4. Hipnobatia (2)
A
finales de junio, tras el cese de un chaparrón caprichoso y justo antes de que
el verano se instalara definitivamente, llegó una brisa fresca que trajo
consigo el día de la fiesta de bienvenida de Yu-bin.
"¿Está
todo listo con el catering?"
"Sí.
Tal como solicitó, hemos invitado a un chef de renombre para que puedan
disfrutar de una cena de pasos preparada al momento."
"Perfecto.
Perfecto. Solo asegúrese de que el sazón no sea demasiado fuerte."
"Se
lo comunicaré al chef."
El
organizador de la fiesta no había tenido un segundo de descanso atendiendo las
exigencias de Yu-bin hasta el mismo día del evento.
"Me
preocupaba que la sala fuera algo sencilla, pero con las luces ha quedado
bastante aceptable."
"Aprovechando
la altura del techo, hemos instalado más de cincuenta mil pequeñas luces de
estrella."
Las
pequeñas luces que caían del techo brillaban de forma fantástica, como una
luminaria. Do-eon, de pie en el segundo piso, sintió que sus ojos se
deslumbraban ante la ilusión de miles de luciérnagas flotando en el aire.
Bajo
el techo adornado de luces, se habían dispuesto unas cincuenta sillas con lazos
de raso violeta alrededor de mesas circulares cubiertas con manteles del mismo
tono, una estética propia de un salón de bodas.
El
sofá reclinable que solía recibir la luz del sol en un rincón de la sala había
sido relegado a un depósito hacía tiempo. Do-eon aún no se acostumbraba a ver
cómo el interior de la casa se transformaba según los caprichos de Yu-bin.
"Ya
casi es hora de que lleguen los invitados."
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Yu-bin
no ocultaba su emoción mientras consultaba su reloj de pulsera. Do-eon, que
contemplaba distraído el atardecer anaranjado a través del ventanal arqueado
del segundo piso, planeaba refugiarse en su habitación antes de que comenzara
el alboroto.
"¡Joven
maestro Do-eon!"
"...
¿Sí?"
Yu-bin
lo miraba desde abajo con ojos brillantes. Do-eon intentó reprimir la inquietud
que lo invadió, pero, como era de esperar, el otro soltó una petición difícil
de cumplir.
"¡Los
invitados llegarán esta noche, recíbalos conmigo!"
"¿Con...
conmigo?"
"También
es su fiesta de debut en sociedad, así que sería bueno que se presentara y
causara una buena impresión, ¿verdad?"
"Yo
estoy bien así..."
"El
presidente también tiene expectativas puestas en esto, ¿va a ser tan
desconsiderado?"
Aquel
que pudiera rechazar a un Yu-bin que hacía pucheros con voz mimada debía tener
el corazón de piedra o ser incapaz de ver lo que tenía delante. Do-eon,
abrumado por la presencia de aquel rostro tan llamativo, no tuvo más remedio
que bajar. Yu-bin observó con una mirada crítica cómo descendía pesadamente.
"Pero..."
"......?"
"¿Es
esa la única ropa que tiene?"
¿Qué
tiene de malo mi ropa? Do-eon bajó la mirada para revisarse. Como Do-ha había
dejado marcas por todo su cuerpo, se había puesto un suéter negro de cuello
alto y pantalones de algodón del mismo color. Estaba tan cubierto que
cualquiera creería que acababa de regresar de un funeral.
"Sí..."
Al
verlo asentar, Yu-bin se llevó una mano a la nuca y soltó un profundo suspiro.
"Esto
no puede ser. Joven maestro, venga por aquí."
"...
¿Eh?"
Yu-bin
lo tomó de la muñeca con una fuerza sorprendente y lo arrastró. El lugar al que
fue llevado sin entender la razón era la habitación de invitados del primer
piso, donde se alojaban Yu-bin y Tae-oh. En cuanto abrió la puerta, un aroma a
madera fresca mezclado con daphne golpeó sus fosas nasales.
Esa
mezcla de feromonas estimulaba los instintos. Do-eon nunca lo había pensado
antes, pero quizá debido a Do-ha, estaba empezando a despertar a un mundo que
no debería conocer. Sintió calor en la nuca, como si hubiera espiado una escena
de intimidad entre ambos.
Yu-bin
dejó a Do-eon de pie en un rincón y rebuscó en el armario hasta sacar una funda
de traje negra.
"Fue
un regalo, pero me queda pequeño. Creo que a usted le quedará perfecto. ¿Quiere
probárselo?"
"No...
no es necesario..."
"No
sea así y pruébeselo."
Nuevamente
fue arrastrado por esa fuerza incontestable. Yu-bin abrió la funda y sacó un
traje azul marino con un sutil patrón de cuadros pequeños. Le entregó la percha
sin darle opción a réplica.
"Póngaselo."
"¿A-aquí
mismo?"
"Sí.
Somos hombres, ¿qué importancia tiene?"
Do-eon
se quedó sin palabras ante la seguridad de su respuesta. No podía rechazarlo en
su cara mientras le sonreía, aunque tanta amabilidad no le resultara del todo
grata. Tampoco podía desnudarse frente a él. Tras tragar saliva un par de
veces, logró hablar.
"Si...
si sale un momento, me lo pondré..."
"Qué
tímido es. Está bien, saldré."
Solo
después de confirmar que la puerta se había cerrado con un golpe seco, extendió
el traje. Soltó un largo suspiro. Nunca había usado algo así, por lo que se
sentía perdido. ¿Qué debía ponerse primero? Supuso que la camisa blanca. Se
quitó la ropa y se puso la camisa. Aunque le quedaba un poco holgada, pensó que
bastaría con doblar las mangas.
Se
puso los pantalones con torpeza; la tela se sentía fría contra sus piernas
delgadas. Al colocarse la chaqueta sobre la camisa y verse en el espejo del
armario, una imagen desconocida le devolvió la mirada. ¿Estaría bien así? Se
sentía incómodo y trataba de acomodar los puños cuando, de repente, la puerta
se abrió.
"¡Sabía
que le quedaría justo a su medida, joven maestro! ¡La ropa hace al hombre! ¡Le
queda de maravilla!"
Yu-bin
se acercó entusiasmado y comenzó a inspeccionar su cuerpo de arriba abajo. El
calor subió al rostro de Do-eon por la mirada tan abrumadora. No sabía si los
elogios exagerados eran sinceros o una burla.
"Realmente
estoy bien... ¿podría volver a ponerme mi ropa original?"
"Ni
se le ocurra recibir a los invitados con esas prendas tan lúgubres."
La
respuesta tajante lo dejó sin palabras. Yu-bin, que hoy resultaba especialmente
agobiante, se paró muy cerca para examinar su rostro con detenimiento. Mientras
Do-eon tragaba saliva por la tensión, Yu-bin murmuró para sí mismo en voz baja.
"Es
la primera vez que veo a un beta con facciones como las suyas."
Los
betas no seguían un estándar específico, así que era normal que cada uno
tuviera rasgos diferentes. Mientras Do-eon buscaba qué decir, Yu-bin acercó su
rostro hasta casi rozarlo. Sus feromonas se filtraron profundamente en su
nariz.
"¡¿Qué...
qué hace?!"
Sorprendido,
retrocedió un paso, pero Yu-bin solo sonrió curvando los labios.
"Con
su apariencia, aunque sea un beta, no tendría problemas para seducir incluso a
un alfa dominante."
"......!"
¿Acaso
Yu-bin, con su agudeza, había percibido algo? Sería difícil que notara el olor
de un omega recesivo estando cubierto por las feromonas de Do-ha. Aun así,
Do-eon no pudo relajarse y mantuvo sus nervios en tensión.
"...
No diga esas cosas."
¿Se
estaba burlando de él? Al intentar ocultar su desconcierto, Yu-bin ensanchó su
sonrisa.
"No
se asuste tanto, joven maestro. Se lo digo por su propio bien."
"......."
Fingiendo
que se preocupaba por él, Yu-bin cambió de tema como si nada. Pero en un
descuido, su mano volvió a sujetar con fuerza la muñeca de Do-eon y lo arrastró
fuera de la habitación.
"¡Abogado!
¡¿Qué hace?!"
"Es
que me parece un desperdicio verlo yo solo."
"¡Es-espere,
suélteme!"
Era
tan fuerte que Do-eon fue arrastrado sin poder hacer nada. Al llegar a la sala,
vio a su padre, quien estaba recibiendo un informe de Jung Tae-seok. Yu-bin
sonrió de par en par.
"Presidente,
mire esto."
"......?"
"El
joven maestro Do-eon. Solo cambió de ropa y su aura ha cambiado por completo,
¿verdad?"
Do-eon
deseaba que la tierra se lo tragara. Detestaba ser el centro de atención.
Sentía una punzada en la sien y se presionó los ojos con la palma de la mano.
Sin embargo, Yu-bin lo rodeó por los hombros con orgullo.
"Para
una fiesta hay que vestirse así. ¿No le parece, presidente?"
Tae-oh,
quien escuchaba el reporte de Jung Tae-seok con frialdad, hizo un gesto para
despacharlo y dirigió su mirada hacia Do-eon. Su expresión inmutable se suavizó
en una ligera curva. Se cruzó de brazos y recorrió el cuerpo del joven de
arriba abajo. Ante esa mirada que parecía desmenuzarlo, la nuca de Do-eon
comenzó a arder.
"Te
queda bien."
Do-eon
no sabía dónde esconder la mirada. Sus pupilas vagaban errantes de un lado a
otro. ¿Por qué estaba tan nervioso? Deseaba que su padre apartara la vista
pronto.
"Es
gracias a mi buen ojo, presidente. ¿Lo hice bien? Debería elogiarme."
"Sí.
Buen trabajo."
Solo
tras recibir el cumplido de Tae-oh, Do-eon pudo liberarse del brazo de Yu-bin,
que lo sujetaba como un gancho. Se frotó el hombro, sintiendo como si las
feromonas del abogado se hubieran quedado pegadas en la zona donde habían
tenido contacto.
"¿Por
qué tanto alboroto?"
En
ese momento, Do-ha salió de su habitación y se acercó al ver a los tres
reunidos en la sala. Yu-bin, siempre ansioso por ser el centro de atención, no
perdió la oportunidad de presumir su obra ante él.
"¡Joven
maestro Do-ha! Mire al joven maestro Do-eon. ¡A que se ve increíble!"
"......."
Do-ha
escaneó a Do-eon de un vistazo y frunció el ceño, mostrando un desagrado
evidente. ¿Por qué tenías esa cara de molestia más que él?
"No
le queda bien."
