7. Acuerdo prenupcial o ruptura

 


7. Acuerdo prenupcial o ruptura

 

El King's Cask, el pub habitual de Jung-in, estaba tan bullicioso como cualquier otro día. El aroma a fritura flotaba en el aire y el sonido de los brindis con jarras de cerveza se sucedía uno tras otro. Jung-in estaba sentado en un reservado en la esquina, frente a Justin, mirando la pantalla del teléfono que este le había entregado.

“Mira abajo del todo”.

Dijo Justin, haciendo el gesto de deslizar el dedo en el aire.

Jung-in asintió y examinó la pantalla con atención. Los mensajes de texto entre Andrea a quien conoció en la fiesta de compromiso y Justin llenaban la pantalla de cristal líquido. Ambos hablaban sobre un robot de inteligencia artificial para ayudar a pacientes con paraplejía que la empresa de Justin estaba desarrollando. Por supuesto, no era nada tan profundo que pudiera comprometer la seguridad.

 

[Andrea Sherman]

[¿Cuándo puedo ir a visitar la empresa?]

 

Justin miraba a Jung-in con los ojos brillantes. Tenía esa expresión de quien espera escuchar exactamente lo que quiere oír, o mejor dicho, de quien ya ha sacado su propia conclusión y solo busca un ‘podría ser’ para validarla. Sin embargo, Jung-in no podía decirle a la ligera lo que Justin quería, sabiendo que ya estaba listo para emocionarse.

“¿Y esto qué tiene?”.

“¿No será que le intereso?”.

“Justin... Andrea está investigando redes neuronales para pacientes con lesiones medulares”.

Jung-in miró a Justin con preocupación. Tener esperanza no era algo malo, pero Justin ya había pasado varias veces por lo mismo: dar un significado excesivo a una frase trivial o a un emoji, para terminar cayendo en un pozo de decepción y desesperación.

Luego, el patrón se repetía: durante un tiempo solo vestía sudaderas negras, su lista de reproducción se llenaba de canciones ‘emo’ y caminaba con cara deprimida diciendo cosas como ‘la vida es intrínsecamente solitaria’. Siempre era tarea de Jung-in consolarlo.

“Lo sé, Jay, sé lo que te preocupa. Temes que me haga ilusiones y luego me decepcione de nuevo”.

Justin tomó su jarra de cerveza con expresión amarga y se la bebió de un trago.

“Pero... yo también quiero tener lo que tú y Press tienen”.

“Justin...”.

Justin no tenía suerte en el amor. O mejor dicho, no sabía elegir a las personas. Muchas veces, tras aceptar una invitación con el corazón latiendo fuerte, lo que le esperaba era una petición para instalar una impresora o conectar el Wi-Fi. Incluso hubo alguien que lo usó solo como un accesorio para dar celos a su exnovio.

“Sé que si conozco a alguien, podría amarla como Superman ama a Lois Lane... Aunque, en muchos sentidos, ella sería Superman”.

“Si te acercas con naturalidad, la otra persona sentirá menos presión. Esas cosas se notan aunque no las digas”.

“¡No acepto consejos de amor de alguien que se va a casar con su primer amor!”.

Jung-in dejó escapar una pequeña risa, dándole la razón. En ese momento, el ruidoso pub se quedó en silencio por un instante. Al mirar alrededor para ver qué pasaba, vio una silueta cerca de la entrada que desentonaba completamente con el ambiente del lugar.

El hombre que captó la atención de todos vestía un traje negro impecable con corbata y llevaba la cabeza rapada. Medía fácilmente más de un metro noventa y su físico era tan imponente que cubría el marco de la puerta. Parecía el guardaespaldas de un presidente o de una estrella mundial.

Justin dijo con la boca abierta.

“Vaya, mira a ese tipo. Parece un agente de S.H.I.E.L.D”.

“Eso parece”.

El hombre giró la cabeza lentamente desde la entrada. Parecía estar escaneando cada rincón del pub. ¿Habría sido una ilusión? Por un momento, pareció que su mirada se detuvo en su mesa.

No fue una ilusión. El hombre empezó a caminar directamente hacia la mesa donde estaban Jung-in y Justin. Parecía que el ruido del pub se desvanecía por momentos. Justin, con los ojos como platos, se inclinó hacia Jung-in.

“Ja... Jay. ¿Has hecho algo por lo que te puedan arrestar? ¿Pasaste datos de la empresa al exterior o algo así?”.

“Ni hablar”.

“¿Entonces soy yo? ¿Finalmente me ha detectado el Gran Hermano? Solo falsifiqué una vez una entrada para la Comic-Con...”.

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Mientras Justin repasaba su vida pasada, el hombre ya estaba frente a la mesa. Una enorme sombra cayó sobre ellos. De cerca, su complexión era aún más abrumadora. La presión era tal que a ambos se les tensó la nuca al mismo tiempo.

“¿Es usted el Señor Jay Lim?”.

Dijo el hombre con una voz grave y pesada. Jung-in, por reflejo, se enderezó.

“¿S-sí?”.

Intentó parecer seguro, pero sintió un sudor frío recorriéndole la espalda. Los labios de Justin, sentado a su lado, estaban blancos, como si se hubiera quedado sin sangre.

“El Señor Prescott desea verlo”.

“¿Chase?”.

El hombre guardó silencio un momento y corrigió con calma:

“El Señor Prescott padre”.

“Ah...”.

Se refería a Dominic Prescott, el padre de Chase.

“Un momento”.

En cuanto Jung-in tomó su teléfono, el hombre extendió la mano con el rostro inexpresivo y bloqueó la pantalla.

“Me ordenó traerlo sin avisar al joven amo”.

