Extra 3. FOMO

 


Extra 3. FOMO

 

En Annenberg Hall, el lugar encargado de las comidas de los estudiantes de primer año, las barras de servicio cuentan con contenedores de plástico junto a las bandejas. Es una cortesía para que los estudiantes puedan llevarse la comida como si fuera un almuerzo para llevar.

Hoy, aprovechando el buen clima, Jung-in y Chase decidieron almorzar fuera y tomaron los contenedores de plástico en lugar de las bandejas. Mientras dudaban en la sección de tortillas, donde desfilaban diversos platos a base de huevo, alguien saludó con una voz familiar desde atrás.

“Hola, Lim. Hola, Prescott”.

“Hola, Sullivan”

Era uno de los compañeros asignados a Weld Hall, donde se alojaba Chase, y con quien Jung-in también había intercambiado saludos un par de veces. Al entrar ya en su segundo mes de vida universitaria, el número de personas a las que saludaban por el campus iba aumentando poco a poco. Quizás acostumbrarse a un lugar empezaba con esos pequeños detalles.

Tras llenar sus recipientes con comida, los dos salieron. El exterior estaba radiante. Annenberg Hall, que recordaba al Gran Comedor de Hogwarts, era un edificio de ladrillo rojo con agujas de estilo gótico y ventanas de arco. Parecía una catedral medieval o el set de una película, y bajo la cálida luz, lucía aún más imponente.

Frente al edificio, había mesas de exterior con sombrillas esparcidas por aquí y por allá. En los días despejados, muchos estudiantes optaban por el exterior, como si quisieran hacer la fotosíntesis. Algunos reían y charlaban con amigos, mientras otros tenían sus laptops abiertas, despachando la comida y las tareas al mismo tiempo. Era una rutina a veces ajetreada y abrumadora, pero que conservaba el romance característico del campus.

“Ah, Jung-in. Creo que hoy por la tarde tendré que ir a Legatus House”.

Ante las palabras de Chase, Jung-in ladeó la cabeza con curiosidad.

“¿Los Final Clubs no reclutan a los de segundo año?”.

Los Final Clubs, fraternidades masculinas, no eran simples grupos sociales; eran organizaciones de élite secretas y símbolos de privilegio. Solo unos pocos invitados lograban entrar, y el proceso era estrictamente confidencial. Si fallabas en la entrevista, no había segunda oportunidad, y los criterios de selección iban más allá de las notas o las habilidades sociales: linaje, trasfondo, contactos... Para cruzar el umbral de un Final Club, se necesitaba el poder para superar barreras invisibles.

Y el Legatus Club, fundado a principios del siglo XIX, se situaba en la cima de los clubes de Harvard. Poseían una lujosa casa club fuera del campus, un lugar inaccesible para estudiantes comunes como Jung-in. Normalmente, reclutan nuevos miembros en el otoño del segundo año mediante un proceso llamado ‘punch’, y los de primer año no suelen participar. Sin embargo, Chase fue invitado de forma excepcional.

La familia Prescott había producido miembros de Legatus durante cinco generaciones consecutivas. Incluso existía un capítulo titulado ‘El Legado Prescott’ en los anuarios del club, por lo que no era de extrañar que lo hubieran invitado.

“Entonces cenarás allí, supongo”.

“Probablemente”.

Por otro lado, Jung-in se había unido a la Asociación de Estudiantes Coreanos por recomendación de Aiden. Era un club pequeño, con apenas unos cincuenta miembros y solo diez realmente activos. El objetivo superficial era ampliar la conciencia sobre temas sociales, políticos y culturales de Corea y fomentar la amistad entre los estudiantes coreanos y de ascendencia coreana. No obstante, en la práctica, el ambiente era mucho más relajado y sencillo.

Era un lugar donde los estudiantes coreanos dispersos por el campus se reunían para entablar amistades, y de vez en cuando, cocinar y comer comida coreana. En los días de lluvia, se armaban reuniones improvisadas de pajeon (panqueques de cebollín); otros días, veían dramas coreanos para ponerse al día con la trama y aprender las frases de moda. También había tiempo para leer novelas coreanas en su idioma original para no olvidar la lengua, aunque incluso eso solía llenarse más de risas y charlas que de seriedad.

“Tu próxima clase es en el Northwest Building, ¿verdad?”.

Jung-in asintió ante la pregunta de Chase. Desde el patio delantero de Annenberg Hall, donde estaban sentados, era una caminata de al menos diez minutos. Chase se adelantó y tomó el recipiente vacío de Jung-in.

“Yo me encargo de esto. Ve rápido. Nos vemos luego en el condominio”

Los viernes, ambos solían dirigirse al condominio. Pasar el fin de semana juntos y regresar a la universidad el lunes se había convertido en su rutina habitual. Chase se despidió de Jung-in con un ligero beso en la mejilla mientras este recogía su mochila.

El campus era inmenso. Algunos estudiantes incluso usaban el transporte público para moverse entre los edificios de clases. Últimamente, Jung-in estaba considerando seriamente comprar una bicicleta. Si recorriera el campus en bici como hacía en Bellacove, quizás podría disfrutar del romance de la vida universitaria con un poco más de calma.

Tras caminar a paso rápido, llegó al aula justo antes de que empezara la clase. Hoy tocaba la clase de Fundamentos de Ciencias de la Vida, que se impartía una vez a la semana. La sesión de tres horas, que combinaba laboratorio y teoría, consumía bastante energía y concentración.

Después de clase, tenía programada una reunión para un proyecto grupal. Para cuando terminó de coordinar la dirección de la presentación con sus compañeros en el aula semivacía, ya estaba oscuro afuera. Finalmente, tras concluir sus deberes, Jung-in salió del edificio pensando en qué cenar. Aunque en Annenberg Hall ofrecían las tres comidas, el menú siempre era el mismo. Era comida aceptable que no cansaba, pero tampoco le apetecía especialmente.

En ese momento, un mensaje en su teléfono resolvió su dilema.

 

Aiden Han

[¿Por cierto, te gusta la comida picante?]

 

Jung-in respondió de inmediato sin siquiera detener el paso.

 

Jung-in

[Sí, ¿por qué?]

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Aiden le contó que iba de camino a comer calamar salteado (ojingeo-bokkeum) con los amigos de la asociación y le preguntó si quería unirse. Al instante, los ojos de Jung-in se iluminaron. Era una oportunidad que no podía dejar pasar. El restaurante ‘Suni’, al que se dirigían, era un lugar que tenía en su lista de pendientes desde hacía tiempo, pero que aún no había visitado.

Chase no toleraba muy bien el picante. Aunque él mismo presumía de su ‘orgullo picante’ diciendo que le gustaba la comida mexicana, para Jung-in, eso solo significaba maravillarse con un taco apenas condimentado. Recordó una vez que Chase le ofreció una salsa asegurando que picaba mucho; para Jung-in, aquello no era más que kétchup. Además, el calamar era un ingrediente que los estadounidenses no solían comer a menudo, por lo que sería extraño para él en varios sentidos.

 

Jung-in

[Voy para allá ahora mismo.]

 

Sin dudarlo, respondió que iría y aceleró el paso. Al estar en un edificio en el extremo norte del campus, le esperaba una larga caminata hasta Harvard Square.

 

Cuando llegó al restaurante ‘Suni’, Jung-in estaba casi sin aliento. Con sus paredes blancas, el toldo verde y un pequeño olivo junto a la entrada, por fuera parecía un restaurante mediterráneo. Sin embargo, en cuanto abrió la puerta, el panorama cambió por completo.

