#Amor Predestinado (El Vínculo del Momento - Especial de Oh Seon-ran)

 


#Amor Predestinado (El Vínculo del Momento - Especial de Oh Seon-ran) Parte 1

Se escuchó el alegre fanfarria de un nuevo récord alcanzado. El hombre, con las piernas cruzadas sobre el escritorio, tecleaba rápidamente en su tableta. Sus botas militares, impecables y sin una mota de polvo, se movían al ritmo de la melodía. El letrero negro de su cargo se balanceaba peligrosamente en el borde del escritorio debido al movimiento.

Coronel Oh Seon-ran.

Bajo la cruda luz blanca al máximo brillo, el nombre grabado con esmero brillaba de forma amenazante. En el reverso del letrero, las palabras Lealtad y Patriotismo habían sido escritas personalmente por el líder absoluto del país. O eso le habían dicho; como lo recibió a través de su padre y no de mano propia, simplemente lo aceptaba como un hecho más.

“¿Coronel?”

El ayudante personal, que alternaba su mirada entre el superior absorto en el juego y su reloj de pulsera, finalmente no pudo aguantar más y habló con cautela. Seon-ran le había dicho que sellaría los documentos después de "una sola partida", pero ya habían pasado dos horas. Mientras tanto, el trabajo acumulado que debía resolver en nombre de los superiores ausentes era una montaña.

“Coronel, lamento interrumpir, pero…”

“Vaya que eres estricto”.

Seon-ran, que había fingido no notar la presencia del ayudante, hizo un ligero gesto con la mano. El ayudante, aliviado, se acercó rápidamente y colocó los documentos sobre el escritorio. En realidad, llamarlo "revisión" era una exageración; solo tenía que poner su sello donde sus subordinados ya habían marcado amablemente.

“¿No se supone que ya no debería hacer estas cosas?”

El hecho de que estuvieran impresos en papel significaba que eran asuntos que no querían dejar rastros en el servidor, y ese tipo de temas suelen tener la conclusión decidida de antemano. No hacía falta esforzarse por dar una opinión mejor.

“Nadie sabrá si lo sello yo o tú”.

“Coronel”.

“Es la verdad. A los de arriba no les importará quién dio el visto bueno”.

Sin apartar la vista de los fuegos artificiales que explotaban en su pantalla, Seon-ran extendió la mano. Como tanteaba el lugar equivocado del escritorio, el ayudante se acercó y le puso el sello en la mano.

Sellar donde le dijeran y aparecer donde le pidieran para rellenar el número de presentes... para eso le habían dado el rango, así que no tenía quejas. De hecho, Seon-ran entró en la academia militar bajo esa condición: No ser ascendido más allá de cierto rango. En otras palabras, no ser empujado a una posición con demasiadas responsabilidades.

Por supuesto, los ancianos de su familia estaban ansiosos por meterlo en el núcleo del ejército. Por ahora, como cumplía con el itinerario mínimo, no podían criticarlo, pero al menor error saltarían sobre él para obligarlo a "escuchar a sus mayores". Por eso, Seon-ran tenía la voluntad de cumplir con las tareas acordes al rango de coronel, aunque siempre cuestionaba si debía dedicar su alma a tareas tan tediosas e inútiles. ¿Acaso esto contaba como trabajo de oficial?

“A las tres en punto desde ahí. Un poco más a la derecha, solo un poco…”

Temiendo que su superior, distraído con el juego, manchara el lugar equivocado con tinta, el ayudante le indicaba con precisión hacia dónde bajar la mano. Como era algo de todos los días, ya era bastante experto en las instrucciones.

“Sí, puede sellar ahí”.

Los dedos de Seon-ran, que sostenían el sello con desgana, eran demasiado finos para ser los de un militar. Parecían más adecuados para sostener una pluma que una espada. De hecho, en su dedo medio derecho, no en el lugar donde se apoya un arma, sino donde presiona un bolígrafo, tenía un callo endurecido. Era una marca sólida formada claramente tras mucho tiempo.

“Espera”.

La mano de Seon-ran, que iba a sellar por hábito, se detuvo en seco. En este documento, su nombre figuraba en el espacio del responsable de la decisión final. ¿Qué era esto? Por si acaso, revisó los asuntos anteriores. Por suerte, los demás eran como de costumbre.

“¿Por qué quieren que yo decida esto?”

Asunto: Eliminación del Sujeto de Experimentación.

No era un título desconocido. Recordaba haber procesado documentos similares antes. Como movía las manos mecánicamente sobre el espacio del sello, no se fijaba en el contenido... pero en esos documentos, su nombre solía estar al final de la lista. En la posición que él deseaba: una con casi ninguna responsabilidad.

“Como sabe, el General de División estará ausente hasta pasado mañana, así que…”

“Ah, entonces eso significa que esto es mi responsabilidad. Si algo sale mal”.

Seon-ran arrojó el sello y la tableta y se hundió en el respaldo de su silla.

“Es solo un trámite formal, Coronel”.

La voz del ayudante sonó apresurada, temiendo que su superior saliera huyendo.

“Ya ha aprobado varios casos antes y no ha habido problemas hasta ahora. No tiene de qué preocuparse esta vez”.

El joven superior, nacido en una familia prestigiosa de pocos herederos y ascendido a una velocidad inusual, no respondió. Solo echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un largo suspiro. El ayudante aprovechó el momento para pulsar el botón de llamada en su reloj.

“Solo le mostraré el rostro del sujeto y lo retiraré de inmediato, no se preocupe. No es nada especial”.

Ante el tono persuasivo, Seon-ran soltó una risita burlona. Parecía la cara de un hijo rebelde frente a un plato de comida que no quiere probar. ¿Cuántos años tenía este ayudante? Apenas pasaba los treinta, creía recordar. La expresión del ayudante, agotado de intentar adivinar el humor de su superior, se suavizó por un momento.

“Ah, una cosa más: como es un sujeto a punto de ser desechado, su apariencia podría resultar un tanto desagradable de ver”.

Cuando el murmullo tras la puerta se hizo más fuerte, Seon-ran, que revisaba la carpeta de aprobación con desinterés, abrió mucho los ojos.

“¿Qué? ¿Ya está aquí?”

“Sí, han estado esperando afuera desde hace un rato”.

“Deberías haberlo dicho antes. No habría jugado”.

Las quejas de un desconcertado Seon-ran fueron ahogadas por el sonido de la pesada puerta de la oficina al abrirse.

“Coronel”.

El instructor entró con paso firme y realizó el saludo militar. A pesar de ser una estación cálida, un viento frío emanado de las paredes de piedra del edificio subterráneo sopló de repente.

“Está bien, solo informa”.

“Sí. L318-37, comúnmente Número 37. Poseía una constitución que no mostraba síntomas de adicción al alcohol ni a ciertas drogas. Se realizaron experimentos utilizando esta capacidad, pero se ha determinado que es difícil continuar, por lo que procedemos a su eliminación”.

Seon-ran estiró el cuello. Le habían dicho que solo vería el rostro, pero lo único que veía era a su subordinado, que parecía un oso enorme.

“Quítate. No veo”.

“Ah, lo siento”.

Una mano enorme como una tapa de olla levantó algo desde abajo. Aquello que colgaba lacio, como algodón empapado, parecía más un harapo que una persona.