Jung-in se detuvo y miró al hombre. Intentaba parecer indiferente, pero por dentro su mente trabajaba a toda velocidad tratando de adivinar las intenciones de Dominic Prescott. Chase había llamado a su madre al día siguiente de la fiesta de compromiso para contarle la noticia. Aunque fueran un matrimonio de conveniencia, Dominic debía de haberse enterado. ¿Llamarlo de esta manera era para expresar su oposición?

El hombre no tenía la culpa, era solo un mensajero. Pero tampoco quería herir su propio orgullo aceptando ir tan dócilmente. Jung-in apretó los labios, bajó la mirada un instante y luego miró al hombre con ojos firmes.

“Ahora mismo estoy en medio de una charla importante con un amigo”.

El hombre miró fijamente a Jung-in y luego desvió la mirada hacia Justin. Ofreció una solución sencilla.

“Entonces que su amigo venga también. Pueden hablar en el coche”.

Justin, que de repente se veía arrastrado a la situación, abrió los ojos de par en par, sorprendido. Su cara gritaba: "¿Yo por qué?". Sin embargo, para desgracia de Justin, Jung-in terminó asintiendo tras pensarlo un momento.

“... Está bien”.

Justin parecía no haber procesado aún la situación. Con los labios secos, se limitó a mirar a Jung-in con ojos perdidos. Jung-in se levantó primero y apremió a Justin.

“Justin”.

Pero Justin no se movía, como si tuviera el trasero pegado a la silla. Jung-in soltó un pequeño suspiro y lo llamó una vez más.

“Best man (Padrino)”.

Solo entonces Justin soltó un quejido y se levantó. En su rostro se leía claramente la queja de si para esto lo habían nombrado padrino.

La calle frente al pub era una zona donde estaba prohibido estacionarse. Sin embargo, un enorme sedán Cadillac ocupaba el lugar sin inmutarse. La carrocería era imponente, los cristales estaban tintados de un negro profundo y no tenía ni una mota de polvo. Parecía un vehículo oficial, y probablemente lo fuera.

El hombre se adelantó en silencio y les abrió la puerta trasera. Jung-in subió primero, seguido de Justin, quien dudó un momento antes de entrar. Justin susurró hacia Jung-in con preocupación:

“Nadie me vio subir a este coche. Debería haber dejado algún testigo”.

“No pasará nada, no te preocupes”.

Mientras Jung-in tranquilizaba a Justin, el sedán arrancó suavemente y se dirigió hacia el centro de la ciudad. Las luces de la noche pasaban fugazmente por la ventanilla.

No pasó mucho tiempo antes de que el vehículo se detuviera frente a un edificio majestuoso que daba al puerto. Los enormes arcos, el techo abovedado y las clásicas paredes de piedra emanaban la dignidad y elegancia propias de la costa este de los Estados Unidos. Jung-in sabía perfectamente qué lugar era aquel. Era un hotel famoso por albergar reuniones de VIPs del mundo político y financiero, recaudaciones de fondos de alto nivel o reuniones familiares por herencias masivas.

“Bajen, por favor”.

Siguiendo las indicaciones del hombre, ambos bajaron del coche y entraron al hotel. El vestíbulo, con una altura que parecía unir dos plantas, tenía una atmósfera clásica y sobria, recordando a un antiguo banco europeo. Sin embargo, no tenían tiempo para admirar la decoración.

Fueron conducidos a un ascensor a través de un pasillo privado que otros huéspedes no utilizaban. Dentro del ascensor de acero inoxidable mate, solo había un botón. Cuando el ascensor empezó a subir silenciosamente, Justin agarró la manga de Jung-in como si tuviera miedo. Jung-in le soltó la mano suavemente y le dio unas palmaditas en el hombro para calmarlo.

“Todo está bien”.

Pero la tensión no disminuía; se escuchó el sonido de Justin tragando saliva con dificultad.

Llegaron a una suite que llevaba el nombre de un presidente de los Estados Unidos, creada tras remodelar lo que antes era una sala de recepción. Tras pasar por un pasillo con una hilera de puertas de uso desconocido, apareció la sala de estar.

En la sala, que era del tamaño de un campo de deportes, había sofás donde podrían sentarse diez personas y, a un lado, una pesada mesa de caoba. No sería extraño que en esa habitación se celebraran cumbres diplomáticas. A través de los enormes ventanales, las luces nocturnas del puerto de Boston se mecían suavemente.

Y de espaldas a esas luces, junto a la ventana, se veía una silueta larga y esbelta. Un hombre que observaba el paisaje nocturno mientras hablaba por teléfono en voz baja. Alguien que emanaba una atmósfera silenciosa pero afilada e imponente. Era Dominic Prescott.

Dominic, que seguía hablando, giró la cabeza lentamente al notar su presencia. Tras fijar su mirada en Jung-in, levantó el dedo índice de su mano derecha sin decir palabra. Era una señal muda para que esperara un momento.

Justin acercó su cara al oído de Jung-in y susurró.

“¿Quién, quién, quién es ese de Slytherin?”.

“Es el padre de Chase”.

“No es broma, de verdad parece un mago oscuro que acaba de venir de torturar a alguien en una cámara secreta”.

Ante las palabras de Justin, Jung-in no pudo evitar soltar una carcajada. Parecía que, incluso en aquel aire gélido, siempre quedaba algún resquicio para que brotara la risa. Justin seguía con el rostro desencajado por el terror, pero gracias a eso, Jung-in sintió que una capa de su propia tensión se desprendía.

En ese momento, Dominic, tras terminar su llamada, se dio la vuelta lentamente y se acercó. Jung-in intentó saludarlo, pero Justin se le adelantó.

“¡Ah, hola, señor!”.

