Capítulo 4: Honor y deber
Capítulo 4: Honor y deber
‘¿Eh,
eh, eh, eh?’
Después
de darse cuenta de que sus labios estaban unidos a los de Leon, Elwin
permaneció inmóvil durante un buen rato, sin poder reaccionar. Quizás fuera
porque los labios de Leon, que siempre solían soltar comentarios cínicos y
mordaces, eran inesperadamente blandos.
No
podía sentir ni el estruendo de los corazones latiendo al unísono, ni el calor
abrasador que envolvía su cuerpo. Solo la sensación de sus labios era vívida.
Leon,
también sorprendido, se quedó aturdido con una mano rodeando el hombro y la cabeza
de Elwin, y la otra apoyada en el suelo. Permanecieron así, con los labios
sellados, durante unos segundos hasta que Leon, quien recuperó la compostura
primero, se levantó de un salto.
“Ejem,
ejem, ¿se encuentra bien, señor Elwin?”.
“Ah,
sí, bueno, gracias. Le, Leon, ¿no se le ha abierto la herida?”.
“Estoy
bien”.
Elwin
también se levantó tarde. Como no podía mirar a Leon directamente, se puso a
sacudir obsesivamente la paja que se le había pegado a la ropa. Aunque no dijo
nada, su mente estaba hecha un caos.
‘¿Qué
ha sido eso? Nuestros labios se tocaron. ¡Hace un momento! No, no, eso no. No
es algo a lo que deba darle importancia. Fue solo un accidente, como tropezar
con una piedra. No significa nada. Así es, no tiene importancia, pero… mis
labios se tocaron con los suyos’.
Ya
había escapado del peligro de caer y lastimarse, así que debería haber estado
calmado, pero su corazón latía cada vez más rápido y sus mejillas seguían
ardiendo. ¿Por qué le pasaban tantas cosas con ese hombre? ¿Y por qué cada vez
que sucedía, sus sentimientos se volvían tan extraños?
Cuando
entraba en contacto con él, Elwin se sentía mareado, con náuseas y con un picor
insoportable en alguna parte del cuerpo. Probablemente se debía a la molestia
de haber sufrido una falta de respeto, pero si no era eso, entonces…
‘Esto,
¿será acaso una sensación de emoción?’.
En
el momento en que se le ocurrió esa pregunta, su confusión aumentó. Cuando bajó
la cabeza para quitar la paja de sus rodillas y volvió a alzar la vista, Leon
lo estaba observando con una mirada indescifrable.
“Señor
Elwin”.
Ante
su rostro desprovisto de cualquier rastro de humor, Elwin sintió que su corazón
se hundía. Sintió que, si seguía mirándolo, algo malo sucedería.
A
diferencia de su habitual despreocupación, Leon parecía dudar mucho sobre qué
decir. Tras seleccionar cuidadosamente sus palabras, habló con extrema cautela:
“Tengo
algo que decirle sobre el señor Dwight”.
En
el instante en que Leon pronunció ese nombre, Elwin sintió como si le hubieran
vertido agua helada sobre la cabeza. La persona a la que debía prestar atención
y por la que debía sentir emoción no era Leon. Qué desperdicio de sentimientos
en algo tan fuera de lugar. Elwin endureció su expresión para retomar la
compostura.
“¿De
qué se trata?”.
“Sé
muy bien que usted considera al señor Dwight un invitado importante. Pero…”.
“……”.
“¿No
lo pensó usted mismo hace un momento? Si él es realmente una persona digna de
recibir ese trato… bueno”.
Fue
un comentario indirecto, pero el significado era claro. Leon estaba
advirtiéndole sobre Dwight y sobre el plan de Elwin de ‘causarle una buena
impresión’. El rostro de Elwin se tiñó lentamente de rojo.
Aunque
Elwin también estaba indignado tras haber presenciado la rudeza de Dwight, no
podía darle la razón a Leon tan fácilmente. No porque Leon estuviera dando
consejos imprudentes; su tono era mucho más serio que de costumbre, sus
palabras eran correctas y el momento era el adecuado.
El
problema era la frágil autoestima de Elwin. Aunque ya lo sospechaba, en el
momento en que Leon pronunció esas palabras, Elwin se dio cuenta de que él lo
sabía desde el principio. Sabía por qué Elwin se esforzaba tanto con Dwight y
sabía qué clase de hombre era él.
Quizás
esa era la razón por la que Leon se había mostrado extrañamente hostil cuando
llegó por primera vez a la mansión. ¿Qué tan ridículas debían parecerle sus
torpes y superficiales maniobras?
Leon,
aunque aparentaba ser despreocupado, no era servil. Incluso cuando halagaba a
Dwight, nunca se había rebajado por desesperación. A diferencia de Elwin,
quien, mientras buscaba desesperadamente una salida acoplándose a Dwight, no
era capaz de soltarse por completo.
Al
escuchar eso de su parte, Elwin se sintió insignificante. Y, como acababa de
sentir una inexplicable emoción por él, se sentía aún peor.
“……El
señor Dwight será el próximo señor del territorio. Solo por eso, merece ser
bien recibido”.
Elwin
respondió ocultando su frustración. No era una respuesta nacida solo de la
rebeldía; el único motivo por el que Elwin buscaba el favor de Dwight era
porque él era el heredero. Ante sus palabras, dichas con la cabeza bien alta,
Leon respondió con suavidad:
“Las
personas rectas como usted, señor Elwin, tienden a pensar que lo que ven ante
sus ojos es la verdad absoluta. Creo que esa es una de sus virtudes”.
Ante
lo dicho, Elwin no pudo evitar enfadarse más. Leon parecía pensar que era un
ingenuo que no entendía la situación.
Elwin
sabía perfectamente que Dwight tenía malos modales, pero simplemente no había
nada que hacer al respecto, fuera la clase de persona que fuera. Respondió
mezclando un poco más de resentimiento:
“Puede
ser. Por eso tengo cuidado al escuchar a quienes no dicen las cosas con
claridad. Como, por ejemplo, el consejo de un invitado no invitado que apareció
un día de la nada”.
Según
las sospechas de Elwin, Leon quizás no era un excompañero de Dwight. Aunque ya
había concluido que eso no importaba mucho, lo mencionó innecesariamente.
Ante
su respuesta irritada, Leon arqueó una ceja y puso una expresión enigmática. No
parecía haber pensado que Elwin sospecharía de su identidad. Más que
desconcertado por ser descubierto, parecía encontrarlo divertido.
“Dada
la situación de que hasta compartimos un beso, pensé que no haría falta más
sinceridad. Pero al parecer, a sus ojos, todavía no doy la talla. Me esforzaré
más”.
“¿Qué?
¿Cómo dice? ¿Qué?”.
Ante
la mención repentina de los labios, el rostro de Elwin se puso rojo como un
tomate. No sabía cómo reaccionar ante una respuesta tan evasiva tras haber
lanzado un ataque tan directo.
“¿No
es así? Después de darme el pañuelo que llevaba en su pecho, llamarme amigo, e
incluso dejarme tomar sus labios, me dice que el invitado más importante no soy
yo, sino el señor Dwight. No puede culparme por sentir celos”.
Leon
sonrió con picardía, curvando sus ojos de color ámbar. Elwin miró a su
alrededor con nerviosismo y le susurró para que bajara la voz:
“Na,
nadie debe oír eso, malinterpretaran las cosas. No diga tonterías”.
“No
he dicho ninguna mentira”.
Leon
lo observó con una mirada lenta mientras Elwin se retorcía de la incomodidad, y
de repente, extendió la mano. Elwin se tensó, temiendo que ese libertino
volviera a tocarlo sin permiso. Pero Leon solo retiró un trozo de paja del
cabello de Elwin con una suavidad similar a la de una pluma.
Al
ver cómo Leon miraba la paja, similar en color al cabello de Elwin, como si
fuera algo adorable, su mirada se desvió inevitablemente hacia los labios del
hombre. Recordar que hace un momento esos labios habían estado sobre los suyos
hizo que su corazón se desplomara.
Elwin
estaba más confundido que nunca. No sabía quién era él, si sus palabras eran
sinceras o por qué sentía esta extraña emoción al verlo.
Elwin
nunca se había acostumbrado a emociones tan ambiguas. Además, no era el tipo de
persona que abandonaba sus responsabilidades basándose en presentimientos o
emociones vagas. Intentando ignorar la mirada de Leon, Elwin dijo con
terquedad:
“Es
cierto. Usted también es un invitado en mi casa, así que debo tratarlo bien”.
“Señor
Elwin, lo que he dicho…”.
“Es
deber del dueño de la casa hacer todo lo posible por atender a sus invitados.
Tendré que pedirle disculpas al señor Dwight más tarde”.
Tras
decir aquello como si marcara una línea, Elwin se acercó al último caballo.
Leon, molesto por cómo Elwin ignoraba su consejo, guardó silencio y ambos
continuaron ordenando los arreos sin decir una palabra.
Cuando
regresaron a la mansión tras terminar el trabajo, Selena no estaba por ningún
lado, probablemente en su habitación, y Dwight parecía estar conversando con su
sirviente, Isaac, en el salón. Elwin, con la intención de disculparse primero
con Dwight, se quedó a la entrada del salón esperando a que terminaran.
