Capítulo 5: La última pregunta
Capítulo 5: La última pregunta
La
tarde del día siguiente, un aire bullicioso pero sutil recorría la mansión de
los condes de Ravenwell. Era el día en que el hijo mayor de la familia debutaba
en un baile nocturno, por lo que los empleados se estaban esforzando al máximo
en los preparativos.
Elwin,
engalanado con el frac y los accesorios en los que todos habían colaborado,
lucía una belleza deslumbrante —Alfred incluso tenía los ojos llorosos,
conmovido, diciendo que parecía que la señora hubiera vuelto a la vida—, pero
la expresión de Elwin era algo sombría.
A
veces se quedaba absorto en sus pensamientos, perdido, hasta que de repente
recuperaba la compostura, forzaba una sonrisa brillante y agradecía a los
empleados. Los trabajadores, sintiéndose a la vez encantados y compadecidos por
aquel joven amo, deseaban que su primer baile terminara sin contratiempos.
“Ya
están todos aquí. ¿Podemos partir ahora?”.
Al
llegar la hora, los invitados también estaban listos. Elwin no era el único que
parecía tener una atmósfera distinta a la habitual. Selena, siempre alegre,
estaba ensimismada y con mala cara a pesar de ir vestida como una muñeca
preciosa, y una sombra se cernía sobre el rostro de Leon, quien solía llevar
siempre una sonrisa escurridiza y enigmática.
“Hmm.
Sí, vámonos”.
Solo
Dwight permanecía igual que siempre. Observó a Elwin de pies a cabeza con una
mirada que parecía evaluarlo, antes de asentir con una actitud arrogante. Justo
cuando el grupo se disponía a dirigirse a los carruajes preparados…
“Yo
no iré en el mismo carruaje que el señor Dwight”.
Selena
dijo con voz hosca exactamente lo mismo que había dicho al regresar de la
fiesta del té. Ahora que lo pensaba, desde el día en que volvieron del paseo a
caballo, no había visto a Dwight y a Selena mantener una conversación adecuada.
Era
natural que Selena estuviera tan enfadada, dado que Dwight había insistido en
una ruta peligrosa y casi causa un accidente. Sin embargo, Dwight no parecía
tener intención de consolarla ni de disculparse.
Como
Dwight no respondió nada, como si le dijera ‘haz lo que quieras’ mientras la
miraba de reojo, el rostro de Selena se tiñó de rojo. En otras circunstancias,
su estado le habría preocupado, pero Elwin, inmerso en su sentido del deber
como hijo mayor de la casa, se adelantó y dijo:
“En
ese caso, llevaré al señor Dwight en el carruaje de nuestra casa. Venga
conmigo”.
“Bueno,
supongo que eso servirá”.
Dwight
se dirigió con desgana hacia el carruaje de los Ravenwell. Así fue como Elwin
viajó con Dwight, y Leon con Selena, hacia la casa Pinch.
Aunque
había pedido ir con Dwight por pensar que debía hacer algo, una vez frente a él
en el carruaje, Elwin permaneció sentado en silencio. Quizás por lo incómodo
del largo silencio, Dwight preguntó con voz indiferente:
“¿…Se
celebran fiestas a menudo en casa de los Pinch?”.
Elwin
se sorprendió por el hecho de que él iniciara la conversación y respondió:
“No
lo sé. Es la primera vez que asisto”.
“Ah.
¿No tenían intercambio con los Pinch?”.
“No
es que sea la primera vez que voy a una fiesta de los Pinch, es que es la primera
vez que asisto a un evento de este tipo en general”.
Ante
eso, Dwight miró a Elwin con ojos confundidos, como si pensara: ‘¿Qué clase de
persona es esta?’. Si Dwight hubiera tenido el más mínimo interés, habría
sabido fácilmente que Elwin no estaba acostumbrado a los eventos sociales, pero
al parecer no le había prestado atención alguna.
‘Puede
pasar. No hay ley que diga que deban prestarme atención. Si me esfuerzo, si
trato de acercarme desde ahora…’.
Esfuerzo.
Eso era precisamente la especialidad de Elwin. De verdad quería esforzarse por
permanecer en este territorio. Pero, por mucho que apretara los puños y se
esforzara, no lograba articular palabra.
No
era exactamente una sensación de ‘no saber qué decir’. Simplemente, no podía
decir nada. Una incomodidad difícil de expresar mantenía atado el cuerpo de
Elwin. Cuando el carruaje finalmente se detuvo, pensó que podría recuperar el
aliento, pero…
“Sir
Dwight, bienvenido. Es un gran honor recibir al nuevo conde”.
El
lugar al que habían llegado no era más que otro infierno. En cuanto los dos
carruajes se detuvieron en el jardín, Frederick salió a recibirlos, luciendo el
adorno de cuello más extravagante que jamás se hubiera visto. Dwight recibió el
saludo con un gesto de cabeza, y luego fue el turno de Selena y Leon.
“Señorita
Selena, está hermosa como siempre. Señor Leon, gracias por venir”.
Hoy
también, Frederick ignoró el orden de cortesía y dejó a Elwin en último lugar.
Al final, se detuvo un momento al ver a Elwin arreglado, pero movió
intensamente los ojos buscando alguna señal de remiendo en el abrigo de Elwin y
soltó una risita.
“Elwin,
usted también ha venido”.
Tras
saludar con desgana, guio al grupo hacia el salón de banquetes. Para ser
exactos, Frederick guio a Dwight, Leon y Selena, y Elwin entró siguiéndolos por
su cuenta.
Apenas
Dwight hizo acto de presencia, una multitud se acercó para saludarlo. Quienes
habían entablado contacto en la fiesta del té anterior también se acercaron a
Selena y Leon.
Mientras
Elwin retrocedía con torpeza empujado por la multitud, Frederick se llevó a
Dwight tras una cortina que parecía dar a una sala interior. Un grupo de
hombres lo siguió en tropel.
Poco
después, un grupo de damas se acercó a Selena y, tras hablar con ella, se
llevaron también a Leon. Todos desaparecieron como si hubieran sido arrastrados
por una corriente, y Elwin quedó solo en un abrir y cerrar de ojos.
‘Bueno…
esto era lo que esperaba’.
En
ese momento, una doncella se acercó con una bebida y se la ofreció, así que
Elwin tomó una copa de champán y se trasladó naturalmente a un lugar tranquilo
en el borde del salón.
En
realidad, Elwin era alguien bastante acostumbrado a estar solo. Aunque le
molestaba un poco ver a la gente de lejos mirándolo de reojo y cuchicheando,
era soportable dado que no se burlaban ni lo insultaban abiertamente como
antes.
Mientras
bebía a sorbos, Elwin observaba el salón de fiestas al que asistía por primera
vez. El paisaje era espléndido y vertiginoso.
Parecía
que a la gente de esta casa le gustaba mucho el pan de oro, ya que desde las
paredes hasta el techo estaban grabados con patrones dorados. La enorme lámpara
de araña resplandecía de forma cegadora, y hasta la alfombra brillaba de una
manera que resultaba agobiante.
Mientras
la orquesta tocaba música pretenciosa, los asistentes, vestidos con trajes y
vestidos de gala, bailaban, conversaban y bebían.
Aunque
el ambiente era alegre, Elwin ya se sentía agotado. No tenía mucho interés y la
ropa le resultaba incómoda, por lo que solo quería irse a casa.
‘Ah,
esta ropa. Y… mi casa’.
Mientras
se quejaba para sus adentros, Elwin recordó a las doncellas que habían
remendado su abrigo con tanto esmero y la mansión donde había nacido y crecido.
Un sentido del deber y una deuda de gratitud pesaban sobre su corazón.
‘Cierto.
Debo esforzarme, ya que todos me apoyaron deseándome que me fuera bien’.
No
sabía por qué, pero no se sentía con ganas, así que Elwin caminó con la
intención de buscar a Dwight y dirigirle la palabra. Al acercarse a la
dirección por donde Frederick lo había llevado hace un momento, pudo ver una
mesa grande a través de la cortina entreabierta.
Tras
la cortina, el ambiente estaba cargado de humo de tabaco, lleno del tintineo de
las copas, voces bajas y un pequeño ruido que había escuchado antes.
‘Esto…
es el sonido de barajar cartas, ¿no?’.
En
el momento en que Elwin se dio cuenta, la voz desgarbada de Dwight llegó a sus
oídos.
“Diez
de trébol. He ganado esta ronda también”.
Parecía
que se estaba jugando una partida de cartas allí dentro. Elwin frunció el ceño
por una aversión instintiva. No es que odiara los juegos de cartas en sí —había
leído en los libros que a veces se jugaba como parte de la vida social—, pero
no quería tener mucho trato con «el Dwight que juega cartas».
Mientras
retrocedía sin darse cuenta, su hombro chocó con algo blando. Al volverse
sorprendido, vio a un hombre robusto y de expresión vil.
“Disculpe,
señor Frederick”.
Elwin
se disculpó rápidamente, sin ganas de involucrarse con él. Giró sobre sus
talones para dirigirse a la pared vacía donde estaba apoyado anteriormente,
pero…
“Se
está esforzando mucho, sir Elwin”.
Ante
el sarcasmo directo, Elwin no pudo evitar preguntar:
“¿Perdón?”.
“Esa
ropa. No sé de dónde habrá sacado esas telas remendadas, pero luce toda
parcheada y el corte es bastante burdo”.
“Señor
Frederick”.
“Y
pensar que con esa facha intentaba cortejar al nuevo conde; al menos su
valentía es admirable”.
Eran
palabras groseras y despreciables. Elwin dudó un momento, pensando en qué
responderle. Frederick parecía comportarse así de maleducado porque daba por
hecho que Elwin dejaría el territorio pronto, pero Elwin planeaba quedarse.
Además, como justo acababa de pensar en acercarse a Dwight, no pudo evitar
sentir que, en parte, tenía razón.
“……No
es así”.
Mientras
Elwin murmuraba torpemente, Frederick, crecido, empezó a presionarlo aún más.
“¿No
es usted ese joven amo de nariz alta que solo resoplaba ante las invitaciones
que todo el pueblo enviaba con tanto entusiasmo? Y ahora que ha llegado el
señor Dwight, se presenta personalmente en un lugar como este. Sus intenciones
son evidentes. ¿Tanto le gustan los alfas nobles?”.
“¿Perdón?”.
“No,
ja. ¡Así que era eso! ¿Por eso rechazó mi propuesta de matrimonio? ¿Porque no
soy noble?”.
Por
alguna razón, cuanto más hablaba Frederick, más se exaltaba su voz. Al final,
la pose de desprecio y burla hacia Elwin había desaparecido por completo,
dejando paso a un hombre de rostro grasiento y encendido por la ira que no
dejaba de gritar. Elwin no entendía por qué estaba tan enfadado.
Sin
embargo, tuvo la sensación de que, si alguien escuchaba aquello, podría
malinterpretar las cosas. Como quien huye de un perro rabioso que babea, Elwin
agachó un poco la cabeza y retrocedió rápidamente.
“Ah,
sí. Disculpe. Entonces, me retiro…”.
Afortunadamente,
Frederick parecía tan absorto en sus propias emociones que no detuvo a Elwin.
Mientras suspiraba y se daba la vuelta apresuradamente…
‘……¿Y
eso qué es?’.
La
vista de Elwin se posó en Leon, quien estaba de pie cerca de una puerta de
cristal que daba al jardín. A su lado había una dama cuyo rostro le resultaba
familiar: la mujer que se había sentado junto a Leon en la fiesta del té y no
había parado de hablarle.
Ella
soltó una carcajada cubriéndose la boca con el abanico, pareciendo divertirse
muchísimo, y luego le dirigió a Leon una mirada peculiar con los ojos
entornados como medias lunas.
Como
Elwin no llevaba sus lentes, no podía verlo con total claridad, pero le pareció
que Leon también le estaba sonriendo a ella. Elwin entrecerró los ojos,
concentrándose intensamente en la escena. Se concentró tanto que pudo escuchar
perfectamente el susurro de la dama hacia Leon:
“Señor
Leon, ¿qué le parece si damos un paseo por el jardín?”.
¿Por
qué aquel comentario fue tan impactante? Elwin se quedó tan asombrado que por
poco grita: ‘¿Un paseo por el jardín?’. Sintió que las mejillas le ardían como
si hubiera escuchado algo sumamente indecente. Sintió como si le hubieran
prendido fuego al pecho. No, al contrario; fue como si alguien hubiera vertido
agua helada en su corazón, dejando su sangre gélida.
Elwin
no pudo reunir el valor para ver la expresión de Leon al escuchar aquello. Si
Leon estuviera luciendo esa sonrisa escurridiza de siempre, o si tuviera esa
mirada cálida que a veces le dirigía, sentía que su cabeza podría estallar en
ese preciso instante.
‘No
es para tanto… supongo’.
No
era nada del otro mundo, así que Elwin se esforzó por mantener la calma. Era
algo que solía ocurrir en lugares así. Sí. Lo había leído en los libros.
Incluso en novelas comunes, no solo en las románticas, los jóvenes solían usar
esas excusas para expresar su interés mutuo en los bailes.
‘Un
momento. ¿Expresar interés?’.
Al
recordar ese término, el pecho de Elwin volvió a doler, pero se golpeó las
mejillas con las manos para intentar recuperar el sentido.
No
era problema de Elwin a quién le interesara Leon o a quién decidiera mostrarle
interés. ¿No era así? Elwin y Leon no eran nada. Él no era más que un invitado
no deseado que pronto seguiría su camino, y Elwin era…
‘Soy
el hijo mayor de los Ravenwell’.
Quizás
fue por ese nudo que se le formó en el pecho, pero de repente sintió que podía
hacer algo que hasta hacía un momento le habría resultado imposible.
Elwin
se giró y miró hacia el lugar donde estaba hace poco, frente a la cortina del
salón interior. Afortunadamente, Frederick se había ido a otra parte, y del
otro lado de la cortina se seguía escuchando el sonido de las cartas.
