3. Sin favores, solo amor



3. Sin favores, solo amor

 

7:48 AM. Solo después de que la alarma sonara dos veces más en intervalos de 9 minutos, Jung-in logró abrir los ojos.

El lugar a su lado, como de costumbre, estaba vacío. Al estirar la mano, tocó las sábanas frías, como si nadie hubiera dormido allí. Jung-in ya se había acostumbrado a despertar solo y a la ausencia de Chase.

Lo primero que hizo fue tomar el teléfono de la mesilla de noche. Tenía una notificación de un correo nuevo. Eran datos experimentales de un socio extranjero; debido a la diferencia horaria, habían llegado a las 4 de la mañana.

Jung-in se sentó en la cama y revisó el correo. Mientras pasaba las pantallas, verificó las cifras principales y organizó mentalmente la dirección de los siguientes experimentos.

Tras desperezarse y salir de la cama, comenzó a prepararse para ir al trabajo.

La casa estaba llena de rastros de Chase. La luz del baño seguía encendida, la afeitadora y una toalla húmeda estaban fuera de su lugar. El tubo de pasta de dientes no tenía tapa.

Jung-in se aseó ligeramente y fue ordenando esos rastros uno por uno. Esos descuidos, impropios de él, le causaban ternura más que molestia. Era una mañana en la que la compasión ganaba a la irritación, sabiendo que Chase no había tenido ni un segundo de respiro.

Cada 1 de julio, los nuevos residentes comienzan a trabajar en los hospitales de todo Estados Unidos. Es el día en que los médicos novatos, recién graduados y con las batas aún impecables, se incorporan al personal oficial.

Pasan por un periodo de residencia que dura entre 3 y 7 años. Es un proceso de formación, pero también el momento en que el peso de la responsabilidad aumenta día tras día al tratar con pacientes reales.

Ya había pasado un mes y medio desde que Chase empezó su residencia. Su especialidad era cirugía torácica, una de las áreas más agotadoras y donde no se puede bajar la guardia ni un segundo.

Él solía salir de casa entre las 5 y las 6 de la mañana, ya que las rondas comenzaban a las 6:30. Su hora de salida teórica era a las 7 de la tarde, pero los días en que se cumplía se podían contar con los dedos de una mano.

Aunque el límite legal para los residentes es de 80 horas semanales, eso era solo un estándar en el papel. En la realidad, lo superaba con creces. Esperas de cirugía, llamadas de emergencia, guardias nocturnas... trabajar 24 horas seguidas era lo básico, y a veces pasaba casi 30 horas sin descanso.

Por eso, Jung-in ya se había acostumbrado a ver a Chase llegar a casa y desplomarse para dormir como si estuviera inconsciente.

Al terminar de ordenar, vio una taza en la isla de la cocina que Chase parecía haber dejado a medias.

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Jung-in la tomó y le dio un sorbo, pero corrió de inmediato al fregadero a escupirlo.

“Ugh... ¿Cuántos granos le puso a esto?”.

El café, que de solo tocarlo le dejó la boca entumecida, estaba tan amargo que dudaba que fuera apto para consumo humano. Pero sabía que era la única forma en que Chase lograba mantenerse en pie, por lo que ese amargor permaneció en su lengua durante mucho tiempo.

Jung-in tomó un plátano que apenas empezaba a mostrar manchas marrones. Se lo comió como desayuno rápido, agarró las llaves y salió del apartamento.

En la primera planta del condominio había un depósito de bicicletas exclusivo para residentes. Entre los marcos metálicos, una hilera compacta de bicicletas esperaba a sus dueños. Entre ellas estaba la de Jung-in, un regalo de Chase por haber conseguido su empleo.

En este barrio se concentran escuelas y zonas comerciales, y un poco más allá, hacia Kendall Square, se agrupan densamente empresas farmacéuticas y startups. Con una bicicleta se puede llegar fácilmente a casi cualquier lugar, por lo que era el medio de transporte preferido de la zona.

Jung-in sacó la suya y se integró con naturalidad al flujo de ciclistas.

El aire fresco de la mañana le sentó de maravilla; era uno de esos días en los que el sol descendía con una claridad impecable. Mientras pedaleaba con fuerza, no pudo evitar recordar su camino a la escuela en Bellacove años atrás. De California a Boston. Aunque el paisaje y el olor del aire habían cambiado, los recuerdos de aquel entonces seguían vívidos.

Siguiendo el carril bici junto al río Charles, donde los reflejos del sol bailaban sobre el agua, cruzó zonas residenciales y comerciales hasta llegar al complejo donde se encontraba su empresa.

Jung-in trabajaba como investigador principal de tercer año en Verixa, una farmacéutica mediana con sede en Boston que se centraba en enfermedades genéticas raras.

Había una razón clara por la que eligió esta empresa por encima de las grandes multinacionales. No quería una organización donde la iniciativa de investigación fuera estrictamente vertical, donde hubiera que seguir una línea ya establecida o donde el ambiente fuera conservador y reacio a los desafíos.

En cambio, Verixa tenía una cultura centrada en el investigador y un enfoque clínico directo. El valor del paciente era claro y la conexión con ellos era estrecha. Era el lugar donde podía sentir de forma más directa que algo que él creó estaba salvando vidas.

Como siempre, aparcó su bicicleta en su lugar asignado y le puso el candado.

“Señor Lim”.

El jefe de seguridad, que conocía las caras de casi todos los investigadores, lo saludó primero.

Mientras Chase pasaba por la facultad de medicina y se convertía en residente, Jung-in también había construido su carrera en silencio. Ya no era solo un miembro del equipo, sino un investigador de alto rango que lideraba y asumía la responsabilidad de proyectos completos.

Al acercar su tarjeta de identificación al lector en la entrada principal, la puerta automática se abrió con un pitido. Había varios controles más; como toda instalación de investigación, la seguridad era rigurosa. Nadie sin autorización podía entrar, y cada movimiento quedaba registrado en el sistema.

Jung-in entró en la oficina tras pasar por el pasillo del ala de laboratorios. El interior ya rebosaba de actividad. Las impresoras escupían documentos sin parar, y el sonido de los teléfonos y el tecleo llenaba el espacio.

“Lim, Biokern compartió los datos. ¿Revisaste el correo?”.

Abigail Hartz, investigadora jefa, se acercó a él mientras se dirigía a su puesto.

“Sí, los recibí de madrugada. Planeo organizarlos y aplicarlos de inmediato a la configuración del experimento”.

“¿Y bien? ¿Hay que hacer muchos cambios?

“Los valores de respuesta de los receptores son mayores de lo esperado, así que tal vez tenga que ajustar algunos cebadores (primers)”.

“Comparte los resultados en cuanto los tengas”.

“Entendido”.

Justo cuando se sentaba y se disponía a encender su portátil, su teléfono vibró. Era Chase.

 

Chay❤️

[¿Llegaste bien al trabajo?]

 

Parecía que acababa de terminar las rondas y tenía un momento libre. Los dedos de Jung-in se deslizaron rápido por la pantalla.

 

Jung-in

[Sí.]

[¿Y tú? ¿Comiste algo?]

 

Chay❤️

[Estoy comiendo cualquier cosa ahora en la cafetería.]

 

La cafetería del hospital para empleados ofrecía un menú apenas un poco mejor que el de una cafetería de instituto, es decir, igual de mediocre. Jung-in suspiró con tristeza al leer el mensaje.

 

Chay❤️

[Te extraño.]

[Vivimos juntos y aun así te echo de menos, ¿tiene sentido esto?]

 

Chase lo estaba pasando mal adaptándose a su nueva rutina. Incluso para alguien con su resistencia física, estar atrapado en el hospital casi 20 horas al día era agotador. Siempre le faltaba sueño y decía que, tras horas en el quirófano, sentía la mente nublada, como si le faltara oxígeno.

Sin embargo, sus superiores le aconsejaban que diera gracias por el cansancio físico; decían que, al subir de rango, tendría que tomar decisiones de las que dependerían vidas humanas, y que a partir de ahí, lo primero en colapsar no es el cuerpo, sino la mente.

Esta semana también había estado llena de guardias y cirugías de emergencia, pero afortunadamente, mañana Chase tenía el día libre.

 

Jung-in

[Esta noche vamos a comer algo rico y no vamos a salir de la cama.]

 

Chay❤️

[Si vas a decir cosas tan sexys de repente, avísame con un NSFW previo.]

[Hay mucha gente en la cafetería y casi se me nota una erección.]

