3. Very Berry Strawberry (2)

 


3. Very Berry Strawberry (2)

Una noche pacífica, después de que las náuseas que parecían no tener fin y la tos violenta que amenazaba con sacarle los órganos se detuvieran por completo, Se-hwa abrió los ojos de par en par.

Hace un rato tenía tanto, tanto sueño que, cuando Ki Tae-jeong regresó del trabajo, apenas pudo saludarlo antes de desplomarse a dormir. Recordaba vagamente que lo habían despertado para darle sus vitaminas y medicinas... También recordaba a Hae-rim acurrucándose para darle un beso y dándole palmaditas suaves a su vientre mientras le decía algo a Rayito de Sol, antes de que Ki Tae-jeong lo detuviera con dulzura... Parecía que ambos se habían quedado susurrando y riendo bajito después de eso... Solo quedaban escenas aisladas como imágenes residuales; el resto de sus recuerdos se sentía como si alguien los hubiera cortado limpiamente con unas tijeras.

Y ahora mismo, a la hora en la que realmente debería estar durmiendo, Se-hwa parpadeaba con los ojos bien abiertos. El sueño se había esfumado. Atrás quedaba esa pesadez que sentía antes, como si toda la fuerza de gravedad del mundo se hubiera posado sobre sus párpados.

Siendo que se había quedado profundamente dormido desde el anochecer, era natural que el sueño se le pasara entrada la noche, pero últimamente su patrón de descanso estaba fuera de toda lógica común. Basándose en sus experiencias previas, sabía que en cuanto empezara a quejarse de no poder dormir, en cualquier momento se le cerrarían los ojos de nuevo. Desde que las náuseas amainaron, el sueño lo asaltaba en cualquier momento, y despertarse o dormir a deshoras ya se había vuelto algo habitual.

"¿Qué pasa?"

Pero hoy parecía diferente.

Tenía la mente tan despejada como si le hubieran inyectado cafeína directamente en las venas. Intentó cambiar de postura con cuidado para no despertar al hombre que dormía plácidamente a su lado, buscando una posición cómoda, pero el movimiento terminó por espantar la mínima pizca de sueño que le quedaba.

¿Qué hago? ¿Mejor me quedo despierto? Pero como no pude ver bien al Teniente General ni a Hae-rim por la tarde, mañana por la mañana quiero ver sus caras y hablar con ellos...

Se-hwa cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir. Bueno...

Aunque se volviera un búho con el horario cambiado, no había nadie que fuera a regañarlo. Si contaba la cantidad total de horas que había dormido mientras estuvo hospitalizado, probablemente podría aguantar despierto varios días seguidos, ¿no? Así que no había por qué estresarse.

Se-hwa inhaló profundamente por la nariz, siguiendo la respiración de meditación que había visto en una aplicación para embarazados. Intentó vaciar su mente, ya invadida por pensamientos aleatorios, imaginando que estaba en una hamaca en la playa mirando las estrellas, o dibujando en su mente el sonido de los insectos en el bosque. Sin embargo, no pudo concentrarse ni un minuto antes de que su mente se fuera por las ramas otra vez.

Por cierto, ¿dónde habré dejado el móvil? No, la Capitana Na dijo que no era bueno depender tanto del teléfono. ¿Entonces leo un libro? No, ya que no tengo sueño, mejor voy al estudio a escribir en mi diario... ¡Ah, es verdad! ¡Hoy me dieron el holograma de Rayito de Sol! Tengo que enseñárselo al Teniente General...

Seguramente a Ki Tae-jeong también le habría llegado el archivo, pero la proyección del crecimiento de Rayito de Sol que Se-hwa había visto por primera vez esa tarde era, realmente... increíble.

'Ese... vaya..., guau...'.

Al ver el holograma flotando en la pantalla, la Capitana Na se quedó sin palabras por un momento, soltando solo un sonido ambiguo entre exclamación y suspiro. Y no era para menos.

'Vaya, es... igualito al Teniente General.... Es un calco exacto...'.

Rayito de Sol era Ki Tae-jeong, pero en tamaño miniatura. El suboficial Choi, que estaba un poco más lejos, casi sufre un espasmo al ver que el bebé era idéntico a él. El niño del holograma simplemente sonreía alegremente y se movía con la energía propia de un bebé, pero los ayudantes de Ki Tae-jeong temblaban como si hubieran visto algo que no debían.

'Creo que si estuviera inexpresivo o frunciendo el ceño estaría bien, pero ver ese envase del Teniente General... ah, lo siento. Ver esa misma cara del Teniente General sonriendo de forma tan bonita... da incluso más miedo'.

'Emm. ¿Pero no es cierto que el Teniente General siempre sonríe así...?'.

'……'.

'¿Ah, no es así...?'.

Cuando Se-hwa añadió eso tímidamente, los ayudantes simplemente desviaron la mirada resoplando, como prefiriendo no entrar en detalles. Se-hwa sonrió con timidez y se limitó a acariciar el holograma recién salido.

Al ser un momento histórico, Ki Tae-jeong habría estado presente en condiciones normales, pero hoy tenía una reunión crucial de la que no podía ausentarse. No fue cualquier persona, sino su propio padre quien le insistió: 'Teniente General Ki, por favor, asista a esta reunión de oficiales', por lo que esta mañana el mismo Se-hwa lo animó a ir, diciéndole que se verían por la noche en casa. Pero ahora que tenía el holograma en sus manos, no podía evitar pensar infantilmente que quizá habría sido mejor posponer la cita médica para verla juntos.

'Ah, y viendo la situación actual, hay una alta probabilidad de que Rayito de Sol sea un individuo masculino capaz de gestar. Esto se confirmará en unas semanas, así que volveremos a hacer pruebas entonces'.

'¿De... de verdad? Entonces, ¿hay algún otro... es decir, algún otro problema de constitución?'.

Un varón capaz de gestar... Se-hwa sintió que el corazón se le caía a los pies. Como hasta ahora había aceptado bien las medicinas y los tratamientos habían hecho efecto inmediato, dio por sentado que el bebé en su vientre no tendría ningún problema. Hae-rim no había heredado su extraña constitución, así que pensó que con Rayito de Sol sería igual... pero resultaba que podía no ser así....

'¿Con "otro problema" se refiere a confirmar si tiene esa constitución donde los medicamentos no surten efecto, como le pasaba a usted, señor?'.

'Ah, sí... porque si fuera así, sería un gran problema...'.

'No se preocupe. Viendo que está absorbiendo todas las vitaminas prenatales, la probabilidad es muy baja'.

Como si le hubiera leído el pensamiento a Se-hwa, que estaba entrando en una espiral de pensamientos autodestructivos, la Capitana Na le dio una respuesta positiva de inmediato.

'Aun así, que la probabilidad sea baja significa que existe una posibilidad...'.

'Soy médico. En cualquier caso, mi profesión me impide asegurar algo al cien por cien, por eso lo dije así, pero puede considerar que no hay problemas. Si hubiera visto alguna señal, yo habría sido la primera en informarle'.

En su voz se sentía una confianza sólida mientras enfatizaba una vez más que el bebé estaba bien.

'No se preocupe. Al contrario, que Rayito de Sol sea tan parecido al Teniente General... me hace pensar que eso será la verdadera preocupación en el futuro, al menos para mí...'.

'¿Eh? ¿Por qué...? ¿No es lindo...?'.

'Ah, claro. Por supuesto, es lin... do. Es demasiado lindo, pero... bueno...'.

Al recordar al capitán Na cortando la frase con una expresión incómoda, Se-hwa se rascó la sien sin querer. ¿Qué habría querido decir? Bueno, desde el punto de vista de un ayudante, por muy lindo que fuera, quizás resultara un poco abrumador ver a un niño que es la viva imagen de su superior....

En fin, si alguien como la Capitana Na decía aquello, no habría de qué preocuparse. Si el hecho de haber estado tan enfermo recientemente hubiera sido por un problema del bebé, especialmente si hubiera heredado su peculiar constitución, no habría sabido cómo dar la cara....

—Me alegra que te parezcas a tu papá grande en muchos sentidos, ¿verdad? —susurró Se-hwa dándole unos toquecitos suaves a su vientre, que apenas se notaba. Confiaba en que, como ya se habrían formado sus oídos, Rayito de Sol podría reconocer la voz de su papá pequeño.

Dado que Hae-rim también heredó la resistencia física y la estructura ósea de Ki Tae-jeong, Rayito de Sol... probablemente San-ho también sería así. Siempre le parecía fascinante y adorable encontrar rastros de él en su primogénito, que era su viva imagen; pero, por el contrario, ¿qué sentiría al ver reflejos de sí mismo en su segundo hijo, que era una versión en miniatura de su esposo?

Se-hwa, que sonreía con la boca abierta de pura felicidad, parpadeó sorprendido al sentir un impulso repentino e inusual. Eh, ¿qué es esto...? Le parecía absurdo que, tras pensar en la carita del tierno bebé, de repente le viniera este pensamiento, pero... de golpe le había entrado hambre. Un hambre atroz.

Para ser exactos, más que querer llenarse el estómago, quería saborear algo. Quería meterse algo en la boca y masticarlo, fuera lo que fuese.

