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Dam-yeon había comenzado a evitarlo. El Emperador contempló a la dama de la corte Yun, quien bajaba la cabeza con cuidado y economizaba sus palabras, y acto seguido exhaló un suspiro manteniendo los labios firmemente cerrados.

“¿Es que los recuerdos aún no han regresado?”

“Le pido perdón, Su Majestad.”

“¿Dice que no hay absolutamente nada que le venga al pensamiento?”

“…Es imperdonable informar esto, mas así es.”

Aunque se decía que con el paso del tiempo podría recuperar los recuerdos de manera natural, el médico real había dicho que, en casos poco comunes, existían ocasiones donde estos finalmente no regresaban.

En el peor de los casos, eso significaba que tal vez tendría que comenzar de nuevo la relación con Dam-yeon.

Dado que él todavía debía de estar muy confuso, no intentó encontrarse con él a la fuerza. Pensó que no quedaba más opción que simplemente esperar. Sin embargo, ante un Dam-yeon que continuaba evitándolo, la paciencia del Emperador iba revelando su fondo poco a poco.

¿Acaso Dam-yeon también se habrá sentido de esta manera? Sintió que estaba recibiendo de vuelta el castigo por haber hecho que Dam-yeon se sintiera triste al evitarlo durante todo ese tiempo.

El Emperador contempló la puerta firmemente cerrada por un largo rato y, dando la vuelta a sus pasos, salió del pabellón. En ese instante, el Príncipe Heredero, que justo entraba al interior, descubrió al Emperador y se acercó sonriendo de manera brillante:

“¡Padre imperial!”

Un aroma sutil a flores se difundió desde el regazo del niño, quien llevaba una mano llena de narcisos. Ante esa fragancia familiar, los ojos del Emperador se relajaron en silencio.

Era un aroma que se parecía precisamente a la fragancia corporal de Dam-yeon. Heui-yeon contempló la puerta firmemente cerrada por encima del Emperador y despegó los labios:

“¿Acaso tampoco ha podido ver hoy a la madre imperial?”

El rostro del niño, que había estado entusiasmado con la idea de encontrarse con su madre, comenzó a desfigurarse en un instante. El niño manifestó intacto su corazón compungido mientras dirigía sus enormes pupilas hacia el Emperador.

Un suspiro, ju, se escapó de la pequeña boca. Ante ese sonido, las cejas del Emperador se contrajeron milimétricamente. Sin embargo, el Príncipe Heredero sacudió la cabeza levemente y expresó su descontento:

“¿Acaso el padre imperial hacía pasar a la madre imperial por momentos difíciles también en el pasado?”

“…Qué quieres decir con eso.”

“Si no es por eso, cómo es posible que la madre imperial, que perdió los recuerdos, evite al padre imperial.”

Heui-yeon no conocía el secreto de la relación entre Dam-yeon y él. No tenía la intención de decírselo, ni tampoco la intención de que lo descubriera.

El niño habló con un rostro firme hacia el Emperador, quien permanecía parado en silencio:

“No se quede así e intente escribirle aunque sea una carta. Incluso si la madre imperial lo evita porque no desea ver al padre imperial, no llegará a ignorar hasta una carta.”

Ante esas palabras, el Emperador frunció un ojo. Por qué no habría pensado en eso. Como si finalmente hubiera encontrado un rayo de luz en medio de una oscuridad que solo había sido sofocante, el Emperador exhaló una corta respiración.

“Te lo agradezco, Príncipe Heredero.”

Si había algo afortunado después de todo, era el punto de que Dam-yeon no llegaba a ignorar incluso al niño.

Quizás porque el Príncipe Heredero se parecía a él mismo cuando era pequeño, o quizás porque todavía era un niño tierno, un Dam-yeon que había perdido los recuerdos aceptaba, al menos, que Heui-yeon permaneciera a su lado.

“¡¿No dijo que me lo agradecía?! ¡Pero por qué atormenta a este hijo!”

El Emperador, que desordenó el cabello del niño de manera ruda, soltó una carcajada ante la resistencia con la que este lo apartaba usando sus brazos.

.

.

“Su Majestad, es la medicina herbolaria.”

“No tengo ningún lugar donde me duela, ¿es que debo beberla sin falta?”

Aun sabiendo que algo como esto era un lujo excesivo para él, a Dam-yeon no le agradaba beber esa medicina herbolaria completamente negra.

Él, que bajó la mirada con fixeza ejercer fuerza en sus labios, exhaló un denso suspiro. Su mente seguía como si una niebla se hubiera asentado de manera difusa, sin que le viniera ningún recuerdo.

Indudablemente, el último recuerdo era haber estado sin poder comer nada durante varios días y haber salido afuera con el deseo de conseguir algo, pero al abrir los ojos, había transcurrido nada menos que un lapso de veinte años.

No se trataba solo de eso.

Con el niño al que él tanto había extrañado y….

Dam-yeon contrajo los hombros por completo al resultarle pecaminoso con el solo hecho de ponerlo en su boca. Fue en el momento en que fastidiaba la palma de su mano con las uñas manteniendo los labios firmemente cerrados.

“¡Madre imperial!”

De golpe, la puerta se abrió y un pequeño niño se adentró dando un brinco en su regazo. Aunque era una medicina herbolaria que se había enfriado para que fuera fácil de beber, Dam-yeon levantó la vasija de la medicina a toda prisa por si acaso el Príncipe Heredero corría peligro.

“Su Alteza. Su Majestad se encontraba en medio de tomar la medicina herbolaria.”

La dama de la corte Yun, que se acercó con cuidado, tomó lo que estaba en la mano de Dam-yeon y le dijo al Príncipe Heredero. Al hacerlo, los ojos del niño se dirigieron hacia la vasija de la medicina completamente negra.

El Príncipe Heredero también lo sabía bien por el hecho de estar bebiéndola cada mañana, sabiendo cuán amarga era la medicina herbolaria. Además, por saber cuánto detestaba Dam-yeon las cosas amargas, el rostro del niño se desfiguró por sí solo.

“¿Es que no la está bebiendo porque la medicina herbolaria es demasiado amarga, verdad?”

“¿Sí?”

“A este hijo le ocurría lo mismo. Me dicen que la beba sin falta cada mañana, mas no sabe cuánto no deseo beberla.”

A Dam-yeon se le vino encima una repentina vergüenza.

Sintió como si el haber postergado la medicina amarga porque no quería tomarla hubiera sido descubierto por un niño mucho menor que él.

“Madre imperial. Aun así, el médico real no dijo que debe beber la medicina herbolaria para sanar rápido.”

Heui-yeon tomó la vasija de la medicina de manos de la dama de la corte Yun y se la extendió a Dam-yeon. Ante una expression que parecía pedirle que la bebiera rápido sonriendo de manera brillante, él tomó la medicina herbolaria despacio.

Como empujado por la mirada que lo contemplaba fijamente, Dam-yeon vació la amarga medicina conteniendo la respiración con fuerza. Pronto, las arrugas se marcaron en el entrecejo de Dam-yeon.

“Madre imperial. Diga, ah.”

En cuanto el sabor amargo se propagó llenando el interior de su boca, Dam-yeon, que había estado cubriendo la comisura de sus labios con la manga, abrió los ojos.

“Diga, ah.”

Al ver a Heui-yeon que abría la boca en grande como pidiéndole que hiciera lo mismo que él, Dam-yeon abrió la boca de manera incómoda. Al hacerlo, el niño sonrió, sacó un caramelo de estrella de adentro del envoltorio de tela que había guardado en su cuello y se lo colocó en la boca a Dam-yeon.

Los ojos de Dam-yeon se agrandaron.

“Es sumamente dulce, ¿verdad? El sabor amargo de la boca ha desaparecido por completo, ¿no es así?”

Heui-yeon contempló a Dam-yeon sonriendo de manera radiante. Ante las pupilas llenas de expectativa, la visión de Dam-yeon se nubló como una niebla de agua. Heui-yeon, que se percató de las lágrimas acumuladas en los ojos de Dam-yeon, habló sobresaltándose:

“¿Madre imperial…? ¿Acaso este hijo hizo algo mal? Este hijo solo quería que la madre imperial-”

Dam-yeon sacudió la cabeza acariciando el cabello del niño sorprendido:

“Gracias. Es solo que… se sintió tan bien que por eso reaccioné así.”

Dam-yeon sonrió en silencio con una voz húmeda, contemplando a Heui-yeon, quien se parecía muchísimo a Geon.

Aquel niño indudablemente también habría tenido una apariencia como esta.

Al pensar que el rostro que dibujaba a escondidas cada noche estaba ante sus ojos, el corazón le vaciló.

“Madre imperial.”

“…Príncipe Heredero, ¿estaría bien si lo abrazo solo un momento?”

“¿Sí? ¡Por supuesto que sí!”

