3. Sin favores, solo amor
3.
Sin favores, solo amor
7:48
AM. Solo después de que la alarma sonara dos veces más en intervalos de 9
minutos, Jung-in logró abrir los ojos.
El
lugar a su lado, como de costumbre, estaba vacío. Al estirar la mano, tocó las
sábanas frías, como si nadie hubiera dormido allí. Jung-in ya se había
acostumbrado a despertar solo y a la ausencia de Chase.
Lo
primero que hizo fue tomar el teléfono de la mesilla de noche. Tenía una
notificación de un correo nuevo. Eran datos experimentales de un socio
extranjero; debido a la diferencia horaria, habían llegado a las 4 de la
mañana.
Jung-in
se sentó en la cama y revisó el correo. Mientras pasaba las pantallas, verificó
las cifras principales y organizó mentalmente la dirección de los siguientes
experimentos.
Tras
desperezarse y salir de la cama, comenzó a prepararse para ir al trabajo.
La
casa estaba llena de rastros de Chase. La luz del baño seguía encendida, la
afeitadora y una toalla húmeda estaban fuera de su lugar. El tubo de pasta de
dientes no tenía tapa.
Jung-in
se aseó ligeramente y fue ordenando esos rastros uno por uno. Esos descuidos,
impropios de él, le causaban ternura más que molestia. Era una mañana en la que
la compasión ganaba a la irritación, sabiendo que Chase no había tenido ni un
segundo de respiro.
Cada
1 de julio, los nuevos residentes comienzan a trabajar en los hospitales de
todo Estados Unidos. Es el día en que los médicos novatos, recién graduados y
con las batas aún impecables, se incorporan al personal oficial.
Pasan
por un periodo de residencia que dura entre 3 y 7 años. Es un proceso de
formación, pero también el momento en que el peso de la responsabilidad aumenta
día tras día al tratar con pacientes reales.
Ya
había pasado un mes y medio desde que Chase empezó su residencia. Su
especialidad era cirugía torácica, una de las áreas más agotadoras y donde no
se puede bajar la guardia ni un segundo.
Él
solía salir de casa entre las 5 y las 6 de la mañana, ya que las rondas
comenzaban a las 6:30. Su hora de salida teórica era a las 7 de la tarde, pero
los días en que se cumplía se podían contar con los dedos de una mano.
Aunque
el límite legal para los residentes es de 80 horas semanales, eso era solo un
estándar en el papel. En la realidad, lo superaba con creces. Esperas de
cirugía, llamadas de emergencia, guardias nocturnas... trabajar 24 horas
seguidas era lo básico, y a veces pasaba casi 30 horas sin descanso.
Por
eso, Jung-in ya se había acostumbrado a ver a Chase llegar a casa y desplomarse
para dormir como si estuviera inconsciente.
Al
terminar de ordenar, vio una taza en la isla de la cocina que Chase parecía
haber dejado a medias.
NO HACER
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Jung-in
la tomó y le dio un sorbo, pero corrió de inmediato al fregadero a escupirlo.
“Ugh...
¿Cuántos granos le puso a esto?”.
El
café, que de solo tocarlo le dejó la boca entumecida, estaba tan amargo que
dudaba que fuera apto para consumo humano. Pero sabía que era la única forma en
que Chase lograba mantenerse en pie, por lo que ese amargor permaneció en su
lengua durante mucho tiempo.
Jung-in
tomó un plátano que apenas empezaba a mostrar manchas marrones. Se lo comió
como desayuno rápido, agarró las llaves y salió del apartamento.
En
la primera planta del condominio había un depósito de bicicletas exclusivo para
residentes. Entre los marcos metálicos, una hilera compacta de bicicletas
esperaba a sus dueños. Entre ellas estaba la de Jung-in, un regalo de Chase por
haber conseguido su empleo.
En
este barrio se concentran escuelas y zonas comerciales, y un poco más allá,
hacia Kendall Square, se agrupan densamente empresas farmacéuticas y startups.
Con una bicicleta se puede llegar fácilmente a casi cualquier lugar, por lo que
era el medio de transporte preferido de la zona.
Jung-in
sacó la suya y se integró con naturalidad al flujo de ciclistas.
El
aire fresco de la mañana le sentó de maravilla; era uno de esos días en los que
el sol descendía con una claridad impecable. Mientras pedaleaba con fuerza, no
pudo evitar recordar su camino a la escuela en Bellacove años atrás. De
California a Boston. Aunque el paisaje y el olor del aire habían cambiado, los
recuerdos de aquel entonces seguían vívidos.
Siguiendo
el carril bici junto al río Charles, donde los reflejos del sol bailaban sobre
el agua, cruzó zonas residenciales y comerciales hasta llegar al complejo donde
se encontraba su empresa.
Jung-in
trabajaba como investigador principal de tercer año en Verixa, una farmacéutica
mediana con sede en Boston que se centraba en enfermedades genéticas raras.
Había
una razón clara por la que eligió esta empresa por encima de las grandes
multinacionales. No quería una organización donde la iniciativa de
investigación fuera estrictamente vertical, donde hubiera que seguir una línea
ya establecida o donde el ambiente fuera conservador y reacio a los desafíos.
En
cambio, Verixa tenía una cultura centrada en el investigador y un enfoque
clínico directo. El valor del paciente era claro y la conexión con ellos era
estrecha. Era el lugar donde podía sentir de forma más directa que algo que él
creó estaba salvando vidas.
Como
siempre, aparcó su bicicleta en su lugar asignado y le puso el candado.
“Señor
Lim”.
El
jefe de seguridad, que conocía las caras de casi todos los investigadores, lo
saludó primero.
Mientras
Chase pasaba por la facultad de medicina y se convertía en residente, Jung-in
también había construido su carrera en silencio. Ya no era solo un miembro del
equipo, sino un investigador de alto rango que lideraba y asumía la
responsabilidad de proyectos completos.
Al
acercar su tarjeta de identificación al lector en la entrada principal, la
puerta automática se abrió con un pitido. Había varios controles más; como toda
instalación de investigación, la seguridad era rigurosa. Nadie sin autorización
podía entrar, y cada movimiento quedaba registrado en el sistema.
Jung-in
entró en la oficina tras pasar por el pasillo del ala de laboratorios. El
interior ya rebosaba de actividad. Las impresoras escupían documentos sin
parar, y el sonido de los teléfonos y el tecleo llenaba el espacio.
“Lim,
Biokern compartió los datos. ¿Revisaste el correo?”.
Abigail
Hartz, investigadora jefa, se acercó a él mientras se dirigía a su puesto.
“Sí,
los recibí de madrugada. Planeo organizarlos y aplicarlos de inmediato a la
configuración del experimento”.
“¿Y
bien? ¿Hay que hacer muchos cambios?
“Los
valores de respuesta de los receptores son mayores de lo esperado, así que tal vez
tenga que ajustar algunos cebadores (primers)”.
“Comparte
los resultados en cuanto los tengas”.
“Entendido”.
Justo
cuando se sentaba y se disponía a encender su portátil, su teléfono vibró. Era
Chase.
Chay❤️
[¿Llegaste
bien al trabajo?]
Parecía
que acababa de terminar las rondas y tenía un momento libre. Los dedos de
Jung-in se deslizaron rápido por la pantalla.
Jung-in
[Sí.]
[¿Y
tú? ¿Comiste algo?]
Chay❤️
[Estoy
comiendo cualquier cosa ahora en la cafetería.]
La
cafetería del hospital para empleados ofrecía un menú apenas un poco mejor que
el de una cafetería de instituto, es decir, igual de mediocre. Jung-in suspiró
con tristeza al leer el mensaje.
Chay❤️
[Te
extraño.]
[Vivimos
juntos y aun así te echo de menos, ¿tiene sentido esto?]
Chase
lo estaba pasando mal adaptándose a su nueva rutina. Incluso para alguien con
su resistencia física, estar atrapado en el hospital casi 20 horas al día era
agotador. Siempre le faltaba sueño y decía que, tras horas en el quirófano,
sentía la mente nublada, como si le faltara oxígeno.
Sin
embargo, sus superiores le aconsejaban que diera gracias por el cansancio
físico; decían que, al subir de rango, tendría que tomar decisiones de las que
dependerían vidas humanas, y que a partir de ahí, lo primero en colapsar no es
el cuerpo, sino la mente.
Esta
semana también había estado llena de guardias y cirugías de emergencia, pero
afortunadamente, mañana Chase tenía el día libre.
Jung-in
[Esta
noche vamos a comer algo rico y no vamos a salir de la cama.]
Chay❤️
[Si
vas a decir cosas tan sexys de repente, avísame con un NSFW previo.]
[Hay
mucha gente en la cafetería y casi se me nota una erección.]
