01.
01.
El
ambiente era gélido, como una fina capa de escarcha.
Palabras
mordaces volaban y se clavaban con precisión en cada uno de los jefes de
departamento, quienes, por dentro, recitaban innumerables maldiciones. Si
alguno de ellos hubiera tenido poderes chamánicos, no habría sido extraño que
Yu-dam cayera fulminado por un mal de ojo en ese mismo instante.
Lo
que rompió aquella atmósfera de ejecución fue el teléfono de Yu-dam, que no
dejaba de sonar.
Aunque
había cambiado el ruidoso tono por la vibración, el móvil en su bolsillo
parecía querer reafirmar su existencia con furia, vibrando con tanta fuerza
como si estuviera gritando.
Finalmente,
Yu-dam presionó el botón de encendido hasta apagarlo. Los jefes de departamento
se encogieron en sus asientos, compadeciéndose de sí mismos, pues sabían que
ellos serían el blanco del desahogo. Sin duda, el hecho de que Yu-dam estuviera
lanzando críticas mucho más feroces de lo habitual era culpa de la persona que
lo obligó a apagar el teléfono.
"……En
tres días retomaremos la reunión de promoción. Pueden retirarse."
Solo
tras apagar el móvil Yu-dam logró recuperar algo de calma. Al ver la rigidez en
la sala, soltó un largo suspiro. El jefe de secretaría, Kang, hizo una seña
hacia el fondo para encender las luces, y una iluminación blanca e impoluta
llenó el lugar.
Los
jefes, que se levantaban estirándose para liberar la tensión, contuvieron el
aliento al notar que Yu-dam seguía sentado. Dudaron si debían volver a
sentarse, pero ante la mirada de Kang I-hyeon, el jefe de secretaría,
abandonaron la sala en silencio.
Yu-dam
se reclinó en la silla mientras escuchaba cómo el bullicio se disipaba
rápidamente. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y presionó sus párpados
con las yemas de los dedos. El cansancio persistente parecía burlarse de él,
escondiéndose y apareciendo una y otra vez.
"Presidente."
"……No.
Dígame que no es cierto."
"Lo
lamento."
La
voz de Yu-dam era tan suplicante que parecía que iba a añadir un 'por favor'.
Su tono ligeramente tembloroso, sus ojos abiertos de par en par y el movimiento
frenético de su cabeza negaban la realidad con vehemencia. Rogaba que fuera
mentira aquello de que, por haber apagado su móvil, alguien le hubiera enviado
fotos de esmóganes para la boda a su secretario.
Kang
I-hyeon, que conocía perfectamente el sentir de su jefe, no dijo nada más; se
limitó a disculparse. Entendía la desesperación de Yu-dam, pero no podía darle
la respuesta que él deseaba.
"¡En
un momento como este……! Ah, de verdad me voy a volver loco."
Yu-dam
soltó un grito ahogado, estremeciéndose de horror. Sabía que si ignoraba
incluso los mensajes enviados a su secretario, esa gente se presentaría en su
oficina sin dudarlo.
Incluso
si les pedía que lo llamaran a la sede central, su hermano y su padre eran el
tipo de personas que vendrían hasta aquí con gusto solo para verlo retorcerse.
Según sus propias palabras, ver al pequeño de la familia perder los estribos
era "divertido".
Por
esa razón, su padre se dedicaba a investigar nuevas formas de atormentarlo
manteniéndolo cerca. Y para colmo, su hermano mayor, Jung-jin, mientras fingía
detener a su padre, terminaba dándole consejos sobre cómo molestar a Yu-dam de
manera más efectiva.
La
boda que se aproximaba no era más que otro juguete para ellos. Eran personas
que, si necesitaban algo, simplemente lo llamaban a él o a un personal shopper
de sus propios grandes almacenes. No tenían necesidad de enviarle fotos una por
una.
Así
que la intención detrás de ese esmero por mandarle fotos de esmóganes desde la
mañana, de forma individual y constante, estaba clara: esperaban que su hermano
menor corriera a la sede central gritando a pleno pulmón.
"Ja…….
¿Usted también las vio, secretario?"
"Verlas,
las vi, pero……."
"¿Qué
le parecieron?"
Yu-dam
cambió de postura y se enderezó. Aunque su propia elección era lo más
importante, la opinión ajena también contaba. No por el esmoquin en sí, sino
por la naturaleza de su trabajo.
Como
presidente de unos grandes almacenes, si se quedaba encerrado en su oficina, no
podría interpretar las tendencias de moda o los artículos de lujo de la
temporada. Y eso significaría que el negocio de ese año sería un fracaso. En
ese sentido, valoraba mucho el criterio de su secretario; a veces veía cosas
que él ignoraba y le daba seguridad en sus decisiones. No le pagaba un sueldo
tan alto por nada.
"Eran
demasiadas y…… verlas solo por foto tiene sus limitaciones, ¿no cree?"
"Es
cierto. Enviarlas así, sin ton ni son…… Ah. Seguro que ya eligieron uno. El que
más le guste a mi padre."
"Pienso
lo mismo."
Kang
I-hyeon asintió con una leve sonrisa. El diseño que mejor le quedara a Ha
Yu-dam, el color que más resaltara su belleza, incluso la tela que lo hiciera
brillar bajo las luces; era obvio que ya lo tenían todo fríamente calculado.
Este
ataque matutino era un mensaje cifrado: 'Ven a ver el esmoquin que preparamos
para ti'. Ya fuera corriendo por indignación o arrastrándose por agotamiento,
era una táctica terrorista para sacar de la oficina al hijo menor que vivía
sepultado en el trabajo.
"Y
encima me presionan para que elija rápido. Seguro que están disfrutando
imaginando mi reacción."
"Sí.
Yo tambié…… ah."
En
ese momento, el teléfono del secretario volvió a sonar. Mirando la pantalla que
no dejaba de iluminarse, le pidió a Yu-dam un momento. Ante el asentimiento de
su jefe, desbloqueó el aparato y abrió la aplicación de mensajería.
Al
ver la ráfaga de fotos que entraban en tiempo real como si fuera una explosión,
el secretario llamó a Yu-dam con una expresión que mezclaba la incomodidad y el
asombro.
"Esto,
presidente……."
"¿Qué
pasa?"
"Creo
que es mejor que vea esto usted mismo……."
"¿De
qué se trata?"
Yu-dam
se levantó y tomó el teléfono. Las notificaciones emergentes seguían brotando
en la parte superior de la pantalla. Chasqueó la lengua y centró su atención en
la imagen que el secretario quería mostrarle. Una foto llenó por completo su
campo de visión.
Yu-dam
parpadeó un par de veces y, finalmente, soltó un grito dirigido a esos dos
hombres de la familia Ha que tanto había intentado ignorar.
"¡E-e-están
locos!"
Sujetó
el móvil con fuerza, temblando de rabia. En la pantalla, el catálogo de un
vestido de novia ostentoso y brillante presumía su presencia. Y sobre la
imagen, el mensaje que Jung-jin le había enviado para que lo leyera:
『 Director Ejecutivo Ha Jung-jin: Creo que a Ha Yu-dam le quedaría mejor
que a la modelo. 』
*
* *
Cerca
de la fecha en que Yu-dam pasaba un fin de semana tormentoso siendo el blanco
de las burlas de su familia, Do-ha también se veía obligado a escuchar
historias del pasado por parte de la suya; anécdotas vacías y triviales que ya
conocía de memoria.
Especialmente
porque la conclusión de todas esas historias chocaba con la realidad actual,
donde cada uno perseguía sueños distintos.
"Todavía
recuerdo a ese niño corriendo a llorar a gritos a los brazos del presidente
Ha".
"Es
verdad. Fue la primera vez que vi lo que llaman 'lágrimas como gotas de grasa
de pollo'".
Ante
las palabras de Nam Hae-joo, la madre de Do-ha, Do-won, el segundo hijo,
recordó entre risas.
Aunque
él también era pequeño en aquel entonces, Yu-dam, que era dos años menor, le
parecía tan delicado y hermoso como una muñeca. Era casi milagroso ver a una
muñeca que respiraba y vivía.
"Como
a los ojos de todos era igual de lindo, él debía de estar más ansioso".
"Do-ha
siempre fue un poco... codicioso, ¿no?".
Era
una reunión donde toda la familia se había congregado después de mucho tiempo
para discutir el matrimonio de Do-ha, el menor.
Do-kyung,
el primogénito, estaba discutiendo la expansión del negocio con su padre,
Ki-hoon, hasta que cerró la boca de golpe bajo la mirada punzante de su madre.
Ante
el reclamo de su madre sobre cuántas veces debía repetir que el trabajo se deja
en la empresa, Do-kyung tomó disimuladamente su tableta, fingiendo interesarse
en los asuntos de la casa de su hermano menor.
De
los tres hijos, el más afectuoso era Do-won, quien sentado al lado de su madre,
se convertía en su mejor confidente. Incluso tenía el detalle de traer montones
de postres que a ella le gustaban cuando visitaba la casa; por eso, la señora
Nam Hae-joo siempre lo recibía con más alegría.
Toda
la familia sabía bien que cuando ella decía: 'No debí dejar que se
independizara', había más sinceridad que broma en sus palabras.
"Especialmente
le gustaban las cosas bonitas y brillantes".
"Cariño,
¿te acuerdas? Do-ha sacaba todos mis anillos y collares para llevárselos. Por
eso llegué a pensar que nos pediría que lo vistiéramos con un vestido como a una
princesa de cuento".
Cuando
el padre, Ki-hoon, mencionó aquel incidente, la señora Nam soltó una
exclamación y aplaudió. Rió ante los recuerdos que afloraban y lanzó una mirada
cómplice a Do-ha.
Aunque
el protagonista no recordaba nada y solo sentía cansancio, Do-won añadió más
leña al fuego de los recuerdos.
"Incluso
cuando jugábamos era así. No se quedaba satisfecho hasta poseer cualquier cosa
que brillara, fuera un juguete o lo que fuera".
"¿Yo
cuándo?".
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Ante
el ceño fruncido de Do-ha, incluso Do-kyung habló sin apartar la vista de la
pantalla de su tableta.
"Así
fue. ¿Sabes cuántas cosas mías te llevaste? Una vez gané una medalla y te
empeñaste tanto en tenerla que mamá tuvo que esconderla en el cajón sin que te
dieras cuenta".
"Es
cierto. Al ver eso, pensé que no era que el niño tuviera una naturaleza
femenina, sino que simplemente era ambicioso porque las cosas brillantes le
parecían hermosas".
"Así
que, imagínense lo mucho que quiso poseer a Yu-dam la primera vez que lo vio.
Como los adultos y los niños de su edad decían que era precioso, debió de
pensar que alguien más se lo quitaría".
"Supo
instintivamente que tenía que adelantarse. Creyó que si marcaba territorio
diciendo que era suyo, nadie más podría llevárselo".
Cada
miembro de la familia aportó su comentario, todos con una sonrisa en el rostro.
Excepto Do-ha.
Él
no negaba que compartir recuerdos con alguien podía ser algo feliz. Sin
embargo, resultaba incómodo y asfixiante cuando se trataba de recuerdos sobre
él en los que no se reconocía.
Que
si era lindo, que si era codicioso, que si Yu-dam esto o aquello.
Todos
disfrutaban rumiando historias que él no entendía. A pesar de ser el dueño de
esos recuerdos, no era capaz de evocar nada.
"Esa...
joyería de mamá. Una vez se la llevó para dársela a Yu-dam. Me pegué un susto
cuando Yu-dam y su padre aparecieron con eso. Pensé: 'Este niño nunca ha estado
en nuestra casa, ¿cómo es que tiene esto?'".