Tenía el cabello caído hacia adelante porque la cabeza colgaba sin fuerza. Una piel tan blanca que tiraba a azulado y un cuerpo extremadamente delgado. Sus muñecas, que se balanceaban sin energía, parecían ramas secas de un árbol viejo en invierno. Más allá de si era bello o no, era una imagen impactante.

“Mmm…”

Seon-ran se rascó la barbilla mientras pasaba las páginas del informe.

“Pero, ¿por qué lo descartan?”

“…¿Perdón?”

“Pregunto por qué determinaron que no pueden continuar los experimentos con el Número 37”.

El ayudante, que no esperaba que su superior preguntara el porqué, se quedó aturdido un momento, pero pronto recobró la compostura.

“Desde que se descubrió su embarazo, no se ha podido realizar ningún experimento. Se dice que, tras dar a luz, es difícil predecir sus reacciones biológicas a diferencia de antes”.

“O sea, que no es eficiente seguir manteniéndolo”.

“Así es”.

Seon-ran terminó de ojear el informe. ¿Llevaba tres meses destinado aquí? Como su trabajo solo consistía en sellar lo que le traía el ayudante y servir de "cara bonita" en eventos, no sabía nada de experimentos ni de nada parecido.

L318-37. Detrás del número de clasificación que sustituía al nombre y al género, había un código de barras para verificar los registros tras su ingreso. Estaban anotadas las drogas administradas y los síntomas resultantes, pero eran cosas que él no entendería aunque las mirara.

“¿Eh?”

La mano de Seon-ran se detuvo chirriando en cierta página, como si hubiera pisado el freno de golpe.

“¿Afasia?”

“Sí. Dicen que es un síntoma que apareció tras dar a luz”.

Seon-ran observó durante mucho tiempo al Número 37, que permanecía inmóvil como una estatua. A pesar de que hablaban de "eliminación" justo frente a él, no se movía. Ni siquiera suplicaba por su vida.

“Eso…”

Tras mirar fijamente la delgada nuca del Número 37, que ni siquiera podía sostenerse bien, Seon-ran reaccionó al sonido de la carraspera del ayudante y continuó.

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“Ejem, ¿cuál es el procedimiento de eliminación?”

“Los mismos traficantes (brokers) que entregaron al sujeto originalmente lo están recogiendo de nuevo”.

“…¿Eso es todo?”

“Sí”.

Aunque no le interesara el proyecto, sabía que los sujetos que ya no eran útiles no eran enviados a hospitales o centros de rehabilitación. Por algo lo llamaban "eliminación" y no "alta" o "retiro".

Aun así, no sabía que los devolvían a los traficantes. Llamarlos "brokers" era un eufemismo; eran gánsteres que traficaban con personas. Enviarlo a esa guarida parecía menos piadoso que matarlo sin dolor en ese mismo momento.

“…Dijiste que yo tengo pleno poder sobre este asunto, ¿verdad?”

“Sí”.

“Entonces suspende lo del Número 37”.

“Sí, informaré al broker de inmediato…, …¿perdón?”

“Digo que lo observaré. Por el momento”.

“Pero el Número 37 ya no puede contribuir a este proyecto y…”

“Incluso si es así, no hay una razón de peso por la que no deba seguir vivo, ¿o sí?”

“Bueno, técnicamente no, pero…”

“Entonces déjalo”.

El ayudante finalmente asintió con una expresión de incomodidad.

Seon-ran se dejó caer en la silla y, a escondidas de sus subordinados, se frotó las palmas sudorosas contra los muslos. Era la primera vez. La primera vez que daba una orden siguiendo su corazón, sin calcular el honor de su familia o los beneficios.

Su corazón latía con fuerza, como si quisiera compensar la falta de vida del Número 37. Ciertamente era un comportamiento impropio de él. Alguien que hasta hace un momento se quejaba de que aquello no era su responsabilidad. Alguien que siempre se comportaba con una ligereza mayor que la de una pluma porque el prestigio de su familia y el deber lo asfixiaban. Y ahora, de la nada, decidía impulsivamente mantener con vida a una persona….

“Por cierto, si se queda aquí, ¿seguirán dándole lo básico? Como la comida”.

“En principio, sí”.

Seon-ran se limitó a asentar ligeramente. Era una orden silenciosa de que se marcharan. El toque del instructor que sostenía al Número 37, que ni siquiera podía mantenerse en pie, fue más cuidadoso que antes. Como si presintiera algo inusual.

* * *

“Otra vez mirando a la pared”.

Seon-ran se sentó al lado del Número 37 y simplemente tecleó en su tableta. Sintió una mirada rozar sus manos. Él seguía sin mirarlo a la cara, pero al menos ahora le dedicaba una mirada de reojo. Comparado con el principio, cuando ni siquiera fingía verlo, era un gran progreso.

Tras anular impulsivamente la orden de eliminación del Número 37, Seon-ran visitaba la celda solitaria del sótano cada vez que se aburría.

Cada vez que sus subordinados lo molestaban con sellos. Cada vez que los viejos de arriba lo llamaban para preguntar por sus padres. Cada vez que recibía una llamada de su casa buscándolo. Cuando no quería trabajar. Cuando tenía sueño. Cuando estaba aburrido. Cuando, sin razón alguna, simplemente quería escapar….

Seon-ran venía aquí todos los días enumerando razones que el Número 37 no le había pedido, pero si quitabas el envoltorio, el contenido era el mismo:

“Es que me acordé de ti”.

#Amor Predestinado (El Vínculo del Momento - Especial de Oh Seon-ran) Parte 2

“¿Eh? ¿Qué es eso?”

Seon-ran sabía que, si se quedaba allí sentado sin hacer nada, el Número 37 se sentiría presionado, así que hoy también planeaba perderse en sus juegos... hasta que un objeto extraño detrás de la espalda del joven llamó su atención. Era un libro.

“¿Puedo verlo?”

El Número 37 asintió levemente. Fue un movimiento tan sutil que era difícil de identificar si no se miraba de cerca, pero definitivamente era un permiso.

“¿Quién te lo dio?”

Las manos terriblemente delgadas del joven se movieron inquietas. Parecía querer explicar algo.

“Ah, ¿mi ayudante personal? El señor mayor”.

“…….”

“¿No? ¿Entonces el instructor con la cicatriz en la frente? ¡Vaya! ¿Él te lo dio?”

“…….”

“Esos tipos no son tan despistados después de todo. Saben con quién tienen que quedar bien, ¿verdad?”

Ante la broma, el Número 37 agachó la cabeza. Al principio, Seon-ran pensaba que lloraba porque se burlaba de él, pero ahora sabía que era su forma de reaccionar cuando estaba avergonzado. No sabía qué expresión poner en esos momentos, se sentía incómodo incluso respirando, y por eso se escondía. Verlo todos los días le permitió entenderlo de forma natural.

“¿Te gustan los libros?”

Ante la pregunta, el joven asintió con una lentitud desesperante. Pero a Seon-ran no le molestaba esa velocidad de caracol.

“Ya veo... No lo sabía”.

