6. La rebelión de los príncipes (1)
6. La rebelión de los príncipes (1)
Aunque se movió con diligencia, le tomó
bastante tiempo.
Primero, se encargó de limpiar algunas
energías turbulentas más. ‘Aquellas cosas’ estaban enterradas a intervalos
regulares alrededor del ala oeste; en su mayoría eran objetos tan
insignificantes que no habrían parecido fuera de lugar en cualquier otro sitio.
Solo un mago habría sido capaz de percibir en
ellos los vestigios de un hechizo incompleto.
La hechicería antigua solía ser un acto
ceremonial estrictamente riguroso. Cumplir con las reglas sobre números,
acciones, direcciones, distancias y materiales era más importante que cualquier
otra cosa.
Como Kosha no había aprendido suficiente
magia, y mucho menos hechicería, no podía adivinar la intención del conjuro
solo por sus rastros. Sin embargo, la sensación de que aquello estaba
invadiendo su territorio era vívida y sumamente desagradable.
Lo que es desagradable y sucio debe limpiarse.
¿Acaso no se pasaba el día entero limpiando la casa y el establo cuando era un
simple cuidador de gansos?
El lagarto, que se había atiborrado a placer
con el maná ajeno, terminó con la panza tan hinchada que se volteó bocarriba.
Kosha lo guardó con cuidado en su regazo para que no sufriera de indigestión.
Después, fue a buscar a los gansos.
Nadie le había dicho dónde estaban, pero Kosha
podía saberlo ¿así sin más’. Al fin y a cabo, un familiar y su mago pueden
encontrarse mutuamente incluso si están en extremos opuestos del continente.
El nuevo establo acondicionado para los gansos
en un lado del patio norte del ala oeste, donde originalmente se criaban los
perros de caza, era bastante impecable. Un perro de caza negro de linaje noble,
que estaba echado en un rincón, se levantó de un salto al sentir la presencia
de alguien, pero enseguida agachó la cabeza y volvió a echarse.
Aunque no haya una comunicación directa, la
naturaleza suele ser amigable con los magos. Y lo mismo aplicaba para los
animales.
Sintiéndose un poco culpable con el perro por
haberle arrebatado casi la mitad del amplio patio que antes usaba solo, Kosha
le acarició un poco la nuca. El enorme sabueso de Carlot dejó escapar un
chillido. Por alguna razón, parecía desanimado. Daba la impresión de que se
esforzaba desesperadamente por no mirar en dirección a los gansos.
“¿Pasó algo?”.
Kosha se acercó al establo de los gansos. La
puerta del establo, separada del área del perro por una sólida valla, estaba
cerrada con llave, pero eso no representaba un problema para un mago.
Los gansos batieron las alas y se amontonaron
a su alrededor. Parecía que les habían dejado agua para bañarse, pues todos
estaban muy esponjosos. Kosha se tomó su tiempo para acariciar la nuca de cada
uno de los nueve gansos.
Un familiar es prácticamente una extensión del
mago. Aunque cumplen la voluntad de su amo sin necesidad de palabras, Kosha
todavía no terminaba de creerse del todo que estos benditos gansos fueran sus
familiares, así que decidió decírselo en voz alta.
“Oigan. A partir de ahora, este es nuestro
hogar”.
Ante sus palabras, los gansos armaron un
alboroto emitiendo graznidos graves.
“…Aunque no les guste, no hay nada que hacer.
Ya es así”.
Añadiendo aquello con toda la firmeza de la
que fue capaz, Kosha aflojó un poco la túnica que llevaba bien abrochada.
Debajo solo llevaba una fina camisa, y su cuerpo aún estaba cubierto de los
rastros que Lucien había dejado. Desde su aroma hasta su energía.
Los humanos también tenían una longitud de
onda propia y única de nacimiento. Aunque era tan débil que resultaba casi
imperceptible, para los animales sensibles debía ser otra historia.
Los nueve gansos merodearon alrededor de su
cuerpo, rastreando ese rastro. Algunos de ellos sacudieron sus colas cortas con
evidente descontento.
Tras asignarles a los gansos su nuevo
‘territorio’, Kosha volvió a cerrarse la túnica.
“Ya saben lo que tienen que hacer, ¿verdad?”.
Lucien le había preguntado si cualquiera
entraba y salía de las casas en su pueblo, pero, contra todo pronóstico, no era
así.
“¿Pueden cuidar bien la casa?”.
Los gansos son guardianes mucho más excelentes
de lo que se piensa. Incluso Beorn, el hombre que solía acosarlo, nunca pudo
poner un pie dentro de su casa.
Pronto, el ganso líder, el más grande de todos
graznó ruidosamente en representación del grupo. Era el que más problemas
causaba y con el que Kosha más se había peleado, pero aun así, en momentos como
este, era el más confiable.
Aunque la puerta del establo estuviera
cerrada, si realmente eran sus ‘familiares’, no habría ningún problema. Los
familiares son parte del mago y comparten su poder. Kosha los abrazó una vez
más y abandonó el establo.
Luego fue a los baños a lavarse. Quizás porque
era una hora extraña, el lugar estaba completamente vacío. Fue un alivio. Como
le quedaban muchas marcas vergonzosas en el cuerpo, habría sido un momento
incómodo de haber habido moros en la costa.
En el almacén de suministros se escabulló para
sacar una camisa nueva y cambiarse por supuesto, como Kosha simplemente había
‘invocado’ la prenda frente a él, no consideró aquello propiamente como un
robo, y al pasar por la cocina, sacó disimuladamente un pan a través de la
ventana abierta para saciar el hambre con astucia.
Su paso calmado se detuvo en seco al llegar al
piso donde estaba su habitación. Por estar prestando atención a su entorno por
aquí y por allá, no se había dado cuenta antes, pero percibió la presencia de
Lucien dentro de su alcoba.
Parecía que tenía asuntos muy urgentes entre
manos, así que ¿por qué demonios estaba en su habitación?
Kosha corrió apresurado, abrió la puerta de
golpe y lo llamó.
“¿Alteza? ¿Ha venido?”.
“……”.
En la pequeña habitación que se abarcaba de un
solo vistazo, Lucien estaba efectivamente sentado en la silla. Sus miradas se
cruzaron en el preciso instante en que Kosha entró. Él se levantó de la silla
de un salto.
Por alguna razón, el ambiente no pintaba nada
bien.
Acercándose a grandes zancadas, Lucien jaló a
Kosha que se había quedado parado torpemente en el umbral y cerró la puerta de
un empujón.
“¿A dónde fuiste?”.
Kosha movió los ojos de un lado a otro con
apuro. El ego humano volvió a encajarse a la fuerza en la cabeza del mago que
acababa de estar vagando alegremente de un lado a otro.
“…Al, al baño”.
“¿Al baño?”.
Lucien sonrió de lado. Se le veía genuinamente
de mal humor.
“¿Vas al baño durante medio día? ¿No recuerdas
que te dije que enviaría a alguien? Dímelo otra vez”.
Las palabras afiladas salieron disparadas con
rapidez. Kosha se encogió todavía más.
“Lo, lo siento. En realidad quería lavarme. Mi
cuerpo estaba muy… sucio”.
“……”.
“Y también quería ver un poco a los gansos…”.
Balbuceó Kosha. Se tragó hábilmente el
encuentro con aquel hombre extraño. Tuvo la corazonada de que no sería buena
idea revelarlo a la ligera. Al fin y al cabo, ya se había deshecho de lo
urgente…
Y el trabajo de convertir el ala oeste en ‘su
territorio’ ya estaba en marcha…
“Haah…”.
Tras quedarse mirando fijamente a Kosha por un
momento, Lucien suspiró y se cubrió los ojos con la mano, frotándoselos.
Frente a esos ojos grandes que parecían
muertos de miedo, le resultaba difícil ser más cruel.
“…No me mientas”.
“No lo haré. Lo siento”.
Como él habló con un tono mucho más calmado,
la respuesta de Kosha volvió a ser dócil. Lucien escudriñó ese rostro durante
un buen rato.
Aquel rostro que parecía infinitamente
inocente todavía conservaba ciertos rasgos infantiles. Se veía tan blando e ingenuo
que parecía incapaz de cometer cualquier tontería.
Al mismo tiempo, la conversación de hacía un
momento acudió de forma natural a su mente.
En el despacho donde se retiró a la gente tal
como él lo pidió, solo quedaron Gosric y sus colaboradores más cercanos. Sin
embargo, incluso en esa situación, Renata bajó la voz al máximo. Como si
temiera pronunciar palabras que pudieran filtrarse.
‘Le ruego que busqué a los padres de ese
mago’.
‘¿A sus padres?’.
Aquella fue una sugerencia que ni el propio
Lucien se esperaba.
‘Ya los busqué hace tiempo. No había nadie. Ya
sabes que en un rincón rural como Alohen no se llevan registros estrictos de
los habitantes’.
‘No, dudo que sea de Alohen’.
La respuesta fue inmediata.
‘Confirmé los rastros de su residencia en Alohen
durante su infancia, pero…’.
Edric, quien en su momento fue enviado a
investigar el trasfondo del mago, intervino, pero Renata negó con la cabeza.
‘¿No le ha parecido extraño? Empezando por su
nombre. Kosha, ¿no es así? Los hombres de Iseland no se llaman de esa manera’.
Los nombres al estilo de Iseland tienen
reglas. Los masculinos suelen terminar en ciertas consonantes específicas, y si
terminan en vocal, en el noventa por ciento de los casos son nombres de mujer.
Sin ir más lejos, ¿acaso no pasaba lo mismo
con los nombres de las personas presentes en esa habitación? Gosric, Edric,
Lucien, Felon. Eran nombres masculinos típicos de Iseland.
‘…Las leyes no dictan cómo poner los nombres,
y eso es algo que ocurre de vez en cuando en el este. Entre mis caballeros hay
uno llamado Ilensha y es un hombre del este’.
‘Conozco bien a Sir Ilensha. Ese es un nombre
típico y familiar. Pero 'Kosha' es diferente. No solo es la primera vez que lo
escucho, sino que suena un poco… como si lo hubieran dejado a medio hacer, ¿no
le parece?’.
‘Burlarse del nombre de alguien está un poco
feo. Ya somos mayorcitos’.
Gosric intervino frunciendo el ceño.
‘No me estoy burlando. Solo planteo la
posibilidad de que ese no sea su verdadero nombre’.
Renata se encogió de hombros.
‘Es una cuestión de linaje, para ser exactos.
Yo vi al mago en persona hace unos días. ¿Es que nadie más ha notado nada
extraño hasta ahora?’.
¿Extraño? Los modales del mago eran
impecables. No había nada que reprocharle…
‘Él saludó doblando las rodillas. Esa es una
etiqueta que usaba la nobleza de la corte hace una generación. E incluso eso se
reformó para que todos se inclinaran por la cintura hace ya casi veinte años’.
‘……’.
‘Por supuesto, aún quedan quienes usan la
etiqueta antigua. usted mismo debió aprender esa forma de saludar en su
infancia, Alteza. Pero esa no es una historia que aplique a los plebeyos’.
...Los modales del mago eran impecables, sin
mancha alguna. Si realmente hubiera nacido en un rincón rural y crecido como un
cuidador de gansos, ¿habría sido eso posible? En un lugar de campo como Alohen,
incluso el señor del castillo ignora la etiqueta de la corte, y cuando se
contratan sirvientes nuevos, estos suelen recibir entrenamiento de modales
durante un buen tiempo.
El mago fue natural desde el principio. Sin
intimidarse. Incluso en las palabras y tratamientos que utilizaba.
Era tan natural que ni siquiera se percataron
de lo extraño que resultaba.
‘Considero muy probable que pertenezca a
cierto estatus social o superior, pero que tuviera que abandonar el lugar donde
vivía y esconderse por alguna circunstancia. Yo tampoco conozco bien la
sociedad de los magos, pero podría ser alguien expulsado de la Torre, o tal
vez…’.
Renata dudó por un instante.
‘…Procedente de Graffen’.
El silencio inundó la habitación.
Graffen era, con todas las de la ley, el país
enemigo de Iseland. Algunas zonas fronterizas todavía se encontraban estancadas
en un estado de tregua. Es más, todos los hombres que estaban en esa alcoba
tenían experiencia directa combatiendo en ese frente.
‘¿O sea que pretendes decirme que mi mago es
un noble exiliado de Graffen?’.
Lucien preguntó lentamente.
La etiqueta de proceder de Graffen no era
buena. Y menos si se trataba de un mago. Si existiera alguna prueba de que
pertenecía a ese linaje, debía conseguirla y destruirla antes que nadie. En el
peor de los casos, aquello podría convertirse en una debilidad no del mago,
sino de su señor, Lucien.
Sin embargo, Renata negó lentamente con la
cabeza.
‘Ojalá fuera ese el caso, Alteza. Pero si
fuera de Graffen, ¿no cabría también la posibilidad de que fuera un espía?’
‘……’.
‘¿No se han parado a pensar que el mago se vio
involucrado en un incidente demasiado absurdo?’.
‘Me parece extraño que nadie haya sospechado
de este punto hasta ahora’, añadió Renata.
Y nadie pudo responderle a eso.
Lucien volvió a clavar la mirada en el mago
que tenía enfrente. Este se limitó a parpadear un poco y a juguetear con la
punta de sus dedos, soportando su mirada con docilidad.
Había pensado en la posibilidad de que fuera un
espía del bando de Bastian. Sin embargo, esa posibilidad estaba casi descartada
a estas alturas. ¿Y ahora salían con que procedía de Graffen?
Para eso, prefería mil veces que fuera un
espía de Bastian o de Arabella.
Tras dudar un momento, Lucien abrió la boca.
“… ¿Cómo supiste que estaba aquí? ¿Alguien te
lo dijo?”.
“No, simplemente lo sentí”.
“¿Simplemente lo sentiste?”.
“Como mi maná todavía permanece dentro de su
cuerpo, Alteza…”.
Kosha levantó la mano y presionó tímidamente y
con timidez la zona de su corazón. Ese tacto evocó, sin previo aviso, los
sucesos de la noche anterior. Las yemas de los dedos de Lucien temblaron.
Las sospechas se mezclaron con el recuerdo
viscoso.
Ciertamente, tiene un rostro demasiado
excesivo para ser un simple cuidador de gansos…
¿Por qué demonios estabas pastoreando gansos
en el campo? Sin llamar la atención. Si te hubieras asentado en la ciudad,
habrías tenido trabajos más que de sobra para sacarle partido a tu cara. O como
mínimo, dedicarte al comercio…
Lucien acunó lentamente la mejilla de Kosha.
Este se sobresaltó un poco, pero enseguida apoyó la mejilla en su palma con
docilidad, sin preguntar nada.
Y para tener una cara tan despampanante, es
excesivamente obediente. Como si estuviera todo calculado.
…Pero.
Lo de ayer seguía vívido en su cabeza. Y no se
refería únicamente a lo que pasó por la noche.
El mago hizo florecer las flores yendo en
contra de la estación. Aquella escena donde las flores estallaban en plena
floración sobre la cabeza del mago fue excesivamente irreal. A pesar de ello,
los pétalos blancos brillaron tanto que lastimaban los ojos y la fragancia que
vibraba era tanta que llegaba a doler la cabeza.
Todo era tan nítido que hacía imposible
incluso dudar de que fuera una alucinación.
Él no sabe qué clase de magia es esa. Ni su
principio, ni qué requiere, ni lo difícil que es. Pero en ese instante, aquello
fue una especie de lenguaje.
Tan completo en sí mismo que bastaba con eso
sin necesidad de escuchar ninguna otra palabra.
El sexo puede ser una mentira o un plan. Algo
como el sexo se puede fingir de sobra. ¿Pero llegar incluso a ese extremo?
Esa expresión, esa voz, esa flor que le
entregó con la punta de los dedos temblorosos… Ah, esa flor.
Al rememorar el recuerdo, Lucien frunció el
ceño de repente. Ahora que lo pensaba, ¿qué había hecho con esa flor? No se la
trajo consigo. Ni siquiera lo recordaba con exactitud. Porque desde el momento
en que el mago le tendió la flor, todo se salió de sus previsiones y de su
control.
De pronto se sintió ansioso, como alguien que
ha perdido una prueba decisiva en un juicio importante. Por supuesto que una
sola flor se habría marchitado pronto aunque se la hubiera traído, pero aun
así…
¿Seguirían abiertas las flores en ese árbol?
Una flor tan blanda como la magnolia no aguantaría mucho con este clima. Quería
volver allí para recibir la prueba de que todo aquello no había sido una
ilusión, pero en este momento no disponía de ni un solo segundo libre.
“Uh… ¿Ha ocurrido algo malo?”.
Kosha, que frotaba su mejilla contra su palma,
preguntó tratando de leer su humor. A pesar de ser un caballero que empuñaba la
espada, contra todo pronóstico sus manos no eran tan ásperas.
¿Algo malo? Qué de malo podría haber.
Originalmente sus hermanos querían matarse entre sí y de hecho hacían lo que
fuera para lograrlo.
La aprobación de la campaña militar de Bastian
era un dolor de cabeza, pero no difería mucho de las cosas que ha venido
experimentando. Era algo que podía pasar en cualquier momento, y ya ha pasado
por situaciones mucho peores que esta.
Si tuviera que señalar algo malo ahora mismo…
Lucien apartó la mirada con irritación y se
pasó la mano por el cabello.
Tenía ganas de agarrarlo por el cabello de
inmediato para interrogarlo, pero si realmente había puntos sospechosos,
indagar a la ligera no era una buena estrategia.
El impulso y la razón se mezclaron en un caos.
Estaba tan sumamente tenso que dejó de lado el trabajo y se metió en esta
habitación a esperar al mago a propósito, pero ver su rostro no sirvió de
alivio.
Lo que rompió de golpe esa tensión fue un
toque en su hombro.
Tap, tap. Las yemas de unos dedos delgados
daban palmaditas rítmicas en su hombro. Como si estuviera calmando a un niño
pequeño.
“Alteza, ¿se encuentra bien?”.
“……”.
“¿Hay algo en lo que pueda ayudarle?”.
Un suspiro profundo escapó de sus labios.
Lucien se derrumbó sobre los hombros de Kosha, sosteniéndolo con fuerza. Al
apoyar la frente contra su nuca y dejar caer todo su peso sobre él, Kosha se
tambaleó, pero se las arregló para sostenerlo.
“¿Ayudarme? ¿Tú?”.
Lucien preguntó con intención de provocarlo,
pero el chico, ya fuera por despistado o por pura inocencia, se limitó a
asentir con entusiasmo.
Al verlo en ese plan, a Lucien se le escapó
una risa tonta. Bueno, de momento solo eran sospechas; no había ni una sola
prueba. Ni siquiera valía la pena darle tantas vueltas.
Además, lo que pasó la noche anterior no había
sido más que un encuentro donde ambos se dejaron llevar porque sus necesidades
coincidieron. Incluso si el mago hubiera sido enviado realmente bajo algún plan
preconcebido... nada cambiaría.
“…Ven a mi habitación antes de que anochezca”.
Le susurró Lucien al oído, pegando los labios
a su oreja. Pudo sentir cómo la oreja de Kosha se calentaba por segundos.
“A-al decir su habitación...”.
“A mi alcoba”.
Respondió él con sencillez.
“Como bien dijiste, ha estallado un asunto feo
y voy a estar ocupado toda la noche”.
“……”.
“Para que yo pueda seguir manteniendo la
cordura, tendremos que poner de nuestra parte en muchos sentidos... ¿no
crees?”.
Aquel rostro bonito y encendido por el rubor
adoptó una expresión de lo más apurada, pero enseguida asintió levemente con la
cabeza. Apenas lo suficiente para que Lucien, que seguía con la frente apoyada
en su nuca, pudiera percibirlo.
Era tan malditamente fácil que las sospechas
volvían a mezclarse en su mente, para luego dar paso al desánimo y, acto
seguido, a la impaciencia una y otra vez.
Lucien se burló de sí mismo. Estaba perdiendo
la cabeza. Perder el tiempo en este tipo de dilemas... En cualquier caso, el
sexo no era más que sexo. Mientras no se involucraran los sentimientos, todo
estaría bien.
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Por lo tanto, que no hubiera podido traer esa
flor carecía de importancia. Había asuntos mucho más cruciales y urgentes de
los que ocuparse.
***
Dos noches fueron suficientes para descubrir
un par de los patrones más importantes de la ‘desintoxicación’.
“Ugh, ah...”.
Nada más abrir la puerta de la alcoba que
conectaba con la sala de estar y poner un pie dentro, los besos lo asaltaron
antes de que Kosha pudiera siquiera recuperar el aliento.
A estas alturas, Kosha ya estaba acostumbrado
a los besos. Sin embargo, a lo que todavía no terminaba de acostumbrarse era a
que esos besos vinieran acompañados de unas manos que le quitaban la ropa a
toda prisa. Su túnica gris favorita fue despojada en cuanto entró y cayó al
suelo, pero no hubo tiempo ni de recogerla.
De todos modos, una vez que le desataron el
cordón de los pantalones, no le quedaron neuronas libres para preocuparse por
una túnica.
Lucien era rápido con las manos. Solía robarle
el sentido con los besos y desnudarlo en un abrir y cerrar de ojos. ¿Dónde
habría aprendido técnicas tan avanzadas?
Seguro que ha tenido muchos amantes, ¿verdad?
Al fin y al cabo, los romances antes del
matrimonio eran libres sin importar la clase social, y en la alta sociedad,
mientras no se tuvieran hijos a la ligera, era un ambiente en el que incluso se
alentaba, así que no era nada extraño. Es más, siendo alguien como Lucien, una
persona tan caballerosa y hermosa, era obvio que...
“Estás pensando en otra cosa”.
Lucien le mordió el labio con fuerza,
causándole dolor. Al volver en sí de golpe, Kosha se dio cuenta de que ya solo
le quedaba la camisa puesta. Esa sensación de tener la parte inferior
completamente al aire era algo a lo que no lograba adaptarse. Al mismo tiempo,
el aroma húmedo a rosas comenzó a esparcirse.
“Ugh, nng...”.
Atrayendo a Kosha todavía más cerca de su
cuerpo, la mano de Lucien se coló entre sus nalgas. En algún momento se había
echado aceite, pues sus dedos resbalaban con suavidad.
El origen de este olor a rosas impregnado de
humedad era el óleo que él utilizaba. A excepción de la primera noche que
pasaron en la fortaleza exterior al castillo, él siempre usaba este aceite
durante el acto. Quizás por eso, ahora a Kosha le bastaba con oler las rosas
para que se le cruzaran pensamientos impúdicos por la cabeza.
“Estás muy blandito”.
Le susurró al oído. Pues claro que era normal.
Ya de por sí tenía un cuerpo blando, y encima habían tenido relaciones todos
los días para desintoxicarlo...
“¿Te has estado tocando cuando estabas solo?”.
“No...”.
“¿No? ¿Y por qué estás tan blandito
entonces?”.
No eran palabras que buscaran interrogarlo de
verdad, sino que eran más bien meras burlas y juegos. Sin embargo, a Kosha le
dio tanta vergüenza que giró la cara hacia el lado contrario de donde la tenía
apoyada en el pecho de Lucien. Una risa baja se transmitió a través de la
vibración de su caja torácica.
“Lo siento. Pero hay que relajar la zona. No
quiero que salgas herido después”.
Primera regla de la desintoxicación: la
penetración podía realizarse antes de que se pusiera el sol, pero la
eyaculación debía ocurrir obligatoriamente después del anochecer.
Estrictamente hablando, la eyaculación tenía
que producirse después de que cayera el sol y una vez que el maná de Kosha,
oculto en el cuerpo de Lucien se hubiera activado.
Eyacular antes del anochecer no servía de
absolutamente nada. Habían intentado hacerlo ‘por adelantado’ durante el día
para ver si surgía efecto, pero en cuanto cayó la noche, Lucien ‘perdió el
juicio’ y tuvieron que volver a empezar desde cero con una intensidad que se
duplicó por completo.
Si había algo de suerte en todo esto, era que
gracias al acto previo, su entrada ya estaba lo suficientemente húmeda y
relajada. De no haber sido así, solo de pensar en cómo habría terminado su
parte íntima... le entraba pavor.
Si por error eyaculaba fuera, tampoco servía
para nada. La noche siguiente, mientras mantenían relaciones de pie un tanto
apresurados, a Kosha se le aflojaron las piernas y se desplomó justo en el
momento en que Lucien eyaculaba. El fluido terminó salpicando la espalda de
Kosha... y volvió a repetirse la misma tortura de la noche anterior.
Kosha era un hombre valiente y de los que rara
vez lloraban, pero cuando recordaba aquello, se mareaba y sentía que las
lágrimas se le salían solas.
La entrada no tardó en volverse un desastre
húmedo. Él no escatimó en el uso del aceite y, por si fuera poco, el cuerpo de
Kosha parecía haber nacido para ser dócil. Para cuando dos de sus dedos
entraban y salían a la vez, las paredes internas empezaron a cosquillearle
dulcemente. Sentía como si la yema de sus dedos rozara un punto que le
provocaba una sensación extraña.
Kosha sintió que las rodillas se le juntaban y
le entraron unas ganas locas de patalear, por lo que se aferró al brazo de
Lucien con urgencia.
“Alteza. De pie no. De pie no...”.
Quería evitar a toda costa terminar haciéndolo
de pie. La última vez también empezaron así y la cosa se prendió fuego...
Al ver que Kosha se retorcía, Lucien apartó
los labios de su nuca y le dedicó una mirada de descontento por un instante.
Acto seguido, lo cargó en vilo.
Al menos en estos aspectos, Lucien solía ser
bastante comprensivo. Mientras estuviera ‘en su sano juicio’, no obligaba a
Kosha a hacer cosas que no quería durante el sexo.
Claro que, el que la alternativa que propuso
Lucien fuera del agrado de Kosha era un cantar muy diferente.
Lucien caminó así hasta el sofá de la sala de
estar y se dejó caer en él. Kosha quedó de rodillas, apoyando las espinillas a
los costados de las piernas de Lucien. Naturalmente, sus piernas se abrieron y
su miembro, erecto y de un rosa vivo, quedó balanceándose frente a él.
Por pura vergüenza, Kosha intentó bajarse el
dobladillo de la camisa de mala manera, pero la palma de Lucien le propinó un
azote ligero en el trasero. No le dolió, pero el sonido del azote fue tan
fuerte que le dio todavía más vergüenza.
“¿A dónde crees que vas?”.
“……”.
“Apóyate en mis hombros”.
Dijo Lucien mientras le subía la camisa.
Y una vez más, se tomó su tiempo masajeando su
entrada. Por experiencia propia, sabía que era seguro estirarlo hasta que
entraran tres dedos.
Así, a pesar de que de la punta del miembro de
Kosha ya brotaba un líquido transparente que amenazaba con manchar su propia
camisa, Lucien ni siquiera se había desabrochado el cordón de sus pantalones.
