01. Karma

 


01. Karma

Como cualquier otro empleado, el hombre entró a trabajar con un café barato en la mano, luciendo una sonrisa radiante mientras saludaba a la cámara de seguridad con un gesto de sus dedos.

Al instante, un rayo de luz blanca proveniente del CCTV escaneó lentamente su imponente figura.

08:48 a. m. Bell, entrada registrada.

“¡Gracias, 99!”

Con un paso ligero y tarareando una melodía, Bell pasó de largo la cámara y se adentró en el pasillo, donde un breve zumbido de estática resonó en el aire. Acto seguido, una voz grabada comenzó a difundirse por el corredor, anunciando su ingreso a la oficina como si fuera un pequeño sensor en la puerta.

─Este, el BCS (Beautiful Creature Shelter), protege, observa y aísla a diversas criaturas.

─Existen grados de peligrosidad: Verde, Amarillo, Rojo y Negro; se advierte que, a medida que se asciende en la escala, representan una mayor amenaza para los seres humanos y la Tierra.

─Esta zona solo puede ser transitada por personal autorizado y con permisos vigentes.

─Se informa que, de ignorar este aviso, toda la responsabilidad recaerá sobre el individuo.

A pesar de las aterradoras advertencias, el paso de Bell era sumamente resuelto.

Entró en la oficina haciendo ondear su credencial de empleado de color negro como si presumiera de ella, y el rítmico golpeteo de los teclados se detuvo en seco.

“¡Buenos días, Shelly! ¡James! ¡Oh, Alex, también muy buenos días!”

Aquellos que procesaban tareas administrativas con rostros inexpresivos, como si tuvieran las piernas clavadas al suelo, esbozaron una sonrisa al ver a Bell.

Ah, ya llegó.

¡La vitamina de nuestro BCS!

¡La esperanza del refugio!

¡El rostro y el orgullo del BCS!

Shelly se acomodó el cabello apresuradamente y sonrió de oreja a oreja. Pasó un mechón detrás de su oreja sin necesidad, volvió a soltarlo y luego lo acomodó de nuevo, mirando al hombre con ojos llenos de ternura.

Para encontrarse con la mirada de alguien que medía casi 6.6 pies, tenía que inclinar la barbilla bastante hacia arriba, pero incluso eso le parecía encantador.

“Bell, buenos días. ¿Ya tomó su café matutino?”

“Por supuesto.”

Bell agitó suavemente la taza que sostenía.

¿Qué espera la compañía de café? Deberían contratar a este hombre tan apuesto como modelo de inmediato.

“Vaya, Shelly, ¿Jacob aún no ha llegado a trabajar?”

Shelly, que lo miraba fijamente como una tortuga, recuperó la postura tardíamente y echó una mirada al asiento vacío. Mientras intentaba recordar de qué departamento era Jacob, otro empleado intervino abruptamente.

“Jacob está de vacaciones desde hoy, Bell.”

Habiendo perdido el hilo de la conversación por un momento, Shelly se apresuró a retomar el liderazgo del diálogo.

“Hablando de eso, Bell también tendrá vacaciones pronto, ¿verdad? ¿A dónde piensa ir esta vez?”

Los empleados que escuchaban a hurtadillas asintieron ante la habilidosa pregunta de Shelly.

Ciertamente es diferente. El as del equipo de información; lograr sonsacar el destino de vacaciones de Bell de forma tan natural.

Por supuesto, no planeaban seguirlo para molestarlo, pero quizás podrían encontrarse de forma fortuita y compartir un cóctel. Claro, eso siempre y cuando el lugar al que fuera a vacacionar estuviera en la Tierra.

Mientras todos esperaban la respuesta de Bell, él movió sus ojos rojos con curiosidad.

“No lo sé. Estas vacaciones me gustaría pasarlas de forma ordinaria. Quiero sumergirme en el olor a gases de escape, y quizás, ver por casualidad a alguna celebridad.”

Bell se encogió de hombros como preguntando si entendían a qué se refería y dio un sorbo a su café.

Por el contrario, los empleados de la oficina dejaron de hacer lo suyo y comenzaron a romperse la cabeza entre ellos. Un lugar donde uno pudiera sumergirme en el olor de los gases de escape y ver celebridades por casualidad.

Justo cuando todos se estrujaban el cerebro como si estuvieran decidiendo su propio destino vacacional, Alex soltó como quien no quiere la cosa:

“Elija un país y haga un recorrido por sus tribunales. Hay mucha gente que terminará en el infierno, hay gente famosa y también huele mucho a gases de escape.”

Los empleados miraron de reojo a Alex preguntándose qué clase de respuesta era esa, pero el autor parecía bastante satisfecho con su sugerencia.

“Jaja... Ya veo. Gracias por la recomendación, Alex.”

Oh, qué amable es Bell.

Incluso ante una broma sin sentido, Bell se rió y presionó el botón de encendido de su computadora.

Dejó el café junto al monitor y, mientras se quitaba la chaqueta del traje, su mirada se clavó en un sobre de carta.

“¿Mmm?”

Pensando que era una carta enviada por error, se acomodó la chaqueta y tomó el sobre con firmeza. Como nunca antes había recibido algo parecido a una carta en todo el tiempo que llevaba viviendo en el refugio, su expresión era de total desconcierto.

Murmurando de forma casi inaudible, Bell asintió levemente y pronunció un nombre.

“... ¿Philip? Antoine Kingston.”

El hombre llamado Philip, que poseía una caligrafía elegante, comenzó el texto alardeando de cuánto tiempo y dinero disponía. Y Bell, sin oponer resistencia, leyó la carta dejándose llevar por las palabras de Philip, soltando una risita ocasional o arqueando una ceja.

“Patrocinio... ¿Código Negro...?”

Los empleados, que observaban la situación con cautela, intercambiaban miradas tratando de leer el ambiente para entender qué estaba pasando.

¿Qué es? ¿Qué sucede para que Bell esté así?

Aunque se preguntaran entre ellos, no obtendrían respuesta. Finalmente, Shelly, con su rostro amable, se adelantó.

“¿Bell? ¿Acaso el cartero cometió otro error? Si hay algo que devolver, démelo a mí. Yo me encargaré de...”

Bell, que llevaba un rato luchando con el contenido de la carta, la dobló, la metió de nuevo en el sobre y la agitó ligeramente. Luego, movió sus ojos rojos con un gesto de apuro y sonrió con torpeza.

“No creo que sea necesario. Es una carta dirigida a mí. Shelly, ¿es posible que un Código Negro reciba patrocinio?”

Los ojos de los empleados, que admiraban la apariencia de Bell desde distintos ángulos, se abrieron de par en par.

“¿Eh?”

“¿Qué... qué dijo?”

“¿Patrocinio? ¿Qué clase de patrocinio?”

Alguien tosió escupiendo el café que bebía, y otro tropezó al caminar de lado como un cangrejo. Solo después de que cesaron los ruidos de tos, Shelly volvió a preguntar con los ojos desorbitados:

“¿Dice que quiere patrocinarlo? ¿Quién? ¿Un humano? ¿O una criatura? ¿Qué clase de lo... digo, qué clase de humano es?”

Al igual que una hormiga no se preocupa por si un tigre muere de hambre, el hecho de que un simple humano patrocinara a un Código Negro era algo que nunca antes había ocurrido.

Un Código Negro es un ser capaz de destruir no solo la Tierra, sino planetas enteros si así lo desea, ¿por qué un frágil mortal gastaría tiempo y dinero en patrocinarlo?

Ah, bueno. Así son los humanos.

¡Esa clase de gente que abre con entusiasmo cajas que no deberían tocarse solo por curiosidad!

Humanos detestables.

Esa era otra cuestión, pero lo primero era controlar la situación actual. Y para remediar este desastre, era necesario identificar la causa de inmediato: descubrir qué humano audaz se había atrevido a patrocinar a un Código Negro. Y debía hacerse con la mayor discreción y rapidez posible.

Shelly, leyendo las expresiones de sus compañeros, se aventuró a hablar con cuidado.

“Aunque no hay ninguna regla que diga que está prohibido... ¿realmente es una carta dirigida a Bell?”

“Por supuesto. Además, estaba en mi lugar personal.”

Hahaha, ¿verdad que tú también lo viste, Shelly?

Bell sonrió de forma juguetona.

“¿Entonces no hay ninguna cláusula de prohibición? Debería pasar por la oficina de finanzas.”

Como si la carta fuera un certificado de patrocinio, Bell la guardó en su bolsillo interior y se palmeó suavemente el pecho. En cuanto se dio la vuelta para dirigirse a la oficina de finanzas, un empleado lo detuvo apresuradamente.

“¡Bell! ¿Había... había información del patrocinador en esa carta? Si es así, ¿podría decirnos quién es?”

Ante la pregunta que aliviaba la curiosidad general, los empleados contuvieron el aliento esperando la respuesta de Bell.

Él dio un sorbo a su café matutino y respondió con una sonrisa digna de un comercial:

“Philip Antoine Kingston, eso dice.”

“¡Hiiik!”

Sin que nadie diera la señal, todos los empleados se golpearon la frente al unísono. Ante el sonido, Bell frunció el ceño sorprendido.

“Vaya, eso debió doler.”

¡Ah, este tonto de Philip Antoine Kingston!

“¿Están bien? Les va a quedar la marca de la mano en la frente.”

“Es-estamos bien. Solo es que nos duele la cabeza... no, es que nos picaba. En fin... gracias por decirnos, Bell.”

“No hay de qué.”

¿Cómo iban a solucionar esto? Todos se devanaban los sesos buscando una salida, pero solo había dos opciones:

Primero, contactar al loco que tenía tanto dinero y tiempo como para patrocinar a una criatura poniendo su vida como garantía —Philip— y convencerlo de que retirara el patrocinio de inmediato.

Segundo, pedirle amablemente a la criatura Código Negro, que acababa de sentir curiosidad por ese loco —Philip—, que por favor desistiera de ese interés.

A medida que sopesaban las opciones, la mirada de los empleados se volvía más sombría. ¿Era esto algo que tuviera solución? ¿Cómo iban a ser la persuasión o la súplica una verdadera salida?

“Ustedes también tienen curiosidad, ¿verdad?”

Shelly, que estaba medio absorta, miró a Bell cautivada por su voz baja. La expresión que vio en el rostro de Bell parecía más sinceramente feliz que nunca.

“Por saber qué clase de loco se ha ofrecido a patrocinar a un demonio.”

