1.

 


1.

[¿Quieres que te empuje por las escaleras? No tienes dinero para abortar.]

“…….”

Ju-won abrió los ojos junto con esa voz que ya se le había vuelto tan familiar como la suya propia y se quedó mirando fijamente el techo. Los cadáveres de insectos voladores acumulados dentro de la cubierta de la lámpara formaban manchas oscuras. Tras observar aquellas sombras de muerte con una mirada tranquila, Ju-won cerró los párpados con fuerza.

Los sueños evolucionan. Vuelven nítidos los recuerdos borrosos y, al final, inventan cosas que nunca sucedieron como si fueran hechos reales. Por eso, entre las voces terribles que resonaban en sus sueños, Ju-won se sentía confundido sobre cuáles eran palabras que realmente habían salido de su propia boca.

¿Habría sido él quien quería deshacerse de ti? ¿O habría sido yo?

“Papá.”

Un tacto frío y húmedo rozó suavemente la mejilla delgada de Ju-won. Él, que se esforzaba por encontrar la verdad oculta en medio del sueño, levantó los párpados y giró la mirada, revelando unos ojos con capilares rojos reventados. Unos labios particularmente pequeños y carnosos, idénticos a los suyos, soltaron fragmentos de palabras forzadas que apenas lograban salir.

“Pa, pa, papá.”

“…….”

Ju-won observó al niño en silencio. Al rostro blanco y regordete no parecía importarle que no hubiera respuesta, o quizás estaba acostumbrado al silencio, porque frunció sus labios cerrados y le sonrió a Ju-won. Era una expresión traviesa y a la vez tímida. Sin embargo, la sonrisa inocente de aquel niño al que cualquiera amaría no era visible para los ojos de Ju-won. Más que en la ternura del pequeño, Ju-won se concentró en levantar su cuerpo, que se sentía inmóvil como si estuviera aplastado por una roca.

Tengo que levantarme……. Tengo que ir a trabajar…….

“Pa, pa, papá.”

Tras llamar a Ju-won una vez más, el niño cerró la boca como si hubiera terminado su tarea y comenzó a juguetear con una mancha rosada del tamaño de una uña pequeña que Ju-won tenía bajo el ojo, como si fuera un juego divertido.

“…Duele.”

Ju-won sujetó la mano del niño, que le había picado el ojo por no saber medir su fuerza, apretándola solo lo suficiente para no lastimarlo antes de soltarla. Aclaró su garganta cerrada y apartó la manta. Al incorporar su cuerpo lánguido, el dolor muscular que se había vuelto crónico en los últimos meses por haber aumentado las horas de trabajo cayó sobre él.

“Fuu….”

Frunció el ceño y cruzó el pequeño monoambiente soltando un sonido que no se sabía si era un suspiro o una respiración profunda. Con solo dar unos pasos, sintió un dolor en las plantas de los pies y en las piernas como si fueran a romperse. Era natural, ya que trabajaba de pie todo el día. No solo el tren inferior estaba arruinado. Sus hombros y brazos, que cargaban cosas pesadas, tampoco estaban bien. Sin embargo, el lugar más doloroso era la nuca. El culpable era el trabajo de ayudante de cocina que había empezado recientemente. Tras pasar tres o cuatro horas con la cabeza inclinada lavando platos sin descanso, le dolía el cuello hasta la mañana como si fuera a desprenderse.

Se echó hacia atrás el cabello erizado por habérselo secado mal de madrugada antes de dormir y se paró frente a la heladera. Sacó una bolsa de plástico bien atada, la metió entera en el microondas y se dirigió al baño. Eran las 7:30. El tiempo apremiaba si quería llevar al niño al jardín de infantes para las 8:00.

Ju-won se puso en cuclillas frente a la canilla y, sin margen para esperar a que saliera el agua caliente, recibió en sus palmas el agua fría que caía en un hilo. Se la arrojó a la cara sin vacilar, a pesar de que el frío le entumecía los nudillos.

La pobreza le había llegado siguiendo el linaje del padre que lo engendró. Pensaba que era algo inevitable, como una enfermedad hereditaria, y nunca se sintió resentido por ello. Pero eso no significaba que no tuviera ambición por escapar de la pobreza. Hubo un tiempo en que se aferró al estudio para vivir una vida normal. Como resultado, aunque no pudo alcanzar a aquellos que nacieron, crecieron y vivieron normalmente en familias comunes, estuvo a las puertas del ingreso universitario.

Si no hubiera sido por la enfermedad de mierda que su padre grabó en su sangre junto con la pobreza, en este momento estaría construyendo esa vida normal con la que tanto soñaba.

Terminó de lavarse la cara con movimientos bruscos hasta que su rostro pálido se puso rojizo, y comenzó a cepillarse los dientes mirando inexpresivo el espejo con las esquinas rotas.

A los diecinueve años tuvo al niño. Fue porque la enfermedad de mierda brotó. Ansiedad y evasión. Era un mal que comenzó desde el vientre de su padre; el progenitor de Ju-won intentó abortar constantemente para deshacerse del Ju-won que estaba dentro. Sin embargo, Ju-won nació y la situación no cambió. Su padre dejaba solo a Ju-won, que aún no cumplía ni un año, y no regresaba a casa, o lo dejaba cubierto con mantas.

El día que lo separaron de su padre a los seis años bajo cargos de abuso infantil, su progenitor le dijo estas palabras:

[Solo olvídalo. Es porque tengo una enfermedad de mierda.]

La enfermedad heredada de su padre sumía a Ju-won en la ansiedad y el terror no solo ante las cosas malas, sino también ante las buenas. Cerca del invierno de sus diecinueve años, cuando la oportunidad de escapar de una vida de fango bajo el nombre de ‘ingreso universitario’ estaba frente a sus ojos, la enfermedad de mierda que su padre sembró profundamente lo consumió. Ju-won evadió la ansiedad, que creció de forma incontrolable ante su nueva vida, mediante placeres sin valor, tal como lo hizo su padre.

Y Ju-won, en lugar de ir a la universidad, dio a luz al niño. Existían otras opciones, pero no podía hacerle al niño que estaba en su vientre lo mismo que su padre le había hecho a él. Así, Seung-on, ese niño que era idéntico a él, se convirtió en lo único en su vida de lo que Ju-won no huyó.

Cortó en trozos pequeños con las tijeras de cocina unos pedazos de costilla adobada calentados en el microondas. Sin importarle si estaba caliente, Seung-on se metió rápido a la boca la carne que aún humeaba usando las manos. Era lógico que tuviera hambre, ya que se había despertado hacía rato esperando a que él despertara. Ju-won observó en silencio a Seung-on llenándose la panza a toda prisa.

Seung-on nunca despertaba a Ju-won. Quizás fuera porque no hablaba bien, pero era un niño que no expresaba mucho sus deseos, excepto cuando estaba caprichoso por el sueño. En los días libres, si Ju-won no despertaba hasta pasado el mediodía vencido por la fatiga, Seung-on pasaba media tarde hambriento junto a él con la boca bien cerrada. No hacía ni un solo berrinche común.

Aquel niño no solo había sido quisquilloso en el vientre, agotando a Ju-won con náuseas matutinas severas, sino que incluso hasta el momento de nacer no fue fácil; pero una vez que salió al mundo, era como si no estuviera. Por eso, a veces Ju-won se quedaba abstraído mientras trabajaba frenéticamente, olvidando la razón por la cual ganaba dinero apretando los dientes.

Ju-won miró fijamente a Seung-on, que masticaba la carne con esmero manchándose la comisura de los labios con grasa y adobo como si estuviera comiendo un banquete, a pesar de ser la misma costilla de todas las mañanas, y le tendió un vaso. Pegó el vaso de plástico, cuya impresión se había borrado tanto que era difícil saber qué dibujo tenía originalmente, a los labios de Seung-on y lo inclinó con cuidado. Seung-on, proyectando sus pequeños labios como el pico de un pajarito, bebió el agua a grandes tragos.

Ju-won le dijo con voz baja y ronca a Seung-on mientras este bebía:

“Hoy también come mucho el almuerzo y la merienda en el jardín.”

Seung-on, tras terminar de beber todo, asintió y volvió a comer la costilla con sus manos pequeñitas. Ju-won extendió su mano hacia Seung-on, que estaba concentrado en masticar y tragar la carne sin decir nada, y le limpió con el dorso de la mano el agua que colgaba de la punta de su mentón redondeado.

A pesar de ser mediados de diciembre, el clima no era tan frío. En las noticias decían que, dado que este invierno no sería frío, se pronosticaba una ola de calor extrema para el verano del próximo año. Sin embargo, a Ju-won no le importaba cómo sería el próximo verano. Más que el lejano verano, el invierno que tenía encima era más importante.

Ju-won, con el rostro medio hundido dentro de la campera fina con el cierre subido hasta el final, pedaleaba observando el frente y apretó con fuerza los frenos de la bicicleta. Entonces Seung-on, que estaba sentado en la silla para niños instalada entre el manubrio y el asiento moviendo solo sus grandes ojos, se dio cuenta de que habían llegado a destino y movió sus pequeñas manos para soltar el cinturón de la cintura.

Ju-won estacionó la bicicleta y tomó a Seung-on en brazos. En cuanto sus pies tocaron el suelo, Seung-on estiró ambos brazos hacia la mochila del jardín que estaba en el canasto de la bicicleta. Seung-on cuidaba sus pertenencias con esmero a pesar de tener una contextura más pequeña que los de su edad. La maestra a cargo del jardín lo elogiaba diciendo que era inteligente como su papá al ver a Seung-on así.

Seung-on no es inteligente para nada. Es que su instinto de supervivencia es fuerte. Si es que se parece a mí, como dice la maestra.

Seung-on, con la mochila del tamaño de su cuerpo en brazos, se adelantó corriendo a Ju-won. Un lugar cálido. Un lugar donde podía comer hasta llenarse. Un lugar donde podía recibir amor y atención. Ju-won tocó el timbre mientras miraba la espalda de Seung-on, quien esperaba a la maestra frente al cerco del jardín, habiendo escapado de las sombras de la muerte.

Por alguna razón, en lugar de la maestra de Seung-on, salió la directora a dar el saludo matutino.

“Hola, Seung-on. Buenos días, padre.”

“…….”

Ante el saludo suave dirigido a él, Ju-won se limitó a inclinar la cabeza en silencio. La maestra a cargo, que salió corriendo poco después, saludó a Ju-won junto a Seung-on y luego desapareció hacia el interior. Ju-won se quedó mirando fijamente la nuca redonda del niño, que se alejaba de la mano de la maestra sin mirar atrás, y justo cuando estaba por darse la vuelta, la directora lo detuvo con voz dulce.

“Disculpe, padre de Seung-on.”

“…….”

Unos ojos sin vida se volvieron hacia la directora. Tenía un rostro demasiado juvenil para ser el padre de un niño de 28 meses. ¿Acaso habían dicho que apenas tenía veintidós? La directora mostró una sonrisa cálida al ver esas pupilas vacías, donde no se encontraba ni la mirada de un padre con un hijo ni la de un joven de veintidós años. Sin embargo, Ju-won leyó rápidamente el apuro oculto tras esa benevolencia y comenzó a juguetear con la manga de su campera mientras observaba la reacción de la mujer. A diferencia de su rostro inexpresivo, las puntas de sus dedos temblaban con ansiedad.

 

Tras cambiarse en el baño del centro comercial, Ju-won cruzó el salón mientras se metía el borde de la camisa dentro de la cintura del pantalón. Después de dejar a Seung-on en el jardín a las 8:00 de la mañana, corría de inmediato a un buffet de comida coreana cerca de la estación para empezar su trabajo de mesero. El trabajo de recoger platos vacíos recorriendo el amplio salón durante seis o siete horas era más agotador de lo esperado, pero podía descansar de a ratos si se las ingeniaba y, sobre todo, el pago por hora era alto. Al ser una contratación diaria, la gran ventaja era que podía faltar libremente los días en que Seung-on estuviera enfermo.

Los empleados temporales, vestidos de negro de pies a cabeza sin distinción de género, estaban reunidos al frente del salón del buffet para el control de asistencia. Ju-won, que caminaba por el salón arreglándose la ropa, apresuró el paso al descubrir al mánager que aparecía con una lista en la mano.

La directora, tras detener a Ju-won cuando este se disponía a irse del jardín, le pidió tener una breve entrevista a la hora de la salida. Aunque mezcló temas triviales como las relaciones de Seung-on con sus compañeros, el motivo de la solicitud era el lento desarrollo del niño. La directora quería contactarlo con un centro de desarrollo infantil donde pudiera recibir asesoramiento gratuito. Y le recomendó, con insistencia, que fuera.

Observando la reacción del mánager, que verificaba los nombres y rostros de los postulantes, Ju-won se hizo un lugar en medio de la fila. Justo en ese momento, el mánager lo llamó.

“¿Yang Ju-won?”

“Aquí…….”

Temiendo no ser visto por estar tapado por el hombre alto parado justo frente a él, Ju-won se puso en puntas de pie y respondió levantando la mano derecha. Sin embargo, a pesar del esfuerzo de Ju-won, el mánager volvió a llamarlo mientras recorría con la vista a los empleados.

“¿Yang Ju-won? ¿Señor Yang Ju-won?”

“Vine.”

Saliendo por completo de detrás de la espalda del hombre para quedar fuera de la fila, Ju-won respondió alzando la voz. Solo entonces el mánager notó su presencia, asintió y llamó al siguiente empleado. Ju-won regresó a su lugar en la fila. Y, al mismo tiempo, el hombre que estaba parado de forma descuidada con ambas manos en los bolsillos de su pantalón de vestir, miró de reojo hacia atrás.

…Un delincuente.

En el instante en que sus ojos se cruzaron brevemente, Ju-won captó de inmediato un aire rebelde en la mirada del hombre. Esa palabra para describirlo podía deducirse solo por su peinado corto pero estilizado con esmero, o por sus accesorios como piercings y pulseras, que eran inapropiados para el requisito de 'apariencia pulcra' del trabajo.

El hombre, que miraba a Ju-won desde arriba, volvió la cabeza hacia el frente. El mánager llamó al último nombre de la lista.

“Gye Seung-chan.”

“…….”

Ju-won miró hacia arriba la espalda del hombre, quien se limitó a levantar la mano con desgano ante el llamado del mánager, sin dar una respuesta particular. Debido a su gran estatura pensó que era un alfa, pero al observar de cerca, era un beta. Tenía una buena estructura ósea, con hombros cuadrados y extremidades largas como un alfa, pero su contextura delgada era diferente a la de ellos. Además, de entrada, era un puesto de trabajo donde los alfas no podían postularse, así que alguien que vestía la camisa negra y el pantalón de vestir que solo usaban los meseros no podía ser un alfa.

Tras confirmar la asistencia de los postulantes, el mánager comunicó unas breves advertencias y comenzó a dar instrucciones a los empleados. Mientras las empleadas encargadas de ordenar las mesas colocaban servilletas y cubiertos en cada una, Ju-won llenó el dispensador del sector de bebidas. No había ningún empleado que conociera las recetas de las bebidas tan bien como Ju-won, quien llevaba asistiendo un mes seguido a este trabajo de buffet que reclutaba personal diariamente de forma constante.

Subido a una silla, Ju-won vertió la bebida mezclada con jarabe concentrado y agua en el dispensador. Mientras observaba cómo el líquido subía lentamente en el enorme dispensador industrial, Ju-won movió los ojos en silencio y miró hacia abajo. Lo primero que vio fue una camisa blanca impecable, no la camisa negra que usaban los empleados. Tras recorrer con la mirada la manga bien planchada y el reloj de metal que brillaba debajo, la vista de Ju-won se dirigió a la mano que sujetaba su propia rodilla.

“Ponle más agua. Puedes ponerle. El concentrado es muy fuerte de por sí, así que el sabor no cambia mucho.”

“…….”

La mano del mánager subió de la rodilla al muslo. El mánager apretó el muslo de Ju-won como si lo estuviera apurando. Ju-won, mirando hacia abajo el pantalón que se había arrugado por el agarre del hombre, comenzó a verter agua mineral en el dispensador sin decir palabra.

Solo cuando Ju-won bajó de la silla tras vaciar toda la botella de agua, la mano del mánager se retiró.

“Ten cuidado de no caerte.”

Ignorando al mánager, que murmuraba como si se preocupara por él cuando ya se había bajado de la silla, cerró la tapa de la botella vacía. Entonces, esta vez la mano del mánager sujetó el hombro de Ju-won.

“¿Te postularás para el trabajo de mañana también, no?”

“…Sí.”

Ante la respuesta de Ju-won, el mánager asintió, le dio unas palmaditas en el hombro que había apretado con fuerza y se dio la vuelta. Luego, se dirigió a llamarles la atención a unos empleados que ya se estaban reuniendo en un rincón del salón para perder el tiempo. Ju-won se quedó mirando fijamente la espalda del mánager que dirigía el salón ante la inminente hora de apertura, y se sacudió el hombro mientras giraba la cabeza.

“…….”

En el lugar hacia donde giró la vista sin querer, estaba parado el beta delincuente. Aquel delincuente, cuyo nombre ya se había borrado de la mente de Ju-won, parecía estar trasladando comida terminada desde la cocina al mostrador, ya que sostenía con sus manos enguantadas un recipiente de comida del que salía un vapor blanquecino. A pesar de que el peso del recipiente lleno de carne adobada debía ser considerable, el sujeto miraba fijamente a Ju-won en una postura inmóvil.

Ju-won ignoró esa mirada hacia él cuyo significado no podía comprender y arrastró la silla a la que se había subido antes. Incluso mientras ponía la silla en su lugar, sintió la mirada pegada persistentemente a su nuca.

Existen dos tipos de miradas descaradas: el interés y el desprecio. Viviendo veintidós años de vida como un omega desdichado, se había enfrentado a innumerables momentos en los que debía interpretar la mirada ajena. Ju-won solía esforzarse, por lo general, para verse bien, esperando que la mirada ajena que se le pegaba fuera un interés nacido del agrado. Sin embargo, en ocasiones ese esfuerzo era tan agotador que simplemente deseaba que lo despreciaran.

