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‘Si quieres ver a Bell, abre más las piernas. Si no, no esperes tener ni un pene dentro.’

Philip parpadeó tras lograr abrir los ojos a duras penas, encontrándose con el dormitorio inclinado ante su vista. Le costaba discernir si aquello era una pesadilla o la realidad. ¿De quién era esa voz que resonaba en su cabeza como un zumbido incesante? Arrugó el gesto, soportando el dolor que recorría cada fibra de su cuerpo.

‘¿Cuántos días han pasado ya?’

Y lo que era peor, no tenía forma de calcular cuántas veces ese tipo se había servido de su cuerpo. Lo único que sabía era que, con cada bocanada de aire, el olor al semen de ese sujeto emanaba de sus poros, y sentía algo escurriéndose de cada uno de sus orificios. Su cuerpo se sentía como plomo y sus entrañas estaban sumidas en una incomodidad absoluta.

Por él, se quedaría allí tumbado para dormir un poco más, pero no podía permitírselo. ¿Cómo iba a quedarse de brazos cruzados mientras un demonio suplantaba a su marido?

‘Ese maldito es Belial, sin duda alguna. Bastardo.’

Era una certeza grabada en su piel tras días de alternar entre el desmayo y el sexo. Bell jamás lo trataría de esa forma; ni se le ocurriría dejarlo sin asear, y mucho menos cometería tales actos violentos sobre su cuerpo inconsciente. No era una suposición, era una convicción absoluta.

‘¿No le bastó con follarme unas cuantas veces para largarse, que ahora pretende seguir fingiendo ser mi esposo?’

Cierto era que su marido también era un demonio y que, técnicamente, ambos eran su esposo, pero en esta situación donde Bell había desaparecido, tenía que encontrarlo a toda costa.

‘¿Pero cómo lo recupero?’

En teoría, la luna llena ya había pasado, así que Bell debería haber regresado a casa, ¿no? No lograba comprender por qué no volvía. Tampoco podía seguir confiando en Belial. ¿Cómo creerle cuando el marido que prometió devolver no aparecía y su propio cuerpo apestaba al semen del intruso?

¿Existiría algún método específico para traer de vuelta a Bell? Y de ser así, ¿cuál sería? El verdadero problema era que la solución solo la conocía ese invitado no deseado.

‘Maldita sea. Por elegir mal a un compañero de cama, voy a terminar con la familia destruida.’

Philip movió los ojos con cansancio y soltó un largo suspiro.

‘Primero me lavaré y escaparé antes de que ese tipo regrese.’

Por muy por los suelos que estuviera su reputación, no podía salir de casa con ese aspecto. Ahora, más que su propio honor, le importaba el de sus hijos que estaban creciendo.

‘A este paso, me he convertido en un esclavo sexual. Joder.’

Jurando que jamás volvería a tener sexo en noche de luna llena, Philip no dejó de refunfuñar hasta que se sumergió en la bañera. Se quedó traspuesto mientras el agua caliente relajaba sus músculos y, cuando volvió a abrir los ojos, ya era la mañana del día siguiente.

* * *

Su cuerpo, dotado de una excelente capacidad de recuperación, recobró la vitalidad pronto. Aunque el sexo con él fuera violento, su organismo, tras recibir en abundancia el semen de su alfa, se encontraba en mejor forma que de costumbre. Cosas de la vida de un omega.

Salió del baño con el paso más ligero de lo habitual y se cambió de ropa por una más cómoda. Lo hacía para tener una excusa creíble en caso de cruzarse con ese tipo. Por supuesto, lo ideal era no encontrárselo, pero no sabía si tal cosa era posible.

‘Actúa con la mayor naturalidad posible.’

Nada más abrir la puerta del dormitorio, Philip se estiró y rotó el cuello. Fingió que acababa de despertar y que no recordaba absolutamente nada. Sin embargo, tuvo que detenerse en seco y alzar la barbilla tanto que sintió un pinchazo en la nuca para poder sostenerle la mirada a aquel resplandor rojo carmesí.

“…….”

Sus labios parecían sellados con pegamento; no salía ni una palabra. En ese instante, los recuerdos del Refugio 900 afloraron como cicatrices: el sexo desenfrenado y los clímax peligrosos. Eran los ojos de un depredador que consideraba a los humanos simples seres insignificantes, unos ojos de los que se había borrado cualquier rastro de Bell. Al encontrarse con esa mirada, Philip se sintió incapaz de moverse, como si el aire a su alrededor se hubiera congelado.

Si hubiera sido la primera vez que lo veía, se habría desmayado o habría salido huyendo a toda prisa, pero por suerte pudo evitar ese papelón.

“Realmente eras Belial……”

Al pronunciar su verdadero nombre, la mirada que albergaba esas pupilas rojas se rasgó en una sonrisa. No emitió sonido alguno, pero Philip supo por instinto que se estaba riendo de él.

No lograba distinguir si era una sonrisa amistosa, una burla o una cargada de malicia. Solo podía rezar para que fuera lo primero. Y si no, que al menos fuera solo una burla.

“……¿Por qué demonios tienes ese aspecto?”

Ante esa pregunta, Belial ladeó la cabeza mientras miraba a Philip con desdén. Sus ojos rojos eran sumamente persistentes, como si le recriminara: ‘¿A qué viene tanto fingimiento después de haberme invocado porque te gustaba este aspecto?’. Philip, por su parte, no retrocedió y sostuvo la mirada con la tenacidad de quien está al borde de un abismo; sentía que si cedía un paso más, todo habría terminado. No obstante, su instinto dictaba algo diferente.

Como una presa que prepara su huida ante una fiera, Philip empezó a retroceder lentamente para poner distancia. Fue un acto del que ni él mismo era consciente. Para cualquier ser vivo, sentir pavor ante ese demonio gigantesco y azabache era lo más natural del mundo. Era una cuestión ajena a su fuerza de voluntad.

Siguió retrocediendo hasta que alcanzó la puerta abierta del dormitorio. Solo le faltaba un paso para entrar, pero, como si lo estuviera esperando, ¡pum!, la puerta se cerró violentamente a sus espaldas.

Si hubiera tenido un dedo en la rendija, se lo habría partido en dos. Philip se acarició la mano mientras volvía a alzar la vista hacia Belial.

Sus labios temblaron intentando preguntar qué quería o qué trato debían hacer para que se marchara de una vez, pero la voz no le salía. A decir verdad, ni siquiera se atrevía.

Aquel demonio insolente vaciaba botellas de alcohol usando solo el dedo índice, y Philip agradecía que, en lugar de botellas, no estuviera estrujando cráneos humanos. El demonio, al que el tamaño de las botellas parecía resultarle insuficiente, rompió una con el dedo. Los fragmentos de vidrio saltaron por doquier. Si aquello hubiera sido una cabeza humana……

La mirada de Belial, clavada en la botella, se desplazó lentamente de nuevo hacia Philip. Era un resplandor rojo amenazante, como si el punto láser de un francotirador se hubiera posado sobre su pecho izquierdo.

Cuando el segundo empezó a sentirse como un minuto y el minuto como una eternidad, Belial se incorporó lentamente.

Sus cuernos negros rozaron el techo, amenazando con tocarlo. A pesar de que esa casa había sido construida con techos mucho más altos que otras mansiones de lujo de la zona, ante Belial, aquello no servía de nada.

Philip, que solo lograba balbucear ante él, intentó detenerlo con cautela.

“Es-espera. No te muevas y hablemos primero. Dime dónde está mi marido y por qué sigues tú aquí.”

Belial detuvo sus movimientos y se quedó observando a Philip fijamente. El resplandor rojo fluctuaba levemente, siguiendo con insistencia la mirada de Philip. Aunque solo pasaron unos segundos, Philip se rodeó los brazos con las manos sin darse cuenta. Tenía la piel de gallina y le costaba respirar.

¿Cómo podía alguien resultar tan abrumador solo con su presencia? Así era Belial. Un ser tan imponente que resultaba sumamente incómodo para un simple humano compartir el mismo espacio o sostenerle la mirada.

Y Belial era un ser astuto que sabía utilizar esa presencia. Aspiró profundamente, como si absorbiera la incomodidad, el desagrado y la ansiedad que Philip sentía. Tras inflar su enorme torso como si estuviera saboreando el aroma de un manjar delicioso, clavó la vista en los ojos azules de Philip, como si quisiera leerle el alma.

“…….”

Philip, por instinto, dejó de pensar y contuvo el aliento. Entonces, Belial acortó aún más la distancia, soltando de vez en cuando un humo grisáceo. Ese humo era el testimonio de que aquel lugar no era un sueño, sino la realidad construida por los humanos, y que él coexistía en el mismo espacio que Philip.

En pocas palabras:

‘La he cagado.’

Intentó vaciar su mente en la medida de lo posible, pero Philip no podía quitarse de la cabeza esa idea. Aquella escena, aquella situación... se parecía demasiado al prólogo de una de esas películas de terror de tercera categoría que tanto detestaba.

No podía dejar de pensar que se encontraba en el momento en que un personaje secundario estúpido despertaba a un demonio antiguo por alguna razón, y terminaba siendo asesinado por él para dar comienzo a la historia. Esa clase de películas predecibles donde, tras la muerte del secundario, aparece el protagonista de forma heroica para sellar al demonio de nuevo.

Incluso el hecho de que el ‘motivo específico’ para despertar a este demonio fuera el sexo... Ni siquiera en una película de terror de tercera categoría usarían una excusa tan barata.

Belial dejó de observar al humano que se agitaba frente a él y levantó su enorme cuerpo con lentitud. Extendió el dedo índice hacia Philip y, con la larga punta de su dedo, levantó su camisa, recorriendo suavemente su firme torso hacia arriba.

“……Maldito sexo de porquería.”

¿Acaso el mismísimo Belial también deseaba sexo? Si era así, esto ya no era una película de terror de tercera, sino una comedia erótica de bajo presupuesto.

Mientras Philip dudaba, la punta de ese dedo negro como el carbón estimulaba su piel al rozarla. Por suerte, no era afilada como una uña humana; el extremo era romo y se sentía casi como silicona. Sintió el alivio de saber que, al menos, no moriría atravesado por una garra mientras su ropa subía cada vez más.

Sobre la piel expuesta se amontonaban marcas de hematomas rojos, mordiscos y huellas de estrangulamiento. Belial saboreó la escena como quien inspecciona una mercancía y bajó la mirada.

Acto seguido, con la punta de la otra mano, le bajó los pantalones y, esta vez, le dio un toquecito a su pene, que yacía exhausto. Los gruesos muslos de Philip se tensaron, como si intentaran ocultar su entrepierna.

“……Mierda, qué manos tan largas tienes.”

Tal como el día que ingresó al refugio y Bell le hizo el examen físico, los modales de las manos de Belial eran pésimos. Esa punta de dedo, que se sentía como silicona sólida, no dejaba de estimular su pene flácido, humedeciendo el espacio entre sus piernas. Con cada roce, el líquido blanquecino que aún permanecía en sus entrañas escurría por sus dos orificios, mojando los dedos negros de Belial con un sonido viscoso.

“No intentes jugar conmigo. Ah…… ¿Dónde está mi marido? Maldita sea.”

Cuando Philip forcejeó moviendo la cadera para evitar el contacto, Belial movió los dedos estimulando descaradamente ambos orificios y los testículos al mismo tiempo. La imagen recordaba a una bruja montada en su escoba, con el problema de que Philip no podía bajar aunque quisiera.

Intentó apoyarse en la punta de los pies, pero en algún momento estos dejaron de tocar el suelo. Mientras tanto, los labios de su orificio vaginal, que habían envuelto el pene de su marido toda la noche, ahora acogían la mano de Belial. Esa mano se movía como si estuviera a punto de ser insertada, haciendo que los músculos de su entrepierna se tensaran.

Finalmente, acorralado por el placer, Philip apoyó ambas manos contra la pared junto a sus orejas. Aunque sus piernas temblaban sin fuerza por los días de sexo ininterrumpido, apretó los dientes y luchó por bajarse de la escoba mágica que Belial había creado. Aunque suene increíble, era una cuestión de fidelidad.

¿Philip preocupado por la fidelidad? Si Belial pudiera leer sus pensamientos, se burlaría de él. Pero Philip hablaba en serio.

Desde que perdió a Bell, no sentía que Belial y Bell fueran la misma entidad. Solo cuando Bell estaba presente sentía esa conexión; pero en una situación donde Belial ocultaba a Bell intencionadamente, no podía aceptarlos como uno solo.

Para él, ahora Belial no era más que un loco que le había arrebatado a su marido que vivía tranquilo.

De hecho, hasta antes del último encuentro sexual, Philip guardaba la vaga esperanza de que, si seguía el juego, recuperaría a Bell. Pero en lugar de que su esposo regresara, lo que tenía frente a sí era a un borracho con forma de demonio. Bajo estas circunstancias, ¿cómo verlos como la misma persona?

Si tuviera que explicar lo que sentía, era como estar engañando a su marido mientras este dormía. Por supuesto, si Mackie o Roald escucharan estos pensamientos, se reirían de su repentina moralidad, pero así se sentía Philip. Ahora que Bell no estaba, no le apetecía en absoluto tener sexo con Belial.

Philip apartó los dedos de Belial con la mirada encendida. En realidad, su estado era tan lamentable que incluso un solo dedo del demonio bastaba para ultrajarlo.

“Ya es suficiente, ¿no? Devuélveme a mi marido. Devuélveme al padre de mis hijos. Si lo haces, ah…… te dejaré hacer todo eso que tanto te gusta hasta que te hartes. Podrás perforar cualquier agujero que quieras. Solo devuélveme a mi esposo.”

Ante la resistencia desesperada y los forcejeos de Philip, los movimientos de Belial, que pretendía penetrarlo a toda costa, se detuvieron lentamente. Miró a Philip en silencio y, como si hubiera perdido el interés, chasqueó los dedos.

Entonces, junto con el humo que exhalaba en cada respiración, el enorme cuerpo de Belial desapareció en un instante. Mientras Philip miraba hacia donde había estado el demonio, rogando que todo fuera un mal sueño, vio un rostro muy familiar.

Era Bell. En cuanto Philip lo vio, sus párpados se abrieron de par en par y las comisuras de sus labios temblaron. ¿Finalmente le devolvían a su marido?

“¡Bell!”

El aspecto de su esposo tras varios días no era el mejor. Se veía agotado, como si algo lo hubiera atormentado, pero al ver a Philip, su expresión también se iluminó por un segundo. Sin embargo, fue breve. Sin emitir sonido, solo moviendo los labios, gritó:

‘Huye.’

Philip, leyendo sus labios, se quedó congelado en el sitio. Se llevó la mano al pecho izquierdo y sintió que su corazón latía más rápido que nunca. ¿Era esto lo que se sentía cuando el corazón se te cae a los pies? Su respiración se volvió pesada y el mundo empezó a darle vueltas. En ese intervalo, el rostro de Bell se desvaneció y la forma del demonio azabache reapareció.

Belial miró los ojos de Philip, deformados por el dolor, y soltó una risita burlona, arqueando su resplandor rojo en una sonrisa triunfal.

Tras burlarse de él un buen rato, Belial volvió a ultrajar el cuerpo del humano con sus dedos negros y preguntó:

“¿Por qué buscas a tu exmarido tan pronto?”

Por el contexto, era claramente una burla, pero el tono sonaba como una pregunta inocente. Belial preguntaba con la misma falta de tacto maliciosa que un niño pequeño.

Tras asimilar la expresión de Bell y lo que este le había dicho, Philip volvió la vista hacia Belial. ¿Exmarido? ¿Quién demonios era el exmarido?

“Esto acaba de empezar; si pones esa cara, no será divertido para mí. Philip, ¿no me buscaste porque Bell se volvió aburrido? Yo estaba convencido de ello, y Bell también lo cree.”

Belial lamió con su lengua el dedo con el que había estado hurgando la entrepierna de Philip y sonrió. No contento con eso, comenzó a acortar la distancia con la parsimonia de quien acorrala a su presa. Philip buscó una salida con la mirada, pero Belial bloqueaba cada ruta de escape con una precisión asombrosa. Era un gusto perverso.

Aunque podía inmovilizar sus extremidades en un segundo si quisiera, no lo hacía. Simplemente se acercaba despacio, alimentándose de las emociones negativas que Philip desprendía como si fueran aperitivos: miedo, ansiedad, nerviosismo.

“Hace apenas unos días mordías mi pene con gusto, y ahora sales con que quieres volver con tu exmarido. Qué aburrido.”

Le sostuvo la mirada con insistencia, como esperando que le diera la razón. Philip lo miró de abajo arriba y soltó un bufido de desprecio.

“Sí, tal como dices, últimamente sentía que me picaba algo. Te agradezco el servicio prestado. Pero cuando el trabajo termina, uno debe irse. ¿Qué es este comportamiento de fantasma? Qué aburrido.”

La comisura de Belial, que hasta hace un segundo rebosaba suficiencia, se tensó en una línea recta. Preguntó de nuevo, como si no creyera lo que acababa de oír:

“……¿Fantasma?”

“Sí, un fantasma. Lo que estás haciendo no se diferencia en nada de lo que hace un antepasado muerto hace tiempo que vuelve como espíritu para molestar a sus descendientes. ¿Acaso tienes algún apego por la vida que lleva Bell? Para tu información, él no es más que una máquina de hacer tareas domésticas. Así que deja de jugar y tráelo de vuelta. Por tu culpa tengo una montaña de limpieza pendiente.”

Frunció el ceño como si no quisiera repetirlo y señaló la pila de latas de cerveza amontonadas tras Belial.

