5. Los magos de la zona neutral (1)
5. Los magos de la zona neutral (1)
“Dicen que la procesión de los magos de
Gaicrux ha cruzado el afluente del río Elga”.
Un hombre de mediana edad con la insignia de
la Casa Real en el cuello susurró al oído de Lucien, cubriéndose la boca con la
mano. Como era típico en los miembros de ese departamento, apenas movía los
labios al hablar.
“Mmm”.
Lucien respondió con un sonido gutural, con
desinterés. Al mismo tiempo, un criado del vestuario colocó una capa de color
azul oscuro sobre los hombros de Lucien y la aseguró con una fíbula. En la
fíbula circular, en lugar del emblema de la cornamenta de ciervo de Carlot que
solía usar, estaba grabado el escudo nacional de Iseland: una corona y tres
espadas entrelazadas.
“Y.…”.
El oficial de la Casa Real volvió a bajar la
voz.
“Parece que la mismísima Maestra de la Torre
está en camino”.
Ante esas palabras, Lucien frunció ligeramente
el ceño.
“Mi padre no estará muy contento. Dile que iré
pronto”.
Poco después, los anillos encontraron su lugar
en sus largos dedos. El oficial se retiró con una reverencia.
El trabajo en el vestuario terminó al asegurar
una vaina blanca decorada en oro a su cinturón y colocar sobre sus hombros un
pesado collar de librea hecho de gemas azules engarzadas.
Independientemente de sus preferencias
personales, en la corte había ocasiones que requerían tal ornamentación. En
cualquier caso, gracias a su altura y complexión naturales, así como a sus
facciones marcadas, disfrutaba de la gran ventaja de no parecer excesivamente
recargado por mucho que se arreglara.
Por eso el viejo rey me busca sin falta para
estas cosas, pensó Lucien con cinismo.
Mientras se arreglaba las mangas frente al
espejo, Lucien calculó mentalmente el tiempo.
¿Podré pasar un momento por el despacho? Que
mi padre espere un poco. No es que tenga algo urgente o necesario, pero....
Pensó en alguien que estaría sentado en el
despacho con una expresión distraída.
En realidad, no es que pareciera tonto. Su
rostro era... de tal manera que, si mantenía la boca cerrada y permanecía
inexpresivo, a ojos de un extraño parecería sumido en pensamientos muy
profundos.
Sin embargo, bastaba con hablarle un par de
veces para darse cuenta de que no era así en absoluto. A ojos de Lucien, por su
cabeza solían corretear cosas como gansos. Es decir, que estaba teniendo
pensamientos que no servían para nada.
Pero...
Madame Christie, que había gestionado el
vestuario de su madre en Carlot, era una mujer con un talento increíble para
elegir la ropa, y como resultado, su apariencia actual era bastante aceptable
incluso para un gusto exigente.
No le gustaba que se dispersara la atención,
pero, por una vez... No solía vestirse así de elegante a menudo. Aquel mago,
aunque fingiera lo contrario, ¿no sentía una debilidad oculta por las cosas
brillantes y lujosas? Se quedaba embelesado incluso viendo el reflejo del sol
en un cuenco de cristal...
“Alteza, de la Casa Real...”.
Un criado se acercó e inclinó la cabeza.
Lucien chasqueó la lengua. Al ver cómo lo apresuraban, parecía difícil
retrasarse más.
Por cierto, al pensar en el mago, se le
ocurrió algo. Era algo que tenía en mente desde hacía tiempo y, aunque había
tenido sus dudas, parecía que debía ponerlo en marcha.
“...Prepara una túnica gris”.
Lucien susurró en voz baja a Madame Christie,
que estaba terminando de ajustar el dobladillo de su capa. La mujer de mediana
edad, con una expresión afilada, levantó la vista como si hubiera oído algo
disparatado.
“¿Gris? Ese no es un color que le siente
especialmente bien, Alteza”.
“No es para que la use yo”.
Lucien agitó la mano con desinterés.
“De esta estatura más o menos... y con
capucha. Con que no llame la atención, cualquier otro color está bien”.
“.......”.
“Es de complexión delgada, así que no uses una
tela demasiado pesada. Ponle tachuelas solo en el borde de la capucha para que
el viento no se la vuele”.
Era una petición extraña y detallada. Sin
embargo, Madame Christie, que había pasado toda su vida cuidando el vestuario
de una familia noble y había visto de todo, reaccionó como una profesional ante
cualquier exigencia.
“Pide cosas muy curiosas. Haré lo posible por
tenerla lista”.
“Lo antes posible”.
Tras dar un par de palmaditas alentadoras en
el hombro de su vasalla, que nunca lo había defraudado, Lucien salió. Un denso
aroma a almizcle y cuero quedó impregnado en el lugar por donde pasó el roce de
sus vestiduras.
La corte estaba agitada.
El grupo había crecido considerablemente con
la suma del personal que llenaba el vacío de Milot, los caballeros de la escolta,
el capitán de la guardia de Ostbrahe que se había unido a mitad de camino y su
séquito de caballeros. El capitán de la guardia susurró bajando la voz.
“Dicen que la Maestra de la Torre viene en
persona”.
Todo el mundo hablaba del mismo tema.
Seguramente esa era la causa de aquel aire inusualmente inquieto. Lucien fingió
que era la primera vez que lo oía y sonrió protocolariamente.
“¿Ah, sí? Qué cosa tan inusual”.
“¿Deberíamos aumentar el personal de
vigilancia?”.
“No es necesario llegar a tanto. Sigan como de
costumbre. También desplegaré a mis propios caballeros en la sala de
audiencias”.
Magos, magos, magos... Durante todo su
trayecto por la corte, esa palabra se oía por todas partes.
En muchos sentidos, no se podía decir que
fuera un buen ambiente.
Se oyó el sonido de un cuerno desde la puerta
sur de Ostbrahe. Lucien frunció ligeramente el ceño y aceleró el paso.
Cuando llegó frente a la sala de audiencias,
las puertas se abrieron sin hacer ruido. Se debía en parte a que él ya ejercía
el papel de regente de facto, pero también a que el anciano rey se asustaba
fácilmente con cualquier ruido pequeño.
El rey ya estaba sentado en el trono de la
sala. El mago del rey no estaba a la vista. Aunque era alguien que había estado
con el rey durante décadas, parecía que este tipo de situaciones le seguían
resultando incómodas.
Lucien cruzó el vasto salón en línea recta y
subió los escalones. Se arrodilló sobre una pierna junto al trono y miró hacia
arriba al rey, quien extendió su mano hacia él.
“Lucien”.
La voz del rey estaba roncamente quebrada. Se
decía que en su juventud había sido un hombre de gran corpulencia y presencia
imponente, pero en su cuerpo rápidamente envejecido era difícil encontrar
rastro alguno de su antigua gloria. Su postura estaba encorvada y delgada, y su
cabello, completamente blanco, era ralo.
El envejecimiento y el declive del rey se
habían producido de forma acelerada en los últimos años. Aunque no se podía
decir que el rey fuera joven, pues aún no llegaba a los setenta, ciertamente
aparentaba mucha más edad de la que tenía.
“Lucien, hijo mío”.
“Majestad”.
“¿Por qué has tardado tanto?”.
La actitud del rey hacia su quinto hijo,
nacido de una relación extramatrimonial, era sumamente ambivalente. El monarca
claramente le profesaba afecto y dependía de él, pero de una forma muy distinta
a la que mostraba con su primogénito.
“Últimamente ni siquiera te asomas a las
cenas. Por muy ocupado que estés, me haces sentir abandonado”.
Más que la actitud de un padre hacia su hijo,
a menudo daba la impresión de ser un capricho infantil, como un amante
quejumbroso. Algunos sostenían que el rey veía en su hijo el reflejo de la
mujer que una vez amó; sea como sea, todos coincidían en que el juicio del
soberano se estaba nublando.
Por supuesto, a Lucien no le importaba
demasiado.
“Lo lamento, Majestad. ¿Tal vez pueda
visitaros en el próximo almuerzo?”.
Al fin y al cabo, él era experto en estas
lides: soltar palabras vacías, fingir afecto y calmar o embaucar a la gente.
“Olvídalo, tienes mucho trabajo... Solo toma
el té conmigo más tarde. Debes hacerlo al menos cinco veces. Pero claro, eso
será cuando esos malditos magos se larguen del castillo”.
Refunfuñó el rey, añadiendo un insulto. Su
mano arrugada y temblorosa se entrelazó con la mano larga y tersa de Lucien.
“Esa loca Maestra de la Torre... esa perra no
envejece ni muere. Se está devorando a la gente dentro de esa torre abominable.
Esta vez viene a succionarme la vida, estoy seguro. ¿Qué voy a hacer?”.
Se decía que el rey había sufrido otro ataque
hacía unos días. Sin embargo, tras años de repetición, sus convulsiones ya no
eran noticia. El monarca simplemente estaba muriendo, consumido lentamente por
una enfermedad desconocida.
Y sus tres hijos ‘más confiables’ no hacían
más que esperar a que exhalara su último aliento.
“No se preocupe, Majestad, yo estoy aquí”.
Le consoló uno de esos tres hijos, aquel que
poseía en su propio cuerpo toda la salud y la juventud radiante que el rey
había perdido, mientras le dedicaba una sonrisa tranquilizadora.
***
Los magos llegaron menos de media hora
después.
Gaicrux era el asentamiento de los magos
dentro del territorio de Iseland. Sin embargo, desde que empezaron a reclamar
que aquel lugar era un territorio independiente, los roces eran frecuentes.
Claro que los conflictos no nacían solo de
ahí. ¿Por qué se habían agrupado los magos en primer lugar?
Hacia el final de la era de los mitos, cuando
el reino de Asila unificó a Carlot en el oeste y a Seodin en el sur para
cambiar su nombre a Iseland, hubo una política de exterminio masivo contra las
razas no humanas.
Desde la perspectiva de un reino humano, se
trataba de arrancar de raíz a aquellos con poderes incontrolables, pero para
los afectados no fue más que una masacre unilateral.
Los humanos siempre fueron más numerosos. Los
magos que vivían mezclados con ellos cayeron indefensos a pesar de su poder.
Porque la mentalidad necesaria para que un grupo de aldeanos se una para matar
al único mago del pueblo es muy distinta a la que necesita ese mago para
masacrar, él solo, a todos los vecinos que intentan asesinarlo.
Aquella matanza fue el pretexto para que el
Reino de Graffen invadiera Iseland, desatando una guerra que se prolongó
durante veinte años.
Finalmente, los magos que no querían cooperar
con Iseland ni exiliarse en Graffen declararon su neutralidad, lo que forzó el
fin del conflicto mediante una tregua.
El pantano de Geiker cedido a los magos no era
extenso ni apto para la vida humana, pero ellos construyeron una torre alta y
afilada en su centro y se aseguraron de que nadie que no fuera mago pudiera
cruzar la ciénaga. Se decía que, aunque por fuera era un lugar lúgubre, el
interior era más hermoso y confortable que cualquier rincón del mundo humano,
tanto que quien entraba no quería volver a salir.
Los magos establecieron su propio orden y
eligieron a un líder. Desde la fundación de la Torre de Gaicrux, el mando había
cambiado dos veces. La tercera Maestra, que ocupaba el cargo actualmente,
llevaba bastante tiempo en el poder.
“La comitiva de la Maestra de la Torre de Gaicrux
ha llegado”.
Cuando el portero anunció la llegada, los
hombros del rey se sobresaltaron. Lucien los presionó suavemente para calmarlo
mientras fijaba la vista al frente.
Entraron personas vestidas con túnicas de un
rojo intenso y capuchas caladas, caminando en formación perfecta. Se decía que,
como buenos obsesos de la limpieza, vestían solo de blanco dentro de la torre,
pero al salir todos se cubrían con esas túnicas rojas. Algunos decían que era
una protesta por la antigua masacre; otros afirmaban que era simplemente por su
retorcido sentido de la estética.
A Lucien no le importaba el motivo.
Simplemente pensó que ese rojo no le sentaría
bien a el mago que estaba en su despacho.
Un gris discreto sería cien veces mejor. O tal
vez un marrón oscuro que combinara con su cabello. O puesto que sus ojos eran
verdes... pero un verde a juego con sus ojos llamaría demasiado la atención.
Quizás uno con la saturación más baja...
En cualquier caso, aunque visualmente
impactante, la comitiva no era numerosa. Iban de dos en dos, en quince filas. Y
frente a ellos, su líder.
Probablemente no había nadie en esa sala que
ignorara el hecho de que treinta y un magos eran suficientes para reducir el
castillo de Ostbrahe a escombros sin dejar rastro.
“Ha pasado tiempo, Rey de los hombres”.
La maga al frente se quitó la capucha. Su
cabello plateado le caía hasta los hombros. Ese corte de pelo era raro de ver
en las mujeres de Iseland, lo que le daba un aire exótico.
Su rostro era de una edad indescifrable. Nadie
conocía sus años reales. Se decía que ya lucía así cuando el rey era apenas un
adolescente.
“Y también ha pasado tiempo para el quinto
hijo. ¿Has estado bien?”.
Sus ojos negros se dirigieron a Lucien. Él
pudo leer en ellos un vago desprecio y hostilidad, pero su voz, al menos, era
jovial.
