6. Estado: Comprometidos

 


Volumen 6

6. Estado: Comprometidos

 

El anillo, con una banda de cerámica negra tallada con precisión dentro de un borde de platino brillante, combinaba a la perfección con la pulsera que Chase le había regalado a Jung-in, como si hubieran sido diseñados en conjunto. Las facetas cuadradas, cortadas de forma delicada y ágil, centelleaban con nitidez bajo la tenue iluminación.

Jung-in, recuperando el aliento, tomó el más grueso y pesado de los dos anillos que descansaban uno al lado del otro en el estuche. Luego, tiró suavemente de la mano izquierda de Chase.

En cuanto el borde frío del metal rozó la punta de su dedo anular, el cuerpo de Chase tembló imperceptiblemente. Fue como si aquel metal no hubiera tocado la yema de su dedo, sino la zona cercana a su corazón.

Chase se cubrió los ojos ardientes con la mano que Jung-in no sostenía. Bajo su palma, las lágrimas calientes volvieron a brotar. En ese preciso instante, la canción que sonaba entró en el estribillo siguiendo su melodía familiar. Era un estribillo icónico que, de sonar en un lugar concurrido, haría que varios se unieran al canto.

“Sweet Caroline, ba ba ba!”.

Mientras resonaba la letra que decía que jamás había existido un momento tan bueno como este, todos los que los rodeaban alzaron las manos y gritaron el coro como si estuvieran vitoreando.

“So good, so good, so good!”.

En medio de aquel coro que parecía más un himno de apoyo, Chase se secó el rostro mojado con la palma de la mano y miró hacia abajo a Jung-in.

Su amante, empapado por la lluvia, estaba arrodillado pulcramente ante él como un caballero para proponerle matrimonio. Chase, que hasta hace un momento estaba sumido en la desesperación pensando que Jung-in lo había rechazado, sentía un alivio tan indescriptible que casi le costaba respirar.

Sintiendo que sus piernas perdían fuerza, se dejó caer sentado en el suelo. Su mirada quedó a la misma altura que la de Jung-in.

Esos ojos negros como cuentas de cristal que lo miraban fijamente se grabaron en el pecho de Chase. Una certeza tan nítida como una profecía o una revelación lo recorrió como una descarga eléctrica. Tuvo el presentimiento de que pasaría el resto de su vida mirando esos ojos. Era una convicción extrañamente clara: los miraría en la alegría, en la tristeza, en el dolor, e incluso en aquel instante en que exhalara su último suspiro al envejecer.

Sentado de rodillas frente a Jung-in, Chase no pudo contenerse más y lo abrazó con fuerza. Sus manos grandes, que rodeaban la espalda de Jung-in, seguían temblando levemente. En la punta de sus dedos se sentía una pasión similar a la de alguien que se reencuentra milagrosamente con su amado en un campo de batalla.

Chase no podía creer que esto fuera real. Como si necesitara confirmarlo con sus propios ojos para quedar satisfecho, se separó para mirar el rostro de Jung-in, solo para volver a abrazarlo con el corazón desbordado y separarse de nuevo para verificar su cara, repitiendo el proceso una y otra vez.

Jung-in, que aceptaba con calma sus caprichos, le susurró al oído.

“Tonto, ¿qué estás haciendo? Tú también tienes que ponérmelo a mí”.

“Ah”.

Chase, que lo miraba embobado como si su alma hubiera abandonado su cuerpo a medias, se sobresaltó y extendió la mano hacia el estuche de forma apresurada. Sacó el anillo restante y, sujetando la mano de Jung-in con la delicadeza de quien sostiene un tesoro frágil, lo deslizó lentamente en el dedo anular izquierdo.

Jung-in extendió su mano y la alzó como si quisiera que la luz la bañara. El único accesorio que solía usar era la pulsera que Chase le regaló; era la primera vez en su vida que se ponía un anillo.

Era solo un pequeño metal, el número atómico 79, una simple casilla en la tabla periódica. Sin embargo, el significado que encerraba esa pequeña materia era tan grande y pesado como para cambiar la vida de dos personas.

“Jung-in…”.

Chase llevó su mano izquierda, la que ahora portaba el anillo, hacia el oído de Jung-in. Deslizó sus dedos lentamente entre el cabello húmedo, envolviendo con suavidad desde la mejilla hasta la oreja y el costado de la cabeza. Luego, se inclinó despacio hacia el aliento de Jung-in.

Finalmente, cuando sus labios se unieron, otra oleada de vítores y aplausos estalló a su alrededor.

¿Acaso era una persona que lloraba tanto? Las lágrimas que caían bajo las pestañas cerradas de Chase se extendieron hasta las mejillas de Jung-in. El primer beso que compartieron como pareja comprometida supo a lágrimas. Fue un beso que sería recordado por mucho tiempo.

Cuando los labios se separaron, sus rostros, bañados en la emoción del momento, entraron en su campo de visión. Eran los rostros de quienes habían prometido pasar la vida juntos.

Jung-in limpió con sus pulgares las mejillas mojadas de Chase y solo entonces giró la cabeza para mirar a su alrededor.

Lo primero que vio fue a Vivian. Ella estaba grabando con la cámara de su móvil, y a su lado, Madison se secaba las esquinas de los ojos con un pañuelo. También vio a Justin, sentado con las piernas cruzadas en el suelo, en primera fila. Con el portátil sobre sus piernas, hacía muecas con la nariz intentando contener las lágrimas.

También reconoció a los jugadores del equipo de fútbol americano de Wincrest High School. Seguramente todos habían volado hasta allí. Entre ellos, le pareció ver a Brian Cole por primera vez desde la graduación. La imagen de ellos intercambiando bromas en un rincón del campo, vestidos con sus chaquetas universitarias color crema y borgoña, seguía vívida en la memoria de Jung-in.

