Capítulo 8: El nombre oculto
Capítulo 8: El nombre oculto
Aunque
fue una conjetura pasajera, parecía bastante plausible. Si se trataba de una
gran organización de contrabando, tendrían dinero suficiente como para tener
una mansión enorme o caminar cubiertos de joyas, y en los suburbios del norte
había terrenos lo bastante amplios como para construir un laberinto.
Leon
era la persona que mejor mentía de todas las que Elwin conocía; además, se
había quedado dubitativo hacía un momento cuando mencionó la 'comisaría del
norte'. ¿Sería posible que Leon fuera realmente hijo de un criminal?
‘No,
pero, ¿por qué es tan fluido en latín? Y además……’.
Por
más que pensaba, no encontraba ninguna razón por la que el hijo de una
organización de contrabando aprendiera latín. Y por mucho que Leon fuera un
experto en bromas y mentiras pesadas, en él se percibía un aire de nobleza que
estaba muy alejado de la bajeza o la maldad.
‘Claro
que al principio pensé que era solo un gamberro libertino, pero si lo observas
bien…… Mmm. Aunque en el dormitorio, su comportamiento distaba mucho de ser
noble’.
Elwin,
que había traído a su mente al Leon del periodo de celo, se dio unas palmaditas
en ambas mejillas con la palma de la mano para calmar su espíritu agitado.
Por
más que lo pensara con su mente brillante, no encontraba una respuesta. Leon parecía
ser una persona como un laberinto: aunque lo tuviera justo delante, no lograba
ver el camino.
Sin
embargo, solo una cosa era segura: ni cuando se cuestionó si Leon venía de una
familia de criminales, ni cuando pensaba en su nobleza —o falta de ella—, Elwin
sintió decepción o rechazo.
‘Todo
está bien. Mi sentimiento hacia él es más importante que saber cuál es su
identidad’.
El
corazón de Elwin parecía haber echado raíces más profundas de lo que él mismo
se había dado cuenta. Una vez que se convenció de ello, otro problema
importante vino a su mente.
No
le importaba el origen de Leon ni a qué se hubiera dedicado hasta ahora. Pero,
si era cierto que estaba involucrado con una organización criminal, al menos
quería que se apartara de ese camino de ahora en adelante. En esto, Elwin no
podía ceder; quería vivir bajo el cielo sin tener nada de qué avergonzarse.
‘Debo
hablar de eso, aunque sea indirectamente. Pero dicen que quienes se han
acostumbrado a una vida de dinero sucio tienen mucha más dificultad para vivir
de medios honestos. Y más aún si ha vivido con tantas riquezas……’.
Elwin
desempacó su maleta mientras se perdía en sus pensamientos. Una vez que
terminó, y con la intención de decir lo que tenía que decir sin importar la
respuesta que recibiera, salió al pasillo y llamó a la puerta de la habitación
contigua. El rostro de Leon, que apareció tras abrir, era tan pulcro y hermoso
que Elwin se tensó de inmediato.
“Leon,
hablo por pura preocupación”.
Elwin,
sin darse cuenta, se irguió y declaró con seriedad:
“Aunque
no lo parezca, puedo mantener a Leon perfectamente”.
En
realidad, dudaba que eso fuera cierto. Afortunadamente, había asegurado las
acciones de los negocios de minas extranjeras de su padre a su nombre, pero
quedaba por ver si el negocio prosperaría.
Hacer
afirmaciones sobre algo tan incierto no era nada propio de Elwin. Leon quizás
sí, pero Elwin estaba aún más lejos de ser una persona presumida. Su antigua
convicción de que los hechos tal como eran tenían importancia y que inflarlos
no servía de nada, quedó olvidada en ese instante.
Después
de todo, Elwin estaba obsesionado con la idea de que, como caballero, debía
hacerse responsable de este hombre apuesto. Aunque terminara viéndose ridículo
como un pavo real inflando sus plumas, no tenía más opción que transmitirle sus
sentimientos.
“No
sé de dónde viene ni qué vida ha llevado hasta ahora, pero para mí no importa.
Lo más importante es lo que vendrá. De ahora en adelante, confíe en mí y
caminemos juntos solo por el camino correcto. Porque yo……”.
‘Vaya’.
Fue un error decir ‘porque’. La única frase que se le ocurrió para completar la
oración fue ‘porque estoy enamorado de usted’. ¿No sonaría demasiado a una
propuesta de matrimonio si decía algo así?
No,
espera. ¿Acaso lo que había dicho hasta ahora ya no sonaba como una propuesta?
¿Era el pasillo de una posada vieja un lugar adecuado para proponer matrimonio?
¿Había sido su actitud suficientemente cortés y elegante?
“Pu,
hgh……”.
Justo
cuando la mente de Elwin se enredaba por completo, Leon estalló en carcajadas.
Fue una reacción desconcertante para un Elwin que estaba totalmente serio. ¿Por
qué se reía? ¿Era un rechazo?
“Ah,
ja. Lo siento. Pff. No pude, aguantarme, pffjaja”.
El
rostro de Elwin se puso rojo como una granada madura. Leon, sintiendo lástima
por él, acarició sus hombros con la mano mientras seguía soltando risas que no
podía contener. Solo después de un buen rato logró detenerse y dijo:
“Ah,
Elwin. Lo que acaba de decir es lo más adorable que he escuchado en toda mi
vida. Ojalá hubiera podido guardarlo en un fonógrafo”.
Para
Elwin, habían sido palabras pronunciadas con toda solemnidad, ¿acaso sonaron
como una broma? Ante la mirada afilada de Elwin, Leon aclaró su garganta para
disipar rápidamente su excitación y añadió, fingiendo seriedad:
“Y
fueron palabras muy conmovedoras. Es un alivio saber que he encontrado un lugar
donde confiar el resto de mi vida”.
Parecía
que Leon seguía burlándose de él. Elwin lo miraba fijamente con un gesto de
enfado mientras Leon sonreía de forma pícara, pero justo cuando el contacto
visual entre ambos empezaba a volverse cálido, se escucharon pasos pesados
subiendo las escaleras hacia el segundo piso. Ambos se sobresaltaron y retrocedieron
de inmediato. Leon jugueteó con la puerta que acababa de abrir y Elwin se puso
a hojear el periódico que tenía en la mano sin motivo alguno, mientras el
posadero, que había subido al pasillo, gritó con entusiasmo:
“¡Joven
señor! ¡Tengo buenas noticias! ¡Ese hombre despreciable que robó el sello de la
familia del conde ha sido arrestado!”.
Ante
la noticia sorprendente, Elwin y Leon se miraron con los ojos muy abiertos.
¿Habían capturado a Dwight?
“¿De-de
verdad? ¿Dónde escuchó esa noticia?”.
“¡La
persona que vive enfrente dice que lo escuchó al ir a entregar periódicos a la
comisaría del norte! Dicen que lo encontraron gracias al aviso de un ciudadano
que vio el artículo. Parece que el hombre no pudo cambiar sus mañas y fue
arrestado mientras jugaba al écarte en un club de cartas”.
Elwin
no esperaba que las cosas se resolvieran sin que él tuviera que mover un dedo,
cuando pensaba que tomaría mucho tiempo atrapar a Dwight. Tras unos momentos de
aturdimiento, Elwin recobró la compostura.
“Gracias
por avisarme. ¿Dijo que en la comisaría del norte? Debo ir allí de inmediato”.
“¿Quiere
que llame a un carruaje?”.
“Eso
sería de gran ayuda”.
Poco
después, un carruaje llegó frente a la posada y Elwin subió junto con Leon.
Elwin estaba emocionado por haber encontrado a Dwight, pero Leon parecía
mostrarse algo dubitativo. Preocupado por si a Leon le resultaba incómodo ir a
la comisaría, Elwin preguntó con cautela:
“No
es necesario que me acompañe…… ¿Entraré yo solo a la comisaría?”.
Ante
esa pregunta, Leon se puso serio y respondió de inmediato:
“¿Me
está preguntando si dejaría que usted se enfrente solo a ese hombre? Mientras
yo siga respirando, eso es imposible”.
Dicho
esto, Leon rebuscó en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó algo parecido
a un pequeño trozo de tela negra. Elwin, que observaba la escena intrigado, no
pudo evitar poner una expresión de desconcierto.
“……¿Qué
es ese disfraz?”.
Leon,
sin previo aviso, se puso el parche en un ojo y se caló el sombrero aún más
abajo. Luego, ante la pregunta de Elwin, respondió con una sonrisa:
“No
es un disfraz. Me lo pongo porque me duele el ojo. Últimamente he estado viendo
a una belleza deslumbrante demasiado cerca y me he cansado”.
‘Si
tan solo pudiera callarse’. Aunque le parecía absurdo, el Leon que decía eso,
con aquel parche negro, parecía emanar un encanto más salvaje de lo habitual.
Cuando Elwin se ajustó las gafas para examinarlo mejor, le dolieron los ojos de
tanto mirar.
Mientras
tanto, el carruaje llegó a la comisaría del norte. Sus muros de color gris
pálido transmitían un ambiente intimidante, pero Elwin abrió la puerta y entró
sin dudar. Entre las miradas de curiosidad del personal de la comisaría, que al
parecer ya habían leído el famoso artículo, Elwin se acercó a la persona que estaba
en el mostrador.
“Me
llamo Elwin Somerset Heatherton, hijo mayor del anterior conde de Ravenwell. He
venido al enterarme de que Dwight Percival Hollingsworth, de la familia del
barón de Graymont, ha sido detenido aquí hoy”.
“Así
es. Acaba de terminar su interrogatorio inicial y ha sido trasladado a la celda
de detención subterránea”.
La
noticia dada por el posadero era cierta. El corazón de Elwin latía con fuerza
ante la idea de que pronto podría recuperar el sello y los documentos del
condado.
