4. Aventura de Primavera
4.
Aventura de Primavera
Una
de las ventajas de vivir como un hombre invisible es que puedes escuchar las
historias de los demás.
“Mmm...
yo saldría con Brian Cole, me casaría con Darius Thompson y mataría a Chase
Prescott”.
Sentadas
en un banco, unas chicas jugaban a ‘Kill, Marry, Hook up’ (Matar, Casar o
Acostarse). Era un juego donde decidías con quién harías cada cosa. Aunque
Jung-in no estaba lejos, ellas continuaban su conversación sin reservas, como
si él no existiera.
Era
como una escena común de drama o película: el protagonista habla en voz alta,
pero los extras a su lado no se inmutan. Por el contrario, las voces de los
extras que hablan entre sí no llegan al público. Jung-in se sentía como un
extra en el set de un drama; no solo ahora, sino siempre.
“¿Por
qué?”.
“Porque
si me caso con Brian Cole, es obvio que me engañará con mi dama de honor a los
cinco minutos y todo terminará en desastre. Darius Thompson es un poco tonto,
pero al menos parece del tipo fiel”.
“¿Y
por qué matas a Chase Prescott?”
“Porque
no quiero ver a nadie más con él”.
Estallaron
en risas. Era un razonamiento tan convincente que incluso Jung-in sintió ganas
de asentir.
“Entonces
imagina que ese es Chase Prescott y dispara”.
“¿Lo
intento?”.
Las
chicas se levantaron del banco y caminaron a grandes zancadas hacia donde
estaba Jung-in. En sus manos llevaban algodón de azúcar de colores, conos de
nieve bañados en sirope y palomitas de caramelo.
El
tema del festival Spring Fling de este año era ‘Carnaval de Primavera’. En
sintonía con ello, se habían levantado carpas multicolores por doquier. De los
puestos de palomitas y algodón de azúcar emanaba un aroma dulce y sutil,
mientras que las secciones de juegos como lanzamiento de globos, dardos y la
ruleta estaban repletas de gente. También había cabinas de fotos y áreas de
fotografía con largas filas frente a ellas.
Jung-in,
como parte del consejo estudiantil y miembro de la Mathlete Society, terminó a
cargo del puesto de tiro junto a Justin, ayudando a Jonah Kaplan. Era una
caseta de juegos donde, si disparabas a los premios con una pistola Nerf y los
derribabas, podías quedártelos. También había una fiesta de baile programada en
el gimnasio para la noche, pero, por supuesto, él no tenía intención de ir.
“¿Cuánto
cuesta disparar?”.
“Un
dólar por dos tiros, dos dólares por cinco”.
La
chica de cabello castaño que estaba en medio sacó dos billetes de un dólar de
su bolsillo y se los entregó. Jung-in recibió los billetes, los puso en la caja
que servía como caja fuerte temporal y le tendió un plato de plástico con cinco
balas blandas.
Mientras
ella disparaba, Jung-in estiró el cuello para mirar hacia afuera. Justin, que
había dicho que iría a comprar palomitas, todavía no daba señales de volver.
Seguramente le había dejado el mostrador a él y se había escapado a la sala de
computación.
Tras
la salida de unos clientes desanimados por no haber ganado ningún premio, el
puesto de tiro quedó vacío. Mientras Jung-in organizaba los objetos
desordenados, tomó un peluche blanco. No estaba seguro de si era un hurón o un
visón, pero sin duda era un animal de la familia de los mustélidos.
Le
gustó el tacto suave del pelaje y su apariencia bastante tierna, así que lo
puso sobre sus rodillas y comenzó a acariciarlo. De repente, recordó lo que
había pasado ayer con Chase Prescott.
Era
evidente que él había visto el contenido de su ‘Libro de Secretos’ desde el
principio. Aun así, durante todo el día y hasta que le devolvió la mochila,
mantuvo una actitud alegre y amistosa. Pero cuando hablaron por teléfono, se
portó de forma muy fría. ¿Cuál sería el motivo de ese cambio repentino? ¿Acaso
él había hecho algo para molestarlo?
Jung-in
repasó minuciosamente los recuerdos de ayer, pero no se le ocurrió nada que
pudiera haberlo ofendido. Si acaso, él mismo se había pasado todo el tiempo
petrificado.
“Ejem”.
Ante
el sonido de un carraspeo que anunciaba la presencia de alguien, Jung-in
recuperó el sentido sobresaltado y enderezó la espalda.
Hablando
del rey de Roma..., lo primero que
vio fue ese cabello rubio que brillaba bajo la luz del sol, haciendo alarde de
su presencia. Debajo, unos ojos azules que parecían contener la luz del mar lo
miraban fijamente.
Como
siempre, Chase Prescott estaba frente a él con su chaqueta varsity, una
camiseta blanca y jeans. Vivian Sinclair no estaba a la vista, él venía
acompañado por otras dos animadoras. Desconcertado, Jung-in solo pudo mirarlo
con los labios temblorosos. Fue Chase quien habló primero.
“¿Ha
llegado un cliente y ni siquiera saludas?”.
“...Ah,
hola”.
Las
animadoras a su lado lanzaron miradas de duda, como si fuera imposible, y le
preguntaron a Chase.
“¿Lo
conoces?”.
Chase
respondió girando solo un poco la cabeza, manteniendo sus ojos fijos en Jung-in.
“Sí.
Lo conozco bien. Hasta el fondo de sus pensamientos”.
“.......”.
El
rostro de Jung-in se puso pálido y rígido. Ante sus palabras con doble sentido,
sus hombros se encogieron por instinto.
“¡Chase!
Yo quiero ese estuche”.
“Yo
quiero ese termo”.
