7. Grandes y pequeños secretos



7. Grandes y pequeños secretos

 

Crestview Drive, que serpenteaba por la colina con vistas al mar, era exactamente el tipo de lugar que te venía a la mente al pensar en un barrio rico de clase alta. Jung-in había estado allí una vez con Steven para una fiesta benéfica, pero el paisaje bajo la luz del día se sentía nuevo.

Junto a la amplia carretera se extendían jardines impecables y portones antiguos. Más allá de ellos se alzaban mansiones maravillosas que era imposible ignorar. Bajo el brillante sol, el estilo de vida de lujo que exhibían se mostraba con total crudeza. Todo se veía limpio y reluciente. ¿Acaso el sol brillaba con más intensidad en los barrios ricos?

El coche redujo la velocidad y el sonido del motor se apagó. Un enorme portón de hierro se abrió automáticamente, revelando la casa de Chase. La mansión se sentía mucho más colosal de lo que recordaba. El edificio, sostenido por columnas de mármol, parecía un patrimonio cultural que debía ser preservado por su valor histórico.

En el centro de la entrada circular, los chorros de agua de una fuente decorada con delicadas esculturas saltaban con fuerza, brillando bajo la luz del sol. Chase rodeó la fuente y detuvo el coche. Sin molestarse siquiera en apagar el motor, abrió la puerta y bajó con indiferencia. ¿Quién va a aparcar el coche?, pensó Jung-in mientras bajaba con retraso y lo seguía.

Al escuchar el rugido del motor a sus espaldas, se giró y vio a un empleado uniformado que no sabía de dónde había salido llevándose el coche hacia el garaje. Por un momento pensó que aquello se parecía a la casa de Tony Stark, pero se juró a sí mismo no decir aquello en voz alta. Lo último que quería era parecer aún más nerd.

Al cruzar la pesada puerta principal doble, sintió una mezcla de familiaridad y extrañeza. Los guardaespaldas que bloqueaban el pasillo aquel día no estaban. En su lugar, varias amas de llaves con uniformes celestes y delantales blancos pasaban e inclinaban la cabeza ligeramente a modo de saludo.

Al final del pasillo, entraron en el salón. El inmenso salón era el epítome del lujo y la opulencia. En el centro del espacio abierto se encontraba una chimenea de mármol decorada con tallas finas. El suelo estaba cubierto por una alfombra persa que, a simple vista, delataba una cantidad increíble de mano de obra, y los muebles clásicos distribuidos por el lugar creaban una atmósfera antigua y refinada.

Sin embargo, lo que dominaba todo era una enorme fotografía familiar que ocupaba una pared entera. Jung-in se acercó a ella como hechizado.

“Ah, ¿eso? Nos tomamos una foto cada Acción de Gracias. Es una tradición aburrida”.

Dijo Chase acercándose, restándole importancia.

La imagen de la familia estaba resguardada en un elaborado marco de pan de oro. Era el ejemplo perfecto de una familia de ‘dinero viejo’. La riqueza y la autoridad transmitidas de generación en generación se reflejaban no solo en los costosos trajes y vestidos, sino también en las sonrisas calculadas y las posturas impecables. Parecía estar viendo a la realeza en una película clásica.

En el centro de la foto, sentados en un sofá, había una pareja de ancianos con sonrisas dignas. Su presencia parecía abarcar a todos los demás en la imagen.

“¿Son tus abuelos?”.

“Sí. Por parte de mi padre”.

Cuando Jung-in giró la cabeza ante la respuesta corta, presenció algo inesperado. En los ojos de Chase Prescott, quien siempre se mostraba relajado y amable, descubrió un destello de cinismo.

“Mi abuelo Albert Prescott y mi abuela Eleanor Prescott. Mi abuelo se la pasa cazando en Jackson Hole, Wyoming, y mi abuela está casi siempre en Francia. Solo vienen cuando les apetece”.

Explicó Chase como si fuera el guía de un museo. A pesar de ser su propia familia, no mostraba emoción alguna, como si estuviera describiendo una pintura ajena.

Al lado de su abuela había un niño de unos seis o siete años, y junto a él, una chica algo mayor con un vestido sobrio en blanco y negro.

“El pequeño al lado de mi abuela es mi primo Lucas. El que cuida algas marimo. Y la de al lado es su hermana mayor, Olivia”.

Detrás de los niños, se alzaba un hombre alto y pulcro de cabello rubio, y a su lado, una mujer hermosa de cabello castaño sonreía suavemente mientras lo tomaba del brazo.

“Los de atrás son mi tío, Kyle Prescott, y mi tía”.

El tío de Chase tenía el cabello rubio y ojos grises. Jung-in pensaba que el rubio era un gen recesivo, pero viendo la alta proporción de rubios en esta familia, parecía que los genes de los Prescott eran especialmente persistentes.

“Al otro lado están mis padres. A mi padre ya lo conociste. La que está a su lado sosteniendo una copa de vino es mi madre, Lillian Prescott”.

Ya había conocido a Lillian en la fiesta anterior. En aquel entonces también emanaba un fuerte olor a vino, y viendo que ni siquiera en la foto familiar soltaba la copa, parecía ser una gran aficionada.

“¿Y tus padres? ¿No están en casa?”.

“Mi padre está en la casa de Nueva York y mi madre... quién sabe dónde estará”.

Respondió Chase con tono indiferente. Estar solo en esa casa inmensa parecía ser su rutina habitual.

Parecía haber terminado la explicación, pero Jung-in descubrió a una persona en la foto que aún no había sido mencionada, una mujer joven de cabello castaño con una sonrisa segura de sí misma, de pie al lado de Chase. Su presencia llamativa y su aire altivo traspasaban la fotografía.

“¿Quién es ella?”.

“Sophia Prescott. Mi hermana mayor. Siempre estamos peleando. Ahora está en la universidad, en la Costa Este. Siento lástima por la gente de allá”.

Respondió él con expresión aburrida. Le costaba imaginar que el maduro Chase Prescott peleara con su hermana.