Habló
con un tono desapasionado. Fue una respuesta tan gélida que incluso Yu-bin se
sintió avergonzado. Do-eon no esperaba una reacción especial, pero aun así se
sentía apenado.
"¿Está
bromeando, verdad? ¡Si hasta el presidente dijo que le quedaba de maravilla!"
"Parece
que ambos tienen problemas de vista."
"¡Vaya!
Mi vista está perfectamente, ¿sabe? ¡Mis ojos nunca fallan!"
Ante
las quejas de Yu-bin, Do-ha arrugó una mejilla y cerró un ojo como si el ruido
le molestara. Como si quisiera demostrar que Do-ha estaba equivocado, Yu-bin
agarró con firmeza la muñeca de Do-eon, que intentaba escabullirse, y lo plantó
justo frente al menor.
"Mírelo.
Qué guapo está. Con un poco de arreglo en el cabello quedará perfecto. ¡Con
este aspecto, hoy seguro que encuentra pareja!"
"Cuidado,
abogado, no sea que el que termine fuera sea usted."
"¿Perdón?
¿Qué ha dicho?"
Do-ha
ignoró a Yu-bin, quien parpadeaba rápido con los labios fruncidos, y se alejó
tranquilamente hacia la cocina. La provocación de Do-ha solo sirvió para encender
el espíritu competitivo de Yu-bin. Este sujetó el brazo de Do-eon con fuerza y,
con sus ojos de doble párpado bien abiertos, sentenció:
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"Yo,
hoy, sin falta, haré que el joven maestro Do-eon consiga pareja."
"E-estoy
bien así..."
Frente
a esa mirada feroz, Do-eon se sintió como un conejo atrapado en una trampa. Al
final, fue arrastrado de nuevo a la habitación, donde le aplicaron una cera pegajosa
para peinarle el flequillo hacia atrás, despejando su frente. Yu-bin puso tanto
esmero en la tarea que Do-eon no sabía ni cómo reaccionar.
"Dicen
que a las personas guapas les favorece enseñar la frente, y usted es
exactamente ese tipo."
"......."
Como
nunca se había tomado en serio su propia apariencia, sentía que Yu-bin solo se
burlaba de él. ¿Acaso era divertido jugar a las muñecas con un ignorante que no
sabía nada del mundo? No lograba descifrar las verdaderas intenciones del
abogado.
Yu-bin,
poseído por el espíritu de un estilista, manipuló el cabello de Do-eon durante
un buen rato hasta que, cuando sintió cansancio en la espalda, finalmente lo
soltó.
"¡Joven
maestro, si hoy en la fiesta le gusta alguien, tiene que decírmelo a mí
primero!"
Repitió
las mismas palabras de antes mientras fijaba su vista en el reflejo de Do-eon
en el espejo. Palabras como pareja o amante. ¿Acaso Do-ha se libraba de esos
sermones porque tenía una prometida desde niño? Sabía que si se negaba, Yu-bin
lo retendría horas dándole un discurso. No quería que su mente colapsara bajo
el bombardeo verbal.
"Sí..."
"¡Perfecto!
¡Solo dígamelo y yo le serviré de puente!"
"......."
No
podía replicar nada ante esa cara sonriente, pero sentía una presión seca
detrás de los ojos. Lo que decía Yu-bin no tenía sentido en su realidad. Aunque
alguien le gustara, para él —un omega recesivo que ocultaba una enfermedad—
todo eso pertenecía a otro mundo. Si descubrieran su verdadera naturaleza, todo
acabaría. Su propia existencia era como una herida abierta para esta familia.
Salió
de la habitación de Yu-bin y subió al segundo piso con paso cansado. Solo
quería descansar. Sin embargo, se detuvo en seco al ver una sombra parada
frente a su puerta. Era Do-ha. Parecía sumido en sus pensamientos, o quizá algo
impaciente.
Do-ha,
que estaba apoyado de espaldas contra la puerta, se enderezó al verlo llegar y
se acercó.
"¿Qué
facha es esa?"
"¿Qué...
qué tiene de malo mi facha...?"
Ante
el tono sarcástico, las pupilas de Do-eon temblaron sin saber a dónde mirar.
Las pupilas grises de Do-ha lo recorrieron desde el cabello engominado hasta
los pies, y luego sus labios se curvaron en una risita ligera.
"¿Vas
a seducir a un pene nuevo?"
"...
No hables de esa forma."
Una
sombra oscura cubrió la frente de Do-eon. Retrocedió un paso para escapar de
esa presencia, pero Do-ha fue más rápido. Su mano atrapó con fuerza la delgada
muñeca del mayor.
"¡Ah,
duele...!"
"¿Acaso
Jung Yu-bin te dio clases de cómo atraer alfas? ¿Y qué pasa con ese pelo?"
"¡Sué-suéltame!"
Tiró
del brazo para liberarse, pero el agarre en su muñeca no cedió ni un milímetro.
Pronto, sus ojos se empañaron. ¿Por qué le hacía esto? ¿Por qué lo presionaba
hasta el límite y lo atormentaba? ¿Qué había hecho mal? ¿Acaso lo despreciaba
tanto por ser un omega recesivo que usaba esa debilidad para manejarlo a su
antojo?
"Responde.
Te estoy preguntando si vas a ofrecerle tu trasero a otro tipo."
"¡Si
lo hago o no, a ti qué te importa!"
Su
voz aguda salió desde lo más profundo de su garganta. Sintió que sus entrañas
se retorcían. No entendía a Do-ha: él era el único que abría su cuerpo a su
antojo para pisotearlo, y aun así lo amenasaba preguntándole si iría con otro.
"¿Ah,
con que no me importa?"
"¡S-sí!
¡A ti qué te importa lo que yo haga con mi cuerpo! ¡Si tú hasta tienes una
prometida...!"
Además,
teniendo a alguien con quien estaba comprometido desde la infancia, ¿no debería
dejar de actuar así? Independientemente de la prometida, hacerle esto a su
propio hermano era una auténtica locura. Do-ha inhaló profundamente y soltó las
palabras como una explosión:
"¿Eso
es lo importante?"
"Es
importante."
"Que
yo tenga una prometida o que me case aquí mismo ahora mismo, no cambia el hecho
de que tú eres mi juguete sexual."
Cada
palabra escupida se clavó en su corazón como un cuchillo afilado. ¿Acaso no era
más que un vertedero de fluidos para él? Su cuerpo, lleno de rabia, comenzó a
temblar. Con su otra mano, apartó con todas sus fuerzas la mano que rodeaba su
muñeca.
"¡Quita
esto...!"
"......."
"Haga
lo que haga, no te metas conmigo."
Empujó
el gran cuerpo de Do-ha y abrió la puerta de su habitación. La cerró de un
golpe y se desplomó en el suelo. ¿Qué acababa de decir? Por primera vez, se
había rebelado contra Do-ha. Su rostro estaba pálido y no lograba calmar su
respiración.
Temía
que, en cualquier momento, Do-ha abriera la puerta e irrumpiera para reclamar
que no toleraría la rebeldía. ¿Cuánto tiempo pasó? Solo cuando escuchó el
sonido de los pasos alejándose tras la puerta, pudo soltar un largo y profundo
suspiro de alivio.
* * *
El
crepúsculo se asentó y las luces del jardín, de una atmósfera cálida, se
encendieron en el exterior de la mansión. Cuando la fachada blanca comenzó a
brillar con elegancia, dieron las siete de la tarde y los invitados empezaron a
llegar uno a uno.
Do-eon,
que se había escondido en su habitación observando cómo los coches de lujo se
detenían ante la puerta principal, no tuvo más remedio que salir a la sala ante
la insistencia de Yu-bin, quien le recordaba que debía recibir a las visitas.
Los
invitados miraban con curiosidad al hijo mayor al que Tae-oh acababa de
reencontrar tras diecinueve años; lo observaban como si fuera un animal en un
zoológico. Sus ojos reflejaban una mezcla extraña de intriga y envidia. Do-eon,
deseando no prestarles atención, permaneció inmóvil al lado de Yu-bin, como si
fuera un muñeco de exhibición, sin siquiera devolverles la mirada.
"Hola,
Director Kim."
"Cuánto
tiempo, abogado Jung."
Jung
Yu-bin saludó con entusiasmo al Director Kim. Do-eon, que permanecía al lado
del abogado saludando en silencio con una reverencia tensa a cada invitado que
irrumpía, levantó la vista rápidamente al escuchar el nombre.
"Este
es el hijo mayor del presidente, el joven maestro Do-eon."
"Me
enteré de que su madre falleció hace poco. Mis más sentidas condolencias."
"...
Gracias."
Un
caballero de aspecto bondadoso le dirigió el saludo. Mientras Do-eon hacía una
reverencia cortés, un joven que parecía de su misma edad se acercó. Tenía una
impresión adorable, con ojos grandes y un párpado doble muy tenue.
"Hola,
me llamo Kim Yu-young."
"Ah...
Hola."
Yu-bin,
a su lado, le susurró amablemente al oído que se trataba del prometido de
Do-ha. Prometido... El lóbulo de su oreja se calentó. Sintió una extraña
pesadez en el pecho, como si una piedra se hubiera asentado en su boca del
estómago por la culpa.
"¿Dónde
estará el joven maestro Do-ha? Quédense aquí, ¡iré a buscarlo!"
En
cuanto Yu-bin se marchó, Kim Yu-young fijó su mirada en él mientras parpadeaba
con sus grandes ojos. Ante esa mirada directa, Do-eon bajó la vista sin saber
dónde mirar, y una voz fresca como la brisa llegó a sus oídos.
"Así
que eres el hermano mayor de Do-ha. No sabía que tenía un hermano. Él nunca
mencionó nada."
"Ah...
Sí..."
"Llevémonos
bien de ahora en adelante."
Una
mano se extendió frente a su mirada baja. ¿Acaso tengo derecho a estrechar esta
mano? Sintió un sabor amargo en la punta de la lengua, como si estuviera
cometiendo un pecado contra Kim Yu-young.
Al
estrecharle la mano, las feromonas dulces típicas de un omega se filtraron en
su piel. Podía sentir que era un dominante sin necesidad de palabras. A
diferencia de él, cuyas feromonas eran tan tenues que podía pasar por beta sin
levantar sospechas, las de Yu-young se extendían con la confianza de alguien
seguro de sí mismo. En ese instante, Do-eon sintió una presencia tan imponente
que sus hombros se encogieron instintivamente.
"¡Ah!
Ahí viene."
Tras
ese murmullo de alegría, sus manos se separaron. Yu-bin traía a Do-ha con él.
Do-ha, que caminaba con las manos en los bolsillos como si todo fuera una
molestia, frunció sus pobladas cejas con incomodidad al ver a Yu-young.