Debido a que el paradero del traficante que trajo al Número 37 era un misterio, no quedaba mucha información sobre él. Además, desde el momento en que alguien era arrastrado a ese lugar, se borraba su registro civil y cualquier rastro de su vida anterior. Por eso, con su rango actual, Seon-ran no podía averiguar mucho.

Si hubiera sido un criminal de alto rango, quizás habría pistas, pero al ser un proyecto que el "Líder Supremo" quería mantener en secreto absoluto, el rango de Coronel tenía sus límites.

Seon-ran presionó a los investigadores para reunir toda la información posible, pero solo pudo recoger las migajas de la desgracia que vivió el Número 37: su padre había sido víctima de una gran estafa; la familia intentó un suicidio colectivo, pero por mala suerte solo sobrevivió él; y como consecuencia, todas las deudas impagables recayeron sobre sus hombros.

Seon-ran hojeó el libro, que en realidad no le interesaba. Lo hizo durante un buen rato, como si buscara el corazón del Número 37 entre las páginas, hasta que de repente soltó algo inesperado:

“A mí también me gustan los libros. En realidad, mi sueño era ser poeta”.

Sabía que el Número 37, a quien le costaba mantener una conversación normal, se sentiría abrumado por una confesión tan repentina y pesada. Lo sabía, y aun así sintió ganas de contárselo todo. Quería confesarle algo, y eso fue lo único que le vino a la mente.

“También quise ser periodista, o director de cine... incluso pensé en poner una librería en un lugar tranquilo…”.

Seon-ran cerró los ojos y recordó sus días de juventud, cuando su sangre hervía de sueños.

Hubo un tiempo en que odiaba su futuro, tan asegurado como una autopista despejada; esa suerte que otros deseaban tanto le resultaba una carga insoportable. Le frustraba que su vida estuviera diseñada sin su consentimiento. Y para colmo, ser militar. No tenía talento ni interés en la ciencia militar y, sobre todo, la profesión de soldado era lo opuesto a todo lo que Seon-ran amaba.

“Pero al final, por perezoso y cobarde, terminé haciendo lo que mi familia quería y me quedé en el ejército”.

Cada vez que los adultos chasqueaban la lengua diciendo que sus sueños eran "cosas de la edad", él juraba para sus adentros: Ya verán. No viviré como ustedes.

Pero la realidad fue fría. Con el tiempo, se dio cuenta de que no era más que una persona común.

Hubo un tiempo en que se sentía orgulloso de su ímpetu por cambiar el mundo y su rebeldía. Presumía de que, a pesar de haber nacido no con una cuchara de oro, sino de diamante, tenía un pensamiento tan despierto. No fue más que el dolor punzante de la pubertad que todos pasan, pero en aquel entonces pensaba que sus sentimientos eran especiales. Hablaba de boquilla sin saber lo cruel que era el mundo real más allá del invernadero de cristal que su familia le había construido.

“Vaya, es la primera vez que le cuento esto a alguien”.

Rió con torpeza por la vergüenza y miró al Número 37. El joven... tenía una expresión extraña. Seguía inexpresivo, pero lo que se reflejaba en sus ojos era, sí, compasión.

“Es la primera vez que te veo poner esa cara”.

Seon-ran borró su sonrisa forzada y murmuró con timidez:

“¿Entonces hoy tampoco me vas a decir tu nombre?”

No era imposible averiguar el nombre original del Número 37, pero quería escucharlo de su propia boca. Temiendo que los investigadores o ayudantes lo mencionaran, Seon-ran se tapaba los oídos cada vez que surgía el tema. Quería que el Número 37 le dijera directamente "Yo soy tal persona". Solo así tendría sentido.

“Está bien. Por hoy lo dejamos así”.

“…….”

“¿Quieres que mañana te traiga algunos libros?”

“…….”

“Te gusta que te hable así, ¿verdad? Es mejor que estar durmiendo o jugando a mi lado”.

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Sobre la nuca del joven, más blanca que el papel por no haber visto la luz en mucho tiempo, aparecieron unas tenues líneas rojizas. Seon-ran miró fijamente ese color carmesí que se extendía como una fiebre y giró la cabeza rápidamente. En el lóbulo de su propia oreja, un calor rojizo muy parecido al del joven empezaba a notarse.

*

“Uf, como no sabía qué te gustaría…”.

Al dejar caer varias bolsas de compras, el Número 37 empezó a dar vueltas alrededor de Seon-ran, inquieto. Parecía desconcertado. No necesito tantos, parecía decir si hubiera podido hablar.

“Simplemente elegí varios al azar”.

Era mentira. Los había seleccionado con sumo cuidado, priorizando libros que suelen buscar las personas con el corazón herido. Pero si decía la verdad, el joven se pondría nervioso e intentaría esconderse de nuevo.

Evitó cualquier tema que pudiera tocar los traumas del Número 37, como historias sobre niños o libros con tintes militares. También descartó todos los libros de psicología sobre la afasia, para que no pareciera que lo estaba presionando para que hablara.

“Esta es una colección de cuentos clásicos; dicen que las historias alejadas de la realidad son buenas para una lectura ligera. Ah, y en esta bolsa hay libros de psicología, no son tan difíciles. Podrás leerlos fácilmente cuando estés aburrido”.

“…….”

“Y los de aquí son libros religiosos”.

El Número 37, que había estado de pie al lado de Seon-ran, extendió la mano con torpeza. Por un momento, mostró la reacción más variada que había tenido hasta ahora. Se asustó al ver una portada con un monstruo aterrador, y se quedó un buen rato husmeando en la bolsa de psicología. No parecía muy interesado en la religión, no los sacó todos, solo tomó el que estaba arriba y lo examinó. Era un libro de budismo.

“¿Hay algo que te guste?”

Mientras ojeaba rápidamente el interior, el joven se detuvo en un punto. Tenía una mirada tan intensa que parecía querer meterse dentro del libro. ¿En qué estará tan concentrado? Curioso, Seon-ran se acercó a él.

“A ver... 'Cuando llegue el vínculo del momento (Sijeol-inyeon)...'”.

En la página que el Número 37 miraba, había una frase famosa. Era una cita que solían usar mucho en los medios para describir encuentros predestinados, pero para Seon-ran no era una historia tan romántica. Significaba que quienes deben conocerse se conocerán algún día, y quienes deben separarse se separarán cuando llegue el momento. Era una forma de decir que existe un orden natural que el ser humano no puede cambiar, y que por mucho que uno luche, no sirve de nada.

“Mmm, esto es…”.

Seon-ran iba a burlarse un poco de él porque le parecía tierno, pero pronto se frotó la barbilla con seriedad. Creo que elegí mal este libro... ¿Acaso el Número 37 podría interpretar que la desgracia que vivió era inevitable?

“Mmm. ¿Qué tal si vemos otro libro?”

“…….”

“Espera... ¿estás llorando?”

El libro que sostenía el Número 37 cayó al suelo sin fuerza. El joven parecía tan sorprendido como el propio Seon-ran. "Ah", abrió la boca ligeramente como en un suspiro y empezó a presionarse los ojos húmedos y las mejillas con desesperación. Lo hacía con una cara de no entender nada, como si él mismo no supiera por qué lloraba, lo que desconcertó aún más a Seon-ran. Ni siquiera se inmutó cuando hablaron de su eliminación... ¿Acaso esto era tan conmovedor? ¿O era triste?

