8. Siete minutos en el cielo

 


8. Siete minutos en el cielo

 

Jung-in se sentó ante su escritorio, abrió la mochila y comenzó a organizar, uno por uno, sus cuadernos, el estuche y los libros de texto. Sus movimientos eran pausados y meticulosos, pero su mente estaba algo nublada. Mientras cerraba la cremallera de la mochila, su mirada se desvió de repente hacia la cama. Un globo de nieve que reposaba junto a la almohada captó su atención.

Con un suspiro, Jung-in le gruñó al muñeco.

“Tu otro papá está desaparecido”.

Su voz, al soltar ese monólogo, estaba teñida de amargura. Desde aquel día, Chase Prescott se había desvanecido de la vida de Jung-in sin dejar rastro. Como si nunca hubiera existido. No hubo llamadas, ni apareció frente a su casa. A menos que Jung-in lo buscara primero, no había forma de cruzarse con él.

Las últimas palabras que Chase le dijo, su expresión sombría y, además, el secreto que Madison le había revelado... todo aquello revoloteaba en la cabeza de Jung-in, carcomiéndole los nervios. Se sentía tan incómodo como si tuviera una tarea pendiente que no pudo terminar a tiempo.

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Quizás por eso, Jung-in no había podido concentrarse bien en los últimos días. Incluso cuando fue a la tienda de cómics con Justin, quien acababa de regresar de su tour por campus universitarios, perdió el hilo de la conversación varias veces y dijo incoherencias. También rechazó la invitación de Rachel para quedarse a cenar.

Al volver a casa, pasó el tiempo ayudando a su madre a organizar documentos fiscales. Ver a Su-ji tan agradecida ante la proximidad del cierre de la declaración de impuestos a mediados de abril le sirvió de pequeño consuelo. Unas vacaciones de primavera (Spring Break) calculando impuestos: no se podía ser más nerd.

Sin embargo, hoy, al ir a la escuela, podría ver a Chase. Tal vez tendría la oportunidad de escuchar directamente el verdadero significado de lo que él había dicho. Jung-in se quedó mirando el globo de nieve un momento más antes de levantarse y bajar al primer piso.

Como siempre, Su-ji estaba sentada a la mesa de la cocina comiendo un bol de yogur. En el televisor encendido se escuchaba el pronóstico del tiempo.

“Que tengas un buen día, hijo”.

“Tú también, mamá”.

Tras darle un beso en la mejilla a Su-ji, Jung-in salió de casa, se puso los auriculares y montó en su bicicleta. Nunca se había sentido ansioso o emocionado por ir a la escuela, pero el camino, que siempre le resultaba tedioso, hoy se sentía diferente. Sus pies ganaban fuerza por sí solos al pedalear.

Al llegar a la escuela, Jung-in recuperó el aliento lentamente mientras estacionaba la bicicleta. Sin embargo, su corazón ya corría un paso por delante hacia la entrada. Nada más cruzar el umbral, vio a Chase. Sus pies se detuvieron automáticamente.

Chase estaba allí de pie con sus amigos, como de costumbre. Riéndose e intercambiando bromas, se veía exactamente igual que siempre.

“... Vaya, está perfectamente”.

Murmuró Jung-in para sí mismo, apretando los labios.

Se veía realmente bien. Jung-in se sintió como un tonto por haberse preocupado pensando que habría alguna razón de peso para que no pudiera responder ni un mensaje. Reprochándose internamente, sujetó con fuerza la correa de su mochila y caminó hacia su casillero, esforzándose por no cruzar miradas con Chase.

Abrió el casillero, metió sus cosas a toda prisa y cerró la puerta de un golpe; ¡PAM! El sonido, más fuerte de lo esperado, hizo que las miradas de la gente se concentraran en él por un instante antes de dispersarse. Seguramente, entre esas miradas estaba la de Chase Prescott. Podría haber girado la cabeza para comprobarlo, pero no lo hizo. Jung-in pasó de largo velozmente sin dedicarle ni una sola mirada.