Cuando Hae-rim era apenas un brote en su interior, ya le habían dado antojos repentinos de cerezas, así que la sensación no le resultaba ajena. Pero que ya lo hubiera experimentado no significaba en absoluto que se hubiera acostumbrado a ese apetito voraz que aparecía de la nada. ¡Y menos en mitad de la noche! ¡Cuántas personas podrían aceptar con naturalidad un impulso tan absurdo y desconcertante!

Sintiéndose un poco frustrado, Se-hwa volvió a recordar los consejos de la aplicación de meditación. Mantengamos la calma. Al fin y al cabo, ahora muchas cosas eran diferentes a como eran hace años. Si le apetecía comer algo, podía decirlo directamente sin tener que preocuparse por lo que pensaran los demás. Ni siquiera hacía falta despertar a la persona que dormía a su lado. Con solo dejar una nota en la tableta, el personal doméstico y los cuidadores que estaban de guardia le prepararían la mesa de inmediato.

Pero el problema era que... a diferencia de cuando esperaba a Hae-rim, que sabía exactamente qué quería comer, esta vez no tenía ni idea de qué era lo que se le antojaba. Es más, ni siquiera sabía si era hambre de verdad. Sentía un vacío en el estómago y quería meterse algo en la boca ya mismo, pero no lograba identificar qué era.

Ahora Se-hwa conocía una gran variedad de sabores. Podía enorgullecerse de haber probado todos los manjares del mundo, gracias a que en cada comida le servían platos diversos que utilizaban los mejores ingredientes sin escatimar en nada. Tanto Ki Tae-jeong como Oh Seon-ran se comportaban como si hubieran recibido la misión de alimentarlo hasta el cansancio.

Para Se-hwa, que antes se conformaba con no pasar hambre, finalmente habían nacido los gustos personales. Naturalmente, aprendió la diferencia entre los ingredientes de lujo y los alimentos cotidianos, y también descubrió que el hecho de que algo fuera caro no significaba necesariamente que fuera lo mejor. Se sentía orgulloso de sí mismo por saber elegir meticulosamente lo que prefería y por poder alzar la voz con confianza cuando deseaba algo.

Por eso, hacía mucho que no se sentía tan perdido como ahora. Qué hacer, qué comer… Ni siquiera cuando abrió por primera vez un libro sobre ortografía se sintió tan desconcertado.

Tenía justo al lado a un hombre increíble que, si él dijera que quería probar raciones de combate de una nave espacial, se las traería de inmediato. A solo un brazo de distancia estaba la persona que se desviviría por comprarle lo que fuera, sin importar el precio o el lugar donde lo vendieran. Pero el hecho de que ni él mismo supiera qué quería comer, hasta el punto de empezar a sentirse deprimido, le resultaba absurdo.

¿Sería esto también una jugarreta de las hormonas? El sueño que lo asaltó desde la tarde hasta la noche, el deseo repentino de comer algo y, por si fuera poco, este bajón anímico. Hasta esta mañana, cuando fue a ver a Rayito de Sol, no había ningún problema, ¿por qué se había puesto así? No es que no hubiera problemas, es que se sentía plenamente feliz, pero de repente, ¿por qué…?

Mientras jugueteaba con el borde de la funda de la almohada, Se-hwa sintió que las lágrimas estaban a punto de brotar. No, vamos a ver, ¿por qué tengo hambre pero no se me antoja nada? Si existen tantas vitaminas buenas para el embarazo y el feto, ¿por qué todavía no hay una medicina que pueda controlar estas emociones tan volubles? Se-hwa sentía que su situación era más que absurda; incluso empezó a sentir indignación hacia un mundo que funcionaba de esta manera tan errática.

"… Snif."

Se-hwa se limpió con brusquedad las lágrimas que le resbalaban por el entrecejo e intentó recuperar el aliento. Se sentía tan ridículo por haber roto a llorar en plena noche después de dormir plácidamente, que pasó del llanto a soltar una risita incrédula. Qué es esto. Qué demonios es esto. Se dice que los cambios de humor drásticos son un síntoma del embarazo, pero ¿no sería peligroso llegar a este nivel? Se sentía un poco… como si estuviera loco….

"… Cariño."

Mientras lloraba, reía y se sentía absorto en su propio desconcierto, un calor repentino envolvió la espalda de Se-hwa.

"¿Por qué no estás durmiendo?"

Sintió que el colchón se hundía ligeramente y, de repente, una mano enorme lo rodeó. La voz baja y profunda de Ki Tae-jeong sonaba tan fascinante como siempre, y su pecho desnudo contra la espalda de Se-hwa era, como de costumbre, amplio y cálido.

"… Hic."

Y para su propia sorpresa, ante las caricias familiares que intentaban consolarlo, Se-hwa se sintió aún más triste. Era como si tuviera instalado un interruptor dentro del cuerpo capaz de alterar sus emociones. ¿Sería que cada vez que Rayito de Sol se movía en su vientre, presionaba todos esos botones? Si no fuera por eso, ¿cómo podía sentirse así…?

"Lee Se-hwa, ¿estás llorando?"

"……."

"Cariño."

Ante los sollozos de Se-hwa, el sueño de Ki Tae-jeong se evaporó por completo y se incorporó de inmediato. Se oyó el crujido de las sábanas y, enseguida, se encendió la luz de noche. Al mismo tiempo que una luz cálida de color crema bañaba sus ojos cerrados, una lágrima gruesa rodó por la mejilla de Se-hwa. Sabía perfectamente que aquel hombre no tenía la culpa de nada, pero aun así sentía que lo odiaba un poquito. De qué sirve que me diga siempre "cariño, te amo" y cosas así. Si ni siquiera sabe qué es lo que quiero comer ahora mismo.

"¿Te duele algo?"

"……."

"Vamos al hospital."

En la voz de Ki Tae-jeong, que intentaba mimarlo, se filtraba una tensión y una ansiedad imposibles de ocultar. Se-hwa se sintió muy culpable por ello y, al mismo tiempo, más melancólico y desdichado.

"… No, está bien. Estoy, hic, estoy bien, así que…."

"Espera un momento, te traeré algo de ropa. Primero dejaremos a Hae-rim con el General Oh Seon-ran y—."

Como él empezó a manipular su reloj como si fuera a contactar con su padre en ese mismo instante, Se-hwa se limitó a negar con la cabeza mientras se aferraba al antebrazo de Ki Tae-jeong. Al ver cómo las lágrimas brotaban con más fuerza con cada movimiento de cabeza, Ki Tae-jeong habló con firmeza. Que no, que fueran al hospital ahora mismo, que llamaría al capitán Na de inmediato.

"…… es que."

"¿Eh?"

¡No es eso! ¡No es que me duela nada! Se-hwa, con una voz congestionada, consiguió articular palabra poco a poco, entre titubeos.

"… Es que… tengo hambre, hic… por eso…."

Tras ver a Se-hwa empezar a llorar a moco tendido diciendo que era por el hambre, Ki Tae-jeong se quedó callado un momento, como si se hubiera quedado sin palabras, y solo un instante después pudo responderle.

"Ah, bueno. Sí, sí… claro. Bueno, ¿qué quieres comer?"

Mientras le secaba las lágrimas con ternura usando los dedos, Ki Tae-jeong le instó con suavidad.

"¿Qué quieres que te compre?"

"……."

"¿O prefieres que cocine? Yo te lo preparo."

Se-hwa se incorporó con dificultad y se frotó la cara con el dorso de la mano. ¡Pues por eso! ¡Porque no lo sé! ¡Yo también me estoy volviendo loco, pero de verdad que no lo sé…! Le irritaba que las lágrimas y los mocos no dejaran de salir sin consideración, pero además empezó a molestarle que Ki Tae-jeong pareciera extrañamente animado. ¿Acaso estaba feliz porque alguien que hasta hace una semana apenas podía tragar una papilla de arroz ahora tuviera un antojo? Bueno, él siempre se mostraba complacido cada vez que Se-hwa le pedía algo. Como si estuviera ansioso por volcar todo su dinero y tiempo en él. Era algo cotidiano para Se-hwa y algo por lo que estaba agradecido, pero… ¿por qué hoy ese hombre le resultaba tan odioso?

"¿Cariño?"

"… No lo sé."

"¿Cómo que no lo sabes? Dijiste que tenías hambre."

"… ¡Por eso!, que tengo hambre pero no sé qué es lo que quiero comer."

"… Mmm."

Ki Tae-jeong se apartó el flequillo que le caía sobre la frente, visiblemente apurado. Incluso en ese momento, su rostro sumido en la reflexión era tan innegablemente hermoso, y su cuerpo lucía tan perfecto como una estatua —a diferencia del suyo, que estaba tan delgado que parecía que iba a romperse con un toque—… que a Se-hwa le volvió a escocer la nariz. No por emoción, sino porque hasta eso le resultaba triste.

Ya tiene más de treinta años, ¿por qué el Teniente General es tan guapo? ¿Y por qué se la pasa diciéndome "eres lindo, eres lindo"? ¿Será que se está burlando de mí?

Además, aunque Ki Tae-jeong acababa de despertarse, no tenía ni un pelo fuera de sitio. Olvidando por completo que hasta hace un momento él mismo había estado durmiendo profundamente dando vueltas por toda la cama, sintió una rabia repentina hacia él, que había estado durmiendo a pierna suelta a su lado mientras él se moría de hambre.

