9. Fugitivo (2)

 


9. Fugitivo (2)

 

“... ¿Hubo algún incidente anoche?”.

En el corredor que llevaba al salón de reuniones políticas, Milot preguntó con cautela tras terminar de entregar un informe breve. Lucien frunció el ceño por reflejo ante la repentina pregunta personal.

“¿A qué viene eso ahora?”.

“Es que... oí que llamaron a un médico a su alcoba de madrugada”.

El paso rápido de Lucien por el corredor se ralentizó involuntariamente por un instante. Pero fue solo un segundo. Chasqueó la lengua y sacudió la cabeza como si no tuviera importancia.

“Escuchas demasiados rumores. ¿Ahora también me espías?”.

“... Es que yo estaba despierto a esa hora. No parece que usted tenga problemas, así que, ¿acaso el señor mago está enfermo?”.

“Cállate”.

Lucien, irritado, empujó la frente de Milot, que intentaba asomarse.

“No gastes energía en pensamientos inútiles y concéntrate en lo que tenemos delante”.

Esta reunión convocada apresuradamente por el Gran Juez no estaba en la agenda. No era hombre de desperdiciar energías creando trabajo innecesario, así que algo urgente debía de haber ocurrido. Sin embargo, Lucien no lograba adivinar de qué se trataba.

Mientras tanto, los recuerdos de la noche anterior, que intentaba reprimir, afloraban una y otra vez. La sangre extendiéndose gota a gota sobre el edredón.

‘Me he vuelto loco, ¿qué hago?’.

Aquella voz que soltaba palabras incoherentes. Los hombros delgados que temblaban sin parar.

Aquel mago que parecía tan frágil que podría ser borrado por una sola ola...

¿Alguna vez se había mostrado tan débil? Más bien siempre había fingido ser increíblemente fuerte.

‘¿Has tenido una pesadilla? ¿Qué pasa? Dímelo. ¿Eh? Tienes que decírmelo para que pueda solucionarlo’.

Por más que intentó consolarlo, no sirvió de nada. Fue por eso que, aun a riesgo de que se filtrara el rumor, acabó llamando al médico. No era un estado en el que pudiera calmarse solo.

Incluso el proceso de darle la medicina que trajo el médico fue arduo, pues Kosha se resistía y forcejeaba.

‘No. No puedo dormirme. Tengo que... tengo que mantenerme consciente…’.

Eran palabras demasiado significativas para pasarlas por alto, pero si lo dejaba así, incluso siendo mago, se habría asfixiado de la angustia. Al final, tuvo que someterlo por la fuerza para que tomara un cuenco de analgésicos y sedantes. Solo entonces su respiración se calmó y cayó en un sueño profundo, momento que aprovecharon para tratar sus heridas.

Había apretado el filo con tal fuerte que el corte era profundo. El médico tuvo que dar varios puntos de sutura, colocar una tablilla y envolverlo todo en un vendaje grueso antes de marcharse. Como el proceso llevó mucho tiempo, ni siquiera pudieron limpiar adecuadamente la ropa y las sábanas manchadas de sangre.

Tengo que hacer algo con eso antes de que Kosha despierte.

Lucien se pasó la mano por el pelo, irritado por el ciclo sin fin de sus pensamientos.

Ah, maldito Milot.

Ya tenía la cabeza bastante complicada como para que él soltara esas tonterías. Lucien alejó conscientemente sus preocupaciones y cambió de tema.

“¿Qué probabilidad hay de que haya surgido un problema con el médico falso que enviamos?”.

“No puedo asegurarlo. Sin embargo, tengo entendido que el tribunal no lo ha sometido a tortura”.

... Si aquel hombre no aguanta más, puede que tenga que atacar a Arabella de inmediato.

Es problemático. Habíamos acordado ganar tiempo...

Mientras Lucien se tocaba la barbilla con ansiedad, las puertas del salón de reuniones aparecieron al final del corredor.

En las reuniones políticas durante la vacancia del trono, el protocolo se vuelve más sencillo. Tras el breve grito del guardia anunciando su nombre y rango, las pesadas puertas se abrieron.

Dentro del salón, ya estaban todos reunidos.

Lucien caminó muy lentamente. Las miradas convergieron naturalmente sobre él. No las evitó; se encontró con cada una de ellas, como intentando medir sus intenciones.

... El ambiente era extrañamente tenso. Un sirviente retiró su silla sin hacer ruido y Lucien, al sentarse, esbozó una sonrisa de manual.

“Vaya, parece que llego tarde”.

“No es así. Es culpa mía por haber solicitado esta reunión tan repentinamente”.

Fue Arabella quien respondió con un tono inusualmente amable. La mirada de Lucien se clavó en ella. ¿Esta reunión imprevista fue a petición de Arabella?

Pero antes de que pudiera encajar las piezas, ella volvió a hablar.

“He recibido los resultados del interrogatorio a ese ‘médico’ en cuestión, al que el señor de Carlot se tomó la molestia de enviar gente hasta Alohen para buscar. Hay muchos puntos que no logro comprender”.

“¿Puntos que no comprende?”.

Preguntó Lucien, frunciendo levemente el ceño.

“¿Es algo que yo pueda explicarle?”.

“Por supuesto. Por eso he solicitado este encuentro”.

La sonrisa de la princesa se ensanchó.

Ah, esto no es una buena señal...

En el instante en que pensó eso, la princesa sentenció:

“Ese médico... resulta que es un humano común y corriente”.

“... ¿Qué quiere decir con eso?”.

Ante su reacción, la princesa soltó una pequeña risa.

“Digo que parece que ustedes nos han enviado a un ‘falso’. Yo esperaba, por supuesto, que ese hombre fuera un ‘mago’”.

El aire del salón se enfrió de golpe, como si un fantasma invisible hubiera pasado por allí. ¿Sacar el tema de los magos así, tan abiertamente, en un lugar como este? Lucien sintió instintivamente cómo Milot, que estaba de pie tras él, se quedaba completamente petrificado ante una declaración tan inesperada.

La comisura de los labios de Lucien tuvo un ligero espasmo.

“... ¿Un mago?”.

Tras un pesado silencio, habló con una breve risa, como si se le escapara una carcajada incrédula. Después de todo, una de sus mayores armas era no perder el sentido de la realidad hasta el último momento.

“¿Un mago? ¿A qué viene eso? Es demasiado repentino”.

"¿Repentino? Después de haber saqueado de forma tan magistral los libros de magia de mi biblioteca”.

“Me refiero a la biblioteca de libros mágicos que está en la primera torre del ala este”.

Respondió Arabella sin vacilar.

“¿Va a decir que ha pasado tanto tiempo que lo ha olvidado? Coincidiendo precisamente con la aparición de ese ‘médico’, el señor de Carlot saqueó la biblioteca aprovechando mi ausencia. Incluso detuvo por la fuerza a mi bibliotecario”.

“.......”.

“He comprobado personalmente la lista de libros que se llevó. Todos eran tratados sobre maldiciones y magia relacionada con el cuerpo humano. Santo cielo, ¿para qué necesitaría alguien algo así?”.

En aquel entonces, el castillo que la princesa había dejado estaba bajo el control total de Lucien. Su prioridad era contener a Bastian, y asumió toda la responsabilidad mientras sacaba todos los libros que Kosha necesitaba.

¿Acaso esos libros trataban sobre maldiciones y el cuerpo humano? Lucien no lo sabía con exactitud. Pero si ella señalaba eso...

“Por supuesto, no me importa compartir conocimientos con mi hermano. Es normal querer leer libros. Si hubieran sido otros libros, no habría sospechado. Pero tengo entendido que esos libros que se llevó no son algo que un simple humano pueda leer”.

Arabella continuó con naturalidad.

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“Por lo tanto, debe de haber un ‘ser’ aparte que leyó esos libros... Ya le advertí al Gran Juez que si usted enviaba a un ‘humano’ común, sería algo muy sospechoso”.

¿Y resulta que han caído en la trampa exactamente como predije?

Esas palabras no salieron de su boca, pero fue como si se escucharan en el aire. Al mismo tiempo, la mirada de la princesa se clavó directamente en Lucien.

Y también las pupilas de todos los demás presentes.

El jefe de tesoreria, que parecía muy desconcertado; el anciano Gran Juez, en cuyos ojos ya empezaba a asomar la sospecha; y, por supuesto, el astuto cachorro de zorro de Malesté, que claramente ya lo sabía todo.

Ah, así que ha sido así...

“... Si son libros que un simple humano no puede leer, ¿cómo sabe la princesa para qué sirven?”.

Lucien habló mientras su mente trabajaba a toda velocidad. Las palabras salieron muy despacio, pues solo buscaba ganar tiempo.

“Por supuesto que lo sé. Esa es la biblioteca de ‘mi’ madre, mi patrimonio personal. ¿Cómo no voy a conocer las reglas que rigen ese lugar?”.

Arabella respondió con rapidez y firmeza, como si no quisiera darle ni un segundo para pensar. Extendió la mano hacia atrás y uno de sus vasallos le entregó un fajo de papeles gruesos.

“Aquí están los números de los libros que estaban en esa biblioteca y sus respectivos títulos. Es una lista creada por el mago del difunto rey, quien ayudó a organizar esa biblioteca. Si tiene curiosidad, compruébelo usted mismo”.

El fajo de papeles cayó al suelo con un golpe sordo y húmedo. Era un acto profundamente humillante para el señor de un territorio autónomo. Uno de los caballeros de Lucien se enfureció, pero él levantó la mano para detenerlo.

Nuevamente, un pesado silencio se apoderó del lugar. La princesa había hecho una jugada difícil; en este momento, él estaba en desventaja. Las miradas llenas de sospecha se sentían como agujas sobre la piel. Arabella, tras fingir que esperaba un momento a que el silencioso Lucien respondiera, continuó.

“Si he estado tan obsesionada con ese ‘médico’ de pacotilla, ha sido porque quería confirmar si me mentías o no... No sé si decir que esto es lo esperado o si es decepcionante”.

Y añadió con total naturalidad.

“Por cierto, ¿es verdad que ese hombre es de Alohen? ¿O será que... hiciste pasar a alguien de ‘Graffen’ por un nativo de Alohen?”.

Alohen y Graffen están separados apenas por una cresta montañosa. Y la princesa... tenía el rostro de alguien que sabía algo. Los dedos de Lucien, que tamborileaban con ansiedad, se detuvieron en seco en ese instante.

***

“¿Por qué no te deshaces del príncipe de una vez?”.

Una voz sensible arañó su espalda con nitidez. Era una voz extrañamente similar a la suya. Kosha abrió los ojos de golpe y miró a su alrededor.

Era la cámara secreta que tanto conocía. Sobresaltado, Kosha se miró el cuerpo. Por suerte, esta vez no había extrañas escamas verdes ni cadenas de hierro. Sin embargo, eso no calmó los latidos de su corazón.

“¿Por qué... por qué estoy aquí?”.

Su último recuerdo era estar en el dormitorio. Había tenido un sueño extraño y Lucien... Espera, ¿qué sueño era ese? Intentó llevarse la mano a la cabeza por el mareo, pero su brazo no respondía bien. Al mirar, vio que su mano estaba envuelta en un grueso vendaje.

“¿Qué es esto? ¿Por qué yo...?”.

Frente a sus ojos nublados, manchas de sangre se extendían como una alucinación, y el sonido de algo rompiéndose se solapaba como un eco. Lethe asomó la cabeza hacia Kosha, quien se tambaleaba sujetándose la frente.

“¿Qué tonterías dices? ¿Aún no te has despertado? Fuiste tú quien vino a buscarme primero”.

“¿Yo... vine aquí?”.

“Pues claro. ‘A cualquier lugar que desees’, ese eres tú quien puede ir, no yo”.

Respondió Lethe con tono burlón.

¿A cualquier lugar que desee? Pero si ni siquiera había abierto una ‘Puerta’, y ni siquiera sabía dónde estaba exactamente este lugar, ¿cómo demonios se había desplazado? Lethe observó fijamente a Kosha, que permanecía inmóvil y confuso.

