Capítulo 5: La última pregunta

 


Capítulo  5: La última pregunta

La tarde del día siguiente, un aire bullicioso pero sutil recorría la mansión de los condes de Ravenwell. Era el día en que el hijo mayor de la familia debutaba en un baile nocturno, por lo que los empleados se estaban esforzando al máximo en los preparativos.

Elwin, engalanado con el frac y los accesorios en los que todos habían colaborado, lucía una belleza deslumbrante —Alfred incluso tenía los ojos llorosos, conmovido, diciendo que parecía que la señora hubiera vuelto a la vida—, pero la expresión de Elwin era algo sombría.

A veces se quedaba absorto en sus pensamientos, perdido, hasta que de repente recuperaba la compostura, forzaba una sonrisa brillante y agradecía a los empleados. Los trabajadores, sintiéndose a la vez encantados y compadecidos por aquel joven amo, deseaban que su primer baile terminara sin contratiempos.

“Ya están todos aquí. ¿Podemos partir ahora?”.

Al llegar la hora, los invitados también estaban listos. Elwin no era el único que parecía tener una atmósfera distinta a la habitual. Selena, siempre alegre, estaba ensimismada y con mala cara a pesar de ir vestida como una muñeca preciosa, y una sombra se cernía sobre el rostro de Leon, quien solía llevar siempre una sonrisa escurridiza y enigmática.

“Hmm. Sí, vámonos”.

Solo Dwight permanecía igual que siempre. Observó a Elwin de pies a cabeza con una mirada que parecía evaluarlo, antes de asentir con una actitud arrogante. Justo cuando el grupo se disponía a dirigirse a los carruajes preparados…

“Yo no iré en el mismo carruaje que el señor Dwight”.

Selena dijo con voz hosca exactamente lo mismo que había dicho al regresar de la fiesta del té. Ahora que lo pensaba, desde el día en que volvieron del paseo a caballo, no había visto a Dwight y a Selena mantener una conversación adecuada.

Era natural que Selena estuviera tan enfadada, dado que Dwight había insistido en una ruta peligrosa y casi causa un accidente. Sin embargo, Dwight no parecía tener intención de consolarla ni de disculparse.

Como Dwight no respondió nada, como si le dijera ‘haz lo que quieras’ mientras la miraba de reojo, el rostro de Selena se tiñó de rojo. En otras circunstancias, su estado le habría preocupado, pero Elwin, inmerso en su sentido del deber como hijo mayor de la casa, se adelantó y dijo:

“En ese caso, llevaré al señor Dwight en el carruaje de nuestra casa. Venga conmigo”.

“Bueno, supongo que eso servirá”.

Dwight se dirigió con desgana hacia el carruaje de los Ravenwell. Así fue como Elwin viajó con Dwight, y Leon con Selena, hacia la casa Pinch.

Aunque había pedido ir con Dwight por pensar que debía hacer algo, una vez frente a él en el carruaje, Elwin permaneció sentado en silencio. Quizás por lo incómodo del largo silencio, Dwight preguntó con voz indiferente:

“¿…Se celebran fiestas a menudo en casa de los Pinch?”.

Elwin se sorprendió por el hecho de que él iniciara la conversación y respondió:

“No lo sé. Es la primera vez que asisto”.

“Ah. ¿No tenían intercambio con los Pinch?”.

“No es que sea la primera vez que voy a una fiesta de los Pinch, es que es la primera vez que asisto a un evento de este tipo en general”.

Ante eso, Dwight miró a Elwin con ojos confundidos, como si pensara: ‘¿Qué clase de persona es esta?’. Si Dwight hubiera tenido el más mínimo interés, habría sabido fácilmente que Elwin no estaba acostumbrado a los eventos sociales, pero al parecer no le había prestado atención alguna.

‘Puede pasar. No hay ley que diga que deban prestarme atención. Si me esfuerzo, si trato de acercarme desde ahora…’.

Esfuerzo. Eso era precisamente la especialidad de Elwin. De verdad quería esforzarse por permanecer en este territorio. Pero, por mucho que apretara los puños y se esforzara, no lograba articular palabra.

No era exactamente una sensación de ‘no saber qué decir’. Simplemente, no podía decir nada. Una incomodidad difícil de expresar mantenía atado el cuerpo de Elwin. Cuando el carruaje finalmente se detuvo, pensó que podría recuperar el aliento, pero…

“Sir Dwight, bienvenido. Es un gran honor recibir al nuevo conde”.

El lugar al que habían llegado no era más que otro infierno. En cuanto los dos carruajes se detuvieron en el jardín, Frederick salió a recibirlos, luciendo el adorno de cuello más extravagante que jamás se hubiera visto. Dwight recibió el saludo con un gesto de cabeza, y luego fue el turno de Selena y Leon.

“Señorita Selena, está hermosa como siempre. Señor Leon, gracias por venir”.

Hoy también, Frederick ignoró el orden de cortesía y dejó a Elwin en último lugar. Al final, se detuvo un momento al ver a Elwin arreglado, pero movió intensamente los ojos buscando alguna señal de remiendo en el abrigo de Elwin y soltó una risita.

“Elwin, usted también ha venido”.

Tras saludar con desgana, guio al grupo hacia el salón de banquetes. Para ser exactos, Frederick guio a Dwight, Leon y Selena, y Elwin entró siguiéndolos por su cuenta.

Apenas Dwight hizo acto de presencia, una multitud se acercó para saludarlo. Quienes habían entablado contacto en la fiesta del té anterior también se acercaron a Selena y Leon.

Mientras Elwin retrocedía con torpeza empujado por la multitud, Frederick se llevó a Dwight tras una cortina que parecía dar a una sala interior. Un grupo de hombres lo siguió en tropel.

Poco después, un grupo de damas se acercó a Selena y, tras hablar con ella, se llevaron también a Leon. Todos desaparecieron como si hubieran sido arrastrados por una corriente, y Elwin quedó solo en un abrir y cerrar de ojos.

‘Bueno… esto era lo que esperaba’.

En ese momento, una doncella se acercó con una bebida y se la ofreció, así que Elwin tomó una copa de champán y se trasladó naturalmente a un lugar tranquilo en el borde del salón.

En realidad, Elwin era alguien bastante acostumbrado a estar solo. Aunque le molestaba un poco ver a la gente de lejos mirándolo de reojo y cuchicheando, era soportable dado que no se burlaban ni lo insultaban abiertamente como antes.

Mientras bebía a sorbos, Elwin observaba el salón de fiestas al que asistía por primera vez. El paisaje era espléndido y vertiginoso.

Parecía que a la gente de esta casa le gustaba mucho el pan de oro, ya que desde las paredes hasta el techo estaban grabados con patrones dorados. La enorme lámpara de araña resplandecía de forma cegadora, y hasta la alfombra brillaba de una manera que resultaba agobiante.

Mientras la orquesta tocaba música pretenciosa, los asistentes, vestidos con trajes y vestidos de gala, bailaban, conversaban y bebían.

Aunque el ambiente era alegre, Elwin ya se sentía agotado. No tenía mucho interés y la ropa le resultaba incómoda, por lo que solo quería irse a casa.

‘Ah, esta ropa. Y… mi casa’.

Mientras se quejaba para sus adentros, Elwin recordó a las doncellas que habían remendado su abrigo con tanto esmero y la mansión donde había nacido y crecido. Un sentido del deber y una deuda de gratitud pesaban sobre su corazón.

‘Cierto. Debo esforzarme, ya que todos me apoyaron deseándome que me fuera bien’.

No sabía por qué, pero no se sentía con ganas, así que Elwin caminó con la intención de buscar a Dwight y dirigirle la palabra. Al acercarse a la dirección por donde Frederick lo había llevado hace un momento, pudo ver una mesa grande a través de la cortina entreabierta.

Tras la cortina, el ambiente estaba cargado de humo de tabaco, lleno del tintineo de las copas, voces bajas y un pequeño ruido que había escuchado antes.

‘Esto… es el sonido de barajar cartas, ¿no?’.

En el momento en que Elwin se dio cuenta, la voz desgarbada de Dwight llegó a sus oídos.

“Diez de trébol. He ganado esta ronda también”.

Parecía que se estaba jugando una partida de cartas allí dentro. Elwin frunció el ceño por una aversión instintiva. No es que odiara los juegos de cartas en sí —había leído en los libros que a veces se jugaba como parte de la vida social—, pero no quería tener mucho trato con «el Dwight que juega cartas».

Mientras retrocedía sin darse cuenta, su hombro chocó con algo blando. Al volverse sorprendido, vio a un hombre robusto y de expresión vil.

“Disculpe, señor Frederick”.

Elwin se disculpó rápidamente, sin ganas de involucrarse con él. Giró sobre sus talones para dirigirse a la pared vacía donde estaba apoyado anteriormente, pero…

“Se está esforzando mucho, sir Elwin”.

Ante el sarcasmo directo, Elwin no pudo evitar preguntar:

“¿Perdón?”.

“Esa ropa. No sé de dónde habrá sacado esas telas remendadas, pero luce toda parcheada y el corte es bastante burdo”.

“Señor Frederick”.

“Y pensar que con esa facha intentaba cortejar al nuevo conde; al menos su valentía es admirable”.

Eran palabras groseras y despreciables. Elwin dudó un momento, pensando en qué responderle. Frederick parecía comportarse así de maleducado porque daba por hecho que Elwin dejaría el territorio pronto, pero Elwin planeaba quedarse. Además, como justo acababa de pensar en acercarse a Dwight, no pudo evitar sentir que, en parte, tenía razón.

“……No es así”.

Mientras Elwin murmuraba torpemente, Frederick, crecido, empezó a presionarlo aún más.

“¿No es usted ese joven amo de nariz alta que solo resoplaba ante las invitaciones que todo el pueblo enviaba con tanto entusiasmo? Y ahora que ha llegado el señor Dwight, se presenta personalmente en un lugar como este. Sus intenciones son evidentes. ¿Tanto le gustan los alfas nobles?”.

“¿Perdón?”.

“No, ja. ¡Así que era eso! ¿Por eso rechazó mi propuesta de matrimonio? ¿Porque no soy noble?”.

Por alguna razón, cuanto más hablaba Frederick, más se exaltaba su voz. Al final, la pose de desprecio y burla hacia Elwin había desaparecido por completo, dejando paso a un hombre de rostro grasiento y encendido por la ira que no dejaba de gritar. Elwin no entendía por qué estaba tan enfadado.

Sin embargo, tuvo la sensación de que, si alguien escuchaba aquello, podría malinterpretar las cosas. Como quien huye de un perro rabioso que babea, Elwin agachó un poco la cabeza y retrocedió rápidamente.

“Ah, sí. Disculpe. Entonces, me retiro…”.

Afortunadamente, Frederick parecía tan absorto en sus propias emociones que no detuvo a Elwin. Mientras suspiraba y se daba la vuelta apresuradamente…

‘……¿Y eso qué es?’.

La vista de Elwin se posó en Leon, quien estaba de pie cerca de una puerta de cristal que daba al jardín. A su lado había una dama cuyo rostro le resultaba familiar: la mujer que se había sentado junto a Leon en la fiesta del té y no había parado de hablarle.

Ella soltó una carcajada cubriéndose la boca con el abanico, pareciendo divertirse muchísimo, y luego le dirigió a Leon una mirada peculiar con los ojos entornados como medias lunas.

Como Elwin no llevaba sus lentes, no podía verlo con total claridad, pero le pareció que Leon también le estaba sonriendo a ella. Elwin entrecerró los ojos, concentrándose intensamente en la escena. Se concentró tanto que pudo escuchar perfectamente el susurro de la dama hacia Leon:

“Señor Leon, ¿qué le parece si damos un paseo por el jardín?”.

¿Por qué aquel comentario fue tan impactante? Elwin se quedó tan asombrado que por poco grita: ‘¿Un paseo por el jardín?’. Sintió que las mejillas le ardían como si hubiera escuchado algo sumamente indecente. Sintió como si le hubieran prendido fuego al pecho. No, al contrario; fue como si alguien hubiera vertido agua helada en su corazón, dejando su sangre gélida.

Elwin no pudo reunir el valor para ver la expresión de Leon al escuchar aquello. Si Leon estuviera luciendo esa sonrisa escurridiza de siempre, o si tuviera esa mirada cálida que a veces le dirigía, sentía que su cabeza podría estallar en ese preciso instante.

‘No es para tanto… supongo’.

No era nada del otro mundo, así que Elwin se esforzó por mantener la calma. Era algo que solía ocurrir en lugares así. Sí. Lo había leído en los libros. Incluso en novelas comunes, no solo en las románticas, los jóvenes solían usar esas excusas para expresar su interés mutuo en los bailes.

‘Un momento. ¿Expresar interés?’.

Al recordar ese término, el pecho de Elwin volvió a doler, pero se golpeó las mejillas con las manos para intentar recuperar el sentido.

No era problema de Elwin a quién le interesara Leon o a quién decidiera mostrarle interés. ¿No era así? Elwin y Leon no eran nada. Él no era más que un invitado no deseado que pronto seguiría su camino, y Elwin era…

‘Soy el hijo mayor de los Ravenwell’.

Quizás fue por ese nudo que se le formó en el pecho, pero de repente sintió que podía hacer algo que hasta hacía un momento le habría resultado imposible.

Elwin se giró y miró hacia el lugar donde estaba hace poco, frente a la cortina del salón interior. Afortunadamente, Frederick se había ido a otra parte, y del otro lado de la cortina se seguía escuchando el sonido de las cartas.

