8. Reserva la fecha
8.
Reserva la fecha
Chiii—.
Con el sonido de las puertas cerrándose, el tren de alta velocidad se deslizó
fuera del andén. Por la ventana, las estructuras de acero de la Estación Sur de
Boston quedaron atrás, y el paisaje gris pálido característico de la mañana
temprano pasó velozmente frente al cristal.
Jung-in,
con un vaso de café para llevar en la mano, rozó el borde para sorber el
líquido que aún conservaba algo de calor. Luego, se recostó lentamente en el
respaldo del asiento.
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Hoy
era el día para probarse el esmoquin de la ceremonia. Había sastrerías bastante
buenas cerca de Harvard Square, pero Vivian fue tajante, tenía que ser en Nueva
York. Alegando que era la capital de la moda y la cuna de las tendencias,
Vivian se lanzó en un largo elogio a la ciudad. Cuando Jung-in aceptó ir a
regañadientes, Vivian le pidió que fuera solo, sin Chase.
De
todos modos, Chase no podía sacar tiempo. A diferencia de él, que vivía
agobiado por guardias y llamadas de emergencia, Jung-in tenía algo más de
flexibilidad. Aunque la vida de un investigador farmacéutico no era
precisamente relajada, al menos podía asegurar un día para sí mismo.
Vivian
parecía estarse jugando la vida en los preparativos de esta boda, volcando una
pasión que rozaba la obsesión. El mismo día en que fue confirmada como best
man, creó un chat grupal para los tres. Desde ese momento, la ventana de
mensajes fue literalmente bombardeada. Desde fotos de trajes hasta conceptos de
iluminación para el banquete o detalles triviales como los centros de mesa;
llovían fotos y enlaces. Las notificaciones sonaban decenas de veces al día.
Pasados unos días, Chase incluso llegó a considerar seriamente si debía bloquear
su número. Jung-in lo detuvo entre risas, aunque en el fondo entendía su
sentimiento.
La
boutique que visitaría hoy también había sido seleccionada por Vivian. Ubicada
en el Upper East Side de Manhattan, era un lugar secreto con tal reputación que
personalidades de la política y las finanzas acudían allí para confeccionar
tanto esmóquines de boda como trajes de gala.
¿Cuántos
trajes tendré que probarme hoy?
Jung-in
recordó la pesadilla de aquel día antes del baile de graduación, cuando Vivian
lideró su cambio de imagen radical. Aquel día descubrió por primera vez que
cambiarse de ropa podía ser una actividad que consumiera tanta energía. De
repente, recordó lo que Vivian le dijo por teléfono esa mañana.
—Como
el cambio de imagen tiene que ser más impactante, ven hoy lo más cutre posible.
‘¿Cutre?
¿Cómo se supone que haga eso?’
—Solo
vístete como siempre.
Al
rememorar el recuerdo, Jung-in soltó una risita y bajó la mirada para revisar
su atuendo. Casualmente, vestía casi igual que aquel día, una camisa de cuadros
sobre una camiseta blanca, pantalones claros con las rodillas desgastadas por
el uso y zapatos viejos. Además, llevaba una mochila abultada con sus cosas
para pasar la noche. Era seguro que Vivian empezaría a regañarlo en cuanto lo
viera.
Jung-in
seguía con una pequeña sonrisa mirando por la ventana. Los árboles de invierno
y los viejos almacenes junto a la vía desaparecían rápidamente, mientras la luz
del sol matutino se deslizaba sobre el aire frío de la ciudad. Sacó su portátil
de la mochila. Tras responder algunos correos y organizar datos de su cuaderno
de laboratorio, el tiempo voló y el paisaje se transformó en la metrópolis
gris.
Al
cerrar las pestañas del navegador y comprobar que quedaba poca batería, el tren
finalmente llegó al corazón de Manhattan. Nada más salir de la estación,
Jung-in se puso un plumífero fino. No es que la temperatura fuera mucho más
baja que en Boston, sino que el viento que soplaba entre los edificios se
sentía más afilado.
No
era su primera vez en Nueva York. Sin embargo, cada vez que venía, no podía
evitar sentir que era una ciudad extraña y fría. Las sirenas de las ambulancias
le taladraban los oídos incluso desde lejos y todo el mundo parecía tener
prisa. Aunque mucha gente insistía en vivir en Nueva York diciendo que se
asfixiaban si iban a la vecina Nueva Jersey, Jung-in pensaba que él jamás
podría ser un neoyorquino. Para alguien de California, acostumbrado a un ritmo
pausado, esta ciudad era demasiado rápida y hostil.
Abriéndose
paso entre la multitud, Jung-in tomó apresuradamente un taxi y llegó a la
lujosa boutique situada en la calle más exclusiva. Se detuvo un momento a
observar el edificio. La fachada de cristal le dio una impresión ostentosa.
Parecía tener unos cinco pisos, y al no haber letreros ni directorios visibles
desde fuera, supuso que ocupaban todo el edificio.
Jung-in,
que no tenía ningún talento para la moda, solía sentirse pequeño en lugares
así. Era una sensación similar a estar frente al dentista antes de una
consulta. Respiró hondo una vez y, con una expresión más decidida, empujó la
puerta de cristal.
Nada
más entrar, una empleada vestida con un uniforme impecable se acercó. Aunque
Jung-in tenía unas ganas locas de darse la vuelta cuando ella le preguntó.
"¿En
qué puedo ayudarle?", se contuvo. Al pronunciar con cuidado el nombre de
Vivian, el rostro de la empleada se iluminó como si el nombre fuera un pase
VIP. Acto seguido, fue escoltado al ascensor y llevado al quinto piso, la
planta superior.
El
amplio salón del quinto piso parecía un enorme showroom. Los techos eran altos
y elegantes lámparas de araña iluminaban todo el espacio. A lo largo de las
paredes, vestidos y esmóquines colgaban ordenados por colores y materiales, y
en el centro, frente a los probadores y espejos de cuerpo entero, se ubicaban
sofás de gran tamaño.
Vio
la espalda de Vivian, que vestía un minivestido de patrón peculiar y botas por
encima de la rodilla. Estaba de pie frente a un perchero de esmóquines, pasando
las prendas una a una con expresión concentrada, agarrándolas y volviéndolas a
colgar.
“Vivian”.
Vivian
se giró con una gran sonrisa y se acercó. Ambos se abrazaron con la naturalidad
de viejos amigos. Al separarse, ella lo escaneó de arriba abajo como si pasara
una inspección y estalló en carcajadas.
“De
verdad, eres tan predecible”.
“Lo
tomaré como un cumplido”.
Vivian
sacudió la cabeza, dándose por vencida. Para ella era incomprensible que
alguien con una apariencia tan destacada ni siquiera pensara en sacarle
provecho. Pero esa era precisamente la identidad del nerd que ella conocía, Jay
Lim.
Le
indicó brevemente a la empleada que el novio ya había llegado y que preparara
el fitting. Luego, tomó a Jung-in del brazo y lo guio hacia el sofá central.
“¿A
Chase no le preocupa que estés aquí dos días?”.
“¿Preocupación?”.
“Dicen
que Nueva York es la capital gay del mundo. ¿Y si alguien te pesca y te
lleva?”.
Jung-in
respondió tragándose la risa.
“Nuestra
relación se basa en la confianza mutua. Sus preocupaciones probablemente se
limiten a que me roben la cartera o a que coma algo en la calle que me siente
mal”.
“...
Ya. Supongo que eso es lo normal”.
Por
un instante, Jung-in notó un brillo de amargura en los ojos de Vivian.
“¿Vivian?”.
Ella,
en lugar de responder, recuperó rápidamente su expresión habitual. Regresó a su
estado natural como si nada hubiera pasado. Las empleadas uniformadas se movían
con agilidad, pero con suavidad, preparando la mesa frente al sofá. En una
cubitera a un lado, descansaba una botella de champán cuya etiqueta ya gritaba
lujo. A su lado, copas de flauta transparentes y un plato de finger food con
frutos secos, quesos e higos maduros.
A
Jung-in se le vino a la mente una imagen: gente inmensamente rica sentada en
ese sofá rodeada de damas de honor, eligiendo vestidos y trajes.
“Bebamos
primero una copa de champán”.
Tan
pronto como Vivian terminó de hablar, una empleada sacó la botella. Retiró el
corcho con discreción y vertió el líquido dorado de burbujas brillantes en las
copas. El cristal chocó con un sonido claro y Jung-in dio un trago largo para
humedecer su garganta. Las burbujas efervescentes desprendían un aroma cítrico
refrescante y dejaban un regusto dulce a melocotón maduro.
Aprovechando
que el ambiente se había relajado gracias al champán, un mánager se acercó
discretamente para preguntar la altura y la talla de cintura de Jung-in.
“Traeremos
algunas muestras. ¿Qué tipo de calzado de prueba desea que preparemos?”.
Ante
la pregunta del mánager, Jung-in puso cara de apuro y miró a Vivian buscando
ayuda. Vivian intervino de inmediato.
“Zapatos
Oxford de cordones, negro clásico. ¿Qué talla calzas?”.
“Un
8”.
“Qué
pequeño. ¿Compras en Gap Kids?”.
Mientras
Jung-in miraba mal a Vivian, el mánager anotó la talla y se marchó en silencio.
Vivian tomó la botella y rellenó la copa vacía de Jung-in.
“Me
han dicho que ya decidieron la fecha y el lugar”.
“Sí.
La fecha es el 14 de abril, pero del lugar solo sé que se llama Bellacove”.
“¿Por
qué esa fecha precisamente?”.
“No
sé. El mes de abril es significativo para nosotros”.
Vivian
asintió con naturalidad y le hizo un gesto a su secretaria, que estaba a su
lado.
“Entonces
tenemos que enviar las tarjetas de Save the Date de inmediato. Busca
proveedores de tarjetas, alguno donde podamos ver las muestras físicas2.
La
secretaria asintió como si estuviera acostumbrada y sacó su teléfono. Jung-in,
viendo la velocidad a la que sus dedos se movían por la pantalla, miró a Vivian
algo desconcertado.
