Extra 4. Estratagema
Extra
4. Estratagema
El
primer semestre que pasaron como la pareja oficial de novatos de Harvard
terminó sin contratiempos. En ese tiempo, que pudo ser corto o largo según se
mire, ocurrieron muchas cosas.
El
momento más intenso fue, sin duda, ‘The Game’. En el tradicional partido de
fútbol americano entre Harvard y Yale, que se celebra cada tercer sábado de
noviembre, Chase fue inscrito como el quarterback titular. Durante todo el
encuentro, mantuvo un juego impresionante del que nadie podía apartar la vista,
llevando finalmente al equipo a la victoria.
Jung-in
lo apoyó fervientemente vistiendo el jersey con el número 12 de Chase y con un ‘12’
pintado en ambas mejillas. Ese día, sin importarle las miradas de los demás,
gritó hasta quedar ronco y aplaudió hasta que sus manos se entumecieron por el
frío. Por supuesto, Justin estuvo a su lado en todo momento.
Después
del partido, el entrenador se acercó con ojos llenos de esperanza intentando
persuadirlo para que jugara el siguiente encuentro, pero Chase se negó rotundamente.
Tras
eso, vino de inmediato la preparación para los exámenes finales. Ambos pasaron
días frenéticos yendo y viniendo entre la biblioteca, el dormitorio y el
condominio de Chase. Gracias a que sus calificaciones fueron mejores de lo
esperado, Jung-in no tuvo que preocuparse por su beca. Chase también parecía
haberse acostumbrado un poco más al ambiente de estudio rodeado de nerds. Su
actitud se veía mucho más relajada y una sensación de estabilidad y calma se
filtró en su rutina diaria mientras se adaptaba paso a paso. Otro evento
importante fue que Chase se convirtió en miembro honorario de la Asociación de
Estudiantes Coreanos.
Y
ahora, ambos regresaban a Bellacove para pasar las Navidades.
El
Aeropuerto Logan ya estaba impregnado del ambiente de fin de año. Frente a las
puertas de embarque, la gente bullía, moviéndose ajetreada con maletas de todos
los tamaños. A través de las ventanas, el cielo de Boston se veía encapotado, y
los adornos navideños colgados del techo del aeropuerto brillaban reflejando
las luces tenues.
Afortunadamente,
subieron al avión sin retrasos y pronto se escuchó el anuncio de la azafata por
los altavoces.
-Buenos
días, señores pasajeros. Este es el vuelo con salida del Aeropuerto
Internacional Logan de Boston y destino al Aeropuerto Internacional de Los
Ángeles (LAX). Antes del despegue, les rogamos que pongan todos sus
dispositivos electrónicos en modo avión...
Aunque
era un vuelo nacional, duraba seis horas y media. Chase vio una película y
luego se puso el antifaz para intentar dormir. Por su parte, Jung-in, incapaz
de contener la emoción, alternaba entre leer un libro que compró en la tienda
del aeropuerto y mirar por la ventanilla.
Y
finalmente...
Bajo
la ventana del avión se divisó la familiar línea costera de Bellacove. Solo
habían pasado unos meses, pero su corazón latía con fuerza como si regresara a
su hogar tras una larga y ansiosa ausencia. Jung-in sacudió suavemente a Chase,
que seguía dormido, para despertarlo.
“¡Chay!
¡Chay! ¡Ya llegamos!”.
Chase
se levantó el antifaz y abrió los ojos con dificultad. Bajo su cabello rubio
alborotado, sus ojos azules nublados por el sueño miraron a Jung-in. Ante la
insistencia de su novio, Chase miró por la ventana, soltó una risita y revolvió
cariñosamente el cabello de Jung-in. Debido a la agradable emoción del momento,
Jung-in no se molestó y simplemente le devolvió una gran sonrisa.
En
cuanto bajaron del avión y salieron por la puerta, divisaron a Su-ji. Vestida
con la camiseta de ‘Harvard Mom’ que Jung-in le había enviado, sostenía un
cartel hecho en broma.
[WELCOME
HOME, LIM & PRESCOTT]
Jung-in
dejó su maleta casi tirada y corrió hacia Su-ji para darle un fuerte abrazo. Su-ji
sonrió ampliamente y lo estrechó con fuerza. Chase recogió la maleta que
Jung-in había dejado atrás y caminó hacia ellos.
“¡Buen
trabajo, mis estudiantes de Harvard!”.
Su-ji
les dio palmaditas en la espalda a ambos.
Como
si hubiera estado esperando esta oportunidad, Jung-in empezó a quejarse del
clima invernal de Boston. Exageró un poco, como si hubiera sobrevivido a un
desastre natural, mencionando que las temperaturas bajaban de cero por la
mañana y por la noche.
Al
salir del aeropuerto, los tres subieron al Camry rojo de Su-ji. Cuando ella
arrancó el motor, una ligera canción pop sonó en la radio. Por la ventana
pasaban el cielo despejado de California y las palmeras.
“¡Es
casa!”.
Exclamó
Jung-in al ver la pequeña casa de dos pisos al final de Willow Street.
La
casa acogedora bañada por el sol, con su puerta principal de color verde
salvia, el pequeño porche y las macetitas a los lados... el paisaje familiar
llenó el corazón de Jung-in de calidez. Chase también sintió que su pecho se
entibiaba al recordar la comodidad de ese hogar. Al ver a Jung-in bajar del
coche casi saltando para correr hacia la entrada, una sonrisa natural se dibujó
en los labios de Chase.
En
cuanto abrieron la puerta, un aroma agrio y picante inundó sus narices. El olor
del kimchi bien cocido y el aroma sabroso de la carne. Jung-in reconoció el
menú sin siquiera mirar y lanzó un grito de alegría.
“¿No
me digas que es Dwaeji Kimchi-jjim (estofado de cerdo y kimchi)?”.
Su-ji
asintió sonriendo.
“Lo
calentaré, así que vayan a lavarse las manos”.