Elwin se acercó a la rendija abierta de la cortina y, frente a los jugadores, aclaró su garganta: “Ejem, ejem”, lo más fuerte que pudo. Al notar su presencia, los hombres lo miraron con desconcierto.

Al escuchar que el juego parecía detenerse por un momento, Elwin entró directamente tras la cortina. Se acercó al hombre sentado en la cabecera, Dwight, y soltó de repente:

“Señor Dwight, ¿le gustaría dar un paseo conmigo por el jardín?”.

Ante esas palabras, el murmullo de la mesa y el sonido de las cartas se detuvieron por completo, cayendo en un silencio absoluto. Al sentir cómo el aire se enfriaba, Elwin comprendió finalmente la magnitud de lo que acababa de hacer.

Dwight, quien parecía genuinamente sorprendido, perdió incluso ese aire gélido y despectivo que solía mostrar; parpadeó varias veces, atónito, antes de responder a duras penas:

“Ah, ahora mismo… estoy jugando una partida”.

Siguió el silencio más incómodo del mundo. Si alguien en esa sala hubiera soltado una carcajada, la burla se habría extendido como un incendio forestal hasta devorar a Elwin. La única opción de Elwin era salir de allí antes de que eso ocurriera.

“Ya veo. Disculpe la molestia”.

Respondió fingiendo naturalidad, pero sus pasos al salir de la cortina eran torpes y excesivamente apresurados. Elwin caminó sin rumbo, sin saber siquiera a dónde se dirigía.

En el salón de banquetes seguía sonando música elegante y alegre, y las risas y charlas de la gente continuaban, pero Elwin temía que las carcajadas a sus espaldas fueran a cubrir pronto todos los demás sonidos.

Para alejarse lo más posible del salón, Elwin salió al jardín. Sin sus lentes, su visión era borrosa y su cabeza daba vueltas. El paisaje del jardín se veía ante sus ojos como una mancha negra y movediza. Elwin caminaba a ciegas adentrándose en esa mancha.

‘Qué idiota. Qué cosa tan patética’.

Sintió una vergüenza tan profunda que le dolía la boca del estómago. Le daba vergüenza haberle dicho algo tan extraño a Dwight o haber hecho el ridículo frente a los demás, pero lo más patético no era eso.

En el instante en que fue rechazado por Dwight, Elwin lo comprendió con total claridad: realmente no le importaba en absoluto haber sido rechazado. No estaba decepcionado ni triste. Es más, si Dwight hubiera aceptado su propuesta y hubiera tenido que pasear con él, le habría resultado insoportablemente incómodo.

Elwin, en realidad, no sentía nada por Dwight. A lo sumo, lo que albergaba era sentido del deber y aversión. Es más, puede que la razón por la que se acercó a invitarlo a pasear no fuera por ese supuesto sentido del deber hacia su familia.

‘La verdad es que Dwight no me importa en absoluto. Solo me puse irritable al ver a Leon con esa dama. Y la razón por la que me irrité tanto es…’.

Al recordar la estampa cercana y cariñosa de Leon con ella, Elwin estiró el cuello y miró alrededor del jardín. Incluso en medio de toda esa confusión, le preocupaba si Leon realmente estaría paseando con esa mujer. Y entonces…

“Señor Elwin”.

Al escuchar la voz de repente, Elwin pensó que estaba alucinando. Se giró y vio a la misma persona que estaba buscando.

“……Parecía estar muy ocupado, ¿cómo es que ha salido hasta aquí?”.

Aunque se sintió profundamente aliviado y feliz de verlo, Elwin intentó preguntar con tono indiferente. Leon se encogió de hombros y se acercó un poco más.

Al caminar junto a él, el paisaje comenzó a verse con claridad. La noche había caído, envolviendo el entorno en una oscuridad tranquila, y el aire de finales de otoño era fresco. Las luces brillantes y las risas del salón de banquetes quedaban lejos; en el jardín solo había silencio.

“El baile me aburría”.

Leon no estaba bromeando, pero Elwin estuvo a punto de soltar una carcajada. Se obligó a apretar los labios para mantener una expresión distante y volvió a preguntar:

“Se le veía muy divertido, entre tanta gente”.

“Ah, es que todos hablaban demasiado”.

“¿Por qué no bailó? Seguro que había muchas damas deseosas de invitarle”.

En realidad, lo que quería decir era: «Vi que esa dama le pedía pasear. Me sentí muy inquieto pensando si iría con ella», pero no pudo decirlo por miedo a sonar como una jovencita consumida por los celos.

Sin saber que lo que dijo en su lugar sonó, de todos modos, como la viva imagen de los celos, Elwin pensó de repente:

‘Ah, celos. Así que esto es sentir celos’.

¿Qué debía hacer? Mientras su corazón latía con fuerza ante tan inoportuno descubrimiento, una sonrisa suave apareció en el rostro de Leon. Como si conociera los pensamientos de Elwin, le habló con un tono tranquilizador y un tanto burlón:

“Es que no me gusta mucho bailar”.

“He visto a otros jugando. ¿No le gustan los juegos?”.

“Ah, es que los juegos que proponen las damas son un poco complicados. Dicen que es un juego donde, si te preguntan algo, debes responder solo la verdad”.

Elwin, quien había estado interrogando a Leon sobre lo ocurrido en el banquete como si fuera un cónyuge celoso persiguiendo a su pareja infiel, se sintió intrigado.

“……Ese juego suena interesante, ¿no?”.

Poder descubrir mediante un juego la verdad sobre cosas que le daban curiosidad parecía algo maravilloso. Además, como Elwin era una persona honesta, no tenía motivos para temer perder.

“¿Lo cree? Hmm. Si es con usted, sir Elwin, me interesa”.

Ante la respuesta de Elwin, Leon también parecía interesado. Tras echar un vistazo alrededor, descubrió una lámpara de aceite encendida en el extremo del sendero. Había allí un pequeño invernadero de cristal. Sus paredes reflejaban la luz de la lámpara con un brillo tenue.

Sin decir quién dio el primer paso, ambos se dirigieron hacia allí. La puerta del invernadero estaba abierta, y desde dentro fluía un aroma floral sutil mezclado con un aire más claro y luminoso que el del exterior.

Elwin pensó que esto era a lo que Selena se refería con un ‘invernadero aristocrático común’. No había allí cultivos comestibles ni nada útil. La hiedra trepaba por las paredes de cristal y las rosas, entre cremas y rojas, florecían siguiendo los arcos.

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Solo por hoy, esas plantas decorativas no le parecieron tan malas. ¿Sería porque su corazón palpitaba con tanta fuerza? Quizás, pensó, ese era el ambiente ‘romántico’ del que Toby hablaba tan a menudo. Ambos se sentaron frente a frente en una mesa junto al arco.

“¿Está seguro de que podemos entrar aquí así como así?”.

“Seguro que lo construyeron para que los invitados lo disfruten, así que no debería importar. Yo estoy acostumbrado a escabullirme de lugares aburridos, pero parece que usted tiene miedo, joven heredero”.

“No, yo tampoco tengo miedo. Hagamos el juego que aprendió de las damas, Leon. ¿Cuáles son las reglas?”.

Elwin, que había respondido irritado, volvió a enfadarse al pronunciar las palabras ‘aprendió de las damas’. Leon lo observó fijamente, contemplando sus mejillas sonrojadas por la molestia, y respondió:

“Es sencillo. Los dos jugadores pueden hacerse tres preguntas alternas. Se dice que todas las preguntas deben responderse con sinceridad, y si alguien se niega a responder, debe beber una copa de licor fuerte…”.

“No tenemos alcohol”.

“Es verdad. Entonces, ¿prometemos responder a todo con sinceridad, bajo nuestro honor de caballeros?”.

El honor de un caballero. Elwin se preguntó si debería apostar algo tan importante en un juego improvisado, pero no le importaba. No había vivido una vida de la que avergonzarse, así que no había pregunta que no pudiera responder.

“Está bien. ¿Quiere preguntar usted primero?”.

“¿Me lo permite?”.

“Por supuesto. Pregunte lo que quiera”.

“¿Quién era la voz que se escuchó desde su habitación aquel día?”.

Apenas Elwin le dio permiso, Leon preguntó como si no pudiera soportar la curiosidad un segundo más.

“¿Perdón? ¿Una voz?”.

“La voz de hombre que se escuchó el día que estuve frente a su puerta”.

Ah. Se refería al día en que Elwin vio a Dwight y Selena encontrarse en el jardín a altas horas de la noche.

“No eran los criados, y sir Dwight estaba en el jardín, así que… ¿de quién era esa voz?”.

Elwin le había dicho que preguntara lo que quisiera, pero la primera pregunta lo dejó en un aprieto, incapaz de abrir la boca.

Lo que Leon había escuchado aquel día era el sonido de Eco, el loro. No era común que alguien de la edad de Elwin tuviera un loro en su habitación, y era un pasatiempo perfecto para que los demás murmuraran —aunque todos ya murmuraban de él de todos modos— sobre lo excéntrico que era.

Ante el largo silencio, la expresión de Leon se volvió seria. Entornó los ojos y añadió, como si estuviera interrogando a Elwin:

“¿Acaso tenía a algún extraño en su habitación?”.

“Ah, no. Leon. No es eso…”.

Ante su mirada de sospecha, Elwin suspiró profundamente.

“Responderé si me promete que no se reirá”.

“No tengo motivos para reírme de usted, pero… ¿a quién dejó entrar en su habitación?”.

“No había nadie más. Era el sonido que hacía el loro”.

“……Ah”.

Ante la reacción atónita de Leon, la cara de Elwin se puso roja al fin.

“Sí. En mi habitación… tengo un loro. Es un loro gris que cuidaba mi padre”.

“Ah, ya veo. Ja, jaja”.

“Leon. Me prometió que no se reiría”.

“No, no me río de usted. Es que… jaja. Era un loro. Me alivia. Jajaja, caí de lleno”.

Leon se rió con sinceridad, como si realmente estuviera aliviado. ¿Por qué le alegraba? ¿Sería un sentimiento similar al que sintió Elwin al saber que Leon no estaba paseando con la dama? Preguntas cosquilleantes comenzaron a brotar en su mente, así que Elwin se compuso rápidamente y cambió de tema.

“Eso ya pasó, ¿ahora me toca a mí?”.

“Sí. Pregunte usted también lo que quiera”.

Leon lucía muy relajado, pero Elwin estaba convencido de que su expresión cambiaría en cuanto lanzara su pregunta. Mirando los ojos de Leon, que brillaban intensamente en la penumbra, Elwin preguntó:

“¿Por qué fingió ser un compañero de estudios de sir Dwight?”.

Al principio pensó en preguntar: ‘¿Usted no es compañero de sir Dwight, verdad?’, pero Elwin ya estaba seguro de eso. Hasta ahora, simplemente no lo había preguntado porque pensaba que si Leon había ido a una escuela pública o no, no era tan importante.

Pero quería saber por qué lo hizo. Ese hombre, que no tenía ni una pizca de servilismo, tenía que tener una razón de peso para fingir ser un compañero de estudios al lado de alguien como Dwight.

“Eso es porque…”.

Leon pareció vacilar un poco, pero, inesperadamente, no se vio tan sorprendido. Bueno, Elwin ya le había dejado ver antes que sabía que estaba ocultando su verdadera identidad.

“De regreso de Savar, el barco en el que viajaba atracó a altas horas de la noche en una ciudad portuaria entre Greymont y Ravenwell. Me alojé una noche en una posada y, a la mañana siguiente, vi a un joven y a una joven desayunando en el comedor”.

“……”.

“Al sentarme en la mesa contigua y escuchar de soslayo, oí que el caballero era el segundo hijo de los barones de Greymont y que se dirigía a la casa de los condes de Ravenwell. Como yo también me dirigía al mismo destino, decidí actuar como si lo conociera para unirme al grupo de la forma más natural posible”.

El día que llegó a la mansión, Leon dijo: ‘Me encontré con Dwight de camino a Ravenwell’. Como bromeó diciendo que quería venir porque había oído que en Ravenwell había muchas bellezas, Elwin pensó que solo estaba fanfarroneando, pero al parecer, aquella introducción había sido bastante sincera.

Elwin sintió que la respuesta de Leon era incompleta. ¿Por qué tenía que ocultar su identidad y fingir ser un compañero de estudios para unirse al grupo de Dwight? ¿Acaso Leon no solo estaba de paso hacia Ravenwell, sino que realmente planeaba visitar la casa de Elwin? Si era así…

“Entonces, Leon, usted desde el principio…”.

“No, sir Elwin”.

Justo cuando estaba a punto de hacer una pregunta más comprometedora, Leon sonrió y negó con la cabeza.

“Podemos hacer tres preguntas cada uno. Ahora me toca a mí”.

Ante esto, Elwin lo miró con la boca entreabierta, con una expresión de reproche como si alguien le hubiera enseñado una trampa en un juego de cartas, diciéndole: '¡Es despreciable!'.

Ciertamente, aquello también era parte del juego; debía usar sus oportunidades limitadas con astucia, y Leon parecía ser un experto en escapar de situaciones incómodas con palabras hábiles y ambiguas. ¿Qué sería más eficiente preguntar ahora? No podía desperdiciar un turno con preguntas como: '¿Desde el principio planeaba venir a mi casa?', ya que, a juzgar por lo que había dicho Leon, eso era evidente. Entonces…

“De entre las personas que han venido hoy, además del señor Frederick, ¿hay alguien más que le haya propuesto matrimonio a sir Elwin?”.