“Marcosa, ¿por qué haces las cosas difíciles? Simplemente confórmate con tu papel. Lo digo por tu bien”.

“¿Conformarme? No digas estupideces...”.

A pesar de tambalearse por el mareo que le atenazaba los pies, Kosha extendió el brazo y agarró a Lethe por las solapas.

“Dile a Einar: un mago con orgullo no hace promesas vacías, y mi linaje no sabe lo que es traicionar al señor que ha elegido por voluntad propia”.

“.......”.

“Sabes perfectamente qué clase de hombre era nuestro padre, ¿y aun así me pides algo semejante?”.

Lethe miró en silencio la mano que apretaba su cuello. Parecía un agarre rudo, pero se sentía una extraña contención de fuerza, como si Kosha fuera consciente de que una de sus piernas era una prótesis.

De pronto, una risa nerviosa estuvo a punto de escapársele.

Marcosa, tú y nuestro padre... por eso no funcionan las cosas.

Él puso su mano sobre la de Kosha y habló suavemente:

“¿Elegir mal al señor también viene dictado por nuestro linaje?”.

“¿Qué...?”.

“Al tercer príncipe le costará superar esta crisis”.

Ignorando la expresión de espanto de Kosha, Lethe continuó.

“Como solo estás dentro del castillo no lo sabes, pero los ejércitos de Malesté y Seodin ya se están moviendo hacia la frontera de Osterbelt. Para colmo, Carlot está a punto de dividirse”.

“¿De qué hablas?”.

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“Heregon, de la facción militar del sur de Carlot, se unirá a la princesa. El segundo hijo de esa casa, que estaba al lado del príncipe, ya huyó con pruebas cruciales para derrocarlo. A cambio de traicionar al príncipe, esa familia será la nueva señora de Carlot. Bueno, no es que el príncipe haya sido incompetente. Simplemente, mientras él se desgastaba en la guerra civil, los otros planeaban el siguiente paso”.

Su tono era simplemente plano. No era burla, ni desprecio.

“Elegiste el bando equivocado, Kosha”.

Tal como hizo nuestro padre.

No añadió esas palabras en voz alta, pero resonaron en la mente de los gemelos como si lo hubieran acordado.

No se sabía cuál de los dos tragó saliva ruidosamente. Lethe, soltando un suspiro, apretó la mano que cubría la de Kosha. El agarre en sus solapas se soltó con una facilidad absurda.

“Y nosotros estamos intentando salvarte. A diferencia de nuestro padre, que tuvo que enfrentar un final miserable”.

“¿Entendiste?”.

Preguntó Lethe ante el prolongado silencio de Kosha.

“Oye, Marcosa. Reacciona”.

En el momento en que Lethe, frunciendo el ceño, iba a tocarle el hombro, los labios entreabiertos de Kosha se movieron lentamente.

“... Pero, ¿cómo sabes tú todo eso?”.

“.......”.

“¿Acaso el Regente te lo contó todo al enviarte aquí?”.

No. El segundo tío materno que Kosha conocía no era de los que explicaban sus planes detalle a detalle ni aclaraban la situación amablemente a nadie. Su personalidad no habría cambiado. Y sobre todo, por muy brillante que fuera un mago, no podría diseñar todo este tablero él solo.

¿Entonces?

¿De dónde había sacado ese tipo de Graffen, que se había infiltrado fingiendo ser un sirviente, las historias más secretas de la corte de Iseland? Secretos de un nivel que solo los confidentes más cercanos podrían conocer.

Heregon, el segundo hijo, la traición... ¿Dónde había escuchado eso? Cierto, fue de Eleonora, y el señor de Malesté conectado con ella, y esa actitud extrañamente inclinada hacia un bando...

“Tú”.

En el momento en que sus pensamientos, que se extendían infinitamente, llegaron a su destino, sus ojos verdes, que parecían ver a través de todo, miraron fijamente a Lethe.

“Estás aliado con la princesa”.

“.......”.

“¿Arabella se ha aliado con Graffen? ¿Es eso?”.

Aunque lo agarró de los hombros y lo sacudió, no hubo respuesta. Sin embargo, la mirada de Lethe clavada en el suelo por la incomodidad fue respuesta suficiente.

“¿Cómo te atreves?”.

¿Aliarse con el país enemigo solo por una corona? Sintió como si sus vasos sanguíneos fueran a estallar. Incapaz de soportar la rabia, Kosha extendió la mano.

“Te llevaré ante el tribunal de Iseland”.

Su mano presionó el cuello de Lethe. Era una fuerza increíble para su complexión delgada. Lethe pataleó y trató de soltarse, pero no pudo moverse. Las pupilas de Kosha brillaron en verde. En el momento en que el poder mágico se concentró bajo su palma...

Ocurrió un impacto similar a una explosión de aire comprimido. El cuerpo de Kosha salió volando, trazando una parábola en el aire.

Su espalda chocó violentamente contra la pared de piedra. Con un dolor como si se le trituraran las costillas, el cuerpo de Kosha rodó por el suelo.

“¡...!”.

Ni siquiera pudo emitir un gemido. Con una tos seca, empezó a salirle líquido de la boca. No era saliva, era sangre. En el momento en que el líquido rojo oscuro tiñó el suelo de madera, solapándose con las manchas de sangre de la noche anterior, la voz de Lethe resonó.

“¡Tu magia no funcionará en mi cuerpo, Marcosa! El Regente se aseguró de prepararme por si decidías traicionar a tu patria y a tu familia de esta forma”.

¿Familia? ¿Quién, tú? Kosha apretó los dientes y levantó la cabeza. Sintió un poder mágico tan sólido como un muro, algo que un joven mago no podría soportar solo, apretándole la garganta. Como si estuviera recibiendo exactamente lo mismo que le hizo a Lethe.

Ah, así que este tipo de magia aún existía en el mundo.

A pesar de la visión borrosa, Kosha gritó con voz ronca.

“¿No te da vergüenza? ¡Actuar como el esbirro de Einar, tú, de entre todas las personas!”.

(NT: Esbirro: persona que ejecuta las órdenes de otra, especialmente cuando implica el uso de la violencia, la coerción o actos deshonestos).

“¿Y qué más puedo hacer si no?”.

Gritó Lethe de vuelta, apoyándose en la pared para recuperar el equilibrio.

“Tras tu partida, ¿has pensado alguna vez cómo vivimos mi madre y yo allí? ¡Tú, que huiste solo porque no podías aguantar más!”.

“¿Huir? ¿Yo?”.

Kosha sacudió la cabeza frenéticamente.

“No, yo hice lo que pude. Hice todo lo posible. ¿Qué más se suponía que debía hacer? Tenía que seguir viviendo con culpa y añoranza incluso después de ser desterrado”.

Sus uñas temblorosas arañaron el suelo.

“Si no podía llevarte conmigo, yo... al menos yo...”.

“¡Deja de decir tonterías! De todos modos, no podrás decir ni una palabra en ningún otro sitio sobre lo que has descubierto en esta habitación”.

¿No poder hablar? Mientras intentaba procesar el significado con su mente entumecida, Lethe se acercó a grandes zancadas, lo agarró del pelo y lo obligó a levantar la cabeza. Las miradas de los gemelos se cruzaron de nuevo.

A pesar de tenerlo agarrado del cabello, la expresión de Lethe no era de triunfo. Más bien...

“Por favor. Resistirse no tiene sentido y solo destruye tu cuerpo. Es cuestión de tiempo que el Regente controle tu voluntad. Antes de que seas consumido por completo, mátalo por tu propia voluntad y acaba con esto. ¿Eh?”.

“Con... consumido...”.

“Aparte de mi rencor hacia ti, te lo digo por verdadera preocupación”.

Tras añadir eso, Lethe soltó el cabello de Kosha con brusquedad, como si se sacudiera algo sucio. Mientras tanto, desde su interior destrozado, la sangre seguía subiendo por su garganta.

Justo cuando sintió que había llegado a su límite, sintió que su cuerpo caía en un pozo profundo sin previo aviso.

¡Ah...! Al tomar una bocanada de aire y abrir los ojos, el espacio se invirtió. Lo que vio fue el techo familiar de su cama de cuatro postes.

“¿...?”.

Su cuerpo, que antes sentía la presión del suelo duro, estaba envuelto en suaves mantas. El poder mágico que asfixiaba su respiración había desaparecido, y su garganta, antes llena de sangre, estaba en calma.

Kosha, tumbado y parpadeando estúpidamente, bajó la mirada para revisar su cuerpo.

Ropa sucia, llena de polvo y manchas. Incluso llevaba los zapatos puestos. Aterrado, Kosha bajó de la cama a toda prisa. Al sacudirse la ropa, notó suciedad oscura bajo sus uñas.

No es un sueño.

¿Teletransportacion? Pero... aparte de no haber realizado nunca un viaje ‘instantáneo’ de este tipo, ¿cómo ajustó el objetivo sin conocer la ubicación exacta? ¿Lethe seguía permaneciendo en aquel lugar? Mientras sus pensamientos se mezclaban caóticamente...

Desde afuera de la puerta cerrada del dormitorio, se oían voces tenues de personas conversando. Frunciendo el ceño, Kosha caminó de puntillas y pegó el oído a la puerta.

“... parece inevitable remitirlo a una audiencia pública”.

No se oía con total claridad, pero lo primero que identificó fue la voz de Milot. Sobre ella, se amontonaron otras voces.

“Parece que pretenden separar al mago de nosotros por completo...”.

“No hay forma de demostrar que la princesa no estaba en Seodin durante la rebelión...”.

A medida que se acumulaban las palabras, la cabeza de Kosha daba vueltas. Edric había perdido el contacto con pruebas importantes. La sospecha de que traicionaría al príncipe. La princesa aliada con Malesté y ahora también con Graffen.

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“Pero, ¿no es excesivo vincular repentinamente al mago con Graffen?”.

En el momento en que escuchó la voz de Milot decir eso, Kosha tuvo que taparse la boca para no gritar.

Sí, era eso. Si la princesa se había aliado con Graffen, ella debía conocer la verdadera identidad de Kosha. No, ¿acaso solo la princesa lo sabía? Probablemente el señor de Malesté, aliado con ella, también lo sabía.

Solo Lucien lo ignoraba. Solo Lucien no sabía cuán amenazante podía llegar a ser Kosha para él.

De repente, las palabras de Eleonora pasaron por su mente:

‘No importa cuánto lo piense, creo que todo habría sido mucho más fácil si el señor de Carlot simplemente se hubiera casado conmigo’.

Ah, finalmente comprendía el sentido total de sus palabras. Ella también debía saberlo todo. Ya desde entonces...

Mientras sentía que se desmayaba, la voz de Renata terminó de sentenciarlo:

“Si pretenden acusarlo de traición por colusión con el enemigo, la situación se volverá extremadamente difícil”.

Traición por colusión.

(NT: colusión: acuerdo o cooperación secreta entre dos o más partes para cometer un fraude, engañar a terceros o dañar a la competencia.)

El nombre del crimen capital, a la par de la rebelión, le erizó la piel. Kosha había oído lo conveniente que era ese cargo: al afectar directamente la supervivencia del estado, los juicios terminaban rápido y no requerían muchas pruebas. Una vez planteada la sospecha, era casi imposible salir con vida.

Y el significado de ser un ‘mago de Graffen’ en Iseland... y no un mago cualquiera. Incapaz de contenerse más, Kosha apretó el pomo de la puerta.

La puerta se abrió de par en par y las voces de quienes estaban en la alcoba cesaron de golpe. Lucien estaba apoyado de lado contra una cómoda, con los brazos cruzados.

Sus ojos se agrandaron al ver a Kosha.

“¿Kosha?”.

Enderezándose, extendió un brazo hacia él mientras se acercaba. Su mirada era recta y honesta. No hubo ni un ápice de duda en sus pasos.