 

Jung-in soltó una carcajada ante el mensaje bromista. Aunque Chase debía estar exhausto, le agradecía que siempre intentara aligerar el ambiente con bromas. Pensó que la verdadera fortaleza era esa, ser capaz de reír en los momentos más difíciles y mostrar amabilidad a la persona amada a pesar del estrés.

 

Jung-in

[Ojalá ya fuera de noche.]

[Te extraño.]

 

Con el día libre de Chase a la vista, Jung-in planeaba salir un poco antes para ir al supermercado. En su bloc de notas tenía una lista detallada: tomates, apio, cebolla, zanahoria, carne de res, caldo de pollo... y debajo, la receta que le había dado su madre.

Hoy planeaba cocinar el estofado que ella le preparaba cuando se sentía mal de niño. Un estofado denso y nutritivo con tomates maduros, verduras dulces y carne que se deshacía en la boca. Quería acompañarlo con galletas saladas en forma de corazón.

Cenarían caliente al llegar él, y luego dormirían temprano todo lo que quisieran sin alarmas. Quizás así se aliviaría el cansancio acumulado de Chase.

Últimamente, la mirada de Chase se había vuelto más afilada. No era solo cansancio; era la tensión extrema de enfrentarse a pacientes reales cada día. Cirugía Torácica era conocida como la residencia más asfixiante; la mayoría de los pacientes estaban graves o en recuperaciones críticas. Sangrados, paros cardíacos, sepsis... las emergencias podían ocurrir en cualquier momento.

Pensar en Chase en medio de ese escenario hacía que a Jung-in se le encogiera el corazón. Todo el mundo necesita ser cuidado en algún momento, sentirse protegido como un niño en brazos de alguien querido. Hoy, Jung-in quería ser ese refugio para Chase.

Con ese objetivo, trabajó más rápido que de costumbre. Organizó datos, recopiló materiales para reuniones y preparó resúmenes de artículos científicos. Tuvo tres reuniones seguidas por la mañana y, tras un almuerzo rápido, una sesión maratónica para ajustar los experimentos.

Al terminar, recogió sus cosas a toda prisa y fue al supermercado en su bicicleta. En sus gestos al comprar no había impaciencia, sino ilusión. Eligió una carne de res con buen veteado, tomates frescos, apio y zanahorias. Escogió un vino tinto económico para el guiso y, por último, las galletas en forma de corazón.

Justo cuando cargaba las bolsas pesadas en la cesta de la bicicleta, el teléfono vibró.

 

Chay❤️

[Lo siento, me acaba de tocar guardia de repente.]

[Creo que no podré salir del hospital hasta después de medianoche.]

 

Los hombros de Jung-in decayeron al leer el mensaje. Sintió decepción, pero sabía que era inevitable. Le dolía más pensar en Chase atrapado otras 20 horas allí.

 

Jung-in

[No te preocupes, yo también tenía mucho trabajo y creo que me quedaré tarde.]

 

Respondió así para aliviarle la culpa y montó en su bicicleta. Pensó que, como no era muy bueno cocinando, tal vez era mejor tener más tiempo para preparar el estofado con calma. Además, su madre le había dicho que sabía mejor al día siguiente. Con esa idea, pedaleó con fuerza.

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Estaba a punto de llegar a su condominio cuando un chirrido metálico desgarrador y el sonido de neumáticos derrapando llenaron el aire. Segundos después, un estruendo ensordecedor sacudió el lugar.

Una minivan no había frenado a tiempo y se había empotrado contra una camioneta pick-up. Un coche plateado que venía detrás giró bruscamente para evitar el choque, pero golpeó el borde de la minivan, perdió el control y salió despedido hacia un lado.

Por desgracia, el vehículo fuera de control se deslizaba directamente hacia Jung-in. Por un instante, creyó cruzar la mirada con los ojos aterrorizados del conductor tras el parabrisas.

Jung-in giró el manillar por puro instinto. Evitó el choque por milímetros, pero la bicicleta se inclinó antes de que pudiera frenar. Sin tiempo para reaccionar, el cuerpo de Jung-in salió despedido contra el asfalto.

Sintió un dolor ardiente entre la muñeca y el brazo. Al mirar hacia abajo, vio que las cosas de la cesta estaban empapadas en un líquido rojo. Por un segundo se le detuvo el corazón pensando que era su sangre, pero al fijarse bien, vio que era la botella de vino rota.

“Ah...”.

Sintió una quemazón y un líquido caliente recorriendo su brazo. Ahora sí, vio sangre brotando de su antebrazo. Un trozo de cristal del vino parecía haberle hecho un corte profundo.

Se incorporó como pudo y fue a sentarse al borde de la acera. Los gritos de los transeúntes le aturdían. La gente rodeaba la escena del accidente; algunos llamaban a emergencias y otros intentaban sacar a los heridos de los coches. Era un caos total.

“¡Cielo santo! ¿Estás bien? Estás sangrando mucho”.

Una mujer de mediana edad se acercó y le ofreció un pañuelo. Jung-in, algo aturdido, asintió y presionó la herida con el pañuelo para detener la hemorragia.

En su visión borrosa, el movimiento de la gente parecía ocurrir en cámara lenta. Se sentía irreal, como si el espacio-tiempo se hubiera torcido. Un segundo de retraso y el coche lo habría matado. Ese pensamiento le dio escalofríos.

Poco después, varias ambulancias y coches de policía llegaron al lugar. Mientras los paramédicos atendían a los conductores más graves, uno de los policías que controlaba la zona vio a Jung-in. Le pidió sus datos y llamó a un paramédico.

“La reacción pupilar es normal”.

El paramédico se arrodilló, revisó sus ojos con una linterna y le hizo preguntas de control cognitivo. Al ver que Jung-in respondía con claridad, examinó la herida.

“Va a necesitar puntos. También hay que asegurarse de que no queden cristales. Vamos al hospital”.

Lo ayudó a subir a una de las ambulancias. En el camino, las luces fluorescentes del techo se movían mareando a Jung-in con cada bache. El paramédico le vendó el brazo, midió su saturación de oxígeno y su presión arterial. Todo estaba normal, salvo el corte profundo.

Fue solo al bajar en la zona de urgencias cuando Jung-in se dio cuenta de que estaba en el Branham Medical Center. El lugar donde trabajaba Chase.

Entró por su propio pie y se acercó al mostrador de recepción. Tras dar sus datos básicos, le pidieron un contacto de emergencia.

Lo lógico era escribir el nombre de Chase. Pero de inmediato recordó el rostro exhausto de su pareja. Además, hacía apenas unos minutos le había mentido diciendo que se quedaría trabajando hasta tarde para no preocuparlo.

No quería molestarlo por unos simples puntos de sutura. Tras dudarlo, el nombre que escribió no fue el de Chase.

[Justin Wong]

Entregó el formulario con los datos del seguro y la recepcionista le indicó que esperara. Jung-in sacó su teléfono de la mochila y llamó a Justin para avisarle y que no se asustara si lo llamaban del hospital.

Justin se había graduado en el MIT y trabajaba como ingeniero de software en una oficina de I+D en Cambridge, por lo que seguían viviendo en la misma ciudad.

“¿Jay? ¿Qué pasa a esta hora?”.

En cuanto oyó ‘accidente de tráfico’, Justin gritó un ‘¿Qué?’. Jung-in se apresuró a explicar que no era nada grave y solo entonces Justin recuperó el aliento. Dijo que iría de inmediato. Fue un alivio, ya que sin bicicleta Jung-in no sabía cómo volvería a casa.

Tras la llamada, una enfermera lo guio al interior de urgencias. En Estados Unidos, ver a un médico no es rápido. Esperó un buen rato sentado en una camilla hasta que un médico con cara de cansancio se acercó.

En su tarjeta de identificación ponía ‘Sean McCarthy, Residente de Cirugía’.

Seguramente vive agotado como Chase, pensó Jung-in con un rastro de empatía.

El médico retiró el vendaje provisional. El corte estaba en el antebrazo exterior; no parecía muy largo, pero sí profundo. Para descartar que hubiera cristales, empezó a presionar suavemente alrededor de la herida.

“Ah...”.

Al ver el gesto de dolor de Jung-in, el médico retiró la mano.

“Le pondré anestesia ahora mismo. Luego haremos una radiografía y cerraremos la herida”.

Al terminar de hablar, el médico lo miró fijamente, entornó los ojos y preguntó con cautela.

