9. Rompecorazones

 


9. Rompecorazones

 

Jung-in se puso las gafas a toda prisa, como quien intenta usar una máscara para ocultar su rostro. Sin embargo, eso solo sirvió para que el rostro de Chase se viera con mayor nitidez.

Tras dejarle aquel breve beso, Chase parecía esperar la reacción violenta típica de alguien que ha sido víctima de una broma pesada. Pero mientras lo observaba con esa expectativa, el asombro y el desconcierto se cruzaron en su cara. Frunció ligeramente el ceño y sus labios temblaron, mostrando una expresión de no saber qué hacer. Era un gesto que Jung-in jamás había visto en él, siempre tan lleno de confianza.

Un vacío desolador se extendió por el pecho de Jung-in. En ese instante, lo comprendió, lo que él sentía por Chase Prescott era algo que solo lograba provocarle ‘eso’. De él solo había obtenido esa respuesta, incomodidad y desconcierto, sentimientos a años luz de la alegría, el éxtasis o la emoción.

“Jay...”.

Chase, impropio de él, parecía dudar, incapaz de continuar la frase. Al verlo así, Jung-in no pudo evitar arrepentirse de todo lo sucedido. No debió ir a ese vestuario. No debió participar en ese juego estúpido.

Debería haber rechazado tajantemente la invitación de Steven a la fiesta. No, tal vez ni siquiera debería haber emigrado a este país desde el principio.

Sentía que todo se había desmoronado. Era la sensación de pérdida de quien ve cómo alguien descubre un tesoro preciado que no quería mostrar a nadie. La vacuidad de ver cómo una ola arrasa en un segundo un castillo de arena que ni siquiera terminó de construir. Un nudo de emociones se le formó en la garganta.

Justo cuando Chase abrió la boca para decir algo, la puerta del casillero se abrió de par en par y la luz entró de golpe.

“¡Siete minutos cumplidos! ¡Liberados! ¿Qué tal estuvo el paraíso?”.

Se escucho la voz bromista de Max Schneider. Jung-in nunca pensó que el rostro de aquel chico, siempre tan despreocupado, llegaría a parecerle el de un salvador. Salió del casillero como impulsado por un resorte. Max, sorprendido, estiró los brazos para sostener a Jung-in, que se tambaleaba al perder el equilibrio.

“¿Jay?”.

“... Estoy bien”.

Jung-in agachó la cabeza sin decir palabra, tomó su mochila que estaba cerca y salió de inmediato del vestuario. Sintió la mirada de Chase siguiéndolo hasta que cruzó la puerta, pero no tuvo el valor de mirar atrás.

Una vez en el pasillo, sus pasos se aceleraron hasta que terminó corriendo. Le faltaba el aire y el sudor le corría por la nuca. Al llegar al pabellón de clases, sacó su bicicleta a toda prisa y se montó en ella. Por la urgencia, sus pies resbalaron varias veces al intentar pedalear. Se raspó la espinilla con el borde del pedal, pero ni siquiera sintió el dolor.

En cuanto logró apoyar ambos pies, pedaleó con furia para no dejar espacio a ningún otro pensamiento. Nada más salir de los límites de la escuela, las emociones que bullían en su interior estallaron finalmente en lágrimas. El viento empujaba el llanto hacia los bordes de su cara.

Nadie desearía que la persona que acaba de confirmar sus sentimientos pusiera una cara así. El rostro de Chase, lleno de impacto y desconcierto, quedó grabado en la retina de Jung-in como si hubiera sido quemado en ella.

Aunque llegó cerca de su casa, no entró de inmediato. Estuvo dando vueltas por el vecindario en bicicleta durante un buen rato hasta que se le secaron las lágrimas. No quería que su madre se preocupara al verle los ojos hinchados.

Finalmente, al entrar, forzó las comisuras de sus labios hacia arriba, fingiendo normalidad.

“Ya llegué”.

En ese momento, la expresión seria de Su-ji al salir de la cocina lo hizo detenerse. Una atmósfera pesada le enfrió el pecho. Tuvo el presentimiento de que iba a escuchar algo malo.

“Jung-in-ah. Este... Justin está aquí”.

En cuanto Su-ji terminó de hablar, el rostro de Jung-in perdió todo rastro de color. Tarde recordó que hoy había quedado con Justin en el centro comercial. Al mirar el reloj, vio que habían pasado ya dos horas. Sintió que el corazón se le caía a los pies.