Cuando Elwin estaba sumido en sus pensamientos, Leon lanzó su segunda pregunta de repente. Las mejillas de Elwin, que apenas se habían enfriado, volvieron a sonrojarse.

“¿Eh? Le… Leon. Eso es…”.

“Debe responder, sir Elwin”.

“Ejem, sí, los hay”.

Ante la respuesta que Elwin dio a regañadientes, Leon frunció el ceño con disgusto y se acarició la barbilla.

“Hmm. Me lo imaginaba. Entonces, esas personas…”.

“Oiga, no puede preguntarme quiénes son. Ahora es mi turno”.

Al ver que Leon parecía querer seguir interrogando, Elwin agitó las manos triunfalmente, como si buscara venganza. Leon se encogió de hombros y respondió con calma:

“Sí, sí, lo sé. Y además, no hace falta preguntar, es obvio. Son los dos alfas que estaban sentados a ambos lados de sir Elwin en la fiesta del té anterior, ¿no?”.

“……¿Cómo lo supo?”.

Tras preguntar sorprendido, Elwin se arrepintió al instante. Aquello también contaba como una pregunta, y no tenía necesidad de haber dado una respuesta. Pero le resultaba tan asombroso que no pudo evitarlo. Al quedarse aturdido, a Elwin le vino una idea y agitó las manos de nuevo.

“Preguntar cómo lo sabía no cuenta como una de mis tres preguntas. Si quiere contarla así, no me responda”.

“Ha mejorado sus tácticas de juego. Es usted muy astuto, sir Elwin. Dejando eso de lado, se lo diré: no solo en la fiesta, sino que hoy también han estado mirando a sir Elwin todo el tiempo”.

“Ja. Sin duda, su rencor es profundo”.

Ante el suspiro de Elwin, Leon murmuró con un tono apenas audible: '¿Rencor o interés?'.

“¿Perdón?”.

“Nada. Siguiente pregunta, por favor”.

Ah, lo importante era esto. Mientras Leon perdía turnos con preguntas triviales, Elwin estaba decidido a preguntarle cosas realmente importantes. Elwin planteó la pregunta que había elegido con sumo cuidado.

“Leon… ¿usted conocía a mi padre en Savar, verdad? ¿Cómo estuvo él durante todo este tiempo?”.

'¿La razón por la que quería venir a mi casa era por mi padre?'. Elwin se saltó esa duda y fue directo al grano. Era algo que quería preguntar desde la fiesta del té anterior: si su padre, a quien no pudo acompañar en su lecho de muerte, había estado bien en la distancia.

La voz de Elwin temblaba levemente y sus ojos azules parpadeaban bajo la tenue luz de la lámpara. Leon abrió la boca lentamente, con una expresión a la vez afligida y compasiva. Seguía eligiendo sus palabras con cuidado, pero parecía querer ser lo más sincero posible.

“El conde de Ravenwell nunca perdió su curiosidad ni su pasión en Savar. Gracias a ello, logró mejorar el equipo de excavación, contribuyendo enormemente a reducir los tiempos de trabajo. Incluso cuando un trabajador local resultó gravemente herido durante las obras, él personalmente se encargó de cuidar del herido y de su familia”.

“……”.

“Fue una persona admirable. Lamento profundamente lo sucedido con el conde”.

Desde que su padre falleció, Elwin había escuchado esas mismas palabras de incontables personas. Desde el cartero que le entregó el telegrama hasta Dwight, el primer día que llegó a la mansión. Sin embargo, sentía que era la primera vez que escuchaba un consuelo tan genuino como el de Leon.

Sintiendo que las lágrimas estaban a punto de brotar, Elwin giró la cabeza rápidamente. No era momento de llorar, y tampoco era necesario. Solo le alegraba haber podido hacerle esa pregunta a Leon, aunque fuera bajo el pretexto de un juego.

Elwin pensó que cuando volviera a ser su turno, le lanzaría la pregunta que más deseaba hacerle: 'Leon, ¿cuál es tu verdadera identidad?'. Pero Leon también se había guardado la pregunta más importante para el final. Cuando Elwin logró contener las lágrimas y recuperar el aliento, Leon lanzó su última pregunta:

“Entonces, sir Elwin, ¿qué es lo que desea ser: condesa o conde?”.

Elwin se sobresaltó y miró a Leon. Él mantenía su expresión relajada de siempre, pero esta vez no había rastro de juego o broma. Su rostro mostraba una extraña seguridad.

Al igual que Elwin, parecía haber juzgado que no era necesario hacer preguntas obvias como '¿Desea quedarse en este territorio?' o '¿Está intentando ver si puede casarse con Dwight?'. Pero, mientras que lo de 'condesa' se podía entender, ¿'conde'?.

“……Un omega no puede heredar un título”.

Era una verdad absoluta, pero Elwin respondió eso primero. Era el sentido común más básico, pero Leon se encogió de hombros como si no viera el problema.

“No tiene por qué ser así. Ahí están el Gran Duque de Northumberland, el Conde de Reading de Montfort o el Duque de Hartwell de Rosemond”.

“Todos ellos son de la realeza. Además, el Duque de Hartwell de Rosemond es un personaje de cuentos de hadas”.

Elwin respondió con incredulidad, pero Leon parecía no entender qué estaba mal.

“Ah, los estudios recientes sugieren que el Duque de Hartwell pudo haber existido realmente”.

“He leído ese ensayo. Es una hipótesis interesante. No, eso no es…”.

Elwin, que casi había dejado que la conversación se desviara hacia un tema irrelevante, recuperó la compostura y respondió:

“En cualquier caso, yo no puedo ser conde”.

“La pregunta no era si puede o no, sino qué es lo que desea ser. Debe decirme cuál es su deseo, heredero”.

Frente a un Leon con el que parecía imposible razonar, la expresión de Elwin se oscureció.

'¿Mi deseo?'.

Por supuesto, Elwin también pensaba que era injusto. A pesar de ser el hijo mayor, un pariente lejano que no tenía nada que ver con la familia o el territorio aparecería para heredar todo. Las injusticias que vivía por ser omega no terminaban ahí; incluso si estudiaba duro y cumplía con los requisitos, no podía entrar a las escuelas que quería, ni obtener los empleos que deseaba, ni tenía la oportunidad de abrirse camino por sí mismo.

Cuanto más pensaba en lo injusto que era, más sufría. Lo único que podía hacer era aceptar la realidad y esforzarse por buscar algún camino posible. Por eso, Elwin evitaba mirar de frente lo que realmente quería. Si se permitía pensar en ello, todo le parecería intolerable.

'Si yo no fuera la condesa, sino el conde…'.

En el momento en que ese pensamiento cruzó su mente, una pequeña chispa pareció encenderse en el pecho de Elwin. En ese lugar que él creía que no era más que un montón de cenizas blancas, una brasa que aún no se había apagado salió volando.

Este era el territorio de Ravenwell, donde Elwin había nacido y crecido, y esta gente eran los suyos, a quienes Elwin amaba. Entonces, la persona que debía ser el dueño de estas tierras era, por derecho…

'No, eso es imposible'.

Sintiendo que una llama estaba a punto de extenderse y quemar todo su corazón, Elwin cerró sus sentimientos rápidamente. Por más desesperado que fuera el anhelo, lo imposible era imposible, y Elwin no tenía la afición de albergar deseos que nunca se cumplirían.

El problema era qué responder a esa pregunta. Como era un deseo tan terrible que ni siquiera podía albergar en su corazón, no podía atreverse a decir 'quiero ser conde'. Pero si decía 'quiero ser condesa'…

`……Eso sería una mentira`.

 

Ahora estaba aún más claro. Aunque en estas circunstancias tal vez no pudiera hacerse, lo cierto era que Elwin no tenía el más mínimo deseo de casarse con Dwight. Sentía una sensación de vacío tan grande al pensar en todos los días que había dedicado a planificar y esforzarse por ese objetivo que casi le resultaba irónico. A Elwin solo le quedaba una opción.

“Lo siento. No puedo responder”.

Elwin pronunció las palabras con pesadez, pero Leon esbozó una sonrisa enigmática. Parecía haber sabido de antemano que Elwin no sería capaz de responder a esa pregunta. En el momento en que vio su sonrisa, Elwin comprendió que, con su negativa, había dado una respuesta en sí misma. En cuanto Leon mencionó lo de ‘condesa’, quedó claro que él conocía el plan de Elwin, y si esa era su elección, bastaba con no decir nada para confirmarlo.

Leon había descifrado todo lo que Elwin sentía sin necesidad de escuchar una sola palabra, tal como si la pregunta misma hubiera hecho que Elwin tuviera que enfrentar sus propios sentimientos.

“Vaya. Y era un juego bajo el honor de un caballero”.

“Eso es…”.

“Es una lástima. Supongo que no habrá olvidado cuánto me costó proteger su honor aquella noche en su habitación, ¿verdad?”.

Leon volvió a sonrojar el rostro de Elwin con la punta de su lengua. Ante sus palabras, Elwin recordó la noche que pasó encerrado en su habitación con él, la expresión indescifrable que tenía Leon cuando escapó a duras penas, y hasta el aroma de aquel día.

Entre el aroma de las rosas del invernadero, la fragancia de Leon, dulce como frutas y canela, se extendió lentamente hacia Elwin. No sabía qué decir ni qué expresión poner.

“Lo de ese día… sobre eso, usted no había dicho nada hasta ahora”.

“Pero yo no he podido borrarlo de mi cabeza ni un solo momento. ¿Qué hay de usted, sir Elwin?”.

Ante la pregunta repentina, el corazón de Elwin latió aún más rápido. Solo después de que sus ojos vacilaran le vino a la mente que las tres preguntas ya habían terminado, pero Elwin ya había perdido el juego.

“Yo…”.

Como las palabras y los sentimientos que no lograban formarse en oraciones daban vueltas en su boca, Elwin se mordió el labio instintivamente y luego lo soltó. La mirada de Leon, que no se había apartado de sus ojos, se posó sobre sus labios, ahora rojos y húmedos.

Leon levantó la mano lentamente hacia la mejilla de Elwin. Fue un movimiento tan lento y suave que Elwin podría haberse apartado si hubiera querido. Sin embargo, por alguna razón, no pudo hacerlo.

“¿Nunca pensó en lo que ocurrió esa noche?”.

La respuesta correcta habría sido: ‘Será mejor que ni usted ni yo volvamos a pensar en eso’. Decir ‘nunca’ habría sido mentir, y no podía decir honestamente ‘no he dejado de pensar en ello’.

Elwin vaciló, incapaz de elegir una respuesta, pero Leon parecía leer su mente una vez más. Su mano grande rodeó suavemente la mejilla y la mandíbula de Elwin.

“Yo quiero que usted piense en ello. Y quiero que piense en mí, más y más profundamente”.

“……”.

“Sabe a qué me refiero, ¿verdad?”.

“No, no lo sé”.

Susurró Elwin con una voz que sonaba al borde del llanto. Su corazón latía tan fuerte que se sentía mareado. En los ojos vacilantes de Elwin, solo Leon tenía cabida.

En el instante en que la punta de sus dedos rozó sus labios, Elwin pudo prever claramente lo que iba a suceder. Lo sabía, pero no huyó. Lentamente, el perfil de Leon se acercó al suyo. La respiración de Leon se mezcló poco a poco con el aire que Elwin inhalaba, volviéndolo dulce.

“Usted ya lo sabe. Y ahora, también sabe que su honor es mío”.

“……”.

“Perdone mi osadía”.

Cuando Elwin cerró los ojos, como si hubiera sido atraído por una fuerza mayor, los labios de Leon tocaron los suyos.

¿Cómo describir la sensación de aquel momento? Su mente estaba aturdida, pero sus sentidos estaban más agudos que nunca. En el aire fresco, lo único cálido eran sus labios, unidos con cautela.

Aunque la sensación era suave, el lugar donde se tocaban parecía chisporrotear. Desde aquel punto hasta el borde de su corazón, hasta la punta de sus dedos, una sensación extraña comenzó a extenderse.

Tras un tiempo que pareció corto y eterno a la vez, cuando sus labios se separaron, Elwin reaccionó de repente. Incluso en el momento en que contenía la respiración, la mirada de Leon seguía clavada en sus labios, como si estuviera a punto de volver a rozarlos en cualquier descuido.

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‘¡¿Qué he hecho?!’.

Elwin estaba profundamente conmocionado, pero más aún le sorprendió darse cuenta de que no se arrepentía. Temiendo que, si se quedaba allí, pasarían cosas aún más sorprendentes, se levantó de un salto, visiblemente sobresaltado.

“¡Me retiro!”.

Elwin se giró y salió del invernadero, corriendo hacia la mansión. Sus piernas se sentían pesadas, temblorosas, pero al mismo tiempo tenía la sensación de estar flotando sobre las nubes. Cuando finalmente llegó al salón de banquetes, la fiesta aún estaba en pleno apogeo.

La gente seguía riendo y charlando como hacía poco, pero en un rincón se escuchaba un murmullo menos alegre. Mientras pensaba si se habría producido alguna pelea, alguien salió disparado de entre un grupo de damas.

“¡Señorita Selena!”.

Elwin, al reconocerla, corrió hacia ella con preocupación, y Selena se acercó con los ojos llenos de lágrimas.

