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“Em-emperador, mi intención no era esa… ¡Ah!”.

Dam-yeon se dio cuenta de su error demasiado tarde. Sin embargo, ya no podía retractarse de lo dicho. Con una mirada gélida, el Emperador tiró del brazo de Dam-yeon.

“Majestad, yo, me equiv-equivoqué… ¡Ah!”.

El Emperador, con los ojos brillando de posesividad y celos, abrazó con fuerza aquel cuerpo delgado. Al imaginar a Dam-yeon desnudo revolcándose con ellos, sintió una tensión punzante en la nuca. La comisura de sus labios se elevó con una mueca torcida.

“Otros Yang”.

Dam-yeon era suyo. Su Eumin, su posesión. El Emperador apretó los dientes y, mientras Dam-yeon forcejeaba por liberarse, lo abrazó con más fuerza y lo recostó sobre la manta.

“Si no fuera yo, ¿a quién pensaba pedírselo?”.

“Majestad, yo solo, no es eso—”.

“¿Al oficial Choi? ¿O al general Song? ¿Acaso piensa arrastrarse como un perro ante ellos para que le den su fragancia de Yang y le supliques que introduzcan su pene para esparcir su simiento en usted?”.

El Emperador se burló al ver a Dam-yeon encogiéndose para ocultar su cuerpo. Le quitó por completo lo que le quedaba de ropa interior y separó sus muslos empapados por el fluido.

“Ah… Majestad. Espere, un momento… ¿Qué planea hacer ahora?”.

“Dijo que necesitaba ayuda para terminar el celo. Tendrá que meter la verga aquí y recibir mi esencia, ¿no es así?”.

La punta del dedo del Emperador presionó firmemente el vientre de Dam-yeon.

“¡Ah…! ¡No, no puede ser!”.

Incluso en su estado nublado, Dam-yeon abrió los ojos de par en par. No podía permitirlo. Cruzar esa línea significaba romper un tabú completamente distinto a los anteriores.

Cuando Dam-yeon intentó retroceder recuperando la razón, una mano grande lo sujetó por el tobillo y lo arrastró hacia abajo.

“¿A dónde cree que va?”.

Su voz burlona penetró sus oídos. Al principio, Dam-yeon se había sentido confundido por la naturalidad con la que el Emperador lo besaba y lo tocaba, ignorando la relación entre padre e hijo. Pensó que la cultura del Imperio Taeyeong podría ser distinta a la de su natal Cheongun, pero ninguna cultura permitía que un padre y un hijo mezclaran sus cuerpos. Eso era algo que ni las bestias harían.

A pesar de que el celo imprevisto lo trastornaba, esto no era posible. ¿Cómo podía albergar el pene de su hijo en el mismo lugar donde alguna vez lo había albergado a él? Dam-yeon se propuso corregir esta situación.

“Majestad, no puede ser. Nosotros, después de todo, yo soy de Su Majestad—”.

“Sí, la madre biológica que me dio a luz. Sí. ¿Y qué tiene eso de malo?”.

La respiración de Dam-yeon se volvió errática. Los momentos vividos con el Emperador lo asaltaron: el calor en sus dedos, el tacto en sus labios, la fragancia que lo envolvía. Todo había estado mal desde el principio. Quizás lo había negado usando su cuerpo extraño como excusa.

Pero esto no. Tenía que detener al Emperador antes de que cruzara la línea definitiva. Dam-yeon se mordió el labio, dándose cuenta de que ya no podía seguir engaándose a sí mismo.

“No existe tal ley entre padre e hijo… Esto… es algo que no debe suceder”.

Con manos temblorosas, sujetó la muñeca del Emperador. Aunque no se sintiera como un padre, era el hijo al que había llevado en su vientre por diez meses.

“Me sorprende que diga eso ahora. ¿No fue usted quien derramó su simiento en mi mano y quien rchó mi pene de jade, madre?”.

“Pe-pero eso fue…”.

“¿Porque no tuvo otra opción por el celo?”.

El Emperador soltó una carcajada cínica.

“Bien, si necesita una excusa, se la daré tal como desea”.

“No, yo no quise—”.

“¿O acaso pensó que de verdad lo había considerado mi madre hasta ahora?”.

Dam-yeon se quedó helado, como si hubiera olvidado cómo respirar. Quizás estaba soñando. Tal vez el Emperador nunca lo buscó y todo era una alucinación producto del calor y el dolor.

“Yeon”.

“Ugh, ugh”.

El Emperador lo trajo de vuelta a la realidad y, mirando sus ojos nublados, le separó los muslos.

“ugh… ugh”.

Tras varios días de celo, el orificio de Dam-yeon estaba tan empapado que no necesitaba lubricación. El Emperador, observando cómo se abría y cerraba como si suplicara por el pene, colocó la punta en la abertura enrojecida.

“Tú simplemente eres mío. Que me hayas dado a luz o que mezclemos los cuerpos no cambia nada”.

La mente de Dam-yeon estaba al borde de la destrucción. Sus lágrimas calientes resbalaron hasta su barbilla. Cuando el Emperador lamió sus lágrimas, su mente se quedó en blanco. Todo lo que había intentado rechazar se desmoronó. La supuesta amabilidad del Emperador se desprendió como una cáscara, revelando una obsesión cruda. El peso de su verdadera intención lo aplastó.

“Quería ser suave por ser su primera vez, pero es una lástima”.

“¡Ah…! Espere, Majestad. Solo un—”.

Dam-yeon jadeó al sentir cómo lo penetraba. Intentó levantarse empujando el pecho del Emperador, pero este lo sujetó con fuerza y elevó su parte inferior.

“¡Ah, ugh, ugh!”.

El pene del Emperador penetró el orificio hasta lo más profundo, presionando la próstata y frotando la entrada del colon.

“He, ugh…”.

Sintió que su vientre se desgarraba; pensó que moriría. A través de sus lágrimas, vio su vientre hinchado. Al tocarlo y sentir el pene bajo su piel, rompió a llorar.

“ugh, ugh… ugh”.

El de su hijo estaba dentro de él. Al final, el pene del hijo que él mismo dio a luz fue introducido de nuevo en el lugar donde alguna vez lo albergó. Un profundo autodesprecio se reflejó en su rostro.

“Tsk”.

El Emperador frunció el ceño. Aunque el calor seguía presente por no haber recibido el simiento del Yang, el cuerpo de Dam-yeon se puso rígido por el trauma psicológico.

“Dam-yeon”.

“ugh…”.

“Yeon”.

Al ver a Dam-yeon jadeando desesperado, el Emperador liberó por completo su fragancia, inundando la habitación.

“Ah… ugh, uhh”.

Dam-yeon se estremeció, y el fluido brotó a borbotones de entre sus piernas. El pene erecto del Eumin temblaba contra su vientre bajo y sus pezones se endurecieron.

“Parece que a madre le gusta mi pene más que yo mismo”.

“ugh… Uu. Ugh”.

Dam-yeon ya no entendía las palabras, solo soltaba gemidos. Sus fuerzas desaparecieron y sus piernas se abrieron. Bajo la fragancia del Yang, arañó su vientre y contrajo su orificio por instinto.

“Ah, ugh. ugh…”.

Un placer punzante lo recorrió. La saliva empapó su barbilla. Aturdido por el calor interno, movió la cadera para apretar el pene que lo llenaba.

“¡Hau, ugh… Aaah!”.

El Emperador vertió su esencia dominante sobre el cuerpo de Dam-yeon. Ante tal estímulo desconocido, Dam-yeon se retorció.

“¡ugh, ah, no… ugh, no lo hagas, ugh!”.

Su razón se evaporó ante el calor ardiente en su vientre.

“ugh, no puedo… ugh, ya…”.

Quería evadir la realidad y entregarse al placer. Dam-yeon miró al Emperador, quien succionaba sus pezones mientras lo llenaba. Sus pupilas brillaron con humedad.

“ugh, ugh… Ah, es extraño…”.

Sujetó su propio pene y comenzó a mover la cadera por instinto, buscando el estímulo sin saber ya quién estaba sobre él.

“ugh… Más, ugh…”.

Perdido en el calor y la picazón interna, miró al Emperador con ojos nublada.

“Hazlo… Hazlo por mí. Por favor…”.

“Dijo que no quería, que esto estaba mal entre padre e hijo”.

“ugh… No lo es. Ugh, no. Ah. Me pica… Por favor…”.

Abrazó el brazo del Emperador, fuera de sí.

“De haberlo sabido, lo habría tomado así desde el principio”.

El Emperador le dio un beso y movió su cadera con fuerza.

“¡Ah, ugh, ah!”.

El grueso pene penetraba profundamente revolviendo el interior de Dam-yeon en cada embestida.

“ugh, ah, ugh…”.

El sonido húmedo llenó la alcoba. El orificio se abría y cerraba alrededor del tronco mientras el Emperador arremetía con rudeza.

“¡Ugh, ugh, ugh…!”.

Un placer eléctrico lo paralizó. Dam-yeon clavó las uñas en los hombros del Emperador mientras gemía con la cabeza hacia atrás.

“¡Ugh, ugh, aaa… ugh, ah!”.

El Emperador lo besó, tragándose sus gemidos. Dam-yeon, aunque lloraba, seguía sacudiendo la cintura por puro placer.

“ugh, qué bien… ugh”.

“A mí también me gusta el interior de madre”.

El Emperador lo atrajo hacia sí y chocó sus cuerpos con fuerza.

“ugh, ah, ah”.

Sin poder articular palabra, Dam-yeon avanzó hacia el clímax mientras sus muslos apretaban al Emperador.

“¡Ugh, ah, me voy, otra vez, ugh, un…!”.

Su cuerpo tembló y un líquido blanquecino bañó su vientre. El Emperador, también al límite, derramó su simiento sobre la próstata de Dam-yeon.

“ugh, uu…”.

Tras recibir el simiento, el cuerpo de Dam-yeon se calmó. Exhausto, cerró los ojos en brazos del Emperador.

