6. Noche de Hoguera en la Playa
6.
Noche de Hoguera en la Playa
Jung-in
caminaba con cautela por la playa, consciente de las miradas de los demás. La
arena ya vibraba con el calor de la fiesta. Aquí y allá ardían hogueras, y a su
alrededor la gente se reunía en pequeños grupos, riendo y charlando. Algunos
estaban sentados sobre toallas de playa conversando, mientras otros bailaban o
cantaban de pie sobre la arena. El ritmo fuerte de la música que salía de los
altavoces se mezclaba con el sonido de las olas, elevando al máximo el ambiente
festivo.
“Míralos.
Se creen que esto es el set de rodaje de Top Gun”.
Al
oír una voz teñida de risa, la mirada de Jung-in se dirigió naturalmente hacia
el mar. Caras conocidas de la escuela jugaban al voleibol. Con el torso al
descubierto, se pasaban el balón presumiendo de sus cuerpos atléticos, propios
de deportistas. Sus cuerpos fibrosos y sin un gramo de grasa parecían ser un
requisito indispensable para pertenecer a ese grupo. Se lanzaban a la arena sin
dudarlo y, si el balón caía al agua, se zambullían sin pensarlo dos veces, transmitiendo
una sensación de libertad absoluta. Los vítores y las risas del entorno hacían
que esa libertad destacara aún más.
La
mirada de Jung-in se sintió atraída como por un imán hacia Chase Prescott,
quien lucía una sonrisa más radiante que el sol de verano. Su cabello rubio,
teñido por el atardecer, brillaba con tonos dorados y caía sobre su frente. El
gesto de echárselo hacia atrás con una mano denotaba una gran naturalidad. Al
golpear el balón, los músculos que iban desde su hombro hasta el antebrazo se
tensaban con fuerza. Su espalda ancha, salpicada de arena seca, emitía un
brillo saludable.
Jung-in,
que lo observaba embelesado, volvió en sí al escuchar las voces de unas chicas
cercanas.
“Mira
a Chase. ¿No parece salido de una campaña de verano de Ralph Lauren?”.
Justo
al lado de donde estaba Jung-in, unas chicas sentadas sobre una manta con
estampados étnicos charlaban mientras se calentaban al fuego. Eran algunas
animadoras y la representante del club de radio, todas pertenecían al grupo de
los populares. Estaban jugando a ‘Yo nunca’. Varias personas extienden los
dedos y van diciendo por turnos experiencias que nunca han tenido, quien sí las
haya vivido, debe doblar un dedo. El que termine con más dedos levantados gana.
Para evitar doblar un dedo, se puede beber un trago de penalización.
Jung-in
había visto a gente coreana jugar a algo parecido en dramas de Netflix. Le
resultaba curioso. Aunque su apariencia fuera distinta, la forma de pensar
parecía ser la misma en todas partes. Una de ellas planteó una premisa
juguetona.
“Lo
he hecho con uno de los que están ahí”.
Al
volverse la conversación más privada, Jung-in se sintió incómodo y se mudó a un
lugar más apartado, desde donde pudiera observar al grupo como un espectador
lejano.
En
ese momento, Chase, que saltaba alto para rematar el balón, giró la vista hacia
donde estaba Jung-in. Aunque estaban muy lejos, por un instante tuvo la ilusión
de que sus miradas se cruzaban. Jung-in se arrepintió tarde. Pensó que Chase se
burlaría de que un nerd como él anduviera merodeando por allí. Se sentía
patético, como una hiena que merodea cerca de una manada a la que no pertenece,
olisqueando por si alguien ha dejado caer un trozo de carne.
Justo
cuando se daba la vuelta para abandonar la playa, escuchó una voz detrás de él.
“¿Jay?”.
Era
la voz de Chase. Jung-in fingió no oírlo y aceleró el paso.
“¡Jay!”.
Esta
vez la voz se escuchó más cerca. Lo había notado antes. Chase tenía un carácter
persistente.
“¡Jay!”.
Jung-in
seguía caminando fingiendo sordera, pero se detuvo en seco cuando Chase gritó.
“¡Jay
Lynn!”.
“¡Te
dije que no me llamaras así!”.
Al
girarse indignado, Chase ya estaba frente a él, cara a cara. Estaban tan cerca
que casi podía sentir su respiración. El amplio pecho de Chase llenaba por
completo el campo de visión de Jung-in.
“Pues
entonces no reacciones así”.
Respondió
Chase con una sonrisa pícara mientras lo miraba desde arriba. Una gota de agua
transparente cayó de las puntas de su cabello rubio mojado, humedeciendo la
puntera del zapato de Jung-in.
La
mano de Chase sujetó suavemente el brazo de Jung-in. Su brazo delgado, cuya
carga más pesada solían ser libros de texto o un portátil, parecía caber por
completo en la gran mano de Chase.
“¿Has
venido a verme?”.
Jung-in
se dio cuenta demasiado tarde de que no había preparado una excusa por si lo
descubrían. Decir que pasaba por allí por casualidad no colaba dada su
ubicación.
“Me...
me encontré con Brian Cole por casualidad y.… me dijo que había una fiesta y
que viniera...”.
“¿Qué?
¿Esta vez es Brian?”.