Jung-in se levantó primero para saludar a los que habían venido, pero Chase seguía sentado en el suelo sin moverse.

“¿Chay?”.

Al llamarlo con cautela, Chase alzó su rostro bañado en lágrimas y miró a Jung-in con una sonrisa conmovedora.

“Siento que las piernas no me responden, no puedo levantarme”.

El cuerpo de Chase era demasiado grande y pesado para que Jung-in lo manejara solo. Jung-in miró hacia la gente con cara de apuro y cruzó miradas con Brian. Brian, que seguía teniendo una apariencia gallarda, se acercó rápidamente al captar la situación.

Chase le dijo a Brian mientras este lo ayudaba a ponerse de pie.

“Cuánto tiempo”.

“Sí. No esperaba que me recibieras bañado en lágrimas”.

Chase soltó una risita y miró a las personas reunidas para celebrarlos. Su mirada pasó de Brian a Alex, y de Alex a Max. Max, adivinando a quién buscaba, habló primero.

“Darius no pudo venir”.

“Ya veo, era de esperarse”.

“Quería venir. Dijo que para la boda vendría sin importar qué”.

Aunque se sentía un poco de lástima, Chase asintió comprendiendo que era inevitable. Darius estaba jugando ahora en la NFL, el sueño de todo futbolista. Desde la universidad, era un offensive tackle que llamaba la atención de los cazatalentos; su mayor virtud era un juego pesado y confiable. Esa actitud forjada con paciencia y diligencia finalmente dio sus frutos con su elección en el draft de la NFL.

Cuando Jung-in vio las noticias sobre él, no pudo evitar asentir pensando ‘lo sabía’. Incluso de pequeño era muy diligente y nunca dejó de hacer las tareas que Jung-in le encargaba. Dejando de lado si acertaba las respuestas o no. La temporada regular de la NFL comenzaba el primer jueves de septiembre, así que él debía de estar inmerso en el calendario bélico del inicio de temporada.

Siguieron momentos de ponerse al día.

“Brian, ¿he oído que te estás preparando para el examen de abogacía?”.

“Sí. Gracias a mis padres, me di cuenta de cuánto dinero ganan los abogados de divorcios”.

Ya en sus veintitantos, todos estaban encontrando su lugar. Max trabajaba en el taller de su padre; Alex, tras terminar su carrera como jugador universitario, completó su formación pedagógica y ahora trabajaba como entrenador en un instituto a las afueras de Bellacove. Madison había entrado como editora de reportajes en Teen Vogue, la revista que alguna vez la hizo llorar, y Vivian seguía activa como una celebridad exitosa.

“¡Bien! ¿Ya podemos abrir el alcohol?”.

Dijo Max mirando de reojo a Justin.

Parecía que Justin había cumplido fielmente las órdenes de Jung-in y había controlado estrictamente el alcohol durante toda la fiesta. Justin fue a la cocina y sacó el champán y los licores que había escondido en los armarios inferiores del fregadero. Max lo siguió y tomó la botella de champán más grande.

Tapó la boca de la botella con la mano y la sacudió con fuerza. Luego, alzándola hacia el techo, gritó:

“¡Por la pareja recién comprometida!”.

Con un estallido, el corcho saltó y el champán brotó con fuerza. El gas refrescante y los vítores estallaron al mismo tiempo, y en ese momento comenzó la verdadera fiesta.

“Felicidades por el compromiso.

“Casarse con el amor del instituto... es como de película”.

Los dos, que aún llevaban la ropa mojada, pasaron entre los invitados y entraron en la habitación. Solo después de cambiarse y arreglarse un poco el cabello pudieron volver con el aspecto propio de los protagonistas de una fiesta de compromiso.

Cuando regresaron a la sala, el ambiente ya estaba en su punto álgido. Gente con vasos rojos de plástico reía y charlaba por toda la casa, mezclándose entre sí. Jung-in ya entendía bastante bien la cultura de las fiestas estadounidenses. Las fiestas hacían que personas que no sabían el nombre, el origen o el trasfondo del otro se volvieran cercanas en un instante. No se podía asegurar que ese vínculo durara hasta el día siguiente, pero mientras hubiera música, alcohol y un ambiente animado, esa noche podías ser el mejor amigo de cualquiera.

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Max siempre tenía ambición por elegir la música en estas fiestas; lo hacía desde antes. Cuando se celebraba una fiesta en la piscina en casa de Chase, Max era el primero en conectar su móvil al altavoz por Bluetooth. Eso no había cambiado, y en esta fiesta Max también se encargó de la selección musical.

Con música de ritmos que hacían que el cuerpo se moviera solo, la gente se reunía en pequeños grupos por toda la sala para conversar. Algunos sostenían botellas de cerveza y movían el cuerpo ligeramente al ritmo.

Chase y Jung-in se apoyaron uno al lado del otro en la isla de la cocina, desde donde se veía a todos. Antiguos alumnos de Wincrest, amigos de Harvard, colegas del hospital de Chase y compañeros de trabajo de Jung-in se mezclaban sin distinción. Incluso entre rostros desconocidos, se servían champán y bromeaban con naturalidad, fundiéndose en el ambiente.

El tema de conversación era, por supuesto, la pareja comprometida. Alguien contaba cómo los conoció, y otro compartía algún recuerdo divertido que provocaba carcajadas.

Chase se giró en silencio hacia la cocina. Luego, puso su mano suavemente sobre la de Jung-in, que estaba apoyada en la isla. Aunque de distinto grosor, los anillos del mismo diseño brillaban uno al lado del otro en sus dedos.

“¿Cuándo planeaste todo esto?”.

“Hace poco”.

Justo cuando Jung-in iba a contar la historia de cómo se le ocurrió la idea, una voz familiar intervino de repente.