Jung-in
soltó una carcajada ante el mensaje bromista. Aunque Chase debía estar
exhausto, le agradecía que siempre intentara aligerar el ambiente con bromas.
Pensó que la verdadera fortaleza era esa, ser capaz de reír en los momentos más
difíciles y mostrar amabilidad a la persona amada a pesar del estrés.
Jung-in
[Ojalá
ya fuera de noche.]
[Te
extraño.]
Con
el día libre de Chase a la vista, Jung-in planeaba salir un poco antes para ir
al supermercado. En su bloc de notas tenía una lista detallada: tomates, apio,
cebolla, zanahoria, carne de res, caldo de pollo... y debajo, la receta que le
había dado su madre.
Hoy
planeaba cocinar el estofado que ella le preparaba cuando se sentía mal de
niño. Un estofado denso y nutritivo con tomates maduros, verduras dulces y
carne que se deshacía en la boca. Quería acompañarlo con galletas saladas en
forma de corazón.
Cenarían
caliente al llegar él, y luego dormirían temprano todo lo que quisieran sin
alarmas. Quizás así se aliviaría el cansancio acumulado de Chase.
Últimamente,
la mirada de Chase se había vuelto más afilada. No era solo cansancio; era la
tensión extrema de enfrentarse a pacientes reales cada día. Cirugía Torácica
era conocida como la residencia más asfixiante; la mayoría de los pacientes
estaban graves o en recuperaciones críticas. Sangrados, paros cardíacos,
sepsis... las emergencias podían ocurrir en cualquier momento.
Pensar
en Chase en medio de ese escenario hacía que a Jung-in se le encogiera el
corazón. Todo el mundo necesita ser cuidado en algún momento, sentirse
protegido como un niño en brazos de alguien querido. Hoy, Jung-in quería ser
ese refugio para Chase.
Con
ese objetivo, trabajó más rápido que de costumbre. Organizó datos, recopiló
materiales para reuniones y preparó resúmenes de artículos científicos. Tuvo
tres reuniones seguidas por la mañana y, tras un almuerzo rápido, una sesión
maratónica para ajustar los experimentos.
Al
terminar, recogió sus cosas a toda prisa y fue al supermercado en su bicicleta.
En sus gestos al comprar no había impaciencia, sino ilusión. Eligió una carne
de res con buen veteado, tomates frescos, apio y zanahorias. Escogió un vino
tinto económico para el guiso y, por último, las galletas en forma de corazón.
Justo
cuando cargaba las bolsas pesadas en la cesta de la bicicleta, el teléfono
vibró.
Chay❤️
[Lo
siento, me acaba de tocar guardia de repente.]
[Creo
que no podré salir del hospital hasta después de medianoche.]
Los
hombros de Jung-in decayeron al leer el mensaje. Sintió decepción, pero sabía
que era inevitable. Le dolía más pensar en Chase atrapado otras 20 horas allí.
Jung-in
[No
te preocupes, yo también tenía mucho trabajo y creo que me quedaré tarde.]
Respondió
así para aliviarle la culpa y montó en su bicicleta. Pensó que, como no era muy
bueno cocinando, tal vez era mejor tener más tiempo para preparar el estofado
con calma. Además, su madre le había dicho que sabía mejor al día siguiente.
Con esa idea, pedaleó con fuerza.
NO HACER
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Estaba
a punto de llegar a su condominio cuando un chirrido metálico desgarrador y el
sonido de neumáticos derrapando llenaron el aire. Segundos después, un
estruendo ensordecedor sacudió el lugar.
Una
minivan no había frenado a tiempo y se había empotrado contra una camioneta
pick-up. Un coche plateado que venía detrás giró bruscamente para evitar el
choque, pero golpeó el borde de la minivan, perdió el control y salió despedido
hacia un lado.
Por
desgracia, el vehículo fuera de control se deslizaba directamente hacia
Jung-in. Por un instante, creyó cruzar la mirada con los ojos aterrorizados del
conductor tras el parabrisas.
Jung-in
giró el manillar por puro instinto. Evitó el choque por milímetros, pero la
bicicleta se inclinó antes de que pudiera frenar. Sin tiempo para reaccionar,
el cuerpo de Jung-in salió despedido contra el asfalto.
Sintió
un dolor ardiente entre la muñeca y el brazo. Al mirar hacia abajo, vio que las
cosas de la cesta estaban empapadas en un líquido rojo. Por un segundo se le
detuvo el corazón pensando que era su sangre, pero al fijarse bien, vio que era
la botella de vino rota.
“Ah...”.
Sintió
una quemazón y un líquido caliente recorriendo su brazo. Ahora sí, vio sangre
brotando de su antebrazo. Un trozo de cristal del vino parecía haberle hecho un
corte profundo.
Se
incorporó como pudo y fue a sentarse al borde de la acera. Los gritos de los
transeúntes le aturdían. La gente rodeaba la escena del accidente; algunos
llamaban a emergencias y otros intentaban sacar a los heridos de los coches.
Era un caos total.
“¡Cielo
santo! ¿Estás bien? Estás sangrando mucho”.
Una
mujer de mediana edad se acercó y le ofreció un pañuelo. Jung-in, algo
aturdido, asintió y presionó la herida con el pañuelo para detener la
hemorragia.
En
su visión borrosa, el movimiento de la gente parecía ocurrir en cámara lenta.
Se sentía irreal, como si el espacio-tiempo se hubiera torcido. Un segundo de retraso
y el coche lo habría matado. Ese pensamiento le dio escalofríos.
Poco
después, varias ambulancias y coches de policía llegaron al lugar. Mientras los
paramédicos atendían a los conductores más graves, uno de los policías que
controlaba la zona vio a Jung-in. Le pidió sus datos y llamó a un paramédico.
“La
reacción pupilar es normal”.
El
paramédico se arrodilló, revisó sus ojos con una linterna y le hizo preguntas
de control cognitivo. Al ver que Jung-in respondía con claridad, examinó la
herida.
“Va
a necesitar puntos. También hay que asegurarse de que no queden cristales.
Vamos al hospital”.
Lo
ayudó a subir a una de las ambulancias. En el camino, las luces fluorescentes
del techo se movían mareando a Jung-in con cada bache. El paramédico le vendó
el brazo, midió su saturación de oxígeno y su presión arterial. Todo estaba
normal, salvo el corte profundo.
Fue
solo al bajar en la zona de urgencias cuando Jung-in se dio cuenta de que
estaba en el Branham Medical Center. El lugar donde trabajaba Chase.
Entró
por su propio pie y se acercó al mostrador de recepción. Tras dar sus datos
básicos, le pidieron un contacto de emergencia.
Lo
lógico era escribir el nombre de Chase. Pero de inmediato recordó el rostro
exhausto de su pareja. Además, hacía apenas unos minutos le había mentido
diciendo que se quedaría trabajando hasta tarde para no preocuparlo.
No
quería molestarlo por unos simples puntos de sutura. Tras dudarlo, el nombre
que escribió no fue el de Chase.
[Justin
Wong]
Entregó
el formulario con los datos del seguro y la recepcionista le indicó que
esperara. Jung-in sacó su teléfono de la mochila y llamó a Justin para avisarle
y que no se asustara si lo llamaban del hospital.
Justin
se había graduado en el MIT y trabajaba como ingeniero de software en una oficina
de I+D en Cambridge, por lo que seguían viviendo en la misma ciudad.
“¿Jay?
¿Qué pasa a esta hora?”.
En
cuanto oyó ‘accidente de tráfico’, Justin gritó un ‘¿Qué?’. Jung-in se apresuró
a explicar que no era nada grave y solo entonces Justin recuperó el aliento.
Dijo que iría de inmediato. Fue un alivio, ya que sin bicicleta Jung-in no
sabía cómo volvería a casa.
Tras
la llamada, una enfermera lo guio al interior de urgencias. En Estados Unidos,
ver a un médico no es rápido. Esperó un buen rato sentado en una camilla hasta
que un médico con cara de cansancio se acercó.
En
su tarjeta de identificación ponía ‘Sean McCarthy, Residente de Cirugía’.
Seguramente
vive agotado como Chase, pensó Jung-in con un rastro de empatía.
El
médico retiró el vendaje provisional. El corte estaba en el antebrazo exterior;
no parecía muy largo, pero sí profundo. Para descartar que hubiera cristales,
empezó a presionar suavemente alrededor de la herida.
“Ah...”.
Al
ver el gesto de dolor de Jung-in, el médico retiró la mano.
“Le
pondré anestesia ahora mismo. Luego haremos una radiografía y cerraremos la
herida”.
Al
terminar de hablar, el médico lo miró fijamente, entornó los ojos y preguntó
con cautela.
“¿Nosotros...
no nos conocemos de alguna parte?”.