El aroma familiar de las especias le golpeó la nariz. Dentro del local sonaba una canción que era popular en Corea últimamente, y allá donde miraba, veía letras en coreano.

<¡Jay! ¡Bienvenido!>.

Dave Choi, uno de los estudiantes mayores de la asociación, recibió a Jung-in con entusiasmo. Aiden, que giró la cabeza hacia la entrada un poco tarde, también lo saludó con la mano.

Dijeron que un compañero que había estado en Corea durante las vacaciones pasadas había traído nada menos que seis botellas de un famoso makgeolli (vino de arroz) que aún no se importaba oficialmente. Llevó una de las botellas hacia la cocina y se la entregó a la dueña del restaurante, un gesto natural y afectuoso, como si pagara por el derecho de descorche.

Seis personas, incluido Jung-in, se sentaron alrededor de la mesa y llenaron sus copas con makgeolli. Solo con el idioma coreano y el olor de la comida, el espacio se sentía acogedor y cálido. Justo entonces, la dueña, una mujer de mediana edad con semblante afable, apareció con un plato de jeon (panqueque coreano) humeante.

<Ah, ¿es la primera vez de Jay aquí? ¡Saluda a la jefa!>

Presentó Dave con descaro.

Jung-in hizo una reverencia educada. La dueña, que cortaba el jeon en trozos pequeños con unas tijeras, abrió mucho los ojos al ver a Jung-in.

<¡Vaya, qué guapo es! ¿No quieres conocer a mi hija menor? Tiene veinticuatro años>

Jung-in sonrió tímidamente y bajó la cabeza, mientras Dave intervenía con picardía.

<Jefa, con él no se puede. Tiene una pareja rubia con un cuerpo increíble. Son la pareja más famosa de Harvard>.

<¿Tan altos tiene los gustos? ¡Mi hija también es guapa!>

Todo el local estalló en carcajadas. El ambiente era alegre. Pusieron un quemador sobre la mesa y encima una placa de piedra. Calamares frescos, panceta de cerdo y diversas verduras difícil de conseguir aquí, como el minari (berro coreano), subieron a la placa con un siseo. Encima, se vertió una cantidad generosa de una salsa roja que se veía temible. Los ojos de Jung-in brillaron de anticipación.

<Si pica demasiado, come el pajeon>.

Ese comentario considerado de Aiden activó el espíritu competitivo de Jung-in. Para colmo, Dave añadió

<Sí, hazle caso a Aiden. La jefa usa polvo de chiles cheongyang que ella misma cultiva. Pica de verdad>.

El calamar salteado, que probó con cierta tensión, tenía un fuerte sabor ahumado y picaba justo lo suficiente para ser agradable. Con un acompañamiento tan excelente, el makgeolli se acabó en un abrir y cerrar de ojos. Pidieron más alcohol y la dueña les trajo guarniciones que no solía servir a los clientes, las que comía su propia familia; era una muestra especial de afecto.

Jung-in miró al grupo con seriedad y dijo.

<Por favor, avísenme siempre que vengan aquí>.

<¿Por qué? Puedes venir con tu novio>

Dijo Lindsey Seo, la vicepresidenta de la asociación, riendo.

<Es que él no puede comer cosas picantes>.

Por supuesto, si se lo pedía, Chase lo acompañaría de inmediato. Pero Jung-in recordaba que una vez, después de comer apenas un poco de dak-bokkeum-tang (estofado de pollo picante), Chase había dicho que sentía el corazón latir en su estómago. Si probaba este sabor a chile cheongyang, podría sufrir dolor de estómago durante días.

<Vaya, hemos encontrado su punto débil>.

Ante la mirada de Jung-in que preguntaba a qué se refería, Dave añadió con humor,

<Honestamente, alguien como tu novio debería tener algún defecto más, ¿no crees? He oído que los del equipo de fútbol americano están desesperados rogándole que haga las pruebas de selección>.

Jung-in asintió y respondió

<Le pidieron que participe aunque sea solo en ‘The Game’>.

Desde el principio del semestre, Chase había recibido insistentes ofertas del equipo de fútbol americano de Harvard. Dado que la Ivy League no ofrece becas deportivas, es extremadamente difícil ingresar solo por talento atlético. Era casi inaudito que un quarterback de élite como Chase, que había llegado hasta las eliminatorias en la secundaria, viniera a Harvard. El entrenador y los asistentes se turnaban para visitarlo, suplicándole que se uniera como jugador walk-on (unirse al equipo sin haber sido reclutado oficialmente).

Sin embargo, él no parecía interesado. Rechazó la propuesta de las pruebas y dijo que no tenía intención de unirse formalmente. Ya no lo necesitaba para las admisiones como antes, y las actividades extracurriculares no le aportaban ningún beneficio adicional.

Entonces, esta vez el entrenador apareció acompañado por el capitán del equipo, pidiéndole que, aunque no se uniera oficialmente, jugara al menos en ‘The Game’.

‘The Game’. El partido que hace hervir la sangre de los estudiantes de Harvard. Aunque el nivel de fútbol americano de las universidades de la Ivy League solía estar en los puestos más bajos y la gente no esperaba mucho de ellos, tenían un partido sumamente importante, el encuentro anual contra Yale, conocido simplemente como ‘The Game’.

Iniciado a finales del siglo XIX, este partido iba más allá de una simple competencia deportiva; representaba el choque del orgullo, la tradición, la historia y el simbolismo de dos de las universidades más prestigiosas del mundo. Sin importar los resultados previos del equipo, ganar o perder contra Yale definía el ambiente de toda la universidad. Un día en el que todos, jugadores o espectadores, se entregaban al frenesí. Incluso en el tranquilo campus de Harvard, ese día se mezclaban banderas, vítores, rabia y júbilo.

<¿Y por qué dice que no lo hará?>.

<Creo que piensa que es una pérdida de tiempo>.

<Pero si llegó hasta las eliminatorias... Si yo tuviera ese físico y ese talento, iría sin dudarlo. ¿No sería convertirse en una leyenda absoluta?>.

Chase era alguien que atraía las miradas dondequiera que fuera y terminaba siendo el centro de atención hiciera lo que hiciera. Había recibido la admiración de la gente con tanta frecuencia que, tal vez, la idea de convertirse en una leyenda ya ni siquiera le causaba emoción.

<A mí también me gustaría que participara en el partido. Me gustaría verlo jugar una vez más>.

Comentó Jung-in.

<¿Por qué no intentas convencerlo?>.

<¿Y si por mi culpa sus notas bajan o algo así? ¿Qué haría yo entonces?>

El recuerdo de aquellos días de secundaria, vistiendo su jersey y coreando su nombre mientras lo animaba, permanecía como una página preciosa de su juventud. Pensando que no habría más partidos, incluso se le escaparon algunas lágrimas durante el último juego de Chase. Su imagen corriendo por el campo era radiante y hermosa. Solo imaginarlo poniéndose el casco y las hombreras de nuevo para surcar el césped hacía que su corazón palpitara. Sin embargo, Jung-in no le decía nada a Chase; no podía sacrificar el futuro de él por su propia y efímera felicidad.

Como si lo hubieran invocado, llegó un mensaje de Chase.

 

Chay❤️

[¿Ya cenaste? Yo estoy en un restaurante mexicano llamado Tía Lucha, cerca de American Bank.]

 

Solo entonces Jung-in recordó que no le había mencionado nada sobre esta reunión improvisada. Respondió rápidamente.