Sintió una mirada persistente pegada a su espalda. El color de esa mirada era, probablemente, azul mediterráneo.

***

La luz del sol de la mañana se filtraba por la ventana, dándole un ambiente cálido al aula 213. Jung-in sacó su cuaderno y echó una mirada distraída al salón de clases. La mayoría de los estudiantes estaban sentados en silencio, aún sin poder sacudirse el sueño. Algunos susurraban sobre lo que hicieron en el Spring Break, y otros mataban el tiempo haciendo scroll en sus teléfonos.

(Nota: Scroll: acción de mover contenido de una pantalla hacia arriba o hacia abajo, y a veces de forma lateral, para visualizar partes no visibles inicialmente.)

En ese momento, el profesor jefe, Whitmore, se paró frente al podio y aplaudió suavemente. Era un hombre de unos cuarenta años que enseñaba ciencias y también estaba a cargo del club de teatro.

“Buenos días a todos. ¿Qué tal pasaron el Spring Break?”.

Algunos asintieron con apatía; otros respondieron con una sonrisa. El tiempo de entre clases ocurre una vez a la semana y dura apenas unos 10 minutos para anuncios cortos, pero Whitmore siempre aprovechaba este tiempo con seriedad.

“Seguramente habrán oído hablar del Hospital Infantil Hope Harbor, donde un pabellón fue destruido recientemente por un incendio. Se informó varias veces en las noticias”.

En California, el clima seco de abril aumentaba el riesgo de incendios. Afortunadamente, gracias a una rápida evacuación, no hubo víctimas, pero el pabellón sufrió daños graves y el apoyo de la comunidad local era urgente para su reconstrucción.

“Por eso, el próximo viernes se llevará a cabo un evento especial. Será un partido benéfico organizado por nuestra escuela Wincrest High en conjunto con la comunidad local. Nuestro equipo de fútbol americano Varsity se enfrentará al equipo de Danbury High”.

Varios estudiantes levantaron la cabeza interesados. Danbury High era la escuela rival con la que siempre se enfrentaban incluso en las competiciones estatales. Whitmore continuó enumerando cosas que podrían atraer el interés de los estudiantes: habría carritos de comida populares de la zona y puestos de venta de recuerdos. Sin embargo, el factor que cautivó a las chicas era otro.

“Oh, podremos ver jugar a Chase Prescott. Tengo que ir”.

Se escuchó un susurro desde atrás.

Así, estuviera donde estuviera, Chase Prescott no lo dejaba en paz.

“Es tan guapo. Dicen que es muy raro que un Junior sea capitán”.

Tenían razón. En la mayoría de los departamentos de fútbol de las escuelas secundarias, los equipos se dividen en el equipo representativo (Varsity) y el equipo de preparación inferior (Junior Varsity) basándose en la habilidad, el grado y la experiencia de juego. Chase Prescott y su grupo estaban todos en el Varsity. Entre ellos, Chase y Darius Thompson habían destacado desde que eran Sophomores (estudiantes de segundo año), jugando como miembros del primer equipo.

En aquel entonces, Chase, que era unos 10 cm más bajo que ahora, jugaba como Wide Receiver (receptor abierto o receptor externo) gracias a su excelente velocidad y capacidad de posicionamiento. Y al año siguiente, se convirtió con orgullo en el Quarterback y, además, en el capitán del equipo.

Mientras las chicas discutían con voces ilusionadas qué ropa se pondrían, Whitmore continuó con la explicación.

“La forma de participar es sencilla. Pueden comprar una entrada para el partido o registrarse como voluntarios. Quienes deseen donar pueden hacerlo en el lugar o a través del sitio web de la escuela”.