“Bienvenida a Ostbrahe, Maestra de la Torre de
Gaicrux”.
Respondió Lucien con voz igualmente apacible,
hablando en lugar del rey, quien solo jadeaba con dificultad
***
En los libros se encuentra el camino.
Kosha estaba grabando ese proverbio en sus
huesos. Los antiguos no se equivocaban en nada.
Como Lucien había tenido la amabilidad de
despejar un lado de la mesa de su despacho y ponerle una silla, Kosha pasaba
allí todo el día.
Los ocho libros que el inteligente lagarto
había seleccionado tenían su utilidad. A veces, libros que no parecían
relacionados resultaban ser la base para entender el siguiente. Aunque había
aprendido lenguas antiguas de niño, la falta de práctica hacía que leyera
despacio. Pero en momentos de prisa, es cuando más calma se debe tener.
Sería un desastre si, por leer a la carrera,
acabara perjudicando a Lucien...
Frotándose los ojos cansados de tanto leer,
Kosha miró al lagarto, que estaba desparramado en un rincón del escritorio como
si estuviera muerto. La que leía era él, pero el lagarto parecía más agotado.
Kosha tomó una uva de la cesta de frutas y se
la ofreció. Lucien se aseguraba de que la cesta de Kosha nunca estuviera vacía.
Como las frutas eran algo que él nunca podía comprar por falta de dinero,
estaba profundamente conmovido por la dulzura y consideración de Lucien.
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Al oler el aroma fresco, el lagarto se levantó
de un salto y mordió la uva. Como no tenía una forma física real, no podía
comerse la comida, pero allí donde su boca tocaba la uva, la fruta fresca se
arrugaba y se marchitaba.
Curiosamente, cuando el lagarto ‘comía’ bien,
Kosha sentía que su propio cuerpo recobraba energía. Le dio tres uvas más al
lagarto y se metió dos en su propia boca. Estaba debatiendo si pelar una
naranja cuando la puerta se abrió de par en par.
“Alteza, aquí...”.
El lagarto, que aceptaba feliz las uvas, se
asustó y se escondió bajo la estantería. Kosha también se sobresaltó y miró
hacia atrás.
Sus ojos se abrieron de par en par ante la
figura inesperada. Y parecía que a la otra persona le pasaba lo mismo.
El caballero de aspecto pulcro que había
entrado apresuradamente se quedó clavado en el sitio. Por una vez, fue Kosha
quien tomó la iniciativa de saludar.
“¡Sir Edric!”.
Al levantarse apartando la silla con un
chirrido, él se sobresaltó de nuevo.
“...Señor Mago”.
Edric hizo una lenta reverencia y Kosha, por
reflejo, flexionó las rodillas.
“H-ha pasado tiempo, Sir Edric. ¿Cómo ha
estado?”.
No lo veía desde aquel día en la biblioteca
del ala este. Como se marchó de repente, le había preocupado si le había pasado
algo allí.
Aunque quería preguntar por él, no era fácil,
ya que Lucien se mostraba visiblemente molesto cada vez que surgía el tema de
aquel día. Además, Gosric solía huir inventando excusas de trabajo en cuanto
parecía que iba a entablar una conversación con él. ¿Y Milot? Al igual que
Edric, hacía mucho que no se le veía el pelo.
Edric vestía solo una capa oscura sobre una
armadura ligera de cuero. No había ningún emblema que indicara su afiliación en
las uniones de la armadura ni en la espada de su cintura, por lo que parecía un
caballero errante.
Tras dudar un momento, el hombre respondió con
su habitual tono calmado.
“He estado fuera cumpliendo un encargo de Su
Alteza”.
Ya se lo imaginaba. Para ser un caballero
formalmente nombrado, parecía realizar más misiones individuales que de mando
militar.
“Por cierto, Su Alteza...”.
“Salió por la mañana y aún no ha vuelto”.
Dijo Kosha negando con la cabeza.
Parecía ocupado desde temprano, como si hoy
hubiera algún asunto importante. Incluso Gosric estaba ausente. Antes de
dejarlo en el despacho, le habían advertido seriamente que los guardias lo
vigilaban y que ni soñara con hacer ninguna tontería.
“Pero volverá antes de la cena. ¿Quiere
sentarse a esperar?”.
“.......”.
“Puede usar mi silla”.
En una habitación así, cada silla solía tener
un dueño o un uso asignado. Temiendo que él no tuviera un lugar donde sentarse,
Kosha le ofreció el suyo de buena gana.
Por supuesto, Edric estaba mucho más
familiarizado con la estructura de esa habitación que él. Y, sobre todo, solía
preferir estar de pie a estar sentado.
Sin embargo, su duda no duró mucho.
“...Está bien, gracias”.
Y, de forma muy natural, apartó la silla
contigua a la de Kosha y se sentó. Entonces, fue la posición de Kosha la que se
volvió incómoda.
Él mismo le había ofrecido asiento, pero al
sentarse justo al lado, ¿no estaban demasiado cerca en una habitación tan
grande? No es que fuera tímido o quisiera guardar las distancias por decoro,
pero solía sentirse agobiado al estar tan cerca de alguien con quien no tenía
mucha confianza...
“¿Cómo está su salud? ¿Se siente mejor?”.
Preguntó Edric mirando a la Kosha que seguía
de pie. Él asintió.
“Sí, estoy bien. Me recuperé de inmediato”.
“...Me alegro. Estaba un poco preocupado”.
Dijo él con una leve sonrisa, desviando la
mirada.
No hubo más palabras. Como ninguno de los dos
era de hablar mucho y no había temas comunes obvios entre un caballero y un
mago, el silencio resultó inevitable. Edric parecía imperturbable, pero Kosha
sintió la obligación de decir algo.
“... ¿Le ocurrió algo a usted, Sir?”.
“Es difícil que me pase algo a mí”.
Respondió de inmediato. Sin embargo, Kosha
sabía que eso era más una respuesta de caballero que la verdad. De hecho, su
rostro se veía algo demacrado y tenía un leve rasguño en la mejilla, como si se
hubiera cortado con algo.
¿Qué habría estado haciendo? No es que
quisiera saberlo, y probablemente no debería, pero eso no era lo importante.
Kosha recordó que no le había dado las gracias adecuadamente.
“Sir”.
Llamó él suavemente.
Fue en el momento en que Edric levantó la
vista para mirarlo. Unos dedos finos se acercaron de golpe.
Que la magia saliera antes que las palabras
era un comportamiento típicamente de mago, pero para un humano que no puede
leer el flujo del maná, podía resultar desconcertante. Normalmente el mago
debía ser precavido, pero Kosha no se dio cuenta de su propia impulsividad, y
Edric...
Él podría haberlo esquivado fácilmente, o
haberle sujetado la mano antes de que los dedos tocaran su cara... pero no lo
hizo.
La punta de los dedos de Kosha acarició su
mejilla. La piel áspera y marcada por el rasguño se volvió suave en un
instante.
“Como muestra de gratitud”.
Añadió Kosha con timidez tras haber actuado
sin pensar.
Luego dudó un poco. ¿Acaso la magia de
curación no era simplemente acelerar un poco la capacidad de recuperación?
Edric era, por así decirlo, su salvador; le parecía una recompensa demasiado
pequeña por haber evitado que se rompiera la cabeza. Kosha movió los ojos de un
lado a otro buscando algo más.
De pronto, sus dedos apoyados ordenadamente
sobre la mesa captaron su atención.
En esas puntas de los dedos algo toscas, se
percibía pegada una energía de muerte reciente. El lagarto, que había salido
gateando de debajo de la estantería, negó con la cabeza y empezó a lamer y
comerse los últimos rastros de vida que quedaban entre sus dedos.
Ha debido de estar haciendo un trabajo nada
fácil, intuyó el instinto del mago.
Kosha volvió a actuar impulsivamente. Esta vez
fue más audaz. Arrancó una uva de la cesta de frutas y se la puso directamente
ante los labios. Edric, que apenas recobraba el sentido, lo sujetó
apresuradamente por la muñeca.
“Espere, ¿qué está haciendo?”.
“Magia de protección”.
El mago no se inmutó ante la débil resistencia
de un simple humano. Como los magos de la era del mito que hacían ofertas
irresistibles a los hombres a cambio de un precio, Kosha insistió.
“Cómala, está bien”.
Sus ojos verdes brillaron como gemas. Pronto,
la fuerza en la mano de Edric se desvaneció y su boca se abrió con impotencia.
Una uva rodó dentro de su boca.
Fue justo cuando la pulpa se aplastaba entre
sus molares.
Una mano grande surgió de repente por detrás y
cubrió los ojos de Kosha. El flujo del aire se cortó. Un sonido similar al de
una fina capa de vidrio rompiéndose resonó en su cabeza, haciéndolo volver en
sí de golpe.
En el momento en que sintió que su nuca tocaba
algo sólido como una pared, le llegó el denso aroma a almizcle y cuero. Kosha,
sorprendido por ese olor desconocido, intentó apartar la mano que cubría sus
ojos con un respingo.
“No te estás enterando de nada, Edric”.
Una voz familiar sonó grave. Esa voz afilada,
casi como un gruñido, fue suficiente para detener la resistencia de Kosha.
¿Lucien?, Kosha arrugó la nariz intentando
identificar el olor.
“...Alteza”.
Se oyó después la voz atribulada de Edric.
Aunque todavía tenía los ojos cubiertos, era
evidente que el ambiente no era nada bueno.
“Hice bien en venir de inmediato”.
Dijo Lucien con una irritación palpable.
El corazón de Kosha que había vuelto a ser un
tímido cuidador de gansos se encogió.
Qué raro. ¿Por qué he hecho eso de repente?
Claro que quería agradecerle a Edric, pero ¿por qué me moví con tanta
brusquedad? Haciendo algo tan sospechoso sin pensar...
“Es un mensaje de la Cola de Seodin. Y parece
que la ubicación ha sido expuesta”.
“...Hablaremos de eso luego”.
Kosha sintió que Lucien negaba con la cabeza.
Se oyó el crujir de un papel intercambiándose y un breve silencio. Luego, se
escuchó un chasquido de lengua.
“Tú...”.
La gran palma que cubría sus ojos se retiró
sin previo aviso. Mientras Kosha parpadeaba ante la repentina claridad, la mano
presionó su frente, haciendo que su cabeza se inclinara hacia atrás de forma
natural.
“Deje de parpadear tanto”.
Vio el rostro del hombre que estaba detrás de
él, pero al revés. La boca de Kosha se abrió con asombro.
Por supuesto que siempre lo era, pero hoy
estaba increíblemente radiante. Verlo así de arreglado solo ocurría una o dos
veces al año, tal vez en el saludo de Año Nuevo...
Hacía unos años, cuando él apareció para el
saludo de Año Nuevo, acudió muchísima gente. La plaza frente a la puerta del
castillo estaba tan llena que Kosha apenas pudo verlo desde el tejado de una
casa lejana. Había deseado poder verlo un poco más de cerca la próxima vez,
pero ¿tanto como esto...?
“Y cierra la boca”.
La punta del dedo de Lucien le dio unos
golpecitos en la mejilla. A pesar de tener el ceño fruncido, no parecía tan
enfadado, pues su toque era casi juguetón.
Kosha, recobrando el juicio a toda prisa, se
humedeció los labios con la lengua e intentó cerrar la boca, pero él frunció
más el ceño. Luego, levantó la cabeza e hizo un gesto hacia Edric.
“Tú ve primero con Renata. Hablaremos del
resto después”.
Mientras Kosha intentaba volver a levantar la
cabeza, la gran mano de Lucien volvió a cubrirle los ojos, presionando. El
pecho de él sirvió de firme apoyo para la nuca de Kosha mientras él se
balanceaba hacia atrás.
“¿No te vas?”.
Lucien ordenó de nuevo. Se escuchó el sonido
de sus pasos, el viento provocado por el balanceo de su capa y, finalmente, el
clic de la puerta al abrirse y cerrarse. Kosha seguía con los ojos cubiertos,
por lo que todos sus sentidos, a excepción de la vista, se agudizaron.
En el silencio que finalmente inundó la habitación,
la suave sensación sobre sus labios y el cálido calor corporal se sintieron
igual de nítidos.
Sus labios se entrelazaron, Kosha estando boca
abajo respecto a él. Ante la sensación de la punta de su nariz rozando la
mandíbula de él, Kosha no podía ni respirar. Jamás había imaginado un acto de
este tipo.
¿Cómo puede resultarle algo tan natural?
Mientras Kosha se debatía en su confusión, él
simplemente mordió ligeramente el carnoso labio inferior de él, como si
humedeciera su garganta, y se separó. Luego, sin que su semblante cambiara lo
más mínimo, habló.
“¿Ya olvidó por qué está aquí ahora mismo?”.
“¿...?”.
“Dándole de comer cosas extrañas a cualquiera
sin miedo... ¿Qué pasa? ¿Acaso quiere que aparezcan efectos secundarios para
tener que curarlo?”.
A pesar de haber unido sus labios, su tono
denotaba cierta irritación.
“No era nada extraño, de verdad”.
Balbuceó Kosha agitando las manos,
desconcertado.