Y ahora, no le importaba en absoluto. No le quedaban fuerzas para preocuparse por los demás.

Al mismo tiempo que Ju-won empujaba la silla hacia la mesa, las puertas del salón se abrieron. Entraron los clientes que habían estado haciendo fila desde la hora de apertura en un día de semana. Quizás gracias a que el año pasado el lugar fue presentado en un programa de búsqueda de restaurantes famosos, se veían muchos clientes jóvenes a pesar de ser un buffet coreano.

En cuanto entraron al salón, Ju-won se paró en un rincón con las manos cruzadas atrás, esquivando a los clientes que recorrían el mostrador llenando sus platos con comida. Ju-won observó con frialdad a las personas que, sentadas en grupo alrededor de las mesas, charlaban alegremente mientras comían los platos que colmaban sus platos.

Tenía hambre. Los pocos trozos de carne adobada que había picoteado mientras alimentaba a Seung-on por la mañana ya se habían digerido hacía tiempo. Ju-won, haciendo fuerza en su abdomen que rugía anunciando el hambre, miró de reojo hacia un lado. Al final de la fila de varios empleados que, al igual que él, esperaban con las manos atrás a que aparecieran platos vacíos, estaba el delincuente. Él estaba mirando a Ju-won. Ju-won, quien también lo observó con expresión neutra, esta vez volvió a girar la cabeza primero.

 

La desventaja del trabajo en el buffet coreano era que salían muchos platos vacíos. Al recorrer el amplio salón sin descanso recogiendo platos, la fina camisa se empapaba de sudor en apenas una o dos horas. Cerca del final del horario de almuerzo, incluso el desodorante de feromonas que se había rociado en abundancia desde la coronilla hasta los pies dejaba de surtir efecto. Tratar de no acercarse a las mesas donde hubiera clientes alfas era la única manera de evitar que le buscaran problemas sin motivo.

Sin embargo, era imposible escapar de toda la mala suerte. Un cliente que bajó sus palillos manchados con polvo de ají como si los arrojara, sujetó de repente la mano de Ju-won mientras este apilaba los platos vacíos sobre su muñeca. Ju-won detuvo sus movimientos y miró al cliente. Un hombre que parecía estar en sus treinta sonreía mientras se limpiaba la comisura de los labios manchada de adobo con una servilleta. Seguía sin soltar la mano de Ju-won.

“Quiero que nos hagamos amigos, dame tu usuario de redes sociales.”

“No uso de esas cosas.”

Ju-won torció el brazo intentando liberar la mano atrapada tras responder en voz baja. Ante esto, el hombre la apretó con más fuerza.

“¿En serio?”

El hombre volvió a preguntar en tono burlón. Sus acompañantes sentados a la mesa hacían gestos con las manos como para detenerlo, pero todos se reían. Tras captar el ambiente de la mesa, Ju-won respondió una vez más con voz monótona.

“No lo uso.”

“Ay, por favor, ¿quién no usa redes sociales hoy en día?”

“…….”

“Está bien. Pero...”

Los ojos del hombre, que hasta hace un momento sonreían con amabilidad, se afilaron de repente.

“¿Por qué respondes de forma tan maleducada? ¿Siendo un simple empleado?”

En el instante en que Ju-won aplicaba fuerza para retirar su mano y evitar responder a una provocación de tan bajo nivel, el hombre la soltó justo a tiempo. Ju-won, perdiendo el equilibrio por el cambio repentino de peso, cayó al suelo junto con los platos que tenía apilados en un brazo. La comida que quedaba en los platos saltó por todas partes y todas las miradas del bullicioso salón se centraron en él.

“…….”

Ju-won observó cómo una papilla blanca espesa chorreaba por el pecho de su camisa negra y luego levantó la vista hacia la mesa. El hombre, que se carcajeaba con sus amigos, se arrodilló frente a Ju-won con una servilleta en la mano al cruzar miradas. Luego, dijo como si estuviera siendo generoso:

“Está bien. Cualquiera puede cometer un error.”

“…….”

El hombre limpió con la servilleta la papilla que escurría por la camisa de Ju-won. El tacto de su mano presionando contra su pecho tenía una clara intención de acoso.

Era un patrón familiar. Ju-won no sentía ningún tipo de impacto ante las tretas baratas de 'ellos', quienes no dudaban en acosarlo sexualmente o menospreciarlo por ser un omega de contextura pequeña. No valía la pena reaccionar a cada incidente, ya que así había sido la mayor parte de sus veintidós años de vida.

Apretando los labios como si contuviera una risa y mirando inexpresivo al hombre que solo manoseaba su pecho con la servilleta, Ju-won soltó un suspiro por la nariz y le apartó la mano de un golpe. Sin embargo, la mano del hombre regresó enseguida al mismo lugar y frotó su pecho de forma aún más descarada. Ju-won abrió la boca mientras lo fulminaba con la mirada.

“Basta….”

Antes de que Ju-won pudiera terminar la frase, ese rostro que fingía una simpatía asquerosa salió volando hacia un lado. Al mismo tiempo que el hombre caía rodando y chocaba contra la pata de la mesa donde estaban sus amigos, la mesa se sacudió violentamente y un vaso de plástico se cayó.

“…….”

Ju-won miró con ojos muy abiertos sus zapatillas, que habían quedado hechas un desastre por las salpicaduras de la gaseosa que contenía el vaso. El dueño de las zapatillas ensuciadas era el beta delincuente. Y en ese instante, el nombre del delincuente que se había borrado de su mente regresó.

Gye Seung-chan… creo que era.

Mientras Ju-won recordaba el nombre, Seung-chan agarró por la nuca al hombre que estaba tirado bajo la mesa. El hombre, desconcertado, forcejeó mientras se tocaba la parte posterior del cuello.

“¡Mierda, qué pasa!”

“Si vas a comer, dedicate solo a comer. Deja de hacer estupideces.”

Sujetándolo por la nuca, Seung-chan lo levantó y alzó la mano sobre su cabeza como si fuera a darle una bofetada en cualquier momento. Entonces Ju-won, que ya se había levantado, sujetó con firmeza la muñeca de Seung-chan, donde brillaba una pulsera. Consciente de las miradas a su alrededor, Ju-won intentó disuadirlo en voz baja.

“Ya está, basta….”

“…….”

Seung-chan, que miraba desde arriba al hombre que temblaba con los ojos desorbitados por el miedo, giró lentamente la cabeza. Al mirar a Ju-won, Seung-chan bajó la vista de reojo hacia su muñeca. En cuanto confirmó que la mano de Ju-won sujetaba su brazo, frunció el ceño y lanzó al hombre lejos de un tirón por la nuca. Luego, con el brazo aún sujeto por Ju-won, se acercó más a él. Ju-won miró directamente hacia arriba a Seung-chan, quien proyectaba una sombra sobre él.

“…….”

“…….”

Aquel rostro de rasgos bien definidos que emanaba un aire rebelde se quedó mirando fijamente a Ju-won, antes de que su expresión se endureciera con frialdad y dijera:

“¿Dónde crees que tocas, maldito omega de mierda?”

Ju-won comprendió intuitivamente qué significaba la mirada con la que Seung-chan lo observaba desde la mañana. Desprecio. El significado de esos ojos cargados de una burla hacia el otro era, claramente, desprecio.

“…….”

Tras mirar con indiferencia aquel rostro que le bloqueaba el paso, Ju-won soltó la muñeca de Seung-chan. Luego se agachó y recogió, uno por uno, los platos caídos en el suelo y el vaso que estaba tirado junto a la zapatilla salpicada de gaseosa.

A pesar de estar en el centro del alboroto, las miradas de ambos hombres siguieron a Ju-won, quien se mantenía indiferente como si fuera un asunto ajeno. En el momento en que el hombre, rodeado por sus amigos y respirando agitado por la furia, estaba por lanzar un insulto hacia Ju-won que intentaba retirarse, la mano de Seung-chan se adelantó primero.

Cuando esa mano grande lo tomó del brazo para hacerlo girar, Ju-won miró a Seung-chan con ojos secos. Seung-chan frunció el rostro y soltó una risa incrédula, como si no pudiera dar crédito a lo que veía.

“¿Simplemente te escapas?”

“…….”

“¿A dónde vas? Si te ayudé, deberías encargarte de limpiar el desastre. Es tu trabajo.”

A Ju-won le pareció extraño que Seung-chan, después de ayudar a un omega despreciable y actuar como si fuera a golpearlo si no desaparecía de inmediato, ahora lo sujetara diciéndole que limpiara. Pero, por otro lado, pensó que era una actitud acorde a su aire de delincuente. Según su vasta experiencia, ese tipo de personas que solo tienen rebeldía en la cabeza suelen actuar según su estado de ánimo, sin lógica ni contexto.

Y tratar con ese tipo de personas no es tan difícil. Solo hay que seguirles la corriente. Ni siquiera hace falta mostrar sinceridad; para ellos, lo único importante es sentir que han movido al otro a su voluntad.

Ju-won dejó los platos y el vaso que sostenía sobre la mesa, tomó una servilleta y se puso en cuclillas en el lugar. Con la misma servilleta con la que el cliente se había limpiado la boca hace un momento, limpió la zapatilla de Seung-chan salpicada de gaseosa.

Tras quitar superficialmente la mancha de gaseosa, Ju-won se puso de pie, levantó la cabeza y preguntó:

“¿Ya está?”

“Ja….”

“Y yo nunca te pedí que me ayudaras.”

Dijo Ju-won en un tono carente de emoción mientras recogía los platos que le faltaba limpiar. Las pupilas de Seung-chan siguieron lentamente los movimientos de Ju-won. Justo cuando esa mirada cargada de asombro, como si estuviera frente a algo que veía por primera vez en su vida, volvía a transformarse en una de menosprecio, apareció el mánager corriendo.

El hombre, que se había quedado pasmado perdiendo el momento justo para intervenir en la conversación entre Seung-chan y Ju-won, gritó en cuanto apareció el mánager como si lo hubiera estado esperando. Alzó la voz alardeando de lo importante que era, mientras soltaba insultos vulgares que contradecían la reputación que él mismo se atribuía. Su furia por recuperar el orgullo herido ante tantos espectadores se volvió cada vez más parecida al berrinche de un niño.

Para cuando la furia del hombre, disfrazada de una queja legítima, se convirtió en un disturbio con exigencias de compensación desmedidas, la atmósfera del salón se calmó gracias a la intervención de la seguridad privada; sin embargo, Ju-won no pudo evitar la entrevista con el mánager.

El mánager, que caminaba de un lado a otro en el pequeño cuarto de descanso, se volvió hacia Ju-won.

“El costo de la vajilla se cubrirá con tu paga de hoy. Como tengo que pasar el pago para su aprobación, luego me lo devuelves en efectivo...”

“Son de plástico, así que no se rompió ni un solo plato ni vaso.”

Refutó Ju-won con rostro inexpresivo, parpadeando con pesadez por el cansancio acumulado. El mánager se le quedó mirando fijamente como si se tomara un tiempo, y luego abrió la boca soltando un suspiro como si acabara de recordarlo.

“Ah, ¿era así? Entonces por el mantel y los gastos de lavandería de la ropa del cliente.”

“…….”

No ignoraba que era injusto. La injusticia era algo que Ju-won había aprendido incluso antes que a hablar al nacer en este mundo. Porque conocía la injusticia mejor que nadie, Ju-won decidió no contraatacar hoy tampoco.

El mánager, ante el silencio de Ju-won, buscó su consentimiento respecto al pago de la jornada.

“¿Habías dicho que mañana también te postularías para el trabajo?”

Eran solo palabras distintas para un mismo significado. La injusticia encadenada era algo que, una vez que empezabas a enfrentar, te obligaba a abrirte paso por un camino sin final a la vista. Para Ju-won, era más cómodo evitarla que intentar abrirse camino.

El mánager, tras echarle una mirada rápida a Ju-won, quien permanecía con la vista baja y sin reaccionar, chasqueó la lengua.

“Ese maldito delincuente tuvo suerte. Si el otro hubiera traído un certificado médico más tarde, habría sido un problema, pero en cuanto mencioné las cámaras de seguridad, dijo que lo dejaría pasar.”

Ju-won se limitó a escuchar en silencio el parloteo del mánager.

“Él también tenía la conciencia sucia. Menudo cliente... Por eso, sin importar el género secundario, lo mejor es no involucrarse con tipos problemáticos, ¿no cree?”

“…….”

“En fin, tanto ese delincuente como el cliente están en la lista negra y no podrán acercarse por aquí, así que no se preocupe, Yang Ju-won. Nos vemos mañana a la misma hora.”

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Ju-won asintió levemente y se dispuso a darse la vuelta, pero el mánager extendió el dedo índice. Su dedo grueso se acercó tanto que casi rozó la mancha de papilla en el pecho de la camisa de Ju-won. Al notar el movimiento cargado de segundas intenciones, Ju-won salió apresuradamente del cuarto de descanso.

Caminaba a paso rápido por el pasillo cuando se detuvo en seco.

“…….”

Seung-chan, ya vestido con su ropa de calle, estaba parado frente al ascensor de empleados. A juzgar por su cambio de ropa, parecía que, tal como había dicho el mánager, se marchaba sin haber completado su turno. Seung-chan, que esperaba el ascensor sosteniendo su teléfono mientras este subía desde los pisos subterráneos, giró el cuerpo hacia atrás como si hubiera sentido una presencia.

Por un instante, Ju-won pensó que Seung-chan podría arremeter contra él. El hecho de que se hubiera ido a las manos primero era por su propia naturaleza rebelde, pero aun así, al haber perdido su empleo por verse involucrado en un asunto ajeno, Ju-won pensó que al menos soltaría algún insulto sarcástico. Sin embargo, al contrario de lo esperado, Seung-chan desvió la mirada con indiferencia tras verlo.

Ju-won observó por un momento la espalda de Seung-chan mientras este miraba su teléfono esperando el ascensor. Después de haberle gritado que se encargara de la limpieza, ¿acaso no tenía quejas por haber sido despedido? Era igual que antes: lo ayudó en una situación difícil para luego lanzarle una mirada de desprecio. Sus criterios para la ira eran difusos.

Ju-won no tenía intención de averiguar dónde trazaba sus límites aquel beta delincuente. No tenía energía para gastar en alguien con quien no volvería a cruzarse. Tras observarlo un instante, Ju-won giró la cabeza y volvió a caminar para regresar al salón que había dejado vacío.

Como de costumbre, su turno en el buffet terminó a las 4:00 de la tarde. Tras cambiarse, le devolvió al mánager más de la mitad de su paga diaria bajo el concepto de 'gastos de lavandería'. Sabía perfectamente que ese dinero terminaría en el bolsillo del mánager, pero su situación no le permitía protestar ni renunciar hasta encontrar otro empleo.

Se dirigió a su siguiente trabajo pedaleando en su bicicleta, que llevaba instalada una silla para niños. El viento soplaba con fuerza debido a la velocidad, despeinando su flequillo. Aunque el clima no se sentía frío por la mañana, al pedalear bajo el cielo donde el sol ya se había ocultado, su frente y sus mejillas se tiñeron rápidamente de rojo.

Ju-won entró en una tienda de conveniencia ubicada cerca del jardín de Seung-on, se quitó la campera y se puso el chaleco del uniforme. El encargado de la tienda, que esperaba el relevo, apenas devolvió el saludo de Ju-won antes de marcharse a toda prisa. Era un hombre obsesionado con el ping-pong y el bowling; el trabajo de Ju-won consistía principalmente en cuidar la tienda en lugar del encargado hasta las 7:00 de la tarde, horario en el que este podía escapar de la vigilancia de su esposa.

Tras frotarse el rostro frío para entrar en calor, Ju-won se sentó en el mostrador y se colocó un auricular en un solo oído. Luego, se quedó mirando fijamente el teléfono que había apoyado en un rincón del mostrador. En la pantalla se reproducía un video titulado: ‘Guía obligatoria del Refugio Omega Rayito de Sol - capítulo. 8’.

Después de dar a luz a Seung-on a los veinte años durante el verano, Ju-won dependió por un tiempo de la ayuda de una trabajadora social de un centro de bienestar, hasta que en otoño se mudó con su hijo al refugio para omegas. Para poder permanecer allí, era obligatorio ver los videos educativos producidos por el refugio a una hora determinada cada día. Su trabajo de medio tiempo en la tienda no era tanto por el dinero, sino porque no quería desperdiciar el tiempo mientras veía los videos.

“…….”

Poco a poco, los ojos de Ju-won, fijos en la pantalla, dejaron de parpadear. A excepción de las tres o cuatro horas que dormía por la madrugada, Ju-won siempre estaba en movimiento. Los días de semana en el buffet y en la parrilla. Los fines de semana, cuando trabajaba haciendo entregas, recorría todas las calles del barrio. Solo en este momento, el único en el que no tenía que mover ni un dedo, el sueño acumulado caía sobre él de forma abrumadora.

Sus grandes pupilas, que habían perdido el foco, se cerraron a medias. Justo cuando sus párpados, tan pesados que ya no podía levantarlos por su propia cuenta, temblaban levemente entre sus largas pestañas a punto de cerrarse por completo, se abrió la puerta de la tienda.

Unos pasos pesados cruzaron los estantes de productos y se detuvieron justo frente al mostrador.

“Cigarrillos.”

“…….”

Con la mitad de su conciencia ya perdida en el otro lado, Ju-won se esforzaba únicamente por enfocar la pantalla del teléfono, que veía doble o triple. Entonces, una mano se extendió de repente desde el otro lado del mostrador y tiró con fuerza del cable del auricular que llevaba puesto en un solo oído.

“……!”