Con un tono de voz que recordaba al de un recluta recién alistado, Justin lo saludó cortésmente usando el apelativo ‘Señor’. Parecía que las palabras se le habían escapado por el puro nerviosismo; él mismo se mordió el labio después, visiblemente avergonzado.

Dominic le lanzó una mirada fugaz y, sin preguntar quién era, asintió levemente para aceptar el saludo. Era esa clase de hombre: alguien a quien no le hacía falta preguntar nombres ni iniciar conversaciones. Identificarse era siempre tarea de los demás.

Jung-in lo presentó en su lugar.

“Es mi amigo, Justin Wong”.

“Un placer conocerte, joven Wong”.

Esos remilgados de la alta sociedad tenían una debilidad clara: sin importar los cálculos que hicieran en su cabeza o las críticas que soltaran a espaldas de otros, no podían soportar que se les viera como personas maleducadas en público.

Los modales eran su armadura y su arma. Sin embargo, al mismo tiempo, eran su corsé y su prisión, algo que Jung-in había notado hacía ya mucho tiempo. Y era un punto que Jung-in había sabido aprovechar estratégicamente en varias ocasiones.

“¿Cómo ha estado?”.

“Ha pasado tiempo”.

Habían pasado ya varios años desde que Jung-in irrumpió en aquella casa por primera vez para zanjar las cosas. Desde entonces, se veían una o dos veces al año. Casi siempre en Acción de Gracias, Navidad o en algún evento familiar al que Chase tuviera que asistir obligatoriamente.

Dominic solía actuar como si apenas lo viera. Pero como Jung-in, decidido a no dejarse pisotear, hacía exactamente lo mismo con él, se estableció un equilibrio peculiar. Una tregua silenciosa en la que ninguno de los dos bajaba la cabeza ante el otro.

Dicho esto, Dominic no podía permitirse ignorar a Jung-in. Sin aparente esfuerzo, él se había ganado a las mujeres de la familia, Sophia y Lillian. Marginar a Jung-in significaba ser marginado él mismo dentro de la familia, algo que ni siquiera Dominic podía permitirse, especialmente después de que Sophia ganara poder y presencia en los negocios.

Además, desde los hermanos hasta los sobrinos pequeños, todos querían y seguían a Jung-in. En las reuniones familiares, a veces era Dominic quien terminaba pareciendo el invitado no deseado.

Dominic caminó pausadamente hacia el bar en un rincón de la sala. De espaldas a sus invitados, sacó un vaso de cristal, colocó con cuidado un cubo de hielo grande con las pinzas y vertió el whisky. El líquido dorado de alta graduación resbaló por el hielo, emitiendo un suave tintineo.

Todavía de espaldas, preguntó.

“¿Quieres una copa?”.

“Como estoy con mi amigo, le pido dos, por favor”.

La mano de Dominic se detuvo un instante antes de reanudar el movimiento. Sacó un segundo vaso de cristal y repitió el proceso con el hielo y el whisky. Se acercó con los dos vasos y se los ofreció a Jung-in y a Justin.

“¡G-gracias!”.

Justin recibió el vaso con las dos manos y una expresión de suma gratitud, como si estuviera recibiendo un premio. Se llevó el vaso a la nariz con cuidado y aspiró el aroma. Era una fragancia suave y profunda que calaba hondo en los pulmones, algo que jamás había olido antes.

Jung-in también levantó su vaso y se mojó apenas los labios. El sabor picante del whisky envolvió la punta de su lengua, extendiéndose con suavidad. Sin embargo, no hubo tiempo para disfrutarlo con calma.

“Tengo algo que hablar contigo. ¿No deberíamos hacerlo en un lugar más tranquilo?”.

Ante las palabras de Dominic, Jung-in asintió.

Con un ligero gesto de la mandíbula de Dominic, el hombre que los había escoltado se llevó a Justin. Aquella suite contaba con una sala de cine y una biblioteca privadas, espacio más que suficiente para que Justin pudiera descansar un rato.

“Siéntate aquí”.

Solo después de verlos desaparecer tras la puerta, Dominic invitó a Jung-in a sentarse en el sofá del centro de la estancia.

“Me he enterado de que te has comprometido”.

Dominic lo dijo con voz inexpresiva, como si estuviera comentando una noticia leída de pasada en el periódico.

Jung-in levantó la mirada despacio para estudiar su rostro. Llevaba años junto a Chase; ¿acaso no se esperaba que algo así ocurriera? ¿Iba a intentar oponerse ahora? Parecía un poco tarde para eso. Ante estos pensamientos, una natural desconfianza se reflejó en su rostro. Al notarlo, Dominic rió entre dientes.

“No tienes por qué estar tan a la defensiva. Tú mejor que nadie sabes que, a estas alturas, ya no puedo oponerme”.

Jung-in comprendía bien su posición: no podía oponerse, pero tampoco podía dar su bendición.

Dos años atrás, la revista Fortune había publicado un reportaje especial sobre los drásticos cambios en la familia Prescott. El hijo mayor, de quien se esperaba que heredara la empresa, desafió todas las expectativas al elegir el camino de la medicina. Además, los rumores sobre su pareja masculina captaron la atención pública: un biólogo molecular de origen inmigrante asiático había ingresado en la inexpugnable y antigua fortaleza blanca de los Prescott.

Algunos lo calificaron como el ‘romance de una nueva era’, mientras que otros lo vieron como una ‘grieta en el castillo de la aristocracia’. Muchos se apresuraron a predecir el fin de la era de la sucesión hereditaria.

Sin embargo, había otra Prescott: Sophia Prescott, la hija mayor que durante mucho tiempo había permanecido en un segundo plano familiar. Ante la preocupación del mercado por la sucesión, ella misma asumió el cargo de CEO y, desde entonces, mantuvo una trayectoria audaz que le valió el calificativo de ‘estratega agresiva’ en el mundo empresarial.