La penetración se llevó a cabo justo cuando el
atardecer que entraba por la ventana teñía el ambiente de un rojo carmesí por
última vez. En cuanto él se desató el cordón, un miembro amenazante, grueso y
de un tono rojo oscuro saltó de golpe. Se alzaba hasta la altura del ombligo;
era imponente y ya estaba empapado por el fluido previo que él mismo había
derramado.
Haber derramado tanto y no haber parpadeado ni
una sola vez mientras solo se dedicaba a masajear su entrada... Como hombre que
también era, Kosha pensó que Lucien era realmente implacable.
Como de costumbre, Lucien usó el aceite que le
había sobrado de preparar la entrada de Kosha para frotar ligeramente su propio
miembro. Luego, terminó de quitarle la camisa a Kosha y lo hizo sentarse de
espaldas a él. Para ser exactos, encima de su miembro.
El glande se acopló con la entrada que
palpitaba. Aquella cosa enorme empezó a entrar lentamente, ensanchando su
interior. La respiración de Kosha se aceleró.
“Está bien, despacio...”.
La postura entrando por detrás siempre le
generaba un poco más de tensión a Kosha en comparación con la de estar frente a
frente. Quizás se debía a que no tenía de dónde agarrarse. Como si leyera sus pensamientos,
Lucien lo rodeó por la cintura con un brazo y le apretó la mano con la otra.
“¿Y-ya entró todo?”.
Preguntó Kosha jadeando. Todavía quedaba más
de la mitad por entrar. Kosha siempre preguntaba si ya estaba todo dentro al
llegar a este punto.
En lugar de responderle, Lucien presionó su
bajo vientre y empujó con fuerza con la cadera, haciendo que Kosha pataleara
rascando el sofá con los talones. Lucien volvió a comprobar la profundidad
abajo. A juzgar por el trozo que aún quedaba fuera, lo más probable era que
hubiera penetrado justo hasta el punto donde el mago perdía la cabeza.
Si le sigo dando ahí, pone una cara
increíblemente lúbrica... Y ni un mísero agradecimiento me da.
Lucien soltó una risa mordaz.
“No aprietes tanto, haah... No aprietes tanto.
No podemos venirnos ahora”.
Lucien lo consoló acariciándole el bajo
vientre con suavidad, como si nunca antes lo hubiera presionado con fuerza.
Segunda regla: mantener el tiempo de
penetración después del anochecer lo más largo posible.
Estrictamente hablando, parecía que el proceso
del acto sexual contribuía a la activación del maná. Se sospechaba que guardaba
relación con el aumento del ritmo cardíaco, pero no era algo seguro. Cuanto más
prolongados fueran los movimientos de embestida, mayor era la cantidad de maná
que se expulsaba de una sola vez.
Por lo tanto, era importante relajar bien la
entrada y penetrar antes de que cayera el sol. Que el sol se pusiera justo
cuando la excitación alcanzaba su punto álgido y que en ese momento se
extrajera suficiente maná para eyacular era el escenario más ideal para Kosha.
Por supuesto, Lucien también estaba de acuerdo
con esto. No había necesidad de desgastar el cuerpo del mago en vano.
Solo que, el volverse excepcionalmente lascivo
e insistente con Kosha... era una simple e inevitable cuestión de gustos.
Hasta que el sol se retiró por completo detrás
de la cordillera del oeste y la oscuridad se abalanzó, él solía quedarse
quieto, casi sin moverse con el miembro dentro. Nominalmente, era para darle
tiempo al cuerpo de Kosha para adaptarse, pero eso no significaba
necesariamente que fuera menos agobiante.
“Ha, ugh, ah...”.
Los muslos blancos de Kosha sufrieron un leve
espasmo. Sentía como si ese garrote que llenaba todo su interior fuera a
atravesarle la piel del abdomen. Pero como no era doloroso ni desagradable,
Kosha no sabía qué hacer con su cuerpo.
Lucien esperaba a que pasara el tiempo,
empujando hacia el interior de vez en cuando con un movimiento lento de cadera.
La sensación en el punto donde el duro glande presionaba y rascaba se volvía
cada vez más lasciva y extraña. El interior de su vientre se contraía y se
relajaba repetidamente a su libre albedrío.
“Fuuu...”.
Un aliento caliente se derramó sobre su nuca.
El brazo que lo rodeaba por la espalda se tensó y los gruesos músculos de los
muslos de Lucien, situados debajo de las piernas de Kosha, se crisparon.
La excitación del hombre que estaba a su
espalda era completamente palpable.
¿Él también estará sufriendo? ¿Al igual que
yo? ¿Estará así de desesperado?
Pero... el sol se pondría pronto. Kosha vagó
con la mirada perdida por la ventana. El cielo exterior ya se había teñido de
oscuridad en más de la mitad.
¿No bastaba más o menos con esto? ... ¿Aún no?
¿Hay que esperar un poco más? ¿La magia todavía no ha fluido?
Impaciente, Kosha no dejaba de mover el
trasero involuntariamente. Ni siquiera era consciente de ello. Sus caderas se
mecían como si por instinto buscaran el punto que le generaba placer.
Lucien, que reprimía su propia excitación
mientras abrazaba a Kosha, soltó una risa incrédula.
El hecho de que ese traserito que ni siquiera
podía albergar su miembro por completo se estuviera moviendo así le parecía
inaudito, pero a la vez excesivamente estimulante. El interior, que ya de por
sí era vertiginosamente estrecho, le mordía el miembro con fuerza, pero al
mismo tiempo se relajaba con lascivia, tentándolo a entrar aún más profundo.
“Haah... De verdad que tú eres...”.
Lucien reprimió un gemido y frotó su frente
contra la nuca de Kosha. Al compás de ese movimiento, la entrada del mago dio
un respingo.
Llegó a la conclusión de que debía terminar de
quitarle la camisa a Kosha. Se la había dejado puesta pensando en que tendría
algo de frío, pero al ver cómo esa cintura que cabía en un puño se balanceaba
sin temor alguno, sintió que no se quedaría satisfecho hasta que pudiera verlo
con sus propios ojos.
Ya no tenía cabeza ni para mirar por la
ventana ni para controlar el tiempo.
Agarró el dobladillo de la camisa y se la
quitó tirando hacia arriba sin previo aviso. Kosha, que se quedó completamente
desnudo sin haber podido oponer ni una pizca de resistencia, se giró hacia
Lucien extrañado.
“¿……?”.
Kosha miró alternadamente el cielo, que ya se
había teñido por completo de un azul oscuro, y los ojos gris azulado de Lucien.
Sin embargo, Lucien no tenía margen para descifrar el significado de esa
confusión y, por supuesto, tampoco le importaba. Lo máximo que hizo fue besarle
los párpados desconcertados.
“¿Alteza...?”.
Lo llamó Kosha como para confirmar.
Ese apelativo de repente le molestó a Lucien,
quien frunció el ceño a la par que sonreía.
“Pero ¿por qué... ngh, sigues usando
‘Alteza’?”.
“¿U-ugh, qué?”.
“Cuando lo hacemos, preferiría que...”.
Seguir aguantando quieto dentro de ese
interior ardiente y estrecho se estaba convirtiendo en una tortura cada vez
mayor. La velocidad con la que su miembro embestía suavemente comenzó a
acelerarse poco a poco. Lucien sujetó la cintura de Kosha para inmovilizarlo y,
mientras empujaba con suavidad hacia arriba en su interior, volvió a hablar.
“Di mi nombre”.
“¿Qué?”.
“Mi nombre”.
Presionó el pecho del jadeante Kosha para
pegar su espalda delgada contra su propio torso, logrando que el rostro
intensamente sonrojado se girara hacia él. Sus labios entreabiertos y sus ojos
desenfocados desprendían una sensualidad pura.
“A-Alteza, ¿e-está en su sano juicio?”.
Consiguió preguntar Kosha.
El sol ya había caído y, sin embargo, el acto
solo se encendía a fuego lento sin volverse violento; él seguía hablándole con
modales y mantenía la cordura suficiente como para entablar una conversación.
Kosha preguntaba si estaba en su ‘sano juicio’
en el sentido del efecto de la poción mágica, pero como a Lucien le sonó a que
estaba rechazando su petición de forma indirecta, frunció el entrecejo.
Él, por supuesto, estaba en su sano juicio.
Pero ¿acaso importaba eso en este momento?
“¿Es que no sabes mi nombre?”.
“¿Eh?”.
“¿Te acuestas conmigo solo porque soy Su
Alteza?”.
No es por eso, ¿verdad? La voz que se mezclaba
con el húmedo y vergonzoso sonido de fricción era tan baja que parecía
arrastrarse por el suelo.
...Por supuesto que cabía la posibilidad de
que fuera por eso, pero a menos que uno estuviera loco, no lo diría tan
abiertamente. Incluso con la poca cordura que le quedaba antes de quebrarse por
completo, Lucien era capaz de hacer ese cálculo.
“¿Eh? ¡No, no es por eso! ¡No, ah, ah!”.
Como era de esperarse, el mago, que tenía el
cuerpo blanco salpicado de manchas rojizas, negó con la cabeza apresuradamente.
“Entonces llámame por mi nombre cuando lo
hagamos. Ya basta de formalismos”.
Lo presiono él una vez más.
Si llegaba a escuchar ese dichoso ‘Alteza’ una
sola vez más en la cama, iba a...
Además, él también... lo había llamado por su
nombre. Solo fue esa vez, pero aun así. Y lo seguiría haciendo en el futuro.
“Lu...”.
Kosha balbuceó. Daba la impresión de que
estaba debatiendo si tenía permitido atreverse a pronunciar ese nombre. Como
casi todo lo que hacía este torpe mago, era una preocupación inútil.
Lucien empujó con la cadera hacia arriba unas
cuantas veces más. Los movimientos se volvieron gradualmente más intensos,
justo al límite de lo que Kosha podía soportar sin perder el conocimiento.
“Rápido, ¿sí?”.
Lo presiono Lucien mientras le presionaba la
pelvis hacia abajo. Kosha dejó escapar un gemido extraño y soltó las palabras
apresuradamente.
“Lu, Lucien. Lucien”.
“……”.
“Ah, hugh... Lucien. Ah”.
Y en ese preciso instante, la cabeza le dio
vueltas. Lucien contuvo la respiración y apretó los dientes. No sabía si era la
sensación de la poción mágica surtiendo efecto o si era...
“Eso es, muy bien hecho”.
El cumplido fue casi un mero murmullo. Sin
más, Lucien metió una mano entre las piernas de Kosha para sostenerlo y se
levantó del asiento. Debido a la diferencia natural de estatura, las puntas de
los pies de Kosha quedaron flotando en el aire y el miembro penetró todavía más
profundo en su vientre.
“¡Ah! ¡Alteza! ¡Ah!”,
“¿Otra vez con ‘Alteza’?”.
Sus piernas delgadas se agitaron y terminaron
enredándose alrededor de las de Lucien. Con cada paso que este daba hacia
adelante, el interior de Kosha se contraía dando respingos, ofreciéndole un
estímulo fuera de serie al hombre que estaba enterrado en su interior.
El hombre, que finalmente caminó hasta el otro
extremo de la habitación, colocó a Kosha boca abajo sobre una cómoda bastante
amplia. El mueble era curiosamente alto, por lo que las puntas de los pies de
Kosha apenas rozaban el suelo.
“De ahora en adelante, cuando lo hagamos, nos
llamaremos por nuestros nombres”.
Lucien se inclinó sobre él y le besó la oreja.
Su robusto torso aplastó el cuerpo de Kosha contra la fría madera del mueble.
Y, acto seguido, comenzó a mover las caderas rítmicamente.
“Ah, ugh, hugh, Lucien. Ahí, ¡ah, aah!”.
“Nng, así es, haah... Te gusta este punto,
¿verdad?”.
Tras apuntar y embestir un par de veces más
como si quisiera taladrarlo, las uñas de Kosha rasparon la madera del mueble
con fuerza. Sin embargo, Lucien no tardó en someter las manos de Kosha
presionándolas, y el chico ya no pudo mover ni la punta de sus dedos a su
antojo.
El movimiento de penetración fue sumamente
largo e insistente. Lucien parecía estar extrañamente en su sano juicio hoy...
Jadeando, Kosha pensó que casi prefería las veces en que él se volvía tan
violento que ni siquiera podía mantener la cordura.
El estímulo de frotar sus pezones erectos
contra el mueble de madera fría era excesivo. Su miembro, erguido y de un tono
rosa vivo, se balanceaba de un lado a otro, tropezando y chocando repetidamente
con los tiradores de la cómoda. Deseaba que Lucien lo sujetara de alguna
manera, que hiciera algo, pero sus dos manos seguían sometiendo las de Kosha
sin tregua.
Todo se sentía de manera tan nítida e
inevitable que a Kosha le dio un escalofrío. Para quien estaba en la posición
de recibir, aquello pareció casi una eternidad, pero en realidad la eyaculación
no tomó tanto tiempo considerando lo mucho que se había contenido.
El fluido blanquecino expulsado por la punta
del miembro de Kosha se enredó de forma viscosa en el tirador metálico del
costoso mueble. Poco después, incapaz de resistir la sensación de las paredes
internas apretándolo como si lo estuvieran exprimiendo al momento del clímax,
Lucien empujó profundamente y descargó su semen.
“Ugh, haah...”.
La primera eyaculación siempre era larga.
Kosha pudo sentir nítidamente cómo el miembro que llenaba su parte íntima por
completo palpitaba con fuerza mientras vomitaba el semen. Todo el cuerpo de
Lucien se tensó y aplastó con más fuerza todavía a la persona que estaba
recibiendo su descarga.
Kosha sintió aturdido cómo una parte del maná
que había regresado a través de la eyaculación interna era absorbida lentamente
por su cuerpo.
Incluso después de terminar de eyacular,
Lucien disfrutó de las húmedas paredes internas durante un buen rato antes de
retirarse lentamente. Cada vez que el cuerpo hipersensible de Kosha sufría un
espasmo, un beso caía sobre su espalda.
La entrada, que había estado albergando algo
desmesurado, no pudo cerrarse de golpe y se quedó palpitando abierta durante un
tiempo, aunque no llegó a derramarse nada.
Lucien le dio la vuelta al cuerpo de Kosha y
lo examinó de arriba abajo. Él siempre solía comprobar si le habían quedado
rozaduras o heridas después del acto. Kosha, que ya se había acostumbrado,
simplemente se quedó tumbado en la parte superior de la cómoda alargada
jadeando y dejándose examinar.
Tras terminar la inspección, Lucien lo cargó
en brazos. Rodeando su cuello con los brazos de forma natural y dejándose
llevar por el cansancio, Kosha pensó con la mente aturdida.
A este paso me voy a malcriar. Ya de por sí no
es que tenga muy buena resistencia física, pero aun así... He oído que si eres
un hombre y flaqueas demasiado en la cama es algo vergonzoso. Yo también
debería moverme de forma más independiente y activa...
Pero ¿qué puedo hacer si ahora mismo no me
quedan fuerzas en el cuerpo? Tal vez esas cosas las dice alguien que nunca ha
tenido algo tan monstruoso metido ahí atrás.
Kosha se dejó caer bocarriba en el sofá
alargado donde Lucien lo recostó, justificando así su propia pereza.
Esa sensación del cuerpo caliente y encendido
después del acto, el tacto puro de las manos de Lucien acariciándolo con calma
y la suave tela del sofá envolviendo su cuerpo eran el combo perfecto para
sentirse bien.
Lo que arrastró su mente de vuelta a la
realidad cuando estaba a punto de quedarse profundamente dormido fue una
sensación de humedad entre sus piernas.
“¡……!”.
Asustado, dio un respingo y miró hacia abajo;
en algún momento, esa cabeza rubia se había colocado entre sus piernas.
“Ugh, ¡Alteza...!”.
Los labios de Lucien deambulaban a su libre
albedrío, toqueteando su perineo y la cara interna de sus muslos. Dejando de
lado únicamente el glande, que estaba especialmente sensible justo después de
eyacular, se dedicaba a besar y lamer repetidamente el liso y rosado tronco de
su miembro.
Con la cabeza de Lucien instalada entre sus
piernas, Kosha gimió sin saber qué hacer con su cuerpo. De por sí, ya se había
puesto así de repente la última vez... Aunque decir ‘la última vez’ fuera
referirse apenas al día de ayer...
“Alteza, sinceramente, esto es demasiado...”.
En ese instante, sus miradas se cruzaron. Para
estar con la cara enterrada entre las piernas de otra persona, su mirada era
sumamente afilada. Kosha leyó el ambiente por instinto y corrigió su error.
“No Su Alteza, sino Lu... Lucien”.
“Habla”.
“Pues eso, que me parece que esto es
demasiado... depravado. Por nuestra parte. Ya lo pensé la última vez también”.
“¿Depravado?”.
Lucien frunció el ceño como si acabara de
recibir una acusación injusta.
“¿A qué viene eso de repente? Si hasta te
estoy lamiendo aquí abajo”.
Sus palabras no tenían ni pies ni cabeza.
A eso me refiero precisamente con que es depravado...
Kosha se tragó las palabras que estuvieron a
punto de salirle disparadas. En su lugar, se esforzó por explicarle las cosas
paso a paso, empezando por el problema más fundamental.
“Por eso mismo se lo digo, escúcheme, Alteza.
Uh, no sé cómo hemos terminado así, pero para empezar, yo jamás he oído hablar
de un método tan obsceno para romper una magia... La magia originalmente es
todo lo contrario a este tipo de... lujuria, ¡ah!”.
No pudo terminar la frase. Y es que un dedo
despiadado, que no parecía tener la más mínima intención de escucharlo, se coló
de golpe en su entrada.
La zona todavía estaba lo suficientemente
relajada y suave. Incluso estaba húmeda por lo que él le había descargado en el
fondo y que ahora iba resbalando poco a poco hacia afuera. Lucien le abrió los
muslos con disimulo y se subió encima del cuerpo de Kosha.
“Hagámoslo una vez más”.
Tercera regla: la expulsión de maná solo
ocurría una vez por noche.
Una vez expulsado, el maná volvía a
esconderse. Como si por instinto se negara a regresar, como si quisiera
permanecer en el cuerpo de Lucien, esto era algo realmente ‘antinatural’, por
lo que Kosha, siendo el dueño del maná, no terminaba de comprenderlo...
No es que no hubiera pensado en elegir un día
para sufrir y recuperar todo el maná de golpe. Pero todo había sido en vano.
Por lo tanto, a partir de ahora, el acto no
tenía nada que ver con la ‘desintoxicación’.
Era sexo sin ningún motivo, puro sexo por
placer.
“Pero...”.
Kosha dudó. Lucien, que se había incorporado,
terminó de quitarse la ropa y se masturbó el miembro un par de veces para
estimularse mientras miraba fijamente a Kosha.
Aquel miembro imponente y aterrador, brillante
por estar empapado en toda clase de fluidos, quedó completamente al descubierto
ante sus ojos.
Como siempre pensaba, Lucien tenía un cuerpo
precioso de arriba abajo. No solo su rostro, sino la línea que caía desde el
cuello hasta los hombros, el pecho y la cintura, las proporciones de su cuerpo
y la línea que unía los músculos del muslo con la pantorrilla; todo era ideal.
Pero tenía que ser precisamente ahí, justo
ahí...
Como el resto de su cuerpo era tan hermoso, la
monstruosidad de esa parte resaltaba todavía más. Cada vez que lo veía le dolía
hasta el alma.
¿Será que usó toda la belleza en las otras
partes de su cuerpo y por eso esa zona le quedó así?, se lamentó Kosha. Para
empezar, el color ya era un poco...
“Esta vez lo haré despacio. Con cuidado. Como
a ti te gusta. ¿Mmm?”.
Interpretando a su manera el silencio de
Kosha, Lucien se pegó a su cuerpo y añadió aquello para engatusarlo.
Siempre era igual. Cada vez que le pedía una
segunda vez, lo tentaba soltándole toda clase de promesas como que lo haría con
cuidado o despacio.
Claro que él era un hombre que solía cumplir a
rajatabla lo que salía de su boca.
Sin darse cuenta, Kosha sorbió un poco la
nariz.
Es demasiado grande y feo, pero aun así... aun
así no puedo llegar a odiarlo del todo porque ya descubrí lo mucho que puede
hacerme sentir extraño y complacido si se usa bien...
...Me enseñaron que un hombre no debe dejarse
llevar por la lujuria a la ligera.
Sin embargo, era una batalla perdida. Incapaz
de seguir resistiéndose a la tentación, Kosha asintió lentamente con la cabeza.
Al mismo tiempo, Lucien sonrió complacido y unió sus labios con los de él.
Unas manos grandes sujetaron sus suaves muslos
y se los abrieron hacia arriba. Sintiendo con un leve dolor cómo el glande
acoplado en el agujero volvía a empujar hacia adentro como si regresara a su
propio hogar, Kosha cerró los ojos mareado por la sensación.
Cuando abrió los ojos, estaba dentro de los
baños termales.
Eran los baños termales privados
pertenecientes al interior de la alcoba de Lucien. Eran sencillos y pulcros,
decorados únicamente con madera y piedra, pero estaban repletos de artículos de
lujo poco comunes, desde las sales de baño hasta el mobiliario. La bañera, que
tenía el tamaño justo para que cupieran los dos y rebosara, estaba tallada
directamente en un enorme bloque de mármol.
Kosha ni siquiera podía calcular cuándo había
perdido el conocimiento por última vez ni cuánto tiempo más había pasado desde
entonces. Miró a su alrededor lentamente.
Sintió el firme pecho de Lucien a su espalda.
Esta era la tercera vez que entraba a estos
baños termales.
Él se había comportado como si hubiera ocurrido
algo inaudito cuando escuchó que, al día siguiente de su primera noche, Kosha
se había lavado en los baños públicos de los sirvientes. Para Kosha aquello no
era para tanto, pero por alguna razón Lucien parecía haber dado por sentado que
un sirviente le habría llevado agua caliente para bañarse aparte en su
habitación.
¿Cómo iba a ser eso posible? Al fin y a cabo,
Kosha de cara al público no era más que un sirviente común y corriente.
En cualquier caso, a partir de ese momento,
Lucien empezó a supervisar personalmente el proceso de aseo de Kosha.
“¿Ya despertaste?”.
Se escuchó una voz lánguida a su espalda.
Parecía que él también se había quedado dormido un momento dentro de los baños
termales.
“¿Quieres que caliente un poco más el agua?”.
El poder disponer de agua caliente mediante
tuberías que permanecían encendidas constantemente era un privilegio del que
solo se gozaba en los baños privados de la familia real.
Sin embargo, Kosha negó con la cabeza. El agua
todavía estaba lo suficientemente tibia y ya sabía de antemano que Lucien
saldría pronto de los baños termales.
Tal como esperaba, Lucien se limitó a
juguetear un poco con el cabello de Kosha y enseguida se incorporó. Kosha apoyó
la mejilla con pereza en un lado de la bañera y se quedó observando cómo él se
enjuagaba el cuerpo con agua templada.
Al verlo moverse sin tener tiempo siquiera
para descansar como es debido, las preocupaciones volvieron a su mente.
Por así decirlo, le daba un poco de cosa que
pareciera que solo tenían sexo. Aunque sabía que la desintoxicación a través
del sexo era la ayuda más práctica que podía brindarle en este momento...
“Descansa todo lo que quieras y luego duerme
en mi habitación”.
Dijo Lucien mientras se secaba el agua y
empezaba a ponerse los pantalones.
“No te preocupes si ves que no puedo venir”.
Él se iba de aquí para allá a trabajar sin
poder pegar ojo y Kosha, en cambio...
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Aun así, por algo me llaman mago.
Los primeros días andaba arrastrando los pies
debido a que su cuerpo no estaba acostumbrado al sexo y terminaba agotado, pero
ahora ya le había agarrado el truco a su manera. Con descansar un poco se
recuperaba lo suficiente como para andar deambulando por ahí...
Kosha se armó de valor y habló.
“Disculpe, Alteza”.
“¿Mm?”.
“Por si acaso... ¿no habrá alguna otra tarea
en la que pueda ayudarle? O si no, he estado pensando... que tal vez podría ir
otra vez a la biblioteca a la que fuimos la última vez...”.
“¿Qué?”.
Lucien se giró de golpe a mitad de ponerse la
camisa. Tenía una expresión como si acabara de escuchar una soberana tontería.
“¿A dónde dices que vas a ir?”.
“A la biblioteca mágica... a la que está en el
ala este”.
“¿Estás loco?”.
La voz que interrumpió bruscamente las
palabras fue cortante. El ambiente relajado se tornó tenso en un instante.
Lucien escudriñó con recelo las intenciones de
Kosha. Sin embargo, el rostro del chico que flotaba en el agua se veía de lo
más puro e inocente.
“Pero escúcheme. Hoy por alguna razón no ha
perdido la razón, Alteza. Esto no lo entiendo bien y me parece extraño. Aunque
lo estamos haciendo porque surte efecto de inmediato, la realidad es que
seguimos sin conocer el principio del hechizo...”.
“……”.
“Y además, para usted también podría resultar
agotador si lo hacemos... todos los días...”.
Añadió Kosha sutilmente.
Lucien negó con la cabeza como si no pudiera
dar crédito y lo ignoró.
Ese perfil suyo se veía tan impecable que
Kosha se desinfló un poco.
Ciertamente, a pesar de que estos días se
movía sin tiempo ni para cerrar los ojos, se le veía muy bien en muchos
sentidos... Daba la impresión de estar a punto de demostrar con todo su cuerpo
que un libertinaje moderado es mejor para la salud que una abstinencia
excesiva.
Aun así, el mago se armó de valor una vez más.
“Soy un mago. Ahora también puedo ocultar bien
mi cuerpo... Será diferente a la última vez”.
“Mago ni qué ocho cuartos”.
La respuesta que recibió fue fulminante.
Lucien se abrochó el cordón de la camisa con brusquedad y se acercó a grandes
zancadas a Kosha, que seguía dentro de la bañera.
“Me ayudas más si te quedas quietecito”.
Lucien le agarró la mejilla con fuerza con su
mano grande por un instante y luego la soltó.
“Responde si lo has entendido”.
“...Síii”.
La respuesta llegó un segundo tarde. Como
Kosha tenía un carácter de lo más dócil, verle actuar así era algo poco común,
por lo que los ojos de Lucien se entrecerraron. Tenía los labios fruncidos en
señal de descontento.
¿Qué problema hay con que le diga que se
limite a comer y dormir? Había oído que a los magos no les gusta mover el
cuerpo.
¿Acaso se le habrán pegado malas mañas por
vivir tanto tiempo con esa parvada de gansos locos?
Lucien tamborileó los dedos con irritación
contra el borde de la bañera.
Por muy pomposas que fueran las razones que
pusiera sobre la mesa, que el mago actuara por su cuenta era algo que no podía
permitirse.
...Porque las acciones individuales del mago
daban pie a sospechas.
Él no quería sospechar del mago. Pero estaba
en una posición en la que tenía la obligación de sospechar. Así que, por favor.