Sin
embargo, la conversación se prolongó bastante. Aunque no podía escuchar bien el
contenido, Dwight parecía irritado y gruñón, mientras Isaac intentaba
convencerlo de algo. Entre sus voces discutidoras, algunas palabras se
filtraron a sus oídos:
“No,
señor… todavía no he podido encontrarlo…”.
“Pero
si dice que Selena tampoco está… en esa habitación…”.
“Se
lo aseguro… Allí, sin duda…”.
‘¿Buscar?
¿Qué es lo que busca?’. En el momento en que a Elwin le asaltó la duda, una
doncella se le acercó para preguntarle cuándo debía preparar la cena. Isaac y
Dwight, al notar la presencia en el pasillo, parecieron concluir su
conversación apresuradamente.
Cuando
la doncella se retiró, Isaac salió del salón con una sonrisa radiante y le hizo
una reverencia a Elwin.
“Oh,
si hubiera sabido que el joven amo esperaba, me habría marchado antes. No era
nada importante”.
Sus
palabras exageradas resultaban sospechosas, pero Elwin asintió levemente para
devolver el saludo y entró en el salón. Aunque Dwight parecía más calmado que
en el jardín, su expresión seguía denotando malestar.
La
forma en que miraba a Elwin con ojos fríos sugería que esperaba, al menos, una
disculpa. A Elwin le pareció absurdo que él actuara como la víctima, pero aun
así, se inclinó cortésmente. Si podía mejorar el humor de Dwight, su orgullo no
importaba.
“Señor
Dwight, le pido disculpas por no haber sabido guiar bien nuestro paseo de hoy.
Si se sintió incómodo…”.
“Bueno,
yo también estaba algo sensible”.
Aunque
lo dijo de inmediato, la forma en que las comisuras de sus labios temblaban al
sonreír revelaba que su irritación aún no se había disipado.
“No,
es culpa mía por no haber podido atenderle adecuadamente. Por favor, hágamelo
saber si hay algo más que le incomode”.
“Eso
haré”.
Su
voz aún conservaba un rastro de frialdad. ¿Debería alegrarse al menos de que
fingiera cortesía? Tras terminar la incómoda conversación, Elwin regresó a su
habitación, seguido inmediatamente por Toby.
“Joven
amo, ¿se siente mejor el señor Dwight?”.
Toby
dijo que se había quedado pasmado al ver a Dwight arrojar el látigo al jardín.
Elwin quiso tranquilizarlo diciendo que todo estaba bien, pero,
desafortunadamente, no era capaz de mentir.
“No
sé. Me da la impresión de que sigue molesto”.
“Debe
estar muy enfadado. Escuché su conversación con el señor Isaac hace un momento
en el salón, y el señor Dwight estaba furioso, diciendo que quería irse a la
capital lo antes posible”.
“¿Es
eso cierto?”.
Eso
era un problema grave. Elwin aún ni siquiera había logrado establecer una
relación básica con Dwight, tanto que resultaba vergonzoso usar el término
‘plan de matrimonio’. Si Dwight se marchaba en esa situación, Elwin tendría que
abandonar el territorio sin haber hecho nada.
“Afortunadamente,
el señor Isaac lo detuvo diciendo que aún no era el momento. Siempre pensé que
era un fastidio cuando andaba revolviendo toda la casa, pero a veces es de
ayuda”.
“Ah,
ya veo…”.
“¿Qué
haremos? Realmente no queda mucho tiempo. Tenemos que idear un plan. Piénselo,
joven amo. Usted es muy inteligente”.
Había
pasado la mitad del mes que Dwight planeaba quedarse. Si su humor empeoraba,
podría marcharse antes de cumplir el plazo.
Debía
darse prisa. Pero, ¿qué podía hacer? Cada vez que Elwin enfrentaba una crisis,
solía encontrar soluciones gracias a su astucia y esfuerzo. Sin embargo, en
cuestiones de sentimientos y afecto, esas virtudes no parecían servir de nada.
En
ese preciso instante, Elwin se sentía atraído por quien no debía y sentía
rechazo hacia quien debía cortejar. Si ni siquiera podía controlar sus propios
sentimientos, tratar de manipular los de otra persona quizás había sido una
meta demasiado ambiciosa desde el principio.
“No
sé, si al menos existiera una poción de amor…”.
Si
la hubiera, tendría que dársela tanto a Elwin como a Dwight. Cuando Elwin dijo
algo tan absurdo, Toby lo miró con desconcierto, pero luego, como si hubiera
tomado una decisión, se giró para salir de la habitación.
“Haa.
No queda de otra. No quería llegar a este extremo…”.
“¡N-no!
¡No vayas a hablar con el señor Dwight!”.
Elwin,
que siempre veía a Toby como alguien que ‘iba corriendo a contarlo todo’
—aunque, siendo honestos, realmente lo era—, lo detuvo alarmado.
“¿Cree
que haría tal ridiculez? Solo voy a la cocina a hablar sobre el menú de la
cena”.
“¿Es
así? Entonces, ¿podrías pedir un menú nutritivo y caliente? Todos deben estar
agotados por el paseo”.
Ante
la expresión de incredulidad de Toby, Elwin se arrepintió de haberlo dudado con
tanta ingenuidad. Toby salió de la habitación dejando una sonrisa llena de
significado.
“¡Déjemelo
a mí!”.
En
aquel momento, Elwin no sabía que Toby estaba a punto de cometer una locura
mucho mayor de lo que él imaginaba.
Cuando
cayó la noche y comenzó la cena, un aire incómodo flotaba en la mesa. Desde que
habían llegado los invitados, habían sido pocos los días de ambiente cordial,
pero el de hoy era, sin duda, el peor.
Selena,
quien casi sufre un accidente durante el día, afortunadamente no rechazó la
cena, pero su expresión no era buena. Dwight también estaba tenso; su disculpa
de que ‘estaba sensible’ parecía solo una pose, ya que seguía mostrando signos
de irritación.
Las
doncellas estaban especialmente nerviosas. Entre los empleados ya circulaba el
rumor de que Dwight había arrojado el látigo al mozo de cuadra. Una de ellas,
al acercarse a servir el aperitivo, se aterrorizó al notar el semblante de
Dwight. Su temblor fue tan evidente que, al intentar dejar el plato, terminó
derribando la copa de agua del invitado con el dorso de la mano.
“Ah…
Lo, lo siento mucho, señor Dwight”.
“Vaya.
Ja…”.
Afortunadamente,
la ropa de Dwight estaba intacta, pero el mantel individual quedó empapado.
Cuando soltó un suspiro de fastidio, el rostro de la doncella palideció.
“No
pasa nada, ¿podrías traer el siguiente plato?”.
Elwin
habló por costumbre para calmarla y despidió a la doncella. Al levantar la
vista, vio que Dwight fruncía el ceño con aún más desprecio. Elwin se dio
cuenta de que debería haber atendido a Dwight antes de proteger a la doncella.
Siguiendo el carácter que Dwight había mostrado, probablemente él esperaba que
Elwin la reprendiera frente a sus ojos.
Elwin
lamentó el error, pero ya era tarde. Sin saber cómo apaciguarlo, movió los ojos
de un lado a otro, hasta que Leon intervino:
“Señor
Dwight. Como el mantel está mojado, le cambiaré de sitio”.
Ante
sus palabras, Dwight se levantó con un semblante un poco más relajado y se
dirigió al asiento de Leon. Elwin miró a Leon al sentarse frente a él con la
intención de agradecerle, pero su corazón se desplomó.
Antes
de cruzar miradas, sus ojos se posaron en los labios de Leon. Recordó
inevitablemente que esos mismos labios habían estado unidos a los suyos hace
poco.
“A,
adelante, coma”.
Elwin
levantó el tenedor de forma torpe. Si él desviara la mirada, Leon podría haber
fingido no notar nada, pero Leon no dejaba de lanzarle miradas furtivas.
Temiendo
ponerse rojo como un tomate, Elwin giró la cabeza hacia un lado, encontrándose
directamente con Dwight. En ese momento, hasta la mirada seca y fría de Dwight
le parecía preferible. Para escapar de aquel silencio sofocante, Elwin buscó
desesperadamente qué decir:
“Señor
Dwight. Como no pudimos terminar el recorrido de hoy, si tiene oportunidad, me
gustaría guiarle nuevamente hasta la estación de tren”.
Para
Elwin, aquello fue un intento desesperado de cortejo. Dwight torció las cejas
con escepticismo, pero asintió.
“Mmm,
bueno, supongo que estará bien. O si no, basta con que me preste el caballo”.
Era
difícil saber si el cortejo había tenido éxito o no. Lo que sí era evidente es
que el intento de Elwin había molestado a Leon. Tras esa breve conversación,
Leon no dejó de fulminar a Elwin con la mirada durante toda la cena.
Seguramente le molestaba ver que, ignorando sus consejos, Elwin seguía adulando
a Dwight.