Chase
le tendió dos billetes de un dólar a Jung-in sin dejar de mirarlo a los ojos.
Luego, señaló con la barbilla el peluche de hurón blanco que Jung-in sostenía.
“¿Por
qué tienes tú ese? ¿No es también un premio?”.
“Ah...
sí”.
Jung-in
dejó rápidamente el peluche en su lugar, puso cinco balas de espuma en el plato
y lo colocó sobre el mostrador. Chase cargó las balas y se puso en posición
apoyando el rifle de juguete en su hombro. Solo con sostener el arma de
juguete, parecía una escena de un póster de película de acción.
Tac,
el primer disparo falló. Sin embargo, tras ajustar su puntería con ese tiro
fallido, derribó uno tras otro el estuche y el termo de plástico que las animadoras
querían. Y los últimos dos disparos los dirigió al peluche blanco que Jung-in
había estado acariciando.
El
primer tiro le dio en la cabeza pero no cayó; el segundo impacto en el pecho
fue el tiro de gracia y el hurón cayó al suelo. Jung-in sintió una punzada en
el pecho, como si Chase le hubiera apuntado a él.
Jung-in
se puso de cuclillas para recoger los trofeos y los fue colocando uno a uno
sobre el mostrador. Chase les repartió el estuche y el termo a las animadoras y
se dio la vuelta, dejando solo el peluche blanco.
Jung-in
tomó el peluche que había quedado abandonado sobre la mesa.
“Oye,
no te llevaste esto...”.
Chase
se dio la vuelta y respondió con una expresión de enfado, como si todavía
guardara algún rencor:
“Ese
es tuyo, Jay Lynn”.
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La
espalda de Chase se alejó. Jung-in, abrazando el peluche contra su pecho,
murmuró.
“...Te
he dicho que es Jay Lim”.
***
El
sol poniente teñía suavemente el césped. Los árboles proyectaban sombras largas
y las risas de la gente se calmaban poco a poco. Entre el dulce aroma del
algodón de azúcar y las palomitas que se dispersaba en el viento, las carpas se
iban recogiendo una a una.
Sentado
detrás del mostrador de una carpa que aún no habían quitado, Justin contaba el
dinero con destreza. Tras apartar la mitad de los billetes, Justin miró de
reojo a Jung-in, que estaba sentado a su lado acariciando el peluche blanco con
la mirada perdida.
“¿Qué
es eso?”.
“Nada...
alguien me lo dio”.
Como
si temiera que alguien se lo quitara, Jung-in guardó el peluche de hurón en el
fondo de su mochila. Justin volvió a contar el dinero como si no le importara.
Las
ganancias del festival de hoy se usarían para las actividades del consejo
estudiantil y el excedente se donaría a la comunidad. Se decía que los premios
que la gente no se llevó también serían donados a organizaciones benéficas.
Jung-in
colocó diversos objetos en cajas, las selló firmemente con cinta adhesiva y
escribió ‘Donación’ con un marcador grueso. Justo en ese momento, llegaron
miembros del consejo estudiantil para llevarse las cajas y las ganancias.
Jonah
Kaplan se acercó a Justin y Jung-in, que estaban de pie tras terminar su
trabajo. Era un judío estadounidense de cabello castaño rizado.
“Muchas
gracias por lo de hoy. ¿Ustedes también van a la fiesta de baile?”.
“No”.
“¿Ah,
sí? Me sobran un par de entradas, se las daré. Si cambian de opinión, vengan”.
Jonah
Kaplan sacó dos entradas de su bolsillo y se las entregó. Para cubrir los
gastos de montaje de la fiesta y del DJ, las entradas se vendían a 15 dólares
cada una. Pero Justin y Jung-in, que no tenían intención de participar, ni
siquiera habían pensado en comprarlas.
En
lugar de Jung-in, que solo observaba en silencio, Justin agarró las entradas de
inmediato.
“¡Gracias!”.
Una
vez que los del consejo se fueron, Jung-in miró a Justin con cara de ‘para qué
hiciste eso’.
“¿Para
qué las aceptas?”.
“Son
entradas gratis. Ya que las tenemos, vayamos a echar un vistazo, ¿sí?”.
Tras
dudar un momento, Jung-in siguió a Justin como quien no quiere la cosa. Se
sentía repentinamente curioso por ver cómo se vería ‘alguien’ vestido de
esmoquin.
En
cuanto abrieron las puertas del gimnasio, ambos soltaron una pequeña
exclamación.
El
gimnasio, iluminado por lámparas en diversos puntos, estaba decorado como un
jardín de primavera. Del techo colgaban luces de hadas brillantes en forma de
ramas, y flores de papel de varios colores, hechas con esmero por el consejo,
decoraban las paredes.
Frente
al escenario, el DJ ponía música EDM cuyos bajos se sentían hasta en las
plantas de los pies. En un rincón había una mesa con ponche de frutas y
aperitivos sencillos, y los padres y profesores que actuaban como acompañantes
(chaperones) rondaban el lugar, olfateando de vez en cuando los vasos de
plástico rojos de los estudiantes para verificar que no olieran a alcohol.
Como
intrusos en un rincón de la fiesta, Justin y Jung-in no hacían más que
observar. La mirada de Jung-in, que observaba con curiosidad a los chicos que
bailaban con entusiasmo frente al escenario, fue atraída por las dos personas
que parecían los protagonistas de aquel espacio.
Vivian,
con un vestido verde claro de varias capas de tela fina, parecía el espíritu de
la primavera. A su lado, Chase Prescott vestía un traje gris con un ligero
matiz azulado. Su cabello rubio relucía con colores misteriosos bajo las luces.