“¿Ya?”
“¿Cómo
que ya? Solo quedan cinco meses”.
“Bueno,
eso es cierto...”.
El
sistema de invitaciones en EE. UU. era diferente al de Corea. Las invitaciones
formales se envían normalmente un mes antes de la boda, pero existía la cultura
de enviar primero el ‘Save the Date’ como preaviso. Sirve para anunciar la
fecha y el lugar aproximado con antelación para que los conocidos reserven el
día, y suele enviarse medio año antes.
“Aprovecha
que estás aquí y déjalo listo”.
“...
Está bien”.
Jung-in
terminó asintiendo ante el ímpetu de Vivian. Poco después, el mánager regresó
con varias empleadas. En el perchero que empujaban había esmóquines alineados;
a ojo, parecían más de diez. ¿Tenía que probárselos todos? Jung-in sintió un
escalofrío en la espalda.
El
mánager sacó el primero: una chaqueta blanca con un ligero tono crema.
“En
las bodas del mismo sexo solemos ver mucha demanda por los tonos blancos”.
Vivian
soltó un largo suspiro y señaló con la mandíbula a Jung-in, que se estaba
cambiando de zapatos a su lado.
“Señor
Hewitt, mírelo. Mire esa piel pálida que parece no haber visto la playa en su
vida, como si tuviera una barrera contra el ocio o el bronceado. Si le pone
ropa blanca, ¿cómo vamos a distinguir si es una persona o espuma de leche?”.
“Entiendo...
pero en negro creo que se vería aún más pálido. ¿Traigo más opciones en la gama
de los grises?”.
“Me
parece bien. Y también en la gama de los azules. El color de ojos de su futuro
esposo es azul”.
El
mánager dio instrucciones en un susurro y las empleadas desaparecieron para
volver con otro perchero. Allí colgaban esmóquines azules, desde un azul hielo
casi blanco hasta un azul marino profundo. Vivian dijo con los ojos brillando
de emoción:
“¿Empezamos?”.
Y
así comenzó el juego de ‘vestir a la muñeca’ de Vivian. Como ya había pasado
por esto antes del baile de graduación, esto era algo así como la ‘Temporada
2’.
Para
comprobar bien el ajuste, Jung-in tuvo que cambiarse decenas de veces,
vistiendo la camisa de gala y los zapatos. Entre los viajes del probador al
espejo, sus piernas empezaron a flaquear y su mente se nubló. Vivian tomaba
fotos cada vez que Jung-in salía con un traje nuevo y soltaba sus críticas:
“Demasiado
gris”.
“Excesivamente
azul”.
“Tiene
mucho subtono amarillo”.
“Se
ve sombrío”.
Para
Jung-in todos los colores eran muy parecidos, pero para los ojos de Vivian eran
tan diferentes como una manzana de una naranja. En ese momento, el mánager sacó
una prenda de la mitad del perchero. Era una chaqueta con un color peculiar que
cambiaba según la luz. A primera vista parecía del color del agua, pero de
reojo parecía un gris claro, y desde otro ángulo tenía un sutil toque lavanda.
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Los
ojos de Jung-in, cansados de tanto cambio, estaban algo desenfocados. Pero al
ver esa prenda, su mirada se aclaró como si una cámara recuperara el enfoque.
Era un color extrañamente familiar, como si alguien hubiera extraído con un
cuentagotas el color de la parte más brillante del iris de Chase.
Vivian
miró con curiosidad a Jung-in, que observaba fijamente la tela de brillo
lujoso.
“¿Qué?
¿Te gusta ese?”.
“Es
como el color de los ojos de Chase”.
Vivian
se levantó de un salto, tomó la chaqueta del esmoquin y, tal como estaba en la
percha, la puso frente al rostro de Jung-in.
“Hm,
nada mal. Pruébatela”.
Cuando
Jung-in salió del probador con el esmoquin puesto, aún con el rostro fatigado,
vio cómo una de las cejas de Vivian se arqueaba hacia arriba. Era una buena
señal.
“No
hace falta ver más. Hagámoslo con esta tela”.
A
pesar de tantas penurias, la decisión se tomó rápido. Sin embargo, una sombra
de duda cruzó el rostro de Jung-in.
“Pero...
¿no debería preguntarle su opinión a Chase?”.
“Él
diría que te ves guapo aunque te pusieras un trapo viejo”.
Jung-in
soltó una risita suave. Sabía que Chase era perfectamente capaz de decir algo
así.
“Bien,
pasemos a lo siguiente”.
“¿Lo
siguiente?”
Había
cometido el error de pensar que elegir la tela era el final. Vivian, sin
siquiera tomar aire, lanzó la siguiente instrucción.
“¿Vemos
el diseño ahora? Señor Hewitt, ¿podría traer chaquetas de doble botonadura? Y
muéstrenos también corbatas y gemelos”.
Jung-in
tuvo que volver al probador para probarse unos cinco esmóquines más y pasar por
su cuello cada tipo de corbata imaginable. Straight, de pajarita, de seda, de
satén, mate. Vivian comparaba cada detalle como si no hubiera dos iguales.
Después,
tuvo que quedarse quieto mientras le tomaban las medidas: hombros, brazos,
pecho, cintura y largo de pierna. La mano con la cinta métrica recorría su
cuerpo de un lado a otro. Cuando por fin terminó aquel proceso que parecía
infinito, habían pasado cuatro horas.
Tras
firmar la confirmación del pedido, Jung-in exhaló un largo suspiro y se dejó
caer en el sofá. Tomó su copa, que aún tenía un resto de champán ya sin gas, y
se lo bebió de un trago.
“Oye,
Vivian. ¿Me puedes enviar la foto que tomaste de aquel esmoquin?”.
“¿Para
qué?”.
Preguntó
ella con desconfianza.
“Para
enseñársela a Chase”.
“¿Qué?
¡Ni hablar! ¿No sabes que el novio no debe ver a la novia en su vestido antes
de la boda? ¡Incluso entre novios es lo mismo! ¡Trae mala suerte!”.
En
realidad, esa era una superstición propia de las bodas heterosexuales
tradicionales. El mito de que el novio no debía ver el vestido antes de la
ceremonia nació en la Edad Media europea, cuando los matrimonios concertados
eran la norma; se ocultaba a la novia para evitar que el novio se arrepintiera
y cancelara el compromiso al verla.
Jung-in
decidió no sacar a relucir esos conocimientos de sus clases de antropología.
Pensó que darle a Chase un momento de sorpresa total tampoco estaría mal.
“¿Por
eso me dijiste que viniera solo hoy? ¿Para que Chase no viera nada?2.
“Bueno,
entre otras cosas”.
Vivian
se encogió de hombros con aire de inocencia forzada y volvió a mirar a Jung-in.
“Por
cierto, ¿ya reservaste hotel?”.
“No,
todavía no”.
“Entonces,
¿quieres venir a mi casa?”.
Jung-in
la miró fijamente en silencio. Tras unos segundos de esa mirada intensa, Vivian
saltó indignada.
“¡¿En
qué estás pensando, nerd?! ¡Es un apartamento de cuatro dormitorios!2”
“Ah,
bueno, si es así... te acepto la invitación”.
Cuando
Jung-in sonrió con picardía, Vivian entornó los ojos fingiendo molestia, aunque
en su mirada se percibía el afecto típico de los viejos amigos.
Poco
después, salieron de la boutique y subieron al Mercedes con chófer para
recorrer el centro de Nueva York. Vivian sugirió cenar en un restaurante
famoso, pero Jung-in, agotado, se negó. Al final, pactaron pedir comida china a
domicilio. Vivian elegiría el menú y Jung-in insistió en pagar.
El
apartamento de Vivian era un ático en un rascacielos del Upper East Side. Al
entrar, la sala recordaba a una galería de arte: cuadros abstractos modernos en
las paredes, suelos de madera clara impecable, sofás de cuero italiano y mesas
de cristal. Vivian le mostró el cuarto de invitados y ella se retiró a su
dormitorio principal.
Tras
una ducha relajante, Jung-in se puso ropa cómoda y salió a la sala. La puerta de
Vivian seguía cerrada y, tras el gran ventanal, brillaba el espectacular
paisaje nocturno de Nueva York. Se hundió en el sofá y abrió su portátil.
Mientras revisaba sus correos, apareció un aviso en pantalla: "Llamada de
vídeo entrante". Una sonrisa brotó en su rostro al ver el nombre.
Al
aceptar, el rostro de Chase llenó la pantalla. Tan guapo como el protagonista
de una película romántica, su imagen captó su atención al instante. Detrás de
él se veía la sala de su casa en Boston.
“¿Acabas
de salir del trabajo?”.
—Sí.
¿Estás en casa de Vivian?
“Sí.
Es como la casa de un neoyorquino de revista. Espera, te enseño”.
Jung-in
giró el portátil para mostrarle el espacio. El encuadre se llenó de un interior
sofisticado y minimalista, con un jarrón que contenía más de cien tulipanes
carmesí sobre la mesa.
“Es
genial, ¿verdad? Dicen que los alquileres en Manhattan son criminales. ¡Vivian
debe ganar muchísimo!”.
Susurró
Jung-in como si contara un secreto. Chase rió con ternura, pero su sonrisa
pronto se tornó en nostalgia.
—Definitivamente,
creo que no sirvo para una relación a larga distancia.
“¿Por
qué?”.
—Porque
siento que me muero por verte.
“Nos
vimos esta mañana, Chase. No llevo ni un día aquí”.
Bromeó
Jung-in. Pero el rostro de Chase en la pantalla seguía viéndose decaído.
—Se
siente extraño pensar que no estás a mi lado. No creo que pueda vivir así.
Esta
vez, Jung-in se puso serio. Las palabras de Chase no sonaban como un simple
capricho pasajero.
“He
oído decir que, cuando cambia el código postal, el sentimiento también cambia”.
