Pista oculta.

 


Pista oculta.

Para Kim Kyung-chul, no se podía decir de otra manera: aquello fue una desgracia caída del cielo.

Él había llevado una vida sumamente estándar.

Aunque uno se pregunte dónde está el estándar en medio de vidas tan diversas como la cantidad de personas en el mundo, si hubiera que buscar uno, él era quien más se le acercaba.

Creció en una familia común y corriente, a veces recibiendo algún que otro correctivo de su padre y otras veces peleándose a golpes con sus hermanos; pasó sus años escolares con notas promedio que no llamaban la atención, se graduó de la universidad, consiguió empleo en una empresa, se casó, tuvo hijos y así llegó hasta el día de hoy. No tenía nada que pudiera considerarse una trayectoria especial, pero tampoco nada por lo que pudieran señalarlo con el dedo.

Sus amigos eran todos muy parecidos.

Vivían siendo razonablemente trabajadores, se reunían de vez en cuando para reír y charlar, hablaban mal de sus jefes o contaban sus peleas conyugales; así pasaban los días. No había nadie especialmente malo, ni nadie especialmente bueno.

En medio de todo eso, había una sola persona a la que Kim Kyung-chul ―aunque nunca lo había expresado abiertamente― apreciaba de todo corazón. Era ese amigo por el que se preocupaba y se inquietaba como si fuera un asunto propio, pensando que ojalá su situación mejorara pronto y le fuera realmente bien.

Era un tipo verdaderamente bueno. No es que fuera ingenuo o tonto; de hecho, era bastante inteligente y profundo. Solo que tenía un corazón tan noble que, a veces, a uno le daban ganas de explotar pensando '¿acaso este tipo es tonto?'.

Como fuera, a Kim Kyung-chul le agradaba ese amigo. Al conversar con él, se daba cuenta de que, a pesar de tener ya una edad en la que no se le podía llamar joven, seguía mirando el mundo con una mirada cálida y constante. Era difícil encontrar a alguien así, pero este amigo lo era.

Kim Kyung-chul lo observaba con orgullo mientras vivía con integridad en medio de un entorno difícil y agotador, pero al mismo tiempo le dolía no poder ayudarlo porque su propia situación tampoco era del todo buena. Por eso, deseaba sinceramente que la situación de su amigo mejorara, que conociera a una buena persona, que formara una familia y que viviera feliz y en armonía; a veces, incluso llegaba a rezarle a alguien allá en el cielo por ello.

*

—¡Chi-young!

De repente, un grito estalló a su lado con tal fuerza que Kim Kyung-chul dio un brinco en su asiento. —¡Qué susto! —, exclamó mientras giraba la cabeza. Vio entonces que Seo Chi-young, quien removía las tripitas a la plancha con una espátula, se había distraído al responder al pedido de ‘¡una cerveza por aquí!’ de un cliente al fondo del local. Al girarse, el dorso de su mano había rozado el borde ardiente de la plancha.

Debió de ser una quemadura considerable, pues Chi-young, que tras años en el negocio estaba más que acostumbrado a los roces cotidianos con el calor, soltó la espátula instantáneamente y se encogió. Una marca roja y lineal apareció de inmediato en su mano.

Sin embargo, lo que más sorprendió a Kyung-chul no fue el accidente, sino la reacción del hombre que hasta hace un momento bebía tranquilamente a su lado. El tipo se puso de pie de un salto.

“¿Estás bien? Dejame ver.”

Frunciendo el ceño, se acercó a Chi-young, le tomó la mano para inspeccionarla y chasqueó la lengua. Sin perder un segundo, lo arrastró un par de pasos hacia la pileta, abrió el grifo de agua fría y colocó la mano herida debajo del chorro.

“¿Por qué te lastimás así? Te dije que tuvieras cuidado.”

Tras ese reproche en voz baja, Kyung-chul alcanzó a oír a Chi-young murmurar un ‘lo siento’ casi inaudible.

A ver, que se haya lastimado es una macana, ¿pero por qué tendría que pedir perdón? Kyung-chul parpadeó aturdido y soltó un: “Chi-young, ¿estás bien?”. A lo sumo le quedaría una pequeña cicatriz, pero no era para ir al hospital; con un poco de pomada bastaba. ¿Por qué este hombre se ponía así?

Kyung-chul observó de reojo el rostro contraído del hombre, quien tras sujetar la muñeca de Chi-young durante un buen rato, regresó a sentarse a la mesa. Era la primera vez que veía a este sujeto, siempre tan imperturbable y sereno, levantar la voz de esa manera.

Este hombre también era, en una categoría muy, muy amplia, amigo de Kyung-chul. Eran amigos de amigos, habían ido a la misma secundaria e incluso habían sido compañeros de división. Pero en aquel entonces no eran cercanos, y ahora tampoco, así que no era alguien a quien Kyung-chul llamaría ‘amigo’ a la ligera si alguien preguntara.

