1. El cuidador de gansos
Esta es una historia basada en las memorias
halladas en el pantano de Gaicrux, constituida a partir de la traducción de la
primera edición escrita en el idioma estándar de Iseland central.
Se informa que las unidades de tiempo,
distancia y algunas expresiones idiomáticas han sido adaptadas a los estándares
de la Tierra moderna para una mejor comprensión.
1. El cuidador de gansos
Tener tanta mala suerte ya era, en sí mismo,
un talento.
Un golpe seco azotó su oído y, acto seguido,
sintió la mejilla arder como si le hubieran prendido fuego. Al abrir los ojos
con dificultad, escuchó el sonido de agua siendo arrojada con fuerza.
Se le erizó el cabello. ¡Hah, ah!— Kosha
inhaló aire de golpe.
En contraste con el cubo de agua helada, el
aire que llenaba sus pulmones era sofocante y húmedo. Su visión era borrosa y
el agua goteaba de su cabeza. Quiso frotarse los ojos, pero sus brazos no
respondían.
Tras parpadear desesperadamente, el entorno
comenzó a enfocarse. Era un lugar sombrío y de tonos rojizos. Una habitación
circular de piedra, sin una sola ventana, iluminada apenas por dos braseros.
Kosha estaba completamente inmovilizado en una silla situada en el centro.
Frente a él, dos hombres lo observaban. Uno de
cabello rubio con mechones de otros tonos y otro de cabello negro. Ambos tenían
una expresión inquietantemente ruda.
“¿Ya recuperaste el sentido?”.
Preguntó el rubio. Su voz, grave y profunda,
resultaba amenazante.
Sin entender aún la situación, Kosha sacudió
la cabeza frenéticamente. En ese momento, sus ojos, ya más adaptados a la
oscuridad, descubrieron una variedad de objetos cortantes de origen desconocido
colgados en la pared. No hacía falta pensar mucho para saber el propósito de
esa habitación.
¿Cómo demonios terminé en un lugar así?
Kosha no era más que un humilde cuidador de
gansos que vivía una vida monótona y silenciosa. Si de causar problemas se
trataba, sus gansos lo superaban con creces. Trató de reconstruir sus últimos
recuerdos.
Había sido un día duro y mediocre. Desde la
mañana, cinco de sus gansos se habían escapado al bosque. Esos animales solían
jugarle bromas de ese tipo de vez en cuando. Por supuesto, no huían del todo;
siempre se congregaban en un punto lo suficientemente alejado como para que él
tuviera que agotarse buscándolos. El problema era que no regresaban por su
cuenta, y no aceptaban a nadie que no fuera Kosha para escoltarlos de vuelta.
Así que pasó todo el día vagando por el bosque
y no los encontró hasta el atardecer. A pesar de que la estación ya traía
vientos frescos, estaba cubierto de barro y sudor cuando finalmente los
localizó.
Le resultó indignante ver a los gansos aletear
con alegría después de haber huido. Mientras caminaba tras los cinco animales
que contoneaban sus colas de regreso a casa, Kosha juró que esta vez sí
vendería al líder del grupo al carnicero.
Como no había comido nada en todo el día, se
sentía mareado. Deseaba cocinar unos huevos de ganso con carne seca, espinacas
y un poco de berro, pero los huevos eran para vender. Además, la carne seca se
estaba agotando y debía racionarla. Al final, decidió hacer lo mismo de ayer:
añadir agua, nabo y frijoles al caldo sobrante del estofado para llenar el
estómago.
Malditos nabos. Pero eran el ingrediente más
común y barato de la zona. El cielo ya se teñía de un azul oscuro. Tomó un
nabo, lo puso sobre la tabla y levantó el cuchillo.
O al menos, intentó levantarlo.
Repentinamente, todo se oscureció. Alguien le
puso un saco en la cabeza por sorpresa y le inmovilizó las muñecas. El cuchillo
cayó al suelo con un estruendo metálico, fue una suerte que no se le clavara en
el pie. Kosha intentó gritar, pero algo grueso le tapó la boca al instante.
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El saco se ajustó alrededor de su cuello.
Emanaba un olor extraño y, aunque intentó desgarrarlo, ya era tarde. El asaltante
le dobló los brazos hacia atrás y algo apretó sus muñecas. Al inhalar por el
dolor, la tela áspera se pegó a su rostro. Un fuerte olor a anestésico
paralizante penetró en sus fosas nasales y mucosas, nublándole la conciencia.
Fue inevitable. Entre lágrimas y mocos, Kosha
se desmayó. Y al despertar, estaba aquí.
“¿Dices que no has recuperado el sentido?
¿Quieres que te ayude?”.
Kosha volvió a sacudir la cabeza con
desesperación. El hombre soltó una sonrisa cínica. Seguía sin comprender nada,
pero cuando se quedó mirándolos con cara de estupefacción, el rubio se cruzó de
brazos y lo fulminó con la mirada.
“Tú mejor que nadie sabes lo que hiciste”.
“¿...?”.
“¿Quién es la persona que está detrás de esto?”.
¿Qué es lo que hice yo...?
Lejos de saberlo, no tenía ni la menor idea.
Kosha abrió la boca con dificultad.
“S-señores... creo que hay un malentendido.
¿Detrás de qué? Yo no he hecho nada. Solo soy un cuidador de gansos...”.
Le temblaba el estómago; hacía demasiado
tiempo que no hablaba con extraños. Mientras balbuceaba con una pronunciación
torpe, los dos hombres intercambiaron una mirada extraña, como si se
enfrentaran a una situación inesperada.
“...Bueno, de todas formas no esperaba que
confesaras tan fácilmente”.
El hombre de cabello negro, que estaba detrás,
empezó a caminar lentamente. Kosha lo siguió con la mirada, aterrado.
“Hablemos con calma”.
El sujeto tomó uno de los instrumentos
cortantes de la pared. Aunque Kosha no sabía qué era, no era difícil adivinar
su función. O más bien... no era la primera vez que lo veía. Él sabía
perfectamente, incluso demasiado bien, cómo y en qué parte del cuerpo humano se
utilizaba esa pequeña pero letal herramienta.
“P-por favor, perdónenme la vida”.
Kosha forcejeó desesperadamente, pero la
silla, anclada firmemente al suelo de piedra con pernos, no se movió ni un
milímetro ante sus débiles esfuerzos.
“No lo sé. No sé de qué me hablan. De verdad,
solo soy un cuidador de gansos. Me llamo Ko-Kosha. Vivo en Osterbeek. Tengo
nueve gansos. N-nací en Alohen y me mudé a Osterbeek a los catorce años.
Responderé a todo, no oculto nada. Se lo diré todo, pero por favor...”.
Sin atreverse a mirarlos a los ojos, Kosha
hablaba sin parar mientras miraba fijamente una esquina del suelo. Los hombres
volvieron a mirarse.
“¿Solo un cuidador de gansos? ¿No ocultas
nada?”.
“¿S-sí? Así es, señor”.
“Parece que aún no has despertado del todo”.
Unas pinzas metálicas emitieron un chasquido
amenazante. Una sensación gélida y punzante rozó la punta de sus dedos. Kosha
se retorció, pero sus brazos estaban inmovilizados en el apoyabrazos. Los
huesos de sus manos se marcaron por la tensión. Aunque el instrumento solo le
hacía cosquillas, Kosha intentaba encoger los dedos con desesperación, rascando
la madera con las uñas.
“¿Vas a responder correctamente o no?”.
La voz profunda lanzó una advertencia
amenazante. El metal pasó de sus dedos a su dorso y subió por su muñeca. No
salió ni una gota de sangre, pero Kosha se estremeció como si le estuvieran
cortando el brazo.
“¡De verdad, de verdad! No lo sé. Por favor,
es un malentendido, ¡yo solo...!”.
El hombre de la herramienta se movió rápido.
El metal tocó su cuello. Kosha soltó un sonido que no era ni llanto ni gemido.
En ese instante, la silla anclada al suelo tembló.
Clack, clack, clack-clack-clack.
Las miradas de los hombres se dirigieron a los
pernos que sujetaban la silla. Ellos sabían cuánta fuerza se necesitaba para
arrancar ese mueble del suelo. Las cinco capas de gruesa cuerda que ataban el
cuerpo de Kosha se tensaron hasta el punto de casi romperse. Incluso para el
más fuerte de ‘ellos’, no era fácil romper tales cuerdas solo con fuerza bruta.
No era algo que un muchacho escuálido, que había sido traído sin resistencia,
debería ser capaz de hacer.
“H-hic...”.
Cuando el hombre volvió a presionar la hoja
contra su cuello pálido como prueba, Kosha se convulsionó. El rubio añadió una
correa de cuero gruesa para sujetarlo justo cuando las cinco cuerdas se
rompieron al unísono. Al mismo tiempo, una lágrima cayó sobre su muslo delgado,
o quizás era saliva o mucosidad. Su cabeza colgaba inerte mientras jadeaba como
si fuera a vomitar.
“Se nos va a asfixiar así”.
A una señal del rubio, el arma se alejó de su
cuello. Una mano ruda tiró de su sucio cabello castaño para obligarlo a levantar
la cabeza. Su rostro, manchado de fluidos, estaba pálido, sin rastro de sangre.
“¿Cuidador de gansos? Parece que los criadores
de hoy en día necesitan mucha fuerza, ¿eh? ¿Por qué no hiciste el examen para
caballero?”.
“H-hic... no...”.
“Hasta un perro se reiría. Oye, ‘mago’”.
La mano gruesa le dio unos golpecitos
humillantes en la mejilla. Kosha tardó un momento en procesar esa última
palabra. Ma-go.
