3. El Libro Escarlata

 


3. El Libro Escarlata

 

Debajo de los ojos de Jung-in se proyectaban sombras profundas y oscuras. Era el resultado de no haber podido pegar un ojo en todo el fin de semana. Solo habían sido dos días, pero la espera se le hizo tan larga y dolorosa como un infierno interminable. Al final, incluso llegó a guardarle rencor. ¿Qué clase de estudiante de secundaria se va a Cabo en pleno semestre?

Cabo, o Los Cabos, era un destino vacacional famoso por sus hermosas playas y complejos turísticos, situado en el extremo sur de la península de Baja California, México. Al ser un lugar cercano, a poco más de dos horas en avión, era un destino de fin de semana muy popular entre los residentes de California.

A menudo escuchaba rumores mientras pasaba por los pasillos. Decían que Chase y su grupo iban a Cabo con frecuencia durante el año, y que en invierno se escapaban a su cabaña en Aspen para esquiar. Sus preocupaciones, propias de gente con buena suerte, se limitaban a cosas como que la velocidad del internet en la cabaña era lenta.

Sinceramente, Jung-in quería irrumpir en su habitación como un policía con una orden de registro, pero no había nada que pudiera hacer. Solo le quedaba rezar fervientemente para que él no hubiera mirado dentro de la mochila y que el secreto que guardaba siguiera a salvo.

“Jung-in-ah, tienes que levantarte”.

Su-ji llamó suavemente a la puerta. Jung-in, que ya estaba listo para ir a la escuela, salió de la habitación arrastrando los pies. En lugar de la mochila que solía llevar siempre, colgaba un bolso cruzado de su hombro.

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“¡Vaya! ¿Ya estabas despierto? Como no oía nada, pensé que te habías quedado dormido”.

Tras despedirse de su madre, Jung-in se dirigió a la escuela como un prisionero arrastrado al patíbulo. El clima era despejado y el paisaje matutino bajo el cielo azul era hermoso, pero sus pies apenas tenían fuerza para pedalear la bicicleta.

Anoche, tras caer en un sueño ligero, Jung-in tuvo una pesadilla inquietante hacia el amanecer. En el sueño, llegaba a la escuela y caminaba por el pasillo, donde todos los estudiantes estaban parados mirándolo con odio. Alguien había tomado fotos de las cosas que escribió en su "Libro de Secretos" y las había subido a 'Wincrest Wire', la cuenta de Tumblr donde se publicaban los chismes de la escuela.

En un lado del pasillo, Justin estaba llorando, con el rostro destrozado como si alguien lo hubiera golpeado, mirando a Jung-in con una mezcla de decepción y resentimiento. El problema era que había muchas posibilidades de que todo esto se convirtiera en realidad y no se quedara solo en un sueño.

¿Por qué hice un libro así?, se lamentó, con el arrepentimiento oprimiéndole el pecho. Ese libro era el rastro de una rebelión tímida, la forma en que unos marginados que no soportaban la soledad desahogaban sus sentimientos de manera equivocada. En aquel entonces, le pareció una vía de escape, pero ahora se daba cuenta de lo imprudente y estúpido que había sido. Sin embargo, el arrepentimiento siempre llega tarde.

A medida que se acercaba a la escuela, su corazón latía con fuerza. El sudor frío le resbalaba por la frente y se le secaba la garganta. Jung-in estacionó su bicicleta y caminó lentamente hacia la entrada. Cada paso se sentía como un interminable camino de espinas.

Seguramente Chase Prescott vendría a la escuela. Por muy rebelde que fuera, no faltaría a clases solo para divertirse, después de todo, era un aspirante a Harvard. El hecho de que aspirara a Harvard y tuviera las calificaciones necesarias para entrar era otra razón más para detestarlo.

El ambiente escolar era el mismo de siempre. En la zona de descenso, los padres dejaban a sus hijos, y por todas partes se veían grupos de chicos riendo y charlando. Jung-in entró al campus encogiendo los hombros más de lo habitual para pasar desapercibido. Afortunadamente, nadie le habló ni lo miró.

Soltando un pequeño suspiro de alivio, levantó la cabeza con cautela y vio a los jugadores del equipo de fútbol americano. Estaban charlando frente a la escalinata de entrada del edificio escolar. Chase, sentado en la barandilla de la escalera, estalló en carcajadas ante algo que dijo Max Schneider.

Al ver su rostro, que no parecía haber cambiado en absoluto, una pequeña chispa de esperanza brotó en el corazón de Jung-in. Si hubiera visto el contenido de la mochila, no creía que estaría riendo con esa cara tan radiante.

Tras dudarlo un momento, Jung-in se acercó con cuidado y lo llamó.

“Disculpa... Señor Prescott”.

Ante la voz cautelosa de Jung-in, Chase giró la cabeza. Al mismo tiempo, las miradas de sus amigos se centraron unánimemente en él. Jung-in sintió que tantas miradas lo atravesaban que estuvo a punto de desmayarse.

“¿Podemos... hablar un momento a solas?”.

Como si fuera extraño que un ‘nerd’ se acercara a hablarle, el grupo de Chase lo observó con curiosidad.

“¿Conmigo?”.

Chase se señaló a sí mismo y Jung-in asintió enérgicamente. El hombre alto, tras mirar a Jung-in un instante, se levantó lentamente. Jung-in lo guio hacia una esquina del edificio, un lugar apartado donde no pasaba gente.

“¿Qué pasa?”.

“...Me dijeron que tú tienes mi mo-mochila”.

“¿Qué?”.

Chase frunció el ceño, como si hubiera escuchado algo incomprensible.

“E-ese día, en la fiesta benéfica...”.

“¿Qué? Espera. ¿Tú estuviste en la fiesta?”.