 

Jung-in

[Yo también estoy cenando con la gente de la KSD (Asociación de Estudiantes Coreanos).]

 

No hubo respuesta durante un rato. ¿Se habría molestado por no habérselo dicho antes? Mientras Jung-in se preocupaba, el entrometido de Dave se metió en la conversación con una expresión burlona.

<¿Quién es? ¿Tu novio?>.

<Sí. Olvidé decirle que venía aquí>.

<¿No tendrá ‘FOMO’ (miedo a perderse de algo)?>.

<No lo creo>.

Él era, nada menos, que un Prescott. Alguien que, fuera a donde fuera, le sobraban personas que querían ser sus amigos. Sentimientos comunes como la exclusión o los celos no parecían encajar con él. En ese momento, llegó otro mensaje de Chase.

 

Chay❤️

[Entiendo. Nos vemos luego en casa 😘.]

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Justo cuando dejaba el teléfono aliviado, la dueña del restaurante apareció de nuevo desde la cocina.

<Tengo un licor de ginseng que hice yo misma, ¿quieren probarlo?>.

Dijo ella, mientras servía el licor en pequeños vasos de soju, asegurando que era muy suave y que no dejaba resaca.

<No podemos beberlo solo así>.

Dicho esto, pidieron más comida. El restaurante ‘Suni’, que funcionaba como el refugio de la asociación coreana, se llenó con el aroma fragante del licor de ginseng y las risas ebrias.

***

<¿Estás bien?>.

Aiden observaba con ansiedad a Jung-in, que caminaba tambaleándose. Como era de esperarse, en el momento en que perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer de bruces sobre el pavimento irregular, Aiden lo sujetó por instinto.

<¡Cuidado, idiota!>.

<Sénior... ahora mismo mi cuerpo... está experimentando una aceleración debido al desequilibrio entre el alcohol y la gravedad...>.

Aiden estalló en carcajadas.

<No entiendo cómo estabas tan normal y con ese solo vaso te fuiste al suelo>.

Jung-in, que parecía estar bien mientras bebía makgeolli, empezó a perder la mirada en cuanto tragó el vaso de licor de ginseng. Al mezclarse dos tipos de alcohol tan diferentes, la embriaguez le golpeó de golpe. Jung-in se desplomó sobre la mesa y Aiden se ofreció a llevarlo a casa, ya que recordaba la dirección de cuando había asistido a una fiesta de Chase anteriormente.

Al intentar tocar el timbre de la entrada principal del primer piso, Henry, que estaba en el turno de noche, vio a Jung-in primero y salió a abrir.

“¿Señor Lim? ¿Se encuentra bien?”.

Henry lanzó una mirada de reproche a Aiden, aunque fue solo un instante. Aiden, sintiéndose algo injustamente juzgado, saludó con incomodidad.

“Hola. Solo vine a dejar a este amigo en su casa”.

Henry, aún con aire de sospecha, sostuvo el ascensor para ellos. Aiden logró cargar a Jung-in hasta la puerta del penthouse 601. Al tocar el timbre, la puerta se abrió de par en par casi de inmediato y apareció un hombre de gran estatura. Los ojos azules de Chase se dirigieron directamente a Jung-in, que estaba prácticamente colgado de Aiden.

“Jaja... Cuánto tiempo, Prescott”.

Chase tomó a Jung-in en sus brazos sin decir palabra, mirando a Aiden con una expresión que parecía contener algo a duras penas.

“... Ya que estás aquí, entra un momento”.

“No, está bien, ya me voy”.

“No puedo permitir eso. Después de traerlo hasta aquí, al menos te ofreceré un vaso de agua”.

Aiden quiso decir que realmente no era necesario, pero Chase ya se había dado la vuelta para llevar a Jung-in al interior. Aiden soltó un suspiro interno y no tuvo más remedio que entrar a la sala y sentarse en el sofá. Tras acostar a Jung-in en la cama, Chase regresó a la sala, sacó una botella de agua fría del refrigerador y se la lanzó ligeramente a Aiden.

“Gracias.

“¿Qué pasó?

“Estábamos todos comiendo y bebiendo en un restaurante coreano”.

Aiden enfatizó el ‘todos’ a propósito.

“Dijo que le gustaba la comida picante, pero parece que perdió el control. Además, la dueña nos dio un licor casero y parece que no le sentó bien a Jay. O tal vez le sentó demasiado bien”.

Aiden hablaba con una sonrisa forzada, pero Chase permanecía inexpresivo y en silencio. Aunque no había hecho nada malo, Aiden se sentía cohibido. Chase no estaba siendo grosero ni mostraba sus emociones de forma obvia, pero había una atmósfera extrañamente asfixiante. Era evidente que su sentido de la propiedad no era algo común. Aiden terminó hablando de más por los nervios.

“Me enteré de que el equipo de fútbol americano te está buscando insistentemente. ¿De verdad no te interesa?”.

“¿Jay te dijo eso?”.

“Ah, no es nada importante. Solo mencionó que le gustaría volver a verte jugar una vez más, eso es todo”.

Jung-in nunca le había dicho algo así a Chase. Este guardó silencio un momento. Le molestaba profundamente que Aiden supiera algo que ni siquiera él, que se enorgullecía de ser la persona más cercana a Jung-in, conocía.

“Gracias por el agua. Ya me tengo que ir”.

Dejando la botella de agua a medio terminar sobre la mesa, Aiden salió del penthouse casi huyendo. Chase, a solas en la sala, suspiró profundamente y entró en la habitación. Bajo la tenue luz, Jung-in se retorcía bajo las mantas. Parecía que el alcohol no lo dejaba dormir tranquilo, pues murmuraba cosas entre sueños.

“Chay... mi equilibrio... colapsó... el campo gravitatorio... me atrae de forma extraña...”.

Chase lo observaba con una expresión seria y sombría.

***

Sentía que la cabeza le iba a estallar. Nada más abrir los ojos, Jung-in se llevó la mano a la sien. Le dolía como si alguien estuviera revolviendo su cerebro con un cucharón caliente. Al inhalar, percibió un aroma familiar. La suavidad de las sábanas limpias acariciaba sus pies y manos; era una sensación acogedora y placentera.

De pronto, se dio cuenta de que no recordaba haber regresado a casa, y mucho menos haberse quedado dormido. Se incorporó de golpe, soltando un jadeo. Al moverse, sintió como si su cerebro se sacudiera dentro del cráneo.

“Ugh...”.

Sujetándose la cabeza palpitante, miró a su alrededor. Estaba en la cama del dormitorio principal del condominio de Chase. No había nadie a su lado y, por la ventana, se veía que el sol ya estaba alto. Por el ángulo de la luz, no era temprano por la mañana. Justo cuando empezaba a intentar reconstruir sus recuerdos, la puerta se abrió con un clic y Chase entró en la habitación.

“¿Despertaste?”.

Sonrió con dulzura. Era la misma sonrisa de siempre. Al parecer, no había causado ningún desastre mientras estaba ebrio.

“Compré sopa. La calentaré, así que lávate un poco y ven. Comamos juntos”.

“... Sí”.

Aunque seguía confundido, el tono calmado de Chase y su expresión habitual lo tranquilizaron. Jung-in se levantó lentamente y entró al baño. La resaca que cubría todo su cuerpo pareció disolverse un poco bajo el agua tibia de la ducha. Al salir a la sala, un olor delicioso lo recibió. Chase había servido la sopa caliente en un tazón bonito frente a Jung-in. Era una sopa de pollo con pasta corta.