Tras anunciar los puntos de venta de entradas y el método de compra, el tiempo entre clase terminó y los estudiantes se dispersaron para asistir a sus respectivas clases. Afortunadamente, hoy era un ‘Día B’, por lo que no tendría que encontrarse con Chase. Jung-in entró al aula de Cálculo AP BC con el corazón mucho más ligero. Justin, que ya estaba allí, lo saludó alegremente con la mano. Antes de que Jung-in pudiera sentarse, Justin soltó un comentario con su característico tono sarcástico.

“Jay, ¿oíste lo del partido benéfico?”.

Justin suspiró, cargando su voz de molestia.

“De solo pensar en ver a los del fútbol caminando con los hombros en alto haciéndose los interesantes, me dan ganas de... puaj”.

Hizo el gesto exagerado de vomitar y Jung-in respondió con una sonrisa ambigua.

“Y ni hablar de las porristas, el escándalo que van a armar”.

Justin se estremeció.

Desde que Hailey Simmons le jugó una broma el Día de los Inocentes (April Fools), su resentimiento hacia los ‘populares’ parecía haber crecido.

“¿Y sabes qué? Max Schneider. Como si no le bastara con molestarme en la escuela, ahora va casi todos los días al restaurante de mis padres”.

Los ojos de Jung-in se agrandaron. Él era precisamente quien le había dicho a Max dónde estaba el negocio de Justin.

“... ¿Por qué? ¿Te busca pelea o algo?”.

“Bueno, no es eso, pero ¿no es cuestión de tiempo? Hmph, ese imbécil racista, ignorante y sin clase”.

Es cierto que Max Schneider era un ignorante sin clase que llamaba ‘dumpling’ a Justin (chino-estadounidense) sin entender qué estaba mal en ello. Sin embargo, había una mínima circunstancia atenuante: Max estaba genuinamente obsesionado con los dumplings del restaurante de Justin.

Jung-in no supo qué responder. Antes, se habría reído y le habría seguido la corriente a Justin de forma activa. Pero ahora era diferente. Al haber conocido de cerca a Chase y sus amigos, se dio cuenta de que tenían sus propias historias, grandes y pequeñas, como para simplemente insultarlos sin más.

Por ejemplo, Brian Cole estaba pasando por una fase rebelde debido al divorcio de sus padres, y Darius Thompson vivía con más esfuerzo que nadie, entrenando cada día con el objetivo de conseguir una buena beca universitaria a pesar de su entorno familiar desfavorecido. Madison Wilkes, a quien una vez consideró superficial, no había detenido su pasión por el porrismo a pesar del miedo a las cirugías y la cicatriz en su rodilla; su esfuerzo era mucho más serio de lo que pensaba.

“Testosterona sumada a adrenalina es simplemente un desastre. Los del fútbol son realmente lo peor. ¿No crees?”.

Justin chasqueó la lengua lanzando críticas. Al no recibir respuesta de Jung-in, Justin giró la cabeza para mirarlo y lo llamó.

“¿Jay?”.

“Lo siento. Estaba pensando en otra cosa”.

“Ah, ¿quieres ir al centro comercial luego?”.

“¿Para qué?”.

“Llegó la edición limitada del U.S.S. Enterprise a Block Haven. Yo lo compro, vamos a armarlo a mi casa”.

“Está bien”.

La clase comenzó y el aula volvió al silencio. Jung-in miró su cuaderno intentando concentrarse, pero sus pensamientos estaban en otro lugar. Las últimas palabras de Chase Prescott y su actitud de no haber contactado para nada después le pesaban en el corazón.

Apoyó la barbilla en una mano y golpeó suavemente el cuaderno con la punta del lápiz. El cuaderno estaba lleno de ecuaciones y gráficas, pero frente a sus ojos se desdibujaban unos ojos azules cuyo fondo no podía escudriñar.

“Jay. ¿Jay?”.

La voz de la profesora Amy Williams intervino de repente. Jung-in se sobresaltó y levantó la cabeza. Sintió que todas las miradas estaban puestas en él.

“¿En qué estás pensando tanto? Aquí, dinos, Jay, ¿cuál es el siguiente paso que debemos realizar?”.

