4. Hipnobatia (2)

 


A finales de junio, tras el cese de un chaparrón caprichoso y justo antes de que el verano se instalara definitivamente, llegó una brisa fresca que trajo consigo el día de la fiesta de bienvenida de Yu-bin.

"¿Está todo listo con el catering?"

"Sí. Tal como solicitó, hemos invitado a un chef de renombre para que puedan disfrutar de una cena de pasos preparada al momento."

"Perfecto. Perfecto. Solo asegúrese de que el sazón no sea demasiado fuerte."

"Se lo comunicaré al chef."

El organizador de la fiesta no había tenido un segundo de descanso atendiendo las exigencias de Yu-bin hasta el mismo día del evento.

"Me preocupaba que la sala fuera algo sencilla, pero con las luces ha quedado bastante aceptable."

"Aprovechando la altura del techo, hemos instalado más de cincuenta mil pequeñas luces de estrella."

Las pequeñas luces que caían del techo brillaban de forma fantástica, como una luminaria. Do-eon, de pie en el segundo piso, sintió que sus ojos se deslumbraban ante la ilusión de miles de luciérnagas flotando en el aire.

Bajo el techo adornado de luces, se habían dispuesto unas cincuenta sillas con lazos de raso violeta alrededor de mesas circulares cubiertas con manteles del mismo tono, una estética propia de un salón de bodas.

El sofá reclinable que solía recibir la luz del sol en un rincón de la sala había sido relegado a un depósito hacía tiempo. Do-eon aún no se acostumbraba a ver cómo el interior de la casa se transformaba según los caprichos de Yu-bin.

"Ya casi es hora de que lleguen los invitados."

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Yu-bin no ocultaba su emoción mientras consultaba su reloj de pulsera. Do-eon, que contemplaba distraído el atardecer anaranjado a través del ventanal arqueado del segundo piso, planeaba refugiarse en su habitación antes de que comenzara el alboroto.

"¡Joven maestro Do-eon!"

"... ¿Sí?"

Yu-bin lo miraba desde abajo con ojos brillantes. Do-eon intentó reprimir la inquietud que lo invadió, pero, como era de esperar, el otro soltó una petición difícil de cumplir.

"¡Los invitados llegarán esta noche, recíbalos conmigo!"

"¿Con... conmigo?"

"También es su fiesta de debut en sociedad, así que sería bueno que se presentara y causara una buena impresión, ¿verdad?"

"Yo estoy bien así..."

"El presidente también tiene expectativas puestas en esto, ¿va a ser tan desconsiderado?"

Aquel que pudiera rechazar a un Yu-bin que hacía pucheros con voz mimada debía tener el corazón de piedra o ser incapaz de ver lo que tenía delante. Do-eon, abrumado por la presencia de aquel rostro tan llamativo, no tuvo más remedio que bajar. Yu-bin observó con una mirada crítica cómo descendía pesadamente.

"Pero..."

"......?"

"¿Es esa la única ropa que tiene?"

¿Qué tiene de malo mi ropa? Do-eon bajó la mirada para revisarse. Como Do-ha había dejado marcas por todo su cuerpo, se había puesto un suéter negro de cuello alto y pantalones de algodón del mismo color. Estaba tan cubierto que cualquiera creería que acababa de regresar de un funeral.

"Sí..."

Al verlo asentar, Yu-bin se llevó una mano a la nuca y soltó un profundo suspiro.

"Esto no puede ser. Joven maestro, venga por aquí."

"... ¿Eh?"

Yu-bin lo tomó de la muñeca con una fuerza sorprendente y lo arrastró. El lugar al que fue llevado sin entender la razón era la habitación de invitados del primer piso, donde se alojaban Yu-bin y Tae-oh. En cuanto abrió la puerta, un aroma a madera fresca mezclado con daphne golpeó sus fosas nasales.

Esa mezcla de feromonas estimulaba los instintos. Do-eon nunca lo había pensado antes, pero quizá debido a Do-ha, estaba empezando a despertar a un mundo que no debería conocer. Sintió calor en la nuca, como si hubiera espiado una escena de intimidad entre ambos.

Yu-bin dejó a Do-eon de pie en un rincón y rebuscó en el armario hasta sacar una funda de traje negra.

"Fue un regalo, pero me queda pequeño. Creo que a usted le quedará perfecto. ¿Quiere probárselo?"

"No... no es necesario..."

"No sea así y pruébeselo."

Nuevamente fue arrastrado por esa fuerza incontestable. Yu-bin abrió la funda y sacó un traje azul marino con un sutil patrón de cuadros pequeños. Le entregó la percha sin darle opción a réplica.

"Póngaselo."

"¿A-aquí mismo?"

"Sí. Somos hombres, ¿qué importancia tiene?"

Do-eon se quedó sin palabras ante la seguridad de su respuesta. No podía rechazarlo en su cara mientras le sonreía, aunque tanta amabilidad no le resultara del todo grata. Tampoco podía desnudarse frente a él. Tras tragar saliva un par de veces, logró hablar.

"Si... si sale un momento, me lo pondré..."

"Qué tímido es. Está bien, saldré."

Solo después de confirmar que la puerta se había cerrado con un golpe seco, extendió el traje. Soltó un largo suspiro. Nunca había usado algo así, por lo que se sentía perdido. ¿Qué debía ponerse primero? Supuso que la camisa blanca. Se quitó la ropa y se puso la camisa. Aunque le quedaba un poco holgada, pensó que bastaría con doblar las mangas.

Se puso los pantalones con torpeza; la tela se sentía fría contra sus piernas delgadas. Al colocarse la chaqueta sobre la camisa y verse en el espejo del armario, una imagen desconocida le devolvió la mirada. ¿Estaría bien así? Se sentía incómodo y trataba de acomodar los puños cuando, de repente, la puerta se abrió.

"¡Sabía que le quedaría justo a su medida, joven maestro! ¡La ropa hace al hombre! ¡Le queda de maravilla!"

Yu-bin se acercó entusiasmado y comenzó a inspeccionar su cuerpo de arriba abajo. El calor subió al rostro de Do-eon por la mirada tan abrumadora. No sabía si los elogios exagerados eran sinceros o una burla.

"Realmente estoy bien... ¿podría volver a ponerme mi ropa original?"

"Ni se le ocurra recibir a los invitados con esas prendas tan lúgubres."

La respuesta tajante lo dejó sin palabras. Yu-bin, que hoy resultaba especialmente agobiante, se paró muy cerca para examinar su rostro con detenimiento. Mientras Do-eon tragaba saliva por la tensión, Yu-bin murmuró para sí mismo en voz baja.

"Es la primera vez que veo a un beta con facciones como las suyas."

Los betas no seguían un estándar específico, así que era normal que cada uno tuviera rasgos diferentes. Mientras Do-eon buscaba qué decir, Yu-bin acercó su rostro hasta casi rozarlo. Sus feromonas se filtraron profundamente en su nariz.

"¡¿Qué... qué hace?!"

Sorprendido, retrocedió un paso, pero Yu-bin solo sonrió curvando los labios.

"Con su apariencia, aunque sea un beta, no tendría problemas para seducir incluso a un alfa dominante."

"......!"

¿Acaso Yu-bin, con su agudeza, había percibido algo? Sería difícil que notara el olor de un omega recesivo estando cubierto por las feromonas de Do-ha. Aun así, Do-eon no pudo relajarse y mantuvo sus nervios en tensión.

"... No diga esas cosas."

¿Se estaba burlando de él? Al intentar ocultar su desconcierto, Yu-bin ensanchó su sonrisa.

"No se asuste tanto, joven maestro. Se lo digo por su propio bien."

"......."

Fingiendo que se preocupaba por él, Yu-bin cambió de tema como si nada. Pero en un descuido, su mano volvió a sujetar con fuerza la muñeca de Do-eon y lo arrastró fuera de la habitación.

"¡Abogado! ¡¿Qué hace?!"

"Es que me parece un desperdicio verlo yo solo."

"¡Es-espere, suélteme!"

Era tan fuerte que Do-eon fue arrastrado sin poder hacer nada. Al llegar a la sala, vio a su padre, quien estaba recibiendo un informe de Jung Tae-seok. Yu-bin sonrió de par en par.

"Presidente, mire esto."

"......?"

"El joven maestro Do-eon. Solo cambió de ropa y su aura ha cambiado por completo, ¿verdad?"

Do-eon deseaba que la tierra se lo tragara. Detestaba ser el centro de atención. Sentía una punzada en la sien y se presionó los ojos con la palma de la mano. Sin embargo, Yu-bin lo rodeó por los hombros con orgullo.

"Para una fiesta hay que vestirse así. ¿No le parece, presidente?"

Tae-oh, quien escuchaba el reporte de Jung Tae-seok con frialdad, hizo un gesto para despacharlo y dirigió su mirada hacia Do-eon. Su expresión inmutable se suavizó en una ligera curva. Se cruzó de brazos y recorrió el cuerpo del joven de arriba abajo. Ante esa mirada que parecía desmenuzarlo, la nuca de Do-eon comenzó a arder.

"Te queda bien."

Do-eon no sabía dónde esconder la mirada. Sus pupilas vagaban errantes de un lado a otro. ¿Por qué estaba tan nervioso? Deseaba que su padre apartara la vista pronto.

"Es gracias a mi buen ojo, presidente. ¿Lo hice bien? Debería elogiarme."

"Sí. Buen trabajo."

Solo tras recibir el cumplido de Tae-oh, Do-eon pudo liberarse del brazo de Yu-bin, que lo sujetaba como un gancho. Se frotó el hombro, sintiendo como si las feromonas del abogado se hubieran quedado pegadas en la zona donde habían tenido contacto.

"¿Por qué tanto alboroto?"

En ese momento, Do-ha salió de su habitación y se acercó al ver a los tres reunidos en la sala. Yu-bin, siempre ansioso por ser el centro de atención, no perdió la oportunidad de presumir su obra ante él.

"¡Joven maestro Do-ha! Mire al joven maestro Do-eon. ¡A que se ve increíble!"

"......."

Do-ha escaneó a Do-eon de un vistazo y frunció el ceño, mostrando un desagrado evidente. ¿Por qué tenías esa cara de molestia más que él?

"No le queda bien."