Jung-in,
con el rostro iluminado, arrastró a Chase al baño. Aunque se habían vuelto
clientes habituales de varios restaurantes coreanos cerca de Harvard, lo que
más extrañaba era, sin duda, la comida de su madre. Tras lavarse, ambos
ayudaron con naturalidad a Su-ji a poner la mesa.
Pronto,
sobre la mesa apareció arroz blanco brillante y el estofado de cerdo y kimchi
cocinado a fuego lento en una olla de hierro. Era una mesa modesta con algas
secas, tortilla enrollada (gyeran-mari) y algunos platos de acompañamiento
(banchan), pero se notaba que todo estaba recién hecho. A Jung-in le preocupó
un poco que Su-ji no estuviera comiendo bien cuando estaba sola.
Su-ji
miró a Chase con cierta preocupación, temiendo que la comida fuera demasiado
picante para él. Sin embargo, él tomó una cucharada grande de arroz con kimchi
y carne y se la llevó a la boca sin inmutarse, sin ponerse rojo ni sudar una
gota. Ella ladeó la cabeza con curiosidad y preguntó.
“Cielo,
Chase, ¿ahora comes bien el picante?”.
“He
estado entrenando dos veces por semana con soondubu (estofado de tofu suave)
picante gracias a Jung-in”.
La
palabra ‘entrenamiento’ era la descripción perfecta. Chase se había propuesto
con entusiasmo rediseñar sus papilas gustativas para que fueran como las de un
coreano. Era su forma de esforzarse por entender a Jung-in un poco mejor.
Su-ji
se rió y le sirvió más arroz a Chase. Él tomó la cuchara de nuevo con
naturalidad. Aunque sentía un ligero hormigueo en la punta de la lengua por el
picante, su expresión seguía siendo relajada.
“La
próxima vez volveré a intentar el reto de ese pollo que cayó en la lava. ¿Cómo
era, Jung-in?”.
<Dak-bokkeum-tang
(estofado de pollo picante)>.
“...
Sí, eso”.
Balbuceó
Chase, sin atreverse a pronunciarlo del todo bien. Su-ji lo observaba con
ternura y bromeó.
“Hablando
de eso, en Corea hay una tradición de cocinarle pollo a los yernos cuando
vienen de visita”.
“Yo
no soy tu hija”.
Replicó
Jung-in.
“Bueno,
no sé qué comida se le sirve a la pareja del mismo sexo de un hijo cuando viene
de visita”
Mientras
comían, Jung-in miró a Su-ji y preguntó de repente.
“Mamá,
¿ya te uniste a alguna aplicación de citas?”.
“Vaya,
este niño. No digas esas cosas delante de Chase”.
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“Hablo
en serio. Si solo trabajas, ¿cómo vas a conocer a alguien?”.
“Ay,
por favor. Dos veces fueron suficientes. Paso de una tercera”.
Su-ji
negó con la cabeza riendo. En ese momento, Chase intervino con picardía.
“¿Quiere
que yo investigue un poco por usted?”.
“¡Vaya,
ahora tú también!”.
Exclamó
Su-ji mirándolo de reojo. Las risas se extendieron por la mesa.
Tras
la cálida comida, Chase regresó pronto a su casa, queriendo que Jung-in
disfrutara plenamente de su tiempo con Su-ji. Jung-in se quedó lavando los
platos junto a ella después de mucho tiempo; él los enjuagaba y ella los secaba
y guardaba. Hablaron de todo: lo ocurrido en Harvard, sus citas con Chase y los
pequeños cambios en Bellacove que Jung-in se había perdido.
Después
de ordenar la cocina, Jung-in subió a su habitación en el segundo piso. El
cuarto estaba exactamente igual a como lo dejó. Vio libros y cuadernos a medio
organizar sobre su escritorio. Se acercó a la cama y abrazó su bola de nieve,
que seguía custodiando fielmente la habitación, sin olvidar preguntarle cómo
había estado.
Tras
desempacar y darse una ducha caliente, se acostó temprano. En cuanto apoyó la cabeza
en la almohada, el cansancio lo invadió. Justo cuando iba a cerrar los ojos, el
teléfono vibró. Era un mensaje de Chase con un contenido que le quitó el sueño
al instante.
Chay❤️
[Mi
padre te ha invitado a una cena familiar.]
[Dejaré
la decisión de asistir en tus manos.]
Aparecieron
los puntos suspensivos indicando que Chase estaba escribiendo algo más,
seguramente preocupado. Jung-in sujetó el teléfono respirando hondo. Llegó el
siguiente mensaje.
Chay❤️
[De
verdad, no quiero que te sientas presionado.]
Jung-in
dejó el teléfono y se quedó pensativo. Era algo que esperaba. A medida que su
relación con Chase se profundizaba, la ansiedad por este día también crecía. Al
final, casi prefería enfrentarse pronto a su familia y zanjar el asunto. Sabía que
no sería un rival fácil, pero no le importaba. Jung-in estaba dispuesto a
enfrentarse a cualquier cosa que se interpusiera entre él y Chase. Con
determinación, tomó el teléfono y escribió una sola frase:
Chay❤️
[Iré.]
***
En
la habitación de Jung-in se respiraba un aire de batalla. De pie frente al
espejo, inhaló profundamente. El tacto rígido de la tela del traje le resultaba
extraño. Había sacado el traje que Steven le compró para aquel evento benéfico.
Era una prenda de hacía casi dos años pero, lamentablemente, como no había
crecido mucho, aún le quedaba perfecto. Se abrochó el botón de la chaqueta con
calma y se ajustó las mangas mientras se observaba.
“Puedo
hacerlo”.
Era
más una promesa que una afirmación. Tras cerrar y abrir los puños, revisó sus
mensajes.
Chay❤️
[Un
coche irá a buscarte a la hora acordada.]
[Sí,
no te preocupes. Confía en mí.]
[He
elegido muy bien a mi novio. Es tan confiable y guapo.]