Corrió a la sala y encontró a Justin, que parecía sumido en sus pensamientos mientras miraba su teléfono. Su rostro proyectaba una sombra oscura y desconocida, casi ajena. Ante la gravedad del ambiente, Su-ji echó un vistazo rápido y subió discretamente al segundo piso.

Jung-in se plantó frente a Justin, nervioso.

“¡Justin, lo siento! Me surgió algo urgente de repente...”.

Justin levantó la cabeza lentamente. Sus ojos eran una mezcla de decepción y rabia. Era una expresión que Jung-in nunca le había visto, al menos, nunca dirigida hacia él.

“¿Algo urgente? ¿Qué era tan urgente?”.

Jung-in se quedó sin palabras por el pánico. Intentó hacer trabajar su cerebro, pero no se le ocurrió ni una excusa creíble.

“Es que... lo que pasó fue...”.

“¿Te refieres a jugar con los futbolistas y las porristas en el vestuario? ¿O a juntarte con ellos en la fiesta de la playa?”.

Los ojos de Jung-in se abrieron de par en par. ¿Cómo podía Justin saber lo que acababa de pasar? Se mordió el labio intentando asimilar la situación.

Ante su silencio, Justin le tendió lentamente el teléfono. En la pantalla estaba abierta la cuenta de Instagram de Max Schneider. Se veía una selfie de Max con los casilleros cerrados de fondo. Guiñaba un ojo con cara traviesa.

 

[Maxnificent #RetroVibe ¡Jugando a 7 minutos en el paraíso! ¿Quién creen que está dentro de este casillero? ¡Nada menos que Chase Prescott y Jay Lim! ¿Será que Prescott también puede anotar un touchdown en el corazón de un chico? 😘]

 

También había fotos del día de la fiesta en la playa. En una, Jung-in aparecía sentado junto a Chase, vistiendo la chaqueta varsity de este último. Esa imagen los hacía parecer mucho más cercanos de lo que eran.

“Lo vi mientras te esperaba en el centro comercial, mirando las cuentas de la gente de la escuela”.

Justin retiró el teléfono y soltó una sonrisa amarga.

“Max Schneider es un adicto grave a las redes sociales. Tendré que anotarlo en el Libro de Secretos".

Su voz estaba cargada de sarcasmo, pero el dolor subyacente llegó directamente al corazón de Jung-in. Sintió como si hubiera tragado pan seco, se le cerró la garganta. La decepción y el daño en las palabras de Justin eran demasiado evidentes. Además, Justin no sabía que Jung-in ya ni siquiera tenía el ‘Libro de Secretos’ para anotar nada sobre Max. No podía ni imaginar qué pasaría si se enteraba de eso también.

Justin lo miró fijamente y volvió a hablar.

“Has estado muy raro últimamente. No hacías las tareas del club y parecía que ni siquiera me escuchabas. Hoy, mientras tú te divertías jugando a los ‘7 minutos en el paraíso’ con los chicos cool, yo estuve esperando una hora en el centro comercial. ¿Por qué no revisaste el teléfono?”.

Jung-in sacó su teléfono sobresaltado. Como lo tenía en silencio, no se había dado cuenta de la cantidad de mensajes acumulados de Justin.

“Yo... es que...”.

Intentó explicar algo, pero no le salía ni una pobre excusa. Justin le lanzó otra pregunta que no pudo responder.

“¿Y qué pasó con lo del tour universitario? Tu madre reaccionó como si no supiera nada de eso”.

Ahora sí que Jung-in sentía que el mundo se le nublaba. Renunció a dar explicaciones, se mordió el labio y cerró los ojos con fuerza.

“Supongo que salir con ellos es divertido y emocionante. Hasta yo preferiría juntarme con esa gente glamurosa antes que con alguien como yo”.

“No es eso... no es eso, Justin”.

“¿Entonces qué es?”.

Chase Prescott... ese chico, ese género... en realidad, hace mucho que me gusta el chico que ambos juramos odiar.

Esas palabras daban vueltas en la cabeza de Jung-in, pero no salieron de sus labios. Al final, el silencio habló por él.

Justin se levantó lentamente. En su rostro ya no quedaba rastro de esperanza.

“El ‘Hate Chase Club’ (Club de Odio a Chase) se disuelve hoy mismo. Ya no seré un estorbo, así que puedes juntarte con ellos todo lo que quieras”.

Justin tomó su mochila y caminó hacia la puerta. Jung-in, sintiendo que no podía dejarlo ir así, lo agarró del brazo con desesperación.