“A ver, enseñamelo”.

Vivian, que se acercó a grandes zancadas junto a Madison, preguntó sin rodeos. No hacía falta decir qué era lo que quería ver. Jung-in tomó la mano de Chase y se la mostró a Vivian. Bajo los focos del techo de la cocina, una luz tenue se reflejó en los anillos.

“Les quedan bien”.

La mirada de Vivian se detuvo en los anillos brillantes por un buen rato.

“Gracias por ayudarme, Vivian”.

“Pensé que yo lo haría antes”.

En sus ojos, que seguían fijos en el anillo, se mezclaba la admiración con una envidia imposible de ocultar.

“Me iré a casa a llenarme de helado. Si engordo, sabrán que es por su culpa”.

Vivian giró la cabeza con un ‘¡hump!’ y se mezcló entre la multitud. Chase soltó una risita sin poder apartar la vista de ella mientras se alejaba.

“No cambia”.

En sus palabras se filtraba un extraño alivio. El hecho de que Vivian no hubiera cambiado a pesar del paso del tiempo era algo que a Chase no le desagradaba.

“Pero Jung-in, ¿qué es eso que le has dicho a Vivian? ¿Gracias por ayudarme?”.

“Me ayudó a encontrar los anillos. No tenía ni idea de por dónde empezar a buscar”.

“A Vivian siempre le han gustado las cosas que brillan”.

En ese momento, Madison intervino sacudiendo la cabeza como si no supieran nada.

“¿Crees que fue solo por eso? Aunque hable así, hoy es el primer día de la Fashion Week y renunció a ir para venir aquí. Ustedes saben lo importante que es eso para Vivi, ¿verdad?”.

Ante las palabras de Madison, Chase y Jung-in giraron la cabeza hacia Vivian casi al mismo tiempo. Luego volvieron a mirarse, compartiendo en silencio una profunda emoción. Esta vez Madison se acercó mucho a Jung-in. Tomó las manos de él entre las suyas y sus ojos brillaron, actuando como si Chase ni siquiera existiera.

“Jay. Si en algún momento Chase te da problemas, no lo aguantes y ven a verme. ¿Entendido?”.

Antes de que Jung-in pudiera responder, Chase extendió la mano y separó la mano de Madison.

“Eso no va a pasar”.

Madison se dio la vuelta con cara de lástima, pero no olvidó la broma. Extendió el pulgar y el meñique haciendo la forma de un teléfono, se lo llevó a la oreja y gesticuló con los labios: ‘Llámame’.

Chase se quejó con gesto contrariado:

“¿Por qué se supone que Madison y Martínez rompieron?”.

Madison y Alex Martínez habían salido por un breve periodo. Fue justo después de la graduación del instituto, cuando cada uno empezaba su nueva vida en ciudades distintas. Al reencontrarse en Bellacove durante las vacaciones de verano, se sintieron atraídos y pronto empezaron a salir. En realidad, ambos estaban teniendo dificultades para adaptarse a sus nuevos entornos y sufrían de nostalgia, por lo que se apoyaron de forma natural en la presencia familiar del otro. Sin embargo, con el tiempo se dieron cuenta de que encajaban mejor como amigos y rompieron discretamente en menos de unos meses.

“¿De hace cuánto es eso? Además, era una relación a distancia”.

Dijo Jung-in con una risita burlona, haciendo que los ojos de Chase se entornaran al instante.

“¿Ahora te pones del lado de Madison y no del mío?”.

“Qué celoso. Eres un inmaduro”.

“¿Inmaduro? ¿Eso es lo que le dices ahora a tu futuro esposo?”.

Jung-in estalló en risas. Pero en el momento en que fue consciente de que las palabras de Chase eran ciertas, le invadió una emoción extraña y difícil de explicar.

“Es verdad. Mi futuro esposo...”.

Ante el comentario de Jung-in, que parecía hablar consigo mismo, Chase se conmovió de nuevo. Entrelazó sus dedos con los de Jung-in y los alzó para que el par de anillos acoplados se viera bien. Los dos miraron sus propias manos con asombro, como si estuvieran viendo un anillo por primera vez en sus vidas.

Acariciando suavemente el dorso de la mano de Jung-in con el pulgar, Chase preguntó.

“¿Salimos un momento?”.

“Es nuestra fiesta, ¿a dónde vamos a ir?”.

“Se lo pasarán bien aunque no estemos. Vamos a la terraza. Quiero que me dé el aire”.

Chase sujetó con suavidad la muñeca de Jung-in, que aún dudaba, y lo guio hacia la terraza.

La lluvia torrencial se había calmado y ahora era casi una llovizna fina. En el aire se mezclaba el olor a tierra mojada con el aroma metálico del agua, y las luces que se extendían más allá de la barandilla brillaban sobre el asfalto mojado.

Los dos se quedaron de pie, uno al lado del otro, contemplando el paisaje nocturno.

“Siento que mi corazón se saltó un latido hace un momento”, confesó Chase.

Jung-in sonrió con orgullo.

“Entonces fue un éxito”.

“Sí. Ya fuera que tu intención era causarme una arritmia o simplemente sorprenderme, lo lograste por completo”.

Chase parecía no haber salido del todo de la conmoción. Bajó la cabeza y apoyó la frente contra el hombro de Jung-in. Su aliento, que escapó como un suspiro, se filtró suavemente entre el cuello de la camisa de Jung-in.

“Haa... Jung-in”.

“¿Dime?”.

“¿Esto es un sueño?”.

Una sonrisa serena se dibujó en los labios de Jung-in. Chase continuó, frotando su frente contra el hombro de su pareja.

“Si es un sueño, por favor, no me despiertes nunca”.

Con los ojos cerrados, Chase revivía el momento en su mente: la imagen de su amado arrodillado, ofreciéndole un anillo y pidiéndole matrimonio. La escena que él siempre había imaginado era exactamente la contraria, él era quien proponía y Jung-in quien aceptaba.