“¿Sería
posible visitarlo? He venido en representación del condado de Ravenwell. Como
sabrán tras el interrogatorio, el incidente que él ha provocado guarda una
estrecha relación con nuestra familia”.
Ante
la petición de Elwin, el empleado del mostrador pareció consultar brevemente
con otros hombres que parecían ser oficiales de policía. Tras una espera
cargada de ansiedad, uno de los oficiales se acercó a Elwin.
“Generalmente
no es algo permitido, pero dado que el asunto es de suma importancia, haremos
una excepción. Sígame”.
Elwin
dio un paso adelante lleno de esperanza, y cuando Leon lo siguió, el oficial se
detuvo sorprendido, extrañado por la apariencia sospechosa de este, y preguntó:
“¿Quién
es usted?”.
“Él
es……”.
“Soy
el guardaespaldas del joven señor Elwin. Como ese tal Dwight es un criminal
bastante peligroso, lo acompañaré”.
Mientras
Elwin dudaba sobre cómo presentar a Leon, este respondió con una voz aún más
grave y áspera de lo habitual. El oficial recorrió a Leon con la mirada,
todavía escéptico, pero finalmente los condujo hacia las celdas.
Al
descender por un largo y estrecho tramo de escaleras de piedra, llegaron a un
pasillo subterráneo oscuro. Un aire húmedo flotaba bajo la luz amarillenta e
inestable de las lámparas de gas. Al final del pasillo, se podían ver rejas de
hierro cubiertas de un óxido irregular.
“Es
la celda del fondo. Pueden hablar”.
El
oficial dijo eso y se detuvo. Elwin contuvo el aliento y se adentró en lo más
profundo del pasillo. En el momento en que reconoció el rostro tras los
barrotes, Elwin apretó los puños.
Allí
estaba Dwight, en efecto. Aunque su rostro lucía más demacrado y hundido que
cuando vivía tranquilamente en casa de Elwin, el hecho de que estuviera bien
vestido y con el cabello rubio platinado perfectamente peinado hizo que la ira
estallara en su interior.
En
el camino a la capital, Elwin había imaginado varias veces el encuentro con
Dwight. Siendo un hombre realista, ni siquiera en su imaginación había llegado
a extremos de venganza, y Dwight tampoco se había disculpado sinceramente en
sus pensamientos.
Sin
embargo, Elwin había esperado que él evitara su mirada o se enfureciera.
Algunas personas expresan su culpa de esa manera. Pero…
“¡E-Elwin!”.
Dwight
resultó ser un personaje que superaba por mucho las expectativas de Elwin. Ni
en sueños imaginó que Dwight se alegraría al verlo.
Dwight
se aferró a los barrotes con ambas manos, como si Elwin fuera su salvador, y
comenzó a hablar con vehemencia:
“¿Acaso
no le parece una injusticia a usted también, Elwin? ¿Dónde se ha visto que
traten así a un joven de una familia noble? Entiendo que he cometido errores,
pero ¿no le parece excesivo este trato?”.
Las
condiciones de la celda de Dwight eran bastante precarias. Agua húmeda escurría
por las paredes y la paja que cubría el suelo parecía estar a medio pudrir,
despidiendo un olor nauseabundo. A juzgar por los montones de paja que se
movían por todas partes, parecía que ratas e insectos entraban y salían
libremente.
Pero,
¿era ese el tipo de comentario que Dwight podía hacerle a Elwin en este
momento? Mientras Elwin, anonadado, no encontraba palabras para responder,
Dwight continuó con desesperación:
“Por
el bien de los viejos tiempos, por favor, diga una palabra a estos hombres en
mi nombre. Dígales que, aunque deba pagar por mis errores, al menos me dejen
alojarme en un lugar que cumpla con los estándares mínimos”.
“……¿Me
está hablando usted de sentido común, Dwight?”.
Ante
la respuesta gélida de Elwin, Dwight retrocedió un paso, pero insistió con
tenacidad:
“O,
si no…… ¡Ah! O si no, por favor, envíe un mensaje a mi casa. A mi hermano, mm,
a mi padre…… No, no. ¿Podría pedir a los criados de Graymont que me envíen algo
de dinero? Estos viles sujetos de la comisaría no me dejan ni enviar un
telegrama”.
Elwin
sintió que, a diferencia de sus fantasías, ahora sí podría darle una buena
paliza a este hombre. Sin embargo, como no podía armar tal escándalo en una
comisaría, fue al grano.
“Bien.
Primero, debería darme lo que me corresponde”.
“¿Lo
que…… debería darle?”.
“El
sello de mi casa y las escrituras del condado”.
Ante
las palabras de Elwin, Dwight se rascó la mejilla con una expresión de
turbación por primera vez.
“Bueno,
ya que menciona esto, debo decir que solo me los llevé por un arrebato. ¿Qué
iba a poder hacer yo con eso? Los criados de la familia del conde me trataban
de forma tan injusta que perdí la cabeza por un momento……”.
“Guarde
esas excusas para los oficiales. Yo solo quiero recuperarlos”.
“Eso……
me encantaría hacer lo mismo, de verdad”.
Dwight,
aún más avergonzado, le dio una respuesta estremecedora:
“No
los tengo conmigo en este momento”.
“¿Perdón……?”.
Sintiendo
como si el cielo se desplomara sobre él, Elwin presionó a Dwight, pálido como
el papel.
“¿Cómo
que no los tiene? ¿Ya los ha vendido? ¿O, por casualidad, los ha perdido……?”.
“¡Cómo
voy a perderlos! Son objetos importantes, así que tuve cuidado. Incluso cuando
estuve a punto de ser expulsado del club de cartas por no tener nada que dejar
como aval, entregué mis joyas personales, pero mantuve esos documentos a buen
recaudo”.
La
actitud de Dwight, como si estuviera esperando agradecimiento, hizo que Elwin
apretara los puños de nuevo, pero intentó mantener la calma y volvió a
preguntar:
“Entonces,
¿dónde están ahora?”.
“Esos
viles sujetos se los llevaron. Dijeron que serían usados como pruebas. Esos
tipos, ya me tratan como si fuera un criminal desde ahora……”.
“¡Claro
que lo tratan como a un criminal, porque es lo que es! ¿Qué esperaba, un trato
de cortesía?”.
Elwin,
incapaz de contenerse, terminó alzando la voz. Le palpitaba la cabeza y sentía
la vista nublada. Si la policía había confiscado los objetos, recuperarlos no
iba a ser nada sencillo.
Al
pensar que no tenía nada más que hablar con ese hombre al no tener el sello y
las escrituras, Elwin se dio la vuelta para irse sin despedirse. Dwight, que se
había achicado ante el reclamo de Elwin, extendió la mano entre los barrotes
por la sorpresa.
“¡Elwin!
¿A dónde va?”.
En
ese instante, Leon, que había permanecido callado observando la situación, tomó
la muñeca de Dwight y la aplastó contra los barrotes.
“Oye.
¿A dónde crees que vas?”.
“¡Aaah!
¿Cómo se atreve este maldito a…… Eh? Tú eres……”.
Dwight,
con la muñeca torcida y aplastada, estaba a punto de soltar una serie de
insultos cuando reconoció a Leon; entonces, su expresión cambió a una de
alegría. Probablemente pensó en pedirle a Leon que lo ayudara a salir de allí,
pero cuando Leon levantó ligeramente el ala de su sombrero y lo fulminó con la
mirada, Dwight se quedó sin palabras.
La
mirada de Leon era indescriptiblemente escalofriante. Era como si le estuviera
diciendo que si se atrevía a abrir la boca de nuevo, le aplastaría la muñeca. O
mejor dicho, como si ya hubiera querido aplastársela y solo se estuviera
conteniendo.
“Ugh,
E-Elwin. ¿No lo prometió hace un momento? Tiene que cumplir su palabra”.
Dwight,
aterrorizado, volvió a dirigir su mirada hacia Elwin con insistencia. Elwin
preguntó con tono de hartazgo:
“¿Qué
promesa, exactamente?”.
“¡Cuando
le pedí que enviara un mensaje a mi casa, respondió que lo haría!”.
“Yo
nunca dije tal cosa”.
Incluso
Elwin, que siempre le había parecido a Dwight alguien blando y despistado,
lucía ahora una expresión de una frialdad y firmeza indescriptibles.
“Pe-pero
hace un momento usted dijo que sí……”.
“Solo
dije ‘sí’ como una forma de seguirle la corriente. Y aun si le hubiera
prometido ayudarle en una situación como esta…”.
La
frase que seguía era la misma que Elwin había pensado repetidamente mientras se
recriminaba a sí mismo los últimos días, por lo que su voz sonó aún más gélida.
“El
culpable sería el que fue lo suficientemente estúpido como para ser engañado”.
Tras
decir esto, Elwin se dio la vuelta y se dirigió hacia el oficial de policía que
esperaba a cierta distancia. Dwight, que se había quedado atónito por un
momento, comenzó a golpear el suelo con los pies y a desgañitarse:
“¡¿Qué,
qué has dicho?! ¡Vuelve aquí! ¡Aaah! ¡Tanto tú como todos estos, no hay ni uno
solo que sea decente! ¡Abran esta celda! ¡Dije que la abran ahora mismo!
¡Aaaah!”.
Sin
embargo, por mucho que pataleara, seguía siendo un prisionero tras las rejas, y
sus patadas llenas de rencor solo lograban levantar nubes de paja sucia.
Elwin
siguió caminando rápidamente sin siquiera dirigirle una mirada. En su mente,
solo estaba el pensamiento de cómo recuperar el sello y las escrituras. Cuando
llegaron al primer piso, Elwin se dirigió con cautela al oficial que los había
guiado.
“Disculpe,
siento ser insistente, pero ¿se encuentra el jefe de policía? Si es posible, me
gustaría hablar con él personalmente”.