Jung-in
frunció levemente el ceño con un toque de reserva. El médico se apresuró a
disculparse.
“Ah,
no estoy intentando ligar... perdón. Ha sonado así, lo siento. Voy a poner la
anestesia”.
Jung-in
era de los que necesitaba mirar la aguja para estar tranquilo. Mientras
observaba cómo la jeringuilla pinchaba su brazo, oyó unos pasos apresurados.
“¡Jay!
¡Pero qué ha pasado!”.
Era
la voz familiar de Justin. Llegó sin aliento y su mirada pasó del rostro de
Jung-in al brazo ensangrentado. Justin abrió los ojos de par en par y se tapó la
boca.
“Sangre...
tanta sangre... ¡Ugh!”.
Solo
entonces Jung-in recordó que Justin le tenía un pavor irracional a la sangre.
Por esa razón, sus padres habían desistido muy pronto de la idea de convertirlo
en médico, una decisión poco común para unos padres de origen asiático.
“Estoy
bien, Justin. Espérame en la sala de espera”.
Justin
asintió enérgicamente, tratando de recuperar el aliento tras el susto, y salió
de urgencias casi huyendo, a paso veloz.
La
radiografía confirmó que no quedaban fragmentos de cristal dentro de la herida.
Jung-in, recostado en la camilla, observaba cómo el desinfectante resbalaba
lentamente por su brazo. El líquido transparente empapaba su piel alrededor del
corte; debido a la anestesia, no sentía el frío del líquido, lo que le
resultaba extrañamente irreal.
Poco
después, el médico se acercó subiéndose la mascarilla por encima de la nariz.
Tomó las pinzas con cuidado y rompió el silencio.
“Lo
de antes de verdad no era un intento de ligar. Sé cómo usar frases para seducir
cuando quiero, pero esa no lo era, en serio”.
Jung-in
no reaccionó ante el intento del médico por aclarar el malentendido. El doctor,
al no obtener respuesta, se puso aún más nervioso.
“Digo,
no es que usted no sea alguien con quien valga la pena intentar algo. Es muy
guapo, por supuesto... Lo siento. Llevo casi 22 horas despierto y se me traba
la lengua”.
“Debe
de ser agotador”.
Respondió
Jung-in con amabilidad, lo que relajó visiblemente la expresión del médico.
“Bien,
ahora voy a coser esto con la precisión de alguien que acaba de dormir diez
horas seguidas”.
El
portaagujas empujó con cuidado la aguja a través de la piel y comenzó la
sutura. Fueron solo cinco puntos; al ser una laceración estrecha sin daños en
vasos sanguíneos ni músculos, el proceso no tomó mucho tiempo.
Al
rato, Justin volvió a aparecer, asomándose con los ojos entrecerrados como
quien mira una película de terror. Solo cuando vio que el vendaje estaba
puesto, se acercó por completo.
“¿Ya
está? ¿Estás bien?”.
“Sí,
solo fueron cinco puntos”.
Mientras
Jung-in respondía con calma, Justin miró a su alrededor y preguntó en voz baja
y con tono serio.
“¿Y
Prescott? ¿No es este el hospital donde trabaja él?”.
Jung-in
explicó que, como no era una herida grave, no quería interrumpir a Chase, que
debía estar exhausto. Justin puso cara de preocupación.
“Mmm...
No sé si sea buena idea ocultarle algo así”.
“No
es ocultarlo. Se lo diré cuando llegue a casa. No quiero hacerlo venir por
nada, no sabes lo mal que lo está pasando últimamente”.
Aunque
Jung-in hablaba con naturalidad, Justin seguía pareciendo poco convencido.
***
“¡Prescott!”.
Al
final del pasillo, alguien chasqueó los dedos y gritó su nombre. Un residente
senior, asomado a la puerta de una habitación, le hizo señas para que fuera.
Chase
se dio la vuelta. Llevaba una bata blanca sobre el pijama quirúrgico azul,
exactamente el mismo atuendo que usó para Halloween hace diez años. Bajo las
luces pálidas del hospital, las letras de su tarjeta de identificación
brillaron por un instante.
[Chase A. Prescott, M.D.]
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Había
invertido una cantidad ingente de tiempo y esfuerzo para conseguir esas dos
letras, M.D., detrás de su nombre. Y finalmente estaba allí. Entró en la
habitación, donde un hombre blanco de unos setenta años y cabello canoso yacía
en la cama. Era un paciente que acababa de ser trasladado de la UCI tras un
bypass coronario.
El
residente senior le dijo al paciente.
“Señor,
a partir de ahora, el Dr. Prescott se encargará de usted”.
En
cuanto el anciano vio a Chase, frunció el ceño y estalló en cólera.
“¿Qué?
¡No quiero! ¡No quiero a ese tipo que parece un modelo de revista! ¡Quiero que
me atienda un médico de verdad, no uno de mentira!”.
Lamentablemente,
no era la primera vez que Chase pasaba por esto. Se acercó intentando mantener
una sonrisa profesional.
“Yo
también soy un médico de verdad, señor”.
“¡Falso!”.
Al
empezar a trabajar como médico, se dio cuenta de que mucha gente juzgaba su
capacidad basándose en su apariencia. Había enfrentado esas miradas de duda en
consultas y plantas de hospital repetidas veces. Se había acostumbrado, pero no
por ello dejaba de doler.
“¡Traigan
al indio de antes! Al menos ese debe de ser inteligente”.
Tras
lograr calmar al paciente racista y salir de la habitación, Chase se sentía
vacío. Soltó un largo suspiro, se pasó la mano por el pelo y se dirigió a las
escaleras de emergencia. Quería un respiro a solas, pero ya había alguien allí,
Sean McCarthy, sentado en el suelo, abriendo un sándwich con avidez.
“Hey,
Prescott”.
“McCarthy”.
Sean
McCarthy era residente de tercer año de cirugía y también se había graduado en
Harvard. Palmeó el suelo a su lado y Chase se dejó caer sin decir palabra.
“¿Hoy
tampoco vas a casa?”.
Preguntó
Sean con la boca llena.
“Al
menos hasta medianoche estoy atrapado aquí”.
La
conversación fue corta, pero en el silencio compartido fluía una empatía mutua.
Chase apoyó su cuerpo agotado contra la pared; incluso el sonido de Sean
masticando el sándwich le resultaba relajante, como ruido blanco. Tras cinco
minutos, Chase se levantó.
“Me
voy. Buen provecho”.
“Está
bien”.
Justo
cuando Chase iba a cruzar la puerta, Sean gritó como si acabara de recordar
algo.
“¡Ah!
¡Ya me acuerdo!”.
“¿Qué?”.
“Me
preguntaba de qué me sonaba... ¡era el chico que siempre iba contigo!”.
“¿Quién?”.
“Un
paciente asiático. Creo que se llamaba Jay...”.
“...
¿Qué? ¿Qué pasa con él?”.
“Está
en urgencias”.
Las
pupilas de Chase temblaron. Sean, satisfecho por haber resuelto el misterio en
su cabeza, continuó con indiferencia.
“Hubo
un choque triple en Harvard Square hace un rato. Lo trajeron en ambulancia...”.
Antes
de que terminara la frase, Chase ya había salido corriendo. Sean se quedó
mirando la puerta de emergencia que aún vibraba por el golpe.
“...
Solo fueron cinco puntos. Quizás debí haber empezado por ahí”.
***
Cuando
Jung-in vio a Chase frente a él, sin aliento y con el rostro desencajado, no
pudo evitar la sorpresa. ¿Cómo diablos se había enterado? Miró a Justin de
inmediato, pero este levantó las manos en señal de inocencia y sacudió la
cabeza.
Chase
estaba petrificado, mirando a Jung-in como si no pudiera creer lo que veía. El
médico de guardia de urgencias, que estaba allí para decidir el alta de
Jung-in, reconoció a Chase.
“¿Doctor
Prescott?”.
Chase
no tenía fuerzas ni para responder.
“¿Conoces
al paciente?”.
Justo
cuando Chase iba a abrir la boca, Jung-in se adelantó.
“Es
un amigo. Parece que vino porque estaba preocupado. Hola, Chase”.
Al
oír aquello, la expresión de Chase se endureció aún más. El músculo de su
mandíbula se tensó, revelando lo mucho que estaba reprimiendo sus emociones. El
médico de guardia asintió, palmeó el hombro de Chase y dijo.
“Tu
amigo está bien, no te preocupes. Debes de haberte llevado un buen susto”.
En
cuanto el médico se fue, Chase agarró la ficha médica. Leyó ‘Traumatismo por
accidente de tráfico’, pero vio que no había más lesiones que el corte en el
brazo. Vio el nombre de Sean McCarthy como el médico tratante. Dejó la ficha en
su lugar con un golpe seco. Sus ojos azules se clavaron en Jung-in. Dicen que
las llamas más calientes son las azules; a Jung-in le pareció ver chispas
saltando de su mirada.