Jung-in
murmuró una vez más ‘puedo hacerlo’ y salió de la habitación. Era hora de
convertirse en el caballero que rescataría a la princesa encerrada en el
castillo de los Prescott. ‘Una princesa rubia’. Al pensar en Rapunzel, soltó
una risita tonta.
Al
salir de casa, un sedán de lujo esperaba en silencio: un Rolls-Royce negro de
brillo impecable. Un hombre corpulento vestido de traje se inclinó levemente al
verlo y le abrió la puerta trasera.
“Señor
Lim”.
Jung-in
se sintió intimidado por un segundo, pero recuperó la compostura de inmediato y
subió al coche con paso firme. El coche arrancó suavemente con un leve ronroneo
del motor, y el paisaje comenzó a fluir tras la ventana.
Crestview
Drive nº 1 lucía un ambiente diferente al de otros años ante la proximidad de
la Navidad. La mansión estaba decorada con los colores tradicionales: rojo y
verde. Los pilares de la gran puerta estaban envueltos en lazos rojos y ramas
de abeto, y en la entrada colgaba una corona navideña de al menos un metro de
diámetro. Las luces titilantes recorrían los árboles del jardín, y figuras de renos
dorados brillaban bajo los focos en el césped.
Al
entrar, el mayordomo, Clive Pembroke, lo recibió. Vestía un esmoquin negro y
llevaba el cabello canoso perfectamente peinado. Sus guantes blancos impecables
le daban un aire solemne.
“Señor
Lim, por aquí, por favor”.
Dijo
Clive con voz grave y comedida. Su cortesía contenida parecía representar la
autoridad de la familia.
Sus
pasos resonaron sobre el mármol hasta que una pesada puerta de caoba se
interpuso en su camino. Clive abrió la puerta doble y, al entrar, una escena
digna de una película de época se desplegó ante Jung-in. Al frente había una
mesa majestuosa, lo suficientemente grande para veinte personas, cubierta con
un mantel blanco impoluto. La cubertería de plata y las copas de cristal brillaban
bajo la luz de la araña de cristal.
Sin
embargo, en esa mesa colosal solo había cuatro personas. Al abrirse la puerta,
todos se pusieron en pie al unísono. Sus movimientos eran perfectos, elegantes
y precisos, como si fueran fruto de años de entrenamiento. Una educación en la
etiqueta casi aterradora.
Jung-in
recordó de repente sus clases de Historia de Europa: el cabeza de familia se
sienta en un extremo de la mesa larga y la anfitriona en el opuesto. Hoy,
Dominic Prescott y Lillian Prescott ocupaban esos lugares. Dominic vestía un
traje azul marino oscuro con corbata a juego y una camisa blanca impecable;
incluso sus arrugas le daban un aire distinguido. Lillian llevaba un vestido de
tweed elegante pero no excesivamente llamativo, adornado con un delicado collar
de perlas en su cuello.
La
mirada de Jung-in se desplazó hacia el lado de Chase. Una figura desconocida
estaba sentada junto a él. Jung-in la reconoció por las fotos familiares que
Chase le había mostrado: Sophia Prescott. En persona era aún más hermosa,
vestida con un vestido de seda azul profundo que resaltaba su figura atlética,
coronado con un collar de diamantes. Chase, de traje negro, estaba sentado
junto a ella, dejando el asiento de enfrente vacío para el invitado.
“Bienvenido”.
Dijo
Dominic con voz grave y firme. Su mirada recorrió a Jung-in de arriba abajo. En
sus ojos se leía claramente: ‘Tú no perteneces aquí’.
“Buenas
noches”.
Respondió
Jung-in con la espalda recta, sin dejarse amilanar. Saludó a Dominic y luego asintió
a Lillian y Sophia.
Lillian
entrecerró los ojos al mirarlo. ¿Recordaría su breve encuentro de hacía dos
años? Por otro lado, la mirada de Sophia era una mezcla de curiosidad, cautela
y cinismo. Lo observaba como si le estuviera poniendo una nota, tratando de
juzgar qué clase de persona era.
Jung-in
se esforzó por sonreír aún más.
¿Acaso
no dicen que no se puede escupir en una cara sonriente?
A
la vista de todos, le dedicó a Chase la sonrisa más radiante que pudo esbozar.
“Hola,
Chay”.
Una
sonrisa sutil se dibujó en el rostro de Chase. Como si no pudiera ocultar su
risa ante la actitud segura de Jung-in, se llevó el puño a la boca y fingió
carraspear. A Jung-in le resultaba un poco gracioso, y a la vez algo triste,
que incluso ante su familia Chase tuviera que guardar las apariencias. ¿Había
vivido Chase toda su vida en un lugar así?
Un
sirviente se acercó y, en silencio, retiró la silla. Jung-in le agradeció con
un gesto natural de cabeza y se sentó. Estaba justo enfrente de Chase y Sophia.
Sobre la mesa, platos de porcelana con bordes dorados y cubiertos de plata
estaban dispuestos con una precisión milimétrica, como si hubieran usado una
regla para alinearlos. Jung-in bajó la mirada hacia los cubiertos de plata
frente a él. Eran demasiados. Solo de tenedores había cuatro. Jung-in solo
sabía lo básico: se empieza usando los del exterior.
“Que
traigan la comida”.
Ordenó
Dominic.
Como
si hubieran estado esperando la señal, los sirvientes se acercaron de inmediato
para servir el primer tiempo: un tartar de salmón impecablemente presentado
sobre un plato bajado de una pequeña bandeja de plata. El salmón estaba cortado
en cubos perfectos, decorado con cebollino picado, ralladura de limón y motas
de pimienta negra.
Jung-in
miró el plato con nerviosismo momentáneo y luego reojo a Chase. Chase, con
movimientos deliberadamente pausados, tomó el tenedor situado más al exterior.
Jung-in lo imitó de inmediato. Si solo tenía que copiar a Chase, fingir buenos
modales en la mesa no parecía tan difícil.