“Señorita Selena. ¿Qué ocurre?”.

“Sir Elwin. Hic”.

Selena contrajo los labios, intentando contener un sollozo que estaba a punto de estallar. Las personas del grupo del que ella había salido la miraban con desdén, lanzándole miradas de reojo y susurrando entre sí.

“¿Qué es lo que ha pasado?”.

Cuando Elwin intentó acercarse a la gente, Selena le agarró fuertemente del borde del frac y negó con la cabeza.

“No, sir Elwin. Solo quiero irme a casa”.

“¿Está segura? Entonces…”.

Elwin volvió la mirada hacia el salón interior donde estaba Dwight. Parecía que el juego seguía en marcha. ¿Qué debía hacer en un momento así? Mientras intentaba recordar lo que había leído en los manuales de ‘etiqueta social’, una voz familiar sonó tras él.

“Yo regresaré más tarde con sir Dwight; infórmele al señor Frederick de que el heredero se retira primero”.

Era Leon, que había vuelto a la mansión. Con una actitud serena y experta, como si no hubiera pasado nada, dio instrucciones a los empleados de los Pinch para que prepararan el carruaje de los Ravenwell. Por otro lado, Elwin solo pudo responder con un torpe “¡Sí, sí!”, con las orejas ardiendo de vergüenza y una torpeza evidente.

‘No. Debo mantener la compostura. A menos que quieras que todo el mundo se entere de que acabas de besar a este hombre’.

Elwin se dio unas palmadas en las mejillas con sus manos frías y fue a buscar a Frederick. Aquel hombre de baja estatura, que estaba alardeando rodeado de gente, al ver a Elwin acercarse, mostró una expresión de evidente inquietud.

“Señor Frederick. Disculpe…”.

“Ejem, sir Elwin. Aquí hay muchas miradas, vayamos allí para hablar”.

Quizás pensó que Elwin tenía algo muy secreto que decirle. Él llevó a Elwin directamente hacia un pasillo poco concurrido. Para Elwin, que estaba desesperado porque temía que Selena rompiera a llorar en cualquier momento, la situación era absurda.

“Señor Frederick. Me retiro”.

Frederick, que lucía una expresión triunfal como diciendo ‘adelante, hable ahora’, se quedó atónito ante las palabras directas de Elwin.

“¿Perdón?”.

“Me iré primero con la señorita Selena. El señor Dwight regresará más tarde con el señor Leon”.

Cuando Elwin respondió de nuevo, la cara de Frederick se puso roja como un tomate; quizás esperaba algo más, pero como se sintió decepcionado, volvió a soltar tonterías.

“Ja. Parece que el abrigo que remendaste a la fuerza se está deshilachando, así que supongo que ya no puedes quedarte más tiempo. Bueno, haz lo que quieras”.

Elwin pensó en ignorarlo, como siempre, pero al reflexionar un momento, le resultó bastante desagradable. Después de todo, las doncellas que habían arreglado su ropa tenían una habilidad excelente y habían puesto mucho esmero en ello.

Ya que él cruzaba la línea de esa manera, ¿por qué debía seguir guardando las formas? Hasta ahora, había permanecido callado pensando en el futuro, pero después de haber arruinado su última oportunidad de quedarse en el territorio y haber besado a Leon, ya no tenía motivos para seguir aguantando.

“Ya que el señor Frederick tiene la amabilidad de aconsejarme sobre mi ropa, permítame darle un consejo: ¿no le queda el abrigo demasiado pequeño?”.

“……¿Perdón?”.

Frederick puso una cara de auténtico desconcierto; no esperaba que Elwin le devolviera el golpe.

“El segundo y el tercer botón parecen a punto de estallar, le sugiero que los vuelva a coser. Y aunque su patrimonio sea holgado, debería reducir su consumo de azúcar por el bien de su salud”.

“¿Qué… qué… qué?”.

“En fin, me retiro. No creo que tengamos oportunidad de volver a vernos”.

Elwin le dio la espalda a Frederick, quien estaba lívido de ira, y se marchó. Su temperamento mezquino le pedía a gritos decir alguna barbaridad más, pero al estar en un lugar donde se reunían todos los autoproclamados jóvenes de la alta sociedad del territorio, Frederick se limitó a rechinar los dientes, como si estuviera pensando: ‘¡Ya verás!’.

‘Me tiene sin cuidado’.

Con una sensación de liberación que nunca había sentido en su vida, Elwin escoltó a Selena y salió de aquel escandaloso salón de banquetes. Sin saber que su amo estaba furioso, los empleados de los Pinch tenían listo el carruaje de Elwin.

Al subir y sentarse frente a ella, notó que los hombros de Selena seguían caídos. Aunque Elwin no veía bien sin sus lentes, le pareció que tenía los ojos empañados en lágrimas.

“Esto… señorita Selena. ¿Necesita mi ayuda o consuelo? Si hay algo que pueda hacer, me gustaría intentarlo”.

Elwin era muy torpe para consolar a los demás, pero aun así, se atrevió a dar el primer paso. Selena, totalmente abatida, murmuró con una voz apenas audible:

“No quiero… hablar ahora. No, no puedo contárselo a usted, sir Elwin…”.

¿Qué quería decir con que no podía contárselo a él? ¿Acaso Selena también se había dado cuenta de la ‘operación matrimonio’? Elwin sintió culpa y desconcierto a la vez. ¿Qué pasaría si le decía que, por su parte, todo aquello parecía haber llegado a su fin? No sabía si era demasiado pronto para decir algo así, si la reconfortaría o si, al contrario, se enfadaría.

“……Está bien. Primero, volvamos a casa. Y hoy, descanse bien. No piense en nada hasta mañana”.

Ante las palabras pronunciadas por Elwin en voz baja, Selena asintió en silencio con los labios apretados. Aquellas palabras iban dirigidas tanto a ella como a sí mismo.

Al llegar a la mansión, los empleados salieron corriendo a recibirlos. Toby bombardeó a Elwin con preguntas, intrigado por el motivo de su pronto regreso y por lo que había ocurrido en el baile, pero Elwin le respondió exactamente lo mismo:

“Hablaremos mañana. Hoy… solo voy a descansar”.

No podía predecir qué pasaría después, así que no tenía sentido preocuparse por ello. Elwin, que siempre había vivido preparando el mañana, por primera vez en su vida dejó los asuntos del mañana para el día siguiente. Después de todo, mañana volvería a salir el sol.

* * *

‘El sol… ya está en el cenit’.

Tras haber cometido su primer acto impulsivo en toda la vida, Elwin se quedó dormido hasta tarde al día siguiente. Al despertar bajo los rayos de sol que se colaban por las cortinas, el loro Eco lo regañó con su parloteo habitual.

“¡Perezoso! ¡Perezoso!”.

“Ah, Echo, ten piedad”.

Elwin se levantó con el cuerpo entumecido y le preparó agua y comida a Eco. Aunque había dormido hasta tarde, no había descansado bien. No había podido conciliar el sueño hasta muy entrada la noche. Y la razón de su insomnio era…

‘¡Ah, por favor, detente!’.

Cuando Elwin sacudió la cabeza con fuerza y se dio un par de palmadas en las mejillas, Eco, que bebía agua fresca, lo miró con los ojos muy abiertos.

Aunque se golpeó hasta sentir ardor, sus pensamientos no se detuvieron. Desde la noche anterior, Elwin no dejaba de pensar en el beso que compartió con Leon en el invernadero de cristal. Se prometía no hacerlo, pero el recuerdo volvía; trataba de pensar en otra cosa y su mente regresaba a aquel momento. Incluso Leon apareció en sus sueños.

Parecía que las palabras que Leon le dijo anoche se habían quedado grabadas a fuego en su mente: que pensara en él más y más profundamente. ¿Cómo se suponía que debía mirar a Leon ahora? Mientras suspiraba, escucharon un golpe en la puerta.

“Joven amo, ¿durmió bien? Eh…”.

Toby, quien había venido a servirle el desayuno, miró el rostro de Elwin fijamente por alguna razón. Elwin, como quien tiene miedo de ser descubierto, se sorprendió y se cubrió la boca con el dorso de la mano.

“¿Por, por qué me miras así? ¿Tengo algo en la cara?”.

“¿Cómo iba a tener algo? Es que hoy se ve especialmente hermoso”.

“Qué cosas dices…”.

Toby miraba con satisfacción a Elwin, quien se quejaba con las mejillas sonrojadas, mientras lo ayudaba a peinarse. Luego, Toby lanzó la pregunta que Elwin más quería evitar.

“¿Qué pasó exactamente en el baile de ayer?”.

Ante esa pregunta, Elwin movió los ojos de un lado a otro, evitando la mirada de Toby. No podía decirle a su leal sirviente, a quien había declarado solemnemente que lograría una propuesta de matrimonio en un mes, que había terminado besando a otro hombre.

“Ejem, bueno, no pasó nada especial, yo no hice…”.

“¿De verdad? Porque parece que ya corre un rumor por el pueblo”.

Al oír las palabras de Toby, el corazón de Elwin dio un vuelco.

“¿Qué? ¡Acaso Leon…!”.

“¿Eh? ¿Por qué menciona al señor Leon? Lo que escuché es sobre la señorita Selena”.

Elwin, que se había puesto a la defensiva pensando que Leon había ido por ahí divulgando lo que pasó entre ellos, se quedó confundido ante la mención de Selena.

“¿Sobre la señorita Selena? ¿Qué dicen?”.

Toby, siempre ansioso por contar chismes, bajó la voz y susurró con expresión intrigada:

“Es algo que escuchó el empleado de los Hobson. ¡Al parecer, las damas de esa casa dicen que Selena no es una verdadera noble! ¡Todas las damas que fueron al baile ayer coincidieron en esa sospecha!”.

“¿Qué?”.

“Desde la fiesta del té, las damas sospechaban que no conocía los protocolos. Así que ayer, decidieron probarla y le preguntaron sobre la esposa de un noble de la familia Moro, ¡y dicen que dio una respuesta completamente disparatada!”.

Elwin recordó a la gente que susurraba mirando a Selena el día anterior. Si eso era cierto, era natural que ella terminara llorando.

“Dios mío. Si el rumor es cierto, ¿qué pasará? Con razón el señor Alfred ponía cara de apuro cada vez que veía a la señorita Selena. ¿Ahora qué vamos a hacer?”.

Toby estaba escandalizado, pero a Elwin no le resultó tan sorprendente. Al escuchar la noticia, sintió que las extrañas actitudes que Selena había mostrado hasta ahora cobraban sentido.

“¿Qué vamos a hacer? Ante todo, la señorita Selena es una invitada en nuestra casa. Trátala como siempre. Pero…”.

El rostro de Elwin se fue tensando. Él no era una persona que se preocupara excesivamente por las jerarquías sociales. Por eso, cuando supo que Leon no era un compañero de estudios de Dwight, lo aceptó con naturalidad, y lo mismo pasó ahora.

Lo que le preocupaba no era el origen de Selena. Si ella no era noble, ¿por qué Dwight la habría presentado como una señorita de la familia Moro? Una duda cruzó la mente de Elwin.

‘No puede ser… ¿acaso el señor Dwight también?’.

Si Dwight no era el segundo hijo de un barón… Solo de pensarlo, Elwin sintió un escalofrío.

A diferencia de otros asuntos, la identidad de Dwight no era algo que pudiera aceptar sin más. La razón por la que Dwight vino aquí, y la razón por la que Elwin intentaba acercarse a él a toda costa, era porque él era quien debía heredar la mansión y el territorio.

“¿Dónde está el señor Dwight ahora?”.

Ante la pregunta urgente de Elwin, Toby añadió rápidamente, como si estuviera a punto de contar eso mismo:

“¡Sobre eso! Quizás por lo de ayer, el señor Dwight se levantó temprano y citó a la señorita Selena en el jardín. Nadie se atrevió a acercarse a escuchar, pero observamos desde lejos y el ambiente se veía muy serio. Dicen incluso que la señorita Selena lloró”.

“……”.

“Ella se encerró en su habitación, y el señor Dwight está ahora en el salón de té bebiendo solo, sin decir palabra. Debe estar muy enojado, ¿no cree? ¡Qué absurdo sería enterarse de que lo han estado engañando con una falsa pariente noble!”.

Elwin tenía una opinión distinta. Dwight siempre se comportaba como si despreciara a Selena. Nunca le mostró respeto por ser una dama ni cortesía por ser su supuesta prima de la familia Moro. Tras escuchar los rumores de Toby, su actitud pasada le parecía lógica.

‘El señor Dwight seguramente sabía la verdadera identidad de la señorita Selena. Es muy sospechoso. Debo comprobarlo’.

Elwin abrió el cajón superior de su escritorio, que tenía llave. Allí estaban los documentos importantes de la casa condal ordenados, y en el fondo, los papeles relacionados con el proceso de sucesión de su padre.

Una vez finalizada la redacción de estos documentos, en cualquier momento, el mayordomo Alfred entregaría la escritura del territorio y el sello del cabeza de familia, que estaban bajo llave en la caja fuerte, a la casa del barón, concluyendo así la herencia. Originalmente, era un trámite que quería retrasar hasta el final como medida de última instancia.

‘Dadas las circunstancias… debo verificar esto’.

Elwin tomó el sobre de documentos y el sello de lacre, y se levantó.

“Como sea, ¿dices que está en el salón de té? Debo ir a verlo”.

“¡Así es, joven amo! ¡Ahora que el señor Dwight ha discutido con la señorita Selena, es el momento perfecto para atacar!”.

