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‘Si
quieres ver a Bell, abre más las piernas. Si no, no esperes tener ni un pene
dentro.’
Philip
parpadeó tras lograr abrir los ojos a duras penas, encontrándose con el
dormitorio inclinado ante su vista. Le costaba discernir si aquello era una
pesadilla o la realidad. ¿De quién era esa voz que resonaba en su cabeza como
un zumbido incesante? Arrugó el gesto, soportando el dolor que recorría cada
fibra de su cuerpo.
‘¿Cuántos
días han pasado ya?’
Y
lo que era peor, no tenía forma de calcular cuántas veces ese tipo se había
servido de su cuerpo. Lo único que sabía era que, con cada bocanada de aire, el
olor al semen de ese sujeto emanaba de sus poros, y sentía algo escurriéndose
de cada uno de sus orificios. Su cuerpo se sentía como plomo y sus entrañas
estaban sumidas en una incomodidad absoluta.
Por
él, se quedaría allí tumbado para dormir un poco más, pero no podía
permitírselo. ¿Cómo iba a quedarse de brazos cruzados mientras un demonio
suplantaba a su marido?
‘Ese
maldito es Belial, sin duda alguna. Bastardo.’
Era
una certeza grabada en su piel tras días de alternar entre el desmayo y el
sexo. Bell jamás lo trataría de esa forma; ni se le ocurriría dejarlo sin
asear, y mucho menos cometería tales actos violentos sobre su cuerpo
inconsciente. No era una suposición, era una convicción absoluta.
‘¿No
le bastó con follarme unas cuantas veces para largarse, que ahora pretende
seguir fingiendo ser mi esposo?’
Cierto
era que su marido también era un demonio y que, técnicamente, ambos eran su
esposo, pero en esta situación donde Bell había desaparecido, tenía que
encontrarlo a toda costa.
‘¿Pero
cómo lo recupero?’
En
teoría, la luna llena ya había pasado, así que Bell debería haber regresado a
casa, ¿no? No lograba comprender por qué no volvía. Tampoco podía seguir
confiando en Belial. ¿Cómo creerle cuando el marido que prometió devolver no
aparecía y su propio cuerpo apestaba al semen del intruso?
¿Existiría
algún método específico para traer de vuelta a Bell? Y de ser así, ¿cuál sería?
El verdadero problema era que la solución solo la conocía ese invitado no
deseado.
‘Maldita
sea. Por elegir mal a un compañero de cama, voy a terminar con la familia
destruida.’
Philip
movió los ojos con cansancio y soltó un largo suspiro.
‘Primero
me lavaré y escaparé antes de que ese tipo regrese.’
Por
muy por los suelos que estuviera su reputación, no podía salir de casa con ese
aspecto. Ahora, más que su propio honor, le importaba el de sus hijos que
estaban creciendo.
‘A
este paso, me he convertido en un esclavo sexual. Joder.’
Jurando
que jamás volvería a tener sexo en noche de luna llena, Philip no dejó de
refunfuñar hasta que se sumergió en la bañera. Se quedó traspuesto mientras el
agua caliente relajaba sus músculos y, cuando volvió a abrir los ojos, ya era
la mañana del día siguiente.
* * *
Su
cuerpo, dotado de una excelente capacidad de recuperación, recobró la vitalidad
pronto. Aunque el sexo con él fuera violento, su organismo, tras recibir en
abundancia el semen de su alfa, se encontraba en mejor forma que de costumbre.
Cosas de la vida de un omega.
Salió
del baño con el paso más ligero de lo habitual y se cambió de ropa por una más
cómoda. Lo hacía para tener una excusa creíble en caso de cruzarse con ese
tipo. Por supuesto, lo ideal era no encontrárselo, pero no sabía si tal cosa
era posible.
‘Actúa
con la mayor naturalidad posible.’
Nada
más abrir la puerta del dormitorio, Philip se estiró y rotó el cuello. Fingió
que acababa de despertar y que no recordaba absolutamente nada. Sin embargo,
tuvo que detenerse en seco y alzar la barbilla tanto que sintió un pinchazo en
la nuca para poder sostenerle la mirada a aquel resplandor rojo carmesí.
“…….”
Sus
labios parecían sellados con pegamento; no salía ni una palabra. En ese
instante, los recuerdos del Refugio 900 afloraron como cicatrices: el sexo
desenfrenado y los clímax peligrosos. Eran los ojos de un depredador que
consideraba a los humanos simples seres insignificantes, unos ojos de los que
se había borrado cualquier rastro de Bell. Al encontrarse con esa mirada,
Philip se sintió incapaz de moverse, como si el aire a su alrededor se hubiera
congelado.
Si
hubiera sido la primera vez que lo veía, se habría desmayado o habría salido
huyendo a toda prisa, pero por suerte pudo evitar ese papelón.
“Realmente
eras Belial……”
Al
pronunciar su verdadero nombre, la mirada que albergaba esas pupilas rojas se
rasgó en una sonrisa. No emitió sonido alguno, pero Philip supo por instinto
que se estaba riendo de él.
No
lograba distinguir si era una sonrisa amistosa, una burla o una cargada de
malicia. Solo podía rezar para que fuera lo primero. Y si no, que al menos
fuera solo una burla.
“……¿Por
qué demonios tienes ese aspecto?”
Ante
esa pregunta, Belial ladeó la cabeza mientras miraba a Philip con desdén. Sus
ojos rojos eran sumamente persistentes, como si le recriminara: ‘¿A qué viene
tanto fingimiento después de haberme invocado porque te gustaba este aspecto?’.
Philip, por su parte, no retrocedió y sostuvo la mirada con la tenacidad de
quien está al borde de un abismo; sentía que si cedía un paso más, todo habría
terminado. No obstante, su instinto dictaba algo diferente.
Como
una presa que prepara su huida ante una fiera, Philip empezó a retroceder
lentamente para poner distancia. Fue un acto del que ni él mismo era
consciente. Para cualquier ser vivo, sentir pavor ante ese demonio gigantesco y
azabache era lo más natural del mundo. Era una cuestión ajena a su fuerza de
voluntad.
Siguió
retrocediendo hasta que alcanzó la puerta abierta del dormitorio. Solo le
faltaba un paso para entrar, pero, como si lo estuviera esperando, ¡pum!, la
puerta se cerró violentamente a sus espaldas.
Si
hubiera tenido un dedo en la rendija, se lo habría partido en dos. Philip se
acarició la mano mientras volvía a alzar la vista hacia Belial.
Sus
labios temblaron intentando preguntar qué quería o qué trato debían hacer para
que se marchara de una vez, pero la voz no le salía. A decir verdad, ni
siquiera se atrevía.
Aquel
demonio insolente vaciaba botellas de alcohol usando solo el dedo índice, y
Philip agradecía que, en lugar de botellas, no estuviera estrujando cráneos
humanos. El demonio, al que el tamaño de las botellas parecía resultarle
insuficiente, rompió una con el dedo. Los fragmentos de vidrio saltaron por
doquier. Si aquello hubiera sido una cabeza humana……
La
mirada de Belial, clavada en la botella, se desplazó lentamente de nuevo hacia
Philip. Era un resplandor rojo amenazante, como si el punto láser de un
francotirador se hubiera posado sobre su pecho izquierdo.
Cuando
el segundo empezó a sentirse como un minuto y el minuto como una eternidad,
Belial se incorporó lentamente.
Sus
cuernos negros rozaron el techo, amenazando con tocarlo. A pesar de que esa
casa había sido construida con techos mucho más altos que otras mansiones de
lujo de la zona, ante Belial, aquello no servía de nada.
Philip,
que solo lograba balbucear ante él, intentó detenerlo con cautela.
“Es-espera.
No te muevas y hablemos primero. Dime dónde está mi marido y por qué sigues tú
aquí.”
Belial
detuvo sus movimientos y se quedó observando a Philip fijamente. El resplandor
rojo fluctuaba levemente, siguiendo con insistencia la mirada de Philip. Aunque
solo pasaron unos segundos, Philip se rodeó los brazos con las manos sin darse
cuenta. Tenía la piel de gallina y le costaba respirar.
¿Cómo
podía alguien resultar tan abrumador solo con su presencia? Así era Belial. Un
ser tan imponente que resultaba sumamente incómodo para un simple humano
compartir el mismo espacio o sostenerle la mirada.
Y
Belial era un ser astuto que sabía utilizar esa presencia. Aspiró
profundamente, como si absorbiera la incomodidad, el desagrado y la ansiedad
que Philip sentía. Tras inflar su enorme torso como si estuviera saboreando el
aroma de un manjar delicioso, clavó la vista en los ojos azules de Philip, como
si quisiera leerle el alma.
“…….”
Philip,
por instinto, dejó de pensar y contuvo el aliento. Entonces, Belial acortó aún
más la distancia, soltando de vez en cuando un humo grisáceo. Ese humo era el
testimonio de que aquel lugar no era un sueño, sino la realidad construida por
los humanos, y que él coexistía en el mismo espacio que Philip.
En
pocas palabras:
‘La
he cagado.’
Intentó
vaciar su mente en la medida de lo posible, pero Philip no podía quitarse de la
cabeza esa idea. Aquella escena, aquella situación... se parecía demasiado al
prólogo de una de esas películas de terror de tercera categoría que tanto
detestaba.
No
podía dejar de pensar que se encontraba en el momento en que un personaje
secundario estúpido despertaba a un demonio antiguo por alguna razón, y
terminaba siendo asesinado por él para dar comienzo a la historia. Esa clase de
películas predecibles donde, tras la muerte del secundario, aparece el
protagonista de forma heroica para sellar al demonio de nuevo.
Incluso
el hecho de que el ‘motivo específico’ para despertar a este demonio fuera el
sexo... Ni siquiera en una película de terror de tercera categoría usarían una
excusa tan barata.
Belial
dejó de observar al humano que se agitaba frente a él y levantó su enorme
cuerpo con lentitud. Extendió el dedo índice hacia Philip y, con la larga punta
de su dedo, levantó su camisa, recorriendo suavemente su firme torso hacia
arriba.
“……Maldito
sexo de porquería.”
¿Acaso
el mismísimo Belial también deseaba sexo? Si era así, esto ya no era una
película de terror de tercera, sino una comedia erótica de bajo presupuesto.
Mientras
Philip dudaba, la punta de ese dedo negro como el carbón estimulaba su piel al
rozarla. Por suerte, no era afilada como una uña humana; el extremo era romo y
se sentía casi como silicona. Sintió el alivio de saber que, al menos, no
moriría atravesado por una garra mientras su ropa subía cada vez más.
Sobre
la piel expuesta se amontonaban marcas de hematomas rojos, mordiscos y huellas
de estrangulamiento. Belial saboreó la escena como quien inspecciona una
mercancía y bajó la mirada.
Acto
seguido, con la punta de la otra mano, le bajó los pantalones y, esta vez, le
dio un toquecito a su pene, que yacía exhausto. Los gruesos muslos de Philip se
tensaron, como si intentaran ocultar su entrepierna.
“……Mierda,
qué manos tan largas tienes.”
Tal
como el día que ingresó al refugio y Bell le hizo el examen físico, los modales
de las manos de Belial eran pésimos. Esa punta de dedo, que se sentía como
silicona sólida, no dejaba de estimular su pene flácido, humedeciendo el
espacio entre sus piernas. Con cada roce, el líquido blanquecino que aún
permanecía en sus entrañas escurría por sus dos orificios, mojando los dedos
negros de Belial con un sonido viscoso.
“No
intentes jugar conmigo. Ah…… ¿Dónde está mi marido? Maldita sea.”
Cuando
Philip forcejeó moviendo la cadera para evitar el contacto, Belial movió los
dedos estimulando descaradamente ambos orificios y los testículos al mismo
tiempo. La imagen recordaba a una bruja montada en su escoba, con el problema
de que Philip no podía bajar aunque quisiera.
Intentó
apoyarse en la punta de los pies, pero en algún momento estos dejaron de tocar
el suelo. Mientras tanto, los labios de su orificio vaginal, que habían
envuelto el pene de su marido toda la noche, ahora acogían la mano de Belial.
Esa mano se movía como si estuviera a punto de ser insertada, haciendo que los
músculos de su entrepierna se tensaran.
Finalmente,
acorralado por el placer, Philip apoyó ambas manos contra la pared junto a sus
orejas. Aunque sus piernas temblaban sin fuerza por los días de sexo ininterrumpido,
apretó los dientes y luchó por bajarse de la escoba mágica que Belial había
creado. Aunque suene increíble, era una cuestión de fidelidad.
¿Philip
preocupado por la fidelidad? Si Belial pudiera leer sus pensamientos, se
burlaría de él. Pero Philip hablaba en serio.
Desde
que perdió a Bell, no sentía que Belial y Bell fueran la misma entidad. Solo
cuando Bell estaba presente sentía esa conexión; pero en una situación donde
Belial ocultaba a Bell intencionadamente, no podía aceptarlos como uno solo.
Para
él, ahora Belial no era más que un loco que le había arrebatado a su marido que
vivía tranquilo.
De
hecho, hasta antes del último encuentro sexual, Philip guardaba la vaga
esperanza de que, si seguía el juego, recuperaría a Bell. Pero en lugar de que
su esposo regresara, lo que tenía frente a sí era a un borracho con forma de
demonio. Bajo estas circunstancias, ¿cómo verlos como la misma persona?
Si
tuviera que explicar lo que sentía, era como estar engañando a su marido
mientras este dormía. Por supuesto, si Mackie o Roald escucharan estos
pensamientos, se reirían de su repentina moralidad, pero así se sentía Philip.
Ahora que Bell no estaba, no le apetecía en absoluto tener sexo con Belial.
Philip
apartó los dedos de Belial con la mirada encendida. En realidad, su estado era
tan lamentable que incluso un solo dedo del demonio bastaba para ultrajarlo.
“Ya
es suficiente, ¿no? Devuélveme a mi marido. Devuélveme al padre de mis hijos.
Si lo haces, ah…… te dejaré hacer todo eso que tanto te gusta hasta que te
hartes. Podrás perforar cualquier agujero que quieras. Solo devuélveme a mi
esposo.”
Ante
la resistencia desesperada y los forcejeos de Philip, los movimientos de
Belial, que pretendía penetrarlo a toda costa, se detuvieron lentamente. Miró a
Philip en silencio y, como si hubiera perdido el interés, chasqueó los dedos.
Entonces,
junto con el humo que exhalaba en cada respiración, el enorme cuerpo de Belial
desapareció en un instante. Mientras Philip miraba hacia donde había estado el
demonio, rogando que todo fuera un mal sueño, vio un rostro muy familiar.
Era
Bell. En cuanto Philip lo vio, sus párpados se abrieron de par en par y las
comisuras de sus labios temblaron. ¿Finalmente le devolvían a su marido?
“¡Bell!”
El
aspecto de su esposo tras varios días no era el mejor. Se veía agotado, como si
algo lo hubiera atormentado, pero al ver a Philip, su expresión también se
iluminó por un segundo. Sin embargo, fue breve. Sin emitir sonido, solo
moviendo los labios, gritó:
‘Huye.’
Philip,
leyendo sus labios, se quedó congelado en el sitio. Se llevó la mano al pecho
izquierdo y sintió que su corazón latía más rápido que nunca. ¿Era esto lo que
se sentía cuando el corazón se te cae a los pies? Su respiración se volvió
pesada y el mundo empezó a darle vueltas. En ese intervalo, el rostro de Bell
se desvaneció y la forma del demonio azabache reapareció.
Belial
miró los ojos de Philip, deformados por el dolor, y soltó una risita burlona,
arqueando su resplandor rojo en una sonrisa triunfal.
Tras
burlarse de él un buen rato, Belial volvió a ultrajar el cuerpo del humano con
sus dedos negros y preguntó:
“¿Por
qué buscas a tu exmarido tan pronto?”
Por
el contexto, era claramente una burla, pero el tono sonaba como una pregunta
inocente. Belial preguntaba con la misma falta de tacto maliciosa que un niño
pequeño.
Tras
asimilar la expresión de Bell y lo que este le había dicho, Philip volvió la
vista hacia Belial. ¿Exmarido? ¿Quién demonios era el exmarido?
“Esto
acaba de empezar; si pones esa cara, no será divertido para mí. Philip, ¿no me
buscaste porque Bell se volvió aburrido? Yo estaba convencido de ello, y Bell
también lo cree.”
Belial
lamió con su lengua el dedo con el que había estado hurgando la entrepierna de
Philip y sonrió. No contento con eso, comenzó a acortar la distancia con la
parsimonia de quien acorrala a su presa. Philip buscó una salida con la mirada,
pero Belial bloqueaba cada ruta de escape con una precisión asombrosa. Era un
gusto perverso.
Aunque
podía inmovilizar sus extremidades en un segundo si quisiera, no lo hacía.
Simplemente se acercaba despacio, alimentándose de las emociones negativas que
Philip desprendía como si fueran aperitivos: miedo, ansiedad, nerviosismo.
“Hace
apenas unos días mordías mi pene con gusto, y ahora sales con que quieres
volver con tu exmarido. Qué aburrido.”
Le
sostuvo la mirada con insistencia, como esperando que le diera la razón. Philip
lo miró de abajo arriba y soltó un bufido de desprecio.
“Sí,
tal como dices, últimamente sentía que me picaba algo. Te agradezco el servicio
prestado. Pero cuando el trabajo termina, uno debe irse. ¿Qué es este
comportamiento de fantasma? Qué aburrido.”
La
comisura de Belial, que hasta hace un segundo rebosaba suficiencia, se tensó en
una línea recta. Preguntó de nuevo, como si no creyera lo que acababa de oír:
“……¿Fantasma?”
“Sí,
un fantasma. Lo que estás haciendo no se diferencia en nada de lo que hace un
antepasado muerto hace tiempo que vuelve como espíritu para molestar a sus
descendientes. ¿Acaso tienes algún apego por la vida que lleva Bell? Para tu
información, él no es más que una máquina de hacer tareas domésticas. Así que
deja de jugar y tráelo de vuelta. Por tu culpa tengo una montaña de limpieza
pendiente.”
Frunció
el ceño como si no quisiera repetirlo y señaló la pila de latas de cerveza
amontonadas tras Belial.
