Epílogo
Epílogo
Al
final pasaron dos semanas, pero no pudieron regresar a la isla Ronteo. Si se
preguntaban de quién era la culpa, era de Jacqueline. La razón era que le
preocupaba que la salud de Bell se viera afectada y le inquietaba que los
niños, recién nacidos, tuvieran que emprender otro largo viaje.
Ante
esas palabras, Philip dijo: "Tienes un hijo increíble, ¿no? Devolverlo
pronto también será bueno para mi padre", pero Jacqueline no se enfadó y
se trasladó silenciosamente a algún lugar.
El
lugar al que llegaron era una propiedad privada de Jacqueline que nunca había
sido expuesta en ningún medio de comunicación. Era amplia, acogedora y adecuada
para pasar tiempo con los niños. Sin embargo, surgió un problema. Se trataba
del hecho de que incluso Philip, su único hijo, se enteraba por primera vez de
la existencia de la mansión.
"Teniendo
una mansión como esta en un lugar así... ¿me dejaste encerrado en la isla
Ronteo?"
Jacqueline,
que estuvo jugando al 'cucu-tras' sin ninguna dignidad durante un buen rato,
dijo con firmeza y expresión solemne:
"Si
aquel día no hubieras ido a la isla Ronteo, sino a esta mansión, ¿habrías
pasado el tiempo tranquilamente?"
Philip
lo miró de reojo con ojos feroces, pero respondió con naturalidad mientras le
cambiaba el pañal al niño:
"Así
que por eso me dejaste en una isla donde lo único que hacían era traerme
víveres una vez cada tres semanas. Ah."
Jacqueline
dejó de darle el biberón al niño y fulminó con la mirada a Philip. Chasqueó la
lengua y le aconsejó con un tono cargado de sarcasmo:
"Philip,
si no te gusta el trato que recibiste, reflexiona sobre tu comportamiento
habitual. Duda de la reputación que te has labrado."
Aparte
de eso, las discusiones entre los dos hombres estallaban a cada momento, como
balas cruzando un campo de batalla. Ya fuera Jacqueline, que vivía regañando, o
Philip, que le devolvía esos regaños a su padre. Cada minuto y cada segundo
eran tensos, pero nunca se intercambearon palabras crueles. Antes de que
ocurriera tal desgracia, Bell ponía orden en la situación o los astutos gemelos
se turnaban para llorar. Sobre todo, se debía a que Jacqueline, quien solía ser
irritable con Philip, se había vuelto más paciente y su forma de hablar se
había suavizado mucho.
Y
la noche antes de que la pareja regresara. Philip, recostado en el enorme sofá
de la sala, dio unos golpecitos en la comisura de los labios del niño.
"Parece
que tiene hambre otra vez... Uff."
Cuando
intentó darle el pecho de forma natural, Bell lo detuvo.
"Philip,
yo prepararé la fórmula, déjalo. No tienes que dárselo a la fuerza si es
agotador."
"...¿No
será porque tú te la bebiste toda anoche?"
"¡Claro
que no! Es solo que, como el pecho de Philip es grande o porque estás sano,
eres como una vaca lechera..."
Bell
cerró la boca cuando Philip apretó su teléfono con fuerza. Debe ser porque la
situación actual de Bell es tal que no podría esquivar ese teléfono aunque
volara hacia él.
"No
digas esas tonterías."
"Lo
siento. Pero es que me gusta mucho que seas grande."
"Mier...
Te dije que no dijeras esas cosas. No me hagas maldecir frente a los
niños."
"Sí.
Lo siento. No lo haré."
Bell
se dirigió a la cocina con cautela. Mientras tanto, al oír el sonido de una
puerta cerrándose en el segundo piso, la mirada de Philip se dirigió
naturalmente hacia la barandilla. Jacqueline, que salía del dormitorio donde se
alojaba la pareja, se frotó los ojos con cansancio y apenas se sostuvo de la
barandilla de la escalera. Ante la mirada que preguntaba por qué demonios salía
de su habitación, Jacqueline dio palmaditas a Gabriel y bostezó largamente.
"Me
quedé dormido sin querer mientras hacía dormir a Gabriel. No me mires con esos
ojos retorcidos, no tengo interés en el dormitorio conyugal."