Ambos
se veían tan bien juntos que parecían un cuadro; como si acabaran de salir de
una pintura de Monet.
De
repente, Jung-in sintió el pecho oprimido, como si el aire se hubiera vuelto
pesado. Le dio un toquecito en el hombro a Justin.
“Mejor
me voy”.
“¿Ya?
¿Por qué?”.
“Me
siento sofocado aquí. Nos vemos mañana, Justin”.
“Está
bien, de acuerdo. ¡Vaya, mira el vestido de Hailey! Es demasiado, de verdad”.
Dejando
atrás a Justin, que seguía absorto mirando a Hailey Simmons a pesar de sus
palabras, Jung-in salió. Al cerrarse la puerta, el sonido de los bajos se
volvió sordo y se alejó. De pie frente a la entrada, Jung-in abrazó su mochila
y miró hacia el cielo sereno.
¿A
qué vine aquí si no hay nada que ver? Debería haberme ido a casa a resolver
problemas del SAT.
Justo
cuando ponía el primer pie en los escalones con arrepentimiento, una voz lo
detuvo.
“¿A
dónde vas?”.
Ante
la voz baja y suave, su cuerpo se tensó y su pie resbaló en el borde del
escalón. El cuerpo de Jung-in se tambaleó hacia atrás.
“¡Ah!”.
En
ese momento, sintió una fuerza poderosa sujetándolo del brazo y su cuerpo giró.
Cuando recuperó el sentido, estaba en los brazos de Chase en una postura que
parecía sacada de un vals.
Él
parecía un príncipe salido de una película de Disney. Era una lástima que la
persona en sus brazos no fuera una princesa.
“Te
tengo”.
Chase
lo miró desde arriba con una sonrisa llena de vitalidad.
“¿Estás
bien?”.
Jung-in
podía escuchar el latido de su propio corazón retumbando en sus oídos.
En
realidad, él no lo había atrapado ahora, sino mucho antes. Jung-in ya había
sido capturado desde el primer momento en que lo vio.
“Prescott...”.
El
nombre de él fluyó de sus labios entreabiertos como si estuviera hechizado.
No
puede ser que haya salido a buscarme....
Por un momento tuvo ese pensamiento, pero Jung-in terminó riéndose para sus
adentros. A estas alturas, su egocentrismo era grave. No había forma de que eso
fuera cierto.
“Suéltame.
Ya estoy bien”.
Chase
enderezó la espalda de Jung-in, a quien había estado rodeando. Jung-in, que
casi rueda por las escaleras, dejó escapar un suspiro de alivio.
Chase
le preguntó a Jung-in, que se estremecía un poco al pensar en lo que podría
haber pasado.
“¿Por
qué saliste?”.
“Solo
que... me sentía un poco sofocado. ¿Y tú?”.
“Yo
también”.
Chase
se sentó sin dudar en los escalones frente al edificio del gimnasio. Luego,
miró hacia arriba a Jung-in, que seguía de pie, y palmeó el sitio a su lado.
Jung-in, tras vacilar, se sentó con cuidado junto a él.
Sentados
uno al lado del otro, miraron en silencio el cielo donde había caído la
oscuridad. El cielo que se veía entre las palmeras ya se había oscurecido y la
tenue luz de las estrellas se difundía suavemente.
De
repente, Jung-in recordó la llamada telefónica inexplicablemente fría de la
noche anterior.
“Oye,
por si acaso...”.
Chase
giró la cabeza para mirar a Jung-in. Sus ojos brillaban en silencio, como
preguntando ‘¿qué?’.
“¿Por
si acaso... estás enfadado?”.
“...
¿Yo por qué?”.
“Me
pareció que lo estabas cuando hablamos por teléfono ayer”.
“.......”.
Chase
miró a Jung-in durante un rato y luego volvió la vista al frente.
“Yo
también soy humano”.
“¿Eh?”.
“Si
alguien me odia tanto, incluso yo me siento herido”.
“Ah...
eso es...”.
“Era
obvio que me odiabas solo con ver ese libro... pero aun así, pensé que nos
habíamos hecho un poco amigos ayer. Te reíste cuando te subí al trineo en el
campo, ¿no?”.
El
tiempo con él ayer fue definitivamente divertido. No podía negar ese hecho.
“Pero
luego sales con que no nos involucremos, que nos llevemos bien... como si no
quisieras volver a verme”.
“Ah...”.
Así
que era eso. Solo entonces sintió que las dudas en su corazón se aclaraban un
poco. Al parecer, él mismo había marcado una línea demasiado drástica. Debido a
las numerosas heridas que había recibido desde que llegó aquí, incluido el
racismo, se le había quedado el hábito de rechazar a las personas incluso antes
de conocerlas.
Jung-in
no sabía qué decir, así que solo miró fijamente la mochila sobre sus rodillas.
Repitió y borró varias palabras en su cabeza, pero al final, lo único que salió
fue una humilde disculpa.
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“Lo
siento...”.
“Dejemos
de hablar de eso”.
Chase
sacudió ligeramente la cabeza y cambió de tema.
“¿Cómo
está Snowball (Bolita de Nieve)?”.
“¿Eh?”.
Ante
la pregunta repentina, Jung-in giró la cabeza y miró a Chase. Snowball era un
nombre que solía ponerse a los gatos blancos.
“Me
refiero a ese gato que derribé disparando”.
“No
es un gato. Y no le pongas nombre como te dé la gana”.
“Si
no es un gato, ¿qué es?”.
Jung-in
sacó el peluche blanco de su mochila. Ese bicho de ojos negros y pelaje blanco
puro era tan blanco y limpio como un copo de nieve. A regañadientes, admitió
que el nombre que él le puso le quedaba muy bien.