A pesar de su aspecto andrajoso y miserable,
sus ojos verdes, grandes y claros, resultaban extrañamente ajenos. Se notaba
demasiado cómo sus pupilas temblaban antes de recuperar el enfoque.
¿Todos los magos tienen los ojos así?
El rubio chasqueó la lengua internamente y
apartó la mirada de sus ojos a la fuerza.
“¿M-magia? Ni siquiera sé qué es eso. Debe ser
un malentendido”.
“¿Un malentendido?”.
Él agitó las cuerdas desgarradas frente a sus
ojos. Al desaparecer la amenaza física, Kosha recuperó un poco de juicio, tragó
saliva y desvió la mirada.
“No sabía que un mago pudiera ser tan cobarde”.
“De verdad, yo...”.
“Tú hiciste esto, ¿verdad?”.
Algo fue puesto bruscamente frente a su
rostro. Kosha cerró los ojos con fuerza pensando que lo iban a golpear, pero
luego los abrió apenas. Era un frasco pequeño y sucio. De vidrio opaco, con
restos de tela aceitada que se usaba para sellarlo. Parecía algo que podrías
comprar en la herrería de Osterbeek, doce unidades por ocho monedas.
Dentro del frasco emanaba un aroma sutil,
complejo y ligeramente dulce. Las mejillas de Kosha temblaron. Era un olor muy
familiar. Si se olía con atención, probablemente él mismo desprendería ese
rastro. No, no era un ‘olor’.
Esos dos hombres probablemente no podían
sentir ese ‘rastro’. Kosha tragó saliva con dificultad.
“N-no sé de qué me habla...”.
Mientras balbuceaba instintivamente evitando el
contacto visual, algo se cerró con un clack metálico en uno de sus brazos. Un
escalofrío recorrió su columna y, antes de que pudiera reaccionar, el mismo
sonido se repitió en el otro brazo. Eran grilletes de metal grueso. La zona de
contacto empezó a escocer horriblemente, como si cientos de hormigas lo
estuvieran mordiendo.
“No estamos haciendo preguntas”.
Dijo el rubio con frialdad.
“Eso está hecho de oro de Idelma. Es capaz de
anular incluso a un mago de alto nivel, así que olvídate de intentar trucos
raros”.
Aunque no parece que tu nivel sea muy alto,
añadió el hombre con una mueca.
Kosha conocía bien el oro de Idelma. No hay
mago, por bajo que sea su nivel, que no conozca ese mineral maldito que
interfiere con el flujo del cuerpo y vuelve inútil el poder innato. La
sensación de hormigueo subió desde sus muñecas hasta sus hombros, haciendo que
su rostro se contrajera.
“Quién está detrás de ti no es lo más
importante ahora”.
Kosha negó con la cabeza mientras se retorcía.
¡No había nadie detrás! Lo que había en ese frasco era...
“Fabrica el antídoto. Dicen que, como tú
hiciste la medicina, solo tú puedes deshacerla”.
Por un momento, Kosha olvidó el dolor de sus
brazos y su expresión se volvió extraña. El rubio observó atentamente su
reacción.
“No me digas que no puedes hacerlo”.
Como Kosha solo movía los labios sin
responder, el hombre dejó el frasco con un golpe seco. Caminó lentamente hacia
la pared donde colgaban las herramientas de tortura. El rostro de Kosha volvió
a quedar lívido.
“Si esa es tu actitud, no me dejas otra
opción. Hasta que cambies de opinión, aquí…“.
“¡Lo haré! ¡Lo haré!”.
El grito de Kosha ahogó la voz del hombre.
“¡Haré lo que sea! El a-antídoto. Lo haré. Por
favor, si me sueltan, lo haré ahora mismo. Lo prometo, lo juro”.
Así que, por favor...
Sus uñas volvieron a rascar el apoyabrazos,
dejando marcas cada vez más profundas. Los dos hombres intercambiaron una
mirada.
“Me alegra que nos entendamos”.
Para ser el tipo de trabajo que ellos hacían,
era extremadamente raro que una negociación terminara ‘sin derramar ni una gota
de sangre’.
***
Por supuesto, eso no significaba que realmente
no se hubiera derramado ni una sola gota de sangre.
Kosha se miró las manos fijamente. Los dedos
índice y medio de la mano izquierda, y la punta del medio de la derecha,
estaban envueltos en vendajes. Se había levantado las uñas de tanto rascar los
apoyabrazos de la silla en la sala de tortura.
Amenazar la vida de alguien era una de las
formas más sencillas de identificar a un ‘mago’ que ocultaba su identidad, ya
que, ante una crisis de muerte, el poder mágico brota independientemente de la
voluntad del individuo. Aunque, en este caso, resultaba un poco vergonzoso
llamarlo ‘crisis de muerte’...
En cualquier caso, aunque el haber sangrado
fue casi una consecuencia de sus propios actos, ‘ellos’ le proporcionaron
vendajes y ungüento sin protestar. Kosha pensó, con una ingenuidad desarmante,
que quizás no eran tan malas personas después de todo. O tal vez solo le dieron
cualquier medicina porque les resultaban molestos los gemidos que se oían desde
la celda.
Más bien, parecían desconcertados de que Kosha
no usara magia para sanar sus manos. Incluso después de haberle puesto un arma
en el cuello para confirmarlo, parecían dudar de si realmente era un mago. Bajo
esas miradas inquietantes, Kosha se limitó a fruncir los labios en secreto
mientras se vendaba los dedos con firmeza.
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Para empezar, la magia no funciona así. No es
algo que lo solucione todo en un instante con un ‘¡pum!’. Bueno... aunque fuera
posible, probablemente ‘Kosha’ no sería capaz de hacerlo.
Tap, tap. El sonido de pasos pesados
interrumpió sus pensamientos. Kosha se levantó de un salto y se colgó de los
barrotes de la puerta de la celda poniéndose de puntillas. El hombre del
cabello rubio manchado apareció en el rellano de la escalera y le dijo,
suspirando, al hombre de cabello negro que custodiaba la celda.
“Dice que lo verá”.
“¿En serio? ¿Personalmente?”.
El de cabello negro frunció el ceño y el rubio
chasqueó la lengua.
“No podemos quedarnos de brazos cruzados”.
“... Pero, ¿y si es mentira?”.
Las miradas de ambos se concentraron en Kosha.
Ante esos ojos hostiles y afilados, encogió los hombros instintivamente.
“N-n-no es mentira”.
Tartamudeó Kosha, asomando apenas los ojos por
la pequeña ventana. Era sumamente difícil alzar la voz ante los hombres que lo
habían secuestrado e intentado torturar, pero parecía que estar encerrado en
una celda estrecha, oscura y húmeda sin fecha de salida otorgaba un valor que
antes no existía.
Aislado por completo del exterior, no podía
calcular el tiempo, pero sentía que habían pasado al menos dos días. Ya
empezaba a preocuparse por los gansos...
“Debo saber cuál es exactamente el problema.
Esa medicina... para empezar, no es algo que requiera un antídoto, o sea...”.
Kosha murmuró. Era algo que había repetido
decenas de veces desde que fue encarcelado. A pesar de haber suplicado diciendo
que fabricaría el antídoto, había una razón por la cual aún no había podido
empezar el trabajo: la exigencia misma de fabricar un ‘antídoto’ no tenía
sentido. Porque lo que había en el frasco no era veneno.
Eso era simplemente...
“Solo es una poción de amor...”.
Y una muy mal hecha, además. Por supuesto,
como temía que le cortaran el cuello, se tragó esas palabras. Fabricar y
distribuir sustancias mágicas sin permiso ya era un delito grave; no quería
añadirle el cargo de estafa por la calidad del producto.
“... Está bien, ya entendí”.
El hombre rubio hizo un gesto con la mano como
si no quisiera escuchar más. Al parecer, ellos tampoco tenían otra opción. Tomó
el manojo de llaves que colgaba de la pared opuesta y buscó una entre el
tintineo metálico. En su mano gruesa y velluda hasta el dorso, incluso una
llave parecía un arma blanca. Kosha, que colgaba de los barrotes, retrocedió
asustado.
“Date la vuelta y pon las manos atrás. Ni se
te ocurra intentar ninguna tontería”.
No sabía qué contaba como ‘tontería’, pero ni
siquiera tenía el valor para intentarlo. Cuando el hombre entró en la estrecha
celda, los hombros de Kosha se sintieron pesados y sintió un pinchazo bajo la
piel. Probablemente el guardia llevaba algún tipo de protección hecha de oro de
Idelma.
Si le afectaba tanto sin siquiera tocarlo,
debía de ser una pieza de gran pureza. El oro de Idelma vale lo que el vendedor
pida, ya que se produce exclusivamente en las minas de Idelma, al oeste de
Iseland. No es que no existan otras sustancias con funciones similares, pero
nada es tan efectivo para suprimir a un mago como el oro de Idelma.
Mientras se dejaba atar dócilmente con los
brazos a la espalda, Kosha pensó en quién sería el señor de estos hombres
temibles. A juzgar por la aterradora sala de tortura, la sólida prisión
subterránea y todo tipo de herramientas de oro de Idelma, estaba claro que no
era una persona común.
... ¿Cómo es que alguien así terminó siendo
víctima de la chapucera poción de amor que yo hice?
Era algo tan incomprensible como el hecho de
que esa medicina mediocre hubiera causado un problema fatal.
Lo envolvieron en cuerdas, le vendaron los
ojos con una tela negra y lo tomaron firmemente por los brazos. No era
necesario tanto despliegue, pues no tenía intención de escapar; sin saber dónde
estaba, ¿a dónde iba a correr?