“Justin, no es así, yo...”.

Pero incluso en ese momento, las palabras no fluyeron. No, no ‘podía’ decirlas. Justin se giró lentamente y se soltó del agarre de Jung-in. Sus ojos mostraban una determinación final.

“Jay”.

Su voz era baja, pero más clara que nunca.

“Que la Fuerza te acompañe. Pero yo ya no estaré contigo”.

Que la Fuerza te acompañe.

Era una de las frases más famosas de Star Wars, y también una frase conocida para despedirse. Con esas palabras, Justin declaró el fin de su amistad.

Sintiendo las yemas de los dedos frías, Jung-in no pudo hacer más que ver a Justin abrir la puerta e irse. Sus últimas palabras flotaron en el aire durante mucho tiempo. Jung-in se quedó solo en el silencio. Su visión seguía borrosa y sentía el corazón vacío.

“Jung-in-ah”.

Su-ji bajó al primer piso después de un rato y lo llamó por su nombre. Se acercó con cautela.

“Justin mencionó algo sobre el tour universitario... tal vez no supe reaccionar bien. ¿Dije algo que no debía?”.

“... No”.

La comprensión que siguió a esa respuesta le oprimió el pecho. No solo había engañado a Justin; también había convertido a su madre en víctima de sus mentiras.

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“Yo... fui yo quien lo hizo mal. Todo esto... todo... es mi culpa...”.

Su voz se quebró y sus palabras se desvanecieron. Jung-in terminó desplomándose en el suelo. Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente se desbordaron.

“¡Jung-in!”.

Su-ji se agachó a su lado, asustada. Pero el llanto de Jung-in no se detenía. Las lágrimas corrían por sus mejillas y todas las emociones reprimidas estallaron. En su cabeza resonaba la voz de la profesora Amy Williams, la encargada de matemáticas.

‘Esto realmente... no es propio de ti’.

Por eso intentó que Chase Prescott no le gustara. Por eso se esforzó tanto en odiarlo. Tal vez, como dice la letra de esa famosa canción de Taylor Swift, lo supo desde el principio: que él solo traería problemas. Por eso su subconsciente le enviaba advertencias: no te acerques.

Incluso en medio de ese torbellino de dolor, el rostro de Chase aparecía con nitidez. Su risa, su forma de hablar, su mirada. Cómo lo había hechizado y cómo lo había arrastrado hasta aquí.

Ah...

No debió saltar a ese mar maldito desde el principio. Sin saber siquiera nadar.

***

Cuando Jung-in no se sentía bien, Su-ji siempre preparaba el mismo estofado. El caldo espeso y rojizo estaba lleno de tomates maduros y verduras troceadas; a veces llevaba mariscos como mejillones y camarones, y otras veces carne de res o pollo.

Aquel estofado, condimentado generosamente con peperoncino (chile) para darle un toque picante y profundo, no tenía ingredientes coreanos, pero extrañamente despertaba el deseo de comerlo con arroz. Siempre lo acompañaban con unas galletas en forma de corazón, casi sin dulce, de la marca Valley Lavosh. Podían remojarlas en el estofado como si fuera un dip (Queso) o trocearlas encima como si fueran croutons.

A pesar de que él no estaba enfermo físicamente, Su-ji preparó el estofado. Jung-in se quedó mirando la olla que aún burbujeaba sobre la mesa, sumido en sus pensamientos.

¿Se podrá curar el dolor del alma con este estofado caliente?

“Come mucho. ¿Sí?”.

Insistió Su-ji con voz dulce. A Jung-in le pesaba más el corazón al ver que ella no preguntaba nada.

No tenía apetito, pero sabiendo el cariño puesto en esa olla, se sirvió un cucharón en su plato. Planeaba trocear las galletas de corazón como siempre. Con la galleta en la mano, Jung-in recordó de pronto una clase de composición inglesa, de antes de que todo se enredara con Chase.

El día que aprendieron sobre las ‘expresiones polisémicas’, la profesora explicó cómo palabras y frases con más de un significado pueden interpretarse de forma distinta según el contexto. Ese día, Chase Prescott estaba sentado en diagonal a él y llevaba una camiseta con una frase grabada.

Mirando la galleta de corazón en su mano, Jung-in murmuró para sus adentros.

Heart cracker.

Podía significar literalmente ‘galleta de corazón’, pero también podía interpretarse como ‘rompecorazones’ o ‘alguien que rompe el corazón’.

