5. Protocolo de Propuesta

 

 


5. Protocolo de Propuesta

 

Jung-in estaba sentado con Justin en un pequeño pub llamado ‘King’s Cask’, ubicado en Felton Street, dentro de Harvard Square. Por el nombre, alguien podría imaginar una cervecería de estilo clásico y refinado, pero en realidad era un lugar casual, parecido a una tienda de barrio. La fachada de ladrillo viejo y el interior antiguo resultaban algo pasados de moda, y el menú era escaso, pero siempre estaba lleno. Debido a la multitud, en cada rincón se libraban batallas de miradas entre solteros que buscaban compañía.

Siempre que Justin elegía el lugar para reunirse, elegía este. Chase solía bromear diciendo que si el local tuviera tarjetas de lealtad, Justin ya habría llenado varias. Cuando le preguntaron por qué venía tanto, Justin respondió que era su ‘campo de estudio’, venía para observar cómo los desconocidos se hablaban, cómo reían y cómo se marchaban juntos.

Aun así, él no tenía el valor de hablarle primero a una mujer. Lo intentó un par de veces bajo los efectos del alcohol, pero los resultados no fueron buenos. De hecho, desde entonces, hablar con extraños parecía haberse convertido en un trauma para él.

“Jay, ¿puedes beber alcohol?”.

“Ya estoy curado, no pasa nada”.

Hoy también, los dos amigos bebían cerveza acompañados de papas con chili.

“Enséñame la herida”.

Dijo Justin.

Jung-in se subió la manga y mostró su antebrazo. Justin observó con admiración la cicatriz donde los puntos apenas eran visibles.

“¡Oh! Si dices que te la hiciste peleando contra un ladrón, sería creíble perfectamente”.

Jung-in soltó una carcajada. Justo cuando se bajaba la manga, dos botellas de cerveza aparecieron sobre la mesa. Jung-in miró al camarero confundido.

“Nosotros no pedimos esto”.

“Las envía la mujer de aquella mesa”.

Siguiendo la mirada del camarero, vio a una mujer sentada en la barra que lo saludaba con una sonrisa radiante. Por instinto, Jung-in apartó la vista y le pidió al camarero que se llevara las cervezas. Recibir algo gratis se sentía como contraer una deuda emocional. El camarero asintió y se llevó las botellas.

“¿Por qué las devolviste? Podrían haber sido para mí”.

Se quejó Justin.

Jung-in se encogió de hombros. No había pensado en eso. Asumir que eran para él sin dudarlo... ¿qué clase de narcisismo era ese? Se sintió apenado con Justin y avergonzado de sí mismo; su rostro se puso rojo al instante.

“Lo... lo siento. ¿Quieres que le pida que las traiga de nuevo?”.

“Olvídalo. Está tan claro que eran para ti como el teorema de Pitágoras”.

Justin soltó un suspiro profundo.

“Jay, eres el peor wingman (compañero de ligue) del mundo”.

Originalmente, ‘wingman’ se refería al piloto que apoya al avión líder en una formación de combate. Pero también significaba el amigo que ayuda a crear ambiente, resalta las virtudes del otro y se retira en el momento justo para que su amigo triunfe con alguien.

“Aun así, soy mejor que Chase”.

“Eso es verdad”.

admitió Justin de inmediato, asintiendo con naturalidad. 

“Por cierto, pronto es el cumpleaños de Press”.

Jung-in asintió en silencio con una expresión significativa. Justin lo observó con los ojos entrecerrados y una mirada llena de sospecha.

“¿Qué piensas regalarle este año?”.

Justin siempre criticaba el gusto de Jung-in para los regalos. Desde que empezó a ganar dinero trabajando, Jung-in solía gastar sumas considerables en los cumpleaños de Chase: un reloj inteligente con seguimiento de datos biométricos de alto rendimiento, una tableta con gran sensibilidad de presión y mucha memoria, o los auriculares más modernos para correr. Todos eran objetos prácticos y funcionales. Justin esperaba la respuesta de Jung-in sin muchas expectativas.

“Originalmente, pensé en el Baron Edge X con el nuevo chip S5. Es súper delgado, de aleación de carbono y pesa menos de 900 gramos”.

“Uf”.

Era, por supuesto, una laptop carísima y de última generación, lanzada hacía menos de dos meses. Pero no tenía ni pizca de romance. Justin negó con la cabeza con expresión de lástima.

“Piensa en lo que Chase te ha regalado a ti”.

El año pasado, lo llevó de viaje sorpresa a Cancún. El año anterior, hizo una donación a nombre de Jung-in para pacientes que sufrían la misma enfermedad que su padre. ¿Qué más? Una vez, Chase cocinó una sopa de algas que, extrañamente, sabía igual a la que hacía su madre; mientras Jung-in se sentía feliz y melancólico a la vez, Su-ji apareció de la nada con un pastel. Chase la había invitado en secreto. El regalo de ese año fue un viaje por la costa este con Su-ji. Pasaron tres días recorriendo Nueva Inglaterra.

Los regalos de Chase siempre eran personalizados y meticulosamente románticos. Eran de esos que te sorprenden en el momento y nunca olvidas con el paso de los años. Jung-in picó una papa con el tenedor y dijo a modo de excusa.

“¿Quién dijo que le iba a dar la laptop? Dije que originalmente había pensado en eso”.

“¿Eso significa que cambiaste de opinión?”.

“Sí”.

Durante varios días, Jung-in se había sumido en una profunda reflexión. En el camino al trabajo, en la ducha, incluso mientras esperaba que la tostadora saltara. Por más que lo pensara, no había otra forma de declarar que se pertenecían el uno al otro excepto "eso". Además, su cumpleaños se acercaba, así que el momento era perfecto.

“Quizás sea una idea un poco loca, pero...”.

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Aunque dijo que era una locura, cuanto más lo pensaba, más le parecía la respuesta correcta. Como si de repente hubiera encontrado la solución a un problema matemático que lo había atormentado durante días, su pecho latía con una sutil emoción.

“Si es otro aparato electrónico, mejor ni me lo digas”.

Dijo Justin con brusquedad mientras movía su tenedor, sin esperar nada bueno.

Finalmente, Jung-in habló.

“Nunca he hecho una locura en mi vida. Esta vez, quiero intentar una”.

“¿Por qué? ¿Vas a ser atrevido y elegir una tableta en lugar de una laptop?”.

Preguntó Justin con sarcasmo.

Jung-in negó con la cabeza.

“Eso ya se lo di el año pasado. En este cumpleaños... voy a proponerle matrimonio”.

¡Clang!

El tenedor de Justin se le resbaló de la mano y cayó al suelo. El sonido del metal golpeando los azulejos atrajo las miradas de las mesas cercanas antes de que se dispersaran.

“He hecho sufrir mucho a Chase durante este tiempo”.

Continuó Jung-in.