Arrastrado por los hombres corpulentos, y con
una estatura que no encajaba con la de ellos, Kosha tuvo que caminar torpemente
de puntillas, protestando solo en su interior. El trayecto fue bastante largo.
¿Qué tan grande es este edificio?
A este paso, parecía comparable a un castillo
real. El estómago le volvió a dar vueltas al pensar que se había involucrado
con alguien realmente importante. Tras recibir dos órdenes tajantes de ‘camina
derecho’ debido a su paso vacilante, los hombres se detuvieron en seco.
Incluso a través de la venda, podía sentir la
presencia de una puerta masiva bloqueando el camino. Pronto, escuchó el sonido
de la puerta abriéndose y un aroma agradable lo envolvió de golpe. Algo limpio,
refrescante, parecido al olor de las frutas.
De repente, se sintió cohibido por su aspecto
seguramente andrajoso, pero la venda negra fue arrancada bruscamente y sin
previo aviso. Kosha entrecerró los ojos y bajó la cabeza ante la luz repentina.
No se había dado cuenta por estar encerrado en la celda sin sol, pero parecía
ser pleno día.
La luz del sol entraba a raudales por un gran
ventanal al frente. Era una habitación muy amplia y de techos altos. En el
suelo, una alfombra verde oscuro con motivos de cardos cubría el largo de la
estancia; no era ostentosa, pero por su brillo y tejido, se notaba que era un
artículo de lujo extremo.
La mirada de Kosha subió inconscientemente
siguiendo el camino de la alfombra hasta que se detuvo ante unas botas de cuero
relucientes que pisaban el lujoso tejido con total naturalidad.
“Lo hemos traído”.
Anunció el hombre rubio con voz solemne.
“¿Ah, sí?”.
La respuesta no fue ni lenta ni rápida. La
mirada de Kosha seguía fija en las botas de cuero al final de la alfombra. Por
instinto, sentía que no debía mirar más arriba. Alguien le dio un empujón por
la espalda y, sin querer, su mirada subió un poco más.
Pantalones negros sobre botas que llegaban a
la pantorrilla, y una túnica azul marino decorada con hilo de oro en los
bordes. Este hombre parecía ser muy alto.
“¿Es este?”.
Era una voz baja y serena... y de alguna
manera, familiar. El entrecejo de Kosha se contrajo levemente. Siguió una risa
ligera, cargada de un evidente tono de burla.
“¿Y por qué estás así? Levanta la cabeza”.
Tono suave, pronunciación precisa. Realmente,
Kosha ya conocía esa voz. Levantó la cabeza como hechizado, pero él era
verdaderamente alto. Al principio, solo pudo ver el patrón de astas de ciervo,
afiladas como cuchillas, bordado en el cuello de su camisa.
Solo cuando echó la cabeza hacia atrás al
máximo, sus ojos se abrieron de par en par, casi a punto de salirse de las
órbitas, al alcanzar su rostro.
Una mandíbula marcada y limpia; sobre ella, la
línea que subía desde los labios pasando por el puente de la nariz hasta la
frente era tan precisa que parecía esculpida a propósito. Su mirada no era
afilada, sino más bien suave, y un cabello rubio pálido, que parecía romperse
en blanco bajo la luz, caía sobre ella con una curva perfecta.
No podía ni parpadear, pensando que era una
alucinación. Era alguien a quien Kosha conocía muy bien. Este hombre era...
“Lu...”.
Sus labios se abrieron estúpidamente para
pronunciar ese nombre. En ese momento, unos ojos gris azulado lo miraron
fijamente. Fue solo un instante, pero tras un silencio que pareció una
eternidad, una comisura de sus labios inexpresivos se elevó con desdén.
Y entonces, vio estrellas.
Kosha ni siquiera supo qué había pasado al principio.
Un impacto sordo fue devorado por el choque que sacudió su cráneo, y un pitido
agudo atravesó sus oídos. Sintió la mejilla en llamas. Gracias a que los
hombres lo sostenían firmemente por los brazos, no rodó por el suelo, pero se
tambaleó. Algo fluyó de su boca; pensó que era saliva, pero el líquido que
goteaba en el suelo era de color rojo oscuro.
Frente a Kosha, que jadeaba sin poder cerrar
su boca ensangrentada, una mano grande volvió a proyectar una sombra. Kosha
solo pudo cerrar los ojos con fuerza, sin tiempo para resistirse.
“Alteza”.
Lo que siguió no fue otro golpe despiadado,
sino una voz pesada. Al abrir los ojos apenas, vio que el hombre rubio que lo
sujetaba había detenido la muñeca del otro.
“Sería un problema si lo mata ahora”.
Y, con naturalidad, le quitó dos anillos de la
mano: un pesado anillo de sello metálico y otro con una gran gema azul. Si lo
hubiera golpeado con eso puesto, le habría arrancado la carne. Los anillos se
deslizaron suavemente de sus dedos largos y lisos. El guardia retrocedió un
paso tras recuperarlos, como diciendo que ahora podía golpearlo con libertad.
Mientras el rostro de Kosha se teñía de azul
por el pánico y el horror al mirarlos alternativamente, los labios
perfectamente formados se abrieron.
“Como si fuera a morir por algo como esto”.
“Es un mago, después de todo. Se sabe que sus
cuerpos no son muy resistentes”.
Ante esto, él bajó el brazo como si hubiera
perdido el interés. Su mirada gris azulado se posó con desagrado en la mano con
la que había golpeado a Kosha.
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Un sirviente que esperaba discretamente al fondo se acercó en el momento justo con un cuenco de plata con agua. En el agua flotaban lirios de los valles. Él se lavó las manos ligeramente, como si hubiera tocado algo sucio. Su perfil, mientras se lavaba con el ceño levemente fruncido, era tan perfecto y hermoso como una pintura.
“¿Lucien...?”.
No fue una palabra, sino apenas un movimiento
de labios que no llegó a ser ni un susurro. Simplemente tuvo que mover los
labios porque no podía creerlo. La mirada con la que Lucien lo escudriñó era
extrañamente afilada.
Me va a pegar otra vez, sintió Kosha con una
nitidez que incluso su torpe intuición captó. Se encogió y apretó los dientes
por reflejo, pero—
¡Pum!
El sonido despiadado no vino de sus oídos, sino
de abajo. La punta de una bota de cuero firme pateó la espinilla de Kosha. Él
se tambaleó y cayó hacia adelante, mientras los dos guardias, con reflejos
rápidos, presionaban sus hombros hacia abajo.
Sus rodillas se estrellaron contra el suelo de
piedra. Desde el punto de vista de ‘ellos’, lo habían ayudado para que no
recibiera una segunda patada en la espinilla... pero Kosha, que no podía ni
gritar del dolor, no tenía fuerzas para considerarlo. Sentía que al menos se le
había roto la pierna o destrozado la rodilla.
“Qué insolencia...”.
La punta de la bota pulida tocó sus rodillas
suavemente. Era un movimiento sin ganas, pero para unas rodillas que ardían
tras el impacto contra la piedra, era estímulo más que suficiente.
“Te dije que levantaras la cabeza. Dijiste que
querías verme”.
“Ugh, ah...”.
“¿Y bien? ¿Ahora tienes ganas de trabajar?”.
Aunque temblaba, levantó la cabeza como se le
ordenó, pero las palabras no salían. Kosha ya conocía bien a este hombre
hermoso. Pero ahora, él no era la persona que conocía.
¿Qué demonios le hizo esa maldita poción de
amor a este hombre?
***
Lucien, Lucien de Carlot.
¿Había alguien que no conociera ese nombre?
Seguramente no en su feudo de Carlot, al oeste de Iseland, ni en la capital
Ostbrahe y sus alrededores. Como el rey de Iseland no paraba de tener hijos,
pocos sabían cuántos descendientes reales había exactamente. Tampoco era
información útil para ganarse la vida, así que no había razón para
preguntárselo.
Los más famosos eran la primogénita Arabella y
el hijo mayor Bastian, pero ni siquiera ellos eran conocidos por todo el
pueblo. Lucien, nacido como el quinto hijo del rey y el tercer varón, era, en
palabras de la gente, un héroe como una estrella caída del cielo.
Había ascendido rápidamente tras resolver conflictos
importantes como la subyugación de las tribus bárbaras en las montañas Ermus al
noroeste y la rebelión de Islawyn. Además, consolidó su posición recuperando el
territorio oriental perdido ante el reino enemigo Graffen hacía más de diez
años. No se sabía si todas las leyendas eran ciertas, pero su ejército nunca
había sido derrotado. Era, simplemente, el héroe de Iseland.
Pero si eso fuera todo, su nombre no se habría
extendido tanto. Excelentes caballeros existen en todas las épocas. Su
verdadero talento era otro. Él... atraía las miradas.
Para empezar, su apariencia era excepcional.
Era un hombre guapo, como la luz del sol radiante. A pesar de tener su feudo en
el árido oeste y recorrer los campos de batalla más peligrosos, su piel siempre
estaba impecable y sus mejillas no tenían ni una cicatriz común. Su cabello
rubio claro, herencia materna, era especialmente raro de ver en la región
central de Iseland, donde se encontraba la capital, por lo que cautivaba
fácilmente a cualquiera.
Sin embargo, lo que más se admiraba, incluso
por encima de su apariencia, era su carácter. Era amable y gentil con todos, e
incluso humilde. Se dirigía a cualquiera con modales educados, sin importar su
estatus social, e incluso sonreía con frecuencia. Eso era algo impropio de un
caballero, pero precisamente por eso toda Iseland lo amaba.
El viejo prejuicio de que los ‘caballeros’
eran personas rudas, violentas y temibles desapareció en algún momento.
Honestamente, el hecho de que los caballeros recibieran miradas favorables y
amabilidad gratuita al caminar por las calles debía atribuirse enteramente al
mérito de Lucien.