“Solo era un hechizo de protección. Algo
simple... para que no se resfríe, nada más”.
“Solo un hechizo de protección”.
Repitió Lucien con suavidad.
“Lo que me dio de beber a mí era ‘solo’ una
poción de amor, ¿verdad?”.
“Ah, no...”.
Es cierto que fue así, ¡pero esto es algo
totalmente distinto! Lo llamó hechizo de protección por darle un nombre
pomposo, pero no era la gran cosa. A lo sumo, evitaría un resfriado o que la
piel se le agrietara un poco con el viento frío.
Sin embargo, el pensamiento de un mago no
bastaba para traducirse al lenguaje humano. A las limitaciones fundamentales se
sumaba su falta de elocuencia, por lo que la explicación no fluía bien. Tras
dudarlo, Kosha optó por un método no muy afortunado.
“Es el mismo hechizo que les ponía a mis
gansos”.
“.......”.
Parecía que, en lugar de explicar nada, solo
había logrado empeorar el humor de él. Notando la tensión, Kosha extendió la
mano hacia la cesta de frutas.
Una naranja flotó por el aire y aterrizó
suavemente sobre las manos juntas de Kosha. De inmediato, aparecieron cortes
perfectos sobre la piel naranja brillante, como trazados con regla, y la fruta
se dividió exactamente en seis gajos.
“¿Quiere probar? Está dulce...”.
Tras mostrar tímidamente su pequeño truco,
Kosha planeaba mejorar el ambiente metiéndole algo dulce en la boca. Por
supuesto, Lucien no era tan simple como para caer en una intriga tan burda.
Mientras observaba en silencio los seis gajos
de naranja que bailaban sobre la palma de él, Lucien habló como si recordara
algo de repente.
“Ahora que lo pienso, había algo que quería
preguntar”.
El hecho de haber vuelto directamente al despacho
sin cambiarse de ropa no era solo para deslumbrar al mago. De verdad.
“Hoy ha venido la Maestra de la Torre de
Gaicrux”.
“Solemos tener reuniones periódicas con
ellos”.
Añadió Lucien con ligereza, observando la
expresión de Kosha.
El mago simplemente esperaba con la mirada
perdida a que continuara hablando. No parecía estar ocultando nada especial.
Por ejemplo, que se conocieran...
Sin embargo, recordando la conversación de
hacía un momento, el hecho de que no se conocieran también resultaba bastante sospechoso.
La audiencia, donde se intercambiaron saludos
protocolarios, terminó rápido. Se debió sobre todo a que el rey, en su mal
estado, no podía intervenir directamente en las discusiones. Los detalles
concretos se tratarían a través de los hijos del rey, que actuaban como
regentes, y los funcionarios.
El problema surgió cuando la Maestra de la
Torre se negó a inclinar la cabeza ante el rey. Alguien señaló su falta de
respeto, pero ella ni se inmutó.
‘Un rey no inclina la cabeza ante otro rey’.
Como si hubiera previsto, o incluso provocado,
ese conflicto.
Tras la muerte por vejez del primer Maestro de
Gaicrux, de quien se decía que vivió casi mil años, su sucesor fue un hombre
bastante moderado. Pero la tercera Maestra era totalmente distinta.
¿Acaso se podía llamar ‘rey’ al dueño del
pantano de Geiker, que no es más que una parte de Iseland? Pero ella fue un
paso más allá.
‘Un mago no inclina la cabeza ante un humano’.
Esa mujer tenía fama de odiar a los humanos
incluso antes de convertirse en Maestra de la Torre. No era un simple
desagrado; ella pertenecía a la facción que creía que los magos debían gobernar
a los humanos.
En muchos sentidos, era algo inaceptable para
un reino humano.
‘Respetaré a vuestro rey, pero si buscáis
cortesía, ¿no deberíais revisar primero vuestra propia actitud?’.
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Y en cuanto levantó la mano, las espaldas de
todos los presentes se encorvaron. A excepción del rey y de Lucien.
Ella no bajó la mano hasta que todos
estuvieron inclinados casi en ángulo recto. El rey, aterrorizado o quizás
delirante, murmuraba tonterías ininteligibles.
Lucien sintió una presión pesada en la nuca y
la columna, pero puso fuerza en su espalda y hombros. Al mirar a la Maestra
fingiendo calma, la mirada azabache de ella también estaba clavada en él.
Por supuesto, el desprecio de ella hacia
Lucien no era algo nuevo.
Por eso, a Lucien le pareció bastante
inesperado cuando ella le dirigió la palabra aparte, al salir de la sala de
audiencias.
‘...Mestizo de Carlot’.
Para alguien que solía usar términos como ‘sangre
sucia’, la elección de palabras fue moderada.
‘Has traído a alguien nuevo’.
La Maestra habló con disimulo mientras
caminaba innecesariamente cerca de él. Miraba al frente y apenas movía los
labios. Los acompañantes, algo rezagados, difícilmente podrían oír la
conversación.
Así que él le siguió el juego.
‘En un lugar como este, la gente siempre entra
y sale’.
‘No te hagas el ignorante’.
‘Vaya, sí que conoce bien los asuntos del
castillo’.
‘Casi siempre puedo detectar la energía de un
nuevo mago’.
Mago. Una vez que esa palabra salió finalmente
de su boca, ya no podía ignorarla. Lucien volvió a preguntar.
‘¿Es alguien que perteneció a la Torre?’.
‘No’.
Ella negó con la cabeza. Luego se giró y miró
fijamente a Lucien.
‘Precisamente por eso tengo curiosidad. ¿Dónde
demonios has encontrado algo así?’.
En ese instante, Lucien leyó un júbilo extraño
en sus ojos.
Era obvio que la respuesta que ella buscaba no
era ‘un rincón rural de Osterbeek’. Pero, aunque no estuviera en una situación
de abierta hostilidad con ella, Lucien tampoco tenía nada que decirle.
¿Algo así?
Lucien habló fingiendo serenidad, observando
intensamente las pupilas verdes del mago.
“¿Sabe qué es Gaicrux?”.
Tras dudar un momento, Kosha asintió. Siendo
mago, era imposible no saberlo. Lucien preguntó de nuevo.
“¿Por qué no fue a la Torre?”.
A veces, de padres que se creen humanos nace
un niño mago. Si hay algún ancestro mago, es raro pero no imposible.
Como el nacimiento de un mago no es algo que
se pueda ocultar, esos niños acaban yendo a la Torre. Si el mago es demasiado
poderoso, el señor feudal de la región contacta con la Torre para que vengan a
buscarlo, aunque lo más común es que vayan por su cuenta cuando crecen un poco.
Nadie dudaba de que ese era el mejor camino
tanto para el niño mago como para los padres humanos.
“Dijo que nació en Alohen. El señor de allí
seguramente...”.
“Iba a ir”.
Las palabras salieron de forma bastante
apresurada, algo inusual en el siempre pausado mago.
“Es que... no pude cruzar el pantano”.
“.......”.
“Llegué justo al borde, pero no pude
cruzarlo”.
El pantano que rodeaba la Torre funcionaba
como una especie de foso. La diferencia era que solo aquellos que estaban
cualificados podían cruzarlo.
Naturalmente, estar cualificado para entrar en
la Torre significaba tener capacidad mágica.
Lucien bajó la mirada hacia la naranja
dividida limpiamente en seis trozos sin haber usado un solo cuchillo.
¿No está usando la magia de forma bastante
decente? Al principio era un poco mediocre, pero... No parece que esté
mintiendo con esa torpeza suya, pero es extraño...
“Por qué no pudiste cruzar el pantano...”.
Parecía una pregunta, pero también podía ser
solo un pensamiento en voz alta. Kosha, sintiéndose abrumado en cualquier caso,
esquivó la mirada y balbuceó.
“... ¿Porque no soy un mago lo suficientemente
bueno?”.
“¿Tú?”.
Lucien soltó una pequeña carcajada. Tomó un
gajo de naranja y se lo acercó a la boca del mago. Kosha, que estaba usando
ambas manos como plato, recibió la naranja por inercia. La cáscara se
desprendió de la pulpa con un corte limpio.
“Incluso pelas la fruta así de bien”.
Ante el repentino cumplido, el rostro de Kosha
se encendió.
Él usaba a menudo ese tono ligero. En la clase
dominante, ese tipo de habla se reservaba para tratar a los inferiores o para
relaciones de extrema intimidad que venían desde la infancia.
Kosha era alguien de rango muy inferior, así
que no era raro que él hablara así, pero... para ser solo un trato de superior
a inferior, su voz era demasiado dulce. Se sentía como si estuviera cargada de
familiaridad. Como si fueran... muy cercanos.
Por eso, cuando él acortaba sus palabras y
hablaba con informalidad, Kosha se sentía extrañamente bien. Era algo raro.
Originalmente le gustaba su carácter amable y educado incluso con los súbditos
de bajo estatus, y por eso se había enamorado de él.
Su corazón palpitaba con fuerza. Como cuando
empezó a quererlo por primera vez. Por eso Kosha sentía... ganas de hacer algo
constantemente. ¿El qué? No lo sabía. Algo grandioso.
Tras terminar de masticar y tragar la naranja,
Kosha propuso con entusiasmo.
“También puedo pelar manzanas”.
“No haga cosas que no le he pedido”.
Dictaminó Lucien, rechazando la propuesta sin
dudar.
El problema era que siempre intentaba hacer
cosas innecesarias... Pero esto era casi como una travesura infantil, así que
no era algo de lo que preocuparse demasiado. Lucien lo juzgó con ligereza.
Entonces, de repente, recordó las últimas
palabras que la Maestra de la Torre dejó caer al despedirse.
‘No te atrevas a intentar ser el dueño de un
mago, humano estúpido’.
Era una voz de advertencia.
Qué ridícula...
La comisura de los labios de Lucien se torció
con sarcasmo.
“Y pensar que antes me llamaba mestizo...”.
“¿Perdone?”.
“Eh, no es nada”.
Míralo. Pone esos ojos.
Lucien observó los iris verdes que daban una
sensación de transparencia excesiva para ser humanos. Le gustaba mucho esa
mirada sumisa.
Digan lo que digan, este mago es suyo. Lo es
ahora y lo será en el futuro. Él lo encontró primero, ¿y no lo ha criado él
mismo hasta este punto?
Y, sobre todo, como este mago lo quiere
tanto... puede controlarla perfectamente.
“Hizo bien en no ir a esa Torre. La Maestra es
una persona muy... desagradable”.
Él fingió una voz deliberadamente dulce. ¡Una
persona a la que el propio Lucien llamaba desagradable! Kosha estaba imaginando
la figura de un hombre de mediana edad con una expresión vil cuando ocurrió.
Como si lo hubiera recordado de repente,
Lucien se quitó el collar de librea que llevaba sobre los hombros y se lo puso
a Kosha. Él se quedó rígido, sorprendido por la joya excesivamente lujosa.
La cadena de metal con hileras de gemas
azules, símbolo de Carlot, estaba hecha a la medida del cuerpo de Lucien, por
lo que a Kosha le quedaba larga. Le pesaba en los hombros y colgaba de forma
poco elegante, pero a los ojos de Lucien se veía bastante bien.
Hasta el punto de pensar que no estaría mal
que el mago lo llevara puesto siempre.
“... ¿Qué le parece quedarse aquí incluso
cuando termine el trabajo?”.
Aún no había pensado concretamente qué hacer
con el mago ni dónde ponerlo una vez terminado el proceso de ‘desintoxicación’,
pero...
Es decir, no enviarlo de vuelta a ese rincón
rural. No es que no pudiera enviarlo allí y llamarlo solo cuando fuera
necesario, pero parecía mejor seguir teniéndolo así... cerca. Si era necesario,
podría crearle una identidad en la zona de Carlot.
“¿El trabajo?”.
“El trabajo de desintoxicación”.
Así que Lucien se lo propuso de forma un tanto
impulsiva.
Era un poco irritante que siempre estuviera
con el tema de los gansos, pero eso se arreglaría comprándole unos nuevos.
Dejaría que los criara en los establos reales. ¿Dijo que eran nueve? Si le
compraba diecinueve gansos nuevos, ¿acaso se resistiría a quedarse? Lucien
estaba haciendo sus cálculos internos cuando...
“Precisamente por eso quería hablarle...”.
Él esperaba que él se alegrara mucho o que
saliera con otra cantinela sobre sus gansos, pero la reacción del mago fue
distinta a lo esperado. Parecía sumido en pensamientos complejos y ansiosos. En
ese instante, Lucien se concentró instintivamente en sus palabras.
El mago susurró como si fuera a decir algo muy
secreto.
“... ¿Podría visitarlo esta noche, Alteza?”.
“¿Qué?”.
Lucien, excesivamente sorprendido, falló al
ajustar la cadena de joyas. Con un tintineo, un lado del pesado adorno se deslizó
por debajo del hombro de Kosha.
“¿Cuándo vas a hacer qué?”.
“Por la noche... ah, es decir”.
Kosha se rascó la cabeza mientras hacía flotar
con cuidado la naranja que sostenía en sus manos.