“As-así es.”

Lo sentimos, Bell, pero la verdad es que no tenemos ni pizca de curiosidad.

Si se trata de Philip Antoine Kingston y no de cualquier otro, no sería sorprendente incluso si hubiera vendido su alma al diablo. Es más, siendo un humano que no sorprendería aunque vendiera su alma, ¿qué es para él patrocinar a un demonio?

Mientras todos vigilaban la reacción de Bell en silencio, él miró fijamente la dirección de Philip escrita en la parte superior del papel. Sus ojos rojos oscilaron como si fueran a quemar la carta, para luego ocultarse tras sus párpados curvados como lunas crecientes.

Bell sostuvo la carta con ambas manos como si fuera un gran premio, la dejó de nuevo sobre el escritorio y murmuró para sí mismo:

“Parece que ya no tengo que decidir a dónde ir en estas vacaciones.”

* * *

Philip Antoine Kingston.

Meses después de haber comenzado con sus patrocinios bajo cuerda, se encontraba ante su primera comparecencia judicial, tras haber sido demandado por setenta y tres Alphas. Y nada menos que por agresión sexual.

“Qué fastidio.”

Vroom—.

Sentado en el asiento de honor de su sedán negro, Philip apoyaba la barbilla en su mano con rostro aburrido cuando, atraído por un aroma, hundió la nariz en su muñeca. Tras olfatear un momento, soltó una risa burlona. Era el olor del licor que solía beber, mezclado sutilmente con un rastro dulce: las feromonas que había desprendido el Alpha con el que se había divertido toda la noche mientras este intentaba resistirse.

“Maldito insolente.”

Philip sonrió con fiereza y buscó la mirada del hombre a través del espejo retrovisor.

“Mackie, ¿tiene perfume? O lo que sea. Algún eliminador de feromonas.”

La capacidad de gestión y la rapidez de movimientos de un secretario representan el carácter de su jefe. Aunque su superior estuviera buscando la mirada del conductor, ¿qué importaba eso? Lo importante era complacer su estado de ánimo.

Mackie sacó apresuradamente un eliminador de feromonas y se lo entregó con cortesía hacia el asiento trasero. Philip ni siquiera separó la espalda del respaldo; fue el abogado, que observaba la escena, quien recibió el producto en su lugar. Justo cuando iba a entregárselo, Philip le arrebató el spray sin ninguna delicadeza mientras clavaba la vista en el edificio de la corte.

“Estamos en pleno siglo veintiuno y esto sigue viéndose tan deprimente. Dan ganas de no entrar.”

Y eso que ya existían tanto abogados como jueces de Inteligencia Artificial.

Tras chasquear la lengua un buen rato, Philip soltó una risita mirando a Rowald, el abogado humano que había contratado. Quién diría que alguien llamaría deprimente a otro. Aunque había llegado la era en la que la IA se encargaba de todos los casos menores, Philip había contratado a un abogado humano específicamente para este asunto. En parte porque, al usar algunos trucos legales para consultar a la IA de antemano, la probabilidad de perder este caso era del 98%.

Pero, sobre todo, se debía a la ley. La norma dictaba que, si se contrataba a un abogado de IA, el juez encargado también sería una IA; pero si se contrataba a un abogado humano, el magistrado también debía ser humano. Y Philip no tenía nada que pudiera ‘apelar’ ante un juez de IA. Por ejemplo, su asquerosa cantidad de dinero o sus extensos contactos. Philip necesitaba un juicio que pudiera inclinar a su favor, y por eso eligió a un abogado y a un juez humanos, sobre quienes el dinero y las influencias surtían efecto.

“Rowald, usted sí que sufre. Tener que entrar y salir todos los días de una corte donde parece que va a salir el fantasma de un vaquero, todo por dinero.”

“No es... todos los días.”

“Como sea.”

El sedán negro se deslizó hasta detenerse frente al edificio principal del tribunal. Al instante, los periodistas que montaban guardia reconocieron el vehículo de Philip y se lanzaron sobre él compitiendo entre sí.

'Qué asco.'

Observando la situación tras el cristal, Philip roció el eliminador en su muñeca con la misma actitud con la que se rocía insecticida, haciendo psst, psst. Luego, como un modelo de anuncio de perfumes, frotó su muñeca contra la línea de su cuello con una sonrisa cínica.

“Parecen un enjambre de abejas.”

Chasqueó la lengua y, justo cuando iba a apartar la vista, miró de nuevo hacia afuera por puro instinto. El edificio de la corte, anticuado y sombrío, estaba rodeado de hileras de árboles metasecuoya. Philip fijó su mirada en un hombre que estaba de pie bajo la sombra de uno de esos grandes árboles. El sujeto, con un aura que contrastaba totalmente con el conservadurismo del edificio, fue suficiente para despertar el apetito de Philip.

Tenía una estatura alta y estilizada, con hombros firmes y anchos. Sobre ellos, su cabeza parecía tan pequeña que unas gafas de sol pasadas de moda cubrían casi todo su rostro. Lo único visible eran unos labios carnosos y mullidos, con las comisuras ligeramente curvadas hacia arriba.

Philip, sintiéndose impaciente, se acomodó en el asiento y volvió a chasquear la lengua.

‘Vaya gafas de sol.’

Que alguien le quitara esas malditas gafas de una vez.

Murmurando para sus adentros, bajó la mirada de forma natural y recorrió su cuerpo con lentitud. Al ver la llamativa camisa hawaiana de colores vibrantes que vestía el hombre, Philip soltó una carcajada burlona.

‘Es tan hortera que me va a dar algo.’

Parecía que acababa de aterrizar tras unas vacaciones, pues su atuendo destacaba demasiado. No, en realidad, más que la ropa, era la curiosidad por los ojos que se ocultaban tras las gafas lo que le impedía desviar la mirada. Había un encanto extraño que atraía su atención a pesar de no verle el rostro. La camisa hawaiana ya ni siquiera le importaba; solo quería descubrir la cara detrás de las gafas.

Philip se lamió los labios suavemente mientras espiaba al hombre, que parecía mirar hacia algún punto indefinido.

‘Debe de ser bonito.’

La mandíbula que se asomaba bajo las gafas era suave, sin ángulos marcados, y su piel brillaba tanto que llamaba la atención incluso a la distancia. Philip tragó saliva como alguien sediento y acarició ligeramente la parte inferior de su labio con el dedo índice. Como un cliente que admira una joya costosa, adelantó la barbilla mientras observaba y preguntó:

“Mackie. ¿Acaso todos esos, incluyendo a ese bicho bonito, son periodistas?”

Mackie echó un vistazo general a los alrededores y asintió. A estas horas, ¿quién más estaría perdiendo el tiempo frente a la corte si no fueran periodistas?

“Probablemente... así sea.”

¿Los periodistas usaban ahora gafas tan grandes y pasadas de moda? Qué tipo tan peculiar.

Philip soltó una carcajada y se dejó caer contra el respaldo.

“Preferiría que fuera un paparazzi. Aunque bueno, qué importa la profesión si de todos modos me lo voy a tirar.”

Se pasó la mano por la comisura de la boca y señaló a Rowald con un gesto de la barbilla.

“Rowald, ¿no huelo a alcohol? No esperaba que hubiera tantos periodistas.”

Rowald lo recorrió de arriba abajo con una mirada cargada de desagrado.

'Oh, maldito cliente.'

¿En serio decía que no lo sabía? ¿De verdad? Imposible. Habían hablado por teléfono anoche. Le había suplicado que, por favor, no bebiera hoy. Pero el gran Philip Antoine Kingston no escuchaba los consejos de su abogado ni por error.

Solo entonces Rowald asintió profundamente, como si comprendiera algo. Aquel sonido. La música que se escuchaba a través del móvil y aquel ruido desordenado de pieles húmedas chocando con lujuria. Era evidente que su cliente, un Alpha dominante en celo las veinticuatro horas de los trescientos sesenta y cinco días del año, se había revolcado anoche entre copas.

“Rowald.”

Ante el repentino llamado de Philip, Rowald ordenó sus pensamientos como quien mete ropa a presión en un cajón. Justo cuando iba a cruzar mirada con Philip como de costumbre:

“¡!”

El traje negro que se había puesto para comparecer ante el tribunal se veía extrañamente fuera de lugar. Mientras movía los ojos intentando descifrar cuál era el problema, se quedó sin aliento al ver el trozo de carne que asomaba de repente por entre la cremallera.

“Dicen que los abogados son profesionales que viven de su boca.”

Philip, como si se burlara de Rowald, sujetó con firmeza su erección y comenzó a retraer el prepucio lentamente. El rostro de Rowald se tiñó de rojo al instante.

“¿Cuánto extra necesitaría para pedir prestada su boca?”

“Oh...”

Se quedó callado, bloqueado como una máquina averiada. Como si siguiera burlándose de él corría el riesgo de que le añadieran un cargo por homicidio, Philip volvió a lanzar su mirada hacia la ventana. Exactamente hacia el ‘bicho bonito’ que seguía bajo la sombra del árbol.

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Acarició lentamente su pene endurecido mientras arrugaba el puente de la nariz.

“Fuu... Si no estuviéramos en la corte, ya mismo... le habría hecho pedazos esa ropa.”

Se preguntaba de qué color serían sus ojos tras las gafas y qué forma tendrían sus párpados. Sentía curiosidad por ver la expresión de ese hombre cuando él, un Alpha dominante que ya se había tirado a casi cualquier hombre, le susurrara lo mucho que lo había hecho disfrutar. ¿Frunciría el ceño con asco o se acercaría encantado a chupársela?

Tack, tack, tack—.

A medida que el sonido explícito se hacía más rápido, Rowald dejó de pensar de forma natural.

'Lo que es ser un Alpha dominante...'

Desvió la mirada hacia el lado opuesto intentando escapar, pero como el ruido obsceno seguía resonando justo a su lado, todos sus sentidos terminaron enfocados en ‘ese lugar’ de su cliente. Sabía bien que Philip no era un humano común, pero no imaginó que llegara a este extremo. Ahora comprendía profundamente por qué sus colegas, fingiendo cortesía, le habían aconsejado por turnos que no aceptara este caso. Sin embargo, ya era demasiado tarde.

Tack, tack, tack—.

‘Oh, Padre Santo. Por favor.’

Tack, tack, tack—.

