1.
1.
[¿Quieres
que te empuje por las escaleras? No tienes dinero para abortar.]
“…….”
Ju-won
abrió los ojos junto con esa voz que ya se le había vuelto tan familiar como la
suya propia y se quedó mirando fijamente el techo. Los cadáveres de insectos
voladores acumulados dentro de la cubierta de la lámpara formaban manchas
oscuras. Tras observar aquellas sombras de muerte con una mirada tranquila,
Ju-won cerró los párpados con fuerza.
Los
sueños evolucionan. Vuelven nítidos los recuerdos borrosos y, al final,
inventan cosas que nunca sucedieron como si fueran hechos reales. Por eso,
entre las voces terribles que resonaban en sus sueños, Ju-won se sentía
confundido sobre cuáles eran palabras que realmente habían salido de su propia
boca.
¿Habría
sido él quien quería deshacerse de ti? ¿O habría sido yo?
“Papá.”
Un
tacto frío y húmedo rozó suavemente la mejilla delgada de Ju-won. Él, que se
esforzaba por encontrar la verdad oculta en medio del sueño, levantó los
párpados y giró la mirada, revelando unos ojos con capilares rojos reventados.
Unos labios particularmente pequeños y carnosos, idénticos a los suyos,
soltaron fragmentos de palabras forzadas que apenas lograban salir.
“Pa,
pa, papá.”
“…….”
Ju-won
observó al niño en silencio. Al rostro blanco y regordete no parecía importarle
que no hubiera respuesta, o quizás estaba acostumbrado al silencio, porque
frunció sus labios cerrados y le sonrió a Ju-won. Era una expresión traviesa y
a la vez tímida. Sin embargo, la sonrisa inocente de aquel niño al que
cualquiera amaría no era visible para los ojos de Ju-won. Más que en la ternura
del pequeño, Ju-won se concentró en levantar su cuerpo, que se sentía inmóvil
como si estuviera aplastado por una roca.
Tengo
que levantarme……. Tengo que ir a trabajar…….
“Pa,
pa, papá.”
Tras
llamar a Ju-won una vez más, el niño cerró la boca como si hubiera terminado su
tarea y comenzó a juguetear con una mancha rosada del tamaño de una uña pequeña
que Ju-won tenía bajo el ojo, como si fuera un juego divertido.
“…Duele.”
Ju-won
sujetó la mano del niño, que le había picado el ojo por no saber medir su
fuerza, apretándola solo lo suficiente para no lastimarlo antes de soltarla.
Aclaró su garganta cerrada y apartó la manta. Al incorporar su cuerpo lánguido,
el dolor muscular que se había vuelto crónico en los últimos meses por haber
aumentado las horas de trabajo cayó sobre él.
“Fuu….”
Frunció
el ceño y cruzó el pequeño monoambiente soltando un sonido que no se sabía si
era un suspiro o una respiración profunda. Con solo dar unos pasos, sintió un
dolor en las plantas de los pies y en las piernas como si fueran a romperse.
Era natural, ya que trabajaba de pie todo el día. No solo el tren inferior
estaba arruinado. Sus hombros y brazos, que cargaban cosas pesadas, tampoco
estaban bien. Sin embargo, el lugar más doloroso era la nuca. El culpable era
el trabajo de ayudante de cocina que había empezado recientemente. Tras pasar
tres o cuatro horas con la cabeza inclinada lavando platos sin descanso, le
dolía el cuello hasta la mañana como si fuera a desprenderse.
Se
echó hacia atrás el cabello erizado por habérselo secado mal de madrugada antes
de dormir y se paró frente a la heladera. Sacó una bolsa de plástico bien
atada, la metió entera en el microondas y se dirigió al baño. Eran las 7:30. El
tiempo apremiaba si quería llevar al niño al jardín de infantes para las 8:00.
Ju-won
se puso en cuclillas frente a la canilla y, sin margen para esperar a que
saliera el agua caliente, recibió en sus palmas el agua fría que caía en un
hilo. Se la arrojó a la cara sin vacilar, a pesar de que el frío le entumecía
los nudillos.
La
pobreza le había llegado siguiendo el linaje del padre que lo engendró. Pensaba
que era algo inevitable, como una enfermedad hereditaria, y nunca se sintió
resentido por ello. Pero eso no significaba que no tuviera ambición por escapar
de la pobreza. Hubo un tiempo en que se aferró al estudio para vivir una vida
normal. Como resultado, aunque no pudo alcanzar a aquellos que nacieron,
crecieron y vivieron normalmente en familias comunes, estuvo a las puertas del
ingreso universitario.
Si
no hubiera sido por la enfermedad de mierda que su padre grabó en su sangre
junto con la pobreza, en este momento estaría construyendo esa vida normal con
la que tanto soñaba.
Terminó
de lavarse la cara con movimientos bruscos hasta que su rostro pálido se puso
rojizo, y comenzó a cepillarse los dientes mirando inexpresivo el espejo con
las esquinas rotas.
A
los diecinueve años tuvo al niño. Fue porque la enfermedad de mierda brotó.
Ansiedad y evasión. Era un mal que comenzó desde el vientre de su padre; el
progenitor de Ju-won intentó abortar constantemente para deshacerse del Ju-won
que estaba dentro. Sin embargo, Ju-won nació y la situación no cambió. Su padre
dejaba solo a Ju-won, que aún no cumplía ni un año, y no regresaba a casa, o lo
dejaba cubierto con mantas.
El
día que lo separaron de su padre a los seis años bajo cargos de abuso infantil,
su progenitor le dijo estas palabras:
[Solo
olvídalo. Es porque tengo una enfermedad de mierda.]
La
enfermedad heredada de su padre sumía a Ju-won en la ansiedad y el terror no
solo ante las cosas malas, sino también ante las buenas. Cerca del invierno de
sus diecinueve años, cuando la oportunidad de escapar de una vida de fango bajo
el nombre de ‘ingreso universitario’ estaba frente a sus ojos, la enfermedad de
mierda que su padre sembró profundamente lo consumió. Ju-won evadió la
ansiedad, que creció de forma incontrolable ante su nueva vida, mediante
placeres sin valor, tal como lo hizo su padre.
Y
Ju-won, en lugar de ir a la universidad, dio a luz al niño. Existían otras
opciones, pero no podía hacerle al niño que estaba en su vientre lo mismo que
su padre le había hecho a él. Así, Seung-on, ese niño que era idéntico a él, se
convirtió en lo único en su vida de lo que Ju-won no huyó.
Cortó
en trozos pequeños con las tijeras de cocina unos pedazos de costilla adobada
calentados en el microondas. Sin importarle si estaba caliente, Seung-on se
metió rápido a la boca la carne que aún humeaba usando las manos. Era lógico
que tuviera hambre, ya que se había despertado hacía rato esperando a que él
despertara. Ju-won observó en silencio a Seung-on llenándose la panza a toda
prisa.
Seung-on
nunca despertaba a Ju-won. Quizás fuera porque no hablaba bien, pero era un
niño que no expresaba mucho sus deseos, excepto cuando estaba caprichoso por el
sueño. En los días libres, si Ju-won no despertaba hasta pasado el mediodía
vencido por la fatiga, Seung-on pasaba media tarde hambriento junto a él con la
boca bien cerrada. No hacía ni un solo berrinche común.
Aquel
niño no solo había sido quisquilloso en el vientre, agotando a Ju-won con
náuseas matutinas severas, sino que incluso hasta el momento de nacer no fue
fácil; pero una vez que salió al mundo, era como si no estuviera. Por eso, a
veces Ju-won se quedaba abstraído mientras trabajaba frenéticamente, olvidando
la razón por la cual ganaba dinero apretando los dientes.
Ju-won
miró fijamente a Seung-on, que masticaba la carne con esmero manchándose la
comisura de los labios con grasa y adobo como si estuviera comiendo un
banquete, a pesar de ser la misma costilla de todas las mañanas, y le tendió un
vaso. Pegó el vaso de plástico, cuya impresión se había borrado tanto que era
difícil saber qué dibujo tenía originalmente, a los labios de Seung-on y lo
inclinó con cuidado. Seung-on, proyectando sus pequeños labios como el pico de
un pajarito, bebió el agua a grandes tragos.
Ju-won
le dijo con voz baja y ronca a Seung-on mientras este bebía:
“Hoy
también come mucho el almuerzo y la merienda en el jardín.”
Seung-on,
tras terminar de beber todo, asintió y volvió a comer la costilla con sus manos
pequeñitas. Ju-won extendió su mano hacia Seung-on, que estaba concentrado en
masticar y tragar la carne sin decir nada, y le limpió con el dorso de la mano
el agua que colgaba de la punta de su mentón redondeado.
A
pesar de ser mediados de diciembre, el clima no era tan frío. En las noticias
decían que, dado que este invierno no sería frío, se pronosticaba una ola de
calor extrema para el verano del próximo año. Sin embargo, a Ju-won no le
importaba cómo sería el próximo verano. Más que el lejano verano, el invierno
que tenía encima era más importante.
Ju-won,
con el rostro medio hundido dentro de la campera fina con el cierre subido
hasta el final, pedaleaba observando el frente y apretó con fuerza los frenos
de la bicicleta. Entonces Seung-on, que estaba sentado en la silla para niños
instalada entre el manubrio y el asiento moviendo solo sus grandes ojos, se dio
cuenta de que habían llegado a destino y movió sus pequeñas manos para soltar
el cinturón de la cintura.
Ju-won
estacionó la bicicleta y tomó a Seung-on en brazos. En cuanto sus pies tocaron
el suelo, Seung-on estiró ambos brazos hacia la mochila del jardín que estaba
en el canasto de la bicicleta. Seung-on cuidaba sus pertenencias con esmero a
pesar de tener una contextura más pequeña que los de su edad. La maestra a
cargo del jardín lo elogiaba diciendo que era inteligente como su papá al ver a
Seung-on así.
Seung-on
no es inteligente para nada. Es que su instinto de supervivencia es fuerte. Si
es que se parece a mí, como dice la maestra.
Seung-on,
con la mochila del tamaño de su cuerpo en brazos, se adelantó corriendo a
Ju-won. Un lugar cálido. Un lugar donde podía comer hasta llenarse. Un lugar
donde podía recibir amor y atención. Ju-won tocó el timbre mientras miraba la
espalda de Seung-on, quien esperaba a la maestra frente al cerco del jardín,
habiendo escapado de las sombras de la muerte.
Por
alguna razón, en lugar de la maestra de Seung-on, salió la directora a dar el
saludo matutino.
“Hola,
Seung-on. Buenos días, padre.”
“…….”
Ante
el saludo suave dirigido a él, Ju-won se limitó a inclinar la cabeza en
silencio. La maestra a cargo, que salió corriendo poco después, saludó a Ju-won
junto a Seung-on y luego desapareció hacia el interior. Ju-won se quedó mirando
fijamente la nuca redonda del niño, que se alejaba de la mano de la maestra sin
mirar atrás, y justo cuando estaba por darse la vuelta, la directora lo detuvo
con voz dulce.
“Disculpe,
padre de Seung-on.”
“…….”
Unos
ojos sin vida se volvieron hacia la directora. Tenía un rostro demasiado
juvenil para ser el padre de un niño de 28 meses. ¿Acaso habían dicho que
apenas tenía veintidós? La directora mostró una sonrisa cálida al ver esas
pupilas vacías, donde no se encontraba ni la mirada de un padre con un hijo ni
la de un joven de veintidós años. Sin embargo, Ju-won leyó rápidamente el apuro
oculto tras esa benevolencia y comenzó a juguetear con la manga de su campera
mientras observaba la reacción de la mujer. A diferencia de su rostro
inexpresivo, las puntas de sus dedos temblaban con ansiedad.
Tras
cambiarse en el baño del centro comercial, Ju-won cruzó el salón mientras se
metía el borde de la camisa dentro de la cintura del pantalón. Después de dejar
a Seung-on en el jardín a las 8:00 de la mañana, corría de inmediato a un
buffet de comida coreana cerca de la estación para empezar su trabajo de
mesero. El trabajo de recoger platos vacíos recorriendo el amplio salón durante
seis o siete horas era más agotador de lo esperado, pero podía descansar de a
ratos si se las ingeniaba y, sobre todo, el pago por hora era alto. Al ser una
contratación diaria, la gran ventaja era que podía faltar libremente los días
en que Seung-on estuviera enfermo.
Los
empleados temporales, vestidos de negro de pies a cabeza sin distinción de
género, estaban reunidos al frente del salón del buffet para el control de
asistencia. Ju-won, que caminaba por el salón arreglándose la ropa, apresuró el
paso al descubrir al mánager que aparecía con una lista en la mano.
La
directora, tras detener a Ju-won cuando este se disponía a irse del jardín, le
pidió tener una breve entrevista a la hora de la salida. Aunque mezcló temas
triviales como las relaciones de Seung-on con sus compañeros, el motivo de la
solicitud era el lento desarrollo del niño. La directora quería contactarlo con
un centro de desarrollo infantil donde pudiera recibir asesoramiento gratuito.
Y le recomendó, con insistencia, que fuera.
Observando
la reacción del mánager, que verificaba los nombres y rostros de los postulantes,
Ju-won se hizo un lugar en medio de la fila. Justo en ese momento, el mánager
lo llamó.
“¿Yang
Ju-won?”
“Aquí…….”
Temiendo
no ser visto por estar tapado por el hombre alto parado justo frente a él,
Ju-won se puso en puntas de pie y respondió levantando la mano derecha. Sin
embargo, a pesar del esfuerzo de Ju-won, el mánager volvió a llamarlo mientras
recorría con la vista a los empleados.
“¿Yang
Ju-won? ¿Señor Yang Ju-won?”
“Vine.”
Saliendo
por completo de detrás de la espalda del hombre para quedar fuera de la fila,
Ju-won respondió alzando la voz. Solo entonces el mánager notó su presencia,
asintió y llamó al siguiente empleado. Ju-won regresó a su lugar en la fila. Y,
al mismo tiempo, el hombre que estaba parado de forma descuidada con ambas
manos en los bolsillos de su pantalón de vestir, miró de reojo hacia atrás.
…Un
delincuente.
En
el instante en que sus ojos se cruzaron brevemente, Ju-won captó de inmediato
un aire rebelde en la mirada del hombre. Esa palabra para describirlo podía
deducirse solo por su peinado corto pero estilizado con esmero, o por sus
accesorios como piercings y pulseras, que eran inapropiados para el requisito
de 'apariencia pulcra' del trabajo.
El
hombre, que miraba a Ju-won desde arriba, volvió la cabeza hacia el frente. El
mánager llamó al último nombre de la lista.
“Gye
Seung-chan.”
“…….”
Ju-won
miró hacia arriba la espalda del hombre, quien se limitó a levantar la mano con
desgano ante el llamado del mánager, sin dar una respuesta particular. Debido a
su gran estatura pensó que era un alfa, pero al observar de cerca, era un beta.
Tenía una buena estructura ósea, con hombros cuadrados y extremidades largas
como un alfa, pero su contextura delgada era diferente a la de ellos. Además,
de entrada, era un puesto de trabajo donde los alfas no podían postularse, así
que alguien que vestía la camisa negra y el pantalón de vestir que solo usaban
los meseros no podía ser un alfa.
Tras
confirmar la asistencia de los postulantes, el mánager comunicó unas breves
advertencias y comenzó a dar instrucciones a los empleados. Mientras las
empleadas encargadas de ordenar las mesas colocaban servilletas y cubiertos en
cada una, Ju-won llenó el dispensador del sector de bebidas. No había ningún
empleado que conociera las recetas de las bebidas tan bien como Ju-won, quien
llevaba asistiendo un mes seguido a este trabajo de buffet que reclutaba
personal diariamente de forma constante.
Subido
a una silla, Ju-won vertió la bebida mezclada con jarabe concentrado y agua en
el dispensador. Mientras observaba cómo el líquido subía lentamente en el
enorme dispensador industrial, Ju-won movió los ojos en silencio y miró hacia
abajo. Lo primero que vio fue una camisa blanca impecable, no la camisa negra
que usaban los empleados. Tras recorrer con la mirada la manga bien planchada y
el reloj de metal que brillaba debajo, la vista de Ju-won se dirigió a la mano
que sujetaba su propia rodilla.
“Ponle
más agua. Puedes ponerle. El concentrado es muy fuerte de por sí, así que el
sabor no cambia mucho.”
“…….”
La
mano del mánager subió de la rodilla al muslo. El mánager apretó el muslo de
Ju-won como si lo estuviera apurando. Ju-won, mirando hacia abajo el pantalón
que se había arrugado por el agarre del hombre, comenzó a verter agua mineral
en el dispensador sin decir palabra.
Solo
cuando Ju-won bajó de la silla tras vaciar toda la botella de agua, la mano del
mánager se retiró.
“Ten
cuidado de no caerte.”
Ignorando
al mánager, que murmuraba como si se preocupara por él cuando ya se había
bajado de la silla, cerró la tapa de la botella vacía. Entonces, esta vez la
mano del mánager sujetó el hombro de Ju-won.
“¿Te
postularás para el trabajo de mañana también, no?”
“…Sí.”
Ante
la respuesta de Ju-won, el mánager asintió, le dio unas palmaditas en el hombro
que había apretado con fuerza y se dio la vuelta. Luego, se dirigió a llamarles
la atención a unos empleados que ya se estaban reuniendo en un rincón del salón
para perder el tiempo. Ju-won se quedó mirando fijamente la espalda del mánager
que dirigía el salón ante la inminente hora de apertura, y se sacudió el hombro
mientras giraba la cabeza.
“…….”
En
el lugar hacia donde giró la vista sin querer, estaba parado el beta
delincuente. Aquel delincuente, cuyo nombre ya se había borrado de la mente de
Ju-won, parecía estar trasladando comida terminada desde la cocina al
mostrador, ya que sostenía con sus manos enguantadas un recipiente de comida
del que salía un vapor blanquecino. A pesar de que el peso del recipiente lleno
de carne adobada debía ser considerable, el sujeto miraba fijamente a Ju-won en
una postura inmóvil.
Ju-won
ignoró esa mirada hacia él cuyo significado no podía comprender y arrastró la
silla a la que se había subido antes. Incluso mientras ponía la silla en su
lugar, sintió la mirada pegada persistentemente a su nuca.
Existen
dos tipos de miradas descaradas: el interés y el desprecio. Viviendo veintidós
años de vida como un omega desdichado, se había enfrentado a innumerables
momentos en los que debía interpretar la mirada ajena. Ju-won solía esforzarse,
por lo general, para verse bien, esperando que la mirada ajena que se le pegaba
fuera un interés nacido del agrado. Sin embargo, en ocasiones ese esfuerzo era
tan agotador que simplemente deseaba que lo despreciaran.