Últimamente, Lucien recurría a veces a
medicinas en lugar de magia para conciliar el sueño. Si contaba bien, era desde
que Kosha había estado enfermo. No había una regla fija ni nadie que le
explicara la razón. Por su parte, Kosha simplemente esperaba hasta que se ponía
el sol y, si no recibía noticias de que lo llamaban, suponía que él había usado
medicina.
Por eso, hoy solo quería asegurarse de si él
podría llamarlo.
“Me preguntaba si podría dedicarme algo de
tiempo esta noche. Es decir, sin dormirse”.
“... ¿Para qué?”.
“¿Eh? Pues, por supuesto...”.
Se sintió un poco intimidado ante la pregunta
que sonó como un interrogatorio. Su voz se volvió un hilo.
“Para el tratamiento... tengo que hacerlo”.
¿Acaso había algún otro asunto más importante
entre ellos?
Pero Lucien...
“Ah”.
Su reacción llegó con un compás y medio de
retraso. Como si hubiera escuchado algo totalmente inesperado.
Mientras Kosha esperaba la respuesta pensando
que las pestañas de él eran más largas de lo que creía, llegó una voz un tanto
afilada y tensa.
“¿Dice eso de esa manera?”.
“¿... Lo siento?”.
Aunque no sabía qué había hecho mal
exactamente, Kosha se disculpó de inmediato
Había intentado pedir audiencia con palabras
formales, ¿habría cometido algún error? Estaba seguro de haberlo aprendido así
de niño. Definitivamente, uno no debe intentar hacer cosas a las que no está
acostumbrado...
“Es que... pensaba que sería mejor hacer el
tratamiento por la noche. Los síntomas que quedan por la noche son el problema
ahora... He buscado en libros y he hecho mis propias observaciones”.
La explicación, que continuaba con cierto
nerviosismo, se detuvo suavemente.
Concentrado en sus sentidos como mago, la mano
de Kosha se movió sin darse cuenta. La punta de sus dedos, que se había posado
cerca de la clavícula, descendió muy lentamente, siguiendo uno a uno los botones
bien cerrados de la prenda superior, hasta detenerse en el centro del pecho.
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“...Durante el día, la magia se esconde”.
Murmuró Kosha, como hablando para sí mismo.
“Es cierto que en la primera desintoxicación
retiramos todo lo que estaba en la superficie. El problema son las cosas que se
esconden hacia el interior...”.
“.......”.
“Extraerlo siguiendo los vasos sanguíneos es
cuestión de una o dos gotas... Durante el día apenas se ve, y eso que es mi
propio maná”.
La punta de sus dedos presionó con fuerza
sobre el amplio pecho. Y Lucien...
Él... bueno.
El mago que, sobre su humilde ropa de
sirvienta, llevaba una lujosa joya de hileras de gemas envolviéndola de forma
oblicua... a sus ojos, resultaba excesivamente obscena. El cuello de la camisa
que se entregaba a los criados era tosco, lo que acentuaba esa sensación, y el
hecho de llevar un adorno que representaba autoridad de forma tan descuidada lo
agravaba aún más.
“...porque no le gustaría el método de abrir
el pecho y sacar el corazón para purificarlo. Dicen que es lo más efectivo, y
aunque se haría mediante una cirugía mágica, yo nunca he hecho algo así. Por
eso, simplemente por la noche...”.
Afortunadamente, Lucien no entendió con
precisión las tonterías que balbuceaba el mago. Solo captó que, por alguna
razón, era necesario hacer algo durante la noche.
“...Pero es que últimamente hay veces que no
me llama”.
Añadió Kosha suavemente. Fue justo cuando
retiraba con disimulo sus dedos, que sin darse cuenta habían estado presionando
la zona del corazón donde se escondía el maná.
Él, que la observaba con una expresión
indescifrable, habló de repente.
“¿Me echaba de menos porque no lo llamaba?”.
Fue una pregunta bastante abrupta.
¿Echarlo... echarlo de menos? Kosha parpadeó,
reflexionando seriamente sobre ello.
“B-bueno, más que eso...”.
“¿Más que eso?”.
“...Pensé que tal vez había algún problema.
¿Acaso le hice tener pesadillas? ¿O cometí algún otro error? ¿Fui maleducado?
Si es así, le pido disculpas. Yo, esto... crecí de forma ruda y no conozco bien
los modales”.
En realidad, se acercaba más a una
preocupación genuina...
“O si tal vez estaba molesto conmigo por haber
ido al ala este por mi cuenta...”.
“.......”.
“¿Y la nueva medicina que usa no tiene efectos
secundarios? ¿Le resulta más cómoda que mi magia?”.
Bueno, en realidad no era solo un poco, sino
que estaba muy preocupada...
Sin embargo, no hubo respuesta a su ráfaga de
preguntas. Lucien simplemente jugueteaba con el cabello rizado de Kosha, sumido
en sus pensamientos, y como su expresión parecía atribulada, Kosha tuvo que
vigilar sus reacciones con cautela.
Cuando el silencio empezaba a volverse pesado,
Lucien habló.
“Sí que me echabas de menos”.
“¿...?”.
“A eso se le llama precisamente echar de
menos”.
No dejas de pensar en mí, sea por la razón que
sea. ¿Verdad?
Lucien instó a una respuesta. Por supuesto, no
había margen de elección en la contestación.
Y al escucharlo repetidamente, de alguna
manera sintió que era así. Ah... ¿así que era eso? Kosha era torpe definiendo
emociones y, además, quería decirle lo que él deseaba oír. Convencido de una
forma u otra, Kosha asintió.
“Creo que Su Alteza tiene razón”.
Al decir eso, una sonrisa afloró finalmente en
el rostro de Lucien. Era una sonrisa capaz de derretir a cualquiera. Tratándose
de un mago que perdía la cabeza por las cosas bellas, no había forma de que no
quedara hechizado.
Usando esa apariencia como arma, él volvió a
hacer una petición excesiva.
“Entonces, dilo de nuevo así”.
“C-creo que lo echaba de menos”.
“Otra vez, con precisión”.
“...Lo echaba de menos”.
Tras escucharlo varias veces y repetirlo él
mismo, realmente... realmente sintió como si lo hubiera extrañado muchísimo.
Un momento, ¿pero no nos veíamos todos los
días durante el día aunque no me llamara de noche?
Ese hecho se borró por completo de su mente.
Lucien soltó una pequeña risa mientras miraba
a Kosha, quien repetía las palabras obedientemente tal como se le ordenaba.
Y entonces, se inclinó.
Darse cuenta de nuevo de que estaban demasiado
cerca en esa habitación tan amplia ya no servía de nada.
“El tratamiento... hagámoslo un poco más
tarde”.
Porque eso no es lo más importante ahora,
susurró con los labios pegados a los suyos. Sus respiraciones se mezclaron.
¿Que no es importante? ¿No es acaso lo más
importante?
Sin embargo, cuando sus labios volvieron a
posarse sobre los de él, Kosha ya no pudo albergar más dudas. Concentrarse en
Lucien se convirtió, en ese instante, en lo único importante en aquella
habitación.
***
Toda magia tiene un punto de ruptura.
Ese era un hecho que Lucien había aprendido de
primera mano durante los días en que trabajaba como un esclavo en el Frente
Oriental.
Dado que un mago es un ser tan imperfecto como
un humano, no puede controlar perfectamente todas las condiciones de la magia.
Si se lograba aprovechar astutamente ese resquicio, la magia podía ser
virtualmente neutralizada.
Por lo tanto, era un paso natural que Lucien y
sus colaboradores intentaran romper el hechizo, independientemente del antídoto
de la poción.
Sin embargo, esta ‘poción de amor’ estaba
impregnada de condiciones tan ambiguas y subjetivas que el progreso era
lento...
Esta poción de origen desconocido obligaba a
Lucien a no poder resistir sus impulsos. Le hacía hacer lo que quisiera en cada
momento. Entonces, ¿qué significaba exactamente ‘hacer lo que uno quiere’?
¿Y ‘cuántas’ ganas debía tener?
Para empezar, él era alguien a quien le
gustaba vivir ocupado. Si hubiera tenido una personalidad que prefiriera
holgazanear, ni siquiera habría venido a Ostbrahe.
Aunque disfrutaba de las guerrilleras en el
campo de batalla, el papel de comandante le sentaba bien, y resolver todo tipo
de problemas complejos y sucios a su antojo era su tipo de placer.
Es decir, al principio le tomo desprevenido y
cometió algunos deslices impulsivos, pero ¿y si controlaba la situación de
antemano? Si lo que ‘más quería hacer’ durante el tiempo en que el efecto de la
droga estaba activo era simplemente quedarse encerrado trabajando
tranquilamente en los asuntos públicos.
Al fin y al cabo, era una cuestión de
autocontrol, no es que perdiera el juicio por completo.
Por supuesto, ‘configurar’ esa mentalidad
requería cierto esfuerzo.
Él no era una persona especialmente honesta,
ni siquiera consigo mismo. Observar sus propios deseos con sinceridad,
reconocerlos y satisfacerlos de antemano o borrarlos era una tarea bastante
ardua.
Tenía que templar su mente recordando
repetidamente los principios de funcionamiento de la magia, usaba medicamentos
y fragancias con efectos sedantes como apoyo, e incluso recurría a sus comidas
y vinos favoritos. Después de todo, la comida suele proporcionar la
satisfacción más fácil y sencilla.
Tras varios intentos de ensayo y error,
acompañado de caballeros capaces de reducirlo por la fuerza en caso de
emergencia, Lucien logró llegar a un punto en el que podía... trabajar
razonablemente por las noches.
Aunque su límite era estar sentado
lánguidamente con la mente nublada, revisando informes y dando aprobaciones.
Incluso eso ya era un gran avance. Por eso había dejado de llamar a el mago.
No sabía que él se estaría preocupando por
eso...
O mejor dicho, ¿realmente no lo sabía? Una vez
más, Lucien no era muy honesto consigo mismo. ¿De verdad no sabía que el mago
se preocuparía?
¿O no sería que quería que él se preocupara?
“Se ha informado de movimientos sospechosos en
el territorio de Seodin”.
En ese momento, la voz de Gosric rompió sus
pensamientos.
Últimamente, Gosric había estado muy ocupado.
Había asumido parte de las tareas de Milot, quien solía presentarle los
informes, e incluso se había hecho cargo de la misión de Edric de vigilar a el
mago. Para Gosric, era como si le hubiera caído un rayo del cielo en un día
despejado.
Pero no podemos dejar a esos tipos así,
¿verdad? Especialmente a Edric, ese tipo...
“...Dicen que los arqueros a caballo de Lapros
se han desplazado hacia Anteka, y su número se estima entre setecientos y mil.
Si Arabella está preparando su regreso acompañada del ejército de Seodin...”.
“Eso es traición. ¿Quién se atreve a
introducir tropas en Osterbelt estando el rey aún vivo?”.
Si eso fuera posible, él ya habría estacionado
hace tiempo a las tropas de Carlot frente a sus narices. La ley dictaba que
solo el ejército del rey podía estar apostado en la región de Osterbelt, el
dominio directo de la corona que rodeaba la capital.
Cruzar la frontera de Osterbelt con cualquier
otro ejército significaba traición inmediata. En la historia que venía desde el
reino de Asila, ¿acaso no habría habido algún loco que cometiera tal acto? Sin
embargo, si se hacía algo así, incluso si se mataba al resto de competidores y
se obtenía la corona, se consideraba que no se había demostrado la cualidad de
rey.
Si un rey llegaba al poder sin legitimidad
reconocida, cualquiera podía entrar con un ejército y derrocarlo. En ese caso,
el trono se consideraba virtualmente vacante.
Después de tanto esfuerzo, no quería ese tipo
de final.
“...Aunque la historia cambiaría si el rey
muriera”.
Añadió Lucien con irritación.
“Pero, ¿no es un momento delicado? Si el rey
muere mientras la Maestra de Gaicrux está aquí, será todo un espectáculo. Ella
no es tan tonta como para no saber qué pueden hacer treinta y un magos entrando
sin resistencia aprovechando el vacío de poder”.
“Así es, pero...”.
Gosric dudó un momento antes de hablar.
“También hemos trasladado nuestra caballería a
Silvern. Por ahora son quinientos, pero dependiendo de la situación, podríamos
aumentar el número. Por eso, creo que sería bueno enviar a otro comandante
allí...”.
Silvern era una de las fortalezas de Carlot
más cercanas a la frontera de Osterbelt. Era el lugar desde donde él podía
movilizar tropas con mayor rapidez en caso de emergencia.
Elegir al comandante para ese puesto era
vital. Los rostros de varios candidatos aptos pasaron por su mente. Personas
leales, con amplia experiencia al mando...
Sin embargo, el nombre que saltó de sus labios
no fue el de ninguno de ellos.
“Edric”.
Ante la palabra lanzada con indiferencia, la
expresión de Gosric se volvió extraña.
“... ¿Se refiere a Edric? ¿Como comandante
para enviar a Silvern?”.
Edric es demasiado joven. No tiene mucha
experiencia al mando... Y tiene más utilidad en otros asuntos, por lo que
enviarlo a Silvern es un desperdicio. Pero...
Lucien recordó la escena de aquel caballero
joven y capaz, al que consideraba casi como un hermano menor, estando cara a
cara con el mago. Era algo que, desde aquel día, afloraba en su mente cada vez
que estaba a punto de olvidarlo, irritándole los nervios.