Elwin
se acercó a la rendija abierta de la cortina y, frente a los jugadores, aclaró
su garganta: “Ejem, ejem”, lo más fuerte que pudo. Al notar su presencia, los
hombres lo miraron con desconcierto.
Al
escuchar que el juego parecía detenerse por un momento, Elwin entró
directamente tras la cortina. Se acercó al hombre sentado en la cabecera,
Dwight, y soltó de repente:
“Señor
Dwight, ¿le gustaría dar un paseo conmigo por el jardín?”.
Ante
esas palabras, el murmullo de la mesa y el sonido de las cartas se detuvieron
por completo, cayendo en un silencio absoluto. Al sentir cómo el aire se
enfriaba, Elwin comprendió finalmente la magnitud de lo que acababa de hacer.
Dwight,
quien parecía genuinamente sorprendido, perdió incluso ese aire gélido y
despectivo que solía mostrar; parpadeó varias veces, atónito, antes de
responder a duras penas:
“Ah,
ahora mismo… estoy jugando una partida”.
Siguió
el silencio más incómodo del mundo. Si alguien en esa sala hubiera soltado una
carcajada, la burla se habría extendido como un incendio forestal hasta devorar
a Elwin. La única opción de Elwin era salir de allí antes de que eso ocurriera.
“Ya
veo. Disculpe la molestia”.
Respondió
fingiendo naturalidad, pero sus pasos al salir de la cortina eran torpes y
excesivamente apresurados. Elwin caminó sin rumbo, sin saber siquiera a dónde
se dirigía.
En
el salón de banquetes seguía sonando música elegante y alegre, y las risas y
charlas de la gente continuaban, pero Elwin temía que las carcajadas a sus
espaldas fueran a cubrir pronto todos los demás sonidos.
Para
alejarse lo más posible del salón, Elwin salió al jardín. Sin sus lentes, su
visión era borrosa y su cabeza daba vueltas. El paisaje del jardín se veía ante
sus ojos como una mancha negra y movediza. Elwin caminaba a ciegas adentrándose
en esa mancha.
‘Qué
idiota. Qué cosa tan patética’.
Sintió
una vergüenza tan profunda que le dolía la boca del estómago. Le daba vergüenza
haberle dicho algo tan extraño a Dwight o haber hecho el ridículo frente a los
demás, pero lo más patético no era eso.
En
el instante en que fue rechazado por Dwight, Elwin lo comprendió con total
claridad: realmente no le importaba en absoluto haber sido rechazado. No estaba
decepcionado ni triste. Es más, si Dwight hubiera aceptado su propuesta y
hubiera tenido que pasear con él, le habría resultado insoportablemente
incómodo.
Elwin,
en realidad, no sentía nada por Dwight. A lo sumo, lo que albergaba era sentido
del deber y aversión. Es más, puede que la razón por la que se acercó a
invitarlo a pasear no fuera por ese supuesto sentido del deber hacia su
familia.
‘La
verdad es que Dwight no me importa en absoluto. Solo me puse irritable al ver a
Leon con esa dama. Y la razón por la que me irrité tanto es…’.
Al
recordar la estampa cercana y cariñosa de Leon con ella, Elwin estiró el cuello
y miró alrededor del jardín. Incluso en medio de toda esa confusión, le
preocupaba si Leon realmente estaría paseando con esa mujer. Y entonces…
“Señor
Elwin”.
Al
escuchar la voz de repente, Elwin pensó que estaba alucinando. Se giró y vio a
la misma persona que estaba buscando.
“……Parecía
estar muy ocupado, ¿cómo es que ha salido hasta aquí?”.
Aunque
se sintió profundamente aliviado y feliz de verlo, Elwin intentó preguntar con
tono indiferente. Leon se encogió de hombros y se acercó un poco más.
Al
caminar junto a él, el paisaje comenzó a verse con claridad. La noche había
caído, envolviendo el entorno en una oscuridad tranquila, y el aire de finales
de otoño era fresco. Las luces brillantes y las risas del salón de banquetes
quedaban lejos; en el jardín solo había silencio.
“El
baile me aburría”.
Leon
no estaba bromeando, pero Elwin estuvo a punto de soltar una carcajada. Se
obligó a apretar los labios para mantener una expresión distante y volvió a
preguntar:
“Se
le veía muy divertido, entre tanta gente”.
“Ah,
es que todos hablaban demasiado”.
“¿Por
qué no bailó? Seguro que había muchas damas deseosas de invitarle”.
En
realidad, lo que quería decir era: «Vi que esa dama le pedía pasear. Me sentí
muy inquieto pensando si iría con ella», pero no pudo decirlo por miedo a sonar
como una jovencita consumida por los celos.
Sin
saber que lo que dijo en su lugar sonó, de todos modos, como la viva imagen de
los celos, Elwin pensó de repente:
‘Ah,
celos. Así que esto es sentir celos’.
¿Qué
debía hacer? Mientras su corazón latía con fuerza ante tan inoportuno
descubrimiento, una sonrisa suave apareció en el rostro de Leon. Como si
conociera los pensamientos de Elwin, le habló con un tono tranquilizador y un
tanto burlón:
“Es
que no me gusta mucho bailar”.
“He
visto a otros jugando. ¿No le gustan los juegos?”.
“Ah,
es que los juegos que proponen las damas son un poco complicados. Dicen que es
un juego donde, si te preguntan algo, debes responder solo la verdad”.
Elwin,
quien había estado interrogando a Leon sobre lo ocurrido en el banquete como si
fuera un cónyuge celoso persiguiendo a su pareja infiel, se sintió intrigado.
“……Ese
juego suena interesante, ¿no?”.
Poder
descubrir mediante un juego la verdad sobre cosas que le daban curiosidad
parecía algo maravilloso. Además, como Elwin era una persona honesta, no tenía
motivos para temer perder.
“¿Lo
cree? Hmm. Si es con usted, sir Elwin, me interesa”.
Ante
la respuesta de Elwin, Leon también parecía interesado. Tras echar un vistazo
alrededor, descubrió una lámpara de aceite encendida en el extremo del sendero.
Había allí un pequeño invernadero de cristal. Sus paredes reflejaban la luz de
la lámpara con un brillo tenue.
Sin
decir quién dio el primer paso, ambos se dirigieron hacia allí. La puerta del
invernadero estaba abierta, y desde dentro fluía un aroma floral sutil mezclado
con un aire más claro y luminoso que el del exterior.
Elwin
pensó que esto era a lo que Selena se refería con un ‘invernadero aristocrático
común’. No había allí cultivos comestibles ni nada útil. La hiedra trepaba por
las paredes de cristal y las rosas, entre cremas y rojas, florecían siguiendo
los arcos.
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Solo
por hoy, esas plantas decorativas no le parecieron tan malas. ¿Sería porque su
corazón palpitaba con tanta fuerza? Quizás, pensó, ese era el ambiente
‘romántico’ del que Toby hablaba tan a menudo. Ambos se sentaron frente a
frente en una mesa junto al arco.
“¿Está
seguro de que podemos entrar aquí así como así?”.
“Seguro
que lo construyeron para que los invitados lo disfruten, así que no debería
importar. Yo estoy acostumbrado a escabullirme de lugares aburridos, pero
parece que usted tiene miedo, joven heredero”.
“No,
yo tampoco tengo miedo. Hagamos el juego que aprendió de las damas, Leon.
¿Cuáles son las reglas?”.
Elwin,
que había respondido irritado, volvió a enfadarse al pronunciar las palabras
‘aprendió de las damas’. Leon lo observó fijamente, contemplando sus mejillas
sonrojadas por la molestia, y respondió:
“Es
sencillo. Los dos jugadores pueden hacerse tres preguntas alternas. Se dice que
todas las preguntas deben responderse con sinceridad, y si alguien se niega a
responder, debe beber una copa de licor fuerte…”.
“No
tenemos alcohol”.
“Es
verdad. Entonces, ¿prometemos responder a todo con sinceridad, bajo nuestro
honor de caballeros?”.
El
honor de un caballero. Elwin se preguntó si debería apostar algo tan importante
en un juego improvisado, pero no le importaba. No había vivido una vida de la
que avergonzarse, así que no había pregunta que no pudiera responder.
“Está
bien. ¿Quiere preguntar usted primero?”.
“¿Me
lo permite?”.
“Por
supuesto. Pregunte lo que quiera”.
“¿Quién
era la voz que se escuchó desde su habitación aquel día?”.
Apenas
Elwin le dio permiso, Leon preguntó como si no pudiera soportar la curiosidad
un segundo más.
“¿Perdón?
¿Una voz?”.
“La
voz de hombre que se escuchó el día que estuve frente a su puerta”.
Ah.
Se refería al día en que Elwin vio a Dwight y Selena encontrarse en el jardín a
altas horas de la noche.
“No
eran los criados, y sir Dwight estaba en el jardín, así que… ¿de quién era esa
voz?”.
Elwin
le había dicho que preguntara lo que quisiera, pero la primera pregunta lo dejó
en un aprieto, incapaz de abrir la boca.
Lo
que Leon había escuchado aquel día era el sonido de Eco, el loro. No era común
que alguien de la edad de Elwin tuviera un loro en su habitación, y era un
pasatiempo perfecto para que los demás murmuraran —aunque todos ya murmuraban
de él de todos modos— sobre lo excéntrico que era.
Ante
el largo silencio, la expresión de Leon se volvió seria. Entornó los ojos y
añadió, como si estuviera interrogando a Elwin:
“¿Acaso
tenía a algún extraño en su habitación?”.
“Ah,
no. Leon. No es eso…”.
Ante
su mirada de sospecha, Elwin suspiró profundamente.
“Responderé
si me promete que no se reirá”.
“No
tengo motivos para reírme de usted, pero… ¿a quién dejó entrar en su
habitación?”.
“No
había nadie más. Era el sonido que hacía el loro”.
“……Ah”.
Ante
la reacción atónita de Leon, la cara de Elwin se puso roja al fin.
“Sí.
En mi habitación… tengo un loro. Es un loro gris que cuidaba mi padre”.
“Ah,
ya veo. Ja, jaja”.
“Leon.
Me prometió que no se reiría”.
“No,
no me río de usted. Es que… jaja. Era un loro. Me alivia. Jajaja, caí de
lleno”.
Leon
se rió con sinceridad, como si realmente estuviera aliviado. ¿Por qué le
alegraba? ¿Sería un sentimiento similar al que sintió Elwin al saber que Leon
no estaba paseando con la dama? Preguntas cosquilleantes comenzaron a brotar en
su mente, así que Elwin se compuso rápidamente y cambió de tema.
“Eso
ya pasó, ¿ahora me toca a mí?”.
“Sí.
Pregunte usted también lo que quiera”.
Leon
lucía muy relajado, pero Elwin estaba convencido de que su expresión cambiaría
en cuanto lanzara su pregunta. Mirando los ojos de Leon, que brillaban
intensamente en la penumbra, Elwin preguntó:
“¿Por
qué fingió ser un compañero de estudios de sir Dwight?”.
Al
principio pensó en preguntar: ‘¿Usted no es compañero de sir Dwight, verdad?’,
pero Elwin ya estaba seguro de eso. Hasta ahora, simplemente no lo había
preguntado porque pensaba que si Leon había ido a una escuela pública o no, no
era tan importante.
Pero
quería saber por qué lo hizo. Ese hombre, que no tenía ni una pizca de
servilismo, tenía que tener una razón de peso para fingir ser un compañero de
estudios al lado de alguien como Dwight.
“Eso
es porque…”.
Leon
pareció vacilar un poco, pero, inesperadamente, no se vio tan sorprendido.
Bueno, Elwin ya le había dejado ver antes que sabía que estaba ocultando su
verdadera identidad.
“De
regreso de Savar, el barco en el que viajaba atracó a altas horas de la noche
en una ciudad portuaria entre Greymont y Ravenwell. Me alojé una noche en una
posada y, a la mañana siguiente, vi a un joven y a una joven desayunando en el
comedor”.
“……”.
“Al
sentarme en la mesa contigua y escuchar de soslayo, oí que el caballero era el
segundo hijo de los barones de Greymont y que se dirigía a la casa de los
condes de Ravenwell. Como yo también me dirigía al mismo destino, decidí actuar
como si lo conociera para unirme al grupo de la forma más natural posible”.
El
día que llegó a la mansión, Leon dijo: ‘Me encontré con Dwight de camino a
Ravenwell’. Como bromeó diciendo que quería venir porque había oído que en
Ravenwell había muchas bellezas, Elwin pensó que solo estaba fanfarroneando,
pero al parecer, aquella introducción había sido bastante sincera.
Elwin
sintió que la respuesta de Leon era incompleta. ¿Por qué tenía que ocultar su
identidad y fingir ser un compañero de estudios para unirse al grupo de Dwight?
¿Acaso Leon no solo estaba de paso hacia Ravenwell, sino que realmente planeaba
visitar la casa de Elwin? Si era así…
“Entonces,
Leon, usted desde el principio…”.
“No,
sir Elwin”.
Justo
cuando estaba a punto de hacer una pregunta más comprometedora, Leon sonrió y
negó con la cabeza.
“Podemos
hacer tres preguntas cada uno. Ahora me toca a mí”.
Ante
esto, Elwin lo miró con la boca entreabierta, con una expresión de reproche
como si alguien le hubiera enseñado una trampa en un juego de cartas,
diciéndole: '¡Es despreciable!'.
Ciertamente,
aquello también era parte del juego; debía usar sus oportunidades limitadas con
astucia, y Leon parecía ser un experto en escapar de situaciones incómodas con
palabras hábiles y ambiguas. ¿Qué sería más eficiente preguntar ahora? No podía
desperdiciar un turno con preguntas como: '¿Desde el principio planeaba venir a
mi casa?', ya que, a juzgar por lo que había dicho Leon, eso era evidente.