“¿Nosotros... no nos conocemos de alguna parte?”.

Jung-in frunció levemente el ceño con un toque de reserva. El médico se apresuró a disculparse.

“Ah, no estoy intentando ligar... perdón. Ha sonado así, lo siento. Voy a poner la anestesia”.

Jung-in era de los que necesitaba mirar la aguja para estar tranquilo. Mientras observaba cómo la jeringuilla pinchaba su brazo, oyó unos pasos apresurados.

“¡Jay! ¡Pero qué ha pasado!”.

Era la voz familiar de Justin. Llegó sin aliento y su mirada pasó del rostro de Jung-in al brazo ensangrentado. Justin abrió los ojos de par en par y se tapó la boca.

“Sangre... tanta sangre... ¡Ugh!”.

Solo entonces Jung-in recordó que Justin le tenía un pavor irracional a la sangre. Por esa razón, sus padres habían desistido muy pronto de la idea de convertirlo en médico, una decisión poco común para unos padres de origen asiático.

“Estoy bien, Justin. Espérame en la sala de espera”.

Justin asintió enérgicamente, tratando de recuperar el aliento tras el susto, y salió de urgencias casi huyendo, a paso veloz.

La radiografía confirmó que no quedaban fragmentos de cristal dentro de la herida. Jung-in, recostado en la camilla, observaba cómo el desinfectante resbalaba lentamente por su brazo. El líquido transparente empapaba su piel alrededor del corte; debido a la anestesia, no sentía el frío del líquido, lo que le resultaba extrañamente irreal.

Poco después, el médico se acercó subiéndose la mascarilla por encima de la nariz. Tomó las pinzas con cuidado y rompió el silencio.

“Lo de antes de verdad no era un intento de ligar. Sé cómo usar frases para seducir cuando quiero, pero esa no lo era, en serio”.

Jung-in no reaccionó ante el intento del médico por aclarar el malentendido. El doctor, al no obtener respuesta, se puso aún más nervioso.

“Digo, no es que usted no sea alguien con quien valga la pena intentar algo. Es muy guapo, por supuesto... Lo siento. Llevo casi 22 horas despierto y se me traba la lengua”.

“Debe de ser agotador”.

Respondió Jung-in con amabilidad, lo que relajó visiblemente la expresión del médico.

“Bien, ahora voy a coser esto con la precisión de alguien que acaba de dormir diez horas seguidas”.

El portaagujas empujó con cuidado la aguja a través de la piel y comenzó la sutura. Fueron solo cinco puntos; al ser una laceración estrecha sin daños en vasos sanguíneos ni músculos, el proceso no tomó mucho tiempo.

Al rato, Justin volvió a aparecer, asomándose con los ojos entrecerrados como quien mira una película de terror. Solo cuando vio que el vendaje estaba puesto, se acercó por completo.

“¿Ya está? ¿Estás bien?”.

“Sí, solo fueron cinco puntos”.

Mientras Jung-in respondía con calma, Justin miró a su alrededor y preguntó en voz baja y con tono serio.

“¿Y Prescott? ¿No es este el hospital donde trabaja él?”.

Jung-in explicó que, como no era una herida grave, no quería interrumpir a Chase, que debía estar exhausto. Justin puso cara de preocupación.

“Mmm... No sé si sea buena idea ocultarle algo así”.

“No es ocultarlo. Se lo diré cuando llegue a casa. No quiero hacerlo venir por nada, no sabes lo mal que lo está pasando últimamente”.

Aunque Jung-in hablaba con naturalidad, Justin seguía pareciendo poco convencido.

***

“¡Prescott!”.

Al final del pasillo, alguien chasqueó los dedos y gritó su nombre. Un residente senior, asomado a la puerta de una habitación, le hizo señas para que fuera.

Chase se dio la vuelta. Llevaba una bata blanca sobre el pijama quirúrgico azul, exactamente el mismo atuendo que usó para Halloween hace diez años. Bajo las luces pálidas del hospital, las letras de su tarjeta de identificación brillaron por un instante.

[Chase A. Prescott, M.D.]

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Había invertido una cantidad ingente de tiempo y esfuerzo para conseguir esas dos letras, M.D., detrás de su nombre. Y finalmente estaba allí. Entró en la habitación, donde un hombre blanco de unos setenta años y cabello canoso yacía en la cama. Era un paciente que acababa de ser trasladado de la UCI tras un bypass coronario.

El residente senior le dijo al paciente.

“Señor, a partir de ahora, el Dr. Prescott se encargará de usted”.

En cuanto el anciano vio a Chase, frunció el ceño y estalló en cólera.

“¿Qué? ¡No quiero! ¡No quiero a ese tipo que parece un modelo de revista! ¡Quiero que me atienda un médico de verdad, no uno de mentira!”.

Lamentablemente, no era la primera vez que Chase pasaba por esto. Se acercó intentando mantener una sonrisa profesional.

“Yo también soy un médico de verdad, señor”.

“¡Falso!”.

Al empezar a trabajar como médico, se dio cuenta de que mucha gente juzgaba su capacidad basándose en su apariencia. Había enfrentado esas miradas de duda en consultas y plantas de hospital repetidas veces. Se había acostumbrado, pero no por ello dejaba de doler.

“¡Traigan al indio de antes! Al menos ese debe de ser inteligente”.

Tras lograr calmar al paciente racista y salir de la habitación, Chase se sentía vacío. Soltó un largo suspiro, se pasó la mano por el pelo y se dirigió a las escaleras de emergencia. Quería un respiro a solas, pero ya había alguien allí, Sean McCarthy, sentado en el suelo, abriendo un sándwich con avidez.

“Hey, Prescott”.

“McCarthy”.

Sean McCarthy era residente de tercer año de cirugía y también se había graduado en Harvard. Palmeó el suelo a su lado y Chase se dejó caer sin decir palabra.

“¿Hoy tampoco vas a casa?”.

Preguntó Sean con la boca llena.

“Al menos hasta medianoche estoy atrapado aquí”.

La conversación fue corta, pero en el silencio compartido fluía una empatía mutua. Chase apoyó su cuerpo agotado contra la pared; incluso el sonido de Sean masticando el sándwich le resultaba relajante, como ruido blanco. Tras cinco minutos, Chase se levantó.

“Me voy. Buen provecho”.

“Está bien”.

Justo cuando Chase iba a cruzar la puerta, Sean gritó como si acabara de recordar algo.

“¡Ah! ¡Ya me acuerdo!”.

“¿Qué?”.

“Me preguntaba de qué me sonaba... ¡era el chico que siempre iba contigo!”.

“¿Quién?”.

“Un paciente asiático. Creo que se llamaba Jay...”.

“... ¿Qué? ¿Qué pasa con él?”.

“Está en urgencias”.

Las pupilas de Chase temblaron. Sean, satisfecho por haber resuelto el misterio en su cabeza, continuó con indiferencia.

“Hubo un choque triple en Harvard Square hace un rato. Lo trajeron en ambulancia...”.

Antes de que terminara la frase, Chase ya había salido corriendo. Sean se quedó mirando la puerta de emergencia que aún vibraba por el golpe.

“... Solo fueron cinco puntos. Quizás debí haber empezado por ahí”.

***

Cuando Jung-in vio a Chase frente a él, sin aliento y con el rostro desencajado, no pudo evitar la sorpresa. ¿Cómo diablos se había enterado? Miró a Justin de inmediato, pero este levantó las manos en señal de inocencia y sacudió la cabeza.

Chase estaba petrificado, mirando a Jung-in como si no pudiera creer lo que veía. El médico de guardia de urgencias, que estaba allí para decidir el alta de Jung-in, reconoció a Chase.

“¿Doctor Prescott?”.

Chase no tenía fuerzas ni para responder.

“¿Conoces al paciente?”.

Justo cuando Chase iba a abrir la boca, Jung-in se adelantó.

“Es un amigo. Parece que vino porque estaba preocupado. Hola, Chase”.

Al oír aquello, la expresión de Chase se endureció aún más. El músculo de su mandíbula se tensó, revelando lo mucho que estaba reprimiendo sus emociones. El médico de guardia asintió, palmeó el hombro de Chase y dijo.

“Tu amigo está bien, no te preocupes. Debes de haberte llevado un buen susto”.