Ju-won, que se había sumido en un estado de duermevela estando de pie, abrió los ojos de par en par y miró hacia adelante. El delincuente que había visto en el buffet hace unas horas estaba parado al otro lado del mostrador, sujetando el cable del auricular.

“Un Malboro Rojo.”

Mencionó el nombre de los cigarrillos y soltó el auricular. Eso fue todo. Parecía haber olvidado por completo lo ocurrido en el buffet. O quizás había olvidado su rostro.

Ju-won miró a aquel rostro que estaba parado en una postura encorvada, con la capucha de un buzo gris puesta bajo su campera de aviador, y dijo:

“Identificación.”

“Ya me viste hace un rato.”

Como si no hubiera olvidado su rostro, Seung-chan respondió con tono fastidiado mientras jugueteaba con su teléfono. Ju-won entendió que se refería a que el encuentro en el buffet —un trabajo de mesero al que solo podían postularse adultos— reemplazaba la verificación de identidad, pero en lugar de sacar los cigarrillos, se limitó a observar a Seung-chan.

“…….”

Ante la falta de acción de Ju-won, el dedo que jugueteaba con el teléfono se detuvo. Seung-chan fijó una mirada apática en Ju-won y metió la mano en el bolsillo interno de su campera. Luego, le puso justo delante de la nariz la identificación que sacó de una billetera de cuero con el logo de una marca de lujo grabado.

“…….”

Ponerle la identificación tan cerca del rostro que apenas se podían leer las letras era una acción hecha con la intención de incomodar al otro. Ju-won, sin sentir la necesidad de reaccionar particularmente a esa mala broma, confirmó sin inmutarse el año de nacimiento, que era un año menor al suyo.

Seung-chan, que había extendido la identificación de forma amenazante, la guardó de nuevo en la billetera y arrojó una tarjeta de crédito sobre el mostrador. Ju-won se dio la vuelta, sacó los cigarrillos, los dejó sobre el mostrador tras completar el pago y miró a Seung-chan. Seung-chan también miró fijamente el rostro del omega, que no mostraba cambio alguno en su expresión.

Después de observarse el uno al otro en silencio por un momento, Seung-chan fue el primero en hablar.

“¿Tienes ojo seco? Me estás mirando mucho.”

“Retira la tarjeta.”

“…….”

Seung-chan, empujando el interior de su mejilla con la lengua para formar un bulto, retiró la tarjeta que estaba insertada en la terminal mientras observaba a Ju-won. Ju-won ignoró a Seung-chan, quien no se movía de su lugar a pesar de haber tomado ya su caja de cigarrillos, y se colocó el auricular en el oído. La voz del instructor en el video que se había interrumpido fluyó nuevamente hacia su oído.

Lo más importante cuando nuestros padres o madres solteros solicitan beneficios de bienestar es que el nivel de apoyo económico de la otra parte también entra en la evaluación. Es una lástima cuando alguien queda fuera de la selección final a pesar de no tener contacto…….

“Oye.”

“…….”

“Oye.”

Ju-won levantó la cabeza para mirar a Seung-chan sin quitarse el auricular. La voz del instructor que salía del auricular y la voz arrogante del delincuente se mezclaron.

“He estado aguantando hasta ahora porque tenía mis motivos.”

No tienen por qué temer en absoluto el salir a la sociedad. Solo deben seguir los procedimientos. Con orgullo…….

“Pero me caes jodidamente mal.”

Seung-chan, sosteniendo la caja de cigarrillos a la altura de sus ojos, la inclinó ligeramente para señalar a Ju-won con una de sus esquinas mientras asentía apenas con la cabeza. Al comprender el gesto, Ju-won se quitó el auricular, y Seung-chan, como si hubiera estado esperando ese momento, soltó una última advertencia en voz baja.

“Si vuelves a aparecerte ante mis ojos hoy, estás muerto.”

“…….”

Ju-won se quedó observando en silencio su espalda mientras este se daba la vuelta y salía de la tienda. Por alguna razón, le resultó extraño que, siendo un delincuente, no hubiera buscado pelea de forma más directa. Al final, resultaba que iba a actuar así. Pero, ¿desde cuándo?

[He estado aguantando hasta ahora porque tenía mis motivos.]

¿Había sido desde el momento en que sus miradas se cruzaban de reojo? ¿Desde que se metió en la pelea con aquel cliente? ¿En el ascensor? ¿O al pagar los cigarrillos?

Frunciendo el ceño, Ju-won enrolló el cable del auricular en su dedo mientras desviaba la vista por un instante. Le parecía absurdo que Seung-chan pensara que, en la inmensidad de Seúl, volverían a cruzarse por pura casualidad, posponiendo así el momento de buscarle pelea. Tras reflexionar brevemente sobre los peculiares criterios de Seung-chan, tal como había hecho frente al ascensor, su rostro recuperó su habitual expresión de indiferencia.

Tras terminar su turno en la tienda, Ju-won fue al jardín de infantes a buscar a Seung-on, pero decidió posponer la entrevista con la directora. Los costos de las clases en el centro de desarrollo que había investigado durante su turno en la tienda eran exorbitantes. Aunque le habían dicho que la consulta inicial era gratuita, no se sentía con la confianza necesaria para afrontar lo que vendría después.

Aun así, pensó en pedir el número de teléfono del centro. Sin embargo, en cuanto la directora mencionó la palabra 'terapia psicológica', Ju-won salió apresuradamente de la oficina con Seung-on, casi como si estuviera huyendo. Fue porque intuyó que la terapia que sugería la directora no era para el niño, sino para él.

De regreso al refugio con Seung-on, Ju-won preparó la cena con dos o tres platos que había comprado en una tienda de guarniciones. En la mesa, donde lo único hecho por sus propias manos era un huevo frito, colocó un cuenco de arroz instantáneo. Comparado con el almuerzo que el niño recibía en el jardín, aquella comida debía ser muy pobre, pero Seung-on comía con entusiasmo, moviendo sus mejillas regordetas.

Mientras Ju-won comía un bento de la tienda de conveniencia que tenía la etiqueta de descarte, cortó un trozo pequeño de panqueque de papa y lo puso en el cuenco de Seung-on. El niño, que masticaba con cuidado mientras movía sus palillos sujetos por sus dedos pequeños, tomó un trozo de carne del estofado y lo dejó en el bento de Ju-won.

“Cómelo tú….”

Ju-won le devolvió la carne al cuenco de Seung-on, recogió su bento sin haberlo terminado y se levantó. Los ojos de Seung-on, excepcionalmente redondos y parecidos a los de Ju-won, lo siguieron en silencio mientras este salía de la habitación.

En el baño, Ju-won comenzó a llenar un gran fuentón de goma con agua mientras el niño terminaba de comer. Tenía que esperar un largo rato para que saliera agua lo suficientemente caliente como para bañar a Seung-on. Con una mano sumergida en el fuentón para comprobar la temperatura, se quedó mirando fijamente el débil chorro de agua.

Tenía hambre aunque no quería comer, y el cansancio lo abrumaba aunque no quería estar cansado; así transcurrían sus días. Esta rutina continuaría hasta que encontrara un lugar donde vivir tranquilo con Seung-on. Solo tenía un sueño vago, sin ninguna promesa de cumplimiento. No quería agotarse, pero el cansancio lo vencía una y otra vez.

Tras bañar temprano a Seung-on y dejarlo listo para dormir bajo el cuidado del 'hyung' omega de la habitación de al lado, salió del refugio. Subió al colectivo y, por costumbre, buscó un asiento en la parte trasera. A través de la ventana, el paisaje nocturno de la ciudad pasaba a toda velocidad. Luces que no tenían nada que ver con él, canciones que no tenían nada que ver con él, personas que no tenían nada que ver con él. Ju-won no prestó atención a nada ajeno y se limitó a mirar sus propias manos apoyadas sobre sus muslos.

Debido al eccema que le había salido desde que empezó a trabajar lavando platos en un restaurante de costillas que abría hasta la madrugada, la piel de sus palmas estaba blanca e hinchada, pelándose como si fuera una costra. Por más que usara guantes de goma o se pusiera vaselina, no servía de nada después de pasar horas lavando platos sumergidos en agua caliente sin descanso.

Ju-won sorbió un poco por la nariz y frotó sus palmas ásperas por la piel descascarada.

Si Seung-on pudiera asistir al centro y hablar correctamente como los otros niños, tal como sugirió la directora del jardín, encontraría la forma de pagar las clases. Lo que realmente le preocupaba a Ju-won no era el dinero.

'¿Y si estás enfermo por mi culpa?...'

Fumó. También bebió. Hizo de todo sin saber que estaba embarazado. Como pensaba que su vida, nacida para terminar en un cubo de basura, jamás podría ser normal, el Ju-won de diecinueve años, muerto de miedo, solo tomó decisiones estúpidas. Que Seung-on tardara en hablar era probablemente por su culpa. No, seguramente. Seguramente era culpa de Yang Ju-won.

Nunca se había arrepentido de haber tenido a Seung-on. Al contrario, era el único orgullo de su vida. La sola existencia del niño demostraba que Ju-won era una persona diferente a su propio padre biológico, aquel hombre al que había deseado matar muchas veces. Por eso, Ju-won no se arrepentía de haber decidido hacerse responsable de él.

Sin embargo, le invadía la ansiedad de no saber si estaba cumpliendo con esa responsabilidad de forma adecuada, o si por más que se esforzara, siempre resultaba insuficiente. La responsabilidad no tiene un 'final' a la vista, y como su cuerpo y su mente se agotaban constantemente, temía no ser capaz de cumplir con su deber hacia Seung-on.

Tras pasar varias horas lavando platos, el delantal resultaba inútil. El primer día que trabajó allí por pura ignorancia, tuvo que volver a casa con los pantalones tan empapados que parecía haber tenido un accidente. Menos mal que era de madrugada y había poca gente en la calle.

Ju-won entró en la habitación interior del local y se quitó la ropa empapada por la cabeza. En el espejo de cuerpo entero que el dueño tenía allí, se reflejó su cuerpo desgarbado. Su piel estaba tan blanca como la de un cadáver, pero su rostro, expuesto al vapor caliente mientras lavaba los platos, estaba de un rojo intenso, dándole un aspecto extraño.

Al verse en el espejo, Ju-won sacó ropa limpia de su bolso con movimientos rápidos, como si alguien lo persiguiera. Escondió su cuerpo delgado metiendo la cabeza en una polera negra.

Había nacido pequeño, incluso para ser un omega. Después de eso, su cuerpo nunca creció de forma notable. Era lógico. Jamás había experimentado la sensación de tener el hambre saciada, ni física ni emocionalmente. No había forma de que su cuerpo o su mente crecieran. Por eso se esforzaba tanto por criar a Seung-on, que se le parecía, para que creciera grande y fuerte, a diferencia de él, pero le resultaba muy difícil.

Cuando Ju-won salió de la habitación, lo recibió el sonido de risas alegres. En el salón, donde ya no quedaban clientes, el dueño estaba asando carne. A veces, al terminar el turno nocturno, el dueño preparaba comida para los empleados. Era un adulto de una generosidad y paciencia poco comunes entre las personas que Ju-won había conocido en su vida.

Los 'hyungs' que trabajaban con Ju-won limpiando las parrillas en la cocina le hicieron una seña.

“Ju-won, ven aquí.”

“Ah, yo... tengo que irme….”

Ju-won murmuró en voz baja mientras jugueteaba con la correa de su bolso. Al verlo, el dueño soltó las pinzas con las que asaba la carne para los empleados y corrió hacia la cocina. Salió enseguida con una bolsa de plástico en la mano y, antes de que Ju-won pudiera negarse, abrió el cierre del bolso que colgaba de su espalda y metió la bolsa dentro.

“Lleva esto para que coma Seung-on.”

Su voz, al susurrar para que los otros empleados no oyeran, era siempre igual de cariñosa y prudente. El dueño no olvidó añadir una risa ligera para que Ju-won pudiera aceptar el gesto sin sentirse demasiado comprometido. Y hoy, agregó algo más:

“También puse bastante carne y de las guarniciones que sobraron hoy. Mañana tienes el día libre, ¿no?”

“Sí….”

“No se lo des todo a Seung-on, ¿eh? ¡Ju-won, tú también tienes que comer!”

“Gracias….”

El dueño le dedicó una sonrisa a Ju-won mientras este hacía una reverencia, pero de repente frunció el ceño y dijo:

“¿Pero por qué estos chicos no entran de una vez? La carne se va a quemar, de veras.”

Con las manos en la cintura, el dueño hizo un sonido de desaprobación y se dirigió a la mesa de al lado de donde comían los otros empleados. Ahora que se fijaba, había una parrilla encendida en una mesa vacía. Ya habían pasado treinta minutos desde que el último cliente se había ido tras el cierre del local. Ju-won echó un vistazo al local para ver de quién era la carne que se estaba asando y soltando humo, y pronto reconoció al dueño.

La puerta automática se abrió y, por cuarta vez en un solo día, apareció ese rostro. Ju-won, parado frente al mostrador, miró fijamente a Seung-chan, quien entró desprendiendo un fuerte olor a alcohol. Seung-chan, que caminaba con paso tambaleante, frunció el ceño al descubrir a Ju-won.

“Ah, maldita sea….”

Murmurando un insulto con una risa sarcástica, Seung-chan se plantó frente a Ju-won y lo miró de arriba abajo con una expresión llena de fastidio.

“¿No te dije que no te aparecieras ante mis ojos?”

“…….”

“Te dije que, si lo hacías, estabas muerto.”

El dueño, que estaba asando la carne, corrió hacia ellos y golpeó el brazo de Seung-chan mientras tiraba de él. Sus movimientos fueron rápidos y precisos, como si hubiera presentido lo que estaba a punto de ocurrir.

Sacudiendo repetidamente el brazo de Seung-chan, quien no se movía ni un centímetro, el dueño intentó calmarlo con tono conciliador.

“¿Qué te pasa ahora? Ju-won es nuestro empleado.”

Ante la voz del dueño intentando detener la pelea, los ojos de Seung-chan brillaron con más intensidad. Sin apartar su mirada fija de Ju-won, Seung-chan dijo:

“¿Tanto dinero quieres ganar, tía? ¡Maldita sea, cómo se te ocurre meter a un omega en el local!”

Gritando con fuerza mientras se giraba hacia el dueño, Seung-chan estiró una mano y arrebató el bolso de Ju-won. Ju-won, arrastrado por la fuerza de Seung-chan que tiraba de su bolso sin siquiera mirarlo, se vio obligado a dar unos pasos. Aunque no tenía el cuerpo robusto de un alfa, su fuerza de agarre no era algo que pudiera ignorarse.

Tras arrastrar a Ju-won fuera del local, Seung-chan lo sujetó con fuerza por la nuca e inclinó el torso para acercar su rostro al suyo. Un tenue olor a cigarrillo, que no se sentía cuando estaban parados frente a frente, emanó de él.

“Oye.”

Sin amedrentarse ante el llamado amenazante, Ju-won levantó la vista con sus grandes ojos y miró fijamente a Seung-chan. Entonces, las pupilas del delincuente, cargadas de pura rebeldía, le lanzaron una última advertencia.

“No vuelvas a aparecer por aquí a partir de mañana. Solo de verle la cara a un omega como tú, maldita sea, siento que se me revuelve el estómago y me voy a morir.”

“…Muérete.”

“¿Qué?”

Su rostro al preguntar de vuelta se veía desconcertado. Ju-won apartó con todas sus fuerzas el brazo de Seung-chan, que le apretaba el cuello dolorosamente. Luego, le habló con voz baja y pausada, marcando cada palabra.

“Si sientes que te vas a morir, muérete. ¿Y a mí qué?”

“Ha….”

“…….”

“¡Este maldito loco de mierda…!”

Justo cuando Ju-won fruncía el ceño por instinto ante el aumento del tono de voz, tres o cuatro hombres que venían caminando desde atrás del edificio tirando colillas de cigarrillos divisaron a Seung-chan acercándose a Ju-won y corrieron hacia ellos al mismo tiempo. Uno de ellos abrazó a Seung-chan por la espalda y gritó:

“¡Ay, Gye Seung-chan! ¡Hijo de puta! ¡¿Por qué te pones así en el local de tu tía?!”

“Seung-chan, estás borracho. Vamos a nuestra casa, ¿eh?”

Dos personas más se abalanzaron sobre Seung-chan, quien seguía fulminando a Ju-won con la mirada. Ju-won observó a Seung-chan mientras este era arrastrado hacia atrás por sus amigos y se acomodó el bolso que se había desordenado. En ese momento, el dueño salió del local y soltó un suspiro mientras el grupo de Seung-chan se alejaba. Luego, examinó a Ju-won con mirada preocupada.

“¿Estás bien? ¿No te lastimaste?”

“Estoy bien….”

“Me va a volver loca, de veras…….”

Llevándose una mano a la cabeza, el dueño acomodó el cuello de la polera de Ju-won, que se había estirado, y dijo:

“Pensé que sentaría cabeza tras ir al ejército, pero después de recibir la baja estuvo desaparecido un mes entero, y apenas aparece, hace esto…….”

“…¿Quién es él?”

El dueño, que arreglaba la ropa de Ju-won con cariño, abrió mucho los ojos. En los meses que llevaba de conocerlo, era la primera vez que veía al joven empleado mostrar curiosidad por algo. Al ver que aquel rostro que, de forma impropia para sus veintidós años, parecía no tener interés ni entusiasmo por nada en el mundo, expresaba una duda personal, el dueño se apresuró a responder.

“Mi sobrino. Es mi sobrino.”

“Ah….”

Ju-won, que había llegado a pensar que se trataba de algún hijo oculto del dueño soltero, asintió levemente. El dueño miró hacia el callejón por donde había desaparecido Seung-chan y dijo con voz amarga:

“El chico tiene una historia familiar complicada, por eso se altera un poco cuando ve a un hombre omega…. Pero eso es asunto suyo. No está bien comportarse como un salvaje con cualquiera. Lo siento.”