“Maldita sea, cuanto más lo veo, más absurdo me parece. Me preguntaba quién demonios aplastaba las latas de esa forma tan ridícula, y resulta que eras tú. Se nota a leguas que nunca has hecho una tarea en casa. Escucha, a diferencia de ti, Bell y yo trabajamos muchísimo para conseguir estas vacaciones. Significa que te largues de una vez. Y por supuesto, llévate ese cementerio de latas cuando te vayas.”

Belial, inconscientemente, siguió el dedo de Philip y miró hacia atrás. Al ver el cementerio de latas que él mismo había creado, soltó una risa cínica. A diferencia de otros, él no solía mostrarse ante los humanos por una razón simple.

Le fastidiaba que siempre intentaran venderle su alma a cambio de deseos, especialmente cuando la mayoría ya tenía asegurado su lugar en el infierno sin necesidad de vender nada.

Si para Bell los humanos eran animales con los que se podía empatizar y rehabilitar, para Belial los humanos eran como hijos ingratos de los que no esperaba ni una pizca de esperanza. ¿Y ahora tenía que escuchar órdenes de limpiar latas de cerveza? Belial preguntó con una expresión bastante seria:

“¿Acaso tantas embestidas te han dañado el cerebro?”

Sonaba más a una preocupación genuina que a una amenaza. Aún no habían hecho ningún trato y el estado del humano ya parecía ser desastroso.

Sin embargo, Philip, sin importar la expresión o las palabras de Belial, siguió con su discurso sin inmutarse. Era su estilo característico. El estilo arrogante de Philip Antoine Kingston.

“Bueno, para ser sincero, desde que di a luz no me habían dado tan duro. Así que sí, siento que el cerebro se me ha sacudido bastante. Hacía tiempo que no era tan extremo. Gracias a eso, todavía me duelen las entrañas.”

Belial frunció el entrecejo como si hubiera visto algo repugnante y retrocedió un paso. Miró de reojo el bajo vientre de Philip por instinto y, al ver cómo su pene, aún al desnudo, se tensaba por sí solo, soltó un breve suspiro.

¿Es que este humano no conoce la vergüenza?

“Mira que ponerse a jugar con las palabras solo por orgullo. Escucha, Philip. Parece que esto no te termina de calar y te lo tomas como un juego, pero será mejor que despiertes de tu sueño.”

Nada más terminar su amenaza, Philip soltó un bufido de desprecio. Al contrario, dio un paso hacia Belial acortando la distancia. Aunque solo ese gesto hizo que su corazón martilleara con fuerza y la punta de sus pies temblara, como buen hombre de negocios, ocultó esa expresión con facilidad.

Enfrentarse a Belial en su forma original era difícil, pero el Belial con el rostro de su marido era alguien a quien podía manejar. Sobre todo porque, para echar a un psicópata, el método más eficaz era hacerle sentir que él era un psicópata igual de grande.

El ‘big data’ que Philip había acumulado durante todo este tiempo decía precisamente eso.

“¿Juego? Qué juego. Si no me crees, intenta robarle los recuerdos a Bell. Para él, esta casa es una aspiradora, una lavadora o, como mucho, un lavavajillas. Y por la noche, es un dildo manso que obedece a la perfección.”

En cuanto terminó de hablar, las venas del cuello de Belial se marcaron mientras soltaba una carcajada.

“Cómo te esfuerzas. Por muy vulgar que hables, no puedes ocultar lo que sientes por ese tipo. ¿Quién te crees que eres para intentar engañarme?”

Le estaba diciendo que se dejara de mentiras. Sin embargo, Philip recurrió a toda la falsedad y parsimonia de la que fue capaz y puso la expresión más indignada posible. Incluso se encogió de hombros, pensando que con esto bastaría para convencerlo.

“Suena convincente, pero no me impongas tus sentimientos. Esto no es una cuestión emocional. Escucha, Belial. Si te roban de la noche a la mañana un electrodoméstico que usas bien, ¿te sentirías de buen humor? Pues eso, mierda, así es exactamente como me siento yo ahora.”

“¿Así que quieres que te lo devuelva?”

“Exacto. Es alguien a quien he domado dedicándole mi tiempo. Devuélvemelo. Tienes esa obligación.”

Belial, que observaba a Philip con los ojos entornados, chasqueó la lengua y retrocedió dos pasos.

El trato de aspiradora o lavadora ya era espantoso, pero lo que más le horrorizaba era el trato de dildo manso y obediente. Que alguien con su mismo rostro recibiera semejante trato... Belial se restregó la mandíbula con brusquedad y frunció el entrecejo.

Aun si fuera cierto, ¿por qué este humano no le tenía miedo a nada? ¿Acaso tenía varias vidas?

“Obligación. Por no haberte matado, tengo que escuchar estas estupideces. Debería haberte matado de inmediato como a los demás humanos.”

‘¿No es así, Philip?’

Philip no respondió a la mirada que parecía interrogarlo. A Belial pareció gustarle el silencio que Philip había creado, pues dijo con tono pausado:

“Philip, tienes una creencia extraña. La creencia de que no podré matarte.”

Philip, dándose por aludido, mantuvo el silencio en lugar de responder. A Belial le pareció divertido y, señalándolo con el dedo, soltó una risita.

“Por supuesto, sé de dónde viene tu arrogancia. Es por aquel día que nos conocimos en ese maldito refugio, ¿verdad?”

Su voz, que antes era relajada, cambió bruscamente al mencionar el ‘maldito refugio’. Emanaba un sentimiento más denso que la ira, algo parecido al asco.

“Es cierto que, por la alegría de encontrarme con un humano después de tanto tiempo, te follé con dulzura. Y también es cierto que te dejé marchar con vida. ¿Pero cuánto durará eso? ¿Hasta cuándo seguirá respirando alguien tan insolente como tú?”

Belial habló con el dedo índice levantado.

“La vida de un humano es solo una, ¿no es así?”

No olvidó añadir un tono burlón, diciendo que no perdía nada por cuidar de su única vida.

“Conserva bien tu vida. ¿Quién sabe? Tal vez mi humor mejore y traiga a Bell ante ti.”

La mirada que Philip le devolvía se volvió aún más afilada. Si los humanos se ganaban la vida mintiendo día sí y día también, ¿por qué un demonio, que podría considerarse el origen de la mentira, no iba a poder mentir? No, Belial ya había mentido y Philip se la había tragado.

Al rumiar el hecho de haber sido engañado, un sentimiento de disgusto brotó en su interior. Al mismo tiempo, intuyó que si perdía el control de la situación, todo habría terminado.

“Me parece que sobrevaloras demasiado a Bell para mí. Te lo repito, solo quiero que me devuelvan mi lavadora y mi aspiradora. ¿Quieres hacerlo tú en su lugar? Si es así, no necesito a Bell.”

Justo cuando iba a decirle que trajera a Bell si no era capaz de hacerlo, Belial le arrebató la palabra.

“¿Hacer qué en su lugar?”

“Sustituir a Bell. Si eso no es lo que quieres, no entiendo por qué demonios sigues aquí.”

El enorme cuerpo de Belial se detuvo al instante. Incluso el vaho blanco que exhalaba en cada respiración se detuvo por un momento.

“Sustituir a Bell……. Cómo te atreves.”

La voz de Belial resonó con una profundidad amenazante, como el sonido de un tambor en una cueva profunda. Cuando su voz se apagó, se solapó con la de Philip.

“Qué ‘cómo te atreves’ ni qué niño muerto. Estoy diciendo la verdad. No sé con qué intención no te marchas y ocupas el cuerpo de Bell, pero lo que buscas no está aquí. La prueba es que yo te invoqué. Un dildo manso está bien, pero de vez en cuando a uno le apetece un dildo rudo que no obedezca.”

Nada más terminar la frase, Belial presionó con fuerza el cuello de Philip con solo dos dedos. En un instante, no solo se quedó sin aire, sino que su visión se desmoronó rápidamente. No pudo ni gemir. Solo podía abrir y cerrar los labios intentando respirar.

Su mente se nubló y su visión se tornó negra. ¿Morir era esto? El dolor de sus pulmones siendo estrujados se fue adormeciendo y, cuando estaba a punto de perder el conocimiento, el conducto de aire obstruido se abrió un poco.

“No puedes morir, Philip.”

Belial se rió para sí mientras jugueteaba una y otra vez con la respiración de Philip. Como una fiera que juega con su presa por pura diversión, así hacía él.

Philip soltó una tos dolorosa mientras pataleaba e intentaba agarrar los dedos de Belial repetidamente. En medio del dolor de su garganta desgarrada, la poca ropa que llevaba fue arrancada con violencia.

“¡Cof, cof cof……!”

Justo cuando estaba a punto de expirar, la fuerza de los dedos que jugaban con su garganta se relajó. Solo entonces pudo respirar por completo y sus pulmones, que se habían contraído, se hincharon al máximo. Mientras intentaba recuperar el aliento desesperadamente, una mano negra como el azabache inmovilizó las piernas de Philip manteniéndolas abiertas.

Philip no dejó de forcejear gritándole que se largara, pero solo lograba emitir una voz rasgada. Además, su forcejeo no era más que un tierno intento que no servía de nada.

“Vaya que han hecho bien este agujero. Y encima intentando usar trucos baratos para quedártelo solo para ti. Qué tipo más blando.”

Belial lamió el cuerpo del humano con una lengua larga como la de una serpiente. Tras lamer cerca de la carne rojiza que se asomaba entre sus piernas abiertas, separó los labios vaginales con la punta de su lengua afilada y hurgó en su interior.

Una cola que había brotado de alguna parte rodeó ligeramente el grueso cuello de Philip. Con que forcejeara un poco, la cola presionaba con precisión la carótida, haciéndole perder la lucidez.

“Ah……. Cof, ah. ¡Ugh……!”

Cada vez que raspaba las rugosidades de las paredes vaginales, el pequeño clítoris se excitaba y crecía. Si fuera Bell, lo habría estimulado con cuidado con la mano o la lengua, pero su oponente era Belial. No había preliminares ni se podía esperar consideración alguna.

La lengua larga raspó rápidamente las paredes vaginales que aún no estaban listas y, tras pasar el cuello uterino, comenzó a lamer el útero. Philip, sorprendido por ese estímulo sordo que nunca había sentido, golpeó el suelo con la espalda rechazándolo con todo su cuerpo.

Irónicamente, cuanto más lo hacía, más fluido vaginal brotaba, empapando rápidamente no solo la lengua de Belial, sino también su entrepierna.

“¡Ah, ugh……! Ah.”

Philip forcejeaba para empujar a Belial hasta que se le inyectaron los ojos en sangre. Sin importarle lo más mínimo, Belial movía la lengua por el interior del útero como si estuviera inspeccionándolo todo. Luego, movía la lengua de adelante hacia atrás estimulando las paredes vaginales, o movía la base de la lengua para estimular el orificio.

¿Será que el hecho de que un demonio use bien la lengua no significa que sea bueno mintiendo, sino simplemente que sabe moverla bien? Philip se vio arrastrado por ese pensamiento absurdo y, sin darse cuenta, soltó un gemido.

En ese momento, la lengua blanda que llenaba su interior fue retirada de golpe. Su columna, que había estado arqueada por el forcejeo, chocó contra el suelo. Parecía que por fin iba a poder recuperar el aliento, pero Belial no era de los que permitían tal lujo.

Mientras el orificio, dilatado al ancho de la lengua, recuperaba su tamaño original, la abertura vaginal se contraía rítmicamente, dejando escapar un líquido viscoso que goteaba sin cesar. El flujo recorría su entrepierna hasta alcanzar incluso el orificio posterior. Justo cuando lograba recuperar el aliento a duras penas, un glande negro como el azabache presionó con precisión la entrada aún entreabierta. Cada vez que Belial retiraba la cadera para luego empujarla hacia adelante, Philip retrocedía arrastrando la espalda por el suelo.

Debía de tener miedo. Era natural que un simple humano sintiera pavor ante algo así. Sin embargo, para un humano obsesionado con el sexo, era un acto que jamás podría rechazar, por lo que Belial tiró de los tobillos de Philip para inmovilizar su cuerpo de nuevo.

“¡Ah!”

Belial empapó con su resplandor rojo el cuerpo del humano, diminuto en comparación con el suyo. En esa posición, presionó la entrada con la punta de su pene y movió la cadera lentamente. Los ojos de Philip, desorbitados, temblaron con rapidez como si suplicara por su vida, mientras Belial saboreaba su expresión con una risa sorda.

Tenía la misma cara que aquel primer día que follaron.

Belial rodeó la cintura del humano con una mano. Era un cuerpo infinitamente débil comparado con el de un demonio, pero mucho más firme que el de un humano promedio. Eso le gustaba. El hecho de que fuera un cuerpo capaz de resistir un poco de fuerza y que, además, tuviera dos orificios.

Solo faltaba que Philip suplicara que lo penetrara de una vez para que todo fuera perfecto.

“De-detente. Para……”

Con la penetración ante sus ojos, Philip volvió a forcejear diciendo que no quería. Belial restregó y aplastó su entrepierna con el glande deliberadamente, pero la respuesta de Philip fue la misma.

“No vengas a darte aires de refinado ahora. ¿Crees que no me di cuenta de cómo llorabas desconsoladamente mientras estabas ensartado en mi pene cada vez que te follaba?”

Belial soltó un gemido bajo y empujó la cadera hacia adelante. El glande erecto aplastó con precisión el orificio anterior humedecido por el flujo. Al mover la cadera en ese estado, los labios vaginales se adherían al pene, siendo arrastrados hacia adentro y luego empujados hacia afuera repetidamente. No habían pasado ni unos pocos movimientos y una espuma blanca ya escurría de su sexo. Era el resultado de las paredes vaginales, sorprendidas por el dolor de la presión, contrayéndose sin descanso.

“¿No abandonaste a tu exmarido porque te gustaba esto? Sonríe. Te voy a follar hasta que me salga por la garganta.”

“¡Ugh, ugh……! ¡Ah, agh……!”

En realidad, el movimiento de entrada y salida no tenía sentido. Por mucho que moviera la cadera, el grueso pene estaba tan encajado contra las paredes vaginales que apenas se desplazaba fuera del orificio. Al ver aquello, Belial reajustó su agarre sobre la cintura de Philip y arremetió con fuerza. Solo entonces el vientre de Philip empezó a hincharse y a aplanarse repetidamente, lo que significaba que estaba acogiendo el pene de Belial por completo.

“¡Ugh, mmpf……!”

Cada vez que la distancia con Belial se acortaba, sentía ganas de vomitar. No podía ni imaginar hasta qué profundidad estaba siendo penetrado. Definitivamente no era un sexo normal. Bueno, no podía serlo. Era imposible que algo tan grueso hurgando en su interior se sintiera como una relación convencional.

Lo más aterrador era que se estaba acostumbrando a ese acto absurdo. El dolor punzante se transformó en una sensación sorda, y ese dolor sordo dio paso a un estímulo sutil. Especialmente cuando el pene, que estaba profundamente clavado, era extraído a la fuerza, una sensación eléctrica recorría todo su cuerpo, dándole una extraña sensación de alivio.

“¡Ah……! ¡Ah! Mierda……. ¡Ah!”

A medida que el bombeo se volvía más rápido, su propio pene medio erecto comenzó a levantarse. El orificio posterior, empapado por el flujo que se derramaba, también se contraía buscando otro pene, y el sexo que había dejado en manos de Belial sufría espasmos constantes tras varios clímax. Irónicamente, eso hacía que el pene insertado se sintiera aún más grande, como si su vientre estuviera a punto de estallar.

Su respiración se volvía cada vez más pesada y sus músculos dolían como si todo su cuerpo hubiera sido retorcido. Le dolían los músculos internos y también los abdominales, que no paraban de estirarse y contraerse.

Incapaz de soportarlo, Philip llevó las manos sobre su cabeza y arañó el suelo. Quería escapar de allí, pero no era tan fácil.

Para colmo, Belial, que apenas empezaba a divertirse, comenzó a sacudir la cadera en serio mientras exhalaba humo blanco. Sus embestidas eran tan violentas como una locomotora de vapor.

“¡Ah, ahg……!”

Más que gemidos, de entre sus dientes se escapaban gritos teñidos de dolor. No podía ni siquiera pronunciar bien la palabra ‘detente’. Su rostro, empapado de saliva y lágrimas, estaba completamente descompuesto, y el estado de sus entrañas no era muy diferente.

Por otro lado, a Belial le encantaba de verdad el agujero que Bell había creado. No sabía si era un error o algo hecho a propósito, pero el cuello uterino tenía mucha más elasticidad y flexibilidad que el de un humano normal, por lo que podía mover la cadera profundamente sin miramientos. Aunque, por supuesto, al que no le importaba era a Belial, no a Philip.

En ese momento, Philip, que se sacudía por el dolor y el placer, soltó una arcada y se quedó lacio. Al sentir que la fuerza con la que apretaba el pene flaqueaba levemente, Belial hizo estallar su semen caliente como si hubiera estado esperando ese momento. Qué lástima que se desmayara justo cuando empezaba lo bueno.

Belial retiró su pene del orificio anterior con pesar. Al hacerlo, quedó a la vista el orificio vaginal totalmente dilatado y la carne interna moviéndose de forma orgánica. El semen que había vertido allí y el flujo turbio recorrieron el perineo, empapando el orificio posterior y el suelo.

Ya no salía siguiendo el ritmo de la respiración. Simplemente fluía tal como estaba abierto, tal como había sido derramado.