Habló con un tono desapasionado. Fue una respuesta tan gélida que incluso Yu-bin se sintió avergonzado. Do-eon no esperaba una reacción especial, pero aun así se sentía apenado.

"¿Está bromeando, verdad? ¡Si hasta el presidente dijo que le quedaba de maravilla!"

"Parece que ambos tienen problemas de vista."

"¡Vaya! Mi vista está perfectamente, ¿sabe? ¡Mis ojos nunca fallan!"

Ante las quejas de Yu-bin, Do-ha arrugó una mejilla y cerró un ojo como si el ruido le molestara. Como si quisiera demostrar que Do-ha estaba equivocado, Yu-bin agarró con firmeza la muñeca de Do-eon, que intentaba escabullirse, y lo plantó justo frente al menor.

"Mírelo. Qué guapo está. Con un poco de arreglo en el cabello quedará perfecto. ¡Con este aspecto, hoy seguro que encuentra pareja!"

"Cuidado, abogado, no sea que el que termine fuera sea usted."

"¿Perdón? ¿Qué ha dicho?"

Do-ha ignoró a Yu-bin, quien parpadeaba rápido con los labios fruncidos, y se alejó tranquilamente hacia la cocina. La provocación de Do-ha solo sirvió para encender el espíritu competitivo de Yu-bin. Este sujetó el brazo de Do-eon con fuerza y, con sus ojos de doble párpado bien abiertos, sentenció:

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"Yo, hoy, sin falta, haré que el joven maestro Do-eon consiga pareja."

"E-estoy bien así..."

Frente a esa mirada feroz, Do-eon se sintió como un conejo atrapado en una trampa. Al final, fue arrastrado de nuevo a la habitación, donde le aplicaron una cera pegajosa para peinarle el flequillo hacia atrás, despejando su frente. Yu-bin puso tanto esmero en la tarea que Do-eon no sabía ni cómo reaccionar.

"Dicen que a las personas guapas les favorece enseñar la frente, y usted es exactamente ese tipo."

"......."

Como nunca se había tomado en serio su propia apariencia, sentía que Yu-bin solo se burlaba de él. ¿Acaso era divertido jugar a las muñecas con un ignorante que no sabía nada del mundo? No lograba descifrar las verdaderas intenciones del abogado.

Yu-bin, poseído por el espíritu de un estilista, manipuló el cabello de Do-eon durante un buen rato hasta que, cuando sintió cansancio en la espalda, finalmente lo soltó.

"¡Joven maestro, si hoy en la fiesta le gusta alguien, tiene que decírmelo a mí primero!"

Repitió las mismas palabras de antes mientras fijaba su vista en el reflejo de Do-eon en el espejo. Palabras como pareja o amante. ¿Acaso Do-ha se libraba de esos sermones porque tenía una prometida desde niño? Sabía que si se negaba, Yu-bin lo retendría horas dándole un discurso. No quería que su mente colapsara bajo el bombardeo verbal.

"Sí..."

"¡Perfecto! ¡Solo dígamelo y yo le serviré de puente!"

"......."

No podía replicar nada ante esa cara sonriente, pero sentía una presión seca detrás de los ojos. Lo que decía Yu-bin no tenía sentido en su realidad. Aunque alguien le gustara, para él —un omega recesivo que ocultaba una enfermedad— todo eso pertenecía a otro mundo. Si descubrieran su verdadera naturaleza, todo acabaría. Su propia existencia era como una herida abierta para esta familia.

Salió de la habitación de Yu-bin y subió al segundo piso con paso cansado. Solo quería descansar. Sin embargo, se detuvo en seco al ver una sombra parada frente a su puerta. Era Do-ha. Parecía sumido en sus pensamientos, o quizá algo impaciente.

Do-ha, que estaba apoyado de espaldas contra la puerta, se enderezó al verlo llegar y se acercó.

"¿Qué facha es esa?"

"¿Qué... qué tiene de malo mi facha...?"

Ante el tono sarcástico, las pupilas de Do-eon temblaron sin saber a dónde mirar. Las pupilas grises de Do-ha lo recorrieron desde el cabello engominado hasta los pies, y luego sus labios se curvaron en una risita ligera.

"¿Vas a seducir a un pene nuevo?"

"... No hables de esa forma."

Una sombra oscura cubrió la frente de Do-eon. Retrocedió un paso para escapar de esa presencia, pero Do-ha fue más rápido. Su mano atrapó con fuerza la delgada muñeca del mayor.

"¡Ah, duele...!"

"¿Acaso Jung Yu-bin te dio clases de cómo atraer alfas? ¿Y qué pasa con ese pelo?"

"¡Sué-suéltame!"

Tiró del brazo para liberarse, pero el agarre en su muñeca no cedió ni un milímetro. Pronto, sus ojos se empañaron. ¿Por qué le hacía esto? ¿Por qué lo presionaba hasta el límite y lo atormentaba? ¿Qué había hecho mal? ¿Acaso lo despreciaba tanto por ser un omega recesivo que usaba esa debilidad para manejarlo a su antojo?

"Responde. Te estoy preguntando si vas a ofrecerle tu trasero a otro tipo."

"¡Si lo hago o no, a ti qué te importa!"

Su voz aguda salió desde lo más profundo de su garganta. Sintió que sus entrañas se retorcían. No entendía a Do-ha: él era el único que abría su cuerpo a su antojo para pisotearlo, y aun así lo amenasaba preguntándole si iría con otro.

"¿Ah, con que no me importa?"

"¡S-sí! ¡A ti qué te importa lo que yo haga con mi cuerpo! ¡Si tú hasta tienes una prometida...!"

Además, teniendo a alguien con quien estaba comprometido desde la infancia, ¿no debería dejar de actuar así? Independientemente de la prometida, hacerle esto a su propio hermano era una auténtica locura. Do-ha inhaló profundamente y soltó las palabras como una explosión:

"¿Eso es lo importante?"

"Es importante."

"Que yo tenga una prometida o que me case aquí mismo ahora mismo, no cambia el hecho de que tú eres mi juguete sexual."

Cada palabra escupida se clavó en su corazón como un cuchillo afilado. ¿Acaso no era más que un vertedero de fluidos para él? Su cuerpo, lleno de rabia, comenzó a temblar. Con su otra mano, apartó con todas sus fuerzas la mano que rodeaba su muñeca.

"¡Quita esto...!"

"......."

"Haga lo que haga, no te metas conmigo."

Empujó el gran cuerpo de Do-ha y abrió la puerta de su habitación. La cerró de un golpe y se desplomó en el suelo. ¿Qué acababa de decir? Por primera vez, se había rebelado contra Do-ha. Su rostro estaba pálido y no lograba calmar su respiración.

Temía que, en cualquier momento, Do-ha abriera la puerta e irrumpiera para reclamar que no toleraría la rebeldía. ¿Cuánto tiempo pasó? Solo cuando escuchó el sonido de los pasos alejándose tras la puerta, pudo soltar un largo y profundo suspiro de alivio.

* * *

El crepúsculo se asentó y las luces del jardín, de una atmósfera cálida, se encendieron en el exterior de la mansión. Cuando la fachada blanca comenzó a brillar con elegancia, dieron las siete de la tarde y los invitados empezaron a llegar uno a uno.

Do-eon, que se había escondido en su habitación observando cómo los coches de lujo se detenían ante la puerta principal, no tuvo más remedio que salir a la sala ante la insistencia de Yu-bin, quien le recordaba que debía recibir a las visitas.

Los invitados miraban con curiosidad al hijo mayor al que Tae-oh acababa de reencontrar tras diecinueve años; lo observaban como si fuera un animal en un zoológico. Sus ojos reflejaban una mezcla extraña de intriga y envidia. Do-eon, deseando no prestarles atención, permaneció inmóvil al lado de Yu-bin, como si fuera un muñeco de exhibición, sin siquiera devolverles la mirada.

"Hola, Director Kim."

"Cuánto tiempo, abogado Jung."

Jung Yu-bin saludó con entusiasmo al Director Kim. Do-eon, que permanecía al lado del abogado saludando en silencio con una reverencia tensa a cada invitado que irrumpía, levantó la vista rápidamente al escuchar el nombre.

"Este es el hijo mayor del presidente, el joven maestro Do-eon."

"Me enteré de que su madre falleció hace poco. Mis más sentidas condolencias."

"... Gracias."

Un caballero de aspecto bondadoso le dirigió el saludo. Mientras Do-eon hacía una reverencia cortés, un joven que parecía de su misma edad se acercó. Tenía una impresión adorable, con ojos grandes y un párpado doble muy tenue.

"Hola, me llamo Kim Yu-young."

"Ah... Hola."

Yu-bin, a su lado, le susurró amablemente al oído que se trataba del prometido de Do-ha. Prometido... El lóbulo de su oreja se calentó. Sintió una extraña pesadez en el pecho, como si una piedra se hubiera asentado en su boca del estómago por la culpa.

"¿Dónde estará el joven maestro Do-ha? Quédense aquí, ¡iré a buscarlo!"

En cuanto Yu-bin se marchó, Kim Yu-young fijó su mirada en él mientras parpadeaba con sus grandes ojos. Ante esa mirada directa, Do-eon bajó la vista sin saber dónde mirar, y una voz fresca como la brisa llegó a sus oídos.

"Así que eres el hermano mayor de Do-ha. No sabía que tenía un hermano. Él nunca mencionó nada."

"Ah... Sí..."

"Llevémonos bien de ahora en adelante."

Una mano se extendió frente a su mirada baja. ¿Acaso tengo derecho a estrechar esta mano? Sintió un sabor amargo en la punta de la lengua, como si estuviera cometiendo un pecado contra Kim Yu-young.

Al estrecharle la mano, las feromonas dulces típicas de un omega se filtraron en su piel. Podía sentir que era un dominante sin necesidad de palabras. A diferencia de él, cuyas feromonas eran tan tenues que podía pasar por beta sin levantar sospechas, las de Yu-young se extendían con la confianza de alguien seguro de sí mismo. En ese instante, Do-eon sintió una presencia tan imponente que sus hombros se encogieron instintivamente.

"¡Ah! Ahí viene."

Tras ese murmullo de alegría, sus manos se separaron. Yu-bin traía a Do-ha con él. Do-ha, que caminaba con las manos en los bolsillos como si todo fuera una molestia, frunció sus pobladas cejas con incomodidad al ver a Yu-young.