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Ju-won miró fijamente al dueño, que se disculpaba en lugar de Seung-chan, y frotó sus palmas blancas e hinchadas por haber lavado platos durante horas con los guantes de goma filtrando agua, mientras preguntaba con cautela:

“Entonces… ¿debería renunciar?”

“¿Eh?”

La voz de Ju-won, que de por sí era de pocas palabras y rara vez transmitía emociones claras, se alargó con vacilación. Era una voz carente de confianza.

“Siento que el dueño está en problemas por mi culpa…….”

El dueño era una buena persona. Pensando en el sustento de Seung-on, no podía decir que renunciaría tan fácilmente, pero no quería causar perjuicios a una de las pocas personas buenas que conocía. Aunque sabía que era un pensamiento lujoso que no encajaba con su realidad, Ju-won vivía una vida donde las buenas personas eran así de valiosas. Quería mantener intacta su relación con una buena persona, ya que era una experiencia realmente escasa y preciada.

El dueño palmeó el brazo de Ju-won, quien murmuraba sin poder terminar la frase con claridad, como para darle ánimos.

“No, no. No le hagas ni un poco de caso a lo que dijo él, Ju-won. ¿Entendido? Nos vemos el lunes, ¿sí?”

“Sí….”

Le dio vergüenza haber respondido tan rápido. Tras tocarse la oreja con timidez, Ju-won hizo una reverencia y se dio la vuelta. Tal vez por las guarniciones que le había dado el dueño, el bolso pesaba mucho más que cuando entró a trabajar. Ju-won revisó la hora en su teléfono y apresuró el paso.

Pasadas las 2:00 de la mañana, regresó caminando por las calles donde ya no pasaban colectivos ni subtes. Aunque sus piernas, que habían sufrido todo el día, estaban pesadas, podía aguantar; solo eran unos cuarenta minutos de caminata.

La baja temperatura de la madrugada enfrió el calor de sus mejillas enrojecidas. Ju-won metió ambas manos en los bolsillos de su campera y se encogió de hombros.

[El chico tiene una historia familiar complicada, por eso se altera un poco cuando ve a un hombre omega….]

Tenía un punto en común inesperado con aquel delincuente. Mientras caminaba por la calle silenciosa de la madrugada bajo una luna que ya se ocultaba, Ju-won recordó la imagen de Seung-chan: esos ojos con una rebeldía de hace tiempo, su forma amenazante de hablar, sus gestos arrogantes y el olor a alcohol, a cigarrillo y a perfume que emanaba de él. Y de pronto, su mente, que no solía tener energía para sentir curiosidad por los demás, se llenó de interés por Seung-chan como por arte de magia.

Ju-won odiaba a los omegas por culpa de su propio padre biológico. Por eso, se odiaba a sí mismo hasta la muerte por ser un omega igual que él. ¿Sería la historia del delincuente parecida a la suya? ¿Cuál sería su situación familiar? ¿Sería acaso más grave que la de él?

Las luces del mundo, las canciones y las voces de la gente no tenían nada que ver con él. Sin embargo, la historia familiar de aquel beta delincuente parecía estar cerca de la suya. Quizás por eso sentía curiosidad. ¿Por qué Gye Seung-chan, siendo un beta, había empezado a odiar a los hombres omega?

El camino de madrugada que siempre recorría absorto y distraído se llenó, por primera vez en mucho tiempo, de pensamientos ajenos a las preocupaciones por el dinero.

* * *

Le retumbaba toda la cabeza, como si alguien le hubiera propinado un fuerte golpe en la nuca. Frunciendo el entrecejo, Seung-chan abrió los ojos soltando un quejido de dolor. Tal vez porque no bebía desde hacía mucho, la resaca era terrible a pesar de no haber tomado tanto. O quizás era porque había bebido sumido en un humor de perros.

Ayer fue uno de esos días en los que nada parecía salir bien. Un puesto de trabajo que venía tanteando desde hacía una semana se terminó cayendo. Le habían dicho que, con solo hacerle un recado a unos matones, podría ganar una fortuna de un solo golpe, y aunque dudaba, al final las historias tentadoras resultaban ser casi siempre puros rumores.

Incluso en el trabajo donde reemplazó a Kyusung para ganar algo de dinero para el alcohol...

Recordó los ojos que había visto en la madrugada. Esas pupilas grandes que, con una mirada en la que no se podía hallar ni rastro de emoción, no habían evitado su vista hasta el final...

Sin importar cómo fueran los ojos de ese omega, no eran algo para andar recordando desde temprano. Seung-chan, incorporando su cuerpo que solo vestía ropa interior, se echó hacia atrás el cabello corto y revuelto con una mano mientras tanteaba al costado del colchón.

Rebuscó en los bolsillos de la campera de aviador que había dejado tirada de cualquier forma por los efectos del alcohol. Al ver la caja de cigarrillos, el pensamiento del omega que tanto se esforzaba por ahuyentar regresó de golpe. Guiñando un ojo mientras encendía el cigarro, Seung-chan reflexionó sobre aquel rostro desagradable con el que se cruzó en la tienda de conveniencia.

Tenía una cara molesta, igual que todos los hombres omega. No, en realidad, se veía especialmente más molesto que el resto. Era el más lindo de todos los hombres omega que había visto. Un rostro pequeño y afilado, con facciones que parecían haber sido esculpidas y colocadas a la perfección. Sus ojos grandes, la punta de la nariz alta y redondeada, y sus labios carnosos eran tan bonitos que se podía notar su género secundario a simple vista sin necesidad de pensarlo mucho.

Por eso, desde el primer momento en que vio a Ju-won en el buffet donde fue a cubrir a Kyusung, a Seung-chan no le gustó ese rostro que gritaba 'omega' por todas partes.

Seung-chan odia a los hombres omega. Le resultaba asqueroso y repugnante ver cómo perdían el juicio y se volvían locos por las feromonas. Si se trataba de las feromonas de un alfa, eran capaces de dejarlo todo de lado por puro éxtasis, comportándose peor que los animales. Los animales, al menos, se hacían responsables de sus propias crías. Eran una estirpe hedonista que no tenía ni una pizca de responsabilidad.

Los alfas no eran muy diferentes. Simplemente ocurría que su odio más profundo estaba vinculado a los hombres omega.

Tras dar varias pitadas seguidas al cigarrillo encendido, Seung-chan sacó el teléfono que estaba debajo de su almohada.

“Ah, maldita sea….”

Al ver el mensaje larguísimo que su tía le había enviado cerca de las 6:00 de la mañana, lo primero que soltó fue un insulto. Como el local cerraba pasadas las 3:00 de la madrugada, eso significaba que ella no había dormido ni un segundo.

Seung-chan dejó el teléfono y metió el cigarrillo, que ya se había acortado, en una botella de agua mineral que estaba junto al colchón. La colilla, al caer en el poco de agua que quedaba en el fondo, soltó un humo blanco mientras giraba sobre su propio eje.

Incluso cuando contaba los días para que le dieran la baja en el ejército, se juró que al salir a la sociedad ganaría muchísimo dinero para su tía, quien se había esforzado por criarlo durante dieciséis años sin que compartieran ni una gota de sangre. Pero el dinero no se ganaba solo por querer ganarlo. Cambió de planes y pensó que, si no podía ganar una fortuna, al menos intentaría comportarse como una persona decente, pero por culpa de ese omega de mala suerte, terminó dando una imagen poco confiable frente a su tía. Tanto la fortuna como el ser alguien decente se habían ido por la borda a tan solo un mes de su baja.

'Dicen que era un empleado... por mi tía, debería haber apretado los dientes y aguantado…'

Al recordar el altercado que tuvo con Ju-won estando borracho de madrugada, Seung-chan frunció el ceño con fuerza. Al hacerlo, sus cejas, que de por sí tenían una forma afilada, se torcieron aún más.

“Maldita sea, ¿cómo se supone que iba a aguantar eso?….”

En el local de su tía, a quien su padre omega —un loco perdido por el sexo con alfas— lo había abandonado siendo niño, no quería cruzarse ni con alfas ni con omegas. En cuanto vio la cara de ese omega en el local, sintió que la sangre se le subía a la cabeza, así que para él, el no haberle encajado un puñetazo a ese rostro que lo fulminaba con sus grandes ojos ya había sido aguantar lo suficiente.

Justo cuando recordaba las pupilas de Ju-won, que lo miraban fijamente hacia arriba con una mirada seca que parecía no soltar ni una lágrima aunque la exprimieran, sonó el timbre. Al mismo tiempo que Seung-chan echaba una mirada hacia la entrada, la puerta del baño se abrió apenas.

Kyusung, asomando el brazo por la rendija, gritó mientras agitaba la mano:

“Gye Seung-chan, ¿te despertaste? Pedí un caldo para la resaca, ve a buscarlo. Rápido.”

“Cierra la puerta, hijo de puta. Hay olor.”

“¡Te digo que vayas rápido! El último repartidor volcó todo y salió corriendo.”

Al ver a Kyusung sentado en el inodoro apurándolo con la mano afuera de la puerta, le brotaron los insultos. Mientras maldecía diciendo que el muy loco hacía de todo mientras cagaba, Seung-chan no tuvo más remedio que bajarse del colchón. Caminó dócilmente hacia la entrada, pero terminó pateando la puerta del baño al pasar.

“¡Agh!”

Kyusung gritó cuando se le trabó el brazo en la rendija de la puerta. Mientras escuchaba las quejas de Kyusung llamándolo malagradecido por dejarlo dormir en su casa, Seung-chan abrió de par en par la puerta de entrada que estaba cerrada con llave.

“…Ah, maldita sea.”

Murmurando un insulto como si fuera un lamento, Seung-chan inclinó la cabeza de lado al ver aquel rostro que parecía que se lo iba a tragar el casco. Fuera de la puerta estaba el omega que desde ayer venía crispándole los nervios, parado con un casco puesto en su cabecita. Al ver el casco, parecía que, de forma impropia para él, manejaba una moto; quizás por eso tenía las mejillas y el puente de la nariz rojos.

“Maldita sea, te dije que no quería verte y desde ayer estás en todos lados.”

Seung-chan, apoyando un hombro contra el marco de la puerta, soltó con acidez su impresión del reencuentro. Y como si no fuera suficiente, planteó una duda genuina:

“¿Estás desesperado por la plata? ¿En cuántos lugares trabajas?”

“…….”

Seung-chan frunció el ceño al ver que Ju-won, en lugar de responder, simplemente le tendía la bolsa del pedido. Al verlo sobrio, definitivamente tenía mala suerte. Ayer, cuando escuchó sus pocas respuestas, también le había parecido un pesado. Seung-chan se burló del omega, quien le caía mal tanto si abría la boca como si no.

“¿Me estás ignorando?”

“…….”

Ignorando a Seung-chan una vez más como si fuera alguien que no oía nada, Ju-won colgó la bolsa del pedido en el picaporte de la puerta de entrada. Luego, levantó el teléfono que había sacado del bolsillo de su campera a la altura de su rostro. Ante el sonido del 'clic' de la cámara, Seung-chan se cubrió la cara tarde.

“¿Qué haces, maldita sea? ¿Por qué me sacas una foto?”

A pesar de preguntarle el motivo, el omega se dio la vuelta con total descaro. Seung-chan se quedó atónito ante su comportamiento audaz, considerando que hace apenas unas horas lo había arrastrado y echado del local.

“Oye. ¿No tienes miedo?”

Lejos de responder, Ju-won ya se alejaba por el pasillo dándole la espalda mientras Seung-chan le gritaba:

“¡Hijo de puta, te pregunté por qué sacaste la foto!”

“¿Por qué estás gritando insultos a la calle desde temprano?”

Kyusung, que apareció de repente por detrás, tomó la bolsa del pedido que colgaba de la puerta. Mientras se llevaba el caldo para la resaca, Kyusung pensó que, con el carácter de Gye Seung-chan, ya había aguantado mucho habiendo pasado un mes desde su baja. No es que fuera un tipo malo por naturaleza, pero debido a su personalidad de perro, si no fuera por su tía la del restaurante de costillas, hace rato que entraría y saldría de la cárcel como si fuera su casa.

Es de los que se peleaban con chicos de secundaria desde que estaba en la primaria. No importaba qué tan grande o fuerte fuera el oponente, o qué tan desfavorable fuera la situación; si a él le parecía que algo no estaba bien, no lo dudaba ni un segundo y se lanzaba a armar un escándalo. Como actuaba como un perro rabioso que no reconoce ni a su dueño, desde sexto grado de primaria lo llamaban 'Gye Seung-chan' (Perro Seung-chan).

Kyusung, tras apoyar el caldo sobre la mesa que había desplegado frente al colchón, empezó a tararear mientras miraba la pantalla de su teléfono. Seung-chan se sentó de golpe junto a él, rompió el envoltorio de la cuchara descartable y lanzó una mirada de reojo a la puerta cerrada sin motivo aparente.

“Oye, ¡te sacaron una foto del pene!”

Kyusung, que sacaba fotos con entusiasmo desde varios ángulos, levantó de repente el teléfono frente a su cara. En la foto que avisaba que el pedido había sido entregado, aparecía la bolsa colgada en el picaporte junto con la parte inferior de un cuerpo que solo vestía unos calzoncillos. Seung-chan, tras pegarle un cuchara zo en la cabeza a Kyusung mientras este ampliaba la zona central donde las sombras se marcaban nítidamente por la luz del sol que entraba al pasillo, murmuró recordando aquella mirada descarada:

“Maldito loco de mierda.”

No sabía qué hacer con aquel omega que había aparecido de la nada, como si hubiera caído del cielo, y que llevaba dos días seguidos merodeando frente a sus ojos. Si se dejara llevar por su temperamento y se trenzaran a golpes, la diferencia de peso era demasiada; además, si su tía se enteraba de que le había dado una paliza a un empleado, el esfuerzo que ella hizo tras sufrir por una hernia de disco el año pasado podría irse por la borda de nuevo. Sin embargo, si lo dejaba pasar, estaba claro que el tipo no se iría del local de su tía. Podía imaginar lo bien que lo habría tratado ella, siendo una persona tan bondadosa como para criar a un mocoso abandonado por sus propios padres.

'Maldita sea, me cae fatal….'

Cuando llegaba el domingo, Ju-won terminaba su turno de la mañana en el buffet y alquilaba una moto en una agencia para trabajar como repartidor. Como el domingo también descansaba de su empleo nocturno en el restaurante de costillas, trabajar repartiendo comida hasta la madrugada le dejaba una ganancia bastante buena, incluso tras descontar la comisión del alquiler. Le pesaba en la conciencia tener que dejar a Seung-on todo el día al cuidado del hyung de la habitación de al lado, ya que era un día sin jardín de infantes, pero para juntar dinero tenía que ser un caradura.

Sin embargo, de haber sabido que se encontraría con aquel delincuente en un punto de entrega, se habría tomado el día libre. Por consideración a la dueña del restaurante, no quería generar más conflictos con su sobrino. Aunque Seung-chan no se veía tan amenazante como en la madrugada cuando estaba borracho, seguía ansioso por demostrar su mala voluntad hacia él. Ju-won optó por ignorarlo por completo y no responderle nada, esperando que eso fuera suficiente.

No sabía qué tipo de historia familiar lo había llevado a detestar a los omegas, pero, de todos modos, gente que odiaba a los poseedores de ese género sobraba incluso sin contar a Gye Seung-chan. Si su odio nacía de una experiencia similar a la suya, Ju-won prefería dejarlo pasar.

Cuando devolvió la moto y llegó al refugio, ya era casi medianoche. Al regresar más temprano de lo habitual, Ju-won golpeó de inmediato la puerta de la habitación contigua. Abrió con cuidado la puerta al no recibir respuesta. El hyung de al lado, vestido con pantalones cortos y una campera inflable, estaba frente a la computadora jugando videojuegos. Su plan para el futuro, una vez que saliera del refugio, era ganar dinero haciendo transmisiones de juegos. Aun así, ese hyung, que tenía un plan concreto, parecía estar en una mejor posición que él, que vivía al día.

Seung-on, a quien había dejado allí al salir, estaba dormido en un rincón abrazando una almohada. Al verlo dormir sin una manta y con la misma ropa de calle que él mismo le había puesto, Ju-won pudo notar que el hyung no le había prestado la más mínima atención. Al ser un favor que pedía sin dar nada a cambio, no estaba en posición de reclamar cuidados.

El recipiente de guarniciones que el dueño del restaurante le había dado y que Ju-won entregó al hyung para no dejar a Seung-on con las manos vacías, estaba completamente vacío al lado del niño. No podía saber si Seung-on también había comido.

Para no interrumpir el juego del hyung, cargó a Seung-on en brazos silenciosamente y salió de la habitación. El pequeño cuerpo de Seung-on se movió apenas en su regazo, quizás por el frío. Con cada paso, la ropa de calle del niño y la campera de Ju-won rozaban entre sí, produciendo un sonido seco y sin vida.

Parado frente a su propia puerta, Ju-won se quedó mirando fijamente un papel pegado justo en el centro de la cerradura electrónica, puesto allí para que fuera imposible ignorarlo.

Tercera notificación de desalojo por vencimiento de plazo de estancia en el Refugio Omega Rayito de Sol

“…….”

Sujetando a Seung-on con un solo brazo, Ju-won arrancó la notificación y la guardó de cualquier manera en el bolsillo trasero de su jean. Como si alguien lo estuviera persiguiendo, ingresó rápidamente la contraseña en la cerradura y entró.

Acostó a Seung-on sobre las mantas que extendió torpemente con una mano y se acurrucó a su lado sin siquiera quitarse el abrigo. Tenía el rostro entumecido tras haber recibido el viento todo el día sobre la moto. Le quitó la ropa de abrigo a Seung-on mientras dormía y hundió su rostro en silencio contra la pequeña espalda del niño. El calor cálido y acogedor del cuerpo de Seung-on descongeló rápidamente su nariz y sus mejillas, que habían perdido toda sensibilidad.