Y Kosha era de los que habían caído ante su
carácter. ¿Sus hazañas bélicas? A menos que vivieras en una zona de conflicto,
no tenían nada que ver con el sustento diario, así que no le importaban. ¿Su
apariencia excepcional? No es como si Lucien viniera a ponerle la cara delante
a propósito; sinceramente, no le interesaba.
Como era tan famoso, había oído su nombre,
pero en aquel entonces Kosha estaba demasiado agotado lidiando con su propia
vida. No tenía energía para interesarse por un glorioso señor caballero.
Si no hubiera sido por aquel incidente.
Era un día en que los olivos olorosos estaban
en plena floración, así que era el comienzo del otoño. Para los estándares de
Iseland central, era la mejor época del año. Pero para Kosha, eso era ajeno; no
tenía energía ni para sentir el cambio de estación.
Ese día tenía recados en el castillo. Tenía
que vender las plumas de los gansos que habían terminado de mudar. Las plumas
de ganso se pagaban bien, por lo que eran una de sus principales fuentes de
ingresos.
Salió de casa temprano con la carga a cuestas.
Tras cruzar una colina a pie y esperar en una fila interminable ante la puerta
del castillo, logró entrar al mediodía. Ese día, el castillo estaba
inusualmente abarrotado de gente. Extrañado, le preguntó a cualquiera y le
dijeron que era el día del regreso del príncipe Lucien, y que la gente se había
reunido para verlo.
En ese momento no pensó nada especial. Solo
sintió una pequeña molestia interna preguntándose por qué tenía que regresar
justo el día en que él tenía recados.
Tras regatear con un minorista que siempre
intentaba bajar el precio, vendió los huevos y las plumas. Con ese dinero
compró un poco de carne seca, aceite para la lámpara y, dándose un pequeño
lujo, unas cuantas manzanas que había querido comer todo el verano. Ya había
pasado medio día. Había gente en todas partes y, tras ser empujado de un lado a
otro, su cuerpo estaba exhausto.
Solo había comido un tazón de estofado en todo
el día y su bolsa pesaba mucho. Además, por problemas de nacimiento, el cuerpo
de Kosha no era muy fuerte. No podía permitirse el lujo de sentarse a descansar
si quería volver a casa antes de que anocheciera.
Bajaba con cuidado por el camino de la
muralla, donde había menos gente. Pero una vez más, tener mala suerte era su
talento. Como si el presentimiento de la mañana no fuera suficiente, la vieja
bolsa de lino no pudo aguantar el peso del contenido y se rompió.
Cuando las cosas salen mal, realmente sale mal
todo... Las penurias del día pasaron por la mente de Kosha: el guardia
excesivamente estricto, el comerciante que intentaba bajar el precio criticando
la calidad de las plumas, el frutero que intentaba venderle manzanas pequeñas y
golpeadas a un precio alto...
Pero no tenía tiempo ni para derrumbarse.
Tenía que recoger lo que se había caído. Al menos la botella de aceite no se
había roto, pero varias manzanas rodaban cuesta abajo.
Se abrió paso entre la multitud del callejón,
casi gateando por la pendiente. Agarró una manzana, luego otra, y quedaba la
última. Rodó y rodó, casi al alcance de su mano, hasta que se detuvo ante la
punta de un zapato. Eran unas botas de cuero relucientes.
El dueño de las botas se agachó y tomó la
manzana. ‘Disculpe, un momento, perdón’... Kosha, que salía de entre la gente
repitiendo frases como un loro, se detuvo en seco.
Era una mano muy suave, larga y hermosa. En
contraste con la manzana rojiza y llena de marcas, la mano impecable resaltaba.
Esa mano lanzó la manzana al aire y la atrapó por juego.
‘Ah, ¿es suya?’.
Voz baja y pronunciación precisa. Kosha no
pudo ni responder; levantó la cabeza aturdido para mirar al dueño de esa mano.
Él estaba de espaldas a la luz, por lo que su visión no se enfocó de inmediato.
Él miró las cosas que Kosha sostenía
torpemente y la bolsa de lino rota, y luego chasqueó la lengua ligeramente. Esa
imagen parecía una pintura perfecta. Enseguida le entregó la manzana como al
pasar, y Kosha la recibió sin pensar.
‘Vaya, debe haber sido duro. Aunque, si puede
elegir, sería mejor comer unas que estén limpias’.
Eso fue lo que dijo, con una sonrisa en los
ojos. Kosha ni siquiera pudo darle las gracias. Para cuando recuperó el juicio,
él ya se había ido con otros caballeros.
En el lugar donde se había marchado, el dulce
aroma del olivo oloroso flotó con el viento. Solo entonces Kosha se dio cuenta
de la multitud a su alrededor. La mayoría seguía discretamente al grupo de
caballeros, pero algunos se quedaron cerca de él. Una mujer de mediana edad le
habló de repente:
‘Oye, esa manzana... ¿quieres que te la cambie
por una limpia?’.
¿Así de repente?
Ante esa amabilidad inexplicable, Kosha
parpadeó con cautela. Alguien a su lado comentó en voz baja.
‘Lo hace porque ese señor la recogió
personalmente. Como la tocó, ahora es un objeto de colección. Es una obsesión.
‘¿...?’.
‘Si esperas un poco más, seguro que alguien te
ofrece dos manzanas limpias a cambio’.
El hombre se rió señalando la manzana, y la
mujer que hizo la propuesta inicial se enfadó diciéndole que no dijera
tonterías. Para Kosha... seguía siendo incomprensible.
De todos modos, no tenía razón para no aceptar
una oferta ventajosa. Al final, Kosha consiguió una manzana limpia y, a cambio
de escuchar una sarta de historias sobre el carácter, las hazañas y las buenas
acciones de Lucien, obtuvo incluso una bolsa de lino nueva.
Y esas historias... a pesar de que momentos
antes pensaba que no tenía tiempo ni para sentarse, parecieron valer la pena
ser escuchadas.
El camino de vuelta a casa después de eso no
fue tan agotador, aunque apresuró el paso. ¿Sería por la bolsa nueva, firme y
fuerte? No, en realidad, era más bien que estaba ensimismado. Ni siquiera se
dio cuenta de que le había salido un moretón en el hombro por la carga.
‘Debe haber sido duro’... esa voz seguía
resonando en sus oídos. Llegó a casa, ordenó sus cosas, llenó el comedero de
los gansos que lo recibían aleteando, y solo entonces, mientras mordía una de
las manzanas golpeadas para calmar el hambre, no podía dejar de pensar...
Esa voz baja, la pronunciación precisa, la
forma en que se movían sus labios perfectos y sus ojos que se curvaban al
sonreír. Mientras esas palabras daban vueltas en su cabeza, finalmente se dio
cuenta: ‘Ah, realmente estaba pasándolo mal’.
Y de pronto, también comprendió que hacía
mucho tiempo que alguien no lo miraba tan fijamente a los ojos y le hablaba con
una sonrisa. Incluso el contenido de sus palabras era tierno. ¡Decirle algo tan
bueno como que comiera cosas limpias! Aunque solo fuera por cortesía, incluso
eso era algo sumamente escaso en la vida de Kosha.
Kosha giró la manzana nueva que consiguió
gracias a él para observarla. Esa mujer parecía bastante rica, y la fruta que
le dio era muy brillante, roja y hermosa. Kosha había deseado ardientemente
durante todo el verano una manzana que llenara su boca de jugo refrescante y
dulce, así que esto era sin duda un golpe de suerte.
Sin embargo...
Mientras terminaba de morder la manzana
golpeada y harinosa, Kosha se arrepintió un poco.
Quizás no debí cambiarla.
“¿Dices que él recogió algo que se te había
caído?”.
Preguntó de vuelta, con un tono incrédulo, un
hombre de cabello rubio veteado.
Era el mismo hombre que había estado
amenazando a Kosha en la sala de torturas. Su nombre era Gosric y, a pesar de
su apariencia, era el lugarteniente más cercano y mano derecha de Lucien. Ahora
que Kosha lo pensaba, creía haberlo visto alguna vez a su lado mientras
observaba a Lucien desde la distancia.
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Era un hombre corpulento, de mirada feroz y
con una larga cicatriz en la mejilla; la viva imagen del ‘caballero’
prototípico. Sin embargo, quizás por la costumbre de verlo tan seguido, ya no
le infundía tanto miedo como al principio. Tal vez era porque se había dado
cuenta de que su forma de hablar y su personalidad no eran tan feroces como su
aspecto, o tal vez... simplemente porque era un hombre de Lucien.
“¿Y por eso terminaste enamorado de él?”.
Volvió a preguntar Gosric, todavía con
sospecha.
Kosha soltó un profundo suspiro. No, no era
posible que fuera así, que uno se lanzara de cabeza solo por algo como eso...
Para empezar, el corazón no es algo que pueda definirse de forma tan clara y
concisa, como si uno pasara simplemente de una habitación a otra.
Aquello solo fue el detonante. El momento en
que lo reconoció.
Ah, así que él es ese tal Lucien.
Los detonantes suelen ser, por naturaleza,
triviales e insignificantes. Lo temible es lo que viene después. El porqué esa
noche se sintió extrañamente inquieto y no pudo dormir hasta tarde; por qué a
la mañana siguiente se esmeró un poco más en preparar un desayuno limpio y
ordenado; por qué cortó sin motivo una rama de olivo dulce y la puso en un
jarrón con agua hasta que todas las flores se marchitaron; o por qué sus oídos
se aguzaban cada vez que escuchaba su nombre en los lugares donde se reunía la
gente del pueblo.