Chase
quería ir a un hospital en California donde le habían ofrecido una beca de
especialización (fellowship). Su área de interés en cirugía torácica se
investigaba con más fuerza en la costa oeste, cerca de Silicon Valley. Pero si
Jung-in decidía quedarse en Boston, se verían obligados a enfrentar la
distancia física.
“Probemos
estos dos días. Veamos si podemos ser una pareja a distancia”.
—Odio
solo pensarlo.
Chase
se dejó caer sobre el sofá apoyando la barbilla en un cojín. Su mirada hacia la
cámara se veía sumamente dócil. Era un problema que resultara tan adorable
incluso cuando se quejaba.
—No
quiero estar lejos. Quiero comprar el periódico juntos y hacer crucigramas, ver
películas abrazados comiendo palomitas el fin de semana. No quiero
videollamadas ni sexo telefónico; quiero follar contigo de verdad.
“...
Qué romántico”.
Ante
la respuesta de Jung-in, Chase hundió la cara en el cojín mientras se reía.
Tras reflexionar un momento, Jung-in dijo con seriedad.
“Yo
también extraño California. Y me gustaría estar cerca de mi madre”.
Recordó
el sol cálido de todo el año, las palmeras susurrando con la brisa marina y la
línea brillante de la costa. Bellacove fue el inicio de sus dificultades cuando
emigró, pero también el lugar que le dio el regalo inesperado de conocer a
Chase. Fue donde creció como adulto tras choques, perdones y reconciliaciones.
Ahora lo sentía como su segundo hogar.
“Vayamos
a ver ese hospital durante las vacaciones de Navidad. Hay que decidirlo viendo
todas las opciones”.
—¿De
verdad?
“Si
puedo ir contigo, claro”.
—¡Por
supuesto!
Chase
exhaló un largo suspiro de alivio.
—Te
extraño. ¿A qué hora vienes mañana?
“No
lo sé. Ya elegí la ropa para la boda, pero Vivian quiere ir mañana a elegir las
tarjetas del Save the Date y las invitaciones”.
—Debí
haber estado allí contigo, lo siento.
Chase
preguntó si no tenía fotos con el esmoquin, y Jung-in negó con la cabeza
contándole lo tajante que había sido Vivian.
—Me
iré a dormir temprano. Así el mañana llegará antes y podré verte.
“Buen
trabajo hoy. Descansa”.
—Aparece
en mis sueños, baby.
“Lo
intentaré”.
Chase
puso sus dedos sobre sus labios y los acercó a la cámara, como enviándole un
beso.
“Cuelga
ya y descansa”.
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—Cuelga
tú primero.
“No,
tú”.
—Por
favor, cuelga tú. Yo no puedo.
Tras
un intercambio infantil de ‘cuelga tú’, Jung-in finalmente presionó el botón.
Con una sonrisa tranquila, levantó la cabeza y casi se le sale el corazón del
pecho del susto.
“¡Ay,
qué susto!”.
Vivian
estaba apoyada en la pared de la sala con los brazos cruzados, observándolo.
“Es
patético. Llevan diez años y no pueden estar ni un día separados”.
“Nueve
años”.
Corrigió
Jung-in.
Vivian
se encogió de hombros como si no importara. Tenía el pelo recogido con un
scrunchie, la cara lavada y ropa cómoda. Jung-in soltó una exclamación sin
querer.
“Guau”.
“¿Qué?”.
“Es
la primera vez que te veo sin maquillaje”.
Con
unas tenues pecas visibles sobre el puente de la nariz y una expresión un 30%
más suave de lo habitual, Vivian caminó hacia la cocina.
“La
comida ya viene. ¿Quieres vino?”.
“Sí,
por favor”.
Vivian
se sentó en el sofá frente al de Jung-in y le tendió una copa. El dulzor del
vino en la lengua relajó el ambiente.
“Gracias.
Podría haber contratado a un wedding planner”.
“Lo
hago porque quiero. Además... necesitaba algo para distraerme”.
Vivian
dejó la frase en el aire y bebió. Su expresión amarga le preocupaba a Jung-in;
parecía que estaba guardando algún dilema para sí misma. Pero antes de que él
pudiera preguntar, ella cambió de tema.
“¿Sabes
qué? En mi ‘Para ti’ de TikTok ya solo me salen contenidos de bodas”.
Vivian
mostró la pantalla y era cierto: tours de vestidos, peinados para invitadas,
vídeos de reacciones al ‘primer vistazo’ (first look)... su algoritmo estaba
totalmente tomado.
Cuando
la botella estaba por la mitad, llegó la comida china. Tallarines, pollo a la
naranja, ternera mongola y rollitos de primavera llenaron la mesa. Jung-in se
sentó en el suelo en lugar de en el sofá, y Vivian arqueó las cejas
sorprendida.
“Prueba
a sentarte así. Es mucho más cómodo”.
Dudosa,
Vivian se sentó en el suelo apoyando la espalda en el sofá. Abrió mucho los
ojos al notar que la altura de la mesa era perfecta.
“¿Ves?
Mucho mejor”.
“Bueno.
No está mal”.
Comieron
con avidez mientras seguían con el vino. Fue tras abrir la segunda botella
cuando Vivian se sinceró.
“Nerd*.
¿Has oído hablar del debate del hilo?”.
“No.
¿Qué es eso?”.
“Imagina
que Chase tiene una colega en el hospital. Y esa persona ve que Chase tiene un
hilo suelto en la camisa, y en lugar de decírselo, simplemente lo quita con la
mano ella misma. ¿Te parecería bien?”.
“¿Eso
es motivo de debate?”.
“Sí.
Porque hay una diferencia de intimidad entre avisar y tocar directamente para
quitarlo”.
Jung-in
lo imaginó y ladeó la cabeza.
“A
mí no me importaría mucho”.
“¿En
serio? ¿Aunque ella fuera espectacularmente guapa?”.
“Ya
te lo dije. Nuestra relación...”.
“Sí,
sí. Lo sé. Se basa en la confianza mutua”.
Su
tono era un poco sarcástico y ácido. Jung-in la miró con curiosidad.
“¿Qué
pasa? ¿Alguien le quitó un hilo a tu novio?”.
“No
exactamente... pero una de sus agentes me tiene inquieta. Es una mujer muy
inteligente. Estudió en la Ivy League como tú. Creo que en Brown o Columbia”.
Jung-in
se sorprendió. No por el currículum de una desconocida, sino porque a Vivian le
importaran esas cosas. Aunque no seguía el fútbol americano excepto cuando
Chase jugaba, sabía que el novio de Vivian, Elio Maddox, era un jugador famoso
de la NFL.
“¿Esa
agente coquetea con él?”.
“No,
no precisamente”.
“¿Entonces
qué te preocupa?”.
“Es
al revés. Fue Elio quien le quitó algo. En realidad fue un cabello. Ese idiota
tenía fama de mujeriego antes de conocerme, pero quién sabe... quizás sigue en
las mismas y yo no me entero”.
Vivian
confesó que su relación, más que felicidad, le generaba ansiedad y un estado de
alerta constante. Elio Maddox, con dos títulos de MVP y una Super Bowl, era una
estrella en la cima de su carrera. Su presencia era el accesorio perfecto para
mantener a Vivian bajo el foco mediático, y ella no lo negaba. Pero su relación
era un juego de poder constante. Cuánto podía poseerlo, dónde estaba el límite.
Tenía que calcularlo todo. Incluso después de pasar la noche en su casa, no
dejaba de pensar si él quería que se fuera o si deseaba que se quedara hasta la
mañana.
Mirando
a Vivian, que parecía buscar consejo, Jung-in comenzó a hablar tras dudar un
momento.
“Ya
sabes lo que dicen, que las relaciones son difíciles. Que se trata de
responsabilidad, sacrificio y compromiso”.
“¿Y?
¿Como se supone que es difícil, me estás diciendo que sea yo la que se haga
responsable, se sacrifique y ceda?”.
Cuando
Vivian volvió a preguntar con un gesto de evidente descontento, Jung-in sacudió
la cabeza de inmediato.
“No,
para nada. No me refiero a eso”.
“¿Entonces?”.
“Es
verdad que las relaciones son difíciles, tal como dices. Pero... creo que
cuando conoces a la persona indicada, entonces se vuelve fácil. Todo es natural,
no tienes que forzar nada. Te atrae hacia el otro como un imán aunque no hagas
nada, y todo encaja con naturalidad, como un rompecabezas perfecto”.
“...”.
Vivian
guardó silencio por un momento y luego, como si buscara algo en lo que
apoyarse, preguntó con una expresión pícara.
“Cuéntame
de su primera pelea. ¿Cuándo fue? ¿Por qué pelearon?”.
Jung-in,
intuyendo vagamente lo que ella sentía, rebuscó un momento en su memoria.
“Peleas
hemos tenido muchísimas, pero la que recuerdo ahora... Ah, hay una”.
“¿Cuál?”.
“Fue
al poco tiempo de empezar a salir. Cada vez que Chase y yo discutíamos o yo me
sentía un poco herido, él siempre hacía lo mismo: ¿Te compro un helado? o
¿Vamos a comer un yogur helado? A leguas se notaba que era un hábito que le
había quedado de sus novias anteriores”.
Vivian
soltó una pequeña carcajada. Era una pelea encantadora y acorde a su edad. Sin
embargo, como si recordara su propia situación, su expresión volvió a amargarse
al poco tiempo.
Jung-in
observó su rostro y habló con cautela.
“¿Quieres
romper con él?”.
“...Ese
hombre es Elio Maddox. Este año entró en la lista de GQ de los "Hombres
vivos más sexis", y su salario anual es de 50 millones de dólares, sin
contar publicidad ni sesiones de fotos. Es amigo del actor Grayden Hart y lo invitan
a la Met Gala todos los años”.
“¿Y?”.
“¿Podré
encontrar a alguien mejor que él?”.
Esa
era la verdadera preocupación de Vivian. Un mundo donde la persona con la que
sales y te dejas ver se convierte en parte de tu currículum. Ese mundo que se
alimenta de destellos de flashes era diferente al mundo que Jung-in conocía.