Entonces…
“De
entre las personas que han venido hoy, además del señor Frederick, ¿hay alguien
más que le haya propuesto matrimonio a sir Elwin?”.
Cuando
Elwin estaba sumido en sus pensamientos, Leon lanzó su segunda pregunta de
repente. Las mejillas de Elwin, que apenas se habían enfriado, volvieron a
sonrojarse.
“¿Eh?
Le… Leon. Eso es…”.
“Debe
responder, sir Elwin”.
“Ejem,
sí, los hay”.
Ante
la respuesta que Elwin dio a regañadientes, Leon frunció el ceño con disgusto y
se acarició la barbilla.
“Hmm.
Me lo imaginaba. Entonces, esas personas…”.
“Oiga,
no puede preguntarme quiénes son. Ahora es mi turno”.
Al
ver que Leon parecía querer seguir interrogando, Elwin agitó las manos
triunfalmente, como si buscara venganza. Leon se encogió de hombros y respondió
con calma:
“Sí,
sí, lo sé. Y además, no hace falta preguntar, es obvio. Son los dos alfas que
estaban sentados a ambos lados de sir Elwin en la fiesta del té anterior,
¿no?”.
“……¿Cómo
lo supo?”.
Tras
preguntar sorprendido, Elwin se arrepintió al instante. Aquello también contaba
como una pregunta, y no tenía necesidad de haber dado una respuesta. Pero le
resultaba tan asombroso que no pudo evitarlo. Al quedarse aturdido, a Elwin le
vino una idea y agitó las manos de nuevo.
“Preguntar
cómo lo sabía no cuenta como una de mis tres preguntas. Si quiere contarla así,
no me responda”.
“Ha
mejorado sus tácticas de juego. Es usted muy astuto, sir Elwin. Dejando eso de
lado, se lo diré: no solo en la fiesta, sino que hoy también han estado mirando
a sir Elwin todo el tiempo”.
“Ja.
Sin duda, su rencor es profundo”.
Ante
el suspiro de Elwin, Leon murmuró con un tono apenas audible: '¿Rencor o
interés?'.
“¿Perdón?”.
“Nada.
Siguiente pregunta, por favor”.
Ah,
lo importante era esto. Mientras Leon perdía turnos con preguntas triviales,
Elwin estaba decidido a preguntarle cosas realmente importantes. Elwin planteó
la pregunta que había elegido con sumo cuidado.
“Leon…
¿usted conocía a mi padre en Savar, verdad? ¿Cómo estuvo él durante todo este
tiempo?”.
'¿La
razón por la que quería venir a mi casa era por mi padre?'. Elwin se saltó esa
duda y fue directo al grano. Era algo que quería preguntar desde la fiesta del
té anterior: si su padre, a quien no pudo acompañar en su lecho de muerte,
había estado bien en la distancia.
La
voz de Elwin temblaba levemente y sus ojos azules parpadeaban bajo la tenue luz
de la lámpara. Leon abrió la boca lentamente, con una expresión a la vez
afligida y compasiva. Seguía eligiendo sus palabras con cuidado, pero parecía
querer ser lo más sincero posible.
“El
conde de Ravenwell nunca perdió su curiosidad ni su pasión en Savar. Gracias a
ello, logró mejorar el equipo de excavación, contribuyendo enormemente a
reducir los tiempos de trabajo. Incluso cuando un trabajador local resultó
gravemente herido durante las obras, él personalmente se encargó de cuidar del
herido y de su familia”.
“……”.
“Fue
una persona admirable. Lamento profundamente lo sucedido con el conde”.
Desde
que su padre falleció, Elwin había escuchado esas mismas palabras de
incontables personas. Desde el cartero que le entregó el telegrama hasta
Dwight, el primer día que llegó a la mansión. Sin embargo, sentía que era la
primera vez que escuchaba un consuelo tan genuino como el de Leon.
Sintiendo
que las lágrimas estaban a punto de brotar, Elwin giró la cabeza rápidamente.
No era momento de llorar, y tampoco era necesario. Solo le alegraba haber
podido hacerle esa pregunta a Leon, aunque fuera bajo el pretexto de un juego.
Elwin
pensó que cuando volviera a ser su turno, le lanzaría la pregunta que más
deseaba hacerle: 'Leon, ¿cuál es tu verdadera identidad?'. Pero Leon también se
había guardado la pregunta más importante para el final. Cuando Elwin logró
contener las lágrimas y recuperar el aliento, Leon lanzó su última pregunta:
“Entonces,
sir Elwin, ¿qué es lo que desea ser: condesa o conde?”.
Elwin
se sobresaltó y miró a Leon. Él mantenía su expresión relajada de siempre, pero
esta vez no había rastro de juego o broma. Su rostro mostraba una extraña
seguridad.
Al
igual que Elwin, parecía haber juzgado que no era necesario hacer preguntas
obvias como '¿Desea quedarse en este territorio?' o '¿Está intentando ver si
puede casarse con Dwight?'. Pero, mientras que lo de 'condesa' se podía
entender, ¿'conde'?.
“……Un
omega no puede heredar un título”.
Era
una verdad absoluta, pero Elwin respondió eso primero. Era el sentido común más
básico, pero Leon se encogió de hombros como si no viera el problema.
“No
tiene por qué ser así. Ahí están el Gran Duque de Northumberland, el Conde de
Reading de Montfort o el Duque de Hartwell de Rosemond”.
“Todos
ellos son de la realeza. Además, el Duque de Hartwell de Rosemond es un
personaje de cuentos de hadas”.
Elwin
respondió con incredulidad, pero Leon parecía no entender qué estaba mal.
“Ah,
los estudios recientes sugieren que el Duque de Hartwell pudo haber existido
realmente”.
“He
leído ese ensayo. Es una hipótesis interesante. No, eso no es…”.
Elwin,
que casi había dejado que la conversación se desviara hacia un tema
irrelevante, recuperó la compostura y respondió:
“En
cualquier caso, yo no puedo ser conde”.
“La
pregunta no era si puede o no, sino qué es lo que desea ser. Debe decirme cuál
es su deseo, heredero”.
Frente
a un Leon con el que parecía imposible razonar, la expresión de Elwin se
oscureció.
'¿Mi
deseo?'.
Por
supuesto, Elwin también pensaba que era injusto. A pesar de ser el hijo mayor,
un pariente lejano que no tenía nada que ver con la familia o el territorio
aparecería para heredar todo. Las injusticias que vivía por ser omega no
terminaban ahí; incluso si estudiaba duro y cumplía con los requisitos, no
podía entrar a las escuelas que quería, ni obtener los empleos que deseaba, ni
tenía la oportunidad de abrirse camino por sí mismo.
Cuanto
más pensaba en lo injusto que era, más sufría. Lo único que podía hacer era
aceptar la realidad y esforzarse por buscar algún camino posible. Por eso,
Elwin evitaba mirar de frente lo que realmente quería. Si se permitía pensar en
ello, todo le parecería intolerable.
'Si
yo no fuera la condesa, sino el conde…'.
En
el momento en que ese pensamiento cruzó su mente, una pequeña chispa pareció
encenderse en el pecho de Elwin. En ese lugar que él creía que no era más que
un montón de cenizas blancas, una brasa que aún no se había apagado salió
volando.
Este
era el territorio de Ravenwell, donde Elwin había nacido y crecido, y esta
gente eran los suyos, a quienes Elwin amaba. Entonces, la persona que debía ser
el dueño de estas tierras era, por derecho…
'No,
eso es imposible'.
Sintiendo
que una llama estaba a punto de extenderse y quemar todo su corazón, Elwin
cerró sus sentimientos rápidamente. Por más desesperado que fuera el anhelo, lo
imposible era imposible, y Elwin no tenía la afición de albergar deseos que
nunca se cumplirían.
El
problema era qué responder a esa pregunta. Como era un deseo tan terrible que
ni siquiera podía albergar en su corazón, no podía atreverse a decir 'quiero
ser conde'. Pero si decía 'quiero ser condesa'…
`……Eso
sería una mentira`.
Ahora
estaba aún más claro. Aunque en estas circunstancias tal vez no pudiera
hacerse, lo cierto era que Elwin no tenía el más mínimo deseo de casarse con
Dwight. Sentía una sensación de vacío tan grande al pensar en todos los días
que había dedicado a planificar y esforzarse por ese objetivo que casi le
resultaba irónico. A Elwin solo le quedaba una opción.
“Lo
siento. No puedo responder”.
Elwin
pronunció las palabras con pesadez, pero Leon esbozó una sonrisa enigmática.
Parecía haber sabido de antemano que Elwin no sería capaz de responder a esa
pregunta. En el momento en que vio su sonrisa, Elwin comprendió que, con su
negativa, había dado una respuesta en sí misma. En cuanto Leon mencionó lo de
‘condesa’, quedó claro que él conocía el plan de Elwin, y si esa era su
elección, bastaba con no decir nada para confirmarlo.
Leon
había descifrado todo lo que Elwin sentía sin necesidad de escuchar una sola
palabra, tal como si la pregunta misma hubiera hecho que Elwin tuviera que
enfrentar sus propios sentimientos.
“Vaya.
Y era un juego bajo el honor de un caballero”.
“Eso
es…”.
“Es
una lástima. Supongo que no habrá olvidado cuánto me costó proteger su honor
aquella noche en su habitación, ¿verdad?”.
Leon
volvió a sonrojar el rostro de Elwin con la punta de su lengua. Ante sus
palabras, Elwin recordó la noche que pasó encerrado en su habitación con él, la
expresión indescifrable que tenía Leon cuando escapó a duras penas, y hasta el
aroma de aquel día.
Entre
el aroma de las rosas del invernadero, la fragancia de Leon, dulce como frutas
y canela, se extendió lentamente hacia Elwin. No sabía qué decir ni qué
expresión poner.
“Lo
de ese día… sobre eso, usted no había dicho nada hasta ahora”.
“Pero
yo no he podido borrarlo de mi cabeza ni un solo momento. ¿Qué hay de usted,
sir Elwin?”.
Ante
la pregunta repentina, el corazón de Elwin latió aún más rápido. Solo después
de que sus ojos vacilaran le vino a la mente que las tres preguntas ya habían
terminado, pero Elwin ya había perdido el juego.
“Yo…”.
Como
las palabras y los sentimientos que no lograban formarse en oraciones daban
vueltas en su boca, Elwin se mordió el labio instintivamente y luego lo soltó.
La mirada de Leon, que no se había apartado de sus ojos, se posó sobre sus
labios, ahora rojos y húmedos.
Leon
levantó la mano lentamente hacia la mejilla de Elwin. Fue un movimiento tan
lento y suave que Elwin podría haberse apartado si hubiera querido. Sin
embargo, por alguna razón, no pudo hacerlo.
“¿Nunca
pensó en lo que ocurrió esa noche?”.
La
respuesta correcta habría sido: ‘Será mejor que ni usted ni yo volvamos a
pensar en eso’. Decir ‘nunca’ habría sido mentir, y no podía decir honestamente
‘no he dejado de pensar en ello’.
Elwin
vaciló, incapaz de elegir una respuesta, pero Leon parecía leer su mente una
vez más. Su mano grande rodeó suavemente la mejilla y la mandíbula de Elwin.
“Yo
quiero que usted piense en ello. Y quiero que piense en mí, más y más
profundamente”.
“……”.
“Sabe
a qué me refiero, ¿verdad?”.
“No,
no lo sé”.
Susurró
Elwin con una voz que sonaba al borde del llanto. Su corazón latía tan fuerte
que se sentía mareado. En los ojos vacilantes de Elwin, solo Leon tenía cabida.
En
el instante en que la punta de sus dedos rozó sus labios, Elwin pudo prever
claramente lo que iba a suceder. Lo sabía, pero no huyó. Lentamente, el perfil
de Leon se acercó al suyo. La respiración de Leon se mezcló poco a poco con el
aire que Elwin inhalaba, volviéndolo dulce.
“Usted
ya lo sabe. Y ahora, también sabe que su honor es mío”.
“……”.
“Perdone
mi osadía”.
Cuando
Elwin cerró los ojos, como si hubiera sido atraído por una fuerza mayor, los
labios de Leon tocaron los suyos.
¿Cómo
describir la sensación de aquel momento? Su mente estaba aturdida, pero sus
sentidos estaban más agudos que nunca. En el aire fresco, lo único cálido eran
sus labios, unidos con cautela.
Aunque
la sensación era suave, el lugar donde se tocaban parecía chisporrotear. Desde
aquel punto hasta el borde de su corazón, hasta la punta de sus dedos, una
sensación extraña comenzó a extenderse.
Tras
un tiempo que pareció corto y eterno a la vez, cuando sus labios se separaron,
Elwin reaccionó de repente. Incluso en el momento en que contenía la
respiración, la mirada de Leon seguía clavada en sus labios, como si estuviera
a punto de volver a rozarlos en cualquier descuido.
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‘¡¿Qué
he hecho?!’.
Elwin
estaba profundamente conmocionado, pero más aún le sorprendió darse cuenta de
que no se arrepentía. Temiendo que, si se quedaba allí, pasarían cosas aún más
sorprendentes, se levantó de un salto, visiblemente sobresaltado.
“¡Me
retiro!”.
Elwin
se giró y salió del invernadero, corriendo hacia la mansión. Sus piernas se
sentían pesadas, temblorosas, pero al mismo tiempo tenía la sensación de estar
flotando sobre las nubes. Cuando finalmente llegó al salón de banquetes, la
fiesta aún estaba en pleno apogeo.
La
gente seguía riendo y charlando como hacía poco, pero en un rincón se escuchaba
un murmullo menos alegre. Mientras pensaba si se habría producido alguna pelea,
alguien salió disparado de entre un grupo de damas.
“¡Señorita
Selena!”.
Elwin,
al reconocerla, corrió hacia ella con preocupación, y Selena se acercó con los
ojos llenos de lágrimas.
“Señorita
Selena. ¿Qué ocurre?”.