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Ante la pregunta de la profesora, la mente de Jung-in se quedó en blanco. En la pizarra había un cálculo de integración complejo y su resultado. La pregunta no era tan difícil, pero Jung-in ni siquiera había leído el problema.

“Eh... mmm...”.

Jung-in se mordió el labio con fuerza, esforzándose por dar alguna respuesta. Amy Williams le lanzó una pista amable.

“El valor que obtuvimos es un punto crítico, ¿verdad? Entonces, ¿qué deberíamos comprobar a continuación?”.

En medio del silencio circundante, el corazón de Jung-in latía cada vez más rápido. Justin lo miraba con una expresión extraña. Era una pregunta que el Jung-in de siempre no tendría problemas en responder.

“Diferenciar... no, ah... ¿deberíamos mirar la pendiente de la gráfica?”.

Ante la respuesta insegura de Jung-in, se escucharon risitas desde el fondo de la clase. Jung-in sintió que se le revolvía el estómago por la vergüenza.

“... Después de encontrar los puntos críticos, tendríamos que verificar si este valor es un máximo o un mínimo”.

Amy Williams lo corrigió con voz suave y calmada.

No tenía intención de avergonzarlo, pero la cara de Jung-in ya estaba roja como un tomate. Bajó la cabeza y fijó la vista en su cuaderno. Apretó la mano con tanta fuerza que la punta del lápiz se hundió en el papel.

Concéntrate. No puedes seguir así.

Se reprendió a sí mismo intentando recuperar la compostura. Pero en su cabeza seguían flotando pensamientos desordenados que no tenían nada que ver con la clase.

Al terminar la sesión, los chicos salieron en tropel. Jung-in también recogió sus cosas y se levantó en silencio. En ese momento, Amy Williams, que estaba organizando el material didáctico, lo llamó.

“Jay, ¿puedes quedarte un momento?”.

Jung-in vaciló pero se quedó. Justin, al ver la expresión seria de Amy y adivinar lo que pasaría, lo miró con cara de preocupación, lo saludó con la mano y salió primero. Amy Williams enseñaba matemáticas avanzadas y también era la profesora encargada de la Mathlete Society.

“Jay, les pedí que subieran las soluciones de los problemas de práctica para la competencia, pero las tuyas son las únicas que aún no aparecen”.

Jung-in puso cara de desconcierto y preguntó.

“¿Perdón?”.

“Jay. Ni siquiera revisaste los anuncios, ¿verdad?”.

“... No”.

En la Mathlete Society usaban una aplicación de mensajería llamada WhatsApp para comunicar anuncios en tiempo real y compartir archivos. Jung-in no había abierto la aplicación en varios días. Como la función de confirmación de lectura existía, no servía de nada mentir. Amy lo miró con ojos preocupados.

“Jay, ¿estás bien? Parece que hay algo que te tiene distraído últimamente”.

“... Lo siento. Lo haré y lo subiré de inmediato”.

“Hace un momento también estabas en las nubes. Por eso no pudiste responder una pregunta sencilla. Esto... realmente no se parece a ti”.

Esas palabras fueron como un fuerte golpe en el pecho de Jung-in. Pero tenía que admitir que ella tenía razón. Había perdido la concentración y se había vuelto descuidado. No hacer una tarea era algo que, en el mundo de Jung-in, no podía ocurrir a menos que estuviera muriéndose.

Con la competencia de matemáticas a la vuelta de la esquina, no podía permitirse que su concentración se dispersara así. Y menos por culpa de un tipo que no tenía nada que ver con él. Jung-in se mordió los labios con fuerza, dándose ánimos. El año de junior ya estaba llegando a su fin. Después de las vacaciones de verano, al ser Senior, tendría que preparar las solicitudes de admisión temprana. Todas las decisiones que determinarían su ingreso a la universidad estaban a la vista. No tenía el lujo de flaquear en un momento como este.