Justin, olvidándose de recoger el tenedor, miró a Jung-in con la boca abierta.

“Siempre he sido yo quien recibe las expresiones de afecto. Como sabes, no soy precisamente alguien romántico”.

Justin parecía una pantalla congelada, mientras Jung-in seguía hablando:

“Creo que es mi turno de dar el primer paso. Siempre ha sido Chase, pero la propuesta... esta vez, quiero ser yo quien la haga primero”.

“Jay...”.

Las fosas nasales de Justin se dilataron y su mandíbula tembló.

“¿Justin?”.

Llamó Jung-in desconcertado.

Justin no pudo contener las lágrimas. Agarró una servilleta y empezó a sollozar abiertamente. Jung-in miró preocupado a su alrededor; la gente empezaba a cuchichear. De repente, Justin gritó hacia las personas de la mesa de al lado que los miraban de reojo:

“¡Mi amigo le va a pedir matrimonio a su novio, al que conoce desde la secundaria!”.

“¡Justin!”.

Jung-in intentó detenerlo, pero era tarde.

Una mujer de la mesa de al lado levantó su copa y gritó: "¡Cielos, felicidades!". Otros clientes también vitorearon como si fueran público de un programa de televisión. Justin sacó otra servilleta para secarse las lágrimas.

“Es que estoy tan feliz. Estoy realmente feliz por ti”.

Ante la reacción más extrema de lo esperado, Jung-in se quedó sin palabras y apretó los labios. Sentía los ojos calientes y una punzada de emoción en el pecho. Justin dijo con voz temblorosa:

“Yo soy el testigo viviente. Odiamos juntos a Press, lo admiramos juntos... yo estuve ahí cuando empezaste a tontear con él... desde que empezaron oficialmente hasta ahora...”.

Jung-in repasó mentalmente la trayectoria de los años que Justin mencionaba. El momento en que escribió por primera vez en su "libro de agravios", la espalda de Chase Prescott que miraba a escondidas, el primer contacto visual, la primera conversación, el primer beso, la primera pelea... Todo pasó por su mente como una película.

“Ustedes son la pareja que demuestra que existe el amor destinado que no cambia. En un mundo lleno de caos y azar, son como un gen raro que aparece repetidamente... una prueba de esperanza”.

Justin apretó la servilleta, se sonó la nariz con fuerza y lloró de nuevo. Solo después de un buen rato logró calmarse.

“Entonces, ¿cuál es el plan?”.

“¿Eh?”.

“La propuesta. ¿Cómo lo vas a hacer?”.

Jung-in, que aún no había pensado en detalles específicos, movió los ojos con nerviosismo.

“Bueno, primero tendré que comprar un anillo, ¿no? Se lo daré el día de su cumpleaños y le pediré que se case conmigo”.

Justin lo miró con cara de incredulidad.

“¿Eso es todo?”.

“¿Cómo que eso es todo? ¡Voy a comprar un anillo carísimo!”.

“A eso me refiero. ¿Eso es todo?”.

“¿...Hace falta algo más?”.

“No sé, fuegos artificiales, una fiesta en un barco, una mini orquesta, un espectáculo de drones o proyecciones en 3D.…”.

Eran ejemplos disparatados, pero las propuestas que aparecían últimamente en redes sociales eran todas así de novedosas y lujosas. Jung-in se quedó sin palabras un momento y luego suspiró con resignación.

“Parece que hoy en día la gente se propone y se casa solo para subirlo a Instagram. ¿De verdad tiene que ser una propuesta lujosa?”.

“Si no lo haces, te arrepentirás”.

Aseguró Justin con seriedad.

“Mira, desde pequeño pensé que poner piña a la pizza era casi un crimen. Jamás la comí. Pero hace poco decidí darle una oportunidad y pedí una pizza hawaiana por primera vez”.

“¿Y qué tal?”

“Casi vomito. Fue horrible”.

Jung-in ladeó la cabeza, sin entender a dónde quería llegar.

“Si no la hubiera comido, nunca habría sabido con certeza que soy una persona que odia las frutas en la pizza hasta la médula”.

En resumen: tenía que intentarlo. Era un consejo absurdo, pero, por alguna razón, extrañamente convincente.

“Quién sabe, quizás resultas ser alguien con talento para los eventos”.

Jung-in tomó aire profundamente y asintió con determinación.

“...Está bien. Lo intentaré”.

Justin apretó el puño.

“¡Así se habla! ¿Qué tal si pensamos ideas durante el fin de semana y nos vemos el lunes? Yo también traeré algunas propuestas”.

“Hecho. Hagámoslo”.

Ambos pusieron caras serias, como si estuvieran preparando un coloquio para una tesis. Justin sacó un bolígrafo de su mochila, le dio la vuelta al posavasos que estaba bajo su cerveza y empezó a escribir.

“¿Qué haces?”.

“Poniéndole nombre al proyecto”.

Jung-in se rió, pero Justin seguía serio. El nombre del proyecto escrito en el posavasos era: ‘Protocolo de Propuesta’.

***

Los dos se instalaron en el rincón más apartado del pub. El local estaba ruidoso como siempre, pero en su mesa flotaba una tensión extraña. Parecían agentes secretos encontrándose en un punto de reunión en una película de espías. Justin, sin siquiera mirar los nachos que tenía delante, encendió su teléfono y abrió la aplicación de notas.

“Empezaré yo. Son solo tres conceptos: Fenway Park, Kiss Cam, y Jumbotron”.

“¡Vaya, suena bien!”.

Los ojos de Jung-in brillaron.

Fenway Park era el estadio local de los Boston Red Sox y el campo de béisbol más antiguo de Estados Unidos. Famoso por su atmósfera clásica y el fervor de los aficionados locales, allí se celebra a mitad del partido un evento conocido como el Kiss Cam (tiempo de besos).

Es un evento en el que, cuando una pareja en las gradas es captada por el ángulo de la cámara, se dan un beso entre los vítores de todos. Y esa escena del beso se transmite en tiempo real en el Jumbotron, la pantalla gigante suspendida en el centro del estadio.

¿Qué tal sería proponer matrimonio durante el Kiss Cam tras avisar previamente al club? Aunque fuera un cliché, parecía que sería conmovedor. Si solicitaba la grabación, podría conservar ese recuerdo para siempre.

Pero la imaginación se quedó solo en eso.

“Lamentablemente, eso se canceló. Dicen que el día del cumpleaños de Chase se celebra el Senior Wellness Day en Fenway. En el Jumbotron solo saldrán vídeos de ancianos haciendo yoga”.

“Vaya...”.

“Lo siguiente que pensé fue en un globo aerostático, pero...”.

“¿Qué? Eso es un poco...”.

Jung-in, que tenía un poco de miedo a las alturas, se sorprendió y apretó su vaso. Al ver sus ojos bien abiertos, Justin hizo un gesto con la mano para restarle importancia.