En cuanto el médico se fue, Chase agarró la ficha médica. Leyó ‘Traumatismo por accidente de tráfico’, pero vio que no había más lesiones que el corte en el brazo. Vio el nombre de Sean McCarthy como el médico tratante. Dejó la ficha en su lugar con un golpe seco. Sus ojos azules se clavaron en Jung-in. Dicen que las llamas más calientes son las azules; a Jung-in le pareció ver chispas saltando de su mirada.

“Im Jung-in”.

Cuando Chase pronunció su nombre completo, tanto Justin como Jung-in se sobresaltaron. Nunca lo llamaba por su apellido. Su voz, aterradoramente baja, vibró en el aire.

“Explícamelo. ¿Qué... qué es todo esto?”.

Su voz incluso temblaba ligeramente al final, delatando una furia inmensa. Jung-in, abrumado, no sabía qué decir. Tras un largo silencio, intentó sonreír para suavizar la situación.

“Chay... mira, lo que pasó fue...”.

“¿Te estás burlando de mí ahora mismo?”.

Estalló Chase, sin dejar que se explicara.

Justin, que nunca había visto a Chase enfadado, empezó a retroceder como un animal que presiente el peligro. Chase desvió su mirada hacia él. Justin se encogió de hombros al encontrarse con esos ojos gélidos.

“¿Y tú qué haces aquí? ¿Tú lo sabías?”.

“N-no, yo solo... Jay me puso como c-contacto de emergencia y.…”.

“¡Ja! ¿Qué? ¿Contacto de emergencia? ¿Crees que esto tiene algún sentido?”.

Jung-in miró a su alrededor con nerviosismo. A Chase eso le enfureció más: ¿en serio tenía energía para preocuparse por lo que pensaran los demás? Él sentía que el corazón se le iba a salir del pecho desde que empezó a bajar corriendo a urgencias.

“Cálmate, salgamos a hablar”.

Dijo Jung-in con suavidad.

Esa calma fue la gota que colmó el vaso. Jung-in siempre se preocupaba por el entorno; le incomodaban las miradas de las enfermeras y temía que Chase, que acababa de empezar su carrera, se viera envuelto en chismes que pudieran perjudicarle.

“Salgamos. Salgamos a hablar, ¿sí?”.

Jung-in lo tomó del brazo y lo guio fuera de urgencias. Pero una vez fuera del edificio, fue Chase quien tiró de la muñeca de Jung-in. El aire exterior era bochornoso y húmedo. Se dirigieron a un rincón apartado junto a unos arbustos. A lo lejos se oía el sonido de las puertas automáticas. No estaban totalmente solos, pero al menos nadie prestaría atención a su pelea.

“Explícate”.

Exigió Chase con una rabia contenida.

Jung-in tragó saliva. Se sentía asfixiado; le resultaba ajeno ver a Chase tratándolo con esa frialdad y esa mirada cortante.

“Primero, baja el tono...”.

“¿Te parece que no tengo motivos para estar furioso?”.

Sus ojos azules desprendían una furia cristalina.

“Chay, solo... sé que has estado pasándolo muy mal. En el hospital día y noche, sin dormir... sé cuánto te estás esforzando...”.

“¿Y?”.

Chase torció el gesto con sarcasmo.

“¿Y por eso me mentiste diciendo que trabajarías hasta tarde? ¿Por eso ocultaste que tuviste un accidente? ¿Tenía que enterarme por otra persona de que estabas en urgencias?”.

“No fue una mentira, fue consideración... Y no lo oculté, si lo pones así me haces sentir...”.

“¿Por qué? ¿Acaso miento?”.

Jung-in se estremeció ante el tono hiriente. Chase no le dio tregua.

“¿Desde cuándo Justin es tu contacto de emergencia?”.

“Eso es...”.

Jung-in se calló. Parecía que Chase no estaba dispuesto a escuchar ninguna razón.

“¿Quién soy yo para ti, Jung-in?”.

preguntó Chase con la voz rota.

“¿Tengo que enterarme de lo que te pasa a través de otros? ¿Eso es todo lo que significo?”.

Jung-in frunció el ceño. Se sentía frustrado y herido porque Chase ni siquiera intentaba entender su punto de vista.

“¿Y qué querías? ¿Que te hiciera venir por unos puntos de sutura mientras tú estás cuidando a pacientes que se debaten entre la vida y la muerte? Al final no fue nada grave”.

“¿Y quién eres tú para decidir eso?”.

“¡Es mi cuerpo! ¡Claro que puedo decidirlo!”.

La paciencia de Jung-in, que había intentado calmarlo, también se agotó.

“¿Esto es una conversación? ¿Por qué no escuchas? ¡Lo hice para no darte más problemas! ¡Ya tienes suficiente con el trabajo y los pacientes! ¡Lo hice porque me preocupo por ti!”.

“¿Esa es tu mejor excusa? ¿Que todo fue por mi bien?”.

“¡Sí! ¡Es lo mejor que pude hacer! ¡Al menos yo creí que era lo correcto!”.

“¿Para quién? Para ti, supongo. ¿Acaso me he quejado contigo? ¿Te he gritado alguna vez porque estuviera cansado?”.

Jung-in miró intensamente a Chase. Sin embargo, Chase no podía detenerse, como si sus frenos se hubieran averiado.

“¿Tienes idea de lo que se siente estar de este humor de mierda? Sentir que me he convertido en algo menos que el polvo para ti2.

“No exageres tanto”.

Jung-in se mordió ligeramente el labio. Apenas logró reprimir la oleada de emociones que subía por su garganta. Sin notar su estado, Chase habló con sarcasmo.

“Una cosa es segura. Soy mucho menos importante que tu verdadero ‘amigo’, Justin”.

“¡No seas cínico!”.

“Ah, nosotros también éramos amigos, ¿no? ¿Pero por qué dijiste ‘amigo’? ¿Por qué no lo llamaste ‘bro’, como sueles hacer?”.

El rostro de Jung-in se tensó. Haberle dicho al médico encargado que Chase era un amigo fue una consideración para protegerlo de miradas prejuiciosas. Solo quería evitar que lo juzgaran por salir con otro hombre, y no quería que Chase tuviera que lidiar con los prejuicios injustos que caen sobre un hombre blanco con una pareja asiática.

Jung-in dijo con voz punzante.

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“¿Acaso tú, tan perfecto, sabes lo que son los prejuicios?”.

“No lo sé. ¿Pero no eres tú quien realmente los tiene? Suponiendo y adivinando por tu cuenta lo que los demás pensarán”.

Esas palabras aterrizaron como un golpe crítico. Jung-in sacudió levemente la cabeza, mirando a Chase con una expresión llena de desilusión. Sus ojos negros se humedecieron, pero apretó los dientes para no llorar.

“Vete al carajo, Chase Prescott”.

Jung-in se dio la vuelta bruscamente. Chase, por costumbre, se pasó la mano con violencia por el cabello y lo sujetó del antebrazo.

“Jung-in. Lo de recién fue...”.

“¡No hace falta que digas nada más! Ya entendí todo lo que querías decir”.

Sentía que su preocupación y su cariño habían sido pisoteados y tachados de mentira y encubrimiento. Se sentía frustrado e injustamente tratado. Las emociones desbordadas le llegaban hasta la garganta. Jung-in tiró de su mano para soltarse, pero fue sujetado de nuevo de inmediato.

“Estoy hablando contigo. No te vayas así porque sí”.

Jung-in, sin ninguna intención de dejarse retener, se soltó con todas sus fuerzas y le espetó con dureza.

“¿Quién te crees que eres? ¿El policía del lugar? ¿Acaso eres un rey? ¡Su Majestad! ¿Me permite este humilde servidor retirarse?”.

“No me hables con ese sarcasmo”.

Chase soltó un suspiro profundo, como si estuviera frustrado, y miró a Jung-in.

“Jung-in. ¿Me estás diciendo que no te arrepientes de lo que hiciste hoy?”.

“¡Sí! ¿Y quieres que añada algo más? Tampoco me arrepentiré de decirte esto: Chase Prescott, eres un imbécil”.

Tan pronto como soltó esas palabras, Jung-in giró sobre sus talones. Y esta vez, se marchó antes de que Chase tuviera oportunidad de detenerlo.

***

Al entrar en la habitación del hospital echando chispas, vio a Justin, que parecía estar sentado sobre brasas, como un niño que no sabe qué hacer en medio de una gran pelea entre sus padres.

“Vámonos, Justin”.

Dijo Jung-in con voz gélida mientras agarraba su mochila, que estaba junto a la cama.

“¿Eh? ¿Así, de inmediato?”.