Las reglas que lo regían debían ser, sin duda, distintas.
Jung-in
no se atrevió a decir nada y se limitó a mirarla fijamente.
Parecía
que sus ojos negros no solo tenían un efecto hipnótico en Chase, pues Vivian,
como si se sintiera desarmada, empezó a revelar sus sentimientos más ocultos.
“Mi
madre fue reina de belleza. Fue de las últimas generaciones de la época dorada
de los concursos. Mi padre participó como patrocinador y allí se conocieron”.
Vivian
hablaba con voz tranquila, pero sus palabras cargaban con el peso de un viejo
estigma. Jung-in escuchó en silencio.
“Desde
pequeña siempre escuché lo mismo: tienes que ser guapa, tienes que estar
delgada. Solo así podrás casarte con un buen hombre, con un hombre rico”.
La
idea de que el matrimonio es la meta final de la vida. Vivian había crecido
domesticada por esas palabras, moldeándose a sí misma para encajar en ellas.
Quizás la infancia en la que tuvo que demostrar su valía para ser amada bajo
los estándares ajenos era lo que la había convertido en quien era hoy.
Jung-in
hizo girar su copa de vino en silencio, recordó algo y levantó la cabeza.
“Esto
lo vi en una entrevista muy antigua... Vivian, ¿conoces a Cher?”.
“Claro.
La actriz de antes”.
“Sí,
cantante y actriz. Dice que su madre también le decía siempre: ‘Ya es hora de
que sientes cabeza y te clases con un hombre rico’. A lo que Cher respondió:
‘Mamá, yo soy ese hombre rico’".
“...”.
Mientras
Vivian permanecía en silencio, Jung-in continuó.
“Vivian,
tú ya eres esa persona rica. Mira esta casa en la que vives. Mira cómo es tu
vida”.
Un
leve destello de agitación cruzó los ojos serenos de Vivian. Jung-in no dejó
pasar la oportunidad y añadió un argumento para dar más fuerza a sus palabras.
“Cuando
las células replican el ADN, tienen un sistema interno para detectar y corregir
errores. Creo que los humanos tenemos algo parecido. Para mí, ese sistema es
ese presentimiento extraño o esa ansiedad que sientes. Es una especie de alarma
para no atraer ‘mutaciones’ a tu vida y para advertirte que salgas de un bucle
peligroso. Ser capaz de sentir eso es, en realidad, una evolución bastante
avanzada”.
“¿Estás
diciendo que siento ansiedad para no ponerme en peligro a mí misma? ¿Y que por
eso... soy bastante avanzada?”.
“Sí,
exactamente”.
“...”.
Tras
mirarlo fijamente durante unos segundos, Vivian tomó un cojín que estaba a su
lado y golpeó ligeramente a Jung-in con él. Su rostro parecía estar un poco
sonrojado.
“Ya
entiendo por qué le gustabas a Madison. Nerd, ¿eres un chico muy peligroso,
verdad?”.
Jung-in
se encogió de hombros con naturalidad, como diciendo que no podía evitarlo.
Luego, continuó con voz calmada.
“Hay
momentos en los que sientes que todo es un desastre. En esos momentos, si te
concentras en una sola cosa que sea realmente importante, curiosamente el resto
de las cosas vuelven poco a poco a su lugar. Lo único que necesitas es tiempo,
y algo en lo que invertir ese tiempo”
Vivian,
que lo miraba fijamente, se levantó de golpe. Luego, diciendo "¡Me voy a
dormir!", entró en el dormitorio principal sin mirar atrás.
Qué
caprichosa, pensó él.
Jung-in
sacudió la cabeza, recogió un poco las copas de vino y el desorden de la mesa,
y se fue a la habitación de invitados a dormir.
NO
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A
la mañana siguiente, Jung-in se despertó sobresaltado por un fuerte golpe en la
puerta.
Mientras
miraba aturdido el techo de la habitación desconocida tratando de recuperar la
conciencia, se oyó otro golpe y la puerta se abrió.
Vivian
asomó la cabeza por la rendija y, en cuanto sus miradas se cruzaron, entró en
la habitación como si lo estuviera esperando. Sin dudarlo, se sentó de golpe en
el borde de la cama.
“¡Nerd!
He roto con Elio”.
Jung-in,
que aún vagaba entre el sueño y la realidad bajo las mantas, parpadeó y
preguntó.
“¿Qué?
¿Cuándo? ¿Cómo?”.
“Simplemente
lo hice por mensaje. Él está ahora en Texas”.
Ante
la noticia sorprendente antes siquiera de terminar de despertar, Jung-in se
frotó los ojos y se incorporó. Aun sin recuperar del todo el sentido de la
realidad, vio claramente que el rostro de Vivian estaba extrañamente radiante.
Tenía una expresión de alivio y frescura, como alguien a quien acaban de
sacarle una muela que le dolía.
“Qué
alivio. Voy a hacer lo que dijiste. Dijiste que lo importante es el tiempo y
algo en lo que invertir ese tiempo, ¿no?”.
“Sí”.
Vivian
apretó el puño con determinación.
“Así
que he decidido poner todos mis esfuerzos en su boda”.
“Vaya...
Eso es... genial...”.
“¡Así
que levántate ahora mismo! ¡Nos vamos de compras!”.
La
expresión de Jung-in se volvió gradualmente de asombro absoluto.
***
“¡Chay!”.
En
cuanto bajó del tren, vio a Chase saludando desde el otro lado del andén.
Jung-in
corrió a toda velocidad y se lanzó a sus brazos. Enterró la cara en su amplio
pecho, comportándose con un mimo que no era habitual en él.
Chase,
con expresión de sorpresa, intentó mirar el rostro de Jung-in. Al acunar las
mejillas de Jung-in con sus grandes manos y levantarle la cabeza con cuidado,
vio un rostro que parecía el de un niño que acababa de sufrir mil injusticias.
“¡¿Qué
pasa?! ¿Estás bien?”.
“Vivian
es un monstruo”.
Jung-in
le mostró el reloj inteligente en su muñeca como si fuera una prueba. En la
pantalla, el número de pasos diarios y el tiempo de actividad marcaban más del
triple de lo habitual.
“¿Caminaron
por Central Park o algo así?”.
“¿Puedes
creer que todo esto son pasos dados solo yendo de compras?”.
Chase
reprimió una risa y le dio unas palmaditas cariñosas en la espalda.
Inocentemente,
Jung-in pensó que, una vez elegido el esmoquin, todo estaría listo. Pero eso
solo era el principio.
Primero
fueron a comprar los zapatos a juego con el esmoquin. Él pensaba que los
zapatos de hombre eran todos más o menos iguales, pero se equivocó de nuevo. Aparecieron
nombres desconocidos como Oxford, Derby, Monkstrap y Brogue.
Que
si el brillo era muy fuerte destacaban demasiado, que si eran mate parecían
demasiado cotidianos. Que si la punta era muy afilada parecía de relaciones
públicas de una discoteca, y si era muy redonda hacía que el pie pareciera
demasiado grande.
Que
si una marca era clásica, que si la otra era contemporánea... Vivian no dejó
que los pies de Jung-in descansaran ni un momento.
Finalmente,
eligieron unos zapatos Oxford de Prada en charol negro, con punta redonda,
silueta afilada y detalles de costura sutiles.
Después,
fueron a comprar un traje casual para la cena de ensayo del día anterior a la
boda, y la ropa para cambiarse en la recepción tras la ceremonia.
Normalmente,
solo la novia se cambia de vestido. Se hace porque en la recepción hay que
bailar, saludar mesa por mesa y el vestido suele ser demasiado pesado o
incómodo. Por otro lado, el novio, como mucho, se afloja la corbata o se quita
la chaqueta.
Pero
Vivian fue inflexible. En una boda de la familia Prescott, reutilizar el
esmoquin en la recepción era algo totalmente inaceptable.
Las
compras llegaron a un punto en que no podían cargarse a mano, así que
terminaron enviándolas por FedEx para que llegaran en dos días.
La
última etapa fue la visita a la imprenta de las invitaciones. Jung-in pensaba
elegirlas simplemente por internet, pero Vivian volvió a negarse. Dijo que
había que considerar el problema del tacto, algo que no se puede ver en una
pantalla.
El
grosor del papel, la profundidad del relieve, la diferencia entre el brillo de
la tinta y el acabado mate. Como una CEO eligiendo tarjetas de visita de lujo,
ella tocó y comparó docenas de muestras una por una.
Finalmente,
eligieron y contrataron tanto las tarjetas de ‘Save the Date’ como las
invitaciones, y ahora solo quedaba programar el envío online.
Superar
esos dos grandes obstáculos —el vestuario y las invitaciones— en un viaje de
dos días a Nueva York fue sin duda un logro. Pero el precio fue alto. Jung-in
estaba totalmente agotado y sus piernas temblaban a cada paso.
“Puede
que te asustes cuando veas el extracto de la tarjeta”.
Murmuró
él.
Chase
soltó una risita y le tendió la mano.
“Eso
espero, de verdad. Dame la mochila”.
Chase
pasó la pesada mochila de Jung-in a su propio hombro con naturalidad.
Quizás
por el alivio de reencontrarse con alguien de confianza, Jung-in sintió que se
le escapaban las fuerzas. Se dejó caer sobre Chase como si fuera un helado
derretido.
Chase
lo rodeó firmemente por los hombros. Salió del andén cargando con el peso de
Jung-in, casi como si lo estuviera sosteniendo.
Al
llegar al aparcamiento, subieron al SUV de Chase. Él abrió la puerta del
copiloto para que Jung-in subiera y la cerró con cuidado. Luego arrojó la
mochila en el asiento trasero y se dirigió al asiento del conductor.
Al
arrancar, el coche avanzó suavemente, cruzando las calles nocturnas de Boston
hacia casa. Con el suave sonido del motor y la leve vibración, los párpados de
Jung-in se volvieron pesados como el plomo.