En
el momento en que se mencionó al ‘jefe de policía’, Leon dio un respingo
visible.
“El
jefe de policía no está en este momento; ha ido a la sede central para
presentar su informe periódico. ¿Qué asunto desea tratar?”.
Leon
parecía aliviado ante la respuesta del oficial, mientras que una sombra de
preocupación se reflejaba en el rostro de Elwin. Como el responsable no estaba,
las posibilidades de que su petición fuera aceptada eran aún más inciertas,
pero no tenía otra opción que intentarlo.
“He
oído que han confiscado el sello y las escrituras del condado que fueron
robados. Como esos objetos son propiedad de mi familia, me gustaría solicitar
su devolución”.
Como
era de esperar, pareció una petición descabellada. El oficial dudó con
expresión de apuro.
“Uff.
Verá… eso no es algo que podamos decidir por nuestra cuenta”.
“……¿Es
muy difícil?”.
“Al
haber sido confiscados como evidencia, podría haber problemas si los entregamos
sin una orden judicial”.
Habiendo
llegado hasta allí, ¿cómo podía pasarle algo así? Sintió cómo las lágrimas le
inundaban los ojos, pero Elwin reprimió sus emociones e intentó pensar en otras
soluciones.
“Si
se requiere una orden judicial, ¿existe alguna manera de que yo solicite
personalmente la devolución al tribunal?”.
Tal
vez por lástima, el oficial consultó con sus compañeros y, tras una
deliberación, le dio una respuesta como medida desesperada.
“No
hay un procedimiento establecido, pero próximamente se llevará a cabo una
audiencia preliminar para decidir si el detenido debe seguir bajo custodia.
Como es una audiencia pública, el joven señor podrá participar”.
Los
ojos de Elwin se iluminaron ante la noticia. Al saber que podría enfrentarse al
juez, decidió que, de una forma u otra, aprovecharía esa oportunidad para pedir
la devolución de sus pertenencias.
“Gracias.
Buscaré otros medios si es necesario”.
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“Y,
si no tiene mucha prisa, ¿podría contarnos la situación del día del incidente?
Hemos recibido el reporte de la comisaría de Ravenwell, pero sería mejor si la
propia víctima lo declara”.
“Ah,
por supuesto. Contaré todo lo que sé”.
Elwin
se trasladó a la sala de interrogatorios y durante un buen rato narró los
hechos del día del robo y la agresión. Dado que la situación que describía era
bastante tensa, el oficial a cargo escuchaba con gran atención.
“Perseguí
a Dwight a caballo hasta la estación de Ravenwell, pero perdí el tren a la
capital. A la mañana siguiente tomé el tren de conexión, pero, ah… surgieron…
inconvenientes, y debido al retraso, he llegado a la capital recién hoy”.
Elwin
relató todo lo que recordaba sin omitir detalles, pero no pudo decir la verdad
sobre por qué se habían quedado varios días en la ciudad de conexión. Ante la
actitud incómoda de Elwin, Leon, que observaba desde atrás, soltó un par de
toses disimuladas: “ejem, ejem”.
Al
terminar el interrogatorio, los oficiales agradecieron la detallada declaración
de Elwin, y este, a su vez, agradeció la cortesía recibida. Al finalizar los
trámites, el cansancio lo invadió; era lógico después de tantas peripecias en
un solo día.
“Regresemos
a la posada. Necesito descansar profundamente”.
Pensando
que al menos por hoy no habría más sobresaltos, Elwin le dedicó una sonrisa
cansada a Leon. Pero, una vez más, las expectativas de Elwin fueron frustradas.
Apenas
salieron de la comisaría, alguien los esperaba al pie de las escaleras mirando
a la pareja. Era un hombre con la mano manchada de tinta, un cuaderno y una
pluma en la mano, y una placa brillante en el abrigo.
‘¿Es
un periodista?’.
En
el momento en que Elwin se sobresaltó, el periodista también abrió los ojos
como platos, como si se hubiera sorprendido por algo, y empezó a subir los
escalones.
“Soy
del Crown Herald… no, e-espere un momento. ¡Usted es…!”.
Tras
lo vivido en la capital, Elwin dio por hecho que el periodista lo reconocía y
por eso estaba tan asombrado. La voz del periodista sonaba tan escandalizada
que otros transeúntes comenzaron a mirar fijamente a Leon y Elwin. En el
instante en que Elwin se tensó pensando que todos ellos eran reporteros.
“Elwin,
por aquí”.
Leon
lo rodeó con un brazo y lo atrajo hacia sí. Al otro lado de la escalera había
un carruaje de alquiler esperando, del cual acababan de bajar unos clientes.
Apenas subieron al carruaje vacío, los periodistas se abalanzaron sobre ellos
como si intentaran detener el vehículo.
“Vayamos
a la posada de la calle 27. Apúrese, por favor”.
Cuando
el carruaje arrancó ante la orden de Leon, los periodistas, que habían cargado
como bestias salvajes viendo una presa, se detuvieron uno tras otro,
aparentemente resignados. Aun así, no dejaban de estirar el cuello y mirar
hacia el interior del carruaje, intentando confirmar quiénes iban dentro. Un
aturdido Elwin se secó el sudor del pecho.
“Esas
personas, ¿eran todas periodistas? ¿Cómo supieron que estábamos aquí?”.
“Bueno,
dicen que la triste historia del joven señor Elwin es el tema de conversación
de toda la ciudad”.
A
Elwin le palpitaban las sienes. No solo le preocupaban los periodistas, sino
que la situación era desconcertante en muchos sentidos. Había creído que al
encontrar a Dwight todo se resolvería, pero aunque lo habían capturado, el
futuro seguía pareciendo sombrío. Un suspiro escapó de sus labios.
“¿Qué
pasará en la audiencia preliminar? ¿Y si no logro recuperar las escrituras
nunca…?”.
Murmurando
con melancolía, Elwin se detuvo al notar la presencia de Leon. Al verlo
esforzarse por ocultar su rostro en la comisaría, sus sospechas sobre su origen
dudoso se habían reafirmado.
Si
mostraba su preocupación, Leon también se sentiría ansioso. Tal vez, temiendo
demasiado, intentaría resolver la situación usando fuerzas oscuras. Decidido a
que eso no ocurriera, Elwin se irguió y añadió con determinación:
“Pero
no se preocupe. Mi determinación de hacerme responsable de usted, Leon, sigue
firme. Yo me encargaré de todo, así que usted no debe preocuparse”.
En
realidad, la situación era mucho mejor que antes de capturar a Dwight. El sello
original del jefe de familia estaba en manos de Dale, el encargado de finanzas,
quien lo había traído de Savar, y mientras el sello estuviera bajo custodia
policial, no había riesgo de que las tierras fueran vendidas por partes.
Leon
sonrió con satisfacción ante la audaz declaración de Elwin, pero poco después
su mirada se volvió profunda, como si estuviera absorto en pensamientos
lejanos. Con una voz baja y sombría, Leon dijo algo que parecía no venir a
cuento:
“……Así
es. Usted siempre ha sido alguien que intenta abrirse camino en la vida con sus
propias fuerzas. Lo digo con total sinceridad: admiro y respeto eso”.
¿Por
qué decía algo así de repente? Mientras Elwin dudaba sobre qué responder, Leon
preguntó con un tono aún más enigmático:
“Elwin.
¿Era verdad que no le importa quién soy, o qué tipo de persona sea?”.
Ah,
la respuesta de Elwin a esa pregunta fue muy clara. Elwin se ajustó las gafas y
puso la expresión más confiable que pudo.
“Por
supuesto que sí”.
En
ese instante, entre ambos fluyó una atmósfera dulce y envolvente, cargada de
una extraña pero reconfortante intimidad. Mientras Elwin reflexionaba sobre si
aquel sería el momento perfecto para proponerle matrimonio, Leon dejó de lado
su expresión seria y, como solía hacer, esbozó una sonrisa juguetona.
“Ya
lo ha prometido, así que no hay vuelta atrás. ¿Entendido?”.
Elwin
sintió una punzada de inseguridad ante esas palabras, pero asintió con la
cabeza. Se preguntaba cuán terrible sería el grupo criminal al que pertenecía
la familia de Leon para que él actuara de esa manera. Las fantasías de Elwin se
volvieron, cada vez, más profundas.
*
* *
A
pesar de ser una noche agotadora, Elwin no pudo conciliar el sueño. No era
porque la posada le resultara extraña; el posadero, deseoso de atender bien al
‘joven conde que salía en los periódicos’, había preparado la ropa de cama con
tanto esmero que era tan mullida como la de su casa.
Sin
embargo, Elwin tenía demasiadas cosas en la cabeza. Los paisajes desconocidos y
los nuevos sucesos que había presenciado durante el día seguían pasando por su
mente, y además, sentía una profunda curiosidad por la verdadera identidad de
Leon.
‘Y
además…… tras haber compartido lecho con alguien durante días, ahora que duermo
solo, se siente un vacío extraño’.
Cuando
Elwin bajó al comedor a la mañana siguiente con el rostro demacrado por no
haber pegado ojo, se encontró con que había mucha más gente que el día
anterior.
No
solo eran los huéspedes, sino que los vecinos de los alrededores se habían
reunido para leer los periódicos. Al ver a Elwin, todos se acercaron con
expresiones de entusiasmo y le tendieron los diarios.
“¡Joven
señor! No, dígame, ¿esto tiene sentido? Que venga alguien que ha sido víctima
de un robo y, tras pedir sus bienes, no se los devuelvan”.
“Todo
el mundo sabe que ese sello y las escrituras son propiedad de la familia de
Ravenwell, ¿por qué se necesita el juicio de un tribunal? ¿No son demasiado
crueles los oficiales?”.