Jung-in guio a Justin para completar rápidamente los trámites de pago y salieron del hospital. El pequeño auto eléctrico de Justin se dirigió a una farmacia en el centro de Cambridge. Gracias a la receta electrónica, pudo obtener los medicamentos fácilmente en la farmacia donde ya estaba registrado. A Jung-in le recetaron antibióticos para prevenir infecciones y analgésicos para calmar el dolor que aparecería una vez que la anestesia desapareciera por completo.

Cuando volvió a subir al auto con la bolsa de medicinas, Justin preguntó con cautela.

“¿A dónde vamos ahora?”.

Jung-in, que había estado sumido en sus pensamientos mirando al frente, se volvió hacia Justin.

“Justin. ¿Puedo quedarme en tu casa?”.

Justin asintió sin dudarlo.

“Por supuesto que sí”.

“Entonces, te deberé una”.

Jung-in pasó por su casa para recoger lo indispensable y luego fue al apartamento de Justin. Era un condominio nuevo cerca de Kendall Square. Tenía una estructura acogedora de una habitación y una sala, pero gracias a las paredes blancas y los grandes ventanales que llegaban hasta el techo, no se sentía pequeño. En la sala había una televisión enorme, varias consolas de videojuegos y un sofá de pana que se veía muy cómodo.

Sentado en el sofá, Jung-in abrazó sus rodillas y apoyó la barbilla sobre ellas, limitándose a mirar por la ventana.

“¿Estás bien?”.

Una taza humeante fue colocada frente a él acompañada de una voz suave.

“Es manzanilla. No sé por qué tenía bolsitas de manzanilla en casa, pero aquí tienes”.

Jung-in forzó una sonrisa y tomó la taza. El líquido amarillo ondeó ligeramente. Se sabía que la manzanilla ayudaba a calmar la mente y el cuerpo. Jung-in inhaló profundamente su aroma dulce, como si estuviera dando un suspiro.

“¿De qué hablaron para que estés así...?”.

Ante la cautelosa pregunta de Justin, Jung-in soltó el aire que contenía en lugar de responder. A medida que la anestesia se disipaba, empezaba a sentir un hormigueo punzante en la zona de la herida, pero era su pecho, donde no tenía ninguna lesión, lo que se sentía oprimido.

¿Cuántos años llevaban saliendo? Al mirar atrás, recordaba haber discutido por tonterías que ahora ni siquiera podía nombrar, pero nunca se habían peleado con tanta intensidad, ni él se había ido de casa jamás. Jung-in le contó a Justin, que estaba sentado en el diván frente a él, todo lo que había sucedido ese día y el intercambio de palabras hirientes con Chase.

“Vaya...”.

Justin, que había escuchado en silencio todo el tiempo, se quedó sin palabras por un momento antes de murmurar con expresión apenada. La situación era tal que podía entender perfectamente ambas posturas sin poder ponerse de un lado.

“Pero, escucha... No es que quiera defender a nadie, pero hace un rato, Prescott... literalmente se quedó helado”.

“...”.

Justin recordaba la imagen de Chase Prescott, siempre tan sereno y seguro de sí mismo, llegando a la sala de emergencias pálido de terror, como si no pudiera ver nada más que a Jung-in.

“Piénsalo. ¿Cómo iba a saber él qué tan herido estabas, si era leve o grave? Si solo escuchó que te llevaron a emergencias por un accidente de tráfico...”.

“...”.

“Pudo haber pensado que la razón por la que no llamaste era porque estabas gravemente herido”.

Jung-in abrazó lentamente un cojín y hundió el rostro en él. No es que no entendiera las palabras de Justin. Pero lo que seguía apareciendo ante sus ojos era la mirada gélida de Chase. Su expresión tierna había desaparecido sin dejar rastro, reemplazada por un rostro desconocido lleno de una rabia autoritaria. Su actitud de no querer escuchar ni una sola vez y su sarcasmo diciéndole que se fuera con su amigo Justin...

“Aun así, podría haber intentado ponerse en mi lugar al menos una vez”.

“Bueno... eso es cierto”.

La frase de Chase sobre si no era él quien tenía prejuicios se había clavado como una daga en el corazón de Jung-in. Quería negarlo, pero en parte era verdad. A menudo, al conocer a alguien, Jung-in levantaba una barrera de sospecha pensando: ‘Tal vez esta persona sea racista’. Si no lo era, se sentía aliviado; y si llegaba a sufrir discriminación, se consolaba a sí mismo pensando ‘lo sabía’, confirmando que su juicio inicial era correcto. Era un mecanismo de defensa para protegerse, pero al mismo tiempo, era un prejuicio innegable.

“Somos tan diferentes”.

Dijo Jung-in con voz débil.

“Él no tiene ni idea de lo aterrador que es el racismo o los prejuicios. No lo piensa ni por un segundo”.

“Pero... ustedes dos también tienen muchas cosas en común”.

Jung-in miró a Justin con los ojos entrecerrados, como si acabara de escuchar un disparate.

“¿Nosotros?”.

“Ambos son graduados de Harvard”.

Jung-in soltó una risa seca por la nariz.

“Eso es algo que comparten decenas de miles de personas”.

“Mmm... Ambos son diestros”.

“Técnicamente, Chase es ambidiestro”.

“A ambos el inglés se les da... bueno, no es la lengua materna de ambos”.

“Ríndete, Justin”.

“Ambos son mamíferos y.… uf... Nunca me había sentido tan inútil”.

Jung-in soltó lo que tenía guardado, como si hubiera estado esperando el momento.

“Tendrías que haber escuchado ese tono sarcástico. Y a veces, es increíblemente desconsiderado”.

“Aun así, irse de casa no es la solución. ¿No se te pasa un poco el enojo cuando tienes esa cara tan guapa frente a ti? Especialmente esos ojos... cuando hay luz parecen los de un Husky siberiano...”.

Cuando Jung-in le lanzó una mirada fulminante, Justin evitó sus ojos y se levantó. Fue a su habitación y regresó con una sábana blanca. Mientras cubría el sofá con cuidado, preguntó.

“Eres mi invitado, pero... ¿quieres dormir en la cama?”.

“No. Dormiré aquí. Y no me digas invitado, no entre nosotros”.

Justin pidió pizza para la cena. Le ofreció una porción caliente con el queso estirándose, pero Jung-in negó con la cabeza de inmediato. Justin no insistió más; sabía muy bien que a Jung-in se lo primero que se le quitaba era el apetito cuando estaba enojado.

Jung-in se recostó profundamente en el sofá, mirando distraídamente por la ventana. Luego, murmuró como si hablara consigo mismo.

“Tal vez... nunca llegue el día en que Chase y yo nos entendamos a la perfección”.

Justin seguía escuchándolo mientras masticaba su pizza.

“Chase y yo somos... realmente diferentes hasta la médula. Intentar encajar no es algo de un día o dos. ¿Pueden dos personas tan fundamentalmente distintas estar juntas?”.

“Aun así, hay algo que definitivamente tienen en común”.

Justin tragó rápido lo que tenía en la boca y tomó un sorbo de refresco antes de continuar.

“Se aman con locura. ¿Cuánto tiempo llevan? ¿Ocho, nueve años?”.

“...”.

“Aunque haya pasado todo ese tiempo, siguen siendo igual de apasionados”.

Desde los días ingenuos de la preparatoria, pasando por el campus lleno de romance, hasta convertirse en profesionales adultos; muchas cosas habían cambiado, pero sus sentimientos no se habían desvanecido ni un poco. Habían construido un muro sólido, capa por capa, con tiempo y recuerdos.

“Incluso ahora. Si no se amaran tanto, ni siquiera se molestarían en pelear así. No estarían tan desesperados”.

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Jung-in no pudo rebatir las palabras de Justin, que habían dado en el clavo. Después de limpiar, Justin dejó la taza en el fregadero y se dirigió a su habitación. Dijo que mañana, aunque fuera fin de semana, tenía que trabajar porque tenía un proyecto con una fecha de entrega inminente.

“Buenas noches, Jay”.

“Tú también”.

La puerta se cerró y Jung-in se quedó solo en la sala oscura, iluminada únicamente por una pequeña lámpara. Se tumbó en el sofá y miró el techo desconocido. En esa casa extraña, con ese aire y silencio ajenos, de repente lo invadió la tristeza.

Últimamente, Jung-in se había esforzado mucho. Chase intentaba mantener su rostro habitual frente a él, pero Jung-in notaba cuánto le costaba no derrumbarse. Hablaba menos y se había vuelto sensible ante las cosas pequeñas. La primera vez que perdió a un paciente, y para colmo a uno cercano, pasó días con la mirada perdida.