“¿Tú también peleas con tu hermana?”.

Chase miró la foto un momento y se encogió de hombros.

“Nuestra relación es peor que la de dos desconocidos. Los mayores de mi familia son anticuados y creen que solo los hombres deben heredar los negocios. Mi hermana cree que yo le quité todo lo que ella debería haber tenido”.

Sus palabras sonaban tranquilas, pero había un rastro de soledad en ellas.

“Aun así... se ven como una familia armoniosa”.

“¿Armoniosa?”.

Chase soltó una carcajada. Fue un gesto tan lleno de burla que se sintió frío.

“La palabra armonía no encaja en esta familia”.

Sentenció.

”Lo que ves en esta foto no lo es todo”.

Jung-in quiso preguntar más, pero la oscuridad en el rostro de Chase era tan profunda que no se atrevió a abrir la boca. Chase giró la cabeza y lo miró. Como si hubiera accionado un interruptor, la risa volvió a filtrarse en su rostro sombrío.

“Vámonos pronto, tu alumno debe estar esperando”.

Antes de que Jung-in pudiera asentir, Chase ya se estaba moviendo. Lo guio hacia la parte trasera de la casa, una zona que no había visto durante la fiesta benéfica. Detrás de la mansión había una piscina inmensa que parecía propia de un resort u hotel. El fondo estaba revestido con azulejos de estilo marroquí y fuentes con forma de león vertían agua cristalina sin cesar.

Algunos chicos que había visto en la escuela estaban en flotadores bebiendo algo. También vio a algunas chicas bronceándose en las tumbonas junto a la piscina. Jung-in se detuvo en seco, sobresaltado.

“¿No... no me llamaste para estudiar?”.

“Sí. ¿Por qué?”.

“No sabía que había una fiesta en la piscina”.

“¿Fiesta? Esto no es una fiesta. Simplemente no me gusta que esté demasiado silencioso, así que dije que viniera quien quisiera”.

“Ya veo”.

Parecía que esto era algo cotidiano para él. Jung-in se sintió desconcertado, pero como no tenía nada que decir, guardó silencio. Era decisión de Chase invitar a sus amigos a su casa.

A ambos lados de la piscina había dos casas de invitados que parecían gemelas. Aunque se llamaran ‘casas de invitados’, cada una era del tamaño de dos casas de Jung-in juntas. Chase señaló una de ellas.

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“Ahí es donde vivo yo. La del otro lado es para invitados”.

Jung-in preguntó con una risa incrédula:

“¿...No tienes un helicóptero privado?”.

“Está en el patio trasero, ¿quieres verlo?”.

Jung-in se quedó con la boca abierta y una expresión tonta, y Chase estalló en carcajadas tras un breve silencio.

“Es broma. ¿Cómo voy a tener algo así?”.

Al pasar junto a la piscina, vio a Darius saliendo de la casa de invitados de Chase. Con pantalones cortos y una colorida camisa hawaiana, parecía un turista disfrutando de sus vacaciones. Al ver a Jung-in, Darius sonrió ampliamente y lo saludó con la mano.

Al entrar, se dirigieron directamente a la isla de la cocina que servía también como mesa de comedor.

“¿Hiciste la tarea?”.

“Sí, profesor. Dibujé estrellas en los problemas que no entendía, tal como me pidió”.

“Vaya... esto parece una galaxia”.

Desde la distancia se oyó una risita. Era Chase. Se había sentado en un sofá del salón, desde donde se veía perfectamente la cocina, y pasaba las páginas de un libro en silencio. Jung-in movió los ojos para ver la portada: era Orgullo y Prejuicio, el tema que habían elegido para el ensayo de inglés.

¿Es necesario que lea ahí si va a haber ruido?, pensó Jung-in. Por un momento le dio risa pensar que Chase se comportaba como un padre que vigila a sus hijos desde un lugar donde puede oírlos para asegurarse de que no pase nada.

***

Por la tarde, se organizó una barbacoa en el jardín trasero, junto a la piscina. Un chef que trabajaba en la mansión asaba filetes y salchichas para preparar hamburguesas y perritos calientes. La barra de ensaladas era tan abundante como la de un restaurante, era la primera vez que veía algo así en una casa particular.

Antes de ir a comer, Jung-in fue al baño a lavarse las manos. Al abrir la puerta del baño sin pensar, su corazón casi se detiene del susto. Había una mujer acurrucada en un rincón, sollozando. Jung-in se asustó tanto que saltó y gritó ¡Omma-ya! en coreano, reafirmando sus raíces.

“Hic... sniff, hic...”.

Tenía la cara hecha un desastre por el rímel corrido, pero no fue difícil reconocerla: Madison Wilkes. Era la animadora que siempre estaba pegada a Vivian Sinclair. Si Vivian Sinclair fuera Han Solo de Star Wars, Madison Wilkes sería Chewbacca, si Vivian fuera el Capitán Kirk de Star Trek, Madison sería Spock. Aunque en inteligencia quizás hubiera una gran diferencia con Spock.

“Lo siento. No sabía que había alguien. Me voy”.

Justo cuando iba a salir, Jung-in se detuvo. No se sentía bien dejando a alguien llorando así.

“¿...Estás bien?”.

Madison respondió entre sollozos.

“Hic... ¿te parece que estoy bien?”.

Jung-in guardó silencio y la miró. Ya había una montaña de pañuelos usados a su lado. Ella sacó uno nuevo, se sonó la nariz con fuerza y volvió a sollozar.

“¿Cómo... hic... pudo hacerme esto? ¡Después de todo lo que hice!”.

Parecía que necesitaba desahogar su sentimiento de traición con alguien. Jung-in suspiró ligeramente y le habló con cuidado.

“Hay un dicho que dice que, estadísticamente, la peor apuesta de la vida son las personas. Que de todas las apuestas que un humano puede hacer, la más peligrosa es apostar por alguien”.