“Sir
Elwin. Hic”.
Selena
contrajo los labios, intentando contener un sollozo que estaba a punto de
estallar. Las personas del grupo del que ella había salido la miraban con
desdén, lanzándole miradas de reojo y susurrando entre sí.
“¿Qué
es lo que ha pasado?”.
Cuando
Elwin intentó acercarse a la gente, Selena le agarró fuertemente del borde del
frac y negó con la cabeza.
“No,
sir Elwin. Solo quiero irme a casa”.
“¿Está
segura? Entonces…”.
Elwin
volvió la mirada hacia el salón interior donde estaba Dwight. Parecía que el
juego seguía en marcha. ¿Qué debía hacer en un momento así? Mientras intentaba
recordar lo que había leído en los manuales de ‘etiqueta social’, una voz
familiar sonó tras él.
“Yo
regresaré más tarde con sir Dwight; infórmele al señor Frederick de que el
heredero se retira primero”.
Era
Leon, que había vuelto a la mansión. Con una actitud serena y experta, como si
no hubiera pasado nada, dio instrucciones a los empleados de los Pinch para que
prepararan el carruaje de los Ravenwell. Por otro lado, Elwin solo pudo
responder con un torpe “¡Sí, sí!”, con las orejas ardiendo de vergüenza y una
torpeza evidente.
‘No.
Debo mantener la compostura. A menos que quieras que todo el mundo se entere de
que acabas de besar a este hombre’.
Elwin
se dio unas palmadas en las mejillas con sus manos frías y fue a buscar a
Frederick. Aquel hombre de baja estatura, que estaba alardeando rodeado de
gente, al ver a Elwin acercarse, mostró una expresión de evidente inquietud.
“Señor
Frederick. Disculpe…”.
“Ejem,
sir Elwin. Aquí hay muchas miradas, vayamos allí para hablar”.
Quizás
pensó que Elwin tenía algo muy secreto que decirle. Él llevó a Elwin
directamente hacia un pasillo poco concurrido. Para Elwin, que estaba
desesperado porque temía que Selena rompiera a llorar en cualquier momento, la
situación era absurda.
“Señor
Frederick. Me retiro”.
Frederick,
que lucía una expresión triunfal como diciendo ‘adelante, hable ahora’, se
quedó atónito ante las palabras directas de Elwin.
“¿Perdón?”.
“Me
iré primero con la señorita Selena. El señor Dwight regresará más tarde con el
señor Leon”.
Cuando
Elwin respondió de nuevo, la cara de Frederick se puso roja como un tomate;
quizás esperaba algo más, pero como se sintió decepcionado, volvió a soltar
tonterías.
“Ja.
Parece que el abrigo que remendaste a la fuerza se está deshilachando, así que
supongo que ya no puedes quedarte más tiempo. Bueno, haz lo que quieras”.
Elwin
pensó en ignorarlo, como siempre, pero al reflexionar un momento, le resultó
bastante desagradable. Después de todo, las doncellas que habían arreglado su
ropa tenían una habilidad excelente y habían puesto mucho esmero en ello.
Ya
que él cruzaba la línea de esa manera, ¿por qué debía seguir guardando las
formas? Hasta ahora, había permanecido callado pensando en el futuro, pero
después de haber arruinado su última oportunidad de quedarse en el territorio y
haber besado a Leon, ya no tenía motivos para seguir aguantando.
“Ya
que el señor Frederick tiene la amabilidad de aconsejarme sobre mi ropa,
permítame darle un consejo: ¿no le queda el abrigo demasiado pequeño?”.
“……¿Perdón?”.
Frederick
puso una cara de auténtico desconcierto; no esperaba que Elwin le devolviera el
golpe.
“El
segundo y el tercer botón parecen a punto de estallar, le sugiero que los
vuelva a coser. Y aunque su patrimonio sea holgado, debería reducir su consumo
de azúcar por el bien de su salud”.
“¿Qué…
qué… qué?”.
“En
fin, me retiro. No creo que tengamos oportunidad de volver a vernos”.
Elwin
le dio la espalda a Frederick, quien estaba lívido de ira, y se marchó. Su
temperamento mezquino le pedía a gritos decir alguna barbaridad más, pero al
estar en un lugar donde se reunían todos los autoproclamados jóvenes de la alta
sociedad del territorio, Frederick se limitó a rechinar los dientes, como si
estuviera pensando: ‘¡Ya verás!’.
‘Me
tiene sin cuidado’.
Con
una sensación de liberación que nunca había sentido en su vida, Elwin escoltó a
Selena y salió de aquel escandaloso salón de banquetes. Sin saber que su amo
estaba furioso, los empleados de los Pinch tenían listo el carruaje de Elwin.
Al
subir y sentarse frente a ella, notó que los hombros de Selena seguían caídos.
Aunque Elwin no veía bien sin sus lentes, le pareció que tenía los ojos
empañados en lágrimas.
“Esto…
señorita Selena. ¿Necesita mi ayuda o consuelo? Si hay algo que pueda hacer, me
gustaría intentarlo”.
Elwin
era muy torpe para consolar a los demás, pero aun así, se atrevió a dar el
primer paso. Selena, totalmente abatida, murmuró con una voz apenas audible:
“No
quiero… hablar ahora. No, no puedo contárselo a usted, sir Elwin…”.
¿Qué
quería decir con que no podía contárselo a él? ¿Acaso Selena también se había
dado cuenta de la ‘operación matrimonio’? Elwin sintió culpa y desconcierto a
la vez. ¿Qué pasaría si le decía que, por su parte, todo aquello parecía haber
llegado a su fin? No sabía si era demasiado pronto para decir algo así, si la
reconfortaría o si, al contrario, se enfadaría.
“……Está
bien. Primero, volvamos a casa. Y hoy, descanse bien. No piense en nada hasta
mañana”.
Ante
las palabras pronunciadas por Elwin en voz baja, Selena asintió en silencio con
los labios apretados. Aquellas palabras iban dirigidas tanto a ella como a sí
mismo.
Al
llegar a la mansión, los empleados salieron corriendo a recibirlos. Toby
bombardeó a Elwin con preguntas, intrigado por el motivo de su pronto regreso y
por lo que había ocurrido en el baile, pero Elwin le respondió exactamente lo
mismo:
“Hablaremos
mañana. Hoy… solo voy a descansar”.
No
podía predecir qué pasaría después, así que no tenía sentido preocuparse por
ello. Elwin, que siempre había vivido preparando el mañana, por primera vez en
su vida dejó los asuntos del mañana para el día siguiente. Después de todo,
mañana volvería a salir el sol.
*
* *
‘El
sol… ya está en el cenit’.
Tras
haber cometido su primer acto impulsivo en toda la vida, Elwin se quedó dormido
hasta tarde al día siguiente. Al despertar bajo los rayos de sol que se colaban
por las cortinas, el loro Eco lo regañó con su parloteo habitual.
“¡Perezoso!
¡Perezoso!”.
“Ah,
Echo, ten piedad”.
Elwin
se levantó con el cuerpo entumecido y le preparó agua y comida a Eco. Aunque
había dormido hasta tarde, no había descansado bien. No había podido conciliar
el sueño hasta muy entrada la noche. Y la razón de su insomnio era…
‘¡Ah,
por favor, detente!’.
Cuando
Elwin sacudió la cabeza con fuerza y se dio un par de palmadas en las mejillas,
Eco, que bebía agua fresca, lo miró con los ojos muy abiertos.
Aunque
se golpeó hasta sentir ardor, sus pensamientos no se detuvieron. Desde la noche
anterior, Elwin no dejaba de pensar en el beso que compartió con Leon en el
invernadero de cristal. Se prometía no hacerlo, pero el recuerdo volvía;
trataba de pensar en otra cosa y su mente regresaba a aquel momento. Incluso
Leon apareció en sus sueños.
Parecía
que las palabras que Leon le dijo anoche se habían quedado grabadas a fuego en
su mente: que pensara en él más y más profundamente. ¿Cómo se suponía que debía
mirar a Leon ahora? Mientras suspiraba, escucharon un golpe en la puerta.
“Joven
amo, ¿durmió bien? Eh…”.
Toby,
quien había venido a servirle el desayuno, miró el rostro de Elwin fijamente
por alguna razón. Elwin, como quien tiene miedo de ser descubierto, se
sorprendió y se cubrió la boca con el dorso de la mano.
“¿Por,
por qué me miras así? ¿Tengo algo en la cara?”.
“¿Cómo
iba a tener algo? Es que hoy se ve especialmente hermoso”.
“Qué
cosas dices…”.
Toby
miraba con satisfacción a Elwin, quien se quejaba con las mejillas sonrojadas,
mientras lo ayudaba a peinarse. Luego, Toby lanzó la pregunta que Elwin más
quería evitar.
“¿Qué
pasó exactamente en el baile de ayer?”.
Ante
esa pregunta, Elwin movió los ojos de un lado a otro, evitando la mirada de
Toby. No podía decirle a su leal sirviente, a quien había declarado
solemnemente que lograría una propuesta de matrimonio en un mes, que había
terminado besando a otro hombre.
“Ejem,
bueno, no pasó nada especial, yo no hice…”.
“¿De
verdad? Porque parece que ya corre un rumor por el pueblo”.
Al
oír las palabras de Toby, el corazón de Elwin dio un vuelco.
“¿Qué?
¡Acaso Leon…!”.
“¿Eh?
¿Por qué menciona al señor Leon? Lo que escuché es sobre la señorita Selena”.
Elwin,
que se había puesto a la defensiva pensando que Leon había ido por ahí
divulgando lo que pasó entre ellos, se quedó confundido ante la mención de
Selena.
“¿Sobre
la señorita Selena? ¿Qué dicen?”.
Toby,
siempre ansioso por contar chismes, bajó la voz y susurró con expresión
intrigada:
“Es
algo que escuchó el empleado de los Hobson. ¡Al parecer, las damas de esa casa
dicen que Selena no es una verdadera noble! ¡Todas las damas que fueron al
baile ayer coincidieron en esa sospecha!”.
“¿Qué?”.
“Desde
la fiesta del té, las damas sospechaban que no conocía los protocolos. Así que
ayer, decidieron probarla y le preguntaron sobre la esposa de un noble de la
familia Moro, ¡y dicen que dio una respuesta completamente disparatada!”.
Elwin
recordó a la gente que susurraba mirando a Selena el día anterior. Si eso era
cierto, era natural que ella terminara llorando.
“Dios
mío. Si el rumor es cierto, ¿qué pasará? Con razón el señor Alfred ponía cara
de apuro cada vez que veía a la señorita Selena. ¿Ahora qué vamos a hacer?”.
Toby
estaba escandalizado, pero a Elwin no le resultó tan sorprendente. Al escuchar
la noticia, sintió que las extrañas actitudes que Selena había mostrado hasta
ahora cobraban sentido.
“¿Qué
vamos a hacer? Ante todo, la señorita Selena es una invitada en nuestra casa.
Trátala como siempre. Pero…”.
El
rostro de Elwin se fue tensando. Él no era una persona que se preocupara
excesivamente por las jerarquías sociales. Por eso, cuando supo que Leon no era
un compañero de estudios de Dwight, lo aceptó con naturalidad, y lo mismo pasó
ahora.
Lo
que le preocupaba no era el origen de Selena. Si ella no era noble, ¿por qué
Dwight la habría presentado como una señorita de la familia Moro? Una duda
cruzó la mente de Elwin.
‘No
puede ser… ¿acaso el señor Dwight también?’.
Si
Dwight no era el segundo hijo de un barón… Solo de pensarlo, Elwin sintió un
escalofrío.
A
diferencia de otros asuntos, la identidad de Dwight no era algo que pudiera
aceptar sin más. La razón por la que Dwight vino aquí, y la razón por la que
Elwin intentaba acercarse a él a toda costa, era porque él era quien debía
heredar la mansión y el territorio.
“¿Dónde
está el señor Dwight ahora?”.
Ante
la pregunta urgente de Elwin, Toby añadió rápidamente, como si estuviera a
punto de contar eso mismo:
“¡Sobre
eso! Quizás por lo de ayer, el señor Dwight se levantó temprano y citó a la
señorita Selena en el jardín. Nadie se atrevió a acercarse a escuchar, pero
observamos desde lejos y el ambiente se veía muy serio. Dicen incluso que la
señorita Selena lloró”.
“……”.
“Ella
se encerró en su habitación, y el señor Dwight está ahora en el salón de té
bebiendo solo, sin decir palabra. Debe estar muy enojado, ¿no cree? ¡Qué
absurdo sería enterarse de que lo han estado engañando con una falsa pariente
noble!”.
Elwin
tenía una opinión distinta. Dwight siempre se comportaba como si despreciara a
Selena. Nunca le mostró respeto por ser una dama ni cortesía por ser su
supuesta prima de la familia Moro. Tras escuchar los rumores de Toby, su
actitud pasada le parecía lógica.
‘El
señor Dwight seguramente sabía la verdadera identidad de la señorita Selena. Es
muy sospechoso. Debo comprobarlo’.
Elwin
abrió el cajón superior de su escritorio, que tenía llave. Allí estaban los
documentos importantes de la casa condal ordenados, y en el fondo, los papeles
relacionados con el proceso de sucesión de su padre.
Una
vez finalizada la redacción de estos documentos, en cualquier momento, el
mayordomo Alfred entregaría la escritura del territorio y el sello del cabeza
de familia, que estaban bajo llave en la caja fuerte, a la casa del barón,
concluyendo así la herencia. Originalmente, era un trámite que quería retrasar
hasta el final como medida de última instancia.
‘Dadas
las circunstancias… debo verificar esto’.
Elwin
tomó el sobre de documentos y el sello de lacre, y se levantó.
“Como
sea, ¿dices que está en el salón de té? Debo ir a verlo”.
“¡Así
es, joven amo! ¡Ahora que el señor Dwight ha discutido con la señorita Selena,
es el momento perfecto para atacar!”.
