8. Siete minutos en el cielo
8.
Siete minutos en el cielo
Jung-in
se sentó ante su escritorio, abrió la mochila y comenzó a organizar, uno por
uno, sus cuadernos, el estuche y los libros de texto. Sus movimientos eran
pausados y meticulosos, pero su mente estaba algo nublada. Mientras cerraba la
cremallera de la mochila, su mirada se desvió de repente hacia la cama. Un
globo de nieve que reposaba junto a la almohada captó su atención.
Con
un suspiro, Jung-in le gruñó al muñeco.
“Tu
otro papá está desaparecido”.
Su
voz, al soltar ese monólogo, estaba teñida de amargura. Desde aquel día, Chase
Prescott se había desvanecido de la vida de Jung-in sin dejar rastro. Como si
nunca hubiera existido. No hubo llamadas, ni apareció frente a su casa. A menos
que Jung-in lo buscara primero, no había forma de cruzarse con él.
Las
últimas palabras que Chase le dijo, su expresión sombría y, además, el secreto
que Madison le había revelado... todo aquello revoloteaba en la cabeza de
Jung-in, carcomiéndole los nervios. Se sentía tan incómodo como si tuviera una
tarea pendiente que no pudo terminar a tiempo.
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Quizás
por eso, Jung-in no había podido concentrarse bien en los últimos días. Incluso
cuando fue a la tienda de cómics con Justin, quien acababa de regresar de su
tour por campus universitarios, perdió el hilo de la conversación varias veces
y dijo incoherencias. También rechazó la invitación de Rachel para quedarse a
cenar.
Al
volver a casa, pasó el tiempo ayudando a su madre a organizar documentos
fiscales. Ver a Su-ji tan agradecida ante la proximidad del cierre de la
declaración de impuestos a mediados de abril le sirvió de pequeño consuelo.
Unas vacaciones de primavera (Spring Break) calculando impuestos: no se podía
ser más nerd.
Sin
embargo, hoy, al ir a la escuela, podría ver a Chase. Tal vez tendría la
oportunidad de escuchar directamente el verdadero significado de lo que él
había dicho. Jung-in se quedó mirando el globo de nieve un momento más antes de
levantarse y bajar al primer piso.
Como
siempre, Su-ji estaba sentada a la mesa de la cocina comiendo un bol de yogur.
En el televisor encendido se escuchaba el pronóstico del tiempo.
“Que
tengas un buen día, hijo”.
“Tú
también, mamá”.
Tras
darle un beso en la mejilla a Su-ji, Jung-in salió de casa, se puso los
auriculares y montó en su bicicleta. Nunca se había sentido ansioso o
emocionado por ir a la escuela, pero el camino, que siempre le resultaba
tedioso, hoy se sentía diferente. Sus pies ganaban fuerza por sí solos al
pedalear.
Al
llegar a la escuela, Jung-in recuperó el aliento lentamente mientras
estacionaba la bicicleta. Sin embargo, su corazón ya corría un paso por delante
hacia la entrada. Nada más cruzar el umbral, vio a Chase. Sus pies se
detuvieron automáticamente.
Chase
estaba allí de pie con sus amigos, como de costumbre. Riéndose e intercambiando
bromas, se veía exactamente igual que siempre.
“...
Vaya, está perfectamente”.
Murmuró
Jung-in para sí mismo, apretando los labios.
Se
veía realmente bien. Jung-in se sintió como un tonto por haberse preocupado
pensando que habría alguna razón de peso para que no pudiera responder ni un
mensaje. Reprochándose internamente, sujetó con fuerza la correa de su mochila
y caminó hacia su casillero, esforzándose por no cruzar miradas con Chase.
Abrió
el casillero, metió sus cosas a toda prisa y cerró la puerta de un golpe; ¡PAM!
El sonido, más fuerte de lo esperado, hizo que las miradas de la gente se
concentraran en él por un instante antes de dispersarse. Seguramente, entre
esas miradas estaba la de Chase Prescott. Podría haber girado la cabeza para
comprobarlo, pero no lo hizo. Jung-in pasó de largo velozmente sin dedicarle ni
una sola mirada.