Como si esas palabras hubieran apretado un gatillo, Madison rompió a llorar con más desconsuelo. Jung-in no sabía qué hacer y terminó sentándose a su lado en el suelo. La falda de ella se había subido, dejando ver sus muslos. Jung-in iba a quitarse su camisa de cuadros para cubrirla cuando vio una pequeña cicatriz de cirugía junto a su rodilla.

“¿Te lesionaste?”.

“Me operaron del menisco porque se me rompió entrenando para una competencia de animadoras”.

“¿Entonces no deberías dejarlo?”.

“Soy la flyer. No puedo faltar”.

La flyer es el papel más llamativo del equipo, la que hace las acrobacias y se para en la cima de la pirámide.

“¡Además, tenemos que ganar el campeonato de la CIF este año!”.

“¿Por qué?”.

“Nerd, ¿eres tonto? Obviamente por la universidad”.

Ante su seriedad, Jung-in se sintió culpable. Se avergonzó de haber pensado en el pasado que las animadoras solo lo hacían para ligar con los jugadores de fútbol americano.

“Si quieres, puedo escucharte. ¿Qué pasó?”.

Madison se secó las lágrimas, recuperó el aliento y dijo con voz temblorosa.

“Vivian...”.

“Sí”.

“Dijo que llevará a Lila Harrington a la gala de Teen Vogue en lugar de a mí”.

“¿...Eso es todo?”.

Ante la reacción de Jung-in, Madison volvió a llorar a mares. No sabía qué tipo de fiesta era, pero parecía muy importante para ella. Jung-in buscó rápidamente palabras de consuelo en su cabeza.

“Bueno... todo el mundo quiere brillar, ¿no? Especialmente en una fiesta así”.

“¿Qué intentas decir, cuatro ojos?”.

“Digo que tal vez Vivian eligió a la persona que creía que la haría destacar más a ella”.

Madison lo miró con los ojos rojos e hinchados. Jung-in movilizó todos los cumplidos que pudo.

“Tú eres guapa. El peinado te queda bien y tu cara es muy simétrica. No hay mucha gente que sea realmente simétrica”.

“...Es la primera vez que alguien me halaga diciendo que mi cara es simétrica”.

Fue un cumplido torpe, pero pareció surtir efecto. Su tristeza pareció disiparse, pero pronto cambió de dirección hacia la ira. Madison dijo resoplando.

“¿Cómo puede hacerme esto? ¿Crees que fue fácil para mí guardar el secreto? ¡Sé todo sobre Chase y Vivian, pero no se lo dije a nadie!”.

Al oír el nombre de Chase, las cejas de Jung-in se movieron ligeramente. Madison, sin darse cuenta, continuó con voz agitada y apretando los dientes.

“Si se supiera, podrían quedar arruinados socialmente. ¡Y yo mantuve la boca cerrada sobre ese secreto!”.

Tras rechinar los dientes, de pronto volvió en sí y miró a Jung-in con cara de apuro.

“¡No se lo digas a nadie!”.

Jung-in asintió esforzándose por sonreír. Madison lo miró con desconfianza un momento y luego volvió a mirar al frente. Sus emociones regresaron a la tristeza.

“Buaaa... yo también quiero ir a la gala de Teen Vogue...”.

Jung-in solo tenía un pensamiento en la cabeza: ¿Cuál será el secreto de Chase Prescott y Vivian Sinclair? Le daba miedo incluso imaginarlo. Sentía que fuera lo que fuera, sería peor de lo que pudiera pensar. Deseando irse de allí, habló con cuidado.

“¿Sabes qué? Hay una barbacoa afuera. Dicen que hay filetes y perritos calientes”.

“¡Soy la flyer! ¡Tengo que controlar mi peso! No he comido algo así en meses. ¡Buaaa!”.

El llanto de Madison se volvió aún más desgarrador. Mirándola sollozar, Jung-in suspiró y, como si no tuviera opción, dijo.

“... ¿Sabes por qué el 6 le tiene miedo al 7?”.

Madison levantó la cabeza de golpe.

“¿Qué?”.

“Dicen que el 6 le tiene miedo al 7. ¿Por qué crees que sea?”.

“Sniff, ¿por qué?”.

“Porque el 7 se comió al 9”.

“¿De qué hablas, ratón de biblioteca?”.

“7, 8, 9 (Seven, eight, nine).

Jung-in enfatizó cada número. En inglés, ‘ocho’ (eight) suena igual que ‘comió’ (ate), así que ‘7, 8, 9’ suena como ‘Siete se comió al nueve’. Era un juego de palabras clásico.

“Ja...”.

Madison soltó una carcajada de incredulidad y asombro. Jung-in continuó.

“Donde yo crecí, dicen que si te ríes mientras lloras, te saldrá pelo en el trasero”.

“¿Qué? ¡No digas cosas horribles! ¡No me he reído porque fuera gracioso!”.

“Como sea”.

Jung-in se levantó finalmente y le tendió la mano a Madison.

“Vamos. Si sigues llorando, se te hinchará la cara. Podrías perder la simetría”.

“...Está bien”.

Después de un buen rato, Madison tomó la mano de Jung-in y se levantó. Luego, sintiéndose avergonzada, murmuró.

“...Ve tú primero. Tengo que retocarme el maquillaje”.

Jung-in asintió, recordó el motivo por el cual había entrado al baño y se lavó las manos en el lavabo. Justo antes de abrir la puerta para salir, la voz de Madison lo detuvo.

“Oye”.

“¿Sí?”.

“Cuatro ojos, ¿cómo te llamas?”.

“Jay”.

“¿No tienes apellido?”.

“Lim. Jay Lim”.

“...Gracias, Jay Lim”.

Sonaba mucho mejor que nerd, cuatro ojos o ratón de biblioteca. Jung-in inclinó levemente la cabeza y salió del baño.

Al salir, el aroma ahumado de las salchichas y el olor delicioso del adobo de los filetes quemándose le golpearon la nariz. Era un aroma festivo, pero su hambre había desaparecido hacía mucho. Jung-in era del tipo que perdía el apetito en cuanto se sentía inquieto o de mal humor. Su madre siempre decía que era un mal hábito que lo consumía.