"¡Bien!
Disfruten de su tiempo juntos, nosotros seguiremos recibiendo a los
invitados."
"¡Do-ha!"
Tan
pronto como Yu-bin terminó de hablar, Yu-young llamó a Do-ha y corrió hacia él.
Se aferró a su brazo como una cigarra a un árbol, inclinando la cabeza hacia
atrás para mirarlo con una sonrisa preciosa. Cualquiera que los viera diría que
eran una pareja joven y encantadora disfrutando de un momento dulce.
Do-eon,
que observaba la escena a hurtadillas, sintió una punzada de dolor en el pecho.
La culpa por su traición lo golpeó como una masa enorme que bloqueaba su
espalda; una carga gigante de la que no podía apartarse ni deshacerse.
Mientras
él cargaba solo con ese peso, esos amantes jóvenes y frescos olvidarían a
alguien tan manchado de ignominia como él para disfrutar de su amor. Las voces
bulliciosas de la gente se volvieron distantes y lo invadió la misma soledad
que sintió cuando se quedó solo en el velatorio de su madre.
Do-ha
ni siquiera lo miraba. Era lo natural y lo correcto, pero, paradójicamente, su
corazón se desplomó.
"Yo...
iré al baño un momento..."
"Vaya
rápido, joven maestro. Aún quedan muchos invitados a los que debe
conocer."
"Sí...
volveré pronto."
No
tuvo más opción que huir. Fue al baño del primer piso, cerró la puerta con
llave y abrió el grifo. El agua salía con fuerza; llenó sus manos y se la
salpicó en la cara. Sin embargo, ni el agua fría aclaró su mente. Al contrario,
sentía que el camino estaba bloqueado por nubes grises.
"Uff..."
Aun
así, mantenía una esperanza: en cuanto terminara la fiesta, su padre, Do-ha y
Yu-bin se marcharían. Ya faltaba poco para dejar de vivir angustiado por esa
culpa asfixiante y recuperar su rutina pacífica.
Pensar
en eso le hizo sentir un poco mejor. Se secó la cara con una toalla y se
dispuso a salir, pero el pasillo frente al baño se llenó de murmullos y la
gente empezó a congregarse en pequeños grupos.
Do-eon
dudó con la mano en el pomo. Podía salir con naturalidad, pero detestaba atraer
las miradas. Tendría que saludar si se cruzaba con alguien, presentarse y
estrechar manos sin ganas; solo pensarlo lo agotaba. Decidió esperar a que
pasaran. Se sentía como un ratón escondiéndose en su propia casa; cualquiera
que lo viera pensaría que su situación era lamentable.
"Parece
que el presidente ya viene hacia aquí."
"¡Presidente!
Es tan difícil verle la cara. Sé que está muy ocupado, pero ha pasado un mes.
¿Acaso no me ha extrañado en este tiempo?"
Qué
mala suerte. Jung Tae-seok y su padre también venían hacia aquí. Si era así, le
resultaría aún más difícil salir. Do-eon abrió la puerta del baño apenas un
milímetro para observar el movimiento exterior. Los grupos de gente se
amontonaron como hormigas alrededor de su padre en cuanto llegó.
"Presidente
Tae. ¿Ha venido?"
Su
padre saludó al hombre con una breve inclinación de cabeza.
"Vayamos
a jugar una ronda de golf, presidente. Lo llevaré a un club donde podrá jugar
mientras disfruta de la vista al mar. Seguro que allí jugará mucho mejor.
Jaja."
"¿Ah,
sí? Lo estaré esperando."
A
diferencia del otro hombre, que soltaba risas ligeras, su padre humedeció sus
labios con la copa que sostenía mientras sonreía con languidez.
"Por
cierto, ¿se ha enterado de la noticia?"
Tae-oh
arqueó las cejas preguntando de qué noticia se trataba, y el hombre abrió sus
labios inquietos con rapidez.
"Parece
que la ley podría cambiar para reconocer los derechos de propiedad y herencia
de los omegas recesivos. Al parecer, lideradas por el Comité de Derechos de los
Omegas, varias organizaciones se han unido para solicitar al Parlamento una
legislación que les permita poseer bienes."
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"¿Ah,
sí? Me parece que la probabilidad de que se apruebe es muy baja..."
Un
hombre que estaba al lado del Presidente Tae añadió su opinión. Varias miradas
curiosas se cruzaron y Do-eon también prestó atención a la conversación.
"Siendo
un omega recesivo, es difícil encontrar pareja y ni siquiera tienen derecho a
heredar, así que los hijos de familias ricas suelen solucionarlo entre ellos en
secreto, ¿no? No se puede ver como algo del todo malo."
"¿Solucionarlo
entre ellos?"
"Ya
sabe... lo que hacían las familias reales desde la antigüedad para mantener el
linaje sagrado... el incesto..."
"¿Incesto?"
"Si
por ser recesivos los consideran defectuosos y ni siquiera les dan trabajo, y
no tienen forma de encontrar pareja, ¿qué otra cosa pueden hacer?"
Do-eon
recordó lo que la señora Sun-hee había dicho en el funeral sobre el primo de un
vecino, cuyos hijos eran omegas recesivos y por eso se habían divorciado. Entre
las personas con rasgos, la discriminación pública era tan natural como
respirar.
Las
voces, que al principio hablaban en tono de preocupación, bajaron de volumen
gradualmente.
"Seguro
que hay quienes incluso lo disfrutan."
"Debe
haber muchos. El ser humano siempre desea lo que es tabú, ¿no? Je, je."
El
nivel de la conversación estaba suviendo. En ese momento, una voz firme cortó
el diálogo antes de que cruzaran la línea.
"Eso
es algo que jamás podría suceder. Absolutamente."
Tae-oh
endureció su expresión, le entregó su copa a Jung Tae-seok y frunció el ceño
como si ni siquiera mereciera la pena considerarlo. Su mirada se volvió
completamente rígida.
"¿Qué
clase de persona se acostaría con su propia sangre? No somos animales."
"......."
"......."
Se
produjo un silencio momentáneo. Los que estaban defendiendo la idea cerraron la
boca. Do-eon, que escuchaba atentamente con el oído pegado a la puerta, sintió
que su corazón caía al vacío.
"Tiene
razón, presidente. Los lazos familiares son sagrados. Hay límites que
simplemente no se deben cruzar."
"Nosotros
también aprovechemos para apoyar al Comité de Derechos de los Omegas. Hagamos
una colecta."
"¡Es
una excelente idea! ¡Yo haré una donación!"
Ante
una sola palabra de su padre, los presentes se apresuraron a alzar la voz como
si estuvieran a punto de salir a una manifestación por los derechos de los
omegas recesivos. Do-eon sintió que su corazón no solo caía, sino que se hacía
añicos en lo más profundo.
Su
padre lo aborrece. Detesta a la clase alta que comete incesto entre alfas y
omegas para mantener los rasgos especiales. Detesta que alguien se acueste con
su propia sangre. Entonces, Do-ha y yo... Do-eon sintió náuseas. Reprimió el
malestar y apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en sus
palmas.
Papá
nunca debe enterarse. No podía convertirse en un objeto de desprecio para su
padre. Al menos hasta que heredara la mansión sin problemas, debía mantener su
relación con Do-ha en absoluto secreto. Ya faltaba poco para dejar de caminar
por esa cuerda floja. Solo hasta entonces. Mientras no lo descubrieran, todo
estaría bien.
* * *
Bajo
las luces que parecían una multitud de luciérnagas flotando, y ante la mirada
de todos los invitados, Yu-bin y Tae-oh cruzaron sus brazos para beber un 'love
shot'. El sonido de los aplausos estalló como cuentas de cristal cayendo sobre
una bandeja.
Un
hombre hermoso y su prometido. Una escena con suficiente morbo y atractivo
visual para satisfacer a cualquiera.
Do-eon,
que los observaba de lejos, sintió un escozor en la oreja y se frotó el lóbulo.
Se sentía como un intruso en una fiesta a la que no había sido invitado, como
si estuviera solo en un mundo aparte.
Papá
y Yu-bin. Do-ha y Yu-young. Cuanto más pensaba en esas dos parejas tan bien
avenidas, más comparaba su lamentable situación y sentía que el aire le faltaba
en los pulmones. Exhaló pesadamente y levantó una copa de champán que no tenía
intención de beber, observando cómo las burbujas finas como crema estallaban y
desaparecían sin cesar.
"¡Joven
maestro Do-eon!"
Yu-bin,
que se desplazaba con una sonrisa radiante saludando a los invitados mesa por
mesa, lo descubrió sentado solo y se acercó agitando el brazo. Do-eon sintió un
cansancio repentino y se presionó las sienes.
"Resulta
que tengo un buen regalo para usted."
"...
¿Un regalo?"
No
tenía buenos recuerdos asociados a los regalos. Recientemente, Do-ha le había
entregado un huevo vibrador como 'regalo' antes de ultrajarlo sin piedad.
Al
responder con desgana recordando aquel momento, Yu-bin sacó algo del bolsillo
de su chaqueta y se lo tendió. Era un papel rectangular. Do-eon lo tomó con
dudas y leyó las letras grandes de la portada.
'Shane
Global University'
Era
un folleto informativo de una universidad. Bajo el nombre de la institución se
veía un campus rodeado de bosques; parecía tan silencioso y aislado del mundo
exterior como un monasterio. A simple vista, era una universidad estadounidense
perdida en algún rincón rural.
'Te
voy a desterrar muy lejos, a un país extranjero a treinta horas de distancia.
Como quien se deshace de un estorbo.'
La
voz gélida de Do-ha cruzó por su mente. Al pasar a la siguiente página del
folleto, resaltaba una frase que decía que era una comunidad universitaria de
alfas, omegas y betas que ayudaba al crecimiento integral de los estudiantes
sin discriminación de rasgos. ¿Por qué me da esto? Mientras parpadeaba con
confusión, Yu-bin explicó emocionado:
"Esta
universidad acepta betas si tienen una carta de recomendación. Yo mismo se la
escribiré. Después de todo, soy abogado en un bufete bastante
prestigioso."
Yu-bin
hablaba con orgullo, como si le hubiera costado mucho encontrar el lugar. Las
letras del folleto empezaron a bailar y su visión se volvió borrosa. El sonido
de sus latidos retumbaba con fuerza en sus oídos.
¿Realmente
este hombre planea enviarme a una universidad en Estados Unidos? ¿Para quedarse
con esta mansión? Papá dijo claramente que me ayudaría a heredarla. El folleto
que Yu-bin le entregó como un regalo inesperado fue suficiente para agitar
violentamente las aguas de su calma.