“¿Crees en el budismo?”

Esa fue la tonta pregunta que alcanzó a hacer. Sin embargo, las lágrimas del Número 37 parecían estar llenas de remordimiento y amargura más que del alivio de encontrar un refugio espiritual. Seon-ran se agachó y recogió el libro del suelo.

“El vínculo del momento... Un vínculo, eh”.

“…….”

“¿Acaso había alguien a quien quisieras ver... mmm, un amante?”

“…….”

“Ah, ¿no es eso? ¿Entonces un amigo? ¿O tu familia? Ah…”.

Al decir lo primero que le vino a la mente, Seon-ran se dio cuenta de su error y cerró la boca de golpe. Toda la familia del Número 37 estaba muerta. A cambio de sobrevivir solo, el joven seguía vagando por este infierno.

Seon-ran se mordió los labios con saña. Iba a fanfarronear diciendo que si le daba los nombres de su familia, averiguaría noticias de inmediato. Se sintió asqueado de su propia falta de tacto.

“Lo siento. No fue mi intención, yo…”

Cuando intentó disculparse, el Número 37 inhaló profundamente, haciendo que su pecho delgado se inflara. Parecía haber tomado una decisión importante.

“¿Eh?”

Con rostro decidido, el Número 37 agarró de repente la mano de Seon-ran.

“¿Qué pasa?”

Los ojos de Seon-ran, que se habían entrecerrado, se abrieron de par en par. Los dedos del joven, delgados como palillos, dudaban sobre si trazar o no un carácter sobre el dorso de su mano. Parecía que quería comunicarse escribiendo. Aunque no era fácil y su rostro estaba más pálido de lo normal, lo importante era que mostraba voluntad de actuar por sí mismo.

Y tras dudar un largo rato con el dedo apoyado, el Número 37 escribió con dificultad. La palabra que lo hizo hacer algo que nunca hacía, esa frase tan importante fue:

“…¿Bebé?”

“…….”

“Ah, ¿el bebé que... mmm, el que tuviste?”

Vaya. Seon-ran se frotó la boca repetidamente con la otra mano. ¿Acaso lloraba con tanta amargura al darse cuenta de que ese niño no estaba destinado a estar con él?

No sabía cómo se había quedado embarazado, pero no creía que fuera una historia tierna y bonita. Por muy indiferente que fuera a lo que pasaba a su alrededor, Seon-ran también era un "perro del ejército" y sabía mejor que nadie cómo trataban los de alto rango a la gente de los barrios bajos. Por eso no había preguntado a propósito... pero él extrañaba a su hijo.

Seon-ran se mordió el labio con fuerza. ¿Qué puedo decirte aquí para que no llores más? ¿O es que acaso tengo derecho a decir algo? Soy uno de los responsables de este infierno en el que estás encerrado, y ni siquiera puedo imaginar la profundidad de tu soledad, tu dolor, tu tristeza... ese dolor de querer atesorar a un hijo, sea como sea que haya llegado.

“…¿Quieres que lo busque?”

Tras empujar hacia atrás el amargo veneno que le subía por la garganta, soltó la pregunta impulsiva. Con los ojos llenos de lágrimas, el Número 37 miró a Seon-ran con asombro.

“A tu hijo. Lo buscaré”.

“…….”

“Así que no llores”.

Claramente era un tipo que no destacaba. Ni siquiera era tan guapo. Estaba demasiado pálido, pero... en algún momento, Seon-ran sintió que se quedaba atrapado para siempre en las pupilas profundas y lejanas de aquel joven que había perdido el enfoque.

El Número 37 movió los labios varias veces. Seon-ran dudó, pero terminó dándole unas palmaditas en la espalda, que se veía tan cansada. El toque de este "señorito" que nunca había consolado a nadie era sumamente torpe.

“Puedo rastrear a los traficantes. Por supuesto, tendré que hacerlo con mis propias fuerzas sin decírselo a mi familia, así que puede llevar algo de tiempo, pero…”.

El cuerpo del Número 37, a quien tenía medio abrazado, estaba increíblemente cálido. Al verlo tan pálido, Seon-ran había imaginado que su temperatura sería fría, pero se equivocó. Aunque tuviera un cuerpo terriblemente delgado, el Número 37 estaba tan caliente como cualquier persona normal. Estaba simplemente ardiente.

“El vínculo del momento... es una frase bonita, así que piénsalo solo en el buen sentido”.

Esto también era mentira. Siempre había pensado que era una frase cruel y fría. Pero no quería ver llorar al Número 37. Quería que, aunque fuera de forma torpe, sonriera.

“Así que creamos en ello. Aunque ahora estén separados, es un vínculo que volverá a encontrarse. Estoy seguro de que encontraremos al niño…”.

El Número 37 en sus brazos olía como una biblioteca llena de libros. Un aroma limpio y amable que emana de un edificio tranquilo donde entra bien el sol. Sabía perfectamente que en una celda subterránea húmeda no podía haber ese aroma tan fresco. Pero a veces, ciertos olores se sienten con el corazón y no con el olfato. Y así, quedan grabados para siempre.

*

“¿Qué tal? ¿Es bonito?”

El Número 37 observó los diversos adornos navideños colgados en la pared y asintió con torpeza.

Seguía estando terriblemente delgado, pero al menos tenía algo más de carne que al principio. Su piel pálida empezaba a tener algo de brillo. No sabía si era por la comida que le traía constantemente o porque su corazón estaba algo más tranquilo... pero, en cualquier caso, la razón era él.

Especialmente después de prometerle que buscaría al niño, el Número 37 cambió notablemente. Seguía inexpresivo y lento en sus reacciones, pero empezó a expresar su voluntad a su manera. Preguntaba cosas escribiendo en el dorso de la mano de Seon-ran o en el suelo, y mostraba interés cuando le traía objetos nuevos.

El cambio más grande fue que el Número 37 empezó a esperarlo como un zorro domesticado. Una vez, debido a una reunión ineludible, llegó un poco más tarde de lo habitual. Como no imaginaba que lo estaría esperando, abrió la puerta con fuerza como siempre, pero... se escuchó un fuerte golpe y un cuerpo como un muñeco de papel se tambaleó y cayó hacia atrás. Se había golpeado la frente con la puerta. Estaba merodeando cerca de la entrada todo el tiempo esperándolo.

“¿No tienes frío?”

Gracias a que Seon-ran y sus avispados subordinados habían traído varios equipos, la habitación no estaba fría. Al contrario, el aire era cálido y hasta un poco seco. Preguntaba sabiendo la respuesta. El "¿no tienes frío?" era una señal entre los dos.

Al abrir los brazos, el Número 37 se dejó abrazar con torpeza. Se quedaron así, abrazados como animales que comparten calor. Muy de vez en cuando, al acomodarlo en sus brazos, sus labios rozaban su frente. En esos momentos, para evitar que la situación se volviera incómoda, le besaba los párpados en broma, juntaba sus mejillas o le mordisqueaba la punta de la nariz. Eso era todo. No había ningún acto sexual más allá de eso.