La reacción de Chase le provocó a Jung-in una extraña sensación de desconcierto. Lo trataba como si fuera la primera vez que lo veía, a pesar de haberse encontrado en la fiesta hacía tres días.

¿Es una nueva estrategia para pisotear mi autoestima?, pensó Jung-in, sintiendo una repentina oleada de cansancio.

“No finjas que no lo sabes. Tu padre incluso nos presentó porque vamos a la misma escuela”.

“¿Qué? ¿Tú eres ese chico?”.

Chase preguntó con sorpresa, y Jung-in se quedó confundido por un momento. Mientras parpadeaba sin entender la situación, la mano de Chase se extendió hacia él.

¡Ah, me va a pegar!

Por instinto, Jung-in cerró los ojos con fuerza y levantó ambos brazos frente a su cara para protegerse.

“Ah, perdón si te asusté. No era eso...”.

Jung-in abrió un ojo con timidez. Chase, con expresión desconcertada, estaba retirando la mano.

“¿Podrías quitarte las gafas?”.

Tras dudarlo un momento, Jung-in se las quitó. Al ver su rostro descubierto, la expresión de Chase vaciló levemente. Se quedó mirándolo en silencio durante un buen rato. Sus ojos azules recorrieron lentamente cada rasgo de Jung-in. Ante la extraña sensación de ser ‘tocado’ por su mirada, Jung-in empezó a balbucear.

“No me afecta que finjas no conocerme. No es que mi orgullo vaya a salir herido por algo así...”.

“Ha”.

Ante las valientes palabras de Jung-in, Chase dejó escapar una risa burlona, torciendo una comisura de los labios. Jung-in se sintió como si se estuvieran burlando de él y se volvió a poner las gafas.

“Espera, ven aquí un momento”.

De repente, Chase instó a Jung-in a que lo acompañara hacia donde estaban sus amigos. Lo puso frente a ellos y, con una sonrisa traviesa, se dirigió a su grupo.

“Chicos, les voy a mostrar un truco de magia”.

Chase puso una mano sobre el hombro de Jung-in, se inclinó hacia adelante y, diciendo ‘con permiso’, le quitó las gafas. Los ojos de los presentes se abrieron de par en par.

“No jodas”.

“Vaya, el tamaño de sus ojos se duplicó”.

Dijo Brian Cole asombrado.

“¿Quién es este? Es tierno”.

Exclamó Darius Thompson, quien de cerca parecía medir más de dos metros. Brian Cole lo regañó.

“Deja de mirarlo, Thompson. ¿Lo vas a adoptar?”.

Mientras escuchaba la conversación, Chase le devolvió las gafas a Jung-in. Al ver sus ojos pequeños de nuevo, esta vez Max Schneider reaccionó con fuerza.

“¡Maldición! ¿Por qué usas eso? ¿Acaso quieres verte feo a propósito?”.

Tras confirmar la reacción de sus amigos, Chase volvió a alejar a Jung-in del grupo.

“¿Ves? ¿Cómo iba a reconocerte?”.

“...”.

“¿Eso sirve como excusa?”.

“...Bueno”.

Con esto, parecía haberse demostrado, al menos de forma aceptable, que no había fingido no conocerlo a propósito. Jung-in parpadeó sin entender del todo. Sabía que los cristales eran gruesos y grandes, pero ¿tanto así?

“¿Ya se aclaró el malentendido?”,

“...Sí”.

Jung-in asintió, dándose cuenta tarde de que aún no había mencionado el tema principal.

“Es que... lo que quería decir es que, en esa fiesta...”.

“Dime”.

Chase asintió sin darle mucha importancia, esperando lo que Jung-in tenía que decir.

“Dejé mi mochila... en tu casa”.

Jung-in se arrepintió de sus palabras nada más pronunciarlas, porque la expresión de Chase cambió gradualmente y lo vio todo con claridad. Su rostro pasó de la duda y la confusión a la comprensión.

“F-fui a tu casa a buscarla... y me dijeron que tú la tenías. Es una mochila negra...”.

“Sé cuál es. ¿Era tuya?”.

Chase sonrió con naturalidad. Ante su actitud calmada, la pequeña esperanza en el corazón de Jung-in creció. Realmente parecía que no había mirado dentro.

“Te la traeré mañana”.

“¡No, no hace falta! ¡Puedo ir a buscarla hoy mismo!”.

“Mmm... ¿quieres hacer eso?”.

El rostro de Jung-in se iluminó al instante. Todo parecía estar saliendo más fácil de lo esperado. Mientras su sonrisa de alivio se ensanchaba, se quedó pensando por un momento. Quiso decirle que no mirara dentro de la mochila, pero pensó que eso solo despertaría su curiosidad. Aunque quería ir a buscarla de inmediato, tenía que entrar a clases.

“Entonces, iré a buscarla a tu casa después de la escuela”.

“Está bien”.

Jung-in suspiró aliviado pensando que la crisis se había solucionado, pero en ese momento, la mano de Chase lo sujetó del hombro por detrás.

“Tu número de teléfono”.

“... ¿Eh?”.

“¿Me das tu número? Por si acaso nos cruzamos”.

El rostro de Chase, con su sonrisa perfecta, parecía inusualmente alegre hoy.

“Mi número es 984-555...”.

“Solo dámelo”.

“¿Eh?”.

“Tu teléfono”.

Cuando Chase extendió la mano, Jung-in no tuvo más remedio que sacar su celular y dárselo. Chase llamó a su propio número desde el teléfono de Jung-in y, tras confirmar que su celular sonaba en su bolsillo, se lo devolvió. Parecía ser alguien a quien le gustaba tener las cosas seguras. Chase empezó a teclear en la pantalla, probablemente para guardar el nombre de Jung-in.