Elwin
suspiró internamente ante el comentario poco serio de Toby. Por supuesto, lo
que iba a hacer a continuación era, de alguna manera, parte de su estrategia.
Al entrar en el salón de té, Elwin saludó con cautela.
“Señor
Dwight, espero que haya dormido bien”.
Había
ido de inmediato por la urgencia, pero estaba preocupado. Sabiendo que era una
persona sensible, temía cómo estaría su humor tras haber discutido con Selena.
Sin embargo, inesperadamente, Dwight se puso de pie al ver a Elwin y se mostró
encantado.
“Ah,
sir Elwin. Venga, siéntese y compártame un poco de té”.
Tenía
los ojos brillantes; lejos de parecer de mal humor, parecía más eufórico de lo
habitual. Elwin, confundido, se sentó frente a él.
“Lamento
haberme retirado temprano ayer. Debí acompañarlo hasta el final, pero me surgieron
unos asuntos”.
“Eso
es comprensible. No se preocupe. Me dio mucha pena que se marchara antes.
Después de eso, la fiesta se volvió muy aburrida”.
A
pesar de que Dwight conocía bien lo que Selena había vivido en la fiesta del
día anterior, fingió ignorancia absoluta, como si no tuviera idea de a qué se
refería ese ‘asunto’. Además, añadió comentarios insinceros, a pesar de que
había estado tan ocupado jugando a las cartas que ni siquiera se había dado
cuenta de cuándo desapareció Elwin.
Mientras
recordaba a Dwight absorto en el juego, Elwin cayó en la cuenta de que el día
anterior le había pedido a ese mismo hombre ir a pasear y había sido rechazado
sin miramientos. Avergonzado, cambió de tema y fue al grano.
“Gracias
por decir eso. ¿Tendría un momento? Hay unos documentos sobre el proceso de
sucesión que necesito que verifique desde la casa del barón”.
“Por
una petición de sir Elwin, tengo todo el tiempo del mundo”.
No
sabía por qué Dwight seguía diciendo cosas tan empalagosas, pero Elwin le
tendió los documentos tal como había planeado. Tras explicar el contenido hoja
por hoja, señaló la parte inferior vacía en la última página.
“Si
le parece que no hay problemas con el contenido, puede estampar su sello aquí,
pero…”.
Elwin
miró de reojo el anillo que Dwight llevaba en el dedo meñique de su mano
izquierda. Era un anillo que usaba siempre. Como los nobles solían llevar
sellos en sus anillos, si él realmente era el segundo hijo del barón, aquel
también debía ser su sello.
“¿Tiene
consigo el sello de la casa del barón?”.
Elwin,
que no estaba acostumbrado a sondear a los demás, preguntó con voz ligeramente
trémula. Sin embargo, para sorpresa suya, Dwight asintió con una expresión
sosegada, casi indiferente.
“Sí.
Aunque como el cabeza de familia está vivo, este es un sello simplificado para
el representante, ¿es aceptable así?”.
“P-por
supuesto. Aquí”.
Dwight
encendió una vela de la mesa, derritió la barra de cera que Elwin le había
entregado y la dejó caer en la parte inferior del documento. Luego, se quitó el
anillo y lo presionó sobre la cera derretida, revelando el emblema de la casa
Greymont: un halcón negro posado en un risco.
Era
exactamente el escudo de armas de la baronía que Elwin conocía. Aunque el
tamaño era un poco pequeño, tenía sentido que Dwight, al ser el segundo hijo,
poseyera un sello simplificado. Incluso su forma de manipular documentos
nobiliarios con tanta naturalidad no dejaba lugar a dudas.
‘Claro,
no podía ser de otra forma’.
Parecía
que sus sospechas habían sido infundadas. Después de todo, el cabello rubio
platino, sello de los Greymont, no era un color común. Además, el rostro de
Dwight se parecía bastante al del barón Greymont que Elwin había visto hacía
unos años. Y su actitud altiva y arrogante era algo que no se podía fingir; al
menos, era evidente que Dwight era un noble que había crecido con un sentido de
privilegio desde el nacimiento.
“Listo.
Entonces…”.
Elwin
recogió los documentos con la mayor cortesía posible, temiendo que Dwight
descubriera que lo había sospechado. Su intención era regresar al salón para
ordenar sus pensamientos, pero…
“Sir
Elwin. Si no tiene otros asuntos pendientes, ¿qué le parece si damos ese paseo
que no pudimos hacer ayer?”.
Mientras
se volvía a poner el anillo, Dwight soltó una propuesta totalmente inesperada.
Elwin lo miró atónito, pensando que debía haber escuchado mal, pero Dwight
incluso sonrió, curvando las comisuras de sus labios.
“Un
paseo por el jardín. Ayer me lo pidió con tanta ilusión y yo estaba tan ocupado
que no pude acompañarle. ¿Me daría otra oportunidad?”.
¿Qué
estaba pasando? Ante una situación que no había previsto en absoluto, a Elwin
le tomó un buen rato articular una respuesta.
“Ah,
sí. Como hace frío, iré a buscar mi abrigo”.
Mientras
regresaba a su habitación sintiéndose desconcertado, Elwin se cruzó con Alfred.
“Señor
Alfred. ¿Podría traer el sello de mi padre a mi habitación más tarde? Acabo de
obtener la firma de Dwight en representación del barón para el acta de
confirmación de sucesión”.
“Entendido.
Pero el sello oficial se lo llevó el conde a Savar, y el que está en la caja
fuerte es el sello simplificado del cabeza de familia, ¿le sirve?”.
“Ah,
es cierto. Como yo también tengo un sello simplificado de representante, no sé
cuál sería el más adecuado. Creo que falta poco para que el señor Dale regrese
de su viaje… Mejor dejemos el sellado pendiente. Tendré que pensarlo”.
Pensando
que, en el peor de los casos, podría retrasar el trámite hasta que el encargado
de finanzas regresara de Savar con el sello oficial, Elwin entró en su cuarto y
tomó su abrigo. Toby, que estaba ordenando, se apresuró a hablar.
“Joven
amo, ¿va a salir?”.
“No,
el señor Dwight me ha pedido pasear por el jardín”.
Ante
la respuesta de Elwin, Toby puso una cara de incredulidad y luego comenzó a
alborotarse.
“¿De
verdad, joven amo? Después de discutir con la señorita Selena, ¡parece que el
señor Dwight finalmente ha reconocido su valor!”.
“No
es eso. Cállate, Toby”.
“Claro
que sí. ¿Qué estratagema usó ayer en la fiesta para que las cosas avanzaran
tanto?”.
Toby
estaba eufórico, pero Elwin se sentía sumamente inquieto. La mayoría de los
fenómenos tienen una causa, o al menos un detonante. Hasta ayer, cuando Elwin
le pidió pasear, Dwight lo miró como si no entendiera por qué se lo proponía.
Que su actitud cambiara de repente indicaba que algo debió sucederle a Dwight
durante el intervalo.
‘O
sea que, mientras yo estaba en el jardín…’.
Al
recordar lo ocurrido anoche en el jardín de los Finch, Elwin sintió que sus
mejillas se encendían. Toby, mientras ayudaba a Elwin con el abrigo y le
arreglaba el cabello, se echó a reír al ver su reacción.
“Vaya,
¿está nervioso? No se tense tanto y vaya, que se ve muy guapo hoy”.
Elwin,
incapaz de confesar que se sonrojaba por Leon y no por Dwight, se abanicó con
la mano mientras se dirigía al jardín, esperando que el aire se llevara sus
pensamientos innecesarios.
‘Pero,
¿dónde se ha metido ese hombre?’.
Desde
que despertó por la mañana, le preocupaba cómo volvería a ver a Leon, pero el
hecho de no haberlo visto en todo el día también le causaba desasosiego. Al
salir al pórtico con rostro serio, Dwight lo recibió con una sonrisa que le
llegaba de oreja a oreja, tal como hace un momento.
“Ha
llegado, sir Elwin. Vayamos, pues. Siempre he pensado que este es un jardín
espléndido”.
Dwight,
que llevaba ya 20 días en la mansión, soltó un cumplido bastante tardío. Como
correspondía a una familia noble de larga tradición, el jardín tenía muchos
árboles antiguos, pero al ser finales de otoño, las hojas habían caído y el
ambiente se sentía vacío y desolado.
Era
imposible que su elogio hacia un jardín sin una sola flor fuera sincero;
parecía que Dwight había decidido decirle a Elwin todo lo que fuera agradable
de oír. Mientras caminaban lado a lado, Elwin se sentía cada vez más incómodo y
estaba a punto de ralentizar el paso cuando Dwight preguntó de repente:
“Usted
nunca ha visto el mar, ¿verdad?”.
Aunque
sonaba a pregunta, su tono daba por hecho que Elwin no conocía el mar. Elwin,
algo desconcertado, respondió:
“…Después
de mi ceremonia de mayoría de edad, hice un viaje con mi padre por la costa del
Mediterráneo”.
“Ah,
el Mediterráneo es bonito, pero no se compara con el mar frente a nuestro
territorio. No sé si lo sabe, pero Greymont tiene un puerto muy grande”.
Sacar
a colación el tema del mar parecía ser solo una excusa para presumir de su
territorio de origen. Dwight comenzó a hablar con tono arrogante sobre la
rentabilidad del comercio exterior y la importancia del puerto de Greymont. Al
escucharlo con atención, Elwin notó que estaba repitiendo palabra por palabra
lo que otros invitados habían dicho en la fiesta del té para halagar a Dwight.
Y, a juicio de Elwin, ni siquiera eran datos correctos.
‘Solo
conoce una parte de la historia’.
El
puerto de Greymont tenía aguas poco profundas, lo que dificultaba la entrada de
barcos, y el transporte ferroviario hacia la capital era complicado, por lo que
el puerto ya estaba en decadencia.
Sin
embargo, Elwin se limitó a asentir sin contradecirlo. Dwight, satisfecho al ver
que Elwin escuchaba en silencio, continuó presumiendo de su familia durante un
buen rato. Mientras observaba su actitud jactanciosa, Elwin comprendió de
repente que Dwight se estaba sobreexponiendo como un animal que infla su pelaje
para parecer más grande. Los animales hacen eso por dos razones: o bien para
retar a un oponente, o para cortejar a alguien.
‘¿Acaso…?’.
Cuando
ese signo de interrogación cruzó la mente de Elwin, ambos ya habían dado la
vuelta completa al jardín y estaban cerca de la mansión. Dwight se detuvo
frente a un banco y sacó un pañuelo del bolsillo interior de su abrigo.
‘Ah,
lo sabía’.
Dwight
extendió el pañuelo, lo colocó sobre un extremo del banco y, con una actitud
que él consideraba 'caballerosa', le dijo a Elwin:
“Siéntese,
sir Elwin.”
¿Era
imaginación suya o Dwight realmente estaba expresando interés? Si fuera cierto,
tanto Toby como el mayordomo Alfred estarían exultantes, pero Elwin se sentía
incómodo. Sin embargo, como no podía rechazarlo abiertamente, se sentó a
regañadientes. Al ver que Elwin esbozaba una sonrisa forzada, Dwight se acercó
a él con aire triunfal. Justo cuando Elwin se removía en el asiento,
sintiéndose incómodo por la cercanía, Dwight miró hacia la entrada del jardín y
saludó a alguien.
“¿De
dónde vienes tan temprano?”
“Ah,
señor Dwight. Y…… sir Elwin.”
Al
oír la voz de Leon respondiendo con tono bajo, el corazón de Elwin se hundió.
Se sintió como alguien a quien acaban de atrapar siendo infiel y quiso dar
alguna excusa. Leon sabía perfectamente cuánto deseaba Elwin quedarse en la
propiedad, por lo que era lógico que malinterpretara la situación como parte de
su plan. Pero Elwin no era el tipo de persona que, tras haber compartido un
beso con alguien la noche anterior, se pegara a otro al día siguiente. No le
importaba lo que pensaran los demás, pero no quería que Leon lo
malinterpretara.
‘¿Qué
significa esa mirada?’
Elwin
escrutó el rostro de Leon. Leon parecía tan relajado y despreocupado como
siempre, pero no apartó la vista ni un segundo de los dos que estaban sentados
en el banco. Era un rostro imposible de descifrar. Elwin no podía saber si
estaba enojado, confundido o si le daba igual. Y, si no le importaba, ¿estaba
ocultando su inquietud o era alguien a quien no le afectaba ver a la persona
con la que se besó el día anterior junto a otro?
‘……Eso
sería bastante desagradable, ¿no?’
Al
considerar esa última posibilidad, Elwin sintió una extraña irritación, como si
él mismo hubiera sido traicionado. Mientras su mente se enredaba en dudas,
escuchó la respuesta de Leon:
“Tenía
un asunto pendiente en el pueblo.”
“Entiendo.
Puedes retirarte; tengo cosas que hablar con sir Elwin.”
En
ese instante, las cejas de Leon se movieron apenas un milímetro. Fue un gesto
tan sutil que, de no haber estado observándolo con atención, habría pasado
desapercibido.
“Entonces,
continúen su conversación.”
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Pero
la breve inquietud desapareció y Leon se alejó hacia la mansión con una
expresión inescrutable. Elwin miró de reojo la espalda de Leon y, al volver la
vista, se encontró con que Dwight lo miraba de nuevo con la sonrisa de oreja a
oreja.
“Como
le decía, sir Elwin.”
Justo
cuando cambiaba de tema como si fuera a decir algo importante, un viento gélido
azotó los alrededores. Una ráfaga pasó sobre el montón de hojas secas
acumuladas, esparciéndolas cerca del banco. La sonrisa artificial de Dwight
desapareció un momento; arrugó el entrecejo y comenzó a sacudirse las hojas de
la ropa con movimientos bruscos y sonoros.
“¿Se
encuentra bien, señor Dwight?”
“Ah.”