Mientras rezaba con las manos juntas teniendo como fondo el rítmico sonido de la masturbación:

“No me interesa la boca de un Beta, así que puede dejar de rezar. Ah, no. Seguro reza para que caiga al infierno. Fuu...”

“¡¿Qué?! Ah, no es eso. En absoluto.”

Tack, tack, tack—.

“Mejor así.”

Philip seguía lamiéndose los labios mientras miraba por la ventana. ¿Cómo se verían las gafas de ese ‘bicho bonito’ salpicadas gota a gota por su fluido blanquecino? Sus labios eran tan lindos que sería un espectáculo verlos ocupados.

Bajo el influjo de aquel pensamiento vulgar, el trozo de carne cobró más fuerza y palpitó con fuerza. Entonces, Philip le pidió una toalla a su secretario, actuando como alguien que ha derramado kétchup mientras comía un perrito caliente. Incluso en esta situación, su secretario y el conductor no mostraron reacción alguna. Simplemente bajaron un poco la ventanilla.

“Philip, aquí tiene la toalla.”

Él se arregló los pantalones con naturalidad mientras volvía a mirar al ‘bicho bonito’. En ese preciso momento, el hombre se bajó un poco las gafas, miró a Philip y, tras soltar una risita, volvió a acomodárselas.

Rubí.

Los ojos tras las gafas eran de un rojo tan inusual que se distinguían incluso a la distancia.

“Qué peculiar. Ojos rojos. Y además, hermosos.”

Incluso su físico de Alpha, perceptible desde lejos, le abrió el apetito.

“Un Alpha más bello que un Omega.”

Si no fuera por la corte, ya lo habría subido a este coche hace rato.

Justo cuando desviaba la mirada con una leve sonrisa, sucedió.

“¿Necesita más toallas?”

Ante la considerada pregunta de Mackie, Philip negó con la cabeza suavemente.

“Eso no es necesario. A estas alturas, ¿no sería normal que me limpiaras con la boca al menos una vez?”

“Lo lamento, pero si hiciera eso, moriría.”

No era una forma de hablar; era un problema de vida o muerte. Si un Alpha común tragaba las feromonas o fluidos corporales de un Alpha dominante con una genética superior, el choque de feromonas podía inducir un estado de shock en el Alpha más débil.

“Qué exagerado. Entonces, ¿los Alphas de mi penthouse habrían caído muertos?”

“Ellos están entrenados, así que están bien.”

Mientras hablaba, Mackie soltó una serie de tosidos y entrecerró un ojo. Si solo las feromonas provocaban esto, ¿cómo podría... aquello? Ante un problema que decidía la vida o la muerte, la decencia o la vergüenza eran preocupaciones secundarias.

“Chúpamela para mi cumpleaños. ¿Quién sabe? Tal vez seamos compatibles.”

Tras decir esto, volvió a mirar por la ventana buscando al ‘bicho bonito’, pero el hombre que estaba bajo la metasecuoya ya había desaparecido.

“Tsk, se me escapó.”

“¿Perdón? Cof, cof...

A medida que las feromonas del Alpha dominante fluctuaban, Mackie no dejaba de toser. Philip, disfrutando del sonido de la tos como si fuera música de fondo, miró a Rowald.

“Mi secretario es así de caro. Lo gracioso es que, curiosamente, me atraen más los Alphas que se escapan así.”

Soltó una carcajada ligera comentando que los humanos son esa clase de animales, todo esto mientras tenía la palma de la mano cubierta de un fluido espeso.

“Jaja, ja... haaa...”

Rowald asintió con una expresión que no se sabía si era de risa o de llanto, y desvió la mirada. Aunque fuera solo por un instante, sentía una curiosidad humana inmensa: por mucho que sus condiciones físicas fueran excepcionales, ¿cómo podía alguien comportarse de forma tan constante como un malnacido? Es más, ¿cómo podía actuar así cuando lo habían arrastrado al sagrado tribunal por una demanda de agresión sexual contra Alphas?

Philip se limpió la mano con la toalla que le dio Mackie y señaló a Rowald con la barbilla.

“Rowald, ¿podría subirme esto?”

“¿Eh? ¿El qué...?”

“Que me subas la cremallera.”

¡No es que no lo supiera, es que no podía creer que lo preguntara!

'Padre Celestial, ¿por qué me pone estas pruebas?'

Rowald buscó auxilio en Mackie a través del espejo retrovisor, pero Mackie solo negó con la cabeza. El gesto significaba que él no podía hacerlo, así que debía ser Rowald. Al fin y al cabo, si Mackie bajaba del asiento del copiloto para subirle la cremallera, los periodistas alineados afuera lo notarían. Y no había ninguna posibilidad de que Philip abandonara su mal gusto.

Con las yemas de los dedos temblando, Rowald acercó la mano hacia la cremallera abierta. La superficie del trozo de carne que acababa de terminar su "ejercicio" mostraba venas marcadas de forma grotesca, perturbando la visión del abogado. ¿Cómo hacía que alguien tragara eso? Es más, ¿hacer que lo recibieran por detrás no era prácticamente un intento de homicidio?

Justo antes de que sus dedos tocaran la cremallera:

“Rowald, tenía aspecto de estudiante modelo, pero es bastante decidido, ¿eh? Si lo hace con la boca, realmente le pagaré el doble.”

“¡No!”

“Si no, pues nada.”

Philip soltó una carcajada estrepitosa y subió la cremallera él mismo. Rowald cortó el flujo de sus bromas sobre la falta de miedo de los Betas con un tono seco.

“Philip... me da vergüenza decir esto, pero este caso es un asunto realmente serio. Es una demanda colectiva.”

Ante la voz grave del abogado, Philip, que hasta hace un segundo sonreía, endureció el gesto. En ese instante, su imagen decadente —que combinaba con las ojeras leves de su rostro— se transformó en una impresión de frialdad ascética. 'Un heredero guapo logra que incluso las ojeras de una fiesta inapropiada se conviertan en belleza decadente', pensó Rowald, quien se quedó observando el rostro de Philip un buen rato antes de hablar.

Sin embargo, su voz fue sepultada de inmediato por la de Philip.

“Bueno, desde el punto de vista de mi padre, el asunto es bastante serio. Quiere dedicarse a la política y su hijo no colabora en absoluto. Pero, ¿es algo en lo que yo deba colaborar obligatoriamente?”

“...”

“¿Y se ha leído bien la demanda? Esos que me demandan ahora son Alphas que yo compré con mi dinero.”

Conociendo el carácter de Philip, era imposible que no hubiera pagado el precio justo. Sin embargo, la organización con la que negociaba decidió demandarlo para sacar una tajada mayor de dinero, y así fue como el asunto creció. Por supuesto, algunos de los Alphas de la demanda colectiva suplicaron que quitaran sus nombres o pidieron un acuerdo inmediato; otros incluso imploraron que los dejaran volver al penthouse prometiendo no volver a demandar, pero no hubo oportunidad. Por el contrario, el rechazo de Philip agravó el caso.

Para colmo, recientemente el CEO de Ellictonic —el padre de Philip— estaba a las puertas de postularse para la presidencia. ¡Qué cantidad de dinero representaba eso! La organización pretendía sacar no solo el dinero de la venta de los Alphas, sino todo tipo de fondos bajo el concepto de indemnización.

Pero entonces, este loco de Philip empezó a contratar abogados más caros que la propia indemnización. En realidad, la organización no tenía intención de que esto llegara tan lejos; querían sacar dinero discretamente por debajo de la mesa, pero les cayó un rayo de la noche a la mañana. Tanto a la organización como al CEO de Ellictonic.

La organización, que incluso se atrevió a enviar sus condolencias al dueño de la familia Kingston por enterarse de la noticia del juicio de su hijo a través de los periódicos, estaba muy desconcertada. Originalmente, el plan era chantajear a Philip con hacer público el tráfico de Alphas para extorsionarlo... pero Philip, por su cuenta, convirtió el asunto en un caso judicial y arruinó el plan. Y no es que no "pudiera" pagar por falta de dinero, sino que "no quería" pagar a propósito porque le parecía patético.

Para Philip, fue un contraataque bastante bueno: dejó atónitos a todos los que intentaron apuñalarlo por la espalda. Pero para todos los demás —excepto él—, fue una jugada pésima. Incluso para su abogado, Rowald.

“Philip, incluso ahora, si pagamos la indemnización podemos reducir los setenta y tres demandantes a cincuenta y uno. Si damos más dinero, probablemente bajen a cinco. Al fin y al cabo, el punto central de este caso es el dinero, ¿no?”

Rowald quería reclamarle por qué insistía en pagar más en honorarios legales que lo que costaba el acuerdo, pero como ese dinero terminaba en su propia cuenta bancaria, no podía hacerlo. En ese momento, Philip, que observaba a los periodistas, se giró hacia Rowald con una sonrisa torcida.

“Eso no puede ser. Yo pagué el precio al negociar con esos tipos y domé a los Alphas adecuadamente.”

Rowald no entendía por qué mencionaba que los había domado adecuadamente, pero asintió haciendo un esfuerzo sobrehumano.

“¿Y ahora vienen con indemnizaciones? No me jodas. No lo haré ni aunque me metan en la cárcel.”

Si este delincuente no colaboraba ni con su propio abogado, estaba claro que no lo haría con los asuntos de su padre.

“Dígale a mi padre que se rinda. Además, si el CEO de Ellictonic se postula a la presidencia, la gente lo criticará. Mi padre no conoce la moderación.”

Aunque en la falta de moderación ambos, padre e hijo, eran iguales. Rowald tenía mucho que decir, pero su profesionalismo lo hizo callar.

“Sobre todo, esos malditos... ¿Ahora demandan colectivamente cuando antes decían que les gustaba? Eso es lo que me enfurece. ¡Incluso firmamos un contrato! Usted lo vio, Rowald.”

Lo había visto, pero su cliente no era precisamente alguien que hiciera cosas normales como para decir con descaro: “Firmamos un contrato, ¿cuál es el problema?”.

“Philip, supongamos que tiene razón. Pero... aun así, no había ninguna cláusula que dijera que les pondría un piercing de diamante en sus partes íntimas, ¿verdad?”

“Es cierto. Pero a cambio, les regalé esos diamantes. ¿Acaso no subió el valor de esos Alphas gracias a mí? Esos diamantes tienen una transparencia increíble.”

Philip sonrió con su rostro atractivo comentando que, aunque los diamantes se pueden quitar en cualquier momento, si lo hacen, su valor caería.