No quería dar pie ni a la más mínima duda.
Kosha, que evitaba su mirada, se escurrió
dentro de la bañera. Sumergió la mitad de la cara en el agua que ya se había
enfriado lo justo y se puso a soplar burbujas para distraerse. Lucien quiso
recriminarle esa protesta silenciosa, pero ya no disponía de más tiempo que
perder.
“...Hablo en serio, quédate quietecito y
duérmete”.
Al final, ponerse la cottehardie a la carrera
sobre la camisa y dejarle una advertencia más fue lo máximo que pudo hacer.
Sin embargo, si los magos hubieran sido seres
capaces de ser gobernados por los humanos, no habrían sido perseguidos de forma
tan severa en aquella época.
***
En cualquier caso, Kosha se esforzó por hacer
caso.
Se quedó chapoteando solo dentro de la bañera
hasta que el agua se enfrió por completo y, cuando por fin salió y se secó, ya
le tenían la ropa preparada.
Era un camisón largo estilo vestido de una
sola pieza.
Daba la impresión de que Lucien de verdad
tenía la intención de dejarlo encerrado en la habitación. Este tipo de
camisones eran prendas que usaban los niños pequeños. Si un hombre adulto se
paseaba por ahí con semejante pinta y lo veían, no tendría derecho a réplica
aunque se burlaran de él hasta el día de su muerte. Dependiendo del caso, que
le hubieran dejado esa ropa podría considerarse incluso un insulto.
Pero Kosha se puso el camisón sin quejarse
demasiado. Simplemente se quedó un poco intrigado por cómo demonios se las
habría apañado Lucien para conseguir un camisón de una sola pieza de talla para
hombre adulto.
En cualquier caso, el camisón era muy suave,
por lo que se sentía muy bien e incluso olía rico.
Kosha se metió en la cama de Lucien. Era
sumamente suave y cómoda. Como para andarse con remilgos y rechazar semejante
lujo cuando lo que más ansiaba era descansar. Si Lucien hubiera estado en la
posición de tener que recibir esa cosa monstruosa por detrás, no andaría
paseándose tan campante de aquí para allá.
Kosha cayó en un sueño profundo consolándose
con que menos mal que era su propio cuerpo el que se desgastaba.
No habían pasado más que unas pocas horas
cuando Kosha, que dormía profundamente sin soñar nada, se despertó
sobresaltado.
La alcoba estaba completamente a oscuras y
Kosha seguía solo. Parecía que había dormido de forma muy profunda y
placentera.
Kosha se incorporó todo despeinado.
En cualquier caso, como ya se había quedado
quietecito a dormir y ya había despertado, ya había cumplido con todo lo que
Lucien le ordenó.
¿Y a partir de ahora? Bueno, ¡eso ya era cosa
suya!
Kosha se despertó con la cabeza despejada y
descansada, y de inmediato comenzó a razonar de forma puramente mágica. No
había nadie a su lado, como Lucien o Gosric que lo sujetara y le impusiera una
conciencia humana.
No había rastro de su ropa original, pero no
le costó ningún trabajo invocar su túnica gris. Aquella túnica, completamente
impregnada del maná de Kosha, era ahora prácticamente como su propia piel.
Kosha tiró de la túnica gris haciéndola aparecer de la nada y se la envolvió
con firmeza sobre el flojo camisón estilo vestido.
Con eso ya estaba lo suficientemente listo
para salir. Arrastrando unas pantuflas que le quedaban un poco grandes, Kosha
salió al exterior. Las cerraduras fabricadas por los humanos no podían detener
a un mago.
De la manga de su túnica salió arrastrándose
el lagarto. Al agarrarlo y dejarlo en el suelo, el animalito empezó a caminar
agitando su cola extrañamente torcida.
Directo hacia el lugar que su dueño deseaba.
El interior del castillo estaba en absoluto
silencio debido al toque de queda. Kosha no se cruzó con nadie hasta que llegó
al enorme puente que conectaba el ala este con el ala oeste. Por supuesto,
aunque se hubiera topado con alguien, no habría habido mayores problemas. Al
menos mientras llevara puesta esa túnica.
En el puente, situado a una altura
vertiginosa, soplaba un viento todavía más violento que la última vez.
El otoño en la región central de Iseland solía
prolongarse bastante, pero una vez que las temperaturas empezaban a bajar, el
invierno se echaba encima en un abrir y cerrar de ojos. Esa era precisamente la
época en la que se encontraban.
Día tras día, la temperatura del viento que
soplaba cambiaba, y la amplitud térmica entre el día y la noche también
aumentaba gradualmente. De seguir así, las heladas caerían de golpe y las
tormentas de nieve no tardarían en azotar el lugar.
Aun así, al menos este invierno no tendré que
preocuparme por los gansos, pensó Kosha mientras cruzaba el puente a paso
ligero.
Al pasar al ala este, una energía pesada y
desagradable envolvió su cuerpo. Frunció el ceño involuntariamente.
Era una energía turbia y extraña.
Se parecía a la energía de aquel mago cuyo
nombre era ¿Al... qué sé yo? que andaba tramando cosas sospechosas cerca del
ala oeste. Solo que aquí estaba esparcida por toda el ala este con una
concentración muchísimo más densa. Casi como si estuviera reclamando un
‘territorio’.
¿Vivía ese hombre en el ala este? Entonces,
¿acaso era el mago de Bastian?
No era lo suficientemente fuerte como para
vulnerar la barrera protectora de Kosha, pero de pronto sintió que los hombros
le pesaban. Al lagarto también pareció darle repelús, pues sufrió un escalofrío
en todo el cuerpo.
Fue justo cuando caminaba despacio, Extremando
las precauciones con su entorno.
El lagarto, que había doblado la esquina antes
que él, se detuvo en seco y regresó dando saltos para esconderse dentro de la
túnica de Kosha. Kosha lo recibió apresuradamente en sus brazos y pegó su
cuerpo contra la pared.
Al agudizar sus sentidos, escuchó la voz
difusa de alguien a lo lejos. Parecía una conversación...
Como no se escuchaba bien, Kosha empezó a
avanzar poco a poco. El lagarto, que asomaba la cabeza entre su pecho, también
miraba a su alrededor haciendo guardia junto a él.
Las voces se volvieron un poco más nítidas.
Parecían un hombre y una mujer, y hablaban en un tono alto, casi como si
estuvieran peleando. Fue justo cuando Kosha, avanzando a gatas hasta la
siguiente esquina, asomó la cabeza disimuladamente.
¡Clang! Un sonido pesado, como si se hubiera
cerrado una puerta de golpe, sacudió el pasillo. Asustado, Kosha dio un respingo
y se encogió. Acto seguido, se escuchó una mezcla de respiraciones agitadas y
pisadas.
No percibió ninguna presencia que fuera
especialmente de un mago.
Si se quedaba allí quieto conteniendo la
respiración, lo más probable era que los humanos no se percataran de la
presencia de Kosha y pasaran de largo.
Sin embargo...
Kosha, que se concentraba en el sonido, se
levantó de su sitio y de pronto dobló la esquina saliendo al encuentro.
“¡Ah!”.
La persona que venía caminando en dirección
contraria dejó escapar un grito ahogado. Era una voz aguda de mujer.
Kosha también se tambaleó dando un paso hacia
atrás. El farol que la otra persona llevaba en la mano chocó contra el cuerpo
de Kosha, balanceándose con un sonido metálico.
“... ¿Quién eres?”.
Preguntó la mujer, que llevaba puesta una
capucha gris. Su voz, sumamente baja, estaba llena de recelo. Debido a la
sombra que proyectaba la capucha no se le veía bien la cara, pero sí se
distinguía perfectamente el largo cabello negro y rizado que caía por debajo de
ella.
“¿Merda?”.
Preguntó Kosha con cautela. Ella dio un
respingo y retrocedió un paso.
“He dicho que quién eres”.
Sus palabras sonaban agresivas a simple vista,
pero al mismo tiempo parecía muerta de miedo. En lugar de responderle, Kosha se
quitó la capucha con movimientos lentos.
Bajo la luz del farol quedó al descubierto su
rostro libre de imperfecciones. Pudo ver cómo la mujer se levantaba un poco la
capucha y entrecerraba los ojos.
“Soy yo, Kosha”.
“... ¿Y quién es ese?”.
“Kosha, el cuidador de gansos. ¿No te
acuerdas? En Osterbeek”.
Tras un breve silencio, los labios de la mujer
se entreabrieron atónitos. Se quitó la capucha gris de golpe. Sus ojos estaban
tan abiertos de la sorpresa como su boca.
“¡¿El cuidador de gansos?!”.
Exclamó Merda. Kosha sonrió con timidez. Daba
la impresión de que ella no recordaba para nada el nombre de Kosha.
“Sí. El cuidador de gansos que también te
preparó la ‘poción de amor’”.
Los carnosos labios de Merda, que se habían
quedado boquiabiertos, temblaron ligeramente y terminaron torciéndose de forma
extraña al escuchar lo de la ‘poción de amor’.
Tras mirar a Kosha con una expresión difícil
de describir, se llevó una mano a la frente. De inmediato escudriñó los
alrededores como un felino con los pelos de punta y empujó a Kosha para dar la
vuelta a la esquina.
Merda, que se colocó pegada a una enorme
columna como si se estuviera escondiendo, volvió a sujetar a Kosha. Movió los
labios como si fuera a decir algo, pero terminó frunciendo el ceño y le acercó
el farol a la cara a Kosha.
“¿De verdad eres el cuidador de gansos? ¿T-tú
eras así? ¿Qué ha pasado?”.
“Uuuh...”.
Kosha asintió con la cabeza mientras apartaba
disimuladamente el farol que desprendía un calor ardiente. Por supuesto, su
aspecto actual debía de ser bastante diferente al que Merda recordaba. En aquel
entonces, Kosha llevaba puesto el caparazón de cuidador de gansos.
En aquel momento ni él mismo era consciente de
ello, pero aquello era una especie de barrera protectora. Al igual que la
túnica gris que llevaba puesta ahora.
“De verdad, no te reconocí. ¿Te has arreglado
el cabello?”.
“No pasa nada. Yo también estuve a punto de no
reconocerte”.
“¿Y tú qué demonios haces aquí? No me digas
que...”.
Su mirada escaneó a Kosha de arriba abajo.
La túnica gris de Kosha se parecía muchísimo,
a simple vista, a la capa gris de Merda. La diferencia en el material o en la
confección no se notaba mucho bajo la luz difusa del farol y el pasillo en
penumbra.
Y los tobillos descalzos que quedaban al
descubierto por debajo de esa túnica gris.
“¿Pero qué facha es esa?”.
Merda seguía siendo tan directa como antes. Su
mano se coló sin dudarlo entre la túnica de Kosha. Los bordes se abrieron y
dejaron a la vista el finísimo camisón de una sola pieza.
Era una facha por la que no tendría derecho a
réplica aunque se burlaran de él hasta el día de su muerte... pero Kosha no se
resistió y se limitó a soportar el tacto en silencio mientras analizaba el
estado de Merda.
“No me jodas”.
“……”.
“Esto es... esto es...”.
Su mano temblorosa tocó la nuca de Kosha, la
cual había quedado expuesta de mala manera. Era el lugar donde quedaban marcas
rojizas de mordiscos y succiones.
A menudo, Lucien solía morder durante el acto.
Solo eran ligeras succiones o mordiscos suaves, pero en la piel blanda del mago
las marcas se quedaban con facilidad.
“¿Tú también... te acuestas con... el
príncipe?”.
La voz de Merda era tan débil que parecía que
el viento se la iba a llevar en cualquier momento.
“¿Eh, eh...?”.
Kosha se desconcertó ante aquella pregunta que
no se esperaba para nada. Dejando de lado que el contenido fuera tan
explícito...
Como la realidad era que sí se estaba
acostando con ‘el príncipe’, Kosha dudó sin encontrar las palabras adecuadas.
Interpretando a su manera esa vacilación, Merda se tapó la boca con su mano
temblorosa.
“Ha, maldito loco...”.
“...Merda”.
“Hijo de perra, maldito desgraciado... Me dijo
que ahora solo me tenía a mí, que esta vez iba en serio. Y resulta que también
con hombres...”.
Su hermoso rostro se desfiguró por completo.
Parecía que se iba a desplomar en cualquier momento, por lo que Kosha la
sostuvo a toda prisa.
Al tener una figura voluptuosa y mantener
siempre una actitud imponente, nunca le había parecido tan pequeña, pero al
tenerla cerca, cabía perfectamente en los brazos de Kosha. Tras dudarlo un
instante, Kosha rompió el hielo con torpeza.
“Merda, oye... ¿entonces tú también con el
príncipe...?”.
Lo más probable era que no estuvieran hablando
del mismo ‘príncipe’...
Merda apoyó la cara en el hombro de Kosha.
Pero enseguida levantó la cabeza y exclamó conteniendo la respiración.
“¡Yo tampoco quería que fuera así...!”.
“Cálmate. ¿Pero qué es lo que ha pasado
exactamente? ¿El hombre con el que decías que te ibas a ver en aquel entonces
era el ‘príncipe’? El hombre del que me dijiste que ibas a recibir una
propuesta de matrimonio cuando me pediste la poción”.
Preguntó Kosha dándole palmaditas torpes en la
espalda. A medida que las preguntas avanzaban, el rostro de Merda se llenaba de
ansiedad y recelo.
...Ah, esto es problemático.
Kosha levantó la mano y le subió la barbilla a
Merda con suavidad. Los ojos de Kosha, que tenían un color verde un poco más
nítido de lo habitual, se encontraron suavemente con las pupilas negras de
Merda.
Tratándose de un humano común y corriente, una
ligerísima sugestión era más que suficiente. Y más todavía si se trataba de un
humano en un estado inestable.
Las largas pestañas de Merda sufrieron un
espasmo y enseguida su mirada se volvió blanda y sumisa. Sus labios rígidos se
abrieron con la misma facilidad.
“¿Cómo crees? Ese hombre, Ermet, era
simplemente el vasallo del príncipe. No era un hombre casado, realmente era
solo...”.
“¿Solo?”.
“Solo... no sé. Ese desgraciado es igual...”.
Y una vez más, comenzó a soltar toda clase de
insultos. Maldito desgraciado, cerdo de mierda, rata rastrera, hijo de tal...
De pronto, abrió los ojos de par en par.
“¿No me digas que a ti también te engañó Ermet
para traerte hasta aquí?”.
Esa pregunta sonaba desesperada por alguna
razón. Kosha negó con la cabeza confundido.
“A-ah, no. Yo simplemente...”.
Vine a trabajar de sirviente...
En cuanto Kosha improvisó esa excusa, ella se
mordió los labios con fuerza y agachó la cabeza. Sus manos finas, arregladas
con las uñas en punta, le cubrieron el rostro desesperada.
Tras un breve silencio, soltó como si fuera un
suspiro.
“...Lo siento”.
“¿Me lo dices a mí?”.
“Siento haberte obligado tanto a que me
prepararas la poción de amor en aquel entonces...”.
Sollozó Merda. Sus palabras se emborronaron.
“Te mentí. Yo... le dije a Ermet que creía que
en el pueblo había un boticario que ocultaba su identidad. Entonces él me dijo
que, si se trataba de un boticario cuyo nombre no fuera conocido, que le
preguntara si podía preparar algo llamado poción de amor".
“……”.
“Me dijo que si conseguía eso, podría ganar
méritos. Me dijo que así Ermet también ascendería de rango, hablaría con sus
padres y podría casarse conmigo...”.
De verdad que lo siento mucho. En ese momento
yo ni siquiera sabía para qué servía esa poción.
Mientras decía eso, Merda ya estaba llorando a
moco tendido.
Kosha movió los labios. Una poción de amor
fabricada por un boticario y no por un mago, el hecho de que dijeran que con
eso se ganarían méritos, y el que se la tomó fue Lucien...
Su cabeza empezó a dar vueltas de forma
caótica.
“¿Entonces te casaste con ese hombre y viniste
al castillo? Yo te preparé la poción”.
“Yo tampoco lo sé...”.
Merda negó con la cabeza.
“Le propuse que nos escondiéramos un tiempo y
viviéramos juntos para luego decírselo a sus padres, pero de pronto ese
desgraciado cambió de opinión. Dijo que todo se había ido al diablo. Se enfadó
conmigo diciendo que era por mi culpa. Y entonces me empujó a la alcoba del
príncipe, presentándome como su esposa...”.
Se quedó sin habla un momento jadeando por el
llanto.
“Me dijo que, al fin y al cabo, ¿acaso no era
que yo quería gozar de lujos? Que si me convertía en la amante del príncipe
vendría a ser lo mismo... Soltó semejante sarta de tonterias, y yo soy una
imbécil por haberme dejado convencer...”.
Sorbía la nariz y se frotaba los ojos
bruscamente para secarse las lágrimas.
Te vas a hacer daño si sigues así...
Kosha se asustó y le secó las lágrimas con la
tela suave del interior de su manga.
“¡Pero ¿qué otra cosa podía haber hecho yo en esa
situación...?! Y encima el que llaman príncipe resultó ser más joven y guapo de
lo que pensaba. Además de tener buenos modales. Así que yo, como una tonta...”.
“En eso tienes razón...”.
Kosha empatizó de todo corazón con sus
palabras pensando en el otro ‘príncipe’.
Sí, de verdad que es muy guapo...
“Yo al principio ni siquiera sabía qué era eso
de ser amante. Pensaba que simplemente en la corte se les llamaba así a las
novias. Los n-nobles a veces usan expresiones diferentes a las nuestras. De
verdad que no sabía que terminaría en esta facha”.
“……”.
“P-pero bueno, ¿y tú qué vas a hacer ahora?”.
Preguntó la chica que lloraba y hablaba sin
sentido, levantando la cabeza del pecho de Kosha. Kosha, que la consolaba con
calma, se desconcertó.
“¿Eh... hacer qué?”.
“¡Dicen que el príncipe se va a la guerra o
algo así!”.
“¿Y eso qué tiene que ver?”.
¿Qué tenía que ver con Merda que el príncipe
se marchara a la guerra? Cuando un miembro de la familia real o un noble se iba
a la guerra, ¿su amante tenía que hacer algo? Se esforzó por rebuscar en sus
recuerdos antiguos, pero no le sirvieron de nada. Que él supiera, a su
alrededor nadie tenía precisamente una amante, y además...
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Al ver que Kosha dudaba, la mirada de Merda,
que se había vuelto un poco más nítida, volvió a llenarse de recelo. Al
parecer, su fuerza mental era más fuerte de lo que pensaba.
Ah, no, no puede ser...
Kosha volvió a cruzar la mirada con ella con
cautela.
Al mismo tiempo que el color de su iris se
volvía un poco más intenso, la mirada de Merda volvió a nublarse.
“...Cielos. De verdad que no sabes nada de
nada. ¿Hace poco que llegaste aquí?”.
Y de inmediato comenzó a razonar a favor del
mago. Kosha asintió con la cabeza de inmediato.
“Ah, sí. Yo llevo poco tiempo aquí”.
“Haah...”.
Merda se llevó la mano a la frente y luego
negó con la cabeza.
“Si te quedas aquí, seguro que esa mujer,
Airi, intentará matarte a ti también”.
“¿Airi?”.
“¡La princesa heredera!”.
Añadió ella.
“No me digas que tampoco sabes que hay una
princesa heredera”.
Por supuesto, Kosha no lo sabía ni le
importaba.
“La princesa heredera no deja en paz a las
personas que se acuestan con su esposo. Dicen que ya es famosa por eso. Yo
también estuve a punto de morir. Al principio, cuando me descubrieron...”.
“……”.
“¡Es verdad! Esa mujer se lo conto a su padre
y este vino liderando hasta un ejército. Fue de verdad aterrador. Pensé que me
moría”.
¿Un ejército...? Por muy suegro del príncipe
que fuera, ¿se podía entrar al castillo real liderando un ejército...?
La realidad era que para el propio Kosha
resultaba imposible encajar él solo las relaciones de causa y efecto de aquella
noche en la que él también sufrió un percance. Merda pataleó desesperada al ver
que no reaccionaba.
“Esto es un secreto, pero dicen que la
princesa heredera está embarazada. Por eso el padre de esa mujer ahora le
concede cualquier capricho que su hija pida. En cuanto el príncipe deje vacío
el castillo, a mí me atrapará y me matará primero”.
“...Pero entonces el príncipe...”.
“¡A ese desgraciado ni le importa! ¿Le voy a
importar yo? ¡Seguro que se busca a una mujer nueva!”.
...O a un hombre. Añadió ella en voz baja
mirándolo de reojo.
“Yo... por eso voy a insistirle un poco más
para que me lleve con él a la expedición. Ese desgraciado seguro que tendrá que
hacer ‘eso’ incluso en el campo de batalla”.
“……”.
“Tú también... Pero me da la impresión de que
a mí tampoco me llevará, así que contigo también...”.
Merda murmuró confundida mirando de reojo a
Kosha. Kosha suspiró. El cielo exterior ya se veía débilmente iluminado y
parecía que ya era hora de dejarlo hasta aquí. Kosha hizo girar a Merda y le
cubrió los ojos con la palma de la mano.
En el instante en que Merda se sobresaltó, una
voz pausada se coló en su oído.
“Has trabajado duro. Ya es suficiente, vuelve
a tu habitación y duérmete”.
“...De acuerdo”.
Respondió ella de forma sumamente lenta. La
voz, que antes sonaba afilada, se volvió soñolienta en un abrir y cerrar de
ojos.
“Y será mejor que mantengas en secreto para
los demás que nos hemos visto hoy”.
“Yo también pienso lo mismo...”.
Kosha retiró la mano con la que le cubría los
ojos. De inmediato, Merda empezó a alejarse caminando lentamente. Tras dudarlo
un instante, Kosha susurró.
“Gracias, Merda. Que tengas dulces sueños”.
Un mago debe pagar un precio por lo que recibe.
Las palabras del mago, impregnadas con una
ligera bendición para esa noche, se adhirieron a las puntas de la larga
cabellera suelta de Merda.
Kosha se quedó observando su espalda un
momento y enseguida se cubrió con la capucha y dio media vuelta. No había
conseguido el libro que quería, pero a cambio había obtenido otra cosa, así que
ya era hora de regresar.
***
Kosha se dirigió directamente hacia Lucien.
El castillo de Ostbrahe, completado tras
sufrir continuas ampliaciones y remodelaciones, presumía de una estructura
similar a la de un laberinto. El castillo, donde los pasadizos secretos y las
zonas cerradas al público se entrelazaban de forma compleja, no era fácil de
descifrar ni siquiera expandiendo su maná para rastrearlo.
Sin embargo, rastrear a Lucien era, en
términos de dificultad, similar a buscar a sus gansos. Es decir, que podía
encontrarlo hasta con los ojos cerrados.
Solo que, por alguna razón, parecía
encontrarse en un lugar inesperado. Para ser exactos, umm, en el pasillo frente
a la habitación de Kosha.
Por supuesto, Lucien y sus vasallos utilizaban
toda esa área, pero en esa zona en concreto solo se concentraban los
alojamientos.
Siguiendo al lagarto que le servía de guía,
Kosha ladeó la cabeza al adentrarse en la zona que ya le resultaba familiar. A
medida que la distancia se acortaba, la punta de su nariz también se crispó un
poco. Al percibir aquel olor familiar, la tensión que le había estado
oprimiendo el cuerpo desde que estuvo en el ala este se disipó por completo.
Digan lo que digan, como el hogar no hay nada.
“¡Alteza...!”.
Exclamó Kosha con alegría al doblar la
esquina.
Sus miradas se cruzaron en medio de una
multitud de personas que se aglomeraban como nubes.
Los pasos de Kosha, que casi parecía flotar
por lo ligeros que eran, se detuvieron en seco. Al mismo tiempo, los vasallos
que rodeaban a Lucien se giraron hacia Kosha.
¿Por qué...? ¿Por qué están todos amontonados
aquí?, se desconcertó Kosha. Pero incluso más desconcertante que las miradas
que le llovían encima, fue la expresión de Lucien.
Su rostro daba pavor. Hasta el punto de que
Kosha llegó a pensar que de pronto le había vuelto a dar el efecto secundario
de la poción mágica.
El silencio fue breve. Los vasallos se
apartaron en tropel abriéndole paso y, al mismo tiempo, Lucien se acercó a
grandes zancadas. Kosha retrocedió unos pasos por puro instinto y encogió el
cuello.
“... ¿Alteza?”.
“Tú...”.
Lucien estiró el brazo y agarró a Kosha por la
nuca. Estuvo a punto de decir algo, pero se detuvo y escaneó a Kosha de arriba
abajo. Su rostro aterrador se quedó rígido como una piedra en un segundo.
“¿No me digas que has estado deambulando por
ahí vestido así?”.
“Eh...”.
Kosha parpadeó aturdido. Lucien ni siquiera
esperó una respuesta; murmuró una grosería entre dientes y se desabrochó la
capa que llevaba sobre los hombros.
“¿Estás en tu sano juicio?”.
Le echó la capa por encima de la cabeza y lo
envolvió con ella. La capa era sumamente larga, abrigadora y olía muy bien.
Kosha, que solo asomaba la cabeza entre la pesada tela, lo miró de reojo con
cautela.
A pesar de que sus palabras eran bruscas, el
tacto de sus manos era suave... lo que le dio valor a Kosha.
“Disculpe, Alteza. Tengo algo que decirle”.
“¿Algo que decirme? ¿Acaso no te dije que te
quedaras bien guardadito y quietecito en la habitación? ¿A dónde demonios te
fuiste a deambular por tu cuenta?”.
Las palabras salieron disparadas y su enorme
mano le apretó la mejilla a Kosha causándole un poco de dolor.
Sus mejillas y labios quedaron aplastados como
los de un pez, pero aun así Kosha respondió con fidelidad a lo que le
preguntaba.
“Fui al ala este”.
“……”.
En ese instante, el ambiente se volvió
extraño. Sus vasallos se agitaron y la expresión de Lucien también se quedó
petrificada.
¿Por qué será...?
Intimidado, Kosha continuó hablando en un hilo
de voz.
“Merda está ahora mismo dentro del castillo,
Alteza”.
“……”.
“La persona que me encargó la poción de amor.
Esa que ahora es del príncipe del ala este...”.
De pronto, una mano enorme le tapó la boca a
Kosha.
Lucien, que le cortó el habla de golpe, se
giró hacia los vasallos que estaban detrás. Kosha también siguió su mirada sin
querer.
Tras examinar detenidamente a sus vasallos uno
por uno, Lucien de inmediato abrazó a Kosha como si lo estuviera sometiendo.
Por alguna razón, dio la impresión de ser un movimiento para bloquear las
miradas que caían sobre el mago.
“Retírense”.
Ordenó Lucien en voz baja.
En un abrir y cerrar de ojos la multitud se
dispersó y solo quedaron los rostros completamente familiares. Entre ellos,
Kosha descubrió a Milot después de mucho tiempo y le hizo una reverencia
incluso en medio de esa situación, pero Milot se limitó a desviar la mirada
fingiendo no haberlo visto.