No sé con qué cara mirar a Chase ahora.

¿Cuál sería ese secreto? Lo primero que pensó fue que tenían un hijo oculto, pero Vivian presumía de una cintura esbelta todo el año, así que tuvo que descartar eso de la lista. Jung-in se detuvo de repente soltando un suspiro de ‘Ah’.

En primer lugar, por eso le desagradaba Chase. Sentía que Chase lo convertía en una persona mezquina que solo tenía pensamientos negativos. Jung-in cambió de idea sobre ir a la zona de la barbacoa, tomó su mochila y se la colgó al hombro.

Mientras pasaba por la piscina hacia la casa principal, Chase, que estaba junto a la parrilla, lo vio. Le hizo una señal con una gran sonrisa para que se acercara. Sin embargo, en cuanto vio que Jung-in llevaba la mochila puesta, su expresión se tensó. Se acercó a él con rostro lleno de dudas.

“¿Jay?”.

“Me voy por hoy”.

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La sorpresa y el desconcierto se extendieron por el rostro de Chase.

“Dijimos que cenaríamos juntos. Dijiste que solo ibas a lavarte las manos”.

“No tengo mucha hambre”.

“...”.

Chase lo miró fijamente como tratando de leer sus verdaderas intenciones. Jung-in apartó la mirada rápidamente. Sentía que si miraba a Chase ahora, volvería a tener pensamientos absurdos. Sentiría la urgencia de desentrañar el secreto. Y no podía soportar verse a sí mismo así.

Al final, Chase, leyendo el rechazo rotundo en el rostro de Jung-in, habló con voz apagada.

“Espera un momento. Te llevaré”.

En ese momento, Brian Cole apareció detrás de Jung-in. Al ver que este llevaba la mochila, le habló con indiferencia.

“¿Te vas? Si no viniste en coche, ¿quieres que te lleve? Estoy a punto de ir a recoger a alguien”.

Alguien al lado preguntó: ‘¿A quién? ¿A Ava?’, pero Brian solo sonrió sin responder. Probablemente era otra chica.

En condiciones normales, jamás se habría subido a su coche. El asiento del pasajero del Mustang de Brian Cole era famoso por las muchas ‘historias’ que allí ocurrían. Sin embargo, ese asiento, que seguramente no era muy higiénico, era ahora la vía de escape más rápida para Jung-in.

“¿Podrías hacerlo?”.

Jung-in caminó rápidamente hacia Brian Cole. Luego se giró y se despidió de Chase.

“Como Brian va de camino, me iré con él. Gracias por todo hoy. Dile a Darius que haga la tarea sin falta”.

“...”.

Chase no dijo nada. Se limitó a observar a Jung-in en silencio. Pero su mirada era algo afilada, casi como si lo estuviera fulminando. Las comisuras de los labios de Jung-in temblaron mientras se esforzaba por dedicarle una sonrisa forzada.

***

“Déjame aquí”.

Brian miró de reojo hacia el asiento del pasajero donde estaba Jung-in. Su Mustang acababa de entrar en Palmgrove Drive.

“Dijiste que tu casa estaba en Willow Street”.

“Está bien. Solo quiero caminar”.

“Va a oscurecer pronto”.

Jung-in no sabía que Brian Cole tuviera ese lado caballeroso. Si tan solo se controlara con las chicas, sería una persona bastante decente. Una lástima.

“No es un barrio tan peligroso”.

“Bueno, como quieras”.

Brian detuvo el coche, Jung-in le dio las gracias brevemente y bajó. Brian pisó el acelerador sin dudar y su Mustang desapareció rápidamente de su vista.

Justo cuando empezó a caminar, alguien llamó a Jung-in.

“Jay, ¿vas camino a casa?”.

Al girarse, vio a Rachel, la madre de Justin, sacando las bolsas de la compra de su coche. La casa de Justin estaba a solo unas manzanas de la de Jung-in.

“Hola. ¿Y Justin?”.

“Vengo justo de dejarlo en el aeropuerto. No sabes lo preocupada que estoy...”.

Ahora que lo recordaba, hoy era el día que Justin se iba a Boston. Solo el vuelo a Boston tarda seis horas y media. Para el recorrido por el campus que empezaba mañana por la mañana, tenía que salir hoy.

De pronto, le invadió la culpa. Por estar consolando a una chica que apenas conocía en una mansión lujosa, ni siquiera le había dado una despedida adecuada a su mejor amigo.

“¿Has cenado? ¿Quieres venir a comer con nosotros?”.

“No, gracias. Me voy a casa”.

“¡Está bien, ven a visitarnos pronto!”.

Jung-in se despidió brevemente y siguió caminando pesadamente. Mientras caminaba por la ruta familiar mirando solo sus pies, las farolas se encendieron y la oscuridad de la noche se extendió por doquier.

Sus pensamientos se multiplicaron. De repente, recordó escenas de las telenovelas que solía ver la abuela Mei-Ling. Relaciones secretas y retorcidas de dramas exagerados. ¿Sería el secreto de Chase y Vivian algo así? ¿Tal vez tenían un hermano gemelo oculto? Jung-in continuó con sus absurdas suposiciones hasta que se rió de sí mismo y se detuvo.

Se detuvo frente a su casa al ver el familiar descapotable plateado estacionado junto a la acera. Sus ojos se encontraron con los de Chase, que estaba de pie frente al coche. Por un momento, ninguno dijo nada ni se movió, solo se miraron el uno al otro.

Chase fue el primero en moverse. Caminó hacia Jung-in con las manos en los bolsillos. Cada paso que daba emanaba una extraña sensación de presión.

“¿Ese tipo no tiene ni la decencia de dejarte en la puerta de tu casa? ¿A esta hora?”.

Su voz era baja y calmada, pero parecía tener espinas.

“¿Por qué hablas así? Brian es tu amigo”.

El entrecejo de Chase se contrajo.

“¿Por qué te fuiste sin cenar?”.

No era como si fuera una madre coreana obsesionada con la comida, ¿por qué insistía tanto? Jung-in no tenía nada que decir y toda la situación le resultaba agotadora. Un suspiro de cansancio se reflejó claramente en su rostro.