Chase
frunció los labios con un gesto de evidente descontento. Jung-in, sin saber
cómo reaccionar, solo movía los ojos de un lado a otro.
“Vaya.
Yo pensaba que habías venido a verme a mí”.
Ante
esa queja, Jung-in frunció ligeramente el ceño.
¿No
se supone que esas cosas se le dicen a una chica que te interesa? ¿No es algo
que a los hombres les daría vergüenza decirse entre ellos?,
pensó. Lo que estaba claro era que Chase Prescott era ‘culpable’. Debería ser
condenado a prisión.
“¿A
dónde ibas ahora?”.
“A.…
a casa”.
“No
te vayas. Quédate a jugar, ¿Está bien?”.
La
mano de Chase, que antes sujetaba su brazo, bajó hasta su muñeca. A través de
la manga de la camisa de cuadros, Jung-in sintió su calor intenso. Jung-in
seguía vacilando, pero Chase se mostraba decidido, como si ya hubiera tomado
una resolución por ambos.
“Yo...”.
“Quién
sabe. Quizás de camino de vuelta te devuelva ese cuaderno. ¿Eh?”.
Al
mencionar el ‘Libro de Secretos’, Jung-in asintió a regañadientes y siguió a
Chase. Pero, ¿habría podido negarse hasta el final aunque él no hubiera dicho
eso? Jung-in no podía asegurarlo ni siquiera para sí mismo.
Chase
lo guio hacia el mar y le preguntó.
“¿Llevas
algo que no se pueda mojar?”.
“Tengo...
tengo el celular en la mochila, pero...”.
Antes
de que terminara la frase, Chase le quitó la mochila cruzada y la lanzó junto a
unos amigos que estaban sentados cerca. Jung-in gritó y estiró la mano hacia su
mochila que volaba por el aire.
“¡Ah,
no! ¡No sé nadar! Y no quiero que se me mojen los zapatos...”.
Jung-in
llevaba los zapatos de lona. Ya le molestaba la sensación de la arena crujiendo
dentro, y no quería volver a casa caminando con los pies empapados.
“¡Hey,
has venido!”.
Brian
Cole lo saludó con la mano. Alex Martínez, que estaba a su lado, también
asintió con la cabeza. Una extraña euforia embargó a Jung-in. Se sentía como si
fuera parte del grupo.
Incluso
cuando vivía en Corea, Jung-in nunca había estado cerca de ser alguien ‘guay’.
Para él, esta experiencia era nueva, sentirse bienvenido por el grupo dominante
e integrarse con naturalidad. Chase lo situó en un lugar donde pudiera ver bien
a sus amigos jugando.
“Entonces,
anímame desde aquí. Ah, ¿y por qué no te quitas los zapatos? No pasa nada por
mojarse un poco los pies”.
“...”.
Jung-in
se quedó allí parado sin saber qué hacer. Tenía una personalidad prudente y,
aunque su inglés había mejorado mucho, a menudo se quedaba sin palabras cuando
se ponía nervioso. Al ver a Jung-in balbucear, Chase añadió.
“No
animes a nadie más, ¿entendido?”.
Dicho
esto, Chase se lanzó de nuevo con sus amigos. La luz del sol reflejada se
dispersaba a través de su cabello dorado. Jung-in sabía que los hombres de
California solían ser relajados y sin barreras al tratar con la gente, pero
Chase Prescott parecía ser un caso extremo. Tenía una actitud que podría hacer
que incluso otro hombre se confundiera.
Sacudiendo
la cabeza, Jung-in se sentó con cuidado en la arena. Se quitó los zapatos y, al
inclinarlas, la arena se deslizó hacia fuera. Ya que estaba, también se quitó
los calcetines y los guardó ordenadamente dentro de los zapatos. Luego, enterró
los pies en la arena. Disfrutó de la sensación cálida y áspera de la arena
entre los dedos. No recordaba cuánto tiempo hacía que no disfrutaba así del
tacto de la arena en la playa.
El
sol del atardecer besó suavemente la mejilla de Jung-in. Se quitó las gafas
para sentir mejor la brisa en la cara. El viento salino le acariciaba la frente
y se filtraba suavemente entre su cabello. El aire fresco parecía calmar
incluso su alma. Una sutil sonrisa se dibujó en sus labios. Pensó que, aparte
de haber visto a Chase, esto ya era ganancia suficiente. Últimamente no se
había permitido este tipo de relajación. Con los pies descalzos enterrados en
la arena y abrazando sus rodillas, apoyó la barbilla en sus brazos y cerró los
ojos. El ruido de la playa le llegaba como un susurro.
NO HACER
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“¡Chase!,
¡qué haces! ¡Atrápalo! ¡Te digo que lo atrapes!”.
“¡...Ah!
¡Perdón!”.
“¿En
qué piensas en medio del partido?”.
No
sabía cuánto tiempo había pasado, pero cuando Jung-in volvió a abrir los ojos,
el partido ya había terminado. Parecía que el equipo de Chase había perdido y
les tocaba invitar la pizza. Un emocionado Brian Cole ya estaba llamando por
teléfono para hacer el pedido.
Chase
se pasaba la mano por el cabello mojado mientras chocaba los cinco con sus
compañeros e intercambiaba bromas. Por un momento, su mirada se cruzó con la de
Jung-in. Para evitar que se encontraran, Jung-in giró la cabeza rápidamente.