¿Amigo? Ni de cerca.

A decir verdad, a Kyung-chul este hombre lo intimidaba.

Incluso los otros dos que eran cercanos a él ―Kwon Kang-hee o Yoon Joon-young― eran un poquito, apenas un poquito mejores. Con ellos, alguna vez al calor del alcohol, se habían tuteado; y aunque sentía que lo ignoraban un poco, al menos podía charlar con ellos con cierta naturalidad. Eran mucho más fáciles de tratar que este sujeto.

Desde la primera vez que se cruzaron en este local, este hombre le resultó incómodo por alguna razón. Siempre trataba a Kyung-chul con respeto y de usted, con una actitud formal. Pero no se sentía como cortesía, sino como un muro infranqueable que impedía cualquier acercamiento. Además, ya desde la secundaria, este tipo no era alguien fácil de abordar. Siempre sonreía amablemente y se llevaba bien con todos, pero daba la impresión de que los que realmente entraban en su círculo íntimo se podían contar con los dedos de una mano.

Y, aunque sospechaba que no eran solo imaginaciones suyas, Kyung-chul sentía a veces que este hombre lo fulminaba con la mirada. ¿Eh?, pensaba mientras giraba la cabeza para comprobarlo, pero solo encontraba una mirada neutra y corriente. Aun así, la sensación persistía. Sentía que lo observaba con malos ojos.

No sabía por qué. Sucedía principalmente cuando Kyung-chul bromeaba con confianza con su querido amigo, cuando se le encimaba como cuando eran chicos o cuando soltaba bromas como: ‘nuestro Chi-young tiene que conseguirse pronto una esposa linda’ ―en ese momento la mirada que recibió fue tan obvia que era imposible ignorarla―. En esas ocasiones, sentía un frío glacial en la nuca.

Una vez, Kyung-chul no aguantó más y, aprovechando que el hombre no estaba, le preguntó discretamente a Chi-young:

‘Che, Chi-young... Jang Ui-geon, ¿no sentís que a veces me mira medio mal...? ¿Sabés por qué será?’

Pero la respuesta fue tan simple que lo dejó desarmado: ‘No creo..., deben ser cosas tuyas. Él no es así’, le dijo Chi-young con una sonrisa tan bondadosa que Kyung-chul no pudo insistir. Si decía: ‘Que no, que te digo que me mira mal’, iba a quedar como un tipo resentido que inventa cosas de los demás.

Aunque estaba convencido de que no eran imaginaciones, así estaban las cosas. Para ser sincero, era una mezcla de sentirse cohibido y un poco de miedo; en fin, Kyung-chul no sabía cómo manejarse con él.

No entiendo cómo un tipo así se hizo tan amigo de Chi-young... De verdad, cada vez que vengo está acá plantado, ¿quién puede tomar tranquilo con esa mirada encima?

Kyung-chul se quejaba para sus adentros mientras apuraba el último trago de su vaso. En ese momento, los últimos clientes que quedaban en el local se levantaron y se fueron. Como si hubiera estado esperando ese preciso instante, el hombre miró el reloj de pared y habló:

“Bueno, ¿qué tal si vamos cerrando el boliche?”

“…….”

¡A ver, que ya terminé mi trago y que no soy un cliente de verdad, pero todavía estoy acá sentado! Kyung-chul abrió grandes los ojos. Entonces, el hombre se giró hacia él con una mirada que escondía una sonrisa.

“Kyung-chul, tu hijo debe estar esperándote, ya deberías irte, ¿no?”

“…… Sí.”

A Kyung-chul se le cerró la boca. Asintió dócilmente y levantó el trasero de la silla. Su amigo, sin enterarse de nada, le sonrió con dulzura: “Ah, ¿ya te vas? Avisá cuando llegues.”

“Sí, dale. Me voy a jugar con mi nene. Ordenen todo bien por acá. Vengo otro día. ……Hasta luego, que le vaya bien.”

Tras despedirse de su amigo y dejarle un saludo algo forzado al hombre, Kyung-chul se dio la vuelta. A sus espaldas, la voz del hombre preguntando: “¿Limpio con este trapo?” se fue alejando poco a poco.

Che, igual ya me iba porque se hacía tarde. Prefiero mil veces jugar con mi hijo que estar acá metido. Kyung-chul refunfuñaba mientras caminaba, aunque pensó que, después de todo, el tipo debía ser buena persona si se quedaba a ayudar a su hyung a limpiar y cerrar.

Pero seguía pareciéndole curioso cómo se habían vuelto tan unidos. Se notaba a leguas que se llevaban muy bien. Por lo que había escuchado, incluso se veían en sus días libres. No es común hacerse tan compinches a esta edad, pero bueno, no se veía como algo malo. Aunque a Kyung-chul le siguiera resultando un tanto intimidante.