“Im
Jung-in”.
Cuando
Chase pronunció su nombre completo, tanto Justin como Jung-in se sobresaltaron.
Nunca lo llamaba por su apellido. Su voz, aterradoramente baja, vibró en el
aire.
“Explícamelo.
¿Qué... qué es todo esto?”.
Su
voz incluso temblaba ligeramente al final, delatando una furia inmensa.
Jung-in, abrumado, no sabía qué decir. Tras un largo silencio, intentó sonreír
para suavizar la situación.
“Chay...
mira, lo que pasó fue...”.
“¿Te
estás burlando de mí ahora mismo?”.
Estalló
Chase, sin dejar que se explicara.
Justin,
que nunca había visto a Chase enfadado, empezó a retroceder como un animal que
presiente el peligro. Chase desvió su mirada hacia él. Justin se encogió de
hombros al encontrarse con esos ojos gélidos.
“¿Y
tú qué haces aquí? ¿Tú lo sabías?”.
“N-no,
yo solo... Jay me puso como c-contacto de emergencia y.…”.
“¡Ja!
¿Qué? ¿Contacto de emergencia? ¿Crees que esto tiene algún sentido?”.
Jung-in
miró a su alrededor con nerviosismo. A Chase eso le enfureció más: ¿en serio
tenía energía para preocuparse por lo que pensaran los demás? Él sentía que el
corazón se le iba a salir del pecho desde que empezó a bajar corriendo a
urgencias.
“Cálmate,
salgamos a hablar”.
Dijo
Jung-in con suavidad.
Esa
calma fue la gota que colmó el vaso. Jung-in siempre se preocupaba por el
entorno; le incomodaban las miradas de las enfermeras y temía que Chase, que
acababa de empezar su carrera, se viera envuelto en chismes que pudieran
perjudicarle.
“Salgamos.
Salgamos a hablar, ¿sí?”.
Jung-in
lo tomó del brazo y lo guio fuera de urgencias. Pero una vez fuera del
edificio, fue Chase quien tiró de la muñeca de Jung-in. El aire exterior era
bochornoso y húmedo. Se dirigieron a un rincón apartado junto a unos arbustos.
A lo lejos se oía el sonido de las puertas automáticas. No estaban totalmente
solos, pero al menos nadie prestaría atención a su pelea.
“Explícate”.
Exigió
Chase con una rabia contenida.
Jung-in
tragó saliva. Se sentía asfixiado; le resultaba ajeno ver a Chase tratándolo
con esa frialdad y esa mirada cortante.
“Primero,
baja el tono...”.
“¿Te
parece que no tengo motivos para estar furioso?”.
Sus
ojos azules desprendían una furia cristalina.
“Chay,
solo... sé que has estado pasándolo muy mal. En el hospital día y noche, sin
dormir... sé cuánto te estás esforzando...”.
“¿Y?”.
Chase
torció el gesto con sarcasmo.
“¿Y
por eso me mentiste diciendo que trabajarías hasta tarde? ¿Por eso ocultaste
que tuviste un accidente? ¿Tenía que enterarme por otra persona de que estabas
en urgencias?”.
“No
fue una mentira, fue consideración... Y no lo oculté, si lo pones así me haces
sentir...”.
“¿Por
qué? ¿Acaso miento?”.
Jung-in
se estremeció ante el tono hiriente. Chase no le dio tregua.
“¿Desde
cuándo Justin es tu contacto de emergencia?”.
“Eso
es...”.
Jung-in
se calló. Parecía que Chase no estaba dispuesto a escuchar ninguna razón.
“¿Quién
soy yo para ti, Jung-in?”.
preguntó
Chase con la voz rota.
“¿Tengo
que enterarme de lo que te pasa a través de otros? ¿Eso es todo lo que
significo?”.
Jung-in
frunció el ceño. Se sentía frustrado y herido porque Chase ni siquiera
intentaba entender su punto de vista.
“¿Y
qué querías? ¿Que te hiciera venir por unos puntos de sutura mientras tú estás
cuidando a pacientes que se debaten entre la vida y la muerte? Al final no fue
nada grave”.
“¿Y
quién eres tú para decidir eso?”.
“¡Es
mi cuerpo! ¡Claro que puedo decidirlo!”.
La
paciencia de Jung-in, que había intentado calmarlo, también se agotó.
“¿Esto
es una conversación? ¿Por qué no escuchas? ¡Lo hice para no darte más
problemas! ¡Ya tienes suficiente con el trabajo y los pacientes! ¡Lo hice
porque me preocupo por ti!”.
“¿Esa
es tu mejor excusa? ¿Que todo fue por mi bien?”.
“¡Sí!
¡Es lo mejor que pude hacer! ¡Al menos yo creí que era lo correcto!”.
“¿Para
quién? Para ti, supongo. ¿Acaso me he quejado contigo? ¿Te he gritado alguna
vez porque estuviera cansado?”.
Jung-in miró intensamente a Chase. Sin
embargo, Chase no podía detenerse, como si sus frenos se hubieran averiado.
“¿Tienes
idea de lo que se siente estar de este humor de mierda? Sentir que me he
convertido en algo menos que el polvo para ti2.
“No
exageres tanto”.
Jung-in
se mordió ligeramente el labio. Apenas logró reprimir la oleada de emociones
que subía por su garganta. Sin notar su estado, Chase habló con sarcasmo.
“Una
cosa es segura. Soy mucho menos importante que tu verdadero ‘amigo’, Justin”.
“¡No
seas cínico!”.
“Ah,
nosotros también éramos amigos, ¿no? ¿Pero por qué dijiste ‘amigo’? ¿Por qué no
lo llamaste ‘bro’, como sueles hacer?”.
El
rostro de Jung-in se tensó. Haberle dicho al médico encargado que Chase era un
amigo fue una consideración para protegerlo de miradas prejuiciosas. Solo
quería evitar que lo juzgaran por salir con otro hombre, y no quería que Chase
tuviera que lidiar con los prejuicios injustos que caen sobre un hombre blanco
con una pareja asiática.
Jung-in
dijo con voz punzante.
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“¿Acaso
tú, tan perfecto, sabes lo que son los prejuicios?”.
“No
lo sé. ¿Pero no eres tú quien realmente los tiene? Suponiendo y adivinando por
tu cuenta lo que los demás pensarán”.
Esas
palabras aterrizaron como un golpe crítico. Jung-in sacudió levemente la
cabeza, mirando a Chase con una expresión llena de desilusión. Sus ojos negros
se humedecieron, pero apretó los dientes para no llorar.
“Vete
al carajo, Chase Prescott”.
Jung-in
se dio la vuelta bruscamente. Chase, por costumbre, se pasó la mano con
violencia por el cabello y lo sujetó del antebrazo.
“Jung-in.
Lo de recién fue...”.
“¡No
hace falta que digas nada más! Ya entendí todo lo que querías decir”.
Sentía
que su preocupación y su cariño habían sido pisoteados y tachados de mentira y
encubrimiento. Se sentía frustrado e injustamente tratado. Las emociones
desbordadas le llegaban hasta la garganta. Jung-in tiró de su mano para
soltarse, pero fue sujetado de nuevo de inmediato.
“Estoy
hablando contigo. No te vayas así porque sí”.
Jung-in,
sin ninguna intención de dejarse retener, se soltó con todas sus fuerzas y le
espetó con dureza.
“¿Quién
te crees que eres? ¿El policía del lugar? ¿Acaso eres un rey? ¡Su Majestad! ¿Me
permite este humilde servidor retirarse?”.
“No
me hables con ese sarcasmo”.
Chase
soltó un suspiro profundo, como si estuviera frustrado, y miró a Jung-in.
“Jung-in.
¿Me estás diciendo que no te arrepientes de lo que hiciste hoy?”.
“¡Sí!
¿Y quieres que añada algo más? Tampoco me arrepentiré de decirte esto: Chase
Prescott, eres un imbécil”.
Tan
pronto como soltó esas palabras, Jung-in giró sobre sus talones. Y esta vez, se
marchó antes de que Chase tuviera oportunidad de detenerlo.
***
Al
entrar en la habitación del hospital echando chispas, vio a Justin, que parecía
estar sentado sobre brasas, como un niño que no sabe qué hacer en medio de una
gran pelea entre sus padres.
“Vámonos,
Justin”.
Dijo
Jung-in con voz gélida mientras agarraba su mochila, que estaba junto a la
cama.
“¿Eh?
¿Así, de inmediato?”.