Y cuando se dio cuenta, estaba haciendo una
larga fila desde temprano para entrar al castillo. Sin tener nada que hacer
allí, solo para ver por un instante a Lucien, quien decían que partiría de
nuevo al frente. Solo por eso.
Pero explicar todo ese proceso punto por punto
le resultaba agotador. Y además...
“...Probablemente no lo entendería”.
Murmuró Kosha.
Gosric frunció el ceño ante aquella voz tan
baja que no se sabía si era un susurro o un monólogo interno. Justo cuando iba
a preguntar de nuevo, Kosha se le adelantó por una vez.
“¿Podría tajarme un poco de esa raíz de hierba
de la estabilidad?”.
“...”.
“S-si es que tiene la voluntad de hacerlo...
si no, puedo hacerlo yo. Por supuesto que debo hacerlo yo. Es mi trabajo”.
Ante la mirada silenciosa de Gosric, Kosha,
asustado de nuevo, apartó la vista apresuradamente y cambió sus palabras.
Gosric soltó un gran suspiro y tomó el objeto blanquecino que Kosha señalaba.
“¿Es esto?”.
“...Sí”.
Las puntas de los dedos de Kosha todavía
estaban cubiertas de vendajes mal puestos. No parecía ser alguien ágil de por
sí, pero con las manos en ese estado, sus movimientos eran aún más torpes. Si
le daban un cuchillo y terminaba cortándose un dedo en lugar de la raíz, sería
un problema. Ahora mismo, el tiempo apremiaba.
Aunque se decía que los de la estirpe de los
magos podían usar magia incluso si les cortaban brazos y piernas...
“¿Cómo lo corto? ¿A lo largo?”.
“Sí, por favor, lo más fino posible...”.
Gosric comenzó a tajar la raíz seca con una
daga. La imagen de aquel hombre enorme, con vello hasta en el dorso de las
manos, encorvado y cortando una pequeña raíz con un cuchillo corto, resultaba
extrañamente cómica. Kosha apretó los labios con fuerza para no reírse, pero el
caballero Gosric parecía tener ojos hasta en la nuca.
“¿Te estás riendo?”.
“No”.
Kosha volvió a bajar la cabeza profundamente,
concentrándose en los ingredientes que tenía delante. Mirra y aceite de
hisopo...
Gosric, mientras tajaba, observó de reojo a
Kosha, quien medía con cuidado diversos materiales que tintineaban frente a él,
y chasqueó la lengua. No es que quisiera interrogarlo de nuevo, simplemente le
parecía absurdo que estuviera sonriendo en una situación como esta.
...Y también le parecía un poco extraño.
Objetivamente, el muchacho frente a él era un
desastre. Vestía ropas raídas y sucias, y sus hombros estaban encogidos y
encorvados. Su cabello, que no se sabía si estaba enredado o apelmazado por la
suciedad, cubría la mitad de su rostro, y debajo de este, sus mejillas y labios
estaban hinchados y rotos.
Ese día, Kosha había recibido varias bofetadas
más. Principalmente porque no respondía correctamente a lo que se le
preguntaba. Por supuesto, un par de bofetadas no eran nada grave bajo los
estándares de ‘Su Alteza’, pero...
“Con la cara en ese estado, y todavía pareces
contento”.
Soltó Gosric, burlándose abiertamente.
A pesar del desprecio, este extraño mago que
parecía un poco lento no pareció notar el insulto y solo sonrió con torpeza.
“No es que esté contento... pero estoy bien”.
Cuando la expresión de Gosric se contrajo como
si hubiera escuchado algo aberrante, Kosha añadió rápidamente al notar su
mirada.
“Es porque fue mi culpa. Es decir, no es que el
príncipe Lucien sea ‘así’ originalmente...”.
“...”.
“Es que Su Alteza es la v-víctima. Aunque yo
no lo hice a propósito, de verdad, de verdad que no”.
Mientras hilaba sus palabras como si fueran
una excusa, la culpa volvió a brotar lentamente. Kosha había preparado una
poción de amor mediocre y, por alguna razón desconocida, Lucien se la había
bebido. Dejemos de lado cómo sucedió; eso no era lo importante ahora. El
verdadero problema era que la poción era una chapuza total.
Lo que Kosha había fabricado era, ciertamente,
una poción de amor. Esa que supuestamente hace que te enamores perdidamente de
la primera persona que veas al abrir los ojos tras ingerirla. Sin embargo,
Lucien, tras beberla, no se enamoró de nadie. Al contrario...
‘Disculpe, por si acaso, la primera persona
que vio Su Alteza tras tomar la poción fue...’.
Cuando Kosha, mientras diagnosticaba los
rastros de maná en el cuerpo de Lucien, hizo la pregunta tímidamente, la
respuesta vino de un lugar inesperado.
‘Fui yo’.
Fue Gosric quien respondió solemnemente.
Lucien, que estaba sentado de lado en una silla, dejó escapar algo parecido a
una burla. Kosha miró alternativamente a ambos hombres, desconcertado.
Ciertamente... no parecía que se hubieran
enamorado.
Según le contaron, ese día las tareas se
habían prolongado tanto que Lucien tuvo que terminar el trabajo pendiente
incluso en su dormitorio. Cuando el sirviente entró como de costumbre con el
vino caliente, Gosric estaba allí entregando el último informe. Beber vino
caliente cuando el trabajo se alargaba o estaba fatigado era un viejo hábito
suyo, y el sirviente que trajo el alcohol llevaba haciendo esa tarea al menos
dos años.
Fue un poco sospechoso que el hombre vacilara
al ver a Gosric presente, pero ya era casi de madrugada y ambos estaban demasiado
cansados para cuestionar una actitud tan sutil.
Lucien tomó la copa sin pensar mucho y, tras
dar unos sorbos, se llevó la mano a la cabeza y dejó caer la copa al suelo.
Gosric se apresuró a sostenerlo. Y lo que hizo Lucien al abrir los ojos y ver
por primera vez a Gosric bajo el efecto de la poción fue...
Empujarlo violentamente y agarrar al sirviente
por el cabello para estampar su cabeza contra la pared. Gosric, que cayó de
espaldas, estaba tan desconcertado que no pudo detener de inmediato a Lucien,
quien golpeaba la cabeza del sirviente preguntándole bruscamente quién le había
ordenado hacer aquello.
‘Él... normalmente no llega a esos extremos…’.
Incluso si Gosric no lo hubiera dicho a modo
de excusa, era obvio. ¿Acaso no era Lucien famoso por ser clemente y razonable
incluso en el campo de batalla? Kosha asintió con profunda comprensión.
En cualquier caso, a partir de ese momento,
Lucien empezó a mostrar una personalidad extremadamente impulsiva y violenta.
Golpes sin previo aviso, insultos y abusos verbales sin importar el tiempo ni
el lugar. En palabras de Gosric...
‘...Es una situación en la que no sabemos qué
va a pasar en cualquier momento’.
Varios incidentes violentos ocurrieron en
actos oficiales, y finalmente Lucien tuvo que suspender toda actividad externa
y permanecer recluido. Ya habían pasado siete días. Teniendo en cuenta los
diversos cargos de gran responsabilidad que ocupaba, era una situación
desastrosa en muchos sentidos.
¿Por qué la poción había resultado así? No era
una magia especialmente compleja, y nunca le había pasado algo parecido al
fabricar otras medicinas. Bueno, si la poción hubiera funcionado correctamente
y Lucien se hubiera enamorado de Gosric, también habría sido bastante
problemático...
Al final, la culpa no podía ser de otro más
que de Kosha. Porque él fue quien hizo la poción. Sin permiso, sin conocer la
receta exacta y siguiendo su propio capricho. Por eso, Kosha aceptó con
resignación que recibir unas cuantas bofetadas era su merecido. Pensaba en lo
desconcertado y atribulado que debía de estar el propio Lucien, sufriendo esos
repentinos efectos secundarios.
“Más que yo... probablemente Su Alteza sea
quien peor lo esté pasando...”.
Murmuró Kosha con tristeza.
Por un momento, la expresión de Gosric fue
extraña, pero como sus rasgos eran tan marcados, no se notó mucho. Abrió la
boca para decir algo, pero volvió a cerrarla y se acarició la barbilla.
“Sí... bueno, como sea, saca todo el efecto de
la poción con un antídoto o lo que sea. Devuélvelo a la normalidad”.
“Sí, sí. Lo haré”.
Kosha asintió apresuradamente. Para ser
sincero, no tenía confianza... pero la teoría general dice que los problemas
causados por una poción mágica solo pueden ser resueltos por su creador. Por
supuesto, si un mago más poderoso interviniera, no sería imposible, pero por lo
general, cuanto más fuerte es un mago, más cerrado y tacaño es a la hora de
ayudar a otros. El mago del rey, que diagnosticó por primera vez los síntomas
de intoxicación de Lucien, ya se había negado a involucrarse más.
“Entonces, ¿sigo tajando esto?”.
Gosric levantó las raíces enredadas.
Tras calcular la cantidad por un momento,
Kosha asintió. Las raíces de las plantas son mejores para contener maná que las
hojas o los tallos, así que cuantas más, mejor. Si él fuera un mago ‘de verdad’,
no tendría que depender tanto de esos medios físicos, pero...
“...Sí, un poco más”.
Asintió Kosha lentamente, ocultando bajo su
ropa sus manos, que temblaban ligeramente por la tensión.
Como le faltaba habilidad, tenía que depender
de los ingredientes. El hecho de que le proporcionaran cualquier material que
necesitara era su única luz de esperanza.
***
‘¿Cómo te llamas?’.