Jung-in quería consolar su cuerpo y mente agotados. Esa era la razón por la que él, que no tenía talento para la cocina, llamó a su madre para pedirle recetas. Quería alimentar con comida casera caliente y saludable a quien seguramente pasaba el día entero comiendo comida chatarra mientras atendía pacientes.

Pero todos esos planes se desmoronaron con el inesperado accidente. Y lo que más le dolía era que, en lugar de escuchar su historia, Chase se había dejado llevar por la ira. Sentía que sus intentos de conmoverlo y sus momentos de consideración habían sido despreciados y arrojados al suelo sin reconocimiento alguno.

¿Acaso él quería ver a Justin antes que a nadie estando herido y asustado? Mientras veía el vehículo deslizarse hacia él a toda velocidad, el único rostro que Jung-in imaginó fue el de Chase. Le dolía que él no lo supiera, o mejor dicho, que ni siquiera hubiera intentado saberlo. Esa mirada gélida fue, en sí misma, una herida.

Jung-in abrazó con fuerza el cojín a su lado. Cerró los ojos con la intención de quedarse dormido, pero su pecho le dolía tanto que no podía conciliar el sueño. El tiempo pasaba con una lentitud desesperante. Alrededor de la medianoche, su teléfono empezó a vibrar. Como esperaba, era Chase. Al no contestar, llegó un mensaje.

 

Chay❤️

[¿Dónde estás?]

[Acabo de llegar a casa.]

[Hablemos.]

 

Jung-in puso el teléfono en silencio y lo dejó boca abajo para no ver la pantalla. Volvió a cerrar los ojos. Poco después, el teléfono de Justin sonó dentro de su habitación. Se escuchó un estruendo, como si a Justin se le hubiera caído el móvil por la sorpresa. No hacía falta adivinar quién era.

Quizás porque la puerta no estaba bien cerrada o porque las paredes eran delgadas, la voz de Justin se escuchaba claramente.

“¿D-diga? Sí... ¿Eh? ¿No? No lo sé... Este... Sí... Está aquí”.

Justin reveló la ubicación de Jung-in con demasiada facilidad. Si esto fuera una película de acción, definitivamente no sería el tipo de persona a la que confiarle el papel del mejor amigo del espía protagonista.

Poco después, Justin salió de la habitación con el teléfono en la oreja. Su rostro, iluminado por la tenue luz de la lámpara, estaba lleno de apuro. Apartó el teléfono un momento, cubrió el micrófono con la palma de la mano y susurró.

“Dice que quiere hablar contigo”.

Justin miró a Jung-in con cautela. Pero Jung-in evitó su mirada y respondió fríamente.

“Dile que estoy durmiendo”.

Justin puso los ojos en blanco como diciendo ‘no tienes remedio’ y volvió a la llamada.

“Vaya, qué pena. Parece que estaba muy cansado y se quedó dormi...”.

Justin se interrumpió y alejó el teléfono de su mejilla con una expresión de incomodidad.

“Dice que acaba de escuchar tu voz”.

“Dile que no tengo nada que decir”.

Ante la actitud decidida de Jung-in, Justin soltó un pequeño suspiro y comenzó a actuar como intermediario, casi como un servicio de mensajería en vivo.

“Dice que no tiene nada que decir...”.

Justin, tras transmitir las palabras de Jung-in, volvió a aguzar el oído para escuchar la voz de Chase. Luego, le pasó el mensaje a Jung-in.

“Dice que ya viene hacia acá”.

“Dile que ya no tengo nada más que hablar, así que si tiene algo que decir, que me envíe un correo electrónico”.

“Dice que no tiene más que decir y que le envíes un mail... ¿Escuchaste? Ah, sí. Sí”.

Esta vez, Justin se dirigió a Jung-in sin despegarse el teléfono de la oreja.

“Dice que ya llegó aquí abajo. Que está estacionando”.

“Tan predecible como siempre. Pensando que si él viene, yo tengo que salir”.

Los labios de Jung-in se torcieron. Lo que murmuró para sí mismo sonó casi a sarcasmo. Mientras tanto, Justin colgó y transmitió el último mensaje de Chase.

“Está abajo del edificio. Dice que esperará hasta que bajes”.

“Dile que haga lo que quiera, que si quiere se quede ahí toda la noche”.

Justin miró a Jung-in en silencio. Era una mirada densa, como si le preguntara: ‘¿Hablas en serio?’. Jung-in evitó esa mirada. Y, como si ya hubiera tomado una decisión, respondió con un silencio rotundo. Justin regresó a su habitación con expresión pesada.

Pasó más tiempo. La sala estaba en silencio; solo el débil zumbido del compresor del refrigerador fluía como sonido de fondo.

“¿Cree que voy a salir? Ni lo sueñes”.

Jung-in, tras mascullar para sí mismo, se dirigió a la cocina para humedecer su garganta seca. Con el vaso de agua en la mano, deambuló por la sala sin motivo y echó una mirada furtiva por la ventana.

El quemacocos de una SUV gris oscuro brillaba bajo la luz de las farolas. Era el BMW de Chase. Jung-in se dejó caer de nuevo en el sofá y cerró los ojos con la intención de quedarse dormido. Sin embargo, poco después, abrió los ojos de par en par y terminó levantándose.

Chase llevaba más de 20 horas despierto y, antes de eso, llevaba días sin dormir ni comer bien. El cansancio acumulado debía ser inmenso.

“... Qué fastidio”.

No podía entenderse a sí mismo, por qué incluso en un momento así seguía siendo considerado con él.

Jung-in salió de la casa en silencio, vestido tal cual, pantalones de pijama a rayas y una camiseta de manga corta con el estampado desgastado. Al empujar la puerta de la entrada principal, el aire húmedo de la noche de verano se adhirió a su piel.

Chase estaba apoyado en su auto, pero en cuanto vio a Jung-in, se incorporó de inmediato y dio un par de pasos hacia él. Jung-in se detuvo a una distancia ambigua y mantuvo la mirada fija en la carretera.

“¿A qué viniste?”.

En lugar de responder, Chase abrió la puerta del copiloto.

“Sube. Vamos a casa”.

“Si tienes algo que decir, dilo y vete”.

Chase inhaló profundamente y pronunció el nombre de Jung-in con una voz que sonaba a suspiro agotado.

“Jung-in”.

“No me llames así”.

A menudo, Chase lo llamaba como si se dirigiera a alguien diez años menor. Normalmente sonaba como una expresión de cariño, pero en esta situación no le resultaba nada agradable. Sentía que lo trataba como a alguien incapaz de razonar con sensatez.

Una corriente gélida fluía entre los dos, parados a cierta distancia. De vez en cuando pasaba algún auto por la calle. Jung-in miraba cómo las luces rojas traseras se alejaban dejando un rastro largo, mientras Chase lo observaba en silencio.

En agosto, Boston es caluroso de día, pero de noche la temperatura suele caer por debajo de los 20 grados. Jung-in se encogió ligeramente de hombros y se cruzó de brazos para darse calor. Fue Chase quien rompió el prolongado silencio.

“Primero sube al auto y hablemos”.

“¡Te dije que no quiero!”.

“Pero si estás temblando ahora mismo”.

Aun así, Jung-in ni se inmutó. Chase soltó un breve suspiro de frustración y movió la mano para quitarse la chaqueta; era obvio que quería cubrir a Jung-in con ella.

“Está bien. Subiré. Ya está, ¿contento?”.

Como si le molestara que la situación no saliera como él quería, Jung-in dio un pisotón ligero y subió al asiento del copiloto. En cuanto Chase subió y cerró la puerta, un tenue y punzante aroma a vino inundó el espacio cerrado. Las cejas de Jung-in se arquearon al instante.

“¡No me digas que...! ¿Condujiste después de beber?”.

En lugar de responder, Chase señaló en silencio hacia el asiento trasero con la barbilla. En el asiento posterior abatido estaba la bicicleta de Jung-in, y al lado, una bolsa de compras hecha un desastre, empapada en vino.

Chase dijo con voz pesada.

“Fui al lugar del accidente. Todavía no terminaban de recoger todo”.

Como si el servicio de limpieza aún no hubiera pasado, el lugar del accidente estaba sembrado de fragmentos de vidrio y trozos de plástico rotos. En la carretera quedaban largas marcas de frenado, y la cinta amarilla de precaución ondeaba finamente con el viento. Los restos del choque aún dominaban la calle.