Trató de serenarse y se dirigió a la siguiente clase. De un aula a otra, y luego a otra más. Se sentía como si estuviera subiendo una escalera interminable cargando una piedra pesada. Cuando terminaron todas las clases, Jung-in estaba exhausto. Movió sus pesados pies hacia donde estaba estacionada su bicicleta.

En ese momento, su bolsillo vibró. Sacó el teléfono por inercia. Al encender la pantalla, un nombre familiar saltó a la vista.

 

Chase Prescott

[Tengo algo importante que decirte.

Ven al vestidor donde estuviste la otra vez.]

 

¿Qué querría decirle? ¿Por qué al vestidor y no a otro lugar? Jung-in sintió que todo tipo de pensamientos complejos llenaban su cabeza mientras miraba la pantalla del teléfono durante un buen rato.

¿Crees que voy a ir? Qué descarado, después de ignorarme así, me manda un mensaje como si nada.

Soltó una risita burlona e iba a guardar el teléfono, pero volvió a encender la pantalla y miró el mensaje. ¿Debería ir? ¿O no? La duda no duró mucho. Jung-in exhaló lentamente y guardó el teléfono en el bolsillo. Luego, giró sus pasos. Su instinto ya había decidido hacia dónde se dirigía.

El pasillo del gimnasio estaba extrañamente silencioso hoy. Finalmente, frente a la puerta del vestidor, Jung-in respiró hondo y abrió la puerta.

¡PUM! Un petardo estalló y confeti de colores revoloteó por el aire como si estuviera bailando.

“¡Ah!”.

Jung-in gritó del susto y se tambaleó.

Perdió el equilibrio y su cuerpo se fue hacia atrás. Todo lo que veía parecía moverse en cámara lenta. Pero, contrariamente a su expectativa de caer al suelo, algo suave pero firme lo sostuvo. Era demasiado cálido para ser una pared. Con el cuerpo inclinado como una pieza de dominó a medio caer, Jung-in echó la cabeza hacia atrás lentamente. El rostro de Chase Prescott, mirándolo con una sonrisa, estaba justo encima.

Solo entonces sintió que las manos de Chase sujetaban con firmeza sus brazos.

“Ves, Schneider. Te dije que no usáramos petardos”

Dijo con una voz teñida de risa hacia Max Schneider, sin soltar todavía los brazos de Jung-in.

Avergonzado por la reacción más violenta de lo esperado de Jung-in, Max Schneider se rascó la nuca.

“No, solo quería animar un poco el ambiente...”.

Jung-in solo pudo encontrar la calma para mirar a su alrededor después de unos segundos más. En el animado vestidor estaban los jugadores de tercer año del equipo Varsity y algunas porristas. Todos seguían con sus uniformes puestos.

“E-esto qué es... por qué me...”.

La voz de Jung-in tembló ligeramente. Instintivamente adoptó una postura defensiva, encogiendo los hombros. Es que nunca le había ido bien cuando se encontraba rodeado por tanta gente así.

Aquí, en esta escuela pública de un barrio acomodado, un estudiante de una minoría étnica como él era alguien que llamaba la atención. A menudo se convertía en blanco de burlas, y el instinto de supervivencia creado por esas experiencias lo hacía ponerse a la defensiva en cuanto la situación se desviaba un poco.

Chase, pareciendo notar que la tensión de Jung-in era inusual, inclinó la cabeza para mirar el rostro de Jung-in. Su voz resonó baja justo al lado de su oído.

“Jay, ¿estás bien?”.

Jung-in dudó un momento y luego asintió. Solo entonces Chase soltó sus brazos con cuidado. Parecía que aún quedaba un extraño calor donde sus manos lo habían tocado.

En ese momento, Darius Thompson, que estaba hurgando en su mochila en un rincón del vestidor, se acercó a Jung-in con algo en la mano. Él, alto y de complexión robusta como buen atleta, dijo con una sonrisa de niño.

“Gracias, profesor”.