“¿Te has despertado? ¿Cómo está tu mano? Y tu cuerpo...”.

Su voz era dulce y suave. Como si cortara de raíz la situación seria. Como si bloqueara todas las preocupaciones y miradas turbias. No había nadie así para Kosha excepto él.

¿Sería por eso? Todavía le resultaba deslumbrante verlo. Pensó que sentirse atraído por un ser humano tan brillante, entregándose sin remedio a pesar de no poder controlar su corazón acelerado, era simplemente un instinto inevitable.

Qué ingenuidad; abrazar al sol requiere estar a la altura.

Era hora de despertar del sueño. Desde el principio, el lugar de Kosha en esta vida estaba destinado al fondo. ¿Por qué lo había olvidado, estúpidamente? Una lagartija con la cola atada, linaje de traidores, el desterrado de Graffen...

“... Alteza”.

Siempre que las miradas se centraban en Kosha, ocurría algo malo. Aquella sala de torturas, aquel lugar de ejecución, aquella cámara secreta donde se hizo el contrato... Y ahora, de nuevo, en la alcoba del ala oeste.

Reprimiendo a la fuerza el temblor en sus entrañas, Kosha habló.

“El ejército de Malesté...”.

Las palabras sobre el movimiento de las tropas hacia la frontera de Osterbelt se quedaron atrapadas en su garganta. El sello que le oprimía el cuello era de la misma naturaleza que la fuerza que lo había derribado al suelo en aquella ‘habitación’.

Ante el sabor a sangre que llenó su boca, el cuerpo de Kosha se tambaleó, y Lucien lo sostuvo instintivamente.

“Kosha”.

Los rostros conocidos en la alcoba también se mostraron confusos y alarmados. ¿Se encuentra bien, señor mago?

En medio del alboroto, aprovechando el descuido, la voz de insecto volvió a zumbar: ‘Mata al príncipe. Mata al príncipe’.

“Alteza”.

Por muy grande que sea la obra de un mago, toda magia acaba actuando bajo condiciones. Si el límite de los conocimientos que no podía revelar se restringía a ‘lo que supo por primera vez en aquella habitación’... Kosha se agarró el cuello como si fuera a estrangularse.

A menos que este sello fuera una magia que anulara su lengua por completo.

“... Debe persuadir primero al señor de Malesté”.

Solo tenía que encontrar las palabras que ‘sí’ podía decir.

Kosha se limpió la boca toscamente con la manga y apretó los puños. Al clavar las uñas en sus palmas, la voz que zumbaba en su cabeza amainó un poco.

“Use a Eleonora. Debió hacerlo desde el principio”.

Ante esa voz ronca y cargada, Lucien, que estaba limpiando la comisura de los labios de Kosha con el forro de su propia manga, frunció levemente el ceño.

“¿Qué? ¿A Eleonora, así de repente?”.

“Debe prometerle el puesto de reina y atraer a su bando. Ese señor debe saber perfectamente que el contrato con la princesa es una farsa. Ataque por ahí. Yo puedo explicarle todas las lagunas de los contratos mágicos”.

Las palabras fluían con rapidez, sin darle tiempo siquiera a respirar.

Está bien, se puede arreglar.

Solo hay que ir cortando los eslabones débiles uno por uno. Graffen, Malesté, Seodin. Una alianza sin fundamento, remendada solo por intereses a corto plazo, es más fácil de destruir.

Si sacamos a Malesté de en medio... Graffen es, después de todo, un país extranjero. Probablemente no estén en una situación en la que se arriesguen a una guerra total entre naciones…

En el momento en que su cabeza, plagada de pensamientos incontrolables, se calentaba al rojo vivo como una tetera hirviendo.

“Reacciona, Kosha. ¿Qué clase de estupideces estás diciendo?”.

La voz baja y gélida fue como un jarro de agua fría. Las manos de Lucien apretaron los hombros de Kosha con tal fuerza que estos empezaron a entumecerse.

“Por... por eso... Malesté. Hay que resolver eso primero”.

La intimidación que emanaba de sus ojos azules era abrumadora. Incluso su mente, que corría frenética como poseída, se calmó de golpe, como si se sintiera intimidada. Lucien, tras observar durante un largo rato a un Kosha que balbuceaba sin saber qué hacer, habló con calma.

“¿Al señor de Malesté?”.

“Sí, verá...”.

“¿Qué quieres que le prometa?”.

No preguntaba porque no hubiera oído. Más bien, parecía que le estaba dando la oportunidad de retractarse. El ambiente era tal que, si soltaba una sola palabra equivocada, Lucien parecía capaz de darlo todo por perdido, pero...

“Un... matrimonio político”.

Aun así, Kosha tenía que decirlo. Por lo general, quien sabe mucho debe soportar más que los demás. Aunque no quiera, las cosas terminan fluyendo así.

“Matrimonio político”.

Repitió Lucien en voz baja, como si estuviera pronunciando una palabra en un idioma extranjero que oía por primera vez.

La atmósfera de la habitación se volvió gélida en un instante. Sus allegados presentes, sin mencionar a Milot, incluso Renata, miraban a Kosha con una expresión teñida de una extraña perplejidad.

“Por eso, primero, de alguna manera, hay que hacer algo con ese bando...”.

Mientras Kosha tartamudeaba bajo esas miradas, la mano que apretaba su hombro subió repentinamente hacia su cabeza. El ambiente era tan funesto que, por un segundo, pensó que lo golpearía. Sin embargo, a pesar de que Kosha encogió el cuello, la gran mano no golpeó su mejilla, sino que cubrió su frente.

Fue un toque suave, aunque impositivo. Lucien, que le tocó la frente, las orejas y la nuca como si comprobara algo, ladeó la cabeza.

“... Parece que tienes fiebre. A juzgar por las tonterías que dices nada más despertar, será mejor que descanses más. Tú, ve a buscar al médico”.

La última frase iba dirigida al caballero de Carlot que estaba junto a la puerta. Pero Kosha nunca había tenido fiebre.

“No tengo fiebre, no son tonterías. Y no necesito un médico”.

“Para no tenerla, hablas demasiado rápido y tu respiración es inestable. Mira, hasta te tiemblan las manos. Debes haber tenido alguna pesadilla…”

Era una voz tan dulce que resultaba falsa. En el fondo de esa falsa amabilidad, Kosha pudo leer que Lucien se encontraba en un estado de extrema sensibilidad.

¿Dónde empezó a salir mal? No era para tanto. ¿Qué me he saltado?

Lucien obligó a Kosha a girarse.

“Hazme caso. No causes problemas tú también”.

“Pero...”.

El tacto era extremadamente cuidadoso en comparación con sus palabras afiladas. Fue tan cuidadoso que, por el contrario, la comprensión le dolió de forma tan punzante como una puñalada en la espalda.

“Mi existencia ya es un problema, ¿no es así?”.

“.......”.

“¿No se trata de eso ahora mismo...?”.

Milot, a quien le había salpicado el problema de repente, movió la mirada con incomodidad y respondió tartamudeando.

“Bueno, es cierto que se ha mencionado algo de eso...”.

“Milot, no le digas cosas innecesarias al mago”.

Intervino Lucien con dureza, pero Milot, que no sabía qué hacer ante la tensión entre ambos, evitó la mirada de su señor y continuó rápidamente.

“Por ahora son solo sospechas forzadas para presionarlo, pero creo que es una artimaña de la princesa para neutralizarlo a usted, señor mago, antes de movilizar al ejército”.

“¡Milot!”.

Milot, aunque encogió los hombros, terminó de hablar con firmeza y agachó la cabeza.

Justo después de suprimir la guerra civil, hasta entonces, todo estaba bien. No habría sido extraño que él se sentara directamente en el trono. ¿Cuál fue la razón por la que no pudo cortar de inmediato el cuello de la princesa que regresó tarde? ¿Por qué se limitó su margen de maniobra?

Ese problemático matrimonio político. ¿Acaso el señor de Malesté propuso esa unión porque fuera un tonto cegado solo por la ambición? Él es el tipo de hombre que jamás se involucraría en algo que pudiera salir mal. ¿Por qué los estrategas de Lucien se sintieron tan atribulados ante su negativa a casarse? ¿Porque todos eran tontos que no sabían sopesar la situación?

...Imposible.

El rey anterior, que obtuvo temprano a un mago de excelente habilidad, aun así tuvo que aceptar un matrimonio político sin amor con la señora de Seodin. La princesa, que tiene a su lado a un mago experimentado que ha vivido mucho más que Kosha, aun así tuvo que negociar su matrimonio con el señor de Malesté. La persona que más asco habría sentido por eso habría sido la propia princesa.

Esas incontables alianzas matrimoniales que aprendió en los libros de historia... No hay que ir muy lejos. ¿Cuál fue la razón por la que el inestable rey de Graffen casó a su hermana menor con el mago de sangre Dragonar más poderoso?

La historia se repite no porque los humanos no aprendan de ella... sino porque, en ese momento, quizás no tienen otra opción.

Y ahora, Kosha miró al hombre que pretendía convertirse en el rey de esta era. ¿Por qué Lucien rechazó esa propuesta de matrimonio en aquel entonces? ¿Porque no entendía que era necesario? No, él no es una persona tan estúpida.

‘Eres mi mago, y dices que me amas’.

‘Eres demasiado importante. ¿Crees que haría algo así solo para obtener a una esposa cualquiera?’.

...Simplemente, estaba enamorado.

Entonces, ¿por qué el mago no se dio cuenta antes? Porque... era demasiado dulce. Porque se pasaba el tiempo imaginando aquel verano en Carlot que él le había prometido mostrarle.

Debido a sus grandes logros en la guerra civil, la voz y la presencia de Kosha eran demasiado grandes. Todos advertían sobre esto, pero no se atrevían a aconsejar con fuerza por miedo a ofender al mago. Y el mago, náufrago y cegado por el amor, se jactó con arrogancia de que podría resolver todos sus problemas.

Quienes se enamoran suelen cometer errores estúpidos. Es algo que probablemente le ocurra a todo el mundo al menos una vez, pero...

Kosha cerró los ojos con fuerza. Las palabras salieron disparadas como un vómito, sin pasar por su cerebro.

“No era momento para que estuviéramos jugando al amor”.

Habiendo comido en exceso algo que no le correspondía, no era de extrañar que su interior terminara enfermando.

“... ¿Qué?”.

“Cometí un error. Incluso ahora, deberíamos parar...”.

Sin embargo, la última frase no pudo completarse. Una gran mano tapó de golpe la boca de Kosha, como si con eso pudiera sellar ciertas palabras para siempre.

La palma de su mano, que siempre solía ser algo seca, estaba extrañamente húmeda. A través de los sentidos sensibles del mago, se transmitía claramente que esa mano temblaba de forma casi imperceptible y que el pulso en su muñeca latía más rápido de lo habitual.

“.......”.

Él se quedó así, inmóvil, mirando a Kosha durante mucho tiempo. Como alguien que acababa de escuchar algo extraño que no debería haber oído. O como si, haciendo eso, pudiera leer lo que había dentro de la cabeza de Kosha.

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Y cuando Kosha pensó, por primera vez en su vida, que sus ojos gris azulados se parecían a un cielo cubierto de nubes negras, él habló lentamente:

“Ya veo. Realmente... no parece que esto sea algo que un médico pueda solucionar”.

Su voz era extrañamente calmada. Acto seguido, giró la cabeza hacia el caballero que estaba en la puerta.

“Tú. Ve y trae las esposas”.

***

En un corto espacio de tiempo, tuvo una visión terrible. Era difícil llamarlo simplemente pesadilla.

Fue un sueño en el que, de la nada, conocía al mago del rey, a quien ni siquiera le conocía la cara. Él le daba un té extraño a Kosha, y mientras lo bebía, sintió algo raro, levantó la vista y vio que el hombre se había convertido en un esqueleto.

Sobresaltado, soltó la taza y, al mismo tiempo, la cabeza del esqueleto cayó con un golpe seco. El cráneo del mago, que rodó hasta los pies de Kosha, se transformó en un instante en la cabeza cortada de su padre.