Chase
miró de reojo hacia el asiento del copiloto.
“¿Tienes
sueño?”.
“Sí”.
“Aguanta
un poco más y duerme bien en casa. Si te despiertas a mitad del sueño, luego te
cuesta volver a dormirte”.
“Está
bien”.
Jung-in,
que apenas aguantó el sueño en el coche, se dio una ducha nada más llegar a
casa. El agua caliente lavó el cansancio acumulado junto con el polvo.
Secándose
el pelo aún húmedo, salió al salón y recogió la mochila que había dejado
tirada.
“¡Chay!
Ven aquí. Te voy a enseñar las muestras de las invitaciones”.
Ante
el grito de Jung-in, se abrió la puerta de la habitación de invitados. Chase
debía de estar haciendo ejercicio, pues llevaba una camiseta sin mangas y
pantalones cortos. Sus brazos, más musculosos de lo habitual, brillaban por el
sudor.
Chase
se acercó por detrás del sofá, apoyó las manos en el respaldo e inclinó el
torso sobre Jung-in. Este rebuscó en el bolsillo delantero de la mochila y sacó
dos sobres pequeños. Uno era la tarjeta de Save the Date y el otro la
invitación formal.
“Este
es el Save the Date y esta es la invitación”.
En
la tarjeta azul celeste, con un lazo de organza en una esquina, se leía en una
caligrafía color limón que pedían reservar tiempo para Chase Prescott y Jay
Lim.
En
cambio, la invitación tenía un diseño mucho más solemne. De un color blanco
grisáceo claro con una textura lujosa, los nombres completos de ambos estaban
grabados en el centro con una fuente clásica. Debajo figuraba la fecha de la
boda, el 14 de abril, pero el lugar seguía vacío.
Chase
jugueteó cariñosamente con el lóbulo de la oreja de Jung-in y dijo con ternura.
“Has
elegido unas muy bonitas. Buen trabajo”.
“¿Cuándo
me vas a decir qué poner en el espacio del lugar?”.
“Espera
un poquito más”.
Hasta
ahora, ambos habían pasado por innumerables ajustes respecto a la boda. Habían
acordado no superar los 100 invitados y, en lugar de una cena de ensayo,
omitirían la fiesta de compromiso o la despedida de soltero.
Fue
el resultado de negociaciones y compromisos constantes, equilibrando las
prioridades de cada uno, las expectativas de las familias y las agendas.
Sin
embargo, al final, quien tenía la llave de esta boda era Chase. Como Jung-in le
había pedido matrimonio primero, Chase le había pedido repetidamente que le
dejara a él toda la organización de la boda.
Ante
la insistencia de Chase de mantener el lugar en secreto, Jung-in hizo un
pequeño mohín y apartó de broma la mano de él que le acariciaba la oreja.
Tras
esquivar una vez más la mano que intentaba acercarse sigilosamente a su nuca,
Jung-in abrió la cremallera de la mochila con intención de ordenar sus cosas.
Al
abrir bien la mochila, algo desconocido llamó su atención. Era una pequeña
bolsa de compras que había sido colocada con cuidado entre la ropa.
“¿Eh?
¿Qué es esto?”.
Jung-in
sacó la bolsa de papel con curiosidad y extrajo su contenido. Dentro había un
estuche de joyería del tamaño de la palma de la mano, hecho de cuero azul
marino oscuro.
“¿Qué
es eso?”.
Chase
también parecía curioso y, sin moverse, bajó la mirada hacia el estuche que
Jung-in sostenía.
Al
abrir la tapa con cuidado, aparecieron dos pares de gemelos colocados sobre
terciopelo negro. Estaban acabados en plata mate y tenían una incrustación
precisa de lapislázuli en el centro.
En
el interior de la tapa del estuche se veía una pequeña tarjeta del tamaño de
una tarjeta de visita. Jung-in la sacó con la punta de los dedos.
[Felicidades
por la boda, Jay. - V]
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Jung-in
miró la tarjeta en silencio durante un buen rato y luego volvió a mirar los
gemelos. Regalar dos pares significaba que debían usar uno cada uno, él y
Chase.
Vivian:
decidida, meticulosa, de mal carácter pero leal. El regalo de boda de aquella
mujer que siempre entregaba su corazón de las formas más inesperadas le encogió
el pecho.
Jung-in
se presionó suavemente el pecho con la palma de la mano y leyó en voz alta lo
escrito en la tarjeta.
“Felicidades
por la boda, Jay... Dice Jay”.
“Ya
veo. ¿A dónde mandó mi nombre? ¿Se habrá olvidado de quién es el best man?”.
“No
es eso... No me llamó Nerd, me llamó Jay”.
Como
un padre emocionado ante la primera palabra de su bebé, Jung-in estaba
conmovido. Una suave sonrisa apareció en los labios de Chase mientras lo
miraba.
“...Es
verdad”.
Las
motas doradas características de la piedra natural creaban un brillo sereno.
Jung-in, sin poder apartar la vista de los gemelos por un buen rato, murmuró
para sí mismo.
“Seguro
que quedarían muy bien con el esmoquin”.
“Tengo
curiosidad. ¿No tomaste ninguna foto? Vivian no está aquí, así que enséñame un
poco”.
“No.
Trae mala suerte verlo antes de la boda”.
“¿Un
científico creyendo en supersticiones? ¿Qué pasa, tienes miedo de que saca un
tifón el día de la boda?”.
“¡No
digas esas cosas de mal agüero!”.
Jung-in
miró a su alrededor como buscando algo y golpeó tres veces la mesa de café de
madera. No satisfecho con eso, sacudió la mano sobre su hombro como si lanzara
sal a su espalda y terminó haciendo el gesto de escupir al suelo. Eran todas
acciones conocidas en las antiguas supersticiones para ahuyentar la mala
suerte.
“Solo
lo veré una vez. Dame el teléfono”.
Chase
no se rindió fácilmente. Cuando se acercó con intención de quitárselo de
verdad, Jung-in escondió rápidamente el móvil tras su espalda.
“¡No
quiero!”.
“¿Qué?
¿No quieres? Ven aquí”.
Chase
derribó a Jung-in sobre el sofá y lo besó sin tregua.
Le
dio besos por todas partes: en los labios, por supuesto, pero también en el
puente de la nariz, las mejillas y la barbilla; luego tiró del borde de su
camiseta y jugueteó con sus labios en la nuca y la clavícula. Al mismo tiempo,
rodeó el pecho de Jung-in con sus grandes manos, acariciando el contorno de sus
costillas.
El
teléfono ya había quedado en el olvido. Aunque Jung-in se encogió diciendo que
tenía cosquillas, Chase, sin inmutarse, hundió su barbilla entre el cuello y el
hombro de Jung-in.
“¿Cómo
puede una persona oler así?”.
En
Estados Unidos, en cuanto las palabras ‘persona’ y ‘olor’ aparecen en la misma
frase, suelen tomarse con una connotación negativa. Dado que el olor corporal
fuerte a veces se considera un rasgo racial, la percepción del olor suele ser
más sensible y cautelosa.
“¿Eh?
Me acabo de lavar. ¿No es el olor del champú?”.
“No.
Es diferente. Es el olor de tu piel”.
Por
razones similares, no existía en inglés una expresión exacta que equivaliera a
‘olor de piel’ (sal-naemsae). El ‘olor corporal’, que en Corea se considera un
signo de afecto o intimidad, en esta cultura a menudo se ve como un defecto que
debe ocultarse. Probablemente, si le dijeras a alguien que tiene ‘olor de
piel’, nueve de cada diez personas pensarían que es un insulto.
“Huele
muy bien. Limpio como el jabón, dulce y también acogedor”.
La
punta de la nariz de Chase se acercó esta vez justo debajo de la nariz de
Jung-in.
“Incluso
el olor de tu aliento me gusta”.
Olfateando
como un perrito, levantó un brazo de Jung-in, hundió la cara en su axila y
frotó la cabeza con fuerza.
“Aquí
también huele bien. Incluso cuando sudas. ¿Cómo es posible?”.
“¡Ah!
¡Tengo cosquillas! ¡Para!”.
Ante
el aliento que rozaba su piel sensible, Jung-in rió a carcajadas y empujó la
frente de Chase con la palma de la mano.
“¡Deja
de hacer eso y comprueba que no haya errores en las tarjetas! ¡Tengo que
ingresar las direcciones y enviarlas de inmediato!”.
Chase,
que apenas miró las tarjetas, metió la cabeza de golpe por debajo de la
camiseta de Jung-in.
***
Hacía
un frío tan intenso que el aliento salía blanco con cada inhalación. Los
inviernos en Cambridge son siempre crudos, pero este año la nieve había caído
en cantidades récord.
Debido
a la nevada de la noche anterior, el aeropuerto Logan era un caos desde la
mañana. Mientras algunos aviones lograban despegar y otros anunciaban
cancelaciones, el vuelo de las 8:30 a Los Ángeles seguía anunciando retrasos
cada treinta minutos.
Tras
dos tazas de café, responder varios correos de trabajo y unos cuantos
estiramientos, el avión de Jung-in y Chase finalmente despegó de la pista cerca
de las 10:30.
Aterrizaron
en el aeropuerto de Los Ángeles alrededor de las 2 de la tarde. En cuanto
bajaron del avión, el aire caliente les golpeó y ambos tuvieron que quitarse la
pesada ropa de invierno.
El
momento en que uno más siente lo grande que es Estados Unidos es precisamente
cuando viaja a casa para las vacaciones de Navidad. Solo habían volado unas
pocas horas y la estación del año había cambiado por completo.
El
aeropuerto de LA también estaba abarrotado de gente que se marchaba por las
fiestas. Sin embargo, a diferencia del Logan, donde abundaban las
cancelaciones, aquí el ambiente estaba lleno de ilusión.
Al
salir del aeropuerto, un sedán negro los esperaba. Siempre que Chase venía, un
vehículo privado enviado por la familia Prescott lo recogía en el aeropuerto.
Ya era una escena familiar para Jung-in.