"¡Bien! Disfruten de su tiempo juntos, nosotros seguiremos recibiendo a los invitados."

"¡Do-ha!"

Tan pronto como Yu-bin terminó de hablar, Yu-young llamó a Do-ha y corrió hacia él. Se aferró a su brazo como una cigarra a un árbol, inclinando la cabeza hacia atrás para mirarlo con una sonrisa preciosa. Cualquiera que los viera diría que eran una pareja joven y encantadora disfrutando de un momento dulce.

Do-eon, que observaba la escena a hurtadillas, sintió una punzada de dolor en el pecho. La culpa por su traición lo golpeó como una masa enorme que bloqueaba su espalda; una carga gigante de la que no podía apartarse ni deshacerse.

Mientras él cargaba solo con ese peso, esos amantes jóvenes y frescos olvidarían a alguien tan manchado de ignominia como él para disfrutar de su amor. Las voces bulliciosas de la gente se volvieron distantes y lo invadió la misma soledad que sintió cuando se quedó solo en el velatorio de su madre.

Do-ha ni siquiera lo miraba. Era lo natural y lo correcto, pero, paradójicamente, su corazón se desplomó.

"Yo... iré al baño un momento..."

"Vaya rápido, joven maestro. Aún quedan muchos invitados a los que debe conocer."

"Sí... volveré pronto."

No tuvo más opción que huir. Fue al baño del primer piso, cerró la puerta con llave y abrió el grifo. El agua salía con fuerza; llenó sus manos y se la salpicó en la cara. Sin embargo, ni el agua fría aclaró su mente. Al contrario, sentía que el camino estaba bloqueado por nubes grises.

"Uff..."

Aun así, mantenía una esperanza: en cuanto terminara la fiesta, su padre, Do-ha y Yu-bin se marcharían. Ya faltaba poco para dejar de vivir angustiado por esa culpa asfixiante y recuperar su rutina pacífica.

Pensar en eso le hizo sentir un poco mejor. Se secó la cara con una toalla y se dispuso a salir, pero el pasillo frente al baño se llenó de murmullos y la gente empezó a congregarse en pequeños grupos.

Do-eon dudó con la mano en el pomo. Podía salir con naturalidad, pero detestaba atraer las miradas. Tendría que saludar si se cruzaba con alguien, presentarse y estrechar manos sin ganas; solo pensarlo lo agotaba. Decidió esperar a que pasaran. Se sentía como un ratón escondiéndose en su propia casa; cualquiera que lo viera pensaría que su situación era lamentable.

"Parece que el presidente ya viene hacia aquí."

"¡Presidente! Es tan difícil verle la cara. Sé que está muy ocupado, pero ha pasado un mes. ¿Acaso no me ha extrañado en este tiempo?"

Qué mala suerte. Jung Tae-seok y su padre también venían hacia aquí. Si era así, le resultaría aún más difícil salir. Do-eon abrió la puerta del baño apenas un milímetro para observar el movimiento exterior. Los grupos de gente se amontonaron como hormigas alrededor de su padre en cuanto llegó.

"Presidente Tae. ¿Ha venido?"

Su padre saludó al hombre con una breve inclinación de cabeza.

"Vayamos a jugar una ronda de golf, presidente. Lo llevaré a un club donde podrá jugar mientras disfruta de la vista al mar. Seguro que allí jugará mucho mejor. Jaja."

"¿Ah, sí? Lo estaré esperando."

A diferencia del otro hombre, que soltaba risas ligeras, su padre humedeció sus labios con la copa que sostenía mientras sonreía con languidez.

"Por cierto, ¿se ha enterado de la noticia?"

Tae-oh arqueó las cejas preguntando de qué noticia se trataba, y el hombre abrió sus labios inquietos con rapidez.

"Parece que la ley podría cambiar para reconocer los derechos de propiedad y herencia de los omegas recesivos. Al parecer, lideradas por el Comité de Derechos de los Omegas, varias organizaciones se han unido para solicitar al Parlamento una legislación que les permita poseer bienes."

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"¿Ah, sí? Me parece que la probabilidad de que se apruebe es muy baja..."

Un hombre que estaba al lado del Presidente Tae añadió su opinión. Varias miradas curiosas se cruzaron y Do-eon también prestó atención a la conversación.

"Siendo un omega recesivo, es difícil encontrar pareja y ni siquiera tienen derecho a heredar, así que los hijos de familias ricas suelen solucionarlo entre ellos en secreto, ¿no? No se puede ver como algo del todo malo."

"¿Solucionarlo entre ellos?"

"Ya sabe... lo que hacían las familias reales desde la antigüedad para mantener el linaje sagrado... el incesto..."

"¿Incesto?"

"Si por ser recesivos los consideran defectuosos y ni siquiera les dan trabajo, y no tienen forma de encontrar pareja, ¿qué otra cosa pueden hacer?"

Do-eon recordó lo que la señora Sun-hee había dicho en el funeral sobre el primo de un vecino, cuyos hijos eran omegas recesivos y por eso se habían divorciado. Entre las personas con rasgos, la discriminación pública era tan natural como respirar.

Las voces, que al principio hablaban en tono de preocupación, bajaron de volumen gradualmente.

"Seguro que hay quienes incluso lo disfrutan."

"Debe haber muchos. El ser humano siempre desea lo que es tabú, ¿no? Je, je."

El nivel de la conversación estaba suviendo. En ese momento, una voz firme cortó el diálogo antes de que cruzaran la línea.

"Eso es algo que jamás podría suceder. Absolutamente."

Tae-oh endureció su expresión, le entregó su copa a Jung Tae-seok y frunció el ceño como si ni siquiera mereciera la pena considerarlo. Su mirada se volvió completamente rígida.

"¿Qué clase de persona se acostaría con su propia sangre? No somos animales."

"......."

"......."

Se produjo un silencio momentáneo. Los que estaban defendiendo la idea cerraron la boca. Do-eon, que escuchaba atentamente con el oído pegado a la puerta, sintió que su corazón caía al vacío.

"Tiene razón, presidente. Los lazos familiares son sagrados. Hay límites que simplemente no se deben cruzar."

"Nosotros también aprovechemos para apoyar al Comité de Derechos de los Omegas. Hagamos una colecta."

"¡Es una excelente idea! ¡Yo haré una donación!"

Ante una sola palabra de su padre, los presentes se apresuraron a alzar la voz como si estuvieran a punto de salir a una manifestación por los derechos de los omegas recesivos. Do-eon sintió que su corazón no solo caía, sino que se hacía añicos en lo más profundo.

Su padre lo aborrece. Detesta a la clase alta que comete incesto entre alfas y omegas para mantener los rasgos especiales. Detesta que alguien se acueste con su propia sangre. Entonces, Do-ha y yo... Do-eon sintió náuseas. Reprimió el malestar y apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas.

Papá nunca debe enterarse. No podía convertirse en un objeto de desprecio para su padre. Al menos hasta que heredara la mansión sin problemas, debía mantener su relación con Do-ha en absoluto secreto. Ya faltaba poco para dejar de caminar por esa cuerda floja. Solo hasta entonces. Mientras no lo descubrieran, todo estaría bien.

* * *

Bajo las luces que parecían una multitud de luciérnagas flotando, y ante la mirada de todos los invitados, Yu-bin y Tae-oh cruzaron sus brazos para beber un 'love shot'. El sonido de los aplausos estalló como cuentas de cristal cayendo sobre una bandeja.

Un hombre hermoso y su prometido. Una escena con suficiente morbo y atractivo visual para satisfacer a cualquiera.

Do-eon, que los observaba de lejos, sintió un escozor en la oreja y se frotó el lóbulo. Se sentía como un intruso en una fiesta a la que no había sido invitado, como si estuviera solo en un mundo aparte.

Papá y Yu-bin. Do-ha y Yu-young. Cuanto más pensaba en esas dos parejas tan bien avenidas, más comparaba su lamentable situación y sentía que el aire le faltaba en los pulmones. Exhaló pesadamente y levantó una copa de champán que no tenía intención de beber, observando cómo las burbujas finas como crema estallaban y desaparecían sin cesar.

"¡Joven maestro Do-eon!"

Yu-bin, que se desplazaba con una sonrisa radiante saludando a los invitados mesa por mesa, lo descubrió sentado solo y se acercó agitando el brazo. Do-eon sintió un cansancio repentino y se presionó las sienes.

"Resulta que tengo un buen regalo para usted."

"... ¿Un regalo?"

No tenía buenos recuerdos asociados a los regalos. Recientemente, Do-ha le había entregado un huevo vibrador como 'regalo' antes de ultrajarlo sin piedad.

Al responder con desgana recordando aquel momento, Yu-bin sacó algo del bolsillo de su chaqueta y se lo tendió. Era un papel rectangular. Do-eon lo tomó con dudas y leyó las letras grandes de la portada.

'Shane Global University'

Era un folleto informativo de una universidad. Bajo el nombre de la institución se veía un campus rodeado de bosques; parecía tan silencioso y aislado del mundo exterior como un monasterio. A simple vista, era una universidad estadounidense perdida en algún rincón rural.

'Te voy a desterrar muy lejos, a un país extranjero a treinta horas de distancia. Como quien se deshace de un estorbo.'

La voz gélida de Do-ha cruzó por su mente. Al pasar a la siguiente página del folleto, resaltaba una frase que decía que era una comunidad universitaria de alfas, omegas y betas que ayudaba al crecimiento integral de los estudiantes sin discriminación de rasgos. ¿Por qué me da esto? Mientras parpadeaba con confusión, Yu-bin explicó emocionado:

"Esta universidad acepta betas si tienen una carta de recomendación. Yo mismo se la escribiré. Después de todo, soy abogado en un bufete bastante prestigioso."

Yu-bin hablaba con orgullo, como si le hubiera costado mucho encontrar el lugar. Las letras del folleto empezaron a bailar y su visión se volvió borrosa. El sonido de sus latidos retumbaba con fuerza en sus oídos.

¿Realmente este hombre planea enviarme a una universidad en Estados Unidos? ¿Para quedarse con esta mansión? Papá dijo claramente que me ayudaría a heredarla. El folleto que Yu-bin le entregó como un regalo inesperado fue suficiente para agitar violentamente las aguas de su calma.