Philip apenas alzó la vista hacia Belial con los ojos entrecerrados. Le sostuvo la mirada como recriminándole si de verdad quería seguir con ese cuerpo que parecía un cadáver, pero Belial solo se burló de él. Sí, eso era un maldito demonio.

Aquellos humanos que se la pasaban denunciando que él era un demonio lo decían porque nunca se habían topado con uno de verdad.

Philip, que soltó una risa amarga para sus adentros, borró cualquier rastro de humor y retorció su cuerpo. Era un movimiento impulsado por el instinto de supervivencia, sin importar si era un demonio o lo que fuera. Sin mirar atrás, gateó por el suelo con desesperación intentando alejarse. Con cada movimiento, el semen viscoso goteaba de su orificio dilatado, mojando la piel que tocaba el suelo; sentía un asco profundo por esa sensación.

Odiaba todo. ¿Y si terminaba perdiendo a Bell de verdad por culpa de esto? Joder. ¿Qué era el sexo para que hubiera vendido a su marido? Además de ser el padre de sus hijos, era su único esposo.

Su visión borrosa se volvió aún más difusa, impidiéndole ver bien lo que tenía delante. Su respiración era cada vez más agitada y lo único que alcanzaba a ver era el suelo de la sala. Justo cuando tanteaba los alrededores con la palma de la mano para corregir su dirección, vio a lo lejos el mando de seguridad que se le había caído.

Belial, que observaba a Philip, volvió a agarrar al humano por la cintura. Esta vez, atrapado en posición de cuatro patas, Philip arañó el suelo con las manos y las rodillas como un perro.

Aunque quisiera empujarlo, su postura inestable se lo impedía. En ese momento, una sensación ardiente invadió el espacio entre sus nalgas. El glande, reluciente por todo tipo de fluidos, frotaba el perineo y el orificio posterior, calculando el camino de entrada.

“De-detente. ¡Joder……! ¡Paraaaaa……!”

Su voz rasgada sonó como una súplica, pero a Belial no le importó. Simplemente enrolló su cola alrededor de su pene erecto. Es más, esta vez no hubo consuelo con la lengua; empujó su gruesa cadera directamente en ese estado.

“¡Agh!”

La cola enrollada en el pene presionaba y aplastaba las arrugas y las paredes internas con más fuerza, como una enredadera trepando por un árbol. Incluso utilizó la punta de la cola para masajear y estrujar la próstata, que estaba en fase de involución. Con cada toque, los escasos sentidos que le quedaban eran ultrajados, dándole una sensación eléctrica.

“¡Ugh, ah……! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ahg!”

La punta de sus pies se encogía por sí sola y lágrimas calientes caían al suelo. Era una imagen tan feroz que no quería que nadie la viera. De su uretra, roja e hinchada, caía un líquido transparente que ensuciaba todo el lugar.

“Ah, ahh……. Ah, ahhh…….”

Un estímulo que supera el límite de lo soportable genera una sensación similar al dolor. Así estaba Philip ahora. El problema era que esa sensación tan atroz cambiaba repentinamente a un estímulo erótico, y esa sensación erótica volvía a convertirse de golpe en dolor.

Y el problema mayor era que el control sobre el dolor y el placer dependía exclusivamente de Belial.

“Me gusta. Y por eso mismo quiero destrozarte aún más. Completamente a mi gusto.”

Belial, que actuaba como si fuera a darle un respiro, volvió a mover la cadera con ganas. El glande negro aplastaba las arrugas con tal fuerza que estas desaparecían y, al mover de nuevo la cadera, las arrugas se daban la vuelta mostrando la carne roja del interior. El bombeo comenzó junto con un dolor que parecía partir su cuerpo en dos.

Entonces, sus extremidades, que yacían lacias, empezaron a temblar y a agitarse con espasmos. Cuanto más lo hacía, la mano que lo sujetaba por la cintura estrujaba su aliento con más violencia, y más se contraían las arrugas succionando el pene.

“¡Aaaaah! ¡Ugh……! ¡Ah! ¡Ah!”

Su visión se volvía blanca, luego amarilla y finalmente negra de nuevo, como si una bomba hubiera estallado frente a él. Su cuerpo se sacudía violentamente con cada movimiento de Belial. Parecía un móvil infantil que ondeaba sin fuerzas bajo la mano de Belial. Así de poco era lo que Philip podía hacer.

Si ese tipo le metía el pene, tenía que aceptarlo; si lo sacudía, tenía que sacudirse.

Cualquier otro humano habría perdido el conocimiento o muerto hace tiempo, pero Philip, incluso en medio de aquello, movía los ojos con desesperación intentando mantener la cordura. Recorrió los alrededores con sus ojos inyectados en sangre y recuperó el sentido al ver el mando a lo lejos. Si se desmayaba ahora, le seguirían haciendo esto eternamente.

“Vaya que, para ser humano, ah……. aguantas mejor de lo que esperaba.”

El gemido que soltó Belial calentó la columna vertebral de Philip hasta hacerla arder. Al parecer, el sexo con Philip le resultaba bastante grato, pues no dejaba de sacudir la cadera contra aquel orificio que, en comparación con su pene, resultaba asfixiante.

Con cada embestida, las arrugas sorprendidas se movían a duras penas en un clamor por expulsar esa pene negro; pero cuanto más lo hacían, Belial gruñía con más satisfacción.

Estaba tan complacido que su enorme cuerpo se estremeció como el de alguien que hace sus necesidades y arremetió con la cadera hacia arriba. En ese instante, la base del pene que aún no había sido insertada ensanchó las arrugas con brutalidad y terminó de entrar. Su entrepierna azabache aplastó las nalgas de Philip sin piedad, y el glande que entraba y salía del colon golpeó con precisión la curva de la pared interna más profunda.

“……!”

Philip no pudo ni siquiera gritar y vomitó un líquido transparente. Sentía un dolor retorcido en sus entrañas, como si le hubieran propinado un puñetazo en el estómago, pero incluso ese dolor se adormeció al poco tiempo. Entonces, los músculos de todo su cuerpo, ensartado por ese pene negro, se tensaron y presionaron el pene de forma involuntaria.

Ante esto, Belial volvió a estremecerse y comenzó a eyacular. Una sensación ardiente que empezó en la boca del estómago fluyó gradualmente hacia abajo; era tan nítida que podía distinguir exactamente dónde empezaba y por dónde descendía.

Philip, con la conciencia a medio apagar, dejó caer la cabeza. Lo que alcanzaba a ver debajo de él era su pecho con los pezones endurecidos y su vientre, hinchado hasta resultar incómodo a la vista.

Aun así, no salía ni un gemido. Su cuerpo simplemente temblaba como una hoja y, cada vez que exhalaba una fina bocanada de aire, el olor fétido del semen le punzaba la nariz.

“Si sigues siendo así de obediente y aguantas bien, tal vez te deje ver de vez en cuando la cara de tu exmarido en el infierno.”

Los párpados blancos, casi cerrados, temblaron levemente.

‘¿Bell está en el infierno?’

Si Bell había intercambiado su cuerpo con Belial y estaba encerrado en el infierno en su lugar…… ¿no significaba eso que podía volver a hundir a Belial allá abajo?

El problema era cómo diablos iba a meter a ese loco que solo pensaba en el sexo de vuelta al infierno.

‘Primero tengo que ver a Bell para descubrir el modo.’

Para ver a Bell, tenía que ir al infierno……

Incluso mientras su conciencia se desvanecía, Philip no dejaba de dar vueltas a su cabeza. Por supuesto, eso no significaba que se le hubiera ocurrido un plan maestro, aunque sí algo que valía la pena intentar como último recurso.

Tras terminar de organizar sus pensamientos, Philip se movió haciendo temblar su cuerpo, que se sentía a punto de romperse. Su vientre, hinchado por el semen, se agitó. Mientras se agarraba el abdomen con una mano e intentaba enderezar el torso con desesperación, Belial lo observaba con curiosidad. Era la mirada de quien presencia cómo un insecto que ha pisado con todas sus fuerzas se niega a morir. Soltó una exclamación baja y volvió a mover la cadera, que se había detenido.

“Kugh……”

Philip, que apenas aguantaba, volvió a desplomarse contra el suelo. Belial, sobre él, comenzó a mover la cadera de nuevo con voracidad. Debido al violento bombeo, el semen que intentaba fluir hacia abajo por la gravedad retrocedió, calentando sus entrañas.

“Ugh, ugh……”

Cada vez que Belial sacudía la cadera, sus pesados testículos golpeaban la entrepierna de Philip. El sexo de Belial era atrozmente malicioso, hasta el punto de inflamar la zona golpeada. Así, Belial lo ultrajó sacudiendo la cadera a su antojo. Ante esto, Philip ya no opuso resistencia. En su lugar, atrapó el mando de seguridad que estaba en el suelo y fingió tranquilidad.

Pero duró poco.

Belial, dándose cuenta de que Philip se estaba acostumbrando poco a poco a sus embestidas, giró el cuerpo de Philip media vuelta. Corrigió su posición para que su vista, que antes daba al suelo, ahora apuntara al techo.

“¡Mmpf……!”

Ante el repentino cambio de postura, Philip soltó un grito ahogado y exhaló un aire pesado. Su carne interna, retorcida por el giro, hizo un esfuerzo sobrehumano por expulsar el pene, pero esta era demasiado grande para ser expulsada.

En ese estado, Philip tuvo que soportar de nuevo las embestidas de Belial. A partir de ese momento, sintió cómo los sentidos que conformaban su cuerpo fallaban uno a uno.

En algún punto dejó de escuchar la voz de Belial y, debido a su mente nublada, su visión se volvió increíblemente borrosa. Sus receptores de dolor también debieron de averiarse, pues desde hacía rato no sentía ningún dolor más allá de la presión extrema.

Su cuerpo, expuesto a feromonas tan fuertes, no lograba regular su temperatura y, por ello, no dejaba de alcanzar clímax que consumían sus fuerzas. Era una sobrecarga.

Bueno, era de esperar.

Ya había soportado este sexo violento varias veces y, al estar físicamente mucho más débil que cuando se conocieron en el Distrito 900, su cuerpo se deterioraba rápido.

No era solo un sexo con amenaza de muerte; realmente sentía que, de seguir así, moriría por un síncope sexual. Philip también lo intuyó.

Pensó que, irónicamente, era una muerte que encajaba muy bien con él.

Philip se entregó por completo a un Belial que no dejaba de arremeter. Y, justo cuando este se disponía a eyacular en su interior por última vez, Philip también agitó su propio pene mientras era penetrado, forzando un clímax sobre otro.

En ese instante, sintió un pinchazo en lo profundo del lado izquierdo del pecho y su visión se tiñó de negro al segundo. Belial se dio cuenta tarde, cuando ya no había marcha atrás.

“Conque por eso estabas tan manso…… Has hecho trabajar mucho a esa cabecita adorable.”

Su ritmo cardíaco se ralentizaba y la voz de Belial se escuchaba cada vez más lejos.

“Pero qué lástima. Incluso si caes al infierno, a quien encontrarás será a mí. La muerte no es una vía de escape.”

Jódete, Belial.

Antes de que tú me busques, Bell me encontrará primero.

“Cambiar el lugar de la cita también está bien. Sí, Philip. Cae al infierno como es propio de ti. Iré a buscarte pronto.”

En lugar de responder, Philip solo curvó levemente la comisura de un lado de su boca en una sonrisa. Le hubiera gustado responder con un ‘jódete’ como el protagonista de una gran película, pero la muerte no era algo tan sencillo.

“Pero antes, echaré un vistazo a esos productos que pariste.”

Por un momento, sus pupilas azules y nubladas se agitaron con impotencia, bañadas por el desconcierto.

De nada servía intentar pronunciar ‘Daniel’ y ‘Gabriel’ con sus labios agrietados. Belial se burló de la madre que yacía bajo él, incapaz de hacer nada.

“Parece que lo olvidaste. Esas cosas son vuestras, pero al mismo tiempo son mías. ¿No es así?”

Era verdad, pero no quería admitirlo. Aunque lo admitiera o no, nada iba a cambiar.

Philip, con los ojos abiertos, solo exhalaba suspiros dolorosos. Tenía los ojos abiertos, ¿pero por qué no veía nada? Su pecho izquierdo ardía como si hubiera estallado y, por mucho que agitara el tórax intentando respirar, no sentía que entrara ni una gota de aire. Sus gemidos de dolor eran ásperos como si los rasparan con papel de lija.

Incluso cuando había perdido el conocimiento varias veces teniendo sexo con Bell, o cuando se quedaba dormido por el agotamiento, nada se comparaba con este sufrimiento.

Pero lo más doloroso eran las palabras que soltaba Belial.

“¿No estaría bien que todos vivieran en el infierno para variar? Bell, ese en quien tanto confías y a quien tanto buscas, también lo deseará. Solo que no lo dice porque es un hipócrita.”

La voz de Belial se escuchaba distorsionada y grotesca, como un altavoz estropeado. A partir de cierto punto, ya ni siquiera entendía lo que decía. La madre, ante las puertas de la muerte, solo podía rogar que los gemelos estuvieran a salvo.

Su respiración entrecortada se fue apagando y la fuerza abandonó su cuerpo. La mano que sostenía su pene se relajó y cayó lacia. Estaba a punto de soltar el mando que apretaba con la otra mano y el movimiento de su tórax cesó.

Su cuerpo, ya encaminado a la muerte, fue succionado rápidamente por la oscuridad. Solo le quedaba esperar a morir del todo en esa tiniebla, pero Philip no lo hizo.

Pulsó el botón del mando con todas sus fuerzas y, al mismo tiempo, con la otra mano cerró todos los dedos excepto el corazón.

Que te den por culo. Que Dios envíe a este Satanás al cielo para que sea exterminado.

“A…… mén.”

Exhaló un largo suspiro y sus pupilas azules se dilataron por completo. Era el fin de la turbulenta vida de Philip Antoine Kingston.

Incluso entonces, en lugar de despedir a su amante, Belial simplemente movió la cadera con violencia antes de que el cuerpo se enfriara más. No es que por follar más rápido fuera a caer antes al infierno, pero él despidió a Philip a su manera.

Al alcanzar el clímax, Belial besó el pecho de Philip, que ya empezaba a enfriarse con la rigidez de la muerte, y descargó sobre él toda su turbia lujuria. Con un gemido bajo, susurró al oído de Philip:

“Nos vemos pronto.”

Como si fuera una respuesta a sus palabras, las puertas blindadas reforzadas instaladas en la mansión comenzaron a cubrir las ventanas. Una a una, las aberturas y salidas se sellaron, atrapando a Belial en el interior.

—Sistema de seguridad activado en todo el perímetro.

Belial, que aún abrazaba el cuerpo de Philip, observó las ventanas y puertas bloqueadas con ojos que ardían como brasas. Solo entonces descubrió el mando a distancia en el suelo y lo destruyó de un pisotón.

“Conque usaste esa cabecita hasta el último aliento, ¿eh?”

¿Acaso creía que una simple puerta blindada podría detenerlo?

Belial soltó una risa burlona ante el sistema de seguridad que Philip había activado. Fue entonces cuando, antes de que pudiera enfriar su irritación, su cuerpo de enorme satán, que casi rozaba el techo, comenzó a encogerse rápidamente hasta recuperar la forma humana. Al sentir cómo perdía su fuerza de golpe, Belial miró sus manos, ahora humanas.

“……Bell.”

Una ira profunda, hirviente como el magma, calentó su pecho. Ni siquiera cuando estuvo atrapado en el Distrito 900 del refugio, privado de todo su poder, se había sentido tan furioso. Aquello había sido, al menos, un periodo de descanso.

Habiendo terminado ese largo letargo, ahora debían compartir el cuerpo como en el pasado, pero Bell lo había bloqueado. Por si fuera poco, ahora pretendía monopolizar los frutos que habían salido de su propio cuerpo.

Belial lanzó una mirada fulminante a la puerta de seguridad. Aunque estuviera en un cuerpo humano, ¿acaso no podría destrozar algo así? Sin mirar atrás, se dirigió hacia la salida.

* * *

Los humanos nacen una sola vez y, sin excepción, encuentran la muerte. Por eso, cualquier humano imagina al menos una vez cómo será su final. Philip no era la excepción.

Sin embargo, su muerte era algo que jamás habría podido predecir.

Morir asesinado mientras tenía sexo con un demonio... Ciertamente era un final muy propio de Philip Antoine Kingston, pero ¿qué humano en su sano juicio imaginaría que su fin sería ese?

Philip era un hombre cuya imaginación se quedaba corta comparada con su estilo de vida.

“Mierda.”

Tras revisarse el dorso y la palma de las manos, Philip recorrió su cuerpo con la mirada. Estaba en camino a ver a su marido después de mucho tiempo, así que no podía evitar preocuparse por su aspecto.

Por suerte, vestía un traje hecho a medida exclusivamente para él por su marca favorita. El único inconveniente era que estaba descalzo; y para colmo, unos pies descalzos manchados por el lodo de alquitrán negro que brotaba del suelo.

Tras masticar un insulto en silencio, Philip tiró de los puños de su chaqueta para ajustarlos y se retocó el cuello del abrigo.

“Bueno, al menos…… parezco el protagonista de una película de cazademonios. Está bien. ¿Debería ponerme solemne y encender un cigarro?”

Lanzó esa broma al aire, aunque su expresión ocultaba una ansiedad latente. En cuanto terminó de arreglarse la ropa, miró a su alrededor. Un espacio que parecía un páramo y un calor denso que se sentía bajo las plantas de los pies. Pequeñas vibraciones, como si la tierra estuviera sollozando, y ese líquido de alquitrán de origen desconocido que se filtraba por las grietas.