Elwin suspiró internamente ante el comentario poco serio de Toby. Por supuesto, lo que iba a hacer a continuación era, de alguna manera, parte de su estrategia. Al entrar en el salón de té, Elwin saludó con cautela.

“Señor Dwight, espero que haya dormido bien”.

Había ido de inmediato por la urgencia, pero estaba preocupado. Sabiendo que era una persona sensible, temía cómo estaría su humor tras haber discutido con Selena. Sin embargo, inesperadamente, Dwight se puso de pie al ver a Elwin y se mostró encantado.

“Ah, sir Elwin. Venga, siéntese y compártame un poco de té”.

Tenía los ojos brillantes; lejos de parecer de mal humor, parecía más eufórico de lo habitual. Elwin, confundido, se sentó frente a él.

“Lamento haberme retirado temprano ayer. Debí acompañarlo hasta el final, pero me surgieron unos asuntos”.

“Eso es comprensible. No se preocupe. Me dio mucha pena que se marchara antes. Después de eso, la fiesta se volvió muy aburrida”.

A pesar de que Dwight conocía bien lo que Selena había vivido en la fiesta del día anterior, fingió ignorancia absoluta, como si no tuviera idea de a qué se refería ese ‘asunto’. Además, añadió comentarios insinceros, a pesar de que había estado tan ocupado jugando a las cartas que ni siquiera se había dado cuenta de cuándo desapareció Elwin.

Mientras recordaba a Dwight absorto en el juego, Elwin cayó en la cuenta de que el día anterior le había pedido a ese mismo hombre ir a pasear y había sido rechazado sin miramientos. Avergonzado, cambió de tema y fue al grano.

“Gracias por decir eso. ¿Tendría un momento? Hay unos documentos sobre el proceso de sucesión que necesito que verifique desde la casa del barón”.

“Por una petición de sir Elwin, tengo todo el tiempo del mundo”.

No sabía por qué Dwight seguía diciendo cosas tan empalagosas, pero Elwin le tendió los documentos tal como había planeado. Tras explicar el contenido hoja por hoja, señaló la parte inferior vacía en la última página.

“Si le parece que no hay problemas con el contenido, puede estampar su sello aquí, pero…”.

Elwin miró de reojo el anillo que Dwight llevaba en el dedo meñique de su mano izquierda. Era un anillo que usaba siempre. Como los nobles solían llevar sellos en sus anillos, si él realmente era el segundo hijo del barón, aquel también debía ser su sello.

“¿Tiene consigo el sello de la casa del barón?”.

Elwin, que no estaba acostumbrado a sondear a los demás, preguntó con voz ligeramente trémula. Sin embargo, para sorpresa suya, Dwight asintió con una expresión sosegada, casi indiferente.

“Sí. Aunque como el cabeza de familia está vivo, este es un sello simplificado para el representante, ¿es aceptable así?”.

“P-por supuesto. Aquí”.

Dwight encendió una vela de la mesa, derritió la barra de cera que Elwin le había entregado y la dejó caer en la parte inferior del documento. Luego, se quitó el anillo y lo presionó sobre la cera derretida, revelando el emblema de la casa Greymont: un halcón negro posado en un risco.

Era exactamente el escudo de armas de la baronía que Elwin conocía. Aunque el tamaño era un poco pequeño, tenía sentido que Dwight, al ser el segundo hijo, poseyera un sello simplificado. Incluso su forma de manipular documentos nobiliarios con tanta naturalidad no dejaba lugar a dudas.

‘Claro, no podía ser de otra forma’.

Parecía que sus sospechas habían sido infundadas. Después de todo, el cabello rubio platino, sello de los Greymont, no era un color común. Además, el rostro de Dwight se parecía bastante al del barón Greymont que Elwin había visto hacía unos años. Y su actitud altiva y arrogante era algo que no se podía fingir; al menos, era evidente que Dwight era un noble que había crecido con un sentido de privilegio desde el nacimiento.

“Listo. Entonces…”.

Elwin recogió los documentos con la mayor cortesía posible, temiendo que Dwight descubriera que lo había sospechado. Su intención era regresar al salón para ordenar sus pensamientos, pero…

“Sir Elwin. Si no tiene otros asuntos pendientes, ¿qué le parece si damos ese paseo que no pudimos hacer ayer?”.

Mientras se volvía a poner el anillo, Dwight soltó una propuesta totalmente inesperada. Elwin lo miró atónito, pensando que debía haber escuchado mal, pero Dwight incluso sonrió, curvando las comisuras de sus labios.

“Un paseo por el jardín. Ayer me lo pidió con tanta ilusión y yo estaba tan ocupado que no pude acompañarle. ¿Me daría otra oportunidad?”.

¿Qué estaba pasando? Ante una situación que no había previsto en absoluto, a Elwin le tomó un buen rato articular una respuesta.

“Ah, sí. Como hace frío, iré a buscar mi abrigo”.

Mientras regresaba a su habitación sintiéndose desconcertado, Elwin se cruzó con Alfred.

“Señor Alfred. ¿Podría traer el sello de mi padre a mi habitación más tarde? Acabo de obtener la firma de Dwight en representación del barón para el acta de confirmación de sucesión”.

“Entendido. Pero el sello oficial se lo llevó el conde a Savar, y el que está en la caja fuerte es el sello simplificado del cabeza de familia, ¿le sirve?”.

“Ah, es cierto. Como yo también tengo un sello simplificado de representante, no sé cuál sería el más adecuado. Creo que falta poco para que el señor Dale regrese de su viaje… Mejor dejemos el sellado pendiente. Tendré que pensarlo”.

Pensando que, en el peor de los casos, podría retrasar el trámite hasta que el encargado de finanzas regresara de Savar con el sello oficial, Elwin entró en su cuarto y tomó su abrigo. Toby, que estaba ordenando, se apresuró a hablar.

“Joven amo, ¿va a salir?”.

“No, el señor Dwight me ha pedido pasear por el jardín”.

Ante la respuesta de Elwin, Toby puso una cara de incredulidad y luego comenzó a alborotarse.

“¿De verdad, joven amo? Después de discutir con la señorita Selena, ¡parece que el señor Dwight finalmente ha reconocido su valor!”.

“No es eso. Cállate, Toby”.

“Claro que sí. ¿Qué estratagema usó ayer en la fiesta para que las cosas avanzaran tanto?”.

Toby estaba eufórico, pero Elwin se sentía sumamente inquieto. La mayoría de los fenómenos tienen una causa, o al menos un detonante. Hasta ayer, cuando Elwin le pidió pasear, Dwight lo miró como si no entendiera por qué se lo proponía. Que su actitud cambiara de repente indicaba que algo debió sucederle a Dwight durante el intervalo.

‘O sea que, mientras yo estaba en el jardín…’.

Al recordar lo ocurrido anoche en el jardín de los Finch, Elwin sintió que sus mejillas se encendían. Toby, mientras ayudaba a Elwin con el abrigo y le arreglaba el cabello, se echó a reír al ver su reacción.

“Vaya, ¿está nervioso? No se tense tanto y vaya, que se ve muy guapo hoy”.

Elwin, incapaz de confesar que se sonrojaba por Leon y no por Dwight, se abanicó con la mano mientras se dirigía al jardín, esperando que el aire se llevara sus pensamientos innecesarios.

‘Pero, ¿dónde se ha metido ese hombre?’.

Desde que despertó por la mañana, le preocupaba cómo volvería a ver a Leon, pero el hecho de no haberlo visto en todo el día también le causaba desasosiego. Al salir al pórtico con rostro serio, Dwight lo recibió con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja, tal como hace un momento.

“Ha llegado, sir Elwin. Vayamos, pues. Siempre he pensado que este es un jardín espléndido”.

Dwight, que llevaba ya 20 días en la mansión, soltó un cumplido bastante tardío. Como correspondía a una familia noble de larga tradición, el jardín tenía muchos árboles antiguos, pero al ser finales de otoño, las hojas habían caído y el ambiente se sentía vacío y desolado.

Era imposible que su elogio hacia un jardín sin una sola flor fuera sincero; parecía que Dwight había decidido decirle a Elwin todo lo que fuera agradable de oír. Mientras caminaban lado a lado, Elwin se sentía cada vez más incómodo y estaba a punto de ralentizar el paso cuando Dwight preguntó de repente:

“Usted nunca ha visto el mar, ¿verdad?”.

Aunque sonaba a pregunta, su tono daba por hecho que Elwin no conocía el mar. Elwin, algo desconcertado, respondió:

“…Después de mi ceremonia de mayoría de edad, hice un viaje con mi padre por la costa del Mediterráneo”.

“Ah, el Mediterráneo es bonito, pero no se compara con el mar frente a nuestro territorio. No sé si lo sabe, pero Greymont tiene un puerto muy grande”.

Sacar a colación el tema del mar parecía ser solo una excusa para presumir de su territorio de origen. Dwight comenzó a hablar con tono arrogante sobre la rentabilidad del comercio exterior y la importancia del puerto de Greymont. Al escucharlo con atención, Elwin notó que estaba repitiendo palabra por palabra lo que otros invitados habían dicho en la fiesta del té para halagar a Dwight. Y, a juicio de Elwin, ni siquiera eran datos correctos.

‘Solo conoce una parte de la historia’.

El puerto de Greymont tenía aguas poco profundas, lo que dificultaba la entrada de barcos, y el transporte ferroviario hacia la capital era complicado, por lo que el puerto ya estaba en decadencia.

Sin embargo, Elwin se limitó a asentir sin contradecirlo. Dwight, satisfecho al ver que Elwin escuchaba en silencio, continuó presumiendo de su familia durante un buen rato. Mientras observaba su actitud jactanciosa, Elwin comprendió de repente que Dwight se estaba sobreexponiendo como un animal que infla su pelaje para parecer más grande. Los animales hacen eso por dos razones: o bien para retar a un oponente, o para cortejar a alguien.

‘¿Acaso…?’.

Cuando ese signo de interrogación cruzó la mente de Elwin, ambos ya habían dado la vuelta completa al jardín y estaban cerca de la mansión. Dwight se detuvo frente a un banco y sacó un pañuelo del bolsillo interior de su abrigo.

‘Ah, lo sabía’.

Dwight extendió el pañuelo, lo colocó sobre un extremo del banco y, con una actitud que él consideraba 'caballerosa', le dijo a Elwin:

“Siéntese, sir Elwin.”

¿Era imaginación suya o Dwight realmente estaba expresando interés? Si fuera cierto, tanto Toby como el mayordomo Alfred estarían exultantes, pero Elwin se sentía incómodo. Sin embargo, como no podía rechazarlo abiertamente, se sentó a regañadientes. Al ver que Elwin esbozaba una sonrisa forzada, Dwight se acercó a él con aire triunfal. Justo cuando Elwin se removía en el asiento, sintiéndose incómodo por la cercanía, Dwight miró hacia la entrada del jardín y saludó a alguien.

“¿De dónde vienes tan temprano?”

“Ah, señor Dwight. Y…… sir Elwin.”

Al oír la voz de Leon respondiendo con tono bajo, el corazón de Elwin se hundió. Se sintió como alguien a quien acaban de atrapar siendo infiel y quiso dar alguna excusa. Leon sabía perfectamente cuánto deseaba Elwin quedarse en la propiedad, por lo que era lógico que malinterpretara la situación como parte de su plan. Pero Elwin no era el tipo de persona que, tras haber compartido un beso con alguien la noche anterior, se pegara a otro al día siguiente. No le importaba lo que pensaran los demás, pero no quería que Leon lo malinterpretara.

‘¿Qué significa esa mirada?’

Elwin escrutó el rostro de Leon. Leon parecía tan relajado y despreocupado como siempre, pero no apartó la vista ni un segundo de los dos que estaban sentados en el banco. Era un rostro imposible de descifrar. Elwin no podía saber si estaba enojado, confundido o si le daba igual. Y, si no le importaba, ¿estaba ocultando su inquietud o era alguien a quien no le afectaba ver a la persona con la que se besó el día anterior junto a otro?

‘……Eso sería bastante desagradable, ¿no?’

Al considerar esa última posibilidad, Elwin sintió una extraña irritación, como si él mismo hubiera sido traicionado. Mientras su mente se enredaba en dudas, escuchó la respuesta de Leon:

“Tenía un asunto pendiente en el pueblo.”

“Entiendo. Puedes retirarte; tengo cosas que hablar con sir Elwin.”

En ese instante, las cejas de Leon se movieron apenas un milímetro. Fue un gesto tan sutil que, de no haber estado observándolo con atención, habría pasado desapercibido.

“Entonces, continúen su conversación.”

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Pero la breve inquietud desapareció y Leon se alejó hacia la mansión con una expresión inescrutable. Elwin miró de reojo la espalda de Leon y, al volver la vista, se encontró con que Dwight lo miraba de nuevo con la sonrisa de oreja a oreja.

“Como le decía, sir Elwin.”

Justo cuando cambiaba de tema como si fuera a decir algo importante, un viento gélido azotó los alrededores. Una ráfaga pasó sobre el montón de hojas secas acumuladas, esparciéndolas cerca del banco. La sonrisa artificial de Dwight desapareció un momento; arrugó el entrecejo y comenzó a sacudirse las hojas de la ropa con movimientos bruscos y sonoros.

“¿Se encuentra bien, señor Dwight?”

“Ah.”