Pero Jung-in nunca llegaba por el camino predecible; siempre se acercaba de la manera más intensa y nítida posible. Siempre había sido así desde que lo conoció en el instituto.

A medida que la intensa emoción se disipaba, la realidad empezó a asomar. Chase preguntó con cautela.

“¿Y tu madre?”.

“La llamé hoy por la tarde y se lo dije”.

Chase se acarició la nuca, dejando ver sus nervios.

“¿Y qué... qué dijo?”.

“¿Qué crees que dijo?”.

“...”.

No se atrevía a adivinar. Aunque ella lo había aceptado como pareja de su hijo, el matrimonio era un nivel completamente distinto. Además, había oído que en los países orientales solían ser conservadores en estos temas y que el matrimonio igualitario aún no estaba permitido en la mayoría.

“Cuando le dije que me casaría contigo, solo dijo una frase”.

Jung-in hizo una pausa deliberada antes de transmitir las palabras exactas de Su-ji.

“Ya era hora”.

Nuevamente, la humedad asomó a los ojos de Chase, conmovido. Exhaló profundamente y abrazó con fuerza la cintura de Jung-in.

“Entonces, pronto seré tu cónyuge y el hijo legal de la señora Choi Su-ji”.

“Sí”.

“Me encanta”.

Una sonrisa de felicidad plena iluminó el rostro de Chase.

A pesar de tener una familia propia, y una con bastante renombre, Chase sintió por primera vez que realmente tenía una familia. Era como si un agua cálida empezara a llenar su pecho.

Desde atrás, Chase rodeó el cuerpo de Jung-in con sus brazos, envolviéndolo como una manta. Ambos, mirando hacia la misma dirección, contemplaron el fluir silencioso del río Charles. Se sentían cómodos sin necesidad de hablar; juntos, nada era aburrido. Sentía que podría quedarse en ese mismo lugar mirando el río por el resto de su vida.

De pronto, el corazón de Chase se desbordó. Hizo girar a Jung-in por los hombros para quedar frente a frente. Como para confirmar su nueva realidad, pronunció uno a uno los nuevos títulos de Jung-in.

“El hombre que será mi marido, mi prometido, mi cónyuge, mi familia”.

Al oír esos términos tan nuevos y profundos, las mejillas de Jung-in se tiñeron de rojo. Chase acunó el rostro de Jung-in con ambas manos y volvió a unir sus labios. Esta vez no fue un beso breve como el de antes frente a la gente, sino un beso profundo, denso y húmedo, donde sus lenguas se entrelazaron con lentitud.

Se sentía como si navegaran por un universo propio. El mundo se detuvo en silencio y solo la temperatura del otro y los latidos del corazón eran nítidos. Al separarse lentamente, se miraron con ojos empañados. Siguió una confesión de amor de la más pura intensidad.

“Te amo”.

“Yo más”.

Tras quedarse así, ignorando el paso del tiempo, Jung-in recordó lo que Chase quería preguntarle en el restaurante con cara seria.

“Ah, es verdad. Dijiste que querías preguntarme algo”.

“Ah, eso”.

Chase dudó un momento mientras se tocaba la nuca.

“¿Qué es?”, insistió Jung-in.

“¿Quién es el 'Profesor XOXO'?”.

“¿Qué?”.

En realidad, no era eso lo que Chase quería preguntar originalmente, pero la pregunta salió disparada. Aunque fingía que no, parece que le había estado dando vueltas. Antes de que Jung-in pudiera preguntar cómo lo sabía, Chase se adelantó.

“Vi el nombre en la pantalla cuando iba a poner a cargar tu móvil esta mañana. Ahora que vamos a ser esposos, no deberíamos tener secretos”.

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Jung-in soltó una carcajada ante la desfachatez de Chase, que hablaba como si ya estuvieran casados.

“Técnicamente aún no somos esposos”.

“Bueno, lo seremos pronto. En fin, ¿quién es?”.

Jung-in suspiró rindiéndose y confesó.

“El 'Profesor X' es el de los X-Men. Los X-Men son los cómics favoritos de Justin. Y lo de 'XOXO'... bueno, ya sabes qué significa”.

“Ah...”.

Al entenderlo todo, Chase puso una expresión de vergüenza.

“Justin me ayudó mucho con esto”.

La mirada de Chase se dirigió hacia el interior a través del cristal. La fiesta estaba en su apogeo. El pequeño robot se había unido a la gente que bailaba, girando y agitando sus brazos mecánicos con torpeza. Justin estaba sentado en el sofá, disfrutando a través del robot, mientras Andrea Sherman hablaba con él, probablemente preguntándole sobre la programación del aparato.

“Hmm...”.

Chase tamborileó su barbilla con el índice.

“Andrea Sherman y Justin... ¿No crees que hacen buena pareja? Debería darles un empujoncito”.

“No tienes que empujar nada”.

Rió Jung-in dándole un codazo.

Seguía manteniendo el contacto con Andrea, quien lo había amado en secreto durante la universidad. Ella ahora trabajaba en Noderna, una gran farmacéutica. Chase, aunque parecía el más ‘cool’ de los dos, era en realidad quien guardaba más rencores y recordaba por años a cualquiera que hubiera estado interesado en Jung-in. La vida les había mostrado que tenían muchos contrastes de ese tipo.

“Pensé que era algo más serio. ¿Era eso lo que querías preguntarme?”.

“... No”.

Chase tomó aire y comenzó a hablar con voz seria.

“Me contactaron del Westlane Medical Center. Me invitaron a conocer el hospital. Aunque no empezaría a trabajar formalmente hasta dentro de dos años, me interesa ir a verlo”.

Jung-in escuchó con atención y preguntó.