Tras confirmar que los alrededores estaban
completamente despejados, Lucien tiró de Kosha. Sus pasos eran excesivamente
rápidos, por lo que Kosha tuvo que ser arrastrado casi como si fuera rodando.
El destino final fue el interior de su
despacho.
Lucien empujó a Kosha dejándolo caer
prácticamente sobre una silla. Sin embargo, cuando Kosha dejó escapar un
quejido extraño y se desplomó, la implacable yema de los dedos de Lucien sufrió
un leve espasmo.
Aun así, al final no sostuvo a Kosha. Él cerró
el puño y desvió la mirada.
Tanto su expresión como el ambiente seguían
siendo un témpano de hielo.
“U-uhm, Alteza. ¿Por si acaso me estaba
buscando...?”.
Preguntó Kosha tímidamente tras dudarlo un
momento. Las normas de los humanos que había aprendido a lo largo de su vida
volvieron a encajar poco a poco en la cabeza del mago. Ahora que lo pensaba, en
el pasado le enseñaron que irse sin decir una palabra después del sexo era de
mala educación.
P-pero estrictamente hablando, Lucien se fue
primero. ¿Se aplica también en estos casos? ¿O como Lucien se fue después de
avisar entonces no pasa nada?
Fue justo cuando el mago se debatía en dilemas
que no eran propios de un mago.
“... ¿Que si te estaba buscando?”.
Le devolvió la pregunta Lucien con lentitud.
Daba la impresión de estar atónito, enfadado o bien sumamente agotado. Tras
mirar fijamente a Kosha durante un buen rato, Lucien cerró los ojos frotándose
la frente.
Enseguida, su voz monótona cayó con pesadez.
“Trae aquello de lo que hablamos hace un
rato”.
“Sí, señor”.
Un sirviente inclinó la cabeza y salió de la
habitación.
¿Aquello?
Kosha leyó el ambiente con desesperación, pero
no le dio ninguna pista.
¿Será que me van a poner grilletes en los
tobillos?
...Aunque me hagan eso, no les servirá de
mucho.
Pensando así, Kosha decidió disculparse
primero.
“Alteza, fue una falta de educación de mi
parte haberme desaparecido sin decir nada. De verdad lo siento mucho”.
“……”.
“Pero Alteza, esta es una conversación
importante, así que me parece que tiene que escucharla ahora mismo sin falta.
Originalmente fui al ala este a buscar un libro, y por casualidad me encontré
con Merda...”.
La historia de la aventura nocturna se
prolongó bastante.
Lucien se limitó a escuchar con los brazos
cruzados y tapándose la boca con una mano.
Su rostro era excesivamente inexpresivo como
para poder adivinar lo que pensaba, pero a su espalda se percibía una corriente
de tensión por las miradas que sus vasallos incluidos Gosric y Milot
intercambiaban con urgencia. Al menos daba la impresión de que la información
que había traído no era del todo inútil.
Quizás Lucien me felicite cuando termine de
escucharme. O me dé las gracias.
Kosha se esforzó por reprimir la emoción y el
orgullo que empezaban a brotar en su pecho sin venir a cuento.
Fue justo cuando terminó de relatar casi toda
la conversación que había tenido con Merda.
“Ah, es verdad, y también dice que la princesa
heredera está embarazada ahora mismo, Alteza. Por eso el padre de la princesa
heredera...”.
“¿Qué? ¿Que esa mujer está embarazada?”.
Y justo cuando una reacción afilada saltó de
entre la multitud de vasallos que no dejaba de agitarse sutilmente.
Lucien levantó la mano con la que se tocaba la
barbilla. El despacho se quedó en absoluto silencio en un segundo.
“...Ya veo”.
Así que era eso.
Murmuró para sí mismo como si hablara solo.
Y de pronto, apoyando las manos en los
reposabrazos de la silla donde estaba sentado Kosha, le clavó la mirada. Le
dedicó una sonrisa suave. Era precisamente esa sonrisa caballerosa y tierna que
tanto le gustaba a Kosha.
“Así que fuiste al ala este y regresaste tras
escuchar semejante historia”.
“¡A-ah, sí! Así es, Alteza”.
“Y por pura casualidad te encontraste con esa
mujer. Usando tu magia con sutileza para manipular ligeramente su mente, ¿no es
así? Al fin y al cabo, la seguridad es importante”.
“Aunque fue una magia muy débil, así es. Uhm,
no es nada del otro mundo”.
Fue justo cuando Kosha se mostró modesto,
sintiéndose un poco avergonzado.
La sonrisa de Lucien se ensanchó todavía más
siguiendo la de Kosha. Y así mismo levantó la voz.
“Tráiganlo”.
Y la puerta se abrió. En ese instante, el
cuerpo de Kosha, envuelto en la capa de Lucien, sufrió un escalofrío
involuntario.
Había una energía sumamente de mal agüero. No
hacía falta que se diera la vuelta ni que lo comprobara con sus propios ojos
para sentirla. Bastaba con que existiera en el mismo espacio. Le producía un
cosquilleo en la piel y le pesaban los hombros.
Lucien, que recibió ‘aquello’ de manos del
sirviente, volvió a inclinarse hacia Kosha.
Clink, con un sonido metálico y nítido, algo
de metal se balanceó en su mano. Ante esa terrible sensación que lo asaltó de
golpe, Kosha dio un respingo en su asiento.
Eran unas esposas.
Hechas de oro de Idelma.
No me digas. No puede ser. ¿Por qué un objeto
tan atroz?
Contuvo la respiración involuntariamente ante
ese objeto infame que, con el simple hecho de estar cerca, alteraba el flujo de
maná de un mago.
“Estira los brazos hacia adelante”.
La mirada de Kosha se tiñó de desesperación
ante aquellas palabras que cayeron sin una sola pizca de error respecto a lo
que se temía.
“... ¿Me lo dice a mí?”.
No, debe de ser una broma.
Kosha se esforzó por reírse. Pero nadie le
siguió la gracia. Lucien, cuyo rostro se había quedado sin expresión en algún
momento, se limitó a hacer un gesto con la barbilla para apurarlo.
“Uhh... Alteza, e-eso es un objeto hecho de
oro de Idelma. Y el oro de Idelma a los magos...”.
Intentó corroborarlo por si acaso se trataba
de una equivocación.
“Ya lo sé”.
“……”.
“Rápido”.
Fue implacable.
A Kosha le temblaron las manos y tragó saliva
ruidosamente. El lagarto daba brincos sobre su muslo.
No sirvió de nada que mirara a su alrededor
disimuladamente. Milot tenía la mirada baja desde el principio, Gosric suspiró
y desvió la mirada en cuanto sus ojos se cruzaron, y Edric...
...Él parecía estar en un aprieto. Fue justo
en el instante en que sus pupilas negras que bailaban de un lado a otro se
encontraron con las de Kosha y sus labios apretados parecieron moverse.
“¿A dónde miras?”.
Lucien le agarró la mejilla a Kosha y la giró
hacia él. Sus ojos gris azulado estaban excesivamente cerca. Tanto que podía
sentir hasta su aliento.
Lucien escrutó lentamente los rostros a los
que el mago había estado mirando. Cuando su mirada llegó al joven caballero en
el que los ojos de Kosha se habían posado hasta el final, se detuvo un poco más
de tiempo. Sus facciones perfectas carecían de expresión, pero su mandíbula
estaba tensa, haciendo resaltar los músculos.
Lucien observó aquella escena con
indiferencia.
Un señor no tiene por qué tratar a sus
vasallos de forma emocional.
Ni debe hacerlo.
Su mirada gris azulada regresó de nuevo hacia
el mago. Estaba tan asustado que su rostro se había quedado pálido, sin rastro
de sangre. Ese era el único defecto en aquella cara.
“... ¿Acaso crees que hay alguien aquí que te
vaya a ayudar?”.
El mago también debe ser su vasallo.
Y más todavía tratándose de un asunto que
había empezado con el objetivo de sentarse en el trono. Porque para un rey,
todos a excepción de la reina no son más que simples súbditos.
“Aquí no hay nadie que pueda hacer eso. Así
que estira las manos de una vez”.
A pesar de que mientras andaba de aquí para
allá ocupado no dejaba de preocuparle que el cuerpo del mago se estuviera
desgastando; a pesar de que ordenó tajantemente que le llevaran comida para
asegurarse de que al menos comiera algo y durmiera; a pesar de que dejó todo de
lado e hizo registrar el castillo de arriba abajo en cuanto se enteró de que su
habitación estaba vacía...
Nada cambiaba.
El mago debía ser su vasallo, y un señor no
tiene por qué tratar a sus vasallos de forma emocional.
“Yo solo quería ayudarle. Yo también quería
serle de ayuda”.
Argumentó Kosha al verse acorralado, pero no
sirvió de nada. Lucien lo presiono con suavidad.
“No me hagas enfadar”.
¿Que no le haga enfadar? Si no quiere
enfadarse, lo que tiene que hacer es controlar bien su propia mente, ¿no...?
Se sentía agraviado y frustrado, pero tampoco
podía huir. Al final, Kosha levantó los brazos con lentitud. Lucien tiró sin
piedad de las dos manos que Kosha aún dudaba en estirar.
Las esposas se engancharon en sus delgadas
muñecas.
Clack.
En el mismo instante en que el pasador se
cerró, el lagarto que trepaba por su brazo empezó a desvanecerse poco a poco
empezando por la cola. Acto seguido le colocaron las esposas en la otra muñeca
y, de inmediato, el lagarto desapareció volviéndose completamente transparente.
Las esposas apenas tenían el grosor de la
falange de un dedo, pero para el mago fue como si le hubieran colgado
auténticos bloques de piedra en los brazos. Se quedó sin fuerzas y su delgado
cuerpo se derrumbó.
Lucien lo sostuvo por reflejo. Kosha jadeó.
“Alteza”.
“……”.
“Es usted muy cruel...”.
Había corrido ese riesgo por él. Claro que no
era algo que él le hubiera ordenado hacer, pero tampoco es que hubiera traído
un mal resultado...
“Eso mismo digo yo”.
Respondió Lucien tras mirar a Kosha por un
momento, frunciendo ligeramente el entrecejo. Fue justo cuando Kosha se detuvo
al notar que esa expresión le resultaba un tanto extraña.
“De verdad que eres muy cruel”.
Lucien le depositó un ligero beso en la frente
a Kosha.
Era un acto excesivamente privado e íntimo
como para mostrarlo frente a sus vasallos, pero daba la impresión de que él ni
siquiera era consciente de sus propias acciones. Mientras los vasallos
desviaban la mirada a toda prisa, él cargó a Kosha en brazos con capa y todo
con total naturalidad.
Tras recostar a Kosha en un diván que estaba
en un rincón, Lucien le cubrió el rostro pálido con la capa.
“Descansa. Habrás hecho un gran esfuerzo
deambulando por ahí toda la noche”.
Kosha no pudo responderle. Se limitó a
retorcerse un poco envuelto en la capa, eso fue todo.
Le dolían los brazos y el cuerpo se le quedó
lánguido. Para el tamaño que tenía el objeto, el efecto era devastador. Daba la
impresión de ser un objeto hecho de oro casi puro.
Le zumbaba la cabeza y estaba mareado. Hasta
el punto de que casi ni escuchaba la conversación que Lucien y sus vasallos
mantenían justo a su lado.
Si Bastian tenía una amante... Las condiciones
del contrato cuando se casó con la princesa heredera...
Entonces Lord Marsus esa noche... La relación
entre Lord Marsus y Bastian...
¿Acaso el ejército de Ollet se uniría a la
expedición de Bastian esta vez...?
Si la princesa heredera daba a luz a un
heredero... la posición...
Todas las palabras le llegaban en fragmentos
cortados.
Bastian... Sí, así se llamaba. Bastian no era
un príncipe cuyo nombre fuera muy conocido entre la gente común en comparación
con Lucien, así que incluso después de escucharlo un par de veces, todavía le
resultaba ajeno. Kosha pensó para sí mismo con la mente aturdida.
Entonces, ¿esa energía turbia esparcida por el
ala este pertenecía al mago de Bastian? ¿Cómo se llamaba...? Alphi-algo.
Sin embargo, era extraño; ese hombre, que era
el medio hermano de Lucien, no parecía el tipo de persona que se llevaría bien
con un mago.
Los magos y los humanos generalmente no se
mezclan, son como el agua y el aceite, pero en raras ocasiones ocurre que un
mago decide servir a un humano. Kosha tampoco es que hubiera visto a muchos
humanos amados por magos, pero aun así, esos humanos tenían algo en común.
Sin excepción, todos eran personas que
albergaban algo ardiente en su interior.
Energía, ímpetu, pasión, impulso. Como sea que
se le llamara. Ya fuera algo bueno o malo.
Pero Bastian... no era ese tipo de persona.
Aunque solo fue por lo poco que pudo ver de él en aquel entonces... No parecía
que ningún mago fuera a sentirse atraído por él.
Aunque ese Al-algo también era un tipo
bastante grosero para ser un mago, así que tal vez tenga gustos extraños.
Además, puede que los magos de Iseland tengan inclinaciones diferentes.
Así que, si de verdad ese Al-algo era el mago
de Bastian...
Siguiendo el hilo de sus pensamientos, Kosha
finalmente se armó de valor y levantó la mano. Con su cuerpo sin fuerzas, en
realidad aquello se pareció más bien a un lánguido balanceo. Sin embargo, como
no se rindió y continuó retorciéndose con todas sus fuerzas, Lucien no tardó en
volverse hacia donde Kosha estaba recostado. Su mirada era susceptible.
“¿Y a ti qué te pasa ahora?”.
“Es que yo también tengo algo que decirle... y
me preguntaba si estaría bien que hablara...”.
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Incluso con un hilo de voz por haberse quedado
completamente sin fuerzas, Kosha pidió el turno de palabra con educación.
Al fin y al cabo, ya que su situación actual
era llevar puestas unas esposas de oro de Idelma por haber deambulado por ahí
sin permiso, le aterraba la idea de que si hablaba sin permiso terminaran
poniéndole incluso grilletes.
“...Y no es para pedirle que me quite las
esposas, es algo importante”.
Añadió Kosha a toda prisa, por si acaso Lucien
malinterpretaba que pretendía decir tonterías.
Tras fruncir el ceño con un gesto de apuro por
un momento, Lucien se acercó a grandes pasos. Tras mirar por un instante a
Kosha que yacía aturdido, se sentó a su lado apoyando una rodilla en el suelo.
Y entonces le acercó la mejilla.
“Habla bajo”.
Dijo dándole unos golpecitos en la oreja.
Vaya hombre tan susceptible y lleno de
secretos, gimió Kosha para sus adentros mientras incorporaba el cuerpo.
“Es que vi a un mago cerca del ala oeste...”.
En cuanto le pegó los labios a la oreja para
susurrarle, Kosha sintió cómo los músculos del cuello y los hombros de Lucien
se tensaban rígidamente.
¿Acaso le molestará el sonido de mi
respiración?
Se preocupó innecesariamente mientras hablaba,
pero...
“¿Por qué me cuentas algo así recién ahora?”.
Lucien dejó de escuchar a medias, giró la
cabeza de golpe y le apretó la mejilla a Kosha. En un abrir y cerrar de ojos,
sus labios volvieron a quedar aplastados como los de un pez. Kosha balbuceó.
“Es que en ese momento pensé que no era para
tanto... Además, ya le dije que borré todos los rastros del hechizo”.
“El problema no es el hechizo. Dijiste que te
encontraste con él, ¿no?”.
“Sí, pero fue algo muy breve”.
Al responderle con la mirada perdida, Lucien
abrió y cerró la boca. Tenía una expresión como si tuviera muchas cosas que
decir, pero al final apretó los labios, suspiró y se pasó la mano por la cara.
Daba la impresión de haberse llevado un buen
susto. Bueno, no es precisamente una noticia muy agradable enterarse de que el
enemigo tiene a un mago de su lado. Kosha continuó hablando mientras le
sujetaba la mano con cuidado, como para infundirle ánimos.
“Aun así, no creo que pueda invadir este
lugar. Para empezar, ya se lo advertí a los gansos. Puede que sea un tipo menos
importante de lo que parece”.
“……”.
“Pero ya que las cosas han salido así, si me
quitara las esposas, me parece que podría serle de un poco más de ayuda...”.
Aprovechó la oportunidad para colar aquellas
palabras con disimulo, pero lo único que recibió a cambio fue una mirada
afilada. Por alguna razón, también parecía haber reproche en sus ojos.
Si alguien tiene derecho a reprochar aquí ese
soy yo, ¿por qué me mira con esos ojos?
Kosha volvió a sentirse agraviado sin motivo
cuando Lucien le cubrió la cara otra vez con la capa.
“Duérmete de una vez”.
A través de la suave tela, Kosha escuchó el
sonido de sus pisadas alejándose.
Ni siquiera esperaba que me felicitara, pero
ya que me manda a dormir, bien podría haberme dado al menos un beso antes de
irse.
... ¿Será que le da un poco de cosa porque hay
gente presente?
Aun así...
Kosha, que fruncía los labios para sus
adentros, levantó un poco la capa y espió a Lucien. Rodeado de sus vasallos,
volvía a verse sumamente ocupado.
...Hay humanos que, en raras ocasiones, son
elegidos por los magos.
Sin embargo, aquello probablemente no fuera
una elección, sino una atracción inevitable que ni ellos mismos podían
controlar.
No es que Kosha le hubiera preguntado uno por
uno a los magos que eligieron a humanos... pero ahora que se había convertido
en su propio asunto, de alguna manera creía comprenderlo.
Así que, aunque le diera un poco de pena, no
había nada que hacer. ¿Qué se le va a hacer si él se ve tan deslumbrante?
Kosha dejó escapar un gran suspiro. Y acto
seguido se acurrucó dentro de la capa.
Por eso, no llegó a ver cómo Lucien se giraba
hacia él sobresaltado al escuchar ese pequeño suspiro.
***
Cuando volvió a abrir los ojos, el ambiente
estaba en silencio.
Tenía la capa envuelta alrededor del cuerpo y
todavía sentía los brazos entumecidos. Al moverse un poco, se escuchó el
tintineo del metal en sus muñecas.
Ni siquiera recordaba cuándo se había quedado
dormido, pero era imposible que hubiera podido conciliar el sueño como es
debido llevando semejante atrocidad encima. Daba la impresión de que
simplemente se había desmayado tras estar quejándose.
Aun así, al despertar después de haber
dormido, parecía haberse acostumbrado un poco ¿Acostumbrado? ¿Acaso uno puede
acostumbrarse al oro de Idelma? y la sensación de impotencia era menor. Fue
justo cuando intentaba levantar la cabeza para mirar a su alrededor.
“¿Por qué no dejas de retorcerte?”.
Una voz baja resonó desde abajo. Kosha se
asustó tanto que estuvo a punto de caerse rodando, pero un brazo firme rodeó su
hombro al instante para inmovilizarlo.
“... ¡Alteza!”.
Al tener los sentidos embotados ni siquiera se
había dado cuenta de que estaba recostado encima de Lucien.
Con razón el suelo se sentía inusualmente
duro.
Mientras Kosha calmaba su corazón asustado,
Lucien le fue quitando la capa en la que estaba envuelto poco a poco, como si
estuviera desenvolviendo el papel de un regalo.
El aire frío rozó la punta de su nariz.
“¿Por qué estaba durmiendo aquí? ¿Por si acaso
lo desperté?”.
“Solo cerré los ojos un momento, así que no te
preocupes por eso”.
Respondió él con la voz un poco tomada por el
sueño.
“Si no hubiera querido que me despertaras,
habría dormido en otra parte”.
“...Aun así”.
Balbuceó Kosha. Pudo percibir un profundo
cansancio en Lucien, que le rodeaba la cintura con los brazos y le frotaba la
frente contra la nuca.
Por muy buena resistencia física que tenga,
esto es demasiado agotador. Y encima no para de decirme a mí que me vaya a
dormir.
“Disculpe, Alteza”.
Como aquello le inquietaba, Kosha no podía
simplemente quedarse de brazos cruzados.
“Si me quita las esposas aunque sea solo por
una vez, le lanzaré un hechizo de recuperación para el cansancio”.
Se lo propuso con cautela, pero la reacción
fue un poco diferente a la que esperaba. Lucien, que había estado bajando desde
la nuca y ahora tenía la cara enterrada en el pecho de Kosha, levantó la cabeza
de golpe y lo fulminó con la mirada.
“¿Vas a seguir portándote así?”.
“... ¿P-portándome cómo?”.
“Tentándome poco a poco... No, olvídalo”.
Soltó él con fastidio antes de detenerse y
hacer un gesto con la mano. Y como si no quisiera hablar más del asunto, volvió
a hundir la nariz en el pecho de Kosha.
No ha funcionado...
“Ese pensamiento cruzó su mente de forma tan
difusa que ni él mismo fue consciente de ello. Para razonar de forma mágica,
para empezar, Lucien estaba demasiado cerca”.
Como le daba pena verlo tan cansado, Kosha lo
rodeó con los brazos incluso llevando las esposas puestas y le acarició la
espalda con suavidad. Al notar eso, Lucien, que antes se comportaba de forma
afilada, de pronto soltó una risa burlona.
“¿Incluso después de que te hiciera pasar por
esto todavía tienes ganas de darme una recuperación para el cansancio o lo que
sea?”.
“¿Eh...? ¿Se refiere a que me haya puesto las
esposas?”.
Kosha ladeó la cabeza ante esa pregunta
inesperada.
Las esposas eran la consecuencia de haber
salido sin permiso, y la recuperación era algo que hacía porque él se veía
cansado. ¿Acaso tenía que relacionar ambas cosas?
“...P-pero si se arrepiente de haberme puesto
las esposas, en cualquier momento...”.
Aun así, con la esperanza de que tal vez esta
fuera su oportunidad, intentó colar aquellas palabras disimuladamente, pero fue
completamente ignorado.
“Eres tú”.
“Menos mal que al menos hayas llamado mi
atención”.
“……”.
¿Menos mal?
Kosha volvió a ladear la cabeza.
Como ya había dicho... más que haber llamado
su atención, fue el propio mago quien lo ‘eligió’. Y desde el punto de vista de
un mago, una vida en la que no hay nadie a quien ‘elegir’ es la vida en la que
uno tiene ‘más suerte’.
Interpretando a su manera ese silencio, Lucien
volvió a levantar la cabeza. Tras escudriñar la indescifrable expresión de
Kosha durante un buen rato, llegó incluso a incorporarse y sentarse por
completo.
De pronto, Kosha, que estaba sobre su cuerpo,
terminó sentado sobre los muslos de Lucien. Este le sujetó la cara a Kosha y lo
obligó a mirarlo. Su expresión no parecía muy agradable.
“¿Qué pasa? ¿Acaso crees que no es así?”.
“A-ah, no, no es eso...”.
Soltó Kosha desconcertado.
“No, es que... también existía la opción de no
llamar su atención para nada. Si simplemente hubiera seguido viviendo en el
pueblo donde vivía originalmente...”.
Seguir siendo un cuidador de gansos también
podía ser una forma de vida. Si hubiera sido así, su vida habría sido pacífica
aunque no tan feliz.
Pero... Lucien llamo la atención de Kosha.
Acabó viendo a esa persona deslumbrante. Incapaz de resistirse a la atracción,
no paraba de ir a verlo.
¿Quién fue el que de verdad atrapó la ‘oportunidad’?
¿Fue el bando de Lucien por haber conseguido al mago, o el bando de Kosha por
haberse lanzado hacia la luz resplandeciente?
En cuanto el final de la frase de Kosha se
desvaneció en balbuceos, los ojos de Lucien se entrecerraron. El ambiente se
volvió todavía más pesado.
“¡...Por supuesto! Ya que tenía que llamar la
atención de alguien, también me parece que es una suerte que haya sido de Su
Alteza”.
Añadió Kosha a toda prisa, pues para ser un
mago tenía bastante tacto. Un segundo tarde, llegó a esbozar incluso una
sonrisa radiante... pero Lucien no se rió.
“Ese pueblo...”.
Murmuró entre dientes. Parecía sumido en
pensamientos complejos.
“...Ahora que lo pienso, dijiste que fuiste a
ver a la nueva amante de Bastian, ¿verdad?”.
“Dijiste que eran conocidos desde que vivían
en ese pueblo...”.
Murmuró él. Y de pronto se levantó de su
sitio.
Kosha, que estaba sentado sobre sus muslos,
también terminó levantándose empujado por el movimiento. Lucien tiró de sus
esposas sin andarse con rodeos.
La costosa capa que envolvía su cuerpo resbaló
directamente hacia el suelo. Terminó enredándose y siendo pisoteada por los
pies que eran arrastrados.
“¿Alteza?”.
“Tengo que comprobarlo”.
Lucien cargó a Kosha en brazos de golpe y
enganchó la cadena de las esposas en un candelabro colgado en una de las
paredes del despacho.
En un abrir y cerrar de ojos, Kosha quedó de
cara a la pared con los brazos en alto, pareciendo un niño castigado. Como el
candelabro estaba curiosamente alto, tuvo que ponerse de puntillas. Kosha se
giró hacia Lucien desconcertado.
“¿Eh? ¿Comprobar qué?”.
“Si no hiciste nada inapropiado con esa
mujer”.
Su tono de voz era tan natural que parecía que
estaba reclamando un derecho que le correspondía por naturaleza.
¿Inapropiado...?
Kosha tuvo que esforzarse por un momento para
descifrar el significado de esa palabra. Al mismo tiempo, el enorme cuerpo de
Lucien lo aplastó rígidamente contra la pared.
“No me diga que... ¿cree que hice algo raro
con Merda?”.
Al girar la cabeza asustado, su cuerpo ya estaba
completamente atrapado entre el hombre y la pared. Lucien, por su parte, le
pegó los labios a la oreja con total tranquilidad y le devolvió la pregunta.
“¿Acaso no lo hiciste?”.
“¿Cómo se le ocurre pensar algo así?”.
“Bueno, si es una mujer que seduce con su
cuerpo incluso a ese desgraciado que parece un trapo sucio, me pareció que
engatusar a alguien como tú sería pan comido para ella”.
Su elección de palabras era brusca, pero su
voz era de lo más dulce. Al mismo tiempo, su enorme mano se coló en el interior
de la túnica gris.
Lo único que Kosha llevaba debajo seguía
siendo ese camisón de una sola pieza. Mientras pataleaba desesperado por llevar
una facha que era peor que ir completamente desnudo, Lucien preguntó en voz
baja.
“¿Eran muy cercanos los dos? En ese pueblo tan
mugriento”.
La mano que tanteaba su bajo vientre sobre la
fina tela del camisón descendió lentamente hacia abajo. Kosha negó con la
cabeza apresuradamente.
“No, Alteza... Ugh. N-no éramos cercanos. Para
nada”.