Aunque
entendía el motivo, la situación era demasiado agobiante. Bajo esa mirada
persistente y descarada, Elwin apenas pudo sentir el sabor de la comida. Y para
colmo, quien lo observaba con tanta intensidad era el mismo hombre con quien,
por un accidente imprevisto, había tenido aquel roce de labios horas atrás.
‘Ah,
¿por qué tenía que sentarse justo enfrente?’.
Los
labios de Leon, de una forma tan perfecta, seguían grabados en su mente. Elwin
deseaba que la cena terminara pronto, pero, para su desgracia, el servicio de
postres se extendió interminablemente. Tras los quesos y el oporto, pensó que
sería el final, pero luego trajeron chocolate caliente, frutos secos y hasta
pastel. Avergonzado, Elwin no hizo más que beber vino tras vino.
Cuando
finalmente la cena llegó a su fin y regresó a su habitación en un estado de
ligera embriaguez, Elwin pensó —con un alivio que resultó ser prematuro— que el
complicado día había terminado sin grandes desastres.
Ese
pensamiento duró solo hasta que se puso el pijama que Toby le había dejado y
notó, demasiado tarde, que era diferente al de siempre.
“¿Qué
es esto? ¿Por qué este pijama es tan transparente?”
“¿Cómo
que por qué? Así son todas las prendas para el arreglo nocturno.”
Ante
las palabras de un Elwin horrorizado, Toby respondió con un aire críptico.
Mientras el loro Eco repetía “¡Arreglo nocturno! ¡Arreglo nocturno!”, Toby reveló
la impactante noticia de que había preparado la cena con un menú diseñado para
estar “bien vigoroso”.
“¡¿Por
qué demonios hiciste algo así, Toby!”
“Pero
joven amo, usted mismo dijo hace poco que desearía tener una poción de amor si
existiera. En el mundo de los adultos, a esa poción se le llama afrodisíaco o
vigorizante.”
“¡Grrr!
¡Tú, de verdad…!”
Corriendo
por el pasillo para intentar arreglar el desastre de Toby, Elwin se topó de
frente con Leon. Y no solo eso; no se limitaron a encontrarse, sino que terminaron
encerrados solos en la habitación, ambos vistiendo esos pijama de “arreglo
nocturno”.
Así,
en la oscuridad absoluta, mientras sacudía furiosamente la cerradura averiada,
Elwin maldecía a su inseparable sirviente. Todo era culpa de Toby. Debió
sospechar de su frivolidad desde que le sugirió parpadear y hacer gestos para
seducir a Dwight.
No,
un momento. ¿Era realmente culpa de Toby? Si hubiera cerrado la puerta con
llave al salir de la habitación de Dwight, nada de esto habría ocurrido. Pero
ese hombre detestable apareció de la nada para provocarlo y complicarlo todo.
“¿No
abre? Déjeme intentar a mí.”
“¿Eh?
Pero…”
Sucedió
de nuevo. Desde que entró, Leon se había mantenido pegado a su espalda, y
ahora, con un exceso de iniciativa, superpuso sus manos sobre las de Elwin, que
luchaba con el pomo.
Gracias
a ello, Elwin terminó en una posición en la que parecía estar completamente
envuelto por Leon. Habían estado en posiciones similares antes, pero nunca
había sentido una crisis tan intensa. Estaban solos en un espacio cerrado, era
noche profunda y ambos llevaban una vestimenta bastante escasa.
Elwin
se aferró con fuerza al pomo, el único objeto que le servía de ancla. El calor
inusualmente intenso de Leon se propagaba lentamente, haciendo que las palabras
descaradas de Toby resonaran en su cabeza:
<¡Dicen
que si un alfa lo consume, se convierte en una bestia toda la noche!>
A
medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, Elwin pudo ver con
claridad la mano de Leon cubriendo por completo la suya. Las venas marcadas por
la tensión en el dorso de su mano transmitían una mezcla de nerviosismo y excitación.
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‘Debo
mantener la calma’.
Elwin
intentó controlar su respiración agitada y calmar su mente dispersa. Sobre
todo, se esforzó al máximo por contener sus feromonas, que se habían desbocado
por su cuenta.
Sin
embargo, cuanto más consciente era de la situación, más densa y pegajosa se
volvía su fragancia, como si su cuerpo estuviera desesperado por estimular al
alfa que lo abrazaba.
“Haa…
umm.”
Un
gemido de sufrimiento escapó de los labios a su lado. Aunque Elwin no solía
culpar a otros, quiso culpar a Leon una vez más. Siendo honestos, no estaba
seguro de sí mismo, pero a ojos de Elwin, era Leon quien había empezado a
liberar su aroma primero.
Las
feromonas de Leon, que se filtraban poco a poco, ahora los envolvían a ambos
por completo. Siempre le había parecido un aroma elegante e impresionante, pero
ahora se sentía terriblemente profundo y embriagador.
‘El
aroma es… demasiado intenso. No, eso no es.’
Teóricamente,
Elwin sabía a la perfección qué función cumplían las feromonas de un alfa. Sin
embargo, hasta ese momento, pensaba que el aroma, ya fuera de un alfa o un
omega, era solo eso: un olor. Entendía la diferencia entre un aroma agradable y
uno desagradable, pero no conocía el significado real de ser seducido,
estimulado o, peor aún, abrumado por un aroma.
‘El
aroma es… tan agradable.’
Cada
vez que inhalaba, la fragancia de Leon se filtraba de forma rápida y profunda
en su ser. Sus sentidos se volvieron confusos y sintió un hormigueo por todo el
cuerpo.
¿Qué
pasaría si se dejaba llevar por aquel calor desbordante? Temía que la mano
caliente que cubría la suya lo atrapara en cualquier momento, pero, por otro
lado, sentía una curiosidad prohibida por saber qué se sentiría si esa mano lo
explorara.
Ya
no podía distinguir si esos pensamientos surgían por las feromonas o si sus
pensamientos hacían que las feromonas se descontrolaran. Ni siquiera podía
saber quién había provocado a quién.
Sin
culpar a nadie, quizás la situación era responsabilidad suya. Desde que lo vio
y lo llevó a la habitación, Elwin sentía que, en el fondo, había deseado esto.
Tal vez desde el roce de labios en el establo, o desde que cruzaron miradas
junto a la lámpara de la biblioteca. No, seguramente desde que vio aquellos
ojos color ámbar besando el dorso de su mano, Elwin…
‘No,
debo recuperar la cordura.’
Elwin
intentó frenar a la fuerza sus pensamientos, que fluían hacia un rumbo
peligroso. Tenía cosas que proteger. Si esto terminaba en un incidente, todo
podría arruinarse.
Sintió
un miedo repentino. Si Leon se lo propusiera, no le costaría nada hacer lo que
quisiera con él. De hecho, ni siquiera tendría que esforzarse mucho. Si dejaban
que las feromonas fluyeran un poco más, cualquiera de los dos —o ambos—
entraría en celo.
Toby,
siempre tan aficionado a los chismes, le había contado muchas historias sobre
estas situaciones: cómo el hijo omega de tal familia fue arrastrado por un alfa
en celo, cómo terminó obligado a casarse con aquel alfa a pesar de tener un
prometido respetable, o cómo otra omega que conoció no pudo gestionar su celo y
terminó con un hijo de padre desconocido.
En
el momento en que Elwin tembló ante aquellos recuerdos terroríficos, sintió
algo caliente y rígido rozando la parte baja de su cintura. Incluso siendo tan
inocente, Elwin no era tan tonto como para no saber qué era aquello.
“Le,
Leon.”
Al
llamar su nombre por el susto, Elwin se arrepintió al instante. Su voz sonaba
húmeda, delgada y temblorosa; lejos de disuadir o calmar a su oponente, sonaba
como una incitación.
La
mano de Leon, que sujetaba el pomo junto con la suya, se contrajo con fuerza.
Al instante siguiente, ocurrió lo que Elwin había imaginado.
Leon
le dio la vuelta bruscamente por la muñeca y lo sujetó con firmeza por los
hombros. En el momento en que sus miradas se cruzaron, conducido por esas manos
grandes, el corazón de Elwin latió con un dolor intenso.
En
la penumbra de la habitación, el cabello negro y los ojos color ámbar de Leon
brillaban con un fulgor que nunca antes había visto. Leon lo miró con unos ojos
encendidos, como si una llama ardiera en su interior, y dijo con voz grave:
“Señor
Elwin.”
Como
aquella vez que Leon pronunció su nombre, Elwin se sintió mareado por el efecto
que su voz tenía sobre su alma. Con la mirada a medio perder, Elwin observó
fijamente los labios de Leon y, sin darse cuenta, cerró los ojos, consciente de
que al hacerlo, un beso podría ocurrir.
“Haa.”
Leon
chasqueó la lengua, como si se sintiera en una encrucijada, y movió las manos
que sujetaban los hombros de Elwin hacia un lado. Guiándolo hacia la silla
frente a la mesa cerca de la puerta, Leon saltó sobre la cama y se dirigió a la
ventana del otro extremo.
“No
va a funcionar. Si seguimos así, antes de que se abra la puerta, se abrirá mi
instinto.”