Él,
recordando la presencia de Elwin, forzó una sonrisa, pero no pudo evitar mirar
de reojo el montón de hojas con desprecio.
“Incluso
en un jardín con tanta tradición, si quienes lo cuidan no ponen esmero, surgen
estos descuidos. Es usted demasiado blando con los subordinados, sir Elwin.”
La
razón por la que los jardineros dejaban las hojas allí era porque Elwin se lo
había pedido para usar la tierra en el semillero. Dwight, que criticaba a los
empleados ajenos a su antojo, se jactó nuevamente:
“Yo
no permitiría tal desidia. No es por presumir, pero al administrar un territorio
portuario donde transita tanta gente, uno desarrolla naturalmente la habilidad
para tratar con los demás.”
“Ya
veo, entiendo.”
“Por
eso se lo digo: si yo estuviera a su lado, creo que podría compensar las
carencias de sir Elwin. ¿Qué le parece?”
A
Elwin le tomó un buen tiempo comprender lo que Dwight quería decir. Dwight
realmente estaba expresando un interés activo. Era, por fin, lo que Elwin había
esperado desde que Dwight llegó. Por más que se esforzara, Elwin no podía
sentir afecto por él, pero si Dwight tomaba la iniciativa, la situación
cambiaba.
‘Si
ahora digo que sí……’
Si
Elwin aceptaba que Dwight se quedara a su lado, quizás no tendría que irse de
la casa. Podría proteger el futuro de Eleanor y la vida de sus empleados. Sin
embargo, no pudo articular palabra. En lugar de pensar en el éxito de su plan,
solo pensaba: ‘¿Por qué ahora?’. Y es que el corazón de Elwin ahora pertenecía
a……
“¡Ah,
e-espere!”
Buscando
una salida, Elwin vio a la institutriz de Eleanor cruzando el jardín. Elwin se
levantó de un salto.
“Disculpe,
señor Dwight. Tengo algo urgente que decirle a la maestra de Eleanor. Con su
permiso.”
Elwin
hizo una breve reverencia y huyó hacia la institutriz. Su corazón latía
acelerado por la confusión.
“Joven
amo, ¿qué sucede? ¿Está bien?”
Elwin,
que solo quería alejarse de ese banco, respondió:
“Verá,
es sobre la señorita Selena.”
La
institutriz sonrió con calidez al oír el nombre.
“En
realidad, Selena ha pasado por algo muy doloroso estos dos días. No sé si
quiera asistir a clase hoy, pero si lo hace, ¿podría tratarla con delicadeza?”
“Oh,
entiendo perfectamente. No sé qué habrá pasado, pero espero que se recupere
pronto. La señorita Eleanor se siente mucho más alegre desde que pasa tiempo
con ella.”
Aquellas
palabras hicieron que el peso en el corazón de Elwin aumentara por la
preocupación y la culpa hacia Selena.
‘No……
tal vez ya lo arruiné todo hace un momento.’
Dwight
le había tendido la mano y Elwin lo había dejado plantado, así que no sería
extraño que se marchara de la casa. Elwin se sintió tan avergonzado ante sus
empleados que fue al invernadero a limpiar el huerto. Al recordar que había
ensuciado la ropa para pasear con Dwight, se sintió aún peor. Caminó de regreso
a la mansión con los hombros caídos. Cuando vio a Toby correr hacia él, se
preparó para disculparse, pero entonces Toby dijo:
“¡Joven
amo! ¡El señor Dwight dice que quiere ir a montar a caballo mañana!”
Aunque
se había saltado un día por ir a la fiesta vespertina, Dwight solía recorrer el
territorio a caballo casi todos los días durante el último tiempo. Elwin
asintió con indiferencia, pensando que simplemente se trataba de la noticia de
que saldría con Isaac, su sirviente, como de costumbre.
“Ya
veo. Tendré que avisarle al encargado de las caballerizas. Pero más importante,
Toby, yo…”.
“Ay,
joven amo. ¡No es eso, sino que el señor Dwight dijo que quiere ir de paseo a
solas con usted mañana!”.
“¿Qué?”.
“Dios
mío. ¡Pero qué está pasando aquí! Joven amo, ¿qué debería ponerse mañana? ¿Le
pido al señor Alfred que le haga un nuevo adorno para el cabello?”.
Elwin
se quedó aturdido, como si alguien le hubiera golpeado la nuca con fuerza. En
lugar de estar enfadado, el hombre había expresado que quería salir de paseo, y
nada menos que a solas con él. Ante un Toby que se deshacía en alborotos de
alegría, Elwin se sintió, por el contrario, presa de un mal presentimiento y
murmuró en voz baja:
“Eso
mismo digo. ¿Qué rayos estará pasando…?”.
*
* *
“¿Qué
sugerirá hacer el señor Dwight hoy?”.
Tres
días después, por la mañana. Toby preguntaba con voz alegre mientras peinaba a
Elwin. A diferencia de su sirviente, cuyos ojos verdes brillaban de emoción,
Elwin tenía las mejillas demacradas. Tras dudar un momento, al no querer
decepcionar a quien lo atendía con tanto entusiasmo, Elwin no pudo más y
respondió:
“Hoy
no iré a ninguna parte. Tengo trabajo acumulado. Son asuntos que debo resolver
con urgencia”.
Ante
las palabras de Elwin, Toby abrió la boca de par en par con expresión de
tragedia.
“¿Qué?
Pero si el ambiente entre ustedes está mejor que nunca. Hay que aprovechar el
hierro mientras está caliente; en momentos así es cuando debe mostrarse más
receptivo”.
¿Acaso
se podía decir realmente que el ambiente había sido ‘bueno’ durante estos
últimos tres días? Lo único claro es que Dwight no se había despegado de Elwin
ni un segundo, manteniendo siempre un aura extraña entre ambos. El día
siguiente a su paseo por el jardín le pidió que salieran a montar a caballo, y
al siguiente le pidió que lo acompañara al centro de la ciudad alegando que
tenía compras pendientes.
Incluso
dentro de la mansión, el cambio de actitud de Dwight se mantuvo. Durante la
hora del té y en las cenas, no dejaba de dirigirle la palabra y ofrecerle
comida a cada instante. Su comportamiento fue tan descarado que no solo los
empleados que conocían el ‘plan de matrimonio’ de Elwin, sino incluso los que
no sabían nada, empezaron a notar algo. Todos hacían predicciones optimistas:
“Si siguen así, ¿no es posible que el joven amo termine quedándose aquí
definitivamente?”.
“En
mi opinión, el señor Dwight le pedirá matrimonio a más tardar mañana. ¡Oh, qué
romántico será! ¿Qué le parece, joven amo? ¿No cree que la primavera es la
mejor estación para celebrar la boda?”.
Toby
estaba tan emocionado que parecía listo para empezar a organizar la ceremonia
en ese mismo instante. Como Elwin valoraba mucho a sus empleados, una parte de
él quería cumplir sus expectativas a toda costa, pero…
“Bueno…
por ahora, necesito descansar. Estoy demasiado cansado como para salir de
nuevo”.
Elwin
estaba verdaderamente exhausto. Aunque lo había olvidado por un tiempo, en
realidad, tenía una personalidad que consideraba el acto de conversar con la
gente como algo sumamente agotador. Y, sinceramente, las conversaciones con
Dwight eran lo peor. Hasta ahora no se había dado cuenta porque Dwight apenas
le prestaba atención.
Más
que nada, Elwin no sabía cómo reaccionar al parloteo incesante de Dwight. Como
a cualquier persona, a Elwin le resultaba insoportable escuchar comentarios que
denigraban a otros o que estaban basados en conocimientos erróneos. Intentar
rebatirle parecía una tarea interminable, así que prefería quedarse callado.
Sin embargo, Dwight, malinterpretando ese silencio como interés genuino, se
explayaba aún más. Hablaba de lo poco educados que eran los plebeyos o de lo
despreciables que eran ciertos linajes. Eran comentarios atroces.
Elwin
había llegado a su límite. Si escuchaba una sola estupidez más, temía que su
cabeza fuera a estallar. Mientras Toby se golpeaba el pecho, frustrado por la
actitud de su amo, se escucharon unos golpes en la puerta y el mayordomo Alfred
entró en la habitación.
“Joven
amo, le traigo los documentos de liquidación”.
Alfred
llevaba en las manos el libro de cuentas del condado y un fajo de pagarés que
Elwin debía revisar. Como se acercaba la fecha de pago mensual, su firma era
necesaria. Mientras entregaba los papeles, Alfred le dio una noticia inesperada.
“Por
cierto, joven amo. El alguacil del pueblo preguntó si nosotros también teníamos
tratos con la familia Finch”.
“¿Tratos
con la familia Finch? ¿Por qué pregunta eso?”.
“He
oído que se está llevando a cabo una investigación masiva sobre la acumulación
ilícita de riqueza de los Finch. Dicen que no ha quedado almacén de sus
empresas militares ni oficina sin ser registrada por el alguacil y los
inspectores fiscales”.
Que
la empresa de los Finch hubiera prosperado mediante sobornos y explotación era
un secreto a voces en la región, por lo que no le sorprendió. Lo que sí le
resultó asombroso es que las autoridades hubieran decidido actuar de repente en
un asunto que todos preferían ignorar. ¿Qué clase de informante de alto nivel
habría revelado la información para provocar tal cambio?
“Ya
veo. Como no hemos tenido tratos con ellos, no debería afectarnos”.
“Eso
fue exactamente lo que respondí”.
“¡Qué
justicia tan divina! Después de lo mal que trataron al joven amo solo porque
tenían un poco de dinero”.
Aunque
Elwin se mantuvo sereno, Toby parecía inmensamente feliz con la noticia de los
problemas de los Finch. Aun así, aprovechó para quejarse con Alfred.
“Pero
escuche, señor Alfred. El señor Dwight seguramente querrá ver al joven amo hoy
también, pero él dice que está cansado y que se quedará todo el día revisando
documentos”.
Ante
el lamento de Toby, Alfred, que estaba entregando el libro de cuentas, observó
a Elwin en silencio. En el rostro del anciano mayordomo, quien atesoraba al
joven amo como a una flor, se dibujó una sombra de preocupación.
A
diferencia de Toby, que estaba entusiasmado con la audacia de Dwight, Alfred
parecía estar reflexionando mucho últimamente. Como había cuidado de Elwin
desde que era un bebé, quizás lograba leer sus verdaderas intenciones, o tal
vez era consciente de lo que escuchaba a través de Eleanor.
A
medida que Dwight se acercaba a Elwin con aires de triunfo, Selena se volvía
cada vez más sombría. Después de regresar de la fiesta de los Finch, algunos
empleados cuchicheaban sobre los rumores, y tal vez por la incomodidad de ver a
Dwight, Selena se encerraba casi todo el tiempo en su habitación, negándose a
comer. Solo Eleanor entraba en su cuarto para conversar largamente con ella.
Por lo que se contaba, parece que Selena no le había revelado todos los
detalles, pero era evidente que estaba consumida por la traición y el
arrepentimiento.
“Si
está cansado, debe descansar. ¿Por qué no pospone el trabajo y se toma el día
libre?”.
“No,
¿acaso usted también, señor Alfred?”.
Al
ver que Alfred tomaba partido por Elwin con tanta amabilidad, Toby se golpeó el
pecho nuevamente con desesperación. Antes de que Toby pudiera seguir
insistiendo, Elwin le arrebató el libro de cuentas a Alfred.
“Entonces,
por favor, dígale al señor Dwight que hoy estoy sumamente ocupado y que me
dedicaré exclusivamente al trabajo”.
Tras
dar la orden, Elwin se refugió en la biblioteca como si estuviera huyendo. Por
fin, se sintió en paz. Suspiró y, por precaución, cerró bien las cortinas,
temiendo que Dwight pudiera encontrarlo.
‘Ahora
sí siento que puedo respirar’.
Aunque
había trabajo que hacer, la excusa de estar ‘ocupado’ era falsa. Podía terminar
de organizar ese libro de cuentas en un abrir y cerrar de ojos. A los pocos
minutos de sentarse a la mesa de trabajo, Elwin terminó sus deberes y se
trasladó al sofá junto a la ventana.
Al
dejarse caer y cerrar los ojos, hasta la tensión acumulada comenzó a disiparse.
Percibió, aunque muy débilmente, el aroma de alguien que había ocupado ese
lugar antes. Resultaba extraño sentirse aliviado por el rastro de otra persona
cuando lo único que deseaba era estar solo.
Sin
darse cuenta, sus ojos se cerraron lentamente. ¿Cuánto tiempo habría dormido?
Elwin despertó de golpe al sentir un movimiento suave, casi imperceptible.
Alguien había entrado en la biblioteca. Elwin balbuceó al llamarlo:
“Señor
Leon”.
Él,
que leía un libro en la mesa al otro lado de la sala, levantó la vista
lentamente y miró a Elwin. ¿Desde cuándo ese hombre tan astuto estaba allí sin
hacer ni un ruido?
“Si
ya estaba aquí, ¿por qué no me despertó?”.
Elwin
se frotó los ojos, tratando de espantar los restos del sueño. No lo decía por
cortesía; en el instante en que vio a Leon, se dio cuenta de cuánto lo había
extrañado. Era una expresión extraña, dado que vivían bajo el mismo techo y se
veían a diario.
Desde
lo ocurrido en el invernadero de los Finch, no habían intercambiado muchas
palabras. Incluso en la hora del té o en las cenas, Dwight siempre interrumpía
con sus insistencias, haciendo imposible que Leon y Elwin siquiera se cruzaran
la mirada.
Eso
lo frustraba. Aunque sospechaba que, si realmente hablaban, él solo se pondría
nervioso y torpe, quería conversar con él. Ahora que lo pensaba, Elwin siempre
había considerado que hablar con la gente era agotador, pero nunca se había
sentido así con Leon.
“Parecía
dormir tan plácidamente que no quise molestar. Siga descansando”.
“No
se preocupe. Ya estoy completamente despierto”.