“No te preocupes. De todos modos, en el ayuntamiento me dijeron que no rotundamente. ¿Control del espacio aéreo? Dijeron que había algo de eso”.

Jung-in suspiró aliviado, acariciándose el pecho.

El informe de Justin continuó. Más que una propuesta de matrimonio, parecía un planificador de fiestas organizando una actuación a gran escala. Todo lo que había ideado presumía de una escala asombrosa, desde alquilar un cine entero para proyectar una película solo para ellos dos, hasta movilizar aviones para hacer skywriting (escritura en el cielo).

“Lo más viable era usar drones. Como sabes, tengo licencia de drones, ¿no?”.

Justin no olvidó levantar la barbilla un momento con orgullo.

“Colgar pancartas en varios drones con la frase '¿Te casarías conmigo?' flotando en el cielo, y que el último dron entregue el anillo. Sinceramente, cuando se me ocurrió esta idea, pensé que era un genio. Pero el problema es... que hay pronóstico de lluvia para el día del cumpleaños de Press”.

Jung-in, que escuchaba en silencio, frunció ligeramente el ceño.

“¿Entonces cuál es la conclusión? Al final no hay nada”.

“Bueno... se podría decir que fracasó. Pero cuento contigo, Jay. ¿Qué me dices? ¿Has pensado en algo?”.

Jung-in soltó un largo suspiro y rebuscó en su bolso. Luego sacó algo y lo puso sobre la mesa. Eran hojas de papel A4 ordenadas y grapadas en la esquina superior izquierda, como si fuera un trabajo de la universidad.

Justin entornó los ojos y preguntó.

“¿Qué es esto?”.

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“¿Cómo que qué es? Es el plan”.

Justin soltó una risa incrédula tras echar un vistazo al papel que Jung-in había dejado sobre la mesa. El documento parecía tener unas cinco o seis páginas; la primera página tenía un título y un índice escritos con claridad, y cada página tenía subtítulos numerados.

“Oh, por favor... Jay...”.

“He intentado resumirlo lo más posible”.

Justin tomó los papeles y pasó las páginas.

“Capítulo 1: Reacción emocional y aceptabilidad cognitiva del sujeto de la propuesta... La fuente es elegante”.

“Usé la fuente Cheltenham. Pensé que si es la que usan en la sección de bodas de ‘The New York Times’, no estaría mal para un plan de propuesta”.

“Sí, supongo que sí”.

Asintiendo como si estuviera de acuerdo, Justin leyó el plan con una expresión académica, como si estuviera analizando un artículo de una sociedad científica.

Jung-in repasó las palabras y acciones de Chase, infiriendo cuidadosamente su psicología. Continuó su reflexión siguiendo la personalidad que él siempre había mostrado y la textura de la relación que ambos habían construido hasta ahora.

El punto clave extraído del Capítulo 1 era claro: Chase quería mostrar su relación con Jung-in ante el mundo. Ese resultado llevó naturalmente al Capítulo 2, la exploración de métodos específicos para la propuesta.

“En resumen, es una propuesta pública ante una audiencia. Bueno, es cierto que te has mantenido bastante reservado hasta ahora”.

Jung-in asintió y lo admitió sin rodeos.

Justin siguió ojeando el plan.

“Hmm, ¿está bien? Es una estrategia que no pierde tu esencia pero que ataca por sorpresa”.

Algo demasiado ruidoso o decorativo no encajaba con la personalidad de Jung-in. Lo importante era mantener la sencillez de Jung-in, pero sin perder la especialidad propia de un evento como una propuesta de matrimonio, y hacerlo de modo que pudieran recibir la felicitación de muchas personas.

“Por eso, necesito tu ayuda, Justin”.

La estrategia de Jung-in era la siguiente: primero, cenar juntos como de costumbre por su cumpleaños. Cenar en un restaurante francés con ambiente y entregarle el regalo allí mismo.

El regalo sería deliberadamente algo un poco decepcionante. Era una táctica para multiplicar la emoción posterior.

Lo que Jung-in preparó fueron unos tenis de edición limitada, fruto de una colaboración entre la marca deportiva favorita de Chase y una famosa casa de lujo. Con la esperanza de que pronto pudiera retomar su trote matutino, a pesar de su apretada agenda actual, se las entregaría.

Chase pensaría que su cumpleaños terminaría así. Pero el evento solo acabaría de empezar.

Al volver a casa, le esperaría una fiesta sorpresa. Globos, pastel y la aparición repentina de amigos y conocidos cercanos.

En el clímax de todas esas celebraciones, Jung-in sacaría el anillo y le pediría matrimonio a Chase.

“Justin, tú tienes que ayudarme con el montaje de la fiesta. Mientras nosotros estemos cenando”.

“Hecho. Veamos... yo me encargaré de la gente que pueda contactar”.

Justin repasó la lista de invitados escrita al final del plan y marcó los nombres de las personas que conocían en común.

“¿De verdad?”.

“Por supuesto”.

Jung-in se sintió tan seguro como si hubiera ganado un ejército de mil hombres.

En la lista figuraban algunos amigos de la época de Wincrest y compañeros de Harvard. También pensaba invitar en secreto a los compañeros de la facultad de medicina de Chase.

Por supuesto, los amigos de Jung-in también estaban en la lista: incluyendo a Mikey, su compañero de cuarto en Harvard, Andrea Sherman, Zachary Wise, que fue su tutor en el dormitorio, y Abigail, su jefa y amiga.

“Chase pensará que es solo su fiesta de cumpleaños hasta que todos griten '¡Sorpresa!'. Ni se imaginará que es una fiesta de celebración de compromiso”.

Como alguien que trama una conspiración, Justin soltó una risita.

Parecía sinceramente divertido y feliz. Justin, quien una vez fue el fundador del 'Club de Odio a Chase' y coautor del 'Libro de las vergüenzas, ahora apreciaba y quería a Chase más que nadie.

“¡Ah! ¿Traigo a Milo?”.

Por cómo lo dijo, parecía que traería a un amigo, pero no era así. Milo era el robot de compañía con inteligencia artificial de próxima generación que estaba siendo desarrollado en el departamento de investigación robótica de la empresa de Justin.

El robot, de aspecto redondo y adorable, estaba equipado con ruedas omnidireccionales en la base para desplazarse en cualquier dirección y poseía un sistema de navegación totalmente autónomo, por lo que podía ajustar su ruta esquivando obstáculos en espacios interiores.

La pantalla OLED de alta resolución montada en su pecho podía emitir textos, emoticonos e incluso interfaces de realidad aumentada (AR) según la situación, y sus brazos mecánicos multiarticulados podían realizar fácilmente movimientos precisos, como sujetar con exactitud una caja de anillo.

“¿Está bien sacarlo fuera?”.

“Si hasta apareció en The Tonight Show hace poco. Incluso fue a un campamento científico de primaria”.

“Por mí bien, pero...”.

