Extra 2. Insecto del amor

 

 


 

Extra 2. Insecto del amor

 

Chay❤️

[¿Dónde estás?]

 

Jung-in, que llegó primero al aula, sacó su celular y le envió un mensaje a Chase. El aula tipo anfiteatro ya se estaba llenando de estudiantes. Hoy era el día de la clase de Biología que tomaba con Chase. En el primer año, para reducir la carga, solían organizar el horario con cuatro clases y algún seminario. Tanto Chase como Jung-in tomaban cuatro materias, pero Biología era la única en la que coincidían. Chase prefería las clases centradas en debate e investigación, mientras que Jung-in prefería las clases magistrales o de laboratorio.

 

Chay❤️

[En tu corazón.]

 

En el momento en que Jung-in sonreía mirando la pantalla, Chase se acercó por detrás, le dio un beso ligero en la mejilla y se sentó a su lado con naturalidad. Donde aparecía Chase, el ambiente siempre se volvía un poco más ruidoso. La universidad no era la excepción.

Jung-in vio de reojo a unas chicas sentadas atrás susurrando. Parecía que todas las miradas estaban fijas en Chase. Pensó que al graduarse de la preparatoria finalmente había escapado de la jungla, pero parece que no. Las ‘competidoras salvajes’ que miraban a Chase como una presa apetitosa todavía estaban por todas partes.

Una de ellas, que se armó de valor, se acercó a Chase y le entregó un papel azul doblado por la mitad.

"Hola, Prescott. Hoy por la noche hay una fiesta en Winthrop House. Ven si tienes tiempo".

En Harvard, los estudiantes de primer año viven en dormitorios ubicados en Harvard Yard, y a partir del segundo año son asignados a ‘Casas’ de estudiantes de cursos superiores. Winthrop House era una de esas residencias.

"Lo siento. Quedé con mi novio para ir a un festival en cuanto terminé la clase".

Chase rechazó la invitación devolviendo el papel con un tono educado pero firme. La chica preguntó sorprendida.

"Ah, ¿ustedes también van al Hyperwave?".

"Sí".

La chica asintió, lamentándolo, pero aceptándolo, y volvió a su asiento.

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Chase había cambiado respecto a sus años de preparatoria, cuando mantenía una actitud ambigua con todo el mundo. A diferencia de aquel entonces, cuando lanzaba cumplidos vacíos para ocultar su indiferencia y cinismo, ahora marcaba una distancia clara con las mujeres que se le acercaban para no darles ninguna esperanza.

Al observar a Chase de reojo, Jung-in tragó una sonrisa de orgullo secreto.

Tan pronto como el profesor entró al aula, la clase comenzó sin demora. A mitad de la lección, apareció en la pantalla una diapositiva que esquematizaba el proceso de replicación del ADN.

“Es el mismo diagrama que tienen en su libro. Por favor, miren la página 88”.

Jung-in hojeó rápidamente el libro. A mitad de la página, captó su atención una ilustración de dos hebras de doble hélice entrelazándose en espiral hacia arriba. De repente, Chase, sentado a su lado, se inclinó sutilmente y escribió algo con lápiz en el libro de Jung-in.

“No hagas garabatos”.

Le dijo Jung-in gesticulando solo con los labios, mientras golpeaba ligeramente el dorso de la mano de Chase y sacaba una goma de borrar de su estuche.

Sin embargo, al mirar el libro, Jung-in soltó una risa contenida. Visto de cerca, la forma en que la doble hélice dibujaba curvas suaves a ambos lados parecía un corazón. Al lado, estaban escritas las letras C y J: las iniciales de Chase y Jung-in.

Jung-in volvió a guardar la goma en el estuche. Una sonrisa tranquila se dibujó en los labios de Chase mientras lo observaba. Debajo del escritorio, la rodilla de Chase se acercó sigilosamente hasta que su pierna rozó la pantorrilla de Jung-in. El calor de ese ligero contacto permaneció por largo tiempo. Jung-in sentía como si todos sus sentidos se concentraran en ese punto de contacto. Aun sabiendo que Chase lo hacía a propósito, Jung-in lo dejó estar. Las yemas de sus dedos, al pasar la página, se volvieron un poco más lentas.

