:

“Perdóneme si esto suena presuntuoso. Entiendo el cariño que siente por su familia, pero…… me preocupa que se esté esforzando demasiado. En asuntos tan importantes como un compromiso, ¿no sería mejor dejar que las cosas fluyan con naturalidad?”

Para Leon, era una forma de preguntar: ‘¿Por qué se empeña tanto en casar a sus hijos con la alta aristocracia?’, pero el conde, ajeno al rumor que circulaba sobre él, no entendió el contexto.

En realidad, el conde estaba preparando una base económica para que Elwin pudiera vivir incluso sin necesidad de casarse. Era un plan que, a ojos de cualquiera, resultaría bastante revolucionario, dado que la costumbre social dictaba que las mujeres y los omegas debían casarse al alcanzar cierta edad para depender de un cónyuge.

Por ello, el conde interpretó la pregunta de Leon como: ‘¿Por qué se esfuerza tanto en recaudar fondos en lugar de casar a su hijo como todos los demás?’. Pensando que era una pregunta que cualquiera terminaría haciendo tarde o temprano, respondió con sinceridad:

“Es porque deseo que mi hijo viva la vida que él elija. Supongo que todos los padres sienten lo mismo.”

Para Leon, esa respuesta sonó a: ‘Mi hijo desea casarse con una familia de alta alcurnia, así que no tengo otra opción.’ Su suposición de que aquel bello joven de la foto era una rosa llena de espinas se volvió aún más firme.

Mientras Leon albergaba esos prejuicios contra el hijo mayor del conde —a quien ni siquiera conocía—, el trabajo en la mina de la familia Ravenwell avanzaba. Aunque las perspectivas de minería masiva y beneficios económicos estaban a la vuelta de la esquina, la salud del conde se deterioraba a una velocidad mucho mayor.

En verano, apenas un año después de que Leon llegara a Savar, el conde de Ravenwell, quien había terminado postrado en cama junto con el calor repentino, no pudo superar el cambio de estación y partió de este mundo de manera desoladora. Se decía que, incluso al exhalar su último suspiro, su única preocupación habían sido los hijos que dejó atrás en su tierra natal.

Los capataces de la mina estaban sumidos en la tristeza, pero a la vez debían esforzarse al máximo para reducir el caos tras la muerte del principal accionista y director general de la empresa.

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En particular, Dale, el encargado financiero de la familia que el conde había traído desde su país, no dejaba de moverse con ansiedad, preocupado por los dos hijos del conde que recibirían la trágica noticia en casa, pero sin poder regresar debido a los asuntos pendientes.

“No hay herederos en la familia Ravenwell, por lo que el título deberá pasar a una rama secundaria. El segundo hijo, que ahora es el sucesor, no ha respondido a ninguno de nuestros telegramas sobre qué pretende hacer. Me aterra pensar en lo confundidos que deben estar el joven señor y la señorita…….”

Cuando Leon le ofreció sus condolencias durante el funeral local, Dale, que lucía mucho más demacrado tras pasar apenas unos días, se desahogó con él. Como llevaban tres años fuera de su país, en su memoria, los hermanos aún eran mucho más jóvenes y frágiles de lo que debían ser en realidad. Leon, que escuchaba en silencio, propuso de repente:

“Si está tan preocupado, ¿qué le parece si voy yo a la casa del conde a ver cómo está la situación?”

“¿Usted, señor Leon? Pero…….”

Dale puso una cara de desconcierto, como diciendo: ‘Pero si usted es el príncipe.’ Aunque el conde había guardado el secreto de Leon, aquel hombre, su mano derecha, había convivido con él durante casi un año y, naturalmente, había llegado a descubrir su verdadera identidad.

A pesar de las repetidas negativas educadas, Leon mostró una firme determinación, argumentando que el periodo de su exilio, durante el cual se le ordenó permanecer allí, estaba a punto de terminar, así que no importaba si se marchaba. Dale, vacilante, terminó inclinando la cabeza.

“Gracias, señor Leon. En ese caso, sin querer abusar de su bondad, aceptaré su ayuda. ¿Quiere que le avise a la familia del conde que usted irá?”

“No, además, es época de tormentas de otoño y la red de comunicaciones está cortada. Como mi posición en la capital requiere que me mueva como una sombra, prefiero presentarme con una excusa razonable. Me viene bien, tengo curiosidad por conocer el condado de Ravenwell.”

Si se usaba la premisa de ‘alguien que trabajaba en la mina real’, era posible que la gente de la casa del conde descubriera su identidad, tal como lo habían hecho el conde y Dale. Según las palabras del difunto conde, su hijo mayor omega era muy inteligente. En realidad, Leon sentía más curiosidad por el joven señor omega de la foto que por el territorio de Ravenwell.

‘No sería mala idea ir a ver qué clase de persona es.’

Leon, quien partió de Savar sin más, se unió al grupo de Dwight en la ciudad portuaria tras cruzar el mar. La actitud del segundo hijo, el heredero, era bastante sospechosa, y gracias a eso, Leon había obtenido un pretexto legítimo para visitar la casa. Y el joven señor omega, el centro de toda la cuestión, al que conoció al llegar, resultó ser.

‘Ja, parece que el talento de ese fotógrafo es realmente desastroso.’

En el instante en que aquel hombre, de cabellos dorados como el brillo del sol y piel transparente, salió apresuradamente a la entrada para saludarlo, Leon sintió que le faltaba el aliento.

El hijo mayor del conde era varias veces más hermoso que en la fotografía. Sus ojos, que ladeaban la cabeza mientras lo observaban, destellaban un aura inteligente y clara que ninguna foto podría haber capturado.

“Es un honor conocerle. Como había oído decir, es usted una belleza extraordinaria, joven señor.”

Cuando Leon le besó la mano blanca para saludarlo, aún creía que solo estaba lanzando uno de sus habituales cumplidos ligeros. Sin siquiera darse cuenta de que, en realidad, se acababa de enamorar a primera vista de aquel hombre, tan remilgado como despistado.

* * *

Al subir las escaleras, Leon hizo un breve repaso de sus diez meses en Savar antes de llegar ante el salón de recepciones de la Reina. Mientras se quitaba los guantes y asentía al mayordomo, este anunció su llegada con voz solemne:

“Se presenta el tercer príncipe”.

La puerta del salón se abrió y Leon caminó sobre la alfombra azul marino con una mezcla de tensión y su elegancia habitual. La Reina, sentada en un sillón, lo recibió con expresión severa.

“Leonhart”.

Su voz era fría, pero Leon se sintió aliviado con el simple hecho de que no lo hubiera llamado por su nombre completo, ‘Leonhart Albert William’. Parecía que no estaba tan furiosa como la última vez que la vio. Intentó suavizar el ambiente con una sonrisa encantadora:

“Madre, hace tiempo que no la veía. Está aún más hermosa que el año pasado”.

Esperaba que al menos se dignara a sonreír por cortesía, pero la Reina lo fulminó con una mirada aún más gélida.

“Vaya que estás radiante. Supongo que es gracias a ese compromiso que mantuviste en secreto incluso de tu propia madre”.

Sus palabras estaban cargadas de dagas. Si bien no era algo tan grave como herir al hijo de un noble extranjero en la frontera, al parecer, declarar un compromiso sin seguir los protocolos reales ni obtener su permiso era un pecado bastante considerable.

Sin embargo, Leon estaba preparado para este tipo de reproches. Mantuvo la sonrisa en sus labios y respondió con alegría:

“Qué puedo decir. El poder del amor es verdaderamente grandioso. En el momento en que me di cuenta de que estaba atrapado en la corriente, ya me encontraba en el ojo del huracán”.

“Ja. Hablas como si hubiera sido algo inevitable. Pero todo fue parte de tu plan, ¿no es así? Llamaste a los reporteros a propósito e incluso proclamaste el compromiso en la corte para que no hubiera vuelta atrás”.

“Jaja. ¿Cómo podría yo ser una persona tan calculadora?”.

“No te hagas el desentendido. ¿Te hace gracia haber provocado tal situación solo para presionar a la familia real?”.

‘Presión a la familia real’. Era una forma cruda de decirlo, pero acertada. Como la declaración de Leon había sido ampliamente difundida, si la Reina decidía anularla, la autoridad de la corona se vería comprometida.

Lo mismo ocurrió cuando publicó los artículos sobre la historia de Elwin antes de llegar a la capital. Mientras la opinión pública sintiera lástima por Elwin, a la familia real le sería mucho más difícil tomar una postura opuesta. Esa serie de acciones no solo fueron por Elwin, sino también una preparación para esta negociación.

“Te lo preguntaré de nuevo, Leonhart. ¿Qué te dije cuando te permití tener libertad?”.

“Que debía cultivar las cualidades necesarias para ser de utilidad a la familia real conociendo a diversas personas en el vasto mundo…”.

“¡Te advertí claramente que no debías utilizar tu estatus para fines personales!”.

La Reina lo cortó en seco. Su voz fue tan afilada que incluso los sirvientes en el pasillo se estremecieron, pero Leon respondió con aire de ofendido:

“Madre, desde que dejé Savar hasta que llegué a la capital, no he utilizado el poder real para asuntos personales ni una sola vez. Si hubiera querido intervenir desde que estaba en Ravenwell, no habrían ocurrido incidentes que terminaran en los periódicos”.

Leon había sospechado de Dwight desde el primer momento en que lo conoció. Al llegar a Ravenwell, pasaba las noches atento a los ruidos que venían de las habitaciones de Dwight e Isaac, patrullando el pasillo ante cualquier sonido sospechoso, pero nunca logró descubrir la verdad.

Intentó enviar a un mensajero para investigar el ambiente en la casa del barón Greymont, pero allí todo estaba en calma. Seguramente el hijo mayor, que vivía en el extranjero, no tenía contacto frecuente, y como la fuga del problemático segundo hijo era una vergüenza para la familia, simplemente hicieron como si nada hubiera pasado.

Solo cuando Dwight hirió a los empleados de la casa del conde y huyó robando el sello y los documentos territoriales, Leon se arrepintió de no haber investigado adecuadamente, aunque fuera en nombre de la familia real.

Aunque no es apropiado que un príncipe intervenga en asuntos de herencia de un territorio local, la situación cambia si esa herencia deriva en un duelo con armas frente al príncipe y el robo de un sello oficial.

Si Leon no hubiera aprovechado los medios para controlar la situación, la Reina quizás lo habría regañado preguntándole: ‘¿Por qué permitiste que ocurriera un incidente que amenazaba el orden de la sociedad noble justo frente a tus ojos?’.