* * *

['Yang Ju-won. Como se te ocurra tener a ese engendro por tu cuenta y vayas a llorarle a mis padres para pedirles cuota alimentaria, te voy a perseguir hasta matarte.']

['…… .']

['¿O prefieres que te empuje yo mismo por las escaleras? No tienes dinero para abortarlo, ¿verdad?']

Se despertó con esa voz aterradora resonando en su cabeza. Seung-on, que hoy también se había levantado antes que él, estaba jugando con su teléfono. Sus pequeñas manos, que habían aprendido solas a usar el aparato, presionaban la pantalla con destreza. De los parlantes salían risas grabadas de algún video, pero Seung-on solo mantenía una leve sonrisa, sin emitir sonido.

Hasta hace poco solía reír a carcajadas, pero ahora no solo no hablaba, sino que ni siquiera se le escuchaba reír. Se quedó mirando la bombilla de luz, donde las sombras de las motas de polvo parecen bailar, aguzando el oído por si captaba alguna risa de su hijo. Parpadeó lentamente, esperando, pero solo se oían las risas exageradas de los dibujos animados.

Tras soltar un suspiro corto, Ju-won incorporó su cuerpo, que se sentía más pesado que ayer.

Terminada la rutina matutina, le acomodó bien la capucha de la campera a Seung-on y salieron de la habitación. Tras verificar que la puerta estuviera cerrada, comenzó a soltar la cadena de la bicicleta estacionada en el pasillo cuando escuchó un chirrido detrás de él. El hyung de la habitación contigua, que solía hacer vida nocturna, salió al pasillo con aspecto desaliñado.

Ju-won solo hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo y, mientras empujaba la bicicleta con una mano, le indicó a Seung-on que lo siguiera. Justo cuando Ju-won presentía algo extraño e intentaba escabullirse, el hyung lo llamó con un tono más amable de lo habitual.

“Ju-won.”

Él no respondió; solo parpadeó con sus grandes ojos. Notando la desconfianza, el hyung, con la cara hinchada por el sueño, habló como si no fuera nada importante.

“Oye, sobre lo de ayer. Estaba haciendo una transmisión en vivo de juegos, ¿viste?”

“…… .”

“Parece que saliste un momento en pantalla. Hubo muy buena respuesta.”

“... ¿Por qué saldría yo?”

Ante la pregunta en voz baja, el hyung negó rápidamente con la cabeza.

“No saliste entero, solo se te vio un poco por detrás de mí.”

“Si salí yo... ¿entonces también salió la cara de Seung-on?”

“Bueno, supongo que se habrá visto.”

El rostro inexpresivo de Ju-won se contrajo levemente. Al notar la mirada cargada de rechazo, el hyung cambió de actitud y levantó la voz.

“¡Te digo que hubo buena respuesta! Te lo decía para que lo supieras. ¿Por qué me miras as...?”

“No me interesa la respuesta de nadie.”

El hyung agarró apresuradamente el brazo de Ju-won, quien intentaba pasar de largo cortando la conversación.

“¿No quieres probar con las transmisiones? Yo te enseño cómo. Vamos a medias.”

“…… .”

“Ir a trabajar es una paliza. Si haces transmisiones, las haces desde tu habitación y no tienes que andar dejando al chico con nadie. Vi que ayer se te venció el plazo de estancia, ¿no necesitas dinero?”

Quería ignorar la propuesta absurda, pero aquel hombre era la única persona con la que podía dejar a Seung-on mientras trabajaba. Ju-won rechazó la oferta con evasivas y tono indiferente.

“No soy bueno con los juegos.”

“No hagas de juegos, solo enciende la cámara.”

“... ¿Que solo encienda la cámara?”

El hyung bajó la vista hacia Seung-on, que escuchaba la conversación de los dos adultos desde abajo, y se acercó a Ju-won para susurrarle al oído:

“Enciendes la cámara, haces como que les haces caso a los espectadores y ganas muchísima plata, te lo aseguro.”

“... ¿Qué es lo que piden que haga?”

“Bueno, ya sabes... Yo te ayudo con todo. 60 para mí y 40 para ti, ¿qué te parece? Yo tengo todo el equipo, así que la verdad debería llevarme el 70, pero como es tu primera vez, te daré un poco más.”

Ju-won no ignoraba qué tipo de transmisiones eran esas. Por mucho que no le interesara el contenido de internet, a menos que viviera en medio de la selva, era imposible no saberlo al mirar el teléfono. Cuando vivía en el centro de asistencia, los chicos de su mismo pabellón se pasaban el día hablando de tal o cual streamer que se parecía a algún idol.

Ju-won movió la punta de sus dedos. Seung-on, que ladeaba la cabeza mirando alternadamente a los dos adultos, agarró rápido la mano de Ju-won. Sintiendo la pequeña mano que apretaba su dedo índice, Ju-won habló:

“¿Quiere que le cuente esto a los del refugio?”

“Si no quieres, no lo hagas. No es que haya dicho nada raro, no exageres.”

Al mencionar el refugio, el hyung retrocedió murmurando con voz apaciguada y un tanto avergonzada. Ju-won volvió a caminar con Seung-on. Al llegar al final del pasillo, el hombre gritó:

“¡Ah, hoy estoy ocupado, así que no puedo cuidarte al chico a la noche!”

Haciendo como que no lo oía, Ju-won salió del edificio del refugio con Seung-on y cerró los ojos con fuerza soltando un suspiro. Al fruncir el ceño con irritación, la mancha rosada cerca de su ojo tembló levemente.

 

Ju-won tenía ambas manos en los bolsillos laterales de su chaleco de uniforme y miraba fijamente la pantalla del teléfono, que se reproducía sin sonido. La notificación de desalojo pegada en la puerta no dejaba de rondar por su cabeza.

En realidad, había ahorrado algo de dinero. Podría conseguir una habitación pequeña si quisiera. Pero si dejaba el refugio, no tendría un lugar adecuado donde dejar a Seung-on, lo que inevitablemente lo obligaría a reducir sus horas de trabajo.

¿Cuánto tiempo podría aguantar tras salir del refugio? Si no podía dejar a Seung-on con nadie, el primer trabajo que tendría que dejar sería el del restaurante de costillas. El siguiente, el buffet. El mánager, que siempre coqueteaba al límite, había empezado a tocarlo físicamente, por lo que su capacidad para ignorarlo estaba llegando al límite. Tarde o temprano tendría que renunciar, ya fuera por voluntad propia o ajena. El guion de las injusticias que sufría desde niño siempre era el mismo.

Si dejaba el buffet, ¿podría conseguir pronto otro empleo que le permitiera ausentarse cuando fuera necesario? Su trabajo en la tienda de conveniencia también corría peligro; en cuanto se descubriera la doble vida del dueño, lo echarían. Y el trabajo de repartidor tenía su punto fuerte por las noches, pero dejar a Seung-on solo en casa era lo mismo de siempre...

Los problemas que no tenían salida se amontonaban, asfixiándolo. Sus ojos, que miraban perdidos la pantalla del teléfono donde se reproducía un video del refugio, temblaron levemente. Como alguien poseído, miró hacia atrás.

Pasó el dedo índice lentamente sobre el estante donde se amontonaban paquetes de cigarrillos de diversas marcas.

['Un Marlboro rojo.']

Su dedo blanco se detuvo sobre el tabaco que Seung-chan había comprado hacía dos días.

Alcohol, cigarrillos, sexo. Había dejado todo. Le había prometido a la trabajadora social que cuidó de él en cuerpo y alma hasta que dio a luz a Seung-on que no volvería a cometer actos de los que no pudiera hacerse responsable. Ella le enseñó que huir de la realidad calmando la ansiedad con conductas peligrosas era algo que, por el bien de nadie más que del propio Yang Ju-won, no debía hacer jamás.

No quería romper la promesa hecha a uno de los pocos adultos buenos que habían pasado por su vida. Romper ese pacto sería también fallarle a Seung-on.

Ju-won cerró la mano que dudaba sobre los cigarrillos. En lugar de agarrar el paquete, tomó el teléfono. Presionó el icono de llamada y se lo llevó al oído. Temía que no le atendieran por ser hora pico, pero la conexión fue inmediata.

― Sí, Ju-won.

“Dueño... soy Ju-won. Para el turno de hoy... ¿puedo llevar a Seung-on conmigo?”

 

Seung-chan, con una toalla blanca atada a la cabeza a modo de pañuelo, iba y venía afanosamente por el salón. Por ahora, lo de ganar una fortuna estaba descartado y lo de ser alguien decente parecía lejano, pero pensaba compensar el disgusto que le dio a su tía ayudando en el local. A su tía le bastaba con verlo allí; parecía que le daba paz no tener que andar angustiada pensando en qué lío se estaría metiendo donde ella no pudiera verlo.

La razón por la que ayudaba sirviendo mesas y cargando el carbón era, en parte, un acto de reflexión por haber decepcionado a su tía al regresar del ejército sin haber cambiado nada, pero también pesaba mucho su intención de echar a ese maldito omega descarado que se había pegado al local.

Ya había comprobado en la madrugada que era un tipo de cara de piedra que no escucharía aunque le dijera directamente que se fuera; por lo tanto, tenía que hacer que se marchara por su propio pie.

Lo iba a atormentar de verdad. Haría que de ese rostro inexpresivo brotaran lágrimas como gotas de agua. Ya vería cuánto tiempo más podría sostenerle la mirada con esos ojos grandes y esa cara de mala suerte que ignoraba a la gente por completo para mirar a los demás por encima del hombro...

Seung-chan, que estaba de pie junto a la mesa de unos clientes asando la carne, se quedó con la boca abierta al ver a Ju-won entrar por la puerta. ¿Se habría sorprendido menos si el niño pequeño que venía de la mano de Ju-won no fuera el vivo retrato de ese omega odioso?

“Pa, papá, pa, papáaa.”

El niño, abriendo su pequeña boca al máximo para bostezar, tironeaba del dedo de Ju-won mientras se quejaba. Entre el chocar de copas, el fuego de las parrillas, las risas y los insultos que cruzaban el local, la vocecita del niño se clavó en los oídos de Seung-chan. Seguramente su propia imagen, hace más de una década cuando entró a este lugar de la mano de un padre cuyo rostro ya ni recordaba para ser abandonado, habría sido igual a esa.

Seung-chan, sin importarle las miradas de los clientes que lo observaban mientras se quedaba allí parado en medio de la tarea, murmuró viendo a Ju-won hablar con su tía frente a la caja:

“¿Qué...? ¿Es casado?”

Cuando el empleado, que revolvía la carne sin ganas con una mano mientras la otra estaba en el bolsillo, se quedó ido, los clientes de la mesa empezaron a mirarse entre sí. Un hombre, echando un vistazo a la parrilla de la que subía humo, se armó de valor y llamó a Seung-chan.

“Oiga, se está quemando la carne.”

“Tiene un hijo... ”

“¿Oiga...?”

Observando a Ju-won despedirse de la dueña en la caja y dirigirse hacia la habitación interna de la mano del niño, Seung-chan se inclinó hacia un lado apoyando el peso en una sola pierna.

El patrón era aterradoramente similar. El patrón de buscar a alguien mejor que uno mismo para aliviar la culpa, entablar una amistad y, un día, desaparecer traspasando toda la responsabilidad a la otra persona. El niño abandonado no sabe nada. No conoce el hecho cruel de que el momento en que sostiene la mano de sus padres, que son todo su mundo, no volverá nunca más, ni por asomo.

Ocupado en calmar a Seung-on, que estaba a punto de estallar en llanto, Ju-won no notó la mirada de Seung-chan siguiéndolo. Tras quitarse los zapatos frente a la puerta de madera con el pequeño cartel de 'Habitación Interna' y entrar, Ju-won le quitó la campera a Seung-on y extendió una manta en un rincón. Ese cuarto, usado por la dueña para dormir tras cerrar de madrugada o para descansar un rato antes de abrir, era más cálido que la habitación mínima del refugio donde vivían.

Su idea era hacer dormir a Seung-on rápido para prepararse para trabajar. Sin embargo, Seung-on no entró en las mantas como Ju-won esperaba, sino que se quedó de pie frente a la puerta sollozando. Ju-won se acercó y se puso en cuclillas a su altura.

“Ya puedes dormir. No llores.”

Los ojos grandes, llenos de lágrimas, se cerraron junto con un gemido de llanto. Sujetando la mano de Seung-on, que sollozaba con los ojos apretados, Ju-won susurró mirando de reojo hacia la puerta cerrada:

“Seung-on, no puedes hacer ruidos fuertes. No llores.”

Hasta ahora, no sabía que el hyung de al lado encendía la cámara mientras hacía sus transmisiones. Una vez que supo que el rostro de Seung-on podía quedar expuesto a una multitud de desconocidos, Ju-won no habría dejado al niño con él aunque el hombre no hubiera anunciado hoy que no lo cuidaría.

Vino a trabajar en bicicleta en lugar de tomar el autobús, pensando en regresar con Seung-on al terminar la madrugada. Como habían venido en bicicleta recibiendo el viento frío pasado su horario de sueño, era natural que el niño estuviera irritable.

Aunque era de pocas palabras y expresaba poco sus sentimientos, un niño seguía siendo un niño. Ju-won abrazó a Seung-on, que lloriqueaba sin poder aguantar el sueño. Aunque sentía lástima, lo cierto era que deseaba más que nada que dejara de llorar antes de que otros lo oyeran. Pero el llanto de Seung-on no terminó pronto. Ante la frustración, las palmadas de Ju-won en la pequeña espalda se volvieron un poco toscas.

“Deja de llorar. Duérmete de una vez que te voy a hacer dormir, Seung-on.”

“Buuu... Pa, pa, papá..., pa, papáaa... ”

“¿Qué pasa conmigo? ¿Qué quieres decir?”

Frunciendo sus cejas enrojecidas, Ju-won le frotó con ambas manos el rostro que murmuraba con tristeza. Tras secar con las palmas las mejillas húmedas y limpiar con el dedo la nariz donde brillaba el moco, Ju-won miró el reloj de la pared. Ya era casi la hora de empezar a trabajar.

“¿Qué quieres que haga? ¿Qué es lo que quieres?”

Justo cuando lanzaba preguntas que no tendrían respuesta de un niño que no podía hablar bien, la puerta se abrió. Ju-won giró rápido a Seung-on para que no se le viera la cara de llanto y se puso de pie.

“Maldita sea, el método es de lo más clásico.”

“…… .”

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Ju-won, escondiendo a Seung-on detrás de sus piernas, levantó la vista hacia Seung-chan, que había entrado en la habitación. Seung-chan, que entró sin siquiera quitarse los zapatos, se pegó a él. Viendo cómo Seung-chan se le encimaba de forma amenante, Ju-won preguntó en voz baja:

“¿Por qué buscas pelea?”

“¿Eres casado?”

“…… .”

En lugar de responder, Seung-chan frunció el ceño ante la mirada fija de Ju-won y lo interrogó:

“¿Qué hace tu marido que traes al chico aquí?”

“…… .”

“Si eres casado, significa que hay otro tipo en casa para cuidar al nene, ¿entonces por qué lo trajiste a esta hora?”

Normalmente, Ju-won no daría explicaciones sobre su situación a un delincuente que no tenía nada que ver con él. Sin embargo, Ju-won estaba pendiente de la dueña, quien le había prestado la habitación sin dudarlo en cuanto oyó que no tenía dónde dejar a Seung-on. No debía causar más conflictos con el sobrino de la dueña. Al menos por el día de hoy, en el que no tenía otro lugar para que Seung-on durmiera.

Ju-won respondió con voz carente de emoción:

“Lo crío yo solo.”

“¡Ja!”

Seung-chan soltó una carcajada exagerada, como si ya se lo hubiera esperado.

“Ya me parecía. Es igual.”

“…… .”

“Al principio todos empiezan así. Lo traes una, dos veces, maldita sea, haces que se acostumbren y le tomen cariño, y después, según cómo veas la situación, dejas al chico y te escapas. Maldita sea, lo que hacen los padres sin un gramo de responsabilidad es siempre lo mismo. ¿No es cierto?”

“No entiendo de qué hablas, ¡salgamos primero a hablar...!”

“Cállate, maldito.”

Seung-chan agarró a Ju-won por las solapas y soltó un insulto mientras levantaba el puño. En ese instante, se oyó un llanto desde abajo. Solo entonces Seung-chan bajó la vista y se encontró con los ojos de Seung-on, quien tironeaba del pantalón de Ju-won con un puchero en los labios.

“…… .”

El puño que había levantado para asustar a Ju-won no pudo avanzar más y se quedó temblando en el aire. Finalmente, Seung-chan bajó el puño y, mirando de reojo a Seung-on que estaba por llorar, dijo con voz mucho más baja:

“Ni se te ocurra dejar al chico y huir.”

“…… .”

“Si abandonas al nene con mi tía y te escapas, te voy a encontrar hasta en el fin del mundo. ¿Entendiste?”

“…… .”

“Responde, pedazo de omega... ”

Al escuchar los insultos murmurados casi como un susurro, Ju-won, que mantenía la vista fija en los ojos de Seung-chan, habló:

“... ¿Eso es lo que te pasó a ti?”

“¡Maldito...!”

La mano grande de Seung-chan volvió a atrapar a Ju-won por las solapas con fuerza. El cuerpo de Ju-won, que estaba parado sin defenderse, se tambaleó débilmente. Ante eso, Seung-on se pegó a la pierna de Ju-won y hundió la cara en ella.

“Pa, papá, no..., buuu... ”

Seung-on ni siquiera lloraba con fuerza. Solo sollozaba de forma apenas audible. Esos hipidos fueron los que, una vez más, frenaron en seco a Seung-chan.

"Maldita sea...".

Murmurando un insulto entre dientes apretados, Seung-chan empujó a Ju-won y salió de la habitación interna con movimientos bruscos y cargados de furia.