El
chófer, a quien ya habían visto varias veces, los saludó con una sonrisa y
preguntó de inmediato.
“¿Vamos
directamente a casa del señor Lim?”.
“Por
favor”.
Mientras
estaban en Bellacove, se consideraba una regla no escrita que cada uno se
quedara en su propia casa. Nominalmente era para pasar tiempo con sus
respectivas familias, pero los dos estaban juntos todos los días.
Chase
ya era como de la familia para Jung-in, pero aun así, a veces entraba por la
ventana de su habitación. Era un romance emocionante que les hacía recordar su
adolescencia.
El
sedán negro giró hacia Willow Street, en Baywood. Al ver el paisaje familiar
por la ventana, la comisura de los labios de Jung-in se elevó ligeramente.
Chase miró su perfil y comentó.
“Tu
madre se va a llevar una sorpresa”.
“Sí”.
Originalmente,
las vacaciones de Navidad empezaban el miércoles, pero los dos se habían tomado
dos días libres para llegar el sábado. Jung-in estaba emocionado desde temprano
con la idea de sorprender a su madre.
Desde
su infancia, Su-ji había sido para Jung-in como una roca, como un paraguas que
lo protegía de la lluvia.
Ella,
que seguía cerrando su tienda solo un día a la semana, había ahorrado dinero
para comprar, hace dos años y sin préstamos, el salón de manicura que había
empezado alquilando. Al contratar empleados jóvenes, el negocio se había
estabilizado y ahora marchaba bastante bien.
Por
supuesto, había cosas que no cambiaban. El Camry rojo de casi 20 años aparcado
frente a la casa era una de ellas.
“Parece
que mamá está en casa”.
Bajaron
del coche, pasaron junto al familiar Camry rojo y caminaron hacia la entrada.
Una
sonrisa prematura se dibujó en el rostro de Jung-in al pulsar el timbre.
Imaginaba la cara de Su-ji, con los ojos redondos de la sorpresa al verlo.
Sin
embargo, la puerta no se abrió durante un buen rato. De repente, en el interior
que parecía estar en silencio absoluto, se oyó un estruendo. Jung-in frunció el
ceño.
“¿Qué
ha sido eso?”.
“¿No
se habrá caído?”.
Ante
las palabras de Chase, la expresión de Jung-in se tensó. Buscó apresuradamente
en su mochila, sacó las llaves, abrió la puerta rápidamente y entró en la casa.
En
la casa de Jung-in, al entrar por la puerta principal, las escaleras están
justo enfrente, la cocina a la izquierda y el salón a la derecha. Siguiendo el
pasillo junto a las escaleras se llega al baño y a la habitación de Su-ji.
Jung-in
revisó rápidamente el salón. Pero no había nadie.
“¡Mamá!
¡¿Mamá?!”.
“¡Ju,
Jung-in!”.
Su-ji,
con un delantal puesto, apareció apresuradamente desde la cocina. La sorpresa y
el nerviosismo eran evidentes en su rostro.
Jung-in,
con Chase detrás, miró de reojo hacia la cocina. Lo primero que notó fueron dos
copas de vino a medio beber sobre la isla de la cocina.
Al
lado había rastros de una cocina ajetreada: verduras a medio cortar, carne
laminada descongelándose y un caldo que había dejado de hervir. El menú era
fácil de imaginar.
“¿No
habías dicho que tus vacaciones empezaban el miércoles?”.
Al
ver a Su-ji preguntar con cara de desconcierto, la expresión de Jung-in se
volvió curiosa.
Él
siempre había pensado que, así como él había encontrado a su verdadero compañero
de vida, le gustaría que su madre también conociera a alguien y empezara a amar
de nuevo. Por eso mencionaba constantemente a todos los hombres de mediana edad
adecuados que conocía y, finalmente, hasta llegó a instalarle una aplicación de
citas en el móvil.
Pero
Su-ji siempre se negaba riendo, diciendo que casarse tres veces era demasiado y
que ahora se sentía más cómoda viviendo sola.
Pero
viéndola ahora, todas esas intromisiones cariñosas no habían sido más que una
indiscreción innecesaria.
Jung-in
recorrió la casa con mirada traviesa. Su vista se detuvo un poco más de tiempo
en la puerta cerrada del baño y en la zona de las escaleras. Pensaba que el
acompañante de Su-ji debía de estar escondido en algún lugar de la casa.
“¿Dónde
está?”.
“¿Qui...
quién?”.
Ante
la reacción de Su-ji, que tartamudeaba y estaba inquieta, lo cual era inusual
en ella, la mirada de Jung-in se volvió aún más pícara.
En
ese momento, Chase le dio un toque suave en el brazo a Jung-in y señaló con la
barbilla hacia la ventana de la cocina. La ventana estaba abierta de par en par
y la cortina ondeaba suavemente con el viento. Al igual que el Chase de antaño,
alguien acababa de escapar apresuradamente por allí.
Ante
aquella situación absurda pero cómica, Jung-in no pudo evitar soltar una
carcajada.
“Preséntamelo.
¿Por qué dejaste que se fuera?”.
Su-ji
dejó caer los hombros, admitiendo que la habían atrapado. Por su rostro pasaron
la vergüenza y el pudor al mismo tiempo.
Como
queriendo cambiar de tema, se apresuró a decir:
“Hablemos
de eso más tarde... Primero, déjame darles un abrazo”.
Su-ji
abrazó primero a Jung-in. Luego abrió los brazos para Chase. Chase, que ya
estaba bastante acostumbrado a abrazarla, recibió las palmaditas en la espalda
que ella le daba.
“¿Cómo
ha estado?”.
“Bien,
gracias a ustedes”.
Justo
cuando estaban por soltarse, Su-ji pareció recordar algo y de repente dio una
palmada.
“¡Ah,
cierto! ¡Déjenme ver!”.
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Levantó
las manos izquierdas de Jung-in y Chase una por una. En los dedos anulares de
ambos, brillaban las alianzas de boda. Al mirarlas, los ojos de Su-ji se
humedecieron enseguida.
“Cielo
santo, qué bonitas”.
Su-ji
volvió a abrir los brazos y esta vez los abrazó a los dos a la vez.
“Felicidades,
Jung-in. Felicidades, mi hijo rubio”.
Chase
cerró los ojos. Una emoción extraña pero cálida. El afecto familiar era algo
que ahora empezaba a comprender vagamente.
“¿Han
comido algo?”.
“No.
El vuelo se retrasó más de dos horas y la comida del avión era pésima”.
“Entonces
vayan rápido a lavarse las manos. Vamos a comer primero”.
Su-ji
fue directo a la cocina y preparó afanosamente una mesa para sus hijos.
Descongeló arroz, sacó todos los platos de acompañamiento que tenía y añadió
verduras y carne al caldo que estaba hirviendo para hacer un guiso sustancioso.
Poco
después, los tres estaban sentados alrededor de la mesa con el guiso humeante
en el centro. Jung-in habló antes de siquiera levantar la cuchara, como si
hubiera estado esperando el momento.
“¿Qué
tipo de persona es?”.
Su-ji
dudó un instante, pensando qué decir y cómo. Luego soltó un corto suspiro y
comenzó el relato como si confesara un secreto.
“Recuerdas
que hace unos años te dije que el suelo del salón crujía mucho, ¿verdad?”.
“Sí,
me acuerdo”.
“Es
el contratista que vino a arreglarlo”.
Jung-in
inclinó un poco la cabeza haciendo memoria. Ciertamente hubo una época en la
que se hicieron obras porque una filtración de agua había podrido la madera
bajo el suelo. Pero de aquello hacía ya más de tres años.
“¿Se
conocen desde hace tanto y no nos habías dicho nada?”.
“Los
primeros años solo fuimos amigos. Almorzábamos juntos, él me ayudaba si
necesitaba manos... Empezamos a salir en serio hace menos de un año”.
Su-ji
continuó el relato mientras servía el guiso para Jung-in y Chase.
Al
principio solo pensó que era un contratista eficiente. Era habilidoso y un
hombre de hechos más que de palabras.
Siempre
llegaba puntualmente a la hora acordada, arreglaba otros desperfectos sin que
se lo pidieran y no pasaba por alto ni el detalle más pequeño. Luego, cuando la
ayudó con la remodelación de la tienda, las conversaciones cotidianas empezaron
a fluir de forma natural.
Aunque
no era nativo de Bellacove, llevaba más de diez años establecido allí y dirigía
un equipo de remodelación de interiores. Tenía buena reputación en el barrio y
era muy confiable.
Había
pasado por un divorcio y obtuvo la custodia de su hija en el proceso. El hecho
de que su hija asistiera a Wincrest High creó un tema de conversación común
entre ellos.
“Con
razón decías que no necesitabas aplicaciones de citas”.
Dijo
Jung-in, y Su-ji sonrió con timidez. Luego, sacó otro tema para evadir.
“Ah,
por cierto, dice que también está trabajando en algo para los Prescott. Parece
que están haciendo una obra impresionante cerca de Oak Hill Drive. He oído que
todos los contratistas y paisajistas con talento de la zona están reunidos
allí...”.
“¡Vaya!
¡Madre! ¿Qué es esto?”.
En
ese momento, Chase intervino con voz potente desde el otro lado de la mesa.
Jung-in lo miró con cara de desconcierto. Chase sostenía algo con la punta de
los palillos. Era un hongo shiitake sacado del guiso.
Jung-in
respondió con incredulidad.
“Es
un hongo”.
“Eso
ya lo sé. ¿Pero tiene forma de flor?”.
Chase
puso el hongo, que tenía cortes en forma de flor, sobre su cuenco de arroz. Al
verlo, Su-ji olvidó lo que estaba diciendo y exclamó admirada.
“Vaya,
Chase, ahora usas los palillos totalmente como un coreano. Antes los usabas
estilo sushi, cruzándolos en forma de X”.
Chase
mostró los palillos chocándolos un par de veces en el aire con aire triunfal.
Pero, a pesar de sus esfuerzos por cambiar de tema, Jung-in ladeó la cabeza y
preguntó.