"Vayamos juntos a la cocina. Tal vez si miras tú mismo se te ocurra algo concr…, ¡ah!"

Era algo inusual. Ki Tae-jeong no pudo terminar la frase por la sorpresa.

"… ¿Cariño?"

Pero en este preciso instante, era comprensible. Se-hwa, con una mirada afilada que nunca antes había mostrado, lo había empujado.

"Cariño, no, Se-hwa."

"……."

"¿Qué te pasa?"

Bueno, ¿se podía llamar a eso "empujar"…? Se-hwa parecía haber querido darle un empujón fuerte, pero como el cuerpo de Ki Tae-jeong era como una montaña inamovible, la cosa se quedó en un ligero manotazo. Quizá por eso se picó aún más; las blancas mejillas de Se-hwa se inflaron con un mohín de enfado y sus labios formaron un triángulo de disgusto. Lejos de resultar amenazador, era tan tierno que daban ganas de darle un bocado, por lo que Ki Tae-jeong tuvo que tragarse un improperio que le subía por la garganta. Como el dócil Lee Se-hwa nunca le había mostrado su irritación de esa manera, sintió que ahora no debía actuar como siempre, mimándolo o bromeando con su ternura.

"O tal vez tu… ¡ah!"

Esta vez se sorprendió de verdad, y Ki Tae-jeong solo pudo mirarse el pecho. Se-hwa, con toda la intención del mundo, le había propinado varios manotazos en los pectorales.

"Se-hwa, ¿por qué?"

Se-hwa hizo amago de darse la vuelta bruscamente, pero al oír la voz de Ki Tae-jeong, parece que le volvió a subir la bilis y terminó dándole un par de golpes más seguidos.

“…….”

Ki Tae-jeong se quedó mirando atónito a Se-hwa, que se había acostado bufando, y se sumió en sus pensamientos preguntándose si no estaría soñando. Sin importarle lo que él pensara, Se-hwa se envolvió en la manta como un capullo, como advirtiéndole que ni se le ocurriera intentar abrazarlo por detrás, y empezó a refunfuñar algo para sus adentros.

Con cara de desconcierto, Tae-jeong observó de reojo la nuca redonda de Se-hwa que sobresalía del capullo de manta. No le había dolido nada, del mismo modo que no puede doler que un animal pequeño te golpee con sus patitas de algodón... Pero aun así, sintió que en ese momento debía fingir dolor, así que soltó un "ay" tardío. Ante eso, Se-hwa pataleó el colchón y se ocultó por completo bajo la montaña de mantas.

"Cariño. No me voy a dormir, así que en cuanto se te ocurra algo que quieras comer, dímelo de inmediato."

"……."

"Si tienes ganas de hacer algo, dímelo también."

"……."

"¡Ah! ¿Quieres que te dé un masa... no. Está bien, descansa tranquilo."

Se-hwa, escondido como un cangrejo ermitaño dentro de la manta, dio un pequeño pisotón indicándole que se callara. Ki Tae-jeong contuvo la risa y se acostó al lado del bulto blanco y redondo. Había oído que durante el embarazo los cambios de humor son fuertes y que se dicen cosas que normalmente no se dirían... pero no esperaba que el cambio fuera de tal magnitud.

Supongo que no debería pensar que alguien que está sufriendo por el embarazo es "lindo", ni tampoco debería sentirme agradecido de que, a diferencia de cuando esperaba a Hae-rim, ahora se atreva a mostrarse irritado conmigo.

Se quedó un buen rato con los brazos cruzados mirando la espalda de Se-hwa, cuando de pronto el borde de la manta se levantó sigilosamente. Parece que, con retraso, Se-hwa se había preocupado por si él, que dormía solo en ropa interior, tenía frío. Aunque el gesto fue brusco y distaba mucho de su habitual dulzura, a Ki Tae-jeong le pareció adorable incluso eso. Le resultaba imposible no amarlo.

"Esposo, aquí estoy."

"……."

"No llores solo cuando sea difícil."

"……."

"Puedes pegarme hasta que se te pase el enfado. ¿Entendido?"

No hubo respuesta por parte del cangrejo ermitaño convertido en tirano. ¿Se habría calmado ya? Tras dudar un momento, Ki Tae-jeong aprovechó el hueco que le habían dejado para estrechar a Se-hwa entre sus brazos, aunque terminó recibiendo un par de manotazos más en el dorso de la mano.

 

Y unos días después.

Ki Tae-jeong, que al principio no sabía qué hacer de lo lindo que le parecía ver a Se-hwa haciendo berrinches, ahora tenía ganas de pegarse un tiro en la cabeza por haber tenido pensamientos tan inmaduros en aquel entonces.

La preocupación del cónyuge y del suegro de Lee Se-hwa crecía día tras día. A diferencia de cuando no podía tragar nada, últimamente Se-hwa intentaba llevarse comida a la boca de forma entusiasta, o mejor dicho, combativa. Sin embargo, no lograba quedar satisfecho. Probaba un bocado, o simplemente masticaba para sentir el sabor, y terminaba negando con la cabeza diciendo que no era eso.

Al menos no era imposible que ingiriera algo, como antes, así que por suerte su salud no corría peligro... Pero lo que preocupaba era lo mucho que él estaba sufriendo. Como no encontraba nada que le supiera a lo que buscaba, se notaba que se estaba agotando entre esperanzas y decepciones constantes.

Al verlo tan desanimado, lejos de aquel comportamiento de gato callejero erizado con el que lo había rechazado antes, el corazón de Ki Tae-jeong también se encogía.

Los caramelos artesanales ya no surtían efecto y ni los miraba; solo cuando Hae-rim le ofrecía algún dulce o fruta diciendo que quería comer con su papá pequeño, Se-hwa sonreía un poco.

'¿Y Se-hwa?'

'Ha dormido un poco, pero dice que sigue sin saber exactamente qué es lo que quiere comer'.

El General Oh Seon-ran tampoco tenía una solución mágica y solo soltaba suspiros de angustia.

'¿No será que no puede comer porque tiene el estómago revuelto?'

'No. Eso es seguro que no'.

'¿En qué demonios se gasta tanto presupuesto el Ministerio de Salud?'.

En esta época donde hasta los hombres podían dar a luz, y cuando incluso se podía sacar al bebé mediante cirugía a los cuatro o cinco meses sin ningún inconveniente, el General Oh Seon-ran estalló en una rara muestra de indignación diciendo que era inadmisible que no pudieran controlar unos simples antojos. Por esta vez, Ki Tae-jeong estuvo de acuerdo, así que en lugar de contestar con insolencia, asintió en silencio.

'Por pereza de crear términos nuevos, siguen usando palabras antiguas. "Cuerpo materno" o "señor", todas esas son expresiones anticuadas'.

La ira perdida del General Oh Seon-ran se disparaba más allá del Ministerio de Salud hacia todas las instituciones gubernamentales. Ki Tae-jeong escuchaba sus palabras de fondo mientras enumeraba mentalmente las cosas que a Se-hwa solían gustarle. Tenía que ampliar el rango de búsqueda. Tenía que encontrar la respuesta pronto para que el sufrimiento de Se-hwa terminara.

Aunque ahora tenía todo el mundo a sus pies y él lo trataba como a un tesoro diciéndole que solo tenía que pedir lo que quisiera, parecía que Se-hwa aún no sabía ser generoso consigo mismo. Porque el hecho de abrir un par de bolsas de snacks, probar un poco y apartarlas, o pinchar un pan con el tenedor y luego negar con la cabeza, le parecía a él mismo un lujo excesivo. Se sentía frustrado por tener tanta comida desplegada frente a él sin poder comerla de verdad, y por seguir buscando lo que quería mientras sentía culpa por ello. De ese modo, Se-hwa soportaba una melancolía desconocida que parecía consumirlo.

Ki Tae-jeong se esforzaba por mostrarse firme para que Se-hwa pudiera apoyarse en él en cualquier momento, pero no podía evitar que le doliera el pecho al recordar a aquel Se-hwa que, cuando esperaba a Hae-rim, dudaba sobre si ponerle un huevo al ramen o no.

No solía intentar recordar el pasado a propósito. Antes solía repasar y tratar de restaurar ciertos eventos casi como si se autolesionara, pero siguiendo al valiente Lee Se-hwa que avanzaba hacia adelante, Ki Tae-jeong también empezó a mirar más al futuro que al pasado. Sin embargo, al ver a Se-hwa marchitarse mientras gestaba a su hijo, inevitablemente aquellos tiempos volvían a él con fuerza. Especialmente porque ese niño se parecía a él de una manera aterradora.

"Teniente General, todos los cazas nuevos han terminado las pruebas."

La voz prudente del Teniente Park despertó a su superior de sus pensamientos.

"Resultado."

Ki Tae-jeong se levantó presionando sus sienes con los dedos pulgar y corazón.

"Aprobado. El responsable es el General de Brigada Kang Hee-jin, y actualmente está esperando su confirmación en el campo de pruebas."

"¿Es el hangar que está en el Segundo Anillo?"

"Sí, así es."