La punta de los dedos del mago, que casi
rozaba los labios de aquel tipo mientras le metía una uva en la boca... y la
cara de embobado de ese idiota.
Era obvio lo que pasaba por su cabeza en ese
momento.
Aunque solía comportarse de forma comedida
para su edad, al fin y al cabo era un hombre joven, casi un muchacho, ¿no? Y
con un rostro bastante agraciado.
“.......”.
Al llegar a ese punto, Lucien chasqueó la
lengua con fastidio.
Había que reconocer lo evidente. Ignorar algo
no hace que desaparezca de golpe. Era una lección que la ‘poción de amor’ o lo
que fuera le había enseñado a sangre y fuego.
Así que decidió reconocerlo finalmente.
Que sentía... una especie de deseo sexual
hacia ese mago.
Por supuesto, como suele ocurrir con los que
nacen con genitales masculinos, el deseo sexual es algo independiente de los
sentimientos o eso pensaba Lucien.
“Alteza...”.
Gosric balbuceó con una expresión
indescriptible. Lucien soltó con total naturalidad.
“Él también tendrá que ejercer de comandante
algún día, ¿no?”.
“.......”.
“Ya lo he entendido, así que quita esa cara”.
La mirada de Gosric era sumamente insolente.
Se parecía a la que ponía cuando trataba con el joven señorito que hacía
berrinche por todo en su infancia. Lucien agitó la mano con fastidio.
“Haz la selección adecuadamente por tu cuenta.
Luden, ¿o sigue aún atado al este? Si no, traslada a Melian”.
Eso, a diferencia de lo anterior, era una
medida sumamente racional. Gosric inclinó la cabeza, ocultando su mirada
rebelde.
“Y hay un mensaje que llega desde Ollet”.
“¿Ollet?”.
“Se dice que Airee ha sido vista en Ollet”.
Al surgir un nombre inesperado, Lucien frunció
el ceño. Aunque últimamente estaba vigilando la relación entre Bastian y la
familia de su esposa.
“¿Mi cuñada está en su casa paterna? ¿En un
momento como este?”.
“Podría ser que su relación realmente se haya
roto”.
Dijo Gosric con cautela.
“Ni la princesa ni la consorte están en el
castillo, pero el volumen de suministros femeninos que entra en el ala este se
registra sin cambios. No parece que intenten ocultar la ausencia de la
consorte, sino que, por ejemplo, Bastian haya tomado una amante...”.
“¿Acaso es novedad que ese cerdo ande en líos
escabrosos?”.
Las largas y cuidadas puntas de los dedos de
Lucien tamborilearon sobre el escritorio.
“Además, ¿no se casó ella sabiendo todo eso?”.
“Puede que lo supiera, pero aun así, el
corazón humano...”.
“Qué tontería”.
Rio Lucien con desdén.
“Por muy inmadura que sea, Airee es una noble
de la corte. ¿Dónde va a haber sentimientos? ¿Acaso se casa uno por emoción?”.
“.......”.
“¿Tiene sentido que se escape de casa porque
su relación personal se haya torcido?”.
"Ni que fuera una plebeya
cualquiera...", murmuró Lucien. Eran palabras sumamente cínicas, incluso
viniendo de él.
Gosric pensó en la consorte del príncipe.
Diez años más joven que su marido, fue
designada como su prometida antes incluso de nacer, y gracias a ello, el
primogénito del rey disfrutó de una vida libertina con la excusa de esperar a
que ella alcanzara la mayoría de edad. Para entonces, el príncipe ya tenía al
menos siete hijos ilegítimos, por lo que Airee podría haber ejercido su derecho
al veto sobre el matrimonio.
Ella eligió no hacerlo.
En aquella boda, celebrada con gran lujo, hubo
muchos comentarios. La opinión general era que Airee, famosa por su fuerte
carácter, codiciaba el puesto de futura reina.
Pero, al mismo tiempo, aquel día ella parecía simplemente
una niña. Gosric no fue el único que lo sintió.
Como una chica que toma una mala decisión
arrastrada por su primer amor.
En realidad, eso era algo que les pasaba a
casi todas las jóvenes del mundo, pero ella, por desgracia de su alta cuna,
tuvo que tomar una decisión a una escala enorme...
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“El corazón de las personas no siempre obedece
a la razón, ¿no cree?”.
Opinó Gosric con rodeos.
Como si hubiera escuchado algo inaudito,
Lucien abrió mucho los ojos por un momento. Luego, sonrió con una dulzura
hipócrita y fingida.
Como era muy raro que Lucien sonriera de esa
forma a Gosric y no a otra persona, este se puso tenso sin darse cuenta. Llegó
una voz llena de burla.
“Parece que Sir Gosric ha tenido bastantes
asuntos en los que su corazón no le obedeció, ¿verdad?”.
“.......”.
Las palabras que salen de esa boca siempre son
iguales...
Gosric observó en silencio a su señor, quien
por parentesco era algo así como un sobrino. A veces se olvidaba porque había
crecido con una apariencia demasiado impecable, pero Lucien no se llevaba
muchos años con Airee. Gosric dejó pasar el comentario fingiendo ignorancia.
“Bueno, en la vida pasan todo tipo de cosas.
Con su permiso, me retiro”.
“Espera un momento”.
Sin embargo, fue Lucien quien lo detuvo, a
pesar de que parecía no tener intención de seguir hablando.
“Esto...”.
Tras detenerlo, se quedó callado durante un
buen rato.
“¿Ocurre algún problema?”.
“... ¿Podrías conseguirme algún medicamento
para la disfunción eréctil?”.
“¿Cómo?”.
La expresión de Gosric volvió a volverse
grotesca, como si hubiera escuchado algo que no debería. Lucien, de forma
impropia en él, evitó la mirada.
No era alguien que sintiera mucha vergüenza,
pero sacar este tema no era fácil ni para él. Sin embargo, si tenía que elegir
a alguien de confianza para estos asuntos, ese era Gosric.
“¿Es para uso personal?”.
“.......”.
“¿Ha surgido algún problema con su función
sexual?”.
“No...”.
Lucien cerró los ojos con irritación y frunció
el ceño. Ojalá hubiera sido eso, habría sido más fácil.
“Es al revés. No me refiero a una medicina
para tratar eso, sino a una para inducirlo”.
“.......”.
“Es decir, algo así como un inhibidor”.
Explicó. Aun así, la expresión de Gosric no
mejoró.
“Con perdón, Alteza... ¿para qué demonios
necesita eso?”.
El deseo sexual suele inhibirse hasta cierto
punto una vez satisfecho. ¿Y no era acaso la libertad sexual algo que se
fomentaba en un hombre de noble linaje?
“Si necesita a alguien discreto y que no
traiga problemas posteriores...”.
“¿Cuándo dije yo que necesitara a alguien?”.
Lucien interrumpió a Gosric, pasándose la mano
por el cabello con gesto de fastidio. No es que no conociera ‘el método’. Por
supuesto que lo sabía. Uno de los factores cruciales para ser reconocido como
heredero del señorío, y más tarde como sucesor al trono, era demostrar una
función sexual normal. Sin embargo, en este momento, no tenía el menor deseo de
acostarse con nadie. Con absolutamente nadie.
“Él dice que quiere verme esta misma noche,
¿qué debo hacer entonces? Tendré que usar algún tipo de medicina...”.
“Lamento la osadía, pero... ¿quién es ‘él’?”.
“¿Quién más va a ser sino el mago?”.
Es decir, incluido el mago, con nadie. Porque
reconocer la existencia del deseo sexual y darle rienda suelta eran cuestiones
totalmente distintas. A decir verdad, era un asunto que lo tenía bastante
inquieto últimamente; quizás incluso un poco más que sus planes para deshacerse
de sus hermanastros. Después de todo, aquel primer incidente no había sido
precisamente de naturaleza positiva.
Aquel día, cuando confundió al mago con un
prostituto enviado por su hermanastro, Lucien estuvo dispuesto a ‘usar’ a ese
prostituto de buena gana. El hecho de que no sintiera la menor intención de
contenerse se debió, probablemente, al efecto de esa maldita ‘poción mágica’.
Aunque no solía preferir los encuentros bruscos, juzgó que, tratándose de un
prostituto que venía con ‘ese propósito’, podía permitirse actuar con cierto
egoísmo. Además, al ver su rostro, le entró un poco de prisa.
Dejando de lado que fuera un prostituto, el
hecho de que fuera hombre lo desconcertó un poco, pero pensó que el sexo
vendría a ser lo mismo en cualquier caso. Probaría una vez y, si valía la
pena... ¿Por qué no quedárselo en lugar de devolvérselo a Bastian? Podría
encerrarlo en su alcoba y hacer que afuera constara como desaparecido. No le
importaría que Bastian malinterpretara que el joven había muerto a sus manos.
Sin embargo, cuando descubrió que el otro no
era un prostituto enviado con ‘ese propósito’, se sintió extrañamente
desconcertado. No, de verdad, él no tenía el más mínimo interés en la violación
y...
“Sería problemático si volviera a ocurrir un
accidente como el de entonces”.
Pero Lucien no podía responder por sí mismo.
El mago, como suelen hacer los seres no humanos con los mortales, intentaba seducirlo
de forma habitual... y su apariencia física era más que suficiente para
respaldar ese mal hábito. La última vez, cuando el somnífero causó problemas,
¿acaso no fue directamente a buscarlo y lo besó?
Por supuesto, gracias a eso habían mantenido
esa dinámica hasta ahora, pero besar era simplemente... bueno, succionar un
poco. Ambos se sentían bien, era controlable y no dejaba una mala impresión.
Pero cualquier acto más allá de eso... En cualquier caso, se encontraba en la
posición de tener que engatusar al mago para que este cayera rendido a sus
pies.
“... Veré qué puedo encontrar. Aunque no sé si
existirá una medicina tan atroz”.
Respondió Gosric con semblante cansado.
Aquellos nacidos con virilidad solían querer mantenerla erguida incluso a las
puertas de la muerte. Nunca había visto a nadie que quisiera anularla por la
fuerza.
Por más que lo pensara, no creía que ese fuera
el mejor método. "Hace poco me preguntó si había muchas cosas que no
salían como uno quería. ¿Será que lo que no le obedece ahora es el
cuerpo?", refunfuñó Gosric para sus adentros. Por muy imponente que fuera
su apariencia, su señor aún no era tan mayor.
***
“¿Eh? ¿Al príncipe le preocupa algo así?”.
Preguntó Kosha, apartándose ligeramente su
pesado sombrero. Gosric observó con sentimientos encontrados al mago, que iba
envuelto en sus ropas nuevas que aún crujían.
Kosha recibió la vestimenta nueva justo cuando
el viento frío empezaba a soplar durante el día. Se trataba de la polémica
túnica gris. Tenía mangas largas que cubrían hasta la punta de los dedos y una
capucha con pesas en el borde para que no se volara con el viento.
Madame Christie, siempre una trabajadora
eficiente, notó de inmediato que el dueño de la túnica era alguien que gozaba
del favor de su señor. Por ello, considerando la proximidad del invierno, se
tomó el lujo de añadir un forro de piel ligero, cálido y suave, logrando una
magnífica prenda de abrigo invernal que solo pecaba de tener un color un tanto
apagado.
Incluso el exigente Lucien no puso objeciones
al lujo añadido a la prenda. A juzgar por su actitud, si la hubieran hecho con
una sola capa de tela barata, probablemente habría ordenado confeccionarla de
nuevo. Como sea, él quería entregar la ropa personalmente, pero no pudo
ausentarse de sus compromisos oficiales externos durante varios días.
Inevitablemente, la túnica pasó de la modista Madame Christie a Milot (quien
seguía bajo arresto domiciliario), luego a Gosric, y finalmente llegó
directamente a Kosha.
Para Kosha, el hecho de que fuera un regalo de
Lucien era suficiente. Sin embargo, se alegró tanto que Gosric pensó que era
mejor que su señor no viera aquella reacción. En ese mismo instante, el mago
estaba rodando por la cama, emocionado, envuelto en su túnica nueva. Dada la
conducta reciente de su señor, si viera tal imagen frente a sus ojos, Gosric
temía que ocurriera algo inapropiado...
“No te subas a la cama con la ropa de calle”.
Le reprochó Gosric para cortar esos
pensamientos extraños.
“Pero es ropa nueva”.
“Sea nueva o vieja”.
Le ordenó que se la quitara de inmediato, la
colgara en su sitio y solo se la pusiera para salir. El mago, aunque con pesar,
volvió a obedecer dócilmente.
Vaya, es que es tan obediente que..., pensaba
Gosric cuando Kosha, que colgaba la túnica con cuidado en el perchero, continuó
hablando.
“De todos modos, um, el príncipe no tiene por
qué preocuparse de eso. ¿No me diga que es por eso que pospone el
tratamiento?”.
Era la respuesta a lo que Gosric había
mencionado antes, aunque este no le había contado toda la verdad.
“Soy un mago, ¿sabe?
“¿Y qué tiene que ver que seas mago?”.
“Puedo protegerme a mí mismo, sir Gosric”.