Y
ahora, no le importaba en absoluto. No le quedaban fuerzas para preocuparse por
los demás.
Al
mismo tiempo que Ju-won empujaba la silla hacia la mesa, las puertas del salón
se abrieron. Entraron los clientes que habían estado haciendo fila desde la
hora de apertura en un día de semana. Quizás gracias a que el año pasado el
lugar fue presentado en un programa de búsqueda de restaurantes famosos, se
veían muchos clientes jóvenes a pesar de ser un buffet coreano.
En
cuanto entraron al salón, Ju-won se paró en un rincón con las manos cruzadas
atrás, esquivando a los clientes que recorrían el mostrador llenando sus platos
con comida. Ju-won observó con frialdad a las personas que, sentadas en grupo
alrededor de las mesas, charlaban alegremente mientras comían los platos que
colmaban sus platos.
Tenía
hambre. Los pocos trozos de carne adobada que había picoteado mientras
alimentaba a Seung-on por la mañana ya se habían digerido hacía tiempo. Ju-won,
haciendo fuerza en su abdomen que rugía anunciando el hambre, miró de reojo
hacia un lado. Al final de la fila de varios empleados que, al igual que él,
esperaban con las manos atrás a que aparecieran platos vacíos, estaba el
delincuente. Él estaba mirando a Ju-won. Ju-won, quien también lo observó con
expresión neutra, esta vez volvió a girar la cabeza primero.
La
desventaja del trabajo en el buffet coreano era que salían muchos platos
vacíos. Al recorrer el amplio salón sin descanso recogiendo platos, la fina
camisa se empapaba de sudor en apenas una o dos horas. Cerca del final del
horario de almuerzo, incluso el desodorante de feromonas que se había rociado
en abundancia desde la coronilla hasta los pies dejaba de surtir efecto. Tratar
de no acercarse a las mesas donde hubiera clientes alfas era la única manera de
evitar que le buscaran problemas sin motivo.
Sin
embargo, era imposible escapar de toda la mala suerte. Un cliente que bajó sus
palillos manchados con polvo de ají como si los arrojara, sujetó de repente la
mano de Ju-won mientras este apilaba los platos vacíos sobre su muñeca. Ju-won
detuvo sus movimientos y miró al cliente. Un hombre que parecía estar en sus
treinta sonreía mientras se limpiaba la comisura de los labios manchada de
adobo con una servilleta. Seguía sin soltar la mano de Ju-won.
“Quiero
que nos hagamos amigos, dame tu usuario de redes sociales.”
“No
uso de esas cosas.”
Ju-won
torció el brazo intentando liberar la mano atrapada tras responder en voz baja.
Ante esto, el hombre la apretó con más fuerza.
“¿En
serio?”
El
hombre volvió a preguntar en tono burlón. Sus acompañantes sentados a la mesa
hacían gestos con las manos como para detenerlo, pero todos se reían. Tras
captar el ambiente de la mesa, Ju-won respondió una vez más con voz monótona.
“No
lo uso.”
“Ay,
por favor, ¿quién no usa redes sociales hoy en día?”
“…….”
“Está
bien. Pero...”
Los
ojos del hombre, que hasta hace un momento sonreían con amabilidad, se afilaron
de repente.
“¿Por
qué respondes de forma tan maleducada? ¿Siendo un simple empleado?”
En
el instante en que Ju-won aplicaba fuerza para retirar su mano y evitar
responder a una provocación de tan bajo nivel, el hombre la soltó justo a
tiempo. Ju-won, perdiendo el equilibrio por el cambio repentino de peso, cayó
al suelo junto con los platos que tenía apilados en un brazo. La comida que
quedaba en los platos saltó por todas partes y todas las miradas del bullicioso
salón se centraron en él.
“…….”
Ju-won
observó cómo una papilla blanca espesa chorreaba por el pecho de su camisa
negra y luego levantó la vista hacia la mesa. El hombre, que se carcajeaba con
sus amigos, se arrodilló frente a Ju-won con una servilleta en la mano al
cruzar miradas. Luego, dijo como si estuviera siendo generoso:
“Está
bien. Cualquiera puede cometer un error.”
“…….”
El
hombre limpió con la servilleta la papilla que escurría por la camisa de
Ju-won. El tacto de su mano presionando contra su pecho tenía una clara
intención de acoso.
Era
un patrón familiar. Ju-won no sentía ningún tipo de impacto ante las tretas
baratas de 'ellos', quienes no dudaban en acosarlo sexualmente o menospreciarlo
por ser un omega de contextura pequeña. No valía la pena reaccionar a cada
incidente, ya que así había sido la mayor parte de sus veintidós años de vida.
Apretando
los labios como si contuviera una risa y mirando inexpresivo al hombre que solo
manoseaba su pecho con la servilleta, Ju-won soltó un suspiro por la nariz y le
apartó la mano de un golpe. Sin embargo, la mano del hombre regresó enseguida
al mismo lugar y frotó su pecho de forma aún más descarada. Ju-won abrió la
boca mientras lo fulminaba con la mirada.
“Basta….”
Antes
de que Ju-won pudiera terminar la frase, ese rostro que fingía una simpatía
asquerosa salió volando hacia un lado. Al mismo tiempo que el hombre caía
rodando y chocaba contra la pata de la mesa donde estaban sus amigos, la mesa
se sacudió violentamente y un vaso de plástico se cayó.
“…….”
Ju-won
miró con ojos muy abiertos sus zapatillas, que habían quedado hechas un
desastre por las salpicaduras de la gaseosa que contenía el vaso. El dueño de
las zapatillas ensuciadas era el beta delincuente. Y en ese instante, el nombre
del delincuente que se había borrado de su mente regresó.
Gye
Seung-chan… creo que era.
Mientras
Ju-won recordaba el nombre, Seung-chan agarró por la nuca al hombre que estaba
tirado bajo la mesa. El hombre, desconcertado, forcejeó mientras se tocaba la
parte posterior del cuello.
“¡Mierda,
qué pasa!”
“Si
vas a comer, dedicate solo a comer. Deja de hacer estupideces.”
Sujetándolo
por la nuca, Seung-chan lo levantó y alzó la mano sobre su cabeza como si fuera
a darle una bofetada en cualquier momento. Entonces Ju-won, que ya se había
levantado, sujetó con firmeza la muñeca de Seung-chan, donde brillaba una
pulsera. Consciente de las miradas a su alrededor, Ju-won intentó disuadirlo en
voz baja.
“Ya
está, basta….”
“…….”
Seung-chan,
que miraba desde arriba al hombre que temblaba con los ojos desorbitados por el
miedo, giró lentamente la cabeza. Al mirar a Ju-won, Seung-chan bajó la vista
de reojo hacia su muñeca. En cuanto confirmó que la mano de Ju-won sujetaba su
brazo, frunció el ceño y lanzó al hombre lejos de un tirón por la nuca. Luego,
con el brazo aún sujeto por Ju-won, se acercó más a él. Ju-won miró
directamente hacia arriba a Seung-chan, quien proyectaba una sombra sobre él.
“…….”
“…….”
Aquel
rostro de rasgos bien definidos que emanaba un aire rebelde se quedó mirando
fijamente a Ju-won, antes de que su expresión se endureciera con frialdad y
dijera:
“¿Dónde
crees que tocas, maldito omega de mierda?”
Ju-won
comprendió intuitivamente qué significaba la mirada con la que Seung-chan lo
observaba desde la mañana. Desprecio. El significado de esos ojos
cargados de una burla hacia el otro era, claramente, desprecio.
“…….”
Tras
mirar con indiferencia aquel rostro que le bloqueaba el paso, Ju-won soltó la
muñeca de Seung-chan. Luego se agachó y recogió, uno por uno, los platos caídos
en el suelo y el vaso que estaba tirado junto a la zapatilla salpicada de
gaseosa.
A
pesar de estar en el centro del alboroto, las miradas de ambos hombres
siguieron a Ju-won, quien se mantenía indiferente como si fuera un asunto
ajeno. En el momento en que el hombre, rodeado por sus amigos y respirando
agitado por la furia, estaba por lanzar un insulto hacia Ju-won que intentaba
retirarse, la mano de Seung-chan se adelantó primero.
Cuando
esa mano grande lo tomó del brazo para hacerlo girar, Ju-won miró a Seung-chan
con ojos secos. Seung-chan frunció el rostro y soltó una risa incrédula, como
si no pudiera dar crédito a lo que veía.
“¿Simplemente
te escapas?”
“…….”
“¿A
dónde vas? Si te ayudé, deberías encargarte de limpiar el desastre. Es tu
trabajo.”
A
Ju-won le pareció extraño que Seung-chan, después de ayudar a un omega
despreciable y actuar como si fuera a golpearlo si no desaparecía de inmediato,
ahora lo sujetara diciéndole que limpiara. Pero, por otro lado, pensó que era
una actitud acorde a su aire de delincuente. Según su vasta experiencia, ese
tipo de personas que solo tienen rebeldía en la cabeza suelen actuar según su
estado de ánimo, sin lógica ni contexto.
Y
tratar con ese tipo de personas no es tan difícil. Solo hay que seguirles la
corriente. Ni siquiera hace falta mostrar sinceridad; para ellos, lo único
importante es sentir que han movido al otro a su voluntad.
Ju-won
dejó los platos y el vaso que sostenía sobre la mesa, tomó una servilleta y se
puso en cuclillas en el lugar. Con la misma servilleta con la que el cliente se
había limpiado la boca hace un momento, limpió la zapatilla de Seung-chan
salpicada de gaseosa.
Tras
quitar superficialmente la mancha de gaseosa, Ju-won se puso de pie, levantó la
cabeza y preguntó:
“¿Ya
está?”
“Ja….”
“Y
yo nunca te pedí que me ayudaras.”
Dijo
Ju-won en un tono carente de emoción mientras recogía los platos que le faltaba
limpiar. Las pupilas de Seung-chan siguieron lentamente los movimientos de
Ju-won. Justo cuando esa mirada cargada de asombro, como si estuviera frente a
algo que veía por primera vez en su vida, volvía a transformarse en una de
menosprecio, apareció el mánager corriendo.
El
hombre, que se había quedado pasmado perdiendo el momento justo para intervenir
en la conversación entre Seung-chan y Ju-won, gritó en cuanto apareció el
mánager como si lo hubiera estado esperando. Alzó la voz alardeando de lo
importante que era, mientras soltaba insultos vulgares que contradecían la
reputación que él mismo se atribuía. Su furia por recuperar el orgullo herido
ante tantos espectadores se volvió cada vez más parecida al berrinche de un
niño.
Para
cuando la furia del hombre, disfrazada de una queja legítima, se convirtió en
un disturbio con exigencias de compensación desmedidas, la atmósfera del salón
se calmó gracias a la intervención de la seguridad privada; sin embargo, Ju-won
no pudo evitar la entrevista con el mánager.
El
mánager, que caminaba de un lado a otro en el pequeño cuarto de descanso, se
volvió hacia Ju-won.
“El
costo de la vajilla se cubrirá con tu paga de hoy. Como tengo que pasar el pago
para su aprobación, luego me lo devuelves en efectivo...”
“Son
de plástico, así que no se rompió ni un solo plato ni vaso.”
Refutó
Ju-won con rostro inexpresivo, parpadeando con pesadez por el cansancio
acumulado. El mánager se le quedó mirando fijamente como si se tomara un
tiempo, y luego abrió la boca soltando un suspiro como si acabara de
recordarlo.
“Ah,
¿era así? Entonces por el mantel y los gastos de lavandería de la ropa del
cliente.”
“…….”
No
ignoraba que era injusto. La injusticia era algo que Ju-won había aprendido
incluso antes que a hablar al nacer en este mundo. Porque conocía la injusticia
mejor que nadie, Ju-won decidió no contraatacar hoy tampoco.
El
mánager, ante el silencio de Ju-won, buscó su consentimiento respecto al pago
de la jornada.
“¿Habías
dicho que mañana también te postularías para el trabajo?”
Eran
solo palabras distintas para un mismo significado. La injusticia encadenada era
algo que, una vez que empezabas a enfrentar, te obligaba a abrirte paso por un
camino sin final a la vista. Para Ju-won, era más cómodo evitarla que intentar
abrirse camino.
El
mánager, tras echarle una mirada rápida a Ju-won, quien permanecía con la vista
baja y sin reaccionar, chasqueó la lengua.
“Ese
maldito delincuente tuvo suerte. Si el otro hubiera traído un certificado
médico más tarde, habría sido un problema, pero en cuanto mencioné las cámaras
de seguridad, dijo que lo dejaría pasar.”
Ju-won
se limitó a escuchar en silencio el parloteo del mánager.
“Él
también tenía la conciencia sucia. Menudo cliente... Por eso, sin importar el
género secundario, lo mejor es no involucrarse con tipos problemáticos, ¿no
cree?”
“…….”
“En
fin, tanto ese delincuente como el cliente están en la lista negra y no podrán
acercarse por aquí, así que no se preocupe, Yang Ju-won. Nos vemos mañana a la
misma hora.”
NO HACER PDF
Ju-won
asintió levemente y se dispuso a darse la vuelta, pero el mánager extendió el
dedo índice. Su dedo grueso se acercó tanto que casi rozó la mancha de papilla
en el pecho de la camisa de Ju-won. Al notar el movimiento cargado de segundas
intenciones, Ju-won salió apresuradamente del cuarto de descanso.
Caminaba
a paso rápido por el pasillo cuando se detuvo en seco.
“…….”
Seung-chan,
ya vestido con su ropa de calle, estaba parado frente al ascensor de empleados.
A juzgar por su cambio de ropa, parecía que, tal como había dicho el mánager,
se marchaba sin haber completado su turno. Seung-chan, que esperaba el ascensor
sosteniendo su teléfono mientras este subía desde los pisos subterráneos, giró
el cuerpo hacia atrás como si hubiera sentido una presencia.
Por
un instante, Ju-won pensó que Seung-chan podría arremeter contra él. El hecho
de que se hubiera ido a las manos primero era por su propia naturaleza rebelde,
pero aun así, al haber perdido su empleo por verse involucrado en un asunto
ajeno, Ju-won pensó que al menos soltaría algún insulto sarcástico. Sin
embargo, al contrario de lo esperado, Seung-chan desvió la mirada con
indiferencia tras verlo.
Ju-won
observó por un momento la espalda de Seung-chan mientras este miraba su
teléfono esperando el ascensor. Después de haberle gritado que se encargara de
la limpieza, ¿acaso no tenía quejas por haber sido despedido? Era igual que
antes: lo ayudó en una situación difícil para luego lanzarle una mirada de
desprecio. Sus criterios para la ira eran difusos.
Ju-won
no tenía intención de averiguar dónde trazaba sus límites aquel beta
delincuente. No tenía energía para gastar en alguien con quien no volvería a
cruzarse. Tras observarlo un instante, Ju-won giró la cabeza y volvió a caminar
para regresar al salón que había dejado vacío.
Como
de costumbre, su turno en el buffet terminó a las 4:00 de la tarde. Tras
cambiarse, le devolvió al mánager más de la mitad de su paga diaria bajo el
concepto de 'gastos de lavandería'. Sabía perfectamente que ese dinero
terminaría en el bolsillo del mánager, pero su situación no le permitía
protestar ni renunciar hasta encontrar otro empleo.
Se
dirigió a su siguiente trabajo pedaleando en su bicicleta, que llevaba
instalada una silla para niños. El viento soplaba con fuerza debido a la
velocidad, despeinando su flequillo. Aunque el clima no se sentía frío por la
mañana, al pedalear bajo el cielo donde el sol ya se había ocultado, su frente
y sus mejillas se tiñeron rápidamente de rojo.
Ju-won
entró en una tienda de conveniencia ubicada cerca del jardín de Seung-on, se
quitó la campera y se puso el chaleco del uniforme. El encargado de la tienda,
que esperaba el relevo, apenas devolvió el saludo de Ju-won antes de marcharse
a toda prisa. Era un hombre obsesionado con el ping-pong y el bowling; el
trabajo de Ju-won consistía principalmente en cuidar la tienda en lugar del
encargado hasta las 7:00 de la tarde, horario en el que este podía escapar de
la vigilancia de su esposa.
Tras
frotarse el rostro frío para entrar en calor, Ju-won se sentó en el mostrador y
se colocó un auricular en un solo oído. Luego, se quedó mirando fijamente el
teléfono que había apoyado en un rincón del mostrador. En la pantalla se
reproducía un video titulado: ‘Guía obligatoria del Refugio Omega Rayito de Sol
- capítulo. 8’.
Después
de dar a luz a Seung-on a los veinte años durante el verano, Ju-won dependió
por un tiempo de la ayuda de una trabajadora social de un centro de bienestar,
hasta que en otoño se mudó con su hijo al refugio para omegas. Para poder
permanecer allí, era obligatorio ver los videos educativos producidos por el
refugio a una hora determinada cada día. Su trabajo de medio tiempo en la
tienda no era tanto por el dinero, sino porque no quería desperdiciar el tiempo
mientras veía los videos.
“…….”
Poco
a poco, los ojos de Ju-won, fijos en la pantalla, dejaron de parpadear. A
excepción de las tres o cuatro horas que dormía por la madrugada, Ju-won
siempre estaba en movimiento. Los días de semana en el buffet y en la parrilla.
Los fines de semana, cuando trabajaba haciendo entregas, recorría todas las
calles del barrio. Solo en este momento, el único en el que no tenía que mover
ni un dedo, el sueño acumulado caía sobre él de forma abrumadora.
Sus
grandes pupilas, que habían perdido el foco, se cerraron a medias. Justo cuando
sus párpados, tan pesados que ya no podía levantarlos por su propia cuenta,
temblaban levemente entre sus largas pestañas a punto de cerrarse por completo,
se abrió la puerta de la tienda.
Unos
pasos pesados cruzaron los estantes de productos y se detuvieron justo frente
al mostrador.
“Cigarrillos.”
“…….”
Con
la mitad de su conciencia ya perdida en el otro lado, Ju-won se esforzaba
únicamente por enfocar la pantalla del teléfono, que veía doble o triple.
Entonces, una mano se extendió de repente desde el otro lado del mostrador y
tiró con fuerza del cable del auricular que llevaba puesto en un solo oído.
“……!”