“A-aun si fuera así, no es lo único. ¿Qué hay de la víctima que se desmayó por deshidratación tras pasar una semana entera trabajando con juguetes sexuales insertados?”

Philip soltó un suspiro profundo con un rostro de indignación que bien podría haber convencido a un juez.

“Por eso lo llevé a una habitación individual en el hospital al que suelo ir y lo cuidé durante una semana entera. Fue con sinceridad.”

“Oh, Philip. Eso no fue cuidarlo. Lo hospitalizó y volvió a hacerlo allí mismo... Incluso le pidió directamente al doctor que le recetara suplementos nutricionales por vía intravenosa.”

“Sí, exacto. ¡Yo tuve toda esa consideración! Y aun así me apuñalan por la espalda. ¡Ha!”

Philip se arregló el cabello usando como espejo la ventana tintada. Murmuró si debería haber usado más fijador y luego cruzó mirada con Rowald a través del reflejo.

“Entonces, Rowald. ¿Aún no me ha respondido? ¿Huelo a alcohol? Se lo pregunté claramente.”

Rowald sintió como si saltara una chispa en algún lugar de su pecho. Sus emociones fluctuaron, más allá del hecho de que este hombre fuera un loco de remate. ¿De qué servía gastar la fortuna podrida de la familia Kingston o contratar a un equipo legal de ultra lujo si el propio demandado estaba diciendo 'por favor, atrápenme'?

Se mordió los labios varias veces y sus cejas pobladas se agitaron. Sentía que si lo provocaban más, soltaría un insulto, así que tuvo que tragárselo por el bien de su carrera.

“Huele a alcohol, Philip. Muchísimo. Si los periodistas intentan hablarle, no responda. Y si es posible, contenga la respiración.”

Philip, que estaba a punto de bajar del coche, miró fijamente a Rowald con su rostro apuesto. Arqueó una ceja y, solo después de un momento, asintió.

“Oh... los abogados caros sí que son diferentes. Si subo esas largas escaleras sin respirar, probablemente me desmaye ante los periodistas. Sería perfecto para ganar puntos.”

'Ganar puntos', decía. Rowald desistió de hablar y recogió su maletín.

Philip, tras organizar sus pensamientos un momento, soltó una risita al ver una pancarta que decía: '¡Philip, el agresor sexual de Alphas, es un demonio!'. Luego, le preguntó a su secretario:

“Mackie, ¿no me vas a abrir la puerta?”

¿Qué se podía esperar de un hombre acostumbrado a ser servido sin importarle las miradas ajenas? Rowald cruzó mirada con Mackie a través del espejo retrovisor.

'¿Por qué su jefe es así?'

'¿Por qué su cliente es así?'

Tras mirarse un instante como si se hicieran esa pregunta mutuamente, ambos hombres bajaron del sedán al mismo tiempo.

* * *

Tras concluir la primera audiencia, Philip salió al encuentro de un espectáculo visual digno de un relámpago en cielo despejado.

Los periodistas, que apenas sumaban veinte cuando entró al tribunal, casi se habían cuadruplicado, y era imposible distinguir si todos eran prensa o si había civiles mezclados entre la multitud. Él simplemente atravesó con elegancia el bombardeo de flashes que caía sobre su figura.

De pronto, como alguien que ha olvidado algo, se volvió para mirar hacia donde se alineaban las metasecuoyas, pero reanudó su marcha sin vacilar. Era un caminar que destilaba la firme voluntad de jactarse ante el mundo de las atrocidades cometidas con ese rostro privilegiado, asestándole así un golpe directo a su padre.

Y ese esfuerzo de Philip surtió un efecto absoluto.

Tres días después de la primera audiencia.

Sin importar en qué plataforma de medios se entrara, Philip decoraba la página principal. Y lo hacía con una fotografía al desnudo, de autor desconocido, tomada frente al tribunal.

Con una sola foto, Philip llegó incluso a los titulares internacionales. Los comentarios en idiomas extranjeros que acompañaban la noticia decían cosas como: ‘¿Qué habrá hecho la noche anterior para verse tan sexymente consumido por el cansancio?’, y el número de corazones que expresaban su afinidad superó los 39,000.

A los abogados les temblaban las piernas y sentían punzadas de ansiedad en el hígado. Ya era difícil obtener un buen resultado, pero ahora la magnitud del caso se había vuelto incontrolable.

Sin embargo, si antes de la audiencia al buscar Ellictonic solo aparecían términos relacionados como ‘Atrocidades del hijo del CEO de Ellictonic’ o ‘Caso de agresión sexual contra setenta y tres Alphas’, el ambiente estaba cambiando gradualmente.

Rasgo de Philip Antoine Kingston, edad de Philip Antoine Kingston, fotos de Philip Antoine Kingston, Philip Antoine Kingston en su época de quarterback, preferencia de Philip Antoine Kingston por los Alphas, y un largo etcétera.

Era una situación verdaderamente bizarra.

Apenas unos días atrás, varias personas se habían reunido frente a la corte portando pancartas que rezaban: ‘¡Philip, el agresor sexual de Alphas, es un demonio!’. Entonces, ¿qué demonios había hecho Philip para convertirse de pronto en un bastardo sexy?

Rowald bajó por la pantalla y volvió a examinar la foto de Philip tomada frente al tribunal. Tras observar la imagen un largo rato, dio una calada profunda al cigarrillo que sostenía entre los labios mientras fruncía el ceño.

“Es guapo... Maldita sea.”

Incluso para otro hombre, era bien parecido. No es que tuviera intención de prestarle su boca, pero en fin.

Beep.

Ante la repentina llamada, Rowald cerró rápidamente las pestañas del navegador. No era nada ilegal ni era un gran fan, pero sentía un fuerte deseo de no ser descubierto por nadie. Tras cerrar todas las ventanas, incluida una última foto de Philip en sus tiempos de quarterback, presionó el botón.

─Su cliente ha llegado. El señor Philip Antoine Kingston.

“Hágalo pasar.”

─Ah, pero... No, nada. El cliente dijo que esperaría en la sala de juntas pequeña. Pidió que fuera usted para allá en treinta minutos.

¿Qué demonios estaría haciendo en una oficina ajena? Y además, ¿qué se traía entre manos al adueñarse de la sala de juntas?

Una ligera ansiedad comenzó a agitarse como una marea creciente. Por ganas, habría ido de inmediato a la sala, pero... bueno. No sabía con qué podría encontrarse, así que, inexplicablemente, sintió miedo.

Solo después de que se cumplieron los treinta minutos exactos, Rowald se dirigió con cautela hacia la pequeña sala de juntas.

* * *

“Fuuu……. ¿Ya llegó?”

Rowald tuvo un ataque de hipo nada más entrar en la pequeña sala de juntas.

Lo primero que captó su atención no fue el Alpha que abría la ventana completamente desnudo, ni tampoco el piercing de ‘rubí’ incrustado en las partes íntimas de dicho Alpha. Fue Philip, sentado perezosamente en el asiento de honor.

“Treinta minutos exactos, veo que es puntual.”

Tener que enfrentarse a ese espécimen de nuevo en la oficina.

“Ah, ¿se asustó? Ni que fuera la primera vez que nos vemos.”

Ciertamente no era la primera vez que veía sus partes nobles, pero eran menos que conocidos.

“……E-eso.”

Ninguna de las frases que había ensayado en su cabeza lograba salir. Conteniendo el hipo a la fuerza, logró articular palabra con dificultad.

“¿A-a qué se debe su visita?”

“Rowald, se ve realmente desconcertado, ¿eh? Nada, es que quería hacerlo al aire libre, pero como últimamente soy un poco famoso... vine a pedir prestado este lugar.”

Philip soltó una carcajada como si contara una historia divertidísima, comentando que al menos no lo había hecho en un callejón a plena luz del día, así que debería estar agradecido.

Ante esto, Rowald esbozó una sonrisa forzada, sin saber si reír o llorar por la extraña sensación de traición. ¿Qué demonios le pasaba para que, con ese físico, esa capacidad y su casta de Alpha dominante, solo se dedicara a cometer excentricidades?

El Philip que acababa de ver en el monitor era la elegancia y la sofisticación personificadas, un heredero apuesto y un Alpha dominante en toda regla; pero el Philip real era, francamente, un cliente insufrible con el que era agotador lidiar.

Le resultaba odioso ese cliente que parecía ansioso por arruinar su propia carrera, pero al verle la cara, el enfado se disolvía lentamente.

‘Qué bien parecido es.’

Al igual que uno no se atreve a sentir envidia al mirar a un dios, con Philip ni siquiera surgía ese sentimiento. Atractivo, distinguido, superior.

‘¿Pero por qué insiste en actuar como un psicópata...? En fin.’

Como sea, de una forma u otra, solo tenía que resolver este caso. Si pudiera darle la vuelta a la situación así...

‘Con ese físico y ese carisma, podría ser un game changer... ¿verdad? Creo que es posible.’

Hombres guapos los hay a montones en Hollywood, pero un rostro como el de Philip no era común. Cuando sonreía, se le marcaban los hoyuelos mostrando a un chico juguetón, pero cuando la sonrisa desaparecía, emanaba el aura de un hombre hecho y derecho.

¿Se le podría llamar estrella? Se entendía por qué el patriarca de los Kingston se había esforzado tanto en mantener a Philip alejado de los medios. Al fin y al cabo, el estrellato es bueno para la gente común, pero para un pene de la familia Kingston, solo traería habladurías.

Sin embargo, con este nivel de magnetismo... si era un carisma capaz de dar vuelta a un caso con víctimas y victimario tan claros, era sin duda un talento demoníaco.

A decir verdad, antes de la primera audiencia, tanto los colegas contratados como el propio Rowald consideraban este caso como algo que solo esperaba su ejecución final. Conociendo el carácter de Philip, no había esperanzas de que colaborara.

Pero ahora que el físico y el carisma de Philip estaban colaborando arduamente por su cuenta, ¿no se podría intentar algo?

‘Maldición, ¿será que mi cabeza también se ha vuelto loca?’

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Rowald soltó una risa seca mientras miraba a Philip. Ante esto, Philip también sonrió con sorna mientras sostenía un cigarro entre los labios.

Tras soltar una bocanada de humo grisáceo, señaló con la barbilla a su Alpha, y el joven y apuesto Alpha le llevó un cigarrillo a Rowald. Sus ojos eran inusualmente rojos, tal como el piercing de ‘rubí’ que colgaba de su escroto.