Al alba, Dam-yeon despertó sintiéndose ligero; el celo había terminado. Pero los recuerdos de la noche regresaron como una ola fría, palideciendo su rostro.

“…A-ah”.

Recordó vívidamente cómo se movió sobre el Emperador y cómo le suplicó que no se detuviera.

A medida que esos recuerdos revivían, su piel se congelaba y su corazón latía con una fuerza frenética.

Esto… no era que el Emperador lo hubiera forzado. Fue un ‘acuerdo’ innegable, donde ambos aceptaron el cuerpo del otro.

Aunque hubiera estado fuera de sí por el celo, cómo se atrevió a hacer tal cosa, cómo, con su propio hijo….

Sintió un nudo en la garganta que le cortó la respiración al instante.

Ante el acto pecaminoso que había cometido, Dam-yeon se apretó el pecho y tomó aire como si fuera a vomitar sangre. Su corazón dolía como si fuera a estallar y todo su cuerpo temblaba violentamente. En la punta de su lengua, sintió un sabor metálico a sangre.

Seguramente los sirvientes del palacio también se habrían dado cuenta. De la locura que había cometido. De que hizo algo que jamás debió hacerse…. Todos debían saberlo.

El sentimiento de culpa por haber roto el tabú lo invadió rápidamente. El miedo, la vergüenza y el autorreproche se mezclaron, haciendo que su respiración se volviera agitada.

Por suerte, el Emperador ya se había marchado. Al sentir alivio por su ausencia, una parte de su pecho dolió extrañamente.

Mordiéndose los labios, Dam-yeon se frotó bruscamente con la manga sus ojos que comenzaban a arder.

“Debo, limpiarlo pronto…”.

Dam-yeon miró alrededor de la habitación, donde los rastros del encuentro carnal permanecían desordenados. Tenía que limpiar el cuarto y lavar su cuerpo antes de que llegaran los sirvientes.

No quedaba mucho tiempo. Conteniendo el aliento, retiró las mantas con manos que temblaban levemente.

“ugh, ugh……”.

Cada vez que daba un paso, sentía un dolor en la cintura como si fuera a romperse, y su parte inferior, que había aceptado al Emperador durante toda la noche, ardía como si estuviera desgarrada.

A pesar de ello, Dam-yeon apretó los dientes y retiró personalmente las mantas y la ropa sucias para lavarlas. Las tendió en el patio trasero donde daba el sol y regresó a la habitación para encender incienso y borrar el olor.

Fregó el suelo varias veces. Solo entonces pudo extender la ropa de cama limpia. Tras secarse el sudor de la frente, Dam-yeon envolvió sus dedos temblorosos y exhaló silenciosamente.

“Haah……”.

Mientras estaba sentado recuperando el aliento, escuchó la voz de la dama de la corte Yun tras la puerta.

“Mama. Soy la dama Yun. ¿Puedo entrar?”.

Aunque revisó una y otra vez que no quedara ningún rastro de lo sucedido, los hombros de Dam-yeon se tensaron al escuchar su voz.

“Mama”.

“Pu-puedes entrar…”.

Con una tensión extrema, Dam-yeon apenas logró despegar los labios y, sin poder levantar la cabeza, colocó ambas manos ordenadamente sobre sus rodillas.

“He venido tras escuchar del Emperador que ya se encuentra mejor”.

En el momento en que mencionó al ‘Emperador’, el rostro de Dam-yeon palideció aún más. ¿Qué le habría dicho él a la dama Yun? ¿Le habría pedido que lo revisara porque habían tenido relaciones? O tal vez…….

“He oído que anoche Su Majestad encontró a Mama desmayado. Le pido disculpas. Pensé que Mama se sentía incómodo, por lo que estaba esperando a que me llamara… Ha sido mi falta de previsión”.

…¿Desmayado?

Dam-yeon levantó la cabeza con cautela al mirar a la dama Yun, quien decía algo completamente distinto a lo que él esperaba.

“Según el médico real, se debe a que agotó todas sus energías al terminar el celo. En estos pocos días, ha perdido mucho peso. Ordenaré que a partir de hoy preparen la comida centrada en platos nutritivos”.

……Parecía que el Emperador había inventado esa historia. Por muy Emperador que fuera, no era algo que pudiera revelar tratándose de un padre y un hijo.

Por fortuna, la dama Yun parecía no saber absolutamente nada. Si ella no lo sabía, los demás tampoco.

Dam-yeon sintió un alivio momentáneo, pero al mismo tiempo, un miedo desconocido le oprimió el cuello.

‘Si algún día esto se descubre, ¿qué será de mí?’.

Dam-yeon metió la mano bajo su manga y se rascó con fuerza la parte interna del brazo. Un dolor punzante surgió en su piel sin heridas, pero no detuvo su mano. Sentía que, si no hacía al menos eso, no podría contener la culpa que hervía en su interior.

“Esto… dama Yun”.

“Sí, Mama. Dígame”.

“Últimamente he tenido muchos pensamientos…. Por el momento, deseo pasar tiempo a solas en silencio, ¿podrías hacer que sea así?”.

Dam-yeon observó con cautela la expresión de la dama Yun. ¿Acaso no estaría fingiendo que no sabe nada por orden del Emperador, cuando en realidad lo sabe todo?

¿Acaso no lo despreciaría pensando ‘qué clase de pensamientos podrías tener tú’?

Él era alguien que había cometido un pecado. El terror de que todos descubrieran lo que había hecho lo invadía en cualquier momento.

Su corazón palpitaba, su boca estaba seca y sus párpados temblaban levemente. Sin embargo, la dama Yun agachó la cabeza en silencio y respondió.

“Sí, así se hará. Se lo comunicaré a los demás, así que no se preocupe”.

“…Gracias”.

Al quedarse solo de nuevo, Dam-yeon miró la habitación sumida en el silencio y soltó el aliento que había estado conteniendo. Detestaba la soledad. Como había pasado mucho tiempo solo durante toda su vida, anhelaba que alguien estuviera a su lado.

Pero una vez más, se había quedado solo. Abrazando sus rodillas y hundiendo la cabeza, Dam-yeon cerró los ojos conteniendo el aliento.

Fue entonces cuando otro temor penetró su corazón. El miedo de que, a partir de ahora, Su Majestad ya no volviera a buscarlo lo envolvió por completo.

En el silencio donde él no venía, pensar que jamás volvería a ver al Emperador hizo que su pecho doliera por su ausencia, a pesar de ser alguien que había pecado.

.

.

“¡...A-ah!”

“¡Mis disculpas, Mama!”

En el instante en que las yemas de los dedos de la dama de la corte, que estaba dejando los platos, lo rozaron ligeramente, Dam-yeon se sobresaltó tanto que terminó soltando los cubiertos que sostenía. Con un chapoteo, el caldo derramado fluyó por su muslo. Al instante, una sensación de calor punzante penetró en su piel.

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“¡Mama! ¿Qué...? ugh, ¿se encuentra bien? ¡Será mejor que se quite la ropa primero!”.

Ok-in, mucho más sorprendida que él, no sabía qué hacer con un rostro que parecía a punto de romper a llorar. Por mucho que intentara alejar a los sirvientes, había momentos inevitables.

Como cuando limpiaban la habitación, preparaban el baño o, como ahora, lo ayudaban con su comida.

En cada una de esas ocasiones, Dam-yeon agudizaba sus sentidos consciente o inconscientemente, y todos sus nervios se ponían en guardia para ‘no ser tocado’ por ellos. Desde hacía algún tiempo, no solo le temía a las miradas de los demás, sino que incluso sus toques le resultaban aterradores e incómodos. Por eso, como hace un momento, ante el más mínimo roce de alguien, su cuerpo se encogía primero y su corazón se aceleraba antes que nada.

“Mama. Quítese la ropa primero, por favor. Debe calmar el calor”.

La dama de la corte Yun, que estaba sentada a su lado, ordenó de inmediato a las otras damas que trajeran agua fría y, con el paño de seda que sostenía, limpió con cuidado el muslo de Dam-yeon.

“No, está bien, yo... yo mismo lo haré...”.

Dam-yeon apartó suavemente la mano de la dama Yun y giró el cuerpo. Su muslo todavía ardía, pero le resultaba más incómodo el contacto físico con otra persona.

Negando con la cabeza como para evitar incluso el toque de la dama Yun, Dam-yeon rechazó obstinadamente cualquier ayuda, a pesar de las miradas preocupadas de los sirvientes que lo observaban con ansiedad.

Al final, al no poder tratar la quemadura, en el muslo de Dam-yeon aparecieron ampollas rojas. La dama Yun, al verlo sufrir de dolor con el más mínimo roce de su ropa fina, dijo:

“Mama, ¿no debería mostrarle la herida del muslo al médico real?”.

“No, estoy bien. No es una gran herida...”.

El médico real era alguien aún más incómodo de enfrentar que los sirvientes. Temiendo que la dama Yun pudiera traer al médico, Dam-yeon se mordió los labios con ansiedad mientras la observaba de reojo.

“Tengo medicina conmigo... Realmente estoy bien”.

“...Entiendo. Pero si se siente incómodo o si el dolor se intensifica, debe decírmelo sin falta”.

Asintiendo con la cabeza, Dam-yeon dejó los cubiertos sobre la mesa que apenas había tocado.

“¿Ya ha terminado de comer?”.

Cuando la dama Yun preguntó con cautela, Dam-yeon bajó la mirada. Excepto por el cuenco de sopa que estaba a medio terminar, la mesa estaba casi intacta, tal como al principio.

Sin embargo, desde hacía un rato sentía la garganta áspera y la cabeza le punzaba. Parecía que, al terminar el celo y liberarse la tensión, su cuerpo estaba reaccionando con retraso. Exhalando un aliento caliente, Dam-yeon forzó una sonrisa fingiendo estar bien.

“Comeré mucho en la cena. Es que ahora estoy lleno porque comí los bocadillos que trajiste antes”.