“No entiendo por qué has venido hasta aquí para interrogarme, Prescott”.

“Déjame preguntarte una cosa más. ¿Por qué con Darius y Brian usas sus nombres, pero conmigo solo usas ‘Prescott’?”.

Había una emoción contenida en su pregunta. Era una observación en la que Jung-in no había reparado. Parpadeó, momentáneamente aturdido.

“Eso es porque...”.

¿Por qué no llamaba a Chase por su nombre? ¿Sería porque su apellido, Prescott, era demasiado imponente? ¿O acaso tenía miedo de que, en el momento en que lo llamara por su nombre, Chase se convirtiera en alguien más especial?

Por extraño que parezca, se resistía a pronunciar su nombre.

“Todo el mundo te llama así”.

Respondió Jung-in, fingiendo indiferencia.

Chase puso una expresión de frustración, como si algo no estuviera saliendo como él quería.

“Seguro que pasó algo. ¿Qué fue? ¿Recibiste una mala noticia de tu casa?”.

“No es nada de eso”.

“¿Y esperas que me crea eso?”.

Jung-in estaba igual de frustrado.

“¿Qué te pasa por no haber cenado? ¿Acaso eres el policía de la comida?”.

“Ese no es el problema. Es tu estado de ánimo...”.

“Exacto. ¿Por qué te importa tanto mi estado de ánimo?”.

Chase se quedó sin palabras un momento y exhaló un suspiro brusco, pasándose la mano por el cabello con algo de nerviosismo.

“Eres demasiado complejo. Eres tan difícil como las malditas fórmulas que tenías en tu camiseta, joder”.

“¿Qué? ¿Malditas? ¿Joder?”.

Jung-in frunció el ceño ante el lenguaje inusualmente grosero de Chase. Chase continuó sin inmutarse.

“¡Incluso con ese libro está claro que me odias! ¡Lo sé! Pero cuando hablamos en la playa o cuando estamos solos, no parece que sea así. ¿Qué es lo que sientes realmente? Viendo cómo me evitas en la escuela, no parece que quieras ser mi amigo. No intentas parecer fuerte como los demás, ni parece que quieras nada de mí”.

“¿Y qué? ¿No puedo ser así?”.

La voz de Jung-in también se fue elevando. Chase lo miró fijamente con sus ojos azules llenos de confusión.

“¿Lo haces a propósito para sacarme de quicio?”.

“Tienes un ego muy grande. No todo gira en torno a ti, Chase Prescott”.

“¡¿Entonces cuál es el problema?!”.

En ese momento, la voz de alguien más intervino desde atrás.

“¿Jung-in?”.

Ambos se giraron al mismo tiempo. Su-ji estaba en la entrada de la casa con una bolsa de basura negra, mirándolos con preocupación.

“Mamá...”.

Al oír cómo la llamaba, la mirada de Chase se dirigió naturalmente hacia Su-ji. Ella alternaba su mirada entre su hijo y el chico rubio y corpulento que discutían frente a la casa. Sus ojos se movían con agudeza, tratando de confirmar si aquel chico era una amenaza para su hijo.

Chase retrocedió un paso de inmediato. Abrió la boca como si quisiera decirle algo a Jung-in, pero terminó cerrándola sin decir nada. Luego, sin dudarlo, se giró hacia Su-ji.

En realidad, él sentía que Jung-in lo estaba ‘golpeando’ con sus palabras. Sin embargo, desde la perspectiva de un tercero, podría parecer que un chico grande estaba acosando a uno pequeño. Tenía que aclarar el malentendido.

“Hola. Soy Chase Prescott. Soy amigo de Jay en la escuela. Estamos juntos en la clase de inglés”.

“Ah, ya veo. Amigo de Jay en la esc... ¿espera? ¿Prescott?”.

Su-ji recordaba el nombre que Steven había mencionado varias veces. Además, ella había estado en la mansión de los Prescott para recuperar la mochila que Jung-in se había dejado. Chase se rascó la nuca con timidez y añadió.

“Mi padre tiene un pequeño negocio con el nombre de la familia”.

¿Pequeño negocio?, Jung-in soltó un bufido de incredulidad.

Mientras tanto, Su-ji sentía que las piezas del rompecabezas en su cabeza encajaban perfectamente: que Jung-in llegara tarde ayer, la chaqueta de béisbol con la que llegó, que hubiera hecho un nuevo amigo... todo cobraba sentido.

“¿Por qué... eres jugador del equipo? ¿Del equipo de fútbol?”.

Chase abrió mucho los ojos y preguntó.

“¿Cómo lo ha sabido?”.

“Instinto”.

Su-ji mostró una sonrisa significativa. Luego, mirándolos a ambos, preguntó con cuidado.

“El ambiente no parecía muy bueno. ¿Estaban peleando?”.

“No. De ninguna manera”.

 Respondió Chase rápidamente. Su voz tenía un tono algo desesperado, deseando que ella le creyera.

“Si es así, me alegro”.

Su-ji asintió con una sonrisa mucho más amable. Era la primera vez que Jung-in traía a un amigo que no fuera Justin, por lo que Su-ji se sentía algo especial. Además, ver que había traído a un chico que parecía ser de los ‘populares’ de la escuela le daba una sensación de orgullo.

Desde que Jung-in entró por primera vez en una escuela estadounidense hasta ahora, Su-ji siempre se había preocupado por si él se adaptaría bien. Cada día vivía como si caminara sobre una fina capa de hielo, temiendo que él regresara llorando por algún comentario prejuicioso. Sintiendo que finalmente todo estaba bien, Su-ji experimentó un profundo alivio. Su corazón incluso se sintió un poco eufórico.

“Chase, ¿verdad? Vamos a cenar. Si no has comido todavía, ¿quieres acompañarnos?”.

Jung-in miró a su madre con los ojos como platos. Chase seguramente ya había cenado mientras él consolaba a Madison. Jung-in iba a adelantarse para rechazar la invitación, pero Chase fue más rápido.