 

En cuanto terminó la clase, ambos pasaron un momento por el condominio de Chase para dejar sus mochilas y pertenencias, y se dirigieron directamente a Harvard Square. Habían decidido cenar temprano antes de ir a Fenway Park, donde se celebraba el festival.

El festival, que duraba tres días, incluyendo el fin de semana y este lunes, comenzaba al mediodía y terminaba tarde por la noche. Durante la primera mitad del día predominaban los escenarios de artistas novatos o independientes, mientras que las actuaciones de los cabezas de cartel famosos empezaban a las 8 p.m.

Vivian y Madison se habían alojado cerca y llevaban celebrando desde el fin de semana, pero Jung-in y Chase decidieron asistir solo a la presentación principal de esta última noche.

“¿Eh? Chay, ¿quieres que echemos un vistazo allí un momento?”.

Jung-in señaló una de las tiendas de recuerdos que salpicaban los alrededores de Harvard. A pesar de ser ya un estudiante oficial de Harvard, Jung-in todavía se sentía extraño por estar allí. Parecía que la emoción y la fantasía por el simbolismo que representaba el nombre ‘Harvard’ seguían intactas en su interior.

Ambos entraron juntos a la tienda. El interior estaba decorado con los colores emblemáticos de la universidad: rojo carmesí y blanco. En los estantes se alineaban tazas con el logo de Harvard, sets de bolígrafos y libretas, y gorras de béisbol de color carmesí. En una pared colgaban sudaderas y pantalones deportivos, y en un pequeño rincón se amontonaban artículos sencillos como imanes y pines conmemorativos. También se veían postales y cuadros de edificios icónicos como la Biblioteca Widener y el Memorial Hall.

Mientras exploraba cada rincón, Jung-in encontró una camiseta que le llamó la atención. Era una camiseta de manga corta color carmesí que decía ‘Harvard Mom’ en letras blancas. Al verla, el rostro de su madre, Su-ji, vino de inmediato a su mente. Al ver a Jung-in manipulando la camiseta, el dueño de la tienda, un hombre de aspecto afable, se acercó a hablarle.

“Si es para regalo, podemos enviarla por correo. Solo tendría que añadir el costo del envío”.

El dueño era perspicaz. Jung-in tomó una camiseta de la talla de Su-ji y eligió una postal de la Biblioteca Widener del estante de postales junto a la caja. Luego, pidió prestado un bolígrafo al dueño y comenzó a escribir una breve carta. Chase se acercó en silencio, inclinando la cabeza para observar con atención lo que Jung-in escribía en coreano.

“¿Puedo escribir algo yo también abajo?”.

“¿A mi mamá?”.

“Sí”.

Esa simple petición de Chase conmovió a Jung-in de una manera extraña. Las emociones cotidianas solían llegar así, de forma inesperada. Jung-in le entregó el bolígrafo sin decir nada, y pronto comprendió por qué Chase había insistido en escribir.

Chase sujetó el bolígrafo con fuerza, como un niño que lo agarra por primera vez, concentrado totalmente en la punta del papel. Debajo del saludo de verse en Navidad, junto a las palabras ‘de Jung-in’, comenzó a escribir algo.

and <채이ㅅ ㅍ래ㅅ콭> (y Chase Prescott)

Las letras estaban chuecas y, como no conocía bien el sistema de consonantes y vocales, tenía varios errores, pero era un coreano escrito con todo su esfuerzo. Para llevar solo dos días estudiando, era un logro increíble.

“Chay...”.

Una emoción más fuerte que cuando le pidió el bolígrafo inundó el pecho de Jung-in, y sus ojos se humedecieron al instante.

“¿Lo escribí bien?”.

Preguntó Chase, mirándolo con ojos brillantes como un niño que espera un elogio.

“... Sí. Está perfecto”.

“Ja, ¿qué voy a hacer? Parece que tengo talento para el coreano”.

Ese hombre enorme, sonriendo con orgullo, le pareció a Jung-in la cosa más adorable del mundo. El dueño de la tienda los miró de reojo y, con una sonrisa juguetona, comentó.