“¿Qué clase de lugar es?”.

“Está en San Martín. Es uno de los 10 mejores hospitales de EE. UU. en cirugía torácica. Tienen mucha actividad en cirugía robótica y un excelente programa de fellowship. Me interesa mucho su tecnología 3D”.

“Si es San Martín...”.

“Sí. Está a una hora y media en coche desde Bellacove”.

En Estados Unidos, una hora y media no era nada; se consideraba muy cerca.

“No tengo intención de tener una relación a distancia. Si voy, significaría trasladar nuestra vida entera allí. Es solo una visita al hospital, pero me preocupaba que pudiera resultarte una carga”.

Jung-in comprendió por qué Chase había dudado. Pensó en su propio trabajo por un momento.

“Es cierto que ya me he adaptado a mi empresa actual...”.

Chase hizo un gesto rápido con la mano.

“Olvídalo. Eso ahora es secundario, ya lo pensaremos luego. Lo importante ahora es cómo será la boda. ¿Y la fiesta de compromiso?”.

“¿Acaso no es esto la fiesta de compromiso?”.

Chase soltó un bufido de incredulidad.

“Jung-in. Mira a la gente con esos vasos rojos de plástico barato. ¿Qué piensas al ver eso?”.

“Pienso en la contaminación. Esos vasos son de poliestireno y los microorganismos no los degradan fácilmente. Tardan 450 años en desaparecer por completo”.

Chase se quedó sin palabras mirando a su nerd prometido. Luego sacudió la cabeza.

“Sí, la contaminación es un problema. Pero lo que quiero decir es que una fiesta con esos vasos no es una fiesta seria. ¿Qué somos, animales? ¿Gente de la Edad de Piedra viviendo en cuevas? Una verdadera fiesta de compromiso es en un salón elegante, de traje, brindando con copas de cristal”.

Chase tomó las manos de Jung-in entre las suyas.

“Ya que me quitaste la propuesta y el anillo... deja que yo me encargue del resto. Quiero darte lo mejor, tal como tú haces conmigo”.

“¿Yo te doy lo mejor?”.

“Sí. Te diste a ti mismo”.

Vivir con alguien que te trata como si fueras una deidad inevitablemente sube la autoestima. Jung-in asintió y Chase, satisfecho, besó el dorso de su mano.

“Haa... ahora ya no podré comprar ni un mueble ni pintar una pared sin consultarte. Tendré que decidir cada pequeña cosa contigo”.

“Sí”.

“¿Y si salgo con amigos y vuelvo tarde tendré que pedirte permiso? ¿Y como estaremos ligados legalmente, ni soñar con conocer a otra persona?”.

“Bueno, ¿no es eso lo que hacen los hombres casados?”.

“Qué emocionante. Es justo lo que quería”.

Jung-in juraría que podía ver una cola invisible agitándose detrás de Chase. Le pareció tan tierno que le revolvió el cabello dorado. Justo en ese momento, la puerta de la terraza se abrió de golpe y un grupo de personas salió en tropel.

Vivian iba a la cabeza, seguida por Max, Alex, Justin, Madison y Brian. Parecía que habían estado discutiendo algo y, al no llegar a un acuerdo, venían por un veredicto. Max gritó:

“¡Pres! ¡Diles algo!”.

“¿Sobre qué?”, preguntó Chase confundido.

“¡Sobre el Best Man (padrino de boda)!”.

Normalmente, en las bodas hay varios acompañantes, pero el Best Man es el amigo más cercano y de confianza del novio. Es su mano derecha, su secretario y su equipo de emergencias.

“Estábamos discutiendo quién sería, ¡y Sinclair no deja de proponerse a sí misma!”.

Vivian apartó a Max de un empujón.

“Ustedes no son una pareja convencional. No van a tomar la aburrida decisión de tener a dos hombres como padrinos, ¿verdad? ¿O sí?”.

Chase miró a Jung-in.

“Jung-in, ¿lo has pensado?”.

“Bueno, yo... obviamente se lo pediría a Justin”.

“¡SÍ!”, se oyó el grito de Justin entre la multitud.

Chase, con cara de dilema, miró a Max.

“Entiendo que hay que decidirlo, pero ¿por qué tanta prisa...?”.

“¡La hay!”. “¡Claro que sí!”, respondieron Vivian y Max a la vez.

Alex dio un paso al frente.

“Pres, esto es serio. Seamos honestos, si terminaron juntos fue en parte gracias a mí”.

Parecía que él también quería el puesto. Y tenía razón: fue el primero a quien Chase le confesó sus sentimientos por Jung-in y quien lo ayudó cuando estaba en su peor momento tras ser rechazado. Max contraatacó:

“¡No! Estaban destinados a estar juntos con o sin ayuda. ¡Lo importante es que yo soy el que te conoce desde hace más tiempo!”.

Max y Chase habían ido juntos a la escuela desde preescolar. Vivian intervino indignada.

“¡Ja! Si vamos por esas, ¡yo tuve citas de juegos con él cuando todavía usábamos pañales y tomábamos biberón!”.

Ver la disputa infantil de sus amigos, una mezcla de bromas y sinceridad, hizo que a Jung-in le costara contener la risa. Verlos esforzarse por promocionarse para el puesto de Best Man era una experiencia bastante placentera, pues significaba que su matrimonio era celebrado por todos. Siendo la primera pareja comprometida del grupo cercano de Wincrest, era natural que el ambiente estuviera más animado de lo normal.

Chase observó en silencio a las personas que lo rodeaban. Vivian tenía las manos entrelazadas frente al pecho como si estuviera rezando, mientras que Max, con los brazos cruzados, lucía una expresión relajada, seguro de que él sería el elegido.

Tras una pausa deliberada, Chase habló.

“Vivian”.