Sería mentira decir que no sentía deseo. No sabía qué le atraía de ese cuerpo tan flaco, pero a veces quería cruzar la línea con el Número 37. Sin embargo, le parecía tan tierno cómo lo seguía a todas partes como un patito que acaba de ver a su madre. Le gustaba que sus ojos vacíos, que antes parecían de muñeco, se enfocaran solo al verlo a él. Era tan adorable... que ese sentimiento de plenitud vencía por mucho al bajo deseo sexual.

“Por cierto, sobre el niño. Creo que he encontrado una pista. Dicen que cayó en manos de unos traficantes bastante famosos en el mundo de la trata de personas... pero no todo es esperanza perdida. Dicen que esos tipos, que suelen actuar en el extranjero, se han dejado ver mucho por fuera de la Ciudad últimamente”.

“…….”

“Llevan un control más estricto de lo que pensaba sobre el paradero de los sujetos de prueba desecha... eliminados, por eso me he retrasado un poco”.

Al no querer usar el nombre de su familia, tenía muchas limitaciones, pero lo estaba intentando. En el proceso, terminó enterándose del verdadero nombre del Número 37. No pensaba decírselo. Si presumía de saber algo que el joven no quería contar, solo lograría que el muro en su corazón fuera más sólido. Sobre todo, quería escucharlo de su propia boca. Que le dijera: "Mi nombre es este, no me llames Número 37".

“Son rumores de poca monta, así que no es seguro, pero se dice que corre el rumor de un bebé al que no le hacen efecto las inyecciones y preguntan si hay alguien interesado en llevárselo”.

“…….”

“No es exactamente igual a ti, pero parece una constitución bastante parecida. En cualquier caso, las características son claras, así que creo que lo encontraremos pronto. He ordenado que me pasen toda la información de los niños que no tienen registro civil, principalmente en los barrios bajos”.

Seon-ran guardó silencio un momento. ¿Qué sería menos doloroso para el niño? ¿Crecer en un laboratorio encerrado con el Número 37 que lo dio a luz, o sobrevivir miserablemente tras ser vendido a traficantes? Al haber nacido como el hijo único de una antigua familia militar, no se atrevía a decir nada sobre este asunto. Decir que lo entendía o que lo sentía... cualquier consuelo sería pura hipocresía. Por eso….

“Es solo una pregunta sin compromiso…”.

Pensaba sacar al Número 37 de allí junto con el niño en cuanto lo encontrara. De todas formas, él seguía vivo por su capricho. Como no había habido problemas hasta ahora, creía que podría hacerlo bajo su propia autoridad.

En cuanto salieran, lo haría tratar en un hospital y luego le proporcionaría una nueva identidad. Le buscaría un lugar donde vivir y un trabajo. Sinceramente, quería decirle que no trabajara y que viviera de su dinero, pero como sabía que eso lo abrumaría, pensaba resolver ese tema con calma.

En fin, quería preguntarle si estaba dispuesto a aceptar su ayuda para salir de allí. No, quería decirle que, aunque no quisiera, aceptara, pero….

“…¿Quieres vivir conmigo?”

Soltó las palabras de la nada. Era algo totalmente distinto a lo que había planeado. Pero una vez que lo dijo, sintió que su corazón se desbordaba de ganas de que así fuera, hasta el punto de preguntarse por qué no lo había pensado antes. Quería estar con él siempre. Quería salir de esas paredes grises y ver su rostro bajo la luz del sol de verdad.

“Huyamos”.

Salgamos de aquí juntos. Ante el susurro silencioso, los grandes ojos del Número 37 temblaron como una vela frente al viento. No derramaba lágrimas, pero lloraba con todo su cuerpo.

Por muy inmaduro que fuera, Seon-ran no era un niño. Incluso si lograba huir con él esa misma noche, ¿habría forma de escapar para siempre de los ojos del ejército y de su familia? Ahora el Número 37 solo confiaba y dependía de él, pero... una vez que desapareciera la riqueza y el poder que tuvo desde que nació, una vez que se despojara del disfraz de Coronel, ¿le quedaría algún atractivo? Es más, ni siquiera estaba seguro de que sus propios sentimientos no fueran a cambiar. ¿Acaso existe el amor eterno en este mundo? Pero….

“Quiero vivir contigo. Con tu hijo y contigo... como personas, en paz”.

Incluso si tenían que vivir precariamente día a día, quería estar en un lugar donde pudieran ser libres por voluntad propia. Si algo no salía bien, pensar juntos en una solución. Seguramente habría momentos en los que pelearían y se cansarían el uno del otro, pero al día siguiente, prepararían algo sencillo para comer y volverían a consolarse. En las noches en las que tú durmieras, yo escribiría poemas vergonzosos llenos de un afecto que no me atrevería a mostrarte, recordando nuestra audacia de juventud... y que pudiéramos llamar a eso "recuerdos construidos juntos".

“Tú, Número 37... haces que quiera vivir así”.

#Amor Predestinado (El Vínculo del Momento - Especial de Oh Seon-ran) Parte Final

Los ojos del Número 37 se abrieron de par en par, llenos de sorpresa y un rastro de miedo. Seon-ran sintió que su propio corazón, que latía con fuerza, recibía un jarro de agua fría. ¿Qué estoy haciendo? En qué me diferencio de los tipos que lo atormentaban.

"Lo siento, yo solo quería...", comenzó a disculparse Seon-ran apartando la mirada, cuando de repente sintió algo en su mejilla. Fue un beso ligero, tan leve que apenas se sentía el peso de la piel y el hueso. Sorprendentemente, sus labios secos transmitían un calor que era el reflejo exacto de lo que Seon-ran sentía en su propio corazón. El Número 37 seguía temblando de miedo y parecía muy sorprendido, pero... quería transmitir claramente que otro sentimiento también había florecido en él.

"...¿Qué significa esto?", susurró Seon-ran juntando su frente con la del joven. A una distancia tan corta que ni siquiera sus miradas podían cruzarse, su voz salió tan ronca y profunda que él mismo se asombró. "¿Puedo interpretarlo a mi manera? ¿Puedo... puedo estar contigo y con tu hijo?"

Un aliento cálido lo envolvió. Como siempre, eso fue suficiente para leer la voluntad del Número 37.

"...Está bien. Espera un poco. Prepararé todo para que escapemos".

Seon-ran abrazó con fuerza esa espalda delgada donde los huesos se marcaban con claridad. Emocionado, las palabras empezaron a brotar de su boca sin control.

"¿Nos vamos al extranjero? ¿Dónde quieres vivir? No me gusta la playa. Tampoco cerca de aeropuertos. Me gustaría que hubiera un parque grande cerca de casa... Ah, ¿sueno muy inmaduro? Por cierto, ¿has pensado en un nombre para el bebé? ¿Crees que le gustaré? No pongas esa cara, desde ahora ese niño también es mío. Mmm... por cierto, ¿qué significaba eso de que las inyecciones no le hacían efecto? ¿Acaso no generaba anticuerpos? No creo que fueran vacunas preventivas. Tendré que investigar más a fondo. Como parece que tanto tú como nuestro hijo tienen una constitución especial, tendré que trabajar duro y ganar mucho dinero. Sería un problema si se enferman. Claro que al huir ya no seré Coronel y pasaremos estrecheces al principio... pero haré lo que sea. Te haré feliz, te lo prometo".

"Y yo...".

Yo, a ti.