“¿A pesar de que le preparaste esa poción tan
extraña? ¿No será que te andaba moviendo la cola?”.
“¿Eh? ¿Merda a mí?”.
“En esos rincones rurales, en cuanto un hombre
y una mujer tienen más o menos la misma edad, suelen emparejarse para procrear.
¿No es así?”.
Susurró Lucien. Una voz dulce, una
pronunciación perfecta y, en contraste, una elección de palabras de lo más
vulgar. Daba la impresión de que la persona que estaba a su espalda no fuera
Lucien, sino otra persona diferente.
Kosha sufrió un escalofrío ante el aliento que
rozó su nuca. La mano que le tanteaba el cuerpo desde atrás comenzó a subirle
el camisón de una sola pieza lentamente. Ante la repentina sensación de peligro
que lo asaltó, Kosha continuó hablando con rapidez.
“E-en primer lugar, Merda no es ese tipo de
persona. No sé por qué estará haciendo eso allí ahora.
“Nadie es ‘ese tipo de persona’ desde el
principio”.
Su voz era calmada. En comparación con su
tacto sexual, no había excitación en su voz.
“Todo el mundo cambia. Y más todavía en
lugares como este”.
“Eso... puede que sea así, pero...”.
Kosha se esforzó por girar la cabeza para
mirar a Lucien. Cada vez que giraba la cabeza, sus labios se pegaban a él hasta
resultar molestos.
No, Disculpe, este tipo de cosas hay que
hablarlas mirándose a la cara.
Aprovechando que sus labios se pegaron cerca
de sus ojos, Kosha abrió la boca.
“Pero al menos yo... me parece que todavía no
he cambiado...”.
“¿Ah, sí?”.
“Yo... bueno, como soy de los que una vez que
les gusta alguien no pueden hacer esas... esas cosas con otra persona...”.
Y la mano que sujetaba el camisón de Kosha y
se lo subía se detuvo. Por alguna razón, el aliento que no paraba de caer sobre
su nuca también dejó de sentirse en un instante.
“P-puede que se le haya olvidado porque de
pronto las cosas se han vuelto muy ajetreadas, pero no han pasado más que unos
pocos días desde que m-me declaré...”.
¿Qué clase de hombre que no tuviera la cabeza
en su sitio iba a poner los ojos en otra persona a los pocos días de haberse
declarado?
Así que la acusación que pretendía imponerle
era absurda. Justo cuando Kosha iba a argumentar aquello.
“¿Te gusto?”.
“Si no mal recuerdo, mi declaración fue en
esos términos...”.
“Estrictamente hablando, no lo dijiste así”.
¿No lo dije así?
Kosha rebuscó en sus recuerdos. Sin embargo,
no lo recordaba con exactitud. Según los recuerdos de Kosha, cada una de las
palabras que soltó aquel día equivalía a decir que le gustaba. Era
prácticamente lo mismo que haber estado repitiendo una y otra vez que le
gustaba... Kosha frunció los labios.
“Incluso le di una flor”.
¿Y acaso era una flor cualquiera? Era un árbol
entero. Habiendo llegado a ese extremo, ¿acaso tenía que decirlo con palabras
para que lo entendiera?
“Olvide la flor”.
La respuesta llegó con un tono un tanto
ansioso. De pronto sintió curiosidad por ver su expresión, pero con el cuerpo
completamente inmovilizado desde atrás no le resultaba nada fácil girar la
cabeza.
“Eso... está bien”.
Al fin y al cabo, una flor no es un regalo que
se dé con la esperanza de que se conserve para siempre.
“...Entonces dímelo con palabras”.
“¿El qué?”.
“Que te gusto”.
Frente a la generosidad del mago, la codicia
del humano no conocía límites. Lucien, habiendo sido perdonado por el pecado de
no haber guardado la flor adecuadamente, redobló su exigencia desmesurada sin
andarse con rodeos.
Kosha se lamió los labios en un aprieto. A
estas alturas ya no es que le diera más vergüenza, pero sacar los sentimientos
a la luz a través de la boca siempre era algo que le resecaba la garganta.
Sin embargo, Kosha era un hombre que sabía
asumir sus responsabilidades. Tanto con las palabras que soltaba, como con las
flores que hacía brotar y con los sentimientos que se removían. Tragó saliva
ruidosamente.
“...Me gusta. Lucien”.
¿Estará bien que lo llame por su nombre ahora?
Estrictamente hablando no es que estemos a mitad del sexo, pero...
“Este tipo de cosas tampoco las hago con otras
personas. Aunque con Su Alteza sí me gusta hacerlas. Así que...”.
Kosha lo miró de reojo con cautela.
“H-hacerlo lo haremos, pero ¿no podría quitarme
esto aunque sea por un momento?”.
“……”.
“Me duele. Y siento que me va a dar un
calambre en los pies...”.
Kosha pataleó un poco de puntillas. La cadena
de las esposas enganchada en el candelabro tintineó ruidosamente.
Y encima este es su despacho, si de repente
entra alguien estando yo colgado así ni siquiera podré esconderme...
Kosha enumeró balbuceando los motivos por los
que debía quitarle las esposas.
Lucien se quedó en silencio durante un buen
rato.
¿Habré dicho algo indebido?
Justo cuando Kosha leía el ambiente con
desesperación...
De pronto, él dejó escapar un gran suspiro y
rodeó la cintura de Kosha con los brazos. Sin embargo, este contacto no fue muy
empalagoso ni seductor para estar pegando todo el cuerpo.
Sus gruesos brazos hicieron fuerza y de
inmediato los pies de Kosha flotaron en el aire. Lucien lo bajó con la misma
ligereza con la que lo había colgado en el candelabro. Y acto seguido se sentó
en la silla de al lado llevándoselo consigo.
Era la silla del escritorio de su despacho.
Una silla sumamente solemne en la que daba la impresión de que no se debían
hacer ese tipo de cosas tan informales como sentarse el uno sobre el otro.
“¿Te duele mucho? Déjame ver”.
Sin embargo, a Lucien no parecía importarle
mucho. En cualquier caso, pensando que esta era su oportunidad, Kosha asintió
con la cabeza con entusiasmo.
“Sí, sí. Me duele todo el cuerpo. Como ya
sabe, el oro de Idelma es para el maná del mago...”.
“No me refiero a eso. ¿Te raspa la piel?”.
Lucien, ignorando por completo las palabras de
Kosha, apoyó la barbilla en su hombro y le levantó las muñecas.
La piel de sus muñecas estaba un poco
hinchada. La piel de un mago es más débil que la de los humanos y, debido al
oro de Idelma, ni siquiera podía envolverse en una barrera protectora de maná,
así que era inevitable. Sin embargo, Lucien chasqueó la lengua y frunció el
ceño. Como si no hubiera previsto que pasaría aquello.
Se sacó una llave del bolsillo del pantalón.
Los ojos del mago brillaron por instinto. Ah, aquellas espantosas esposas estaban
hechas de tal manera que incluso la llave era de oro de Idelma. La magia no
funcionaba. No había forma de conseguirla a su antojo...
Ah, qué lástima...
Justo cuando el mago saboreaba la saliva sin
darse cuenta, Lucien, que le quitó una de las esposas con un chasquido, abrió
el cajón del escritorio y sacó un par de pañuelos. Kosha volvió a recobrar el
sentido.
Los pañuelos perfectamente doblados se
envolvieron alrededor de la muñeca de Kosha.
Lucien, que hizo un nudo con la misma destreza
con la que se pone un vendaje, le colocó las esposas encima. Y repitió el mismo
proceso en el otro lado.
No es que por añadir un trozo de tela fuera a
desaparecer el poder del oro de Idelma. Aunque al menos la piel se hincharía un
poco menos. Kosha dejó caer su cuerpo al sentir cómo se quedaba sin fuerzas.
“¿No hay forma de quitarme las esposas pase lo
que pase?”.
“No, es el castigo por haber deambulado por
ahí a tu antojo”.
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Para tratarse de un castigo, su tono de voz
era de lo más dulce. Kosha volvió a refunfuñar, incapaz de apartar la mirada
del bolsillo del pantalón a donde regresaba la llave.
“¿Y hasta cuándo tengo que recibir este
castigo?”.
“Bueno...”.
Lucien le depositó un beso en la sien a Kosha.
“Hasta que el castillo se vuelva un poco más
seguro”.
“Soy un mago. Para mí no hay ningún lugar
peligroso”.
“¿Eres un mago? Hace nada decías que eras un
cuidador de gansos”.
Kosha se quedó boquiabierto ante ese juego de
palabras con el que fingía poner una barrera a propósito. Lucien se rió entre
dientes y la volvió a cerrar empujando la barbilla hacia arriba.
“Esta tarde se llevará a cabo la ceremonia de
partida de mi hermano Bastian. Su ejército saldrá hoy del castillo, acampará
por un día en la puerta norte de Osterbelt y luego avanzará hacia el norte”.
Comenzó a explicar en voz baja. Era esa
pronunciación perfecta y ese tono de voz calmado y refinado que tanto le
gustaba a Kosha.
“Se puede engañar en cualquier otra cosa, pero
los movimientos de un ejército no se pueden ocultar. Nosotros también
enviaremos exploradores detrás de él, así que estimo que en unos diez días se
sabrán sus intenciones. Entonces nosotros también podremos responder, por lo
que la situación mejorará bastante”.
“……”.
“Así que quédate bien guardadito y quietecito
hasta entonces”.
Yo no quiero que las variables aumenten más
allá de esto, ¿lo entiendes?, susurró Lucien mientras le tomaba la mano a Kosha
y le depositaba un beso en el dorso.
Las comisuras de sus labios que se curvaban
sutilmente y la forma de sus ojos resultaban excesivamente hermosas. Tal y como
suelen verse los ojos de los hombres entusiasmados por su primer amor cuando
miran a la otra persona.
Por eso, Kosha no pudo hacer más que asentir
con la cabeza sin remedio alguno.
***
Kosha se quedó solo en el despacho de Lucien.
Seguía llevando las esposas puestas. Y afuera
había dos guardias vigilando.
‘Me daría mucha más tranquilidad saber que te
quedas aquí quietecito’.
Eso fue lo que dijo Lucien, pero para ser
honestos aquello era prácticamente un confinamiento. Por lo que, dependiendo
del caso, era un estado que bien podría haberse sentido como algo sumamente
humillante.
Sin embargo, el mago que sufría semejante
injusticia no se sentía precisamente de mal humor.
Porque... había desayunado junto a la persona
que le gustaba. En realidad era una hora ambigua entre el desayuno y el
almuerzo, pero en cualquier caso era la primera comida que hacían los dos
juntos. Consistió en una ensalada sencilla como entrada, crema de verduras,
beicon y verduras asadas. No fue nada lujoso, pero tenía todo lo necesario.
Originalmente Kosha solía comer a
regañadientes la primera comida del día, pero gracias a que Lucien le cortó las
verduras y el beicon en trozos pequeños y se los metió en la boca, terminó
comiendo un poco más de lo habitual. Al final, el mago, que se quedó sumamente
lleno y adormilado, terminó recostado lánguidamente en el sillón.
Kosha, que estuvo rodando un buen rato sobre
el diván del despacho vacío, de pronto se incorporó y escudriñó el despacho
lentamente.
Incluso el mero hecho de estar solo en ese
despacho ponía de buen humor al mago. ¿Acaso no era un lugar donde la seguridad
era importante? Que lo dejaran solo en un lugar así le hacía sentir que de
alguna manera se había ganado su confianza.
¿Estará bien que eche un vistazo solo un poco?
No tenía intenciones de espiar documentos
importantes. Solo... quería saber cómo trabajaba, qué tinta usaba, qué pluma
prefería usar, cosas de ese estilo...
Fue justo cuando Kosha caminó a paso ligero
hasta colocarse frente al escritorio de Lucien.
“Vaya, vaya, pero qué desastre es este”.
Kosha dio un respingo ante esa voz que se
escuchó a su espalda de la nada.
Al darse la vuelta sujetándose el corazón, que
se asustó tanto que casi se le sale por la boca, vio a una mujer de cabello
plateado sentada en el sillón que antes estaba vacío.
“Como su presencia se había desvanecido me
preguntaba si estaba vivo o muerto, y resulta que estaba llevando puesto
semejante objeto abominable”.
Murmuró ella chasqueando la lengua, como si
estuviera viendo algo que no debería verse. Kosha miró alternadamente sus
esposas y a la mujer con una expresión atónita.
Llevaba puesto el mismo vestido blanco de
aquella vez. Solo que la diferencia con aquella noche era que llevaba una capa
roja por encima.
“... ¿Cómo ha entrado aquí?”.
Cuando uno se asusta demasiado, ni siquiera
las palabras salen bien. Kosha preguntó lentamente abriendo y cerrando la boca.
Ella soltó una burla.
“¿Y a qué lugar no puedo ir yo? Y más todavía
estando ‘tú’ en semejante desastre”.
Se burló ella ladeando la cabeza y señalando
las esposas de Kosha con la barbilla.
“Haría falta algo más que esos gansos para
detenerme”.
“……”.
“Bueno, aunque hubieras estado en plenas
facultades físicas tampoco habrías podido detenerme ‘a mí’”.
Pudo percibir un maná que parecía que presumía
de sí mismo haciéndole cosquillas en la piel. El rostro de Kosha se fue
quedando sin expresión gradualmente. Kosha retrocedió medio paso poniéndose en
guardia.
“Voy a gritar para llamar a la gente. Afuera
hay guardias”.
“¿Y por qué no lo intentas?”.
Ella soltó una risita.
“Pero no sé yo si se llegará a escuchar
afuera. Si quieres, ¿grito yo por ti?”.
Un breve silencio invadió el despacho. Al
final, fue la mujer de cabello plateado la que apaciguó el ambiente haciendo un
gesto con la mano primero.
“No hace falta que te pongas tan a la
defensiva. He venido porque de verdad estaba preocupada. Pensé que ese mestizo
de Carlot te había matado y enterrado sin que nadie se enterara”.
“……”.
“¡Básicamente soy de las que piensa que los
magos deben ayudarse los unos a los otros para sobrevivir! Tú eres un mago
joven con un linaje extrañamente bueno. ¿No es normal que me preocupe?”.
Se levantó de su sitio. Llevaba puestos unos
zapatos y caminaba sobre el suelo de piedra, pero no se escuchó el más mínimo
sonido de pisadas, ni siquiera el roce de su ropa.
“¿Es usted una maga de la Torre de Gaicrux?”.
Preguntó Kosha lentamente. Ella, que caminaba
rodeando a Kosha, se detuvo lentamente a su espalda.
“Bueno, algo así. En este país los magos
suelen serlo, ¿no es así?”.
“Es que cuando la vi por primera vez pensé que
podría ser la maga de otro príncipe”.
“¿De otro príncipe? ¿No me digas que estás
hablando del segundo hijo?”.
Arrugó el entrecejo como si hubiera escuchado
algo repugnante.
“¡Semejante insulto!”.
“...Lo siento”.
Kosha se disculpó dócilmente. En cualquier
caso, se notaba que Bastian no era precisamente una persona que cayera bien,
incluso bajo los estándares de los magos de Iseland...
“Pero como no para de hablar mal de Su Alteza
Lucien, no pude evitar malinterpretarlo de esa manera”.
“¿Hablar mal? ¿A qué te refieres? Ah, ¿a lo de
llamarlo mestizo de Carlot?”.
Se rió entre dientes apoyando la mano en el
hombro de Kosha. Era evidente que su mano lo estaba tocando, pero curiosamente
no sentía nada.
“A un mestizo se le llama mestizo, ¿cómo
quieres que lo llame si no?”.
“……”.
“Como su linaje carece de raíces, es por eso
que usa a la ligera un objeto tan abominable como este”.
Dirigió la mirada por encima del hombro de
Kosha.
Humm... Miró alternadamente las esposas y a
Kosha, y luego ladeó la cabeza.
“¿Humm?”.
“... ¿Por qué me mira así?”.
“¿Acaso te estás quedando quieto a
propósito?”.
“¿Eh?”.
“Eso”.
Señaló las esposas.
“Puedes quitártelas”.
Las miradas de ambos se cruzaron de cerca. Sus
iris eran tan negros que no se distinguían las pupilas en el centro, lo que
hacía que se viera extrañamente ajena.
Kosha dio un respingo apartando el cuerpo y
negó con la cabeza con todas sus fuerzas.
“No sé... no sé de qué me está hablando”.
“……”.
“Esto es algo hecho de oro de Idelma. La magia
no funciona...”.
“Bueno, algo así... El oro de Idelma...”.
Asintió ella con la cabeza con desgana. Tras
terminar de rodear a Kosha caminando, se sentó en el reposabrazos del sillón.
“Ahora que lo pienso... ¿sabías que en la era
de los mitos no existía nada parecido al oro de Idelma? ¿Y cómo demonios se
fabricó ese objeto?”.
Tras dudarlo un momento, Kosha negó con la
cabeza levemente, a lo que ella le dedicó una sonrisa lánguida.
“Es normal que no lo sepas. Eso solo se
produce en una región específica de Carlot... A la cual ahora llaman Idelma.
Pero originalmente ese no era el nombre de esa tierra, sino el nombre de la
raza que gobernaba ese lugar”.
“……”.
“Se les llamaba ‘las hadas de Idelma’”.
Hadas. Kosha parpadeó.
“Es la primera vez que lo escucho”.
“Es que es algo de hace muchísimo tiempo. Eran
muy pocos ejemplares. Y además, como sus hábitats no se cruzaban con los de
ustedes, es por eso que con más razón no debían saberlo. A ellas les gustaba la
selva calurosa y fértil”.
No es del gusto de ustedes, ¿verdad?, añadió
ella.
Para usar la palabra ‘hábitat’, Kosha era un
mago de la ‘generación posterior’ que ya estaba demasiado humanizado... pero de
todos modos, la sola idea de una selva calurosa no le resultaba muy atractiva.
“A pesar de tener un aspecto físico sumamente
hermoso, no eran una raza fuerte. Las hadas suelen serlo, por lo general. Solo
que las de Idelma eran especiales porque sus fluidos corporales poseían una
fuerte resistencia al maná”.
“... ¿Acaso no eran seres vivos basados en el
maná?”.
“Eran hadas, así que eran seres mucho más
cercanos a la naturaleza que nosotros”.
La mujer asintió con la cabeza.
“Cuando yo tenía tu edad... No, cuando era un
mago recién nacido aún más joven que tú. En aquel entonces, los humanos del
oeste usaban la sangre de esas hadas cuando peleaban contra criaturas de maná.
La untaban en las puntas de las flechas o en las espadas. Eso no se puede
comparar con la porquería de oro de Idelma de ahora. Si te rozaba siquiera una
espada untada con esa sangre...”.
Era prácticamente un veneno mortal. Los magos
y seres parecidos simplemente se hacían añicos y morían, murmuró ella en voz
baja.
“A pesar de tener semejante sangre eran
demasiado indefensos, por lo que los seres vivos basados en el maná los
protegían. Para que no fueran capturados por los humanos. Las enormes tortugas
que gobernaban las tierras del oeste, los bueyes con cuernos y los leones con
alas eran los aliados de esa raza de hadas”.
Las criaturas que salían de su boca una tras
otra eran cosas que Kosha tampoco había visto en su vida. Solo salían en las
historias antiguas que le leían antes de dormir. Al igual que la ‘poción de
amor’, se transmitía que habían existido, pero ahora ya nadie era capaz de
recordarlas.
“Sin embargo, los humanos ganaron terreno y
esos aliados fueron extinguidos de esta tierra uno tras otro. Lo único que
quedó fueron sus descendientes con forma humana, ‘los magos’, y los humanos que
se preparaban para la guerra contra los magos empezaron cazando a esa raza de
hadas. Para usarlos como armas”.
“……”.
“Y la familia real de Carlot fue la que lideró
esa cacería. Sí, la familia materna del quinto hijo con el que estás viviendo”.
Lo miró directamente a los ojos y le dedicó
una sonrisa llena de significado.
“Capturaron a muchísimas hadas de Idelma. Les
extrajeron la sangre en vida y les hicieron cosas horribles. El destino de su
raza se vio en una encrucijada. Dudaron durante mucho tiempo, pero de todos
modos no tenían opción. Al final, ellas mismas eligieron extinguirse”.
“... ¿Extinguirse por sí mismas? ¿Se refiere a
que se suicidaron?”.
“Sí. Porque de seguir así, todas terminarían
siendo capturadas por los humanos”.
Kosha movió los labios sin encontrar las
palabras adecuadas.
“Aun así, cómo es posible que...”.
“Es que la muerte de ellas es un poco
diferente a lo que tú piensas. Viene a ser más parecido a ser absorbidas por la
naturaleza. O regresar al lugar de donde vinieron”.
Murmuró la mujer con voz indiferente.
“Así que se reunieron en un solo lugar y, en
el mismo día y a la misma hora, pusieron fin a sus propias vidas por mano
propia. A medida que la selva que protegían se secaba, el pantano se convirtió
en un desierto. Por azares del destino, yo misma presencié ese suceso...”.
Y sus palabras se desvanecieron mientras
arrugaba un poco el gesto. Kosha observó en silencio cómo ese rostro que
parecía una máscara firme e imposible de calcularle la edad se nublaba
ligeramente antes de volver a quedar inexpresivo.
“Todo desapareció así, en un abrir y cerrar de
ojos... Es irónico. Resulta que su sangre y sus lágrimas se filtraron en el
lecho rocoso de esa tierra donde murieron, haciendo que toda esa zona
adquiriera una fuerte resistencia al maná”.
“Ah”.
“Y el rey de Carlot, al enterarse de esa
noticia... ¡Sintió una gran lástima y la explotó convirtiéndola en una mina!”.
Qué repugnantes son los humanos, ¿no crees?,
añadió ella.
Kosha bajó la mirada aturdido hacia las
esposas que envolvían sus muñecas. Las palabras salieron de su boca con
timidez.
“Es la primera vez que escucho una historia
así”.
“Es que en el pasado las vidas giraban
únicamente en torno a los hábitats. No había nada parecido al intercambio.
Bueno, yo tampoco sé mucho sobre ‘ustedes’...”.
Sus ojos afilados se estrecharon mientras
escrutaban a Kosha. Cuando este encogió el cuello y miró a su alrededor alerta,
ella soltó una carcajada estrepitosa.
“Así que...”.
“¿Sí?”.
“¿Qué has sentido al respecto?”.
“¿Qué he sentido?”.
Kosha parpadeó desconcertado.
¿Qué se supone que debo sentir? ¿Que las hadas
me dan lástima...? ¿Que es trágico y triste...?
Daba la impresión de que su sola expresión de
duda dejaba al descubierto lo que pasaba por su cabeza. La mujer hizo un gesto
con la mano, como si estuviera perdiendo la paciencia.
“No me digas que después de escuchar una
historia así, ¿todavía tienes intenciones de seguir llevando esa porquería en
las muñecas? Pensé que te daría asco y te las quitarías de inmediato”.
Kosha volvió a bajar la mirada hacia sus
esposas. Sus pupilas rodaron de un lado a otro con confusión.
“Pero es que esto es oro de Idelma...”.
“¡Sí, oro de Idelma!”.
Gritó ella alzando la voz mientras se
levantaba de su sitio.
“¿Qué has estado escuchando todo este tiempo?
¿Acaso no lo entiendes? Al final es una cuestión de magnitud de poder. El oro
de Idelma no es infalible. No es más que una piedra que absorbió fluidos
corporales con resistencia al maná, eso es todo”.
“……”.
“Es una cuestión de concentración. Y,
dependiendo del caso, hasta se puede generar inmunidad”.
Su voz sugerente le susurró al oído con
disimulo. Fue justo en el instante en que Kosha iba a rebatirle.
“¿De verdad no puedes quitártelas? Piénsalo
bien”.
Y en un segundo se le encogió el corazón. Las
muñecas aprisionadas por las esposas sufrieron un leve espasmo.
Nadie abrió la boca, pero en ese instante
todos los presentes en ese lugar supieron la respuesta.
Y supieron también que el otro sabía la
respuesta.
Kosha tragó saliva con dificultad a través de
su cuello delgado. Negó con la cabeza lentamente.
“No puedo quitármelas”.
“... ¿Ah, sí?”.
Conque con esas tenemos.
Ella sonrió ladeando la cabeza.
“¿Entonces quieres que te las quite yo?”.
“……”.
Una hostilidad se reflejó en sus pupilas
verdes. En ese instante, las esposas que envolvían sus muñecas vibraron
levemente con un zumbido, y Kosha se mordió los labios apresuradamente mientras
retrocedía.
“No quiero”.
“……”.
“No me toque”.
Cuando Kosha directamente giró el cuerpo hacia
un lado como para esconder las manos esposadas, la mujer de cabello plateado
puso una expresión de incredulidad.
“Solo tienes buen linaje, pero resultaste ser
un completo tonto. ¿Cómo es que tomaste mi historia? ¿Acaso después de escuchar
eso todavía tienes ganas de seguir pegado a ese príncipe? ¿A ese linaje de
Carlot?”.
“...No veo qué tenga eso que ver”.
Kosha negó con la cabeza.
¿Acaso me está pidiendo que juzgue los pecados
de sus ancestros?
Pero si se tratara de juzgar todos los pecados
que corren por la sangre, Kosha tampoco estaría del todo limpio.
La maga de cabello plateado chasqueó la lengua
levemente. Kosha giró la cabeza esquivando sus dedos pulcros que se acercaban
como para envolverle la mejilla.
“Pobre e ingenuo lagartito...”.
“Solo soy un mago”.
“Los humanos son todos iguales, no cambian. Su
codicia... es la misma hoy que hace mil años o hace cien años”.
“……”.
“Entre más blando seas con ellos, más querrán.
Exprimirán tu maná, exprimirán tu sangre y exprimirán tus lágrimas. Y aun así
no estarán satisfechos y te pedirán más”.
“Su Alteza no es ese tipo de persona”.
“¿Tú crees?”.
Soltó ella una burla.
“No se puede evitar, aún eres muy joven.
Bueno... yo también tuve una época así”.
“Yo ya soy un adulto. Y hace mucho tiempo que
me gano la vida por mi cuenta”.
“¿Qué significado tiene el tiempo de los
humanos para nosotros? Siendo un lagartito al que ni siquiera le han brotado
las alas”.
Le cortó la palabra la mujer.
¿Alas? ¿Qué alas?
Kosha, asustado por esa parte que no se
esperaba para nada, movió los hombros sin motivo.
“Supongo que este ser que ha vivido tanto
tiempo tendrá que ser condescendiente contigo”.
La mujer de cabello plateado se arrancó un
botón del cuello de su ropa. Era un botón plateado simple, sin ningún tipo de
grabado.
“Si te dan ganas de verme, úsalo. En ese
momento tú sabrás cómo usarlo”.
“……”.
“Entonces disfruta al máximo de la estupidez
de la juventud. Al fin y al cabo, ese también es un privilegio de los días de
juventud”.