Al acercar su reloj a la tableta, el holograma del caza apareció flotando junto con el informe del responsable. La imagen del caza en miniatura, los planos de diseño y los gráficos de rendimiento se desplegaron ordenadamente ante los ojos de Ki Tae-jeong.

Quizás era una suerte que, incluso en medio de todo esto, pudiera procesar el trabajo de forma racional. Tenía la cabeza llena de Lee Se-hwa, pero precisamente por estar tan sensible, era capaz de detectar cualquier pequeño detalle molesto de un solo vistazo. Por supuesto, sus subordinados lo estaban pasando mal debido a su agudeza, pero no es que él estuviera buscando fallos donde no los había. Por ejemplo, como ahora, con lo que acababa de llegar al hangar....

Espera, ¿el hangar?

"Conectaré con el campo de pruebas de inmediato."

"… No. Espera un momento."

Ki Tae-jeong se acarició la barbilla murmurando la palabra "hangar". Sí, en el Segundo Anillo está uno de los hangares de cazas. Es la zona que en el pasado fue envuelta en llamas por la estupidez de Kim Seok-cheol, y también es el lugar donde Se-hwa se escondió tras huir de él aprovechando el caos.

"Teniente Park."

"Sí."

"Aquel que estaba antes en el Segundo Anillo... ¿quién era?"

"¿Se refiere al responsable del hangar?"

"No es eso, ah... sí. Creo que se apellidaba Song. Averigua dónde vive y qué hace ahora."

¿Song...? ¿Quién era ella? Ante la orden tan fuera de lugar de Ki Tae-jeong, los circuitos de pensamiento del teniente Park se detuvieron por un momento. "Eh..." balbuceó vacilante, hasta que, como si le hubiera caído un rayo encima, sus hombros se sacudieron. Cierto, la señora Song. Aquella mujer de mediana edad que trabajaba en el comedor del Segundo Anillo. La persona a la que Lee Se-hwa llamaba cariñosamente 'tía' y que había pasado por situaciones terribles tras ser arrastrada por las manos de su superior...

"He confirmado que pagó todas sus deudas con el billete de lotería que usted le dio en su día y que se mudó al Cuarto Anillo."

"Bueno, eso también debe ser cosa del pasado."

En aquel entonces, como Se-hwa solía comer bien los platos que Song preparaba, Ki Tae-jeong llegó a considerar si debía llevársela también cuando se llevó a Se-hwa. Sin embargo, dado que el estado de Se-hwa ya era malo de por sí, pensó que ver a Song arrastrada a la residencia oficial solo enredaría más las cosas, así que desistió. Después de eso, se olvidó por completo del paradero de la mujer. Lo último fue cuando, al deshacerse de los Kim, padre e hijo, ella le vino a la mente y le lanzó, casi como una limosna, un billete de lotería con el primer premio asegurado.

"Disculpe, teniente general. Si me permite... ¿podría preguntar para qué busca a la señora Song?"

"Para que Lee Se-hwa coma algo."

"... ¿Para la comida de su esposo?"

"Sí."

Ki Tae-jeong hizo amago de firmar unos documentos, pero se detuvo frunciendo el ceño con fuerza. Luego, empezó a marcar cruces por todas partes en los gráficos y planos. Sus movimientos eran tan descuidados que cualquiera diría que se estaba desquitando con los papeles, pero el teniente Park estaba interiormente asombrado. Ki Tae-jeong estaba trazando líneas rojas en puntos tan sutiles que ni los responsables ni él mismo habían notado hasta ahora, pero que, de dejarse así, podrían causar problemas en el futuro.

"¿Cuánto crees que tardarás?"

El teniente Park, que observaba de reojo el perfil de su superior concentrado de forma aterradora en el informe con expresión impasible, se sobresaltó y manipuló su reloj. Fuera como fuese, aquel hombre tenía un rostro de una belleza irreal. Incluso alguien como él, que ya lo había visto en todo tipo de situaciones, se quedaba embobado de vez en cuando.

"Ah... deme dos minutos. Localizarla será rápido."

"Bien. Prepara el helicóptero de inmediato."

Ummm. El teniente Park pensó que, si la intención era pedirle un favor a la señora Song, enviar un helicóptero no era precisamente la mejor idea, pero como en su posición no tenía más remedio que obedecer, se limitó a decir que sí.

Es cierto que Ki Tae-jeong había cambiado respecto al pasado. Casi no tocaba los cigarros que antes fumaba como si fueran agua, y trataba de no usar esas palabrotas que hacían estremecer a cualquiera. 'Mierda', bueno, eso apenas contaba como insulto ahora. ¿Cómo decirlo? ¿Que su forma de hablar se había vuelto más suave? Claro, esto era siempre comparándolo con su 'yo' de antes... Seguramente se estaba esforzando por no cometer errores por costumbre frente a su esposo, que era como un conejito, y su hijo, que era como un zorrito.

Sin embargo, Ki Tae-jeong era un militar nato y seguía pensando más como un soldado que nadie. Creía que, si había una forma de resolver un problema, lo más eficiente era no escatimar en medios ni métodos; y en ese proceso, las penurias de los ciudadanos de a pie no eran especialmente importantes para él. Para el teniente general, cuyo objetivo primordial era una sola comida para su esposo, la sugerencia de usar un vehículo en lugar de un helicóptero, que podría disparar el trauma de la tía Song, de quien ya apenas recordaba el rostro, ni siquiera sería tomada en cuenta.

"He confirmado la ubicación de la señora Song. Actualmente gestiona un pequeño restaurante en el Cuarto Anillo y abre a partir de las cinco de la tarde."

"Bien. Prepáralo todo."

"Sí."

Aun así, según la opinión del General Oh Seon-ran, Ki Tae-jeong era del tipo que deseaba que todos murieran excepto Lee Se-hwa y Lee Hae-rim, así que, en cierto modo, parecía más justo que otros altos cargos...

"Teniente Park. ¿Qué estás haciendo?"

El extremo de la ceja de Ki Tae-jeong se arqueó con peligrosidad. El teniente Park, que se había mostrado algo más torpe de lo habitual ante aquella orden repentina, recuperó la compostura y presionó el botón de llamada de emergencia. Bueno... en cierto sentido, sí que era una situación de emergencia. Solo cuando se resolviera el problema de alimentación de su esposo, la mente del teniente general estaría en paz, y entonces llegaría la calma al ejército. ¿Acaso eso no era trabajar por el bien de la nación?

 

Toc, toc, toc. El sonido rítmico de alguien cortando verduras resonaba con alegría. Con unos cuantos cortes expertos de Song, los vegetales quedaban perfectamente limpios y se amontonaban en la cesta.

"¿Jefaaaa? ¿Está nuestra jefa por aquí?"

"Ah, ¿has venido, joven Lee?"

"¡Claro! ¡Si no vengo yo a ver a nuestra jefa, quién va a venir!"

Song dejó de preparar la verdura y salió apresuradamente para recibir el albarán. El joven Lee era un empleado de la empresa que suministraba artículos varios como recipientes de comida y servilletas al restaurante; aunque se hacía el tonto llamándola 'jefa', tenía contactos con matones a sus espaldas, así que no se le podía tratar a la ligera.

"¿Así que estos son los suministros de este mes?"

"Sip, sip. ¿Me firma por aquí, porfi?"

"Sí, espera un momento."

Así son los negocios en los callejones. Aunque el local sea tuyo, no te pertenece del todo. Tienes que pagar cuotas para el cumpleaños de presidentes de asociaciones o gremios que ni conoces y, aunque quieras usar otra marca, tienes que comprarle diversos artículos a bandas como la del joven Lee, que se pasan por aquí con la excusa de 'gestionar la zona'.

Por supuesto, es opcional y no una obligación. No es que ella estuviera intentando huir de una deuda, y el dueño de un negocio debería ser libre de expresar su voluntad; nadie debería poder venir a montar un escándalo a un local ajeno solo porque no les hacen caso.

Sin embargo, si uno iba en contra de las reglas implitas de la vecindad, era seguro que sufriría todo tipo de acosos y acabaría cerrando el negocio en menos de un mes. Por eso, Song vivía adaptándose a la situación. Comparado con la época en la que ni podía estirar la espalda trabajando en locales ajenos para pagar deudas que ni ella misma había contraído, esto no era nada.

Tenía su propia casa, aunque fuera humilde, donde podía tumbarse a descansar a gusto, y este local también estaba a su nombre a pesar de los pocos metros cuadrados, así que Song estaba plenamente satisfecha con su vida actual. Es más, 'satisfecha' se quedaba corto. Esto era prácticamente el paraíso.

"Ay, joven Lee. ¿Ha vuelto a subir el precio del papel higiénico?"

"Ayayay. Lo siento, jefa. Dicen que detrás de esa empresa hay alguien de 'arriba'. Se empeñan en cobrar ese precio y yo no puedo hacer nada."

"... Ya, entiendo."

Song terminó de firmar el albarán mientras se masajeaba la nuca, que se le ponía rígida por la tensión. Por mucho tiempo que pasara, era inevitable que se le pusiera la piel de gallina con solo oír las palabras 'alguien de arriba'.

"¡Pero le he traído algunas cositas extra a escondidas! ¡He visto que nuestra jefa usa muchos recipientes para llevar!"

