6. La rebelión de los príncipes (1)

 


6. La rebelión de los príncipes (1)

 

Aunque se movió con diligencia, le tomó bastante tiempo.

Primero, se encargó de limpiar algunas energías turbulentas más. ‘Aquellas cosas’ estaban enterradas a intervalos regulares alrededor del ala oeste; en su mayoría eran objetos tan insignificantes que no habrían parecido fuera de lugar en cualquier otro sitio.

Solo un mago habría sido capaz de percibir en ellos los vestigios de un hechizo incompleto.

La hechicería antigua solía ser un acto ceremonial estrictamente riguroso. Cumplir con las reglas sobre números, acciones, direcciones, distancias y materiales era más importante que cualquier otra cosa.

Como Kosha no había aprendido suficiente magia, y mucho menos hechicería, no podía adivinar la intención del conjuro solo por sus rastros. Sin embargo, la sensación de que aquello estaba invadiendo su territorio era vívida y sumamente desagradable.

Lo que es desagradable y sucio debe limpiarse. ¿Acaso no se pasaba el día entero limpiando la casa y el establo cuando era un simple cuidador de gansos?

El lagarto, que se había atiborrado a placer con el maná ajeno, terminó con la panza tan hinchada que se volteó bocarriba. Kosha lo guardó con cuidado en su regazo para que no sufriera de indigestión.

Después, fue a buscar a los gansos.

Nadie le había dicho dónde estaban, pero Kosha podía saberlo ¿así sin más’. Al fin y a cabo, un familiar y su mago pueden encontrarse mutuamente incluso si están en extremos opuestos del continente.

El nuevo establo acondicionado para los gansos en un lado del patio norte del ala oeste, donde originalmente se criaban los perros de caza, era bastante impecable. Un perro de caza negro de linaje noble, que estaba echado en un rincón, se levantó de un salto al sentir la presencia de alguien, pero enseguida agachó la cabeza y volvió a echarse.

Aunque no haya una comunicación directa, la naturaleza suele ser amigable con los magos. Y lo mismo aplicaba para los animales.

Sintiéndose un poco culpable con el perro por haberle arrebatado casi la mitad del amplio patio que antes usaba solo, Kosha le acarició un poco la nuca. El enorme sabueso de Carlot dejó escapar un chillido. Por alguna razón, parecía desanimado. Daba la impresión de que se esforzaba desesperadamente por no mirar en dirección a los gansos.

“¿Pasó algo?”.

Kosha se acercó al establo de los gansos. La puerta del establo, separada del área del perro por una sólida valla, estaba cerrada con llave, pero eso no representaba un problema para un mago.

Los gansos batieron las alas y se amontonaron a su alrededor. Parecía que les habían dejado agua para bañarse, pues todos estaban muy esponjosos. Kosha se tomó su tiempo para acariciar la nuca de cada uno de los nueve gansos.

Un familiar es prácticamente una extensión del mago. Aunque cumplen la voluntad de su amo sin necesidad de palabras, Kosha todavía no terminaba de creerse del todo que estos benditos gansos fueran sus familiares, así que decidió decírselo en voz alta.

“Oigan. A partir de ahora, este es nuestro hogar”.

Ante sus palabras, los gansos armaron un alboroto emitiendo graznidos graves.

“…Aunque no les guste, no hay nada que hacer. Ya es así”.

Añadiendo aquello con toda la firmeza de la que fue capaz, Kosha aflojó un poco la túnica que llevaba bien abrochada. Debajo solo llevaba una fina camisa, y su cuerpo aún estaba cubierto de los rastros que Lucien había dejado. Desde su aroma hasta su energía.

Los humanos también tenían una longitud de onda propia y única de nacimiento. Aunque era tan débil que resultaba casi imperceptible, para los animales sensibles debía ser otra historia.

Los nueve gansos merodearon alrededor de su cuerpo, rastreando ese rastro. Algunos de ellos sacudieron sus colas cortas con evidente descontento.

Tras asignarles a los gansos su nuevo ‘territorio’, Kosha volvió a cerrarse la túnica.

“Ya saben lo que tienen que hacer, ¿verdad?”.

Lucien le había preguntado si cualquiera entraba y salía de las casas en su pueblo, pero, contra todo pronóstico, no era así.

“¿Pueden cuidar bien la casa?”.

Los gansos son guardianes mucho más excelentes de lo que se piensa. Incluso Beorn, el hombre que solía acosarlo, nunca pudo poner un pie dentro de su casa.

Pronto, el ganso líder, el más grande de todos graznó ruidosamente en representación del grupo. Era el que más problemas causaba y con el que Kosha más se había peleado, pero aun así, en momentos como este, era el más confiable.

Aunque la puerta del establo estuviera cerrada, si realmente eran sus ‘familiares’, no habría ningún problema. Los familiares son parte del mago y comparten su poder. Kosha los abrazó una vez más y abandonó el establo.

Luego fue a los baños a lavarse. Quizás porque era una hora extraña, el lugar estaba completamente vacío. Fue un alivio. Como le quedaban muchas marcas vergonzosas en el cuerpo, habría sido un momento incómodo de haber habido moros en la costa.

En el almacén de suministros se escabulló para sacar una camisa nueva y cambiarse por supuesto, como Kosha simplemente había ‘invocado’ la prenda frente a él, no consideró aquello propiamente como un robo, y al pasar por la cocina, sacó disimuladamente un pan a través de la ventana abierta para saciar el hambre con astucia.

Su paso calmado se detuvo en seco al llegar al piso donde estaba su habitación. Por estar prestando atención a su entorno por aquí y por allá, no se había dado cuenta antes, pero percibió la presencia de Lucien dentro de su alcoba.

Parecía que tenía asuntos muy urgentes entre manos, así que ¿por qué demonios estaba en su habitación?

Kosha corrió apresurado, abrió la puerta de golpe y lo llamó.

“¿Alteza? ¿Ha venido?”.

“……”.

En la pequeña habitación que se abarcaba de un solo vistazo, Lucien estaba efectivamente sentado en la silla. Sus miradas se cruzaron en el preciso instante en que Kosha entró. Él se levantó de la silla de un salto.

Por alguna razón, el ambiente no pintaba nada bien.

Acercándose a grandes zancadas, Lucien jaló a Kosha que se había quedado parado torpemente en el umbral y cerró la puerta de un empujón.

“¿A dónde fuiste?”.

Kosha movió los ojos de un lado a otro con apuro. El ego humano volvió a encajarse a la fuerza en la cabeza del mago que acababa de estar vagando alegremente de un lado a otro.

“…Al, al baño”.

“¿Al baño?”.

Lucien sonrió de lado. Se le veía genuinamente de mal humor.

“¿Vas al baño durante medio día? ¿No recuerdas que te dije que enviaría a alguien? Dímelo otra vez”.

Las palabras afiladas salieron disparadas con rapidez. Kosha se encogió todavía más.

“Lo, lo siento. En realidad quería lavarme. Mi cuerpo estaba muy… sucio”.

“……”.

“Y también quería ver un poco a los gansos…”.

Balbuceó Kosha. Se tragó hábilmente el encuentro con aquel hombre extraño. Tuvo la corazonada de que no sería buena idea revelarlo a la ligera. Al fin y al cabo, ya se había deshecho de lo urgente…

Y el trabajo de convertir el ala oeste en ‘su territorio’ ya estaba en marcha…

“Haah…”.

Tras quedarse mirando fijamente a Kosha por un momento, Lucien suspiró y se cubrió los ojos con la mano, frotándoselos.

Frente a esos ojos grandes que parecían muertos de miedo, le resultaba difícil ser más cruel.

“…No me mientas”.

“No lo haré. Lo siento”.

Como él habló con un tono mucho más calmado, la respuesta de Kosha volvió a ser dócil. Lucien escudriñó ese rostro durante un buen rato.

Aquel rostro que parecía infinitamente inocente todavía conservaba ciertos rasgos infantiles. Se veía tan blando e ingenuo que parecía incapaz de cometer cualquier tontería.

Al mismo tiempo, la conversación de hacía un momento acudió de forma natural a su mente.

En el despacho donde se retiró a la gente tal como él lo pidió, solo quedaron Gosric y sus colaboradores más cercanos. Sin embargo, incluso en esa situación, Renata bajó la voz al máximo. Como si temiera pronunciar palabras que pudieran filtrarse.

‘Le ruego que busqué a los padres de ese mago’.

‘¿A sus padres?’.

Aquella fue una sugerencia que ni el propio Lucien se esperaba.

‘Ya los busqué hace tiempo. No había nadie. Ya sabes que en un rincón rural como Alohen no se llevan registros estrictos de los habitantes’.

‘No, dudo que sea de Alohen’.

La respuesta fue inmediata.

‘Confirmé los rastros de su residencia en Alohen durante su infancia, pero…’.

Edric, quien en su momento fue enviado a investigar el trasfondo del mago, intervino, pero Renata negó con la cabeza.

‘¿No le ha parecido extraño? Empezando por su nombre. Kosha, ¿no es así? Los hombres de Iseland no se llaman de esa manera’.

Los nombres al estilo de Iseland tienen reglas. Los masculinos suelen terminar en ciertas consonantes específicas, y si terminan en vocal, en el noventa por ciento de los casos son nombres de mujer.

Sin ir más lejos, ¿acaso no pasaba lo mismo con los nombres de las personas presentes en esa habitación? Gosric, Edric, Lucien, Felon. Eran nombres masculinos típicos de Iseland.

‘…Las leyes no dictan cómo poner los nombres, y eso es algo que ocurre de vez en cuando en el este. Entre mis caballeros hay uno llamado Ilensha y es un hombre del este’.

‘Conozco bien a Sir Ilensha. Ese es un nombre típico y familiar. Pero 'Kosha' es diferente. No solo es la primera vez que lo escucho, sino que suena un poco… como si lo hubieran dejado a medio hacer, ¿no le parece?’.

‘Burlarse del nombre de alguien está un poco feo. Ya somos mayorcitos’.

Gosric intervino frunciendo el ceño.

‘No me estoy burlando. Solo planteo la posibilidad de que ese no sea su verdadero nombre’.

Renata se encogió de hombros.

‘Es una cuestión de linaje, para ser exactos. Yo vi al mago en persona hace unos días. ¿Es que nadie más ha notado nada extraño hasta ahora?’.

¿Extraño? Los modales del mago eran impecables. No había nada que reprocharle…

‘Él saludó doblando las rodillas. Esa es una etiqueta que usaba la nobleza de la corte hace una generación. E incluso eso se reformó para que todos se inclinaran por la cintura hace ya casi veinte años’.

‘……’.

‘Por supuesto, aún quedan quienes usan la etiqueta antigua. usted mismo debió aprender esa forma de saludar en su infancia, Alteza. Pero esa no es una historia que aplique a los plebeyos’.

...Los modales del mago eran impecables, sin mancha alguna. Si realmente hubiera nacido en un rincón rural y crecido como un cuidador de gansos, ¿habría sido eso posible? En un lugar de campo como Alohen, incluso el señor del castillo ignora la etiqueta de la corte, y cuando se contratan sirvientes nuevos, estos suelen recibir entrenamiento de modales durante un buen tiempo.

El mago fue natural desde el principio. Sin intimidarse. Incluso en las palabras y tratamientos que utilizaba.

Era tan natural que ni siquiera se percataron de lo extraño que resultaba.

‘Considero muy probable que pertenezca a cierto estatus social o superior, pero que tuviera que abandonar el lugar donde vivía y esconderse por alguna circunstancia. Yo tampoco conozco bien la sociedad de los magos, pero podría ser alguien expulsado de la Torre, o tal vez…’.

Renata dudó por un instante.

‘…Procedente de Graffen’.

El silencio inundó la habitación.

Graffen era, con todas las de la ley, el país enemigo de Iseland. Algunas zonas fronterizas todavía se encontraban estancadas en un estado de tregua. Es más, todos los hombres que estaban en esa alcoba tenían experiencia directa combatiendo en ese frente.

‘¿O sea que pretendes decirme que mi mago es un noble exiliado de Graffen?’.

Lucien preguntó lentamente.

La etiqueta de proceder de Graffen no era buena. Y menos si se trataba de un mago. Si existiera alguna prueba de que pertenecía a ese linaje, debía conseguirla y destruirla antes que nadie. En el peor de los casos, aquello podría convertirse en una debilidad no del mago, sino de su señor, Lucien.

Sin embargo, Renata negó lentamente con la cabeza.

‘Ojalá fuera ese el caso, Alteza. Pero si fuera de Graffen, ¿no cabría también la posibilidad de que fuera un espía?’

‘……’.

‘¿No se han parado a pensar que el mago se vio involucrado en un incidente demasiado absurdo?’.

‘Me parece extraño que nadie haya sospechado de este punto hasta ahora’, añadió Renata.

Y nadie pudo responderle a eso.

 

Lucien volvió a clavar la mirada en el mago que tenía enfrente. Este se limitó a parpadear un poco y a juguetear con la punta de sus dedos, soportando su mirada con docilidad.

Había pensado en la posibilidad de que fuera un espía del bando de Bastian. Sin embargo, esa posibilidad estaba casi descartada a estas alturas. ¿Y ahora salían con que procedía de Graffen?

Para eso, prefería mil veces que fuera un espía de Bastian o de Arabella.

Tras dudar un momento, Lucien abrió la boca.

“… ¿Cómo supiste que estaba aquí? ¿Alguien te lo dijo?”.

“No, simplemente lo sentí”.

“¿Simplemente lo sentiste?”.

“Como mi maná todavía permanece dentro de su cuerpo, Alteza…”.

Kosha levantó la mano y presionó tímidamente y con timidez la zona de su corazón. Ese tacto evocó, sin previo aviso, los sucesos de la noche anterior. Las yemas de los dedos de Lucien temblaron.

Las sospechas se mezclaron con el recuerdo viscoso.

Ciertamente, tiene un rostro demasiado excesivo para ser un simple cuidador de gansos…

¿Por qué demonios estabas pastoreando gansos en el campo? Sin llamar la atención. Si te hubieras asentado en la ciudad, habrías tenido trabajos más que de sobra para sacarle partido a tu cara. O como mínimo, dedicarte al comercio…

Lucien acunó lentamente la mejilla de Kosha. Este se sobresaltó un poco, pero enseguida apoyó la mejilla en su palma con docilidad, sin preguntar nada.

Y para tener una cara tan despampanante, es excesivamente obediente. Como si estuviera todo calculado.

…Pero.

Lo de ayer seguía vívido en su cabeza. Y no se refería únicamente a lo que pasó por la noche.

El mago hizo florecer las flores yendo en contra de la estación. Aquella escena donde las flores estallaban en plena floración sobre la cabeza del mago fue excesivamente irreal. A pesar de ello, los pétalos blancos brillaron tanto que lastimaban los ojos y la fragancia que vibraba era tanta que llegaba a doler la cabeza.

Todo era tan nítido que hacía imposible incluso dudar de que fuera una alucinación.

Él no sabe qué clase de magia es esa. Ni su principio, ni qué requiere, ni lo difícil que es. Pero en ese instante, aquello fue una especie de lenguaje.

Tan completo en sí mismo que bastaba con eso sin necesidad de escuchar ninguna otra palabra.

El sexo puede ser una mentira o un plan. Algo como el sexo se puede fingir de sobra. ¿Pero llegar incluso a ese extremo?

Esa expresión, esa voz, esa flor que le entregó con la punta de los dedos temblorosos… Ah, esa flor.

Al rememorar el recuerdo, Lucien frunció el ceño de repente. Ahora que lo pensaba, ¿qué había hecho con esa flor? No se la trajo consigo. Ni siquiera lo recordaba con exactitud. Porque desde el momento en que el mago le tendió la flor, todo se salió de sus previsiones y de su control.

De pronto se sintió ansioso, como alguien que ha perdido una prueba decisiva en un juicio importante. Por supuesto que una sola flor se habría marchitado pronto aunque se la hubiera traído, pero aun así…

¿Seguirían abiertas las flores en ese árbol? Una flor tan blanda como la magnolia no aguantaría mucho con este clima. Quería volver allí para recibir la prueba de que todo aquello no había sido una ilusión, pero en este momento no disponía de ni un solo segundo libre.

“Uh… ¿Ha ocurrido algo malo?”.

Kosha, que frotaba su mejilla contra su palma, preguntó tratando de leer su humor. A pesar de ser un caballero que empuñaba la espada, contra todo pronóstico sus manos no eran tan ásperas.

¿Algo malo? Qué de malo podría haber. Originalmente sus hermanos querían matarse entre sí y de hecho hacían lo que fuera para lograrlo.

La aprobación de la campaña militar de Bastian era un dolor de cabeza, pero no difería mucho de las cosas que ha venido experimentando. Era algo que podía pasar en cualquier momento, y ya ha pasado por situaciones mucho peores que esta.

Si tuviera que señalar algo malo ahora mismo…

Lucien apartó la mirada con irritación y se pasó la mano por el cabello.

Tenía ganas de agarrarlo por el cabello de inmediato para interrogarlo, pero si realmente había puntos sospechosos, indagar a la ligera no era una buena estrategia.

El impulso y la razón se mezclaron en un caos. Estaba tan sumamente tenso que dejó de lado el trabajo y se metió en esta habitación a esperar al mago a propósito, pero ver su rostro no sirvió de alivio.

Lo que rompió de golpe esa tensión fue un toque en su hombro.

Tap, tap. Las yemas de unos dedos delgados daban palmaditas rítmicas en su hombro. Como si estuviera calmando a un niño pequeño.

“Alteza, ¿se encuentra bien?”.

“……”.

“¿Hay algo en lo que pueda ayudarle?”.

Un suspiro profundo escapó de sus labios. Lucien se derrumbó sobre los hombros de Kosha, sosteniéndolo con fuerza. Al apoyar la frente contra su nuca y dejar caer todo su peso sobre él, Kosha se tambaleó, pero se las arregló para sostenerlo.

“¿Ayudarme? ¿Tú?”.

Lucien preguntó con intención de provocarlo, pero el chico, ya fuera por despistado o por pura inocencia, se limitó a asentir con entusiasmo.

Al verlo en ese plan, a Lucien se le escapó una risa tonta. Bueno, de momento solo eran sospechas; no había ni una sola prueba. Ni siquiera valía la pena darle tantas vueltas.

Además, lo que pasó la noche anterior no había sido más que un encuentro donde ambos se dejaron llevar porque sus necesidades coincidieron. Incluso si el mago hubiera sido enviado realmente bajo algún plan preconcebido... nada cambiaría.

“…Ven a mi habitación antes de que anochezca”.

Le susurró Lucien al oído, pegando los labios a su oreja. Pudo sentir cómo la oreja de Kosha se calentaba por segundos.

“A-al decir su habitación...”.

“A mi alcoba”.

Respondió él con sencillez.

“Como bien dijiste, ha estallado un asunto feo y voy a estar ocupado toda la noche”.

“……”.

“Para que yo pueda seguir manteniendo la cordura, tendremos que poner de nuestra parte en muchos sentidos... ¿no crees?”.

Aquel rostro bonito y encendido por el rubor adoptó una expresión de lo más apurada, pero enseguida asintió levemente con la cabeza. Apenas lo suficiente para que Lucien, que seguía con la frente apoyada en su nuca, pudiera percibirlo.

Era tan malditamente fácil que las sospechas volvían a mezclarse en su mente, para luego dar paso al desánimo y, acto seguido, a la impaciencia una y otra vez.

Lucien se burló de sí mismo. Estaba perdiendo la cabeza. Perder el tiempo en este tipo de dilemas... En cualquier caso, el sexo no era más que sexo. Mientras no se involucraran los sentimientos, todo estaría bien.

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Por lo tanto, que no hubiera podido traer esa flor carecía de importancia. Había asuntos mucho más cruciales y urgentes de los que ocuparse.

***

Dos noches fueron suficientes para descubrir un par de los patrones más importantes de la ‘desintoxicación’.

“Ugh, ah...”.

Nada más abrir la puerta de la alcoba que conectaba con la sala de estar y poner un pie dentro, los besos lo asaltaron antes de que Kosha pudiera siquiera recuperar el aliento.

A estas alturas, Kosha ya estaba acostumbrado a los besos. Sin embargo, a lo que todavía no terminaba de acostumbrarse era a que esos besos vinieran acompañados de unas manos que le quitaban la ropa a toda prisa. Su túnica gris favorita fue despojada en cuanto entró y cayó al suelo, pero no hubo tiempo ni de recogerla.

De todos modos, una vez que le desataron el cordón de los pantalones, no le quedaron neuronas libres para preocuparse por una túnica.

Lucien era rápido con las manos. Solía robarle el sentido con los besos y desnudarlo en un abrir y cerrar de ojos. ¿Dónde habría aprendido técnicas tan avanzadas?

Seguro que ha tenido muchos amantes, ¿verdad?

Al fin y al cabo, los romances antes del matrimonio eran libres sin importar la clase social, y en la alta sociedad, mientras no se tuvieran hijos a la ligera, era un ambiente en el que incluso se alentaba, así que no era nada extraño. Es más, siendo alguien como Lucien, una persona tan caballerosa y hermosa, era obvio que...

“Estás pensando en otra cosa”.

Lucien le mordió el labio con fuerza, causándole dolor. Al volver en sí de golpe, Kosha se dio cuenta de que ya solo le quedaba la camisa puesta. Esa sensación de tener la parte inferior completamente al aire era algo a lo que no lograba adaptarse. Al mismo tiempo, el aroma húmedo a rosas comenzó a esparcirse.

“Ugh, nng...”.

Atrayendo a Kosha todavía más cerca de su cuerpo, la mano de Lucien se coló entre sus nalgas. En algún momento se había echado aceite, pues sus dedos resbalaban con suavidad.

El origen de este olor a rosas impregnado de humedad era el óleo que él utilizaba. A excepción de la primera noche que pasaron en la fortaleza exterior al castillo, él siempre usaba este aceite durante el acto. Quizás por eso, ahora a Kosha le bastaba con oler las rosas para que se le cruzaran pensamientos impúdicos por la cabeza.

“Estás muy blandito”.

Le susurró al oído. Pues claro que era normal. Ya de por sí tenía un cuerpo blando, y encima habían tenido relaciones todos los días para desintoxicarlo...

“¿Te has estado tocando cuando estabas solo?”.

“No...”.

“¿No? ¿Y por qué estás tan blandito entonces?”.

No eran palabras que buscaran interrogarlo de verdad, sino que eran más bien meras burlas y juegos. Sin embargo, a Kosha le dio tanta vergüenza que giró la cara hacia el lado contrario de donde la tenía apoyada en el pecho de Lucien. Una risa baja se transmitió a través de la vibración de su caja torácica.

“Lo siento. Pero hay que relajar la zona. No quiero que salgas herido después”.

Primera regla de la desintoxicación: la penetración podía realizarse antes de que se pusiera el sol, pero la eyaculación debía ocurrir obligatoriamente después del anochecer.

Estrictamente hablando, la eyaculación tenía que producirse después de que cayera el sol y una vez que el maná de Kosha, oculto en el cuerpo de Lucien se hubiera activado.

Eyacular antes del anochecer no servía de absolutamente nada. Habían intentado hacerlo ‘por adelantado’ durante el día para ver si surgía efecto, pero en cuanto cayó la noche, Lucien ‘perdió el juicio’ y tuvieron que volver a empezar desde cero con una intensidad que se duplicó por completo.

Si había algo de suerte en todo esto, era que gracias al acto previo, su entrada ya estaba lo suficientemente húmeda y relajada. De no haber sido así, solo de pensar en cómo habría terminado su parte íntima... le entraba pavor.

Si por error eyaculaba fuera, tampoco servía para nada. La noche siguiente, mientras mantenían relaciones de pie un tanto apresurados, a Kosha se le aflojaron las piernas y se desplomó justo en el momento en que Lucien eyaculaba. El fluido terminó salpicando la espalda de Kosha... y volvió a repetirse la misma tortura de la noche anterior.

Kosha era un hombre valiente y de los que rara vez lloraban, pero cuando recordaba aquello, se mareaba y sentía que las lágrimas se le salían solas.

La entrada no tardó en volverse un desastre húmedo. Él no escatimó en el uso del aceite y, por si fuera poco, el cuerpo de Kosha parecía haber nacido para ser dócil. Para cuando dos de sus dedos entraban y salían a la vez, las paredes internas empezaron a cosquillearle dulcemente. Sentía como si la yema de sus dedos rozara un punto que le provocaba una sensación extraña.

Kosha sintió que las rodillas se le juntaban y le entraron unas ganas locas de patalear, por lo que se aferró al brazo de Lucien con urgencia.

“Alteza. De pie no. De pie no...”.

Quería evitar a toda costa terminar haciéndolo de pie. La última vez también empezaron así y la cosa se prendió fuego...

Al ver que Kosha se retorcía, Lucien apartó los labios de su nuca y le dedicó una mirada de descontento por un instante. Acto seguido, lo cargó en vilo.

Al menos en estos aspectos, Lucien solía ser bastante comprensivo. Mientras estuviera ‘en su sano juicio’, no obligaba a Kosha a hacer cosas que no quería durante el sexo.

Claro que, el que la alternativa que propuso Lucien fuera del agrado de Kosha era un cantar muy diferente.

Lucien caminó así hasta el sofá de la sala de estar y se dejó caer en él. Kosha quedó de rodillas, apoyando las espinillas a los costados de las piernas de Lucien. Naturalmente, sus piernas se abrieron y su miembro, erecto y de un rosa vivo, quedó balanceándose frente a él.

Por pura vergüenza, Kosha intentó bajarse el dobladillo de la camisa de mala manera, pero la palma de Lucien le propinó un azote ligero en el trasero. No le dolió, pero el sonido del azote fue tan fuerte que le dio todavía más vergüenza.

“¿A dónde crees que vas?”.

“……”.

“Apóyate en mis hombros”.

Dijo Lucien mientras le subía la camisa.

Y una vez más, se tomó su tiempo masajeando su entrada. Por experiencia propia, sabía que era seguro estirarlo hasta que entraran tres dedos.

Así, a pesar de que de la punta del miembro de Kosha ya brotaba un líquido transparente que amenazaba con manchar su propia camisa, Lucien ni siquiera se había desabrochado el cordón de sus pantalones.