Su expresión se endureció un poco más al observar el entorno.

En ese momento, a lo lejos, la tierra se partió y una columna de humo gris brotó con un siseo. Se veía peligroso a simple vista; de haber estado allí, su cuerpo se habría derretido en un instante.

Philip tragó saliva y le dio la espalda a la grieta. Cubriéndose la nariz y la boca con el brazo, empezó a caminar. El calor sofocante y el olor a azufre le irritaban la nariz, recordándole de forma desagradable dónde se encontraba.

“Ya lo sé, joder. Sé que esto es el infierno.”

Si él no caía en el infierno, ¿quién lo haría? No le importaba el lugar. Sin embargo, sentía que sería una lástima quedar atrapado aquí para siempre con Belial sin siquiera haber visto a Bell.

Sentía que, si pudiera regresar, cuidaría a los bebés con más alegría que antes, e incluso escucharía con paciencia los sermones de Jacqueline, que tenía un temperamento tan difícil como el suyo.

Claro que eso solo lo sabría si lograba volver.

Llegado al límite de su irritación por todos esos pensamientos, Philip levantó la cabeza y gritó:

“¡Bell!”

Su grito se extendió a lo lejos, viajando sobre el calor que emanaba del páramo. Cuando su voz se apagó, Philip volvió a gritar:

“¡Me estoy cabreando, así que da la cara ahora mismo! ¡Nuestros hijos están en peligro!”

Como era de esperar, no hubo respuesta. Empezó a ponerse nervioso pensando que tal vez Belial se le adelantaría.

“¿Es que no quieres ver a Gabriel y a Daniel? ¿Vas a dejarle el puesto de padre biológico a Belial?”

Sus pasos, antes cautelosos, se volvieron rápidos y urgentes. De vez en cuando miraba hacia atrás para asegurarse de que nada lo perseguía. Sentía que, en un lugar así, cualquier cosa podría estar acechándolo, fuera Belial o no.

Fue entonces cuando volvió a girar la cabeza hacia el frente.

“¿Philip?”

Philip giró la cabeza hacia donde provenía la voz. Allí vio a un enorme demonio de forma negra. Físicamente era idéntico a Belial, pero Philip supo instintivamente que era Bell. De lo contrario, no habría lágrimas cayendo de esos ojos.

“……Vaya cara que tienes. Es la viva imagen de un idiota que acaba de perder a su esposa.”

A medida que se acercaba, la expresión de Bell se descompuso visiblemente.

“¡Philip! ¿Cómo…… cómo has llegado hasta aquí? ¿Estás loco?”

“Belial me lo dijo. Me dijo que estabas en el infierno.”

Bell negó con la cabeza, atónito. Por mucho que Belial se lo hubiera dicho, ¿cómo era posible que un humano lo siguiera hasta el mismísimo infierno?

“Ya estoy aquí, así que qué más da. No se puede cambiar. Así que, antes de convertirte en mi exmarido, piensa de inmediato en cómo vamos a volver.”

La expresión de Bell, que hasta hace un momento era de incredulidad, se endureció de golpe.

“¿Ex…… exmarido? ¿Por qué voy a ser el exmarido?”

“Belial dice que tú eres el exmarido. Parece que él quiere ser el marido actual.”

Bell, que parecía a punto de llorar, puso una expresión gélida y aterradora.

“¿Marido actual?”

“Sí. Ya sabía que yo caería al infierno. Incluso dijo que vendría a buscarme pronto. Y lo más importante, mencionó a los gemelos. Ese mal nacido sabe de la existencia de nuestros hijos.”

Bell escuchó las palabras de Philip en silencio, se pasó la mano por el pelo con brusquedad y esbozó una sonrisa torcida. Tras murmurar que Belial soñaba demasiado, tomó la palabra:

“Cambié de cuerpo por si acaso. No es fácil llegar a la mansión de Jacqueline en un cuerpo humano normal; caminando tardaría meses.”

“¿Y si se le ocurre tomar un taxi?”

“¿De qué hablas, Philip? Todas las cuentas están a tu nombre y el efectivo está en la caja fuerte. ¿Cómo va a tomar un taxi alguien que no tiene ni un dólar? Aunque entiendo tu preocupación.”

Philip negó con la cabeza y se puso las manos en la cadera. Se acarició la barbilla y continuó con naturalidad:

“No, está bien. Yo activé la seguridad. Lo instalé en la mansión de antemano por si pasaba algo. Una vez que se activa, no se puede entrar sin importar lo que hagas desde fuera, y si te quedas atrapado dentro, no puedes salir sin mi identificación biométrica.”

Solo entonces, las expresiones de ambos, que habían estado tensas y rígidas, se relajaron. Bell, impresionado, añadió:

“Definitivamente, el dinero es lo mejor.”

“En fin, como Belial y yo usamos el mismo cuerpo físico, no podemos existir en la misma dimensión al mismo tiempo. Es decir, a menos que yo intervenga, Belial se quedará atrapado en esa mansión para siempre. Por eso, puedo volver en cualquier momento.”

Philip sintió un alivio momentáneo al oír que podían regresar.

“Pero hay un problema.”

Bell miró con preocupación a Philip, que había llegado hasta el infierno para buscarlo.

“El problema es que tú ya has muerto, Philip.”

“……Lo sé. Fue una experiencia que no quiero volver a repetir jamás.”

Fue lo peor de lo peor. Se sintió como si todos los dolores y sufrimientos de una vida se hubieran concentrado en un solo trago amargo.

“Como ya has muerto, aunque quisieras, no podrías volver a repetirlo, Philip.”

Bell observó el vacío en silencio mientras sus ojos se movían de un lado a otro. Soltó un suspiro cargado de pesadumbre y, al oír ese lamento, Philip no pudo aguantarse más.

“Era la mejor opción. Tal como dijiste, aunque hubiera logrado escapar de él, tú no estarías.”

“……Philip.”

“No me siento capaz de criar a los gemelos solo y, joder, tampoco tengo fuerzas para vivir la vida que te correspondía a ti.”

Philip volvió a examinar los alrededores como un prisionero que acaba de fugarse.

“En cambio, tú sí pareces alguien que viviría bien por los dos. Cuidarías a los niños mucho mejor que yo. Si algún día crecen y preguntan dónde estoy, miénteles y diles que estoy en el cielo.”

Al soltar las palabras, sintió una punzada de amargura. Ni siquiera cuando Belial lo estrangulaba le dolió tanto como la idea de no volver a ver a sus hijos; sintió un nudo en la garganta.

“Ah, y otra cosa. Recupera mi cadáver y cuídalo bien. Ese mal nacido de Belial no me soltó hasta el final.”

Cerró la boca, incapaz de dar explicaciones más detalladas. Bell, que escuchaba su testamento, tomó la palabra.

“Philip, no es que no haya ninguna forma de volver.”

La mirada de Philip, que estaba clavada en el suelo, se disparó hacia arriba.

“¿Y-y por qué me lo dices recién ahora? Maldita sea.”

Lo apremió con los ojos para que explicara el método de inmediato, pero Bell vaciló, dudando antes de hablar. Philip, temiendo que Belial apareciera en cualquier momento, vigilaba los alrededores con rapidez.

Observando el estado de extrema ansiedad de Philip, Bell habló con cautela.

“Nunca pensé que llegaría a decirte algo así. Philip, entrégame tu alma.”

Ante tan trillada propuesta, Philip detuvo su comportamiento errático por un momento y miró a su marido.

“Normalmente, los humanos que venden su alma a un demonio terminan viviendo como sus esclavos tras la muerte. Pero, en tu caso, es un poco diferente.”

“Claro, porque ya estoy muerto. No es que esté pidiendo un deseo. Ah, ¿acaso el deseo de revivirme no funciona?”

“Por supuesto que no. Eso es algo que ni Dios podría hacer. De todos modos, aunque no pueda revivirte, sí puedes regresar. ¿Acaso el demonio que te lo propone no soy yo? No soy un demonio inferior, soy Bell.”

No sabía si era su imaginación, pero Philip juraría que Bell levantó la barbilla con orgullo.

“Yo recolectaré tu alma. A cambio, pasarás a formar parte de este lugar.”

“……Oh.”

“De esa forma, no morirás y serás libre del dolor que conduce a la muerte. También podrás entrar y salir del infierno. El único inconveniente es que, tarde o temprano, llegará el día en que te cruces con Belial.”

Mientras continuaba con la explicación, Bell tomó la mano de Philip con suavidad. Al entrelazarlas, una marca que representaba a Satán brotó con nitidez sobre su piel.

“No te preocupes demasiado, Philip. No estuve perdiendo el tiempo mientras Belial me tuvo encerrado en el infierno. He instalado un dispositivo de seguridad mínimo para que, en caso de que vuelvan a encontrarse, no ocurra lo mismo de antes.”

“Eso estuvo bien hecho.”

“Belial aparte…… vender el alma es más doloroso de lo que parece. Puede que vuelvas a pasarlo mal. Puede que te duela.”

Philip miró sus propias manos y luego alzó la vista hacia su esposo. Estando ya muerto, ¿qué podría ser peor que esto?

“Déjate de preocupaciones y hazlo de una vez. Solo quiero volver a casa cuanto antes para oler el aroma a leche de los gemelos.”

Bell, que miraba a su pareja con inquietud, curvó levemente los labios al oír mencionar a los niños. Seguía observando a Philip con ojos preocupados, pero no había nada más que pudiera hacer.

En ese momento, la marca que resaltaba en toda su mano se filtró en la piel y desapareció de la vista.

“Y, Philip.”

Philip, que miraba su mano con curiosidad, levantó la cabeza y cruzó su mirada con la de Bell.

“Gracias. Gracias por llegar incluso a morir por mí.”

De repente, su visión se nubló por completo y su mente se desvaneció. Cerró los ojos con tanta rapidez que la voz de Bell empezó a sonar lejana. Se preguntó cuántas veces se desmayaría en una sola semana. Solo esperaba que, al despertar de nuevo, estuviera en casa.

* * *

Contrario a sus deseos, cuando volvió a abrir los ojos, vio un sol rojo, nubes rojas y un cielo rojo. Pensó con cierta alarma si tendría que ir caminando hasta la Tierra, pero como no podía hacer nada al respecto, volvió a cerrar los ojos.

¿Cuánto tiempo pasó? Sus ojos, que antes pesaban como el plomo, se abrieron de golpe con ligereza. Con la esperanza de estar en casa, recorrió el entorno con la mirada, pero todo lo que veía le resultaba desconocido.

Un techo de aspecto antiguo hecho de ladrillos con musgo. Por muy bien que quisiera verlo, ni siquiera el sótano de su casa podría estar tan deteriorado.

‘¿Acaso…… Belial me atrapó de nuevo?’

Aquella confesión delirante de verse en el infierno resonaba en sus oídos. Si de verdad lo había perseguido hasta aquí, ¿qué se suponía que debía hacer ahora?

Buscó la marca que Bell le había dejado revisando el dorso y la palma de sus manos, pero no vio nada.

“Haaa……”

Un suspiro profundo brotó desde sus entrañas. Se frotó la cara con las manos, incapaz de comprender la situación, y volvió a examinar el lugar.

Por tamaño, era evidente que Belial era superior a Bell, pero considerando que Bell trabajaba en el refugio con una cara normal, Philip pensó que Bell tenía una mayor capacidad de control.

No entendía por qué demonios aún no habían regresado a casa. Cerró los ojos con hartazgo y se revolvió en el sitio. No tenía fuerzas para huir, y estando en un lugar desconocido, tampoco tenía sentido intentar escapar a ciegas.

‘Maldita sea. Qué jodienda.’

Ya que no podía morir otra vez ni tenía fuerzas para escapar, pensó que si querían follárselo, que lo hicieran hasta hartarse. Quizás así algún día se aburriría de él y se lo devolvería a Bell. Al fin y al cual, si era un demonio de verdad, sería capaz de eso y más.

En ese momento, el sonido de una puerta abriéndose le crispó los nervios. Al abrir los ojos dispuesto a aceptar lo que viniera, una figura familiar acaparó su atención. Unos cuernos enormes brotando de la frente y un resplandor rojo en los ojos más intenso que una luz de emergencia. Por un instante, sintió como si su corazón se hubiera trasladado a su cabeza y su visión tembló violentamente. El pulso, que resonaba como un tambor bajo, le provocaba un zumbido ensordecedor y un escalofrío le recorrió la columna.

Aunque su corazón y todos sus sentidos gritaban ansiedad, Philip permaneció aparentemente congelado, sin reacción. Solo miraba hacia arriba a esa figura gigantesca con ojos llenos de pavor, mientras la silueta negra se reflejaba en sus pupilas azules y pálidas.

“…….”

En su mente ya había huido cientos de veces, pero este cuerpo no se movía ni un milímetro, como si no tuviera dueño. Tarde o temprano, logró mover los ojos para escapar de ese resplandor rojo que caía sobre él. Fue entonces cuando vio un traje impecable sobre la silueta negra. Philip, que había estado inmóvil como alguien atrapado en un tiempo detenido, empezó a moverse poco a poco.

Justo cuando humedecía sus labios para llamar a su marido por su nombre, sucedió.

“¿Philip? ¡Philip……! ¡Finalmente has despertado!”

Una voz cargada de emoción retumbó en la amplia habitación. El cuerpo rígido de Philip se relajó y la comisura de sus labios tembló con torpeza. Al menos hasta que ese cuerpo enorme se abalanzó sobre él.

No pudo ni intentar escapar. Y como los accidentes siempre ocurren cuando uno menos lo espera, Philip no tuvo más remedio que soportar con todo su ser el peso de su pareja.

“¡Ah!”

Bell, con una postura extrañamente tierna para su tamaño, se aferró a Philip mientras agitaba los pies en el aire. A Philip le costaba respirar y sentía un pinchazo en las costillas, pero se sintió aliviado al ver que no se asfixiaba ni moría como esperaba. Tras morderse el labio aguantando a Bell, no pudo más y lo empujó fuera de la cama.

¡BUM—!

El enorme edificio, que parecía un castillo, tembló de forma visible. Sin importarle, Philip chasqueó la lengua y se sacudió las manos. Aun así, Bell parecía encantado y miraba a su pareja con una sonrisa boba en el rostro.

De pronto, un pensamiento cruzó la mente de Philip y, con el rostro pálido, preguntó con urgencia:

“¿Y los niños? ¿Están bien?”

Bell, que hasta hace un segundo sonreía como un idiota, borró la risa de su cara.

“De hecho, envié a un mensajero y me dijo que están perfectamente, que no tienes de qué preocuparte.”

Solo entonces, su cintura, que había permanecido rígida por la tensión, se relajó y se curvó cómodamente. Exhaló un suspiro de alivio y se frotó el rostro con las manos, como si intentara consolarse por todas las penurias pasadas.

“Sigo vigilando la situación constantemente, así que no te preocupes demasiado. Por ahora, lo primero es tu recuperación, Philip.”

Philip, recuperando el aliento, apartó las mantas y se dispuso a bajar de la cama.

“¿Philip? ¿Qué haces?”

“Puedo recuperarme una vez que estemos en casa. Vámonos ya. Es lo correcto.”

“Espera, Philip. No puedes volver con tu cuerpo en este estado. Si tu alma llega a extinguirse, entonces sí que no volverás a ver a los niños. Lo que quiero decir es que ahora el descanso es lo primordial.”

Al ser detenido de tajo, Philip no volvió a intentar moverse de forma precipitada.

“Regresaremos en cuanto te hayas recuperado un poco. No será tarde. Ahora mismo, Jacqueline se está dando una ducha después de que Daniel le vomitara encima. Lo veo todo, así que confía en mí.”

Solo entonces, la respiración de Philip, que subía y bajaba con ansiedad, se volvió acompasada. Tras un breve silencio, Bell continuó:

“Además…… Philip, tuve mucho miedo. No sabes cuánto temí que no pudieras despertar jamás.”

“No seas exagerado. Uno llega a morir y venir hasta el infierno para buscar a su marido, ¿y tú armas tanto alboroto por no poder aguantar eso?”

Ante esa respuesta tan mordaz, Bell saltó del suelo como un resorte.

“Has estado durmiendo durante una semana entera, ¿cómo no voy a preocuparme?”

Bell se levantó y se sentó en el borde de la cama, sosteniendo la mirada de un Philip que aún ladeaba la cabeza, incrédulo.

Claro, por mucho que lo intentara, la expresión de duda de Philip no desaparecía. ¿Cómo iba a creerlo? Un desmayo dura, como mucho, dos días; pero, lógicamente, ¿quién podría estar inconsciente una semana sin cuidados médicos? Lo normal sería morir antes.

“Ah, es verdad. Ya estoy muerto.”

Philip asintió lentamente y se encogió de hombros.

“Debiste preocuparte. Supongo que en el infierno no habrá hospitales ni nada parecido. Si no despertaba, habría sido el fin.”

“Philip……. Eso de verdad……. No es algo que alguien que acaba de despertar tras una semana inconsciente deba decirle a su familia.”

Bell lo miró con reproche y tomó aire profundamente, dispuesto a soltarle un sermón. Sin embargo, terminó rindiéndose, incapaz de hacerlo.

¿Cómo iba a regañar a su pareja, que no dudó en morir para recuperarlo? En cuanto abandonó la idea del sermón, recorrió con sus grandes manos el cuerpo de Philip, que se sentía más frío de lo habitual. No solo su semblante estaba pálido por el tiempo transcurrido, sino que, incluso al tacto, se notaba demacrado.