Justo cuando Gosric sospechaba que el mago no
había entendido en absoluto la esencia del problema, Kosha acercó su rostro.
“Si no me cree, ¿quiere intentar golpearme?”.
Sus ojos eran grandes, su piel blanca. Se veía
transparente, puro, frágil y precario.
No, reacciona.
Gosric cerró los ojos y agitó la mano. Sabía
perfectamente que el hecho de que los seres no humanos sedujeran a los humanos
era algo que ocurría de forma casi inconsciente. Si hubiera tenido un desliz
con Rosalia en aquellos tiempos, tendría un hijo de la edad de este muchacho.
¡Qué atrevimiento el de este joven ante un adulto!
“... Basta ya, muchacho. No digas tonterías
peligrosas”.
Como fuera, si a ese rostro le pasaba algo,
era evidente que cierta persona importante perdería los estribos. Pero Kosha
parecía un poco decepcionado.
“De verdad estoy bien. No es como antes. Creo
que ya sé cómo desplegar un escudo protector”.
“Sí, claro”.
Para Gosric, ese ‘creo que ya sé’ del mago no
era nada fiable. Además, no es que le preocupara que lo golpearan o algo así.
Aunque había hablado de forma ambigua sobre el temor a un comportamiento
violento...
Gosric aún no había podido conseguir ese
supuesto inductor de impotencia o supresor de la libido. Lucien le reprochó su
incompetencia, pero era una injusticia. De los diez boticarios que consultó en
secreto, ocho lo miraron como a un loco y los otros dos le recetaron que, si no
podía controlarse, mejor se cortara lo de abajo.
“Tú... deja también esa costumbre de mirar
fijamente a la gente”
Añadió Gosric, aprovechando la ocasión. El
mago, que mantenía la mirada fija en él, parpadeó volviendo a la realidad.
“Ah, perdón. No es que quisiera mirarlo a
usted, sir Gosric”.
“¿No me digas que vas a hablar otra vez de ese
lagarto invisible?”.
“No es un lagarto invisible, es un lagarto
verde brillante. Es solo que los demás no pueden verlo...”.
Mientras el mago parloteaba, la expresión de
Gosric se volvía más sombría. No parecía que le faltara inteligencia, pero a
veces soltaba cada disparate...
“Ahora mismo está pegado a su cara”.
Susurró el mago de repente con mucha seriedad.
“Creo que le gusta usted”.
“¡Oye, tú! ¡No digas esas cosas a la ligera!”.
Por un instante, un escalofrío le recorrió la
espalda. Con esa cara tan peculiar, aquellas palabras sonaban extremadamente
extrañas. Gosric se frotó la cara con fuerza, mientras el mago movía las manos
con nerviosismo, como si estuviera acariciando a un lagarto sobre su palma.
Sintiéndose incómodo, Gosric miró alrededor de la habitación vacía y señaló con
el dedo de forma tajante.
“No se bromea con los mayores. Podrías ser mi
hijo”.
“¿Está casado?”.
Preguntó Kosha sorprendido. Gosric iba a
recriminarle la expresión, pero guardó silencio.
Los hombres casados de la alta sociedad suelen
dar pistas por sus joyas. Generalmente usan anillos de boda, pero en el caso de
los caballeros activos que empuñan la espada, suelen sustituirlos por
brazaletes. Sin embargo, las manos y los brazos de Gosric estaban limpios de
adornos.
“No”.
Respondió con indiferencia. Kosha ladeó la
cabeza.
“¿Hubo alguien con quien quiso casarse?”.
“En aquel entonces, bueno, así fue... ¡Un
momento! ¿Por qué estoy contando esto?”.
Justo cuando recobraba el sentido tras haber
estado hablando de más, Kosha sonrió pícaramente.
¡Este mocoso me saca de quicio...!
Pero cuando Gosric se disponía a reprenderlo
de nuevo, el mago se levantó de golpe con los ojos muy abiertos.
“¿Qué pasa? Ahora vas a huir para que no te
regañe...”.
“¡Parece que el príncipe ha llegado!”.
Kosha exclamó mientras tomaba la túnica que
acababa de colgar con tanto esmero y se la echaba encima. Gosric frunció el
ceño ante la repentina mención de ‘su alteza’ mientras estaban allí sentados.
“¿Qué tonterías dices ahora...?”.
“Salga rápido, sir Gosric. Rápido”.
Kosha tiró del brazo de Gosric. Aunque pensó
que era una artimaña para salir fuera, Gosric acabó levantándose sin saber muy
bien por qué. Después de todo, a esa edad uno se desespera por estar encerrado
en una habitación. Pensó que, ya que tenía un momento libre, lo acompañaría un
rato.
Y en el momento en que salió por la puerta que
conectaba con el patio del ala oeste, de la mano del mago...
Justo en ese instante, unos caballeros
cruzaban la puerta lateral de la muralla interna. A la cabeza del grupo se
encontraba un hombre alto y rubio. Gosric se quedó petrificado por la sorpresa,
mientras Kosha le daba unos toquecitos al lado.
“¿Ve? Se lo dije, el príncipe ha llegado”.
“... ¿Cómo lo supiste?”.
Preguntó Gosric sintiéndose un poco tonto.
Kosha volvió a sonreír con picardía.
“¡Porque lo siento!”.
“¿Lo sientes?”.
¿Qué exactamente, cuánto y cómo? Pero antes de
que pudiera indagar, el mago salió corriendo con los faldones de la túnica ondeando.
Gosric lo siguió por reflejo.
Lucien vestía un tabardo con el emblema de la
cornamenta de ciervo de Carlot sobre una túnica oscura, botas que le llegaban a
la pantorrilla y una capa fijada a los hombros que casi rozaba sus tobillos.
Llevaba una espada sin adornos en la cintura. En resumen, parecía el hijo menor
de una familia noble que acababa de ser nombrado caballero.
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Esta apariencia, no demasiado autoritaria y
que transmitía una sensación de sencillez e incluso frescura, era algo planeado
minuciosamente por sus asesores, desde el color de la ropa hasta cada
accesorio. El hecho de que llevara en sus manos enguantadas un par de ramos de
flores sencillos atados solo con cintas acentuaba aún más esa imagen. Parecía
una tímida muestra de afecto recibida de una amante de su misma edad a la que
acababa de conocer, lo que suavizaba considerablemente su aura.
O al menos así fue hasta que estrelló los
ramos contra el suelo.
Al mismo tiempo, el mago, que corría ligero,
se detuvo en seco. Ya era finales de otoño. En esta época, las flores que se
pueden conseguir para un ramo son limitadas. Lo mejor que se podía hacer era
usar ramas secas con bayas, cañas o flores previamente secadas. Eran objetos de
apariencia modesta, pero que requerían mucha dedicación. Kosha lo sabía bien,
pues él mismo había intentado secar flores varias veces y había fallado al
aparecer moho.
Sin embargo, en cuanto se cerró la puerta de
la muralla interna, Lucien las dejó caer como si no tuvieran el menor valor.
Algunas rodaron hasta el canal de agua cercano.
“Oye, te dije que no salieras corriendo
así...”.
Decía Gosric mientras alcanzaba al mago, que
se había quedado allí parado, vacilante. En ese momento, los ojos gris azulado
de Lucien, que conversaba con sus subordinados, descubrieron a Kosha.
Sus ojos se agrandaron un poco. Lucien
extendió la mano casi por reflejo y, finalmente, Kosha se acercó lentamente
tras dudar un poco. Cuando estuvo a su alcance, la mano enguantada de cuero
rodeó suavemente el codo de Kosha y tiró de él.
Todo ese proceso fue, probablemente,
completamente inconsciente. Lucien no parecía darse cuenta de que estaba
teniendo un contacto excesivamente íntimo, y mientras Gosric, sintiéndose
incómodo, intentaba bloquear con su cuerpo la mirada de los demás, Lucien habló
primero.
“¿Por qué has salido hasta aquí?”.
Parecía preguntarle a Kosha, pero su mirada se
dirigía a Gosric, como recriminándole por dejarlo andar libremente por fuera.
Mientras Gosric apretaba los labios sin decir nada, Kosha respondió.
“Es que... me pareció que su alteza había
regresado. Quería saludarlo...”.
“¿Saludarme?”.
Lucien parpadeó como si hubiera oído algo
sumamente inesperado. Pero no hubo más respuesta. Kosha mantenía la boca
cerrada y su mirada fija en los ramos de flores que yacían aplastados bajo sus
pies. Interpretando esa mirada a su manera, Lucien añadió algo que nadie le
había preguntado.
“Tuve que salir a la ciudad y simplemente me
los dieron”.
“...”.
“No es que alguien me los haya dado por algo
especial”.
Justo cuando Lucien iba a apartar más los
ramos con la punta de la bota, Kosha habló en voz baja.
“Lo sé. Yo también se los he dado antes...”.
Su voz era tan calmada que era difícil
calibrar sus emociones. Por eso, Lucien no comprendió de inmediato el contenido
exacto de sus palabras.
“Ah”.
Y en el momento en que lo comprendió, el
ambiente se hundió en la miseria. No solo Lucien, sino también sus caballeros y
asesores. Los subordinados que lo acompañaban eran todos allegados a Lucien,
por lo que tenían nociones del contexto y suficiente perspicacia.
"¿Qué hacemos? ¿Los recojo ahora mismo?
No, aunque lo hagas tú...". Mientras los subordinados intercambiaban
miradas de apuro, Lucien tampoco encontraba qué decir. Mientras él alternaba la
mirada entre el mago que se había quedado callado y las flores abandonadas en
el suelo, fue Kosha quien reaccionó primero. Frunció la nariz y sonrió con
torpeza.
“Ah, no... eh, no se preocupe, alteza. No
tenía otra intención. No es que esperara nada especial al dárselas. Simplemente
el hecho de que acepte lo que le doy ya me hace feliz”.
Como para refrescar el ambiente, movió sus
delgados dedos en el aire. Luego, continuó hablando con voz bastante animada.
“Más que eso, alteza, gracias por la ropa.
Quería darle las gracias por eso”.
Y Kosha dio un paso atrás con el pie derecho y
dobló profundamente la rodilla en una reverencia. Fue un movimiento fluido y
elegante. Fue entonces cuando la persona que había permanecido inexpresiva
detrás de Lucien dio un paso al frente.
“Ah, así que este es el famoso mago”.
Luchaba con el pelo recogido en una cOlleta y
vestía ropas de hombre, por lo que no se había dado cuenta, pero era una mujer.
Y al mirarla de cerca, se parecía muchísimo a Milot.
“... ¿Milot?”.
¿Acaso habría sufrido algún accidente mágico
en la biblioteca del ala este y se habría convertido en mujer? Dado que no
había visto ni la sombra de Milot desde aquel incidente y que últimamente Kosha
había experimentado demasiados sucesos irreales, lo sospechó de forma
razonable.
La mujer, que era idéntica a Milot pero, a
diferencia de él, lucía una cabellera abundante, sonrió con los ojos
entrecerrados.
“Soy su hermana mayor. Me llamo Renata. Es un
honor conocerlo”.
Ella hizo una profunda reverencia y Kosha,
desconcertado, volvió a doblar la rodilla para devolver el saludo. En ese
instante, los ojos de Renata observaron agudamente a Kosha.
“Lo siento mucho, ha sido una falta de respeto
por mi parte”.
“No se preocupe. Es cierto que nos parecemos
mucho. En mi familia, hasta mi madre es idéntica a nosotros”.
Respondió ella con suavidad.
“Escuché que mi hermano fue grosero con usted
hace poco. Me gustaría disculparme en su nombre”.
“¿...Grosero?”.
Kosha parpadeó confundido. Jamás había tenido
esa impresión de Milot. ¿Milot, grosero con él? No lograba recordar nada que
encajara con eso...
“Dejen las charlas para después. Tú, ve
directo a mi despacho más tarde”.
Ordenó Lucien.
Lucien tomó a Kosha del brazo y tiró de él.
Los caballeros cambiaron su formación y se movieron tras ellos. Lucien y Kosha
caminaron a la par, aunque a cierta distancia de los subordinados que los
escoltaban. En realidad, era más bien Kosha siendo arrastrado, incapaz de
seguir los pasos y el ritmo de Lucien mientras este lo sujetaba del brazo.
Caminaron en silencio hasta llegar a un
corredor poco transitado. Kosha observó el semblante de Lucien; aunque caminaba
mirando al frente, parecía algo tenso. ¿Sería solo su imaginación?
Justo cuando Kosha despegaba los labios para
intentar decir algo, Lucien se detuvo en seco y lo miró desde arriba. Sus ojos
se encontraron de inmediato con los de Kosha, que lo había estado observando
todo el tiempo.
Él habló lentamente.
“En realidad, pensaba decírtelo más tarde”.
“¿...?”.
“Pero creo que es mejor decirlo ahora”.
Su tono era tan solemne, como si fuera a hacer
una confesión trascendental, que Kosha se puso tenso también. Entonces, de su
boca salió algo totalmente inesperado.
“Pienso traer a un cuidador de gansos al
castillo pronto”.
Era un tema que Kosha no vio venir en
absoluto. ¿Un cuidador de gansos de repente? Aturdido, Kosha tartamudeó.