La penetración se llevó a cabo justo cuando el atardecer que entraba por la ventana teñía el ambiente de un rojo carmesí por última vez. En cuanto él se desató el cordón, un miembro amenazante, grueso y de un tono rojo oscuro saltó de golpe. Se alzaba hasta la altura del ombligo; era imponente y ya estaba empapado por el fluido previo que él mismo había derramado.

Haber derramado tanto y no haber parpadeado ni una sola vez mientras solo se dedicaba a masajear su entrada... Como hombre que también era, Kosha pensó que Lucien era realmente implacable.

Como de costumbre, Lucien usó el aceite que le había sobrado de preparar la entrada de Kosha para frotar ligeramente su propio miembro. Luego, terminó de quitarle la camisa a Kosha y lo hizo sentarse de espaldas a él. Para ser exactos, encima de su miembro.

El glande se acopló con la entrada que palpitaba. Aquella cosa enorme empezó a entrar lentamente, ensanchando su interior. La respiración de Kosha se aceleró.

“Está bien, despacio...”.

La postura entrando por detrás siempre le generaba un poco más de tensión a Kosha en comparación con la de estar frente a frente. Quizás se debía a que no tenía de dónde agarrarse. Como si leyera sus pensamientos, Lucien lo rodeó por la cintura con un brazo y le apretó la mano con la otra.

“¿Y-ya entró todo?”.

Preguntó Kosha jadeando. Todavía quedaba más de la mitad por entrar. Kosha siempre preguntaba si ya estaba todo dentro al llegar a este punto.

En lugar de responderle, Lucien presionó su bajo vientre y empujó con fuerza con la cadera, haciendo que Kosha pataleara rascando el sofá con los talones. Lucien volvió a comprobar la profundidad abajo. A juzgar por el trozo que aún quedaba fuera, lo más probable era que hubiera penetrado justo hasta el punto donde el mago perdía la cabeza.

Si le sigo dando ahí, pone una cara increíblemente lúbrica... Y ni un mísero agradecimiento me da.

Lucien soltó una risa mordaz.

“No aprietes tanto, haah... No aprietes tanto. No podemos venirnos ahora”.

Lucien lo consoló acariciándole el bajo vientre con suavidad, como si nunca antes lo hubiera presionado con fuerza.

Segunda regla: mantener el tiempo de penetración después del anochecer lo más largo posible.

Estrictamente hablando, parecía que el proceso del acto sexual contribuía a la activación del maná. Se sospechaba que guardaba relación con el aumento del ritmo cardíaco, pero no era algo seguro. Cuanto más prolongados fueran los movimientos de embestida, mayor era la cantidad de maná que se expulsaba de una sola vez.

Por lo tanto, era importante relajar bien la entrada y penetrar antes de que cayera el sol. Que el sol se pusiera justo cuando la excitación alcanzaba su punto álgido y que en ese momento se extrajera suficiente maná para eyacular era el escenario más ideal para Kosha.

Por supuesto, Lucien también estaba de acuerdo con esto. No había necesidad de desgastar el cuerpo del mago en vano.

Solo que, el volverse excepcionalmente lascivo e insistente con Kosha... era una simple e inevitable cuestión de gustos.

Hasta que el sol se retiró por completo detrás de la cordillera del oeste y la oscuridad se abalanzó, él solía quedarse quieto, casi sin moverse con el miembro dentro. Nominalmente, era para darle tiempo al cuerpo de Kosha para adaptarse, pero eso no significaba necesariamente que fuera menos agobiante.

“Ha, ugh, ah...”.

Los muslos blancos de Kosha sufrieron un leve espasmo. Sentía como si ese garrote que llenaba todo su interior fuera a atravesarle la piel del abdomen. Pero como no era doloroso ni desagradable, Kosha no sabía qué hacer con su cuerpo.

Lucien esperaba a que pasara el tiempo, empujando hacia el interior de vez en cuando con un movimiento lento de cadera. La sensación en el punto donde el duro glande presionaba y rascaba se volvía cada vez más lasciva y extraña. El interior de su vientre se contraía y se relajaba repetidamente a su libre albedrío.

“Fuuu...”.

Un aliento caliente se derramó sobre su nuca. El brazo que lo rodeaba por la espalda se tensó y los gruesos músculos de los muslos de Lucien, situados debajo de las piernas de Kosha, se crisparon.

La excitación del hombre que estaba a su espalda era completamente palpable.

¿Él también estará sufriendo? ¿Al igual que yo? ¿Estará así de desesperado?

Pero... el sol se pondría pronto. Kosha vagó con la mirada perdida por la ventana. El cielo exterior ya se había teñido de oscuridad en más de la mitad.

¿No bastaba más o menos con esto? ... ¿Aún no? ¿Hay que esperar un poco más? ¿La magia todavía no ha fluido?

Impaciente, Kosha no dejaba de mover el trasero involuntariamente. Ni siquiera era consciente de ello. Sus caderas se mecían como si por instinto buscaran el punto que le generaba placer.

Lucien, que reprimía su propia excitación mientras abrazaba a Kosha, soltó una risa incrédula.

El hecho de que ese traserito que ni siquiera podía albergar su miembro por completo se estuviera moviendo así le parecía inaudito, pero a la vez excesivamente estimulante. El interior, que ya de por sí era vertiginosamente estrecho, le mordía el miembro con fuerza, pero al mismo tiempo se relajaba con lascivia, tentándolo a entrar aún más profundo.

“Haah... De verdad que tú eres...”.

Lucien reprimió un gemido y frotó su frente contra la nuca de Kosha. Al compás de ese movimiento, la entrada del mago dio un respingo.

Llegó a la conclusión de que debía terminar de quitarle la camisa a Kosha. Se la había dejado puesta pensando en que tendría algo de frío, pero al ver cómo esa cintura que cabía en un puño se balanceaba sin temor alguno, sintió que no se quedaría satisfecho hasta que pudiera verlo con sus propios ojos.

Ya no tenía cabeza ni para mirar por la ventana ni para controlar el tiempo.

Agarró el dobladillo de la camisa y se la quitó tirando hacia arriba sin previo aviso. Kosha, que se quedó completamente desnudo sin haber podido oponer ni una pizca de resistencia, se giró hacia Lucien extrañado.

“¿……?”.

Kosha miró alternadamente el cielo, que ya se había teñido por completo de un azul oscuro, y los ojos gris azulado de Lucien. Sin embargo, Lucien no tenía margen para descifrar el significado de esa confusión y, por supuesto, tampoco le importaba. Lo máximo que hizo fue besarle los párpados desconcertados.

“¿Alteza...?”.

Lo llamó Kosha como para confirmar.

Ese apelativo de repente le molestó a Lucien, quien frunció el ceño a la par que sonreía.

“Pero ¿por qué... ngh, sigues usando ‘Alteza’?”.

“¿U-ugh, qué?”.

“Cuando lo hacemos, preferiría que...”.

Seguir aguantando quieto dentro de ese interior ardiente y estrecho se estaba convirtiendo en una tortura cada vez mayor. La velocidad con la que su miembro embestía suavemente comenzó a acelerarse poco a poco. Lucien sujetó la cintura de Kosha para inmovilizarlo y, mientras empujaba con suavidad hacia arriba en su interior, volvió a hablar.

“Di mi nombre”.

“¿Qué?”.

“Mi nombre”.

Presionó el pecho del jadeante Kosha para pegar su espalda delgada contra su propio torso, logrando que el rostro intensamente sonrojado se girara hacia él. Sus labios entreabiertos y sus ojos desenfocados desprendían una sensualidad pura.

“A-Alteza, ¿e-está en su sano juicio?”.

Consiguió preguntar Kosha.

El sol ya había caído y, sin embargo, el acto solo se encendía a fuego lento sin volverse violento; él seguía hablándole con modales y mantenía la cordura suficiente como para entablar una conversación.

Kosha preguntaba si estaba en su ‘sano juicio’ en el sentido del efecto de la poción mágica, pero como a Lucien le sonó a que estaba rechazando su petición de forma indirecta, frunció el entrecejo.

Él, por supuesto, estaba en su sano juicio. Pero ¿acaso importaba eso en este momento?

“¿Es que no sabes mi nombre?”.

“¿Eh?”.

“¿Te acuestas conmigo solo porque soy Su Alteza?”.

No es por eso, ¿verdad? La voz que se mezclaba con el húmedo y vergonzoso sonido de fricción era tan baja que parecía arrastrarse por el suelo.

...Por supuesto que cabía la posibilidad de que fuera por eso, pero a menos que uno estuviera loco, no lo diría tan abiertamente. Incluso con la poca cordura que le quedaba antes de quebrarse por completo, Lucien era capaz de hacer ese cálculo.

“¿Eh? ¡No, no es por eso! ¡No, ah, ah!”.

Como era de esperarse, el mago, que tenía el cuerpo blanco salpicado de manchas rojizas, negó con la cabeza apresuradamente.

“Entonces llámame por mi nombre cuando lo hagamos. Ya basta de formalismos”.

Lo presiono él una vez más.

Si llegaba a escuchar ese dichoso ‘Alteza’ una sola vez más en la cama, iba a...

Además, él también... lo había llamado por su nombre. Solo fue esa vez, pero aun así. Y lo seguiría haciendo en el futuro.

“Lu...”.

Kosha balbuceó. Daba la impresión de que estaba debatiendo si tenía permitido atreverse a pronunciar ese nombre. Como casi todo lo que hacía este torpe mago, era una preocupación inútil.

Lucien empujó con la cadera hacia arriba unas cuantas veces más. Los movimientos se volvieron gradualmente más intensos, justo al límite de lo que Kosha podía soportar sin perder el conocimiento.

“Rápido, ¿sí?”.

Lo presiono Lucien mientras le presionaba la pelvis hacia abajo. Kosha dejó escapar un gemido extraño y soltó las palabras apresuradamente.

“Lu, Lucien. Lucien”.

“……”.

“Ah, hugh... Lucien. Ah”.

Y en ese preciso instante, la cabeza le dio vueltas. Lucien contuvo la respiración y apretó los dientes. No sabía si era la sensación de la poción mágica surtiendo efecto o si era...

“Eso es, muy bien hecho”.

El cumplido fue casi un mero murmullo. Sin más, Lucien metió una mano entre las piernas de Kosha para sostenerlo y se levantó del asiento. Debido a la diferencia natural de estatura, las puntas de los pies de Kosha quedaron flotando en el aire y el miembro penetró todavía más profundo en su vientre.

“¡Ah! ¡Alteza! ¡Ah!”,

“¿Otra vez con ‘Alteza’?”.

Sus piernas delgadas se agitaron y terminaron enredándose alrededor de las de Lucien. Con cada paso que este daba hacia adelante, el interior de Kosha se contraía dando respingos, ofreciéndole un estímulo fuera de serie al hombre que estaba enterrado en su interior.

El hombre, que finalmente caminó hasta el otro extremo de la habitación, colocó a Kosha boca abajo sobre una cómoda bastante amplia. El mueble era curiosamente alto, por lo que las puntas de los pies de Kosha apenas rozaban el suelo.

“De ahora en adelante, cuando lo hagamos, nos llamaremos por nuestros nombres”.

Lucien se inclinó sobre él y le besó la oreja. Su robusto torso aplastó el cuerpo de Kosha contra la fría madera del mueble. Y, acto seguido, comenzó a mover las caderas rítmicamente.

“Ah, ugh, hugh, Lucien. Ahí, ¡ah, aah!”.

“Nng, así es, haah... Te gusta este punto, ¿verdad?”.

Tras apuntar y embestir un par de veces más como si quisiera taladrarlo, las uñas de Kosha rasparon la madera del mueble con fuerza. Sin embargo, Lucien no tardó en someter las manos de Kosha presionándolas, y el chico ya no pudo mover ni la punta de sus dedos a su antojo.

El movimiento de penetración fue sumamente largo e insistente. Lucien parecía estar extrañamente en su sano juicio hoy... Jadeando, Kosha pensó que casi prefería las veces en que él se volvía tan violento que ni siquiera podía mantener la cordura.

El estímulo de frotar sus pezones erectos contra el mueble de madera fría era excesivo. Su miembro, erguido y de un tono rosa vivo, se balanceaba de un lado a otro, tropezando y chocando repetidamente con los tiradores de la cómoda. Deseaba que Lucien lo sujetara de alguna manera, que hiciera algo, pero sus dos manos seguían sometiendo las de Kosha sin tregua.

Todo se sentía de manera tan nítida e inevitable que a Kosha le dio un escalofrío. Para quien estaba en la posición de recibir, aquello pareció casi una eternidad, pero en realidad la eyaculación no tomó tanto tiempo considerando lo mucho que se había contenido.

El fluido blanquecino expulsado por la punta del miembro de Kosha se enredó de forma viscosa en el tirador metálico del costoso mueble. Poco después, incapaz de resistir la sensación de las paredes internas apretándolo como si lo estuvieran exprimiendo al momento del clímax, Lucien empujó profundamente y descargó su semen.

“Ugh, haah...”.

La primera eyaculación siempre era larga. Kosha pudo sentir nítidamente cómo el miembro que llenaba su parte íntima por completo palpitaba con fuerza mientras vomitaba el semen. Todo el cuerpo de Lucien se tensó y aplastó con más fuerza todavía a la persona que estaba recibiendo su descarga.

Kosha sintió aturdido cómo una parte del maná que había regresado a través de la eyaculación interna era absorbida lentamente por su cuerpo.

Incluso después de terminar de eyacular, Lucien disfrutó de las húmedas paredes internas durante un buen rato antes de retirarse lentamente. Cada vez que el cuerpo hipersensible de Kosha sufría un espasmo, un beso caía sobre su espalda.

La entrada, que había estado albergando algo desmesurado, no pudo cerrarse de golpe y se quedó palpitando abierta durante un tiempo, aunque no llegó a derramarse nada.

Lucien le dio la vuelta al cuerpo de Kosha y lo examinó de arriba abajo. Él siempre solía comprobar si le habían quedado rozaduras o heridas después del acto. Kosha, que ya se había acostumbrado, simplemente se quedó tumbado en la parte superior de la cómoda alargada jadeando y dejándose examinar.

Tras terminar la inspección, Lucien lo cargó en brazos. Rodeando su cuello con los brazos de forma natural y dejándose llevar por el cansancio, Kosha pensó con la mente aturdida.

A este paso me voy a malcriar. Ya de por sí no es que tenga muy buena resistencia física, pero aun así... He oído que si eres un hombre y flaqueas demasiado en la cama es algo vergonzoso. Yo también debería moverme de forma más independiente y activa...

Pero ¿qué puedo hacer si ahora mismo no me quedan fuerzas en el cuerpo? Tal vez esas cosas las dice alguien que nunca ha tenido algo tan monstruoso metido ahí atrás.

Kosha se dejó caer bocarriba en el sofá alargado donde Lucien lo recostó, justificando así su propia pereza.

Esa sensación del cuerpo caliente y encendido después del acto, el tacto puro de las manos de Lucien acariciándolo con calma y la suave tela del sofá envolviendo su cuerpo eran el combo perfecto para sentirse bien.

Lo que arrastró su mente de vuelta a la realidad cuando estaba a punto de quedarse profundamente dormido fue una sensación de humedad entre sus piernas.

“¡……!”.

Asustado, dio un respingo y miró hacia abajo; en algún momento, esa cabeza rubia se había colocado entre sus piernas.

“Ugh, ¡Alteza...!”.

Los labios de Lucien deambulaban a su libre albedrío, toqueteando su perineo y la cara interna de sus muslos. Dejando de lado únicamente el glande, que estaba especialmente sensible justo después de eyacular, se dedicaba a besar y lamer repetidamente el liso y rosado tronco de su miembro.

Con la cabeza de Lucien instalada entre sus piernas, Kosha gimió sin saber qué hacer con su cuerpo. De por sí, ya se había puesto así de repente la última vez... Aunque decir ‘la última vez’ fuera referirse apenas al día de ayer...

“Alteza, sinceramente, esto es demasiado...”.

En ese instante, sus miradas se cruzaron. Para estar con la cara enterrada entre las piernas de otra persona, su mirada era sumamente afilada. Kosha leyó el ambiente por instinto y corrigió su error.

“No Su Alteza, sino Lu... Lucien”.

“Habla”.

“Pues eso, que me parece que esto es demasiado... depravado. Por nuestra parte. Ya lo pensé la última vez también”.

“¿Depravado?”.

Lucien frunció el ceño como si acabara de recibir una acusación injusta.

“¿A qué viene eso de repente? Si hasta te estoy lamiendo aquí abajo”.

Sus palabras no tenían ni pies ni cabeza.

A eso me refiero precisamente con que es depravado...

Kosha se tragó las palabras que estuvieron a punto de salirle disparadas. En su lugar, se esforzó por explicarle las cosas paso a paso, empezando por el problema más fundamental.

“Por eso mismo se lo digo, escúcheme, Alteza. Uh, no sé cómo hemos terminado así, pero para empezar, yo jamás he oído hablar de un método tan obsceno para romper una magia... La magia originalmente es todo lo contrario a este tipo de... lujuria, ¡ah!”.

No pudo terminar la frase. Y es que un dedo despiadado, que no parecía tener la más mínima intención de escucharlo, se coló de golpe en su entrada.

La zona todavía estaba lo suficientemente relajada y suave. Incluso estaba húmeda por lo que él le había descargado en el fondo y que ahora iba resbalando poco a poco hacia afuera. Lucien le abrió los muslos con disimulo y se subió encima del cuerpo de Kosha.

“Hagámoslo una vez más”.

Tercera regla: la expulsión de maná solo ocurría una vez por noche.

Una vez expulsado, el maná volvía a esconderse. Como si por instinto se negara a regresar, como si quisiera permanecer en el cuerpo de Lucien, esto era algo realmente ‘antinatural’, por lo que Kosha, siendo el dueño del maná, no terminaba de comprenderlo...

No es que no hubiera pensado en elegir un día para sufrir y recuperar todo el maná de golpe. Pero todo había sido en vano.

Por lo tanto, a partir de ahora, el acto no tenía nada que ver con la ‘desintoxicación’.

Era sexo sin ningún motivo, puro sexo por placer.

“Pero...”.

Kosha dudó. Lucien, que se había incorporado, terminó de quitarse la ropa y se masturbó el miembro un par de veces para estimularse mientras miraba fijamente a Kosha.

Aquel miembro imponente y aterrador, brillante por estar empapado en toda clase de fluidos, quedó completamente al descubierto ante sus ojos.

Como siempre pensaba, Lucien tenía un cuerpo precioso de arriba abajo. No solo su rostro, sino la línea que caía desde el cuello hasta los hombros, el pecho y la cintura, las proporciones de su cuerpo y la línea que unía los músculos del muslo con la pantorrilla; todo era ideal.

Pero tenía que ser precisamente ahí, justo ahí...

Como el resto de su cuerpo era tan hermoso, la monstruosidad de esa parte resaltaba todavía más. Cada vez que lo veía le dolía hasta el alma.

¿Será que usó toda la belleza en las otras partes de su cuerpo y por eso esa zona le quedó así?, se lamentó Kosha. Para empezar, el color ya era un poco...

“Esta vez lo haré despacio. Con cuidado. Como a ti te gusta. ¿Mmm?”.

Interpretando a su manera el silencio de Kosha, Lucien se pegó a su cuerpo y añadió aquello para engatusarlo.

Siempre era igual. Cada vez que le pedía una segunda vez, lo tentaba soltándole toda clase de promesas como que lo haría con cuidado o despacio.

Claro que él era un hombre que solía cumplir a rajatabla lo que salía de su boca.

Sin darse cuenta, Kosha sorbió un poco la nariz.

Es demasiado grande y feo, pero aun así... aun así no puedo llegar a odiarlo del todo porque ya descubrí lo mucho que puede hacerme sentir extraño y complacido si se usa bien...

...Me enseñaron que un hombre no debe dejarse llevar por la lujuria a la ligera.

Sin embargo, era una batalla perdida. Incapaz de seguir resistiéndose a la tentación, Kosha asintió lentamente con la cabeza. Al mismo tiempo, Lucien sonrió complacido y unió sus labios con los de él.

Unas manos grandes sujetaron sus suaves muslos y se los abrieron hacia arriba. Sintiendo con un leve dolor cómo el glande acoplado en el agujero volvía a empujar hacia adentro como si regresara a su propio hogar, Kosha cerró los ojos mareado por la sensación.

 

Cuando abrió los ojos, estaba dentro de los baños termales.

Eran los baños termales privados pertenecientes al interior de la alcoba de Lucien. Eran sencillos y pulcros, decorados únicamente con madera y piedra, pero estaban repletos de artículos de lujo poco comunes, desde las sales de baño hasta el mobiliario. La bañera, que tenía el tamaño justo para que cupieran los dos y rebosara, estaba tallada directamente en un enorme bloque de mármol.

Kosha ni siquiera podía calcular cuándo había perdido el conocimiento por última vez ni cuánto tiempo más había pasado desde entonces. Miró a su alrededor lentamente.

Sintió el firme pecho de Lucien a su espalda.

Esta era la tercera vez que entraba a estos baños termales.

Él se había comportado como si hubiera ocurrido algo inaudito cuando escuchó que, al día siguiente de su primera noche, Kosha se había lavado en los baños públicos de los sirvientes. Para Kosha aquello no era para tanto, pero por alguna razón Lucien parecía haber dado por sentado que un sirviente le habría llevado agua caliente para bañarse aparte en su habitación.

¿Cómo iba a ser eso posible? Al fin y a cabo, Kosha de cara al público no era más que un sirviente común y corriente.

En cualquier caso, a partir de ese momento, Lucien empezó a supervisar personalmente el proceso de aseo de Kosha.

“¿Ya despertaste?”.

Se escuchó una voz lánguida a su espalda. Parecía que él también se había quedado dormido un momento dentro de los baños termales.

“¿Quieres que caliente un poco más el agua?”.

El poder disponer de agua caliente mediante tuberías que permanecían encendidas constantemente era un privilegio del que solo se gozaba en los baños privados de la familia real.

Sin embargo, Kosha negó con la cabeza. El agua todavía estaba lo suficientemente tibia y ya sabía de antemano que Lucien saldría pronto de los baños termales.

Tal como esperaba, Lucien se limitó a juguetear un poco con el cabello de Kosha y enseguida se incorporó. Kosha apoyó la mejilla con pereza en un lado de la bañera y se quedó observando cómo él se enjuagaba el cuerpo con agua templada.

Al verlo moverse sin tener tiempo siquiera para descansar como es debido, las preocupaciones volvieron a su mente.

Por así decirlo, le daba un poco de cosa que pareciera que solo tenían sexo. Aunque sabía que la desintoxicación a través del sexo era la ayuda más práctica que podía brindarle en este momento...

“Descansa todo lo que quieras y luego duerme en mi habitación”.

Dijo Lucien mientras se secaba el agua y empezaba a ponerse los pantalones.

“No te preocupes si ves que no puedo venir”.

Él se iba de aquí para allá a trabajar sin poder pegar ojo y Kosha, en cambio...

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Aun así, por algo me llaman mago.

Los primeros días andaba arrastrando los pies debido a que su cuerpo no estaba acostumbrado al sexo y terminaba agotado, pero ahora ya le había agarrado el truco a su manera. Con descansar un poco se recuperaba lo suficiente como para andar deambulando por ahí...

Kosha se armó de valor y habló.

“Disculpe, Alteza”.

“¿Mm?”.

“Por si acaso... ¿no habrá alguna otra tarea en la que pueda ayudarle? O si no, he estado pensando... que tal vez podría ir otra vez a la biblioteca a la que fuimos la última vez...”.

“¿Qué?”.

Lucien se giró de golpe a mitad de ponerse la camisa. Tenía una expresión como si acabara de escuchar una soberana tontería.

“¿A dónde dices que vas a ir?”.

“A la biblioteca mágica... a la que está en el ala este”.

“¿Estás loco?”.

La voz que interrumpió bruscamente las palabras fue cortante. El ambiente relajado se tornó tenso en un instante.

Lucien escudriñó con recelo las intenciones de Kosha. Sin embargo, el rostro del chico que flotaba en el agua se veía de lo más puro e inocente.

“Pero escúcheme. Hoy por alguna razón no ha perdido la razón, Alteza. Esto no lo entiendo bien y me parece extraño. Aunque lo estamos haciendo porque surte efecto de inmediato, la realidad es que seguimos sin conocer el principio del hechizo...”.

“……”.

“Y además, para usted también podría resultar agotador si lo hacemos... todos los días...”.

Añadió Kosha sutilmente.

Lucien negó con la cabeza como si no pudiera dar crédito y lo ignoró.

Ese perfil suyo se veía tan impecable que Kosha se desinfló un poco.

Ciertamente, a pesar de que estos días se movía sin tiempo ni para cerrar los ojos, se le veía muy bien en muchos sentidos... Daba la impresión de estar a punto de demostrar con todo su cuerpo que un libertinaje moderado es mejor para la salud que una abstinencia excesiva.

Aun así, el mago se armó de valor una vez más.

“Soy un mago. Ahora también puedo ocultar bien mi cuerpo... Será diferente a la última vez”.

“Mago ni qué ocho cuartos”.

La respuesta que recibió fue fulminante. Lucien se abrochó el cordón de la camisa con brusquedad y se acercó a grandes zancadas a Kosha, que seguía dentro de la bañera.

“Me ayudas más si te quedas quietecito”.

Lucien le agarró la mejilla con fuerza con su mano grande por un instante y luego la soltó.

“Responde si lo has entendido”.

“...Síii”.

La respuesta llegó un segundo tarde. Como Kosha tenía un carácter de lo más dócil, verle actuar así era algo poco común, por lo que los ojos de Lucien se entrecerraron. Tenía los labios fruncidos en señal de descontento.

¿Qué problema hay con que le diga que se limite a comer y dormir? Había oído que a los magos no les gusta mover el cuerpo.

¿Acaso se le habrán pegado malas mañas por vivir tanto tiempo con esa parvada de gansos locos?

Lucien tamborileó los dedos con irritación contra el borde de la bañera.

Por muy pomposas que fueran las razones que pusiera sobre la mesa, que el mago actuara por su cuenta era algo que no podía permitirse.

...Porque las acciones individuales del mago daban pie a sospechas.