Ju-won,
que se había sumido en un estado de duermevela estando de pie, abrió los ojos
de par en par y miró hacia adelante. El delincuente que había visto en el
buffet hace unas horas estaba parado al otro lado del mostrador, sujetando el
cable del auricular.
“Un
Malboro Rojo.”
Mencionó
el nombre de los cigarrillos y soltó el auricular. Eso fue todo. Parecía haber
olvidado por completo lo ocurrido en el buffet. O quizás había olvidado su
rostro.
Ju-won
miró a aquel rostro que estaba parado en una postura encorvada, con la capucha
de un buzo gris puesta bajo su campera de aviador, y dijo:
“Identificación.”
“Ya
me viste hace un rato.”
Como
si no hubiera olvidado su rostro, Seung-chan respondió con tono fastidiado
mientras jugueteaba con su teléfono. Ju-won entendió que se refería a que el
encuentro en el buffet —un trabajo de mesero al que solo podían postularse
adultos— reemplazaba la verificación de identidad, pero en lugar de sacar los
cigarrillos, se limitó a observar a Seung-chan.
“…….”
Ante
la falta de acción de Ju-won, el dedo que jugueteaba con el teléfono se detuvo.
Seung-chan fijó una mirada apática en Ju-won y metió la mano en el bolsillo
interno de su campera. Luego, le puso justo delante de la nariz la
identificación que sacó de una billetera de cuero con el logo de una marca de
lujo grabado.
“…….”
Ponerle
la identificación tan cerca del rostro que apenas se podían leer las letras era
una acción hecha con la intención de incomodar al otro. Ju-won, sin sentir la
necesidad de reaccionar particularmente a esa mala broma, confirmó sin
inmutarse el año de nacimiento, que era un año menor al suyo.
Seung-chan,
que había extendido la identificación de forma amenazante, la guardó de nuevo
en la billetera y arrojó una tarjeta de crédito sobre el mostrador. Ju-won se
dio la vuelta, sacó los cigarrillos, los dejó sobre el mostrador tras completar
el pago y miró a Seung-chan. Seung-chan también miró fijamente el rostro del
omega, que no mostraba cambio alguno en su expresión.
Después
de observarse el uno al otro en silencio por un momento, Seung-chan fue el
primero en hablar.
“¿Tienes
ojo seco? Me estás mirando mucho.”
“Retira
la tarjeta.”
“…….”
Seung-chan,
empujando el interior de su mejilla con la lengua para formar un bulto, retiró
la tarjeta que estaba insertada en la terminal mientras observaba a Ju-won.
Ju-won ignoró a Seung-chan, quien no se movía de su lugar a pesar de haber
tomado ya su caja de cigarrillos, y se colocó el auricular en el oído. La voz
del instructor en el video que se había interrumpido fluyó nuevamente hacia su
oído.
『Lo más importante cuando nuestros padres o madres solteros solicitan
beneficios de bienestar es que el nivel de apoyo económico de la otra parte
también entra en la evaluación. Es una lástima cuando alguien queda fuera de la
selección final a pesar de no tener contacto…….』
“Oye.”
“…….”
“Oye.”
Ju-won
levantó la cabeza para mirar a Seung-chan sin quitarse el auricular. La voz del
instructor que salía del auricular y la voz arrogante del delincuente se
mezclaron.
“He
estado aguantando hasta ahora porque tenía mis motivos.”
『No tienen por qué temer en absoluto el salir a la sociedad. Solo deben
seguir los procedimientos. Con orgullo…….』
“Pero
me caes jodidamente mal.”
Seung-chan,
sosteniendo la caja de cigarrillos a la altura de sus ojos, la inclinó
ligeramente para señalar a Ju-won con una de sus esquinas mientras asentía
apenas con la cabeza. Al comprender el gesto, Ju-won se quitó el auricular, y
Seung-chan, como si hubiera estado esperando ese momento, soltó una última
advertencia en voz baja.
“Si
vuelves a aparecerte ante mis ojos hoy, estás muerto.”
“…….”
Ju-won
se quedó observando en silencio su espalda mientras este se daba la vuelta y
salía de la tienda. Por alguna razón, le resultó extraño que, siendo un
delincuente, no hubiera buscado pelea de forma más directa. Al final, resultaba
que iba a actuar así. Pero, ¿desde cuándo?
[He
estado aguantando hasta ahora porque tenía mis motivos.]
¿Había
sido desde el momento en que sus miradas se cruzaban de reojo? ¿Desde que se
metió en la pelea con aquel cliente? ¿En el ascensor? ¿O al pagar los cigarrillos?
Frunciendo
el ceño, Ju-won enrolló el cable del auricular en su dedo mientras desviaba la
vista por un instante. Le parecía absurdo que Seung-chan pensara que, en la
inmensidad de Seúl, volverían a cruzarse por pura casualidad, posponiendo así
el momento de buscarle pelea. Tras reflexionar brevemente sobre los peculiares
criterios de Seung-chan, tal como había hecho frente al ascensor, su rostro
recuperó su habitual expresión de indiferencia.
Tras
terminar su turno en la tienda, Ju-won fue al jardín de infantes a buscar a
Seung-on, pero decidió posponer la entrevista con la directora. Los costos de
las clases en el centro de desarrollo que había investigado durante su turno en
la tienda eran exorbitantes. Aunque le habían dicho que la consulta inicial era
gratuita, no se sentía con la confianza necesaria para afrontar lo que vendría
después.
Aun
así, pensó en pedir el número de teléfono del centro. Sin embargo, en cuanto la
directora mencionó la palabra 'terapia psicológica', Ju-won salió apresuradamente
de la oficina con Seung-on, casi como si estuviera huyendo. Fue porque intuyó
que la terapia que sugería la directora no era para el niño, sino para él.
De
regreso al refugio con Seung-on, Ju-won preparó la cena con dos o tres platos
que había comprado en una tienda de guarniciones. En la mesa, donde lo único
hecho por sus propias manos era un huevo frito, colocó un cuenco de arroz
instantáneo. Comparado con el almuerzo que el niño recibía en el jardín,
aquella comida debía ser muy pobre, pero Seung-on comía con entusiasmo,
moviendo sus mejillas regordetas.
Mientras
Ju-won comía un bento de la tienda de conveniencia que tenía la etiqueta de
descarte, cortó un trozo pequeño de panqueque de papa y lo puso en el cuenco de
Seung-on. El niño, que masticaba con cuidado mientras movía sus palillos
sujetos por sus dedos pequeños, tomó un trozo de carne del estofado y lo dejó
en el bento de Ju-won.
“Cómelo
tú….”
Ju-won
le devolvió la carne al cuenco de Seung-on, recogió su bento sin haberlo
terminado y se levantó. Los ojos de Seung-on, excepcionalmente redondos y
parecidos a los de Ju-won, lo siguieron en silencio mientras este salía de la
habitación.
En
el baño, Ju-won comenzó a llenar un gran fuentón de goma con agua mientras el
niño terminaba de comer. Tenía que esperar un largo rato para que saliera agua
lo suficientemente caliente como para bañar a Seung-on. Con una mano sumergida
en el fuentón para comprobar la temperatura, se quedó mirando fijamente el
débil chorro de agua.
Tenía
hambre aunque no quería comer, y el cansancio lo abrumaba aunque no quería
estar cansado; así transcurrían sus días. Esta rutina continuaría hasta que
encontrara un lugar donde vivir tranquilo con Seung-on. Solo tenía un sueño
vago, sin ninguna promesa de cumplimiento. No quería agotarse, pero el
cansancio lo vencía una y otra vez.
Tras
bañar temprano a Seung-on y dejarlo listo para dormir bajo el cuidado del
'hyung' omega de la habitación de al lado, salió del refugio. Subió al
colectivo y, por costumbre, buscó un asiento en la parte trasera. A través de
la ventana, el paisaje nocturno de la ciudad pasaba a toda velocidad. Luces que
no tenían nada que ver con él, canciones que no tenían nada que ver con él,
personas que no tenían nada que ver con él. Ju-won no prestó atención a nada ajeno
y se limitó a mirar sus propias manos apoyadas sobre sus muslos.
Debido
al eccema que le había salido desde que empezó a trabajar lavando platos en un
restaurante de costillas que abría hasta la madrugada, la piel de sus palmas
estaba blanca e hinchada, pelándose como si fuera una costra. Por más que usara
guantes de goma o se pusiera vaselina, no servía de nada después de pasar horas
lavando platos sumergidos en agua caliente sin descanso.
Ju-won
sorbió un poco por la nariz y frotó sus palmas ásperas por la piel
descascarada.
Si
Seung-on pudiera asistir al centro y hablar correctamente como los otros niños,
tal como sugirió la directora del jardín, encontraría la forma de pagar las
clases. Lo que realmente le preocupaba a Ju-won no era el dinero.
'¿Y
si estás enfermo por mi culpa?...'
Fumó.
También bebió. Hizo de todo sin saber que estaba embarazado. Como pensaba que
su vida, nacida para terminar en un cubo de basura, jamás podría ser normal, el
Ju-won de diecinueve años, muerto de miedo, solo tomó decisiones estúpidas. Que
Seung-on tardara en hablar era probablemente por su culpa. No, seguramente.
Seguramente era culpa de Yang Ju-won.
Nunca
se había arrepentido de haber tenido a Seung-on. Al contrario, era el único
orgullo de su vida. La sola existencia del niño demostraba que Ju-won era una
persona diferente a su propio padre biológico, aquel hombre al que había
deseado matar muchas veces. Por eso, Ju-won no se arrepentía de haber decidido
hacerse responsable de él.
Sin
embargo, le invadía la ansiedad de no saber si estaba cumpliendo con esa
responsabilidad de forma adecuada, o si por más que se esforzara, siempre
resultaba insuficiente. La responsabilidad no tiene un 'final' a la vista, y
como su cuerpo y su mente se agotaban constantemente, temía no ser capaz de
cumplir con su deber hacia Seung-on.
Tras
pasar varias horas lavando platos, el delantal resultaba inútil. El primer día
que trabajó allí por pura ignorancia, tuvo que volver a casa con los pantalones
tan empapados que parecía haber tenido un accidente. Menos mal que era de
madrugada y había poca gente en la calle.
Ju-won
entró en la habitación interior del local y se quitó la ropa empapada por la
cabeza. En el espejo de cuerpo entero que el dueño tenía allí, se reflejó su
cuerpo desgarbado. Su piel estaba tan blanca como la de un cadáver, pero su
rostro, expuesto al vapor caliente mientras lavaba los platos, estaba de un
rojo intenso, dándole un aspecto extraño.
Al
verse en el espejo, Ju-won sacó ropa limpia de su bolso con movimientos
rápidos, como si alguien lo persiguiera. Escondió su cuerpo delgado metiendo la
cabeza en una polera negra.
Había
nacido pequeño, incluso para ser un omega. Después de eso, su cuerpo nunca
creció de forma notable. Era lógico. Jamás había experimentado la sensación de
tener el hambre saciada, ni física ni emocionalmente. No había forma de que su
cuerpo o su mente crecieran. Por eso se esforzaba tanto por criar a Seung-on,
que se le parecía, para que creciera grande y fuerte, a diferencia de él, pero
le resultaba muy difícil.
Cuando
Ju-won salió de la habitación, lo recibió el sonido de risas alegres. En el
salón, donde ya no quedaban clientes, el dueño estaba asando carne. A veces, al
terminar el turno nocturno, el dueño preparaba comida para los empleados. Era
un adulto de una generosidad y paciencia poco comunes entre las personas que
Ju-won había conocido en su vida.
Los
'hyungs' que trabajaban con Ju-won limpiando las parrillas en la cocina le
hicieron una seña.
“Ju-won,
ven aquí.”
“Ah,
yo... tengo que irme….”
Ju-won
murmuró en voz baja mientras jugueteaba con la correa de su bolso. Al verlo, el
dueño soltó las pinzas con las que asaba la carne para los empleados y corrió
hacia la cocina. Salió enseguida con una bolsa de plástico en la mano y, antes
de que Ju-won pudiera negarse, abrió el cierre del bolso que colgaba de su
espalda y metió la bolsa dentro.
“Lleva
esto para que coma Seung-on.”
Su
voz, al susurrar para que los otros empleados no oyeran, era siempre igual de
cariñosa y prudente. El dueño no olvidó añadir una risa ligera para que Ju-won
pudiera aceptar el gesto sin sentirse demasiado comprometido. Y hoy, agregó
algo más:
“También
puse bastante carne y de las guarniciones que sobraron hoy. Mañana tienes el
día libre, ¿no?”
“Sí….”
“No
se lo des todo a Seung-on, ¿eh? ¡Ju-won, tú también tienes que comer!”
“Gracias….”
El
dueño le dedicó una sonrisa a Ju-won mientras este hacía una reverencia, pero
de repente frunció el ceño y dijo:
“¿Pero
por qué estos chicos no entran de una vez? La carne se va a quemar, de veras.”
Con
las manos en la cintura, el dueño hizo un sonido de desaprobación y se dirigió
a la mesa de al lado de donde comían los otros empleados. Ahora que se fijaba,
había una parrilla encendida en una mesa vacía. Ya habían pasado treinta
minutos desde que el último cliente se había ido tras el cierre del local.
Ju-won echó un vistazo al local para ver de quién era la carne que se estaba
asando y soltando humo, y pronto reconoció al dueño.
La
puerta automática se abrió y, por cuarta vez en un solo día, apareció ese
rostro. Ju-won, parado frente al mostrador, miró fijamente a Seung-chan, quien
entró desprendiendo un fuerte olor a alcohol. Seung-chan, que caminaba con paso
tambaleante, frunció el ceño al descubrir a Ju-won.
“Ah,
maldita sea….”
Murmurando
un insulto con una risa sarcástica, Seung-chan se plantó frente a Ju-won y lo
miró de arriba abajo con una expresión llena de fastidio.
“¿No
te dije que no te aparecieras ante mis ojos?”
“…….”
“Te
dije que, si lo hacías, estabas muerto.”
El
dueño, que estaba asando la carne, corrió hacia ellos y golpeó el brazo de
Seung-chan mientras tiraba de él. Sus movimientos fueron rápidos y precisos,
como si hubiera presentido lo que estaba a punto de ocurrir.
Sacudiendo
repetidamente el brazo de Seung-chan, quien no se movía ni un centímetro, el
dueño intentó calmarlo con tono conciliador.
“¿Qué
te pasa ahora? Ju-won es nuestro empleado.”
Ante
la voz del dueño intentando detener la pelea, los ojos de Seung-chan brillaron
con más intensidad. Sin apartar su mirada fija de Ju-won, Seung-chan dijo:
“¿Tanto
dinero quieres ganar, tía? ¡Maldita sea, cómo se te ocurre meter a un omega en
el local!”
Gritando
con fuerza mientras se giraba hacia el dueño, Seung-chan estiró una mano y
arrebató el bolso de Ju-won. Ju-won, arrastrado por la fuerza de Seung-chan que
tiraba de su bolso sin siquiera mirarlo, se vio obligado a dar unos pasos.
Aunque no tenía el cuerpo robusto de un alfa, su fuerza de agarre no era algo
que pudiera ignorarse.
Tras
arrastrar a Ju-won fuera del local, Seung-chan lo sujetó con fuerza por la nuca
e inclinó el torso para acercar su rostro al suyo. Un tenue olor a cigarrillo,
que no se sentía cuando estaban parados frente a frente, emanó de él.
“Oye.”
Sin
amedrentarse ante el llamado amenazante, Ju-won levantó la vista con sus
grandes ojos y miró fijamente a Seung-chan. Entonces, las pupilas del
delincuente, cargadas de pura rebeldía, le lanzaron una última advertencia.
“No
vuelvas a aparecer por aquí a partir de mañana. Solo de verle la cara a un
omega como tú, maldita sea, siento que se me revuelve el estómago y me voy a
morir.”
“…Muérete.”
“¿Qué?”
Su
rostro al preguntar de vuelta se veía desconcertado. Ju-won apartó con todas
sus fuerzas el brazo de Seung-chan, que le apretaba el cuello dolorosamente.
Luego, le habló con voz baja y pausada, marcando cada palabra.
“Si
sientes que te vas a morir, muérete. ¿Y a mí qué?”
“Ha….”
“…….”
“¡Este
maldito loco de mierda…!”
Justo
cuando Ju-won fruncía el ceño por instinto ante el aumento del tono de voz,
tres o cuatro hombres que venían caminando desde atrás del edificio tirando
colillas de cigarrillos divisaron a Seung-chan acercándose a Ju-won y corrieron
hacia ellos al mismo tiempo. Uno de ellos abrazó a Seung-chan por la espalda y
gritó:
“¡Ay,
Gye Seung-chan! ¡Hijo de puta! ¡¿Por qué te pones así en el local de tu tía?!”
“Seung-chan,
estás borracho. Vamos a nuestra casa, ¿eh?”
Dos
personas más se abalanzaron sobre Seung-chan, quien seguía fulminando a Ju-won
con la mirada. Ju-won observó a Seung-chan mientras este era arrastrado hacia
atrás por sus amigos y se acomodó el bolso que se había desordenado. En ese
momento, el dueño salió del local y soltó un suspiro mientras el grupo de
Seung-chan se alejaba. Luego, examinó a Ju-won con mirada preocupada.
“¿Estás
bien? ¿No te lastimaste?”
“Estoy
bien….”
“Me
va a volver loca, de veras…….”
Llevándose
una mano a la cabeza, el dueño acomodó el cuello de la polera de Ju-won, que se
había estirado, y dijo:
“Pensé
que sentaría cabeza tras ir al ejército, pero después de recibir la baja estuvo
desaparecido un mes entero, y apenas aparece, hace esto…….”
“…¿Quién
es él?”
El
dueño, que arreglaba la ropa de Ju-won con cariño, abrió mucho los ojos. En los
meses que llevaba de conocerlo, era la primera vez que veía al joven empleado
mostrar curiosidad por algo. Al ver que aquel rostro que, de forma impropia
para sus veintidós años, parecía no tener interés ni entusiasmo por nada en el
mundo, expresaba una duda personal, el dueño se apresuró a responder.
“Mi
sobrino. Es mi sobrino.”
“Ah….”
Ju-won,
que había llegado a pensar que se trataba de algún hijo oculto del dueño
soltero, asintió levemente. El dueño miró hacia el callejón por donde había
desaparecido Seung-chan y dijo con voz amarga:
“El
chico tiene una historia familiar complicada, por eso se altera un poco cuando
ve a un hombre omega…. Pero eso es asunto suyo. No está bien comportarse como
un salvaje con cualquiera. Lo siento.”