“Maldita
sea, cuanto más lo veo, más absurdo me parece. Me preguntaba quién demonios
aplastaba las latas de esa forma tan ridícula, y resulta que eras tú. Se nota a
leguas que nunca has hecho una tarea en casa. Escucha, a diferencia de ti, Bell
y yo trabajamos muchísimo para conseguir estas vacaciones. Significa que te
largues de una vez. Y por supuesto, llévate ese cementerio de latas cuando te
vayas.”
Belial,
inconscientemente, siguió el dedo de Philip y miró hacia atrás. Al ver el
cementerio de latas que él mismo había creado, soltó una risa cínica. A
diferencia de otros, él no solía mostrarse ante los humanos por una razón
simple.
Le
fastidiaba que siempre intentaran venderle su alma a cambio de deseos,
especialmente cuando la mayoría ya tenía asegurado su lugar en el infierno sin
necesidad de vender nada.
Si
para Bell los humanos eran animales con los que se podía empatizar y
rehabilitar, para Belial los humanos eran como hijos ingratos de los que no
esperaba ni una pizca de esperanza. ¿Y ahora tenía que escuchar órdenes de
limpiar latas de cerveza? Belial preguntó con una expresión bastante seria:
“¿Acaso
tantas embestidas te han dañado el cerebro?”
Sonaba
más a una preocupación genuina que a una amenaza. Aún no habían hecho ningún
trato y el estado del humano ya parecía ser desastroso.
Sin
embargo, Philip, sin importar la expresión o las palabras de Belial, siguió con
su discurso sin inmutarse. Era su estilo característico. El estilo arrogante de
Philip Antoine Kingston.
“Bueno,
para ser sincero, desde que di a luz no me habían dado tan duro. Así que sí,
siento que el cerebro se me ha sacudido bastante. Hacía tiempo que no era tan
extremo. Gracias a eso, todavía me duelen las entrañas.”
Belial
frunció el entrecejo como si hubiera visto algo repugnante y retrocedió un
paso. Miró de reojo el bajo vientre de Philip por instinto y, al ver cómo su
pene, aún al desnudo, se tensaba por sí solo, soltó un breve suspiro.
¿Es
que este humano no conoce la vergüenza?
“Mira
que ponerse a jugar con las palabras solo por orgullo. Escucha, Philip. Parece
que esto no te termina de calar y te lo tomas como un juego, pero será mejor
que despiertes de tu sueño.”
Nada
más terminar su amenaza, Philip soltó un bufido de desprecio. Al contrario, dio
un paso hacia Belial acortando la distancia. Aunque solo ese gesto hizo que su
corazón martilleara con fuerza y la punta de sus pies temblara, como buen
hombre de negocios, ocultó esa expresión con facilidad.
Enfrentarse
a Belial en su forma original era difícil, pero el Belial con el rostro de su
marido era alguien a quien podía manejar. Sobre todo porque, para echar a un
psicópata, el método más eficaz era hacerle sentir que él era un psicópata
igual de grande.
El
‘big data’ que Philip había acumulado durante todo este tiempo decía
precisamente eso.
“¿Juego?
Qué juego. Si no me crees, intenta robarle los recuerdos a Bell. Para él, esta
casa es una aspiradora, una lavadora o, como mucho, un lavavajillas. Y por la
noche, es un dildo manso que obedece a la perfección.”
En
cuanto terminó de hablar, las venas del cuello de Belial se marcaron mientras
soltaba una carcajada.
“Cómo
te esfuerzas. Por muy vulgar que hables, no puedes ocultar lo que sientes por
ese tipo. ¿Quién te crees que eres para intentar engañarme?”
Le
estaba diciendo que se dejara de mentiras. Sin embargo, Philip recurrió a toda
la falsedad y parsimonia de la que fue capaz y puso la expresión más indignada
posible. Incluso se encogió de hombros, pensando que con esto bastaría para
convencerlo.
“Suena
convincente, pero no me impongas tus sentimientos. Esto no es una cuestión
emocional. Escucha, Belial. Si te roban de la noche a la mañana un
electrodoméstico que usas bien, ¿te sentirías de buen humor? Pues eso, mierda,
así es exactamente como me siento yo ahora.”
“¿Así
que quieres que te lo devuelva?”
“Exacto.
Es alguien a quien he domado dedicándole mi tiempo. Devuélvemelo. Tienes esa
obligación.”
Belial,
que observaba a Philip con los ojos entornados, chasqueó la lengua y retrocedió
dos pasos.
El
trato de aspiradora o lavadora ya era espantoso, pero lo que más le horrorizaba
era el trato de dildo manso y obediente. Que alguien con su mismo rostro
recibiera semejante trato... Belial se restregó la mandíbula con brusquedad y
frunció el entrecejo.
Aun
si fuera cierto, ¿por qué este humano no le tenía miedo a nada? ¿Acaso tenía
varias vidas?
“Obligación.
Por no haberte matado, tengo que escuchar estas estupideces. Debería haberte
matado de inmediato como a los demás humanos.”
‘¿No
es así, Philip?’
Philip
no respondió a la mirada que parecía interrogarlo. A Belial pareció gustarle el
silencio que Philip había creado, pues dijo con tono pausado:
“Philip,
tienes una creencia extraña. La creencia de que no podré matarte.”
Philip,
dándose por aludido, mantuvo el silencio en lugar de responder. A Belial le
pareció divertido y, señalándolo con el dedo, soltó una risita.
“Por
supuesto, sé de dónde viene tu arrogancia. Es por aquel día que nos conocimos
en ese maldito refugio, ¿verdad?”
Su
voz, que antes era relajada, cambió bruscamente al mencionar el ‘maldito
refugio’. Emanaba un sentimiento más denso que la ira, algo parecido al asco.
“Es
cierto que, por la alegría de encontrarme con un humano después de tanto
tiempo, te follé con dulzura. Y también es cierto que te dejé marchar con vida.
¿Pero cuánto durará eso? ¿Hasta cuándo seguirá respirando alguien tan insolente
como tú?”
Belial
habló con el dedo índice levantado.
“La
vida de un humano es solo una, ¿no es así?”
No
olvidó añadir un tono burlón, diciendo que no perdía nada por cuidar de su
única vida.
“Conserva
bien tu vida. ¿Quién sabe? Tal vez mi humor mejore y traiga a Bell ante ti.”
La
mirada que Philip le devolvía se volvió aún más afilada. Si los humanos se
ganaban la vida mintiendo día sí y día también, ¿por qué un demonio, que podría
considerarse el origen de la mentira, no iba a poder mentir? No, Belial ya
había mentido y Philip se la había tragado.
Al
rumiar el hecho de haber sido engañado, un sentimiento de disgusto brotó en su
interior. Al mismo tiempo, intuyó que si perdía el control de la situación,
todo habría terminado.
“Me
parece que sobrevaloras demasiado a Bell para mí. Te lo repito, solo quiero que
me devuelvan mi lavadora y mi aspiradora. ¿Quieres hacerlo tú en su lugar? Si
es así, no necesito a Bell.”
Justo
cuando iba a decirle que trajera a Bell si no era capaz de hacerlo, Belial le
arrebató la palabra.
“¿Hacer
qué en su lugar?”
“Sustituir
a Bell. Si eso no es lo que quieres, no entiendo por qué demonios sigues aquí.”
El
enorme cuerpo de Belial se detuvo al instante. Incluso el vaho blanco que
exhalaba en cada respiración se detuvo por un momento.
“Sustituir
a Bell……. Cómo te atreves.”
La
voz de Belial resonó con una profundidad amenazante, como el sonido de un
tambor en una cueva profunda. Cuando su voz se apagó, se solapó con la de
Philip.
“Qué
‘cómo te atreves’ ni qué niño muerto. Estoy diciendo la verdad. No sé con qué
intención no te marchas y ocupas el cuerpo de Bell, pero lo que buscas no está
aquí. La prueba es que yo te invoqué. Un dildo manso está bien, pero de vez en
cuando a uno le apetece un dildo rudo que no obedezca.”
Nada
más terminar la frase, Belial presionó con fuerza el cuello de Philip con solo
dos dedos. En un instante, no solo se quedó sin aire, sino que su visión se
desmoronó rápidamente. No pudo ni gemir. Solo podía abrir y cerrar los labios
intentando respirar.
Su
mente se nubló y su visión se tornó negra. ¿Morir era esto? El dolor de sus
pulmones siendo estrujados se fue adormeciendo y, cuando estaba a punto de
perder el conocimiento, el conducto de aire obstruido se abrió un poco.
“No
puedes morir, Philip.”
Belial
se rió para sí mientras jugueteaba una y otra vez con la respiración de Philip.
Como una fiera que juega con su presa por pura diversión, así hacía él.
Philip
soltó una tos dolorosa mientras pataleaba e intentaba agarrar los dedos de
Belial repetidamente. En medio del dolor de su garganta desgarrada, la poca
ropa que llevaba fue arrancada con violencia.
“¡Cof,
cof cof……!”
Justo
cuando estaba a punto de expirar, la fuerza de los dedos que jugaban con su
garganta se relajó. Solo entonces pudo respirar por completo y sus pulmones,
que se habían contraído, se hincharon al máximo. Mientras intentaba recuperar
el aliento desesperadamente, una mano negra como el azabache inmovilizó las
piernas de Philip manteniéndolas abiertas.
Philip
no dejó de forcejear gritándole que se largara, pero solo lograba emitir una
voz rasgada. Además, su forcejeo no era más que un tierno intento que no servía
de nada.
“Vaya
que han hecho bien este agujero. Y encima intentando usar trucos baratos para
quedártelo solo para ti. Qué tipo más blando.”
Belial
lamió el cuerpo del humano con una lengua larga como la de una serpiente. Tras
lamer cerca de la carne rojiza que se asomaba entre sus piernas abiertas,
separó los labios vaginales con la punta de su lengua afilada y hurgó en su interior.
Una
cola que había brotado de alguna parte rodeó ligeramente el grueso cuello de
Philip. Con que forcejeara un poco, la cola presionaba con precisión la
carótida, haciéndole perder la lucidez.
“Ah…….
Cof, ah. ¡Ugh……!”
Cada
vez que raspaba las rugosidades de las paredes vaginales, el pequeño clítoris
se excitaba y crecía. Si fuera Bell, lo habría estimulado con cuidado con la
mano o la lengua, pero su oponente era Belial. No había preliminares ni se
podía esperar consideración alguna.
La
lengua larga raspó rápidamente las paredes vaginales que aún no estaban listas
y, tras pasar el cuello uterino, comenzó a lamer el útero. Philip, sorprendido
por ese estímulo sordo que nunca había sentido, golpeó el suelo con la espalda
rechazándolo con todo su cuerpo.
Irónicamente,
cuanto más lo hacía, más fluido vaginal brotaba, empapando rápidamente no solo
la lengua de Belial, sino también su entrepierna.
“¡Ah,
ugh……! Ah.”
Philip
forcejeaba para empujar a Belial hasta que se le inyectaron los ojos en sangre.
Sin importarle lo más mínimo, Belial movía la lengua por el interior del útero
como si estuviera inspeccionándolo todo. Luego, movía la lengua de adelante
hacia atrás estimulando las paredes vaginales, o movía la base de la lengua
para estimular el orificio.
¿Será
que el hecho de que un demonio use bien la lengua no significa que sea bueno
mintiendo, sino simplemente que sabe moverla bien? Philip se vio arrastrado por
ese pensamiento absurdo y, sin darse cuenta, soltó un gemido.
En
ese momento, la lengua blanda que llenaba su interior fue retirada de golpe. Su
columna, que había estado arqueada por el forcejeo, chocó contra el suelo.
Parecía que por fin iba a poder recuperar el aliento, pero Belial no era de los
que permitían tal lujo.
Mientras
el orificio, dilatado al ancho de la lengua, recuperaba su tamaño original, la
abertura vaginal se contraía rítmicamente, dejando escapar un líquido viscoso
que goteaba sin cesar. El flujo recorría su entrepierna hasta alcanzar incluso
el orificio posterior. Justo cuando lograba recuperar el aliento a duras penas,
un glande negro como el azabache presionó con precisión la entrada aún
entreabierta. Cada vez que Belial retiraba la cadera para luego empujarla hacia
adelante, Philip retrocedía arrastrando la espalda por el suelo.
Debía
de tener miedo. Era natural que un simple humano sintiera pavor ante algo así.
Sin embargo, para un humano obsesionado con el sexo, era un acto que jamás
podría rechazar, por lo que Belial tiró de los tobillos de Philip para
inmovilizar su cuerpo de nuevo.
“¡Ah!”
Belial
empapó con su resplandor rojo el cuerpo del humano, diminuto en comparación con
el suyo. En esa posición, presionó la entrada con la punta de su pene y movió
la cadera lentamente. Los ojos de Philip, desorbitados, temblaron con rapidez
como si suplicara por su vida, mientras Belial saboreaba su expresión con una
risa sorda.
Tenía
la misma cara que aquel primer día que follaron.
Belial
rodeó la cintura del humano con una mano. Era un cuerpo infinitamente débil
comparado con el de un demonio, pero mucho más firme que el de un humano
promedio. Eso le gustaba. El hecho de que fuera un cuerpo capaz de resistir un
poco de fuerza y que, además, tuviera dos orificios.
Solo
faltaba que Philip suplicara que lo penetrara de una vez para que todo fuera
perfecto.
“De-detente.
Para……”
Con
la penetración ante sus ojos, Philip volvió a forcejear diciendo que no quería.
Belial restregó y aplastó su entrepierna con el glande deliberadamente, pero la
respuesta de Philip fue la misma.
“No
vengas a darte aires de refinado ahora. ¿Crees que no me di cuenta de cómo
llorabas desconsoladamente mientras estabas ensartado en mi pene cada vez que
te follaba?”
Belial
soltó un gemido bajo y empujó la cadera hacia adelante. El glande erecto
aplastó con precisión el orificio anterior humedecido por el flujo. Al mover la
cadera en ese estado, los labios vaginales se adherían al pene, siendo
arrastrados hacia adentro y luego empujados hacia afuera repetidamente. No
habían pasado ni unos pocos movimientos y una espuma blanca ya escurría de su
sexo. Era el resultado de las paredes vaginales, sorprendidas por el dolor de
la presión, contrayéndose sin descanso.
“¿No
abandonaste a tu exmarido porque te gustaba esto? Sonríe. Te voy a follar hasta
que me salga por la garganta.”
“¡Ugh,
ugh……! ¡Ah, agh……!”
En
realidad, el movimiento de entrada y salida no tenía sentido. Por mucho que
moviera la cadera, el grueso pene estaba tan encajado contra las paredes
vaginales que apenas se desplazaba fuera del orificio. Al ver aquello, Belial
reajustó su agarre sobre la cintura de Philip y arremetió con fuerza. Solo
entonces el vientre de Philip empezó a hincharse y a aplanarse repetidamente,
lo que significaba que estaba acogiendo el pene de Belial por completo.
“¡Ugh,
mmpf……!”
Cada
vez que la distancia con Belial se acortaba, sentía ganas de vomitar. No podía
ni imaginar hasta qué profundidad estaba siendo penetrado. Definitivamente no era
un sexo normal. Bueno, no podía serlo. Era imposible que algo tan grueso
hurgando en su interior se sintiera como una relación convencional.
Lo
más aterrador era que se estaba acostumbrando a ese acto absurdo. El dolor
punzante se transformó en una sensación sorda, y ese dolor sordo dio paso a un
estímulo sutil. Especialmente cuando el pene, que estaba profundamente clavado,
era extraído a la fuerza, una sensación eléctrica recorría todo su cuerpo,
dándole una extraña sensación de alivio.
“¡Ah……!
¡Ah! Mierda……. ¡Ah!”
A
medida que el bombeo se volvía más rápido, su propio pene medio erecto comenzó
a levantarse. El orificio posterior, empapado por el flujo que se derramaba,
también se contraía buscando otro pene, y el sexo que había dejado en manos de
Belial sufría espasmos constantes tras varios clímax. Irónicamente, eso hacía
que el pene insertado se sintiera aún más grande, como si su vientre estuviera
a punto de estallar.
Su
respiración se volvía cada vez más pesada y sus músculos dolían como si todo su
cuerpo hubiera sido retorcido. Le dolían los músculos internos y también los
abdominales, que no paraban de estirarse y contraerse.
Incapaz
de soportarlo, Philip llevó las manos sobre su cabeza y arañó el suelo. Quería
escapar de allí, pero no era tan fácil.
Para
colmo, Belial, que apenas empezaba a divertirse, comenzó a sacudir la cadera en
serio mientras exhalaba humo blanco. Sus embestidas eran tan violentas como una
locomotora de vapor.
“¡Ah,
ahg……!”
Más
que gemidos, de entre sus dientes se escapaban gritos teñidos de dolor. No
podía ni siquiera pronunciar bien la palabra ‘detente’. Su rostro, empapado de
saliva y lágrimas, estaba completamente descompuesto, y el estado de sus
entrañas no era muy diferente.
Por
otro lado, a Belial le encantaba de verdad el agujero que Bell había creado. No
sabía si era un error o algo hecho a propósito, pero el cuello uterino tenía
mucha más elasticidad y flexibilidad que el de un humano normal, por lo que
podía mover la cadera profundamente sin miramientos. Aunque, por supuesto, al
que no le importaba era a Belial, no a Philip.
En
ese momento, Philip, que se sacudía por el dolor y el placer, soltó una arcada
y se quedó lacio. Al sentir que la fuerza con la que apretaba el pene flaqueaba
levemente, Belial hizo estallar su semen caliente como si hubiera estado
esperando ese momento. Qué lástima que se desmayara justo cuando empezaba lo
bueno.
Belial
retiró su pene del orificio anterior con pesar. Al hacerlo, quedó a la vista el
orificio vaginal totalmente dilatado y la carne interna moviéndose de forma
orgánica. El semen que había vertido allí y el flujo turbio recorrieron el
perineo, empapando el orificio posterior y el suelo.
Ya
no salía siguiendo el ritmo de la respiración. Simplemente fluía tal como
estaba abierto, tal como había sido derramado.