Chase Prescott era, en sí mismo, un ‘heart cracker’.

Jung-in miró la galleta y la dejó sobre la mesa.

“Mamá, lo siento... de verdad no puedo comer”.

Se disculpó con voz temblorosa y se mordió el labio. Sentía náuseas aunque no hubiera tragado nada. Decir que no tenía hambre no era suficiente.

“Jung-in-ah...”.

La voz de Su-ji estaba llena de preocupación, pero él no se sentía capaz de enfrentarla. Empujó la silla en silencio, se levantó y subió a su habitación dejando a su madre atrás.

Nada más entrar, cerró la puerta y se lanzó a la cama. Se tapó hasta la cabeza con el edredón y cerró los ojos.

Desde que se transfirió, sabía que en la escuela había un chico famoso llamado Chase Prescott. Incluso en los días ajetreados de adaptación, ese nombre se escuchaba en todas partes. Pero la primera vez que lo vio de cerca fue el día de la graduación.

El sol de California iluminaba por igual a los estudiantes con sus birretes y togas azules. Era un día despejado, sin una sola nube. Cuando Chase Prescott subió al estrado como representante de los graduados, capturó todas las miradas al instante. Tenía una complexión física tan sólida que costaba creer que fuera solo un chico graduándose de secundaria, y una apariencia tan deslumbrante que parecía recién salido de una pantalla de cine.

Desde que empezó su discurso con una voz que ya se había vuelto firme por la pubertad, Jung-in no pudo apartar la vista de él.

‘Estar aquí no es solo mérito mío’.

Decía, mezclando bromas oportunas. Su tono y su sonrisa rebosaban la seguridad de alguien para quien el mundo no tiene obstáculos.

Tenía la habilidad de hacer reír a la audiencia y luego atraerla con seriedad; un carisma natural. Su discurso dominó por completo la atmósfera de la graduación. Sin necesidad de preguntarle a Justin, que estaba sentado a su lado, Jung-in supo de inmediato:

‘Ese es el famoso Chase Prescott’.

Y desde ese día, la adolescencia de Jung-in se pintó por completo con los colores de Chase. Con ese matiz tan brillante que llegaba a deslumbrar.

Sin embargo, ese sentimiento era algo que Jung-in guardaba solo para sí mismo. Creía que no tenía el valor ni la razón para mostrarlo. Chase pertenecía a un mundo inalcanzable para él, y Jung-in pensaba que bastaba con verlo de lejos mientras él se enfocaba en sus estudios y metas.

Todo se torció cuando empezó a enredarse con él. Y ahora, el mundo de Jung-in era un desastre. Como un insecto atrapado en una telaraña, cuanto más intentaba escapar, más se enredaba. No podía concentrarse en los estudios y el club de matemáticas, que tanto valoraba, pasó a segundo plano.

Para colmo, si a Chase Prescott se le ocurría hablar, sería cuestión de tiempo que en la escuela corriera el rumor de que Jung-in era gay. Aunque Chase no parecía el tipo de persona que haría algo así, Jung-in ya no estaba seguro de conocerlo realmente.

Y lo peor de todo: Justin, el único que lo entendía y apoyaba, le había declarado el fin de su amistad. En medio de la confusión y la soledad, Jung-in sufría de un estrés extremo. Sentía punzadas en el estómago y le subió la fiebre.

Esa noche, Su-ji se sentó al borde de su cama, le dio medicinas y le puso paños húmedos en la frente para bajarle la temperatura.

<Mamá...>.

Jung-in hizo algo inusual. En coreano, susurró con debilidad como si fuera un niño pequeño.

<No quiero ir a la escuela...>.

<Te has vuelto un bebé, mi Jung-in>.

Su-ji sonrió con ternura. Le dio unas palmaditas suaves en el pecho para consolarlo.

<A veces parece que el mundo se acaba. Hay momentos en los que la vida es tan dura que uno piensa si no sería más fácil simplemente... morir>.

La voz de Su-ji era tranquila, pero en sus palabras se sentía todo el peso de la vida que había cargado.

Jung-in la miró con ojos cansados. En su memoria, su madre siempre había sido fuerte. Pero de pronto se dio cuenta de que ella había pasado por cosas terribles.

Perdió a su primer marido por una enfermedad, y en un país lejano al que llegó con su segundo marido, se quedó sola de nuevo. ¿Habría sido más fácil si hubiera estado sola del todo? No, tenía un hijo pequeño al que alimentar.