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Sophia trajo un aire de innovación a la conservadora y cerrada empresa familiar. En lugar de viejas estrategias de evasión de riesgos, realizó inversiones audaces en startups tecnológicas. Como resultado, el Grupo Prescott empezó a mostrar una velocidad y unos resultados incomparables con la generación anterior.

Desde la flexibilización de los sistemas financieros hasta la mejora de la gestión de activos y la creación de nuevos portafolios de crecimiento, el nombre Prescott ya no pertenecía al pasado. Se volvió joven, ágil, flexible y moderno. El mercado llegó a calificarlo como ‘el periodo más dinámico en la historia de las empresas Prescott’.

Aquel artículo también destacó las vidas personales de los hijos Prescott: su educación en escuelas públicas en lugar de privadas, su vida austera en la infancia y cómo ambos entraron en Yale y Harvard con becas obtenidas por mérito propio. Era una imagen alejada del típico heredero chaebol. Esa inesperada faceta fue leída como autenticidad, y el público quedó fascinado por esa narrativa imprevista.

Un hijo que partió en busca de sus sueños y su amor, y una hija estratega que encontró un nuevo orden en el centro de la tradición. Gracias a ellos, la corporación Prescott logró sacudirse su imagen anticuada de un plumazo.

“Si no va a oponerse, ¿por qué me ha buscado?”.

Preguntó Jung-in dejando el vaso sobre la mesa.

Dominic no respondió de inmediato. Se levantó lentamente y caminó hacia la mesa del comedor. Su mano tomó una fina carpeta de documentos que reposaba sobre la superficie de caoba.

“Kingsley ha tenido que trabajar a toda prisa”.

Kingsley era el representante legal jefe que gestionaba los asuntos de la familia Prescott, a quien Jung-in había conocido un par de veces. Dominic le tendió el documento, encuadernado en una gruesa cubierta de cuero.

“¿Qué es esto?”.

“Compruébalo tú mismo”.

Jung-in lo tomó con cuidado y abrió la cubierta. Sobre la pulcra portada, con una tipografía sobria, se leía.

 

[Acuerdo Prenupcial]

 

En la esquina inferior derecha, un sello rojo indicaba: ‘Documento Confidencial - Prohibida su divulgación externa’.

Jung-in no mostró sorpresa ni desconcierto. Pasó la página con movimientos tranquilos y elegantes, decidido a no revelar sus pensamientos. La primera página comenzaba con letras en negrita.

[Este documento ha sido redactado por acuerdo voluntario entre las partes, con el propósito de definir previamente los derechos, bienes y obligaciones de cada uno en caso de disolución del vínculo matrimonial.]

Jung-in sabía que era común entre millonarios y celebridades firmar este tipo de documentos. Había oído que hoy en día, incluso entre personas comunes, los acuerdos prenupciales se estaban volviendo habituales para evitar disputas en caso de divorcio.

El documento, redactado en un lenguaje eminentemente legal, calculador y autoritario, tenía un índice impresionante: cláusulas de protección de activos, cláusulas de liquidación e indemnización, cláusulas de conducta e infidelidad, y cláusulas de confidencialidad.

“¿Me ha traído aquí como si estuviera arrestando a un criminal solo para enseñarme esto?”.

“Di órdenes de que te trajeran con cortesía. ¿Acaso ese hombre fue maleducado?”.

Replicó Dominic de inmediato.

Su tono era extrañamente afilado. Era un sentimiento contradictorio: no se alegraba de la presencia de Jung-in, pero tampoco soportaba que fuera despreciado por otros.

Jung-in negó con la cabeza.

“No. Me refiero a llamarme a espaldas de Chase”.

Dominic soltó una risa seca.

“¿Crees que él habría dejado que nos viéramos si lo hubiera sabido?”.

Jung-in se rió. No era una risa de burla ni de nerviosismo; era simplemente porque sabía que Chase haría exactamente eso.

“Tiene razón. ¿Puedo echarle un vistazo?”.

Dominic asintió y se sentó frente a él. Bebió un sorbo de whisky mientras lo observaba en silencio. Reinaba un silencio peculiar, carente de tensión pero lejos de ser cómodo.

Tanto Dominic como Jung-in se habían acostumbrado el uno al otro. No en el sentido de aceptarse, sino en el de comprender cómo funcionaba la otra persona. Jung-in ya aceptaba, más o menos, que Dominic actuara como un aristócrata de un imperio antiguo: su tono pausado pero imperioso, su obsesión por los modales mínimos y esa autoridad cínica de quien cree que el mundo entero cabe en la palma de su mano. Cosas que antes la habrían irritado, ahora las veía simplemente como el ‘mecanismo operativo’ de Dominic Prescott.

Dominic, por su parte, ya no se sentía incómodo ante el temperamento sensible y la audacia de Jung-in. Una vez lo había comparado con un tejón melívoro. Aunque al principio pareció una broma, hablaba muy en serio. Decía que un tejón no retrocede ni ante un león; no suele atacar primero, pero si lo provocas, se vuelve más feroz que cualquier otro animal. De apariencia tierna y tranquilo normalmente, pero en cuanto cruzas su límite, esa cara mansa desaparece. Incluso Chase había asentido ante esa analogía.

Mientras Dominic terminaba su copa, Jung-in leyó rápidamente el documento.

 

[Artículo 1: Protección y distinción de activos]

[1. Todos los bienes muebles e inmuebles, activos financieros, acciones, participaciones empresariales, derechos de autor y marcas registradas que cada parte posea antes del matrimonio se considerarán propiedad privada de dicha parte.