Philip
apenas alzó la vista hacia Belial con los ojos entrecerrados. Le sostuvo la
mirada como recriminándole si de verdad quería seguir con ese cuerpo que
parecía un cadáver, pero Belial solo se burló de él. Sí, eso era un maldito
demonio.
Aquellos
humanos que se la pasaban denunciando que él era un demonio lo decían porque
nunca se habían topado con uno de verdad.
Philip,
que soltó una risa amarga para sus adentros, borró cualquier rastro de humor y
retorció su cuerpo. Era un movimiento impulsado por el instinto de
supervivencia, sin importar si era un demonio o lo que fuera. Sin mirar atrás,
gateó por el suelo con desesperación intentando alejarse. Con cada movimiento,
el semen viscoso goteaba de su orificio dilatado, mojando la piel que tocaba el
suelo; sentía un asco profundo por esa sensación.
Odiaba
todo. ¿Y si terminaba perdiendo a Bell de verdad por culpa de esto? Joder. ¿Qué
era el sexo para que hubiera vendido a su marido? Además de ser el padre de sus
hijos, era su único esposo.
Su
visión borrosa se volvió aún más difusa, impidiéndole ver bien lo que tenía
delante. Su respiración era cada vez más agitada y lo único que alcanzaba a ver
era el suelo de la sala. Justo cuando tanteaba los alrededores con la palma de
la mano para corregir su dirección, vio a lo lejos el mando de seguridad que se
le había caído.
Belial,
que observaba a Philip, volvió a agarrar al humano por la cintura. Esta vez,
atrapado en posición de cuatro patas, Philip arañó el suelo con las manos y las
rodillas como un perro.
Aunque
quisiera empujarlo, su postura inestable se lo impedía. En ese momento, una
sensación ardiente invadió el espacio entre sus nalgas. El glande, reluciente
por todo tipo de fluidos, frotaba el perineo y el orificio posterior, calculando
el camino de entrada.
“De-detente.
¡Joder……! ¡Paraaaaa……!”
Su
voz rasgada sonó como una súplica, pero a Belial no le importó. Simplemente
enrolló su cola alrededor de su pene erecto. Es más, esta vez no hubo consuelo
con la lengua; empujó su gruesa cadera directamente en ese estado.
“¡Agh!”
La
cola enrollada en el pene presionaba y aplastaba las arrugas y las paredes
internas con más fuerza, como una enredadera trepando por un árbol. Incluso
utilizó la punta de la cola para masajear y estrujar la próstata, que estaba en
fase de involución. Con cada toque, los escasos sentidos que le quedaban eran
ultrajados, dándole una sensación eléctrica.
“¡Ugh,
ah……! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ahg!”
La
punta de sus pies se encogía por sí sola y lágrimas calientes caían al suelo.
Era una imagen tan feroz que no quería que nadie la viera. De su uretra, roja e
hinchada, caía un líquido transparente que ensuciaba todo el lugar.
“Ah,
ahh……. Ah, ahhh…….”
Un
estímulo que supera el límite de lo soportable genera una sensación similar al
dolor. Así estaba Philip ahora. El problema era que esa sensación tan atroz
cambiaba repentinamente a un estímulo erótico, y esa sensación erótica volvía a
convertirse de golpe en dolor.
Y
el problema mayor era que el control sobre el dolor y el placer dependía
exclusivamente de Belial.
“Me
gusta. Y por eso mismo quiero destrozarte aún más. Completamente a mi gusto.”
Belial,
que actuaba como si fuera a darle un respiro, volvió a mover la cadera con
ganas. El glande negro aplastaba las arrugas con tal fuerza que estas
desaparecían y, al mover de nuevo la cadera, las arrugas se daban la vuelta
mostrando la carne roja del interior. El bombeo comenzó junto con un dolor que
parecía partir su cuerpo en dos.
Entonces,
sus extremidades, que yacían lacias, empezaron a temblar y a agitarse con
espasmos. Cuanto más lo hacía, la mano que lo sujetaba por la cintura estrujaba
su aliento con más violencia, y más se contraían las arrugas succionando el
pene.
“¡Aaaaah!
¡Ugh……! ¡Ah! ¡Ah!”
Su
visión se volvía blanca, luego amarilla y finalmente negra de nuevo, como si
una bomba hubiera estallado frente a él. Su cuerpo se sacudía violentamente con
cada movimiento de Belial. Parecía un móvil infantil que ondeaba sin fuerzas
bajo la mano de Belial. Así de poco era lo que Philip podía hacer.
Si
ese tipo le metía el pene, tenía que aceptarlo; si lo sacudía, tenía que
sacudirse.
Cualquier
otro humano habría perdido el conocimiento o muerto hace tiempo, pero Philip,
incluso en medio de aquello, movía los ojos con desesperación intentando
mantener la cordura. Recorrió los alrededores con sus ojos inyectados en sangre
y recuperó el sentido al ver el mando a lo lejos. Si se desmayaba ahora, le
seguirían haciendo esto eternamente.
“Vaya
que, para ser humano, ah……. aguantas mejor de lo que esperaba.”
El
gemido que soltó Belial calentó la columna vertebral de Philip hasta hacerla
arder. Al parecer, el sexo con Philip le resultaba bastante grato, pues no
dejaba de sacudir la cadera contra aquel orificio que, en comparación con su
pene, resultaba asfixiante.
Con
cada embestida, las arrugas sorprendidas se movían a duras penas en un clamor
por expulsar esa pene negro; pero cuanto más lo hacían, Belial gruñía con más
satisfacción.
Estaba
tan complacido que su enorme cuerpo se estremeció como el de alguien que hace
sus necesidades y arremetió con la cadera hacia arriba. En ese instante, la
base del pene que aún no había sido insertada ensanchó las arrugas con
brutalidad y terminó de entrar. Su entrepierna azabache aplastó las nalgas de
Philip sin piedad, y el glande que entraba y salía del colon golpeó con
precisión la curva de la pared interna más profunda.
“……!”
Philip
no pudo ni siquiera gritar y vomitó un líquido transparente. Sentía un dolor
retorcido en sus entrañas, como si le hubieran propinado un puñetazo en el
estómago, pero incluso ese dolor se adormeció al poco tiempo. Entonces, los
músculos de todo su cuerpo, ensartado por ese pene negro, se tensaron y
presionaron el pene de forma involuntaria.
Ante
esto, Belial volvió a estremecerse y comenzó a eyacular. Una sensación ardiente
que empezó en la boca del estómago fluyó gradualmente hacia abajo; era tan
nítida que podía distinguir exactamente dónde empezaba y por dónde descendía.
Philip,
con la conciencia a medio apagar, dejó caer la cabeza. Lo que alcanzaba a ver
debajo de él era su pecho con los pezones endurecidos y su vientre, hinchado
hasta resultar incómodo a la vista.
Aun
así, no salía ni un gemido. Su cuerpo simplemente temblaba como una hoja y, cada
vez que exhalaba una fina bocanada de aire, el olor fétido del semen le punzaba
la nariz.
“Si
sigues siendo así de obediente y aguantas bien, tal vez te deje ver de vez en
cuando la cara de tu exmarido en el infierno.”
Los
párpados blancos, casi cerrados, temblaron levemente.
‘¿Bell
está en el infierno?’
Si
Bell había intercambiado su cuerpo con Belial y estaba encerrado en el infierno
en su lugar…… ¿no significaba eso que podía volver a hundir a Belial allá
abajo?
El
problema era cómo diablos iba a meter a ese loco que solo pensaba en el sexo de
vuelta al infierno.
‘Primero
tengo que ver a Bell para descubrir el modo.’
Para
ver a Bell, tenía que ir al infierno……
Incluso
mientras su conciencia se desvanecía, Philip no dejaba de dar vueltas a su
cabeza. Por supuesto, eso no significaba que se le hubiera ocurrido un plan
maestro, aunque sí algo que valía la pena intentar como último recurso.
Tras
terminar de organizar sus pensamientos, Philip se movió haciendo temblar su
cuerpo, que se sentía a punto de romperse. Su vientre, hinchado por el semen,
se agitó. Mientras se agarraba el abdomen con una mano e intentaba enderezar el
torso con desesperación, Belial lo observaba con curiosidad. Era la mirada de
quien presencia cómo un insecto que ha pisado con todas sus fuerzas se niega a
morir. Soltó una exclamación baja y volvió a mover la cadera, que se había
detenido.
“Kugh……”
Philip,
que apenas aguantaba, volvió a desplomarse contra el suelo. Belial, sobre él,
comenzó a mover la cadera de nuevo con voracidad. Debido al violento bombeo, el
semen que intentaba fluir hacia abajo por la gravedad retrocedió, calentando
sus entrañas.
“Ugh,
ugh……”
Cada
vez que Belial sacudía la cadera, sus pesados testículos golpeaban la
entrepierna de Philip. El sexo de Belial era atrozmente malicioso, hasta el
punto de inflamar la zona golpeada. Así, Belial lo ultrajó sacudiendo la cadera
a su antojo. Ante esto, Philip ya no opuso resistencia. En su lugar, atrapó el
mando de seguridad que estaba en el suelo y fingió tranquilidad.
Pero
duró poco.
Belial,
dándose cuenta de que Philip se estaba acostumbrando poco a poco a sus
embestidas, giró el cuerpo de Philip media vuelta. Corrigió su posición para
que su vista, que antes daba al suelo, ahora apuntara al techo.
“¡Mmpf……!”
Ante
el repentino cambio de postura, Philip soltó un grito ahogado y exhaló un aire
pesado. Su carne interna, retorcida por el giro, hizo un esfuerzo sobrehumano
por expulsar el pene, pero esta era demasiado grande para ser expulsada.
En
ese estado, Philip tuvo que soportar de nuevo las embestidas de Belial. A
partir de ese momento, sintió cómo los sentidos que conformaban su cuerpo
fallaban uno a uno.
En
algún punto dejó de escuchar la voz de Belial y, debido a su mente nublada, su
visión se volvió increíblemente borrosa. Sus receptores de dolor también
debieron de averiarse, pues desde hacía rato no sentía ningún dolor más allá de
la presión extrema.
Su
cuerpo, expuesto a feromonas tan fuertes, no lograba regular su temperatura y,
por ello, no dejaba de alcanzar clímax que consumían sus fuerzas. Era una
sobrecarga.
Bueno,
era de esperar.
Ya
había soportado este sexo violento varias veces y, al estar físicamente mucho
más débil que cuando se conocieron en el Distrito 900, su cuerpo se deterioraba
rápido.
No
era solo un sexo con amenaza de muerte; realmente sentía que, de seguir así,
moriría por un síncope sexual. Philip también lo intuyó.
Pensó
que, irónicamente, era una muerte que encajaba muy bien con él.
Philip
se entregó por completo a un Belial que no dejaba de arremeter. Y, justo cuando
este se disponía a eyacular en su interior por última vez, Philip también agitó
su propio pene mientras era penetrado, forzando un clímax sobre otro.
En
ese instante, sintió un pinchazo en lo profundo del lado izquierdo del pecho y
su visión se tiñó de negro al segundo. Belial se dio cuenta tarde, cuando ya no
había marcha atrás.
“Conque
por eso estabas tan manso…… Has hecho trabajar mucho a esa cabecita adorable.”
Su
ritmo cardíaco se ralentizaba y la voz de Belial se escuchaba cada vez más
lejos.
“Pero
qué lástima. Incluso si caes al infierno, a quien encontrarás será a mí. La
muerte no es una vía de escape.”
Jódete,
Belial.
Antes
de que tú me busques, Bell me encontrará primero.
“Cambiar
el lugar de la cita también está bien. Sí, Philip. Cae al infierno como es
propio de ti. Iré a buscarte pronto.”
En
lugar de responder, Philip solo curvó levemente la comisura de un lado de su
boca en una sonrisa. Le hubiera gustado responder con un ‘jódete’ como el
protagonista de una gran película, pero la muerte no era algo tan sencillo.
“Pero
antes, echaré un vistazo a esos productos que pariste.”
Por
un momento, sus pupilas azules y nubladas se agitaron con impotencia, bañadas
por el desconcierto.
De
nada servía intentar pronunciar ‘Daniel’ y ‘Gabriel’ con sus labios agrietados.
Belial se burló de la madre que yacía bajo él, incapaz de hacer nada.
“Parece
que lo olvidaste. Esas cosas son vuestras, pero al mismo tiempo son mías. ¿No
es así?”
Era
verdad, pero no quería admitirlo. Aunque lo admitiera o no, nada iba a cambiar.
Philip,
con los ojos abiertos, solo exhalaba suspiros dolorosos. Tenía los ojos
abiertos, ¿pero por qué no veía nada? Su pecho izquierdo ardía como si hubiera
estallado y, por mucho que agitara el tórax intentando respirar, no sentía que
entrara ni una gota de aire. Sus gemidos de dolor eran ásperos como si los
rasparan con papel de lija.
Incluso
cuando había perdido el conocimiento varias veces teniendo sexo con Bell, o
cuando se quedaba dormido por el agotamiento, nada se comparaba con este
sufrimiento.
Pero
lo más doloroso eran las palabras que soltaba Belial.
“¿No
estaría bien que todos vivieran en el infierno para variar? Bell, ese en quien
tanto confías y a quien tanto buscas, también lo deseará. Solo que no lo dice
porque es un hipócrita.”
La
voz de Belial se escuchaba distorsionada y grotesca, como un altavoz
estropeado. A partir de cierto punto, ya ni siquiera entendía lo que decía. La
madre, ante las puertas de la muerte, solo podía rogar que los gemelos
estuvieran a salvo.
Su
respiración entrecortada se fue apagando y la fuerza abandonó su cuerpo. La
mano que sostenía su pene se relajó y cayó lacia. Estaba a punto de soltar el
mando que apretaba con la otra mano y el movimiento de su tórax cesó.
Su
cuerpo, ya encaminado a la muerte, fue succionado rápidamente por la oscuridad.
Solo le quedaba esperar a morir del todo en esa tiniebla, pero Philip no lo
hizo.
Pulsó
el botón del mando con todas sus fuerzas y, al mismo tiempo, con la otra mano
cerró todos los dedos excepto el corazón.
Que
te den por culo. Que Dios envíe a este Satanás al cielo para que sea
exterminado.
“A……
mén.”
Exhaló
un largo suspiro y sus pupilas azules se dilataron por completo. Era el fin de
la turbulenta vida de Philip Antoine Kingston.
Incluso
entonces, en lugar de despedir a su amante, Belial simplemente movió la cadera
con violencia antes de que el cuerpo se enfriara más. No es que por follar más
rápido fuera a caer antes al infierno, pero él despidió a Philip a su manera.
Al
alcanzar el clímax, Belial besó el pecho de Philip, que ya empezaba a enfriarse
con la rigidez de la muerte, y descargó sobre él toda su turbia lujuria. Con un
gemido bajo, susurró al oído de Philip:
“Nos
vemos pronto.”
Como
si fuera una respuesta a sus palabras, las puertas blindadas reforzadas
instaladas en la mansión comenzaron a cubrir las ventanas. Una a una, las
aberturas y salidas se sellaron, atrapando a Belial en el interior.
—Sistema
de seguridad activado en todo el perímetro.
Belial,
que aún abrazaba el cuerpo de Philip, observó las ventanas y puertas bloqueadas
con ojos que ardían como brasas. Solo entonces descubrió el mando a distancia
en el suelo y lo destruyó de un pisotón.
“Conque
usaste esa cabecita hasta el último aliento, ¿eh?”
¿Acaso
creía que una simple puerta blindada podría detenerlo?
Belial
soltó una risa burlona ante el sistema de seguridad que Philip había activado.
Fue entonces cuando, antes de que pudiera enfriar su irritación, su cuerpo de
enorme satán, que casi rozaba el techo, comenzó a encogerse rápidamente hasta
recuperar la forma humana. Al sentir cómo perdía su fuerza de golpe, Belial
miró sus manos, ahora humanas.
“……Bell.”
Una
ira profunda, hirviente como el magma, calentó su pecho. Ni siquiera cuando
estuvo atrapado en el Distrito 900 del refugio, privado de todo su poder, se
había sentido tan furioso. Aquello había sido, al menos, un periodo de
descanso.
Habiendo
terminado ese largo letargo, ahora debían compartir el cuerpo como en el
pasado, pero Bell lo había bloqueado. Por si fuera poco, ahora pretendía
monopolizar los frutos que habían salido de su propio cuerpo.
Belial
lanzó una mirada fulminante a la puerta de seguridad. Aunque estuviera en un
cuerpo humano, ¿acaso no podría destrozar algo así? Sin mirar atrás, se dirigió
hacia la salida.
* * *
Los
humanos nacen una sola vez y, sin excepción, encuentran la muerte. Por eso,
cualquier humano imagina al menos una vez cómo será su final. Philip no era la
excepción.
Sin
embargo, su muerte era algo que jamás habría podido predecir.
Morir
asesinado mientras tenía sexo con un demonio... Ciertamente era un final muy
propio de Philip Antoine Kingston, pero ¿qué humano en su sano juicio
imaginaría que su fin sería ese?
Philip
era un hombre cuya imaginación se quedaba corta comparada con su estilo de
vida.
“Mierda.”
Tras
revisarse el dorso y la palma de las manos, Philip recorrió su cuerpo con la
mirada. Estaba en camino a ver a su marido después de mucho tiempo, así que no
podía evitar preocuparse por su aspecto.
Por
suerte, vestía un traje hecho a medida exclusivamente para él por su marca
favorita. El único inconveniente era que estaba descalzo; y para colmo, unos
pies descalzos manchados por el lodo de alquitrán negro que brotaba del suelo.
Tras
masticar un insulto en silencio, Philip tiró de los puños de su chaqueta para
ajustarlos y se retocó el cuello del abrigo.
“Bueno,
al menos…… parezco el protagonista de una película de cazademonios. Está bien.
¿Debería ponerme solemne y encender un cigarro?”
Lanzó
esa broma al aire, aunque su expresión ocultaba una ansiedad latente. En cuanto
terminó de arreglarse la ropa, miró a su alrededor. Un espacio que parecía un
páramo y un calor denso que se sentía bajo las plantas de los pies. Pequeñas
vibraciones, como si la tierra estuviera sollozando, y ese líquido de alquitrán
de origen desconocido que se filtraba por las grietas.