Cerró
los ojos con fuerza ante el mareo y, al abrirlos, un hombre alto al que no
había visto llegar estaba de pie junto al sonriente Yu-bin.
"Jun-seo
estudia en esta universidad. Tiene la misma edad que el joven maestro. Jun-seo,
¿por qué no le cuentas a Do-eon cómo es la vida de un estudiante de
intercambio?"
"Abogado,
no tengo intención de ir a esa..."
"Hoy
es un día para hacer amigos. ¿Quién sabe? Quizá cambie de opinión al
escucharlo. Si vive solo en esta mansión sin nadie, acabará deprimido. Los
seres humanos necesitan vivir en comunidad. Ir a la universidad, hacer
amigos..."
Interrumpiéndolo
sin miramientos, Yu-bin le hizo una seña al hombre para que se sentara a su
lado. De aquel desconocido emanó de pronto un aroma a feromonas punzante, como
pimienta negra. No era una fragancia suave como la de un omega, así que debía
de ser un alfa. No era un olor agradable; le ardían los ojos.
"Cuéntele
cosas buenas al joven maestro, Jun-seo."
"Claro.
No se preocupe, abogado Jung."
"¡Es-espere...!"
Antes
de que pudiera decir nada, Yu-bin se marchó dejándolo a solas con el hombre. Un
aire incómodo flotó entre ambos. Do-eon sentía los labios rígidos y no sabía
dónde mirar. Mientras jugueteaba con sus dedos, el otro lanzó una pregunta
repentina:
"¿Omega?
¿Beta?"
"...
¿Perdón?"
Ante
su duda, el hombre alargó las palabras con desinterés.
"¿Eres
omega o beta? Alfa no eres."
"Beta..."
"Ah,
¿eras beta? Como pareces un omega, pensé que lo eras. Con razón no sentía
feromonas."
"......."
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Le
pareció una falta de respeto que le preguntara por su rasgo de esa forma tan
directa. ¿Cómo se supone que se ve un omega? Quiso replicar, pero se tragó las
palabras. Sentía los ojos secos y doloridos. Quizá su cerebro estaba sufriendo
una sobrecarga por haber conocido a tanta gente hoy; le punzaba la cabeza. Y
más aún por la mirada insistente que sentía clavada en su nuca.
"¿Cambiamos
de sitio?"
"¿...?"
"Parece
que te molesta la atención."
El
hombre señaló hacia atrás. Parecía haberse dado cuenta de que las miradas de
los invitados no se apartaban de Do-eon. Este soltó un pequeño suspiro. Quería
un momento de respiro, aunque fuera breve. Asintió a regañadientes.
"Está
bien..."
"Tú
también háblame con confianza. Tenemos la misma edad."
"¿Eh?
Ah... sí..."
Aunque
se sentía más cómodo manteniendo las distancias, pensó que si se negaba, se
ganaría otra mirada clavada en su nuca, así que aceptó.
El
hombre miró a su alrededor, detuvo a un camarero y tomó dos copas de champán de
una bandeja circular. Luego, empezó a subir al segundo piso, donde había menos
gente.
Do-eon
miró a su alrededor de forma consciente. Vio a la gente susurrando mientras
miraban de reojo a su padre y a Yu-bin. Al igual que con él, observaban a
Yu-bin con una mezcla de curiosidad y envidia.
El
título de prometido de Seo Tae-oh era un bocado jugoso para los chismosos, y la
presencia de Yu-bin actuando como el anfitrión en un evento así no hacía más
que atraer más atención. Una atención que Yu-bin estaba disfrutando al máximo.
Do-eon
apretó con fuerza la barandilla de la escalera para no resbalar mientras subía.
Al llegar al segundo piso, el hombre le tendió una de las copas.
"Toma,
bebe."
"No
hace falta..."
"Bebe.
Debes de tener sed."
Pensándolo
bien, sentía la garganta reseca. Había estado agotado de tanto vigilar y estar
en tensión. ¿Acaso este hombre había leído su estado por su expresión? Tragó
saliva por su garganta agrietada y aceptó la copa. Al dar un sorbo, el gas
estalló con un aroma dulce que bañó la punta de su lengua. Como no sabía mal,
siguió bebiendo a pequeños sorbos.
"¿Está
rico?"
"¿Eh?
Ah... sí..."
"¿Dónde
te sientes más cómodo? Me gustaría un lugar tranquilo."
"¿Un
lugar tranquilo?"
"Sí.
¿Dónde está tu habitación? ¿Me la enseñas?"
Le
resultaba incómodo dejar entrar a un extraño en su cuarto, pero era alguien que
Yu-bin le había presentado. Aunque no le apetecía, no quería causar un
escándalo, así que tras dudar un momento, decidió dejarlo pasar.
"...
Está bien."
Al
entrar y abrir la puerta, el hombre la cerró con un 'clic'. Do-eon se dio la
vuelta al oír el sonido. Iba a sugerir que mejor dejaran la puerta abierta,
pero se tragó las palabras al ver que el hombre cruzaba la habitación y se
sentaba en su cama sin permiso.
"¿Tú
también te sientas?"
Dijo
el hombre, dando golpecitos con la palma en el espacio a su lado.
"Ah...
estoy bien. Me quedaré de pie."
"Te
van a doler las piernas."
"De
verdad, estoy bien."
Sintió
que el calor subía por su cuerpo. La copa de champán estaba casi vacía. Solo
después de terminar el líquido amarillo hasta la última burbuja, se dio cuenta
de que su nuca ardía. Haber bebido un vino espumoso con graduación tan rápido
le estaba pasando factura.
"¿Tienes
calor?"
"Ah,
no..."
"Parece
que sí."
Dijo
el hombre mirando su rostro enrojecido. Do-eon negó con la cabeza, dejó la copa
vacía sobre la mesita de noche y lanzó una pregunta por la que no sentía
curiosidad alguna, solo para desviar la mirada clavada en su cara.
"¿Qué
tal es... la universidad?"
"¿Quieres
la versión honesta o la versión adornada?"
El
hombre, de brazos cruzados, movía una pierna rítmicamente. Se veía como un
matón de pacotilla y no daba buena impresión. Puestos a elegir, mejor la
verdad. Do-eon, apoyado cerca de la puerta, respondió mientras miraba esa
pierna inquieta:
"La
honesta..."
"El
abogado Jung me dijo que solo te contara cosas buenas, pero..."
Tras
una risa ronca, el hombre bajó la voz como si fuera a contarle un secreto.
"Como
parece que le caíste mal al abogado Jung, te diré la verdad. Nuestra
universidad es el lugar donde las familias ricas mandan a sus hijos al exilio
para que no causen problemas en Corea, pero tú no pareces un chico
problemático."
"......."
"Es
básicamente como vivir en un monasterio. Está en lo más profundo del campo
estadounidense; el supermercado coreano más cercano está a más de una hora en
coche y alrededor solo hay campos de maíz."
Un
exilio. Realmente era un destierro. ¿Planeaban enviarme allí? ¿Sabría su padre
sobre la ambición de Jung Yu-bin de echarlo para quedarse con la mansión? ¿Y si
ya lo sabía y simplemente lo permitía?
De
repente, un pitido agudo le perforó el oído. Ah, no. No puedo desmayarme aquí.
Sus piernas flaquearon y la cabeza le dio vueltas. Sentía que el suelo y el
techo se intercambiaban. El eje sobre el que estaba de pie se desmoronaba.
"Ah..."
Cuando
Do-eon perdió el equilibrio y tambaleó, el hombre se levantó de un salto y lo
sostuvo por los hombros. Sus feromonas golpearon su nariz. Sintió un asco tan
profundo que le dieron ganas de vomitar.
"¿Qué
pasa? ¿Estás mareado?"
Beber
el champán tan rápido había sido el error. Había estado tenso recibiendo
invitados, y ahora el alcohol mezclado con esas feromonas desagradables le
revolvía el estómago. Sentía que las feromonas que el hombre emanaba a
propósito se filtraban por donde hacían contacto. Con una sensación
espeluznante, Do-eon retorció el hombro para zafarse.
"Déjame...
estaré bien en un momento... ¿Puedes alejarte un poco...?"
"No
pareces estar bien para nada. Ven aquí."
Pero
el hombre ignoró sus palabras, tiró de sus hombros y lo arrastró hacia la cama.
Debido al mareo insoportable y la visión borrosa, no tuvo más remedio que
dejarse llevar.
Tras
sentarlo a la fuerza en la cama, el hombre se sentó a su lado y lo miró
fijamente de perfil. Su aliento caliente rozó su oreja. Era un aire abrasador
que parecía quemarlo.
"Ya
que he venido a Corea después de tanto tiempo, tendré que divertirme un
poco."
"¡...!"
La
mano del hombre acarició su muslo sin vacilar. Sintió como si una serpiente le
apretara el cuerpo; todo su ser se quedó rígido. Era horrible. Antes de que se
le cerrara la garganta, logró abrir sus labios entumecidos.
"No...
no lo hagas..."
"Solo
quiero que juguemos un poco, ¿por qué te pones así?"
"Es-espera..."
"Viniste
conmigo porque a ti tampoco te disgustaba, ¿no?"
"Es-eso
es porque eres un invitado del abogado..."
"¿No
quieres ser mi amigo?"
Do-eon
asintió levemente con la cabeza, como un conejo atrapado en un lazo. El hombre,
mirando fijamente sus ojos empañados por las lágrimas, susurró como hechizado:
"Eres...
realmente hermoso."
Tras
terminar su breve inspección, el hombre acercó su rostro carnoso a las mejillas
de Do-eon, que estaban encendidas por un rubor intenso, y estiró sus labios
amoratados. Do-eon, aterrado, echó el torso hacia atrás, pero unas manos codiciosas
le apresaron los hombros, inmovilizándolo por completo.
"Hueles
muy bien. Para ser un beta, es extraño."
"¡Su-suéltame...!"
"Es-espera,
solo una vez..."
El
hombre tiró de Do-eon, quien sacudía la cabeza desesperadamente, e intentó
besarlo a la fuerza. La visión de Do-eon se distorsionó y sintió que perdería
el conocimiento. Un pitido peligroso seguía resonando en sus oídos mientras su
cuerpo, como si estuviera envuelto en ataduras, no respondía.
"No,
mgh, no quiero..."
"Quédate
quieto de una vez."
Las
lágrimas brotaron de sus ojos muy abiertos y rodaron por sus mejillas. La mano
ansiosa del hombre acarició profundamente su muslo y se deslizó hasta la
entrepierna. Sus piernas temblaban sin control. Esos ojos brillantes estaban ya
tan cerca que casi se tocaban.