Los ojos de Vivian se abrieron de par en par, como si la hubieran nombrado ganadora de un gran torneo. En realidad, parecía que ella misma no tenía muchas esperanzas. Era comprensible; Chase le había declarado el fin de su amistad en el pasado y, aunque se habían reconciliado, su relación no era exactamente la de antes.

“No puede ser. Considerando su historia, ¿no es un poco... extraño?”.

Dijo Max.

Los graduados de Wincrest entendieron de inmediato a qué se refería: al código implícito de que, aunque puedes ser amigo de una ex, nombrarla Best Man en tu boda era cruzar una línea. Pero Vivian terminó con las dudas de un plumazo.

“Nosotros nunca salimos. Solo dejamos que ustedes, par de idiotas, lo creyeran”.

A todo el mundo se le abrieron los ojos. Ni Chase ni Jung-in lo habían desmentido antes, en parte por privacidad y en parte porque Vivian era la tercera involucrada. Pensaron que era mejor no decir nada innecesario.

“¿Qué? ¡Mentira! ¡Press!”.

Max buscó confirmación, pero Chase simplemente asintió en silencio, confirmando las palabras de Vivian. Max se giró de inmediato hacia sus amigos.

“¡Martínez! ¡Cole! ¿Ustedes lo sabían?”.

“Bueno, nunca se sintió esa ‘tensión’ entre ellos”.

Dijo Alex.

“Lo sospechaba”.

Añadió Brian.

Justin le dio unas palmaditas de consuelo en el hombro a un confundido Max.

“Está bien, Schneider. Yo tampoco lo supe al principio”.

“¿Ves? No soy yo el despistado, ¿verdad?”.

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Mientras tanto, el rostro de Vivian estaba encendido por la emoción. Aprovechando el impulso, soltó las palabras como una ráfaga:

“No se sientan tan mal. Total, ¿cuánto podrían ayudar ustedes en los preparativos? El lugar, las flores, el diseño de las invitaciones, la banda, el DJ, los esmóquines, la distribución de las mesas, el pastel y la comida... ¿Creen que podrían con todo eso? Si alguien tiene un gusto más sofisticado que el mío, que dé un paso al frente”.

Al escuchar la lista de tareas y viendo que la oponente era Vivian Sinclair, nadie se atrevió a levantar la mano. Sin embargo, Max protestó débilmente.

“¿Y qué hay de la despedida de soltero? ¿Qué vas a hacer con eso?”.

“¡Pues la haré y punto!”.

Vivian se acercó a Chase y Jung-in como un torbellino y tomó las manos de ambos.

“¡No se arrepentirán de esta elección! ¡Confíen en mí!”.

Sus ojos brillaban con una intensidad especial, casi con un toque de locura, pero Jung-in lo dejó pasar con una sonrisa. Sin embargo, debió darse cuenta en ese momento: esa elección sería el inicio de un ‘dulce desastre’.

***

En el tranquilo dormitorio, donde solo se escuchaba la respiración de ambos, sonó el teléfono. Jung-in se removió bajo las mantas.

“Mmm... Chay...”

“Dime...”.

“Es tu teléfono...”.

Chase se hundió más en el abrazo de Jung-in, reacio a levantarse.

“Chay...”.

“Mmm... No quiero... Si no contesto, se rendirán”.

El timbre insistente finalmente se detuvo.

“¿Ves? Se rindieron. Durmamos más”.

Jung-in rodeó con sus brazos a Chase, quien se acurrucaba en su pecho. Planeaba quedarse en la cama disfrutando de la mañana hasta que ya no pudiera dormir más. Anoche, tras la fiesta de cumpleaños de Chase y el anuncio del compromiso, habían hecho el amor durante mucho tiempo.

Chase, recostado sobre Jung-in, había entrelazado sus dedos con fuerza mientras se movía. Ambos habían sentido el roce de los nuevos anillos, recordando el peso de su promesa. Habían caído rendidos casi al amanecer, así que la llamada matutina era, literalmente, una intrusa.

“Sigamos durmiendo”.

Murmuró Chase contra el cuello de Jung-in. Pero quienquiera que fuera tenía una paciencia infinita, y el teléfono volvió a sonar.

“Haa...”.

Chase soltó un suspiro de irritación y se incorporó a regañadientes. Alcanzó el teléfono en la mesa de noche y frunció el ceño al ver la pantalla. Contestó con voz ronca.

“No son ni las nueve. Más vale que sea importante”.

Jung-in sonrió levemente al escuchar el tono de fastidio de Chase. Del otro lado del teléfono se filtraba una voz femenina muy clara.

“Espera. Te lo paso”.

Dijo Chase.

Jung-in abrió los ojos de par en par. Preguntó con la mirada de quién se trataba, pero Chase solo le entregó el móvil con cara de agotamiento.

“¿Quién es?”.

“No sé, contesta tú”.

Jung-in tomó el teléfono sin entender nada, mientras Chase volvía a enterrar la cara en la almohada.

“¿Diga?”.

—Soy yo. ¿Dónde piensan casarse? ¿Boston? ¿Nueva York? ¿O Bellacove?

La pregunta llegó sin preámbulos. Jung-in se frotó los ojos, aún somnoliento. Reconoció la voz entusiasta de inmediato.

“... ¿Vivian?

—Dicen que si reservas en los lugares famosos ahora, te dan fecha para dentro de tres años. Me dijeron que en el Plaza Hotel le pidieron al hijo del alcalde de Nueva York que esperara un año. Mi primo se casó en una mansión junto al río Hudson y...

Jung-in apartó las mantas y se sentó mientras escuchaba el discurso acelerado de Vivian. Por alguna razón, ella estaba en "modo combate" desde temprano. Su punto era que debían elegir el lugar antes que la fecha, ya que los sitios hermosos estaban reservados con al menos medio año de antelación. Incluso ya tenía sugerencias.