Su
expresión se endureció un poco más al observar el entorno.
En
ese momento, a lo lejos, la tierra se partió y una columna de humo gris brotó
con un siseo. Se veía peligroso a simple vista; de haber estado allí, su cuerpo
se habría derretido en un instante.
Philip
tragó saliva y le dio la espalda a la grieta. Cubriéndose la nariz y la boca
con el brazo, empezó a caminar. El calor sofocante y el olor a azufre le
irritaban la nariz, recordándole de forma desagradable dónde se encontraba.
“Ya
lo sé, joder. Sé que esto es el infierno.”
Si
él no caía en el infierno, ¿quién lo haría? No le importaba el lugar. Sin
embargo, sentía que sería una lástima quedar atrapado aquí para siempre con
Belial sin siquiera haber visto a Bell.
Sentía
que, si pudiera regresar, cuidaría a los bebés con más alegría que antes, e
incluso escucharía con paciencia los sermones de Jacqueline, que tenía un
temperamento tan difícil como el suyo.
Claro
que eso solo lo sabría si lograba volver.
Llegado
al límite de su irritación por todos esos pensamientos, Philip levantó la
cabeza y gritó:
“¡Bell!”
Su
grito se extendió a lo lejos, viajando sobre el calor que emanaba del páramo.
Cuando su voz se apagó, Philip volvió a gritar:
“¡Me
estoy cabreando, así que da la cara ahora mismo! ¡Nuestros hijos están en
peligro!”
Como
era de esperar, no hubo respuesta. Empezó a ponerse nervioso pensando que tal
vez Belial se le adelantaría.
“¿Es
que no quieres ver a Gabriel y a Daniel? ¿Vas a dejarle el puesto de padre
biológico a Belial?”
Sus
pasos, antes cautelosos, se volvieron rápidos y urgentes. De vez en cuando miraba
hacia atrás para asegurarse de que nada lo perseguía. Sentía que, en un lugar
así, cualquier cosa podría estar acechándolo, fuera Belial o no.
Fue
entonces cuando volvió a girar la cabeza hacia el frente.
“¿Philip?”
Philip
giró la cabeza hacia donde provenía la voz. Allí vio a un enorme demonio de
forma negra. Físicamente era idéntico a Belial, pero Philip supo
instintivamente que era Bell. De lo contrario, no habría lágrimas cayendo de
esos ojos.
“……Vaya
cara que tienes. Es la viva imagen de un idiota que acaba de perder a su
esposa.”
A
medida que se acercaba, la expresión de Bell se descompuso visiblemente.
“¡Philip!
¿Cómo…… cómo has llegado hasta aquí? ¿Estás loco?”
“Belial
me lo dijo. Me dijo que estabas en el infierno.”
Bell
negó con la cabeza, atónito. Por mucho que Belial se lo hubiera dicho, ¿cómo
era posible que un humano lo siguiera hasta el mismísimo infierno?
“Ya
estoy aquí, así que qué más da. No se puede cambiar. Así que, antes de
convertirte en mi exmarido, piensa de inmediato en cómo vamos a volver.”
La
expresión de Bell, que hasta hace un momento era de incredulidad, se endureció
de golpe.
“¿Ex……
exmarido? ¿Por qué voy a ser el exmarido?”
“Belial
dice que tú eres el exmarido. Parece que él quiere ser el marido actual.”
Bell,
que parecía a punto de llorar, puso una expresión gélida y aterradora.
“¿Marido
actual?”
“Sí.
Ya sabía que yo caería al infierno. Incluso dijo que vendría a buscarme pronto.
Y lo más importante, mencionó a los gemelos. Ese mal nacido sabe de la
existencia de nuestros hijos.”
Bell
escuchó las palabras de Philip en silencio, se pasó la mano por el pelo con
brusquedad y esbozó una sonrisa torcida. Tras murmurar que Belial soñaba
demasiado, tomó la palabra:
“Cambié
de cuerpo por si acaso. No es fácil llegar a la mansión de Jacqueline en un
cuerpo humano normal; caminando tardaría meses.”
“¿Y
si se le ocurre tomar un taxi?”
“¿De
qué hablas, Philip? Todas las cuentas están a tu nombre y el efectivo está en
la caja fuerte. ¿Cómo va a tomar un taxi alguien que no tiene ni un dólar?
Aunque entiendo tu preocupación.”
Philip
negó con la cabeza y se puso las manos en la cadera. Se acarició la barbilla y
continuó con naturalidad:
“No,
está bien. Yo activé la seguridad. Lo instalé en la mansión de antemano por si
pasaba algo. Una vez que se activa, no se puede entrar sin importar lo que
hagas desde fuera, y si te quedas atrapado dentro, no puedes salir sin mi
identificación biométrica.”
Solo
entonces, las expresiones de ambos, que habían estado tensas y rígidas, se
relajaron. Bell, impresionado, añadió:
“Definitivamente,
el dinero es lo mejor.”
“En
fin, como Belial y yo usamos el mismo cuerpo físico, no podemos existir en la
misma dimensión al mismo tiempo. Es decir, a menos que yo intervenga, Belial se
quedará atrapado en esa mansión para siempre. Por eso, puedo volver en
cualquier momento.”
Philip
sintió un alivio momentáneo al oír que podían regresar.
“Pero
hay un problema.”
Bell
miró con preocupación a Philip, que había llegado hasta el infierno para
buscarlo.
“El
problema es que tú ya has muerto, Philip.”
“……Lo
sé. Fue una experiencia que no quiero volver a repetir jamás.”
Fue
lo peor de lo peor. Se sintió como si todos los dolores y sufrimientos de una
vida se hubieran concentrado en un solo trago amargo.
“Como
ya has muerto, aunque quisieras, no podrías volver a repetirlo, Philip.”
Bell
observó el vacío en silencio mientras sus ojos se movían de un lado a otro.
Soltó un suspiro cargado de pesadumbre y, al oír ese lamento, Philip no pudo
aguantarse más.
“Era
la mejor opción. Tal como dijiste, aunque hubiera logrado escapar de él, tú no
estarías.”
“……Philip.”
“No
me siento capaz de criar a los gemelos solo y, joder, tampoco tengo fuerzas
para vivir la vida que te correspondía a ti.”
Philip
volvió a examinar los alrededores como un prisionero que acaba de fugarse.
“En
cambio, tú sí pareces alguien que viviría bien por los dos. Cuidarías a los
niños mucho mejor que yo. Si algún día crecen y preguntan dónde estoy,
miénteles y diles que estoy en el cielo.”
Al
soltar las palabras, sintió una punzada de amargura. Ni siquiera cuando Belial
lo estrangulaba le dolió tanto como la idea de no volver a ver a sus hijos;
sintió un nudo en la garganta.
“Ah,
y otra cosa. Recupera mi cadáver y cuídalo bien. Ese mal nacido de Belial no me
soltó hasta el final.”
Cerró
la boca, incapaz de dar explicaciones más detalladas. Bell, que escuchaba su
testamento, tomó la palabra.
“Philip,
no es que no haya ninguna forma de volver.”
La
mirada de Philip, que estaba clavada en el suelo, se disparó hacia arriba.
“¿Y-y
por qué me lo dices recién ahora? Maldita sea.”
Lo
apremió con los ojos para que explicara el método de inmediato, pero Bell
vaciló, dudando antes de hablar. Philip, temiendo que Belial apareciera en
cualquier momento, vigilaba los alrededores con rapidez.
Observando
el estado de extrema ansiedad de Philip, Bell habló con cautela.
“Nunca
pensé que llegaría a decirte algo así. Philip, entrégame tu alma.”
Ante
tan trillada propuesta, Philip detuvo su comportamiento errático por un momento
y miró a su marido.
“Normalmente,
los humanos que venden su alma a un demonio terminan viviendo como sus esclavos
tras la muerte. Pero, en tu caso, es un poco diferente.”
“Claro,
porque ya estoy muerto. No es que esté pidiendo un deseo. Ah, ¿acaso el deseo
de revivirme no funciona?”
“Por
supuesto que no. Eso es algo que ni Dios podría hacer. De todos modos, aunque
no pueda revivirte, sí puedes regresar. ¿Acaso el demonio que te lo propone no
soy yo? No soy un demonio inferior, soy Bell.”
No
sabía si era su imaginación, pero Philip juraría que Bell levantó la barbilla
con orgullo.
“Yo
recolectaré tu alma. A cambio, pasarás a formar parte de este lugar.”
“……Oh.”
“De
esa forma, no morirás y serás libre del dolor que conduce a la muerte. También
podrás entrar y salir del infierno. El único inconveniente es que, tarde o
temprano, llegará el día en que te cruces con Belial.”
Mientras
continuaba con la explicación, Bell tomó la mano de Philip con suavidad. Al
entrelazarlas, una marca que representaba a Satán brotó con nitidez sobre su
piel.
“No
te preocupes demasiado, Philip. No estuve perdiendo el tiempo mientras Belial
me tuvo encerrado en el infierno. He instalado un dispositivo de seguridad
mínimo para que, en caso de que vuelvan a encontrarse, no ocurra lo mismo de
antes.”
“Eso
estuvo bien hecho.”
“Belial
aparte…… vender el alma es más doloroso de lo que parece. Puede que vuelvas a
pasarlo mal. Puede que te duela.”
Philip
miró sus propias manos y luego alzó la vista hacia su esposo. Estando ya
muerto, ¿qué podría ser peor que esto?
“Déjate
de preocupaciones y hazlo de una vez. Solo quiero volver a casa cuanto antes
para oler el aroma a leche de los gemelos.”
Bell,
que miraba a su pareja con inquietud, curvó levemente los labios al oír
mencionar a los niños. Seguía observando a Philip con ojos preocupados, pero no
había nada más que pudiera hacer.
En
ese momento, la marca que resaltaba en toda su mano se filtró en la piel y
desapareció de la vista.
“Y,
Philip.”
Philip,
que miraba su mano con curiosidad, levantó la cabeza y cruzó su mirada con la
de Bell.
“Gracias.
Gracias por llegar incluso a morir por mí.”
De
repente, su visión se nubló por completo y su mente se desvaneció. Cerró los
ojos con tanta rapidez que la voz de Bell empezó a sonar lejana. Se preguntó
cuántas veces se desmayaría en una sola semana. Solo esperaba que, al despertar
de nuevo, estuviera en casa.
* * *
Contrario
a sus deseos, cuando volvió a abrir los ojos, vio un sol rojo, nubes rojas y un
cielo rojo. Pensó con cierta alarma si tendría que ir caminando hasta la
Tierra, pero como no podía hacer nada al respecto, volvió a cerrar los ojos.
¿Cuánto
tiempo pasó? Sus ojos, que antes pesaban como el plomo, se abrieron de golpe
con ligereza. Con la esperanza de estar en casa, recorrió el entorno con la
mirada, pero todo lo que veía le resultaba desconocido.
Un
techo de aspecto antiguo hecho de ladrillos con musgo. Por muy bien que
quisiera verlo, ni siquiera el sótano de su casa podría estar tan deteriorado.
‘¿Acaso……
Belial me atrapó de nuevo?’
Aquella
confesión delirante de verse en el infierno resonaba en sus oídos. Si de verdad
lo había perseguido hasta aquí, ¿qué se suponía que debía hacer ahora?
Buscó
la marca que Bell le había dejado revisando el dorso y la palma de sus manos,
pero no vio nada.
“Haaa……”
Un
suspiro profundo brotó desde sus entrañas. Se frotó la cara con las manos,
incapaz de comprender la situación, y volvió a examinar el lugar.
Por
tamaño, era evidente que Belial era superior a Bell, pero considerando que Bell
trabajaba en el refugio con una cara normal, Philip pensó que Bell tenía una
mayor capacidad de control.
No
entendía por qué demonios aún no habían regresado a casa. Cerró los ojos con
hartazgo y se revolvió en el sitio. No tenía fuerzas para huir, y estando en un
lugar desconocido, tampoco tenía sentido intentar escapar a ciegas.
‘Maldita
sea. Qué jodienda.’
Ya
que no podía morir otra vez ni tenía fuerzas para escapar, pensó que si querían
follárselo, que lo hicieran hasta hartarse. Quizás así algún día se aburriría
de él y se lo devolvería a Bell. Al fin y al cual, si era un demonio de verdad,
sería capaz de eso y más.
En
ese momento, el sonido de una puerta abriéndose le crispó los nervios. Al abrir
los ojos dispuesto a aceptar lo que viniera, una figura familiar acaparó su
atención. Unos cuernos enormes brotando de la frente y un resplandor rojo en
los ojos más intenso que una luz de emergencia. Por un instante, sintió como si
su corazón se hubiera trasladado a su cabeza y su visión tembló violentamente.
El pulso, que resonaba como un tambor bajo, le provocaba un zumbido
ensordecedor y un escalofrío le recorrió la columna.
Aunque
su corazón y todos sus sentidos gritaban ansiedad, Philip permaneció
aparentemente congelado, sin reacción. Solo miraba hacia arriba a esa figura
gigantesca con ojos llenos de pavor, mientras la silueta negra se reflejaba en
sus pupilas azules y pálidas.
“…….”
En
su mente ya había huido cientos de veces, pero este cuerpo no se movía ni un
milímetro, como si no tuviera dueño. Tarde o temprano, logró mover los ojos
para escapar de ese resplandor rojo que caía sobre él. Fue entonces cuando vio
un traje impecable sobre la silueta negra. Philip, que había estado inmóvil
como alguien atrapado en un tiempo detenido, empezó a moverse poco a poco.
Justo
cuando humedecía sus labios para llamar a su marido por su nombre, sucedió.
“¿Philip?
¡Philip……! ¡Finalmente has despertado!”
Una
voz cargada de emoción retumbó en la amplia habitación. El cuerpo rígido de
Philip se relajó y la comisura de sus labios tembló con torpeza. Al menos hasta
que ese cuerpo enorme se abalanzó sobre él.
No
pudo ni intentar escapar. Y como los accidentes siempre ocurren cuando uno
menos lo espera, Philip no tuvo más remedio que soportar con todo su ser el
peso de su pareja.
“¡Ah!”
Bell,
con una postura extrañamente tierna para su tamaño, se aferró a Philip mientras
agitaba los pies en el aire. A Philip le costaba respirar y sentía un pinchazo
en las costillas, pero se sintió aliviado al ver que no se asfixiaba ni moría
como esperaba. Tras morderse el labio aguantando a Bell, no pudo más y lo
empujó fuera de la cama.
¡BUM—!
El
enorme edificio, que parecía un castillo, tembló de forma visible. Sin
importarle, Philip chasqueó la lengua y se sacudió las manos. Aun así, Bell
parecía encantado y miraba a su pareja con una sonrisa boba en el rostro.
De
pronto, un pensamiento cruzó la mente de Philip y, con el rostro pálido,
preguntó con urgencia:
“¿Y
los niños? ¿Están bien?”
Bell,
que hasta hace un segundo sonreía como un idiota, borró la risa de su cara.
“De
hecho, envié a un mensajero y me dijo que están perfectamente, que no tienes de
qué preocuparte.”
Solo
entonces, su cintura, que había permanecido rígida por la tensión, se relajó y
se curvó cómodamente. Exhaló un suspiro de alivio y se frotó el rostro con las
manos, como si intentara consolarse por todas las penurias pasadas.
“Sigo
vigilando la situación constantemente, así que no te preocupes demasiado. Por
ahora, lo primero es tu recuperación, Philip.”
Philip,
recuperando el aliento, apartó las mantas y se dispuso a bajar de la cama.
“¿Philip?
¿Qué haces?”
“Puedo
recuperarme una vez que estemos en casa. Vámonos ya. Es lo correcto.”
“Espera,
Philip. No puedes volver con tu cuerpo en este estado. Si tu alma llega a
extinguirse, entonces sí que no volverás a ver a los niños. Lo que quiero decir
es que ahora el descanso es lo primordial.”
Al
ser detenido de tajo, Philip no volvió a intentar moverse de forma precipitada.
“Regresaremos
en cuanto te hayas recuperado un poco. No será tarde. Ahora mismo, Jacqueline
se está dando una ducha después de que Daniel le vomitara encima. Lo veo todo,
así que confía en mí.”
Solo
entonces, la respiración de Philip, que subía y bajaba con ansiedad, se volvió
acompasada. Tras un breve silencio, Bell continuó:
“Además……
Philip, tuve mucho miedo. No sabes cuánto temí que no pudieras despertar
jamás.”
“No
seas exagerado. Uno llega a morir y venir hasta el infierno para buscar a su
marido, ¿y tú armas tanto alboroto por no poder aguantar eso?”
Ante
esa respuesta tan mordaz, Bell saltó del suelo como un resorte.
“Has
estado durmiendo durante una semana entera, ¿cómo no voy a preocuparme?”
Bell
se levantó y se sentó en el borde de la cama, sosteniendo la mirada de un
Philip que aún ladeaba la cabeza, incrédulo.
Claro,
por mucho que lo intentara, la expresión de duda de Philip no desaparecía.
¿Cómo iba a creerlo? Un desmayo dura, como mucho, dos días; pero, lógicamente,
¿quién podría estar inconsciente una semana sin cuidados médicos? Lo normal
sería morir antes.
“Ah,
es verdad. Ya estoy muerto.”
Philip
asintió lentamente y se encogió de hombros.
“Debiste
preocuparte. Supongo que en el infierno no habrá hospitales ni nada parecido.
Si no despertaba, habría sido el fin.”
“Philip…….
Eso de verdad……. No es algo que alguien que acaba de despertar tras una semana
inconsciente deba decirle a su familia.”
Bell
lo miró con reproche y tomó aire profundamente, dispuesto a soltarle un sermón.
Sin embargo, terminó rindiéndose, incapaz de hacerlo.
¿Cómo
iba a regañar a su pareja, que no dudó en morir para recuperarlo? En cuanto
abandonó la idea del sermón, recorrió con sus grandes manos el cuerpo de
Philip, que se sentía más frío de lo habitual. No solo su semblante estaba
pálido por el tiempo transcurrido, sino que, incluso al tacto, se notaba
demacrado.