Caminó lentamente hacia la puerta. En el
instante en que su mano tocó el picaporte, Kosha abrió la boca.
“Espere un momento”.
Y, como si hubiera estado esperando
precisamente aquello, la maga de cabello plateado giró la cabeza.
“¿Por si acaso conoce a la Maestra de la Torre
de Gaicrux?”
“...Bueno, lo conozco lo suficiente como para
conocerlo”.
Sonrió ella con misterio.
“¿A qué viene eso?”.
“Es que me encontré con un mago llamado
Alphi... Parecía llevarse mal con esa persona que dicen que es la Maestra de la
Torre”.
“Ah, Alphi... Bueno, me parece haber escuchado
ese nombre alguna vez”.
¿Que se llevaba mal con la Maestra de la
Torre? No lo sé bien, murmuró ella.
“¿No lo sabe bien?”.
“No lo sé bien. Bueno, ¡me parece que en el
pasado hubo un tipo presumido con ese nombre! ¿A qué se dedica y dónde vive hoy
en día?”.
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“...Si no lo sabe, está bien”.
Kosha negó con la cabeza. Ella volvió a reírse
entre dientes.
“De acuerdo. Entonces quédate bien. Dale mis saludos
al quinto hijo”.
“……”.
“Pero a mi parecer, tú no le vas a contar
sobre este encuentro”.
Kosha dio un respingo. Sin importarle aquello,
ella tiró de la puerta que daba al exterior sin dudarlo y la abrió. Sin
embargo, más allá de ella no había ni guardias ni pasillo, solo se extendía una
oscuridad tan negra como el azabache.
Ella caminó directamente hacia ese lugar. Solo
el faldón de su capa roja ondeó como una lengua hasta el final antes de ser
absorbido por completo en la oscuridad.
Y la puerta se cerró con un estallido.
Fue un ruido tan estruendoso que hizo
estremecer el despacho, pero no llegó ninguna reacción por parte de los
guardias que debían estar ‘afuera de la puerta’.
***
“El mago del rey tampoco se ha dejado ver
hoy”.
Gosric se acercó y le susurró al oído en voz
baja. Lucien, sin cambiar de expresión en lo más mínimo, bajó levemente la
mirada y de inmediato aplaudió con una sonrisa radiante. Fue justo en el
momento en que los arqueros a caballo salieron marchando en fila frente a la
atalaya de la torre principal.
Ante el estruendo de los aplausos, el rey, que
estaba sentado en el trono, sufrió un espasmo y su cuerpo tembló. Lucien le
oprimió el hombro firmemente con una mano para tranquilizarlo.
“Majestad, debe mostrar su autoridad”.
“¿Q-qué está pasando, Lucien?”.
“Se está llevando a cabo la ceremonia de
partida de mi hermano Bastian”.
Era la tercera vez que repetía lo mismo desde
hacía rato.
Bastian, Bastian...
El rey desvarió un poco y luego abrió los ojos
de par en par.
“¿Betsy parte a una expedición? ¿A dónde?”.
A Lucien se le tensó la mandíbula bajo su
rostro sonriente.
Tú fuiste el que causó esto, maldita sea.
Conteniendo a duras penas el impulso de
estrangular a su progenitor en ese mismo instante, se esforzó por responder con
dulzura.
“...Va al norte”.
“¿Ah, sí? ¿Cómo es que las cosas terminaron
así? Seguro será peligroso, tendrá que tener cuidado...”.
Murmuró el rey. El médico del palacio lo había
diagnosticado como síntomas de delirio debido a la vejez, pero para Lucien era
imposible distinguir en qué se diferenciaba eso de simplemente haberse vuelto
loco.
Le dio unas palmaditas al rey en el hombro sin
ganas y se giró hacia Gosric. Su mano cubrió su boca con naturalidad.
“¿Tampoco está en su alojamiento?”.
“Su habitación sigue cerrada con llave y no
hay presencia de nadie”.
La mirada de Lucien volvió a recorrer la
atalaya. En realidad aquello era un acto inútil.
Si el mago del rey se hubiera presentado en el
lugar, debería estar al lado del rey. Para empezar, en Iseland donde el rechazo
hacia las razas no humanas era severo el de ‘mago del rey’ ni siquiera era un
cargo oficial. No era más que un puesto que permanecía bajo el favor del rey.
Y precisamente por eso, su prolongado encierro
resultaba sospechoso. Especialmente en un momento como este en que la salud del
rey empeoraba a cada momento, ausentarse de su lado era...
“……”.
Tras quedarse pensativo por un momento, Lucien
se acercó al rey y se inclinó.
“Majestad, ¿dónde está Castor?”.
Al pegarle los labios a la oreja y susurrarle,
el viejo rey volvió a asustarse. Jadeó y le devolvió la pregunta.
“¿Castor?”.
Al mencionar el nombre del mago, su expresión
fluctuó. Lucien esperó pacientemente. Después de un buen rato, el rey respondió
balbuceando.
“Ah, Castor es mi amigo... Es un mago
extrañamente maravilloso. Como sabes, entre los magos no abundan ese tipo de
personas...”.
“……”.
A Lucien se le saltaron las venas del cuello.
Volvió a esforzarse por sonreír y asintió con la cabeza.
“Sí, es que precisamente ese maravilloso amigo
suyo no se deja ver. Ya que mi hermano Bastian parte a una expedición, ¿no
sería bueno que le lanzara aunque sea un simple hechizo de protección?”.
“... ¿Verdad que sí?”.
Los ojos del viejo rey, que habían perdido su
brillo, parpadearon lentamente.
“Es verdad, ¿a dónde habrá ido Castor?”.
“¿No se han visto ustedes dos por separado?
¿Cuándo fue la última vez que lo vio?”.
“Uhm... estuvimos juntos en la llanura de
Anspetera”.
La batalla de la llanura de Anspetera; aquello
fue un suceso que ocurrió incluso antes de que el rey ascendiera al trono.
Lucien chasqueó la lengua, enderezó la espalda y apartó el cuerpo.
“A este paso voy a ser yo el primero al que se
le reviente el hígado de la desesperación”.
“...También intentaron forzar la puerta de su
alojamiento para entrar, pero dicen que parece estar protegida con maná”.
Añadió Gosric la noticia que acababa de
recibir con una expresión un tanto incómoda. Lucien levantó una ceja.
“¿Y la Maestra de la Torre sigue igual?”.
“Sí, él también, como siempre. Dice que
rechaza todo tipo de encuentros personales”.
Durante todo el periodo de su estancia en
Ostbrahe, la Maestra de la Torre estuvo rechazando cualquier otro compromiso a
excepción de la cena periódica con el rey.
El rey no paraba de soltar tonterías durante
toda la cena, y la Maestra de la Torre se reía y observaba la escena como si
aquello le resultara de lo más divertido, mientras que en medio de ambos Lucien
mantenía un rostro pacífico a pesar de que no pensaba más que en matarlos a los
dos.
Si tuviera que elegir el momento en que más
inútilmente desperdiciaba el tiempo últimamente, era precisamente en ese lugar.
Se le llamaba cena, pero en ese lugar nadie se llevaba comida a la boca. Y
encima no era capaz de descifrar las intenciones de la Maestra de la Torre, por
lo que solo le invadía la irritación.
“Si van a estar así, ¿para qué demonios
vinieron? En fin, los magos son todos unos...”.
Lucien detuvo sus palabras entre dientes y
volvió a aplaudir con una sonrisa. Los abanderados que llevaban los estandartes
estaban entrando a sus posiciones. Los estandartes con el escudo nacional de
Iseland donde se entrelazaban una corona y tres espadas y el estandarte del
señor de Aramor, Bastian en el que estaba dibujado un oso, ondeaban
entremezclándose desordenadamente.
La mirada de Lucien se desvió hacia el lado
opuesto de la atalaya. Pudo divisar a la princesa heredera de pie como una
muñeca con una expresión remilgada, como si no pasara nada, y a su lado a su
padre, Sir Marsus, riéndose a carcajadas y aplaudiendo.
Gosric, que seguía la mirada de su señor,
murmuró.
“...A simple vista todavía parecen llevarse
bien”.
“No se sabe. ¿Acaso no falta el estandarte de
Marsus?”.
Milot, que había permanecido de pie en
silencio, intervino señalando más allá de la atalaya con la barbilla. Gosric
frunció el ceño.
“¿No crees que eso sería demasiado? El
ejército de Ollet es, estrictamente hablando, la guardia de la capital”.
“En términos prácticos, no es que sumen
tropas, sino que solo envían a los abanderados. De forma simbólica. Claro que
eso también se puede ver como algo excesivo”.
Añadió Milot.
“Al fin y al cabo es una conquista aprobada
por el rey, y encima su hija ha concebido. Me parece que era perfectamente
posible. Más bien, ¿no es eso algo que le da más prestigio a Bastian?”.
“¿Y qué pasa si la posibilidad de que la
princesa heredera haya concebido sea una mentira? Por si acaso ese mago...”.
“Si van a estar parloteando salgan afuera a
hacerlo, que me distraen”.
Lucien los interrumpió girándose hacia ellos
de mal humor. Para llamarlo ‘parlotear’, ambos estaban conversando a un nivel
en que solo movían los labios, pero Gosric y Milot inclinaron la cabeza y
retrocedieron.
“……”.
Sin embargo, ese silencio tampoco duró mucho
tiempo. Lucien, que observaba la ceremonia de pase de revista más allá de la
atalaya con el rostro inexpresivo, no tardó en girarse hacia Milot.
“... ¿Y ese desgraciado?”.
Daba la impresión de que él mismo no era
consciente de ello, pero esta también era la tercera vez que repetía la misma
pregunta.
“El sirviente que fue hace un rato informó que
sigue en silencio”.
Y esta respuesta también se repetía de la
misma manera por tercera vez. Debido a esto, dos sirvientes andaban yendo y
viniendo entre el despacho del ala oeste y la torre principal como si les
estuvieran ardiendo los pies.
Milot se imaginó a ‘ese desgraciado’ que
estaría encerrado en el despacho de su señor. A ese mago que, llevando puesta
una ropa ridícula por alguna razón y encima con esposas como si fuera un
criminal, no paraba de acaparar la mirada de la gente.
Incluso después de haberlo bañado por primera
vez, pensó que tenía un rostro que llamaba bastante la atención, pero al
regresar tras el periodo de confinamiento y verlo, se dio cuenta de que lo que
fuera que hubiera pasado durante ese tiempo, aquello se había vuelto peor. No
era adecuado expresarlo con palabras tan planas como decir que simplemente se
había vuelto más hermoso.
Aquello era más bien... parecido a estar a
punto de florecer. Una flor a punto de abrirse, una fruta a punto de ser
cosechada, algo de ese estilo.
Por supuesto que Milot era un hombre que
incluso tenía una prometida en Carlot, y tampoco es que estuviera tan loco como
para dejarse cautivar por un mago sospechoso... pero el hecho de que
comprendiera en un instante la acción de su señor de echarle la capa por encima
de golpe para cubrirlo, lo decía todo.
Tragó saliva disimuladamente mientras leía el
ambiente de su señor y preguntó con cautela.
“Si tanto le preocupa, ¿quiere que le diga a
alguien que eche un vistazo?”.
Sin embargo, Lucien frunció el ceño por
reflejo.
“Bueno, mandando a alguien”.
“……”.
“Él está esposado ahora mismo, ¿te harás
responsable si algo sucede?”.
“No, en absoluto”.
Milot sacudió la cabeza rápidamente.
De todos modos, era un hecho que las
capacidades físicas de ese mago eran inferiores a las de una babosa. Con su
poder mágico restringido, sería problemático si algún soldado demente se dejara
cautivar por ese rostro y alimentara vanas intenciones. No es que alguien se
atreviera a hacerle eso al mago de su señor, pero ese tipo de incidentes
ocurrían con una frecuencia sorprendente justo cuando uno empezaba a
olvidarlos. Especialmente con parejas sentimentales sin matrimonio formal, es
decir, con las llamadas ‘concubinas’.
Aunque, a decir verdad, no estaba seguro de si
se podía llamar ‘concubina’ a ese mago…
Sea como sea, no era un secreto que su señor
compartía la cama con él. Para empezar, en una corte como esta, los secretos no
existen. Lo mejor era ser precavido con lo que se debía cuidar.
…Pero si va a ser así, que no actúe como si
tuviera un ataque de celos paranoico. ¿Quién fue el que armó un escándalo
pidiendo que trajeran las esposas de oro de Idelma primero?
Mientras Milot suspiraba en silencio, Lucien
murmuró para sí.
“…Sería bueno que hubiera una forma de ver qué
está haciendo”.
“¿Perdón?”
“¿No dijo él que sabía dónde estaba yo?”.
Milot dudó de sus oídos ante ese discurso casi
inaudible. Lucien sacudió la cabeza como si espantara pensamientos inútiles y
se dio la vuelta. Bajo la torre de vigilancia, Bastian, montado a caballo, se
adelantaba.
“Iré a despedir a ese cerdo, así que organiza
este lado. Y tú, vigila al Rey hasta el final”.
Lucien palmeó el hombro de Gosric y bajó de la
torre. Los caballeros de la guardia le siguieron en fila, dejando a Gosric y
Milot intercambiando miradas de desconcierto.
La ceremonia de partida concluye con la
familia real despidiendo y bendiciendo personalmente al comandante que parte.
Normalmente, esta tarea recae en el sucesor designado, pero en una situación
incierta como la actual, a veces la desempeñaba el miembro directo de la
realeza con más experiencia militar.
Hasta ahora, cuando Lucien partía, este papel
lo ocupaba la primogénita, Arabella. Aunque la relación entre ambos no era
buena, los dos tenían personalidades pragmáticas, por lo que nunca hubo grandes
inconvenientes.
Sin embargo, Bastian era diferente…
Lucien se esforzó por borrar el cansancio de
su rostro y montó de un salto en su caballo. Sus caballeros hicieron lo mismo
al unísono. Tras echar una mirada atrás, Lucien tiró de las riendas con una
mano.
Desde la puerta interior de Ostbrahe hasta la
muralla exterior; era un desfile que atravesaba la ciudad liderando la
caballería.
El caballo blanco de Lucien cruzó lentamente
la puerta del castillo. Al mismo tiempo, estalló un clamor atronador.
Este tipo de desfiles son un gran
entretenimiento para los ciudadanos de vida monótona. Especialmente las
ceremonias de partida, donde pueden admirar a multitud de caballeros armados
con relucientes armaduras de placas.
Bastian ya estaba fuera de la puerta.
En cuanto apareció Lucien y los vítores
resonaron, el rostro de Bastian se contrajo.
Por favor, pedazo de idiota, hay muchos ojos
mirando, haz algo con tu expresión.
Lucien se tragó los insultos, manteniendo su
propio semblante sereno.
El bien entrenado caballo blanco de Lucien no
se asustó por los gritos y caminó calmadamente hasta situarse al lado del
caballo negro de Bastian. Sus miradas se cruzaron. En un instante, la mano de
Bastian se alzó.
¡Paff!
Le golpeó el pecho a Lucien con el puño sin
previo aviso. No fue un golpe con intención de matar, pero tampoco fue débil.
Bastian era un hombre robusto, y si Lucien no tuviera un cuerpo entrenado,
podría haber caído del caballo.
Lucien tosió brevemente. Se sintió cómo la
multitud se agitaba al notar la atmósfera inusual entre los comandantes en
vanguardia. Justo cuando los vítores empezaban a apagarse extrañamente, Lucien
recuperó la compostura y entornó los ojos con una sonrisa. Con una sonrisa
radiante, levantó la mano y saludó a la gente.
“¡Waaaaa—!”
La multitud olvidó todo al instante ante la
sonrisa del hermoso y prestigioso príncipe y volvió a vitorear. Pétalos
artificiales volaban por el aire y la gente extendía los brazos para intentar
tocarlo, aunque fuera de lejos.
“Así es como se hace, hermano”.
Susurró Lucien. Solo lo suficiente para que
Bastian, a su lado, pudiera oírlo. El rostro de este último se arrugó aún más.
“Maldito insolente…”.
“Se lo enseño como un favor especial, ¿por qué
se pone así? Además, hay muchos ojos mirando. Contrólese”.
Gente apiñada en las calles, ventanas y
tejados observaba. Al ver cómo Bastian apretaba las manos sobre las riendas,
Lucien se burló por dentro. Si tan solo Arabella hubiera estado allí, él le
habría cedido este papel sin dudarlo.
A diferencia de Bastian, que ya iba
fuertemente armado, Lucien vestía una armadura ligera. A decir verdad, era un
atuendo sin mucha coherencia: demasiado ostentoso para un caballero y demasiado
armado para un miembro de la realeza.
Sin embargo, a los súbditos que se reunieron
para verlo no les importaba eso. Al contrario, era lo suficientemente
autoritario y hermoso a la vez como para convertir a Lucien en el protagonista
del desfile en un instante. Comparado con el joven príncipe rubio de armadura
ligera, Bastian, con el yelmo puesto, parecía casi uno de sus guardias.
Una niña se adelantó tímidamente y le ofreció
algo a Lucien. Era una pulsera hecha de hilos y cabellos entrelazados, un
amuleto para desear buena suerte en la guerra. Lucien se inclinó desde el caballo,
aceptándola con una sonrisa amable. El rostro de la niña se puso rojo como un
tomate.
Al pueblo no le importa qué príncipe va a
dónde ni para qué; simplemente, Lucien les resulta más familiar y por eso le
entregan amuletos.
Lucien le pasó disimuladamente la pulsera a
Bastian. Hasta ese momento, nadie le había entregado nada a él.
“¿Quiere llevársela?”.
“…Quita esa porquería de mi vista”, escupió
Bastian. “¿Acaso pretendes ser el rey de los mendigos? ¡Ja! Es un puesto que le
queda perfecto a un sucio bastardo”.
Ante las palabras que buscaban provocarlo
deliberadamente, Lucien se encogió de hombros con naturalidad.
“¿Mendigos? Ellos son quienes procrean y
trabajan para llenar el tesoro real”.
“……”.
“Solo cuando el tesoro está lleno puede usted
permitirse sus insignificantes juegos de guerra. Supongo que no lo sabe, ya que
nunca ha tocado la administración en su vida”.
“¡Cómo te atreves a decir eso con esa boca…!”.
La mano de Bastian se movió, pero Lucien fue
más rápido. Su mano, cubierta por un guante de cuero de montar, agarró y
presionó el guantelete metálico de Bastian. Aunque sus complexiones parecían
similares, era difícil para alguien que solo había vivido como realeza vencer
en fuerza a alguien que recibió entrenamiento de caballero. El rostro dentro
del yelmo se puso al rojo vivo.
Tras un breve forcejeo, Bastian cedió primero.
Tras soltar la mano de Lucien con brusquedad, Bastian murmuró insultos entre
dientes, mientras Lucien simplemente apartaba la mirada.
De todos modos, el desagrado era mutuo.
La pulsera que colgaba de su mano en las
riendas llamó su atención. Los colores de la pulsera, trenzada con hilo verde y
cabello castaño, le recordaron de algún modo a alguien que no estaba allí.
‘…Yo tenía dieciocho años entonces, y le
entregué flores a Su Alteza’.
Ante la voz borrosa que surgió naturalmente en
su mente, Lucien entornó los ojos. Mientras tanto, hubo algunas personas más
que le ofrecieron ramos de flores y regalos. Aunque los aceptaba con una
sonrisa habitual, no podía dejar de pensar en él.
Dieciocho años. El mago a los dieciocho años.
…Kosha, con dieciocho años, acercándose a él
para darle flores.
Al principio lo dejó pasar sin darle
importancia, pero… a medida que lo imaginaba, se sentía cada vez más extraño.
Ahora, la combinación de esas palabras se sentía rara. Dieciocho años es
demasiado joven. Ese mago que aún tendría rastros de infancia… ¿Cuántos años
tenía yo entonces? ¿Qué estaba haciendo?
¿Se podía permitir que ese mago despistado,
que debió serlo aún más de joven, entrara libremente al castillo para ofrecerle
flores a un hombre adulto, y encima a un caballero?
La mente de Lucien desarrolló su propia
lógica. El hecho de que fuera común que los niños entregaran flores o amuletos
a los caballeros, y que un hombre de dieciocho años ya tuviera edad para ser
nombrado caballero, no existía en su cabeza en ese momento.
De repente, Lucien levantó la vista y escaneó
a la multitud que lo vitoreaba. Sintió la sospecha de que ese mago desobediente
podría haber escapado para venir a mirar. Por supuesto, era imposible. Lo había
dejado bien atado.
Hizo bien en dejarlo atado. Pero… ¿estaría
decepcionado? Si es que le gustaba ver este tipo de desfiles. ¿Querría verlo?
Si lo que le gustaba era verlo arreglado, podría entrar y mostrárselo por
separado más tarde, pero…
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¿Pero acaso ese tipo le dio flores solo a él?
Lucien miró hacia atrás de reojo. Entre los caballeros que lo seguían, algunos
también recibían ramos o regalos ocasionales.
Siguiendo el diseño meticuloso de sus
asesores, los caballeros que acompañaban a Lucien en sus agendas externas eran
en su mayoría hombres de buen parecido y expresión suave. Era natural que ellos
también ganaran popularidad.
¿No habría ese mago entregado de todo a
cualquier hombre bien parecido con armadura?
La sospecha que surgió de pronto le pareció
bastante plausible…
“¿En qué tonterías estás pensando, payaso?”
Una voz metálica resonó en sus oídos. Su
mente, sumergida en delirios que eran como un dulce veneno, fue arrastrada de
vuelta a la realidad en un instante.
Ya estaban en la muralla exterior de Ostbrahe.
Por fin, el tedioso acompañamiento terminaba. Lucien ocultó su expresión y
sonrió suavemente.
“Me distraje porque me embargó la emoción de
despedir a mi hermano”.
“……”.
“Ha sido un honor poder acompañarlo en su partida”.
La elección de palabras fue peculiar.
‘Despedir’ y ‘el camino de partida’. Ambas se
usan normalmente hoy en día, pero en el lenguaje antiguo también se usaban para
referirse a celebrar un funeral.
El lenguaje real es donde más rastros del
lenguaje antiguo quedan. Por muy ignorante que fuera Bastian, criado en
palacio, era imposible que no lo entendiera. Su rostro se congestionó.
Las manos entrelazadas de los dos hermanos se
apretaron con fuerza. Las venas del cuello se marcaron y sus hombros chocaron.
“Presume todo lo que quieras mientras puedas.
No te queda mucho”.
“¿Ah, sí?”
“Cuando regrese, te arrastrarás como un perro
a mis pies pidiendo clemencia”.
La voz de Bastian era baja y sombría. La
expresión desapareció del rostro de Lucien.
“Lávate el cuello y espera, sucio bastardo”.
La mano gruesa enguantada en metal apretó con
fuerza antes de soltarse bruscamente. Acto seguido, con un grito de ‘¡Arre!’,
su caballo negro salió disparado. El grupo de caballeros que lo escoltaba
galopó tras él hacia la llanura.
Ante el espectáculo de los caballeros
cabalgando con sus banderas ondeando, un último estruendo de vítores resonó
desde el interior de la puerta.
“…Aún no ha aprendido a cuidar sus palabras”.
Murmuró Lucien mientras observaba la escena
con indiferencia. Luego se volvió hacia sus caballeros.
“A partir de ahora, nuestra prioridad es la
seguridad del Rey. Dupliquen el personal de escolta y de guardia, e incluyan al
menos a dos de los nuestros en cada grupo”.
“¡A sus órdenes!”.
“Médicos, boticarios, sirvientes… vuelvan a
verificar la identidad de todo aquel que tenga contacto con el Rey.
Identifiquen a sus familias para tener rehenes, y si alguien no tiene familia
adecuada, retírenlo de sus funciones por ahora”.
“Lo tendremos presente”.
Las respuestas llegaron con disciplina y sin
vacilación. Tras confirmar uno a uno los rostros conocidos mirándolos a los
ojos, alzó la voz por última vez.
“Paz y gloria para Iseland”.
“¡Paz y gloria para Iseland!”.
Era evidente que Bastian tramaba algo con esta
partida. Era poco probable que ese idiota, que era secretamente cobarde,
actuara así sin alguna ‘garantía’. Esta vez incluso movilizó a 5,000 soldados.
La escala era mayor que en cualquier
enfrentamiento previo con Bastian. Sin duda, el tipo tenía algo en lo que confiar.
Y fuera lo que fuera, por supuesto, Lucien no
pensaba ceder nada.
Así que, primero, lo que estaba a su alcance.
Lucien giró lentamente su caballo. Entregó el
ramo de flores y la pulsera de hilo y cabello a un caballero escolta.
“Deshazte de esto discretamente”.
El escolta, que ya conocía bien su
temperamento, la recibió en silencio con una inclinación de cabeza.
De todos modos, teniendo a alguien en sus
aposentos privados, no sería apropiado regresar con una pulsera que contenía el
cabello de otra mujer.
***
Sintiendo que alguien le manoseaba el cuerpo
entre sueños, Kosha abrió los ojos con dificultad.
Se preguntó si se había vuelto a dormir, pero
en realidad fue más cercano a un desmayo. Era algo común cuando el poder mágico
no circulaba correctamente por el cuerpo durante mucho tiempo, pero
desafortunadamente, tanto Kosha como Lucien ignoraban los detalles sobre el
cuerpo de un mago.
Lucien se había subido sobre la persona
desmayada sin miramientos, y Kosha recuperó el sentido por eso. En realidad, fue
más bien la conciencia del mago reaccionando al poder mágico propio que quedaba
dentro del cuerpo de Lucien.
“Uh, ¿quién…?”,
Kosha, aplastado boca abajo, apenas pudo
balbucear. En lugar de responder, una mano grande se deslizó hacia su bajo
vientre y desató el cordón de sus pantalones. Sin detenerse, la mano se
infiltró bajo la ropa interior, acariciando a su antojo la entrepierna y los
muslos.
“¿Alteza?”.
“¿Quién más iba a ser?”.
La voz familiar susurró al oído de Kosha.
Ah, menos mal…
Kosha se movió un poco y, aliviado, relajó el
cuerpo dócilmente. En ese momento, Lucien frunció el ceño ante su extraña
reacción.
“¿Qué pasa? ¿Realmente hubo alguien más?”.
“¿Eh?”.
“Digo que si alguien entró aquí y te tocó
mientras yo no estaba”.
Ante el repentino tono serio, Kosha se
desconcertó. Y, sin poder evitarlo, el incidente con la maga de cabello
plateado cruzó fugazmente su mente.
Esa maga sí le había tocado el hombro
ligeramente… Aunque seguramente él no se refería a eso. El problema fue que,
debido a ese pensamiento, su respuesta se retrasó un poco.
“Ah, ¿no?”.
“……”.
Ante una respuesta sospechosa para cualquiera,
Lucien guardó silencio un momento. La mano que estaba amasando a su antojo la
carne interna del muslo de Kosha salió de los pantalones y giró su mejilla para
obligarlo a mirar.