Cerró los ojos con fuerza ante el mareo y, al abrirlos, un hombre alto al que no había visto llegar estaba de pie junto al sonriente Yu-bin.

"Jun-seo estudia en esta universidad. Tiene la misma edad que el joven maestro. Jun-seo, ¿por qué no le cuentas a Do-eon cómo es la vida de un estudiante de intercambio?"

"Abogado, no tengo intención de ir a esa..."

"Hoy es un día para hacer amigos. ¿Quién sabe? Quizá cambie de opinión al escucharlo. Si vive solo en esta mansión sin nadie, acabará deprimido. Los seres humanos necesitan vivir en comunidad. Ir a la universidad, hacer amigos..."

Interrumpiéndolo sin miramientos, Yu-bin le hizo una seña al hombre para que se sentara a su lado. De aquel desconocido emanó de pronto un aroma a feromonas punzante, como pimienta negra. No era una fragancia suave como la de un omega, así que debía de ser un alfa. No era un olor agradable; le ardían los ojos.

"Cuéntele cosas buenas al joven maestro, Jun-seo."

"Claro. No se preocupe, abogado Jung."

"¡Es-espere...!"

Antes de que pudiera decir nada, Yu-bin se marchó dejándolo a solas con el hombre. Un aire incómodo flotó entre ambos. Do-eon sentía los labios rígidos y no sabía dónde mirar. Mientras jugueteaba con sus dedos, el otro lanzó una pregunta repentina:

"¿Omega? ¿Beta?"

"... ¿Perdón?"

Ante su duda, el hombre alargó las palabras con desinterés.

"¿Eres omega o beta? Alfa no eres."

"Beta..."

"Ah, ¿eras beta? Como pareces un omega, pensé que lo eras. Con razón no sentía feromonas."

"......."

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Le pareció una falta de respeto que le preguntara por su rasgo de esa forma tan directa. ¿Cómo se supone que se ve un omega? Quiso replicar, pero se tragó las palabras. Sentía los ojos secos y doloridos. Quizá su cerebro estaba sufriendo una sobrecarga por haber conocido a tanta gente hoy; le punzaba la cabeza. Y más aún por la mirada insistente que sentía clavada en su nuca.

"¿Cambiamos de sitio?"

"¿...?"

"Parece que te molesta la atención."

El hombre señaló hacia atrás. Parecía haberse dado cuenta de que las miradas de los invitados no se apartaban de Do-eon. Este soltó un pequeño suspiro. Quería un momento de respiro, aunque fuera breve. Asintió a regañadientes.

"Está bien..."

"Tú también háblame con confianza. Tenemos la misma edad."

"¿Eh? Ah... sí..."

Aunque se sentía más cómodo manteniendo las distancias, pensó que si se negaba, se ganaría otra mirada clavada en su nuca, así que aceptó.

El hombre miró a su alrededor, detuvo a un camarero y tomó dos copas de champán de una bandeja circular. Luego, empezó a subir al segundo piso, donde había menos gente.

Do-eon miró a su alrededor de forma consciente. Vio a la gente susurrando mientras miraban de reojo a su padre y a Yu-bin. Al igual que con él, observaban a Yu-bin con una mezcla de curiosidad y envidia.

El título de prometido de Seo Tae-oh era un bocado jugoso para los chismosos, y la presencia de Yu-bin actuando como el anfitrión en un evento así no hacía más que atraer más atención. Una atención que Yu-bin estaba disfrutando al máximo.

Do-eon apretó con fuerza la barandilla de la escalera para no resbalar mientras subía. Al llegar al segundo piso, el hombre le tendió una de las copas.

"Toma, bebe."

"No hace falta..."

"Bebe. Debes de tener sed."

Pensándolo bien, sentía la garganta reseca. Había estado agotado de tanto vigilar y estar en tensión. ¿Acaso este hombre había leído su estado por su expresión? Tragó saliva por su garganta agrietada y aceptó la copa. Al dar un sorbo, el gas estalló con un aroma dulce que bañó la punta de su lengua. Como no sabía mal, siguió bebiendo a pequeños sorbos.

"¿Está rico?"

"¿Eh? Ah... sí..."

"¿Dónde te sientes más cómodo? Me gustaría un lugar tranquilo."

"¿Un lugar tranquilo?"

"Sí. ¿Dónde está tu habitación? ¿Me la enseñas?"

Le resultaba incómodo dejar entrar a un extraño en su cuarto, pero era alguien que Yu-bin le había presentado. Aunque no le apetecía, no quería causar un escándalo, así que tras dudar un momento, decidió dejarlo pasar.

"... Está bien."

Al entrar y abrir la puerta, el hombre la cerró con un 'clic'. Do-eon se dio la vuelta al oír el sonido. Iba a sugerir que mejor dejaran la puerta abierta, pero se tragó las palabras al ver que el hombre cruzaba la habitación y se sentaba en su cama sin permiso.

"¿Tú también te sientas?"

Dijo el hombre, dando golpecitos con la palma en el espacio a su lado.

"Ah... estoy bien. Me quedaré de pie."

"Te van a doler las piernas."

"De verdad, estoy bien."

Sintió que el calor subía por su cuerpo. La copa de champán estaba casi vacía. Solo después de terminar el líquido amarillo hasta la última burbuja, se dio cuenta de que su nuca ardía. Haber bebido un vino espumoso con graduación tan rápido le estaba pasando factura.

"¿Tienes calor?"

"Ah, no..."

"Parece que sí."

Dijo el hombre mirando su rostro enrojecido. Do-eon negó con la cabeza, dejó la copa vacía sobre la mesita de noche y lanzó una pregunta por la que no sentía curiosidad alguna, solo para desviar la mirada clavada en su cara.

"¿Qué tal es... la universidad?"

"¿Quieres la versión honesta o la versión adornada?"

El hombre, de brazos cruzados, movía una pierna rítmicamente. Se veía como un matón de pacotilla y no daba buena impresión. Puestos a elegir, mejor la verdad. Do-eon, apoyado cerca de la puerta, respondió mientras miraba esa pierna inquieta:

"La honesta..."

"El abogado Jung me dijo que solo te contara cosas buenas, pero..."

Tras una risa ronca, el hombre bajó la voz como si fuera a contarle un secreto.

"Como parece que le caíste mal al abogado Jung, te diré la verdad. Nuestra universidad es el lugar donde las familias ricas mandan a sus hijos al exilio para que no causen problemas en Corea, pero tú no pareces un chico problemático."

"......."

"Es básicamente como vivir en un monasterio. Está en lo más profundo del campo estadounidense; el supermercado coreano más cercano está a más de una hora en coche y alrededor solo hay campos de maíz."

Un exilio. Realmente era un destierro. ¿Planeaban enviarme allí? ¿Sabría su padre sobre la ambición de Jung Yu-bin de echarlo para quedarse con la mansión? ¿Y si ya lo sabía y simplemente lo permitía?

De repente, un pitido agudo le perforó el oído. Ah, no. No puedo desmayarme aquí. Sus piernas flaquearon y la cabeza le dio vueltas. Sentía que el suelo y el techo se intercambiaban. El eje sobre el que estaba de pie se desmoronaba.

"Ah..."

Cuando Do-eon perdió el equilibrio y tambaleó, el hombre se levantó de un salto y lo sostuvo por los hombros. Sus feromonas golpearon su nariz. Sintió un asco tan profundo que le dieron ganas de vomitar.

"¿Qué pasa? ¿Estás mareado?"

Beber el champán tan rápido había sido el error. Había estado tenso recibiendo invitados, y ahora el alcohol mezclado con esas feromonas desagradables le revolvía el estómago. Sentía que las feromonas que el hombre emanaba a propósito se filtraban por donde hacían contacto. Con una sensación espeluznante, Do-eon retorció el hombro para zafarse.

"Déjame... estaré bien en un momento... ¿Puedes alejarte un poco...?"

"No pareces estar bien para nada. Ven aquí."

Pero el hombre ignoró sus palabras, tiró de sus hombros y lo arrastró hacia la cama. Debido al mareo insoportable y la visión borrosa, no tuvo más remedio que dejarse llevar.

Tras sentarlo a la fuerza en la cama, el hombre se sentó a su lado y lo miró fijamente de perfil. Su aliento caliente rozó su oreja. Era un aire abrasador que parecía quemarlo.

"Ya que he venido a Corea después de tanto tiempo, tendré que divertirme un poco."

"¡...!"

La mano del hombre acarició su muslo sin vacilar. Sintió como si una serpiente le apretara el cuerpo; todo su ser se quedó rígido. Era horrible. Antes de que se le cerrara la garganta, logró abrir sus labios entumecidos.

"No... no lo hagas..."

"Solo quiero que juguemos un poco, ¿por qué te pones así?"

"Es-espera..."

"Viniste conmigo porque a ti tampoco te disgustaba, ¿no?"

"Es-eso es porque eres un invitado del abogado..."

"¿No quieres ser mi amigo?"

Do-eon asintió levemente con la cabeza, como un conejo atrapado en un lazo. El hombre, mirando fijamente sus ojos empañados por las lágrimas, susurró como hechizado:

"Eres... realmente hermoso."

Tras terminar su breve inspección, el hombre acercó su rostro carnoso a las mejillas de Do-eon, que estaban encendidas por un rubor intenso, y estiró sus labios amoratados. Do-eon, aterrado, echó el torso hacia atrás, pero unas manos codiciosas le apresaron los hombros, inmovilizándolo por completo.

"Hueles muy bien. Para ser un beta, es extraño."

"¡Su-suéltame...!"

"Es-espera, solo una vez..."

El hombre tiró de Do-eon, quien sacudía la cabeza desesperadamente, e intentó besarlo a la fuerza. La visión de Do-eon se distorsionó y sintió que perdería el conocimiento. Un pitido peligroso seguía resonando en sus oídos mientras su cuerpo, como si estuviera envuelto en ataduras, no respondía.

"No, mgh, no quiero..."

"Quédate quieto de una vez."

Las lágrimas brotaron de sus ojos muy abiertos y rodaron por sus mejillas. La mano ansiosa del hombre acarició profundamente su muslo y se deslizó hasta la entrepierna. Sus piernas temblaban sin control. Esos ojos brillantes estaban ya tan cerca que casi se tocaban.

