Extra 3. FOMO
Extra
3. FOMO
En
Annenberg Hall, el lugar encargado de las comidas de los estudiantes de primer
año, las barras de servicio cuentan con contenedores de plástico junto a las
bandejas. Es una cortesía para que los estudiantes puedan llevarse la comida
como si fuera un almuerzo para llevar.
Hoy,
aprovechando el buen clima, Jung-in y Chase decidieron almorzar fuera y tomaron
los contenedores de plástico en lugar de las bandejas. Mientras dudaban en la
sección de tortillas, donde desfilaban diversos platos a base de huevo, alguien
saludó con una voz familiar desde atrás.
“Hola,
Lim. Hola, Prescott”.
“Hola,
Sullivan”
Era
uno de los compañeros asignados a Weld Hall, donde se alojaba Chase, y con
quien Jung-in también había intercambiado saludos un par de veces. Al entrar ya
en su segundo mes de vida universitaria, el número de personas a las que
saludaban por el campus iba aumentando poco a poco. Quizás acostumbrarse a un
lugar empezaba con esos pequeños detalles.
Tras
llenar sus recipientes con comida, los dos salieron. El exterior estaba
radiante. Annenberg Hall, que recordaba al Gran Comedor de Hogwarts, era un
edificio de ladrillo rojo con agujas de estilo gótico y ventanas de arco.
Parecía una catedral medieval o el set de una película, y bajo la cálida luz,
lucía aún más imponente.
Frente
al edificio, había mesas de exterior con sombrillas esparcidas por aquí y por
allá. En los días despejados, muchos estudiantes optaban por el exterior, como
si quisieran hacer la fotosíntesis. Algunos reían y charlaban con amigos,
mientras otros tenían sus laptops abiertas, despachando la comida y las tareas
al mismo tiempo. Era una rutina a veces ajetreada y abrumadora, pero que
conservaba el romance característico del campus.
“Ah,
Jung-in. Creo que hoy por la tarde tendré que ir a Legatus House”.
Ante
las palabras de Chase, Jung-in ladeó la cabeza con curiosidad.
“¿Los
Final Clubs no reclutan a los de segundo año?”.
Los
Final Clubs, fraternidades masculinas, no eran simples grupos sociales; eran
organizaciones de élite secretas y símbolos de privilegio. Solo unos pocos
invitados lograban entrar, y el proceso era estrictamente confidencial. Si
fallabas en la entrevista, no había segunda oportunidad, y los criterios de
selección iban más allá de las notas o las habilidades sociales: linaje,
trasfondo, contactos... Para cruzar el umbral de un Final Club, se necesitaba
el poder para superar barreras invisibles.
Y
el Legatus Club, fundado a principios del siglo XIX, se situaba en la cima de
los clubes de Harvard. Poseían una lujosa casa club fuera del campus, un lugar
inaccesible para estudiantes comunes como Jung-in. Normalmente, reclutan nuevos
miembros en el otoño del segundo año mediante un proceso llamado ‘punch’, y los
de primer año no suelen participar. Sin embargo, Chase fue invitado de forma
excepcional.
La
familia Prescott había producido miembros de Legatus durante cinco generaciones
consecutivas. Incluso existía un capítulo titulado ‘El Legado Prescott’ en los anuarios
del club, por lo que no era de extrañar que lo hubieran invitado.
“Entonces
cenarás allí, supongo”.
“Probablemente”.
Por
otro lado, Jung-in se había unido a la Asociación de Estudiantes Coreanos por
recomendación de Aiden. Era un club pequeño, con apenas unos cincuenta miembros
y solo diez realmente activos. El objetivo superficial era ampliar la
conciencia sobre temas sociales, políticos y culturales de Corea y fomentar la
amistad entre los estudiantes coreanos y de ascendencia coreana. No obstante,
en la práctica, el ambiente era mucho más relajado y sencillo.
Era
un lugar donde los estudiantes coreanos dispersos por el campus se reunían para
entablar amistades, y de vez en cuando, cocinar y comer comida coreana. En los
días de lluvia, se armaban reuniones improvisadas de pajeon (panqueques de
cebollín); otros días, veían dramas coreanos para ponerse al día con la trama y
aprender las frases de moda. También había tiempo para leer novelas coreanas en
su idioma original para no olvidar la lengua, aunque incluso eso solía llenarse
más de risas y charlas que de seriedad.
“Tu
próxima clase es en el Northwest Building, ¿verdad?”.
Jung-in
asintió ante la pregunta de Chase. Desde el patio delantero de Annenberg Hall,
donde estaban sentados, era una caminata de al menos diez minutos. Chase se
adelantó y tomó el recipiente vacío de Jung-in.
“Yo
me encargo de esto. Ve rápido. Nos vemos luego en el condominio”
Los
viernes, ambos solían dirigirse al condominio. Pasar el fin de semana juntos y
regresar a la universidad el lunes se había convertido en su rutina habitual.
Chase se despidió de Jung-in con un ligero beso en la mejilla mientras este
recogía su mochila.
El
campus era inmenso. Algunos estudiantes incluso usaban el transporte público
para moverse entre los edificios de clases. Últimamente, Jung-in estaba
considerando seriamente comprar una bicicleta. Si recorriera el campus en bici
como hacía en Bellacove, quizás podría disfrutar del romance de la vida
universitaria con un poco más de calma.
Tras
caminar a paso rápido, llegó al aula justo antes de que empezara la clase. Hoy
tocaba la clase de Fundamentos de Ciencias de la Vida, que se impartía una vez
a la semana. La sesión de tres horas, que combinaba laboratorio y teoría,
consumía bastante energía y concentración.
Después
de clase, tenía programada una reunión para un proyecto grupal. Para cuando
terminó de coordinar la dirección de la presentación con sus compañeros en el
aula semivacía, ya estaba oscuro afuera. Finalmente, tras concluir sus deberes,
Jung-in salió del edificio pensando en qué cenar. Aunque en Annenberg Hall
ofrecían las tres comidas, el menú siempre era el mismo. Era comida aceptable
que no cansaba, pero tampoco le apetecía especialmente.
En
ese momento, un mensaje en su teléfono resolvió su dilema.
Aiden
Han
[¿Por
cierto, te gusta la comida picante?]
Jung-in
respondió de inmediato sin siquiera detener el paso.
Jung-in
[Sí,
¿por qué?]
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Aiden
le contó que iba de camino a comer calamar salteado (ojingeo-bokkeum) con los
amigos de la asociación y le preguntó si quería unirse. Al instante, los ojos
de Jung-in se iluminaron. Era una oportunidad que no podía dejar pasar. El
restaurante ‘Suni’, al que se dirigían, era un lugar que tenía en su lista de
pendientes desde hacía tiempo, pero que aún no había visitado.
Chase
no toleraba muy bien el picante. Aunque él mismo presumía de su ‘orgullo
picante’ diciendo que le gustaba la comida mexicana, para Jung-in, eso solo
significaba maravillarse con un taco apenas condimentado. Recordó una vez que
Chase le ofreció una salsa asegurando que picaba mucho; para Jung-in, aquello
no era más que kétchup. Además, el calamar era un ingrediente que los
estadounidenses no solían comer a menudo, por lo que sería extraño para él en
varios sentidos.
Jung-in
[Voy
para allá ahora mismo.]
Sin
dudarlo, respondió que iría y aceleró el paso. Al estar en un edificio en el
extremo norte del campus, le esperaba una larga caminata hasta Harvard Square.
Cuando
llegó al restaurante ‘Suni’, Jung-in estaba casi sin aliento. Con sus paredes
blancas, el toldo verde y un pequeño olivo junto a la entrada, por fuera
parecía un restaurante mediterráneo. Sin embargo, en cuanto abrió la puerta, el
panorama cambió por completo.