Parecía
que lo que Elwin vivió en la comisaría ya había salido publicado en la edición
de hoy. ‘La comisaría del norte se niega a devolver el sello de la familia Ravenwell’,
‘El joven conde omega en peligro otra vez: ¿cuál es el destino de su suerte?’.
Cada periódico encabezaba sus portadas con titulares alarmantes.
Seguramente,
los periodistas que aguardaban en la comisaría habían escrito las notas. Era un
misterio cómo se habían enterado de los detalles, considerando que Elwin se
había marchado sin decir una palabra.
“Si
la ley es así, ¿qué puedo hacer? El oficial solo cumplió con el reglamento, no
puedo culparlo”.
Aunque
no fue su intención, ante los ojos de los habitantes, la respuesta calmada de
Elwin lo hacía parecer una flor solitaria arrastrada por el viento. Conmovidos,
los ciudadanos se lanzaron a debatir con vehemencia.
“¡Pero
la ley debe ser justa! Pensándolo bien, ¿por qué un omega no puede heredar?”.
“Es
cierto. Si no fuera porque el título debe pasar a una rama secundaria habiendo
un hijo mayor sano, este tipo de cosas no habrían sucedido”.
“Así
es. Hicieron leyes injustas desde el principio y ahora quieren que nuestro
joven señor sea quien sufra las consecuencias. ¡Es indignante!”.
Era
una situación increíble. Los hombres beta de la capital, que seguramente jamás
se habían interesado por los derechos humanos de los omegas, se estaban dejando
el cuello defendiendo la postura de Elwin.
Para
alguien como Elwin, a quien se le había negado la entrada a escuelas públicas y
universidades solo por ser omega, y que estaba a punto de perder su casa y su
hogar, aquella situación era surrealista.
Por
un lado, sentía gratitud y confusión; por otro, era difícil manejar a las
personas que volvían a encender un fuego que él ya había dado por extinguido en
su interior. En el fondo de su corazón, un impulso le pedía gritar: ‘¡Tiene
razón! ¡Necesitamos una reforma!’.
‘No.
Este no es el momento de debatir eso’.
Justo
cuando Elwin lograba calmarse, la puerta del comedor se abrió y un vecino entró
corriendo con una noticia nueva.
“¡Es
hoy a las dos de la tarde! ¡A las dos se celebrará la audiencia preliminar de
ese ladrón barón!”.
Aquello
desencadenó una discusión aún más acalorada. Algunos predecían el juicio del
tribunal, otros aprovechaban para alabar o maldecir al juez de instrucción.
La
cabeza de Elwin, que ya estaba pesada, se llenó de más preocupaciones. Tendría
que estudiar qué decir en el tribunal para que le devolvieran lo confiscado.
Mientras repasaba mentalmente los conocimientos que tenía, alguien se acercó y
le dio un suave toque en el hombro.
“¿Qué
es lo que le preocupa tanto? Primero, debe desayunar”.
Era
Leon, que esta mañana también lucía su parche en el ojo. Con solo ver su
rostro, Elwin sintió que su corazón se relajaba y asintió con una sonrisa.
“Tiene
razón. Necesito comer para poder pensar. Disculpe, por aquí”.
Cuando
Elwin hizo un gesto al posadero, este se acercó a la mesa. Al ver a Leon con su
parche, el hombre inclinó la cabeza con curiosidad.
“Joven
señor, ¿me llamó? Eh… ¿este caballero también llevaba el parche ayer? Mmm”.
“Es
que si uno se expone a la luz muy de cerca, la vista se deteriora. Yo
siempre…”.
Temiendo
que Leon volviera a decir alguna tontería sobre que Elwin era una belleza
deslumbrante, Elwin le dio un codazo en las costillas. El posadero, ignorando
el gesto, examinó el rostro de Leon por un largo rato y murmuró con gesto de
extrañeza:
“Me
resulta familiar este rostro…”.
En
ese instante, Leon, sin mostrar una pizca de nerviosismo, cambió de tema con
suma habilidad y rapidez.
“Posadero.
Nuestro joven señor se siente muy débil por el hambre, ¿falta mucho para que el
desayuno esté listo?”.
Al
saber que el ilustre joven señor estaba hambriento, el posadero dejó de pensar,
se sobresaltó y corrió hacia la cocina.
“¡Espere
un momento! ¡Lo traeré en un instante!”.
El
hecho de que no fuera una exageración se confirmó cuando, en poco tiempo, una
mesa abundante fue servida ante Elwin y Leon. Había dos tipos de pan,
mermelada, huevos, té negro e incluso tocino y fruta, algo que no tenían los
otros huéspedes. Leon cortó un pan de centeno por la mitad y sonrió.
“Cualquiera
recibe un trato especial si está con un joven noble”.
“Gracias
a usted”.
Elwin
no estaba siendo cortés; ese trato se debía al artículo que Leon había
publicado. Aunque la persona que había expuesto a Elwin ante el mundo estuviera
comiendo con la mitad del rostro cubierto por un parche y un sombrero.
“¿Ha
escuchado? Dicen que la audiencia es esta tarde. Debemos ir al tribunal a
tiempo”.
“Eso
dicen. Será el día de la batalla final. Yo estaré a su lado para apoyarlo”.
“¿Estará
bien? En la comisaría se le veía bastante incómodo, no necesita esforzarse”.
Como
Leon se había mostrado tan atemorizado en la comisaría, a Elwin le preocupaba
que pudiera desmayarse en el juzgado. Ante su pregunta llena de inquietud, Leon
sonrió con brillantez.
“Ah,
sobre eso. Anoche estuve pensando mucho. Pero como usted me pidió que confiara
en usted, voy a intentar tener coraje”.
“……¿A
qué se refiere?”.
“Significa
que quien está preparado para quitarse la máscara no le teme a nada”.
Elwin
estuvo a punto de responder: ‘Lo que lleva puesto no es una máscara, es un
parche’, pero al darse cuenta de que era una metáfora, cerró la boca. Al
parecer, Leon planeaba revelar su identidad hoy. Aunque era algo que Elwin
había estado esperando.
‘……¿Pero
justo hoy? Espero que no piense causar un alboroto en el juzgado revelando
quién es. No, no puede ser’.
Aunque
tenía sus dudas, confió en que Leon no fuera alguien tan carente de sentido
común, por lo que no preguntó más. Elwin aún no sabía que Leon estaba
preparando algo que superaba todas sus expectativas.
Cuando
terminaron de desayunar y se prepararon para ir al tribunal, la calle frente a
la posada estaba llena de murmullos. Parecía haber gente reunida solo para ver
a Elwin. Entre ellos se veían varios con libretas y ojos brillantes como los de
un depredador; sin duda, eran periodistas.
“Joven
señor, el carruaje ha llegado. Pero, como hay tanta gente en este callejón, me
han dicho que están esperando en el otro lado. ¿Qué le parece si salimos por la
puerta trasera?”.
Elwin,
que había estado espiando por la cortina y ya se sentía agotado de antemano,
asintió ante la sugerencia del posadero.
“Me
parece bien. Siento que esto sea una molestia por mi culpa. Me preocupa que
pueda afectar al negocio”.
“¡Qué
va a ser una molestia! Al contrario, ¿no cree que esto es una gran publicidad?
¡Incluso hay artículos que mencionan el nombre de nuestra posada al decir que
usted se hospeda aquí!”.
El
posadero, con una sonrisa de oreja a oreja y lleno de emoción, guio a Elwin y a
Leon hacia la puerta trasera. Aunque no había tanta gente como en el callejón
delantero, había varios periodistas esperando allí, ¿cómo se habrían enterado?
Apenas Elwin puso un pie fuera, se acercaron a toda prisa para bombardearlo con
preguntas.
“¡Señor
Elwin! ¿Cómo se siente ante la audiencia preliminar?”.
“¿Es
cierto que ayer se encontró con el segundo hijo del barón? ¿De qué hablaron?”.
El
volumen de sus voces atrajo incluso a los periodistas que estaban en la puerta
principal, que corrieron hacia ellos. Para Elwin, quien se enfrentaba a una
situación así por primera vez, aquello fue un golpe de desorientación. Mientras
dudaba, sin saber cómo pedirles que se apartaran, Leon lo rodeó con un brazo y,
con la otra mano, se abrió paso hábilmente entre la multitud.
“¿Cuál
es la postura de la familia del duque de Somerset, su familia materna, respecto
a este asunto?”.
“¡Diga
algo, señor Elwin! La persona que lo acompaña hoy es… ¿Eh? Ese hombre es…”.
Cuando
Elwin llegó al carruaje de alquiler, los periodistas, que seguían
persiguiéndolo con sus preguntas, se detuvieron en seco por alguna razón. Fue
en ese momento cuando Leon, tras asegurar que Elwin subiera al carruaje, se
giró hacia los reporteros.
“Señores
periodistas. Como bien saben, el procedimiento de la audiencia preliminar de
Dwight Percival Hollingsworth tendrá lugar en un momento en el Tribunal del
Distrito Norte de la capital. Aquellos que deseen saber más, por favor, acudan
allí”.
Tras
dar el aviso, Leon se quitó el sombrero que llevaba profundamente encajado y
saludó a los periodistas con una venia militar.
“¡Eh…!”.
Los
periodistas, estupefactos, se quedaron parpadeando sin poder articular palabra.
Mientras tanto, Leon subió rápidamente al carruaje y cerró la puerta. Elwin le
lanzó una mirada preguntándole qué significaba todo aquello, pero Leon solo
sonrió de forma enigmática.
En
cuanto el carruaje partió hacia el Tribunal del Distrito Norte, los
periodistas, que habían estado aturdidos, subieron uno a uno a sus propios
vehículos para seguirlos. Elwin, al revisar por la ventana trasera, se quedó
aterrorizado.
“Mírelos.
Parece que piensan seguirnos hasta el tribunal. ¿Cómo puede estar pasando
esto?”.