Que alguien, por favor.

Ayúdenme.

La puerta se abrió de par en par.

"¡Hijo de perra!"

En ese instante, Do-ha irrumpió como una exhalación soltando un insulto, agarró al hombre por la nuca y lo estampó contra el suelo. Sus ojos grises, fríos como el hielo, se clavaron un segundo en Do-eon. El joven se quedó paralizado, como si su sangre se hubiera congelado.

El hombre, aturdido y de rodillas, se sujetó la nuca y levantó la cabeza como un insecto pisoteado.

"¡¿Qué... qué pasa?! ¡Maldita sea! ¡¿Quién eres tú?!"

"Soy el hermano de Seo Do-eon, pedazo de escoria."

"¿Qué? ¿Her-hermano? ¡Ugh!"

Antes de que pudiera decir nada más, Do-ha echó el brazo atrás y descargó un puñetazo brutal en la cara del hombre. De inmediato lo agarró por las solapas y empezó a usar su rostro como si fuera un saco de boxeo; el sonido de la carne rasgándose resonó una y otra vez de forma espeluznante.

El hombre no pudo ni defenderse; su cabeza se sacudía de un lado a otro ante los golpes de Do-ha como un muñeco de tablero de coche. En poco tiempo, los nudillos de Do-ha estaban manchados de una sangre roja y espesa.

"¡...!"

El agresor solo emitía gemidos ahogados. Do-eon se mordió el labio para obligar a su cuerpo a reaccionar; tenía que detenerlo. Si no lo hacía, algo terrible pasaría. Con ambas manos, sujetó con fuerza el brazo ágil de Do-ha justo cuando este se preparaba para el golpe final.

"¡Ya basta... detente!"

"¿Hasta dónde te ha tocado este tipo?"

"......."

"¿No vas a responder?"

"Do-ha..."

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Su voz gélida le cortó el aliento. Ante su vacilación, Do-ha agarró con saña el cabello del hombre. "¡Aaagh!", gritó este mientras su mandíbula era obligada a subir.

"Mi hermano no responde. Responde tú."

"No... no lo toqué. Lo juro... es verdad."

El hombre soltó excusas patéticas usando un lenguaje formal por puro miedo. Do-ha soltó una risita incrédula.

"Acabo de ver con mis propios ojos cómo le manoseabas el muslo y le acercabas la cara. ¿Acaso estoy ciego?"

"¡Aaagh!"

Sin piedad, la mano de Do-ha retorció la muñeca del hombre hacia atrás. Se oyó un crujido seco; la muñeca, girada de forma antinatural, pareció dislocarse y quedó colgando, sin fuerza. Los ojos del hombre se abrieron tanto que parecía que se le iban a salir.

"¡Mi mano! ¡Duele! ¡Me duele!"

"¿Ah, te duele? Entonces no deberías haberte atrevido a tocar lo que es mío."

"¡Seo Do-ha!"

Esas palabras fueron como un jarro de agua fría para Do-eon. Pronunció su nombre con la esperanza de que se detuviera, pero Do-ha no parecía tener intención de parar; entornó los ojos y abrió sus labios con agudeza.

"¿Acaso te dejaste el cerebro en Estados Unidos porque tu familia te desechó? ¿Quieres que te arruine la vida con antecedentes penales? Si te expulsan de allá, ¿a dónde vas a ir?"

Do-ha tiró del cabello que tenía sujeto y el hombre sacudió la cabeza con el mentón hacia arriba. La sangre de su boca salpicó por todas partes, incluso algunas gotas mancharon el cuello de la camisa blanca de Do-eon. Era una escena difícil de presenciar.

"¡No, no! ¡Antecedentes no! ¡Lo siento! ¡Me equivoqué!"

El hombre, con los párpados hinchados como piedras, suplicaba jadeando. Do-eon quería llorar; sentía que todo esto era culpa suya. Se aferró al antebrazo de Do-ha y le rogó:

"Do-ha... por favor, basta... ya basta... déjalo ir..."

Ante el ruego lloroso, Do-ha cerró los ojos con fuerza como si estuviera reprimiendo algo. Al abrirlos, aún sujetando al hombre por el pelo, se arrodilló para quedar a su altura y susurró:

"Si lo has entendido, lárgate de aquí sin hacer ruido."

"¡Sí, sí!"

En cuanto Do-ha lo soltó, el hombre gateó hacia la puerta y giró el pomo como si fuera su última tabla de salvación. A través de la rendija llegó la música en directo del trío de jazz que habían contratado. Afortunadamente, el volumen era suficiente para camuflar el alboroto del segundo piso.

El hombre se puso en pie a duras penas y huyó despavorido. Do-ha observó la puerta por la que había desaparecido, frunció el ceño como si la música le molestara y cerró. La melodía que se filtraba era el famoso estándar de pop, Fly Me to the Moon.

A diferencia de la canción que alababa el amor, el aire en la habitación era gélido. Do-ha, que abría y cerraba su mano manchada de sangre con sus ojos grises como el hielo, murmuró como si fuera un suspiro:

"En cuanto te dejo solo, no pierdes el tiempo para intentar ofrecérselo a otro."

"¿Qué...?"

Se quedó sin palabras por la indignación. Sus pestañas húmedas temblaron violentamente. Hasta ese momento, Do-eon seguía sujetando con fuerza el antebrazo de Do-ha, el mismo que acababa de decir esas palabras tan crueles. Lentamente, sus manos perdieron la fuerza.

"¿También le pediste a él que te la metiera?"

Do-ha permaneció inmóvil, girando solo la cabeza hacia él. Su mirada, afilada como una cuchilla, se clavó en su corazón para destrozarlo.

"¡Eso... es un malentendido!"

Do-eon sacudió la cabeza con el rostro contraído. Todo era un error. Solo quería hablar. De verdad, solo quería hablar. Sus ojos, llenos de lágrimas, vagaban sin rumbo.

"Vi con mis propios ojos cómo estaban pegados en la cama, y dices que es un malentendido. Hermano, hasta un perro se reiría de eso."

"Es... es verdad. Solo quería que me contara sobre la universidad a la que él va. Pero de repente... yo lo rechacé... ¡le dije que no!"

Cada lugar que esas manos, como trampas para conejos, habían tocado le producía náuseas. Las feromonas punzantes, el aliento caliente... todo le resultaba odioso. ¿Cómo podría deshacer este malentendido? Las lágrimas inundaron sus ojos, nublando su visión.

"¿Que lo rechazaste?"

"¡Lo hice!"

"Si vas a rechazar a alguien, hazlo bien."

De repente, Do-ha le agarró la muñeca con tanta fuerza que se le marcaron los huesos del dorso de la mano. Sin darle tiempo a zafarse de ese agarre doloroso, lo empujó por los hombros y lo obligó a sentarse en la cama.

"¡¿Qué... qué haces?!"

Su cuerpo, forzado contra el colchón, rebotó ligeramente. Su cabello fino se agitó y las lágrimas cayeron de sus ojos desorbitados. Cuando Do-ha empujó su muslo firme como una roca entre las piernas abiertas de Do-eon, el torso de este cayó naturalmente hacia atrás.

"¡...!"

Al caer de espaldas, una enorme sombra se proyectó sobre su rostro. Do-ha, con los ojos cubiertos por un velo gris, lo miraba desde arriba. Sus pupilas ardientes parecían querer consumirlo.

"A ver, recházame a mí."

Ordenó con voz gélida. Do-eon ni siquiera podía imaginar qué pretendía hacer.

"¡No... no hagas esto!"

"¿Esto es tu rechazo?"

Una mano fría palpó su tren inferior y, sin vacilar, desabrochó el pantalón del traje de Do-eon. El sonido metálico del cierre le recorrió la espalda como un escalofrío. Al oír el chirrido de la cremallera bajando, Do-eon arqueó la cintura como un pez fuera del agua.

"¡Mgh! Es-espera, tú... ¡no lo hagas!"

"¿Crees que voy a entenderte si lloras bajito como un gato?"

Unos dedos largos y rectos se colaron por la abertura de la cremallera, sujetaron a la vez el calzoncillo y la pretina, y tiraron hacia abajo. Al quedar expuesta su intimidad pálida y encogida por el susto, su corazón empezó a latir con tal fuerza que sentía que se iba a asfixiar.

"¡No lo hagas! ¡No hagas esto!"

"Te he dicho que me rechaces con más ganas."

Do-ha terminó de quitarle los pantalones, que habían bajado hasta los tobillos, y los tiró a los pies de la cama. Al verse a sí mismo solo con los calcetines blancos puestos, su mandíbula empezó a temblar.

Toda la atención de Do-eon estaba puesta en el piso de abajo. Había decenas de personas allí. Invitados seleccionados cuidadosamente entre los conocidos de su padre. Esa gente caminaba por la casa. Podían descubrirlos. Y sobre todo... por nada del mundo su padre podía enterarse.

Las lágrimas resbalaron por sus sienes. No podía ver bien. A través de su visión borrosa, vio a Do-ha quitándole la chaqueta del traje como si fuera un estorbo.

Al ser despojado de esa protección, el frío de la habitación se filtró por su camisa. Luego, una mano grande rozó su cuello para desabotonar el primer ojal. No. Cerró sus manos temblorosas en puños y golpeó con todas sus fuerzas el hombro de un Do-ha concentrado en hurgar en su ropa.

"¡He dicho que no...! ¡Aquí... aquí no...!"

"Exacto, esto es un rechazo. Deberías haberle soltado un puñetazo así a ese imbécil antes."

"Eso... eso fue porque..."

Se sentía abrumado. No había sabido cómo rechazar al invitado del abogado sin ser grosero y se había quedado paralizado. Sentía que aquellas manos que lo habían tocado lo tenían encadenado. Le dolía que Do-ha lo culpara por todo lo ocurrido.

"¿O es que acaso interrumpí tu momento de diversión? Qué desconsiderado de mi parte, hermano. Cuando estabas por recibir a un nuevo dueño para tu trasero."

"¡Eres un desgraciado...! ¡Lár-lárgate...! ¡Vete de aquí...!"

Su pena estalló como un dique roto. Do-eon cerró los puños y golpeó repetidamente el hombro de Do-ha, que ni siquiera se inmutó. A pesar de los golpes desesperados, Do-ha no se apartó; solo lo miraba fijamente como si quisiera atravesarlo.