"Dudo
que alguien no se sorprendiera. Fue increíble enterarse de que Baek Do-ha se lo
había dado a Yu-dam como regalo".
"A
su manera, debió de usar la cabeza. Como Yu-dam decía que no lo quería, debió
de estar desesperado. Pensó que si le llevaba un regalo, al menos lo miraría,
pero ¿qué tiene un niño pequeño? Cualquier cosa que él tuviera, Yu-dam también
la tendría. Así que, como mamá tenía muchas cosas brillantes y bonitas, agarró
un montón y se las llevó".
"¿Y
saben lo que dijo entonces? '¡A Yu-dam le queda más lindo que a mamá! ¡Yu-dam
brilla mucho!'. ¿No fue así?".
Incluso
el presidente Baek Ki-hoon soltó una carcajada al recordarlo. En aquel entonces
pensó que el dicho de que 'quien ama a la mujer, ama hasta al perro de su
suegra' no existía por nada.
Aunque
lo que hacía su hijo era tierno, por otro lado, el panorama se le volvía
oscuro. Que le gustaran las cosas bellas no era un error, pero la sola idea de
que se convirtiera en un idiota cegado por la belleza, incapaz de distinguir el
bien del mal, era aterradora.
Afortunadamente,
no creció siendo tan estúpido, lo cual le aliviaba, pero viendo cómo se
comportaba últimamente, no eran pocas las veces en que pensaba que, después de
todo, sí era un poco tonto.
"Si
tanto adoran a Ha Yu-dam, mejor adóptenlo ustedes. No me involucren a mí".
"Oye,
Baek Do-ha. Cómo puedes decir eso. ¿Por qué íbamos a adoptar a Yu-dam, que
tiene a su propia familia perfectamente bien?".
Los
ojos de Do-won se abrieron de par en par, como si hubiera escuchado algo
inaudito.
"Es
una forma de decir".
Si
Do-ha considerara a Yu-dam al menos un amigo, jamás habría dicho eso. Incluso
como broma, se habría considerado excesivo.
Pero
el mayor problema era que, dado que últimamente no hacía más que protestar y
enfurecerse por no querer casarse con Yu-dam, sus palabras no sonaron lo
suficientemente ligeras como para dejarlas pasar.
"El
padre de Yu-dam, su madre, tu madre y yo... todos éramos amigos. ¿A tu edad
todavía no sabes distinguir lo que debes decir?".
"……Lo
siento".
"Eso
ha sido una falta de respeto tanto para Yu-dam como para la persona que
falleció. Que su madre no esté presente no significa que puedas hablar de
cualquier manera".
"Lo
sé".
Mientras
su padre y Do-kyung le reprendían, su madre se levantó con el rostro gélido.
Do-ha se puso de pie de un salto por la sorpresa, pero su madre, sin dedicarle
ni una mirada a su hijo menor, se dio la vuelta y entró en su habitación.
Desde
siempre, cuando se acercaba el aniversario de la muerte de su amiga, la señora
Nam Hae-joo se deprimía desde la semana anterior y apenas podía probar bocado.
Era la amiga que le había prometido estar siempre de su lado, pasara lo que
pasara. Esa amiga se había ido inesperadamente. Hae-joo tuvo que cargar con su
ausencia sin tiempo para prepararse.
El
peso de la ausencia era mucho más pesado y triste que el de la presencia.
Desde
aquel día, Hae-joo había vivido sintiendo el peso de lo que ya no existía.
Cuanto más se esforzaba por resistir, más sentía que sus pies se hundían bajo
la tierra. Siempre estaba siendo aplastada por el peso de esa falta.
Si
ella se sentía así, ¿cómo estaría la familia de Yu-dam?
El
padre de dos niños, que de repente perdió a la pareja con la que había
prometido pasar la vida y tuvo que cumplir con su parte en silencio, no pudo
desahogar su tristeza en ningún lugar. Porque sabía que, en el momento en que
diera voz a su dolor, se derrumbaría y los niños restantes tendrían que crecer
sin ninguno de sus padres.
Antes
de entrar en el cuarto, la señora Nam Hae-joo dejó escapar un largo suspiro en
lugar de palabras. Do-ha intentó seguirla, pero su padre le hizo una señal
negativa con la cabeza y entró tras ella. Sabía que, por pequeño que fuera el
consuelo, era mejor que viniera de quien compartía un dolor similar.
Cuando
sus padres se retiraron, Do-ha suspiró y volvió a sentarse. Hundiéndose
profundamente en el sofá con la cabeza hacia atrás, se frotó la cara con ambas
manos, recriminándose su error. Siempre que se dejaba llevar por un arrebato,
sus emociones se anteponían. Soltaba cualquier cosa sin pensar, y ya era un
milagro que no hubiera causado un gran problema hasta ahora.
Do-won
movió los labios, pero finalmente optó por guardar silencio. Pensó que su
hermano no era tan tonto como para necesitar una lección adicional; el papel
del segundo hermano sería esperar que reflexionara y creciera como persona.
En
su lugar, tomó la tableta que sostenía Do-kyung.
La
casa para los recién casados que su madre había elegido era una mansión de tres
plantas, excesiva para dos personas. Su madre no podía ignorar eso, así que
debía de ser su forma de expresar su deseo implícito de tener nietos.
En
cualquier caso, como ella parecía estar disfrutando con la idea de amueblar esa
casa, pensó que sería bueno ayudarla con las compras, asumiendo también parte
de la responsabilidad por no haber educado bien a su hermano menor.
Entonces,
Do-kyung habló en lugar de Do-won. No es que odiara ser el primogénito, pero no
podía evitar sentir molestia por un hermano menor que, aun siendo adulto, lo
obligaba a decir cosas desagradables. A veces incluso le parecía un poco
idiota.
"Baek
Do-ha".
"……Sí".
Cuando
Do-ha respondió con voz apagada, Do-kyung, sin mirarlo ni una vez, recuperó la
tableta que Do-won se había llevado. Con un golpe seco, la puso frente a Do-ha.
La
tableta, que había pasado de mano en mano entre los tres hermanos, brillaba
mostrando la página de detalles de una cama. Precisamente, una cama.
"Mañana
acompaña a mamá a los grandes almacenes de Yu-dam y haz las compras".
"¡Ah,
hyung!".
"¿Qué?
¿Te parece demasiado? Vas a comprar lo que vas a usar en la casa donde vas a
vivir. ¿Aun así te parece demasiado?".
"……Si
no me hubieran obligado a casarme con Ha Yu-dam para empezar, esto no
pasaría", respondió Do-ha con irritación.
Ni
loco elegiría con sus propias manos los objetos que entrarían en esa casa.
Pensó que, de todos modos, eso sería injusto para Si-woo. Aunque Si-woo nunca
lo supiera, él sentiría culpa cada vez que viera esos muebles.
"¿Así
que te parece injusto ir a comprar personalmente lo que habrá en tu casa
matrimonial?".
"……."
"Lo
que es injusto es tu forma de pensar. Tienes 32 años y no sabes medir tus
palabras delante de tu madre".
Do-ha
no tuvo voluntad para seguir enfrentándose a Do-kyung. Como él decía, haber
herido a su madre por no controlar un arrebato emocional era claramente su
culpa.
Do-kyung
siempre enfatizaba que, antes de ser bueno con los demás, había que serlo con
los cercanos, especialmente con la familia. Do-ha sabía bien, sin necesidad de
escucharlo, cuánto lo había enfurecido lo que acababa de pasar.
A
veces, las personas tienden a tratar peor a su familia, precisamente porque son
los más cercanos y los que siempre están de su lado. Y ese era, sin duda, el
camino para destruir las relaciones con los seres queridos.
Do-kyung
creía que había que esforzarse más cuanto más cercana fuera la relación, y eso
incluía a la familia, amigos y a todo su entorno.
No
hacía falta decir lo inmaduro y lamentable que le parecía Do-ha a los ojos de
Do-kyung. Simplemente lo había dejado estar, pensando que ya era un adulto y
sabría qué hacer.
"Yo
pensaba ir", dijo Do-won.
Los
ojos de Do-ha brillaron por un instante. Pensó que era su oportunidad de
escapar de esos odiosos grandes almacenes de Ha Yu-dam y no pudo ocultar su
esperanza.
"Tú
vete a hacer ejercicio con papá".
Por
supuesto, Do-kyung, que consideró indignante esa mirada, cerró la salida de
Do-ha y le ató los pies con firmeza. Era una advertencia para que no intentara
usar trucos con pensamientos inútiles.
Finalmente,
Do-ha abandonó la idea de escapar, se frotó la cara con las manos y tomó la
tableta que tenía delante.
Tenía
que olvidar la idea de elegir lo más caro al azar. Si lo hacía, su madre se
daría cuenta de inmediato de que no estaba prestando atención y llamaría
enseguida a Do-kyung.
Decidió
que simplemente le seguiría la corriente a su madre, asintiendo a todo lo que a
ella le gustara.
Al
fin y al cabo, ya fuera una cama o cualquier otra cosa, no había ni un solo
mueble u objeto con la etiqueta de 'recién casados' que él tuviera intención de
usar. Aquello era su propia forma de mantener la lealtad y el afecto hacia
Si-woo, una resistencia solitaria.
"Baek
Do-ha".
De
repente, Do-kyung volvió a pronunciar su nombre.
Sintiendo
que le habían leído el pensamiento, Do-ha se sobresaltó y respondió cualquier
cosa para salir del paso. Sin siquiera hacer contacto visual, mantuvo la vista
fija en la tableta a propósito. Aunque no procesaba realmente lo que estaba
viendo, supuso que sería suficiente para demostrarle a su hermano mayor que, al
menos, estaba haciendo un esfuerzo.
"¿Qué?
Iré aunque no me lo repitas. Ya estoy mirando con interés, a mi manera".
"No
es eso".
Solo
entonces Do-ha apartó la vista de la tableta y miró a Do-kyung.
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Do-kyung
se humedeció los labios con la lengua, eligiendo sus palabras, y se quitó las
gafas. Al escuchar el ligero chasquido de las monturas, Do-won también desvió
la mirada hacia su hermano mayor, sintiendo curiosidad por saber qué diría para
ponerse tan serio.
"¿Todavía
no te acuerdas?".
"¿De
qué?".
"Este
matrimonio... fuiste tú quien lo suplicó. Incluso cuando Yu-dam lloraba
diciendo que no quería, tú fuiste a ver a mamá y le rogaste que los casaran. El
presidente Ha solo aceptó porque, viniendo de ti, le pareció tierno y te siguió
el juego".
"¿Cuántos
años tenía entonces? Solo eran cosas de niños".
"Fue
desde los cinco años. Durante diez años, hasta que te manifestaste, no hiciste
más que perseguir a Ha Yu-dam".
Ante
la afirmación de Do-kyung, Do-ha se presionó los ojos con los dedos pulgar e
índice.
Sabía
bien que diez años no era poco tiempo. Pero, ¿acaso no habían pasado diecisiete
años más desde entonces? No importaba cuántas veces le preguntaran si sus
recuerdos habían regresado; su respuesta siempre era la misma.
"……No
es para tanto. No hay por qué exagerar. ¿Quién recordaría con tanto detalle
algo de cuando tenía cinco años?".
Era
ridículo.
Sus
dos hermanos, que siempre habían sido brillantes y perspicaces, recordaban
perfectamente las cosas de aquella época. Incluso Do-ha podía recordar otros
eventos y hablar de ellos con claridad.
Sin
embargo, por alguna razón, sus recuerdos sobre Yu-dam eran los únicos que
permanecían borrosos.