2. Los beneficios derivados de dichos activos después del matrimonio (ej: rentas, dividendos, intereses, aumento de valor, etc.) seguirán siendo propiedad privada de la parte correspondiente, salvo acuerdo previo por escrito.

3. Solo los bienes adquiridos conjuntamente durante el matrimonio se considerarán propiedad común y, en caso de divorcio, se dividirán según la proporción de contribución de cada uno.

4. En caso de divorcio, ambas partes renuncian a cualquier derecho de reclamación sobre los bienes privados o los beneficios de los activos de la otra parte.]

 

Eran cláusulas comunes en los acuerdos prenupciales estadounidenses; nada especial en el contenido. Excepto, quizás, por las cifras mencionadas en el Artículo 2 sobre ‘Indemnización y Liquidación’. En caso de divorcio, se estipulaba el pago de una suma global de 5 millones de dólares, más un millón adicional por cada año que hubiera durado el matrimonio. Para alguien como Jung-in era una fortuna astronómica, pero para ellos no era más que calderilla.

Al pasar las páginas rápidamente, Jung-in terminó soltando una risita al llegar a las cláusulas de confidencialidad.

"No se puede mencionar a la otra parte en medios de comunicación como revistas o televisión. ¿No se pueden publicar memorias ni rodar películas que reflejen anécdotas con la otra parte? ¿Habla en serio?”.

“Hay que estar preparados para cualquier eventualidad”.

Ciertamente, no era raro que personas que habían salido con celebridades publicaran memorias o vendieran fotos e historias a tabloides tras la ruptura. Jung-in cerró el documento con una sonrisa leve.

“Me lo llevaré para leerlo. No quiero que haya ninguna cláusula abusiva”.

“¿De verdad?”.

Dominic enarcó una ceja. Parecía genuinamente sorprendido por su respuesta; no se esperaba que reaccionara así. Jung-in se encogió de hombros.

“Por cierto... ¿tan ambicioso le parezco? ¿De verdad parezco alguien que desplumaría a Chase si no existiera este papel?”.

“Si no tienes nada que ocultar, no habrá razón para que no lo firmes”.

Jung-in se levantó sin decir más. Seguía sin dar una respuesta definitiva sobre si firmaría o no. Dominic chasqueó los dedos y el guardaespaldas apareció en silencio, como un actor esperando su turno tras el escenario.

“El invitado se retira”.

El hombre asintió y trajo a Justin de vuelta.

“Acompáñalos de vuelta con cortesía”.

Ordenó Dominic.

El hombre volvió a inclinar la cabeza respetuosamente. Justin movía los ojos de un lado a otro, examinando el semblante de Jung-in con evidente preocupación. Al ver que su expresión no era mala, soltó un suspiro de alivio y relajó los hombros.

“Bueno, me voy”.

“Contáctame cuando lo hayas revisado”.

“Está bien”.

Dominic levantó los brazos ligeramente y Jung-in, tras dudar un momento, se acercó. Ambos compartieron el abrazo más incómodo del mundo, como dos parientes lejanos que se ven por primera vez. Las palmaditas de él en la espalda de Jung-in fueron de una torpeza total.

Al salir al pasillo, la pesada puerta insonorizada se cerró con un sonido sordo. Las alfombras eran tan gruesas que apenas se oían sus pasos mientras caminaban hacia el ascensor. Sin apartar la vista de la ancha espalda del hombre que los guiaba, Justin se inclinó hacia Jung-in.

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“Ese whisky era increíble. Es el líquido más lujoso que he probado en mi vida. Debería haber preguntado el nombre”.

Justin relamió sus labios con admiración, aunque pronto su expresión se volvió agridulce.

“Seguro que cuesta un precio que yo jamás podré pagar, ¿verdad?”.

Jung-in respondió con indiferencia, sin girar la cabeza.

“Es lo más probable. La familia Prescott tiene sus propios sumilleres de vino y whisky”.

“Vaya... Realmente los Prescott viven en otro mundo”.

Justin apenas sentía esa brecha con Chase. Para él, Chase era alguien con los pies en la tierra, que disfrutaba de los perritos calientes y tacos de la calle y bebía cerveza barata. Pero esta noche, Justin había vislumbrado una parte de ese mundo glamuroso al que Chase pertenecía.

Una vez en la planta baja, ambos subieron de nuevo al sedán que los había traído. Mientras el coche empezaba a deslizarse suavemente, Justin reparó en el documento que Jung-in tenía sobre el regazo.

“¿Qué es eso?”.

Jung-in respondió como si no fuera nada importante.

“Un acuerdo prenupcial”.

“¿Qué?”.

Justin casi gritó de la sorpresa. Asustado de su propia reacción, se tapó la boca rápidamente con la mano.

“¿Estás bien? ¿No te sientes mal por esto?”.

La palabra ‘acuerdo prenupcial’ en sí misma tenía un matiz gélido. Podía interpretarse como un insulto y era una propuesta que bien podía herir los sentimientos de cualquiera. Sin embargo, Jung-in lucía una expresión imperturbable.

“Para empezar, no estoy con Chase por su dinero. Además, ¡ahora mismo yo gano mucho más que él!”.

No era una exageración. Las farmacéuticas estadounidenses eran famosas por sus altos salarios, y Jung-in era un investigador de tercer año en Verix, uno de los farmacéuticos medianos más destacados del país. En cambio, Chase apenas era un residente de primer año. Aunque trabajaba noches enteras y turnos de fin de semana, su sueldo era modesto comparado con el de él.

“Eso es cierto, pero...”.

“Mira aquí, al final del Artículo 2”.