"Sigue haciéndolo."

"¡Maldito...! ¡Eres un maldito desgraciado...!"

"¿Es el único insulto que conoces?"

"Eres un... hics..."

Los puños que arremetían contra sus hombros perdieron toda fuerza y resbalaron con debilidad. Do-eon quería seguir golpeándolo, pero su cuerpo, ya maltrecho por el ajetreo previo y la reciente conmoción, estaba al límite de sus energías.

"¿Ya terminaste?"

"Lárgate..."

Jadeaba con dificultad, con sus hombros delgados subiendo y bajando espasmódicamente, mientras los muslos de hierro de Do-ha empujaban un nivel más arriba, obligando a su entrepierna a abrirse de par en par.

"¡Ah...!"

Sus glúteos y muslos quedaron alineados en una tensión extrema, y aquel orificio rosado que había permanecido apretado se abrió en una forma ovalada, succionando el aire exterior con una bocanada muda. Do-ha no apartó la vista de la abertura trémula mientras murmuraba con voz ronca:

"Hermano, te lo dije. Eres mi juguete sexual. Hueles tanto a mí que cualquier otro tipo saldría corriendo si intentara acercarse."

"Tú... ¡no, no puedes...! ¡Suéltame...!"

La sensación del aire frío entrando en su interior le produjo escalofríos, pero lo que le resultó más aterrador fue el sonido del metal de la cremallera de Do-ha bajando con una urgencia sedienta.

"¿Puedes olerlo? El aroma de mi hombría emana de ti, inundándolo todo."

Do-ha extrajo su pene ya erecto a través de la abertura del pantalón y, tras sujetarlo por la base, frotó lentamente el glande humedecido por el líquido preseminal contra la entrada del orificio, trazando círculos.

"Con un cuerpo así, ni sueñes con intentar vendérselo a otro."

"¡No! ¡Hay... hay gente abajo! ¡Ah...!"

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En cuanto esa carne firme y ardiente comenzó a masajear la entrada sensible, el orificio que antes se mostraba oscuro empezó a derramar un fluido transparente y abundante. Pronto, el área del perineo quedó empapada por el lubricante natural.

El glande, firme como una ciruela madura, empujó el fluido hacia el interior mientras el borde de la corona rozaba los pliegues delicados. El orificio reaccionó de inmediato, hinchándose y palpitando como la boca de un pez, preparándose para recibir la intrusión.

"¡Te he dicho que no...! ¡A-ahora... aquí no...! ¡Do-ha, por favor...!"

"Parece que siempre lo olvidas. Que eres mío."

Do-ha sujetó las corvas de Do-eon y las elevó hasta su propia cintura, mientras con la otra mano guiaba su pene para alinearlo con la entrada.

"¡No, ah...!"

Con un empuje decidido, el grueso glande se hundió en el pasaje posterior. Los pliegues rosados lo engulleron con un sonido húmedo y succionante. Fue una inserción tan profunda que Do-eon tuvo la extraña ilusión de que su bajo vientre se abultaba hacia afuera.

"¡Si lo... lo metes así de repente... ah...!"

Inconscientemente, bajó su mandíbula temblorosa para mirar hacia abajo. Do-ha, tras lamerse el labio inferior de forma fugaz, hundió el resto del pene, con sus venas marcadas, hasta la mitad de un solo golpe.

"Ah... hermano, por dentro estás tan caliente."

El haz de venas entrelazadas como raíces trituraba las paredes internas y rascaba los puntos más sensibles a su paso. La visión de Do-eon se nubló; todos sus nervios se concentraron en la mucosa que ahora albergaba aquel intruso.

El orificio, estirado al máximo para contener la base del pene, no dejaba espacio ni para un alfiler. La sensación de plenitud era tan asfixiante que no podía cerrar la boca. Sus ojos se perdieron en una mirada vacía, desenfocada, mientras su respiración se entrecortaba.

"Apenas te has tragado la mitad y ya pareces estar en otro mundo."

"¡Ah, no... no puede ser, ah...!"

Do-ha acarició la mejilla de Do-eon, quien jadeaba con la lengua fuera a pesar de que el acto apenas comenzaba, y tirando de ambos muslos a la vez, se hundió con un golpe seco hasta el fondo de su entrepierna. La cabeza del pene, excitada al máximo, se estrelló contra el cuello del útero, deformando la pequeña cavidad redonda.

"¡Aaahhh...!"

Fue como si un rayo cruzara su visión. Su entrecejo se contrajo con fuerza y las paredes internas espasmódicas se aferraron a la carne rugosa del pene con una adherencia pegajosa.

Do-ha observó con satisfacción el cuerpo delgado que convulsionaba intermitentemente, atravesado de parte a parte.

"Querría quedarme así todo el día."

Murmuró Do-ha, fascinado por la forma en que el orificio rosado rodeaba y se hundía siguiendo el contorno de su pene. Parecía un poste de hierro clavado en una carne tierna y delicada. Disfrutando de la imagen, recorrió con la mirada el punto de unión.

"Hics... no... para... sácame... ah..."

Do-eon, cuyos dedos no respondían como si estuviera ensartado por un arpón, apenas pudo mover los labios para suplicar.

"Si lo saco, te sentirás vacío. Lo sé muy bien."

"¡N-no es cierto! ¡Aaagh...!"

De repente, Do-ha se retiró casi por completo, dejando solo el glande dentro. La sensación de la corona rascando peligrosamente los pliegues finales le produjo un calofrío que le recorrió hasta la nuca. Se retiraba ensanchando y enganchando las paredes internas como un garfio. La mucosa roja, pegada al pene venoso, asomó ligeramente hacia afuera antes de quedar enganchada en la corona del glande. Do-eon se mordió el labio inferior, aguantando una picazón insoportable.

"Te estás volviendo loco porque se sale, ¿verdad?"

"Ah... no... no hagas eso... ahhh..."

Do-eon arrugó el puente de la nariz como si fuera a estallar en llanto. Su interior, donde el grueso glande había dejado su marca, seguía hundido y palpitante. Ese rincón marcado por el pene le picaba de una manera que lo volvía loco.

"¿Qué es lo que no debo hacer?"

"Hics... me pica... me pica ahí dentro... mgh..."

"¿Dónde?"

Sabía que no debía, pero no podía evitarlo. Una vez más. Solo deseaba que lo golpeara allí una vez más. Era un pensamiento demencial, pero incapaz de detenerlo. Con decenas de personas moviéndose por la casa en medio de la fiesta, él solo podía pensar en el punto exacto donde el pene lo había golpeado. Con lágrimas colgando de sus pestañas, no tuvo más remedio que confesar.

"A-adentro... no deja de..."

"Ah, ¿te pica por dentro? Qué problema. A mi hermano le pica tanto su interior... ¿qué quieres que haga por ti?"

Do-ha habló con un tono burlón y fluido, como si estuviera calmando a un niño pequeño. Ante esa voz, la angustia de Do-eon se desbordó y suplicó en voz baja y febril:

"Hics... tu... tu pene..."

"Dilo completo para que lo entienda."

Do-ha, fingiendo ignorancia, sujetó la base de su pene y empezó a rotar suavemente el glande contra los pliegues del esfínter, calcinando la paciencia de Do-eon. El orificio, que latía con codicia, se abría intentando engullir el glande, pero Do-ha solo lo introducía un poco para luego retirarlo y frotarlo contra los pliegues exteriores, llevándolo al borde del colapso mental.

"Ah... si sigues... haciendo eso... ¡ah...!"

El fluido fluyó desde la oscuridad profunda, empapando el glande. Desde el punto más superficial hasta el rincón más recóndito, sentía una picazón que lo obligó a suplicar como si vomitara las palabras.

"¡Ah! ¡Mételo... mételo dentro... mgh...!"

"¿Quieres que lo meta y golpee tu interior sin piedad?"

"Sí... sí... por favor... ah..."

"¿Quieres que me corra dentro hasta que te rebose y sientas el vientre hinchado?"

"Sí... sí... rápido... ah..."

Cualquier cosa estaba bien con tal de aliviar ese escozor. Incluso si Do-ha depositara huevos de reptil en su interior en lugar de simiente humana, no le importaría.

Rápido. Por favor.

En ese momento, la pelvis de Do-ha chocó con fuerza contra su perineo y el pene, duro como el acero, atravesó el pasaje para golpear con precisión el punto donde sentía la picazón. "¡Aaahhh!", su cuerpo delgado se estremeció como una ola. Su visión se volvió blanca y se sumergió en un vacío donde no se oía ningún sonido.

"¡Ah...! ¡Ahhh...!"

"¿Era aquí donde te picaba?"

"¡Hics! ¡Ah...!"

Sus pies, extendidos como un abanico, se encogieron de repente como flores marchitas. La sensación de plenitud llegó hasta su garganta, ahogando sus gemidos. Parecía que el fluido seminal podría refluir por su esófago en cualquier momento.

"¡Agh! ...Ahhh..."

Los muslos de Do-ha, que parecían esculpidos en arcilla, se tensaron al máximo. Sujetó firmemente las corvas de Do-eon y comenzó a embestir contra su entrepierna sin ninguna misericordia. Sobre el colchón, la pequeña cabeza de Do-eon rebotaba una y otra vez.

"¡Ah! ¡Sí! ¡Más! ¡Ahhh!"

"Uff, ahora que te doy lo que quieres, lloras de forma tan hermosa. Hermano."

Debido a la inserción violenta, su cuerpo sufría pequeños espasmos. Sus manos blancas, buscando algo a qué aferrarse para soportar la fuerza de ese cuerpo masivo, terminaron estrujando las sábanas.

"Ah... sí... demasiado... fuerte... ¡ah...!"

"Uff, si eres una completa basura que disfruta de la brutalidad."

El área del perineo, antes blanca como una flor, se tornó roja rápidamente por el impacto rítmico de los testículos de Do-ha. Su pene pequeño y rosado, que había permanecido inactivo, se hinchó y comenzó a balancearse en círculos con cada embestida.

El pene venoso rascaba las paredes internas ablandadas, hundiéndose más y más, hurgando en las curvas más profundas. "¡Ah!", sus ojos, nublados por el placer, se abrieron de par en par.

Más, más, más adentro.