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Ju-won
miró fijamente al dueño, que se disculpaba en lugar de Seung-chan, y frotó sus
palmas blancas e hinchadas por haber lavado platos durante horas con los
guantes de goma filtrando agua, mientras preguntaba con cautela:
“Entonces…
¿debería renunciar?”
“¿Eh?”
La
voz de Ju-won, que de por sí era de pocas palabras y rara vez transmitía
emociones claras, se alargó con vacilación. Era una voz carente de confianza.
“Siento
que el dueño está en problemas por mi culpa…….”
El
dueño era una buena persona. Pensando en el sustento de Seung-on, no podía
decir que renunciaría tan fácilmente, pero no quería causar perjuicios a una de
las pocas personas buenas que conocía. Aunque sabía que era un pensamiento
lujoso que no encajaba con su realidad, Ju-won vivía una vida donde las buenas
personas eran así de valiosas. Quería mantener intacta su relación con una
buena persona, ya que era una experiencia realmente escasa y preciada.
El
dueño palmeó el brazo de Ju-won, quien murmuraba sin poder terminar la frase
con claridad, como para darle ánimos.
“No,
no. No le hagas ni un poco de caso a lo que dijo él, Ju-won. ¿Entendido? Nos
vemos el lunes, ¿sí?”
“Sí….”
Le
dio vergüenza haber respondido tan rápido. Tras tocarse la oreja con timidez,
Ju-won hizo una reverencia y se dio la vuelta. Tal vez por las guarniciones que
le había dado el dueño, el bolso pesaba mucho más que cuando entró a trabajar.
Ju-won revisó la hora en su teléfono y apresuró el paso.
Pasadas
las 2:00 de la mañana, regresó caminando por las calles donde ya no pasaban
colectivos ni subtes. Aunque sus piernas, que habían sufrido todo el día,
estaban pesadas, podía aguantar; solo eran unos cuarenta minutos de caminata.
La
baja temperatura de la madrugada enfrió el calor de sus mejillas enrojecidas.
Ju-won metió ambas manos en los bolsillos de su campera y se encogió de hombros.
[El
chico tiene una historia familiar complicada, por eso se altera un poco cuando
ve a un hombre omega….]
Tenía
un punto en común inesperado con aquel delincuente. Mientras caminaba por la
calle silenciosa de la madrugada bajo una luna que ya se ocultaba, Ju-won
recordó la imagen de Seung-chan: esos ojos con una rebeldía de hace tiempo, su
forma amenazante de hablar, sus gestos arrogantes y el olor a alcohol, a
cigarrillo y a perfume que emanaba de él. Y de pronto, su mente, que no solía
tener energía para sentir curiosidad por los demás, se llenó de interés por
Seung-chan como por arte de magia.
Ju-won
odiaba a los omegas por culpa de su propio padre biológico. Por eso, se odiaba
a sí mismo hasta la muerte por ser un omega igual que él. ¿Sería la historia
del delincuente parecida a la suya? ¿Cuál sería su situación familiar? ¿Sería
acaso más grave que la de él?
Las
luces del mundo, las canciones y las voces de la gente no tenían nada que ver
con él. Sin embargo, la historia familiar de aquel beta delincuente parecía
estar cerca de la suya. Quizás por eso sentía curiosidad. ¿Por qué Gye
Seung-chan, siendo un beta, había empezado a odiar a los hombres omega?
El
camino de madrugada que siempre recorría absorto y distraído se llenó, por
primera vez en mucho tiempo, de pensamientos ajenos a las preocupaciones por el
dinero.
*
* *
Le
retumbaba toda la cabeza, como si alguien le hubiera propinado un fuerte golpe
en la nuca. Frunciendo el entrecejo, Seung-chan abrió los ojos soltando un
quejido de dolor. Tal vez porque no bebía desde hacía mucho, la resaca era
terrible a pesar de no haber tomado tanto. O quizás era porque había bebido
sumido en un humor de perros.
Ayer
fue uno de esos días en los que nada parecía salir bien. Un puesto de trabajo
que venía tanteando desde hacía una semana se terminó cayendo. Le habían dicho
que, con solo hacerle un recado a unos matones, podría ganar una fortuna de un
solo golpe, y aunque dudaba, al final las historias tentadoras resultaban ser
casi siempre puros rumores.
Incluso
en el trabajo donde reemplazó a Kyusung para ganar algo de dinero para el
alcohol...
Recordó
los ojos que había visto en la madrugada. Esas pupilas grandes que, con una
mirada en la que no se podía hallar ni rastro de emoción, no habían evitado su
vista hasta el final...
Sin
importar cómo fueran los ojos de ese omega, no eran algo para andar recordando
desde temprano. Seung-chan, incorporando su cuerpo que solo vestía ropa
interior, se echó hacia atrás el cabello corto y revuelto con una mano mientras
tanteaba al costado del colchón.
Rebuscó
en los bolsillos de la campera de aviador que había dejado tirada de cualquier
forma por los efectos del alcohol. Al ver la caja de cigarrillos, el
pensamiento del omega que tanto se esforzaba por ahuyentar regresó de golpe.
Guiñando un ojo mientras encendía el cigarro, Seung-chan reflexionó sobre aquel
rostro desagradable con el que se cruzó en la tienda de conveniencia.
Tenía
una cara molesta, igual que todos los hombres omega. No, en realidad, se veía
especialmente más molesto que el resto. Era el más lindo de todos los hombres
omega que había visto. Un rostro pequeño y afilado, con facciones que parecían
haber sido esculpidas y colocadas a la perfección. Sus ojos grandes, la punta
de la nariz alta y redondeada, y sus labios carnosos eran tan bonitos que se
podía notar su género secundario a simple vista sin necesidad de pensarlo
mucho.
Por
eso, desde el primer momento en que vio a Ju-won en el buffet donde fue a
cubrir a Kyusung, a Seung-chan no le gustó ese rostro que gritaba 'omega' por
todas partes.
Seung-chan
odia a los hombres omega. Le resultaba asqueroso y repugnante ver cómo perdían
el juicio y se volvían locos por las feromonas. Si se trataba de las feromonas
de un alfa, eran capaces de dejarlo todo de lado por puro éxtasis,
comportándose peor que los animales. Los animales, al menos, se hacían
responsables de sus propias crías. Eran una estirpe hedonista que no tenía ni
una pizca de responsabilidad.
Los
alfas no eran muy diferentes. Simplemente ocurría que su odio más profundo
estaba vinculado a los hombres omega.
Tras
dar varias pitadas seguidas al cigarrillo encendido, Seung-chan sacó el
teléfono que estaba debajo de su almohada.
“Ah,
maldita sea….”
Al
ver el mensaje larguísimo que su tía le había enviado cerca de las 6:00 de la
mañana, lo primero que soltó fue un insulto. Como el local cerraba pasadas las
3:00 de la madrugada, eso significaba que ella no había dormido ni un segundo.
Seung-chan
dejó el teléfono y metió el cigarrillo, que ya se había acortado, en una
botella de agua mineral que estaba junto al colchón. La colilla, al caer en el
poco de agua que quedaba en el fondo, soltó un humo blanco mientras giraba
sobre su propio eje.
Incluso
cuando contaba los días para que le dieran la baja en el ejército, se juró que
al salir a la sociedad ganaría muchísimo dinero para su tía, quien se había
esforzado por criarlo durante dieciséis años sin que compartieran ni una gota
de sangre. Pero el dinero no se ganaba solo por querer ganarlo. Cambió de
planes y pensó que, si no podía ganar una fortuna, al menos intentaría
comportarse como una persona decente, pero por culpa de ese omega de mala
suerte, terminó dando una imagen poco confiable frente a su tía. Tanto la
fortuna como el ser alguien decente se habían ido por la borda a tan solo un
mes de su baja.
'Dicen
que era un empleado... por mi tía, debería haber apretado los dientes y
aguantado…'
Al
recordar el altercado que tuvo con Ju-won estando borracho de madrugada,
Seung-chan frunció el ceño con fuerza. Al hacerlo, sus cejas, que de por sí
tenían una forma afilada, se torcieron aún más.
“Maldita
sea, ¿cómo se supone que iba a aguantar eso?….”
En
el local de su tía, a quien su padre omega —un loco perdido por el sexo con
alfas— lo había abandonado siendo niño, no quería cruzarse ni con alfas ni con
omegas. En cuanto vio la cara de ese omega en el local, sintió que la sangre se
le subía a la cabeza, así que para él, el no haberle encajado un puñetazo a ese
rostro que lo fulminaba con sus grandes ojos ya había sido aguantar lo
suficiente.
Justo
cuando recordaba las pupilas de Ju-won, que lo miraban fijamente hacia arriba
con una mirada seca que parecía no soltar ni una lágrima aunque la exprimieran,
sonó el timbre. Al mismo tiempo que Seung-chan echaba una mirada hacia la
entrada, la puerta del baño se abrió apenas.
Kyusung,
asomando el brazo por la rendija, gritó mientras agitaba la mano:
“Gye
Seung-chan, ¿te despertaste? Pedí un caldo para la resaca, ve a buscarlo.
Rápido.”
“Cierra
la puerta, hijo de puta. Hay olor.”
“¡Te
digo que vayas rápido! El último repartidor volcó todo y salió corriendo.”
Al
ver a Kyusung sentado en el inodoro apurándolo con la mano afuera de la puerta,
le brotaron los insultos. Mientras maldecía diciendo que el muy loco hacía de
todo mientras cagaba, Seung-chan no tuvo más remedio que bajarse del colchón.
Caminó dócilmente hacia la entrada, pero terminó pateando la puerta del baño al
pasar.
“¡Agh!”
Kyusung
gritó cuando se le trabó el brazo en la rendija de la puerta. Mientras
escuchaba las quejas de Kyusung llamándolo malagradecido por dejarlo dormir en
su casa, Seung-chan abrió de par en par la puerta de entrada que estaba cerrada
con llave.
“…Ah,
maldita sea.”
Murmurando
un insulto como si fuera un lamento, Seung-chan inclinó la cabeza de lado al
ver aquel rostro que parecía que se lo iba a tragar el casco. Fuera de la
puerta estaba el omega que desde ayer venía crispándole los nervios, parado con
un casco puesto en su cabecita. Al ver el casco, parecía que, de forma impropia
para él, manejaba una moto; quizás por eso tenía las mejillas y el puente de la
nariz rojos.
“Maldita
sea, te dije que no quería verte y desde ayer estás en todos lados.”
Seung-chan,
apoyando un hombro contra el marco de la puerta, soltó con acidez su impresión
del reencuentro. Y como si no fuera suficiente, planteó una duda genuina:
“¿Estás
desesperado por la plata? ¿En cuántos lugares trabajas?”
“…….”
Seung-chan
frunció el ceño al ver que Ju-won, en lugar de responder, simplemente le tendía
la bolsa del pedido. Al verlo sobrio, definitivamente tenía mala suerte. Ayer,
cuando escuchó sus pocas respuestas, también le había parecido un pesado.
Seung-chan se burló del omega, quien le caía mal tanto si abría la boca como si
no.
“¿Me
estás ignorando?”
“…….”
Ignorando
a Seung-chan una vez más como si fuera alguien que no oía nada, Ju-won colgó la
bolsa del pedido en el picaporte de la puerta de entrada. Luego, levantó el
teléfono que había sacado del bolsillo de su campera a la altura de su rostro.
Ante el sonido del 'clic' de la cámara, Seung-chan se cubrió la cara tarde.
“¿Qué
haces, maldita sea? ¿Por qué me sacas una foto?”
A
pesar de preguntarle el motivo, el omega se dio la vuelta con total descaro.
Seung-chan se quedó atónito ante su comportamiento audaz, considerando que hace
apenas unas horas lo había arrastrado y echado del local.
“Oye.
¿No tienes miedo?”
Lejos
de responder, Ju-won ya se alejaba por el pasillo dándole la espalda mientras
Seung-chan le gritaba:
“¡Hijo
de puta, te pregunté por qué sacaste la foto!”
“¿Por
qué estás gritando insultos a la calle desde temprano?”
Kyusung,
que apareció de repente por detrás, tomó la bolsa del pedido que colgaba de la
puerta. Mientras se llevaba el caldo para la resaca, Kyusung pensó que, con el
carácter de Gye Seung-chan, ya había aguantado mucho habiendo pasado un mes
desde su baja. No es que fuera un tipo malo por naturaleza, pero debido a su
personalidad de perro, si no fuera por su tía la del restaurante de costillas,
hace rato que entraría y saldría de la cárcel como si fuera su casa.
Es
de los que se peleaban con chicos de secundaria desde que estaba en la
primaria. No importaba qué tan grande o fuerte fuera el oponente, o qué tan
desfavorable fuera la situación; si a él le parecía que algo no estaba bien, no
lo dudaba ni un segundo y se lanzaba a armar un escándalo. Como actuaba como un
perro rabioso que no reconoce ni a su dueño, desde sexto grado de primaria lo
llamaban 'Gye Seung-chan' (Perro Seung-chan).
Kyusung,
tras apoyar el caldo sobre la mesa que había desplegado frente al colchón,
empezó a tararear mientras miraba la pantalla de su teléfono. Seung-chan se
sentó de golpe junto a él, rompió el envoltorio de la cuchara descartable y
lanzó una mirada de reojo a la puerta cerrada sin motivo aparente.
“Oye,
¡te sacaron una foto del pene!”
Kyusung,
que sacaba fotos con entusiasmo desde varios ángulos, levantó de repente el
teléfono frente a su cara. En la foto que avisaba que el pedido había sido
entregado, aparecía la bolsa colgada en el picaporte junto con la parte
inferior de un cuerpo que solo vestía unos calzoncillos. Seung-chan, tras
pegarle un cuchara zo en la cabeza a Kyusung mientras este ampliaba la zona
central donde las sombras se marcaban nítidamente por la luz del sol que
entraba al pasillo, murmuró recordando aquella mirada descarada:
“Maldito
loco de mierda.”
No
sabía qué hacer con aquel omega que había aparecido de la nada, como si hubiera
caído del cielo, y que llevaba dos días seguidos merodeando frente a sus ojos.
Si se dejara llevar por su temperamento y se trenzaran a golpes, la diferencia
de peso era demasiada; además, si su tía se enteraba de que le había dado una
paliza a un empleado, el esfuerzo que ella hizo tras sufrir por una hernia de
disco el año pasado podría irse por la borda de nuevo. Sin embargo, si lo
dejaba pasar, estaba claro que el tipo no se iría del local de su tía. Podía
imaginar lo bien que lo habría tratado ella, siendo una persona tan bondadosa
como para criar a un mocoso abandonado por sus propios padres.
'Maldita
sea, me cae fatal….'
Cuando
llegaba el domingo, Ju-won terminaba su turno de la mañana en el buffet y
alquilaba una moto en una agencia para trabajar como repartidor. Como el
domingo también descansaba de su empleo nocturno en el restaurante de
costillas, trabajar repartiendo comida hasta la madrugada le dejaba una
ganancia bastante buena, incluso tras descontar la comisión del alquiler. Le
pesaba en la conciencia tener que dejar a Seung-on todo el día al cuidado del
hyung de la habitación de al lado, ya que era un día sin jardín de infantes,
pero para juntar dinero tenía que ser un caradura.
Sin
embargo, de haber sabido que se encontraría con aquel delincuente en un punto
de entrega, se habría tomado el día libre. Por consideración a la dueña del
restaurante, no quería generar más conflictos con su sobrino. Aunque Seung-chan
no se veía tan amenazante como en la madrugada cuando estaba borracho, seguía
ansioso por demostrar su mala voluntad hacia él. Ju-won optó por ignorarlo por
completo y no responderle nada, esperando que eso fuera suficiente.
No
sabía qué tipo de historia familiar lo había llevado a detestar a los omegas,
pero, de todos modos, gente que odiaba a los poseedores de ese género sobraba
incluso sin contar a Gye Seung-chan. Si su odio nacía de una experiencia
similar a la suya, Ju-won prefería dejarlo pasar.
Cuando
devolvió la moto y llegó al refugio, ya era casi medianoche. Al regresar más
temprano de lo habitual, Ju-won golpeó de inmediato la puerta de la habitación
contigua. Abrió con cuidado la puerta al no recibir respuesta. El hyung de al
lado, vestido con pantalones cortos y una campera inflable, estaba frente a la
computadora jugando videojuegos. Su plan para el futuro, una vez que saliera
del refugio, era ganar dinero haciendo transmisiones de juegos. Aun así, ese
hyung, que tenía un plan concreto, parecía estar en una mejor posición que él,
que vivía al día.
Seung-on,
a quien había dejado allí al salir, estaba dormido en un rincón abrazando una
almohada. Al verlo dormir sin una manta y con la misma ropa de calle que él
mismo le había puesto, Ju-won pudo notar que el hyung no le había prestado la
más mínima atención. Al ser un favor que pedía sin dar nada a cambio, no estaba
en posición de reclamar cuidados.
El
recipiente de guarniciones que el dueño del restaurante le había dado y que
Ju-won entregó al hyung para no dejar a Seung-on con las manos vacías, estaba
completamente vacío al lado del niño. No podía saber si Seung-on también había
comido.
Para
no interrumpir el juego del hyung, cargó a Seung-on en brazos silenciosamente y
salió de la habitación. El pequeño cuerpo de Seung-on se movió apenas en su
regazo, quizás por el frío. Con cada paso, la ropa de calle del niño y la
campera de Ju-won rozaban entre sí, produciendo un sonido seco y sin vida.
Parado
frente a su propia puerta, Ju-won se quedó mirando fijamente un papel pegado
justo en el centro de la cerradura electrónica, puesto allí para que fuera
imposible ignorarlo.
「Tercera notificación de desalojo por vencimiento de plazo de estancia
en el Refugio Omega Rayito de Sol」
“…….”
Sujetando
a Seung-on con un solo brazo, Ju-won arrancó la notificación y la guardó de
cualquier manera en el bolsillo trasero de su jean. Como si alguien lo
estuviera persiguiendo, ingresó rápidamente la contraseña en la cerradura y
entró.
Acostó
a Seung-on sobre las mantas que extendió torpemente con una mano y se acurrucó
a su lado sin siquiera quitarse el abrigo. Tenía el rostro entumecido tras
haber recibido el viento todo el día sobre la moto. Le quitó la ropa de abrigo
a Seung-on mientras dormía y hundió su rostro en silencio contra la pequeña
espalda del niño. El calor cálido y acogedor del cuerpo de Seung-on descongeló
rápidamente su nariz y sus mejillas, que habían perdido toda sensibilidad.