La sangre, que brotaba a chorros de la sección del cuello recién cortado, empapó incluso las puntas de los pies de Kosha. Intentó levantarse de un salto para huir, pero la cabeza cortada abrió los ojos de par en par. Unos ojos verdes idénticos a los de Kosha.

Sin embargo, en el momento en que le dio la espalda, él llamó a Kosha por su nombre: Marcosa. Al darse la vuelta asustado, esa cabeza ya no era la de su padre.

Cabello dorado brillante y ojos gris azulados, profundos y serenos. Esos ojos no tenían enfoque. El cuello, cortado de forma vana antes de haber terminado de arder, rodaba por el suelo.

Nada más ver aquello, Kosha se desmayó sin poder siquiera gritar.

¿Cuánto tiempo estuvo inconsciente? Primero sintió que su cuerpo flotaba, seguido de una sed que le resecaba la saliva. Al sentir sus extremidades sacudirse a su antojo, sin obedecerle, Kosha pensó que se había teletransportado de nuevo por cuenta propia.

Pero cuando abrió los párpados, que sentía más que pegajosos, Kosha se dio cuenta de que seguía en el dormitorio de Lucien. El lugar donde lo habían metido a la fuerza tras ponerle las ‘esposas’.

Los recuerdos interrumpidos volvieron poco a poco. La ‘realidad’ fue que, con un cuerpo ya mermado, una mente agotada y el efecto del oro de Idelma, no pudo resistir y se desplomó en el suelo.

Quien cargó a Kosha hasta la cama no fue el poder de la magia, sino... simplemente Lucien. Un Lucien vivo. Un Lucien que actuaba con normalidad. Él estaba sentado en silencio al lado de Kosha, quitándole las ‘esposas’ de las muñecas.

Al mover los dedos, la mirada de Lucien se dirigió a Kosha. Su semblante estaba algo demacrado, pero su mirada era claramente más suave que antes.

“¿Te has despertado?”.

Su voz también lo era. Lucien arrojó sobre la cama el pesado brazalete con una gran gema azul incrustada, se levantó y sirvió un vaso de agua de la jarra que estaba en la mesita de noche.

“¿Quieres beber?”.

Sostuvo los hombros de Kosha para incorporarlo y acercó el vaso a sus labios. No le importaba en absoluto ocuparse de esos pequeños detalles. Ante la vacilación de Kosha, inclinó el vaso un poco más sin decir nada. Tras beber unos sorbos a la fuerza, recuperó un poco más el sentido.

“Lo siento. Antes yo también estaba con los nervios de punta. He forzado innecesariamente a alguien que incluso tiene la mano herida”.

“.......”.

“Pero tú también te has equivocado. Salir de repente y decir esas cosas extrañas...”.

Lucien continuó en voz baja, preguntándole si sabía cuánto lo había asustado. Su mano masajeaba suavemente la muñeca donde habían estado las esposas, y su tono, más que un reproche real, parecía un intento de broma para relajar el ambiente.

“Alteza”,

Era un afecto tan evidente que no necesitaba ni una palabra de amor. Por eso, la razón por la que él elegía el ‘camino difícil’ en lugar del atajo también resultaba evidente.

“... No dije cosas extrañas. Usted lo escuchó”.

Para poder decir aquellas palabras, tuvo que cerrar los ojos.

“Yo... fui demasiado ingenuo. No era momento para estar así”.

Por mucho que un mago pueda realizar milagros, esto no es simplemente una cuestión de usar la fuerza. Convertirse en rey no es solo alcanzar la posición más alta. Al final, se trata de gobernar un país, y el acto de gobernar es algo que un rey no puede hacer solo.

“Alteza, cásese con la princesa de Malesté”.

Parece que esa es la única forma de romper el actual estado de aislamiento.

Sin embargo, a pesar de las palabras que soltó como si las estuviera exprimiendo, Lucien no respondió durante mucho tiempo. Incluso con los ojos cerrados, Kosha sentía el pinchazo de su mirada sobre sus mejillas. En el momento en que movió las manos con ansiedad y tragó saliva, llegó la respuesta muy lentamente.

“¿Acaso te he hecho algo malo?”.

“... ¿?”.

“Si tienes alguna queja, dímelo. Te escucharé”.

“No es eso... no es eso. Usted lo sabe”.

“¿No lo es?”.

¿Cuándo se había acercado tanto? Sus manos apresaron las mejillas de Kosha, quien bajaba la mirada sin saber qué hacer. El intento de ignorarlo fue en vano.

“Entonces... ¿sabes lo que es un matrimonio?”.

Su tono era como el que se usa con un niño de cinco o seis años. Kosha, olvidando por un momento su angustia, abrió la boca de par en par.

“¿Acaso cree que no lo sé?”.

“¿Lo sabes y aun así dices eso?”.

“.......”.

“Decirme que me case significa que otra persona que no seas tú duerma en esta cama conmigo, Kosha. Significa que haga con otra mujer todo lo que hacía contigo”.

Su mano se deslizó de la mejilla a la nuca. Resultaba tan amenazante como si fuera a estrangularlo, pero al mismo tiempo era extrañamente seductor.

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Te gusta que te toque, ¿podrías vivir sin mí?, parecía estar amenazandolo.

“Dices que me amas y, ¿qué? ¿Que me case con otra mujer?”.

¿Con esa loca de Malesté? Continuó. Como si lo estuviera interrogando, o como si lo estuviera consolando.

“¿Dices que me amas y te salen esas palabras?”.

O como si estuviera realizando una especie de lavado de cerebro. Pero... Kosha movió los labios.

“... ¿Y si no lo hacemos?”.

Entonces, la mano que masajeaba su nuca se detuvo en seco.

“Es decir, yo...”.

Porque la princesa está aliada con mi hermano gemelo. Porque el contrato que hice sin saber nada de niño me tiene atado. Porque te oculté mi identidad desde el principio. Porque por mi culpa podrías estar en peligro.

Todas esas palabras quedaron bloqueadas en su garganta. Kosha tosió brevemente al sentir que se asfixiaba y, frunciendo el ceño, continuó tartamudeando.

“A su Alteza, es decir, lo... lo a... amo”.

Cómo no iba a hacerlo. Usted es lo único que ha brillado en mi vida.

Pero simplemente, nosotros, usted... no era el momento de hablar de amor. Lucien intentó taparle la boca, pero las palabras fueron más rápidas.

“¿Y si... y si dejara de amarlo?”.

“.......”.

“Es decir, el corazón puede cambiar”.

¿Cuál es la razón por la que, por norma, no hay lugar para los sentimientos personales en el matrimonio de un poderoso? Si se desea obtener algo valioso, hay que dejar atrás algo que pese lo mismo.

“Solo tengo que dejar de amarlo, y ya está”.

Y también sería una ambición desmedida pretender mantener a mi lado a alguien que desea alzarse por encima de todos. Qué afortunado que nunca hayas pronunciado la palabra ‘amor’ en voz alta.

“Ahora, es decir, yo...”.

Yo solo cargaré con el precio de haber nublado tu vista hablando de amor.

Kosha vomitó las palabras con una urgencia veinte veces mayor a la de aquel invierno en Rasido, cuando esperaba ante las murallas derruidas. Con el ferviente deseo de que él comprendiera el significado oculto.

Solo hace falta que yo deje de amarte. Por favor, entiéndelo así.

Kosha se aferró desesperadamente al brazo de Lucien. Era como un náufrago intentando agrarrarse a una frágil flor silvestre que crece a la orilla del agua.

“Basta”.

“Ya no te amo...”.

Como si esa sola frase pudiera resolver todos los problemas.

Sin embargo, para ser una ‘flor a la orilla del agua’, él era demasiado grande y sólido. Su cálida temperatura corporal, el aroma agradable que desprendían su nuca y su cabello; todo era demasiado familiar. La presión y el dolor insoportables ablandaron su cuerpo, su mente y su juicio.

Por eso, Kosha... a pesar de recitar ‘no te amo’ como un mantra, no tuvo más remedio que colgarse de su cuello.

“Te he dicho que pares”.

Aunque cortó las palabras de Kosha como una cuchilla, Lucien lo recibió entre sus brazos con la naturalidad de un hábito grabado en el cuerpo.

¿Que ya no me amas?

Acariciando suavemente la espalda de Kosha, Lucien repitió las palabras para sí mismo. Solo con el movimiento de los labios, sin permitir que llegaran siquiera a los oídos de Kosha.

“Es muy repentino. ¿Cómo lo hiciste?”.

“.......”.

“¿Exactamente desde cuándo?”.

Kosha se había preparado para una furia inconmensurable, pero la reacción fue de una calma desconcertante. Al levantar la cabeza por la sorpresa, sus ojos se encontraron a escasos centímetros. Como si él hubiera sabido que Kosha intentaría girar la cara.

“¿Cómo es posible lograrlo? ¿Podrías enseñarme qué método usaste?”.

Era una voz amable y suave, como siempre. Sin embargo, sus ojos gris azulados estaban secos, como si el sentimiento hubiera sido blanqueado. O quizás, como si contuvieran todos los sentimientos a la vez.

Inconscientemente, Kosha evitó esa mirada y volvió a esconder el rostro en su hombro.

Él no apartó a Kosha por la fuerza ni le obligó a girar la cabeza. En cambio, presionó suavemente la parte posterior de su nuca para mantenerlo pegado a él, mientras enredaba distraídamente sus dedos en aquel cabello esponjoso.

Sintió un suspiro profundo contra su cuerpo. La voz que siguió estaba aún más ronca.

“Dijiste que me amabas.

“.......

“Dijiste que era de verdad, que me amabas muchísimo”.

Ante el prolongado silencio, él volvió a interrogarlo. Parecía una acusación, pero al mismo tiempo, una apelación a un rastro de injusticia. Bajo esa capa de calma impostada, Kosha podía sentir que él estaba reprimiendo algo con todas sus fuerzas.

¿Acaso se puede considerar inexistente un sentimiento solo porque no se ha pronunciado? ¿Es realmente un problema que quien confesó deba cargar solo?

“Yo no te obligué, tú confesaste por tu cuenta”.

¿Cuántas personas en el mundo habrán recibido una confesión así? Era un sentimiento que desbordaba tanto que llegaba a contagiarlo a él.

“Dime un poco cómo es que ese corazón cambió de esa manera”.

Quizás, precisamente porque no pudo decirlo en voz alta, el sentimiento se había vuelto una masa más densa y oscura.

“Es... es que, verá...”.

Pero para que un joven mago al que aún no le han crecido las alas pudiera comprender aquello, estaba demasiado aterrorizado. Kosha lo abrazó con manos temblorosas, obsesionado con la idea de que debía responder cualquier cosa para que este momento terminara.

“Originalmente... los magos somos así. Caprichosos... Ya sabe. Los humanos son solo algo pasajero. Así que, de repente, me resultó molesto. Me gustaba cuando su Alteza era fuerte, pero ahora ya no lo parece, así que me cansé... Por eso, simplemente quise quitarlo de en medio casándolo con otra mujer”.

“.......”.

“... Por eso, quiero terminar ya”.

Kosha desvarió diciendo lo primero que se le ocurrió, y Lucien escuchó en silencio. Cuando Kosha se quedó sin palabras y empezó a jadear, él lo apartó suavemente de su cuerpo.

“¿Ah, sí? ¿Eso es todo?”.

Al perder el calor al que se aferraba como a un hilo de vida, Kosha braceó instintivamente, y Lucien atrapó su mano entrelazando los dedos con firmeza.

“Kosha, te conozco un poco...”.

“.......”.

“Y sé que no se te da bien mentir”.

Había un profundo cansancio en su voz. Aun sabiendo que era mentira, ¿cómo iba a ser grato escuchar palabras de rechazo?

“Que los magos son caprichosos, que te has cansado...”.