Sintió
una mirada persistente pegada a su espalda. El color de esa mirada era,
probablemente, azul mediterráneo.
***
La
luz del sol de la mañana se filtraba por la ventana, dándole un ambiente cálido
al aula 213. Jung-in sacó su cuaderno y echó una mirada distraída al salón de
clases. La mayoría de los estudiantes estaban sentados en silencio, aún sin
poder sacudirse el sueño. Algunos susurraban sobre lo que hicieron en el Spring
Break, y otros mataban el tiempo haciendo scroll en sus teléfonos.
(Nota:
Scroll: acción de mover contenido de una pantalla hacia arriba o hacia abajo, y
a veces de forma lateral, para visualizar partes no visibles inicialmente.)
En
ese momento, el profesor jefe, Whitmore, se paró frente al podio y aplaudió
suavemente. Era un hombre de unos cuarenta años que enseñaba ciencias y también
estaba a cargo del club de teatro.
“Buenos
días a todos. ¿Qué tal pasaron el Spring Break?”.
Algunos
asintieron con apatía; otros respondieron con una sonrisa. El tiempo de entre clases
ocurre una vez a la semana y dura apenas unos 10 minutos para anuncios cortos,
pero Whitmore siempre aprovechaba este tiempo con seriedad.
“Seguramente
habrán oído hablar del Hospital Infantil Hope Harbor, donde un pabellón fue
destruido recientemente por un incendio. Se informó varias veces en las
noticias”.
En
California, el clima seco de abril aumentaba el riesgo de incendios.
Afortunadamente, gracias a una rápida evacuación, no hubo víctimas, pero el
pabellón sufrió daños graves y el apoyo de la comunidad local era urgente para
su reconstrucción.
“Por
eso, el próximo viernes se llevará a cabo un evento especial. Será un partido
benéfico organizado por nuestra escuela Wincrest High en conjunto con la
comunidad local. Nuestro equipo de fútbol americano Varsity se enfrentará al
equipo de Danbury High”.
Varios
estudiantes levantaron la cabeza interesados. Danbury High era la escuela rival
con la que siempre se enfrentaban incluso en las competiciones estatales.
Whitmore continuó enumerando cosas que podrían atraer el interés de los
estudiantes: habría carritos de comida populares de la zona y puestos de venta
de recuerdos. Sin embargo, el factor que cautivó a las chicas era otro.
“Oh,
podremos ver jugar a Chase Prescott. Tengo que ir”.
Se
escuchó un susurro desde atrás.
Así,
estuviera donde estuviera, Chase Prescott no lo dejaba en paz.
“Es
tan guapo. Dicen que es muy raro que un Junior sea capitán”.
Tenían
razón. En la mayoría de los departamentos de fútbol de las escuelas
secundarias, los equipos se dividen en el equipo representativo (Varsity) y el
equipo de preparación inferior (Junior Varsity) basándose en la habilidad, el
grado y la experiencia de juego. Chase Prescott y su grupo estaban todos en el
Varsity. Entre ellos, Chase y Darius Thompson habían destacado desde que eran
Sophomores (estudiantes de segundo año), jugando como miembros del primer
equipo.
En
aquel entonces, Chase, que era unos 10 cm más bajo que ahora, jugaba como Wide
Receiver (receptor abierto o receptor externo) gracias a su excelente velocidad
y capacidad de posicionamiento. Y al año siguiente, se convirtió con orgullo en
el Quarterback y, además, en el capitán del equipo.
Mientras
las chicas discutían con voces ilusionadas qué ropa se pondrían, Whitmore
continuó con la explicación.
“La
forma de participar es sencilla. Pueden comprar una entrada para el partido o
registrarse como voluntarios. Quienes deseen donar pueden hacerlo en el lugar o
a través del sitio web de la escuela”.