*
* *
['Yang
Ju-won. Como se te ocurra tener a ese engendro por tu cuenta y vayas a llorarle
a mis padres para pedirles cuota alimentaria, te voy a perseguir hasta
matarte.']
['……
.']
['¿O
prefieres que te empuje yo mismo por las escaleras? No tienes dinero para
abortarlo, ¿verdad?']
Se
despertó con esa voz aterradora resonando en su cabeza. Seung-on, que hoy
también se había levantado antes que él, estaba jugando con su teléfono. Sus
pequeñas manos, que habían aprendido solas a usar el aparato, presionaban la pantalla
con destreza. De los parlantes salían risas grabadas de algún video, pero
Seung-on solo mantenía una leve sonrisa, sin emitir sonido.
Hasta
hace poco solía reír a carcajadas, pero ahora no solo no hablaba, sino que ni
siquiera se le escuchaba reír. Se quedó mirando la bombilla de luz, donde las
sombras de las motas de polvo parecen bailar, aguzando el oído por si captaba
alguna risa de su hijo. Parpadeó lentamente, esperando, pero solo se oían las
risas exageradas de los dibujos animados.
Tras
soltar un suspiro corto, Ju-won incorporó su cuerpo, que se sentía más pesado
que ayer.
Terminada
la rutina matutina, le acomodó bien la capucha de la campera a Seung-on y
salieron de la habitación. Tras verificar que la puerta estuviera cerrada,
comenzó a soltar la cadena de la bicicleta estacionada en el pasillo cuando
escuchó un chirrido detrás de él. El hyung de la habitación contigua, que solía
hacer vida nocturna, salió al pasillo con aspecto desaliñado.
Ju-won
solo hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo y, mientras empujaba la
bicicleta con una mano, le indicó a Seung-on que lo siguiera. Justo cuando
Ju-won presentía algo extraño e intentaba escabullirse, el hyung lo llamó con
un tono más amable de lo habitual.
“Ju-won.”
Él
no respondió; solo parpadeó con sus grandes ojos. Notando la desconfianza, el
hyung, con la cara hinchada por el sueño, habló como si no fuera nada
importante.
“Oye,
sobre lo de ayer. Estaba haciendo una transmisión en vivo de juegos, ¿viste?”
“……
.”
“Parece
que saliste un momento en pantalla. Hubo muy buena respuesta.”
“...
¿Por qué saldría yo?”
Ante
la pregunta en voz baja, el hyung negó rápidamente con la cabeza.
“No
saliste entero, solo se te vio un poco por detrás de mí.”
“Si
salí yo... ¿entonces también salió la cara de Seung-on?”
“Bueno,
supongo que se habrá visto.”
El
rostro inexpresivo de Ju-won se contrajo levemente. Al notar la mirada cargada
de rechazo, el hyung cambió de actitud y levantó la voz.
“¡Te
digo que hubo buena respuesta! Te lo decía para que lo supieras. ¿Por qué me
miras as...?”
“No
me interesa la respuesta de nadie.”
El
hyung agarró apresuradamente el brazo de Ju-won, quien intentaba pasar de largo
cortando la conversación.
“¿No
quieres probar con las transmisiones? Yo te enseño cómo. Vamos a medias.”
“……
.”
“Ir
a trabajar es una paliza. Si haces transmisiones, las haces desde tu habitación
y no tienes que andar dejando al chico con nadie. Vi que ayer se te venció el
plazo de estancia, ¿no necesitas dinero?”
Quería
ignorar la propuesta absurda, pero aquel hombre era la única persona con la que
podía dejar a Seung-on mientras trabajaba. Ju-won rechazó la oferta con
evasivas y tono indiferente.
“No
soy bueno con los juegos.”
“No
hagas de juegos, solo enciende la cámara.”
“...
¿Que solo encienda la cámara?”
El
hyung bajó la vista hacia Seung-on, que escuchaba la conversación de los dos
adultos desde abajo, y se acercó a Ju-won para susurrarle al oído:
“Enciendes
la cámara, haces como que les haces caso a los espectadores y ganas muchísima
plata, te lo aseguro.”
“...
¿Qué es lo que piden que haga?”
“Bueno,
ya sabes... Yo te ayudo con todo. 60 para mí y 40 para ti, ¿qué te parece? Yo
tengo todo el equipo, así que la verdad debería llevarme el 70, pero como es tu
primera vez, te daré un poco más.”
Ju-won
no ignoraba qué tipo de transmisiones eran esas. Por mucho que no le interesara
el contenido de internet, a menos que viviera en medio de la selva, era
imposible no saberlo al mirar el teléfono. Cuando vivía en el centro de
asistencia, los chicos de su mismo pabellón se pasaban el día hablando de tal o
cual streamer que se parecía a algún idol.
Ju-won
movió la punta de sus dedos. Seung-on, que ladeaba la cabeza mirando
alternadamente a los dos adultos, agarró rápido la mano de Ju-won. Sintiendo la
pequeña mano que apretaba su dedo índice, Ju-won habló:
“¿Quiere
que le cuente esto a los del refugio?”
“Si
no quieres, no lo hagas. No es que haya dicho nada raro, no exageres.”
Al
mencionar el refugio, el hyung retrocedió murmurando con voz apaciguada y un
tanto avergonzada. Ju-won volvió a caminar con Seung-on. Al llegar al final del
pasillo, el hombre gritó:
“¡Ah,
hoy estoy ocupado, así que no puedo cuidarte al chico a la noche!”
Haciendo
como que no lo oía, Ju-won salió del edificio del refugio con Seung-on y cerró
los ojos con fuerza soltando un suspiro. Al fruncir el ceño con irritación, la
mancha rosada cerca de su ojo tembló levemente.
Ju-won
tenía ambas manos en los bolsillos laterales de su chaleco de uniforme y miraba
fijamente la pantalla del teléfono, que se reproducía sin sonido. La
notificación de desalojo pegada en la puerta no dejaba de rondar por su cabeza.
En
realidad, había ahorrado algo de dinero. Podría conseguir una habitación
pequeña si quisiera. Pero si dejaba el refugio, no tendría un lugar adecuado
donde dejar a Seung-on, lo que inevitablemente lo obligaría a reducir sus horas
de trabajo.
¿Cuánto
tiempo podría aguantar tras salir del refugio? Si no podía dejar a Seung-on con
nadie, el primer trabajo que tendría que dejar sería el del restaurante de
costillas. El siguiente, el buffet. El mánager, que siempre coqueteaba al
límite, había empezado a tocarlo físicamente, por lo que su capacidad para
ignorarlo estaba llegando al límite. Tarde o temprano tendría que renunciar, ya
fuera por voluntad propia o ajena. El guion de las injusticias que sufría desde
niño siempre era el mismo.
Si
dejaba el buffet, ¿podría conseguir pronto otro empleo que le permitiera
ausentarse cuando fuera necesario? Su trabajo en la tienda de conveniencia
también corría peligro; en cuanto se descubriera la doble vida del dueño, lo
echarían. Y el trabajo de repartidor tenía su punto fuerte por las noches, pero
dejar a Seung-on solo en casa era lo mismo de siempre...
Los
problemas que no tenían salida se amontonaban, asfixiándolo. Sus ojos, que
miraban perdidos la pantalla del teléfono donde se reproducía un video del
refugio, temblaron levemente. Como alguien poseído, miró hacia atrás.
Pasó
el dedo índice lentamente sobre el estante donde se amontonaban paquetes de
cigarrillos de diversas marcas.
['Un
Marlboro rojo.']
Su
dedo blanco se detuvo sobre el tabaco que Seung-chan había comprado hacía dos
días.
Alcohol,
cigarrillos, sexo. Había dejado todo. Le había prometido a la trabajadora
social que cuidó de él en cuerpo y alma hasta que dio a luz a Seung-on que no
volvería a cometer actos de los que no pudiera hacerse responsable. Ella le
enseñó que huir de la realidad calmando la ansiedad con conductas peligrosas
era algo que, por el bien de nadie más que del propio Yang Ju-won, no debía
hacer jamás.
No
quería romper la promesa hecha a uno de los pocos adultos buenos que habían
pasado por su vida. Romper ese pacto sería también fallarle a Seung-on.
Ju-won
cerró la mano que dudaba sobre los cigarrillos. En lugar de agarrar el paquete,
tomó el teléfono. Presionó el icono de llamada y se lo llevó al oído. Temía que
no le atendieran por ser hora pico, pero la conexión fue inmediata.
―
Sí, Ju-won.
“Dueño...
soy Ju-won. Para el turno de hoy... ¿puedo llevar a Seung-on conmigo?”
Seung-chan,
con una toalla blanca atada a la cabeza a modo de pañuelo, iba y venía
afanosamente por el salón. Por ahora, lo de ganar una fortuna estaba descartado
y lo de ser alguien decente parecía lejano, pero pensaba compensar el disgusto
que le dio a su tía ayudando en el local. A su tía le bastaba con verlo allí;
parecía que le daba paz no tener que andar angustiada pensando en qué lío se
estaría metiendo donde ella no pudiera verlo.
La
razón por la que ayudaba sirviendo mesas y cargando el carbón era, en parte, un
acto de reflexión por haber decepcionado a su tía al regresar del ejército sin
haber cambiado nada, pero también pesaba mucho su intención de echar a ese
maldito omega descarado que se había pegado al local.
Ya
había comprobado en la madrugada que era un tipo de cara de piedra que no
escucharía aunque le dijera directamente que se fuera; por lo tanto, tenía que
hacer que se marchara por su propio pie.
Lo
iba a atormentar de verdad. Haría que de ese rostro inexpresivo brotaran
lágrimas como gotas de agua. Ya vería cuánto tiempo más podría sostenerle la
mirada con esos ojos grandes y esa cara de mala suerte que ignoraba a la gente
por completo para mirar a los demás por encima del hombro...
Seung-chan,
que estaba de pie junto a la mesa de unos clientes asando la carne, se quedó
con la boca abierta al ver a Ju-won entrar por la puerta. ¿Se habría
sorprendido menos si el niño pequeño que venía de la mano de Ju-won no fuera el
vivo retrato de ese omega odioso?
“Pa,
papá, pa, papáaa.”
El
niño, abriendo su pequeña boca al máximo para bostezar, tironeaba del dedo de
Ju-won mientras se quejaba. Entre el chocar de copas, el fuego de las
parrillas, las risas y los insultos que cruzaban el local, la vocecita del niño
se clavó en los oídos de Seung-chan. Seguramente su propia imagen, hace más de
una década cuando entró a este lugar de la mano de un padre cuyo rostro ya ni
recordaba para ser abandonado, habría sido igual a esa.
Seung-chan,
sin importarle las miradas de los clientes que lo observaban mientras se
quedaba allí parado en medio de la tarea, murmuró viendo a Ju-won hablar con su
tía frente a la caja:
“¿Qué...?
¿Es casado?”
Cuando
el empleado, que revolvía la carne sin ganas con una mano mientras la otra
estaba en el bolsillo, se quedó ido, los clientes de la mesa empezaron a
mirarse entre sí. Un hombre, echando un vistazo a la parrilla de la que subía
humo, se armó de valor y llamó a Seung-chan.
“Oiga,
se está quemando la carne.”
“Tiene
un hijo... ”
“¿Oiga...?”
Observando
a Ju-won despedirse de la dueña en la caja y dirigirse hacia la habitación
interna de la mano del niño, Seung-chan se inclinó hacia un lado apoyando el
peso en una sola pierna.
El
patrón era aterradoramente similar. El patrón de buscar a alguien mejor que uno
mismo para aliviar la culpa, entablar una amistad y, un día, desaparecer
traspasando toda la responsabilidad a la otra persona. El niño abandonado no
sabe nada. No conoce el hecho cruel de que el momento en que sostiene la mano
de sus padres, que son todo su mundo, no volverá nunca más, ni por asomo.
Ocupado
en calmar a Seung-on, que estaba a punto de estallar en llanto, Ju-won no notó
la mirada de Seung-chan siguiéndolo. Tras quitarse los zapatos frente a la
puerta de madera con el pequeño cartel de 'Habitación Interna' y entrar, Ju-won
le quitó la campera a Seung-on y extendió una manta en un rincón. Ese cuarto,
usado por la dueña para dormir tras cerrar de madrugada o para descansar un
rato antes de abrir, era más cálido que la habitación mínima del refugio donde
vivían.
Su
idea era hacer dormir a Seung-on rápido para prepararse para trabajar. Sin
embargo, Seung-on no entró en las mantas como Ju-won esperaba, sino que se
quedó de pie frente a la puerta sollozando. Ju-won se acercó y se puso en
cuclillas a su altura.
“Ya
puedes dormir. No llores.”
Los
ojos grandes, llenos de lágrimas, se cerraron junto con un gemido de llanto.
Sujetando la mano de Seung-on, que sollozaba con los ojos apretados, Ju-won
susurró mirando de reojo hacia la puerta cerrada:
“Seung-on,
no puedes hacer ruidos fuertes. No llores.”
Hasta
ahora, no sabía que el hyung de al lado encendía la cámara mientras hacía sus
transmisiones. Una vez que supo que el rostro de Seung-on podía quedar expuesto
a una multitud de desconocidos, Ju-won no habría dejado al niño con él aunque
el hombre no hubiera anunciado hoy que no lo cuidaría.
Vino
a trabajar en bicicleta en lugar de tomar el autobús, pensando en regresar con
Seung-on al terminar la madrugada. Como habían venido en bicicleta recibiendo
el viento frío pasado su horario de sueño, era natural que el niño estuviera
irritable.
Aunque
era de pocas palabras y expresaba poco sus sentimientos, un niño seguía siendo
un niño. Ju-won abrazó a Seung-on, que lloriqueaba sin poder aguantar el sueño.
Aunque sentía lástima, lo cierto era que deseaba más que nada que dejara de
llorar antes de que otros lo oyeran. Pero el llanto de Seung-on no terminó
pronto. Ante la frustración, las palmadas de Ju-won en la pequeña espalda se
volvieron un poco toscas.
“Deja
de llorar. Duérmete de una vez que te voy a hacer dormir, Seung-on.”
“Buuu...
Pa, pa, papá..., pa, papáaa... ”
“¿Qué
pasa conmigo? ¿Qué quieres decir?”
Frunciendo
sus cejas enrojecidas, Ju-won le frotó con ambas manos el rostro que murmuraba
con tristeza. Tras secar con las palmas las mejillas húmedas y limpiar con el
dedo la nariz donde brillaba el moco, Ju-won miró el reloj de la pared. Ya era
casi la hora de empezar a trabajar.
“¿Qué
quieres que haga? ¿Qué es lo que quieres?”
Justo
cuando lanzaba preguntas que no tendrían respuesta de un niño que no podía
hablar bien, la puerta se abrió. Ju-won giró rápido a Seung-on para que no se
le viera la cara de llanto y se puso de pie.
“Maldita
sea, el método es de lo más clásico.”
“……
.”
NO HACER PDF
Ju-won, escondiendo a Seung-on detrás de sus piernas, levantó la vista hacia Seung-chan, que había entrado en la habitación. Seung-chan, que entró sin siquiera quitarse los zapatos, se pegó a él. Viendo cómo Seung-chan se le encimaba de forma amenante, Ju-won preguntó en voz baja:
“¿Por
qué buscas pelea?”
“¿Eres
casado?”
“……
.”
En
lugar de responder, Seung-chan frunció el ceño ante la mirada fija de Ju-won y
lo interrogó:
“¿Qué
hace tu marido que traes al chico aquí?”
“……
.”
“Si
eres casado, significa que hay otro tipo en casa para cuidar al nene, ¿entonces
por qué lo trajiste a esta hora?”
Normalmente,
Ju-won no daría explicaciones sobre su situación a un delincuente que no tenía
nada que ver con él. Sin embargo, Ju-won estaba pendiente de la dueña, quien le
había prestado la habitación sin dudarlo en cuanto oyó que no tenía dónde dejar
a Seung-on. No debía causar más conflictos con el sobrino de la dueña. Al menos
por el día de hoy, en el que no tenía otro lugar para que Seung-on durmiera.
Ju-won
respondió con voz carente de emoción:
“Lo
crío yo solo.”
“¡Ja!”
Seung-chan
soltó una carcajada exagerada, como si ya se lo hubiera esperado.
“Ya
me parecía. Es igual.”
“……
.”
“Al
principio todos empiezan así. Lo traes una, dos veces, maldita sea, haces que
se acostumbren y le tomen cariño, y después, según cómo veas la situación,
dejas al chico y te escapas. Maldita sea, lo que hacen los padres sin un gramo
de responsabilidad es siempre lo mismo. ¿No es cierto?”
“No
entiendo de qué hablas, ¡salgamos primero a hablar...!”
“Cállate,
maldito.”
Seung-chan
agarró a Ju-won por las solapas y soltó un insulto mientras levantaba el puño.
En ese instante, se oyó un llanto desde abajo. Solo entonces Seung-chan bajó la
vista y se encontró con los ojos de Seung-on, quien tironeaba del pantalón de
Ju-won con un puchero en los labios.
“……
.”
El
puño que había levantado para asustar a Ju-won no pudo avanzar más y se quedó
temblando en el aire. Finalmente, Seung-chan bajó el puño y, mirando de reojo a
Seung-on que estaba por llorar, dijo con voz mucho más baja:
“Ni
se te ocurra dejar al chico y huir.”
“……
.”
“Si
abandonas al nene con mi tía y te escapas, te voy a encontrar hasta en el fin
del mundo. ¿Entendiste?”
“……
.”
“Responde,
pedazo de omega... ”
Al
escuchar los insultos murmurados casi como un susurro, Ju-won, que mantenía la
vista fija en los ojos de Seung-chan, habló:
“...
¿Eso es lo que te pasó a ti?”
“¡Maldito...!”
La
mano grande de Seung-chan volvió a atrapar a Ju-won por las solapas con fuerza.
El cuerpo de Ju-won, que estaba parado sin defenderse, se tambaleó débilmente.
Ante eso, Seung-on se pegó a la pierna de Ju-won y hundió la cara en ella.
“Pa,
papá, no..., buuu... ”
Seung-on
ni siquiera lloraba con fuerza. Solo sollozaba de forma apenas audible. Esos
hipidos fueron los que, una vez más, frenaron en seco a Seung-chan.
"Maldita
sea...".
Murmurando
un insulto entre dientes apretados, Seung-chan empujó a Ju-won y salió de la
habitación interna con movimientos bruscos y cargados de furia.