En realidad, incluso eso lo había guardado en secreto para dárselo a Nabi. Ahora las mentiras salían de su boca con una naturalidad que lo sorprendía a él mismo. Al darse cuenta de ese hecho, la sonrisa desapareció del rostro de Dam-yeon.

“Entiendo. Entonces retiraré la mesa”.

La dama Yun salió de la habitación agachando la cabeza, sin poder ocultar su preocupación.

Al quedarse solo, Dam-yeon recostó su pesado cuerpo sobre la cama.

“Haah...”.

Sentía la cabeza pesada y el cuerpo caliente. No era que el celo estuviera regresando, pero sentía que todo era abrumador y que se quedaba sin energías.

Sus labios estaban resecos por la sed, pero no tenía fuerzas ni para mover un dedo.

Acurrucado como un camarón, Dam-yeon cerró lentamente los ojos mientras dejaba ir su conciencia, que se volvía cada vez más borrosa.

* * *

“Majestad. El estado de Mama Suk-won no es bueno”.

En ese instante, la mano del Emperador, que pasaba las páginas de un informe, se detuvo. Al levantar la vista, vio la preocupación reflejada en el rostro de la dama Yun.

“¿Qué tan grave es?”.

“Lleva dos días con fiebre alta y está inconsciente”.

El Emperador sabía desde hace tiempo que Dam-yeon, de carácter suave e inocente, no encajaba en este palacio salvaje. Por eso, al principio, quiso tratarlo con dulzura y delicadeza. Sin embargo, cuando de su boca surgieron palabras buscando a otros Yang, el Emperador perdió la razón sin darse cuenta.

Aunque pensaba que había sido demasiado cruel desde el principio, debido a la ira que aún no se disipaba, ya habían pasado cinco días sin buscar a Dam-yeon. El Emperador, que durante ese tiempo había recibido informes sobre su estado a través de la dama Yun, se levantó de su asiento con el ceño fruncido.

“Iré al Pabellón Hwayeon”.

Al salir del Salón Geunjeong, el Emperador se dirigió directamente hacia Dam-yeon. El camino, que normalmente no le parecía tan largo, hoy se sentía interminable. Con el rostro endurecido y apresurando el paso de manera inusual, llegó al pabellón.

“El sol de los cielos—”.

“Ahorraos los saludos. ¿Cómo está el estado del Suk-won?”.

Al entrar, el Emperador detuvo tajantemente al médico real que intentaba presentar sus respetos y preguntó de inmediato. El médico, con sudor en la frente, habló con cautela.

“...Parece que, además de haber agotado gran parte de sus energías al terminar el celo, el impacto psicológico también ha sido inmenso”.

El médico cerró los ojos con fuerza y tomó aire, pensando por un instante en su propia familia.

“¿Dices que es una enfermedad del corazón?”.

“...Para mi corto entendimiento, así es”.

En el centro del pecho de Dam-yeon se acumulaba un calor ardiente, y el flujo de energía vital relacionado con el corazón se había debilitado notablemente. Ante los síntomas típicos de una pena moral, el médico bajó la cabeza con cuidado.

“Has dicho que lleva tiempo inconsciente, ¿cuándo despertará?”.

“Es difícil dar una respuesta definitiva... pero debería despertar dentro de dos días”.

El Emperador miró en silencio el cuenco de medicina que sostenía el médico y habló.

“Yo mismo le daré la medicina, así que dejadla y salid”.

“Sí, Majestad”.

Sentado al lado de Dam-yeon, el Emperador acarició suavemente con la yema de sus dedos la mejilla que se había vuelto más delgada en estos pocos días.

“Si ya no tiene carne que perder, ¿cómo es que sigue adelgazando?”.

No es que el Emperador se sintiera tranquilo. Había oído que, desde aquel día, Dam-yeon había alejado a todos los sirvientes y permanecía solo en la habitación, pero al enfrentarlo así, Dam-yeon se veía mucho más frágil y solitario.

Ciertamente, debería sentirse satisfecho al ver a Dam-yeon aislado, pero al pensar en él solo en esa habitación vacía, su mente no dejaba de preocuparse.

Suspirando, el Emperador vertió con cuidado la medicina entre los labios de Dam-yeon. Le tomó bastante tiempo hacer que terminara el cuenco. Sin embargo, al Emperador no le importó y limpió las comisuras de la boca de Dam-yeon.

“Despierte mañana. Solo así podrá escuchar lo que tengo que decirle”.

Alisando las mantas, el Emperador frotó suavemente el ceño fruncido de Dam-yeon. Las arrugas de su frente se relajaron poco a poco, adquiriendo una luz más serena.

Mirando ese rostro en silencio, el Emperador inclinó su cuerpo hacia él. Tras escuchar por un momento su respiración débil y frágil, lo abrazó con fuerza.

Es mío.

Sin importar lo que tuviera que hacer, no podía dejar ir a Dam-yeon. Incluso si él terminaba guardándole rencor y odiándolo.

Tras cerrar y abrir los ojos lentamente, el Emperador se levantó y salió del Pabellón Hwayeon.

“Vigilen minuciosamente el estado del Suk-won”.

“Sí, Majestad. Pondré todo mi empeño”.

“Y... cuando el estado del Suk-won mejore, preparen aquella medicina, pues se la daré”.

El cuerpo del médico real, que estaba inclinado, tembló. ‘Aquella medicina’ se refería a la que hacía florecer la matriz de un Eumin masculino.

Siguiendo las órdenes del Emperador, el médico había enviado gente al lejano reino de Heumna, donde por generaciones se tomaba a Eumin masculinos como emperatrices, para traer ingredientes especiales. No pensó que realmente llegaría a usarse, pero el Emperador tenía la firme intención de dejar encinta a su propia madre.

El médico, que había estado preparando la medicina en secreto por orden imperial, bajó aún más la cabeza y apretó los dedos por la culpa.

El Emperador no dijo más y se dirigió a sus aposentos. Al detenerse un momento, le dijo al eunuco jefe que estaba a su lado:

“Informad a la Gran Reina Madre que iré a visitarla mañana”.

Necesitaba estar preparado en caso de que Dam-yeon no pudiera concebir. El Emperador, pensando en la Gran Reina Madre que insistía fuertemente en la prohibición de matrimonios, continuó su camino en silencio.

* * *

“ugh……”.

Dam-yeon, abriendo los ojos débilmente, parpadeó como si buscara algo en su visión borrosa. Sentía la boca amarga y tenía sed. Al intentar levantarse para beber agua, una mano grande sujetó su brazo.

“¡Ah...!”.

Sorprendido, Dam-yeon tomó aire y luego exhaló suavemente al sentir el aroma familiar detrás de su espalda.

Este aroma, este toque... eran del Emperador.

¿Por qué Su Majestad estaba aquí...?

“Como ha llovido de madrugada, refresca. Yo traeré el agua, así que quédese recostado”.

El toque y la voz con los que volvió a cubrirlo con la manta y le acarició la espalda suavemente eran demasiado dulces. El Emperador que gritaba y lo presionaba con un rostro aterrador aquel día había desaparecido por completo.

“ugh...”.

Aunque su mente estaba confundida por lo que había sucedido, al tener al Emperador frente a sus ojos, una humedad caliente llenó la mirada de Dam-yeon.

Sentía temor por haber roto el tabú, pero también tenía miedo de no volver a ver al Emperador. A pesar de la horrible vergüenza y la culpa que él mismo no podía aceptar, Dam-yeon lo extrañaba.

Ese era su sentimiento sincero.

Intentó morderse los labios para tragarse el llanto, pero las emociones desbordadas ya eran incontrolables. Dam-yeon se encogió haciendo temblar sus hombros, y lágrimas silenciosas empaparon la manta.

“Madre”.

“ugh...”.

El Emperador tomó la mano de Dam-yeon en silencio y lo atrajo hacia su pecho. Mientras limpiaba su rostro mojado por las lágrimas, dijo:

“¿Se sintió herido?”.

Ante esas palabras, Dam-yeon tomó aire más profundamente. Sería mentira decir que no se sintió herido. El Emperador de aquel día era demasiado extraño y frío.

Dam-yeon creía que no le había pedido nada hasta ahora, pero cuando escuchó decir “nunca te he considerado mi madre”, sintió un dolor como si le cortaran el pecho.

Desde el principio no esperaba tal trato. Naturalmente, como no había hecho nada por él, no era algo que debiera esperar.

Pero a medida que el tiempo compartido se acumulaba, sin darse cuenta, su corazón se inclinaba hacia él, y ya se apoyaba poco a poco en esa mirada y toque cálidos.

Sentía vergüenza de su propio corazón, que buscaba estabilidad en silencio aun sabiendo que no era su lugar. Y por eso, le dolía más.

“¿Me odia mucho?”.

Dam-yeon no respondió. Con la cabeza girada y los ojos cerrados, tragó saliva en silencio. Sus pequeños hombros temblaban levemente.

Lo odiaba. Odiaba al Emperador que lo hirió, al que pisoteó hasta lo más profundo de su ser.

“¿No volverá a ver mi rostro nunca más?”.

Ante esa pregunta, Dam-yeon giró la cabeza lentamente, como sorprendido. Sus ojos llenos de lágrimas reflejaron claramente al Emperador. Al ver ese rostro que lo miraba en silencio, Dam-yeon se mordió el labio y negó con la cabeza.

Lo odiaba con locura. Pero eso no significaba que hubiera llegado a odiarlo por completo. Además, el Emperador no era el único que había cometido un error. Al final... él también era culpable de haber pecado.

“Dígame... dígame que fue un error... Por favor, diga que Su Majestad también... por mi aroma... no tuvo otra opción... dígalo, Majestad...”.

Por eso, lo sucedido aquel día debía ser así. Tenía que ser un ‘error’.

Dam-yeon miró al Emperador suplicante mientras preguntaba, pero lamentablemente, la respuesta que recibió destruyó todas sus esperanzas.

“No fue un error”.

“...Majestad...”.

“De lo que dije aquel día, nada fue mentira”.