“Parecen un par de lovebirds (tortolitos). Se ven muy bien juntos”.

Jung-in sintió que su rostro se calentaba y jugueteó con el borde de la camiseta, mientras que Chase sonreía con naturalidad, como si estuviera orgulloso.

“Aquí puede anotar la dirección de envío”.

Jung-in escribió la dirección de Bellacove, feliz de imaginar la alegría de su madre al recibir el paquete. Tras pagar, salieron de la tienda. La luz del atardecer proyectaba largos y suaves destellos dorados sobre la calle.

Su siguiente destino fue un restaurante americano con uno de los mejores ambientes de la zona. Era un lugar que servía mariscos, incluyendo ostras frescas, y filetes, con precios algo elevados. La fachada de ladrillo rojo tenía toldos de rayas negras y blancas, bajo los cuales brillaban pequeñas bombillas que daban una luz cálida. A un lado del edificio se extendía una hilera de mesas al aire libre que siempre estaban llenas en los días de buen clima. Por suerte, Jung-in y Chase lograron ocupar la última mesa disponible en la terraza.

Chase revisó el menú y pidió una variedad de platos: ostras, filetes y pasta. Lo primero en llegar fueron las plateadas ostras de Wellfleet sobre hielo transparente, acompañadas de salsa mignonette verde y salsa cóctel roja. El aire se llenó del aroma fresco del pepino.

Chase, con un tono travieso y una mirada sugerente, dijo.

“¿Sabías esto? Dicen que las ostras son buenas para el vigor. Casanova comía 50 ostras cada mañana”.

Jung-in arqueó una ceja y, con total naturalidad, estiró la mano para arrebatarle el plato de ostras a Chase y ponerlo frente a él.

“Entonces tú no comas, Chay”.

Chase soltó una carcajada sonora.

“Me vas a volver loco. Eres tan lindo cuando haces eso”.

Jung-in lo miró con incredulidad. Los puntos que hacían reír a este hombre siempre eran inesperados. Con sus ojos azules brillando como agua clara y entrecerrados por la risa, Chase dijo.

“¿Cómo es posible que me gustes más cada día que pasa? Te amo, Jung-in”.

“... Yo también”.

Jung-in respondió un segundo tarde, desconcertado por la repentina confesión. Tal como dijo el dueño de la tienda, como un par de tortolitos profundamente enamorados, el atardecer descendió serenamente sobre sus cabezas.

***

Tan pronto como bajaron del Uber, el retumbar de los bajos hizo vibrar todo su cuerpo como un sismo. Los alrededores de Fenway Park ya rebosaban con el fervor del festival.

Jung-in y Chase siguieron las señales temporales hacia la entrada. Tras un breve control de seguridad para verificar que no portaran armas, un empleado les colocó en la muñeca una pulsera de entrada RFID con el logo de Hyperwave. El sonido del ‘clic’ al cerrarse la pulsera hizo que el corazón de Jung-in diera un vuelco, consciente de que estaba a punto de vivir una experiencia totalmente nueva.

Al entrar finalmente al estadio, el interior era un mar de gente ansiosa por disfrutar de la última noche de Hyperwave tras todo un fin de semana de fiesta. Sobre el césped se extendían mantas de picnic y pequeñas sillas plegables; los asistentes, luciendo maquillajes extravagantes y pinturas faciales llamativas, se mezclaban libremente entre risas y fotos. En un sector estaba la zona de bebidas donde vendían cerveza, flanqueada por una hilera de ‘food trucks’ y puestos de ‘merchandising’. Debido a la multitud que no dejaba ni un espacio libre, a Jung-in y a Chase les costó bastante encontrar a Vivian y Madison, quienes habían dicho que estarían cerca de la zona de bebidas.

“¡Jay! ¡Chase! ¡Aquí!”.

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Madison fue la primera en divisarlos. Saludaba alegremente vestida con un vestido de flores y botas de ante marrón. A su lado, Vivian llevaba una camiseta blanca sin mangas que resaltaba su figura, varios collares de plata superpuestos y unos pantalones claros. Ambas lucían el atuendo perfecto para un festival.