Chase se acercó con una expresión de fingido enfado y se dejó caer al lado de
Jung-in.
“He
perdido por tu culpa”.
Jung-in
no sabía que Chase Prescott tenía la costumbre de culpar a otros de sus propios
errores. A pesar del reproche repentino, Jung-in simplemente soltó una pequeña
risa. En ese momento, un frisbee naranja aterrizó justo a los pies de Jung-in.
Al mismo tiempo, alguien gritó a lo lejos.
“¡Eh,
tú! ¡Lánzalo, por favor!”.
Jung-in
recogió el frisbee y lo lanzó con todas sus fuerzas. Sin embargo, perdió la
dirección y el frisbee voló hacia el mar, aterrizando sobre el agua. Jung-in
observó con impotencia cómo el objeto flotaba sobre las olas.
“Ah...”.
Sin
dudarlo, Chase se levantó y corrió hacia el mar. Atrapó el frisbee antes de que
las olas se lo llevaran más lejos y regresó a la orilla. Gotas de agua
relucientes se deslizaban por sus hombros anchos, su pecho firme y sus marcados
abdominales, dibujando los contornos de sus músculos. Parecía una escena de una
película juvenil donde aparece el protagonista. Jung-in no pudo evitar reír al
ver a Chase, con su cabello dorado, volviendo con el frisbee.
Aquí
era común ver a la gente jugando con frisbees. Pero cuando Jung-in era pequeño
en Corea, pensaba que los frisbees eran cosas para que jugaran los perros.
“¿De
qué te ríes?”.
Preguntó
Chase acercándose tras devolver el frisbee a su dueño.
“De
nada”.
“Dime
de qué te ríes”.
Chase
insistió con terquedad. Jung-in, dándose cuenta una vez más de la persistencia
de Chase, se rindió y confesó con sinceridad.
“Es
que... al traerme el frisbee, parecías un Golden Retriever”.
“¿Qué?”.
Chase
estalló en carcajadas, sorprendido. Luego, como queriendo actuar aún más como
un perro a propósito, sacudió la cabeza con fuerza esparciendo gotas de agua.
Acto seguido, acercó su cara a la de Jung-in.
“Entonces
tendrías que acariciarme”.
Como
hechizado, Jung-in extendió la mano y la puso sobre el cabello dorado bañado
por el ocaso. Sintió como si hubiera caído bajo un sortilegio. La parte del
cuero cabelludo que no estaba mojada se sentía suave, mientras que la parte
inferior, húmeda, estaba tersa y fresca. Las yemas de los dedos de Jung-in se
deslizaron suavemente entre el cabello y el cuero cabelludo. Como si saboreara
la caricia, los ojos azules de Chase se entrecerraron ligeramente.
“Prescott,
eres... extraño”.
Esas
palabras salieron de su boca sin querer. No terminaba de entender qué tipo de
persona era Chase ni qué pasaba por su cabeza. Tenía delante esos ojos azules
que parecían contener agua cristalina del ecuador, pero no lograba descifrar
qué había en ellos ni qué profundidad tenían.
“¿Yo?
¿Por qué?”.
Quería
preguntarle: ‘¿En qué estás pensando?’, ‘¿Por qué eres tan amable conmigo?’.
Pero las palabras no salían. Temía que él le diera una respuesta trivial como ‘porque
vamos a la misma escuela’ o ‘porque compartimos clase’. Jung-in retiró
apresuradamente la mano y miró hacia el mar.
“Devuélveme
mi cuaderno”.
“Te
dije que te lo daría cuando vea que no me odias”.
“Yo...”.
No
podía decirle que lo odiaba, pero que en realidad no era así. Tratando de
cambiar de tema, Jung-in se dio cuenta de que Darius Thompson no estaba entre
las caras conocidas.
“¿Y
Darius? No lo veo”.
“¿...Darius?”.
Chase
enarcó una ceja.
“¿Se
han hecho tan amigos? ¿Ya le llamas por su nombre?”.
“Bueno,
es un decir... ¿Pero por qué no está Darius?”.
“Thompson
no vino porque dijo que tenía que estudiar. Al parecer, alguien le puso
muchísimos deberes”.
Una
sonrisa de satisfacción iluminó el rostro de Jung-in. Le había dado cientos de
ejercicios de aritmética básica a Darius para que los resolviera. Pensar que
estaba sacrificando una fiesta para hacer los deberes que él le había mandado
lo hacía sentir orgulloso de su alumno.
“Se
está poniendo el sol”.
Dijo
Chase.
Jung-in
miró al frente. El sol tocaba el horizonte y una luz roja se extendía
lentamente sobre el mar. Miró su reloj por instinto, ya pasaban de las siete.
Se levantó apresuradamente. Hoy era el día en que iba a preparar pollo frito
coreano con Su-ji mientras veían un drama en Netflix.
“Tengo
que irme”.
Cuando
se inclinó para recoger su mochila, Chase le sujetó suavemente la muñeca y lo
miró con ojos casi suplicantes. Parecía un perro pidiendo salir a pasear.
“Quédate
un poco más. ¿Sí?”.
¿Cómo
podía decirle que no a esos ojos azules que imploraban en silencio? Jung-in
acabó sentándose de nuevo en la arena.