El joven Lee, con sus aspavientos habituales, trajo dos cajas grandes desde fuera.

"¿Y esto qué es? ¿Un regalo?"

"¡Sip! ¡Porque la jefa es una cliente excelente!"

Y no podía ser de otra manera. No se retrasaba con los pagos y no había riesgo de que huyera a ninguna parte por deudas. Si algo salía mal, les bastaría con quedarse con su casa o su restaurante, así que para la empresa de gestión no había mejor presa, o mejor dicho, cliente.

"Bueno, muchas gracias. Por cierto, joven Lee. No habrás comido, ¿verdad?"

"Uf. Como siempre, ya sabe."

"Justo iba a comer un estofado de pollo antes de abrir. ¿Qué me dices? ¿Te pongo un plato?"

"¡Ay, me encantaría!"

"Bueno. Y cuando termines, te freiré un poco de arroz con lo que sobre."

"¡Yuju!"

El joven Lee se sacudía frenéticamente de pura emoción. Song chasqueó la lengua preguntándose cómo podía ser tan escandaloso, pero, fuera como fuese, no podía tratarlo mal; tal vez porque le recordaba a aquel hijo que había enterrado en su corazón hacía mucho tiempo.

No era algo que pudiera controlar con su voluntad. No solo con el joven Lee, sino con cualquier chico de edad similar, le asaltaba esa vana fantasía de imaginar si su hijo tendría esa misma apariencia de haber seguido vivo. Mientras se concentraba en preparar el pollo para borrar los pensamientos aleatorios, hoy, sin saber por qué, también se le vino a la mente el joven Se-hwa. Quizás fue por haber oído mencionar a "alguien de arriba" hace un momento...

¿Tendría apenas veinte años en aquel entonces? Le daba lástima y a la vez orgullo ver a un muchachito esforzándose tanto para pagar sus deudas; además, le recordaba a aquel hijo desconsiderado que se fue antes que sus padres, así que desde el principio le tomó cariño.

Más tarde se enteró de la verdadera razón por la cual aquel joven tan refinado se había ocultado en el Segundo Anillo y, en el proceso, ella también pasó por sus propias penurias... pero todo eso era pasado.

Aunque todavía se le encoge el corazón cada vez que oye el sonido de un avión surcando el cielo, sabe que es por culpa de aquel demente que era brigadier o algo así. Song no guardaba ningún rencor hacia el joven Se-hwa. Aunque la había engañado sin querer, podía entenderlo todo.

En este mundo no hay nadie que no tenga una historia a cuestas, pero encontrar a alguien con quien empatizar y compartir sentimientos es como buscar una aguja en un pajar. Aunque el tiempo que pasó con Se-hwa fue corto, en esos pocos días, Song vivió momentos que le reconfortaron el alma.

Y eso que lo vio llorar con tanta amargura. A pesar de verlo salir a rastras con un aspecto lamentable, llorando a moco tendido mientras aquel hombre aterrador se lo llevaba, Song no pudo decir nada en su momento. No tuvo el valor de detenerlo ni de decirle que no se trata así a alguien que lleva a su propio hijo, así que fingió no ver nada. Con tal de salvarse a sí misma, terminó entregando a esa pobre criatura como sacrificio a aquel loco.

Tras aquel caos en el puerto del Segundo Anillo, Song regresó al restaurante con el alma en un hilo y, con retraso, descubrió en su habitación una breve nota que Se-hwa le había dejado. También un puñado de billetes arrugados que él había escondido con esmero.

Lloró un buen rato al ver aquello. Se preguntaba si su cuerpo estaría bien tras ser llevado así, si estaría comiendo adecuadamente o si estaría viviendo con aquel demente; pero ¿cómo iba alguien como ella a conocer los asuntos familiares de alguien con rango de brigadier?

Así, mientras vivía el día a día empujada por la realidad, un día Song encontró varios billetes de lotería nuevos en su habitación. En el mismo lugar donde Se-hwa había escondido su nota, aparecieron esos trozos de papel que ella jamás había comprado, posados allí con arrogancia.

No había explicaciones de ningún tipo, pero en cuanto vio los billetes apilados, lo intuyó. "Esto lo dejó aquel loco...". ¿Pero por qué dejaría precisamente billetes de lotería?

La duda se resolvió esa misma noche al comprobar los números premiados. Song miró atónita el billete que tenía el primer premio. El resto también tenía premios nada despreciables y, al ser varios, la suma total se convirtió en una fortuna difícil de asimilar para una ciudadana de a pie como ella.

Se preguntó qué significaba aquello. ¿Sería una especie de compensación? Pero no parecía que aquel demente tuviera el carácter para andar dando indemnizaciones a gente de clase baja...

Sin embargo, por más que esperó, no apareció nadie a quien pedir explicaciones ni ante quien suplicar que se llevaran el dinero de vuelta, así que Song terminó aceptando aquel premio turbio. Se puso mil excusas mentales, pero al final sucumbió ante el dinero. Le asqueaba haber aceptado sin más el dinero que le dio aquel loco, pero ella también quería vivir. El deseo de quitarse de encima de una vez deudas que ni siquiera eran suyas pudo más que la compasión hacia el joven Se-hwa....

"Así es la vida, ¿quién puede juzgar a quién?"

Cambiando a su antojo la letra de una vieja canción, Song vertió un chorro de agua en una olla de níquel. Hubo un tiempo en el que ni siquiera podía pegar ojo por las pesadillas. Y aun así, ahora vive bien, incluso tarareando canciones. El tiempo era la mejor medicina. Tal como comprobó cuando perdió a su hijo. Las personas se las apañan para seguir viviendo incluso con heridas que nunca terminan de sanar. Comiendo, durmiendo, riendo....

"¿Eh? ¿Jefa, no hay calamares secos?"

"Ayer estuve algo ocupada y no pude prepararlos."

"Vaya. Pero como veo que hay Kimchi recién hecho, ¿significa que el viejo Jo pasó por aquí?"

"Sí. Dice que si no tiene eso, la comida no le pasa."

El joven Lee chasqueó la lengua y cerró la puerta de la nevera. Originalmente el local de Song era una tienda de aperitivos, pero por complacer a sus clientes habituales terminó sirviendo de todo, convirtiéndose en un restaurante de menú diario con muchísima variedad.

"¿Eh? ¿Ehhh...?"

Mientras seguía tarareando a la espera de que el agua hirviera, la voz del joven Lee, que estaba sentado manipulando su móvil, subió de tono de repente.

"Ay, ya estás exagerando otra vez."

"No... ¡Je, jefa!, ¡mire fuera... mire fuera!"

"¿Qué pasa? ¿Te ha tocado el gordo?"

"¡Hic... jefa! ¡Jefa! ¡Ahora mismo, eso es...!"

"Uf. Ya te he oído, muchacho. Ya casi está hirviendo, así que..."

Song se disponía a regañar al joven Lee como de costumbre, diciéndole que los clientes estaban por llegar y que comiera tranquilo para irse rápido, pero su rostro se congeló poco a poco. Si no estaba viendo mal, tras la rendija de la puerta entreabierta, se veía un hormiguero de soldados armados. En este barrio era difícil ver incluso a un par de soldados rasos, pero aquello parecía el despliegue de un batallón entero.

"¡Maldita sea! Jefa, ¿acaso es usted una fugitiva?"

"¡Qué fugitiva ni qué ocho cuartos!"

Ser el objetivo de soldados armados. La situación más temida que un civil pueda imaginar se estaba haciendo realidad. El joven Lee dejó de tontear y Song abandonó su tono amigable. Por más que intentaran pensar en positivo, era evidente que el destino de todos ellos era este restaurante; tanto el joven Lee, que tenía mucho que ocultar, como Song, se agarraron de los brazos el uno al otro temblando con fuerza.

"¡Si no es eso, por qué aparecen todos estos soldados, y además de los que se ven tan impecables!"

"¡Y yo qué voy a saber, imbécil!"

¿Qué era? ¿Qué podía ser? El problema era que había demasiadas cosas sospechosas. Lo primero que le pesaba en la conciencia era lo de la lotería. Porque que aquel demonio la hubiera dejado era solo una sospecha de la propia Song. ¿Y si resultaba ser algo que unos tipos turbios habían robado... y ella había terminado involucrada sin saberlo...?

"¡Hic! ¡¿Qué les pasa a esos tíos ahora?!"

El joven Lee, que asomaba la cabeza con cautela para mirar fuera, soltó un grito.

"¡Dígalo ya, jefa! ¡Confiese y busquemos el perdón!"

"¡Que yo no sé nada, te digo!"

El murmullo de lo que parecían comunicaciones por radio se volvía cada vez más inquietante, hasta que los soldados, que estaban formados en dos filas, empezaron a moverse al unísono con una precisión asombrosa. Abrieron un pasillo lo suficientemente ancho para que pasaran un par de personas, con una coordinación tan perfecta que resultaba escalofriante.

Y quizás fuera una alucinación, aunque deseaba de todo corazón que lo fuera... pero el sonido de unas hélices girando se acercaba a pasos agigantados. Esta no era una zona por la que pasaran helicópteros o cazas, y mucho menos había edificios altos donde pudieran aterrizar.

"No puede ser..."