“¿Por
qué se sorprende ya? Seguro habrá más periodistas esperando frente al
edificio”.
“No,
eso es imposible”.
Aunque
Elwin no podía creerlo, las palabras de Leon se confirmaron poco después. Diez
minutos más tarde, al llegar al tribunal, el lugar estaba abarrotado de
reporteros y curiosos.
Al
bajar del carruaje, un grupo de personas se abalanzó para rodearlos. Algunos
estiraban el cuello para ver mejor el rostro de Elwin, otros intentaban abrirse
paso a empujones, y otros le aplaudían y le gritaban que fuera fuerte.
Aunque
agradecía el apoyo, la situación era tal que, si se dejaba llevar, ni siquiera
podría entrar en la sala. Elwin, que ya estaba en mal estado por no haber
dormido bien, estuvo a punto de ser absorbido por la multitud. Si no hubiera
sido por Leon, quien una vez más se abrió paso magistralmente, no solo habría
llegado tarde, sino que probablemente se habría desmayado en el acto. Pero
cuando finalmente llegaron ante la verja de hierro del tribunal, el guardia de
seguridad encargado de la entrada les dio una noticia desconcertante.
“¿Cómo
dice? ¿Que las gradas del público están llenas?”.
“Es
un caso de gran interés social, así que hay muchas personas que desean asistir.
Podemos ofrecer a los nobles invitados el palco especial del segundo piso,
pero…”.
El
palco parecía demasiado lejos del estrado. No era el lugar adecuado para alguien
como Elwin, quien deseaba aprovechar la oportunidad para defenderse
personalmente ante el juez. Mientras Elwin ponía cara de apuro, Leon, que
estaba a su lado, dudó un momento antes de hablar.
“Entonces,
si es así…”.
Justo
cuando Leon llevaba ambas manos a la parte posterior de su cabeza, como si
fuera a quitarse el parche, alguien salió corriendo del edificio del tribunal y
gritó dirigiéndose a Elwin:
“¡Joven
señor Elwin! ¡El asistente que estaba sentado en la primera fila dice que le
cede su asiento! ¡Pase, por favor!”.
“¡Oh,
qué bien! ¡Después de todo, es mejor que el implicado esté sentado en el
público y no solo los curiosos!”.
“¡Joven
señor, entre rápido! ¡Es por aquí!”.
Aunque
no conocía a ninguna de aquellas personas, parecía que habían leído los artículos
con entusiasmo, pues le mostraban simpatía y cercanía. Mientras Elwin daba las
gracias y se adentraba en el edificio, Leon bajó las manos con las que iba a
quitarse el parche, sintiéndose algo incómodo, y lo siguió.
El
ambiente dentro de la sala de la audiencia preliminar era solemne y severo. Una
alfombra roja cubría el suelo de mármol, y en las paredes de piedra colgaban,
uno al lado del otro, el estandarte real y la bandera del tribunal.
El
estrado estaba lo suficientemente elevado como para intimidar a cualquiera que
estuviera sentado en el público. Incluso las personas excitadas en la grada no
se atrevían a hablar alto como fuera, limitándose a murmurar en voz baja.
Buena
parte de los ocupantes de las sillas no parecían ser simples espectadores, sino
periodistas. Estaban ocupados tomando notas frenéticamente en sus cuadernos, y
algunos incluso miraban de reojo el perfil de Elwin para hacer bocetos.
Cuando,
en medio de esa extraña tensión, dieron las dos en punto de la tarde.
“Todos
de pie. El juez hace su entrada”.
Ante
el grito del oficial del tribunal, todos se levantaron, y acto seguido, el juez
de instrucción apareció en el estrado vistiendo su solemne toga y una peluca
blanca y rizada.
Cuando
todos volvieron a sentarse, Dwight apareció a través de la entrada opuesta y se
dirigió al banquillo. La gente comenzó a insultarlo y a señalarlo con el dedo,
lo que obligó al guardia a pedir silencio.
“Se
abre la audiencia preliminar. Dwight Percival Hollingsworth, ¿es usted la
persona en cuestión?”.
El
juez de instrucción, con actitud solemne, golpeó el mazo para declarar la
apertura y llamó a Dwight. El hombre de cabello rubio platinado que estaba de
pie en el banquillo dio una respuesta completamente inesperada.
“Su
Señoría, me siento profundamente agraviado. Si me disculpa, ¿tiene usted alguna
prueba de que yo soy Dwight?”.
Ante
tal muestra de descaro, Elwin se sintió confundido por un instante. ¿Aquel
hombre no era el mismo que se había quedado en su casa durante un mes y al que
había visto ayer mismo en la celda de la comisaría? ¿Será que había invitado a
un extraño por error?
Sin
embargo, a diferencia del ingenuo Elwin, el juez, que había visto de todo tras
años procesando infinidad de casos, no cambió ni un ápice su expresión y desvió
la mirada hacia la persona que había traído a Dwight al tribunal.
La
persona junto a Dwight era el jefe de la policía del norte, un hombre de
uniforme con placas brillantes. Él, como si ya estuviera acostumbrado a
situaciones absurdas como aquella, respondió sin dudar:
“Al
detener a este individuo, confirmamos que portaba el sello de la familia.
Además, las descripciones proporcionadas por la comisaría de Ravenwell, que
investiga a los cómplices, y la de la comisaría de Graymont, lugar de origen
del detenido, coinciden con él. Por último, entre las pertenencias del detenido
al momento del arresto se encontraban el sello del conde de Ravenwell y las
escrituras del condado”.
Tras
la clara respuesta, el juez clavó una mirada gélida en Dwight.
“¿Ha
escuchado? Tiene pruebas de sobra. Detenido, esto es un tribunal, no un baile
de máscaras”.
Cuando
estallaron las risas en la grada ante esas palabras, el juez volvió a golpear
el mazo.
“¡Silencio
en la sala! Bien, jefe de policía, explique el trasfondo del caso”.
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“Sí,
Su Señoría. El detenido, Dwight Percival Hollingsworth, es el segundo hijo del
barón de Graymont. Tras la muerte del conde de Ravenwell, aprovechó la larga
ausencia del hijo mayor del barón, quien debía ser el legítimo heredero, para
conspirar y hacerse pasar por él…”.
Aunque
la explicación del jefe de policía estaba llena de términos legales, tanto
Elwin, un devorador de libros, como los espectadores, que ya conocían el caso
de memoria por los periódicos, pudieron seguir el hilo perfectamente.
Incluso
el público, como si estuvieran escuchando a un cuentacuentos, lanzaba suspiros
o chasqueaba la lengua indignado en ciertos puntos de la explicación, obligando
al juez a golpear el mazo varias veces.
Mientras
tanto, Dwight seguía con expresión de descontento, como si se sintiera
injustamente tratado. Tras la larga exposición de los hechos, llegó el momento
en que Dwight pudo defenderse.
“¿El
detenido tiene algo que decir al respecto?”.
“Sí,
Su Señoría. Como he dicho antes, soy totalmente inocente”.
“No
pretenderá ofender la autoridad de este tribunal insistiendo de nuevo en la
insensatez de que usted no es Dwight”.
Parecía
que el regaño del juez había enfriado sus ánimos, pues Dwight se encogió, pero
aun así, continuó hablando con terquedad.
“E-eso
no es. Primero, también tengo mucho que decir sobre si realmente cometí los
actos de los que me acusa el jefe de policía, pero… ejem, ejem, hablaré de eso
más tarde”.
Había
empezado con la intención de insistir en que él no había hecho tales cosas, pero
al ver a Elwin sentado en el público, cambió de tema apresuradamente. No era
por remordimiento de conciencia —algo que ni siquiera poseía—, sino más bien
porque no quería volver a pasar vergüenza frente a él.
“Estoy
recibiendo un trato injusto. ¡Oficiales de bajo rango irrumpieron de repente
ante mí, un noble, y me pusieron las esposas sin siquiera mostrar cortesía!”.
Ante
esto, se produjo un pequeño murmullo entre el público: “¿Y cómo se supone que
deben ponerte las esposas con cortesía?”.
“Y…
además, me encerraron en una celda subterránea espantosamente lúgubre y, por si
fuera poco, me dan pan seco como comida. ¿Cómo es posible que me traten así?”.
El
alboroto entre los asistentes aumentó. Algunos comentaban: “¿Le dan pan? ¿No es
un desperdicio de harina?”. Las palabras de Dwight solo revelaban su mezquino y
arrogante carácter, sin poseer la menor fuerza persuasiva. El juez de
instrucción cerró el expediente que estaba leyendo antes incluso de que Dwight
terminara de hablar.
Justo
cuando Elwin empezaba a angustiarse pensando que el procedimiento terminaría
así, alguien que parecía ser un empleado del tribunal se acercó al juez y le
susurró algo al oído. Finalmente, el juez de instrucción dirigió su mirada
hacia Elwin, en la primera fila.
“Hemos
escuchado lo suficiente de la parte del detenido. Antes de concluir, tengo
entendido que una parte interesada en los bienes confiscados está presente en
la sala. ¿Es correcto?”.
Por
fortuna, había llegado el momento de Elwin. Se puso en pie y, con actitud
cortés, hizo una reverencia hacia el estrado.
“Si
tiene algo que decir, hágalo”.
“Su
Señoría, agradezco la oportunidad de intervenir. Soy Elwin Somerset Heatherton,
del condado de Ravenwell. Como bien sabe, en relación con este caso, el sello y
las escrituras del condado de Ravenwell han sido confiscados”.
Todas
las miradas de la sala se dirigieron hacia Elwin. Aunque estaba agotado y
nervioso, se ajustó las gafas y continuó con calma.
“Dichos
objetos confiscados son bienes robados y propiedad de mi familia. Entiendo que,
en los casos de robo, el principio básico es devolver los objetos hurtados a
sus legítimos dueños. Existen precedentes, como el ‘Caso del robo del puerto de
Winslow’ o el ‘Caso de Harry Middleton’, donde la solicitud de restitución
realizada directamente por la víctima al tribunal fue aceptada”.
