#108
De repente, el corazón de Chrissy empezó a
latir con estrépito, como si se sacudiera violentamente. Se quedó inmóvil,
mirando hacia arriba a Nathaniel. Esos ojos de un violeta intenso lo
contemplaban en silencio. Ante esa mirada inquebrantable, que parecía
escudriñar hasta sus secretos más profundos, Chrissy no pudo moverse.
Las manos que se rozaban se separaron
lentamente. El calor del café desapareció y las manos de Chrissy quedaron
vacías. Nathaniel mantenía la vista fija en él. Tomó el vaso de papel que
Chrissy sostenía y se lo llevó a los labios. Chrissy solo pudo observar cómo él
bebía aquel café barato. La nuez de Adán del hombre subió y bajó una vez. Tras
apartar el vaso, Nathaniel finalmente habló.
“Nada mal”.
Esas palabras hicieron que Chrissy volviera en
sí. Al darse cuenta de que se había quedado embobado con aquel hombre, se
sintió avergonzado y giró la cabeza rápidamente, fingiendo beber su café. De
pronto, por el rabillo del ojo, vio una gran bolsa de papel, eran los
sándwiches que Nathaniel había traído. Pensando que era una buena oportunidad,
hurgó en el interior y miró a Nathaniel.
“¿Cuál quieres?”.
Era un tema adecuado para disipar el ambiente
incómodo. Nathaniel, dándose cuenta también, respondió con naturalidad.
“El que tienes en la mano”.
Chrissy bajó la vista hacia lo que sostenía y
se lo lanzó ligeramente. Nathaniel atrapó el sándwich B.L.T. con una mano, por
un instante pareció fruncir el ceño, pero pronto recuperó su expresión
indiferente.
“Parece que te ha tocado justo el que no te
gusta. Por eso es mejor expresar tus preferencias claramente”.
Aconsejó Chrissy, sintiendo ganas de reír.
Nathaniel bajó la vista hacia el sándwich por
un momento antes de decir.
“No importa. No es que lo odie, es más bien
que no me gusta mucho”.
De pronto, a Chrissy le asaltó la curiosidad:
¿habría algo en este mundo que a este hombre realmente le gustara? Verlo allí,
con el sándwich sobre el escritorio, bebiendo café en silencio, le producía una
sensación extraña. Nathaniel Miller era, probablemente, el hombre que menos
encajaba en esa oficina de fiscalía, estrecha, destartalada y hecha un
desastre. A estas horas, él debería estar en un ático espacioso y lujoso con
vistas a Central Park, comiendo platos preparados por un chef profesional y
bebiendo un vino vintage de nombre desconocido. No era un hombre que debiera
estar aquí, consumiendo café barato y sándwiches mediocres.
Incluso él mismo jamás habría imaginado que
terminaría comiendo ese tipo de comida en un lugar como este.
“¿No te han dicho nunca que hay que elegir
bien con quién te juntas?”.
Preguntó Chrissy.
Nathaniel lo observó con los ojos
entrecerrados, como preguntándose a qué venía eso de repente. Chrissy quitó el
envoltorio de su sándwich de pollo y dijo con indiferencia.
“Si no te hubieras involucrado conmigo, no
estarías en un sitio así comiendo un sándwich que ‘no te gusta mucho’”.
Luego, desvió la mirada del sándwich para
observar a Nathaniel.
“¿No lo crees así?”.
Nathaniel no dijo nada. Se limitó a llevarse
lentamente el café a la boca una vez más. ¿Era un sí o un no? Cualquier otra
persona habría pensado que estaba sopesando qué responder, pero este era
Nathaniel Miller. Justo cuando Chrissy empezaba a sentirse inquieto por su
silencio reflexivo, Nathaniel soltó una breve carcajada. Sin embargo, no era su
habitual cinismo, por un instante, pareció una risa cercana a la autocompasión.
En ese momento, algo llamó la atención de Chrissy.
“... Tu mano”.
Ante su murmullo bajo, Nathaniel le lanzó una
mirada de reojo. Chrissy, sin apartar la vista de un punto fijo, continuó.
“Esa mano, ¿por qué te la lastimaste?”.
Solo entonces Nathaniel miró su propia mano y
luego volvió a mirar a Chrissy, como preguntando qué quería decir. Chrissy, sin
dejar de mirar la mano que sostenía el vaso de café, preguntó.
“¿Por qué te heriste para protegerme?”.