Él no quería sospechar del mago. Pero estaba en una posición en la que tenía la obligación de sospechar. Así que, por favor. No quería dar pie ni a la más mínima duda.

Kosha, que evitaba su mirada, se escurrió dentro de la bañera. Sumergió la mitad de la cara en el agua que ya se había enfriado lo justo y se puso a soplar burbujas para distraerse. Lucien quiso recriminarle esa protesta silenciosa, pero ya no disponía de más tiempo que perder.

“...Hablo en serio, quédate quietecito y duérmete”.

Al final, ponerse la cottehardie a la carrera sobre la camisa y dejarle una advertencia más fue lo máximo que pudo hacer.

Sin embargo, si los magos hubieran sido seres capaces de ser gobernados por los humanos, no habrían sido perseguidos de forma tan severa en aquella época.

***

En cualquier caso, Kosha se esforzó por hacer caso.

Se quedó chapoteando solo dentro de la bañera hasta que el agua se enfrió por completo y, cuando por fin salió y se secó, ya le tenían la ropa preparada.

Era un camisón largo estilo vestido de una sola pieza.

Daba la impresión de que Lucien de verdad tenía la intención de dejarlo encerrado en la habitación. Este tipo de camisones eran prendas que usaban los niños pequeños. Si un hombre adulto se paseaba por ahí con semejante pinta y lo veían, no tendría derecho a réplica aunque se burlaran de él hasta el día de su muerte. Dependiendo del caso, que le hubieran dejado esa ropa podría considerarse incluso un insulto.

Pero Kosha se puso el camisón sin quejarse demasiado. Simplemente se quedó un poco intrigado por cómo demonios se las habría apañado Lucien para conseguir un camisón de una sola pieza de talla para hombre adulto.

En cualquier caso, el camisón era muy suave, por lo que se sentía muy bien e incluso olía rico.

Kosha se metió en la cama de Lucien. Era sumamente suave y cómoda. Como para andarse con remilgos y rechazar semejante lujo cuando lo que más ansiaba era descansar. Si Lucien hubiera estado en la posición de tener que recibir esa cosa monstruosa por detrás, no andaría paseándose tan campante de aquí para allá.

Kosha cayó en un sueño profundo consolándose con que menos mal que era su propio cuerpo el que se desgastaba.

 

No habían pasado más que unas pocas horas cuando Kosha, que dormía profundamente sin soñar nada, se despertó sobresaltado.

La alcoba estaba completamente a oscuras y Kosha seguía solo. Parecía que había dormido de forma muy profunda y placentera.

Kosha se incorporó todo despeinado.

En cualquier caso, como ya se había quedado quietecito a dormir y ya había despertado, ya había cumplido con todo lo que Lucien le ordenó.

¿Y a partir de ahora? Bueno, ¡eso ya era cosa suya!

Kosha se despertó con la cabeza despejada y descansada, y de inmediato comenzó a razonar de forma puramente mágica. No había nadie a su lado, como Lucien o Gosric que lo sujetara y le impusiera una conciencia humana.

No había rastro de su ropa original, pero no le costó ningún trabajo invocar su túnica gris. Aquella túnica, completamente impregnada del maná de Kosha, era ahora prácticamente como su propia piel. Kosha tiró de la túnica gris haciéndola aparecer de la nada y se la envolvió con firmeza sobre el flojo camisón estilo vestido.

Con eso ya estaba lo suficientemente listo para salir. Arrastrando unas pantuflas que le quedaban un poco grandes, Kosha salió al exterior. Las cerraduras fabricadas por los humanos no podían detener a un mago.

De la manga de su túnica salió arrastrándose el lagarto. Al agarrarlo y dejarlo en el suelo, el animalito empezó a caminar agitando su cola extrañamente torcida.

Directo hacia el lugar que su dueño deseaba.

El interior del castillo estaba en absoluto silencio debido al toque de queda. Kosha no se cruzó con nadie hasta que llegó al enorme puente que conectaba el ala este con el ala oeste. Por supuesto, aunque se hubiera topado con alguien, no habría habido mayores problemas. Al menos mientras llevara puesta esa túnica.

En el puente, situado a una altura vertiginosa, soplaba un viento todavía más violento que la última vez.

El otoño en la región central de Iseland solía prolongarse bastante, pero una vez que las temperaturas empezaban a bajar, el invierno se echaba encima en un abrir y cerrar de ojos. Esa era precisamente la época en la que se encontraban.

Día tras día, la temperatura del viento que soplaba cambiaba, y la amplitud térmica entre el día y la noche también aumentaba gradualmente. De seguir así, las heladas caerían de golpe y las tormentas de nieve no tardarían en azotar el lugar.

Aun así, al menos este invierno no tendré que preocuparme por los gansos, pensó Kosha mientras cruzaba el puente a paso ligero.

Al pasar al ala este, una energía pesada y desagradable envolvió su cuerpo. Frunció el ceño involuntariamente.

Era una energía turbia y extraña.

Se parecía a la energía de aquel mago cuyo nombre era ¿Al... qué sé yo? que andaba tramando cosas sospechosas cerca del ala oeste. Solo que aquí estaba esparcida por toda el ala este con una concentración muchísimo más densa. Casi como si estuviera reclamando un ‘territorio’.

¿Vivía ese hombre en el ala este? Entonces, ¿acaso era el mago de Bastian?

No era lo suficientemente fuerte como para vulnerar la barrera protectora de Kosha, pero de pronto sintió que los hombros le pesaban. Al lagarto también pareció darle repelús, pues sufrió un escalofrío en todo el cuerpo.

Fue justo cuando caminaba despacio, Extremando las precauciones con su entorno.

El lagarto, que había doblado la esquina antes que él, se detuvo en seco y regresó dando saltos para esconderse dentro de la túnica de Kosha. Kosha lo recibió apresuradamente en sus brazos y pegó su cuerpo contra la pared.

Al agudizar sus sentidos, escuchó la voz difusa de alguien a lo lejos. Parecía una conversación...

Como no se escuchaba bien, Kosha empezó a avanzar poco a poco. El lagarto, que asomaba la cabeza entre su pecho, también miraba a su alrededor haciendo guardia junto a él.

Las voces se volvieron un poco más nítidas. Parecían un hombre y una mujer, y hablaban en un tono alto, casi como si estuvieran peleando. Fue justo cuando Kosha, avanzando a gatas hasta la siguiente esquina, asomó la cabeza disimuladamente.

¡Clang! Un sonido pesado, como si se hubiera cerrado una puerta de golpe, sacudió el pasillo. Asustado, Kosha dio un respingo y se encogió. Acto seguido, se escuchó una mezcla de respiraciones agitadas y pisadas.

No percibió ninguna presencia que fuera especialmente de un mago.

Si se quedaba allí quieto conteniendo la respiración, lo más probable era que los humanos no se percataran de la presencia de Kosha y pasaran de largo.

Sin embargo...

Kosha, que se concentraba en el sonido, se levantó de su sitio y de pronto dobló la esquina saliendo al encuentro.

“¡Ah!”.

La persona que venía caminando en dirección contraria dejó escapar un grito ahogado. Era una voz aguda de mujer.

Kosha también se tambaleó dando un paso hacia atrás. El farol que la otra persona llevaba en la mano chocó contra el cuerpo de Kosha, balanceándose con un sonido metálico.

“... ¿Quién eres?”.

Preguntó la mujer, que llevaba puesta una capucha gris. Su voz, sumamente baja, estaba llena de recelo. Debido a la sombra que proyectaba la capucha no se le veía bien la cara, pero sí se distinguía perfectamente el largo cabello negro y rizado que caía por debajo de ella.

“¿Merda?”.

Preguntó Kosha con cautela. Ella dio un respingo y retrocedió un paso.

“He dicho que quién eres”.

Sus palabras sonaban agresivas a simple vista, pero al mismo tiempo parecía muerta de miedo. En lugar de responderle, Kosha se quitó la capucha con movimientos lentos.

Bajo la luz del farol quedó al descubierto su rostro libre de imperfecciones. Pudo ver cómo la mujer se levantaba un poco la capucha y entrecerraba los ojos.

“Soy yo, Kosha”.

“... ¿Y quién es ese?”.

“Kosha, el cuidador de gansos. ¿No te acuerdas? En Osterbeek”.

Tras un breve silencio, los labios de la mujer se entreabrieron atónitos. Se quitó la capucha gris de golpe. Sus ojos estaban tan abiertos de la sorpresa como su boca.

“¡¿El cuidador de gansos?!”.

Exclamó Merda. Kosha sonrió con timidez. Daba la impresión de que ella no recordaba para nada el nombre de Kosha.

“Sí. El cuidador de gansos que también te preparó la ‘poción de amor’”.

Los carnosos labios de Merda, que se habían quedado boquiabiertos, temblaron ligeramente y terminaron torciéndose de forma extraña al escuchar lo de la ‘poción de amor’.

Tras mirar a Kosha con una expresión difícil de describir, se llevó una mano a la frente. De inmediato escudriñó los alrededores como un felino con los pelos de punta y empujó a Kosha para dar la vuelta a la esquina.

Merda, que se colocó pegada a una enorme columna como si se estuviera escondiendo, volvió a sujetar a Kosha. Movió los labios como si fuera a decir algo, pero terminó frunciendo el ceño y le acercó el farol a la cara a Kosha.

“¿De verdad eres el cuidador de gansos? ¿T-tú eras así? ¿Qué ha pasado?”.

“Uuuh...”.

Kosha asintió con la cabeza mientras apartaba disimuladamente el farol que desprendía un calor ardiente. Por supuesto, su aspecto actual debía de ser bastante diferente al que Merda recordaba. En aquel entonces, Kosha llevaba puesto el caparazón de cuidador de gansos.

En aquel momento ni él mismo era consciente de ello, pero aquello era una especie de barrera protectora. Al igual que la túnica gris que llevaba puesta ahora.

“De verdad, no te reconocí. ¿Te has arreglado el cabello?”.

“No pasa nada. Yo también estuve a punto de no reconocerte”.

“¿Y tú qué demonios haces aquí? No me digas que...”.

Su mirada escaneó a Kosha de arriba abajo.

La túnica gris de Kosha se parecía muchísimo, a simple vista, a la capa gris de Merda. La diferencia en el material o en la confección no se notaba mucho bajo la luz difusa del farol y el pasillo en penumbra.

Y los tobillos descalzos que quedaban al descubierto por debajo de esa túnica gris.

“¿Pero qué facha es esa?”.

Merda seguía siendo tan directa como antes. Su mano se coló sin dudarlo entre la túnica de Kosha. Los bordes se abrieron y dejaron a la vista el finísimo camisón de una sola pieza.

Era una facha por la que no tendría derecho a réplica aunque se burlaran de él hasta el día de su muerte... pero Kosha no se resistió y se limitó a soportar el tacto en silencio mientras analizaba el estado de Merda.

“No me jodas”.

“……”.

“Esto es... esto es...”.

Su mano temblorosa tocó la nuca de Kosha, la cual había quedado expuesta de mala manera. Era el lugar donde quedaban marcas rojizas de mordiscos y succiones.

A menudo, Lucien solía morder durante el acto. Solo eran ligeras succiones o mordiscos suaves, pero en la piel blanda del mago las marcas se quedaban con facilidad.

“¿Tú también... te acuestas con... el príncipe?”.

La voz de Merda era tan débil que parecía que el viento se la iba a llevar en cualquier momento.

“¿Eh, eh...?”.

Kosha se desconcertó ante aquella pregunta que no se esperaba para nada. Dejando de lado que el contenido fuera tan explícito...

Como la realidad era que sí se estaba acostando con ‘el príncipe’, Kosha dudó sin encontrar las palabras adecuadas. Interpretando a su manera esa vacilación, Merda se tapó la boca con su mano temblorosa.

“Ha, maldito loco...”.

“...Merda”.

“Hijo de perra, maldito desgraciado... Me dijo que ahora solo me tenía a mí, que esta vez iba en serio. Y resulta que también con hombres...”.

Su hermoso rostro se desfiguró por completo. Parecía que se iba a desplomar en cualquier momento, por lo que Kosha la sostuvo a toda prisa.

Al tener una figura voluptuosa y mantener siempre una actitud imponente, nunca le había parecido tan pequeña, pero al tenerla cerca, cabía perfectamente en los brazos de Kosha. Tras dudarlo un instante, Kosha rompió el hielo con torpeza.

“Merda, oye... ¿entonces tú también con el príncipe...?”.

Lo más probable era que no estuvieran hablando del mismo ‘príncipe’...

Merda apoyó la cara en el hombro de Kosha. Pero enseguida levantó la cabeza y exclamó conteniendo la respiración.

“¡Yo tampoco quería que fuera así...!”.

“Cálmate. ¿Pero qué es lo que ha pasado exactamente? ¿El hombre con el que decías que te ibas a ver en aquel entonces era el ‘príncipe’? El hombre del que me dijiste que ibas a recibir una propuesta de matrimonio cuando me pediste la poción”.

Preguntó Kosha dándole palmaditas torpes en la espalda. A medida que las preguntas avanzaban, el rostro de Merda se llenaba de ansiedad y recelo.

...Ah, esto es problemático.

Kosha levantó la mano y le subió la barbilla a Merda con suavidad. Los ojos de Kosha, que tenían un color verde un poco más nítido de lo habitual, se encontraron suavemente con las pupilas negras de Merda.

Tratándose de un humano común y corriente, una ligerísima sugestión era más que suficiente. Y más todavía si se trataba de un humano en un estado inestable.

Las largas pestañas de Merda sufrieron un espasmo y enseguida su mirada se volvió blanda y sumisa. Sus labios rígidos se abrieron con la misma facilidad.

“¿Cómo crees? Ese hombre, Ermet, era simplemente el vasallo del príncipe. No era un hombre casado, realmente era solo...”.

“¿Solo?”.

“Solo... no sé. Ese desgraciado es igual...”.

Y una vez más, comenzó a soltar toda clase de insultos. Maldito desgraciado, cerdo de mierda, rata rastrera, hijo de tal... De pronto, abrió los ojos de par en par.

“¿No me digas que a ti también te engañó Ermet para traerte hasta aquí?”.

Esa pregunta sonaba desesperada por alguna razón. Kosha negó con la cabeza confundido.

“A-ah, no. Yo simplemente...”.

Vine a trabajar de sirviente...

En cuanto Kosha improvisó esa excusa, ella se mordió los labios con fuerza y agachó la cabeza. Sus manos finas, arregladas con las uñas en punta, le cubrieron el rostro desesperada.

Tras un breve silencio, soltó como si fuera un suspiro.

“...Lo siento”.

“¿Me lo dices a mí?”.

“Siento haberte obligado tanto a que me prepararas la poción de amor en aquel entonces...”.

Sollozó Merda. Sus palabras se emborronaron.

“Te mentí. Yo... le dije a Ermet que creía que en el pueblo había un boticario que ocultaba su identidad. Entonces él me dijo que, si se trataba de un boticario cuyo nombre no fuera conocido, que le preguntara si podía preparar algo llamado poción de amor".

“……”.

“Me dijo que si conseguía eso, podría ganar méritos. Me dijo que así Ermet también ascendería de rango, hablaría con sus padres y podría casarse conmigo...”.

De verdad que lo siento mucho. En ese momento yo ni siquiera sabía para qué servía esa poción.

Mientras decía eso, Merda ya estaba llorando a moco tendido.

Kosha movió los labios. Una poción de amor fabricada por un boticario y no por un mago, el hecho de que dijeran que con eso se ganarían méritos, y el que se la tomó fue Lucien...

Su cabeza empezó a dar vueltas de forma caótica.

“¿Entonces te casaste con ese hombre y viniste al castillo? Yo te preparé la poción”.

“Yo tampoco lo sé...”.

Merda negó con la cabeza.

“Le propuse que nos escondiéramos un tiempo y viviéramos juntos para luego decírselo a sus padres, pero de pronto ese desgraciado cambió de opinión. Dijo que todo se había ido al diablo. Se enfadó conmigo diciendo que era por mi culpa. Y entonces me empujó a la alcoba del príncipe, presentándome como su esposa...”.

Se quedó sin habla un momento jadeando por el llanto.

“Me dijo que, al fin y al cabo, ¿acaso no era que yo quería gozar de lujos? Que si me convertía en la amante del príncipe vendría a ser lo mismo... Soltó semejante sarta de tonterias, y yo soy una imbécil por haberme dejado convencer...”.

Sorbía la nariz y se frotaba los ojos bruscamente para secarse las lágrimas.

Te vas a hacer daño si sigues así...

Kosha se asustó y le secó las lágrimas con la tela suave del interior de su manga.

“¡Pero ¿qué otra cosa podía haber hecho yo en esa situación...?! Y encima el que llaman príncipe resultó ser más joven y guapo de lo que pensaba. Además de tener buenos modales. Así que yo, como una tonta...”.

“En eso tienes razón...”.

Kosha empatizó de todo corazón con sus palabras pensando en el otro ‘príncipe’.

Sí, de verdad que es muy guapo...

“Yo al principio ni siquiera sabía qué era eso de ser amante. Pensaba que simplemente en la corte se les llamaba así a las novias. Los n-nobles a veces usan expresiones diferentes a las nuestras. De verdad que no sabía que terminaría en esta facha”.

“……”.

“P-pero bueno, ¿y tú qué vas a hacer ahora?”.

Preguntó la chica que lloraba y hablaba sin sentido, levantando la cabeza del pecho de Kosha. Kosha, que la consolaba con calma, se desconcertó.

“¿Eh... hacer qué?”.

“¡Dicen que el príncipe se va a la guerra o algo así!”.

“¿Y eso qué tiene que ver?”.

¿Qué tenía que ver con Merda que el príncipe se marchara a la guerra? Cuando un miembro de la familia real o un noble se iba a la guerra, ¿su amante tenía que hacer algo? Se esforzó por rebuscar en sus recuerdos antiguos, pero no le sirvieron de nada. Que él supiera, a su alrededor nadie tenía precisamente una amante, y además...

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Al ver que Kosha dudaba, la mirada de Merda, que se había vuelto un poco más nítida, volvió a llenarse de recelo. Al parecer, su fuerza mental era más fuerte de lo que pensaba.

Ah, no, no puede ser...

Kosha volvió a cruzar la mirada con ella con cautela.

Al mismo tiempo que el color de su iris se volvía un poco más intenso, la mirada de Merda volvió a nublarse.

“...Cielos. De verdad que no sabes nada de nada. ¿Hace poco que llegaste aquí?”.

Y de inmediato comenzó a razonar a favor del mago. Kosha asintió con la cabeza de inmediato.

“Ah, sí. Yo llevo poco tiempo aquí”.

“Haah...”.

Merda se llevó la mano a la frente y luego negó con la cabeza.

“Si te quedas aquí, seguro que esa mujer, Airi, intentará matarte a ti también”.

“¿Airi?”.

“¡La princesa heredera!”.

Añadió ella.

“No me digas que tampoco sabes que hay una princesa heredera”.

Por supuesto, Kosha no lo sabía ni le importaba.

“La princesa heredera no deja en paz a las personas que se acuestan con su esposo. Dicen que ya es famosa por eso. Yo también estuve a punto de morir. Al principio, cuando me descubrieron...”.

“……”.

“¡Es verdad! Esa mujer se lo conto a su padre y este vino liderando hasta un ejército. Fue de verdad aterrador. Pensé que me moría”.

¿Un ejército...? Por muy suegro del príncipe que fuera, ¿se podía entrar al castillo real liderando un ejército...?

La realidad era que para el propio Kosha resultaba imposible encajar él solo las relaciones de causa y efecto de aquella noche en la que él también sufrió un percance. Merda pataleó desesperada al ver que no reaccionaba.

“Esto es un secreto, pero dicen que la princesa heredera está embarazada. Por eso el padre de esa mujer ahora le concede cualquier capricho que su hija pida. En cuanto el príncipe deje vacío el castillo, a mí me atrapará y me matará primero”.

“...Pero entonces el príncipe...”.

“¡A ese desgraciado ni le importa! ¿Le voy a importar yo? ¡Seguro que se busca a una mujer nueva!”.

...O a un hombre. Añadió ella en voz baja mirándolo de reojo.

“Yo... por eso voy a insistirle un poco más para que me lleve con él a la expedición. Ese desgraciado seguro que tendrá que hacer ‘eso’ incluso en el campo de batalla”.

“……”.

“Tú también... Pero me da la impresión de que a mí tampoco me llevará, así que contigo también...”.

Merda murmuró confundida mirando de reojo a Kosha. Kosha suspiró. El cielo exterior ya se veía débilmente iluminado y parecía que ya era hora de dejarlo hasta aquí. Kosha hizo girar a Merda y le cubrió los ojos con la palma de la mano.

En el instante en que Merda se sobresaltó, una voz pausada se coló en su oído.

“Has trabajado duro. Ya es suficiente, vuelve a tu habitación y duérmete”.

“...De acuerdo”.

Respondió ella de forma sumamente lenta. La voz, que antes sonaba afilada, se volvió soñolienta en un abrir y cerrar de ojos.

“Y será mejor que mantengas en secreto para los demás que nos hemos visto hoy”.

“Yo también pienso lo mismo...”.

Kosha retiró la mano con la que le cubría los ojos. De inmediato, Merda empezó a alejarse caminando lentamente. Tras dudarlo un instante, Kosha susurró.

“Gracias, Merda. Que tengas dulces sueños”.

Un mago debe pagar un precio por lo que recibe.

Las palabras del mago, impregnadas con una ligera bendición para esa noche, se adhirieron a las puntas de la larga cabellera suelta de Merda.

Kosha se quedó observando su espalda un momento y enseguida se cubrió con la capucha y dio media vuelta. No había conseguido el libro que quería, pero a cambio había obtenido otra cosa, así que ya era hora de regresar.

***

Kosha se dirigió directamente hacia Lucien.

El castillo de Ostbrahe, completado tras sufrir continuas ampliaciones y remodelaciones, presumía de una estructura similar a la de un laberinto. El castillo, donde los pasadizos secretos y las zonas cerradas al público se entrelazaban de forma compleja, no era fácil de descifrar ni siquiera expandiendo su maná para rastrearlo.

Sin embargo, rastrear a Lucien era, en términos de dificultad, similar a buscar a sus gansos. Es decir, que podía encontrarlo hasta con los ojos cerrados.

Solo que, por alguna razón, parecía encontrarse en un lugar inesperado. Para ser exactos, umm, en el pasillo frente a la habitación de Kosha.

Por supuesto, Lucien y sus vasallos utilizaban toda esa área, pero en esa zona en concreto solo se concentraban los alojamientos.

Siguiendo al lagarto que le servía de guía, Kosha ladeó la cabeza al adentrarse en la zona que ya le resultaba familiar. A medida que la distancia se acortaba, la punta de su nariz también se crispó un poco. Al percibir aquel olor familiar, la tensión que le había estado oprimiendo el cuerpo desde que estuvo en el ala este se disipó por completo.

Digan lo que digan, como el hogar no hay nada.

“¡Alteza...!”.

Exclamó Kosha con alegría al doblar la esquina.

Sus miradas se cruzaron en medio de una multitud de personas que se aglomeraban como nubes.

Los pasos de Kosha, que casi parecía flotar por lo ligeros que eran, se detuvieron en seco. Al mismo tiempo, los vasallos que rodeaban a Lucien se giraron hacia Kosha.

¿Por qué...? ¿Por qué están todos amontonados aquí?, se desconcertó Kosha. Pero incluso más desconcertante que las miradas que le llovían encima, fue la expresión de Lucien.

Su rostro daba pavor. Hasta el punto de que Kosha llegó a pensar que de pronto le había vuelto a dar el efecto secundario de la poción mágica.

El silencio fue breve. Los vasallos se apartaron en tropel abriéndole paso y, al mismo tiempo, Lucien se acercó a grandes zancadas. Kosha retrocedió unos pasos por puro instinto y encogió el cuello.

“... ¿Alteza?”.

“Tú...”.

Lucien estiró el brazo y agarró a Kosha por la nuca. Estuvo a punto de decir algo, pero se detuvo y escaneó a Kosha de arriba abajo. Su rostro aterrador se quedó rígido como una piedra en un segundo.

“¿No me digas que has estado deambulando por ahí vestido así?”.

“Eh...”.

Kosha parpadeó aturdido. Lucien ni siquiera esperó una respuesta; murmuró una grosería entre dientes y se desabrochó la capa que llevaba sobre los hombros.

“¿Estás en tu sano juicio?”.

Le echó la capa por encima de la cabeza y lo envolvió con ella. La capa era sumamente larga, abrigadora y olía muy bien. Kosha, que solo asomaba la cabeza entre la pesada tela, lo miró de reojo con cautela.

A pesar de que sus palabras eran bruscas, el tacto de sus manos era suave... lo que le dio valor a Kosha.

“Disculpe, Alteza. Tengo algo que decirle”.

“¿Algo que decirme? ¿Acaso no te dije que te quedaras bien guardadito y quietecito en la habitación? ¿A dónde demonios te fuiste a deambular por tu cuenta?”.

Las palabras salieron disparadas y su enorme mano le apretó la mejilla a Kosha causándole un poco de dolor.

Sus mejillas y labios quedaron aplastados como los de un pez, pero aun así Kosha respondió con fidelidad a lo que le preguntaba.

“Fui al ala este”.

“……”.

En ese instante, el ambiente se volvió extraño. Sus vasallos se agitaron y la expresión de Lucien también se quedó petrificada.

¿Por qué será...?

Intimidado, Kosha continuó hablando en un hilo de voz.

“Merda está ahora mismo dentro del castillo, Alteza”.

“……”.

“La persona que me encargó la poción de amor. Esa que ahora es del príncipe del ala este...”.

De pronto, una mano enorme le tapó la boca a Kosha.

Lucien, que le cortó el habla de golpe, se giró hacia los vasallos que estaban detrás. Kosha también siguió su mirada sin querer.

Tras examinar detenidamente a sus vasallos uno por uno, Lucien de inmediato abrazó a Kosha como si lo estuviera sometiendo. Por alguna razón, dio la impresión de ser un movimiento para bloquear las miradas que caían sobre el mago.

“Retírense”.

Ordenó Lucien en voz baja.

En un abrir y cerrar de ojos la multitud se dispersó y solo quedaron los rostros completamente familiares. Entre ellos, Kosha descubrió a Milot después de mucho tiempo y le hizo una reverencia incluso en medio de esa situación, pero Milot se limitó a desviar la mirada fingiendo no haberlo visto.