“¡Haré que él entregue el anillo!”.

Los ojos de Justin brillaron. En su cerebro se reproducía vívidamente la escena en la que, tras la gente gritando “¡Sorpresa!”, la síntesis de la tecnología más avanzada avanzaba lentamente sosteniendo el anillo.

“El único fallo es que no has pensado ni por un momento en la posibilidad de que te rechace, pero es un plan excelente”.

“Chey no me rechazará”.

Jung-in estaba seguro. Como si hubiera ido al futuro y lo hubiera visto.

“¡Jay! ¿Creamos un grupo aparte?”.

“¿Eh?”.

“En Slack o Telegram. Un chat secreto”.

“¿Es necesario? ¿Como si estuviéramos tramando una intriga?”.

“¿Intriga? Solo es para planear algo a espaldas de alguien discretamente”.

“Esa es precisamente la definición de diccionario de intriga”.

Ambos instalaron una nueva aplicación de mensajería famosa por su seguridad, crearon una sala de chat e incluso se asignaron nombres en clave. Justin estaba muy emocionado, diciendo que se sentía como un espía del MI6, el servicio secreto británico.

Faltaba exactamente una semana para el día del inicio de la operación.

***

Chase, despertado por el estridente sonido de la alarma, se incorporó con cuidado. Afortunadamente, Jung-in dormía profundamente sin siquiera moverse.

El sexo de la víspera de cumpleaños, que comenzó alrededor de las 10 de la noche, no mostró signos de terminar incluso pasada la medianoche, y finalmente se convirtió en sexo de celebración de cumpleaños, terminando pasadas las 2 de la madrugada. Así que no era de extrañar que Jung-in estuviera tan rendido.

Él se sentó en el borde de la cama y tomó su teléfono. Las notificaciones de mensajes de felicitación que se habían acumulado mientras dormía llenaban la pantalla. Compañeros de Wincrest, de la facultad de medicina, e incluso la enfermera que trabajó con él ayer.

Al deslizar un poco más hacia abajo, vio un mensaje que llegó justo a medianoche. Era de Su-ji, la madre de Jung-in.

Su-ji siempre lo cuidaba llamándolo su ‘hijo rubio nacido del corazón’. Chase también la consideraba como otra madre y nunca olvidaba enviarle un ramo de flores cada Día de la Madre. El vínculo tejido por el afecto, y no por la sangre, era a veces más sólido que el de una familia real.

 

Sophia Prescott

[Feliz cumpleaños, perdedor. Dicen que la vida es sufrimiento, y aguantaste otro año.]

 

Tras revisar el cínico mensaje de su hermana mayor que llegó de madrugada, dejó el teléfono en silencio.

Debía salir de la cama, pero su cuerpo no se decidía a despegarse. Como si aún le quedara algún remordimiento, se inclinó de nuevo y besó suavemente la frente de Jung-in.

Él tenía que ir al hospital hoy sin falta, pero Jung-in dijo que se había tomado un día libre por adelantado. Gracias a eso, anoche pudo saciar su codicia a placer. Fue la mejor manera de empezar su cumpleaños.

“¿Tienes tiempo mañana por la noche? ¿Cenamos en Amelia a las 7?”.

Amelia, el lugar que Jung-in dijo haber reservado, era uno de los restaurantes franceses de lujo más destacados de la zona. Por su rostro y tono ligeramente emocionados, parecía que tenía la intención de entregarle el regalo de cumpleaños allí mismo.

Jung-in creía que lo estaba ocultando perfectamente, pero el pasado fin de semana, Chase encontró una caja de zapatos escondida bajo la cama. Dentro había unos tenis de su talla.

‘Así que tú eres el regalo de este año’, pensó con una sonrisa momentánea, y volvió a poner la caja bajo la cama fingiendo no saber nada.

En realidad, Chase pensaba sacar un tema importante a Jung-in durante la cena de hoy.

Hace unos días, recibió una propuesta de beca (fellowship) del director del programa de un gran hospital en el Oeste. Fue una propuesta inusualmente temprana, probablemente debido a la influencia del nombre Prescott. Aunque el emparejamiento oficial no se haría hasta el tercer año, querían ‘marcar territorio’ antes de eso.

Por supuesto, no era una oferta oficial. Solo era una invitación para ir a ver el ambiente del hospital y compartir ideas durante un almuerzo con el personal. Pero Chase sabía que ese tipo de invitaciones no le llegaban a cualquiera.

Pensó que no estaría mal ir a echar un vistazo de antemano, y quería preguntarle a Jung-in si le gustaría ir con él. El problema era cómo comunicarlo sin malentendidos.

Temía que Jung-in pensara que él quería volver a California y que eso le hiciera sentir presionado.

Pero decir que solo era una visita de exploración también sería una especie de engaño.

California era su hogar, y en un rincón de su corazón deseaba volver allí. Sin embargo, el único lugar al que realmente podía llamar “hogar” era donde estuviera Jung-in.

Dejando de lado los pensamientos complejos por un momento, salió a la sala y preparó un café cargado. Cuando salió de ducharse, el café se había enfriado a la temperatura justa para beber.

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Fue justo cuando terminó su taza, se preparó para ir al trabajo y tomó las llaves del coche. Vio el teléfono de Jung-in dejado sobre el sofá. Normalmente tenía la costumbre de dejarlo en el cargador inalámbrico de la mesita de noche, pero anoche parece que se le olvidó.

Pensándolo bien, fue culpa suya. Como empezaron en el sofá y luego se trasladaron a la cama, Jung-in no tuvo oportunidad de recogerlo.

Justo cuando tomó el teléfono pensando que debía ponerlo a cargar, la pantalla se encendió al detectar el movimiento y apareció una vista previa de una notificación de mensaje que llegó anoche alrededor de las 11.

 

Professor XOXO

[Espero que llegue pronto el día de mañana.]

 

El mensaje que aparecía en pantalla provenía de una aplicación de mensajería desconocida llamada ‘Chamber’, una aplicación que Chase nunca había usado.

Chase sabía qué aplicaciones de mensajería usaba Jung-in: la aplicación básica instalada en el teléfono, WhatsApp y, principalmente, Slack para el trabajo.

‘Chamber’ era una aplicación de mensajería de alta seguridad basada en código abierto que priorizaba la seguridad y el anonimato. Se podían crear cuentas sin información de identificación personal como números de teléfono o correos electrónicos, y todos los mensajes se enviaban por rutas encriptadas. Incluso decían que no dejaban registros en el servidor.

En la comunidad tecnológica se le llamaba la aplicación definitiva de privacidad, mientras que en la dark web o para aventuras amorosas y transacciones ilegales, era motivo de controversia.

¿Por qué Jung-in estaría usando una aplicación así?

Lo siguiente que captó la mirada de Chase fue el ID del remitente.