El
aroma familiar de las especias le golpeó la nariz. Dentro del local sonaba una
canción que era popular en Corea últimamente, y allá donde miraba, veía letras
en coreano.
<¡Jay!
¡Bienvenido!>.
Dave
Choi, uno de los estudiantes mayores de la asociación, recibió a Jung-in con
entusiasmo. Aiden, que giró la cabeza hacia la entrada un poco tarde, también
lo saludó con la mano.
Dijeron
que un compañero que había estado en Corea durante las vacaciones pasadas había
traído nada menos que seis botellas de un famoso makgeolli (vino de arroz) que
aún no se importaba oficialmente. Llevó una de las botellas hacia la cocina y
se la entregó a la dueña del restaurante, un gesto natural y afectuoso, como si
pagara por el derecho de descorche.
Seis
personas, incluido Jung-in, se sentaron alrededor de la mesa y llenaron sus
copas con makgeolli. Solo con el idioma coreano y el olor de la comida, el
espacio se sentía acogedor y cálido. Justo entonces, la dueña, una mujer de
mediana edad con semblante afable, apareció con un plato de jeon (panqueque
coreano) humeante.
<Ah,
¿es la primera vez de Jay aquí? ¡Saluda a la jefa!>
Presentó
Dave con descaro.
Jung-in
hizo una reverencia educada. La dueña, que cortaba el jeon en trozos pequeños
con unas tijeras, abrió mucho los ojos al ver a Jung-in.
<¡Vaya,
qué guapo es! ¿No quieres conocer a mi hija menor? Tiene veinticuatro años>
Jung-in
sonrió tímidamente y bajó la cabeza, mientras Dave intervenía con picardía.
<Jefa,
con él no se puede. Tiene una pareja rubia con un cuerpo increíble. Son la
pareja más famosa de Harvard>.
<¿Tan
altos tiene los gustos? ¡Mi hija también es guapa!>
Todo
el local estalló en carcajadas. El ambiente era alegre. Pusieron un quemador
sobre la mesa y encima una placa de piedra. Calamares frescos, panceta de cerdo
y diversas verduras difícil de conseguir aquí, como el minari (berro coreano),
subieron a la placa con un siseo. Encima, se vertió una cantidad generosa de
una salsa roja que se veía temible. Los ojos de Jung-in brillaron de
anticipación.
<Si
pica demasiado, come el pajeon>.
Ese
comentario considerado de Aiden activó el espíritu competitivo de Jung-in. Para
colmo, Dave añadió
<Sí,
hazle caso a Aiden. La jefa usa polvo de chiles cheongyang que ella misma
cultiva. Pica de verdad>.
El
calamar salteado, que probó con cierta tensión, tenía un fuerte sabor ahumado y
picaba justo lo suficiente para ser agradable. Con un acompañamiento tan
excelente, el makgeolli se acabó en un abrir y cerrar de ojos. Pidieron más
alcohol y la dueña les trajo guarniciones que no solía servir a los clientes, las
que comía su propia familia; era una muestra especial de afecto.
Jung-in
miró al grupo con seriedad y dijo.
<Por
favor, avísenme siempre que vengan aquí>.
<¿Por
qué? Puedes venir con tu novio>
Dijo
Lindsey Seo, la vicepresidenta de la asociación, riendo.
<Es
que él no puede comer cosas picantes>.
Por
supuesto, si se lo pedía, Chase lo acompañaría de inmediato. Pero Jung-in
recordaba que una vez, después de comer apenas un poco de dak-bokkeum-tang
(estofado de pollo picante), Chase había dicho que sentía el corazón latir en
su estómago. Si probaba este sabor a chile cheongyang, podría sufrir dolor de
estómago durante días.
<Vaya,
hemos encontrado su punto débil>.
Ante
la mirada de Jung-in que preguntaba a qué se refería, Dave añadió con humor,
<Honestamente,
alguien como tu novio debería tener algún defecto más, ¿no crees? He oído que
los del equipo de fútbol americano están desesperados rogándole que haga las
pruebas de selección>.
Jung-in
asintió y respondió
<Le
pidieron que participe aunque sea solo en ‘The Game’>.
Desde
el principio del semestre, Chase había recibido insistentes ofertas del equipo
de fútbol americano de Harvard. Dado que la Ivy League no ofrece becas
deportivas, es extremadamente difícil ingresar solo por talento atlético. Era
casi inaudito que un quarterback de élite como Chase, que había llegado hasta
las eliminatorias en la secundaria, viniera a Harvard. El entrenador y los
asistentes se turnaban para visitarlo, suplicándole que se uniera como jugador
walk-on (unirse al equipo sin haber sido reclutado oficialmente).
Sin
embargo, él no parecía interesado. Rechazó la propuesta de las pruebas y dijo
que no tenía intención de unirse formalmente. Ya no lo necesitaba para las
admisiones como antes, y las actividades extracurriculares no le aportaban
ningún beneficio adicional.
Entonces,
esta vez el entrenador apareció acompañado por el capitán del equipo,
pidiéndole que, aunque no se uniera oficialmente, jugara al menos en ‘The Game’.
‘The
Game’. El partido que hace hervir la sangre de los estudiantes de Harvard.
Aunque el nivel de fútbol americano de las universidades de la Ivy League solía
estar en los puestos más bajos y la gente no esperaba mucho de ellos, tenían un
partido sumamente importante, el encuentro anual contra Yale, conocido
simplemente como ‘The Game’.
Iniciado
a finales del siglo XIX, este partido iba más allá de una simple competencia
deportiva; representaba el choque del orgullo, la tradición, la historia y el
simbolismo de dos de las universidades más prestigiosas del mundo. Sin importar
los resultados previos del equipo, ganar o perder contra Yale definía el
ambiente de toda la universidad. Un día en el que todos, jugadores o
espectadores, se entregaban al frenesí. Incluso en el tranquilo campus de
Harvard, ese día se mezclaban banderas, vítores, rabia y júbilo.
<¿Y
por qué dice que no lo hará?>.
<Creo
que piensa que es una pérdida de tiempo>.
<Pero
si llegó hasta las eliminatorias... Si yo tuviera ese físico y ese talento,
iría sin dudarlo. ¿No sería convertirse en una leyenda absoluta?>.
Chase
era alguien que atraía las miradas dondequiera que fuera y terminaba siendo el
centro de atención hiciera lo que hiciera. Había recibido la admiración de la
gente con tanta frecuencia que, tal vez, la idea de convertirse en una leyenda
ya ni siquiera le causaba emoción.
<A
mí también me gustaría que participara en el partido. Me gustaría verlo jugar
una vez más>.
Comentó
Jung-in.
<¿Por
qué no intentas convencerlo?>.
<¿Y
si por mi culpa sus notas bajan o algo así? ¿Qué haría yo entonces?>
El
recuerdo de aquellos días de secundaria, vistiendo su jersey y coreando su
nombre mientras lo animaba, permanecía como una página preciosa de su juventud.
Pensando que no habría más partidos, incluso se le escaparon algunas lágrimas
durante el último juego de Chase. Su imagen corriendo por el campo era radiante
y hermosa. Solo imaginarlo poniéndose el casco y las hombreras de nuevo para
surcar el césped hacía que su corazón palpitara. Sin embargo, Jung-in no le
decía nada a Chase; no podía sacrificar el futuro de él por su propia y efímera
felicidad.
Como
si lo hubieran invocado, llegó un mensaje de Chase.
Chay❤️
[¿Ya
cenaste? Yo estoy en un restaurante mexicano llamado Tía Lucha, cerca de
American Bank.]
Solo
entonces Jung-in recordó que no le había mencionado nada sobre esta reunión
improvisada. Respondió rápidamente.