“Perdona, ¿cómo dijiste que te llamabas?”.

El hecho de que ni siquiera supiera su nombre después de casi todo un semestre fue, como era de esperar, un poco doloroso. La expresión de Jung-in se ensombreció, y Chase observó ese cambio minuciosamente.

“...Jay Lim”.

“No te oigo bien. ¿Qué? ¿Jay Lynn?”.

Chase levantó sus ojos azules con un toque de picardía y miró a Jung-in. Jay Lynn era un nombre que solían usar las mujeres.

“Jay Lim”.

Chase se rió al ver a Jung-in con el rostro serio y endurecido.

¿Siempre fue alguien que se reía tanto?, pensó Jung-in.

“Está bien. Te guardaré así, Jay Lynn”.

“¡Jay, Lim!”.

“Entendido, entendido. No te enojes”.

Chase respondió con soltura, apretó suavemente el hombro de Jung-in y regresó con sus amigos. Algunos de ellos miraron hacia aquí, quizás comentando algo sobre él. Jung-in se sintió agotado, como si hubiera recibido en un solo día toda la atención que los chicos populares suelen repartir durante años.

Justo cuando iba a empezar a caminar soltando un suspiro, vio a Justin. Justin, que acababa de bajar del auto de su madre en la zona de descenso, lo miraba con la boca abierta, visiblemente sorprendido.

“Justin”.

Nada más llamar su nombre, Justin se acercó caminando rápido y empezó a acribillarlo a preguntas en susurros.

“¿Qué acabo de ver? ¿Chase Prescott? ¿De qué hablaron? Lo vi con tu teléfono. ¿Intercambiaron números? ¿Por qué?”.

Jung-in organizó sus pensamientos mientras escuchaba la ráfaga de preguntas de Justin. Si el asustadizo Justin se enteraba de que había perdido el Libro de Secretos, y mucho menos de que Chase Prescott lo tenía, probablemente se desmayaría. Quizás hasta dejaría de comer y caería enfermo.

Lo único bueno era que Chase aún no había leído el libro. Si lo hubiera hecho, no se habría comportado con tanta normalidad. Además, no tendría oportunidad de leerlo, ya que Jung-in iría a su casa a recuperarlo en cuanto terminara la escuela. No pasaría nada. A veces la ignorancia es una bendición, así que mejor no arrastrar a Justin al infierno en el que él estaba.

“¡Jay! ¡Dime algo!”.

“Bueno... Justin, ¿te acuerdas de Steven?”.

“¿Steven? ¿Tu ex-padrastro?”.

“Sí. Steven me llevó a una fiesta porque decía que iba a recibir una inversión”.

“¿Una fiesta?”.

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Para unos ‘nerds’ como ellos, la palabra ‘fiesta’ sonaba tan lejana como el espacio exterior.

“Era un evento benéfico o algo así. El caso es que se celebró en la casa de los Prescott”.

“¿Prescott? Entonces, ¡Jay! ¿Me estás diciendo que estuviste en la casa de Chase Prescott?”.

“Sí”.

“¡Cuéntamelo todo, sin saltarte nada!”.

Jung-in omitió la parte de la mochila perdida y le contó desde cómo terminó yendo a la fiesta hasta cómo Chase ni siquiera lo reconoció allí.

“Sobre Chase Prescott... heredó el cabello rubio y el color de ojos de su padre, pero si tuviera que decir, se parece más a su madre. Parecía una actriz de treinta años. Me recordó a Gene Tierney en su mejor momento”.

“¡Vaya, no puede ser!”.

Justin miraba a Jung-in con los ojos brillantes.

“¿No había nadie conocido en la fiesta? ¿Algún famoso o celebridad?”.

“No lo sé... Bueno, sí vi a una persona conocida”.

“¡¿A quién?!”.

Al preguntarle por alguien conocido, recordó de repente a Vivian Sinclair en el balcón. Al evocar su imagen saliendo al balcón con el chico rubio, su ánimo volvió a decaer.

“Estaba Vivian Sinclair”.

“Bueno, Sinclair no se perdería un evento así”.

“Salí al balcón para tomar aire y ella salió con Chase Prescott. Pero empezaron a mostrarse afectuosos sin siquiera comprobar si había alguien más”.

“¡Son unos animales! Vamos a escribirlo todo en el libro”.

Ante las palabras indignadas de Justin, Jung-in respondió con un ‘sí’ que le dejó un sabor amargo en la boca.

“Intenté esconderme de ellos y terminé cayéndome de espaldas entre los arbustos”.

Justin se rió a carcajadas imaginando la escena y luego señaló con la barbilla la mochila que llevaba Jung-in.

“¿Cambiaste de mochila?”.

En ese momento, el corazón de Jung-in dio un vuelco. Rió con torpeza y dio una excusa vaga.

“Bueno... necesitaba un cambio de aires”.

“Pasa a veces”.

Justin le dio una palmada cariñosa en la espalda con su mano cálida, lo que le provocó a Jung-in un sentimiento de culpa. Sintió una opresión en el pecho. Por primera vez, había aparecido un secreto entre él y Justin.

***

Tras asistir a sus respectivas clases, volvieron a encontrarse frente a la cafetería. Justin reconoció el menú del día solo por el olor en el aire.

“¡Día de tacos!”.

La cafetería de la escuela solía servir sándwiches resecos, hamburguesas insípidas o pasta que se rompía sola, pero de vez en cuando había días en los que servían tacos y burritos, los platos favoritos de los estudiantes. En esos días, incluso los chicos populares se dejaban ver por la cafetería. Normalmente solían pedir comida a domicilio para comer en las mesas exteriores o salían fuera de la escuela a almorzar.