Lo que le entregó fue un examen lleno de marcas de dobleces. Jung-in miró el papel. Junto al nombre de Darius, escrito con una caligrafía infantil, se veía claramente una nota en rojo: [B-]. Los ojos de Jung-in brillaron.

“¿Eh? ¿Es en serio?”.

Thompson sacó nada menos que una B- en el examen de matemáticas. Dice que es la primera vez en su vida que saca una nota así. Si seguía este ritmo, una C final sería totalmente posible. Que Thompson pudiera permanecer en el equipo era algo bueno no solo para él, sino para todos los que querían jugar como profesionales en la universidad, ya que si los ojeadores (scouts) venían por los jugadores estrella, ellos también tendrían más probabilidades de destacar.

Y para Jung-in, también era una buena noticia. Significaba que se aseguraba la carta de recomendación escrita por el director. Jung-in sonrió con orgullo y le devolvió el examen. Los momentos de tensión desaparecieron en un instante y el ambiente incómodo se volvía cada vez más ameno.

Entre las porristas que reían y charlaban con los jugadores, Jung-in buscó primero con la vista si estaba Vivian. No se la veía por ningún lado, tal vez por no participar en reuniones tan triviales. Pero, sorprendentemente, allí estaba Madison, quien siempre orbitaba alrededor de Vivian como un llavero.

Madison, al descubrir a Jung-in, pareció recordar su encuentro anterior y lo saludó con la mano, con el rostro algo avergonzado.

“Hola, Jay”.

“Madison”.

Los dos intercambiaron una conversación silenciosa con la mirada.

‘¿Ya estás bien?’.

‘Sí’.

Chase, que estaba al lado, entrecerró un poco los ojos y preguntó.

“¿Ustedes dos se conocen?”.

“Hay una historia”.

Madison simplemente se encogió de hombros con una pequeña sonrisa, sin dar más explicaciones. Ante sus palabras, que sonaban como si tuvieran un secreto propio, Chase frunció el ceño. No pudo ocultar su desagrado.

“Por cierto, ¿qué hacen todos aquí?”.

“Hoy fue el primer entrenamiento, así que solo terminamos después de un calentamiento. Por eso vinimos a celebrar lo de Thompson”.

Jung-in volvió a mirar alrededor del vestidor y arqueó una ceja.

“¿Aquí?”.

“Si el entrenador nos pilla, nos regaña”.

Como si esto fuera algo muy frecuente y familiar, se veían de lo más naturales. Uno vigilaba y otro fue a recoger la comida que habían pedido. En el vestidor abarrotado de porristas y jugadores de fútbol, la tensión entre chicos y chicas era palpable. Por supuesto, Brian Cole ya estaba acurrucado y bromeando con su novia, Ava.

Jung-in sentía que se iba a asfixiar con tanto exceso de hormonas. ¿Acaso los adolescentes no eran hormonas andantes? Aunque él mismo probablemente no fuera muy diferente.

Max Schneider empezó a fabricar una bebida de origen desconocido justo cuando la comida se estaba acabando. Vertió todo tipo de refrescos en un gran cubo y también echó la Coca-Cola que estaba bebiendo. La expresión de Jung-in se contrajo. Al ver a Max usar un vaso de plástico rojo como cucharón para servir la bebida del cubo, juró que preferiría beber lejía antes que tocar eso.

“¡Juguemos a algo!”.

Jung-in solo conocía juegos de computadora o de mesa, pero estaba claro que ellos no jugarían a nada de eso. Como era de esperar, los juegos que se les ocurren a chicos jóvenes que solo piensan en estar en el mismo espacio que las chicas son siempre los mismos. Lo que decidieron jugar fue ‘Siete minutos en el cielo’ (7 Minutes in Heaven).

Es un juego simple donde los participantes se sientan en círculo, giran una botella dos veces en el centro, y las dos personas a las que apunte la botella deben entrar en un espacio privado, como un armario, y pasar 7 minutos allí. Si alguien no quiere entrar, puede beber un trago de castigo y girar la botella de nuevo.