Que alguien, por favor.
Ayúdenme.
La
puerta se abrió de par en par.
"¡Hijo
de perra!"
En
ese instante, Do-ha irrumpió como una exhalación soltando un insulto, agarró al
hombre por la nuca y lo estampó contra el suelo. Sus ojos grises, fríos como el
hielo, se clavaron un segundo en Do-eon. El joven se quedó paralizado, como si
su sangre se hubiera congelado.
El
hombre, aturdido y de rodillas, se sujetó la nuca y levantó la cabeza como un
insecto pisoteado.
"¡¿Qué...
qué pasa?! ¡Maldita sea! ¡¿Quién eres tú?!"
"Soy
el hermano de Seo Do-eon, pedazo de escoria."
"¿Qué?
¿Her-hermano? ¡Ugh!"
Antes
de que pudiera decir nada más, Do-ha echó el brazo atrás y descargó un puñetazo
brutal en la cara del hombre. De inmediato lo agarró por las solapas y empezó a
usar su rostro como si fuera un saco de boxeo; el sonido de la carne rasgándose
resonó una y otra vez de forma espeluznante.
El
hombre no pudo ni defenderse; su cabeza se sacudía de un lado a otro ante los
golpes de Do-ha como un muñeco de tablero de coche. En poco tiempo, los
nudillos de Do-ha estaban manchados de una sangre roja y espesa.
"¡...!"
El
agresor solo emitía gemidos ahogados. Do-eon se mordió el labio para obligar a
su cuerpo a reaccionar; tenía que detenerlo. Si no lo hacía, algo terrible
pasaría. Con ambas manos, sujetó con fuerza el brazo ágil de Do-ha justo cuando
este se preparaba para el golpe final.
"¡Ya
basta... detente!"
"¿Hasta
dónde te ha tocado este tipo?"
"......."
"¿No
vas a responder?"
"Do-ha..."
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Su
voz gélida le cortó el aliento. Ante su vacilación, Do-ha agarró con saña el
cabello del hombre. "¡Aaagh!", gritó este mientras su mandíbula era
obligada a subir.
"Mi
hermano no responde. Responde tú."
"No...
no lo toqué. Lo juro... es verdad."
El
hombre soltó excusas patéticas usando un lenguaje formal por puro miedo. Do-ha
soltó una risita incrédula.
"Acabo
de ver con mis propios ojos cómo le manoseabas el muslo y le acercabas la cara.
¿Acaso estoy ciego?"
"¡Aaagh!"
Sin
piedad, la mano de Do-ha retorció la muñeca del hombre hacia atrás. Se oyó un
crujido seco; la muñeca, girada de forma antinatural, pareció dislocarse y
quedó colgando, sin fuerza. Los ojos del hombre se abrieron tanto que parecía
que se le iban a salir.
"¡Mi
mano! ¡Duele! ¡Me duele!"
"¿Ah,
te duele? Entonces no deberías haberte atrevido a tocar lo que es mío."
"¡Seo
Do-ha!"
Esas
palabras fueron como un jarro de agua fría para Do-eon. Pronunció su nombre con
la esperanza de que se detuviera, pero Do-ha no parecía tener intención de
parar; entornó los ojos y abrió sus labios con agudeza.
"¿Acaso
te dejaste el cerebro en Estados Unidos porque tu familia te desechó? ¿Quieres
que te arruine la vida con antecedentes penales? Si te expulsan de allá, ¿a
dónde vas a ir?"
Do-ha
tiró del cabello que tenía sujeto y el hombre sacudió la cabeza con el mentón
hacia arriba. La sangre de su boca salpicó por todas partes, incluso algunas
gotas mancharon el cuello de la camisa blanca de Do-eon. Era una escena difícil
de presenciar.
"¡No,
no! ¡Antecedentes no! ¡Lo siento! ¡Me equivoqué!"
El
hombre, con los párpados hinchados como piedras, suplicaba jadeando. Do-eon
quería llorar; sentía que todo esto era culpa suya. Se aferró al antebrazo de
Do-ha y le rogó:
"Do-ha...
por favor, basta... ya basta... déjalo ir..."
Ante
el ruego lloroso, Do-ha cerró los ojos con fuerza como si estuviera reprimiendo
algo. Al abrirlos, aún sujetando al hombre por el pelo, se arrodilló para
quedar a su altura y susurró:
"Si
lo has entendido, lárgate de aquí sin hacer ruido."
"¡Sí,
sí!"
En
cuanto Do-ha lo soltó, el hombre gateó hacia la puerta y giró el pomo como si
fuera su última tabla de salvación. A través de la rendija llegó la música en
directo del trío de jazz que habían contratado. Afortunadamente, el volumen era
suficiente para camuflar el alboroto del segundo piso.
El
hombre se puso en pie a duras penas y huyó despavorido. Do-ha observó la puerta
por la que había desaparecido, frunció el ceño como si la música le molestara y
cerró. La melodía que se filtraba era el famoso estándar de pop, Fly Me to
the Moon.
A
diferencia de la canción que alababa el amor, el aire en la habitación era
gélido. Do-ha, que abría y cerraba su mano manchada de sangre con sus ojos
grises como el hielo, murmuró como si fuera un suspiro:
"En
cuanto te dejo solo, no pierdes el tiempo para intentar ofrecérselo a
otro."
"¿Qué...?"
Se
quedó sin palabras por la indignación. Sus pestañas húmedas temblaron
violentamente. Hasta ese momento, Do-eon seguía sujetando con fuerza el
antebrazo de Do-ha, el mismo que acababa de decir esas palabras tan crueles.
Lentamente, sus manos perdieron la fuerza.
"¿También
le pediste a él que te la metiera?"
Do-ha
permaneció inmóvil, girando solo la cabeza hacia él. Su mirada, afilada como
una cuchilla, se clavó en su corazón para destrozarlo.
"¡Eso...
es un malentendido!"
Do-eon
sacudió la cabeza con el rostro contraído. Todo era un error. Solo quería
hablar. De verdad, solo quería hablar. Sus ojos, llenos de lágrimas, vagaban
sin rumbo.
"Vi
con mis propios ojos cómo estaban pegados en la cama, y dices que es un
malentendido. Hermano, hasta un perro se reiría de eso."
"Es...
es verdad. Solo quería que me contara sobre la universidad a la que él va. Pero
de repente... yo lo rechacé... ¡le dije que no!"
Cada
lugar que esas manos, como trampas para conejos, habían tocado le producía
náuseas. Las feromonas punzantes, el aliento caliente... todo le resultaba
odioso. ¿Cómo podría deshacer este malentendido? Las lágrimas inundaron sus
ojos, nublando su visión.
"¿Que
lo rechazaste?"
"¡Lo
hice!"
"Si
vas a rechazar a alguien, hazlo bien."
De
repente, Do-ha le agarró la muñeca con tanta fuerza que se le marcaron los
huesos del dorso de la mano. Sin darle tiempo a zafarse de ese agarre doloroso,
lo empujó por los hombros y lo obligó a sentarse en la cama.
"¡¿Qué...
qué haces?!"
Su
cuerpo, forzado contra el colchón, rebotó ligeramente. Su cabello fino se agitó
y las lágrimas cayeron de sus ojos desorbitados. Cuando Do-ha empujó su muslo
firme como una roca entre las piernas abiertas de Do-eon, el torso de este cayó
naturalmente hacia atrás.
"¡...!"
Al
caer de espaldas, una enorme sombra se proyectó sobre su rostro. Do-ha, con los
ojos cubiertos por un velo gris, lo miraba desde arriba. Sus pupilas ardientes
parecían querer consumirlo.
"A
ver, recházame a mí."
Ordenó
con voz gélida. Do-eon ni siquiera podía imaginar qué pretendía hacer.
"¡No...
no hagas esto!"
"¿Esto
es tu rechazo?"
Una
mano fría palpó su tren inferior y, sin vacilar, desabrochó el pantalón del
traje de Do-eon. El sonido metálico del cierre le recorrió la espalda como un
escalofrío. Al oír el chirrido de la cremallera bajando, Do-eon arqueó la
cintura como un pez fuera del agua.
"¡Mgh!
Es-espera, tú... ¡no lo hagas!"
"¿Crees
que voy a entenderte si lloras bajito como un gato?"
Unos
dedos largos y rectos se colaron por la abertura de la cremallera, sujetaron a
la vez el calzoncillo y la pretina, y tiraron hacia abajo. Al quedar expuesta
su intimidad pálida y encogida por el susto, su corazón empezó a latir con tal
fuerza que sentía que se iba a asfixiar.
"¡No
lo hagas! ¡No hagas esto!"
"Te
he dicho que me rechaces con más ganas."
Do-ha
terminó de quitarle los pantalones, que habían bajado hasta los tobillos, y los
tiró a los pies de la cama. Al verse a sí mismo solo con los calcetines blancos
puestos, su mandíbula empezó a temblar.
Toda
la atención de Do-eon estaba puesta en el piso de abajo. Había decenas de
personas allí. Invitados seleccionados cuidadosamente entre los conocidos de su
padre. Esa gente caminaba por la casa. Podían descubrirlos. Y sobre todo... por
nada del mundo su padre podía enterarse.
Las
lágrimas resbalaron por sus sienes. No podía ver bien. A través de su visión
borrosa, vio a Do-ha quitándole la chaqueta del traje como si fuera un estorbo.
Al
ser despojado de esa protección, el frío de la habitación se filtró por su
camisa. Luego, una mano grande rozó su cuello para desabotonar el primer ojal.
No. Cerró sus manos temblorosas en puños y golpeó con todas sus fuerzas el
hombro de un Do-ha concentrado en hurgar en su ropa.
"¡He
dicho que no...! ¡Aquí... aquí no...!"
"Exacto,
esto es un rechazo. Deberías haberle soltado un puñetazo así a ese imbécil
antes."
"Eso...
eso fue porque..."
Se
sentía abrumado. No había sabido cómo rechazar al invitado del abogado sin ser
grosero y se había quedado paralizado. Sentía que aquellas manos que lo habían
tocado lo tenían encadenado. Le dolía que Do-ha lo culpara por todo lo
ocurrido.
"¿O
es que acaso interrumpí tu momento de diversión? Qué desconsiderado de mi
parte, hermano. Cuando estabas por recibir a un nuevo dueño para tu
trasero."
"¡Eres
un desgraciado...! ¡Lár-lárgate...! ¡Vete de aquí...!"
Su
pena estalló como un dique roto. Do-eon cerró los puños y golpeó repetidamente
el hombro de Do-ha, que ni siquiera se inmutó. A pesar de los golpes
desesperados, Do-ha no se apartó; solo lo miraba fijamente como si quisiera
atravesarlo.