Él, recordando la presencia de Elwin, forzó una sonrisa, pero no pudo evitar mirar de reojo el montón de hojas con desprecio.

“Incluso en un jardín con tanta tradición, si quienes lo cuidan no ponen esmero, surgen estos descuidos. Es usted demasiado blando con los subordinados, sir Elwin.”

La razón por la que los jardineros dejaban las hojas allí era porque Elwin se lo había pedido para usar la tierra en el semillero. Dwight, que criticaba a los empleados ajenos a su antojo, se jactó nuevamente:

“Yo no permitiría tal desidia. No es por presumir, pero al administrar un territorio portuario donde transita tanta gente, uno desarrolla naturalmente la habilidad para tratar con los demás.”

“Ya veo, entiendo.”

“Por eso se lo digo: si yo estuviera a su lado, creo que podría compensar las carencias de sir Elwin. ¿Qué le parece?”

A Elwin le tomó un buen tiempo comprender lo que Dwight quería decir. Dwight realmente estaba expresando un interés activo. Era, por fin, lo que Elwin había esperado desde que Dwight llegó. Por más que se esforzara, Elwin no podía sentir afecto por él, pero si Dwight tomaba la iniciativa, la situación cambiaba.

‘Si ahora digo que sí……’

Si Elwin aceptaba que Dwight se quedara a su lado, quizás no tendría que irse de la casa. Podría proteger el futuro de Eleanor y la vida de sus empleados. Sin embargo, no pudo articular palabra. En lugar de pensar en el éxito de su plan, solo pensaba: ‘¿Por qué ahora?’. Y es que el corazón de Elwin ahora pertenecía a……

“¡Ah, e-espere!”

Buscando una salida, Elwin vio a la institutriz de Eleanor cruzando el jardín. Elwin se levantó de un salto.

“Disculpe, señor Dwight. Tengo algo urgente que decirle a la maestra de Eleanor. Con su permiso.”

Elwin hizo una breve reverencia y huyó hacia la institutriz. Su corazón latía acelerado por la confusión.

“Joven amo, ¿qué sucede? ¿Está bien?”

Elwin, que solo quería alejarse de ese banco, respondió:

“Verá, es sobre la señorita Selena.”

La institutriz sonrió con calidez al oír el nombre.

“En realidad, Selena ha pasado por algo muy doloroso estos dos días. No sé si quiera asistir a clase hoy, pero si lo hace, ¿podría tratarla con delicadeza?”

“Oh, entiendo perfectamente. No sé qué habrá pasado, pero espero que se recupere pronto. La señorita Eleanor se siente mucho más alegre desde que pasa tiempo con ella.”

Aquellas palabras hicieron que el peso en el corazón de Elwin aumentara por la preocupación y la culpa hacia Selena.

‘No…… tal vez ya lo arruiné todo hace un momento.’

Dwight le había tendido la mano y Elwin lo había dejado plantado, así que no sería extraño que se marchara de la casa. Elwin se sintió tan avergonzado ante sus empleados que fue al invernadero a limpiar el huerto. Al recordar que había ensuciado la ropa para pasear con Dwight, se sintió aún peor. Caminó de regreso a la mansión con los hombros caídos. Cuando vio a Toby correr hacia él, se preparó para disculparse, pero entonces Toby dijo:

“¡Joven amo! ¡El señor Dwight dice que quiere ir a montar a caballo mañana!”

Aunque se había saltado un día por ir a la fiesta vespertina, Dwight solía recorrer el territorio a caballo casi todos los días durante el último tiempo. Elwin asintió con indiferencia, pensando que simplemente se trataba de la noticia de que saldría con Isaac, su sirviente, como de costumbre.

“Ya veo. Tendré que avisarle al encargado de las caballerizas. Pero más importante, Toby, yo…”.

“Ay, joven amo. ¡No es eso, sino que el señor Dwight dijo que quiere ir de paseo a solas con usted mañana!”.

“¿Qué?”.

“Dios mío. ¡Pero qué está pasando aquí! Joven amo, ¿qué debería ponerse mañana? ¿Le pido al señor Alfred que le haga un nuevo adorno para el cabello?”.

Elwin se quedó aturdido, como si alguien le hubiera golpeado la nuca con fuerza. En lugar de estar enfadado, el hombre había expresado que quería salir de paseo, y nada menos que a solas con él. Ante un Toby que se deshacía en alborotos de alegría, Elwin se sintió, por el contrario, presa de un mal presentimiento y murmuró en voz baja:

“Eso mismo digo. ¿Qué rayos estará pasando…?”.

* * *

“¿Qué sugerirá hacer el señor Dwight hoy?”.

Tres días después, por la mañana. Toby preguntaba con voz alegre mientras peinaba a Elwin. A diferencia de su sirviente, cuyos ojos verdes brillaban de emoción, Elwin tenía las mejillas demacradas. Tras dudar un momento, al no querer decepcionar a quien lo atendía con tanto entusiasmo, Elwin no pudo más y respondió:

“Hoy no iré a ninguna parte. Tengo trabajo acumulado. Son asuntos que debo resolver con urgencia”.

Ante las palabras de Elwin, Toby abrió la boca de par en par con expresión de tragedia.

“¿Qué? Pero si el ambiente entre ustedes está mejor que nunca. Hay que aprovechar el hierro mientras está caliente; en momentos así es cuando debe mostrarse más receptivo”.

¿Acaso se podía decir realmente que el ambiente había sido ‘bueno’ durante estos últimos tres días? Lo único claro es que Dwight no se había despegado de Elwin ni un segundo, manteniendo siempre un aura extraña entre ambos. El día siguiente a su paseo por el jardín le pidió que salieran a montar a caballo, y al siguiente le pidió que lo acompañara al centro de la ciudad alegando que tenía compras pendientes.

Incluso dentro de la mansión, el cambio de actitud de Dwight se mantuvo. Durante la hora del té y en las cenas, no dejaba de dirigirle la palabra y ofrecerle comida a cada instante. Su comportamiento fue tan descarado que no solo los empleados que conocían el ‘plan de matrimonio’ de Elwin, sino incluso los que no sabían nada, empezaron a notar algo. Todos hacían predicciones optimistas: “Si siguen así, ¿no es posible que el joven amo termine quedándose aquí definitivamente?”.

“En mi opinión, el señor Dwight le pedirá matrimonio a más tardar mañana. ¡Oh, qué romántico será! ¿Qué le parece, joven amo? ¿No cree que la primavera es la mejor estación para celebrar la boda?”.

Toby estaba tan emocionado que parecía listo para empezar a organizar la ceremonia en ese mismo instante. Como Elwin valoraba mucho a sus empleados, una parte de él quería cumplir sus expectativas a toda costa, pero…

“Bueno… por ahora, necesito descansar. Estoy demasiado cansado como para salir de nuevo”.

Elwin estaba verdaderamente exhausto. Aunque lo había olvidado por un tiempo, en realidad, tenía una personalidad que consideraba el acto de conversar con la gente como algo sumamente agotador. Y, sinceramente, las conversaciones con Dwight eran lo peor. Hasta ahora no se había dado cuenta porque Dwight apenas le prestaba atención.

Más que nada, Elwin no sabía cómo reaccionar al parloteo incesante de Dwight. Como a cualquier persona, a Elwin le resultaba insoportable escuchar comentarios que denigraban a otros o que estaban basados en conocimientos erróneos. Intentar rebatirle parecía una tarea interminable, así que prefería quedarse callado. Sin embargo, Dwight, malinterpretando ese silencio como interés genuino, se explayaba aún más. Hablaba de lo poco educados que eran los plebeyos o de lo despreciables que eran ciertos linajes. Eran comentarios atroces.

Elwin había llegado a su límite. Si escuchaba una sola estupidez más, temía que su cabeza fuera a estallar. Mientras Toby se golpeaba el pecho, frustrado por la actitud de su amo, se escucharon unos golpes en la puerta y el mayordomo Alfred entró en la habitación.

“Joven amo, le traigo los documentos de liquidación”.

Alfred llevaba en las manos el libro de cuentas del condado y un fajo de pagarés que Elwin debía revisar. Como se acercaba la fecha de pago mensual, su firma era necesaria. Mientras entregaba los papeles, Alfred le dio una noticia inesperada.

“Por cierto, joven amo. El alguacil del pueblo preguntó si nosotros también teníamos tratos con la familia Finch”.

“¿Tratos con la familia Finch? ¿Por qué pregunta eso?”.

“He oído que se está llevando a cabo una investigación masiva sobre la acumulación ilícita de riqueza de los Finch. Dicen que no ha quedado almacén de sus empresas militares ni oficina sin ser registrada por el alguacil y los inspectores fiscales”.

Que la empresa de los Finch hubiera prosperado mediante sobornos y explotación era un secreto a voces en la región, por lo que no le sorprendió. Lo que sí le resultó asombroso es que las autoridades hubieran decidido actuar de repente en un asunto que todos preferían ignorar. ¿Qué clase de informante de alto nivel habría revelado la información para provocar tal cambio?

“Ya veo. Como no hemos tenido tratos con ellos, no debería afectarnos”.

“Eso fue exactamente lo que respondí”.

“¡Qué justicia tan divina! Después de lo mal que trataron al joven amo solo porque tenían un poco de dinero”.

Aunque Elwin se mantuvo sereno, Toby parecía inmensamente feliz con la noticia de los problemas de los Finch. Aun así, aprovechó para quejarse con Alfred.

“Pero escuche, señor Alfred. El señor Dwight seguramente querrá ver al joven amo hoy también, pero él dice que está cansado y que se quedará todo el día revisando documentos”.

Ante el lamento de Toby, Alfred, que estaba entregando el libro de cuentas, observó a Elwin en silencio. En el rostro del anciano mayordomo, quien atesoraba al joven amo como a una flor, se dibujó una sombra de preocupación.

A diferencia de Toby, que estaba entusiasmado con la audacia de Dwight, Alfred parecía estar reflexionando mucho últimamente. Como había cuidado de Elwin desde que era un bebé, quizás lograba leer sus verdaderas intenciones, o tal vez era consciente de lo que escuchaba a través de Eleanor.

A medida que Dwight se acercaba a Elwin con aires de triunfo, Selena se volvía cada vez más sombría. Después de regresar de la fiesta de los Finch, algunos empleados cuchicheaban sobre los rumores, y tal vez por la incomodidad de ver a Dwight, Selena se encerraba casi todo el tiempo en su habitación, negándose a comer. Solo Eleanor entraba en su cuarto para conversar largamente con ella. Por lo que se contaba, parece que Selena no le había revelado todos los detalles, pero era evidente que estaba consumida por la traición y el arrepentimiento.

“Si está cansado, debe descansar. ¿Por qué no pospone el trabajo y se toma el día libre?”.

“No, ¿acaso usted también, señor Alfred?”.

Al ver que Alfred tomaba partido por Elwin con tanta amabilidad, Toby se golpeó el pecho nuevamente con desesperación. Antes de que Toby pudiera seguir insistiendo, Elwin le arrebató el libro de cuentas a Alfred.

“Entonces, por favor, dígale al señor Dwight que hoy estoy sumamente ocupado y que me dedicaré exclusivamente al trabajo”.

Tras dar la orden, Elwin se refugió en la biblioteca como si estuviera huyendo. Por fin, se sintió en paz. Suspiró y, por precaución, cerró bien las cortinas, temiendo que Dwight pudiera encontrarlo.

‘Ahora sí siento que puedo respirar’.

Aunque había trabajo que hacer, la excusa de estar ‘ocupado’ era falsa. Podía terminar de organizar ese libro de cuentas en un abrir y cerrar de ojos. A los pocos minutos de sentarse a la mesa de trabajo, Elwin terminó sus deberes y se trasladó al sofá junto a la ventana.

Al dejarse caer y cerrar los ojos, hasta la tensión acumulada comenzó a disiparse. Percibió, aunque muy débilmente, el aroma de alguien que había ocupado ese lugar antes. Resultaba extraño sentirse aliviado por el rastro de otra persona cuando lo único que deseaba era estar solo.

Sin darse cuenta, sus ojos se cerraron lentamente. ¿Cuánto tiempo habría dormido? Elwin despertó de golpe al sentir un movimiento suave, casi imperceptible. Alguien había entrado en la biblioteca. Elwin balbuceó al llamarlo:

“Señor Leon”.

Él, que leía un libro en la mesa al otro lado de la sala, levantó la vista lentamente y miró a Elwin. ¿Desde cuándo ese hombre tan astuto estaba allí sin hacer ni un ruido?

“Si ya estaba aquí, ¿por qué no me despertó?”.

Elwin se frotó los ojos, tratando de espantar los restos del sueño. No lo decía por cortesía; en el instante en que vio a Leon, se dio cuenta de cuánto lo había extrañado. Era una expresión extraña, dado que vivían bajo el mismo techo y se veían a diario.

Desde lo ocurrido en el invernadero de los Finch, no habían intercambiado muchas palabras. Incluso en la hora del té o en las cenas, Dwight siempre interrumpía con sus insistencias, haciendo imposible que Leon y Elwin siquiera se cruzaran la mirada.

Eso lo frustraba. Aunque sospechaba que, si realmente hablaban, él solo se pondría nervioso y torpe, quería conversar con él. Ahora que lo pensaba, Elwin siempre había considerado que hablar con la gente era agotador, pero nunca se había sentido así con Leon.

“Parecía dormir tan plácidamente que no quise molestar. Siga descansando”.

“No se preocupe. Ya estoy completamente despierto”.