En el momento en que iba a decir algo más, Philip relajó su cuerpo hundiéndose en el mullido colchón. En este infierno, los únicos capaces de regañar a su pareja en una situación así debían ser los que estaban condenados. Bell palmeó la espalda de Philip como si arrullara a Daniel o Gabriel, y la respiración tensa de su esposo se volvió mucho más calmada.

De vez en cuando, una brisa cálida se filtraba por la rendija de la puerta, renovando el aire de la habitación. Eso era todo. El silencio fluía en una atmósfera pacífica y solitaria. Ese silencio sosegado y confortable, que ninguno de los dos había disfrutado últimamente, era la prueba de su reencuentro a salvo.

“Qué haces.”

Philip, a quien Bell creía dormido, habló con los ojos cerrados.

“¿No vas a besarme?”

Bell, que ya estaba hechizado por sus labios, no se lo hizo preguntar dos veces y unió sus labios con los de su pareja como si quisiera devorarlo allí mismo. Solo entonces, los párpados de Philip se abrieron lentamente. Sus ojos azules estaban bañados por una suave fatiga, como los de un viajero exhausto tras una larga travesía. A medida que sus lenguas se entrelazaban, las feromonas que emanaban humedecían sus mucosas con calor. La respiración, antes tranquila, empezó a encenderse y los brazos y manos que se rodeaban se volvieron más urgentes. Como si se les fuera la vida en ello, como si se aferraran a un clavo ardiendo.

“Mmpf……. Joder……”

El cansancio acumulado en cada rincón de su cuerpo se derritió, y la flacidez dio paso nuevamente a la tensión. La lengua, una vez insertada en su boca, entró cada vez más profundo, lamiendo con la punta la mucosa cerca de la garganta. Eso hizo que el inicio de la garganta del pálido humano tuviera un espasmo.

“Cof, agh……”

La lengua, una vez dentro, hurgó en su interior de forma algo traviesa, como midiendo su profundidad. El cuerpo de Philip, que estaba sentado, se inclinó en diagonal hasta quedar recostado sobre el colchón. En cuanto su nuca tocó la cama, la lengua del demonio se retiró de su garganta.

Incluso mientras tosía con dolor, agitando el tórax, la mirada de Philip permaneció fija en su pareja. Bell lo miró desde arriba y lentamente superpuso su cuerpo al suyo. Justo cuando iba a bajar de forma natural, una mano voló de la nada y agarró a Bell por las solapas.

Los ojos rojos de Bell, que hasta hace un momento estaban nublados y prendados de su esposa, vacilaron.

“Si no tienes ganas o vas a hacerlo por cumplir, mejor no hagas nada.”

Ese era el único rastro de orgullo que le quedaba, y no estaba dispuesto a renunciar a él. Bueno, aunque quisiera, no podría.

Bell besó la mano pálida que lo sujetaba. Con cada beso, un humo grisáceo escapaba de entre sus dientes, dispersándose en el aire como el humo de un cigarro. Tras esa neblina, el resplandor rojo de sus ojos se intensificó, volviendo el ambiente peligroso.

“Nunca me han faltado las ganas, y jamás lo he hecho por cumplir. Pero.”

Philip exhaló un aire algo agitado tras haber sido sometido a ese beso profundo y denso. Bell, mirando a su pareja con adoración, estiró la mano hacia la cama y, con los dedos, comenzó a enroscar una cola negra que parecía no tener dueño mientras sonreía. La cola, que se enrollaba en su dedo como la rosca de un tornillo, descendió hasta su muñeca, envolviendo su gran mano de forma sugerente.

Hasta ese momento, Philip no sabía qué estaba haciendo ni qué pretendía decir. Solo movía la mirada con cierta impotencia, siguiendo los movimientos de su pareja. Bell, sosteniendo la mirada de Philip, dijo:

“La razón por la que he sido tan cuidadoso hasta ahora, Philip, es porque eras un humano. Tenía miedo. Miedo de que murieras y de que, al hacerlo, cayeras al infierno como ha sucedido ahora.”

Como si quisiera que lo viera bien, le mostró a Philip la cola que tenía enroscada en la mano. Philip, que respiraba de forma entrecortada siguiendo la mirada de Bell, observó la cola con fastidio. ¿Y eso qué? Era obvio que un demonio tenía cola, y ya sabía perfectamente que Bell también la tenía.

No entendía el sentido oculto de por qué insistía tanto en que mirara la cola. Era una cola negra de superficie brillante, similar al material del charol. Parecía un látigo profesional costoso, o quizás un cable eléctrico grueso y flexible.

A medida que se alejaba del cuerpo, el grosor disminuía hasta terminar en una punta con forma de pica invertida; el material era de una silicona firme, ni muy dura ni muy blanda, con el extremo romo.

Al fijar la vista en la cola, Philip, sin darse cuenta, juntó ambos muslos con un escalofrío. Fue debido a que un recuerdo del pasado acudió a su mente.

En ese momento, la cola enroscada, como si tuviera voluntad propia, apretaba y soltaba la muñeca y los dedos de Bell repetidamente. Cuando la punta roma empezó a restregarse entre sus dedos y su muñeca como un gato cariñoso, la mirada de Philip también se volvió ardiente.

De repente, la cola que jugaba libremente fue atrapada con firmeza por Bell. Un escalofrío recorrió la columna de Philip, como si el dolor sordo en el coccix tras una noche entera de sexo hubiera regresado de golpe.

“¡Ah!”

Su vista, que apuntaba al techo, se invirtió y su rostro quedó hundido en la cama. En cuanto la manta que cubría su cuerpo se deslizó hasta las sábanas, Philip, por instinto, apoyó su peso sobre las rodillas y el pecho. Intentó mantener el equilibrio empujando el colchón con las palmas de las manos, pero el dolor sordo en el coccix se intensificó. Fue como si alguien hubiera tirado con fuerza de la cola que le brotaba.

“Joder, qué demonios. ¡Ah……!”

Las palabras que no llegó a formular se cortaron en el aire. En lugar de terminar la frase, lo que escapó de sus labios fue un gemido bajo.

“Ah……. Espera, qué, qué estás lamiendo. Qué estás haciendo, ¡ah……!”

Cuando la punta de la lengua lamió el grueso hueso del coccix, sus glúteos firmes temblaron violentamente. Philip, sorprendido por el estímulo desconocido, se estremeció y entró en pánico, pero no podía escapar porque su cola estaba atrapada. Bell lamió la piel pálida y erizada, y esta vez rodeó y lamió la cola negra que brotaba del coccix. Al ser estimulado entre el hueso que sobresalía y la cola, como si le enhebraran el ojo de una aguja fina, Philip agitó la espalda y las extremidades como alguien a quien le presionan la próstata.

“¡Ah, ahhh……! Qué mierda, esto es extraño……! ¡Ah!”

El pene, que se había ido endureciendo poco a poco, se irguió de golpe soltando espasmos de un líquido blanquecino que no llegaba a ser semen. Al mismo tiempo, sus orificios, anhelantes de recibir algo en su interior, se contraían con distintas formas, mordiendo el aire vacío; mientras tanto, el clítoris y los pezones se hinchaban sutilmente a la espera del siguiente estímulo.

Sin embargo, Bell, con una insistencia casi obsesiva, succionaba la base carnosa de la cola y, para burlarse de él, la golpeaba rítmicamente con la punta de la lengua. El cuerpo de Philip, que apenas resistía el estímulo desconocido, se sacudió como el de un niño acosado por las ganas de orinar. Cuando su cintura cedió hundiéndose hacia abajo, Bell tiró ligeramente de la cola que tenía enroscada en la mano para obligarlo a corregir la postura.

“¡Ah! ¡Joder……!”

Por un instante, un dolor punzante le nubló la vista. Su tren inferior tembló de forma convulsiva, como si sufriera un ataque. Experimentó una sensación extraña, como si el estímulo y el dolor se hubieran fundido en una sola masa. Era una sensación bizarra; sentía como si le hubieran atrapado un punto vital expuesto, pero al mismo tiempo, como si le masajearan el pene con rudeza.

“Philip, ¿qué tal se siente?”

*Se siente de la mierda, ¿para qué preguntas?*

 

Philip, con el rostro hundido en la cama, anduvo perdido por un momento antes de tantear las sábanas con frenesí para recuperar la posición. Justo cuando iba a recriminarle, el sonido de una cremallera bajando precedió al roce del glande, cálido y húmedo, que recorrió longitudinalmente su sexo cerrado.

Entonces, como si aplicara lubricante a una herramienta pesada, el flujo que emanaba humedeció el pene azabache. Así, el enorme pene, empapado por el líquido previo, comenzó a restregarse contra el orificio posterior, que se mantenía cerrado e hinchado.

“Parece que te ha salido una cola.”

`¿Una cola?`

Sorprendido, Philip agitó la espalda y giró la cabeza con urgencia hacia atrás. En ese instante, el glande del tamaño de un puño golpeó los pliegues cerrados y raspó la pared interna rojiza hacia arriba. Cuando Philip, sobresaltado, sacudió la pelvis de lado a lado en un amago de resistencia, Bell tiró con fuerza de la cola que tenía sujeta.

Como quien tira de las riendas de un caballo.

“¡Mmpf……! ¡Ah, ahg, ah!”

A veces, un corcel demasiado inteligente ignora las órdenes de su dueño a propósito, y en esos casos, incluso el mejor de los caballos necesita el látigo. Bell movió la cadera con violencia, arremetiendo de arriba abajo, mientras mantenía la cola tensa. Los pliegues que antes palpitaban desaparecieron al no quedar espacio para nada más. Al darse cuenta de que no podía expulsar el pene insertado de forma tan bruta, el orificio se limitó a apretar con una fuerza irracional.

Al comenzar el embate en ese estado, los pliegues, que ya no podían dilatarse más, se dieron la vuelta hacia afuera para apenas poder tolerar el pene. La amplia cama crujió con fuerza y Philip soltó jadeos entrecortados, intentando recuperar el aliento a duras penas.

Solo duró unos instantes. La falta de oxígeno en su cerebro hizo que su visión se emborronara. Aunque estuviera muerto, su cuerpo no era diferente al de antes. Es decir, lo único es que ya no volvería a morir, pero podía sentir absolutamente todo lo que sentía cuando estaba vivo. ¿Acaso existía un cuerpo mejor para tener sexo con un esposo demonio?

Sus ojos azules, empañados por lágrimas fisiológicas, temblaban bajo los párpados con las pupilas hacia arriba. Su nariz y boca estaban hundidas en la cama, y su respiración pendía de un hilo, como si fuera a cortarse en cualquier momento. Con cada inhalación y exhalación, sus gruesos músculos se movían como olas lentas, evidenciando la feroz batalla que Philip estaba librando.

Sin importarle lo más mínimo, Bell observó a su pareja y sacudió la cadera buscando el punto máximo. Lo hizo con tal fuerza que incluso las rodillas de Philip, que sostenían su peso, llegaron a elevarse en el aire.

“¡Ah, mmpf……! ¡Mmpf!”

Su aliento se cortó y volvió a fluir una y otra vez. Cada vez que sentía que se asfixiaba y luego recobraba el sentido, percibía la humedad pegajosa que emanaba de la manta y las sábanas bajo su cuerpo. Era el resultado de su pene pálido, que había estado eyaculando fluidos tras sucesivas erecciones. Aunque, técnicamente, no se podía llamar eyaculación, la forma era muy similar.

“¡Mmpf, Be, Bell……! ¡Ah! ¡Ahhh! Cariño, ¡mmpf……!”

Al ver que llamarlo por su nombre no servía de nada, usó el apelativo que más le gustaba a Bell. En ese momento, el sonido viscoso se transformó en un chapoteo mucho más rudo y el bombeo se volvió aún más salvaje. Escuchó un gruñido tras su espalda y, tras girar ligeramente el ángulo, Bell arremetió con la cadera hacia arriba.

“¡Agh!”

De repente, la fuerza abandonó todo su cuerpo y sus sentidos se apagaron uno tras otro. Si durante el sexo con Belial todos los sentidos, excepto la lujuria, quedaban sepultados por el dolor; con Bell, la sensibilidad sexual estallaba como fuegos artificiales, haciendo que los demás sentidos se sintieran embotados.

“¡Ahhhhh!”

Todo su cuerpo se retorció como una serpiente en celo, y de su garganta brotaron gemidos incomprensibles cargados de fervor. La cola sujeta por Bell perdió su fuerza y quedó lacia. Cuando Bell golpeó con su cadera contra sus glúteos, la punta de la cola sufrió un espasmo y comenzó a frotarse contra sus dedos como si se masturbara.

“Me vas a volver loco……. Cariño, ¿ya sabes cómo usar la cola?”

Bell se lamió los labios al ver cómo la punta de la cola lo buscaba. El sonido del choque de las carnes húmedas se aceleró gradualmente. Por si fuera poco, Bell se metió el extremo de la cola en la boca y la rodeó suavemente con la lengua, lo que provocó que el cuerpo de Philip, que apenas resistía debajo, se desplomara finalmente contra la cama. Poco después, el movimiento de la cadera de Bell también se detuvo. Tras ejercer presión hasta hundir los costados de sus glúteos, un semen blanquecino fluyó por la entrepierna desde sus orificios totalmente dilatados.

Al soltar la cola, esta pareció encontrar su destino y se enroscó con espasmos alrededor de la base del pene de Bell. Mientras tanto, ambos sufrieron una gran sacudida, oprimiéndose mutuamente como si solo pudieran detenerse tras devorarse el uno al otro.

Una vez que su pareja terminó de eyacular, Philip relajó su cuerpo exhausto. Se quedó tendido sobre la cama, recuperando el aliento mientras su grueso tórax subía y bajaba. Por suerte, Bell no siguió presionando y comenzó a besar el cuerpo de Philip, empapado en sudor frío.

En la habitación solo quedaban los gemidos bajos, las respiraciones pesadas y el sonido de los besos sobre la piel húmeda. Philip, resistiendo con respiración entrecortada, miró de reojo a su marido con la vista nublada.

“Qué blando eres.”

Ante esa queja repentina, Bell ladeó la cabeza. Philip soltó una risita para sus adentros antes de continuar:

“Y pensar que antes…… actuabas como si fueras a matarme mientras follábamos, ah……”

Bell no se inmutó ante la adorable queja. Simplemente besó su espalda pálida y lo abrazó por detrás de forma natural.

“¡Ah……!”

Debido al movimiento, la cola enroscada en la base del pene rozó los pliegues, estimulándolos. Sus hombros firmes reaccionaron con un estremecimiento ante el leve contacto, y Bell no pudo contenerse y besó su nuca.

“Ah……. Qué bien. Me encanta cómo hueles, cariño……”

“Entonces no te pierdas y asegúrate de encontrar bien el camino a casa. No hagas que la gente se canse.”

“No soy una persona, soy un demonio.”

“Juego de palabras.”

“Lo siento. De todas formas, de ahora en adelante no volverá a pasarte nada así con Belial. Aunque es cierto que, si vienes aquí, podrías cruzarte con él alguna vez.”

“No tengo nada que hacer aquí. Solo hace falta que tú no te pierdas.”

Philip movió los ojos con cansancio y finalmente los cerró. Bell soltó una pequeña exclamación de admiración al ver el perfil de su pareja. *¿Cómo es posible que se vuelva más guapo cada vez que tenemos sexo?* Mientras Bell lo admiraba en secreto, Philip disfrutaba de sus otros sentidos con los ojos cerrados.

El aroma del perfume que solía usar Bell y la fragancia de las feromonas de su pareja, que sentía ya impregnadas en su propio cuerpo. El tacto del roce de sus pieles y el sonido de un pulso desconocido que latía de forma irregular tras su pecho. El aliento de Bell sobre él era la prueba de que aún lo observaba, y esa mirada le resultaba grata.

Si el resplandor de Belial era una luz de emergencia, el resplandor de Bell, ahora que mostraba su verdadera forma, se sentía como la luz de una salida de emergencia. Y eso que, técnicamente, eran el mismo tipo de ser.

Philip soltó una risita antes de quedarse dormido. Sus extremidades, que habían estado rígidas por la tensión, empezaron a moverse con suavidad. Pensó que solo recuperaría fuerzas al llegar a casa, pero……

“No……. Parece que tú eras mi casa.”

Tras susurrar eso con una sonrisa tranquila, Philip levantó la cabeza y cruzó su mirada con la de su pareja.

“De ahora en adelante, quédate quietecito a mi lado.”

“Yo siempre me quedo quieto al lado de Phi—”

“Y no me repliques.”

Las pupilas rojas se movieron con rapidez de un lado a otro. Al ver que Bell asentía con sumisión, Philip no añadió nada más. En su lugar, cerró los ojos hundiendo su espalda en el amplio pecho de su esposo. No hablaron de cuándo despertarían ni de qué harían al hacerlo. Así, ambos volvieron a sumirse en el silencio.

Como si acabaran de regresar a casa tras un larguísimo viaje, se apoyaron el uno en el otro y simplemente descansaron.

* * *

Disfrutaron de un descanso profundo, respirando el aroma de la piel del otro tras tanto tiempo. ¿Cuánto habría pasado? Philip fue el primero en bajar de la cama, declarando una 'prohibición de pereza'. Sentía que, si se dejaba llevar, acabaría olvidando incluso a los gemelos y se instalaría para siempre en aquel infierno, así que se sacudió las sábanas y se puso en pie.

Para cuando entró en el baño y puso pasta sobre el cepillo de dientes, Bell, que lo había seguido, comenzó a llenar la bañera con agua caliente. Era la rutina común de una pareja de recién casados.

Uno se lava los dientes, el otro prepara el baño.