“¿...Gan... gansos? ¿A otro cuidador que no
sea yo?”.
Lucien frunció el ceño, igualmente
desconcertado por una reacción tan distinta a la que esperaba.
“No, usted no es un cuidador de gansos”.
“Pero si yo soy cuidador de gansos...”.
“Le dije que no lo es, que es un mago. ¿Ya se
le olvidó?”.
Acompañando su voz suave, como si lo estuviera
arrullando, sus dedos acariciaron la mejilla de Kosha. Era su mano desnuda, sin
el guante. Con una expresión que no llegaba a ser ni sonrisa ni ceño fruncido,
le tocó la mejilla un momento y luego le puso la capucha de la túnica,
ajustando el cuello que estaba demasiado abierto.
“Necesitaremos algo para sujetar esto aquí”.
Chascó la lengua Lucien mientras arreglaba la
prenda.
Kosha asomó la cabeza bajo la capucha. El
problema de ajustar la túnica no le importaba en absoluto. Kosha es mago y
cuidador de gansos. Mago es como nació, cuidador de gansos es su oficio. ¿Acaso
Lucien no era humano, príncipe y caballero a la vez?
“¿Para qué necesita a otro cuidador...?”.
Su voz salió un poco temblorosa.
Ante ese tono de temor, como si tuviera miedo
de ser expulsado, Lucien soltó una risa incrédula.
“Pues para comprar gansos”.
Lucien sonrió con ternura, de forma
deliberada, como si lo hubiera planeado.
“Te compraré veinte, bien limpios. Les haremos
un lugar aparte en el corral del castillo... Oficialmente figurarán como mi
propiedad, pero en la práctica serán tuyos. No intervendré, ni los venderé sin
tu permiso. Habrá alguien encargado de cuidarlos, así que tú solo ve a jugar
con ellos cuando tengas tiempo”.
“...”.
“¿Qué te parece? Está bien, ¿no? Creo que con
esto estarás satisfecho”.
Sin embargo, una vez más, la reacción fue
distinta. Lucien esperaba que el mago saltara de alegría por los veinte gansos
y por ver su patrimonio duplicado en un instante, pero la expresión de Kosha
era de total desconcierto. Esa mirada le provocó a Lucien una ansiedad
inexplicable, por lo que añadió apresuradamente.
“Así que ahora, me gustaría que me dieras una
respuesta clara”.
“¿Qué respuesta?”.
“Te dije que te compraría gansos nuevos, así
que te pedí que te quedaras aquí incluso cuando termine el trabajo”.
Lucien estaba haciendo gala de una paciencia
casi inédita en su vida. De hecho, le había estado dando vueltas al hecho de
que Kosha no le hubiera respondido de inmediato aquella vez. Estaba a punto de
jactarse diciendo que incluso le daría una habitación mejor, como si fuera lo
más natural del mundo, cuando Kosha levantó la vista.
“No, alteza. Agradezco sus palabras, pero...
si no son mis gansos, no tiene sentido”.
“...”.
“Nueve son suficientes, pero tienen que ser
los míos”.
Su voz era serena. Por eso sonó tan tajante,
como si no hubiera espacio para más negociaciones. El ceño de Lucien se frunció
al instante. Sus dedos sobre el hombro de Kosha tamborilearon rítmicamente.
¿Acaso quería algo más? ¿Estaba intentando negociar?
Lucien volvió a sonreír con suavidad,
inclinándose para quedar a la altura de los ojos de Kosha.
“Entiendo cómo te sientes. Claro, hubiera sido
mejor traer a tus gansos desde el principio. Pero ahora mismo no tienes
gansos”.
Seguro huyeron o murieron de hambre, pensó,
pero se tragó las palabras.
“Si hay algo más que desees...”.
“Alteza”.
Lo interrumpió Kosha. De pronto, sus ojos
parecieron brillar de una forma extraña.
“Mis gansos están bien. No han desaparecido”.
Esa voz llegó a los oídos de Lucien con un eco
extraño y sobrenatural. El cuerpo de Lucien se tensó. Inconscientemente, apretó
con fuerza el hombro del mago.
‘Los seres no humanos no mienten, solo los
humanos mienten’, una frase que escuchó alguna vez cruzó por su mente. Por un
momento, sintió que el mago podría desaparecer de repente hacia donde
estuvieran esos gansos.
Pero la tensión se rompió pronto. Kosha
frunció el ceño, como si le doliera el hombro donde lo sujetaban, y soltó un
gran suspiro.
“Además, alteza, aquí no se pueden criar
tantos gansos. Esto no es una granja espaciosa, ¿cómo metería veinte? Además,
yo no los crío para jugar. Ellos juegan entre sí, no conmigo”.
A diferencia de antes, su voz sonaba
completamente normal. Incluso sonaba profesional, como el ex-cuidador de gansos
que era. Lucien, que nunca había visto un ganso vivo de cerca, no tuvo nada que
refutar.
Tras un breve silencio, Lucien volvió a tirar
del brazo de Kosha y empezó a caminar. Kosha fue arrastrado de nuevo. Tras
caminar un buen rato, Lucien se detuvo en seco otra vez, pero esta vez sujetó a
Kosha por ambos hombros.
“Entonces, ¿estarás satisfecho si traigo a
esos gansos aquí?”.
“¿Eh? ¿A ellos?”.
“Entonces no hay problema, según lo que acabas
de decir. ¿No es así?”.
Insistió Lucien. Hablaba más rápido de lo
habitual.
Tras dudar un momento, Kosha asintió.
“Sí, así es, pero...”.
¿Y si esos gansos ya no están? Si no se pueden
traer, ¿qué pasará con este trato?
Lucien se tragó las palabras que le subían por
la garganta. No había necesidad de sacar conclusiones sobre un problema que aún
no había ocurrido. Sería mejor presionar cuando el momento llegara.
“Bien. Entonces hagámoslo así”.
Sin importarle lo que estuviera pensando el
mago, que tenía una expresión complicada, tiró de él con terquedad. Que el mago
pensara demasiado no era algo que Lucien deseara especialmente. Sin embargo, no
pudo dar más que unos pocos pasos antes de detenerse de nuevo. Kosha, al ser
arrastrado, ondeó como una hoja de papel.
“Por cierto, ¿puedes reconocer a tus gansos si
los ves?”.
Preguntó en tono inquisitivo.
Kosha asintió levemente con expresión
inquieta. Lucien soltó un suspiro y se pasó la mano por el cabello.
Dijo que le gusto, ¿no? Que incluso me dio un ramo
de flores.
Aunque él no recordaba nada y no es que ahora
sintiera nostalgia por uno de los cientos de ramos que había tirado a la
basura, ¿ahora resulta que no vivirá aquí a menos que traiga a esos gansos que
ni se sabe si están vivos? Kosha no lo había dicho así, pero Lucien lo
interpretó a su antojo.
Parece que crió a esos malditos gansos
poniéndoles collares de flores.
El paso de Lucien se aceleró de nuevo. Los
faldones de la túnica de Kosha, que lo seguía a trompicones, ondearon con el
mismo ritmo.
***
Fueron a Osterbeek unos días después.
Kosha insistía en que los gansos estarían bien
en casa. A Lucien aquello le sonaba a un disparate total, pero por el momento
no le quedaba más remedio que seguirle la corriente. Era una tarea sencilla:
bastaba con enviar un carro y a alguien para que cargara a los gansos. El
motivo por el que se retrasó unos días fue porque Kosha insistía en que debía
ir él mismo a buscarlos.
“Ellos no me escuchan ni a mí, mucho menos van
a escuchar a un extraño. ¿Sabe lo bien que huyen los gansos? Son muy rápidos”.
En realidad, que el dueño quisiera ir
personalmente a por sus gansos era un argumento razonable. Así que, si buscamos
la verdadera causa del retraso, fue que Lucien se empecinó en acompañar a
Kosha.
El argumento de que no podía enviar al mago
solo tenía cierta lógica. La preocupación de que, si enviaba solo el carro y al
mago, este cargara a los gansos y huyera a algún lado era, bueno... plausible.
Entonces bastaba con enviar a alguien con él.
Pero la situación se torció extrañamente cuando Edric se ofreció voluntario.
Edric solía tomarse descansos largos cuando no tenía misiones específicas, así
que no era raro que se ofreciera. Además, con su excelente capacidad física,
podría atrapar fácilmente a cualquier ganso que intentara huir.
Sin embargo, cuando Lucien lo rechazó tras una
breve reflexión, Gosric observó con inquietud la sutil y turbia corriente que
fluía entre su señor y su caballero. Finalmente, cuando Lucien anunció que iría
él mismo, Gosric sintió que lo inevitable había llegado y se esforzó por
recordarle a su señor lo apretada que estaba su agenda.
Por supuesto, sus palabras cayeron en saco
roto. Había sido así desde niño. Lucien era alguien que solía decir ‘si tienes
algo que decir, dilo’ o ‘¿tienes otra opinión?’, y hasta cierto punto era
receptivo. Pero cuando tomaba una decisión por su cuenta, era simplemente una
declaración de que no pensaba cambiar de opinión, dijeras lo que dijeras.
Al final, todos tuvieron que esforzarse para
ajustar su agenda y dejar un día entero libre. El mago sufrió el daño colateral
de ver retrasado el reencuentro con sus gansos, aunque él, sin malicia, solo
sonreía feliz por el hecho de que pronto los vería.
En conclusión, el grupo que partió hacia ese
rincón rural de Osterbeek estaba formado por Lucien, Edric (que asumió
temporalmente el rol de escolta), Gosric (que se sumó por pura inquietud) y el
mago, además de un cochero para el carro. Gosric era pariente del señor feudal
y Edric era hijo de la alta nobleza de Carlot; para ser una expedición para
recuperar nueve gansos, el grupo era excesivamente lujoso. Tres caballeros de
élite y un mago; parecía más una combinación para infiltrarse en territorio
enemigo que para ir a una aldea remota.
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Sin importarle la incomodidad de Gosric, el
mago, que últimamente llevaba la túnica gris como si fuera su propia piel, solo
daba saltitos de emoción. Como los tres caballeros iban a caballo y el mago en
el carro, la velocidad del viaje tenía un límite. Cuando llegaron a la aldea de
Osterbelt, ya había pasado el mediodía.
Kosha bajó del carro pareciendo mareado. Con
el rostro pálido, el mago caminó tambaleante hacia su casa, seguido por los
tres caballeros. La casa a la que llegaron... era casi una ruina. Como suele
ocurrir con las casas descuidadas por mucho tiempo, tenía un aire lúgubre. Como
era de esperar, no había rastro de los gansos. Lucien suspiró y se llevó la
mano a la frente.
“Dijiste que estarían aquí”.
“Deberían... deberían estar aquí. Qué raro.
Están por aquí cerca. Un momento...”.
Kosha miró a su alrededor desconcertado. Pero
en una casa tan pequeña no había muchos lugares donde buscar. Mientras
deambulaba por el patio, llegó a un pequeño cobertizo detrás de la casa y asomó
la cabeza.
Dentro del oscuro almacén había alguien
sentado sobre unos sacos de grano casi reventados, masticando raíces. Por un
momento, Kosha no reconoció a la persona. El otro, entrecerrando los ojos por
el contraluz, parecía estar en la misma situación. Una voz feroz estalló.
“¡Eh, maldición! ¿Quién anda ahí?”.
El hombre se levantó. Era corpulento. Al
reconocerlo por la voz y el tamaño, un sudor frío recorrió la espalda de Kosha.
“¿Be... Beorn?”.
Era el hijo mayor del herrero de la aldea y
hermano de Merda, la que le había encargado la poción de amor. Era el tipo que
presumía de que heredaría el negocio de su padre y que solía molestar a Kosha
cada vez que se aburría. Al parecer, la voz de Kosha también le resultó
familiar, pues frunció un ojo.
“... ¿Qué demonios? ¿Eres tú, maldito cuidador
de gansos?”.
“Ah...”.
“Tú, infeliz, ¿a dónde diablos te habías
metido?”.
Esa mole con forma de oso se acercó a grandes
zancadas. Por reflejo, los viejos recuerdos volvieron a Kosha. Beorn solía
golpearlo, empujarlo al agua o ponerle el pie al caminar. A veces le traía
comida o ropa diciendo que era caridad, lo que lo hacía aún más detestable.
“¿De verdad fuiste tú quien huyó en la noche
con Merda y mi hermana? ¿Eh? ¿Fue así?”.
“No fue así, suéltame y hablemos... ¡ay!, de
repente...”.
Una mano gruesa agarró bruscamente el hombro
de Kosha. Justo cuando el cuerpo aterrorizado de Kosha se congelaba por puro
condicionamiento...
“¿Qué cree que está haciendo?”.
Una voz calmada intervino. La mano de un
caballero con un brazal de armadura sencillo sujetaba la muñeca de Beorn. No
parecía estar haciendo mucha fuerza, pero la mano de Beorn se desprendió del
hombro con facilidad. Kosha, a quien le flaquearon las piernas, retrocedió un
par de pasos y miró confundido a ambos.
Siempre le había parecido que Beorn era
aterradoramente grande, y nunca había pensado que Edric fuera tan corpulento.