“……Para no haber ‘intervenido’, me llega el reporte de que la información sobre el caso de corrupción en la industria militar, que se está investigando a gran escala, vino desde el lado de Ravenwell. ¿No es eso algo que tú orquestaste?”.

La Reina, que se había detenido ante la respuesta lógica, volvió a preguntar como si recordara algo. Leon se sintió momentáneamente intimidado, pero respondió con descaro:

“Ese caso se reportó a los altos mandos militares como una denuncia anónima, así que es difícil decir que utilicé el poder real. Además, sé que no es su voluntad dejar pasar tales actos de maldad, madre”.

La verdad era que denunció la corrupción de la familia Finch por resentimiento hacia Frederick Finch, quien hostigaba a Elwin —y que, para colmo, había tenido la osadía de pedirle matrimonio—. Era un objetivo puramente personal, pero no veía necesario darle tantos detalles a la Reina.

Aunque lo reprendía, en el fondo, a la Reina le satisfacía que la corrupción arraigada fuera eliminada gracias a la información de Leon. Al notar esa pequeña brecha en su determinación, Leon añadió con más audacia:

“Siempre vivo siguiendo su voluntad, madre. Usted siempre quiso que encontrara una pareja adecuada para casarme. Por eso, he traído ante usted a la pareja ideal; en lugar de enojarse, debería sentirse complacida”.

La Reina chasqueó la lengua, incrédula.

“¿Una pareja adecuada? Sabes mejor que nadie que no estás en posición de decidir eso completamente solo”.

“Pero usted sabe bien, madre, que no soy del tipo de persona que se casaría dócilmente con alguien que ni siquiera conoce, solo porque la familia real lo ordena”.

“No te callas ni una, ¿eh? Entonces, ¿dices que has encontrado a tu pareja porque no querías casarte con alguien desconocido? Supongo que conociste a ese omega en Ravenwell. ¿Cómo puedes afirmar que lo conoces tan bien después de solo poco más de un mes de trato?”.

“Parece que, al igual que usted, tengo buen ojo para reconocer a mi pareja. Y al igual que usted, una vez que tomo una decisión, no escatimo en medios para conseguirlo”.

Esa era una historia del pasado, de antes de que Leon naciera. El compromiso político original de la Reina no era con su difunto esposo, sino con el heredero de la casa del Gran Duque, que entonces ostentaba el mayor poder.

Sin embargo, antes de que se anunciara formalmente el compromiso, se descubrió que dicha familia intentaba vender derechos comerciales a un país extranjero, por lo que el contrato fue anulado. La Reina terminó casándose con el padre de Leon, un hombre de una casa noble venida a menos.

Era un secreto a voces en la corte que la propia Reina había orquestado los eventos para que la corrupción del Gran Duque saliera a la luz. Aunque la razón oficial fue ‘erradicar las facciones nobles de la vieja era’, todos sabían que lo había hecho porque se había enamorado a primera vista de su esposo durante un baile.

Tal como dijo Leon, la obsesión tenaz por alguien a quien sentían predestinado era, en efecto, genética. Ante la punzante observación, la mirada de la Reina vaciló por un instante, pero pronto retomó su tono solemne:

“¿Crees que este es un momento adecuado para mencionar a tu padre? Él provenía de una familia que había estado al lado de la familia real durante generaciones; aunque no nos hubiéramos visto directamente, nos conocíamos desde niños, tanto en lo personal como en lo institucional”.

“……”.

“Pero, ¿qué sé yo de ese omega que has traído? ¿Conozco su carácter o su comportamiento? ¿Sé si tiene la educación y el refinamiento necesarios para soportar el pesado cargo de consorte real? ¿Cómo esperas que acepte esto cuando me entero de la noticia a través de los periódicos?”.

“Sobre eso, no hace falta decir que me siento profundamente apenado”.

Cuando Leon se inclinó con una actitud de aceptación total, la Reina suspiró, llevándose una mano a la frente como si le doliera la cabeza.

Ella también había sido alguien que, presa del ardor del amor, no temía enfrentarse al mundo; entendía perfectamente los sentimientos de Leon. Sin embargo, en esta situación, era inevitable sentir tanto furia como preocupación. No solo como Reina, sino también como madre.

“Leonhart. Quizás ahora solo ves la pasión en tu corazón y nada más, pero este no es un asunto que debas tomar a la ligera. Como apenas te mueves en la alta sociedad, quizás no sepas cómo sobreviven los jóvenes omegas de las familias nobles. ¿Acaso ese niño de la casa del conde se acercó a ti por quién eres, o buscaba apoyarse en la sombra de la casa real…?”.

Mientras la Reina continuaba su discurso en tono persuasivo, Leon, quien hasta ese momento había mantenido una actitud inusualmente dócil, soltó una carcajada de repente. Cuando la Reina alzó la vista con gesto de desconcierto, Leon se apresuró a agitar las manos para disculparse y recuperar la compostura.

“Ah, mil disculpas, Majestad. No era mi intención faltarle al respeto. Es solo que la descripción no encaja en absoluto con esa persona. ¿Acaso no le han informado que hoy mismo se desmayó en la corte? Es que se llevó una sorpresa terrible al descubrir mi identidad en ese preciso momento”.

“Aunque, al igual que tú, no suelo asistir a eventos de la alta sociedad, te aseguro que tan solo en los bailes reales, aparecen tres o cuatro señoritas al año fingiendo desmayos”.

¿Elwin fingiendo un desmayo? Leon imaginó la escena por un momento; pensar en lo rígido y torpe que se vería le resultó tan adorable que casi vuelve a estallar en risas. Sin embargo, sabía que comportarse con mayor ligereza podría costarle la única oportunidad que tenía de ser escuchado. Leon exhaló profundamente y, con una expresión más seria de lo que jamás hubiera mostrado, continuó:

“Entiendo perfectamente por qué le preocupa, Majestad. Cuando recién llegué a Ravenwell, yo también pensaba que esa persona era solo otro omega tratando de sobrevivir mediante los métodos que usted describe. Para ser honesto, estaba lleno de prejuicios”.

Leon repasó aquel día en su memoria. Al conocer a Elwin, se dirigió al salón de recepciones intentando calmar su emoción, pero quedó desconcertado por el estado de la mansión, la cual, siendo generoso, era modesta, y siendo sincero, parecía estar en la miseria.

Durante su estancia en Savar, le habían llegado noticias de que la familia Ravenwell enviaba regularmente cantidades considerables de dinero para el negocio minero. Había asumido que se trataría de una familia bastante acomodada para ser de un territorio local, pero la realidad era totalmente distinta a lo que había imaginado.

‘¿Envían tanto dinero y viven en este estado? ¿Acaso no saben cuánto dinero hay en la caja fuerte y envían fondos a ciegas? O quizás, ese joven tan ingenuo se ha metido en una deuda enorme sin darse cuenta’.

Mientras se sentaba a la mesa del salón pensando esto con desdén, el omega en cuestión comenzó a lanzarle miradas descaradas al segundo hijo de la casa del barón. No era una técnica de seducción pulida, parecía más bien torpe, pero le sorprendió la audacia de intentar algo así frente a otros. Al ver que se comportaba de esa manera en cuanto apareció un alfa noble, Leon pensó: ‘¿Tan desesperado está este joven señor?’. Aunque su situación era lamentable, Leon sintió más ira que compasión. Una furia gélida que le recorría las venas.

‘¿No es humillante tener que pasar el título a una rama secundaria? ¿Le sirve cualquier noble con tal de tener uno? Que el conde haya dedicado su vida hasta morir por alguien tan lleno de vanidad… es injusto’.

Habiendo encontrado a la fuerza un motivo para su enojo, Leon buscó pelear con Elwin a propósito. Pensó que alardear de cifras de ingresos absurdas ante el sirviente de Dwight o mantener a la tutora de su hermana a pesar de no tener ni para azúcar, eran solo actos de vanidad aristocrática.

“Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que estaba equivocado. Ni siquiera hizo falta mucho tiempo. Cualquiera que lo conozca y converse con él unos momentos puede ver lo sincero y sabio que es”.

Leon comprendió rápidamente que su suposición sobre la insistencia de Elwin en casarse con un noble de alto rango no era más que un malentendido monumental. El contenido de la educación que impartía a su hermana era prueba suficiente.

Entendió que el difunto conde buscaba acumular dinero para que sus hijos pudieran vivir estudiando lo que desearan, y que si rechazaban las propuestas de matrimonio del pueblo no era por exigencia, sino porque, sencillamente, no tenían ningún interés en casarse.

‘Un omega sin interés en el matrimonio. Bueno, supongo que puede pasar’.

Durante los primeros días tras conocer a Elwin, Leon intentó observarlo con esa actitud laxa y contemplativa que aplicaba a todo en el mundo. Después de todo, Elwin era una persona genuinamente peculiar e interesante. Pero, contra todo pronóstico, Leon se sintió cautivado por él con una rapidez asombrosa. Cuando leía el periódico y mostraba su criterio, lo encontraba sorprendentemente brillante; cuando se ponía nervioso por el pañuelo que Leon le había prestado, parecía alguien ingenuo que desconocía las formas del mundo.

Desde que empezó a enseñarle a jugar a las cartas, Leon sintió que conversar con Elwin era un verdadero placer. Era inevitable, pues Elwin era una persona transparente y recta. Poco a poco, empezó a sospechar que ese prejuicio de mente estrecha que había albergado era, en realidad, otra forma de interés. El momento en que sus sentimientos se volvieron más nítidos fue aquel día en que, tras cosechar brotes, fueron juntos a la aldea campesina. Al ver a Elwin tratar sin reservas a los aldeanos y niños cubiertos de polvo, Leon pensó de repente: Este hombre me divierte, disfruto el tiempo que paso con él, y me gustaría tenerlo a mi lado por mucho, mucho tiempo.

“No le interesa nada más que su propio sustento y el cuidado de sus tierras. Si hubiera sabido de antemano que yo era un príncipe, bueno… quizás me habría preguntado sobre políticas arancelarias de minerales o planes de desarrollo ferroviario. Pero nunca me habría mostrado esa clase de interés personal. Siendo franco, el que estaba ansioso por llamar la atención del otro era yo”.

Como ya no era un niño, Leon comprendió que sus sentimientos por Elwin no eran solo curiosidad humana. No había razón para sentir celos de alguien que simplemente le parecía divertido. Cuando Elwin se esforzaba por agradar a Dwight, Leon ardía en furia, pero al mismo tiempo se sentía satisfecho al notar que Elwin era alguien incapaz de fingir afectos que no sentía. También se sintió aliviado al ver que Elwin mostraba total indiferencia ante sus pretendientes anteriores.