Tras
anunciar los puntos de venta de entradas y el método de compra, el tiempo entre
clase terminó y los estudiantes se dispersaron para asistir a sus respectivas
clases. Afortunadamente, hoy era un ‘Día B’, por lo que no tendría que
encontrarse con Chase. Jung-in entró al aula de Cálculo AP BC con el corazón
mucho más ligero. Justin, que ya estaba allí, lo saludó alegremente con la
mano. Antes de que Jung-in pudiera sentarse, Justin soltó un comentario con su
característico tono sarcástico.
“Jay,
¿oíste lo del partido benéfico?”.
Justin
suspiró, cargando su voz de molestia.
“De
solo pensar en ver a los del fútbol caminando con los hombros en alto
haciéndose los interesantes, me dan ganas de... puaj”.
Hizo
el gesto exagerado de vomitar y Jung-in respondió con una sonrisa ambigua.
“Y
ni hablar de las porristas, el escándalo que van a armar”.
Justin
se estremeció.
Desde
que Hailey Simmons le jugó una broma el Día de los Inocentes (April Fools), su
resentimiento hacia los ‘populares’ parecía haber crecido.
“¿Y
sabes qué? Max Schneider. Como si no le bastara con molestarme en la escuela,
ahora va casi todos los días al restaurante de mis padres”.
Los
ojos de Jung-in se agrandaron. Él era precisamente quien le había dicho a Max
dónde estaba el negocio de Justin.
“...
¿Por qué? ¿Te busca pelea o algo?”.
“Bueno,
no es eso, pero ¿no es cuestión de tiempo? Hmph, ese imbécil racista, ignorante
y sin clase”.
Es
cierto que Max Schneider era un ignorante sin clase que llamaba ‘dumpling’ a
Justin (chino-estadounidense) sin entender qué estaba mal en ello. Sin embargo,
había una mínima circunstancia atenuante: Max estaba genuinamente obsesionado
con los dumplings del restaurante de Justin.
Jung-in
no supo qué responder. Antes, se habría reído y le habría seguido la corriente
a Justin de forma activa. Pero ahora era diferente. Al haber conocido de cerca
a Chase y sus amigos, se dio cuenta de que tenían sus propias historias,
grandes y pequeñas, como para simplemente insultarlos sin más.
Por
ejemplo, Brian Cole estaba pasando por una fase rebelde debido al divorcio de
sus padres, y Darius Thompson vivía con más esfuerzo que nadie, entrenando cada
día con el objetivo de conseguir una buena beca universitaria a pesar de su
entorno familiar desfavorecido. Madison Wilkes, a quien una vez consideró
superficial, no había detenido su pasión por el porrismo a pesar del miedo a
las cirugías y la cicatriz en su rodilla; su esfuerzo era mucho más serio de lo
que pensaba.
“Testosterona
sumada a adrenalina es simplemente un desastre. Los del fútbol son realmente lo
peor. ¿No crees?”.
Justin
chasqueó la lengua lanzando críticas. Al no recibir respuesta de Jung-in,
Justin giró la cabeza para mirarlo y lo llamó.
“¿Jay?”.
“Lo
siento. Estaba pensando en otra cosa”.
“Ah,
¿quieres ir al centro comercial luego?”.
“¿Para
qué?”.
“Llegó
la edición limitada del U.S.S. Enterprise a Block Haven. Yo lo compro, vamos a armarlo
a mi casa”.
“Está
bien”.
La
clase comenzó y el aula volvió al silencio. Jung-in miró su cuaderno intentando
concentrarse, pero sus pensamientos estaban en otro lugar. Las últimas palabras
de Chase Prescott y su actitud de no haber contactado para nada después le
pesaban en el corazón.
Apoyó
la barbilla en una mano y golpeó suavemente el cuaderno con la punta del lápiz.
El cuaderno estaba lleno de ecuaciones y gráficas, pero frente a sus ojos se
desdibujaban unos ojos azules cuyo fondo no podía escudriñar.
“Jay.
¿Jay?”.
La
voz de la profesora Amy Williams intervino de repente. Jung-in se sobresaltó y
levantó la cabeza. Sintió que todas las miradas estaban puestas en él.
“¿En
qué estás pensando tanto? Aquí, dinos, Jay, ¿cuál es el siguiente paso que debemos
realizar?”.