“¿Quieres que le ponga pimienta roja triturada (crushed pepper)?”.

El tiempo que habían pasado juntos permitía que Chase conociera perfectamente los gustos de Jung-in. Espolvoreó un poco de pimienta en el tazón y se lo acercó.

“Come”.

“¿Y tú?”.

“Yo ya comí un sándwich que traje con la sopa. Come antes de que se enfríe”.

Jung-in probó primero una cucharada del caldo.

“Está delicioso”.

El caldo caliente se extendió por su interior, dándole calidez. La pasta estaba al dente y los guisantes le daban un toque sabroso. El caldo con la pimienta roja bajó por su garganta con un toque picante reconfortante. Cuando terminó la mitad del tazón, empezó a sentirse humano otra vez, y fue entonces cuando comenzó a preocuparse por la reacción de Chase, quien lo observaba mientras bebía café.

“Esto... sobre anoche. ¿A qué hora llegué?”.

“Pasada la medianoche”.

“Ah...”.

Se sintió horrorizado al imaginar que había llegado completamente ebrio y apestando a alcohol a esa hora. Sin embargo, Chase no le preguntó nada ni lo regañó. ¿Significaba eso que iba a dejarlo pasar?

“Oye... Chay. ¿No estás enojado?”.

“¿Enojado por qué? Solo termina de comer”.

Respondió Chase con un rastro de risa en su rostro. Aliviado, Jung-in volvió a tomar la cuchara.

“Ah... estuvo muy bueno. Gracias por la comida”.

Limpió el tazón hasta el fondo. Ahora entendía por qué los adultos buscaban sopas para la resaca; el calor del caldo había entibiado su estómago y aclarado su mente. Chase miró el tazón vacío.

“¿Terminaste? ¿Quieres más?”.

“No, estoy lleno”.

“Entonces, hablemos”.

En ese preciso instante, la expresión de Chase cambió drásticamente. La sonrisa dulce que tenía hace un segundo desapareció por completo.

“¿Eh, sí?”.

“Estoy enojado”.

Jung-in parpadeó sorprendido con los ojos muy abiertos. Los ojos azules de Chase lo miraban con frialdad.

“Ah, ¿te preguntas por qué de repente? Es que si te sientes un poco mal, dejas de comer, así que no tuve opción”.

Había sido un plan deliberado para asegurarse de que tuviera el estómago lleno antes de empezar la discusión.

“¡Me engañaste!”.

Jung-in se dio cuenta de que había caído en su trampa, aunque el único ‘daño’ fuera haber tenido un desayuno reparador.

“Aiden te trajo casi cargando porque no podías ni mantenerte en pie. Pasada la medianoche. ¿Cómo crees que me sentí al ver eso?”.

Si Chase hubiera hecho lo mismo, Jung-in seguramente se habría enojado igual o incluso más. Intentó dar una excusa pobre.

“E... Aiden es hetero”.

“¿Y qué crees que era yo antes?”.

Jung-in volvió a hablar con cautela.

“Ayer comimos seis personas juntas. Aiden me trajo solo porque él era el único que sabía dónde vivo”.

“Escuchar eso no hace que me sienta mejor. Si sentías que te ibas a emborrachar, deberías haberme llamado a mí”.

Tras decir eso, Chase se levantó y se retiró en silencio. Sus acciones hablaban más fuerte que sus palabras. Jung-in lo siguió al dormitorio principal. Chase se estaba cambiando de ropa en el vestidor. Hacia su espalda, mientras se ponía una sudadera sobre una camiseta fina de manga corta, Jung-in dijo suavemente.

“Lo siento, Chay”.

“No intentes seducirme. Estoy enojado”.

Jung-in no tenía intención de seducirlo, pero parecía que solo con pronunciar su nombre, Chase ya se sentía tentado.

“Fue mi culpa, Chay...”.

“Te dije que no me seduzcas”.

Chase se giró para mirar a Jung-in directamente. Su mirada parecía estar conteniendo algo intensamente.

“¿Siquiera sabes qué hiciste mal?”.

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Chase se acercó hasta quedar justo frente a Jung-in. Y, como si ya no pudiera aguantar más, abrió la boca.

“No puedo unirme a esa maldita asociación de estudiantes coreanos”.

Eso era algo fundamentalmente imposible a menos que Chase volviera a nacer. Cuando escuchaba a Jung-in intercambiar diálogos de forma natural en coreano con ellos, Chase se siente como si fuera el único que se quedaba atrás, atrapado en medio del ruido. En ese idioma había bromas, matices y sentimientos, pero él solo era capaz de descifrar expresiones faciales o la atmósfera general.

Jung-in se veía mucho más cómodo cuando hablaba coreano. Su entonación era variada y sus expresiones eran ricas. Para Chase, era extremadamente difícil soportar ver a Jung-in de pie en un mundo que él no conocía.

“¿A qué viene eso de repente?”.

“Tengo celos. ¡Maldita sea! ¡He dicho que tengo celos! ¿Entiendes?”.

Tal como dijo Dave, Chase se sentía excluido. Jung-in pensó que Chase, al confesar sus sentimientos con tanta honestidad, se veía más encantador que de costumbre. Incluso le pareció tierno.

Jung-in recordó un artículo que leyó seriamente en una revista de moda, aquella que Vivian le obligó a leer durante su cambio de imagen sobre qué hacer en situaciones como esta. El título era ‘Cómo calmar el enojo de tu pareja’, y decía que el contacto físico era el método más efectivo. Al principio lo ignoró por considerarlo infantil, pero recordó haberlo leído con atención al descubrir que tenía una base científica: permitir que la pareja toque las zonas que le gustan (como el pecho o el trasero) libera oxitocina en el cerebro a través del tacto, reduce los niveles de cortisol y, en última instancia, estabiliza el sistema nervioso autónomo, disipando el enfado.

Ahora era el momento perfecto para experimentar si ese artículo tenía razón. Jung-in miró a Chase y dijo.

“¿Quieres tocarme el pecho?”.

Chase se quedó petrificado, con la boca abierta y sin palabras. Sus manos tuvieron un espasmo, como si se movieran independientemente de su cerebro. Sin embargo, en un intento por demostrar que seguía enojado, usó la mano que inconscientemente se dirigía al pecho de Jung-in para revolverse el cabello con brusquedad.

“No intentes arreglarlo de esa manera”.

Chase, que vestía pantalones jogger y una sudadera como cuando salía a correr, tomó su teléfono.

“¿A dónde vas?”.

“A que tengas un tiempo de reflexión mientras no estoy”.

“¿Pero a dónde vas?”.

“¡Es un secreto!”.

Dicho esto, Chase salió de la casa. Jung-in sabía que Chase no podía enfadarse de verdad con él por mucho tiempo, pero como era consciente de que llegar anoche tan ebrio que no podía sostenerse por sí mismo era su culpa, le envió un mensaje de disculpa sincero.

 

Chay❤️

[Lo siento de verdad. No dejaré que vuelva a pasar.]

 

La respuesta llegó enseguida.

 

Chay❤️

[Luego comprobaré si te has arrepentido de corazón.]

 

Jung-in soltó un suspiro de alivio y dejó el teléfono. Comenzó su día tarde, tomó una taza de café cargado y se puso a hacer sus tareas. Pasó mucho tiempo, hasta que el cielo se tiñó de rojo con el atardecer, pero Chase, que él pensaba que había ido a correr, aún no regresaba. Justo cuando empezaba a extrañarse, llegó un mensaje de Dave.