"Sigue
haciéndolo."
"¡Maldito...!
¡Eres un maldito desgraciado...!"
"¿Es
el único insulto que conoces?"
"Eres
un... hics..."
Los
puños que arremetían contra sus hombros perdieron toda fuerza y resbalaron con
debilidad. Do-eon quería seguir golpeándolo, pero su cuerpo, ya maltrecho por
el ajetreo previo y la reciente conmoción, estaba al límite de sus energías.
"¿Ya
terminaste?"
"Lárgate..."
Jadeaba
con dificultad, con sus hombros delgados subiendo y bajando espasmódicamente,
mientras los muslos de hierro de Do-ha empujaban un nivel más arriba, obligando
a su entrepierna a abrirse de par en par.
"¡Ah...!"
Sus
glúteos y muslos quedaron alineados en una tensión extrema, y aquel orificio
rosado que había permanecido apretado se abrió en una forma ovalada, succionando
el aire exterior con una bocanada muda. Do-ha no apartó la vista de la abertura
trémula mientras murmuraba con voz ronca:
"Hermano,
te lo dije. Eres mi juguete sexual. Hueles tanto a mí que cualquier otro tipo
saldría corriendo si intentara acercarse."
"Tú...
¡no, no puedes...! ¡Suéltame...!"
La
sensación del aire frío entrando en su interior le produjo escalofríos, pero lo
que le resultó más aterrador fue el sonido del metal de la cremallera de Do-ha
bajando con una urgencia sedienta.
"¿Puedes
olerlo? El aroma de mi hombría emana de ti, inundándolo todo."
Do-ha
extrajo su pene ya erecto a través de la abertura del pantalón y, tras
sujetarlo por la base, frotó lentamente el glande humedecido por el líquido
preseminal contra la entrada del orificio, trazando círculos.
"Con
un cuerpo así, ni sueñes con intentar vendérselo a otro."
"¡No!
¡Hay... hay gente abajo! ¡Ah...!"
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En
cuanto esa carne firme y ardiente comenzó a masajear la entrada sensible, el
orificio que antes se mostraba oscuro empezó a derramar un fluido transparente
y abundante. Pronto, el área del perineo quedó empapada por el lubricante
natural.
El
glande, firme como una ciruela madura, empujó el fluido hacia el interior
mientras el borde de la corona rozaba los pliegues delicados. El orificio
reaccionó de inmediato, hinchándose y palpitando como la boca de un pez,
preparándose para recibir la intrusión.
"¡Te
he dicho que no...! ¡A-ahora... aquí no...! ¡Do-ha, por favor...!"
"Parece
que siempre lo olvidas. Que eres mío."
Do-ha
sujetó las corvas de Do-eon y las elevó hasta su propia cintura, mientras con
la otra mano guiaba su pene para alinearlo con la entrada.
"¡No,
ah...!"
Con
un empuje decidido, el grueso glande se hundió en el pasaje posterior. Los
pliegues rosados lo engulleron con un sonido húmedo y succionante. Fue una
inserción tan profunda que Do-eon tuvo la extraña ilusión de que su bajo
vientre se abultaba hacia afuera.
"¡Si
lo... lo metes así de repente... ah...!"
Inconscientemente,
bajó su mandíbula temblorosa para mirar hacia abajo. Do-ha, tras lamerse el
labio inferior de forma fugaz, hundió el resto del pene, con sus venas
marcadas, hasta la mitad de un solo golpe.
"Ah...
hermano, por dentro estás tan caliente."
El
haz de venas entrelazadas como raíces trituraba las paredes internas y rascaba
los puntos más sensibles a su paso. La visión de Do-eon se nubló; todos sus
nervios se concentraron en la mucosa que ahora albergaba aquel intruso.
El
orificio, estirado al máximo para contener la base del pene, no dejaba espacio
ni para un alfiler. La sensación de plenitud era tan asfixiante que no podía
cerrar la boca. Sus ojos se perdieron en una mirada vacía, desenfocada,
mientras su respiración se entrecortaba.
"Apenas
te has tragado la mitad y ya pareces estar en otro mundo."
"¡Ah,
no... no puede ser, ah...!"
Do-ha
acarició la mejilla de Do-eon, quien jadeaba con la lengua fuera a pesar de que
el acto apenas comenzaba, y tirando de ambos muslos a la vez, se hundió con un
golpe seco hasta el fondo de su entrepierna. La cabeza del pene, excitada al
máximo, se estrelló contra el cuello del útero, deformando la pequeña cavidad
redonda.
"¡Aaahhh...!"
Fue
como si un rayo cruzara su visión. Su entrecejo se contrajo con fuerza y las
paredes internas espasmódicas se aferraron a la carne rugosa del pene con una
adherencia pegajosa.
Do-ha
observó con satisfacción el cuerpo delgado que convulsionaba intermitentemente,
atravesado de parte a parte.
"Querría
quedarme así todo el día."
Murmuró
Do-ha, fascinado por la forma en que el orificio rosado rodeaba y se hundía
siguiendo el contorno de su pene. Parecía un poste de hierro clavado en una
carne tierna y delicada. Disfrutando de la imagen, recorrió con la mirada el
punto de unión.
"Hics...
no... para... sácame... ah..."
Do-eon,
cuyos dedos no respondían como si estuviera ensartado por un arpón, apenas pudo
mover los labios para suplicar.
"Si
lo saco, te sentirás vacío. Lo sé muy bien."
"¡N-no
es cierto! ¡Aaagh...!"
De
repente, Do-ha se retiró casi por completo, dejando solo el glande dentro. La
sensación de la corona rascando peligrosamente los pliegues finales le produjo
un calofrío que le recorrió hasta la nuca. Se retiraba ensanchando y
enganchando las paredes internas como un garfio. La mucosa roja, pegada al pene
venoso, asomó ligeramente hacia afuera antes de quedar enganchada en la corona
del glande. Do-eon se mordió el labio inferior, aguantando una picazón
insoportable.
"Te
estás volviendo loco porque se sale, ¿verdad?"
"Ah...
no... no hagas eso... ahhh..."
Do-eon
arrugó el puente de la nariz como si fuera a estallar en llanto. Su interior,
donde el grueso glande había dejado su marca, seguía hundido y palpitante. Ese
rincón marcado por el pene le picaba de una manera que lo volvía loco.
"¿Qué
es lo que no debo hacer?"
"Hics...
me pica... me pica ahí dentro... mgh..."
"¿Dónde?"
Sabía
que no debía, pero no podía evitarlo. Una vez más. Solo deseaba que lo golpeara
allí una vez más. Era un pensamiento demencial, pero incapaz de detenerlo. Con
decenas de personas moviéndose por la casa en medio de la fiesta, él solo podía
pensar en el punto exacto donde el pene lo había golpeado. Con lágrimas
colgando de sus pestañas, no tuvo más remedio que confesar.
"A-adentro...
no deja de..."
"Ah,
¿te pica por dentro? Qué problema. A mi hermano le pica tanto su interior...
¿qué quieres que haga por ti?"
Do-ha
habló con un tono burlón y fluido, como si estuviera calmando a un niño
pequeño. Ante esa voz, la angustia de Do-eon se desbordó y suplicó en voz baja
y febril:
"Hics...
tu... tu pene..."
"Dilo
completo para que lo entienda."
Do-ha,
fingiendo ignorancia, sujetó la base de su pene y empezó a rotar suavemente el
glande contra los pliegues del esfínter, calcinando la paciencia de Do-eon. El
orificio, que latía con codicia, se abría intentando engullir el glande, pero
Do-ha solo lo introducía un poco para luego retirarlo y frotarlo contra los
pliegues exteriores, llevándolo al borde del colapso mental.
"Ah...
si sigues... haciendo eso... ¡ah...!"
El
fluido fluyó desde la oscuridad profunda, empapando el glande. Desde el punto
más superficial hasta el rincón más recóndito, sentía una picazón que lo obligó
a suplicar como si vomitara las palabras.
"¡Ah!
¡Mételo... mételo dentro... mgh...!"
"¿Quieres
que lo meta y golpee tu interior sin piedad?"
"Sí...
sí... por favor... ah..."
"¿Quieres
que me corra dentro hasta que te rebose y sientas el vientre hinchado?"
"Sí...
sí... rápido... ah..."
Cualquier
cosa estaba bien con tal de aliviar ese escozor. Incluso si Do-ha depositara
huevos de reptil en su interior en lugar de simiente humana, no le importaría.
Rápido. Por favor.
En
ese momento, la pelvis de Do-ha chocó con fuerza contra su perineo y el pene,
duro como el acero, atravesó el pasaje para golpear con precisión el punto
donde sentía la picazón. "¡Aaahhh!", su cuerpo delgado se estremeció
como una ola. Su visión se volvió blanca y se sumergió en un vacío donde no se
oía ningún sonido.
"¡Ah...!
¡Ahhh...!"
"¿Era
aquí donde te picaba?"
"¡Hics!
¡Ah...!"
Sus
pies, extendidos como un abanico, se encogieron de repente como flores
marchitas. La sensación de plenitud llegó hasta su garganta, ahogando sus
gemidos. Parecía que el fluido seminal podría refluir por su esófago en
cualquier momento.
"¡Agh!
...Ahhh..."
Los
muslos de Do-ha, que parecían esculpidos en arcilla, se tensaron al máximo.
Sujetó firmemente las corvas de Do-eon y comenzó a embestir contra su
entrepierna sin ninguna misericordia. Sobre el colchón, la pequeña cabeza de
Do-eon rebotaba una y otra vez.
"¡Ah!
¡Sí! ¡Más! ¡Ahhh!"
"Uff,
ahora que te doy lo que quieres, lloras de forma tan hermosa. Hermano."
Debido
a la inserción violenta, su cuerpo sufría pequeños espasmos. Sus manos blancas,
buscando algo a qué aferrarse para soportar la fuerza de ese cuerpo masivo,
terminaron estrujando las sábanas.
"Ah...
sí... demasiado... fuerte... ¡ah...!"
"Uff,
si eres una completa basura que disfruta de la brutalidad."
El
área del perineo, antes blanca como una flor, se tornó roja rápidamente por el
impacto rítmico de los testículos de Do-ha. Su pene pequeño y rosado, que había
permanecido inactivo, se hinchó y comenzó a balancearse en círculos con cada
embestida.
El
pene venoso rascaba las paredes internas ablandadas, hundiéndose más y más,
hurgando en las curvas más profundas. "¡Ah!", sus ojos, nublados por
el placer, se abrieron de par en par.
Más, más, más adentro.