Poder almorzar fuera o en el exterior era un privilegio que solo tenían los estudiantes de grados superiores (Junior y Senior). En la mayoría de las escuelas, a los de segundo año (Sophomore) no se les permitía comer fuera del recinto escolar. Sin embargo, Justin y Jung-in nunca habían hecho uso de ese privilegio. Se sentaron en su rincón de siempre, cerca de los cubos de basura. Justo cuando dejaban sus bandejas y se disponían a sentarse, apareció el grupo de los populares.

Chase entró con su grupo y, tras echar un vistazo a su alrededor, localizó a Jung-in y lo saludó levantando ligeramente la barbilla. Un emocionado Justin le dio un codazo a Jung-in, entusiasmado.

“¡Oh, te saludó!”.

“Basta, Justin”.

Jung-in fingió indiferencia, pero sintió que su corazón latía un poco más rápido. Chase y su grupo pasaron por la línea de servicio, recogieron sus bandejas y se dirigieron a las mesas del centro. Un lugar que a todos les intimidaba ocupar. Ellos tomaron asiento en esa mesa siempre vacía con total naturalidad. Brian Cole dejó su bandeja primero en un asiento desde el que se veía a Jung-in. Luego apareció Chase, le dijo algo a Brian y este asintió, cambiándose al asiento de enfrente. Así, Chase Prescott quedó sentado justo enfrente de Jung-in.

“Por cierto, Jay, ¿por qué no subiste nada al WhatsApp? Habíamos quedado en subir los problemas resueltos”.

Preguntó Justin mientras ponía una generosa cantidad de guacamole sobre su taco. Pero Jung-in estaba sumido en sus pensamientos, sin escuchar lo que decía Justin.

¿Se habrá sentado Chase a propósito en un lugar donde pudiera verme?, pensó por un momento, pero enseguida se rió de sí mismo ante semejante idea tan absurda.

“Jay. ¿Jay?”.

“¿Eh? ¿Sí?”.

“¿En qué piensas tanto?”.

“En nada”.

Jung-in negó con la cabeza, intentando escapar de sus delirios. Pero en ese preciso instante, sus ojos se cruzaron con los de Chase, que estaba sentado a lo lejos. Al principio pensó que era una alucinación, pero no. Chase lo miraba fijamente y levantó su teléfono, agitándolo levemente.

No puede ser, pensó Jung-in mientras tomaba su celular. En la pantalla había una notificación de un mensaje nuevo.

 

Chase Prescott

[Hola.]

 

Jung-in le respondió de la misma manera a la persona que tenía guardada con nombre y apellido.

 

Jay Lim

[Hola.]

 

Aparecieron los tres puntos en la ventana de chat de Chase. Significaba que estaba escribiendo. Al levantar la vista hacia su mesa, vio a Chase con la cabeza gacha manipulando la pantalla de su celular. Poco después, el teléfono de Jung-in vibró brevemente.

 

Chase Prescott

[Quisiera aclararte una cosa de antemano.]

 

Jung-in levantó la vista ante esa frase incompleta y se encontró con la mirada de Chase. Cuando arqueó las cejas como preguntando ‘¿el qué?’, Chase volvió a teclear algo. Inmediatamente, el celular de Jung-in sonó y la pantalla se iluminó.

 

Chase Prescott

[No tengo enfermedades de transmisión sexual 😢]

 

La mano de Jung-in perdió fuerza y su celular cayó al suelo con estrépito. El teléfono se deslizó por el suelo liso hasta quedar a mitad de la mesa. Jung-in se agachó apresuradamente para recogerlo, gateando sobre sus manos y rodillas. Afortunadamente, parecía que no se había roto.

Tras soltar un suspiro de alivio, se quedó pensando un momento mientras seguía bajo la mesa.

¿Y si me quedo aquí para siempre?

Si pudiera, lo haría. Un momento después, Jung-in asomó los ojos con cautela sobre la mesa y volvió a encontrarse con la mirada de Chase. Él se tapaba la boca con la mano, conteniendo la risa.

Jung-in sintió que su cara ardía y se sentó rápidamente en su lugar. Con las manos temblorosas, tecleó rápidamente en su celular.

 

Jay Lim

[Lo sietno por favro devuélvemela.]

 

Solo después de darle a enviar se dio cuenta de que había cometido errores al escribir. Miró inmediatamente a Chase. Él vio la pantalla, esbozó una pequeña sonrisa y se guardó el celular en el bolsillo de su chaqueta. La mente de Jung-in se quedó en blanco.

Había leído el Libro de Secretos. Realmente lo había leído.

“Qué rico. Jay, ¿por qué no comes nada?”.

Escuchó la voz de Justin, pero Jung-in ya había perdido por completo el apetito.

“No tengo hambre”.

Dijo mientras dejaba el tenedor. Justin echó un vistazo al plato lleno de Jung-in.

“Oye... Jay, ¿entonces puedo comerme tu guacamole...?”.

“...Claro”.

“Y como no tiene mucha sal, también me como unos nachos...”.

Jung-in, sin decir nada, empujó su bandeja hacia Justin.

***

Solo recordar el contenido del Libro de Secretos hacía que su rostro ardiera de vergüenza. En él había críticas y burlas tan crudas que le costaba incluso pronunciarlas. De pronto, recordó una frase en particular: ‘El cerebro de Chase Prescott está en dos partes de su cuerpo, y el de abajo debe de ser más activo y tener más arrugas’.

Por supuesto, la mayor parte la había escrito Justin, pero no había forma de que Chase Prescott lo supiera. Ahora iba a empezar la última clase del día A, la de Escritura Creativa en Inglés de Nivel Avanzado (Honors), que compartía con él. Jung-in merodeaba por el pasillo, incapaz de entrar al aula. En ese momento, el subdirector, que pasaba por allí, le advirtió.