Heui-yeon se adentró en el regazo de Dam-yeon como si fuera algo natural. Él cerró los ojos en silencio inhalando profundamente la fragancia acogedora del niño que estaba abrazado en su regazo.

* * *

Después de eso, Dam-yeon pasó el tiempo junto con el Príncipe Heredero cortando las flores del jardín, y también compartieron el almuerzo juntos. Tras despedir al niño, contempló el interior de la habitación por la que fluía la quietud, hundiéndose otra vez en profundos pensamientos.

Así es, no podía continuar simplemente evitando las cosas de esta manera para siempre. Como fuera… tenía que ordenar esta situación.

“Fuu….”

Sin embargo, exactamente desde dónde y qué se suponía que debía ordenar.

Realmente, con qué clase de pensamiento mi yo del futuro habría cometido semejante acto impuro con el hijo al que yo mismo di a luz.

Sintió como si su pecho sofocado fuera a estallar en cualquier momento. Dam-yeon, que se levantó de su asiento como si no pudiera tolerarlo más, abrió la puerta del pabellón y salió afuera.

“¡Su Majestad…!”

“No me sigan. Es solo que, me siento asfixiado por un momento.”

“Sin embargo, es peligroso que vaya solo. Esta sierva seguirá sus pasos en silencio por detrás.”

“No hay necesidad de eso.”

Siempre había estado solo, y tras la muerte de su nodriza lo estuvo aún más. Para Dam-yeon, los sirvientes del palacio que se le acercaban todavía le eran extraños y abrumadores. Aunque sabía que la persona llamada dama de la corte Yun ponía toda su devoción en él, hoy en particular deseaba estar solo.

“Su Majestad.”

Sin embargo, al ver a la dama de la corte Yun que lo seguía con dificultad como si fuera una persona con las piernas incómodas, el corazón de Dam-yeon se ablandó. Él, que terminó por exhalar un suspiro, abrió la boca soltando una corta respiración:

“…Dijo antes que había un jardín de flores, ¿verdad? Estaré, en ese lugar. ¿Estará bien si hago eso?”

Había escuchado que el pequeño jardín de flores que estaba dentro del palacio imperial era un espacio donde solo se permitía el acceso a los miembros de la familia imperial. De todos modos, la entrada estaría custodiada por completo por ellos, por lo que también era un lugar del que él no podría escapar. Ante esas palabras, un leve alivio cruzó por el rostro de la dama de la corte Yun.

Dam-yeon, que llegó al jardín Unhwa junto con los sirvientes del palacio, retiró a estos y trasladó sus pasos en solitario.

Las flores bien cuidadas, el camino ordenado y el sutil aroma floral se impregnaron en la visión y en la punta de la nariz de Dam-yeon.

Era un lugar tan hermoso que daba incluso la ilusión de que el corazón enmarañado por una larga confusión y el temor se desensortijaba poco a poco ante la quietud del jardín.

Fue justo en ese momento en que trasladaba sus pasos hacia un lugar un poco más profundo, cuando el extremo de un ropaje que ondeaba pasó rozando llenando su visión. En el preciso instante en que Dam-yeon, que no había pensado que el Emperador estaría en este lugar, intentaba dar un paso atrás.

“Yeon.”

El Emperador, que lo descubrió, apartó sus pasos despacio y se acercó a Dam-yeon. Se sentía confuso sobre si este repentino encuentro era una coincidencia o no. Dam-yeon intentaba dar otro paso más hacia atrás mordiéndose los labios, cuando la mano que el Emperador extendió rodeó su cintura estrechándolo.

“¡Ah…!”

“Es peligroso, ¿no crees?”

Recién entonces Dam-yeon se percató de que estaba parado en el borde del estanque, al extremo de las escaleras de piedra. Si el Emperador no lo hubiera sujetado, habría caído directo dentro del agua.

El sonido de su corazón sorprendido se volvió tan grande que le retumbaba en los oídos. Dam-yeon apartó los labios con lentitud mientras regulaba su respiración:

“…Le agradezco.”

“¿Te has sorprendido mucho?”

“Me, he sorprendido un poco….”

El tacto del Emperador, que todavía rodeaba su cintura, le resultaba incómodo. Dam-yeon retorció levemente la cintura, mas el Emperador, con un rostro sereno, no retiró la mano.

Al final, Dam-yeon fue el primero en despegar los labios:

“Este siervo ya se encuentra bien, por lo que si ahora me, me suelta el brazo….”

“Dam-yeon.”

Ante esa palabra, Dam-yeon levantó la cabeza despacio. Y con lo que se topó fue con la mirada del Emperador, que lo contemplaba con un rostro afligido.

“…¿Hasta cuándo vas a evitarme?”

“Ah….”

Estaba demasiado cerca. A este paso, sentía como si sus labios fueran a rozarse. Dam-yeon echó el cuerpo hacia atrás con premura, pero el Emperador, que rodeaba su cintura, lo contempló con ojos aún más tenaces.

“He preguntado hasta cuándo vas a evitarme.”

“…Su Majestad, este siervo….”

“Debes decir ‘esta humilde consorte’. ¿Acaso no te dije que eres mi única consorte?”

El Emperador exhaló una corta respiración al ver a Dam-yeon, quien temblaba tal como un ciervo acorralado ante un cazador.

“¿Tanto me detestas?”

Ante esas palabras, Dam-yeon, que había estado cerrando los ojos con fuerza, se sobresaltó abriéndolos. El Emperador lo soltó despacio y se mordió los labios con un rostro herido:

“Al ver que me evitas una y otra vez, y que cierras los ojos a pesar de que yo me encuentro de esta manera, parece que me detestas tanto que incluso mirarme te resulta espantoso.”

“¡N, no es eso…!”

Dam-yeon, que había estado evitando al Emperador durante todo ese tiempo, se desconcertó ante aquellas palabras y sacudió la cabeza repetidamente.

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No era que lo detestara. Cómo podría detestar al niño al que atesoraba y amaba más que a su propia vida.

No era que lo evitara porque lo detestara como el Emperador pensaba. Simplemente, lo evitaba porque esta situación no tenía sentido, porque para él el Emperador era su hijo, y no sabía cómo se suponía que debía tratarlo como a un amante.

“Sí. Yo fui el primero en encariñarme de mi madre. Lo amé, lo adoré y por ello lo estreché entre mis brazos.”

“Su Majestad….”

“A pesar de que usted se negó, lo tomé a la fuerza y lo encerré dentro de mí. Fue una relación que comenzó de esa manera. Por eso, ¿es que ahora a este hijo le ha resultado desagradable incluso verlo?”

Dam-yeon ejerció fuerza en sus labios temblorosos y, sin saber qué correspondía hacer, contuvo el aliento. Dam-yeon, que movía los labios con indecisión, habló contemplando las firmes manos del Emperador que todavía lo sujetaban con fuerza:

“Es que… debido a que no me vienen los recuerdos, por eso lo hice.”

“Madre.”

“Le pido perdón. Este siervo realmente no tiene ningún recuerdo….”

Ante esas palabras, el Emperador rodeó la mejilla de Dam-yeon entre sus manos en silencio.

“Si es así… ¿no estaría bien si comenzamos de nuevo desde el principio?”

“…¿Qué?”

“He dicho que comencemos de nuevo desde el principio.”

“M, mas cómo…….”

Cuando Dam-yeon contempló al Emperador frunciendo el entrecejo, este soltó los labios que Dam-yeon se mordía con fuerza y habló:

“Yo soy un hombre que ya obtuvo una vez el corazón de Su Majestad. ¿Existe alguna razón por la que no pueda hacerlo por segunda vez?”

El Emperador, que esbozó una leve sonrisa, besó ligeramente la mejilla de Dam-yeon. Dam-yeon, sorprendido por el Emperador que lo besó haciendo que resonara un chu, examinó a toda prisa los alrededores.

“Su, Majestad….”

“Bien debes saber que este es un lugar donde nadie puede entrar a excepción de la familia imperial. El Príncipe Heredero también a estas horas ya se habrá quedado dormido, por lo que en este lugar solo estamos tú y yo, nosotros dos solos.”

Los dedos del Emperador se adentraron despacio entre las manos de Dam-yeon, entrelándolas. Ante el tacto familiar pero extraño, Dam-yeon ejerció fuerza en su cuerpo por reflejo, y el Emperador sonrió en silencio ordenando el cabello de Dam-yeon con su otra mano.

Ese tacto era delicado y cuidadoso, tal como si tratara un tesoro valioso. El tacto que comenzó en el cabello rozó la oreja, la comisura de los ojos y, por último, llegó a los labios.

El corazón latió con rapidez. Si era por la sorpresa o por alguna otra emotion, el propio Dam-yeon no lo sabía.

“…Juu.”

Un aliento tenso se escapó, y el rostro de Dam-yeon se encendió de rojo en un santiamén. El Emperador, que observaba esa apariencia, sonrió de medio lado y apartó la mano de Dam-yeon.

“Si has venido a dar un paseo, hagámoslo juntos.”