Para
cuando el sol desapareció por completo bajo la superficie del agua, llegó la
pizza. Era una cantidad ingente. El repartidor, con su uniforme, tuvo que hacer
dos viajes cargando torres de cajas tan altas que no se le veía la cara.
Parecía que Chase pretendía alimentar a todos en la playa. La gente se abalanzó
con entusiasmo y alguien le gritó a Chase.
“¡Gracias
por la comida, Press!”.
Chase
saludó ligeramente con una mano, como si no fuera para tanto.
“Espera
un momento”.
Se
levantó y volvió a decirle a Jung-in.
“No
te vayas a ningún lado, ¿vale?”.
Sin
saber muy bien por qué, Jung-in asintió ante la insistencia de Chase. Él lo
miró un momento más antes de desaparecer entre la multitud. Jung-in se quedó
allí sentado esperándolo. Poco después, Chase reapareció. Llevaba un plato de
papel con un trozo enorme de pizza en cada mano y un vaso de plástico rojo
sujeto con la boca. Jung-in se apresuró a quitarle el vaso de la boca.
“Venga,
a comer”.
Se
sentaron un poco apartados de la multitud. Era una pizza sencilla, solo con
salsa roja y queso, pero comerla al aire libre con la brisa marina no estaba
nada mal.
“Bebe”,
Le
ofreció Chase el vaso.
Jung-in
miró con recelo el interior del vaso por si era alcohol, pero Chase se rió y
dijo: ‘Es solo refresco. Solo entonces Jung-in bebió un sorbo. El refresco frío
y dulce bajó por su garganta, refrescándolo. Al dejar el vaso, Chase lo tomo
con naturalidad y bebió de él.
“¿Eh?
Yo ya había bebido de ahí...”.
“¿Y
qué? ¿Crees que me vas a contagiar algún parásito que me coma el cerebro?”.
“...”.
Definitivamente,
se había leído todo el ‘Libro de Secretos’. Aunque fingía que no le importaba,
esa actitud de reproche ocasional, que antes le resultaba desconcertante, ahora
le empezaba a parecer extrañamente cómoda. Había algo de resignación en él.
Al
caer la noche, las hogueras se volvieron más pintorescas. La música subió de
volumen y algunos empezaron a bailar. Jung-in dejó que el viento despeinara su
cabello mientras los observaba. La vitalidad y libertad propias de los
adolescentes... una energía que nunca antes había experimentado lo cautivaba.
“Parece
que esa gente ha bebido algo más que refresco”.
Dijo
Chase señalando a un grupo. Alguien había traído una tabla de surf y hacía
trucos sobre la arena como si estuviera surfeando, animando el ambiente. En
otro lado, un chico con una pajita larga en la boca estaba haciendo el pino con
ayuda de otros para beber de un cubo.
Jung-in
se puso las gafas para ver mejor la escena y soltó una carcajada con retraso.
“Déjame
tus gafas”.
Chase
extendió la mano y Jung-in, por inercia, se las entregó. Chase observó los
gruesos cristales y se las puso con cuidado sobre el puente de su nariz. De
inmediato, soltó un quejido y se las quitó.
“¿Tan
mal tienes la vista?”.
Como
si fuera una reacción a la que ya estaba acostumbrado, Jung-in recuperó sus
gafas riendo y las guardó en el bolsillo del pecho de su camisa.
“Me
operaré en cuanto entre en la universidad”.
“¿Cirugía?
¿Te refieres a cirugía correctiva?”.
“Sí.
Quise hacerlo hace tres años cuando fui a Corea, pero el médico dijo que aún
era muy joven”.
Jung-in
había ido a Corea una vez con su madre hacía tres años. Fue un viaje de quince
días fruto de una gran determinación, ya que los billetes eran caros y su madre
tuvo que dejar de trabajar. Sintió que conoció a todos sus parientes
existentes. Escuchó más de diez veces frases como: ‘Si mi hijo llega a irse a
estudiar fuera, podría quedarse en casa de Jung-in’. Sabía que los hospitales
coreanos tenían mejores instalaciones y tecnología. Quiso aprovechar el viaje
para operarse, pero el médico lo rechazó por su edad.
Al
escuchar la historia, Chase soltó un pequeño suspiro de sorpresa.
“Ah,
así que viviste en Corea. Con razón. Me parecía que tenías un poco de acento”.
Ante
la cara de desconcierto de Jung-in, Chase añadió rápidamente, temiendo que le
dijeran que era un comentario racista.
“Me
pareció tierno”,
“...”.
Chase
era un hombre blanco de clase alta que probablemente nunca había sufrido
discriminación. Era imposible que entendiera la vida que Jung-in había llevado.
Seguramente no era consciente de que lo que decía podía ser ofensivo.
“¿Te
ha molestado? Lo siento. No era mi intención”.
“...”.
“¿Estás
enfadado? Lo siento, Jay”.
Jung-in
notó cómo Chase lo observaba preocupado por su expresión seria. Solo después de
que se le pasara un poco el enfado, Jung-in dijo: ‘Está bien’.
Aliviado,
Chase continuó.
“Siempre
he querido ir a Seúl alguna vez, pero aún no he podido”.
“¿Seúl?
Yo vivía en Seúl”.
“¿Ah,
sí?”.