Aun así, Leon temía que él mismo no fuera más que una presencia para Elwin, al igual que los demás alfas. Tenía curiosidad por saber cómo lo veía Elwin en esa pequeña cabeza llena de planes y en esos ojos brillantes y astutos. Deseaba que lo mirara más y que pensara más en él. Cada vez que sentía que en los ojos de Elwin nacía una calidez tenue y nostálgica, los sentimientos de Leon se profundizaban. La primera vez que se besaron, se sintió tan feliz que creyó que podría saltar al cielo y dar una vuelta a la Tierra.

“Llegué al punto de pensar que me habría resultado más fácil si él hubiera sido una persona calculadora o interesada. ¿Qué hay más sencillo que embaucar a alguien que busca beneficios? Pero él es…”.

Acercarse a Elwin le trajo a Leon una alegría infinita, pero también culpa y preocupación. La tarea de revelar su identidad lo perseguía como una sombra. Cualquier otra persona podría alegrarse al saber que el hombre del que se ha enamorado es un príncipe, pero Elwin no tenía ese carácter. Elwin era alguien que se preocuparía más por el hecho de que Leon lo hubiera engañado que por el poder que poseía. La razón por la que no había revelado su identidad hasta hoy era múltiple; estaba la petición de la Reina de ocultar su estatus, pero, en el fondo, la razón principal era que el miedo a la reacción de Elwin le impedía articular palabra.

“Dijo que mis acciones en la corte fueron una presión hacia la familia real. Lo admito. Tenía un fuerte deseo de cerrar cualquier vía de escape. Tanto para la corona como para él. Ahora que le he pedido perdón a usted, madre, debo ir con él y pedirle perdón de nuevo. Por haber ocultado mi identidad”.

Leon se encogió de hombros con su habitual desparpajo, pero en sus ojos había una preocupación genuina. La Reina lo observó, suavizando lentamente su expresión, aunque luego chasqueó la lengua como si aún estuviera indignada.

“Vaya. ¿Que me pides perdón? Hablas muy bonito, pero en realidad no has venido a pedir perdón, sino a negociar”.

Leon asintió con una sonrisa pícara, sin intención de ocultarlo.

“Así es, madre. Espero que reconozca y declare públicamente mi compromiso con él. El orden de los factores se ha alterado un poco, pero le aseguro que si llega a conocerlo, usted también lo apreciará”.

Ante aquella exigencia, que no solo era audaz sino casi radiante, la Reina puso cara de incredulidad.

“¿Dices que el orden se ha alterado ‘un poco’? Siendo un príncipe, ¿cómo te atreves a comprometerte de golpe sin el permiso de tu madre? Es evidente, está clarísimo. Aprovechaste que el cabeza de familia no estaba presente para imponer tu voluntad. ¿Cómo se supone que voy a resolver este embrollo?”.

Contrario a la confusión de la Reina, para ser estrictos, Leon ni siquiera estaba comprometido formalmente con Elwin. Simplemente había declarado unilateralmente un compromiso en la corte que aún no existía. Tras concluir la negociación con la Reina, Leon debía acudir primero a pedirle perdón a Elwin y, después, pedirle matrimonio. Aunque le quedaba un largo camino por recorrer, las cosas estaban marchando mejor de lo previsto.

Al menos, la Reina ya comprendía que esta situación era obra de la voluntad de Leon y no de Elwin, y estaba mostrando una actitud de querer buscar una solución en lugar de ignorar lo sucedido. Leon estaba a punto de sentirse aliviado al pensar que solo le quedaba el último paso, cuando ella añadió:

“Ha… Por lo pronto, tendré que convocar al Consejo Consultivo Real para tratar este asunto”.

Las palabras que siguieron de la Reina hicieron que la mirada de Leon flaqueara. El Consejo Consultivo Real era un grupo formado por ancianos de la familia real y unos pocos nobles de alto rango que asesoraban en las decisiones políticas cruciales de la corona; a ojos de Leon, no eran más que un grupo de viejos anticuados.

“¿El Consejo Consultivo Real? Pero, cuando el segundo hermano se comprometió, ¿no procedió todo únicamente con la orden real, sin necesidad de dicho consejo?”.

“Andrew cumplió con todos los procedimientos previos al compromiso, por lo que no hubo necesidad de convocarlo, pero en tu caso es diferente”.

La obstinada actitud de la Reina le causaba dolor de cabeza a Leon. Si empezaban a convocarlo ahora, tardarían una eternidad en reunir a los ancianos de todas las regiones, y como todos eran conocidos por hablar demasiado, no había forma de saber cuántos meses se dilataría el proceso. No habría valido la pena el esfuerzo de organizar todo su plan. Ante esto, pensó:

‘¿Realmente tendré que usar ese método?’.

Decidido a utilizar su última carta bajo la manga, Leon puso una expresión de fingida dificultad.

“Madre. Le ruego me disculpe, pero le agradecería que confirmara el compromiso a la brevedad. Hay razones de peso para que deba ser así”.

“¿Qué excusa vas a inventar ahora?”.

“Más que una excusa… esa persona está embarazada”.

En ese instante, un silencio gélido cayó sobre el salón de la Reina. Sorprendida por las palabras de Leon, ella abrió mucho los ojos y dejó la boca entreabierta. Era raro ver a alguien que siempre mantenía la calma y un aire solemne mostrar una reacción tan estupefacta. A pesar de estar en una situación explosiva, Leon, cuya curiosidad era innata, se dedicó a observar la expresión de la Reina, algo que nunca había visto.

Una mujer tan perspicaz como ella no tardó en darse cuenta. En el momento en que notó que Leon movía los ojos de un lado a otro observándola, la Reina reaccionó. Su mirada, que por un momento había estado perdida, brilló con agudeza. Arqueando las cejas con incredulidad, preguntó:

“Leonhart Albert William. ¿Cómo te atreves a decir tal mentira?”.

Parecía que lo había descubierto de inmediato. Era una mentira lo suficientemente peligrosa como para que ella lo llamara por su nombre completo. Leon pensó ‘rayos’, pero por fuera continuó como si nada.

“Ah, parece que ante usted no puedo decir nada sin que sea solo una suposición. A decir verdad, aún no ha sido diagnosticado con precisión por un médico. Últimamente lo he visto muy agotado y me aventuré a pensar que quizás se debiera a eso. Incluso en el carruaje hacia el palacio se quedó profundamente dormido”.

La Reina estuvo a punto de regañarlo de nuevo, pero vaciló. Después de todo, era posible que hubiera sucedido algo que resultara en un embarazo. Como Reina, era inevitable que su mente empezara a barajar muchas posibilidades.

“Es cierto… Pensándolo bien, uno puede estar sumamente agotado incluso sin estar embarazada. Después de hacerse cargo de la familia en soledad durante la larga ausencia del cabeza de familia y, además, sufrir un incidente criminal. Sin mencionar que apenas han pasado poco más de cuatro meses desde que recibió la noticia del fallecimiento de su padre”.

Leon no perdió la oportunidad de añadir palabras que estimularan la compasión de la Reina. Era una estrategia obvia, pero efectiva. La Reina tenía la capacidad de sentir lástima por las situaciones difíciles. El hijo de la casa del conde, quien había perdido a sus padres hacía poco, se encontraba ahora arrastrado a un palacio extraño y lidiando con un tercer príncipe excéntrico al que ni siquiera la Reina podía controlar. Aunque en su interior lo consideraba digno de lástima, la Reina no relajó su expresión fría y preguntó:

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“……Pero dijiste que el cabeza de familia estuvo ausente por mucho tiempo, ¿qué significa eso?”.

“¿No lo recuerda, madre? Le mencioné en mis cartas que hay una mina gestionada directamente por un noble cerca de las minas reales. El padre de Elwin es precisamente el anterior conde de Ravenwell”.

“Ah. Es aquel a quien se le atribuían grandes conocimientos y ayudó mucho a las minas reales, ¿cierto?”.

“Así es. Era un hombre verdaderamente excelente”.

Durante su estancia en Savar, Leon se había encargado de elogiar al conde de Ravenwell en sus cartas a la Reina. Por supuesto, no lo había hecho pensando en un momento como este, sino simplemente porque lo consideraba una buena persona, pero le sería de gran ayuda. Parecía que a la Reina le había agradado el conde que Leon le había descrito, ya que su impresión sobre Elwin cambió drásticamente. Con una expresión un poco más suave, aunque cautelosa, le preguntó:

“Pero, ¿acaso no dijiste que el conde estuvo en Savar mucho antes que tú? Si el cabeza de familia estuvo ausente años dejando atrás a un hijo omega mayor y a una niña pequeña, el condado debería haber terminado en ruinas”.

“Tres años, madre. Durante tres años, él gestionó el condado como representante del cabeza de familia y, además, enviaba fondos para el desarrollo de la mina a Savar. Por lo que yo mismo he verificado, lejos de estar en ruinas, la agricultura florece y la vida de los habitantes es estable”.

“……¿Un omega hizo tal cosa? No debería haber tenido dónde adquirir tal educación, ¿cómo es posible?”.

“Como usted misma ha dicho, si uno busca alcanzar la verdad, siempre hay una forma. Elwin es muy inteligente y diligente. ¿No vio acaso en el artículo del periódico hace poco que los habitantes del condado lo siguen fielmente?”.

“No se puede, ni se debe, creer todo lo que aparece en los periódicos. Y menos aún un artículo que publicaste tú, cegado por el amor”.

La Reina parecía dudar de las palabras de Leon, pero su expresión indicaba que estaba reflexionando sobre el asunto.

“En cualquier caso, parece cierto que ese condado funcionó sin mayores disturbios a pesar de la larga ausencia del cabeza de familia. Cuando las revueltas comenzaron a surgir en los territorios del sur por el hambre durante la sequía del año pasado, nunca escuché el nombre de Ravenwell…”.

“Lejos de pasar hambre, gracias a la capacidad de esa persona, la producción agrícola aumentó varias veces. Si escuchara los métodos que empleó, incluso usted quedaría admirada”.

Parecía que la Reina ahora sentía curiosidad por la persona de Elwin. Sin embargo, como alguien que rara vez revelaba sus verdaderos sentimientos, cerró la conversación con una expresión estricta.

“……Por ahora, entiendo tu postura. Ya es tarde, puedes retirarte”.

En el fondo, le habría gustado que ella reconociera su relación con Elwin allí mismo, pero estaba claro que no sería tan fácil. En realidad, haber podido conversar un poco sin recibir una orden inmediata de irse era una ganancia suficiente para ese día. Leon hizo una reverencia cortés, pero solo pensaba en lo mucho que quería ir a ver a Elwin. Al parecer, ese pensamiento se le notaba en el rostro, pues la Reina lo llamó justo cuando iba a salir del salón.