Dijo
aquello con un tono divertido, aunque entrecortado por la respiración, mientras
hurgaba en su bolsa de viaje. Tras unos segundos de forcejeo, sacó un frasco
pequeño, se puso una pastilla en la boca como si fuera un caramelo y lanzó el
frasco hacia Elwin.
“¿Esto
es…?”
“Un
supresor. Es para alfas, pero es mejor que no tomar nada, así que tómelo.”
Elwin
se estremeció al darse cuenta de lo indefenso que había estado momentos atrás.
Era como si hubiera metido la cabeza voluntariamente en las fauces de un león
feroz. Si Leon no se hubiera retirado al otro lado de la cama, quizás hubiera
sido Elwin quien lo besara primero.
Con
una sensación de torpeza, Elwin sacó la pastilla opaca en forma de rombo y la
ingirió. Apenas tocó su lengua, un sabor amargo y punzante surgió, obligándolo
a soltar un ‘¡ugh!’ de queja. Ante esto, un profundo suspiro estalló desde el
otro lado de la cama.
“Señor
Elwin.”
Leon,
con el ceño fruncido, le hizo un gesto hacia él. Cuando Elwin lo miró con los
ojos muy abiertos, como preguntándose qué quería, él volvió a suspirar y señaló
el frasco. ¡Ah, es cierto! Elwin le lanzó el frasco de vuelta.
Leon
sacó otra pastilla, la tragó y, como si no fuera suficiente, se llevó una más a
la boca. Tomar tres de esas pastillas, tan amargas que hacían llorar, era una
locura. Justo cuando Elwin iba a soltar otro ‘¡ugh!’ de horror, Leon murmuró
con la voz distorsionada por las pastillas:
“No
es momento para que el joven amo emita sonidos tan adorables.”
Parecía
que Leon tenía la tendencia de decirle a Elwin que sus sonidos eran adorables
cada vez que este emitía alguno. Aunque mezclado con picardía, la voz de Leon
seguía cargada de una excitación amenazante.
Una
vez más, Elwin sintió un miedo repentino. Como había dicho Leon, incluso
habiendo tomado el supresor, no era una situación segura. El efecto tardaría en
activarse, y Elwin seguía encerrado en una habitación con un alfa al borde de
la explosión.
Leon
soltó un suspiro pesado, un ‘¡fuu!’. ‘Usted es quien no debería emitir sonidos
adorables’, quiso bromear Elwin, pero las palabras no le salían.
Los
sonidos que emitía Leon no eran adorables. Más bien, eran abrasadores y aterradores.
La respiración de Elwin también se calentó. No estaba claro si la causa de sus
temblores era el nerviosismo o la expectativa. Justo cuando pensaba que tomar
la medicina no estaba sirviendo de mucho, Leon se movió de nuevo.
“¡Hup!”
Elwin,
sorprendido por el pequeño movimiento, casi solta otro sonido, pero se tapó la
boca horrorizado, temiendo que aquello estimulara a Leon. Al notar el crujido y
el movimiento ansioso, Leon soltó una risita, habiendo adivinado el pensamiento
de Elwin.
“Buena
postura. Debe mantenerme bajo vigilancia todo lo que pueda. Bien, aquí tiene.”
De
nuevo, algo voló desde el otro lado de la cama. Esta vez no era el frasco, sino
un pequeño cuchillo de papel de plata.
“¿Qué
es esto…?”
“Es
algo importante, se lo confío por un momento. Si intento hacer algo
innecesario, no dude en usarlo para apuñalarme.”
Aunque
intentaba aparentar tranquilidad, su voz sonaba decidida. Elwin empezó a
manipular el cuchillo de papel, sintiéndose desconcertado.
A
diferencia de otros accesorios llamativos que Leon solía llevar, este cuchillo
de plata tenía un diseño elegante y delicado. La plata bien forjada emitía un
brillo suave y claro, y en la superficie estaban grabados dos leones en
relieve. Tal como él había dicho, parecía un objeto de gran importancia.
Como
Elwin no respondió de inmediato, Leon añadió con voz grave, pensando que Elwin
estaba temblando de miedo:
“No
se preocupe. Me aseguraré de que jamás ocurra nada que pueda dañar su honor,
señor Elwin. Pero si aun así no confía en mí…”
A
pesar de ser un hombre elocuente, Leon respiraba profundamente entre cada
palabra de aquella frase corta. Incluso así, las feromonas seguían hirviendo
peligrosamente. Cuál era el estado real de Leon quedaba patente con solo
recordar el roce de su cuerpo momentos antes.
Como
hombre y poseedor de un tipo secundario, Elwin podía imaginar perfectamente el
tormento que Leon estaba pasando. De hecho, como las feromonas de Elwin también
estaban llenando la habitación, nadie podría culpar a Leon si perdía el
control.
Si
algo sucedía allí, la sociedad, que solía mirar por encima del hombro a los
omegas, probablemente culparía a Elwin. Estaba claro que se encontraba en una
situación crítica. Sin embargo…
“Confío
en usted.”
Elwin
repasó en su mente todo lo que había vivido desde que conoció a Leon. Sumando
todas sus actitudes anteriores, estaba seguro.
“Creo
que usted cumplirá su promesa. Es un caballero.”
Se
sintió un poco incómodo diciendo eso después de haberlo tratado como una
persona poco fiable solo porque le había dicho cosas que no quería oír esa
misma tarde. Aunque se había sentido irritado en aquel momento, ahora
comprendía que la honestidad, incluso cuando es molesta, es una virtud de todo
caballero.
Sintiéndose
algo avergonzado, Elwin acarició el león grabado en la empuñadura. La punta no
era afilada, por lo que no era un arma letal, pero el sentimiento tras el gesto
de Leon era inconfundible.
Leon
se esforzaría al máximo para no hacerle daño y, pasara lo que pasara, no
culparía a Elwin. Al llegar a esa conclusión, Elwin se dio cuenta de que ahora
confiaba plenamente en el hombre al que antes consideraba un ‘libertino
callejero’.
Un
silencio cayó sobre la habitación. Leon, que normalmente habría respondido con
un ‘¡Claro que soy un caballero!’ con su tono bromista, se mantuvo en silencio,
quizás por timidez. Elwin, sintiéndose igual de cohibido, intentó aligerar el
ambiente.
“Si
surge algún problema, usaré el arma que me confió. ¿Debería usarla para
perforar su mano y dejarle un agujero más?”
Ante
el comentario audaz de Elwin, Leon soltó una carcajada.
“Mis
palmas son probablemente más gruesas de lo que usted imagina, señor.”
“Entonces,
¿para qué me lanza un arma que ni siquiera podría atravesar una mano ya
perforada?”
“Digamos
que es un símbolo del pacto entre caballeros.”
Leon
se encogió de hombros. Incluso en la oscuridad, su expresión traviesa era
clara. Cuando Elwin le devolvió la sonrisa, Leon pareció más tranquilo y
continuó hablando.
“Por
supuesto, sigue siendo un excelente cuchillo; alguien con entrenamiento podría
perforar una mano sin problemas. Aunque supongo que para usted, que prefiere
los estudios a las artes marciales, será difícil.”
“Yo
también tengo bastante fuerza. Ya vio que soy mucho mejor que usted cosechando
plántulas.”
“Ah,
¿se refiere a esos brotes tan frágiles que temía que se quebraran si los
apretaba un poco? Esos que tenían raíces de menos de un palmo.”
Leon
siguió burlándose, lo que irritó a Elwin, pero era cierto. Como las plántulas
se cultivaban principalmente en invernaderos, el trabajo de jardinería de Elwin
no requería gran fuerza física.
“¿Y
usted sí podría hacerlo?”
“Por
supuesto. El primer día que sostuve una daga a los ocho años, sorprendí a mi
maestro de esgrima al atravesar un saco de entrenamiento de cuero.”
Cuando
Elwin se preguntó cómo podía haber tenido un maestro de esgrima en casa a los
ocho años, Leon, como si leyera su mente, añadió rápidamente:
“Y
a los nueve cacé un oso con esa misma espada, y a los diez conquisté una fortaleza
enemiga yo solo.”
Con
aquel tono infinitamente ligero, Elwin se rió con amargura. ‘Vaya, todo era
fanfarronería’. Si hubiera sido antes, se habría quedado estupefacto al no
entender por qué decía tantas tonterías, pero quizás ya se había adaptado al estilo
de Leon y simplemente le resultaba divertido.
Mientras
reía, las feromonas de Elwin empezaron a calmarse poco a poco. Debía ser el
efecto del medicamento. Al sentirse aliviado, el cansancio se apoderó de él.
‘¿Por
qué tengo tanto sueño? ¿Es por la noche? No puede ser.’
Luchando
por mantener los párpados pesados, Elwin preguntó:
“Leon,
¿acaso esa medicina tenía somníferos?”
“Sí.
Es que los supresores para alfas…”
Como
los alfas suelen volverse agresivos durante el celo, los supresores solían
incluir componentes para calmar los arrebatos. Para Elwin, siendo omega, el
efecto no era solo de calma, sino de un sueño profundo.