Jung-in
[Yo
también estoy cenando con la gente de la KSD (Asociación de Estudiantes
Coreanos).]
No
hubo respuesta durante un rato. ¿Se habría molestado por no habérselo dicho
antes? Mientras Jung-in se preocupaba, el entrometido de Dave se metió en la
conversación con una expresión burlona.
<¿Quién
es? ¿Tu novio?>.
<Sí.
Olvidé decirle que venía aquí>.
<¿No
tendrá ‘FOMO’ (miedo a perderse de algo)?>.
<No
lo creo>.
Él
era, nada menos, que un Prescott. Alguien que, fuera a donde fuera, le sobraban
personas que querían ser sus amigos. Sentimientos comunes como la exclusión o
los celos no parecían encajar con él. En ese momento, llegó otro mensaje de
Chase.
Chay❤️
[Entiendo.
Nos vemos luego en casa 😘.]
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Justo
cuando dejaba el teléfono aliviado, la dueña del restaurante apareció de nuevo
desde la cocina.
<Tengo
un licor de ginseng que hice yo misma, ¿quieren probarlo?>.
Dijo
ella, mientras servía el licor en pequeños vasos de soju, asegurando que era
muy suave y que no dejaba resaca.
<No
podemos beberlo solo así>.
Dicho
esto, pidieron más comida. El restaurante ‘Suni’, que funcionaba como el
refugio de la asociación coreana, se llenó con el aroma fragante del licor de
ginseng y las risas ebrias.
***
<¿Estás
bien?>.
Aiden
observaba con ansiedad a Jung-in, que caminaba tambaleándose. Como era de
esperarse, en el momento en que perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer
de bruces sobre el pavimento irregular, Aiden lo sujetó por instinto.
<¡Cuidado,
idiota!>.
<Sénior...
ahora mismo mi cuerpo... está experimentando una aceleración debido al
desequilibrio entre el alcohol y la gravedad...>.
Aiden
estalló en carcajadas.
<No
entiendo cómo estabas tan normal y con ese solo vaso te fuiste al suelo>.
Jung-in,
que parecía estar bien mientras bebía makgeolli, empezó a perder la mirada en
cuanto tragó el vaso de licor de ginseng. Al mezclarse dos tipos de alcohol tan
diferentes, la embriaguez le golpeó de golpe. Jung-in se desplomó sobre la mesa
y Aiden se ofreció a llevarlo a casa, ya que recordaba la dirección de cuando
había asistido a una fiesta de Chase anteriormente.
Al
intentar tocar el timbre de la entrada principal del primer piso, Henry, que
estaba en el turno de noche, vio a Jung-in primero y salió a abrir.
“¿Señor
Lim? ¿Se encuentra bien?”.
Henry
lanzó una mirada de reproche a Aiden, aunque fue solo un instante. Aiden,
sintiéndose algo injustamente juzgado, saludó con incomodidad.
“Hola.
Solo vine a dejar a este amigo en su casa”.
Henry,
aún con aire de sospecha, sostuvo el ascensor para ellos. Aiden logró cargar a
Jung-in hasta la puerta del penthouse 601. Al tocar el timbre, la puerta se
abrió de par en par casi de inmediato y apareció un hombre de gran estatura.
Los ojos azules de Chase se dirigieron directamente a Jung-in, que estaba
prácticamente colgado de Aiden.
“Jaja...
Cuánto tiempo, Prescott”.
Chase
tomó a Jung-in en sus brazos sin decir palabra, mirando a Aiden con una
expresión que parecía contener algo a duras penas.
“...
Ya que estás aquí, entra un momento”.
“No,
está bien, ya me voy”.
“No
puedo permitir eso. Después de traerlo hasta aquí, al menos te ofreceré un vaso
de agua”.
Aiden
quiso decir que realmente no era necesario, pero Chase ya se había dado la
vuelta para llevar a Jung-in al interior. Aiden soltó un suspiro interno y no
tuvo más remedio que entrar a la sala y sentarse en el sofá. Tras acostar a
Jung-in en la cama, Chase regresó a la sala, sacó una botella de agua fría del
refrigerador y se la lanzó ligeramente a Aiden.
“Gracias.
“¿Qué
pasó?
“Estábamos
todos comiendo y bebiendo en un restaurante coreano”.
Aiden
enfatizó el ‘todos’ a propósito.
“Dijo
que le gustaba la comida picante, pero parece que perdió el control. Además, la
dueña nos dio un licor casero y parece que no le sentó bien a Jay. O tal vez le
sentó demasiado bien”.
Aiden
hablaba con una sonrisa forzada, pero Chase permanecía inexpresivo y en
silencio. Aunque no había hecho nada malo, Aiden se sentía cohibido. Chase no
estaba siendo grosero ni mostraba sus emociones de forma obvia, pero había una
atmósfera extrañamente asfixiante. Era evidente que su sentido de la propiedad
no era algo común. Aiden terminó hablando de más por los nervios.
“Me
enteré de que el equipo de fútbol americano te está buscando insistentemente.
¿De verdad no te interesa?”.
“¿Jay
te dijo eso?”.
“Ah,
no es nada importante. Solo mencionó que le gustaría volver a verte jugar una
vez más, eso es todo”.
Jung-in
nunca le había dicho algo así a Chase. Este guardó silencio un momento. Le
molestaba profundamente que Aiden supiera algo que ni siquiera él, que se
enorgullecía de ser la persona más cercana a Jung-in, conocía.
“Gracias
por el agua. Ya me tengo que ir”.
Dejando
la botella de agua a medio terminar sobre la mesa, Aiden salió del penthouse
casi huyendo. Chase, a solas en la sala, suspiró profundamente y entró en la
habitación. Bajo la tenue luz, Jung-in se retorcía bajo las mantas. Parecía que
el alcohol no lo dejaba dormir tranquilo, pues murmuraba cosas entre sueños.
“Chay...
mi equilibrio... colapsó... el campo gravitatorio... me atrae de forma
extraña...”.
Chase
lo observaba con una expresión seria y sombría.
***
Sentía
que la cabeza le iba a estallar. Nada más abrir los ojos, Jung-in se llevó la
mano a la sien. Le dolía como si alguien estuviera revolviendo su cerebro con
un cucharón caliente. Al inhalar, percibió un aroma familiar. La suavidad de
las sábanas limpias acariciaba sus pies y manos; era una sensación acogedora y
placentera.
De
pronto, se dio cuenta de que no recordaba haber regresado a casa, y mucho menos
haberse quedado dormido. Se incorporó de golpe, soltando un jadeo. Al moverse,
sintió como si su cerebro se sacudiera dentro del cráneo.
“Ugh...”.
Sujetándose
la cabeza palpitante, miró a su alrededor. Estaba en la cama del dormitorio
principal del condominio de Chase. No había nadie a su lado y, por la ventana,
se veía que el sol ya estaba alto. Por el ángulo de la luz, no era temprano por
la mañana. Justo cuando empezaba a intentar reconstruir sus recuerdos, la
puerta se abrió con un clic y Chase entró en la habitación.
“¿Despertaste?”.
Sonrió
con dulzura. Era la misma sonrisa de siempre. Al parecer, no había causado
ningún desastre mientras estaba ebrio.
“Compré
sopa. La calentaré, así que lávate un poco y ven. Comamos juntos”.
“...
Sí”.
Aunque
seguía confundido, el tono calmado de Chase y su expresión habitual lo
tranquilizaron. Jung-in se levantó lentamente y entró al baño. La resaca que
cubría todo su cuerpo pareció disolverse un poco bajo el agua tibia de la
ducha. Al salir a la sala, un olor delicioso lo recibió. Chase había servido la
sopa caliente en un tazón bonito frente a Jung-in. Era una sopa de pollo con
pasta corta.