“Por cierto, el hijo de la casa del conde se hospedará en la habitación de invitados mientras esté en el palacio. Tú quédate en la habitación que solías usar”.

“Ah. Entendido”.

Aunque dijo que entendía, Leon pensó: ‘Así que Elwin está en el edificio este, donde están las habitaciones de invitados. Iré directo allí’. Como ese pensamiento era igual de legible en su rostro, la Reina enfatizó, con un tono de voz que denotaba una vergüenza insoportable:

“Te lo advierto para que no cometas ninguna imprudencia, así que no andes merodeando por lugares indebidos. ¿Me has oído?”.

“Por supuesto, Majestad”.

Sin embargo, ignorando su pronta respuesta, en cuanto salió del salón, Leon le dijo al mayordomo sin dudar:

“Vamos al edificio este”.

Leon no consideraba que su respuesta a la Reina fuera una mentira. Ir a ver a su prometido no podía verse como una ‘imprudencia’ ni como ‘merodear por lugares indebidos’. Aunque Leon y Elwin aún no estuvieran comprometidos formalmente, en fin.

“¿Eh? Su Alteza, pero…”.

“No es como si el camino hubiera cambiado. ¿Es por aquí?”.

Ante la vacilación del mayordomo, Leon se dirigió a grandes zancadas hacia la habitación de Elwin. Los sirvientes estaban sumidos en el pánico. Ya era tarde en la noche. No existía precedente de que un miembro de la familia real y su invitado compartieran la noche en una habitación sin estar casados ni formalmente comprometidos.

“Su Alteza. Es tarde, ¿qué le parece si espera a mañana para hablar con él?”.

Ante la observación del mayordomo, Leon frunció el ceño y replicó:

“¿Qué clase de comentario es ese? ¿No viste hace un rato cómo mi pareja bajó del carruaje con el rostro pálido? Desde que perdió a su padre, ha estado sometido a choques y dificultades que han debilitado su salud. De hecho, hoy incluso se desmayó en la corte”.

Ante las palabras de reproche de Leon, los sirvientes sintieron ganas de replicar: ‘¿Y quién cree que fue el que hizo que se desmayara?’. Aunque Leon sabía que sus palabras eran un sofisma, siguió hablando sin parar.

“Si de por sí ya está agotado, ¿cómo de asustado y tenso debe estar en este vasto y extraño palacio? Es mi deber como su pareja estar a su lado para consolarlo y darle tranquilidad. Si nos separan así, ¿qué harán si vuelve a desmayarse?”.

Ante la verborrea de Leon, los sirvientes intercambiaron miradas. Era un hecho que habían olvidado por un tiempo, ya que él casi no frecuentaba el palacio, pero cuando Leon se ponía así de testarudo, no había forma de razonar con él.

El tercer príncipe, desde su infancia, solía agotar la paciencia de sus criados y tutores con sus acciones impulsivas y su tenacidad obstinada. Esta vez no fue la excepción: el testarudo príncipe despidió a todos los sirvientes, abrió la puerta de la habitación de invitados de un empujón y entró.

“Elwin”.

Por su parte, Elwin, que estaba sentado con la espalda recta en una silla junto a la mesa, al oír que abrían la puerta pensó que lo que debía pasar, pasaría, y se levantó. Sin embargo, la persona que se acercaba a él no era un sirviente, sino Leon.

“¿Por qué estás así? Sin descansar cómodamente. ¿Te han estado molestando los sirvientes?”.

“A, ah, no. Todos han sido muy amables conmigo. No sé cómo se enteraron, pero incluso trajeron el equipaje que dejé en la posada, además de té y dulces”.

En el camino hacia la habitación de invitados, lejos de Leon, Elwin apenas podía distinguir si estaba soñando o despierto. El interior del palacio real, que solo había visto en libros y periódicos, era tan grandioso como hermoso.

A ambos lados del largo pasillo cubierto con una alfombra roja se alzaban estatuas, y en el alto techo del descanso de la escalera colgaba un candelabro. La habitación de invitados que le asignaron era tan amplia como el despacho del cabeza de familia en su hogar, y la bandeja de dulces era tan hermosa y fragante que resultaba asombrosa.

Para Elwin, que había pasado varios días en una posada de mala muerte, era un trato lujoso que disfrutaba después de mucho tiempo. Sin embargo, no lograba disfrutarlo por completo, pues se mantenía tenso en todo momento. Y la razón era simple.

“Pero… tengo la sensación de que pronto me echarán, así que no puedo estar tranquilo. ¿Realmente puedo quedarme aquí?”.

“¿Echarte? ¿Por qué piensas eso?”.

“Porque, tú… fuiste a hablar con la Reina…”.

Aunque Elwin no conocía bien a la Reina, era lógico pensar que incluso un padre común se enfadaría si se enterara del anuncio de compromiso de su hijo a través de un periodista. Además, más allá de que a Elwin le gustara Leon, este tenía un talento indiscutible para hacer enojar a la gente.

Incluso ahora, aunque sabía perfectamente a qué se refería Elwin con sus palabras tartamudeantes, Leon se reía con picardía, encontrándolo sumamente divertido.

“Así que pensaste que Su Majestad se enojaría y nos echaría a ambos. Pensaste que, sin duda, haría enfadar a Su Majestad mientras hablábamos”.

“Sí… bueno, más que a ambos, pensé que me echarían a mí”.

“Ah, eso es porque no conoces bien a Su Majestad. ¿Por qué iba mi madre a echar a un invitado inocente? A un hijo mediocre, quizás, pero a un invitado…”.

“E, en ese caso, es un alivio”.

“Pero me conoces muy bien a mí, Elwin. Es cierto que hice enfadar a mi madre”.

Ante el comentario de Leon, que soltó con una sonrisa radiante, Elwin endureció su expresión y preguntó de vuelta:

“¿Que te conozco bien? ¿Qué quieres decir con eso?”.

Parecía que Leon se había dado cuenta de su error al instante. Rápidamente borró la sonrisa de su rostro y se sentó en una postura respetuosa, con ambas manos juntas sobre las rodillas.

Al ver a un hombre de tal envergadura encogido, Elwin no pudo evitar pensar, incluso en medio de la tensión, que Leon se veía adorable. Pero no podía dejar pasar el asunto así como así.

Mientras estaba solo en la extraña habitación, Elwin había reflexionado sobre la situación. Aunque la realidad le provocaba miedo e inseguridad y aún no terminaba de asimilar todo, una cosa estaba clara: Leon le había estado mintiendo todo este tiempo.

Elwin, esforzándose por mantener una expresión seria, soltó las palabras que había organizado con frialdad y determinación.

“Entiendo que, dado tu estatus, no fuera fácil revelar tu identidad en cualquier lugar. Pero, desde mi perspectiva, no puedo evitar sentirme engañado”.

“……”.

“Tal vez para ti fue un encuentro pasajero, pero yo creo que pasamos un tiempo largo y muy significativo juntos. Seguramente hubo muchas oportunidades para decirme la verdad”.

Era el momento del juicio. Sintiendo la atmósfera inusual, Leon retomó una expresión seria. Con una voz cautelosa, como eligiendo bien cada palabra, comenzó:

“Elwin. Yo no consideré nuestro encuentro como algo pasajero. Si pensara así, no habría razón para armar todo este alboroto”.

Leon sintió un impulso de tomar la mano de Elwin, sus manos sobre las rodillas temblaron un poco, pero se contuvo. Parecía preocupado de que cualquier movimiento brusco enfadara aún más a Elwin. Sin embargo, con sus ojos, miraba los de Elwin con una profundidad tan sincera que parecía intentar atravesar su alma.

“Pero, dejando eso de lado, todo lo que dices es correcto. Es mi entera culpa no haberte contado la verdad. Aunque suene a excusa, si te doy una razón… claro, al principio fue por mis deberes como miembro de la realeza. Porque, después de todo, era alguien que ocultaba su identidad mientras viajaba de incógnito”.

“……”.

“Sin embargo, nunca tuve la intención de ocultártelo hasta el final. Aunque sabía que algún día tendría que contarte la verdad, no tuve el valor. Por miedo a que la cercanía que apenas habíamos logrado se perdiera. Por miedo a que te decepcionaras, te enfadaras y me dieras la espalda…”.

Ante la actitud de arrepentimiento de Leon, el corazón de Elwin comenzó a ablandarse. Pero no era algo que pudiera dejar pasar. Elwin endureció aún más su expresión y preguntó como quien interroga:

“Aun así, ¿cómo puedes hacer que alguien se sienta tan ridículo? Me dan escalofríos solo de pensar en el tiempo que pasé tratándote sin reservas por desconocer tu identidad”.

“No, Elwin. Nunca he pensado que fueras ridículo. Tampoco me has tratado mal nunca. El que siempre ha sido irrespetuoso he sido yo”.

“Pero cuando dije que yo me haría cargo de ti y te mantendría, te habrás reído por dentro, ¿no? Solo de pensar en lo cómico que debí verme…”.

Ante tal observación aguda, Leon se sintió intimidado. Elwin, lleno de indignación, lanzó su pregunta:

“Mírame. ¿Por qué haces que la gente parezca una tonta? ¡Incluso llegué a malinterpretar que estabas relacionado con el mundo del crimen!”.

“¿El mundo del crimen…?”.

“……Bueno, ya sabes. Organizaciones criminales… o algo así”.

Ante las palabras tartamudeantes de Elwin, los labios de Leon se torcieron en un esfuerzo por contener la risa. Solo cuando Elwin apretó los labios y lo fulminó con la mirada como si echara fuego por los ojos, Leon pudo recuperar la compostura.

“Ejem, ejem. Así que llegaste a esa conclusión. Por eso me decías esas cosas. Ahora entiendo, Elwin. Siendo sincero, cuando dijiste que me mantendrías, estuve a punto de reírme”.

“Leon”.

Elwin estuvo a punto de golpear con fuerza al tercer príncipe en la línea de sucesión al trono.

“No, no… no tengo ni la menor intención de burlarme de ti. ¿Cómo podría reírme de palabras tan agradecidas y hermosas? Solo estuve a punto de reírme de pura alegría”.

Elwin continuó observándolo con ojos sospechosos, pero Leon, sin inmutarse, continuó diciendo lo que quería expresar.

“Tú me lo dijiste. Que no sabías de dónde venía ni qué vida había llevado hasta ahora, pero que todo estaba bien. Qué tranquilidad me dieron esas palabras. No me dirás que, aunque me aceptabas como criminal, no puedes aceptarme como alguien de la familia real, ¿verdad?”.

Era un hombre que, en efecto, sabía hablar muy bien. Mientras Elwin vacilaba, Leon incluso puso una expresión lastimera y acercó su rostro un poco más.