Ju-won
se quedó mirando la puerta cerrada con expresión vacía y, solo después de que
pasaran unos segundos, soltó un pequeño suspiro de alivio. Sintió cómo la nuca
se le calentaba de golpe, como si acabara de pasar por una situación
vergonzosa.
'Pa,
pa, papá, papá, vete, papá...'.
"¡¿Pero
qué quieres decir con eso?!".
Le
respondió con fastidio ante la frustración que sentía, pero en ese momento la
puerta se abrió de nuevo. Se tensó pensando que era Seung-chan, pero quien
entró fue la dueña.
"Dueña...".
Ju-won
se paró frente a Seung-on para bloquearle el paso y murmuró mientras se
masajeaba el brazo contrario con una mano. La dueña, observando sus movimientos
de desconcierto, preguntó con una sonrisa:
"¿El
bebé está llorando? Tiene sueño, ¿verdad?".
"Es
que... ya pasó su hora de dormir... Pero normalmente no llora mucho. Ya va a
parar. Justo ahora estaba por dormirse...".
La
dueña se acercó, apartó suavemente a Ju-won y se puso de rodillas. Luego, giró
con cuidado el pequeño cuerpo que estaba escondido detrás de Ju-won.
"¡Vaya!
¿Así que tú eres Seung-on? Déjame verte la carita. Antes no pudimos saludarnos
bien".
El
pequeño rostro detuvo sus sollozos por un momento y miró con fijeza a la dueña
que le sonreía. Ella envolvió con sus palmas las mejillas regordetas,
enrojecidas por el frío y el llanto.
"¿Cómo
puede tener los ojos tan grandes? La boca es igualita a la de su papá. Y la
nariz también".
La
dueña tocó suavemente el puente de la nariz pequeña mientras reía. Ante el
gesto, Seung-on volvió a soltar el llanto que había contenido.
'Pa,
papá, buaa, pa, pa, papá...'.
Seung-on
repetía una y otra vez esas palabras ininteligibles entre tartamudeos. Ju-won
temía que, si lloraba sin control e interrumpía el negocio, la dueña se
retractara de dejar que Seung-on durmiera allí. En el peor de los casos, hasta
podrían despedirlo.
Ju-won
miraba con cautela la espalda de la dueña y se dispuso a regañar a Seung-on
para que se callara. Sin embargo, la voz de la mujer se adelantó para arrullar
al niño.
"¿Que
papá se vaya? ¿Le digo que se vaya?".
"Sí,
buaa...".
Al
ver que la dueña entendía las palabras de Seung-on al primer intento, la
expresión de Ju-won, que estaba tensa por la angustia, se relajó por el
asombro.
"¿Quieres
que la abuela le diga a papá que se vaya a trabajar?".
Seung-on,
que miraba a la dueña con los ojos rebosantes de lágrimas, asintió con un
puchero en sus labios pequeños.
"Papá,
vete rápido, vete a trabajar. Seung-on va a dormir, así que vete de una
vez".
La
dueña se giró hacia Ju-won, que seguía allí parado como un tonto, y le hizo una
seña con los ojos para que saliera. Como Ju-won dudaba y no se movía, la dueña
llevó a Seung-on hacia las mantas mientras decía:
"Le
dije a Seung-chan que se encargara de la caja. Yo voy a hacer dormir al bebé,
así que tú sal a trabajar, Ju-won".
"……".
"No
te preocupes y vete. El bebé tiene que lavarse la cara antes de dormir".
La
dueña, que no solo calmó a Seung-on sino también a Ju-won, llevó al niño al
pequeño baño que había dentro de la habitación. Tras observar cómo Seung-on la
seguía dócilmente, Ju-won miró de reojo el reloj de pared que marcaba las diez
y salió de la habitación interna.
Tal
como dijo la dueña, Seung-chan estaba en la caja. Solo se veía su espalda, pero
por la forma en que se apoyaba con ambos brazos y mantenía la cabeza gacha, se
notaba que estaba realmente furioso.
Evitándolo,
Ju-won entró en silencio a la cocina, se subió las mangas y se puso el delantal
impermeable para empezar a lavar los platos. Mientras llenaba el piletón con
agua tan caliente que soltaba vapor, Ju-won miraba a través del pasaplatos
hacia la habitación interna.
'Lloraba
para que me fuera...'.
Incluso
la dueña, que acababa de conocer a Seung-on, lo entendió enseguida, mientras
que él fue el único que no pudo comprenderlo y lo hizo llorar.
¿Pero
por qué quería que se fuera? ¿Se sentía incómodo estando con él? Quizás hasta
lo odiaba. Al fin y al cabo, lo había traído a un lugar extraño arrastrándolo a
pesar del sueño. Seguramente lloró de odio hacia un padre que no podía
asegurarle ni la comida ni el sueño de forma digna.
Ju-won,
con los guantes de goma puestos, echó detergente en el agua. La espuma subió
rápido hasta el borde del piletón. Sumergió las pilas de platos y pasó las
parrillas, que tenían grasa y condimentos pegados por el fuego, a los otros
empleados que esperaban.
"……".
A
través del pasaplatos se veía la imagen de Ju-won lavando la vajilla con
expresión vacía. Seung-chan, que estaba en la caja ignorando a los clientes que
salían tras pagar, no dejaba de mirar el hueco que conectaba con la cocina. Se
arrancó el delantal que tenía impreso 'Mejor Galbi al Carbón'. Tiró el delantal
hecho un nudo debajo del mostrador y también se quitó la toalla de la cabeza.
Seung-chan se pasó la mano por el pelo corto y revuelto mientras se mordía el
labio inferior.
'¿Eso
es lo que te pasó a ti?'.
Al
recordar esos ojos insolentes que no pestañearon ni una vez, Seung-chan apretó
los puños, pero de inmediato volvió a su mente la mirada de Seung-on llorando
pegado a la pierna de Ju-won. No recordaba su propio rostro de cuando fue
abandonado por sus malditos padres, pero seguramente habría sido parecido al de
Seung-on.
No
recordaba qué cara tenía ni cuánto lloró, pero todo lo demás era tan nítido
como si hubiera pasado ayer. El clima de ese día, la voz de su padre que estuvo
inusualmente amable desde la mañana, el sabor dulce del galbi marinado que
tanto le gustaba. Un día de mierda que rozó la perfección. ¿Qué tan terrible
debió ser todo para que un niño de apenas cuatro o cinco años conservara esos
recuerdos grabados a fuego?
Tras
terminar su turno, Ju-won salió de la habitación interna con la mochila al
hombro y Seung-on dormido en brazos. Salió con las zapatillas mal puestas y, al
ver a la dueña sentada en el salón donde los demás empleados ya se habían
retirado, hizo una reverencia. Tenía un mal presentimiento. Como si hubiera
leído su intención de huir antes de que le dijeran algo, la dueña señaló el
lado opuesto de la mesa.
Ju-won
apenas apoyó la punta de la cadera en la silla vacía y estrechó con fuerza a
Seung-on, que dormía colgado de su cuello. Acariciaba la cabecita del niño como
si fuera lo único que poseyera en el mundo, esperando a que la dueña hablara
primero. Pero lo que escuchó fue algo impensado.
"Quédate
a dormir hoy en el local".
"¿Qué?".
"¿Cómo
piensas llevarte al nene dormido en la bicicleta?".
"……".
Ju-won
bajó la vista hacia Seung-on. El niño dormía profundamente con la boca abierta,
donde se veía una pequeña costra de sangre en el labio inferior, quizás por
habérselo lastimado al llorar. Su rostro se veía incluso más agotado que el de
Ju-won.
La
dueña, observando el silencio de Ju-won, juntó las manos sobre la mesa y dijo:
"Dijiste
que ya no tenías dónde dejar a Seung-on por las noches, ¿no? Desde mañana no
vengas en bicicleta, ven en autobús con el nene. Y para volver, usa mi coche.
Le diré a Seung-chan que los lleve".
En
cuanto escuchó el nombre de Seung-chan de boca de la dueña, Ju-won negó con la
cabeza antes incluso de agradecer la inesperada gentileza.
"Estamos
bien así. La bicicleta tiene cinturón de seguridad...".
"Ya
hablé todo con Seung-chan, así que no te preocupes".
"……".
"Parece
que Seung-chan te dijo cosas feas antes... lo siento".
La
dueña hablaba mientras movía los dedos entrelazados sobre la mesa.
"No
es porque sea mi sobrino, pero el chico no es malo de verdad. Solo que... tiene
una herida. Yo no soy su tía biológica".
"……".
"El
padre de Seung-chan era cliente nuestro, y un día dejó al nene y se fue".
Al
recordar a Seung-chan interrogándolo sobre por qué había traído al niño, Ju-won
detuvo la mano que acariciaba el cabello de Seung-on. Había tenido curiosidad
por saber por qué ese delincuente odiaba tanto a los omegas. Tal como Ju-won
había sospechado a solas, la situación de Seung-chan era similar a la suya.
Sintió una extraña afinidad con ese delincuente beta con el que pensaba que no
tenía absolutamente nada en común.
“Si
hacía algo mal, lo regañaba; si lo hacía bien, lo abrazaba... Le enseñé de todo
un poco, pero las heridas de la infancia... eso es algo con lo que yo no puedo
hacer nada. Todavía hay momentos en los que no puede controlarse cuando ve a un
omega, especialmente si es hombre. Lamento que hayas tenido que escuchar cosas
feas desde la otra vez”.
La
dueña esbozó una sonrisa mientras miraba con lástima a Ju-won, quien asentía
levemente con la cabeza.
“Quédate
a dormir hoy, y desde mañana hazlo como te dije. ¿Sí? Se me partía el corazón
al ver a Seung-on llorar para que su papá se fuera a trabajar”.
“Como
habrá visto hace un rato, Seung-on... parece que se siente incómodo conmigo...
Quizás lo mejor sea buscar algún lugar donde dejarlo...”.
Ju-won,
mirando a Seung-on en sus brazos, soltó los pensamientos que habían rondado su
cabeza todo el tiempo mientras lavaba los platos. No recordaba cuánto tiempo
había pasado desde la última vez que hablaba tanto de sí mismo frente a
alguien. Incluso sintió que había dicho de más esas pocas palabras. Ju-won miró
de reojo a la dueña, que tenía los ojos muy abiertos. Al malinterpretar su
mirada, Ju-won añadió rápidamente:
“Esto
es algo que yo resolveré...”.
“¿Eso
es lo que entendiste?”.
“...
¿Perdón?”.
La
dueña chasqueó la lengua con pesar al ver a Ju-won preguntando de vuelta.
“No
es que el papá sea incómodo, es la situación la que es incómoda”.
“¿A
qué se refiere...?”.
“Para
él, su papá es alguien que trabaja, alguien para quien el trabajo es lo más
importante. Por eso se siente ansioso al ver que no te vas a trabajar como
siempre y te quedas con él”.
“……”.
Ju-won
parpadeó con sus grandes ojos y miró fijamente a la dueña con expresión
perdida. Ella le explicó los sentimientos de Seung-on a este padre que aún era
joven tanto en experiencia como en pensamiento.
“Seung-on
cree que, si no trabajas, te vas a morir. Los nenes de esa edad deberían
ponerse felices si su papá no va al trabajo y se queda con ellos, pero ¿qué tan
falto de tranquilidad has vivido frente a él para que un nene tan chiquito esté
tan desesperado por miedo a que te pase algo grave si no vas?”.
“……”.
“Hace
un rato, me dolió tanto por Seung-on como por ti”.
Al
escuchar la voz de la dueña, Ju-won bajó la cabeza para mirar a Seung-on. Solo
entonces el corazón de Seung-on, que lloraba pidiéndole que se fuera, alcanzó a
Ju-won. Pensó que lo odiaba. Pensó que el niño se sentía incómodo y despreciaba
a un padre incompetente que no podía darle de comer hasta llenarse, ni dejarlo
dormir tranquilo, ni jugar con él.
Recién
ahora podía vislumbrar cómo se veía él mismo a través de los ojos de Seung-on.
El niño tendría motivos de sobra para odiar a un padre que nunca estaba a su
lado, pero ese pequeño pecho que cedió llorando para que su padre fuera a hacer
lo que más le gustaba... recién ahora comprendía qué sentía.
Ju-won
puso la palma de su mano sobre el pequeño pecho del niño dormido. Los latidos
rápidos y diminutos del corazón se transmitieron a su mano. ¿Estaría cumpliendo
con su responsabilidad? En el momento en que escuchó por primera vez el latido
de Seung-on en su vientre, juró que no lo dejaría vivir una vida como la suya.
Juró que se haría responsable con todas sus fuerzas para que no tuviera una
vida de abandono y odio, pero ¿de verdad se estaba haciendo responsable
correctamente?
Ju-won
cerró los ojos mientras miraba a Seung-on con una mirada vacía. Cada mañana, al
abrir los ojos, sentía la sombra de la muerte acechando de cerca, y solo vivía
apoyándose en el calor de Seung-on; sentía culpa por si acaso estaba apagando
ese frágil calor.
Ju-won,
que mantenía los párpados cerrados en silencio, los levantó lentamente y se
inclinó ante la dueña.
“Gracias...”.
Ya
habían pasado 22 años viviendo mientras lo despreciaban incontables veces, pero
no sabía cuándo desaparecerían esa manía de andar pendiente de los demás y ese
sentido de la vergüenza. Se sintió enojado consigo mismo por haber pensado en
renunciar dócilmente si la dueña lo despedía por causar problemas con su
sobrino. Por el bien de Seung-on, tenía que ser un poco más descarado. Tenía
que ser un poco más firme.
Cerca
de que terminara la charla con la dueña, Seung-chan entró al local. Parecía que
venía a buscarla. La dueña dejó a Ju-won y a Seung-on en el salón y se fue con
Seung-chan. Seung-chan, que hace unas horas lo miraba como si fuera a matarlo,
subió al coche estacionado frente al local sin siquiera cruzar mirada con él.
Ju-won, observando desde el otro lado del vidrio cómo desaparecía el coche
pequeño de la dueña conducido por Seung-chan, se dirigió a la habitación
interna con Seung-on en brazos. Una sensación extraña no dejaba de inquietarlo.
*
* *
Lo
primero que pensó Ju-won al abrir los ojos escuchando el sonido de la alarma
fue que no tenía frío. Y que la lámpara del techo frente a sus ojos estaba
limpia.
Tras
observar la cubierta impecable de la lámpara con mirada distraída, Ju-won giró
la cabeza para buscar a Seung-on. El pequeño, que se había quedado dormido
abrazado a él en la estrecha habitación interna, ya se había despertado y
andaba tocando las cosas sobre el tocador de la dueña. Temiendo que fuera a
arruinarle algún cosmético, Ju-won se incorporó de un salto y lo detuvo.
Acarició
la cabecita de Seung-on, quien le sonreía de oreja a oreja como si no recordara
nada de lo ocurrido anoche, y Ju-won rotó los hombros para estirarse. Por
alguna razón, no sentía tanto dolor muscular como de costumbre. ¿Acaso los
dolores tan intensos que sufría siempre eran por culpa del frío?
Sujetando
la mano de Seung-on, Ju-won entró al pequeño baño de la habitación y lo sentó
en el inodoro para lavarle la cara. Por timidez y respeto, no se atrevió a usar
el agua caliente, pero el aire del cuarto estaba tan templado que el agua no se
sentía tan fría.
Se
arregló el cabello con la mano mojada, se puso la capucha del buzo y, tras
acomodar la ropa de Seung-on, salieron juntos de la habitación interna. Sentó
al pequeño en el borde del escalón de entrada y le puso las zapatillas. Si
quería que llegara a tiempo al jardín de infantes, tenía que prepararse más
temprano que de costumbre. Como habían dormido en el local, no podría darle el
desayuno.
Fue
justo cuando se giraba hacia el salón del local junto a Seung-on, quien por
suerte parecía estar de buen humor a pesar de haber dormido en un lugar
extraño. Escuchó un ruido en el salón, donde no debería haber nadie. Ju-won
apretó la mano de Seung-on, que sujetaba su dedo, y clavó una mirada alerta en
las mesas vacías. ¿Acaso alguien habría entrado ilegalmente durante la noche?
Un
ladrón, o quizás un borracho. Pero si la puerta estaba cerrada...
Los
ojos tensos de Ju-won se agrandaron al identificar la cabeza que sobresalía por
encima de una mesa. Era una nuca que conocía bien.
“Uf,
maldita sea”.
Seung-chan,
que nada más abrir los ojos ya estaba murmurando insultos con voz ronca,
frunció un ojo que apenas podía abrir y giró la cabeza para mirar a Ju-won y a
Seung-on. Tenía el ceño tan fruncido que sus cejas se elevaban hasta el borde
de la frente, como si estuviera furioso. Su impresión, que ya de por sí era
mala, se veía aún peor.
A
Ju-won no le daba curiosidad saber desde cuándo o por qué Seung-chan, que se
había ido con la dueña en la madrugada, estaba durmiendo en el local; más bien
le preocupaba que volviera a actuar de forma amenazante frente a Seung-on como
anoche. Instintivamente tiró de la mano del niño y lo escondió detrás de sus
piernas. Al verlo, Seung-chan pareció no darle importancia y se incorporó
lentamente del sofá donde estaba acostado. Luego soltó un largo bostezo. Tras
bostezar a gusto, arrugando su rostro de facciones afiladas, Seung-chan recogió
la campera con la que se había tapado y se puso de pie.
Caminó
con paso perezoso hasta quedar frente a Ju-won, levantó el mentón y lo miró por
encima del hombro. Ju-won no desvió la mirada que lo observaba fijamente.
Después
de observarlo en silencio por un momento, Seung-chan habló:
“Me
quedé vigilando para ver si dejabas al nene y te escapabas...”.
“……”.
“Dormiste
como un tronco, ¿eh? Maldita sea, pensé que estabas en coma”.
“……”.
Al
escuchar que Seung-chan había vuelto al local solo para vigilarlo, Ju-won
frunció el entrecejo. Seung-chan hizo el gesto de darle un coscorrón en la
frente para amenazarlo y luego se agachó para hablarle a Seung-on, que seguía
escondido detrás de las piernas de Ju-won.
“Oye”.
“¡No
lo toques...!”.
Ju-won
intervino apresuradamente al notar que intentaba acercarse al niño. Sin
embargo, se quedó mudo al escuchar la voz juguetona que siguió.
“¿Tú
sabes comer kimchi?”.
Ante
la pregunta de Seung-chan, que parecía herir el orgullo de cualquier niño
coreano, Seung-on asintió con su cabecita con un toque de orgullo. Mientras
Ju-won se sentía confundido por la actitud natural con la que Seung-chan
hablaba con el pequeño, la puerta del local se abrió. La dueña entró soltando
un bostezo tan largo como el de Seung-chan hace un momento.