Normalmente,
cuando decía que era de Corea, la mitad de la gente no sabía dónde estaba y la
otra mitad preguntaba ‘¿Norte o Sur?’. Que supiera el nombre de la capital fue
inesperado. Jung-in se dio cuenta de nuevo de que había prejuzgado a Chase como
un simple bloque de músculos sin cerebro.
“¿No
echas de menos Seúl?”.
“Un
poco... Algún día volveré”.
Jung-in
guardó silencio un momento contemplando el mar. El sol ya se había ocultado
tras el horizonte y la oscuridad cubría el agua suavemente, envolviendo el
mundo en un velo azul profundo. El sonido rítmico de las olas le acariciaba los
oídos y las hogueras teñían los alrededores con una luz cálida y chispeante.
“Ah...
qué bien se está”.
Las
palabras salieron solas. Jung-in cerró los ojos y apoyó la barbilla en sus
brazos, abrazando sus rodillas. La brisa marina rozaba su piel, mezclando el
salitre con el aroma dulce de una noche de primavera. Entre el sonido de las
olas, la voz baja de Chase se filtró en sus oídos.
“Cuéntame
algo sobre ti”.
En
ese momento, sintió como si solo existieran ellos dos en el mundo. El sonido de
las olas y el bullicio de alrededor parecían una música de fondo creada para
ellos.
“Yo...
emigré hace siete años”.
“No
lo que todo el mundo sabe”.
El
tono de Chase era ligero, pero su mirada denotaba seriedad. Era como si le
pidiera que le contara un secreto que solo él pudiera saber. Jung-in miró el
mar en silencio antes de empezar a hablar lentamente.
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“...¿Ese
Steven Fletcher que fue conmigo al evento benéfico? En realidad no es mi padre”.
“Ya
me lo pareció”.
Respondió
Chase con una sonrisa juguetona. Nadie creería que dos personas de razas
distintas fueran padre e hijo biológicos.
“Estuvo
casado con mi madre, pero... se divorciaron hace mucho. Se enteró de que yo iba
a la misma escuela que tú porque quería contactar con tu padre para que
invirtiera en sus negocios”.
“Ya
veo”.
“...
¿Se lo vas a decir a tu padre?”.
“No
sé. Si fuera tan bocazas, ¿no crees que ya habría copias de tu libro circulando
por toda la escuela?”.
La
cara de Jung-in se puso roja al instante. Quería aclarar que la mayor parte la
había escrito Justin, pero le pareció una excusa pobre. Al fin y al cabo, él se
había reído también, así que era cómplice.
“Por
cierto, ¿cómo terminaste siendo el tutor de Thompson?”.
“Por
las horas de voluntariado y la carta de recomendación. El director prometió
escribirme una si lograba que Darius mejorara sus notas”.
“¿Carta
de recomendación? ¿Hay alguna universidad a la que quieras ir?”.
“Harvard”.
Dijo
Jung-in con calma, mirando al mar.
“Ha
sido mi sueño desde pequeño. Quiero estudiar Biología en Harvard y luego
trabajar como investigador en una farmacéutica. Mi objetivo es desarrollar
curas para enfermedades incurables”.
“Vaya...”.
Ante
el tono de admiración, Jung-in giró la cabeza hacia Chase. La luz roja de la
hoguera bailaba sobre su rostro.
“Tienes
una imagen muy clara de tu futuro. Eso es...”.
Había
un toque de amargura en la expresión de Chase al decir eso.
“¿Eh?”.
“Nada,
solo que me parece genial y me das envidia”.
Jung-in
ladeó la cabeza extrañado. ¿No era Chase quien tenía el futuro más claro? Una
vida con un plano trazado desde antes de nacer, el heredero de la gran
corporación Prescott. Jung-in se sintió un poco avergonzado, como si estuviera
presumiendo de dinero ante un multimillonario.
“Ahora
te toca a ti hablar de ti, Prescott. Si no, no es justo”.
“¿De
mí?”.
“Dijeron
que también quieres ir a Harvard. Que estabas pensando en Administración de
Empresas...”.
“...No
lo sé”.
Dijo
Chase bajando la mirada. Fue una respuesta inesperada.
“Parece
que Darius ya tiene decidido ir a la USC”.
“¿Otra
vez hablando de Thompson?”.
Chase
frunció ligeramente el ceño. Llegados a este punto, Jung-in no pudo evitar
preguntar.
“¿Por
casualidad... no se llevan bien?”.
Ante
la pregunta cautelosa, Chase estalló en carcajadas.
“Para
nada. Thompson es un buen tipo. Tiene que conseguir esa beca. Se toma el fútbol
americano muy en serio”.
Tras
reflexionar un momento sobre las palabras de Chase, Jung-in preguntó con
curiosidad.
“¿Y
tú? ¿No vas a seguir jugando?”.
Muchos
seguían con el fútbol en la universidad, especialmente alguien con su talento.
“El
deporte es solo para el instituto”.
Jung-in
lo miró fijamente, pidiendo una explicación.
“Empecé
a jugar porque mi abuelo y mi padre lo hicieron. Ser el quarterback del equipo
del instituto... no me malinterpretes, es divertido y me gusta. Pero no es mi
sueño”.
“¿Cuál
es tu sueño?”.
Chase
no respondió de inmediato, sumido en sus pensamientos. Una mezcla de emociones
complejas cruzó su rostro mientras miraba al mar.