En
el momento en que iba a decir algo más, Philip relajó su cuerpo hundiéndose en
el mullido colchón. En este infierno, los únicos capaces de regañar a su pareja
en una situación así debían ser los que estaban condenados. Bell palmeó la
espalda de Philip como si arrullara a Daniel o Gabriel, y la respiración tensa
de su esposo se volvió mucho más calmada.
De
vez en cuando, una brisa cálida se filtraba por la rendija de la puerta,
renovando el aire de la habitación. Eso era todo. El silencio fluía en una atmósfera
pacífica y solitaria. Ese silencio sosegado y confortable, que ninguno de los
dos había disfrutado últimamente, era la prueba de su reencuentro a salvo.
“Qué
haces.”
Philip,
a quien Bell creía dormido, habló con los ojos cerrados.
“¿No
vas a besarme?”
Bell,
que ya estaba hechizado por sus labios, no se lo hizo preguntar dos veces y
unió sus labios con los de su pareja como si quisiera devorarlo allí mismo.
Solo entonces, los párpados de Philip se abrieron lentamente. Sus ojos azules
estaban bañados por una suave fatiga, como los de un viajero exhausto tras una
larga travesía. A medida que sus lenguas se entrelazaban, las feromonas que
emanaban humedecían sus mucosas con calor. La respiración, antes tranquila,
empezó a encenderse y los brazos y manos que se rodeaban se volvieron más
urgentes. Como si se les fuera la vida en ello, como si se aferraran a un clavo
ardiendo.
“Mmpf…….
Joder……”
El
cansancio acumulado en cada rincón de su cuerpo se derritió, y la flacidez dio
paso nuevamente a la tensión. La lengua, una vez insertada en su boca, entró
cada vez más profundo, lamiendo con la punta la mucosa cerca de la garganta.
Eso hizo que el inicio de la garganta del pálido humano tuviera un espasmo.
“Cof,
agh……”
La
lengua, una vez dentro, hurgó en su interior de forma algo traviesa, como
midiendo su profundidad. El cuerpo de Philip, que estaba sentado, se inclinó en
diagonal hasta quedar recostado sobre el colchón. En cuanto su nuca tocó la
cama, la lengua del demonio se retiró de su garganta.
Incluso
mientras tosía con dolor, agitando el tórax, la mirada de Philip permaneció
fija en su pareja. Bell lo miró desde arriba y lentamente superpuso su cuerpo
al suyo. Justo cuando iba a bajar de forma natural, una mano voló de la nada y
agarró a Bell por las solapas.
Los
ojos rojos de Bell, que hasta hace un momento estaban nublados y prendados de
su esposa, vacilaron.
“Si
no tienes ganas o vas a hacerlo por cumplir, mejor no hagas nada.”
Ese
era el único rastro de orgullo que le quedaba, y no estaba dispuesto a renunciar
a él. Bueno, aunque quisiera, no podría.
Bell
besó la mano pálida que lo sujetaba. Con cada beso, un humo grisáceo escapaba
de entre sus dientes, dispersándose en el aire como el humo de un cigarro. Tras
esa neblina, el resplandor rojo de sus ojos se intensificó, volviendo el
ambiente peligroso.
“Nunca
me han faltado las ganas, y jamás lo he hecho por cumplir. Pero.”
Philip
exhaló un aire algo agitado tras haber sido sometido a ese beso profundo y
denso. Bell, mirando a su pareja con adoración, estiró la mano hacia la cama y,
con los dedos, comenzó a enroscar una cola negra que parecía no tener dueño
mientras sonreía. La cola, que se enrollaba en su dedo como la rosca de un
tornillo, descendió hasta su muñeca, envolviendo su gran mano de forma sugerente.
Hasta
ese momento, Philip no sabía qué estaba haciendo ni qué pretendía decir. Solo
movía la mirada con cierta impotencia, siguiendo los movimientos de su pareja.
Bell, sosteniendo la mirada de Philip, dijo:
“La
razón por la que he sido tan cuidadoso hasta ahora, Philip, es porque eras un
humano. Tenía miedo. Miedo de que murieras y de que, al hacerlo, cayeras al
infierno como ha sucedido ahora.”
Como
si quisiera que lo viera bien, le mostró a Philip la cola que tenía enroscada
en la mano. Philip, que respiraba de forma entrecortada siguiendo la mirada de
Bell, observó la cola con fastidio. ¿Y eso qué? Era obvio que un demonio tenía
cola, y ya sabía perfectamente que Bell también la tenía.
No
entendía el sentido oculto de por qué insistía tanto en que mirara la cola. Era
una cola negra de superficie brillante, similar al material del charol. Parecía
un látigo profesional costoso, o quizás un cable eléctrico grueso y flexible.
A
medida que se alejaba del cuerpo, el grosor disminuía hasta terminar en una
punta con forma de pica invertida; el material era de una silicona firme, ni
muy dura ni muy blanda, con el extremo romo.
Al
fijar la vista en la cola, Philip, sin darse cuenta, juntó ambos muslos con un
escalofrío. Fue debido a que un recuerdo del pasado acudió a su mente.
En
ese momento, la cola enroscada, como si tuviera voluntad propia, apretaba y
soltaba la muñeca y los dedos de Bell repetidamente. Cuando la punta roma
empezó a restregarse entre sus dedos y su muñeca como un gato cariñoso, la
mirada de Philip también se volvió ardiente.
De
repente, la cola que jugaba libremente fue atrapada con firmeza por Bell. Un
escalofrío recorrió la columna de Philip, como si el dolor sordo en el coccix
tras una noche entera de sexo hubiera regresado de golpe.
“¡Ah!”
Su
vista, que apuntaba al techo, se invirtió y su rostro quedó hundido en la cama.
En cuanto la manta que cubría su cuerpo se deslizó hasta las sábanas, Philip,
por instinto, apoyó su peso sobre las rodillas y el pecho. Intentó mantener el
equilibrio empujando el colchón con las palmas de las manos, pero el dolor
sordo en el coccix se intensificó. Fue como si alguien hubiera tirado con
fuerza de la cola que le brotaba.
“Joder,
qué demonios. ¡Ah……!”
Las
palabras que no llegó a formular se cortaron en el aire. En lugar de terminar
la frase, lo que escapó de sus labios fue un gemido bajo.
“Ah…….
Espera, qué, qué estás lamiendo. Qué estás haciendo, ¡ah……!”
Cuando
la punta de la lengua lamió el grueso hueso del coccix, sus glúteos firmes
temblaron violentamente. Philip, sorprendido por el estímulo desconocido, se
estremeció y entró en pánico, pero no podía escapar porque su cola estaba
atrapada. Bell lamió la piel pálida y erizada, y esta vez rodeó y lamió la cola
negra que brotaba del coccix. Al ser estimulado entre el hueso que sobresalía y
la cola, como si le enhebraran el ojo de una aguja fina, Philip agitó la
espalda y las extremidades como alguien a quien le presionan la próstata.
“¡Ah,
ahhh……! Qué mierda, esto es extraño……! ¡Ah!”
El pene, que
se había ido endureciendo poco a poco, se irguió de golpe soltando espasmos de
un líquido blanquecino que no llegaba a ser semen. Al mismo tiempo, sus
orificios, anhelantes de recibir algo en su interior, se contraían con
distintas formas, mordiendo el aire vacío; mientras tanto, el clítoris y los
pezones se hinchaban sutilmente a la espera del siguiente estímulo.
Sin embargo,
Bell, con una insistencia casi obsesiva, succionaba la base carnosa de la cola
y, para burlarse de él, la golpeaba rítmicamente con la punta de la lengua. El
cuerpo de Philip, que apenas resistía el estímulo desconocido, se sacudió como
el de un niño acosado por las ganas de orinar. Cuando su cintura cedió
hundiéndose hacia abajo, Bell tiró ligeramente de la cola que tenía enroscada
en la mano para obligarlo a corregir la postura.
“¡Ah!
¡Joder……!”
Por un
instante, un dolor punzante le nubló la vista. Su tren inferior tembló de forma
convulsiva, como si sufriera un ataque. Experimentó una sensación extraña, como
si el estímulo y el dolor se hubieran fundido en una sola masa. Era una
sensación bizarra; sentía como si le hubieran atrapado un punto vital expuesto,
pero al mismo tiempo, como si le masajearan el pene con rudeza.
“Philip,
¿qué tal se siente?”
*Se siente
de la mierda, ¿para qué preguntas?*
Philip, con
el rostro hundido en la cama, anduvo perdido por un momento antes de tantear
las sábanas con frenesí para recuperar la posición. Justo cuando iba a
recriminarle, el sonido de una cremallera bajando precedió al roce del glande,
cálido y húmedo, que recorrió longitudinalmente su sexo cerrado.
Entonces,
como si aplicara lubricante a una herramienta pesada, el flujo que emanaba
humedeció el pene azabache. Así, el enorme pene, empapado por el líquido
previo, comenzó a restregarse contra el orificio posterior, que se mantenía
cerrado e hinchado.
“Parece que
te ha salido una cola.”
`¿Una cola?`
Sorprendido,
Philip agitó la espalda y giró la cabeza con urgencia hacia atrás. En ese
instante, el glande del tamaño de un puño golpeó los pliegues cerrados y raspó
la pared interna rojiza hacia arriba. Cuando Philip, sobresaltado, sacudió la
pelvis de lado a lado en un amago de resistencia, Bell tiró con fuerza de la
cola que tenía sujeta.
Como quien
tira de las riendas de un caballo.
“¡Mmpf……!
¡Ah, ahg, ah!”
A veces, un
corcel demasiado inteligente ignora las órdenes de su dueño a propósito, y en
esos casos, incluso el mejor de los caballos necesita el látigo. Bell movió la
cadera con violencia, arremetiendo de arriba abajo, mientras mantenía la cola
tensa. Los pliegues que antes palpitaban desaparecieron al no quedar espacio
para nada más. Al darse cuenta de que no podía expulsar el pene insertado de
forma tan bruta, el orificio se limitó a apretar con una fuerza irracional.
Al comenzar
el embate en ese estado, los pliegues, que ya no podían dilatarse más, se
dieron la vuelta hacia afuera para apenas poder tolerar el pene. La amplia cama
crujió con fuerza y Philip soltó jadeos entrecortados, intentando recuperar el
aliento a duras penas.
Solo duró
unos instantes. La falta de oxígeno en su cerebro hizo que su visión se
emborronara. Aunque estuviera muerto, su cuerpo no era diferente al de antes.
Es decir, lo único es que ya no volvería a morir, pero podía sentir
absolutamente todo lo que sentía cuando estaba vivo. ¿Acaso existía un cuerpo
mejor para tener sexo con un esposo demonio?
Sus ojos
azules, empañados por lágrimas fisiológicas, temblaban bajo los párpados con
las pupilas hacia arriba. Su nariz y boca estaban hundidas en la cama, y su
respiración pendía de un hilo, como si fuera a cortarse en cualquier momento.
Con cada inhalación y exhalación, sus gruesos músculos se movían como olas
lentas, evidenciando la feroz batalla que Philip estaba librando.
Sin
importarle lo más mínimo, Bell observó a su pareja y sacudió la cadera buscando
el punto máximo. Lo hizo con tal fuerza que incluso las rodillas de Philip, que
sostenían su peso, llegaron a elevarse en el aire.
“¡Ah,
mmpf……! ¡Mmpf!”
Su aliento
se cortó y volvió a fluir una y otra vez. Cada vez que sentía que se asfixiaba
y luego recobraba el sentido, percibía la humedad pegajosa que emanaba de la
manta y las sábanas bajo su cuerpo. Era el resultado de su pene pálido, que
había estado eyaculando fluidos tras sucesivas erecciones. Aunque,
técnicamente, no se podía llamar eyaculación, la forma era muy similar.
“¡Mmpf, Be,
Bell……! ¡Ah! ¡Ahhh! Cariño, ¡mmpf……!”
Al ver que
llamarlo por su nombre no servía de nada, usó el apelativo que más le gustaba a
Bell. En ese momento, el sonido viscoso se transformó en un chapoteo mucho más
rudo y el bombeo se volvió aún más salvaje. Escuchó un gruñido tras su espalda
y, tras girar ligeramente el ángulo, Bell arremetió con la cadera hacia arriba.
“¡Agh!”
De repente,
la fuerza abandonó todo su cuerpo y sus sentidos se apagaron uno tras otro. Si
durante el sexo con Belial todos los sentidos, excepto la lujuria, quedaban
sepultados por el dolor; con Bell, la sensibilidad sexual estallaba como fuegos
artificiales, haciendo que los demás sentidos se sintieran embotados.
“¡Ahhhhh!”
Todo su
cuerpo se retorció como una serpiente en celo, y de su garganta brotaron
gemidos incomprensibles cargados de fervor. La cola sujeta por Bell perdió su
fuerza y quedó lacia. Cuando Bell golpeó con su cadera contra sus glúteos, la
punta de la cola sufrió un espasmo y comenzó a frotarse contra sus dedos como
si se masturbara.
“Me vas a
volver loco……. Cariño, ¿ya sabes cómo usar la cola?”
Bell se
lamió los labios al ver cómo la punta de la cola lo buscaba. El sonido del
choque de las carnes húmedas se aceleró gradualmente. Por si fuera poco, Bell
se metió el extremo de la cola en la boca y la rodeó suavemente con la lengua,
lo que provocó que el cuerpo de Philip, que apenas resistía debajo, se
desplomara finalmente contra la cama. Poco después, el movimiento de la cadera
de Bell también se detuvo. Tras ejercer presión hasta hundir los costados de
sus glúteos, un semen blanquecino fluyó por la entrepierna desde sus orificios
totalmente dilatados.
Al soltar la
cola, esta pareció encontrar su destino y se enroscó con espasmos alrededor de
la base del pene de Bell. Mientras tanto, ambos sufrieron una gran sacudida,
oprimiéndose mutuamente como si solo pudieran detenerse tras devorarse el uno
al otro.
Una vez que
su pareja terminó de eyacular, Philip relajó su cuerpo exhausto. Se quedó
tendido sobre la cama, recuperando el aliento mientras su grueso tórax subía y
bajaba. Por suerte, Bell no siguió presionando y comenzó a besar el cuerpo de Philip,
empapado en sudor frío.
En la
habitación solo quedaban los gemidos bajos, las respiraciones pesadas y el
sonido de los besos sobre la piel húmeda. Philip, resistiendo con respiración
entrecortada, miró de reojo a su marido con la vista nublada.
“Qué blando
eres.”
Ante esa
queja repentina, Bell ladeó la cabeza. Philip soltó una risita para sus
adentros antes de continuar:
“Y pensar
que antes…… actuabas como si fueras a matarme mientras follábamos, ah……”
Bell no se
inmutó ante la adorable queja. Simplemente besó su espalda pálida y lo abrazó
por detrás de forma natural.
“¡Ah……!”
Debido al
movimiento, la cola enroscada en la base del pene rozó los pliegues,
estimulándolos. Sus hombros firmes reaccionaron con un estremecimiento ante el
leve contacto, y Bell no pudo contenerse y besó su nuca.
“Ah……. Qué
bien. Me encanta cómo hueles, cariño……”
“Entonces no
te pierdas y asegúrate de encontrar bien el camino a casa. No hagas que la
gente se canse.”
“No soy una
persona, soy un demonio.”
“Juego de
palabras.”
“Lo siento.
De todas formas, de ahora en adelante no volverá a pasarte nada así con Belial.
Aunque es cierto que, si vienes aquí, podrías cruzarte con él alguna vez.”
“No tengo
nada que hacer aquí. Solo hace falta que tú no te pierdas.”
Philip movió
los ojos con cansancio y finalmente los cerró. Bell soltó una pequeña
exclamación de admiración al ver el perfil de su pareja. *¿Cómo es posible que
se vuelva más guapo cada vez que tenemos sexo?* Mientras Bell lo admiraba en
secreto, Philip disfrutaba de sus otros sentidos con los ojos cerrados.
El aroma del
perfume que solía usar Bell y la fragancia de las feromonas de su pareja, que
sentía ya impregnadas en su propio cuerpo. El tacto del roce de sus pieles y el
sonido de un pulso desconocido que latía de forma irregular tras su pecho. El
aliento de Bell sobre él era la prueba de que aún lo observaba, y esa mirada le
resultaba grata.
Si el
resplandor de Belial era una luz de emergencia, el resplandor de Bell, ahora
que mostraba su verdadera forma, se sentía como la luz de una salida de
emergencia. Y eso que, técnicamente, eran el mismo tipo de ser.
Philip soltó
una risita antes de quedarse dormido. Sus extremidades, que habían estado
rígidas por la tensión, empezaron a moverse con suavidad. Pensó que solo
recuperaría fuerzas al llegar a casa, pero……
“No…….
Parece que tú eras mi casa.”
Tras
susurrar eso con una sonrisa tranquila, Philip levantó la cabeza y cruzó su
mirada con la de su pareja.
“De ahora en
adelante, quédate quietecito a mi lado.”
“Yo siempre
me quedo quieto al lado de Phi—”
“Y no me
repliques.”
Las pupilas
rojas se movieron con rapidez de un lado a otro. Al ver que Bell asentía con
sumisión, Philip no añadió nada más. En su lugar, cerró los ojos hundiendo su
espalda en el amplio pecho de su esposo. No hablaron de cuándo despertarían ni
de qué harían al hacerlo. Así, ambos volvieron a sumirse en el silencio.
Como si
acabaran de regresar a casa tras un larguísimo viaje, se apoyaron el uno en el
otro y simplemente descansaron.
*
* *
Disfrutaron
de un descanso profundo, respirando el aroma de la piel del otro tras tanto
tiempo. ¿Cuánto habría pasado? Philip fue el primero en bajar de la cama,
declarando una 'prohibición de pereza'. Sentía que, si se dejaba llevar,
acabaría olvidando incluso a los gemelos y se instalaría para siempre en aquel
infierno, así que se sacudió las sábanas y se puso en pie.
Para
cuando entró en el baño y puso pasta sobre el cepillo de dientes, Bell, que lo
había seguido, comenzó a llenar la bañera con agua caliente. Era la rutina
común de una pareja de recién casados.
Uno
se lava los dientes, el otro prepara el baño.