“…Ah.”

“A ti te gustaban especialmente las flores que florecen en ese lugar de allá. Como tampoco tendrás recuerdos de esto, yo te lo iré enseñando despacio.”

Los ojos del Emperador, que besó el dorso de la mano de Dam-yeon, se curvaron con suavidad. Él fingió demencia ante un Dam-yeon cuyo rostro se había vuelto tan caliente que parecía que fuera a estallar, y trasladó sus pasos.

Aunque se decía que Dam-yeon había perdido todos los recuerdos con él, estaba bien dado que él lo recordaba todo. El saber lo que a Dam-yeon le gustaba, lo que él había querido hacer y absolutamente cada asunto insignificante sobre Dam-yeon hacía que el ahora fuera una batalla mucho más ventajosa que la de hace siete años.

Por fortuna, quizás gracias al Príncipe Heredero, era un alivio que no lo apartara a ciegas como antes.

El Dam-yeon de veinticinco años también había sido una persona asustadiza. Por lo tanto, para que no ocurriera el hecho de que escapara como en el pasado, debía acercarse a Dam-yeon muy despacio, poco a poco.

El Emperador mostró la sonrisa que más le gustaba a Dam-yeon.

Al hacerlo, las pupilas de un castillo difuso comenzaron a vacilar en silencio. Por suerte, parecía que el Dam-yeon de este momento también seguía gustando de este rostro.

El Emperador, que curvó la comisura de sus labios sonriendo, apretó con fuerza la mano de Dam-yeon y trasladó sus pasos.

.

.


Cum-cuam, cum-cuam. Incluso después de regresar del paseo, el pecho que le saltaba no se tranquilizaba de ninguna manera. No, cuando parecía que se tranquilizaba, llegaba una carta que contenía el corazón del Emperador, y cada vez que eso ocurría, el pecho de Dam-yeon volvía a agitarse otra vez.

Llegó a tener incluso la preocupación de si acaso no habría surgido un problema en su corazón ante un corazón que continuaba alborotado.

Al final, Dam-yeon, que apenas logró conciliar el sueño al ser entrada la alta noche, se despertó de dormir al sentir la mirada de alguien.

“¡Ah…!”

Era el Emperador. Dam-yeon, desconcertado por el hecho de que él estuviera en este lugar desde la mañana, ejerció fuerza en la punta de sus dedos.

“He venido para que tomemos el desayuno juntos. ¿Se encuentra bien, Emperatriz?”

No se encontraba bien. Sin embargo, no podía decirle eso a él, siendo el Emperador. Dam-yeon asintió con la cabeza con lentitud y contempló al Emperador, quien desde la mañana se había arreglado con pulcritud.

En comparación con él, dado que apenas se había levantado, la compostura de su ropa estaba desordenada y su cabello estaba revuelto. Cuando Dam-yeon, desconcertado, aferró el extremo de la manta cubriendo su cuerpo, el Emperador, que se percató de ello, sonrió de medio lado y habló:

“Mi consorte se encuentra hermoso desde la mañana.”

Qué, qué significa eso. El rostro de Dam-yeon se encendió.

Él se conocía bien a sí mismo. Aunque su apariencia externa no había cambiado en gran medida durante el lapso de veinte años, ni antes ni ahora él tenía una impression espléndida o noble como el Emperador. Simplemente era un rostro ordinario.

“Sentí que moría por desear verte durante toda la noche.”

“Su, Majestad….”

Dam-yeon no pudo tolerarlo más y llamó al Emperador con una voz que temblaba finamente. Al hacerlo, él soltó una carcajada y dictó una orden a los sirvientes del palacio que estaban fuera de la puerta:

“Preparen el agua de aseo de la Emperatriz y la ropa para cambiarse.”

Dam-yeon sintió que moría de la vergüenza durante todo el tiempo de la preparación ante la mirada que lo observaba sentado a su lado.

“Qué es lo que te da tanta vergüenza.”

Solo se había lavado el rostro y cambiado de ropa, mas Dam-yeon se había vuelto más hermoso. El Emperador, que tomó la mano de Dam-yeon reprimiendo el impulso de querer besarlo, habló al verlo inquieto cada vez que su mirada lo rozaba desde hacía un rato:

“Tampoco tendrás recuerdos de esto, mas en realidad el amarrar el lazo del saco de tu vestimenta era originalmente el deber de este siervo.”

M, mentira…. Cuando Dam-yeon contempló al Emperador abriendo los ojos de par en par, el Emperador continuó hablando esbozando una sonrisa con los ojos:

“¿Acaso piensas que es una broma? entonces qué tal si este siervo te ayuda hoy con tu baño. Ahora he llegado a poder secar bastante bien tu largo cabello.”

El Emperador, que besó la parte superior de su cabello negro y reluciente debido a lo bien cuidado que estaba, esbozó una gran sonrisa contemplando a Dam-yeon. El corazón que con tanto esfuerzo había logrado tranquilizar comenzó a saltar con locura otra vez. En cuanto los labios del Emperador rozaron levemente su frente, Dam-yeon se mordió con fuerza la carne del interior de su boca para regular su respiración.

En ese momento, la voz de la dama de la corte Yun se escuchó desde el exterior.

“Su Majestad, ¿hago pasar el desayuno?”

Fue un momento idóneo. Recién entonces Dam-yeon se zafó de las manos del Emperador y exhaló un suspiro de alivio. Sin embargo, eso no fue el final.

Durante toda la comida, el Emperador seleccionó los acompañamientos colocándolos en el tazón de Dam-yeon, y le desmenuzó la carne del pescado dejándola ante él. Y de manera extraña, los acompañamientos que él seleccionaba se adaptaban perfectamente a su paladar por igual.

Dam-yeon, que después de mucho tiempo se llenó el estómago con firmeza, se sintió extraño sin motivo alguno.

A pesar de que el Emperador mismo lo asistía en persona, los sirvientes del palacio no se sorprendieron ni se desconcertaron en absoluto. Más bien actuaron como si fuera algo familiar.

Esto… exactamente con cuánta frecuencia era algo que solía ocurrir.

.

.

Tras terminar la comida, Dam-yeon tomó el postre junto con el Emperador, y después de beber la medicina herbolaria pasearon juntos por el jardín cercano bajo el argumento de que debía hacer la digestión.

Dam-yeon, que pasó toda la mañana con el Emperador de esa manera, se percató de que ya no le resultaba incómodo a pesar de que él estuviera a su lado.

El Emperador, que tras terminar el paseo llevó a Dam-yeon hasta el frente del Palacio Central, habló con un rostro que parecía denotar nostalgia:

“Entonces, nos veremos luego, Yeon.”

“…¿A qué se refiere con luego?”

“Debemos compartir la cena juntos. Originalmente nosotros también siempre lo hacíamos de esa manera.”

Dado que no tenía recuerdos, no había forma de confirmar si esas palabras eran verdad o si no eran verdad. Dam-yeon asintió con la cabeza de mala gana, y el Emperador, que observaba esa apariencia, despegó los labios:

“¿Te gustaría venir junto con el Príncipe Heredero al próximo Festival Seonnong?”

“…¿Se refiere al Festival Seonnong?”

“Eso es si a ti te parece bien. El Príncipe Heredero tampoco ha podido salir afuera durante todo este tiempo por lo que debe haber estado sofocado, así que me parece que sería bueno si van juntos.”

El Emperador rememoró a Heui-yeon, quien desde que se prohibió el acceso al Palacio Central enviaba cartas varias veces al día manifestando su descontento. Con esto el niño también se mantendría tranquilo por un tiempo.

El Emperador sonrió y lo besó a la ligera.

“Te hablaré de los detalles en la noche otra vez. Regresaré después de encargarme solo de los asuntos importantes, así que aunque desees verme, sopórtalo solo un poco.”

Cuándo he dicho que deseaba verlo…. Cuando Dam-yeon se desconcertó sin poder siquiera despegar los labios, el Emperador curvó sus ojos sonriendo y bajó la cabeza sutilmente.

Y cobijó los labios de Dam-yeon con cuidado. Dam-yeon, sorprendido, colocó sus manos sobre los hombros del Emperador para apartarlo, mas no pudo moverse ante el aliento que se adentraba al interior de su boca.

Un aliento fresco rozó la punta de su nariz, y una cálida temperatura corporal se propagó recorriendo sus labios. Las fuerzas comenzaron a abandonarle en todo el cuerpo.

“Ah….”

En el momento en que se apartaron, a Dam-yeon terminaron por aflojársele las fuerzas de las piernas. El Emperador, que sujetó su cintura a toda prisa, abrió un poco los ojos como sorprendido y de inmediato habló frunciendo el entrecejo:

“Lo lamento. Olvidé por un momento que tu yo de ahora tiene veinticinco años.”

Aun así, al Emperador le dio risa la apariencia inexperta de Dam-yeon. La persona que debía hacer que Dam-yeon se enamorara de nuevo era él, mas parecía que él se había enamorado primero de Dam-yeon.