“¿Sabes
de qué me disfracé el Halloween pasado?”.
¿Habría
alguien en Wincrest que no lo recordara? Iba de médico, con un pijama
quirúrgico azul, una bata blanca y un estetoscopio al cuello. A su lado estaba
Vivian Sinclair, disfrazada de enfermera. Esa escena era una de las que Jung-in
y Justin habían anotado en su ‘Libro de Secretos’ como ‘un caso que hizo
retroceder los derechos de la mujer 500 millones de años’.
“Ah,
ya veo que lo recuerdas. En tu libro...”.
“Sé...
sé que ibas de médico”.
Jung-in
bajó la cabeza instintivamente. Chase sonrió un momento y continuó.
“En
realidad, también me disfracé de médico en segundo año”.
Contó
que, hace dos años en Halloween, iba caminando por una zona residencial con su
disfraz de médico. De repente, alguien lo agarró desesperado y lo llevó hasta
un hombre de mediana edad que se había desmayado en plena calle. Chase no tuvo
tiempo ni de decir que no era médico de verdad, instintivamente, empezó a
hacerle un masaje cardíaco.
“Sinceramente,
en ese momento ni sabía lo que estaba haciendo. Creo que mi cuerpo se movió
solo. Lo habíamos aprendido en la escuela”.
Poco
después, los ojos vidriosos del hombre recuperaron el brillo de la vida. Chase
dijo que sintió vívidamente bajo la palma de su mano cómo el corazón que se
había detenido volvía a latir. Una emoción que nunca había sentido lo embargó.
La esposa del hombre no dejaba de gritar: ‘¡Gracias, doctor!’, mientras le
sujetaba las manos. Aunque luego les dijo que no era médico, ella insistió en
que no importaba, que era el salvador que le había devuelto la vida a su
marido.
“De
todo lo que he vivido, nada ha sido tan impactante como eso. Por eso volví a
disfrazarme de médico el año pasado”.
Chase
miró fijamente a los ojos de Jung-in. Sus pupilas eran tan negras que no se
distinguían del iris. Parecían agujeros negros capaces de absorber incluso la
luz y el sonido. Parecía la caja fuerte más segura del universo, donde
cualquier secreto confesado nunca volvería a salir.
“Es
la primera vez que lo digo en voz alta. Y tú eres el único que lo sabe”.
Jung-in
tragó saliva por los nervios. Parecía que iba a seguir una confesión
importante.
“Creo
que... quiero ser médico”.
Jung-in
parpadeó sorprendido. Era totalmente inesperado. Delante de él había un camino
tan bien pavimentado como una autopista de 16 carriles, y todos esperaban que
lo recorriera a toda velocidad en un coche deportivo de lujo.
“¿Es
una razón tonta?”.
“¿Estás
bromeando? Salvaste la vida de una persona. No hay razón más noble que esa”.
La
expresión de Chase, que se había quedado sin palabras mirando a Jung-in, se
volvió melancólica de repente.
“Es
solo un pensamiento. No creo que me lo permitan”.
Incluso
alguien como él tiene preocupaciones,
pensó Jung-in. Sintió por primera vez una conexión con Chase Prescott. Al no
conocer su situación exacta, no podía darle una respuesta o consejo adecuado.
Sin embargo, sintió el deseo de hacer reír a Chase, que se veía inusualmente
deprimido.
“Oye,
Prescott. ¿Sabes cuál es el té que más cuesta beber?”.
Ante
las palabras repentinas de Jung-in, Chase lo miró con curiosidad.
“¿Eh?
No sé...”.
Jung-in
esperó un momento y dijo.
“La
realidad”.
“Ja”.
Chase
soltó una carcajada de incredulidad.
“Eres
muy raro, de verdad”.
Chase
miró a Jung-in con una expresión como la de quien mira a un gatito haciendo monerías.
“¿Tienes
algún otro?”.
“¿Qué
pasa cuando el Oxígeno y el Magnesio se enamoran?”.
“¿Qué
pasa?”.
“OMG”.
“OMG...
Ah, ¿porque el Oxígeno es O y el Magnesio es Mg? Jajaja”.
Esta
vez también fue más una risa de asombro que de gracia real, pero Jung-in se
sintió satisfecho y mostró una pequeña sonrisa. Al fin y al cabo, se había
reído. Con eso bastaba.
Otra
ráfaga de viento barrió la playa. A veces volaban granos de arena, obligándoles
a cerrar los ojos cada vez que soplaba.
“Se
está poniendo fresco por la noche”.
Murmuró
Jung-in frotándose los brazos. Llevaba una camisa fina sobre una camiseta.
La
camiseta era una de las que el club de matemáticas había diseñado el año pasado
para vender en un evento benéfico. Tenían frases ingeniosas basadas en fórmulas
matemáticas o físicas, pero se vendieron tan mal que los miembros del club
tuvieron que quedarse con el inventario. La que le había causado vergüenza en
la clase de inglés era una de esas.
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La
camisa de cuadros que llevaba encima era una de sus prendas favoritas.
Práctica, fácil de quitar y poner, y no importaba si se arrugaba. Podía
abrocharse para ser formal o dejarla abierta. No entendía por qué la gente
decía que ese tipo de ropa era de nerd.