Justo antes de decir lo más importante, sus miradas se entrelazaron en un momento que pareció eterno. Antes de que Seon-ran pudiera terminar la frase, el Número 37 se entregó a él con todas sus fuerzas. Fue la primera noche en la que unieron sus cuerpos.

*

"Siento llegar tarde".

El Número 37 negó con la cabeza suavemente con un rostro dócil. Al mismo tiempo, sin darse cuenta, golpeaba el suelo con sus pies congelados. Era evidente que, aunque Seon-ran le había dicho que no lo hiciera, se había quedado esperando cerca de la puerta.

"Ven aquí. Te daré un masaje en los pies. Te dije que te quedaras bajo las mantas, pero qué terco eres...".

"……."

"Ah, creo que no podré venir por un tiempo. Tengo trabajo fuera desde esta noche. No es nada peligroso, hay un evento militar en estas fechas y tengo que dejarme ver".

"……."

"Pero vendré en unos días. Antes de que termine el año. Alrededor del... ¿28?".

Seon-ran sentó al Número 37 en la cama, que estaba bastante caliente gracias a las capas de calefacción, y sacó un mazo de tarjetas de su uniforme. "¿Sabes qué es esto?"

"……."

"Me siento un poco mal por no vernos justo en Navidad. De todos modos, nosotros...".

Seon-ran se tragó las palabras que bailaban en la punta de su lengua. Incluso después de haber dicho algo tan infantil como "huyamos", todavía había palabras que no se sentían naturales en su boca. Como llamarlo "mi amante", o decirle "eres muy guapo", o confesarle "te amo"...

"Nosotros somos, mmm, esa clase de pareja, así que ya que no nos veremos, escribámonos tarjetas. Me aseguraré de que mi correo llegue antes de Navidad, cueste lo que cueste".

"……."

"¿Por qué te ríes? Es en serio".

"……."

"¿Qué pasa? ¿Qué clase de insultos vas a escribir para esconderte así?"

Sujetando la tarjeta y el bolígrafo, el Número 37 se dio la vuelta, dándole la espalda. Seon-ran soltó una carcajada y se acercó a su amante. Así, espalda contra espalda, sintiendo el calor del otro, escribieron sus cartas.

"¡Oye, esto es injusto! Como tengo las piernas largas, tengo que encogerme mucho para estar en la misma posición que tú. Mira qué letra me está saliendo...".

El Número 37 soltó un pequeño suspiro de aire. Estaba intentando contener la risa. A Seon-ran le encantó esa vibración clara y nítida, y una suave curva se dibujó en sus labios.

Ya es Navidad.

¿Estás bien?

Le he pedido a mi ayudante que cuide de ti, pero si alguien te molesta, dímelo sin falta.

Aunque lo ocultes, terminaré enterándome, y me dolerá más si lo escucho de otros. ¿De acuerdo?

Y... la verdad es que sé tu nombre.

Me enteré por casualidad mientras buscaba al niño, pero quería escucharlo de ti, así que he esperado sin decir nada.

Por eso, cuando vuelva... ¿me lo dirás?

No puedo seguir llamando "Número 37" a la persona con la que me voy a casar.

Escribió de un tirón, sin dudar, pues eran palabras que siempre había querido decir. Aun así, sintiendo que su rostro ardía, Seon-ran se frotó la nariz y escribió la última frase. La que más deseaba decir:

Te amo. Mucho.

"¡Aaaah!".

Seon-ran se abanicó la cara con las manos y metió la tarjeta en el sobre. Ni siquiera cuando se presentó a concursos literarios a escondidas de sus padres se había sentido tan nervioso.

Por supuesto, no pensaba dejar el "te amo" o el matrimonio solo en una carta. Seon-ran era alguien bastante tradicional para esas cosas. Ya había elegido una flor blanca y pura que se parecía al Número 37, y ya había encargado el anillo. Planeaba que, al volver, se quitaría el uniforme, se pondría un traje impecable, se arrodillaría y se lo pediría formalmente: Cásate conmigo cuando llegue el año nuevo.

"¿Todavía escribes?"

A diferencia de Seon-ran, que terminó rápido, el Número 37 estuvo aferrado a la tarjeta mucho tiempo. "¿Tienes muchas quejas sobre mí?"

"……."

"¿Eh? ¿No es eso? ¿Entonces qué? ¿Por qué escribes tanto?"

"……."

"Está bien, no miraré. Escribe tranquilo".

Pasó mucho tiempo antes de que el Número 37 pusiera el punto final. Sacudió su muñeca dolorida por el esfuerzo y frunció levemente el ceño al descubrir la pegatina para el sobre. No parecía gustarle.

"Solo con eso bastará. ¿O es que crees que voy a mirar a escondidas? ¡Te juro que no lo haré!".

Aun así, el joven negó con la cabeza, moviendo los labios repetidamente para decir que no podía ser. Solo después de que Seon-ran se levantara perezosamente para traer todo tipo de cintas y sellos para cerrar el sobre, el joven le entregó la tarjeta.

Seon-ran observó bajo la luz azulada de la celda los dos sobres, que ahora eran mucho más gruesos de lo normal por todo lo que les habían puesto encima. "Hacía mucho que no recibía correo en papel. Recibo muchos documentos oficiales, claro... pero me refiero a cartas personales como esta".

"……."

"Llamaré a mi ayudante antes de venir, así que no me esperes en la puerta. Hace frío".

"……."

"Come bien".

"……."

"...¿Qué voy a hacer? Ya te extraño".

Seon-ran dejó caer su cuerpo suavemente sobre la cabeza del Número 37. El contacto de su cabello suave contra su mejilla era tan agradable que se quedó así un buen rato. El Número 37 no respondió con palabras, pero Seon-ran sabía cuánto se estaba esforzando: sus hombros y abdomen se movían levemente intentando producir un sonido, el aire rozando su garganta vacía.

Seon-ran había hablado con valentía sobre huir y vivir juntos, pero esta persona era mucho más fuerte que él. A pesar de haber pasado por cosas tan horribles que a Seon-ran le daba vergüenza siquiera imaginarlas, a pesar de que el mundo lo empujaba a morir, él se levantaba tambaleante e intentaba vivir de nuevo. Estaba reuniendo valor para caminar junto a él.

"Me alegra haberme enamorado de una buena persona".

Vio de reojo cómo la mejilla blanca del joven se curvaba en una sonrisa. Incapaz de contenerse, le dio un beso y el Número 37 se retorció un poco. Una risa cristalina, que nunca había escuchado, resonó en sus oídos. En realidad, no importaba cómo fuera: al igual que el aroma del Número 37 que solo él podía oler, cualquier sonido que saliera de él le parecería hermoso. Tan emocionante y adorable como el sonido de las campanas de Navidad.

 

Y unos días después, todos los responsables del proyecto recibieron un mensaje secreto: debido a la presión de la opinión pública internacional, todos los laboratorios serían clausurados en secreto. Fue el día antes de que Seon-ran regresara.

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La mano de Seon-ran resbaló varias veces al intentar abrir la puerta de su residencia. Soltaba respiraciones agitadas, casi animales. No, era una bestia. No podía pensar con normalidad. Era imposible...