Ju-won se quedó mirando la puerta cerrada con expresión vacía y, solo después de que pasaran unos segundos, soltó un pequeño suspiro de alivio. Sintió cómo la nuca se le calentaba de golpe, como si acabara de pasar por una situación vergonzosa.

'Pa, pa, papá, papá, vete, papá...'.

"¡¿Pero qué quieres decir con eso?!".

Le respondió con fastidio ante la frustración que sentía, pero en ese momento la puerta se abrió de nuevo. Se tensó pensando que era Seung-chan, pero quien entró fue la dueña.

"Dueña...".

Ju-won se paró frente a Seung-on para bloquearle el paso y murmuró mientras se masajeaba el brazo contrario con una mano. La dueña, observando sus movimientos de desconcierto, preguntó con una sonrisa:

"¿El bebé está llorando? Tiene sueño, ¿verdad?".

"Es que... ya pasó su hora de dormir... Pero normalmente no llora mucho. Ya va a parar. Justo ahora estaba por dormirse...".

La dueña se acercó, apartó suavemente a Ju-won y se puso de rodillas. Luego, giró con cuidado el pequeño cuerpo que estaba escondido detrás de Ju-won.

"¡Vaya! ¿Así que tú eres Seung-on? Déjame verte la carita. Antes no pudimos saludarnos bien".

El pequeño rostro detuvo sus sollozos por un momento y miró con fijeza a la dueña que le sonreía. Ella envolvió con sus palmas las mejillas regordetas, enrojecidas por el frío y el llanto.

"¿Cómo puede tener los ojos tan grandes? La boca es igualita a la de su papá. Y la nariz también".

La dueña tocó suavemente el puente de la nariz pequeña mientras reía. Ante el gesto, Seung-on volvió a soltar el llanto que había contenido.

'Pa, papá, buaa, pa, pa, papá...'.

Seung-on repetía una y otra vez esas palabras ininteligibles entre tartamudeos. Ju-won temía que, si lloraba sin control e interrumpía el negocio, la dueña se retractara de dejar que Seung-on durmiera allí. En el peor de los casos, hasta podrían despedirlo.

Ju-won miraba con cautela la espalda de la dueña y se dispuso a regañar a Seung-on para que se callara. Sin embargo, la voz de la mujer se adelantó para arrullar al niño.

"¿Que papá se vaya? ¿Le digo que se vaya?".

"Sí, buaa...".

Al ver que la dueña entendía las palabras de Seung-on al primer intento, la expresión de Ju-won, que estaba tensa por la angustia, se relajó por el asombro.

"¿Quieres que la abuela le diga a papá que se vaya a trabajar?".

Seung-on, que miraba a la dueña con los ojos rebosantes de lágrimas, asintió con un puchero en sus labios pequeños.

"Papá, vete rápido, vete a trabajar. Seung-on va a dormir, así que vete de una vez".

La dueña se giró hacia Ju-won, que seguía allí parado como un tonto, y le hizo una seña con los ojos para que saliera. Como Ju-won dudaba y no se movía, la dueña llevó a Seung-on hacia las mantas mientras decía:

"Le dije a Seung-chan que se encargara de la caja. Yo voy a hacer dormir al bebé, así que tú sal a trabajar, Ju-won".

"……".

"No te preocupes y vete. El bebé tiene que lavarse la cara antes de dormir".

La dueña, que no solo calmó a Seung-on sino también a Ju-won, llevó al niño al pequeño baño que había dentro de la habitación. Tras observar cómo Seung-on la seguía dócilmente, Ju-won miró de reojo el reloj de pared que marcaba las diez y salió de la habitación interna.

Tal como dijo la dueña, Seung-chan estaba en la caja. Solo se veía su espalda, pero por la forma en que se apoyaba con ambos brazos y mantenía la cabeza gacha, se notaba que estaba realmente furioso.

Evitándolo, Ju-won entró en silencio a la cocina, se subió las mangas y se puso el delantal impermeable para empezar a lavar los platos. Mientras llenaba el piletón con agua tan caliente que soltaba vapor, Ju-won miraba a través del pasaplatos hacia la habitación interna.

'Lloraba para que me fuera...'.

Incluso la dueña, que acababa de conocer a Seung-on, lo entendió enseguida, mientras que él fue el único que no pudo comprenderlo y lo hizo llorar.

¿Pero por qué quería que se fuera? ¿Se sentía incómodo estando con él? Quizás hasta lo odiaba. Al fin y al cabo, lo había traído a un lugar extraño arrastrándolo a pesar del sueño. Seguramente lloró de odio hacia un padre que no podía asegurarle ni la comida ni el sueño de forma digna.

Ju-won, con los guantes de goma puestos, echó detergente en el agua. La espuma subió rápido hasta el borde del piletón. Sumergió las pilas de platos y pasó las parrillas, que tenían grasa y condimentos pegados por el fuego, a los otros empleados que esperaban.

"……".

A través del pasaplatos se veía la imagen de Ju-won lavando la vajilla con expresión vacía. Seung-chan, que estaba en la caja ignorando a los clientes que salían tras pagar, no dejaba de mirar el hueco que conectaba con la cocina. Se arrancó el delantal que tenía impreso 'Mejor Galbi al Carbón'. Tiró el delantal hecho un nudo debajo del mostrador y también se quitó la toalla de la cabeza. Seung-chan se pasó la mano por el pelo corto y revuelto mientras se mordía el labio inferior.

'¿Eso es lo que te pasó a ti?'.

Al recordar esos ojos insolentes que no pestañearon ni una vez, Seung-chan apretó los puños, pero de inmediato volvió a su mente la mirada de Seung-on llorando pegado a la pierna de Ju-won. No recordaba su propio rostro de cuando fue abandonado por sus malditos padres, pero seguramente habría sido parecido al de Seung-on.

No recordaba qué cara tenía ni cuánto lloró, pero todo lo demás era tan nítido como si hubiera pasado ayer. El clima de ese día, la voz de su padre que estuvo inusualmente amable desde la mañana, el sabor dulce del galbi marinado que tanto le gustaba. Un día de mierda que rozó la perfección. ¿Qué tan terrible debió ser todo para que un niño de apenas cuatro o cinco años conservara esos recuerdos grabados a fuego?

 

Tras terminar su turno, Ju-won salió de la habitación interna con la mochila al hombro y Seung-on dormido en brazos. Salió con las zapatillas mal puestas y, al ver a la dueña sentada en el salón donde los demás empleados ya se habían retirado, hizo una reverencia. Tenía un mal presentimiento. Como si hubiera leído su intención de huir antes de que le dijeran algo, la dueña señaló el lado opuesto de la mesa.

Ju-won apenas apoyó la punta de la cadera en la silla vacía y estrechó con fuerza a Seung-on, que dormía colgado de su cuello. Acariciaba la cabecita del niño como si fuera lo único que poseyera en el mundo, esperando a que la dueña hablara primero. Pero lo que escuchó fue algo impensado.

"Quédate a dormir hoy en el local".

"¿Qué?".

"¿Cómo piensas llevarte al nene dormido en la bicicleta?".

"……".

Ju-won bajó la vista hacia Seung-on. El niño dormía profundamente con la boca abierta, donde se veía una pequeña costra de sangre en el labio inferior, quizás por habérselo lastimado al llorar. Su rostro se veía incluso más agotado que el de Ju-won.

La dueña, observando el silencio de Ju-won, juntó las manos sobre la mesa y dijo:

"Dijiste que ya no tenías dónde dejar a Seung-on por las noches, ¿no? Desde mañana no vengas en bicicleta, ven en autobús con el nene. Y para volver, usa mi coche. Le diré a Seung-chan que los lleve".

En cuanto escuchó el nombre de Seung-chan de boca de la dueña, Ju-won negó con la cabeza antes incluso de agradecer la inesperada gentileza.

"Estamos bien así. La bicicleta tiene cinturón de seguridad...".

"Ya hablé todo con Seung-chan, así que no te preocupes".

"……".

"Parece que Seung-chan te dijo cosas feas antes... lo siento".

La dueña hablaba mientras movía los dedos entrelazados sobre la mesa.

"No es porque sea mi sobrino, pero el chico no es malo de verdad. Solo que... tiene una herida. Yo no soy su tía biológica".

"……".

"El padre de Seung-chan era cliente nuestro, y un día dejó al nene y se fue".

Al recordar a Seung-chan interrogándolo sobre por qué había traído al niño, Ju-won detuvo la mano que acariciaba el cabello de Seung-on. Había tenido curiosidad por saber por qué ese delincuente odiaba tanto a los omegas. Tal como Ju-won había sospechado a solas, la situación de Seung-chan era similar a la suya. Sintió una extraña afinidad con ese delincuente beta con el que pensaba que no tenía absolutamente nada en común.

“Si hacía algo mal, lo regañaba; si lo hacía bien, lo abrazaba... Le enseñé de todo un poco, pero las heridas de la infancia... eso es algo con lo que yo no puedo hacer nada. Todavía hay momentos en los que no puede controlarse cuando ve a un omega, especialmente si es hombre. Lamento que hayas tenido que escuchar cosas feas desde la otra vez”.

La dueña esbozó una sonrisa mientras miraba con lástima a Ju-won, quien asentía levemente con la cabeza.

“Quédate a dormir hoy, y desde mañana hazlo como te dije. ¿Sí? Se me partía el corazón al ver a Seung-on llorar para que su papá se fuera a trabajar”.

“Como habrá visto hace un rato, Seung-on... parece que se siente incómodo conmigo... Quizás lo mejor sea buscar algún lugar donde dejarlo...”.

Ju-won, mirando a Seung-on en sus brazos, soltó los pensamientos que habían rondado su cabeza todo el tiempo mientras lavaba los platos. No recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que hablaba tanto de sí mismo frente a alguien. Incluso sintió que había dicho de más esas pocas palabras. Ju-won miró de reojo a la dueña, que tenía los ojos muy abiertos. Al malinterpretar su mirada, Ju-won añadió rápidamente:

“Esto es algo que yo resolveré...”.

“¿Eso es lo que entendiste?”.

“... ¿Perdón?”.

La dueña chasqueó la lengua con pesar al ver a Ju-won preguntando de vuelta.

“No es que el papá sea incómodo, es la situación la que es incómoda”.

“¿A qué se refiere...?”.

“Para él, su papá es alguien que trabaja, alguien para quien el trabajo es lo más importante. Por eso se siente ansioso al ver que no te vas a trabajar como siempre y te quedas con él”.

“……”.

Ju-won parpadeó con sus grandes ojos y miró fijamente a la dueña con expresión perdida. Ella le explicó los sentimientos de Seung-on a este padre que aún era joven tanto en experiencia como en pensamiento.

“Seung-on cree que, si no trabajas, te vas a morir. Los nenes de esa edad deberían ponerse felices si su papá no va al trabajo y se queda con ellos, pero ¿qué tan falto de tranquilidad has vivido frente a él para que un nene tan chiquito esté tan desesperado por miedo a que te pase algo grave si no vas?”.

“……”.

“Hace un rato, me dolió tanto por Seung-on como por ti”.

Al escuchar la voz de la dueña, Ju-won bajó la cabeza para mirar a Seung-on. Solo entonces el corazón de Seung-on, que lloraba pidiéndole que se fuera, alcanzó a Ju-won. Pensó que lo odiaba. Pensó que el niño se sentía incómodo y despreciaba a un padre incompetente que no podía darle de comer hasta llenarse, ni dejarlo dormir tranquilo, ni jugar con él.

Recién ahora podía vislumbrar cómo se veía él mismo a través de los ojos de Seung-on. El niño tendría motivos de sobra para odiar a un padre que nunca estaba a su lado, pero ese pequeño pecho que cedió llorando para que su padre fuera a hacer lo que más le gustaba... recién ahora comprendía qué sentía.

Ju-won puso la palma de su mano sobre el pequeño pecho del niño dormido. Los latidos rápidos y diminutos del corazón se transmitieron a su mano. ¿Estaría cumpliendo con su responsabilidad? En el momento en que escuchó por primera vez el latido de Seung-on en su vientre, juró que no lo dejaría vivir una vida como la suya. Juró que se haría responsable con todas sus fuerzas para que no tuviera una vida de abandono y odio, pero ¿de verdad se estaba haciendo responsable correctamente?

Ju-won cerró los ojos mientras miraba a Seung-on con una mirada vacía. Cada mañana, al abrir los ojos, sentía la sombra de la muerte acechando de cerca, y solo vivía apoyándose en el calor de Seung-on; sentía culpa por si acaso estaba apagando ese frágil calor.

Ju-won, que mantenía los párpados cerrados en silencio, los levantó lentamente y se inclinó ante la dueña.

“Gracias...”.

Ya habían pasado 22 años viviendo mientras lo despreciaban incontables veces, pero no sabía cuándo desaparecerían esa manía de andar pendiente de los demás y ese sentido de la vergüenza. Se sintió enojado consigo mismo por haber pensado en renunciar dócilmente si la dueña lo despedía por causar problemas con su sobrino. Por el bien de Seung-on, tenía que ser un poco más descarado. Tenía que ser un poco más firme.

Cerca de que terminara la charla con la dueña, Seung-chan entró al local. Parecía que venía a buscarla. La dueña dejó a Ju-won y a Seung-on en el salón y se fue con Seung-chan. Seung-chan, que hace unas horas lo miraba como si fuera a matarlo, subió al coche estacionado frente al local sin siquiera cruzar mirada con él. Ju-won, observando desde el otro lado del vidrio cómo desaparecía el coche pequeño de la dueña conducido por Seung-chan, se dirigió a la habitación interna con Seung-on en brazos. Una sensación extraña no dejaba de inquietarlo.

* * *

Lo primero que pensó Ju-won al abrir los ojos escuchando el sonido de la alarma fue que no tenía frío. Y que la lámpara del techo frente a sus ojos estaba limpia.

Tras observar la cubierta impecable de la lámpara con mirada distraída, Ju-won giró la cabeza para buscar a Seung-on. El pequeño, que se había quedado dormido abrazado a él en la estrecha habitación interna, ya se había despertado y andaba tocando las cosas sobre el tocador de la dueña. Temiendo que fuera a arruinarle algún cosmético, Ju-won se incorporó de un salto y lo detuvo.

Acarició la cabecita de Seung-on, quien le sonreía de oreja a oreja como si no recordara nada de lo ocurrido anoche, y Ju-won rotó los hombros para estirarse. Por alguna razón, no sentía tanto dolor muscular como de costumbre. ¿Acaso los dolores tan intensos que sufría siempre eran por culpa del frío?

Sujetando la mano de Seung-on, Ju-won entró al pequeño baño de la habitación y lo sentó en el inodoro para lavarle la cara. Por timidez y respeto, no se atrevió a usar el agua caliente, pero el aire del cuarto estaba tan templado que el agua no se sentía tan fría.

Se arregló el cabello con la mano mojada, se puso la capucha del buzo y, tras acomodar la ropa de Seung-on, salieron juntos de la habitación interna. Sentó al pequeño en el borde del escalón de entrada y le puso las zapatillas. Si quería que llegara a tiempo al jardín de infantes, tenía que prepararse más temprano que de costumbre. Como habían dormido en el local, no podría darle el desayuno.

Fue justo cuando se giraba hacia el salón del local junto a Seung-on, quien por suerte parecía estar de buen humor a pesar de haber dormido en un lugar extraño. Escuchó un ruido en el salón, donde no debería haber nadie. Ju-won apretó la mano de Seung-on, que sujetaba su dedo, y clavó una mirada alerta en las mesas vacías. ¿Acaso alguien habría entrado ilegalmente durante la noche?

Un ladrón, o quizás un borracho. Pero si la puerta estaba cerrada...

Los ojos tensos de Ju-won se agrandaron al identificar la cabeza que sobresalía por encima de una mesa. Era una nuca que conocía bien.

“Uf, maldita sea”.

Seung-chan, que nada más abrir los ojos ya estaba murmurando insultos con voz ronca, frunció un ojo que apenas podía abrir y giró la cabeza para mirar a Ju-won y a Seung-on. Tenía el ceño tan fruncido que sus cejas se elevaban hasta el borde de la frente, como si estuviera furioso. Su impresión, que ya de por sí era mala, se veía aún peor.

A Ju-won no le daba curiosidad saber desde cuándo o por qué Seung-chan, que se había ido con la dueña en la madrugada, estaba durmiendo en el local; más bien le preocupaba que volviera a actuar de forma amenazante frente a Seung-on como anoche. Instintivamente tiró de la mano del niño y lo escondió detrás de sus piernas. Al verlo, Seung-chan pareció no darle importancia y se incorporó lentamente del sofá donde estaba acostado. Luego soltó un largo bostezo. Tras bostezar a gusto, arrugando su rostro de facciones afiladas, Seung-chan recogió la campera con la que se había tapado y se puso de pie.

Caminó con paso perezoso hasta quedar frente a Ju-won, levantó el mentón y lo miró por encima del hombro. Ju-won no desvió la mirada que lo observaba fijamente.

Después de observarlo en silencio por un momento, Seung-chan habló:

“Me quedé vigilando para ver si dejabas al nene y te escapabas...”.

“……”.

“Dormiste como un tronco, ¿eh? Maldita sea, pensé que estabas en coma”.

“……”.

Al escuchar que Seung-chan había vuelto al local solo para vigilarlo, Ju-won frunció el entrecejo. Seung-chan hizo el gesto de darle un coscorrón en la frente para amenazarlo y luego se agachó para hablarle a Seung-on, que seguía escondido detrás de las piernas de Ju-won.

“Oye”.

“¡No lo toques...!”.

Ju-won intervino apresuradamente al notar que intentaba acercarse al niño. Sin embargo, se quedó mudo al escuchar la voz juguetona que siguió.

“¿Tú sabes comer kimchi?”.

Ante la pregunta de Seung-chan, que parecía herir el orgullo de cualquier niño coreano, Seung-on asintió con su cabecita con un toque de orgullo. Mientras Ju-won se sentía confundido por la actitud natural con la que Seung-chan hablaba con el pequeño, la puerta del local se abrió. La dueña entró soltando un bostezo tan largo como el de Seung-chan hace un momento.