“¿Están
construyendo un banco cerca de Oak Hill Drive? ¿No hay allí solo viñedos?
Apenas pasa gente por esa zona”.
“Yo
qué voy a saber”.
Respondió
Chase con rostro impasible y una sonrisa, volviendo a cambiar el tema
rápidamente.
“Por
cierto, madre, ¿podemos comernos esto? Parece que lo preparó para comerlo con
él”.
“No
te preocupes. No hay nada que no pueda darles a mis hijos”.
“Aun
así, me siento mal. Le quitamos la comida que era para ustedes dos, así que la
próxima vez invitamos nosotros”.
“De
verdad, Chase, tú siempre tan...”.
Su-ji
sonrió con timidez y dirigió una mirada cariñosa hacia Chase.
Jung-in
observó a su madre en silencio.
Incluso
cuando cumplió cuarenta años, Su-ji no tenía ni una arruga alrededor de los
ojos, y la gente a menudo la confundía con una universitaria de veinte.
Pero
ahora, en el rabillo de sus ojos, las arrugas que revelaban su edad se habían
asentado con naturalidad. El tiempo deja sus huellas así en los rostros de las
personas que amamos. Jung-in se sintió extrañamente triste al darse cuenta de
que, así como él había crecido, los años también habían pasado para su madre.
Como
si hubiera adivinado los sentimientos de Jung-in, Chase apretó suavemente su
mano bajo la mesa. Y dirigiéndose a Su-ji, dijo.
“Nos
gustaría que viniera con nosotros a la boda”.
Su-ji
parpadeó sorprendida y Jung-in también giró la cabeza ante aquellas palabras
inesperadas. Chase continuó.
“Me
refiero a esa persona que está viendo. Y a su hija también. Por supuesto, nos
gustaría conocerlos nosotros primero antes de eso”.
Mientras
él rumiaba la amargura de las huellas del tiempo en el rostro de su madre,
Chase estaba diciendo con naturalidad las palabras que él mismo debería haber
pronunciado primero. La idea de que Chase se había convertido realmente en su
familia, en su pareja y en su apoyo llenó el corazón de Jung-in de una cálida
plenitud.
Por
su parte, Su-ji observó con cautela la expresión de Jung-in.
“¿De
verdad quieres conocerlo?”.
Jung-in
asintió sin vacilar. Ante ese breve gesto, la mirada de Su-ji flaqueó. Tras un
leve temblor, mezcla de desconcierto y alivio, surgió una expresión de profunda
emoción.
Ya
que las cosas habían llegado a este punto, no había razón para posponerlo.
Jung-in propuso celebrar la fiesta de Año Nuevo en esa casa. Le pareció que
conocer a alguien nuevo al inicio de un nuevo año no era una mala idea.
Mientras
Su-ji tomaba el teléfono para consultar la agenda con la otra persona, su
rostro reflejaba la ilusión propia de alguien que acaba de empezar un romance.
Al verla, el corazón de Jung-in también empezó a latir con fuerza.
Tras
fijar el encuentro, Chase y Jung-in se dispusieron a recoger la cocina. Como
prueba de los años que llevaban juntos, sus movimientos estaban perfectamente
coordinados mientras enjuagaban los platos para meterlos en el lavavajillas y
guardaban las sobras.
Chase
no se quedó más tiempo y regresó a su casa. Quería darle a Jung-in la
oportunidad de pasar tiempo a solas con su madre después de mucho tiempo.
Esa
noche, Jung-in se sentó en el sofá junto a Su-ji para ver Netflix. Como
siempre, compartieron una manta sobre los hombros y pusieron un reality show
escandaloso llamado ‘Los casados de los Hampton’". Todo se sentía
increíblemente natural, como si apenas ayer hubieran estado en ese mismo lugar
riendo y cotilleando juntos.
Después
de ver dos episodios seguidos, la noche ya era profunda. Se dieron las buenas
noches y cada uno se retiró a su habitación.
Jung-in
recorrió lentamente su cuarto con la mirada.
La
estantería repleta de libros de texto, el escritorio con marcadas huellas de
uso, la cama individual cubierta con un edredón de cuadros azules.
A
ojos de cualquiera, era la habitación de un adolescente ratón de biblioteca.
Como
si el tiempo se hubiera detenido, esta habitación seguía anclada diez años
atrás. Los libros que leía de niño, los cuadernos de redacción de aquella
época, la taza con el logo de Harvard que usaba como lapicero... todo estaba
igual.
A
pesar de estar rodeado de cosas familiares, un rincón de su corazón se agitaba
con una emoción desconocida.
Al
escuchar hoy la historia sentimental de Su-ji, Jung-in se dio cuenta de algo:
no era el único que estaba ante un nuevo comienzo.
No
podía aferrarse a esta habitación como si fueran restos de una máquina del
tiempo para siempre.
Pensó
que pronto tendría que ordenar este espacio. Ya fuera para que su madre lo
usara como estudio, habitación de invitados o cuarto de pasatiempos, debía
dejar esa elección en manos de ella.
Pero
hoy sería la excepción. De alguna manera, hoy quería ser simplemente el ‘yo’ de
su infancia.
Jung-in
se dejó caer en la cama y tomó el muñeco de nieve que estaba junto a la
almohada. Con el paso de los años, el relleno había cedido y parecía haber
encogido un poco. Abrazando a ese viejo amigo, se quedó mirando fijamente el
techo.
En
el techo aún quedaban marcas de pegamento por aquí y por allá.
A
los doce años, cuando llegó por primera vez a esta casa, Su-ji había pegado
estrellas fluorescentes una por una en todo el techo, temiendo que él tuviera
miedo de dormir solo en otro piso. A los quince, diciendo que era una
cursilería, las quitó todas, pero algunas marcas pegajosas persistían
tenazmente en su lugar.
¿Sería
esto la depresión preboda?
De
repente, un sentimiento extraño se apoderó de él. Aunque técnicamente solo se
convertiría en una persona casada sobre el papel, algo en su interior se
agitaba con desorden. Era como si todo el mundo a su alrededor estuviera a
punto de cambiar por completo.
Esta
acogedora casa seguiría aquí sin cambios, y los recuerdos en ella permanecerían
tan tercamente como aquellas marcas de pegamento. Aun así, se sentía
melancólico. Jung-in no sabía distinguir si era nostalgia por el tiempo pasado
o miedo por los cambios futuros.
De
pronto, sintió una añoranza punzante.
Jung-in
abrió la puerta en silencio y bajó al primer piso por las escaleras en
penumbra. Tras cruzar el pasillo, se detuvo ante la puerta de su madre y llamó
suavemente.
“Mamá”.
Llamó
en voz baja y, al no obtener respuesta, subió un poco el tono.
“Mamá,
¿duermes?”.
Pronto,
una voz somnolienta respondió desde el otro lado.
“No,
entra”.
Al
abrir la puerta, Su-ji se incorporó a medias con el rostro soñoliento.
“¿Puedo
dormir contigo hoy?”.
“Cuando
quieras”.
Como
un niño que busca a su madre a mitad de la noche tras una pesadilla, Jung-in se
dirigió a la cama de Su-ji.
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"Vaya
suerte la mía", dijo ella riendo mientras levantaba el edredón para
hacerle sitio.
Jung-in
se metió bajo las mantas, calentadas por el calor corporal de su madre.
“Cuánto
tiempo hace que no dormía con mi bebé”.
“No
digas eso, qué bebé ni qué ocho cuartos”.
“No
importa cuántos años cumplas, para mamá siempre serás mi bebé”.
Ambos
se quedaron tumbados en silencio por un rato. Fue Su-ji quien rompió el hielo.
“Oye,
Jung-in. La verdad es que mamá no sabe mucho sobre bodas entre personas del
mismo sexo... ¿Quién entra primero? ¿No hay alguien que entregue la mano al
novio?”.
“Nosotros
sabemos tanto como tú. Simplemente lo haremos en el momento, como nos dicte el
corazón”.
“Eso
suena muy bien”.
Jung-in
soltó una risita siguiendo a Su-ji, pero pronto su rostro se tornó sereno. Miró
al techo y dijo.
“Últimamente
pienso mucho en papá”.
“¿En
tu padre? ¿Por qué?”.
Su-ji
se giró de costado hacia él. Jung-in, con la vista fija en el techo, continuó.
“El
apellido que recibí de él cambiará pronto. Solo... me preguntaba cuál sería su
reacción si estuviera aquí”.
Tras
un breve silencio, Su-ji habló con voz suave.
“Si
tu padre te estuviera viendo desde el cielo, estaría realmente feliz”.
“¿Aunque
mi pareja sea un hombre? ¿No se sorprendería?”.
“Bueno...
primero se sorprendería, claro. Pero después, se alegraría”.
Jung-in
rió suavemente. En esa risa tenue se mezclaban la nostalgia, el alivio y una
pizca de tristeza.
“Jung-in”.
“...Sí”.
“Tu
padre falleció, pero vive dentro de ti. Dicen que tanto el aspecto como la
personalidad se heredan. Él vive en tu rostro, en tu forma de hablar y en tus
actos. También habrá influido en tu carrera, él ayudó a formar quien eres hoy”.
Su-ji
hizo una pausa y añadió una broma ligera.
“Incluso
cuando haces cálculos matemáticos complejos, tu padre está dentro de ti. Mírame
a mí, que siempre me equivoco con las cuentas simples cuando voy al
supermercado”.
Jung-in
soltó una carcajada y dijo.
"En
eso tienes razón". Solo con esa pequeña risa compartida, su mente
desordenada pareció calmarse.
Su-ji
le dio palmaditas suaves en el pecho.
“Duerme
bien, mi bebé”.
“Tú
también, mamá”.
Ambos
cerraron los ojos lentamente. El calor bajo el edredón y el sonido de la
respiración familiar los envolvieron con ternura.
Así,
la noche cálida y afectuosa se hizo profunda.