Al
echar la vista atrás, tenía la sensación de que Yu-dam siempre había estado
presente en su infancia. Pero no lograba recordar qué hacían juntos ni qué
sentía por él. Si habían estado tan unidos durante tanto tiempo, debería quedar
algún rastro, fuera afecto o lo contrario.
Incluso
si lo hubiera odiado a muerte, debería quedar al menos una mota de ese
desprecio. Pero el Baek Do-ha posterior a los quince años no recordaba
absolutamente nada sobre Yu-dam.
Para
Do-ha, todo era tan confuso que llegaba a dudar de si esos sentimientos
existieron alguna vez. Además, escuchar su propia infancia a través de su
familia solo servía para confundirlo más.
Habían
sido casi diez años. A pesar de haber estado juntos tanto tiempo, Do-ha no
guardaba ningún recuerdo emocional de Yu-dam.
Lo
que le quedaba no eran 'vivencias' que pudiera llamar recuerdos, sino
simplemente datos basados en hechos. Por ejemplo, el hecho vívido de cómo se
había lastimado seriamente el costado en la casa del árbol, el escondite de
Yu-dam, por protegerlo a él.
Debido
a eso, el porqué se había sacrificado por Yu-dam seguía siendo un misterio para
él.
El
columpio de madera había volado alto por el viento, las cuerdas flaquearon y
cayó con fuerza. No fue un vaivén rítmico, sino que alcanzó el límite del cielo
y regresó de golpe. Como si el cielo hubiera tensado el columpio en una
resortera gigante y luego lo hubiera soltado; el columpio salió disparado con
violencia.
En
cuanto Do-ha vio venir el columpio, empujó a Yu-dam con fuerza instintivamente.
Ese
recuerdo existía con total nitidez en la mente del Baek Do-ha de treinta y dos
años. Sin embargo, no podía recordar el motivo de tal acción ni lo que sintió
por Yu-dam después de aquello.
Por
eso, Do-ha había concluido que su relación con Yu-dam era algo que apenas valía
la pena recordar, una conexión que ni siquiera entraba en la categoría de
amistad cercana.
Consecuentemente,
sentía que este matrimonio era injusto.
Su
postura era: ¿por qué desenterrar una promesa de la infancia que él ni siquiera
recordaba bien para obligarlos a sufrir? Sentía que sus padres eran crueles por
recordar que él, siendo un niño, pidió casarse con Yu-dam nada más verlo, y
convertir eso en una realidad.
En
aquel entonces solo tenía cinco años. Estaba convencido de que los únicos
padres capaces de llegar tan lejos por un comentario infantil eran los suyos y
los de Yu-dam.
"Ja...
Hyung. Yo... no entiendo por qué papá y mamá están tan obsesionados con
algo que dijo un niño de cinco años".
"Siempre
han adorado a Yu-dam".
"¿Solo
por eso? ¿Y por eso tengo que romper con la persona con la que planeaba casarme
para unirme a él?".
Do-ha
no lograba comprender a sus padres.
Ciertamente,
en su círculo, los matrimonios arreglados eran moneda corriente. De hecho, la
mayoría de los herederos ni siquiera se planteaban formar una familia con
alguien a quien amaran.
Los
herederos de tercera generación de su edad aceptaban desde temprano que debían
casarse con quien sus padres decidieran. Por eso, muchos se entregaban a una
vida de excesos antes de la boda, bajo la presión de saber que después tendrían
que vivir según los deseos paternos.
Actuaban
como si necesitaran esa compensación, y sus padres no intentaban controlarlos
mientras se divirtieran antes del matrimonio. Consideraban que mientras fueran
fieles a la familia después de la boda, no importaba lo que hicieran antes. El
alcohol, las drogas o las orgías eran vistos simplemente como rebeldía
pasajera.
Si
Do-ha hubiera crecido con padres así, quizás habría aceptado su voluntad con
dolor o habría intentado persuadirlos hasta el final.
"Si
se trata de un matrimonio arreglado, debería haberlo hecho el hermano mayor
primero. O incluso el segundo. ¿Por qué yo?".
"Porque
es la unión adecuada para ti".
"¿Eso
es todo?".
"Si
fuera la unión adecuada para mí, yo lo habría hecho. ¿Ni siquiera puedes
calcular eso?".
"¿Por
qué Ha Yu-dam solo es adecuado para mí? ¿Acaso hay una diferencia de edad
abismal entre tú y él?".
"Yo
ya estoy buscando la unión adecuada para mí".
Las
palabras de Do-kyung fueron suficientes para enfriar el temperamento volcánico
de Do-ha.
Aunque
Do-ha solía encenderse con facilidad por su sentimiento de injusticia, no pudo
evitar guardar silencio ante la revelación de que su hermano también estaba
considerando un matrimonio arreglado.
Miró
de reojo a Do-won y vio que este también lo observaba con los ojos muy abiertos
por la sorpresa. Significaba que Do-won también escuchaba aquello por primera
vez.
"
Hyung ".
"Dime".
"Acaso……".
Do-won,
que había llamado a Do-kyung pero no se atrevía a hablar con naturalidad, solo
movió los labios con duda.
Do-ha,
que hasta hace un momento se quejaba de su mala suerte, tampoco se atrevió a
abrir la boca y solo observaba las reacciones de sus hermanos mayores.
Se
produjo un silencio tan denso que nadie se atrevía siquiera a respirar con
fuerza.
"Si
vas a preguntar si es idea de nuestros padres, no lo es. Es algo que yo decidí
que debía hacer".
"¿Un
matrimonio arreglado? ¿Por qué?".
Lo
que para Do-ha era una imposición, para Do-kyung era una elección lógica.
En
realidad, dado que Do-kyung nunca había amado a nadie con la intensidad de
Do-ha, no veía razón para cuestionar un matrimonio de conveniencia. Es más, era
Do-kyung quien quería preguntarle a Do-ha por qué insistía tanto en un
matrimonio por amor, cuando se podía ahorrar toda esa pérdida de energía en
relaciones humanas siempre que uno fuera fiel a su propio hogar.
"No
es un matrimonio arreglado a la fuerza. Ya que tengo que hacerlo, quiero elegir
personalmente a alguien que encaje bien con nuestra familia".
"Visto
así, ¿qué diferencia hay entre tú y yo? Yo también elegí personalmente a la
persona con la que me quería casar".
"Ese
tal Kim Si-woo o como se llame puede que encaje contigo, pero no con nuestra
familia. Tú mismo lo sabes, ¿no?".
"Mi
vida……".
"Antes
de que digas que es tu vida y tu matrimonio y que la familia no tiene nada que
ver, no creo que ignores los beneficios que has recibido hasta ahora por haber
nacido en esta casa".
"……."
No
había lógica para refutar una verdad tan grande.
Do-kyung
simplemente estaba cumpliendo con su deber a su manera. Había nacido como el
primogénito del Grupo Wonkyung y había reinado sobre los demás incluso antes de
aprender a caminar correctamente. Incluso personas ajenas buscaban ganarse el
favor de un bebé que ni siquiera recordaría sus rostros.
Do-kyung
sabía bien quién era, qué posición ocupaba y qué se esperaba de él. Ser el
mejor, ser el más racional.
Para
alguien como él, era natural considerar un matrimonio arreglado. Al fin y al
cabo, si formaba una familia, sería el más firme defensor de la misma para
protegerla. Eso era lo que intentaba explicar.
Do-ha
también había disfrutado de privilegios por el simple hecho de ser el hijo
menor de Wonkyung, así que no tenía sentido enfurecerse por la única elección
matrimonial que sus padres habían hecho por él.
Además,
este matrimonio era el único capricho que sus padres se habían permitido en
toda la vida de Baek Do-ha. A diferencia de otros magnates que impondrían su
voluntad sin miramientos, sus padres habían tratado de persuadir a su hijo
menor con paciencia.
Desde
la perspectiva de Do-kyung, Do-ha estaba siendo injusto. Después de todo, Baek
Do-ha había vivido siempre haciendo exactamente lo que quería. No había tenido
que pelear con sus hermanos por tener lo mejor, ni quejarse de por qué a uno le
daban algo y a él no.
Nacer
como un chaebol de tercera generación era, indiscutiblemente, un
privilegio para Do-ha. Lo que para él era algo trivial como el girar de una
palma, para otros podía ser algo inalcanzable incluso dando el máximo esfuerzo.
Miles de personas luchaban cada día por obtener una fracción de lo que él ya
poseía.
Por
eso, las palabras finales de Do-kyung fueron simples y contundentes:
"Deja
de comportarte como un niño".
*
* *
Yu-dam
se puso de pie al enterarse de que Hae-joo y Do-ha habían llegado a los grandes
almacenes.
Sus
movimientos fueron impecables mientras se arreglaba la ropa y caminaba hacia la
puerta de su oficina. Sin embargo, el problema surgió al sujetar el pomo: sus
acciones se detuvieron en seco.
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A
pesar de tener la mano sobre el picaporte, no abrió la puerta; se quedó
congelado, incapaz incluso de soltar un suspiro con naturalidad. Sabía que con
solo ejercer una leve presión hacia abajo la puerta se abriría revelando el
camino, pero Yu-dam seguía dudando en esa misma postura.
Cuando
pensaba en Do-ha, el deseo de verlo y el de evitarlo coexistían siempre.
Quería
verlo para saciar su nostalgia. Añoraba a su alfa, aquel que una vez le
prometió estar siempre de su lado. Había resistido diecisiete años creyendo que
él volvería algún día, y esa fe no era solo un deseo egoísta; la propia familia
de Do-ha creía que ese era el orden natural de las cosas.
Pero,
por esa misma razón, sentía que no quería verlo. Ver a un Baek Do-ha que
fruncía el ceño y suspiraba en cuanto lo miraba era lo mismo que
autolesionarse. Especialmente desde que conoció a Si-woo en la universidad,
Do-ha lo miraba con una expresión de absoluto desprecio.
¿Qué hice tan mal?
Incluso
antes de eso, la relación entre ambos ya era peor que la de dos extraños, por
lo que Yu-dam ni siquiera había tenido la oportunidad de hacer algo que
justificara tal rechazo. Aun así, desde que Do-ha tuvo pareja, lo trataba como
si fuera algo detestable.
Toc, toc.
"Presidente".
La
voz y los golpes de I-hyeon, su jefe de secretaría, lo sacaron de sus
pensamientos. Yu-dam apretó y relajó los puños, inhaló profundamente y compuso
su expresión. No quería mostrarle esta faceta a nadie, mucho menos a un Baek
Do-ha que lo despreciaba.
Si
Do-ha llegara a enterarse de que Yu-dam todavía lo amaba, probablemente
sentiría escalofríos o ganas de vomitar. O ambas cosas.
"¿Dónde
están?".
"……Están
viendo ropa".
"¿Ropa?".
"Sí".
Cuando
Yu-dam ladeó la cabeza, las comisuras de los labios del secretario subieron con
esfuerzo. Al ver esa sonrisa forzada, Yu-dam soltó una risa seca, intuyendo que
algo andaba mal. ¿Qué tipo de ropa estarían viendo para que su secretario, que
ya lo había visto todo en esta vida, pusiera esa cara?
"¿En
qué tienda? ¿Debo ir al sexto piso?".
"Ah,
no. Es en el séptimo piso".
Yu-dam
empezó a caminar, y el secretario lo siguió apresuradamente. Corrigió el
destino de Yu-dam y presionó el botón del ascensor.
El
elevador, que estaba en el último piso, abrió sus puertas de inmediato para
recibirlos. El secretario entró tras Yu-dam y pulsó con naturalidad el número
'7'.
Yu-dam
lo observó en silencio hasta que el ascensor empezó a moverse; entonces, como
si le hubieran dado un golpe en la nuca, gritó:
"¿El
séptimo? ¿Acaba de decir el séptimo piso?".