“Elwin. ¿No dijiste que te harías cargo de mí? Después de hacer una promesa tan firme, ¿ahora pretendes abandonarme?”.

Si alguien los viera, sonaría como las palabras de alguien en una situación lamentable y sin destino. Era absurdo. ¿Realmente ese hombre capaz de fingir tanta desolación era el tercer príncipe de este país?

Sin embargo, lo que le resultaba aún más absurdo a Elwin era que, sabiendo perfectamente que era una actuación, no podía hacer nada. Es más, ver cómo fingía tan descaradamente le resultó hasta un poco adorable.

Sintiendo que estaba a punto de romper en una sonrisa, Elwin giró la cabeza hacia un lado. Sin embargo, su cuello y hasta las puntas de sus orejas estaban completamente rojos, delatándolo por completo.

Armándose de valor, Leon extendió ambas manos y tomó las de Elwin. Aunque era frustrante, Elwin sintió que no podría ganarle a este hombre, ni mucho menos soltarse de su agarre.

“La, la promesa… es una promesa”.

Murmurando apenas un leve sonido, Elwin curvó ligeramente las yemas de los dedos que Leon sostenía para entrelazar sus manos. En ese momento, Leon también bajó la mirada para ocultar su expresión; sus pómulos temblaban, como si en su interior estuviera dando gritos de júbilo.

Verlo así le resultaba adorable, pero a la vez le causaba una extraña punzada de molestia. Sin soltar la mano de Leon, Elwin enumeró las quejas que aún le quedaban.

“Además, como ya te había dicho que no me importaba quién fueras, al menos debiste avisarme antes de entrar en la corte. ¿Tenía que escuchar esa noticia precisamente en esa situación? ¿Tienes idea de lo mucho que me asustaste?”.

“Verte desmayar también me asustó y me dolió el corazón. Pero… siendo honesto, fue algo que hice esperando, en parte, que te sorprendieras”.

“¿Qué… acabas de decir?”.

Elwin levantó las comisuras de los ojos, que hasta entonces mantenía bajas, como si le dijera: ‘¿Acaso no te das cuenta de que todavía te estoy regañando?’. Leon, con total naturalidad, siguió acariciando la mano de Elwin mientras continuaba:

“La razón por la que cometí tal imprudencia como príncipe de esta nación es que no nos queda mucho tiempo. Deseo que, antes de que termine el periodo de luto por el anterior conde, tengas la calificación necesaria para heredar el título como alguien perteneciente a la familia real”.

“……”.

“Es algo que he pensado desde que te conocí, pero se volvió una certeza después de nuestra conversación en el invernadero. Tenía intención de ir contándote todo poco a poco y planearlo juntos, pero ese tipo te hizo eso y todo se complicó”.

Al recordar a Dwight, los ojos de Leon se tornaron feroces por un instante. Aun así, su mano seguía acariciando el dorso de la mano de Elwin con suavidad, como si tratara una joya frágil.

“Entre tantos alborotos, no encontré el momento de hablar, y al final ocurrió el robo… Cuando las cosas llegaron a ese punto, pensé que debía convertir la crisis en una oportunidad. Además, tú y yo ya somos inseparables”.

Quizás pensaba en su primera noche en la posada de Addington, pues sus yemas de los dedos, al acariciar cada uno de sus dedos, se sentían extrañamente íntimas.

“Que acabara en la corte fue mitad coincidencia, pero pensé que era un buen escenario para captar la atención de la gente. Un lugar donde tanta gente, y preferiblemente periodistas, pudiera ver y escuchar mi identidad y nuestra relación”.

“……”.

“Desde que llegué a la capital, mi objetivo fue uno solo. Deseaba que la gente conociera tu injusta historia. Y si llegaban a admirarte y apreciarte, mucho mejor. Quería que las voces de los ciudadanos exigiendo que Sir Elwin, el hijo mayor de la casa del conde Ravenwell, se convirtiera en consorte real fueran tan fuertes que la familia real no pudiera ignorarlas”.

Parecía que aquella pregunta de Leon en el invernadero, ‘¿quieres ser conde?’, no había sido una simple broma. Él realmente había diseñado y calculado todo para que Elwin pudiera heredar el título.

Elwin se sentía abrumado. Su mente entendía lo que Leon decía, pero la realidad seguía pareciendo irreal. ‘Alcanzar la calificación para heredar el título’. Había renunciado a ello al nacer como omega, pensando que era algo imposible. Y lo de ‘consorte real’ tampoco calaba hondo, pues aún no lograba procesar que Leon fuera un príncipe.

“Y también… quería declarar que eres mío de una forma que fuera imposible de revocar. Supongo que esto no es solo una ilusión mía, ¿verdad? Porque eres mío. ¿No es así?”.

Sin embargo, hubo un punto que se le clavó en el pecho, pues era un tema en el que Elwin también había estado pensando seriamente.

“Leon. Del mismo modo, si me estoy haciendo ilusiones, dímelo. ¿Debería considerar lo que dijiste en la corte como una propuesta de matrimonio?”.

Ante la pregunta de Elwin, Leon, que seguía hablando con seguridad, se detuvo en seco. Sus ojos, que giraban lentamente, parecían los de alguien que acaba de darse cuenta tarde de su propio error.

“No, no es eso… no es que te llamara prometido sin sentirlo. Eso, sin duda alguna, salió de mi corazón, pero, ah…”.

Leon, inusualmente turbado, dijo en voz baja, como si estuviera decepcionado de sí mismo:

“Tienes razón. Fue una propuesta realmente poco romántica. Qué lamentable soy. Concentrarme tanto en sorprenderte hizo que olvidara los aspectos fundamentales”.

Ver a Leon tan abatido no le resultaba ajeno. Elwin también se había sentido así después de decirle de repente que ‘se haría cargo de él’, preocupado por si había sido una propuesta o si había sido inapropiado. Intentando darle una pista, Elwin dijo con delicadeza:

“……Si no estás satisfecho, ¿no podríamos decir que aún no has hecho la propuesta?”.

“Qué sabio eres. Después de todo, esas palabras no fueron dirigidas formalmente a ti en aquel momento. Entonces…”.

Los ojos de Leon brillaron y tomó el dorso de la mano de Elwin para besarla. Tal como en el primer momento en que se conocieron. Pero con una mirada mucho más profunda.

“¿Lo hacemos ahora?”.

“¿Ahora?”.

“Ya te he abierto el corazón hasta lo más profundo, ¿hay alguna razón para hacerte esperar más? Yo tampoco quiero seguir esperando”.

“Pero…”.

“Ah, es verdad. No tengo nada preparado. No, espera un momento”.

Con una actitud casi excitada, Leon sacó algo redondo del bolsillo interior de su chaqueta.

“Originalmente, este no es un objeto que se use para esto, pero por ahora, hagamos esto”.

Aun mientras decía eso, Leon intentó ponerlo en su dedo, y Elwin preguntó sorprendido:

“Leon. ¿Eso es… el anillo del sello real?”.

“Sí”.

“¿Cómo puedes darme algo tan valioso?”.

“Si voy a confiarte mi vida, ¿qué importa un anillo?”.

Leon deslizó el anillo en el dedo tembloroso de Elwin y volvió a besar el dorso de su mano. Luego, sin vacilar un instante, dijo:

“Elwin Somerset Heatherton. Mi luz, mi amor”.

“……”.

“¿Me acompañarías por el resto de mis días?”.

Los labios de Leon al decir eso eran tan hermosos que Elwin se quedó aturdido, olvidando por un momento que debía responder. Cuando finalmente reaccionó para responder, Leon continuó:

“Uh… Leon. Oye”.

“¿Qué ocurre, Elwin? ¿Podrías responder pronto? Mi corazón late demasiado rápido”.

“Lo mismo digo. Pero es que… no sé tu nombre completo. Leon, eh…”.

Aunque Leon estaba ansioso, sonrió con dulzura al ver las mejillas sonrojadas de Elwin y respondió:

“Leonhart Albert William. Ese es mi nombre”.

“Leonhart Albert William”.

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Cuando Elwin pronunció su largo nombre, Leon movió la mandíbula inferior, como si quisiera besarlo de inmediato. Si no fuera porque debía esperar la respuesta de Elwin, seguramente habría unido sus labios hace tiempo. Bajo esa mirada ardiente, Elwin respondió con valentía:

“Yo también, con gusto, confiaré mi vida a ti”.

Parecía que había algo más que decir, pero Leon acortó la distancia y selló sus labios, impidiéndole articular palabra. Si el hecho de que sus pensamientos se evaporaran con solo el beso era señal de algo, quizá no era nada importante.

Leon unió sus labios con los de él varias veces, se separó, y como si le quedara añoranza, los unió de nuevo repetidamente. A Elwin también le resultaba sumamente placentero besar a Leon, pero, al prolongarse el beso, empezó a sentir curiosidad.

“Mmm, Leon. ¿No deberías ir a tu habitación ahora…?”.

Preguntó Elwin con los ojos entreabiertos, los labios húmedos y brillantes, manteniendo a duras penas la razón. Aquella era la habitación de invitados asignada a Elwin, y era evidente que el tercer príncipe debía tener su propia habitación en algún lugar de aquel inmenso palacio.

Sin embargo, por alguna razón, el libertino tercer príncipe, ante el razonable reproche de Elwin, no mostró intención alguna de levantarse y, en cambio, lo abrazó con más fuerza. Sus manos, que no dejaban de explorar sus costados y su espalda, se sentían pegajosas. Para colmo, Leon lanzó una declaración que cayó como una bomba:

“Ah, Elwin. Me queda una cosa más por decirte”.

“……¿Y ahora qué es?”.

“En realidad, hace un momento le dije a Su Majestad la Reina que estabas embarazado de mi hijo”.

“¿Qué?”.

Elwin se sintió tan sorprendido como cuando Leon reveló su identidad en la corte. Tan grande fue el impacto que intentó levantarse de un salto para retroceder, pero, con las piernas debilitadas por el prolongado y pegajoso beso anterior, terminó tambaleándose.

“Vaya. A este paso, te vas a desmayar de nuevo”.

Leon, con total descaro, lo tomó en brazos sin esfuerzo y caminó hacia la cama.

“Le, Leon. ¿Qué significa eso…? ¿De verdad dijiste algo así? ¿En qué estabas pensando?”.

“Sí. Así que, ¿qué puedo hacer? No puedo presentar una mentira ante el juicio de la soberana”.

En un parpadeo, Elwin se vio recostado sobre la cama. Leon lo miraba desde arriba con una mirada lasciva y una sonrisa de satisfacción.

“¿Qué te parece si hacemos que esa historia se convierta en realidad a partir de ahora?”.