Como aún no empezaba el plato fuerte de la noche, el área de comida y bebida estaba más congestionada que el frente del escenario principal. Chase se ofreció a comprar las bebidas ya que ellas habían conseguido las entradas, y Madison lo acompañó. Mientras se ausentaban, Vivian recorrió a Jung-in con una mirada de desaprobación.

“¿No se supone que habías tirado todas esas malditas camisas de cuadros?”.

“... Compré unas nuevas”.

En realidad, nunca las había tirado. Era imposible que lo hiciera. Las camisas de cuadros eran la identidad de Jung-in y su prenda favorita. La afilada mirada de Vivian, como si lo estuviera escaneando, descendió ahora hacia los tobillos de Jung-in.

“Después de todo el esfuerzo que puse en comprarte unos pantalones bonitos, ¿esos calcetines van en serio?”.

“... ¿Qué tienen de malo?”.

“¿Los compraste en un paquete de oferta de algún hipermercado?”.

“¿Cómo lo supiste?”.

Vivian soltó un profundo suspiro y, sin decir palabra, le quitó la camisa a Jung-in y se la anudó a la cintura. Luego, se quitó uno de los collares que llevaba y se lo puso a él. Del extremo de una cadena de plata fina y larga colgaba un colgante redondo, parecido a una moneda de un centavo. La camiseta blanca, que antes se veía plana y aburrida, cobró vida al instante gracias a ese pequeño accesorio.

“Vaya...”.

Jung-in soltó un murmullo de admiración, sorprendido de su propio aspecto, y Vivian le dijo que podía quedarse con el collar como un regalo.

Poco después, las luces del escenario comenzaron a apagarse gradualmente, señalando el inicio del evento principal. La multitud frente al escenario se compactó rápidamente por la expectativa. Los cuatro intentaron abrirse paso entre la masa, pero debido al gentío, Madison y Vivian desaparecieron de su vista en un abrir y cerrar de ojos.

En ese momento, apareció en el escenario la cabeza de cartel: ‘Nixie’. Conocida como una cantautora y performer de EDM y Hyper-pop, Nixie tejía sus traumas, crecimiento y conflictos en su música. Había alcanzado el número uno de Billboard en varias ocasiones, y Jung-in conocía al menos tres de sus grandes éxitos.

El inicio fue silencioso, casi contenido. Pero con el primer cambio de bajo, estallaron efectos especiales de fuego sobre el escenario. Esa fue la señal para que el público estallara en vítores y empezara a saltar frenéticamente. El ritmo golpeaba sin descanso y las luces parpadeaban al compás. El frente del escenario se convirtió en una marea de euforia.

Jung-in intentaba ponerse de puntillas para ver, pero entre las manos en alto de la gente que tenía delante, no alcanzaba a ver ni la silueta de Nixie. Por su parte, Chase, gracias a su gran estatura, no tenía obstáculos y movía la cabeza al ritmo de la música mirando hacia el escenario.

Jung-in dio un pequeño salto. Pudo ver brevemente el atuendo de lentejuelas de Nixie antes de que volviera a desaparecer. En ese momento, Chase le tendió la mano.

“¿Quieres subir?”.

“¿Eh?”.

“Te llevaré sobre mis hombros”.

Ante la duda en el rostro de Jung-in, Chase se colocó detrás de él sin decir nada y se agachó, metiendo la cabeza entre las piernas de Jung-in con naturalidad.

“Sujétate bien”.

Antes de que terminara la frase, Chase se levantó con ligereza. En ese instante, la visión de Jung-in se elevó sobre la multitud. El escenario, las luces, Nixie con el micrófono y miles de personas quedaron a su alcance visual.

“¿Ahora ves?”.

“¡Sí!”.

Las miradas de la gente a su alrededor se centraron en ellos. Aunque había otras personas a hombros entre el público, la imagen de Jung-in y Chase era innegablemente llamativa. Alguien susurró: ‘Mira eso’, y una estudiante incluso grabó sus espaldas a escondidas con su teléfono. Sin embargo, Chase no pareció notar la atención; sostenía los tobillos de Jung-in con ambas manos, disfrutando del momento.