Ja. Lucien soltó una breve risa y permaneció en silencio durante mucho tiempo, como si rumiara esas palabras una y otra vez.

Kosha temía ese silencio prolongado.

¿En qué estás pensando? Simplemente insúltame, enojate y échame.

Cuando su ansiedad llegó al límite y estuvo a punto de arrodillarse ante él para suplicar perdón, él volvió a observar a Kosha. Con unos ojos que se habían hundido en una calma aún más profunda.

“Entonces... ¿me estás diciendo que es un problema ‘tuyo’?”.

“... ¿?”.

“Piensa bien antes de responder”.

Su pronunciación era precisa y sus palabras lentas, como si eligiera cada término con sumo cuidado.

“¿El hecho de que estés soltando todas estas excusas sin sentido... significa que ha habido algún cambio ‘en ti’?”.

La frase resultante era extrañamente ambigua.

¿Si era un problema mío? Si hablaba de un cambio, ¿a qué se refería exactamente? ¿A la historia de su cambio de parecer que acababa de inventar, o acaso...?

“.......”.

Sus pupilas verdes temblaron. Sintió una extraña disonancia. No podía ser. No era posible, ni debía serlo.

Mientras Lucien observaba meticulosamente a un Kosha paralizado que apenas movía los labios, movió el pulgar acariciando el dorso de la mano entrelazada. Como si consolara a un niño asustado.

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“Si te cuesta responder, puedes simplemente asentir o negar con la cabeza”.

Y esas palabras parecieron sentenciarlo.

La magia no es omnipotente. Mientras el mago sea un ser finito, siempre habrá una forma de romperla o un camino alternativo. El sello impuesto a Kosha le impediría hablar de lo que supo en aquella habitación, y quizás incluso escribirlo, pero...

¿Y si se trataba de una respuesta ambigua a una pregunta tan cargada de doble sentido que ni él mismo podía distinguir su significado exacto?

Su cabeza se movió de arriba abajo, en un gesto casi imperceptible.

Kosha no estaba seguro de nada, pero para Lucien, aquello pareció ser suficiente.

“Ah”.

Emitió un breve sonido desde la garganta, entre un lamento y un suspiro. Sus manos entrelazadas se soltaron lentamente y él se frotó la frente. Parecía estar pensando en algo, o quizás simplemente estaba exhausto.

“... Ya veo”.

Cuando Kosha empezó a juguetear con sus manos solitarias sin saber qué hacer, Lucien se pasó una mano por el cabello por hábito y soltó un suspiro profundo. Entonces, empujó suavemente los hombros de un Kosha que temblaba ante cada uno de sus gestos, obligándolo a recostarse.

“Entiendo, así que por ahora descansa”.

La tensión extrema se desmoronó en un segundo.

“... ¿?”.

Sin importarle si Kosha lo miraba con ojos confundidos, Lucien tiró de la manta para cubrirlo. Luego, tras dudar un momento mientras sostenía las ‘esposas’ que rodaban por la cama, chasqueó la lengua y tiró de la muñeca de Kosha.

Las ‘esposas’ volvieron a cerrarse en su muñeca. Mientras él cerraba el brazalete, Kosha lo miraba atónito, sin comprender absolutamente nada de la situación.

Con un clic, todos los cierres encajaron, y la sangre y las lágrimas de los elfos de Idelma impregnadas en el metal comenzaron a interferir con el flujo de su poder mágico. Al sumarse el efecto del oro de Idelma a las laceraciones de su palma que aún no habían sanado, sintió un dolor como si le estuvieran marcando la mano con un hierro candente.

Sin embargo, Kosha ni siquiera fue capaz de procesar ese dolor.

“Al... Alteza”.

Kosha agarró apresuradamente a Lucien, que se disponía a levantarse.

“Eso qué... es decir... eh...”.

Pero las palabras no salían con la misma urgencia que su corazón.

¿Qué significa que descanse? ¿Eso es todo? No puede ser, Alteza. Es peligroso...

Lucien miró en silencio a Kosha, que balbuceaba con las palabras atropelladas.

“Bien, Kosha”.

Bajo una mirada inescrutable, él apartó suavemente la mano que le sujetaba el brazo y habló.

“Primero, dejemos esto claro. Quien tiene el poder de decisión entre nosotros soy yo”.

Su mirada era mucho más serena y su voz calmada. Quizás por eso, sonaba como si estuviera enunciando un hecho consumado y no una opinión personal.

“Tus sentimientos... bien, te concedo que puedes hacer lo que quieras con ellos. Pero el hecho de que falte un poco de amor no significa que lo nuestro se haya terminado”.

“... ¿?”.

“Tanto si me amas como si no, sigues siendo ‘mi mago’. El mago que yo encontré, que yo crié, mi mago”.

En el momento en que sintió que su tono, siempre impecable y cortés, se volvía extrañamente autoritario, una mano apresó la mejilla de Kosha. Lucien observó sus labios apretados como los de un pez y soltó las palabras con desdén.

“¿Acaso crees que elegir a un señor es un juego?”.

El ambiente sugería que decir que era un juego traería graves consecuencias. A pesar de parpadear con ojos desconcertados, Kosha sacudió la cabeza rápidamente.

No, no es un juego...

“¿Verdad que no?”.

Ante la pregunta confirmatoria, esta vez asintió con fervor. Al fin y al cabo, la lealtad y el honor eran valores que había aprendido desde el momento de su nacimiento.

Lucien observó fijamente a Kosha y la comisura de su boca se curvó ligeramente.

“¿Y aun así te atreves a decirle a tu señor con quién debe o no debe casarse...?”.

Qué insolente..., murmuró entre dientes. Pero a pesar de la elección de palabras afiladas, no parecía estar tan enfadado. Más bien era algo como...

“No sé cuán frágil e ignorante crees que soy como ser humano, Kosha”.

Habló en voz baja.

No, Alteza, no pienso que sea frágil ni ignorante, quiso negar Kosha, pero él se adelantó.

“Las faltas y errores de mi gente son algo que yo debo asumir por derecho. Yo acepto a las personas teniendo eso en cuenta, y las personas me entregan su vida y su tiempo a cambio de que yo asuma eso por ellas”.

“.......”.

“Ser humano o mago no tendrá ninguna influencia en esto”.

La mano que apretaba sus labios con fuerza se retiró lentamente, y sus dedos acariciaron con suavidad la mejilla maltratada.

Era un tacto muy dulce en comparación con sus palabras frías y calmadas. Como si lo estuviera apaciguando y consolando. ¿Acaso el hecho de que un señor asuma a su vasallo incluía también este tipo de significado?

¿O era simplemente una falsa esperanza de Kosha?

“¿Entiendes lo que quiero decir?”.

“.......”.

No se atrevió ni siquiera a asentar. Sin embargo, Lucien pareció recibir una respuesta suficiente solo con mirar sus pupilas.

“Si lo entiendes, descansa. Sería un verdadero problema si enfermaras aquí”.

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Su mano envolvió la cabeza de Kosha una vez y luego se retiró. Fue apenas un contacto corto y ligero, que ni siquiera podría llamarse una caricia propiamente dicha.

¿Pero por qué ese toque se sintió tan...?

Tras obligar a Kosha a sentarse en la cama, Lucien se dio la vuelta sin vacilar. Sus zancadas eran amplias y apenas necesitó unos pasos para llegar a la puerta.

Justo antes de que su mano tocara el pomo, quizás no fue ‘Kosha’ quien corrió a ciegas para abrazarlo.

“Ma... Marcosa”.

Marcosa, envuelto en cadenas tan apretadas que parecían triturarle los huesos, el Marcosa de seis años hecho jirones se colgó de la espalda de Lucien. Las palabras que siguieron brotaron con una pronunciación mucho más cercana al estilo de Graffen.

[Marcosa Graf-Alissione.]

El origen se delata claramente en el nombre. Más aún en el estilo de nombramiento de Graffen, que valora más el linaje y la familia que al individuo.

El nombre que simbolizaba la unión misma de la familia real de Graffen y los Dragonar de Alissione. El cimiento que constituía a Kosha, pero que al mismo tiempo había empujado su vida al borde del abismo.

Las manos que rodeaban su cintura temblaban. ¿Debido a los recuerdos dolorosos que evocaba ese nombre? Bueno, podría ser, pero en realidad era más que eso.

¿De verdad estaba bien decirlo? ¿Incluso esto? Pero sintió que debía decírselo a aquel que estaba dispuesto a asumirlo incluso cuando ni él mismo podía soportarse. Temía que ocultarle algo así fuera un verdadero pecado.

O tal vez, simplemente, porque ya no podía aguantar más. Porque sintió que podía decírselo a él. Porque quizás, él no lo abandonaría.

“Mi... mi... mi verdadero nombre”.

Su voz temblaba tanto como sus manos.

¿Y si esto te asusta demasiado? ¿Y si me rechazas preguntando cómo es posible?

¿Y si me haces daño?

Pero como es un nombre que la princesa sabe, que el señor de Malesté sabe y que el Regente de Graffen sabe, tú no puedes ignorarlo. Te prometí convertirte en rey, así que no puedes ser el único que no lo sepa.

Kosha se aferró a un hilo de esperanza mientras era aplastado por una duda del tamaño de una roca. Ese momento se sintió como una eternidad. Justo cuando frotaba con ansiedad su frente contra su espalda, la mano de Lucien cubrió la mano de Kosha que sujetaba su cintura.

El lugar donde su mano lo tocó se sintió como si se quemara, y Kosha, sobresaltado, levantó la cabeza sin querer. Sus miradas se cruzaron.

Los ojos gris azulados que miraban a Kosha estaban simplemente en calma. Sin rastro de sorpresa ni duda.

“... Pensé que no querías decírmelo”.

La voz que siguió era tan serena como su mirada. La comprensión llegó como un instinto.

Ah, Edric se lo dijo.

“Marcosa...”.

Lucien envolvió la mano fría de Kosha y pronunció ese nombre lentamente, como si probara la sonoridad de un nombre que conocía desde hacía mucho pero que nunca se había atrevido a pronunciar.

“Pero me parece que el nombre ‘Kosha’ te queda mejor”.

Kosha, el cuidador de gansos, añadió al final como una broma.

“.......”.

Kosha no pudo reaccionar adecuadamente. Le pareció que él había sonreído, o que había dicho algo más, pero no podía estar seguro de nada.

Con el sonido de un clic metálico, recuperó el sentido; él ya se había ido. No sabía qué tipo de cerradura había usado, pero al otro lado de la puerta se sentía la poderosa energía del oro de Idelma. Sin embargo, no le resultó desagradable en absoluto. De entrada, ni siquiera se le ocurrió intentar escapar.

Kosha se desplomó en el suelo allí mismo.

 

Pasada la medianoche, la ciudad de Ostbrahe, bajo el toque de queda, estaba oscura y silenciosa.

Había soldados patrullando, pero él ya conocía de memoria las rutas y los horarios. Como era imposible que en el ejército alguien actuara por impulso sin informar a sus superiores, cuanto más alto era el rango del llamado ‘mando superior’, más fácil resultaba aprovechar las lagunas del sistema.

Era una de las razones por las que él, estando en la posición de recibir el informe final, se movía personalmente cada vez.

Las callejuelas de la ciudad apenas contaban con antorchas que las iluminaran, pero la oscuridad no representaba un problema nuevo. Había recorrido ese camino tantas veces que podría hacerlo con los ojos cerrados; de hecho, la penumbra le resultaba conveniente para ocultar su presencia.

Un hombre alto, con una capa de capucha negra calada hasta los ojos, se desplazaba sin hacer ruido. Llegó a una pequeña puerta de madera situada en el costado del primer edificio, en el cruce que llevaba a la zona del mercado. Era una puerta que descendía medio nivel respecto al suelo, con la apariencia de conducir a un sótano.

Tras buscar una vieja llave negra en su regazo, el hombre abrió la puerta con cautela. Criiiic. El lamento de los goznes de madera pareció resonar con una fuerza inusitada en medio de aquel silencio sepulcral.