Sus ojos se encontraron. Las pupilas verdes de
Kosha rodaron de un lado a otro evitando las grises azuladas.
“¿Quién se atrevería a hacer tal cosa…?”.
Añadió Kosha torpemente. Era, en parte,
instinto de mago.
Ella tenía razón. El mago no le contaría a
Lucien sobre ella. Aún no había juzgado suficientemente qué tipo de existencia
era: si aliada o enemiga.
Lucien, que observaba a Kosha como si lo
estuviera evaluando, de repente lo incorporó y sacó la llave de las esposas de
su bolsillo.
¿A qué viene esto?
Los ojos de Kosha se agrandaron.
Tras quitarle las esposas, Lucien manipuló sus
muñecas un par de veces y le quitó la túnica gris. Debajo, aún llevaba el
camisón tipo vestido.
“Levanta las manos, bien alto”.
Ordenó Lucien con frialdad. Cuando Kosha
levantó las manos como se le ordenó, Lucien le quitó el camisón de un tirón.
En un instante, Kosha quedó completamente
desnudo, a excepción de una sola prenda de ropa interior. Frente a él, Lucien,
impecablemente arreglado, lo observaba. Cuando Kosha, sintiéndose fuera de
lugar, frotó sus muslos con torpeza, el noble frunció el ceño y chasqueó la
lengua.
“¿Quieres dejar las piernas quietas?”.
Una mirada afilada recorrió cada rincón del
cuerpo de Kosha, como si buscara confirmar la presencia de cualquier marca o
rastro desconocido. Se detuvo con obsesión en sus pezones de tono pálido, el
ombligo, las prominentes escápulas de la espalda y los tobillos.
Sin embargo, el cuerpo del mago estaba limpio,
como la primera nieve caída durante la noche. Solo quedaba una marca rojiza en
la cara interna del muslo, exactamente del tamaño de la mano de Lucien, donde
él lo había apretado momentos antes.
“La piel blanda resulta útil en estos casos”.
Murmuró Lucien para sí mismo antes de ponerle
una prenda nueva sobre la cabeza.
Era ropa que había traído deliberadamente para
cambiarlo. Aquel maldito camisón tipo vestido le ponía de los nervios; cada vez
que el mago se movía un poco, la prenda se le subía hasta los muslos.
Kosha, víctima de este repentino atropello,
miraba con desconcierto a Lucien mientras este lo asistía. Le resultaba absurdo
que lo tratara como a un niño de cinco años, metiéndole cada pierna en los
pantalones, pero debía admitir que los movimientos de Lucien al anudar los
cordones y ajustar la ropa eran sorprendentemente hábiles.
¿Cómo alguien que ha sido servido toda su vida
puede ser tan bueno en esto?
En la mente de Kosha, ya era un hecho
consumado que Lucien había tenido muchísimos amantes en el pasado. Y
seguramente, había sido un amante muy atento.
Aunque ahora es conmigo con quien duerme.
Le habían enseñado que un hombre que indaga en
el pasado o que siente celos es patético, pero no podía evitar ese sentimiento
punzante. Por ello, terminó cuestionando algo que normalmente habría dejado
pasar sin rechistar.
“Alteza... ¿acaso me ha examinado porque
realmente creía que alguien me había tocado?”.
Era, por así decirlo, una forma de tantear el
terreno. Lucien no respondió. Kosha, observando su reacción, insistió en su
queja.
“Alteza, no resulta nada atractivo que actúe
como un marido celoso y paranoico”.
Después de todo, aquella desconfianza
innecesaria no le resultaba agradable. Ni como ‘amante’ ni como mago ¿un
momento, realmente eran amantes? Esperaba que sus palabras fueran ignoradas o
tachadas de tontería, pero la reacción de Lucien fue inesperadamente intensa.
“¿Marido celoso?”.
Se incorporó bruscamente, con el rostro serio.
Kosha se encogió, asustado. Lucien ya era un hombre imponente de por sí, pero
con aquel atuendo formal y esa aura autoritaria, resultaba abrumador.
“¿Dices que esto son celos de un marido?”.
Preguntó, como si fuera él quien exigiera
explicaciones.
Kosha sintió que si respondía afirmativamente,
se metería en un lío. ¿Era para tanto? Aturdido por la presión, negó frenéticamente
con la cabeza.
“Ah, no”.
“...”.
“No es eso. Es... es solo algo que escuché por
ahí. Lo siento”.
Finalmente, Kosha murmuró una disculpa. Lucien
chasqueó la lengua con desagrado, pero el ambiente se suavizó notablemente.
“No es que sospeche de ti, es que tú me pones
nervioso con tu actitud”.
“¿Yo... hago eso?”.
“Sí, tú”.
Él empezó a juguetear con el cabello rizado y
revuelto de Kosha, imitando su tono de voz.
“Vivir con esos gansos extraños te ha pegado
malas costumbres. Te escapas a tu antojo y no escuchas. ¿Cómo no voy a estar
inquieto?”.
“¿Tanto así?”.
Kosha puso cara de impacto.
¿De verdad había causado tantos problemas?
Para él, ser comparado con sus gansos
significaba ser extremadamente desobediente.
Lucien soltó una pequeña risa ante aquella
expresión de desconcierto. La tensión afilada desapareció en un parpadeo y
volvió a acercarse a Kosha. Usó como excusa el terminar de anudar los cordones
de la túnica, pero la cercanía era excesiva. Sus labios buscaron su lugar junto
al oído de Kosha.
“Así que, dime una cosa”.
Su voz ahora era tan dulce como si estuviera
bañada en miel. Kosha tragó saliva involuntariamente.
“¿El qué?”.
“¿Le has dado flores a algún otro hombre que
no sea yo?”.
Kosha se atragantó con su propia saliva y
soltó una pequeña tos.
“¿A otro hombre?”.
“No sé, ¿a alguno de mis caballeros? Durante
los desfiles, por ejemplo”.
Aquello era tan absurdo que el rastro de
embriaguez mental desapareció de golpe. Kosha se quedó boquiabierto.
“Alteza...”.
“Es cosa del pasado, así que sé sincero.
Solo... me dio curiosidad de repente”.
“¿Usted no sabe el esfuerzo que requiere
entregar una sola flor...?”.
Su tono era casi de lástima, como si hablara
con un niño que ignora cómo funciona el mundo. Mientras Lucien se quedaba
helado, Kosha continuó con calma.
“Alteza, para entregar un ramo de flores,
primero hay que entrar temprano al castillo y conseguir un sitio. Si es un
evento grande, la competencia por la primera fila es feroz. Yo vivo fuera del
castillo, así que tuve que acampar frente a la puerta. Y no era el único; los
guardias te despiertan a cada rato para comprobar que no eres sospechoso”.
“...”.
“Incluso si consigues sitio, no termina ahí.
La guardia de la capital pasa constantemente ordenando la calle y revisando a
la gente. Tienes que declarar el regalo con antelación para que lo
inspeccionen; si no, podrías terminar arrestado”.
Recordó aquel momento. Los guardias lo miraron
con sospecha por ser un hombre adulto haciendo algo que solían hacer los niños.
Lo revisaron con tanta minuciosidad que Kosha temió que estropearan el ramo que
tanto esfuerzo le había costado hacer.
“En fin, es algo que se hace por puro afecto.
No es algo que puedas hacerle a cualquiera. Ni es algo que se pueda repetir
muchas veces”.
Quizás otros lo hicieran, pero la vida de
Kosha no era tan fácil. Justo cuando empezaba a sorberse la nariz por la
nostalgia de aquellos recuerdos, Lucien bajó la cabeza repentinamente.
Sus labios se sellaron.
“¡...!”.
Fue un beso sin preámbulos ni advertencias.
Los ojos de Kosha se abrieron de par en par, y Lucien aprovechó la sorpresa
para invadir su boca. Las lenguas se enredaron, él recorrió su paladar y
mordisqueó sus labios antes de separarse apenas unos milímetros.
“Dilo otra vez”.
“¿Qué?”.
“Lo de antes. ¿Por qué dices que se hace?”.
Sus labios rozaban los de Kosha al hablar.
¿Por qué? Kosha intentaba recuperar el aliento, incapaz de seguir el ritmo. Su
mirada vagaba perdida.
“¿Por... afecto?”.
En cuanto lo susurró, Lucien volvió a besarlo,
esta vez con más profundidad.
No se lo doy a cualquiera, solo a ti, por puro
afecto.
Lucien cerró los ojos ante un punzante dolor
de cabeza. No recordaba el brazalete ni las flores que había recibido apenas
unas horas antes; aunque seguramente pasaron por el mismo proceso, ese hecho se
le había borrado por completo.
Era simplemente... eso. La palabra grabada en
su mente era terriblemente dulce. Por eso, no pudo contener el impulso. Aunque
aún no había anochecido, era como si el efecto de una ‘poción’ se hubiera
desatado.
Lucien apresuró las manos de Kosha, que
flotaban en el aire, y las inmovilizó. Justo cuando la espalda de Kosha fue
presionada contra el respaldo de la silla por la fuerza de Lucien...
¡Toc, toc, toc!
Alguien llamó con fuerza a la puerta del
despacho. Kosha, asustado, empujó a Lucien por instinto. Sus labios se
separaron, y Lucien pudo sentir el pulso acelerado bajo la fina piel de las
muñecas que aún sujetaba.
Entonces, se oyó el leve chirrido de la puerta
al abrirse. Aunque solo fue una rendija desde la cual no podían ser vistos, fue
suficiente para que entrara la voz. Un carraspeo incómodo llegó desde el
umbral.
“Ejem, ejem...”.
“...”.
“Alteza, si el... ‘interrogatorio’ ha
terminado, deberíamos proseguir con los asuntos pendientes...”.
Era Milot, sin duda. Lucien se pasó la mano
por el pelo y chasqueó la lengua con fastidio. Limpió los labios húmedos de un
Kosha todavía aturdido y le puso con cuidado su túnica gris. Dudó un momento
mientras sostenía las esposas de oro de Idelma, pero finalmente negó con la
cabeza y se las guardó en el bolsillo.
“Mientras estés conmigo te las quitaré, pero a
cambio, pórtate bien”.
Ante aquella inesperada concesión, Kosha
asintió frenéticamente, aunque seguía algo aturdido.
Parecía que el trabajo de Lucien se había
acumulado. Tras dar la orden de entrar, la puerta se abrió del todo y una
procesión de personas ingresó al despacho; debían de haber estado esperando
fuera. Todos cargaban pilas de pergaminos y documentos. Los caballeros estaban
más armados de lo habitual, y Kosha reconoció rostros como los de Edric o
Gosric. Todos lucían semblantes graves.
Al ver la seriedad del ambiente, Kosha se
sintió avergonzado por haber estado tan distraído. Se encogió en un rincón del
diván como un gato asustadizo, bajo la mirada de reojo de Milot.
A Milot le bastó ver el rostro encendido y los
labios hinchados para saber perfectamente qué habían estado haciendo. Chasqueó
la lengua mentalmente. Le parecía increíble que el mago no pareciera consciente
de que lo trataban como a una concubina. Con todo, y a pesar de sus sospechas,
Milot no detestaba al mago. En una corte llena de gente peor que basura,
alguien tan dócil y amable era una rareza. En el fondo, esperaba que todas las
sospechas contra él resultaran ser infundadas.
De hecho, su simpatía por él acababa de subir
un punto. Exactamente desde el momento en que el mago mencionó lo de ‘marido
celoso’.
Hay que tener valor para decirle eso a la
cara... lo que todos pensamos pero nadie se atreve a decir.
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Y lo más increíble era que Lucien, contra todo pronóstico, se había mantenido tranquilo. Con su temperamento, lo normal habría sido que estallara.
Definitivamente, este mago no es una persona
común...
Mientras Milot se perdía en sus pensamientos,
una voz afilada lo sacó de su ensimismamiento.
“¿No vas a trabajar? ¿Tan relajado estás?”.
Era su señor, con el ceño fruncido y un tono
visiblemente irritado.
“Sí, sí, por supuesto”.
Respondió Milot mientras depositaba los fajos
de documentos.
Sobre la amplia mesa se desplegó un mapa y se
organizaron los pergaminos.
“Hemos gestionado lo más urgente. Para la
escolta del Rey, hemos designado a Arman y Luden al frente...”.
Las voces de los consejeros y comandantes se
mezclaron en un caos ordenado. Al principio, la presencia del mago los
incomodaba, pero pronto se olvidaron de él. El mago de la túnica gris era
sorprendentemente invisible; aun sabiendo que estaba allí, su presencia era tan
tenue que resultaba fácil ignorarlo.
“...Mañana por la mañana llegará a la puerta
norte de Osterbelt el último edicto de campaña con el sello real”.
“Ese tipo regresará sin duda. Su objetivo es
golpearme a mí. Es solo cuestión de tiempo”.
Sentenció Lucien.
“¿Hay alguna posibilidad de que Arabella
regrese mientras tanto?”.
“Si regresa, ¿crees que se enfrentará a
Bastian? Seamos realistas”.
“Se unirá a Bastian”.
Añadió Lucien con una sonrisa cínica.
“No hay mucho que pensar. ¿A quién eliminaría
ella primero? ¿A su hermano, que es un tonto al que puede manipular, o a su
medio hermano, que es astuto como un zorro?”.
“De hecho, es mejor que ella no vuelva por
ahora. No tenemos capacidad para luchar en dos frentes, norte y sur, mientras
defendemos Ostbrahe”.
“Incluso si Arabella se queda quieta, queda el
ejército de Ollet. Si Bastian regresa desde el noroeste donde está Gaicrux, y
Lord Marsus se mueve, nos veremos atrapados...”.
“¿Entonces dividimos el ejército?”.
“Eso dejaría brechas... La escala de las
fuerzas que pueden movilizar es...”.
Las piezas sobre el mapa se movían de un lado
a otro. Los consejeros discutían acaloradamente.
“Si es cierto que la princesa está encinta, es
probable que Lord Marsus ayude a Bastian, por mucho que se lleven mal. Si logra
sentar a Bastian en el trono, el futuro de ese niño está asegurado...”
“Y después podría deshacerse de Bastian y
actuar como regente”.
(Nota: Regente:
Persona encargada de gobernar, dirigir o administrar algo, especialmente de
forma temporal.)
“Esa criatura no debe nacer. Bajo ninguna
circunstancia”.
Intervino Lucien en voz baja, cortando la
discusión.
El ambiente se volvió pesado. Hablar de la
muerte de un niño no nacido resultaba desagradable incluso para hombres
curtidos en mil batallas, pero era una verdad estratégica innegable. La
influencia de un heredero era inmensa. Los dos hijos de Arabella habían muerto
jóvenes y Lucien era soltero. El nacimiento de un nieto real legítimo
consolidaría la posición de Bastian como nunca antes.
“...Pero, por supuesto, sería mejor acabar con
Bastian antes de tener que matar al feto. O al menos, convertirlo en alguien
‘no apto’ para el trono”.
“Mientras el Rey viva, cruzar las puertas de
Osterbelt con armas se considera traición automática, sea cual sea el motivo”.
“Hay algo ahí”.
Murmuró Lucien.
“Existe una forma de que atacarme en Ostbrahe
no se considere traición”.
Bastian parecía muy seguro de sí mismo al partir.
Aquel idiota tenía algo... algo que se les escapaba, o algún plan secreto.
“...Regicidio”.
Susurró uno de los consejeros en medio del
silencio.
Era la palabra que todos tenían en mente pero
que nadie se atrevía a pronunciar. El ambiente se agitó.
“¿Pero cómo? El Rey está débil, pero nadie
puede predecir el momento exacto de una muerte natural. Y Bastian no puede
esperar indefinidamente; no tiene fondos para mantener al ejército todo el
invierno”.
“¿Y si infiltran a alguien para asesinarlo y
nos culpan a nosotros?”.
“Eso no les beneficia del todo. Si hay un
regicida, debe haber un juicio, y nosotros controlamos la corte. Que Bastian,
estando fuera, afirme de repente conocer al culpable no resultaría natural”.
“Aunque no sea natural, podría intentarlo. Hay
que tenerlo en cuenta. Pero la reputación de Bastian no es la mejor...”.
“En un juicio popular, nosotros tendríamos la
ventaja”.
Lucien era popular entre el pueblo llano, una
base de apoyo que sus consejeros habían cultivado meticulosamente como último
recurso. Recordó cuando, a los quince años, le preguntó a Retana si los hombres
honorables que empuñaban espadas debían temer a los que empuñaban picos y
antorchas. Ella le respondió.
‘Si los que llevan picos pasan de diez, a
veinte, a ochenta... ¿no darían miedo incluso a un espadachín?’.
“Si intentan culpar a su Alteza del regicidio
y hacer un juicio apresurado, la reacción del pueblo será enorme. No es la
mejor jugada para Bastian”.
“Dudo que tenga cerebro para pensar tanto”.
Replicó Lucien distraídamente mientras
tamborileaba sobre la mesa, analizando el mapa.
“Hemos cambiado a todos los boticarios y
guardias, así que el asesinato no será fácil...”.
El pensamiento daba vueltas en círculos. Era
un anciano que esperaba una muerte natural, pero nadie puede prever cuándo
llegará el final...
Si se es humano.
El tamborileo de sus dedos se detuvo en seco.
Lucien levantó la vista.
“¿Y si no fuera un humano?”.
Ante el desconcierto de sus consejeros, Lucien
giró la cabeza hacia donde estaba el mago. Kosha, que había estado tan
silencioso que casi olvidaron su presencia, jugueteando con sus dedos bajo su
túnica gris, levantó la vista al sentir la atención. Sus ojos verdes brillaron
al encontrarse con las miradas de todos.
Si un mago estuviera involucrado... Los relatos
de Kosha sobre aquel misterioso mago pelirrojo, los magos de Gaicrux y esos
terceros actores que nunca habían intervenido en las disputas familiares
empezaron a encajar en su mente.
Kosha, sin entender del todo la situación,
parpadeó y levantó una mano tímidamente.
“¿Eh... acaso hay algo en lo que pueda
ayudar?”.
Preguntó con una voz que, a pesar de la
gravedad del momento, sonaba extrañamente emocionada y llena de esperanza.
***
“Bueno... sí, es cierto. Es imposible saber el
día exacto en que morirá una persona”.
Murmuró Kosha con cautela.
Ahora estaba sentado en el centro del
despacho. Había acudido entusiasmado cuando lo llamaron, pero verse rodeado por
las miradas de una docena de consejeros lo ponía nervioso. Sentado en aquella
silla demasiado grande para él, parecía estar siendo sometido a un
interrogatorio.
Mientras tanto, a Lucien le irritaba el tono
poco respetuoso con el que algunos se dirigían al mago.
¿Cómo se atreven a hablarle así...?
Sin embargo, los subordinados de Lucien eran
funcionarios y el mago era, técnicamente, un sirviente. Incluso si se trataba
de una identidad falsa, lo era por pragmatismo, por apariencia y por jerarquía.
Así que... aunque Lucien quisiera buscarles las cosquillas por su falta de
respeto, no tenía una excusa sólida. Reprimiendo su desagrado, se cruzó de
brazos y se limitó a observar.
“Dígalo con exactitud: ¿es que usted no puede
hacerlo, o es que...?”.
“Ni yo, ni aunque viniera el mismísimo ‘Abuelo
Gran Mago’ serviría de nada... Eso no es algo que se pueda detectar con maná”.
Kosha negó con la cabeza con firmeza, lo que
provocó que Milot, Renata y el resto de los consejeros intercambiaran miradas.
Tras observar sus reacciones por un momento, Kosha añadió tímidamente.
“Pero puedo percibir el ‘flujo’ del cuerpo para
conocer el estado de salud general. Es decir, saber qué parte del cuerpo está
mal, ese tipo de cosas esquemáticas”.
“¿Y la muerte? ¿Existe alguna forma de matar a
alguien haciendo que parezca una muerte natural?”.
“Bueno, eso...”.
Kosha frunció el ceño y arrugó un poco la
nariz, como si el solo pensamiento le resultara desagradable.
“Creo que primero habría que usar un hechizo
de sueño profundo y, después, detener el corazón”.
“¿Es un hechizo difícil? ¿O es algo que
cualquiera podría hacer?”.
“Nunca lo he intentado, pero no creo que sea
tan difícil...”.
Kosha movió los ojos de un lado a otro,
pensativo, y se rascó la nuca.
“Pero aunque no sea difícil, probablemente la
mayoría de los magos evitaría hacerlo”.
“¿Qué quieres decir?”.
“En la magia existe algo llamado ‘el
precio’...”.
Kosha vaciló. Traducir conceptos de mago al
lenguaje humano nunca era sencillo.
“Si un mago interviene para matar a alguien
que, de haberlo dejado solo, habría vivido más tiempo... pues eso trae
consecuencias. No es algo recomendable, por así decirlo”.
En rigor, la palabra ‘precio’ no terminaba de
expresar el concepto completo. Mientras Kosha divagaba, alguien intervino con
impaciencia.
“¿Tiene eso algún sentido? ¿Sabe usted a
cuántos magos nos hemos enfrentado en la guerra? ¿Qué pasa entonces con las
vidas de nuestros soldados que ellos segaron?”.
“Es que, bueno...”.
“Eso de que el asesinato conlleva un precio
suena a religión primitiva y vieja. ¿Acaso los carniceros reciben un castigo
proporcional por cada cuello de pollo que cortan?”.
“No, no es eso...”.
Kosha agitó las manos con desconcierto.
“Un carnicero humano no usa magia. No
interviene con maná. No me refiero a eso”.
Esa era, en parte, la razón por la que los
magos solían tener poco apetito. Desde pequeños les habían inculcado, casi como
un lavado de cerebro, que por el hecho de haber nacido magos debían ser
cautelosos incluso al recoger un hongo en el bosque. Era, por así decirlo, la
responsabilidad que conllevaba el poder.
“Sobre la guerra... sinceramente no lo sé.
Nunca he estado en una. Pero he oído que es malo. He visto, o mejor dicho, he
oído que los magos reciben ‘tratamiento mágico’ después de las batallas...”.
Kosha bajó la voz, observando las reacciones
de los presentes. Los consejeros intercambiaron miradas en silencio, y Lucien,
acariciándose la barbilla, habló.
“En resumen, significa que se puede hacer de
alguna manera. Ya sea previendo ese ‘tratamiento’ o como sea”.
“Se puede hacer...”.
Kosha asintió levemente. Al ser tan tímido y
no haber considerado jamás cometer tal acto, su voz carecía de seguridad.
“...Entonces debemos responder teniendo en
cuenta la posibilidad de una intervención mágica”.
Los rostros de todos los presentes se
ensombrecieron.
“¿Por dónde empezamos a cubrirnos de un
intento de asesinato mágico? ¿Estará interviniendo Gaicrux?”.
“No parece algo que ese tal mago pelirrojo
pueda manejar por su cuenta...”.
“¿Puede un mago controlar a un humano? Si es
así, ¿hasta qué punto?”.
“¿Qué tal si usamos protecciones de oro de
Idelma? ¿Servirían para evitar que un humano sea controlado?”.
“¿Ponerlas a todos? Eso causaría problemas en
nuestra propia gestión del oro de Idelma”.
De nuevo, las voces y preguntas se mezclaron
en un caos. Kosha, en medio de todo, movía los labios sin saber qué hacer. Es
decir...
“Esto...”.
En cuanto Kosha despegó los labios, Lucien
levantó una mano. Al instante, las voces de sus vasallos cesaron. Solo entonces
Kosha se dio cuenta de que la mirada de Lucien había estado clavada en él todo
el tiempo.
“Dice que tiene algo que decir”.
Señaló Lucien con un gesto de la barbilla. Las
miradas se centraron en Kosha.
“...Gracias por darme la oportunidad de
hablar, Alteza”.
Estaba tan nervioso que tuvo que tragar
saliva, pero agradecio educadamente. Al cobarde Kosha no le gustaba ser el
centro de atención, pero al sentir que Lucien lo observaba, cobró valor.
“Es que... yo pensaba que ese sería mi
trabajo...”.
“¿Su trabajo?”.
“Me refiero a la magia de protección”.
Respondió Kosha en voz baja. Un silencio
repentino inundó el despacho.
Parecían haber escuchado una palabra
totalmente inesperada, lo que hizo que el propio Kosha se extrañara.
“Daba por hecho que me pedirían algo así... si
les preocupa un ataque de un mago. Yo podría usar magia de protección o
barreras... aunque es un área en la que tendría que estudiar un poco más...”.
Mientras Kosha divagaba, uno de los consejeros
preguntó con escepticismo.
“¿Eso es posible?”.
“...A un mago se le enfrenta con otro mago”.
Respondió Kosha con suavidad.
“No es que menosprecie a los humanos, por
supuesto. Es solo que nuestras áreas de competencia son distintas”.
“Y bien, ¿qué piensas hacer exactamente?”.
Intervino Lucien. Su expresión mientras se
tocaba la barbilla parecía algo insatisfecha, aunque Kosha no lograba entender
el motivo.
“Primero... creo que debería ver al Rey.
Evaluar su estado y, si su enfermedad es grave, tratar lo más urgente. Incluso
si está muy delicado, es posible mantenerlo con vida hasta cierto punto para
que no fallezca de inmediato. Y también poner una barrera en su dormitorio”.
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Las preguntas volvieron a llover: qué era
exactamente la magia de protección, hasta dónde llegaba, qué significaba una
barrera... Lucien volvió a levantar la mano para pedir silencio.
“¿Piensas hacer todo eso tú solo?”.
Fue una pregunta inesperada. ¿Quién más iba a
hacerlo? Si hubiera otro mago, sería incluso más problemático. Los magos son
criaturas que valoran mucho su territorio y, si se juntan dos o más,
instintivamente intentan establecer una jerarquía. Kosha imaginó por un momento
qué pasaría si Lucien tuviera a otro mago. La sola idea de ver a ese alguien
recibiendo elogios de Lucien por cualquier tontería le puso de muy mal humor.
“Puedo hacerlo todo yo solo”.
Respondió Kosha con un deje de presunción, como
si no fuera gran cosa. En realidad, era un ignorante en técnicas avanzadas como
las barreras y tendría que estudiar desde cero...
“¿Y el precio?”.
Preguntó Lucien de nuevo. No parecía referirse
al ‘precio de la magia’. Probablemente... se refería al pago por el trabajo de
Kosha, una recompensa para él. Kosha no recibía un sueldo y, técnicamente, no
era un ‘vasallo’ de Lucien.
Mmm... pero no había pensado en eso. Kosha
reflexionó. Como su mago oficial, el simple hecho de ser útil ya le hacía
feliz.
“Bueno, unos cuantos libros de magia y.…”.
Murmuró. Pero por más que pensaba, no se le
ocurría nada que deseara. Excepto una cosa.
Solo... un beso de recompensa. Con eso le
bastaría.
Sin embargo, no era fácil decir algo así
frente a tanta gente. Mientras vacilaba, Lucien soltó una breve carcajada de
incredulidad.