Al ver a otros espectadores que, al igual que él antes, hacían esfuerzos por ver algo, Jung-in sintió un extraño arrebato de orgullo. Sus manos, apoyadas ligeramente sobre el cabello rubio de Chase, bajaron para rodear su mandíbula y lo obligaron a mirarlo hacia arriba. Entonces, Jung-in se inclinó y depositó un corto beso en la punta de su nariz.

“¡Vaya, se ven geniales! ¿De dónde son?”.

Preguntó una chica que estaba al lado, girándose hacia Chase.

Jung-in aguzó el oído mientras fingía concentrarse en el escenario.

“Del barrio de al lado. Cambridge”.

Respondió Chase.

“¿Viven allí?

“No exactamente. Estudiamos en Harvard. Él y yo, mi novio”.

“¡Mentira!”.

Chase sonrió con una expresión de ‘créelo si quieres’. Las chicas abrieron los ojos como platos y empezaron a cuchichear emocionadas.

“¿Podemos pedirles su contacto?”.

“Si mi novio me da permiso”.

“¡No es con malas intenciones! Es solo que queremos ser amigos. Nosotras estamos en Boston, estudiamos en Berklee. ¡Yo violín y ella composición!”.

En ese momento, como si temieran que alguien les robara a Chase, otro grupo se acercó desde el lado opuesto.

“¿Quieren ir a la zona de bebidas? ¡Nosotros invitamos!”.

Jung-in estaba atónito ante el interés que una pareja de desconocidos podía despertar. No estaba acostumbrado a ser el centro de atención; bajo las luces y la música estruendosa, se dio cuenta de que ya no era un ‘hombre invisible’. Por el contrario, Chase parecía estar en su elemento.

“Lo siento. Vamos a intentar buscar un sitio con mejor vista. Diviértanse”.

Él puso una excusa natural y siguió moviéndose con Jung-in a hombros. A cada paso, hombres y mujeres por igual los detenían para invitarlos a unirse a ellos o pedirles sus redes sociales.

“¿De dónde son ustedes?”.

“Cambridge”.

Habían perdido la cuenta de cuántas veces habían respondido lo mismo. Pero esta vez, la respuesta indiferente provocó una reacción inesperada.

“¿Eh? ¿Por casualidad estudian en Harvard?”.

Las miradas de Chase y Jung-in se dirigieron simultáneamente hacia la persona que preguntaba. Frente a ellos había una chica con una camiseta tie-dye de estilo bohemio y un chico delgado con pecas marcadas en la nariz; ellos también parecían ser pareja. La chica le sonrió a Chase ante su mirada de desconcierto.

“Nosotros también estudiamos en Harvard. Son de primer año, ¿verdad?”.

¿Cómo sabían eso también? Jung-in y Chase intercambiaron una mirada de asombro. Esta vez habló el chico.

“Son esa pareja famosa de Sidechat, ¿no?”.

‘Sidechat’ era una aplicación comunitaria anónima exclusiva para estudiantes universitarios estadounidenses. Se requería verificación mediante el correo institucional para unirse, y estudiantes de todo el país, desde Harvard y el MIT hasta Stanford y Yale publicaban chismes, dudas amorosas y rumores escolares en tiempo real. Aunque sabían de su existencia, ni Chase ni Jung-in la usaban.

Entonces, la chica lanzó otra pregunta comprometedora:

“¿Uno de ustedes vive en Canaday Hall, cierto?”.

Los ojos desorbitados de Jung-in fueron confirmación suficiente. Como si ya lo supiera, la chica asintió y le tendió la mano a Chase.

“Es un honor conocer a las celebridades. Soy Miriam Calloway, y él es mi novio, Colby Longfield”.

Explicaron que eran de segundo año (sophomores) y que vivían en Mather House, una de las residencias superiores. Chase, aún algo desconcertado, estrechó sus manos.

“Soy Chase Prescott y él es Jay Lim. ¿Entonces quieres decir que nos han visto en Sidechat?”.