"Sí",
respondió el secretario mordiéndose los labios. Intentaba contener la risa
mientras encontraba la mirada de Yu-dam.
Las
pupilas de Yu-dam temblaban, llenas de una pregunta muda: ¿estoy equivocado?.
Kang I-hyeon negó lentamente con la cabeza para confirmarle que su memoria no
le fallaba.
Tal
como el presidente sabía, el séptimo piso de la sucursal de Gangnam de los
Grandes Almacenes Hansae era, efectivamente, la sección infantil.
"¿Por
qué? ¿Por qué...? Ah, ¿será que tienen algún regalo que hacer?".
"He
oído que la señora le preguntó al director Baek Do-ha cuál era su preferencia
entre el azul y el rosa".
Ante
el intento de Yu-dam por aferrarse a otra esperanza, el secretario respondió
con una ligera sonrisa. Fue una frase suficiente para horrorizar a Yu-dam.
"No
me diga que esa... ¿esa es la 'preferencia' en la que estoy pensando?".
"Parece
ser que sí".
"¡Ni
siquiera me he casado todavía!".
"Bueno,
lo hará pronto".
"¿Acaso
casarse significa tener hijos automáticamente?".
"Considerando
que eligieron una casa matrimonial grande a propósito... ¿no será que planean
preparar el cuarto del bebé por adelantado?".
Yu-dam
se llevó una mano a la frente con un pequeño lamento. Pensó que, tal vez, este
tipo de cosas eran las que hacían que Do-ha lo detestara aún más. El tener que
enfrentarse a la fuerza a cosas que no quería hacer.
Por
así decirlo, no había nadie más adecuado que Ha Yu-dam para que Baek Do-ha
descargara su frustración. Por supuesto, eso no significaba que Yu-dam quisiera
darle la razón.
Cualquier
padre en el mundo soñaría con un futuro feliz para sus hijos. Sin embargo,
aunque Do-ha fuera utilizado para los sueños de su madre y eso lo pusiera de
mal humor, ese sentimiento no debería transformarse en odio hacia Yu-dam.
Lo
de hoy era igual. El breve tiempo que Hae-joo pasó en la sección infantil no
era más que un entretenimiento pasajero que la hacía feliz. Solo porque ella
imaginara a un hijo de Baek Do-ha y Ha Yu-dam mientras veía artículos de bebé,
no significaba que Do-ha tuviera derecho a desquitarse con él.
Aun
así, ver cómo expresaba su desprecio hacia la persona equivocada solo porque se
sentía molesto confirmaba que Baek Do-ha seguía siendo un crío.
O
tal vez, eso solo era otra excusa para odiarlo. Si la persona con la que iba a
vivir en esa casa fuera su amante... probablemente Do-ha habría sido el primero
en arrasar con todo en la sección infantil. Se habría puesto a decorar un
cuarto para un bebé que ni siquiera existía todavía, sonriendo como un idiota y
diciendo tonterías inmaduras como: 'algún día nacerá'.
Por
cierto...
"Un
hijo de Baek Do-ha".
Yu-dam
negó con la cabeza. De repente, su vientre plano entró en su campo de visión.
Se le puso la piel de gallina y un aire gélido recorrió su cuerpo. Yu-dam se
estremeció involuntariamente y se frotó los brazos con energía, como si
intentara sacudirse algo horrible.
"Ugh.
Es totalmente inimaginable".
"Yo
también opino lo mismo".
El
secretario solo reía al ver la reacción de Yu-dam. Como le llevaba unos años de
ventaja, Yu-dam le resultaba simplemente adorable. Aunque gran parte de ese
sentimiento se debía a los años que llevaban conociéndose. Al fin y al cabo,
para el secretario, tanto Yu-dam como su hermano Jung-jin —quien vivía para
molestarlos— no eran más que hermanos menores encantadores.
"¿No
es extraño? Criar a un bebé con la sangre de Baek Do-ha corriendo por mis
entrañas... ¡Ah, es demasiado raro!".
Yu-dam
sacudió la cabeza con fuerza, como si hubiera visto algo que no debía. La idea
de estar embarazado ya era extraña de por sí, pero pensar que sería un hijo de
Do-ha...
"Ugh,
ugh".
No
pudo seguir hablando. Soltó sonidos extraños como si tuviera náuseas. Parecía
que su cerebro se negaba a seguir procesando la idea, quizás por considerarlo
algo más allá de lo imaginable. O tal vez, su instinto lo rechazaba porque
sabía que un hijo suyo nunca sería amado por Do-ha.
Fuera
cual fuera la verdad, era absolutamente imposible.
"Ja,
pero incluso si no fuera yo... tener un hijo con ese Baek Do-ha... la sola idea
es aterradora".
"Presidente,
¿tan extraño le parece que el director Baek sea padre?".
"Mire
cómo se comporta. Debería estar agradecido de haber nacido en el Grupo
Wonkyung. A su edad sigue dejando que su cuerpo actúe antes que su cabeza,
¿cree que haría bien el papel de padre?".
"Hmm...
pues yo creo que lo haría bastante bien. Jugando con el niño y demás".
"Jugar
con un niño no lo es todo. Él nunca será un gran padre".
Yu-dam
estuvo de acuerdo a medias con el secretario, pero manifestó su total
desacuerdo con la otra mitad. Ante esa afirmación tan tajante, el secretario
habló rápidamente, como si se le hubiera ocurrido una buena idea:
"Bueno,
el papel de padre excelente puede hacerlo usted".
"No
me involucre con él. Sabe perfectamente lo mucho que lo detesto".
"¿De
verdad?".
La
sonrisa del secretario no desaparecía. Sus risas constantes entraban por un
oído de Yu-dam, revolviéndolo todo, y salían por el otro sin dejar rastro.
Yu-dam frunció el ceño, pero para I-hyeon, aquello solo parecía el berrinche de
un hermano pequeño.
"Secretario
Kang I-hyeon".
"Sí".
"Se
está divirtiendo burlándose de mí, ¿verdad?".
"Un
poco. Pero me alegra verlo. Me entusiasma que vaya a casarse".
El
secretario se encogió de hombros. En ese momento, el ascensor llegó a su
destino y abrió sus puertas con un aviso sonoro alegre.
Yu-dam
salió lanzándole una mirada fulminante, pero él solo le ofreció una
felicitación sincera. No olvidó añadir: "La verdad, yo también creo que a
usted le quedaría muy bien un vestido".
"Ja……".
Todo
el mundo estaba más emocionado que los propios novios por la boda de Ha Yu-dam
y Baek Do-ha. La madre de Do-ha, que disfrutaba comprando una casa enorme y
amueblándola; el padre y el hermano de Yu-dam, que se divertían eligiendo un
esmoquin que solo usaría unas horas; e incluso el secretario Kang I-hyeon, que
era como un hermano para él.
Todos
estaban ilusionados, llenando cada día de expectativas como si esperaran un
gran festival. Todos, excepto los dos protagonistas: Yu-dam y Do-ha.
*
* *
"¡Maldito
engendro! ¡Es por tu culpa! ¡Pedazo de basura asquerosa!"
Yu-dam
caminaba en busca de Do-ha y su madre cuando la voz lo alcanzó. Era una voz
afilada y punzante, capaz de tajar a cualquiera; un tono tan estridente que
parecía herir los tímpanos hasta hacerlos sangrar.
"¿Qué...
qué es este escándalo?"
Recuperando
al instante su faceta de dueño de los grandes almacenes, Yu-dam cerró y abrió
los ojos lentamente mientras inspeccionaba los alrededores.
Incluso
con un vistazo rápido, el lugar estaba atestado de clientes de todo tipo, como
era de esperar en un fin de semana. Al ser la planta de artículos infantiles,
la mayoría eran familias con niños pequeños. Los adultos, tan sorprendidos como
Yu-dam, se apresuraban a proteger a sus hijos mientras buscaban el origen del
alboroto, estirando el cuello o negando con la cabeza con desaprobación.
El
contenido de los gritos era tan malintencionado que resultaba difícil creer que
se escuchara en un lugar así, lo que alimentaba aún más la curiosidad o el
miedo de la gente. Algunos se alejaban rápido; otros, morbosamente interesados,
se acercaban. El caos se propagaba.
"Espere
un momento, iré a ver qué sucede" dijo el secretario.
"No.
Aprovecharé para inspeccionar la planta. Vamos."
"¡¿Cómo
se atreve alguien como tú a vender estas cosas?! ¡¿Eh?! ¡Por tu culpa! ¡Por
estos zapatos que vendiste, mi nuera abortó! ¡¿Qué vas a hacer?! ¡¿Eh?! ¡¿Cómo
vas a hacerte responsable?!"
En
ese instante, un grito aún más potente que el anterior devoró incluso la voz de
Yu-dam. Esta vez era más específico, detallado y trágico. Pero la voz venía
cargada de un filo mucho más letal que antes. Si pudiera, esa persona segaría
la vida del otro con sus palabras venenosas. La furia absoluta llenaba cada
sílaba y cada jadeo entre frase y frase.
Yu-dam
intuyó que esto podría escalar más de lo previsto.
Las
quejas de los clientes eran constantes; por eso no les dio importancia al
principio. Se jactaba de no sorprenderse con ningún reclamo, ya que a su
oficina solo llegaban los casos que el centro de atención al cliente no podía
resolver: situaciones absurdas o inverosímiles. Yu-dam estaba más que
acostumbrado a los llamados clientes difíciles.
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Generalmente,
este tipo de personas son débiles ante alguien más fuerte. Podían actuar como
si fueran a devorar el edificio entero, pero ante un directivo de la sede
central no se atrevían a alzar la voz. Un directivo es educado, pero no
necesariamente amable; esa cortesía distante está diseñada para degradar
sutilmente la posición del cliente hasta que este se siente honrado de ser
atendido personalmente y termina aceptando cualquier sugerencia.
Una
vez resuelto el problema, el cliente quedaba reducido a una posición inferior,
una mota de polvo en la impecable gestión de los Grandes Almacenes Hansae.
Sin
embargo, Yu-dam no podía ocultar su desconcierto actual. La palabra 'aborto'
cargaba con un peso asfixiante. Escuchar que alguien desconocido ha pasado por
eso ya encoge el corazón, pero culpar a un 'empleado que vendió unos zapatos'
era harina de otro costal. No era algo que pudiera ignorarse.
Corrió
hacia el tumulto con la boca seca. Mientras tanto, el forcejeo entre el cliente
y el personal continuaba. Al acercarse, las voces se hicieron nítidas y no hizo
falta preguntar qué pasaba. El problema era que ahora todos los curiosos
también lo sabían.
"Señora...
lo siento mucho, pero no entiendo qué está diciendo..."
"Tú.
¿No tuviste un aborto hace poco?"
"...
¿Qué?"
El
rostro del empleado se volvió blanco como el papel. Ante sus ojos desorbitados
y temblorosos, el gerente de la tienda se interpuso.
"Señora,
por favor, cálmese un momento."
Era
una actitud firme, pero para una cliente que había perdido los estribos, el gerente
no era más que un estorbo ruidoso.
"¡Quítate!
¡Quítate antes de que los demande a todos!"
"Señora,
creo que hay un malentendido... ¡Ah!"
Antes
de terminar la frase, las manos de la mujer empujaron con fuerza los hombros
del gerente. El movimiento violento de sus brazos dejaba claro que lo hacía con
todas sus fuerzas. El gerente, desprevenido, cayó pesadamente al suelo.
El
empleado corrió a ayudarlo, pero la voz afilada de la mujer lo alcanzó primero.