Sin
embargo, el aire nocturno se volvía cada vez más frío y la camisa fina no era
suficiente. Mientras Jung-in tiritaba, miró a Chase y soltó una carcajada.
“Me
da un poco de reparo decir que tengo frío delante de ti”.
Y
es que Chase seguía con el torso desnudo, vistiendo solo sus pantalones de
surf. Su piel bronceada por el sol de California tenía un brillo saludable y se
veía tersa.
“Uf,
me da frío solo de verte. Ponte algo de ropa”.
Jung-in
sacó a relucir su instinto protector coreano. Chase lo miró fijamente y, con
una pequeña sonrisa, asintió.
“Quédate
aquí. Un momento”.
Se
marchó y desapareció entre la multitud. Cuando regresó, ya llevaba una sudadera
sobre los pantalones de surf y sostenía su chaqueta varsity en la mano.
“Póntela”.
Dijo
Chase entregándole la chaqueta.
“¿Y
tú?”.
“Yo
ya estoy bien con esto”.
Jung-in
vaciló un momento antes de ponérsela. La chaqueta le quedaba enorme, las mangas
le cubrían las manos por completo y colgaban hacia abajo. La prenda olía a
Chase, un aroma a madera, fresco y algo picante. No sabía si era su perfume o
su desodorante. Chase se rió bajito al ver a Jung-in casi sepultado por su
ropa.
“Qué
tierno. Parece que la chaqueta te ha tragado”.
“¡No
es para tanto!”.
Parecía
que le había tomado gusto a burlarse de él. Jung-in, frunciendo el ceño, se
remangó mientras se quejaba. Siguieron hablando de diversas cosas con el sonido
de las olas de fondo. El tiempo pasó increíblemente rápido. A Jung-in le
sorprendió lo natural y cómoda que resultaba la conversación. Nunca imaginó que
él, uno de los mayores nerds de la escuela, se entendería tan bien con el chico
más popular.
De
pronto, pensó: ¿No es esto un poco raro? Sentados juntos en la playa,
compartiendo el mismo vaso de cola y contándonos secretos.... Aunque nunca
había tenido pareja, sentía que esto era algo que hacían los que estaban
saliendo.
Mientras
Jung-in experimentaba esos sentimientos confusos, los grupos lejanos reían a
carcajadas jugando a algo. En ese momento, Brian Cole, que caminaba con el
brazo rodeando la cintura de Ava Winslow (que iba en bikini), se detuvo al
verlos.
“¿Qué
hacen ahí tan pegaditos? ¿Acaso están saliendo?”.
Jung-in
miró a Chase sobresaltado. Pero Chase, como si no fuera nada importante, se rió
con ligereza y dijo.
“Jajaja,
deja de decir tonterías y lárgate, Cole”.
Brian
hizo un saludo militar de broma y se retiró. Esa frase de Chase dejó un eco
extraño en el pecho de Jung-in. ‘Tonterías’.
Esa
palabra con la que Chase descartó la idea fue como el sonido de una alarma que
despierta a alguien de un sueño placentero. Teniendo en cuenta el historial
amoroso de Chase, era evidente que no sentía el más mínimo interés por alguien
de su mismo sexo. Jung-in exhaló un suspiro suave mientras miraba al mar. El
sonido rítmico de las olas calmó su corazón acelerado.
Se
dijo a sí mismo: Esto es suficiente. Pedir más sería avaricia. Algún día
Chase Prescott sería alguien famoso que saldría en la televisión o en revistas.
Su foto del baile de graduación con Vivian Sinclair ya había salido en Teen
Vogue. Quizás en unos años sería alguien aún más presente en los medios. Sin duda
sería así. El recuerdo de haber estado sentado junto a una persona así en la
playa, compartiendo secretos... ese tesoro en su corazón sería suficiente.
Pensar así alejó la melancolía y le dio una sensación de calidez. Se
conformaría con disfrutar este momento.
Mientras
tanto, las hogueras empezaron a apagarse una a una. Jung-in se dio cuenta del
paso del tiempo y, al mirar su Celular, se levantó de un salto alarmado. Tenía
tres llamadas perdidas de su madre y ya pasaban de las diez. Había estado allí
casi cuatro horas.
“Tengo
que irme. Se me ha pasado mi hora de llegada...”.
Mientras
recogía sus cosas apresuradamente, Chase se levantó también.
“Te
llevo”.
Jung-in
dudó un segundo, pero asintió pensando que era la forma más rápida de llegar a
casa.
***
El
descapotable de Chase voló por las calles hasta detenerse frente a la casa de
dos pisos al final de Willow Street. Jung-in vio con desesperación la luz del
televisor que se filtraba por la ventana del primer piso.
“Gracias
por lo de hoy”.
“Entra
rápido”.
Chase
se despidió brevemente, respetando la evidente ansiedad de Jung-in. Él asintió
y corrió hacia la casa. Al entrar, se encontró con Su-ji sentada en el sofá del
salón. Tenía un bol de palomitas sobre las rodillas y veía un drama en Netflix.
Sin siquiera girarse hacia la puerta, dijo.
“He
visto el primer episodio sin el traidor. Ahora estoy viendo el segundo”.
“Mamá...”.
El
drama que estaba viendo era el que Jung-in le había pedido que no viera hasta
que empezaran las vacaciones de primavera para verlo juntos. Hoy iban a
preparar pollo frito y verlo. Se sentía fatal por haberla decepcionado.