Dominic,
manejando sus cubiertos con elegancia, se dirigió a Jung-in.
“¿Dijiste
que te llamas Jay?”.
“Sí”.
Respondió
Jung-in, dejando el tenedor y enderezando la espalda con cortesía.
“Supongo
que tendrás algún nombre más... exótico”.
¿Quería
recalcar que era un inmigrante, que no era de aquí? ¿Quería decirle que este no
era su mundo? Jung-in mantuvo una sonrisa natural y respondió con calma.
“Tengo
un nombre coreano, pero ese solo se lo permito a Chase. Para los demás,
simplemente Jay está bien”.
De
repente, se escuchó un ‘pff’ ahogado. Venía de Sophia. Ella compuso su
expresión de inmediato y bebió un sorbo de agua.
“Mis
disculpas”.
La
voz ronca de Sophia llamó la atención de Jung-in. Era grave, suave y resonaba
con claridad.
Vaya,
ambos hermanos son hermosos y además tienen voces perfectas. El mundo es
realmente injusto, pensó Jung-in. Por su parte, Chase miraba a Jung-in apoyando
ambos codos en la mesa, pareciendo aún más cautivado por la valentía de su
novio de no acobardarse en esa situación.
Lillian,
que comía con elegancia manteniendo la vista baja, señaló en voz baja como si
lo viera todo.
“Chase,
los codos”.
Chase
los retiró de inmediato. Jung-in, por reflejo, también deslizó hacia abajo el
codo que tenía apoyado en la mesa. Al ver eso, los labios de Sophia se curvaron
ligeramente en una sonrisa de interés.
¿Qué
pasa? ¿Le agrado?, se preguntó Jung-in ladeando levemente la cabeza.
Dominic
tomó un sorbo de vino y volvió a dirigirse a él.
“Espero
que no te haya sorprendido esta invitación tan repentina”.
“No
hay problema”.
“Seguro
que todo esto te resulta muy ajeno, pero confío en que Chase te ayudará. Él fue
educado desde pequeño para ser considerado con los demás”.
El
significado oculto en sus palabras era nítido: Chase tiene un nivel superior y
Jung-in solo puede encajar gracias a la ‘consideración’ de Chase. Dominic usaba
el lenguaje de la aristocracia, hablar con rodeos para menospreciar a alguien
de forma educada y sutil sin dar motivos para ser atacado. Jung-in se puso en
guardia de nuevo; no pensaba dejarse manipular.
El
siguiente plato fue blinis con caviar: pequeñas tortitas con crème fraîche coronadas
con caviar de la más alta calidad. Tras saborear la comida, Dominic llamó a
Clive con un gesto.
“El
caviar es excelente. Felicita a la cocina”.
“Sí,
señor”.
Dominic
lanzó una mirada fugaz hacia Jung-in, quien, poco familiarizado con la textura
y el ligero aroma a mar del caviar, no se decidía a probarlo.
“¿Sabes
que el caviar son huevos de tiburón?”.
Preguntó
Dominic.
Jung-in
puso una cara como si acabara de escuchar la pregunta más absurda del mundo. Él
no era de los que ocultan bien sus expresiones. Dominic continuó mientras hacía
girar la base de su copa de vino.
“Dicen
que si desaparece un solo depredador alfa como el tiburón, el impacto en el
ecosistema es enorme”.
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Jung-in
entendió la metáfora. Chase era el depredador alfa y debía permanecer en su
lugar; salirse de ese orden natural era algo que no debía permitirse. Jung-in
se dio unos toquecitos en los labios con la servilleta y comenzó su
contraataque. En sus tiempos de Modelo de Naciones Unidas, representando a
Yemen, había dejado en evidencia al representante de EE. UU. usando solo hechos
y lógica.
“Con
el debido respeto, el caviar son huevos de esturión. ¿Y sabe una cosa?
Taxonómicamente, el esturión no es un tiburón. Los tiburones son peces
cartilaginosos, mientras que el esturión es un pez óseo común. Así que,
técnicamente, no son huevos de tiburón, sino simplemente huevos de pez”.
El
rostro de Dominic se tensó visiblemente. Sus dedos apretaron la copa de cristal
con fuerza. En ese momento, Sophia se inclinó hacia Chase y susurró.
“Dime
la verdad. ¿De dónde sacaste a esta Hermione?”.
Chase
soltó una risita, y Lillian llamó al orden a Sophia por su falta de modales.
“Sophia”.
“Ejem.
Lo siento”.
Mientras
tanto, Dominic empezaba a darse cuenta, este chico no era una presa fácil. No
era alguien a quien pudiera alejar con sus métodos habituales.
Entre
la atmósfera cargada, los sirvientes continuaron sirviendo los siete tiempos de
la cena tradicional europea. Cuando llegó el postre tras el plato principal
(solomillo), Jung-in ya estaba lleno. Dicen que las conversaciones importantes
deben tenerse cuando el oponente está satisfecho, pues sus defensas bajan.
Dominic lanzó su ataque:
“Ah,
joven Lim”.
Dijo
Dominic como si recordara algo al azar.
Supongo
que estás al tanto del fideicomiso (trust) que recibe Chase.
Al
ver que los rodeos no funcionaban, el estilo de Dominic se volvió directo.
Recalcó la palabra ‘supongo’ sugiriendo que Jung-in era un arribista interesado
en el dinero de Chase.
“No.
Imaginaba que era un trust fund kid (niño del fondo fiduciario), pero no
conozco los detalles”.
“Es
verdad. Nunca me ha preguntado y yo nunca se lo he dicho”.
Intervino
Chase para respaldar a Jung-in.
Dominic
soltó una risa seca.
“Pues
sería bueno que lo supieras. El fideicomiso de Chase asciende a 500 millones de
dólares”.
“¿Perdón?”.
Los
ojos de Jung-in se abrieron de par en par. Estaba genuinamente sorprendido.