“Le
acabo de llamar caballero y resulta que me ha dado un somnífero.”
“No,
no, es que yo solo…”
Al
no haber previsto esa situación, Leon se mostró inusualmente nervioso. Aunque
no era algo por lo que reprocharle, ya que no había otra opción, esto también
era una crisis a su manera.
‘No.
No puedo dormir ahora.’
No
podía quedarse dormido tan tranquilamente frente a un alfa que apenas unos momentos
antes había estado al borde de entrar en celo. Aunque Elwin intentó abrir los
ojos de par en par para resistirse, el sueño lo invadía con persistencia. Elwin
logró forzar su voz para decir:
“Leon.
No estoy durmiendo. No me voy a dormir. Así que…”.
No
debe hacer nada. En serio. Elwin murmuró con una voz que, sin lugar a dudas,
revelaba que estaba a punto de caer rendido, y cerró los ojos.
*
* *
“Ah,
no, no estoy durmiendo”.
No
supo cuánto tiempo había pasado, pero ante un sonido chirriante, Elwin se
despertó de golpe y soltó esa excusa sin pensar. Al abrir los ojos, vio un
techo desconocido. Parecía seguir siendo la habitación de Leon.
Y,
dejando su excusa de ‘no estoy durmiendo’ en ridículo, Elwin estaba acostado de
par en par en la cama. La habitación estaba oscura, pero la luz del amanecer
comenzaba a filtrarse.
Dios
mío. Al parecer, Elwin había estado roncando profundamente en la cama de otro
durante horas.
‘¿Cómo
pude dormir tan profundamente en esta situación? No, entonces, ¿qué pasó con
Leon?’.
Mientras
se quedaba pasmado por el absurdo de la situación, Elwin recorrió la habitación
con la mirada y pronto encontró a su dueño. Ante la escena que tenía frente a
sí, preguntó sorprendido:
“Leon,
¿qué está haciendo ahora?”.
“Señor
Elwin. ¿Ha despertado?”.
“No,
yo no…”.
Leon
se giró hacia Elwin y sonrió de forma radiante. Elwin quiso responder “no
estaba durmiendo”, pero pensando que no sería convincente, simplemente inclinó
la cabeza para ocultar con su cabello la marca de la almohada en su mejilla.
Pero
el problema era Leon. Estaba subido a una silla y arrancando las bisagras
superiores de la puerta. La enorme puerta de madera se tambaleó peligrosamente
hasta que, finalmente, el panel cayó hacia el interior de la habitación.
Sin
darle tiempo a preguntar el porqué, Leon agarró el borde de la puerta caída con
naturalidad y la apoyó contra la pared opuesta. Elwin, pensando con asombro que
era fascinante cómo alguien tan grande hacía que la puerta no pareciera tan
enorme, preguntó con la mente en blanco:
“¿Por
qué la puerta…?”.
“Shh.
Debe volver a su habitación. Dentro de poco será la hora en que la doncella
vendrá a limpiar”.
Leon
susurró bajito, preocupado por si alguien escuchaba a través del hueco de la
puerta. Elwin también reaccionó de inmediato.
Si
llegaba la hora en que los empleados comenzaban sus labores y veían a Elwin y a
Leon juntos, sin duda habría chismes. Que un alfa y un omega en edad de casarse
pasaran la noche en la misma habitación era algo de lo que se hablaría, sin
importar que no hubiera pasado nada.
‘Un
momento, ¿es verdad que no pasó nada?’.
Elwin,
que había dormido plácidamente, se quitó la manta de un tirón y se miró el
cuerpo ante el pensamiento repentino. Su bata de dormir estaba bien cerrada,
seguía sosteniendo el cuchillo de papel que Leon le había lanzado y, sobre él…
‘¿Esta
prenda es…?’.
Elwin
estaba cubierto con la bata de Leon, de terciopelo rojo con bordados. Al
fijarse de nuevo, notó que Leon ya se había cambiado y vestía una ropa de estar
impecable —aunque, como siempre, de un gusto algo extravagante—.
“Como
soy una persona que genera mucho calor, pedí ropa de cama ligera. Parecía que
tenía frío, pero no tenía nada más con qué cubrirlo. Perdón si le resultó
molesto”.
“No,
oh, no es molesto, pero…”.
Se
le subieron los colores al pensar que aquel hombre debió trasladarlo a la cama
mientras dormía en la silla, pero Elwin no pudo evitar preguntar en un susurro:
“Ayer…
no pasó nada, ¿verdad?”.
Ante
su cautelosa pregunta, Leon frunció el ceño con disgusto por un momento, pero
enseguida soltó una sonrisa maliciosa.
“Quién
sabe. ¿Usted qué cree?”.
Ante
eso, el corazón de Elwin sintió que se le caía a los pies. Al ver el rostro
encendido de Elwin, Leon fingió soltar una carcajada.
“Es
una broma, por supuesto”.
“¿Cómo
puede hacer una broma así?”.
Con
el corazón palpitando, Elwin lo fulminó con la mirada. Pero en el instante en
que sus ojos se encontraron, se dio cuenta de que, a diferencia de su tono
bromista, la mirada de Leon no era precisamente ligera.
“Es
cierto. Seguramente se siente asustado aunque yo lo diga en broma. Me sentí
dolido porque no reconociera que me esforcé al máximo por el honor del joven
amo durante la noche pasada, así que cometí una imprudencia. Lo siento”.
Sus
palabras, susurradas con calma, se hundieron profundamente en el pecho de
Elwin. Ahora que se fijaba, el rostro de Leon se veía más demacrado que el día
anterior. ¿Sería por haber sufrido a causa de las feromonas?
‘Seguro
que tampoco pudo dormir bien. Porque ocupé su cama’.
Elwin,
sintiéndose culpable, bajó la guardia.
“Ah,
no. No hace falta que se disculpe tan formalmente… Gracias, Leon”.
Leon
miró a Elwin fijamente con una sonrisa indescifrable. En la penumbra del
amanecer, sus ojos color ámbar brillaban con una luz más cálida y afectuosa que
nunca.
“La
noche fue larga”.
Al
oír eso, Elwin se preguntó si sería posible que Leon lo hubiera estado
observando toda la noche con esa mirada. Al llegar a esa conclusión, Elwin
sintió un miedo repentino. Era un tipo de temor totalmente distinto al que
sentía cuando temía que Leon lo forzara. Sintió una sensación extraña, como si
una marea subiera desde el fondo de su corazón.
“De
todas formas, a este paso, es la hora en que alguien vendrá. Váyase ya. Diré
que rompí la puerta por accidente”.
Leon
se encogió de hombros y dio unos golpecitos sobre el panel de la puerta caída.
Elwin se levantó de inmediato, como si despertara de un sueño, y regresó a su
habitación, pero sentía que seguía dentro de él.
Sin
ni siquiera pensar en cambiarse el pijama indecente, Elwin se sentó en la silla
y se miró en el espejo. No había pasado nada, pero su rostro seguía sonrojado.
Incluso su reflejo le resultaba extraño. Era una expresión que nunca se había
visto: muy confusa, muy frágil y, a la vez, dulce.
Elwin
se dio unas palmadas en las mejillas y recuperó el aliento. La larga noche
había pasado, de alguna manera. Su corazón estaba inquieto, pero de todos modos
era un alivio. No había ocurrido nada.
‘No,
espera. ¿Realmente esto es… un alivio?’.
No
había ocurrido nada, pero a la vez, fue una noche donde ocurrieron muchas
cosas. Elwin no dejaba de rememorar los ojos de Leon, que lo observaban con
ternura bajo la luz del alba. Tuvo el presagio, ominoso pero abrumador, de que
jamás volvería a mirar a aquel hombre con los mismos ojos de antes.
*
* *
Poco
después, al aclararse el día, los empleados del condado se movieron con
diligencia. Aunque hubo un pequeño alboroto por la noticia de que la puerta de
la habitación de invitados había sido arrancada, los hábiles trabajadores
repararon la puerta y la cerradura en poco tiempo.
Toby,
quien la noche anterior había preparado ese menú de cena tan inapropiado, no
pudo dormir, devorado por la ansiedad de si su imprudencia habría causado algún
inconveniente a Elwin. Apenas amaneció, supervisó el segundo piso y buscó a la
doncella encargada de la habitación para verificar si Dwight había salido de la
suya.
Ella
le aseguró que Dwight no solo no había salido, sino que, como era habitual, no
mostraba señales de querer abandonar la habitación hasta que el sol estuviera
en lo alto. Toby corrió entonces hacia Elwin para darle la noticia con una
sonrisa radiante.
"¡Parece
que el señor Dwight está durmiendo profundamente por el efecto del vino! ¿Habrá
sido solo un rumor eso de que el oporto tiene efectos afrodisíacos?".
Elwin
era alguien que no soportaba dejar un dato falso sin corregir, pero no pudo
reunir el valor para decirle a Toby que el efecto había sido, de hecho,
totalmente real. Nadie en la casa parecía haber notado que Elwin pasó la noche
fuera de su habitación, ni tampoco el motivo por el cual la puerta de la
estancia donde se alojaba Leon había terminado deshecha.