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Ante
la pregunta de la profesora, la mente de Jung-in se quedó en blanco. En la
pizarra había un cálculo de integración complejo y su resultado. La pregunta no
era tan difícil, pero Jung-in ni siquiera había leído el problema.
“Eh...
mmm...”.
Jung-in
se mordió el labio con fuerza, esforzándose por dar alguna respuesta. Amy
Williams le lanzó una pista amable.
“El
valor que obtuvimos es un punto crítico, ¿verdad? Entonces, ¿qué deberíamos
comprobar a continuación?”.
En
medio del silencio circundante, el corazón de Jung-in latía cada vez más
rápido. Justin lo miraba con una expresión extraña. Era una pregunta que el
Jung-in de siempre no tendría problemas en responder.
“Diferenciar...
no, ah... ¿deberíamos mirar la pendiente de la gráfica?”.
Ante
la respuesta insegura de Jung-in, se escucharon risitas desde el fondo de la
clase. Jung-in sintió que se le revolvía el estómago por la vergüenza.
“...
Después de encontrar los puntos críticos, tendríamos que verificar si este
valor es un máximo o un mínimo”.
Amy
Williams lo corrigió con voz suave y calmada.
No
tenía intención de avergonzarlo, pero la cara de Jung-in ya estaba roja como un
tomate. Bajó la cabeza y fijó la vista en su cuaderno. Apretó la mano con tanta
fuerza que la punta del lápiz se hundió en el papel.
Concéntrate.
No puedes seguir así.
Se
reprendió a sí mismo intentando recuperar la compostura. Pero en su cabeza
seguían flotando pensamientos desordenados que no tenían nada que ver con la
clase.
Al
terminar la sesión, los chicos salieron en tropel. Jung-in también recogió sus
cosas y se levantó en silencio. En ese momento, Amy Williams, que estaba
organizando el material didáctico, lo llamó.
“Jay,
¿puedes quedarte un momento?”.
Jung-in
vaciló pero se quedó. Justin, al ver la expresión seria de Amy y adivinar lo
que pasaría, lo miró con cara de preocupación, lo saludó con la mano y salió
primero. Amy Williams enseñaba matemáticas avanzadas y también era la profesora
encargada de la Mathlete Society.
“Jay,
les pedí que subieran las soluciones de los problemas de práctica para la
competencia, pero las tuyas son las únicas que aún no aparecen”.
Jung-in
puso cara de desconcierto y preguntó.
“¿Perdón?”.
“Jay.
Ni siquiera revisaste los anuncios, ¿verdad?”.
“...
No”.
En
la Mathlete Society usaban una aplicación de mensajería llamada WhatsApp para
comunicar anuncios en tiempo real y compartir archivos. Jung-in no había
abierto la aplicación en varios días. Como la función de confirmación de
lectura existía, no servía de nada mentir. Amy lo miró con ojos preocupados.
“Jay,
¿estás bien? Parece que hay algo que te tiene distraído últimamente”.
“...
Lo siento. Lo haré y lo subiré de inmediato”.
“Hace
un momento también estabas en las nubes. Por eso no pudiste responder una
pregunta sencilla. Esto... realmente no se parece a ti”.
Esas
palabras fueron como un fuerte golpe en el pecho de Jung-in. Pero tenía que
admitir que ella tenía razón. Había perdido la concentración y se había vuelto
descuidado. No hacer una tarea era algo que, en el mundo de Jung-in, no podía
ocurrir a menos que estuviera muriéndose.
Con
la competencia de matemáticas a la vuelta de la esquina, no podía permitirse
que su concentración se dispersara así. Y menos por culpa de un tipo que no
tenía nada que ver con él. Jung-in se mordió los labios con fuerza, dándose
ánimos. El año de junior ya estaba llegando a su fin. Después de las vacaciones
de verano, al ser Senior, tendría que preparar las solicitudes de admisión
temprana. Todas las decisiones que determinarían su ingreso a la universidad
estaban a la vista. No tenía el lujo de flaquear en un momento como este.