“¿En serio no tienen ni idea?”.

Resultó que, sin saberlo, se habían convertido en una sensación en Harvard.

Tan pronto como terminó la última actuación de Hyperwave, regresaron al condominio de Chase. Antes de que la adrenalina del festival se disipara, descargaron Sidechat y se registraron. El proceso de verificación del correo de la universidad fue algo tedioso y tardó un tiempo en ser aprobado.

Tras dos días de espera, en cuanto pudieron entrar, se dirigieron directamente a la pestaña de ‘Harvard’ para revisar las publicaciones. Al encontrar decenas de hilos hablando sobre ellos, se quedaron literalmente sin palabras.

 

Anónimo

20XX-XX-XX 04:33 PM

[¿Saben que hay una pareja gay de primer año que es increíble? Estaba comiendo en Annenberg Hall y vi a un chico asiático... era tan guapo que pensé que parecía el protagonista de un K-drama, y de repente apareció un tipo que parecía un héroe de Marvel y el género de la historia cambió por completo. Resulta que son novios.]

[183 / 15]

Anónimo 1: Sé quiénes son. Son famosos. Se les ve mucho cenando por Harvard Square.

Anónimo 2: Mi amigo trabaja en un restaurante llamado Noel House Tavern y dice que aparecen por allí a veces. Son muy educados y dejan propinas loquísimas.

 

Anónimo

 20XX-XX-XX 10:47 PM

[Acabo de ver a la famosa pareja de primer año en Hyperwave. Fui al último día y los vi. Un rubio que parece el quarterback de una película adolescente llevaba a hombros a un chico asiático precioso. Parecía de película, de verdad.]

[ 209 / 31]

Anónimo 1: Ese rubio ES un quarterback de verdad. Se sorprenderían si supieran quién es. Viene de California + familia que todos conocemos.

└└ Anónimo 2: Perdona, ¿están hablando de una novela de Wattpad? ¿Es la vida real? ¿No es una alucinación?

└└└ Anónimo (Autor): No es broma. ¿Nadie va a subir un vídeo? Vi al menos a tres personas grabándolos. Fue increíble.

 

Anónimo

20XX-XX-XX 11:28 PM

[ ¿Nadie tiene el vídeo de la escena de la pareja de Harvard en hombros en Hyperwave? Por favor, suéltenlo.]

[93 / 4]

Anónimo 1: Aquí no se pueden subir vídeos. Está en NicNack. Vayan a verlo.

└└Anónimo-2: [[http://nicnack.voidwave.app/98024235](http://nicnack.voidwave.app/98024235)]

└└└ Anónimo 3: Dios mío. Acabo de ver el vídeo. ¿Esos dos son de verdad estudiantes de Harvard? ¿Es broma?

└└└└ Anónimo 4: Miren cómo le sujeta los tobillos. Los agarra con tanto cuidado como si fueran copas de vino... Mientras tanto, mi compañero de Economía me está dejando en visto...

***

A Jung-in y a Chase les encantaba la Biblioteca Widener. No era solo porque fuera el edificio más emblemático de Harvard, sino porque en sus rincones más tranquilos y menos transitados, podían pasar horas sentados en el suelo, apoyados contra las estanterías, haciendo tareas o leyendo. Y cuando nadie miraba, aprovechaban para compartir besos furtivos.

Hoy, la sección de ‘Mapas y Atlas’ de la biblioteca volvía a ser territorio suyo.

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Varios profesores exigían leer todas las notas de clase de los temas aún no vistos antes de cada sesión, para así dedicar el tiempo de aula a resolver dudas y profundizar en contenidos complejos. Sin duda, Harvard no era un lugar para tomarse las cosas a la ligera.

Tras terminar con una de las asignaturas, Jung-in se estiró en silencio para relajar la espalda. En ese instante, Chase, sentado a su lado, susurró con voz baja y suave.

“¿Ya terminaste de leer?”.

“Sí”.

Como si hubiera estado esperando ese momento, Chase se inclinó hacia él. Su mano, grande incluso para su complexión, acarició cálidamente la mejilla de Jung-in. Los labios de Chase se acercaron y rozaron con extrema dulzura los de Jung-in.