En cuanto recibió el mensaje, lo dejó todo y corrió. Al despacho, al laboratorio, al centro de investigación, al centro de detención... a ese lugar oscuro y secreto que ni siquiera los de arriba sabían cómo llamar. Al lugar donde conoció al Número 37, a quien amaba lo suficiente como para dejarlo todo.

La IA lo guio a la dirección donde antes se alzaba un edificio gris y frío... pero lo único que vio fue un terreno baldío cubierto de nieve. No había nada. Le dijeron que lo habían dinamitado, pero ni siquiera volaban cenizas. No quedaba ni un solo refuerzo de acero. Como si le dijeran que no albergara la tonta esperanza de que hubiera supervivientes.

Se le doblaron las rodillas. Seon-ran gateó y cavó en la nieve y la tierra durante mucho tiempo. Siguió haciéndolo hasta que los ayudantes de sus padres llegaron en grupo para llevárselo a la fuerza. Esos tipos repetían como loros que todo había sido "eliminado". No solo los sujetos de prueba, sino todos los soldados, excepto el responsable y el subresponsable; es decir, incluso los propios ayudantes de Seon-ran... todo lo que estaba vivo había sido enterrado. Dijeron que ya no había nada allí. No, que nunca había habido nada.

"Idiota de mierda...".

Debió habérselo llevado en cuanto decidió que vivirían juntos. Cualquier lugar miserable habría sido mejor que esa celda subterránea. Podría haber buscado al niño después... ¿Por qué quiso esperar para tener una preparación "perfecta"?...

"...Ah".

Seon-ran contuvo el aliento cubriéndose el rostro seco. Esa comisura de los labios que se esforzaba por sonreír. Ese cuerpo escuálido que no llenaba sus brazos. Esas manos blancas y delgadas como ramas nevadas, y las letras torpes que escribía con cuidado...

"...No puede ser".

No podía terminar así. Mañana investigaría de nuevo. Si fuera necesario, llamaría a la puerta no de sus padres, sino del Jefe de Estado. No podían haber borrado todos los registros. Si investigaba la situación justo antes de la explosión, tal vez encontraría algo. Así que...

La mirada febril de Seon-ran se detuvo en seco. Sobre un montón de documentos sin importancia en la entrada, había dos tarjetas sucias. Sobres de un color alegre que no encajaba con la situación, sellados con todo tipo de cosas... Al ver que eran dos tarjetas, se dio cuenta de que la que él escribió tampoco llegó a su destino y fue devuelta.

"...Ni siquiera pudiste leerla".

Seon-ran acarició suavemente la superficie de la tarjeta. La propuesta de matrimonio, el "te amo"... todas las confesiones que quiso hacerle se fueron sin que él escuchara ninguna.

La cinta adhesiva que el Número 37 puso con tanto esmero estaba toda torcida. Las pegatinas y el lacre eran sumamente torpes. Se podían despegar con solo un poco de fuerza.

Seon-ran se quedó allí parado como clavado al suelo, hasta que, decidido, abrió el sobre. ¿Debería agradecer que fueras tan descuidado al cerrarlo? Yo jamás me habría atrevido a tocar lo que quedaba de ti, y entonces nunca habría abierto la tarjeta que escribiste...

Siempre me pregunté por qué era tan bueno conmigo.

Al ver la primera frase, escrita sin saludos y con audacia, se le escapó una carcajada. Pero fue solo un momento. Al leer las letras diminutas, el corazón del Número 37 grabado en el papel, Seon-ran no pudo reír más. Es más, no pudo poner ninguna expresión.

El bebé... no se me parece en nada.

Solo vi el holograma sobre la incubadora un momento, pero era precioso.

La gente decía que si mis genes se maximizaran en el buen sentido, se vería así.

Usted dijo hace tiempo que el bebé y yo parecíamos tener una constitución parecida, ¿verdad?

Que corría el rumor entre los traficantes sobre un bebé con una constitución especial...

No creo que sea exactamente igual a la mía. Si lo fuera, los investigadores no lo habrían abandonado...

Sea como sea la constitución del bebé, sinceramente, no tengo pensamientos positivos.

Además, si el bebé estuviera vivo... ¿no odiaría tener a alguien como yo por padre?

Lo sé por experiencia propia.

A menudo deseaba que me hubieran matado cuando era un bebé que no sabía nada.

Por eso, cuando el Coronel dijo que me ayudaría, me puse muy feliz... pero también tuve miedo.

Me horrorizaba pensar que, si encontraba al bebé, lo primero que se me ocurriría sería pedirle que lo matara...

Pero ahora he cambiado de opinión.

Si puedo recuperarlo... quiero amarlo mucho más por todo el tiempo que estuvimos separados.

Aunque no fue deseado, llevar mi propia sangre en mi vientre fue la única razón por la que pude aguantar aquí. Hasta que lo conocí a usted, Coronel.

Coronel, ¿recuerda que vimos juntos lo de "el vínculo del momento" (Sijeol-inyeon)?

En ese momento lloré mucho pensando en el bebé. Sentía que no se me permitía ningún vínculo.

Pero entonces lo conocí a usted.

La verdad es que todavía no me lo creo.

¿Por qué alguien tan increíble y con tanto poder como usted me atesora así? No lo sé.

No sé si podré pagarle este favor...

Ah, se me acaba el papel y me voy por las ramas.

Quería decirle que creo que mi "vínculo del momento" es usted, Coronel. (¿Se usa así la frase?)

No importa si se ríe de mí por ser infantil.

Como creo que nuestro destino era conocernos y que somos un vínculo real,

ahora ya no me duele nada. De verdad.

Además... últimamente estoy intentando recuperar mi voz.

¿Será porque soy feliz? Siento que mi estado mejora poco a poco.

Cuando vuelva, quiero decirle claramente que lo extrañé, aunque no sé si podré.

No sé cuándo será, pero no se burle si mi voz suena rara.

Vaya con cuidado.

Como no tuve valor para decirlo antes... Lo amo, Coronel.

P.D. Mi nombre es Lee Jin-woo.

Es un nombre que me esforcé por olvidar, pero me haría feliz que usted lo pronunciara.

"...No significa eso", Seon-ran rió con desolación apretando la tarjeta. "Vínculo del momento" no es una frase tan bonita. Y tampoco se usa así...

"Ni siquiera sabe cerrar bien una tarjeta...".

Si no hubiera insistido en ir él mismo a correos y enviarla con cuidado, el contenido se habría perdido hace tiempo por ese cierre tan precario. Gracias a que el envío tenía la marca del Coronel Oh Seon-ran, fue devuelto a su residencia... ¿Debería considerarlo una suerte?

Seon-ran se quejó, mirando la tarjeta sin poder hacer nada, y luego cerró los ojos con fuerza.

Tú, que eres tan descuidado... como no podías hablar, ni siquiera habrías podido gritar pidiendo ayuda. Debí haberme quedado a tu lado.

Debí haberte dicho claramente que te amaba...

Con la tarjeta, cuyos bordes ya empezaban a arrugarse, apretada contra su pecho, Seon-ran caminó tambaleante hacia su estudio. Sacó papel y bolígrafo que tenía guardados en algún lugar. Eran cosas que compró por vanidad cuando soñaba con ser poeta, periodista, director o librero, y que nunca llegó a usar.