“Parece
un visón o un hurón. De todos modos, es de la familia de los mustélidos”.
La
atmósfera incómoda se había disipado antes de darse cuenta. Chase miró el
peluche con una suave sonrisa en los ojos.
“Se
parece a ti”.
La
mirada de Chase recorrió suavemente el cabello de Jung-in y sus ojos tras las
gafas.
“Tu
cabello es realmente negro. Es la primera vez que veo un cabello tan negro. Y
tu piel es blanca. Realmente te pareces al Señor Snowball”.
Él
decidió por su cuenta el nombre del peluche e incluso su género. Pero como él
fue quien se lo dio en primer lugar, parecía que tenía ese derecho. Jung-in
dijo en voz baja.
“...Gracias”.
“Esas
cosas se dicen mirando a los ojos a la gente”.
Chase
puso una expresión juguetona y bajó el puente de las gafas de Jung-in con la
punta de su dedo índice. Parecía ser alguien que no era muy consciente del
espacio personal.
Con
las gafas resbalando hasta el tabique nasal, Chase miró fijamente los ojos
descubiertos de Jung-in.
“Tus
gafas son realmente increíbles”.
“¿Qu...
qué miras tanto?”.
“Estoy
buscando tus pupilas. Tus ojos también son muy negros. Parece que absorben toda
la luz. Es fascinante”.
Ante
el comentario que lo hacía sentir como un mono en un zoológico, Jung-in se
indignó, echó el torso hacia atrás y volvió a subirse las gafas.
“¿Fascinante?
Eso es racismo”.
“No
es racismo, era un cumplido diciendo que son bonitos”.
“¡No
bromees! Qu... qué clase de tontería es esa...”.
“Es
verdad. Dicen que los asiáticos no saben aceptar los cumplidos. Está bien, lo
de antes sí sonó un poco racista. Lo admito”.
Él
rió mostrando las palmas de las manos como si se rindiera.
Jung-in
chasqueó la lengua para sus adentros ante su habilidad para manejar a las
personas. Con esa actitud, ¿cómo no iba a caer cualquiera? Podía entender
perfectamente a las chicas que escribían en sus cosas ‘Futura Señora Prescott’.
En
ese momento, la puerta del gimnasio se abrió de par en par y un miembro del
consejo estudiantil salió corriendo.
“¿Qué?
¿Estaban aquí? ¡Prescott! ¡Ven rápido! ¡Van a anunciar al Rey y a la Reina!
¡Ven ya! ¡Es un 130% seguro que serás tú!”.
Chase
se levantó de mala gana y entró al gimnasio casi a rastras.
Al
igual que en otras escuelas, en Wincrest High School los títulos de Rey y Reina
del baile y del Homecoming solo se otorgan a los estudiantes de Senior (12º
grado). Sin embargo, en el Spring Fling, el Rey y la Reina se eligen entre
todos los grados.
Vivian
Sinclair y Chase Prescott eran como celebridades locales. Lo fueron el año
pasado y, probablemente, esta vez también lo serían sin sorpresas. Como dijo
aquel chico, con un 130% de probabilidad.
Chase
se fue y Jung-in se quedó solo. Tras mirar distraídamente hacia donde él había
entrado, se levantó y caminó pesadamente.
Al
regresar a casa en bicicleta como de costumbre, Su-ji lo recibió con cara de
sorpresa por su regreso más temprano de lo esperado. Ante sus quejas de por qué
volvía tan pronto, Jung-in solo le dedicó una sonrisa débil.
Cenó
con lo que había y subió al segundo piso. Se duchó y se sentó en su escritorio.
Al tomar su teléfono, vio que tenía un mensaje de Justin.
Justin
[(Foto)
Previsible,
qué aburrido 👎]
En
la foto adjunta por Justin, Chase Prescott y Vivian Sinclair aparecían
sonriendo del brazo con sus coronas puestas. Era una sonrisa brillante que
podría salir en un anuncio de pasta de dientes.
Jung-in
arrojó el teléfono a la cama sin responder. El colchón se sacudió ligeramente.
Abrió
el libro de problemas para el SAT, pero antes de resolver uno solo, su mirada
se dirigió a la cama. Al final, volvió a tomar el teléfono y puso la foto que
envió Justin. Un hombre con apariencia de actor nunca dejaba de parecer irreal.
La
mirada de Jung-in se trasladó al pequeño peluche de hurón sobre el escritorio.
Aunque solo era un premio de un juego de tiro de un festival mediocre, el
hombre de la foto se lo había dado a él.
‘Ese
es tuyo’, recordó su imagen alejándose tras decir eso como si no fuera nada.
Los momentos sentados uno al lado del otro frente al gimnasio hablando parecían
lejanos como un sueño.
Además,
tenía su número guardado en su teléfono. Con solo pulsar unos botones, podía
contactar con el hombre de la foto en este mismo instante.
Tras
poner el teléfono boca abajo y volver a tomarlo repetidamente, Jung-in terminó
enviándole un mensaje a Chase. Después de todo, tenía una excusa razonable.
Chase
Prescott
[¿Cuándo
me lo vas a devolver?]
La
respuesta llegó en menos de un minuto.
Chase
Prescott
[¿Devolver
qué?]
Casi
podía ver a Chase sonriendo con sus atractivas comisuras de los labios.
Chase
Prescott
[Ya
sabes qué es.]
Una
sonrisa apareció también en el rostro de Jung-in.
Chase
Prescott
[¿Dónde
estás? ¿En el baile? No te veo.]
Parecía
que Chase todavía estaba en el baile. Jung-in revisó el reloj en la parte
superior de la pantalla. Ya pasaban las 11 de la noche.