“¿Quieres
que le ponga pimienta roja triturada (crushed pepper)?”.
El
tiempo que habían pasado juntos permitía que Chase conociera perfectamente los
gustos de Jung-in. Espolvoreó un poco de pimienta en el tazón y se lo acercó.
“Come”.
“¿Y
tú?”.
“Yo
ya comí un sándwich que traje con la sopa. Come antes de que se enfríe”.
Jung-in
probó primero una cucharada del caldo.
“Está
delicioso”.
El
caldo caliente se extendió por su interior, dándole calidez. La pasta estaba al
dente y los guisantes le daban un toque sabroso. El caldo con la pimienta roja
bajó por su garganta con un toque picante reconfortante. Cuando terminó la
mitad del tazón, empezó a sentirse humano otra vez, y fue entonces cuando
comenzó a preocuparse por la reacción de Chase, quien lo observaba mientras
bebía café.
“Esto...
sobre anoche. ¿A qué hora llegué?”.
“Pasada
la medianoche”.
“Ah...”.
Se
sintió horrorizado al imaginar que había llegado completamente ebrio y
apestando a alcohol a esa hora. Sin embargo, Chase no le preguntó nada ni lo
regañó. ¿Significaba eso que iba a dejarlo pasar?
“Oye...
Chay. ¿No estás enojado?”.
“¿Enojado
por qué? Solo termina de comer”.
Respondió
Chase con un rastro de risa en su rostro. Aliviado, Jung-in volvió a tomar la
cuchara.
“Ah...
estuvo muy bueno. Gracias por la comida”.
Limpió
el tazón hasta el fondo. Ahora entendía por qué los adultos buscaban sopas para
la resaca; el calor del caldo había entibiado su estómago y aclarado su mente.
Chase miró el tazón vacío.
“¿Terminaste?
¿Quieres más?”.
“No,
estoy lleno”.
“Entonces,
hablemos”.
En
ese preciso instante, la expresión de Chase cambió drásticamente. La sonrisa
dulce que tenía hace un segundo desapareció por completo.
“¿Eh,
sí?”.
“Estoy
enojado”.
Jung-in
parpadeó sorprendido con los ojos muy abiertos. Los ojos azules de Chase lo
miraban con frialdad.
“Ah,
¿te preguntas por qué de repente? Es que si te sientes un poco mal, dejas de
comer, así que no tuve opción”.
Había
sido un plan deliberado para asegurarse de que tuviera el estómago lleno antes
de empezar la discusión.
“¡Me
engañaste!”.
Jung-in
se dio cuenta de que había caído en su trampa, aunque el único ‘daño’ fuera
haber tenido un desayuno reparador.
“Aiden
te trajo casi cargando porque no podías ni mantenerte en pie. Pasada la
medianoche. ¿Cómo crees que me sentí al ver eso?”.
Si
Chase hubiera hecho lo mismo, Jung-in seguramente se habría enojado igual o
incluso más. Intentó dar una excusa pobre.
“E...
Aiden es hetero”.
“¿Y
qué crees que era yo antes?”.
Jung-in
volvió a hablar con cautela.
“Ayer
comimos seis personas juntas. Aiden me trajo solo porque él era el único que
sabía dónde vivo”.
“Escuchar
eso no hace que me sienta mejor. Si sentías que te ibas a emborrachar, deberías
haberme llamado a mí”.
Tras
decir eso, Chase se levantó y se retiró en silencio. Sus acciones hablaban más
fuerte que sus palabras. Jung-in lo siguió al dormitorio principal. Chase se
estaba cambiando de ropa en el vestidor. Hacia su espalda, mientras se ponía
una sudadera sobre una camiseta fina de manga corta, Jung-in dijo suavemente.
“Lo
siento, Chay”.
“No
intentes seducirme. Estoy enojado”.
Jung-in
no tenía intención de seducirlo, pero parecía que solo con pronunciar su
nombre, Chase ya se sentía tentado.
“Fue
mi culpa, Chay...”.
“Te
dije que no me seduzcas”.
Chase
se giró para mirar a Jung-in directamente. Su mirada parecía estar conteniendo
algo intensamente.
“¿Siquiera
sabes qué hiciste mal?”.
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Chase
se acercó hasta quedar justo frente a Jung-in. Y, como si ya no pudiera
aguantar más, abrió la boca.
“No
puedo unirme a esa maldita asociación de estudiantes coreanos”.
Eso
era algo fundamentalmente imposible a menos que Chase volviera a nacer. Cuando
escuchaba a Jung-in intercambiar diálogos de forma natural en coreano con
ellos, Chase se siente como si fuera el único que se quedaba atrás, atrapado en
medio del ruido. En ese idioma había bromas, matices y sentimientos, pero él
solo era capaz de descifrar expresiones faciales o la atmósfera general.
Jung-in
se veía mucho más cómodo cuando hablaba coreano. Su entonación era variada y
sus expresiones eran ricas. Para Chase, era extremadamente difícil soportar ver
a Jung-in de pie en un mundo que él no conocía.
“¿A
qué viene eso de repente?”.
“Tengo
celos. ¡Maldita sea! ¡He dicho que tengo celos! ¿Entiendes?”.
Tal
como dijo Dave, Chase se sentía excluido. Jung-in pensó que Chase, al confesar
sus sentimientos con tanta honestidad, se veía más encantador que de costumbre.
Incluso le pareció tierno.
Jung-in
recordó un artículo que leyó seriamente en una revista de moda, aquella que
Vivian le obligó a leer durante su cambio de imagen sobre qué hacer en
situaciones como esta. El título era ‘Cómo calmar el enojo de tu pareja’, y
decía que el contacto físico era el método más efectivo. Al principio lo ignoró
por considerarlo infantil, pero recordó haberlo leído con atención al descubrir
que tenía una base científica: permitir que la pareja toque las zonas que le
gustan (como el pecho o el trasero) libera oxitocina en el cerebro a través del
tacto, reduce los niveles de cortisol y, en última instancia, estabiliza el
sistema nervioso autónomo, disipando el enfado.
Ahora
era el momento perfecto para experimentar si ese artículo tenía razón. Jung-in
miró a Chase y dijo.
“¿Quieres
tocarme el pecho?”.
Chase
se quedó petrificado, con la boca abierta y sin palabras. Sus manos tuvieron un
espasmo, como si se movieran independientemente de su cerebro. Sin embargo, en
un intento por demostrar que seguía enojado, usó la mano que inconscientemente
se dirigía al pecho de Jung-in para revolverse el cabello con brusquedad.
“No
intentes arreglarlo de esa manera”.
Chase,
que vestía pantalones jogger y una sudadera como cuando salía a correr, tomó su
teléfono.
“¿A
dónde vas?”.
“A
que tengas un tiempo de reflexión mientras no estoy”.
“¿Pero
a dónde vas?”.
“¡Es
un secreto!”.
Dicho
esto, Chase salió de la casa. Jung-in sabía que Chase no podía enfadarse de
verdad con él por mucho tiempo, pero como era consciente de que llegar anoche
tan ebrio que no podía sostenerse por sí mismo era su culpa, le envió un
mensaje de disculpa sincero.
Chay❤️
[Lo
siento de verdad. No dejaré que vuelva a pasar.]
La
respuesta llegó enseguida.
Chay❤️
[Luego
comprobaré si te has arrepentido de corazón.]
Jung-in
soltó un suspiro de alivio y dejó el teléfono. Comenzó su día tarde, tomó una
taza de café cargado y se puso a hacer sus tareas. Pasó mucho tiempo, hasta que
el cielo se tiñó de rojo con el atardecer, pero Chase, que él pensaba que había
ido a correr, aún no regresaba. Justo cuando empezaba a extrañarse, llegó un
mensaje de Dave.