"¡¿Están
locos los dos?! ¡Les dije que se quitaran!"
El
empleado se mordió los labios y se plantó frente a ella. Aguantaba el tipo con
todo su cuerpo, con una expresión de estar a punto de romper a llorar.
"Señora.
¿Podría explicarme de nuevo qué sucede?"
"¡¿Eres
un omega recesivo?! ¡¿Verdad?!"
"...
Sí, lo soy."
"¡Y
tuviste un aborto! ¡¿Vas a negarlo también?!"
Ante
el acoso, el empleado bajó la cabeza mordiéndose el labio inferior. Notó que
sus manos temblaban y las entrelazó con fuerza. El bebé que llegó a él como un
regalo se había ido volando demasiado pronto. El recuerdo de su gerente
abrazándolo y consolándolo seguía vívido, a pesar de que habían pasado tres
meses.
"Es
verdad... pero no sé cómo se enteró..."
"¡¿Eso
qué importa ahora?! ¡El problema es que un engendro maldito como tú trabaje
aquí!"
"...
Señora, es cierto que perdí a mi bebé... pero no entiendo por qué eso es un
problema para usted."
El
empleado tragó saliva. No comprendía qué estaba pasando; era una situación tan
absurda que carecía de realidad.
"¡Tú!
¡¿Qué me dijiste cuando me vendiste estos zapatos?! ¡¿Me dijiste o no que debía
ver cosas como estas para la educación prenatal?! ¡Te sentiste muy bien
estafándome, ¿verdad?! ¡¿Creíste que no me daría cuenta de que me viste cara de
tonta para venderme esta basura?!"
¡Plac,
tac, plac!
Unos
pequeños y adorables zapatitos de bebé de color amarillo brillante fueron
estampados contra el suelo limpio de la tienda. Los zapatos, que debieron ser
colocados con cariño por alguien, rodaron por el piso manchándose de suciedad.
"Señora,
esas son frases que se dicen en cualquier tienda. Es más, ¿no es algo en lo que
todos creen? No la vimos como a una tonta, es solo que todos deseamos que el
bebé y la madre estén sanos" dijo el gerente, que ya se había puesto en
pie al lado del empleado, sujetando su mano temblorosa.
Sentían
que las miradas de la multitud eran cuchillas rodeándolos. Parecía que no
saldrían vivos de allí.
"¡Ja!
¡¿Quién dice que no?!" La mujer soltó una carcajada seca. Ese era el
punto: 'quién' había hecho ese deseo. Clavó su mirada asesina en el empleado,
quien se encogió.
Tenía
ojos de culpable, pensó ella. De no ser así, su nieto no se habría ido. Convencida
de ello, empezó a picar el hombro del empleado con el dedo índice. ¡Pic, pic,
pic! El cuerpo del joven retrocedía con cada embestida.
"¡Tú,
tú, tú! El problema es que 'tú' los vendiste. ¿Entiendes? Un infeliz que abortó
por estar maldito vende artículos prenatales y, por supuesto, esa maldición
pasó a mi nieto."
"...
¿Dice que perdí a mi bebé por estar maldito? ¿Y que le pasé esa maldición a
usted?"
"¡¿Cómo
te atreves a mirarme a los ojos?! ¡Deberías estar de rodillas suplicando y
todavía me respondes! ¡¿Eh?!"
Las
uñas afiladas de la mujer empezaron a dejar arañazos en la frente del empleado.
No era nada comparado con el dolor de ver sus heridas emocionales abiertas de
nuevo, pero el murmullo de la gente alrededor crecía.
Yu-dam,
que acababa de llegar, sintió que la sangre le hervía. El calor de la rabia le
quemaba los ojos. El secretario intentó abrirse paso entre la multitud, cuando
de pronto, otro grito agudo rasgó el aire.
"¡Ahhh!
¡¿Y tú quién eres?!"
"Alguien
que pasaba."
"¿Qué?"
La
voz que siguió era tan familiar que Yu-dam soltó una risa involuntaria.
Pensándolo bien, era el curso lógico de los acontecimientos. Si Do-ha estaba en
la planta infantil y se producía un escándalo, era natural que él se viera
envuelto. Con ese carácter impulsivo ante la injusticia, era un tonto que
siempre actuaba antes de pensar.
"¡Suéltame!"
Yu-dam
siguió el camino abierto por el secretario hasta quedar frente a la escena. Al
despejarse la vista, vio a Do-ha sujetando la muñeca de la mujer mientras
preguntaba al empleado y al gerente si estaban bien.
No
es que Do-ha fuera especialmente heroico; simplemente era apasionado en todo.
Ambicioso y con muchos deseos, no se quedaba tranquilo hasta probar todo lo que
quería. Era un necio que, cuando algo se le metía entre ceja y ceja, embestía
sin mirar a los lados. Por eso detestaba a quienes despreciaban a los que
trabajaban duro solo por tener poder.
Quizá,
a los ojos de Baek Do-ha, Ha Yu-dam también era una de esas personas.
En
cualquier caso, a Do-ha le gustaba la gente que se esforzaba. El hecho de que
ahora defendiera al personal nacía de ahí. Y esa era la única razón por la que
Ha Yu-dam no había podido renunciar a él: recordaba cuando Do-ha se ponía de su
parte y era tierno solo con él.
Cada
vez que Yu-dam creía haberlo olvidado, Do-ha sacudía su pantano del olvido sin
querer. Esos recuerdos emergían y echaban raíces en un lugar soleado, como
diciendo 'crece fuerte aquí'.
Baek
Do-ha, el que parecía que siempre estaría del lado de Ha Yu-dam.
Incluso
ante esa atención y afecto incondicional de Do-ha, que solo tenía ojos para él,
Yu-dam nunca demostró que le gustaba. A veces, ese recuerdo lo atormentaba; se
castigaba pensando que su actitud fría hacia el Do-ha que lo persiguió durante
diez años se había convertido ahora en un bumerán.
"Pida
disculpas" dijo Do-ha.
"¡¿Qué?!"
La mujer de mediana edad soltó una risa incrédula. Intentó zafarse, pero Do-ha
permaneció inmóvil, mirándola fijamente.
"¡¿Estás
loca?!"
"¿Se
sentía como si tuviera el mundo en sus manos? ¿Era tan feliz que no le quedaban
arrepentimientos?" preguntó Do-ha.
"¿Qué?
¿De qué hablas?"
"Al
saber que su nuera llevaba la sangre de su hijo, debió pensar que no existía
nada más valioso en la tierra."
"...
¡Sí! ¡¿Y qué con eso?!"
Las
palabras de Do-ha, dichas en voz baja, eran acertadas. Ella había vivido solo
por su hijo. Había renunciado hace mucho al marido, pero su hijo creció como
ella deseaba. Justo cuando pensaba que solo le faltaba ver a un nieto, su nuera
logró quedar embarazada.
Tal
como decía Do-ha, sentía que el mundo finalmente la recompensaba por sus
sufrimientos. Ya les había pagado la comida a sus amigas varias veces para
presumir. Un hijo exitoso, una nuera dócil y ahora un nieto. Estaba convencida
de que nadie tenía una vida tan exitosa como la suya.
"Así
que, por supuesto, el impacto de perderlo debió de ser enorme."
"¡Claro!
¡Por eso exijo que se hagan responsables! ¡¿Qué hay de malo en eso?!"
Aquel
omega inferior debía pagar por todo. Al haber sentido que tenía el mundo y
luego le fue arrebatado, necesitaba una compensación para sentirse satisfecha.
Justo entonces oyó el rumor de que ese omega había salido llorando del
ginecólogo. La persona que le contó el chisme añadió que siendo recesivo y
hombre, lo raro sería que el feto creciera bien.
'Sí,
fuiste tú.'
La
mujer creía firmemente que el hecho de que alguien que abortó vendiera zapatos
de bebé era el origen de la mala suerte. El empleado era el culpable.
Ante
los gritos de la mujer, Do-ha soltó un largo suspiro. Soltó la muñeca de la
mujer. La falacia lógica en la que ella creía ciegamente era asombrosa. Le
dolía la nuca de solo ver cómo alguien podía creer que su razonamiento era
correcto.
"¿Acaso
el único dolor es que su nieto haya muerto?"
"¡Por
supuesto! ¡¿Acaso tengo que compadecer un dolor como el de ese tipo?! ¡Mi nuera
abortó después de que yo le comprara zapatos a ese omega inferior!"
"...
Ja. Piense racionalmente. ¿De verdad es culpa de esa persona?"
"¡Claro
que sí! ¡¿Por qué no iba a serlo?!"
"Me
voy a volver loco."
"¡¿Qué?!"
"Esperaba
una respuesta un poco más inteligente."
Do-ha
sacudió la cabeza de lado a lado mientras presionaba el lagrimal de sus ojos
con los dedos pulgar e índice.
Prefería
creer que, debido al impacto, ella simplemente había tomado una decisión
errónea momentánea. Quería pensar que no era una persona de naturaleza ruin y
maliciosa. De lo contrario, incluso él mismo podría terminar ignorando las
cifras científicas que dicen que la probabilidad de que un bebé de fecundación
in vitro se implante y crezca sano es extremadamente baja; sentía que
terminaría soltando una barbaridad como que el bebé se había espantado y había
huido por culpa de la mala índole de la mujer.
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Do-ha
apretó la mandíbula para contenerse. Tragó saliva, y con ella, las palabras que
quería decir bajaron enteras por su garganta. Aunque la persona que estaba
cometiendo un error era quien tenía enfrente, no podía permitir que sus
palabras hirieran la herida de alguien que ni siquiera estaba presente.
"En
lugar de estar aquí, debería haber ido a una iglesia, a un templo o a cualquier
dios en el que crea. Ya sea para lamentarse o para armar un escándalo exigiendo
responsabilidades, se ha equivocado de interlocutor para que escuche semejantes
sandeces."
"¡Pero
qué...! Tú, ¿quién te crees que eres? ¿De dónde saliste para meterte donde no
te llaman sin tener ni un poco de tacto? ¡Tú! ¡¿Sabes quién soy yo?!"
Ante
ese grito, Do-ha finalmente soltó una carcajada.
"Eso
es. Así es como debía reaccionar. Estaba esperando a ver cuándo saldría esa
frase."
Solo
ahora Do-ha se daba cuenta de que la mujer no había venido por lástima hacia su
nuera o por tristeza por su nieto. Realmente, esta mujer había venido al lugar
indicado. Una mujer que no era respetada por su marido habría recordado
fácilmente un lugar donde podía ser tratada como alguien importante con solo
poner un pie.
En
este lugar, ella era la reina y los empleados eran sus siervos. Los empleados
agacharían la cabeza al verla y la adularían hasta que se les secará la boca. A
través de esas pocas experiencias, en la mente de la mujer, los empleados
amables y corteses quedaron grabados como seres a los que podía mirar por
encima del hombro e ignorar.
Ahora
que su vida parecía empezar a ver la luz y de repente se presentaba una
tragedia, sumado a los rumores que escuchaba, no podía ser culpa de nadie más
que de uno de esos tantos siervos. Estaba convencida de que era culpa del
empleado; ese omega recesivo maldito que le hizo comprar unos zapatos que
traían mala suerte.
"A
veces aparecen tipos como usted. Como dicen que el cliente es el rey, se
confunden y creen que realmente se han convertido en la realeza."
Mientras
decía esto, Do-ha giró la cabeza para mirar a Yu-dam, quien lo observaba desde
allí.
Siendo
tan bajito, ¿cómo podía emanar tanta presencia? Quizás se debía a sus rasgos
faciales tan llamativos. Al tomar distancia y convertirse en un tercero, creía
entender por qué su madre quería tanto a Yu-dam. También creía entender por qué
él mismo lo seguía tanto cuando eran niños.