Sin poder sentarse siquiera en el escritorio, se tumbó en el suelo y apoyó la punta de la pluma sobre el papel blanco. Se quedó absurdo y la tinta se corrió de forma fea, así que apartó el papel. La primera frase que escribió no le gustó y la rompió. Arrugó el papel porque no le gustaba su letra. Así, lo apartó varias veces, volvió a escribir, tachó líneas con fuerza, y entonces...

"...Ah".

Las gruesas lágrimas que había contenido cayeron de golpe. La historia que hervía en su interior, lo que quiso decirle al Número 37 pero no pudo transmitirle, se desbordó. Todas las palabras hermosas y valiosas que había guardado. Los juramentos. Las confesiones. Todas esas palabras que se clavarían en su corazón.

Seon-ran decidió cerrar los ojos con fuerza. Tanteando en la oscuridad, encogido, trazó cada línea, una a una. Al igual que él había sentido el aroma del sol cálido en el joven, al igual que había podido sentir su risa aunque no la oyera... creía que su amado también podría entender todo lo que estaba intentando decirle ahora.

Siento haber llegado tarde.

Encontraré al niño, te lo prometo.

Encontraré a nuestro hijo y le diré lo fuerte y hermosa que era la persona que le dio la vida.

Haré todo lo que él desee.

Absolutamente todo.

Así que tú...

La Navidad había pasado, pero como no quitaban los adornos hasta que llegara el año nuevo, el exterior estaba tan iluminado como si fuera de día. Una pequeña campana de plata que decoraba el exterior de la residencia sonó suavemente con el viento helado del invierno. Ese pequeño tintineo le pareció a Seon-ran la respuesta que el Número 37 le estaba dando.

Te amo.

Te amo, Jin-woo.

Te amo.

Seon-ran escribió la carta llorando. Y mientras pasaba un año, dos, tres... diez años y mucho más tiempo. Cada vez que llegaba esta estación, escribía cartas que no podía enviar y soltaba confesiones que ya se habían desvanecido.

Y en esas noches, muy de vez en cuando, el rostro añorado asomaba en sus sueños como si fuera una respuesta. Seon-ran reunía valor y llamaba al Número 37 por su nombre.

"Jin-woo, Lee Jin-woo".

Algunos días lo abrazaba con fuerza y lloraba pidiéndole perdón. Otros días le suplicaba que dijera aunque fuera una palabra, que escribiera cualquier cosa en su palma, y lloraba... y siempre, al final, lloraba mientras le decía que lo amaba.

El Número 37, no, Lee Jin-woo, se limitaba a mirar a Seon-ran, que lloraba como un niño perdido. Y cuando su llanto se calmaba, lo abrazaba. Seon-ran intentaba aferrarse desesperadamente a ese cuerpo delgado para no perder su calor, pero invariablemente despertaba del sueño.

En todo ese tiempo, tan largo que hasta las montañas habrían cambiado, Seon-ran no había sido una persona viva. Encontraré a tu hijo, haré todo lo que él desee, lo cuidaré y amaré por ti... No era más que un espectro, un espíritu errante con un único y ciego propósito.

Para cumplir su promesa con Lee Jin-woo necesitaba más poder y más riqueza. Por eso se convirtió en un fiel perro del ejército y en un seguidor leal que era como la sombra del Líder Supremo. Recientemente, incluso permitió que el Teniente Kim usara su nombre para cometer actos sucios. No, más bien lo protegió. Si con eso podía encontrar algún rastro de los traficantes de aquella época, no había nada que no pudiera hacer.

Ah. Si tan solo hubiera quedado un pequeño rastro de Lee Jin-woo. Si hubiera sido así, habría removido el ADN de toda la población del país para encontrar al niño. Aunque pasó de Coronel a General y ahora tiene cuatro estrellas en su pecho, Seon-ran sigue sin tener nada en sus manos. En realidad, lo sabía. Encontrar al hijo de Lee Jin-woo ahora era tan difícil como que él mismo volviera a la vida. Pero si no se aferraba a esto, sentía que estaría admitiendo que Lee Jin-woo realmente había muerto. Por eso no podía detener sus pasos inútiles ni su vagabundeo habitual.

"...¿Has venido?"

Sintió un contacto frío sobre el dorso de su mano cansada, que descansaba sobre el reposabrazos. ¿Cuándo me quedé dormido?... Con la edad, su conciencia se desvanecía a veces. En cualquier caso, parecía estar soñando. Al ver esa añorada ilusión frente a sus ojos.

"La vida es tan efímera. Me esforcé tanto por no olvidar nada relacionado contigo...".

Ahora incluso el recuerdo de la forma del afecto que sentía se estaba volviendo borroso. ¿Cómo eran tus manos cuando me abrazaban, y cómo era tu calor?

"Aun así, sigues siendo guapo".

Aunque todo cambie y haya pasado tanto tiempo, tú... tu sonrisa, esa que ponías al intentar sonreír para mí, sigue siendo igual que en aquel entonces…

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"Me pregunto si cuando nos volvamos a ver me rechazarás preguntando quién es este viejo".

"……."

"No, ni siquiera sé si podremos vernos. Con todo lo que he hecho, no creo que pueda ir al cielo".

"……."

"Parece que esta vez algunos grupos planean iniciar un proyecto sospechoso. Para mí no es más que una tontería para llenar los bolsillos de las farmacéuticas. Pero... como tal vez pueda encontrar alguna pista del pasado, pienso esperar una última vez".

Sí, una última vez.

"Así que... ya no hace falta que vengas".

La expresión de Lee Jin-woo, que lo miraba con compasión, se relajó con suma suavidad. Nadie más lo sabría, pero Seon-ran sí: él estaba sonriendo de verdad.

"¿Qué tiene de bueno venir a verme tanto? Si no es para que me dejes al ver lo viejo que estoy... entonces no vengas más".

A pesar de que han pasado tantos días, sigo vivo y bien. Aunque solo fuera por inercia. Así que...

"Olvídalo todo... y vive feliz, en el cielo".

El papel interior de la vieja tarjeta, donde apenas se distinguían las letras, se desprendió. El papel gastado que no pudo vencer al tiempo se desmoronó por las esquinas con solo ese pequeño impacto.

Fuera sopla el viento, suena la pequeña campana de plata, y cuando tu mano, cuyo contacto ni siquiera puedo sentir, roza suavemente su mejilla y desapareció, sabía que es hora de despertar del sueño.

"Estoy bien".

El tiempo de Seon-ran se detuvo en aquel terreno baldío donde la nieve blanca borró todos los rastros. Seguía allí, arrodillado frente a ese lugar, incapaz de levantarse.

Ese final de año ambiguo, cuando la Navidad ha pasado y el año nuevo aún no llega.

El día en que me arrodillé para pedirte matrimonio y tú quisiste que escuchara tu voz diciéndome que me habías extrañado... Me quedé en aquel tiempo, el más hermoso y el más triste.

"Estoy bien...".

Lágrimas calientes corrieron por las arrugas de sus ojos.

Era la noche del 28 de diciembre, el día en que le prometió al Número 37, a Lee Jin-woo, a su ser amado, que regresaría.

[Fin del Especial de Marzo 'Sijeol-inyeon']

 FIN DEL VOLUMEN 2