Chase
Prescott
[Estoy
en casa, por supuesto.]
[Qué
buen estudiante.]
A
Jung-in se le ocurrió que la noche que él estaba pasando podría estar
transcurriendo como un cliché típico de película adolescente. Tras estos
bailes, era casi una regla pasar la noche con la pareja.
Temiendo
estar interrumpiendo, Jung-in terminó la conversación rápidamente.
Chase
Prescott
[Que
tengas buena noche, y te agradecería mucho si pudieras traer ese libro a la
escuela mañana.]
[Dame
tu dirección.]
Jung-in
puso cara de extrañeza por un momento y luego tecleó en la pantalla. Al
preguntarle la dirección, parecía que tenía intención de traérselo
personalmente.
Chase Prescott
[Baywood, 345 Willow Street.
Pero
no es urgente, puedes dármelo mañana en la escuela.
O
simplemente déjalo en el buzón.]
Envió
varios mensajes seguidos, pero no hubo respuesta. No sabía si no los había
visto o si no tenía intención de responder; ni siquiera aparecían los tres
puntos que suelen salir cuando alguien está escribiendo.
¿Qué
significaría? ¿Que me lo devolvería mañana en la escuela?
Mientras
le daba vueltas al significado del silencio, el teléfono sonó. El nombre de
Chase apareció en la pantalla encendida.
“¿D-diga?”.
—Soy
yo.
A
través del teléfono, su voz se sentía más baja y ronca de lo habitual. Le dio
un vuelco al corazón.
“S-sí.
¿Por qué llamas?”.
—¿Que
lo deje en el buzón? ¿Acaso parezco un repartidor de UPS?
“Ah,
no... quiero decir...”.
—Sal.
“¿Eh?”.
—Estoy
frente a tu casa ahora mismo. Sal.
“¿Qué?”.
Jung-in
se levantó de un salto y corrió hacia la ventana. En efecto, vio un coche
deportivo plateado estacionado frente a la casa.
Chase,
que se había bajado del asiento del conductor con el teléfono pegado a la
oreja, levantó la vista. Su mirada se dirigió directamente a la ventana
iluminada del segundo piso y pareció que sus ojos se cruzaron. Jung-in cerró
las cortinas de golpe por la sorpresa.
—¿Puedes
salir?
“¡E-espera
un momento!”.
Jung-in
miró su aspecto con total desconcierto. Pantalones de pijama de cuadros y una
camiseta de manga corta. Pero no tenía tiempo para cambiarse. Además, salir con
jeans a la hora de dormir podría parecer aún más extraño.
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Tras
dudar un momento frente al espejo, decidió dejar la ropa como estaba, pero se
quitó las gafas y se puso las lentes de contacto. Al ver la reacción de él y de
sus amigos, era evidente que las gafas arruinaban su apariencia.
No
le gustaba ponerse lentes porque sentía que se tocaba el globo ocular. Solo se
las ponía en raras ocasiones para eventos importantes, pero hoy era una
excepción.
Se
puso una sudadera con capucha sobre la ropa que llevaba y cruzó el pasillo de
puntillas para no ser descubierto por su madre. Su toque de queda era a las 10
p.m. y nunca lo había roto hasta ahora.
Tras
abrir y cerrar la puerta principal con cuidado para no hacer ruido, Jung-in
salió y Chase se incorporó de donde estaba apoyado en el coche.
Su
Porsche se veía extraño en un barrio lleno de coches viejos. Chase seguía
llevando el traje. Por eso, parecía como si hubiera venido a recoger a su cita
del baile.
Chase
miró fijamente a Jung-in, que caminaba intentando no hacer ruido con los pasos.
Sus ojos azules se entrecerraron como si estuviera observando algo en detalle y
luego se agrandaron. Su mirada era tan intensa que Jung-in se tocó la cara por
inercia.
“¿P-por
qué me miras así?”.
“¿No
llevas gafas?”.
“Bueno...
estoy en casa”.
Debería
habérmelas puesto.
Jung-in
se tocó la nuca con timidez. El cabello que rozaba sus yemas se sentía
extrañamente ajeno.
“No
hacía falta que vinieras hasta aquí para traérmelo...”.
Chase,
en lugar de entregarle el libro rojo que Jung-in esperaba, abrió la puerta del
copiloto. Y haciendo un gesto con la barbilla hacia un Jung-in que ladeaba la
cabeza sin entender, le indicó que subiera.
“Tengo
hambre. Vamos a cenar”.
“¿Cenar?
¿A esta hora? Pero yo... mira qué pinta tengo”.
“Si,
estás tierno, ¿qué pasa?”.
Jung-in
dudó sin subir al coche. Entonces, Chase inclinó un poco el torso y se frotó el
estómago con una expresión de dolor.
“Estoy
a punto de morir de inanición. Sálvame”.
Incluso
frunciendo el ceño, su cara bonita hacía que la escena fuera tolerable. Al
final, Jung-in subió al asiento del copiloto a regañadientes, y Chase cerró la
puerta personalmente con cara de satisfacción.
Sentirse
por primera vez en el copiloto de ese Porsche que siempre había mirado de lejos
fue una sensación extraña. El chasis era más bajo de lo que pensaba, así que al
subir sintió que su cuerpo tocaba el suelo por un momento. El asiento era
firme, pero se sentía cómodo al envolver su cuerpo.
Mientras
Jung-in miraba los lujosos acabados del interior del coche, se le escapó una
pequeña risa. Le resultaba gracioso que en el asiento del copiloto de su coche,
donde solían turnarse bellezas perfectas como Vivian Sinclair o Chloe
Fairchild, estuviera sentado el mayor nerd de la escuela.