Trató
de serenarse y se dirigió a la siguiente clase. De un aula a otra, y luego a
otra más. Se sentía como si estuviera subiendo una escalera interminable
cargando una piedra pesada. Cuando terminaron todas las clases, Jung-in estaba
exhausto. Movió sus pesados pies hacia donde estaba estacionada su bicicleta.
En
ese momento, su bolsillo vibró. Sacó el teléfono por inercia. Al encender la
pantalla, un nombre familiar saltó a la vista.
Chase
Prescott
[Tengo
algo importante que decirte.
Ven
al vestidor donde estuviste la otra vez.]
¿Qué
querría decirle? ¿Por qué al vestidor y no a otro lugar? Jung-in sintió que
todo tipo de pensamientos complejos llenaban su cabeza mientras miraba la
pantalla del teléfono durante un buen rato.
¿Crees
que voy a ir? Qué descarado, después de ignorarme así, me manda un mensaje como
si nada.
Soltó
una risita burlona e iba a guardar el teléfono, pero volvió a encender la
pantalla y miró el mensaje. ¿Debería ir? ¿O no? La duda no duró mucho. Jung-in
exhaló lentamente y guardó el teléfono en el bolsillo. Luego, giró sus pasos.
Su instinto ya había decidido hacia dónde se dirigía.
El
pasillo del gimnasio estaba extrañamente silencioso hoy. Finalmente, frente a
la puerta del vestidor, Jung-in respiró hondo y abrió la puerta.
¡PUM!
Un petardo estalló y confeti de colores revoloteó por el aire como si estuviera
bailando.
“¡Ah!”.
Jung-in
gritó del susto y se tambaleó.
Perdió
el equilibrio y su cuerpo se fue hacia atrás. Todo lo que veía parecía moverse
en cámara lenta. Pero, contrariamente a su expectativa de caer al suelo, algo
suave pero firme lo sostuvo. Era demasiado cálido para ser una pared. Con el
cuerpo inclinado como una pieza de dominó a medio caer, Jung-in echó la cabeza
hacia atrás lentamente. El rostro de Chase Prescott, mirándolo con una sonrisa,
estaba justo encima.
Solo
entonces sintió que las manos de Chase sujetaban con firmeza sus brazos.
“Ves,
Schneider. Te dije que no usáramos petardos”
Dijo
con una voz teñida de risa hacia Max Schneider, sin soltar todavía los brazos
de Jung-in.
Avergonzado
por la reacción más violenta de lo esperado de Jung-in, Max Schneider se rascó
la nuca.
“No,
solo quería animar un poco el ambiente...”.
Jung-in
solo pudo encontrar la calma para mirar a su alrededor después de unos segundos
más. En el animado vestidor estaban los jugadores de tercer año del equipo
Varsity y algunas porristas. Todos seguían con sus uniformes puestos.
“E-esto
qué es... por qué me...”.
La
voz de Jung-in tembló ligeramente. Instintivamente adoptó una postura
defensiva, encogiendo los hombros. Es que nunca le había ido bien cuando se
encontraba rodeado por tanta gente así.
Aquí,
en esta escuela pública de un barrio acomodado, un estudiante de una minoría
étnica como él era alguien que llamaba la atención. A menudo se convertía en
blanco de burlas, y el instinto de supervivencia creado por esas experiencias
lo hacía ponerse a la defensiva en cuanto la situación se desviaba un poco.
Chase,
pareciendo notar que la tensión de Jung-in era inusual, inclinó la cabeza para
mirar el rostro de Jung-in. Su voz resonó baja justo al lado de su oído.
“Jay,
¿estás bien?”.
Jung-in
dudó un momento y luego asintió. Solo entonces Chase soltó sus brazos con cuidado.
Parecía que aún quedaba un extraño calor donde sus manos lo habían tocado.
En
ese momento, Darius Thompson, que estaba hurgando en su mochila en un rincón
del vestidor, se acercó a Jung-in con algo en la mano. Él, alto y de complexión
robusta como buen atleta, dijo con una sonrisa de niño.
“Gracias,
profesor”.