Tras terminar con su higiene bucal, se despojó del pijama y sumergió el cuerpo en la bañera que ya rebosaba. Mientras el agua caliente caía al suelo en pequeñas olas, ambos se acomodaron con comodidad en aquella tina tan espaciosa como las de un antiguo templo.

El vapor subía desde la superficie, calentando sus mejillas. Philip cerró los ojos ante el cansancio que lo invadía, disfrutando de una paz reconfortante.

“Creo que con esto la recuperación está más o menos terminada.”

Abrió los ojos y le hizo una seña a Bell. Este, que también disfrutaba del baño con los ojos cerrados, lo miró.

“Es cierto. No es perfecta, pero es gracias a que nos hemos esforzado mucho.”

“……Como sea, ¿cuándo piensas que volveremos?”

Su plan era recoger a los gemelos y regresar a casa en cuanto pudieran salir de allí. Aunque Bell los vigilara constantemente, para Philip —que ya había experimentado lo que era tratar con Belial— no era suficiente para calmar su angustia. Incluso teniendo a los niños frente a él, esa ansiedad no desaparecería del todo; saber de ellos solo de oídas era desesperante.

Bell, que ocupaba el lado opuesto de la bañera, se acercó a su pareja. Aunque se movió con cuidado, el desplazamiento del agua fue tan brusco que sacudió el cuerpo de Philip.

Al llegar a su lado, Bell sentó a Philip sobre su regazo y lo besó sin decir palabra. Más exactamente, toda su parte inferior del rostro fue succionada por los labios de Bell. Entonces, una lengua húmeda se deslizó entre sus labios entreabiertos, acariciando la mucosa bucal. Sus movimientos eran tan detallados y sugerentes como los de un tentáculo.

“Entiendo esa preocupación que tienes, Philip. Aunque, claro, no puedo comprenderla por completo.”

Philip, que se reacomodó varias veces al sentirse incómodo, miró a su marido frunciendo el ceño.

“¿Qué quieres decir? Suéltalo ya. Con confianza.”

Normalmente, ante esa expresión de 'con confianza', Bell habría filtrado sus palabras varias veces, pero hoy fue una excepción.

“Creo que no necesitas preocuparte tanto.”

Philip estuvo a punto de soltarle que decía eso porque no lo había vivido, pero se tragó las palabras. Belial era Bell, y Bell era Belial; era imposible que Bell conociera a Belial menos que él.

“Belial y yo estamos separados ahora, pero fundamentalmente somos el mismo ser. Así como yo no puedo ser un humano completo por mucho que me mezcle entre ellos, a Belial le pasa lo mismo.”

Philip intentó escuchar hasta el final, pero no pudo evitar soltar una risa burlona. Por mucho que fueran lo mismo, Belial no era alguien en quien se pudiera confiar. Al menos no el Belial que él conoció.

“¿Y entonces ese tipo también va a aguantar mi carácter como tú y a vivir como un muerto viviente? ¿Me estás diciendo que no se va a comer a sus propios hijos como Cronos cuando lloren toda la noche y que los va a criar con amor?”

A pesar de su tono exaltado, la expresión de Philip era de total indiferencia. Por eso mismo, su mirada brillaba con más agudeza. Se giró por completo para enfrentar a Bell.

“Responde. ¿Es él esa clase de tipo?”

“Eso ni yo lo sé. Pero, al menos, lo que quiero decir es que no dañará a los niños sin una razón.”

“¿Y si hay una razón?”

“¿Y qué razón podría tener? Belial se libró de la maldición de no poder ver la luz del sol gracias a esos niños.”

Que la única razón para no dañar a sus hijos fuera una maldición por la luz solar hizo que Philip soltara una carcajada amarga.

“Ese es el problema. Que el motivo para no hacerles daño sea simplemente romper una maldición. ¿Qué pasará si decide que es mejor deshacerse de ellos ahora y tener otros hijos que él mismo haya engendrado directamente?”

Esperó una respuesta, pero Bell guardó silencio.

“Es un demonio que ve a nuestros hijos como herramientas para romper su propia maldición. Incluso se dejó atrapar en la mansión por un simple humano. Si yo fuera Belial, saldría de esa casa con todas mis fuerzas y secuestraría a los niños.”

Era una idea aterradora, pero cuanto más lo pensaba, más convencido estaba de que él mismo haría eso si fuera Belial. Philip, mareado por sus propios pensamientos, aclaró su vista y dijo:

“Sé que suena ridículo que diga esto ahora. Yo mismo me sorprendo de cuándo empecé a querer tanto a esos niños como para preocuparme así.”

¿Por qué los humanos siempre se arrepienten y extrañan cuando las cosas ya han pasado? No es que fuera un mal padre, pero, sinceramente, no estaba seguro de haberles dado tanto amor como otros padres. Simplemente, el arrepentimiento le golpeaba y, cuanto más crecía ese sentimiento, más temía por ellos.

“Philip, no quise decir eso. Solo quería aliviar tu preocupación, pero parece que he fallado estrepitosamente.”

La voz grave resonó suavemente en el enorme baño. Cuando el eco se detuvo, Philip ocultó su angustia. Se frotó la cara un par de veces y volvió a preguntar:

“Aún no has fallado. Solo es que me he puesto emocional y he cortado el flujo de la conversación. Entonces…… ¿de verdad puedo estar tranquilo?”

A estas alturas, simplemente quería creer ciegamente en las palabras de su marido. Así es el corazón humano.

Bell acarició la mejilla de Philip con un dedo.

“Sí. Como ya sabes, Belial y yo somos el mismo ser y compartimos un cuerpo. Pero además del cuerpo, compartimos otras cosas.”

Le dio unas palmaditas en la espalda, como solía hacer para calmarlo.

“De hecho, no sería una exageración decir que lo compartimos todo. Los recuerdos se pueden borrar o esconder en parte, pero los sentimientos no se pueden ocultar. Jamás.”

“Sentimientos……”

“Sí, sentimientos. Por supuesto, son absurdamente simples comparados con los de los humanos, pero nosotros también sentimos. De lo contrario, ¿crees que estaría así de loco por ti?”

Bell acarició con cuidado el cuerpo de su pareja. Sus hombros firmes, sus muslos, su cabello rubio platino ligeramente húmedo. Lo tocaba con delicadeza, como si temiera romperlo, y mirándolo a los ojos, dijo:

“Y Philip, incluso cuando viniste al infierno a buscarme, yo ya te amaba. ¡Te digo que se me saltaron las lágrimas en cuanto te vi! Y ahora ese sentimiento es incluso más profundo.”

“…….”

“Con los niños pasa lo mismo. No sé por qué, pero ahora me gustan más que antes. Tengo ganas de verlos y de abrazarlos.”

Si Belial realmente hubiera tenido la intención de considerar a los gemelos como objetos y deshacerse de ellos, Bell no sentiría este deseo de verlos. Al contrario, le resultaba curioso que ese sentimiento se hubiera intensificado tanto.

“Eso significa que lo que siente Belial es parecido a lo que sientes tú.”

Bell asintió al ver la expresión de su pareja y lo atrajo hacia su pecho.

“Belial siempre ha sido muy celoso. Le molesta que yo sea el único que disfruta de todo esto. Eso es todo. No tiene intención de dañarte a ti ni a los niños. El problema es que su forma de expresarse es demasiado ruda para un humano, y su manera de amar se centra en sí mismo y no en el otro.”

Su forma de amarlo —matar a Philip para encerrarlo en el infierno y continuar su vida matrimonial (o mejor dicho, sexual) con él siendo Belial y no Bell— era un ejemplo representativo de su afecto.

“Sí, Belial definitivamente te ama. Por eso te deja vivir cada vez que se encuentran.”

“Entonces no eran imaginaciones mías.”

“Claro que no. Esta vez cortó tu respiración intencionadamente, pero antes no lo hacía. Todas esas fueron decisiones basadas en sentimientos. Jamás dejaría vivir a un humano sin una razón.”

Solo entonces, el nudo de ansiedad que lo asfixiaba se aflojó un poco.

“Sinceramente, creo que Belial es el verdadero hipócrita y el más blando de los dos. Yo soy directo; después de todo, fui yo quien se te declaró. Pero él es como…… alguien que finge desinterés cuando en realidad se muere de ganas. Como sea, somos seres que se mueven por curiosidad.”

Dicho de otro modo, si no lograban despertar su curiosidad, no habría ninguna oportunidad.

“Desde fuera puede parecer que tenemos puestos importantes donde disfrutamos de todo, pero en realidad somos seres con muchas más responsabilidades molestas de lo que parece.”

¿Crees que Belial se dará por vencido fácilmente estando atrapado en la mansión, o Philip tendrá que enfrentar un último truco del demonio antes de recuperar su vida normal?

Si McKenna Rowald, siempre ocupada preparándose para ir a trabajar temprano por la mañana, hubiera escuchado esto, seguramente se habría reído con sarcasmo. Se preguntaría qué tanto puede agobiarse un demonio con el "trabajo". Sin embargo, en cierto sentido, Philip comprendía las tribulaciones de Bell.

La gente solía señalar a Philip, sin entender cómo alguien nacido en la opulencia podía llevar una vida tan desastrosa, preguntándose por qué vivía de esa manera. Pero lo cierto era que el propio Philip también tenía sus propias penas que no podía confesar, aunque el nivel de sus problemas fuera absurdamente distinto al del resto de los mortales.

“La verdad es que, incluso en este momento, no son pocos los humanos que intentan conseguir sus deseos de forma gratuita. A sus ojos, somos empresarios muy fáciles de tratar; empresarios estúpidos que compran cualquier cosa que se venda sin cuestionar nada. Y todavía hay bastantes grupos que nos molestan intentando invocarnos.”

Philip, que hasta hace un momento escuchaba con calma las quejas de su marido, lo miró con el semblante endurecido.

“¿Con permiso de quién intentan invocar al marido de otro?”

“Exactamente, Philip. La última vez, esa maldita invocación estuvo a punto de tener éxito.”

La expresión de Philip se volvió notablemente rígida. Si decía "la última vez", debía referirse a algo relativamente reciente.

Le empezó a doler la cabeza de solo pensar en qué pasaría si, por ejemplo, Bell desapareciera de repente en medio del auditorio durante la ceremonia de ingreso escolar de los niños. Lo mejor sería estar alerta y prevenir que algo así llegara a suceder.

“¿A qué te refieres con 'la última vez'? ¿No habrá sido en el refugio?”

“Ah, no fue en el refugio. Eso fue en…… ah, ¿fue en 1666?”

Philip, que estaba muerto de preocupación, soltó un gran suspiro de alivio. Sus hombros, que habían estado tensos y elevados, recuperaron su posición horizontal original.

“Como sea, han pasado muchas cosas desde entonces. Por eso, ahora estoy completamente harto de esa monotonía.”

Bell, que expresaba sus molestias con el rostro algo encendido, se dejó caer pesadamente como alguien que acaba de regresar a casa tras hacer horas extras. Parecía que solo recordarlo le daba dolor de cabeza, pues soltó un suspiro expulsando varias bocanadas de humo grisáceo. Philip puso su mano sobre el pecho de su marido y lo acarició lentamente. El cansancio de Bell era tal que incluso Philip se sentía inclinado a consolarlo.

Bell observó la mano de su pareja y lamentó en voz baja:

“Gracias, Philip. Sinceramente, ah……. No lo dije, pero estaba realmente agotado. De verdad, tanto Belial como yo estamos exhaustos.”

Su tono lánguido estaba impregnado de un tedio acumulado durante siglos. Cuando soltó un suspiro tan profundo que parecía que la tierra se hundiría, Philip tomó la palabra con naturalidad.

“Te entiendo un poco. A mí también me han pedido favores constantemente, incluso cuando nunca dije que los concedería. Las peticiones molestas y predecibles terminan hartando a cualquiera.”

“Es cierto, Philip. Y lo peor es que últimamente no hay sitio en el infierno. Antaño teníamos que movernos personalmente para corromper a los humanos, pero ahora está realmente lleno. Con el paso del tiempo, se han vuelto tan atroces que incluso algunos penes del consejo han sido reemplazados.”

Philip se preguntó qué tan excepcionalmente malvada debía ser una alma para desplazar a un demonio original y ocupar su lugar, y luego carraspeó con retraso. No podía evitar sentir que aquello no le resultaba del todo ajeno.

“Tengo la sensación de que yo habré contribuido en parte a ese exceso de trabajo.”

“Bueno, Philip no es tan malvado como para destronar a un demonio original. Eso es un alivio.”

Como no hubo una negativa a su frase anterior, aquello sonó casi como una afirmación.

“En fin, mientras sentía ese cansancio hacia los humanos, apareciste tú. No sabes lo asombroso e interesante que resultaste.”

Era lógico que le pareciera asombroso: entre todos los humanos que vendían su alma a un demonio para cumplir un deseo, él era el único que quería patrocinar a uno.

“Philip, todavía suelo recordar aquel día. Justo empezaba a aburrirme del trabajo en el refugio, pero gracias a ti y a tus travesuras, pasé un tiempo muy divertido.”

“……Ja. Pues me alegro. No era mi intención transformar tu monótona rutina en algo dramático, pero si al menos tú te divertiste, me doy por satisfecho.”

Su tono juguetón llevaba un matiz de queja sutil. A Bell pareció gustarle ese reproche, pues acarició la espalda de Philip con ternura.

“Lo siento. No quise decir eso.”

Philip hizo un gesto con la barbilla a su marido, indicándole que se dejara de disculpas y siguiera con lo que estaba diciendo.

“Volviendo al tema de Belial, lo que quiero decir es que ni él ni yo somos seres con un corazón tan grande como para repartir interés por caridad. Tú captaste nuestra atención, y después de tener mucha curiosidad sobre ti, terminamos deseando poseerte. Así que te tuvimos, y ahora no quiero perderte ni siquiera ante Belial. Probablemente él sienta lo mismo que yo.”

Básicamente, quería decir que lo poseyeron simplemente porque quisieron. Eran palabras de una frialdad absoluta, pero ¿no eran los humanos iguales? Todo empieza con el interés y la curiosidad, luego llega el enamoramiento y, después, el deseo de hacer de la otra persona algo propio.

Philip apartó con fastidio los gestos juguetones de su marido que buscaban llamar su atención. Cuanto más lo hacía, más se encimaba Bell sobre él, besando cada parte de su cuerpo. Cada vez que lo hacía, la tierna cola que acababa de brotar se enroscaba en el muslo de su esposo, agitando la punta con entusiasmo.

Era un movimiento de cola que no encajaba en absoluto con su mirada azul e indiferente. A Bell le pareció adorable y no dejaba de observar la cola de su pareja, que revelaba sus verdaderos sentimientos.

“Te agradezco que lo digas de forma tan bonita, pero a mis oídos suena diferente. Siento que, si otro humano te hubiera patrocinado, yo no sería más que un alma perdida en el infierno.”

Ante ese tono ligeramente resentido, Bell no pudo evitar reírse. Sus ojos rojos brillaron curvándose en una sonrisa.

“No te rías, que no lo he dicho para que te rías.”

A pesar de la petición, Bell soltó una carcajada que retumbó en todo el baño.

“Como sea, Philip, tú eres un ser especial para nosotros.”

“Eso suena a 'un humano especialmente loco'.”

“Bueno, viene a ser lo mismo. A diferencia de otros humanos que desean dinero y fama, tú quisiste patrocinarme. Lo considero algo parecido a la salvación.”

Ante la rimbombante palabra "salvación", Philip guardó silencio.

Bueno, si hubiera vivido de forma libertina y por casualidad se hubiera encontrado con Belial o Bell, ¿qué deseo habría pedido?

Seguramente no habría dicho nada de patrocinar a un demonio.

‘Como mucho habría pedido un Alfa tan guapo como Bell’.

Era un deseo de lo más vulgar. Mejor pedir la inmortalidad de forma decorosa, aunque fuera un cliché.

Philip descartó rápidamente ese pensamiento que no podía confesarle ni a su marido. Sin saberlo, Bell le habló con una sonrisa amable en su rostro de demonio:

“Philip, fuiste un humano con el que era divertido ir descubriendo cosas. Ahora eres el padre de mis hijos y mi pareja. Eres alguien que ya no necesita despertar mi curiosidad para estar siempre a mi lado. Además, no habrá otro humano que patrocine a Black Code como tú, así que no te preocupes.”

Bell miró a Philip con una sonrisa de satisfacción, como alguien que se ha aflojado el cinturón tras un banquete. Se quedaron un rato mirándose en silencio hasta que la punta de la gruesa cola de Bell trepó por la pierna de Philip como una enredadera.

“Ah……. Philip, ¿hacemos solo una vez y nos vamos de verdad?”

La idea de que lo correcto era tener sexo después de volver a casa daba vueltas en su cabeza. Pero el corazón no siempre emite el mismo resultado que la razón. De su boca solo escapó un gemido bajo. Al saber que los niños estaban a salvo, la tensión de su cuerpo se disipó rápidamente.

Una lengua ardiente se introdujo entre sus labios entreabiertos, invadiendo su boca con fuerza. La saliva fluyó de su boca abierta a la fuerza y, con cada inhalación, Bell le robaba el aliento, dificultándole incluso respirar con normalidad. Incapaz de aguantar más, Philip golpeó el pecho de Bell con el puño e intentó echar el cuerpo hacia atrás.

Cada vez que lo hacía, Philip manoteaba como alguien que no sabe nadar bien. Bell le dio un respiro para que no se asfixiara, pero fue insuficiente para recuperar el aliento por completo.

“Mmpf, no…… basta…… ¡ah! ¡Joder…… mmpf!”