“¿De
qué te ríes?”.
Chase,
que acababa de subir al asiento del conductor, le preguntó a Jung-in sin
siquiera arrancar el coche. Sus ojos azules lo reflejaban fijamente.
“¿Eh?
¿Yo?”.
“Te
has reído hace un momento. ¿Por qué?”.
Parecía
que no arrancaría el coche hasta obtener una respuesta. A Jung-in se le ocurrió
que Chase Prescott quizás tenía un lado inesperadamente persistente.
“Por
nada... Solo que el nivel medio de la persona que se sienta en el copiloto
parece haber bajado mucho. Normalmente este es el sitio de chicas como Vivian
Sinclair o Chloe Fairchild. Pero que un nerd como yo esté sentado aquí... me
pareció un poco gracioso”.
“.......”.
Chase
no dijo nada especial, y Jung-in se arrepintió de haberse menospreciado a sí
mismo y guardó silencio. Aquí, la modestia excesiva no era precisamente una
virtud. Aun así, esos comentarios que salían por inercia a veces lo metían en
situaciones incómodas.
“Ponte
el cinturón. A menos que estés esperando a que lo haga yo”.
Chase
habló con una voz lánguida que contenía un toque de picardía. Jung-in se puso
el cinturón de seguridad rápidamente sin dudarlo. En el momento en que el
cinturón hizo clic al cerrarse, el coche arrancó suavemente.
Pensó
que el viento entraría con fuerza, pero gracias a que las ventanillas estaban
subidas, el interior del coche era inesperadamente acogedor. Le resultaba
curioso poder ver el cielo directamente al levantar la vista. Por eso la
gente usa convertibles, pensó Jung-in para sus adentros.
Chase
miró de reojo a Jung-in, que observaba el cielo, y bajó un poco la velocidad.
Jung-in
giró la cabeza hacia el lado del conductor y preguntó.
“Pero,
¿por qué no has podido cenar hasta ahora?”.
“Porque
me han llevado de aquí para allá”.
Aunque
su voz era ligera, se notaba el cansancio. Tenía sentido. Él era el Rey del
baile del Spring Fling. Habría pasado un tiempo ocupado tomándose fotos,
haciendo entrevistas con el club de radio de la escuela y bailando el baile del
Rey y la Reina.
“Me
enteré de que te eligieron Rey. Felicidades”.
“¿Lo
dices en serio? Pensé que tú considerarías el baile del Spring Fling como un
lugar patético lleno de idiotas”.
Jung-in,
que le había dicho exactamente eso a Su-ji hacía unos días, cerró la boca al
sentir que le habían leído el pensamiento.
“Jajaja”.
Al
ver a Jung-in así, Chase soltó una gran carcajada.
“Eres
muy divertido”.
Jung-in
no podía entenderlo mientras él se reía con los hombros estremecidos. No sabía
qué parte de él, que era la personificación de lo aburrido, le resultaba
divertida. Pero Chase parecía disfrutarlo. Su rostro relajado y con una sonrisa
parecía indicar que se estaba tomando un respiro de sus ocupaciones.
El
coche llegó a un diner (cafetería típica americana) que Jung-in ya había visto
al pasar. El cartel de neón parpadeante, el exterior decorado con cromo y rojo,
y hasta los coches alineados en el aparcamiento; era la imagen exacta de un
diner de 24 horas que se ve comúnmente en Estados Unidos.
A
través de los grandes ventanales se veía el interior con gente sentada en cada
mesa, y las tazas de café de los clientes en la barra se rellenaban
constantemente.
Ambos
bajaron del coche y entraron al diner. El sonido de la pequeña campana al abrir
la puerta resultó extrañamente familiar.
Chase
caminó hacia un reservado vacío y se sentó, quitándose de inmediato la chaqueta
y desabrochando un botón más de la camisa. Se sentía un poco extraño verlo
consultar el menú con una postura tan relajada.
Poco
después, se acercó una camarera y, con una sonrisa brillante, preguntó si
estaban listos para pedir. Chase dijo sin apartar la vista del menú.
“Una
hamburguesa con queso, un sándwich de bistec, y añádale bacon y huevos a eso.
También dos raciones de patatas fritas, un batido de chocolate y una cola, por
favor”.
Jung-in
miró a Chase con extrañeza y preguntó.
“¿Viene
alguien más?”.
“No”.
Chase
respondió con una sonrisa natural.
“¿Tú
qué quieres?”.
“Yo
ya cené. Solo tomaré un té helado”.
“Un
té helado más, por favor”.
Cuando
la camarera se fue tras confirmar el pedido, Chase dejó el menú y dijo.
“Deberías
comer algo. Estás demasiado delgado”.
Jung-in,
que tenía complejo con su complexión delgada, frunció el ceño de golpe.
“¿Tú
cómo sabes eso?”.
“Te
he levantado. ¿No te acuerdas?”.
Ahora
que lo pensaba, hacía unos días Chase había levantado a Jung-in como si fuera
una maleta para subirlo al trineo cuando lo siguió al entrenamiento.
“Pesas
como una pluma. Asegúrate de que no tengas agujeros en los huesos como los
pájaros”.
La
expresión de Jung-in se endureció de inmediato por el disgusto. No había forma
de que a un hombre le pareciera un cumplido que le dijeran que es ligero o que
está delgado. Para colmo, Chase sonreía de oreja a oreja mirando a un Jung-in
con el entrecejo fruncido.
“Por
cierto, ahora que no llevas gafas se ve perfectamente qué cara pones”.
“Devuélveme
el libro”.
Jung-in
dijo con voz hosca, arrepintiéndose de no haberse puesto las gafas. Parecía que
en pocos días se había empezado a sentir cómodo con Chase.