Chase había detenido el auto a la orilla del camino y bajó un momento para observar la escena. Aunque no hubo muertos, fue una colisión múltiple con un herido grave y varios leves. Al pensar que Jung-in estuvo allí, en ese preciso momento, Chase sintió de nuevo un impacto que le hizo encoger el corazón.

Fue entonces cuando encontró la bicicleta apoyada descuidadamente contra una farola. Parecía que la habían quitado del medio temporalmente para no estorbar el paso de los peatones. Casi pasa de largo, pero el color y la forma del cuadro le resultaron familiares. Era lógico: el propio Chase se la había comprado a Jung-in. Jung-in la había elegido con cuidado, buscando una con canasta para la mochila y que fuera lo suficientemente resistente, pero de un precio que no le hiciera llorar si se la robaban.

Chase levantó la bicicleta y la subió al auto. No olvidó recoger uno por uno los objetos desparramados que supuso eran de Jung-in.

“Recogí lo que pude. ¿Son tus cosas?”.

Ante la pregunta de Chase, Jung-in no respondió; se limitó a observar fijamente la delgada bolsa de tela que usaba para las compras. La tela, impregnada de vino, estaba tan manchada que ni siquiera se distinguía su color original, y los ingredientes que había elegido con tanto esmero ahora eran simplemente basura.

Sintió de nuevo un nudo en la garganta. Hace apenas unas horas, mientras elegía esas cosas, imaginaba el momento de sentarse a una cálida mesa con Chase. Al recordar esa ilusión, el vacío actual se sentía aún mayor.

Al ver a Jung-in fruncir el ceño, Chase preguntó con cautela.

“¿Ibas a preparar algo?”.

A Jung-in no le gustaba cocinar. Era del tipo que pensaba que era muy ineficiente dedicar más de dos horas a preparar algo que se tarda veinte minutos en comer.

“Jung-in”.

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Aunque lo llamó como instándolo a responder, Jung-in se comportó como si hubiera decidido cerrar la boca para siempre. Chase giró su cuerpo por completo hacia el asiento del copiloto.

“¿Ya ni siquiera vas a hablarme?”.

Su voz no era exaltada.

“¿Ni siquiera vas a mirarme?”.

Más bien, era una voz suave, casi de súplica. Jung-in seguía mirando fijamente hacia el frente.

“Dime algo, por favor”.

“No tengo nada que decir. Incluso si volviera a esa situación, tomaría la misma decisión”.

Hubiera sido mejor detenerse ahí. Pero Jung-in no pudo evitar añadir una frase más.

“Si no puedes entender eso y solo te enojas, entonces es que no somos compatibles”.

“... ¿Qué?”.

El aire dentro del auto se volvió gélido, como si hubieran arrojado agua helada. Solo después de soltar las palabras, Jung-in se dio cuenta de lo que había dicho. A pesar de ser él quien insinuó el final, sus emociones se desbordaron primero.

“¿Te parece que eso es todo lo que tienes que decir?”.

Preguntó Chase con una voz tan baja que daba miedo.

“Por muy enojado que estés, hay cosas que no se deben decir”.

Ante la voz de Chase, que parecía reprimir la furia, la barbilla de Jung-in tembló. Las emociones acumuladas eran como agua al borde de un vaso, oscilando peligrosamente. Y con esa última gota, finalmente se desbordaron. Como el momento en que se rompe la tensión superficial, Jung-in se quebró.

“¡No me preguntaste si me dolía! ¡Ni si me había asustado! ¡Ni si estaba bien! ¡No me preguntaste nada de eso!”.

El nudo que tenía en la garganta estalló como un ataque de tos. Las emociones contenidas se convirtieron en lágrimas que brotaron sin control. Jung-in, odiando que lo vieran llorar, se secaba las lágrimas con el dorso de la mano tan pronto como rodaban por sus mejillas.

Por su parte, Chase se quedó petrificado, incapaz de decir nada. Durante un buen rato, lo único que hizo fue parpadear estúpidamente mientras lo miraba. Y finalmente, como si acabara de comprenderlo todo, soltó un suspiro profundo que nació desde lo más hondo.

“Ah...”.

Fue un suspiro corto e impotente.

“Lo siento... perdón”.

Fue la primera vez que una disculpa salió de los labios de Chase.

“¿Fui... así? ¿No te pregunté nada de eso y.… solo te presioné...?”.

Jung-in volvió la cabeza hacia la ventana. No quería que Chase lo viera llorar. Había estado a punto de verse envuelto en un gran accidente de tráfico. Se había caído y lastimado al intentar esquivarlo, ganándose una ‘cicatriz de honor’. Quería mostrarle la herida suturada esa noche y actuar con entereza, contándolo como si fuera una gran hazaña. No imaginó que ese pequeño deseo desembocaría en lágrimas y peleas.

Chase se disculpó con voz angustiada. Había desesperación en su tono.

“Lo siento. En ese momento estaba tan asustado... No, no hay excusa. Fue totalmente mi culpa”.

Solo entonces recordó Chase cómo se había comportado al ver a Jung-in en emergencias. Él había imaginado lo peor, y al verlo allí sentado riendo con Justin, sintió que la sangre le hervía. Estaba tan furioso que no tuvo espacio para nada más. Simplemente lo acribilló a reproches. Ahora recordaba que Jung-in, probablemente asustado y desconcertado, solo había forzado una sonrisa incómoda.

“No me importa. Me voy”

En el momento en que Jung-in estiró la mano para abrir la puerta del copiloto, Chase lo agarró del brazo y lo atrajo hacia él en un abrazo repentino.

“Me equivoqué. Debes haberte sentido muy mal. Fue mi culpa”.

“¡Suéltame!”.

Jung-in forcejeó con todo su cuerpo, empujando los hombros de Chase. Tironeó de su ropa y lo golpeó como pudo. Pero no había forma de que pudiera soltarse.

“De verdad te odio”.

En la voz temblorosa de Jung-in se entrelazaban todas las emociones complejas que había reprimido ese día. Chase, con los labios pegados al oído de Jung-in, dijo.

“Tenme un poco de consideración. Después de oír que habías tenido un accidente y estabas en emergencias... ¿cómo esperabas que estuviera en mis cabales?

“...”.

“¿Sabes qué pensé mientras corría hacia la sala de urgencias?”.

“...”.

“Pensé que... si te pasaba algo malo, de qué manera podría matarme para seguirte... Pensé en eso”.

“... ¿Qué?”.

Solo entonces Jung-in miró a Chase.

“Como soy médico, pensé que no sería especialmente difícil”.

“...”.

Chase buscó con cuidado el brazo de Jung-in hasta encontrar y tomar su mano vendada.

“¿Te dolió mucho?”.

“... Estaba tan asustado que ni siquiera sentí el dolor”.

Chase puso sus dedos suavemente sobre el vendaje. Luego, acarició apenas la herida con el pulgar, como si pudiera borrarla con ese gesto.

“Me da rabia que otra persona te haya suturado. Me enfurece que en el lugar del médico encargado, junto a tu nombre, esté el nombre de otro”.

“... Lo siento”.

No se le había ocurrido pensar eso. Pero ahora que lo pensaba, sintió el pesar de que ojalá Chase hubiera sido quien lo atendiera. Aunque la cicatriz se desvanecería con el tiempo, la herida que él hubiera cosido habría sido un rastro suyo permanente en su cuerpo. Chase seguía acariciando los alrededores de la herida, incapaz de ocultar su decepción.

“Se me da muy bien suturar”.

“Ese doctor también era muy hábil”.

“Ni en broma digas que otro hombre fue hábil”.

Una risita se escapó entre los labios de Jung-in. Chase rodeó con suavidad la mejilla de Jung-in con su mano. El calor de su palma se extendió por su piel.

“Para mí no hay nada más importante que tú. Por eso, desearía que yo fuera lo mismo para ti”.

“¿Crees que no es así?”.

Chase continuó hablando mientras acariciaba suavemente la oreja de Jung-in, como si tocara una flor delicada.

“Desearía que te enfocaras solo en mí... hasta el punto de que la mirada de los demás no importara en absoluto”.

Eso era algo bastante difícil para Jung-in. Él no se había criado en una cultura individualista; creció en un entorno donde ser consciente de las miradas y expectativas ajenas era lo natural.