Sus palabras se cortaban tanto que era imposible entender qué decía. Solo entonces Bell le dio un respiro mayor, y Philip no desperdició la oportunidad.

“¡Cof! Agh……. ¡Ah! Joder. ¿Quién demonios…… besa…… de esta manera?”

Bell miró a Philip con urgencia mientras masajeaba su pene erecto. Con cada movimiento, el falo pálido palpitaba e incrementaba su tamaño de forma visible.

“¿Qué más da? Tu orificio está más caliente que el agua de esta bañera. Creo que podría penetrarte directamente, ¿qué te parece?”

Su cuerpo ya lo deseaba, pero Philip se empeñó en no ceder a sus instintos. El sexo podía esperar a que estuvieran en casa.

“……Déjalo. Olvídate de mi orificio, ah……. Si quieres hacer algo, confórmate con chuparla.”

Los ojos de Bell, que estaban entrecerrados por la lujuria, se abrieron de par en par. Incluso ladeó la cabeza, como si no pudiera creer lo que acababa de oír.

“¿Hablas en serio? Philip, no creo que a estas alturas tengamos motivos para ocultar lo que sentimos.”

“No es eso. Es solo que…… quiero hacerlo cuando volvamos a casa.”

“Mmm, ¿es necesario esperar? Podemos hacerlo aquí y volver a hacerlo en casa.”

Philip, dándose cuenta de que no sería una discusión fácil de ganar, se movió en lugar de hablar. Se puso de pie atrapando el muslo de su marido entre sus piernas, como si montara a caballo. Al hacerlo, su pene erecto y rígido se balanceó con pesadez bajo el agua. Al verlo, Bell se lamió los labios, agarró el cuerpo de Philip y tiró de él hacia abajo.

“¡Dije…… que la chuparas! Espera. ¡Mmpf, ah……!”

Abrir las piernas era una señal para que usara la lengua con su orificio, no para que lo invadiera sin escrúpulos con ese enorme glande. Bell lo sabía, pero no pudo contenerse. ¿Quién podría? Todo el baño estaba impregnado del aroma de las feromonas de su pareja, mezcladas con el agua de la tina.

Otros podrían haber aguantado, pero Bell no. Agarró las corvas de Philip con ambas manos y las separó con la misma facilidad con la que se parte una sandía. Al abrirse más las piernas, el orificio cedió, tragándose el glande a duras penas. El sexo, que hasta hace un momento estaba tan apretado que ni se sabía dónde estaba, desplegó sus pliegues y se relajó, devorando la cabeza del pene poco a poco.

Apenas se había tragado el glande y ya sentía un dolor sordo en lo profundo del vientre, mientras su corazón latía con fuerza como si acabara de cobrar vida propia.

“¡Hazlo…… despacio……! ¡Agh!”

La cola, que había subido hasta sus hombros, presionó a Philip instándolo a la penetración. El bulto del glande se marcaba de forma rojiza a través de la piel de su abdomen. En cuanto la corona del glande se enganchó en los pliegues, la respiración de Philip se volvió notablemente más relajada.

“Ah, ahhh……. Haa……”

La penetración en sí fue mucho más fluida que antes. El problema era que el placer que sentía su cuerpo no se había atenuado ni un ápice.

En cuanto Bell comenzó a mover la cadera, las paredes vaginales, compuestas de puro músculo, sufrieron un espasmo y mordieron el pene de su esposo. Aunque el orificio estaba tan dilatado que las contracciones no deberían haber tenido gran efecto, estas oprimían físicamente el falo con todas sus fuerzas. Era la señal de que no podía ensancharse más.

"¡Ahg……! J-joder……! ¡Ah!"

A medida que el pene entraba más y más profundo, la espalda de Philip se erguía con rigidez. Era como si a un muñeco blando le insertaran un alambre de acero para fijar su forma; el grueso falo se convirtió en el eje de Philip, obligando a su cuerpo a levantarse de manera natural. A pesar de sentirlo en su propia carne, Philip no podía creerlo.

Cuando recobró la conciencia, se dio cuenta de que su vientre estaba más hinchado que cuando tenía sexo con Belial.

"¡Ugh, mmpf……!"

No podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Si la inserción era tan profunda, debería faltarle el aire y estar sumido en el dolor, pero lo que predominaba era una sensación desconocida y poderosa.

Con cada movimiento de cadera, el flujo acumulado entre los pliegues empapaba el pene de su marido, facilitando una penetración abismal. Bell mantenía la mirada fija en Philip, sincronizando sus respiraciones. El agua de la bañera se desbordaba ruidosamente sobre el suelo con cada embate, pero a Philip no le importaba.

Tal como había sucedido en su encuentro anterior, un zumbido ensordecedor, como si una locomotora le atravesara el cráneo, lo envolvió. Los continuos embates le provocaban un mareo similar a la cinetosis, y sentía pavor de que su abdomen fuera a estallar, pero nada de eso tenía importancia.

El dolor agudo que antes parecía querer matarlo apenas se sentía; por el contrario, le gustaba la situación de ser sostenido por el pene de Bell. No necesitaba calcular cuánto se habían humedecido, ni cuánto faltaba para que Bell eyaculara, ni verlo con sus propios ojos. El simple hecho de estar devorando el falo de su esposo con todo su cuerpo era el estímulo supremo.

Philip ya no tenía miedo. Simplemente disfrutaba de la presión que sentía en todo su ser y del dolor sordo en el coxis provocado por el vaivén. Pero la sensación que más le gustaba era el estímulo cada vez que Bell atravesaba sus zonas más estrechas. Y sus feromonas, que parecían derretirle el cerebro.

"¡Ahhh……!"

Todos los músculos de su cuerpo se contraían y relajaban rítmicamente, atrapando al invasor para que no se marchara. Entonces, el pene que estimulaba la mucosa en sus entradas y salidas comenzó a golpear las paredes internas mientras descargaba el semen de golpe.

Sus pupilas, que apenas aguantaban, no pudieron resistir el intenso estímulo y se pusieron en blanco. De nuevo, la oscuridad. Esta vez, a diferencia de la anterior, el vello se le erizó en todo el cuerpo mientras encadenaba orgasmos y eyaculaciones.

El cuerpo de Philip perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, pero Bell lo sostuvo con una mano. Sus pezones, que ni siquiera habían sido estimulados todavía, colgaban erectos y trémulos. Sus pechos, hechos de carne y músculo, no tenían la suavidad de un Omega, pero su elasticidad era excelente, lo cual resultaba erótico a su manera. Incapaz de contenerse, Bell succionó uno de los pezones tras estimularlo con la punta de la lengua.

Aspiró con tal fuerza que sus mejillas cetrinas se hundieron, y en el lugar de la areola brotó un hematoma rojizo que terminó por cubrirla. Philip, recobrando el sentido tardíamente, intentó apartar a su esposo, pero su cuerpo entero gemía con delicia, dándole la bienvenida a sus caricias.

"¡Te dije…… que no…… tocaras…… mis pechos! ¡Ah!"

Agarró los grandes cuernos e intentó empujarlo, pero Bell persistía en su objetivo con obsesión. Tras relamerse varias veces y succionar con fuerza un pecho, Bell finalmente se apartó.

Como si no fuera suficiente, lamió el pecho marcado por los hematomas de arriba abajo para saciar su deseo. Solo entonces, Bell movió los ojos para comprobar el estado de Philip.

El meato urinario tan hinchado que dolería al tacto, el vientre abultado por el pene insertado y el semen, y los pechos recién mordidos. Bell no se atrevió a mover la cadera sin permiso.

"Philip, paremos con esto y hagámoslo por detrás……."

"Lárgate……."

Philip, que jadeaba en su regazo, lo miró como si quisiera matarlo. Bell tragó saliva y asintió.

Realmente era hora de volver.

* * *

Tal como el camino de regreso de un viaje siempre parece más corto que el de ida, así se sentía Philip. Fue un poco molesto desactivar la seguridad, pero ¿qué más daba?

"Ja, finalmente…… en casa."

Finalmente en esta maldita casa.

Philip se paró en el centro de la sala, que el intruso había dejado hecha un desastre, y soltó un suspiro de alivio. En cuanto puso las manos en sus caderas, Bell, como si estuviera esperando, comenzó a limpiar lo que su otro yo había desordenado. Era como una aspiradora hermosa que limpiaba sola sin necesidad de encenderla.

¡Qué molesto se pondría Belial si viera a su otra mitad ofreciéndose como limpiador! Philip saboreó la paz imaginando esa expresión.

"Ahora solo queda traer de vuelta a los gemelos."

A lo lejos, Bell respondió: "Es cierto". Luego preguntó: "¿Pero quién se bebió todas estas latas de cerveza?", a lo cual Philip no respondió. Como el silencio era la respuesta, Bell se apresuró a recoger las botellas con discreción.

"Limpia conmigo. Dos manos son mejores que una."

"Puedes descansar, Philip."

"Lo sé. Pero ya descansé lo suficiente."

Con el deseo de ver pronto a sus hijos, se remangó las mangas. Bell metió la basura en bolsas y las ató, y Philip las tomó para dirigirse a la puerta trasera. Podría haber llamado al servicio y terminaría pronto, pero no quería que Jacqueline, que estaba en una edad muy curiosa, empezara a indagar sobre qué estaba haciendo su hijo, así que no llamó a nadie.

Al fin y al cabo, solo tenía que dejar la basura en el contenedor y Bell se encargaría del resto de la limpieza.

Con las manos pesadas pero los pasos más ligeros que nunca, se dirigió al patio trasero. Tras tirar la basura, se sacudió las manos por costumbre y se disponía a entrar de nuevo cuando ocurrió.

"……¿Eh?"

Philip se agachó para mirar a través de la ventana. ¿Estaría tan limpia que parecía transparente?

Al tocar la ventana, Philip se dio cuenta de que no había cristal y su rostro se tornó grisáceo. Se apresuró a revisar el marco de seguridad instalado, pero el marco interior, que no se veía a simple vista, estaba completamente destrozado. Era evidente que alguien lo había roto a martillazos durante varios días usando las herramientas de la caja.

"……Be, Bell. ¡Bell!"

El cielo azul se volvió amarillo ante sus ojos. ¿A dónde habría ido Belial tras escapar de esta casa?

"¡Bell!"

Philip corrió hacia el interior de la casa sin mirar atrás para informar a Bell.

* * *

Bell llamó con urgencia al mensajero que había enviado a la mansión de Jacqueline, pero este ya había regresado a su lugar de origen. Y no por voluntad propia, sino por la de alguien más.

Presintiendo que las cosas se estaban torciendo, Bell intentó dirigirse solo a la mansión de Jacqueline, pero Philip no lo permitió. Ante su insistencia de ir juntos sin importar qué, ambos partieron hacia la casa de ella.

Bell sugirió ir en coche, pero Philip se dirigió en silencio al aeródromo cercano. En un abrir y cerrar de ojos, subió a la cabina de una avioneta. No pronunció ni una sola palabra durante el trayecto.

No estaba tenso por el vuelo repentino. Pilotar una avioneta era algo que podía hacer con los ojos cerrados, pero le resultaba insoportable lidiar con los peores escenarios que su mente generaba sin cesar.

Bell intentó consolarlo con algunas palabras al verlo así, pero Philip no respondió. No era que estuviera enfadado con Bell; simplemente, como un cable con cortocircuito, no podía hacer otra cosa que imaginar desgracias, por lo que ni siquiera escuchaba su voz.

Poco después, aterrizaron sin contratiempos en el aeródromo cercano a la mansión de Jacqueline. Philip ni siquiera sabía cómo había llegado hasta allí una vez puso los pies en la tierra.

Y así, comenzó a correr directamente hacia la mansión. Mientras golpeaba el gran portón exigiendo que abrieran y corría desde la entrada hasta el edificio principal, Philip solo podía pensar en los rostros de sus hijos.

Al llegar al edificio principal, los empleados lo saludaron y le preguntaron qué se le ofrecía. Por supuesto, Philip no respondió. Se limitó a entrar empujando a los empleados como un loco. Ellos le preguntaron varias veces qué ocurría, pero Philip no respondió ni reaccionó. No quería que nadie le dijera que sus hijos estaban bien; necesitaba verlo con sus propios ojos.

Mientras Philip avanzaba como una topadora, Bell dio una explicación rápida a los empleados diciendo que era un asunto urgente y que debían ver a Jacqueline, suavizando la situación lo mejor posible. Gracias a eso, Philip llegó rápidamente a la habitación donde se quedaban los niños.

Giró el pomo con tal fuerza que pareció que iba a romperlo y abrió la puerta de golpe. Ante esto, Daniel, que estaba en brazos de Jacqueline a punto de dormirse, rompió a llorar ruidosamente.

"¿Philip?"

Jacqueline no fue la única sorprendida. Ella, que casi había logrado dormir a Daniel, miró sobresaltada a su hijo.

No hubo tiempo para preguntar qué hacía allí a esas horas y sin avisar, pues Philip tomó a Daniel y lo estrechó entre sus brazos. Todos los presentes observaron a Philip conteniendo el aliento.

Solo cuando Daniel dejó de llorar poco a poco, Philip soltó un suspiro, sintiendo que por fin podía respirar.

"Ah……."

¿Crees que Belial ha estado observando a los gemelos desde las sombras de la mansión, o ya ha reclamado su lugar en la familia de una forma que Philip no esperaba?

Había sido el vagabundeo más largo de su vida; no, del mundo entero.

Un extravío que no deseaba volver a experimentar jamás.

Philip confirmó los rostros de sus hijos uno por uno, sintiendo cómo el alivio lo inundaba repetidas veces. Solo entonces, Jacqueline le recriminó en voz baja:

“¿Qué te pasa apareciendo a esta hora sin avisar? Justo cuando por fin lograba dormirlos, se han despertado del todo.”

Él extendió los brazos para que le devolviera a Daniel, pero Philip, en cambio, lo estrechó contra su pecho con más fuerza. Al ver esto, Bell también tomó a Gabriel en sus brazos con parsimonia. Philip miró a su esposo y a Gabriel mientras decía:

“Es que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que los vi. Tuve una pesadilla.”

“Vaya, por favor. Qué pesadilla ni qué ocho cuartos. Con la cantidad de niñeras que hay y yo que casi vivo en esta habitación, no sé a qué viene tanto drama.”

Philip quiso preguntarle si no era su padre el que hacía drama al contratar a tantas niñeras, pero mantuvo la boca cerrada.

Jacqueline miró de reojo a su hijo y, cambiando de expresión al instante, se dirigió a Bell. Sus ojos delataban que tenía mucho que decir.

“Por cierto, supe que la otra vez pasaste por aquí sin saludar. Dejé a los pequeños con las niñeras apenas una hora, y me sorprendió saber que habías venido a verlos en ese rato.”

Philip, que acariciaba a Gabriel mientras sostenía a Daniel, se volvió hacia su padre como si hubiera sufrido un espasmo.

Era imposible que Bell hubiera venido solo a casa de Jacqueline, y mucho menos que se hubiera marchado sin saludar……. Philip no interrogó a su padre, sino que clavó la mirada en su marido.

“Ah…… bueno, en ese momento es que…….”

“Seguro no querías hacerme perder el tiempo. Lo entiendo.”

Afortunadamente, Jacqueline dio por terminada la frase. Gracias a eso, Bell no tuvo que inventar ninguna excusa.

Jacqueline se dirigía a la mecedora que ya estaba instalada en la habitación, pero se detuvo para mirar de nuevo a Bell. Observó con detenimiento cómo este sostenía al bebé y ladeó la cabeza.

“Mmm, sí. Juraría que antes cargabas mejor a los niños……. En fin, de ahora en adelante, será mejor que los sostengas siempre así. Los niños aún son muy pequeños y eso de agarrarlos solo por los tobillos para levantarlos boca abajo es peligroso.”

La pareja miró a Jacqueline con expresión de absoluta estupefacción. Ante esto, él hizo un gesto con la mano restándole importancia.

“Los empleados que contraté son un poco exagerados con los niños. Yo tampoco me lo creo del todo. Es imposible que piense que el señor Ezra fuera a levantar a los niños por los tobillos boca abajo, bajo ninguna circunstancia.”

Incapaz de seguir escuchando, Philip dio un paso al frente instintivamente. Mientras arrullaba a Daniel con ambas manos, clavó sus ojos en Jacqueline.

“¿Quién demonios se supone que hizo algo así? ¿Me está diciendo que este lo hizo?”

“¿Qué forma es esa de llamar a tu pareja?”

“¡Como sea! ¿Me está diciendo que este imbécil los levantó así?”

“Bueno……. Las niñeras son muy dramáticas. Seguro lo sostuvo de forma un poco inestable y ellas lo describieron así. Yo mismo he visto al señor Ezra cuidar de los gemelos antes.”

Había sido obra de Belial. No cabía duda.

Philip, convencido de ello, preguntó con los ojos inyectados en furia:

“¿Y…… no dicen que hiciera nada más?”

“¿Eh? Bueno……. Dicen que observó a los gemelos de arriba abajo muy minuciosamente. Una niñera, al no poder seguir mirando, le enseñó cómo cargar a un bebé adecuadamente, pero señor Ezra, le repito que yo no creo en esos chismes. No se lo tome a mal; en cuestiones de niños, prefiero empleados exagerados a unos indiferentes.”

Bell asintió profundamente, dándole la razón a Jacqueline. Tras despedirse con la mirada, el hombre volvió a centrar su atención en Philip.

“Por cierto, tú……. ¿Qué has estado haciendo para tener ese aspecto? ¿Acaso no has salido de casa en todo el día? Si vas a estar así, no sé para qué me dejaste a los niños.”