***
Tras
despertar de un sueño reparador, Jung-in se desperezó con calma y subió las
escaleras del segundo piso. Había sido una noche de descanso total, sintiéndose
como si hubiera vuelto a la infancia bajo el edredón que olía a su madre.
Iba
a entrar en su habitación cuando se detuvo en seco. Chase estaba durmiendo
profundamente sobre la cama. Usaba la almohada de Jung-in y abrazaba al muñeco
de nieve contra su pecho.
“...
¿Chay?”.
Al
llamarlo en voz baja, las cejas de Chase se movieron como si un insecto le
hubiera rozado la cara. Probablemente había entrado por la ventana trepando por
el tejado a altas horas de la noche. Parecía haberse quedado dormido
esperándolo.
Una
sonrisa se dibujó sola en los labios de Jung-in. Se acercó en silencio, se
sentó en el borde de la cama y sacudió suavemente el hombro de Chase. Las
pestañas doradas, que estaban firmemente cerradas, temblaron y se abrieron
lentamente.
“Chay,
¿por qué estás aquí así?”.
“Mmm...
Vine y no estabas... Pensé que estarías hablando con tu madre... Me puse a
esperar y.… me dio sueño, así que me dormí”.
Tenía
la voz ronca y los ojos apenas abiertos a medias. Su cabello rubio alborotado
parecía el pelo de un muñeco.
Ver
a aquel hombre corpulento incapaz de soportar la soledad de una noche,
durmiendo abrazado a un pequeño muñeco, era cómico y, a la vez,
irresistiblemente tierno y adorable. Jung-in no pudo evitar abrazarlo con
fuerza.
“¿Dormiste
bien?”.
“Sí...”.
Chase
se revolvió y movió su cabeza hacia el regazo de Jung-in. Enterró la cara en su
abdomen y estiró los brazos para rodearle la cintura.
Jung-in
le dio palmaditas en su gran cuerpo, esperando pacientemente a que se
despertara por completo.
Cuando
los dos bajaron juntos las escaleras, Su-ji estaba en el salón con una taza de
café en la mano, mirando su celular. Al notar su presencia, levantó la cabeza
y, al ver a Chase bajando con Jung-in, soltó una carcajada.
“¡Parece
que cuando cae la noche se te olvida dónde está la puerta principal de nuestra
casa!”.
Chase
se encogió de hombros y respondió con una sonrisa pícara.
Después
de tomar una taza de café para despejar el sueño restante, salieron de casa.
Chase dijo que tenía un lugar a donde ir y Jung-in asintió sin preguntar nada.
Estaba seguro de que iban a visitar aquel hospital que Chase quería explorar.
Pero
antes de dar unos pasos fuera de la entrada, Jung-in se detuvo en seco.
“¿Eh...?
El coche...”.
Un
Porsche descapotable plateado brillaba bajo el sol de la mañana al borde de la
carretera.
Su
apariencia era familiar, pero definitivamente no era el coche que Chase solía
conducir. Había oído que aquel vehículo, que guardaba tantos recuerdos para
ambos, se convirtió en el coche de prácticas de Olivia, la prima de Chase, y
que tras muchos rayones y choques, finalmente acabó en el desguace.
Este
coche frente a ellos era el modelo nuevo de la misma serie que Chase tenía
entonces. Habían pasado casi diez años y tanto el panel de instrumentos como el
interior habían cambiado, pero el diseño de silueta fluida permanecía casi
intacto.
Chase
caminó primero hacia el coche, abrió la puerta del copiloto y esperó a Jung-in.
“Sube”.
Jung-in
caminó en silencio, embargado por una sensación extraña. Recordó vagamente a su
‘yo’ de dieciocho años, con el corazón acelerado al subir por primera vez al
asiento del copiloto de aquel descapotable plateado.
“Siento
como si tuviéramos que ir hacia Wincrest High”.
Con
la risa baja de Chase, el coche se deslizó suavemente por la carretera.
Al
entrar en Palmgrove Drive, el descapotable plateado avanzó sin vacilar hacia un
destino fijado. Jung-in se sujetó el cabello que volaba con los dedos y ladeó
la cabeza. Que él supiera, el hospital que Chase quería visitar estaba en
dirección a San Martín, pero este camino iba en una dirección totalmente
distinta.
“¿No
íbamos hacia San Martín? ¿A dónde vamos?”.
“Pronto
lo sabrás”.
El
coche de Chase salió rápidamente de la zona urbana. Las tiendas desaparecieron
una a una y, a ambos lados de la carretera, se extendían largos viñedos entre
frondosos árboles. Esta carretera, llamada Oak Hill Drive, era un camino
tranquilo salpicado de fincas vinícolas.
Cuando
pensaba que estaban saliendo de Bellacove, el coche giró a la derecha por un
camino más estrecho y sinuoso. Hasta entonces, Jung-in no sabía hacia dónde se
dirigían. Había pasado mucho tiempo y nunca había estado allí a plena luz del
día.
“¿Eh?
Aquí es...”.
Solo
al ver el gran portón de hierro frente a él, Jung-in se dio cuenta de que ya
había estado allí en el pasado.
Los
recuerdos estaban frescos. En aquel portón de rejas negras con telarañas
colgaba un cartel de ‘Propiedad privada: Prohibido el paso’, y estaba tan
firmemente encadenado que ni siquiera se atrevieron a intentar entrar.
Sin
embargo, ahora ese portón estaba abierto de par en par, como si esperara a
alguien.
Cosas
que no se veían entonces por la oscuridad se revelaban nítidamente bajo la luz
radiante del sol. No, no era solo que hubiera luz; ante sus ojos se desplegaba
un paisaje que antes no existía.
El
camino, que antes era de tierra irregular, ahora estaba perfectamente
acondicionado. No se habían limitado a echar cemento; era un pavimento de grava
como los de las plazas europeas, con piedras naturales pulidas incrustadas una
a una con esmero, haciendo que todo el suelo brillara como un mosaico.
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Al
avanzar más por ese camino, apareció la obra. Excavadoras amarillas y
montacargas se movían afanosamente levantando polvo, y más allá se alzaba un
edificio majestuoso que recordaba a la casa club de un campo de golf o a un
complejo de lujo.
Frente
al edificio, el paisajismo estaba en pleno apogeo. En un lado ya se apreciaba
el contorno de un parterre circular y se veían plantones con las raíces
envueltas esperando ser plantados.
En
un lugar donde el terreno estaba profundamente excavado, trabajaban cubriendo
el hueco con láminas impermeables para crear lo que parecía ser un estanque.
Jung-in
preguntó desconcertado.
“¿Qué...
qué están construyendo aquí exactamente?”.
“Dijiste
que no querías un salón de banquetes ostentoso para nuestra boda. Que no te
importaba si era en un bosque o en un campo. Que solo querías que fuera un
lugar significativo para nosotros”.
Chase
extendió una mano señalando algo. La mirada de Jung-in siguió lentamente la
punta de sus dedos.
En
el borde de la colina se alzaba una estructura clásica con un techo de cúpula
redonda. Varios obreros trabajaban afanosamente en su restauración, era aquel
pabellón que antaño solo conservaba su esqueleto y desprendía un aire lúgubre.
Este
lugar era la propiedad de la familia Prescott a la que Chase lo llevó el día
que él participó en el concurso académico. Un lugar que funcionó como mirador y
merendero al aire libre durante más de cien años, desde 1900 hasta principios
de los 2000, y que llevaba décadas abandonado.
“Voy
a recrear la época dorada de los Prescott. Como una escena de ‘El Gran Gatsby’,
que significa tanto para nosotros”.
Jung-in
movió los labios, pero no salió ninguna palabra. Solo parpadeaba atónito
mirando a Chase.
“Ven
aquí”.
Chase
tomó la mano de Jung-in y lo guio.
Poco
después, Jung-in se detuvo en el mismo lugar donde, hacía mucho tiempo,
extendieron una manta barata comprada en el supermercado y se sentaron uno al
lado del otro, quedándose dormidos mientras miraban el paisaje nocturno bajo
las estrellas.
En
aquel entonces, la vista nocturna, salpicada de luces como si fueran estrellas,
era hermosísima. Y ahora, bajo la luz radiante del sol, presumía de una belleza
de un matiz totalmente distinto.
Bajo
sus pies, el contorno de la ciudad y la línea costera del mar se extendían como
un panorama refrescante. Sobre las colinas onduladas que abrazaban el mar, se
disponían en terrazas los viñedos que pronto brotarían, y más allá, la
superficie del mar bañada por el sol brillaba suavemente como escamas de pez.
Jung-in
soltó una exclamación sin darse cuenta.
“Guau...”.
Chase
tomó a Jung-in por los hombros mientras este miraba hacia el mar y lo giró
hacia el lado opuesto.
“Entraremos
desde aquel lado, y justo en este sitio colocaremos el arco de boda. Y debajo
de él, haremos nuestros votos matrimoniales”.
De
repente, sintió que la vista se le nublaba. Estaba feliz, sorprendido y, de
alguna manera, se sentía fuera de la realidad, como si no pudiera creer lo que
veía.
“¿Desde
cuándo... estás preparando todo esto?”.
Preguntó
Jung-in con la voz algo quebrada por la emoción que le llenaba el pecho.
“Desde
poco después de que me pidieras matrimonio”.
Jung-in
giró la cabeza lentamente, recorriendo de nuevo los alrededores. Sobre este
espacio inacabado aún en obras, se superpuso el paisaje de su imaginación.
De
día, intercambiando votos en la colina bañada por el sol, entre flores y
árboles, y al caer la noche, comenzando la recepción con el paisaje nocturno,
similar a un manto de estrellas, como telón de fondo.
La
suave luz de las lámparas de araña, la platería ordenada sobre mesas con
manteles de lino blanco, la música de cuerda fluyendo elegantemente y el sonido
de las risas de la gente brindando con copas de champán.
Y
en el centro de todo eso, ellos dos prometiéndose la eternidad.
El
paisaje de aquel día que aún no llegaba se dibujaba en ese mismo instante con
una nitidez increíble.