Elwin no entendió las palabras de inmediato, pero un segundo después las comprendió y se quedó horrorizado.

“¿Por, por qué haces esto? Estamos en el palacio real… ¿No se supone que esto no debería hacerse?”.

La observación de Elwin era, por supuesto, correcta. Incluso sin conocer a fondo la etiqueta real, el sentido común dictaba que no debían cometer tales actos antes de un compromiso formal. Sin embargo, Leon, siendo alguien nacido y criado en el corazón de la realeza, se burló de ello con un desparpajo absoluto.

“¿Que no se debe hacer esto en el palacio real? ¿Qué clase de comentario es ese? El deber más grande de un miembro de la realeza es, precisamente, tener muchos hijos para la prosperidad de la corona”.

“¡Aaah! ¡Deja de decir tonterías! Ah…”.

Elwin forcejeó para levantarse, pero Leon, con malicia, presionó su cuerpo contra el colchón. Su rostro sonriente parecía juguetón, pero la fuerza con la que lo inmovilizaba no era ninguna broma. ¿Este hombre hablaba en serio? ¿Qué pretendía hacer exactamente?

“¿No dijiste hace un momento que Su Majestad la Reina estaba enfadada?”.

“Amado Elwin, un consejo: hablar de tus padres en la cama no es una conducta muy recomendable”.

Leon desvió el comentario con su habitual labia y comenzó a tantear debajo de la ropa de Elwin. Ante la crisis de que algo terminaría ocurriendo de verdad, Elwin buscó desesperadamente una frase que pudiera detenerlo.

“¡La, la etiqueta! No es propio de la etiqueta frente a quien te ha ofrecido una habitación de invitados. ¿No es un comportamiento impropio de un caballero?”.

Ante esas palabras, la mano de Leon se detuvo en seco. Quizás porque sabía que para Elwin la caballerosidad era importante. Leon ayudó a Elwin a sentarse y, con esmero, arregló sus ropas desordenadas. Luego se retiró hacia el borde de la cama y murmuró con voz cabizbaja:

“Lo siento. No era mi intención hacer algo que no quisieras. Supongo que me dejé llevar por la emoción. Es que estoy tan feliz de que me hayas aceptado”.

Por supuesto, aquel aire de derrota parecía otra actuación, pero Elwin, sintiendo que quizás había sido demasiado frío, se acercó a Leon y se sentó a su lado.

“Yo también estoy feliz, Leon. Hoy es un día sumamente alegre, ¿no es así? Después de todo, recibí una propuesta de la persona a la que amo”.

“Oh, así que me amas”.

“¿Acaso pensabas que no?”.

“Como nunca lo habías dicho con palabras…”.

¿Era cierto? Elwin revisó sus recuerdos. Había pasado tanto caos en tan poco tiempo que quizás era verdad que no lo había dicho explícitamente. Sintiendo que eso tampoco era muy digno de un caballero, Elwin respondió sin reservas:

“Te amo, Leon. Tú también eres mi amor y mi luz. Me gusta que me beses, me gusta que me acaricies, todo de ti me gusta. ¿Cómo podría no gustarme?”.

“……¿Eso significa que puedo hacerlo ahora?”.

La rapidez con la que Leon preguntó lo hizo parecer una bestia lista para lanzarse en cuanto recibiera permiso. Solo cuando Elwin lo miró con el ceño fruncido, Leon pareció resignarse con un ‘ah, entiendo, no quieres’.

“Yo… sí. Estoy muy feliz de haber recibido tu propuesta, Leon. Pero, ¿no es natural sentir miedo si pienso que la propuesta viene de Su Alteza Real, el tercer príncipe Leonhart Albert William?”.

“Pero es la misma historia. Ese soy yo”.

“Sí. Resulta que sí. Si me lo hubieras dicho antes, habría tenido tiempo para acostumbrarme”.

Ante el comentario punzante de Elwin, Leon cerró la boca. Suspiró profundamente y, cuando estaba a punto de entrelazar sus dedos con los de Elwin, este se sobresaltó al sentir la textura del extraño anillo en la punta de sus dedos. No podía creer que un objeto tan solemne y real estuviera en su mano.

“Mira esto. Me parece que si sigo usando algo tan valioso y hago cosas indecentes en una habitación tan elegante, en cualquier momento caerá un rayo sobre nosotros”.

“Elwin, ¿podrías repetir la palabra ‘indecentes’? No pude ver bien la forma que adoptan tus labios cuando dices esa palabra”.

Leon soltó un comentario lascivo sin el menor reparo en ocultar sus intenciones. Dios mío. ¿Cómo era posible que el tercer príncipe de esta nación fuera un pervertido sin remedio?

“Ejem, ejem. Era una broma. De todas formas, no tienes nada que temer. Prepararé todo para que no tengas que preocuparte por absolutamente nada”.

A pesar de los intentos de persuasión de Leon, Elwin no lograba estar tranquilo. El miedo de Elwin no nacía de una vaga aprensión hacia la dignidad real, sino de una deducción lógica: no sería bien recibido. Aunque Elwin era hijo de una familia noble, no provenía de una estirpe tan ilustre como para tener conexiones directas en el palacio. Era, además, un pueblerino que nunca había frecuentado la alta sociedad y, para colmo, era un omega.

El hecho de que Leon tuviera que mencionar personajes de cuentos de hadas para ejemplificar un caso de omega con título demostraba lo raro que era que un miembro de la realeza tomara a un omega como consorte. Que un príncipe de incógnito eligiera a alguien tan poca cosa y lo llevara al palacio sin avisar seguramente no sería del agrado de la Reina. Además…

“Para decir que no debo preocuparme… ¿de verdad le dijiste a la Reina que estaba embarazado?”.

Ante la mirada de reproche de Elwin, Leon sonrió con picardía, intentó evadir el tema, pero terminó confesando:

“Sí. Lo hice”.

“¡Leon! ¿Qué tan frívolo debí parecer ante los ojos de Su Majestad?”.

“No te preocupes. Mi madre es tan aguda que se dio cuenta de inmediato de que no era cierto”.

No sabía si eso era una buena o una mala noticia. Cuando Elwin suspiró, Leon se encogió de hombros con calma.

“No le des tantas vueltas. Seguro que le caerás bien. Has investigado sobre la mejora de variedades, así que sabrás lo potentes y honestos que son los genes. Si yo me enamoré de ti a primera vista, ¿no crees que a mi madre le pasará lo mismo?”.

“……¿Te enamoraste de mí a primera vista?”.

Aunque la situación no era para eso, sus palabras llegaron directo a su corazón y le preguntó de vuelta; Leon le dio un beso ligero en los cabellos.

“Intenté fingir que no sabía lo que sentía durante mucho tiempo, pero mirándolo en retrospectiva, así fue. ¿Y tú? ¿Te llamé la atención desde el primer momento en que nos vimos?”.

‘Cuando nos conocimos, pensé que eras un gamberro libertino’. Como no podía responder eso con sinceridad, Elwin evitó la respuesta moviendo sus ojos risueños de un lado a otro. Leon, aunque conocía perfectamente los pensamientos de Elwin, rio con satisfacción. La expresión de Elwin se había suavizado al hablar de lo que había pasado entre ellos. Tras darle otro beso en el cabello, Leon preguntó con un tono ligero:

“Entonces, ¿qué te parece si hacemos esto? Dejemos para mañana las conversaciones que involucran a Leonhart Albert William. Esta noche, yo solo soy Leon. Me quedaré a tu lado simplemente como el Leon que tú amas”.

“……¿Entonces estás diciendo que al final no piensas volver a tu habitación?”.

“Si mi prometido dice que el palacio real le da miedo, ¿qué clase de persona sería si no lo protegiera? Además, hoy es un día sumamente feliz, tal como tú dijiste, y me daría pena separarme ahora”.

“Pero……”.

“No te preocupes. Como dijiste que no tienes ganas, no haré ninguna de esas cosas ‘indecentes’”.

Leon puso un énfasis extraño en la palabra ‘indecentes’, así que Elwin se ajustó los lentes con un movimiento seco y lo fulminó con la mirada. Leon, de nuevo, fingió ser una víctima con una falsedad que resultaba irritante.

“¿De verdad no puedes? ¿Te caigo tan mal que ni siquiera quieres cederme un rincón de la cama?”.

La verdad es que, después de haber compartido la misma habitación durante días tras el inicio de su celo, a Elwin le resultaba sumamente solitaria la idea de dormir solo anoche en la posada de la capital. Si se quedaba solo esta noche también, estaba seguro de que el alto techo del dormitorio del palacio y el aroma tan limpio del lugar le impedirían pegar un ojo.

Debatiéndose por un momento entre la educación y el instinto, entre la compostura y la honestidad, Elwin no tuvo más remedio que negar con la cabeza, sin rodeos.

“……Como dije antes, ¿cómo podría no quererlo?”.

Satisfecho con la respuesta, Leon sonrió de oreja a oreja.

“Bien. Entonces, como ya es tarde, ¿dormimos?”.

Cuando Elwin asintió tímidamente, Leon lo guio para que se recostara de nuevo. Elwin pensó que se trataría de dormir uno al lado del otro, tal como cuando durmieron juntos por primera vez la víspera de su celo, pero Leon deslizó su brazo bajo la cabeza de Elwin para servirle de almohada y, con la otra mano, lo atrajo hacia sí, abrazándolo hasta cubrir su cuerpo.

“Oh…”.

Cuando Elwin, desconcertado, intentó moverse un poco, Leon le dio palmaditas en el pecho sobre la manta con la palma de su mano.

“Solo dormiré abrazándote. Eso está bien, ¿no?”.

Con esa voz llena de confianza, Elwin quedó medio convencido. Por muy estricta que fuera la etiqueta real, pensó que dormir abrazados pacíficamente no debería ser un gran problema. Cuando Elwin asintió, Leon susurró con suavidad:

“Que tengas una buena noche, Elwin”.

Cerró los ojos y trató de dormir plácidamente, tal como Leon había dicho. Pero…

‘¿Eh? Esto es…’.

En el momento en que inhaló profundamente, Elwin supo que aquello no sería tan sencillo como pensaba. Con cada respiración, el aroma dulce y sutil de Leon se filtraba por todo su cuerpo. Como si eso hubiera sido una chispa, su cuerpo empezó a calentarse, aunque Leon solo le estuviera dando palmaditas ligeras sobre la manta.

Definitivamente, algo andaba mal. Al principio pensó que el calor se debía a la gruesa manta, pero eso no explicaba por qué sentía un cosquilleo en el bajo vientre. Y no era cansancio, porque su mente estaba perfectamente despejada.