'Así
es. Vamos a dejarlo pasar en silencio, como si lo de anoche nunca hubiera
ocurrido'.
Justo
cuando Elwin observaba el trabajo de los empleados con un semblante
forzadamente tranquilo, su adorable hermana menor, Eleonor, se le acercó de
puntillas.
"Disculpe,
hermano...".
Como
aquel que siente la conciencia sucia, el corazón de Elwin dio un vuelco al ver
la cautela de su hermana. Temía que la pequeña hubiera escuchado algo durante
la noche o visto su pijama tan poco apropiado. Para ocultar su agitación, se
ajustó los lentes y preguntó:
"¿Qué
sucede, Eleonor?".
"Es
la señorita Selena".
Afortunadamente
no era sobre lo de anoche, pero Elwin se sintió culpable por otro motivo.
Recordó que Selena había estado a punto de caerse del caballo el día anterior
y, debido a que su mente estaba completamente ocupada con los asuntos de Leon,
no la había atendido como era debido.
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"¿Qué
pasa con ella? ¿Se siente mal? ¿Se lastimó en algún lado...?".
"No,
es solo que preguntó si podía asistir hoy a mi clase de historia y literatura
clásica".
Elwin
pensó que Selena se había quedado encerrada en su cuarto por mal humor, pero al
parecer había estado hablando con Eleonor. Desde que Selena ayudó a Eleonor a
maquillarse, ambos jóvenes se habían vuelto muy cercanos; era común verlas
pasear por el jardín charlando animadamente.
Aunque
el mayordomo Alfred parecía vigilar a Selena por si volvía a causar algún lío,
Elwin se alegraba de que su hermana tuviera una amiga. Sin embargo, le
preocupaba que, al tratarse de una clase de historia y literatura, Selena
terminara decepcionada por la rigidez del tema.
"Por
supuesto que sí. Si ella desea, puede asistir a cualquier otra clase también.
Pero, ¿te aseguraste de decirle que hoy no se trata de clases de arpa o bordado?".
"Claro
que sí. Al principio preguntó por qué estudiábamos cosas tan anticuadas o si
eso no era solo para hombres, pero luego dijo que, precisamente por eso, le
parecía más divertido y que quería aprender".
Para
Elwin, un amante del conocimiento, era gratificante ver que alguien mostraba
interés por aprender. Estaba pensando seriamente si debería buscar libros de
texto para ella en la biblioteca, cuando...
"Pero...
aunque la señorita Selena no esté físicamente mal, parece que su corazón está
molesto. Mientras hablábamos, repitió varias veces: 'No se puede confiar en los
hombres', 'Señorita Eleonor, tenga cuidado con los hombres'".
Eleonor
ladeó la cabeza mientras añadía aquel comentario tan significativo. Elwin se
quedó pensativo. ¿Por qué diría Selena algo así? ¿Habría ocurrido algo incómodo
durante la fiesta de té? En fin.
"Tienes
razón, Eleonor. Los hombres son todos engañosos, así que ten cuidado.
¿Entendido?".
Para
Elwin, que aún veía a su hermana como una niña pequeña que apenas daba sus
primeros pasos, el consejo de Selena le pareció excelente. Cuando empezó a
regañarla con su tono de 'hermano sobreprotector', Eleonor retrocedió
sigilosamente.
"Ahaha,
sí, hermano. Con permiso".
"Eleonor,
¿escuchaste lo que te dije? ¡Tienes que responder!".
Fue
mientras Elwin llamaba a su hermana, viendo cómo ella subía rápidamente al
segundo piso, cuando una voz se escuchó detrás de él:
"'Los
hombres son todos engañosos'. No tenía idea de que el señor Elwin albergaba
tales pensamientos".
Era
la voz melosa de Leon. Elwin se giró de golpe y se encontró, como siempre, con
la sonrisa de Leon.
"Leon".
Quería
saludarlo con naturalidad, pero el simple hecho de cruzar miradas hizo que su
rostro se encendiera al instante. Después de lo ocurrido la noche anterior
—aunque técnicamente no hubiera pasado nada—, no sabía qué cara poner ante él.
Leon observó fijamente las mejillas sonrojadas de Elwin y bromeó:
"Si
hubiera sabido esto, no me habría esforzado tanto en contenerme y habría hecho
honor a sus prejuicios".
"¿De
qué habla?".
"Ya
somos personas que pasaron la noche juntos, si me mira con tanto rencor, me
duele el corazón".
"¡Le-Leon!
¡Alguien podría escuchar y malinterpretar!".
"¿Malinterpretar?
Yo solo dije la verdad".
Leon
reía con picardía, disfrutando de ver a Elwin tan azorado. Sin embargo, al
notar que una doncella de limpieza se acercaba, pareció no querer causarle
problemas de verdad y se puso solemne, saludándolo con cortesía.
"Entonces,
permítame saludarlo de nuevo. ¿Durmió bien anoche, joven amo?".
El
comentario solo hizo que el rostro de Elwin se volviera aún más rojo. Leon
sabía perfectamente lo bien que había dormido, después de todo, le había cedido
su propia cama a quien invadió su habitación.
"Gracias
a usted. Leon, ¿usted...?".
Sintiéndose
apenado, Elwin examinó el rostro de Leon con cautela. Afortunadamente, se veía
mejor que cuando escapó de esa habitación al amanecer.
"¿Está
bien la herida de su mano? ¿Pudo descansar algo? No habrá podido dormir bien por
la noche. Yo estaba tan profundamente dormido...".
Elwin
le preguntó con genuina preocupación, pero Leon fingió sorpresa, se acercó al
oído de Elwin y susurró:
"Señor
Elwin, ¿no sería un problema si la doncella escucha lo que acaba de
decir?".
Elwin
se horrorizó y estiró el cuello para mirar a su alrededor, pero la doncella ya
estaba lejos. Furioso, volvió a fulminar a Leon con la mirada.
"A
usted realmente le gusta jugar con la gente".
"Como
dije antes, solo lo hago con las personas con las que me apetece".
Al
ver esa sonrisa despreocupada, Elwin sintió que nunca sería capaz de ganarle a
ese hombre. Gracias a sus bromas, la tensión que había sentido al verlo se
disipó un poco. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Invitarlo a tomar té como correspondía
a un anfitrión, o...?.
"¡Joven
amo! ¡Es un problema!".
Justo
cuando Elwin pensaba '¿qué haré si me pongo rojo otra vez mientras tomamos
té?', Toby entró al salón alborotado. Antes de que Elwin pudiera reprenderlo
por no comportarse frente a un invitado, Toby soltó una noticia sorprendente:
"¡Ha
venido el señor Frederick!".
Al
ver que Toby estaba a punto de añadir algo como '¿vendrá a proponer matrimonio
otra vez?', Elwin puso su dedo índice frente a sus labios.
"Shh.
Toby. Guarda silencio y acompaña al invitado adentro".
Aunque
intentó sonar calmado, Elwin estaba más desconcertado que Toby. Su recuerdo de
la fiesta de té había sido un desastre y no tenía el menor deseo de volver a
ver a Frederick Pinch.
Sin
embargo, en su posición actual, no podía darse el lujo de tratar con rudeza a
un visitante. Además, probablemente el motivo de la visita de Frederick no
fuera Elwin.
"Hmm.
Agradezco su hospitalidad, señor Elwin".
Aunque
los días se habían vuelto más frescos, aún no era invierno, pero Frederick
vestía un llamativo abrigo de piel. Cuando Elwin lo guio a regañadientes al
salón, Frederick paseó su mirada por el interior de la mansión con su cuerpo
rollizo, con una actitud que parecía la de alguien visitando un asilo de
pobres.
"¿Este
es el salón? Tal como dicen los rumores, se percibe un aire de familia
humilde".
"Así
es, señor Frederick".
"No
hace falta té. He oído que el precio del azúcar ha subido mucho, no quisiera
ser una carga".
Frederick
se esforzaba al máximo por ridiculizar la pobreza de la casa condal. Elwin
mantenía una sonrisa forzada, pero en su mente pensaba: '¿No sería el momento
de darle un golpe? Al fin y al cabo, no es una fiesta formal, así que no
violaría las reglas de la sociedad, ¿o sí?'.
"Por
cierto, ¿dónde está sir Dwight?".
Efectivamente,
parecía que Frederick tenía asuntos que tratar con Dwight. Como no podía
responder honestamente que “el señor Dwight no se levantará hasta tarde, y
probablemente esté ebrio de whisky de nuevo”, Elwin decidió responder con
evasivas.
“El
señor Dwight ha salido por asuntos personales. Lo mismo ocurre con la señorita
Selena”.
Frederick
chasqueó la lengua con decepción y lanzó una mirada furtiva hacia Leon. Parecía
ser tan consciente de las joyas de Leon que no dejaba de tamborilear sobre la
mesa con su mano, la cual lucía un anillo con una piedra enorme. Si lo dejaba
seguir, parecía que continuaría así hasta que Leon se dignara a mirar su
anillo, por lo que Elwin preguntó a regañadientes:
“¿Y
bien? ¿A qué se debe su visita de hoy?”.