Había
que reconocer lo que era justo.
Ha
Yu-dam era condenadamente guapo.
Solo
por esa razón, lo hacía sentir incómodo y lograba irritarlo. En cualquier caso,
al ver que Yu-dam permanecía inmóvil a pesar de cómo estaba tratando a la
cliente, significaba que no le importaba lo que él hiciera. Aunque pensar en él
como pareja era horrible, parecía que el tiempo que pasaron bajo el nombre de
amigos no había sido en vano; viendo cómo Yu-dam leía sus intenciones de la
misma forma en que él leía las de Yu-dam.
Si
Yu-dam hubiera intentado detenerlo sin más, quizá él también habría perdido la
razón y descargado su furia contra Yu-dam. Preguntándole si debía quedarse
mirando mientras los empleados de su centro comercial sufrían tales insultos y
violencia, o si no sabía a quién debía detener realmente.
El
hecho de que Yu-dam lo dejara actuar, conociendo su temperamento ardiente, era
una señal de que estaba de acuerdo en silencio. Quizás hasta lo estaba
apoyando. No quería sentir el peso de los años de 'amistad' en un momento como
este, pero tenía que admitir que era una relación que no podía negar de un
plumazo, por muy poco agradable que resultara.
"Gerente,
lleve al empleado a la sala del personal."
"Ah...
es que yo..."
"Entren
y vuelvan a salir cuando todo se haya calmado. En esta situación no va a entrar
ningún otro cliente, así que no hace falta vigilar la tienda."
Do-ha
persuadió suavemente al gerente, quien aún dudaba.
A
pesar de ello, al gerente no le resultaba fácil abandonar su puesto; miraba
alternativamente a Do-ha y al empleado que sujetaba su mano con fuerza. Por un
momento pensó en enviar solo al empleado y quedarse él a vigilar. Pero también
pensó si era correcto dejar solo al empleado, quien había estado expuesto a
insultos y violencia sin defensa alguna.
"Retirarse
es la mejor forma de ayudarme. ¿Puede hacerlo?"
"...
De acuerdo."
Do-ha
indujo a la otra parte para que siguiera sus palabras con naturalidad.
Tras
dudar un momento, el gerente finalmente asintió. A diferencia de su larga duda,
su acción fue rápida. En cuanto tomó la decisión, se levantó de inmediato y
ayudó al empleado. Por supuesto, fue una elección posible porque sabía bien
quién era Do-ha.
Si
alguien trabajaba en los Grandes Almacenes Hansae y no conocía a Baek Do-ha y a
su familia, era porque no llevaba ni un día en la empresa. La cantidad que la
familia propietaria del Grupo Wonkyung gastaba allí en un solo día era mayor
que el salario anual de cualquiera. Sobre todo, ese Baek Do-ha era el amigo de
toda la vida de Yu-dam, el representante de Hansae. Sabía que no los echarían
del centro comercial por hacer caso a Do-ha.
El
empleado, que no paraba de derramar lágrimas en silencio, se dirigió a la sala
del personal con la ayuda del gerente.
Yu-dam
siguió todo el proceso con la mirada sin apartarla ni un segundo.
Conocía
de sobra la sensación que experimentaba cuando Do-ha se ponía de su lado.
Sentía alivio y su respiración se volvía más ligera. La seguridad que Do-ha
brindaba siempre era reconfortante y sólida. Do-ha decía que no era una persona
especialmente justa, pero era alguien cuyo proceso era tan íntegro que el resultado
acababa siendo tierno.
Era
imposible no amarlo. Especialmente porque ya conocía la alegría de cuando esa
ternura se dirigía solo hacia él. Hoy, una vez más, Yu-dam se alejaba del
camino que lo apartaba de su amor no correspondido.
Mientras
Do-ha enviaba al gerente y al empleado al interior, la mujer empezó a hervir de
rabia. Le enfurecía que la trataran como si no existiera. Nadie debía tratarla
así. Ella no era una persona que mereciera ese trato.
"¡Ja!
¿Me estás ignorando ahora? ¡Cómo te atreves! ¡¿Sabes quién soy yo para hacerme
esto?! ¡Realmente te has vuelto loco!"
"Y
usted, ¿quién se cree que soy yo para hablarme con tanta ligereza?"
"¿Qué?
¡Qué insolencia hablarle de tú a un adulto! ¿Así te educaron tus padres? ¡¿Cómo
es que este centro comercial gestiona así a sus clientes?!"
"Eso...
es algo que creo que me toca decir a mí."
Do-ha
elevó las comisuras de sus labios y volvió a mirar a Yu-dam. Ante el reproche
mudo de por qué no gestionaba mejor a sus clientes, Yu-dam se limitó a
encogerse de hombros.
'Por
esto las empresas familiares son un problema. Solo por haber nacido en cuna de
oro pueden reinar sobre los demás sin trabajar bien', pensó Do-ha; era el tipo
de personas que más detestaba en el mundo. Definitivamente, Ha Yu-dam era
alguien con quien no quería ser ni siquiera amigo.
"¿Pero
qué clase de loco es este? ¿Es que no hay guardias de seguridad en este lugar?
¿Qué hacen que no lo sacan de aquí?"
"Otra
vez intentando actuar como una reina. Ya se lo dije claramente: el cliente no
es el rey."
Ante
la voz estridente y llena de malicia, Do-ha frunció el ceño como si le
molestara el ruido y giró la cabeza. En ese instante, vio el rostro de Yu-dam,
quien se mordía los labios para contener la risa. Detrás de él, los empleados
del departamento encargado y los guardias de seguridad, que habían llegado en
algún momento, esperaban las órdenes de Yu-dam.
Le
molestaba que Yu-dam observara desde allí como si fuera un asunto ajeno, a
pesar de que al principio pensó que era natural que Yu-dam le preparara el
escenario para actuar a su antojo. Es decir, estaba irritado porque él mismo no
comprendía el origen de ese sentimiento absurdo.
"Reaccione.
Aquí, el cliente no es el rey."
'No
una persona que pierde los papeles como usted', pensó.
Do-ha
empezó a caminar con paso firme.
Justo
cuando Yu-dam, que observaba con una sonrisa, sintió que el sonido elegante de
los zapatos golpeando el suelo se acercaba a él, el brazo de Do-ha ya rodeaba
sus hombros. Como Baek Do-ha detestaba que Yu-dam lo tocara desde aquel día,
este comportamiento tan familiar le provocaba, por el contrario, una sensación
de náuseas.
'¿Qué
pasa? ¿Por qué hace algo que nunca hace?', pensó Yu-dam mientras fruncía el
ceño e intentaba apartar el brazo, pero Do-ha cambió la posición de su
extremidad y rodeó su cintura. Puso su mano en la cintura de Yu-dam y lo guió
con naturalidad, como si fuera su pareja.
Debido
a la diferencia de fuerza, Yu-dam no pudo escapar y se vio obligado a ser
arrastrado, casi abrazado, tal como Do-ha quería.
"Usted
no es más que una cliente difícil que ha perdido el juicio. El verdadero rey es
este de aquí."
"..."
Frente
a la mujer, Do-ha mostró una sonrisa refrescante. Para que alguien acepte la
realidad, nada funciona mejor que romper sus delirios. Tal como Do-ha calculó,
la mujer miró alternativamente a Do-ha y a Yu-dam. Su rostro, que antes estaba
encendido por la ira, empezó a palidecer y retrocedió un par de pasos
involuntariamente.
Solo
entonces empezó a reconocer adecuadamente los rostros de las numerosas personas
frente a la tienda que la observaban. Los ojos temblorosos de la mujer se
cruzaron con la mirada de Yu-dam, quien fruncía el ceño con fastidio. De
repente, su visión se aclaró y se dio cuenta de quién era la persona que tenía
delante.
Al
recordar cómo había gritado preguntando si sabían quién era ella, sintió que
sus piernas perdían fuerza. Sentía que debía arrodillarse y suplicar de
inmediato. Ella solo era la esposa de un hombre que dirigía una pequeña
empresa. Usando las palabras que su marido siempre tenía en la boca, una
empresa mediocre que tendría que cerrar y morir de hambre si no fuera por los
contratos de las grandes corporaciones.
"¿Qué
haces? ¿Hasta cuándo vas a limpiar la basura con manos ajenas?"
La
mano grande que rodeaba la cadera de Yu-dam lo apretó con más fuerza, como
apresurándolo. Ante eso, la mirada de Yu-dam se dirigió naturalmente hacia la mano
de Do-ha. Sin darse cuenta, su corazón dio un vuelco.
A
pesar de haberlo amado todo este tiempo, esta mano grande era la primera vez.
De repente, se dio cuenta de que era la primera vez con el alfa dominante Baek
Do-ha. Como si su corazón fuera lo que estaba atrapado en esa mano, su pulso
empezó a latir con fuerza. Se le secó la boca.
'Cálmate,
Ha Yu-dam.'
Se
lo repitió varias veces por dentro, pero por alguna razón sentía que algo se
acumulaba y se asentaba con pesadez en su vientre. Menos mal que la mano de
Do-ha estaba sobre la ropa. Si hubiera estado sobre su piel desnuda,
seguramente habría delatado de inmediato su calor creciente. El hecho de que
estuviera temblando solo porque él sostenía su cintura.
Yu-dam
golpeó con fuerza la mano de Do-ha para apartarla y replicó:
"Primero
quita esa 'mano ajena' de encima y luego hablamos."
"No
exageres, que somos amigos."
"Dijiste
que no querías ser mi amigo."
"¿De
verdad te vas a poner a discutir eso ahora?"
Yu-dam
hizo un gesto deliberadamente exagerado. Frunció los labios y se encogió de
hombros, actuando como si él tampoco tuviera el más mínimo interés en ser amigo
de Baek Do-ha. No había nada más aterrador que ser descubierto por la persona
que te desprecia cuando tú la amas.
"Secretario
Kang."
"Sí,
señor."
"Limpie
esto. Que el equipo de seguridad acompañe amablemente a esta señora hasta la
salida, y dígale al director de productos que reorganice la tienda y traiga un
plan de contingencia sobre cómo resolver el incidente de hoy. Lo quiero antes
de que termine su turno."
La
mirada de Yu-dam se dirigió al secretario y a los empleados que lo rodeaban.
Tras fulminar con la mirada al director de productos, que sudaba a mares sin
saber qué hacer, hizo un gesto con la cabeza hacia los guardias de seguridad.
Aunque la orden fue para el secretario, los guardias captaron el mensaje al
instante y se movieron con rapidez.
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El
secretario Kang asintió hacia el director, quien de inmediato le dio un codazo
a su subordinado y corrió hacia la sala del personal. Conociendo el carácter de
Yu-dam, sabía que tendría que estrujarse el cerebro para traer algo concreto
antes de irse a casa. No podía presentarse con la respuesta obvia de poner a la
cliente en la lista negra o mejorar la gestión de crisis; si lo hacía, el
horario de salida de todo el departamento de productos, incluido el suyo y el
de la secretaría, se esfumaría.
Después,
Yu-dam hizo que el secretario dispersara a la multitud. Se preguntaba qué tenía
de bueno quedarse ahí mirando. Nadie había movido un dedo para ayudar al
empleado hasta que Do-ha intervino.
Por
estas cosas Yu-dam odiaba a Do-ha. Odiaba profundamente a Baek Do-ha porque,
justo cuando estaba por cerrar su corazón, él hacía algo que lo obligaba a
abrirlo de nuevo.