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“Tú, ya sonó el segundo timbre. Entra a clase”.

“...Sí”.

Jung-in respondió con desgana y se dio la vuelta. Nada más abrir la puerta y entrar al aula, sus ojos se cruzaron con los de Chase, que estaba sentado a mitad de camino. Jung-in desvió la mirada rápidamente como si no lo hubiera visto y se dirigió a la última fila. Al pasar por su lado, escuchó una risita contenida que le rozó el oído.

La clase continuaba con el tema de las técnicas retóricas en las obras literarias. Casi al final, el profesor Davis anunció el tema del trabajo que debían entregar al final del semestre. Era una tarea importante que afectaría significativamente la calificación final.

“Como les adelanté, asignaré el trabajo final del semestre. Este informe se hará en parejas y representará el 20% de su calificación final”.

Se escuchó un ligero murmullo entre los estudiantes.

“Bien, ahora elijan pareja libremente. Los que no tengan compañero, vengan al frente y yo los asignaré”.

En cuanto el profesor Davis terminó de hablar, el aula se volvió un hervidero. Los estudiantes se movían de un lado a otro buscando compañero. Jung-in bajó la cabeza intencionadamente para no llamar la atención. Por el rabillo del ojo, vio a una chica acercándose a Chase. Ella se tocaba el cabello con una sonrisa tímida.

Ellos dos serán pareja, pensó. Jung-in planeaba esperar a que se formaran los grupos y luego buscar a alguien que, como él, estuviera solo.

Sin embargo, las cosas no salieron como esperaba. Chase, que estaba hablando con la chica con una sonrisa, se giró hacia Jung-in y, sin dudarlo, se acercó y se sentó a su lado.

“Señor Prescott, ¿ya tiene pareja?”.

Ante la pregunta de Davis, Chase respondió con naturalidad: ‘Sí’, mientras rodeaba con su brazo el hombro de Jung-in con aire de suficiencia. El rostro de Jung-in alternaba entre la palidez y el calor intenso.

“Bien, anunciaré los temas. Elijan uno de estos tres libros por consenso: Rebelión en la granja de George Orwell, Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain u Orgullo y prejuicio de Jane Austen”.

La tarea consistía en escribir un ensayo sobre el poder de la ironía y la sátira en la escritura. Debían analizar qué efectos retóricos se utilizaban en el libro elegido y qué papel desempeñaban la ironía, la sátira y el humor en la transmisión del mensaje y en la conexión con el lector.

“La calificación de este semestre se basará en el examen parcial, el mini-ensayo y este informe grupal”.

Jung-in creía adivinar las intenciones de Chase Prescott. No era la primera vez que pasaba por algo así. Probablemente, él terminaría escribiendo todo el informe solo, como un pecador, y luego pondría el nombre de ambos al entregarlo. Tal vez ese fuera el precio por recuperar su mochila. Aun así, se sentía aliviado. Si ese era el trato, le parecía barato.

Ante la indicación del profesor de elegir la obra de inmediato, Jung-in habló primero.

“He leído Rebelión en la granja, así que podemos hacer ese. No te preocupes, se me da bien escribir informes...”.

“¿Rebelión en la granja*? ¿Por qué lo decides tú?”.

La pregunta de Chase hizo que Jung-in frunciera el ceño ligeramente. ¿Encima de que tenía que escribirlo solo, también tenía que escribir sobre lo que él quisiera?

“Solo digo que hagamos el que me resulte más fácil de escribir. No te preocupes por la nota, me encargaré de que saquemos una sobresaliente A”.

Mientras hablaba con calma, Jung-in se dio cuenta de algo. Quizás las notas de Chase Prescott, suficientes para entrar en Harvard, se habían conseguido así, exprimiendo la sangre y el sudor de nerds como él.

“¿De qué estás hablando?”.

Chase preguntó con incredulidad. Jung-in lo miró fijamente, con una expresión de no querer perder el tiempo.

“Al final vas a dejar que lo haga yo todo, ¿no?”.

“Ha”.

Chase soltó una carcajada seca. Se pasó la mano por su cabello dorado y torció la boca.

“Definitivamente, no haremos Rebelión en la granja. Haremos Orgullo y prejuicio. Porque tú estás lleno de prejuicios”.

Jung-in lo miró sin entender y preguntó con cautela.

“¿De verdad vas a participar?”.

“Claro. ¿O prefieres que no lo haga?”.

“No, no es eso...”.

“Ya me quedó claro lo que piensas de mí. De nuevo”.

Ese ‘de nuevo’ de Chase tenía mucho significado. Probablemente se refería a las burlas y críticas escritas en el Libro de Secretos. Tras pensarlo un momento, Jung-in murmuró con voz baja.

“...Lo siento”.

“Hagamos Orgullo y prejuicio. ¿Alguna objeción?”.

Chase fue tajante y Jung-in asintió en silencio. Al terminar la clase, Chase recogió sus cosas sin prisa. Jung-in se le acercó con cuidado.

“Oye... esto... mi mochila... ¿puedo ir a buscarla ahora?”.

Chase lo miró con curiosidad, como si estuviera decidiendo qué hacer con él.

“Tengo entrenamiento ahora. ¿Puedes esperar?”.

No le importaba si era entrenamiento o cualquier otra cosa. Haría lo que fuera con tal de recuperar el libro. Jung-in asintió con determinación.

“Sí. Esperaré”.

“Pues ven conmigo”.

Desde que salieron del aula hasta que llegaron a los vestidores del equipo de fútbol americano, Jung-in caminó pegado a Chase, experimentando indirectamente lo que se sentía al ser Chase Prescott.

“Hola, Chase”.

“Hola”.

Las chicas de todos los grados saludaban a Chase con alegría al pasar. Era evidente cómo se arreglaban el cabello o la ropa intentando cruzar miradas con él.