“Tómelo. Se le va a cansar el brazo.”

Rowald, vigilando la reacción de Philip, tomó el cigarrillo de la mano del Alpha. Entonces, este le encendió el cigarro personalmente antes de regresar al lado de Philip.

“Por cierto, Rowald, ¿usted fuma?”

“Lo había dejado, pero he vuelto a fumar hace poco.”

Dijo aquello esperando que, como es normal, le preguntara por qué había vuelto. Sin embargo:

“Ah, vaya. ¿Para qué dejó algo tan delicioso?”

Ante una respuesta tan imprevisible, Rowald terminó riendo por puro cansancio.

‘Ya está. Solo tengo que terminar con el caso. Si seguimos así, bastará.’

Para el abogado Rowald era una oportunidad que no podía rechazar, pero los sentimientos del Rowald humano eran desoladores.

Tras dar una calada profunda hasta quemar el filtro, Rowald soltó un suspiro larguísimo. Entre el humo acre del tabaco, pensó para sí mismo:

‘Si se mantiene lo más callado posible, quizás consigamos una reducción de la pena.’

Incluso en ese momento, Rowald pasó algo por alto.

Que su cliente no era, bajo ninguna circunstancia, alguien capaz de ‘mantenerse lo más callado posible’.

* * *

La luz cálida de la lámpara de escritorio se filtraba por la puerta del estudio, que había quedado entreabierta.

Hacía poco que Philip, obsesionado con un Alpha de facciones delicadas y ojos rojos, había regresado a casa tras pasar casi tres semanas instalado en su penthouse. Por supuesto, ya era pasada la medianoche, pero él ni siquiera se dignó a mirar a los empleados residentes, limitándose a decir que solo dormiría un poco antes de marcharse.

Tras sentarse un buen rato a redactar una carta en la mesa de despacho, llamó a Mackie.

“Ahora que lo pienso, había olvidado el patrocinio de este mes. ¿Tampoco hubo respuesta esta vez?”

“No.”

Ante la respuesta de Mackie, Philip soltó una risa que sonó como aire escapando de un globo.

“Vaya que se cotiza caro. ¿No podría al menos hacerme saber si es capaz de mantener una conversación o si puede leer mis cartas? Con la cantidad de dinero que vierto en ese refugio cada mes...”

“Tiene razón. ¿Qué le parece si cancela el patrocinio ahora mismo?”

Mackie no había pensado mucho en ello cuando Philip declaró por primera vez su intención de ser patrocinador. Incluso si el ser que recibía su apoyo era un ‘Código Negro’, la existencia más peligrosa para la humanidad, le restó importancia. Por supuesto, el personal del refugio se había turnado para contactarlos intentando que retirara el patrocinio por todos los medios, pero cuanto más insistían, más se obsesionaba Philip con la idea.

Al fin y al cabo, el empleador que lo había contratado era un hombre irracional con la cabeza completamente perdida.

Sin embargo, ahora la situación era muy distinta a la anterior. En este momento, con la atención del público volcada sobre él tras la demanda por agresión sexual a Alphas y con el veredicto a la vuelta de la esquina, si llegara a revelarse el ‘caso del patrocinio al Código Negro’, no sabía cómo lidiarían con las consecuencias. Él no era abogado, pero al menos sabía que se trataría del peor de los escenarios.

“Philip, creo que sería bueno retomar el patrocinio una vez que las cosas se calmen. Si lo interrumpe un momento, tal vez reciba esa respuesta que tanto espera.”

Era un flujo de conversación natural, pero Philip hizo oídos sordos y cambió de tema.

“Mmm... ¿Será un monstruo que ni siquiera sabe responder? Sospecho que por eso no lo hace.”

Mackie ensanchó las fosas nasales y soltó un suspiro profundo.

“En fin, esta es la carta de patrocinio para el refugio. No olvides el depósito. Hazlo como siempre, como siempre.”

Philip, bostezando perezosamente, pasó por el lado de Mackie y se dirigió al dormitorio. Se despojó de su bata de noche —una edición limitada de marca por la que otros harían fila— como si fuera una piel de serpiente y se lanzó de un salto sobre la cama.

Ah, hoy también ha sido un día provechoso.

Sin rastro alguno de ser un acusado con el veredicto pisándole los talones, su semblante era la paz misma.

Al menos, hasta que llegara la madrugada.

* * *

Tack-tack, tack-tack—.

El sonido del segundero resonando en sus oídos hacía que sus entrañas hirvieran a fuego lento. Philip, incluso sumido en el sueño, sentía cómo la irritación crecía al preguntarse quién demonios usaría un reloj analógico anticuado, o peor aún, si esa cosa hortera estaba colgada en su propia casa.

Tack-tack, tack-tack—.

'Maldita sea... ¿Quién carajos es?'

En medio de la oscuridad absoluta, sus ojos azules se abrieron de par en par. La mirada azulada, ahora en una misión de búsqueda del culpable, recorrió rápidamente el entorno.

Lujo contenido.

Al igual que el trasfondo de su crianza como pene de la familia Kingston, el dormitorio que tanto apreciaba no era ostentoso como el de los nuevos ricos. Para Philip, esa habitación era mucho más que un simple lugar para dormir; era un espacio sagrado, hasta el punto de enviar sin piedad al almacén cualquier obra de arte, por cara que fuera, si no armonizaba con el ambiente. Y sin embargo, alguien se atrevía a perturbarlo con el sonido de un segundero viejo.

Movió los globos oculares de nuevo para revisar la cabecera. Como alguien que disfruta recibir la mañana con la luz del sol, en cualquier casa donde se alojara debía haber un ventanal enorme junto a su cama. Las cortinas de seda, que ondeaban suavemente con el viento sobre la ventana que seguía intacta, capturaron su atención.

'¿De dónde diablos viene ese ruido?'

Ciertamente, nada había cambiado. Sin embargo, una atmósfera gélida y difícil de explicar agudizó sus instintos. Fue entonces cuando volvió a girar la cabeza hacia la puerta del dormitorio.

'Oh, hola, Philip. Es la primera vez que nos vemos cara a cara, ¿verdad?'

Un hombre alto se acercó con un rostro sereno, como si fuera un vecino saludando cordialmente.

'¡!'

Philip, que estaba acostado, incorporó el torso de golpe.

'¿Qué pasa? ¿Acaso el concepto ahora es el de un ladrón audaz? ¡Mackie!'

Su grito se desvaneció, resonando de forma sorda y opaca. Al percibir la anomalía, Philip se acomodó y volvió a gritar con fuerza.

'Fuera de mi dormitorio, no, fuera de mi casa. Si te da vergüenza irte con las manos vacías, llévate la escultura de ahí al lado. Vale lo que tu sueldo. ¡Mackie!'

Por más que gritara con ferocidad, su voz no lograba traspasar los límites de la habitación. Philip se llevó la mano a la garganta, aclaró la voz y volvió a mirar al hombre de ojos rojos.

Aquellos ojos de un rojo vibrante brillaban con un lustre intenso, como adornos de Navidad. El intruso lo observó con esa mirada bonita y, de un salto, acortó la distancia. Ante el movimiento repentino, Philip retrocedió instintivamente.

'Mierda. ¿Cómo... cómo puede ser tan rápido?'

'Bueno, yo pensaba que había tardado un poco en venir a buscarlo.'

'Para ser un ladrón, te mueves muy bien sin hacer ruido.'

El hombre, que ya estaba justo frente a la cama, lo miraba fijamente desde arriba mientras sus comisuras se agitaban levemente. Sus ojos rojos, sumergidos en la curiosidad, no solo brillaban, sino que despedían un fulgor extraño. No era una mirada agradable. Era una visión peligrosa que obligaba a evadirla por puro instinto.

Incluso para Philip, que siempre había vivido disfrutando de la vida sin temer a nada, era una energía extraña que no podía ignorar. Era, por así decirlo, una ansiedad primitiva que se siente como ser humano.

Aquellas pupilas escarlatas recorrieron el cuerpo de Philip muy lentamente. El hombre se echó el cabello hacia atrás y murmuró para sí mismo: 'No está nada mal'.

'En fin, encantado, Philip. No tenía planeado presentarme de forma tan repentina, pero no pude contenerme.'

Su tono era tranquilo, como el de un vecino nuevo que se presenta esperando llevarse bien. Solo que parecía un vecino peligroso que estaba completamente loco por algo. Además, su voz parecía una mezcla sutil de varias voces, lo que hacía difícil distinguir si era hombre o mujer.

Philip lo observó con el ceño fruncido, analizando su apariencia y sus facciones de arriba abajo. Tras observarlo un buen rato, rescató un fragmento de su memoria y relajó la expresión tardíamente.

'Tú... ¿no eres el bicho bonito que estaba en la corte?'

El hombre, que observaba la abertura de su bata de noche, levantó la mirada lentamente para cruzarla con la de Philip.

'Oh, ¿me recuerda? Menos mal. Si me hubiera olvidado después de haberse corrido pensando en mí, me habría sentido muy decepcionado.'

Mientras jugueteaba con su colorida camisa hawaiana y sonreía con aire distraído, Philip también soltó una risa tonta.

'Maldita sea... parece que me gustó demasiado. Incluso aparece en mis sueños.'

Relajó los músculos faciales que estaban tensos y soltó una carcajada tranquila. Al fin y al cabo, desde aquel día, ¿cuántos lugares no había revuelto buscando a ese Alpha de ojos rojos y rostro delicado? Era normal que apareciera en sueños.

'Ah, entiendo, ¿así que este es un sueño donde tengo sexo con mi bicho bonito? Ah, es cierto. Dicen que en los sueños lúcidos no se debe afirmar que es un sueño.'

Mientras decía esto, Philip sonreía burlonamente mirando al hombre. Al final, solo era un sueño. Aunque abundaran las leyendas urbanas sobre los sueños lúcidos, ¿qué importaba? Philip decidió, más bien, disfrutar de la situación.

Tras reír un rato, palmeó el espacio vacío a su lado y señaló con la barbilla.

'¿Te vas a quedar ahí parado? Ya que entraste a mi dormitorio.'

Invitar Alphas a su penthouse era algo que hacía a diario, pero nunca había llevado a uno a este lugar, su hogar familiar. Los juguetes deben quedarse en el parque; no le apetecía subir a la cama con un juguete lleno de tierra. Sin embargo, como esto era un sueño, no importaba. Fuera lo que fuera.