500
mil dólares es mucho dinero. 5 millones es una cifra que una persona normal
difícilmente toca en su vida. 50 millones es una riqueza difícil de imaginar.
¿Pero 500 millones? Jung-in miró de inmediato a Chase y preguntó.
“¿Para
qué vas a la universidad entonces? ¿Acaso piensas tener un trabajo algún día?”.
Lo
preguntó con curiosidad genuina. Ante la reacción tan honesta de Jung-in, Chase
no pudo evitar reírse, cubriéndose la boca con la mano. Sophia también luchaba
por no reír. Solo Lillian seguía bebiendo su vino en silencio.
Dominic
frunció el ceño, preguntándose si ese pequeño asiático se estaba burlando de
él.
“Eso
es si llega a recibirlo sin problemas”.
Dominic
miró la mesa. Todos habían dejado sus cucharas tras apenas probar el postre.
“Ya
que terminamos de comer, llamemos a un invitado. ¿Clive?”.
Como
si estuviera planeado, Clive salió y regresó con un hombre de traje marrón,
gafas de montura plateada y documentos bajo el brazo. Era claramente un
abogado. Jung-in se preparó mentalmente. No podía perder los estribos ahora.
Los 500 millones eran impactantes, pero para él solo eran números en un papel;
no era dinero que fuera a ser suyo de todos modos.
El
abogado habló con tono profesional.
“Como
saben, el fideicomiso de Chase Prescott se activó al cumplir los 20 años, y
actualmente recibe dividendos anuales. Sin embargo, si se demuestra que se ha
violado alguna cláusula del contrato, el fideicomiso puede ser revocado de
inmediato”.
Jung-in
levantó la mano por instinto, como solía hacer en clase. Olvidando la gravedad
de la situación, su curiosidad pudo con él.
“¿Qué
son esos dividendos anuales?”.
“Al
activarse a los 20 años, Chase Prescott recibe actualmente 5 millones de
dólares al año. A los 25 años, podrá decidir si recibe el resto del capital en
un pago único o si continúa recibiéndolo como una pensión vitalicia”.
Jung-in
miró a Chase con incredulidad.
“¿Y
aun así hiciste que yo pagara la lavandería de la residencia la otra vez?”.
“No
tenía monedas en ese momento. Y no llevaba la tarjeta”.
Dominic
retomó el control de la conversación.
“Puede
que en el futuro realmente tengas que pagar tú sus gastos. Si rompe las
condiciones, Chase se quedará sin nada. Estará en la ruina”.
Parecía
el diálogo de un villano de película, o mejor dicho, de un drama coreano
exagerado.
“Y
para que lo sepas, joven Lim, estas condiciones no las puse yo. Han pasado por
cinco generaciones de la familia Prescott”.
Dominic
señaló al abogado para que continuara.
“El
contrato de fideicomiso de Chase Prescott tiene tres cláusulas principales.
Primera: Rendimiento académico. El heredero debe asistir a una universidad de
la Ivy League, y el momento de ingreso marca el inicio del fideicomiso”.
Jung-in
se animó.
“Chase
está en Harvard, así que esa condición se cumple. No dice en qué carrera debe
estar, así que podría ir a Medicina y seguiría recibiéndolo”.
Sophia
arqueó una ceja y murmuró: ‘¿Medicina?’. Dominic hizo un gesto circular con el
dedo índice para que el abogado prosiguiera.
“Segunda:
Mantenimiento de la imagen social. El heredero no debe manchar la reputación de
la familia. Prohibidos escándalos públicos, investigaciones policiales,
arrestos o vínculos criminales. Además, si hay informes negativos en la prensa,
el fideicomiso puede revocarse inmediatamente”.
Jung-in
entrecerró los ojos. ¿Imagen social? ¿Por qué usar un término tan ambiguo?
“¿Ves
algún posible problema aquí?”.
Preguntó
Dominic con voz relajada.
Pero
todos en la mesa lo notaron, Dominic estaba mucho más tenso que al principio.
Unas finas gotas de sudor en su frente lo delataban. Estaba sudando frío frente
a ese pequeño joven inmigrante.
“¿En
qué parte?”.
Preguntó
Jung-in.
Dominic
soltó una risa seca, incrédulo.
“¿Acaso
cree que ser un inmigrante de una minoría racial será un problema?”.
Dominic
casi escupe su vino. Nadie le hablaba con tanta franqueza; la gente solía usar
eufemismos educados.
“Tengo
la nacionalidad estadounidense y no hubo ningún impedimento legal para
obtenerla”.
Lillian
frunció el ceño ante la franqueza de Jung-in. Chase miró a su madre con
cautela, pero nada podía detener a un Jung-in que venía con la espada
desenvainada.
“No
creo que ponga problemas por mi género, siendo el matrimonio igualitario legal.
Si se supiera que se opone por esa razón, quizás sea usted, padre, quien acabe
teniendo informes negativos en la prensa”.
Sophia
sonrió con interés y asintió lentamente. Hoy en día, la discriminación es un
tema sensible. Atacar a alguien por su raza u orientación sexual daña de
inmediato la imagen de marca de una empresa y provoca el rechazo de los
accionistas. Era exactamente lo que Dominic debía evitar.
“...
Continúe”.
Suspiró
Dominic tras intentar articular palabra sin éxito.
“Tercera”.
Prosiguió
el abogado.
Cláusula
de relaciones y matrimonio. El heredero debe salir y casarse con alguien
aprobado por la familia. Además, el cónyuge debe ser graduado de una
universidad de la Ivy League.
El
corazón de Jung-in dio un vuelco. Cumplía lo de la Ivy League por estar en
Harvard, pero la primera parte era el problema: era imposible que la familia
Prescott lo aprobara a él.
La
ligera sonrisa que asomó en la comisura de los labios de Dominic al ver el
rostro sombrío de Jung-in estaba cargada de un aire de victoria.
“Si
amas a la otra persona, ¿no deberías comprender también las tradiciones de su
familia?”.