Jung-in deslizó el documento sobre sus rodillas hacia Justin. Él vaciló un momento antes de tomarlo con cautela. Tras pasar un par de páginas, encontró el apartado que él mencionaba. Allí, aparte de la indemnización, se especificaba exactamente la suma que Jung-in recibiría en proporción a los meses que durara el matrimonio.

“... Dios mío”.

Como si hubiera anticipado esa reacción, Jung-in soltó una pequeña risa. Sin embargo, Justin seguía con una expresión de preocupación, como si algo no le cuadrara.

“Pero... no pensarás firmarlo a espaldas de Chase, ¿verdad?”.

“De todos modos, se necesitan las firmas de ambos. Iré a hablar con él hoy mismo”.

De pronto, Justin soltó una risita nerviosa por algo que se le vino a la mente.

“¿De qué te ríes?”.

“¿Todavía no conoces a Chase? Dudo mucho que él acepte firmar”.

Justin también lo sabía: Chase amaba a Jung-in de forma incondicional. Jamás permitiría que cálculos, condiciones o intereses materiales se interpusieran en su matrimonio. Jung-in asintió con una sonrisa que parecía un suspiro.

“... Tienes razón”.

“Pero me da la impresión de que tú... ¿tienes ganas de firmar?”.

Definitivamente, Justin la conocía bien. Jung-in no respondió; en su lugar, miró fijamente por la ventana. En un rincón de su corazón, se inclinaba lentamente hacia la idea de firmar. Quizás quería demostrarle al mundo que su amor no tenía condiciones y que no flaqueaba ante el dinero o el apellido.

Pero no era solo eso. Este documento simbolizaba el mundo de Chase. Jung-in quería demostrar su voluntad de mantenerse firme y digna en ese mundo, sin sentirse intimidado. En ese sentido, firmar el documento no era una rendición, sino una expresión de confianza en sí mismo.

 

Tras despedirse de Justin con sus pensamientos enredados, Jung-in regresó a casa. Al detenerse frente a la entrada y rebuscar en su bolso, sus dedos tocaron la llave familiar. En Corea, las cerraduras electrónicas ya eran la norma antes de que él emigrara, pero aquí, cuanto más viejo era el edificio, más se empeñaban en usar llaves físicas. Por alguna razón, la gente no parecía tener intención de cambiar. No hace mucho, alguien propuso en la reunión de vecinos instalar cerraduras electrónicas en todas las unidades, pero la idea fue rechazada antes de llegar al acta. La razón: eran ‘demasiado antiestéticas’.

Click. Giró la llave, abrió la puerta y encontró la sala con las luces encendidas.

“¿Chase?”.

Ante su voz, Chase asomó la cabeza desde la habitación de invitados. Desde que empezó su residencia, alegando falta de tiempo para ir al gimnasio, había empezado a comprar equipos y a meterlos allí. Ahora, esa habitación era un pequeño gimnasio casero.

“¿Llegaste?”.

Chase se acercó de un salto y lo abrazó. Jung-in se puso sus zapatos de casa mientras cargaba con él a cuestas, ya que Chase se inclinaba sobre él como si quisiera que lo llevara a caballito.

“¿Estabas haciendo ejercicio?”.

“Esa era la intención. ¿Bebiste whisky?”.

Chase pegó la punta de su nariz a la de él.

“Tienes el olfato de un sabueso”.

“Hmm, ¿no dijiste que te ibas a reunir con Justin en un pub?”.

“Así fue”.

Chase ladeó la cabeza, extrañado. Normalmente, Jung-in no tenía preferencia por el whisky; solía disfrutar del vino o la cerveza, y siempre pedía cerveza en los pubs.

“¿Y por qué whisky?”.

Jung-in vaciló ante la pregunta. Pero sabía por experiencia que postergar este tipo de conversaciones no servía de nada.

“Hoy vi a tu padre”.

“¿Qué?”.

La mirada de Chase cambió instantáneamente. Lo observó con ojos llenos de alerta, buscando cualquier rastro de molestia en él. En su mirada se mezclaba la preocupación con una profunda desconfianza hacia su progenitor. Para tranquilizarlo, Jung-in habló con un tono deliberadamente casual.

“Dijo que estaba cerca por trabajo. Ya sabes, en el Hotel Harbor. Fui con Justin y nos invitó a una copa de whisky”.

Chase frunció el ceño, claramente descontento.

“No eres tan cercano a ese hombre como para compartir una copa”.

“No digas ‘ese hombre’, es tu padre”.

Ante ese comentario, Chase guardó silencio, apretando los labios. Entonces, su mirada se desvió hacia el sobre que Jung-in sostenía.

“¿Qué es eso?”.

“Ah. Es algo que tenemos que ver juntos”.

Chase, con cara de no entender nada, tomó el sobre y abrió la cubierta de cuero. El título ‘Acuerdo Prenupcial’ saltó a la vista. Sus manos se detuvieron y su rostro se tensó al instante. Como si no necesitara ver más, Chase giró el documento horizontalmente y lo agarró con ambas manos. Tenía toda la intención de romperlo.

Jung-in abrió mucho los ojos. Chase era un cirujano que dedicaba su vida a suturar vasos sanguíneos minúsculos; sería un desastre si se cortaba sus valiosas manos con el papel. Ante esa imagen aterradora, Jung-in reaccionó instintivamente para detenerlo.

“Chase, ¿qué estás haciendo?”.

Pero Chase no respondió. Al contrario, apretó los dedos sobre el documento hasta que crujió. Por mucha fuerza que tuviera, la cubierta era de cuero resistente; solo logró arrugarla y deformarla, pero era imposible romperla con las manos. Jung-in suspiró profundamente y extendió la mano.

“Dámelo”.