<Muchas veces quise rendirme. Para ser sincera, a veces me rendí de verdad... con las citas, con la colada... Pero hubo una sola cosa con la que nunca me rendí>.

<¿Qué cosa?>.

<Contigo>.

<... Mamá>.

<Y mira cómo resultó. Has crecido y te has convertido en alguien maravilloso>.

Su-ji habló con voz pausada pero llena de convicción.

<No hay dificultad que no se pueda superar. ¿Confías en mamá?>.

Jung-in asintió. No tenía otra opción que creer en alguien con tanta experiencia.

<Si no sale a la primera, inténtalo dos o tres veces>.

<¿Y si aun así no sale?>.

<Pues entonces que no salga, y ya está>.

Jung-in soltó una pequeña risa. Aunque su corazón seguía pesado, la charla con Su-ji abrió una pequeña grieta de alivio.

<Buenas noches, mamá>.

<Buenas noches, hijo>

Antes de salir de la habitación y apagar la luz, Su-ji añadió.

“Aun así, mejor quédate mañana en casa. Entre los ensayos y el estudio para el SAT... tal vez te enfermaste por vivir con demasiada intensidad. Mañana llamaré a la escuela. Luego viene el fin de semana, así que aprovecha para descansar bien”.

Seguramente Su-ji quería sacarlo de una situación incómoda. Pero Jung-in ni siquiera tenía energía para analizarlo. El deseo de huir, aunque fuera por un día, era real. Mañana era día A, lo que significaba que tenía clase de composición inglesa con Chase. Y antes de eso, el almuerzo, el tiempo que siempre pasaba con Justin.

En la habitación a oscuras, Jung-in se encogió y abrazó sus rodillas, esperando un sueño que no llegaba.

***

 

Justin

[Lo siento de verdad. Te lo contaré todo con sinceridad, por favor dame una oportunidad más.]

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Tras pulsar el botón de enviar, Jung-in dejó el teléfono en el escritorio con un suspiro. Cuanto más lo pensaba, más claro tenía que la persona que no podía permitirse perder era Justin, no Chase Prescott, a quien nunca tuvo ni podría tener.

Chase Prescott era, por así decirlo, como una estrella brillando en el cielo. Un espejismo lejano e inalcanzable. No debía cometer el error de pensar que, por haber tenido la experiencia de verlo de cerca un momento, podía llegar a ser suyo.

En la realidad, quien siempre estuvo a su lado fue Justin. Justin era como un farol que iluminaba sus pies; no era deslumbrante, pero brillaba fielmente a su lado.

Jung-in se sumergió en el estudio del SAT durante todo el día para mantenerse ocupado. Pero con el paso de las horas, su concentración se rompió y su mirada se desviaba constantemente hacia el teléfono. Esperaba un mensaje de Justin, revisando la pantalla una y otra vez. Sin embargo, no hubo respuesta. El tiempo pasaba lento en medio del silencio.

Al atardecer, el regreso de Su-ji trajo algo de calidez a la casa. Jung-in, sintiéndose un poco mejor, comió algo. Dejó el teléfono en su cuarto a propósito, odiando la forma en que no podía dejar de mirar la pantalla. Pero en cuanto volvió a su habitación tras cenar, lo primero que hizo fue tomar el móvil. Al encenderlo, vio una notificación de un mensaje nuevo.

 

Chase Prescott

[¿No fuiste a la escuela hoy?]

[¿Pasó algo?]

[¿Estás enfermo?]

 

No era el mensaje que estaba esperando. La amabilidad de Chase Prescott era como un bien público, algo que se repartía a todo el mundo. Por lo tanto, no debía darle ningún significado especial. El corazón de Chase le pertenecía a Vivian Sinclair. No debió albergar la esperanza de ser alguien especial desde el principio.

Haberse dado cuenta de una verdad tan obvia recién ahora...

Supongo que los humanos somos seres necios que necesitan experimentar las cosas en carne propia para entenderlas.

Jung-in cerró la ventana de chat sin intención de responder.

El sábado tampoco hubo noticias de Justin. Parecía que su decepción era profunda. Jung-in suspiró repetidamente. Si él estuviera en el lugar de Justin, probablemente también le habría dado la espalda.

El miedo a que Justin hubiera cerrado su corazón para siempre le pesaba en el alma.