El interior era una negrura absoluta donde no se distinguía nada. En lugar de entrar de inmediato, el hombre se despojó de la capucha con movimientos lentos.

“……”.

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Su brillante cabello dorado resplandeció blanquecino ante el más mínimo fragmento de luz lunar. En el instante en que se confirmó su identidad, se oyó un chisporroteo y el interior del edificio, antes sumido en la sombra, se iluminó de golpe.

Bajo la luz anaranjada de las lámparas de aceite, aparecieron a la vista una docena de hombres que guardaban apresuradamente las armas que habían desenvainado. Unas manos rudas tiraron de Lucien hacia adentro con brusquedad y cerraron la puerta con cerrojo.

“¡Casi me mata del susto, Alteza!”.

Lucien apartó el rostro del hombre de cabello rubio veteado, que le gritaba en un susurro contenido, empujándolo con la palma de la mano mientras avanzaba hacia el interior.

En una habitación que parecía un almacén conectado de forma compleja, había unos diez hombres más. Eran sujetos de gran envergadura que, por instinto, se habían levantado desenvainando sus espadas al notar una presencia, pero al reconocer a su señor, inclinaron la cabeza con disciplina y le abrieron paso.

Este lugar, que Lucien utilizaba casi como un alquiler, era la taberna más grande de Ostbrahe, y esos hombres de físico imponente que vestían ropas humildes de plebeyos eran, en realidad, los caballeros de élite de Carlot.

“No es el día acordado, ¿por qué ha venido tan pronto?”.

Preguntó Gosric, que lo seguía de cerca.

En lugar de responder de inmediato, Lucien caminó hacia una gran mesa situada en el centro de la sala.

“...Debemos modificar el plan”.

Su voz sonó un poco más ronca de lo habitual. Lucien acarició suavemente con la mano el mapa del Castillo de Ostbrahe extendido sobre la mesa, donde figuraban todos los espacios y pasadizos secretos, y susurró.

“Ha surgido un problema con el Cuidador de gansos”.

“Si dice un problema...”.

La expresión de Gosric, la única persona allí que conocía la identidad del ‘Cuidador de gansos’, se tensó ligeramente.

“¿Se trata de algo relacionado con ‘ese lado’?”.

Lucien no respondió y mantuvo la mirada baja, pero para Gosric eso fue respuesta suficiente. Mientras este se llevaba la mano a la frente con un suspiro de lamento, Lucien lanzó una pregunta.

“¿Cuántos hombres han entrado hasta ahora?”.

“...Sesenta y dos, señor”.

Lucien chasqueó la lengua y tamborileó con los dedos sobre la mesa. Aunque sesenta y dos caballeros de élite de Carlot podían lograr mucho más de lo esperado, el objetivo mínimo de personal que se había fijado al iniciar esta misión era de ciento veinte hombres.

Esa cifra era necesaria para garantizar una respuesta mínima en caso de que estallara un conflicto armado dentro del castillo. Especialmente si la guardia y las fuerzas de orden público decidían no cooperar con él.

“¿Exactamente qué tipo de problema es, Alteza?”.

Insistió Gosric.

“¿La princesa ha tomado alguna medida? ¿O es que ‘ese lado’ se puso en contacto primero? ¿O acaso...?”.

Al final, su voz tembló un poco.

“¿Acaso ese tipo ha hecho algo...?”.

¿Una traición?

Esa palabra, la más siniestra de todas, no llegó a salir de sus labios. Aunque la posibilidad era considerablemente menor comparada con las otras dos, Gosric era un hombre entrenado para considerar siempre el peor de los escenarios.

Naturalmente, esperaba que su señor descartara esa tercera hipótesis con irritación inmediata.

Sin embargo, por alguna razón, el reproche no llegó. Los dedos que tamborileaban sobre la mesa se detuvieron en seco. Al levantar la vista, vio que Lucien se cubría la boca con la mano, como si intentara ocultar una expresión de desconcierto.

No, ¿en serio? Espera, ¿de verdad? ¿Ese tipo? ¿Ese que parece que se dejaría golpear por un ganso?

En el momento en que el corazón de Gosric dio un vuelco, Lucien inclinó la cabeza hacia él.

“Él...”.

Susurró con una voz que parecía arrastrarse por el suelo.

“...Me dijo que me casara. Con otra mujer”.

“¿Cómo? ¿Perdone?”.

La mano de Lucien apretó el hombro de Gosric como si quisiera triturarlo. Sin embargo, lo que acababa de decir era tan inesperado que Gosric ni siquiera sintió el dolor. Por un instante, pensó que sus oídos le estaban jugando una mala pasada.

“¡Me dijo que me casara con esa mujer de Malesté! ¡Él me lo dijo!”.

Incluso ante la repetición de aquellas palabras cargadas de incredulidad, Gosric, para ser honestos, no terminaba de entender a qué venía ese arrebato repentino de su señor.

“...Ah”.

Y ante esa escueta respuesta, el rostro de Lucien, que antes parecía clamar por justicia, se volvió gélido.

“¿Ah? ¿Eso es todo lo que tiene que decir, sir Gosric?”.

Gosric admitía que su reacción había sido un poco estúpida, pero ¿era para que lo mirara con tanta furia? Justo cuando el desconcertado Gosric evitaba la mirada por instinto, se oyó un bullicio proveniente del pasadizo interior. Solo había una persona que se movería con tanto ajetreo en ese lugar.

“Cielos, Alteza”.

Quien apareció fue una mujer de mediana edad. Parecía haber salido corriendo de la cama, pues llevaba una bata sobre una fina camisa de dormir sin adornos y un gorro de noche cubriendo su cabello. Era la dueña de la taberna que Lucien y sus vasallos estaban utilizando.

Este plan de ‘dividir el cuerpo en dos’, dentro y fuera del castillo, se remontaba a la época en que sofocaron la guerra civil de Bastian.

El problema era que Lucien había salido personalmente liderando el ejército, dejando el ‘castillo vacío’. Mientras recorría el norte de Osterbelt desde Asto hasta Bitten y Rasido, el castillo de Ostbrahe estuvo fuera de su control.

Y como ya había señalado previamente nuestro ‘mago’, no es muy recomendable que un rey abandone su castillo.

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Por supuesto, dividir el mando en dos tampoco era lo ideal. Conllevaba varias incomodidades y aumentaba los factores de riesgo. Gosric, el primero en conocer el plan, se mostró escéptico al principio.

Sin embargo, el día después de que se confirmara la existencia de Alpeisa y se presentara el informe que reconstruía la guerra civil desde el inicio, Lucien decidió sin vacilar dividir la cúpula de mando.

Que la princesa tuviera un mago significaba que su movilidad era absoluta. Lucien se preguntó si esa mujer dejaría pasar la oportunidad de oro que representaba su ausencia y la de sus principales allegados.

En la corte siempre hay ojos y oídos. En un castillo tan grande, con tanto flujo de personas, es inevitable. Para garantizar un mínimo de seguridad hay que realizar ‘limpiezas’ frecuentes, pero últimamente Lucien no había tenido tiempo para ello.

Si no puedes exterminar a los insectos que deambulan, el dueño debe abandonar la casa.

El responsable del ‘exterior’ era Gosric, principalmente porque encabezaba la lista de objetivos a eliminar de la princesa. Para evitar sospechas innecesarias, fingieron que existía una disputa interna sobre qué hacer con el mago.

Sacar a Edric no fue difícil, ya que solía andar fuera de todos modos, pero decidieron dejar a Milot en el ‘interior’ debido a sus múltiples responsabilidades. Hubo muchas dudas respecto a Renata, pero finalmente la dejaron dentro como señuelo.

Era un señuelo bastante caro, pero todos sabían que Renata era, en la práctica, el ‘cerebro’ de Lucien. La princesa solo se confiaría si veía a Renata acorralada. Además, Lucien no terminaba de confiar plenamente en cuánta discreción habría entre los hermanos Coherburn.

La idea de establecer esta segunda base de operaciones en la taberna, en lugar de en una casa de seguridad separada en la ciudad de Ostbrahe, fue de Gosric.

Su razonamiento principal era que, si hombres sospechosamente grandes debían entrar y salir día y noche, pasarían más desapercibidos en un lugar concurrido que en una pequeña vivienda en un rincón apartado.

Y el hecho de que ‘esta’ taberna fuera la elegida se debió a que Gosric descubrió una pequeña talla de madera en forma de astas de ciervo en la puerta.

‘Es para que su Alteza proteja también nuestra casa. Por supuesto, es un signo de respeto. Así que, simplemente, lo consideramos el símbolo de su Alteza’.

En el momento en que esas palabras del mago cruzaron su mente, Gosric interrogó a la dueña de la taberna y ella respondió exactamente lo mismo.

‘¿Pero cómo no lo va a saber? Es el símbolo de sir Lucien. El héroe que protege Iseland. No me diga que es de Iseland y no lo conoce’.

Creían que colocar eso atraería la protección del señor sobre el negocio. Una fe irracional e ilógica en que él detendría no solo las peleas de borrachos, sino también a los ladrones, los incendios y hasta las pestes. Una fe, sin embargo, profunda y sincera.

La ‘popularidad’ de Lucien, diseñada por Renata y forjada a base de su apariencia pulcra y su hipocresía, era algo en lo que Gosric nunca se había detenido a pensar seriamente. La consideraba poco más que un último recurso para garantizar la vida de Lucien hasta que lograran establecer una base en la capital.

Pero al verla en acción... más allá de los elogios de ‘héroe’ y de los ramos de flores y regalos que le entregaban hasta el hartazgo, al ver esa fe inquebrantable de que él protegería su hogar y su familia, Gosric pensó por primera vez.

¿Acaso la lealtad que los caballeros juran a su señor es tan racional y lógica como para ser considerada tan valiosa?

‘...Entonces, ¿estaría dispuesta a hacer un trabajo por él?’.

Fue, en parte, una apuesta.

Pero el resultado fue que ella estaba desempeñando su papel de forma espléndida mientras introducían secretamente a sesenta y dos caballeros de Carlot y sus armas en la ciudad.

Lucien había pagado generosamente y por adelantado todo lo necesario, pero Gosric sabía bien que este tipo de asuntos no se resolvían solo con dinero.

Lucien también lo sabía. Por eso toleraba que ella se comportara de forma un tanto ruidosa. Vender su imagen y ofrecer sonrisas y amabilidad fingidas no era algo que le resultara difícil.

“¿Ha ocurrido algo? A estas horas...”.

Preguntó ella acercándose apresuradamente.

Gosric fue testigo de cómo el rostro del joven de veintitantos años, que hace un momento lamentaba una pelea con su pareja como si se acabara el mundo, se cubría instantáneamente con la máscara de una sonrisa falsa.

Adoptando la calma y la serenidad de un dios eternamente joven y bello de una religión antigua capaz de detener peleas de borrachos, robos, incendios y pestes, Lucien se giró hacia la dueña.

“Señora Carla”.

Ante el apelativo de ‘Señora’, reservado habitualmente para mujeres de alto rango, la expresión de la mujer se iluminó, olvidando el momento y el lugar.

Realmente tiene talento para esto, pensó Gosric con irreverencia mientras daba un paso al frente.

“No es nada grave, de verdad. Puedes retirarte”.

Ella apartó la mano que intentaba escoltarla fuera con un gesto brusco. Luego, como si nada hubiera pasado, sonrió con franqueza y se inclinó ante Lucien.

“Si no es nada grave, me alegro de todo corazón, Alteza. Pero, ya que lo veo...”.

Mientras el tratamiento pasaba de ‘sir Lucien’ a ‘su Alteza’, ella también se había acostumbrado a tratar con personas de alto linaje.

“Bueno, sobre aquello que mencionamos el otro día. Hay una pareja que tiene una carnicería en el callejón de allá; llevo mucho tiempo haciendo negocios con ellos y son discretos. Creo que se podría confiar en ellos...”.