 

Dave Choi

[¡Bien hecho, Jay! ¿Hablaste con tu novio? ¡Este año Harvard ganará ‘The Game’!]

(Imagen adjunta)

 

La foto mostraba a Chase entrenando en el campo de fútbol americano.

***

Jung-in estaba sentado en el sofá con la laptop sobre sus rodillas, todavía trabajando en sus tareas. Sus manos, que tecleaban afanosamente, se detuvieron en seco al oír el sonido electrónico de la cerradura de la puerta principal. Cerró la laptop de inmediato, la dejó a un lado y se puso de pie de un salto. El sofá osciló levemente por el movimiento brusco.

“¡Chay!”.

En cuanto se abrió la puerta, Jung-in corrió hacia él y saltó sin dudarlo. Chase, tomado por sorpresa, lo atrapó en el aire. Jung-in rodeó su cuello con ambos brazos y se colgó de él como un koala. Chase olía a alguien que acababa de ducharse; el aroma a jabón barato, común en los vestuarios de la universidad, se percibía sutilmente. Mezclado con su propio olor corporal, le resultó increíblemente fragante.

Jung-in, sujetando con fuerza los hombros de Chase, levantó la cabeza lentamente para mirarlo.

“¿Decidiste hacerlo?”.

“¿El qué?”.

Preguntó Chase con fingida inocencia, evitando su mirada.

“No te hagas el tonto. Lo del fútbol. Un sénior de la asociación coreana me envió una foto”.

“... Hay topos por todas partea”.

Murmuró Chase girando la cabeza, antes de continuar.

“... Solo acepté jugar ‘The Game’. Como una especie de comodín”.

“¿Por qué cambiaste de opinión tan de repente?”.

“Porque tú lo querías”.

“¿Eh?”.

Ante la pregunta confusa de Jung-in, Chase respondió con un tono algo hosco, como si aún guardara un poco de resentimiento.

“A mí no me dijiste ni una palabra, pero se lo dijiste a Aiden. Que querías verme jugar”.

El aliento de Jung-in se entrecortó. ¿Realmente había decidido retomar el deporte que había dejado solo por esa razón? Sus ojos negros se humedecieron.

“Chay...”.

Sus labios temblaron.

“Pensé que si lo hago en lugar de salir a correr, no me quitará mucho tiempo. Y es solo un partido contra Yale”.

“... Me pondré el jersey con tu número y me pintaré tu número en la cara”.

Chase arqueó una ceja.

“¿Es que no pensabas hacerlo?”.

Al ver las lágrimas en los ojos de Jung-in, Chase bajó la mirada un momento y cambió de tema rápidamente.

“Ese no es el punto. ¿Reflexionaste bien durante el día?”.

Jung-in asintió en silencio. Tenía un nudo en la garganta que no le dejaba hablar.

“Bueno, tendré que comprobarlo”.

Mientras Jung-in parpadeaba confundido, Chase caminó con paso firme hacia el dormitorio principal. Pronto, la espalda de Jung-in tocó la cama y Chase se posicionó sobre él. Inclinando la cabeza, mordió suavemente los labios de Jung-in y luego los soltó. Jung-in se sintió aturdido por recibir un beso cuando sentía que no lo merecía.

“¿No aceptan ‘miembros invitados’ en esa asociación coreana?”.

“Les preguntaré”.

Los labios de Chase cubrieron los de Jung-in otra vez, esta vez más profundamente. Sus labios cálidos y húmedos recorrieron la mucosa interna de los de Jung-in antes de separarse apenas.

“No vuelvas a estar a solas con nadie cuando estés borracho. Te pones demasiado tierno cuando bebes”.

Cuando Jung-in asintió, Chase continuó besándolo de forma pausada y suave, como si lo premiara. Los labios de Jung-in se abrieron ligeramente, como esperando algo.

“¿Por qué abres la boca?”.

La comisura de los labios de Chase se elevó. Podía ver que los ojos de Jung-in ya estaban nublados por el deseo.

“¿Quieres que meta la lengua?”.

Su actitud burlona le resultó irritante. Jung-in, frunciendo el ceño con frustración, rodeó el cuello de Chase y lo atrajo hacia sí con fuerza, frotando sus labios contra los de él con ímpetu. No hubo delicadeza. Fue un beso obstinado, lleno de fuerza y terquedad, sin técnica alguna. Finalmente, Chase presionó la barbilla del jadeante Jung-in con su pulgar para que abriera más la boca y empujó su lengua profundamente, como si alimentara a un pajarito.

Su lengua recorrió el interior de su boca siguiendo la mucosa, acarició el límite entre las muelas y las encías, y de repente estimuló la base de la lengua. Justo cuando Jung-in se acostumbraba, Chase estimulaba un lugar inesperado, haciendo que Jung-in se estremeciera continuamente tratando de seguirle el ritmo.

“Mmm...”.

El pequeño gemido de Jung-in fue devorado por la boca de Chase. La mano que sostenía la mejilla de Jung-in pasó a su nuca; su mano fuerte masajeó suavemente su cuello delgado. El movimiento de la lengua se volvió cada vez más intenso, cambiando de dirección varias veces. Sus respiraciones calientes se mezclaban cada vez que sus narices se cruzaban.

Chase se incorporó, manteniendo a Jung-in entre sus rodillas, y se quitó la sudadera cruzando los brazos con naturalidad. El dobladillo de la prenda subió por sus abdominales hasta que la sudadera pasó por encima de su cabeza, despeinando su cabello rubio. La tenue luz de la luna se filtraba por la ventana, resaltando la imponente anchura de sus hombros.

Al recordar que el propósito de Chase al desvestirse era el sexo, el corazón de Jung-in latió con fuerza. La voz de Chase, ahora un tono más grave, resonó en la habitación oscura.

“Tal vez elegiste a la persona equivocada. A un tipo con celos terribles y una obsesión profunda”.

Tan pronto como la sudadera cayó al suelo, Chase bajó la cremallera de sus pantalones. Tras liberar su miembro erecto para que pudiera respirar, se inclinó de nuevo sobre Jung-in. Sus lenguas volvieron a enredarse mientras él, con una sola mano, desabrochaba los pantalones de Jung-in. El miembro de este también estaba rígido, soltando un líquido transparente por la hendidura.

Incluso cuando separó los labios un momento para terminar de desvestirlo, Chase no dejó de mirar fijamente los labios de Jung-in, como si cada segundo separados fuera un desperdicio. Sus manos, que se extendían con impaciencia, temblaban ligeramente por el deseo. Al quitarle la camiseta a Jung-in, se escuchó el sonido de algo rasgándose, como si no pudiera controlar su fuerza.

Finalmente, con Jung-in completamente desnudo bajo él, Chase lo contempló como si admirara una obra de arte, los ojos nublados, las mejillas sonrojadas y los labios teñidos por el largo beso. Si Chase fuera un artista, Jung-in sería sin duda su musa; lo habría poseído a través del pincel, el cincel o las palabras.

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La mirada de Chase bajó lentamente por el cuerpo de Jung-in como un líquido viscoso, la mandíbula esbelta, todo lo contrario a la tendencia actual de mandíbulas cuadradas, el cuello largo que la seguía, sus hombros afilados que parecían ser el complejo de Jung-in, y su pecho delgado que subía y bajaba con agitación. Todo era locamente seductor. El hecho de que Jung-in no lo supiera y se sintiera avergonzado cada vez que mostraba su cuerpo volvía loco a Chase.