Do-ha,
observando atentamente cómo se fruncía su entrecejo, elevó su cintura y
descargó golpes secos; su pene, erguido a noventa grados, desgarraba los
rincones del útero. Se sentía como si su cuerpo se partiera en dos. Era una
inserción tan profunda que le quemaba los ojos.
"¡Ahhh!
¡Ahí... me gusta... ahí...!"
"¿Sí?
¿Te gusta aquí?"
"¡Ah...
sí... me gusta... ah...!"
"¿Quieres
que me anude aquí dentro?"
"¡No...
el nudo no... ah... no quiero...!"
Ante
la mención del nudo, Do-eon sacudió la cabeza con violencia y retorció su
cuerpo. Sin embargo, su anatomía, ensartada por el pene, solo lograba que su
carne suave ondulara sin poder escapar.
"No
he tomado los supresores de mi celo. Uff, porque quería anudarme dentro de
ti."
Con
un brillo grisáceo en sus ojos, Do-ha elevó su cintura y, sujetando las corvas
de Do-eon, se dejó caer con fuerza contra su entrepierna, castigando el
interior. Los golpes repetidos con el grueso glande estaban dejando el útero
tan blando que parecía que se formaría un hueco permanente. Sentía que se
rompería en cualquier momento.
"¡Ah!
Si sigues... así... me vas a... romper... ¡ah! ¡Sí!"
A
pesar del miedo a que su cuerpo se quebrara, un placer eléctrico que le dejaba
la mente en blanco se extendió por todo su ser. El calor se concentró en la
punta de su pequeño pene y comenzó a eyacular chorros de semen.
"¡Ah!
¡Ya sale... ah...!"
Al
ver el líquido blanco brotando, Do-ha aceleró sus movimientos a una velocidad
incomparable. Los golpes rítmicos, el placer explosivo de la eyaculación y la
sensación de ser triturado por dentro se solaparon; Do-eon giró los ojos hacia
atrás y, con la lengua fuera, empezó a jadear buscando aire.
"¡Ah!
¡No... no puede ser... hics...!"
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Do-ha
no detuvo el violento movimiento de su cintura hasta extraer la última gota del
pene de Do-eon, machacando sus paredes internas sin piedad. Do-eon sollozaba y
jadeaba ante tal sensación. Mientras su interior se contraía violentamente por
la eyaculación, el pene de Do-ha, como un mazo en un mortero, trituraba la
carne persistente que se adhería a él como si fuera masa de arroz pegajosa. Con
las venas de las sienes marcadas por la intensidad de la succión, Do-ha soltó
un aliento bajo y lánguido.
'Ah,
siento que se me va a romper. Deja de masticarlo así.'
Do-eon
sentía en su propio ser cómo su interior se contraía y relajaba rítmicamente,
mordiendo el pene. El placer de la eyaculación era explosivo, pero esa fricción
similar al curtido, que parecía arrancar una capa interna tras otra, le hacía
sentir que sus entrañas se estaban ablandando por completo.
"¡Hics!
¡Ba-basta, por favor, hics, ah...!"
Sobre
su ombligo hundido, el semen derramado formaba un rastro de gotas de color
lechoso. Sentir el regusto del placer era un lujo. Do-ha, que golpeaba
violentamente su entrepierna contra el perineo de Do-eon, soltó un gemido bajo,
se inclinó y levantó en alto ambos glúteos de su hermano.
"¡Ag-ah...!"
El
cuerpo de Do-eon se dobló en un ángulo de noventa grados, dejando a la vista de
forma cruda el punto donde el pene estaba estacado. Los ojos de Do-eon se
agrandaron por la sorpresa.
'Uff,
mira cómo te tragaste mi pene.'
Ploc, ploc. El pene, que golpeaba verticalmente, empujaba sus entrañas
hacia arriba, ocupando finalmente todo su vientre. Aunque era un pene
monstruoso, las paredes internas que habían engullido esa enorme masa de carne
succionaban aún más profundo, suplicando sedientas de placer. Las lágrimas
caían sin cesar por sus sienes y sus manos, que estrujaban las sábanas, estaban
tan tensas que la sangre comenzaba a filtrarse por las uñas.
Suck, suck. Cada vez que ese pene parecido a un taladro entraba y salía del
tierno orificio, sus glúteos, que parecían estar a punto de partirse a la
mitad, sufrían espasmos. Su trasero, pálido como si no le quedara sangre,
temblaba lastimosamente formando hoyuelos profundos cada vez que esa enorme
masa oscura excavaba el centro. Sus pies, extendidos en el aire, estaban rojos
y contraídos por la tensión.
"¡Ahhh!
¡Des-despacio, ah, no puede ser, ah, ah!"
Do-eon
se vio obligado a presenciar, con ojos horrorizados, cómo el pene desenterraba
su interior sin misericordia. La imagen de la mucosa roja siendo arrastrada
hacia afuera antes de volver a pegarse era tan nítida que le recorría un
escalofrío por la espalda. A este paso, estaba seguro de que su parte inferior
quedaría tan dañada que dejaría de funcionar.
"¡Hics!
¡Me voy a romper! ¡Se va a romper todo! ¡Hics, ah...!"
'No
me importa si te rompes. Uff, solo lo voy a usar yo.'
Esa
masa de carne, que parecía la mitad del tamaño de su propio glúteo, permanecía
clavada mientras hurgaba en su interior. Con cada embestida que lo extraía
desde la raíz para luego hundirlo profundamente, sentía que su centro no solo
estaba siendo excavado, sino atravesado. El fluido lubricante, acumulado como
espuma en la base del pene, salpicaba por todas partes cada vez que este
entraba con un golpe seco. El pecho de Do-eon brillaba, empapado por el semen
que él mismo había expulsado y por los fluidos que saltaban desde su orificio.
Fue
entonces.
"¡Es-espera
un momento, ah, espera... ah...!"
El
pene que machacaba el útero comenzó a abrirse paso y a clavarse justo allí. Al
sentir que su centro era ensanchado a la fuerza, su frente empapada en sudor
frío se contrajo.
"¡Ah!
¡Tú... qué... qué haces... no, no puede ser... ah...!"
'Uff,
ya que estamos en esto... voy a terminar de destrozarte el interior.'
El
grueso glande que había forzado la entrada del útero empezó a hincharse hasta
alcanzar el tamaño de un puño. Era el anudamiento. Sintió que su cuerpo se
desmoronaba ante esa extraña sensación de expansión profunda. Sus dedos y pies
se encogían y extendían involuntariamente, y su visión ardía en un rojo
intenso.
"¡Aaaah,
ah, no puede ser...!"
Do-eon
aulló ante la sensación espeluznante que trepaba por su columna. Sus ojos,
llenos de lágrimas transparentes, se abrieron al máximo; el volumen del pene
clavado profundamente para sellar su interior creció tanto que parecía que sus
entrañas iban a estallar, presionando su propio corazón. Su bajo vientre se
abultó debido a los órganos desplazados y no mostraba signos de descender.
"¡Hics,
ah, no quiero... ah...!"
El
útero, con el pene clavado hasta el límite, estaba ocupado en más de la mitad
por esa carne; Do-eon no tuvo más remedio que echar la cabeza hacia atrás y
poner los ojos en blanco. No podía ver nada. En medio de esa presión que le
impedía incluso respirar, Do-ha se derrumbó sobre él, abrazándolo con fuerza.
'Uff,
hermano...'
"¡Ah...
aaahhh...!"
Con
un sonido húmedo y tenso, el útero expandido al límite por el pene hinchado
pareció estirarse hasta el punto de ruptura. Los muslos de Do-ha, duros como
rocas, se estremecieron y una ráfaga de simiente salió disparada desde la punta
del glande palpitante.
Sintió
que todo su cuerpo se empapaba ante la sensación del útero llenándose de semen.
Con la sensación de estar hundiéndose por completo sin poder respirar, Do-eon
extendió sus brazos y se aferró desesperadamente al cuello de Do-ha.
"Uff..."
"Ah...
ah..."
Sus
corazones estaban pegados, sintiendo el calor de sus pulsaciones latiendo al
unísono. Ah... Do-eon frotó su frente empapada de sudor frío contra el
cuello de Do-ha, de donde emanaban feromonas frescas, intentando sacudirse la
sensación del cauce que seguía llenándose.
Los
brazos firmes de Do-ha lo rodeaban como si lo mantuvieran prisionero, mientras
elevaba su cintura lentamente para vaciar hasta la última gota. El pene que
había desgarrado la entrada del útero permanecía clavado como un garfio, sin
perder su volumen. Fue una eyaculación aterradoramente persistente.
Su
conciencia comenzó a desvanecerse. En ese momento, no le importaba la fiesta ni
los invitados; solo quería perder el sentido y quedarse dormido allí mismo. Su
conciencia se alejaba como la marea.
Hasta
que escuchó una voz fría como un iceberg que sacudió su mente.
"¿Qué
creen que están haciendo?"
Hasta
que escuchó esa voz, gélida como un bloque de hielo a la deriva, que sacudió su
mente.
* * *
La
fiesta había terminado. Oficialmente, se anunció que concluiría temprano debido
a un malestar en la salud de Tae-oh, pero la realidad era muy distinta. El
evento finalizó con la imagen de los invitados marchándose desconcertados ante
la repentina petición de retirada.
El
bullicio de la casa dio paso a un silencio sepulcral, solo interrumpido por el
pesado suspiro de Tae-oh que llenaba la habitación. Jung Tae-seok, tras
despedir al último invitado, entró en el cuarto de Do-eon y se inclinó con una
reverencia formal.
"Ya
se han ido todos."
"Bien."
Tae-oh
estaba sentado en la silla de roble de su escritorio con las piernas cruzadas,
observando con frialdad a sus dos hijos, que permanecían arrodillados ante él.
Sus ojos, desprovistos de emoción, no daban pista alguna sobre lo que cruzaba
por su mente.
Do-eon
preferiría que le gritara, que estallara en cólera. Mientras observaba a su
padre de reojo con los ojos empañados, el silencio le resultaba más aterrador
que cualquier reproche. Tragó saliva con dificultad por su garganta seca por la
tensión y desvió la mirada hacia Do-ha. Este, por el contrario, observaba a su
padre con fervor, con ojos brillantes, como si estuviera ante la presencia del
dios en el que creía ciegamente.
"Papá,
amo a mi hermano mayor. Me iré a vivir con él, los dos solos. Si tan solo me
das tu permiso...."
"Seo
Do-ha, cierra la boca."
"......."
Ante
el tajante grito de su padre, Do-ha apretó los labios. Do-eon sentía que estaba
sentado sobre agujas. Tae-oh clavó su mirada en los ojos marrones de Do-eon,
que vacilaban sin rumbo.