El pecho de Dam-yeon comenzó a dolerle gradualmente. Intentó presionar su pecho dolorido subiendo la mano con cuidado, pero no pudo evitar que sus ojos ardieran. Lágrimas rodaron de los ojos de Dam-yeon mientras bajaba la cabeza profundamente.

“...Entonces, aquellas palabras de que nunca me consideró su madre ni una sola vez... ¿también eran sinceras?”.

Hubo un momento de silencio. El Emperador, mirando a los ojos de Dam-yeon, habló tranquilamente.

“Incluso cuando supe que la persona que me dio a luz estaba en el palacio, no sentí ninguna emoción especial. No tenía curiosidad, ni sentía deseos de verlo”.

“...Entonces, ¿por qué conmigo...? ¿Por qué me trató tan bien?”.

Ante la pregunta de Dam-yeon, el Emperador lo miró por un momento y respondió en voz baja.

“Porque me interesaba”.

“...¿Majestad?”.

“No como ‘madre’, sino que me interesé en usted y tuve curiosidad. Supongo que a esto es a lo que llaman amor a primera vista”.

Los labios de Dam-yeon temblaron imperceptiblemente. Sintió que le faltaba el aire como si alguien le apretara el pecho con fuerza. No quería creer las palabras del Emperador. Pensó que preferiría que fuera una confusión.

“Pensé que, si no me acercaba a madre como un hijo, madre ni siquiera pensaría en verme. Porque para madre yo sería un hijo, no un hombre”.

El Emperador tomó las mejillas de Dam-yeon, quien negaba con la cabeza hacia abajo, y lo obligó a mirarlo.

“Majestad. Yo... yo...”.

Sumido en la confusión, Dam-yeon no pudo articular palabra. Una luz extraña cruzó por las pupilas del Emperador al observar esa imagen. Como esperaba, con su madre funcionaba acercarse así, con ‘sinceridad’.

“¿Acaso madre nunca me ha considerado un hombre en lugar de un hijo?”.

Dam-yeon, quien lo había amado y extrañado unilateralmente durante veinte años, no podría rechazarlo cruelmente ahora que él le confesaba sus sentimientos desgarradores.

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Todavía había mucho tiempo. Por lo tanto, debía usar el tiempo absoluto que se le había otorgado para ir ganándose el corazón de Dam-yeon poco a poco.

“¿De verdad no puedo ser un hombre para madre?”.

Ocultando sus verdaderas intenciones, el Emperador continuó hablando con un rostro profundamente enamorado.

“Aunque madre fuera un Yang, o incluso si yo no fuera el Emperador, lo habría tomado. Que madre sea la persona que me dio a luz no me importa en absoluto”.

“...Majestad”.

La mano que lo sujetaba temblaba levemente. La mirada con la que el Emperador lo observaba parecía derramar sinceridad, profunda y afligida. Esa mirada desgarradora fue empapando lentamente el pecho de Dam-yeon.

Solo entonces pudo entenderlo. Por qué el Emperador se le había acercado sin vacilar. Por qué se sentía extraño e incómodo cada vez que recibía el afecto y la atención del Emperador.

Era porque el Emperador no lo había visto como una madre desde el principio.

¿Acaso su corazón se habría retorcido debido al vacío de no haber sido protegido por él cuando era niño? Al final, ¿no habría sido él quien convirtió al Emperador en esto? La culpa lo invadió y la mente de Dam-yeon se quedó completamente en blanco.

“Yo... no considero... a Su Majestad... como un hombre. Por mucho que diga eso, para mí Su Majestad... solo es mi hijo”.

“...Sé muy bien que madre necesita más tiempo. Entonces, ¿podría observarme un poco más? Si aun así dice que no puede ser... entonces me detendré”.

“......Majestad”.

El Emperador envolvió en silencio el dorso de la mano de Dam-yeon, quien permanecía callado. Entrelazó sus manos temblorosas y besó el dorso de la suya.

Chu, el sonido de los labios chocando y separándose suavemente penetró en sus oídos como un susurro. Ante el beso que rozó el dorso de su mano, el aliento de Dam-yeon se detuvo por un instante.

“Así que espero que usted también olvide todo lo demás y me vea tal cual soy”.

La voz baja y profunda que acariciaba sus oídos, el tacto de los labios que habían pasado rozando. Dam-yeon sintió su corazón agitarse y miró al Emperador con ojos teñidos de complejidad.

* * *

El Emperador regresó a su actitud de antes. Aquel día no se mencionó, como si nunca hubiera ocurrido. Sin embargo, eso no significaba que nada hubiera cambiado.

“Debe beberlo todo, sin dejar nada.”

“…Parece que la cantidad ha aumentado.”

Parecía que la dosis de la medicina aumentaba cada día. Frente al brebaje que se veía amargo con solo mirarlo, Dam-yeon frunció el ceño sin darse cuenta.

“El médico real dijo que debe tomarla con constancia. Debe recuperar sus fuerzas antes de que llegue el próximo celo.”

Ante las palabras ‘próximo celo’, los labios de Dam-yeon se apretaron en silencio. No podía pasar otro periodo de celo sin tomar las píldoras supresoras como la vez anterior; el solo recuerdo lo hacía encoger los dedos de los pies. Dam-yeon asintió.

“Si la bebe bien, esta vez le daré dátiles. Dijo que nunca los había probado, ¿verdad?”

“…Sí.”

Dam-yeon miró al Emperador, quien acercaba cuidadosamente el cuenco a su boca, y la abrió. Sus facciones se contrajeron por el sabor amargo que sentía cada vez que el líquido pasaba por su lengua.

Incluso después de terminar la medicina, Dam-yeon jadeó por un largo rato. El sabor amargo que permanecía en su lengua no le resultaba familiar en absoluto.

“Buen trabajo. Ahora, diga ‘ah’.”

Cuando Dam-yeon abrió la boca vacilante, algo dulce tocó su lengua. Sus ojos se agrandaron ante el dulzor que probaba por primera vez en su vida. Tal sabor era la primera vez desde que nació. El Emperador soltó una pequeña risa ante su reacción.

“¿Está rico?”

“…Es muy dulce y delicioso.”

“A pesar de que no puede tomar bien la medicina, busca dulces como si fuera un niño pequeño.”

Dam-yeon, que masticaba con gusto, se sonrojó. Temiendo haber mostrado una actitud impropia de su edad, bajó la mirada de forma natural.

En ese instante, el Emperador tiró de su mano.

“…Ah.”

“¿No le dije que no cubriera su rostro?”

El Emperador detestaba que él evitara su mirada o escondiera su cara. Dam-yeon, que lo había olvidado por un momento, observó con cautela la expresión del soberano y despegó sus labios.

“No intentaba evitarlo, es solo que… me sentí avergonzado.”

Dijo Dam-yeon, apoyando su mejilla en el dorso de la mano del Emperador que lo sujetaba, como si intentara apaciguarlo.

“…Quiero comer uno más.”

Al Emperador le gustaba especialmente cuando él le ‘pedía’ algo. Como decir ‘dame esto’ o ‘quiero hacer aquello’ era lo más difícil para Dam-yeon, el Emperador parecía sentir una satisfacción más profunda en esos momentos.

Justo cuando Dam-yeon volvía a hablar para calmar al Emperador, cuya expresión aún era sombría, el semblante de este cambió de forma extraña y la visión de Dam-yeon se volcó de repente.

“¿De quién aprendió a hacer eso?”

¿Estaba enojado? El corazón de Dam-yeon dio un vuelco al ver el ceño fruncido del Emperador. Una ansiedad punzante de que podría quedarse solo de nuevo subió por su garganta.

Podría ser que, una vez más, se quedara solo en el palacio. Ante la repentina angustia, apretó los dedos.

Dam-yeon se aferró a la manga del Emperador como suplicándole que no lo abandonara. Solo cuando lo miró con ojos temblorosos, la expresión del soberano comenzó a relajarse lentamente.

“…Solo debe insistir de esta manera conmigo. ¿Entendido?”

Sujetando la barbilla de Dam-yeon y exigiendo una respuesta, la mirada del Emperador se volvió estrecha. Por suerte, parecía que su humor había mejorado. Tras asentir apresuradamente, el Emperador lo besó.

La sorpresa inicial por el contacto repentino duró poco; la lengua del Emperador entró con cuidado en su boca cerrada. Su lengua exploró el interior y rozó el paladar.

Aunque sabía que era extraño y que debía apartarlo, no podía hacerlo. Su corazón latía con fuerza y sentía un cosquilleo en el cuerpo al contacto con él. Dam-yeon apretó el borde de su manga y contuvo el aliento.

Sus respiraciones se mezclaron y un calor ardiente fluyó entre sus labios. La superficie húmeda rozó la punta de su lengua. La lengua del Emperador, que entró hasta lo más profundo, succionaba y frotaba suavemente la suya de vez en cuando.

A medida que el beso se profundizaba, su respiración se volvía más caliente.

‘No debo…. esto no está bien…….’

La vergüenza y la culpa lo invadieron. Debía apartar al Emperador, pero como era la primera vez que recibía un amor tan dulce de alguien, vacilaba por miedo a que el soberano dejara de buscarlo si lo rechazaba.

Incluso afuera estaban los sirvientes. Aunque por orden imperial permanecían fuera del pabellón, temía ser descubierto en cualquier momento. Su corazón latía con locura.

Mientras recibía el beso, la mente de Dam-yeon era un caos. La mano del Emperador se deslizó entre los pliegues de su ropa.

“Yeon. Debes concentrarte.”

Susurró el Emperador en voz baja. Notando que Dam-yeon pensaba en otra cosa, mordió el labio inferior de este, que estaba hinchado.

“Hut….”

Un aroma dulce emanaba de Dam-yeon. Incluso el Emperador, a quien normalmente no le gustaba lo dulce, no pudo resistirse a este sabor.

Inclinándose de nuevo, abrazó la cintura de Dam-yeon mientras lo besaba. Sus labios se mojaron al mezclarse la saliva. El Emperador succionó la lengua de Dam-yeon con persistencia hasta que sintió que unas manos empujaban levemente su pecho y se apartó.