Tras
terminar con su higiene bucal, se despojó del pijama y sumergió el cuerpo en la
bañera que ya rebosaba. Mientras el agua caliente caía al suelo en pequeñas
olas, ambos se acomodaron con comodidad en aquella tina tan espaciosa como las
de un antiguo templo.
El
vapor subía desde la superficie, calentando sus mejillas. Philip cerró los ojos
ante el cansancio que lo invadía, disfrutando de una paz reconfortante.
“Creo
que con esto la recuperación está más o menos terminada.”
Abrió
los ojos y le hizo una seña a Bell. Este, que también disfrutaba del baño con
los ojos cerrados, lo miró.
“Es
cierto. No es perfecta, pero es gracias a que nos hemos esforzado mucho.”
“……Como
sea, ¿cuándo piensas que volveremos?”
Su
plan era recoger a los gemelos y regresar a casa en cuanto pudieran salir de
allí. Aunque Bell los vigilara constantemente, para Philip —que ya había
experimentado lo que era tratar con Belial— no era suficiente para calmar su
angustia. Incluso teniendo a los niños frente a él, esa ansiedad no
desaparecería del todo; saber de ellos solo de oídas era desesperante.
Bell,
que ocupaba el lado opuesto de la bañera, se acercó a su pareja. Aunque se
movió con cuidado, el desplazamiento del agua fue tan brusco que sacudió el
cuerpo de Philip.
Al
llegar a su lado, Bell sentó a Philip sobre su regazo y lo besó sin decir
palabra. Más exactamente, toda su parte inferior del rostro fue succionada por
los labios de Bell. Entonces, una lengua húmeda se deslizó entre sus labios
entreabiertos, acariciando la mucosa bucal. Sus movimientos eran tan detallados
y sugerentes como los de un tentáculo.
“Entiendo
esa preocupación que tienes, Philip. Aunque, claro, no puedo comprenderla por
completo.”
Philip,
que se reacomodó varias veces al sentirse incómodo, miró a su marido frunciendo
el ceño.
“¿Qué
quieres decir? Suéltalo ya. Con confianza.”
Normalmente,
ante esa expresión de 'con confianza', Bell habría filtrado sus palabras varias
veces, pero hoy fue una excepción.
“Creo
que no necesitas preocuparte tanto.”
Philip
estuvo a punto de soltarle que decía eso porque no lo había vivido, pero se
tragó las palabras. Belial era Bell, y Bell era Belial; era imposible que Bell
conociera a Belial menos que él.
“Belial
y yo estamos separados ahora, pero fundamentalmente somos el mismo ser. Así
como yo no puedo ser un humano completo por mucho que me mezcle entre ellos, a
Belial le pasa lo mismo.”
Philip
intentó escuchar hasta el final, pero no pudo evitar soltar una risa burlona.
Por mucho que fueran lo mismo, Belial no era alguien en quien se pudiera
confiar. Al menos no el Belial que él conoció.
“¿Y
entonces ese tipo también va a aguantar mi carácter como tú y a vivir como un
muerto viviente? ¿Me estás diciendo que no se va a comer a sus propios hijos
como Cronos cuando lloren toda la noche y que los va a criar con amor?”
A
pesar de su tono exaltado, la expresión de Philip era de total indiferencia.
Por eso mismo, su mirada brillaba con más agudeza. Se giró por completo para
enfrentar a Bell.
“Responde.
¿Es él esa clase de tipo?”
“Eso
ni yo lo sé. Pero, al menos, lo que quiero decir es que no dañará a los niños
sin una razón.”
“¿Y
si hay una razón?”
“¿Y
qué razón podría tener? Belial se libró de la maldición de no poder ver la luz
del sol gracias a esos niños.”
Que
la única razón para no dañar a sus hijos fuera una maldición por la luz solar
hizo que Philip soltara una carcajada amarga.
“Ese
es el problema. Que el motivo para no hacerles daño sea simplemente romper una
maldición. ¿Qué pasará si decide que es mejor deshacerse de ellos ahora y tener
otros hijos que él mismo haya engendrado directamente?”
Esperó
una respuesta, pero Bell guardó silencio.
“Es
un demonio que ve a nuestros hijos como herramientas para romper su propia
maldición. Incluso se dejó atrapar en la mansión por un simple humano. Si yo
fuera Belial, saldría de esa casa con todas mis fuerzas y secuestraría a los
niños.”
Era
una idea aterradora, pero cuanto más lo pensaba, más convencido estaba de que
él mismo haría eso si fuera Belial. Philip, mareado por sus propios
pensamientos, aclaró su vista y dijo:
“Sé
que suena ridículo que diga esto ahora. Yo mismo me sorprendo de cuándo empecé
a querer tanto a esos niños como para preocuparme así.”
¿Por
qué los humanos siempre se arrepienten y extrañan cuando las cosas ya han
pasado? No es que fuera un mal padre, pero, sinceramente, no estaba seguro de
haberles dado tanto amor como otros padres. Simplemente, el arrepentimiento le
golpeaba y, cuanto más crecía ese sentimiento, más temía por ellos.
“Philip,
no quise decir eso. Solo quería aliviar tu preocupación, pero parece que he
fallado estrepitosamente.”
La
voz grave resonó suavemente en el enorme baño. Cuando el eco se detuvo, Philip
ocultó su angustia. Se frotó la cara un par de veces y volvió a preguntar:
“Aún
no has fallado. Solo es que me he puesto emocional y he cortado el flujo de la
conversación. Entonces…… ¿de verdad puedo estar tranquilo?”
A
estas alturas, simplemente quería creer ciegamente en las palabras de su
marido. Así es el corazón humano.
Bell
acarició la mejilla de Philip con un dedo.
“Sí.
Como ya sabes, Belial y yo somos el mismo ser y compartimos un cuerpo. Pero
además del cuerpo, compartimos otras cosas.”
Le
dio unas palmaditas en la espalda, como solía hacer para calmarlo.
“De
hecho, no sería una exageración decir que lo compartimos todo. Los recuerdos se
pueden borrar o esconder en parte, pero los sentimientos no se pueden ocultar.
Jamás.”
“Sentimientos……”
“Sí,
sentimientos. Por supuesto, son absurdamente simples comparados con los de los
humanos, pero nosotros también sentimos. De lo contrario, ¿crees que estaría
así de loco por ti?”
Bell
acarició con cuidado el cuerpo de su pareja. Sus hombros firmes, sus muslos, su
cabello rubio platino ligeramente húmedo. Lo tocaba con delicadeza, como si
temiera romperlo, y mirándolo a los ojos, dijo:
“Y
Philip, incluso cuando viniste al infierno a buscarme, yo ya te amaba. ¡Te digo
que se me saltaron las lágrimas en cuanto te vi! Y ahora ese sentimiento es
incluso más profundo.”
“…….”
“Con
los niños pasa lo mismo. No sé por qué, pero ahora me gustan más que antes.
Tengo ganas de verlos y de abrazarlos.”
Si
Belial realmente hubiera tenido la intención de considerar a los gemelos como
objetos y deshacerse de ellos, Bell no sentiría este deseo de verlos. Al
contrario, le resultaba curioso que ese sentimiento se hubiera intensificado
tanto.
“Eso
significa que lo que siente Belial es parecido a lo que sientes tú.”
Bell
asintió al ver la expresión de su pareja y lo atrajo hacia su pecho.
“Belial
siempre ha sido muy celoso. Le molesta que yo sea el único que disfruta de todo
esto. Eso es todo. No tiene intención de dañarte a ti ni a los niños. El
problema es que su forma de expresarse es demasiado ruda para un humano, y su
manera de amar se centra en sí mismo y no en el otro.”
Su
forma de amarlo —matar a Philip para encerrarlo en el infierno y continuar su
vida matrimonial (o mejor dicho, sexual) con él siendo Belial y no Bell— era un
ejemplo representativo de su afecto.
“Sí,
Belial definitivamente te ama. Por eso te deja vivir cada vez que se
encuentran.”
“Entonces
no eran imaginaciones mías.”
“Claro
que no. Esta vez cortó tu respiración intencionadamente, pero antes no lo
hacía. Todas esas fueron decisiones basadas en sentimientos. Jamás dejaría
vivir a un humano sin una razón.”
Solo
entonces, el nudo de ansiedad que lo asfixiaba se aflojó un poco.
“Sinceramente,
creo que Belial es el verdadero hipócrita y el más blando de los dos. Yo soy
directo; después de todo, fui yo quien se te declaró. Pero él es como…… alguien
que finge desinterés cuando en realidad se muere de ganas. Como sea, somos
seres que se mueven por curiosidad.”
Dicho
de otro modo, si no lograban despertar su curiosidad, no habría ninguna
oportunidad.
“Desde
fuera puede parecer que tenemos puestos importantes donde disfrutamos de todo,
pero en realidad somos seres con muchas más responsabilidades molestas de lo
que parece.”
¿Crees
que Belial se dará por vencido fácilmente estando atrapado en la mansión, o
Philip tendrá que enfrentar un último truco del demonio antes de recuperar su
vida normal?
Si
McKenna Rowald, siempre ocupada preparándose para ir a trabajar temprano por la
mañana, hubiera escuchado esto, seguramente se habría reído con sarcasmo. Se
preguntaría qué tanto puede agobiarse un demonio con el "trabajo".
Sin embargo, en cierto sentido, Philip comprendía las tribulaciones de Bell.
La
gente solía señalar a Philip, sin entender cómo alguien nacido en la opulencia
podía llevar una vida tan desastrosa, preguntándose por qué vivía de esa
manera. Pero lo cierto era que el propio Philip también tenía sus propias penas
que no podía confesar, aunque el nivel de sus problemas fuera absurdamente
distinto al del resto de los mortales.
“La
verdad es que, incluso en este momento, no son pocos los humanos que intentan
conseguir sus deseos de forma gratuita. A sus ojos, somos empresarios muy
fáciles de tratar; empresarios estúpidos que compran cualquier cosa que se
venda sin cuestionar nada. Y todavía hay bastantes grupos que nos molestan
intentando invocarnos.”
Philip,
que hasta hace un momento escuchaba con calma las quejas de su marido, lo miró
con el semblante endurecido.
“¿Con
permiso de quién intentan invocar al marido de otro?”
“Exactamente,
Philip. La última vez, esa maldita invocación estuvo a punto de tener éxito.”
La
expresión de Philip se volvió notablemente rígida. Si decía "la última
vez", debía referirse a algo relativamente reciente.
Le
empezó a doler la cabeza de solo pensar en qué pasaría si, por ejemplo, Bell
desapareciera de repente en medio del auditorio durante la ceremonia de ingreso
escolar de los niños. Lo mejor sería estar alerta y prevenir que algo así
llegara a suceder.
“¿A
qué te refieres con 'la última vez'? ¿No habrá sido en el refugio?”
“Ah,
no fue en el refugio. Eso fue en…… ah, ¿fue en 1666?”
Philip,
que estaba muerto de preocupación, soltó un gran suspiro de alivio. Sus
hombros, que habían estado tensos y elevados, recuperaron su posición
horizontal original.
“Como
sea, han pasado muchas cosas desde entonces. Por eso, ahora estoy completamente
harto de esa monotonía.”
Bell,
que expresaba sus molestias con el rostro algo encendido, se dejó caer
pesadamente como alguien que acaba de regresar a casa tras hacer horas extras.
Parecía que solo recordarlo le daba dolor de cabeza, pues soltó un suspiro
expulsando varias bocanadas de humo grisáceo. Philip puso su mano sobre el
pecho de su marido y lo acarició lentamente. El cansancio de Bell era tal que
incluso Philip se sentía inclinado a consolarlo.
Bell
observó la mano de su pareja y lamentó en voz baja:
“Gracias,
Philip. Sinceramente, ah……. No lo dije, pero estaba realmente agotado. De
verdad, tanto Belial como yo estamos exhaustos.”
Su
tono lánguido estaba impregnado de un tedio acumulado durante siglos. Cuando
soltó un suspiro tan profundo que parecía que la tierra se hundiría, Philip
tomó la palabra con naturalidad.
“Te
entiendo un poco. A mí también me han pedido favores constantemente, incluso
cuando nunca dije que los concedería. Las peticiones molestas y predecibles
terminan hartando a cualquiera.”
“Es
cierto, Philip. Y lo peor es que últimamente no hay sitio en el infierno.
Antaño teníamos que movernos personalmente para corromper a los humanos, pero
ahora está realmente lleno. Con el paso del tiempo, se han vuelto tan atroces
que incluso algunos penes del consejo han sido reemplazados.”
Philip
se preguntó qué tan excepcionalmente malvada debía ser una alma para desplazar
a un demonio original y ocupar su lugar, y luego carraspeó con retraso. No
podía evitar sentir que aquello no le resultaba del todo ajeno.
“Tengo
la sensación de que yo habré contribuido en parte a ese exceso de trabajo.”
“Bueno,
Philip no es tan malvado como para destronar a un demonio original. Eso es un
alivio.”
Como
no hubo una negativa a su frase anterior, aquello sonó casi como una
afirmación.
“En
fin, mientras sentía ese cansancio hacia los humanos, apareciste tú. No sabes
lo asombroso e interesante que resultaste.”
Era
lógico que le pareciera asombroso: entre todos los humanos que vendían su alma
a un demonio para cumplir un deseo, él era el único que quería patrocinar
a uno.
“Philip,
todavía suelo recordar aquel día. Justo empezaba a aburrirme del trabajo en el
refugio, pero gracias a ti y a tus travesuras, pasé un tiempo muy divertido.”
“……Ja.
Pues me alegro. No era mi intención transformar tu monótona rutina en algo
dramático, pero si al menos tú te divertiste, me doy por satisfecho.”
Su
tono juguetón llevaba un matiz de queja sutil. A Bell pareció gustarle ese
reproche, pues acarició la espalda de Philip con ternura.
“Lo
siento. No quise decir eso.”
Philip
hizo un gesto con la barbilla a su marido, indicándole que se dejara de
disculpas y siguiera con lo que estaba diciendo.
“Volviendo
al tema de Belial, lo que quiero decir es que ni él ni yo somos seres con un
corazón tan grande como para repartir interés por caridad. Tú captaste nuestra
atención, y después de tener mucha curiosidad sobre ti, terminamos deseando
poseerte. Así que te tuvimos, y ahora no quiero perderte ni siquiera ante
Belial. Probablemente él sienta lo mismo que yo.”
Básicamente,
quería decir que lo poseyeron simplemente porque quisieron. Eran palabras de
una frialdad absoluta, pero ¿no eran los humanos iguales? Todo empieza con el
interés y la curiosidad, luego llega el enamoramiento y, después, el deseo de
hacer de la otra persona algo propio.
Philip
apartó con fastidio los gestos juguetones de su marido que buscaban llamar su
atención. Cuanto más lo hacía, más se encimaba Bell sobre él, besando cada
parte de su cuerpo. Cada vez que lo hacía, la tierna cola que acababa de brotar
se enroscaba en el muslo de su esposo, agitando la punta con entusiasmo.
Era
un movimiento de cola que no encajaba en absoluto con su mirada azul e
indiferente. A Bell le pareció adorable y no dejaba de observar la cola de su
pareja, que revelaba sus verdaderos sentimientos.
“Te
agradezco que lo digas de forma tan bonita, pero a mis oídos suena diferente.
Siento que, si otro humano te hubiera patrocinado, yo no sería más que un alma
perdida en el infierno.”
Ante
ese tono ligeramente resentido, Bell no pudo evitar reírse. Sus ojos rojos
brillaron curvándose en una sonrisa.
“No
te rías, que no lo he dicho para que te rías.”
A
pesar de la petición, Bell soltó una carcajada que retumbó en todo el baño.
“Como
sea, Philip, tú eres un ser especial para nosotros.”
“Eso
suena a 'un humano especialmente loco'.”
“Bueno,
viene a ser lo mismo. A diferencia de otros humanos que desean dinero y fama,
tú quisiste patrocinarme. Lo considero algo parecido a la salvación.”
Ante
la rimbombante palabra "salvación", Philip guardó silencio.
Bueno,
si hubiera vivido de forma libertina y por casualidad se hubiera encontrado con
Belial o Bell, ¿qué deseo habría pedido?
Seguramente
no habría dicho nada de patrocinar a un demonio.
‘Como mucho habría pedido un Alfa tan guapo como Bell’.
Era
un deseo de lo más vulgar. Mejor pedir la inmortalidad de forma decorosa,
aunque fuera un cliché.
Philip
descartó rápidamente ese pensamiento que no podía confesarle ni a su marido.
Sin saberlo, Bell le habló con una sonrisa amable en su rostro de demonio:
“Philip,
fuiste un humano con el que era divertido ir descubriendo cosas. Ahora eres el
padre de mis hijos y mi pareja. Eres alguien que ya no necesita despertar mi
curiosidad para estar siempre a mi lado. Además, no habrá otro humano que
patrocine a Black Code como tú, así que no te preocupes.”
Bell
miró a Philip con una sonrisa de satisfacción, como alguien que se ha aflojado
el cinturón tras un banquete. Se quedaron un rato mirándose en silencio hasta
que la punta de la gruesa cola de Bell trepó por la pierna de Philip como una
enredadera.
“Ah…….
Philip, ¿hacemos solo una vez y nos vamos de verdad?”
La
idea de que lo correcto era tener sexo después de volver a casa daba vueltas en
su cabeza. Pero el corazón no siempre emite el mismo resultado que la razón. De
su boca solo escapó un gemido bajo. Al saber que los niños estaban a salvo, la
tensión de su cuerpo se disipó rápidamente.
Una
lengua ardiente se introdujo entre sus labios entreabiertos, invadiendo su boca
con fuerza. La saliva fluyó de su boca abierta a la fuerza y, con cada
inhalación, Bell le robaba el aliento, dificultándole incluso respirar con
normalidad. Incapaz de aguantar más, Philip golpeó el pecho de Bell con el puño
e intentó echar el cuerpo hacia atrás.
Cada
vez que lo hacía, Philip manoteaba como alguien que no sabe nadar bien. Bell le
dio un respiro para que no se asfixiara, pero fue insuficiente para recuperar
el aliento por completo.
“Mmpf,
no…… basta…… ¡ah! ¡Joder…… mmpf!”