Cuando le hizo un gesto provocador con el dedo, el hombre curvó los ojos hasta que sus pupilas rojas solo se veían a la mitad. Acto seguido, como si hubiera estado esperando, dejó las gafas de sol que llevaba en el pecho sobre la mesilla de noche y se acercó.

'Philip, definitivamente es usted alguien lanzado. Esto... me está empezando a gustar. ¿Qué hacemos?'

'¿Qué vamos a hacer? Con que te guste a ti, basta.'

El hombre pareció muy complacido con la respuesta y sonrió. Pronto, cruzó los brazos en forma de X y se despojó de la camisa hawaiana. Entonces, a diferencia de su rostro delicado y como prueba de su casta Alpha, se reveló un cuerpo firme y robusto.

'Oh.'

Músculos definidos como si hubieran sido dibujados y una estructura ósea ancha.

Fiuuu—.

Cuando bajó la cremallera y se quitó los pantalones, el trozo de carne erguido y sólido le robó el aliento a Philip.

'¿Oh...?'

Sus pupilas temblaron por un instante, pero Philip recuperó la sonrisa torcida y miró al hombre hacia arriba.

'Maldición... ¿A dónde tendría que ir para encontrar algo como tú? Me gusta demasiado. Qué lástima que esto sea un sueño. Maldita sea.'

Al imaginar el momento de despertar, su entrepierna ya palpitaba terriblemente. El hombre, manteniendo la calma ante sus palabras vulgares, lo miró a los ojos y subió a la cama apoyando las rodillas. Philip se lamió los labios ligeramente y tiró con fuerza de su muñeca.

'¡Ah!'

Sin embargo, como si hubiera tirado de una roca gigante, fue su propio cuerpo el que se inclinó hacia adelante. El hombre, aprovechando, desequilibró a Philip y lo empujó hacia atrás.

'¡!'

Al sentir la sábana en su espalda, Philip soltó un insulto mientras intentaba incorporar el torso.

'Quédese acostado. Es la primera vez, así que ni siquiera sabe cómo hacerlo.'

Ante aquel consejo descarado, la expresión de Philip se descompuso.

'¿Primera vez? ¿Acabas de... decirme eso a mí?'

'Por supuesto.'

Philip apretó los dientes e intentó levantarse ante la respuesta. Pero el hombre, como si ya lo hubiera previsto, presionó la parte interna de los muslos de Philip para inmovilizarlo y encajó su cuerpo sobre el suyo.

'Mierda, ¿vas a quitar eso?'

'¿El qué? Ah... ¿mi pene?'

A medida que el pene, erguido con arrogancia, golpeaba su entrepierna acercándose cada vez más, Philip retrocedió arrastrando la espalda por la cama.

'Lo que me faltaba, ver penes de Alpha hasta en mis sueños. Pero, ¿acaso no es mi sueño?'

'¿Quién ha dicho lo contrario?'

'Entonces es que no entiendo por qué te pones tan gallito encima de mí.'

Philip lo fulminó con la mirada, frunciendo el ceño, y sacudió el cuerpo con irritación. Pero lejos de apartarse, el hombre volvió a abrirle los muslos.

'Eh, espera. Espera un momento.'

¿Por qué no podía mover el cuerpo?

Sus pupilas azules temblaron levemente. Al bajar la vista para ver su estado, Philip se quedó petrificado al ver la mano negra que apretaba su muslo. Hasta hace un segundo, aquel hombre insolente le estaba abriendo las piernas y, ciertamente, hasta entonces era una mano humana; pero ahora se había transformado en "algo" distinto.

'Mierda...'

En condiciones normales, Philip habría comprobado de inmediato qué era ese "algo", pero ahora no podía... Es decir, un terror primigenio distorsionaba no solo su visión, sino todos los sentidos que estaba experimentando. Era una sensación alienígena, como si el espacio mismo se hubiera torcido.

¿Sería por haber gritado que era un sueño lúcido dentro de un sueño lúcido? Como si las leyendas urbanas absurdas se hubieran afilado como punzones para hurgar en sus huesos, sintió un frío intenso y todo su cuerpo le dolió.

Tras tragar saliva, Philip levantó la mirada muy lentamente.

Unos ojos rojos de un brillo turbio, como si la vida se hubiera extinguido en ellos. En cuanto su mirada chocó con la de ese "algo", las pupilas de Philip se dilataron enormemente, y en el fondo de sus ojos azules y claros se reflejó un monstruo gigantesco.

Para ser exactos, más que un monstruo, era un demonio. En la frente redondeada del hombre brotaban dos enormes cuernos blancos de forma imponente, y en sus ojos turbios, como sangre reseca, fluía un resplandor cuya imagen residual permanecía incluso al cerrar los ojos. Aquel resplandor era tan denso que las facciones del hombre no se distinguían bien. Solo sus ojos rojos y negros resaltaban, como si hubieran sido grabados a fuego.

'...A-ah...'

Philip, sin darse cuenta, retrocedió con la espalda mientras negaba con la cabeza. Por mucho que echara el cuello hacia atrás, hasta sentirlo rígido, no alcanzaba a captar toda la figura del hombre de un solo vistazo. Ante aquel físico abrumador, Philip solo pudo emitir un gemido de dolor, mientras el demonio, exhalando un vapor blanco, tiraba de los tobillos de Philip.

'¡Ugh! ¡Es-espera un momento. ¡A-ah...!'

¿Qué demonios debía hacer para despertar de este sueño infernal?

Tack-tack.

No sentía fuerza alguna, como si estuviera atrapado por una anaconda gigante llamada impotencia. ¿Qué era, por Dios, este ser absurdo? ¿De verdad estaba dentro de un sueño?

Tack-tack.

Philip logró recorrer el entorno con su visión temblorosa. Seguía siendo su habitación de siempre, y el sonido del segundero seguía resonando cerca. Y aquel frío blanco que exhalaba el demonio.

'Huuuuk. Huuuk...'

El demonio, montado sobre él, volvió a encajar su cuerpo y sujetó la base de su pene, erecto de forma amenazante como el de una bestia. Entonces, comenzó a embestir contra su entrepierna, pero cada vez que lo hacía, el pene negro golpeaba el aire o resbalaba contra el perineo de Philip, fallando el ingreso una y otra vez.

'¡Aaaagh...! ¡No lo ha... ugh!'

Cada vez que el pesado y enorme pene golpeaba el estrecho esfínter y resbalaba al no poder con su propio peso, Philip se sentía más atrapado por el miedo que por el alivio. No era temor por el riesgo de que alguien extraño penetrara a quien siempre había reinado sobre los Alphas.

'¡Mierda, qu-quita eso...! ¡Quién... con un demonio... desde el principio...! ¡Esa cosa, ugh!'

Tenía el grosor de la mitad de su muslo y una longitud que llegaba casi hasta la boca de su estómago. Además, sobre su superficie negra, sobresalían venas gruesas de forma grotesca. Philip había visto todo tipo de penes en su vida, pero nunca uno así. Y lo que le daba miedo era que su tren inferior terminara completamente destrozado por aquel pene monstruoso que veía por primera vez.

'No, no... ¡Mierda, prefiero... prefiero que me mates. ¡Maldito loco!'

Con la única idea fija de escapar, Philip gateaba desesperadamente sobre la cama mientras lanzaba patadas al aire contra el demonio. Sin embargo, como si nadara bajo el agua, sus movimientos eran torpes frente a la velocidad absurda de aquel ser, quien terminó atrapándolo por el hueco de las rodillas.

'¡!'

En ese estado, el demonio hundió el glande negro, de una corona inusualmente ancha, entre sus nalgas con un sonido viscoso. El cuerpo de Philip se sacudió violentamente.

'¡Aah! No. No. Esto, esto no puede ser... ¡No, ah, ugh...! ¡ugh!'

El glande, cubierto de un fluido pegajoso, resbaló por su perineo antes de hundirse de lado en la entrada del esfínter. Rowald soltó un grito mudo mientras se retorcía hacia atrás por el impacto.

'Ggg. Ggg.'

'Fuuu...'

Mientras Philip apenas lograba recuperar el aliento, los pliegues de su entrada, abiertos a la fuerza, temblaban y lamían el glande azabache. Al demonio pareció gustarle aquel gesto adorable, pues sin preámbulo alguno, volvió a presionar el orificio con una fuerza bruta y aplastante.

'¡Ah, aaagh...! ugh...'

El blanco de sus ojos se inyectó en sangre y su rostro se tiñó de un rojo tan intenso que parecía que iba a estallar. ¿De verdad esto era un sueño si dolía tanto? Su visión, nublada por lágrimas fisiológicas, no le permitía ver el rostro del demonio con claridad; solo le concedía la silueta negra y ese resplandor ocular entre rojo y negro.

Esa mirada era terriblemente honesta.

'Fuuu... Philip.'

La voz del demonio resonó gravemente, como si hablara desde el fondo de una cueva. El sonido fluyó a través del enorme pene, provocando un cosquilleo sutil en las paredes internas de Philip, que ya estaban completamente magulladas.

'Ugh.'

Al sentir un escalofrío que le hizo sacudir la cintura, el resplandor escarlata lo observó de manera aún más explícita. Quería ver qué expresión ponía Philip al albergar su pene. Quería grabar a fuego en Philip de quién era la polla que estaba reteniendo.

'Ha-ugh, hag... Duele, parece que... va a estallar, ugh...'

Sus piernas, abiertas al límite, temblaban rítmicamente, haciendo que los músculos internos, bien definidos, también vibraran. El demonio sonrió, disfrutando de la expresión de Philip descompuesta por el dolor. El orificio de un conquistador loco por el deseo de dominio y posesión; era imposible que no supiera a gloria.

'Fuuu...'

El demonio inhaló profundamente varias veces con el glande encajado en la entrada y, de repente, empezó a mover la cintura.

'¡ugh, ugh...! Se... se desgarraaa...'

Eran embestidas brutales, carentes de la más mínima pizca de consideración, como si clavara un clavo enorme en un cristal. Con cada movimiento, sus pesados testículos oscilaban como péndulos, golpeando con un sonido húmedo la entrepierna de Philip. Por cada estocada, su zona íntima retumbaba como si hubiera recibido dos o tres golpes.

'Ugh, ugh... ¡Hag, mmp!'