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Decidieron que el ‘Cielo’ sería un casillero vacío. Los casilleros del equipo de fútbol eran el doble de amplios que los normales porque tenían que guardar mucho equipo. Las copas de la bebida que Max Schneider preparó con tanto esmero fueron disminuyendo una a una. Las porristas entraban al casillero sin problemas si les tocaba con otra chica, pero los jugadores sentían repulsión si les tocaba con otro chico y bebían el trago de castigo.

Cuando a Chase Prescott le tocó con Alex Martínez, se miraron con horror y compitieron por agarrar el vaso, bebiéndoselo de un trago. La risa estalló entre la gente. Madison, que acababa de salir del casillero con una compañera porrista, giró la botella para elegir a la siguiente víctima. La boca de la botella giró rápidamente y se detuvo apuntando exactamente a Jung-in.

“Ugh...”.

Los jugadores y porristas que lo rodeaban lo miraron con rostros llenos de picardía.

“¡Gírala rápido! ¡Tienes que elegir pareja!”.

“¡Sí, Jay! ¡Es tu turno!”.

Jung-in tomó la botella de mala gana. La puso de lado en el suelo y la giró con fuerza usando el juego de su muñeca. La punta de la botella, que giraba y giraba, pasó de largo a Madison, rozó a Brian Cole, revoloteó sobre Darius Thompson y finalmente pasó también a Max Schneider. La punta de la botella, que iba perdiendo velocidad, se detuvo apuntando a...

“¡Pres! ¡Te tocó otra vez!”.

Era Chase Prescott. Max Schneider fue el primero en agitar hacia Jung-in el vaso con la bebida que había preparado.

“¿Quieres ir al cielo o al infierno?”.

Jung-in, que quería evitar a toda costa el infierno de beber lo que Max había hecho, frunció el ceño con angustia.

“No quiero beber eso...”.

Al ver que Jung-in murmuraba mostrando su negativa, Schneider gritó como si lo estuviera esperando.

“¡Adjudicado el cielo! ¡Muy bien, Pres, ahora es tu turno!”.

Todas las miradas se dirigieron a Chase.

“Pres, ¿qué vas a hacer?”.

Max apresuró la respuesta. Todos daban por hecho que él bebería el trago de castigo como antes.

Sin embargo, contra todo pronóstico, Chase se levantó lentamente. Mientras todos contenían el aliento observando, él se encogió de hombros y respondió con ligereza.

“Bueno, las reglas son las reglas”.

Le hizo un gesto a Jung-in para que se levantara con naturalidad. Jung-in se quedó helado, intentando entender qué significaba su propuesta. Pero con los vítores que estallaban a su alrededor, no tuvo tiempo para pensar en nada más.

Jung-in preguntó aturdido.

“¿A-ah, no vas a beber?”.

“Yo tampoco quiero beber más. Sabía fatal”.

A Jung-in se le abrió la boca involuntariamente, esperaba que Chase rechazara ir al cielo. No era el único sorprendido por la situación inesperada, varios de los presentes también murmuraron por lo bajo.

“¿E-en serio?”.

Jung-in miró a Chase como pidiendo auxilio. Era una mirada que preguntaba si no podía beber por él. Pero Chase dijo con total naturalidad, como si no hubiera otra opción.

“Está bien. 7 minutos pasan volando”.

No fue ningún consuelo. Las miradas de los jugadores y las porristas seguían fijas en ellos, y en el ambiente flotaba una mezcla de risas burlonas y expectación. Al juzgar que resistirse más era inútil, Jung-in soltó un pequeño suspiro y se levantó. Caminó lentamente hacia el casillero abierto y entró.

Acto seguido, Chase metió su gran cuerpo. Se oyó el sonido de su hombro rozando el marco de la puerta, y Jung-in se movió instintivamente hacia un lado para hacerle sitio.

“¡Cierro la puerta!”.

Advirtió Max Schneider amablemente mientras la cerraba.