Sus ojos azules, antes dulces, se oscurecieron con el deseo. Su mirada, densa y pesada como el alquitrán, descendió sobre el cuerpo de Jung-in junto con la pálida luz de la luna. Chase se presionó contra él; su pecho firme lo aplastó con su peso.

Colocó sus labios sobre el cuello de Jung-in, justo donde pulsaba la sangre, y presionó. Podía sentir el latido acelerado. Tras juguetear allí un rato, sus labios descendieron por la línea del cuello. Al tomar el pezón endurecido en su boca, Jung-in inhaló profundamente, agitando el pecho. Chase succionó la pequeña protuberancia con fuerza, como si tuviera un hambre voraz. Cuando empezó a mordisquearla suavemente entre sus dientes, Jung-in arqueó la cintura e intentó empujar los hombros de Chase.

“Ah...”.

Chase entrelazó sus dedos con los de Jung-in y los presionó contra la cama, tan fuerte que la sangre dejó de circular por sus nudillos y las puntas de sus dedos se pusieron blancas. Su lengua húmeda recorrió cada rincón del cuerpo de Jung-in. Cada vez que lamió un punto sensible, el vientre de Jung-in se contraía con fuerza.

“Mmm... Chay...”.

Su nuca, sus hombros, la parte interna de sus brazos, sus axilas, su pecho y su ombligo quedaron empapados. Chase pasaba de ser cuidadoso, como un perro que lame a su dueño herido, a morderlo con avidez de repente. Ante las caricias impredecibles, la vista de Jung-in se nubló; no podía mantener la cordura.

El pecho de Jung-in subía y bajaba violentamente mientras jadeaba. Su mirada, usualmente afilada e inteligente como si estuviera listo para rebatir cualquier cosa, se desmoronaba en súplica. La fuerza en las manos de Chase aumentó; sus grandes palmas rodeando su cintura quemaban. Con esas manos, Chase giró el cuerpo de Jung-in de un tirón. Al ver el trasero pequeño y redondo de Jung-in, su boca se llenó de saliva.

Jung-in miró hacia atrás con urgencia.

“Ah... Ch-Chay...”.

“Shhh...”.

Jung-in se dio cuenta de lo que Chase pretendía: iba a lamer la pequeña abertura entre sus nalgas. A Chase le encantaba hacer esto. A estas alturas, era difícil contar cuántas veces habían tenido sexo usando las manos y los pies, y como él nunca se conformaba con una sola vez, habría que multiplicar ese número.

Se podría pensar que para este momento la torpeza y la timidez habrían desaparecido, pero Jung-in sentía que nunca se acostumbraría a ese acto en particular. La primera vez, se asustó tanto que se retorció y llegó a patear a Chase fuera de la cama. Nunca imaginó que llegaría el día en que alguien lamería y succionaría ese lugar; era algo que iba mucho más allá de un acto íntimo. Sin embargo, Chase decía que no entendía por qué Jung-in reaccionaba así.

“Tu cuerpo es mi patio de recreo”.

Solía decir él, y cumplía sus palabras al pie de la letra.

Aunque lo había vivido muchas veces, siempre se sentía nuevo. Jung-in ni siquiera se había atrevido a llevar el miembro de Chase a su boca todavía. Aunque él nunca se lo había pedido, Jung-in dudaba si podría hacerlo si se lo pidiera. Sabía que algún día sucedería, pero nadie sabía cuándo sería ese día.

Chase metió la mano bajo el bajo vientre de Jung-in y elevó su parte inferior. Así, Jung-in quedó con el pecho pegado a la cama y el trasero en alto, su espalda dibujando una curva vertiginosa. Las grandes manos de Chase masajearon sus nalgas. Tras apretar la carne y separarla hacia los lados, la abertura se estiró. Chase bajó la cabeza.

Su lengua áspera lamió desde el perineo subiendo por entre sus nalgas. Jung-in se retorció, pero las manos de Chase solo se apretaron más. Seguramente mañana, al ducharse, vería las marcas rojas de sus dedos en el espejo.

“Ahhh...”.

Intentó girar la cintura y estirar los brazos para apartarlo, pero fue inútil. Tras el vano intento de resistencia, Jung-in se rindió y dejó caer sus brazos. Ante la sensación caliente y cosquilleante que sentía abajo, su abertura pulsó. Estaba siendo succionado en su parte más vergonzosa. Era humillante y penoso, pero también sentía un placer extraño. Sus pies se movían involuntariamente por la agonía de ese cosquilleo insoportable.

Chase movía la cabeza de un lado a otro, frotando su lengua contra la abertura de forma obscena, tal como hacía al besar. Finalmente, incapaz de soportarlo, Jung-in intentó huir pegando su vientre al colchón, pero Chase separó aún más sus nalgas e insertó su lengua, ahora tensa y afilada, en la abertura que ya estaba relajada y húmeda.

“¡Ah!”.

Chase empujó incluso la parte más gruesa de su lengua y giró la punta en círculos.

“Hmpf... ah, Chay... ah, Chay...”.

Ante el estímulo excesivamente fuerte, Jung-in intentó retorcerse, pero Chase succionó de forma aún más agresiva, como si lo estuviera castigando. Sentía que iba a perder la cordura por el sonido húmedo que resonaba entre sus piernas.

Chase tiró hacia abajo del miembro de Jung-in, que estaba aplastado bajo su vientre. La piel se estiró y el miembro de Jung-in sobresalió entre sus muslos. Chase comenzó a frotar el glande y parte del tronco con una mano mientras continuaba hurgando en su interior con la lengua.

“Ah... ah, mmm... hmpf...”.

Chase sacudió la cabeza mientras mantenía la lengua profundamente insertada. La abertura se dilató y entró aire fresco. El estímulo era demasiado grande. Jung-in soltó un jadeo agónico y sollozó mientras arqueaba la cintura.

“Ah, Chay... por favor... por favor...”.

Chase succionó durante mucho tiempo, hasta que la delicada abertura quedó enrojecida y palpitando con dolor. Él siempre había tenido un carácter obstinado, atormentando a Jung-in sin descanso hasta que este le suplicaba.

“Chay, yo... ah, estoy muy cansado...”.

Jung-in ya parecía agotado. Aunque mostraba una tenacidad y concentración asombrosas en sus estudios e investigaciones, su resistencia física era otra historia. No sentía ninguna inclinación por el ejercicio; a diferencia del estudio, donde sentía que acumulaba conocimientos y satisfacción, el ejercicio solo le dejaba los músculos doloridos al día siguiente. Podría decirse que era de una especie distinta a la de Chase, quien encontraba refrescante ese dolor muscular.

Finalmente, la lengua saciada se retiró. Junto con la sensación de liberación, una nueva tensión invadió a Jung-in. Se oyó el sonido del cajón de la mesa de noche abriéndose. Chase tomó el lubricante y vertió una cantidad generosa del líquido transparente en su palma. Luego, frotó desde el surco de las nalgas hasta el miembro de Jung-in, como si estuviera lavando su zona inferior. Todo el espacio entre sus piernas quedó empapado.

Acto seguido, sus dedos penetraron la entrada.

“¡Ah...!”.

Los dedos empapados en lubricante hurgaron en su interior. La abertura, ya relajada por la lengua, aceptó rápidamente dos de sus dedos. El cuerpo de Jung-in se sacudía cada vez que Chase empujaba. Chase arqueó ligeramente los dedos dentro de él, apuntando al punto de mayor placer de Jung-in.

“¡Ahhh...!”.