Más allá de la falta de aire, cada vez que su visión oscilaba de arriba abajo por el vaivén, sentía un dolor como si sus entrañas se estuvieran desprendiendo, haciendo que su tren inferior temblara sin control. Especialmente porque las paredes internas de un Alpha dominante no conocen la flexibilidad; solo saben apretar y morder cualquier objeto extraño que entre. Ante tal volumen excesivo, todo su cuerpo dolía como si se estuviera rompiendo en mil pedazos.

Cerró los puños con tal fuerza que se clavó las uñas en las palmas y tensó los muslos abiertos. Ante esa fuerza desesperada, sus músculos vibraron como si sufriera un calambre intenso.

'¡Basta, por favor...! Hug, mmp, ugh...'

El demonio ignoró las súplicas y continuó abriendo camino, concentrado en sus embestidas húmedas. Gracias a ello, el pene gigante, que apenas había entrado a la mitad, separó lentamente las paredes internas que estaban pegadas entre sí para arañar el punto más profundo.

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'¡ugh, ugh...!'

Philip, con las piernas inmovilizadas, soltaba sonidos entre el grito y el gemido mientras fruncía el rostro bañado en lágrimas y saliva, para luego volver a jadear buscando aire. Cuando la corona ancha del glande raspó ruidosamente sus paredes internas, echó la mandíbula hacia atrás y tembló.

'Hug, ugh... ¡Mmp, ugh!'

Philip quedó finalmente sitiado por un dolor desconocido y una sensación bizarra difícil de describir. Sin poder escapar ni ignorar lo que sucedía, se retorcía alternando gritos de agonía con gemidos lascivos.

'¡ugh! ¡ugh! ¡Ugh, ahh...! ¡Ugh!'

Debido al continuo vaivén, sus extremidades se encogían y temblaban repetidamente. Era la consecuencia de que su próstata, inusualmente grande para un Alpha, fuera aplastada por ese pene rugoso. Su perineo, antes liso, se hinchó de forma visible, y como respuesta, los músculos del pene gigante también se endurecieron, erigiéndose con firmeza. El orificio de la uretra ya estaba rojo vivo, y el líquido prostático, acumulado hasta el límite, resbalaba por el tronco del pene debido al rebote de las estocadas.

'H-he... basta... ¡Ha-ugh...!'

A medida que el pene negro hurgaba cada vez más profundo en su carne, su propia polla erecta golpeaba su bajo vientre. Con cada movimiento de cintura, su pene grueso se sacudía sin control, mientras su orificio se esforzaba por no soltar el enorme pene azabache.

Cuando el demonio sujetó sus huesos ilíacos y embistió con fuerza, su bajo vientre se abultó al instante. Sus extremidades se curvaron en espasmos, y el demonio retiró la cintura, sacando el pene de sus entrañas en un recorrido largo.

'¡Ugh! ¡Mmp, hag, ha-ugh...! ¡No lo ha-gaaas...! E-ese... g-ug...'

Entre el pene y el orificio, se vislumbraba sangre en la espuma pegajosa que los unía como telarañas. El orificio, dilatado hasta su límite, no había podido soportar tal volumen. En ese estado, el demonio retiró el pene aún más, dejando solo el glande negro dentro, mientras los delicados pliegues se volvían hacia afuera y palpitaban de forma vulgar.

Las paredes internas, hinchadas al instante, llenaron el espacio vacío en lugar de los pliegues, dándole un respiro a Philip. Aunque fue solo un instante, Philip aprovechó el hueco para jadear desesperadamente.

'ugh, ugh...'

Logró recuperar el aliento moviendo no solo los hombros, sino también su robusto tórax. Al ritmo de su respiración agitada, los pliegues mordían y soltaban el pene, mientras el demonio acomodaba su postura manteniendo la corona del glande justo en la entrada.

'He, hee... uuuu...'

Philip no notó los moretones rojizos que habían aparecido sobre sus huesos ilíacos por la fuerza con la que lo sujetaban. Solo le aterraba entender por qué el ser estaba cambiando de postura y qué demonios pensaba hacer ahora.

Fue entonces cuando cruzó su mirada directamente con aquel resplandor escarlata. El demonio, sujetando firmemente los huesos ilíacos y la pelvis de Philip, mantuvo el bajo vientre fijo y empezó a mover la cintura con rapidez.

'¡ugh! ¡ugh! ¡ah, ah, ugh...!'

Al hundir el glande tan profundo como lo había retirado, el colon, golpeado en su extremo, vibró recorriendo todo su cuerpo.

'¡Gg!'

Ante ese dolor embriagador, Philip tuvo arcadas como si fuera a escupir sangre y forcejeó, pero el demonio no apartó la mirada. En su lugar, exhaló un vapor blanco y aceleró el ritmo de sus embestidas. Con cada golpe, la próstata era aplastada sin piedad por el tronco y la base del pene.

El deseo de eyacular se acumuló rápidamente, provocando una incomodidad en su vientre bajo que parecía que iba a estallar. Le resultaba asqueroso ver su abdomen abultado como si algo fuera a atravesar su piel, y le resultaba desagradable tener sexo con algo que no era humano. Sin embargo, ese pensamiento racional no duró mucho.

'¡Ugh...! Mmp, ugh, ugh... ¡ugh!'

Ante un dolor sordo y potente que resonaba en su coxis, Philip arañó las sábanas mientras soltaba gemidos lascivos. Era evidente que el límite estaba a la vuelta de la esquina.

'Va... va a salir... Va, va a sa-lir... ¡ah! ¡ugh!'

Retorció sus muslos abiertos mientras las lágrimas corrían por su rostro, pero el ser seguía embistiendo. A pesar de que el glande tocaba el colon y ya no quedaba espacio para entrar, el demonio seguía golpeando para enterrar la base de su pene. Cada vez que lo hacía, sus piernas abiertas a la fuerza forcejeaban con violencia, pero el ser, como si nada, frotaba el glande contra el colon golpeando la fina membrana.

'¡Gg!'

Como si buscara una brecha por donde entrar, siguió empujando el colon con la punta hasta que la mucosa roja, elástica por naturaleza, se estiró y cedió, abriendo un gran espacio.

'¡ugh, ahh...! Ahh...'

La saliva escurrió por la comisura de su boca, abierta con una expresión de estupefacción. Como un insecto disecado con un alfiler, quedó paralizado sin poder respirar, con la mente completamente en blanco. Era como si hubiera nacido solo para tener sexo con ese ser; todos sus sentidos y pensamientos se concentraron en ese acto de apareamiento.

'¡ugh...! ¡Ugh, ah...!'

Mientras sus nalgas temblaban y volvía a derramar su semen con fuerza, el demonio, que lo observaba, embistió con la cintura como si lo hubiera planeado. En ese estado, frotó la mucosa del colon con el glande, como si apagara un cigarrillo con la suela del zapato, y se insertó completamente.

'¡ah...!'

La carne roja pareció pegarse al glande azabache antes de que la mucosa se abriera y succionara la corona del pene.

'Hag, ugh...'

Sus ojos azules estaban entreabiertos, temblando mientras las lágrimas caían sin cesar. Solo después de un momento, movió sus pupilas lentamente para mirar al ser. Cuando lo miró hacia arriba, como preguntando si eso era todo lo que tenía preparado, el ser movió la cintura ligeramente como respuesta.

'¡Gg!'

Tras una energía escalofriante, sintió una punzada eléctrica en algún lugar de sus entrañas. En ese instante, todos los músculos y mucosas de su cuerpo saltaron y empezaron a contraerse.

'¡ah, ugh, uuung...! Hag, ha-ugh... ¡Mmp!'

Todo su cuerpo tembló de forma convulsiva, como si las chispas que saltaban frente a él hubieran tocado su carne. Philip había experimentado todo tipo de placeres en su vida, pero incluso para él, este era un placer peligroso que sentía por primera vez.

'¡ugh...! ¡Ugh, uuuuu! Ha-ugh...'

Un semen espeso brotó a borbotones desde la punta de su pene, hinchado de una forma dolorosa. El semen, cayendo en una curva redonda, trazó una línea diagonal a través del rostro de Philip. Solo entonces, una pizca de alivio asomó en su expresión, que hasta entonces parecía la de alguien cargando con una bomba a punto de estallar.

'Ha-ugh... ah, ah...ah...'

Sus ojos azules, empapados en lágrimas, recorrieron el entorno con inseguridad, como manos que tantean en la oscuridad. Mientras su mirada perdida vagaba por las sombras, quedó hechizado por el resplandor escarlata y cruzó su mirada con él.

'Fuuu...'

El ser exhaló un vapor turbio, similar al humo acre del tabaco. Cuando ese humo se dispersó por doquier, un líquido caliente empezó a llenar sus entrañas de forma aterradora, como si estallaran fuegos artificiales bajo la piel de su abdomen.

'Gg.'

Ese olor metálico y fuerte que subía con cada respiración.

'A-ah...'

Esa sensación de líquidos impuros llenando sus entrañas centímetro a centímetro. El semen fluyó no solo por las paredes internas, sino hacia el colon abierto y más allá. Como si sus lágrimas y la saliva que no podía tragar fueran a ser reemplazadas por ese semen inquietante. Sentía que el líquido de aquel ser saldría por cada uno de sus orificios.

'Gg, gg...'

Las palabras no salían. En el momento en que sus labios temblaban de horror, un fragmento de luz de luna iluminó la figura del demonio. Y esa figura, acto seguido, desapareció dejando tras de sí solo un rastro de humo negro.

* * *

Desde aquel día, el radio de acción de Philip se redujo notablemente, al punto que los paparazzi terminaron exhibiendo siempre las mismas fotos que ya habían vendido una y otra vez. Sin embargo, una vez captada la atención del público, el interés no se desvaneció tan fácilmente.

Especialmente aquellos más obsesionados con él, quienes se congregaban en masa cada vez que Philip comparecía ante el tribunal, agitando pancartas o lanzando alaridos; la prensa no tardó en bautizarlos como 'los seguidores de Philip'.

Que un tipo demandado por setenta y tres Alphas tuviera seguidores era, para algunos, algo inconcebible, pero el mundo está lleno de gente diversa, ¿no? Claramente existían personas capaces de dejarse fascinar por alguien como Philip.

Los más extremistas incluso pasaron a la acción directa. Algunos se subían a los lugares más visibles agitando carteles que rezaban: '¡Si es guapo, es inocente!'. Y cada vez que esto ocurría, los periodistas, como si hubieran hallado un producto de oro, fotografiaban a los seguidores y difundían las imágenes por todos los medios.