El Emperador, manteniendo el rostro de Dam-yeon rodeado entre sus dos manos, lo besó una vez más.

Chu. En cuanto los labios se apartaron, él limpió con cuidado los húmedos labios de Dam-yeon.

“Sigues estando sumamente hermoso ahora, Yeon.”

Junto con el bajo susurro que le hacía cosquillas en el oído, el Emperador ordenó su cabello desordenado y acto seguido dio la vuelta sobre su cuerpo saliendo del Palacio Central.

Incluso después de que él desapareció, Dam-yeon permaneció parado en el lugar en blanco, sin palabras durante un buen rato.

Mucho tiempo después, Dam-yeon, que volvió en sí rememorando al Emperador que había ocultado por completo su presencia, recién entonces se sentó en el suelo tal cual al habérsele aflojado las fuerzas de las piernas.

* * *

“¿No es esto demasiado exagerado? Algo como esto sin duda….”

Parecía una vestimenta que solo llevarían las jóvenes damas nobles. Dam-yeon, tragándose las siguientes palabras, frunció el entrecejo ante un sutil dejà vu que emergió de alguna parte.

“No es exagerado en lo absoluto. Le sienta verdaderamente bien a Su Majestad. Y, Su Majestad, por favor desde ahora háblenos con familiaridad.”

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Era una frase que escuchaba cada vez, pero hablar con comodidad todavía le resultaba sumamente extraño. Sin embargo, al no ser un asunto que pudiera continuar de esta manera para siempre, Dam-yeon asintió con la cabeza y contempló su propia figura dentro del espejo de bronce.

“Fuu….”

“Quizás por tratarse de una vestimenta enviada por Su Majestad el Emperador, es verdaderamente hermosa.”

A simple vista se podía notar que era una seda de excelente calidad. El tacto que envolvía su cuerpo era suave y ligero, y por sobre todas las cosas, cálido. Justo cuando se encontraba en medio de la lectura de un libro, ante la vestimenta que llegó bajo la mención de ser un obsequio del Emperador, Dam-yeon no tuvo más remedio que desconcertarse.

Además, lo que el Emperador había enviado no era solo ropa. Desde calzados finamente bordados hasta ornamentos tejidos a mano por artesanos, no había ni una sola cosa que no fuera valiosa.

“Su Majestad, desde ahora tendrá que irse acostumbrando.”

“¿Eh?”

“El que Su Majestad el Emperador envíe obsequios al Palacio Central no es cosa de uno o dos días. ¿Acaso el año pasado no le entregó a Su Majestad todas las muescas de los incensarios de cristal enviados por el Imperio Yunha, al punto en que el almacén del palacio alterno dentro del Palacio Central estaba por desbordarse?”

“Hyeon-a. Qué clase de modales al hablar son esos frente a Su Majestad. Cómo es que todavía tienes la boca tan imprudente de esa manera.”

La dama de la corte Yun se sostuvo la cabeza ante un dolor punzante y bajó la cabeza ante Dam-yeon pidiendo perdón. Dam-yeon dijo que se encontraba bien e intervino con suavidad ante la dama de la corte Yun que reprendía a Hyeon-a.

Pero… ¿significaba que existía un palacio alterno dentro del Palacio Central?

Tal vez el pequeño pabellón que se encontraba hacia el lado del jardín trasero fuera el almacén. Mientras Dam-yeon se sumía en sus pensamientos, Hyeon-a, asomando la cabeza, volvió a hablar:

“Su Majestad. Si tiene curiosidad, ¿le gustaría ir a verlo? ¡Tal vez si ve los obsequios le venga algo a la memoria!”

Hyeon-a contempló a Dam-yeon con ojos brillantes, sin ocultar su deseo de que él recuperara los recuerdos lo más pronto posible. Aunque el Dam-yeon de ahora también le agradaba, deseaba ver de nuevo a aquel que lo trataba con comodidad como en el pasado.

Dam-yeon, tras meditarlo un poco, finalmente asintió con la cabeza. Todavía disponía de tiempo suficiente y, tal como decía la sirvienta, quizás los recuerdos regresarían.

Dam-yeon se levantó de su asiento y, recibiendo la asistencia de la dama de la corte Yun y las sirvientas, se dirigió hacia el almacén del palacio alterno.

“…¿Dices que absolutamente todo es, esto, es lo que ha entregado Su Majestad el Emperador?”

El interior estaba ordenado con pulcritud sin una sola pizca de polvo, y por sobre todo, le resultaba increíble que esta gran cantidad de cosas le hubiera sido enviada en su totalidad a él. Los ojos de Dam-yeon se agrandaron de par en par mientras contemplaba el espacio colmado de tesoros singulares.

“Así es, Su Majestad. Estos de aquí son los obsequios enviados después de que Su Majestad dirigiera el banquete de la delegación del Imperio Jin el verano del año pasado, y estos de este lado son los que Su Majestad el Emperador envió tras ordenar que consiguieran telas directamente del Imperio Sahe para Su Majestad, quien es sumamente sensible al frío.”

Hyeon-a añadió explicaciones una a una con un rostro entusiasmado. Con solo vender lo que se encontraba en este lugar, sin duda se podrían comprar decenas o cientos de casas.

Dam-yeon, sin articular palabra, simplemente se limitó a observar los alrededores hasta que su mirada se detuvo en un sitio.

“Estas son las pinturas del Príncipe Heredero.”

Dam-yeon ESRbBozó una sonrisa en silencio al rememorar la pintura que había dibujado junto con el Príncipe Heredero, quien lo había visitado hace unos días.

Al pensar en el niño, una sonrisa se propagó por sí sola en la comisura de sus labios.

Era un niño que no tenía ni un solo rincón que no fuera adorable. Le causaba pesar el no poder recordarlo, pero desde el tacto adorable con el que se aferra a su regazo, hasta la figura con la que se movía apresurado con sus pequeñas manos y pies proclamando que lo ayudaría. Con solo mirarlo, era hermoso y valioso.

‘Indudablemente el Emperador también es un hijo de esa manera para mí…….’

Dam-yeon, que rememoraba a Heui-yeon, evocó de manera natural al Emperador con el que se había encontrado en el jardín de flores hace unos días.

Dado que tanto el Emperador como el Príncipe Heredero eran hijos engendrados de sus propias entrañas, no había diferencia, pero… era un tanto diferente. Por una razón desconocida, cada vez que rozaba los labios con el Emperador, sostenía su mano y este acercaba el rostro, sentía como si el corazón fuera a estallarle.

Ante la extraña emoción que brotaba en su pecho cada vez que se enfrentaba al Emperador, al final recién hace unos días no tuvo más remedio que admitir que esto no se trataba de una tensión o un equívoco que pasaba en un instante, sino que era por causa del Emperador.

“Fuu….”

Qué correspondía hacer en adelante.

Dam-yeon pensó con desesperación que ojalá los recuerdos regresaran correctamente. La dama de la corte Yun, que observaba sus reacciones, despegó los labios con cuidado:

“Su Majestad. ¿Acaso no hay nada en absoluto que le venga a la memoria?”

“…Por desgracia, así es.”

Había guardado la expectativa de que tal vez si veía algún objeto recordaría algo, pero no hubo ningún cambio. Dam-yeon apartó la mirada tras recorrer el almacén con ojos melancólicos.

* * *

Dam-yeon, que regresó de nuevo a sus aposentos, desvieró la mirada una y otra vez hacia la puerta cerrada manteniendo un libro desplegado entre sus manos. Incluso en medio de la lectura del libro miraba la puerta, y volviendo a observar el libro contemplaba de nuevo la puerta otra vez. La dama de la corte Yun, que observaba esa apariencia, preguntó:

“Su Majestad. ¿Acaso hay alguien a quien esté esperando?”

“Ah. ¿Es que se ha notado?”

Dam-yeon, que se rascaba la frente con un rostro avergonzado, habló en voz baja al evocar al Príncipe Heredero, quien hoy en particular se mantenía silencioso.

“Por si acaso el Príncipe Heredero venía….”

El Príncipe Heredero también debía de estar muy ocupado. Dado que había entrado y salido con frecuencia durante todo este tiempo, tal vez ahora le hubiera resultado aburrido el hecho de buscarlo. Cuán divertido podría haberle resultado a un niño pequeño el jugar con él en realidad.

Es probable que solo hubiera venido a visitarlo por encontrarse preocupado.

La dama de la corte Yun cerró los labios con cuidado mientras contemplaba a Dam-yeon, quien pasaba las páginas del libro con una sonrisa autocompasiva.

En realidad, el hecho de que Su Alteza el Príncipe Heredero se mantuviera silencioso estos últimos días se debía indudablemente a que se había prohibido el acceso al Palacio Central por orden del Emperador.

Sin embargo, en el rostro de Dam-yeon, quien desconocía ese hecho, se reflejaba una lúgubre resignación por menospreciarse a sí mismo.