Lo
que le entregó fue un examen lleno de marcas de dobleces. Jung-in miró el
papel. Junto al nombre de Darius, escrito con una caligrafía infantil, se veía
claramente una nota en rojo: [B-]. Los ojos de Jung-in brillaron.
“¿Eh?
¿Es en serio?”.
Thompson
sacó nada menos que una B- en el examen de matemáticas. Dice que es la primera
vez en su vida que saca una nota así. Si seguía este ritmo, una C final sería
totalmente posible. Que Thompson pudiera permanecer en el equipo era algo bueno
no solo para él, sino para todos los que querían jugar como profesionales en la
universidad, ya que si los ojeadores (scouts) venían por los jugadores
estrella, ellos también tendrían más probabilidades de destacar.
Y
para Jung-in, también era una buena noticia. Significaba que se aseguraba la
carta de recomendación escrita por el director. Jung-in sonrió con orgullo y le
devolvió el examen. Los momentos de tensión desaparecieron en un instante y el
ambiente incómodo se volvía cada vez más ameno.
Entre
las porristas que reían y charlaban con los jugadores, Jung-in buscó primero
con la vista si estaba Vivian. No se la veía por ningún lado, tal vez por no
participar en reuniones tan triviales. Pero, sorprendentemente, allí estaba
Madison, quien siempre orbitaba alrededor de Vivian como un llavero.
Madison,
al descubrir a Jung-in, pareció recordar su encuentro anterior y lo saludó con
la mano, con el rostro algo avergonzado.
“Hola,
Jay”.
“Madison”.
Los
dos intercambiaron una conversación silenciosa con la mirada.
‘¿Ya
estás bien?’.
‘Sí’.
Chase,
que estaba al lado, entrecerró un poco los ojos y preguntó.
“¿Ustedes
dos se conocen?”.
“Hay
una historia”.
Madison
simplemente se encogió de hombros con una pequeña sonrisa, sin dar más
explicaciones. Ante sus palabras, que sonaban como si tuvieran un secreto
propio, Chase frunció el ceño. No pudo ocultar su desagrado.
“Por
cierto, ¿qué hacen todos aquí?”.
“Hoy
fue el primer entrenamiento, así que solo terminamos después de un calentamiento.
Por eso vinimos a celebrar lo de Thompson”.
Jung-in
volvió a mirar alrededor del vestidor y arqueó una ceja.
“¿Aquí?”.
“Si
el entrenador nos pilla, nos regaña”.
Como
si esto fuera algo muy frecuente y familiar, se veían de lo más naturales. Uno
vigilaba y otro fue a recoger la comida que habían pedido. En el vestidor
abarrotado de porristas y jugadores de fútbol, la tensión entre chicos y chicas
era palpable. Por supuesto, Brian Cole ya estaba acurrucado y bromeando con su
novia, Ava.
Jung-in
sentía que se iba a asfixiar con tanto exceso de hormonas. ¿Acaso los
adolescentes no eran hormonas andantes? Aunque él mismo probablemente no fuera
muy diferente.
Max
Schneider empezó a fabricar una bebida de origen desconocido justo cuando la
comida se estaba acabando. Vertió todo tipo de refrescos en un gran cubo y
también echó la Coca-Cola que estaba bebiendo. La expresión de Jung-in se
contrajo. Al ver a Max usar un vaso de plástico rojo como cucharón para servir
la bebida del cubo, juró que preferiría beber lejía antes que tocar eso.
“¡Juguemos
a algo!”.
Jung-in
solo conocía juegos de computadora o de mesa, pero estaba claro que ellos no
jugarían a nada de eso. Como era de esperar, los juegos que se les ocurren a
chicos jóvenes que solo piensan en estar en el mismo espacio que las chicas son
siempre los mismos. Lo que decidieron jugar fue ‘Siete minutos en el cielo’ (7
Minutes in Heaven).
Es
un juego simple donde los participantes se sientan en círculo, giran una
botella dos veces en el centro, y las dos personas a las que apunte la botella
deben entrar en un espacio privado, como un armario, y pasar 7 minutos allí. Si
alguien no quiere entrar, puede beber un trago de castigo y girar la botella de
nuevo.