"......."
Do-eon
bajó la vista, incapaz de sostener ese contacto visual penetrante. Sujetó su
mano temblorosa con la otra y se mordió el labio con fuerza. Se los presionó
tanto que el sabor metálico de la sangre inundó su boca. Cada segundo se sentía
como una eternidad. Deseaba que su padre dijera algo; estuvo a punto de gatear
hacia él para suplicar aferrado a sus tobillos. Tae-oh arqueó una ceja y soltó
un suspiro.
"¿Cómo
se supone que debo interpretar esto?"
"Lo...
lo siento mucho, pa-papá...."
Do-eon
agachó la cabeza hasta que su frente casi tocó sus rodillas, pidiendo perdón
como un criminal. Las lágrimas caían de sus grandes ojos, empapando sus muslos.
"¿Dices
que amas a tu hermano mayor? ¿Es eso algo que se dice frente a tu padre?
Do-eon, habla tú."
"Yo...
yo...."
Do-eon
estaba tan desconcertado como su padre ante la declaración bomba de Do-ha.
¿Do-ha lo amaba? ¿Por qué? Hasta ahora, sus actos no habían sido más que una
descarga retorcida de burla y chantaje. ¿Y ahora decía que lo amaba? ¿Y frente
a papá? Al verlo incapaz de articular palabra, Tae-oh endureció el gesto.
"Mis
dos hijos... frente a mis ojos. Cómo se atreven."
La
mirada cargada de asco, como si estuviera viendo insectos, hizo que el corazón
de Do-eon se desgarrara.
"No
son más que bestias."
Tras
sentenciarlos como algo inferior a los animales, Tae-oh hizo una seña a Jung
Tae-seok, que permanecía de pie como una sombra a su lado. Este caminó
rápidamente para abrir la puerta. Tae-oh se levantó y miró a sus hijos con
desprecio.
"Esperen
aquí pacíficamente su castigo."
"Pa-papá...."
¿Castigo?
Su cuerpo temblaba sin control y sus pensamientos se enredaban. Si esto salía a
la luz, ¿qué sería de él? ¿Y de la mansión? La imagen de esa universidad
aislada en el folleto de Jung Yu-bin apareció automáticamente en su mente.
¿Acaso le arrebatarían la mansión y lo arrojarían a ese campo remoto de Estados
Unidos, a una vida de encierro de la que no podría escapar sin un coche?
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¿Por
qué? ¿Por qué él? Él no había hecho nada malo. Todo era culpa de Seo Do-ha. El
dardo del resentimiento apuntó hacia su hermano. Si Do-ha no lo hubiera tocado
hoy, su padre nunca se habría enterado. ¿Por qué lo buscó a él, teniendo
incluso una prometida? Si tan solo hubieran pasado el día de hoy sin
incidentes, todos habrían vuelto a sus lugares tras la fiesta. Su plan se había
arruinado por culpa de Seo Do-ha. Todo era su culpa.
"¡Pa-papá...!"
"¿......?"
Do-eon
gateó y se aferró con fuerza al tobillo de Tae-oh cuando este se disponía a salir.
Tae-oh frunció el ceño con una expresión de asco, como si algo sucio hubiera
manchado su pantalón. Pero no le importó; era su última oportunidad. Do-eon
rompió a llorar con las mejillas temblando.
"¿Qué
quieres?"
"¡Pa-papá,
fui violado! Do-ha me forzó... yo le dije que no quería, pero él... ¡mi
cuerpo...! ¡Es verdad! ¡Do-ha me violó!"
"¿Violación?"
Tae-oh
frunció el ceño profundamente y se giró hacia Do-ha. Este, que hace un momento
desbordaba seguridad, ahora observaba en silencio a Do-eon con el rostro vacío.
"¿Desde
cuándo?"
"¡Desde
que te fuiste de viaje de negocios!"
Tae-oh
entornó los ojos, como repasando mentalmente el tiempo que estuvo ausente.
"¿Es
eso cierto?"
"¡Sí,
sí! ¡Es verdad! ¡Yo no quería! No amo a Do-ha. ¡Papá, ayúdame! ¡Por favor... sálvame!"
Las
palabras salían de su boca como un vómito entre llantos. Al principio... lo
odió. No lo deseaba. Fue una relación forzada y él había dicho que no quería.
No estaba mintiendo. No era... una mentira.
Tae-oh,
tras escuchar en silencio, dirigió su mirada hacia Do-ha.
"Seo
Do-ha, ¿es cierto lo que dice tu hermano mayor?"
"......."
"¿Por
qué no respondes? Di algo. Hace un momento hablabas muy bien sobre irte a vivir
con él."
Do-ha
no dijo nada. Se limitó a observar con futilidad a Do-eon, que permanecía
encogido como un bicho a los pies de su padre.
Do-eon
vio a Do-ha arrodillado como una estatua de piedra entre las botas de su padre.
Sus ojos empañados se encontraron con las pupilas grises y hundidas de su
hermano. Esa mirada parecía preguntarle por qué le hacía esto. Tú también lo
sabes. Admite que me forzaste desde el principio. ¡Te odié! ¡Desde el principio
me caíste mal! Debía olvidar que se había abierto al placer de forma frenética.
Para sobrevivir, era natural buscar su propia salvación. Cualquiera lo haría.
Cualquiera.
"¿Guardas
silencio? Cuanto más calles, más te perjudica."
"......."
"Si
no te defiendes, creeré que es verdad."
Do-ha
mantuvo los labios sellados, limitándose a observar a Do-eon con una calma
inquietante. Do-eon evitó su mirada y bajó la cabeza hasta que su frente tocó
las botas de su padre. Prefería no ver. No quería ver nada. Solo quería huir de
la realidad.
"Bien.
Lo manejaré a mi manera."
Tae-oh
hizo un gesto con la mano a Jung Tae-seok. Este caminó hacia Do-ha, lo sujetó
por los hombros y lo obligó a levantarse. Su figura alta y tambaleante se veía
especialmente vulnerable.
"Llévatelo."
Do-ha,
apresado por Jung Tae-seok, salió de la habitación sin oponer resistencia.
Do-eon levantó ligeramente la cabeza para mirar en la dirección por la que se
marchaban. En ese instante, Do-ha giró la cabeza y sus miradas se cruzaron.
"¡......!"
Sus
ojos grises, de matices ambiguos, estaban inyectados en sangre. Do-eon sintió
un escalofrío en las corvas. Bajó la vista fingiendo no haber visto nada, y le
pareció escuchar una risa breve y amarga. Esa risa tenue parecía una burla
hacia él. El estigma de ser un traidor.
Quería
decir que tenía la conciencia tranquila. No soy un traidor. Por tu culpa conocí
un placer que no debería haber conocido, y ante el peligro lo olvidé todo. No
podía seguir así. Debía ignorar el dolor punzante en su corazón, como si se
estuviera rompiendo en mil pedazos.
Ahora
solo quedaban él y su padre en la habitación. El aire seco le oprimía la
garganta. Intentó tragar saliva, pero la sensación de asfixia persistía.
Gracias a que estaba cubierto por las feromonas de Do-ha, su secreto de ser un
omega recesivo no había sido descubierto, pero sí había salido a la luz su
relación anormal con Do-ha, una mancha que deseaba ocultar con la misma
intensidad.
Do-eon
apretó con más fuerza el dobladillo del pantalón de su padre. Temía que Tae-oh
lo apartara de una patada como si fuera algo sucio. Su padre odiaba que los de
la misma sangre se involucraran así. ¿Acaso él también sería despreciado? No
podía permitir que su padre lo odiara....
"Seo
Do-eon."
Una
voz cálida, ya libre de frialdad, lo llamó. Al levantar sus ojos llenos de
lágrimas, vio que Tae-oh se agachaba y lo levantaba con cuidado, sujetándolo
por los brazos.
"Do-eon...
debió ser muy difícil para ti, sin poder decir nada."
"Ah,
pa-papá...."
"Ahora
que estoy aquí, puedes estar tranquilo."
Do-eon
miró a su padre con rostro incrédulo. ¿Acaso había sido perdonado? Al
encontrarse con los ojos cálidos de Tae-oh, que parecían contener mil luces,
rompió a llorar por la angustia acumulada.
Se
apoyó en su hombro y lloró con respiración agitada. No le importaba si eran
lágrimas de cocodrilo; en ese momento, se sentía perdonado. Esperaba que las
innumerables noches de pasión con Do-ha, ese pecado, se lavaran aunque fuera un
poco. Sobre todo, sentía el alivio de no haber sido rechazado por su padre. Tae-oh
lo rodeó con sus hombros y acarició su espalda con ternura.
"Shhh,
papá ya está aquí. Deja de llorar."
"Hics,
pa-papá...."
Las
lágrimas no cesaron hasta que el hombro de su padre estuvo empapado. Do-eon
frotó su cabello claro contra el pecho ancho de su padre, hundiéndose más en su
abrazo. Una sensación de letargo lo invadió ante el contacto de esos dedos
firmes acariciando su pelo. La tensión comenzó a disiparse.
Ah, he sobrevivido.
* * *
La
disposición de Tae-oh fue rápida. El destino de Do-ha se fijó en la escuela de
idiomas adscrita a la Universidad Global Shane. Era más que evidente que la
influencia de Jung Yu-bin había intervenido en la elección de la institución.
Bajo el pretexto de un apretado calendario académico, se decidió la partida de
Do-ha en menos de una semana.
Durante
ese tiempo, los dos vivieron como si estuvieran aislados en sus respectivas
habitaciones. Frente a la puerta de Do-eon, Jung Tae-seok montaba guardia
constantemente, mientras que la puerta de Do-ha permanecía firmemente cerrada y
nunca se abría.
El
día que Do-ha se marchó, llovía. La vieja casa de madera absorbió la humedad y
sus colores se hundieron en una saturación más baja de lo habitual. Escuchando
el sonido de la lluvia golpeando el techo, Do-eon se mordía las uñas con
ansiedad dentro de su habitación en el segundo piso.
"Llama
cuando llegues."
A
través de la ventana, se veía a Jung Tae-seok, que llevaba un sencillo bolso de
lona, y a Do-ha saliendo por la entrada principal. Do-ha, con una gorra de
béisbol calada hasta los ojos, hizo una breve inclinación ante su padre y, sin
demora, le dio la espalda.
Do-eon
merodeaba inquieto junto a la ventana, temiendo que él mirara hacia atrás, pero
Do-ha caminó a través del jardín sin voltear ni una sola vez. Do-eon no podía
apartar la vista de esa espalda que se alejaba.