“Eh, Golden Boy. ¿Hoy empieza el entrenamiento del equipo principal de Varsity?”.

“Sí”.

“Contamos contigo este año también. Saluda a tus padres de mi parte”.

Incluso los profesores se acercaban a él para darle palmaditas en la espalda y animarlo. ¿Qué se sentiría al tener una vida donde la atención y las miradas amigables te seguían a cada paso?

Al salir del edificio y pasar por las canchas de baloncesto, llegaron a los vestidores de fútbol americano.

“Entra”.

“¿P-puedo?”.

Chase asintió con indiferencia y Jung-in entró. Nada más cruzar la puerta, el olor a sudor y el aroma metálico de las taquillas le golpearon el olfato. Las taquillas rojas, dispuestas en filas, parecían el doble de anchas que las de los pasillos normales y cada una tenía el nombre de un jugador. Probablemente para guardar el equipo voluminoso.

Entre las taquillas enfrentadas había bancos largos donde los jugadores se cambiaban. Brian Cole, sentado en uno de ellos quitándose la camiseta, vio a Jung-in y dijo con tono bromista.

“Thompson, vino tu hijo adoptivo”.

Darius Thompson cerró su taquilla y asintió a Jung-in.

“Eh, ¿qué tal?”.

Jung-in saludó con la mano tímidamente. En ese momento, Max Schneider, que se ponía el protector sobre la camiseta de compresión, pareció recordar algo y le preguntó a Jung-in.

“Oye, ¿tú no eras el amigo de Dumpling?”.

“...Si te refieres a Justin Wong, sí”.

Jung-in estuvo a punto de decir algo sobre el comentario racista, pero recordando la situación, decidió contenerse. Chase, metiendo su mochila en la taquilla, negó con la cabeza.

“Schneider, deja ya lo de Dumpling”.

“¡Es que estaba buenísimo! He probado los de Panda Express, pero no saben igual. Le pedí que trajera de nuevo y no lo ha vuelto a hacer”.

Jung-in pensó que había hecho bien en no mencionar el racismo. ¿Realmente era porque le habían gustado? Panda Express era una cadena de comida rápida china. No podía compararse con la comida del restaurante de la familia de Justin. En su casa, hacían los dumplings con la receta secreta de la abuela Mei-Ling. Jung-in también solía ir a comprar el xiaolongbao con su caldo delicioso. Cada Año Nuevo, compraban los dumplings de casa de Justin para ponerlos en la sopa de pastel de arroz.

“Si tanto te gustan, ve a Cove Mall. La familia de Justin tiene un restaurante chino allí”.

Ante esas palabras espontáneas, los ojos de Max Schneider se abrieron de par en par.

“¿Qué? ¿En serio?”.

“Recién hechos al vapor están más buenos. Se llama Wong’s Garden y está en el segundo piso del centro comercial”.

“Iré hoy mismo después del entrenamiento”.

Max se relamió y le preguntó a Jung-in.

“Por cierto, ¿cómo dijiste que te llamabas?”.

“Jay. Jay Lim”.

“Gracias, Jay”.

“D-de nada...”.

Jung-in respondió con una sonrisa incómoda. Le resultaba sorprendente y extraño estar charlando con naturalidad con gente con la que nunca pensó que cruzaría una palabra. Se sentía raro pero curiosamente satisfecho. Con el rostro un poco sonrojado, cruzó su mirada con la de Chase. Él sonreía levemente mientras veía a Jung-in hablar con sus amigos. Era una sonrisa que parecía de aprobación o ánimo.

En el momento en que Chase se agarró el dobladillo de la camiseta para quitársela, Jung-in desvió la mirada rápidamente. Pero su mirada vacilante, como limaduras de hierro atraídas por un imán, volvió involuntariamente hacia Chase. Se quitó la camiseta, revelando su cuerpo, un cuello grueso, hombros intimidantemente anchos y un torso sólido con músculos bien definidos. Cada línea de su cuerpo parecía esculpida con precisión por un artista, rebosante de fuerza.

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Jung-in contuvo el aliento involuntariamente. Parecía un ser de una especie distinta a la suya. Sintió incluso un escalofrío de admiración. Los jugadores, ya uniformados, chocaban sus cascos y se golpeaban el pecho y los brazos con fuerza para calentar. Le recordó a un documental que vio sobre perros de trineo aullando impacientes antes de empezar. Esa energía a punto de estallar y la tensión se asemejaban a ellos.

Jung-in, que no sabía qué hacer en ese ambiente desconocido, se dejó guiar por la mano de Chase hacia el campo de entrenamiento.

“Quédate cerca del entrenador. Concéntrate, no te vaya a dar un balón”.

Chase subrayó sus palabras tocando suavemente el puente de las gafas de Jung-in con el dedo índice. Jung-in asintió sumisamente y se acercó al entrenador Anderson, que estaba de pie al borde del campo con los brazos cruzados.

“Hola”.

El entrenador Anderson, que era el profesor de Educación Física (PE) y se encargaba del acondicionamiento físico fuera de temporada, saludó con la mano. Jung-in también asistía a sus clases este semestre. El equipo Varsity solía tener entrenadores externos, pero fuera de temporada, los profesores con experiencia deportiva se encargaban de la supervisión.

Aunque antes había pensado que los jugadores parecían perros de trineo, casualmente había un equipo en un lado del campo que parecía una fila de cinco trineos unidos. Tenía una estructura baja y larga delante y unas almohadillas detrás que parecían llevar uniformes. Jung-in le preguntó al entrenador.

“¿Qué es esa cosa que parece un trineo?”.

“Se llama blocking sledge (trineo de bloqueo). Es para ganar fuerza al empujar al oponente”.