Do-ha, observando atentamente cómo se fruncía su entrecejo, elevó su cintura y descargó golpes secos; su pene, erguido a noventa grados, desgarraba los rincones del útero. Se sentía como si su cuerpo se partiera en dos. Era una inserción tan profunda que le quemaba los ojos.

"¡Ahhh! ¡Ahí... me gusta... ahí...!"

"¿Sí? ¿Te gusta aquí?"

"¡Ah... sí... me gusta... ah...!"

"¿Quieres que me anude aquí dentro?"

"¡No... el nudo no... ah... no quiero...!"

Ante la mención del nudo, Do-eon sacudió la cabeza con violencia y retorció su cuerpo. Sin embargo, su anatomía, ensartada por el pene, solo lograba que su carne suave ondulara sin poder escapar.

"No he tomado los supresores de mi celo. Uff, porque quería anudarme dentro de ti."

Con un brillo grisáceo en sus ojos, Do-ha elevó su cintura y, sujetando las corvas de Do-eon, se dejó caer con fuerza contra su entrepierna, castigando el interior. Los golpes repetidos con el grueso glande estaban dejando el útero tan blando que parecía que se formaría un hueco permanente. Sentía que se rompería en cualquier momento.

"¡Ah! Si sigues... así... me vas a... romper... ¡ah! ¡Sí!"

A pesar del miedo a que su cuerpo se quebrara, un placer eléctrico que le dejaba la mente en blanco se extendió por todo su ser. El calor se concentró en la punta de su pequeño pene y comenzó a eyacular chorros de semen.

"¡Ah! ¡Ya sale... ah...!"

Al ver el líquido blanco brotando, Do-ha aceleró sus movimientos a una velocidad incomparable. Los golpes rítmicos, el placer explosivo de la eyaculación y la sensación de ser triturado por dentro se solaparon; Do-eon giró los ojos hacia atrás y, con la lengua fuera, empezó a jadear buscando aire.

"¡Ah! ¡No... no puede ser... hics...!"

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Do-ha no detuvo el violento movimiento de su cintura hasta extraer la última gota del pene de Do-eon, machacando sus paredes internas sin piedad. Do-eon sollozaba y jadeaba ante tal sensación. Mientras su interior se contraía violentamente por la eyaculación, el pene de Do-ha, como un mazo en un mortero, trituraba la carne persistente que se adhería a él como si fuera masa de arroz pegajosa. Con las venas de las sienes marcadas por la intensidad de la succión, Do-ha soltó un aliento bajo y lánguido.

'Ah, siento que se me va a romper. Deja de masticarlo así.'

Do-eon sentía en su propio ser cómo su interior se contraía y relajaba rítmicamente, mordiendo el pene. El placer de la eyaculación era explosivo, pero esa fricción similar al curtido, que parecía arrancar una capa interna tras otra, le hacía sentir que sus entrañas se estaban ablandando por completo.

"¡Hics! ¡Ba-basta, por favor, hics, ah...!"

Sobre su ombligo hundido, el semen derramado formaba un rastro de gotas de color lechoso. Sentir el regusto del placer era un lujo. Do-ha, que golpeaba violentamente su entrepierna contra el perineo de Do-eon, soltó un gemido bajo, se inclinó y levantó en alto ambos glúteos de su hermano.

"¡Ag-ah...!"

El cuerpo de Do-eon se dobló en un ángulo de noventa grados, dejando a la vista de forma cruda el punto donde el pene estaba estacado. Los ojos de Do-eon se agrandaron por la sorpresa.

'Uff, mira cómo te tragaste mi pene.'

Ploc, ploc. El pene, que golpeaba verticalmente, empujaba sus entrañas hacia arriba, ocupando finalmente todo su vientre. Aunque era un pene monstruoso, las paredes internas que habían engullido esa enorme masa de carne succionaban aún más profundo, suplicando sedientas de placer. Las lágrimas caían sin cesar por sus sienes y sus manos, que estrujaban las sábanas, estaban tan tensas que la sangre comenzaba a filtrarse por las uñas.

Suck, suck. Cada vez que ese pene parecido a un taladro entraba y salía del tierno orificio, sus glúteos, que parecían estar a punto de partirse a la mitad, sufrían espasmos. Su trasero, pálido como si no le quedara sangre, temblaba lastimosamente formando hoyuelos profundos cada vez que esa enorme masa oscura excavaba el centro. Sus pies, extendidos en el aire, estaban rojos y contraídos por la tensión.

"¡Ahhh! ¡Des-despacio, ah, no puede ser, ah, ah!"

Do-eon se vio obligado a presenciar, con ojos horrorizados, cómo el pene desenterraba su interior sin misericordia. La imagen de la mucosa roja siendo arrastrada hacia afuera antes de volver a pegarse era tan nítida que le recorría un escalofrío por la espalda. A este paso, estaba seguro de que su parte inferior quedaría tan dañada que dejaría de funcionar.

"¡Hics! ¡Me voy a romper! ¡Se va a romper todo! ¡Hics, ah...!"

'No me importa si te rompes. Uff, solo lo voy a usar yo.'

Esa masa de carne, que parecía la mitad del tamaño de su propio glúteo, permanecía clavada mientras hurgaba en su interior. Con cada embestida que lo extraía desde la raíz para luego hundirlo profundamente, sentía que su centro no solo estaba siendo excavado, sino atravesado. El fluido lubricante, acumulado como espuma en la base del pene, salpicaba por todas partes cada vez que este entraba con un golpe seco. El pecho de Do-eon brillaba, empapado por el semen que él mismo había expulsado y por los fluidos que saltaban desde su orificio.

Fue entonces.

"¡Es-espera un momento, ah, espera... ah...!"

El pene que machacaba el útero comenzó a abrirse paso y a clavarse justo allí. Al sentir que su centro era ensanchado a la fuerza, su frente empapada en sudor frío se contrajo.

"¡Ah! ¡Tú... qué... qué haces... no, no puede ser... ah...!"

'Uff, ya que estamos en esto... voy a terminar de destrozarte el interior.'

El grueso glande que había forzado la entrada del útero empezó a hincharse hasta alcanzar el tamaño de un puño. Era el anudamiento. Sintió que su cuerpo se desmoronaba ante esa extraña sensación de expansión profunda. Sus dedos y pies se encogían y extendían involuntariamente, y su visión ardía en un rojo intenso.

"¡Aaaah, ah, no puede ser...!"

Do-eon aulló ante la sensación espeluznante que trepaba por su columna. Sus ojos, llenos de lágrimas transparentes, se abrieron al máximo; el volumen del pene clavado profundamente para sellar su interior creció tanto que parecía que sus entrañas iban a estallar, presionando su propio corazón. Su bajo vientre se abultó debido a los órganos desplazados y no mostraba signos de descender.

"¡Hics, ah, no quiero... ah...!"

El útero, con el pene clavado hasta el límite, estaba ocupado en más de la mitad por esa carne; Do-eon no tuvo más remedio que echar la cabeza hacia atrás y poner los ojos en blanco. No podía ver nada. En medio de esa presión que le impedía incluso respirar, Do-ha se derrumbó sobre él, abrazándolo con fuerza.

'Uff, hermano...'

"¡Ah... aaahhh...!"

Con un sonido húmedo y tenso, el útero expandido al límite por el pene hinchado pareció estirarse hasta el punto de ruptura. Los muslos de Do-ha, duros como rocas, se estremecieron y una ráfaga de simiente salió disparada desde la punta del glande palpitante.

Sintió que todo su cuerpo se empapaba ante la sensación del útero llenándose de semen. Con la sensación de estar hundiéndose por completo sin poder respirar, Do-eon extendió sus brazos y se aferró desesperadamente al cuello de Do-ha.

"Uff..."

"Ah... ah..."

Sus corazones estaban pegados, sintiendo el calor de sus pulsaciones latiendo al unísono. Ah... Do-eon frotó su frente empapada de sudor frío contra el cuello de Do-ha, de donde emanaban feromonas frescas, intentando sacudirse la sensación del cauce que seguía llenándose.

Los brazos firmes de Do-ha lo rodeaban como si lo mantuvieran prisionero, mientras elevaba su cintura lentamente para vaciar hasta la última gota. El pene que había desgarrado la entrada del útero permanecía clavado como un garfio, sin perder su volumen. Fue una eyaculación aterradoramente persistente.

Su conciencia comenzó a desvanecerse. En ese momento, no le importaba la fiesta ni los invitados; solo quería perder el sentido y quedarse dormido allí mismo. Su conciencia se alejaba como la marea.

Hasta que escuchó una voz fría como un iceberg que sacudió su mente.

"¿Qué creen que están haciendo?"

Hasta que escuchó esa voz, gélida como un bloque de hielo a la deriva, que sacudió su mente.

* * *

La fiesta había terminado. Oficialmente, se anunció que concluiría temprano debido a un malestar en la salud de Tae-oh, pero la realidad era muy distinta. El evento finalizó con la imagen de los invitados marchándose desconcertados ante la repentina petición de retirada.

El bullicio de la casa dio paso a un silencio sepulcral, solo interrumpido por el pesado suspiro de Tae-oh que llenaba la habitación. Jung Tae-seok, tras despedir al último invitado, entró en el cuarto de Do-eon y se inclinó con una reverencia formal.

"Ya se han ido todos."

"Bien."

Tae-oh estaba sentado en la silla de roble de su escritorio con las piernas cruzadas, observando con frialdad a sus dos hijos, que permanecían arrodillados ante él. Sus ojos, desprovistos de emoción, no daban pista alguna sobre lo que cruzaba por su mente.

Do-eon preferiría que le gritara, que estallara en cólera. Mientras observaba a su padre de reojo con los ojos empañados, el silencio le resultaba más aterrador que cualquier reproche. Tragó saliva con dificultad por su garganta seca por la tensión y desvió la mirada hacia Do-ha. Este, por el contrario, observaba a su padre con fervor, con ojos brillantes, como si estuviera ante la presencia del dios en el que creía ciegamente.

"Papá, amo a mi hermano mayor. Me iré a vivir con él, los dos solos. Si tan solo me das tu permiso...."

"Seo Do-ha, cierra la boca."

"......."

Ante el tajante grito de su padre, Do-ha apretó los labios. Do-eon sentía que estaba sentado sobre agujas. Tae-oh clavó su mirada en los ojos marrones de Do-eon, que vacilaban sin rumbo.