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Decidieron
que el ‘Cielo’ sería un casillero vacío. Los casilleros del equipo de fútbol
eran el doble de amplios que los normales porque tenían que guardar mucho
equipo. Las copas de la bebida que Max Schneider preparó con tanto esmero
fueron disminuyendo una a una. Las porristas entraban al casillero sin
problemas si les tocaba con otra chica, pero los jugadores sentían repulsión si
les tocaba con otro chico y bebían el trago de castigo.
Cuando
a Chase Prescott le tocó con Alex Martínez, se miraron con horror y compitieron
por agarrar el vaso, bebiéndoselo de un trago. La risa estalló entre la gente.
Madison, que acababa de salir del casillero con una compañera porrista, giró la
botella para elegir a la siguiente víctima. La boca de la botella giró
rápidamente y se detuvo apuntando exactamente a Jung-in.
“Ugh...”.
Los
jugadores y porristas que lo rodeaban lo miraron con rostros llenos de
picardía.
“¡Gírala
rápido! ¡Tienes que elegir pareja!”.
“¡Sí,
Jay! ¡Es tu turno!”.
Jung-in
tomó la botella de mala gana. La puso de lado en el suelo y la giró con fuerza
usando el juego de su muñeca. La punta de la botella, que giraba y giraba, pasó
de largo a Madison, rozó a Brian Cole, revoloteó sobre Darius Thompson y
finalmente pasó también a Max Schneider. La punta de la botella, que iba
perdiendo velocidad, se detuvo apuntando a...
“¡Pres!
¡Te tocó otra vez!”.
Era
Chase Prescott. Max Schneider fue el primero en agitar hacia Jung-in el vaso
con la bebida que había preparado.
“¿Quieres
ir al cielo o al infierno?”.
Jung-in,
que quería evitar a toda costa el infierno de beber lo que Max había hecho,
frunció el ceño con angustia.
“No
quiero beber eso...”.
Al
ver que Jung-in murmuraba mostrando su negativa, Schneider gritó como si lo
estuviera esperando.
“¡Adjudicado
el cielo! ¡Muy bien, Pres, ahora es tu turno!”.
Todas
las miradas se dirigieron a Chase.
“Pres,
¿qué vas a hacer?”.
Max
apresuró la respuesta. Todos daban por hecho que él bebería el trago de castigo
como antes.
Sin
embargo, contra todo pronóstico, Chase se levantó lentamente. Mientras todos
contenían el aliento observando, él se encogió de hombros y respondió con
ligereza.
“Bueno,
las reglas son las reglas”.
Le
hizo un gesto a Jung-in para que se levantara con naturalidad. Jung-in se quedó
helado, intentando entender qué significaba su propuesta. Pero con los vítores
que estallaban a su alrededor, no tuvo tiempo para pensar en nada más.
Jung-in
preguntó aturdido.
“¿A-ah,
no vas a beber?”.
“Yo
tampoco quiero beber más. Sabía fatal”.
A
Jung-in se le abrió la boca involuntariamente, esperaba que Chase rechazara ir
al cielo. No era el único sorprendido por la situación inesperada, varios de
los presentes también murmuraron por lo bajo.
“¿E-en
serio?”.
Jung-in
miró a Chase como pidiendo auxilio. Era una mirada que preguntaba si no podía
beber por él. Pero Chase dijo con total naturalidad, como si no hubiera otra
opción.
“Está
bien. 7 minutos pasan volando”.
No
fue ningún consuelo. Las miradas de los jugadores y las porristas seguían fijas
en ellos, y en el ambiente flotaba una mezcla de risas burlonas y expectación.
Al juzgar que resistirse más era inútil, Jung-in soltó un pequeño suspiro y se
levantó. Caminó lentamente hacia el casillero abierto y entró.
Acto
seguido, Chase metió su gran cuerpo. Se oyó el sonido de su hombro rozando el marco
de la puerta, y Jung-in se movió instintivamente hacia un lado para hacerle
sitio.
“¡Cierro
la puerta!”.
Advirtió
Max Schneider amablemente mientras la cerraba.