Song intentó reprimir ese pensamiento funesto que no dejaba de aflorar. Todos los indicios apuntaban a una sola persona, pero ella intentaba no soltar el último hilo de esperanza. "No será él, no puede ser... No, hombre, ¿cómo va a pasar algo así otra vez en la vida?".

"¡Maldición, jefa! ¿Ha visto esa señal? ¡Dicen que viene un teniente general, un teniente general!"

"¿Y cómo voy a saber yo qué significan las señas de los soldados...?" Aturdida por el impacto, Song se limitaba a balancearse según la sacudía el joven Lee. Por cierto, ¿un teniente general? Si es un teniente general... ¿no es alguien de mayor rango que un brigadier? Sea el rango que sea, al menos parecía que no era aquel loco, así que quizás era una suerte....

"¡Agh, hijos de puta!"

El joven Lee no dejaba de soltar insultos sin sentido entre llantos.

"¡Uf, cállate un poco!"

Un estruendo capaz de romper los tímpanos se acercó hasta tenerlo frente a sus narices, pero los soldados que custodiaban la entrada del local ni siquiera se inmutaron cuando la polvareda los cubrió por completo.

Song y el joven Lee no pudieron mantener los ojos abiertos por más tiempo ante el vendaval que parecía a punto de volar el edificio. La puerta corredera temblaba violentamente como si fuera a ser arrancada de cuajo en cualquier momento, y las mesas y sillas eran arrastradas de un lado a otro por el torbellino que se colaba en el local. Las dos personas apenas podían sostener la puerta que traqueteaba con manos temblorosas.

Así pasaron unos instantes hasta que, a través de aquel alboroto, se oyó nítidamente el sonido de algo similar a cuerdas gruesas golpeando rítmicamente contra las paredes o el techo.

“Mierda. Y decían que no tenían efectos secundarios….”

El joven Lee ya estaba sufriendo, con los mocos cayéndole a chorros, mientras Song, que sostenía la puerta aturdida, contenía las ganas de romper a llorar ella también. El estruendo del helicóptero fue disminuyendo poco a poco y, para cuando el polvo que había convertido su pequeño restaurante en una ruina empezó a asentarse, una silueta alta y elegante, que no parecía de este mundo, caminó con paso firme hacia ellos.

“¡Lealtad!”

El grito del saludo militar resonó con fuerza, y Song bajó la cabeza temblando. Solo lo había visto una vez, pero aquel hermoso demente al que nunca olvidaría saludó con la mano y sonrió levemente.

“Cuánto tiempo. Ha estado bien, ¿verdad?”

La distancia se acortó tanto que Song ni siquiera podía ocultar cómo sus dientes castañeteaban por el terror. Viendo claramente el estado en que ella se encontraba, el hombre preguntó por su bienestar con voz calmada. Era, sin duda, la actitud propia del loco que se había llevado al joven Se-hwa como a un perro….

“Geberal de Brigada, ¿qué hace usted… por aquí….”

“Mmm, ¿qué tal si nos sentamos primero para hablar?”

Dicho esto, el hombre apartó una silla para sentarse por su cuenta, pero frunció el ceño al notar el estado del restaurante, ahora cubierto de polvo. ¡Tú lo dejaste así, pedazo de psicópata! Song reprimió el deseo de gritarle mientras ocultaba sus manos temblorosas, pero el joven Lee, al lado de la llorosa Song, siseó en voz baja: ‘¡Es teniente general! ¡Qué brigadier ni qué nada!’ Maldición, ¿a ella qué le importaba? Ya fuera brigadier o teniente general, a Song todo esto le parecía una soberana porquería.

“El motivo de mi visita no es otro que mi esposo está embarazado.”

“… ¿Perdón?”

¿Pero qué… qué tontería es esta…? Song preguntó con un tono algo brusco sin darse cuenta. Parece que el absurdo total es capaz de vencer incluso al miedo. No podía ser…. Después de armar semejante escándalo para llevarse al joven Se-hwa, ¿terminó casándose con otra persona? ¿E incluso va a tener un hijo…? ¿Cómo puede alguien ser tan desalmado teniendo rostro humano?

“Usted también lo recuerda, ¿verdad? A mi cariño, no, Se-hwa.”

“¿Eso…, sí…?”

“He oído que, antes, Se-hwa comía bastante bien las cosas que usted preparaba.”

Vaya…. Un momento, un momento. ¿Entonces lo que está diciendo es que su esposo está embarazado pero que aún no ha dejado libre al joven Se-hwa…? Ya sabía que era un tipo despreciable como pocos, pero ¿tanto? A Song se le llenaron los ojos de lágrimas por la lástima que sentía hacia Se-hwa. ¡Mal nacido! ¡Peor que una bestia! ¡Tener esa cara tan bonita para nada! Se sabe que los hombres son todos iguales, ¡pero no hace falta que este luzca su buena apariencia de una forma tan estrepitosa!

“¡Oiga, jefa! ¡Si alguien de arriba pregunta, tiene que res…, responder! ¡No se le quede mi, mirando así…!”

Las últimas palabras del joven Lee, soltadas con esfuerzo como si fuera un ventrílocuo con los labios apretados, hicieron que Song relajara la mirada. Ay, madre. Parece que se le había quedado mirando con odio sin darse cuenta.

“Bueno, ¿fue así…? Yo… no me acuerdo bien….”

Al desviar la mirada tardíamente con un movimiento torpe y tembloroso, oyó la voz del hombre, ahora adornada con una amabilidad impostada.

“Se-hwa está esperando nuestro segundo hijo, pero le está costando mucho comer algo. Así que he venido a ver si usted podría demostrar su talento en la cocina para él.”

¿Eh? ¿Qué? ¿El segundo…? No entendía nada. Entonces, ¿esa otra persona con la que vive está embarazada y, mientras tanto, el joven Se-hwa también espera el segundo? Esto se ponía cada vez peor. ¡Qué crueldad hacia el pobre Se-hwa! Tenía ganas de gritarle a ese desalmado que no se hacen esas cosas, que cómo podía repetir lo mismo con esa pobre criatura, pero como ella misma estaba en una situación delicada, no le salía la voz.

“Por muy… por mucho que sea así… una persona no puede… no debe hacer eso, bri, no… teniente general.”

Song tragó saliva y lágrimas en secreto, lamentando su propia cobardía. Soltar esa frase mediocre con una voz pequeña como la de una hormiga era todo el valor que poseía.

“Ah.”

Ki Tae-jeong tensó la comisura de sus labios por un momento, como preguntándose si esa mujer estaba loca, pero pronto soltó una risa seca como si hubiera comprendido algo.

“Debí haber empezado por decir esto. Se-hwa y yo nos casamos. Oficialmente.”

“¿Cómo…?”

Song movió los ojos de un lado a otro hasta fijarse en la mano de Ki Tae-jeong. Efectivamente, llevaba un anillo en el dedo anular izquierdo. Aunque parecía sencillo, si se miraba de cerca, los diamantes incrustados brillaban con un resplandor deslumbrante.

“Pasaron muchas cosas, pero ahora nos amamos sinceramente, así que no tiene de qué preocuparse.”

“… Eso es….”

“Sí, ¿preferiría venir a la residencia oficial? Así también podrá ver a Se-hwa.”

Aquel demente seguía diciendo disparates, sugiriendo que se quedara allí una temporada para encargarse de las comidas y así él podría estar tranquilo. Song se llevó las manos a la cabeza ante la migraña repentina y se dio unos golpecitos en el pecho por la frustración.

Qué mala suerte la mía. Sin ver ni un pelo del joven Se-hwa, no piensa creerse a pies juntillas lo que diga este hombre… pero no sabe qué demonios está pasando.

O sea, ¿que este loco insiste en que él y el joven Se-hwa se llevan bien ahora? Y cuando antes dijo “mi esposo”, ¿se refería a Se-hwa…? No, pero eso no tiene sentido….

Dicen que las personas no cambian. Ahora que tiene un rango tan alto y reluciente, ¿acaso se habría reformado? Seguro que tiene al pobre Se-hwa encerrado en alguna parte y lo maneja a su antojo. Song soltaba una sarta de insultos internos que jamás se atrevería a decir frente al interesado.

Y aun así, se sentía ridícula por estar prestando atención a lo que decía Ki Tae-jeong. De todos modos, si ella preparaba algo, ¿eso llegaría a la boca del joven Se-hwa…? Esa idea la tentaba un poco.

“¿Qué va a hacer? No tengo mucho tiempo.”

Como Song no daba la respuesta que él quería, Ki Tae-jeong chasqueó la lengua mirando su reloj. Era una amenaza evidente de un hombre que ya había tomado una decisión. Si iba a tratar a un civil como a uno de sus subordinados, mejor que no usara un lenguaje tan formal, porque hablarle de usted la asustaba todavía más.

“Bueno, esto… es tan repentino….”

“Como le he dicho, no tengo tiempo, así que le ruego que vaya al grano.”

“Ah… eso… bueno, sí. Entiendo. Pero ahora mismo no tengo los ingredientes adecuados….”

“No se preocupe, no he venido esperando un banquete grandioso.”

“¡Ay, si los acompañamientos de la jefa son todos deliciosos!”