La dama de la corte Yun, tras meditarlo por un momento, despegó los labios:

“¿Qué tal si Su Majestad va en persona a buscar a Su Alteza el Príncipe Heredero?”

Aunque el Emperador había prohibido el acceso del Príncipe Heredero, si la Emperatriz iba a buscarlo primero, la historia cambiaba. La dama de la corte Yun se apresuró a continuar sus palabras ante la mirada que se dirigió hacia ella:

“Si prepara y lleva el pastel de arroz con miel que tanto le agrada a Su Alteza el Príncipe Heredero, indudablemente se alegrará en gran manera.”

“…¿Estaría bien si yo voy?”

“Por supuesto que sí. ¿Le ordeno a la cocina real que lo prepare?”

Dam-yeon, tras pensar por un momento, asintió con la cabeza con lentitud. Dado que el Príncipe Heredero siempre venía a buscarlo primero, no estaba mal que hoy fuera él quien fuera primero. Eso era, por supuesto, si el niño lo recibía con agrado.

Dam-yeon albergó una sonrisa en la comisura de sus labios al evocar la risa de Heui-yeon, quien se alegraba al verlo con una pureza sin tacha.

Dam-yeon, que ordenó a la cocina real que preparara el pastel de arroz con miel, lo envolvió finamente en una tela de color azul claro que simbolizaba al Príncipe Heredero. Al estar el clima despejado, el ánimo también se volvió un tanto más ligero. Dam-yeon, que salió del Palacio Central de esa manera, se dirigió despacio hacia el Palacio de Oriente.

“¿Significa que el Príncipe Heredero iba y venía por este camino cada día?”

La distancia que había pensado que era corta resultaba bastante considerable. Incluso para el paso de un niño pequeño, habría tomado el doble de tiempo. Al pensar en el niño que lo venía a buscar cada día recorriendo esa larga distancia, el agradecimiento y un corazón compungido le colmaron el pecho.

Añadiendo la nostalgia que aceleraba sus pasos, Dam-yeon extendió aún más su zancada.

“…¿Madre imperial?”

Para su orgullo, el Príncipe Heredero parecía haber estado en medio de la lectura de un libro, ya que frente a él, que se encontraba sentado con rectitud, había un libro desplegado. Ante la inesperada visita de Dam-yeon, Heui-yeon abrió los ojos de par en par por un momento, y de inmediato soltó una risa radiante como una flor abalanzándose hacia Dam-yeon.

“¡Madre imperial!”

La fuerza con la que se aferró a su regazo era sumamente firme, por lo que Dam-yeon se tranquilizó al ver a un niño tan fuerte. Él preguntó mientras acariciaba con ternura el cabello de Heui-yeon, quien estaba firmemente cobijado en su regazo:

“¿Por si acaso, no he interrumpido al Príncipe Heredero?”

“¡Qué clase de palabras son esas! ¡Yo también deseaba ir hoy al Palacio Central! Sin embargo, el padre imperial….”

Heui-yeon cerró la boca con firmeza en medio de intentar decir que el Emperador había prohibido el acceso al Palacio Central. Por más compungido que estuviera, no correspondía hablarle mal del padre imperial a la madre imperial.

Heui-yeon, al recordar que la relación entre los dos no había sido buena durante un largo tiempo antes de que la madre imperial perdiera los recuerdos, se apresuró a cambiar sus palabras:

“Para llegar a ser un monarca excelente como el padre imperial hay muchas cosas que debo aprender, por lo que estuve un poco ocupado. Mas no sabía que la madre imperial me buscaría de esta manera.”

El niño, que arrastró sus palabras abrazando con fuerza la cintura de Dam-yeon, soltó una risa clara inhalando su fragancia corporal.

“¡A este hijo le agrada en gran manera ver a la madre imperial de esta forma! ¡Estoy feliz!”

La cálida temperatura del niño se transmitió hasta el interior de su corazón. Dam-yeon acarició el cabello de Heui-yeon.

“Príncipe Heredero, ¿es el 『Libro de los Ritos』 el libro que se encontraba leyendo justo ahora?”

Heui-yeon, que se encontraba comiendo con gusto el pastel de arroz con miel que Dam-yeon había traído con esmero, asintió con la cabeza ante la pregunta.

“Sí, así es.”

La figura de Heui-yeon, que masticaba con la comisura de los labios colmada de migajas de pastel de arroz, era indudablemente la de un niño de siete años. Pero pensar en el Libro de los Ritos.

Este era un libro que por lo general resultaba difícil incluso para los estudiantes de la Academia Confuciana o los eruditos.

Dam-yeon parpadeó con rapidez pensando si acaso no habría visto mal. No podía ser que lo estuviera leyendo para estudiar los caracteres, ¿es que el Príncipe Heredero, siendo aún tierno, leía y comprendía algo tan difícil?

Sin embargo, Dam-yeon no pudo cerrar la boca al ver a Heui-yeon, quien recitaba los artículos con claridad frente a él e incluso añadía la interpretación.

Se decía que el niño era sumamente inteligente, y en efecto no se diferenciaba en nada de los sabios. En cuanto llegó el momento de la lección del Príncipe Heredero, Dam-yeon se levantó de su asiento diciendo que no interrumpiría más.

Recién después de prometerle al niño, que se colgaba de su regazo pidiéndole que no se fuera, que vendría también mañana, pudo finalmente soltar esa mano.

* * *

Dam-yeon, que trasladó sus pasos de nuevo hacia el Palacio Central, apresuró el andar al notar que el pabellón se había vuelto un tanto bullicioso, resultándole extraño.

Su corazón se impacientó por si acaso les había ocurrido algo a los sirvientes del palacio. En el preciso instante en que Dam-yeon cruzaba la puerta intermedia, el extremo de una túnica real de color azul marino denso entró en su visión.

“…¿Su Majestad? ¿Por qué razón ha venido Su Majestad hasta este lugar?”

“La vestimenta te sienta bien.”

“Ah….”

Dam-yeon evocó recién entonces, de manera tardía, el hecho de que la vestimenta que llevaba puesta era la que el Emperador le había obsequiado. En el preciso instante en que él intentaba bajar la cabeza, el Emperador, anticipándose, tiró a la ligera de la mano de Dam-yeon.

“Los saludos están de más. Por cierto, teniendo las manos así de frías, desde dónde es que vienes.”

El Emperador ya estaba enterado del hecho de que Dam-yeon había ido en persona al Palacio de Oriente llevando el pastel de arroz con miel, mas preguntó con un rostro sereno que fingía ignorar absolutamente todo.

“Ah…. Vengo de camino, de encontrarme con el Príncipe Heredero.”

“Ya veo. Así ha sido.”

Tras la corta respuesta, el Emperador cerró la boca. Ante el sutil silencio, Dam-yeon movió los labios con cautela como si hubiera cometido una falta.

Justo cuando el temor se le venía encima pensando si acaso el haber ido a buscar en persona al Príncipe Heredero constituía una falta de cortesía.

“Mas lo cierto es que, tratándose de hijos por igual, me causa un tanto de melancolía el que solo mimes al Príncipe Heredero, dado que yo también soy un ser humano.”

Dam-yeon enderezó la cabeza sobresaltándose.

“¡Su Majestad…!”

El Emperador rodeó entre sus manos la mejilla de Dam-yeon, quien examinaba de prisa los alrededores por si alguien escuchaba, y habló:

“Contempla. Incluso ahora prestas más atención a los demás que a mí.”

“M, mas….”

El Emperador, al ver a Dam-yeon contraer los hombros desconcertado, frotó con la punta de sus dedos el lóbulo de la oreja que se había enfriado por completo, y susurró:

“No te preocupes. Quienes se encuentran en este lugar son personas que conocen por entero la relación entre nosotros.”

Sin embargo, ni aun ante esas palabras el cuerpo rígido de Dam-yeon mostró indicios de relajarse. Más bien, su corazón se contrajo aún más ante el hecho de que la relación impura entre el Emperador y él estuviera expuesta frente a personas extrañas.

“Yeon. Debes respirar.”

El Emperador, que contemplaba a un Dam-yeon que ni siquiera podía tomar el aire de manera adecuada con el rostro teñido de palidez, exhaló una corta respiración y, rodeando la espalda de Dam-yeon, lo guió hacia el interior.

.

.

“Emperatriz.”

El Emperador, adentrándose en la habitación, llamó a Dam-yeon, quien todavía permanecía sin poder respirar.

“Le pido, le pido perdón….”

“No es un asunto por el que Su Majestad deba disculparse con este siervo.”

Él, que acarició la espalda de Dam-yeon hacia abajo despacio, contempló fijamente a Dam-yeon, quien se encontraba sentado con una rigidez extrema. Él seguía sin poder cruzar la mirada de manera adecuada con la suya, mordisqueando sus desdichados labios.

Por qué habría comenzado a evitarlo otra vez.