“¿Crees
que lo llevo encima? Lo tengo bien escondido”.
“¿Qué?
¿Entonces para qué me preguntaste la dirección?”.
“Porque
necesitaba a alguien con quien cenar”.
Jung-in
abrió mucho los ojos, incrédulo.
“No
me lo creo. Si tú dices de cenar, habría más de uno y de dos que saldrían
corriendo incluso aunque estuvieran durmiendo”.
Chase
solo se encogió de hombros ligeramente. Como si eso no tuviera ningún
significado para él. Luego, se concentró en la hamburguesa con queso recién
servida. Presionó la gruesa hamburguesa artesanal con la palma de la mano para
reducir su volumen y le dio un gran bocado.
Jung-in
se quedó observando el ‘mukbang’ (espectáculo de comida) del apuesto hombre
blanco mientras sorbía su té helado con la pajita. Él comía una cantidad enorme
de forma que se veía muy apetitosa. Si estuviera en Corea, sería el tipo de
chico que les gustaría a las abuelas porque come con ganas.
¿Comerá
mucho por ser deportista? Bueno, para mantener ese físico tendrá que comer
bastante.
“Y
entonces, ¿el libro? ¿Cuándo me lo vas a devolver?”.
“No
lo sé”.
Chase
volvió a encogerse de hombros respondiendo con una actitud descarada.
“¿Cuándo
dejes de odiarme?”.
“.......”.
Jung-in
guardó silencio durante un rato. No podía responder que no lo odiaba. Tampoco
podía explicarle por qué lo odiaba.
La
razón por la que Jung-in odiaba a Chase Prescott no era porque fuera promiscuo,
ni porque fuera el quarterback, ni porque anduviera en un convertible
presuntuoso.
Él
confundía a Jung-in. Cuando estaba cerca, su mirada se desviaba hacia él y su
atención se dispersaba. Se sentía miserable y ridículo por seguirlo
inconscientemente, en contra de su propia voluntad.
Incluso
llegaba a tener pensamientos malvados llenos de inferioridad hacia quienes
ocupaban el lugar a su lado. A Jung-in no le gustaba esa versión de sí mismo.
Jung-in
no tenía energía de sobra para gastar en otras cosas. No podía arruinar sus
planes y objetivos por una razón así. Para sobrevivir en esta tierra extraña
sin dinero ni contactos, tenía que ser mejor que los demás. Necesitaba logros
claros como notas demostrables con números y un título de una universidad
prestigiosa. Como Harvard, por ejemplo.
De
repente, recordó que Chase también aspiraba a entrar en Harvard, igual que él.
Jung-in cambió de tema con naturalidad.
“Por
cierto, ¿no aspiras a Harvard?”.
“...
¿Quién dice eso?”.
“Tu
padre”.
NO HACER
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El
rostro de Chase, que estaba terminando la hamburguesa y acercándose el plato
del sándwich, se endureció por un momento. Una sonrisa amarga apareció en sus
labios.
“Esa
es la aspiración de mi padre”.
“Dicen
que tus notas son suficientes”.
“Parece
que has hablado mucho con mi padre. Y tú también... ¿cómo es que te dejaste la
mochila?”
Para
hablar de por qué dejó la mochila, tendría que mencionar que vio a Vivian
Sinclair y a él en el balcón dándose muestras de afecto. No quería hablar de
eso. No, ni siquiera quería recordarlo.
“Solo
que... ese tipo de fiestas me resultan extrañas. Estaba aturdido”.
“Debiste
de estar bastante desconcertado, ¿no? Considerando el contenido”.
Jung-in
dejó escapar un gran suspiro como diciendo ‘ni me lo digas’.
“Ni
me lo menciones. Quería convertirme en un infinitésimo”.
Nada
más soltar las palabras, Jung-in se dio cuenta de lo que había dicho y se
estremeció. Como la conversación era cómoda, le había salido sin querer el
hábito de cuando hablaba con sus amigos nerds. Términos matemáticos, esto era
demasiado.
Sin
embargo, ocurrió algo inesperado.
“¿Infinitésimo?
Jajaja, ¿querías desaparecer?”.
“...
¿Lo sabes?”.
El
infinitésimo era un concepto que generalmente se trataba en el cálculo de nivel
universitario. Jung-in lo sabía, por supuesto, pero no esperaba que Chase lo
supiera.
“Creo
que lo estudiamos de pasada cuando vimos los límites”.
Quizás
la hipótesis de Justin de que, de sus dos cerebros, el de abajo tendría más
arrugas, era errónea.
“Prescott.
¿En qué clase de matemáticas estas?”.
“Estadística
AP”.
“¿Qué?”.
Él
no era solo un montón de músculos. Al menos, era un montón de músculos que se
le daban bien las matemáticas. El AP no era una clase que pudieras tomar solo
porque quisieras. Jung-in pensó que tendría que corregir un poco sus prejuicios
sobre Chase.
Mientras
se metía una patata frita en la boca con indiferencia, Chase preguntó.
“Es
la clase del profesor Keller, ¿lo conoces?”.
“...La
tome el año pasado”.
“Increíble,
pequeño”.
“¿Qué?
¿Pequeño?”.
Las
cejas de Jung-in se arquearon. Los asiáticos a menudo escuchaban comentarios
racistas porque parecían más jóvenes. Salió una actitud defensiva por instinto.
“Si
eres un sophomore (estudiante de segundo año), eres un pequeño, ¿no?”.
“Ah...
¿te referías a eso?”.
Ante
la respuesta indiferente de Chase, Jung-in se sintió repentinamente
avergonzado. Junto con el autorreproche por su reacción exagerada, pensó que su
complejo de víctima era considerable y se desinfló de repente.