Preguntó una voz baja y suave. El tosco ramo
de flores que Kosha le ofrecía parecía demasiado humilde en sus manos. Con el
rostro encendido, Kosha, como un tonto, no pudo responder de inmediato y
tartamudeó.
‘Ko, Kosha’.
Seguramente su voz sonó patética. Sin embargo,
él no se burló.
‘Ah, Kosha’.
‘...’.
‘Gracias’.
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En su lugar, pronunció su nombre con total precisión. No con la pronunciación estándar de Iseland, sino con la pronunciación alogénica que Kosha usaba originalmente. Era una diferencia mínima, pero estaba ahí. En ese momento, Kosha no pudo distinguir si lo que brillaba y se fragmentaba en blanco detrás de él era la luz del sol o ese halo que dicen que solo aparece sobre la cabeza de los más nobles.
La tradición de entregar flores a los
caballeros que destacaban en batallas o festivales de caza se había instaurado
después de que Lucien ganara fama. Solía ser algo que hacían mujeres jóvenes o
niños... pero después de seguir a Lucien durante un año entero, Kosha también
sintió el deseo de darle algo. Aceptarlas o no dependía del caballero, pero
Lucien y los suyos solían recibirlas con gusto. Por eso se armó de valor.
Había preparado el ramo personalmente con
mucho esmero. Para entregárselo, hizo fila desde la madrugada para entrar al
castillo. Se esforzó por conseguir el mejor lugar entre empujones. Por eso, cuando
finalmente pudo entregarle las flores, estaba tan nervioso que ni siquiera pudo
mirarlo a la cara.
Pero Lucien no rechazó las flores entregadas
por un tipo grande y desaliñado como él. Es más, le preguntó su nombre con
amabilidad. Él solía preguntar el nombre a todos los que le daban flores, así
que no era algo especial, pero al experimentarlo en carne propia, Kosha se
sintió... muy especial.
¡Le di flores! A esa persona resplandeciente.
Incluso me miró a la cara y se aprendió mi nombre. Pronunció mi nombre con
total exactitud.
¿Cuánto tiempo había pasado desde la última
vez que alguien llamó correctamente su nombre? Desde que su niñera murió, no
había vuelto a ocurrir. Su corazón rebosaba alegría.
Ese recuerdo fue tan dulce y cálido que
permitió a Kosha sobrevivir a aquel invierno. No sabía cuántas veces se habían
repetido los inviernos, veranos, primaveras y otoños que logró soportar gracias
a ello.
... ¿Acaso alguien tiene que rescatarte de un
peligro mortal para ser considerado tu salvador?
Antes de que pudiera responderse a sí mismo—
¡Clink! Un agudo sonido de rotura rasgó el aire.
Una copa dorada, lujosa y perfectamente
simétrica, fue arrojada contra el frío suelo de piedra. El cuello de Kosha, que
estaba arrodillado en el suelo, se encogió como un caracol pinchado por una
rama.
Tuud tuud. La copa vacía quedó tirada
miserablemente al lado de Kosha.
Lo que contenía era el antídoto que Kosha
había preparado pasando la noche frente al fuego, recolectando la esencia con
la ayuda del último rayo de luz lunar de la madrugada.
Dividir el ‘antídoto’ en tres partes fue idea
de Kosha. En realidad, más que una idea, fue un ruego desesperado. Lucien y sus
vasallos no estaban convencidos, pero... como no sabían el origen del problema,
¿qué otra opción tenían? Kosha tuvo que optar por un tratamiento sintomático, y
ellos no tenían a ningún otro mago que lo reemplazara.
La primera medicina falló por completo sin
efecto alguno, y esta era la segunda. Lucien bebió sin dudarlo el líquido verde
tenue contenido en la copa de plata. Durante el proceso en que la medicina
hacía efecto, pareció sufrir un mareo y se sostuvo la frente un momento,
mientras un silencio tan denso que impedía incluso respirar se apoderaba de la
sala.
Y entonces, en el momento en que sus ojos se
cruzaron con las afiladas pupilas gris azulado que asomaban entre sus largos
dedos...
Él lanzó la copa que sostenía en la otra mano
directamente hacia Kosha. El hecho de que lo esquivara por poco indicaba que
Lucien se había contenido a duras penas de dárselo en toda la cabeza.
“Haaa...”.
Su suspiro era irritable. Una maldición le
siguió, escupida entre dientes.
“Sin efecto, una pérdida de tiempo y el sabor
es asqueroso”.
“...”.
“Estúpido inútil”.
Lucien se apartó el cabello con exasperación.
Mientras todos en la habitación contenían el aliento, Kosha lo observaba a
hurtadillas. Veía cómo esos cabellos, que parecían fragmentos de luz solar,
fluían entre sus dedos largos y cuidados, esparciéndose sobre su frente
perfecta.
Era un acto desvergonzado, pero últimamente
Kosha solía robar miradas a la figura de Lucien. Por supuesto, tenía algo de
juicio y al principio intentó contenerse... pero no parecía ser algo que
pudiera controlarse con esfuerzo.
El Lucien que sufría los efectos secundarios
de la poción era muy... extraño. No solo se comportaba de forma violenta, sino
que a veces soltaba insultos bastante vulgares. Al principio, fue un shock
incluso descubrir que Lucien conocía tales palabras. Sus expresiones también
eran diferentes: el ceño fruncido, miradas de fastidio, sonrisas burlonas.
Todo cosas que no se encontraban en el Lucien ‘original’.
A Kosha no le gustaba la gente ruda, pero en
un rostro tan hermoso, hasta eso quedaba bien. Además, ¿no era aquello algo ‘falso’
creado por el efecto de la poción? Algo que desaparecería con el último
antídoto. Siendo así, ¿no sería tan extraño querer guardar en su memoria por un
momento ese aspecto ‘diferente’ de Lucien que nadie había visto jamás, y que
nadie volvería a ver?
Llegó a pensar que, si ese era el precio por
obtener una imagen tan especial de él, el sufrimiento no era para tanto.
“E-esto, Alteza. Un momento, para el
diagnóstico”.
“...”.
“Esta medicina no debía hacer efecto de
inmediato. Es decir, primero tenía que... de alguna forma, materializar la
magia existente...”.
A pesar de temblar ante la posibilidad de que
le cayera un rayo encima en cualquier momento, Kosha se esforzó por explicarlo.
Lucien lo miró de arriba abajo como sopesando sus intenciones, pero pronto hizo
un gesto con la mano, como si le diera pereza seguir escuchando.
Aun así, parecía ser una señal de permiso.
Kosha, que había estado pegado al suelo como una babosa, se arrastró lentamente
hacia adelante. A pesar de mirar a Kosha como si fuera un bicho rastrero e
impuro, Lucien extendió obedientemente la palma de su mano tras subirse la
manga de la camisa. Para detectar el maná remanente en el cuerpo, era necesario
un contacto físico mínimo.
Por supuesto, un mago habilidoso podría
hacerlo sin contacto... pero Kosha, para ser sincero, esta vez agradeció ser un
producto defectuoso. Si no, ¿cuándo podría alguien como él tocar la palma de la
mano de Lucien?
Sus dedos, parecidos a ramitas y cubiertos de
vendajes, dudaron sobre la palma amplia y limpia antes de presionar algunos
puntos. La palma estaba muy dura, como correspondía a un caballero, y era más
cálida de lo que esperaba.
Sobre ella, desplegó con cuidado un débil
campo de maná. Estaba nervioso porque nunca había hecho algo así, pero resultó
más fácil de lo esperado. Por alguna razón, desde que lo trajeron a este
castillo, usar magia se había vuelto un poco más sencillo. ¿Sería su
imaginación? ¿O es que Ostbrahe tenía buena energía? O tal vez...
Una onda invisible se filtró siguiendo las
líneas de la mano de Lucien. Pronto, una luz verde brotó bajo su piel y un hilo
luminoso subió por su antebrazo.
Al ver esto, varios caballeros pusieron sus
manos en las empuñaduras de sus espadas, tensando el ambiente de la sala.
Parecía que temían que Kosha intentara algún truco con su magia, pero no solo
carecía de tal habilidad, sino que ni siquiera se le pasaría por la cabeza.
Te traen aquí a la fuerza y encima no confían
en ti, se quejó Kosha para sus adentros.
La luz que emanaba bajo la piel envolvió el
brazo de Lucien dibujando patrones desconocidos. Entre su cabello sucio y
apelmazado, los ojos de Kosha también brillaron con un verde intenso. Las
pupilas gris azulado de Lucien se entrecerraron mientras lo observaban con
atención.
La luz desapareció pronto. El destello verde
en los ojos de Kosha también se desvaneció. Kosha ladeó la cabeza. Esta
medicina parecía haber surtido el efecto deseado, pero...
Kosha, a quien de alguna manera le pesaba
retirar la mano, estaba debatiendo si se atrevía a mantener sus dedos pegados
un poco más.
“Tú”.
Una voz baja y gélida rasgó el silencio.
Kosha, con su lentitud habitual, no tuvo tiempo de reaccionar. Una mano se
abrió paso entre su cabello apelmazado y sus ropas sucias. Esa mano enorme
rodeó su cuello esquelético y lo apretó como si quisiera retorcerlo.
“Hu, ¡aggh!”.
Al sentir la presión deliberada de los dedos,
a Kosha se le salió la lengua y empezó a emitir estertores. Sentía que se
asfixiaba y que los ojos se le saldrían de las órbitas.
¿A-acaso los huesos de los magos son más
débiles que los de los humanos? ¿Y si se me rompe el cuello?
Mientras era estrangulado sin entender el
motivo, Kosha pataleaba desesperado.
Si... si yo muero, Lucien...
En el momento en que su visión empezó a
parpadear en blanco, la mano lo soltó. Al borde del desmayo, Kosha rodó por el
suelo con estrépito.