En
ese momento, divisó entre los curiosos a la madre de Do-ha, Nam Hae-joo, que lo
miraba con una sonrisa radiante. Yu-dam le devolvió la sonrisa y dejó el resto
en manos del secretario. Después de todo, había venido hasta aquí para recibir
a la madre de Do-ha, esa mujer que ya soñaba con nietos incluso antes de la
boda.
"¡Madre!"
Yu-dam
se acercó a la señora Nam con una sonrisa brillante. Ella era la 'madre ideal',
alguien que siempre lo recibía con alegría y lo abrazaba.
Para
Yu-dam, el concepto de 'madre' era algo aprendido: de niño a través de los
cuentos, y de adulto por las series o películas. Se decía que, como Dios no
podía cuidar a todos los humanos directamente, envió a las madres en su lugar.
Yu-dam había estudiado la existencia de una madre como quien observa distintas
facetas de la humanidad.
La
madre que su hyung recordaba. La esposa que su padre recordaba. La nuera que su
abuelo recordaba.
Aunque
creció escuchando anécdotas sobre ella, Yu-dam solo podía intentar dibujarla en
su mente. Lo máximo que podía hacer era imaginar qué clase de madre habría sido
para él si estuviera viva. Suponía que el sentimiento sería similar a la
pérdida de cualquiera de sus familiares actuales, pero no existía en él como
nostalgia, carencia o vacío.
La
razón era simple: Ha Yu-dam nunca tuvo una madre. Al no haberla tenido nunca,
ni siquiera conocía el hueco que dejaba.
La
señora Nam siempre sentía lástima por Yu-dam. Recordando a su amiga, quien
habría amado a su hijo menor más que a nadie, intentaba ser una madre para él.
Lo hacía por su amiga fallecida, por su propio consuelo y, sobre todo, por
aquel Yu-dam niño que una vez dijo que sentía que Dios no lo miraba, pues ni
siquiera le había dado una madre.
"Siento
haberte llamado estando tan ocupado."
"No
diga eso. Debí haber pasado por usted antes de que viniera. Siento que haya
tenido que presenciar algo tan desagradable."
Yu-dam
no pudo decirle que la extrañaba. Su naturaleza reservada le impedía mostrar
sus verdaderos sentimientos. Su abuelo, el presidente Ha Shin-woo, creía que
esa falta de honestidad emocional se debía a haber crecido sin el amor materno.
Era
una tontería, por supuesto, pero cada vez que Yu-dam hacía algo, su abuelo lo
miraba con ojos vidriosos y mencionaba a su madre. El resto de la familia ya
estaba curada de espanto y no le seguía la corriente, sabiendo que si lo
hacían, el abuelo se emocionaría y terminaría convirtiendo a Yu-dam en la persona
más digna de lástima del mundo.
Yu-dam
tenía a su abuelo, a su padre y a su hyung. Aunque no eran una familia
extremadamente afectuosa, eran los primeros en los que pensaba si algo sucedía.
Incluso cuando no pasaba nada, buscaban cualquier excusa para contactarlo. Ni
su padre ni su hermano eran distantes; simplemente les gustaba gastarse bromas
pesadas.
Además,
'Ha Yu-dam' era el hijo menor de la familia propietaria del Grupo Hansae, una
de las corporaciones más importantes. Solo a los ojos de su abuelo parecía el
nieto más pobre y desamparado de la tierra.
En
fin, su falta de sinceridad era culpa de su carácter un tanto retorcido. No era
por ser digno de lástima como creía el presidente Ha, sino por un orgullo feroz
que le hacía odiar mostrar debilidad ante los demás más que a la muerte misma.
"¿Tuviste
que hacer que trajera a mi madre hasta aquí solo porque no podías elegir lo que
vas a usar en tu propia casa?" soltó Do-ha.
"¿Y
tú tuviste que hacerme bajar hasta aquí solo porque no podías elegir lo que vas
a usar en tu propia casa?"
Yu-dam
le devolvió las palabras exactas, imitando su tono. No era tan buena persona
como para aceptar un ataque gratuito sin rechistar. Por supuesto, Do-ha tampoco
era de los que se quedaban callados ante los dardos de Yu-dam. Sabía que él
había empezado la pelea, pero estaba seguro de que, si no lo hacía él, Yu-dam
habría buscado cualquier excusa para atacarlo primero. La distancia entre Baek
Do-ha y Ha Yu-dam era exactamente esa.
"No
hay nada que yo vaya a usar en esa casa, así que elígelo tú. No molestes a la
gente por nada."
"¿Hablas
como si ni siquiera fueras a respirar allí? Deja de hacerte el difícil y elige
tus cosas. ¿Por qué estás de mal humor después de haber venido hasta
aquí?"
A
estas alturas, cualquiera se habría irritado. Si vas a mandar todo al diablo,
hazlo; si no puedes, entonces cállate y llega hasta el final. Yu-dam miró
fijamente a Do-ha, tragándose las palabras que no podía decir frente a Hae-joo.
'¿Por
qué demonios esperé a un tipo como este?'
Sentía
tanta lástima por sus propios sentimientos que llegaba a ser frustrante.
"No
te metas con mi humor. Yo compraré lo que necesite por mi cuenta, así que hoy
encárgate tú de las compras de tu madre."
"¿Dices
que vas a comprar tus cosas tú solo? ¿Aquí? ¿Cuándo?"
"Dije
que no te metas."
Ante
la respuesta tajante de Do-ha, Yu-dam soltó una pequeña risa. Ah, la catarsis
de pisotear un poco a Baek Do-ha era inigualable.
"No
es eso... Es que parece que no lo sabes."
"¿El
qué?"
"Has
entrado a mis grandes almacenes porque vienes con tu madre. Si vinieras solo,
no podrías entrar."
"¿De
qué estás hablando?"
Al
ver a Do-ha exigiendo una explicación, Yu-dam puso una expresión de fingida
pena. Sabía que cuanto más actuara así, más se enfurecería Do-ha.
"Estás
en la lista negra de mis almacenes. He prohibido la entrada de tu coche, así
que si quieres venir, tendrás que hacerlo en el coche de tu madre, como
hoy."
Yu-dam
no se burlaba de Do-ha por simple diversión. Él también estaba luchando su
propia batalla contra él. Si Ha Yu-dam fuera la persona que Do-ha amara, le
daría el afecto correspondiente, pero ahora mismo era la persona que Do-ha
odiaba profundamente. Lo que Do-ha esperaba de Yu-dam era, probablemente, poder
seguir odiándolo y despreciándolo. Así que Yu-dam simplemente le daba lo que él
buscaba.
"Si
vas a mentir, que sea algo creíble."
"Realmente
parece que no vienes nunca por aquí..."
"¿Es
verdad? ¿Desde cuándo? Hasta hace poco venía sin problemas."
"Sí,
desde el día que viniste a lloriquearme. Me cansé de escuchar tus quejas
infantiles y te puse en la lista negra", respondió Yu-dam con naturalidad,
girando la cabeza siguiendo un gesto de la señora Nam.
La
actitud indiferente de Yu-dam volvió a retorcer las entrañas de Do-ha. Sintió
una oleada de irritación tan fuerte que agarró el brazo de Yu-dam, que caminaba
entre él y su madre, para obligarlo a detenerse.
"Oye,
¿te sientes mejor buscando pelea a cada momento?"
"¿Qué?
Este tipo está loco. ¿Por qué dice lo que yo debería decir?"
Yu-dam
usó solo las puntas de sus dedos pulgar e índice para sujetar con cuidado la
mano de Do-ha que apretaba su brazo. Con un pequeño tirón, el brazo de Yu-dam
se soltó fácilmente. Ante ese movimiento, como si Yu-dam estuviera quitando
algo sucio de su ropa, Do-ha retiró su mano con brusquedad. Al ver lo
desagradable que se volvía Yu-dam por momentos, pensó que debía estar
investigando cómo ser así. Quién sabe, tal vez publicaría una tesis titulada
'Cómo matar a Baek Do-ha de un coraje'.
"Ah,
olvídalo. ¿Acaso estos son los únicos almacenes? Tú sales perdiendo."
"¿Por
qué salgo perdiendo yo? El que pierde eres tú."
"¿Yo
por qué? Hay miles de centros comerciales en el mundo."
"Esa
marca que tanto le gusta a Kim Si-woo... solo está en mis almacenes en todo el
país."
"¿Para
qué crees que existen las compras internacionales? Es más, puedo aprovechar
para irme de viaje con él. Gracias por la idea."
Maldición,
cayó en la trampa.
Yu-dam
se mordió el labio y miró de reojo a Do-ha. Al ver la sonrisa triunfante en su
rostro, algo insoportable empezó a hurgar en su interior. Sintió una punzada de
envidia y rabia en la boca del estómago.
"...
¿Así que planeas una aventura?"
"¿Por
qué sería una aventura? Solo somos amigos."
Al
igual que había hecho Yu-dam antes, Do-ha se encogió de hombros con
suficiencia. La irritación de haberse sentido dominado por Yu-dam desapareció
al instante. Una sonrisa escapó de sus labios y las comisuras de su boca,
desafiando la gravedad, no tenían intención de bajar.
Ver
a Ha Yu-dam, ese hombre que parecía no dejar a nadie por encima de él,
enfurecerse por su culpa le daba una sensación de orgullo. Siendo tan bajito y
levantando la cabeza para intentar fulminarlo con la mirada, ¿cómo no iba a
reírse?
"Oye,
Baek Do-ha."
"Dime,
Ha Yu-dam."
"¿Ustedes
son 'solo' amigos?"
"No
'solo', somos mejores amigos. De esos que corren si el otro enferma o ayudan
cuando es necesario. Ah, claro... como tú no tienes amigos así, no debes
saberlo. Para ti, incluso una amistad debe parecer una aventura."
"¡Ja!"
Yu-dam
soltó una carcajada incrédula. Giró la cabeza hacia un lado y la sacudió, un
hábito que tenía cada vez que algo le parecía absurdo. Do-ha, al ver cómo las
comisuras de Yu-dam se curvaban hacia arriba, chasqueó la lengua por dentro.
Como
pensaba siempre, los hábitos de Yu-dam eran puramente al estilo Ha Yu-dam.
Aunque no fuera intencionado, esa risa de incredulidad siempre parecía una
burla hacia los demás. Realmente, era un hábito tan desagradable como él mismo.
"¿Desde
cuándo son 'solo' amigos? Todo el mundo sabe que ustedes dos mueren el uno por
el otro."
"Desde
que decidimos que tú y yo nos casaríamos. Gracias a eso, acordamos ser amigos
durante tres años. No está mal, de hecho. Siento que nos hemos vuelto más
cercanos, como algo más anhelante y desgarrador."
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De
pronto, la imagen del rostro de Si-woo, con sus ojos humedecidos, cruzó la
mente de Do-ha. Aquella expresión de estar pasándolo mal pero fingir que todo estaba
bien era un recuerdo que aún le oprimía el corazón. Era un recuerdo reciente
que no perdía color; al contrario, cada vez que lo evocaba, se volvía más
nítido y vívido.
Esa
era la gran razón por la que había descargado su furia unilateralmente sobre Yu-dam,
preguntándole por qué había aceptado este matrimonio. Si no fuera por Yu-dam,
no habría obligado a Si-woo a poner esa cara.
Ese
día, Do-ha le prometió a Si-woo que volvería. Fue él quien detuvo a Si-woo
cuando este estaba a punto de rendirse. Le susurró que, como hasta ahora,
podrían compartir todo su tiempo, hiciera falta o no. Ver películas, caminar,
ir a restaurantes, dar paseos en coche... Le consoló diciendo que no hacía
falta ser una pareja para hacer esas cosas, mientras Si-woo contenía el llanto
con los ojos empañados. Le prometió que, aunque no pudiera abrazarlo, estaría
con él incluso en sus periodos de celo, como siempre lo había hecho.