Se puso a resolver problemas de matemáticas mecánicamente. Terminaba uno y pasaba al siguiente; sus manos no paraban, pero su mente no dejaba de pensar en Justin. Agobiado, se quitó las gafas, las dejó en el escritorio y se recostó sobre él. Se prometió a sí mismo que, si volvía a ser amigo de Justin, nunca volvería a descuidar esa amistad.

En ese momento, escucho la voz de Su-ji desde el primer piso.

“¡Jung-in! Tienes una visita...”.

Jung-in no esperó a escuchar el resto y se levantó de un salto. Con las prisas, pisó las gafas que se le habían caído al suelo. Escucho un chasquido bajo su pie, pero no tenía tiempo para preocuparse por eso. Bajó las escaleras casi gritando el nombre que tanto esperaba.

“¡Justin!”.

Pero la persona que estaba en la entrada no era la que había estado esperando. Incluso con la visión borrosa, reconoció la silueta.

“Ah...”.

El pequeño suspiro que salió de sus labios no fue de alegría ni de alivio, sino más bien de decepción. Las cejas de Chase se contrajeron imperceptiblemente por un momento. Jung-in dijo con voz apagada.

“... Espera un momento. He bajado sin las gafas”.

Los hombros de Jung-in estaban caídos mientras volvía a subir las escaleras. Chase entornó los ojos. Miró hacia donde había estado Jung-in y murmuró para sí mismo.

“... ¿Justin?”.

Estaba claro que la persona a la que Jung-in esperaba no era él. ‘Justin’. No recordaba haber escuchado ese nombre antes.

Al volver a su habitación, Jung-in encontró sus gafas en el suelo, con el puente partido por la mitad.

Una cosa más que he arruinado.

Con una sonrisa amarga y autocrítica, sacó de un cajón las gafas que usaba en la secundaria. Sintió un ligero mareo; parece que su vista había empeorado desde entonces.

Bajó las escaleras sin fuerzas y se enfrentó a Chase en la entrada. El rostro de aquel hombre era, como siempre, tan hermoso que costaba apartar la vista. Pero por dentro, Jung-in era un caos. La emoción, el gusto, el arrepentimiento y el rencor... todo había empezado por este hombre. No podía negar que, de una forma u otra, Chase tenía un significado especial para él.

Chase dio un paso hacia él. Al ver las ojeras bajo sus ojos y sus labios pálidos, frunció el ceño con preocupación.

“¿Estuviste enfermo?”.

Su voz era baja y cautelosa. De forma casi inconsciente, estiró la mano hacia el rostro de Jung-in, como si fuera a acariciarle la mejilla con naturalidad.

Jung-in se sobresaltó y retrocedió un paso. Chase, dándose cuenta de que su gesto había sido excesivo, bajó la mano rápidamente.

Jung-in frunció el ceño, incapaz de ocultar su incomodidad.

No debería actuar así con alguien que no le gusta. ¿Haría lo mismo con Max Schneider? ¿Con Darius Thompson? ¿Con Alex Martinez?

“Siento haber venido así a tu casa. Como no fuiste a la escuela ni respondiste a los mensajes... estaba preocupado”.

“... Me sentía un poco mal”.

Tras ese breve intercambio, siguió un silencio largo y asfixiante. Jung-in preguntó evitando su mirada.

“¿Eso es todo lo que querías?”.

“¿Eh? Ah...”.

Chase pareció recordar su propósito y levantó lo que tenía en la mano. Era el cuaderno de tapas rojas.

“... Ah”.

Jung-in sintió un nudo en la garganta. Ese cuaderno rojo fue el inicio de todo. Y ahora, se convertía en el símbolo del final. Sintió un dolor punzante en el pecho con cada respiración.

Cuando le preguntó cuándo se lo devolvería, Chase le había respondido sonriendo: ‘Cuando dejes de odiarme’. Para cumplir su palabra, Chase debió decidir que ahora era el momento de devolvérselo. Porque ya se había dado cuenta de que, lejos de odiarlo, Jung-in lo quería.

“... Gracias por devolvérmelo”.

Jung-in estiró la mano lentamente y tomó el cuaderno. Irónicamente, en el momento en que el libro volvía a su poder, sintió que perdía algo.

“Y... Jay”.

Jung-in levantó la vista poco a poco. Incluso con las gafas de graduación incorrecta, vio con claridad la expresión de Chase.

En su rostro se mezclaban el arrepentimiento y la incomodidad a partes iguales. Era una expresión demasiado familiar. Jung-in, que lo había observado durante mucho tiempo, sabía perfectamente que esa era la cara que ponía Chase cuando iba a rechazar una confesión.