Elwin intentó ignorar los síntomas y dormir, pero su conciencia se desviaba una y otra vez hacia lugares inoportunos. Hacia la mano que lo acariciaba, hacia el calor que sentía sutilmente a su espalda.

Una vez que fue consciente de la persona que dormía a su lado, no pudo sacarse el pensamiento de la cabeza. Era inevitable, al estar al lado de alguien a quien amaba.

Parecía que hacía mucho tiempo que no estaban así, con los cuerpos pegados. En realidad, solo habían pasado dos días desde que llegaron a la capital, pero tantas cosas habían sucedido que se sentía como si hubiera pasado una eternidad. Por eso, Elwin tenía muchas ganas de tocar, de sentir el contacto y de aspirar ese aroma hasta saciarse.

‘No, Elwin. No. Tú mismo te diste aires de caballero y dijiste que las cosas indecentes no estaban bien. Cálmate y duerme. Debo calmarme…’.

Cuanto más se esforzaba, más rápido latía su corazón y más agitada se volvía su respiración. Temía que Leon pudiera escucharlo. ¿Sería mejor darse la vuelta? ¿Y si su piel se rozaba?

Mientras estaba en ese dilema, la mano de Leon, que daba palmaditas sobre la manta, se detuvo de repente y se alejó. Parecía haber notado la agitación de Elwin. Quizás pensó que era imposible dormir tranquilamente y se disponía a volver a su habitación. Aunque se sintió avergonzado por haber sido descubierto, Elwin sintió pena y decepción ante la idea de que Leon se alejara así.

‘¿Se lo digo? ¿Le digo que se quede y que estaré quieto?’.

Sin embargo, como si sus dudas fueran innecesarias, Leon deslizó su mano bajo la manta y abrazó a Elwin de nuevo. Al quedar los cuerpos completamente adheridos, el aroma, ahora más intenso, envolvió a Elwin por completo. Sintió un escalofrío cuando el aliento de Leon rozó su cuello.

“Ah, ngh…”.

Mientras reprimía sus labios para evitar que saliera algún sonido extraño, la mano de Leon buscó el borde de la camisa de Elwin y se movió con cautela. Aunque pensaba que no debía hacerlo, Elwin, de forma audaz, levantó un poco su propia ropa para ayudar a Leon a esconderse bajo ella.

Los dedos de Leon no dejaron pasar la oportunidad y se deslizaron hacia el interior de la prenda. Como Elwin ya estaba excitado por sí mismo sin haber hecho nada, el simple contacto de los dedos de Leon con su piel desnuda hizo que todo diera vueltas ante sus ojos, dejándolo aturdido.

“Elwin. No puedes dormir, ¿verdad?”.

La voz baja y lasciva le hizo cosquillas en el oído, y acto seguido, el lóbulo de Elwin fue succionado por los labios de Leon. Al sentir la lengua rozar su oreja, Elwin soltó un quejido involuntario.

“¡Aah, mm…!”.

“Así lo pensaba. Tendré que ayudarte”.

A pesar de la insistencia de Leon, Elwin no podía moverse. No podía decirle ‘eso no fue una respuesta, solo fue un gemido’. Además, Leon comenzó a tocarlo de forma más atrevida, sin darle oportunidad de responder.

Sus dedos, que habían estado recorriendo su vientre plano, se dirigieron hacia los puntos que se habían vuelto rígidos. Rozando aquel lugar endurecido, Leon frotó sus labios contra la oreja de Elwin.

Un sonido húmedo resonó en su mente, y un placer eléctrico se extendió desde sus pezones pinchados. Mientras se derretía en un mar de placer, el obstinado Elwin no pudo evitar una duda.

‘¿Pero está bien hacer esto?’.

En el momento en que los dedos de Leon, tras atormentar sus pechos, descendieron astutamente hacia el cordón de sus pantalones, la duda de Elwin se convirtió en certeza.

‘¡Efectivamente, esto no está bien!’.

Elwin agarró el dorso de la mano de Leon y susurró:

“Leon, dijiste que no lo haríamos”.

“Ah, ¿el problema es esto?”.

Leon tomó la mano de Elwin y le quitó el anillo del sello real que le había puesto hace poco. Aunque su sentimiento de culpa disminuyó un poco, eso no cambiaba el hecho de que seguían en el palacio real, así que Elwin se movió contorsionándose para intentar alejarse de Leon.

Sin embargo, sus esfuerzos fueron en vano; fue atrapado de inmediato. Leon lo abrazó y lo atrajo hacia sí como si le pusiera grilletes, susurrando algo confuso:

“No lo haré de verdad. No hasta el final”.

El inocente Elwin no pudo entender esas palabras. Si no lo haría de verdad, ¿significaba que lo haría de mentira? ¿Y qué significaba eso de ‘no hasta el final’?

Mientras Elwin estaba confundido, Leon desató el cordón de sus pantalones y los bajó de un tirón. Ya era bastante vergonzoso saber que estaba desvestido de la cintura para abajo en pleno palacio real, pero, como si eso no fuera suficiente, Leon pegó su cuerpo contra las nalgas de Elwin.

No necesitaba mirar para saber qué era aquello que se sentía tan claramente. Leon frotó su pene, que ya estaba rígido, contra Elwin. A pesar de tragar saliva ante aquel contacto caliente y firme, Elwin dudó.

“Le, Leon…”.

“Sí, Elwin. Una vez que te sientas aliviado, podrás dormir bien”.

No es que estuviera tan desesperado por dormir. Sin darle oportunidad de responder, Leon extendió una mano por delante de su cuerpo y envolvió el sexo de Elwin.

“No, no, aaah…”.

Lo que era aún más vergonzoso era que el pene de Elwin también estaba erguido. De hecho, había estado así desde el momento en que se acostaron juntos. Sintiendo que ya no tenía ninguna excusa para detener a Leon, Elwin cerró los ojos con fuerza.

Cuando hasta su resistencia sin sentido se desvaneció, Leon comenzó a acariciar a Elwin con una intensidad pegajosa. Al rodear el pene con su gran palma y subir y bajar repetidamente, los quejidos escaparon de los labios de Elwin por sí solos.

“ugh, ugh, Leon, esto, si haces esto, esto es de verdad…”.

“No. Ni siquiera estoy haciendo esto de verdad”.

¿Será cierto? Elwin ya estaba convencido por las palabras de Leon, que solo buscaba engatusarlo. De hecho, se sentía tan bien que le resultaba difícil pensar con claridad.

“¿Te gusta aquí?”.

“¡Ugh!”.

En el instante en que la palma de Leon frotó ampliamente la cabeza del pen, una descarga eléctrica lo recorrió. El pensamiento de que esto no debía suceder se dispersó; el cuerpo de Elwin reaccionó de forma excesivamente honesta y rápida. Su respiración se aceleró, el pene se puso más rígido y su aroma maduró, volviéndose denso.

En lo profundo de su interior ocurría lo mismo. Con la sensación de que su bajo vientre se contraía, se humedeció. Cada vez que Leon frotaba su cuerpo contra él, esa zona se estremecía, como si esperara algo.

“Haaa. Elwin”.

Tras escuchar un aliento salvaje a sus espaldas, Leon agarró con fuerza los glúteos de Elwin. La entrada, que ya se agitaba, se abrió ligeramente y expulsó una humedad viscosa.

Tras escuchar su nombre susurrado con voz grave, Leon inclinó su pene hacia abajo y lo empujó entre el pliegue de las nalgas de Elwin. La carne caliente y dura se deslizó sobre el perineo, pegajoso por el fluido. Mientras Elwin se quedaba rígido por la sensación desconocida, Leon retiró la cintura y volvió a embestir contra el mismo lugar. Con un sonido de piel húmeda chocando, Leon se abrió paso entre sus muslos. El movimiento, que parecía una penetración, se repitió con insistencia.

“ugh, esto, es extraño, ugh”.

“¿Verdad?”.

Esta vez lo había dicho en el sentido de que era realmente extraño, pero Leon pareció tomarlo como una muestra de placer. Aunque le irritaba que Leon ignorara su corrección y siguiera moviendo la cintura, no vio necesario corregirlo.

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Ese extraño acto, que ni siquiera sabía cómo llamar, era sin duda placentero. El roce en el interior de los glúteos y el perineo, mezclado con la presión y el peso, creaba un placer desconocido. Cada vez que el pene firme golpeaba la base de su escroto y la raíz, su cuerpo se estremecía involuntariamente.

“Ugh, ah, Ugh, ugh”.

Como los gemidos estaban a punto de estallar desde su interior, Elwin se los tragó y reguló su respiración. Al ver los labios apretados de Elwin, Leon fue aún más malicioso.

Mientras empujaba su pene con más fuerza entre los muslos, impregnó todo el cuerpo de Elwin con su aroma. Al mismo tiempo, como si el pene de Elwin fuera su juguete, lo sacudía ligeramente con la mano, estimulando solo las partes más sensibles. Cuando rozó el tendón de la base y luego usó la punta de sus dedos para arañar el orificio uretral, chispas saltaron ante sus ojos.

“¡Ugh, ugh…!”.

Al final, Elwin no pudo evitar lanzar un gemido cargado de aliento. Se sentía avergonzado por aquel sonido lascivo y pegajoso.

“ugh, Leon, eso, para. Ah, el sonido, alguien…”.

“Es cierto, Elwin. Es un sonido agradable. Ugh…”.

Aunque sabía perfectamente lo que Elwin intentaba decir, Leon respondió con otra cosa. No dejó de moverse con insistencia, como si estuviera decidido a llevar a Elwin hasta su límite. A Elwin no le quedó más remedio que perder el control y jadear.

“Aa, ah, ha, ugh”.

Sin haber servido de nada su compostura sobre ‘etiqueta’ o ‘caballerosidad’, Elwin no tardó en eyacular. Un líquido blanco y pegajoso fue expulsado sobre la cama de la habitación de invitados del solemne y elegante palacio real.

Mientras Elwin se estremecía por el placer que le hacía doler el bajo vientre, Leon hundió su nariz en su cuello y aspiró las feromonas del clímax. Cuanto más respiraba aquel aroma intenso, más se endurecía el pene que frotaba los muslos de Elwin.

“ugh, Le, Leon…”.

Cada vez que rozaban su zona sensible, el cuerpo de Elwin se sacudía. Al llamarlo con voz de llanto, Leon levantó el torso, giró la cabeza de Elwin y unió sus labios con los suyos, como si quisiera devorar sus sonidos.

La sensación de sus lenguas mezclándose en medio de la confusión embriagadora era vertiginosa. Aunque era un placer abrumador, sentía que sus fuerzas se agotaban. Con el cuerpo presionado, sacudido y penetrado, además de tener la respiración cortada, no podía ser de otra forma. Justo cuando la consciencia de Elwin se desvanecía.