El joven Lee, que estaba hecho un ovillo en una esquina vigilando, salió sigilosamente para meter baza. ¡Contactos militares, y nada menos que un teniente general! Los ojos del joven Lee brillaron con intensidad. Tras haber estado temblando por si se lo llevaban preso, al ver que alguien del rango de teniente general se comportaba de forma bastante favorable con Song, parece que decidió que era su oportunidad.

“¡Jefa! ¡Prepare algo rápido para él! ¡¿A qué espera?!”

Solo entonces Song abrió la puerta de la nevera a toda prisa. No porque el joven Lee la hubiera hecho reaccionar, sino porque los ojos de Ki Tae-jeong se habían entrecerrado ligeramente ante el servilismo descarado del matón.

“Entonces, esto… le prepararé algunos de los acompañamientos que tengo en la nevera… para llevar.”

Casualmente, en las cajas que el joven Lee le había entregado como regalo, había montones de recipientes de diferentes tamaños. Dicen que nada es gratis en esta vida. Parece que esos objetos habían llegado hoy a sus manos precisamente para esto.

“Cocinar no es que sea difícil, pero… si una persona embarazada huele comida fría, se le puede revolver el estómago… Por hoy llévese solo lo que puedo prepararle ahora, y si más adelante necesita algo más, yo iré… No, mejor envíe al joven Se-hwa aquí.”

Song dio mil explicaciones que nadie le había pedido, aclarando que no es que no quisiera cocinar, sino que lo hacía pensando en el bienestar del joven Se-hwa. ¿Qué gran cosa podía haber en la nevera de una casa de comidas tan pequeña? Solo su propia comida y cosas sencillas como el Kimchi que preparaba de vez en cuando para sus clientes habituales.

“Aquí tiene…. Tienen que calentarlo para comer. Aunque seguro que usted ya sabrá cómo hacerlo….”

“Gracias. Si funciona, volveré a pedírselo la próxima vez.”

Ki Tae-jeong recibió el paquete envuelto en una tela de manos de Song. Mejor dicho, casi se lo arrebató. Como si eso fuera una señal, en ese mismo instante, un ayudante que esperaba fuera entró volando al restaurante con la agilidad de una golondrina.

“¿Me llamó, teniente general?”

El cuello de Song se encogió como un cactus seco. Por supuesto que también recordaba a ese hombre. Era el que siempre estaba al lado de Ki Tae-jeong: si le decía que pulsara un botón, lo pulsaba; si le decía que disparara, disparaba… En fin, era alguien que hacía cualquier cosa que él le ordenara. Como Song solo tenía recuerdos de cosas explotando cada vez que ese hombre asomaba la cara, apretó los dientes inconscientemente.

“¡Heic, un momento! ¡Por qué… yo por qué, por qué…!”

Sin embargo, en ese breve instante en que se sumió en sus recuerdos, ¿se habría perdido algo? El ayudante de Ki Tae-jeong agarró al joven Lee y se lo llevó a rastras hacia fuera. Los gritos del joven Lee suplicando por su vida y diciendo que confesaría todo lo que sabía se extendieron como un eco por el estrecho callejón.

“Esto…, teniente general. Por qué al joven Lee….”

“Revise su cuenta dentro de tres minutos. Le daré una gratificación adecuada.”

Ki Tae-jeong siguió hablando de lo suyo, como si no hubiera oído la pregunta de Song.

“¿Mi cuenta…?”

A ver, ¿cómo sabía mi número de cuenta si yo nunca se lo di? Bueno, siendo teniente general, supongo que podría averiguarlo fácilmente si quisiera…. ¿Pero era necesario echar al joven Lee para decir esto en secreto?

Song, extrañada, se tapó la boca de repente al asaltarle un pensamiento. No puede ser…. ¿Acaso lo echó porque supuso que, si el joven Lee —o mejor dicho, la banda a la que pertenece— se enteraba de que alguien del ejército le había dado dinero, la molestarían? ¿Y por eso dijo a propósito delante de él que volvería a pedirle comida, para que no intentaran ninguna tontería después?

No, no puede ser…. Es el mismo loco que cometió todo tipo de atrocidades con gente inocente solo para atrapar a esa pobre criatura que huyó estando embarazada de él. No es posible que alguien así sea tan detallista y la cuide de una forma tan sofisticada.

Además, si fuera alguien capaz de preocuparse así por los demás, para empezar no habría traído a todos esos soldados frente a la tienda. Al fin y al cabo, es el tipo que, a pesar de lo que le hizo cuando se la llevó a la fuerza, volvió a aparecer volando en un helicóptero.

Tras revisar meticulosamente el contenido del paquete desatando el nudo, Ki Tae-jeong se levantó de su asiento sin decir ni una palabra más. Al ver que se marchaba a toda prisa sin siquiera despedirse tras obtener lo que quería, parecía que su mal carácter seguía siendo el mismo de siempre….

Song se quedó mirando la espalda del hombre mientras se alejaba, como hechizada, y luego rebuscó en su bolso intentando encontrar las pastillas para el dolor de cabeza que siempre llevaba consigo.

“¿Dónde están las pastillas…? No, ¿pero qué es esto?”

Al volcar sus cosas, Song revisó la notificación de transferencia bancaria que apareció en su móvil y sus ojos se abrieron tanto que parecía que se le iban a salir. ¿Cuántos ceros hay aquí…?

“Unidad, decena, centena, mil, diez mil, cien mil, un millón, diez millones… mil millones, diez mil millones….”

Era una cantidad excesiva, incluso si contaba las ventas perdidas de hoy, si tiraba todo lo del local destrozado para comprarlo nuevo e incluso si incluyera la reparación de esa puerta arrancada.

“No, diez mil millones… no, no puede ser….”

Le había caído una lluvia de dinero de repente, pero no se sentía nada feliz. ¡Con la excusa de este dinero, ese loco volvería a aparecer!

“Ahora no es momento de tomarme una pastilla para el dolor de cabeza… el tranquilizante, ¿dónde está el tranquilizante…?”

Song se llevó la mano al pecho soltando quejidos de dolor. Seguramente hoy tendría pesadillas.

“Hoy con que terminara sería una suerte, pero me temo que no podré dormir bien durante un tiempo….”

Qué extraño, pero por un momento… sintió que se había liberado un poco de la deuda moral que tenía con el joven Se-hwa, aquel que le gritaba llorando a ese hombre cruel preguntándole qué le estaba haciendo a su tía.

*

“Ya llegó, teniente general… ¿Eh? ¿Qué es esto?”

Se-hwa, que acababa de subir tras hacer un poco de ejercicio en el sótano, abrió mucho los ojos. La mesa de esta casa, en la que nunca había visto algo así desde que empezaron a vivir juntos, estaba llena de platos sencillos.

Había Kimchi recién hecho con un rojo intenso, salteado de bulgogi con setas que olía a dulce y salado a la vez, tortitas de atún con cebolla y zanahoria picada, tortilla de huevo enrollada con abundante kétchup….

Eran el tipo de acompañamientos que solían servir en el restaurante de la casa de huéspedes cuando decían que la comida de ese día estaba rica. Y aun así, que salieran todos estos platos a la vez… bueno, creo que no pasaba excepto en el cumpleaños del jefe Son.

“Pruébalo. Si no te gusta, lo quitaré enseida.”

“¿Acaso lo hizo usted, teniente general?”

“Eso no.”

Se-hwa se sentó a la mesa con expresión aturdida.

“Gracias por la comida….”

Sobre el arroz hecho con un grano caro que desprendía un aroma peculiar, colocó un trocito de tortita de atún. Ponerle siempre los acompañamientos sobre la cuchara a Lee Se-hwa, y a veces hasta acercárselos a la boca, era algo que a Ki Tae-jeong le había empezado a gustar últimamente.

“¡Gracias por la comidaaa!”

Se-hwa dio un bocado y Hae-rim, que había estado esperando pacientemente en su silla infantil, gritó con todas sus fuerzas y miró los acompañamientos desconocidos con ojos brillantes.

“¡Ua! ¿Qué es esto?”

“¿Hae-rim también quiere probar?”

“¡Síii!”

Como un brote de bambú tras la lluvia que crece a una velocidad aterradora, Hae-rim tenía muy buen apetito.

“¡Gracias!”

La cuidadora, que esperaba detrás, sonrió mientras le acercaba a Hae-rim su propio cubierto. Era un spork, un cubierto que combinaba las funciones de cuchara y tenedor, y por supuesto, tenía el dibujo de un pollito en el mango.

“Solo voy a usar esto hoy, solo hoy….”

Hae-rim, sintiéndose culpable ante la mirada fija de sus papás, empezó a balbucear excusas.

“No, te mirábamos porque teníamos curiosidad por ver si comerías bien.”

“Sí….”

Incluso para Hae-rim, que hacía todo mejor que los niños de su edad, había una sola cosa que no se le daba bien: usar los palillos. Al principio parecía que practicaba con constancia para intentar hacerlo bien, pero como no mejoraba por mucho que lo intentara, acabó dándose por vencido.