“Estaría encantado si me permiten”.

La boca de Jung-in se abrió ligeramente. Miró a Chase con incredulidad, pero él mantenía su mirada fija en Su-ji con una sonrisa radiante.

“Es comida coreana, ¿está bien?”.

“Me encanta probar cosas nuevas”.

La situación se desarrolló en una dirección que Jung-in no había previsto en absoluto.

Chase, que cruzaba el umbral de la casa de Jung-in por primera vez, observó el interior lentamente. La casa no era grande, pero emanaba una atmósfera cálida y acogedora. Estanterías de madera antiguas, una mesa de café con la pintura descascarada y sillas que no hacían juego estaban distribuidas por el espacio. Eran objetos que mostraban las huellas del tiempo.

A Su-ji le gustaba reformar muebles antiguos que encontraba en ventas de garaje o tiendas de segunda mano en lugar de usar muebles producidos en masa. Era uno de sus pasatiempos y Jung-in siempre participaba en el proceso.

“Su casa es muy bonita”.

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“Gracias. Siempre hay algo que arreglar, pero es una casa encantadora”.

Chase sonrió mientras miraba a su alrededor y le preguntó a Su-ji.

“Me gustaría lavarme las manos, ¿dónde está el baño?”.

“Aquel, detrás de la puerta con la corona de flores”.

Cuando Chase se dirigió al baño tras dar las gracias, Jung-in se acercó a su madre y le susurró.

“¡Mamá! ¡¿Cómo se te ocurre invitarlo así de repente?!”.

“¿Qué tiene de malo? Es amigo de mi hijo”.

Ante la respuesta despreocupada de Su-ji, Jung-in se quedó sin palabras, suspiró con resignación y se dejó caer en una silla del comedor. Poco después, Chase salió del baño y se acercó con naturalidad al lado de Su-ji. Al estar de pie uno junto al otro, la diferencia de altura era inmensa. Su-ji tuvo que levantar mucho la cabeza para mirar a Chase.

“Su madre debe estar orgullosa de que su hijo haya crecido tan bien. ¿Cuánto mides?”.

“Unos 6 pies y 5 pulgadas (195 cm)”.

“Ojalá nuestro Jay creciera solo 2 pulgadas más”.

“¡Mamá!”.

Chase se giró y, al ver la expresión de enfado de Jung-in, soltó una risa silenciosa. En la comodidad del hogar, las expresiones de Jung-in parecían mucho más honestas que de costumbre.

“¿Puedo ayudar en algo?”.

“¿Podrías poner los platos?”.

Chase sacó los platos del armario que Su-ji le indicó y los colocó uno por uno en la mesa redonda. Era una mesa perfecta para cuatro personas y un poco apretada para cinco.

El plato principal en el centro de la mesa era Dak-bokkeum-tang (estofado de pollo picante), el plato coreano que solían preparar más a menudo. Los condimentos se conservaban mucho tiempo, y como ingredientes secundarios solo se necesitaban patatas y cebollas. El pollo era fácil de conseguir en cualquier lugar, así que no había plato más sencillo.

“¡Ah! Chase, ¿comes picante?”.

Chase pensó un momento como si tratara de recordar.

“Bueno... he descubierto que hay diferentes tipos de picante. Me dijeron que aguanto bastante bien la comida española, pero la comida india me venció”.

“Hoy probarás el picante coreano. Aquí tienes”.

Cuando Su-ji abrió la tapa de la olla, un vapor caliente se elevó y el aroma intenso y picante del estofado llenó la habitación. Chase miró el interior de la olla como si estuviera observando a un oponente en un duelo.

“Esto... parece que el pollo se ha caído en lava. Sinceramente, me da un poco de miedo”.

Su-ji estalló en carcajadas ante su comentario. Le sirvió una ración adecuada de arroz y unos trozos de pollo mientras decía.

“Vamos, pruébalo”.

Al ver que Chase tomaba los palillos, Su-ji le preguntó si necesitaba un tenedor. Chase negó con la cabeza y dijo.

“Está bien. Sé usar palillos. Gracias por la comida”.

Tras un saludo educado, Chase, con expresión decidida, tomó un muslo de pollo rojo brillante y lo puso sobre su arroz. Su-ji lo observaba con curiosidad y le preguntó de pasada.

“Siendo tan guapo, supongo que tendrás novia, ¿verdad?”.

Chase se detuvo un momento, pero pronto mostró una sonrisa amable. No confirmó ni negó, pero su silencio fue interpretado como una afirmación. Al verlo, Jung-in sintió que el enojo crecía en su interior. El deseo de provocarlo para sacarle el secreto sobre Vivian asomó la cabeza.

“¿Novia? No es solo una novia, mamá. Es la chica más guapa de la escuela. Es la capitana júnior del equipo de animadoras”.

Chase giró la cabeza lentamente y miró a Jung-in. Su expresión se volvió más pesada, pero aun así no salió de su boca ninguna palabra de negación ni de ningún otro tipo.

“¡Cielo santo!”.

Exclamó Su-ji con los ojos brillando de admiración.

“¿Una pareja de jugador de fútbol y animadora? ¿Entonces las películas y series no se inventaban nada?”.

Chase volvió a sonreír en silencio sin dar más respuesta.

Poco a poco, su compostura fue desapareciendo. Al principio comía como si nada, pero en un momento dado, sus ojos se enrojecieron y su respiración se volvió más rápida. Jung-in suspiró y le trajo un vaso de agua fría. Chase vació el vaso de un trago.

“Oh, no. Debe estar muy picante”.

Dijo Su-ji riendo, como si estuviera viendo a un niño pequeño probando el picante por primera vez.

“Si pica, come arroz”.

Ante el consejo de Jung-in, Chase tomó enseguida una gran cucharada de arroz. Ver a un hombre tan grande seguir sus instrucciones con tanta docilidad le hizo sentir bastante bien. Una vez más, Chase le recordó a un perro grande de pelaje dorado.