Dominic
puso una expresión condescendiente, como si sintiera lástima por Jung-in a
estas alturas. Pero no era más que hipocresía y engaño. Un brillo de
desesperación tiñó los ojos negros de Jung-in, que antes centelleaban con
vivacidad. La tercera cláusula era un problema que Chase no podría cambiar, por
mucho que se esforzara.
Sin
embargo, Jung-in pronto levantó la cabeza. Ese día, él era el caballero que
había venido a rescatar a la princesa atrapada en el castillo. Recordó una vez
más la promesa que se había hecho frente al espejo antes de venir. De todos
modos, no le importaba no recibir algo como ese ‘oráculo’ del que ni siquiera
sabía su existencia. Chase pensaría lo mismo. De hecho, le dolería más si Chase
le dijera que terminaran para que él pudiera recibir el oráculo. El Chase que
él conocía haría exactamente eso.
Jung-in
habló con firmeza.
“Yo
puedo mantenerlo”.
“¡Ha!”.
Dominic
soltó una carcajada seca, olvidando por completo la educación y el decoro.
“Pienso
convertirme en investigador de una empresa farmacéutica. Dicen que es una de
las profesiones mejor pagadas en Estados Unidos”.
“Pff”.
Sophia
no pudo contener la risa.
Ese
chico estaba diciendo que se convertiría en investigador para mantener a Chase.
Y no a cualquier persona, sino a Chase Prescott, el heredero de la familia
Prescott. Sin embargo, Chase no se rió en absoluto mientras escuchaba las
palabras de Jung-in. Lo observaba en silencio, como si hubiera olvidado incluso
respirar.
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Durante
todo el tiempo, él apenas había pronunciado palabra, mirando embelesado a
Jung-in, quien luchaba por él. La mirada decidida de Jung-in, su voz sin un
ápice de vacilación; todo eso resonó profundamente en el corazón de Chase.
Quien
rompió el silencio fue Lillian Prescott, que hasta entonces había observado
todo calladamente.
“Yo
lo permito”.
En
un instante, la atmósfera de la habitación cambió drásticamente. El asombro era
evidente en todos: Jung-in, Dominic, Sophia, Chase e incluso los sirvientes.
Todas las miradas se dirigieron a Lillian.
“Por
si lo han olvidado, el apellido Prescott también va después de mi nombre”.
La
voz de Lillian era calmada y serena, pero al mismo tiempo, sumamente imponente.
“¡Querida!”.
Dominic
se puso de pie bruscamente, golpeando la mesa con el puño.
Pero
a Lillian no le importó. Sostuvo su copa de vino con una mano, agitándola
suavemente para que el aroma se desprendiera, y continuó.
“A
mí me agrada”.
Su
mirada lánguida y cínica se deslizó hacia Jung-in.
“Cómo
decirlo... parece tener cierta caballerosidad”.
Los
ojos de Jung-in se agrandaron.
Ah,
recuerda que nos conocimos el día del evento de caridad.
De
hecho, vestía exactamente igual que en aquella ocasión. Lillian le dedicó una
sonrisa fluida a su esposo.
“Además,
siendo algo que te hace echar espuma por la boca, ¿por qué habría de negarme?”.
El
rostro de Dominic se tornó lívido. Presionó sus manos contra la mesa.
“¡Kingsley!”.
Llamó
desesperadamente al abogado.
Sin
embargo, el abogado negó con la cabeza con expresión apenada. Significaba que
no había nada que pudiera hacer. Jung-in dijo con una suave sonrisa en el
rostro.
“Nuevamente,
con todo respeto, incluso para alguien que no sabe mucho como yo, las
condiciones del oráculo que acabo de escuchar parecen estar llenas de loopholes
(vacíos legales)”.
Chase
añadió.
“Pero
qué se le va a hacer. Es la tradición de nuestra familia que ha pasado por
cinco generaciones”.
Dominic
escupió con aspereza entre dientes.
“¡Chase!
Si vas a actuar de esta manera, le daré mis acciones a Sophia”.
“Wow.
Me parece perfecto, padre”.
Intervino
rápidamente Sophia. Sus ojos grises brillaban con una intensidad feroz, como un
depredador listo para atrapar a su presa.
“¡Sí,
es una excelente idea! Deme la oportunidad. A diferencia de este tipo, yo puedo
apostarlo todo por el imperio Prescott. Tengo talento de sobra. ¿En quién más
que en la familia podría confiar para dejar el negocio?”.
“¡Este
no es momento para decir eso!”
Sophia
chasqueó la lengua y se cruzó de brazos, haciendo un mohín. En ese momento,
Lillian dijo con naturalidad mientras inclinaba su copa.
“Entonces,
divórciate”.
“¿Qué?”.
Lillian
prosiguió con indiferencia.
“Si
intentas jugar con las acciones, le daré mi parte a Chase para contrarrestarte”.
“¡Ha!
¿Tus acciones? ¿Tú, que te pasas la vida viendo pedazos de cuadros, qué
acciones vas a reclamar?”.
Como
si esperara esa reacción, Lillian dejó escapar una risita.
“Sería
muy interesante reclamar mi contribución durante el proceso de divorcio. No
hace falta que mencione cuánto crecieron los activos de ‘Prescott Capital
Holdings’ gracias a mi familia cuando nos casamos”.
La
comisura de los labios de Dominic tembló levemente.
“Tú,
ahora mismo...”.
“¿Quieres
un ejemplo? Hace diez años, Warren Adams. Su esposa, al divorciarse, reclamó la
mitad de las acciones de la empresa basándose en el incremento de activos antes
y después de la fusión, y terminaron dividiéndolas 50/50. Gracias a eso, el
control del Grupo Adams tambaleó”.