Dave
Choi
[¡Bien
hecho, Jay! ¿Hablaste con tu novio? ¡Este año Harvard ganará ‘The Game’!]
(Imagen
adjunta)
La
foto mostraba a Chase entrenando en el campo de fútbol americano.
***
Jung-in
estaba sentado en el sofá con la laptop sobre sus rodillas, todavía trabajando
en sus tareas. Sus manos, que tecleaban afanosamente, se detuvieron en seco al
oír el sonido electrónico de la cerradura de la puerta principal. Cerró la laptop
de inmediato, la dejó a un lado y se puso de pie de un salto. El sofá osciló
levemente por el movimiento brusco.
“¡Chay!”.
En
cuanto se abrió la puerta, Jung-in corrió hacia él y saltó sin dudarlo. Chase,
tomado por sorpresa, lo atrapó en el aire. Jung-in rodeó su cuello con ambos
brazos y se colgó de él como un koala. Chase olía a alguien que acababa de
ducharse; el aroma a jabón barato, común en los vestuarios de la universidad,
se percibía sutilmente. Mezclado con su propio olor corporal, le resultó increíblemente
fragante.
Jung-in,
sujetando con fuerza los hombros de Chase, levantó la cabeza lentamente para
mirarlo.
“¿Decidiste
hacerlo?”.
“¿El
qué?”.
Preguntó
Chase con fingida inocencia, evitando su mirada.
“No
te hagas el tonto. Lo del fútbol. Un sénior de la asociación coreana me envió
una foto”.
“...
Hay topos por todas partea”.
Murmuró
Chase girando la cabeza, antes de continuar.
“...
Solo acepté jugar ‘The Game’. Como una especie de comodín”.
“¿Por
qué cambiaste de opinión tan de repente?”.
“Porque
tú lo querías”.
“¿Eh?”.
Ante
la pregunta confusa de Jung-in, Chase respondió con un tono algo hosco, como si
aún guardara un poco de resentimiento.
“A
mí no me dijiste ni una palabra, pero se lo dijiste a Aiden. Que querías verme
jugar”.
El
aliento de Jung-in se entrecortó. ¿Realmente había decidido retomar el deporte
que había dejado solo por esa razón? Sus ojos negros se humedecieron.
“Chay...”.
Sus
labios temblaron.
“Pensé
que si lo hago en lugar de salir a correr, no me quitará mucho tiempo. Y es
solo un partido contra Yale”.
“...
Me pondré el jersey con tu número y me pintaré tu número en la cara”.
Chase
arqueó una ceja.
“¿Es
que no pensabas hacerlo?”.
Al
ver las lágrimas en los ojos de Jung-in, Chase bajó la mirada un momento y
cambió de tema rápidamente.
“Ese
no es el punto. ¿Reflexionaste bien durante el día?”.
Jung-in
asintió en silencio. Tenía un nudo en la garganta que no le dejaba hablar.
“Bueno,
tendré que comprobarlo”.
Mientras
Jung-in parpadeaba confundido, Chase caminó con paso firme hacia el dormitorio
principal. Pronto, la espalda de Jung-in tocó la cama y Chase se posicionó
sobre él. Inclinando la cabeza, mordió suavemente los labios de Jung-in y luego
los soltó. Jung-in se sintió aturdido por recibir un beso cuando sentía que no
lo merecía.
“¿No
aceptan ‘miembros invitados’ en esa asociación coreana?”.
“Les
preguntaré”.
Los
labios de Chase cubrieron los de Jung-in otra vez, esta vez más profundamente.
Sus labios cálidos y húmedos recorrieron la mucosa interna de los de Jung-in
antes de separarse apenas.
“No
vuelvas a estar a solas con nadie cuando estés borracho. Te pones demasiado
tierno cuando bebes”.
Cuando
Jung-in asintió, Chase continuó besándolo de forma pausada y suave, como si lo
premiara. Los labios de Jung-in se abrieron ligeramente, como esperando algo.
“¿Por
qué abres la boca?”.
La
comisura de los labios de Chase se elevó. Podía ver que los ojos de Jung-in ya
estaban nublados por el deseo.
“¿Quieres
que meta la lengua?”.
Su
actitud burlona le resultó irritante. Jung-in, frunciendo el ceño con
frustración, rodeó el cuello de Chase y lo atrajo hacia sí con fuerza, frotando
sus labios contra los de él con ímpetu. No hubo delicadeza. Fue un beso
obstinado, lleno de fuerza y terquedad, sin técnica alguna. Finalmente, Chase
presionó la barbilla del jadeante Jung-in con su pulgar para que abriera más la
boca y empujó su lengua profundamente, como si alimentara a un pajarito.
Su
lengua recorrió el interior de su boca siguiendo la mucosa, acarició el límite
entre las muelas y las encías, y de repente estimuló la base de la lengua.
Justo cuando Jung-in se acostumbraba, Chase estimulaba un lugar inesperado,
haciendo que Jung-in se estremeciera continuamente tratando de seguirle el
ritmo.
“Mmm...”.
El
pequeño gemido de Jung-in fue devorado por la boca de Chase. La mano que
sostenía la mejilla de Jung-in pasó a su nuca; su mano fuerte masajeó
suavemente su cuello delgado. El movimiento de la lengua se volvió cada vez más
intenso, cambiando de dirección varias veces. Sus respiraciones calientes se
mezclaban cada vez que sus narices se cruzaban.
Chase
se incorporó, manteniendo a Jung-in entre sus rodillas, y se quitó la sudadera
cruzando los brazos con naturalidad. El dobladillo de la prenda subió por sus
abdominales hasta que la sudadera pasó por encima de su cabeza, despeinando su
cabello rubio. La tenue luz de la luna se filtraba por la ventana, resaltando
la imponente anchura de sus hombros.
Al
recordar que el propósito de Chase al desvestirse era el sexo, el corazón de
Jung-in latió con fuerza. La voz de Chase, ahora un tono más grave, resonó en
la habitación oscura.
“Tal
vez elegiste a la persona equivocada. A un tipo con celos terribles y una
obsesión profunda”.
Tan
pronto como la sudadera cayó al suelo, Chase bajó la cremallera de sus
pantalones. Tras liberar su miembro erecto para que pudiera respirar, se
inclinó de nuevo sobre Jung-in. Sus lenguas volvieron a enredarse mientras él,
con una sola mano, desabrochaba los pantalones de Jung-in. El miembro de este
también estaba rígido, soltando un líquido transparente por la hendidura.
Incluso
cuando separó los labios un momento para terminar de desvestirlo, Chase no dejó
de mirar fijamente los labios de Jung-in, como si cada segundo separados fuera
un desperdicio. Sus manos, que se extendían con impaciencia, temblaban
ligeramente por el deseo. Al quitarle la camiseta a Jung-in, se escuchó el
sonido de algo rasgándose, como si no pudiera controlar su fuerza.
Finalmente,
con Jung-in completamente desnudo bajo él, Chase lo contempló como si admirara
una obra de arte, los ojos nublados, las mejillas sonrojadas y los labios
teñidos por el largo beso. Si Chase fuera un artista, Jung-in sería sin duda su
musa; lo habría poseído a través del pincel, el cincel o las palabras.
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La
mirada de Chase bajó lentamente por el cuerpo de Jung-in como un líquido
viscoso, la mandíbula esbelta, todo lo contrario a la tendencia actual de
mandíbulas cuadradas, el cuello largo que la seguía, sus hombros afilados que
parecían ser el complejo de Jung-in, y su pecho delgado que subía y bajaba con
agitación. Todo era locamente seductor. El hecho de que Jung-in no lo supiera y
se sintiera avergonzado cada vez que mostraba su cuerpo volvía loco a Chase.