 

[Professor XOXO]

 

En realidad, era un ID infantil que Justin creó combinando a su personaje favorito de X-Men, ‘Professor X’, con ‘XOXO’, que significa abrazos y besos. Sin embargo, no había forma de que Chase supiera eso.

Chase frunció el ceño y miró la pantalla fijamente durante un rato.

Sabía que Jung-in estaba buscando programas de doctorado últimamente. Pero, ¿qué profesor enviaría un mensaje con ese contenido? ¿Y a las 11 de la noche? ¿Sería realmente un profesor? ¿Por qué llevaba el ‘XOXO’, que significa intimidad, al final?

Sintió el impulso de preguntarle a Jung-in de inmediato, pero era demasiado temprano. Y sobre todo, por mucho que fuera por accidente, el hecho de haber visto la pantalla del teléfono de Jung-in era difícil de justificar. No quería dar la impresión de que no confiaba en él.

Incluso mientras conectaba el teléfono de Jung-in al cable del cargador y salía apresuradamente por la puerta presionado por la hora de entrada al trabajo, Chase seguía teniendo el corazón inquieto.

Siendo hoy su cumpleaños, tuvo la corazonada de que el día se le haría largo.

***

“¿Y el anillo?”.

Ante las palabras de Justin, Jung-in sacó el estuche del anillo que tenía escondido. Sobre la caja de textura de satén color crema, el logo dorado brillaba sutilmente.

“Aquí”.

“Déjalo un momento ahí sobre la mesa”.

Cuando Jung-in dejó el estuche sobre la mesa de centro de la sala, Justin abrió su portátil. Con movimientos ágiles, tecleó rápidamente.

Entonces, Milo, que estaba de pie en un rincón de la sala, rodó lentamente hacia adelante. Con un sutil sonido mecánico, inclinó su torso y sus brazos en forma de pinza se movieron con precisión para levantar el estuche del anillo.

“Guau...”.

Jung-in soltó una exclamación de asombro.

Justin, que dijo haberse tomado media jornada libre hoy en su empresa, apareció conduciendo una furgoneta con el logo de su compañía. Quién sabe cómo consiguió el permiso, pero realmente traía a Milo en la parte de atrás.

“Pero, ¿de verdad está bien sacarlo así?”.

Cuando Jung-in preguntó con cautela, Justin acarició la cabeza redonda de Milo como si nada.

“Este es el que incluso bailó en el Bar Mitzvah del hijo de mi jefe de equipo. Esto no es nada. Por supuesto, dije que lo usaría para proponer matrimonio, pero si sale mal, diré que me rechazaron”.

Justin recibió el estuche del anillo de manos de las pinzas mecánicas de Milo y lo deslizó con cuidado en una riñonera de seguridad que llevaba atada a la cintura. Tras comprobar la cremallera varias veces, como si estuviera sellando un búnker, se quejó mirando a Jung-in.

“¿Por qué tenías que comprar un anillo tan caro? Me va a dar un algo de los nervios...”.

Justin chasqueó la lengua mientras jugueteaba con la riñonera.

Para Jung-in, que era un completo profano en estos temas, elegir el anillo no había sido tarea fácil. El primer obstáculo fue decidir qué marca elegir.

Al final, recurrió a la persona más experta en la materia entre sus conocidos: Vivian Sinclair. Ella, que actualmente mantenía una relación pública con una famosa estrella del fútbol, conocía la joyería de lujo mejor que nadie.

Al oír que Jung-in iba a proponerle matrimonio a Chase, Vivian gritó tanto que casi le revienta los oídos, incapaz de ocultar su emoción. Luego, le recomendó una marca francesa de alta gama, conocida por su exclusividad.

Por suerte, la marca tenía una tienda en unos grandes almacenes en Back Bay, en el centro de Boston. Allí, Jung-in encontró un anillo que le robó el corazón al instante. Fue un encuentro predestinado; desde el primer segundo, pudo imaginar con total naturalidad cómo luciría en la mano de Chase.

Para comprar el par de anillos, Jung-in pagó una cantidad equivalente al precio de un coche compacto. Sin duda, fue el mayor gasto de su vida. Probablemente, a menos que realmente comprara un coche en el futuro, no volvería a gastar tanto dinero de una sola vez.

Sin embargo, sentía que nada menos que eso estaría a la altura de alguien como Chase Prescott.

“Press te regaló un viaje a Cancún, y si tú vas y le das solo unos tenis...”.

Justin dejó la frase en el aire soltando una risita, como si la sola imagen le divirtiera. Parecía más emocionado que si fuera su propio plan.

Jung-in también llevaba varios días sintiendo que caminaba a unos centímetros del suelo.

Si no hubiera sido por la intensidad de Chase en la cama anoche (o mejor dicho, hasta la madrugada de hoy), probablemente habría pasado la noche en vela por los nervios.

Poco después, llegaron los encargados de la empresa de eventos.

Globos de helio colgaron del techo y en un rincón de la sala se instaló un fotomatón para las fotos de recuerdo. Se montó una mesa de catering y, a medida que se añadían luces decorativas y adornos adorables, el espacio se transformaba gradualmente en el escenario de una fiesta.

“Parece un baile de graduación (prom)”.

Justin admiró el entorno con mirada nostálgica. En su baile de graduación, al no tener pareja, se quedó toda la noche jugando a videojuegos con sus amigos de la Sociedad de Atletas Matemáticos. Quizás por eso, este paisaje le resultaba especialmente emotivo.

Mientras Justin se movía de un lado a otro dando instrucciones al personal, Jung-in fue al vestidor a cambiarse.

A pesar de ganar bastante dinero, Jung-in mantenía una vida sencilla y su armario era muy austero.

Aun así, no podía vestir de cualquier manera en un día tan especial. Eligió con cuidado lo mejor que tenía, sin exagerar: una camisa blanca que compró para ocasiones importantes, unos pantalones de algodón beige perfectamente planchados y unos mocasines marrones.

Tras arreglarse el pelo frente al espejo y recoger su teléfono y la bolsa de papel con la caja de zapatos, Jung-in salió a la sala. Justin estaba dándole consejos a los del staff sobre cómo colgar la pancarta.

“Justin, ya me voy”.

Como quien despide a un caballero que parte al campo de batalla, Justin asintió con solemnidad.

“Sí. No te preocupes por esto. Lo dejaré todo perfecto”.

Justo antes de cruzar la puerta, Jung-in se dio la vuelta para dar una última advertencia.

“No les des alcohol a los invitados antes de tiempo”.

“Por supuesto. ¿Quién te crees que soy? No dejaré que nadie beba y cause un desastre. Esconderé hasta el enjuague bucal si tiene alcohol, así que tranquilo”.

Jung-in asintió, respiró hondo y salió de casa.

Comenzaba la noche que recordarían para siempre.