Poco después, cinco atacantes se colocaron frente a las almohadillas. En el centro estaba el quarterback, Chase, y a sus lados el tackle ofensivo Darius Thompson y el running back Max Schneider. Se agacharon en posición de embestida. Mirando fijamente las almohadillas que debían empujar con ojos feroces, a Jung-in le parecieron bestias acechando a su presa.

“Down, set, go! (Abajo, listos, ya)”.

A la señal del entrenador, los jugadores cargaron contra las almohadillas. Al chocar, se escuchó un sonido sordo y el pesado trineo se desplazó hacia adelante. Ante tal ímpetu, Jung-in sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

“¡Donnelly! ¡Ponle más fuerza!”.

Ante el grito del entrenador, los jugadores recobraron el aliento y volvieron a concentrarse. Para que el trineo de cinco personas avanzara en línea recta, los cinco debían coordinar fuerza y dirección perfectamente. Parecía muy eficaz para trabajar la fuerza física y el trabajo en equipo.

Después de que los jugadores de ataque y defensa recorrieran el campo una vez, el entrenador hizo sonar el silbato brevemente y gritó:

“¡Más peso!”.

Los jugadores se quejaron, pero al entrenador no le importó y añadió más almohadillas pesadas sobre el trineo. A veces él mismo se subía para añadir peso, y su físico era imponente. Era el típico hombre de casi cincuenta años con barriga, que pesaría al menos unos 100 kg.

De repente, Chase le hizo una señal a Jung-in.

“¡Jay! ¡Ven aquí!”.

Los otros jugadores, adivinando la intención de Chase, también llamaron a Jung-in por señas.

“Súbete aquí”.

“¿Y-yo?”.

Mientras dudaba, Chase se acercó, lo levantó como si fuera un niño y lo puso sobre el trineo con facilidad. Luego guiñó un ojo a sus compañeros y susurró.

“Es ligero como el algodón de azúcar”.

Los agotados jugadores le dedicaron a Chase un pulgar hacia arriba. Un nervioso Jung-in se agarró al aparato y los jugadores se posicionaron frente a las almohadillas. Era el turno de la línea de ataque de nuevo.

“Sin parar hasta el final del campo. Down, set, go!”.

Con un estruendo, los jugadores empujaron el trineo. La velocidad que sentía estando subido era mucho mayor de lo esperado. Una brisa primaveral le acarició el rostro. Al principio se agarró con fuerza por miedo, pero en un momento dado, empezó a reírse como un niño montando en un trineo de hielo.

“¡Por hoy es suficiente! ¡No falten al entrenamiento de gimnasio!”.

El silbato del entrenador marcó el final de la sesión. Mientras los jugadores se chocaban las manos, Chase rodeó el hombro de Jung-in con su brazo con naturalidad. Era algo que solía hacer con sus compañeros o amigos, pero Jung-in lo sintió muy extraño. Su brazo era sólido y pesado como una roca.

“Buen trabajo, entrenador asistente. Voy a ducharme, espérame”.

Chase despeinó ligeramente a Jung-in con la mano que tenía sobre su hombro y entró al vestidor. Detrás de él, algunos jugadores pasaron junto a Jung-in bromeando, diciéndole que viniera al próximo entrenamiento para subirse al trineo en lugar del entrenador Anderson.

Frente a los vestidores había un banco largo de plástico. Jung-in se sentó tímidamente en un extremo. En ese momento, Ava Winslow, la animadora, se sentó en el otro extremo. Probablemente esperaba a su novio, Brian Cole.

Se sintió raro. Al igual que Ava esperaba a Brian, él esperaba a Chase Prescott, y eso le hacía sentir, de alguna manera, especial. Sentía como si sus pies flotaran un poco sobre el suelo. Pero esa sensación no duró mucho. Escuchó a Ava hablando por teléfono:

“Vivian dice que lo compró en una tienda de diseño de Robertson Boulevard. Seguramente Chase la ayudó a elegirlo, porque dijeron que irían juntos. No sé por qué se emociona tanto por el Spring Fling, ni que fuera el baile de graduación (Prom)”.

Robertson Boulevard era una calle famosa por sus boutiques de lujo y tiendas de marcas exclusivas, muy frecuentada por estrellas de Hollywood.

Así que Chase Prescott irá al baile Spring Fling con Vivian Sinclair. Al fin y al cabo, son pareja.

Jung-in pasó el tiempo golpeando suavemente el suelo de linóleo con la punta de sus zapatillas.

“Siento haberte hecho esperar”.

Poco después apareció Chase Prescott, oliendo a gel de ducha fresco y desodorante. Su cabello rubio estaba medio mojado, viéndose más oscuro en las puntas. Ava Winslow, que aún no había terminado de hablar por teléfono, los miró con extrañeza ante tan peculiar combinación.

“Vámonos”.

El ánimo que se había elevado un poco en Jung-in ya se había calmado por completo. Mientras salía del edificio con Chase, pensó en un problema práctico. Chase se iría en su Porsche y ¿él tendría que seguirlo pedaleando su bicicleta como un loco? De solo pensar en lo ridículo que se vería, se le nubló la mente.

Sin embargo, llegaron al estacionamiento sin que él dijera nada. El Porsche plateado brillaba como el oro bajo la luz del sol de la tarde.

“Espera un momento”.

Chase dejó a Jung-in detrás del auto y fue hacia el asiento del acompañante para buscar algo. Al volver a la parte trasera, traía en la mano una mochila que le resultaba muy familiar.

“¿Eh?”.

Como si se reencontrara con un hijo perdido en la guerra, el rostro de Jung-in se iluminó de alegría. Se acercó a Chase como hipnotizado y abrazó la mochila que él le tendía.

“¡Mi mochila!”.