Jung-in
guio a Justin para completar rápidamente los trámites de pago y salieron del
hospital. El pequeño auto eléctrico de Justin se dirigió a una farmacia en el
centro de Cambridge. Gracias a la receta electrónica, pudo obtener los
medicamentos fácilmente en la farmacia donde ya estaba registrado. A Jung-in le
recetaron antibióticos para prevenir infecciones y analgésicos para calmar el
dolor que aparecería una vez que la anestesia desapareciera por completo.
Cuando
volvió a subir al auto con la bolsa de medicinas, Justin preguntó con cautela.
“¿A
dónde vamos ahora?”.
Jung-in,
que había estado sumido en sus pensamientos mirando al frente, se volvió hacia
Justin.
“Justin.
¿Puedo quedarme en tu casa?”.
Justin
asintió sin dudarlo.
“Por
supuesto que sí”.
“Entonces,
te deberé una”.
Jung-in
pasó por su casa para recoger lo indispensable y luego fue al apartamento de
Justin. Era un condominio nuevo cerca de Kendall Square. Tenía una estructura
acogedora de una habitación y una sala, pero gracias a las paredes blancas y
los grandes ventanales que llegaban hasta el techo, no se sentía pequeño. En la
sala había una televisión enorme, varias consolas de videojuegos y un sofá de
pana que se veía muy cómodo.
Sentado
en el sofá, Jung-in abrazó sus rodillas y apoyó la barbilla sobre ellas,
limitándose a mirar por la ventana.
“¿Estás
bien?”.
Una
taza humeante fue colocada frente a él acompañada de una voz suave.
“Es
manzanilla. No sé por qué tenía bolsitas de manzanilla en casa, pero aquí
tienes”.
Jung-in
forzó una sonrisa y tomó la taza. El líquido amarillo ondeó ligeramente. Se
sabía que la manzanilla ayudaba a calmar la mente y el cuerpo. Jung-in inhaló
profundamente su aroma dulce, como si estuviera dando un suspiro.
“¿De
qué hablaron para que estés así...?”.
Ante
la cautelosa pregunta de Justin, Jung-in soltó el aire que contenía en lugar de
responder. A medida que la anestesia se disipaba, empezaba a sentir un
hormigueo punzante en la zona de la herida, pero era su pecho, donde no tenía
ninguna lesión, lo que se sentía oprimido.
¿Cuántos
años llevaban saliendo? Al mirar atrás, recordaba haber discutido por tonterías
que ahora ni siquiera podía nombrar, pero nunca se habían peleado con tanta
intensidad, ni él se había ido de casa jamás. Jung-in le contó a Justin, que
estaba sentado en el diván frente a él, todo lo que había sucedido ese día y el
intercambio de palabras hirientes con Chase.
“Vaya...”.
Justin,
que había escuchado en silencio todo el tiempo, se quedó sin palabras por un
momento antes de murmurar con expresión apenada. La situación era tal que podía
entender perfectamente ambas posturas sin poder ponerse de un lado.
“Pero,
escucha... No es que quiera defender a nadie, pero hace un rato, Prescott...
literalmente se quedó helado”.
“...”.
Justin
recordaba la imagen de Chase Prescott, siempre tan sereno y seguro de sí mismo,
llegando a la sala de emergencias pálido de terror, como si no pudiera ver nada
más que a Jung-in.
“Piénsalo.
¿Cómo iba a saber él qué tan herido estabas, si era leve o grave? Si solo
escuchó que te llevaron a emergencias por un accidente de tráfico...”.
“...”.
“Pudo
haber pensado que la razón por la que no llamaste era porque estabas gravemente
herido”.
Jung-in
abrazó lentamente un cojín y hundió el rostro en él. No es que no entendiera
las palabras de Justin. Pero lo que seguía apareciendo ante sus ojos era la mirada
gélida de Chase. Su expresión tierna había desaparecido sin dejar rastro,
reemplazada por un rostro desconocido lleno de una rabia autoritaria. Su
actitud de no querer escuchar ni una sola vez y su sarcasmo diciéndole que se
fuera con su amigo Justin...
“Aun
así, podría haber intentado ponerse en mi lugar al menos una vez”.
“Bueno...
eso es cierto”.
La
frase de Chase sobre si no era él quien tenía prejuicios se había clavado como
una daga en el corazón de Jung-in. Quería negarlo, pero en parte era verdad. A
menudo, al conocer a alguien, Jung-in levantaba una barrera de sospecha
pensando: ‘Tal vez esta persona sea racista’. Si no lo era, se sentía aliviado;
y si llegaba a sufrir discriminación, se consolaba a sí mismo pensando ‘lo
sabía’, confirmando que su juicio inicial era correcto. Era un mecanismo de
defensa para protegerse, pero al mismo tiempo, era un prejuicio innegable.
“Somos
tan diferentes”.
Dijo
Jung-in con voz débil.
“Él
no tiene ni idea de lo aterrador que es el racismo o los prejuicios. No lo
piensa ni por un segundo”.
“Pero...
ustedes dos también tienen muchas cosas en común”.
Jung-in
miró a Justin con los ojos entrecerrados, como si acabara de escuchar un
disparate.
“¿Nosotros?”.
“Ambos
son graduados de Harvard”.
Jung-in
soltó una risa seca por la nariz.
“Eso
es algo que comparten decenas de miles de personas”.
“Mmm...
Ambos son diestros”.
“Técnicamente,
Chase es ambidiestro”.
“A
ambos el inglés se les da... bueno, no es la lengua materna de ambos”.
“Ríndete,
Justin”.
“Ambos
son mamíferos y.… uf... Nunca me había sentido tan inútil”.
Jung-in
soltó lo que tenía guardado, como si hubiera estado esperando el momento.
“Tendrías
que haber escuchado ese tono sarcástico. Y a veces, es increíblemente
desconsiderado”.
“Aun
así, irse de casa no es la solución. ¿No se te pasa un poco el enojo cuando
tienes esa cara tan guapa frente a ti? Especialmente esos ojos... cuando hay
luz parecen los de un Husky siberiano...”.
Cuando
Jung-in le lanzó una mirada fulminante, Justin evitó sus ojos y se levantó. Fue
a su habitación y regresó con una sábana blanca. Mientras cubría el sofá con
cuidado, preguntó.
“Eres
mi invitado, pero... ¿quieres dormir en la cama?”.
“No.
Dormiré aquí. Y no me digas invitado, no entre nosotros”.
Justin
pidió pizza para la cena. Le ofreció una porción caliente con el queso
estirándose, pero Jung-in negó con la cabeza de inmediato. Justin no insistió
más; sabía muy bien que a Jung-in se lo primero que se le quitaba era el
apetito cuando estaba enojado.
Jung-in
se recostó profundamente en el sofá, mirando distraídamente por la ventana.
Luego, murmuró como si hablara consigo mismo.
“Tal
vez... nunca llegue el día en que Chase y yo nos entendamos a la perfección”.
Justin
seguía escuchándolo mientras masticaba su pizza.
“Chase
y yo somos... realmente diferentes hasta la médula. Intentar encajar no es algo
de un día o dos. ¿Pueden dos personas tan fundamentalmente distintas estar
juntas?”.
“Aun
así, hay algo que definitivamente tienen en común”.
Justin
tragó rápido lo que tenía en la boca y tomó un sorbo de refresco antes de
continuar.
“Se
aman con locura. ¿Cuánto tiempo llevan? ¿Ocho, nueve años?”.
“...”.
“Aunque
haya pasado todo ese tiempo, siguen siendo igual de apasionados”.
Desde
los días ingenuos de la preparatoria, pasando por el campus lleno de romance,
hasta convertirse en profesionales adultos; muchas cosas habían cambiado, pero
sus sentimientos no se habían desvanecido ni un poco. Habían construido un muro
sólido, capa por capa, con tiempo y recuerdos.
“Incluso
ahora. Si no se amaran tanto, ni siquiera se molestarían en pelear así. No
estarían tan desesperados”.
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Jung-in
no pudo rebatir las palabras de Justin, que habían dado en el clavo. Después de
limpiar, Justin dejó la taza en el fregadero y se dirigió a su habitación. Dijo
que mañana, aunque fuera fin de semana, tenía que trabajar porque tenía un
proyecto con una fecha de entrega inminente.
“Buenas
noches, Jay”.
“Tú
también”.
La
puerta se cerró y Jung-in se quedó solo en la sala oscura, iluminada únicamente
por una pequeña lámpara. Se tumbó en el sofá y miró el techo desconocido. En
esa casa extraña, con ese aire y silencio ajenos, de repente lo invadió la
tristeza.
Últimamente,
Jung-in se había esforzado mucho. Chase intentaba mantener su rostro habitual
frente a él, pero Jung-in notaba cuánto le costaba no derrumbarse. Hablaba
menos y se había vuelto sensible ante las cosas pequeñas. La primera vez que
perdió a un paciente, y para colmo a uno cercano, pasó días con la mirada
perdida.