Tras confirmar que los alrededores estaban completamente despejados, Lucien tiró de Kosha. Sus pasos eran excesivamente rápidos, por lo que Kosha tuvo que ser arrastrado casi como si fuera rodando.

El destino final fue el interior de su despacho.

Lucien empujó a Kosha dejándolo caer prácticamente sobre una silla. Sin embargo, cuando Kosha dejó escapar un quejido extraño y se desplomó, la implacable yema de los dedos de Lucien sufrió un leve espasmo.

Aun así, al final no sostuvo a Kosha. Él cerró el puño y desvió la mirada.

Tanto su expresión como el ambiente seguían siendo un témpano de hielo.

“U-uhm, Alteza. ¿Por si acaso me estaba buscando...?”.

Preguntó Kosha tímidamente tras dudarlo un momento. Las normas de los humanos que había aprendido a lo largo de su vida volvieron a encajar poco a poco en la cabeza del mago. Ahora que lo pensaba, en el pasado le enseñaron que irse sin decir una palabra después del sexo era de mala educación.

P-pero estrictamente hablando, Lucien se fue primero. ¿Se aplica también en estos casos? ¿O como Lucien se fue después de avisar entonces no pasa nada?

Fue justo cuando el mago se debatía en dilemas que no eran propios de un mago.

“... ¿Que si te estaba buscando?”.

Le devolvió la pregunta Lucien con lentitud. Daba la impresión de estar atónito, enfadado o bien sumamente agotado. Tras mirar fijamente a Kosha durante un buen rato, Lucien cerró los ojos frotándose la frente.

Enseguida, su voz monótona cayó con pesadez.

“Trae aquello de lo que hablamos hace un rato”.

“Sí, señor”.

Un sirviente inclinó la cabeza y salió de la habitación.

¿Aquello?

Kosha leyó el ambiente con desesperación, pero no le dio ninguna pista.

¿Será que me van a poner grilletes en los tobillos?

...Aunque me hagan eso, no les servirá de mucho.

Pensando así, Kosha decidió disculparse primero.

“Alteza, fue una falta de educación de mi parte haberme desaparecido sin decir nada. De verdad lo siento mucho”.

“……”.

“Pero Alteza, esta es una conversación importante, así que me parece que tiene que escucharla ahora mismo sin falta. Originalmente fui al ala este a buscar un libro, y por casualidad me encontré con Merda...”.

La historia de la aventura nocturna se prolongó bastante.

Lucien se limitó a escuchar con los brazos cruzados y tapándose la boca con una mano.

Su rostro era excesivamente inexpresivo como para poder adivinar lo que pensaba, pero a su espalda se percibía una corriente de tensión por las miradas que sus vasallos incluidos Gosric y Milot intercambiaban con urgencia. Al menos daba la impresión de que la información que había traído no era del todo inútil.

Quizás Lucien me felicite cuando termine de escucharme. O me dé las gracias.

Kosha se esforzó por reprimir la emoción y el orgullo que empezaban a brotar en su pecho sin venir a cuento.

Fue justo cuando terminó de relatar casi toda la conversación que había tenido con Merda.

“Ah, es verdad, y también dice que la princesa heredera está embarazada ahora mismo, Alteza. Por eso el padre de la princesa heredera...”.

“¿Qué? ¿Que esa mujer está embarazada?”.

Y justo cuando una reacción afilada saltó de entre la multitud de vasallos que no dejaba de agitarse sutilmente.

Lucien levantó la mano con la que se tocaba la barbilla. El despacho se quedó en absoluto silencio en un segundo.

“...Ya veo”.

Así que era eso.

Murmuró para sí mismo como si hablara solo.

Y de pronto, apoyando las manos en los reposabrazos de la silla donde estaba sentado Kosha, le clavó la mirada. Le dedicó una sonrisa suave. Era precisamente esa sonrisa caballerosa y tierna que tanto le gustaba a Kosha.

“Así que fuiste al ala este y regresaste tras escuchar semejante historia”.

“¡A-ah, sí! Así es, Alteza”.

“Y por pura casualidad te encontraste con esa mujer. Usando tu magia con sutileza para manipular ligeramente su mente, ¿no es así? Al fin y al cabo, la seguridad es importante”.

“Aunque fue una magia muy débil, así es. Uhm, no es nada del otro mundo”.

Fue justo cuando Kosha se mostró modesto, sintiéndose un poco avergonzado.

La sonrisa de Lucien se ensanchó todavía más siguiendo la de Kosha. Y así mismo levantó la voz.

“Tráiganlo”.

Y la puerta se abrió. En ese instante, el cuerpo de Kosha, envuelto en la capa de Lucien, sufrió un escalofrío involuntario.

Había una energía sumamente de mal agüero. No hacía falta que se diera la vuelta ni que lo comprobara con sus propios ojos para sentirla. Bastaba con que existiera en el mismo espacio. Le producía un cosquilleo en la piel y le pesaban los hombros.

Lucien, que recibió ‘aquello’ de manos del sirviente, volvió a inclinarse hacia Kosha.

Clink, con un sonido metálico y nítido, algo de metal se balanceó en su mano. Ante esa terrible sensación que lo asaltó de golpe, Kosha dio un respingo en su asiento.

Eran unas esposas.

Hechas de oro de Idelma.

No me digas. No puede ser. ¿Por qué un objeto tan atroz?

Contuvo la respiración involuntariamente ante ese objeto infame que, con el simple hecho de estar cerca, alteraba el flujo de maná de un mago.

“Estira los brazos hacia adelante”.

La mirada de Kosha se tiñó de desesperación ante aquellas palabras que cayeron sin una sola pizca de error respecto a lo que se temía.

“... ¿Me lo dice a mí?”.

No, debe de ser una broma.

Kosha se esforzó por reírse. Pero nadie le siguió la gracia. Lucien, cuyo rostro se había quedado sin expresión en algún momento, se limitó a hacer un gesto con la barbilla para apurarlo.

“Uhh... Alteza, e-eso es un objeto hecho de oro de Idelma. Y el oro de Idelma a los magos...”.

Intentó corroborarlo por si acaso se trataba de una equivocación.

“Ya lo sé”.

“……”.

“Rápido”.

Fue implacable.

A Kosha le temblaron las manos y tragó saliva ruidosamente. El lagarto daba brincos sobre su muslo.

No sirvió de nada que mirara a su alrededor disimuladamente. Milot tenía la mirada baja desde el principio, Gosric suspiró y desvió la mirada en cuanto sus ojos se cruzaron, y Edric...

...Él parecía estar en un aprieto. Fue justo en el instante en que sus pupilas negras que bailaban de un lado a otro se encontraron con las de Kosha y sus labios apretados parecieron moverse.

“¿A dónde miras?”.

Lucien le agarró la mejilla a Kosha y la giró hacia él. Sus ojos gris azulado estaban excesivamente cerca. Tanto que podía sentir hasta su aliento.

Lucien escrutó lentamente los rostros a los que el mago había estado mirando. Cuando su mirada llegó al joven caballero en el que los ojos de Kosha se habían posado hasta el final, se detuvo un poco más de tiempo. Sus facciones perfectas carecían de expresión, pero su mandíbula estaba tensa, haciendo resaltar los músculos.

Lucien observó aquella escena con indiferencia.

Un señor no tiene por qué tratar a sus vasallos de forma emocional.

Ni debe hacerlo.

Su mirada gris azulada regresó de nuevo hacia el mago. Estaba tan asustado que su rostro se había quedado pálido, sin rastro de sangre. Ese era el único defecto en aquella cara.

“... ¿Acaso crees que hay alguien aquí que te vaya a ayudar?”.

El mago también debe ser su vasallo.

Y más todavía tratándose de un asunto que había empezado con el objetivo de sentarse en el trono. Porque para un rey, todos a excepción de la reina no son más que simples súbditos.

“Aquí no hay nadie que pueda hacer eso. Así que estira las manos de una vez”.

A pesar de que mientras andaba de aquí para allá ocupado no dejaba de preocuparle que el cuerpo del mago se estuviera desgastando; a pesar de que ordenó tajantemente que le llevaran comida para asegurarse de que al menos comiera algo y durmiera; a pesar de que dejó todo de lado e hizo registrar el castillo de arriba abajo en cuanto se enteró de que su habitación estaba vacía...

Nada cambiaba.

El mago debía ser su vasallo, y un señor no tiene por qué tratar a sus vasallos de forma emocional.

“Yo solo quería ayudarle. Yo también quería serle de ayuda”.

Argumentó Kosha al verse acorralado, pero no sirvió de nada. Lucien lo presiono con suavidad.

“No me hagas enfadar”.

¿Que no le haga enfadar? Si no quiere enfadarse, lo que tiene que hacer es controlar bien su propia mente, ¿no...?

Se sentía agraviado y frustrado, pero tampoco podía huir. Al final, Kosha levantó los brazos con lentitud. Lucien tiró sin piedad de las dos manos que Kosha aún dudaba en estirar.

Las esposas se engancharon en sus delgadas muñecas.

Clack.

En el mismo instante en que el pasador se cerró, el lagarto que trepaba por su brazo empezó a desvanecerse poco a poco empezando por la cola. Acto seguido le colocaron las esposas en la otra muñeca y, de inmediato, el lagarto desapareció volviéndose completamente transparente.

Las esposas apenas tenían el grosor de la falange de un dedo, pero para el mago fue como si le hubieran colgado auténticos bloques de piedra en los brazos. Se quedó sin fuerzas y su delgado cuerpo se derrumbó.

Lucien lo sostuvo por reflejo. Kosha jadeó.

“Alteza”.

“……”.

“Es usted muy cruel...”.

Había corrido ese riesgo por él. Claro que no era algo que él le hubiera ordenado hacer, pero tampoco es que hubiera traído un mal resultado...

“Eso mismo digo yo”.

Respondió Lucien tras mirar a Kosha por un momento, frunciendo ligeramente el entrecejo. Fue justo cuando Kosha se detuvo al notar que esa expresión le resultaba un tanto extraña.

“De verdad que eres muy cruel”.

Lucien le depositó un ligero beso en la frente a Kosha.

Era un acto excesivamente privado e íntimo como para mostrarlo frente a sus vasallos, pero daba la impresión de que él ni siquiera era consciente de sus propias acciones. Mientras los vasallos desviaban la mirada a toda prisa, él cargó a Kosha en brazos con capa y todo con total naturalidad.

Tras recostar a Kosha en un diván que estaba en un rincón, Lucien le cubrió el rostro pálido con la capa.

“Descansa. Habrás hecho un gran esfuerzo deambulando por ahí toda la noche”.

Kosha no pudo responderle. Se limitó a retorcerse un poco envuelto en la capa, eso fue todo.

Le dolían los brazos y el cuerpo se le quedó lánguido. Para el tamaño que tenía el objeto, el efecto era devastador. Daba la impresión de ser un objeto hecho de oro casi puro.

Le zumbaba la cabeza y estaba mareado. Hasta el punto de que casi ni escuchaba la conversación que Lucien y sus vasallos mantenían justo a su lado.

Si Bastian tenía una amante... Las condiciones del contrato cuando se casó con la princesa heredera...

Entonces Lord Marsus esa noche... La relación entre Lord Marsus y Bastian...

¿Acaso el ejército de Ollet se uniría a la expedición de Bastian esta vez...?

Si la princesa heredera daba a luz a un heredero... la posición...

Todas las palabras le llegaban en fragmentos cortados.

Bastian... Sí, así se llamaba. Bastian no era un príncipe cuyo nombre fuera muy conocido entre la gente común en comparación con Lucien, así que incluso después de escucharlo un par de veces, todavía le resultaba ajeno. Kosha pensó para sí mismo con la mente aturdida.

Entonces, ¿esa energía turbia esparcida por el ala este pertenecía al mago de Bastian? ¿Cómo se llamaba...? Alphi-algo.

Sin embargo, era extraño; ese hombre, que era el medio hermano de Lucien, no parecía el tipo de persona que se llevaría bien con un mago.

Los magos y los humanos generalmente no se mezclan, son como el agua y el aceite, pero en raras ocasiones ocurre que un mago decide servir a un humano. Kosha tampoco es que hubiera visto a muchos humanos amados por magos, pero aun así, esos humanos tenían algo en común.

Sin excepción, todos eran personas que albergaban algo ardiente en su interior.

Energía, ímpetu, pasión, impulso. Como sea que se le llamara. Ya fuera algo bueno o malo.

Pero Bastian... no era ese tipo de persona. Aunque solo fue por lo poco que pudo ver de él en aquel entonces... No parecía que ningún mago fuera a sentirse atraído por él.

Aunque ese Al-algo también era un tipo bastante grosero para ser un mago, así que tal vez tenga gustos extraños. Además, puede que los magos de Iseland tengan inclinaciones diferentes.

Así que, si de verdad ese Al-algo era el mago de Bastian...

Siguiendo el hilo de sus pensamientos, Kosha finalmente se armó de valor y levantó la mano. Con su cuerpo sin fuerzas, en realidad aquello se pareció más bien a un lánguido balanceo. Sin embargo, como no se rindió y continuó retorciéndose con todas sus fuerzas, Lucien no tardó en volverse hacia donde Kosha estaba recostado. Su mirada era susceptible.

“¿Y a ti qué te pasa ahora?”.

“Es que yo también tengo algo que decirle... y me preguntaba si estaría bien que hablara...”.

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Incluso con un hilo de voz por haberse quedado completamente sin fuerzas, Kosha pidió el turno de palabra con educación.

Al fin y al cabo, ya que su situación actual era llevar puestas unas esposas de oro de Idelma por haber deambulado por ahí sin permiso, le aterraba la idea de que si hablaba sin permiso terminaran poniéndole incluso grilletes.

“...Y no es para pedirle que me quite las esposas, es algo importante”.

Añadió Kosha a toda prisa, por si acaso Lucien malinterpretaba que pretendía decir tonterías.

Tras fruncir el ceño con un gesto de apuro por un momento, Lucien se acercó a grandes pasos. Tras mirar por un instante a Kosha que yacía aturdido, se sentó a su lado apoyando una rodilla en el suelo. Y entonces le acercó la mejilla.

“Habla bajo”.

Dijo dándole unos golpecitos en la oreja.

Vaya hombre tan susceptible y lleno de secretos, gimió Kosha para sus adentros mientras incorporaba el cuerpo.

“Es que vi a un mago cerca del ala oeste...”.

En cuanto le pegó los labios a la oreja para susurrarle, Kosha sintió cómo los músculos del cuello y los hombros de Lucien se tensaban rígidamente.

¿Acaso le molestará el sonido de mi respiración?

Se preocupó innecesariamente mientras hablaba, pero...

“¿Por qué me cuentas algo así recién ahora?”.

Lucien dejó de escuchar a medias, giró la cabeza de golpe y le apretó la mejilla a Kosha. En un abrir y cerrar de ojos, sus labios volvieron a quedar aplastados como los de un pez. Kosha balbuceó.

“Es que en ese momento pensé que no era para tanto... Además, ya le dije que borré todos los rastros del hechizo”.

“El problema no es el hechizo. Dijiste que te encontraste con él, ¿no?”.

“Sí, pero fue algo muy breve”.

Al responderle con la mirada perdida, Lucien abrió y cerró la boca. Tenía una expresión como si tuviera muchas cosas que decir, pero al final apretó los labios, suspiró y se pasó la mano por la cara.

Daba la impresión de haberse llevado un buen susto. Bueno, no es precisamente una noticia muy agradable enterarse de que el enemigo tiene a un mago de su lado. Kosha continuó hablando mientras le sujetaba la mano con cuidado, como para infundirle ánimos.

“Aun así, no creo que pueda invadir este lugar. Para empezar, ya se lo advertí a los gansos. Puede que sea un tipo menos importante de lo que parece”.

“……”.

“Pero ya que las cosas han salido así, si me quitara las esposas, me parece que podría serle de un poco más de ayuda...”.

Aprovechó la oportunidad para colar aquellas palabras con disimulo, pero lo único que recibió a cambio fue una mirada afilada. Por alguna razón, también parecía haber reproche en sus ojos.

Si alguien tiene derecho a reprochar aquí ese soy yo, ¿por qué me mira con esos ojos?

Kosha volvió a sentirse agraviado sin motivo cuando Lucien le cubrió la cara otra vez con la capa.

“Duérmete de una vez”.

A través de la suave tela, Kosha escuchó el sonido de sus pisadas alejándose.

Ni siquiera esperaba que me felicitara, pero ya que me manda a dormir, bien podría haberme dado al menos un beso antes de irse.

... ¿Será que le da un poco de cosa porque hay gente presente?

Aun así...

Kosha, que fruncía los labios para sus adentros, levantó un poco la capa y espió a Lucien. Rodeado de sus vasallos, volvía a verse sumamente ocupado.

...Hay humanos que, en raras ocasiones, son elegidos por los magos.

Sin embargo, aquello probablemente no fuera una elección, sino una atracción inevitable que ni ellos mismos podían controlar.

No es que Kosha le hubiera preguntado uno por uno a los magos que eligieron a humanos... pero ahora que se había convertido en su propio asunto, de alguna manera creía comprenderlo.

Así que, aunque le diera un poco de pena, no había nada que hacer. ¿Qué se le va a hacer si él se ve tan deslumbrante?

Kosha dejó escapar un gran suspiro. Y acto seguido se acurrucó dentro de la capa.

Por eso, no llegó a ver cómo Lucien se giraba hacia él sobresaltado al escuchar ese pequeño suspiro.

***

Cuando volvió a abrir los ojos, el ambiente estaba en silencio.

Tenía la capa envuelta alrededor del cuerpo y todavía sentía los brazos entumecidos. Al moverse un poco, se escuchó el tintineo del metal en sus muñecas.

Ni siquiera recordaba cuándo se había quedado dormido, pero era imposible que hubiera podido conciliar el sueño como es debido llevando semejante atrocidad encima. Daba la impresión de que simplemente se había desmayado tras estar quejándose.

Aun así, al despertar después de haber dormido, parecía haberse acostumbrado un poco ¿Acostumbrado? ¿Acaso uno puede acostumbrarse al oro de Idelma? y la sensación de impotencia era menor. Fue justo cuando intentaba levantar la cabeza para mirar a su alrededor.

“¿Por qué no dejas de retorcerte?”.

Una voz baja resonó desde abajo. Kosha se asustó tanto que estuvo a punto de caerse rodando, pero un brazo firme rodeó su hombro al instante para inmovilizarlo.

“... ¡Alteza!”.

Al tener los sentidos embotados ni siquiera se había dado cuenta de que estaba recostado encima de Lucien.

Con razón el suelo se sentía inusualmente duro.

Mientras Kosha calmaba su corazón asustado, Lucien le fue quitando la capa en la que estaba envuelto poco a poco, como si estuviera desenvolviendo el papel de un regalo.

El aire frío rozó la punta de su nariz.

“¿Por qué estaba durmiendo aquí? ¿Por si acaso lo desperté?”.

“Solo cerré los ojos un momento, así que no te preocupes por eso”.

Respondió él con la voz un poco tomada por el sueño.

“Si no hubiera querido que me despertaras, habría dormido en otra parte”.

“...Aun así”.

Balbuceó Kosha. Pudo percibir un profundo cansancio en Lucien, que le rodeaba la cintura con los brazos y le frotaba la frente contra la nuca.

Por muy buena resistencia física que tenga, esto es demasiado agotador. Y encima no para de decirme a mí que me vaya a dormir.

“Disculpe, Alteza”.

Como aquello le inquietaba, Kosha no podía simplemente quedarse de brazos cruzados.

“Si me quita las esposas aunque sea solo por una vez, le lanzaré un hechizo de recuperación para el cansancio”.

Se lo propuso con cautela, pero la reacción fue un poco diferente a la que esperaba. Lucien, que había estado bajando desde la nuca y ahora tenía la cara enterrada en el pecho de Kosha, levantó la cabeza de golpe y lo fulminó con la mirada.

“¿Vas a seguir portándote así?”.

“... ¿P-portándome cómo?”.

“Tentándome poco a poco... No, olvídalo”.

Soltó él con fastidio antes de detenerse y hacer un gesto con la mano. Y como si no quisiera hablar más del asunto, volvió a hundir la nariz en el pecho de Kosha.

No ha funcionado...

“Ese pensamiento cruzó su mente de forma tan difusa que ni él mismo fue consciente de ello. Para razonar de forma mágica, para empezar, Lucien estaba demasiado cerca”.

Como le daba pena verlo tan cansado, Kosha lo rodeó con los brazos incluso llevando las esposas puestas y le acarició la espalda con suavidad. Al notar eso, Lucien, que antes se comportaba de forma afilada, de pronto soltó una risa burlona.

“¿Incluso después de que te hiciera pasar por esto todavía tienes ganas de darme una recuperación para el cansancio o lo que sea?”.

“¿Eh...? ¿Se refiere a que me haya puesto las esposas?”.

Kosha ladeó la cabeza ante esa pregunta inesperada.

Las esposas eran la consecuencia de haber salido sin permiso, y la recuperación era algo que hacía porque él se veía cansado. ¿Acaso tenía que relacionar ambas cosas?

“...P-pero si se arrepiente de haberme puesto las esposas, en cualquier momento...”.

Aun así, con la esperanza de que tal vez esta fuera su oportunidad, intentó colar aquellas palabras disimuladamente, pero fue completamente ignorado.

“Eres tú”.

“Menos mal que al menos hayas llamado mi atención”.

“……”.

¿Menos mal?

Kosha volvió a ladear la cabeza.

Como ya había dicho... más que haber llamado su atención, fue el propio mago quien lo ‘eligió’. Y desde el punto de vista de un mago, una vida en la que no hay nadie a quien ‘elegir’ es la vida en la que uno tiene ‘más suerte’.

Interpretando a su manera ese silencio, Lucien volvió a levantar la cabeza. Tras escudriñar la indescifrable expresión de Kosha durante un buen rato, llegó incluso a incorporarse y sentarse por completo.

De pronto, Kosha, que estaba sobre su cuerpo, terminó sentado sobre los muslos de Lucien. Este le sujetó la cara a Kosha y lo obligó a mirarlo. Su expresión no parecía muy agradable.

“¿Qué pasa? ¿Acaso crees que no es así?”.

“A-ah, no, no es eso...”.

Soltó Kosha desconcertado.

“No, es que... también existía la opción de no llamar su atención para nada. Si simplemente hubiera seguido viviendo en el pueblo donde vivía originalmente...”.

Seguir siendo un cuidador de gansos también podía ser una forma de vida. Si hubiera sido así, su vida habría sido pacífica aunque no tan feliz.

Pero... Lucien llamo la atención de Kosha. Acabó viendo a esa persona deslumbrante. Incapaz de resistirse a la atracción, no paraba de ir a verlo.

¿Quién fue el que de verdad atrapó la ‘oportunidad’? ¿Fue el bando de Lucien por haber conseguido al mago, o el bando de Kosha por haberse lanzado hacia la luz resplandeciente?

En cuanto el final de la frase de Kosha se desvaneció en balbuceos, los ojos de Lucien se entrecerraron. El ambiente se volvió todavía más pesado.

“¡...Por supuesto! Ya que tenía que llamar la atención de alguien, también me parece que es una suerte que haya sido de Su Alteza”.

Añadió Kosha a toda prisa, pues para ser un mago tenía bastante tacto. Un segundo tarde, llegó a esbozar incluso una sonrisa radiante... pero Lucien no se rió.

“Ese pueblo...”.

Murmuró entre dientes. Parecía sumido en pensamientos complejos.

“...Ahora que lo pienso, dijiste que fuiste a ver a la nueva amante de Bastian, ¿verdad?”.

“Dijiste que eran conocidos desde que vivían en ese pueblo...”.

Murmuró él. Y de pronto se levantó de su sitio.

Kosha, que estaba sentado sobre sus muslos, también terminó levantándose empujado por el movimiento. Lucien tiró de sus esposas sin andarse con rodeos.

La costosa capa que envolvía su cuerpo resbaló directamente hacia el suelo. Terminó enredándose y siendo pisoteada por los pies que eran arrastrados.

“¿Alteza?”.

“Tengo que comprobarlo”.

Lucien cargó a Kosha en brazos de golpe y enganchó la cadena de las esposas en un candelabro colgado en una de las paredes del despacho.

En un abrir y cerrar de ojos, Kosha quedó de cara a la pared con los brazos en alto, pareciendo un niño castigado. Como el candelabro estaba curiosamente alto, tuvo que ponerse de puntillas. Kosha se giró hacia Lucien desconcertado.

“¿Eh? ¿Comprobar qué?”.

“Si no hiciste nada inapropiado con esa mujer”.

Su tono de voz era tan natural que parecía que estaba reclamando un derecho que le correspondía por naturaleza.

¿Inapropiado...?

Kosha tuvo que esforzarse por un momento para descifrar el significado de esa palabra. Al mismo tiempo, el enorme cuerpo de Lucien lo aplastó rígidamente contra la pared.

“No me diga que... ¿cree que hice algo raro con Merda?”.

Al girar la cabeza asustado, su cuerpo ya estaba completamente atrapado entre el hombre y la pared. Lucien, por su parte, le pegó los labios a la oreja con total tranquilidad y le devolvió la pregunta.

“¿Acaso no lo hiciste?”.

“¿Cómo se le ocurre pensar algo así?”.

“Bueno, si es una mujer que seduce con su cuerpo incluso a ese desgraciado que parece un trapo sucio, me pareció que engatusar a alguien como tú sería pan comido para ella”.

Su elección de palabras era brusca, pero su voz era de lo más dulce. Al mismo tiempo, su enorme mano se coló en el interior de la túnica gris.

Lo único que Kosha llevaba debajo seguía siendo ese camisón de una sola pieza. Mientras pataleaba desesperado por llevar una facha que era peor que ir completamente desnudo, Lucien preguntó en voz baja.

“¿Eran muy cercanos los dos? En ese pueblo tan mugriento”.

La mano que tanteaba su bajo vientre sobre la fina tela del camisón descendió lentamente hacia abajo. Kosha negó con la cabeza apresuradamente.

“No, Alteza... Ugh. N-no éramos cercanos. Para nada”.