—Estuve pensando... ¿viste la película Love in City? El protagonista se casa en la Biblioteca Pública de Nueva York. Sería el lugar perfecto para un nerd como tú. Pero los fines de semana están ocupados por tres años, así que si lo hacen en la costa este...

“Tranquila, Vivian”.

Jung-in suspiró para recuperar el aliento e intentar frenar el ímpetu de su amiga

“No he pensado en una boda tan grandiosa. En realidad, no necesito un lugar espectacular. No sé, en un bosque o una pradera estaría bien...”.

—¿Qué? ¿Bosque? ¿Pradera? ¿Son una pareja de ardillas? ¿Van a intercambiar bellotas como dote y el cura será un zorro?

Vivian soltó una carcajada de incredulidad.

—No pienses solo en ti, piensa en tu esposo. Su nombre es Prescott. ¡Prescott! La boda debe estar a la altura de ese apellido. ¡Esta boda también es para mostrar tu posición al lado de él!

Aunque era un poco exagerada, no le faltaba razón. El matrimonio era cosa de dos, pero también una unión entre familias; no podía pensar solo en sí mismo. No podía ignorar el peso del apellido Prescott ni el simbolismo que la gente esperaba.

“Está bien. Lo pensaré”.

—Ah, y solo por curiosidad... ¿qué van a hacer con sus nombres?

“¿Nombres? ¿A qué te refieres?”.

—Los apellidos. ¿Van a cambiarlos, combinarlos? Muchos los dejan como están, pero...

“Ah...”.

—¿Qué van a hacer?

Era un tema en el que nunca había pensado seriamente. Jung-in se giró hacia Chase. Este, que seguía boca abajo, levantó la cabeza como si hubiera escuchado la conversación. Tomó la mano de Jung-in, lo miró fijamente y dijo con voz baja y suave

“Lim-Prescott”.

A Jung-in se le puso la piel de gallina. Un escalofrío recorrió su espalda desde la nuca. Dejó de escuchar a Vivian. Se quedó mirando a Chase, quien asintió lentamente como para convencerlo. Del otro lado de la línea, Vivian seguía hablando.

—... ¡Hay parejas que incluso inventan un tercer apellido! Conocí a unos que se conocieron en París y ambos se cambiaron el apellido a Paris. ¡Oye! ¡Nerd! ¿Me escuchas? ¡Jay Lim! ¿Me estás oyendo?

Jung-in movió los labios como hechizado, pronunciando el nuevo apellido que ahora lo acompañaría siempre.

“Lim-Prescott...”.

—...

De repente, hubo un silencio sepulcral al otro lado del teléfono.

—... Es un nombre bonito

La voz de Vivian tembló un poco, conmovida. Repitió los nombres para sí misma

—Chase Lim-Prescott, Jay Lim-Prescott... Oye, suena bastante bien.

Jung-in, que no había llorado en la fiesta de anoche, sintió esta vez que los ojos le ardían. Algo se agitaba en su pecho. La realidad de que finalmente serían familia estaba calando en su corazón con la forma concreta de un nombre.

Chase tiró suavemente del brazo de Jung-in y dijo con voz dulce.

“Cuelga ya y ven aquí”.

Jung-in contuvo la emoción, parpadeando varias veces hacia el techo para que no se le escaparan las lágrimas. Tras recuperar el aliento, volvió al teléfono.

“Vivian, tengo que...”.

—Ya escuché. Cortemos por hoy.

En cuanto dejó el teléfono, Jung-in se hundió en el abrazo de Chase. El calor corporal lo envolvió; era un abrazo que le daba seguridad. Dulce, familiar y confiable.

Chase acarició la nuca de Jung-in con su mano grande y preguntó.

“¿Habrá sido un error nombrar a Vivian como Best Man?”.

“No”.

Jung-in respondió sin dudarlo ni un segundo. Recordó el día que estuvo frente a ella bajo la secuoya. Recordó el rostro de la joven Vivian, llena de orgullo. En aquel entonces, él también debía de haber sido igual de joven e inexperto.

‘... No hables demasiado mal de mí con Chase’.

Recordó que ella le dijo una vez. También recordó que ella le hizo el cambio de imagen para el baile de graduación (Prom). Solo Vivian sería capaz de algo así. Además, Vivian había estado con Chase desde que eran tan pequeños que ni siquiera tenían recuerdos claros de esa época.

“Creo que fue una excelente elección”.

En ese momento, el teléfono de Chase vibró. Era un mensaje de Vivian. Al leerlo, Jung-in soltó una risita. Pensó que, en lo que respecta a la planificación de la boda, Chase y Vivian podrían ser un equipo con opiniones sorprendentemente similares.

 

Vivian Sinclair:

[¿Verdad que vamos a tener una fiesta de compromiso?]

[Ni se les ocurra decir que lo de ayer fue la fiesta, no somos salvajes.]

***

[Te ves precioso durmiendo.

Gracias por las zapatillas. Iré a correr.

- Tu futuro esposo.]

 

De madrugada, Chase salió de la cama con cuidado, dejó una breve nota en la mesa de noche y abandonó la habitación sin hacer ruido. Se puso los tenis que Jung-in le había regalado por su cumpleaños la semana pasada y se colgó al cuello los auriculares del regalo del año anterior. Se dio cuenta de que incluso el rompevientos ligero que llevaba era regalo de Jung-in.

Sentía como si la presencia de Jung-in lo envolviera como el aire o una luz cálida. Además, en su dedo anular izquierdo brillaba el anillo que Jung-in le entregó al proponerle matrimonio.