Dominic,
temblando de rabia, finalmente arrojó la servilleta que tenía en el regazo
sobre el plato y abandonó el lugar. Fue, en la práctica, una declaración de
derrota. Aunque su figura desapareció tras la puerta, el resto de los presentes
no se inmutó ni se preocupó por él, como si no hubiera pasado nada. Esa era la
distancia que los miembros de esta familia mantenían entre sí.
Lillian
despidió a todos los sirvientes, y en cuanto se quedaron solos los familiares,
Sophia agarró con fuerza el cuello de la camisa de Chase.
“Tú,
¿de verdad vas a ir a la facultad de medicina?”.
Sus
ojos grises, casi plateados, brillaron con agudeza. Chase se soltó lentamente
del agarre y respondió.
“Sí”.
“¿Por
qué? No, ¿cómo se te ocurrió tal cosa?”.
Un
animal que ha crecido encadenado no suele alejarse del radio de su cadena
aunque lo suelten. Entonces, ¿cómo pudo Chase, criado con una cadena de
platino, llegar tan lejos?
“Conocí
a la persona que despertó mis sueños”.
La
mirada de Chase se dirigió naturalmente hacia Jung-in. La vida de Chase nunca
le había pertenecido del todo. Sus logros eran los logros de Prescott, y sus
fracasos eran manchas para Prescott. Sin importar lo que él quisiera o el
camino que eligiera, su deber como heredero de la sangre Prescott era lo
primero.
Pero
tras conocer a Jung-in, su vida cambió. Por primera vez, sus elecciones fueron
totalmente suyas. Decidió quitarse el collar que lo asfixiaba y caminar de la
mano con Jung-in. Cada paso en ese camino estaba lleno de una felicidad y
libertad imposibles de describir con palabras.
Sophia,
como si aún no pudiera creer la situación, miró a Jung-in y luego a Chase.
“Hermano,
apoyo tu noble sentido del deber y tu espíritu elevado como profesional de la
salud”.
“Eso
no significa que vaya a dejarlo todo por completo. Ejerceré mis derechos”.
Lillian,
que escuchaba en silencio, chasqueó la lengua. Su expresión mostraba un claro
descontento. Le preguntó a su hijo.
“Médico...
¿Por qué quieres hacer algo tan duro y que no da dinero? ¿Ese chico te obligó?”.
“Claro
que no”.
Respondió
Chase con una sonrisa.
Lillian
dirigió entonces su pregunta a Jung-in.
“Ya
que salió el tema, dime. ¿Por qué a la gente de ustedes les gusta tanto ser
médicos?”.
‘La
gente de ustedes’. Era un comentario un tanto racista, pero para Jung-in ya no
era algo nuevo. Sabía que no había malicia en sus palabras.
“¿Por
qué no se debería ser médico?”.
Preguntó
Jung-in con calma.
“Una
licencia médica no es algo que se pueda heredar. Me pregunto por qué se
esfuerzan tanto, obstinados en ser médicos o abogados. ¿Por qué llegar a ese
extremo? Ese tipo de gente simplemente se contrata. ¿Por qué se esfuerzan tanto
por convertirse ellos mismos en sirvientes?”.
Era
la perspectiva de alguien que vivía en un mundo completamente diferente. En la
mentalidad de Lillian, contratar a un médico era mucho más natural que
convertirse en uno. Chase también había crecido con esa mentalidad impuesta.
Por eso era aún más increíble que él hubiera albergado el sueño de ser médico.
“Nuestra
gente valora la diligencia. Porque consideramos que es más honorable ganar cien
millones de dólares trabajando con honestidad que recibirlos por herencia”.
Jung-in
le devolvió el golpe a Lillian, enfatizando deliberadamente las palabras ‘nuestra
gente’. Sophia arqueó una ceja. Su mirada contenía un rastro de admiración,
como diciendo: ‘Este chico no es poca cosa’.
“Bueno,
haz lo que quieras. Levantémonos. Estoy cansada y necesito acostarme”.
Lillian,
que se levantaba lánguidamente, miró de repente a Jung-in.
“Esta
familia no es nada fácil, como ya habrás visto”.
Sus
ojos reflejaron emociones complejas. Tras un breve silencio, añadió.
“Pero
creo que alguien como tú podrá manejarlo bien”.
En
cuanto Lillian salió de la habitación, se escuchó el sonido de una silla
arrastrándose sobre la alfombra. Antes de que pudiera girar la cabeza, Sophia
se lanzó sobre él. Ella, que medía casi 1,80 m, era mucho más alta que Jung-in
con sus tacones. Acercándose con ojos brillantes, tomó las mejillas de Jung-in
firmemente con ambas manos.
“Discúlpame
un momento”.
Las
mejillas de Jung-in se aplastaron, haciendo que sus labios sobresalieran como
los de un pez. Ella se inclinó, le plantó un beso sonoro en los labios y luego
lo abrazó. Fue un agradecimiento un tanto agresivo.
“¡Sophia
Prescott!”.
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Gritó
Chase. Corrió para intentar apartarla, pero ella era tan fuerte que a Chase le
costó trabajo.
Cuando
finalmente soltó a Jung-in, Sophia tenía la expresión más aliviada del mundo.
“Hasta
ahora, siempre me sentía así. Sintiendo que las personas más cercanas me
despojaban y me arrebataban todo”.
Chase
se quedó sin palabras. Su indiferencia hacia los demás se había extendido
incluso a su propia hermana. A pesar de tener grandes capacidades, a Sophia ni
siquiera se le permitió intentar acceder a la gestión. La anticuada tradición
de que el heredero de los Prescott debía ser varón se lo impidió. Chase siempre
se había sentido culpable por ello, pero nunca lo había expresado adecuadamente
ni había intentado cambiar nada.
Mientras
Chase se sumía en la autorreflexión, Sophia se pegó de nuevo a Jung-in.
“Con
razón. Me dijeron que antes de que terminara el año conocería a una persona
providencial. ¡Eras tú!”.