Sus
ojos azules, antes dulces, se oscurecieron con el deseo. Su mirada, densa y
pesada como el alquitrán, descendió sobre el cuerpo de Jung-in junto con la
pálida luz de la luna. Chase se presionó contra él; su pecho firme lo aplastó
con su peso.
Colocó
sus labios sobre el cuello de Jung-in, justo donde pulsaba la sangre, y
presionó. Podía sentir el latido acelerado. Tras juguetear allí un rato, sus
labios descendieron por la línea del cuello. Al tomar el pezón endurecido en su
boca, Jung-in inhaló profundamente, agitando el pecho. Chase succionó la
pequeña protuberancia con fuerza, como si tuviera un hambre voraz. Cuando
empezó a mordisquearla suavemente entre sus dientes, Jung-in arqueó la cintura
e intentó empujar los hombros de Chase.
“Ah...”.
Chase
entrelazó sus dedos con los de Jung-in y los presionó contra la cama, tan
fuerte que la sangre dejó de circular por sus nudillos y las puntas de sus
dedos se pusieron blancas. Su lengua húmeda recorrió cada rincón del cuerpo de
Jung-in. Cada vez que lamió un punto sensible, el vientre de Jung-in se
contraía con fuerza.
“Mmm...
Chay...”.
Su
nuca, sus hombros, la parte interna de sus brazos, sus axilas, su pecho y su
ombligo quedaron empapados. Chase pasaba de ser cuidadoso, como un perro que
lame a su dueño herido, a morderlo con avidez de repente. Ante las caricias
impredecibles, la vista de Jung-in se nubló; no podía mantener la cordura.
El
pecho de Jung-in subía y bajaba violentamente mientras jadeaba. Su mirada,
usualmente afilada e inteligente como si estuviera listo para rebatir cualquier
cosa, se desmoronaba en súplica. La fuerza en las manos de Chase aumentó; sus
grandes palmas rodeando su cintura quemaban. Con esas manos, Chase giró el
cuerpo de Jung-in de un tirón. Al ver el trasero pequeño y redondo de Jung-in,
su boca se llenó de saliva.
Jung-in
miró hacia atrás con urgencia.
“Ah...
Ch-Chay...”.
“Shhh...”.
Jung-in
se dio cuenta de lo que Chase pretendía: iba a lamer la pequeña abertura entre
sus nalgas. A Chase le encantaba hacer esto. A estas alturas, era difícil
contar cuántas veces habían tenido sexo usando las manos y los pies, y como él
nunca se conformaba con una sola vez, habría que multiplicar ese número.
Se
podría pensar que para este momento la torpeza y la timidez habrían
desaparecido, pero Jung-in sentía que nunca se acostumbraría a ese acto en
particular. La primera vez, se asustó tanto que se retorció y llegó a patear a
Chase fuera de la cama. Nunca imaginó que llegaría el día en que alguien
lamería y succionaría ese lugar; era algo que iba mucho más allá de un acto
íntimo. Sin embargo, Chase decía que no entendía por qué Jung-in reaccionaba
así.
“Tu
cuerpo es mi patio de recreo”.
Solía
decir él, y cumplía sus palabras al pie de la letra.
Aunque
lo había vivido muchas veces, siempre se sentía nuevo. Jung-in ni siquiera se
había atrevido a llevar el miembro de Chase a su boca todavía. Aunque él nunca
se lo había pedido, Jung-in dudaba si podría hacerlo si se lo pidiera. Sabía
que algún día sucedería, pero nadie sabía cuándo sería ese día.
Chase
metió la mano bajo el bajo vientre de Jung-in y elevó su parte inferior. Así,
Jung-in quedó con el pecho pegado a la cama y el trasero en alto, su espalda
dibujando una curva vertiginosa. Las grandes manos de Chase masajearon sus
nalgas. Tras apretar la carne y separarla hacia los lados, la abertura se
estiró. Chase bajó la cabeza.
Su
lengua áspera lamió desde el perineo subiendo por entre sus nalgas. Jung-in se
retorció, pero las manos de Chase solo se apretaron más. Seguramente mañana, al
ducharse, vería las marcas rojas de sus dedos en el espejo.
“Ahhh...”.
Intentó
girar la cintura y estirar los brazos para apartarlo, pero fue inútil. Tras el
vano intento de resistencia, Jung-in se rindió y dejó caer sus brazos. Ante la
sensación caliente y cosquilleante que sentía abajo, su abertura pulsó. Estaba
siendo succionado en su parte más vergonzosa. Era humillante y penoso, pero
también sentía un placer extraño. Sus pies se movían involuntariamente por la
agonía de ese cosquilleo insoportable.
Chase
movía la cabeza de un lado a otro, frotando su lengua contra la abertura de
forma obscena, tal como hacía al besar. Finalmente, incapaz de soportarlo,
Jung-in intentó huir pegando su vientre al colchón, pero Chase separó aún más
sus nalgas e insertó su lengua, ahora tensa y afilada, en la abertura que ya
estaba relajada y húmeda.
“¡Ah!”.
Chase
empujó incluso la parte más gruesa de su lengua y giró la punta en círculos.
“Hmpf...
ah, Chay... ah, Chay...”.
Ante
el estímulo excesivamente fuerte, Jung-in intentó retorcerse, pero Chase
succionó de forma aún más agresiva, como si lo estuviera castigando. Sentía que
iba a perder la cordura por el sonido húmedo que resonaba entre sus piernas.
Chase
tiró hacia abajo del miembro de Jung-in, que estaba aplastado bajo su vientre.
La piel se estiró y el miembro de Jung-in sobresalió entre sus muslos. Chase
comenzó a frotar el glande y parte del tronco con una mano mientras continuaba
hurgando en su interior con la lengua.
“Ah...
ah, mmm... hmpf...”.
Chase
sacudió la cabeza mientras mantenía la lengua profundamente insertada. La
abertura se dilató y entró aire fresco. El estímulo era demasiado grande.
Jung-in soltó un jadeo agónico y sollozó mientras arqueaba la cintura.
“Ah,
Chay... por favor... por favor...”.
Chase
succionó durante mucho tiempo, hasta que la delicada abertura quedó enrojecida
y palpitando con dolor. Él siempre había tenido un carácter obstinado,
atormentando a Jung-in sin descanso hasta que este le suplicaba.
“Chay,
yo... ah, estoy muy cansado...”.
Jung-in
ya parecía agotado. Aunque mostraba una tenacidad y concentración asombrosas en
sus estudios e investigaciones, su resistencia física era otra historia. No
sentía ninguna inclinación por el ejercicio; a diferencia del estudio, donde
sentía que acumulaba conocimientos y satisfacción, el ejercicio solo le dejaba
los músculos doloridos al día siguiente. Podría decirse que era de una especie
distinta a la de Chase, quien encontraba refrescante ese dolor muscular.
Finalmente,
la lengua saciada se retiró. Junto con la sensación de liberación, una nueva
tensión invadió a Jung-in. Se oyó el sonido del cajón de la mesa de noche
abriéndose. Chase tomó el lubricante y vertió una cantidad generosa del líquido
transparente en su palma. Luego, frotó desde el surco de las nalgas hasta el
miembro de Jung-in, como si estuviera lavando su zona inferior. Todo el espacio
entre sus piernas quedó empapado.
Acto
seguido, sus dedos penetraron la entrada.
“¡Ah...!”.
Los
dedos empapados en lubricante hurgaron en su interior. La abertura, ya relajada
por la lengua, aceptó rápidamente dos de sus dedos. El cuerpo de Jung-in se
sacudía cada vez que Chase empujaba. Chase arqueó ligeramente los dedos dentro
de él, apuntando al punto de mayor placer de Jung-in.
“¡Ahhh...!”.
Ante
la respuesta inmediata, una comisura de los labios de Chase se elevó.