“¿A pesar de que le preparaste esa poción tan extraña? ¿No será que te andaba moviendo la cola?”.

“¿Eh? ¿Merda a mí?”.

“En esos rincones rurales, en cuanto un hombre y una mujer tienen más o menos la misma edad, suelen emparejarse para procrear. ¿No es así?”.

Susurró Lucien. Una voz dulce, una pronunciación perfecta y, en contraste, una elección de palabras de lo más vulgar. Daba la impresión de que la persona que estaba a su espalda no fuera Lucien, sino otra persona diferente.

Kosha sufrió un escalofrío ante el aliento que rozó su nuca. La mano que le tanteaba el cuerpo desde atrás comenzó a subirle el camisón de una sola pieza lentamente. Ante la repentina sensación de peligro que lo asaltó, Kosha continuó hablando con rapidez.

“E-en primer lugar, Merda no es ese tipo de persona. No sé por qué estará haciendo eso allí ahora.

“Nadie es ‘ese tipo de persona’ desde el principio”.

Su voz era calmada. En comparación con su tacto sexual, no había excitación en su voz.

“Todo el mundo cambia. Y más todavía en lugares como este”.

“Eso... puede que sea así, pero...”.

Kosha se esforzó por girar la cabeza para mirar a Lucien. Cada vez que giraba la cabeza, sus labios se pegaban a él hasta resultar molestos.

No, Disculpe, este tipo de cosas hay que hablarlas mirándose a la cara.

Aprovechando que sus labios se pegaron cerca de sus ojos, Kosha abrió la boca.

“Pero al menos yo... me parece que todavía no he cambiado...”.

“¿Ah, sí?”.

“Yo... bueno, como soy de los que una vez que les gusta alguien no pueden hacer esas... esas cosas con otra persona...”.

Y la mano que sujetaba el camisón de Kosha y se lo subía se detuvo. Por alguna razón, el aliento que no paraba de caer sobre su nuca también dejó de sentirse en un instante.

“P-puede que se le haya olvidado porque de pronto las cosas se han vuelto muy ajetreadas, pero no han pasado más que unos pocos días desde que m-me declaré...”.

¿Qué clase de hombre que no tuviera la cabeza en su sitio iba a poner los ojos en otra persona a los pocos días de haberse declarado?

Así que la acusación que pretendía imponerle era absurda. Justo cuando Kosha iba a argumentar aquello.

“¿Te gusto?”.

“Si no mal recuerdo, mi declaración fue en esos términos...”.

“Estrictamente hablando, no lo dijiste así”.

¿No lo dije así?

Kosha rebuscó en sus recuerdos. Sin embargo, no lo recordaba con exactitud. Según los recuerdos de Kosha, cada una de las palabras que soltó aquel día equivalía a decir que le gustaba. Era prácticamente lo mismo que haber estado repitiendo una y otra vez que le gustaba... Kosha frunció los labios.

“Incluso le di una flor”.

¿Y acaso era una flor cualquiera? Era un árbol entero. Habiendo llegado a ese extremo, ¿acaso tenía que decirlo con palabras para que lo entendiera?

“Olvide la flor”.

La respuesta llegó con un tono un tanto ansioso. De pronto sintió curiosidad por ver su expresión, pero con el cuerpo completamente inmovilizado desde atrás no le resultaba nada fácil girar la cabeza.

“Eso... está bien”.

Al fin y al cabo, una flor no es un regalo que se dé con la esperanza de que se conserve para siempre.

“...Entonces dímelo con palabras”.

“¿El qué?”.

“Que te gusto”.

Frente a la generosidad del mago, la codicia del humano no conocía límites. Lucien, habiendo sido perdonado por el pecado de no haber guardado la flor adecuadamente, redobló su exigencia desmesurada sin andarse con rodeos.

Kosha se lamió los labios en un aprieto. A estas alturas ya no es que le diera más vergüenza, pero sacar los sentimientos a la luz a través de la boca siempre era algo que le resecaba la garganta.

Sin embargo, Kosha era un hombre que sabía asumir sus responsabilidades. Tanto con las palabras que soltaba, como con las flores que hacía brotar y con los sentimientos que se removían. Tragó saliva ruidosamente.

“...Me gusta. Lucien”.

¿Estará bien que lo llame por su nombre ahora? Estrictamente hablando no es que estemos a mitad del sexo, pero...

“Este tipo de cosas tampoco las hago con otras personas. Aunque con Su Alteza sí me gusta hacerlas. Así que...”.

Kosha lo miró de reojo con cautela.

“H-hacerlo lo haremos, pero ¿no podría quitarme esto aunque sea por un momento?”.

“……”.

“Me duele. Y siento que me va a dar un calambre en los pies...”.

Kosha pataleó un poco de puntillas. La cadena de las esposas enganchada en el candelabro tintineó ruidosamente.

Y encima este es su despacho, si de repente entra alguien estando yo colgado así ni siquiera podré esconderme...

Kosha enumeró balbuceando los motivos por los que debía quitarle las esposas.

Lucien se quedó en silencio durante un buen rato.

¿Habré dicho algo indebido?

Justo cuando Kosha leía el ambiente con desesperación...

De pronto, él dejó escapar un gran suspiro y rodeó la cintura de Kosha con los brazos. Sin embargo, este contacto no fue muy empalagoso ni seductor para estar pegando todo el cuerpo.

Sus gruesos brazos hicieron fuerza y de inmediato los pies de Kosha flotaron en el aire. Lucien lo bajó con la misma ligereza con la que lo había colgado en el candelabro. Y acto seguido se sentó en la silla de al lado llevándoselo consigo.

Era la silla del escritorio de su despacho. Una silla sumamente solemne en la que daba la impresión de que no se debían hacer ese tipo de cosas tan informales como sentarse el uno sobre el otro.

“¿Te duele mucho? Déjame ver”.

Sin embargo, a Lucien no parecía importarle mucho. En cualquier caso, pensando que esta era su oportunidad, Kosha asintió con la cabeza con entusiasmo.

“Sí, sí. Me duele todo el cuerpo. Como ya sabe, el oro de Idelma es para el maná del mago...”.

“No me refiero a eso. ¿Te raspa la piel?”.

Lucien, ignorando por completo las palabras de Kosha, apoyó la barbilla en su hombro y le levantó las muñecas.

La piel de sus muñecas estaba un poco hinchada. La piel de un mago es más débil que la de los humanos y, debido al oro de Idelma, ni siquiera podía envolverse en una barrera protectora de maná, así que era inevitable. Sin embargo, Lucien chasqueó la lengua y frunció el ceño. Como si no hubiera previsto que pasaría aquello.

Se sacó una llave del bolsillo del pantalón. Los ojos del mago brillaron por instinto. Ah, aquellas espantosas esposas estaban hechas de tal manera que incluso la llave era de oro de Idelma. La magia no funcionaba. No había forma de conseguirla a su antojo...

Ah, qué lástima...

Justo cuando el mago saboreaba la saliva sin darse cuenta, Lucien, que le quitó una de las esposas con un chasquido, abrió el cajón del escritorio y sacó un par de pañuelos. Kosha volvió a recobrar el sentido.

Los pañuelos perfectamente doblados se envolvieron alrededor de la muñeca de Kosha.

Lucien, que hizo un nudo con la misma destreza con la que se pone un vendaje, le colocó las esposas encima. Y repitió el mismo proceso en el otro lado.

No es que por añadir un trozo de tela fuera a desaparecer el poder del oro de Idelma. Aunque al menos la piel se hincharía un poco menos. Kosha dejó caer su cuerpo al sentir cómo se quedaba sin fuerzas.

“¿No hay forma de quitarme las esposas pase lo que pase?”.

“No, es el castigo por haber deambulado por ahí a tu antojo”.

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Para tratarse de un castigo, su tono de voz era de lo más dulce. Kosha volvió a refunfuñar, incapaz de apartar la mirada del bolsillo del pantalón a donde regresaba la llave.

“¿Y hasta cuándo tengo que recibir este castigo?”.

“Bueno...”.

Lucien le depositó un beso en la sien a Kosha.

“Hasta que el castillo se vuelva un poco más seguro”.

“Soy un mago. Para mí no hay ningún lugar peligroso”.

“¿Eres un mago? Hace nada decías que eras un cuidador de gansos”.

Kosha se quedó boquiabierto ante ese juego de palabras con el que fingía poner una barrera a propósito. Lucien se rió entre dientes y la volvió a cerrar empujando la barbilla hacia arriba.

“Esta tarde se llevará a cabo la ceremonia de partida de mi hermano Bastian. Su ejército saldrá hoy del castillo, acampará por un día en la puerta norte de Osterbelt y luego avanzará hacia el norte”.

Comenzó a explicar en voz baja. Era esa pronunciación perfecta y ese tono de voz calmado y refinado que tanto le gustaba a Kosha.

“Se puede engañar en cualquier otra cosa, pero los movimientos de un ejército no se pueden ocultar. Nosotros también enviaremos exploradores detrás de él, así que estimo que en unos diez días se sabrán sus intenciones. Entonces nosotros también podremos responder, por lo que la situación mejorará bastante”.

“……”.

“Así que quédate bien guardadito y quietecito hasta entonces”.

Yo no quiero que las variables aumenten más allá de esto, ¿lo entiendes?, susurró Lucien mientras le tomaba la mano a Kosha y le depositaba un beso en el dorso.

Las comisuras de sus labios que se curvaban sutilmente y la forma de sus ojos resultaban excesivamente hermosas. Tal y como suelen verse los ojos de los hombres entusiasmados por su primer amor cuando miran a la otra persona.

Por eso, Kosha no pudo hacer más que asentir con la cabeza sin remedio alguno.

***

Kosha se quedó solo en el despacho de Lucien.

Seguía llevando las esposas puestas. Y afuera había dos guardias vigilando.

‘Me daría mucha más tranquilidad saber que te quedas aquí quietecito’.

Eso fue lo que dijo Lucien, pero para ser honestos aquello era prácticamente un confinamiento. Por lo que, dependiendo del caso, era un estado que bien podría haberse sentido como algo sumamente humillante.

Sin embargo, el mago que sufría semejante injusticia no se sentía precisamente de mal humor.

Porque... había desayunado junto a la persona que le gustaba. En realidad era una hora ambigua entre el desayuno y el almuerzo, pero en cualquier caso era la primera comida que hacían los dos juntos. Consistió en una ensalada sencilla como entrada, crema de verduras, beicon y verduras asadas. No fue nada lujoso, pero tenía todo lo necesario.

Originalmente Kosha solía comer a regañadientes la primera comida del día, pero gracias a que Lucien le cortó las verduras y el beicon en trozos pequeños y se los metió en la boca, terminó comiendo un poco más de lo habitual. Al final, el mago, que se quedó sumamente lleno y adormilado, terminó recostado lánguidamente en el sillón.

Kosha, que estuvo rodando un buen rato sobre el diván del despacho vacío, de pronto se incorporó y escudriñó el despacho lentamente.

Incluso el mero hecho de estar solo en ese despacho ponía de buen humor al mago. ¿Acaso no era un lugar donde la seguridad era importante? Que lo dejaran solo en un lugar así le hacía sentir que de alguna manera se había ganado su confianza.

¿Estará bien que eche un vistazo solo un poco?

No tenía intenciones de espiar documentos importantes. Solo... quería saber cómo trabajaba, qué tinta usaba, qué pluma prefería usar, cosas de ese estilo...

Fue justo cuando Kosha caminó a paso ligero hasta colocarse frente al escritorio de Lucien.

“Vaya, vaya, pero qué desastre es este”.

Kosha dio un respingo ante esa voz que se escuchó a su espalda de la nada.

Al darse la vuelta sujetándose el corazón, que se asustó tanto que casi se le sale por la boca, vio a una mujer de cabello plateado sentada en el sillón que antes estaba vacío.

“Como su presencia se había desvanecido me preguntaba si estaba vivo o muerto, y resulta que estaba llevando puesto semejante objeto abominable”.

Murmuró ella chasqueando la lengua, como si estuviera viendo algo que no debería verse. Kosha miró alternadamente sus esposas y a la mujer con una expresión atónita.

Llevaba puesto el mismo vestido blanco de aquella vez. Solo que la diferencia con aquella noche era que llevaba una capa roja por encima.

“... ¿Cómo ha entrado aquí?”.

Cuando uno se asusta demasiado, ni siquiera las palabras salen bien. Kosha preguntó lentamente abriendo y cerrando la boca. Ella soltó una burla.

“¿Y a qué lugar no puedo ir yo? Y más todavía estando ‘tú’ en semejante desastre”.

Se burló ella ladeando la cabeza y señalando las esposas de Kosha con la barbilla.

“Haría falta algo más que esos gansos para detenerme”.

“……”.

“Bueno, aunque hubieras estado en plenas facultades físicas tampoco habrías podido detenerme ‘a mí’”.

Pudo percibir un maná que parecía que presumía de sí mismo haciéndole cosquillas en la piel. El rostro de Kosha se fue quedando sin expresión gradualmente. Kosha retrocedió medio paso poniéndose en guardia.

“Voy a gritar para llamar a la gente. Afuera hay guardias”.

“¿Y por qué no lo intentas?”.

Ella soltó una risita.

“Pero no sé yo si se llegará a escuchar afuera. Si quieres, ¿grito yo por ti?”.

Un breve silencio invadió el despacho. Al final, fue la mujer de cabello plateado la que apaciguó el ambiente haciendo un gesto con la mano primero.

“No hace falta que te pongas tan a la defensiva. He venido porque de verdad estaba preocupada. Pensé que ese mestizo de Carlot te había matado y enterrado sin que nadie se enterara”.

“……”.

“¡Básicamente soy de las que piensa que los magos deben ayudarse los unos a los otros para sobrevivir! Tú eres un mago joven con un linaje extrañamente bueno. ¿No es normal que me preocupe?”.

Se levantó de su sitio. Llevaba puestos unos zapatos y caminaba sobre el suelo de piedra, pero no se escuchó el más mínimo sonido de pisadas, ni siquiera el roce de su ropa.

“¿Es usted una maga de la Torre de Gaicrux?”.

Preguntó Kosha lentamente. Ella, que caminaba rodeando a Kosha, se detuvo lentamente a su espalda.

“Bueno, algo así. En este país los magos suelen serlo, ¿no es así?”.

“Es que cuando la vi por primera vez pensé que podría ser la maga de otro príncipe”.

“¿De otro príncipe? ¿No me digas que estás hablando del segundo hijo?”.

Arrugó el entrecejo como si hubiera escuchado algo repugnante.

“¡Semejante insulto!”.

“...Lo siento”.

Kosha se disculpó dócilmente. En cualquier caso, se notaba que Bastian no era precisamente una persona que cayera bien, incluso bajo los estándares de los magos de Iseland...

“Pero como no para de hablar mal de Su Alteza Lucien, no pude evitar malinterpretarlo de esa manera”.

“¿Hablar mal? ¿A qué te refieres? Ah, ¿a lo de llamarlo mestizo de Carlot?”.

Se rió entre dientes apoyando la mano en el hombro de Kosha. Era evidente que su mano lo estaba tocando, pero curiosamente no sentía nada.

“A un mestizo se le llama mestizo, ¿cómo quieres que lo llame si no?”.

“……”.

“Como su linaje carece de raíces, es por eso que usa a la ligera un objeto tan abominable como este”.

Dirigió la mirada por encima del hombro de Kosha.

Humm... Miró alternadamente las esposas y a Kosha, y luego ladeó la cabeza.

“¿Humm?”.

“... ¿Por qué me mira así?”.

“¿Acaso te estás quedando quieto a propósito?”.

“¿Eh?”.

“Eso”.

Señaló las esposas.

“Puedes quitártelas”.

Las miradas de ambos se cruzaron de cerca. Sus iris eran tan negros que no se distinguían las pupilas en el centro, lo que hacía que se viera extrañamente ajena.

Kosha dio un respingo apartando el cuerpo y negó con la cabeza con todas sus fuerzas.

“No sé... no sé de qué me está hablando”.

“……”.

“Esto es algo hecho de oro de Idelma. La magia no funciona...”.

“Bueno, algo así... El oro de Idelma...”.

Asintió ella con la cabeza con desgana. Tras terminar de rodear a Kosha caminando, se sentó en el reposabrazos del sillón.

“Ahora que lo pienso... ¿sabías que en la era de los mitos no existía nada parecido al oro de Idelma? ¿Y cómo demonios se fabricó ese objeto?”.

Tras dudarlo un momento, Kosha negó con la cabeza levemente, a lo que ella le dedicó una sonrisa lánguida.

“Es normal que no lo sepas. Eso solo se produce en una región específica de Carlot... A la cual ahora llaman Idelma. Pero originalmente ese no era el nombre de esa tierra, sino el nombre de la raza que gobernaba ese lugar”.

“……”.

“Se les llamaba ‘las hadas de Idelma’”.

Hadas. Kosha parpadeó.

“Es la primera vez que lo escucho”.

“Es que es algo de hace muchísimo tiempo. Eran muy pocos ejemplares. Y además, como sus hábitats no se cruzaban con los de ustedes, es por eso que con más razón no debían saberlo. A ellas les gustaba la selva calurosa y fértil”.

No es del gusto de ustedes, ¿verdad?, añadió ella.

Para usar la palabra ‘hábitat’, Kosha era un mago de la ‘generación posterior’ que ya estaba demasiado humanizado... pero de todos modos, la sola idea de una selva calurosa no le resultaba muy atractiva.

“A pesar de tener un aspecto físico sumamente hermoso, no eran una raza fuerte. Las hadas suelen serlo, por lo general. Solo que las de Idelma eran especiales porque sus fluidos corporales poseían una fuerte resistencia al maná”.

“... ¿Acaso no eran seres vivos basados en el maná?”.

“Eran hadas, así que eran seres mucho más cercanos a la naturaleza que nosotros”.

La mujer asintió con la cabeza.

“Cuando yo tenía tu edad... No, cuando era un mago recién nacido aún más joven que tú. En aquel entonces, los humanos del oeste usaban la sangre de esas hadas cuando peleaban contra criaturas de maná. La untaban en las puntas de las flechas o en las espadas. Eso no se puede comparar con la porquería de oro de Idelma de ahora. Si te rozaba siquiera una espada untada con esa sangre...”.

Era prácticamente un veneno mortal. Los magos y seres parecidos simplemente se hacían añicos y morían, murmuró ella en voz baja.

“A pesar de tener semejante sangre eran demasiado indefensos, por lo que los seres vivos basados en el maná los protegían. Para que no fueran capturados por los humanos. Las enormes tortugas que gobernaban las tierras del oeste, los bueyes con cuernos y los leones con alas eran los aliados de esa raza de hadas”.

Las criaturas que salían de su boca una tras otra eran cosas que Kosha tampoco había visto en su vida. Solo salían en las historias antiguas que le leían antes de dormir. Al igual que la ‘poción de amor’, se transmitía que habían existido, pero ahora ya nadie era capaz de recordarlas.

“Sin embargo, los humanos ganaron terreno y esos aliados fueron extinguidos de esta tierra uno tras otro. Lo único que quedó fueron sus descendientes con forma humana, ‘los magos’, y los humanos que se preparaban para la guerra contra los magos empezaron cazando a esa raza de hadas. Para usarlos como armas”.

“……”.

“Y la familia real de Carlot fue la que lideró esa cacería. Sí, la familia materna del quinto hijo con el que estás viviendo”.

Lo miró directamente a los ojos y le dedicó una sonrisa llena de significado.

“Capturaron a muchísimas hadas de Idelma. Les extrajeron la sangre en vida y les hicieron cosas horribles. El destino de su raza se vio en una encrucijada. Dudaron durante mucho tiempo, pero de todos modos no tenían opción. Al final, ellas mismas eligieron extinguirse”.

“... ¿Extinguirse por sí mismas? ¿Se refiere a que se suicidaron?”.

“Sí. Porque de seguir así, todas terminarían siendo capturadas por los humanos”.

Kosha movió los labios sin encontrar las palabras adecuadas.

“Aun así, cómo es posible que...”.

“Es que la muerte de ellas es un poco diferente a lo que tú piensas. Viene a ser más parecido a ser absorbidas por la naturaleza. O regresar al lugar de donde vinieron”.

Murmuró la mujer con voz indiferente.

“Así que se reunieron en un solo lugar y, en el mismo día y a la misma hora, pusieron fin a sus propias vidas por mano propia. A medida que la selva que protegían se secaba, el pantano se convirtió en un desierto. Por azares del destino, yo misma presencié ese suceso...”.

Y sus palabras se desvanecieron mientras arrugaba un poco el gesto. Kosha observó en silencio cómo ese rostro que parecía una máscara firme e imposible de calcularle la edad se nublaba ligeramente antes de volver a quedar inexpresivo.

“Todo desapareció así, en un abrir y cerrar de ojos... Es irónico. Resulta que su sangre y sus lágrimas se filtraron en el lecho rocoso de esa tierra donde murieron, haciendo que toda esa zona adquiriera una fuerte resistencia al maná”.

“Ah”.

“Y el rey de Carlot, al enterarse de esa noticia... ¡Sintió una gran lástima y la explotó convirtiéndola en una mina!”.

Qué repugnantes son los humanos, ¿no crees?, añadió ella.

Kosha bajó la mirada aturdido hacia las esposas que envolvían sus muñecas. Las palabras salieron de su boca con timidez.

“Es la primera vez que escucho una historia así”.

“Es que en el pasado las vidas giraban únicamente en torno a los hábitats. No había nada parecido al intercambio. Bueno, yo tampoco sé mucho sobre ‘ustedes’...”.

Sus ojos afilados se estrecharon mientras escrutaban a Kosha. Cuando este encogió el cuello y miró a su alrededor alerta, ella soltó una carcajada estrepitosa.

“Así que...”.

“¿Sí?”.

“¿Qué has sentido al respecto?”.

“¿Qué he sentido?”.

Kosha parpadeó desconcertado.

¿Qué se supone que debo sentir? ¿Que las hadas me dan lástima...? ¿Que es trágico y triste...?

Daba la impresión de que su sola expresión de duda dejaba al descubierto lo que pasaba por su cabeza. La mujer hizo un gesto con la mano, como si estuviera perdiendo la paciencia.

“No me digas que después de escuchar una historia así, ¿todavía tienes intenciones de seguir llevando esa porquería en las muñecas? Pensé que te daría asco y te las quitarías de inmediato”.

Kosha volvió a bajar la mirada hacia sus esposas. Sus pupilas rodaron de un lado a otro con confusión.

“Pero es que esto es oro de Idelma...”.

“¡Sí, oro de Idelma!”.

Gritó ella alzando la voz mientras se levantaba de su sitio.

“¿Qué has estado escuchando todo este tiempo? ¿Acaso no lo entiendes? Al final es una cuestión de magnitud de poder. El oro de Idelma no es infalible. No es más que una piedra que absorbió fluidos corporales con resistencia al maná, eso es todo”.

“……”.

“Es una cuestión de concentración. Y, dependiendo del caso, hasta se puede generar inmunidad”.

Su voz sugerente le susurró al oído con disimulo. Fue justo en el instante en que Kosha iba a rebatirle.

“¿De verdad no puedes quitártelas? Piénsalo bien”.

Y en un segundo se le encogió el corazón. Las muñecas aprisionadas por las esposas sufrieron un leve espasmo.

Nadie abrió la boca, pero en ese instante todos los presentes en ese lugar supieron la respuesta.

Y supieron también que el otro sabía la respuesta.

Kosha tragó saliva con dificultad a través de su cuello delgado. Negó con la cabeza lentamente.

“No puedo quitármelas”.

“... ¿Ah, sí?”.

Conque con esas tenemos.

Ella sonrió ladeando la cabeza.

“¿Entonces quieres que te las quite yo?”.

“……”.

Una hostilidad se reflejó en sus pupilas verdes. En ese instante, las esposas que envolvían sus muñecas vibraron levemente con un zumbido, y Kosha se mordió los labios apresuradamente mientras retrocedía.

“No quiero”.

“……”.

“No me toque”.

Cuando Kosha directamente giró el cuerpo hacia un lado como para esconder las manos esposadas, la mujer de cabello plateado puso una expresión de incredulidad.

“Solo tienes buen linaje, pero resultaste ser un completo tonto. ¿Cómo es que tomaste mi historia? ¿Acaso después de escuchar eso todavía tienes ganas de seguir pegado a ese príncipe? ¿A ese linaje de Carlot?”.

“...No veo qué tenga eso que ver”.

Kosha negó con la cabeza.

¿Acaso me está pidiendo que juzgue los pecados de sus ancestros?

Pero si se tratara de juzgar todos los pecados que corren por la sangre, Kosha tampoco estaría del todo limpio.

La maga de cabello plateado chasqueó la lengua levemente. Kosha giró la cabeza esquivando sus dedos pulcros que se acercaban como para envolverle la mejilla.

“Pobre e ingenuo lagartito...”.

“Solo soy un mago”.

“Los humanos son todos iguales, no cambian. Su codicia... es la misma hoy que hace mil años o hace cien años”.

“……”.

“Entre más blando seas con ellos, más querrán. Exprimirán tu maná, exprimirán tu sangre y exprimirán tus lágrimas. Y aun así no estarán satisfechos y te pedirán más”.

“Su Alteza no es ese tipo de persona”.

“¿Tú crees?”.

Soltó ella una burla.

“No se puede evitar, aún eres muy joven. Bueno... yo también tuve una época así”.

“Yo ya soy un adulto. Y hace mucho tiempo que me gano la vida por mi cuenta”.

“¿Qué significado tiene el tiempo de los humanos para nosotros? Siendo un lagartito al que ni siquiera le han brotado las alas”.

Le cortó la palabra la mujer.

¿Alas? ¿Qué alas?

Kosha, asustado por esa parte que no se esperaba para nada, movió los hombros sin motivo.

“Supongo que este ser que ha vivido tanto tiempo tendrá que ser condescendiente contigo”.

La mujer de cabello plateado se arrancó un botón del cuello de su ropa. Era un botón plateado simple, sin ningún tipo de grabado.

“Si te dan ganas de verme, úsalo. En ese momento tú sabrás cómo usarlo”.

“……”.

“Entonces disfruta al máximo de la estupidez de la juventud. Al fin y al cabo, ese también es un privilegio de los días de juventud”.