El espacio era tan estrecho que sus rodillas se enredaban. Jung-in sintió que las yemas de sus dedos se ponían rígidas por los nervios. Se dio cuenta de nuevo de lo grande que era la complexión de Chase. En el espacio angosto, sus cuerpos estaban casi pegados, y Jung-in torció el torso hacia un lado, adoptando una postura que evitara el contacto al máximo.

“Ap-apártate un poco”.

“¿Qué?”.

“Es incómodo”.

“No seas así y simplemente agárrame de la cintura”.

Sin remedio, Jung-in tuvo que aferrarse a la cintura de Chase como si lo abrazara. Chase, con una mano apoyada sobre la cabeza de Jung-in, lo miraba con expresión relajada mientras Jung-in no sabía qué hacer consigo mismo. En ese momento, alguien desde fuera golpeó el casillero ruidosamente.

¡pam, pam, pam!

“¡Empezamos la cuenta de 7 minutos! ¡Ya!”.

Se escuchaban las voces de los que estaban fuera charlando y riendo, ajenos a los que estaban encerrados. Pero dentro del casillero, nadie hablaba. Cada vez que el aliento de Chase lo rozaba, las gafas se le empañaban, nublando la visión de Jung-in.

“Para. Se me empañan las gafas”.

“¿Parar qué? ¿Que deje de respirar?”.

Susurró Chase con voz divertida.

“Mejor quítatelas tú”.

Pensando que eso sería mejor, Jung-in se quitó las gafas y las enganchó en el bolsillo de su camisa. De inmediato, sintió una mirada intensa recorriendo su rostro descubierto.

“Esas gafas son... increíbles cada vez que las veo”.

“Me las compró mi madre cuando entré a la secundaria”.

“... Con razón son tan bonitas”.

“Pff...”.

Jung-in soltó una carcajada y Chase se quedó mirando fijamente su rostro. Al sentirse en una atmósfera algo incómoda, Jung-in sintió que debía decir algo.

“¿T-tú has jugado mucho a esto?”.

“Bueno, lo normal”.

“¿Qué se suele hacer cuando te encierran así?”.

“Besarse”.

Ante la respuesta simple y directa de Chase, Jung-in parpadeó tres o cuatro veces rápidamente, desconcertado. Sus grandes y negros ojos se humedecieron ligeramente. La reacción exagerada de Jung-in ante la simple mención de la palabra ‘beso’ despertó el sentido de la travesura en los ojos azules de Chase.

Inclinó la cabeza ligeramente y susurró con voz baja al oído de Jung-in.

“Así”.

Chase bajó el rostro lentamente. Su movimiento fue intencionadamente pausado, y Jung-in, como si estuviera hipnotizado, no pudo hacer más que observar cómo se acercaba sin poder moverse. Como una mariposa posándose en una flor, algo cálido, suave y blando descendió sobre los labios de Jung-in.

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Sintió que se le cortaba la respiración. No, se le cortó. Parecía que el corazón le latía justo al lado del oído. Las pestañas de Jung-in temblaron como si tuvieran espasmos. En la visión de Jung-in, que ni siquiera podía parpadear con los ojos muy abiertos, vio los ojos de Chase suavemente cerrados. Sus pestañas castañas con tintes dorados eran largas y espesas.

Sin ninguna fricción, el contacto que simplemente presionaba los labios se separó. Se oyó un pequeñísimo sonido, un chuic. Fue ligero y corto, pero fue un beso innegable. Chase alejó el rostro y abrió los ojos lentamente, y sus miradas se cruzaron.

Fue entonces cuando la expresión relajada y burlona de Chase comenzó a cambiar. En su rostro, en lugar de las ganas de bromear, se instaló una expresión extraña, como si acabara de darse cuenta de algo que no esperaba.

En ese instante, Jung-in pudo saberlo de inmediato.

Que sus sentimientos ocultos habían sido finalmente descubiertos.

 

 

 

<Continúa en el siguiente volumen>