***

“Como primer plato, tenemos crudo de langosta con puré de apionabo”

Con voz cortés, el camarero dejó los platos con cuidado. Sobre la porcelana de borde plateado, las finas láminas de langosta se extendían con elegancia, como pétalos de flores. El puré debajo añadía un suave matiz crema a todo el conjunto.

El interior del restaurante era acogedor gracias a la iluminación tenue. Entre la música clásica y el murmullo de conversaciones tranquilas, Chase y Jung-in ocupaban una mesa silenciosa junto a la ventana.

A través del cristal se veía a lo lejos el río Charles con sus olas calmadas, y las luces de los edificios de Cambridge, al otro lado del río, se encendían una a una, completando el paisaje nocturno.

“¿Pasó algo especial hoy en el hospital?”.

“No, ¿y tú? ¿Estuviste en casa todo el día?”.

“Bueno, sí”.

Intercambiaron preguntas y respuestas rutinarias, pero el aire que fluía entre ellos se sentía extraño. Las conversaciones que normalmente habrían sido largas y fluidas se cortaban constantemente.

En ese momento, el golpeteo de las gotas de lluvia contra la ventana ofreció un nuevo tema de conversación para romper el hielo.

“Oh, está lloviendo”.

“Es verdad. Y no tenemos paraguas”.

En cuanto terminó ese breve intercambio, el silencio volvió a ocupar la mesa. Se sentía como si ambos estuvieran pendientes de las reacciones del otro. Chase, sin darse cuenta, no dejaba de levantar y dejar el vaso de agua, mientras que Jung-in removía con la punta del tenedor un puré que no pensaba comer.

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A pesar de ser comida de un restaurante de lujo, Jung-in no sentía ningún sabor. Su mente estaba mucho más ocupada que su paladar.

Levantó la vista con cautela hacia Chase y sus ojos se encontraron. Ambos sonrieron con torpeza al mismo tiempo.

La mirada de Jung-in se desviaba constantemente hacia su teléfono sobre la mesa.

¿Irá bien la preparación? ¿Habrán llegado todos los invitados?

Los pensamientos se encadenaban uno tras otro.

Jung-in creía que estaba actuando con naturalidad, pero al verlo mirar de reojo la pantalla del móvil una y otra vez, Chase se sintió inquieto.

¿Estará esperando el mensaje de ese misterioso profesor de anoche?

No es que sospechara que Jung-in le fuera infiel, en absoluto. Pero la idea de que Jung-in pudiera estar ocultándole algo, la posibilidad de que hubiera una faceta de él que no compartía, hacía que Chase se sintiera incómodo.

“... ¿Esperas alguna llamada?”.

“¿Eh? ¿No?”.

La reacción excesivamente sorprendida de Jung-in hizo que Chase entornara los ojos. Tuvo el presentimiento, no, la certeza de que Jung-in realmente le ocultaba algo.

El silencio incómodo se prolongó un poco más. Sintiendo la necesidad de refrescar el ambiente, Jung-in se apresuró a poner la bolsa de papel sobre la mesa.

“Ah, toma. Feliz cumpleaños”.

Tal como Chase esperaba, lo que Jung-in le entregó eran los tenis que estaban escondidos bajo la cama. Chase fingió sorpresa, sonrió con agradecimiento y admiró el contenido al abrir la caja.

Sin embargo, el ambiente armonioso no duró mucho, y Jung-in se estrujó el cerebro buscando algo que decir.

“¿Te llamó tu familia para felicitarte?”.

“Solo mi hermana”.

“Ya veo”.

Con eso, la conversación llegó de nuevo a un callejón sin salida.

Ya eran las 7:30 de la tarde. Tiempo más que suficiente para que los invitados hubieran llegado al lugar de la fiesta. Jung-in sintió la necesidad imperiosa de comprobar cómo iba todo allí solo una vez.

“Perdona, voy un momento al baño”.

“Claro”.

Jung-in se levantó con el teléfono en la mano. Por la prisa al retirarse, no vio la mirada sombría de Chase clavada en sus dedos, ni la expresión de dolor que cruzó su rostro por un instante.

Al salir del salón hacia los baños, Jung-in vio la señal de salida de emergencia junto a la puerta y, por instinto, se desvió hacia allí.

Tras la puerta de emergencia, el panorama era totalmente distinto al lujo del restaurante. Era un callejón descuidado donde se acumulaban cajas y grandes contenedores de basura.

Y allí, de pie, había personas que no encajaban en absoluto con ese entorno. Cuatro hombres y mujeres vestidos de etiqueta esperaban con dos violines, una viola y un violonchelo. Uno de ellos miraba el móvil con ansiedad, como esperando la señal de alguien.

Jung-in se alejó un poco de ellos y llamó a Justin. Pero antes de que la llamada conectara, la conversación entre los músicos llegó a sus oídos de forma natural.

“Tengo hambre. ¿Hasta cuándo tenemos que esperar?”.

“Dijeron que nos llamarían cuando sirvieran el postre, así que falta un poco”.

“Espero que no pase como la otra vez, que metieron el anillo en el pastel y casi se lo tragan”.

No necesitó oír más. Alguien tenía planeado proponer matrimonio en este restaurante hoy.

Entonces, recordó que Chase se había comportado de forma extraña durante toda la cena. La conversación que no fluía, su expresión incómoda como si estuviera conteniendo algo, y sus constantes miradas de reojo.

No puede ser que la persona que los llamó para proponer matrimonio sea Chase... ¿o sí?

— ¿Diga? ¿Diga? ¿Jay?

Ante la voz de Justin, Jung-in sacudió la cabeza para despejar sus pensamientos.

“Ah, Justin”.

No podía ser. Él no tenía tiempo ni para dormir, era imposible que hubiera preparado un evento así. Además, fue Jung-in quien hizo la reserva en este restaurante y se lo comunicó a Chase apenas anoche.

— ¿Por qué llamas a estas horas...? ¿Ha pasado algo?

“No, solo quería saber si todo iba bien por ahí. ¿Está todo listo?”.

— ¡Por supuesto!

A través del auricular, escuchó el bullicio de la gente. Por suerte, parecía que habían ido muchos.

Tras colgar al confirmar que todo iba sobre ruedas, Jung-in regresó al salón con el corazón un poco más tranquilo.

Al cruzar el pasillo y entrar en el salón, vio a Chase. Este miraba fijamente por la ventana, hacia la lluvia, con una expresión seria. Debido al ruido de la lluvia contra el cristal o quizás porque estaba demasiado sumergido en sus pensamientos, no notó que Jung-in se acercaba.

“Chay”.

“Ah, sí”.

Definitivamente, Chase estaba raro hoy.

“Ya que has vuelto, pediré que traigan el plato principal”.

“Lo siento, tuve que atender una llamada”.

Chase levantó la mano en silencio y pidió al camarero que continuara con el servicio.

Pronto, aparecieron ante ellos dos filetes relucientes. Mantequilla de hierbas se derretía lentamente sobre la carne cocinada al punto perfecto, añadiendo su aroma.