Ante
su discurso fluido, las puntas de las plumas de los periodistas se movieron aún
más rápido sobre sus cuadernos. El juez de instrucción, que escuchaba a Elwin
con una expresión de interés, tomó la palabra:
“Como
ha dicho, este tribunal reconoce el derecho de la víctima a solicitar la
restitución. Primero, confirmemos una cosa. ¿Está usted alegando, señor Elwin,
que es la víctima de este robo?”.
“El
sello y las escrituras pertenecen a la familia, por lo que, hablando con
precisión, creo que la familia del conde de Ravenwell es la víctima”.
“Es
correcto. Pero actualmente, el anterior conde de Ravenwell ha fallecido, y dado
que el título será heredado por alguien de la familia del barón de Graymont,
¿no sería lo apropiado devolver los objetos al heredero de dicha familia, aun
si se procediera a la devolución?”.
La
observación del juez hizo que Elwin se sintiera punzado. Sabía que ese punto
sería problemático, por lo que no había mencionado nada sobre sus propios
derechos sucesorios. Sin embargo, pensando que no podía rendirse así como así,
insistió:
“No
estoy solicitando la restitución a título personal. Hablo en nombre de la
familia, ya que los objetos confiscados pertenecen a esta y, sin ellos, no es
posible gestionar los asuntos del condado”.
“La
respuesta del tribunal es la misma que hace un momento. Como el señor Elwin no
es el heredero, es difícil considerarlo un representante de la familia del
conde de Ravenwell”.
Lógicamente,
el juez tenía razón. El representante de una familia noble era, por naturaleza,
el noble que ostentaba el título. Ese estatus que Elwin jamás podría alcanzar.
Pero ante la fría respuesta del juez, Elwin sintió como si una chispa
terriblemente ardiente saltara en su pecho.
‘Ese
es mi hogar, mi familia y mi condado, el lugar donde nací y crecí cuidándolo,
¿y me dicen que no puedo representarlo?’.
‘Porque
soy omega’. Al final, el mismo muro de siempre intentaba cerrarle el paso.
Sintió una debilidad repentina. ¿Por mucho que se esforzara, era todo
insignificante ante su naturaleza innata?
Elwin
sabía por experiencia que, en ese momento, no había nada que pudiera hacer. A
lo sumo, maldecir y lamentar su destino, pero no podía causar más alboroto ante
el juez encargado del caso. Elwin se resignó y se dispuso a sentarse.
Pero,
en ese preciso instante.
“……¿Usted
también tiene algo que decir?”.
De
repente, Leon, sentado a su lado, levantó la mano y se puso en pie. Cuando el
juez le hizo la pregunta, un ligero murmullo se extendió por la sala.
Elwin,
no menos sorprendido, se giró para mirar a Leon. Afortunadamente, se había
quitado el sombrero y el parche para cumplir con el protocolo del tribunal. Aun
así, no tenía forma de saber qué diría aquella boca tan desenfrenada.
Mientras
el corazón de Elwin latía con fuerza por un mal presentimiento, el jefe de la
policía del norte, que estaba junto a Dwight, reconoció a Leon y mostró una
expresión de extremo pánico. Leon le dedicó una leve sonrisa al jefe de
policía, quien se había quedado con la boca abierta al verlo, y comenzó su
intervención:
“Su
Señoría. Disculpe mi atrevimiento, pero, ¿la razón por la que ha dictaminado
que el señor Elwin no puede heredar el condado de Ravenwell es porque es
omega?”.
El
ominoso presentimiento de Elwin se hizo realidad. Era un hecho evidente que los
omegas no tenían derecho a la sucesión nobiliaria, así que no entendía por qué
hacía una pregunta tan obvia en un tribunal solemne.
El
juez, que se había mantenido tranquilo incluso cuando Dwight decía tonterías
como ‘no soy Dwight’, pareció desconcertado por la pregunta repentina de Leon,
se ajustó las gafas y respondió:
“Así
es. ¿Acaso hay algún problema?”.
“Pero,
Su Señoría, ¿no es cierto que el ser omega no excluye necesariamente el derecho
a la sucesión? ¿Qué hay del Gran Duque de Northumbria, el Conde de Reading de
Montfort o el Duque de Hartwell de Rosemond?”.
El
rostro de Elwin se tiñó de rojo ante las palabras de Leon. Esa conversación
había surgido cuando jugaban al ‘juego de las tres preguntas’ en el
invernadero. Hablar de eso en privado era una cosa, pero no era un tema para un
lugar público, ¡y menos aún ante un juez!
Elwin
tenía ganas de gritar: ‘¡Leon! ¿Te has vuelto loco?’, y taparle la boca, pero
no se atrevió a moverse por miedo a incurrir en desacato.
“……Para
empezar, ¿el Duque de Hartwell de Rosemond no es un personaje de cuentos de
hadas?”.
Tras
una breve duda, el juez pronunció aquellas palabras y Elwin quiso gritar: ‘¡Eso
es exactamente lo que iba a decir!’. Pero Leon miró hacia el estrado con una
actitud descarada y llena de confianza. Era tan imponente que incluso
desprendía un aire de nobleza.
Los
asistentes, que habían abucheado y despreciado las tonterías de Dwight,
observaban a Leon como si estuvieran hechizados. Por alguna razón, algunos
periodistas comenzaron a temblar tanto que soltaron sus cuadernos. En medio de
aquella atmósfera inusual, el juez de instrucción continuó:
“Además,
el Gran Duque de Northumbria y el Conde de Reading son casos en los que se
otorgaron los títulos por decreto real, basándose en la especificidad del
estatus de la realeza”.
“Entonces,
Su Señoría, ¿debería entenderse que, en caso de existir un decreto real, el
derecho a la sucesión podría ser reconocido incluso para el señor Elwin?”.
Elwin
no lograba comprender por qué Leon decía tales cosas. ¿Qué sentido tenía hacer
tales suposiciones sobre alguien que no tenía ninguna relación con la realeza?
Justo cuando levantó la mano para intentar detenerlo, Elwin sintió algo
extraño.
La
actitud del juez había cambiado. Estaba inclinado hacia adelante, con los ojos
pegados a sus gafas y el ceño fruncido. Aquella expresión era similar a la del
jefe de policía del norte y a la de los periodistas que presentaban síntomas
extraños.
“No
puede ser……”.
En
el momento en que el juez de instrucción murmuró aquellas palabras, Leon
declaró con una voz seria y llena de dignidad, en la que no se percibía ni un
rastro de burla:
"Mi
nombre es Leonhart Albert William. Soy el tercer hijo de Su Majestad la Reina,
el tercer príncipe de la línea directa de la casa real".
En
ese instante, un silencio sofocante se apoderó de la sala. La pluma del
escribano del tribunal, que no se había detenido ni un segundo durante todo el
alboroto, se quedó inmóvil sobre el papel.
La
mente de Elwin también se detuvo en seco. Había escuchado las palabras
claramente con sus oídos, pero era incapaz de comprender el significado de la
frase. Leon, sin detenerse, soltó una sentencia aún más asombrosa:
"Y
declaro que el señor Elwin, quien se encuentra aquí presente, está comprometido
conmigo".
Elwin
entendió perfectamente la segunda frase de Leon, y también pudo determinar
inmediatamente su veracidad: era una mentira absoluta. Leon y él ni siquiera
estaban comprometidos; ni siquiera le había pedido matrimonio.
Es
cierto que ya habían terminado haciendo todo tipo de cosas que deberían
reservarse para alguien con quien se está comprometido... o mejor dicho,
casado. Pero, bajo ningún concepto, se encontraban en una situación que
permitiera declarar en un tribunal sagrado que estaban comprometidos.
Si
la segunda afirmación era falsa, la primera también debía serlo sin duda
alguna. Con la mente aturdida, Elwin rebuscó en sus recuerdos.
'¿Qué
fue lo que dijo Leon al principio? ¿El tercer…… príncipe?'.
En
ese instante, un escalofrío le recorrió la espalda. Falsificar la identidad de
un miembro de la realeza era un crimen mucho más grave que el desacato al
tribunal; podía ser juzgado como traición a la corona. Si seguían así, Leon
podría recibir un castigo mucho peor que el de Dwight.
'Tengo
que suplicar clemencia ahora mismo. No, espera. Será mejor decir que este
hombre está loco. Si declaro que son desvaríos de un enfermo mental, quizás
pueda evitar la acusación de traición'.
Justo
cuando Elwin extendía la mano hacia la espalda de Leon con la intención de
obligarlo a inclinarse, sintió algo extraño. El jefe de la policía del norte,
que antes había mostrado desconcierto al ver a Leon, ahora había cambiado de
postura y le ofrecía una venia formal.
El
juez de instrucción, lejos de lanzar una orden de arresto contra Leon, lo
examinaba con ojos mucho más respetuosos que hacía un momento. Bajo aquella
mirada del juez, que parecía estar refrescando su memoria, Leon volvió a
hablar:
"Si
necesita pruebas, se las mostraré".
Leon
extrajo un objeto plateado y alargado del bolsillo interior de su chaqueta. Era
un objeto conocido para Elwin: el abrecartas que Leon le había entregado el día
que estuvo encerrado en su habitación, diciéndole que lo usara si surgía algún
problema.
La
cabeza de Elwin dio una punzada de dolor. Al recordar aquel día, el abrecartas
tenía grabados dos leones. Según sabía Elwin, el escudo de armas de la familia
real estaba compuesto por dos leones, un escudo con un sol y tres espadas.
'Pero……'.
Los
dos leones que Elwin vio en aquel cuchillo aquel día estaban de espaldas el uno
al otro. El escudo real mostraba dos leones frente a frente con el sol y el
escudo en medio. Por tanto, no podía serlo.