Ante la respuesta inmediata, una comisura de los labios de Chase se elevó. Manteniendo la espalda de Jung-in presionada con una mano para que no pudiera moverse, aumentó rápidamente el número de sus dedos. El sonido húmedo era escandaloso cada vez que el manojo de dedos entraba y salía. Chase empujaba con tanta fuerza que los músculos de sus antebrazos se tensaban y sus venas sobresalían. Era una inserción tan profunda que sus nudillos chocaban contra las nalgas de Jung-in.

“Ah, ugh, mmm, hmpf, ah...”.

La vista de Jung-in se volvió blanca. Sintiendo como si chispas eléctricas saltaran dentro de su cuerpo, todo su ser se agitó violentamente. Justo cuando sus párpados empezaron a temblar convulsivamente, incapaz de abrirlos o cerrarlos del todo, la mano que lo penetraba se retiró bruscamente.

“¿Por qué... por qué...?”.

Con los ojos nublados, como si estuviera bajo el efecto de una droga, Jung-in miró a Chase con reproche.

“Hoy vas a terminar solo con lo mío”.

Con voz ronca, Chase terminó de desabrocharse los pantalones. Su miembro ya sobresalía por encima de su ropa interior. Parecía no tener tiempo ni para quitarse los pantalones; simplemente bajó la banda de sus briefs para exponer su miembro y testículos antes de alcanzar a Jung-in.

“Ah, maldita sea”.

Jung-in miró hacia atrás al escuchar el insulto repentino.

“Olvidé comprar condones”.

“Solo... hazlo”.

“... ¿Qué?”.

Chase puso una cara de asombro, como si hubiera escuchado algo inimaginable. Jung-in dijo entre jadeos.

“Porque... solo lo haremos el uno con el otro”.

Sus ojos azules oscilaron violentamente. Soltando un suspiro de asombro, Chase sonrió ampliamente y repitió las palabras de Jung-in:

“Entonces lo haré así hoy. Tal como dijiste... porque pasaremos toda la vida haciéndolo solo el uno con el otro”.

Antes de que pudiera responder, sus nalgas fueron elevadas. Jung-in sintió la intensa premonición de que lo suyo iba a entrar, y su corazón latió como loco. Sin embargo, donde Chase puso sus manos fue en su cintura.

De repente, su cuerpo fue levantado en el aire. Su visión giró y, en un abrir y cerrar de ojos, Jung-in se encontró sentado sobre la pelvis de Chase, quien estaba acostado boca arriba en la cama. Jung-in parpadeó, sin comprender.

“Como señal de arrepentimiento, hoy tú estarás arriba”.

Una expresión de apuro cruzó el rostro de Jung-in. No era una posición que no hubiera probado antes, pero nunca había comenzado siendo él quien tomara la iniciativa desde el principio. Sintió un volumen abrumador bajo su trasero. Tener que insertarlo él mismo le hacía sentir que el mundo se oscurecía. Por el contrario, Chase lo miraba con aire relajado, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, como un espectador.

Al ver a Jung-in sin saber qué hacer, Chase movió su cintura hacia arriba. Fue un movimiento que claramente exigía acción. Jung-in se apoyó en sus rodillas sobre el colchón, levantó el trasero y alcanzó con la mano hacia atrás para sujetar el miembro de Chase. Su grosor y longitud siempre le resultaban imponentes.

Jung-in guio lo suyo hacia su trasero y alineó la punta con los pliegues de su abertura, que estaba contraída por la tensión. Respiró hondo, como si fuera a tomar una gran decisión, y comenzó a descender poco a poco sobre esa columna.

“Ah...”.

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La abertura, enrojecida por el estímulo constante, comenzó a devorar la punta roma poco a poco. En cuanto el glande y parte del tronco se deslizaron dentro, su cuerpo se congeló. Por mucho que se hubiera relajado con las manos, el tamaño de lo de Chase no era fácil de albergar.

No podía respirar bien por la presión que sentía en sus entrañas. Sus muslos temblaban por el dolor que parecía partirlo desde la pelvis hasta el esternón. Las paredes internas, que albergaban el enorme miembro, se agitaban espasmódicamente. Y eso, sin querer, se tradujo en placer para Chase.

“Mmm...”.

Chase soltó un gemido lánguido.

Disfrutando de la extática sensación de la primera inserción, bajó la mirada hacia el punto de unión. Extendió la mano hacia la parte interna de los muslos temblorosos de Jung-in, levantó ligeramente el miembro de este y contempló cómo lo suyo estaba clavado en el cuerpo de Jung-in.

“Eres tan hermoso”.

Jung-in miró a Chase con la vista nublada por las lágrimas. Él tenía el rostro de alguien profundamente absorto. Era la expresión que ponía cuando saboreaba por primera vez un whisky o un vino excepcional que alguien le traía como algo valioso. El miembro, tan grueso que apenas cabía, llenaba cada rincón de sus paredes internas.

Jung-in sentía que sus muslos iban a ceder y que se desplomaría, pero tenía miedo de que, si lo hacía, todo ese volumen entraría de golpe en su cuerpo. Se apoyó en los abdominales firmes de Chase e intentó aguantar desesperadamente.

“Ahhh, ¿qué hago? ¿Qué hago...?”

“Ugh...”.

Sin poder bajar más ni volver a subir, quedó atrapado en ese punto. Cuando contrajo su interior por el nerviosismo, el rostro de Chase se distorsionó de golpe. Sintió de inmediato que sus cuerpos estaban conectados.

“¿Te ayudo?”

Preguntó Chase con una sonrisa algo forzada. Estarse quieto así también era una tortura para él.

Cuando Jung-in asintió con urgencia, Chase sujetó la parte inferior de sus muslos para que no descendiera más profundamente. En ese respiro, Jung-in jadeó buscando aire.

“¿Puedes intentar mover solo la cintura adelante y atrás en este estado? ¿Podrás hacerlo?”.

Así como Jung-in sabía cómo volver loco a Chase, Chase sabía perfectamente cómo encender a Jung-in. Si lograba estimular su espíritu competitivo, el resto era fácil. Jung-in soltó respiraciones cortas y movió lentamente la cintura. El miembro de Chase se agitó dentro de él. Al retirar la cintura y luego empujar hacia adelante, el grueso glande presionó su próstata. Jung-in se desmoronó, agitándose como si le hubiera caído un rayo.

Enderezándose de nuevo, cerró los ojos y comenzó a moverse siguiendo su propio placer. Probó a girar la cintura en círculos y a mover el cuerpo de arriba abajo haciendo fuerza con las piernas.

“Ah... ah, mmm, ah...”.

“¿Se siente bien? ¿Eh?”.

Toda la vergüenza desapareció y su cabeza se agitaba frenéticamente asintiendo. La inserción se volvía cada vez más profunda. Olvidó el miedo de que su cuerpo pudiera romperse. ¿Sentirían lo mismo los insectos que vuelan hacia el fuego? Sin darse cuenta, Jung-in ya estaba aceptando el enorme miembro hasta la raíz.

“Ah, Jung-in. Abre los ojos y mira tu vientre”.

Ver cómo la zona bajo el ombligo se abultaba por su culpa siempre resultaba aterrador. Pero para cuando la inserción era así de profunda, la mente de Jung-in solía estar ya completamente nublada.

La mano de Chase recorrió el vientre de Jung-in. Podía sentir claramente el contorno abultado. Junto con la sensación que le recorría la columna, el sadismo que dormía en lo más profundo de su ser despertó. Chase sujetó las nalgas de Jung-in como si fuera a reventarlas y empujó su cintura de abajo arriba.