La extraña tensión que sentía hasta hace un momento se desvaneció instantáneamente.

“Pica si lo comes por separado. Hazlo así”.

Jung-in desmenuzó el pollo con los palillos y lo puso sobre el arroz. Añadió un trozo de patata y lo aplastó con la cuchara mezclándolo todo.

“Así pica menos”.

Chase imitó exactamente la demostración de Jung-in. Y nada más dar el primer bocado, su expresión cambió. El picante se suavizó y un sabor delicioso llenó su boca. Chase vació el primer cuenco en un instante y pidió otro para terminarlo de la misma manera.

Jung-in, recordando las cantidades que comía en el diner, lo comprendió, y Su-ji observaba con agrado cómo aquel joven rubio devoraba con gusto la comida que ella había preparado.

“Les ayudaré a recoger”.

Dijo Chase levantando con cuidado los platos vacíos.

Su-ji lo miró sorprendida un momento y luego agitó las manos negando.

“Eso podrás hacerlo a partir de la quinta vez que vengas de visita”.

Su-ji le dedicó una sonrisa amable a Chase y luego le dijo a Jung-in.

“Jung-in-ah, enséñale tu habitación a Chase”.

Jung-in levantó una ceja ante la propuesta repentina. No olvidó dirigirle una mirada de reproche a su madre. El mejor escenario habría sido que Chase declinara y dijera que ya se iba, pero Chase, por el contrario, no podía ocultar una expresión de ilusión, como un perro al que le dicen de ir a pasear.

“Ja... sígueme”.

Jung-in suspiró y se levantó, seguido por Chase. La mirada de Chase recorrió la habitación de Jung-in como si la estuviera escaneando. La habitación era igual que su dueño: todo estaba perfectamente ordenado, sin ni siquiera un póster en las paredes. Lo único que destacaba era una chaqueta de béisbol con las iniciales de la escuela colgada junto al armario blanco.

Siguiendo la mirada de Chase, Jung-in corrió avergonzado a descolgarla.

“Ah, hoy debería habértela devuelto... qué bien. Llévatela ya que estás aquí”.

Chase no respondió y se dejó caer en la cama de Jung-in. Luego, observando la habitación de nuevo, preguntó.

“¿Qué era lo que comimos hoy? Estaba muy bueno pero picaba mucho.

“Es un plato de pollo que comemos mucho los coreanos”.

Respondió Jung-in dejando la chaqueta a su lado.

“Puede que te duela el estómago. Toma un vaso de leche al llegar a casa”.

“Ahora mismo siento como si mi corazón estuviera latiendo en mi estómago. Toca”.

Chase tomó la mano de Jung-in y la puso sobre su abdomen. Bajo la palma de su mano, Jung-in solo pudo sentir el contorno firme de sus músculos abdominales. Jung-in retiró la mano rápidamente, sonrojándose.

“N-no noto nada raro”.

Chase se rió con timidez y se recostó de lado en la cama. Entonces descubrió un peluche blanco junto a la almohada y lo abrazó.

“Snowball, papá ha vuelto”.

“Yo soy el papá, ¿por qué vas a serlo tú?”.

Lo regañó Jung-in.

“No seas tan estricto”.

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Chase sonrió con picardía, devolvió el peluche a su lugar y le dio unos golpecitos suaves en la cabeza.

“Antes, tu madre te llamó de una forma diferente, creo”.

“Era mi nombre coreano”.

“¿Jay no es tu nombre?”.

“Jung-in. Ese es mi nombre”.

Chase repitió el nombre de Jung-in con una pronunciación torpe.

“¿Jung... in?”.

Pareció interesado y sus ojos brillaron. Tomó un trozo de papel que había sobre el escritorio y se lo tendió a Jung-in.

“Escríbelo”.

Jung-in escribió su nombre en hangul y Chase inclinó la cabeza, fascinado por el sistema de escritura desconocido. Luego sacó su teléfono y le tomó una foto. Chase manipuló la pantalla buscando algo y de pronto soltó una exclamación de asombro.

“Vaya... esto es... increíble”.

“¿Por qué?”.

Le mostró la pantalla del teléfono a Jung-in. En el monitor aparecía la traducción del hangul al inglés.

[Jung-in (정인)]: 'beloved', persona amada, amante.]

Jung-in se sintió desconcertado un momento, pero respondió con voz calmada.

“En Corea también se usa con ese significado”.

“¿Y qué es Lim?”.

“En realidad es ‘Im’, pero al escribirlo en inglés se lee como ‘Lim’”.

“Escríbelo”.

Jung-in escribió ‘Im’ en el papel y Chase acercó de inmediato la cámara de su teléfono. Entonces soltó un suspiro de incredulidad.

“Ja...”.

“¿Qué?”.

[Im ()]: Persona que es objeto de amor total y devoción.]

Jung-in se sintió un poco avergonzado y se tocó la nuca.

“...Bueno, se usaba con ese significado en la poesía clásica coreana”.

“Hasta tu nombre es lindo. Es como si estuvieras rogando”.

Ante aquellas palabras inesperadas, Jung-in parpadeó sorprendido y lo miró.

“Parece que estás rogando que te amen”.

Jung-in se quedó sin palabras. Pasó un buen rato antes de que pudiera hablar.

“...No digas tonterías”.

“¿Puedo llamarte Jung-in?”.

“No”.

“¿Por qué? ¿Es muy caro ese nombre? Pagaré la tarifa de uso. ¿Cuánto quieres? Te lo mando por Cash App”.

Jung-in soltó una risa incrédula. En ese instante, la tensión que fluía entre ambos se relajó un poco. Chase no desaprovechó la oportunidad y preguntó.

“¿Por qué te fuiste así antes?”.

“¿No habíamos terminado ya con ese tema?”.

Jung-in suspiró con cansancio. Pero Chase no se dio por vencido y siguió insistiendo.

“¿Hice algo malo?”.

“No fue nada de eso”.

“Lo ves, algo pasó”.

Jung-in sintió una pizca de irritación ante la insistencia de Chase, pero se contuvo y se pasó la mano por el cabello.