“ugh…”.

Exhalando un aliento bajo, Leon detuvo el movimiento tembloroso. Abrazando a Elwin sin dejar espacio alguno, él también alcanzó el clímax. El salvaje latido de su corazón resonó en la piel que tenían en contacto, y su temperatura corporal, que parecía hervir, envolvió a Elwin como si fuera a derretirlo.

“Elwin”.

Leon lo llamó con ternura mientras besaba su cuello, ligeramente húmedo por el sudor. Y luego, con un tono que denotaba una satisfacción total, dijo:

“Mira. ¿Ves que cumplí mi promesa?”.

¿Qué significaba eso después de haberlo dejado hecho un desastre? Elwin estaba estupefacto, pero no tenía fuerzas ni para replicar. Era natural, pues a pesar de haber dormido un poco en el carruaje, el cansancio acumulado era inmenso.

Mientras permanecía inerte, parpadeando con pesadez, Elwin miró a Leon con furia. Leon, sonriendo con descaro, acarició el pecho de Elwin con su mano cálida.

“No lo hice hasta el final, ¿verdad? Ahora podrás dormir profundamente”.

Ya fuera sueño o desmayo, estaba claro que no podría mantenerse despierto mucho tiempo más. Sus ojos, que intentaba mantener abiertos, finalmente se cerraron lentamente. Mientras la consciencia de Elwin se hundía en la profundidad, Leon limpió su cuerpo y se puso sus pantalones, como si intentara poner orden en la situación.

Después, mirando las sábanas y los pantalones de Elwin, Leon murmuró con voz exagerada: “Vaya”. Probablemente todo estaba hecho un desastre, húmedo y pegajoso.

‘No importa. Dormiré así. Tengo otro pijama en la maleta’. Quería decir eso, pero estaba tan dormido que ni siquiera pudo mover los labios.

Leon chasqueó la lengua, retiró las sábanas húmedas, cubrió a Elwin con otra manta y levantó una campanilla que había junto a la cama. Tintineó el sonido y, apenas unos segundos después, la puerta se abrió de golpe.

“¿Me llamó, Alteza?”.

Ante la voz respetuosa del sirviente, incluso en el límite entre el sueño y la consciencia, Elwin pensó: ‘Esto definitivamente no está bien’. ¿Había alguien a una distancia en la que podía escuchar tan bien? ¿Y encima Leon dejaba pasar a un sirviente en tal situación?

Pero la confusión de Elwin se sumergió silenciosamente en el sueño, mientras Leon entregaba al sirviente el pijama húmedo y el montón de sábanas, dando órdenes con voz firme:

“Shh. Acaba de dormirse, muévete en silencio. Lleva esto a la lavandería, trae un pijama y sábanas nuevas. Y de ahora en adelante, mantén siempre abundantes aceites y toallas extra en esta habitación”.

“Sí, entendido”.

Incluso a medio dormir, Elwin pensó: Leon acaba de decir que han hecho ‘cosas indecentes’ que no deberían ocurrir en una habitación de invitados real, y que tiene toda la intención de seguir haciéndolo siempre que pueda. Probablemente, ese sirviente hasta escuchó los gemidos de Elwin.

Según Toby, los empleados de las casas nobles tenían la boca tan ligera como una pluma. Si los sirvientes del palacio eran iguales, ¿no se encargaría aquel sirviente, al salir con el pijama y las sábanas húmedas, de difundir por todos lados el comportamiento del tercer príncipe?

‘Dios mío. Mañana sí que me echarán de aquí’.

Pensando eso, Elwin no pudo vencer al sueño. Sintiendo el toque de Leon, que lo mimaba con descaro como si no hubiera pasado nada, Elwin cayó en un sueño profundo.

* * *

“Amado Elwin, ¿has dormido bien? Hace un día estupendo, ¿no?”.

Al despertar a la mañana siguiente, Elwin se quedó atónito ante la actitud despreocupada de Leon, quien lo miraba con una sonrisa radiante. Sin saber por dónde empezar a hablar, Elwin soltó un suspiro, y Leon, aprovechando la oportunidad, acarició su mejilla con gesto pícaro.

“¿Tienes alguna preocupación desde la mañana? ¿Acaso la cama fue incómoda? Pedí que trajeran sábanas nuevas y suaves, parece que el chico que me atendió es un poco torpe recibiendo invitados”.

Ante esas palabras, el rostro de Elwin se tiñó de un rojo intenso, como si le hubieran prendido fuego. Precisamente ese era el problema. Elwin intentó hablar con la mayor determinación posible:

“Leon. Ayer… prometiste claramente que solo dormiríamos abrazados”.

“Pero fue muy placentero, ¿no es así?”.

Elwin dudó por un momento, ya que, en efecto, había sido increíblemente placentero.

“Parecías tener muchas dificultades para conciliar el sueño, así que no tuve otra opción. Si te obligué a hacer un esfuerzo, lo siento”.

Ante esa respuesta, tampoco encontró qué reprocharle. Como la noche anterior Elwin había sido quien, por el deseo, se había movido de un lado a otro y hasta había levantado el borde de su camisa pidiendo que lo tocaran, desde el punto de vista de Leon, podría haber parecido que Elwin había sido quien lo provocaba. Aun así, había otro detalle.

“Es que yo no sabía que habría alguien de guardia tan cerca. Además, hacer que trajeran esa clase de encargos en mitad de la noche… me sentí muy avergonzado al mostrar esa imagen…”.

“Ah, te refieres a la visita del sirviente. No tienes de qué preocuparte. Los sirvientes son personas leales que se convierten en nuestras manos y pies. Aquí, debes asumir que en cualquier lugar a donde vayas, ellos estarán observando”.

“Entonces… si ellos vieron u oyeron algo, ¿no se lo contarán a nadie más?”.

Leon se encogió de hombros, como si no entendiera la pregunta.

“No, por supuesto que lo cuentan. Salvo que sea un asunto grave sobre el cual me hayan pedido discreción absoluta, lo cuentan todo. ¡Hablar de los asuntos privados de la realeza es el mayor pasatiempo de los sirvientes!”.

¡Si eso era así, lo de anoche también…! Al ver el rostro de Elwin palidecer en un instante, Leon fingió preocupación.

“Vaya, vaya. No tienes buen color. Debe ser porque tienes hambre”.

Cuando Leon hizo sonar la campanilla tras decir eso, Elwin sintió ganas de huir. Si tocaba eso, vendría el sirviente de anoche o alguien que se había enterado de todo por él. Aunque se sintió aturdido, como no tenía dónde esconderse, Elwin recibió al sirviente sentado en la cama.

“¿Me llamó, Alteza?”.

“Trae agua para el aseo y el desayuno. Tenemos un invitado, así que asegúrate de atenderlo bien”.

“Prepararé todo de inmediato”.

El sirviente trajo agua caliente con pétalos de rosa y luego instaló una mesa plegable con un desayuno elegante y abundante. Elwin estaba cohibido, esperando que lo miraran con desprecio por ser alguien ‘indecente que hace esas cosas en el palacio’, pero, por alguna razón, todos lo atendieron con más esmero y cortesía que el día anterior.

‘¿Acaso no se ha corrido la voz de lo de anoche?’.

Sin embargo, a diferencia de lo que Elwin creía, los rumores de que el tercer príncipe había pasado la noche con su invitado, de que el olor en la cama y la ropa delataba lo que había sucedido, y hasta el rumor de que el príncipe era tan vigoroso que había dejado al invitado exhausto, ya se habían esparcido por todo el palacio en una sola noche.

A pesar de esos rumores escandalosos, los sirvientes tenían un motivo para no mostrarse alterados ante ellos. Como el comportamiento del tercer príncipe era tan fuera de lo común, habían llegado a esta conclusión:

‘Por muy libertino que sea el tercer príncipe, no se atrevería a cruzar tanto la línea si no fuera algo serio. Si se acuesta con él abiertamente, es porque ya es una relación pública. Quizás ya son esposos formalmente, solo que no lo han anunciado por alguna razón’.

Así fue como, a partir de esa mañana, los sirvientes pasaron a tratar a Elwin, a quien hasta la noche anterior veían solo como ‘un invitado traído por el príncipe’, como si fuera el ‘consorte oficial, aunque no declarado’.

Elwin, ignorando por completo esas intrigas y el hecho de que Leon había actuado con malicia a propósito —y en parte solo porque quería tocarlo—, comió su desayuno pensando que era un alivio que no se hubiera corrido la voz.

Pero, mientras ambos se servían té con leche, ocurrió algo inesperado. El jefe de sirvientes llamó a la puerta, entró y le susurró algo al oído a Leon. Leon puso una expresión de dificultad, y una vez que el jefe se retiró, le dijo a Elwin:

“Elwin. ¿Podrías quedarte un momento solo en la habitación después de terminar de comer? Tengo que ir a un lugar. No creo que tarde mucho”.

“Por supuesto, ve”.

Aunque respondió rápidamente, Elwin se quedó rígido por la tensión, así que Leon le pellizcó suavemente la punta de la nariz y sonrió.

“Volveré pronto, así que siéntete como en tu casa. ¿Quieres esperar leyendo algún libro? O quizás el periódico…”.

“El periódico… no me siento capaz de ver qué artículos habrán publicado. Leeré un libro”.

“Entonces le diré al jefe de sirvientes que traiga libros que te puedan gustar. Si tienes hambre o necesitas algo, toca el timbre para llamar a un sirviente y espera quieto hasta que yo vuelva. ¿Entendido?”.

Leon se comportó como un padre dejando a su hijo solo en casa, lo que hizo que Elwin pensara: ‘No soy un niño’. Pero en cuanto Leon se fue, la ansiedad lo invadió.

Un torbellino de preguntas confusas llenó su cabeza. ¿Se habrán enterado en su casa? ¿Estarán todos sorprendidos? ¿Debería contactarlos o esperar a que se decida algo? ¿Qué será de mí a partir de ahora?

Caminó dando vueltas alrededor de la mesa, pero se dio cuenta de que, por mucho que pensara, no resolvería nada. Las olas que rodeaban a Elwin eran tan grandes y rápidas que ya estaban fuera de su control.

‘Cálmate. Haré lo que dijo Leon y esperaré leyendo’.

En el momento en que se convenció, alguien llamó a la puerta. Al reconocer el rostro del jefe de sirvientes, Elwin lo recibió con alegría pensando: ‘¡Han traído los libros!’. Pero el jefe de sirvientes le comunicó algo totalmente inesperado:

“Sir Elwin. Su Majestad la Reina solicita su presencia”.

< Continuará en el volumen 4 >