“Dije
que podías saltarte la hora de llegada más a menudo, ¿pero no podías haberme
mandado ni un mensaje?”.
“Lo
siento. Se me pasó el tiempo volando, de verdad...”.
“¿De
quién es esa ropa?”.
Solo
entonces Jung-in se dio cuenta de que aún llevaba puesta la chaqueta de Chase.
“¡Ah!
Es verdad...”.
Con
las prisas por llegar a casa, se le olvidó devolvérsela.
“Es
de un amigo... me la prestó porque tenía frío...”.
“...
¿Tu amigo es del equipo varsity?”.
La
expresión de Su-ji cambió. Pensaba que el único amigo de Jung-in era Justin y
siempre le había preocupado la vida social de su hijo. Alguien del equipo
deportivo debía ser de los populares.
“Sí.
Del equipo de fútbol americano”.
“¿Del
equipo de fútbol?”.
“Voy
a ser el tutor de uno de ellos”.
Jung-in
notó un destello de alivio en el rostro de Su-ji. Empezó a vislumbrar cómo
calmar su enfado. Se sentó a su lado con actitud cariñosa y le contó todo lo
que había pasado ese día.
“Y
bueno, nos hemos hecho un poco amigos, y como había una fiesta en la playa, me
quedé un rato. Comí pizza en un plato de papel... puede que incluso me haya
tragado un poco de arena”.
Su-ji
lo miró con severidad un poco más, pero acabó suspirando.
“...De
ahora en adelante, por muy emocionante que sea lo que estés haciendo, avísame.
No quiero tener que llamar a la policía”.
“Lo
siento mucho por preocuparte...”
Tras
calmar finalmente a su madre, Jung-in subió a su habitación y se quitó la
chaqueta de Chase para colgarla en una percha. Al colgarla en la puerta del
armario, parecía un objeto de exposición. Se quedó allí parado un buen rato,
embobado. Esa ropa tan grande le quedaba perfecta a Chase. Ese simple
pensamiento hizo que su corazón diera un vuelco.
En
ese momento, el sonido de un mensaje lo sacó de su ensimismamiento. Tomo el Celular
pensando que podría ser Chase, pero el nombre en la pantalla era otro.
Justin
[¿Cómo
ha ido? ¿Te ha dado permiso tu madre?]
¿Permiso
para qué?, pensó extrañado un momento, hasta
que cayó en la cuenta.
“¡Ah!”.
Había
quedado en pedirle permiso a su madre antes de apuntarse a la visita al campus,
pero lo había olvidado por completo. Corrió al escritorio y encendió el
portátil. Entró en la web de la universidad y buscó la página de inscripción.
Mientras bajaba por la página con ansiedad, vio unas letras rojas.
[El
plazo de inscripción ha finalizado. No se aceptan más solicitudes.]
Jung-in
miró la pantalla fijamente y luego se cubrió la cara con las manos. Su mente
era un lío. No sabía cómo decírselo a Justin. El Celular volvió a sonar con
impaciencia.
Justin
[¿Y
bien?]
No
había ido a casa, se había ido de fiesta sin él y se le había olvidado todo por
estar pendiente de ese chico al que solían criticar juntos. ¿Cómo iba a decirle
eso? Con el corazón en un puño, escribió la respuesta.
Justin
[Lo
siento, mi madre dice que prefiere que vayamos en las vacaciones de verano.]
Al
soltar el Celular, sintió una opresión en el pecho. Le había mentido a Justin.
Otra vez.
***
A
la mañana siguiente, Jung-in tenía mala cara por no haber podido dormir bien
debido a la culpa. Se estaba preparando para salir a su cita con Darius en la
biblioteca cuando sonó un mensaje.
Chase
Prescott
[Thompson
va a venir hoy a mi casa.
Los
demás se van a reunir aquí.]
Jung-in
se detuvo a mirar la pantalla.
¿Dijo
ayer que Thompson tenía que aprobar álgebra y ahora lo invita a una fiesta para
que no estudie?, pensó. Le pareció algo
patético, pero lo que ellos hicieran con su tiempo no era asunto suyo.
Chase
Prescott
[Vaya,
pues que lo pasen bien.
Ya
quedaré con Darius en otro momento.]
[No
me refiero a eso.
Nosotros
también tenemos deberes, los de inglés.]
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Jung-in
miró hacia su escritorio, donde estaban los libros y las notas que había estado
leyendo hasta hace un momento. Mientras dudaba, llegó otro mensaje.
Chase
Prescott
[Digo
que ofrezco el lugar para estudiar.
Y
también el transporte.]
“¿Transporte?”.
Jung-in
ladeó la cabeza.
Justo
cuando iba a preguntar a qué se refería, oyó el claxon de un coche fuera. Se
asomó por la cortina y vio el descapotable plateado. Chase estaba allí fuera,
saludando hacia el segundo piso. Llevaba pantalón de mezclilla y camisa,
parecía recién salido de una película. Pudo leer claramente en sus labios: ‘¡Baja
rápido!’.
Toda
la culpa y los sentimientos complejos sobre Justin se evaporaron en un segundo.
El corazón de Jung-in empezó a latir con fuerza sin poder evitarlo.