Había puesto esa misma cara hacía poco, bajo las gradas del estadio mientras Jung-in comía su sándwich a escondidas. Podía adivinar lo que iba a decir a continuación. Chase abrió la boca.

“Jay, eres una persona muy divertida y linda...”.

“Espera”.

Jung-in, sabiendo que después de esas palabras dulces vendría una frase que empezaría con un ‘pero’, lo interrumpió. Tomó aire y guio a Chase hacia fuera para hablar fuera de la entrada. Una vez que se alejaron lo suficiente para que no los oyeran desde dentro, Jung-in habló.

“Sé lo que vas a decir. Lo sé todo, así que está bien”.

“... ¿Eh?”.

“No hace falta que digas nada más”.

“...”.

Chase arqueó las cejas como preguntando a qué se refería. Jung-in continuó con calma.

“No tenía intención de confesarme. Ni la tendré en el futuro. Así que lo que sea que vayas a decir ahora, no es necesario”.

La actitud inesperada de Jung-in dejó a Chase un poco desconcertado. Jung-in pensó que era casi gracioso.

¿Qué esperaba? ¿Que se le colgara del cuello llorando? ¿O que hiciera como Michaela y le diera un beso en la mejilla diciendo ‘Eres el mejor, Chase’?

Chase se quedó sin palabras.

“Gracias por devolverme el libro. Ya puedes irte”.

Jung-in sonrió, fingiendo que no pasaba nada. Hizo todo lo posible por aparentar serenidad. Por dentro, sentía rencor.

No hacía falta venir a rematarme con un rechazo a una confesión que ni siquiera hice.

Chase Prescott era, efectivamente, un heart cracker.

“... Ya veo. Entonces no hablemos de eso. No te ves bien, ¿qué es lo que te duele?”.

Chase intentó cambiar de tema. Pero Jung-in negó con la cabeza con indiferencia. No tenía sentido seguir intercambiando banalidades con él.

“Estoy bien. Creo que solo fue un resfriado, ya se me pasará. Gracias por venir hasta aquí”.

Aquellas palabras eran una despedida definitiva. Ante la expresión decidida de Jung-in, Chase retrocedió lentamente con cara de desgana. Parecía querer decir algo más, pero finalmente dio un paso atrás como aceptando la situación.

“Entra. Pareces enfermo”.

“No. Vete tú primero”.

Chase subió a su coche aún con semblante dubitativo. Jung-in forzó una última sonrisa y agitó la mano.

“Adiós”.

Adiós, Chase Prescott.

Así se despidió Jung-in también en su interior. De la persona que lo había rechazado antes incluso de confesarse.

Chase asintió con preocupación y arrancó el motor.

Su coche se alejó con un rugido potente, y Jung-in se quedó allí parado, inmóvil, hasta que el sonido desapareció por completo. En cuanto el coche salió de su vista, gruesas lágrimas empezaron a caer de su mentón.

“Hic...”.

Con el cuaderno rojo en una mano, vestido aún con el pijama y calzando pantuflas, Jung-in rompió a llorar amargamente allí mismo. El primer desamor dolía mucho más de lo que imaginaba. Como el tiempo pasado con Chase había sido tan dulce, el desamor que vino después resultó ser más amargo.

Sin siquiera pensar en secarse las lágrimas, empezó a caminar sin rumbo. Sus pasos lo llevaron, sin saber cómo, hasta la casa de Justin. Como siempre, la puerta de entrada estaba abierta.

“Hola... abuela”.

La abuela Mei-Ling, sentada en el sofá de la sala, apartó por una vez la vista de la televisión para mirar a Jung-in. Al verlo llorando y con ese aspecto tan descuidado, negó con la cabeza y chasqueó la lengua. Como si finalmente hubiera pasado lo que tenía que pasar, lo señaló con el dedo.

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“Tsk tsk, fuego”.

Jung-in supo de inmediato a qué se refería. Recordó una frase de la protagonista de una telenovela que solían ver juntos.

‘El que juega con fuego, se quema’.

“Yo... no quería que fuera así”.

Respondió con voz temblorosa, intentando justificarse. Pero al final, había jugado con fuego y había terminado quemándose. Esa comprensión lo hizo llorar con más fuerza.

Mientras sollozaba encogiendo los hombros y apretaba el cuaderno rojo, la abuela soltó un gran suspiro y volvió a mirar la televisión.

“Abuela, ¿con quién hablas...?”.