La carne era sorprendentemente jugosa y tierna, pero Jung-in seguía sin poder saborear nada.

Retiraron los platos de carne y, poco después, el postre llegó a la mesa. Era un hojaldre crujiente con crema de vainilla, colocado con cuidado sobre un plato cuadrado.

Chase se dio cuenta de que no podía posponerlo más. Era el momento oportuno.

Tenía que decirle la verdad a Jung-in: que un hospital de California se había puesto en contacto con él. Aunque faltaran dos años como mínimo, el corazón de Chase ya flaqueaba.

Su ciudad familiar, el clima templado todo el año, el sol deslumbrante y el mar. Su hogar y el lugar donde conoció a Jung-in.

Por supuesto, Jung-in tenía ahora un buen trabajo, pero quién sabe. Quizás Jung-in también extrañaba California. Si era así, solo tendría que pedirle que fueran juntos.

Chase habló con extrema cautela.

“Jung-in, hay algo que quiero preguntarte”.

Al oír eso, a Jung-in casi se le cae la cuchara.

Empezó a ponerse cada vez más nervioso. Sintió que Chase estaba a punto de hacerle la misma pregunta que él tenía planeado hacerle esa noche. Como para confirmar su presentimiento, vio entrar por detrás de Chase al cuarteto de cuerda vestido de etiqueta que había visto antes. Sintió que se le quedaba la mente en blanco.

Todo mi plan no puede arruinarse así. El que debe proponer matrimonio soy yo.

En medio de la situación repentina y de sus pensamientos enredados, Jung-in perdió la calma.

Chase tomó suavemente una de las manos de Jung-in. La luz de la vela en la mesa temblaba reflejada en sus ojos solemnes.

Y finalmente, Chase abrió la boca.

“Jung-in, ¿tú querrías conmigo...?”.

“¡Ah, no! ¡No puede ser!”.

Jung-in se levantó de un salto sin darse cuenta. Su voz angustiada atravesó el restaurante y la mano que Chase sostenía se resbaló de su agarre.

Chase se quedó congelado, con la mano aún en la misma posición, mirando hacia arriba a Jung-in. Su rostro mostraba una total sorpresa por la reacción repentina.

Y en ese instante, sucedió algo que Jung-in no esperaba.

El cuarteto de cuerda pasó de largo por su mesa. La cabeza de Jung-in giró lentamente siguiéndolos. El lugar donde los músicos se detuvieron fue justo en la mesa de atrás.

Mientras la melodía de las cuerdas se extendía suavemente, el hombre de la mesa de atrás se levantó de su silla y se arrodilló frente a la mujer. Sacó un estuche de anillo de su bolsillo y preguntó: “¿Quieres casarte conmigo?”. La mujer respondió: “¡Sí!”, y los clientes de las mesas cercanas aplaudieron para felicitarlos.

Los únicos que no aplaudieron a la nueva pareja comprometida fueron Jung-in y Chase.

Jung-in volvió a sentarse rápidamente con la cara roja como un tomate, mientras una sombra oscura cubría lentamente el rostro de Chase.

“Jung-in, tú...”.

Chase preguntó en voz baja, con una expresión de total desolación.

“¿Qué... qué pensabas que te iba a preguntar para responder así?”.

“Yo... es decir...”.

Jung-in estaba tan desconcertado que las palabras se le atascaron en la garganta.

¿Qué debía hacer? ¿Debería confesar todo el plan de hoy y lo que había preparado en secreto para él?

Mientras Jung-in movía los ojos de un lado a otro sin saber qué decir, oyó el chirrido de una silla contra el suelo y levantó la vista. Chase se había puesto en pie.

Miró a Jung-in con unos ojos en los que se mezclaban emociones difíciles de explicar. Y sin decir una sola palabra, se dio la vuelta y salió del restaurante.

Jung-in se quedó sentado un buen rato, parpadeando estúpidamente. No oía nada, como si alguien hubiera pulsado el botón de silencio. Ni las voces de la gente, ni la música del local, ni la lluvia fuera.

Su mirada perdida se detuvo sobre la mesa. Vio la bolsa de papel allí abandonada. Chase se había marchado sin siquiera llevarse su regalo.

Jung-in se levantó de un salto, tomó la bolsa de papel y la cuenta al mismo tiempo, e hizo una rápida señal al camarero para pagar a toda prisa.

Al empujar la puerta del restaurante, una lluvia torrencial lo golpeó. A poca distancia, bajo la tenue luz de una farola, la silueta de Chase se alejaba.

Jung-in corrió hacia él como un loco.

“¡Chay! ¡Chay!”

Chase se detuvo en seco. Al escuchar los pasos de Jung-in acercándose sobre los adoquines encharcados, se giró lentamente.

Jung-in lo miró, jadeando con fuerza.

Su cabello, ahora un tono más oscuro y parecido al caramelo por el agua, se veía pesado y empapado. Las gotas acumuladas en las puntas caían sin cesar.

Bajo sus pestañas mojadas, sus ojos fluctuaban como aguas profundas. Ese azul melancólico intentaba no mostrar emociones, pero contenía íntegramente una herida que no lograba ocultar.

Chase guardó silencio, como esperando que Jung-in hablara primero si tenía algo que decir.

“Sé lo que estás pensando ahora... pero es un malentendido”.

“¿Qué parte? Pensaste que te iba a pedir matrimonio, ¿verdad? ¿No fue eso?”.

Jung-in abrió la boca a medias, pero no pudo decir nada. ¿Debía confesar la verdad ahora mismo o seguir adelante con el plan? En medio de esa indecisión, el silencio se prolongó.

“Yo... eso es...”.

“Ese 'no' que gritaste, que resonó en todo el restaurante, fue tu respuesta”.

Chase se apartó el cabello mojado de la frente con una expresión de desolación.

“¿Pensabas que solo íbamos a seguir saliendo así para siempre?”.

“...”.

“Creía que íbamos juntos hacia un destino. ¿Tú no? ¿Nuestro punto final era una relación donde cualquiera pudiera irse en cualquier momento?”.

¿Acaso la lluvia había arrastrado su capacidad de razonar? Jung-in no podía articular palabra. Chase le gritó, apremiándolo.

“¿Te comió la lengua el gato? ¡Tú siempre eres alguien con respuestas claras! ¡Di algo!”.

Chase sentía como si su propia existencia hubiera sido negada. Había creído que algún día formaría un hogar con Jung-in, y pensaba que él sentía lo mismo. Incluso había fantaseado muchas veces con proponerle matrimonio de diversas formas.

¿Pero resultó que Jung-in no quería?

Más allá del resentimiento, una frustración y una desesperación indescriptibles lo envolvieron como una ola.

Jung-in lo miraba con un rostro que no podía ser más triste. Su pequeño rostro y su cabello estaban empapados. La camisa blanca, cargada de agua, se pegaba a su piel, revelando el contorno de sus hombros delgados. Su cuerpo temblaba bajo la fina tela.