Pero al verlos juntos, Edric tenía incluso mejor físico. Edric estaba calmado y
Beorn lo miraba con furia, pero de alguna manera era Beorn quien parecía estar
siendo intimidado.
“¡Maldita sea! ¿Y tú quién eres?”.
Beorn también lo sintió, así que apartó el
brazo con brusquedad y levantó la voz. Edric soltó el brazo con docilidad. Y,
al mismo tiempo, golpeó la espinilla de Beorn con la parte interna del pie. Fue
un movimiento ligero, pero el sonido fue brutal. ¡CRAC! En el instante en que
Beorn se tambaleó por el impacto, Edric lo agarró por la nuca, lo empujó hacia
abajo y lo obligó a arrodillarse.
“¡Agh!”.
Edric pisoteó la mano con la que Beorn
intentaba apoyarse en el suelo, le retorció el otro brazo a la espalda para
inmovilizarlo y sacó una daga de su ropa para presionarla contra la nuca de
Beorn.
“Ha.… ha...”.
Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos.
Beorn, que ni siquiera había procesado la situación, jadeaba por la sorpresa,
mientras que la expresión de Edric, que acababa de reducir a un hombre en un
instante, permanecía tan serena como siempre.
“¿Qué... qué demonios están haciendo, maldita
sea...? No, pero ¿de verdad eres tú, cuidador de gansos?”.
Beorn tartamudeaba. Él era uno de los matones
que andaba con su banda y mandaba en la aldea. Seguramente nunca lo habían
sometido de forma tan humillante. En ese momento, se oyeron pasos afuera.
“¿Qué sucede?”.
“Había un individuo sospechoso, así que lo he
arrestado”.
“¿Sospechoso de qué...?”.
Las palabras de Beorn, que forcejeaba por
resistirse, se cortaron. Lucien y Gosric entraron al almacén. Beorn no era de
los que seguían con entusiasmo a los caballeros, así que no reconoció
exactamente a Lucien. Sin embargo, era evidente a simple vista que el ambiente
era serio. Especialmente el hombre rubio que, aunque vestía como un caballero
errante, destacaba sobremanera.
“... ¿Qué... quiénes son ustedes?”.
“¿Es alguien conocido?”.
Preguntó Lucien a Kosha, echándole un vistazo
a Beorn. Kosha asintió maquinalmente.
“Sí, es... el hijo mayor del herrero de aquí,
su nombre es…”.
“No, pregunto qué relación tiene contigo”.
Lo interrumpió Lucien con el ceño fruncido.
¿Conmigo? Kosha movió los ojos de un lado a
otro.
“No tenemos ninguna relación...”.
“¿Qué? ¡Oye! Tú, cuidador de gansos— ¡Agh!”.
Cuando Edric aplicó más presión, el cuerpo de
Beorn se tambaleó y fue aplastado un poco más. Lucien le hizo una señal a Edric
con la mirada, como si le molestara el ruido. Edric guardó la daga en su funda
y se disponía a inmovilizar completamente los brazos de Beorn, cuando este
forcejeó desesperadamente.
“¡Oye! ¡¿Dónde está mi hermana?!”.
“¿Yo cómo voy a saberlo? Yo... yo he venido a
buscar a mis gansos. ¿Dónde están mis gansos?”.
Kosha, ahora con un lugar en el que apoyarse,
se armó de valor y le plantó cara.
“Los gansos, ¡maldita sea!, todo el mundo
decía que te habías fugado con ella, y yo escuché eso, ¡mierda!, y como aquel
tipo te andaba persiguiendo tanto en ese entonces...”.
Beorn desvariaba y Lucien, fastidiado, hizo un
nuevo gesto con la cabeza. Edric sacó unas esposas metálicas de su cinturón y
encadenó los brazos de Beorn a su espalda. Agarrándolo por la nuca, lo levantó
en vilo y lo sacó a rastras del almacén.
Mientras tanto, Lucien guardó silencio. Kosha
intentaba buscar algún rastro de sus gansos en el almacén vacío cuando, desde
la puerta, se oyó una voz tenue y precavida:
“¿Qué es todo este alboroto? ¿Acaso eres tú,
cuidador de gansos?”.
Kosha giró la cabeza rápidamente. Sus ojos se
abrieron de par en par al reconocer el rostro familiar.
“¡Señor porquero!”.
Gritó Kosha. Ante la evidente familiaridad en
su voz, Lucien frunció el ceño levemente. Un hombre de mediana edad, bajo y
menudo, estaba de pie junto a la puerta en una postura vacilante.
“Vaya... ¿qué está pasando aquí? ¿De verdad
eres tú, cuidador de gansos? ¿Tú?”.
Kosha corrió hacia él.
¿Cómo es que te ves tan bien? Casi no te
reconozco.
Parecían ser muy cercanos, pues se quedaron
pegados el uno al otro poniéndose al día durante un buen rato. Lucien observaba
la escena de lado, con los brazos cruzados, cuando el hombre habló.
“Es cierto, sí. Yo me quedé con tus gansos y
los he cuidado bien”.
El porquero miró de reojo a los dos hombres
corpulentos que montaban guardia tras Kosha. Los ojos de este se iluminaron.
“¿De verdad? Gracias. Estaba muy preocupado”.
“Ay, ni que fuéramos extraños...”.
Aunque técnicamente lo eran, el porquero rió
con incomodidad y le dio unas palmaditas en el hombro a Kosha. Su mirada volvió
a dirigirse a los dos caballeros.
“Esto... ¿quiénes son estos señores?”.
“Vayamos primero por los gansos”.
Intervino Gosric, juzgando la situación.
¡Ay, sí, por supuesto!
Sin que nadie dijera nada más, el porquero se
inclinó servilmente. Su casa estaba justo al lado. Como suele ocurrir con los
lugares donde se cuida ganado, no se veía precisamente impecable. Desde la
entrada ya se oían sonidos similares a los de los gansos. Los tres hombres de
la alta sociedad, que habían recorrido campos de batalla sangrientos pero rara
vez habían pisado la casa de un campesino pobre, mostraron cierta reticencia.
Kosha, en cambio, saltó dentro del cercado sin pensarlo.
“¡Chicos!”.
Como si hubieran entendido sus palabras, una
banda de gansos apareció al doblar la esquina. Eran más grandes de lo esperado.
Incluso extendieron sus alas como una persona abriendo los brazos y corrieron a
toda velocidad hacia Kosha. Él tampoco huyó; abrió los brazos y se agachó. Los
nueve gansos lo rodearon al instante, graznando ruidosamente.
“Sí, sí. Está bien. Perdón. Oye, ¿por qué
estás tan gordo?”.
Parecía el reencuentro de una familia separada
por el destino. Finalmente, Lucien intervino impaciente.
“Dejen las charlas para luego, suban a esos
animales al carro primero”.
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En ese momento, uno de los gansos que rodeaba
el cuello de Kosha giró la cabeza hacia Lucien. Lo fulminó con sus ojos
brillantes y, de repente, estiró el cuello hacia adelante emitiendo un graznido
amenazante.
“Eh, ¿qué le pasa?”.
Mientras Kosha intentaba calmar al ganso
enfurecido, el cochero, experto en animales, se acercó para arrearlos. El
porquero dio un paso al frente con una sonrisa forzada.
“Esto... si se los van a llevar, el precio del
alimento, el cuidado y todo eso...”.
Parecía hablarle a Kosha, pero su mirada
apuntaba descaradamente hacia los caballeros. Lucien le hizo un gesto con la
cabeza a Gosric.
“Págale y vámonos”.
“¡Ah! ¡Vaya, muchas gracias!”.
El porquero no dejaba de inclinarse. Luego,
continuó con cautela.
“Verá... cuando los gansos irrumpieron en mi
casa rompieron la valla, si pudieran pagar eso también...”.
“Entiendo. ¿Cuánto es en total?”.
Preguntó Gosric. El porquero se inclinó de
nuevo.
“Bueno, y también los gansos se cargaron
algunos muebles, así que si sumamos eso...”.
“Qué tipo tan oportuno”.
Chascó la lengua Gosric. Esto parecía no tener
fin. Sacó un lápiz de madera y escribió rápidamente en un papel.
“Haz una lista de todo y envíalo a esta
dirección para el cobro”.
“Vaya...”.
El porquero tenía una sonrisa de oreja a
oreja. Se acercó sigilosamente a Kosha y le tocó el hombro.
“No sé qué ha pasado, pero parece que te ha
ido bien, cuidador de gansos. O bueno, ¿ya no debería llamarte así?”.
“Gracias, señor”.
“Ya lo sabía yo. Desde que aquella señora te
criaba llamándote ‘jovencito, jovencito’... ¡Agh!”.
Cof, cof, kejek. Antes de terminar la frase,
el porquero empezó a toser violentamente. Su rostro se puso rojo como un
tomate. En ese instante, la mirada de Lucien se clavó en Kosha. El rostro del
mago, que antes sonreía con dulzura, se había tensado sutilmente. Y en sus ojos
hubo un destello de una luz extraña que se desvaneció al momento.
“Cof, cof, creo que se me ha ido por otro
lado... de repente”.
“Ah, señor. Entre rápido a beber agua. Yo
también tengo que irme ya”.
Kosha empujó apresuradamente al porquero, que
tosía tanto que se le escapaba la saliva.
"Sí, sí... ve con cuidado. Cof. No
olvides lo que este hombre hizo por ti aunque te vaya bien. Cof".
“‘Hizo por ti’, sí, claro”.
Murmuró Lucien con desdén.
Aquel pueblo no le gustaba nada. Agarró al
mago; seguramente no volverían nunca más, ni él ni el mago. Quería salir de ese
lugar sucio cuanto antes.
Surgió otro contratiempo frente al carro.
Lucien detuvo a Kosha por puro instinto cuando este intentaba subirse a la
parte trasera, tal como había hecho al venir. Kosha lo miró extrañado.
“¿Planea viajar ahí?”.
El carro ya estaba lleno con los nueve gansos.
Kosha asintió.
“Sí, creo que yo entro”.
Los gansos, que graznaban entre ellos, vieron
a Lucien y volvieron a estirar el cuello amenazadoramente. Lucien hizo un gesto
de asco.
“¿Cómo vas a viajar ahí? Mejor...”.
Miró a su alrededor. Había cuatro personas y
tres caballos. Estaba el asiento junto al cochero, pero eso no le convencía.
En ese momento, Edric, que terminaba de
ajustar su silla, se ofreció. Gosric intentó detenerlo, pero fue tarde.
“¿Quiere que lo lleve yo?”.
“¿Y por qué tú?”.
La respuesta de Lucien fue fulminante y sin
dudar. Fue casi como si esa propuesta le diera el impulso final. Lucien sujetó
a Kosha.
“¿Sabes montar a caballo?”.
“... ¿Un po... poco?”.
“O sabes o no sabes, ¿qué es eso de un poco?”.
Unas manos grandes rodearon su cintura. Aunque
era de complexión delgada, no dejaba de ser la estructura de un hombre. Sin
embargo, las manos enguantadas levantaron a Kosha con una facilidad asombrosa.
Lucien no parpadeó aunque el cuerpo sorprendido de Kosha pataleara un poco. Al
contrario, pensó que pesaba demasiado poco.
¿Acaso los huesos de los magos son distintos a
los humanos? Su cintura apenas abulta un puñado, pensó.
Tras acomodar al mago sobre el caballo, él
saltó ágilmente detrás. Sostuvo el cuerpo inquieto con un brazo mientras Kosha
intentaba buscar su postura.
Vaya, qué inesperado.
“Como no volveremos en un tiempo, si tienes
algo que recoger, dilo ahora”.
Le susurró Lucien al oído, inclinando la
cabeza.
“Y no tonterías, cosas importantes. Como
recuerdos de tus padres”.
“...”.
Kosha, que iba a mencionar sus ropas viejas y
gastadas, cerró la boca. El mago parpadeó como si estuviera pensando y luego
negó con la cabeza.
“No tengo nada”.
“¿Ni una sola cosa?”.
“...Ni una”.
Fue una respuesta inusualmente tajante para un
mago que siempre solía vacilar. La mirada de Lucien recorrió los hombros, la
nuca, las orejas y la coronilla de Kosha. Sus ojos gris azulados volvieron a
dirigirse a Gosric.
“Quédate con Edric para terminar de recoger y
sígannos con el carro”.
“... ¿Y su alteza?”.
“¿Acaso hace falta que me quede yo también?”.
La respuesta fue descarada.
No, no me refería a eso, pensó Gosric,
atónito. ¿Se llevaba al mago? ¿A dónde pensaba escapar a solas con él? Además,
la postura era sospechosa; parecía que lo estuviera abrazando por la espalda a
propósito... Aunque era lo habitual cuando dos personas montaban el mismo
caballo, el hecho de llevar al mago (que era más pequeño) delante lo hacía ver
mal. Mientras tanto, el mago parecía estar en las nubes, sin pensar en nada.
Antes de que Gosric pudiera reaccionar, Lucien tiró de las riendas. El caballo
salió al trote. El asustado Kosha se agarró al brazo de Lucien, y el brazo
firme de este rodeó la cintura de Kosha para sostenerlo con seguridad. Gosric
solo pudo mirar impotente cómo se alejaban.