Manteniendo la espalda de Jung-in presionada con una mano para que no pudiera
moverse, aumentó rápidamente el número de sus dedos. El sonido húmedo era
escandaloso cada vez que el manojo de dedos entraba y salía. Chase empujaba con
tanta fuerza que los músculos de sus antebrazos se tensaban y sus venas
sobresalían. Era una inserción tan profunda que sus nudillos chocaban contra
las nalgas de Jung-in.
“Ah, ugh, mmm, hmpf, ah...”.
La
vista de Jung-in se volvió blanca. Sintiendo como si chispas eléctricas
saltaran dentro de su cuerpo, todo su ser se agitó violentamente. Justo cuando
sus párpados empezaron a temblar convulsivamente, incapaz de abrirlos o
cerrarlos del todo, la mano que lo penetraba se retiró bruscamente.
“¿Por
qué... por qué...?”.
Con
los ojos nublados, como si estuviera bajo el efecto de una droga, Jung-in miró
a Chase con reproche.
“Hoy
vas a terminar solo con lo mío”.
Con
voz ronca, Chase terminó de desabrocharse los pantalones. Su miembro ya
sobresalía por encima de su ropa interior. Parecía no tener tiempo ni para
quitarse los pantalones; simplemente bajó la banda de sus briefs para exponer
su miembro y testículos antes de alcanzar a Jung-in.
“Ah,
maldita sea”.
Jung-in
miró hacia atrás al escuchar el insulto repentino.
“Olvidé
comprar condones”.
“Solo...
hazlo”.
“...
¿Qué?”.
Chase
puso una cara de asombro, como si hubiera escuchado algo inimaginable. Jung-in
dijo entre jadeos.
“Porque...
solo lo haremos el uno con el otro”.
Sus
ojos azules oscilaron violentamente. Soltando un suspiro de asombro, Chase
sonrió ampliamente y repitió las palabras de Jung-in:
“Entonces
lo haré así hoy. Tal como dijiste... porque pasaremos toda la vida haciéndolo
solo el uno con el otro”.
Antes
de que pudiera responder, sus nalgas fueron elevadas. Jung-in sintió la intensa
premonición de que lo suyo iba a entrar, y su corazón latió como loco. Sin
embargo, donde Chase puso sus manos fue en su cintura.
De
repente, su cuerpo fue levantado en el aire. Su visión giró y, en un abrir y
cerrar de ojos, Jung-in se encontró sentado sobre la pelvis de Chase, quien
estaba acostado boca arriba en la cama. Jung-in parpadeó, sin comprender.
“Como
señal de arrepentimiento, hoy tú estarás arriba”.
Una
expresión de apuro cruzó el rostro de Jung-in. No era una posición que no
hubiera probado antes, pero nunca había comenzado siendo él quien tomara la
iniciativa desde el principio. Sintió un volumen abrumador bajo su trasero.
Tener que insertarlo él mismo le hacía sentir que el mundo se oscurecía. Por el
contrario, Chase lo miraba con aire relajado, con las manos entrelazadas detrás
de la cabeza, como un espectador.
Al
ver a Jung-in sin saber qué hacer, Chase movió su cintura hacia arriba. Fue un
movimiento que claramente exigía acción. Jung-in se apoyó en sus rodillas sobre
el colchón, levantó el trasero y alcanzó con la mano hacia atrás para sujetar
el miembro de Chase. Su grosor y longitud siempre le resultaban imponentes.
Jung-in
guio lo suyo hacia su trasero y alineó la punta con los pliegues de su
abertura, que estaba contraída por la tensión. Respiró hondo, como si fuera a
tomar una gran decisión, y comenzó a descender poco a poco sobre esa columna.
“Ah...”.
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La
abertura, enrojecida por el estímulo constante, comenzó a devorar la punta roma
poco a poco. En cuanto el glande y parte del tronco se deslizaron dentro, su
cuerpo se congeló. Por mucho que se hubiera relajado con las manos, el tamaño
de lo de Chase no era fácil de albergar.
No
podía respirar bien por la presión que sentía en sus entrañas. Sus muslos
temblaban por el dolor que parecía partirlo desde la pelvis hasta el esternón.
Las paredes internas, que albergaban el enorme miembro, se agitaban
espasmódicamente. Y eso, sin querer, se tradujo en placer para Chase.
“Mmm...”.
Chase
soltó un gemido lánguido.
Disfrutando
de la extática sensación de la primera inserción, bajó la mirada hacia el punto
de unión. Extendió la mano hacia la parte interna de los muslos temblorosos de
Jung-in, levantó ligeramente el miembro de este y contempló cómo lo suyo estaba
clavado en el cuerpo de Jung-in.
“Eres
tan hermoso”.
Jung-in
miró a Chase con la vista nublada por las lágrimas. Él tenía el rostro de
alguien profundamente absorto. Era la expresión que ponía cuando saboreaba por
primera vez un whisky o un vino excepcional que alguien le traía como algo
valioso. El miembro, tan grueso que apenas cabía, llenaba cada rincón de sus
paredes internas.
Jung-in
sentía que sus muslos iban a ceder y que se desplomaría, pero tenía miedo de
que, si lo hacía, todo ese volumen entraría de golpe en su cuerpo. Se apoyó en
los abdominales firmes de Chase e intentó aguantar desesperadamente.
“Ahhh,
¿qué hago? ¿Qué hago...?”
“Ugh...”.
Sin
poder bajar más ni volver a subir, quedó atrapado en ese punto. Cuando contrajo
su interior por el nerviosismo, el rostro de Chase se distorsionó de golpe.
Sintió de inmediato que sus cuerpos estaban conectados.
“¿Te
ayudo?”
Preguntó
Chase con una sonrisa algo forzada. Estarse quieto así también era una tortura
para él.
Cuando
Jung-in asintió con urgencia, Chase sujetó la parte inferior de sus muslos para
que no descendiera más profundamente. En ese respiro, Jung-in jadeó buscando
aire.
“¿Puedes
intentar mover solo la cintura adelante y atrás en este estado? ¿Podrás
hacerlo?”.
Así
como Jung-in sabía cómo volver loco a Chase, Chase sabía perfectamente cómo
encender a Jung-in. Si lograba estimular su espíritu competitivo, el resto era
fácil. Jung-in soltó respiraciones cortas y movió lentamente la cintura. El
miembro de Chase se agitó dentro de él. Al retirar la cintura y luego empujar
hacia adelante, el grueso glande presionó su próstata. Jung-in se desmoronó, agitándose
como si le hubiera caído un rayo.
Enderezándose
de nuevo, cerró los ojos y comenzó a moverse siguiendo su propio placer. Probó
a girar la cintura en círculos y a mover el cuerpo de arriba abajo haciendo
fuerza con las piernas.
“Ah...
ah, mmm, ah...”.
“¿Se
siente bien? ¿Eh?”.
Toda
la vergüenza desapareció y su cabeza se agitaba frenéticamente asintiendo. La
inserción se volvía cada vez más profunda. Olvidó el miedo de que su cuerpo
pudiera romperse. ¿Sentirían lo mismo los insectos que vuelan hacia el fuego?
Sin darse cuenta, Jung-in ya estaba aceptando el enorme miembro hasta la raíz.
“Ah,
Jung-in. Abre los ojos y mira tu vientre”.
Ver
cómo la zona bajo el ombligo se abultaba por su culpa siempre resultaba
aterrador. Pero para cuando la inserción era así de profunda, la mente de
Jung-in solía estar ya completamente nublada.
La
mano de Chase recorrió el vientre de Jung-in. Podía sentir claramente el
contorno abultado. Junto con la sensación que le recorría la columna, el
sadismo que dormía en lo más profundo de su ser despertó. Chase sujetó las
nalgas de Jung-in como si fuera a reventarlas y empujó su cintura de abajo
arriba.