Era imposible albergar a ciento veinte soldados y sus suministros solo en esta taberna. Y ella conocía mejor que ellos los secretos del mercado.

“Además, traen mercancía de los mataderos de fuera de la ciudad, así que suelen mover grandes carretas a menudo. Ah, y a ese hombre nunca le ha gustado la princesa. Dice que esa mujer tiene una mirada extraña...”.

Aunque decía estar acostumbrada a la alta sociedad, a veces soltaba comentarios demasiado crudos para los oídos de un príncipe. Gosric acabó por carraspear bloqueándole el paso, y Lucien continuó tras un ligero suspiro.

“Lo tendré en cuenta. No tengo forma de compensar toda su dedicación, señora”.

“¡Ay, qué dice de dedicación! Para mí es solo un honor, un honor, Alteza”.

¿Por qué se pondrá tan contenta por algo tan trivial?

Para Gosric, que había criado a Lucien a base de correcciones desde niño, era algo difícil de entender.

Cuando regresó tras acompañarla fuera, Lucien estaba sentado en una silla. Tenía una postura totalmente carente de elegancia, impropia de él.

Era normal que estuviera exhausto. Su resistencia física era prodigiosa, pero coordinar dos centros de mando entrando y saliendo del castillo en solitario agotaría a cualquiera. Sin la máscara de la sonrisa relajada, su rostro real se veía demacrado y fatigado.

Tras dudarlo, Gosric habló en voz baja.

“Así que ese tipo. Es decir, el ma... no, el Cuidador de gansos”.

“¿Cómo ha podido decirme algo así?”.

“…….”.

“Obviamente no lo decía en serio, pero ¿cómo se le ocurre siquiera pronunciar esas palabras?”.

Parecía que solo con oír el término ‘Cuidador de gansos’, esa pregunta brotaba de él por instinto.

Ya lo creo, ¿cómo llegó usted a oír algo así?, quiso preguntar Gosric, pero él era, al menos, un hombre adulto capaz de mantener la compostura mejor que un joven de veintitantos.

“¿Es ese el problema que le ha surgido al Cuidador de gansos?”.

Ante la pregunta calmada, toda expresión desapareció del rostro de Lucien. Tras mover los ojos como si reflexionara, se incorporó lentamente.

“...Por supuesto que no”.

“Entonces...”.

“Todo lo que mencionaste antes”.

Lucien se apartó un mechón de pelo de los ojos, un gesto habitual en él, y continuó.

“La princesa ha movido ficha y ‘ese lado’ también ha actuado”.

Aquella serie de eventos.

Hacía tiempo que conocía la identidad y el pasado de Kosha. Por eso lo había mantenido prácticamente confinado desde que las cosas empezaron a precipitarse.

Un mago originario de Graffen. Y no solo un mago cualquiera, sino de la línea directa de la familia real. Eso significaba que Kosha podía convertirse en su mayor debilidad en cualquier momento.

Sin embargo, dado que la princesa conocía la existencia de Kosha y lo vigilaba, era imposible trasladarlo al ‘exterior’. El único modo de garantizar su seguridad y controlar sus movimientos era manteniéndolo a su lado.

Aunque era un mago que no escuchaba razones, Kosha se había mostrado bastante cooperativo durante un tiempo. ¿Acaso se había confiado demasiado? Haciendo memoria, todo empezó a torcerse el día que aquella loca de Malesté irrumpió.

El comportamiento errático de Kosha desde esa noche... Más allá de que no pudiera hablar bien y llorara, el hecho de que se autolesionara de madrugada no era algo que pudiera pasarse por alto. Pero sin tiempo para investigar, al día siguiente se convocó la reunión y el nombre de ‘Graffen’ salió de labios de la princesa.

Esa mujer no blande su espada sin motivo. Aquello iba claramente dirigido a Kosha. Sabiendo con exactitud que Kosha procedía de Graffen.

En ese caso, ¿acaso el profundo terror que mostraba Kosha no estaría relacionado con ello?

“... ¿Y en medio de esa situación el Cuidador de gansos le dijo eso?”.

Intervino Gosric para confirmar.

Lucien guardó silencio un momento. Tenía una expresión inusualmente honesta, como si ni siquiera quisiera recordar el incidente. Gosric volvió a preguntar.

“¿Y qué le respondió?”.

“¿Qué se supone que iba a responder? Lo ignoré, le dije que no dijera tonterías”.

Vaya. Gosric parpadeó. Por un momento, los ojos de Lucien se afilaron como si hubiera leído el pensamiento irreverente implícito en ese gesto, pero enseguida desvió la mirada con un movimiento de la mano, como si estuviera demasiado cansado para seguir hablando.

“¿Cree que la princesa de Malesté es el nexo de unión?”.

“Sinceramente, no estoy seguro de qué pretende esa mujer. Ni de qué bando está”.

Dijo Lucien con voz ronca mientras se frotaba el puente de la nariz.

“Pero lo que es seguro es que, de alguna manera, el Cuidador de gansos debió de tener contacto con el exterior aquel día”.

Era muy probable que Kosha tuviera la ‘lengua atada’. Lucien no entendía de magia con precisión, pero tenía un historial de haber llevado a muchos magos de Graffen a las salas de tortura.

Lucien recordaba la reacción típica de los magos que, por el poder de la magia, se volvían incapaces de hablar: abrían y cerraban la boca frenéticamente mientras se apretaban la garganta, y en los casos más graves, llegaban a vomitar sangre. 

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Como nada de esto había ocurrido antes, era evidente que algo había salido mal aquel día. 

“Y no es fácil que la princesa descubra en tan poco tiempo la información que a alguien como Edric le tomó más de un mes de trabajo de campo desenterrar”.

...A menos que ‘ese lado’ se lo haya filtrado primero.

Tras un breve instante de vacilación, Lucien preguntó con voz cansada.

“¿Dónde fue la última vez que Edric se puso en contacto?”.

“Por lo que sé, parece que aún no ha logrado salir del territorio de Seodin”. 

“Haz que regrese lo antes posible. No, ve tú mismo a buscarlo. Llévate a cinco o seis de los hombres que tenemos fuera. Si Arabella se da cuenta del engaño, ese será sin duda el primer lugar que se volverá peligroso”. 

“...Este lugar se quedará desprotegido, ¿estará bien, Alteza?”.

Preguntó Gosric.

Maldita sea.

Lucien chasqueó la lengua y se acercó de nuevo a la mesa. Apartó el plano del Castillo de Ostbrahe para desplegar el mapa de la ciudad. 

“¿Acaso tengo otra opción si no lo está?”.

Recorrió con el dedo los puntos marcados en rojo sobre el mapa y añadió en un susurro.

“Solo... vuelve lo más pronto que puedas”.

***

Kosha recuperó algo de lucidez cuando el alba teñía todo de un azul pálido. 

No recordaba con exactitud cómo había pasado el tiempo. En realidad, ni siquiera era consciente de que el tiempo hubiera transcurrido. Su mente estaba tan blanca y vacía como un papel blanqueado, incapaz de procesar ningún estímulo externo. 

No, eso no era cierto. Su mente estaba, de hecho, llena de miles, de millones de pensamientos. Kosha había sido devorado por su pasado durante toda la noche. Ese nombre terriblemente odioso, el nombre del que no había podido desprenderse a pesar de todo el sufrimiento, lo estaba masticando lentamente desde los pies hasta los huesos. 

¿Qué tengo que hacer para que me dejes en paz? ¿Qué más quieres quitarme? Ya me lo arrebataste todo. ¿Qué hice tan mal?

¿Tan grave fue el pecado de querer vivir?

No son solo las heridas mortales del cuerpo las que matan a una persona. Un corazón vacío también mata. 

Cuando Kosha solo tenía ocho años era un mago, sí, pero demasiado pequeño para sobrevivir solo, la niñera que asumió la responsabilidad de sacarlo de Graffen tuvo que separarse para siempre de su propia familia por su causa. A pesar de ello, la mujer lo cuidó sin una sola palabra de reproche hasta que, cuando Kosha cumplió dieciséis años, murió de forma absurda por una fiebre que azotaba la región. De nada sirvió que Kosha la cuidara día y noche sin descanso. 

Aquel invierno, al quedarse solo, Kosha sintió que había llegado a un límite. Cuando pensó que no podría soportar ni un día más el hecho de abrir los ojos por la mañana y moverse, decidió simplemente detenerlo todo. Dejó de cuidar a los gansos, de limpiar la casa, de preparar comida y de alimentar el fuego con leña nueva. 

Se limitó a recostarse como un insecto sobre el suelo de piedra helada, con los ojos cerrados, esperando simplemente a que todo terminara pronto. 

¿Habría sido mejor si todo hubiera acabado ahí?

Alguien forzó la puerta, entró, lo tomó en brazos para llevarlo a la cama y encendió de nuevo el fuego. Cocinaron una gacha ligera y se la metieron a la fuerza en la boca. Tras tres días de cuidados, su despreciable cuerpo, en un arranque de supervivencia, comenzó a recuperarse por su cuenta. 

¿Realmente deseaba tanto vivir?

¿Acaso mi corazón no estaba muerto del todo?

Quien salvó a Kosha fue la esposa del porquero. Dijo que, como los gansos hambrientos habían roto su cerca y entrado en su propiedad, se había acercado preocupada. 

No vino a reclamar el pago por la cerca, sino porque estaba ‘preocupada’. Esa pizca de afecto y preocupación contenida en una sola frase. Quizás para revivir un corazón solo hacía falta una gota de interés ajeno. 

Desde que volvió a levantarse, vivió a duras penas. El matrimonio de porqueros vecino era buena gente. A veces compartían comida con él y le preguntaban cómo estaba. Le enseñaron cómo entrar al castillo para vender sus cosas, cómo regatear el precio y cómo no dejarse engañar. 

Justo cuando su corazón empezaba a estar un poco más tranquilo, la esposa del porquero murió dando a luz. Aunque los más afectados fueron el marido y los hijos, ese día el espíritu de Kosha también se quebró un poco. 

Se preguntó por qué todas las personas que llegaban a ser importantes para él dejaban este mundo tan pronto. 

Aun así, no sintió el impulso de abandonarlo todo y echarse a morir como la vez anterior. Para entonces, la vida ya era una inercia. Aunque el mundo fuera gris y no hubiera motivos para sonreír, si uno ingería comida y movía el cuerpo, de alguna forma se seguía viviendo. Marcosa había muerto y quedaba ‘Kosha’, pero para cuando ese Kosha también estaba muriendo para convertirse simplemente en un ‘Cuidador de Gansos’... 

Vio a Lucien. 

Pensándolo ahora, tuvo mucha suerte. 

Al empezar a quererlo, la vida de Kosha se volvió un poco más soportable. Volvió a oler la fragancia de las flores que había olvidado durante años. Decoraba su casa con ramas rotas, empezó a sonreír de vez en cuando y a contar los días esperando su llegada. Empezó a sentir el fluir del tiempo y el cambio de las estaciones. 

Así que aquello, más que simple afecto, era supervivencia. 

Pensó que, aunque él se volviera alguien valioso para él, estaría bien mientras fuera un amor unilateral. Él era alguien tan fuerte, tan brillante, alguien que flotaba como el sol en una altura inalcanzable, que el hollín del miserable Kosha jamás se atrevería a mancharlo. 

“……”. 

¿Fue eso arrogancia?

La maldición no es otra Kosha. A estas alturas, yo mismo, mi existencia, mi cuerpo y mi conciencia son la maldición. Debería haber escuchado las palabras de Edric aquel día en Rashido. Quizás aquel consejo no era para Kosha, sino para proteger a Lucien. 

¿Qué debo hacer ahora? ¿Por qué no me echó a pesar de saberlo todo? No puede ser que él no sepa lo que significa un mago de Graffen en este país. Él debería saber mejor que nadie qué clase de amenaza puedo ser para él.

Pero, sobre todo, simplemente el hecho de que Lucien conociera toda esa historia... 