"Aquí
está el sello real".
Mientras
Elwin negaba la realidad frente a sus ojos, Leon sostuvo el abrecartas con
ambas manos y lo giró ligeramente. Con un chasquido, el mango alargado se
partió en dos, precisamente por la parte donde los dos leones estaban de
espaldas.
Seguidamente,
Leon dio la vuelta a la parte trasera del mango y la encajó en el otro extremo:
sobre la fina varilla plateada aparecieron dos leones imponentes, enfrentados
con un escudo en medio.
"Si
hay cera lacre preparada, haré una impresión. ¿Qué le parece?".
Leon
mostró la parte donde el sello estaba grabado. Allí, sin necesidad de probarlo
en cera, se podía ver con total claridad el sello real.
'Dios
mío'.
¿Leon
era un príncipe? ¿Cómo era posible? ¿Entonces él... se había pasado el tiempo
juzgándolo como un gamberro libertino al verlo por primera vez, y luego había
llegado al punto de confundirlo con un miembro de una organización criminal? ¿Y
encima había hecho ‘cosas así’ con un príncipe?
Su
cabeza, sobrecargada, daba vueltas. A Elwin ya le habían ocurrido demasiadas
cosas desde el día anterior; ya no podía procesar más información. Y menos aún,
una información tan abrumadora.
"¡Eh,
Elwin!".
A
la confusión mental se sumó la visión nublada. Cuando el cuerpo de Elwin se
tambaleó con fuerza, Leon lo llamó por su nombre, sobresaltado.
'¿Es
ahora cuando te alarmas? ¿Sabes cuánto me he asustado yo?'.
Mientras
veía a Leon extender ambos brazos hacia él, Elwin se lamentó en silencio, pero
al final no pudo decir ni una palabra y se desplomó por completo.
*
* *
Si
lo pensaba bien, las pistas siempre estuvieron ahí. ¿Quién, aparte de alguien
de la realeza, usaría un acento de la capital impecable, portaría joyas enormes
con total naturalidad y habría aprendido desde niño, paso a paso, desde latín
hasta equitación y esgrima, a pesar de no haber asistido a una escuela pública?
¿Y
cómo no iba a haber un jardín inmenso con un laberinto en el centro de la
capital? Después de todo, el palacio real estaba asentado justo en medio de la
ciudad.
Ahora
que lo recordaba, Leon siempre destilaba una nobleza que ni siquiera sus
atuendos extravagantes podían ocultar, y una confianza que no se quebraba ni
cuando alguien como Dwight lo despreciaba. Elwin siempre había sentido una
extraña sensación de incongruencia al mirarlo.
Pero,
tal como uno pensaría que la corona de una coronación no estaría tirada en
medio de un mercado, Elwin jamás imaginó la posibilidad de que un príncipe
estuviera oculto en su propia casa. Incluso después de haber escuchado la
verdad con sus oídos y haberla confirmado con sus ojos, el subconsciente de
Elwin aún no lograba aceptar del todo la identidad de Leon.
En
el sueño que tenía mientras permanecía desmayado, Elwin repasaba lo sucedido,
preguntándose qué había pasado por alto, mientras una idea obsesiva lo dominaba:
‘Leon no puede ser un príncipe; si los demás escuchan algo así, se armará un
escándalo’.
La
primera escena del sueño fue el día anterior a que Leon llegara a la casa del
conde. En aquel entonces, Elwin no sabía a quién conocería al día siguiente y
solo se preocupaba por: ‘¿Podré ganarme el favor del segundo hijo del barón, el
heredero designado?’. Mientras Elwin lamentaba su futuro, Toby le mostró un
espejo y dijo:
<No
se preocupe, joven señor. Si yo tuviera una cara como la suya, hasta a un
príncipe habría seducido.>
Ante
eso, el Elwin del sueño se puso serio y respondió:
<¿Qué
dices, Toby? ¿Por qué habría de venir un príncipe a nuestra casa? ¡Si dices
algo así a la ligera, quién sabe qué clase de desastre ocurrirá!>
Acto
seguido, Elwin fluyó por el tiempo hasta llegar al día en que visitó la aldea
agrícola junto a Leon. Ese día, cuando Elwin presentó a Leon como su ‘amigo’,
el alcalde reaccionó así:
<Qué
porte tan distinguido tiene. Desborda una nobleza propia de un príncipe.>
Ante
esto, Elwin se sobresaltó y reprendió al alcalde:
<No,
un príncipe… ¿cómo podría ser eso posible? Podría meterse en serios problemas
si dice esas cosas.>
Leon,
ante aquel comentario, esbozó una sonrisa cuyo significado era indescifrable.
Al parpadear, Elwin apareció en la fiesta de té de la familia Finch. Mientras
Elwin estaba sentado en una esquina recibiendo abucheos, Leon, sentado en la
mesa central, dijo con aires de suficiencia:
<¿Acaso
nadie conoce la moda de la capital? A Su Majestad la Reina le gusta el té con
leche, sirviendo la leche primero. Su Majestad y yo somos muy cercanos.>
Sintió
una sutil incomodidad. En realidad, no recordaba que él hubiera hablado con
tanta arrogancia. En cualquier caso, como era evidente que Leon había dicho
algo que no debía, Elwin se puso en pie de un salto y gritó:
<¡Señor
Leon! ¿Cómo se atreve a decir esas cosas sin miedo a nada?>
Ante
eso, Leon miró a Elwin fijamente. Con una sonrisa enigmática, se acercó
lentamente a él.
<¿Sin
miedo? Yo, por supuesto, no tengo razones para temer.>
<¿A
qué… te refieres…?>
<Él
que tiene miedo es usted. ¿No es así?>
¿Que
tengo miedo? ¿Por qué? Mientras Elwin estaba confundido, el escenario del sueño
cambió de nuevo a la audiencia preliminar de hace poco. Leon, de pie junto a
Elwin, seguía con una expresión engreída. Además, ahora llevaba sobre la cabeza
una corona ostentosa. Levantó la barbilla y volvió a declarar:
<¡Soy
el tercer príncipe! Leon…….>
Para
ser precisos, como Elwin no había memorizado su nombre la única vez que lo
escuchó —ya que era muy largo y no estaba en condiciones de hacerlo—, solo se
escuchó claramente el grito de ‘¡Príncipe!’, mientras que la última parte del
nombre sonaba ahogada, como si se escuchara bajo el agua.
‘Al
escucharse tan raro, esto debe ser un sueño.’
Con
mucha lucidez, el Elwin del sueño comprendió la situación, aunque fuera tarde.
Ahora Leon llevaba una capa larga y pesada, de terciopelo rojo por fuera y piel
de armiño blanco por dentro, y sostenía una espada brillante en la mano. Era la
apariencia típica de un príncipe de los cuentos de hadas.
Todas
las personas a su alrededor, incluso el juez de instrucción en el estrado,
estaban arrodilladas ante el príncipe, inclinando la cabeza. Leon se acercó
lentamente a Elwin, acercó su rostro y susurró con una voz muy suave:
<No
se asuste. No hay necesidad de temer, Elwin.>
Cuando
Elwin abrió los labios para replicar: ‘¿Cómo esperas que no me asuste?’, Leon
abrió la boca de par en par de repente y gritó con voz de niño:
<¡Extra!
¡Edición extraordinaria!>
El
repentino sonido hizo que Elwin sintiera un escalofrío y abriera los ojos de
golpe. Su vista, aún aturdida, oscilaba rítmicamente. Traca-traca,
traca-traca.
‘……¿Dónde
estoy? ¿En un carruaje?’
Antes
de que pudiera recuperar la compostura, el carruaje se detuvo y la puerta se
abrió. Un niño con un fajo de periódicos corrió hacia ellos gritando las
noticias. Leon, sentado frente a él y con el sombrero hundido hasta las cejas,
extendió la mano hacia el niño.
“¿Me
das un periódico?”.
“¡Sí!
¡Es la edición especial que acaba de salir! ¡Cuesta un penique, señor!”.
Leon
buscó en el bolsillo de su abrigo y sacó una moneda de plata que brillaba
intensamente, entregándosela al vendedor.
“Solo
tengo un chelín. Quédate con el cambio”.
“¿De
verdad? ¡Gracias, señor!”.
El
niño, que había tenido un golpe de suerte inesperado, se inclinó varias veces
ante Leon. Al cerrar la puerta y mirar al frente, Leon se encontró con la
mirada de Elwin.
“Has
despertado, Elwin”.
A
pesar de sus palabras cariñosas, Elwin no respondió de inmediato. Aún no podía
distinguir si aquello era un sueño o la realidad. Leon extendió la mano y
acarició la mejilla de Elwin, quien parpadeaba lentamente.
“Me
asusté mucho cuando te desmayaste de repente. El médico dijo que parece ser una
acumulación excesiva de fatiga. Es comprensible, después de todo. Esperé a que
despertaras, pero, como se hacía tarde, no tuve más remedio que empezar el
viaje”.
Ciertamente,
antes estaba muy cansado; al haber dormido profundamente, aunque fuera poco
tiempo, se sentía mucho más despejado. La razón por la que se había desmayado
no era solo por el cansancio, sino por el impacto. Ah, el impacto.
Recién
entonces, Elwin recordó lo que había sucedido justo antes de perder el
conocimiento. Sus ojos, que apenas habían logrado enfocar, temblaron
intensamente; Leon sonrió con sorna y hojeó el periódico que acababa de
comprar.
“A
ver… Es impresionante que ya hayan impreso una edición especial. El titular es bastante
dramático: ‘¡El joven conde omega Elwin, revelado como el prometido del tercer
príncipe!’”.
Elwin
se frotó los ojos y volvió a mirar, pero el periódico realmente tenía el
titular que Leon acababa de decir. Incapaz de creer la identidad de Leon, Elwin
sacó a colación un tema que le resultaba más fácil de aceptar como realidad.