Tras secarse las lágrimas que se le formaron en los ojos, la dueña dejó su abrigo en la caja y sonrió con dulzura.

“Oh, Ju-won y Seung-on ya están despiertos. Vamos a desayunar rápido”.

“... ¿Perdón?”.

Al ver a Ju-won preguntar con los ojos muy abiertos, Seung-chan se enderezó y volvió a hacer el gesto de darle un coscorrón. Luego le susurró con una voz tan baja que solo él pudo oír:

“Si no fuera por el nene, ayer estabas muerto”.

“……”.

Ju-won miró con rostro inexpresivo las cejas de Seung-chan que se movían frente a él. Sonaba como si le estuviera haciendo un favor por consideración a Seung-on. Ju-won encontraba ridículo el comportamiento de este delincuente que le lanzaba advertencias una y otra vez y, en cada ocasión, decidía aguantarse solo. Desde su primer encuentro, pensó que el criterio de su ira era bastante ambiguo. Como no eran personas que volverían a verse, pensó que no le importaba qué era lo que lo hacía enojar. Pero ahora que se veía obligado a cruzarse con él constantemente, ya no le resultaba amenazante, sino más bien molesto.

'Mejor que me pegue de una vez y termine con esto...'.

“¿Qué miras? Baja la vista, carajo”.

“¿Qué haces, Seung-chan? No le estarás diciendo cosas raras a Ju-won otra vez, ¿no?”.

La dueña, que se dirigía a la cocina, alzó la voz preguntando con una suavidad inusual. Seung-chan miró de reojo a la dueña y le susurró a Ju-won aún más bajo:

“¿Nos vemos luego, eh?”.

“……”.

Era una conversación que, hasta en su cierre de prometer represalias futuras, no se diferenciaba en nada de las anteriores. ¿Hasta cuándo pensaba seguir con esas amenazas sin sentido ni avance alguno? Si fuera el Ju-won de ayer, habría pensado que era mejor dejar el trabajo en la parrilla antes que causarle problemas a la dueña que se portaba tan bien con él. Pero la situación había cambiado un poco. Desde hoy, había decidido dejar de lado la vergüenza y el andar pendiente de los demás para volverse más descarado por el bien de Seung-on. Quería quedarse aquí como fuera.

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Ju-won recordó la imagen de la dueña consolando a Seung-on anoche. Y también repasó las palabras que ella le había dicho. No tenía dónde dejar a Seung-on por las noches mientras trabajaba y, además, quería aumentar aunque fuera un poco el tiempo que pasaba con él. Para eso, debía quedarse aquí. Ju-won sabía mejor que nadie que no sería nada fácil encontrar otro lugar que fuera tan comprensivo con su situación.

En esa mañana temprano, antes de empezar el horario comercial, comenzó una comida extraña sentados en una mesa vacía. La dueña preparó huevos fritos en una plancha de piedra y armó un plato aparte de arroz con huevo y soja para Seung-on, y luego salteó kimchi. El arroz salteado con kimchi para los tres adultos estuvo listo en un momento.

La dueña sentó a Seung-on a su lado y le dio de comer ella misma. Ju-won le dijo que no hacía falta esmerarse tanto porque el niño comería un bocadillo en cuanto llegara al jardín, pero la dueña solo repetía que los coreanos, sean grandes o chicos, sacan su fuerza del arroz.

Cuando le acercó una cucharada de arroz con huevo junto con sopa de algas, Seung-on, que esperaba con la boca abierta al máximo, aceptó el bocado con ganas. Aunque parecía que todavía se sentía un poco tímido con la dueña, ya se notaba que sabía que ella lo quería.

Debido a que la dueña tenía a Seung-on pegado a ella para darle de comer, Ju-won terminó sentado al lado de Seung-chan. Mientras comía el arroz salteado que la dueña le había servido, Ju-won no dejaba de mirar de reojo a Seung-on, que estaba sentado enfrente. Pensaba traer al niño a su lado al menor indicio de que Seung-on pudiera incomodar a la dueña.

“……”.

Seung-chan, que no dejaba de mover una pierna, pateó ligeramente la zapatilla de Ju-won por debajo de la mesa. Ju-won, que masticaba el arroz lentamente mientras vigilaba a Seung-on, se giró hacia él. Seung-chan, sentado de modo que la dueña no pudiera verle la cara, movió los labios sin emitir sonido alguno en cuanto sus ojos se encontraron con los de Ju-won.

¿Qué. Miras.

Ju-won observó con rostro inexpresivo cómo articulaba cada sílaba con precisión y luego volvió a centrar su atención en Seung-on. Al ver que lo ignoraba por completo, Seung-chan frunció el ceño con malicia.

No había podido pegar ojo en toda la noche por culpa de Ju-won, que había aparecido ayer de la mano de ese niño. Los recuerdos del pasado, que nunca olvidó pero que mantenía enterrados, habían vuelto a la vida.

En cuanto su tía se durmió, salió de casa y regresó al local. No podía quedarse tranquilo pensando que ese niño, que tanto le recordaba a su propia infancia, pudiera ser abandonado como lo fue él. Incluso después de ver los dos pares de zapatos frente a la habitación interna, no se sintió aliviado y echó un vistazo al interior. A pesar de confirmar que Ju-won dormía sobre la manta eléctrica abrazando con fuerza a Seung-on, no pudo marcharse y pasó la noche en vela sentado en el salón a oscuras. Hasta ese punto llegaba la desconfianza de Seung-chan hacia el instinto paternal de los omegas.

Tenía que echar a ese maldito omega lo antes posible, pero mientras dudaba bajo la mirada de su tía, había surgido un obstáculo más. La vista de Seung-chan se dirigió a Seung-on, sentado enfrente.

Si no fuera por ese mocoso, a este omega despreciable ya lo habría...

“…… .”

Seung-on, que abría la boca para aceptar lo que la dueña le daba, sintió la mirada y parpadeó con sus grandes ojos mientras observaba a Seung-chan. Parecía que había aprendido de su padre a mirar a la gente directamente a los ojos; eran idénticos. Seung-chan, arrugando la frente para poner una expresión aterradora, gesticuló con la boca de forma exagerada y clara, tal como había hecho con Ju-won.

Pe. Do.

Seung-on, que masticaba con energía, captó el gesto y se cubrió la boca con sus dos manitos. Luego, arrugó la cara y soltó una risita traviesa hasta que sus ojos se volvieron dos rendijas. Acertar palabras por el movimiento de los labios era difícil para un niño de 28 meses, pero "pedo" era una palabra que escuchaba decenas de veces al día en el jardín de infantes. Cuanto más lo pensaba, más gracia le hacía, hasta que terminó apoyando la frente en la mesa soltando una carcajada.

“¿Seung-on...?”

Ju-won llamó al niño con extrañeza, sin entender por qué le había dado ese ataque de risa de repente. Como en los últimos meses sus expresiones emocionales habían disminuido drásticamente, ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que lo vio reír a carcajadas. La dueña, ajena a la situación, simplemente encontraba adorable la risa de Seung-on.

Ju-won se quedó pensativo, moviendo los ojos de un lado a otro para descubrir la razón del estallido, y miró a su lado. Seung-chan estaba raspando el fondo del cuenco con la cuchara para juntar los últimos granos de arroz. Aunque no tuviera una expresión inocente, le resultaba increíble que ese delincuente, que no parecía tener ni el carácter ni el talento para hacer reír a un niño, hubiera hecho algo. Tras mirarlo fijamente un momento, Ju-won bajó la cabeza y volvió a meterse comida en la boca.

 

Fue cuando Ju-won, tras subir a Seung-on a la sillita infantil, se disponía a montar en la bicicleta. Seung-chan salió del local y lo frenó agarrando la mochila que Ju-won llevaba a la espalda. Con la cadera a medio apoyar en el asiento, Ju-won levantó la vista hacia Seung-chan, que no soltaba el bolso.

“¿A dónde escapas? Todavía tenemos que hablar, ¿no?”.

Parecía que el momento de "verlo luego" había llegado. Ju-won también lo estaba esperando. Se giró hacia Seung-on.

“Es peligroso, así que no te muevas y quédate sentado quietito”.

Seung-on, mirando alternativamente a Seung-chan y a Ju-won, asintió con la cabeza. Ju-won le puso la capucha de la campera sobre la cabeza y se enfrentó a Seung-chan. Solo entonces este soltó la mochila y empezó a caminar, haciéndole una seña para que lo siguiera. Tras observar la espalda de Seung-chan, que agitaba la mano con desgana sin siquiera mirarlo, Ju-won suspiró levemente y lo siguió.

En cuanto entraron en el callejón entre los edificios, lejos de la vista de la gente, Seung-chan sacó un cigarrillo del bolsillo interno de su campera, lo encendió y expulsó el humo por la nariz antes de volverse hacia Ju-won.

“Deja el trabajo”.

“……”.

“Te lo digo por las buenas por el nene. No vuelvas a aparecer desde hoy”.

A los ojos de Ju-won, la forma en que Seung-chan hablaba frunciendo el ceño hacía parecer que incluso advertirle le resultaba tedioso. Sin embargo, el que realmente encontraba molesta la situación era Ju-won. Soltó las palabras que había estado preparando durante el desayuno:

“Pégame”.

“¿Qué?”.

“No me busques pelea todo el tiempo... Pégame rápido y termina con esto”.

“¡Ja! Maldita sea... ”.

Seung-chan soltó una carcajada irónica junto con el humo blanco y se acercó a Ju-won con paso arrogante. Ese patrón de conducta de pegarse a él de forma amenazante ya empezaba a cansarle. Ju-won lo miró con el rostro vacío.

“Digas lo que digas, voy a seguir viniendo. Tengo que hacerlo. Así que dame una paliza y acabemos con esto”.

“Este tipo está loco de verdad... ”.

Seung-chan tiró el cigarrillo que no había consumido ni a la mitad contra la pared y agarró a Ju-won de las solapas con una mano. Luego, con la otra mano impregnada de olor a tabaco, le dio unos toquecitos en la mejilla, haciendo el gesto de golpearlo.

“¿Quieres que te dé un par de veces aquí y terminemos?”.

A medida que ponía más fuerza en la punta de los dedos que empujaban la mejilla, el mentón de Ju-won se giraba gradualmente hacia un lado.

“Oye, oye. Maldita sea, ¿cómo sabes cuántos golpes necesitas para que esto termine, eh?”.

Seung-chan empujó la mejilla con la palma con fuerza, haciendo que Ju-won se tambaleara. Si no fuera por la mano que lo sujetaba de las solapas, habría terminado estampado contra la pared. A Seung-chan le sorprendía que este omega, que no podía ni resistir la fuerza de una palma, se ofreciera con tanta seguridad a recibir una paliza. Y encima con esa cara inexpresiva que tanto detestaba.

Como por diversas situaciones lo había estado dejando pasar, ahora el maldito omega se atrevía a decir cualquier cosa. Parecía no ser consciente de que, si hubiera tenido el tamaño de un beta, ya estaría muerto desde el momento en que lo tocó en el buffet.

Apenas contenía una rabia que estaba a punto de cruzar la línea, pero el omega, que no sabía lo que era cuidarse, soltó otra frase increíble:

“¿Qué quieres de mí?”.

“¿Lo vas a hacer todo si te lo digo? ¿Qué es eso, una propuesta de cualquiera?”.

“……”.

La mirada que le devolvía con la boca cerrada seguía careciendo de cualquier emoción. Debería tenerle miedo por su tamaño, o estar furioso por el trato injusto debido a su casta, pero el omega simplemente lo observaba con ojos secos, tal como la primera vez. Como si estuviera de vuelta de todo en la vida.

Sin quitarle la vista de encima, Seung-chan sacó el celular del bolsillo de la campera y se lo tendió.

“……”.

Ju-won miró el teléfono y, después de un largo rato, levantó la vista hacia los ojos de Seung-chan. Al cruzar miradas, Seung-chan le puso el celular justo frente a la nariz para intimidarlo.

“Anota tu número”.

“... ¿Por qué?”.

“Dijiste que harías todo lo que quisiera. Vamos a ver hasta dónde llegas”.

Ju-won observó fijamente a Seung-chan, que lo miraba con el mentón en alto y ojos burlones, y tomó el celular de esa mano grande. En cuanto Ju-won guardó el contacto, Seung-chan le arrebató el teléfono y pulsó el botón de llamar. El tono de llamada sonó dentro del bolsillo de Ju-won.

Tras confirmar que el número era correcto, Seung-chan le dio en la frente el coscorrón que tanto había amagado. El sonido del impacto resonó tras el golpe de sus dedos largos. La única reacción de Ju-won fue fruncir ligeramente el entrecejo. A los ojos de Seung-chan, incluso eso resultó molesto.

“Ni se te ocurra ignorar mis llamadas, ¿entendido? Porque entonces te voy a dar la paliza que tanto pediste”.

Tras lanzar la advertencia con firmeza, Seung-chan salió del callejón sin esperar respuesta. Ju-won, solo, se quedó mirando distraídamente la colilla que Seung-chan había tirado. Si estaba dispuesto a ser descarado por Seung-on, este tipo de acoso no era nada. No era la primera vez que alguien lo odiaba visceralmente, y sabía perfectamente cómo seguirle la corriente a alguien pretendiendo sumisión.

Frotándose la frente dolorida con la punta de los dedos, Ju-won aplastó con la punta de su zapatilla la colilla que aún desprendía un poco de humo.

Aplastó la colilla con la punta de la zapatilla.

"Por cierto, ¿qué voy a hacer con el refugio?..." Como tenía ahorros suficientes para conseguir una habitación pequeña con alquiler mensual, pensó que tal vez debería visitar una inmobiliaria el fin de semana. "Entonces, ¿tendré que posponer un poco más lo del centro de desarrollo para Seung-on?..."

Sumido en sus pensamientos, Ju-won contrajo levemente los párpados, donde se notaban unas pequeñas manchas rosadas.

¿No será que tenías miedo de ir y esto es solo una buena excusa?

Haciéndose esa pregunta a sí mismo, Ju-won salió de entre los edificios y se detuvo un momento al ver la nuca de Seung-on, sentado solo en la bicicleta. Al tener la capucha de la campera puesta, la parte superior de su cabecita se veía redonda y abultada. Fue justo al abrir la boca para llamar al niño cuando se dio cuenta de que se estaba mordiendo el labio inferior con fuerza, sin notarlo.

Con los labios enrojecidos por la presión, Ju-won se acercó a Seung-on y plegó el pie de apoyo de la bicicleta.

“Ahora, al jardín de infantes...”.

Ju-won dejó la frase a medias al descubrir una mascarilla infantil en el rostro blanco de Seung-on. Era una mascarilla térmica con dibujos de personajes que él jamás le había comprado. Se quedó mirando fijamente al niño y, de repente, volvió la vista hacia el local. Tras el vidrio de la puerta, la dueña los observaba y le hizo un gesto con la mano indicándole que se cubriera la nariz y la boca. Luego, agitó la mano en el aire como diciéndole que se diera prisa y sonrió.

“Gracias...”.

Ju-won murmuró un agradecimiento que ella no podía oír y se inclinó formalmente. Al mismo tiempo, subió al asiento y empezó a pedalear. La bicicleta avanzó y pasó lentamente por delante de la entrada del local. Ju-won miró de reojo a Seung-chan, que estaba de pie junto a la dueña con expresión de pocos amigos, y puso más fuerza en sus piernas al pedalear.

 

“¡Ah, carajo!”.

Kyusung soltó un insulto en voz baja mientras aspiraba con fuerza el cigarrillo que sostenía entre los dientes. En el monitor, su personaje luchaba desesperadamente por tomar la delantera en la batalla, pero no era tan ágil como él deseaba, lo que lo sacaba de quicio. Mientras las manos de Kyusung se movían frenéticamente entre el mouse y el teclado, Seung-chan también estaba jugando. Sin embargo, a diferencia de lo habitual, ni siquiera lograba superar los niveles iniciales de dificultad sencilla y solía regresar al punto de partida constantemente.

Sentado con las piernas cruzadas sobre el colchón y la cabeza gacha, Seung-chan finalmente arrojó la tablet de Kyusung cerca de la almohada. Se levantó de un salto y se acercó al escritorio donde estaba Kyusung. Tras echarle un vistazo a la pantalla donde su amigo estaba perdiendo estrepitosamente, se burló llamándolo "imbécil" y agarró el paquete de cigarrillos que estaba junto al mouse.

Un viento frío entraba por la ventana, que habían dejado abierta para que saliera el humo. Seung-chan se apoyó en el marco con ambos brazos y fumó. Su rutina diaria, sin un trabajo decente tras haber terminado el servicio militar, era terriblemente aburrida. Pasaba el tiempo matando las horas en casa de Kyusung y, al caer la noche, vagaba por las calles buscando algún encargo a través de los conocidos de su amigo.

Con el cigarrillo entre los dedos, Seung-chan sacó el celular del bolsillo de su pantalón y lo miró fijamente. Lo que observaba con ojos llenos de hostilidad era el contacto de Ju-won, al que había guardado esa mañana bajo el nombre de 'Loco'.

“¡Ugh, maldita sea!”.

Kyusung, que finalmente perdió la batalla, se tomó la cabeza con las manos y se giró hacia Seung-chan. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces lo veía mirando el celular con atención mientras fumaba. Desde que llegó a su casa temprano por la mañana, Seung-chan se encontraba en ese estado cada vez que tenía un momento libre.

Kyusung lo observó en silencio y, haciendo girar su silla, preguntó:

“¿Qué vas a hacer con ese empleado omega? Dijiste que no podías tocarlo porque trabaja para tu tía”.

“... No sé”.

Seung-chan respondió cortante y se rascó la frente con la mano que sostenía el cigarrillo. Como el otro lo había provocado mirándolo a los ojos y diciendo que haría lo que él quisiera, le pidió el número en un arrebato de rabia, pero no había pensado en qué hacer después.