El
espacio era tan estrecho que sus rodillas se enredaban. Jung-in sintió que las
yemas de sus dedos se ponían rígidas por los nervios. Se dio cuenta de nuevo de
lo grande que era la complexión de Chase. En el espacio angosto, sus cuerpos
estaban casi pegados, y Jung-in torció el torso hacia un lado, adoptando una
postura que evitara el contacto al máximo.
“Ap-apártate
un poco”.
“¿Qué?”.
“Es
incómodo”.
“No
seas así y simplemente agárrame de la cintura”.
Sin
remedio, Jung-in tuvo que aferrarse a la cintura de Chase como si lo abrazara.
Chase, con una mano apoyada sobre la cabeza de Jung-in, lo miraba con expresión
relajada mientras Jung-in no sabía qué hacer consigo mismo. En ese momento,
alguien desde fuera golpeó el casillero ruidosamente.
¡pam,
pam, pam!
“¡Empezamos
la cuenta de 7 minutos! ¡Ya!”.
Se
escuchaban las voces de los que estaban fuera charlando y riendo, ajenos a los
que estaban encerrados. Pero dentro del casillero, nadie hablaba. Cada vez que
el aliento de Chase lo rozaba, las gafas se le empañaban, nublando la visión de
Jung-in.
“Para.
Se me empañan las gafas”.
“¿Parar
qué? ¿Que deje de respirar?”.
Susurró
Chase con voz divertida.
“Mejor
quítatelas tú”.
Pensando
que eso sería mejor, Jung-in se quitó las gafas y las enganchó en el bolsillo
de su camisa. De inmediato, sintió una mirada intensa recorriendo su rostro
descubierto.
“Esas
gafas son... increíbles cada vez que las veo”.
“Me
las compró mi madre cuando entré a la secundaria”.
“...
Con razón son tan bonitas”.
“Pff...”.
Jung-in
soltó una carcajada y Chase se quedó mirando fijamente su rostro. Al sentirse
en una atmósfera algo incómoda, Jung-in sintió que debía decir algo.
“¿T-tú
has jugado mucho a esto?”.
“Bueno,
lo normal”.
“¿Qué
se suele hacer cuando te encierran así?”.
“Besarse”.
Ante
la respuesta simple y directa de Chase, Jung-in parpadeó tres o cuatro veces
rápidamente, desconcertado. Sus grandes y negros ojos se humedecieron
ligeramente. La reacción exagerada de Jung-in ante la simple mención de la
palabra ‘beso’ despertó el sentido de la travesura en los ojos azules de Chase.
Inclinó
la cabeza ligeramente y susurró con voz baja al oído de Jung-in.
“Así”.
Chase
bajó el rostro lentamente. Su movimiento fue intencionadamente pausado, y
Jung-in, como si estuviera hipnotizado, no pudo hacer más que observar cómo se
acercaba sin poder moverse. Como una mariposa posándose en una flor, algo
cálido, suave y blando descendió sobre los labios de Jung-in.
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Sintió
que se le cortaba la respiración. No, se le cortó. Parecía que el corazón le latía
justo al lado del oído. Las pestañas de Jung-in temblaron como si tuvieran
espasmos. En la visión de Jung-in, que ni siquiera podía parpadear con los ojos
muy abiertos, vio los ojos de Chase suavemente cerrados. Sus pestañas castañas
con tintes dorados eran largas y espesas.
Sin
ninguna fricción, el contacto que simplemente presionaba los labios se separó.
Se oyó un pequeñísimo sonido, un chuic. Fue ligero y corto, pero fue un beso
innegable. Chase alejó el rostro y abrió los ojos lentamente, y sus miradas se
cruzaron.
Fue
entonces cuando la expresión relajada y burlona de Chase comenzó a cambiar. En
su rostro, en lugar de las ganas de bromear, se instaló una expresión extraña,
como si acabara de darse cuenta de algo que no esperaba.
En
ese instante, Jung-in pudo saberlo de inmediato.
Que
sus sentimientos ocultos habían sido finalmente descubiertos.
<Continúa
en el siguiente volumen>