Tras
secarse las lágrimas que se le formaron en los ojos, la dueña dejó su abrigo en
la caja y sonrió con dulzura.
“Oh,
Ju-won y Seung-on ya están despiertos. Vamos a desayunar rápido”.
“...
¿Perdón?”.
Al
ver a Ju-won preguntar con los ojos muy abiertos, Seung-chan se enderezó y
volvió a hacer el gesto de darle un coscorrón. Luego le susurró con una voz tan
baja que solo él pudo oír:
“Si
no fuera por el nene, ayer estabas muerto”.
“……”.
Ju-won
miró con rostro inexpresivo las cejas de Seung-chan que se movían frente a él.
Sonaba como si le estuviera haciendo un favor por consideración a Seung-on.
Ju-won encontraba ridículo el comportamiento de este delincuente que le lanzaba
advertencias una y otra vez y, en cada ocasión, decidía aguantarse solo. Desde
su primer encuentro, pensó que el criterio de su ira era bastante ambiguo. Como
no eran personas que volverían a verse, pensó que no le importaba qué era lo
que lo hacía enojar. Pero ahora que se veía obligado a cruzarse con él
constantemente, ya no le resultaba amenazante, sino más bien molesto.
'Mejor
que me pegue de una vez y termine con esto...'.
“¿Qué
miras? Baja la vista, carajo”.
“¿Qué
haces, Seung-chan? No le estarás diciendo cosas raras a Ju-won otra vez, ¿no?”.
La
dueña, que se dirigía a la cocina, alzó la voz preguntando con una suavidad
inusual. Seung-chan miró de reojo a la dueña y le susurró a Ju-won aún más
bajo:
“¿Nos
vemos luego, eh?”.
“……”.
Era
una conversación que, hasta en su cierre de prometer represalias futuras, no se
diferenciaba en nada de las anteriores. ¿Hasta cuándo pensaba seguir con esas
amenazas sin sentido ni avance alguno? Si fuera el Ju-won de ayer, habría
pensado que era mejor dejar el trabajo en la parrilla antes que causarle
problemas a la dueña que se portaba tan bien con él. Pero la situación había
cambiado un poco. Desde hoy, había decidido dejar de lado la vergüenza y el
andar pendiente de los demás para volverse más descarado por el bien de
Seung-on. Quería quedarse aquí como fuera.
NO HACER PDF
Ju-won recordó la imagen de la dueña consolando a Seung-on anoche. Y también repasó las palabras que ella le había dicho. No tenía dónde dejar a Seung-on por las noches mientras trabajaba y, además, quería aumentar aunque fuera un poco el tiempo que pasaba con él. Para eso, debía quedarse aquí. Ju-won sabía mejor que nadie que no sería nada fácil encontrar otro lugar que fuera tan comprensivo con su situación.
En
esa mañana temprano, antes de empezar el horario comercial, comenzó una comida
extraña sentados en una mesa vacía. La dueña preparó huevos fritos en una
plancha de piedra y armó un plato aparte de arroz con huevo y soja para
Seung-on, y luego salteó kimchi. El arroz salteado con kimchi para los tres
adultos estuvo listo en un momento.
La
dueña sentó a Seung-on a su lado y le dio de comer ella misma. Ju-won le dijo
que no hacía falta esmerarse tanto porque el niño comería un bocadillo en
cuanto llegara al jardín, pero la dueña solo repetía que los coreanos, sean
grandes o chicos, sacan su fuerza del arroz.
Cuando
le acercó una cucharada de arroz con huevo junto con sopa de algas, Seung-on,
que esperaba con la boca abierta al máximo, aceptó el bocado con ganas. Aunque
parecía que todavía se sentía un poco tímido con la dueña, ya se notaba que
sabía que ella lo quería.
Debido
a que la dueña tenía a Seung-on pegado a ella para darle de comer, Ju-won
terminó sentado al lado de Seung-chan. Mientras comía el arroz salteado que la
dueña le había servido, Ju-won no dejaba de mirar de reojo a Seung-on, que
estaba sentado enfrente. Pensaba traer al niño a su lado al menor indicio de
que Seung-on pudiera incomodar a la dueña.
“……”.
Seung-chan,
que no dejaba de mover una pierna, pateó ligeramente la zapatilla de Ju-won por
debajo de la mesa. Ju-won, que masticaba el arroz lentamente mientras vigilaba
a Seung-on, se giró hacia él. Seung-chan, sentado de modo que la dueña no
pudiera verle la cara, movió los labios sin emitir sonido alguno en cuanto sus ojos
se encontraron con los de Ju-won.
¿Qué. Miras.
Ju-won
observó con rostro inexpresivo cómo articulaba cada sílaba con precisión y
luego volvió a centrar su atención en Seung-on. Al ver que lo ignoraba por
completo, Seung-chan frunció el ceño con malicia.
No
había podido pegar ojo en toda la noche por culpa de Ju-won, que había
aparecido ayer de la mano de ese niño. Los recuerdos del pasado, que nunca
olvidó pero que mantenía enterrados, habían vuelto a la vida.
En
cuanto su tía se durmió, salió de casa y regresó al local. No podía quedarse
tranquilo pensando que ese niño, que tanto le recordaba a su propia infancia,
pudiera ser abandonado como lo fue él. Incluso después de ver los dos pares de
zapatos frente a la habitación interna, no se sintió aliviado y echó un vistazo
al interior. A pesar de confirmar que Ju-won dormía sobre la manta eléctrica
abrazando con fuerza a Seung-on, no pudo marcharse y pasó la noche en vela
sentado en el salón a oscuras. Hasta ese punto llegaba la desconfianza de
Seung-chan hacia el instinto paternal de los omegas.
Tenía
que echar a ese maldito omega lo antes posible, pero mientras dudaba bajo la
mirada de su tía, había surgido un obstáculo más. La vista de Seung-chan se
dirigió a Seung-on, sentado enfrente.
Si
no fuera por ese mocoso, a este omega despreciable ya lo habría...
“……
.”
Seung-on,
que abría la boca para aceptar lo que la dueña le daba, sintió la mirada y
parpadeó con sus grandes ojos mientras observaba a Seung-chan. Parecía que
había aprendido de su padre a mirar a la gente directamente a los ojos; eran
idénticos. Seung-chan, arrugando la frente para poner una expresión aterradora,
gesticuló con la boca de forma exagerada y clara, tal como había hecho con
Ju-won.
Pe. Do.
Seung-on,
que masticaba con energía, captó el gesto y se cubrió la boca con sus dos
manitos. Luego, arrugó la cara y soltó una risita traviesa hasta que sus ojos
se volvieron dos rendijas. Acertar palabras por el movimiento de los labios era
difícil para un niño de 28 meses, pero "pedo" era una palabra que
escuchaba decenas de veces al día en el jardín de infantes. Cuanto más lo
pensaba, más gracia le hacía, hasta que terminó apoyando la frente en la mesa
soltando una carcajada.
“¿Seung-on...?”
Ju-won
llamó al niño con extrañeza, sin entender por qué le había dado ese ataque de
risa de repente. Como en los últimos meses sus expresiones emocionales habían
disminuido drásticamente, ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que lo
vio reír a carcajadas. La dueña, ajena a la situación, simplemente encontraba
adorable la risa de Seung-on.
Ju-won
se quedó pensativo, moviendo los ojos de un lado a otro para descubrir la razón
del estallido, y miró a su lado. Seung-chan estaba raspando el fondo del cuenco
con la cuchara para juntar los últimos granos de arroz. Aunque no tuviera una
expresión inocente, le resultaba increíble que ese delincuente, que no parecía
tener ni el carácter ni el talento para hacer reír a un niño, hubiera hecho
algo. Tras mirarlo fijamente un momento, Ju-won bajó la cabeza y volvió a meterse
comida en la boca.
Fue
cuando Ju-won, tras subir a Seung-on a la sillita infantil, se disponía a
montar en la bicicleta. Seung-chan salió del local y lo frenó agarrando la
mochila que Ju-won llevaba a la espalda. Con la cadera a medio apoyar en el asiento,
Ju-won levantó la vista hacia Seung-chan, que no soltaba el bolso.
“¿A
dónde escapas? Todavía tenemos que hablar, ¿no?”.
Parecía
que el momento de "verlo luego" había llegado. Ju-won también lo
estaba esperando. Se giró hacia Seung-on.
“Es
peligroso, así que no te muevas y quédate sentado quietito”.
Seung-on,
mirando alternativamente a Seung-chan y a Ju-won, asintió con la cabeza. Ju-won
le puso la capucha de la campera sobre la cabeza y se enfrentó a Seung-chan.
Solo entonces este soltó la mochila y empezó a caminar, haciéndole una seña
para que lo siguiera. Tras observar la espalda de Seung-chan, que agitaba la
mano con desgana sin siquiera mirarlo, Ju-won suspiró levemente y lo siguió.
En
cuanto entraron en el callejón entre los edificios, lejos de la vista de la
gente, Seung-chan sacó un cigarrillo del bolsillo interno de su campera, lo
encendió y expulsó el humo por la nariz antes de volverse hacia Ju-won.
“Deja
el trabajo”.
“……”.
“Te
lo digo por las buenas por el nene. No vuelvas a aparecer desde hoy”.
A
los ojos de Ju-won, la forma en que Seung-chan hablaba frunciendo el ceño hacía
parecer que incluso advertirle le resultaba tedioso. Sin embargo, el que
realmente encontraba molesta la situación era Ju-won. Soltó las palabras que
había estado preparando durante el desayuno:
“Pégame”.
“¿Qué?”.
“No
me busques pelea todo el tiempo... Pégame rápido y termina con esto”.
“¡Ja!
Maldita sea... ”.
Seung-chan
soltó una carcajada irónica junto con el humo blanco y se acercó a Ju-won con
paso arrogante. Ese patrón de conducta de pegarse a él de forma amenazante ya
empezaba a cansarle. Ju-won lo miró con el rostro vacío.
“Digas
lo que digas, voy a seguir viniendo. Tengo que hacerlo. Así que dame una paliza
y acabemos con esto”.
“Este
tipo está loco de verdad... ”.
Seung-chan
tiró el cigarrillo que no había consumido ni a la mitad contra la pared y
agarró a Ju-won de las solapas con una mano. Luego, con la otra mano impregnada
de olor a tabaco, le dio unos toquecitos en la mejilla, haciendo el gesto de
golpearlo.
“¿Quieres
que te dé un par de veces aquí y terminemos?”.
A
medida que ponía más fuerza en la punta de los dedos que empujaban la mejilla,
el mentón de Ju-won se giraba gradualmente hacia un lado.
“Oye,
oye. Maldita sea, ¿cómo sabes cuántos golpes necesitas para que esto termine,
eh?”.
Seung-chan
empujó la mejilla con la palma con fuerza, haciendo que Ju-won se tambaleara.
Si no fuera por la mano que lo sujetaba de las solapas, habría terminado
estampado contra la pared. A Seung-chan le sorprendía que este omega, que no
podía ni resistir la fuerza de una palma, se ofreciera con tanta seguridad a
recibir una paliza. Y encima con esa cara inexpresiva que tanto detestaba.
Como
por diversas situaciones lo había estado dejando pasar, ahora el maldito omega
se atrevía a decir cualquier cosa. Parecía no ser consciente de que, si hubiera
tenido el tamaño de un beta, ya estaría muerto desde el momento en que lo tocó
en el buffet.
Apenas
contenía una rabia que estaba a punto de cruzar la línea, pero el omega, que no
sabía lo que era cuidarse, soltó otra frase increíble:
“¿Qué
quieres de mí?”.
“¿Lo
vas a hacer todo si te lo digo? ¿Qué es eso, una propuesta de cualquiera?”.
“……”.
La
mirada que le devolvía con la boca cerrada seguía careciendo de cualquier
emoción. Debería tenerle miedo por su tamaño, o estar furioso por el trato
injusto debido a su casta, pero el omega simplemente lo observaba con ojos
secos, tal como la primera vez. Como si estuviera de vuelta de todo en la vida.
Sin
quitarle la vista de encima, Seung-chan sacó el celular del bolsillo de la
campera y se lo tendió.
“……”.
Ju-won
miró el teléfono y, después de un largo rato, levantó la vista hacia los ojos
de Seung-chan. Al cruzar miradas, Seung-chan le puso el celular justo frente a
la nariz para intimidarlo.
“Anota
tu número”.
“...
¿Por qué?”.
“Dijiste
que harías todo lo que quisiera. Vamos a ver hasta dónde llegas”.
Ju-won
observó fijamente a Seung-chan, que lo miraba con el mentón en alto y ojos
burlones, y tomó el celular de esa mano grande. En cuanto Ju-won guardó el
contacto, Seung-chan le arrebató el teléfono y pulsó el botón de llamar. El
tono de llamada sonó dentro del bolsillo de Ju-won.
Tras
confirmar que el número era correcto, Seung-chan le dio en la frente el
coscorrón que tanto había amagado. El sonido del impacto resonó tras el golpe
de sus dedos largos. La única reacción de Ju-won fue fruncir ligeramente el
entrecejo. A los ojos de Seung-chan, incluso eso resultó molesto.
“Ni
se te ocurra ignorar mis llamadas, ¿entendido? Porque entonces te voy a dar la
paliza que tanto pediste”.
Tras
lanzar la advertencia con firmeza, Seung-chan salió del callejón sin esperar
respuesta. Ju-won, solo, se quedó mirando distraídamente la colilla que
Seung-chan había tirado. Si estaba dispuesto a ser descarado por Seung-on, este
tipo de acoso no era nada. No era la primera vez que alguien lo odiaba
visceralmente, y sabía perfectamente cómo seguirle la corriente a alguien
pretendiendo sumisión.
Frotándose
la frente dolorida con la punta de los dedos, Ju-won aplastó con la punta de su
zapatilla la colilla que aún desprendía un poco de humo.
Aplastó
la colilla con la punta de la zapatilla.
"Por
cierto, ¿qué voy a hacer con el refugio?..." Como tenía ahorros
suficientes para conseguir una habitación pequeña con alquiler mensual, pensó
que tal vez debería visitar una inmobiliaria el fin de semana. "Entonces,
¿tendré que posponer un poco más lo del centro de desarrollo para
Seung-on?..."
Sumido
en sus pensamientos, Ju-won contrajo levemente los párpados, donde se notaban
unas pequeñas manchas rosadas.
¿No será que tenías miedo de ir y esto es solo una buena excusa?
Haciéndose
esa pregunta a sí mismo, Ju-won salió de entre los edificios y se detuvo un
momento al ver la nuca de Seung-on, sentado solo en la bicicleta. Al tener la
capucha de la campera puesta, la parte superior de su cabecita se veía redonda
y abultada. Fue justo al abrir la boca para llamar al niño cuando se dio cuenta
de que se estaba mordiendo el labio inferior con fuerza, sin notarlo.
Con
los labios enrojecidos por la presión, Ju-won se acercó a Seung-on y plegó el
pie de apoyo de la bicicleta.
“Ahora,
al jardín de infantes...”.
Ju-won
dejó la frase a medias al descubrir una mascarilla infantil en el rostro blanco
de Seung-on. Era una mascarilla térmica con dibujos de personajes que él jamás
le había comprado. Se quedó mirando fijamente al niño y, de repente, volvió la
vista hacia el local. Tras el vidrio de la puerta, la dueña los observaba y le
hizo un gesto con la mano indicándole que se cubriera la nariz y la boca.
Luego, agitó la mano en el aire como diciéndole que se diera prisa y sonrió.
“Gracias...”.
Ju-won
murmuró un agradecimiento que ella no podía oír y se inclinó formalmente. Al
mismo tiempo, subió al asiento y empezó a pedalear. La bicicleta avanzó y pasó
lentamente por delante de la entrada del local. Ju-won miró de reojo a Seung-chan,
que estaba de pie junto a la dueña con expresión de pocos amigos, y puso más
fuerza en sus piernas al pedalear.
“¡Ah,
carajo!”.
Kyusung
soltó un insulto en voz baja mientras aspiraba con fuerza el cigarrillo que
sostenía entre los dientes. En el monitor, su personaje luchaba
desesperadamente por tomar la delantera en la batalla, pero no era tan ágil
como él deseaba, lo que lo sacaba de quicio. Mientras las manos de Kyusung se
movían frenéticamente entre el mouse y el teclado, Seung-chan también estaba jugando.
Sin embargo, a diferencia de lo habitual, ni siquiera lograba superar los
niveles iniciales de dificultad sencilla y solía regresar al punto de partida
constantemente.
Sentado
con las piernas cruzadas sobre el colchón y la cabeza gacha, Seung-chan
finalmente arrojó la tablet de Kyusung cerca de la almohada. Se levantó de un
salto y se acercó al escritorio donde estaba Kyusung. Tras echarle un vistazo a
la pantalla donde su amigo estaba perdiendo estrepitosamente, se burló
llamándolo "imbécil" y agarró el paquete de cigarrillos que estaba
junto al mouse.
Un
viento frío entraba por la ventana, que habían dejado abierta para que saliera
el humo. Seung-chan se apoyó en el marco con ambos brazos y fumó. Su rutina
diaria, sin un trabajo decente tras haber terminado el servicio militar, era
terriblemente aburrida. Pasaba el tiempo matando las horas en casa de Kyusung
y, al caer la noche, vagaba por las calles buscando algún encargo a través de
los conocidos de su amigo.
Con
el cigarrillo entre los dedos, Seung-chan sacó el celular del bolsillo de su
pantalón y lo miró fijamente. Lo que observaba con ojos llenos de hostilidad
era el contacto de Ju-won, al que había guardado esa mañana bajo el nombre de
'Loco'.
“¡Ugh,
maldita sea!”.
Kyusung,
que finalmente perdió la batalla, se tomó la cabeza con las manos y se giró
hacia Seung-chan. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces lo veía mirando
el celular con atención mientras fumaba. Desde que llegó a su casa temprano por
la mañana, Seung-chan se encontraba en ese estado cada vez que tenía un momento
libre.
Kyusung
lo observó en silencio y, haciendo girar su silla, preguntó:
“¿Qué
vas a hacer con ese empleado omega? Dijiste que no podías tocarlo porque
trabaja para tu tía”.
“...
No sé”.
Seung-chan
respondió cortante y se rascó la frente con la mano que sostenía el cigarrillo.