“Eh…
cierto, ¿qué pasó con el procedimiento preliminar? ¿Y el señor Dwight…?”.
“Eres
cruel, de verdad. ¿Cómo puedes mencionar el nombre de otro alfa en un momento
como este?”.
Leon
hizo un puchero, fingiendo estar ofendido. Por supuesto, viendo el brillo de
burla en sus ojos, no estaba molesto en absoluto; era solo una de sus tácticas
habituales. Eso era precisamente lo que Elwin quería señalar.
‘¿De
verdad un hombre así es el tercer príncipe?’.
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Como
si hubiera leído los pensamientos de Elwin, quien estaba atónito, Leon bajó el
tono y respondió a su pregunta:
“Bueno,
es obvio, pero Dwight sigue bajo custodia. Y en cuanto a tu solicitud de
restitución, dijeron que el tribunal la decidirá después de deliberar un poco
más”.
“Ah”.
“Deberías
haber visto las miradas gélidas que los asistentes le lanzaron al juez en el
momento en que dijo eso. Se quejaban muchísimo, exigiendo que te devolvieran
tus cosas de inmediato”.
A
diferencia de lo que esperaban los espectadores, Elwin no tenía ninguna queja.
En circunstancias normales, la solicitud habría sido rechazada allí mismo; el
hecho de que hubiera logrado obtener un aplazamiento en la decisión se debía,
sin duda, a la repentina declaración de Leon.
Finalmente,
había llegado el momento de hablar de ello: la identidad y el linaje de Leon.
Pero Elwin, aunque abrió los labios, no fue capaz de articular palabra alguna y
volvió a cerrarlos.
‘……¿No
podría esperar a mañana? Hoy, al menos, prefiero seguir durmiendo’.
Fue
cuando Elwin, eludiendo el problema que tenía enfrente, desviaba la mirada por
la ventana del carruaje cuando sintió de nuevo esa extraña sensación. Entornó
los ojos. Aunque ya estaba bastante oscuro, su sentido de la orientación no
había fallado.
“¿A
dónde vamos?”.
El
paisaje que veía fuera no era el camino que recordaba hacia la posada. A ambos
lados del ancho camino se alineaban majestuosos edificios de piedra que
parecían hoteles, bancos y legaciones diplomáticas; era evidente que habían
entrado en el corazón de la capital.
Además,
el carruaje avanzaba dejando a su izquierda el cielo occidental, aún teñido por
el resplandor rojizo del atardecer. Elwin se dio cuenta de que se dirigían
hacia el sur, justo al centro de la capital.
Al
momento siguiente, los edificios que bordeaban el camino desaparecieron y el
carruaje entró en una plaza. El edificio que se alzaba más allá de la gran
plaza central era, sin duda alguna…….
“Nos
dirigimos al palacio real”.
Leon
respondió con una sonrisa fresca, pero, a diferencia de su tranquilidad, Elwin
estaba tan inquieto como si el carruaje estuviera en llamas.
“¿Al
palacio real? ¿Por qué vamos allí…?”.
“Madre
me ha llamado”.
“¿Ma…
madre?”.
“Sí.
Su Majestad la Reina”.
Leon
seguía sonriendo, como si encontrara adorable incluso la palidez en el rostro
de Elwin.
“Como
Su Majestad también tiene oídos, habrá oído hablar del alboroto ocurrido en el
Tribunal del Distrito Norte. Mientras te cuidaba en la enfermería, un mensajero
real vino corriendo para decir que Su Majestad la Reina me llamaba y que debía
ir al palacio de inmediato”.
Ante
las palabras ‘llamada de Su Majestad la Reina’, el rostro de Elwin se puso aún
más pálido. Como aún no había logrado asimilar en lo profundo de su corazón que
Leon era un príncipe, la noticia de ir al palacio real no le sonó a ‘ir a
casa’. Solo le dio la sensación de que se había desatado el gran problema que
tanto temía.
‘Debe
ser por el grave delito de usurpar la identidad de un miembro de la realeza…
aunque, ¿es usurpación si…?’
Era
difícil de creer, pero si Leon era realmente un príncipe, entonces no había
suplantado a nadie. Quizás él mismo, Elwin, era el culpable.
‘¿Será…
por lo que dije, diciendo que estábamos comprometidos sin estarlo?’.
No
lo sabía con exactitud, pero probablemente el compromiso de un príncipe
requería trámites extremadamente complejos y estrictos. Que él, un omega, fuera
mencionado como el prometido del tercer príncipe sin haber seguido ninguna de
esas formalidades…
‘¡El
usurpador resultó ser yo!’.
El
rostro de Elwin pasó de la palidez a un tono azulado. Preguntó con voz aturdida
y todavía medio dormido:
“Entonces,
¿ahora me llevan a una mazmorra?”.
Lo
decía en serio, pero, al oírlo, Leon estalló en carcajadas. Fue una reacción
similar a la que tuvo cuando Elwin dijo que lo mantendría. Molesto al pensar
que Leon se estaba burlando de él, Elwin entornó los ojos a pesar del miedo.
Leon aclaró su garganta y recuperó la compostura.
“Ejem.
Casi hemos llegado. Elwin, tendrás que contarme más tarde qué pasaba por tu
mente para decir algo así. Tengo curiosidad”.
Elwin
quiso fulminarlo con la mirada con más fuerza, pero ya no pudo. En ese
instante, el carruaje llegó a la puerta de la ciudadela.
Frente
a la imponente puerta exterior del palacio, permanecía un guardia con una lanza
larga. Sus ojos afilados daban miedo, pero a Elwin le atemorizaba aún más ver
cómo aquellos severos guardias hacían una venia impecable ante Leon. Lo que
parecía irreal se estaba volviendo tangible.
Al
entrar, se encontraron con un patio empedrado. En el centro, una hermosa fuente
de mármol con la figura de la diosa del agua, pero Elwin no tenía ánimos para
contemplar el paisaje. Cuando el carruaje finalmente se detuvo cerca de la gran
entrada del palacio, Elwin sintió como si se le fuera a detener el corazón. Sin
embargo, el hombre que lo había arrastrado hasta allí le tendió la mano con
total naturalidad.
“Bajemos”.
Si
Elwin hubiera sido consciente de la situación, sintiéndose honrado por ser
escoltado por un príncipe, probablemente no habría sido capaz de tomarle la
mano, pero para él, Leon seguía siendo solo Leon, no el ‘tercer príncipe’, así
que la tomó sin pensarlo.
Al
bajar, un anciano con un frac oscuro, que parecía ser el mayordomo jefe, se
acercó a paso firme, seguido por varias criadas y jóvenes sirvientes.
“Su
Alteza. Ha llegado. Espero que haya gozado de buena salud”.
“Mmm,
sigues igual que siempre”.
Leon
recibió el saludo con un pequeño gesto de cabeza, como si estuviera
acostumbrado. Luego, el mayordomo se dirigió a Elwin con una inclinación.
“Señor
Elwin. Ha debido ser un viaje largo y agotador. Bienvenido al palacio real”.
Viendo
la atmósfera, no parecía que fueran a encerrarlo en ninguna mazmorra. Elwin
saludó con cortesía, pero, sin poder deshacerse de la tensión, se pegó al lado
de Leon. Sin embargo.
“Su
Alteza, Su Majestad ha ordenado que se dirija al salón de recepciones en cuanto
llegue. Dado que el señor Elwin debe estar cansado, lo acompañaremos a la
habitación de invitados”.
Por
desgracia, el mayordomo les asignó destinos diferentes. Siendo una orden real,
no había lugar a réplicas. Elwin siguió a los sirvientes, sintiéndose
resignado. A ojos de un extraño, sus pasos habrían parecido elegantes y
cautelosos, pero para los ojos de Leon, que conocía bien a Elwin, su estado de
rigidez era evidente.
‘Por
todos los cielos. Es tan adorable que me mata’.
Hubiera
querido estar con él en la habitación de invitados y besar esas mejillas
sonrosadas —o, siendo más sincero, besar mucho más que sus mejillas—, pero
obedecer la orden de su madre era lo primero.
“Bueno,
será mejor que vayamos”.
Dijo
Leon con su habitual ligereza. El mayordomo, de naturaleza rígida, lanzó una
mirada de desaprobación al atuendo de Leon; no estaba a gusto, pero no se
atrevía a reprender al tercer heredero al trono.
Habitualmente,
Leon se vestía con ropajes escandalosamente llamativos para ocultar su
identidad, pero desde que había entrado en la capital junto a Elwin, había
elegido la ropa más sencilla y humilde que tenía para evitar llamar la
atención.
A
ojos del mayordomo, que lo había visto crecer, era una vestimenta indigna.
‘¿Por qué el príncipe aparece vestido como un mendigo después de tanto tiempo
fuera?’.
“Bueno,
supongo que no hay tiempo para cambiarme”.
Leon
sacudió el polvo de su ropa con un gesto despreocupado, como si solo fuera un
trámite. Cuando le dedicó una sonrisa al mayordomo como diciendo ‘¿ya está
bien?’, este solo pudo contener un suspiro.
“Solo
se ha bronceado un poco más la piel, Su Alteza. Sigue siendo el mismo”.
“La
gente no cambia así como así. ¿Dijo que nos viéramos en la sala de audiencias?
¿O en el salón de recepciones del ala este?”.
“Esperará
en el salón de recepciones”.
“Madre
siempre ha sido impaciente”.
Leon
subió las escaleras de mármol blanco que seguían a la entrada, bromeando. Pensó
que hacía mucho que no recorría aquel lugar; había pasado más de un año desde
la última vez.
Cuando
se vio obligado a presentarse ante la Reina tras ser herido, Leon no tenía idea
de lo que le depararía el destino un año después.