“Ah,
bueno, en realidad pensaba entregárselo personalmente al señor Dwight”.
Frederick
hizo tintinear su anillo mientras sacaba un pequeño sobre del bolsillo interior
de su abrigo. ¿No sería…?
“No
es nada del otro mundo, pero para dar la bienvenida al nuevo conde, hemos
decidido celebrar, aunque sea modestamente, una fiesta por la noche en nuestra
casa. Por favor, hágaselo saber al señor Dwight y a la señorita Selena. Y este
es el sobre de invitación para el señor Leon. Y además”.
Después
de extender sobre la mesa cada uno de los sobres, Frederick sacó el último y,
con una sonrisa maliciosa, se lo entregó a Elwin.
“Señor
Elwin, le agradecería que usted también asistiera. Si es que puede venir, claro
está”.
*
* *
“Ese
comentario fue sin duda un desprecio, pensando que el joven amo no tendría qué
ponerse para ir a la fiesta. ¡Ja! Cuanto más lo pienso, más rabia me da”.
Tras
la visita de Frederick Pinch, Toby llevaba varios días refunfuñando. Para
alguien que sentía tanto orgullo y devoción por su noble y hermoso joven amo,
resultaba insoportable que un tipo tan vulgar y mediocre como Frederick se
hubiera atrevido a menospreciar a Elwin.
“Pero…
es la verdad. A mí me parece que la ropa que tengo está bien; no sé por qué
todos se esfuerzan tanto durante tantos días”.
Al
escuchar esto, las doncellas que estaban terminando de ajustar la prenda de
Elwin levantaron la cabeza de golpe y lo miraron como si acabara de decir una
locura. Toby, en representación de todas, replicó al instante:
“Ahí
está usted de nuevo. Ya le dije que esa levita no es adecuada para un evento
nocturno. Hubiera sido mejor encargar un frac nuevo, pero como no se pudo,
tenemos que hacer todo lo posible por mantener en alto el orgullo de su
merced”.
Elwin
pensaba que todas las prendas exteriores eran parecidas y no sabía distinguir
entre una levita y un frac. Por eso, había aceptado la invitación de Frederick sin
pensarlo dos veces, ignorando por completo si tenía o no el atuendo adecuado
para una fiesta nocturna.
En
aquel momento, Elwin no sabía que su despreocupación había hecho hervir de
rabia a Frederick ni que las comisuras de los labios de Leon —quien hasta
entonces observaba la conversación con expresión de desaprobación— se habían
curvado en una mueca de burla.
Cuando
Frederick se marchó y se supo en la mansión que la familia Pinch organizaría
una fiesta, Toby primero se volvió loco de emoción porque ‘el joven amo iría a
un baile’, y luego se volvió loco de preocupación al darse cuenta de que ‘no
tenía qué ponerse’.
<¿Qué
no hay ropa? ¿No basta con usar la que llevé a la fiesta del té?>
<¡Joven
amo! La ropa que se usa para los eventos diurnos es completamente diferente a
la de los nocturnos.>
<¿Ah,
sí? Es que no lo sabía…>
<Tenemos
que salir a comprar ropa nueva de inmediato. ¿Cuándo dijo que era el baile? ¿En
cinco días? Ah, es un poco justo, pero el sastre dará prioridad a su pedido si
le decimos que es para usted.>
<¿Cómo?
Joven amo, entonces…>
<No
se puede hacer nada. Les diré que no asistiré a la casa Pinch por motivos
personales y pediré que atiendan bien a los invitados.>
<¡No!
¡No podemos permitir que el orgullo de su merced se vea afectado por culpa de
la familia Pinch!>
Ante
el grito de Toby, las doncellas que se habían reunido alrededor asintieron al
unísono. Todas se pusieron a rebuscar en los armarios hasta encontrar un frac
que el difunto conde de Ravenwell había usado en vida.
Como
el conde no había vuelto a participar en actividades sociales desde la muerte
de su esposa, era una prenda tan antigua que resultaba milagroso que no tuviera
moho. Además, aunque no llegaba a la corpulencia de Leon, el conde era un alfa
de complexión bastante grande, por lo que le quedaba inmenso a Elwin.
Parecía
una misión imposible, pero sin darle tiempo a oponerse, las doncellas y Toby se
abalanzaron sobre él para tomarle las medidas y comenzó una ardua labor de
costura. Tras varios días de trabajo, el abrigo estaba casi ajustado a la
medida de Elwin.
“De
verdad que estoy bien así… pero gracias. Deben de haberse esforzado mucho”.
“Espere
a verlo, joven amo. Mañana por la noche, tras los últimos ajustes, quedará
perfecto. Por cierto, ¿dónde está sir Dwight? ¡Ah! ¿Hoy también ha salido a
montar? ¡Joven amo, debería haberlo acompañado!”.
Ante
los parloteos de Toby, Elwin se quedó sin palabras. Desde el día de la visita
de Frederick, los invitados de la mansión se habían dedicado a sus propios
asuntos. Selena, tras recibir su invitación y poner una expresión indescifrable
al llegar al salón después de clase, le preguntó a Elwin como si la fiesta no
le interesara en absoluto:
<Más
importante aún, ¿puedo seguir asistiendo a clase con Eleonor mañana? Si puede
ser, al día siguiente también. O mejor dicho, siempre.>
<Por
supuesto, señorita Selena.>
Ante
la respuesta amable de Elwin, Selena saltó de alegría y desapareció hacia la
habitación de Eleonor. Por otro lado, Dwight se levantó con parsimonia bien
entrada la tarde.
<¿Una
fiesta? Hmm, bueno, iremos. Pero antes, ¿podría prestarme un caballo hoy?>
Preguntó
mientras metía la invitación arrugada en el bolsillo. Elwin se sorprendió ante
su actitud desinteresada, pero, suponiendo que intentaría ir a la estación de
tren a la que no pudo llegar el día anterior, respondió con la mayor
cordialidad posible:
<Por
favor, utilice los caballos que desee. ¿Desea que lo acompañe? Ya que la
señorita Selena estará en clase con Eleonor, esta vez puedo acompañarlo hasta
el final.>
<¿Clase?
¿Selena está estudiando?>
Dwight
se burló, levantando una comisura de sus labios. Elwin dudó, sintiéndose
ofendido, pero Dwight simplemente continuó con lo suyo:
<Iré
a montar con Isaac. ¿Podría prestarle un caballo también a él? Necesita seguir
mi ritmo, así que preferiría un caballo de montar propiamente dicho antes que
los caballos de carga que usan los sirvientes.>
Era
una petición para que le consiguieran incluso un caballo de alta gama para el
criado. Elwin se quedó paralizado, debatiéndose internamente. ¿Debería insistir
en acompañarlo por ser un ‘huésped importante’? ¿No debería buscar la
oportunidad de acercarse más a él para ganarse su favor?
<Ah,
y cuando pida los caballos, le agradecería que aquel mozo de cuadra tan falto
de tacto de ayer no se acerque al establo. Me resulta incómodo.>
Añadió
Dwight con tono arrogante mientras Elwin dudaba. Elwin sintió que un escalofrío
le recorría el pecho. A sus ojos —o a los de cualquiera—, el mozo de cuadra no
había hecho nada malo; al contrario, era Dwight quien se había comportado de
forma grosera, por lo que no lograba entender esa petición.
<…Entendido.>
Al
final, Elwin se limitó a responder eso y, a través de otro empleado, preparó
los caballos para Dwight. Desde ese día, Dwight salía a montar cada tarde,
saltándose incluso la hora del té, y regresaba justo para la cena.
Como
había ocurrido eso, Elwin no quería prestar atención a si Dwight montaba un
caballo o un unicornio, pero Toby, sin comprender el estado de ánimo de su amo,
parloteaba con entusiasmo:
“Piénselo.
Si usted lo sigue para guiarle el camino y por casualidad entran en un sendero
boscoso y se pierden, se abriría una oportunidad romántica…”.
Ah,
de nuevo con lo romántico. El rostro de Elwin se fue endureciendo, y las
doncellas que cosían fulminaron a Toby con la mirada, indicándole que tuviera
un poco de sentido común.
Desde
el día en que Toby tuvo que recorrer las habitaciones de las doncellas para
imponer orden tras el incidente del menú inapropiado, ellas le estaban
recriminando constantemente que dejara de decir imprudencias. Ante aquellas
miradas, Toby bajó la cabeza discretamente.
“Ajaja.
¡Pero supongo que el joven amo sabrá qué hacer! Y usted también está ocupado,
¿verdad? ¿Va a la biblioteca hoy también?”.
“Eh,
sí, eso es. Entonces, me retiro”.
Elwin
dejó el taller de costura y se dirigió a la biblioteca. Durante los últimos
días, aprovechando que los otros invitados estaban fuera, había pasado todas
las tardes allí.
Los
empleados pensaban que estaba ocupado poniéndose al día con los asuntos que
había pospuesto por atender a los invitados. Toby incluso parecía suponer, como
en la fiesta del té anterior, que Elwin estudiaba etiqueta social para el
baile.