“Haah, haah……”

Dam-yeon jadeaba con el rostro encendido. El Emperador rió levemente, encontrándolo adorable, pero no se detuvo hasta besarlo varias veces más.

Incluso sin moverse, Dam-yeon sentía sus labios hinchados. Con la cara roja, bajó la cabeza y contuvo el aliento mientras se frotaba los labios.

Al final, había vuelto a suceder. Como no podía rechazar al Emperador, se besaban ocasionalmente, pero cada vez una culpa atroz pesaba sobre su cuerpo.

“He oído que últimamente duerme bien por las noches.”

“Sí…. Es gracias a que Su Majestad cuida bien de mí.”

“¿De verdad?”

Dam-yeon evitó la mirada del Emperador y miró al suelo. No se sentía capaz de conversar con naturalidad después de haberlo besado; todavía no estaba acostumbrado a esto.

El Emperador tiró de su mano para que lo mirara y, mientras le arreglaba el cabello con dulzura, dijo:

“Qué extraño. ¿Acaso no es usted, madre, quien no puede dormir si no toco sus partes íntimas?”

“Ah…. Majestad, espere-”

La mano del Emperador entró en sus pantalones. Ante el contacto inesperado, Dam-yeon se sobresaltó y enderezó la espalda.

“Últimamente he estado ocupado y no he podido cuidar de usted… ¿Acaso usó sus manos a solas?”

“Ma, Majestad… Heut…”

“Le he preguntado si se tocó a escondidas bajo las mantas, como aquella vez.”

Dam-yeon negó rápidamente con la cabeza mientras sujetaba su mano. Su rostro ardía y su mirada se dirigía hacia la puerta cerrada con ansiedad evidente.

“Mírame a mí.”

Levantando la barbilla de Dam-yeon, el Emperador suspiró.

“Qué miedoso es, ¿qué voy a hacer con usted?”

Al escuchar su respiración entrecortada, el Emperador sacó la mano de su ropa y se la arregló con pulcritud. Con suaves palmadas en la espalda, el corazón acelerado de Dam-yeon comenzó a estabilizarse poco a poco.

El Emperador sonrió y golpeó levemente la mejilla roja de Dam-yeon con el dorso de su mano.

“Siento como si estuviera criando a un niño.”

“…¿Por qué, siempre?”

“¿Hm?”

“¿Por qué siempre me dice que soy como un niño…?”

Dam-yeon asomó un poco sus labios como si fuera injusto. Se sentía herido de que lo trataran así constantemente y de que, a pesar de haberle prometido tiempo, el Emperador lo besara y buscara contacto físico de esa forma.

El Emperador notó su desánimo y tomó su mano. En el dedo anular de Dam-yeon brillaba el anillo de jade que él le había regalado. Tras besarlo, le pasó un mechón de cabello tras la oreja.

“Es porque eres hermoso.”

“…….”

“Eres tan hermoso que me haces olvidar que fuiste tú quien me dio a luz. Por eso me dan ganas de molestarte constantemente.”

Esas palabras inesperadas hicieron latir su corazón. Dam-yeon elevó la mirada hacia el Emperador con cautela.

“Así que no te enojes, ¿sí?”

La sonrisa del Emperador era deslumbrante. Dam-yeon sintió un cosquilleo en el pecho y apretó los labios. Cada vez que el soberano le expresaba su amor, su corazón latía de una forma incómoda y extraña.

“El aire nocturno es fresco, ¿qué tal si damos un paseo?”

“…¿Se refiere a ahora?”

“¿Cuándo si no?”

Llamó a la dama Yun para que trajera el abrigo de Dam-yeon y él mismo se lo colocó sobre los hilos.

“He oído que ha estado encerrado en el pabellón todo este tiempo.”

Eso era porque todavía temía ver a los demás. Vacilante, Dam-yeon se levantó guiado por la mano del Emperador.

“No es bueno quedarse solo en la habitación.”

“¡Ah…! ¡Espere un momento, Majestad!”

El Emperador salió del Pabellón Hwayeon sujetando con firmeza la mano de Dam-yeon. Tras caminar un largo rato, se detuvo. Dam-yeon abrió la boca al ver lo que tenía enfrente.

“Ah…….”

“Sabía que le gustaría. Mire, ¿no es agradable salir a caminar así?”

Una brisa suave acarició su cabello. Dam-yeon observó el jardín con asombro; las flores eran todas raras y hermosas. Asintió mientras seguía con la mirada los pétalos que caían.

“……Creo que Su Majestad tiene razón.”

Sentía que el aire fresco de la noche despejaba su mente agobiada. El Emperador le quitó un pétalo que se había posado sobre su cabeza.

“Me disculpo porque Su Majestad dedica demasiado tiempo para mí.”

“Para usted, siempre tengo tiempo.”

Dam-yeon no podía apartar la vista, consciente de que esa mirada no era la de un hijo hacia su madre, sino la de alguien que mira a la persona que ama. Su corazón latía sin control a pesar de saber que él era su hijo.

Cuando estaba por cerrar los ojos ante el contacto que se aproximaba, se oyó una presencia.

“Su Majestad.”

Una voz clara pero firme resonó desde el otro lado del jardín. Dam-yeon se apartó sobresaltado. Entre las flores apareció la Gran Reina Madre.

Hacía casi veinte años que no se veían cara a cara, exceptuando los intercambios de cartas. Dam-yeon intentó soltar su mano, pero el Emperador la sujetó con más fuerza.

“¿Qué la trae por aquí a estas horas, Gran Reina Madre?”

El Emperador preguntó con calma, manteniendo la mirada firme a pesar de que ella observaba sus manos entrelazadas.

“No podía dormir y salí a tomar el aire nocturno.”

Respondió ella observando a ambos. Su mirada era fría y se posó lentamente sobre Dam-yeon.

“Ha pasado mucho tiempo, Suk-won.”

“…¿Ha gozado de buena salud durante este tiempo, Gran Reina Madre…?”

“He oído de varios lugares que Su Majestad lo busca con frecuencia últimamente.”

Dijo ella, sin ocultar su desagrado y hostilidad.

“Me disculpo……”

Dam-yeon bajó profundamente la cabeza. Sentía que había usurpado el lugar de la Gran Reina Madre, quien legalmente era la madre del Emperador. Notando su rechazo, contuvo el aliento con nerviosismo.

“Es un gusto verlo así. Tomemos té juntos pronto.”

“…Sí. Señora.”

Dijo ella antes de retirarse en silencio. Dam-yeon no pudo erguirse incluso después de que ella se fue.

“¿Se encuentra bien?”

“Sí. Estoy bien.”

Respondió él, forzando una sonrisa a pesar de la tensión.

Incluso tras la partida de la Gran Reina Madre, el corazón de Dam-yeon seguía latiendo con incomodidad. Al caminar, estuvo a punto de tropezar con una piedra y el Emperador lo sujetó de inmediato.

“Lo siento… mucho.”

“Su mente está en otro lugar. ¿En qué está pensando?”

“En nada, Majestad….”

“¿Es por la Gran Reina Madre?”

Ante las palabras del emperador, Dam-yeon levantó la cabeza sobresaltado. Quería decir que no era así, pero sus labios no se movían con facilidad. Finalmente, tras soltar un suspiro, Dam-yeon miró al emperador y comenzó a hablar.

"Siento que... le estoy arrebatando el lugar a la Emperatriz Viuda. Durante todo este tiempo... quien cuidó de su majestad no fui yo, sino ella, ¿no es cierto?"

"¿Y?"

Ante la voz del emperador, que se había vuelto algo afilada, Dam-yeon apretó las yemas de sus dedos. A pesar de haber estado a su lado, nunca lo había visto buscar a la Emperatriz Viuda. Se limitaba a ocuparse de los asuntos de estado hasta altas horas de la noche y, de vez en cuando, sacaba tiempo para visitarlo. Quizás por eso, no podía olvidar la expresión de la Emperatriz Viuda con la que se había topado hace un momento. Pensó que, si él fuera ella, se sentiría muy dolido si su propio hijo solo cuidara de una madre biológica que no había hecho nada por él.

Sabía que al emperador le disgustaría, pero no podía quedarse callado. Tras vacilar un momento, Dam-yeon finalmente habló.

"En el futuro, creo que sería más adecuado que pasara estos momentos con la Emperatriz Viuda en lugar de conmigo."

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"¿Lo dice en serio?"

Dam-yeon asintió lentamente. La mirada del emperador se detuvo por un instante. Acto seguido, la pizca de alegría desapareció y una luz fría inundó sus ojos dorados.

"¿Me está diciendo que prefiere que coma y pasee con la Emperatriz Viuda en lugar de con mi madre?"

"...Ella es, después de todo, la madre de su majestad. Así que, de ahora en adelante... está bien si no pone un pie en el Pabellón Hwayeon."

Habiendo terminado de hablar, Dam-yeon soltó la mano del emperador. O eso intentó, pero el emperador le sujetó el brazo con fuerza y respondió con frialdad.

"Madre tiene un don especial para arruinar mi estado de ánimo."

Finalmente, el pacífico paseo terminó allí. Dam-yeon regresó al Pabellón Hwayeon siguiendo al emperador, quien tiraba de su brazo con el rostro endurecido.

"Ah, majestad. Un momento. Espere... ugh."

Tras retirar a todos los eunucos y damas de la corte, el emperador entró en los aposentos y, antes de que Dam-yeon terminara de hablar, le sujetó la barbilla. Una marca roja quedó grabada sobre su delicada piel.

"Abra la boca."

Sin darle tiempo a que sus labios se acercaran, la boca del emperador descendió. Su aliento agitado y ardiente presionó los labios de Dam-yeon. La lengua, que se introdujo de inmediato, removió el interior de su boca y empujó hasta la úvula. La punta de la lengua recorrió su lengua y rozó las encías y el paladar. Cada vez que la punta de la lengua se enredaba, Dam-yeon inhalaba inconscientemente.

"Ugh, ugh..."