“Cof, cof, ¡ha, hagh! ¡Hagh!... Hicc, uugh...”.
El aire llenó sus pulmones de golpe.
Sujetándose el cuello, Kosha jadeaba frenéticamente. Sin poder evitarlo, la
saliva se le escurría y no podía dejar de toser.
“Qué exagerado”.
Escuchó un chasquido de lengua desde arriba.
Una bota grande pareció acercarse y, de un toque, le dio una patada en el
vientre. En realidad, más que una patada, fue un empujón con el pie, pero para
un mago tan debilucho fue lo suficientemente letal.
“Uuugh”.
Kosha tuvo una arcada y terminó rodando sobre
su espalda.
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Solo entonces pudo observar su entorno. Todo
era un caos. Los caballeros estaban en máxima tensión, con las espadas a medio
desenvainar, y todo tipo de objetos yacían desparramados por el suelo. Parecía
que hubiera pasado un terremoto.
... ¿Yo hice esto?
Kosha se quedó boquiabierto, incapaz de
creérselo.
No, ¿en serio yo puedo hacer algo así? ¿De
verdad?
...Por cierto, ¿cómo van a limpiar todo esto?
En medio de la situación, ese pensamiento
cruzó su mente y le resultó un poco absurdo. Miraba de reojo por si acaso le
tocaba limpiar a él, cuando una voz indiferente cortó el silencio.
“Parece que, después de todo, sí eres un mago”.
“Para lo que vales”.
Añadió Lucien con desdén mientras pateaba un
abrecartas que había caído a sus pies. El metal se deslizó por el suelo de
piedra con un sonido estridente. Incluso en medio de aquel desorden, él era el
único que permanecía impecable, sin un solo rasguño.
“Ya solo queda una oportunidad, ¿verdad?”.
Kosha intentó recomponerse y volvió a inclinar
la cabeza apresuradamente.
“Hazlo bien”.
El calzado rígido golpeó a Kosha un par de
veces de forma humillante. Sus hombros temblaban, temiendo que Lucien volviera
a patearlo o a pisotearlo en cualquier momento.
“Si no, tampoco me costaría mucho simplemente
matarte y acabar con esto”.
“...”.
Kosha tragó saliva. El aire volvió a volverse
pesado. Si matas a un mago, la magia que proviene de él se rompe, a menos que
sea algo excepcionalmente grandioso. Por lo tanto, matar a Kosha era una forma
de solucionar este desastre.
El problema era que no sabían cómo se rompería
esa magia. El maná es un tipo de energía; como el viento, la luz del sol o las
olas, no puede simplemente desaparecer hacia la nada sin una reacción. Si el
maná ya está dentro del cuerpo, con suerte podría terminar en una indigestión o
náuseas, ¿pero si no había suerte? En el peor de los casos, podría explotar.
Es decir, que si mataban a Kosha, Lucien, que
contenía el maná en su cuerpo, podría estallar junto con él. ¡Cielos, eso sería
terrible! Solo de imaginarlo, Kosha palideció de espanto y negó con la cabeza
con vehemencia.
“Me esforzaré. Lo... lo terminaré, lo
terminaré sin falta”.
“Más te vale”.
La respuesta llegó con una calma indiferente.
“Ahora, llévenselo. Esta sucio y huele mal”.
Lucien dio la orden a los caballeros. Un
sirviente volvió a traer agua para que se lavara las manos, mientras unos puños
rudos agarraban a Kosha por la nuca. Con el cuello apretado por la ropa que
tiraba hacia atrás, Kosha fue arrastrado fuera de la habitación mientras
soltaba pequeños quejidos.
***
Guau, guau. Se oía el ladrido de un perro.
Kosha se puso de puntillas para mirar por la ventana del tamaño de una palma en
la pared de piedra. Probablemente era el patio interior del palacio de
Ostbrahe. Un hombre que parecía ser un criado le lanzaba trozos de carne a un
perro; por su tamaño, debía de ser un sabueso de linaje noble.
Luego, Kosha giró la cabeza para mirar la sopa
de guisantes tibia y la sardina flaca que habían dejado en un rincón. Era su
cena. Lo trataban peor que al perro.
Incluso su alojamiento seguía siendo algo
parecido a una celda. Si lo habían trasladado del sótano a la superficie era
solo porque necesitaba fuego para fabricar la poción. Pero... no se puede
evitar, aceptó Kosha con humildad. Al fin y al cabo, era un mago defectuoso que
le había causado un daño enorme a Lucien, aunque no hubiera sido su intención.
Además, el hecho de que Lucien necesitara
tratamiento mágico parecía ser un secreto de estado. Si no, ¿por qué el propio
Gosric, su lugarteniente más cercano, estaría ayudando personalmente en la
elaboración? Por eso, sería difícil que le dieran una habitación de invitados
de lujo.
“¿Estás pensando en escapar por ahí?”.
Una voz ronca sonó detrás de él. Al girarse,
vio a Gosric. Kosha suspiró y negó con la cabeza. Ahora que se había
acostumbrado un poco, Gosric le daba menos miedo.
“No. ¿Cómo voy a escapar por aquí?”.
“¿Por qué no? Eres un mago”.
“Bueno, hay magos y ‘magos’...”.
La torre era bastante alta. Si se caía, dudo
que pudieran recoger ni sus restos.
Para escapar de aquí sin morir, ¿qué tendría
que hacer?
Kosha intentó calcular la fuerza necesaria
para atraer el viento, la resistencia del aire, su peso y la fuerza de gravedad...
pero desistió de inmediato. De nada servía calcular si su maná no le daría para
tanto. Solo conseguiría que le doliera la cabeza.
“Oye, mocoso. Esta vez tienes que hacerlo bien
de verdad”.
Sentenció Gosric mientras se dejaba caer en la
silla de un rincón de la celda. Al pasar tanto tiempo fabricando la poción con
Kosha, su forma de hablar se había relajado un poco. Ambos miraron hacia el
pequeño caldero que hervía en el centro de la habitación.
Kosha preguntó tímidamente tras dudar un
momento. Le daba un poco de miedo sacar el tema.
“¿S-si esta vez no funciona, de verdad...?”.
“¿De verdad qué?”.
“¿Me... me matarán...?”.
Gosric se acarició la barbilla con gesto
dubitativo. Parecía que ni él mismo lo sabía, pues la respuesta tardó en
llegar.
“Eso... bueno, lo sabremos cuando llegue el
momento. Por ahora, tú concéntrate en la poción”.
La mezcla que hervía a fuego lento estaba
espesa como una papilla y era de un color negro azabache. Por supuesto, solo se
veía así ahora; justo antes del amanecer, cuando extrajera la esencia de la
mezcla y la procesara con maná, se volvería de un verde claro. Por ahora, solo
quedaba esperar.
Kosha suspiró suavemente mientras visualizaba
por duodécima vez la imagen de Lucien cuando le entregó la segunda poción. Una
de las cejas de Gosric se arqueó con suspicacia.
“¿Qué pasa? ¿Crees que esta vez también va a
fallar?”.
“...No”.
Estrictamente hablando, la segunda poción no
había fallado. No hubo efectos visibles, pero eso era lo planeado.
“Es solo que... creo que esta poción tampoco
sabrá bien”.
Murmuró Kosha.
Él había dicho que el sabor era asqueroso.
Kosha intentó arreglarlo, pero con su talento era difícil ajustar el sabor sin
arruinar la eficacia. Temiendo que al tocar el sabor la poción se estropeara,
Kosha estaba a punto de hacerle beber otra medicina de sabor horrible.
La expresión de Gosric se volvió extraña.
Abrió y cerró la boca un par de veces antes de cruzarse de brazos con aire de
desaprobación.
“¿De verdad puedes decir eso después de verte
en un espejo?”.
Kosha parpadeó confundido, sin entender a qué
se refería. Se acomodó un poco el flequillo apelmazado.
Mi aspecto es un desastre, ¿pero qué importa?
Era cierto que su apariencia le preocupaba.
Hacía mucho que no se lavaba. Justo antes de que lo trajeran a la fuerza, estaba
cuidando ganado y vagando por el bosque cubierto de sudor; luego pasó por la
sala de torturas, rodó por el sótano y llevaba días hirviendo pociones frente
al fuego, así que debía de verse fatal. Si lo criticaban por estar sucio y oler
mal, no tenía defensa porque era la pura verdad.
Habría sido mejor encontrarnos cuando yo
estuviera un poco más limpio.
Tal vez así Lucien lo habría recordado.
Recordaría a ese Kosha que lo saludó tantas veces y le dio flores.
Pero estando prisionero así, ¿cómo se atrevería
a pedir un baño? ¿Y a quién se lo pediría? ¿A Gosric?
“...Olvídalo, mocoso. Sigue trabajando”.
Gosric, que se había quedado sin palabras por
un momento, chasqueó la lengua. Tenía el cuello lleno de moretones y los ojos
inyectados en sangre, y sin embargo, el chico se comportaba de una manera tan
ingenua. Entre los consejeros se decía que debían vigilarlo bien por si el mago
guardaba rencor e intentaba asesinar a Su Alteza, pero... no parecía tener la
malicia necesaria para eso.
¿Acaso le falta un tornillo?
Gosric empezó a sospecharlo seriamente.
¿De verdad será capaz de hacer el antídoto?
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Sin importar si Gosric lo miraba con sospecha o no, Kosha volvió a concentrarse intensamente en el caldero donde hervía la poción. Sea como sea, esta era la última. Por el bien de todos, tenía que ser así.
***
La última poción se terminó justo antes del
amanecer, un día completo después de la segunda.