Sin
embargo, Elwin —quien era muy eficiente— ya había terminado todo el trabajo
acumulado el primer día que tuvo tiempo libre. Como ya había experimentado que
estudiar etiqueta era inútil, no tenía el menor deseo de realizar un
entrenamiento especial. Aún así, la razón por la que se encerraba en la
biblioteca cada día era:
‘Bueno,
es que siempre me han gustado los libros, hace tiempo que no leo nada y ahora
no tengo otra cosa que hacer’.
Elwin
pensaba esto como una excusa mientras caminaba por el pasillo. Al llegar ante
la puerta, llamó primero, carraspeó y abrió con cuidado.
No
se percibía presencia alguna en la vasta biblioteca. Elwin se quedó pensativo,
ya que, en realidad, no era el único que visitaba la biblioteca estos días.
‘¿Eh?
Hoy… ¿no ha venido?’.
El
día que entregó la invitación a Dwight y le prestó los caballos, Elwin se había
dirigido a la biblioteca tratando de calmar su indignación. Quería dejar de
pensar en todo y, por ello, procesó rápidamente los asuntos de administración
del territorio que tenía pendientes.
No
fue hasta que firmó el último documento y dejó la pluma sobre la mesa que Elwin
se dio cuenta de que un aroma agradable se había infiltrado entre el olor a
tinta.
Un
aroma cuya presencia se sentía por completo incluso sin ver a la persona. Al
parecer, Leon había estado en la biblioteca sin que él lo notara. Al prestar
atención, también escuchó el suave sonido de las páginas al pasar.
No
sabía desde cuándo estaba allí ni cuánto tiempo habían compartido el mismo
espacio. Pero Leon, quien normalmente habría buscado una excusa para molestar a
Elwin en cuanto lo viera, aquel día se mantuvo callado todo el tiempo.
Especialmente,
actuaba con la calma de alguien para quien el alboroto de la noche anterior
nunca hubiera existido. ¿Acaso él también había decidido, como Elwin, pretender
que no pasó nada y seguir adelante? Sentirse aliviada era una cosa, pero le
producía una sensación sutilmente extraña.
Por
supuesto, Elwin tampoco le dirigió la palabra. Pero, aun así, no abandonó la
biblioteca. Se quedó sentado en la mesa y leyó libros durante un buen rato. Por
alguna razón, sentía el deseo de hacer precisamente eso.
Desde
el día siguiente, las jornadas transcurrieron de manera similar. Aunque se
decía que, debido a la inminente fiesta, la gente preguntaba aquí y allá sobre
los Pinch, Leon solía visitar la biblioteca a esa misma hora, al igual que
Elwin.
‘Siempre
había sido así’.
Como
se había retrasado más de lo habitual probándose la chaqueta ajustada, pensó
que Leon ya estaría allí, pero, ¿es que no vendría hoy? Elwin, sintiéndose
aturdido, se sentó a la mesa y tomó un libro.
Era
sin duda la novela que había disfrutado leyendo ayer, y hoy le tocaba la parte
más interesante, pero, por alguna razón, no lograba concentrarse en absoluto.
Elwin pasó apenas un par de páginas, miró hacia la entrada, pasó unas pocas más
y miró por la ventana.
¿Habría
salido a alguna parte? Bueno, pensándolo bien, tal vez se había aburrido. En
los últimos días, ambos no habían hecho gran cosa; Elwin sentado a la mesa del
centro y Leon en la silla junto a la ventana, sentados a distancia, eso era
todo.
Elwin
a veces lo miraba a escondidas y, en ocasiones, sentía la mirada de Leon sobre
él, pero ambos intercambiaban el sonido de las páginas al pasar sin siquiera
cruzarse las miradas y sin decir una palabra.
En
realidad, era algo que cualquier otra persona consideraría aburrido. Sin
embargo, para Elwin, ese tiempo resultaba bastante reconfortante. Incluso, aunque
fuera muy poco, le resultaba agradable.
‘Leer
es divertido de por sí. No es que necesite necesariamente que esa persona esté
allí, pero… si está y luego ya no, uno se queda inquieto. ¿Eh? Un momento’.
En
ese instante, unos pasos resonaron en el pasillo, y las orejas de Elwin se
erigieron mientras su corazón latía con fuerza. Sin embargo, cuando la puerta
se abrió, su ánimo se desplomó al instante. Bastaba el aroma para saber quién
había llegado.
“¡Joven
amo!”.
Era
Toby, el leal y descarado sirviente de Elwin. Aunque sintió una ligera
decepción al ver que era Toby y no Leon, Elwin se sintió desconcertado por
sentir tal emoción. Sin percatarse del complejo estado de ánimo de su amo, Toby
extendió algo que llevaba en sus manos con una sonrisa radiante.
“¡Mire
esto! El señor Alfred dice que ha hecho un adorno para el cuello con la cinta
de su cabello. ¡Mire esta joya! ¿Quién hubiera imaginado que tenía tal
destreza?”.
Lo
que Toby mostraba era un adorno de lazo para anudar el pañuelo del cuello. Un
pequeño zafiro descansaba en el centro de un lazo de terciopelo azul marino
oscuro; parecía haber utilizado una de las joyas de su madre.
“Si
usa el frac ajustado y se pone este adorno, ¡qué elegante se verá! ¡Seguro que
los ojos del señor Dwight se abrirán de par en par!”.
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Ante
las alegres palabras de Toby, el pecho de Elwin se sintió pesado.
Probablemente, Alfred también lo había confeccionado con esa misma expectativa
y dedicación. Las doncellas que estaban ajustando el abrigo seguramente se
sentían igual. Porque eso era lo que Elwin debía hacer. Elwin también lo sabía
perfectamente.
“¿Ehm,
joven amo…?”.
Al
ver que Elwin se quedaba sin palabras durante un buen rato, Toby lo observó con
preocupación. Elwin reaccionó tardíamente, sonrió con esfuerzo y respondió:
“Ah,
es verdad, te quedó muy bien. Debo agradecerle personalmente. Llévalo y
enséñalo también a las doncellas, Toby”.
Incluso
después de que Toby saliera corriendo emocionado con el adorno, Elwin
permaneció aturdido y perdido en sus pensamientos. Durante estos días, se había
olvidado por completo de lo que «tenía que hacer». Mientras tanto, el tiempo seguía
pasando y faltaban apenas diez días para que Dwight abandonara la mansión. Y
Elwin…
‘He
estado sumido en pensamientos absurdos todo este tiempo. Dándole la espalda a
todos, cayendo en sentimientos que ni siquiera entiendo…’.
Justo
cuando el corazón de Elwin se hundía como si se sumergiera en un pantano
profundo, la puerta de la biblioteca se abrió de nuevo. Esta vez, apareció esa
persona a la que Elwin estaba esperando, o mejor dicho, a la que ‘en realidad
no esperaba’.
“Señor
Elwin”.
Tras
días de leer juntos en la biblioteca sin pronunciar una sola palabra, Leon
llamó a Elwin por su nombre de repente. Vestía un abrigo impregnado del aroma
del aire frío —probablemente de haber estado fuera— y su expresión se veía más
animada que de costumbre.
“Llego
un poco tarde hoy. He tenido que ir al pueblo”.
“……”.
“¿No
tiene curiosidad por saber qué he estado haciendo?”.
Sonreía
radiantemente, como si hubiera hecho algo divertido, pero en el instante en que
sus miradas se cruzaron, Elwin sintió una marea de emociones complejas,
imposibles de describir. Culpa, vergüenza, ansiedad y confusión.
Al
mismo tiempo, Elwin quería preguntarle muchas cosas a Leon. Por qué decía
‘llegó tarde’. Si nunca habían quedado en encontrarse aquí. Por qué le sonreía
al verlo, por qué venía a esta biblioteca cada día a leer en silencio y por qué
llamaba a su nombre.
Qué
le había hecho aquel día que estuvo encerrado en su habitación. Sabía
perfectamente que no le había hecho nada, pero por qué su corazón se había
convertido en esto. Si él no lo sabía. Porque él lo sabía todo desde el
principio. Sabía que su corazón terminaría así y conocía el nombre de este
sentimiento.
Elwin
intentó mantener una expresión impasible, pero la tormenta en su pecho se
extendió lentamente sobre su pálido y frágil rostro. Leon, que sonreía
intensamente, también detectó pronto la sombra de la inquietud.
“Señor
Elwin, ha ocurrido algo…”.
“No.
Nada. Ya veo”.
Elwin
no le hizo ninguna pregunta a Leon. Tenía muchas dudas, pero no quería escuchar
las respuestas. De hecho, parecía preferible no escucharlas. Elwin tomó el
libro de novela, que había leído a medias pero del que no recordaba el
contenido, e inclinó la cabeza ante Leon.
“Esté
cómodo. Yo me retiro”.
“Ah…”.
Parecía
que Leon quería añadir algo, pero Elwin salió apresuradamente de la biblioteca
antes de que él pudiera detenerlo. Repitió el mismo pensamiento como un mantra,
antes de que esa emoción incomprensible volviera a florecer con fuerza.
‘Esto
no está bien. Esto no puede ser’.