El emperador presionó sus labios más profundamente para no dejar que Dam-yeon respirara. Los labios, que succionaban y eran succionados hasta que la saliva rebosaba, se separaron para volver a arremeter de inmediato. Aceptó el beso hasta que el borde de su mandíbula se entumeció e intentó retroceder, pero no pudo moverse al estar atrapado por las manos del emperador. Dam-yeon agarró el cuello de la túnica del emperador con las yemas de los dedos temblorosas.

"Es cierto. Usted no es mi madre."

La voz del emperador, que escapaba entre sus labios, era baja y ronca. Dam-yeon sintió un dolor como si le clavaran agujas en el pecho, a pesar de haber sido él quien lo dijo primero. El emperador volvió a besar al ligeramente trémulo Dam-yeon. Siguió lentamente la línea de sus labios con la punta de la lengua y luego mordisqueó suavemente el labio inferior. Los hombros de Dam-yeon se estremecieron.

"¿No crees que no puedo llamar madre a quien beso y a quien le entrego mi afecto?"

Una vez más, descendió un beso más profundo y prolongado. Era un beso cargado de emociones entrelazadas y retorcidas. La lengua del emperador envolvió la de Dam-yeon y la saliva se deslizó por la comisura de sus labios. Chuy, chuy, sonidos húmedos cargados de calor resonaban en el silencio.

"ha, ha..."

Acarició la nuca de Dam-yeon, quien jadeaba recuperando el aliento que le faltaba. Un calor abrasador permaneció en el lugar donde su palma recorrió la piel. Cuando la mano que entró por el cuello de la túnica le sujetó la nuca, la respiración de Dam-yeon se cortó brevemente.

En ese preciso instante, envolvió la espalda de Dam-yeon y le sujetó la cintura. Sus cuerpos se pegaron con fuerza al ser atraídos, y ya nada pudo interponerse entre el pecho de Dam-yeon y el corazón del emperador. El calor corporal que se sentía a través de la tela era ardiente. El deseo desenfrenado se transmitía directamente a través de las yemas de sus dedos.

"Ugh... ma, jestad..."

Su mano recorrió la cintura y descendió para envolver sus glúteos. Luego, sujetándolos con firmeza, lo empujó hacia arriba. Dam-yeon contuvo el aliento mientras su nuca se estremecería. Las yemas de sus dedos siempre apuntaban hacia un objetivo. No eran caricias. Era algo más cercano al deseo puro.

La palma de su mano se deslizó suavemente por la columna de Dam-yeon hasta llegar a su pecho. El emperador sintió cómo el corazón de Dam-yeon se agitaba. Presionándolo por completo con la palma, susurró.

"A diferencia de sus labios, este lugar es verdaderamente sincero."

Dam-yeon cerró sus párpados temblorosos conteniendo el aliento. Sus labios seguían húmedos y las yemas de los dedos descendían lentamente. El emperador movía su mano como si quisiera marcarlo como suyo.

"¿No dice este lugar que me desea?"

No era eso. Ciertamente... yo no soy así... Dam-yeon movió los labios aturdido por el sonido de los latidos de su corazón, que eran audibles incluso para sus propios oídos. Mientras rodeaba la cintura de Dam-yeon, el emperador dejó caer su peso lentamente.

"ma, jestad... un momento..."

Dam-yeon sujetó la manga del emperador con sus dedos temblorosos. Sin embargo, el emperador también sujetó esa mano en silencio y agachó la cabeza.

"No intentes huir."

Esa voz baja y suave se encontraba en algún punto intermedio entre una súplica y una orden. En cuanto su espalda tocó el lecho, el corazón de Dam-yeon latió desenfrenadamente. Sintió el peso del emperador subiendo lentamente sobre su cuerpo y su respiración se agitó. Su mano descendió desde la nuca siguiendo la clavícula y se detuvo en el pecho. Los párpados de Dam-yeon vibraron.

"Majestad, yo..."

Miedo y culpa. Y algo inexplicable se reflejaba en los ojos de Dam-yeon. El emperador, encontrándose con su mirada, acarició la mejilla de Dam-yeon con suavidad y dijo.

"No pienses en nada ahora. Solo piensa en mí."

Las yemas de los dedos del emperador se deslizaron por la cintura de Dam-yeon. Su mano, que desató con cuidado el nudo de la túnica exterior, alcanzó pronto la fina seda. Dam-yeon se sobresaltó conteniendo el aliento, pero apretó con fuerza las sábanas y encogió los pies. El emperador se inclinó sobre el cuerpo de Dam-yeon sin decir palabra y tiró de los lazos de su ropa.

Ese breve contacto de la tela rozando la piel estimuló, por el contrario, todo el cuerpo de Dam-yeon. Al sentir el aire frío a través de la abertura, un temblor similar a un escalofrío lo recorrió.

"Eres hermoso."

El emperador, tras besar dulcemente los labios de Dam-yeon, volvió a besar sus ojos asustados mientras susurraba. Cuando las yemas de sus dedos rozaron la parte interna de sus muslos, Dam-yeon se mordió el labio en silencio. Su cuerpo temblaba levemente. El emperador observó esa escena en silencio durante un rato. Siguió las líneas del cuerpo de Dam-yeon con sus dedos y su mirada, recuperando el aliento como si estuviera completando una obra de arte.

"Te quiero."

"...ah."

"Te quiero mucho."

El emperador besó la frente de Dam-yeon. Sus labios bajaron de la frente al rabillo del ojo, por la mejilla hasta la nuca, y descendieron lentamente hacia el pecho. Ante las palabras 'te quiero', su corazón pareció detenerse por un momento para luego empezar a latir con locura. ¿Era emoción o culpa lo que sentía ahora? La comisura de los labios de Dam-yeon, fuemente cerrados, tembló ligeramente. Un sentimiento del que no podía huir ni rechazar golpeaba silenciosamente el centro de su pecho.

"Ugh, ugh..."

Los labios del emperador bajaron lentamente por su nuca. En cada lugar donde su calor tocaba, la piel temblaba débilmente. El emperador le quitó por completo la túnica interior desordenada. Sharak, la seda se deslizó por sus hombros. Al descubrir que sus pezones se habían erguido por el aire frío, el emperador agachó la cabeza.

"Ugh, ugh..."

El emperador, mordisqueando el pecho de Dam-yeon, lamió con la punta de la lengua el pequeño bulto mientras presionaba con sus labios. La carne blanda fue succionada hacia su boca. Usó sus dientes para mordisquear el pezón. La mano de Dam-yeon, que sujetaba las sábanas, se tensó. Un calor ardiente subió por su espalda siguiendo la nuca y sintió un cosquilleo en el bajo vientre. Al ver al emperador succionando su pecho, Dam-yeon sintió una emoción desconocida y encogió los pies.

"ha..."

El emperador, tras separar sus labios, miró a Dam-yeon, quien tenía marcas rojizas alrededor del pecho. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios. Llevó su mano hacia abajo y le quitó el resto de la ropa, como si estuviera pelando una fruta capa por capa.

"ah..."

El emperador, sujetando la prenda interior que colgaba entre sus piernas, agarró con cuidado los muslos de Dam-yeon, quien intentaba cerrarlos inconscientemente. Al verlo cerrar los ojos con fuerza por la tensión mientras su cuerpo temblaba, el emperador le apartó el cabello de la frente sudorosa y dijo.

"Prometo que no te dolerá."

"......"

"Yeon."

Una voz suave golpeó los oídos de Dam-yeon, como si calmara a un amante nervioso. Dam-yeon abrió lentamente los ojos y miró al emperador. El emperador lo miraba fijamente, como si solo lo viera a él, con un deseo sincero y firme. ¿Realmente su majestad me quiere? Las palabras que decían que nunca lo había considerado su madre resonaban en sus oídos.

Y... ¿qué era lo que él quería hacer de ahora en adelante? Ciertamente, su majestad solo era un hijo al que amaba más que a su propia vida, pero ¿por qué... en el momento en que susurró que lo deseaba y lo quería, se sintió emocionado?

"Sé lo que te preocupa. Pero aquí solo estamos tú y yo, ¿no es así?"

Solo nosotros dos. Ante las palabras del emperador, Dam-yeon tuvo la ilusión de que solo quedaban ellos dos en este mundo. Bum, bum. El sentimiento que había intentado ignorar y que había escondido en un rincón de su pecho asomó la cabeza poco a poco.

"No te dolerá. Haré que te sientas bien. Así que, ¿sí?"

La voz del emperador, que susurraba mientras besaba su mejilla y su frente, era dulce. El peso del emperador, que se pegaba a él como si quisiera tocarlo más mientras lo abrazaba, era cálido.

"Te quiero. Te quiero a ti."

Ante la confesión que se colaba en sus oídos, el corazón de Dam-yeon latió con fuerza. Si nadie lo sabía, si solo estaban ellos dos en este mundo... ¿no estaría bien dejarse llevar como su majestad deseaba? ¿No podría ser así por una vez?

Dam-yeon cerró sus pestañas temblorosas y abrió lentamente sus piernas. El emperador, ante ese sutil cambio, agachó la cabeza con cuidado y tomó los labios de Dam-yeon. Tras besarlo con ternura, el emperador lo miró con afecto y separó la cabeza. Rodeó su delgada cintura y, con la otra mano, tomó el aceite aromático.

Al aroma del aire de la noche de verano se sumó una intensa fragancia floral. El emperador, tras mojar sus manos con el aceite, llevó su mano con cuidado hacia la parte baja de Dam-yeon.

"Majestad. Ahí es..."

Cuando la mano del emperador tocó su entrada, el rostro de Dam-yeon se encendió. Como pensaba que lo del emperador entraría directamente, este toque tan cuidadoso le resultaba, por el contrario, desconcertante y vergonvoso.

"Hay que prepararlo bien para que no te lastimes."

"Pero... preferiría hacerlo yo..."

Sintió ganas de llorar ante la oleada de vergüenza. El emperador, al ver que los ojos de Dam-yeon comenzaban a humedecerse, le acarició el cabello con suavidad y dijo.