Philip
miró a su padre como preguntándole por qué traía al niño si decía que lo estaba
haciendo dormir. Jacqueline evitó su mirada, acostó a Gabriel en la cuna de la
sala y, al ver a Daniel, a quien Philip sostenía, sonrió como un tonto al
instante. Luego miró a su alrededor y dijo con rostro solemne:
"Este...
¿tienes tiempo por casualidad?"
"Dígame."
"He
estado pensando y, de todos modos, hasta que los niños crezcan, la vida en la
isla es imposible, así que pensé que sería bueno que se quedaran aquí."
Philip
dejó de consolar a Daniel, que había empezado a llorar de hambre, y miró a su
padre.
"¿Aquí?"
"Sí.
Como es la primera vez que crías a un niño no lo sabes, pero hay que ponerles
las vacunas, y cuando crecen un poco más, se enferman a menudo. Por eso hay que
ir al hospital con frecuencia..."
"Padre,
¿acaso hubo alguna vez en la que yo tuviera que ir al hospital mientras
crecía?"
A
excepción de cuando nació, no había ido al hospital para nada más.
"Aun
así..."
"Incluso
si no hay razones para ir al hospital, no quiero quedarme aquí y causarte
molestias innecesarias. ¿Qué pasaría si, por casualidad, se filtrara la noticia
del nacimiento?"
No
le faltaba razón. Aunque la seguridad aquí era estricta, uno nunca sabe lo que
puede pasar. Como era un momento con muchas debilidades, lo mejor era pasar
desapercibido lo más posible, sin importar cuánto cuidado se tuviera. No era
posible que Jacqueline no lo supiera. Pero...
"No
importa. No es que se haya quedado embarazado en un refugio; si ha dado a luz a
los hijos que concibió y va a hacerse responsable, ¿qué importa?"
"Eso
es lo que piensan sus allegados."
Bell,
que acababa de salir de la cocina, dejó de agitar el biberón tibio y miró
alternativamente a los dos hombres.
"Y,
personalmente, no quiero seguir siendo un obstáculo para mi padre. Usted
realmente quería dedicarse a la política. Ahora que ha conocido a una persona
influyente y solo tiene que seguir el camino que quería, ¿qué necesidad hay de
correr riesgos innecesarios?"
Aunque
su tono era cortante, cada palabra era correcta. Si se pensaba objetivamente,
claro.
"Basta.
¿Para qué sirve todo eso? He estado pensando durante este tiempo y creo que lo
que más necesito es a mi familia."
Su
voz grave resonó suavemente en la sala. Philip, que le hacía señas a Bell para
que le diera pronto el biberón, también dejó lo que estaba haciendo y miró a su
padre.
"Qué
cosas tan vergonzosas dice. Solo dedíquese a la política. No lo digo con
sarcasmo. Mi forma de hablar siempre es..."
"Lo
sé. ¿Crees que no puedo distinguir entre cuando hablas con sarcasmo y cuando
hablas con sinceridad? Aunque mi viejo sueño era ser político, tenía un sueño
aún más antiguo."
No
será, por casualidad, formar una familia armoniosa y afectuosa. Philip miró a
su padre con ojos ligeramente tensos. Bell, acercándose cautelosamente con
discreción, le entregó el biberón y Philip se lo puso rápidamente en la boca a
Daniel. Mientras este succionaba la tetina con esa boquita para poder vivir,
Jacqueline miró a Daniel con ojos húmedos.
"Quería
formar un hogar armonioso y afectuoso como el de ahora."
Tan
pronto como escuchó la respuesta, Philip puso los ojos en blanco.
"...Cielos."
Sintió
un peso en el corazón. Antes no tenía sentimientos particulares hacia su padre,
pero al convertirse él mismo en padre, la relación con Jacqueline se volvió
extrañamente incómoda. Ya no podía arremeter con su temperamento como antes y
lo pensaba una vez más. La razón era obvia.
"Pasó
por muchas dificultades criando a un hijo rebelde."
Ya
sentía pánico pensando en qué decirles para consolarlos cuando Gabriel y Daniel
llegaran a la pubertad y cerraran la puerta de un golpe, pero Jacqueline
llevaba años pasando por eso. Por eso sentía el corazón pesado. Jacqueline leyó
la expresión de su hijo y soltó una risita.
"Es
cierto que eres un hijo difícil de criar y, bueno, todavía lo eres. Pero aun
así, deseaba tener uno más."