“A ver..., ¿qué querrá comer mi señora...?”

Como cada vez que regresaba tarde, Kim Kyung-chul buscó su teléfono en los bolsillos mientras caminaba hacia la parada del colectivo. Había puestos de tteokbokki y las hamburgueserías todavía tenían luz. Sin embargo, de pronto se detuvo. Buscó en un bolsillo, luego en el otro, pero el celular no aparecía. Entonces recordó que lo había dejado sobre la mesa tras hablar con un compañero de la oficina.

“Uf... qué cabeza la mía.”

Consolándose con la idea de que al menos se había dado cuenta antes de alejarse más, pegó la vuelta a toda prisa.

La persiana del local de su amigo ya estaba baja. Al verla desde lejos, Kyung-chul chasqueó la lengua pensando que ya se habían ido. Pero al acercarse más, vio con alivio que un lado de la persiana quedaba abierto apenas unos cincuenta centímetros.

Menos mal, pensó mientras apuraba el paso. La luz que se filtraba por el hueco se hacía más brillante a medida que llegaba. Justo cuando estaba a punto de agacharse para entrar, una frase saltó desde el interior:

“Chupámelo.”

Las palabras salieron de repente por la rendija. Era la voz de aquel hombre. Kyung-chul se quedó congelado en el lugar.

¿Chupar?……. Ah, ¿el trapo? ¿La rejilla? Claro, se necesita para limpiar. Dios mío, tengo que dejar de ver porno, me imagino cualquier cosa enseisguida.

Kyung-chul se rascó la cabeza, avergonzado de sus propios pensamientos. Mientras tanto, la voz volvió a escucharse:

“¿Por qué sos tan descuidado y te lastimás? Me pone mal. Habíamos quedado en que, si te lastimabas, harías lo que yo quisiera. Es el castigo.”

“……, perdón. Voy a tener cuidado para no lastimarme más.”

A continuación se oyó la voz de su hyung, que sonaba como un murmullo.

¿Perdón de qué? Si ya es bastante garrón lastimarse, ¿encima tiene que pedir perdón? Pero ¿qué clase de conversación es esta?

Sin ninguna intención de espiar, pero incapaz de moverse, Kyung-chul parpadeó aturdido. Hubo unos segundos de silencio.

“…… No te lastimes.”

El hombre habló en voz baja, casi como un suspiro. Kyung-chul no se hubiera imaginado que ese sujeto pudiera hablar con tanta ternura. Pero la voz del hombre volvió pronto a su tono habitual.

“Pero un castigo es un castigo.”

Era una voz con un rastro de risa, un poco juguetona. Ese tono también le resultaba extraño. Ahora se daba cuenta de que, cuando ese hombre estaba con Seo Chi-young, siempre hablaba con esas voces desconocidas.

Mientras Kyung-chul procesaba eso, Chi-young murmuró un “sí” algo decaído. Después de eso, el silencio se prolongó. Pero en medio de ese silencio, se oyó el roce de la ropa e incluso le pareció oír el ruido metálico de un cierre bajándose.

¡Ay, esperen un poco! ¡A un tipo que mira tanto porno como yo no me le den sonidos que inviten a imaginar cosas raras, que me confundo!

Kyung-chul se tapó las mejillas. Sentía que debía salir corriendo de ahí, pero las piernas no le respondían. Se oyó el ruido de una prenda siendo apartada, una inspiración corta y, después――.

“Ya está, Chi-young.”

Era la voz del hombre.

“No, pensándolo bien, no puedo hacer que vos pases por esto como un castigo. ……Perdón. Levantate.”

Era una voz sumamente suave, como si se dirigiera a un amante. Por muy amigos que fueran, ¿cómo podía hablarle con un tono que prestaba tanto a la confusión?

“A cambio, dame un beso.”

¡¿Qué?!

Esta vez, Kim Kyung-chul se quedó de piedra. Por un segundo, estuvo convencido de que sus oídos se habían vuelto locos. O había escuchado mal, o eran alucinaciones.

Sin embargo, se oyó un ligero , un pequeño sonido. Si lo hubiera escuchado solo, no habría sabido qué era, pero habiendo escuchado semejante frase justo antes, era imposible no identificarlo. Incluso después se oyó un leve sonido húmedo. Al final, se escuchó la risa baja del hombre. Parecía que ‘algo’ había terminado.

¿Pero qué estoy escuchando? Kyung-chul estaba sumido en un caos total. Su mano, aún sobre la persiana, temblaba. Quizás, tal vez, ¿podría ser que el que estaba ahí adentro no fuera su hyung?

Justo cuando Kyung-chul hacía trabajar su cerebro a toda marcha, una voz le golpeó los oídos:

“Eh, ……esperá, esperá un poco, Chi-young.”