Jung-in
quería consolar su cuerpo y mente agotados. Esa era la razón por la que él, que
no tenía talento para la cocina, llamó a su madre para pedirle recetas. Quería
alimentar con comida casera caliente y saludable a quien seguramente pasaba el
día entero comiendo comida chatarra mientras atendía pacientes.
Pero
todos esos planes se desmoronaron con el inesperado accidente. Y lo que más le
dolía era que, en lugar de escuchar su historia, Chase se había dejado llevar
por la ira. Sentía que sus intentos de conmoverlo y sus momentos de
consideración habían sido despreciados y arrojados al suelo sin reconocimiento
alguno.
¿Acaso
él quería ver a Justin antes que a nadie estando herido y asustado? Mientras
veía el vehículo deslizarse hacia él a toda velocidad, el único rostro que
Jung-in imaginó fue el de Chase. Le dolía que él no lo supiera, o mejor dicho,
que ni siquiera hubiera intentado saberlo. Esa mirada gélida fue, en sí misma,
una herida.
Jung-in
abrazó con fuerza el cojín a su lado. Cerró los ojos con la intención de
quedarse dormido, pero su pecho le dolía tanto que no podía conciliar el sueño.
El tiempo pasaba con una lentitud desesperante. Alrededor de la medianoche, su
teléfono empezó a vibrar. Como esperaba, era Chase. Al no contestar, llegó un
mensaje.
Chay❤️
[¿Dónde
estás?]
[Acabo
de llegar a casa.]
[Hablemos.]
Jung-in
puso el teléfono en silencio y lo dejó boca abajo para no ver la pantalla.
Volvió a cerrar los ojos. Poco después, el teléfono de Justin sonó dentro de su
habitación. Se escuchó un estruendo, como si a Justin se le hubiera caído el
móvil por la sorpresa. No hacía falta adivinar quién era.
Quizás
porque la puerta no estaba bien cerrada o porque las paredes eran delgadas, la
voz de Justin se escuchaba claramente.
“¿D-diga?
Sí... ¿Eh? ¿No? No lo sé... Este... Sí... Está aquí”.
Justin
reveló la ubicación de Jung-in con demasiada facilidad. Si esto fuera una
película de acción, definitivamente no sería el tipo de persona a la que
confiarle el papel del mejor amigo del espía protagonista.
Poco
después, Justin salió de la habitación con el teléfono en la oreja. Su rostro,
iluminado por la tenue luz de la lámpara, estaba lleno de apuro. Apartó el
teléfono un momento, cubrió el micrófono con la palma de la mano y susurró.
“Dice
que quiere hablar contigo”.
Justin
miró a Jung-in con cautela. Pero Jung-in evitó su mirada y respondió fríamente.
“Dile
que estoy durmiendo”.
Justin
puso los ojos en blanco como diciendo ‘no tienes remedio’ y volvió a la
llamada.
“Vaya,
qué pena. Parece que estaba muy cansado y se quedó dormi...”.
Justin
se interrumpió y alejó el teléfono de su mejilla con una expresión de
incomodidad.
“Dice
que acaba de escuchar tu voz”.
“Dile
que no tengo nada que decir”.
Ante
la actitud decidida de Jung-in, Justin soltó un pequeño suspiro y comenzó a
actuar como intermediario, casi como un servicio de mensajería en vivo.
“Dice
que no tiene nada que decir...”.
Justin,
tras transmitir las palabras de Jung-in, volvió a aguzar el oído para escuchar
la voz de Chase. Luego, le pasó el mensaje a Jung-in.
“Dice
que ya viene hacia acá”.
“Dile
que ya no tengo nada más que hablar, así que si tiene algo que decir, que me
envíe un correo electrónico”.
“Dice
que no tiene más que decir y que le envíes un mail... ¿Escuchaste? Ah, sí. Sí”.
Esta
vez, Justin se dirigió a Jung-in sin despegarse el teléfono de la oreja.
“Dice
que ya llegó aquí abajo. Que está estacionando”.
“Tan
predecible como siempre. Pensando que si él viene, yo tengo que salir”.
Los
labios de Jung-in se torcieron. Lo que murmuró para sí mismo sonó casi a
sarcasmo. Mientras tanto, Justin colgó y transmitió el último mensaje de Chase.
“Está
abajo del edificio. Dice que esperará hasta que bajes”.
“Dile
que haga lo que quiera, que si quiere se quede ahí toda la noche”.
Justin
miró a Jung-in en silencio. Era una mirada densa, como si le preguntara:
‘¿Hablas en serio?’. Jung-in evitó esa mirada. Y, como si ya hubiera tomado una
decisión, respondió con un silencio rotundo. Justin regresó a su habitación con
expresión pesada.
Pasó
más tiempo. La sala estaba en silencio; solo el débil zumbido del compresor del
refrigerador fluía como sonido de fondo.
“¿Cree
que voy a salir? Ni lo sueñes”.
Jung-in,
tras mascullar para sí mismo, se dirigió a la cocina para humedecer su garganta
seca. Con el vaso de agua en la mano, deambuló por la sala sin motivo y echó
una mirada furtiva por la ventana.
El
quemacocos de una SUV gris oscuro brillaba bajo la luz de las farolas. Era el
BMW de Chase. Jung-in se dejó caer de nuevo en el sofá y cerró los ojos con la
intención de quedarse dormido. Sin embargo, poco después, abrió los ojos de par
en par y terminó levantándose.
Chase
llevaba más de 20 horas despierto y, antes de eso, llevaba días sin dormir ni
comer bien. El cansancio acumulado debía ser inmenso.
“...
Qué fastidio”.
No
podía entenderse a sí mismo, por qué incluso en un momento así seguía siendo
considerado con él.
Jung-in
salió de la casa en silencio, vestido tal cual, pantalones de pijama a rayas y
una camiseta de manga corta con el estampado desgastado. Al empujar la puerta
de la entrada principal, el aire húmedo de la noche de verano se adhirió a su
piel.
Chase
estaba apoyado en su auto, pero en cuanto vio a Jung-in, se incorporó de
inmediato y dio un par de pasos hacia él. Jung-in se detuvo a una distancia
ambigua y mantuvo la mirada fija en la carretera.
“¿A
qué viniste?”.
En
lugar de responder, Chase abrió la puerta del copiloto.
“Sube.
Vamos a casa”.
“Si
tienes algo que decir, dilo y vete”.
Chase
inhaló profundamente y pronunció el nombre de Jung-in con una voz que sonaba a
suspiro agotado.
“Jung-in”.
“No
me llames así”.
A
menudo, Chase lo llamaba como si se dirigiera a alguien diez años menor.
Normalmente sonaba como una expresión de cariño, pero en esta situación no le
resultaba nada agradable. Sentía que lo trataba como a alguien incapaz de
razonar con sensatez.
Una
corriente gélida fluía entre los dos, parados a cierta distancia. De vez en
cuando pasaba algún auto por la calle. Jung-in miraba cómo las luces rojas
traseras se alejaban dejando un rastro largo, mientras Chase lo observaba en
silencio.
En
agosto, Boston es caluroso de día, pero de noche la temperatura suele caer por
debajo de los 20 grados. Jung-in se encogió ligeramente de hombros y se cruzó
de brazos para darse calor. Fue Chase quien rompió el prolongado silencio.
“Primero
sube al auto y hablemos”.
“¡Te
dije que no quiero!”.
“Pero
si estás temblando ahora mismo”.
Aun
así, Jung-in ni se inmutó. Chase soltó un breve suspiro de frustración y movió
la mano para quitarse la chaqueta; era obvio que quería cubrir a Jung-in con
ella.
“Está
bien. Subiré. Ya está, ¿contento?”.
Como
si le molestara que la situación no saliera como él quería, Jung-in dio un
pisotón ligero y subió al asiento del copiloto. En cuanto Chase subió y cerró
la puerta, un tenue y punzante aroma a vino inundó el espacio cerrado. Las
cejas de Jung-in se arquearon al instante.
“¡No
me digas que...! ¿Condujiste después de beber?”.
En
lugar de responder, Chase señaló en silencio hacia el asiento trasero con la
barbilla. En el asiento posterior abatido estaba la bicicleta de Jung-in, y al
lado, una bolsa de compras hecha un desastre, empapada en vino.
Chase
dijo con voz pesada.
“Fui
al lugar del accidente. Todavía no terminaban de recoger todo”.
Como
si el servicio de limpieza aún no hubiera pasado, el lugar del accidente estaba
sembrado de fragmentos de vidrio y trozos de plástico rotos. En la carretera
quedaban largas marcas de frenado, y la cinta amarilla de precaución ondeaba
finamente con el viento. Los restos del choque aún dominaban la calle.