Sus
palabras se cortaban tanto que era imposible entender qué decía. Solo entonces
Bell le dio un respiro mayor, y Philip no desperdició la oportunidad.
“¡Cof!
Agh……. ¡Ah! Joder. ¿Quién demonios…… besa…… de esta manera?”
Bell
miró a Philip con urgencia mientras masajeaba su pene erecto. Con cada
movimiento, el falo pálido palpitaba e incrementaba su tamaño de forma visible.
“¿Qué
más da? Tu orificio está más caliente que el agua de esta bañera. Creo que
podría penetrarte directamente, ¿qué te parece?”
Su
cuerpo ya lo deseaba, pero Philip se empeñó en no ceder a sus instintos. El
sexo podía esperar a que estuvieran en casa.
“……Déjalo.
Olvídate de mi orificio, ah……. Si quieres hacer algo, confórmate con chuparla.”
Los
ojos de Bell, que estaban entrecerrados por la lujuria, se abrieron de par en
par. Incluso ladeó la cabeza, como si no pudiera creer lo que acababa de oír.
“¿Hablas
en serio? Philip, no creo que a estas alturas tengamos motivos para ocultar lo
que sentimos.”
“No
es eso. Es solo que…… quiero hacerlo cuando volvamos a casa.”
“Mmm,
¿es necesario esperar? Podemos hacerlo aquí y volver a hacerlo en casa.”
Philip,
dándose cuenta de que no sería una discusión fácil de ganar, se movió en lugar
de hablar. Se puso de pie atrapando el muslo de su marido entre sus piernas,
como si montara a caballo. Al hacerlo, su pene erecto y rígido se balanceó con
pesadez bajo el agua. Al verlo, Bell se lamió los labios, agarró el cuerpo de
Philip y tiró de él hacia abajo.
“¡Dije……
que la chuparas! Espera. ¡Mmpf, ah……!”
Abrir
las piernas era una señal para que usara la lengua con su orificio, no para que
lo invadiera sin escrúpulos con ese enorme glande. Bell lo sabía, pero no pudo
contenerse. ¿Quién podría? Todo el baño estaba impregnado del aroma de las
feromonas de su pareja, mezcladas con el agua de la tina.
Otros
podrían haber aguantado, pero Bell no. Agarró las corvas de Philip con ambas
manos y las separó con la misma facilidad con la que se parte una sandía. Al
abrirse más las piernas, el orificio cedió, tragándose el glande a duras penas.
El sexo, que hasta hace un momento estaba tan apretado que ni se sabía dónde estaba,
desplegó sus pliegues y se relajó, devorando la cabeza del pene poco a poco.
Apenas
se había tragado el glande y ya sentía un dolor sordo en lo profundo del
vientre, mientras su corazón latía con fuerza como si acabara de cobrar vida
propia.
“¡Hazlo……
despacio……! ¡Agh!”
La
cola, que había subido hasta sus hombros, presionó a Philip instándolo a la
penetración. El bulto del glande se marcaba de forma rojiza a través de la piel
de su abdomen. En cuanto la corona del glande se enganchó en los pliegues, la respiración
de Philip se volvió notablemente más relajada.
“Ah,
ahhh……. Haa……”
La
penetración en sí fue mucho más fluida que antes. El problema era que el placer
que sentía su cuerpo no se había atenuado ni un ápice.
En
cuanto Bell comenzó a mover la cadera, las paredes vaginales, compuestas de
puro músculo, sufrieron un espasmo y mordieron el pene de su esposo. Aunque el
orificio estaba tan dilatado que las contracciones no deberían haber tenido
gran efecto, estas oprimían físicamente el falo con todas sus fuerzas. Era la
señal de que no podía ensancharse más.
"¡Ahg……!
J-joder……! ¡Ah!"
A
medida que el pene entraba más y más profundo, la espalda de Philip se erguía
con rigidez. Era como si a un muñeco blando le insertaran un alambre de acero
para fijar su forma; el grueso falo se convirtió en el eje de Philip, obligando
a su cuerpo a levantarse de manera natural. A pesar de sentirlo en su propia
carne, Philip no podía creerlo.
Cuando
recobró la conciencia, se dio cuenta de que su vientre estaba más hinchado que
cuando tenía sexo con Belial.
"¡Ugh,
mmpf……!"
No
podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Si la inserción era tan profunda,
debería faltarle el aire y estar sumido en el dolor, pero lo que predominaba
era una sensación desconocida y poderosa.
Con
cada movimiento de cadera, el flujo acumulado entre los pliegues empapaba el
pene de su marido, facilitando una penetración abismal. Bell mantenía la mirada
fija en Philip, sincronizando sus respiraciones. El agua de la bañera se
desbordaba ruidosamente sobre el suelo con cada embate, pero a Philip no le
importaba.
Tal
como había sucedido en su encuentro anterior, un zumbido ensordecedor, como si
una locomotora le atravesara el cráneo, lo envolvió. Los continuos embates le
provocaban un mareo similar a la cinetosis, y sentía pavor de que su abdomen
fuera a estallar, pero nada de eso tenía importancia.
El
dolor agudo que antes parecía querer matarlo apenas se sentía; por el
contrario, le gustaba la situación de ser sostenido por el pene de Bell. No
necesitaba calcular cuánto se habían humedecido, ni cuánto faltaba para que
Bell eyaculara, ni verlo con sus propios ojos. El simple hecho de estar
devorando el falo de su esposo con todo su cuerpo era el estímulo supremo.
Philip
ya no tenía miedo. Simplemente disfrutaba de la presión que sentía en todo su
ser y del dolor sordo en el coxis provocado por el vaivén. Pero la sensación
que más le gustaba era el estímulo cada vez que Bell atravesaba sus zonas más
estrechas. Y sus feromonas, que parecían derretirle el cerebro.
"¡Ahhh……!"
Todos
los músculos de su cuerpo se contraían y relajaban rítmicamente, atrapando al
invasor para que no se marchara. Entonces, el pene que estimulaba la mucosa en
sus entradas y salidas comenzó a golpear las paredes internas mientras
descargaba el semen de golpe.
Sus
pupilas, que apenas aguantaban, no pudieron resistir el intenso estímulo y se
pusieron en blanco. De nuevo, la oscuridad. Esta vez, a diferencia de la
anterior, el vello se le erizó en todo el cuerpo mientras encadenaba orgasmos y
eyaculaciones.
El
cuerpo de Philip perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, pero Bell lo sostuvo
con una mano. Sus pezones, que ni siquiera habían sido estimulados todavía,
colgaban erectos y trémulos. Sus pechos, hechos de carne y músculo, no tenían
la suavidad de un Omega, pero su elasticidad era excelente, lo cual resultaba
erótico a su manera. Incapaz de contenerse, Bell succionó uno de los pezones
tras estimularlo con la punta de la lengua.
Aspiró
con tal fuerza que sus mejillas cetrinas se hundieron, y en el lugar de la
areola brotó un hematoma rojizo que terminó por cubrirla. Philip, recobrando el
sentido tardíamente, intentó apartar a su esposo, pero su cuerpo entero gemía
con delicia, dándole la bienvenida a sus caricias.
"¡Te
dije…… que no…… tocaras…… mis pechos! ¡Ah!"
Agarró
los grandes cuernos e intentó empujarlo, pero Bell persistía en su objetivo con
obsesión. Tras relamerse varias veces y succionar con fuerza un pecho, Bell
finalmente se apartó.
Como
si no fuera suficiente, lamió el pecho marcado por los hematomas de arriba
abajo para saciar su deseo. Solo entonces, Bell movió los ojos para comprobar
el estado de Philip.
El
meato urinario tan hinchado que dolería al tacto, el vientre abultado por el
pene insertado y el semen, y los pechos recién mordidos. Bell no se atrevió a
mover la cadera sin permiso.
"Philip,
paremos con esto y hagámoslo por detrás……."
"Lárgate……."
Philip,
que jadeaba en su regazo, lo miró como si quisiera matarlo. Bell tragó saliva y
asintió.
Realmente
era hora de volver.
* * *
Tal
como el camino de regreso de un viaje siempre parece más corto que el de ida,
así se sentía Philip. Fue un poco molesto desactivar la seguridad, pero ¿qué
más daba?
"Ja,
finalmente…… en casa."
Finalmente
en esta maldita casa.
Philip
se paró en el centro de la sala, que el intruso había dejado hecha un desastre,
y soltó un suspiro de alivio. En cuanto puso las manos en sus caderas, Bell,
como si estuviera esperando, comenzó a limpiar lo que su otro yo había
desordenado. Era como una aspiradora hermosa que limpiaba sola sin necesidad de
encenderla.
¡Qué
molesto se pondría Belial si viera a su otra mitad ofreciéndose como limpiador!
Philip saboreó la paz imaginando esa expresión.
"Ahora
solo queda traer de vuelta a los gemelos."
A
lo lejos, Bell respondió: "Es cierto". Luego preguntó: "¿Pero
quién se bebió todas estas latas de cerveza?", a lo cual Philip no
respondió. Como el silencio era la respuesta, Bell se apresuró a recoger las
botellas con discreción.
"Limpia
conmigo. Dos manos son mejores que una."
"Puedes
descansar, Philip."
"Lo
sé. Pero ya descansé lo suficiente."
Con
el deseo de ver pronto a sus hijos, se remangó las mangas. Bell metió la basura
en bolsas y las ató, y Philip las tomó para dirigirse a la puerta trasera. Podría
haber llamado al servicio y terminaría pronto, pero no quería que Jacqueline,
que estaba en una edad muy curiosa, empezara a indagar sobre qué estaba
haciendo su hijo, así que no llamó a nadie.
Al
fin y al cabo, solo tenía que dejar la basura en el contenedor y Bell se
encargaría del resto de la limpieza.
Con
las manos pesadas pero los pasos más ligeros que nunca, se dirigió al patio
trasero. Tras tirar la basura, se sacudió las manos por costumbre y se disponía
a entrar de nuevo cuando ocurrió.
"……¿Eh?"
Philip
se agachó para mirar a través de la ventana. ¿Estaría tan limpia que parecía
transparente?
Al
tocar la ventana, Philip se dio cuenta de que no había cristal y su rostro se
tornó grisáceo. Se apresuró a revisar el marco de seguridad instalado, pero el
marco interior, que no se veía a simple vista, estaba completamente destrozado.
Era evidente que alguien lo había roto a martillazos durante varios días usando
las herramientas de la caja.
"……Be,
Bell. ¡Bell!"
El
cielo azul se volvió amarillo ante sus ojos. ¿A dónde habría ido Belial tras
escapar de esta casa?
"¡Bell!"
Philip
corrió hacia el interior de la casa sin mirar atrás para informar a Bell.
* * *
Bell
llamó con urgencia al mensajero que había enviado a la mansión de Jacqueline,
pero este ya había regresado a su lugar de origen. Y no por voluntad propia,
sino por la de alguien más.
Presintiendo
que las cosas se estaban torciendo, Bell intentó dirigirse solo a la mansión de
Jacqueline, pero Philip no lo permitió. Ante su insistencia de ir juntos sin
importar qué, ambos partieron hacia la casa de ella.
Bell
sugirió ir en coche, pero Philip se dirigió en silencio al aeródromo cercano.
En un abrir y cerrar de ojos, subió a la cabina de una avioneta. No pronunció
ni una sola palabra durante el trayecto.
No
estaba tenso por el vuelo repentino. Pilotar una avioneta era algo que podía
hacer con los ojos cerrados, pero le resultaba insoportable lidiar con los
peores escenarios que su mente generaba sin cesar.
Bell
intentó consolarlo con algunas palabras al verlo así, pero Philip no respondió.
No era que estuviera enfadado con Bell; simplemente, como un cable con
cortocircuito, no podía hacer otra cosa que imaginar desgracias, por lo que ni
siquiera escuchaba su voz.
Poco
después, aterrizaron sin contratiempos en el aeródromo cercano a la mansión de
Jacqueline. Philip ni siquiera sabía cómo había llegado hasta allí una vez puso
los pies en la tierra.
Y
así, comenzó a correr directamente hacia la mansión. Mientras golpeaba el gran
portón exigiendo que abrieran y corría desde la entrada hasta el edificio
principal, Philip solo podía pensar en los rostros de sus hijos.
Al
llegar al edificio principal, los empleados lo saludaron y le preguntaron qué
se le ofrecía. Por supuesto, Philip no respondió. Se limitó a entrar empujando
a los empleados como un loco. Ellos le preguntaron varias veces qué ocurría,
pero Philip no respondió ni reaccionó. No quería que nadie le dijera que sus
hijos estaban bien; necesitaba verlo con sus propios ojos.
Mientras
Philip avanzaba como una topadora, Bell dio una explicación rápida a los
empleados diciendo que era un asunto urgente y que debían ver a Jacqueline,
suavizando la situación lo mejor posible. Gracias a eso, Philip llegó
rápidamente a la habitación donde se quedaban los niños.
Giró
el pomo con tal fuerza que pareció que iba a romperlo y abrió la puerta de
golpe. Ante esto, Daniel, que estaba en brazos de Jacqueline a punto de
dormirse, rompió a llorar ruidosamente.
"¿Philip?"
Jacqueline
no fue la única sorprendida. Ella, que casi había logrado dormir a Daniel, miró
sobresaltada a su hijo.
No
hubo tiempo para preguntar qué hacía allí a esas horas y sin avisar, pues
Philip tomó a Daniel y lo estrechó entre sus brazos. Todos los presentes
observaron a Philip conteniendo el aliento.
Solo
cuando Daniel dejó de llorar poco a poco, Philip soltó un suspiro, sintiendo
que por fin podía respirar.
"Ah……."
¿Crees
que Belial ha estado observando a los gemelos desde las sombras de la mansión,
o ya ha reclamado su lugar en la familia de una forma que Philip no esperaba?
Había
sido el vagabundeo más largo de su vida; no, del mundo entero.
Un
extravío que no deseaba volver a experimentar jamás.
Philip
confirmó los rostros de sus hijos uno por uno, sintiendo cómo el alivio lo
inundaba repetidas veces. Solo entonces, Jacqueline le recriminó en voz baja:
“¿Qué
te pasa apareciendo a esta hora sin avisar? Justo cuando por fin lograba
dormirlos, se han despertado del todo.”
Él
extendió los brazos para que le devolviera a Daniel, pero Philip, en cambio, lo
estrechó contra su pecho con más fuerza. Al ver esto, Bell también tomó a
Gabriel en sus brazos con parsimonia. Philip miró a su esposo y a Gabriel mientras
decía:
“Es
que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que los vi. Tuve una pesadilla.”
“Vaya,
por favor. Qué pesadilla ni qué ocho cuartos. Con la cantidad de niñeras que
hay y yo que casi vivo en esta habitación, no sé a qué viene tanto drama.”
Philip
quiso preguntarle si no era su padre el que hacía drama al contratar a tantas
niñeras, pero mantuvo la boca cerrada.
Jacqueline
miró de reojo a su hijo y, cambiando de expresión al instante, se dirigió a
Bell. Sus ojos delataban que tenía mucho que decir.
“Por
cierto, supe que la otra vez pasaste por aquí sin saludar. Dejé a los pequeños
con las niñeras apenas una hora, y me sorprendió saber que habías venido a
verlos en ese rato.”
Philip,
que acariciaba a Gabriel mientras sostenía a Daniel, se volvió hacia su padre
como si hubiera sufrido un espasmo.
Era
imposible que Bell hubiera venido solo a casa de Jacqueline, y mucho menos que
se hubiera marchado sin saludar……. Philip no interrogó a su padre, sino que
clavó la mirada en su marido.
“Ah……
bueno, en ese momento es que…….”
“Seguro
no querías hacerme perder el tiempo. Lo entiendo.”
Afortunadamente,
Jacqueline dio por terminada la frase. Gracias a eso, Bell no tuvo que inventar
ninguna excusa.
Jacqueline
se dirigía a la mecedora que ya estaba instalada en la habitación, pero se
detuvo para mirar de nuevo a Bell. Observó con detenimiento cómo este sostenía
al bebé y ladeó la cabeza.
“Mmm,
sí. Juraría que antes cargabas mejor a los niños……. En fin, de ahora en
adelante, será mejor que los sostengas siempre así. Los niños aún son muy
pequeños y eso de agarrarlos solo por los tobillos para levantarlos boca abajo
es peligroso.”
La
pareja miró a Jacqueline con expresión de absoluta estupefacción. Ante esto, él
hizo un gesto con la mano restándole importancia.
“Los
empleados que contraté son un poco exagerados con los niños. Yo tampoco me lo
creo del todo. Es imposible que piense que el señor Ezra fuera a levantar a los
niños por los tobillos boca abajo, bajo ninguna circunstancia.”
Incapaz
de seguir escuchando, Philip dio un paso al frente instintivamente. Mientras
arrullaba a Daniel con ambas manos, clavó sus ojos en Jacqueline.
“¿Quién
demonios se supone que hizo algo así? ¿Me está diciendo que este lo
hizo?”
“¿Qué
forma es esa de llamar a tu pareja?”
“¡Como
sea! ¿Me está diciendo que este imbécil los levantó así?”
“Bueno…….
Las niñeras son muy dramáticas. Seguro lo sostuvo de forma un poco inestable y
ellas lo describieron así. Yo mismo he visto al señor Ezra cuidar de los
gemelos antes.”
Había
sido obra de Belial. No cabía duda.
Philip,
convencido de ello, preguntó con los ojos inyectados en furia:
“¿Y……
no dicen que hiciera nada más?”
“¿Eh?
Bueno……. Dicen que observó a los gemelos de arriba abajo muy minuciosamente.
Una niñera, al no poder seguir mirando, le enseñó cómo cargar a un bebé
adecuadamente, pero señor Ezra, le repito que yo no creo en esos chismes. No se
lo tome a mal; en cuestiones de niños, prefiero empleados exagerados a unos
indiferentes.”
Bell
asintió profundamente, dándole la razón a Jacqueline. Tras despedirse con la
mirada, el hombre volvió a centrar su atención en Philip.
“Por
cierto, tú……. ¿Qué has estado haciendo para tener ese aspecto? ¿Acaso no has
salido de casa en todo el día? Si vas a estar así, no sé para qué me dejaste a
los niños.”