A medida que la mirada de Elwin se aclaraba, se fijó en los labios de Leon. Ese día, al igual que siempre, tenían una forma perfecta y lucían particularmente hidratados.

‘……¿En qué estoy pensando?’.

Temiendo que su rostro se tornara rojo, Elwin bajó la vista apresuradamente. En respuesta, como si fuera una pequeña venganza, Leon cerró el libro por completo y clavó los ojos en el rostro de Elwin. Elwin, sin saber dónde meterse, preguntó:

“¿Por qué me mira así? ¿Acaso tengo algo en la cara?”.

“Sí, aquí. Ha estado babeando bastante”.

Ante el comentario de Leon, quien señalaba su boca, Elwin se levantó sobresaltado. Mientras rebuscaba en los bolsillos de su chaqueta buscando un pañuelo, Leon soltó una carcajada.

“Es una broma”.

“Ah, de verdad, ¿por qué dice esas cosas? Pensé que estaba haciendo el ridículo…”.

“Bueno, ¿qué más da una poco de baba? Sería más fácil enseñarle esgrima a un cachorro que hacer que esa cara luzca ridícula”.

El rostro de Elwin, que ya se había sonrojado por la confusión, se encendió ahora por un motivo distinto. Temiendo que una reacción excesiva ante sus palabras lo hiciera parecer cómico, intentó balbucear sin que le temblara la voz.

“Es usted muy bueno halagando sin cambiar ni un solo gesto, señor Leon”.

“No lo sé. La verdad es que no me siento lo suficientemente bien como para dedicarme a halagar a nadie”.

Leon respondió con un tono de molestia, como si se sintiera frustrado. Preocupado al instante por si había hecho algo para herir sus sentimientos, Elwin preguntó con cautela:

“¿Por qué se siente así...? ¿Ha sucedido algo?”.

Quizás le divirtió la reacción ingenua de Elwin, pues Leon relajó inmediatamente las cejas fruncidas y sonrió. Sin embargo, no era una sonrisa del todo alegre.

“No puedo contra usted. ¿Qué otra razón podría tener para estar de mal humor? Simplemente me sentía un poco despechado al no haber podido intercambiar ni una palabra con usted en todo este tiempo”.

Parecía que a él también le incomodaba la situación de no poder encontrarse adecuadamente con Elwin. A Elwin le alegró saber que Leon sentía lo mismo, pero era difícil demostrarlo. El alboroto de Toby sobre la inminente propuesta de matrimonio de Dwight no era un delirio infundado; la actitud jactanciosa y entrometida de Dwight iba en aumento.

Dwight señalaba los amplios campos de la propiedad y se refería a ellos como ‘nuestra tierra’, y al ir al pueblo, compró una pequeña flor de manos de un niño vendedor y se la entregó a Elwin sin previo aviso. Aunque Elwin no tuviera una buena opinión de él y sus conversaciones fueran incómodas, parecía que, si simplemente se dejaba llevar por la corriente, el resultado sería un final feliz para todos. Por lo tanto, no estaba bien que Elwin se sintiera aliviado al escuchar a Leon decir que estaba despechado por no verlo.

Oscilando momentáneamente entre sus sentimientos sinceros y su deber como heredero de una casa noble, Elwin, con cobardía, cambió ligeramente el tema.

“...Usted también ha estado ocupado estos días. Escuché que ha ido con frecuencia al centro de la ciudad por asuntos personales”.

Elwin inventó una excusa, como si la razón por la que no se habían cruzado no fuera Dwight, sino las ausencias frecuentes de Leon. Esperaba que Leon lo negara, pero, inesperadamente, este se encogió de hombros y asintió con naturalidad.

“Así es. Tenía asuntos que atender. Y también a alguien a quien ver”.

Elwin, que escuchaba sus palabras en silencio, se estremeció ligeramente en ese momento. La frase ‘alguien a quien ver’ voló hacia su mente y se le clavó con fuerza.

‘¿Alguien a quien ver? ¿Acaso conoce a alguien en esta zona? ¿Será alguien que conoció recientemente?’.

Al instante, Elwin recordó a la mujer que se sentó junto a Leon en la fiesta del té y que, durante la velada, le propuso activamente dar un paseo por el jardín. Al llegar a ese pensamiento, una oleada de furia estalló en su interior. Deseaba preguntarle con firmeza: ‘¡¿A quién demonios se ha estado viendo?!’, pero no se atrevía. Por otro lado, tampoco era tan hábil como para fingir que no le importaba. Elwin, que intentaba balbucear sin éxito mientras sus ojos se encogían y sus comisuras caían, mostraba claramente su sufrimiento en su rostro puro.

Observándolo fijamente, Leon se levantó de su asiento. Sus pasos, lentos y pesados, cosquillearon los oídos de Elwin hasta que el hombre se sentó a su lado. El sofá donde estaba Elwin era lo suficientemente grande para dos o tres personas, pero como él estaba sentado en el centro y Leon era de complexión muy grande, sus hombros se rozaron suavemente. Fue solo eso, pero el corazón de Elwin comenzó a latir con fuerza de nuevo.

“Solo me reuní con un mensajero enviado por mi familia. También tenía algunos documentos de la oficina administrativa que debían ser verificados”.

“Ah, entiendo. Ya veo”.

Debido a que la presencia de Leon a su lado lo tenía completamente descolocado, Elwin respondió con un tono de alivio que, sin querer, dejó en evidencia sus sentimientos. Leon terminó soltando una pequeña carcajada.

“¿Tanto le preocupaba saber a quién había visto?”.

“Ah, ah, bueno, eso es...”.

Era un intento claro de sonsacarle información, pero ante una pregunta tan directa, Elwin, incapaz de mentir, solo pudo balbucear. Mientras apretaba los labios, un calor intenso se apoderó de sus mejillas.

Era un sentimiento del cual se sentía avergonzado. Aún no había llegado a una conclusión precisa sobre si ‘era el momento adecuado’ para todo aquello. Sin embargo, en el fondo, Elwin deseaba que Leon comprendiera sus sentimientos, por muy vergonzosos que fueran. Quizás ya lo había descubierto, pero aun así, quería ser honesto frente a él.

“...Sí. Así fue”.

Tras su pequeña confesión, un breve silencio se instaló entre ambos. Tal vez ni siquiera Leon esperaba que Elwin respondiera con tanta sinceridad. Fue una impresión suya, o quizás el hombro de Leon, que rozaba el suyo, se sentía más cálido que hace un momento. El aire se volvió sutilmente tenso.

Elwin se sentía tan mareado por dentro que deseaba salir corriendo de la biblioteca. Al mismo tiempo, no quería abandonar aquel lugar por nada del mundo. Por más difícil que fuera soportarlo, prefería quedarse allí, hombro con hombro, junto a Leon.

“U-usted también, Leon. Dijo que estaba despechado por no poder hablar conmigo”.

Elwin quería decirle que, si a él le pasaba lo mismo, entonces sus vergonzosos sentimientos no debían ser un pecado tan grande. Ante sus palabras dichas casi como un reproche, el hombro de Leon, que estaba pegado al suyo, se separó.

Pensando que tal vez se iría tras haberse sentado a su lado, Elwin giró la cabeza, solo para encontrar a Leon mirándolo mientras giraba ligeramente el torso sin levantarse. Ambos quedaron sentados de lado, enfrentándose el uno al otro.

“Tiene razón. Estábamos pensando en lo mismo, usted y yo, sir Elwin”.

Elwin recordó las últimas palabras que Leon le había dicho en el invernadero: que deseaba que Elwin pensara en él más a menudo y con mayor profundidad.

Como si aquellas palabras hubieran sido una maldición o un hechizo, Elwin no pudo quitarse a Leon de la cabeza durante días. Quizás había podido soportar las conversaciones incómodas con Dwight porque, al estar pensando en Leon, muchas veces ni siquiera escuchaba las tonterías que Dwight decía.

Como aquellos pensamientos intrusivos devoraban su mente constantemente, Elwin sentía cierto resentimiento hacia ese hombre astuto, preguntándose qué le había hecho para terminar en ese estado. Pero ahora, al escuchar a Leon hablar de ‘pensar en lo mismo’, aquel tormento interno le pareció algo no tan malo. Se preguntó si Leon también habría estado pensando en él tanto como él lo había hecho.

“¿...Eso cree?”.

Como su timidez era tan grande como su alegría, Elwin respondió de manera vaga y dubitativa. Aunque seguramente Leon podía leer sus pensamientos transparentes, este fingió estar dolido para seguir con su juego.

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“No sabe cuánto me preocupé. Temía que aquel tiempo que compartimos esa noche, sir Elwin, quisiera enterrarlo como si hubiera sido un error”.

“¿Un error? De ninguna manera”.

“Bueno, hay gente así en el mundo. Personas que agitan el corazón de los demás y luego simplemente lo califican como un error”.

Era un comentario desagradable incluso de escuchar. ¿Cómo podía alguien besar a otro y luego intentar disculparse diciendo que fue un error? Fue entonces cuando Elwin se dio cuenta de que el hombre que tenía sentado frente a él era, probablemente, el mayor libertino que conocía, y preguntó sobresaltado:

“No estará tratando de decir que usted es ese tipo de persona, ¿verdad?”.

“¿Yo? Por supuesto que no”.

Leon arrugó las cejas ante lo absurdo de la pregunta, pero de repente, al recordar algo, murmuró en voz baja:

“Aunque, ciertamente, lo del establo... sí fue un error”.

Elwin sintió que su rostro ardía aún más al recordar aquel momento en el que sus labios se rozaron mientras tropezaba con las riendas del caballo. Aquello, sin duda, había sido un accidente. Pero las ondas que aquel pequeño incidente provocó en su corazón no eran algo que pudiera simplemente ignorar.

“Porque sería difícil que el mismo error ocurriera dos veces”.

Eso también era cierto. Lo ocurrido en el invernadero de los Finch definitivamente no fue un error. Aunque fue una decisión influenciada por el impulso, Elwin sentía que, incluso si pudiera volver atrás en el tiempo, no habría podido evitar besar a Leon. Elwin no dijo nada, pero Leon parecía saber que él estaba de acuerdo con sus palabras. Sus ojos, al mirar a Elwin, eran suaves, pero en ellos hervía un anhelo y una tenacidad que no podía ocultar.

“¿Qué le parece, sir Elwin?”.

Una voz baja y dulce acarició el nombre de Elwin como si quisiera hechizarlo. Con un tono que era a la vez descarado, seguro de sí mismo y cauteloso —como si estuviera midiendo el estado del corazón de Elwin—, preguntó:

"¿Si lo mismo se repite tres veces, ¿entonces ya no se podría llamar realmente un error, no?"

Era evidente hacia dónde pretendía llevar la conversación aquel hombre astuto. Por más ingenuo que fuera Elwin, no era ajeno a la situación; sabía perfectamente en qué clase de pantano se estaba dejando embaucar. El problema era que, a pesar de saberlo, él mismo estaba caminando voluntariamente hacia él.

"Realmente es así."

Respondió balbuceando, y Elwin prefirió cerrar los ojos. Estaba tan nervioso que no podía soportar seguir sosteniendo la mirada de Leon. Sintió que la mano grande de Leon, con sus leves callosidades, rodeaba su mandíbula, y un instante después, una calidez suave y blanda se posó sobre sus labios. Era la tercera vez que sus labios se encontraban, pero nada en ello le resultaba familiar. La cabeza de Elwin seguía dando vueltas; tenía miedo de quedar cubierto por aquel aroma sutil pero intenso, y sin embargo, no podía escapar.

Sentía como si en todo el mundo solo quedaran Leon y él. En ese instante, Elwin no era el hijo mayor del conde ni el joven terrateniente que cuidaba diligentemente a sus habitantes; era simplemente ‘Elwin’. Aunque deseó, al menos por un instante, que aquel momento de ensueño se prolongara, poco después se escuchó un sonido metálico: clic, clic. Elwin comprendió que no estaba en un sueño, sino en la mansión del conde, y que allí había muchas más personas además de ellos dos.

Mientras se separaba sobresaltado y se preguntaba ‘¿Quién será?’, escuchó tras la puerta la voz que menos deseaba oír en ese preciso momento:

"¡Sir Elwin!"

Ah, de verdad. Ante la voz de Dwight, el rostro de Elwin se torció involuntariamente. Aunque pensó que no estaba haciendo nada malo, Elwin retrocedió reflexivamente, distanciándose de Leon. El rostro de Leon se ensombreció más que el de Elwin, pero pronto susurró con voz juguetona:

"No se preocupe. Cerré la puerta con llave al entrar."

"¿Eh?"

"¿Por qué se sorprende tanto? ¿Creía que me habría atrevido a acercarme a sus labios sin tener al menos esa precaución?"

Leon rió al ver que el rostro de Elwin se teñía de rojo nuevamente ante sus palabras.

"Parece que... no le apetece abrir la puerta y recibir al señor Dwight en este estado. ¿Habrá alguna forma de que usted pueda escabullirse al jardín?"

Antes de que terminara la primera frase, Elwin ya había puesto cara de 'eso no', así que Leon cambió el curso de la pregunta. Al oírlo, Elwin recordó la puerta de cristal que daba al jardín en un rincón del estudio. Aunque ahora estaba cubierta por cortinas, era una puerta que permanecía allí desde que aquel espacio solía ser un salón de banquetes.