Chase sintió rabia. Le enfurecía ser tan estúpido como para preocuparse por si Jung-in tenía frío o sentirse incómodo pensando que alguien pudiera ver su cuerpo a través de la ropa mojada en una situación así. Se sentía patético por estar a punto de quitarse su propia chaqueta para cubrirlo. Mezclando furia e impotencia, se dio la vuelta bruscamente.

Caminó con paso firme hacia el estacionamiento. Sin embargo, tras unos pocos pasos, se dio cuenta de que no oía pasos siguiéndole. Al mirar atrás, vio a Jung-in de pie en el mismo lugar, con la cabeza gacha.

“Fuuu...”.

Tras soltar un largo suspiro, Chase se frotó la cara mojada con brusquedad. Dio media vuelta, caminó con paso pesado hacia Jung-in y lo tomó de la muñeca.

“Vamos a casa primero. Hablaremos allí”.

Aunque sus palabras y expresión denotaban enfado, no había fuerza bruta en su agarre. Al ver que Chase no era capaz de tirar de él con rudeza ni en un momento así, a Jung-in se le encogió el corazón.

Chase lo guio en silencio hacia el estacionamiento. Al llegar al coche, le abrió la puerta del copiloto y, tras confirmar que Jung-in se había sentado, la cerró y rodeó el coche para sentarse al volante.

El motor arrancó y salieron del estacionamiento.

Aparte del suave sonido del motor, la lluvia golpeando la carrocería y el ritmo de los limpiaparabrisas, no cruzaron ni una sola palabra hasta llegar a casa. Chase no miró a Jung-in ni una vez, y Jung-in no se atrevió a mirarlo a él.

Tras estacionar en el sótano y bajar del coche, Chase caminó por delante con paso firme, sin tomar la mano de Jung-in como solía hacer. Sus zapatos húmedos hacían un sonido viscoso, dejando huellas mojadas en la alfombra del pasillo.

Durante el trayecto en el ascensor y por el pasillo, Chase no miró atrás ni una vez. Jung-in seguía su espalda con ojos tristes.

Este malentendido se resolvería pronto. En unos momentos, Chase lo sabría todo y estaría rodeado de gente felicitándolo. Pero ese hecho no se sentía como un consuelo. Sentía más culpa que expectación.

¿Podría simplemente borrarse la herida y la desesperación que él acababa de sentir?

De repente, sintió que esta situación era como uno de esos programas de entretenimiento que maltratan a los participantes para sacarles lágrimas y desconcierto solo por diversión. Se arrepintió tarde, pero ya no había vuelta atrás. Jung-in se quedó mirando impotente cómo Chase metía la llave en la cerradura.

Finalmente, la puerta se abrió con un clic.

En el momento en que Chase dio el primer paso dentro de la casa, las luces que él no había encendido se iluminaron de golpe. Y los gritos de las personas que se ocultaban en la oscuridad estallaron.

“¡SORPRESA!”

Tras ese breve grito, se hizo el silencio.

Los invitados, que llenaban la sala con expresiones de entusiasmo, intercambiaron miradas desconcertadas. Los dos dueños de casa habían entrado como ratones empapados y con expresiones tan sombrías que parecía que acababan de tener una pelea monumental.

Chase seguía con el rostro rígido, y a su lado, Jung-in no sabía qué hacer mientras lo miraba de reojo.

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En medio de ese silencio incómodo, un pequeño robot redondo rodó hacia la puerta con un leve sonido mecánico. Tenía una apariencia cómica que no encajaba en absoluto con la seriedad del ambiente.

El robot, que vibraba cada vez que se trababa con la alfombra, se detuvo entre Chase y Jung-in. Luego, con un zumbido, levantó su brazo mecánico.

Con un clic, las pinzas del robot mostraron un estuche de anillo color crema.

La mirada de Chase pasó de la gente que llenaba la sala al misterioso robot que apareció ante él, luego al estuche del anillo, y finalmente volvió a Jung-in. Seguía con una expresión aturdida, sin entender qué estaba pasando.

En ese momento, por los altavoces del robot, empezó a sonar una música familiar. Una introducción alegre de metales: los primeros acordes de ‘Sweet Caroline’, la canción que Chase guardaba en su lista de reproducción y escuchaba a escondidas.

Esa canción, famosa como himno deportivo, la misma que sonaba en los desfiles de Pep Rally antes de los partidos de fútbol en sus años escolares. Una canción que transportaba a todos a sus momentos más vibrantes y brillantes.

Jung-in tomó el estuche del anillo y se arrodilló frente a Chase. Se escuchó el sonido de los invitados conteniendo el aliento.

Jung-in abrió el estuche, se lo ofreció a Chase y dijo.

“Chase Alexander Prescott. ¿Te casarías conmigo?”.

La luz iluminó el estuche que Jung-in sostenía con cuidado. El anillo sobre la tela de terciopelo emitía un brillo tenue.

Chase lo miró con el rostro en blanco, como si hubiera perdido el habla. Sus hombros empezaron a agitarse mientras su respiración se volvía errática.

En los oídos de Chase, comenzó a sonar la cálida voz de Neil Diamond cantando la primera estrofa. La letra parecía narrar la historia de ambos.

Sentimientos que crecieron poco a poco, que se solidificaron lentamente, aunque no supieran exactamente cuándo empezaron.

Un tiempo en el que hubo fricciones, malentendidos y heridas, pero que finalmente los había traído a este lugar.

El entrecejo de Chase se frunció con fuerza. Sus ojos azules fluctuaron como pequeñas olas hasta empañarse, y finalmente, una lágrima resbaló silenciosamente por su mejilla.

Mirando a Jung-in, que estaba arrodillado ante él ofreciéndole el anillo como el protagonista de una película romántica, Chase respondió con voz temblorosa.

“... Sí. Un millón de veces, sí”.

 

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<Continuará en el próximo volumen>

 

Notas al pie:

 

1. Wipeout: Término de surf para cuando un surfista cae de la tabla al agua.

2. Jock: Jerga para un atleta musculoso, pero poco inteligente.

3. MCAT: Examen estandarizado para la admisión a escuelas de medicina en EE. UU. y Canadá.

4. Catcall: Acoso callejero consistente en silbidos o comentarios sexuales.

5. Proctor: Supervisor de dormitorios en universidades de EE. UU. (como Harvard).

6. Gold digger: Persona que busca pareja por interés económico.

7. Charades: Juego de mímica.

8. Heads Up: Juego de adivinar palabras con el móvil en la frente.

9. Pep Rally: Evento escolar de animación previo a un partido deportivo.

10. NSFW: 'Not Safe For Work' (No apto para el trabajo).

11. M.D.: Doctor en Medicina.

12. Bar Mitzvah: Ceremonia de mayoría de edad judía para niños de 13 años.