“¡Ahhh!”.

El cuello de Jung-in se arqueó hacia atrás. Chase, con las rodillas dobladas, movió su cintura sin piedad. La parte de la cremallera de los pantalones desabrochados de Chase rozó la parte inferior de los muslos de Jung-in, dejando marcas rojas en la piel por la fricción. Sin embargo, Jung-in no sentía ni un poco de dolor.

“¡Ah! ¡Mmm, ah, hmpf, ah...!”.

El cuerpo de Jung-in rebotaba como si estuviera montando a caballo. Junto con los gemidos entrecortados, el sonido de la carne chocando resonaba escandalosamente. No había nada que Jung-in pudiera hacer. Solo podía agitarse de un lado a otro con una expresión que no parecía la suya y soltando gemidos que no reconocía.

La sensación que oscilaba entre el placer y el dolor era demasiado para procesar. Las lágrimas caían como de un grifo roto. Chase tenía el rostro completamente absorto. En sus ojos azules, usualmente tranquilos, soplaba una tormenta y las olas del deseo se agitaban con fuerza. No había nada que pudiera detener a Chase en momentos así.

El placer acumulado se infló como un globo a punto de estallar. Entonces, una sensación que oscureció su visión cayó sobre él. Todo su vientre bajo se contrajo desde las paredes internas, haciendo que su abdomen se hundiera.

“¡Ahhhh...!”.

Jung-in se estremeció ante un placer tan intenso que ni siquiera pudo soltar un gemido adecuado. Su espalda, donde resaltaba su columna, temblaba. Sus ojos se pusieron en blanco y todo su cuerpo se retorció en espasmos.

Ante la presión de las paredes internas que lo apretaban, Chase tampoco pudo contenerse y alcanzó el clímax. Comenzó a empujar su cintura con fuerza por última vez.

“Ah...”.

Pack, pack, pack. Con cada embestida, el semen salía disparado de la punta del miembro de Jung-in como de una jeringa a la que presionan el émbolo. El fluido viscoso resbaló por el contorno de los abdominales de Chase.

El torso de Jung-in colapsó de golpe sobre el cuerpo de Chase. Apoyó su mejilla húmeda contra el pecho de Chase mientras intentaba recuperar el aliento. Las manos de Chase rodearon con fuerza la espalda de Jung-in, que subía y bajaba agitadamente.

Sujetando a Jung-in, que solo podía respirar con la mirada perdida, Chase se incorporó y se sentó. Luego, puso ambos pies en el suelo, fuera de la cama. Hizo que Jung-in rodeara su cintura con las piernas y se puso de pie de un salto. El miembro seguía clavado dentro del cuerpo de Jung-in.

“Ah...”.

Jung-in, asustado por la repentina elevación, se colgó desesperadamente de los hombros de Chase. Su gesto de aferrarse por miedo a caer era patético y adorable a la vez. Chase, sosteniendo a Jung-in solo con la fuerza de sus brazos, apretó los músculos de sus nalgas y empujó su pelvis de abajo arriba. Su miembro, que parecía no haberse enfriado en ningún momento, se hundió en la abertura.

“Ahhh...”.

El glande, que empujaba con fuerza, tocó un lugar nuevo que no había alcanzado antes. Un miedo irracional de que el miembro, insertado tan profundamente, pudiera atravesar sus paredes internas lo invadió. Ante la sensación de caída desde un lugar alto, Jung-in apretó aún más los brazos alrededor del cuello de Chase.

Chase levantaba la parte inferior del cuerpo de Jung-in y luego la dejaba caer, al mismo tiempo que empujaba su propia cintura hacia arriba. Cada vez, chispas saltaban ante los ojos de Jung-in. Sumado al peso, se hundía tan profundamente que sus nalgas parecían aplastarse, para luego ser expulsado por el rebote y volver a caer como un péndulo.

“Chay... ahhh... Chay...”.

Había momentos en los que Chase daba miedo, podía acariciarlo con ternura y mirarlo con una cara de amor infinito, pero una vez que comenzaba la penetración, a veces se volvía aterrador. Sin embargo, el único lugar donde Jung-in podía esconderse era también en sus brazos. Cuando se encogía y se escondía, él volvía a ser tierno al instante, acariciando suavemente cada parte de su cuerpo.

Pero el Chase de ahora no era pausado como antes. No estaba relajado. Sus movimientos impacientes eran ávidos y sus ojos, al mirar a Jung-in, estaban completamente perdidos, rendidos ante el deseo carnal.

“Hmpf... mmm... ah...”.

Los hombros de Chase, a los que Jung-in se aferraba, estaban resbaladizos por el sudor. Cada vez que el miembro, con el contorno del glande bien definido, hurgaba en su interior, el semen de antes y el lubricante derretido se filtraban, resbalando entre los muslos de Chase y su ropa.

“Tengo... tengo miedo... siento que me voy a caer... ah...”.

Le ardían los ojos de tanto llorar. Sentía como si alguien hubiera metido la mano en su vientre y estuviera revolviendo sus dedos para hacerle cosquillas. Finalmente, el globo que se inflaba en su interior explotó. El cuerpo de Jung-in tembló como si tuviera escalofríos. Sus dientes castañeteaban y su cuerpo se retorcía. Sentía que ni aunque un ladrón armado entrara en la habitación podría detener esas convulsiones.

“¡Ahhh...!”.

Una liberación cien, mil veces mayor que la que se siente al orinar después de aguantar mucho tiempo. Un rastro de saliva diluida escapó entre los labios de Jung-in, que estaban entreabiertos como los de un necio. Chase también sintió la inminente eyaculación y se movió con una rapidez aterradora. Su cuerpo entero, con el ceño fruncido, se contrajo con fuerza. Las fibras de sus músculos tensos resaltaron.

“Hmpf...”.

Sintió vívidamente cómo la base del miembro, que llenaba sus paredes internas, latía como un corazón mientras expulsaba el semen. Tras disfrutar de los restos de la eyaculación empujando su cintura unas cuantas veces más mientras estaba profundamente insertado, Chase fue a la cama y se acostó abrazando a Jung-in.

La habitación, cuya temperatura parecía haber subido varios grados, estaba llena del sonido de sus respiraciones agitadas. Jung-in, acostado sobre Chase con la mejilla apoyada en su hombro, temblaba intermitentemente. Con cada espasmo del calor residual del placer, sentía la presencia del miembro que aún llenaba su cuerpo. Estaba tan agotado que ni siquiera podía articular una queja para pedirle que lo sacara.

Poco después, Chase rodó con cuidado para que Jung-in quedara debajo. Luego, retiró lentamente su pene. Cuando lo suyo, que incluso antes de la erección era más grande que el de otros erecto, salió raspando las paredes internas, un gemido parecido a un sollozo escapó involuntariamente.

“Ah...”.

Sintió una mano acariciando su mejilla con ternura. Tras parpadear un par de veces, el rostro de Chase llenó su visión borrosa. Su conciencia comenzó a desvanecerse y el sueño lo invadió lentamente.

“Siento ser un novio tan celoso”.

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Jung-in sonrió con esfuerzo en lugar de responder. Era una sonrisa que, quizás por el rastro rojo en sus ojos, parecía algo melancólica.

“Te amo, Jung-in”.

Sin poder responder finalmente, Jung-in se sumergió silenciosamente en el dulce abismo del sueño. Con el eco de esa confesión filtrándose en su oído, estaba seguro de que esta noche tendría buenos sueños.