Es un niño que llegó a quedarse callado un tiempo porque quería hablar como los adultos. Con ese orgullo tan fuerte, parecía que Hae-rim no quería mostrarles su torpeza a sus papás. Bueno, como no dudaban de que tarde o temprano acabaría haciéndolo bien, ni Ki Tae-jeong ni Lee Se-hwa le regañaban por ello. Si después de esto le seguía costando usar los palillos… ¿qué más da? Si no puede, que siga viviendo usando un spork.

“¿Qué te parece a ti, cariño?”

Se-hwa arrugó un poco la nariz, tal vez sorprendido por ese sabor fuerte que probaba después de mucho tiempo, tan distinto a la comida casera suave y refinada. Ki Tae-jeong suspiró para sus adentros pensando que, en cuanto Hae-rim también perdiera el interés por la comida, la quitaría de la mesa.

“Mmm….”

Sin embargo, Se-hwa seguía picoteando los platos con un rostro indescifrable.

“¿Se puede comer?”

“No estoy seguro, pero… es que….”

Se-hwa, todavía algo extrañada, fue probando poco a poco los platos servidos en la mesa y se sumió en sus pensamientos por un momento.

“Teniente general. Estos acompañamientos, ¿dónde los compró?”

“…Bueno, en un lugar un poco lejos de casa.”

Le había enviado dinero a Song y el Distrito 4 quedaba lejos de allí, así que no era una mentira.

“Qué extraño es esto….”

Por suerte, los platos que Song le había entregado no requerían de una técnica magistral. Eran comidas aderezadas con salsas comerciales, de esas que se pueden calentar y comer en cualquier momento. Por eso Se-hwa, aunque ladeaba la cabeza, no lograba dar con la pista de ese sabor tan familiar.

“¿No te sientes mal del estómago?”

Tras probar un par de cosas, Se-hwa acabó dejando los palillos, mientras Hae-rim, entusiasmado por probar cosas nuevas, manejaba su spork como si fuera una excavadora.

“…No, no es eso.”

A Se-hwa le costaba seguir hablando y solo dudaba. En las comisuras de sus labios parecía verse reflejada la culpa y la incomodidad que sentía hacia Ki Tae-jeong.

“Está bien, no tienes que comerlo. Lo compré por si se te antojaba algo que no sueles comer.”

“No, no es eso, es que….”

“Te digo que está bien.”

“No, es que al comer esto, de repente… me acordé de algo que quiero comer.”

“¿Eh? ¿Quieres comer otra cosa?”

“Lo siento. Con lo mucho que se esforzó en comprarlo y yo salgo con otra cosa….”

“Para nada, ¿qué es lo que quieres comer?”

Y de sentir nada, ¿por qué iba a sentirlo? Mientras él le limpiaba un resto de salsa de bulgogi de los labios, Se-hwa sonrió tímidamente.

“Es que… es un pan….”

“¿Pan?”

Se-hwa tragó saliva e incluso empezó a dar explicaciones a toda prisa, igual que Hae-rim cuando se emocionaba y soltaba las palabras de golpe.

“Sí, es un pan redondo y simple. No es suave, es más bien seco. Por dentro tiene mermelada de fresa y por fuera está espolvoreado con azúcar glas. Mmm… ahora que lo pienso, creo que ni siquiera era azúcar glas de verdad.”

“¿Dónde venden ese pan?”

Se-hwa miró de reojo a Hae-rim y le hizo una señal con la mano a Ki Tae-jeong.

“Teniente general, un momento….”

Entendiendo que quería decirle algo al oído, él inclinó su hombro de buena gana y Se-hwa susurró con cuidado.

“…Es un pan que vendían en la tienda de la casa de apuestas del Distrito 3, hace mucho tiempo….”

“Aha….”

Una casa de apuestas…. Ya veo. Ciertamente, no era contenido que Hae-rim debiera escuchar. Ki Tae-jeong asintió comprendiendo, aunque no dejaba de estar sorprendido. No esperaba que recordara la comida de la casa del Distrito 3 y no de la que solía frecuentar originalmente.

“En aquel entonces, cuando fui allí como espía, lo probé por casualidad y estaba realmente rico….”

Como si hubiera leído los pensamientos de Ki Tae-jeong, Se-hwa añadió suavemente:

“Puede que me pareciera así porque tenía mucha hambre, pero….”

“Mmm….”

Esa casa del Distrito 3 había quedado prácticamente desmantelada y apenas se mantenía en pie… pero si encontraba al empleado que trabajaba en la tienda, seguro que podría conseguirlo de alguna forma. Ya fuera poniendo a funcionar una fábrica de pan o presionando a alguien para que lo hiciera de inmediato.

“Entiendo. Solo tengo que traerte ese pan, ¿verdad?”

“¿Eh? ¿No? Está bien, teniente general.”

“Dijiste que querías comerlo.”

“Es cierto, pero… no es como si fuera a morirme si no me lo meto en la boca ahora mismo. Es solo que… me hace sentir bien el hecho de que se me haya ocurrido algo exacto que quiero comer.”

Se-hwa sonrió con brillo en los ojos, como si con eso fuera suficiente.

“Hasta ahora los he hecho sufrir mucho a usted y a mi padre. Pero ahora que se me ocurren estas cosas, siento que de aquí en adelante ya no les causaré más molestias….”

“Cariño. No digas esas cosas ni en broma, ¿qué molestias?”

Al reprenderlo con voz algo severa, Se-hwa bajó la mirada como un perrito bajo la lluvia y refunfuñó: “Ya sé bien lo que siente, teniente general….”

“Si lo sabes, no hables así. Ahora vuelvo.”

“Teniente general, no tiene que hacerlo. De verdad que yo—.”

“Te lo prometí, Se-hwa. Te daría cualquier cosa que quisieras.”

Un pan redondo espolvoreado con azúcar glas barata y relleno de mermelada de fresa. Ki Tae-jeong se levantó recordando los detalles que Se-hwa le había descrito.

“Volveré pronto.”

Se-hwa, atónito por la determinación de Ki Tae-jeong, no paraba de repetir: “No, yo, de verdad”.

“Espera solo un poco.”

Apartando la silla con un chirrido, Se-hwa se levantó también, y Ki Tae-jeong le dio un ligero beso en la frente. Ante aquel beso juguetón y sin previo aviso, Se-hwa solo pudo apretar los labios, como si intentara controlar las comisuras que no paraban de subir.

Conteniendo a duras penas las ganas de abrazar a Se-hwa y quedarse allí con él, Ki Tae-jeong salió de la cocina para buscar su chaqueta.

“Esto, teniente general.”

Se-hwa, que lo había seguido de cerca mientras sostenía la mano de Hae-rim —quien había sido arrastrado fuera de la mesa en medio de la comida—, agarró la manga de Ki Tae-jeong y susurró con timidez.

“…Gracias.”

Ki Tae-jeong se quedó mirando el rostro de Se-hwa, cuyas mejillas y lóbulos de las orejas se habían vuelto rojos como manzanas maduras, y reaccionando tarde, susurró como un granuja:

“Creo que el agradecimiento está mal dicho, cariño.”

Mientras decía esto, se dio unos golpecitos en la mejilla, y Se-hwa miró de reojo a Hae-rim antes de ponerse de puntillas. Aun así, le faltaba un poco de altura, por lo que sus labios rozaron de forma ambigua algún lugar entre la comisura y la barbilla de Ki Tae-jeong. Parecía que más que un beso, quería dejarle una marca. El aroma de Lee Se-hwa era dulce y la temperatura de sus labios, que permanecieron más tiempo de lo habitual, era tan alta que Ki Tae-jeong se sintió algo embriagado.

“Pero, papá grande. ¿A dónde va? ¿No va a comer?”

Hae-rim, que no pudo aguantar más, se metió en medio cortando de tajo el ambiente pegajoso que estaba a punto de formarse entre la pareja.

“Hace un rato solo estaban secreteando entre ustedes y yo no pude oír nada….”

“Ah, es que a papá pequeño se le antojó un pan de repente.”

“¿Pan?”

“Sí. Pero como Solecito no debía escucharlo, papá pequeño lo pidió bajito.”

“¿Por qué? ¿Por qué Solecito no puede oírlo?”

“Porque Solecito está durmiendo profundamente en la barriguita de papá pequeño. Los bebés duermen mucho, así que no pueden participar en las reuniones familiares como Hae-rim.”

“Ah, era por eso….”

“Por eso mismo.”

Sacudiendo con fuerza el cabello de un Hae-rim ligeramente ofendido, la hinchazón de sus mejillas regordetas se derritió en un instante.

“¿Hae-rim también quiere comer pan? ¿Quieres que traiga uno para ti también?”

“¡Sí! ¡Yo también! ¡Yo también quelo!”

“Está bien, de acuerdo.”

“Que le vaya bien, teniente general.”

“Sí. Les avisaré, sigan comiendo los dos.”

“¡El pan me usta, me usta mucho!” Con el acompañamiento de la voz emocionada del niño como música de fondo, Ki Tae-jeong salió de casa. No de la ‘residencia oficial’, sino de la ‘casa’ donde vivía su familia.

Por cierto, el pan que vendían en la tienda de la casa de apuestas del Distrito 3…. Bueno, no sería ninguna molestia. Ki Tae-jeong se sentía simplemente encantado de que hubiera surgido algo que pudiera hacer por Se-hwa, no, por el hijo de Se-hwa y suyo.