“Jung-in... Tú solías usar camisetas con símbolos matemáticos con total orgullo. No te importaba lo que los demás pensaran y te mantenías fiel a ti mismo. Siempre pensé que eso era genial en ti”.

Jung-in miró a Chase y negó con la cabeza suavemente.

“El problema no es cómo me ven a mí”.

Chase arqueó las cejas ligeramente, preguntándose a qué se refería entonces.

“Cómo me juzgue la gente... eso puedo aguantarlo o ignorarlo. No me interesa lo que piense la gente que pasa por la calle. Pero...”.

Chase esperó pacientemente a que Jung-in continuara.

“Ese es tu lugar de trabajo, Chay. Afecta directamente a ti y a tu carrera. ¿Qué pasa si uno de tus superiores odia a los homosexuales y se opone a tu ascenso? ¿Y si te perjudica?”.

Chase le dirigió una mirada llena de ternura, como si Jung-in fuera lo más adorable del mundo.

“Mírame, Jung-in”.

Jung-in levantó la vista. Vio el rostro de Chase, que alguna vez fue un muchacho y ahora era un hombre plenamente maduro. Su cabello rubio miel y sus ojos azules, que parecían contener el Mediterráneo, seguían igual, aunque sobre sus facciones delicadas se posaba un leve rastro de fatiga. Aun así, seguía siendo hermoso.

“Yo juzgo a los demás, no soy objeto del juicio de nadie”.

Era una frase increíblemente arrogante, pero dicha por Chase, resultaba extrañamente convincente.

“Sé que a ti no te importa lo que piensen los demás, Chay. Pero a mí sí. Me importa y me seguirá importando. Siempre me preguntaré si es por mi culpa”.

Chase lo miró como si lo estuviera considerando por un momento y luego habló con voz calmada.

“Entonces veámoslo de otra forma. Empresas financieras como Goldman Sachs, JP Morgan Chase o Wells Fargo donan e invierten constantemente en fundaciones médicas y hospitales. Morgan Stanley incluso fundó un hospital infantil con su propio nombre. Pero los Prescott aún no han contribuido nunca al sector médico”.

“...”.

“Incluso el director del hospital me ha pedido una reunión porque quiere atraer inversiones. La rechacé, por cierto”.

Chase sentenció con una última frase.

“¿Crees que alguien como yo puede sufrir algún perjuicio en algún lugar?”.

Jung-in movió los ojos de un lado a otro, pensativo, y finalmente bajó la mirada con aire de convencimiento. Cuando hacía eso, sus pestañas largas y tupidas caían como un abanico, revelando el pliegue de sus párpados que normalmente no se notaba tanto. Aquella pequeña línea, que solo se veía sutilmente en el rabillo del ojo cuando los tenía abiertos, se volvía clara y marcada al mirar hacia abajo. Por eso, siempre le daba a Chase la sensación de estar vislumbrando accidentalmente algo guardado en secreto.

A pesar de los años que llevaban juntos, Chase seguía sintiendo que Jung-in era un ser misterioso. Se sentía fascinado cada vez que lo veía, con la certeza de que nunca se cansaría de él en toda su vida.

“Mírame, por favor”.

Ante el pedido de Chase, Jung-in levantó la vista. Sus ojos, negros como la noche más profunda, volvieron a ser esos agujeros negros que lo succionaban.

“Dicen que el amor no suplica, ¿verdad?”.

Chase tomó con cuidado la mano herida de Jung-in y besó el dorso. Fue un gesto cauteloso y ferviente, como si realizara un ritual sagrado.

“Pero yo voy a suplicarte: si te lastimas, deja que yo sea el primero en saberlo. Si te duele, dímelo a mí antes que a nadie. Que yo sea el primero en enterarse de todo lo que te pase.

“...

“Solo ámame. No quiero tus "consideraciones".

“... ¿Tu pasatiempo es el masoquismo?”.

“Supongo que sí”.

Solo entonces, el rencor que oprimía su pecho pareció disolverse un poco. Jung-in soltó un largo suspiro y relajó los hombros. En ese momento, sintió una leve vibración bajo su asiento. Chase había encendido el motor.

“¿Chay?”.

“Vamos a casa”.

Antes de que pudiera detenerlo, el auto ya se incorporaba suavemente a la carretera.

“¿Así de pronto? Dejé todas mis cosas allá. Mis medicinas también están ahí...”.

“Iré a buscarlas mañana por la mañana en cuanto despierte”.

“Pero...”.

“¿De verdad pensabas dormir en la casa de otro hombre?”.

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Chase condujo con naturalidad hacia su hogar. Su condominio estaba a menos de diez minutos en auto de la casa de Justin.

Al entrar, la casa estaba exactamente igual a como la habían dejado por la mañana. Jung-in se detuvo al ver la cocina a oscuras. Sintió un extraño vacío en un rincón de su corazón. Chase lo llamó suavemente mientras él se quedaba allí parado, mirando hacia la cocina.

“¿Jung-in?”.

“... Iba a cocinar un estofado”.

“¿Estofado?”.

“Es lo que mi mamá me preparaba cuando estaba enfermo. Te veías tan agotado que...”.

Al terminar la frase, volvió a sentir ese dolor punzante en el pecho. Chase se acercó a grandes zancadas y se detuvo frente a él, tomándolo suavemente por los hombros.

“Mañana iremos al supermercado en cuanto despertemos. Compraremos todo y lo cocinaremos juntos. Tú eres el que está herido, así que tú eres quien debe comer bien”.

“...”.

Chase apoyó su frente contra la de Jung-in. Sus narices se rozaron. Como si fueran dos animales comunicándose, Chase frotó suavemente su nariz contra la de él. Conmovido por el gesto, las manos de Jung-in, que colgaban a sus costados, subieron lentamente hasta apoyarse en la espalda de Chase. Lo acompañó con una pequeña voz de consuelo.

“... Debes estar cansado”.

Al sentir que Jung-in lo aceptaba, Chase no tardó en actuar como un niño mimado.

“Sí... estoy muerto de cansancio. El doctor Jaxon me endosó su turno de guardia otra vez y se largó”.

“¿Otra vez Jaxon? Maldito Jaxon, no se va a salir con la suya. Deberíamos denunciarlo al comité médico o algo así”.

Chase soltó una risita que vibró contra el cuerpo de Jung-in. Hundiendo el rostro en su cuello, susurró con tono de queja.

“Hoy me asusté tanto que no creo que pueda dormir. Abrázame hasta que me duerma”.

“... ¿Acaso tienes cinco años?”.

“Y dame tu brazo de almohada. Usaré el brazo que no tienes herido”.

“... Vamos primero. Tienes que dormir”.

“¿Lo harás? ¿Lo del brazo?”.

“... Sí”.

Jung-in guio a su enorme amante, que fingía ser un niño pequeño, hacia el dormitorio. Después de asearse y acostarse, Chase se acurrucó en el pequeño abrazo de Jung-in. Parecía que lo de "abrázame hasta que me duerma" no era una broma en absoluto. Con el rostro hundido en el pecho de Jung-in, la voz de Chase resonó baja.

“¿Sabes algo? Hoy fue nuestra primera pelea de verdad”.

“¿Y aquella vez que estacionaste el auto en cualquier lado y te pusieron una multa?”.

“¿Eso fue una pelea? Yo lo recuerdo como tú regañándome unilateralmente”.

“...”.

Evitando responder, Jung-in simplemente cerró los ojos. El sueño lo invadió de inmediato. Seguramente fue por todo lo que pasó ese día; el susto, la herida y el desgaste emocional hicieron que su cuerpo se rindiera primero.

Justo cuando se deslizaba por la frontera del sueño, Jung-in sintió una sensación cosquilleante y extraña que lo hizo abrir los ojos lentamente. Al bajar la vista, vio que su camiseta se movía, abultada. Chase había metido la cabeza bajo la prenda y estaba lamiendo su pecho.

“¡Chay!”.

Jung-in intentó agarrar la cabeza de Chase para apartarlo, pero este no se movió ni un milímetro.

“No es momento para esto. No has dormido bien en días. Te vas a enfermar. Tienes que dormir rápido...”.

“No quiero tus consideraciones”.

Chase habló contra su pecho, que ya estaba empapado por su saliva. El aire caliente y húmedo llenó el interior de la camiseta.

“... Solo ámame”.

Ante aquellas palabras que sonaban a capricho pero estaban llenas de sinceridad, la fuerza en los dedos de Jung-in, que intentaban empujarlo, se desvaneció lentamente.