"......."

Do-eon bajó la vista, incapaz de sostener ese contacto visual penetrante. Sujetó su mano temblorosa con la otra y se mordió el labio con fuerza. Se los presionó tanto que el sabor metálico de la sangre inundó su boca. Cada segundo se sentía como una eternidad. Deseaba que su padre dijera algo; estuvo a punto de gatear hacia él para suplicar aferrado a sus tobillos. Tae-oh arqueó una ceja y soltó un suspiro.

"¿Cómo se supone que debo interpretar esto?"

"Lo... lo siento mucho, pa-papá...."

Do-eon agachó la cabeza hasta que su frente casi tocó sus rodillas, pidiendo perdón como un criminal. Las lágrimas caían de sus grandes ojos, empapando sus muslos.

"¿Dices que amas a tu hermano mayor? ¿Es eso algo que se dice frente a tu padre? Do-eon, habla tú."

"Yo... yo...."

Do-eon estaba tan desconcertado como su padre ante la declaración bomba de Do-ha. ¿Do-ha lo amaba? ¿Por qué? Hasta ahora, sus actos no habían sido más que una descarga retorcida de burla y chantaje. ¿Y ahora decía que lo amaba? ¿Y frente a papá? Al verlo incapaz de articular palabra, Tae-oh endureció el gesto.

"Mis dos hijos... frente a mis ojos. Cómo se atreven."

La mirada cargada de asco, como si estuviera viendo insectos, hizo que el corazón de Do-eon se desgarrara.

"No son más que bestias."

Tras sentenciarlos como algo inferior a los animales, Tae-oh hizo una seña a Jung Tae-seok, que permanecía de pie como una sombra a su lado. Este caminó rápidamente para abrir la puerta. Tae-oh se levantó y miró a sus hijos con desprecio.

"Esperen aquí pacíficamente su castigo."

"Pa-papá...."

¿Castigo? Su cuerpo temblaba sin control y sus pensamientos se enredaban. Si esto salía a la luz, ¿qué sería de él? ¿Y de la mansión? La imagen de esa universidad aislada en el folleto de Jung Yu-bin apareció automáticamente en su mente. ¿Acaso le arrebatarían la mansión y lo arrojarían a ese campo remoto de Estados Unidos, a una vida de encierro de la que no podría escapar sin un coche?

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¿Por qué? ¿Por qué él? Él no había hecho nada malo. Todo era culpa de Seo Do-ha. El dardo del resentimiento apuntó hacia su hermano. Si Do-ha no lo hubiera tocado hoy, su padre nunca se habría enterado. ¿Por qué lo buscó a él, teniendo incluso una prometida? Si tan solo hubieran pasado el día de hoy sin incidentes, todos habrían vuelto a sus lugares tras la fiesta. Su plan se había arruinado por culpa de Seo Do-ha. Todo era su culpa.

"¡Pa-papá...!"

"¿......?"

Do-eon gateó y se aferró con fuerza al tobillo de Tae-oh cuando este se disponía a salir. Tae-oh frunció el ceño con una expresión de asco, como si algo sucio hubiera manchado su pantalón. Pero no le importó; era su última oportunidad. Do-eon rompió a llorar con las mejillas temblando.

"¿Qué quieres?"

"¡Pa-papá, fui violado! Do-ha me forzó... yo le dije que no quería, pero él... ¡mi cuerpo...! ¡Es verdad! ¡Do-ha me violó!"

"¿Violación?"

Tae-oh frunció el ceño profundamente y se giró hacia Do-ha. Este, que hace un momento desbordaba seguridad, ahora observaba en silencio a Do-eon con el rostro vacío.

"¿Desde cuándo?"

"¡Desde que te fuiste de viaje de negocios!"

Tae-oh entornó los ojos, como repasando mentalmente el tiempo que estuvo ausente.

"¿Es eso cierto?"

"¡Sí, sí! ¡Es verdad! ¡Yo no quería! No amo a Do-ha. ¡Papá, ayúdame! ¡Por favor... sálvame!"

Las palabras salían de su boca como un vómito entre llantos. Al principio... lo odió. No lo deseaba. Fue una relación forzada y él había dicho que no quería. No estaba mintiendo. No era... una mentira.

Tae-oh, tras escuchar en silencio, dirigió su mirada hacia Do-ha.

"Seo Do-ha, ¿es cierto lo que dice tu hermano mayor?"

"......."

"¿Por qué no respondes? Di algo. Hace un momento hablabas muy bien sobre irte a vivir con él."

Do-ha no dijo nada. Se limitó a observar con futilidad a Do-eon, que permanecía encogido como un bicho a los pies de su padre.

Do-eon vio a Do-ha arrodillado como una estatua de piedra entre las botas de su padre. Sus ojos empañados se encontraron con las pupilas grises y hundidas de su hermano. Esa mirada parecía preguntarle por qué le hacía esto. Tú también lo sabes. Admite que me forzaste desde el principio. ¡Te odié! ¡Desde el principio me caíste mal! Debía olvidar que se había abierto al placer de forma frenética. Para sobrevivir, era natural buscar su propia salvación. Cualquiera lo haría. Cualquiera.

"¿Guardas silencio? Cuanto más calles, más te perjudica."

"......."

"Si no te defiendes, creeré que es verdad."

Do-ha mantuvo los labios sellados, limitándose a observar a Do-eon con una calma inquietante. Do-eon evitó su mirada y bajó la cabeza hasta que su frente tocó las botas de su padre. Prefería no ver. No quería ver nada. Solo quería huir de la realidad.

"Bien. Lo manejaré a mi manera."

Tae-oh hizo un gesto con la mano a Jung Tae-seok. Este caminó hacia Do-ha, lo sujetó por los hombros y lo obligó a levantarse. Su figura alta y tambaleante se veía especialmente vulnerable.

"Llévatelo."

Do-ha, apresado por Jung Tae-seok, salió de la habitación sin oponer resistencia. Do-eon levantó ligeramente la cabeza para mirar en la dirección por la que se marchaban. En ese instante, Do-ha giró la cabeza y sus miradas se cruzaron.

"¡......!"

Sus ojos grises, de matices ambiguos, estaban inyectados en sangre. Do-eon sintió un escalofrío en las corvas. Bajó la vista fingiendo no haber visto nada, y le pareció escuchar una risa breve y amarga. Esa risa tenue parecía una burla hacia él. El estigma de ser un traidor.

Quería decir que tenía la conciencia tranquila. No soy un traidor. Por tu culpa conocí un placer que no debería haber conocido, y ante el peligro lo olvidé todo. No podía seguir así. Debía ignorar el dolor punzante en su corazón, como si se estuviera rompiendo en mil pedazos.

Ahora solo quedaban él y su padre en la habitación. El aire seco le oprimía la garganta. Intentó tragar saliva, pero la sensación de asfixia persistía. Gracias a que estaba cubierto por las feromonas de Do-ha, su secreto de ser un omega recesivo no había sido descubierto, pero sí había salido a la luz su relación anormal con Do-ha, una mancha que deseaba ocultar con la misma intensidad.

Do-eon apretó con más fuerza el dobladillo del pantalón de su padre. Temía que Tae-oh lo apartara de una patada como si fuera algo sucio. Su padre odiaba que los de la misma sangre se involucraran así. ¿Acaso él también sería despreciado? No podía permitir que su padre lo odiara....

"Seo Do-eon."

Una voz cálida, ya libre de frialdad, lo llamó. Al levantar sus ojos llenos de lágrimas, vio que Tae-oh se agachaba y lo levantaba con cuidado, sujetándolo por los brazos.

"Do-eon... debió ser muy difícil para ti, sin poder decir nada."

"Ah, pa-papá...."

"Ahora que estoy aquí, puedes estar tranquilo."

Do-eon miró a su padre con rostro incrédulo. ¿Acaso había sido perdonado? Al encontrarse con los ojos cálidos de Tae-oh, que parecían contener mil luces, rompió a llorar por la angustia acumulada.

Se apoyó en su hombro y lloró con respiración agitada. No le importaba si eran lágrimas de cocodrilo; en ese momento, se sentía perdonado. Esperaba que las innumerables noches de pasión con Do-ha, ese pecado, se lavaran aunque fuera un poco. Sobre todo, sentía el alivio de no haber sido rechazado por su padre. Tae-oh lo rodeó con sus hombros y acarició su espalda con ternura.

"Shhh, papá ya está aquí. Deja de llorar."

"Hics, pa-papá...."

Las lágrimas no cesaron hasta que el hombro de su padre estuvo empapado. Do-eon frotó su cabello claro contra el pecho ancho de su padre, hundiéndose más en su abrazo. Una sensación de letargo lo invadió ante el contacto de esos dedos firmes acariciando su pelo. La tensión comenzó a disiparse.

Ah, he sobrevivido.

* * *

La disposición de Tae-oh fue rápida. El destino de Do-ha se fijó en la escuela de idiomas adscrita a la Universidad Global Shane. Era más que evidente que la influencia de Jung Yu-bin había intervenido en la elección de la institución. Bajo el pretexto de un apretado calendario académico, se decidió la partida de Do-ha en menos de una semana.

Durante ese tiempo, los dos vivieron como si estuvieran aislados en sus respectivas habitaciones. Frente a la puerta de Do-eon, Jung Tae-seok montaba guardia constantemente, mientras que la puerta de Do-ha permanecía firmemente cerrada y nunca se abría.

El día que Do-ha se marchó, llovía. La vieja casa de madera absorbió la humedad y sus colores se hundieron en una saturación más baja de lo habitual. Escuchando el sonido de la lluvia golpeando el techo, Do-eon se mordía las uñas con ansiedad dentro de su habitación en el segundo piso.

"Llama cuando llegues."

A través de la ventana, se veía a Jung Tae-seok, que llevaba un sencillo bolso de lona, y a Do-ha saliendo por la entrada principal. Do-ha, con una gorra de béisbol calada hasta los ojos, hizo una breve inclinación ante su padre y, sin demora, le dio la espalda.

Do-eon merodeaba inquieto junto a la ventana, temiendo que él mirara hacia atrás, pero Do-ha caminó a través del jardín sin voltear ni una sola vez. Do-eon no podía apartar la vista de esa espalda que se alejaba.