Chase,
que observaba a Jung-in, soltó una risita.
“Te
pareces a un Marimo”.
“...
¿Qué es eso?”
“Mi
primo pequeño tenía uno. Es como un musgo redondo que vive en el agua”.
Jung-in,
que el año pasado hizo un proyecto de ciencias sobre el musgo, conocía bien la
ecología de las briofitas. Pero el nombre Marimo le resultaba desconocido. No
entendía para nada la intención de Chase de compararlo con algo parecido al
musgo. Cuando Jung-in levantó las cejas pidiendo una explicación adicional,
Chase continuó.
“Mi
primo de seis años cree que ese musgo tiene sentimientos, así que flota cuando
está feliz y se hunde cuando está triste. Te acabas de hundir tristemente hace
un momento”.
“¡¿Cuándo
hice yo eso?!”.
“Oh,
ha vuelto a flotar”.
Eran
dos personas que parecía que no tenían nada en común. Jung-in seguía pensando
que Chase era alguien que pertenecía a un mundo diferente al suyo, pero
extrañamente la conversación entre ambos no se detenía. Sus historias se
encadenaban una tras otra hasta que Chase terminó de comer.
Chase,
como si fuera lo más natural del mundo, tomó la cuenta y pagó toda la comida,
incluido el té helado de Jung-in, con su tarjeta sin consultar ni una palabra.
Mientras funcionaba el datáfono, Jung-in habló con cuidado.
“¿Cuánto
fue lo mío? Te lo envío por Cash App”.
En
cuanto terminó de decir eso, Chase giró la cabeza bruscamente. Su mirada hacia
abajo era algo agresiva. Parecía sinceramente ofendido.
“¿Hasta
qué punto me ves como una basura? ¿Parezco el tipo de persona que te trae hasta
aquí por capricho y no puede pagarte ni un té helado?”.
Jung-in
sintió que había cometido un error. Se encogió de hombros y balbuceó en voz
baja ‘Lo siento’.
Chase
miró fijamente a Jung-in y luego dejó escapar un gran suspiro.
“...Siento
haber gritado”.
Se
disculpó con una voz mucho más suave y ambos regresaron a su coche.
El
convertible arrancó y comenzó a recorrer la carretera suavemente hacia el
barrio de Jung-in. Jung-in bajó la ventanilla de su lado al sentirse refrescado
por el aire fresco de la noche. El viento fresco despeinó su cabello por
completo. Al mirar a su lado, el cabello dorado de Chase también estaba
despeinado por el viento. Ese aspecto desordenado también tenía su propio
estilo.
“¿Te
subo la ventanilla?”.
Preguntó
Chase, y Jung-in respondió ‘está bien’ sacudiendo la cabeza. Luego, soltó una
pequeña exclamación disfrutando del cielo despejado.
“Ah,
¿qué haré si me acostumbro a un coche así?”.
“Pues
acostúmbrate”.
Ante
su respuesta natural, Jung-in cerró la boca y observó el paisaje que pasaba.
Esta situación de venir a recogerlo a casa, cenar juntos y volver a dejarlo en
casa. Si alguien los viera, podría confundirlo con una cita perfecta. Jung-in
se guardó ese pensamiento para sí mismo mientras apoyaba el brazo en el marco
de la ventana y descansaba la barbilla sobre él.
No
pasó mucho tiempo hasta que su coche llegó frente a la casa de Jung-in. Chase
le dijo a Jung-in, que se desabrochaba el cinturón preparándose para bajar.
“Gracias
por cenar conmigo”.
“Bueno...
no es nada del otro mundo”.
“Buenas
noches, Jay Lynn”
Jung-in,
que se sentía incómodo con el agradecimiento, cambió su expresión por completo
y miró a Chase con reproche.
“¡No
me llames así a propósito cuando sabes mi nombre!”.
“Entonces
no reacciones de forma tan divertida. Y.…”.
La
risa desapareció un poco de la cara de Chase. Miró a Jung-in con un rostro
mucho más serio y continuó.
“No
me odies tanto”.
Jung-in
se quedó aturdido por un momento ante sus palabras. No supo qué responder y
solo movió los labios levemente.
“...Ve
con cuidado”.
“Entra”.
“Cuando
vea que te vas”.
Chase
asintió en silencio y su convertible arrancó suavemente. Jung-in se quedó
mirando cómo se alejaba su coche hasta que las luces traseras desaparecieron
por completo en la oscuridad, y solo entonces se dio la vuelta hacia su casa.
No
puedo creer que me haya subido al Porsche de Chase Prescott. Que hayamos cenado
los dos solos.
Si
Justin se enterara, se quedaría tan sorprendido que pondría los ojos en blanco
y se caería de espaldas. Pero no creía que pudiera decírselo. Para contar eso,
inevitablemente tendría que hablar también del ‘Libro de Secretos’.
Se
preparó para dormir y se acostó en la cama, pero extrañamente su corazón no se
calmaba. Era como si se hubiera tomado varias latas de Red Bull seguidas, su
corazón palpitaba con fuerza. Tras dar varias vueltas, Jung-in tomó el peluche
que había dejado junto a la almohada. El peluche de pelaje blanco y ojos negros
lo miraba de frente. Jung-in susurró el nombre del peluche.
“Snowball”.
Hoy
era el día del Spring Fling.
‘Fling’
puede significar festival, pero también se refiere a un encuentro breve y dulce
que pasa rozando y deja una emoción en el pecho.
El
día del Spring Fling de su penúltimo año, a Jung-in le llegó otro tipo de ‘aventura
de primavera’.