“Ja...”.
Sus miradas se cruzaron. Kosha sintió
instintivamente que Lucien había leído sus pensamientos. Al ver que él se
apartaba el pelo y desviaba la vista, Kosha también bajó la mirada,
avergonzado.
“...Está bien, inténtalo”.
Ante el peso de esa voz, Kosha agachó la
cabeza aún más. Por eso, no llegó a ver que las puntas de las orejas de Lucien
también estaban extrañamente enrojecidas.
***
“Creo que fue una buena decisión reclutar a
ese mago en aquel entonces”.
Comentó Milot con sutileza”.
Se dirigían al estudio y biblioteca que los
consejeros compartían. El pasillo, con ventanas hacia el patio central, ya
estaba oscuro y se iluminaba con antorchas. Aunque todos los presentes eran
consejeros de confianza y nadie más usaba esa zona, Milot se acercó a Renata y
bajó la voz por costumbre.
“¿Quién iba a imaginar que Bastian reclutaría
a un mago? Si no hubiéramos retenido a ese mago, estaríamos indefensos”.
Renata miró a su hermano menor, que se
estremecía ante la idea, y respondió con indiferencia.
“Su Alteza es un hombre con buen instinto y
fortuna. Para alguien que aspira a ser dueño de muchas cosas, a veces esas
cualidades son más importantes que el esfuerzo”.
Murmuró distraídamente.
“Pero, hermano, ¿no lo has oído?”.
“¿El qué?”.
“Esa expresión: ‘Ni aunque viniera el Abuelo
Gran Mago serviría de nada’”.
Renata susurró al oído de su hermano.
“Esa no es una expresión de Graffen. En
nuestro país no hablamos así. Especialmente eso de ‘Gran Mago’; clasificar y
ensalzar así a los magos es algo que, al menos en el idioma de Iseland, es la
primera vez que escucho”.
“¿Ah... sí?”.
“Te dije que no descuidaras tus estudios de
idiomas extranjeros. Y el idioma del enemigo es el más importante”.
Dijo ella mientras le tiraba de la oreja.
Milot pidió perdón con impotencia.
Se decía que el hijo más inteligente de la
casa Coherburn era Renata. Fue ella quien diseñó el esquema del plan de Lucien
para avanzar hacia Ostbrahe y quien planeó cómo debía ir acumulando méritos
militares. Si no fuera porque ella rechazaba tajantemente el matrimonio y la
descendencia, el próximo señor de la familia habría sido ella y no Milot.
“Con todo el lío de hoy, a muchos se les habrá
pasado por alto, pero tú no puedes permitirte eso. Además, ese mago estuvo a
punto de decir que ‘vio’ a magos recibiendo tratamiento mágico tras la
batalla”.
El hecho de que estuviera a punto de decirlo y
se callara lo hacía más sospechoso. La expresión de Milot se endureció; a él
también le había inquietado ese detalle.
“Entonces, ese mago creció en un entorno donde
era posible ver magos de guerra desde niño”.
“Y no solo a uno o dos, probablemente a
‘muchos’”.
Añadió Renata.
“Su forma de hablar también merece atención.
Agradecer por ‘la oportunidad de hablar’ no es un saludo típico de un plebeyo”.
“Bueno... lleva ya un tiempo rondando por la
corte, podría haberlo escuchado y aprendido, ¿no?”.
“Podría ser. En ese caso, sería alguien muy
astuto para ser un simple cuidador de gansos”.
Concluyó Renata con una risa seca.
Muchas posibilidades y toda clase de
imaginaciones cruzaron las mentes de los dos hermanos. Como siempre, no
expresaron nada de eso en voz alta.
“...No le tengo mala voluntad a ese mago. De
hecho, me parece hasta tierno”.
Murmuró Renata con frialdad.
“Pero no debemos olvidar nuestro deber. Su
Alteza es alguien con instinto y suerte, pero nuestra función es asegurar el
flujo de esa suerte. Nuestro papel es vigilar lo que él pasa por alto”.
Lo que él pasa por alto.
Cuando la larga reunión terminó y el sol proyectaba
sus últimos rayos rojos por la ventana oeste, Lucien despachó a todos excepto
al mago. No hacía falta ser un genio para saber qué estarían haciendo ahora que
estaban a solas.
Por supuesto, Milot y Renata eran de los pocos
confidentes que sabían que ‘ese acto’ tenía un efecto desintoxicante de una
noche, una especie de acto ‘necesario’. Por tanto, no podían verlo simplemente
como un capricho desenfrenado de su señor.
Sin embargo, ¿cuántos hombres habían perdido
la visión cegados por el sexo y las artimañas del cuerpo y las emociones? El
actual Rey de Iseland lo hizo en su día, el Rey anterior también, e incluso el
anterior señor de Carlot. Muchos hombres ‘exitosos’ en la historia ya habían
dejado demasiados precedentes.
Perder la claridad es cuestión de un instante,
y eso es lo que un ‘vasallo’ debe vigilar por encima de todo.
“Lo tendré presente, hermana”.
Asintió Milot con gravedad.
Renata chasqueó la lengua y le dio una palmada
en el hombro. Había una diferencia de edad considerable entre ellos; incluso su
hermano, que empezaba a perder el pelo prematuramente, seguía pareciéndole muy
joven a sus ojos.
“Lo estás haciendo bien. A mí también me
gustaría que pudiéramos seguir junto a ese mago hasta el final”.
Susurró con amargura. Era el tono de alguien que
ya ha comprendido que en esta corte nada es eterno.
***
Pasaron seis días completos hasta que Kosha
pudo tener una audiencia con ‘Su Majestad el Rey’.
Durante ese tiempo, Kosha estuvo bastante
ocupado. Tuvo que estudiar para respaldar sus alardes de confianza, ayudar a
Lucien con su ‘desintoxicación’ usando todo su cuerpo y, además, para calmar a
aquel hombre celoso, tenía que ponerse las nefastas esposas de oro de Idelma
cada vez que él se ausentaba.
Cada vez que Lucien sacaba las esposas, el
lagarto saltaba y protestaba. Pero como el animal era invisible para los demás,
Kosha fingía no verlo.
Porque... cada vez que le ponía las esposas,
Lucien lo besaba con una expresión de profunda disculpa. Sin saber que Kosha
podría destruir esas esposas si quisiera, él presionaba sus labios contra los
de Kosha, sus muñecas y sus mejillas, una y otra vez.
Entonces Kosha se sentía flotar y dejaba que
él hiciera lo que quisiera. Ah, el contacto del afecto era tan suave, más dulce
que la mejor seda traída de Ater. Incluso al ver la silueta del lagarto
desvanecerse junto a las esposas con la boca abierta por la incredulidad, Kosha
no sentía mucha culpa.
¿Será que soy lo que llaman un ‘hombre
fácil’?, se preguntó Kosha por un momento. Recordó que hace tiempo hubo un
hombre así en la corte; decían que por algo de dinero se acostaba con
cualquiera. En aquel entonces, Kosha acababa de separarse de su cuidadora para
dormir solo y, como tenía miedo a la noche, pensó en pagarle a aquel hombre
para que durmiera con él.
Por supuesto, su padre lo descubrió antes de
que hiciera nada y le dio una buena reprimenda. Su padre le dijo que ni
siquiera mirara a esos ‘tipos faciles. En una familia de costumbres tan
austeras, ‘Facil’ era un término vergonzoso e insultante.
¿Me habré convertido en algo así? ¿Un hombre
que hace cualquier cosa por un beso?
Aunque nadie le decía nada, Kosha se sentía
culpable y sacudió la cabeza para espantar esos pensamientos.
¿Y qué si soy un poco facil? Al fin y al cabo,
el único que paga con besos es Lucien.
No sabía por qué últimamente le venían tantos
recuerdos del pasado. ¿Sería porque se estaba despojando de la cáscara con la
que fingía ser humano? No servía de nada recordar el pasado...
“¿En qué piensas?”.
Una voz llegó desde arriba de su cabeza. Kosha
levantó la vista y la capucha que llevaba mal puesta resbaló por su espalda.
Vio el rostro del hombre rubio que lo miraba desde arriba, al revés.
Ah, qué guapo es.
Kosha se quedó embobado ante ese rostro que
borraba todas sus preocupaciones.
Lucien lo besó en la frente por hábito. Con
los labios aún pegados a su piel, susurró de nuevo.
“Te he preguntado en qué piensas”.
“...Solo, en esto y aquello”.
Respondió Kosha, esforzándose por volver a
poner los pies en la tierra mientras levantaba la cabeza poco a poco.
Se encontraban en lo más profundo de la torre
principal, en el último pasillo que conducía al dormitorio del Rey. Aunque
Ostbrahe en general era una estructura compleja, la torre principal resultaba
ser un laberinto particularmente intrincado. Según Lucien, se debía a que era
la parte más antigua del castillo.
Sin embargo, el interior estaba impecablemente
cuidado. Los tapices que adornaban las paredes, los candelabros dorados, el
cristal de las ventanas y los barrotes eran todos nuevos. Probablemente se
debía a la cercanía de los aposentos reales.
“’Esto y aquello’, ¿exactamente qué?”.
Insistió Lucien.
Él vestía un traje formal adecuado para una
audiencia con el monarca, mientras que Kosha llevaba una túnica larga hasta las
espinillas con un delantal blanco y grueso, similar a un sobretodo,
superpuesto. Por su vestimenta, parecía un médico o un boticario. La túnica
gris que llevaba encima apenas le colgaba de los hombros.
“Ni se te ocurra mentirme”.
Dijo Lucien, dándole un suave golpecito en la
frente con la punta de los dedos.
“Y no me ocultes cosas”.
“Es verdad... Solo pensaba en la magia de
protección. Estoy un poco preocupado porque tuve que estudiarla a toda prisa”.
Balbuceó Kosha. Y en parte, era cierto.
Lucien había pagado todo el ‘precio’ que Kosha
había pedido: los besos, por supuesto, y también los libros de magia. Había
saqueado la biblioteca mágica del ala este, e incluso lo hizo a plena luz del
día, llevando a un grupo de hombres para cargar y trasladar los libros.
Haber irrumpido de forma tan ostentosa en un
lugar al que antes debía entrar a hurtadillas... Kosha intuía que Lucien debió
de haber hecho algo entre bastidores, pero fingió no saber nada y no preguntó.
Aunque hubiera preguntado, Lucien no le habría respondido con la verdad absoluta:
que el bibliotecario había sido detenido en secreto y que varios sirvientes del
ala este y otros implicados habían sido ‘eliminados’ en poco tiempo y sin un
juicio formal.
La corte se movía con una discreción y una
violencia sin precedentes. Lucien estaba en el centro de todo, pero como era el
único ‘regente’ que quedaba en el palacio, todas sus órdenes se emitían
nominalmente en nombre del Rey.
‘De todos modos, Bastian no regresará vivo a
la corte. Si eso sucediera, significaría que yo ya estoy muerto’.
‘...’.
‘Así que no hay necesidad de pensar en las
consecuencias futuras’.
Con esas palabras, él silenciaba cualquier voz
de preocupación sobre la gestión de aquellas órdenes radicales.
‘¿Arabella? Pensemos en ella una vez que
estemos en el bando de los supervivientes’.
El hecho de que el primogénito y el tercer
hijo se enfrentarían en una guerra total se estaba convirtiendo en una realidad
aceptada entre la clase dirigente, y el ambiente en la corte se volvía tan
afilado y sensible como el filo de una espada.
‘Simplemente hacemos lo que podemos ahora’.
En medio de aquel ajetreo incesante, Lucien
solía decir eso como un hábito, y a Kosha... aunque no entendía mucho, en el
fondo le gustaban esas palabras. Sabía que no era tan fácil como parecía. Por
eso, Kosha se dedicó a elegir libros con el lagarto y a investigar la magia de
protección. Era lo único que un mago con pocos conocimientos de política
cortesana podía hacer en ese momento.
Y así llegaron al presente. Con los ojos
irritados por haber interpretado libros de magia en lengua antigua restándole
horas al sueño, y torpemente disfrazado de médico o boticario, se encontraba en
medio del pasillo que llevaba al dormitorio real.
Lucien observó a Kosha, que miraba a su
alrededor, con una expresión peculiar antes de hablar lentamente.
“Si crees que no puedes hacerlo, dilo ahora”.
“¿Eh? ¿El qué...?”.
“Lo de la magia de protección o lo que sea”.
Lucien murmuró agitando la mano. ¿A estas
alturas? Ante el desconcierto de Kosha, él frunció ligeramente el ceño.
“He apartado a la fuerza a uno de los médicos
personales para meterte a ti. Aunque sea una identidad falsa, si surge un
problema que no existía, la situación se complicará”.
Explicó en voz baja, con una pronunciación
lenta y precisa, usando palabras que Kosha pudiera entender fácilmente.
“Así que, si no tienes confianza o crees que
vas a cometer un error, dilo ahora. No pasa nada. Al fin y al cabo, este es mi
asunto. Yo decidí encargarme de todo y ni siquiera esperaba este tipo de ayuda
desde el principio. Si te estás forzando por algún sentido del deber...”.
Aunque sus palabras podían sonar algo tajantes
o duras, al mismo tiempo mantenían una línea cuidadosa. Kosha supo
instintivamente que él se había esforzado mucho en ‘elegir’ cada una de esas
palabras. Por eso, negó con la cabeza. Tenía que hacerlo.
“No me falta confianza. Y tampoco es por
deber”.
“...”.
“Que usted se encargue de todo solo está muy
bien, pero... haré que se alegre de que yo esté aquí”.
Porque Kosha era un mago. Alguien que había
encontrado a su propio humano brillante y había decidido ‘elegirlo’ a toda
costa. Aunque respetaba la tendencia de los hombres de alto rango a querer
controlarlo y responsabilizarse de todo ellos mismos...
Lucien no pudo responder de inmediato.
Mientras él titubeaba, Kosha se adelantó con paso decidido. El lagarto
brillante asomó la cabeza desde su pecho; parecía estar de buen humor tras
haber sido liberado de las esposas. Lucien, que se había quedado atrás, lo
alcanzó rápidamente y lo agarró del hombro.
“Vamos juntos. No camines solo por aquí como
si nada”.
Su tono era de regaño, pero ocultaba una
dulzura latente. Kosha sonrió levemente y apoyó la nuca en su hombro; Lucien
bajó la cabeza y lo besó. Ya era un hábito absoluto. Tendrían que estar muy
atentos para no hacer lo mismo frente a los demás.
“Por cierto, el ambiente es un poco pesado...
Qué lugar tan extraño para un dormitorio”.
Murmuró Kosha mientras jugueteaba con la punta
de sus dedos y miraba a su alrededor. Lucien observó su expresión con atención.
“¿Será porque es antiguo? Además, antes era
una fortaleza militar. Pasó por muchas guerras sangrientas. ¿Los magos pueden
distinguir los lugares donde ha muerto mucha gente?”.
“No, no es exactamente eso...”.
Kosha se rascó la mejilla. Podía detectar la
muerte inminente o la energía de una muerte reciente, pero no distinguía rastro
por rastro los restos de muertes ocurridas hace cientos de años. De hecho, la
mayoría de los magos ni siquiera creían en historias de fantasmas.
Ante la ambigüedad de Kosha, Lucien añadió.
“Si heredo el trono, pienso remodelar toda
esta zona. Para que no quede ni el recuerdo de este ambiente sombrío y
anticuado. Yo también detesto lo viejo”.
“¿... Ah, sí?”.
“Entonces será mucho más agradable y
habitable”.
Añadió aquello de forma algo apresurada, sin
que nadie se lo preguntara. Kosha no entendía por qué, de repente, le hablaba
de sus gustos de vivienda y planes de reforma. Aun así, recordó que su despacho
tenía bastantes ventanas y que parecía preferir las estructuras amplias y
abiertas. Kosha asintió con torpeza, deseando sinceramente que él pudiera vivir
en el lugar que deseaba.
De todos modos, había algo más urgente: el
malestar que se intensificaba a medida que se acercaban al dormitorio del Rey.
El lagarto en su pecho también parecía estar cada vez más inquieto.
“Es la primera vez que verás al Rey de cerca,
no te asustes demasiado”.
Le advirtió Lucien.
“Se ve mucho más envejecido de lo que
corresponde a su edad. Dicen que estar postrado en cama por la enfermedad causa
eso. En fin, su estado no es bueno”.
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Kosha asintió dócilmente. Entendía su
preocupación, pero estaba más acostumbrado a los ‘enfermos’ de lo que Lucien
creía.
Había dos guardias custodiando la puerta del
dormitorio real. Por el ambiente, parecían gente de Lucien, pero Kosha bajó la
cabeza y guardó silencio con prudencia. Lucien se limitó a mostrar dos placas
de identidad sin decir palabra. El dormitorio del Rey: el lugar al que incluso
el ‘regente’ debía entrar tras identificarse, el corazón del palacio y el punto
con la vigilancia más estricta.
Una vez confirmada la identidad, la pesada
puerta se abrió lentamente.
Kosha se detuvo en seco, incapaz de moverse
por un instante. Al mismo tiempo, las escamas del lagarto verde resplandeciente
se erizaron violentamente.
“¿...?”.
Lucien fue el primero en notar esa reacción
extraña. Mientras Kosha jadeaba, incapaz de respirar bien, él levantó la mano
para que los guardias retrocedieran tres pasos.
“¿Qué pasa?”.
Le susurró al oído. Kosha negó con la cabeza
por instinto.
“Algo está mal aquí”.
Logró recuperar el aliento a duras penas. Una
energía siniestra impregnaba toda la habitación. Los humanos no podían
sentirla, pero un mago sí. En la piel, en las venas, hasta en el último
cabello.
Este lugar era el ‘territorio’ de otro mago.
¿Sería aquel que llaman el ‘Mago del Rey’? No,
no lo parecía. Si el ‘Mago del Rey’ fuera un mago que hubiera ‘elegido’ al
monarca, no haría nada que pudiera perjudicar al humano que eligió. Sin
embargo, esta energía era demasiado turbia. Una presencia ominosa y funesta
reclamaba aquel espacio como su territorio, rechazando con fuerza la
aproximación de cualquier otro mago.
“¿Mal? ¿Qué quieres decir?”.
Insistió Lucien. Kosha no respondió; en su
lugar, levantó la mano. No tenía energía para hablar.
Se movió tambaleándose hacia adelante, como si
apartara algo invisible con las manos. Era como intentar atravesar un espacio
lleno de clara de huevo: asqueroso, difícil de respirar y complicado de
moverse.
Sin embargo, esto era, en última instancia,
una batalla por el tamaño de la capacidad innata de un mago. Aunque este
territorio era sólido, no llegaba a un nivel que obligara a Kosha a retroceder.
Kosha miró a Lucien.
“Cierre la puerta, por favor”.
Se volvería más sofocante y repulsivo, pero
para encontrar el ‘origen’ tenía que limitar sus sentidos.
En el centro de la habitación había una gran
cama con dosel, y en medio de ella yacía un anciano escuálido, solo. Aunque
habían despachado a los sirvientes a propósito, su respiración era tan débil
que parecía que iba a expirar en cualquier momento, lo cual resultaba muy
inquietante.
“... ¿Ca... Cástor? ¿Eres tú?”.
Murmuró el anciano, que no se había movido,
como si estuviera dormido. Parecía buscar a alguien, pero apenas se le oía y
Kosha no tenía fuerzas para responder. Kosha empezó a registrar los alrededores
de la cama. Lucien lo siguió de cerca.
“¿Qué haces? Dame una explicación...”.
“La magia de protección no es el problema
ahora. Tengo que encontrar lo que está mal”.
Respondió Kosha con urgencia, metiendo la
cabeza incluso debajo de la cama.
¿Encontrar el qué? Lucien comprendió
instintivamente que no podía ser de ayuda en ‘esto’.
Mientras tanto, el anciano repitió sus
delirios un par de veces más. Kosha, con la cabeza bajo la cama, le hizo señas
a Lucien, que deambulaba detrás.
“Atienda a Su Majestad, por favor”.
“¿...Yo?”.
Lucien, que nunca había tenido una relación
afectuosa de padre e hijo con su progenitor, se sintió desconcertado. Pero, por
alguna razón, la imagen actual de Kosha parecía realmente la de un ‘mago’... y
sentía que debía haber un motivo para lo que le pedía.
Reprimiendo su incomodidad, Lucien se acercó
al anciano en el lecho. Se decía que en su día fue más alto que los demás y de
complexión imponente, pero ahora parecía haberse encogido a la mitad. El Rey,
que aún no cumplía los setenta años, aparentaba más de noventa, y de su cuerpo,
que los sirvientes limpiaban día y noche, emanaba un olor similar al de un
cadáver en descomposición.
“¿Lacy...?”.
Los ojos nublados del Rey miraron a su hijo
mientras murmuraba otra incoherencia. Justo cuando Lucien fruncía el ceño por
instinto...
Kosha se incorporó de debajo de la cama y
empezó a palpar sobre el lecho del Rey. Su cabello rizado estaba completamente
despeinado; en medio de todo lo desagradable de la situación, aquello fue lo
único que le hizo sonreír levemente.
Kosha buscaba entre las mantas y estaba a
punto de meter la mano bajo la almohada. Lucien iba a detenerlo para decirle
que no tocara porque estaba sucio, pero...
“¡Lo encontré!”.
Gritó Kosha antes de que pudiera ser
interrumpido, metiendo la mano bajo la almohada del Rey. Lucien se sobresaltó.
“Lo... lo encontré”.
Kosha extendió la palma de su mano. Era un
colgante metálico redondo. No era muy grande y tenía grabada la figura de una
bestia parecida a un pez.
La expresión de Lucien se endureció. No hubo
tiempo de preguntar qué era. Ni siquiera hacía falta...
“Alguien usó una maldición”.
Kosha explicó con torpeza y pocas palabras que
una maldición, estrictamente hablando, no era magia pura, sino algo que descendía
desde la antigüedad. Pero a Lucien no le importaba el conocimiento mágico de la
era mitológica en ese momento.
Lucien conocía ese emblema. Estrictamente
hablando, era la figura de una bestia mitológica con la parte inferior de una
carpa y la parte superior de un caballo.
“Creo que primero tengo que deshacerme de
esto”.
Dijo Kosha con cautela, observando su
reacción. Lucien asintió brevemente, dándole permiso.
El lagarto, furioso, salió del pecho de Kosha
y abrió la boca de par en par. Cada vez que mordía el colgante, el metal se
oxidaba y finalmente se deshacía en polvo. Para los ojos de Lucien, que no
podía ver al lagarto, parecía que el colgante simplemente se desvanecía por sí
solo en la palma del mago.
En el preciso instante en que todo el colgante
se convirtió en polvo...
“¡Ah... ah...!”.
Se oyó un jadeo desde la cama. Ambos miraron
al Rey al mismo tiempo y sus miradas se cruzaron.
Los ojos de Lucien y los del Rey se
encontraron. Unos ojos grisáceos sorprendidos y unos ojos negros que parecían
un poco más nítidos de lo habitual.
“... ¿Lucien?”.
La voz también era más clara que de costumbre.
“¿Qué está pasando aquí, Lucien?”.
Fue algo repentino, pero la sensación era
distinta a sus delirios habituales, definitivamente.
“¿Por qué... estoy acostado? Hijo mío”.
La última vez que el Rey lo había llamado
‘hijo mío’ fue hacía seis años, cuando fue nombrado caballero. Lucien, que por
un momento no supo qué decir, finalmente logró hablar.
“El médico le está realizando un tratamiento”.
“¿Tratamiento?”.
Jadeó el Rey. Estaba hablando a la velocidad
más rápida de los últimos años.
“¿Acaso he estado soñando? ¿Hasta dónde llega
el sueño? ¿Qué es esto?”,
“Su Majestad”.
“¡Ah... ah...!”.
Las extremidades del Rey, que divagaba,
sufrieron una convulsión momentánea y luego su cuerpo quedó inerte. ¡Su
Majestad! Lucien estiró la mano, pero Kosha fue más rápido.
En cuanto el mago agarró la muñeca del Rey,
sus ojos brillaron en verde y la respiración del monarca se calmó y se volvió
regular.
“Se ha desmayado por la impresión. Ya lo he
estabilizado, así que su vida no corre peligro inmediato... probablemente”.
Continuó Kosha en voz baja.
“Como puede ver, parece que alguien le ha
hecho algo malo al Rey, Alteza. El problema es que seguro que hay algo más
aquí, aunque no estoy muy seguro...”.
Kosha tragó saliva y negó con la cabeza. Solo
entonces Lucien se dio cuenta de que los labios de Kosha estaban azulados y sus
uñas casi moradas. Su mandíbula se tensó y un insulto escapó de entre sus
dientes.
La acción precedió al pensamiento. Envolvió
con urgencia las mejillas pálidas, que se sentían especialmente frías al tacto.
“¿Qué te pasa?”.
“Creo que será... difícil solucionar todo esto
ahora. No sé qué efectos tendría si lo despertáramos de golpe...”.
“¿Crees que eso es lo que importa ahora?”.
Lucien envolvió bruscamente a Kosha con la
túnica gris. Kosha parecía muy desconcertado y miraba a su alrededor como si
quisiera pedir ayuda. Iba a decir que no era para tanto, pero Lucien no le dio
tiempo.
Apretando la túnica hasta su cuello y cargando
a Kosha en brazos, casi bajo el brazo, Lucien cruzó el dormitorio a paso
rápido.
Los dos guardias que esperaban fuera se
sobresaltaron ante la conducta del príncipe, que salió pateando la puerta como
si hubiera olvidado toda etiqueta y ley. Frente al dormitorio esperaban, tal
como se había planeado, los caballeros de la guardia personal de Lucien.
“Su Majestad está durmiendo tras el
tratamiento, siguiendo las indicaciones médicas”.
Dijo Lucien recorriendo con la mirada a los
dos guardias. Su voz sonaba algo ahogada, como si reprimiera algo.
“Dejen que los sirvientes entren para
atenderlo”.
Aunque la situación resultaba sospechosa para
cualquiera, ellos fingieron no ver nada, irguieron el pecho y clavaron la
mirada en el vacío. Eran personal seleccionado por el bando de Lucien y,
además, sabían que para trabajar en la corte lo más importante eran tres cosas:
solemnidad, lealtad y capacidad para elegir el bando correcto. Por lo general,
lo último era más importante que las otras dos juntas.
“Si valoran sus cuellos, cuiden sus lenguas”.
Su voz baja sonó como la hoja de una
guillotina. Que alguien del rango del príncipe regente se tomara la molestia de
añadir una advertencia no era algo común. Los dos guardias, con los hombros
tensos, golpearon rítmicamente el suelo con sus lanzas ceremoniales en señal de
obediencia.
Tras hacer una seña a sus caballeros, Lucien
se alejó rápidamente por el pasillo cargando con el bulto que era la túnica
gris con Kosha dentro. Las puntas de los pies de Kosha rozaban la alfombra de
lana, dejando una larga marca a su paso.