Caminó lentamente hacia la puerta. En el instante en que su mano tocó el picaporte, Kosha abrió la boca.

“Espere un momento”.

Y, como si hubiera estado esperando precisamente aquello, la maga de cabello plateado giró la cabeza.

“¿Por si acaso conoce a la Maestra de la Torre de Gaicrux?”

“...Bueno, lo conozco lo suficiente como para conocerlo”.

Sonrió ella con misterio.

“¿A qué viene eso?”.

“Es que me encontré con un mago llamado Alphi... Parecía llevarse mal con esa persona que dicen que es la Maestra de la Torre”.

“Ah, Alphi... Bueno, me parece haber escuchado ese nombre alguna vez”.

¿Que se llevaba mal con la Maestra de la Torre? No lo sé bien, murmuró ella.

“¿No lo sabe bien?”.

“No lo sé bien. Bueno, ¡me parece que en el pasado hubo un tipo presumido con ese nombre! ¿A qué se dedica y dónde vive hoy en día?”.

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“...Si no lo sabe, está bien”.

Kosha negó con la cabeza. Ella volvió a reírse entre dientes.

“De acuerdo. Entonces quédate bien. Dale mis saludos al quinto hijo”.

“……”.

“Pero a mi parecer, tú no le vas a contar sobre este encuentro”.

Kosha dio un respingo. Sin importarle aquello, ella tiró de la puerta que daba al exterior sin dudarlo y la abrió. Sin embargo, más allá de ella no había ni guardias ni pasillo, solo se extendía una oscuridad tan negra como el azabache.

Ella caminó directamente hacia ese lugar. Solo el faldón de su capa roja ondeó como una lengua hasta el final antes de ser absorbido por completo en la oscuridad.

Y la puerta se cerró con un estallido.

Fue un ruido tan estruendoso que hizo estremecer el despacho, pero no llegó ninguna reacción por parte de los guardias que debían estar ‘afuera de la puerta’.

***

“El mago del rey tampoco se ha dejado ver hoy”.

Gosric se acercó y le susurró al oído en voz baja. Lucien, sin cambiar de expresión en lo más mínimo, bajó levemente la mirada y de inmediato aplaudió con una sonrisa radiante. Fue justo en el momento en que los arqueros a caballo salieron marchando en fila frente a la atalaya de la torre principal.

Ante el estruendo de los aplausos, el rey, que estaba sentado en el trono, sufrió un espasmo y su cuerpo tembló. Lucien le oprimió el hombro firmemente con una mano para tranquilizarlo.

“Majestad, debe mostrar su autoridad”.

“¿Q-qué está pasando, Lucien?”.

“Se está llevando a cabo la ceremonia de partida de mi hermano Bastian”.

Era la tercera vez que repetía lo mismo desde hacía rato.

Bastian, Bastian...

El rey desvarió un poco y luego abrió los ojos de par en par.

“¿Betsy parte a una expedición? ¿A dónde?”.

A Lucien se le tensó la mandíbula bajo su rostro sonriente.

Tú fuiste el que causó esto, maldita sea.

Conteniendo a duras penas el impulso de estrangular a su progenitor en ese mismo instante, se esforzó por responder con dulzura.

“...Va al norte”.

“¿Ah, sí? ¿Cómo es que las cosas terminaron así? Seguro será peligroso, tendrá que tener cuidado...”.

Murmuró el rey. El médico del palacio lo había diagnosticado como síntomas de delirio debido a la vejez, pero para Lucien era imposible distinguir en qué se diferenciaba eso de simplemente haberse vuelto loco.

Le dio unas palmaditas al rey en el hombro sin ganas y se giró hacia Gosric. Su mano cubrió su boca con naturalidad.

“¿Tampoco está en su alojamiento?”.

“Su habitación sigue cerrada con llave y no hay presencia de nadie”.

La mirada de Lucien volvió a recorrer la atalaya. En realidad aquello era un acto inútil.

Si el mago del rey se hubiera presentado en el lugar, debería estar al lado del rey. Para empezar, en Iseland donde el rechazo hacia las razas no humanas era severo el de ‘mago del rey’ ni siquiera era un cargo oficial. No era más que un puesto que permanecía bajo el favor del rey.

Y precisamente por eso, su prolongado encierro resultaba sospechoso. Especialmente en un momento como este en que la salud del rey empeoraba a cada momento, ausentarse de su lado era...

“……”.

Tras quedarse pensativo por un momento, Lucien se acercó al rey y se inclinó.

“Majestad, ¿dónde está Castor?”.

Al pegarle los labios a la oreja y susurrarle, el viejo rey volvió a asustarse. Jadeó y le devolvió la pregunta.

“¿Castor?”.

Al mencionar el nombre del mago, su expresión fluctuó. Lucien esperó pacientemente. Después de un buen rato, el rey respondió balbuceando.

“Ah, Castor es mi amigo... Es un mago extrañamente maravilloso. Como sabes, entre los magos no abundan ese tipo de personas...”.

“……”.

A Lucien se le saltaron las venas del cuello. Volvió a esforzarse por sonreír y asintió con la cabeza.

“Sí, es que precisamente ese maravilloso amigo suyo no se deja ver. Ya que mi hermano Bastian parte a una expedición, ¿no sería bueno que le lanzara aunque sea un simple hechizo de protección?”.

“... ¿Verdad que sí?”.

Los ojos del viejo rey, que habían perdido su brillo, parpadearon lentamente.

“Es verdad, ¿a dónde habrá ido Castor?”.

“¿No se han visto ustedes dos por separado? ¿Cuándo fue la última vez que lo vio?”.

“Uhm... estuvimos juntos en la llanura de Anspetera”.

La batalla de la llanura de Anspetera; aquello fue un suceso que ocurrió incluso antes de que el rey ascendiera al trono. Lucien chasqueó la lengua, enderezó la espalda y apartó el cuerpo.

“A este paso voy a ser yo el primero al que se le reviente el hígado de la desesperación”.

“...También intentaron forzar la puerta de su alojamiento para entrar, pero dicen que parece estar protegida con maná”.

Añadió Gosric la noticia que acababa de recibir con una expresión un tanto incómoda. Lucien levantó una ceja.

“¿Y la Maestra de la Torre sigue igual?”.

“Sí, él también, como siempre. Dice que rechaza todo tipo de encuentros personales”.

Durante todo el periodo de su estancia en Ostbrahe, la Maestra de la Torre estuvo rechazando cualquier otro compromiso a excepción de la cena periódica con el rey.

El rey no paraba de soltar tonterías durante toda la cena, y la Maestra de la Torre se reía y observaba la escena como si aquello le resultara de lo más divertido, mientras que en medio de ambos Lucien mantenía un rostro pacífico a pesar de que no pensaba más que en matarlos a los dos.

Si tuviera que elegir el momento en que más inútilmente desperdiciaba el tiempo últimamente, era precisamente en ese lugar. Se le llamaba cena, pero en ese lugar nadie se llevaba comida a la boca. Y encima no era capaz de descifrar las intenciones de la Maestra de la Torre, por lo que solo le invadía la irritación.

“Si van a estar así, ¿para qué demonios vinieron? En fin, los magos son todos unos...”.

Lucien detuvo sus palabras entre dientes y volvió a aplaudir con una sonrisa. Los abanderados que llevaban los estandartes estaban entrando a sus posiciones. Los estandartes con el escudo nacional de Iseland donde se entrelazaban una corona y tres espadas y el estandarte del señor de Aramor, Bastian en el que estaba dibujado un oso, ondeaban entremezclándose desordenadamente.

La mirada de Lucien se desvió hacia el lado opuesto de la atalaya. Pudo divisar a la princesa heredera de pie como una muñeca con una expresión remilgada, como si no pasara nada, y a su lado a su padre, Sir Marsus, riéndose a carcajadas y aplaudiendo.

Gosric, que seguía la mirada de su señor, murmuró.

“...A simple vista todavía parecen llevarse bien”.

“No se sabe. ¿Acaso no falta el estandarte de Marsus?”.

Milot, que había permanecido de pie en silencio, intervino señalando más allá de la atalaya con la barbilla. Gosric frunció el ceño.

“¿No crees que eso sería demasiado? El ejército de Ollet es, estrictamente hablando, la guardia de la capital”.

“En términos prácticos, no es que sumen tropas, sino que solo envían a los abanderados. De forma simbólica. Claro que eso también se puede ver como algo excesivo”.

Añadió Milot.

“Al fin y al cabo es una conquista aprobada por el rey, y encima su hija ha concebido. Me parece que era perfectamente posible. Más bien, ¿no es eso algo que le da más prestigio a Bastian?”.

“¿Y qué pasa si la posibilidad de que la princesa heredera haya concebido sea una mentira? Por si acaso ese mago...”.

“Si van a estar parloteando salgan afuera a hacerlo, que me distraen”.

Lucien los interrumpió girándose hacia ellos de mal humor. Para llamarlo ‘parlotear’, ambos estaban conversando a un nivel en que solo movían los labios, pero Gosric y Milot inclinaron la cabeza y retrocedieron.

“……”.

Sin embargo, ese silencio tampoco duró mucho tiempo. Lucien, que observaba la ceremonia de pase de revista más allá de la atalaya con el rostro inexpresivo, no tardó en girarse hacia Milot.

“... ¿Y ese desgraciado?”.

Daba la impresión de que él mismo no era consciente de ello, pero esta también era la tercera vez que repetía la misma pregunta.

“El sirviente que fue hace un rato informó que sigue en silencio”.

Y esta respuesta también se repetía de la misma manera por tercera vez. Debido a esto, dos sirvientes andaban yendo y viniendo entre el despacho del ala oeste y la torre principal como si les estuvieran ardiendo los pies.

Milot se imaginó a ‘ese desgraciado’ que estaría encerrado en el despacho de su señor. A ese mago que, llevando puesta una ropa ridícula por alguna razón y encima con esposas como si fuera un criminal, no paraba de acaparar la mirada de la gente.

Incluso después de haberlo bañado por primera vez, pensó que tenía un rostro que llamaba bastante la atención, pero al regresar tras el periodo de confinamiento y verlo, se dio cuenta de que lo que fuera que hubiera pasado durante ese tiempo, aquello se había vuelto peor. No era adecuado expresarlo con palabras tan planas como decir que simplemente se había vuelto más hermoso.

Aquello era más bien... parecido a estar a punto de florecer. Una flor a punto de abrirse, una fruta a punto de ser cosechada, algo de ese estilo.

Por supuesto que Milot era un hombre que incluso tenía una prometida en Carlot, y tampoco es que estuviera tan loco como para dejarse cautivar por un mago sospechoso... pero el hecho de que comprendiera en un instante la acción de su señor de echarle la capa por encima de golpe para cubrirlo, lo decía todo.

Tragó saliva disimuladamente mientras leía el ambiente de su señor y preguntó con cautela.

“Si tanto le preocupa, ¿quiere que le diga a alguien que eche un vistazo?”.

Sin embargo, Lucien frunció el ceño por reflejo.

“Bueno, mandando a alguien”.

“……”.

“Él está esposado ahora mismo, ¿te harás responsable si algo sucede?”.

“No, en absoluto”.

Milot sacudió la cabeza rápidamente.

De todos modos, era un hecho que las capacidades físicas de ese mago eran inferiores a las de una babosa. Con su poder mágico restringido, sería problemático si algún soldado demente se dejara cautivar por ese rostro y alimentara vanas intenciones. No es que alguien se atreviera a hacerle eso al mago de su señor, pero ese tipo de incidentes ocurrían con una frecuencia sorprendente justo cuando uno empezaba a olvidarlos. Especialmente con parejas sentimentales sin matrimonio formal, es decir, con las llamadas ‘concubinas’.

Aunque, a decir verdad, no estaba seguro de si se podía llamar ‘concubina’ a ese mago…

Sea como sea, no era un secreto que su señor compartía la cama con él. Para empezar, en una corte como esta, los secretos no existen. Lo mejor era ser precavido con lo que se debía cuidar.

…Pero si va a ser así, que no actúe como si tuviera un ataque de celos paranoico. ¿Quién fue el que armó un escándalo pidiendo que trajeran las esposas de oro de Idelma primero?

Mientras Milot suspiraba en silencio, Lucien murmuró para sí.

“…Sería bueno que hubiera una forma de ver qué está haciendo”.

“¿Perdón?”

“¿No dijo él que sabía dónde estaba yo?”.

Milot dudó de sus oídos ante ese discurso casi inaudible. Lucien sacudió la cabeza como si espantara pensamientos inútiles y se dio la vuelta. Bajo la torre de vigilancia, Bastian, montado a caballo, se adelantaba.

“Iré a despedir a ese cerdo, así que organiza este lado. Y tú, vigila al Rey hasta el final”.

Lucien palmeó el hombro de Gosric y bajó de la torre. Los caballeros de la guardia le siguieron en fila, dejando a Gosric y Milot intercambiando miradas de desconcierto.

 

La ceremonia de partida concluye con la familia real despidiendo y bendiciendo personalmente al comandante que parte. Normalmente, esta tarea recae en el sucesor designado, pero en una situación incierta como la actual, a veces la desempeñaba el miembro directo de la realeza con más experiencia militar.

Hasta ahora, cuando Lucien partía, este papel lo ocupaba la primogénita, Arabella. Aunque la relación entre ambos no era buena, los dos tenían personalidades pragmáticas, por lo que nunca hubo grandes inconvenientes.

Sin embargo, Bastian era diferente…

Lucien se esforzó por borrar el cansancio de su rostro y montó de un salto en su caballo. Sus caballeros hicieron lo mismo al unísono. Tras echar una mirada atrás, Lucien tiró de las riendas con una mano.

Desde la puerta interior de Ostbrahe hasta la muralla exterior; era un desfile que atravesaba la ciudad liderando la caballería.

El caballo blanco de Lucien cruzó lentamente la puerta del castillo. Al mismo tiempo, estalló un clamor atronador.

Este tipo de desfiles son un gran entretenimiento para los ciudadanos de vida monótona. Especialmente las ceremonias de partida, donde pueden admirar a multitud de caballeros armados con relucientes armaduras de placas.

Bastian ya estaba fuera de la puerta.

En cuanto apareció Lucien y los vítores resonaron, el rostro de Bastian se contrajo.

Por favor, pedazo de idiota, hay muchos ojos mirando, haz algo con tu expresión.

Lucien se tragó los insultos, manteniendo su propio semblante sereno.

El bien entrenado caballo blanco de Lucien no se asustó por los gritos y caminó calmadamente hasta situarse al lado del caballo negro de Bastian. Sus miradas se cruzaron. En un instante, la mano de Bastian se alzó.

¡Paff!

Le golpeó el pecho a Lucien con el puño sin previo aviso. No fue un golpe con intención de matar, pero tampoco fue débil. Bastian era un hombre robusto, y si Lucien no tuviera un cuerpo entrenado, podría haber caído del caballo.

Lucien tosió brevemente. Se sintió cómo la multitud se agitaba al notar la atmósfera inusual entre los comandantes en vanguardia. Justo cuando los vítores empezaban a apagarse extrañamente, Lucien recuperó la compostura y entornó los ojos con una sonrisa. Con una sonrisa radiante, levantó la mano y saludó a la gente.

“¡Waaaaa—!”

La multitud olvidó todo al instante ante la sonrisa del hermoso y prestigioso príncipe y volvió a vitorear. Pétalos artificiales volaban por el aire y la gente extendía los brazos para intentar tocarlo, aunque fuera de lejos.

“Así es como se hace, hermano”.

Susurró Lucien. Solo lo suficiente para que Bastian, a su lado, pudiera oírlo. El rostro de este último se arrugó aún más.

“Maldito insolente…”.

“Se lo enseño como un favor especial, ¿por qué se pone así? Además, hay muchos ojos mirando. Contrólese”.

Gente apiñada en las calles, ventanas y tejados observaba. Al ver cómo Bastian apretaba las manos sobre las riendas, Lucien se burló por dentro. Si tan solo Arabella hubiera estado allí, él le habría cedido este papel sin dudarlo.

A diferencia de Bastian, que ya iba fuertemente armado, Lucien vestía una armadura ligera. A decir verdad, era un atuendo sin mucha coherencia: demasiado ostentoso para un caballero y demasiado armado para un miembro de la realeza.

Sin embargo, a los súbditos que se reunieron para verlo no les importaba eso. Al contrario, era lo suficientemente autoritario y hermoso a la vez como para convertir a Lucien en el protagonista del desfile en un instante. Comparado con el joven príncipe rubio de armadura ligera, Bastian, con el yelmo puesto, parecía casi uno de sus guardias.

Una niña se adelantó tímidamente y le ofreció algo a Lucien. Era una pulsera hecha de hilos y cabellos entrelazados, un amuleto para desear buena suerte en la guerra. Lucien se inclinó desde el caballo, aceptándola con una sonrisa amable. El rostro de la niña se puso rojo como un tomate.

Al pueblo no le importa qué príncipe va a dónde ni para qué; simplemente, Lucien les resulta más familiar y por eso le entregan amuletos.

Lucien le pasó disimuladamente la pulsera a Bastian. Hasta ese momento, nadie le había entregado nada a él.

“¿Quiere llevársela?”.

“…Quita esa porquería de mi vista”, escupió Bastian. “¿Acaso pretendes ser el rey de los mendigos? ¡Ja! Es un puesto que le queda perfecto a un sucio bastardo”.

Ante las palabras que buscaban provocarlo deliberadamente, Lucien se encogió de hombros con naturalidad.

“¿Mendigos? Ellos son quienes procrean y trabajan para llenar el tesoro real”.

“……”.

“Solo cuando el tesoro está lleno puede usted permitirse sus insignificantes juegos de guerra. Supongo que no lo sabe, ya que nunca ha tocado la administración en su vida”.

“¡Cómo te atreves a decir eso con esa boca…!”.

La mano de Bastian se movió, pero Lucien fue más rápido. Su mano, cubierta por un guante de cuero de montar, agarró y presionó el guantelete metálico de Bastian. Aunque sus complexiones parecían similares, era difícil para alguien que solo había vivido como realeza vencer en fuerza a alguien que recibió entrenamiento de caballero. El rostro dentro del yelmo se puso al rojo vivo.

Tras un breve forcejeo, Bastian cedió primero. Tras soltar la mano de Lucien con brusquedad, Bastian murmuró insultos entre dientes, mientras Lucien simplemente apartaba la mirada.

De todos modos, el desagrado era mutuo.

La pulsera que colgaba de su mano en las riendas llamó su atención. Los colores de la pulsera, trenzada con hilo verde y cabello castaño, le recordaron de algún modo a alguien que no estaba allí.

‘…Yo tenía dieciocho años entonces, y le entregué flores a Su Alteza’.

Ante la voz borrosa que surgió naturalmente en su mente, Lucien entornó los ojos. Mientras tanto, hubo algunas personas más que le ofrecieron ramos de flores y regalos. Aunque los aceptaba con una sonrisa habitual, no podía dejar de pensar en él.

Dieciocho años. El mago a los dieciocho años.

…Kosha, con dieciocho años, acercándose a él para darle flores.

Al principio lo dejó pasar sin darle importancia, pero… a medida que lo imaginaba, se sentía cada vez más extraño. Ahora, la combinación de esas palabras se sentía rara. Dieciocho años es demasiado joven. Ese mago que aún tendría rastros de infancia… ¿Cuántos años tenía yo entonces? ¿Qué estaba haciendo?

¿Se podía permitir que ese mago despistado, que debió serlo aún más de joven, entrara libremente al castillo para ofrecerle flores a un hombre adulto, y encima a un caballero?

La mente de Lucien desarrolló su propia lógica. El hecho de que fuera común que los niños entregaran flores o amuletos a los caballeros, y que un hombre de dieciocho años ya tuviera edad para ser nombrado caballero, no existía en su cabeza en ese momento.

De repente, Lucien levantó la vista y escaneó a la multitud que lo vitoreaba. Sintió la sospecha de que ese mago desobediente podría haber escapado para venir a mirar. Por supuesto, era imposible. Lo había dejado bien atado.

Hizo bien en dejarlo atado. Pero… ¿estaría decepcionado? Si es que le gustaba ver este tipo de desfiles. ¿Querría verlo? Si lo que le gustaba era verlo arreglado, podría entrar y mostrárselo por separado más tarde, pero…

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¿Pero acaso ese tipo le dio flores solo a él? Lucien miró hacia atrás de reojo. Entre los caballeros que lo seguían, algunos también recibían ramos o regalos ocasionales.

Siguiendo el diseño meticuloso de sus asesores, los caballeros que acompañaban a Lucien en sus agendas externas eran en su mayoría hombres de buen parecido y expresión suave. Era natural que ellos también ganaran popularidad.

¿No habría ese mago entregado de todo a cualquier hombre bien parecido con armadura?

La sospecha que surgió de pronto le pareció bastante plausible…

“¿En qué tonterías estás pensando, payaso?”

Una voz metálica resonó en sus oídos. Su mente, sumergida en delirios que eran como un dulce veneno, fue arrastrada de vuelta a la realidad en un instante.

Ya estaban en la muralla exterior de Ostbrahe. Por fin, el tedioso acompañamiento terminaba. Lucien ocultó su expresión y sonrió suavemente.

“Me distraje porque me embargó la emoción de despedir a mi hermano”.

“……”.

“Ha sido un honor poder acompañarlo en su partida”.

La elección de palabras fue peculiar.

‘Despedir’ y ‘el camino de partida’. Ambas se usan normalmente hoy en día, pero en el lenguaje antiguo también se usaban para referirse a celebrar un funeral.

El lenguaje real es donde más rastros del lenguaje antiguo quedan. Por muy ignorante que fuera Bastian, criado en palacio, era imposible que no lo entendiera. Su rostro se congestionó.

Las manos entrelazadas de los dos hermanos se apretaron con fuerza. Las venas del cuello se marcaron y sus hombros chocaron.

“Presume todo lo que quieras mientras puedas. No te queda mucho”.

“¿Ah, sí?”

“Cuando regrese, te arrastrarás como un perro a mis pies pidiendo clemencia”.

La voz de Bastian era baja y sombría. La expresión desapareció del rostro de Lucien.

“Lávate el cuello y espera, sucio bastardo”.

La mano gruesa enguantada en metal apretó con fuerza antes de soltarse bruscamente. Acto seguido, con un grito de ‘¡Arre!’, su caballo negro salió disparado. El grupo de caballeros que lo escoltaba galopó tras él hacia la llanura.

Ante el espectáculo de los caballeros cabalgando con sus banderas ondeando, un último estruendo de vítores resonó desde el interior de la puerta.

“…Aún no ha aprendido a cuidar sus palabras”.

Murmuró Lucien mientras observaba la escena con indiferencia. Luego se volvió hacia sus caballeros.

“A partir de ahora, nuestra prioridad es la seguridad del Rey. Dupliquen el personal de escolta y de guardia, e incluyan al menos a dos de los nuestros en cada grupo”.

“¡A sus órdenes!”.

“Médicos, boticarios, sirvientes… vuelvan a verificar la identidad de todo aquel que tenga contacto con el Rey. Identifiquen a sus familias para tener rehenes, y si alguien no tiene familia adecuada, retírenlo de sus funciones por ahora”.

“Lo tendremos presente”.

Las respuestas llegaron con disciplina y sin vacilación. Tras confirmar uno a uno los rostros conocidos mirándolos a los ojos, alzó la voz por última vez.

“Paz y gloria para Iseland”.

“¡Paz y gloria para Iseland!”.

Era evidente que Bastian tramaba algo con esta partida. Era poco probable que ese idiota, que era secretamente cobarde, actuara así sin alguna ‘garantía’. Esta vez incluso movilizó a 5,000 soldados.

La escala era mayor que en cualquier enfrentamiento previo con Bastian. Sin duda, el tipo tenía algo en lo que confiar.

Y fuera lo que fuera, por supuesto, Lucien no pensaba ceder nada.

Así que, primero, lo que estaba a su alcance.

Lucien giró lentamente su caballo. Entregó el ramo de flores y la pulsera de hilo y cabello a un caballero escolta.

“Deshazte de esto discretamente”.

El escolta, que ya conocía bien su temperamento, la recibió en silencio con una inclinación de cabeza.

De todos modos, teniendo a alguien en sus aposentos privados, no sería apropiado regresar con una pulsera que contenía el cabello de otra mujer.

***

Sintiendo que alguien le manoseaba el cuerpo entre sueños, Kosha abrió los ojos con dificultad.

Se preguntó si se había vuelto a dormir, pero en realidad fue más cercano a un desmayo. Era algo común cuando el poder mágico no circulaba correctamente por el cuerpo durante mucho tiempo, pero desafortunadamente, tanto Kosha como Lucien ignoraban los detalles sobre el cuerpo de un mago.

Lucien se había subido sobre la persona desmayada sin miramientos, y Kosha recuperó el sentido por eso. En realidad, fue más bien la conciencia del mago reaccionando al poder mágico propio que quedaba dentro del cuerpo de Lucien.

“Uh, ¿quién…?”,

Kosha, aplastado boca abajo, apenas pudo balbucear. En lugar de responder, una mano grande se deslizó hacia su bajo vientre y desató el cordón de sus pantalones. Sin detenerse, la mano se infiltró bajo la ropa interior, acariciando a su antojo la entrepierna y los muslos.

“¿Alteza?”.

“¿Quién más iba a ser?”.

La voz familiar susurró al oído de Kosha.

Ah, menos mal…

Kosha se movió un poco y, aliviado, relajó el cuerpo dócilmente. En ese momento, Lucien frunció el ceño ante su extraña reacción.

“¿Qué pasa? ¿Realmente hubo alguien más?”.

“¿Eh?”.

“Digo que si alguien entró aquí y te tocó mientras yo no estaba”.

Ante el repentino tono serio, Kosha se desconcertó. Y, sin poder evitarlo, el incidente con la maga de cabello plateado cruzó fugazmente su mente.

Esa maga sí le había tocado el hombro ligeramente… Aunque seguramente él no se refería a eso. El problema fue que, debido a ese pensamiento, su respuesta se retrasó un poco.

“Ah, ¿no?”.

“……”.

Ante una respuesta sospechosa para cualquiera, Lucien guardó silencio un momento. La mano que estaba amasando a su antojo la carne interna del muslo de Kosha salió de los pantalones y giró su mejilla para obligarlo a mirar.