“Pensé que era de alguien de la escuela y por eso me la traje”.

“¡Gracias! ¡Lo siento! ¡De verdad, gracias!”.

De la emoción, le salieron mil palabras. Jung-in se prometió a sí mismo una vez más que, a partir de ahora, no causaría problemas y viviría tranquilamente como un hombre invisible, como siempre. Pensó que en cuanto llegara a casa, sellaría el Libro de Secretos o hablaría con Justin para deshacerse de él.

“Siento mucho lo que escribí. Esas palabras... no eran de verdad. Solo... era por envidia. Me da vergüenza, pero...”.

Jung-in confesó con voz temblorosa. Pensó que para Chase también debió de ser incómodo y molesto verse involucrado con un nerd del que ni siquiera sabía su existencia. Seguramente no había sido nada agradable.

“No volverá a pasar algo así. Y no tendrás que volver a cruzarte conmigo. Así que... ¡que te vaya bien! Gracias de verdad por traerme la mochila”.

Con la sensación de haberse quitado un gran peso de encima, Jung-in soltó su despedida con un rostro lleno de alivio. Chase lo observaba con una mirada intensa. No respondió nada y su rostro no mostraba ni una pizca de sonrisa. Jung-in se tocó la nuca con torpeza.

“Gracias de nuevo. ¡Bueno... me voy! ¡Adiós!”.

Esta vez tampoco respondió. Jung-in decidió que no había razón para quedarse más tiempo y se dio la vuelta. Sintiendo que la mirada de Chase aún lo seguía, aceleró el paso. El rugido del motor del Porsche no rompió el silencio del estacionamiento hasta mucho tiempo después de que Jung-in hubiera desaparecido de la vista.

***

Jung-in llegó a casa pedaleando su bicicleta con alegría. Las palmeras se mecían suavemente sobre su cabeza. Empezó a tararear ante el hermoso paisaje que no había notado por la mañana al ir a la escuela. Recuperó el hambre y el apetito que había perdido y lo primero que hizo fue abrir la nevera. Había carne marinada por su madre en un recipiente de cristal. ¡Sí! Jung-in celebró.

Después de comer hasta saciarse, subió a su habitación y abrió la cremallera de su mochila. Quería deshacerse de inmediato de ese maldito cuaderno rojo que le había arruinado el fin de semana y el lunes. Sin embargo, mientras buscaba en la mochila, su mirada se volvió desoladora. Todo lo demás estaba en su sitio, pero el cuaderno rojo había desaparecido por completo.

"No puede ser, ¿se me habrá caído en algún lado?".

Preso del pánico, tomó su celular. No tenía tiempo para enviar mensajes, así que llamó directamente.

—¿Diga?

¿Sería cosa suya? La voz de Chase sonaba más cortante que de costumbre. Jung-in se encogió un poco más de hombros.

“Hola, Prescott. Soy Jay Lim...”.

—Lo sé.

“¿Ah, sí? Bueno, el libro que estaba en la mochila...”.

—Oye, Jay Lim. ¿No es de mala educación llamar a alguien sin preguntar antes si puede hablar?

“Ah, pues tienes razón... ¿Podemos hablar un momento?”.

—No. No puedo.

Ante la respuesta inesperada, Jung-in se quedó sin palabras.

“Ah... ya veo. Estarás ocupado”.

—No, para nada.

A estas alturas, parecía que Chase estaba siendo antipático a propósito.

“Entonces, ¿por qué?”.

—Porque estoy de mal humor.

“...¿Por qué?”.

—No lo sé. Y por eso me pone de peor humor.

Jung-in pudo imaginarlo hinchando un poco las mejillas y quejándose como un niño. Seguro que hasta con esa cara estaría guapo. Pero como tenía un asunto importante, decidió intentar calmarlo.

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“Mmm... Bueno, a veces pasa eso en la vida. Te llamaba por el libro”.

—¿Qué libro?

Se hacía el tonto, pero el tono relajado de su voz revelaba que sabía perfectamente dónde estaba el cuaderno.

“No finjas que no lo sabes”.

—Ah, ¿te refieres al Libro Escarlata)?

Chase llamó al cuaderno así, añadiéndole ‘Escarlata’ por su color prohibido. Era un nombre que le quedaba muy bien. Con esas palabras, Jung-in tuvo la certeza de que él tenía el cuaderno.

“Lo tienes tú, ¿verdad? Devuélvemelo”.

—Te lo daré pronto.

“¿Cuándo?”.

—Cuando me apetezca.

“¿Qué?”.

Preguntó Jung-in con voz algo afilada.

—La mitad del contenido trata sobre mí, así que creo que tengo ese derecho.

“...”.

Jung-in se quedó mudo por un momento. Sus palabras tenían una lógica irrefutable.

“Ya te lo dije antes... lo siento. No lo decía en serio”.

—¿Qué parte no decías en serio? ¿La de que compré mi puesto de quarterback con dinero? ¿O la de que no hay chica en esta escuela con la que no me haya acostado? ¿Incluyendo al personal docente?

“...Parece que estás muy enfadado”.

—No. Sorprendentemente, me estoy divirtiendo mucho. Creo que es lo más divertido que me ha pasado últimamente. Lástima por ti.

Jung-in no entendía por qué Chase se había vuelto tan agresivo de repente. ¿No había sido bastante amable hasta hacía poco? Mientras Jung-in buscaba palabras sin encontrarlas, Chase continuó.

—Aunque no te guste, tendremos que seguir viéndonos un tiempo. A ver si lo aguantas.

Tras decir eso, Chase colgó fríamente. La mano que sostenía el celular cayó inerte. Jung-in se quedó sentado, sumido en la frustración. Parecía que, después de que todo hubiera salido demasiado bien, ahora él quería castigarlo haciéndole sufrir.