Desde el compromiso, hubo momentos en los que Chase sintió lástima por su profesión de médico, y era precisamente por el anillo. No podía usarlo en el quirófano ni durante las consultas, ya que podía romper los guantes o estorbar. Por eso, al día siguiente de la propuesta, compró una cadena de plata fina. Cuando no podía llevar el anillo en el dedo, lo usaba como colgante. Y cuando debía entrar a cirugía y quitarse incluso la cadena, lo guardaba con cuidado en un estuche de silicona. Fuera del hospital, el anillo nunca dejaba su dedo.

“Hacía tiempo que no salía a correr”.

Le dijo Henry, el conserje, al cruzarlo en el vestíbulo.

Chase intercambió un breve saludo y salió del edificio. Normalmente, a esta hora estaría recorriendo los pasillos del hospital preparándose para las rondas, pero hoy, excepcionalmente, tenía el día libre. Era un día valioso en el que podía permitirse el lujo de salir a trotar.

Chase dio un par de golpecitos en el suelo con la punta de sus tenis. A pesar de ser nuevos, la sensación al calzarlos era excelente. Tras recuperar el aliento brevemente, empezó a correr.

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Las hojas, que vacilaban entre un verde nítido y un amarillo pálido, pasaban volando a su lado. La estación se encontraba en ese ambiguo límite entre el verano y el otoño, y Chase corría justo sobre esa línea fronteriza.

Hacía mucho tiempo que no salía a trotar.

Edificios de ladrillo rojo, estudiantes caminando con cafés para llevar para terminar de despertar, y un labrador negro esperando junto a su dueño a que cambiara el semáforo. La calle parecía la misma de siempre a simple vista, pero desde que Jung-in le había propuesto matrimonio, todo en el mundo se sentía diferente.

La gente que pasaba, los perros paseando, incluso las bicicletas que lo rebasaban con un chirrido; todos parecían extras en una película donde él era el protagonista. El género, por supuesto, era el romance.

Tras correr por la orilla del río hasta el Longfellow Bridge, el punto de retorno que había fijado, Chase se detuvo como siempre en la pequeña cafetería a la entrada de su barrio. Al empujar la puerta de cristal, calentada por el sol, el dulce aroma a mantequilla de los scones recién horneados le hizo cosquillas en la nariz, tal como cada día.

“Hola, hace tiempo que no venía por aquí”.

La barista que siempre lo recibía lo saludó con una cara amable.

“¿Lo de siempre, un americano? ¿Con un cubito de hielo para que no esté tan caliente?”.

“Sí, por favor”.

Ella ya conocía tanto el nombre de Chase como el menú que pedía cada vez. En el momento en que Chase extendió su teléfono para pagar, la mirada de la barista se detuvo por un instante en su mano izquierda.

“Son 4.80 dólares”.

Tras pagar, Chase echó una mirada distraída al estante de granos de café junto al mostrador. Como aún era temprano, antes de la hora de entrada al trabajo, el local estaba tranquilo y no tardaron en llamar su nombre.

Al acercarse a la zona de entrega, Chase se quedó paralizado por un momento. Sobre el mostrador solo había un vaso de café para llevar. Aunque era lógico y natural recibir un café tras haber pedido uno, Chase se sintió desconcertado, como si le hubiera ocurrido algo extraño. Esto se debía a que, normalmente, junto a ese vaso siempre aparecía un scone que él no había pedido.

Al parecer, se había acostumbrado demasiado a esa cortesía no solicitada. Sintiéndose un poco avergonzado y torpe, Chase tomó su café y volvió a pararse frente a la caja.

“Deme un scone, por favor”.

“Son 3.25 dólares”.

Era la primera vez que compraba un scone con su propio dinero. Mientras miraba a la barista, que le entregaba el scone con una expresión un poco más seca de lo habitual, Chase recordó de pronto algo que Justin le había dicho una vez.

‘Hay un barómetro para medir qué tan atractivo es un cliente de cafetería. Primero, que sean tan guapos que recuerden tu nombre. Segundo, que te dibujen un corazón junto a tu nombre en el vaso. Y el nivel máximo es que seas tan atractivo que te regalen un scone gratis’.

Si lo que decía Justin era cierto, hoy mismo había perdido el favor que se expresaba a través de un scone gratuito. Justo cuando se daba la vuelta con el scone en la mano, una voz cautelosa lo llamó a sus espaldas.

“Disculpe, Señor Prescott”.

“¿Sí?”.

Se dio la vuelta pensando que había olvidado algo. La barista señaló el dedo anular de su mano izquierda y dijo.

“Felicidades por su boda”.

Aunque en realidad era un compromiso y no una boda, no sintió la necesidad de corregirla. Chase sonrió tan radiante que tuvo la ilusión de que incluso el aire a su alrededor se iluminaba.

“Gracias”.

Chase salió de la cafetería con paso ligero. El anillo que le había arrebatado el scone gratis brillaba bajo el sol de la mañana. Era un objeto con un poder extraño, casi como un anillo único de película que transformaba la realidad.

Sintió de nuevo la certeza de que lo que siempre había deseado se había cumplido. Siempre había anhelado esto: declarar este amor al mundo y dejar que la historia lo registrara para siempre como un testimonio eterno.

De repente, como si recordara algo, Chase sacó su teléfono. Abrió una aplicación de redes sociales que casi nunca usaba, una que últimamente solo utilizaba para ver el mercado de pulgas o la comunidad local. Sin embargo, esa aplicación tenía una función que ninguna otra plataforma poseía: la capacidad de mostrar su estado sentimental.

Soltero, en una relación, unión libre, casado, separado, divorciado, viudo... había muchas opciones, y si se estaba en una relación, se podía etiquetar a una persona específica. Por supuesto, también se podía configurar como privado o solo para amigos.

Chase cambió su estado sentimental. Obviamente, lo puso en público.

[Chase A. Prescott]

[Comprometido con Jay Lim]

- Chase A. Prescott, comprometido con Jay Lim -