No quería que nadie supiera el rastro de su vida espantosa, quería borrarlo por completo. ¿Por qué le dolía tanto que fuera precisamente Lucien, y no otro, quien lo supiera todo desde hacía tiempo? 

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De repente, sintió un dolor como si todo su cuerpo estuviera siendo triturado, y Kosha gimió frotando su frente contra la cama. No brotaron lágrimas, pero su gemido sonaba como un sollozo. 

¿Cuánto tiempo estuvo así? Cuando ya era imposible calcular cuánto tiempo se había estancado en la habitación... 

Toc, toc, toc. Se oyó un leve golpeteo. Venía de la dirección de la ventana. 

Primero pensó que era una alucinación, y luego intentó ignorarlo. No tenía fuerzas para prestar atención a ese pequeño ruido.

Alguna rama de árbol estará rozando el cristal, pensó con desgana. 

Sin embargo, como si leyera sus intenciones, el sonido persistió con terquedad. Toc, toc, toc. Más tarde, el golpeteo era tan insistente que parecía querer agujerear la madera.

Toc-toc-toc-toc-toc. Cuando ese ruido obsesivo pareció empezar a arañarle el interior del cráneo, Kosha recordó a duras penas que no había árboles bajo la ventana de esa habitación. Estaba en el dormitorio del príncipe, y permitir que un árbol creciera cerca facilitaría demasiado el acceso a un intruso. 

Finalmente, Kosha se levantó tambaleándose, estrechando contra su pecho su brazo dolorido y entumecido. 

Al abrir las contraventanas de madera, vio una masa negra tras el cristal empañado. No, no era solo una masa. 

“Un cuervo...”.

Un ave negra de plumaje lustroso estaba posada en el alféizar. La escena le resultaba extrañamente familiar. Incluso después de descorrer el pestillo y abrir la ventana de cristal, el cuervo permaneció tranquilo. 

“¿Eres el mismo de aquella vez...?”.

Murmuró como para sí mismo. 

El cuervo se limitó a ladear la cabeza mirándolo. Tras la muerte de Bastian, los cuervos que solían habitar el Castillo de Ostbrahe habían regresado, así que no sería extraño que fuera un cuervo desconocido que simplemente estaba acostumbrado a los humanos. Kosha volvió a hablarle.

“Ahora mismo no tengo comida que darte”.

Pero el cuervo solo volvió a ladear la cabeza un par de veces más. 

No entiendo lo que dices.... Soltó un suspiro, pero cerrarle la ventana en la cara cuando no mostraba intención de irse le pareció una falta de cortesía. Kosha, que observaba al cuervo fijamente, extendió la mano con cautela. 

Incluso cuando la mano lo tocó, el cuervo no se asustó ni lo rechazó; al contrario, empujó activamente su cabecita bajo la palma de Kosha. 

Las plumas del cuervo, que acabó acariciando casi por inercia, eran más suaves de lo que esperaba. Mientras se apoyaba en el marco de la ventana acariciando la cabeza y la nuca del ave, tuvo de repente una sensación muy irreal. En el aire azulado del amanecer, antes de que saliera el sol, no había rastro de frío; al contrario, olía a una flor desconocida. 

¿En qué momento ha cambiado la estación...?

Su mirada, que se había elevado hacia el cielo, descendió de forma natural. El dormitorio de Lucien estaba en un lugar bastante alto, y los muros exteriores del castillo, construidos en piedra, parecían un acantilado escarpado. 

No estaba pensando en nada realmente. Solo miraba hacia abajo, perdido en sus pensamientos. 

Se oyó un repentino aleteo. Pero antes de que pudiera levantar la cabeza, Kosha recibió un fuerte golpe directo en la cara. 

“¡Ah!”.

Ante el ataque inesperado, Kosha soltó un grito y cayó hacia atrás. El ingrato cuervo que le había golpeado el rostro con sus alas voló ruidosamente hacia el interior de la habitación, pasando por encima de su cabeza. 

¿Pero qué ha sido eso? ¡En cualquier caso, tengo que atrapar a ese cuervo antes de que destroce la habitación! Justo cuando Kosha, apretándose la nariz dolorida, intentaba levantarse a duras penas... 

“¡Ni se te ocurra intentar una estupidez, pequeña y patética lagartija!”.

Una voz afilada le golpeó los oídos. Al girarse, vio a una mujer de cabello plateado corto. Vestía una falda blanca sin adornos ni bordados, una capa de color rojo intenso, y sobre su hombro estaba posado el cuervo, que inflaba orgulloso el plumaje de su pecho. 

“¿...?”.

Mientras el sorprendido Kosha se frotaba los ojos sin darse cuenta, la mujer agitó un brazo. Con un ruido estruendoso y despiadado, el cristal y las contraventanas se cerraron. 

Kosha observó atónito cómo incluso el pestillo se cerraba solo con un clic metálico, y habló con voz un poco intimidada.

“No estaba pensando en hacer nada de eso”.

Al decirlo, sintió que sonaba como una excusa barata, así que añadió apresuradamente.

“De verdad, no estaba pensando en nada”. 

“A esta altura, desde la que si caes no quedarían ni tus huesos, ¿acaso sería normal no sentir ni un poco de miedo?”.

“Incluso cargando con esa cosa monstruosa”.

Respondió la Maestra de la Torre con irritación, señalando las ostentosas ‘esposas’.

“Hice bien en mantener un ojo sobre ti. Pareces a punto de desmayarte, así que siéntate de una vez”.

Sin más, agarró a Kosha y lo empujó para que se sentara en la cama. El cuervo, como si estuviera de acuerdo, soltó un graznido desde su hombro.

“... ¿Era su familiar, maestra?”.

¿Incluso en aquel entonces?

Ante la pregunta de Kosha, la Maestra de la Torre negó con la cabeza.

“No, todavía no”.

Respondió mientras acercaba con naturalidad un sillón junto a la cama para sentarse.

“Pero siempre he sido alguien que adora a los ‘niños que se esfuerzan’”.

Entre sus dedos apareció una pequeña fruta roja. Kosha observó en silencio cómo el cuervo la atrapaba al vuelo y la engullía con avidez antes de volver a hablar.

“¿Cómo ha entrado?”.

“¿Acaso hay alguna razón por la que no pudiera?”.

Replicó ella enderezando la espalda.

“Esa barrera que pusiste con tanto empeño en el ala oeste solo impide la entrada a quienes albergan malas intenciones hacia ‘el quinto hijo’. No sé qué idea tendrás de mí, pero realmente no siento nada por ese quinto hijo”.

“Si acaso, ¿un poco de repulsión fisiológica?”.

Añadió chasqueando los dedos.

“Pero eso no es ‘malicia’”.

“…….”.

“Ahí reside la debilidad de tu magia. ¿De qué sirve nacer con un poder tan inmenso? Tu forma de diseñarlo está llena de agujeros, como la de un niño de seis años. Por eso tu ‘hermano’ pudo atravesar tu protección sin ningún problema, ¿no es así?”.

Hermano. Al oír esa palabra, el rabillo del ojo de Kosha tembló. Sus inquietos ojos verdes buscaron a la Maestra de la Torre.

“... ¿Lo sabía?”.

“Ostbrahe está en la palma de mi mano. Y las cosas que no son humanas son aún más fáciles de detectar”.

Respondió ella con una sonrisa burlona.

“Pensé que para estas alturas ya habrías venido a buscarme”.

“¿Yo?”.

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La expresión de Kosha se deformó un poco, como si hubiera oído un disparate.

“Pensé que no tenía intención de recibirme. Ya me echó una vez”.

“Eso es porque en aquel entonces era evidente que actuarías como el muñeco de ventrílocuo de un humano. No había razón para vernos, solo habríamos perdido el tiempo mutuamente”.

La Maestra de la Torre se encogió de hombros.

“Te dije que volvieras cuando tuvieras algo que decir como maga, ¿no?”.

“¿Lo sabía desde entonces? ¿Mi estado?”.

“¿Saberlo? Digamos que solo lo sospechaba”.

Sus dedos recorrieron el contorno del rostro de Kosha hasta sostener ligeramente su barbilla para levantarla.

“Si liberas al mundo a una ‘pequeña lagartija’ que ha nacido excepcionalmente ‘completa’, es de sentido común no dejarla sin algún tipo de mecanismo de control”.

“…….”.

“Aunque no supe exactamente qué ‘clase’ de mecanismo era hasta hace poco”.

Las yemas de sus dedos, que habían estado dando golpecitos en la mejilla de Kosha, se deslizaron por su hombro y tiraron de su muñeca. Era la derecha, la que no llevaba la esposa.

La Maestra de la Torre acarició un par de veces aquella muñeca blanca, delgada y sin marcas. Tras unos toques ligeros como plumas, un dolor abrasador recorrió el brazo de Kosha en un instante.

Kosha se estremeció, tragándose un grito silencioso. Al mismo tiempo, escamas verdes empezaron a brotar sobre la piel donde la mano de la Maestra de la Torre hacía contacto.

Eran unas escamas hermosas, con un brillo iridiscente. Sus uñas crecieron y, simultáneamente, una cadena de hierro envuelta alrededor de su brazo comenzó a materializarse lentamente, como si siempre hubiera estado allí.

“Ah, por todos los cielos...”.

Exclamó la Maestra de la Torre con admiración. Parecía no notar la reacción de Kosha, que estaba tan horrorizado que incluso olvidaba el dolor.

“Es realmente una obra maestra. Debe de ser obra de Ainar, ¿verdad?”.

“¿Conoce a.… a mi tío materno?”.

“Por supuesto. ¿Existe algún mago que no lo conozca?”.

Respondió con indiferencia. Toda su atención parecía centrada en el brazo escamoso de Kosha.

“Mira esto, ¿puedes sentirlo? El tiempo y el espacio están solapados capa por capa”.

“…….”.

“Esto es verdadera magia. No es algo que se logre solo por tener un poder innato, ni tampoco algo que pueda enseñarse a la fuerza. Será difícil que vuelva a aparecer un mago de este calibre”.

Fuera lo que fuese aquello del tiempo y el espacio, a Kosha se le nublaba la vista por el dolor del brazo oprimido por la cadena y no podía ver nada más. No fue hasta que Kosha gimió retorciendo el hombro que la Maestra de la Torre retiró la mano.

“Vaya, lo siento”.

Dijo con una sonrisa astuta.

“Pero necesitaba verlo para poder dar un diagnóstico”.

Mientras se frotaba el brazo, donde aún persistía una sensación de hormigueo incluso después de que las escamas y la cadena desaparecieran, Kosha se giró hacia ella con expresión desconcertada.

¿Un diagnóstico de repente...? Eso significa que...

“¿Quiere decir que... puede ayudarme?”.

Y la Maestra de la Torre, como si hubiera estado esperando esa pregunta cautelosa, sonrió ampliamente.

“Es una magia grandiosa. Y un mago grandioso. De un nivel con el que uno preferiría no enfrentarse”.

“Entonces...”.

“Pero eso no significa que no ‘pueda’ enfrentarme a él”.

Como te he dicho, adoro a los niños que se esfuerzan. Añadió, mientras el cuervo inflaba el plumaje de su pecho como si presumiera.

“Pero...”.

Kosha, sujetándose el brazo, la escrutó con desconfianza. Una amabilidad excesiva y sin motivo aparente es algo de lo que conviene recelar, especialmente viniendo de alguien como la Maestra de la Torre.

“¿Qué quiere a cambio?”.

Su voz no lograba ocultar la reticencia. La Maestra de la Torre sonrió suavemente y levantó la barbilla de Kosha con la punta del dedo.

“Siempre pensé que esos ojos verdes eran especialmente hermosos”.

“¿No querrá mis ojos, verdad?”.

“No, simplemente a ti”.

La respuesta salió disparada, como si hubiera estado lista. Los ojos de Kosha se agrandaron.

“¿A.… a mí?”.

“Ven conmigo a la Torre, pequeño mago”.

 

 

 

<Continuará en el Volumen 7>