"..."
Sin
embargo, la realidad era que su naturaleza como Alfa dominante era tan fuerte
que incluso la mayoría de los Omegas dominantes tenían dificultades para
soportarlo.
Por
esa razón, las familias de Alfas dominantes suelen tener linajes muy escasos, y
la familia Kingston era una de ellas.
"Pero
ahora que tú has logrado esto, ¿qué más podría pedir? No seré político. Quiero
pasar mis últimos años con ustedes."
"……
Ni se le ocurra sugerir que vivamos todos juntos."
"¡Por
supuesto! No tendría conciencia si hiciera eso. Simplemente, si se quedan aquí,
yo vendré de visita de vez en cuando. ¿Qué les parece?"
Philip
soltó un suspiro, inhalando con fuerza mientras ladeaba la cabeza. Justo cuando
dudaba si no sería mejor regresar a la isla, Bell intervino de repente.
"Pero
usted dijo que era su sueño de toda la vida. Dijo que ser presidente era un
sueño de hace muchísimos años, ¿realmente está bien abandonarlo?"
La
mirada de Jacqueline, que estaba fija en su hijo, se desplazó naturalmente
hacia Bell.
"Sería
una lástima, pero eso es todo. No tengo otra intención."
Ante
la firme respuesta, Bell ladeó la cabeza y movió los ojos pensativo. ¿Cómo
podía renunciar tan fácilmente a algo que tanto deseaba? Bell miró a Philip,
pasándole la decisión, y Philip se sumió en el silencio. En ese momento, el
sonido de Daniel succionando el biberón se escuchó inusualmente fuerte en la
habitación. Philip observó a Daniel durante un largo rato y luego volvió a
mirar a Bell.
Una
vez más, la elección recaía en Bell. Philip se la había pasado esperando que,
con su gran capacidad de cálculo y su naturaleza de demonio —aunque tuviera la
apariencia más humana y amigable del mundo—, rechazara la oferta. Sin embargo.
"Está
bien, Jacqueline. Nos quedaremos aquí hasta que los niños crezcan un poco. De todos
modos, tendrán que ir a la escuela y hacer amigos."
"¡Oh,
Ezra! Es una excelente idea. Y si se sienten agobiados, pueden dejarme a los
niños e irse de vacaciones. Philip, ¿no te parece bien a ti también?"
Philip,
que estaba a punto de reclamarle a Bell si hablaba en serio, se quedó
enganchado en la palabra 'vacaciones' y asintió.
"Siempre
y cuando cuides de los niños……."
"¡Por
supuesto! ¡Son mis nietos!"
Jacqueline
soltó una carcajada jovial y luego bostezó tan profundamente que parecía que se
le iba a desencajar la mandíbula.
"En
fin…… Aaahhh……."
Philip
agitó la mano para despedirlo.
"Ya
entendí lo que quiere decir, así que vaya a descansar. Se le va a salir la
mandíbula."
Jacqueline
interrumpió su bostezo para limpiarse las lágrimas con irritación. Murmuró algo
casi inaudible mientras se dirigía a su dormitorio. Vaya forma de hablar.
"Ezra,
que tengan una noche tranquila."
"¡Usted
también, Jacqueline!"
Jacqueline
agitó la mano a modo de despedida y entró en su habitación sin decir más.
Click. En cuanto se escuchó el sonido de la puerta cerrándose, Bell se acercó
sigilosamente y se sentó con cuidado al lado de Philip.
"Philip,
¿quieres que le dé yo de comer?"
"No,
ya casi termina."
Agitó
suavemente el biberón para que el bebé se terminara hasta la última gota.
Cuando Daniel terminó, Bell se lo llevó y comenzó a darle palmaditas en la
espalda con naturalidad. Philip lo miró y preguntó con cautela.
"Pero,
¿de verdad está bien que nos quedemos aquí? Cuando termine tu licencia tienes
que volver al refugio, y entonces no podremos vivir en este lugar."
"Tendré
que renunciar. Si algo te pasara a ti por trabajar en ese lugar tan peligroso y
te quedaras solo…… Ugh, ni siquiera quiero imaginarlo."
"Qué
exagerado."