Elwin asintió y, caminando de puntillas, fue hasta la puerta de cristal y corrió la cortina. Al mirar a Leon por última vez, este le hizo una seña, como diciendo que él se encargaría de todo y que debía marcharse pronto. Acto seguido, Leon comenzó a zarandear la puerta del estudio con fingida dificultad.

"¿Es el señor Dwight? ¡Oh, vaya! La cerradura vuelve a dar problemas. ¿Por qué estará bloqueada otra vez?"

"¿Leon? ¿Eres tú? ¿Está sir Elwin ahí dentro?"

"Ah, un momento, por favor... parece que falta poco para que abra..."

Mientras Leon ganaba tiempo con sus distracciones, Elwin logró salir al jardín sano y salvo. Solo después de asegurarse de que la puerta de cristal estaba cerrada y cubierta por la cortina, Leon abrió la puerta del estudio.

Dwight irrumpió en la habitación con pasos pesados y comenzó a registrar cada rincón, como un acreedor buscando lo que se le debe. Parecía furioso por no haber encontrado a Elwin en todo el día. Al no ver rastro de él en el amplio estudio, comenzó a olfatear el aire, tratando de captar algún aroma.

Leon observaba a Dwight con una mirada seria y fría. Sin embargo, en cuanto Dwight se giró hacia él con actitud irritable, Leon recuperó al instante su sonrisa inescrutable.

"Leon, ¿no has visto a sir Elwin?"

"¿Habla de sir Elwin? No sabría decirle. Yo solo vine a leer un libro."

No sabía si era solo por su mal humor o si Dwight sospechaba algo, pero lo fulminó con la mirada. Leon, fingiendo no notar la hostilidad, pasó las páginas del libro que tenía en la mano con total tranquilidad.

"Si no tiene nada más que hacer, ¿por qué no aprovecha para leer, señor Dwight? Hay muchos libros excelentes aquí, tal como presumía sir Elwin."

El rostro de Dwight se contrajo aún más, como si le resultara una impertinencia. Mirando a Leon, quien le devolvía la sonrisa sin amilanarse, Dwight parecía estar considerando si debía darle una lección a aquel hombre insolente y de bajo estatus.

La tensión se transmitió hasta Elwin, quien escuchaba la conversación tras la puerta de cristal. Preocupado de que ambos terminaran peleándose, se acercó para escuchar mejor, pero al moverse, accidentalmente golpeó la puerta de cristal. Dal-geu-rak, el sonido hizo que las orejas de Dwight se tensaran.

"¿Qué fue ese ruido?"

Dwight, que ignoraba la existencia de la puerta de cristal, miró hacia la dirección equivocada, y Leon señaló rápidamente el lado opuesto.

"Me pareció que provenía del salón de estar."

Tras la mentira de Leon, Dwight se dirigió rápidamente hacia el pasillo. Elwin, con el corazón en un puño mientras seguía escuchando, pensó que si se quedaba allí sería descubierto, así que entró rápidamente en la casa y regresó a su habitación utilizando la escalera de los empleados, situada en el lado opuesto al salón. Y allí se quedó, sin moverse, hasta que cayó la noche.

"Mucho tiempo sin vernos."

Sin embargo, no era posible evitarlo por mucho tiempo. De todas formas, llegaría la hora de la cena y tendría que sentarse a la misma mesa que Dwight. Selena, que llevaba días encerrada en su habitación, envió un mensaje diciendo que cenaría aparte, pero Elwin, como dueño de casa, no tenía tal lujo.

Al sentarse frente a él, Dwight sonrió con fingida amabilidad, aunque su rostro mostraba claramente que estaba furioso. Elwin, un poco intimidado, dijo:

"He tenido mucho trabajo acumulado en la propiedad y no pude presentarme ante mis invitados hoy. Espero que no hayan tenido inconvenientes."

Ante las palabras de Elwin, Leon se adelantó respondiendo como si no se diera cuenta de la tensión:

"¿Cómo íbamos a tener inconvenientes? Siempre estamos muy cómodos gracias a la hospitalidad de los empleados."

La expresión de Dwight se tornó gélida. Era una reacción distinta a la que solía tener con Leon, a quien siempre trataba con cierta tolerancia. Dwight ignoró a Leon como si fuera invisible y cambió radicalmente su expresión al mirar a Elwin.

"Sir Elwin, he oído que ha estado muy ocupado con el trabajo del condado. Fui a buscarlo al estudio para ver si podía ayudarle, pero no coincidimos. De ahora en adelante, no dude en pedirme ayuda con confianza. Después de todo, es un trabajo que pronto haremos juntos, ¿no es así?"

Quién iba a decir que la palabra ‘juntos’ resultaría tan incómoda. ¿Habría sido menos molesto si Dwight hubiera dicho ‘es un trabajo que haré yo en adelante’? No, no era eso. En ese instante, un sentimiento de rebeldía estalló en el interior de Elwin.

‘Ese es mi trabajo. Mi trabajo... aunque quizás ya no pueda serlo por mucho más tiempo...’

Sintió una gran desconexión. Elwin, que había vivido toda su vida chocando contra muros por ser Omega, sabía distinguir perfectamente lo que podía y lo que no podía hacer.

Tras la muerte de su padre, el trabajo de la propiedad ya no podía ser tarea exclusiva de Elwin. La única salida era hacerlo junto a Dwight. ¿Por qué, a pesar de haber aceptado esa realidad, se sentía de esta manera? De repente, Elwin recordó la pregunta que Leon le había hecho:

<Sir Elwin, ¿qué es lo que desea ser? ¿La condesa o el conde?>

Elwin comprendió que aquella pregunta impertinente había sacudido sus sentimientos. En fin, aquel intruso era un hombre totalmente impredecible.

"...Gracias por sus palabras. Por favor, coma."

Sin saber cómo reaccionar, Elwin tomó sus cubiertos para cambiar de tema. Sin embargo, no podía concentrarse en la comida mientras intentaba olvidar sus vanas esperanzas.

No solo Elwin; como Dwight y Leon tampoco hablaban mucho, reinaba un aire inusualmente tenso en el comedor. Todos parecían sumidos en sus propios pensamientos. Cuando terminaron todos los tiempos de la comida, incluido el postre, Dwight le dijo a Elwin con una sonrisa tan brillante que resultaba escalofriante:

"Ha sido una excelente cena, sir Elwin. Si no es molestia, ¿podría dedicarme un poco más de su tiempo?"

Mientras Elwin dudaba, sin saber a qué venía esa actitud, Dwight giró la cabeza hacia Leon y, con un cambio de expresión radical, dijo con tono severo:

“Tengo cosas de qué hablar con el joven amo, así que haz el favor de retirarte.”

La actitud de Dwight era contundente y dominante. No parecía una situación que pudiera resolverse con la habitual elocuencia suave de Leon. Leon vaciló un instante. No mostraba ni pizca de temor, pero parecía estar calculando sus opciones.

“Entendido. Procedan, entonces.”

Tras una breve reflexión, Leon esbozó su característica sonrisa afable. Elwin sintió una punzada de traición, pero al mismo tiempo lo comprendió; si Leon hubiera rechazado la petición de Dwight, un conflicto habría sido inevitable. Leon juzgó que aquel no era el momento adecuado.

Al quedar solos en la mesa, Dwight volvió a mostrar esa sonrisa escalofriante de hace un momento. El corazón de Elwin comenzó a tambalearse ante la posibilidad de que fuera a confesarse o a pedirle matrimonio allí mismo. La sensación de crisis se intensificó cuando vio a Dwight llevarse la mano al bolsillo interior de su chaqueta.

‘¿No será un anillo? Por favor, que no lo sea.’

En medio de todo esto, se escucharon pasos sigilosos fuera del comedor. El caminar era poco natural; probablemente, los empleados o Leon estaban espiando la conversación. Aunque no quería que Leon escuchara, le preocupaba aún más que fuera Toby quien estuviera al otro lado. Solo de imaginar a Toby escuchando una propuesta de matrimonio y empezando a planear una gran boda sin darle tiempo a Elwin de negarse, un escalofrío le recorrió la espalda.

“No es otra cosa que.”

Sin embargo, lo que Dwight sacó de su bolsillo fue, inesperadamente, una petaca de plata. Elwin sintió cómo la tensión se disipaba y dejó escapar un suspiro de alivio al confirmar que no era una caja de anillos.

“He pensado que he abusado demasiado del preciado whisky de esta casa.”

Hoy, al final de la cena, Dwight le había pedido a la sirvienta que le trajera una copa. Elwin pensó que solo quería sorber su whisky como siempre, pero Dwight vertió lentamente el contenido de su petaca en la copa que estaba sobre la mesa. El líquido translúcido, de un tono marrón rojizo, desprendía un aroma dulce e indescifrable. Llenó la copa hasta poco menos de la mitad, la acercó hacia Elwin y luego sirvió la suya propia.

“Es un coñac importado, muy valorado en mi territorio. Lo traje para beberlo cuando el cansancio del viaje fuera demasiado, pero me gustaría que usted también lo probara.”

‘¿Trajo su propio licor incluso mientras viajaba?’ Elwin pensó aquello, pero no podía mostrarse descortés. ‘Si alguien te ofrece una copa, aceptarla es señal de cortesía’. Aquello aparecía en los libros de etiqueta social.

“Muchas gracias.”

Cuando Elwin levantó la copa, Dwight le hizo una seña y bebió de la suya. Elwin lo imitó y tragó un par de sorbos; de inmediato, un dulzor artificial inundó su paladar.

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“……Es un licor dulce.”

Elwin hizo el comentario por cortesía, y Dwight respondió tocando levemente el plato de frutos secos que quedaba en la mesa.

“También sabe delicioso si lo acompaña con almendras.”

Elwin, a regañadientes, tomó una almendra y bebió otros dos sorbos. Había estado en alerta máxima esperando una confesión o una propuesta, pero, para su sorpresa, una vez que Elwin terminó su copa, Dwight anunció que la cena había terminado.

“Se ha hecho bastante tarde. ¿Qué tal si regresamos a nuestras habitaciones?”

Elwin se sintió aliviado. Se levantó de inmediato, deseando alejarse antes de que Dwight cambiara de opinión y quisiera beber más o propusiera un innecesario paseo nocturno por el jardín.

“Ah…….”

Pero, en ese instante, la cabeza de Elwin dio vueltas y su visión se nubló. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, Dwight le agarró del brazo con fuerza.

“Vaya, sir Elwin.”

El contacto de su temperatura corporal y su voz le provocaron una oleada de rechazo. Elwin intentó desesperadamente enfocar la vista, dio un paso atrás y se alejó de él.

“E-estoy bien. Disculpe.”

Cuando levantó la vista para indicarle que lo soltara, Dwight lo miraba desde arriba con una sonrisa sutil y unos ojos espeluznantes que se curvaban ligeramente.

‘¿Es el olor del licor de hace un momento? ¿O es su aroma de feromonas?’

Elwin terminó poniendo una expresión de presa acorralada. Aunque mil pensamientos cruzaron su mente, a diferencia de lo que temía, Dwight soltó su brazo sin resistencia.

“Debería irse a descansar. Sir Elwin, le deseo una buena noche.”

Tras aquella despedida formal y cargada de significado, Elwin regresó a su habitación. No sabía si el licor era demasiado fuerte o si el mareo se debía a la fatiga y a la tensión acumulada, pero la sensación de vértigo no desaparecía. Empezó a costarle mantenerse en pie, así que despidió rápidamente a Toby, quien había venido a preparar la cama. Al quedarse solo y recostarse, un presentimiento nefasto, difícil de explicar, se apoderó de él.

‘Tengo que dormir. Estaré mejor al despertar.’

Elwin cerró los ojos a la fuerza. Su cuerpo se sentía pesado mientras su cabeza giraba dolorosamente. Pensó que tardaría en conciliar el sueño, pero de pronto, sintió que navegaba en un sueño. Era un sueño brillante y llamativo, pero a la vez húmedo y lúgubre. Un calor que brotaba de algún lugar recorría sus venas. Una sensación de asfixia, como si estuviera bajo un episodio de parálisis del sueño, aplastaba su cuerpo.

“¡Elwin!”

Al escuchar de repente la voz de su padre, supo que aquello debía ser un sueño. ‘Lo siento, padre. Estoy tan mareado que no puedo responder. Siento todo lo demás también. Si tan solo hubiera sido un hijo más responsable. O mejor aún, si no hubiera nacido como Omega.’

“¡Elwin!”

Justo cuando la tristeza lo embargaba incluso en su estado aturdido, la voz del sueño volvió a llamarlo. ‘Espera, ¿es esto realmente un sueño?’ Elwin se esforzó por abrir los ojos ante una sensación extrañamente vívida. Entonces:

“¿Qué demonios es esto?”

La voz maliciosa de alguien hizo que Elwin recuperara la conciencia de golpe. Al abrir los ojos de par en par, vio el techo de su habitación y comprendió que la voz que lo llamaba no era la de su padre, sino la de Eco, el loro. Y la voz que se escuchó a continuación fue...

‘No puede ser.’

Con el corazón cayéndole a los pies, Elwin se incorporó y miró hacia el escritorio. Debía ser medianoche, pues la habitación estaba sumida en la oscuridad, iluminada apenas por la tenue luz de la luna que entraba por la ventana. La figura alta de un hombre de pie frente al escritorio giró lentamente hacia él. Cabello platino brillando azulado bajo la luz de la luna, piel pálida. Dwight esbozó una sonrisa torcida.

“Ha despertado, sir Elwin.”