Kosha vertió con cuidado el líquido verde
brillante que burbujeaba en el caldero dentro de una copa de plata decorada con
relieves de sarmientos de vid. Luego, se arrodilló y ofreció la copa con manos
temblorosas. Estaba amaneciendo.
Incluso a esa hora tan temprana, Lucien lucía
una vestimenta perfecta, sin un solo pliegue fuera de lugar.
¿Estará durmiendo bien?, se preocupó Kosha
internamente.
Él volvió a vaciar la copa sin vacilar. Kosha
lo miró con una súplica tan intensa como el sol que empezaba a asomar por el
horizonte de la ventana oriental.
“...”.
Lucien guardó silencio durante un buen rato.
Por un momento se llevó la mano a la frente como si estuviera mareado y, tras
un breve silencio, se dejó caer pesadamente en la silla.
“¡Alteza!”.
El ambiente se tensó al máximo. A Kosha se le
encogió el corazón. Y no fue porque el caballero que estaba al lado le pusiera
la espada en el cuello. Sus ojos verdes, que brillaban con más intensidad
debido a la luz del sol, estaban fijos únicamente en Lucien. El corazón le
retumbaba hasta en la cabeza.
“Fuuuu...”.
Tras unos segundos que parecieron años,
Lucien, que estaba sentado cubriéndose los ojos con la palma de la mano, soltó
un profundo suspiro. Luego levantó la cabeza lentamente.
“Ah... así es como se sentía”.
Sí, es cierto, así era, murmuró para sí mismo.
Su voz sonaba lánguida. No arrojó la copa, ni insultó, ni pateó a Kosha que
estaba a sus pies.
“¿Se encuentra bien, Alteza?”.
Preguntó uno de sus vasallos acercándose con
cautela.
Lucien recorrió la habitación con la mirada
lentamente y dejó escapar una risa que parecía un suspiro. Era una risa que
denotaba incredulidad y, al mismo tiempo, algo de... generosidad. La mano de
Lucien se apartó lentamente de su rostro.
“Sí, supongo”.
“¡Ah!”.
Kosha contuvo el aliento sin darse cuenta.
La mirada de Lucien se dirigió hacia el lugar
de donde provino el sonido. Sus ojos se encontraron antes de que Kosha pudiera
evitarlos. En el momento en que Kosha se estremeció, pensando que todavía
quedaban restos de esa ‘falsa locura’ brillando en las pupilas gris azulado...
“Ah, el mago”.
Ahí estaba, murmuró Lucien. Y tras un breve
silencio, sonrió. Sus labios bien formados dibujaron una suave curva; era esa
sonrisa amable y perfecta como un cuadro que Kosha tanto conocía.
¿Funcionó? Justo cuando sus ojos verdes, que
ya de por sí solían parecer húmedos, empezaron a empañarse aún más, Lucien
ladeó la cabeza con una expresión curiosa y entrecerró los ojos.
“Vaya... Realmente lo lograste al tercer
intento”.
“...”.
“Después de actuar como si no pudieras,
cumpliste tu promesa...”.
A primera vista parecía un cumplido, pero el
tono era ambiguo. Mientras seguía arrodillado, Kosha intentaba descifrar la
atmósfera. Lucien, acariciando el borde de la copa de plata con la punta de los
dedos, volvió a sonreír.
“En fin... bueno, estoy en deuda contigo”.
Esa voz suave, esa expresión, ese tono. Todo
aquello a lo que se había acostumbrado tras seguirlo durante años hasta que se
le grabó en el alma.
“Gracias”.
Y ante esas palabras de agradecimiento, todas
sus angustias se derritieron más rápido que la escarcha bajo el sol de
principios de primavera.
¡Cielos, Lucien me ha dado las gracias!
Al ver la mano que Lucien le tendía como
invitándolo a levantarse, Kosha dejó de pensar.
Apenas anteayer casi lo estrangula por tocarle
la mano, pero ahora, con el corazón rebosante, Kosha tomó esa mano con sumo
cuidado y se levantó tambaleándose. Antes de que terminara de incorporarse,
Lucien retiró la mano sin contemplaciones, lo que hizo que Kosha perdiera el
equilibrio y flaqueara, aunque él pensó que el mareo se debía a la emoción.
Sin embargo, antes de que pudiera procesar esa
oleada de sentimientos, unas manos rudas lo agarraron sin previo aviso por la
nuca y el brazo.
“¿Eh, eh?”.
¿Por qué? ¿Por qué otra vez?
No tuvo tiempo de ver quiénes lo sujetaban
desde atrás. Lucien, por su parte, no hizo nada para detenerlos; se limitó a
observarlo desde arriba con su sonrisa perfecta, dejando a Kosha sumido en el
desconcierto.
“¡Es-espere un momento! ¿A dónde me llevan?
¿Eh? ¿¡Alteza!?”.
Una vez más, Kosha fue arrastrado fuera de la
habitación.
Aun así, no lo llevaron de vuelta a la celda.
Como volvieron a vendarle los ojos no sabía exactamente dónde estaba, pero el
trayecto no fue largo. Lo empujaron dentro de algún lugar y cerraron la puerta
desde fuera, ordenándole que se quedara quieto.
A simple vista parecía una pequeña habitación
de oración, pero estaba cubierta de polvo, como si no se hubiera usado en mucho
tiempo. La estancia, de la que el calor humano se había retirado hacía mucho,
estaba fría. Kosha recorrió lentamente la habitación frotándose los brazos.
Había una silla para una sola persona con un
cojín mullido a los pies para poder arrodillarse. El marco era dorado y el
bordado del cojín era lujoso. Además, había un altar a la altura adecuada para
apoyar los brazos estando arrodillado, lleno de pequeñas y delicadas piezas de
artesanía. Parecían objetos religiosos; algunos tenían forma humana y otros no.
...Vestigios de la antigüedad.
En la antigüedad, estos seres vivían junto a
los humanos. Las llamadas ‘razas diferentes’. Como eran seres poderosos y
misteriosos a diferencia de los humanos, a menudo se convertían en objeto de
asombro y adoración. La mayoría de las religiones antiguas tienen sus raíces en
esa adoración.
Por eso, a esa época se la llamaba la Era del
Mito.
Sin embargo, esa era ya había llegado a su fin
hacía mucho tiempo. Aquellos seres infinitamente maravillosos habían
desaparecido, y lo único que quedaba era el linaje de los ‘magos’, una subespecie
que se ramificó de uno de ellos.
Naturalmente, la religión ya no era lo que
solía ser. Aunque aún quedaban quienes veneraban a los antiguos seres, los
humanos ahora adoraban otras cosas: elementos de la naturaleza como el sol, el
cielo o el mar, o incluso deidades místicas e imaginarias que jamás habían
visto.
Parece ser una característica propia de la
naturaleza humana: el sentirse perdido al implorar milagros al vacío y, aun
así, ser incapaz de dejar de rezar.
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Kosha examinó las pequeñas piezas de artesanía
e intentó adivinar a quién habría adorado el dueño de este oratorio. Se
preguntaba ante quién se habría arrodillado una persona con el poder suficiente
para poseer una sala de oración privada tan lujosa, y qué le habría pedido.
Entonces, pensó en ‘Lucien’. Dado que no había
rastros de uso reciente, no parecía que él hubiera rezado allí, pero aquel
oratorio antiguo encajaba a la perfección con él. Su rostro, a veces,
desprendía un aire de ascetismo e incluso de profunda devoción.
Al imaginarlo arrodillado, con los ojos
cerrados en plena oración, Kosha no pudo evitar dejar escapar una risita tonta.
El hermoso Lucien, el hermoso y bondadoso
Lucien.
‘Gracias’.
Aquella voz resonaba en sus oídos con tanta
claridad como si se lo hubiera dicho justo al lado. Kosha volvió a cubrirse la
boca con las manos.
Entonces... ¿lo logré?
Por supuesto, dado que el problema se originó
por su culpa, era natural que él lo solucionara. Pero...
Él era, en muchos aspectos, un ‘producto
defectuoso’. Desde que creció, las veces que había usado magia correctamente se
podían contar con los dedos de una mano. Como el maná que fluía y se retiraba
de su cuerpo era siempre errático, había más días en los que no se sentía como
un mago que los que sí. Ni siquiera había recibido una educación mágica formal.
Si Kosha vivía mezclado entre los humanos cuidando gansos, era simplemente
porque no tenía otra opción.
¡Y sin embargo... lo había conseguido!
Incluso para él mismo, se sentía como un: ¿De
verdad funcionó?
Desde el momento en que supo lo que le ocurría
a Lucien, no pudo pensar en otra cosa que no fuera lograrlo a toda costa.
¿Habría sido gracias a ese anhelo desesperado?
Kosha se miró las palmas de las manos. Aunque
todavía estaban cubiertas de vendajes mal puestos y todo su cuerpo estaba
sucio, sus manos eran lo único que permanecía limpio. Fue gracias a que siempre
se aseguró de tener agua para lavárselas y así elaborar bien la medicina.
“Yo salvé a Lucien”.
En los viejos tiempos, cuando los seres que
escupían fuego y tenían alas de murciélago aún caminaban sobre la tierra,
nacieron las leyendas de héroes que derrotaban a monstruos violentos para
salvar a princesas oprimidas; historias que aún se contaban hoy.
Kosha se sentía como uno de esos héroes.
Aunque, en este caso, el monstruo violento que
lo había puesto en aprietos probablemente fuera el mismo Kosha...
Con el corazón latiéndole con fuerza y el
rostro ardiendo, Kosha se cubrió las mejillas. No era capaz de distinguir si
aquella agitación se debía a haber tenido a Lucien tan cerca o al hecho de que,
por una vez, había hecho algo útil.