Atrapado
entre sus dos papás, Daniel se esforzaba tanto por sostener su propia cabeza
que su carita se puso roja por el esfuerzo. Tras luchar un rato sin éxito,
finalmente se rindió. Philip no pudo evitar soltar una risita al verlo.
"Recuerda
que, sobre todo, el ser más peligroso en el refugio eres tú, Bell. No lo
olvides."
"¿Tú
crees?…… Aun así, pienso pasar una vez por allá. Hay cosas importantes, pero
sobre todo están las cartas de amor que me enviaste. Esas tengo que recogerlas
sí o sí."
¿Qué
cartas de amor? Philip se recostó contra el respaldo del sofá soltando un
quejido contenido. Ni siquiera un Alfa dominante con gran resistencia física
podía evitar el cansancio de la crianza. Se quedó allí sentado, mirando hacia
el techo. De repente, Bell entró en su campo de visión y dijo.
"Por
cierto, Ty y Woof insistieron tanto que les envié fotos de los bebés."
"Al
final lo consiguieron. Qué tipos tan persistentes."
"No
te preocupes. Les advertí que no los dejaría vivir si se filtraban las fotos,
así que eso nunca pasará."
Bueno,
si un demonio te amenaza con matarte, nadie se atrevería a ignorarlo. Philip
asintió sin darse cuenta.
"Dicen
que Daniel se parece a mi guapo esposo, y que nuestro Gabi es igual de lindo
que yo."
"Vaya,
parece que incluso un tigre y un lobo tienen los mismos ojos para ver."
Rio Philip, pensando que si esos tipos estuvieran allí, se estarían burlando de
él.
Al
ver a Philip riendo como un muchacho, Bell se contagió de su risa.
"Aun
así, no voy a dejar que nuestros hijos debuten en Hollywood. He recibido
algunos comentarios de odio y sé muy bien lo mucho que duele el corazón."
Bell
frunció los labios y le dio un beso sonoro en la frente a Philip.
"Mentira.
Tú no eres de los que se tambalean por comentarios de odio, Philip."
"Maldición,
me conoces demasiado bien."
Después
de reír un rato, Philip soltó un suspiro de satisfacción. Miró a través del
gran ventanal que ofrecía una vista despejada del jardín delantero. Saboreó
lentamente la imagen de Bell, Daniel y la suya propia reflejada en el cristal.
Llevaba
unos pantalones con manchas de vómito de bebé y una camiseta estirada. Tenía el
cabello revuelto, sin ningún tipo de arreglo, y una apariencia que desprendía
un aroma a hogar y cansancio. Antes de conocer a Bell, nunca se habría
imaginado así. Es más, era una imagen que siempre había evitado. Pensaba que,
si alguna vez tenía hijos, le encargaría todas las tareas difíciles y tediosas
a una niñera. No quería que su estilo de vida cambiara ni que sus valores se
alteraran por culpa de alguien. Por eso siempre había vivido de forma tan
independiente, pero…… maldita sea.
"Siento
que me he convertido totalmente en un señor, Bell."
Bell
lo miró instintivamente. Aunque su vestimenta estaba lejos de ser sexy, ver esa
sonrisa ladeada le provocó una sed repentina.
"¿Los
señores guapos también son sexis? Y no sonrías así. Siento que voy a
morir."
Hizo
un gesto con la mirada hacia su entrepierna con una expresión de súplica. Al
ver lo hinchado que estaba, como si fuera a dolerle, Philip soltó un suspiro de
lástima.
"Pervertido."
"Tú
también eres un pervertido, Philip. Por eso te amo más."
Ante
la declaración de amor, Philip sonrió. Volvió a mirar al frente, observando el
reflejo de Bell en la ventana oscurecida. Sobre la silueta negra, sobresalían
unos cuernos blancos y ese brillo rojo oscuro en su mirada que lo observaba.
"El
susurro del demonio."
Bell,
mirando a su compañero con una sonrisa, se inclinó un poco y lo besó. Sí, ¿qué
importa? Philip pensaba que todo estaría bien mientras fueran la felicidad del
otro. En ese momento, una cola negra se enroscó alrededor de su cintura,
apretando su cuerpo placenteramente. Finalmente, cuando la punta de la cola
comenzó a acariciar suavemente su pezón, Philip cerró los ojos con cansancio y
soltó un suspiro.
'……
¿De verdad estará bien?'
Beautiful Creature, fin.