Philip,
que hasta hace un momento miraba a sus hijos con angustia, giró la cabeza
tardíamente. Así como Bell podía ocultar su verdadera forma, Philip había
escondido la cola que le había brotado, pero no podía ocultar su palidez
cadavérica.
“Si
vas a pasarte el día encerrado en casa, no me dejes a los niños.”
“¿Dejar?
Yo no le he dejado nada. Nunca fue mi intención encargarle a los niños;
simplemente, como usted decía que quería vivir enterrado entre pañales sucios
de sus nietos, me hice a un lado un momento.”
Mientras
hablaba, Philip no dejaba de inspeccionar el estado de Daniel y Gabriel. Sus
ojos se movían sin descanso, temiendo que Belial les hubiera hecho algo.
Jacqueline,
observando a su hijo, soltó una risa amarga y chasqueó la lengua.
“Vaya
modales……. Un lenguaje excelente para educar a los niños, sí señor.”
Jacqueline
se golpeó la espalda con el puño y soltó un suspiro de resignación. Parecía
querer decir algo más, pero acabó sacudiendo la cabeza.
Con
el carácter que tenía Philip, si le pedía que se quedaran a dormir en la
mansión, seguramente acabaría escuchando algo que no quería oír. Miró a sus
nietos con ojos llenos de nostalgia y agitó la mano.
“Si
se van a llevar a los niños, váyanse antes de que se haga más tarde.”
Jacqueline
fingió que no le importaba lo más mínimo y salió rápidamente de la habitación
hacia el pasillo. Al llegar al fondo, se volvió para mirar a los cuatro con una
mirada que no podía ocultar su afecto.
¿Cómo voy a ganar contra ese temperamento?
Hacía
tiempo que todo estaba tranquilo y no quería crear un conflicto innecesario con
su hijo, así que Jacqueline giró la cabeza rápidamente. Al ver esto, Philip
gritó con brusquedad hacia la espalda de su padre:
“¡Ya
es demasiado tarde para irse! Mire por la ventana. Si despego ahora, será un
vuelo nocturno. ¿Cómo quiere que me lleve a los niños así?”
Al
oír "vuelo nocturno", Jacqueline se dio la vuelta sobresaltado. Miró
a su hijo como si no creyera lo que oía y le increpó en voz baja:
“¿Vuelo
nocturno? ¿Me estás diciendo que has venido en la avioneta?”
“Pues
sí.”
Philip
se encogió de hombros con sarcasmo, lo que hizo que Jacqueline frunciera el
ceño al máximo. En lugar de explicar por qué había hecho tal locura, soltaba un
simple "pues sí". El hombre imitó el tono de su hijo burlonamente
antes de reclamar en voz baja:
“¿Pero
qué era tan urgente? Si ibas a volar, podrías haber avisado para que enviara a
mis empleados. No entiendo por qué tuviste que pilotar tú mismo. ¡Tenemos
personal de sobra! ¿Por qué demonios haces esas cosas?”
Aunque
la avioneta era excelente para desplazarse, Jacqueline no terminaba de confiar
en ella. Y que Philip hubiera venido pilotando sin miedo lo sacaba de quicio.
Intentó no regañarlo, pero le resultó imposible.
Philip,
al escuchar el sermón después de tanto tiempo, se quedó paralizado un momento,
pero fiel a su carácter, no se quedó callado.
“Ah…….
No es para tanto. ¿Para qué cree que me saqué la licencia si no es para usarla
en momentos como este? Como sea, venimos cansados del viaje, así que háganos el
favor de seguir cuidando a los niños.”
“Esto
ya no es un favor, es un chantaje puro y duro.”
Jacqueline
refunfuñó todo lo que pudo, pero entró enseguida en la habitación para
estrechar a Daniel. Bell, que observaba la situación entre los dos, volvió a
acostar a Gabriel en la cama y le dio un beso en la frente.
El
aroma a leche que tanto había extrañado inundó sus sentidos.
* * *
Al
llegar a la habitación de invitados, ambos guardaron silencio durante un largo
rato. Philip se sentó primero en el borde de la cama, y Bell se sentó a su lado
con cuidado, fijando de nuevo la mirada en el vacío.
Era
un silencio pesado e insoportable, como si bloques de piedra estuvieran
aplastando sus cuerpos. La mirada de Bell, que antes estaba perdida, fue
bajando poco a poco.
Recordaba
la expresión de Philip, mucho más fría que su palidez habitual, y su voz apenas
audible mientras pilotaba la avioneta, murmurando sin cesar: "Por favor,
por favor".
Philip
no había recuperado el aliento ni una sola vez mientras corría desde el portón
de la mansión hasta la habitación de los bebés. Así de aterrado debía de estar.
Estaba mortalmente asustado de que algo les hubiera pasado a los niños.
El
corazón de Bell se volvió tan pesado como el miedo que había sentido su pareja.
Incluso tras confirmar que los niños estaban a salvo, ese sentimiento de culpa
no hacía más que crecer en lugar de disminuir. Se sentía como si le hubieran
atado una roca al tobillo y lo hubieran arrojado al mar.
Dudaba
sobre cómo empezar a hablar o por dónde. Y fue Philip quien rompió ese silencio
sepulcral.
“No
estaba enfadado, y sigo sin estarlo. Es solo que…… estaba tan tenso que
necesitaba tiempo para volver a respirar.”
Nada
más terminar de hablar, se frotó la cara y tomó aire. Tras soltar un par de
suspiros profundos, continuó:
“Y
si te digo esto ahora es porque, si me quedo callado, vas a malinterpretar las
cosas. Por eso te lo digo, así que no te hagas ideas raras.”
La
mirada de Bell, que había caído hasta lo más profundo del suelo, se trasladó
muy lentamente hacia Philip.
Sin
saber qué responder, Bell abrió y cerró los labios varias veces antes de dejar
caer la cabeza con pesadez.
“Philip.
……Lo siento. Creo que me precipité al darte mi palabra. Tú fuiste quien
advirtió que algo así podría pasar, y yo fui demasiado arrogante.”
¿Había
salido algo mal al intentar controlar a Belial en el infierno? ¿O acaso, por
puro afán de protección, su deseo de enviar incluso a los gemelos allí había
provocado esto? Fuera lo que fuese y por la razón que fuera, Bell sentía una
rabia creciente hacia sí mismo. Ante aquella furia insoportable, hundió el
rostro entre las palmas de sus manos.
“No
te disculpes. Aunque fuera una promesa apresurada, no te equivocabas del todo.
¿No viste que los niños están perfectamente? Gabriel se durmió en cuanto lo
dejamos en la cama, y Daniel, bueno, ¡vomitó en la ropa de mi padre nada más
salir nosotros de la habitación! Y después el muy granuja se reía como si
nada.”
Philip
soltó una risa torcida, igual a la de Daniel.
“Ese
niño va a llegar lejos, te lo digo yo. En fin, basta. Vamos a descansar. No
quiero seguir rompiéndome la cabeza.”
“No
hace falta que lo hagas. Ya estamos aquí.”
Philip,
que estaba tumbado de mala gana en la cama, levantó la cabeza para mirar de
reojo a Bell. Su marido tenía el rostro más cenizo que él, a pesar de que era
Bell quien le reñía por su palidez.
“Dijiste
que comparten sentimientos.”
“Pero
parece que no sabemos cómo se manifestarán esos sentimientos. Ese tipo alteró
incluso el sistema de recuerdos que comparte conmigo. Por eso no supe que había
estado aquí.”
Como
un inversor que escucha una idea de negocio razonable, Philip asintió
lentamente.
“Sea
como sea, tendré que preparar una defensa más sólida. Philip, tenías razón.”
“Bueno,
si yo tuviera razón, mi padre no estaría tan sano y salvo ahora mismo.”
Bell,
que parecía dispuesto a expulsar a Belial en ese mismo instante, se detuvo. En
su lugar, giró la cabeza para observar a Philip.
“No
hizo nada y no pasó nada. Simplemente aprendió de los empleados cómo cargar a
un bebé y se marchó.”
“…….”
“¿No
será que simplemente tenía curiosidad? Casi prefiero que se comporte así; me
hace sentir que no hay malicia, es como una confirmación.”
Si
hubiera querido, Belial podría haber causado un desastre allí mismo.
Al
igual que mató a Philip para arrastrarlo al infierno, podría haber hecho lo
mismo con los niños, pero no lo hizo.
“No
fue capaz de tocar a los niños. Por eso se limitó a observarlos y se fue.”
“¿Y
por qué alteró tus recuerdos?”
“Por
pura maldad, imagino. ¿Te imaginas lo mucho que le debió de doler tener que
irse después de ver a los niños así, sin más? Seguro que no se fue por las
buenas; intentaría retenerme el día que caí al infierno.”
Philip
asintió, convencido de que ese tipo era capaz de eso y más. Bell lo miraba
mientras soltaba suspiros una y otra vez.
“¿Tengo
razón o no? Seguro que puedes sentirlo incluso ahora.”
“……Es
cierto. Aunque me sienta inquieto.”
“Pues
ya está. No tienes que pedirme perdón, así que no le des más vueltas.”
Tras
decir esto, Philip comenzó a desabrocharse los botones de la camisa como si
nada hubiera pasado y se cambió por la ropa que le habían preparado. Bell lo
observaba con extrañeza.
“Philip,
¿de verdad eso es todo?”
Philip,
que terminaba de abrocharse los botones del pijama, se dio la vuelta. Su mirada
decía: 'Claro que es todo, ¿qué más quieres?'
“Sí.
¿Por qué? ¿Tienes algo más que decir?”
“No,
no es eso. Es solo que no sé si estás lo suficientemente desenfadado. La verdad
es que, aunque te enfadaras más, yo no tendría nada que objetar. No es
sarcasmo, Philip; de verdad me siento tan culpable que no sé qué hacer.”
Si
hubieran regresado de inmediato, tal como Philip sugirió, nada de esto habría
ocurrido. Y no solo eso; era difícil imaginar qué tragedia habría sucedido si
Belial hubiera tenido otras intenciones.
Bell
sentía que no había evitado algo que era previsible, y como él era la causa,
debía asumir la responsabilidad. Sin embargo, Philip, lejos de recriminarle,
puso una mano sobre su hombro.
“Te
has disculpado y he aceptado tus disculpas. Eso significa que no tienes por qué
sentirte culpable. Es más, para empezar, la culpa de que Belial cruzara a este
lado es mía.”
“Eso
es porque tú no sabías cómo funcionaba todo esto, Philip. Pero yo sí podía
imaginarlo y, aun así, me demoré.”
Incluso
si se disculpaba, Bell no sabía cómo hacerlo ni qué castigo merecía.
Simplemente esperaba la sentencia de Philip.
Philip
se sentó a su lado en la cama y lo miró con expresión seria.
“¿Te
pones así porque a veces bromeo diciendo que pareces un empleado o un
electrodoméstico caro?”
“Claro
que no. ¿Crees que no entiendo un chiste?”
“Entonces,
eso significa que sabes que somos una familia. ¿Cuál es el problema, entonces?
Uno puede cometer errores. Y si eres familia, los errores se pasan por alto.”
Como
si se lo explicara a un niño, Philip continuó con paciencia:
“Ser
una familia es eso. Bueno, yo mismo estoy aprendiendo ahora qué significa, pero
lo que he aprendido es que, aunque alguien falle o cometa un error, se finge
que no ha pasado nada y se le ayuda a mejorar.”
“…….”
“Y
de ahora en adelante, puedo perdonar errores de este calibre con una sonrisa,
¿entiendes? Así que ve aprendiendo tú también a perdonar. A veces me enfado
incluso cuando soy yo quien debería pedir perdón.”
Sonrió
con la misma expresión que ponía Daniel cuando hacía una trastada y volvió a
darle un codazo juguetón en el costado a su marido.
“Si
tienes tiempo para estar deprimido, cámbiate de ropa. La comida del chef
personal de mi padre es increíble. Podemos quedarnos aquí unos días para
descansar. En fin, lo de hoy se acabó. No más, ¡mmpf! ¡Mmpf……!”
De
repente, Bell le sujetó la cara y Philip se quedó sin palabras ante la ofensiva
de besos de su marido. Bell unió sus labios con más fervor que nunca,
entrelazando sus lenguas.
El
beso fue suave, pero tan intenso que los sentimientos de Bell se percibían con
total nitidez.
“Ah…….
¿A qué viene esto, de repente?”
“Gracias.
Aprenderé de ti, Philip. Aprenderé de ti qué es una familia.”
“Si
yo tampoco lo tengo muy claro……”
Parece
que incluso esa respuesta le agradó, pues volvió a besar a Philip mientras se
encimaba sobre él.
Así
que esto era una familia…….
Aquella
palabra, que solo conocía por definiciones de diccionario, se le clavó en el
pecho por primera vez. Familia. La palabra familia.
* * *
Tras
una cena espectacular, los tres juntos acostaron a los niños después de mucho
tiempo. No fue una tarea fácil, pero al hacerlo de nuevo, no se sintieron tan
agotados como antes.
En
cuanto los niños se durmieron, la pareja subió a la habitación de invitados y
se desplomó en la cama como si hubieran perdido el conocimiento. No era un
cansancio físico; era mental.
Así
pasaron la noche en aquel dormitorio, familiar para uno y algo extraño para el
otro. En cuanto amaneció, Bell llenó la nueva bañera y esperó a Philip.
Al
ver que no había señales de que se levantara y que la hora del desayuno se
acercaba, se acercó a él y lo despertó cubriendo todo su cuerpo de besos. Ambos
se levantaron de buen humor y, como de costumbre, entraron juntos al baño. Sin
embargo, el agua de la bañera quedó tan sucia por los restos del acto sexual
que tuvieron que bañarse dos veces.
Por
supuesto, Philip amenazó con que el segundo baño lo daría solo. El problema fue
que su amenaza no surtió efecto.
Bell
se empeñó en convencer a su pareja: que si el sexo intenso podía causarle
mareos, que si podía resbalar con los azulejos…… y mil excusas más.
Incluso
después de arrancarle la promesa de que esta vez solo se lavarían con total
tranquilidad, Philip dejó entrar a Bell al baño, pero la promesa no se cumplió.
Llegaron al acuerdo dramático de que Philip solo le haría una felación, pero al
salir del baño, ambos se veían bastante insatisfechos.
“Dije
que te la chuparía. Me has dejado las comisuras de los labios hechas un
desastre.”
“Joder,
pues no lleves algo tan pesado colgando entre las piernas. Ah, da igual.
Debería haberme dejado dar cuando me ofrecí.”
Mientras
Philip se tocaba las comisuras de los labios inflamadas, Bell trajo la ropa
nueva que su pareja debía ponerse y la colocó ordenadamente sobre la mesa. Sin
importarle que su compañero lo mirara de reojo con reproche, Bell le dedicaba
una sonrisa radiante con su rostro habitualmente hermoso.
Quizás
porque no lo había visto en mucho tiempo, le parecía especialmente distinto.
Incluso al parpadear por un instante, el rostro de Bell quedaba grabado como
una imagen residual. Por eso mismo, Philip había rechazado la oferta de que se
la chupara desde la mañana y había tomado la iniciativa de besarlo primero.
¿Acaso
ese tipo lo sabría?
Philip
esbozó una leve sonrisa, sintiendo un pinchazo en sus labios doloridos. Sus
ojos azules recorrían el rostro de su marido sin descanso. Definitivamente, la
belleza era algo que debía paladearse durante mucho tiempo.
“Eres
guapo.”
Las
palabras se le escaparon sin querer. Debería haber guardado ese cumplido solo
para sus adentros.
Como
era de esperar, la expresión de Bell, que había captado el elogio, cambió de
forma peculiar. A su rostro, ya de por sí bello, se le sumó una capa de
confianza, haciendo que sus ojos rojos brillaran como rubíes.
“Philip
es muy atractivo.”
“Lo
sé. No digas algo tan obvio. Si vas a decir eso, hazlo delante de mi padre o de
los demás.”
¿Había
alguna petición más adorable que esa?
Bell,
que siempre buscaba una oportunidad, finalmente no pudo contenerse y abrazó a
Philip, cubriéndolo de besos.
“¡Ah,
por favor, ya basta!”
“¿Qué
puedo hacer si eres tan lindo, Philip?”
“¿Qué?
Te has vuelto completamente loco. ¡Qué voy a ser lindo, joder! ¿Quieres
soltarme?”
Aunque
Philip empujaba su rostro, Bell no cedía ni un milímetro; al contrario, lo
bombardeaba con besos cortos y rápidos para provocarlo. Cada vez que lo hacía,
Philip no se quedaba de brazos cruzados. Lo empujaba hasta que ambos se
tambaleaban e incluso mordía a su marido en tono de broma.
Realmente
era una mañana de absoluto caos. Llegaron tarde a la hora del té acordada con
Jacqueline, y desde la distancia se oía el llanto de los niños, pero los
rostros de ambos estaban llenos de luz.
“Ah,
no puedo aguantar. Philip, ¿qué tal si decimos que estamos cansados y nos
quedamos retozando un poco más?”
Armado
con su rostro angelical, Bell hacía mimos usando las expresiones que sabía que
a Philip le gustaban, pero fue en vano. Philip pasó de largo junto a su marido
y salió de la habitación.
“¿No
ves que ya me he cambiado? Cállate y sígueme.”
Ante
la respuesta brusca, Bell soltó una carcajada. Al ver que su pareja no
regresaba y cruzaba el umbral, Bell finalmente lo siguió.
“¡Ahhh,
Philiiiip! ¿Philip? ¡Philip!”
En
cuanto llegó al primer piso ignorando a su esposo, una confesión voló desde su
espalda:
“¡Te
amo, Philip!”
“Me
vas a volver loco.”
Philip
miró a su marido con una risa incrédula, y Bell le devolvió una sonrisa llena
de amor. En la habitación de los bebés se oía el llanto de los pequeños, y
Jacqueline, que acababa de salir de su despacho, sonrió para sí mismo en
silencio. La enorme mansión se llenó con el sonido de las risas de quienes la
habitaban. La felicidad era tan tangible que casi podía verse.
Hermosa Criatura - Historia Extra, Fin.