“¿Por qué estás aquí haciendo esto?”.

“¿Eh?”.

“Son las vacaciones de primavera (spring break). ¿No deberías estar en los Cabos o en Miami Beach con tu novia? ¿Por qué no estás con Vivian...?”.

“¿Vivian?”.

“Sí. Vivian Sinclair. Tu novia”.

Jung-in habló fingiendo indiferencia y fijó su mirada en el escritorio. Sin embargo, podía sentir que las yemas de sus dedos temblaban levemente. Intentando que no se notara su intención de sonsacarle información, fingió ordenar su escritorio que ya estaba limpio. Cuando el silencio se prolongó más de lo necesario, levantó la cabeza y sus ojos se encontraron directamente con los de Chase.

“Ah...”.

Exclamo Chase al comprender.

“Con eso se explica perfectamente por qué me odias”.

“... ¿Qué quieres decir?”.

“Jay, ¿te gusta Vivian?”.

La mano de Jung-in se detuvo. Había fallado el tiro por completo. Era una suposición tan absurda que ni siquiera se le ocurría qué responder. Pero pensándolo bien, si iba a malinterpretar algo, era mejor que fuera eso. Era mucho mejor que... descubrir su verdadero sentimiento.

Jung-in cerró la boca y apartó la mirada rápidamente. Sin embargo, ese pequeño gesto pareció ser una confirmación para Chase.

“¿Era eso? ¿Te gusta Vivian?”.

Jung-in suspiró. Aunque sabía que él había llegado a la conclusión equivocada, no quiso corregirlo. Sería más fácil para él si Chase lo creía así.

“Sí. Por eso me caías mal. ¿Contento? Ahora que ya sabes lo que siento, devuélveme mi cuaderno”.

“Jay. Con Vivian no puede ser”.

Chase habló con el tono de un padre regañando a un hijo que va por el mal camino. Aquellas palabras revolvieron el interior de Jung-in. No necesitaba que Chase le confirmara que no estaba a la altura de Vivian Sinclair; ya lo sabía de sobra. Vivian Sinclair ni siquiera sabría de la existencia de un nerd como él, tal como le pasaba a Chase Prescott hasta hace poco. Lo que le dolía no era el hecho en sí, sino la actitud tajante de Chase al señalarlo.

Jung-in sintió que sus emociones se filtraban en sus palabras y respondió con sarcasmo.

“Claro. ¿Cómo se atrevería alguien como yo a ser el rival de Chase Prescott? Sé perfectamente que es tu novia. Incluso los vi con mis propios ojos”.

“... ¿De qué hablas?”.

“El día de la fiesta benéfica, los vi besándose en la terraza de tu casa. Me asusté tanto que salí corriendo y por eso me dejé la mochila. ¿Por qué crees que la mochila estaba allí tirada?”.

“¿Qué... qué viste?”.

La expresión de Chase se tensó al instante. Parecía estar a punto de estallar de ira, así que Jung-in se apresuró a añadir una excusa.

“¡No estaba espiando! ¡Y yo estaba en la terraza antes que ustedes, que llegaron después!”.

“...”.

Él seguía sin decir nada. Incómodo ante el silencio de Chase, Jung-in añadió fingiendo naturalidad.

“En el futuro, cuando vayan a demostrar su afecto, asegúrense de comprobar mejor si hay alguien más cerca, Prescott”.

El rostro de Chase se oscureció como si se hubiera cubierto de nubarrones. ¿Debería haberme callado?, pensó Jung-in repasando mentalmente sus palabras. No creía haber dicho nada especialmente grave, pero la reacción era extraña.

Después de un rato, Chase, que había estado recostado cómodamente en la cama de Jung-in, se levantó de repente.

“...Tengo que irme”.

Su voz era profunda y apagada. Jung-in se sintió desconcertado por el cambio repentino de actitud. Se preguntó si Chase estaba tratando de vengarse imitando lo que él mismo había hecho en su casa.

Cuando Jung-in se levantó torpemente, Chase ya estaba en el umbral de la puerta. Se detuvo un momento antes de cruzarlo y, sin darse la vuelta, giró un poco la cabeza y dijo.

“No sé qué es lo que crees haber visto... pero lo que se ve no lo es todo”.

Chase pareció contenerse para no decir nada más. Tras dejar aquellas palabras enigmáticas, salió de la habitación.

Jung-in dudó sobre si seguirlo escaleras abajo, pero no pudo moverse. Se quedó en medio de la habitación escuchando cómo bajaba los peldaños. Pronto oyó el eco de su despedida a Su-ji.

En cuanto oyó el ‘clic’ de la puerta principal al cerrarse, Jung-in corrió a la ventana. Apartó un poco la cortina y miró hacia abajo. Chase salía de la casa. Ni siquiera se giró a mirar; caminó directo hacia su coche mirando solo al frente.

La silueta afilada del Porsche plateado brillaba incluso en la oscuridad. Chase subió al coche sin dudar un segundo. Jung-in observó las luces traseras del Porsche alejarse por la carretera hasta que desaparecieron, y luego cerró la cortina con un suspiro.

‘No sé qué es lo que crees haber visto... pero lo que se ve no lo es todo’.

Sus últimas palabras no paraban de dar vueltas en su cabeza. Cuando las dijo, Chase parecía cansado.

Aquella noche, tras dar mil vueltas en la cama, Jung-in terminó tomando su teléfono. Después de mucho pensarlo, lo único que envió fue un saludo trivial.

 

Chase Prescott

[Gracias por comer con nosotros, aunque la comida pudiera no gustarte. Que descanses.]

 

Poco después de enviar el mensaje, apareció la señal de que el destinatario estaba escribiendo. Jung-in aguantó la respiración esperando a que los tres puntos desaparecieran y llegara su respuesta.

Sin embargo, los tres puntos desaparecieron pronto y la pantalla se quedó en silencio. Se quedó mirándola fijamente hasta que la pantalla se apagó.

 

Esa noche, al día siguiente, y al siguiente, no llegó ninguna respuesta.