En ese momento, Justin salió de la cocina con un cuenco de aperitivos y vio a Jung-in en medio de la sala. Al ver su aspecto demacrado y sus ojos llenos de lágrimas, Justin abrió los ojos de par en par. El cuenco se le cayó de las manos, esparciendo trozos de galletas crujientes por toda la alfombra.

Justin se acercó a grandes zancadas y envolvió a Jung-in en un abrazo.

“Este idiota...”.

“Justin... yo... en realidad yo...”.

La voz de Jung-in temblaba lastimeramente entre sollozos. Justin le dio unas palmaditas suaves en la espalda.

“Oye... ¿has venido llorando así para avergonzarme delante de todo el barrio? ¿Tanto me extrañabas?”.

Jung-in se secó las lágrimas y levantó la cabeza. Miró a Justin con seriedad.

“Tengo algo que decirte... algo importante”.

Justin supo de inmediato que Jung-in estaba a punto de contarle algo difícil. Presintiendo que iba a estallar una bomba, tragó saliva y respiró hondo para prepararse.

***

El chisporroteo de la leña llenaba el silencio. Los dos estaban sentados frente al fogonero en el patio trasero de Justin, mirando las llamas. El fuego bailaba y junto a Justin rodaba una bolsa vacía de malvaviscos.

“Hijo de p.…”.

Escupió Justin con cara de estar hirviendo de rabia. Aunque, como acababa de comer malvaviscos asados, tenía manchas negras por toda la cara que le quitaban cualquier rastro de amenaza.

‘Hijo de puta’.

Esa fue la primera reacción de Justin tras escuchar toda la historia de Jung-in.

Jung-in se lo había contado todo, sin omitir un solo detalle, desde el cuaderno rojo que acabó en manos de Chase y luego le fue devuelto, hasta el beso en el casillero y el doloroso rechazo de hace un rato.

Justin estaba indignado.

“¿Por qué te besa si no le gustas? Está loco. Y encima es tan rápido para darse cuenta de las cosas...”.

Jung-in volvió a sollozar.

Sentir que alguien comprendía sus sentimientos le daban ganas de llorar de nuevo. Justin, al ver su reacción, se exaltó aún más.

“¿Qué hace el FBI? Deberían arrestar a tipos como Chase Prescott. ¡Ese tío debería estar en la cárcel! ¡O al menos bajo libertad vigilada!”.

Jung-in, secándose las lágrimas con la manga, murmuró.

“Siento no habértelo dicho antes...”.

“Bueno... eso me dolió un poco, pero...”.

Justin lo miró de reojo. Le daba mucha pena verlo tan desanimado. Comprendía que, por muy buenos amigos que fueran, no debía ser fácil confesar que te gusta alguien de tu mismo sexo.

Al pensar en lo mucho que Jung-in debió de sufrir a solas, Justin suspiró profundamente.

Uff... Lo que dicen es verdad: los hongos más bonitos son los más venenosos. Definitivamente, los hombres guapos son dañinos. ¡Deberían declararlos especie tóxica!

Justin se levantó un momento tras estar refunfuñando y regresó enseguida. Con aire decidido, le tendió la mano a Jung-in.

“Jay, dame ese cuaderno”.

Jung-in lo miró extrañado y preguntó.

“¿Vas a quemarlo?”.

“¿Estás loco? ¿Por qué iba a quemar un material tan valioso? Lo conservaremos para que nuestros descendientes puedan encontrarlo. Así la historia recordará qué clase de tipo era Chase Prescott”.

Justin sacó un marcador permanente negro de su bolsillo. Tachó con dos líneas gruesas donde ponía ‘Libro de Secretos’. Luego buscó algo en su teléfono y escribió un nuevo título en caracteres chinos (hanja). Jung-in ladeó la cabeza.

“¿Qué escribiste?”.

“Sal-saeng-bu (Lista de la muerte)”.

Ante la respuesta de Justin, que hablaba con voz solemne como si aquello fuera un Death Note, Jung-in soltó una carcajada a pesar de tener aún lágrimas en las pestañas. Por fin pudo reírse.

“Pondré a Chase Prescott como el número uno de esta lista”.

“... Pero ya no lo llevemos con nosotros”.

Dijo Jung-in.

Justin sonrió ampliamente, de acuerdo con él. El secreto que le oprimía el pecho como una piedra había desaparecido. De alguna manera, sintió que su amistad con Justin se había vuelto aún más estrecha.