A
medida que la mirada de Elwin se aclaraba, se fijó en los labios de Leon. Ese
día, al igual que siempre, tenían una forma perfecta y lucían particularmente
hidratados.
‘……¿En
qué estoy pensando?’.
Temiendo
que su rostro se tornara rojo, Elwin bajó la vista apresuradamente. En
respuesta, como si fuera una pequeña venganza, Leon cerró el libro por completo
y clavó los ojos en el rostro de Elwin. Elwin, sin saber dónde meterse,
preguntó:
“¿Por
qué me mira así? ¿Acaso tengo algo en la cara?”.
“Sí,
aquí. Ha estado babeando bastante”.
Ante
el comentario de Leon, quien señalaba su boca, Elwin se levantó sobresaltado.
Mientras rebuscaba en los bolsillos de su chaqueta buscando un pañuelo, Leon
soltó una carcajada.
“Es
una broma”.
“Ah,
de verdad, ¿por qué dice esas cosas? Pensé que estaba haciendo el ridículo…”.
“Bueno,
¿qué más da una poco de baba? Sería más fácil enseñarle esgrima a un cachorro
que hacer que esa cara luzca ridícula”.
El
rostro de Elwin, que ya se había sonrojado por la confusión, se encendió ahora
por un motivo distinto. Temiendo que una reacción excesiva ante sus palabras lo
hiciera parecer cómico, intentó balbucear sin que le temblara la voz.
“Es
usted muy bueno halagando sin cambiar ni un solo gesto, señor Leon”.
“No
lo sé. La verdad es que no me siento lo suficientemente bien como para
dedicarme a halagar a nadie”.
Leon
respondió con un tono de molestia, como si se sintiera frustrado. Preocupado al
instante por si había hecho algo para herir sus sentimientos, Elwin preguntó
con cautela:
“¿Por
qué se siente así...? ¿Ha sucedido algo?”.
Quizás
le divirtió la reacción ingenua de Elwin, pues Leon relajó inmediatamente las
cejas fruncidas y sonrió. Sin embargo, no era una sonrisa del todo alegre.
“No
puedo contra usted. ¿Qué otra razón podría tener para estar de mal humor?
Simplemente me sentía un poco despechado al no haber podido intercambiar ni una
palabra con usted en todo este tiempo”.
Parecía
que a él también le incomodaba la situación de no poder encontrarse
adecuadamente con Elwin. A Elwin le alegró saber que Leon sentía lo mismo, pero
era difícil demostrarlo. El alboroto de Toby sobre la inminente propuesta de
matrimonio de Dwight no era un delirio infundado; la actitud jactanciosa y entrometida
de Dwight iba en aumento.
Dwight
señalaba los amplios campos de la propiedad y se refería a ellos como ‘nuestra
tierra’, y al ir al pueblo, compró una pequeña flor de manos de un niño
vendedor y se la entregó a Elwin sin previo aviso. Aunque Elwin no tuviera una
buena opinión de él y sus conversaciones fueran incómodas, parecía que, si
simplemente se dejaba llevar por la corriente, el resultado sería un final
feliz para todos. Por lo tanto, no estaba bien que Elwin se sintiera aliviado
al escuchar a Leon decir que estaba despechado por no verlo.
Oscilando
momentáneamente entre sus sentimientos sinceros y su deber como heredero de una
casa noble, Elwin, con cobardía, cambió ligeramente el tema.
“...Usted
también ha estado ocupado estos días. Escuché que ha ido con frecuencia al
centro de la ciudad por asuntos personales”.
Elwin
inventó una excusa, como si la razón por la que no se habían cruzado no fuera
Dwight, sino las ausencias frecuentes de Leon. Esperaba que Leon lo negara,
pero, inesperadamente, este se encogió de hombros y asintió con naturalidad.
“Así
es. Tenía asuntos que atender. Y también a alguien a quien ver”.
Elwin,
que escuchaba sus palabras en silencio, se estremeció ligeramente en ese
momento. La frase ‘alguien a quien ver’ voló hacia su mente y se le clavó con
fuerza.
‘¿Alguien
a quien ver? ¿Acaso conoce a alguien en esta zona? ¿Será alguien que conoció
recientemente?’.
Al
instante, Elwin recordó a la mujer que se sentó junto a Leon en la fiesta del
té y que, durante la velada, le propuso activamente dar un paseo por el jardín.
Al llegar a ese pensamiento, una oleada de furia estalló en su interior.
Deseaba preguntarle con firmeza: ‘¡¿A quién demonios se ha estado viendo?!’,
pero no se atrevía. Por otro lado, tampoco era tan hábil como para fingir que
no le importaba. Elwin, que intentaba balbucear sin éxito mientras sus ojos se
encogían y sus comisuras caían, mostraba claramente su sufrimiento en su rostro
puro.
Observándolo
fijamente, Leon se levantó de su asiento. Sus pasos, lentos y pesados,
cosquillearon los oídos de Elwin hasta que el hombre se sentó a su lado. El
sofá donde estaba Elwin era lo suficientemente grande para dos o tres personas,
pero como él estaba sentado en el centro y Leon era de complexión muy grande,
sus hombros se rozaron suavemente. Fue solo eso, pero el corazón de Elwin
comenzó a latir con fuerza de nuevo.
“Solo
me reuní con un mensajero enviado por mi familia. También tenía algunos
documentos de la oficina administrativa que debían ser verificados”.
“Ah,
entiendo. Ya veo”.
Debido
a que la presencia de Leon a su lado lo tenía completamente descolocado, Elwin
respondió con un tono de alivio que, sin querer, dejó en evidencia sus
sentimientos. Leon terminó soltando una pequeña carcajada.
“¿Tanto
le preocupaba saber a quién había visto?”.
“Ah,
ah, bueno, eso es...”.
Era
un intento claro de sonsacarle información, pero ante una pregunta tan directa,
Elwin, incapaz de mentir, solo pudo balbucear. Mientras apretaba los labios, un
calor intenso se apoderó de sus mejillas.
Era
un sentimiento del cual se sentía avergonzado. Aún no había llegado a una
conclusión precisa sobre si ‘era el momento adecuado’ para todo aquello. Sin
embargo, en el fondo, Elwin deseaba que Leon comprendiera sus sentimientos, por
muy vergonzosos que fueran. Quizás ya lo había descubierto, pero aun así,
quería ser honesto frente a él.
“...Sí.
Así fue”.
Tras
su pequeña confesión, un breve silencio se instaló entre ambos. Tal vez ni
siquiera Leon esperaba que Elwin respondiera con tanta sinceridad. Fue una
impresión suya, o quizás el hombro de Leon, que rozaba el suyo, se sentía más
cálido que hace un momento. El aire se volvió sutilmente tenso.
Elwin
se sentía tan mareado por dentro que deseaba salir corriendo de la biblioteca.
Al mismo tiempo, no quería abandonar aquel lugar por nada del mundo. Por más difícil
que fuera soportarlo, prefería quedarse allí, hombro con hombro, junto a Leon.
“U-usted
también, Leon. Dijo que estaba despechado por no poder hablar conmigo”.
Elwin
quería decirle que, si a él le pasaba lo mismo, entonces sus vergonzosos
sentimientos no debían ser un pecado tan grande. Ante sus palabras dichas casi
como un reproche, el hombro de Leon, que estaba pegado al suyo, se separó.
Pensando
que tal vez se iría tras haberse sentado a su lado, Elwin giró la cabeza, solo
para encontrar a Leon mirándolo mientras giraba ligeramente el torso sin
levantarse. Ambos quedaron sentados de lado, enfrentándose el uno al otro.
“Tiene
razón. Estábamos pensando en lo mismo, usted y yo, sir Elwin”.
Elwin
recordó las últimas palabras que Leon le había dicho en el invernadero: que
deseaba que Elwin pensara en él más a menudo y con mayor profundidad.
Como
si aquellas palabras hubieran sido una maldición o un hechizo, Elwin no pudo
quitarse a Leon de la cabeza durante días. Quizás había podido soportar las
conversaciones incómodas con Dwight porque, al estar pensando en Leon, muchas
veces ni siquiera escuchaba las tonterías que Dwight decía.
Como
aquellos pensamientos intrusivos devoraban su mente constantemente, Elwin
sentía cierto resentimiento hacia ese hombre astuto, preguntándose qué le había
hecho para terminar en ese estado. Pero ahora, al escuchar a Leon hablar de
‘pensar en lo mismo’, aquel tormento interno le pareció algo no tan malo. Se
preguntó si Leon también habría estado pensando en él tanto como él lo había
hecho.
“¿...Eso
cree?”.
Como
su timidez era tan grande como su alegría, Elwin respondió de manera vaga y
dubitativa. Aunque seguramente Leon podía leer sus pensamientos transparentes,
este fingió estar dolido para seguir con su juego.
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“No
sabe cuánto me preocupé. Temía que aquel tiempo que compartimos esa noche, sir
Elwin, quisiera enterrarlo como si hubiera sido un error”.
“¿Un
error? De ninguna manera”.
“Bueno,
hay gente así en el mundo. Personas que agitan el corazón de los demás y luego
simplemente lo califican como un error”.
Era
un comentario desagradable incluso de escuchar. ¿Cómo podía alguien besar a
otro y luego intentar disculparse diciendo que fue un error? Fue entonces
cuando Elwin se dio cuenta de que el hombre que tenía sentado frente a él era,
probablemente, el mayor libertino que conocía, y preguntó sobresaltado:
“No
estará tratando de decir que usted es ese tipo de persona, ¿verdad?”.
“¿Yo?
Por supuesto que no”.
Leon
arrugó las cejas ante lo absurdo de la pregunta, pero de repente, al recordar
algo, murmuró en voz baja:
“Aunque,
ciertamente, lo del establo... sí fue un error”.
Elwin
sintió que su rostro ardía aún más al recordar aquel momento en el que sus
labios se rozaron mientras tropezaba con las riendas del caballo. Aquello, sin
duda, había sido un accidente. Pero las ondas que aquel pequeño incidente
provocó en su corazón no eran algo que pudiera simplemente ignorar.
“Porque
sería difícil que el mismo error ocurriera dos veces”.
Eso
también era cierto. Lo ocurrido en el invernadero de los Finch definitivamente
no fue un error. Aunque fue una decisión influenciada por el impulso, Elwin
sentía que, incluso si pudiera volver atrás en el tiempo, no habría podido
evitar besar a Leon. Elwin no dijo nada, pero Leon parecía saber que él estaba
de acuerdo con sus palabras. Sus ojos, al mirar a Elwin, eran suaves, pero en
ellos hervía un anhelo y una tenacidad que no podía ocultar.
“¿Qué
le parece, sir Elwin?”.
Una
voz baja y dulce acarició el nombre de Elwin como si quisiera hechizarlo. Con
un tono que era a la vez descarado, seguro de sí mismo y cauteloso —como si
estuviera midiendo el estado del corazón de Elwin—, preguntó:
"¿Si
lo mismo se repite tres veces, ¿entonces ya no se podría llamar realmente un
error, no?"
Era
evidente hacia dónde pretendía llevar la conversación aquel hombre astuto. Por
más ingenuo que fuera Elwin, no era ajeno a la situación; sabía perfectamente
en qué clase de pantano se estaba dejando embaucar. El problema era que, a
pesar de saberlo, él mismo estaba caminando voluntariamente hacia él.
"Realmente
es así."
Respondió
balbuceando, y Elwin prefirió cerrar los ojos. Estaba tan nervioso que no podía
soportar seguir sosteniendo la mirada de Leon. Sintió que la mano grande de
Leon, con sus leves callosidades, rodeaba su mandíbula, y un instante después,
una calidez suave y blanda se posó sobre sus labios. Era la tercera vez que sus
labios se encontraban, pero nada en ello le resultaba familiar. La cabeza de
Elwin seguía dando vueltas; tenía miedo de quedar cubierto por aquel aroma
sutil pero intenso, y sin embargo, no podía escapar.
Sentía
como si en todo el mundo solo quedaran Leon y él. En ese instante, Elwin no era
el hijo mayor del conde ni el joven terrateniente que cuidaba diligentemente a
sus habitantes; era simplemente ‘Elwin’. Aunque deseó, al menos por un
instante, que aquel momento de ensueño se prolongara, poco después se escuchó
un sonido metálico: clic, clic. Elwin comprendió que no estaba en un sueño, sino
en la mansión del conde, y que allí había muchas más personas además de ellos
dos.
Mientras
se separaba sobresaltado y se preguntaba ‘¿Quién será?’, escuchó tras la puerta
la voz que menos deseaba oír en ese preciso momento:
"¡Sir
Elwin!"
Ah,
de verdad. Ante la voz de Dwight, el rostro de Elwin se torció
involuntariamente. Aunque pensó que no estaba haciendo nada malo, Elwin
retrocedió reflexivamente, distanciándose de Leon. El rostro de Leon se
ensombreció más que el de Elwin, pero pronto susurró con voz juguetona:
"No
se preocupe. Cerré la puerta con llave al entrar."
"¿Eh?"
"¿Por
qué se sorprende tanto? ¿Creía que me habría atrevido a acercarme a sus labios
sin tener al menos esa precaución?"
Leon
rió al ver que el rostro de Elwin se teñía de rojo nuevamente ante sus
palabras.
"Parece
que... no le apetece abrir la puerta y recibir al señor Dwight en este estado.
¿Habrá alguna forma de que usted pueda escabullirse al jardín?"
Antes
de que terminara la primera frase, Elwin ya había puesto cara de 'eso no', así
que Leon cambió el curso de la pregunta. Al oírlo, Elwin recordó la puerta de
cristal que daba al jardín en un rincón del estudio. Aunque ahora estaba
cubierta por cortinas, era una puerta que permanecía allí desde que aquel
espacio solía ser un salón de banquetes.