Hasta ahora no lo había preguntado, la razón
por la que este hombre había actuado de esa manera. El silencio volvió a reinar
entre ambos, pero esta vez era distinto. En medio de una tensión que parecía un
mutuo escrutinio, se miraron sin decir palabra. El primero en hablar fue
Nathaniel.
“Quién sabe”.
Con una leve sonrisa en los labios, se llevó
el café a la boca.
“Ni yo mismo lo sé”.
Chrissy lo observó beber tras aquella
respuesta tan decepcionante.
“Lo que yo creo...”.
Continuó Nathaniel solo después de apartar el
vaso. Por un momento, Chrissy pensó que se había tomado su tiempo solo para
encontrar las palabras adecuadas. Mirándolo fijamente, Nathaniel sentenció.
“...Es que no quería que salieras herido”.
Chrissy frunció ligeramente el ceño. Las
respuestas de este hombre siempre eran así, nunca directas, siempre ambiguas,
solo servían para inquietar su corazón.
“Tú no eres de los que se dejan herir por los
demás”.
Dijo Chrissy. Nathaniel soltó una risa corta.
¿Qué le resultaría tan gracioso?
“Por supuesto que no. Me has entendido
perfectamente”.
Dijo Nathaniel con la voz aún teñida de
diversión.
Dejó el vaso sobre el escritorio. Lentamente,
la mano que sostenía el bastón avanzó. El sonido familiar del bastón golpeando
el suelo resonó con calma. Nathaniel se acercó. En esa oficina tan estrecha, un
solo paso firme fue suficiente para que ambos quedaran a una distancia mínima.
“Chrissy Jin”.
Nathaniel pronunció su nombre en voz baja. Su
mano grande se acercó, se posó en su cintura y comenzó a acariciarla
lentamente.
“¿Cuánto tiempo más tengo que esperar?”.
Chrissy no respondió a su pregunta. No
retrocedió, ni lo apartó. Se limitó a mirarlo en silencio. La mano que
merodeaba por su cintura se desplazó hacia su espalda y tiró de él con fuerza.
Chrissy se hundió en los brazos de Nathaniel, uniendo sus cuerpos. Sintió la firmeza
del torso del hombre contra el suyo. Los ojos violetas que lo miraban se habían
oscurecido, tornándose casi negros.
Ah.
En el momento en que sus labios se rozaron,
Chrissy dejó escapar un suspiro involuntario. No supo si cerró los ojos primero
o si el contacto ocurrió antes. Lo único seguro era que, probablemente, sabía
que este momento llegaría desde hacía mucho tiempo, por mucho que intentara
evitarlo.
El roce breve se convirtió en un beso
profundo. La lengua de Nathaniel se abrió paso lentamente, acariciando su boca
de forma íntima. Chrissy sintió como si cada una de sus células despertara. Un
temblor desconocido recorrió su piel como una onda. Tras morder suavemente su
labio inferior, Nathaniel lo soltó y susurró.
“Sabía que terminaríamos así”.
Continuó moviendo su lengua con suavidad,
explorando su boca con sigilo.
“Tú también lo sabías, ¿verdad?”.
Chrissy no respondió con palabras. En su
lugar, sujetó la nuca de Nathaniel para presionar sus labios con más
intensidad. Creyó escuchar una risa de Nathaniel entre el contacto de sus
bocas, pero no le importó. Solo el intenso aroma de las feromonas que lo
envolvía llenaba su mente, junto con el latido desbocado de su corazón.
Justo cuando inclinó la espalda con la
sensación de que su cerebro se derretía, Nathaniel, que había subido la camisa
de Chrissy para acariciar su piel desnuda, preguntó.
“Tienes condones, ¿verdad? En el cajón”.
Chrissy abrió los ojos de par en par,
incrédulo. Ante su mirada atónita, Nathaniel volvió a reír.
“¿Cómo sabías que había condones en mi cajón?”.
Preguntó Chrissy, incapaz de ocultar su
desconcierto.
“La primera vez que nos vimos”.
Respondió Nathaniel con naturalidad.
“No dejabas de mirar de reojo el cajón. Supuse
que escondías algo”.
El rostro de Chrissy se encendió. Avergonzado,
le recriminó.
“¿Y cómo sabías que eran condones?”.
Él volvió a reírse de su reacción exagerada.
Con total parsimonia, le respondió.
“Pensé que, si no los tenías, tendría que
ponerlos yo mismo”.
Chrissy se quedó sin palabras. Nathaniel ladeó
la cabeza como si no fuera gran cosa y añadió.
“Me alegra que estemos en la misma sintonía”.
Sus labios volvieron a sellarse, pero esta vez
Chrissy ya no podía reír.