Sophia
volvió a tomar el rostro de Jung-in con ambas manos y comenzó a besarle la
frente y las mejillas frenéticamente. Jung-in entrecerró los ojos mientras
recibía los besos, pero no pareció disgustado y no se resistió; incluso se rió,
como si le diera cosquillas. El único desesperado era Chase.
“Está
bien. Lo entiendo perfectamente. Lamento mucho todo lo de este tiempo, Sophia.
Suéltalo”.
Solo
entonces Sophia se apartó con satisfacción. Chase recuperó a Jung-in, lo sentó
a su lado, soltó un largo suspiro y le preguntó a Sophia.
“¿Persona
providencial? ¿De qué hablas?”.
“Fui
a que me leyeran el tarot antes de venir”.
“¿Crees
en esas cosas?”.
“¡Te
digo que acierta! Mira esta situación”.
Hacía
más de dos años que los hermanos no conversaban con tanta naturalidad. El año
pasado Sophia se había ido a esquiar a Aspen en Navidad, y la última vez que se
vieron fue en el Día de Acción de Gracias de hace dos años. Sophia soltó un
suspiro de liberación y se dejó caer en su silla, esta vez en una postura muy
relajada, con un brazo apoyado en el respaldo.
“Por
cierto, no esperaba que mamá reaccionara así”.
“...
Yo tampoco”.
Chase
pensó en Lillian, quien se había puesto de su lado. Definitivamente, ella era
diferente a los que eran Prescott de nacimiento.
“¿Y
eso de la caballerosidad?”.
Las
miradas de los hermanos, tan parecidos, se dirigieron simultáneamente a
Jung-in.
“Es
un secreto entre la madre de Chase y yo”.
Sophia
se encogió de hombros como si no le importara. Jung-in relajó su espalda, que
había mantenido erguida, y se acomodó. Una vez que la tensión desapareció,
empezó a notar los pequeños detalles a su alrededor, como el cabello de Sophia.
Su
color de cabello era peculiar. Era claro cerca del cuero cabelludo pero se
oscurecía hacia las puntas, como alguien que no se tiñe las canas. Sin embargo,
lo normal era lo contrario: la raíz suele ser más oscura y las puntas se
aclaran por la decoloración. Incapaz de contener su curiosidad, Jung-in murmuró.
“Por
cierto, su cabello...”.
Sophia
tomó un mechón de su pelo sin darle importancia.
“¿Esto?
Está teñido. Estoy harta del rubio por muchas razones”.
Sophia
Prescott también era rubia. La terquedad genética de los Prescott era
impresionante. Ella, que nació como la hija mayor con el nombre de Prescott
pero sin ningún derecho, se tiñó el cabello de castaño oscuro como su primera
rebelión. Quizás fue un gesto pequeño, pero la resistencia más fuerte que pudo
ejercer.
Olvidando
que podría ser grosero decir algo así, Jung-in habló como hechizado.
“No
se lo tiña.
“¿Por
qué?”.
Preguntó
ella ladeando la cabeza.
“Porque
su color original también es hermoso. Ah, perdón si fui grosero. Fue sin
querer...”.
“Bueno,
no es para tanto”.
Jung-in
dirigió su mirada al cabello rubio de Chase. Parecía oro estirado en hilos
largos. Tenía una textura fina pero abundante, ligeramente ondulada y suave. A
Jung-in le encantaba juguetear con los dedos en el pelo de Chase.
“Es
como... un regalo de Dios”.
Esas
simples palabras, gracias al tono pausado y sereno de Jung-in, tuvieron un eco
profundo. Hacían que quien las escuchara sintiera que había un significado más
hondo y quisiera reflexionarlas. Los ojos de Sophia vacilaron levemente. Sin
embargo, pronto desvió la mirada con una sonrisa incómoda.
“...
Lo haré. De todos modos, era una molestia teñirme cada mes”.
Chase
soltó una risita al ver a Sophia fingiendo desinterés. Entonces, ella añadió
algo más, como para dejar claro que no había decidido eso solo por las palabras
de Jung-in:
“Pensándolo
bien, para tomar el control de la gestión, no estaría mal actuar como el
estereotipo de una rubia. Esos idiotas que cierran tratos jugando al golf
bajarán la guardia y me contarán todos los secretos de sus empresas”.
Sophia
se levantó. Mientras caminaba hacia la salida del comedor, se detuvo un momento
y giró la cabeza hacia Chase.
“Te
tengo un poco de envidia”.
“¿Ah,
sí?”.
“Si
tuviera a alguien que luchara así por mí, le entregaría lo que fuera”.
“¿Incluso
el negocio familiar?”.
“Bueno,
tampoco lleguemos a tanto”.
Tras
la salida de Sophia, solo quedaron ellos dos en el vasto salón del banquete.
Jung-in se puso de pie y, mirando a Chase que seguía sentado a su lado, le
tendió la mano.
“¿Nos
vamos nosotros también?”.
Las
pupilas azules de Chase oscilaron como olas. Al haberlo tenido todo desde el
nacimiento, nunca sintió la necesidad de ser salvado. Podía obtener cualquier
cosa que deseara y todo fluía según su voluntad. Todo era tan fácil que
resultaba aburrido. El cinismo y el hastío habían llegado como una consecuencia
natural.
Para
alguien como él, Jung-in fue quien le enseñó, por primera vez, lo que eran la
carencia y el anhelo. Se sentía como el Hombre de Hojalata que finalmente había
conseguido un corazón; ahora que lo tenía, el dolor de los latidos, la plenitud
y el miedo lo invadían al mismo tiempo. Pero, por fin, sentía que estaba vivo.
Chase
tomó la mano de Jung-in y la giró suavemente para dejar el dorso a la vista.
Luego, sin vacilar, inclinó la cabeza y depositó un beso sobre ella. Aquel
beso, cargado de gratitud y respeto, fue tan solemne que parecía un ritual
sagrado.
“Sí.
Vámonos”.
Chase
miró a Jung-in con los ojos de un devoto ciego y apretó con firmeza la mano que
su salvador le ofrecía.