“Acosalo a más no poder. Hasta que se vaya por su propia cuenta”.

Era un plan que ya había escuchado antes. Tanto Kyusung como él, al ser unos tipos sin mucha educación, pensaban de la misma manera. Seung-chan expulsó el humo por la nariz, sacudió la ceniza en una lata de cerveza que estaba en el marco de la ventana y miró a Kyusung.

“¿Qué eres, un nene de primaria?”.

Kyusung, ignorando el desprecio de su amigo, siguió girando en la silla mientras miraba al techo y mantenía firme su propuesta.

“Oye, ¿sabes cómo cobran la plata los prestamistas hoy en día? Dicen que ya no van rompiendo todo como antes”.

Ante la indiferencia de Seung-chan, Kyusung alzó la voz con vehemencia.

“¡En serio, idiota! ¡El acoso psicológico funciona mucho mejor que los golpes!”.

“No voy a hacer esa estupidez, carajo”.

Seung-chan miró a Kyusung como si jamás hubiera considerado semejante tontería, aunque por dentro se sintió extrañamente aludido. Kyusung, al ver su idea rechazada, tomó su celular que justo empezó a sonar. Tras leer rápidamente la pantalla, se levantó con tanta fuerza que la silla de escritorio salió despedida hacia atrás.

“Me escribió Hyun-hyung. Dice que si queremos trabajar por el día, que vayamos esta noche. ¿Vas a ir?”.

La voz de Kyusung desbordaba entusiasmo por el tan esperado aviso de trabajo. Seung-chan, con el cigarrillo aún entre los labios, preguntó con voz algo apagada:

“¿De qué se trata?”.

“No sé. Me dijo que vayamos con traje, así que supongo que será algo como extra en un buffet. O por la hora, tal vez sea en un bar de vinos. Shim Se-jin empezó el mes pasado y dice que el trabajo es una pavada y que a veces hasta le regalan botellas de vino”.

La suposición de Kyusung tenía sus motivos. Hyun-hyung, el que les conseguía los trabajos, había trabajado un tiempo como seguridad en boliches. Era muy probable que tuviera contactos en el rubro gastronómico y nocturno.

Seung-chan soltó una larga bocanada de humo tras inhalar profundamente y dejó caer la colilla en la boca de la lata de cerveza.

“¿Traje? Mierda, no tengo nada de eso”.

“Tengo la ropa que usaste cuando me reemplazaste en aquel buffet. Yo te presto el saco. ¿Le escribo que vamos los dos?”.

Ante la pregunta de Kyusung buscando su consentimiento, Seung-chan asintió levemente. Fuera lo que fuera el trabajo, sería mejor que estar encerrado en una habitación sin hacer nada. Cerró la ventana por la que entraba el viento frío y guardó el celular, que aún mostraba el contacto de Ju-won, en el bolsillo trasero de su pantalón.

 

Poco antes de las 9 de la noche, una camioneta gris con patente de auto alquilado se detuvo frente a la casa de Kyusung. Seung-chan y Kyusung subieron apresuradamente al vehículo, que había llegado 20 minutos más tarde de lo acordado. Siguiendo las instrucciones de no usar ropa de abrigo, estaban solo con los sacos de traje que Kyusung le había prestado, a pesar del frío intenso. Les castañeteaban los dientes.

Seung-chan se sorbió la nariz y recorrió con la mirada el interior de la camioneta. Los hombres en los asientos delanteros vestían trajes negros como ellos, mientras que en la parte de atrás había tres o cuatro chicos con cara de niños que vestían ropa informal. Lo único que tenían en común era que todos eran de contextura grande y tenían expresiones aterradoras. Por donde se mirara, no parecía que fueran a un bar de vinos. Kyusung parecía pensar lo mismo; su rostro estaba rígido y lleno de ansiedad, como si tuviera la palabra "cagamos" escrita en la frente.

La camioneta se detuvo tres veces en total. Fueron bajando a los de atrás de a dos o de a tres y luego continuaban. Cuando llegó su turno, Seung-chan y Kyusung bajaron junto con el hombre que iba en el asiento del acompañante. El hombre, mirando la pantalla de su celular, les dijo:

“Ustedes solo quédense parados para hacer bulto. Yo me encargo del resto”.

“Sí”.

Kyusung respondió al instante. Seung-chan, viendo que el hombre se disponía a avanzar con el celular en mano, habló:

“¿A dónde vamos?”.

“Oye, solo camina... ”.

Kyusung agarró el brazo de Seung-chan, pendiente de la reacción del hombre. Seung-chan se soltó con suavidad y dijo con naturalidad:

“¿Qué? Tengo que saber qué tipo de trabajo voy a hacer antes de seguirte”.

Y con razón, ya que estaban en una zona residencial con callejones que se ramificaban en varias direcciones; no parecía que hubiera ningún lugar de trabajo legítimo por más que se internaran en el barrio. El hombre observó de arriba abajo a Seung-chan, que permanecía firme como si no fuera a dar un paso hasta recibir una explicación. Al parecer, su actitud tranquila y sin rastro de nervios le agradó, porque le respondió con franqueza:

“Cobro de deudas”.

 

Seung-chan frunció el ceño al instante. Las palabras sonaban extrañas. No dijo "presión", sino "fomento" o "motivación" del pago. Además, por su apariencia y el ambiente, era evidente que no se trataba de una entidad crediticia legalmente registrada. Tras soltar un suspiro contenido, Seung-chan miró de reojo a Kyusung.

Al encontrarse con su mirada, Kyusung se encogió de hombros con su habitual expresión de víctima, como diciendo que él tampoco sabía que el trabajo sería de este tipo. Para confirmar si la verdadera naturaleza del "fomento de deuda" coincidía con sus sospechas, Seung-chan y Kyusung siguieron al hombre por el momento.

Camino a un destino desconocido, mientras escuchaba los alardes del hombre, Seung-chan comprendió por qué utilizaba esa palabra.

“El viejo se escapó mientras pagaba los intereses, casi me dejo los huevos buscando al hijo”.

Mientras caminaba tras él, Seung-chan volvió a mirar a Kyusung. Aquello de que los cobradores modernos usaban el "acoso psicológico" resultó ser exactamente esto.

“Bueno, parece que el tipo abandonó al mocoso cuando era chico y llevan tiempo sin verse, pero eso no es problema nuestro. Incluso los que se hunden bajo tierra terminan saliendo por su cuenta si uno jode a la gente de su entorno. Solo tenemos que seguir machacando a la familia y conocidos hasta que el que se llevó la plata aparezca. En fin, ustedes solo miren cómo lo hago”.

Hablaba demasiado, pero en resumen, lo que planeaba era comportarse como un matón con gente inocente. Seung-chan le lanzó una mirada a Kyusung indicándole que se marcharan, pero Kyusung arrugó la cara y negó con la cabeza. Luego, sacó su celular y escribió algo apresuradamente; de inmediato, el teléfono de Seung-chan vibró en su bolsillo. Era un mensaje de Kyusung.

Kyusung: Ya que vinimos hasta acá, hagamos aunque sea uno, por favor.

Kyusung: Tengo que cubrir lo que gasté arreglando la moto la otra vez.

Tras leer los mensajes consecutivos, Seung-chan chasqueó la lengua y guardó el celular en el bolsillo interno de su saco con el ceño fruncido. Mientras intercambiaban miradas, el hombre que iba adelante se detuvo. Seung-chan levantó la vista para leer el cartel del edificio.

El edificio, que por fuera parecía una casa particular de una sola planta pero de gran tamaño, llamaba la atención por la cantidad de ventanas alineadas en la pared exterior, sugiriendo que tenía muchas habitaciones. Tras merodear frente a la puerta cerrada con cerradura electrónica para evitar el ingreso de extraños, el hombre se apoyó en el muro del refugio. Seung-chan se paró junto a Kyusung cerca del hombre, quien se llevó un cigarrillo a la boca con calma, como si no tuviera intención de entrar por la fuerza.

Tras diez minutos observando las ventanas del refugio, la mayoría con las luces apagadas, una luz de sensor se filtró a través del vidrio de la entrada. Alguien estaba saliendo. El hombre tiró el cigarrillo al suelo, como si hubiera estado esperando ese momento exacto.

Al tiempo que sonaba el pitido electrónico de la cerradura al abrirse, la puerta se franqueó y un rostro familiar apareció sosteniendo la mano de un niño.

“…….”

Seung-chan se encontró primero con la mirada de Seung-on, quien lo observaba con la mascarilla de personajes que su tía le había comprado esa mañana en la farmacia. Por encima de la mascarilla, que le cubría casi toda la cara, sus ojos grandes y redondos miraban fijamente a Seung-chan. Parecía confundido, como si hubiera olvidado por completo las carcajadas que soltó durante el desayuno por una sola palabra de Seung-chan.

Seung-chan trasladó su vista hacia Ju-won, que sujetaba con fuerza la mano del pequeño. Tenía la capucha del buzo puesta bajo la campera, y su rostro brillaba bajo la luz de la farola frente al refugio.

Como de costumbre, la expresión de Ju-won era plana mientras su mirada se desplazaba lentamente hacia Kyusung y el hombre que acompañaba a Seung-chan. Ju-won se preguntaba cómo Seung-chan había descubierto el refugio y cuál era su propósito. Después de haberle sacado el número y amenazarlo con que no volviera al local, ¿aparecía ahora para obstaculizar su camino al trabajo? Como en el local no podía ni levantarle la voz por culpa de la dueña, era muy probable que hubiera investigado sus antecedentes.

Le resultaba un poco ridículo que trajera a sus amigos solo para asustarlo, pero al mismo tiempo le preocupaba que Seung-on saliera perjudicado. Ju-won ocultó a Seung-on detrás de él y, mirando a Seung-chan, preguntó:

“¿Qué pasa?”.

“¿Qué va a pasar?”.

La pregunta era para Seung-chan, pero la respuesta vino de otra parte. Ju-won se giró hacia el hombre que parecía mucho mayor que ellos. El hombre miró alternativamente la pantalla de su celular y a Ju-won; con expresión de certeza, dio un paso adelante.

“Eres el hijo de Yang Ki-jun, ¿verdad?”.

“… Corté los lazos con él”.

Seung-chan observaba a Ju-won, que miraba directamente al hombre pegado a su nariz, y a Seung-on, que solo movía los ojitos escondido tras las piernas de su padre.

“Todos dicen lo mismo. No la hagamos larga, Yang Ki-jun debe quince millones solo de intereses. Dile que pague rápido. Si pasa de hoy, la deuda sube”.

“¿Por qué me dice eso a mí?”.

“Porque es tu viejo”.

Con un movimiento brusco, como si fuera a agarrarlo del pelo, el hombre tiró de la capucha del buzo de Ju-won hacia atrás para descubrirem su cabeza. Al ver que Ju-won levantaba instintivamente un brazo para protegerse el rostro, el hombre soltó una risita cínica.

“Aunque hayan cortado lazos, debés saber dónde anda. Son padre e hijo”.

“…….”

Ju-won recordó lo último que supo de su progenitor. Tras ser separado de él en su infancia, la última noticia que tuvo de su padre biológico fue a través de una trabajadora social durante el invierno de sus diecinueve años, justo antes de quedar embarazado de Seung-on. En aquel entonces, su padre vagaba por refugios para personas sin hogar. E incluso de allí solía ser expulsado pronto por beber a escondidas o meter a alfas en las instalaciones. Mientras Ju-won se preparaba para la universidad y tramitaba su salida del centro de menores hacia el centro de vida independiente, tuvo que buscarlo para obtener consentimientos y documentos; lo encontró viviendo una vida que no difería mucho de cuando lo descuidaba siendo niño.

Esa fue la razón por la que el espíritu rebelde de Ju-won despertó a los diecinueve años. El primer paso hacia una vida normal que venía con la oportunidad universitaria... Todas las esperanzas que había soñado se convirtieron en miedo. Huyó de la oportunidad que siempre deseó por temor a confirmar que, al final, terminaría viviendo en el mismo fango que su padre.

“Si no sabes, búscalo y dile que pague la plata”.

“…….”

El hombre ladeó la cabeza con una sonrisa burlona al ver que, a pesar de haberle quitado la capucha con tanta violencia que le despeinó el cabello, Ju-won no parpadeaba ni mostraba rastro de miedo.

“¿Mirá cómo me mira este pendejo?”.

“…….”

“Si no quieres que este mocoso te odie como tú odias a tu viejo, encuentra a Yang Ki-jun”.

El hombre se puso en cuclillas frente a Ju-won. Acto seguido, estiró la mano hacia Seung-on, que estaba detrás de las piernas de su padre.

“Oye, si tu papá no paga la deuda de tu abuelo, el siguiente eres tú. ¿Con qué vas a pag…?”.

En el instante en que la mano del hombre iba a tocar la mejilla de Seung-on, una zapatilla impactó con violencia contra el hombro del sujeto. Ante la patada repentina, Ju-won se giró hacia Seung-chan. Al igual que en su primer encuentro, los ojos de Seung-chan brillaban con un matiz salvaje.

Seung-chan se abalanzó sobre el hombre que había caído de lado y, antes de que este pudiera entender la situación, le estampó el puño en la cara.

“¡Ey! ¡Seung-chan, carajo!”.

Kyusung corrió espantado a intentar separarlos. Aprovechando el hueco, el hombre logró incorporarse y agarró a Seung-chan por las solapas.

“¡Pedazo de loco, de la nada...! ¡Maldita sea!”.

El hombre gritó mientras golpeaba el rostro de Seung-chan. Aunque recibió bofetadas consecutivas, Seung-chan parecía imperturbable. Su mirada desquiciada preocupaba más a quien lo viera que sus mejillas, que empezaban a hincharse y enrojecer.

“¡Sueltame!”.

“Haa... haa...”.

Seung-chan sujetó las muñecas del hombre y, con los ojos desenfocados como si hubiera perdido la conciencia, respiró con violencia mientras lo observaba.

Para alejarse de la pelea que estalló de imprevisto, Ju-won cargó a Seung-on en brazos y se pegó contra el muro. Kyusung no dejaba de dar vueltas alrededor murmurando: "¿Qué hago, qué hago? Mierda", sin atreverse a intervenir en la riña.

Por más que a Seung-chan lo llamaran el 'Perro Seung-chan' y hubiera pasado su vida metido en peleas, su contextura física no podía compararse con la de un matón de verdad. El hombre, con un cuerpo enorme como una montaña, se sentó sobre el abdomen de Seung-chan para someterlo y le aplastó la nuez de la garganta con una mano para que no pudiera esquivar los golpes. Acto seguido, descargó sus puños sin piedad contra el rostro de Seung-chan. Tras unos pocos puñetazos, la piel de sus párpados y del tabique nasal se desgarró, y la sangre comenzó a brotar.

Lo lógico habría sido cubrirse la cara con ambos brazos para evitar el castigo, pero Seung-chan no soltó ni un gemido y recibió los golpes directamente. Aun así, apretando los dientes, lograba encajar de vez en cuando un puñetazo en las costillas del hombre.

Al verlo, Ju-won recordó a un perro callejero. Un perro que solía aparecer por el orfanato donde él creció, lejos de la ciudad; incluso después de recibir el dardo tranquilizante del equipo de captura, el animal se había aferrado mordiendo el brazo de los hombres hasta el final.

Con espuma en la boca, babeando y con los ojos en blanco, pero persistente.

Seung-chan, que estaba siendo apaleado unilateralmente, levantó las piernas hacia su torso como si hiciera una maniobra de jiu-jitsu y las enredó en el cuello del hombre. Los cuerpos entrelazados giraron y la situación se revirtió. Al quedar encima del matón, la sangre que brotaba de la nariz de Seung-chan goteó sobre el rostro del hombre.

Fue justo cuando Seung-chan alzaba su puño cerrado con firmeza para golpear. Seung-on, que había estado conteniendo el llanto, estalló en un '¡buuaaa!'. El grito del niño resonó con fuerza en el callejón nocturno. Era un llanto provocado por el impacto de la escena que presenciaba; no era un sollozo contenido como los de siempre, sino algo cercano a un alarido. Solo entonces, la locura que habitaba en las pupilas de Seung-chan se disipó.

"Haa... haa...".

Jadeando pesadamente, Seung-chan giró la cabeza y vio el pequeño rostro que lloraba en brazos de Ju-won. Al ver cómo las gruesas lágrimas caían de los ojos apretados y empapaban la mascarilla, Seung-chan bajó el puño que mantenía en alto y se puso de pie.

"... Ah, maldita sea".

Sentía un calor ardiente en la nariz y la boca, bañadas en sangre. Se limpió con la mano, pero la palma le quedó completamente teñida de rojo. No era una herida que se arreglara con solo limpiar; necesitaba detener la hemorragia. Kyusung, que había seguido la escena con angustia, se acercó y tiró rápidamente del brazo de Seung-chan. Su intención era huir de allí antes de que el hombre que yacía en el suelo se levantara.

"Corramos, rápido, rápido".

Susurrando con urgencia, Kyusung arrastró a Seung-chan mientras que con la otra mano agarraba el brazo de Ju-won, quien permanecía allí abrazando a un Seung-on que no paraba de llorar. Ju-won, moviéndose por inercia según lo guiaba Kyusung, miró de reojo a Seung-chan, que caminaba a su lado. Él iba sacudiendo en el aire la mano manchada de sangre, con los ojos todavía brillantes por una excitación que no terminaba de irse.

Ese perro callejero que siempre le mostraba los colmillos y le gruñía cada vez que lo veía... ¿cuándo terminaría por morderlo?

A Ju-won le empezó a parecer interesante la advertencia de ese delincuente que antes solo le resultaba molesta. Tal como aquella noche en la que sintió curiosidad por saber si las circunstancias de ese tipo eran parecidas a las suyas, Ju-won experimentó, por segunda vez y de forma inusual, curiosidad por otra persona.