Philip, que hasta hace un momento miraba a sus hijos con angustia, giró la cabeza tardíamente. Así como Bell podía ocultar su verdadera forma, Philip había escondido la cola que le había brotado, pero no podía ocultar su palidez cadavérica.

“Si vas a pasarte el día encerrado en casa, no me dejes a los niños.”

“¿Dejar? Yo no le he dejado nada. Nunca fue mi intención encargarle a los niños; simplemente, como usted decía que quería vivir enterrado entre pañales sucios de sus nietos, me hice a un lado un momento.”

Mientras hablaba, Philip no dejaba de inspeccionar el estado de Daniel y Gabriel. Sus ojos se movían sin descanso, temiendo que Belial les hubiera hecho algo.

Jacqueline, observando a su hijo, soltó una risa amarga y chasqueó la lengua.

“Vaya modales……. Un lenguaje excelente para educar a los niños, sí señor.”

Jacqueline se golpeó la espalda con el puño y soltó un suspiro de resignación. Parecía querer decir algo más, pero acabó sacudiendo la cabeza.

Con el carácter que tenía Philip, si le pedía que se quedaran a dormir en la mansión, seguramente acabaría escuchando algo que no quería oír. Miró a sus nietos con ojos llenos de nostalgia y agitó la mano.

“Si se van a llevar a los niños, váyanse antes de que se haga más tarde.”

Jacqueline fingió que no le importaba lo más mínimo y salió rápidamente de la habitación hacia el pasillo. Al llegar al fondo, se volvió para mirar a los cuatro con una mirada que no podía ocultar su afecto.

¿Cómo voy a ganar contra ese temperamento?

Hacía tiempo que todo estaba tranquilo y no quería crear un conflicto innecesario con su hijo, así que Jacqueline giró la cabeza rápidamente. Al ver esto, Philip gritó con brusquedad hacia la espalda de su padre:

“¡Ya es demasiado tarde para irse! Mire por la ventana. Si despego ahora, será un vuelo nocturno. ¿Cómo quiere que me lleve a los niños así?”

Al oír "vuelo nocturno", Jacqueline se dio la vuelta sobresaltado. Miró a su hijo como si no creyera lo que oía y le increpó en voz baja:

“¿Vuelo nocturno? ¿Me estás diciendo que has venido en la avioneta?”

“Pues sí.”

Philip se encogió de hombros con sarcasmo, lo que hizo que Jacqueline frunciera el ceño al máximo. En lugar de explicar por qué había hecho tal locura, soltaba un simple "pues sí". El hombre imitó el tono de su hijo burlonamente antes de reclamar en voz baja:

“¿Pero qué era tan urgente? Si ibas a volar, podrías haber avisado para que enviara a mis empleados. No entiendo por qué tuviste que pilotar tú mismo. ¡Tenemos personal de sobra! ¿Por qué demonios haces esas cosas?”

Aunque la avioneta era excelente para desplazarse, Jacqueline no terminaba de confiar en ella. Y que Philip hubiera venido pilotando sin miedo lo sacaba de quicio. Intentó no regañarlo, pero le resultó imposible.

Philip, al escuchar el sermón después de tanto tiempo, se quedó paralizado un momento, pero fiel a su carácter, no se quedó callado.

“Ah……. No es para tanto. ¿Para qué cree que me saqué la licencia si no es para usarla en momentos como este? Como sea, venimos cansados del viaje, así que háganos el favor de seguir cuidando a los niños.”

“Esto ya no es un favor, es un chantaje puro y duro.”

Jacqueline refunfuñó todo lo que pudo, pero entró enseguida en la habitación para estrechar a Daniel. Bell, que observaba la situación entre los dos, volvió a acostar a Gabriel en la cama y le dio un beso en la frente.

El aroma a leche que tanto había extrañado inundó sus sentidos.

* * *

Al llegar a la habitación de invitados, ambos guardaron silencio durante un largo rato. Philip se sentó primero en el borde de la cama, y Bell se sentó a su lado con cuidado, fijando de nuevo la mirada en el vacío.

Era un silencio pesado e insoportable, como si bloques de piedra estuvieran aplastando sus cuerpos. La mirada de Bell, que antes estaba perdida, fue bajando poco a poco.

Recordaba la expresión de Philip, mucho más fría que su palidez habitual, y su voz apenas audible mientras pilotaba la avioneta, murmurando sin cesar: "Por favor, por favor".

Philip no había recuperado el aliento ni una sola vez mientras corría desde el portón de la mansión hasta la habitación de los bebés. Así de aterrado debía de estar. Estaba mortalmente asustado de que algo les hubiera pasado a los niños.

El corazón de Bell se volvió tan pesado como el miedo que había sentido su pareja. Incluso tras confirmar que los niños estaban a salvo, ese sentimiento de culpa no hacía más que crecer en lugar de disminuir. Se sentía como si le hubieran atado una roca al tobillo y lo hubieran arrojado al mar.

Dudaba sobre cómo empezar a hablar o por dónde. Y fue Philip quien rompió ese silencio sepulcral.

“No estaba enfadado, y sigo sin estarlo. Es solo que…… estaba tan tenso que necesitaba tiempo para volver a respirar.”

Nada más terminar de hablar, se frotó la cara y tomó aire. Tras soltar un par de suspiros profundos, continuó:

“Y si te digo esto ahora es porque, si me quedo callado, vas a malinterpretar las cosas. Por eso te lo digo, así que no te hagas ideas raras.”

La mirada de Bell, que había caído hasta lo más profundo del suelo, se trasladó muy lentamente hacia Philip.

Sin saber qué responder, Bell abrió y cerró los labios varias veces antes de dejar caer la cabeza con pesadez.

“Philip. ……Lo siento. Creo que me precipité al darte mi palabra. Tú fuiste quien advirtió que algo así podría pasar, y yo fui demasiado arrogante.”

¿Había salido algo mal al intentar controlar a Belial en el infierno? ¿O acaso, por puro afán de protección, su deseo de enviar incluso a los gemelos allí había provocado esto? Fuera lo que fuese y por la razón que fuera, Bell sentía una rabia creciente hacia sí mismo. Ante aquella furia insoportable, hundió el rostro entre las palmas de sus manos.

“No te disculpes. Aunque fuera una promesa apresurada, no te equivocabas del todo. ¿No viste que los niños están perfectamente? Gabriel se durmió en cuanto lo dejamos en la cama, y Daniel, bueno, ¡vomitó en la ropa de mi padre nada más salir nosotros de la habitación! Y después el muy granuja se reía como si nada.”

Philip soltó una risa torcida, igual a la de Daniel.

“Ese niño va a llegar lejos, te lo digo yo. En fin, basta. Vamos a descansar. No quiero seguir rompiéndome la cabeza.”

“No hace falta que lo hagas. Ya estamos aquí.”

Philip, que estaba tumbado de mala gana en la cama, levantó la cabeza para mirar de reojo a Bell. Su marido tenía el rostro más cenizo que él, a pesar de que era Bell quien le reñía por su palidez.

“Dijiste que comparten sentimientos.”

“Pero parece que no sabemos cómo se manifestarán esos sentimientos. Ese tipo alteró incluso el sistema de recuerdos que comparte conmigo. Por eso no supe que había estado aquí.”

Como un inversor que escucha una idea de negocio razonable, Philip asintió lentamente.

“Sea como sea, tendré que preparar una defensa más sólida. Philip, tenías razón.”

“Bueno, si yo tuviera razón, mi padre no estaría tan sano y salvo ahora mismo.”

Bell, que parecía dispuesto a expulsar a Belial en ese mismo instante, se detuvo. En su lugar, giró la cabeza para observar a Philip.

“No hizo nada y no pasó nada. Simplemente aprendió de los empleados cómo cargar a un bebé y se marchó.”

“…….”

“¿No será que simplemente tenía curiosidad? Casi prefiero que se comporte así; me hace sentir que no hay malicia, es como una confirmación.”

Si hubiera querido, Belial podría haber causado un desastre allí mismo.

Al igual que mató a Philip para arrastrarlo al infierno, podría haber hecho lo mismo con los niños, pero no lo hizo.

“No fue capaz de tocar a los niños. Por eso se limitó a observarlos y se fue.”

“¿Y por qué alteró tus recuerdos?”

“Por pura maldad, imagino. ¿Te imaginas lo mucho que le debió de doler tener que irse después de ver a los niños así, sin más? Seguro que no se fue por las buenas; intentaría retenerme el día que caí al infierno.”

Philip asintió, convencido de que ese tipo era capaz de eso y más. Bell lo miraba mientras soltaba suspiros una y otra vez.

“¿Tengo razón o no? Seguro que puedes sentirlo incluso ahora.”

“……Es cierto. Aunque me sienta inquieto.”

“Pues ya está. No tienes que pedirme perdón, así que no le des más vueltas.”

Tras decir esto, Philip comenzó a desabrocharse los botones de la camisa como si nada hubiera pasado y se cambió por la ropa que le habían preparado. Bell lo observaba con extrañeza.

“Philip, ¿de verdad eso es todo?”

Philip, que terminaba de abrocharse los botones del pijama, se dio la vuelta. Su mirada decía: 'Claro que es todo, ¿qué más quieres?'

“Sí. ¿Por qué? ¿Tienes algo más que decir?”

“No, no es eso. Es solo que no sé si estás lo suficientemente desenfadado. La verdad es que, aunque te enfadaras más, yo no tendría nada que objetar. No es sarcasmo, Philip; de verdad me siento tan culpable que no sé qué hacer.”

Si hubieran regresado de inmediato, tal como Philip sugirió, nada de esto habría ocurrido. Y no solo eso; era difícil imaginar qué tragedia habría sucedido si Belial hubiera tenido otras intenciones.

Bell sentía que no había evitado algo que era previsible, y como él era la causa, debía asumir la responsabilidad. Sin embargo, Philip, lejos de recriminarle, puso una mano sobre su hombro.

“Te has disculpado y he aceptado tus disculpas. Eso significa que no tienes por qué sentirte culpable. Es más, para empezar, la culpa de que Belial cruzara a este lado es mía.”

“Eso es porque tú no sabías cómo funcionaba todo esto, Philip. Pero yo sí podía imaginarlo y, aun así, me demoré.”

Incluso si se disculpaba, Bell no sabía cómo hacerlo ni qué castigo merecía. Simplemente esperaba la sentencia de Philip.

Philip se sentó a su lado en la cama y lo miró con expresión seria.

“¿Te pones así porque a veces bromeo diciendo que pareces un empleado o un electrodoméstico caro?”

“Claro que no. ¿Crees que no entiendo un chiste?”

“Entonces, eso significa que sabes que somos una familia. ¿Cuál es el problema, entonces? Uno puede cometer errores. Y si eres familia, los errores se pasan por alto.”

Como si se lo explicara a un niño, Philip continuó con paciencia:

“Ser una familia es eso. Bueno, yo mismo estoy aprendiendo ahora qué significa, pero lo que he aprendido es que, aunque alguien falle o cometa un error, se finge que no ha pasado nada y se le ayuda a mejorar.”

“…….”

“Y de ahora en adelante, puedo perdonar errores de este calibre con una sonrisa, ¿entiendes? Así que ve aprendiendo tú también a perdonar. A veces me enfado incluso cuando soy yo quien debería pedir perdón.”

Sonrió con la misma expresión que ponía Daniel cuando hacía una trastada y volvió a darle un codazo juguetón en el costado a su marido.

“Si tienes tiempo para estar deprimido, cámbiate de ropa. La comida del chef personal de mi padre es increíble. Podemos quedarnos aquí unos días para descansar. En fin, lo de hoy se acabó. No más, ¡mmpf! ¡Mmpf……!”

De repente, Bell le sujetó la cara y Philip se quedó sin palabras ante la ofensiva de besos de su marido. Bell unió sus labios con más fervor que nunca, entrelazando sus lenguas.

El beso fue suave, pero tan intenso que los sentimientos de Bell se percibían con total nitidez.

“Ah……. ¿A qué viene esto, de repente?”

“Gracias. Aprenderé de ti, Philip. Aprenderé de ti qué es una familia.”

“Si yo tampoco lo tengo muy claro……”

Parece que incluso esa respuesta le agradó, pues volvió a besar a Philip mientras se encimaba sobre él.

Así que esto era una familia…….

Aquella palabra, que solo conocía por definiciones de diccionario, se le clavó en el pecho por primera vez. Familia. La palabra familia.

* * *

Tras una cena espectacular, los tres juntos acostaron a los niños después de mucho tiempo. No fue una tarea fácil, pero al hacerlo de nuevo, no se sintieron tan agotados como antes.

En cuanto los niños se durmieron, la pareja subió a la habitación de invitados y se desplomó en la cama como si hubieran perdido el conocimiento. No era un cansancio físico; era mental.

Así pasaron la noche en aquel dormitorio, familiar para uno y algo extraño para el otro. En cuanto amaneció, Bell llenó la nueva bañera y esperó a Philip.

Al ver que no había señales de que se levantara y que la hora del desayuno se acercaba, se acercó a él y lo despertó cubriendo todo su cuerpo de besos. Ambos se levantaron de buen humor y, como de costumbre, entraron juntos al baño. Sin embargo, el agua de la bañera quedó tan sucia por los restos del acto sexual que tuvieron que bañarse dos veces.

Por supuesto, Philip amenazó con que el segundo baño lo daría solo. El problema fue que su amenaza no surtió efecto.

Bell se empeñó en convencer a su pareja: que si el sexo intenso podía causarle mareos, que si podía resbalar con los azulejos…… y mil excusas más.

Incluso después de arrancarle la promesa de que esta vez solo se lavarían con total tranquilidad, Philip dejó entrar a Bell al baño, pero la promesa no se cumplió. Llegaron al acuerdo dramático de que Philip solo le haría una felación, pero al salir del baño, ambos se veían bastante insatisfechos.

“Dije que te la chuparía. Me has dejado las comisuras de los labios hechas un desastre.”

“Joder, pues no lleves algo tan pesado colgando entre las piernas. Ah, da igual. Debería haberme dejado dar cuando me ofrecí.”

Mientras Philip se tocaba las comisuras de los labios inflamadas, Bell trajo la ropa nueva que su pareja debía ponerse y la colocó ordenadamente sobre la mesa. Sin importarle que su compañero lo mirara de reojo con reproche, Bell le dedicaba una sonrisa radiante con su rostro habitualmente hermoso.

Quizás porque no lo había visto en mucho tiempo, le parecía especialmente distinto. Incluso al parpadear por un instante, el rostro de Bell quedaba grabado como una imagen residual. Por eso mismo, Philip había rechazado la oferta de que se la chupara desde la mañana y había tomado la iniciativa de besarlo primero.

¿Acaso ese tipo lo sabría?

Philip esbozó una leve sonrisa, sintiendo un pinchazo en sus labios doloridos. Sus ojos azules recorrían el rostro de su marido sin descanso. Definitivamente, la belleza era algo que debía paladearse durante mucho tiempo.

“Eres guapo.”

Las palabras se le escaparon sin querer. Debería haber guardado ese cumplido solo para sus adentros.

Como era de esperar, la expresión de Bell, que había captado el elogio, cambió de forma peculiar. A su rostro, ya de por sí bello, se le sumó una capa de confianza, haciendo que sus ojos rojos brillaran como rubíes.

“Philip es muy atractivo.”

“Lo sé. No digas algo tan obvio. Si vas a decir eso, hazlo delante de mi padre o de los demás.”

¿Había alguna petición más adorable que esa?

Bell, que siempre buscaba una oportunidad, finalmente no pudo contenerse y abrazó a Philip, cubriéndolo de besos.

“¡Ah, por favor, ya basta!”

“¿Qué puedo hacer si eres tan lindo, Philip?”

“¿Qué? Te has vuelto completamente loco. ¡Qué voy a ser lindo, joder! ¿Quieres soltarme?”

Aunque Philip empujaba su rostro, Bell no cedía ni un milímetro; al contrario, lo bombardeaba con besos cortos y rápidos para provocarlo. Cada vez que lo hacía, Philip no se quedaba de brazos cruzados. Lo empujaba hasta que ambos se tambaleaban e incluso mordía a su marido en tono de broma.

Realmente era una mañana de absoluto caos. Llegaron tarde a la hora del té acordada con Jacqueline, y desde la distancia se oía el llanto de los niños, pero los rostros de ambos estaban llenos de luz.

“Ah, no puedo aguantar. Philip, ¿qué tal si decimos que estamos cansados y nos quedamos retozando un poco más?”

Armado con su rostro angelical, Bell hacía mimos usando las expresiones que sabía que a Philip le gustaban, pero fue en vano. Philip pasó de largo junto a su marido y salió de la habitación.

“¿No ves que ya me he cambiado? Cállate y sígueme.”

Ante la respuesta brusca, Bell soltó una carcajada. Al ver que su pareja no regresaba y cruzaba el umbral, Bell finalmente lo siguió.

“¡Ahhh, Philiiiip! ¿Philip? ¡Philip!”

En cuanto llegó al primer piso ignorando a su esposo, una confesión voló desde su espalda:

“¡Te amo, Philip!”

“Me vas a volver loco.”

Philip miró a su marido con una risa incrédula, y Bell le devolvió una sonrisa llena de amor. En la habitación de los bebés se oía el llanto de los pequeños, y Jacqueline, que acababa de salir de su despacho, sonrió para sí mismo en silencio. La enorme mansión se llenó con el sonido de las risas de quienes la habitaban. La felicidad era tan tangible que casi podía verse.

Hermosa Criatura - Historia Extra, Fin.