Chase
había detenido el auto a la orilla del camino y bajó un momento para observar
la escena. Aunque no hubo muertos, fue una colisión múltiple con un herido
grave y varios leves. Al pensar que Jung-in estuvo allí, en ese preciso
momento, Chase sintió de nuevo un impacto que le hizo encoger el corazón.
Fue
entonces cuando encontró la bicicleta apoyada descuidadamente contra una
farola. Parecía que la habían quitado del medio temporalmente para no estorbar
el paso de los peatones. Casi pasa de largo, pero el color y la forma del
cuadro le resultaron familiares. Era lógico: el propio Chase se la había
comprado a Jung-in. Jung-in la había elegido con cuidado, buscando una con
canasta para la mochila y que fuera lo suficientemente resistente, pero de un
precio que no le hiciera llorar si se la robaban.
Chase
levantó la bicicleta y la subió al auto. No olvidó recoger uno por uno los
objetos desparramados que supuso eran de Jung-in.
“Recogí
lo que pude. ¿Son tus cosas?”.
Ante
la pregunta de Chase, Jung-in no respondió; se limitó a observar fijamente la
delgada bolsa de tela que usaba para las compras. La tela, impregnada de vino,
estaba tan manchada que ni siquiera se distinguía su color original, y los
ingredientes que había elegido con tanto esmero ahora eran simplemente basura.
Sintió
de nuevo un nudo en la garganta. Hace apenas unas horas, mientras elegía esas
cosas, imaginaba el momento de sentarse a una cálida mesa con Chase. Al
recordar esa ilusión, el vacío actual se sentía aún mayor.
Al
ver a Jung-in fruncir el ceño, Chase preguntó con cautela.
“¿Ibas
a preparar algo?”.
A
Jung-in no le gustaba cocinar. Era del tipo que pensaba que era muy ineficiente
dedicar más de dos horas a preparar algo que se tarda veinte minutos en comer.
“Jung-in”.
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Aunque
lo llamó como instándolo a responder, Jung-in se comportó como si hubiera
decidido cerrar la boca para siempre. Chase giró su cuerpo por completo hacia
el asiento del copiloto.
“¿Ya
ni siquiera vas a hablarme?”.
Su
voz no era exaltada.
“¿Ni
siquiera vas a mirarme?”.
Más
bien, era una voz suave, casi de súplica. Jung-in seguía mirando fijamente
hacia el frente.
“Dime
algo, por favor”.
“No
tengo nada que decir. Incluso si volviera a esa situación, tomaría la misma
decisión”.
Hubiera
sido mejor detenerse ahí. Pero Jung-in no pudo evitar añadir una frase más.
“Si
no puedes entender eso y solo te enojas, entonces es que no somos compatibles”.
“...
¿Qué?”.
El
aire dentro del auto se volvió gélido, como si hubieran arrojado agua helada.
Solo después de soltar las palabras, Jung-in se dio cuenta de lo que había
dicho. A pesar de ser él quien insinuó el final, sus emociones se desbordaron
primero.
“¿Te
parece que eso es todo lo que tienes que decir?”.
Preguntó
Chase con una voz tan baja que daba miedo.
“Por
muy enojado que estés, hay cosas que no se deben decir”.
Ante
la voz de Chase, que parecía reprimir la furia, la barbilla de Jung-in tembló.
Las emociones acumuladas eran como agua al borde de un vaso, oscilando
peligrosamente. Y con esa última gota, finalmente se desbordaron. Como el
momento en que se rompe la tensión superficial, Jung-in se quebró.
“¡No
me preguntaste si me dolía! ¡Ni si me había asustado! ¡Ni si estaba bien! ¡No
me preguntaste nada de eso!”.
El
nudo que tenía en la garganta estalló como un ataque de tos. Las emociones
contenidas se convirtieron en lágrimas que brotaron sin control. Jung-in,
odiando que lo vieran llorar, se secaba las lágrimas con el dorso de la mano
tan pronto como rodaban por sus mejillas.
Por
su parte, Chase se quedó petrificado, incapaz de decir nada. Durante un buen
rato, lo único que hizo fue parpadear estúpidamente mientras lo miraba. Y
finalmente, como si acabara de comprenderlo todo, soltó un suspiro profundo que
nació desde lo más hondo.
“Ah...”.
Fue
un suspiro corto e impotente.
“Lo
siento... perdón”.
Fue
la primera vez que una disculpa salió de los labios de Chase.
“¿Fui...
así? ¿No te pregunté nada de eso y.… solo te presioné...?”.
Jung-in
volvió la cabeza hacia la ventana. No quería que Chase lo viera llorar. Había
estado a punto de verse envuelto en un gran accidente de tráfico. Se había
caído y lastimado al intentar esquivarlo, ganándose una ‘cicatriz de honor’.
Quería mostrarle la herida suturada esa noche y actuar con entereza, contándolo
como si fuera una gran hazaña. No imaginó que ese pequeño deseo desembocaría en
lágrimas y peleas.
Chase
se disculpó con voz angustiada. Había desesperación en su tono.
“Lo
siento. En ese momento estaba tan asustado... No, no hay excusa. Fue totalmente
mi culpa”.
Solo
entonces recordó Chase cómo se había comportado al ver a Jung-in en
emergencias. Él había imaginado lo peor, y al verlo allí sentado riendo con
Justin, sintió que la sangre le hervía. Estaba tan furioso que no tuvo espacio
para nada más. Simplemente lo acribilló a reproches. Ahora recordaba que
Jung-in, probablemente asustado y desconcertado, solo había forzado una sonrisa
incómoda.
“No
me importa. Me voy”
En
el momento en que Jung-in estiró la mano para abrir la puerta del copiloto,
Chase lo agarró del brazo y lo atrajo hacia él en un abrazo repentino.
“Me
equivoqué. Debes haberte sentido muy mal. Fue mi culpa”.
“¡Suéltame!”.
Jung-in
forcejeó con todo su cuerpo, empujando los hombros de Chase. Tironeó de su ropa
y lo golpeó como pudo. Pero no había forma de que pudiera soltarse.
“De
verdad te odio”.
En
la voz temblorosa de Jung-in se entrelazaban todas las emociones complejas que
había reprimido ese día. Chase, con los labios pegados al oído de Jung-in,
dijo.
“Tenme
un poco de consideración. Después de oír que habías tenido un accidente y
estabas en emergencias... ¿cómo esperabas que estuviera en mis cabales?
“...”.
“¿Sabes
qué pensé mientras corría hacia la sala de urgencias?”.
“...”.
“Pensé
que... si te pasaba algo malo, de qué manera podría matarme para seguirte...
Pensé en eso”.
“...
¿Qué?”.
Solo
entonces Jung-in miró a Chase.
“Como
soy médico, pensé que no sería especialmente difícil”.
“...”.
Chase
buscó con cuidado el brazo de Jung-in hasta encontrar y tomar su mano vendada.
“¿Te
dolió mucho?”.
“...
Estaba tan asustado que ni siquiera sentí el dolor”.
Chase
puso sus dedos suavemente sobre el vendaje. Luego, acarició apenas la herida
con el pulgar, como si pudiera borrarla con ese gesto.
“Me
da rabia que otra persona te haya suturado. Me enfurece que en el lugar del
médico encargado, junto a tu nombre, esté el nombre de otro”.
“...
Lo siento”.
No
se le había ocurrido pensar eso. Pero ahora que lo pensaba, sintió el pesar de
que ojalá Chase hubiera sido quien lo atendiera. Aunque la cicatriz se
desvanecería con el tiempo, la herida que él hubiera cosido habría sido un
rastro suyo permanente en su cuerpo. Chase seguía acariciando los alrededores
de la herida, incapaz de ocultar su decepción.
“Se
me da muy bien suturar”.
“Ese
doctor también era muy hábil”.
“Ni
en broma digas que otro hombre fue hábil”.
Una
risita se escapó entre los labios de Jung-in. Chase rodeó con suavidad la
mejilla de Jung-in con su mano. El calor de su palma se extendió por su piel.
“Para
mí no hay nada más importante que tú. Por eso, desearía que yo fuera lo mismo
para ti”.
“¿Crees
que no es así?”.
Chase
continuó hablando mientras acariciaba suavemente la oreja de Jung-in, como si
tocara una flor delicada.
“Desearía
que te enfocaras solo en mí... hasta el punto de que la mirada de los demás no
importara en absoluto”.
Eso
era algo bastante difícil para Jung-in. Él no se había criado en una cultura
individualista; creció en un entorno donde ser consciente de las miradas y
expectativas ajenas era lo natural.
“Jung-in...