El Emperador, cuyo rostro se endureció poco a poco ante una situación que no le resultaba grata, reflexionó detenidamente. Indudablemente hasta hace poco parecía considerarlo con comodidad…. Fue en eso que, al evocar algo de pronto, la comisura de sus labios se curvó sutilmente.

Él extendió la mano en silencio y cobijó la mejilla de Dam-yeon.

“¿Es que este siervo te resulta tan incómodo?”

“……Ah.”

“O acaso, es que lo haces por recordar el roce de labios de ayer.”

“¡Su, Majestad…!”

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Al ver que saltaba de hombros con un rostro sumamente sorprendido, parecía que su pensamiento estaba en lo correcto. El Emperador reprimió una risa ante la ingenua reacción. Él levantó despacio el rostro de Dam-yeon, cuyas pestañas temblaban con desasosiego, y añadió con una voz baja:

“¿Mm? Debes mirarme a mí, Emperatriz.”

“Su Majestad, por favor suélteme. Las sirvientas….”

“Dado que me pareció que te resultaba incómodo las he retirado a todas, por lo que quién dices que va a mirar.”

Dam-yeon sintió un vértigo ante sus ojos. No sabía que el Emperador lo visitaría de manera tan repentina, ni tampoco que terminarían quedando ellos dos solos dentro de la habitación de esta manera.

Habría sido mejor encontrarse en el jardín de flores aquel día. Al menos ese lugar era uno del que disponía de un sitio a donde escapar….

“Abandona el pensamiento de huir.”

Dam-yeon abrió los ojos ante las palabras del Emperador que prosiguieron. Al convertirse en Emperador, ¿es que acaso el corazón de las personas era algo que se podía leer con tanta facilidad?

“Es simplemente que está todo escrito en tu rostro, por lo que resulta fácil de saber.”

“Ah….”

Dam-yeon levantó la mano y se palpó el rostro. El Emperador, que soltó una carcajada al resultarle tierna esa figura, besó la mejilla y la frente de Dam-yeon. El Emperador estrechó con fuerza entre sus brazos a Dam-yeon, cuyo rostro se había encendido aún más de rojo.

“Tú no sabrás cuánto está conteniéndose este siervo.”

Duebido a que no habían tenido intimidad durante un largo tiempo, incluso desde antes de que Dam-yeon perdiera los recuerdos, el solo hecho de percibir la fragancia corporal de su amante hacía que su parte baja se endureciera. Sintiendo que incluso en este preciso instante el deseo de recostar a Dam-yeon por debajo de él brotaba de golpe, el Emperador frunció el entrecejo.

“Su, Majestad….”

La voz de Dam-yeon, que lo llamó con cuidado desde el regazo del Emperador, resonó tenuemente. El Emperador, que reguló su respiración por un momento, soltó a Dam-yeon y acomodó su cabello desordenado por detrás de la oreja.

“Hoy dormiré y me quedaré en este lugar.”

“¿Qué?”

“Siendo esposos, ¿acaso no hemos estado demasiado distantes durante todo este tiempo?”

Sin embargo…. Dam-yeon mordisqueó sus labios ante la mirada del Emperador, que lo contemplaba con ojos afectuosos mientras acariciaba el lóbulo de su oreja. Una vez más, el corazón comenzó a latir con rapidez como si se hubiera averiado.

“No te devoraré, por lo que no te preocupes.”

El Emperador, que en algún momento trasladó su mano para rozar despacio los labios de Dam-yeon, curvó la comisura de sus labios sonriendo.

“¿Mm? Yeon.”

Dam-yeon al final no pudo ganar ante el rostro fluido y la voz afectuosa, y asintió con la cabeza.

Compartieron la cena juntos, y en cuanto el sol se puso despacio, los sirvientes del palacio, que eran sumamente perspicaces, prepararon a toda prisa el lecho.

.

.

Dam-yeon, que terminó de banyarse primero, contempló con un rostro desconcertado la única colchoneta que se encontraba extendida dentro de la habitación y llamó a la dama de la corte Yun:

“D, dama de la corte Yun. Por qué hay una sola colchoneta. Antes de que Su Majestad venga, apresúrate a colocar otra….”

“No hay necesidad de eso.”

Dijo el Emperador, quien se había acercado en algún momento, mientras acariciaba el cabello húmedo de Dam-yeon. Cuando Dam-yeon giró la cabeza sorprendido por la presencia del Emperador, de quien desconocía cuándo se había aproximado, el Emperador habló con un rostro colmado de sonrisas:

“Siendo esposos, ¿acaso no es natural que durmamos cubriéndonos con una sola manta?”

El Emperador trajo un paño de algodón seco y le secó el cabello a Dam-yeon con esmero. Tal como el Emperador había dicho con anterioridad, su tacto parecía familiar y habilidoso. Dam-yeon, que observaba esa figura, se vio cautivado por una sutil emoción.

Siempre había sido una vida donde lo natural era vivir encogido en el sitio más bajo, siendo despreciado y estando solo. Sin embargo, al estar junto al Emperador, sentía como si se hubiera convertido en un ser sumamente valioso y atesorado.

“Cuando yo no estaba, indudablemente siempre pasabas el tiempo sin siquiera secarte el cabello de manera adecuada como ahora.”

El Emperador frunció el entrecejo al contemplar los hombros de Dam-yeon, que se encontraban empapados debido al agua que caía gota a gota. Siendo tan sensible al frío, en verdad no cuidaba de sí mismo en lo absoluto.

“Traigan la ropa nueva de la Emperatriz.”

“Sí, Su Majestad.”

La dama de la corte Yun, tras meditarlo por un momento, sacó la ropa de dormir que Dam-yeon solía vestir con frecuencia tiempo atrás. Al extenderla con cuidado, el Emperador soltó una risa seca.

“¿Su Majestad?”

“No es nada. Déjala y retírate.”

Dam-yeon, ladeando la cabeza, contempló al Emperador manteniendo la ropa que la dama de la corte Yun había traído de nuevo cobijada en su regazo. Debía cambiarse, de ropa, mas al tenerlo a él frente a sus ojos se desconcertó sin saber qué correspondía hacer.

“Esto… Su Majestad. Iré a cambiarme de ropa un momento y regresaré.”

“¿Acaso pretendes decir que vas a andar rondando por fuera vistiendo únicamente eso ahora?”

Ah… es verdad. No tenía sentido que la Emperatriz anduviera por fuera de los aposentos interiores en ropa de dormir. Al quedarse Dam-yeon parado firmemente sin poder hacer ni una cosa ni la otra, el Emperador se frotó la frente y acto seguido dio la vuelta sobre su cuerpo mostrándole la espalda.

“¿Estará bien si lo hago de esta manera?”

“…Le, le pido perdón.”

Dando la espalda al Emperador que permanecía volteado, Dam-yeon bajó la cabeza con cuidado dudando. De inmediato giró su cuerpo hacia el lado opuesto, se quitó la ropa húmeda doblándola de manera ordenada a un lado, y tomó en sus manos la ropa nueva que la dama de la corte Yun le había entregado.

“…Ah.”

Sus enormes pupilas vacilaron como conmocionadas. Desconcertado ante una fina tela a través de la cual casi se transparentaba la piel, vaciló manteniendo la ropa de dormir en sus manos.

“¿Ocurre algo?”

“No es nada. Es solo que, me parece que algo está mal con esta ropa….”

Por qué razón le habrían traído precisamente una ropa tan fina como esta. ¿Será que la dama de la corte Yun habría cometido algún equívoco? Dam-yeon tembló ante el frío sintiendo que su temperatura corporal descendía paulatinamente.

“Qué es lo que tiene de malo para que permanezcas de esa manera.”

“Su… Majestad.”

“Yo sabía que estarías de esta forma.”

El Emperador, que se acercó en silencio por detrás, estrechó a Dam-yeon entre sus brazos compartiéndole su propia calidez. Él habló mientras recibía la ropa de dormir de manos de Dam-yeon:

“No ha de ser que desconozcas la forma de vestir la ropa. ¿Es que te da tanta vergüenza vestir esto?”

“Sin embargo. El interior… se transparenta por completo, ¿no es así?”

“Bien pensado. Lo cierto es que estás mucho más hermoso cuando estás desvestido. De esta manera.”

La mirada del Emperador se posó en el cuerpo de Dam-yeon. Al repararlo, aunque se decía que llevaba puestos los pantalones, la parte superior del torso estaba expuesta por completo. Dam-yeon se mordió la lengua con fuerza ante la vergüenza.

“Si se trata de tu cuerpo, lo he visto cientos y miles de veces. Es algo tardío. ¿Acaso piensas que existe algún sitio en tu cuerpo donde mis labios no hayan rozado?”

“…Ah.”

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La fuerza se concentró firmemente en la cintura de Dam-yeon. El Emperador, que descubrió el bajo vientre hundido de Dam-yeon, apartó su cuerpo despacio y le vistió lo que tenía en sus manos. El Emperador introdujo los brazos en persona y amarró el lazo del saco por su propia mano.