Como resultado, Philip prácticamente monopolizó los titulares de los noticieros en video y los encabezados de la prensa digital.

[Un país donde es fácil vivir siendo un criminal]

[Los seguidores de Philip cruzan la línea]

Debido a esto, los días de audiencia, el público se veía forzado a ver el nombre de 'Philip Antoine Kingston' por doquier. Lo que empezó como simple curiosidad había mutado en la formación de un club de fans acérrimos.

Irónicamente, lo que hizo tan famoso a Philip fue lo que poseía y su propia forma de actuar. Al fin y al cabo, la mala fama también es fama. El problema era que, debido a la constante intervención de sus seguidores, la vida privada de Philip comenzó a ser destapada pieza por pieza. Aunque no fuera su intención, así había sido su vida: una existencia que, cuanto más se conocía, más pecados revelaba.

No se sabe si considerarlo una fortuna, pero Philip no le daba importancia. No tenía intención de esconderse y, con una desfachatez asombrosa, se preguntaba qué podrían hacerle aunque se supiera todo. ¿De qué serviría decirle a un hombre así "por favor, no beba la noche antes del juicio"? Era un hombre dispuesto a pagar lo que fuera, pues consideraba que la boca de un abogado era cara.

Por ello, Rowald dejó de pedirle que se abstuviera del alcohol antes de las audiencias. Al menos, últimamente casi no salía y se quedaba en su penthouse, lo cual era un alivio. Sin embargo, ante la sentencia final, la ansiedad de Rowald crecía por momentos. Que Philip estuviera tan calmado le resultaba inquietante, y el miedo a que cometiera alguna locura de último minuto le impedía conciliar el sueño.

'Maldición, tengo un mal presentimiento.'

Al final, se puso una chaqueta sobre el pijama y tomó el volante. No recordaba con qué juicio condujo, pero al divisar el penthouse de Philip, sintió un ligero arrepentimiento. Pero qué se le va a hacer; el que tiene la necesidad es el que debe dar el paso.

Nada más aparcar, un grupo de guardias corpulentos lo rodeó. Tras identificarse ante ellos uno por uno, logró acceder finalmente al penthouse en la cima. En cuanto se abrieron las puertas del ascensor, sintió un ambiente caldeado; en ese momento, Rowald solo pudo agradecer ser un Beta.

Ding—.

Al abrirse las puertas, se topó con una enorme puerta de cristal. Y tras ella, cuerpos desnudos. Rowald, recobrando la lucidez, quiso pulsar el botón del ascensor para huir, pero unos ojos azules a medio cerrar lo descubrieron y se curvaron en forma de media luna.

"¡Oh, mi mayor gasto reciente, Rowald!"

Philip soltó lentamente el cuello del Alpha al que estaba sometiendo y se acercó caminando con paso firme. ¿Con qué se habría embriagado esta vez? Philip tambaleaba lo justo, como si estuviera intentando borrar algún recuerdo. Rowald, observando su avance, retrocedió muy lentamente.

Tener a un tipo de 1.95 m mirándolo desde arriba ya era bastante aterrador, pero ver ese "garrote" balanceándose con cada paso de un Alpha dominante drogado era el verdadero terror.

"H-ha... hagh..."

Sin embargo, su carrera, construida a base de jugarse la vida, estaba en juego. Desde que aceptó a Philip Antoine Kingston como cliente, ya contaba con este tipo de espantos. Es decir, la ambición iba antes que el miedo... por ahora.

Rowald se mantuvo firme sin huir, y Philip, con la cabeza ladeada, lo observó fijamente. Una expresión carente de vergüenza, como la de un Adán que aún no ha probado la manzana prohibida. Como si se hubieran cruzado casualmente durante la cena.

"¿A qué se debe su visita? Últimamente no estoy de muy buen humor."

Todos los hombres alineados tenían 'ojos rojos'. Rowald llegó a sospechar si Philip no habría tenido algún problema con un Alpha de ojos rojos. Apartó la mirada de los hombres del fondo y la centró rápidamente en Philip. No quería ser testigo de otra escena del crimen; más exactamente, no quería involucrarse más con Philip.

"...Philip. Sabe que ya estamos en la recta final, ¿verdad?"

"¿Ah, sí?"

"He venido a pedírselo por el bien de lo que ya hemos logrado. Se lo ruego, por favor. No cause más problemas."

Nada más terminar la frase, Philip soltó una risa seca. Chasqueó los dedos al aire y un guardia en la esquina le alcanzó una botella de licor. Philip bebió directamente de la botella como un viajero sediento, se limpió la comisura de la boca y dijo con voz grave:

"¿Me ha interrumpido solo para decirme eso?"

"No es una interrupción. Es un asunto realmente importa—"

"Rowald."

La palabra quedó cortada y Rowald alzó la vista con los ojos temblorosos. Mientras sus labios balbuceaban, Philip sonrió con un rostro feroz.

"Preocúpese por su carrera con el consejero que usted mismo contrató, no con el cliente que le paga. A estas horas... Ja. Rowald, ¿vas a encargarte tú de mí en lugar de ese tipo?"

Un brillo afilado cruzó sus ojos azules. Todavía estaba de mal humor después de haber soñado hace poco que un tipo sombrío lo penetaba hasta provocarle una polución nocturna. ¡Maldita sea! Le irritaba que ahora hasta un Beta pareciera tomarlo a la ligera.

Al sentir la mirada asesina de Philip, Rowald intuyó que había cruzado una línea y bajó la cabeza.

"L-lo siento."

Se arrepintió profundamente de haber hurgado en el avispero. Tratándose de este Alpha dominante adicto a los estímulos, le daría igual que fuera un abogado en la cima de su carrera; acabaría destrozado y atado en algún rincón como aquel Alpha.

Cuando Rowald retrocedió instintivamente, Philip pulsó el botón del ascensor y, con cortesía, lo invitó a subir. Justo antes de que las puertas se cerraran, Philip sonrió como un muchacho y le guiñó un ojo.

"No sienta nada, era broma. En fin, nos vemos mañana. Fuuu... espero que con la mente más despejada que ahora."

Rowald sonrió con torpeza mientras aporreaba el botón de cierre. Apenas recordaba cómo llegó al aparcamiento. Agarró el volante y pisó el acelerador sin rumbo fijo. Al llegar a casa, se quitó las gafas de cristales gruesos y esperó a que amaneciera. Que pasara pronto el día. Exactamente, que pasaran las próximas 24 horas para terminar con este maldito contrato con la familia Kingston. Para poder borrar definitivamente ese nombre de su currículum.

 

Al día siguiente.

Nada más llegar al tribunal, las preguntas de los periodistas llovieron como de costumbre. Aunque al principio era abrumador, el personal de la corte ya se había acostumbrado.

"¿No siente arrepentimiento hacia las víctimas?"

"¡Philip! Se dice que hay otro Alpha retenido en su penthouse. ¿Es cierto?"

Las preguntas golpeaban una tras otra como olas en mar abierto, mareando a cualquiera. Tanto los secretarios de Philip como sus guardias tenían la mirada perdida por el agobio, pero solo Philip sonreía, posando en el ángulo que mejor le favorecía. Fue entonces cuando ocurrió.

"¡Señor Kingston! ¿Es cierto el rumor de que está patrocinando a un Código Negro del BCS?"

Los periodistas, que hasta entonces empujaban micrófonos y cámaras, se detuvieron en seco. Observaron al colega que había lanzado la pregunta con ojos que parecían salirse de sus órbitas.

¿BCS? ¿Acaso el refugio? ¿Código Negro? ¿Patrocinio?

El BCS, conocido como Beautiful Creatures Shelter (Refugio de Criaturas Hermosas). Tras la expansión de la civilización terrestre, los humanos hicieron grandes esfuerzos para establecer relaciones amistosas con las criaturas del espacio. Como resultado, la humanidad construyó refugios propios, asumiendo el derecho de proteger, observar y aislar a diversas criaturas. Operar estos refugios permitía a los humanos conocer distintas especies, mientras que las criaturas que perdían su hogar por diversos motivos podían llevar una vida cómoda allí. Es decir, el BCS era el hogar donde todos los seres del universo podían coexistir.

El problema era que no todas las criaturas eran amistosas con los humanos. Dentro del refugio existían niveles de riesgo: Verde, Amarillo, Rojo y Negro; cuanto más alto el rango, más peligroso se consideraba al ser para la humanidad y la Tierra. Un rango alto no significaba necesariamente que fueran violentos, incluso un Código Negro podía no serlo... siempre y cuando no se "decidiera" a hacer daño. Pero esa era la opinión de los responsables del BCS; la mayoría de los humanos sentía aversión por los rangos de alto riesgo —Rojo y Negro—, pues era un hecho que, si se lo proponían, podrían extinguir a la humanidad.

¿Y Philip Antoine Kingston patrocinaba a un Código Negro? Philip mismo era prácticamente el Código Negro representante de la Tierra, ¿quién se creía que era para patrocinar a quién?

"¿Pero este tipo no está loco de remate?" exclamó alguien, como quien descubre una infidelidad tras diez años de relación. Vamos, ¿acaso es novedad que este hombre esté loco? ¿Apenas se enteran?

NO HACER PDF

Mackie y Rowald se miraron y carraspearon en silencio.

"Philip, entremos de una vez", se adelantó Rowald, aprovechando la oportunidad. Código Negro o lo que fuera, por ahora solo era un rumor; si evitaban responder, el tema pasaría desapercibido en la sala.

El periodista, notando la maniobra, no dejó pasar la oportunidad y acercó el micrófono de nuevo.

"¿Es verdad que hubo patrocinio? Si es así, ¿por qué demonios lo hizo?"

Philip, que ya subía las escaleras, se volvió con desgana. Los periodistas alineados bajo su mirada parecían hormigas, aunque para él, no había mucha diferencia entre un periodista y una hormiga. Como un niño curioso que le quita la comida a un insecto, tomó el micrófono del periodista con un movimiento fluido y dijo sonriendo:

"Es que tenía curiosidad por saber de qué rasgo era. Si tengo la oportunidad, se lo preguntaré yo mismo."

Philip, manteniendo el contacto visual, dejó caer el micrófono deliberadamente. Soltó una risa seca, como si fuera un error, y se dirigió al tribunal sin mirar atrás. A sus espaldas, solo se oían los vítores de sus seguidores y el incesante clic de los obturadores de las cámaras.