Como era de esperar, Chase no cedió. Sujetó ambos extremos del documento y, de repente, ¡clavó los dientes en la parte media! Intentaba desgarrarlo con la boca.

Jung-in se quedó literalmente sin palabras. Se sentía como si estuviera viendo a un cachorro con ansiedad por separación que muerde los zapatos de su dueño por despecho. Una carcajada amenazaba con salir de su garganta, pero se contuvo y usó una voz firme.

“Chase Alexander Prescott”.

Dicho y hecho. Chase se detuvo y lo miró, todavía con el documento entre los dientes.

“Suéltalo”.

Jung-in señaló con el dedo, como dándole una orden a un perro. Chase vaciló un momento y luego soltó un ‘¡pthu!’, dejando caer el objeto. El documento aterrizó en el suelo con un sonido pesado.

“Buen chico”.

Jung-in lo elogió con un tono exagerado y luego le dio otra instrucción.

“Ahora recógelo y tráemelo”.

Chase, como un perro obediente, recogió el documento y se lo entregó. Jung-in lo tomó, alisó con la mano la cubierta de cuero donde habían quedado marcados los dientes y dijo en tono suave.

“No hace falta ser tan dramático. No es para tanto. Dicen que hoy en día muchas parejas normales lo usan”.

“Nosotros no somos una pareja normal”.

Chase negó sus palabras con rotundidad. Intuyendo que convencerlo no sería fácil, Jung-in se sentó en un taburete frente a la isla de la cocina. Dejó el documento sobre la mesa y giró la silla; Chase se colocó frente a Jung-in de inmediato. Con la esperanza de encontrar algún margen de negociación, Jung-in comenzó a hablar.

“Le eché un vistazo y no es tan malo como parece”.

“¿Ponerle condiciones al matrimonio y usar una calculadora te parece que no es tan malo?”.

De repente, la mirada de Chase se volvió fría. Un profundo surco apareció entre sus cejas y los músculos de su mandíbula se tensaron. Era el rostro de alguien que reprime a duras penas una ira creciente.

“Chase”.

lo llamó Jung-in con tono conciliador, y continuó con cuidado.

“No quiero que haya ruidos ni miradas de sospecha sobre nuestro matrimonio”.

Pero Chase desvió la mirada, evitando sus ojos. En su lugar, fulminó con la vista el arrugado acuerdo prenupcial, como si el papel mismo lo hubiera insultado. Jung-in tomó su rostro con ambas manos y lo obligó a mirarlo.

“No quiero que se diga que me caso por dinero. Me caso puramente por tu físico. Es estrictamente por tu cara bonita y tus abdominales”.

Jung-in acarició suavemente con el pulgar sus cejas, que eran un tono más oscuras que su cabello dorado, hablando en broma. Intentaba hacerlo reír, pero Chase ni siquiera movió la comisura de los labios.

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“Si te soy sincero, Chase, quiero firmar. Creo que es una forma de protegernos de los juicios precipitados de los demás”.

Jung-in habló con calma, pero la expresión de Chase era mucho más sombría de lo esperado. No esperaba que lo aceptara a la primera, pero esto era distinto; en sus ojos se reflejaba una sombra de dolor.

“Jung-in, ¿tú... crees que podríamos divorciarnos?”.

“¡Chase! ¿Cómo puedes decir eso...?”.

“Un acuerdo prenupcial se escribe asumiendo el divorcio como posibilidad final. ¿Puedes negarlo?”.

Jung-in abrió los labios para rebatir, pero no encontró las palabras adecuadas.

“Es para tener una ruptura limpia, ¿no?”.

“...”.

“Lo siento, pero no puedo. Jamás voy a firmar eso”.

Para Chase, ese documento era como una declaración de guerra que rodeaba su amor con el lenguaje de los contratos. No tenía el más mínimo interés en cómo empezó su amor; solo definía claramente los procedimientos para cuando terminara.

“Aunque tú me pidas romper, no te dejaré marchar tan fácilmente. Contrataré a los abogados del bufete más grande y caro del mundo, y nos enredaremos legalmente de forma tan atroz que pelearemos durante veinte años. Así que prepárate”.

Jung-in lo miró con ojos un tanto tristes y arrepentidos. Parecía haberlo herido sin querer.

“Me aferraré a ti con tenacidad hasta que tú, Jung-in, te hartes de las batallas legales y vuelvas conmigo”.

Más que una advertencia, aquello sonó como una confesión de amor; el miedo y la obsesión que Chase guardaba en su interior y que ya no podía ocultar. Jung-in extendió los brazos en silencio y rodeó el cuello de Chase. Sus cuerpos se acercaron y sintió el latido pesado de sus corazones contra el pecho.

“Lo siento”.

“...”.

“No firmaré”.

“... ¿De verdad?”.

“Como tú dices... lleguemos hasta el final. Enredémonos de forma atroz”.

Ante esas palabras, la expresión de Chase se relajó gradualmente. La guardia que había levantado se derritió y todas sus defensas se desmoronaron. Esa mirada inocente y transparente típica de alguien profundamente enamorado... ese azul claro era adorable.

Sentado en el taburete, Jung-in extendió la mano y acarició lentamente el rostro de Chase.

“Ven aquí, te daré un beso”.

Al oír eso, Chase bajó la cintura dócilmente y entornó los ojos. Chase Prescott, a quien todos describían como alguien emprendedor y activo, era sumamente sumiso ante la persona que amaba.

“Buen chico”.

Jung-in sonrió levemente y acarició su barbilla. Aunque sus gestos y tono recordaban a quien premia a un cachorro, a Chase no le importó lo más mínimo.