El hombre parecía desconcertado.

“Te dije que no hacía falta. Ya está bien, Chi-young.”

“No. Es que..., es que yo..., simplemente..., quiero hacerlo...”

Mamita querida.

¿Pero hacer qué? ¿Qué es lo que querés hacer? Kyung-chul tenía miedo de verdad. Esa era, sin ninguna duda, la voz de su hyung. Lo conocía desde hacía más de diez años. Sabía que esa voz que se iba haciendo cada vez más pequeña era la que ponía su hyung cuando se moría de vergüenza.

Pronto se oyó al hombre tomar aire profundamente. Ese sonido se transformó en una respiración que parecía un gruñido bajo. Jadeos pesados. Un gemido contenido. Y mezclado con todo eso, un sonido viscoso.

“…….”

Kim Kyung-chul se convirtió en una estatua de sal. Sabía perfectamente qué era ese sonido. No era posible imaginarlo de otra manera.

Ese sonido continuó escuchándose hasta que Kyung-chul sintió que se desvanecía por completo, sin dejar ni rastro.

*

¡Buaaa, mamá! Qué miedo. No quiero saberlo. No quiero saber nada. Solo quiero que mi amigo, mi dulce y buen amigo, viva feliz y tranquilo. No quiero que tenga una relación tan aterradora con un hombre tan aterrador.

Kim Kyung-chul se alejó de allí llorando a moco tendido.

No sabía con qué pizca de cordura logró apartarse de aquella persiana. Cuando recobró el sentido, ya caminaba a paso errático hacia la parada del colectivo. De pronto, al mirar de reojo, vio reflejada en el espejo de una tienda de ropa la figura de un hombre demacrado que no paraba de sollozar.

Se sentía profundamente desolado y triste. Le daba mucha lástima.

Ahora se daba cuenta de que no era casualidad que, cada vez que visitaba el local de su amigo, se cruzara con ese hombre. Sí, ya le parecía a él que era una coincidencia demasiado grande. Había intentado autoconvencerse de eso. Había logrado sobrellevarlo pensando, no sin cierto recelo, que simplemente eran inusualmente cercanos, pero hoy la verdad le había caído encima con todo su peso.

“¿Está bien, jefe? Fuerza, che. La vida es así de amarga.”

Mientras sollozaba en la parada, un borracho se le acercó, le dio unas palmaditas en el hombro y siguió de largo. Por alguna razón, eso lo hizo sentir aún más desdichado y rompió a llorar a gritos.

Recordó la mirada con la que su amigo veía al hombre, y la mirada con la que el hombre veía a su amigo. Se había esforzado arduamente por ignorarlo, pero ya no podía más. Eran miradas excepcionalmente dulces y cariñosas. Miradas excepcionalmente apasionadas y constantes.

Por alguna razón, y aunque no quería admitirlo, al recordar la expresión de su amigo, sentía que él estaba plenamente feliz y cómodo en esa relación. Y al recordar la mirada del hombre, sentía que esa relación seguiría así por siempre.

Kyung-chul tenía la intención de apoyar a su amigo hiciera lo que hiciera. Desde hacía mucho tiempo, pensaba que alentaría y ayudaría en lo que pudiera a su amigo en cualquier cosa que él deseara. Ese pensamiento ―aunque para Kyung-chul se tratara de una situación que ponía su mundo patas arriba― no había cambiado, pero aun así.

Su buen amigo. Su dulce amigo. Con ese hombre aterrador. Con ese tipo imponente con el que Kyung-chul no tendría ni la más mínima oportunidad de ayudar en nada. Con ese hombre al que, incluso intentando buscarle un defecto con mala intención, no lograba encontrarle ninguno, lo cual le resultaba todavía más molesto en este momento.

Kyung-chul sabía que no había nada que hacer.

Tuvo una corazonada. Sentía que, aunque Kyung-chul o cualquier otro intentara intervenir, las cosas seguirían su curso. En realidad, ni siquiera había motivos para intervenir. ¿Acaso no lo había dicho su amigo? Que él quería hacerlo porque le nacía. Entonces, lo lógico era que Kyung-chul siguiera con su plan original de apoyar a su amigo.

Como sentía que ya no había vuelta atrás ―y como Kyung-chul tampoco tenía el valor suficiente para enfrentarse valientemente a ese hombre e intentar cambiar las cosas―, se sentía extrañamente desolado y triste, a pesar de que, en realidad, su amigo se veía perfectamente bien y muy feliz.

“Bueno, si vos te ves feliz, me basta..., de verdad, qué suerte...”, murmuraba Kyung-chul mientras lloraba a moco tendido, sintiéndose como si hubiera criado a un hijo con todo el amor del mundo solo para que este se lanzara, encantado de la vida, a los brazos de un tigre.

[Fin del extra de Place to Be: More Than Words]