Tú solías usar camisetas con símbolos matemáticos con total orgullo. No te
importaba lo que los demás pensaran y te mantenías fiel a ti mismo. Siempre
pensé que eso era genial en ti”.
Jung-in
miró a Chase y negó con la cabeza suavemente.
“El
problema no es cómo me ven a mí”.
Chase
arqueó las cejas ligeramente, preguntándose a qué se refería entonces.
“Cómo
me juzgue la gente... eso puedo aguantarlo o ignorarlo. No me interesa lo que
piense la gente que pasa por la calle. Pero...”.
Chase
esperó pacientemente a que Jung-in continuara.
“Ese
es tu lugar de trabajo, Chay. Afecta directamente a ti y a tu carrera. ¿Qué
pasa si uno de tus superiores odia a los homosexuales y se opone a tu ascenso?
¿Y si te perjudica?”.
Chase
le dirigió una mirada llena de ternura, como si Jung-in fuera lo más adorable
del mundo.
“Mírame, Jung-in”.
Jung-in levantó la vista. Vio
el rostro de Chase, que alguna vez fue un muchacho y ahora era un hombre
plenamente maduro. Su cabello rubio miel y sus ojos azules, que parecían contener
el Mediterráneo, seguían igual, aunque sobre sus facciones delicadas se posaba
un leve rastro de fatiga. Aun así, seguía siendo hermoso.
“Yo
juzgo a los demás, no soy objeto del juicio de nadie”.
Era
una frase increíblemente arrogante, pero dicha por Chase, resultaba
extrañamente convincente.
“Sé
que a ti no te importa lo que piensen los demás, Chay. Pero a mí sí. Me importa
y me seguirá importando. Siempre me preguntaré si es por mi culpa”.
Chase
lo miró como si lo estuviera considerando por un momento y luego habló con voz
calmada.
“Entonces
veámoslo de otra forma. Empresas financieras como Goldman Sachs, JP Morgan
Chase o Wells Fargo donan e invierten constantemente en fundaciones médicas y
hospitales. Morgan Stanley incluso fundó un hospital infantil con su propio
nombre. Pero los Prescott aún no han contribuido nunca al sector médico”.
“...”.
“Incluso
el director del hospital me ha pedido una reunión porque quiere atraer
inversiones. La rechacé, por cierto”.
Chase
sentenció con una última frase.
“¿Crees
que alguien como yo puede sufrir algún perjuicio en algún lugar?”.
Jung-in
movió los ojos de un lado a otro, pensativo, y finalmente bajó la mirada con
aire de convencimiento. Cuando hacía eso, sus pestañas largas y tupidas caían
como un abanico, revelando el pliegue de sus párpados que normalmente no se
notaba tanto. Aquella pequeña línea, que solo se veía sutilmente en el rabillo
del ojo cuando los tenía abiertos, se volvía clara y marcada al mirar hacia
abajo. Por eso, siempre le daba a Chase la sensación de estar vislumbrando
accidentalmente algo guardado en secreto.
A
pesar de los años que llevaban juntos, Chase seguía sintiendo que Jung-in era
un ser misterioso. Se sentía fascinado cada vez que lo veía, con la certeza de
que nunca se cansaría de él en toda su vida.
“Mírame,
por favor”.
Ante
el pedido de Chase, Jung-in levantó la vista. Sus ojos, negros como la noche
más profunda, volvieron a ser esos agujeros negros que lo succionaban.
“Dicen
que el amor no suplica, ¿verdad?”.
Chase
tomó con cuidado la mano herida de Jung-in y besó el dorso. Fue un gesto
cauteloso y ferviente, como si realizara un ritual sagrado.
“Pero
yo voy a suplicarte: si te lastimas, deja que yo sea el primero en saberlo. Si
te duele, dímelo a mí antes que a nadie. Que yo sea el primero en enterarse de
todo lo que te pase.
“...
“Solo
ámame. No quiero tus "consideraciones".
“...
¿Tu pasatiempo es el masoquismo?”.
“Supongo
que sí”.
Solo
entonces, el rencor que oprimía su pecho pareció disolverse un poco. Jung-in
soltó un largo suspiro y relajó los hombros. En ese momento, sintió una leve
vibración bajo su asiento. Chase había encendido el motor.
“¿Chay?”.
“Vamos
a casa”.
Antes
de que pudiera detenerlo, el auto ya se incorporaba suavemente a la carretera.
“¿Así
de pronto? Dejé todas mis cosas allá. Mis medicinas también están ahí...”.
“Iré
a buscarlas mañana por la mañana en cuanto despierte”.
“Pero...”.
“¿De
verdad pensabas dormir en la casa de otro hombre?”.
NO HACER
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Chase
condujo con naturalidad hacia su hogar. Su condominio estaba a menos de diez
minutos en auto de la casa de Justin.
Al
entrar, la casa estaba exactamente igual a como la habían dejado por la mañana.
Jung-in se detuvo al ver la cocina a oscuras. Sintió un extraño vacío en un rincón
de su corazón. Chase lo llamó suavemente mientras él se quedaba allí parado,
mirando hacia la cocina.
“¿Jung-in?”.
“...
Iba a cocinar un estofado”.
“¿Estofado?”.
“Es
lo que mi mamá me preparaba cuando estaba enfermo. Te veías tan agotado
que...”.
Al
terminar la frase, volvió a sentir ese dolor punzante en el pecho. Chase se
acercó a grandes zancadas y se detuvo frente a él, tomándolo suavemente por los
hombros.
“Mañana
iremos al supermercado en cuanto despertemos. Compraremos todo y lo cocinaremos
juntos. Tú eres el que está herido, así que tú eres quien debe comer bien”.
“...”.
Chase
apoyó su frente contra la de Jung-in. Sus narices se rozaron. Como si fueran
dos animales comunicándose, Chase frotó suavemente su nariz contra la de él.
Conmovido por el gesto, las manos de Jung-in, que colgaban a sus costados,
subieron lentamente hasta apoyarse en la espalda de Chase. Lo acompañó con una
pequeña voz de consuelo.
“...
Debes estar cansado”.
Al
sentir que Jung-in lo aceptaba, Chase no tardó en actuar como un niño mimado.
“Sí...
estoy muerto de cansancio. El doctor Jaxon me endosó su turno de guardia otra
vez y se largó”.
“¿Otra
vez Jaxon? Maldito Jaxon, no se va a salir con la suya. Deberíamos denunciarlo
al comité médico o algo así”.
Chase
soltó una risita que vibró contra el cuerpo de Jung-in. Hundiendo el rostro en
su cuello, susurró con tono de queja.
“Hoy
me asusté tanto que no creo que pueda dormir. Abrázame hasta que me duerma”.
“...
¿Acaso tienes cinco años?”.
“Y
dame tu brazo de almohada. Usaré el brazo que no tienes herido”.
“...
Vamos primero. Tienes que dormir”.
“¿Lo
harás? ¿Lo del brazo?”.
“...
Sí”.
Jung-in
guio a su enorme amante, que fingía ser un niño pequeño, hacia el dormitorio.
Después de asearse y acostarse, Chase se acurrucó en el pequeño abrazo de
Jung-in. Parecía que lo de "abrázame hasta que me duerma" no era una
broma en absoluto. Con el rostro hundido en el pecho de Jung-in, la voz de
Chase resonó baja.
“¿Sabes
algo? Hoy fue nuestra primera pelea de verdad”.
“¿Y
aquella vez que estacionaste el auto en cualquier lado y te pusieron una
multa?”.
“¿Eso
fue una pelea? Yo lo recuerdo como tú regañándome unilateralmente”.
“...”.
Evitando
responder, Jung-in simplemente cerró los ojos. El sueño lo invadió de
inmediato. Seguramente fue por todo lo que pasó ese día; el susto, la herida y
el desgaste emocional hicieron que su cuerpo se rindiera primero.
Justo
cuando se deslizaba por la frontera del sueño, Jung-in sintió una sensación
cosquilleante y extraña que lo hizo abrir los ojos lentamente. Al bajar la
vista, vio que su camiseta se movía, abultada. Chase había metido la cabeza
bajo la prenda y estaba lamiendo su pecho.
“¡Chay!”.
Jung-in
intentó agarrar la cabeza de Chase para apartarlo, pero este no se movió ni un
milímetro.
“No
es momento para esto. No has dormido bien en días. Te vas a enfermar. Tienes
que dormir rápido...”.
“No
quiero tus consideraciones”.
Chase
habló contra su pecho, que ya estaba empapado por su saliva. El aire caliente y
húmedo llenó el interior de la camiseta.
“...
Solo ámame”.
Ante
aquellas palabras que sonaban a capricho pero estaban llenas de sinceridad, la
fuerza en los dedos de Jung-in, que intentaban empujarlo, se desvaneció
lentamente.