Jung-in entrelazó sus manos tras la nuca de Chase. Sin necesidad de mucha fuerza, el rostro de él se dejó atraer fácilmente. Jung-in tomó sus labios con calma y aspiró su aliento. Cuando lo acarició con la punta de la lengua como si curara una herida, los labios de Chase se abrieron ligeramente. Jung-in introdujo su lengua lentamente en su boca y frotó la de él con suavidad, como consolándolo.

“Mmm...”.

Chase soltó un gemido dulce.

Como un gato lamiendo leche, Jung-in exploró lentamente la boca de Chase. El aliento húmedo fluía entre sus labios. Cuando la punta de su lengua rozó su paladar, la nuez de Adán de Chase se movió con fuerza. Era un beso lento y suave, pero la respiración de Chase se volvía cada vez más agitada. Empujado por el ímpetu de Chase, que se pegaba a Jung-in por instinto, el cuerpo de Jung-in se inclinó hacia atrás.

Ambos perdieron la noción del tiempo sintiendo la presencia del otro. Sus labios, profundamente unidos, solo se separaron mucho después. Chase lo miraba aturdido, con la mirada desenfocada. Sus iris eran tan claros que se veía perfectamente cómo sus pupilas estaban dilatadas y negras.

Jung-in limpió suavemente sus labios mojados con el pulgar. Cuando intentó retirar la mano, Chase la atrapó y la pegó a su mejilla, frotando su rostro contra su palma con coquetería.

“Todavía estoy triste. No creo que esto sea algo que deba pasarse por alto así como así”.

Jung-in, captando sus intenciones, soltó un ligero suspiro. Efectivamente, Chase reclamó sus privilegios tal como Jung-in esperaba.

“Dame un token”.

Hacía poco que habían instaurado un sistema de recompensas entre ellos. En el momento en que uno admitía haber decepcionado o herido los sentimientos del otro, el afectado obtenía un ‘token’. El token era simple: un poder absoluto de un solo uso para decidir lo que quisiera, la comida, el canal de TV o el lugar de la cita sin recibir protestas. Era una especie de pacto afectivo, una forma de demostrar arrepentimiento con acciones más que con palabras.

“Al menos déjame ducharme primero”.

Dijo Jung-in levantándose del taburete con una pizca de resignación.

Hasta ahora, cuando Chase obtenía un token, casi siempre pedía cosas como que Jung-in lo dejara correrse sobre sus gafas, que hiciera alguna postura audaz que requiriera mucho valor por su parte, o simplemente hacerlo durante todo el día.

Sin embargo, como si las sospechas de Jung-in hubieran fallado el tiro, Chase levantó el dedo índice y lo detuvo.

“Espera. Aún no he dicho qué es”.

“... ¿Es algo diferente?”.

Jung-in entornó los ojos y preguntó. Parecía tomado por sorpresa. Chase adoptó una expresión de profunda concentración, como si estuviera sumido en sus pensamientos, y pronto curvó una comisura de sus labios.

“Prefiero guardarlo por ahora. Lo usaré en un momento muy especial”.

“Qué lindo...”.

Jung-in soltó una risita, se quitó el abrigo fino que llevaba puesto, lo colgó en su brazo y se dirigió al dormitorio. Chase, que lo seguía de cerca como un cachorrito, dijo como si acabara de recordarlo.

“Ah, Vivian preguntó por el lugar de la boda”.

“¿A ti también?”.

Un suspiro escapó de sus labios. Vivian estaba últimamente tan ajetreada como un estudiante con una entrega de informe final encima. Parecía que, de tanto tomarse en serio su papel de best man, estaba empezando a invadir el terreno de la planificación de bodas. Si lo dejaban en manos de Vivian, era probable que terminaran con una boda de época, lujosa y ostentosa, de esas que circulan por el Instagram de los famosos. Eso estaba muy lejos del comienzo que Jung-in soñaba.

“Chase, ya que sacas el tema... me gustaría que nuestra boda fuera algo sencillo en el ayuntamiento. Ambos estamos ocupados y no hay necesidad de desperdiciar tiempo ni dinero. Solo algo limpio, los papeles y...”.

“¡Token!”.

Ante el repentino grito de Chase, Jung-in parpadeó sorprendido.

“¿Dijiste que lo guardarías y ya lo vas a usar?”.

“Sí. Yo elegiré el lugar de la boda”.

Según las reglas del token, la réplica estaba prohibida. Pero si dejaba todo en manos de Chase, la situación podría escalar más de lo necesario. Aunque Chase no tenía el afán de exhibicionismo de Vivian, cuando se decidía por algo, su escala era de otro nivel. A veces su gasto era tan excesivo que le recordaba a Jung-in que él era, en efecto, un verdadero heredero multimillonario.

“Chase, a mí lo excesivamente lujoso...”.

“Shh, usé mi token”.

Jung-in soltó un suspiro de resignación y, cruzándose de brazos como quien se dispone a escuchar, miró a Chase.

“Está bien, ¿dónde quieres hacerlo?”.

“No lo he pensado en detalle todavía, pero ya decidí el momento y el lugar”.

Jung-in arqueó una ceja ligeramente a modo de pregunta. Ante Jung-in, Chase respondió sin un ápice de duda.

“Bellacove, en primavera”.

Las pestañas de Jung-in temblaron. Ese era el lugar y la estación donde ambos se habían enamorado por primera vez.

“Eso es... perfecto”.

Ni siquiera Jung-in pudo negarlo. Era una elección de tiempo y espacio verdaderamente impecable. Por un instante, tuvo la ilusión de que una brisa marina cálida y salada le rozaba la mejilla. Un sonido imposible le acarició los oídos: el susurro de las hojas de las palmeras mecidas por el viento. Al cerrar los ojos, el resplandor dorado del atardecer extendiéndose por la línea de la costa se desplegó ante su vista.