Ante aquel contacto embriagador, Jung-in cerró los ojos instintivamente. Chase lamió y succionó suavemente su labio inferior y superior por turnos, como un preludio, antes de girar la cabeza. Su lengua caliente se deslizó con fluidez entre los dientes de Jung-in, adentrándose profundamente en su boca.

Mientras acariciaba su mejilla con el pulgar, Chase exploraba el interior de Jung-in con lentitud, rozando cada rincón de la mucosa y haciendo que sus lenguas se entrelazaran.

La cabeza de Jung-in se echaba cada vez más hacia atrás. Justo cuando su nuca estaba a punto de golpear la estantería, la mano de Chase que sostenía su mejilla pasó a sujetar con firmeza su cabeza, guiándolo hasta recostarlo sobre el suelo alfombrado.

El beso se volvió más denso y, como guiado por el instinto, la otra mano de Chase se deslizó bajo el suéter de Jung-in. Cuando empezó a acariciar su cintura, Jung-in le sujetó la mano con suavidad para detenerlo. Empujó el hombro de Chase con la otra mano para incorporarse y consultó su reloj de pulsera.

“Hoy proyectan una película. Si queremos verla, tenemos que irnos ya”.

Chase seguía mirando los labios húmedos de Jung-in con ojos ávidos, como si no hubiera tenido suficiente.

“Besémonos un poco más antes de irnos, ¿sí?”.

“No se puede. Hoy pasan Love Story. Es una película que no he visto”.

“Puedes verla conmigo más tarde”.

“Verla fuera con más gente es diferente”.

Como señal de protesta, Chase dejó caer su cabeza pesadamente contra el hombro de Jung-in. Parecía un cachorro haciendo un berrinche porque le habían cancelado su paseo, lo cual a Jung-in le pareció adorable. Riendo, Jung-in despeinó el cabello rubio de Chase.

“Vamos, ¿sí?”.

“Solo si me das la mano”.

Jung-in sonrió sin decir nada y le tendió la mano; Chase la apretó con fuerza y se puso en pie.

 

Para cuando el aire nocturno empezó a refrescar, la gente ya se había reunido en grupos de tres o cuatro en el césped frente a la Biblioteca Widener. Este programa de cine al aire libre, que proyectaba películas ambientadas en el campus de Harvard, era muy popular entre los estudiantes.

La semana pasada habían pasado Legally Blonde (Una rubia muy legal), hace unos días Good Will Hunting (El indomable Will Hunting), y la película de hoy era el gran clásico de los romances en Harvard: Love Story.

En la pantalla, con una paleta de colores sobria que recordaba al blanco y negro, aparecieron el Harvard Yard, las aulas silenciosas y el campus bajo el invierno. Se sucedieron las escenas de Oliver el estudiante de derecho, jugador de hockey sobre hielo e hijo de familia rica y Jenny la estudiante de música de origen humilde encontrándose en la biblioteca, caminando juntos por los pasillos y sonriéndose.

Mientras el romance clásico se desarrollaba con el campus familiar como telón de fondo, Jung-in se sintió como si fuera el protagonista de la película. Cuando el brazo de Chase lo rodeó por los hombros, la realidad le pareció incluso más romántica que la ficción.

Mientras veían a los protagonistas ser honestos con sus sentimientos y compartir su primer beso en pantalla, Chase susurró al oído de Jung-in,

“El beso de antes... ¿podemos seguir?”.

“Si no usas la lengua”.

Chase atrajo suavemente el mentón de Jung-in con la punta de los dedos y le dio un beso corto pero dulce. Jung-in podía sentir las miradas de los que los rodeaban sin necesidad de buscarlas. Soltó una pequeña risa y murmuró.

“Mañana Sidechat va a estar muy ruidoso”.

Lo dijo, pero no parecía molesto en absoluto. Las estrellas empezaron a brotar una a una en el cielo, y el rastro emocional de la película junto al calor de ambos llenaron lentamente el césped frente a la biblioteca. Fue una noche más romántica que cualquier película de amor.