Sus ojos se encontraron. Las pupilas verdes de Kosha rodaron de un lado a otro evitando las grises azuladas.

“¿Quién se atrevería a hacer tal cosa…?”.

Añadió Kosha torpemente. Era, en parte, instinto de mago.

Ella tenía razón. El mago no le contaría a Lucien sobre ella. Aún no había juzgado suficientemente qué tipo de existencia era: si aliada o enemiga.

Lucien, que observaba a Kosha como si lo estuviera evaluando, de repente lo incorporó y sacó la llave de las esposas de su bolsillo.

¿A qué viene esto?

Los ojos de Kosha se agrandaron.

Tras quitarle las esposas, Lucien manipuló sus muñecas un par de veces y le quitó la túnica gris. Debajo, aún llevaba el camisón tipo vestido.

“Levanta las manos, bien alto”.

Ordenó Lucien con frialdad. Cuando Kosha levantó las manos como se le ordenó, Lucien le quitó el camisón de un tirón.

En un instante, Kosha quedó completamente desnudo, a excepción de una sola prenda de ropa interior. Frente a él, Lucien, impecablemente arreglado, lo observaba. Cuando Kosha, sintiéndose fuera de lugar, frotó sus muslos con torpeza, el noble frunció el ceño y chasqueó la lengua.

“¿Quieres dejar las piernas quietas?”.

Una mirada afilada recorrió cada rincón del cuerpo de Kosha, como si buscara confirmar la presencia de cualquier marca o rastro desconocido. Se detuvo con obsesión en sus pezones de tono pálido, el ombligo, las prominentes escápulas de la espalda y los tobillos.

Sin embargo, el cuerpo del mago estaba limpio, como la primera nieve caída durante la noche. Solo quedaba una marca rojiza en la cara interna del muslo, exactamente del tamaño de la mano de Lucien, donde él lo había apretado momentos antes.

“La piel blanda resulta útil en estos casos”.

Murmuró Lucien para sí mismo antes de ponerle una prenda nueva sobre la cabeza.

Era ropa que había traído deliberadamente para cambiarlo. Aquel maldito camisón tipo vestido le ponía de los nervios; cada vez que el mago se movía un poco, la prenda se le subía hasta los muslos.

Kosha, víctima de este repentino atropello, miraba con desconcierto a Lucien mientras este lo asistía. Le resultaba absurdo que lo tratara como a un niño de cinco años, metiéndole cada pierna en los pantalones, pero debía admitir que los movimientos de Lucien al anudar los cordones y ajustar la ropa eran sorprendentemente hábiles.

¿Cómo alguien que ha sido servido toda su vida puede ser tan bueno en esto?

En la mente de Kosha, ya era un hecho consumado que Lucien había tenido muchísimos amantes en el pasado. Y seguramente, había sido un amante muy atento.

Aunque ahora es conmigo con quien duerme.

Le habían enseñado que un hombre que indaga en el pasado o que siente celos es patético, pero no podía evitar ese sentimiento punzante. Por ello, terminó cuestionando algo que normalmente habría dejado pasar sin rechistar.

“Alteza... ¿acaso me ha examinado porque realmente creía que alguien me había tocado?”.

Era, por así decirlo, una forma de tantear el terreno. Lucien no respondió. Kosha, observando su reacción, insistió en su queja.

“Alteza, no resulta nada atractivo que actúe como un marido celoso y paranoico”.

Después de todo, aquella desconfianza innecesaria no le resultaba agradable. Ni como ‘amante’ ni como mago ¿un momento, realmente eran amantes? Esperaba que sus palabras fueran ignoradas o tachadas de tontería, pero la reacción de Lucien fue inesperadamente intensa.

“¿Marido celoso?”.

Se incorporó bruscamente, con el rostro serio. Kosha se encogió, asustado. Lucien ya era un hombre imponente de por sí, pero con aquel atuendo formal y esa aura autoritaria, resultaba abrumador.

“¿Dices que esto son celos de un marido?”.

Preguntó, como si fuera él quien exigiera explicaciones.

Kosha sintió que si respondía afirmativamente, se metería en un lío. ¿Era para tanto? Aturdido por la presión, negó frenéticamente con la cabeza.

“Ah, no”.

“...”.

“No es eso. Es... es solo algo que escuché por ahí. Lo siento”.

Finalmente, Kosha murmuró una disculpa. Lucien chasqueó la lengua con desagrado, pero el ambiente se suavizó notablemente.

“No es que sospeche de ti, es que tú me pones nervioso con tu actitud”.

“¿Yo... hago eso?”.

“Sí, tú”.

Él empezó a juguetear con el cabello rizado y revuelto de Kosha, imitando su tono de voz.

“Vivir con esos gansos extraños te ha pegado malas costumbres. Te escapas a tu antojo y no escuchas. ¿Cómo no voy a estar inquieto?”.

“¿Tanto así?”.

Kosha puso cara de impacto.

¿De verdad había causado tantos problemas?

Para él, ser comparado con sus gansos significaba ser extremadamente desobediente.

Lucien soltó una pequeña risa ante aquella expresión de desconcierto. La tensión afilada desapareció en un parpadeo y volvió a acercarse a Kosha. Usó como excusa el terminar de anudar los cordones de la túnica, pero la cercanía era excesiva. Sus labios buscaron su lugar junto al oído de Kosha.

“Así que, dime una cosa”.

Su voz ahora era tan dulce como si estuviera bañada en miel. Kosha tragó saliva involuntariamente.

“¿El qué?”.

“¿Le has dado flores a algún otro hombre que no sea yo?”.

Kosha se atragantó con su propia saliva y soltó una pequeña tos.

“¿A otro hombre?”.

“No sé, ¿a alguno de mis caballeros? Durante los desfiles, por ejemplo”.

Aquello era tan absurdo que el rastro de embriaguez mental desapareció de golpe. Kosha se quedó boquiabierto.

“Alteza...”.

“Es cosa del pasado, así que sé sincero. Solo... me dio curiosidad de repente”.

“¿Usted no sabe el esfuerzo que requiere entregar una sola flor...?”.

Su tono era casi de lástima, como si hablara con un niño que ignora cómo funciona el mundo. Mientras Lucien se quedaba helado, Kosha continuó con calma.

“Alteza, para entregar un ramo de flores, primero hay que entrar temprano al castillo y conseguir un sitio. Si es un evento grande, la competencia por la primera fila es feroz. Yo vivo fuera del castillo, así que tuve que acampar frente a la puerta. Y no era el único; los guardias te despiertan a cada rato para comprobar que no eres sospechoso”.

“...”.

“Incluso si consigues sitio, no termina ahí. La guardia de la capital pasa constantemente ordenando la calle y revisando a la gente. Tienes que declarar el regalo con antelación para que lo inspeccionen; si no, podrías terminar arrestado”.

Recordó aquel momento. Los guardias lo miraron con sospecha por ser un hombre adulto haciendo algo que solían hacer los niños. Lo revisaron con tanta minuciosidad que Kosha temió que estropearan el ramo que tanto esfuerzo le había costado hacer.

“En fin, es algo que se hace por puro afecto. No es algo que puedas hacerle a cualquiera. Ni es algo que se pueda repetir muchas veces”.

Quizás otros lo hicieran, pero la vida de Kosha no era tan fácil. Justo cuando empezaba a sorberse la nariz por la nostalgia de aquellos recuerdos, Lucien bajó la cabeza repentinamente.

Sus labios se sellaron.

“¡...!”.

Fue un beso sin preámbulos ni advertencias. Los ojos de Kosha se abrieron de par en par, y Lucien aprovechó la sorpresa para invadir su boca. Las lenguas se enredaron, él recorrió su paladar y mordisqueó sus labios antes de separarse apenas unos milímetros.

“Dilo otra vez”.

“¿Qué?”.

“Lo de antes. ¿Por qué dices que se hace?”.

Sus labios rozaban los de Kosha al hablar. ¿Por qué? Kosha intentaba recuperar el aliento, incapaz de seguir el ritmo. Su mirada vagaba perdida.

“¿Por... afecto?”.

En cuanto lo susurró, Lucien volvió a besarlo, esta vez con más profundidad.

No se lo doy a cualquiera, solo a ti, por puro afecto.

Lucien cerró los ojos ante un punzante dolor de cabeza. No recordaba el brazalete ni las flores que había recibido apenas unas horas antes; aunque seguramente pasaron por el mismo proceso, ese hecho se le había borrado por completo.

Era simplemente... eso. La palabra grabada en su mente era terriblemente dulce. Por eso, no pudo contener el impulso. Aunque aún no había anochecido, era como si el efecto de una ‘poción’ se hubiera desatado.

Lucien apresuró las manos de Kosha, que flotaban en el aire, y las inmovilizó. Justo cuando la espalda de Kosha fue presionada contra el respaldo de la silla por la fuerza de Lucien...

¡Toc, toc, toc!

Alguien llamó con fuerza a la puerta del despacho. Kosha, asustado, empujó a Lucien por instinto. Sus labios se separaron, y Lucien pudo sentir el pulso acelerado bajo la fina piel de las muñecas que aún sujetaba.

Entonces, se oyó el leve chirrido de la puerta al abrirse. Aunque solo fue una rendija desde la cual no podían ser vistos, fue suficiente para que entrara la voz. Un carraspeo incómodo llegó desde el umbral.

“Ejem, ejem...”.

“...”.

“Alteza, si el... ‘interrogatorio’ ha terminado, deberíamos proseguir con los asuntos pendientes...”.

Era Milot, sin duda. Lucien se pasó la mano por el pelo y chasqueó la lengua con fastidio. Limpió los labios húmedos de un Kosha todavía aturdido y le puso con cuidado su túnica gris. Dudó un momento mientras sostenía las esposas de oro de Idelma, pero finalmente negó con la cabeza y se las guardó en el bolsillo.

“Mientras estés conmigo te las quitaré, pero a cambio, pórtate bien”.

Ante aquella inesperada concesión, Kosha asintió frenéticamente, aunque seguía algo aturdido.

Parecía que el trabajo de Lucien se había acumulado. Tras dar la orden de entrar, la puerta se abrió del todo y una procesión de personas ingresó al despacho; debían de haber estado esperando fuera. Todos cargaban pilas de pergaminos y documentos. Los caballeros estaban más armados de lo habitual, y Kosha reconoció rostros como los de Edric o Gosric. Todos lucían semblantes graves.

Al ver la seriedad del ambiente, Kosha se sintió avergonzado por haber estado tan distraído. Se encogió en un rincón del diván como un gato asustadizo, bajo la mirada de reojo de Milot.

A Milot le bastó ver el rostro encendido y los labios hinchados para saber perfectamente qué habían estado haciendo. Chasqueó la lengua mentalmente. Le parecía increíble que el mago no pareciera consciente de que lo trataban como a una concubina. Con todo, y a pesar de sus sospechas, Milot no detestaba al mago. En una corte llena de gente peor que basura, alguien tan dócil y amable era una rareza. En el fondo, esperaba que todas las sospechas contra él resultaran ser infundadas.

De hecho, su simpatía por él acababa de subir un punto. Exactamente desde el momento en que el mago mencionó lo de ‘marido celoso’.

Hay que tener valor para decirle eso a la cara... lo que todos pensamos pero nadie se atreve a decir.

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Y lo más increíble era que Lucien, contra todo pronóstico, se había mantenido tranquilo. Con su temperamento, lo normal habría sido que estallara.

Definitivamente, este mago no es una persona común...

Mientras Milot se perdía en sus pensamientos, una voz afilada lo sacó de su ensimismamiento.

“¿No vas a trabajar? ¿Tan relajado estás?”.

Era su señor, con el ceño fruncido y un tono visiblemente irritado.

“Sí, sí, por supuesto”.

Respondió Milot mientras depositaba los fajos de documentos.

Sobre la amplia mesa se desplegó un mapa y se organizaron los pergaminos.

“Hemos gestionado lo más urgente. Para la escolta del Rey, hemos designado a Arman y Luden al frente...”.

Las voces de los consejeros y comandantes se mezclaron en un caos ordenado. Al principio, la presencia del mago los incomodaba, pero pronto se olvidaron de él. El mago de la túnica gris era sorprendentemente invisible; aun sabiendo que estaba allí, su presencia era tan tenue que resultaba fácil ignorarlo.

“...Mañana por la mañana llegará a la puerta norte de Osterbelt el último edicto de campaña con el sello real”.

“Ese tipo regresará sin duda. Su objetivo es golpearme a mí. Es solo cuestión de tiempo”.

Sentenció Lucien.

“¿Hay alguna posibilidad de que Arabella regrese mientras tanto?”.

“Si regresa, ¿crees que se enfrentará a Bastian? Seamos realistas”.

“Se unirá a Bastian”.

Añadió Lucien con una sonrisa cínica.

“No hay mucho que pensar. ¿A quién eliminaría ella primero? ¿A su hermano, que es un tonto al que puede manipular, o a su medio hermano, que es astuto como un zorro?”.

“De hecho, es mejor que ella no vuelva por ahora. No tenemos capacidad para luchar en dos frentes, norte y sur, mientras defendemos Ostbrahe”.

“Incluso si Arabella se queda quieta, queda el ejército de Ollet. Si Bastian regresa desde el noroeste donde está Gaicrux, y Lord Marsus se mueve, nos veremos atrapados...”.

“¿Entonces dividimos el ejército?”.

“Eso dejaría brechas... La escala de las fuerzas que pueden movilizar es...”.

Las piezas sobre el mapa se movían de un lado a otro. Los consejeros discutían acaloradamente.

“Si es cierto que la princesa está encinta, es probable que Lord Marsus ayude a Bastian, por mucho que se lleven mal. Si logra sentar a Bastian en el trono, el futuro de ese niño está asegurado...”

“Y después podría deshacerse de Bastian y actuar como regente”.

(Nota:            Regente: Persona encargada de gobernar, dirigir o administrar algo, especialmente de forma temporal.)

“Esa criatura no debe nacer. Bajo ninguna circunstancia”.

Intervino Lucien en voz baja, cortando la discusión.

El ambiente se volvió pesado. Hablar de la muerte de un niño no nacido resultaba desagradable incluso para hombres curtidos en mil batallas, pero era una verdad estratégica innegable. La influencia de un heredero era inmensa. Los dos hijos de Arabella habían muerto jóvenes y Lucien era soltero. El nacimiento de un nieto real legítimo consolidaría la posición de Bastian como nunca antes.

“...Pero, por supuesto, sería mejor acabar con Bastian antes de tener que matar al feto. O al menos, convertirlo en alguien ‘no apto’ para el trono”.

“Mientras el Rey viva, cruzar las puertas de Osterbelt con armas se considera traición automática, sea cual sea el motivo”.

“Hay algo ahí”.

Murmuró Lucien.

“Existe una forma de que atacarme en Ostbrahe no se considere traición”.

Bastian parecía muy seguro de sí mismo al partir. Aquel idiota tenía algo... algo que se les escapaba, o algún plan secreto.

“...Regicidio”.

Susurró uno de los consejeros en medio del silencio.

Era la palabra que todos tenían en mente pero que nadie se atrevía a pronunciar. El ambiente se agitó.

“¿Pero cómo? El Rey está débil, pero nadie puede predecir el momento exacto de una muerte natural. Y Bastian no puede esperar indefinidamente; no tiene fondos para mantener al ejército todo el invierno”.

“¿Y si infiltran a alguien para asesinarlo y nos culpan a nosotros?”.

“Eso no les beneficia del todo. Si hay un regicida, debe haber un juicio, y nosotros controlamos la corte. Que Bastian, estando fuera, afirme de repente conocer al culpable no resultaría natural”.

“Aunque no sea natural, podría intentarlo. Hay que tenerlo en cuenta. Pero la reputación de Bastian no es la mejor...”.

“En un juicio popular, nosotros tendríamos la ventaja”.

Lucien era popular entre el pueblo llano, una base de apoyo que sus consejeros habían cultivado meticulosamente como último recurso. Recordó cuando, a los quince años, le preguntó a Retana si los hombres honorables que empuñaban espadas debían temer a los que empuñaban picos y antorchas. Ella le respondió.

‘Si los que llevan picos pasan de diez, a veinte, a ochenta... ¿no darían miedo incluso a un espadachín?’.

“Si intentan culpar a su Alteza del regicidio y hacer un juicio apresurado, la reacción del pueblo será enorme. No es la mejor jugada para Bastian”.

“Dudo que tenga cerebro para pensar tanto”.

Replicó Lucien distraídamente mientras tamborileaba sobre la mesa, analizando el mapa.

“Hemos cambiado a todos los boticarios y guardias, así que el asesinato no será fácil...”.

El pensamiento daba vueltas en círculos. Era un anciano que esperaba una muerte natural, pero nadie puede prever cuándo llegará el final...

Si se es humano.

El tamborileo de sus dedos se detuvo en seco. Lucien levantó la vista.

“¿Y si no fuera un humano?”.

Ante el desconcierto de sus consejeros, Lucien giró la cabeza hacia donde estaba el mago. Kosha, que había estado tan silencioso que casi olvidaron su presencia, jugueteando con sus dedos bajo su túnica gris, levantó la vista al sentir la atención. Sus ojos verdes brillaron al encontrarse con las miradas de todos.

Si un mago estuviera involucrado... Los relatos de Kosha sobre aquel misterioso mago pelirrojo, los magos de Gaicrux y esos terceros actores que nunca habían intervenido en las disputas familiares empezaron a encajar en su mente.

Kosha, sin entender del todo la situación, parpadeó y levantó una mano tímidamente.

“¿Eh... acaso hay algo en lo que pueda ayudar?”.

Preguntó con una voz que, a pesar de la gravedad del momento, sonaba extrañamente emocionada y llena de esperanza.

***

“Bueno... sí, es cierto. Es imposible saber el día exacto en que morirá una persona”.

Murmuró Kosha con cautela.

Ahora estaba sentado en el centro del despacho. Había acudido entusiasmado cuando lo llamaron, pero verse rodeado por las miradas de una docena de consejeros lo ponía nervioso. Sentado en aquella silla demasiado grande para él, parecía estar siendo sometido a un interrogatorio.

Mientras tanto, a Lucien le irritaba el tono poco respetuoso con el que algunos se dirigían al mago.

¿Cómo se atreven a hablarle así...?

Sin embargo, los subordinados de Lucien eran funcionarios y el mago era, técnicamente, un sirviente. Incluso si se trataba de una identidad falsa, lo era por pragmatismo, por apariencia y por jerarquía. Así que... aunque Lucien quisiera buscarles las cosquillas por su falta de respeto, no tenía una excusa sólida. Reprimiendo su desagrado, se cruzó de brazos y se limitó a observar.

“Dígalo con exactitud: ¿es que usted no puede hacerlo, o es que...?”.

“Ni yo, ni aunque viniera el mismísimo ‘Abuelo Gran Mago’ serviría de nada... Eso no es algo que se pueda detectar con maná”.

Kosha negó con la cabeza con firmeza, lo que provocó que Milot, Renata y el resto de los consejeros intercambiaran miradas. Tras observar sus reacciones por un momento, Kosha añadió tímidamente.

“Pero puedo percibir el ‘flujo’ del cuerpo para conocer el estado de salud general. Es decir, saber qué parte del cuerpo está mal, ese tipo de cosas esquemáticas”.

“¿Y la muerte? ¿Existe alguna forma de matar a alguien haciendo que parezca una muerte natural?”.

“Bueno, eso...”.

Kosha frunció el ceño y arrugó un poco la nariz, como si el solo pensamiento le resultara desagradable.

“Creo que primero habría que usar un hechizo de sueño profundo y, después, detener el corazón”.

“¿Es un hechizo difícil? ¿O es algo que cualquiera podría hacer?”.

“Nunca lo he intentado, pero no creo que sea tan difícil...”.

Kosha movió los ojos de un lado a otro, pensativo, y se rascó la nuca.

“Pero aunque no sea difícil, probablemente la mayoría de los magos evitaría hacerlo”.

“¿Qué quieres decir?”.

“En la magia existe algo llamado ‘el precio’...”.

Kosha vaciló. Traducir conceptos de mago al lenguaje humano nunca era sencillo.

“Si un mago interviene para matar a alguien que, de haberlo dejado solo, habría vivido más tiempo... pues eso trae consecuencias. No es algo recomendable, por así decirlo”.

En rigor, la palabra ‘precio’ no terminaba de expresar el concepto completo. Mientras Kosha divagaba, alguien intervino con impaciencia.

“¿Tiene eso algún sentido? ¿Sabe usted a cuántos magos nos hemos enfrentado en la guerra? ¿Qué pasa entonces con las vidas de nuestros soldados que ellos segaron?”.

“Es que, bueno...”.

“Eso de que el asesinato conlleva un precio suena a religión primitiva y vieja. ¿Acaso los carniceros reciben un castigo proporcional por cada cuello de pollo que cortan?”.

“No, no es eso...”.

Kosha agitó las manos con desconcierto.

“Un carnicero humano no usa magia. No interviene con maná. No me refiero a eso”.

Esa era, en parte, la razón por la que los magos solían tener poco apetito. Desde pequeños les habían inculcado, casi como un lavado de cerebro, que por el hecho de haber nacido magos debían ser cautelosos incluso al recoger un hongo en el bosque. Era, por así decirlo, la responsabilidad que conllevaba el poder.

“Sobre la guerra... sinceramente no lo sé. Nunca he estado en una. Pero he oído que es malo. He visto, o mejor dicho, he oído que los magos reciben ‘tratamiento mágico’ después de las batallas...”.

Kosha bajó la voz, observando las reacciones de los presentes. Los consejeros intercambiaron miradas en silencio, y Lucien, acariciándose la barbilla, habló.

“En resumen, significa que se puede hacer de alguna manera. Ya sea previendo ese ‘tratamiento’ o como sea”.

“Se puede hacer...”.

Kosha asintió levemente. Al ser tan tímido y no haber considerado jamás cometer tal acto, su voz carecía de seguridad.

“...Entonces debemos responder teniendo en cuenta la posibilidad de una intervención mágica”.

Los rostros de todos los presentes se ensombrecieron.

“¿Por dónde empezamos a cubrirnos de un intento de asesinato mágico? ¿Estará interviniendo Gaicrux?”.

“No parece algo que ese tal mago pelirrojo pueda manejar por su cuenta...”.

“¿Puede un mago controlar a un humano? Si es así, ¿hasta qué punto?”.

“¿Qué tal si usamos protecciones de oro de Idelma? ¿Servirían para evitar que un humano sea controlado?”.

“¿Ponerlas a todos? Eso causaría problemas en nuestra propia gestión del oro de Idelma”.

De nuevo, las voces y preguntas se mezclaron en un caos. Kosha, en medio de todo, movía los labios sin saber qué hacer. Es decir...

“Esto...”.

En cuanto Kosha despegó los labios, Lucien levantó una mano. Al instante, las voces de sus vasallos cesaron. Solo entonces Kosha se dio cuenta de que la mirada de Lucien había estado clavada en él todo el tiempo.

“Dice que tiene algo que decir”.

Señaló Lucien con un gesto de la barbilla. Las miradas se centraron en Kosha.

“...Gracias por darme la oportunidad de hablar, Alteza”.

Estaba tan nervioso que tuvo que tragar saliva, pero agradecio educadamente. Al cobarde Kosha no le gustaba ser el centro de atención, pero al sentir que Lucien lo observaba, cobró valor.

“Es que... yo pensaba que ese sería mi trabajo...”.

“¿Su trabajo?”.

“Me refiero a la magia de protección”.

Respondió Kosha en voz baja. Un silencio repentino inundó el despacho.

Parecían haber escuchado una palabra totalmente inesperada, lo que hizo que el propio Kosha se extrañara.

“Daba por hecho que me pedirían algo así... si les preocupa un ataque de un mago. Yo podría usar magia de protección o barreras... aunque es un área en la que tendría que estudiar un poco más...”.

Mientras Kosha divagaba, uno de los consejeros preguntó con escepticismo.

“¿Eso es posible?”.

“...A un mago se le enfrenta con otro mago”.

Respondió Kosha con suavidad.

“No es que menosprecie a los humanos, por supuesto. Es solo que nuestras áreas de competencia son distintas”.

“Y bien, ¿qué piensas hacer exactamente?”.

Intervino Lucien. Su expresión mientras se tocaba la barbilla parecía algo insatisfecha, aunque Kosha no lograba entender el motivo.

“Primero... creo que debería ver al Rey. Evaluar su estado y, si su enfermedad es grave, tratar lo más urgente. Incluso si está muy delicado, es posible mantenerlo con vida hasta cierto punto para que no fallezca de inmediato. Y también poner una barrera en su dormitorio”.

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Las preguntas volvieron a llover: qué era exactamente la magia de protección, hasta dónde llegaba, qué significaba una barrera... Lucien volvió a levantar la mano para pedir silencio.

“¿Piensas hacer todo eso tú solo?”.

Fue una pregunta inesperada. ¿Quién más iba a hacerlo? Si hubiera otro mago, sería incluso más problemático. Los magos son criaturas que valoran mucho su territorio y, si se juntan dos o más, instintivamente intentan establecer una jerarquía. Kosha imaginó por un momento qué pasaría si Lucien tuviera a otro mago. La sola idea de ver a ese alguien recibiendo elogios de Lucien por cualquier tontería le puso de muy mal humor.

“Puedo hacerlo todo yo solo”.

Respondió Kosha con un deje de presunción, como si no fuera gran cosa. En realidad, era un ignorante en técnicas avanzadas como las barreras y tendría que estudiar desde cero...

“¿Y el precio?”.

Preguntó Lucien de nuevo. No parecía referirse al ‘precio de la magia’. Probablemente... se refería al pago por el trabajo de Kosha, una recompensa para él. Kosha no recibía un sueldo y, técnicamente, no era un ‘vasallo’ de Lucien.

Mmm... pero no había pensado en eso. Kosha reflexionó. Como su mago oficial, el simple hecho de ser útil ya le hacía feliz.

“Bueno, unos cuantos libros de magia y.…”.

Murmuró. Pero por más que pensaba, no se le ocurría nada que deseara. Excepto una cosa.

Solo... un beso de recompensa. Con eso le bastaría.

Sin embargo, no era fácil decir algo así frente a tanta gente. Mientras vacilaba, Lucien soltó una breve carcajada de incredulidad.