Para
Baek Do-ha, Kim Si-woo era el ser más preciado de su vida.
Ante
eso, Yu-dam se quedó sin palabras por un momento. Si su amante era tan valioso
que le había suplicado que aguantara solo tres años, ¿qué podía decir él? Si
Do-ha solo pretendía cumplir la promesa de regresar, Yu-dam no podía reclamar
diciendo que su compromiso era anterior. En este momento, no sentía rencor
hacia nadie; simplemente reforzaba los cimientos alrededor de su corazón.
Necesitaba fuerza para resistir, fuera el tiempo que fuera.
"Baek
Do-ha."
Fue
la madre de Do-ha quien lo trajo de vuelta a la realidad, ocupando el lugar de
un Yu-dam sin respuesta. Do-ha reaccionó con un "ah" interno y
observó con cautela la reacción de su madre. Yu-dam amagó con decir algo, pero
desistió. Pensó que debió haberlo insultado él mismo antes de que su madre
interviniera, pero ya era tarde. Solo le frustraba sentir que había perdido la
pelea al ser terminada por la autoridad de ella. Debió haberle dicho a esa
mujer, de forma estúpida pero firme, que se verían en un juicio civil.
"Tres
años era el plazo máximo. Te dije que, si después de esforzarte seguías
pensando que no funcionaría, yo no insistiría más. ¿Pero a esto le llamas
esfuerzo?"
"Madre,
esto es..."
"Intenté
respetar tu opinión porque insistías en que no podías casarte dejando atrás a
la persona con la que habías prometido un futuro. ¿Tan poco significan esos
tres años para ti? No hablo solo de mí, que confié en ti, sino de tu futuro
cónyuge. ¿Son esas palabras que se le dicen a la persona con la que te vas a
casar?"
Aunque
el tono no era elevado, Do-ha se quedó helado, abrumado por las palabras de su
madre. Sabía que debía decir algo, aunque fuera una excusa, para calmar su
enfado, pero sus labios se sellaron sin emitir sonido alguno.
Tarde
se dio cuenta de que se había pasado de la raya. Fue algo infantil; por querer
pisotear a Yu-dam con una palabra más, había actuado como un perro rabioso sin
distinguir el momento. Admitía que se había portado mal a propósito.
A
Do-ha siempre le molestaba que Yu-dam quisiera reinar desde lo más alto. Sus
entrañas se retorcían y buscaba cualquier forma de irritarlo. Ver ese rostro
impecable contraerse le daba una satisfacción inigualable, como si se liberara
de una presión asfixiante. A lo largo del tiempo, esas experiencias se
acumularon como sedimentos hasta volverse un hábito. Antes de ser consciente de
que Yu-dam era su futuro esposo, el hábito de diecisiete años saltó primero.
"Madre,
estoy bien."
Yu-dam
miró de reojo el rostro de Do-ha y dio un paso adelante, bloqueando la mirada
de Nam Hae-joo hacia su hijo. Al fin y al cabo, iban a ser esposos. Justificó
su acción pensando que usar el "comodín de los padres" en una pelea
de pareja era de cobardes. La realidad era que se movió por instinto para
evitar que Do-ha lo odiara más; temía que Do-ha buscara en él la causa del
enfado de su madre y terminara guardándole rencor. Debía detenerlo antes de que
eso pasara.
Tener
que cuidar incluso el humor de su pareja en un matrimonio concertado por
obligación... Yu-dam cortó la mirada de la madre para que Do-ha no pensara eso.
Temía que lo que Do-ha terminara por abandonar no fuera el matrimonio, sino a
él mismo. Podía soportar que lo odiara o le lanzara dardos, pero lo que más
quería evitar era encontrarse con unos ojos vacíos, sin rastro de emoción.
Yu-dam sabía bien que, en el momento en que viera esa mirada en Do-ha, se
desmoronaría.
"No.
Yo no estoy bien."
"Madre."
"Este
matrimonio lo impuse yo. Yu-dam, tú sabes bien que tu abuelo no estaba
convencido."
A
pesar de todo, Nam Hae-joo sacudió la cabeza rechazando las palabras de Yu-dam.
Sus ojos eran tan negros como un lago profundo donde se hunde la oscuridad.
Incluso sacó a colación algo que debían mantener en secreto ante Do-ha —algo
que ella misma le había pedido que callara—.
Mientras
Yu-dam se sonrojaba de desconcierto sin saber qué responder, Do-ha lo tomó por
el hombro y lo obligó a girarse. Ante la mirada gélida de Do-ha, Yu-dam
tartamudeó, incapaz de encontrar palabras.
"¿Qué
significa eso...? Ha Yu-dam. ¿No te casabas conmigo por la herencia? Me dijiste
que el presidente te daría la herencia solo si te casabas conmigo."
La
mano de Do-ha apretó con fuerza el hombro de Yu-dam. Bajo esa presión muda,
Yu-dam sintió que no era su hombro, sino su corazón lo que estaba a punto de
dislocarse. Parecía que Do-ha le recriminaba: si no era por la herencia, ¿por
qué aceptó este matrimonio separándolo de su amante? Yu-dam se mordió el labio
y bajó la cabeza. La señora Nam apartó de un golpe la mano de Do-ha y explicó
en su lugar.
Este
matrimonio fue el resultado de la insistencia tenaz de la señora Nam.
"¿Acaso
Yu-dam va a morir de hambre por no tener esa herencia?"
"Por
eso mismo me disgustó. Me molestaba que quisiera tener aún más a través de este
matrimonio."
"Yo
se lo pedí. Le pedí a su abuelo que se mostrara así de firme para que Yu-dam
aceptara mi petición."
"¿Una
petición suya, madre?"
"Así
es. Yu-dam solo aceptó porque su abuelo tomó una medida tan extrema; simplemente
intentaba obedecerlo."
Do-ha
finalmente comprendió la verdad de este matrimonio absurdo. Los matrimonios por
conveniencia debido a herencias eran comunes en su entorno, por lo que no le
costó entender la supuesta elección de Yu-dam. Sin embargo, le resultaba
horrible que una persona con una mentalidad tan materialista fuera precisamente
su futuro esposo. Si ya le desagradaba Ha Yu-dam por sí mismo, un Ha Yu-dam con
motivos codiciosos era insoportable. Era lógico que solo con mirarlo sintiera
aversión.
Pero
resultó que no era así.
Se
le secaron los labios ante la nueva información. Incluso cobraba sentido que
Yu-dam llamara "berrinche" a su actitud. Al mismo tiempo, recordó el
hecho de que Yu-dam quería mucho a su abuelo. Yu-dam siempre sonreía cuando
mencionaba el afecto de ese abuelo que lloraba al verlo. Do-ha sabía bien que
Yu-dam amaba sinceramente a su familia, que se esforzaba para que no sintiera
el vacío de su madre.
"Has
dejado a tu madre en una posición ridícula."
"No
es eso, madre. Ya lo sabe."
"Si
no es eso, ¿cómo puedes tratar así a Yu-dam?"
"Eso
es..."
Do-ha
soltó un pequeño suspiro en lugar de continuar. Decir que solo fue un hábito
era como escupir al cielo; sería admitir con su propia boca que siempre había
elegido las palabras más hirientes hasta convertirlas en costumbre. Ante el
silencio de Do-ha, su madre apretó la mandíbula conteniendo su frustración. Por
mucho que amara a su hijo menor, en momentos como este le parecía un completo
insensato.
"Deja
ya de preguntar por qué Ha Yu-dam. ¿Vas a seguir encaprichado con lo mismo como
si fueras un niño? Como madre, deseaba tu felicidad, y estoy convencida de que
tu felicidad está con Yu-dam."
Do-ha
se mordió el labio y habló lentamente. Él también quería dejar de hacer esa
pregunta que parecía un capricho. Si cada vez que preguntaba por qué Yu-dam, no
le hubieran dado respuestas evasivas diciendo que era un matrimonio por el que
él mismo lloró de niño, quizá la situación actual sería distinta.
"...
Sigo sin entender por qué tiene esa convicción. Nunca me ha explicado por qué
no puede ser la persona con la que prometí casarme, ni por qué debe ser Ha
Yu-dam."
"Porque
él no me gusta."
"¡Madre!"
"Esos
tres años no fueron solo para ti. Yo también necesitaba tiempo para aceptar en
mi familia a alguien que no me gusta. Te prometí que, si al final no podías ser
feliz con Yu-dam, te dejaría hacer lo que quisieras."
No
era solo un matrimonio por interés entre familias ricas. Nam Hae-joo estaba
convencida de que este era el camino correcto. Su familia lo creía, y la
familia de Yu-dam tampoco lo negaba. Por eso el presidente Ha Shin-woo aceptó
la insistencia de la madre de Do-ha tras mucho meditarlo, creyendo que al final
de ese camino también estaba la felicidad de Yu-dam.
"Lo
único que te pedí fueron tres años. Pensé: 'Después de eso, aunque no me guste,
aceptémoslo'. Pensé que, como eras tú quien insistía en casarse con él incluso
rechazando a Yu-dam, debía aceptarlo por el tiempo que me quedara de
vida."
"..."
Después
de haber exigido una explicación, Do-ha se quedó sin palabras. Siempre pensó
que era un matrimonio impuesto simplemente porque a su madre le caía bien
Yu-dam. Pero la razón por la que Nam Hae-joo no le dio una explicación clara
antes fue porque consideró que Do-ha no estaba listo para aceptarlo. En aquel
entonces, Do-ha seguramente habría ignorado los sentimientos de su madre y
habría suplicado el permiso enumerando las virtudes de su amante.
Por
eso, la madre de Do-ha no podía evitar sentir que se consumía por dentro. Le
resultaba frustrante ver a su hijo actuar como si fuera la víctima principal de
este matrimonio.
"Si
vas a tomarte esos tres años de forma tan ligera, de acuerdo. Cancelemos este
matrimonio. No pensé que a mi edad terminaría perdiendo a mi hijo."
"No
es eso. Ni siquiera sabía que a usted le desagradaba Si-woo, madre."
"Ya
basta, haz lo que quieras. Cásate o vete a vivir con ese omega por el que
mueres de amor y tanto añoras; haz lo que te plazca. Ya no puedo seguir con
esto, me avergüenza demasiado. ¿Con qué cara voy a mirar al presidente Ha si tú
te portas así? Vamos a dejarlo todo aquí mismo."
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La
señora Nam Hae-joo apretó con fuerza la mano de Yu-dam antes de soltarla y se
dio la vuelta de inmediato.
Yu-dam
intentó correr para detener a la madre de Do-ha, pero ella lo atrajo hacia sí
en un abrazo y le pidió disculpas. Le faltaba valor para mirarlo a la cara al
pensar en todas las cosas crueles que su hijo le habría dicho durante ese
tiempo.
"Tomaste
una gran decisión por nosotros. Lo siento mucho, Yu-dam."
"No
se preocupe. De verdad estoy bien."
"Es
mi hijo, pero jamás imaginé que llegara a ser tan inmaduro."
"Bueno,
yo soy igual, supongo."
"……Lo
siento de verdad."
Nam
Hae-joo le dedicó una sonrisa amarga y apresuró el paso.
Mientras
Yu-dam se quedaba petrificado sin poder detenerla más, Do-ha se revolvió el
cabello con una mano antes de salir tras su madre.
Sin
embargo, debido a las palabras que Do-ha dejó caer antes de irse, Yu-dam tuvo
que quedarse pensativo un largo rato, debatiéndose entre si debía alegrarse o
no.
"El
plazo del trato son tres años. Esforcémonos."