“¿Acaso no te dije que no te devoraría? Anda, ahora que el cabello también se ha secado por completo, durmamos temprano. Siento que muero de cansancio.”

El Emperador besó con suavidad la frente y la mejilla de Dam-yeon mientras hablaba. Dam-yeon, que recobró el sentido de manera tardía, exhaló la respiración que había contenido.

Sin embargo, ¿es que en verdad debía conciliar el sueño en ese lugar junto con el Emperador? Dam-yeon mordisqueó la carne del interior de su boca manteniendo el único lecho grabado en sus pupilas.

.

.

“Su Majestad, este siervo aún no concilia el sueño… ¡Ah!”

Antes de que esas palabras terminaran, el Emperador tiró del brazo de un Dam-yeon que vacilaba. Él se recostó en la colchoneta manteniendo a Dam-yeon confinado dentro de su regazo. El Emperador, que abrazó a Dam-yeon por detrás y hundió el rostro en su nuca, susurró:

“Me encuentro fatigado por los asuntos de Estado. Así que durmamos pronto.”

“Su Majestad. E, este siervo….”

En cuanto Dam-yeon movió el cuerpo intentando zafarse, el Emperador rodeó su cintura con un abrazo aún más profundo y habló:

“Si te mueves tanto de esa manera, quien se pondrá en aprietos indudablemente será la Emperatriz. ¿Estará bien?”

Dam-yeon, que se quedó inmóvil pensando qué significaban esas palabras, al punto sintió todo su cuerpo congelarse ante el tacto rígido que se percibía por encima de sus nalgas.

“Si lo has comprendido quédate quieto. No provoques a una persona que de por sí se está conteniendo.”

El rostro se le encendió al rojo vivo. Dam-yeon cerró los ojos con fuerza ante la vergüenza y asintió con la cabeza despacio.

En ese instante, un fragmento de los recuerdos cruzó por su cabeza. Indudablemente en el pasado también existía un recuerdo como este. En ese entonces…….

“Yeon.”

“M, me duermo. Voy a dormir….”

Dam-yeon respondió a toda prisa sobresaltándose ante el llamado del Emperador. Dam-yeon, manteniendo sus labios firmemente mordidos ante el aliento cálido y cosquilleante que rozaba su nuca, tuvo que conciliar durante un largo rato un sueño que no llegaba.

Incluso después de eso, el Emperador soltó a buscar a Dam-yeon sin previo aviso. Hubo días en que se acostaban juntos en el Palacio Central, y también hubo otros días en los que regresaba tras compartir la cena.

A veces le resultaba incómodo al no poder ocultar la tensión ante el andar impredecible del Emperador, mas de manera paulatina el conciliar el sueño junto a él se volvió habitual.

Sin embargo, dado que en los últimos días su tacto rozaba con frecuencia de aquí para allá por su cuerpo, Dam-yeon solía sentir su propio cuerpo sensible.

“Fuu….”

Antes de ayer, cuando pasó la noche junto al Emperador, hubo una ocasión en que su mano rozó su vientre. Cuán vergonzoso le resultó el gemido que se filtró sin darse cuenta en ese momento….

Dam-yeon, que rememoró ese instante, encendió su rostro de rojo y apretó los puños.

‘He de estar loco….’

Era la primera vez que albergaba un sentimiento en el que deseaba meterse incluso en la madriguera de un ratón.

.

.

Anhelaba que por lo pronto no hubiera ocasiones de encontrarse de frente con el Emperador, mas hoy era el día en que se llevaba a cabo el Laboreo Real, donde el Emperador labraba el campo en persona para rogar por un año de buena cosecha.

Dam-yeon, que no hacía mucho había aceptado la sugerencia del Emperador y pactado acompañarlo al Altar del Dios de la Agricultura junto con el Príncipe Heredero, ya sintió su nuca encenderse calurosamente ante el hecho de tener que estar en un mismo espacio con él.

“Madre imperial, ya ha quedado todo listo.”

“Gracias.”

El vestirse recibiendo aún la asistencia de los sirvientes del palacio le resultaba extraño, mas de seguro si hubiera intentado vestir por sí solo una indumentaria tan difícil como esta, le habría tomado una buena mitad del día por lo bajo.

Dam-yeon esbozó una sonrisa extraña mientras contemplaba la ropa nueva que el Emperador había enviado una vez más.

“Madre imperial, todavía queda un poco de tiempo hasta la salida del palacio, ¿desea beber al menos un té cálido? Ordenaré que lo preparen de inmediato.”

“No es necesario. Me parece que el Príncipe Heredero vendrá pronto.”

“Entendido, madre imperial.”

Y tal como Dam-yeon lo supuso, no pasó mucho tiempo antes de que Heui-yeon buscara el Palacio Central. El rostro del niño, que apareció vistiendo una ropa nueva confeccionada recientemente, brillaba aún más.

“¿Acaso la madre imperial es un hada celestial?”

“¿Un hada celestial?”

“¡Sí! ¡Hoy se encuentra sumamente hermosa! ¡Me agrada en gran manera que mi madre imperial sea una persona tan bella!”

Ante las palabras sinceras y a la vez inocentes propias de un niño, las risas estallaron por doquier. Heui-yeon, que tomó con firmeza la mano de Dam-yeon, quien se palpaba el rostro avergonzado, preguntó con ojos brillantes:

“Madre imperial. ¿Cómo se ve este hijo? Es algo que el padre imperial me ha enviado también a mí como un obsequio.”

“Es sumamente gallardo. Al punto en que desearía esconderlo en secreto y mirarlo solo yo.”

En cuanto Dam-yeon habló de esa manera estrechando con fuerza a Heui-yeon, la risa clara del niño estalló. Al resultarle agradable ese sonido, él, sin darse cuenta, besó la mejilla y la frente de Heui-yeon, y el niño soltó una carcajada soltando una risa aún mayor.

“Vaya. La ropa se ha desordenado. Ven aquí, Príncipe Heredero.”

“¡Sí, madre imperial!”

Dam-yeon arregló las arrugas que se habían formado con la palma de la mano y también volvió a amarrar de manera minuciosa el lazo del saco que se había desordenado. Tras acomodar por último el cabello del niño, él tomó con firmeza la pequeña mano de Heui-yeon.

“Entonces, ¿vamos yendo ahora?”

“¡Sí, madre imperial!”

“Como el Príncipe Heredero bien sabe, todavía no dispongo de los recuerdos. Por lo que hoy cuento contigo.”

“¡No se preocupe! ¡Este hijo le informará de todo!”

Ante la voz de Heui-yeon que respondía con brío, el corazón de Dam-yeon también se tranquilizó un tanto más. En cuanto los dos abandonaron juntos los aposentos, un palanquín se encontraba listo hacia un lado del patio.

El Emperador ya había partido primero hacia el Altar del Dios de la Agricultura antes de la salida del sol.

Dam-yeon, tras subir y sentarse en el palanquín, estrechó con fuerza a Heui-yeon, que parloteaba en su regazo, mientras observaba el paisaje que pasaba por fuera de la ventana.

.

.

“Han venido.”

“Sí, Su Majestad.”

Aunque fuera un Emperador que pasaba una gran cantidad de tiempo en el campo de entrenamiento militar, el hecho de labrar el campo indudablemente no habría sido una tarea familiar. Sin embargo, en el rostro del Emperador no había ni una sola pizca de fatiga.

Dam-yeon, que descubrió un pequeño polvo de tierra en ese rostro del Emperador, extendió la mano y limpió el rostro con cuidado utilizando un paño de seda suave de color blanco.

“Gracias.”

El rostro del Emperador que sonreía ampliamente era deslumbrante. Ante esa sonrisa, las mejillas de Dam-yeon se tiñeron de rojo.

“Su Majestad. Beba esto, por favor. Es ponche de caqui y jengibre.”

En cuanto Dam-yeon virtió y entregó el ponche de caqui y jengibre frío que había preparado con esmero, el Emperador asintió con la cabeza y recibió la taza. El Emperador, que acercó la taza a los labios, cerró los ojos con suavidad mientras tragaba ese sabor colmado de aroma a canela.

“Justo en el momento en que tenía sed, es excelente.”

Dam-yeon sonrió sutilmente, y el Emperador, al devolver la taza, rodeó la muñeca de Dam-yeon con suavidad. La mirada del Emperador permaneció durante un largo rato en el rostro de Dam-yeon.

“Su….”

Fue en el preciso instante en que Dam-yeon intentaba llamarlo ante la atmósfera que se había vuelto extraña. Heui-yeon, que observaba el laboreo del campo por el frente, corrió levantando ambos brazos por todo lo alto.

“¡Padre imperial! ¡Este hijo también desea ayudar!”