"Hay que prepararlo bien para que no duela, ¿cómo piensas hacerlo solo? ¿Podrías levantar las caderas frente a mí e introducir tus dedos para dilatarte?"

"ah... ah."

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Finalmente, las lágrimas cayeron de los ojos de Dam-yeon mientras intentaba incorporarse. Sus labios, apretados por la vergüenza, parecían estar a punto de sangrar.

"Shhh... por eso lo haré yo. Yeon, solo déjamelo a mí."

Dam-yeon, mirando al emperador que susurraba mientras lo besaba con ternura, terminó por esconder el rostro en su hombro. Su nuca, teñida de rojo, quedó al descubierto.

Dam-yeon asintió finalmente. A diferencia de cuando estaba en celo, su entrada estaba firmemente cerrada. El emperador, mojando más sus dedos, introdujo lentamente un dedo en el estrecho orificio.

Una falange, dos falanges. Dam-yeon arqueó la espalda mientras apretaba las sábanas. Al repetirse el estímulo que frotaba su interior, sus hombros se sacudieron y gemidos reprimidos escaparon de su boca.

"ah, haa..."

Sus dedos gruesos removían el interior frotando con fuerza las delicadas paredes internas. Plash, plash, sonidos húmedos llenaron la habitación y la estrecha entrada se fue relajando poco a poco. Sin embargo, al ver que el orificio seguía siendo demasiado estrecho para recibir su pene, el emperador introdujo los dedos aún más profundamente. Recordando el punto donde Dam-yeon sentía placer, recorrió las paredes internas y, en ese momento, sus yemas tropezaron con un punto especialmente hinchado.

"¡ah...!"

Al ver que la cintura de Dam-yeon se arqueaba ligeramente, el emperador sonrió levemente y presionó ese mismo lugar con firmeza. Ante el toque que frotaba el interior con más fuerza, fue como si un rayo cruzara ante sus ojos.

"Te gusta que presione aquí, ¿verdad?"

"ah, aah... es extraño, ugh."

"Incluso ahora, tu pene se ha puesto completamente rígido."

Dam-yeon contrajo la entrada mientras su cintura temblaba levemente sin darse cuenta. Estar así con el emperador estando consciente ya lo hacía sentir fuera de sí, pero sentir placer por su mano era humillante y vergonzoso.

"ya, ya es suficiente, así que solo... ah, ugh."

La fuerza se concentró en sus manos, que sujetaban al emperador. Dam-yeon se mordió el interior de la mejilla. Forcejeó para contener los gemidos que intentaban escapar, pero cada vez que lo hacía, el emperador estimulaba con más insistencia el lugar donde sentía placer.

"Ugh, ugh. Majestad, basta... yo, basta. ah..."

Dam-yeon solo negaba con la cabeza sin saber qué hacer. Prefería que lo del emperador entrara antes que esto. Se sentía morir de vergüenza por los gemidos que salían de él y por cómo se excitaba gradualmente por la mano del emperador.

No servía de nada intentar apartar la mano del emperador y retroceder. El emperador, sujetando fácilmente el cuerpo de Dam-yeon, susurró con voz risueña.

"Tu interior está apretando mis dedos. ¿Lo sientes?"

No podía escapar del emperador. Él no se detuvo ni un solo instante y, por el contrario, penetró el cuerpo de Dam-yeon cada vez más despacio, pero más profundamente. El emperador agachó la cabeza sintiendo cómo las paredes internas comenzaban a humedecerse poco a poco.

"Ugh, ugh...!"

Su delgada cintura se retorció como si fuera a saltar. El emperador movió sus dedos de forma cruzada dentro del orificio húmedo. Las paredes internas, que antes solo apretaban con fuerza, ahora atrapaban los dedos del emperador con suavidad al sentir el estímulo.

"ah, haa..."

Al recibir estímulos simultáneos por arriba y por abajo, su cuerpo se encendió rápidamente. Desde hacía un momento, un líquido transparente brotaba del extremo de su pene erecto, mientras Dam-yeon jadeaba sin aliento.

"Majestad, ya... deténgase..."

A pesar de la voz de Dam-yeon mezclada con súplicas, el emperador no tenía intención de detenerse. Con movimientos persistentes y pausados, pero cargados de seguridad, estimuló las profundidades de Dam-yeon. Frotó las paredes internas que sufrían espasmos y presionó repetidamente el mismo punto como si estuviera realizando estocadas.

"Ah, ah..."

Entre sus labios entreabiertos escapó un gemido ardiente. Dam-yeon cerró los ojos con fuerza. Sin necesidad de tocar su parte delantera, su pene alcanzó el clímax, temblando levemente mientras expulsaba su esencia a borbotones.

"Ha. Ah. Ugh..."

"No tienes por qué avergonzarte. Al contrario, me hace feliz que hayas sentido placer con mi mano."

Acariciando el contorno de sus ojos bañados en lágrimas, el emperador depositó un ligero beso y luego posicionó su pene sobre la entrada que aún palpitaba.

Dam-yeon inhaló profundamente al sentir la dureza debajo de él y se mordió el labio ante el estímulo de la virilidad que empujaba poco a poco hacia el interior. Podía sentir vívidamente cómo el pene del emperador se abría paso entre sus paredes internas.

"Ah..."

Sintió cómo su vientre se hinchaba a medida que aquello se adentraba sin fin. A diferencia de sus periodos de celo, donde simplemente se dejaba llevar por el instinto y el calor, este era su primer encuentro íntimo en pleno uso de sus facultades.

Temiendo que su vientre pudiera desgarrarse, Dam-yeon inhaló con miedo y se mordió el labio.

"...Tienes que relajarte."

El emperador frunció el ceño ante la estrechez de las paredes internas, a pesar de haberse esmerado en prepararlo durante mucho tiempo. Aunque todavía no había entrado por completo, Dam-yeon se mordía el labio y respiraba superficialmente como si le resultara abrumador.

Al ver que sufría intentando contener los gemidos, el emperador estiró la mano y comenzó a acariciar la parte delantera de Dam-yeon.

"Ah... Uhh, mmm."

Al frotar el glande con la punta de los dedos y estimular la uretra, la tensión que agarrotaba su parte inferior comenzó a ceder poco a poco. Especialmente cuando el emperador clavó suavemente sus uñas en el punto que conectaba el tronco, las paredes internas sufrieron pequeños espasmos y atraparon su pene.

"Ah, ah..."

Ante aquel cuerpo tan honesto como su rostro, el emperador sonrió con deleite y empujó su centro aún más profundo. Buscando con movimientos pausados de cadera el punto que había frotado con sus dedos, el emperador sintió cómo el orificio se contraía repentinamente y embistió una vez más hacia arriba en ese mismo lugar.

"¡Ugh, sí!"

Un gemido diferente a los anteriores inundó sus oídos. Tirando de los brazos de Dam-yeon, el emperador movió su cintura y clavó su pene hasta lo más profundo.

"Uh, ugh. Ah..."

Su respiración se aceleró gradualmente. Con cada golpe seco del emperador contra su interior, su visión se volvía borrosa y su cuerpo se encendía intensamente. Era como si el calor comenzara a concentrarse nuevamente en su bajo vientre, tal como si un nuevo periodo de celo estuviera comenzando.

El emperador rodeó cuidadosamente la cintura de Dam-yeon con sus brazos. Sintiéndose protegido por ese abrazo firme, Dam-yeon respiró profundamente.

"Ha, ah... Ugh... Es extraño, majestad. Ah."

Dam-yeon bajó la cabeza y aplicó fuerza en las yemas de sus dedos. Cada vez que el aliento del emperador rozaba su oído y su pene penetraba un poco más, sentía una vibración sutil en el pecho.

Dam-yeon se mordió el labio como si quisiera tragarse los pequeños sonidos. El emperador no perdió detalle de aquello; acarició su mejilla y unió sus labios con los suyos.

"No intentes contenerte y entrégame todo tu ser, en este preciso momento... confía plenamente en mí."

"...ugh, mmm. ¡Ah, ugh...!"

Tras esas palabras, los delicados gemidos de Dam-yeon estallaron. Abrazando la espalda del emperador, sintió cómo aquel pene se abría paso en su interior. El glande del emperador, grande como el puño de un niño, aplastaba sus zonas más sensibles.

Sintió como si chispas estallaran dentro de su cabeza. El placer llegó en oleadas como una marea que arrasaba con su consciencia, y Dam-yeon tembló como si fuera tragado por un vasto océano.

Con cada embestida, su cuerpo se desmoronaba ante el éxtasis que se extendía por todo su ser. Su respiración se volvía agitada y su mente se nublaba. Sus ojos, derretidos por el calor, se relajaron con la mirada perdida.

"Ah, ah... Cómo, ah, ugh."

Las manos del emperador, sus labios y su pene se convertían en un estímulo en cada lugar que tocaban. Sin darse cuenta, Dam-yeon movió sus glúteos y agitó su cintura hacia adelante, exhalando con el rostro deshecho por el placer.

'Un poco más... solo un poco.'

Dam-yeon envolvió la cintura del emperador con sus piernas mientras su interior atrapaba con fuerza el pene que lo penetraba. Empujó su pecho hacia adelante al sentir cómo el falo se adentraba en lo más profundo.

Ante el estremecimiento del frágil Dam-yeon, el emperador mordisqueó su pecho. Succionó largamente el pezón hinchado mientras aumentaba la velocidad. Los sonidos húmedos de la carne chocando llenaron la habitación.

"¡Ah, mmm, mmm... voy a, ugh, creo que voy a llegar...!"

Al sentir el pene golpeando violentamente su punto máximo, Dam-yeon estalló en un llanto mezclado con gemidos. Al unísono, el emperador presionó las paredes internas con más rapidez y fuerza, revolviendo todo su interior.

"¡Ugh, mmm... Majestad. ugh, Majestad...!"

Sintiendo cómo el pene del emperador se endurecía dentro de él, Dam-yeon lo abrazó con fuerza. Acto seguido, algo ardiente se derramó sobre sus paredes internas. Un fuerte chorro inundó su sensible interior y Dam-yeon, arqueando su cintura, también expulsó su esencia.