“¡Ahhh!”.
El
cuello de Jung-in se arqueó hacia atrás. Chase, con las rodillas dobladas,
movió su cintura sin piedad. La parte de la cremallera de los pantalones
desabrochados de Chase rozó la parte inferior de los muslos de Jung-in, dejando
marcas rojas en la piel por la fricción. Sin embargo, Jung-in no sentía ni un
poco de dolor.
“¡Ah!
¡Mmm, ah, hmpf, ah...!”.
El
cuerpo de Jung-in rebotaba como si estuviera montando a caballo. Junto con los
gemidos entrecortados, el sonido de la carne chocando resonaba
escandalosamente. No había nada que Jung-in pudiera hacer. Solo podía agitarse
de un lado a otro con una expresión que no parecía la suya y soltando gemidos
que no reconocía.
La
sensación que oscilaba entre el placer y el dolor era demasiado para procesar.
Las lágrimas caían como de un grifo roto. Chase tenía el rostro completamente
absorto. En sus ojos azules, usualmente tranquilos, soplaba una tormenta y las
olas del deseo se agitaban con fuerza. No había nada que pudiera detener a
Chase en momentos así.
El
placer acumulado se infló como un globo a punto de estallar. Entonces, una
sensación que oscureció su visión cayó sobre él. Todo su vientre bajo se
contrajo desde las paredes internas, haciendo que su abdomen se hundiera.
“¡Ahhhh...!”.
Jung-in
se estremeció ante un placer tan intenso que ni siquiera pudo soltar un gemido
adecuado. Su espalda, donde resaltaba su columna, temblaba. Sus ojos se
pusieron en blanco y todo su cuerpo se retorció en espasmos.
Ante
la presión de las paredes internas que lo apretaban, Chase tampoco pudo
contenerse y alcanzó el clímax. Comenzó a empujar su cintura con fuerza por
última vez.
“Ah...”.
Pack,
pack, pack. Con cada embestida, el semen salía disparado de la punta del
miembro de Jung-in como de una jeringa a la que presionan el émbolo. El fluido
viscoso resbaló por el contorno de los abdominales de Chase.
El
torso de Jung-in colapsó de golpe sobre el cuerpo de Chase. Apoyó su mejilla
húmeda contra el pecho de Chase mientras intentaba recuperar el aliento. Las
manos de Chase rodearon con fuerza la espalda de Jung-in, que subía y bajaba
agitadamente.
Sujetando
a Jung-in, que solo podía respirar con la mirada perdida, Chase se incorporó y
se sentó. Luego, puso ambos pies en el suelo, fuera de la cama. Hizo que
Jung-in rodeara su cintura con las piernas y se puso de pie de un salto. El
miembro seguía clavado dentro del cuerpo de Jung-in.
“Ah...”.
Jung-in,
asustado por la repentina elevación, se colgó desesperadamente de los hombros
de Chase. Su gesto de aferrarse por miedo a caer era patético y adorable a la
vez. Chase, sosteniendo a Jung-in solo con la fuerza de sus brazos, apretó los
músculos de sus nalgas y empujó su pelvis de abajo arriba. Su miembro, que
parecía no haberse enfriado en ningún momento, se hundió en la abertura.
“Ahhh...”.
El
glande, que empujaba con fuerza, tocó un lugar nuevo que no había alcanzado
antes. Un miedo irracional de que el miembro, insertado tan profundamente,
pudiera atravesar sus paredes internas lo invadió. Ante la sensación de caída
desde un lugar alto, Jung-in apretó aún más los brazos alrededor del cuello de
Chase.
Chase
levantaba la parte inferior del cuerpo de Jung-in y luego la dejaba caer, al
mismo tiempo que empujaba su propia cintura hacia arriba. Cada vez, chispas
saltaban ante los ojos de Jung-in. Sumado al peso, se hundía tan profundamente
que sus nalgas parecían aplastarse, para luego ser expulsado por el rebote y
volver a caer como un péndulo.
“Chay...
ahhh... Chay...”.
Había
momentos en los que Chase daba miedo, podía acariciarlo con ternura y mirarlo
con una cara de amor infinito, pero una vez que comenzaba la penetración, a
veces se volvía aterrador. Sin embargo, el único lugar donde Jung-in podía
esconderse era también en sus brazos. Cuando se encogía y se escondía, él
volvía a ser tierno al instante, acariciando suavemente cada parte de su
cuerpo.
Pero
el Chase de ahora no era pausado como antes. No estaba relajado. Sus
movimientos impacientes eran ávidos y sus ojos, al mirar a Jung-in, estaban
completamente perdidos, rendidos ante el deseo carnal.
“Hmpf...
mmm... ah...”.
Los
hombros de Chase, a los que Jung-in se aferraba, estaban resbaladizos por el
sudor. Cada vez que el miembro, con el contorno del glande bien definido,
hurgaba en su interior, el semen de antes y el lubricante derretido se
filtraban, resbalando entre los muslos de Chase y su ropa.
“Tengo...
tengo miedo... siento que me voy a caer... ah...”.
Le
ardían los ojos de tanto llorar. Sentía como si alguien hubiera metido la mano
en su vientre y estuviera revolviendo sus dedos para hacerle cosquillas.
Finalmente, el globo que se inflaba en su interior explotó. El cuerpo de
Jung-in tembló como si tuviera escalofríos. Sus dientes castañeteaban y su
cuerpo se retorcía. Sentía que ni aunque un ladrón armado entrara en la
habitación podría detener esas convulsiones.
“¡Ahhh...!”.
Una
liberación cien, mil veces mayor que la que se siente al orinar después de
aguantar mucho tiempo. Un rastro de saliva diluida escapó entre los labios de
Jung-in, que estaban entreabiertos como los de un necio. Chase también sintió
la inminente eyaculación y se movió con una rapidez aterradora. Su cuerpo
entero, con el ceño fruncido, se contrajo con fuerza. Las fibras de sus
músculos tensos resaltaron.
“Hmpf...”.
Sintió
vívidamente cómo la base del miembro, que llenaba sus paredes internas, latía
como un corazón mientras expulsaba el semen. Tras disfrutar de los restos de la
eyaculación empujando su cintura unas cuantas veces más mientras estaba
profundamente insertado, Chase fue a la cama y se acostó abrazando a Jung-in.
La
habitación, cuya temperatura parecía haber subido varios grados, estaba llena
del sonido de sus respiraciones agitadas. Jung-in, acostado sobre Chase con la
mejilla apoyada en su hombro, temblaba intermitentemente. Con cada espasmo del
calor residual del placer, sentía la presencia del miembro que aún llenaba su
cuerpo. Estaba tan agotado que ni siquiera podía articular una queja para
pedirle que lo sacara.
Poco
después, Chase rodó con cuidado para que Jung-in quedara debajo. Luego, retiró
lentamente su pene. Cuando lo suyo, que incluso antes de la erección era más
grande que el de otros erecto, salió raspando las paredes internas, un gemido
parecido a un sollozo escapó involuntariamente.
“Ah...”.
Sintió
una mano acariciando su mejilla con ternura. Tras parpadear un par de veces, el
rostro de Chase llenó su visión borrosa. Su conciencia comenzó a desvanecerse y
el sueño lo invadió lentamente.
“Siento
ser un novio tan celoso”.
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Jung-in
sonrió con esfuerzo en lugar de responder. Era una sonrisa que, quizás por el
rastro rojo en sus ojos, parecía algo melancólica.
“Te
amo, Jung-in”.
Sin
poder responder finalmente, Jung-in se sumergió silenciosamente en el dulce
abismo del sueño. Con el eco de esa confesión filtrándose en su oído, estaba
seguro de que esta noche tendría buenos sueños.