“Ja...”.

Sus miradas se cruzaron. Kosha sintió instintivamente que Lucien había leído sus pensamientos. Al ver que él se apartaba el pelo y desviaba la vista, Kosha también bajó la mirada, avergonzado.

“...Está bien, inténtalo”.

Ante el peso de esa voz, Kosha agachó la cabeza aún más. Por eso, no llegó a ver que las puntas de las orejas de Lucien también estaban extrañamente enrojecidas.

***

“Creo que fue una buena decisión reclutar a ese mago en aquel entonces”.

Comentó Milot con sutileza”.

Se dirigían al estudio y biblioteca que los consejeros compartían. El pasillo, con ventanas hacia el patio central, ya estaba oscuro y se iluminaba con antorchas. Aunque todos los presentes eran consejeros de confianza y nadie más usaba esa zona, Milot se acercó a Renata y bajó la voz por costumbre.

“¿Quién iba a imaginar que Bastian reclutaría a un mago? Si no hubiéramos retenido a ese mago, estaríamos indefensos”.

Renata miró a su hermano menor, que se estremecía ante la idea, y respondió con indiferencia.

“Su Alteza es un hombre con buen instinto y fortuna. Para alguien que aspira a ser dueño de muchas cosas, a veces esas cualidades son más importantes que el esfuerzo”.

Murmuró distraídamente.

“Pero, hermano, ¿no lo has oído?”.

“¿El qué?”.

“Esa expresión: ‘Ni aunque viniera el Abuelo Gran Mago serviría de nada’”.

Renata susurró al oído de su hermano.

“Esa no es una expresión de Graffen. En nuestro país no hablamos así. Especialmente eso de ‘Gran Mago’; clasificar y ensalzar así a los magos es algo que, al menos en el idioma de Iseland, es la primera vez que escucho”.

“¿Ah... sí?”.

“Te dije que no descuidaras tus estudios de idiomas extranjeros. Y el idioma del enemigo es el más importante”.

Dijo ella mientras le tiraba de la oreja. Milot pidió perdón con impotencia.

Se decía que el hijo más inteligente de la casa Coherburn era Renata. Fue ella quien diseñó el esquema del plan de Lucien para avanzar hacia Ostbrahe y quien planeó cómo debía ir acumulando méritos militares. Si no fuera porque ella rechazaba tajantemente el matrimonio y la descendencia, el próximo señor de la familia habría sido ella y no Milot.

“Con todo el lío de hoy, a muchos se les habrá pasado por alto, pero tú no puedes permitirte eso. Además, ese mago estuvo a punto de decir que ‘vio’ a magos recibiendo tratamiento mágico tras la batalla”.

El hecho de que estuviera a punto de decirlo y se callara lo hacía más sospechoso. La expresión de Milot se endureció; a él también le había inquietado ese detalle.

“Entonces, ese mago creció en un entorno donde era posible ver magos de guerra desde niño”.

“Y no solo a uno o dos, probablemente a ‘muchos’”.

Añadió Renata.

“Su forma de hablar también merece atención. Agradecer por ‘la oportunidad de hablar’ no es un saludo típico de un plebeyo”.

“Bueno... lleva ya un tiempo rondando por la corte, podría haberlo escuchado y aprendido, ¿no?”.

“Podría ser. En ese caso, sería alguien muy astuto para ser un simple cuidador de gansos”.

Concluyó Renata con una risa seca.

Muchas posibilidades y toda clase de imaginaciones cruzaron las mentes de los dos hermanos. Como siempre, no expresaron nada de eso en voz alta.

“...No le tengo mala voluntad a ese mago. De hecho, me parece hasta tierno”.

Murmuró Renata con frialdad.

“Pero no debemos olvidar nuestro deber. Su Alteza es alguien con instinto y suerte, pero nuestra función es asegurar el flujo de esa suerte. Nuestro papel es vigilar lo que él pasa por alto”.

Lo que él pasa por alto.

Cuando la larga reunión terminó y el sol proyectaba sus últimos rayos rojos por la ventana oeste, Lucien despachó a todos excepto al mago. No hacía falta ser un genio para saber qué estarían haciendo ahora que estaban a solas.

Por supuesto, Milot y Renata eran de los pocos confidentes que sabían que ‘ese acto’ tenía un efecto desintoxicante de una noche, una especie de acto ‘necesario’. Por tanto, no podían verlo simplemente como un capricho desenfrenado de su señor.

Sin embargo, ¿cuántos hombres habían perdido la visión cegados por el sexo y las artimañas del cuerpo y las emociones? El actual Rey de Iseland lo hizo en su día, el Rey anterior también, e incluso el anterior señor de Carlot. Muchos hombres ‘exitosos’ en la historia ya habían dejado demasiados precedentes.

Perder la claridad es cuestión de un instante, y eso es lo que un ‘vasallo’ debe vigilar por encima de todo.

“Lo tendré presente, hermana”.

Asintió Milot con gravedad.

Renata chasqueó la lengua y le dio una palmada en el hombro. Había una diferencia de edad considerable entre ellos; incluso su hermano, que empezaba a perder el pelo prematuramente, seguía pareciéndole muy joven a sus ojos.

“Lo estás haciendo bien. A mí también me gustaría que pudiéramos seguir junto a ese mago hasta el final”.

Susurró con amargura. Era el tono de alguien que ya ha comprendido que en esta corte nada es eterno.

***

Pasaron seis días completos hasta que Kosha pudo tener una audiencia con ‘Su Majestad el Rey’.

Durante ese tiempo, Kosha estuvo bastante ocupado. Tuvo que estudiar para respaldar sus alardes de confianza, ayudar a Lucien con su ‘desintoxicación’ usando todo su cuerpo y, además, para calmar a aquel hombre celoso, tenía que ponerse las nefastas esposas de oro de Idelma cada vez que él se ausentaba.

Cada vez que Lucien sacaba las esposas, el lagarto saltaba y protestaba. Pero como el animal era invisible para los demás, Kosha fingía no verlo.

Porque... cada vez que le ponía las esposas, Lucien lo besaba con una expresión de profunda disculpa. Sin saber que Kosha podría destruir esas esposas si quisiera, él presionaba sus labios contra los de Kosha, sus muñecas y sus mejillas, una y otra vez.

Entonces Kosha se sentía flotar y dejaba que él hiciera lo que quisiera. Ah, el contacto del afecto era tan suave, más dulce que la mejor seda traída de Ater. Incluso al ver la silueta del lagarto desvanecerse junto a las esposas con la boca abierta por la incredulidad, Kosha no sentía mucha culpa.

¿Será que soy lo que llaman un ‘hombre fácil’?, se preguntó Kosha por un momento. Recordó que hace tiempo hubo un hombre así en la corte; decían que por algo de dinero se acostaba con cualquiera. En aquel entonces, Kosha acababa de separarse de su cuidadora para dormir solo y, como tenía miedo a la noche, pensó en pagarle a aquel hombre para que durmiera con él.

Por supuesto, su padre lo descubrió antes de que hiciera nada y le dio una buena reprimenda. Su padre le dijo que ni siquiera mirara a esos ‘tipos faciles. En una familia de costumbres tan austeras, ‘Facil’ era un término vergonzoso e insultante.

¿Me habré convertido en algo así? ¿Un hombre que hace cualquier cosa por un beso?

Aunque nadie le decía nada, Kosha se sentía culpable y sacudió la cabeza para espantar esos pensamientos.

¿Y qué si soy un poco facil? Al fin y al cabo, el único que paga con besos es Lucien.

No sabía por qué últimamente le venían tantos recuerdos del pasado. ¿Sería porque se estaba despojando de la cáscara con la que fingía ser humano? No servía de nada recordar el pasado...

“¿En qué piensas?”.

Una voz llegó desde arriba de su cabeza. Kosha levantó la vista y la capucha que llevaba mal puesta resbaló por su espalda. Vio el rostro del hombre rubio que lo miraba desde arriba, al revés.

Ah, qué guapo es.

Kosha se quedó embobado ante ese rostro que borraba todas sus preocupaciones.

Lucien lo besó en la frente por hábito. Con los labios aún pegados a su piel, susurró de nuevo.

“Te he preguntado en qué piensas”.

“...Solo, en esto y aquello”.

Respondió Kosha, esforzándose por volver a poner los pies en la tierra mientras levantaba la cabeza poco a poco.

Se encontraban en lo más profundo de la torre principal, en el último pasillo que conducía al dormitorio del Rey. Aunque Ostbrahe en general era una estructura compleja, la torre principal resultaba ser un laberinto particularmente intrincado. Según Lucien, se debía a que era la parte más antigua del castillo.

Sin embargo, el interior estaba impecablemente cuidado. Los tapices que adornaban las paredes, los candelabros dorados, el cristal de las ventanas y los barrotes eran todos nuevos. Probablemente se debía a la cercanía de los aposentos reales.

“’Esto y aquello’, ¿exactamente qué?”.

Insistió Lucien.

Él vestía un traje formal adecuado para una audiencia con el monarca, mientras que Kosha llevaba una túnica larga hasta las espinillas con un delantal blanco y grueso, similar a un sobretodo, superpuesto. Por su vestimenta, parecía un médico o un boticario. La túnica gris que llevaba encima apenas le colgaba de los hombros.

“Ni se te ocurra mentirme”.

Dijo Lucien, dándole un suave golpecito en la frente con la punta de los dedos.

“Y no me ocultes cosas”.

“Es verdad... Solo pensaba en la magia de protección. Estoy un poco preocupado porque tuve que estudiarla a toda prisa”.

Balbuceó Kosha. Y en parte, era cierto.

Lucien había pagado todo el ‘precio’ que Kosha había pedido: los besos, por supuesto, y también los libros de magia. Había saqueado la biblioteca mágica del ala este, e incluso lo hizo a plena luz del día, llevando a un grupo de hombres para cargar y trasladar los libros.

Haber irrumpido de forma tan ostentosa en un lugar al que antes debía entrar a hurtadillas... Kosha intuía que Lucien debió de haber hecho algo entre bastidores, pero fingió no saber nada y no preguntó. Aunque hubiera preguntado, Lucien no le habría respondido con la verdad absoluta: que el bibliotecario había sido detenido en secreto y que varios sirvientes del ala este y otros implicados habían sido ‘eliminados’ en poco tiempo y sin un juicio formal.

La corte se movía con una discreción y una violencia sin precedentes. Lucien estaba en el centro de todo, pero como era el único ‘regente’ que quedaba en el palacio, todas sus órdenes se emitían nominalmente en nombre del Rey.

‘De todos modos, Bastian no regresará vivo a la corte. Si eso sucediera, significaría que yo ya estoy muerto’.

‘...’.

‘Así que no hay necesidad de pensar en las consecuencias futuras’.

Con esas palabras, él silenciaba cualquier voz de preocupación sobre la gestión de aquellas órdenes radicales.

‘¿Arabella? Pensemos en ella una vez que estemos en el bando de los supervivientes’.

El hecho de que el primogénito y el tercer hijo se enfrentarían en una guerra total se estaba convirtiendo en una realidad aceptada entre la clase dirigente, y el ambiente en la corte se volvía tan afilado y sensible como el filo de una espada.

‘Simplemente hacemos lo que podemos ahora’.

En medio de aquel ajetreo incesante, Lucien solía decir eso como un hábito, y a Kosha... aunque no entendía mucho, en el fondo le gustaban esas palabras. Sabía que no era tan fácil como parecía. Por eso, Kosha se dedicó a elegir libros con el lagarto y a investigar la magia de protección. Era lo único que un mago con pocos conocimientos de política cortesana podía hacer en ese momento.

Y así llegaron al presente. Con los ojos irritados por haber interpretado libros de magia en lengua antigua restándole horas al sueño, y torpemente disfrazado de médico o boticario, se encontraba en medio del pasillo que llevaba al dormitorio real.

Lucien observó a Kosha, que miraba a su alrededor, con una expresión peculiar antes de hablar lentamente.

“Si crees que no puedes hacerlo, dilo ahora”.

“¿Eh? ¿El qué...?”.

“Lo de la magia de protección o lo que sea”.

Lucien murmuró agitando la mano. ¿A estas alturas? Ante el desconcierto de Kosha, él frunció ligeramente el ceño.

“He apartado a la fuerza a uno de los médicos personales para meterte a ti. Aunque sea una identidad falsa, si surge un problema que no existía, la situación se complicará”.

Explicó en voz baja, con una pronunciación lenta y precisa, usando palabras que Kosha pudiera entender fácilmente.

“Así que, si no tienes confianza o crees que vas a cometer un error, dilo ahora. No pasa nada. Al fin y al cabo, este es mi asunto. Yo decidí encargarme de todo y ni siquiera esperaba este tipo de ayuda desde el principio. Si te estás forzando por algún sentido del deber...”.

Aunque sus palabras podían sonar algo tajantes o duras, al mismo tiempo mantenían una línea cuidadosa. Kosha supo instintivamente que él se había esforzado mucho en ‘elegir’ cada una de esas palabras. Por eso, negó con la cabeza. Tenía que hacerlo.

“No me falta confianza. Y tampoco es por deber”.

“...”.

“Que usted se encargue de todo solo está muy bien, pero... haré que se alegre de que yo esté aquí”.

Porque Kosha era un mago. Alguien que había encontrado a su propio humano brillante y había decidido ‘elegirlo’ a toda costa. Aunque respetaba la tendencia de los hombres de alto rango a querer controlarlo y responsabilizarse de todo ellos mismos...

Lucien no pudo responder de inmediato. Mientras él titubeaba, Kosha se adelantó con paso decidido. El lagarto brillante asomó la cabeza desde su pecho; parecía estar de buen humor tras haber sido liberado de las esposas. Lucien, que se había quedado atrás, lo alcanzó rápidamente y lo agarró del hombro.

“Vamos juntos. No camines solo por aquí como si nada”.

Su tono era de regaño, pero ocultaba una dulzura latente. Kosha sonrió levemente y apoyó la nuca en su hombro; Lucien bajó la cabeza y lo besó. Ya era un hábito absoluto. Tendrían que estar muy atentos para no hacer lo mismo frente a los demás.

“Por cierto, el ambiente es un poco pesado... Qué lugar tan extraño para un dormitorio”.

Murmuró Kosha mientras jugueteaba con la punta de sus dedos y miraba a su alrededor. Lucien observó su expresión con atención.

“¿Será porque es antiguo? Además, antes era una fortaleza militar. Pasó por muchas guerras sangrientas. ¿Los magos pueden distinguir los lugares donde ha muerto mucha gente?”.

“No, no es exactamente eso...”.

Kosha se rascó la mejilla. Podía detectar la muerte inminente o la energía de una muerte reciente, pero no distinguía rastro por rastro los restos de muertes ocurridas hace cientos de años. De hecho, la mayoría de los magos ni siquiera creían en historias de fantasmas.

Ante la ambigüedad de Kosha, Lucien añadió.

“Si heredo el trono, pienso remodelar toda esta zona. Para que no quede ni el recuerdo de este ambiente sombrío y anticuado. Yo también detesto lo viejo”.

“¿... Ah, sí?”.

“Entonces será mucho más agradable y habitable”.

Añadió aquello de forma algo apresurada, sin que nadie se lo preguntara. Kosha no entendía por qué, de repente, le hablaba de sus gustos de vivienda y planes de reforma. Aun así, recordó que su despacho tenía bastantes ventanas y que parecía preferir las estructuras amplias y abiertas. Kosha asintió con torpeza, deseando sinceramente que él pudiera vivir en el lugar que deseaba.

De todos modos, había algo más urgente: el malestar que se intensificaba a medida que se acercaban al dormitorio del Rey. El lagarto en su pecho también parecía estar cada vez más inquieto.

“Es la primera vez que verás al Rey de cerca, no te asustes demasiado”.

Le advirtió Lucien.

“Se ve mucho más envejecido de lo que corresponde a su edad. Dicen que estar postrado en cama por la enfermedad causa eso. En fin, su estado no es bueno”.

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Kosha asintió dócilmente. Entendía su preocupación, pero estaba más acostumbrado a los ‘enfermos’ de lo que Lucien creía.

Había dos guardias custodiando la puerta del dormitorio real. Por el ambiente, parecían gente de Lucien, pero Kosha bajó la cabeza y guardó silencio con prudencia. Lucien se limitó a mostrar dos placas de identidad sin decir palabra. El dormitorio del Rey: el lugar al que incluso el ‘regente’ debía entrar tras identificarse, el corazón del palacio y el punto con la vigilancia más estricta.

Una vez confirmada la identidad, la pesada puerta se abrió lentamente.

Kosha se detuvo en seco, incapaz de moverse por un instante. Al mismo tiempo, las escamas del lagarto verde resplandeciente se erizaron violentamente.

“¿...?”.

Lucien fue el primero en notar esa reacción extraña. Mientras Kosha jadeaba, incapaz de respirar bien, él levantó la mano para que los guardias retrocedieran tres pasos.

“¿Qué pasa?”.

Le susurró al oído. Kosha negó con la cabeza por instinto.

“Algo está mal aquí”.

Logró recuperar el aliento a duras penas. Una energía siniestra impregnaba toda la habitación. Los humanos no podían sentirla, pero un mago sí. En la piel, en las venas, hasta en el último cabello.

Este lugar era el ‘territorio’ de otro mago.

¿Sería aquel que llaman el ‘Mago del Rey’? No, no lo parecía. Si el ‘Mago del Rey’ fuera un mago que hubiera ‘elegido’ al monarca, no haría nada que pudiera perjudicar al humano que eligió. Sin embargo, esta energía era demasiado turbia. Una presencia ominosa y funesta reclamaba aquel espacio como su territorio, rechazando con fuerza la aproximación de cualquier otro mago.

“¿Mal? ¿Qué quieres decir?”.

Insistió Lucien. Kosha no respondió; en su lugar, levantó la mano. No tenía energía para hablar.

Se movió tambaleándose hacia adelante, como si apartara algo invisible con las manos. Era como intentar atravesar un espacio lleno de clara de huevo: asqueroso, difícil de respirar y complicado de moverse.

Sin embargo, esto era, en última instancia, una batalla por el tamaño de la capacidad innata de un mago. Aunque este territorio era sólido, no llegaba a un nivel que obligara a Kosha a retroceder. Kosha miró a Lucien.

“Cierre la puerta, por favor”.

Se volvería más sofocante y repulsivo, pero para encontrar el ‘origen’ tenía que limitar sus sentidos.

En el centro de la habitación había una gran cama con dosel, y en medio de ella yacía un anciano escuálido, solo. Aunque habían despachado a los sirvientes a propósito, su respiración era tan débil que parecía que iba a expirar en cualquier momento, lo cual resultaba muy inquietante.

“... ¿Ca... Cástor? ¿Eres tú?”.

Murmuró el anciano, que no se había movido, como si estuviera dormido. Parecía buscar a alguien, pero apenas se le oía y Kosha no tenía fuerzas para responder. Kosha empezó a registrar los alrededores de la cama. Lucien lo siguió de cerca.

“¿Qué haces? Dame una explicación...”.

“La magia de protección no es el problema ahora. Tengo que encontrar lo que está mal”.

Respondió Kosha con urgencia, metiendo la cabeza incluso debajo de la cama.

¿Encontrar el qué? Lucien comprendió instintivamente que no podía ser de ayuda en ‘esto’.

Mientras tanto, el anciano repitió sus delirios un par de veces más. Kosha, con la cabeza bajo la cama, le hizo señas a Lucien, que deambulaba detrás.

“Atienda a Su Majestad, por favor”.

“¿...Yo?”.

Lucien, que nunca había tenido una relación afectuosa de padre e hijo con su progenitor, se sintió desconcertado. Pero, por alguna razón, la imagen actual de Kosha parecía realmente la de un ‘mago’... y sentía que debía haber un motivo para lo que le pedía.

Reprimiendo su incomodidad, Lucien se acercó al anciano en el lecho. Se decía que en su día fue más alto que los demás y de complexión imponente, pero ahora parecía haberse encogido a la mitad. El Rey, que aún no cumplía los setenta años, aparentaba más de noventa, y de su cuerpo, que los sirvientes limpiaban día y noche, emanaba un olor similar al de un cadáver en descomposición.

“¿Lacy...?”.

Los ojos nublados del Rey miraron a su hijo mientras murmuraba otra incoherencia. Justo cuando Lucien fruncía el ceño por instinto...

Kosha se incorporó de debajo de la cama y empezó a palpar sobre el lecho del Rey. Su cabello rizado estaba completamente despeinado; en medio de todo lo desagradable de la situación, aquello fue lo único que le hizo sonreír levemente.

Kosha buscaba entre las mantas y estaba a punto de meter la mano bajo la almohada. Lucien iba a detenerlo para decirle que no tocara porque estaba sucio, pero...

“¡Lo encontré!”.

Gritó Kosha antes de que pudiera ser interrumpido, metiendo la mano bajo la almohada del Rey. Lucien se sobresaltó.

“Lo... lo encontré”.

Kosha extendió la palma de su mano. Era un colgante metálico redondo. No era muy grande y tenía grabada la figura de una bestia parecida a un pez.

La expresión de Lucien se endureció. No hubo tiempo de preguntar qué era. Ni siquiera hacía falta...

“Alguien usó una maldición”.

Kosha explicó con torpeza y pocas palabras que una maldición, estrictamente hablando, no era magia pura, sino algo que descendía desde la antigüedad. Pero a Lucien no le importaba el conocimiento mágico de la era mitológica en ese momento.

Lucien conocía ese emblema. Estrictamente hablando, era la figura de una bestia mitológica con la parte inferior de una carpa y la parte superior de un caballo.

“Creo que primero tengo que deshacerme de esto”.

Dijo Kosha con cautela, observando su reacción. Lucien asintió brevemente, dándole permiso.

El lagarto, furioso, salió del pecho de Kosha y abrió la boca de par en par. Cada vez que mordía el colgante, el metal se oxidaba y finalmente se deshacía en polvo. Para los ojos de Lucien, que no podía ver al lagarto, parecía que el colgante simplemente se desvanecía por sí solo en la palma del mago.

En el preciso instante en que todo el colgante se convirtió en polvo...

“¡Ah... ah...!”.

Se oyó un jadeo desde la cama. Ambos miraron al Rey al mismo tiempo y sus miradas se cruzaron.

Los ojos de Lucien y los del Rey se encontraron. Unos ojos grisáceos sorprendidos y unos ojos negros que parecían un poco más nítidos de lo habitual.

“... ¿Lucien?”.

La voz también era más clara que de costumbre.

“¿Qué está pasando aquí, Lucien?”.

Fue algo repentino, pero la sensación era distinta a sus delirios habituales, definitivamente.

“¿Por qué... estoy acostado? Hijo mío”.

La última vez que el Rey lo había llamado ‘hijo mío’ fue hacía seis años, cuando fue nombrado caballero. Lucien, que por un momento no supo qué decir, finalmente logró hablar.

“El médico le está realizando un tratamiento”.

“¿Tratamiento?”.

Jadeó el Rey. Estaba hablando a la velocidad más rápida de los últimos años.

“¿Acaso he estado soñando? ¿Hasta dónde llega el sueño? ¿Qué es esto?”,

“Su Majestad”.

“¡Ah... ah...!”.

Las extremidades del Rey, que divagaba, sufrieron una convulsión momentánea y luego su cuerpo quedó inerte. ¡Su Majestad! Lucien estiró la mano, pero Kosha fue más rápido.

En cuanto el mago agarró la muñeca del Rey, sus ojos brillaron en verde y la respiración del monarca se calmó y se volvió regular.

“Se ha desmayado por la impresión. Ya lo he estabilizado, así que su vida no corre peligro inmediato... probablemente”.

Continuó Kosha en voz baja.

“Como puede ver, parece que alguien le ha hecho algo malo al Rey, Alteza. El problema es que seguro que hay algo más aquí, aunque no estoy muy seguro...”.

Kosha tragó saliva y negó con la cabeza. Solo entonces Lucien se dio cuenta de que los labios de Kosha estaban azulados y sus uñas casi moradas. Su mandíbula se tensó y un insulto escapó de entre sus dientes.

La acción precedió al pensamiento. Envolvió con urgencia las mejillas pálidas, que se sentían especialmente frías al tacto.

“¿Qué te pasa?”.

“Creo que será... difícil solucionar todo esto ahora. No sé qué efectos tendría si lo despertáramos de golpe...”.

“¿Crees que eso es lo que importa ahora?”.

Lucien envolvió bruscamente a Kosha con la túnica gris. Kosha parecía muy desconcertado y miraba a su alrededor como si quisiera pedir ayuda. Iba a decir que no era para tanto, pero Lucien no le dio tiempo.

Apretando la túnica hasta su cuello y cargando a Kosha en brazos, casi bajo el brazo, Lucien cruzó el dormitorio a paso rápido.

Los dos guardias que esperaban fuera se sobresaltaron ante la conducta del príncipe, que salió pateando la puerta como si hubiera olvidado toda etiqueta y ley. Frente al dormitorio esperaban, tal como se había planeado, los caballeros de la guardia personal de Lucien.

“Su Majestad está durmiendo tras el tratamiento, siguiendo las indicaciones médicas”.

Dijo Lucien recorriendo con la mirada a los dos guardias. Su voz sonaba algo ahogada, como si reprimiera algo.

“Dejen que los sirvientes entren para atenderlo”.

Aunque la situación resultaba sospechosa para cualquiera, ellos fingieron no ver nada, irguieron el pecho y clavaron la mirada en el vacío. Eran personal seleccionado por el bando de Lucien y, además, sabían que para trabajar en la corte lo más importante eran tres cosas: solemnidad, lealtad y capacidad para elegir el bando correcto. Por lo general, lo último era más importante que las otras dos juntas.

“Si valoran sus cuellos, cuiden sus lenguas”.

Su voz baja sonó como la hoja de una guillotina. Que alguien del rango del príncipe regente se tomara la molestia de añadir una advertencia no era algo común. Los dos guardias, con los hombros tensos, golpearon rítmicamente el suelo con sus lanzas ceremoniales en señal de obediencia.

Tras hacer una seña a sus caballeros, Lucien se alejó rápidamente por el pasillo cargando con el bulto que era la túnica gris con Kosha dentro. Las puntas de los pies de Kosha rozaban la alfombra de lana, dejando una larga marca a su paso.