"Ha. Ah..."

Sintiendo la calidez extendiéndose en su vientre, Dam-yeon se mordió el labio. Había roto el tabú una vez más. Había osado unir su cuerpo con el emperador, burlándose de aquellos que lo cuidaban y protegían.

A pesar de que el intenso placer recorría todo su cuerpo, sintió una punzada de culpa. El emperador, tomando entre sus manos las mejillas de un Dam-yeon que contenía las lágrimas con expresión compleja, habló.

"Te quiero, Yeon."

"...Mmm."

"Te quiero a ti."

En medio de una situación aterradora donde se sentía acorralado, la única persona que se había puesto de su lado era el emperador. Dam-yeon borró todos los pensamientos que llenaban su mente y abrazó con fuerza al emperador mientras este le susurraba su afecto.

.

.

¿Cuánto tiempo habría pasado? La manta que cubría sus cuerpos estaba empapada en sudor y fluidos. El emperador tomó a Dam-yeon en sus brazos con delicadeza y le apartó el cabello alborotado. Dam-yeon, recuperando apenas el aliento, abrió los ojos lentamente.

"¿Te encuentras bien?"

Dam-yeon asintió levemente mientras se aferraba al brazo del emperador. No mediaron palabras, pero en su mirada brillaba algo distinto a lo de antes. El emperador lo observó en silencio, sin sonreír, pero con una profundidad cargada de afecto.

"Será difícil que te laves solo, así que bañémonos juntos".

"Ah, no... puedo hacerlo por mi cuenta".

Lo ocurrido en la habitación podía ocultarse, pero el baño era distinto. Preparar el agua requería inevitablemente la ayuda de los sirvientes, y en cuanto el rumor llegara a sus oídos, se extendería por todo el Pabellón Hwayeon como la pólvora. Si eso sucedía...

Cuando Dam-yeon intentó apartarse de su regazo, el emperador, lejos de soltarlo, lo rodeó por la cintura y hundió el rostro en su nuca. Inhaló profundamente el aroma de Dam-yeon, mezclado con un ligero rastro de sudor.

"Majestad... por favor, suélteme. Si los sirvientes llegan a enterarse..."

Tanto los sirvientes como los eunucos del Pabellón Hwayeon eran extremadamente perspicaces. Dam-yeon se encogió, esforzándose por desasir el brazo del emperador que lo sujetaba. El emperador, con una media sonrisa, tomó la mano de Dam-yeon.

"Por eso lo haremos en secreto".

Dicho esto, el emperador alzó a Dam-yeon con ligereza. Sorprendido por el movimiento repentino, Dam-yeon se sujetó a él. El emperador colocó las manos de Dam-yeon alrededor de su propio cuello y, con zancadas largas y rápidas, se dirigió al baño.

"Ah..."

El vapor ya inundaba el lugar. Al ver la bañera de madera llena de agua caliente y los paños de algodón pulcramente dispuestos, Dam-yeon apretó los puños, consciente de que cada detalle había pasado por las manos de los sirvientes.

"¿Acaso... los sirvientes ya lo saben?"

"Quién sabe".

"¡Majestad...!"

Dam-yeon apretó los hombros del emperador. Para él, esto no era un asunto menor; era el momento que definiría hasta dónde aceptar esta relación y hasta dónde podrían ocultarla.

Al notar la inquietud en sus ojos, el emperador acarició con ternura el entrecejo fruncido de Dam-yeon.

"Madre, ¿por qué siempre vive tan pendiente de los demás?"

"Yo..."

"La única persona por la que debe preocuparse soy yo. Solo yo".

"¿Cómo podría ser así...? Estoy haciendo algo... que no debería", respondió Dam-yeon con voz cargada de autodesprecio. Seguía sumido en la confusión. ¿Era esto realmente lo correcto? Pensó que, por el bien del emperador, lo más sensato sería cortar esta relación de tajo ahora mismo.

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Sin embargo, la sola idea de quedarse solo y soportar las noches desoladas sin sus visitas le entumecía los dedos y le cortaba la respiración.

"Aunque otros nos señalen, aunque muramos y caigamos en las llamas del infierno, estaremos juntos".

Llamas del infierno. Al oír esas palabras, Dam-yeon apenas pudo respirar. No le importaba recibir un castigo él mismo, pero su corazón dio un vuelco al imaginar al emperador, a su niño, cayendo en un lugar tan aterrador.

"A mí me basta con estar con madre, ¿acaso no es igual para usted?"

'¿Por qué me ama tanto?'. Dam-yeon quiso preguntarlo, pero no se atrevió. Sentía que, si lo hacía, terminaría por desmoronarse. Su pecho se sintió pesado ante la declaración del emperador, quien aseguraba estar dispuesto a saltar al fuego eterno con tal de estar a su lado.

"Así que no piense en nada más. Solo míreme a mí. Yo me haré cargo de todo lo demás".

"..."

"Madre".

"..."

"Dam-yeon".

Dam-yeon finalmente levantó la cabeza ante el sonido de su nombre. Aunque su mirada seguía siendo compleja, dejó de huir y apoyó el cuerpo en silencio contra el pecho del emperador. En este preciso instante, no quería pensar en nada. Solo quería... posponer esos pensamientos un poco más.

"Siéntese aquí".

Tras terminar de bañarse, el emperador llamó a Dam-yeon señalando el lugar frente a él. En el baño, Dam-yeon había suspirado sin darse cuenta al ver su cabello mojado, preguntándose cuándo terminaría de secarse, y el emperador se había ofrecido a hacerlo él mismo.

Aunque dudó si hablaba en serio, el emperador realmente lo esperaba con un paño seco en las manos.

"Yo lo haré. Majestad debe de estar cansado, por favor descanse. Ya es tarde".

"¿Quién en el mundo se iría a dormir dejando sola a la persona que ama?"

Dam-yeon intentó enfriar su rostro, que volvía a encenderse. Aunque ya debería estar acostumbrado a que el emperador le dijera que lo amaba, su corazón se agitaba cada vez que lo escuchaba.

"Voy a dormir abrazándote con fuerza a mi lado. Así que, si quieres que este cuerpo descanse pronto, ven aquí de inmediato".

El emperador apremió a Dam-yeon, quien evitaba el contacto visual para ocultar su sonrojo. Ante la insistencia de que él era la razón por la que no dormía, Dam-yeon no tuvo más remedio que acercarse y sentarse frente a él.

Secar el cabello que le caía por debajo de los hombros tomó más tiempo de lo esperado. Tras terminar de cepillarlo, el emperador observó la melena negra y sedosa antes de hablar.

"Tendré que darles una recompensa a los sirvientes".

"¿Una recompensa?"

"Cuidar este cabello no es nada sencillo".

"Por eso dije que yo lo haría..."

Se sentía abrumado pensando que el emperador ya tenía suficiente trabajo gobernando el país, como para sumarle sus cuidados personales. Con la intención de masajearle los brazos para disculparse, levantó la cabeza y, en ese instante, sus labios se cruzaron.

"¡Ah...!"

"Es mi compensación. ¿No es justo recibir al menos esto?"

El emperador sostuvo las mejillas de Dam-yeon y repartió ligeros besos por su frente, mejillas y barbilla. Su mirada era juguetona, pero cargada de sinceridad. Tras unos besos más, se apartó y, al notar los ojos algo enrojecidos de Dam-yeon, lo ayudó a recostarse en el lecho.

Aunque había dos juegos de mantas, siempre terminaban durmiendo en el mismo lugar. El emperador abrazó a Dam-yeon y continuó hablando en voz baja.

"Mañana debo partir hacia la región de Ungangseong para supervisar los daños de las inundaciones. Parece que el desastre es peor de lo esperado y podría tardar más de lo previsto".

Le pesaba dejar a Dam-yeon en esa situación, pero era necesario actuar antes de que los daños aumentaran. Estrechándolo más contra sí, añadió:

"Cuando termine todo este ajetreo, ¿qué te parece si salimos juntos de incógnito?"

El aroma a piel que desprendía era reconfortante. Abrazado a su cintura y con el rostro hundido en su pecho, el emperador cerró los ojos al sentir cómo Dam-yeon le acariciaba la cabeza.

"Veremos a los artistas callejeros, comeremos aperitivos en los puestos... Como gente común, simplemente pasando el tiempo así".

Sus palabras sobre un futuro cercano eran dulces y su abrazo, acogedor. En ese momento, se sentían realmente como una pareja ordinaria.

'Ojalá... ojalá realmente fuéramos solo eso'.

La mirada tierna y las caricias del emperador hacían que Dam-yeon olvidara por un instante toda su culpa y confusión. Sentía que, si permanecía en ese refugio, solo respirando allí, tal vez podría estar bien.

Su corazón vacilaba varias veces al día. Al saber que el afecto del emperador era genuino, a veces sentía el impulso de aceptarlo plenamente. Como huellas en un campo nevado, cada sentimiento que había pisado con cautela se había acumulado profundamente sin que se diera cuenta. Pero, en cada ocasión, la verdad enterrada bajo tierra lo sujetaba de los pies.

Él era el emperador. Y... era su niño.

Le resultaba extraño que su corazón latiera por él. Cuanto más vacilaba su corazón, más sentía que algo dentro de él se desmoronaba lentamente.

"Tus ojos están llenos de cansancio. No te retendré más, duerme ya".

"...Que descanse también, majestad".

Dam-yeon cerró los ojos como quien huye y buscó el sueño. El emperador lo observó largamente antes de abrazar su pequeño cuerpo con delicadeza.

Miró las marcas rojas que habían quedado en el cuello y la clavícula de Dam-yeon. Esas marcas le parecían el único testimonio que demostraba a quién pertenecía él.

Frotó los hematomas con las yemas de los dedos, deseando que no desaparecieran. Cerró los ojos reprimiendo el deseo de marcar aún más profundamente que Dam-yeon era suyo.