Elwin
asintió y, caminando de puntillas, fue hasta la puerta de cristal y corrió la
cortina. Al mirar a Leon por última vez, este le hizo una seña, como diciendo
que él se encargaría de todo y que debía marcharse pronto. Acto seguido, Leon
comenzó a zarandear la puerta del estudio con fingida dificultad.
"¿Es
el señor Dwight? ¡Oh, vaya! La cerradura vuelve a dar problemas. ¿Por qué
estará bloqueada otra vez?"
"¿Leon?
¿Eres tú? ¿Está sir Elwin ahí dentro?"
"Ah,
un momento, por favor... parece que falta poco para que abra..."
Mientras
Leon ganaba tiempo con sus distracciones, Elwin logró salir al jardín sano y
salvo. Solo después de asegurarse de que la puerta de cristal estaba cerrada y
cubierta por la cortina, Leon abrió la puerta del estudio.
Dwight
irrumpió en la habitación con pasos pesados y comenzó a registrar cada rincón,
como un acreedor buscando lo que se le debe. Parecía furioso por no haber
encontrado a Elwin en todo el día. Al no ver rastro de él en el amplio estudio,
comenzó a olfatear el aire, tratando de captar algún aroma.
Leon
observaba a Dwight con una mirada seria y fría. Sin embargo, en cuanto Dwight
se giró hacia él con actitud irritable, Leon recuperó al instante su sonrisa
inescrutable.
"Leon,
¿no has visto a sir Elwin?"
"¿Habla
de sir Elwin? No sabría decirle. Yo solo vine a leer un libro."
No
sabía si era solo por su mal humor o si Dwight sospechaba algo, pero lo fulminó
con la mirada. Leon, fingiendo no notar la hostilidad, pasó las páginas del
libro que tenía en la mano con total tranquilidad.
"Si
no tiene nada más que hacer, ¿por qué no aprovecha para leer, señor Dwight? Hay
muchos libros excelentes aquí, tal como presumía sir Elwin."
El
rostro de Dwight se contrajo aún más, como si le resultara una impertinencia.
Mirando a Leon, quien le devolvía la sonrisa sin amilanarse, Dwight parecía
estar considerando si debía darle una lección a aquel hombre insolente y de
bajo estatus.
La
tensión se transmitió hasta Elwin, quien escuchaba la conversación tras la
puerta de cristal. Preocupado de que ambos terminaran peleándose, se acercó
para escuchar mejor, pero al moverse, accidentalmente golpeó la puerta de
cristal. Dal-geu-rak, el sonido hizo que las orejas de Dwight se tensaran.
"¿Qué
fue ese ruido?"
Dwight,
que ignoraba la existencia de la puerta de cristal, miró hacia la dirección
equivocada, y Leon señaló rápidamente el lado opuesto.
"Me
pareció que provenía del salón de estar."
Tras
la mentira de Leon, Dwight se dirigió rápidamente hacia el pasillo. Elwin, con
el corazón en un puño mientras seguía escuchando, pensó que si se quedaba allí
sería descubierto, así que entró rápidamente en la casa y regresó a su
habitación utilizando la escalera de los empleados, situada en el lado opuesto
al salón. Y allí se quedó, sin moverse, hasta que cayó la noche.
"Mucho
tiempo sin vernos."
Sin
embargo, no era posible evitarlo por mucho tiempo. De todas formas, llegaría la
hora de la cena y tendría que sentarse a la misma mesa que Dwight. Selena, que
llevaba días encerrada en su habitación, envió un mensaje diciendo que cenaría
aparte, pero Elwin, como dueño de casa, no tenía tal lujo.
Al
sentarse frente a él, Dwight sonrió con fingida amabilidad, aunque su rostro
mostraba claramente que estaba furioso. Elwin, un poco intimidado, dijo:
"He
tenido mucho trabajo acumulado en la propiedad y no pude presentarme ante mis
invitados hoy. Espero que no hayan tenido inconvenientes."
Ante
las palabras de Elwin, Leon se adelantó respondiendo como si no se diera cuenta
de la tensión:
"¿Cómo
íbamos a tener inconvenientes? Siempre estamos muy cómodos gracias a la
hospitalidad de los empleados."
La
expresión de Dwight se tornó gélida. Era una reacción distinta a la que solía
tener con Leon, a quien siempre trataba con cierta tolerancia. Dwight ignoró a
Leon como si fuera invisible y cambió radicalmente su expresión al mirar a
Elwin.
"Sir
Elwin, he oído que ha estado muy ocupado con el trabajo del condado. Fui a
buscarlo al estudio para ver si podía ayudarle, pero no coincidimos. De ahora
en adelante, no dude en pedirme ayuda con confianza. Después de todo, es un
trabajo que pronto haremos juntos, ¿no es así?"
Quién
iba a decir que la palabra ‘juntos’ resultaría tan incómoda. ¿Habría sido menos
molesto si Dwight hubiera dicho ‘es un trabajo que haré yo en adelante’? No, no
era eso. En ese instante, un sentimiento de rebeldía estalló en el interior de
Elwin.
‘Ese
es mi trabajo. Mi trabajo... aunque quizás ya no pueda serlo por mucho más
tiempo...’
Sintió
una gran desconexión. Elwin, que había vivido toda su vida chocando contra
muros por ser Omega, sabía distinguir perfectamente lo que podía y lo que no
podía hacer.
Tras
la muerte de su padre, el trabajo de la propiedad ya no podía ser tarea
exclusiva de Elwin. La única salida era hacerlo junto a Dwight. ¿Por qué, a
pesar de haber aceptado esa realidad, se sentía de esta manera? De repente,
Elwin recordó la pregunta que Leon le había hecho:
<Sir
Elwin, ¿qué es lo que desea ser? ¿La condesa o el conde?>
Elwin
comprendió que aquella pregunta impertinente había sacudido sus sentimientos.
En fin, aquel intruso era un hombre totalmente impredecible.
"...Gracias
por sus palabras. Por favor, coma."
Sin
saber cómo reaccionar, Elwin tomó sus cubiertos para cambiar de tema. Sin
embargo, no podía concentrarse en la comida mientras intentaba olvidar sus
vanas esperanzas.
No
solo Elwin; como Dwight y Leon tampoco hablaban mucho, reinaba un aire
inusualmente tenso en el comedor. Todos parecían sumidos en sus propios
pensamientos. Cuando terminaron todos los tiempos de la comida, incluido el
postre, Dwight le dijo a Elwin con una sonrisa tan brillante que resultaba
escalofriante:
"Ha
sido una excelente cena, sir Elwin. Si no es molestia, ¿podría dedicarme un
poco más de su tiempo?"
Mientras
Elwin dudaba, sin saber a qué venía esa actitud, Dwight giró la cabeza hacia
Leon y, con un cambio de expresión radical, dijo con tono severo:
“Tengo
cosas de qué hablar con el joven amo, así que haz el favor de retirarte.”
La
actitud de Dwight era contundente y dominante. No parecía una situación que
pudiera resolverse con la habitual elocuencia suave de Leon. Leon vaciló un
instante. No mostraba ni pizca de temor, pero parecía estar calculando sus
opciones.
“Entendido.
Procedan, entonces.”
Tras
una breve reflexión, Leon esbozó su característica sonrisa afable. Elwin sintió
una punzada de traición, pero al mismo tiempo lo comprendió; si Leon hubiera
rechazado la petición de Dwight, un conflicto habría sido inevitable. Leon
juzgó que aquel no era el momento adecuado.
Al
quedar solos en la mesa, Dwight volvió a mostrar esa sonrisa escalofriante de
hace un momento. El corazón de Elwin comenzó a tambalearse ante la posibilidad
de que fuera a confesarse o a pedirle matrimonio allí mismo. La sensación de
crisis se intensificó cuando vio a Dwight llevarse la mano al bolsillo interior
de su chaqueta.
‘¿No
será un anillo? Por favor, que no lo sea.’
En
medio de todo esto, se escucharon pasos sigilosos fuera del comedor. El caminar
era poco natural; probablemente, los empleados o Leon estaban espiando la
conversación. Aunque no quería que Leon escuchara, le preocupaba aún más que
fuera Toby quien estuviera al otro lado. Solo de imaginar a Toby escuchando una
propuesta de matrimonio y empezando a planear una gran boda sin darle tiempo a
Elwin de negarse, un escalofrío le recorrió la espalda.
“No
es otra cosa que.”
Sin
embargo, lo que Dwight sacó de su bolsillo fue, inesperadamente, una petaca de
plata. Elwin sintió cómo la tensión se disipaba y dejó escapar un suspiro de
alivio al confirmar que no era una caja de anillos.
“He
pensado que he abusado demasiado del preciado whisky de esta casa.”
Hoy,
al final de la cena, Dwight le había pedido a la sirvienta que le trajera una
copa. Elwin pensó que solo quería sorber su whisky como siempre, pero Dwight
vertió lentamente el contenido de su petaca en la copa que estaba sobre la
mesa. El líquido translúcido, de un tono marrón rojizo, desprendía un aroma
dulce e indescifrable. Llenó la copa hasta poco menos de la mitad, la acercó
hacia Elwin y luego sirvió la suya propia.
“Es
un coñac importado, muy valorado en mi territorio. Lo traje para beberlo cuando
el cansancio del viaje fuera demasiado, pero me gustaría que usted también lo
probara.”
‘¿Trajo
su propio licor incluso mientras viajaba?’ Elwin pensó aquello, pero no podía
mostrarse descortés. ‘Si alguien te ofrece una copa, aceptarla es señal de
cortesía’. Aquello aparecía en los libros de etiqueta social.
“Muchas
gracias.”
Cuando
Elwin levantó la copa, Dwight le hizo una seña y bebió de la suya. Elwin lo
imitó y tragó un par de sorbos; de inmediato, un dulzor artificial inundó su
paladar.
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“……Es
un licor dulce.”
Elwin
hizo el comentario por cortesía, y Dwight respondió tocando levemente el plato
de frutos secos que quedaba en la mesa.
“También
sabe delicioso si lo acompaña con almendras.”
Elwin,
a regañadientes, tomó una almendra y bebió otros dos sorbos. Había estado en
alerta máxima esperando una confesión o una propuesta, pero, para su sorpresa,
una vez que Elwin terminó su copa, Dwight anunció que la cena había terminado.
“Se
ha hecho bastante tarde. ¿Qué tal si regresamos a nuestras habitaciones?”
Elwin
se sintió aliviado. Se levantó de inmediato, deseando alejarse antes de que
Dwight cambiara de opinión y quisiera beber más o propusiera un innecesario
paseo nocturno por el jardín.
“Ah…….”
Pero,
en ese instante, la cabeza de Elwin dio vueltas y su visión se nubló. Antes de
que pudiera recuperar el equilibrio, Dwight le agarró del brazo con fuerza.
“Vaya,
sir Elwin.”
El
contacto de su temperatura corporal y su voz le provocaron una oleada de rechazo.
Elwin intentó desesperadamente enfocar la vista, dio un paso atrás y se alejó
de él.
“E-estoy
bien. Disculpe.”
Cuando
levantó la vista para indicarle que lo soltara, Dwight lo miraba desde arriba
con una sonrisa sutil y unos ojos espeluznantes que se curvaban ligeramente.
‘¿Es
el olor del licor de hace un momento? ¿O es su aroma de feromonas?’
Elwin
terminó poniendo una expresión de presa acorralada. Aunque mil pensamientos
cruzaron su mente, a diferencia de lo que temía, Dwight soltó su brazo sin
resistencia.
“Debería
irse a descansar. Sir Elwin, le deseo una buena noche.”
Tras
aquella despedida formal y cargada de significado, Elwin regresó a su
habitación. No sabía si el licor era demasiado fuerte o si el mareo se debía a
la fatiga y a la tensión acumulada, pero la sensación de vértigo no
desaparecía. Empezó a costarle mantenerse en pie, así que despidió rápidamente
a Toby, quien había venido a preparar la cama. Al quedarse solo y recostarse,
un presentimiento nefasto, difícil de explicar, se apoderó de él.
‘Tengo
que dormir. Estaré mejor al despertar.’
Elwin
cerró los ojos a la fuerza. Su cuerpo se sentía pesado mientras su cabeza
giraba dolorosamente. Pensó que tardaría en conciliar el sueño, pero de pronto,
sintió que navegaba en un sueño. Era un sueño brillante y llamativo, pero a la
vez húmedo y lúgubre. Un calor que brotaba de algún lugar recorría sus venas.
Una sensación de asfixia, como si estuviera bajo un episodio de parálisis del
sueño, aplastaba su cuerpo.
“¡Elwin!”
Al
escuchar de repente la voz de su padre, supo que aquello debía ser un sueño.
‘Lo siento, padre. Estoy tan mareado que no puedo responder. Siento todo lo
demás también. Si tan solo hubiera sido un hijo más responsable. O mejor aún,
si no hubiera nacido como Omega.’
“¡Elwin!”
Justo
cuando la tristeza lo embargaba incluso en su estado aturdido, la voz del sueño
volvió a llamarlo. ‘Espera, ¿es esto realmente un sueño?’ Elwin se esforzó por
abrir los ojos ante una sensación extrañamente vívida. Entonces:
“¿Qué
demonios es esto?”
La
voz maliciosa de alguien hizo que Elwin recuperara la conciencia de golpe. Al
abrir los ojos de par en par, vio el techo de su habitación y comprendió que la
voz que lo llamaba no era la de su padre, sino la de Eco, el loro. Y la voz que
se escuchó a continuación fue...
‘No
puede ser.’
Con
el corazón cayéndole a los pies, Elwin se incorporó y miró hacia el escritorio.
Debía ser medianoche, pues la habitación estaba sumida en la oscuridad,
iluminada apenas por la tenue luz de la luna que entraba por la ventana. La
figura alta de un hombre de pie frente al escritorio giró lentamente hacia él.
Cabello platino brillando azulado bajo la luz de la luna, piel pálida. Dwight
esbozó una sonrisa torcida.
“Ha
despertado, sir Elwin.”