La voz clara y llena de fuerza del niño resonó en el Altar del Dios de la Agricultura. El Emperador posó su mano sobre la cabeza del niño, que se encontraba sumamente entusiasmado.

“A qué te refieres.”

“¡A labrar el campo! ¡Este hijo también puede hacerlo!”

Heui-yeon hizo brillar sus ojos contemplando el arado que se encontraba colocado en la tierra. Se trataba del Príncipe Heredero que había permanecido rondando por los alrededores continuamente tras ver la figura del Emperador labrando el campo en persona apenas llegó al Altar del Dios de la Agricultura hacía un momento. Parecía que Heui-yeon deseaba imitar cualquier cosa que hiciera su progenitor.

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Heui-yeon, juntando sus dos manos con firmeza, aguardó la respuesta con ojos ansiosos.

“¿Dices que el Príncipe Heredero va a labrar el campo en persona?”

“¡Sí, padre imperial!”

Al escuchar la conversación de los dos, Dam-yeon contempló alternadamente al Emperador y al Príncipe Heredero con un rostro sorprendido. El que un Heui-yeon, siendo aún tierno, manejara un arado pesado y afilado era un asunto sumamente peligroso. Si por un descuido lo dejaba caer, su tierno cuerpo se lastimaría con facilidad.

En el preciso instante en que Dam-yeon movía los labios con un rostro lleno de ansiedad, el Emperador inclinó la cintura, levantó el arado y habló:

“Todavía es una tarea temprana para el Príncipe Heredero.”

“¿Qué? No es así. ¡Este hijo también puede hacerlo!”

Dijo Heui-yeon apretando los puños con fuerza. Sin embargo, el Emperador tomó la jícara de calabaza que se encontraba colocada a un lado y le dijo al niño:

“En su lugar. ¿Podrías ayudar a este siervo a esparcir agua en el campo?”

“…¿Agua?”

“Así es. El dar agua es una ley de gran importancia tanto como el labrar el campo. Aunque no sé si el Príncipe Heredero pueda hacerlo bien.”

El Emperador examinó la expresión del Príncipe Heredero enfatizando a propósito que se trataba de una tarea importante. Como era de esperarse, Heui-yeon hizo brillar sus ojos, levantó la mano por todo lo alto y exclamó:

“¡Este hijo lo hará! ¡Este hijo desea dar el agua!”

“Mas se debe dar de manera que no sea ni mucha ni poca, ¿podrás hacerlo bien?”

“¡Sí! ¡Por favor confíe en este hijo!”

El Emperador albergó una sonrisa contemplando al niño que asentía con la cabeza con tanta fuerza que parecía que iba a producirse un sonido de aleteo. Él de inmediato le ordenó al eunuco interno que trajera una vasija de agua nueva.

“Bien, se hace de esta manera. En cuanto este siervo labre el campo y siembre las semillas, el Príncipe Heredero puede verter con cuidado esta cantidad de agua.”

“¡Sí, padre imperial!”

La expresión de Dam-yeon, que hasta hacía un momento había permanecido rígida por la preocupación, se relajó un tanto más. Ante la figura de Heui-yeon, que esparcía el agua con diligencia siguiendo la parte trasera del Emperador, una sonrisa brotó por sí sola en la comisura de sus labios.

Ante la apariencia del padre e hijo que se asemejaban tanto cultivando el campo con esmero, el corazón no solo de Dam-yeon sino de todos los que se encontraban reunidos en el Altar del Dios de la Agricultura se volvió cálido por entero.

“Dama de la corte Yun. En cuanto termine el Laboreo Real, el Emperador tendrá apetito, por lo que prepara bien unos bocadillos de los que pueda disponer a la ligera.”

“Sí, madre imperial.”

Probablemente la tarea no tomaría mucho tiempo. El Emperador solo pretendía hacer que el niño experimentara el laborar siguiendo el deseo del Príncipe Heredero de que él también quería hacerlo, mas no tendría la intención de labrar verdaderamente el campo de este lugar hasta el final.

Por lo que había observado durante este tiempo, el Emperador era en verdad un padre excelente. No trataba al niño según su estado de ánimo, siempre se dirigía al Príncipe Heredero con un amor sincero y se esforzaba por hacer que el niño acumulara experiencias para que pudiera tener una mirada recta hacia el mundo.

Hubo días en que servía de ejemplo manteniendo la dignidad como Emperador del Imperio, y también hubo otros días en que compartía risas sentado frente a frente con el niño como un progenitor común y corriente.

El Príncipe Heredero, que crecía observando a un Emperador como ese, indudablemente también se miraculousmente convertiría en un monarca admirable en el futuro.

“¡Madre imperial!”

En ese momento, Heui-yeon, que esparcía el agua con diligencia por el frente, llamó a Dam-yeon soltando una risa radiante. Dam-yeon sintió gratitud ante el hecho de encontrarse junto a ellos dos.

La vida cotidiana que él recordaba de sí mismo no era una felicidad como esta. Siempre había estado solo, con frío y lleno de ansiedad. Sin embargo, al abrir los ojos de nuevo, en algún momento había llegado a tener una familia y ya no se encontraba solo.

A pesar de tratarse de un momento posterior a que hubieran transcurrido veinte años de tiempo, ni una sola vez pensó que el tiempo fuera un desperdicio. Sin embargo…. Por qué razón habría perdido por entero unos recuerdos tan atesorados.

Su cuerpo ya recordaba al Emperador. Los latidos del corazón que se aceleraban cada vez que se encontraba junto a él eran la prueba de ello. Aunque con la cabeza todavía le resultaba difícil aceptar el haberse convertido en el amante del Emperador, cada vez que pasaba tiempo con él ese corazón se desvanecía poco a poco.

Por ello, ahora simplemente… había decidido aceptarlo. Incluso si eso constituía un asunto por el que más tarde recibiría el castigo divino y caería en las llamas del infierno, decidió ser codicioso en esta vida.

‘Anhelo que los recuerdos regresen….’

El interior de su cabeza, donde nada emergía, le causaba una opresión. No recordaba en lo absoluto las conversaciones que había compartido sonriendo con el Emperador, ni el día en que Heui-yeon dio sus primeros pasos, ni tampoco los momentos en que los tres habían estado juntos.

Ese hecho le causaba un dolor punzante en el pecho. Dam-yeon se mordió los labios con fuerza ante un corazón compungido.

.

.

“Por qué muestras de nuevo un rostro como ese.”

“Su Majestad….”

“Incluso a este siervo le resulta difícil seguir el brío del Príncipe Heredero.”

Heui-yeon se encontraba a una considerable distancia transportando agua junto con los sirvientes del palacio, empapado en sudor. El Emperador, que contemplaba con satisfacción a un Heui-yeon que se divertía al punto de tener la ropa completamente húmeda, desvió de nuevo la mirada hacia Dam-yeon.

“Mas qué ocurre. ¿Es que acaso te encuentras indispuesto en alguna parte?”

Preguntó el Emperador cobijando la mejilla de Dam-yeon con cuidado. Él se había percatado de la tristeza que emergió en el rostro de Dam-yeon, quien contemplaba el cielo a solas hace un momento sumido en sus pensamientos.

“Es solo que…. Me causó un tanto de opresión el que no me venga nada a la memoria, simplemente ha sido eso.”

“Los recuerdos, en algún momento indudablemente regresarán. Sin embargo, aun si por un caso no regresaran, se encuentra bien.”

El Emperador prosiguió sus palabras con ojos afectuosos.

“Aunque ha de resultarte difícil al no disponer de los recuerdos, tú bien sabes que tanto yo como el Príncipe Heredero te amamos en gran manera, ¿no es así?”

Sus palabras estaban en lo correcto. En cuanto Dam-yeon asintió con la cabeza despacio, el Emperador le acarició el cabello como premiándolo.

“Entonces basta con ello. Al estar enterado de lo más importante, sea que los recuerdos regresen o que no regresen, tú eres una persona valiosa sin variación.”

“…….”

“Este siervo te profesa un afecto sumamente profundo. Por lo que a ti solo te corresponde saber esto.”

Una vez más, el corazón latió con vehemencia. Dam-yeon contuvu con fuerza la respiración que se filtraba y dominó su tembloroso corazón.

En ese instante, la mano cálida del Emperador frotó los labios de Dam-yeon. De inmediato, el Emperador, que inclinó la cabeza, besó sus labios con cuidado. Ante los labios que se unieron y se apartaron de manera sumamente ligera, como un roce, los ojos de Dam-yeon se agrandaron de par en par por la sorpresa.

“Mas si deseas encontrar los recuerdos, en adelante este siervo te brindará una gran ayuda, por lo que no te preocupes.”

Dam-yeon se sintió un tanto ansioso ante una expresión que denotaba cierto misticismo por alguna parte, mas asintió con la cabeza al contemplar al Príncipe Heredero que se aproximaba desde la distancia. Fue recién entonces que la mano del Emperador se apartó, y Dam-yeon pudo finalmente tomar el aire que había contenido.