Como el otro lo había provocado mirándolo a los ojos y diciendo que haría lo
que él quisiera, le pidió el número en un arrebato de rabia, pero no había
pensado en qué hacer después.
“Acosalo
a más no poder. Hasta que se vaya por su propia cuenta”.
Era
un plan que ya había escuchado antes. Tanto Kyusung como él, al ser unos tipos
sin mucha educación, pensaban de la misma manera. Seung-chan expulsó el humo
por la nariz, sacudió la ceniza en una lata de cerveza que estaba en el marco
de la ventana y miró a Kyusung.
“¿Qué
eres, un nene de primaria?”.
Kyusung,
ignorando el desprecio de su amigo, siguió girando en la silla mientras miraba
al techo y mantenía firme su propuesta.
“Oye,
¿sabes cómo cobran la plata los prestamistas hoy en día? Dicen que ya no van
rompiendo todo como antes”.
Ante
la indiferencia de Seung-chan, Kyusung alzó la voz con vehemencia.
“¡En
serio, idiota! ¡El acoso psicológico funciona mucho mejor que los golpes!”.
“No
voy a hacer esa estupidez, carajo”.
Seung-chan
miró a Kyusung como si jamás hubiera considerado semejante tontería, aunque por
dentro se sintió extrañamente aludido. Kyusung, al ver su idea rechazada, tomó
su celular que justo empezó a sonar. Tras leer rápidamente la pantalla, se
levantó con tanta fuerza que la silla de escritorio salió despedida hacia
atrás.
“Me
escribió Hyun-hyung. Dice que si queremos trabajar por el día, que vayamos esta
noche. ¿Vas a ir?”.
La
voz de Kyusung desbordaba entusiasmo por el tan esperado aviso de trabajo.
Seung-chan, con el cigarrillo aún entre los labios, preguntó con voz algo
apagada:
“¿De
qué se trata?”.
“No
sé. Me dijo que vayamos con traje, así que supongo que será algo como extra en
un buffet. O por la hora, tal vez sea en un bar de vinos. Shim Se-jin empezó el
mes pasado y dice que el trabajo es una pavada y que a veces hasta le regalan
botellas de vino”.
La
suposición de Kyusung tenía sus motivos. Hyun-hyung, el que les conseguía los
trabajos, había trabajado un tiempo como seguridad en boliches. Era muy
probable que tuviera contactos en el rubro gastronómico y nocturno.
Seung-chan
soltó una larga bocanada de humo tras inhalar profundamente y dejó caer la
colilla en la boca de la lata de cerveza.
“¿Traje?
Mierda, no tengo nada de eso”.
“Tengo
la ropa que usaste cuando me reemplazaste en aquel buffet. Yo te presto el
saco. ¿Le escribo que vamos los dos?”.
Ante
la pregunta de Kyusung buscando su consentimiento, Seung-chan asintió
levemente. Fuera lo que fuera el trabajo, sería mejor que estar encerrado en
una habitación sin hacer nada. Cerró la ventana por la que entraba el viento
frío y guardó el celular, que aún mostraba el contacto de Ju-won, en el
bolsillo trasero de su pantalón.
Poco
antes de las 9 de la noche, una camioneta gris con patente de auto alquilado se
detuvo frente a la casa de Kyusung. Seung-chan y Kyusung subieron
apresuradamente al vehículo, que había llegado 20 minutos más tarde de lo
acordado. Siguiendo las instrucciones de no usar ropa de abrigo, estaban solo
con los sacos de traje que Kyusung le había prestado, a pesar del frío intenso.
Les castañeteaban los dientes.
Seung-chan
se sorbió la nariz y recorrió con la mirada el interior de la camioneta. Los
hombres en los asientos delanteros vestían trajes negros como ellos, mientras
que en la parte de atrás había tres o cuatro chicos con cara de niños que
vestían ropa informal. Lo único que tenían en común era que todos eran de
contextura grande y tenían expresiones aterradoras. Por donde se mirara, no
parecía que fueran a un bar de vinos. Kyusung parecía pensar lo mismo; su
rostro estaba rígido y lleno de ansiedad, como si tuviera la palabra
"cagamos" escrita en la frente.
La
camioneta se detuvo tres veces en total. Fueron bajando a los de atrás de a dos
o de a tres y luego continuaban. Cuando llegó su turno, Seung-chan y Kyusung
bajaron junto con el hombre que iba en el asiento del acompañante. El hombre,
mirando la pantalla de su celular, les dijo:
“Ustedes
solo quédense parados para hacer bulto. Yo me encargo del resto”.
“Sí”.
Kyusung
respondió al instante. Seung-chan, viendo que el hombre se disponía a avanzar
con el celular en mano, habló:
“¿A
dónde vamos?”.
“Oye,
solo camina... ”.
Kyusung
agarró el brazo de Seung-chan, pendiente de la reacción del hombre. Seung-chan
se soltó con suavidad y dijo con naturalidad:
“¿Qué?
Tengo que saber qué tipo de trabajo voy a hacer antes de seguirte”.
Y
con razón, ya que estaban en una zona residencial con callejones que se ramificaban
en varias direcciones; no parecía que hubiera ningún lugar de trabajo legítimo
por más que se internaran en el barrio. El hombre observó de arriba abajo a
Seung-chan, que permanecía firme como si no fuera a dar un paso hasta recibir
una explicación. Al parecer, su actitud tranquila y sin rastro de nervios le
agradó, porque le respondió con franqueza:
“Cobro
de deudas”.
Seung-chan
frunció el ceño al instante. Las palabras sonaban extrañas. No dijo
"presión", sino "fomento" o "motivación" del
pago. Además, por su apariencia y el ambiente, era evidente que no se trataba
de una entidad crediticia legalmente registrada. Tras soltar un suspiro
contenido, Seung-chan miró de reojo a Kyusung.
Al
encontrarse con su mirada, Kyusung se encogió de hombros con su habitual
expresión de víctima, como diciendo que él tampoco sabía que el trabajo sería
de este tipo. Para confirmar si la verdadera naturaleza del "fomento de
deuda" coincidía con sus sospechas, Seung-chan y Kyusung siguieron al
hombre por el momento.
Camino
a un destino desconocido, mientras escuchaba los alardes del hombre, Seung-chan
comprendió por qué utilizaba esa palabra.
“El
viejo se escapó mientras pagaba los intereses, casi me dejo los huevos buscando
al hijo”.
Mientras
caminaba tras él, Seung-chan volvió a mirar a Kyusung. Aquello de que los
cobradores modernos usaban el "acoso psicológico" resultó ser
exactamente esto.
“Bueno,
parece que el tipo abandonó al mocoso cuando era chico y llevan tiempo sin
verse, pero eso no es problema nuestro. Incluso los que se hunden bajo tierra
terminan saliendo por su cuenta si uno jode a la gente de su entorno. Solo
tenemos que seguir machacando a la familia y conocidos hasta que el que se
llevó la plata aparezca. En fin, ustedes solo miren cómo lo hago”.
Hablaba
demasiado, pero en resumen, lo que planeaba era comportarse como un matón con
gente inocente. Seung-chan le lanzó una mirada a Kyusung indicándole que se
marcharan, pero Kyusung arrugó la cara y negó con la cabeza. Luego, sacó su
celular y escribió algo apresuradamente; de inmediato, el teléfono de
Seung-chan vibró en su bolsillo. Era un mensaje de Kyusung.
Kyusung: Ya que
vinimos hasta acá, hagamos aunque sea uno, por favor.
Kyusung: Tengo que
cubrir lo que gasté arreglando la moto la otra vez.
Tras
leer los mensajes consecutivos, Seung-chan chasqueó la lengua y guardó el
celular en el bolsillo interno de su saco con el ceño fruncido. Mientras
intercambiaban miradas, el hombre que iba adelante se detuvo. Seung-chan
levantó la vista para leer el cartel del edificio.
El
edificio, que por fuera parecía una casa particular de una sola planta pero de
gran tamaño, llamaba la atención por la cantidad de ventanas alineadas en la
pared exterior, sugiriendo que tenía muchas habitaciones. Tras merodear frente
a la puerta cerrada con cerradura electrónica para evitar el ingreso de
extraños, el hombre se apoyó en el muro del refugio. Seung-chan se paró junto a
Kyusung cerca del hombre, quien se llevó un cigarrillo a la boca con calma,
como si no tuviera intención de entrar por la fuerza.
Tras
diez minutos observando las ventanas del refugio, la mayoría con las luces
apagadas, una luz de sensor se filtró a través del vidrio de la entrada.
Alguien estaba saliendo. El hombre tiró el cigarrillo al suelo, como si hubiera
estado esperando ese momento exacto.
Al
tiempo que sonaba el pitido electrónico de la cerradura al abrirse, la puerta
se franqueó y un rostro familiar apareció sosteniendo la mano de un niño.
“…….”
Seung-chan
se encontró primero con la mirada de Seung-on, quien lo observaba con la
mascarilla de personajes que su tía le había comprado esa mañana en la
farmacia. Por encima de la mascarilla, que le cubría casi toda la cara, sus
ojos grandes y redondos miraban fijamente a Seung-chan. Parecía confundido, como
si hubiera olvidado por completo las carcajadas que soltó durante el desayuno
por una sola palabra de Seung-chan.
Seung-chan
trasladó su vista hacia Ju-won, que sujetaba con fuerza la mano del pequeño.
Tenía la capucha del buzo puesta bajo la campera, y su rostro brillaba bajo la
luz de la farola frente al refugio.
Como
de costumbre, la expresión de Ju-won era plana mientras su mirada se desplazaba
lentamente hacia Kyusung y el hombre que acompañaba a Seung-chan. Ju-won se
preguntaba cómo Seung-chan había descubierto el refugio y cuál era su
propósito. Después de haberle sacado el número y amenazarlo con que no volviera
al local, ¿aparecía ahora para obstaculizar su camino al trabajo? Como en el
local no podía ni levantarle la voz por culpa de la dueña, era muy probable que
hubiera investigado sus antecedentes.
Le
resultaba un poco ridículo que trajera a sus amigos solo para asustarlo, pero
al mismo tiempo le preocupaba que Seung-on saliera perjudicado. Ju-won ocultó a
Seung-on detrás de él y, mirando a Seung-chan, preguntó:
“¿Qué
pasa?”.
“¿Qué
va a pasar?”.
La
pregunta era para Seung-chan, pero la respuesta vino de otra parte. Ju-won se
giró hacia el hombre que parecía mucho mayor que ellos. El hombre miró
alternativamente la pantalla de su celular y a Ju-won; con expresión de
certeza, dio un paso adelante.
“Eres
el hijo de Yang Ki-jun, ¿verdad?”.
“…
Corté los lazos con él”.
Seung-chan
observaba a Ju-won, que miraba directamente al hombre pegado a su nariz, y a
Seung-on, que solo movía los ojitos escondido tras las piernas de su padre.
“Todos
dicen lo mismo. No la hagamos larga, Yang Ki-jun debe quince millones solo de
intereses. Dile que pague rápido. Si pasa de hoy, la deuda sube”.
“¿Por
qué me dice eso a mí?”.
“Porque
es tu viejo”.
Con
un movimiento brusco, como si fuera a agarrarlo del pelo, el hombre tiró de la
capucha del buzo de Ju-won hacia atrás para descubrirem su cabeza. Al ver que
Ju-won levantaba instintivamente un brazo para protegerse el rostro, el hombre
soltó una risita cínica.
“Aunque
hayan cortado lazos, debés saber dónde anda. Son padre e hijo”.
“…….”
Ju-won
recordó lo último que supo de su progenitor. Tras ser separado de él en su
infancia, la última noticia que tuvo de su padre biológico fue a través de una
trabajadora social durante el invierno de sus diecinueve años, justo antes de
quedar embarazado de Seung-on. En aquel entonces, su padre vagaba por refugios
para personas sin hogar. E incluso de allí solía ser expulsado pronto por beber
a escondidas o meter a alfas en las instalaciones. Mientras Ju-won se preparaba
para la universidad y tramitaba su salida del centro de menores hacia el centro
de vida independiente, tuvo que buscarlo para obtener consentimientos y
documentos; lo encontró viviendo una vida que no difería mucho de cuando lo descuidaba
siendo niño.
Esa
fue la razón por la que el espíritu rebelde de Ju-won despertó a los diecinueve
años. El primer paso hacia una vida normal que venía con la oportunidad
universitaria... Todas las esperanzas que había soñado se convirtieron en miedo.
Huyó de la oportunidad que siempre deseó por temor a confirmar que, al final,
terminaría viviendo en el mismo fango que su padre.
“Si
no sabes, búscalo y dile que pague la plata”.
“…….”
El
hombre ladeó la cabeza con una sonrisa burlona al ver que, a pesar de haberle
quitado la capucha con tanta violencia que le despeinó el cabello, Ju-won no
parpadeaba ni mostraba rastro de miedo.
“¿Mirá
cómo me mira este pendejo?”.
“…….”
“Si
no quieres que este mocoso te odie como tú odias a tu viejo, encuentra a Yang
Ki-jun”.
El
hombre se puso en cuclillas frente a Ju-won. Acto seguido, estiró la mano hacia
Seung-on, que estaba detrás de las piernas de su padre.
“Oye,
si tu papá no paga la deuda de tu abuelo, el siguiente eres tú. ¿Con qué vas a
pag…?”.
En
el instante en que la mano del hombre iba a tocar la mejilla de Seung-on, una
zapatilla impactó con violencia contra el hombro del sujeto. Ante la patada
repentina, Ju-won se giró hacia Seung-chan. Al igual que en su primer
encuentro, los ojos de Seung-chan brillaban con un matiz salvaje.
Seung-chan
se abalanzó sobre el hombre que había caído de lado y, antes de que este
pudiera entender la situación, le estampó el puño en la cara.
“¡Ey!
¡Seung-chan, carajo!”.
Kyusung
corrió espantado a intentar separarlos. Aprovechando el hueco, el hombre logró
incorporarse y agarró a Seung-chan por las solapas.
“¡Pedazo
de loco, de la nada...! ¡Maldita sea!”.
El
hombre gritó mientras golpeaba el rostro de Seung-chan. Aunque recibió
bofetadas consecutivas, Seung-chan parecía imperturbable. Su mirada desquiciada
preocupaba más a quien lo viera que sus mejillas, que empezaban a hincharse y
enrojecer.
“¡Sueltame!”.
“Haa...
haa...”.
Seung-chan
sujetó las muñecas del hombre y, con los ojos desenfocados como si hubiera
perdido la conciencia, respiró con violencia mientras lo observaba.
Para
alejarse de la pelea que estalló de imprevisto, Ju-won cargó a Seung-on en brazos
y se pegó contra el muro. Kyusung no dejaba de dar vueltas alrededor
murmurando: "¿Qué hago, qué hago? Mierda", sin atreverse a intervenir
en la riña.
Por
más que a Seung-chan lo llamaran el 'Perro Seung-chan' y hubiera pasado su vida
metido en peleas, su contextura física no podía compararse con la de un matón
de verdad. El hombre, con un cuerpo enorme como una montaña, se sentó sobre el
abdomen de Seung-chan para someterlo y le aplastó la nuez de la garganta con
una mano para que no pudiera esquivar los golpes. Acto seguido, descargó sus
puños sin piedad contra el rostro de Seung-chan. Tras unos pocos puñetazos, la
piel de sus párpados y del tabique nasal se desgarró, y la sangre comenzó a
brotar.
Lo
lógico habría sido cubrirse la cara con ambos brazos para evitar el castigo,
pero Seung-chan no soltó ni un gemido y recibió los golpes directamente. Aun
así, apretando los dientes, lograba encajar de vez en cuando un puñetazo en las
costillas del hombre.
Al
verlo, Ju-won recordó a un perro callejero. Un perro que solía aparecer por el
orfanato donde él creció, lejos de la ciudad; incluso después de recibir el
dardo tranquilizante del equipo de captura, el animal se había aferrado
mordiendo el brazo de los hombres hasta el final.
Con
espuma en la boca, babeando y con los ojos en blanco, pero persistente.
Seung-chan,
que estaba siendo apaleado unilateralmente, levantó las piernas hacia su torso
como si hiciera una maniobra de jiu-jitsu y las enredó en el cuello del hombre.
Los cuerpos entrelazados giraron y la situación se revirtió. Al quedar encima
del matón, la sangre que brotaba de la nariz de Seung-chan goteó sobre el
rostro del hombre.
Fue
justo cuando Seung-chan alzaba su puño cerrado con firmeza para golpear.
Seung-on, que había estado conteniendo el llanto, estalló en un '¡buuaaa!'. El
grito del niño resonó con fuerza en el callejón nocturno. Era un llanto
provocado por el impacto de la escena que presenciaba; no era un sollozo
contenido como los de siempre, sino algo cercano a un alarido. Solo entonces, la
locura que habitaba en las pupilas de Seung-chan se disipó.
"Haa...
haa...".
Jadeando
pesadamente, Seung-chan giró la cabeza y vio el pequeño rostro que lloraba en
brazos de Ju-won. Al ver cómo las gruesas lágrimas caían de los ojos apretados
y empapaban la mascarilla, Seung-chan bajó el puño que mantenía en alto y se
puso de pie.
"...
Ah, maldita sea".
Sentía
un calor ardiente en la nariz y la boca, bañadas en sangre. Se limpió con la
mano, pero la palma le quedó completamente teñida de rojo. No era una herida
que se arreglara con solo limpiar; necesitaba detener la hemorragia. Kyusung,
que había seguido la escena con angustia, se acercó y tiró rápidamente del
brazo de Seung-chan. Su intención era huir de allí antes de que el hombre que
yacía en el suelo se levantara.
"Corramos,
rápido, rápido".
Susurrando
con urgencia, Kyusung arrastró a Seung-chan mientras que con la otra mano
agarraba el brazo de Ju-won, quien permanecía allí abrazando a un Seung-on que
no paraba de llorar. Ju-won, moviéndose por inercia según lo guiaba Kyusung,
miró de reojo a Seung-chan, que caminaba a su lado. Él iba sacudiendo en el
aire la mano manchada de sangre, con los ojos todavía brillantes por una
excitación que no terminaba de irse.
Ese
perro callejero que siempre le mostraba los colmillos y le gruñía cada vez que
lo veía... ¿cuándo terminaría por morderlo?
A
Ju-won le empezó a parecer interesante la advertencia de ese delincuente que
antes solo le resultaba molesta. Tal como aquella noche en la que sintió
curiosidad por saber si las circunstancias de ese tipo eran parecidas a las
suyas, Ju-won experimentó, por segunda vez y de forma inusual, curiosidad por
otra persona.
